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BBHAMEL

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Desiree Camacho
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¡Disfruta la lectura!
XOXO

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2
Este libro contiene descripciones gráficas de contenido sexual, violencia
explícita, algún uso leve de drogas y traumas pasados. Estas escenas fueron
escritas para crear una experiencia más vívida y profunda, pero pueden ser
desencadenantes para algunos lectores.
Léalo bajo su propia responsabilidad.
Consymed By Desire es un romance independiente de larga duración.
Es una historia de enemigos a amantes con giros, vueltas y mucho vapor.
Cuenta con un fuerte héroe alfa, sin cliffhanger, y un HEA garantizado.
¡Disfruta!

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Advertencia ............................................................................................................................ 3
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2 ............................................................................................................................................ 20
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4 ............................................................................................................................................ 37
5 ............................................................................................................................................ 45
6 ............................................................................................................................................ 58
7 ............................................................................................................................................ 65
8 ............................................................................................................................................ 75
9 ............................................................................................................................................ 83
10 .......................................................................................................................................... 91
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21 ........................................................................................................................................ 188
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29 ........................................................................................................................................ 256
30 ........................................................................................................................................ 261

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Como el nuevo Don de la Famiglia Bruno, espero completa obediencia.
Excepto que mi futura novia Olivia no está interesada en un marido
dominante y controlador.
Pero no hay vuelta atrás en el momento en que su padre la deja en mi
puerta con un apretón de manos y un contrato de matrimonio.
Esperaba una princesa dócil y leal y, en cambio, recibí una mujer
luchadora y rebelde con unas curvas que me hacen desear sentar cabeza por
primera vez en mi vida.
Me encanta burlarme de esa preciosidad. Me mata lo mucho que la
deseo, y odio lo mucho que necesito hacerla mía.
Pero la Famiglia está bajo ataque, y mi nueva esposa está en peligro. Si
no aprende a seguir todas mis órdenes, puede que no sobreviva a la noche de
bodas.
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Mi esposa se someterá. Ella aprenderá a amar mis ásperas manos. Y a


cambio, le daré todo lo que pueda necesitar.
El silencioso asiento trasero del Range Rover de papá parece un coche
fúnebre de camino a mi propio funeral.
El aire acondicionado suena y hay un tabique entre el conductor, papá y
yo. Mi cinturón de seguridad parece una correa que me mantiene atada al
interior de un ataúd, y los cristales tintados son como las paredes de mi caja de
madera de pino. Pronto me echarán tierra en la cara y se olvidarán de mí, ¿y
para qué? La familia Cuevas, diría papá. Lo único que importa.
No hablamos. ¿Qué queda por decir? Ya hice todos mis gritos y llantos
allá en México, en la finca de mi papá, donde el sol amargo golpeaba mi piel y
los guardias de papá se quedaban hablando de fútbol y preguntándose cuándo
terminaría la discusión. Sus sombras se extendían por el mosaico de azulejos
que rodeaba la piscina mientras papá intentaba explicar cómo era lo correcto.
Lo odié entonces y lo odio ahora, y por todo eso todavía no me atrevo a
entenderlo.
Papá respira como un oso. Es un hombre peludo con la piel morena de
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tanto tiempo al aire libre. Lleva un polo de manga corta metido dentro de unos
pantalones oscuros y unos zapatos de vestir oscuros y un reloj que cuesta más
que el coche. La cadena de oro con el crucifijo de diamantes en el extremo
está metida dentro de la camisa, pero la saca, la toca y la besa cuando llega el
momento de la acción. Para la buena suerte, dirá. Ama esa cruz más que a mí.
No vendería esa maldita cosa ni aunque le pusieran una pistola en la cabeza.
Ojalá Manuel estuviera aquí para regañar a papá.
—Cuando lo veas, espero que te comportes. —Papá no me mira. Se
queda mirando por la ventana mientras Phoenix, Arizona, pasa como un rayo:
edificios grises y escuálidos, estructuras de imitación del suroeste con estuco y
cactus y muchas piedrecitas, nada que ver con lo que yo recordaba. Este lugar
era enorme, mítico. Hacía diez años que no venía a esta ciudad y entonces
pensaba que era mi hogar. Era el único lugar que conocía.
Ahora me parece extraño, como México cuando nos vimos obligados a
huir a través de la frontera en medio de la noche. Papá me abrazó contra su
costado y me prometió que volveríamos.
Ahora hemos vuelto y desearía que todo fuera diferente.
—Ni siquiera sé quién es —digo, dándole la espalda. Dejo que papá me
hable a la espalda. Le molestará y tal vez me gane una bofetada, pero ¿qué
importa ahora? Un último golpe de despedida para su encantadora hija. Un
regalo digno de un hombre como Gerardo Cuevas.
—No empieces otra vez. —Suena molesto y siento un picor infantil de
reivindicación.
—Pero es la verdad, papá. Piensas venderme a algún americano...
—No hace mucho, te llamabas a ti misma americana, déjame recordarte.
Hago una mueca pero mantengo los ojos fijos en el paisaje. El cielo es
como el azul de un pintor y el sol es como una bobina de horno. Todo está tan
extendido y estéril, una ciudad extendida hasta la extenuación a través de un
desierto inhóspito: hay un extraño optimismo en este lugar, como si a pesar de
las ganas que tiene el mundo exterior de cocinar a toda la gente que vive aquí,
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ellos siguieran adelante como si nada, como si no fuera una gran tostadora
inhóspita para la humanidad.
—Americano, mexicano, me estás vendiendo a un extraño. Ese es el
punto que estoy tratando de hacer. —Siento que el argumento rueda por mis
hombros. Dios, cómo le grité ayer, de una manera que nunca le había gritado
en mi vida: Bastardo, ladrón, me estás robando la vida, me tratas como una
pieza de propiedad, como si fuera un esclavo. Dije todo eso y mucho más.
Dije cosas que él nunca habría permitido de ningún hombre, y lo dije delante
de sus soldados. Lo humillé, y mi papá lo aceptó, todo porque sabía lo horrible
que es hacerme venir aquí y casarme con un extraño. Sabía que le dolía, pero
¿qué otra cosa podía hacer? Cuando papá vino y dijo que había encontrado un
marido para mí y que no pensaba decirme quién, perdí la cabeza.
¿Cómo podía casarme con un hombre que no conocía? ¿Cómo pudo
hacerme esto a mí, la única hija de carne y hueso que le queda? Este hombre,
que tiene un santuario para cada santo y cada antepasado esparcido por su
casa, pequeños nichos llenos de velas, imágenes pintadas de la Virgen María,
incienso encendido, ofrendas de fruta y flores de colores brillantes. Este
hombre que dice que la familia lo es todo. Este hombre quiere vender todo lo
que le queda en el mundo.
—No vamos a tener esta discusión de nuevo. —Ahora suena severo.
Papá está agotado; ya no es tan joven como antes y el viaje a través de la
frontera le roba algo, como si cruzar esa línea invisible de nuestro país a éste
le quitara energía y fuerza. Está mejor en México, donde puede hablar su
idioma nativo y moverse por su cultura como una foca que atraviesa el agua,
pero aquí se siente incómodo e inseguro, en un idioma que nunca dominó y
con gente que no entiende del todo. Y, sin embargo, los necesita tanto como
ellos a él.
—Conveniente para ti, pero no tanto para mí. ¿Has pensado en volver a
tu gran casa y en lo tranquila que será sin mí? ¿Has pensado en que me casaré
con ese hombre americano y tendré sus hijos y me convertiré en una extraña
para ti? Mis hijos serán americanos, papá. Los criaré en inglés y no les
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enseñaré ni una palabra de español. Espero que sean tan blancos como la
nieve.
—Olivia —dice, y ése es el papá que conozco: su voz como un carbón
metido en la garganta. Quiere echarme fuego encima—. No volveré a darte
explicaciones. Ya sabes cómo funciona nuestra familia y lo que se espera de
ti. Sin Manuel, eres todo lo que tengo en este momento para tratar de hacer
alianzas con la gente que puede asegurar que nuestra familia continúe y
prospere. Sabes que no te pediría esto si no fuera importante.
Finalmente le miro. Papá, el gran papá, con su tupida barba negra y sus
ojos oscuros, tan diferente y fuerte con su grueso cuello y hombros. Me mira
fijamente y yo le devuelvo la sonrisa.
—Lo sé, papá, y por eso aún no me he colgado.
Su ira se disipa un poco mientras sacude la cabeza y murmura oraciones
a la Virgen María rogándole que me cuide. Se toca con los dedos la cruz que
lleva en el pecho bajo la camisa, la cruz que siempre está cerca de su corazón
como nada en el mundo podría estarlo. A veces me pregunto cómo sería si
mamá nunca hubiera muerto o si Manuel siguiera conmigo o si esa guerra no
hubiera arruinado todo lo que teníamos y más.
—Ya casi hemos llegado —dice papá en voz baja y su enfado
desaparece. Estamos en medio de la nada: edificios bajos, un centro comercial,
docenas y docenas de coches. He echado tanto de menos Estados Unidos
durante tanto tiempo, los programas de televisión, la comida, los sonidos, la
expansión de la ciudad, y ahora me parece un mundo totalmente diferente al
que dejé diez años antes, demasiado grande, demasiado vacío, sin vida y
manchado por el sol y plagado de palmeras.
Nos alejamos de la ciudad principal y nos adentramos en el desierto.
Esto es territorio Apache, Yavapai y Maricopa1. Rocoso, lleno de arbustos,
verde y marrón estriado por el rojo. Esta es la tierra de mis sueños y mis
pesadillas. La tierra donde fui feliz por última vez y la tierra donde más me
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dolió. Odio estar de vuelta y deseaba tanto regresar que era como un picor en
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la base de mi columna vertebral que nunca, nunca podría rascar, por muy
cómoda que fuera mi vida en México en la casa cerrada de papá con sus

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Tribus Nativas americanas.
guardias, su piscina, sus cocineros, amas de llaves profesionales y sus cuadros
al óleo enmarcados con brillo dorado y sus ametralladoras. Es apropiado que
vaya a morir aquí, de todos los lugares.
—Antes de que lo veas, necesito que sepas algo. —Papá suena casi
asustado, y eso me produce una sacudida en la columna vertebral. Papá nunca
se asusta—. Esta no era mi primera opción, Olivia, pero tienes veinticinco
años. Hace tiempo que es hora de que te cases, y cuando me enteré de que
estaba buscando una esposa y un buen partido para su familia, supe que esta
era nuestra oportunidad de recuperar lo que hemos perdido. Necesito que
entiendas lo difícil que ha sido para mí.
—Entonces cásate con él. Sea quien sea. —Pero una incertidumbre se
aloja en mis entrañas. Una imagen de antes: un gilipollas sonriente con el pelo
y los ojos oscuros y la rabia grabada en cada fibra de su cuerpo musculoso.
Papá se pone rígido. —No seas así. Intento ser sincero contigo.
—No me siento mal por ti —digo, lo cual es parcialmente cierto.
Papá gruñe enfadado. —Lo harás, cuando lo entiendas. O quizás estarás
demasiado cegada por tu propia autocompasión como para pensar en lo que
me costó negociar este matrimonio y hacer que todo sucediera, pero así eres
tú, ¿no es así, Olivia? Una mocosa mimada. Con todo lo que hay en el mundo.
Hago una mueca y me miro las manos, las uñas pintadas de negro: un
poco de rebeldía. Negro para mi funeral. —No me siento mimada.
—Y sin embargo lo estás. Has vivido en mi casa desde que nos fuimos
de aquí hace diez años, ¿y qué has hecho? Nadar, leer y tomar lecciones de
tutores y no hacer nada. Lo has tenido fácil, Olivia, no intentes decirme lo
contrario. La mayoría de las chicas de dónde venimos, de tu edad están
casadas y ya tienen tres o cuatro hijos. Te quiero, hija, pero ya es hora de que
11

hagas algo duro.


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Aprieto los dientes y no respondo. Lo que dice no está mal, pero


tampoco es justo. Como si no hubiera pasado por suficiente.
El coche sale de la carretera principal y duda ante un gran portón con
una cabina de llamadas en el lateral. El conductor pulsa un botón y habla, pero
no puedo oírlo: la pantalla de privacidad está insonorizada. La reja se aparta y
nos dirigimos por un largo camino de entrada hacia una enorme fuente situada
en medio de un hermoso patio ante una magnífica casa que parece sacada de
una película.
Parece una estructura de Frank Lloyd Wright, hecha de cristal, madera y
pizarra, con tachones de turquesa por todas partes y cactus esparcidos por la
fachada, hecha como si se fundiera con el paisaje, como si fuera una
característica natural de la roca y siempre estuviera aquí. Es hermoso,
impresionante, incluso más hermoso que los extensos terrenos de papá en
México, y eso es mucho decir.
—Intenta comportarte —dice papá al abrir la puerta. Esas son sus
palabras de despedida para mí: una súplica para que mantenga la boca cerrada
y sea una buena chica.
Nunca se me ha dado bien eso.
Salgo tras él. El sol me golpea la espalda y quiero entrar, pero las
puertas se abren y la gente sale al frente como una procesión. Los hombres
con armas primero, los guardias con ropas negras y gafas de sol dispuestas
para mostrar la fuerza de... quienquiera que sea esta gente. Miran a papá y a
nuestros soldados sin sonreír. A continuación viene una atractiva chica de más
o menos mi edad con grandes gafas de sol y un niño pequeño a su cadera, de
no más de un año, una cosita linda con grandes ojos y una sonrisa en los
labios. La flanquea un hombre macizo con tatuajes, guapo pero con el ceño
fruncido, y mi corazón da un extraño doble latido. Me resulta familiar,
locamente familiar, se parece a alguien que conocí hace mucho tiempo, pero
no, no puede ser la misma persona. No puede ser quien yo creo que es.
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La chica me saluda con la mano y se quita las gafas de sol. La miro más
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de cerca y dejo de caminar, porque oh, Dios, ahora la reconozco, aunque la


conocí cuando solo tenía doce o trece años, todavía una niña pequeña y toda
piernas desgarradas y miradas rebeldes, y sí, eso debe significar que el tipo
que está a su lado es definitivamente Nico, el joven cabrón enfadado que
conocí cuando era un niño. Más tatuajes, más músculos, un poco más alto,
pero es él, definitivamente es él, y esa chica, esa pesadilla de chica, es Karah
Bruno toda crecida, bonita y menuda, pelo oscuro, ojos oscuros, sonriendo
como si nunca nos hubiéramos odiado con una fea amargura.
—Papá —digo y me sale como un chillido.
—Bienvenido a Villa Bruno —dice Karah, adelantándose, con Nico
fantasmagórico en la cadera.
Papá se adelanta con una gran sonrisa, con las manos abiertas. —Ah,
Karah, hola, ¿cómo estás? La última vez que te vi eras muy joven. Este debe
ser tu pequeño, ¿cómo se llama?
—Antonio —dice ella—. Y este es mi marido, Nico. No sé si se
conocen.
—No lo hemos hecho —dice Nico y estrecha la mano de papá y yo
quiero gritarle que no los toque, que se aleje de él, que se dé la vuelta y corra
por su vida. Son serpientes, son asesinas, son serpientes de pantano que se
deslizan y están hambrientas y nosotros somos su próxima comida.
—¿Y dónde está tu hermano? —Papá le pregunta a Karah.
—Está saliendo ahora mismo. Me envió a disculparme por el retraso,
estaban en una reunión. —Le regala otra sonrisa encantadora y la luz del sol
se cuela por su pelo perfecto y me dan ganas de correr—. Por favor, salgamos
de este calor.
—Papá —digo, con la voz estrangulada, porque esto no puede estar
pasando. La sonrisa de Karah flaquea y debe ver mi cara -los miro con horror
y no trato de ocultarlo-, pero Nico actúa como si no se diera cuenta. Lo único
a lo que presta atención es a su mujer, a su hijo y a los hombres de papá con
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sus armas.
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—Olivia, por favor —dice papá y me coge del brazo con suavidad pero
con firmeza. Me dirige hacia los escalones mientras seguimos a Karah y a
Nico hacia la casa, y me siento arrastrada como si me metieran en la boca de
una enorme ballena.
Lo primero que veo es un enorme candelabro brillante que cuelga sobre
el vestíbulo de entrada bañado en mármol como un símbolo de la riqueza de
esta familia. Es una broma burlona y horrible, un recordatorio de lo que
robaron, y papá camina bajo ella como si el dinero no significara nada y toda
esa sangre se hubiera secado y desaparecido. Cuando él sabe muy bien que
nada permanece completamente muerto.
Cuadros al óleo, marcos dorados, como la casa de mi padre pero todo
más limpio, más elegante, más moderno. Karah charla sobre el estrés de criar
a un niño con papá y él se ríe, haciendo su encantador acto de caballero,
aunque el niño de papá está enterrado por culpa de esta gente, y me doy cuenta
de que nuestros soldados se quedaron fuera. Lo que significa que estamos
atrapados y a merced de esta cría. No tengo ni idea de cómo papá puede
soportarlo. Se me eriza la piel de ansiedad, de miedo, de rabia.
—Por aquí —dice Karah y estamos dentro de una biblioteca. Una
enorme chimenea, hileras e hileras de libros amontonados en estanterías de
madera y un gran escritorio de caoba frente a unas vidrieras que representan
una idílica campiña italiana: colinas verdes, fardos de heno, olivos. Nico está
de pie cerca de un carrito de bebidas mientras Karah se sienta con un resoplido
y hace rebotar a su hijo en la rodilla. Me mantengo cerca de papá, demasiado
asustada para comentar las magníficas alfombras, las estatuas obscenamente
hermosas, la absurda clase, riqueza y poder que brilla en cada superficie—.
Llegará pronto —dice Karah.
—¿A qué hijo me estás vendiendo? —le pregunto a papá, tratando de
ignorar la intensa mirada de Nico y la incómoda sorpresa de Karah—. ¿Cuál?
—Olivia —dice papá, intentando sonreír, pero su tono es de
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advertencia.
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—Basta de juegos. Son conscientes de lo que está pasando. —Hago un


gesto con la mano hacia Nico y Karah—. ¿Me arrastras aquí, a esta casa con
esta gente, no me adviertes con antelación y quieres que me calle la boca?
¿Con cuál se supone que me voy a casar, papá?
Karah se aclara la garganta. —¿No lo sabes?
Me vuelvo contra ella. Karah Bruno, la pequeña mimada Karah Bruno.
No sabe nada de lo que ha sido mi vida en los últimos diez años -no, más que
eso, once años si cuentas la miserable guerra- y se atreve a hablarme ahora. La
odio tanto que me duele, como si mis entrañas fueran de fuego y me
carcomiera la piel.
—Desgraciadamente, no me dijeron quién de su familia me compraba.
Simplemente me metieron en un coche, me informaron de que iba a conocer a
mi marido y me llevaron a este infierno. Así que no, no lo sé, Karah.
Hace una mueca y mira a un lado. Mueve ligeramente la cabeza y noto
que Nico está de pie con las manos temblorosas. ¿Qué va a hacer? ¿Matarme a
golpes con ese vaso de cristal tallado por atreverme a hablarle así a su mujer?
No me extrañaría que lo hiciera.
Papá me agarra del brazo. —Basta —dice.
—No, no, está bien, señor Cuevas. Entiendo lo que está pasando mejor
que la mayoría.
—Llámeme Gerardo —dice, todavía mirándome con desprecio—. Y
aunque esto sea difícil para mi hija, no excusa su grosería.
Dejo escapar una risa amarga. —No tiene ni idea de lo que estoy
pasando, y creo que la grosería es mejor de lo que ustedes se merecen.
La sonrisa de Karah es triste. —Entiendo que nuestras familias tienen
historia. Esperaba que este matrimonio enterrara todo eso, pero entiendo que
sigas aferrándote al pasado. Si sólo...
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—¿Aferrarse al pasado? ¿Crees que si simplemente dejo de lado lo que


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pasó, mi hermano resucitará de entre los muertos? ¿Su cadáver volverá a casa
y sonreirá y me dará un gran abrazo?
El agarre de papá en mi brazo es doloroso, mientras Karah se pone
pálida y mira al suelo. Espero que sienta vergüenza, espero que todos sientan
vergüenza: esto es una parodia, una pesadilla, una broma cruel.
La puerta se abre y papá me tira a un lado mientras tres hombres entran
en la habitación.
El primero es Fynn Bruno. Lo reconozco de antes: me mira con el ceño
fruncido, asiente una vez y se une a Nico junto a la bandeja de las bebidas. El
siguiente es Gavino Bruno, guapo como sus hermanos, el más joven de los
tres. Guiña el ojo una vez y se acerca a Karah, coge a Antonio en brazos y le
hace cosquillas al pequeño, haciéndole reír.
El último se queda en la puerta.
Mi corazón se acelera salvajemente, mirándole a la cara después de todo
este tiempo, y es como si nunca me hubiera ido. Vuelvo a sentirme como esa
chica, la torpe de quince años con largas piernas desgarbadas y un caso
crónico de baja autoestima, y eso sólo hace que lo desprecie aún más. Pensé
que había dejado atrás a esa niña, pero es como volver al pasado.
Es el mismo que entonces, sólo que más viejo, más maduro. Un hombre
adulto ahora, ya no es un niño. Guapo, altivo. Ojos como el espacio entre las
estrellas. El pelo como el carbón. Es más grande, más musculoso, más
rastrojos en su cincelada mandíbula, más tatuajes en su bronceada piel. Su
traje se ajusta como una armadura a medida y cada detalle brilla con dinero,
desde el reloj hasta los gemelos y los zapatos.
Pero sigue siendo Casso Bruno. El hermano mayor de los Bruno. El
hombre que odio más que cualquier otra persona viva. Mi atormentador, mi
matón, el monstruo que aún persigue mis sueños.
El hombre que arruiné. El hombre que me arruinó.
16

—Papá —digo en voz baja. Todo mi estruendo silencioso se disipa.


Página

—Olivia, recuerdas a Casso —dice papá en la tensión—. Él será tu


marido.
Me echo atrás. Esto no puede estar pasando. Casso no se mueve, pero
sus labios se curvan ligeramente como si estuviera mirando un cadáver
desagradable en el arcén, como si yo fuera carne podrida y carne animal
moteada por las moscas, como si fuera un gusano que se ve obligado a
aplastar y tragar.
Y yo siento lo mismo por él.
—No lo sabía —dice Karah, uniéndose a su hermano mayor. Le toca el
brazo—. Quizá deberíamos tomarnos las cosas con calma. Tal vez pueda
quedarse con su padre unas cuantas noches, y vosotros dos puedan hablar...
—No —dice Casso y su tono es el sonido de las balas que entran en la
recámara de una pistola. Mira a papá—. ¿El trato sigue en pie?
Papá asiente una vez. —Sí, Don Bruno. El trato sigue en pie.
—Entonces ella se queda aquí. Olivia y yo nos casaremos en unas
semanas y nuestro acuerdo comercial seguirá adelante. ¿Funciona?
No, Dios, no, no funciona. Papá dice: —Sí, Don Bruno. Estoy deseando
reparar la mala sangre entre nuestras familias.
—Yo también, señor Cuevas. La guerra que usted libró fue contra otra
familia Bruno, una con un liderazgo diferente. Pero tengo una visión para el
futuro, y juntos creo que podemos hacerla realidad. Usted encabeza una gran
familia, señor Cuevas, un cártel fuerte con el que vale la pena aliarse. Casarse
con su hija es el primer paso hacia un mundo más fuerte y seguro para toda
nuestra gente.
Veo cómo el pecho de papá se hincha, su barbilla se inclina hacia arriba,
y quiero gritarle. ¿Cómo puede creerse estas palabras, estas tonterías? ¿Una
gran familia, un futuro fuerte juntos? Esta gente nos mató, nos echó, nos trató
como si estuviéramos por debajo de ellos. Nos asesinaron y desangraron en las
17

calles, ¿y ahora todo eso se olvida porque el viejo está muerto y el imbécil de
Página

su hijo está al mando?


¿Todo eso se olvida porque yo soy prescindible?
—Espero que trabajemos juntos, Don Bruno. Y por favor, llámeme
Gerardo.
La sonrisa de Casso es como un hielo derramado por mi columna
vertebral. —Y tú llámame Casso. Ven, Gerardo. Vamos a tomar un trago con
mis hermanos y algunos de mis Capos y discutiremos lo que pasa ahora. Tu
hija y sus cosas serán llevadas a su habitación.
Papá vacila. Vuelve a mirarme y veo la tristeza en sus ojos, la tristeza
que he estado deseando ver, algún indicio de que su humanidad sigue intacta,
pero ya es demasiado tarde para eso. Me tienen, estoy atrapada aquí, los lobos
me han rodeado y ahora me harán pedazos.
Casso Bruno. Dios, esto es una broma de mal gusto.
—Estarás bien —dice papá—. Puede que te lleve algún tiempo
adaptarte, pero estarás bien.
—Entonces cásate con él —le digo, pero ya no queda ninguna lucha real
en mí.
Sólo sacude la cabeza y sigue a Casso. Los dos hombres hablan en voz
baja mientras entran en el salón. Fynn es el siguiente, ignorándome, y Gavino
se detiene al pasar. —Bienvenida a la familia —dice con cierta ligereza y
sigue a los demás.
Dejándome a solas con Karah, su hijo pequeño y Nico.
—Sé que esto debe ser un shock. —La voz de Karah es pequeña. Me
vuelvo hacia ella y siento que me invade la rabia. Quiero gritar y arrancarle
los dientes de la boca.
Pero el niño gorjea, se ríe y se retuerce en sus brazos, y toda mi rabia se
desvanece a fuego lento.
18

—Me gustaría ver mi habitación, por favor —digo y mi propia voz


Página

suena apagada y muerta a mis oídos.


Karah parece querer seguir hablando, pero se lo piensa mejor y se
levanta. Hace lo posible por sonreír. —Por aquí.
Nico le sigue los pasos como un perro amaestrado.
Esta es mi vida. Atrapada en una mansión con gente que detesto.
Obligada a casarme con un hombre que odio tanto que me duele por dentro.
El único hombre que realmente desprecio en todo este mundo.
Ahora entiendo por qué papá no me lo dijo.
Si lo hubiera hecho, habría intentado ahogarme en la piscina para
ahorrarme la miseria de este momento.

19
Página
La habitación es más bien un apartamento sin la cocina. Los sofás de
color marfil se agrupan frente a una chimenea con una pantalla plana montada
encima, un pequeño rincón de lectura con una ventana panorámica y muchas
mantas está escondido en la esquina, hay un pequeño bar, pero no hay
botellas, y un pasillo conduce a un dormitorio principal con un baño adjunto y
una antigua cama con dosel tan grande como un petrolero. Me quedo mirando
todo esto.
Karah se mueve en silencio. Coloca mis cosas sobre la cama -dos
maletas, no más, toda mi vida condensada en maletas con ruedas- y parlotea.
—El baño tiene todo lo que necesitas, desde toallas hasta cepillos de dientes, y
si hay algo más que quieras, sólo tienes que pedírselo a uno de los empleados.
Te darán lo que sea, incluida la comida. Casso dice que no hay alcohol, pero
eventualmente volverán a abastecer el bar una vez que todo el mundo se haya
instalado. La televisión tiene muchos canales y el internet es rápido, aunque
debo advertirte que todo está monitoreado, y si tú... —Duda aquí, mirando al
20

suelo, a los preciosos suelos de madera oscura que deben costar una maldita
Página

fortuna— Bueno, si dices algo, ya sabes, cualquier cosa que no debas decir,
eh, Casso hablará contigo de ello.
—¿Es esa una forma bonita de decir que tu hermano me pegará si me
convierto en cómplice de la policía?
Sus mejillas toman un color rosa. Me alegro de que Nico no esté aquí:
se llevó al bebé y desapareció después de que uno de los empleados llegara
con mis maletas. Si estuviera por aquí, tengo la sensación de que ese gran
bruto me miraría como si estuviera a punto de romperme el cuello. Y puede
que lo haga. Ese hombre se cierne sobre su mujer y su hijo como si una brisa
fuerte pudiera hacerles daño.
—No, no creo que Casso vaya a tocarte en absoluto. No sé qué
esperabas al venir aquí, pero sinceramente, Olivia, lo que pasó entre nuestras
familias fue hace diez años. —Extiende las manos y trata de sonreír—.
Queremos dejar todo eso atrás.
Me quedo de pie, hirviendo. Los brazos cruzados sobre el pecho. —Tú
tenías, ¿cuántos, doce años? ¿Trece?
—Doce —susurra y se muerde el labio. Dios, es bonita. Me doy cuenta
de lo que Nico ve en ella, excepto que toda su familia es modelo de belleza.
¿No es una especie de broma? Son asesinos, criminales y traficantes de drogas
y proxenetas y, sin embargo, parece que encajarían en el reparto de cualquier
telenovela de alta gama.
—Tenías doce años. Yo tenía quince. No parece mucha diferencia, pero
es grande.
—Tú y Casso se conocían. —Lo afirma como un hecho.
—Sí, nos conocíamos.
—Fueron al mismo colegio. Ese lugar privado, ¿cómo se llamaba?
Desvío la mirada, cierro los puños y trato de no romper uno de los
21

jarrones de buen gusto alineados en la cómoda. —Sí, fuimos. Academia


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Miller.
—Entiendo que tienes fuertes sentimientos hacia mi hermano. Sé que
esto debe ser difícil...
—No tienes ni idea de lo que siento.
Ella asiente ligeramente. —Vale, lo entiendo, y probablemente tengas
razón, pero escúchame. Mi relación con Nico no siempre fue perfecta. Al
principio, lo que teníamos era sólo... era por conveniencia. Me casé con él
para evitar que me enviaran lejos, y él se casó conmigo... bueno, tenía sus
propias razones. Pero creció algo entre nosotros, y ahora somos más fuertes de
lo que jamás pensé que podríamos ser.
Camino de un lado a otro. Mis zapatos repiquetean contra el suelo y me
detengo en la ventana. Fuera, la roca roja se extiende en la distancia, como si
estuviéramos en la superficie de Marte. Podría escapar, salir, tirarme al suelo y
correr hacia el desierto. Estaría muerta en un día y quizá nunca encontrarían
mi cuerpo. No hay paredes visibles ahí fuera, pero es una prisión de todos
modos.
—No sé por lo que han pasado tú y tu marido, pero no te atrevas a
sugerir que nos pasará a tu hermano y a mí. No sabes lo que pasó entre
nosotros. No lo entiendes.
—Olivia, vamos a ser hermanas. Sólo quiero intentar que las cosas sean
lo más cómodas posible para ti.
Me vuelvo contra ella. Esta ingenua y estúpida niña. ¿Quiere hacerme
sentir cómoda? Eso es una mierda. Ella es la que quiere comodidad, porque si
me rindo a mi situación y actúo con amabilidad y sigo la corriente, sonrío y
muevo mis bonitos ojos, no tendrá que enfrentarse a la verdad de todo esto.
Que soy una cautiva, que mi vida es una broma miserable. Que voy a casarme
con un hombre al que desprecio.
No, no le importo nada. A ninguno de ellos le importa.
—Si te importa, entonces ve a buscarme una pistola y deja que me vuele
22

los putos sesos.


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Se echa hacia atrás como si la hubiera abofeteado y ojalá lo hubiera


hecho. Siento un placer enfermizo al herirla, y una voz en el fondo de mi
pecho me amonesta por ello. Debería intentar ser mejor, y para ser justas,
Karah lo está intentando. Ha sido más amable que nadie hasta ahora. No
debería culparla por lo que papá y su hermano eligieron.
Y sin embargo, estoy demasiado cruda para detenerme.
—No quieres decir eso. —Tiene los ojos muy abiertos y no está segura,
pero Dios, sí, lo digo en serio. No creo que me atreva a apretar el gatillo, pero
una parte oscura y rota de mí preferiría estar muerta a tener que estar viva
como la esposa de Casso.
—Acabo de ser condenada a vivir toda la vida con un hombre que odio.
Odio de verdad, no sólo el odio de colegiala, el tipo de ira que sientes ante un
niño que se burla de ti en el patio, sino un odio profundo. Llevo diez años
cargando esta emoción dentro de mí, Karah, y me está pudriendo. Una vez me
hizo tanto daño que nunca lo superé. Juré que no lo volvería a ver, pasara lo
que pasara. Y ahora se supone que debo sonreír y tener sus malditos bebés. —
Me estremezco ante la idea de tocarlo, besarlo, follarlo—. Esto es una
pesadilla. Así que, por favor, no te sientes ahí y actúes como si tuvieras idea
de lo que estoy pasando.
El silencio desciende como una araña de su tela. Me pongo de pie,
tiemblo y quiero que se vaya de una vez. Quiero estar sola, completamente
sola, para poder sumirme en mi miseria.
Papá no va a volver. Lo conozco y no vendrá a despedirse. Cuando
termine de martillear el resto de mi vida con ese monstruo de Casso, se
escabullirá y desaparecerá y yo quedaré atrapada en esta casa, un trozo de
carne para que los leones la despedacen. Casso me va a torturar, va a hacer de
mi vida un infierno, va a hacer que desee ser Manuel, que sea yo la muerta.
Y en cierto modo, me lo voy a merecer.
—Lo siento —dice finalmente Karah, mientras se levanta y se frota las
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manos en el vestido. Debe estar sudando. Casi me siento mal por ella—. Te
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dejaré un tiempo para ti. Sé que es una gran adaptación, y sólo quiero decirte
que si necesitas algo, puedes venir a buscarme. Si alguna vez quieres hablar, o
lo que sea, búscame. Si mi hermano no es bueno contigo, ven a buscarme.
Realmente quiero ayudarte si puedo.
Me encojo de hombros y agito una mano. Quiero mantenerme fuerte,
pero su amabilidad me duele más de lo que jamás creí posible. Estoy
parpadeando y ella me mira, así que le doy la espalda y miro por la ventana
hacia el desierto.
Ella se va. La puerta se cierra. Estoy sola en una habitación extraña, una
habitación más bonita que la de mi casa, con todo lo que podría necesitar en el
mundo excepto felicidad, libertad, un futuro.
Pero estoy aquí.
Exploro el apartamento. El cuarto de baño es precioso, con una enorme
ducha y una gran bañera de hidromasaje y más lavabos de los que una chica
podría necesitar, aunque sospecho que tarde o temprano les daré un buen uso.
La sala de estar es acogedora, y apostaría cualquier cosa a que Karah ha
pasado tiempo decorándola: hay libros en las estanterías, buenos libros, y
bonitos y cómodos cojines y mantas, pequeños toques hogareños que la hacen
sentir personal. No es mi casa, pero al menos es la de alguien.
Y ese es el alcance de mi mundo. Tres habitaciones y un pasillo. Cosas
que no son mías y que nunca lo serán.
El suelo se tambalea y mi cabeza es un lío mareado. Me derrumbo en el
sofá y me aprieto las rodillas contra el pecho y me limito a respirar un rato,
con los ojos cerrados para evitar que las lágrimas se derramen, pero se
derraman igualmente. No puedo mantenerlas encerradas para siempre.
Saboreo el metal en mi lengua y oigo a Casso, hace tantos años: eres una
chica muerta, Olivia. Lo dijo en serio entonces y creo que lo dice ahora.
Esto no es un matrimonio. Esto no es una alianza. Papá no me vendió a
Casso para un gran y glorioso futuro.
Me vendió a mi verdugo.
24

Pero estoy aquí. No voy a ir a ninguna parte, no importa cuánto lo


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suplique. Me incorporo, me limpio la cara y grito contra la almohada hasta


que me duele la garganta y entonces termino. Tiro la almohada a un lado. Está
húmeda en dos puntos. Me dirijo a las ventanas, furiosa, y tomo una decisión.
No voy a rodar y morir. No voy a abrir las piernas y dejar que Casso me
tenga. Haré lo que sea necesario para sobrevivir.
Y descubriré quién mató a mi hermano.
En México, tan lejos, no tuve ninguna oportunidad. Manuel era historia,
eso es todo. Pero aquí, en este lugar, con esta gente, el pasado está más vivo
que nunca, y yo estoy tan cerca.
Puedo averiguar quién se llevó la vida de mi hermano. Eso me dará un
significado: eso le dará algún propósito a este sufrimiento.
La venganza. Es fea, es amarga. Me destrozará por dentro y me
convertirá en alguien podrido y sin valor.
Pero es todo lo que tengo y todo lo que necesito por ahora.

25
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—Al final tienes que hablar con ella. —Nico da un sorbo a su bebida y
observa a Karah y a su pequeño nadar por la parte poco profunda. Antonio
lleva capas de flotadores y Karah tiene cuidado, y al pequeño parece
encantarle la piscina.
—Lo sé. —Miro mi vaso. La luz se rompe en demasiados colores en el
suelo cubierto de baldosas. El agua salpica, un bebé se ríe—. No es sencillo.
—Vas a casarte con ella. Más vale que empieces con una conversación.
Aprieto la mandíbula. Nico sonríe ligeramente y sabe que tiene razón,
pero es un cabrón de todos modos. Las cosas son complicadas entre él y yo.
Echo de menos los viejos tiempos en los que era mi mejor amigo, nada más
que eso: el joven rastrero al que tomé bajo mi tutela. Él era el músculo y yo el
cerebro, y juntos formábamos un equipo imparable. Cuando era más joven,
pensé que iría a la universidad, obtendría un título, me dedicaría a los
negocios con mi familia mientras Nico se encargaba de las cosas en la calle.
26

Quería gobernar la sala de juntas mientras él gobernaba los callejones, pero la


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vida no funcionó así.


Y luego todo se vino abajo con mi hermana hace un par de años. Es
complicado, y debería odiarle por lo que le hizo a mi viejo, por estrangular al
antiguo Don Bruno, y durante un tiempo lo hice. Pero mi viejo tuvo su
merecido y, además, papá mató a mucha gente en su época, por lo que es
lógico que a él lo mataran a su vez.
Y ahora toda la presión de ser el Don de la Famiglia Bruno, recae sobre
mis hombros, lo quiera o no.
Hubo un tiempo en el que imaginé algo más grande: un futuro, brillante
y limpio. Como el discurso que pronuncié antes en la biblioteca en beneficio
del señor Cuevas. Excepto que mi visión real no tenía nada que ver con las
familias del crimen. Esperaba poder tener una verdadera oportunidad de
construir un legado duradero, algo real.
Olivia había contribuido a arruinar eso.
—Hablaré con ella.
—Ve a hacerlo. No te quedes aquí viendo a mi esposa nadar.
—Me estoy asegurando de que mi sobrino no se ahogue.
—Ese chico está envuelto en tantas cosas flotantes inflables que no
podría ahogarse en el océano. Además, yo moriría antes de dejar que se
lastime. Así que deja de dar rodeos. Ve a hablar con Olivia.
Un cuerpo se desplaza a mi izquierda. Elise se estira y suspira. —Tiene
razón —dice, cantando, y yo hago una mueca. Casi me olvido de que está ahí.
Elise es un elemento fijo en Villa Bruno estos días, con sus uñas y labios
falsos y sus tetas falsas. Era la antigua esposa de mi padre, la amante con la
que se casó después de estrangular a mi madre hasta la muerte. No hay
ninguna razón para que Elise siga rondando este lugar, dado lo atormentada
que debe sentirse, pero no se ha ido y nadie se lo ha pedido. La mayor parte
del tiempo es una presencia benigna que flota en la periferia, ayudando
ocasionalmente a Antonio, pero sobre todo bebiendo champán y riendo
27

demasiado fuerte y charlando con Karah. Pienso dejar que se quede todo el
Página

tiempo que quiera después de lo que ha pasado.


—Gracias, Elise, pero no voy a aceptar consejos sobre relaciones de
pareja de tu parte.
Ella resopla. —Que me haya casado con tu padre no significa que sea
una idiota. —Levanto las cejas. Ella me hace un gesto de rechazo.
Nico me da un puñetazo en el brazo. —Ve a hablar con ella ahora
mismo.
—Bien, de acuerdo, que les den a los dos. —Tiro de nuevo mi bebida y
el whisky se siente como un calentador de espacio en mi vientre. Lo que no
ayuda, ya que hace un calor de mil demonios—. Pero si las cosas van mal, los
culpo a ustedes dos.
Elise me mira con dureza. —Ella es frágil. Ve con cuidado.
Sólo la miro fijamente y me dirijo hacia la casa.
Olivia Cuevas es todo menos frágil. La chica que recuerdo es un bloque
de piedra en mi mente que gotea sangre. Es una cuchilla de carne, un perro
rabioso, un cáncer en mi garganta. Mientras paso del paisaje exterior al
interior con aire acondicionado, mi ira sube lentamente a mis entrañas.
Esto fue un error, y aún no he hablado con ella.
Han pasado demasiadas cosas entre nosotros como para fingir que nada
de eso importa. Camino lentamente por la casa, hirviendo por mi propia
estupidez: ¿cómo pude pensar que podría manejar esto? Y mucho menos que
Olivia podría haber superado todo en los diez años transcurridos desde la
última vez que nos vimos. Cuando su padre me propuso matrimonio hace unos
meses, pensé que se trataba de una broma, pero el viejo Cuevas fue persistente
y finalmente empecé a ver las cosas a su manera. Ahora me pregunto si he
perdido la cabeza. Olivia no ha superado lo ocurrido, en absoluto.
La mirada que me dirigió, una mezcla de horror y repulsión, me dijo
todo lo que necesito saber al respecto.
28

Y sin embargo, hice el trato con su padre. Me caso con Olivia y a


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cambio hacemos negocios juntos. Yo compro sus drogas y las distribuyo y le


ayudo a afianzarse en este país de nuevo y él me da descuentos y mano de
obra y más conexiones en el sur. Es un buen trato, un plan sólido, y me va a
estallar en la puta cara.
Todo por su culpa.
Me paro frente a la puerta de su habitación tratando de recomponerme.
Ver a Olivia de nuevo me ha hecho sentir cosas que creía muertas y enterradas
desde hace tiempo, pero que siguen nadando en los bordes de mi visión como
antiguos sueños que regresan de cualquier lugar donde la mente los destierra.
Alargo la mano y llamo a la puerta, con el estómago revuelto.
Ella no responde. Vuelvo a llamar, y otra vez, hasta que finalmente
maldigo y entro. Esta es mi puta casa. No voy a quedarme esperando a que me
dé permiso para entrar en mi maldita habitación.
Olivia está sentada en el rincón, apoyada en los cojines y mirando por la
ventana. La luz le da de lleno y su pelo oscuro se ondula detrás de ella como
las olas contra un acantilado, con las mechas y las luces bajas brillando,
absolutamente preciosa. Se gira ligeramente, con sus labios carnosos y rosados
bajando por debajo de su pequeña nariz y esos profundos ojos marrones y esa
increíble piel oscura. Dejo que mi mirada se detenga en su figura y, a pesar de
su ropa conservadora, recuerdo por qué ocurrió aquella noche y por qué no me
atreví a apartarla completamente de mi vida, aunque se lo mereciera.
Ella es una debilidad, incluso entonces.
—¿Qué quieres, Casso?
Siento un escalofrío a lo largo de mi piel. Su voz es la misma, diez años
después. Su lengua, su boca. Todo igual. ¿Es esto lo que echo de menos
cuando cierro los ojos y la imagino de nuevo en mi vida? ¿Es por esto por lo
que estoy tan jodidamente enfadado cada vez que imagino la sonrisa de
Olivia, su risa, sus gemidos en mi oído?
—Deberíamos hablar.
Vuelve a mirar por la ventana. —¿Qué sentido tiene?
29

—Nos vamos a casar. ¿No quieres tener una conversación con tu futuro
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marido? Deberías aprender lo que espero de ti. —Intento no sonreír mientras


ella se vuelve hacia mí con rabia en los ojos.
—¿Qué esperas de mí?
—En cuanto a cómo te comportarás, cuántos hijos tendremos, tus
apariciones públicas...
—Eres un cretino. Psicópata absoluto. ¿En serio estás ahí de pie,
tratando de decirme cómo comportarme? ¿Llevo horas aquí y ya te comportas
como un gilipollas?
Me encojo ligeramente de hombros y reprimo la emoción que amenaza
con desbordarse. Desde que conozco a Olivia, siempre me ha gustado ponerla
nerviosa. Empezó en el instituto, cuando ella estaba en segundo año y yo en el
último. La guerra se desató en las calles, pero en los pasillos de nuestra lujosa
academia privada, ella era sólo una chica en un mar de putas chicas. Pero para
mí, ella destacaba, y no podía evitar burlarme de ella sin piedad. Y cada vez,
ella mordía el anzuelo, sus mejillas se volvían rosadas, su mandíbula se
apretaba hacia abajo, y Dios, solía pasar todo el período de clase imaginando
esos labios envueltos alrededor de mi polla.
Hay algo hermoso en la forma en que se enfada, como si la rabia
absoluta sin sentido que se apodera de su cara fuera la cosa más hermosa que
he visto nunca, e incluso ahora se siente como el cielo para empujarla a sus
límites. En realidad no quiero hablar de nada de esto, pero sí quiero ver hasta
dónde me deja llevarla.
—Por desgracia para ti, eso no cambia tu situación. Ahora estás aquí,
Olivia, y eres mía.
—Nunca seré tuya. —Dice esa última palabra como si fuera una
maldición.
Extiendo mis manos. —Pero, Olivia, ya eras mía. Hace tiempo. Pienso
en ti con cariño, lo sabes.
30

Sus mejillas se vuelven rosas y saboreo cada detalle. Varias emociones


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pasan por su rostro: la ira, la siempre presente ira, pero atemperada por la
vergüenza, la atracción y la excitación, y el autodesprecio. Es encantador,
demasiado encantador, y sé que tengo que calmarme ahora mismo. Este
matrimonio es real y si empiezo yendo demasiado lejos, sólo hará que lo que
venga sea mucho más difícil.
Y, sin embargo, no puedo evitarlo.
—No vuelvas a hablar de eso —dice en voz baja, mirándome a los ojos
como si estuviera a punto de levantarse y apuñalarme—. Lo digo en serio,
Casso. No vuelvas a mencionarlo o le prenderé fuego a toda la casa.
—Tú también lo harías, ¿no? Aprendí hace diez años a no tomarme tus
amenazas a la ligera.
Su mandíbula funciona mientras se acerca a mí, inclinándose como si
estuviera pensando en saltar de ese asiento y abordarme. A pesar de que la
doblo en tamaño. —Todo el mundo actúa como si lo que pasó entonces
estuviera muerto y desaparecido. Pero no lo está, ¿verdad? Puedo decir que tú
también piensas en ello. Me miras ahora de la misma manera que me mirabas
entonces.
Con un deseo total y descarado.
Quiero tomarla, controlarla, dominarla. Dios, quiero romperla.
Pero si hay algo que saqué de lo que pasó entonces, es que ella me
romperá primero si se lo permito.
—Ellos no pasaron por lo que nosotros pasamos.
—Tú no pasaste por lo que yo pasé y no intentes actuar como si hubiera
una equivalencia.
Siento que mi control se quiebra y un poco de dolor crudo se filtra por
mis brazos. —¿Crees que no lo pasé mal? ¿Que mi familia no perdió hombres,
gente que conocía y me importaba? ¿Crees que no sufrí las consecuencias? Me
arruinaste, ¿lo sabes? Todo lo que vino después sucedió por tu culpa.
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—Pobrecito. —Se burla, mostrando sus pequeños dientes blancos—.


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Ahora eres el jefe de una poderosa familia mafiosa. Parece que todo salió
bien. Aquí estoy yo, una novia involuntaria de un tipo que odio. ¿Quién de los
dos lo tiene peor?
—No lo entiendes. —Doy dos pasos hacia delante, furioso. Su actitud
aburrida y cortante, sus miradas descuidadas. No tiene ni idea de cómo todo se
ha desbordado a partir de ese estúpido error.
—Y no creo que me importe. ¿Por qué no te vas y me dejas en paz?
—Porque por mucho que me gustaría tenerte encerrada en un puto
armario toda tu vida, vamos a tener que hacer que esto funcione. Nos vamos a
casar, Olivia, te guste o no. Vamos a averiguar cómo podemos hacerlo sin
matarnos el uno al otro.
—Tú te alejas de mí y yo me alejo de ti. Así de fácil.
—¿Niños?
—Ninguno, gracias. —Vuelve a mirar hacia la ventana, pero noto el
sutil arco de su espalda. Como si estuviera pensando en el proceso de hacer
esos bebés.
—Eso no puede suceder. Tendrás mis hijos, Olivia. Eso no es una
opción.
Me mira fijamente. —Un niño. No más.
—Cuatro hijos. No es una negociación.
—Tres. O te juro que intentaré sacarte los ojos cada vez que te acerques
a mí.
Me eché a reír. Esta es la conversación más absurda que he tenido
nunca. Estamos planeando cuántos hijos vamos a criar juntos, pero ni siquiera
podemos estar en la misma habitación sin querer apuñalar al otro con una
botella rota y dentada. Es una pesadilla estúpida y no veo ninguna salida, una
pesadilla ideada por mí.
32

A veces puedo ser un bastardo arrogante.


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Sin embargo, a ella no le hace gracia, aunque no puedo culparla.


Me dirijo a la bandeja de bebidas pensando en servirme un whisky y
gruño de fastidio cuando veo que está seco. Le he dicho al personal que no
tenga alcohol en su habitación, lo que me resulta incómodo ahora, ya que un
trago me quitará los nervios. Mientras tanto, Olivia me observa,
estudiándome, buscando una debilidad. Esperando para atacar. Tengo que
tener cuidado con ella. Casi había olvidado lo intensa que puede ser y lo que
se siente al estar cerca de ella de nuevo, y los últimos diez años no han hecho
nada para disminuir ese deseo crepitante. Es como una furiosa hoguera que
arde justo al alcance de la mano y que desprende tanto calor que me encrespa
los pequeños pelos de los brazos.
—Necesito que sepas que yo no quería esto. —No puedo mirarla. Si lo
hago, pensaré en esa noche, en sus labios, en sus piernas, en su piel, Dios, en
su puto sabor, en todo lo relacionado con ella, y no quiero que esa horrible
decisión me siga persiguiendo—. Si hubiera tenido otra opción razonable, la
habría tomado.
—Me alegro de que sepas que el sentimiento es mutuo entonces.
—Tu padre me ofreció un buen trato y necesito su ayuda. También
resulta que necesito una esposa, y tú estás disponible.
—Realmente me estás ganando.
—No lo estoy intentando. —Me miro las manos. Estas manos han
hecho tantas cosas, han hecho tratos, han acabado con vidas, han dado placer a
mujeres, y sin embargo no se sienten lo suficientemente fuertes para esto—.
Hay un nuevo grupo que se está mudando a la ciudad. Rusos, una joven
bratva, y necesito que el cartel de tu padre me ayude a mantenerlos a raya.
Su risa está mezclada con burla, como si pensara que los problemas de
mi familia son divertidos. Bueno, ahora son sus problemas. —¿Qué, la
todopoderosa Famiglia Bruno no puede luchar contra unos advenedizos por su
cuenta?
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—No somos lo que éramos antes de que mi padre muriera. —Lo cual es
Página

cierto hasta cierto punto. Perdimos mano de obra y algunos negocios, pero la
Famiglia está en buena forma en general. El problema es la Bratva.
—¿Qué pasó con el encantador Don Bruno, de todos modos? ¿El
corazón negro y podrido del viejo bastardo finalmente cedió? Me gustaría
poder decir que lamento haberme perdido el funeral, pero no es así. Sólo
lamento no haber estado allí para verlo morir.
La miro a los ojos con la mayor frialdad posible. —Mi cuñado lo
estranguló hasta la muerte por asesinar a su familia cuando era un niño, y lo
perdonamos porque mi padre mató a mi madre cuando éramos niños, y él es
mi mejor amigo y mi hermana lo quiere.
Frunce ligeramente el ceño y me lanza un lento parpadeo. —Suena
complicado.
—Lo era, pero ya no. Lo importante es que tú y yo podemos ayudarnos
mutuamente. Puedo hacer tu vida más fácil si tú no haces la mía más difícil.
Ya tengo bastantes problemas sin que intentes socavarme constantemente.
—No prometo nada.
—Inténtalo de todos modos. —Camino hacia ella, con el corazón
acelerado. Mirarla es un error. Me hace sentir cosas que preferiría no sentir,
cosas que desearía que permanecieran enterradas y muertas en mi frío y
podrido pecho. Soy el Don de una poderosa Famiglia, no tengo el tiempo libre
para querer a una mujer así, para desearla física, emocional y mentalmente,
para necesitar un dominio total sobre ella, un control completo y absoluto—.
Esto puede ser fácil o difícil y todo depende de ti.
Me detengo cerca de ella, imponiéndome como un antiguo guardián del
bosque cubierto de musgo. Me mira fijamente y me sorprende lo pequeña que
parece ahora -no ha crecido en absoluto desde el instituto, excepto quizá
donde importa- y lo grande que parece en mi memoria. Nadie lo entiende,
nadie excepto ella.
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—Nunca pedí esto. —Su voz es suave. Me pregunto si tiene miedo.


Página

—Sé que no lo hiciste, pero está sucediendo.


—Si hay una forma de no casarme contigo, la voy a encontrar.
—Eres bienvenida a intentarlo.
—Y olvídate de hacerlo fácil.
Aprieto las manos en un puño, pero le doy una gran sonrisa. —Pensé
que dirías eso. Estoy deseando hacerte la vida imposible.
—Lo mismo digo, gilipollas.
Quiero darme la vuelta y salir pitando, pero sus labios se separan y
respira rápidamente, sus pechos suben y bajan con cada inhalación y
exhalación, y me dejo caer de rodillas junto a su pequeño rincón. Se pone
rígida cuando extiendo la mano y le cepillo el pelo hacia atrás, y su mano se
levanta para apartar mis dedos de un manotazo, pero la cojo de la muñeca y la
sujeto con fuerza, el tacto como si fueran mil lenguas lamiendo las yemas de
mis dedos, y sé que ella también lo siente, está recordando lo que se siente
cuando mis manos se deslizan entre sus piernas, cuando mi boca le
mordisquea el cuello, cuando mi puño le agarra el pelo y tira de él.
—Tenemos que hacer que esto funcione —digo, a centímetros de
distancia. Quiero morderle el labio con la fuerza suficiente para hacerla
gritar—. ¿Me entiendes? Hay demasiado en juego, Olivia.
—Quizá para ti. Pero para mí, sólo soy un juguete en tu juego.
—Así es, eres un juguete, y puedo jugar contigo o puedo romperte. Es
tu elección, mi pequeña princesa.
Me mira fijamente a los ojos y la abrazo con fuerza antes de soltarla y
alejarme. Siento su odio, pero también algo más: una corriente subterránea de
lujuria, un río oscuro que pasa entre nosotros. Siempre ha estado ahí, incluso
hace diez años, en el momento álgido de nuestro desencuentro, ese tono, esa
sugerencia. Lo tiñe todo, lo quiera o no.
35

Salgo de la habitación y vacilo en el pasillo, con el cuerpo temblando.


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No debería querer esto, no debería querer la presión y el estrés añadidos de


tratar con ella, porque sé que no será fácil. Ella me odia, a pesar de lo mucho
que desea entregarse a mí de nuevo, y ninguna burla o pelea hará que cambie
de opinión. Debería encontrar otra manera.
Pero no quiero que sea sencillo. Si eso es todo lo que necesito, podría
tenerlo.
No, esta es mi única opción. Lo odio, pero no voy a parar.

36
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Durante el día siguiente no hago otra cosa que reordenar los muebles,
organizar mi ropa y llamar a la cocina. Como todo lo que se me ocurre y actúo
como un vago total. La cocinera es sorprendentemente buena, y todo lo que
tengo que hacer es llamar al teléfono fijo que está al lado de mi cama y pedir
lo que quiera; hasta ahora han estado dispuestos a complacerme. Me doy
varios baños largos y me acurruco junto a la ventana y pienso en cavar un
agujero lo suficientemente profundo en la piedra caliza y dejar que la roca
haga una tumba.
Es mejor consumirse que desvanecerse. Sobre todo porque desvanecerse
significa que el sufrimiento dura más.
Eso es dramático, pero ahora mismo es lo que siento. El futuro parece
sombrío: atrapada en la casa de Casso, teniendo los bebés de Casso y dejando
que me acose por el resto de mi vida. Quiero desaparecer en algún lugar negro
y tranquilo, en algún lugar sin dolor, sin Casso, sin esta casa, sin recuerdos.
Me odio por mi debilidad, pero si pudiera olvidar a mi hermano, lo haría.
37
Página

Me duele demasiado.
Pero estoy demasiado inquieta para esconderme para siempre. A la
mañana siguiente, salgo a hurtadillas al pasillo y compruebo las habitaciones
que rodean a la mía. Son similares a la mía, aunque un poco más pequeñas y
no tan bien decoradas, y obviamente vacías. Parecen caparazones listos para la
humanidad, pero aún no han llegado. De hecho, toda el ala está vacía, como si
me hubieran dado una sección entera de la casa para mí sola.
No me encuentro con nadie de la familia.
Es perfecto: si puedo evitarlos para siempre, lo haré.
Veo a algunos miembros del personal que me dan esquinazo y me
sonríen amablemente, y yo les devuelvo el saludo sin intentar entablar
conversación. Todavía no me siento lo suficientemente cómoda, y tener gente
que me atienda nunca me ha sentado bien, ni siquiera en la finca de mi padre.
Cuando crecí en Estados Unidos no teníamos personal, aunque teníamos
mucho dinero y papá me envió a un colegio privado muy caro. Solía hablar de
la austeridad y de llevar una vida cómoda pero modesta, de cómo sólo los
pecadores hacen alarde de su dinero como si creyeran que les compraría un
lugar en el cielo. Eso cambió con los años, ya que papá gastó más y más
dinero en cadenas de oro, cruces con diamantes, lujos y comodidades, pero sus
primeras lecciones se me quedaron grabadas.
La planta baja es fresca y confortable. Encuentro una sala de juegos con
mesas de billar, un gran bar, la biblioteca, otra oficina y un gimnasio. Hay una
piscina cubierta, un jardín y un porche con enormes ventanales de rejilla y
largos y bajos bancos de madera cubiertos con cojines de cáñamo verde. Me
quedo vagando hasta que salgo al patio trasero, observando el paisaje
desértico y cómo el patio se integra en su entorno como si fuera una sola cosa.
Una chica está sentada junto a la piscina. Al principio no la reconozco,
y estoy a punto de darme la vuelta y volver a entrar cuando me llama la
atención y me saluda. Frunzo el ceño, dudando, mirando a mi alrededor con la
esperanza de que tal vez haya alguien más cerca, pero no, ella me saluda. Me
38

resulta vagamente familiar. Doy unos pasos hacia ella y me pregunto si puedo
Página

ignorarla y desaparecer -no sé por qué me preocupa ser educada-, pero hay
algo en ella. Tal vez ayude el hecho de que no sepa de inmediato quién es.
—Ven a sentarte conmigo —me dice—. Eres Olivia, ¿verdad? No seas
tímida, chica. Estoy tan aburrida que podría llorar. —Levanta un vaso de lo
que parece ser vino blanco y yo, ¿apenas son más de las nueve de la mañana y
ya está bebiendo? Pero es la primera cara que veo que es remotamente
amistosa, o al menos la primera cara que no me hace querer golpearla
inmediatamente, así que me desplazo y me siento tentativamente en la silla
junto a ella.
La chica lleva un bikini blanco con un ligero tapado de gasa alrededor
del pecho. Está bronceada a la manera de las chicas blancas italianas, con el
pelo oscuro, pestañas falsas, tetas falsas y labios falsos. Una sombrilla
proyecta una larga y amplia sombra en el suelo junto a ella, pero está bajo la
luz directa del sol. Bajo el maquillaje y el plástico, es extremadamente guapa,
y cuando me sonríe, siento una extraña sensación de comodidad, como si
estuviera bien bajar la guardia.
Lo cual es una gran habilidad para tener en una familia como esta y al
instante me hace recelar.
—Soy Elise —dice, sonriendo—. Parece que estás a punto de huir al
desierto y no mirar atrás.
Me acerco a la sombra. No sé cómo aguanta el sol, incluso tan
temprano.
—¿Puedes culparme? Soy Olivia. Pero supongo que ya lo sabes. —Me
siento rígida y torpe. Hacía tiempo que no hablaba tanto inglés y, aunque me
viene como un maremoto, todavía estoy un poco oxidada—. ¿Puedo hacerte
una pregunta grosera?
—Adelante, todo el mundo lo hace. —Ella suspira dramáticamente—.
Soy el saco de boxeo de la casa. No es que me importe, la verdad. Son un
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montón de imbéciles engreídos que no pueden ver mi majestad. Pero a veces


estaría bien que aceptaran que soy la persona más importante de cada
Página

habitación. —Ella sonríe y me mira de reojo.


—¿Quién eres exactamente?
—Gran pregunta. No es grosero en absoluto. Podría haber sido mucho
más grosero. —Estira las piernas como un gato. Supongo que tiene diez años
más que yo, pero no puedo estar segura. La cirugía plástica hace que sea
difícil saberlo. Tiene ese aspecto sin edad que tienen tantas mujeres de
California—. Soy la ex esposa y ex amante del ex Don.
Me pongo rígida al oír eso y su nombre encaja en su sitio: Elise Bruno.
Siempre fue una presencia lejana hace diez años, nunca formó parte de las
guerras, pero aun así era digna de mención debido a su relación con Don
Bruno. No sabía mucho de ella entonces y sigo sin saber nada, pero lo que dijo
Casso se arremolina en mi cerebro: una madre muerta, un padre muerto. Eso
la convierte en viuda.
—Lamento su pérdida. —Las palabras suenan huecas, incluso para mí.
Ambas sabemos que en realidad no lo siento, pero es lo más educado que se
puede decir. Y me siento extrañamente como si quisiera ser cortés con esta
persona.
Ella ríe, encantada, y da un sorbo a su vino. —No lo estoy. ¿Te
imaginas lo que era estar casada con ese hombre? No, supongo que no puedes.
¿O tal vez estás a punto de descubrirlo? —Su sonrisa socarrona me produce
un escalofrío en los muslos.
Me tumbo en la tumbona y me cruzo de brazos. —¿Por qué tengo la
sensación de que todo el mundo piensa que esto es una gran broma?
—Porque es muy absurdo. ¿En qué otro lugar se celebran matrimonios
así sino en nuestro mundo? Es como si fuéramos señores y señoras medievales
que se casan políticamente. Ugh, Dios, es una locura.
—Y sin embargo, aquí estoy haciendo exactamente eso. Debería sonreír
y seguir la corriente, pero ahora mismo me cuesta mucho sonreír.
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Se encoge de hombros y señala su vaso. —¿Bebes?


Página

—No, gracias.
—¿Abstemia?
Frunzo un poco el ceño. —¿Abs-qué?
—Significa que no bebes alcohol.
—No, bebo, pero no tan temprano.
—Tú te lo pierdes. —Ella toma otro sorbo—. Se dice que tú y Casso
tienen historia. Y no sólo la típica historia de la mafia.
Hago una mueca y me froto la cara. —¿Todo el mundo habla de ello?
—No en detalle, si eso es lo que temes. Casso no lo menciona en
absoluto, pero hay mucho interés. Hay una especie de apuesta en marcha.
Apuesto diez a uno a que eres su hermanastra en secreto y que todo esto es
una complicada treta para devolverte a la familia.
Le lanzo una breve carcajada. —Ni de lejos.
—Vaya. Bueno, hazme saber si también eres de la realeza española.
Seguro que lo pareces.
Pongo los ojos en blanco. —Dile a todo el mundo que se meta en sus
asuntos, por favor. Sólo quiero que me dejen en paz. Ya es bastante malo tener
que lidiar con Casso como mi marido.
—Es más fácil decirlo que hacerlo. ¿Has visto la casa de ahí arriba?
Incluso ese lugar es apenas lo suficientemente grande para todos los secretos
de esta maldita familia. Deberías haber estado aquí hace un par de años
cuando todo se fue al infierno, antes de que Karah se quedara embarazada y
mi marido siguiera vivo. Dios, eso fue una pesadilla, Nico realmente se volvió
loco. Pero de todos modos, aquí estás. ¿Disfrutando de tu estancia hasta
ahora?
La miro y realmente no sé qué hacer con esto. Debe tener alguna idea de
lo que pasó entre Casso y yo -después de todo, ella estuvo en la familia
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durante la guerra-, pero actúa como si todo esto fuera una especie de drama
Página

jugoso. No puedo decidir si estoy enfadada o divertida, o un poco de ambas


cosas.
—¿Sabes lo que sigo pensando? —No sé por qué quiero admitirlo ante
ella, pero las palabras salen a borbotones. Tal vez sea por haber mantenido la
boca cerrada durante el último día o tal vez sea por la forma en que me mira
sin ningún juicio—. Papá me envió aquí a morir. Ya no me quiere en el
camino de vuelta a casa, y es conveniente venderme a Casso. Conveniente
para su negocio, quiero decir. Perdió a su único hijo útil cuando mataron a mi
hermano y ahora podría enviarme lejos. Una boca menos que alimentar. Un
cuerpo menos con el que lidiar.
—¿Realmente piensas eso? —Elise parece sorprendida.
Me encojo de hombros. —Papá no es un hombre amable.
—Pero sigue siendo tu padre. Aunque supongo que no debería
sorprenderme. He visto suficiente convivencia con esta gente como para que
nada me sobresalte ya. Tuvieron casi el peor padre del mundo entero, los
pobres, aunque estoy segura de que no te dan mucha pena.
Tiene razón, no la tengo.
—Papá me quiere a su manera, pero quiere más al cartel. Esa es su
verdadera familia. La sangre es sólo sangre, pero el cártel es su legado.
También podría gastarme en cimentar su futuro y su memoria en la mente de
sus hombres. ¿Para qué más sirvo? Sólo una hija en un mundo al que no le
importa las hijas.
—Eso es triste —dice Elise y bebe su vino—. Yo valoro a las hijas.
¿Importa eso?
—No, la verdad es que no. Pero gracias.
—Por valorar a las hijas de todos modos. —Ella levanta su copa.
La observo con una pequeña sonrisa y ella me la devuelve, y casi me
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siento cómoda, al menos hasta que oigo a alguien ladrar mi nombre desde
Página

cerca de la casa. Me doy la vuelta y me encuentro con Casso de pie cerca de la


puerta trasera, mirándome como si estuviera a punto de cogerme por el pelo y
tirarme al agua. La brisa está muy tranquila y el sol es un tsunami de calor
contra mis piernas.
—Será mejor que me vaya —dice Elise, sonando molesta—. No querría
hacer infeliz al Don.
—¿Siempre es así?
—Tú lo sabes mejor que yo. Se rumorea que ustedes dos eran muy
unidos en su día.
Sacudo la cabeza y me pongo de pie. —Nunca estuvimos cerca. Me
atormentaba y yo me defendía, y ahora me odia por ello.
—Hablaré con él. A ver si puedo quitarle algo de esa energía de
gilipollas que tiene.
—Buena suerte con eso. —Me acerco a Casso a grandes zancadas y él
me mira con recelo, como si cada paso que doy me acercara a ponerle las
manos en la garganta. Lo cual es correcto. El único problema es que me dobla
en tamaño y frunce el ceño como si quisiera derribar la casa sobre mi cabeza.
—El personal me dijo que estabas vagando por la propiedad. ¿Por qué
estabas sentada con Elise?
—No sabía que estaba confinada en mi habitación.
—No lo estás. —Él se tensa, mirando fijamente—. Pero tal vez deberías
estarlo.
—Adelante, quítame la libertad también. También podrías hacerlo. No
creo que pueda odiarte más de lo que ya lo hago.
—¿Qué estaba diciendo Elise?
—Nada. —Levanto las cejas—. ¿Por qué, estás preocupado de que me
cuente todas las cosas feas que has hecho en los últimos diez años?
Sacude la cabeza y mira más allá de mí, hacia la antigua esposa de su
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padre. Elise levanta su copa en respuesta y la luz del sol se refracta a través
Página

del vino blanco y el cristal y proyecta un arco iris en el suelo.


—No, me preocupa que te diga que me he convertido en un gran
blandengue, y no quiero que te lleves una impresión equivocada. —Se
adelanta, acortando la distancia entre nosotros hasta que está justo a mi lado,
con su cuerpo como un horno, con el calor que desprende en oleadas. Le miro
a la cara cuando su mano me toca la cadera y quiero retroceder, pero estoy
atrapada allí, inmovilizada como las alas de una mariposa desplegadas—. No
me he ablandado, Olivia. Y no pienso ser fácil sólo porque tengamos una
historia.
—No esperaría nada de eso de ti.
—Bien. —Su mandíbula funciona y parece frustrado, consigo mismo o
conmigo, no estoy segura—. Vuelve a tu habitación.
—¿Me están castigando?
—Se te está perdonando. Sabrás cuando te castiguen. —Se acerca más.
Su boca se inclina y me imagino sus labios contra mi garganta—. Puede que
incluso te guste.
—Imbécil. —Le empujo y entro.
Sabe lo que me gusta, y no es él, ni nada que tenga, ni nada que pueda
darme. Pero todo este encuentro me dio una idea: Elise estuvo hace diez años
y no parece tener ningún amor por esta familia.
Me pregunto si ayudaría a una chica perdida y atrapada a encontrar al
asesino de su hermano muerto.

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Página
—No puedes dejarla ahí arriba para siempre. —Karah me mira con
dureza mientras Antonio se revuelve a sus pies, lo que realmente socava su
conducta severa. El pequeño eructa y se agarra a sus pies, intentando jugar—.
Invítala a cenar al menos.
—¿Por qué? ¿Para que la familia pueda interrogarla?
—Más o menos. —Karah sonríe dulcemente y soy intensamente
consciente de la ausencia de Nico. Es raro ver a Karah y a Antonio por la casa
sin su ángel guardián, o su monstruo guardián, o su terror sobrenatural
guardián, como quieras mirar a Nico, pero está fuera por negocios y no está
disponible para rondar amenazadoramente.
—Le ahorraré a ella y a mí mismo la incomodidad.
—En serio, Casso. No puedes dejarla ahí para siempre. Tiene que
empezar a sentirse parte de la familia, y cuanto más esperes, más difícil será.
Quítale la venda y acaba con esto. —Karah coge a Antonio, le da un beso en
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la mejilla y se lo pasa a una de las varias niñeras que están de guardia día y
Página

noche. Debe ser bonito tener suficiente dinero para emplear un ala entera del
hospital llena de ayuda para la crianza, aunque tengo que admitir que Karah
rara vez las utiliza. Se obstina en pensar que criar a su propio hijo es su
responsabilidad. Qué provinciana. Los padres necesitan ayuda a veces y no
hay que avergonzarse de ello. Pero da igual, no sé nada de niños.
—Esperaba que pudiéramos saltarnos esta fase e ir directamente a que
viva la mayor parte del tiempo en la Toscana y evite a todo el mundo tanto
como pueda.
—¿De verdad quieres una relación como la de Elise y papá? Eso suena
tan deprimente. Podrías tener algo como yo y Nico.
La miro con dureza. —Me encantaría tener algo como tú y Nico, pero
en lugar de eso estoy atrapado con Olivia. Aceptaré lo que pueda conseguir. Y
sabes que alardear de tu felicidad no es el rasgo más atractivo, ¿verdad?
Karah sacude la cabeza. Mi hermana puede ser frustrantemente
insistente a veces.
—La voy a invitar si tú no quieres. Todos, excepto Nico, estarán allí y
quiero que se sienta bienvenida.
—Pero ella no lo es.
—Casso. —Ella lanza sus manos en el aire—. ¿Qué demonios te pasa?
Sonrío a Karah y me dirijo al carrito de las bebidas con
despreocupación. Me sirvo un whisky, bebo un sorbo y me paso una mano por
el pelo, mientras la entretengo y la cabreo aún más. Sé que es una chiquillada,
pero todos volvemos a nuestras viejas costumbres infantiles cuando estamos
cerca de la familia, y es difícil actuar como el Don cuando mi hermana me
está cabreando. Está a punto de venir y darme una patada en la entrepierna
cuando por fin hablo.
—No conoces la historia entre ella y yo. —Una cosa extremadamente
patética para decir, lo admito. Pero cierto.
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—Eso no es una excusa. —Está exasperada y no trata de ocultarlo


Página

mientras camina de un lado a otro—. Recuerdo haber sentido que me vendían


como ganado no hace mucho tiempo, y aún peor, recuerdo lo que es estar
casada con un hombre que creía odiar.
—¿Cómo resultó eso?
—Mejor que como va a resultar esto si no lo dejas. —Ella suspira y
mira al techo—. Compórtate, ¿vale?
—Famosas últimas palabras.
Pero hago lo que puedo. Karah sale corriendo a buscar a Olivia y yo me
reúno con los demás en el comedor. Hacemos una cena familiar una vez a la
semana y eso es más que suficiente, pero es algo bueno aunque todos finjamos
que es una molestia. La Famiglia Bruno ha pasado por muchas cosas
últimamente, y sólo somos tan fuertes como los lazos que nos unen. La familia
es importante para todos, pero doblemente para una familia que está tan
profundamente entrelazada en los negocios, la muerte, la política, el dinero. Si
flaqueamos, todos sufren, y no quiero que esta familia se rompa, no mientras
yo esté al frente.
Siento que los bordes se deshilachan a mi alrededor. Karah está
constantemente estresada por ser una nueva madre y por ser la esposa de un
peligroso mafioso. Nico está aterrorizado por su mujer y su hijo y teme que su
trabajo les perjudique algún día. Fynn es un desastre silencioso y melancólico
-más de lo habitual, no sé qué pasa con eso- y las enormes sonrisas normales
de Gavino son cada vez más escasas. Mis hermanos pasan más tiempo en la
bolera jugando y bebiendo en el bar que en la calle revisando nuestros
negocios, y eso no es bueno.
Tengo buenos Capos, sólidos tenientes, fuertes soldados, pero algo va
mal. No puedo averiguar qué es, pero parece que una nube de tormenta está
estacionada sobre Villa Bruno, lloviendo suerte podrida a montones. Todos
mis problemas ni siquiera deberían serlo; por ejemplo, una pequeña incursión
de una nueva y relativamente débil familia bratva no debería causar ningún
problema a mi organización, y sin embargo, es como intentar pisotear
47

hormigas: siempre hay más. No sé qué es este asunto, qué es esta oscuridad
Página

que se arrastra entre nosotros como un veneno imposible, informe y viscoso,


pero quiero sacarlo y expulsarlo antes de que sea peor.
Y así tenemos una cena familiar.
—Huele fantástico, como siempre —dice Gavino mientras el personal
prepara la comida. Antes hacíamos una gran extravagancia de varios platos,
pero lo dejé después de que los chicos siguieran bebiendo demasiado y se
desmayaran antes del postre. Ahora comemos en familia, pasándonos los
cuencos, las bandejas y chocando los codos. Es más propicio para la unión
familiar o lo que sea.
Me siento en la cabecera de la mesa con Gavino a mi derecha y Fynn a
mi izquierda. Al lado de Fynn suele estar Nico, pero su sitio está vacío. A su
lado está Karah, aunque también ha desaparecido en este momento. A la
derecha, junto a Gavino, está Elise. Bebe un Martini y pone la cantidad
mínima de comida en su plato, suficiente para constituir una –comida-, pero
no lo suficiente para satisfacer a una persona real.
—Dígale a Yvette que es una princesa y que no la merecemos —dice
Elise, levantando su copa hacia la cocinera—. ¿Brindamos por la buena salud
y la larga vida?
—Ahora mismo no —digo, frunciendo el ceño ante la silla vacía de
Karah—. Todavía estamos esperando a los demás.
Fynn se inclina hacia mí. —¿Cómo van las cosas con tu nueva esposa?
—No hablemos de ella. Y aún no estamos casados.
—Haces esa distinción como si importara.
Gavino se ríe a carcajadas. El muy cabrón siempre lo hace. —¿No
quieres que hablemos de lo más interesante que ha pasado aquí desde hace
tiempo?
—Dirigimos una familia mafiosa —señalo, pinchando con el dedo el
borde de mi vaso—. Todo lo que hacemos es interesante.
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—Tiene razón —dice Elise, moviendo un montón de verduras con su


Página

tenedor mientras equilibra su Martini entre dos dedos—. Para ser una familia
de delincuentes, son sorprendentemente aburridos.
—Lo aburrido paga las facturas —dice Fynn estoicamente—. Lo
aburrido mantiene a todos vivos y fuera de la cárcel.
Elise pone los ojos en blanco. —Aburrido.
—No estamos hablando de la chica —digo fulminándoles con la
mirada, sin querer decir su nombre, y lo primero que me como esta noche son
mis propias palabras cuando Karah aparece en la puerta con una Olivia tímida
y ceñuda justo detrás de ella.
Todos se animan. Karah hace un gesto para que Olivia se una a ella,
pasa un brazo por encima de los hombros de mi futura esposa y me mira con
dureza.
—Olivia va a comer con nosotros esta noche y todas las noches de cena
familiar a partir de ahora. Y quiero que se comporten lo mejor posible, sobre
todo tú, Casso.
La cara de Olivia sugiere que no había accedido a más de una comida,
pero no tiene tiempo de discutir mientras Karah la dirige al asiento vacío junto
a Elise antes de tomar su lugar junto a Fynn, ya que Nico no está aquí.
—Una gran familia feliz —murmuro, levantando mi vaso de whisky.
Elise sirve un vaso demasiado grande de vino blanco para Olivia, que lo
toma y da un sorbo con una sonrisa de agradecimiento. Fynn me llama la
atención y me guiña un ojo, y miro fijamente al bastardo antes de apilar mi
plato hasta el borde con comida, suficiente para alimentar a una pequeña clase
de primer grado. Gavino mira a su alrededor con la mayor de las sonrisas,
claramente disfrutando y esperando a que alguien rompa el tenso silencio, y
Karah me mira como si me retara a decir algo.
Todo esto es absolutamente molesto como el infierno.
49

—¿Qué te parece hasta ahora la encantadora Villa Bruno, Olivia? —le


Página

pregunta Gavino, inclinándose hacia delante, claramente sin querer esperar


más—. Por cierto, me acuerdo de ti de antes. No llegué a asistir a tu lujosa
academia, ese fue sólo Casso, pero tenemos más o menos la misma edad.
Las mejillas de Olivia están sonrojadas y se ve preciosa, lo que sólo lo
hace más frustrante. Su cabello oscuro cae en gruesas ondas alrededor de sus
hombros y se lo cepilla hacia atrás sin pensarlo, mientras se tira de un solo
mechón junto a la mejilla. Sus ojos oscuros miran su copa de vino como si
deseara que fuera el doble de grande.
—Más o menos me acuerdo de todos ustedes, sinceramente. Quiero
decir, los recuerdo a todos. Es difícil olvidar entonces. —Mira a sus dedos,
luego a su tenedor, a cualquier parte menos a la gente que la rodea, con la
cabeza baja, y no toca la comida. La incomodidad es opresiva. Las cicatrices
que lleva de aquella guerra están todavía en carne viva y sin cicatrizar de una
manera que estoy seguro de que a todos nos sorprende: apenas he pensado en
aquella época en años. Olivia es lo único que destaca de aquella época. Pero
perdió un hermano, y sé lo difícil que es superar la pérdida de un ser querido.
A veces sigo soñando con mi madre. Todavía huelo su perfume cuando doblo
la esquina, pero nunca está ahí. Sólo un fantasma.
Elise irrumpe antes de que el malestar sea demasiado intenso. —Me
alegro de que nos hayamos quitado eso de encima. Yo también los recuerdo a
todos ustedes de hace diez años, y admito que eran una panda de mocosos
adolescentes molestos, con cara de granos y egoístas, y no echo de menos su
yo infantil. —Me guiña un ojo y bebe de su Martini—. Aunque algunos de
ustedes han cambiado menos que otros.
—Que sepas que ahora soy un hombre muy maduro —dice Gavino,
abanicando su cara de forma espectacular—. Sólo he ido a la bolera tres veces
esta semana.
—Cuatro —corrige Fynn—. Cinco si cuentas.
—Yo no lo cuento.
—Entonces cuatro. —Fynn se encoge de hombros y mira a Olivia—.
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No recuerdo mucho de aquella época. No estaba demasiado involucrado en lo


Página

que ocurría.
—Fynn estaba más interesado en las chicas y en los coches que en el
negocio —dice Karah, riendo—. No lo sabrías, pero es un playboy.
—Es cierto —dice Fynn, asintiendo—. Las damas me adoran.
—Oh, Dios —dice Gavino, poniendo los ojos en blanco.
—Basta de hablar del pasado —digo apuñalando un poco de brócoli con
el tenedor—. Lo hecho, hecho está.
—Es fácil para ti decirlo. —Olivia levanta la cabeza y vuelve a dar un
sorbo a su vino—. Ganaste la guerra. No te arrojaron a un país que apenas
conocías o entendías. No te exiliaron.
Más silencio incómodo. Suspiro y me froto la cara. —¿Así será
siempre? ¿Vas a litigar esa guerra hasta el día en que muramos?
—En el mejor de los casos, sí, y si tengo suerte, no tardaré mucho.
Gavino suelta una carcajada y yo le dirijo una mirada de muerte y él
sólo se encoge de hombros un poco disculpándose. —¿Qué? Fue una buena
quemada.
—Ha sido un error —dice Olivia y se levanta.
—Espera —dice Karah, pareciendo desesperada—. Espera. Por favor,
quédate. Podemos comer una comida civilizada, ¿no? ¿Por qué no nos hablas
de la vida en México? Seguro que a Casso le interesa.
—Mucho —digo, arqueando una ceja. No estoy ni remotamente
interesado.
Olivia respira profundamente, cierra los ojos y se tranquiliza. Vuelve a
sentarse, abre los ojos y bebe un sorbo de vino.
Habla de la finca de su padre. De las vides, los arbustos y los cactus que
crecían a lo largo de las paredes de adobe, de los azulejos que rodeaban la
piscina, de la brisa fresca que olía a flores silvestres y a miel, de las abejas y
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las mariposas que se congregaban en torno a un enorme y viejo árbol. Habla


Página

de la televisión y el cine, de las cosas que echa de menos de Estados Unidos y


de los pocos amigos que ha hecho. Karah hace preguntas, y pronto la tensión
pasa y todos estamos comiendo como si no pasara nada.
Excepto que todo es un desastre.
Hay un brillo y un resplandor sobre la velada. Gavino bromea y Fynn se
ríe en voz baja y Karah mantiene a Olivia ocupada mientras Elise lanza algún
comentario irónico de vez en cuando, y yo me quedo sentado observándoles y
preguntándome cómo no ven que esta comida se mantiene unida con
pegamento y cinta adhesiva. Hay grietas por todas partes, y algo malo se filtra.
No sé cómo no pueden verlo o por qué fingen que no está ahí, pero cuanto
más como, escucho y siento la corriente subterránea de ira incierta zumbando
bajo la charla como un túnel subterráneo, más seguro estoy de que éste es mi
futuro. Esto de aquí, esta tensa cena, es lo que será mi vida si no hago algo
para solucionarlo.
Sin embargo, terminamos la comida. El grupo se disuelve: Elise a la
piscina para beber más y holgazanear, Fynn y Gavino a la sala de juegos para
beber en el bar, y Karah para ver a Antonio. Me quedo con Olivia, que no
levanta la vista.
—No ha estado tan mal —digo, recostándome en mi silla. Tiro la
servilleta en la mesa vacía que tengo delante.
Ella se echa el último vino a la boca y se levanta. —Para ti, tal vez. —
Se da la vuelta y se va.
Aprieto los dientes. Odio que ella tenga la última palabra, así que me
levanto y me apresuro a seguirla. Mi corazón se acelera y mi cabeza es un
desastre. La alcanzo en el pasillo y le agarro la muñeca antes de que pueda
escapar. Intenta zafarse y veo la rabia en sus ojos, normalmente atenuada por
su autocontrol, pero ahora desatada por los efectos intensificadores y
relajantes del alcohol. La empujo hacia un lado y contra la pared, y ella respira
con dificultad, sus pechos se mueven arriba y abajo rítmicamente, y joder,
¿por qué sigo mirando su pecho, sus labios, sus caderas? Debería ser mejor
52

que esto. Debería ser capaz de dividirme en pedazos y compartimentar los que
Página

no me sirven, los pedazos que quieren tomar a esta chica, saborearla,


deleitarse con su belleza.
¿Por qué me hace esto, cuando lo único que quiero es dominarla,
poseerla, destruirla?
—No tenemos que odiarnos —digo, con mi boca a centímetros de la
suya—. No tienes que actuar así.
—¿Actuar de qué manera? ¿Como si no hubieras arruinado a mi familia
y nos hubieras enviado corriendo a México? ¿O como si no hubieras matado a
mi hermano?
—No maté a nadie. Al menos no en aquel entonces. —Le dedico una
sonrisa irónica.
—Quizá no tú, pero sí alguien de tu familia. Alguien de tu organización.
—Eso fue hace diez años, Olivia. Si el tipo que apretó el gatillo sigue
trabajando para nosotros, dudo que se acuerde.
Eso no es lo que hay que decir. Su cara se convierte en un gruñido y
forcejea con fuerza, casi me da un rodillazo en la entrepierna, pero consigo
bloquearla con el muslo. Un dolor sordo me recorre la pierna donde ella se
golpea contra ella.
—No vuelvas a decir eso —dice, mirándome fijamente, y estoy seguro
de que si la dejara ir ahora mismo, intentaría arrancarme la lengua de la
boca—. Quienquiera que haya matado a mi hermano no sólo... no sólo lo ha
olvidado. —Su voz se quiebra con esa palabra, olvidado, y yo lo entiendo. Mi
agarre en sus muñecas se afloja un poco y me muerdo el labio, con la cabeza
inclinada hacia un lado.
—Está bien, princesa. Puede que no lo haya olvidado. Pero, ¿cómo
demonios crees que vas a averiguar quién ha sido? Hay cientos de tipos en mi
organización. Docenas de ellos estaban activos en aquel entonces.
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—Lo averiguaré. Estoy segura de que no ayudarías aunque pudieras.


Página

—¿Es ese tu objetivo? ¿Quieres vengar a tu hermano? Me acuerdo de


él, sabes.
—No lo hagas. —Se le llenan los ojos de lágrimas. Los parpadea,
luchando por no llorar.
—Era un tipo decente. Nunca pasé tiempo con él debido a que
estábamos en lados opuestos de una sangrienta guerra de la mafia, pero
recuerdo que todos los chicos hablaban de que era inteligente y fuerte. Uno de
los mejores que tenía la familia Cuevas.
—Eso ya lo sé —dice ella, con las lágrimas rodando por sus mejillas—.
Yo quería a Manuel. Era lo único decente en mi vida, y ustedes me lo han
quitado.
Sacudo la cabeza. —Sigues culpándome. ¿Nunca te has parado a pensar
que tal vez no es culpa nuestra que tu hermano estuviera involucrado en una
guerra de mafias? ¿Qué tal vez fue otra persona?
—Adelante, dale la vuelta a papá. Eso no cambia nada. Tu gente apretó
el gatillo.
La fulmino con la mirada y ella me devuelve la mirada, y sé que no
llegaremos a ninguna parte con esto. Podemos discutir toda la noche y ella
seguirá volviendo a los mismos traumas, a la misma rabia. Su hermano está
muerto y no hay nada que podamos hacer para cambiar ese hecho.
—¿Qué quieres que haga, Olivia? —Mi voz es una rima tranquila y
entonces la huelo, como a jazmín y a sábanas de algodón frescas. Ella es un
rayo de energía a lo largo de mi piel. Me despierta y hace que mi mente dé
vueltas.
—Dame al asesino de mi hermano.
—No puedo. Sabes que no puedo. Ahora soy el Don de esta familia.
—Qué vergüenza para tu familia entonces.
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Subo la mano, soltando una muñeca, y la agarro del pelo. Ella jadea
Página

sorprendida cuando la agarro y siento un pulso entre mis piernas, una sacudida
de excitación al sentir sus gruesos mechones en mi puño. Tiro con más fuerza,
la hago jadear bruscamente y le miro la garganta como si quisiera
arrancársela.
—Sólo puedo ser paciente, y esto no es un juego —le susurro al oído.
Mis dientes están lo suficientemente cerca como para morder—. Sé que me
odias. El sentimiento es mutuo. Pero tienes que empezar a comportarte porque
no puedo pasarme todo el tiempo intentando domarte.
—No soy un animal que necesitas entrenar.
—No, eres mi futura esposa. Y te trataré como tal.
Ella me mira fijamente. —Qué se supone que significa eso, ¿eh? ¿Crees
que puedes simplemente tenerme? ¿Cuándo quieras?
—Así es, princesa. Creo que puedo tenerte. Puedo tomarte, saborearte,
follarte, hacerte gritar mi nombre, y todo el tiempo me despreciarás pero me
darás las gracias cuando te deje hecha un desastre empapado de sudor en
medio de mi cama sonando con orgasmos y lo suficientemente contenta como
para morir. Eso es lo que te daré, Olivia. No me importa si te gusto. No tienes
que hacerlo. Seguiré haciendo que se te enrosquen los dedos de los pies y lo
sabes muy bien.
Me mira fijamente con los labios abiertos y no puedo evitarlo. Es
demasiado hermosa, demasiado increíble, y por mucho que la odie por lo que
me hizo, la deseo igualmente.
Le aplasto la boca en un beso.
Al principio, creo que va a morderme lo bastante fuerte como para que
me salga sangre. Se pone rígida, no se mueve, pero cuando sus labios se
separan y siento su lengua contra la mía, me doy cuenta de que me está
devolviendo el beso y, joder, Dios mío, suelta un suave gemido como si
tratara de ocultarlo, como si se sometiera a mí a pesar de querer defenderse.
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Esto la rompe, la hace derretirse, y es lo más increíble que he experimentado


Página

nunca. Gruño y la beso más fuerte, más profundamente, y ella me aparta,


respirando con dificultad, con los labios rosados y manchados.
—Nadie dijo que pudieras besarme —jadea, mirándome a los ojos, pero
todo el odio ha desaparecido. Ahora sólo hay un deseo oscuro e inquietante en
su mirada.
—Dime que pare.
—Imbécil.
La beso de nuevo. Le muerdo el labio y dejo que mi lengua invada su
boca mientras mis manos bajan por su cuerpo, sintiendo las curvas con las que
he soñado cientos de veces, los pechos que quiero lamer, chupar y palmear, el
culo que quiero abrir, provocar y azotar. La he echado de menos, Olivia, mi
jodida Olivia, aunque la haya odiado al mismo tiempo.
Ahora está aquí y sabe a felicidad, a miel, y no sé cómo podemos volver
atrás, cómo podemos fingir que esto no se siente bien.
Ella se separa. Sabía que lo haría, porque si no lo hacía, yo seguiría y no
me detendría por nada.
—Debería ir a mi habitación —dice, mirando al suelo, sus manos en mi
pecho empujando suavemente.
Le suelto el pelo y se muerde el labio. Es tan jodidamente sexy que
podría atravesar esta pared de un puñetazo de frustración.
—Tal vez deberías. Correr y esconderte. Eso es lo que se te da bien.
Ahí está de nuevo esa ira que tanto me gusta.
—¿Qué te pasa, Casso? No puedes evitar arruinar todo lo que tocas. Es
lo único que haces.
—Así es, princesa. —Vuelvo a agarrarle el pelo, esta vez con más
fuerza—. Lo arruino todo, y te arruinaré a ti también. Ahora corre y escóndete
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en tu habitación, o si no voy a besarte de nuevo, y esta vez no pararé hasta que


Página

estés desnuda, con mis manos en tus pechos acariciando tus rígidos pezones,
con mi gruesa polla enterrada profundamente entre tus piernas. No pararé
hasta que gimas mi nombre. No pararé hasta que te quedes sin sentido,
retorciéndote, sudando, jadeando. Así que corre, princesa, corre y escóndete
antes de que me sacie.
Se retuerce de mi agarre y lo hace.
La veo irse, con la polla dura y el corazón acelerado. Mi cabeza está
marcada por una necesidad primaria y feroz matizada por el odio más
absoluto. Quiero destruirla y quiero adorarla, y no sé qué emoción es más
poderosa, pero la mezcla me está volviendo loco.
Hace mucho tiempo, ella arruinó mi vida. Tomó mis planes y los hizo
pedazos. Después de eso juré que no volvería a hacerlo, que nunca me
permitiría desear a una mujer como ella.
Ahora ha vuelto a mi vida y es como si nunca lo hubiéramos dejado.
Quiero romperla, pero aún más, quiero hacerla mía, oírla gemir y
recordarle por qué me deseó hace tantos años, y por qué nunca dejó de
hacerlo.

57
Página
Los sueños de ese beso se convierten en pesadillas. Me despierto con un
sudor frío y tengo que ducharme para despejarme.
Apenas son más de las seis de la mañana y la casa está muerta y
silenciosa.
¿Por qué dejé que me besara? ¿Por qué le devolví el beso, y Dios, por
qué gemí? Hice los sonidos más humillantes de toda mi vida en el momento
en que sus labios se fijaron en los míos y me enviaron en espiral al cielo, o tal
vez al infierno, no estoy segura. ¿Qué tiene este hombre que me hace querer
renunciar a mí misma y lanzar mi cuerpo contra el suyo?
Me vuelve loca. Me enfurece tanto que apenas puedo respirar. Casso es
un asesino, y le importa un bledo que mi hermano esté muerto. Anoche casi lo
dijo, y aun así dejé que me besara, que me tocara, que me hiciera gemir y
jadear y que le devolviera el beso.
Soy débil, eso es todo. Débil, sin valor y rota. Esa es la razón por la que
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papá me vendió a esa gente, y no puedo culparle. ¿Por qué mantener a una
Página

mujer como yo que no tiene ninguna utilidad, que se dará la vuelta y


renunciará a todos sus principios a la primera oportunidad que tenga?
Estoy tan enfadada conmigo misma que apenas puedo respirar.
Pero después de una o dos horas de echar humo, bajo por un café a la
cocina. La cocinera del turno de mañana es una simpática señora de
Guatemala que me prepara unos tamales y habla de sus nietos y su familia. Le
contesto en español, lo que me hace sentir bien por un rato, antes de tomar mi
comida y escapar. Es extraño que el inglés no me pareciera natural el primer
día, pero estoy volviendo a él como un par de zapatillas gastadas, y tiene
sentido: después de todo, fue mi primer idioma. Aunque todavía me gusta
hablar en español cuando puedo y no quiero perderlo viviendo aquí de nuevo.
Me siento en el patio trasero bajo la sombra en la esquina del patio, como la
comida caliente y deliciosa, y doy un sorbo a mi café. No es una mala vida,
dentro de lo que cabe. Desearía estar de vuelta en casa, en México, lo cual es
extraño, porque pasé tanto tiempo en México deseando estar aquí en los
Estados Unidos.
Cuando termino, estoy a punto de volver a entrar y esconderme en mi
habitación cuando Elise sale por la parte de atrás. No me ve mientras se dirige
a la piscina. Arroja sus cosas sobre una silla -el tapado, las gafas de sol y el
sombrero grande y flexible, el teléfono y varias revistas- y se sumerge en el
agua.
Me sorprende. Nunca la he visto nadar, y mucho menos mojarse el pelo.
No creía que fuera capaz de estar en el agua sin derretirse, pero hace una
elegante brazada de estilo libre hacia adelante y hacia atrás a lo largo de la
longitud, dando vueltas como si fuera la cosa más natural del mundo. Voy por
más café y, cuando vuelvo, me termino la taza viéndola nadar. Al cabo de un
rato, sale, se seca con la toalla, se envuelve el pelo y se tumba al sol.
Esta es mi oportunidad. Me acerco a ella, con el café entre las dos
manos, aunque, como mucho, está tibio. Ella me ve venir, con las cejas
arqueadas.
—¿De dónde has aparecido? —Pregunta—. Aquí no hay nadie
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despierto tan temprano.


Página

—No podía dormir. —Señalo con la cabeza la piscina—. ¿Sueles hacer


vueltas así?
—Nunca dejes que te vean trabajar —dice, moviendo un dedo en el aire
como si fuera un buen consejo—. Me parece que nadar por la mañana es
bueno para mí. No se puede sobrevivir con nada más que vino y buen rollo
para siempre, aunque lo he intentado, créeme.
—Bien. —Me siento en la silla junto a ella—. Me he dado cuenta de
algo no hace mucho.
—¿De qué?
—No tengo absolutamente nada que hacer. Estoy aquí para casarme con
Casso y supongo que para tener sus bebés, ¿pero por lo demás? Ningún
propósito en absoluto.
Se ríe ligeramente. —Seguro que se te ocurre algo, pero en realidad,
¿para qué molestarse? ¿Qué sentido tiene un propósito? Todos los demás
tienen muchos propósitos. Nosotros tenemos comodidad.
—¿No te aburres... no sé, no te aburres? ¿Inquietud? No puedo estar
sentada mucho tiempo.
—Ah, cariño, no me conoces muy bien. Estar sentada es lo que mejor
hago. Viajé un tiempo, hice lo de la sociedad, fui a fiestas y todo eso. Tengo
amigos famosos. Pero los ignoraría a todos por una buena piscina, suficiente
vino para ser feliz y mi teléfono.
—Me volveré loca si eso es lo que Casso cree que voy a hacer.
—Sólo necesitas practicar. —Se echa hacia atrás y cierra los ojos—.
Observa y aprende. Es increíble lo que puedo hacer sólo sentada aquí.
Sonrío y me siento con ella. Coloco mi taza en el suelo e intento
imaginarme que estoy aquí, que realmente estoy aquí, día tras día. Me resulta
imposible: hasta hace poco, mi vida estaba en otro lugar, viviendo en una
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cultura diferente, hablando un idioma distinto. Ahora vuelvo a ser


Página

estadounidense y me cuesta adaptarme.


—Estoy buscando a alguien —digo en voz baja, lo suficientemente alta
para que Elise me oiga, pero lo suficientemente baja para que una fuerte brisa
pueda hacer volar mis palabras de lado.
—¿Y quién es exactamente?
No nos miramos. Miro fijamente el infinito cielo azul y lo que haya más
allá.
—Un hombre, alguien de la Famiglia. Habría estado activo hace diez
años, cuando yo vivía en Phoenix. Habría participado en la guerra.
Me mira de reojo. —Supongo que quieres saber quién mató a tu
hermano.
—Sí —digo, inclinándome hacia ella con entusiasmo.
—Odio tener que decírtelo, pero no sé nada de sus asuntos. Me pasé la
mayor parte de mi matrimonio con Domiano evitándolo todo lo posible. Ni
siquiera estoy segura de haber estado en Phoenix durante la guerra, y mucho
menos lo suficientemente cerca como para saber quién lo hizo. Lo siento
mucho.
Me desinflo y aprieto los ojos. Más lágrimas amenazan y las alejo a la
fuerza. No, no voy a ponerme a llorar, no tan temprano en la mañana y tan
malditamente temprano en el proceso. Elise es la primera persona a la que he
preguntado de verdad y la única persona de esta familia que creo que me lo
diría si lo supiera, y me duele no tener nada, pero no dejaré que me disuada.
—Tal vez eso es lo que haré para pasar el tiempo. Investigar un
asesinato de hace diez años por gente que quizá ya no esté aquí.
—Buena suerte, cariño. Realmente espero que lo resuelvas, pero no te
hagas ilusiones. Esta familia ama los secretos casi tanto como el dinero y el
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poder.
Página

Sacudo la cabeza y capto una figura por el rabillo del ojo: es Fynn, de
pie cerca del patio. Está tapándose los ojos y observándonos, y no puedo leer
su expresión. Se lo señalo a Elise y ella se limita a encogerse de hombros. —
Es un tipo tranquilo —dice y vuelve a cerrar los ojos—. Sin embargo, no dejes
que te engañe. Detrás de su silencio pasan muchas cosas.
Me levanto y me dirijo a él. Mientras me acerco, Fynn me observa con
los ojos encapuchados y las manos metidas en los bolsillos de sus pantalones
de deporte. Me doy cuenta de que está húmedo de sudor y que debe haber
salido a correr hace poco, antes de que el sol hiciera un calor imposible. Quizá
Elise se equivocó al decir que todo el mundo duerme hasta tarde.
—¿Me estás vigilando por tu hermano? —Intento preguntar en broma,
pero me sale acusador.
Se encoge de hombros como si me tomara en serio. —No me hace falta.
Tiene al personal haciéndolo por él.
Me estremezco y miro por encima del hombro. No hay ningún miembro
del personal a la vista, pero es bueno saber que están informando de mis
movimientos a Casso.
—¿Qué haces aquí entonces?
—Es mi casa. Podría preguntarte lo mismo.
—Estaba hablando con tu Madrastra.
Hace una mueca. —Odio llamarla así.
—¿Entonces cómo la llamas?
—No lo sé —admite, mirando más allá de mí. Fynn es un hombre
guapo, musculoso donde los haya, pero es extraño de una manera que no
entiendo—. Está llena de dolor, esa. Siempre lo ha estado. No estoy seguro de
que todo sea por mi padre. La cirugía, la ropa, incluso esa actitud de mierda,
creo que todo es un mecanismo de defensa. Una forma de mantener el mundo
a raya.
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Sonrío a mi pesar. —Bastante profundo viniendo de un gánster.


Página
No me devuelve la sonrisa, sólo se encoge de hombros de nuevo, como
si fuera un tic nervioso. —Eso es lo que pienso de ella. Pero realmente he
venido a hablar contigo.
—Lo que sea que Casso te haya mandado a decir, no te molestes.
—Esto no es de Casso. —Se limpia las manos en los pantalones y estira
la espalda, haciendo rodar los músculos de los hombros—. Sólo pensé que
debía decir que te queremos en esta familia. Estoy seguro de que no sientes lo
mismo, pero deberías oírlo de todos modos. Casso no es capaz de decirlo por
sí mismo, así que lo haré yo.
—Gracias, pero tienes razón. —Me vuelvo hacia la casa—. Esta no es
mi familia.
—Pero lo será. Por muy duro que parezca ahora, lo será, y nosotros
cuidamos de los nuestros.
—No necesito que me cuiden y no necesito una familia como ésta.
Lo dejo en eso. Tal vez tenga razón, tal vez este sea realmente mi
futuro. Pero no estoy dispuesta a resignarme a una vida como la de Elise,
pasando las horas junto a la piscina, escondiéndome tras el maquillaje y la
ropa bonita, cubriéndome de una armadura para mantener el mundo a raya.
Quiero hacer más. Quiero hacer algo.
Me meto en mi habitación y me detengo. Algo no encaja y tardo un
segundo en darme cuenta de que hay una tarjeta doblada por la mitad sobre la
mesa de centro. Me acerco y la despliego. La letra es apretada y masculina.

Tiro la nota en el sofá y entro en mi habitación.


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Blanco, sedoso y de gasa. Top escotado, hermosa falda hecha de capas


Página

de tul. Está colgado a los pies de la cama, burlándose de mí. Miro fijamente el
vestido de novia, y no me muevo. Es como si estuviera pegada al suelo y esa
cosa fuera mi verdugo.
Lo pierdo todo de golpe. Cargo el vestido, lo arranco de las mantas y lo
tiro al suelo. Lo pisoteo, y cuando eso no me hace sentir mejor, empiezo a
arrancar trozos. Enormes trozos de blanco revolotean en el aire como copos de
nieve retorcidos. No me importa que sea bonito, no me importa que
probablemente fuera obscenamente caro, no me importa nada. Quiero
destruirlo de la misma manera que mi vida se siente destruida. Rompo el
vestido en pedazos, lo destrozo con las manos hasta que se me agotan los
antebrazos y me tumbo en el suelo cubierta de los restos hechos jirones,
temblando y sollozando entre los restos de la tela.
No hay futuro para mí. Nunca lo hubo, y todo este juego de ser
detective no resolverá ninguno de mis problemas. Ahora soy de Casso,
comprada y pagada. Soy su novia, me guste o no.
Atrapada, eso es todo lo que soy. Atrapada en esta habitación con este
vestido de novia arruinado en mi regazo, empapado en mis lágrimas.

64
Página
No salgo de mi habitación durante el resto del día. La comida aparece,
pero no recuerdo haberla pedido. Más comida tradicional mexicana, y es
buena, el tipo de cosas que tenía en casa. Alguien en la cocina está siendo
amable.
Apenas la toco.
Mucho después de que se ponga el sol, me escabullo de mi habitación.
Me escabullo en una de las muchas zonas de estar, busco una botella de vino
con tapón de rosca y me dirijo a la parte de atrás. Nadie me ve, o si lo hace,
nadie me detiene. Me dirijo al límite de la propiedad, más allá de la piscina y
del cuidado césped que probablemente requiera demasiada agua para su
mantenimiento, y me siento sobre unas rocas de color rojo oscuro. El calor del
día todavía está fresco en mis piernas. Me estiro, abro el vino y bebo.
Está bueno. Bebo más, mirando el desierto negro, preguntándome si
tengo la confianza para empezar a caminar y no parar hasta que esté tan
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perdida que no haya vuelta atrás. El sol me mataría mañana, sin duda. O me
Página

congelaría durante la noche. El frío de la tarde es suave, calmante, una


falsedad envuelta en pena. Pronto hará demasiado frío para quedarse aquí
fuera.
Oigo pasos detrás de mí y no miro atrás. Se para junto a la roca y me
mira con el ceño profundamente fruncido antes de alcanzar la botella.
Se la paso. Casso da un largo trago antes de devolvérmela.
—Buena noche —dice—. Buen vino.
—Lo robé de uno de tus muchos salones. ¿Cuántas zonas de recepción
necesita una sola casa?
Sus labios se mueven y sacude la cabeza. —Es una cuestión de poder.
Cuantas más habitaciones redundantes tengamos, más fuerte parece nuestra
familia. Es como si la riqueza pidiera el despilfarro, como si cuanto más
dinero tenemos, más inclinados estamos a tirarlo sólo para demostrar que
podemos. Es un desastre.
—Todo son juegos. Lo sé. Papá también juega a ellos. Tenía esas
pequeñas muñecas rusas en la sala de recepción de nuestra casa, hechas de oro
macizo y tachonadas de diamantes. Pero son una tontería porque papá no sabe
nada de la cultura rusa.
—¿Extrañas a tu padre?
—La verdad es que no. No estábamos muy unidos. Se pasaba todo el
tiempo dirigiendo su cártel y haciendo como si yo no existiera, lo que estuvo
muy bien durante un tiempo. ¿Lo has visto desde que me atrapó aquí?
Asiente con la cabeza y me pide la botella. Se la entrego. —Hasta ahora
las cosas con tu padre van bien. Hemos recibido un envío esta mañana. —Da
un trago y me la devuelve.
—Espero que las drogas de mi padre sean de su agrado. Estoy segura de
que la gente de Arizona estará encantada. —Golpeo el fondo de la botella
contra la roca. Hace un suave tintineo en la noche, por lo demás silenciosa.
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Agita una mano vagamente. —Arizona, Chicago, Filadelfia. Estamos


Página

trabajando con un hombre llamado Román para distribuir por todo el país.
—¿Román? Nunca he oído hablar de él. —Probablemente sea una de
esas figuras oscuras de las que siempre habla papá: esos americanos ricos que
son tan ricos que podrían comprar un país entero si quisieran, y algunos lo
hacen.
—No lo habrías hecho. —Casso se acerca y se sienta en la roca a mi
lado. Lleva un traje sin chaqueta ni corbata, el botón superior de la camisa
desabrochado. Nuestros muslos se tocan y me alejo, haciendo espacio donde
apenas lo hay para empezar—. Román es un hombre reservado, pero
poderoso. Estúpidamente rico. No sé por qué está interesado en trabajar con
nosotros, pero no hago preguntas.
—¿Alguien más fuerte que tú? Gran sorpresa.
Se ríe y vuelve a coger la botella. Le observo beber a sorbos desde el
final, pensando en aquel beso, en sus cálidos labios, en su sabor herbáceo y
terroso invadiendo mi boca, ese sabor que recuerdo de hace tanto tiempo. Han
pasado diez años y ya no es un niño, pero parece tan joven todavía, como si,
por mucho que huyamos del pasado, siguiéramos siendo esas mismas personas
atrapadas en cuerpos envejecidos. Crecemos, pero no cambiamos.
—Estos días no me siento tan fuerte. —Su voz es tranquila y acepto el
vino que me ofrece. ¿Es un momento de debilidad? ¿O es que Casso está
jugando a algo? Incluso cuando parece sincero, no puedo permitirme creer
nada de lo que dice.
—¿Los rusos? —Doy un sorbo al vino y pongo la botella entre mis
piernas.
—Entre otros, pero sí, sobre todo los rusos.
—¿Quiénes son? Tiene que ser alguien impresionante si te están
preocupando.
Se ríe como si fuera la cosa más absurda del mundo. En el cielo, una
profusión de estrellas se dispersa. La luz de la luna se inclina y se desliza por
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su pelo y sus labios parecen brillar. Hay muchas piedras por todas partes. Es
Página

un hombre hermoso, lo que sólo hace que lo odie más.


—Fuimos a la escuela con él. ¿No es una locura? Estaba en tu año, un
tipo llamado Danil Federov. Su padre fue jugador en su día y ahora Danil
dirige el Federov Bratva. Se mudaron al sur de nuevo en el último par de
meses después de trabajar en el noroeste del Pacífico por un tiempo, sobre
todo alrededor de Seattle. Supongo que se cansaron de la lluvia.
Cierro los ojos y puedo ver vagamente la cara de Danil. Era un chico
tranquilo, de piel pálida y pelo oscuro, muy inteligente. Era muy reservado,
sobre todo. —Teníamos clase de ciencias juntos. Me acuerdo de él. Aunque
me cuesta creer que ahora dirija una familia criminal. No parecía del tipo.
—Todavía no lo parece, pero es cierto. ¿Qué tan bien dirías que lo
conoces?
—No muy bien. Fuimos compañeros de laboratorio durante un
semestre, pero no hablamos mucho más allá de las cosas de la escuela.
Asiente con la cabeza y sigue mirando al cielo como si no pudiera
concentrarse en el aquí y ahora. —Mejor de lo que lo conozco al menos. Así
que ahí está eso. Podría ser bueno tener a alguien que lo conozca.
—¿Qué, quieres que me involucre en tu guerra?
Se encoge ligeramente de hombros, como si eso no fuera lo más
descabellado del mundo. Me río de él, sin poder evitarlo, y el sonido resuena
en las formaciones de los acantilados cercanos. El sonido se amplía y se aleja
mientras ahogo mi alegría con más vino.
—Ni hablar —digo, sacudiendo la cabeza—. Creo que ahora mismo
prefiero verte a ti y a Danil haciéndose pedazos. No me importaría ser una
joven viuda.
Sonríe como si eso no le molestara. —Sería bueno para todos que
actuaras de enlace. Me resulta difícil hacer que Danil hable, pero tal vez le
interese si eres tú quien tiende la mano.
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—Déjame entender algo. Me arrastras a este mundo mafioso, me


Página

obligas a casarme contigo, me arrancas de mi vida, intentas que olvide toda la


mierda brutal y desagradable que me hiciste hace diez años, ¿y ahora quieres
un favor? Casso, por favor, vete a saltar de un puto acantilado.
Su sonrisa es como un olor a perfume en una habitación llena de gente.
Sigue mirando al cielo como si viera algo en las estrellas, pero no hay nada,
sólo luces parpadeantes y antiguas pictografías que sólo equivalen a
superstición. Si el cielo tuviera respuestas, la gente ya las habría encontrado.
Es como si no se atreviera a mirarme, como si tuviera miedo de lo que pudiera
ver.
—Podemos trabajar juntos, sabes. Hay algo que quieres y yo estoy en
una posición única para dártelo.
Me quedo muy quieta. Soy muy consciente de mi respiración, de mis
piernas, de la fría botella de vino contra mi piel, del alcohol en mi estómago
que se convierte en una suave y cálida neblina, y de la voluminosa figura de
Casso, sus músculos, sus tatuajes, su calor. Soy consciente de todo ello y mi
cerebro da vueltas a cámara lenta como si no pudiera ponerse en marcha.
—¿Quieres hacer un trato? —Pregunto tras varios latidos de silencio.
Él asiente una vez. —Sí, creo que podemos llegar a un acuerdo.
—Yo ayudo con los rusos y tú ayudas a encontrar a quien mató a mi
hermano. —Me inclino más hacia él—. ¿Eso es todo? —El corazón se me
acelera y me sudan las palmas de las manos, y debería saber que no debo
seguir este camino—. ¿Cuál es la trampa?
—No lo hagas difícil, Olivia. Siempre tienes que hacerlo difícil.
—No, Casso. Quiero que seas honesto.
—Tú me ayudas con Danil y yo intentaré averiguar quién se cargó a tu
hermano. No puedo prometer nada, y no intervendré para herir o castigar a
quien haya sido, pero puedo ofrecerte esa pequeña medida de cierre, al menos
saber quién apretó el gatillo. Eso es lo que te ofrezco, y tengo la sensación de
que lo aceptarás. Porque, ¿qué más tienes?
69
Página

Aprieto los dientes. El cabrón puede leer mis pensamientos a veces


como si fuera un libro abierto. —Podría rechazarte. No te necesito.
—Podrías. Pero no lo harás. Ambos sabemos que eres del tipo práctico.
Me aprieto las rodillas contra el pecho y no me muevo, reflexionando
sobre su oferta. Me haría la vida más fácil si pudiera tragarme mi orgullo y
trabajar con él: es el Don de la Famiglia, lo que significa que puede ordenar a
sus hombres que descubran quién apretó el gatillo contra mi hermano. Pero la
idea hace que se me retuerza el estómago de vergüenza, y lo único que quiero
hacer es gritar en el desierto, gritar hasta que se me ponga la garganta en carne
viva por la injusticia de todo esto.
Confiar en Casso es un error. Ya debería saber que Casso rara vez hace
lo que dice y dice lo que realmente quiere hacer, lo que significa que hay algo
más en esta historia que no me está contando.
Y sin embargo, estoy tentada. Dios, es una estupidez, pero ¿qué otra
cosa tengo ahora mismo?
—¿Recuerdas cómo me tratabas en su día? —Miro fijamente la roca,
intentando con todas mis fuerzas no mirarle, porque si encuentro su mirada,
podría derrumbarme.
—Me acuerdo.
—Eras un gilipollas. Me encontrabas en los pasillos y me empujabas
contra las taquillas. Plantaste rumores, robaste mis libros, incluso intentaste
convencer al Sr. Lockerty para que me suspendiera. ¿Lo recuerdas?
—Le dije que hiciste trampa en un examen. Estuvo a punto de creerme
hasta que recordó que yo iba dos cursos por delante y que no podía saber nada
de eso. —Se ríe suavemente para sí mismo—. Y sin embargo, nada de eso se
compara con lo que hiciste.
Cierro los ojos y veo al joven Casso sonriente con su pelo perfecto y sus
dientes blancos y rectos. Era un tiburón que vagaba por los pasillos de la
Academia Miller tomando lo que quería y haciendo lo que deseaba, y nadie
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era lo suficientemente valiente o estúpido como para decir una maldita cosa,
Página

excepto yo. Le llamé la atención una y otra vez, le dije a la cara lo que
pensaba de él y cosas peores, y no me dejó olvidarlo ni un minuto. Me tiraba
del pelo, me robaba el dinero y me cortó las correas de la mochila tantas veces
que tuve que llevar una aguja e hilo al colegio para poder coserla de nuevo.
Era un huracán que amenazaba con destrozar mi vida en cualquier momento, y
yo vivía con un miedo constante y total.
—No estaba bien. —Estoy susurrando ahora. Estoy temblando de rabia
y de algo más. Recuerdo la forma en que me miraba entonces, como si fuera
una babosa bajo su bota, especialmente cuando su grupo de amigos estaba
cerca. Todos esos tipos hace tiempo que se fueron -eran niños ricos que se
divertían con un lobo de verdad, y ahora probablemente estén todos trabajando
para sus mamás y papás haciendo impuestos para los verdaderos ricos, si
tuviera que adivinar- pero Casso era su rey. Era su emperador, su líder.
Adoraban el suelo que pisaba porque no tenía miedo de tomar lo que quería
como ellos.
Cuando ellos no estaban, Casso era aún peor.
No fue el desprecio lo que me mató. Podía entenderlo: nuestras familias
estaban en guerra. Nos odiábamos porque teníamos que odiarnos. Se
derramaba demasiada sangre, había demasiado en juego como para no hacerlo.
No, cuando Casso y yo estábamos a solas entonces, me miraba como si
quisiera devorarme. Como si todas esas burlas, esas peleas, ese acoso, todo
eso fuera una excusa para acercarse cada vez más a mí. Recuerdo sus manos
sobre mi cuerpo, sus dientes cerca de mi garganta, sus sonrisas burlonas, sus
brazos musculosos que me inmovilizaban contra una cabina de baño, su
respiración rápida y frenética. Estaba aterrorizada, pero también palpitaba de
deseo cada vez que se acercaba, como si mi cuerpo anticipara su contacto y lo
anhelara.
Una adicción enfermiza. Como si el dolor valiera la pena.
—Estábamos en guerra —dice—. Yo era impotente en ese entonces,
sólo un niño tratando de entender el mundo. La guerra parecía tan grande, y yo
71

no tenía influencia en mi familia, al menos todavía. Dirigía mi pequeño equipo


con Nico, pero aún estábamos subiendo. Tú parecías la única forma de ayudar
Página

a mi familia.
—¿Haciendo mi vida miserable? No hizo nada por la guerra.
—No, tienes razón, no lo hizo. Pero en aquel entonces yo quería que lo
hiciera.
Apoyé mi barbilla en las rodillas. —¿Por eso no me dejabas en paz?
¿Por qué seguiste con ello?
—Eso es una gran parte —dice y se acerca más—. Pero sabes por qué
más.
Sacudo la cabeza, temblando. Tal vez por el frío, tal vez por el recuerdo
de que me hizo daño, una y otra vez. —No empieces a hablar de esa noche. Lo
prometimos.
Pero él sigue. —Esa es la otra pieza de todo esto. Por todas las horas
que pasé queriendo romperte el cuello, pasé el mismo tiempo pensando en
desnudarte en el vestuario y follarte sin sentido. ¿Te imaginas cómo era? Te
despreciaba y quería ver arder a tu familia, pero tenía tantas ganas de follar
que me dolía la piel estar cerca de ti. Me desahogué contigo, Olivia, pero no
creo que estuviera enfadado contigo. Creo que estaba enfadado conmigo
mismo. Sólo quería destruirte.
Parpadeo para evitar las lágrimas. El viento fresco recorre mis mejillas
y mis labios. —Esa noche fue un error. —Vuelvo a susurrar. No puedo
levantar la vista. No puedo moverme ni un centímetro o podría resquebrajarme
y hacerme añicos, y eso sería aún peor que admitirle que deseaba todo eso
tanto como él.
—Fue un error —dice, y su mano me roza el cuello, con las yemas de
los dedos rozando mi pelo y bajando por la espalda—. Pero fue un buen error.
Dime que no sigues pensando en ello. Porque, princesa, pienso en ello todo el
tiempo, he pensado en ti durante años.
—Casso.
72

—Lo haces, sé que lo haces. Lo saboreé cuando te besé. Lo puedo ver


Página

por todo tu cuerpo ahora. Estás temblando y no hace tanto frío. Estás
pensando en lo que fue ceder finalmente y es aterrador porque es muy bueno.
La sumisión, la sumisión tranquila y suave puede ser su propia forma de
éxtasis. Su propia forma de poder. Te entregas a mí, y al hacerlo me permites
que te haga sentir cosas que nunca en tu vida soñaste que podrías sentir. Si no,
¿qué sentido tiene? Puedes seguir respirando con tu triste aliento y viviendo tu
pequeña y triste vida, pero en el fondo sabes que prefieres dejar que te posea.
Me muerdo las lágrimas. Sus palabras son hierros calientes que se me
clavan en la garganta por su verdad y por lo que esconden. Lo que no
menciona es que detrás de todo ese placer hay aún más dolor que espera
marcarme, romperme, arruinarme.
—No quiero ayudarte. No quiero casarme contigo. No quiero nada de
esto.
—Yo tampoco quiero nada de esto, princesa. Pero estás aquí. —Me
agarra del pelo, tira con fuerza y yo jadeo, medio gemido, medio gruñido de
dolor. Así es él, placer y dolor—. Y no te voy a dejar ir.
Me tira hacia él y por fin me libero de la vergüenza y el tormento. Me
desplazo, muevo las caderas y me pongo a horcajadas sobre él, arqueando la
espalda y empujando el culo hacia su regazo mientras empujo mi boca contra
la suya, besándole con una intensidad que no sabía que sentía. Su mano me
aprieta el pelo y me devuelve el beso, y yo me muevo contra él, apoyándome
en su polla mientras él se pone lentamente rígido entre mis piernas.
Dios, es como lo recuerdo. En el momento en que me suelto, todo mi
autocontrol se evapora y me lanzo sobre él. Mi ego desaparece, mi miedo se
convierte en humo, todo se reduce y puedo vivir con una sorprendente y
hermosa concentración. Sólo está él, nuestros labios, nuestros cuerpos. No
puedo evitarlo, lo necesito, necesito sentirlo grueso entre mis muslos,
gimiendo, mordiendo, sudando, prometiendo cuidarme siempre. Prometiendo
hacerme sentir bien, pero nunca prometiendo no hacerme daño.
73

Le muerdo el labio con fuerza y lo miro fijamente a los ojos, con las
manos agarradas a su pelo. —Si te ayudo con el ruso, tienes que prometer que
Página

no lo matarás. Jura que no matarás a Danil.


La sonrisa de Casso me vuelve loca, pero su polla dura hace que
parezca un éxtasis. —¿Y por qué tendría que prometer eso?
—Porque si no, puedes irte a la mierda. Promete que no asesinarás a
Danil pase lo que pase. No sin mi permiso primero.
—Evitaré hacerle daño a toda costa.
Sé que eso es lo mejor que conseguiré, así que le tiro del pelo y espero
que eso haga gemir al cabrón. No me decepciona. Nunca lo hace.
Sus ojos brillan y levanta la barbilla. Lo beso lentamente, gimiendo
mientras me aprieto contra su entrepierna, y cuando siento que no puedo más,
cuando el éxtasis es una agonía y mi mundo es un punto de referencia, sólo
mis labios, los suyos y la fina línea entre el placer y el dolor, sólo entonces me
separo. Me tambaleo hacia atrás, poniendo distancia entre nosotros, y casi
tropiezo con un pequeño montón de piedras.
No puedo hacerlo. No puedo volver a estropear esto, no otra vez. No
cuando no tengo nada que quiera, y él tiene todas las cartas.
—¿Huyendo? No debería sorprenderme. Es tu especialidad. —Sus
palabras son rayos contra mis defensas. Coge la botella de vino abandonada y
se la termina. Cuando la última gota roja cae en su lengua, lanza la batalla y se
estrella en la oscuridad.
Sacudo la cabeza, con el pelo moviéndose alocadamente. —
Trabajaremos juntos, pero no más que eso.
—No, princesa, no más que eso. —Pero sus ojos dicen que está
mintiendo.
Vuelvo corriendo a la casa.
74
Página
Relleno el vaso de Nico y me siento a su lado, con los codos apoyados
en la barra. La sala de juegos está tranquila, la mesa de billar está preparada y
lista para una partida, pero ninguno de los dos tiene ganas de jugar. Él brinda
por mí y bebe, y yo doy un sorbo a mi whisky, mirando mi reflejo
distorsionado en las botellas. Pensando en Olivia la noche anterior. Sus
piernas a horcajadas sobre mis caderas, su culo rechinando contra mi polla
tiesa mientras me tiraba del pelo. No lastimes al Ruso. ¿Por qué diablos no?
—Estás de mal humor —comenta Nico, que no es tan astuto. No es
broma, estoy de mala luna. Olivia ha vuelto a mi vida y por lo visto no se me
permite asesinar a un hombre que se mete en mi territorio.
—Las cosas están complicadas.
—¿Con Olivia?
Choco su vaso con el mío. —Tú eres el gran ganador.
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—Nunca pensé que vería el día en que el gran playboy Casso fuera
Página

derribado por una mujer.


—Habla por ti.
Él sonríe. —Es tu hermana de la que estás hablando.
—Sólo digo que nada es sencillo.
—No tiene que ser todo malo, ya sabes.
—¿Estás a punto de decirme que puedo tener una vida feliz como tú y
mi hermana? Porque estoy extremadamente desinteresado en tener esa
conversación de nuevo.
—Supongo que Karah ya te ha convencido. —Se ríe suavemente, un
estruendo bajo—. Entonces diré lo que ella no. No tienes que enamorarte de
Olivia. Ni siquiera tiene que gustarte. Pero sí tienes que ser un buen marido y
un buen padre si tienen hijos.
—Es difícil escuchar una lección de honestidad de un tipo que se coló
en mi familia y asesinó a mi padre.
Su cara vacila y yo sonrío con maldad. No debería usarla contra él como
si fuera un garrote, pero no puedo evitarlo: puede que las heridas se hayan
curado, pero las cicatrices siguen ahí. Entiendo sus motivaciones e incluso me
alegro de que haya tenido los cojones de hacer lo que había que hacer -sobre
todo por el bien de mi madre, aunque no fuera eso lo que pretendía-, pero sigo
preguntándome por nuestra amistad. ¿Fue todo falso? ¿Fue algo real?
—Independientemente de lo que haya hecho, sigue siendo la verdad.
—Ya lo sé. —Paso el dedo por el borde del vaso y me imagino a cuatro
bebés pequeños correteando por la casa, todos con mis ojos, su pelo y su piel.
Es un pensamiento extraño, bizarro, y de repente me alegro de que ya haya
una flota de niñeras en plantilla—. Se lo dije a Olivia.
—¿Y qué le pareció a ella?
—Aparentemente no está interesada en un matrimonio de conveniencia.
Conmigo, al menos.
76

—¿Es eso una gran sorpresa? Karah me explicó el contexto aquí, y


Página

sospecho que hay más cosas que no sé. Hiciste muchas cosas en esa maldita
escuela de lujo de la que nunca me hablaste.
Sonrío ante la luz que se refracta a través de las botellas de vodka. Sí,
tiene razón, no le conté mucho en aquel entonces, porque no lo habría
entendido. Nico era un chico duro de un entorno duro, y yo era el hijo del rico
Don que iba a un colegio privado. Él se ganó sus galones en la calle a base de
sangre y nudillos rotos, y a mí me costó seguirle el ritmo día tras día, pero lo
conseguí. Aprendí a ser un asesino mientras él nacía en el papel.
Me guardé las cosas para mí. No le conté sobre Olivia y las
consecuencias. Todavía lo hago a veces. No quiero que me vea como el débil
chico de Don, incluso si eso es lo que era y lo que quería. Aunque mis planes
implicaran dedicarme a los negocios mientras Nico seguía en las calles,
matando, peleando y saqueando. Se suponía que éramos dos mitades de una
moneda. Ahora sólo somos una cara de un billete de dólar.
—¿Quieres saber algo que aún no te he contado? Danil Federov fue a la
Academia Miller. Estaba en el año de Olivia, en su clase.
Nico gruñe. No parece sorprendido, pero lo conozco mejor que eso.
Está pensando mucho en ello, dejando que la idea dé vueltas en su cerebro.
—Es una gran coincidencia —dice finalmente. Afirmando lo obvio.
—Soy consciente. ¿Qué posibilidades hay de que un tipo con el que
fuimos al colegio vuelva a la ciudad al mismo tiempo que Olivia? ¿Y resulta
que dirige su propia tripulación? Es más que sospechoso.
—¿Crees que está aquí por ella?
Sacudo la cabeza. Más vale que no lo esté. Pero no puedo decirlo. Nico
se lo repetiría a Karah y se haría una idea de lo que siento y no necesito ese
lío. Sobre todo no quiero explicarle a mi hermana que sí, que me atrae Olivia
y que sí, que quiero follármela hasta el olvido. Esa no es precisamente una
buena conversación para los miembros de la familia.
77

Golpeo con los nudillos la tapa de la barra de madera picada. —No sé


Página

qué pensar, pero aceptó hacer de enlace a cambio de un favor.


—¿Ya estás haciendo tratos con tu futura esposa? Típico de Don.
Gruño y no quiero pensar mucho en eso. —Necesito que hagas una
investigación por mí o que consigas a unos tipos que lo hagan o como quieras
que se maneje. Necesito saber quién mató a su hermano, Manuel Cuevas. Esto
habría ocurrido hace diez años, durante la guerra, cuando yo estaba en el
último año del instituto.
—Y no era más que un delincuente juvenil con antecedentes penales y
afición a la pequeña delincuencia.
—Más o menos. Pero mantén esto en secreto, ¿de acuerdo? No sé quién
hizo qué en aquel entonces y no quiero causar más conflictos de los
necesarios. No necesito que la gente piense que voy a empezar a romper
cráneos por una guerra que ya pasó hace diez años.
—Entendido. —Él echa atrás su bebida—. Puedo ser discreto.
—Ya lo creo. —Yo también termino mi bebida. Está caliente y dura,
con un agradable sabor a turba—. Tampoco se lo digas a Karah.
—¿Por qué no? Es mi mujer.
—Sí, y es mi hermana, y empezará a hablar mal si sabe que estoy
haciendo algo para ayudar a Olivia. Por mi bien, por favor.
—No puedo prometer eso, pero haré lo que pueda. —Se levanta y se
aleja de la barra. Retumba como un jumbo y camina como un elefante. Es un
gran bastardo, con músculos y peligro. Hay una razón por la que ha sido mi
ejecutor durante todo el tiempo que he necesitado uno. Pero también es
inteligente, mucho más inteligente que la mayoría de los chicos de esta
organización, y eso le da una ventaja. Hay una razón por la que nos hicimos
amigos, pero ahora me pregunto si me encontró porque nos llevamos bien o
porque quería utilizarme para acercarse a mi padre. Sospecho que es esto
último y no me parece bien.
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Se marcha y yo me quedo solo en el silencio. En algún lugar, una


Página

aspiradora hace ruido. Bebo otro whisky, tomándome mi tiempo. Pienso en el


beso de Olivia, sus caderas, su boca. Sus labios y su lengua. Sus gemidos.
Cometí errores hace diez años. Todavía cometo errores con ella. Pero
entonces era peor: no sabía que la quería. No me di cuenta de lo que sentiría al
ceder y saborearla, y cuando finalmente caímos en esa cama, era demasiado
tarde. Había una distancia insalvable.
Esperaba que esa distancia se hubiera reducido con el paso de diez años,
pero no ha sido así.
Olivia sigue en el lado opuesto, tratando de escapar. Y yo sigo
persiguiéndola. Sólo que no sé si quiero retenerla o estrangularla.
Fortalecido por varias copas y algo de tiempo para mí mismo, me dirijo
a mi despacho, antes el de mi padre. Todo el lugar ha sido rehecho con
muebles nuevos, alfombra nueva, incluso los libros son nuevos. No es fácil
deshacerse de la mancha de la muerte, pero se puede hacer. Un bolso de vestir
cuelga delante de las estanterías detrás de mi escritorio y lo cojo, sorprendido
por lo pesado que me parece. Me lo pongo sobre el hombro y me quedo allí,
observando mis dominios, la chimenea de mármol, quieta y silenciosa,
cubierta de cenizas y ennegrecida; los sofás bajos y sus cojines de cuero
acolchados; la bandeja de bebidas con sus copas de cristal tallado y sus
decantadores. Son símbolos de poder. Se pretende que sea impresionante.
Cualquiera que entre aquí debería ver el arte caro, los libros de lujo, las llamas
rugientes, la alfombra de diseño, y dejarse acobardar. ¿Por qué luchar contra
un poder como la Famiglia Bruno? Podemos malgastar el dinero en cosas
como cojines bordados antiguos y mantas de lana de alpaca. También
podemos desperdiciar dinero en matar a los que se cruzan con nosotros.
Me estoy entreteniendo. Maldigo para mis adentros y me dirijo al
vestíbulo. Subo las escaleras y entro en el ala más lejana. Olivia es la primera
persona que vive en esta parte de la casa en años. Me detengo frente a su
puerta y me pregunto si debo irrumpir en ella. Me conformo con varios golpes
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firmes.
Página

Esta vez, ella responde. Me sorprende lo pequeña que parece. Piel


oscura, pelo oscuro, ojos oscuros. Labios grandes y rosados. Lleva un
pantalón corto de mezclilla y una blusa campesina roja con florecitas en el
centro.
—¿Qué quieres? —pregunta. Parece menos molesta de lo que esperaba.
Paso junto a ella y entro en la sala de estar. La televisión está en silencio
y hay un libro abierto en el rincón de lectura. Una novela de fantasía que no
reconozco. Parece molesta cuando cierra la puerta y me mira, con las manos
en la cadera.
—Tengo algo para ti. —Tiendo la bolsa del vestido sobre el respaldo de
una silla—. Por favor, no destruyas esto.
Sus mejillas se sonrojan. —Ya lo sabes.
—El personal lo ha limpiado. Así que sí. —La jefa de la limpieza se
disculpó mucho; temía que la tomara con ella, pero yo no mato al mensajero.
—No debería haberlo destruido.
—Me imaginé que lo harías. Pero este es diferente. —Le indico el
bolso—. Era de mi madre.
Parece sorprendida. No sé por qué. En una familia como la nuestra todo
gira en torno a la tradición, y es una buena tradición pasar las cosas de
generación en generación. Quiero honrar a mi madre como sea, que en paz
descanse, y esto me parece algo bonito, y además, este tipo de cosas nos
conectan con el pasado y fortalecen el presente. Olivia va a interpretarlo
demasiado. También Karah. Tal vez sea una mala idea.
—Hablas en serio con todo esto, ¿verdad? —Su rostro palidece mientras
gira la cabeza de lado, mirando hacia el pasillo, hacia su dormitorio—. Está
sucediendo de verdad.
—Está sucediendo, princesa. —Doy un paso hacia ella—. Le dije a
80

Nico que investigara el asesinato de tu hermano. Es inteligente, capaz y


Página

discreto. Si hay algo que encontrar, lo encontrará.


Me mira y la esperanza en sus ojos me rompe el corazón. No me atrevo
a decirle que es totalmente improbable que encuentre algo, y aunque lo haga,
no permitiré que ataque a uno de mis propios hombres. Será peor que no
saber: tendrá un nombre, una cara y no habrá manera de hacer nada al
respecto.
—Si me pongo ese vestido, ¿en qué me convertirá?
—En mi mujer.
—No, Casso, ya sabes lo que quiero decir. ¿Cómo puedo ponerme un
vestido de la familia que mató a mi hermano? ¿Qué me obligó a salir de mi
casa?
—Puedes y lo harás. —Avanzo hacia ella lentamente. Ella retrocede
hasta chocar con la puerta. Me detengo cuando estoy apenas a un pie de
distancia, al alcance del brazo. Me encanta la forma en la que respira rápido,
un toque de miedo en sus ojos mezclado con la excitación, como si no pudiera
decidir si le gusta esto o si le asusta. Como en los viejos tiempos—. Estoy
cansado de jugar. Estoy cansado de preguntar. Nos vamos a casar mañana.
—No —dice ella, un susurro. Una parte de ella todavía se aferraba a la
esperanza. Pensó que tal vez, sólo tal vez, algún caballero de brillante
armadura podría llegar y salvarla. Pero no hay ningún caballero, sólo estoy yo,
mi jodido yo.
Me arrodillo y saco el anillo del bolsillo. Su respiración es entrecortada
y las lágrimas ruedan por sus mejillas. Exactamente lo que un hombre quiere
ver al proponerle matrimonio.
—Mañana —digo, cogiendo su mano. Ella me deja deslizar el anillo en
su sitio. Varios diamantes grandes brillan en una pequeña vaina alrededor de
la banda de oro blanco. Karah lo eligió y prometo que es bonito—. Serás mi
esposa mañana.
No se lo pregunto. Esto no es una pregunta. Esto está sucediendo, lo
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quiera ella o no.


Página

—Casso. Esto es demasiado pronto. ¿Qué pasa con Danil? ¿Manuel?


Hay un millón de razones para esperar.
—No hay que esperar. —La suelto bruscamente y me pongo de pie. Ya
está, lo hice, me arrodillé y le propuse matrimonio. Bueno, no se lo propuse,
se lo ordené, pero eso es lo mejor que va a conseguir de mí. Estoy cansado de
hacer las cosas a medias y harto de intentar ser amable y complaciente. Ella
será mi esposa. La tendré.
Mira el anillo en su dedo. Su pelo brilla mientras se mueve y se desliza
junto a mí, entrando en la habitación. Se queda mirando fijamente y coge la
bolsa del vestido, abriendo la cremallera hasta la mitad. Emite un extraño
sonido estrangulado en su garganta.
—No me cabe —dice, sacudiendo la cabeza, y suena como si eso
importara.
—Un sastre vendrá en diez minutos. Le estoy pagando cantidades
absurdas de dinero para que tenga el vestido terminado para mañana por la
mañana. Si le das problemas, vendré personalmente y te obligaré a hacer
exactamente lo que ella diga. ¿Entiendes? Ahórranos la vergüenza a los dos.
Ella sacude la cabeza pero no discute. Odio estar haciendo esto. Odio
estar presionando. Pero no puedo sentarme a esperar el día en que ella acepte
por fin su destino y venga con una sonrisa en la cara. Mientras no esté
gritando e intentando matarme, tendrá que ser suficiente.
—Mañana —dice y se limpia las lágrimas de la cara—. Me gustaría
poder vestirme de negro. Siento que me estás enterrando.
—No seas dramática. Juega bien y esto no será tan malo. Pero te
prometo, princesa, que tanto si vienes de buen grado como si te resistes, te
casarás conmigo.
Me doy la vuelta y me voy. No hay razón para hacerla sufrir más. El
sastre viene con su equipo de costureras y necesitarán todo el tiempo posible.
82

Porque mañana tendremos una boda.


Página
El vestido me queda bien.
No creí que lo fuera. No dije nada cuando la costurera y sus ayudantes
me midieron, me ajustaron, hicieron sus anotaciones, sus preguntas y se
fueron de nuevo. Lloré, pero no parecieron sorprenderse por ello, como si las
mujeres que hacen este tipo de trabajo para hombres ricos y poderosos
estuvieran acostumbradas a ver lágrimas y desesperanza.
Pero se me acabaron las lágrimas. Anoche las gasté todas en la
almohada, y ahora me cuelgan grandes bolsas bajo los ojos. Solía imaginar el
día de mi boda cuando era más joven, antes de que la guerra me obligara a
volver a México: mucha actividad, amigos y familiares por todas partes, gente
que me ayudara a vestirme, a peinarme y maquillarme. Damas de honor,
champán, risas, alegría. Mucho blanco, muchas flores y mucha gente para
compartir mi día perfecto. En cambio, sólo estoy yo.
Hago todo lo posible por estar bien, al menos para mí. Dudo que haya
83

fotos, y no es un día que quiera recordar, pero lo intento de todos modos. Me


Página

pongo todo lo guapa que puedo, el pelo brillante y lustroso, el maquillaje


sencillo y discreto pero con clase, y cuando termino me pongo el vestido.
Me queda bien y lo odio mucho.
El vestido en sí está bien. Es anticuado, pero en el buen sentido.
Mangas, encaje, tul, un aspecto clásico, y me sienta de maravilla. No, lo odio
por lo que representa.
Mi perdición.
A las diez de la mañana, llaman a la puerta principal. —Entra.
Karah entra. Lleva un sencillo vestido azul marino que acentúa su figura
y me sorprende lo guapa que está, aunque no debería. Karah es una Bruno y
todas son preciosas. —Oh, vaya. —Se queda mirándome un segundo, con los
ojos muy abiertos—. Es increíble.
—No pasa nada. —Me miro con un largo suspiro—. No es como me lo
imaginaba, pero es bonito. Sé que tu madre lo llevaba.
—Mamá habría estado orgullosa.
Mi risa es amarga y dura. —Lo dudo. ¿Crees que le habría gustado ver a
una chica contra la que su familia luchaba llevando su vestido? Esto fue un
recuerdo feliz para ella, pero no lo es para mí. Estoy manchando esto.
La cara de Karah es todo simpatía y la odio un poco por ello. No
necesito simpatía; necesito un coche rápido, mucho dinero y diez minutos para
escapar.
—Sé que esto es difícil. —Se une a mí en el espejo y sonríe con
tristeza—. Pero te ves increíble.
—¿Quién está aquí? ¿Quién es testigo de esta parodia?
Karah inclina la cabeza. —La familia. Nico, Antonio, Elise, Fynn,
Gavino. Casso, por supuesto. Y tu padre.
—¿Papá está aquí? —Estoy sinceramente sorprendida. Me giro para
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mirarla y ella no está segura de sí debe sonreír o abrazarme. La decisión es


Página

fácil: la abrazo primero. No sé por qué, pero anhelo algo de normalidad y


estoy extrañamente feliz de que papá haya hecho su aparición.
—No es una boda ideal, pero es tu padre. ¿Realmente pensaste que se
perdería esto por algo?
—No estaba segura de qué pensar. Me dejó aquí y no podía esperar a
irse. Casi asumí que no le importaba.
—A él le importa. Siempre se preocupan. Es sólo que es difícil. —Se
retira y me seca los ojos—. No empieces a llorar, ¿vale? Puedes hacerlo.
Respiraciones profundas. Un pie delante del otro. Sólo avanza.
—Avanza —repito, asintiendo una vez. No puedo decir si lo dice
porque es una de ellas o si realmente intenta ser útil, pero en cualquier caso
tiene razón: no hay nada que pueda hacer más que seguir adelante.
El día es hermoso. El patio trasero está decorado con flores, como si
hubieran traído todos los ramos de todo el estado y los hubieran tirado por
todas partes. Es precioso, tengo que admitirlo, y es como si la decoración
fuera toda para mí. A nadie más le importa y no hay invitados. La familia se
queda alrededor, hablando en voz baja. Mi padre está con Casso junto a la
piscina. Elise es la primera persona que me saluda cuando salgo con Karah del
brazo.
—Estás increíble —me dice, besando el aire junto a mi mejilla. Lleva
tanto maquillaje que parece que tiene las mejillas pintadas—. Oh,
simplemente encantadora. Y lo digo en serio. ¿Miento alguna vez, Karah?
—Constantemente.
—Eso es injusto y lo sabes. —Elise se ríe y me abraza—. Vale, miento
todo el tiempo, pero no ahora.
—Bienvenido a la familia —dice Gavino cuando Elise se retira—. Tal
vez no sea como siempre imaginaste, pero lo hemos intentado. —Está muy
elegante con su traje oscuro. Todos lo parecen, como una familia de modelos.
85

Fynn me felicita torpemente, con cara de no saber qué más decir, y yo lo


Página

acepto. ¿Por qué luchar? ¿Por qué hacerlo más difícil? Podría gritar, podría
luchar, y a estos monstruos les importaría un bledo. En cierto modo, sería más
fácil: tendrían una buena razón para atarme a una silla, amordazarme y
asegurarse de que me callara.
Casso se gira cuando desciendo por el pasillo hacia el toldo de la boda,
donde un sacerdote está hablando tranquilamente con Nico. Capto la mirada
de Casso, y la sorpresa inicial, seguida de una intensa sonrisa y una pizca de
orgullo hacen que mi corazón haga triplete. Está emocionado -le gusta mi
aspecto- y eso me asusta, me emociona, y no sé qué hacer con estos
sentimientos.
Papá se une a mí. Nos abrazamos, me besa la mejilla, me dice lo
orgulloso que está de mí en español y la familia se reúne delante del cura.
Tardamos diez minutos en convertirnos en la esposa de Casso y, al final
de la ceremonia, me besa castamente y la familia aplaude.
Eso es todo. Sin pompa, sin circunstancias. Sin música, sin arpas, sin
palomas, sin pétalos de rosa, sin llanto, sin risas, sin alegría. Sin belleza, sin
felicidad. Sin futuro.
Estoy mareada. El sol está demasiado caliente y el cielo es demasiado
azul. Me pregunto si podría caer en la piscina y no salir nunca a la superficie.
Papá dice algo sobre lo feliz que sería mamá si pudiera ver esto, aunque
realmente lo dudo, y el almuerzo está servido. Desaparezco dentro, inventando
alguna excusa sobre la necesidad de agua.
No tengo apetito y la idea de sentarme a comer con esta familia de
buitres me parece imposible. Soy una cautiva en su juego, una herramienta
para ellos. Nada más. Pretender lo contrario parece absurdo, y me pregunto si
puedo simplemente colarme en mi habitación, cerrar la puerta y fingir que
nada ha cambiado.
Pero todo ha cambiado.
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Casso me encuentra de pie, en la oscuridad, en el salón principal,


Página

mirando las fotos familiares en marcos de plata. —Todos parecen muy


jóvenes —digo en voz baja mientras se acerca a mí. Levanto una de las fotos y
me pregunto si alguna vez podré sentir que pertenezco a este lugar.
Coge la foto que estaba estudiando: una foto de grupo de todos los
hermanos y sus padres con trajes a juego en Disneylandia. Es extrañamente
normal. Inquietantemente. El contraste entre lo que hacen -muerte, dolor,
dinero, crimen- y la sencillez de unas vacaciones familiares es extrañamente
intenso.
—No quería hacer esto —dice, sonriendo para sí mismo, y por un
segundo creo que se refiere a la boda, pero no, está recordando el viaje—.
Mamá y Karah insistieron. Y el resto de nosotros aceptamos porque ¿qué otra
cosa podíamos hacer? Toda mi vida ha sido sobre la familia de una manera u
otra. Tratando de estar a la altura de las expectativas. Tratando de hacer a
todos felices, seguros, protegidos. Tratando de alimentar mis bocas.
—¿Soy una de tus bocas ahora?
Vuelve a poner la foto en su sitio. Sus manos suben por mis costados y
su pulgar revolotea por mi labio inferior. —Olivia —dice en voz baja— ¿qué
voy a hacer contigo?
Respiro su olor y no tengo respuesta, porque ¿qué puedo decir? No hay
nada que decir, ninguna palabra que pueda arreglar esto. Se acerca, tirando de
mí contra él, y suelto un patético gemido, mitad gemido y mitad sollozo, y no
sé si quiero que me libere y acabe con esta miseria o si quiero que me arrastre,
me ahogue, me asfixie y me mantenga.
Me besa con fuerza, tirando de mí con fuerza contra él, un beso tan
diferente al que se dio fuera, delante de su familia y de mi padre. Gimo en su
boca y me aprieto más, es el día de mi boda, soy la novia y lo odio. Me
gustaría poder arrancar este puto vestido y tirarlo al fuego, pero la mujer de la
foto lo llevó una vez cuando se casó con otro Don, y ahora me siento como si
fuera su fantasma, o ella me persiguiera a mí.
87

Casso se aparta, con los ojos encendidos, y me coge de la mano. Me


lleva bruscamente desde el salón, por un corto pasillo, hasta la sala de juegos
Página

vacía. Tengo que sujetar las faldas de mi vestido para no tropezar. Da un


portazo y cierra la puerta.
—¿Qué estás haciendo? —pregunto, retrocediendo hasta chocar con la
mesa de billar, pero es un acto, un espectáculo, las palabras que se espera que
diga. Sé lo que es esto, y lo quiero, Dios, lo quiero.
Él no responde. Es como un lobo, cazando. Huelo a alcohol y a pino, y
me levanta hasta que siento el suave tacto verde bajo mis dedos. Me sube la
falda del vestido y jadeo cuando me aprieta el culo y me tira contra él.
Respondo a su beso con éxtasis. Le muerdo el labio y grito en su boca
mientras su mano se desliza entre mis muslos. El día de mi boda, Dios, el día
de mi boda. Me acaricia por encima de las bragas, y debería parar, gritar
pidiendo ayuda, gritar hasta que se aleje, pero no puedo moverme, no puedo
pensar, no puedo respirar, porque me siento bien, tan malditamente bien,
como algo que no he experimentado en mucho tiempo, y estoy gimiendo en su
beso, y estoy perdiendo todo el sentido de mí misma.
Me quita las bragas y gimo de felicidad.
—Estás empapada —me susurra al oído mientras me acaricia el coño—.
Dios, Olivia. Quieres que te folle, ¿verdad? Quieres que te arruine. Que te
separe, que te llene hasta el tope, que te haga temblar y gritar. Y lo más jodido
es que tú también me odias de verdad. ¿Cómo lo tienes todo claro?
No lo hago, no lo hago, no puedo. Todo lo que digo es: —Vete a la
mierda.
Se ríe y me empuja hacia atrás y se deja caer entre mis rodillas.
Todo mi mundo se detiene mientras él mira mi coño resbaladizo y
desnudo. Le agarro el pelo con fuerza mientras él me agarra por las caderas y
me lame, de arriba abajo, como si estuviera saboreando mi gusto. Jadeo de
placer salvaje. —Ahora eres mía, Olivia —susurra y vuelve a lamerme—.
Cada centímetro de ti, mío. Tu piel, tus labios, tu coño. Tus gemidos salvajes
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y anhelantes. Todo mío. —Me lame por tercera vez, muy despacio, y se
Página

concentra en mi clítoris, haciendo girar su lengua en círculos. Cuando estoy a


punto de gritar de placer, me quita las bragas y las tira al suelo y, cuando
intento moverme, me empuja hacia atrás, me inmoviliza sobre la mesa de
billar y me vuelve a lamer.
Oh, Dios mío.
Me chupa el clítoris y gruñe mientras lo hace como si se alimentara y
no pudiera parar. Me separa bien y me mete la lengua hasta el fondo antes de
volver a acariciar mi clítoris hasta convertirlo en un millón de pedazos
brillantes. Gimo, le tiro del pelo, estoy ardiendo, mi piel es un infierno, ardo
de lujuria y placer. Quiero hacerle daño como él me está haciendo sentir bien.
El éxtasis me destroza la mente y esto está mal, es sucio, jodido, un gran error,
y no podría importarme menos.
Me siento tan bien que creo que me voy a romper.
Su lengua es el paraíso. Me lame, chupa y desliza dos dedos dentro de
mi coño mientras recorre con su boca mi clítoris. Gimoteo, gimoteo y jadeo, el
sudor cae entre mis pechos, y él me mira con total deleite mientras presiona
sus dedos hasta el fondo.
—Quiero que te corras el día de tu boda —susurra y me besa. Me
saboreo en su lengua—. Te mereces un poco de felicidad, ¿no? Abre las
piernas, Olivia.
Hago lo que me ordena.
Hago todo lo que me pide ahora mismo.
Su lengua sigue avanzando, cada vez más rápido. Mi espalda se arquea
y mi cuerpo se aprieta más a medida que crece y crece, se vuelve profundo,
caliente y Dios, sí, susurro su nombre, gimo su nombre, lo digo en voz alta,
porque ahora es mi marido, y su boca me está destrozando.
Me corro sobre su lengua, mi espalda se arquea, mis piernas tiemblan,
mis músculos se estremecen. Me corro con tanta fuerza que veo manchas, casi
me desmayo. Es el paraíso. Necesito más y más y más y más.
89

Su lengua se desliza por mis labios y lo aprieto contra mí. Nos


Página

quedamos así y respiro con dificultad.


—Eres mi mujer —susurra y le miro a los ojos.
Y sí, tiene razón: soy su mujer.
Para bien o para mal. Aunque prefiera huir y no mirar atrás.
Soy su mujer.
—No más ropa interior por el resto del día. —Me ayuda a bajar de la
mesa de billar y me ajusto el vestido.
—Sabes que tengo que hablar con tu familia ahí fuera, ¿verdad?
—No me importa. —Me muerde el labio inferior con fuerza—. Piensa
en mí.
Y se va.
Me quedo allí, temblando. Tengo que apoyarme en la mesa de billar y,
cuando lo hago, miro el anillo en mi dedo.
Tiene que haber una salida. No puedo dejarme consumir por él, pero si
sigo adelante, si sigo avanzando, un pie delante del otro, no seré nada. Me
rendiré, él será mi dueño, y no sé si podré vivir conmigo misma después de
eso.
Casada con mi matón. Casada con un hombre que desprecio.
Cierro los ojos, me recompongo y me reincorporo a la reunión, aunque
sólo sea para pasar una o dos horas más con papá.

90
Página
Unas nubes grises y oscuras surcan el cielo mientras la lluvia cae en
forma de llovizna a lo largo de las aceras, que normalmente están llenas de
chispas. —Raro día de lluvia en el desierto —comenta Olivia, mirando por la
ventana.
—Tenemos diez de estos al año y resulta que llueve el día que vamos a
reunirnos con ese ruso. ¿Qué posibilidades hay de que sea una coincidencia?
—Entrecierro los ojos por la ventana delantera.
—¿Qué nos dijo nuestro profesor de inglés en el colegio? El tiempo es
una mala analogía de cómo se sienten los personajes.
—Sí, bueno, en este caso, esta maldita lluvia es perfecta. —Golpeo mi
dedo contra el cristal mientras el conductor se desplaza por las calles—. ¿Has
pensado más en nuestro trato?
—No tenemos que seguir discutiendo. —No me mira a los ojos y me
pregunto qué está evitando.
91

—Siento que sí, ya que nos dirigimos a una situación peligrosa. Quiero
Página

que estemos en la misma página.


—Te sigo el juego. Eso debería ser suficiente.
Sonrío ligeramente y pongo mi mano en su muslo. Ella me mira y la
aparta, pero no antes de que sienta su calor irradiando desde sus vaqueros
ajustados. —Me he dado cuenta de que llevas el anillo.
Lo mira fijamente, con los diamantes captando la poca luz que entra a
través de la capa de nubes. —Me sentí mal al quitármelo.
—¿Aunque odies ser mi esposa?
—Aunque odie estar cerca de ti en general.
—Me alegro de saber a qué atenerme. —El coche frena al acercarse a
un tranquilo centro comercial con revestimiento de estuco marrón y pequeños
cactus plantados en las rocas que rodean el aparcamiento—. Aun así, no tenías
que ponértelo, nadie te obligó.
—¿Intentas que me lo quite? —Ella levanta la mano y agarra el anillo,
mirándome fijamente, desafiándome a hacer algo.
Antes de que pueda arrancarlo de su dedo, alargo la mano y la detengo.
La miro fijamente a los ojos porque quiero que sepa que no estoy bromeando,
que lo digo en serio cuando le digo: —Déjatelo puesto. Por favor.
Parece sorprendida. Quizá por la intensidad de mi mirada o por el -por
favor-, pero en cualquier caso se retira y no se quita el anillo.
Me gusta que lo lleve puesto.
Es una sensación nueva: querer que lleve mi anillo. Hay una extraña
sensación de orgullo al saber que Olivia es mía, mi esposa, mi mujer, y que
lleva mi anillo en el dedo. Está ahí para que cualquiera lo vea, pegado a su
piel, brillando cuando se mueve.
La idea del matrimonio nunca me sedujo. Sabía que tendría que casarme
tarde o temprano, pero mi idea del matrimonio siempre estuvo contaminada
92

por las relaciones de mi padre y las relaciones en las que crecí. Los mafiosos
Página

no suelen tener parejas amables y cariñosas, y a mí nunca me interesó ser el


gilipollas alfa de una princesa mansa y mafiosa.
Y sin embargo, aquí estoy disfrutando de todo esto.
El coche se detiene frente a una pizzería adormecida. No hay muchas de
estas en Phoenix, sobre todo porque no hay muchos italianos, pero en términos
de restaurantes, hay mexicanos, coreanos, chinos, sudamericanos en general,
ese tipo de mierda está por todas partes. Las ciudades como ésta son una
mezcla de la gente que vive en ellas, de las comunidades de inmigrantes que
las hacen grandes, y la comida no es una excepción. Pero tengo que admitir
que se siente bien al entrar y oler el queso horneado, el aceite, las hierbas, la
masa en aumento. Me recuerda a cuando era joven y mi madre cocinaba a
pesar de que había gente que lo hacía por ella. Les hacía señas para que se
fueran, hacía bromas y el mundo entero era risa, ligereza y alegría. Entonces
mi padre la estranguló hasta la muerte. La vida nunca fue igual.
Olivia se queda cerca. Mis hombres permanecen fuera con Nico
liderando el equipo de protección. Se ha instalado en la parte de atrás con
hombres en el tejado y al otro lado de la calle, todos ellos permaneciendo
ocultos para que Danil no se entere de mi músculo en la zona y no aparezca.
Pero nunca llevaría a mi mujer a una reunión como esta sin una amplia
potencia de fuego de nuestro lado, incluso si el bastardo quisiera que nos
presentáramos desarmados. En mi mundo no hay nada desarmado.
—Bonito lugar —comenta, observando las falsas vides de uva grabadas
en las paredes, los grandes y relucientes hornos de pizza, los chicos que
trabajan con implacable eficiencia mientras voltean y estiran la masa, las
mesas y las sillas repartidas hacia el fondo del espacio a lo largo del lado
derecho. La izquierda está dominada por las tartas alineadas bajo el cristal,
brillantes y preciosas, listas para ser calentadas. Veo a un hombre sentado solo
en la esquina más alejada, de espalda recta, pálido y con el pelo oscuro
empezando a ralear, y lo reconozco de inmediato: es Danil, el adolescente
tranquilo que recuerdo del colegio, diez años mayor.
Camino hacia él con Olivia pisándome los talones. Levanta la vista y
93

sus ojos azul claro son sorprendentes, más azules que el cielo, más azules que
Página

el océano. Tiene la nariz recta, la mandíbula cuadrada y una cicatriz a lo largo


de la frente que no recuerdo. Parece más curtido desde la última vez que lo vi,
toda esa grasa de bebé ha desaparecido, sustituida por tatuajes negros de estilo
carcelario y músculos. Se pone de pie, frunciendo el ceño, y me saluda con la
cabeza.
—Has venido —dice como si hubiera alguna duda—. Y la has traído.
No pensé que lo harías.
No hay acento. Danil es de esta zona, por lo que sé. Es ruso de la misma
manera que yo soy italiano y Olivia es mexicana: nuestros padres son de otro
lugar, de un lugar en el que no hemos nacido, pero somos tan americanos
como se puede.
—Como se ha dicho. —Miro a mí alrededor, intentando ver a un
guardaespaldas, pero no hay nada. Parece que realmente cumplió el acuerdo,
lo cual es absurdo. Sus ojos miran a Olivia y algo parpadea en su rostro. Es
breve, menos de un segundo, pero es desconcertante: o está enfadado, o tiene
dolor, o una combinación de las dos cosas—. ¿Te acuerdas de Olivia Cuevas?
—Hago un gesto hacia ella y le dedica a Danil una sonrisa tensa.
—Sí, me acuerdo —dice él y se queda tieso mirándola—. Ha pasado
mucho tiempo.
—Desde el colegio. La clase de ciencias, ¿recuerdas? Hicimos aquel
experimento con él, Dios, ya no me acuerdo. ¿Los vasos de precipitados y los
mecheros Bunsen y todas esas cosas?
—Química —dice, todavía mirando como si esto le doliera—. Sí,
parece que fue hace mucho tiempo.
—Sentémonos y hablemos. —Acerco una silla a Olivia y ella la toma,
cruzando las piernas con recato, lo que parece dar permiso a Danil para
sentarse también. Me acomodo en la silla de enfrente y siento un extraño
escalofrío en la espalda. De alguna manera, esto no me parece bien: es el líder
de una fuerte bratva rusa, relativamente nueva, sí, pero todavía fuerte. ¿Por
94

qué se presentaría completamente solo? Es imposible que no tenga a sus


Página

hombres repartidos por todo el lugar, sólo que aún no sé quiénes son. Eso es
más peligroso que verlos al descubierto. Me pregunto si los exploradores de
Nico los han detectado o no.
—Voy a admitir que no quería tener una conversación contigo —dice
Danil, mirándome con recelo y sin mirar a Olivia como si fuera un agujero
negro en su visión—. No creí que me beneficiara en absoluto.
—Luchar contra mis hombres en los límites de mi territorio solo te
llevará hasta cierto punto —digo con lo que espero que sea una sonrisa
encantadora, pero sé que Danil verá el filo de la misma.
Se encoge de hombros como si eso no le preocupara. —Vine porque
dijiste que te habías casado con Olivia, y admito que tenía curiosidad. Hace
tiempo que no hablo con ella.
A mi derecha, Olivia se mueve ligeramente. Danil habla como si no
estuviera en la habitación. —Esperaba que pudiera hacer de intermediaria en
nuestra discusión —digo, haciendo un gesto en su dirección.
—Creo que es demasiado parcial para eso.
Me pregunto si este imbécil sonríe o bromea alguna vez. Debe de ser
una vida adusta y sin color.
Olivia se inclina hacia delante, golpeando con los dedos sobre la mesa
para enfatizar. —Sinceramente Danil, si por mí fuera, te dejaría coger lo que
quisieras sólo para fastidiar a mi marido aquí. Nuestro matrimonio no es
precisamente feliz.
Danil hace una mueca pero no la mira. Es extraño: ha ignorado mis
intentos de comunicación hasta el momento en que le dije que Olivia también
aparecería en la reunión. Pensé que sería más abierto y cálido con ella, pero
parece que está haciendo todo lo posible para fingir que no está aquí ahora que
está en la sala. No puedo entenderlo.
—Lo llamaremos político —digo rápidamente antes de que a Danil le
dé un infarto por el estrés, aunque eso no sería tan malo—. Pero mis nupcias
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no son la razón por la que estamos aquí. Quiero saber por qué has vuelto a
Página

Phoenix y por qué te instalas en mi territorio.


Frunce el ceño, cruzando los brazos. Danil parece un cabrón duro, lo
cual es muy diferente del chico tímido y tranquilo que recuerdo. Por aquel
entonces era un empollón, con pocos amigos, muy académico, o lo más
parecido a un idiota posible. Era delgado y de piel pálida, siempre llevaba
camisetas de Slipknot y escuchaba música hardcore y actuaba como si odiara
el mundo. Este Danil es mucho más moderado, mucho más controlado. Más
fuerte, física y emocionalmente. Me pregunto qué habrá pasado en la última
década para endurecerlo tanto, y decido ahora tomarle en serio.
—Tu territorio es casi toda la ciudad —dice Danil con un gesto
despectivo—. Si voy a entrar en la ciudad, significa que voy a entrar en tu
territorio.
—Eso no es una respuesta, sólo una declaración de mi fuerza. ¿Por qué
estás aquí en Phoenix?
—La situación para mí ha cambiado y pensé que era el momento de
volver a casa. —Parpadea y se vuelve de repente hacia Olivia, como si se
sorprendiera de encontrarla todavía sentada—. ¿Recuerdas que el señor
Collins tenía una televisión en la esquina de su habitación? Todos los días
llegábamos a clase y quería que escribiéramos lo que salía en la pantalla.
¿Recuerdas si alguna vez usamos ese material? ¿Algo de eso?
Olivia está sentada con cara de sorpresa y yo me quedo mirando entre
los dos, tratando de entender qué está pasando. Un segundo Danil actúa como
si la presencia de Olivia le resultara dolorosa, y al siguiente la interroga sobre
minucias sin valor de su pasado e ignora nuestra negociación. Si esto es algún
tipo de táctica, lo único que está haciendo es cabrearme y hacer que quiera
disparar al tipo en la cara y acabar con esto. Pero, por desgracia, mi promesa a
Olivia aún está fresca en mi mente.
—Recuerdo la televisión y los cuadernos, pero tienes razón, creo que
nunca los usamos. Eran como pequeños datos divertidos sobre la ciencia, pero
nunca relacionados con la lección. —Se lleva una uña a los labios y un
96

escalofrío me recorre la espalda. Me encantan sus pequeños gestos y consigo


Página

encontrar placer en ella incluso ahora, en medio de un momento


extremadamente tenso.
—Eso es lo que siento por él. —Danil asiente hacia mí—. Tiene esta
ciudad, pero no hace nada con ella. Él y su gente dicen las cosas correctas,
hacen un trabajo ocupado, hacen parecer que vale la pena mantenerlos, pero
¿cuándo fue la última vez que la Famiglia Bruno hizo algo bueno por la gente
de Phoenix?
—No escucharás ningún argumento de mi parte —dice Olivia,
reprimiendo una sonrisa mientras mira en mi dirección.
—No soy una organización benéfica —digo con seriedad, mirando
fijamente a Danil, y mi ira corre fría por mis venas. Me arrepiento de haberle
prometido a Olivia que no le haría daño a este tipo ahora—. Esto no es un
juego. No nos sentamos alrededor del fuego y cantamos canciones juntos y
nos abrazamos al final de la noche. Tengo soldados que alimentar, dinero que
ganar, un negocio que dirigir, y no tengo tiempo para proyectos de mejora de
mascotas. Tengo cosas que hacer, eso es todo.
Danil no parece impresionado. —Eres un traficante de drogas y un
chulo. He conocido a hombres como tú toda mi vida, pequeños hombres
insignificantes que se creen grandes, pero no lo son. —Se sienta muy recto y
muy quieto mientras habla, y mi cuerpo retumba de rabia mientras lo miro
fijamente y lo tomo. Estoy a centímetros de matarlo, pero lo único que me
retiene es Olivia—. He vuelto a Phoenix porque hace diez años perdí algo
importante para mí y quiero recuperarlo. Mi padre fue asesinado y nuestra
propiedad fue robada, y quiero reclamar lo que se perdió como propio. Si
puedes dármelo, entonces podemos dar una tregua a mi expansión por el
momento. Pero no antes.
Tomo un largo y profundo respiro y lo suelto lentamente. Me doy
cuenta de que a Olivia le encanta esto; probablemente no está acostumbrada a
que la gente me hable así, y si soy sincero, yo tampoco. Hay muy pocas
97

personas en este mundo que puedan decir esas palabras y salir vivas, y Danil
no debería ser una de ellas.
Página

Pero le hice una promesa a mi esposa, y la mantendré.


Por ahora, al menos.
Me inclino hacia delante para que pueda sentir el peso de mi mirada.
—Si quieres que hagamos negocios juntos, aprenderás la forma correcta
de hablarme.
Danil sonríe. —No lo creo. —Chasquea los dedos y la habitación se
queda en silencio de repente. Tardo dos latidos en darme cuenta de que los
tipos que están detrás del mostrador ya no están haciendo pizzas; están de pie,
todos mirándome con expresiones vacías, casi aburridas. Me doy cuenta de
que uno lleva un cuchillo y otro una pistola. Apostaría cualquier cosa a que
hay armas esparcidas por todas partes, escondidas en pequeñas grietas,
pegadas con cinta adhesiva bajo el mostrador.
—Así que eso es —murmuro, frunciendo el ceño con aprecio—. Me
preguntaba por qué habías elegido este lugar.
Danil hace un gesto de despedida y los hombres vuelven al trabajo.
—Hay un club que tenía mi padre llamado Valley Charm. Tengo
buenos recuerdos de ese lugar mientras crecía y quiero recuperarlo. Los
propietarios se están mostrando muy poco cooperativos, y si eres capaz de
conseguirme los derechos, estaré dispuesto a negociar un alto el fuego y una
tregua. Si puedes hacer eso, podemos trabajar juntos. Esas son mis
condiciones.
Tenso mi mandíbula. No me gusta trabajar bajo sus condiciones. No me
gusta que me den órdenes. Pero no hay alternativa: Olivia me puso en una
situación de mierda con esa promesa. Sería más fácil atraerlo a algún lugar y
meterle una bala en la cabeza, pero por ahora puedo jugar el juego si eso
significa mantener a mi esposa relativamente feliz.
—Consideraré tu oferta —digo y empujo mi silla hacia atrás. Sería
demasiado mortificante aceptarla sin más y no me rebajaré a ese nivel.
98

Olivia no me acompaña. —¿Por qué querías que viniera a esta reunión,


Página

Danil?
Duda. Vuelve a tener esa expresión de dolor y pongo la mano en el
respaldo de la silla de Olivia. No me gusta esto, no me gusta que esté aquí, ni
que me retenga, ni que Danil actúe como si tuviera algún tipo de poder sobre
él. Me arrepiento intensamente de esto y desearía no haberle dado esta
oportunidad de ganar ventaja. Estas relaciones tienen que ver con el poder,
con la fuerza, el miedo y el control, y permitir que Danil marque el ritmo es
como darle ventaja en una carrera.
—No puedo razonar con un hombre como Casso —dice, mirando
fijamente a mi mujer, y mis dedos se vuelven blancos mientras aprieto mi
agarre—. Pero tal vez usted hable con sentido común.
—No estoy segura de poder hacerlo.
—Pasamos por lo mismo hace diez años, Olivia. Somos más parecidos
de lo que crees.
—Ya está bien —digo y echo la silla de Olivia hacia atrás. Se pone en
pie y se alisa la ropa, frunciendo el ceño hacia Danil, pero la alejo. Los
hombres que están detrás del mostrador me observan, aunque siguen haciendo
la pizza como si fueran verdaderos empleados, y por lo que sé, realmente lo
son. Danil no se levanta ni se mueve para detenerme, pero está observando
todo el tiempo, con esos ojos acerados que le siguen a paso lento. Arrastro a
Olivia fuera de la puerta principal y bajo la lluvia hasta que veo el coche
aparcado cerca.
—¿Qué demonios ha sido eso? —pregunta una vez que estamos dentro
y en la carretera. Está temblando y no sé si es por lo que ha pasado o por
haberse mojado.
—No lo sé, pero creo que deberías reconsiderar tu petición. Todo esto
sería mucho más sencillo si me dejaras la libertad de tomar mis decisiones
según sea necesario.
Me mira fijamente. —No vas a matarlo.
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—¿Por qué? ¿Porque los dos son muy parecidos?


Página

Sus mejillas arden en carmesí. —No es por eso.


—¿O porque te crees mejor que yo? ¿No eres una asesina, y eso te da el
derecho a la moral? Lo siento, princesa, pero toda tu vida está construida
sobre la sangre de los muertos. Puedes renunciar a todo eso tanto como
quieras, pero sigues sin ser mejor que cualquiera de mi familia.
Su mandíbula se frunce. Me siento y me enfurezco. No debería
descargar mi frustración en ella, pero no sé hacia dónde dirigirla.
—¿Qué vamos a hacer? —pregunta finalmente, en voz baja.
Niego con la cabeza. —No tengo muchas opciones. Puedo reunir más
fuerzas y aplastarlo, pero me harás la vida imposible si lo hago, o puedo jugar
a este absurdo juego y ver cómo salen las cosas.
—Entonces juguemos —dice y mira por la ventana, su lenguaje
corporal sugiere que ha terminado con esta conversación.
Lo dejo pasar. Al diablo con las discusiones. Seguiré el camino trazado
por ahora: no será difícil averiguar quién es el dueño de ese club y sospecho
que podré adquirirlo sin demasiada dificultad. Todo el mundo tiene un precio,
y a mí se me da bien encontrarlo.
Pero hay más en esto de lo que Danil deja entrever. No creo ni por un
segundo que haya vuelto sólo para recuperar un antiguo club de striptease del
que era dueño su padre. La forma en que miraba a Olivia, el dolor y la ira en
su rostro, ese pequeño discurso sobre mí, hay algo más. Este momento no
puede ser una coincidencia.
Necesito que Olivia lo descubra antes de matar al bastardo.

100
Página
La tarde siguiente vuelve a ser brillante y luminosa como si la lluvia no
hubiera existido, pero hay indicios: el verde crece en las grietas de las aceras,
en los huecos de las rocas, en los bordes de los edificios. Verde por todas
partes, una profusión de él, borracho y mareado por el agua, como si la ciudad
floreciera de golpe. El desierto da, toma y sigue.
Casso está conduciendo hoy. Está al volante de un gran Range Rover
negro, mientras yo me siento en el asiento del copiloto mirando por la
ventanilla. No hemos hablado desde la reunión, y tengo la sensación de que
preferiría mandar al diablo todo nuestro trato y asesinar a Danil por despecho.
Vi su cara cuando Danil dijo lo de que Casso era malo para Phoenix: era una
máscara de rabia absoluta, como si no pudiera ocultar sus emociones aunque
lo intentara. No es propio de él.
Me gustó todo el programa.
101
Pero hay algo extraño en Danil. No sé por qué, pero por el momento
tenemos un enemigo común, y eso es suficiente para mí. No sé cómo puedo
Página

utilizar a Danil para escapar de mi situación con Casso, pero si hay manera, la
encontraré.
Casso me lleva a la zona norte de la ciudad, a un barrio decadente
salpicado de ranchos rodeados de maleza y grandes camiones destartalados.
En el borde de un campo lleno de basura hay un edificio bajo y gris con un
alto cartel de neón que dice Valley Charm. Si alguna de las luces funciona,
ahora no está encendida. Hay tres coches en el aparcamiento y nada más. Las
ventanas están empapeladas y en las paredes de estuco hay pegados antiguos y
descoloridos anuncios de Budweiser. El tejado está negro, tostado por el sol, y
se cae a pedazos. Es un agujero y eso es ser generoso.
—Esto es por lo que ese ruso quiere empezar una guerra. —Aparca en
la calle y se echa hacia atrás, mirando por la ventana—. ¿Qué te parece?
¿Merece la pena morir por esto?
Frunzo el ceño y no digo nada, pero tiene razón. Este lugar parece que
estaría mejor arrasado y definitivamente no vale la pena enfrentarse a una
organización como la Famiglia Bruno.
—Gavino investigó un poco sobre este lugar —dice, hablando en voz
baja—. Aparentemente es propiedad de un par de tipos polacos, dos hermanos.
No sabemos mucho sobre ellos, aparte de que están involucrados en la mafia
polaca, que es un grupo bastante menor en esta zona, todo sea dicho.
—¿Cuáles son sus nombres? ¿Los hermanos?
—Mickey y Joey Stazek. Se dice que no les gustan mucho los rusos, y
sospecho que por eso nuestro amigo Danil está teniendo algunos problemas
para recuperar el antiguo negocio de su padre. No sé mucho sobre Joey, es el
más joven, pero Mickey tiene algo de reputación como asesino. Le llaman el
Carnicero Polaco, por todos los tipos que supuestamente ha descuartizado y
enterrado en el desierto. Esos apodos suelen ser exagerados, pero siempre hay
una pizca de verdad.
102

Golpeo una uña contra el tablero y me inclino hacia delante. —¿Crees


que se ocuparán de ti?
Página

—Todo el mundo tiene un precio —dice y me mira, con una pequeña


sonrisa en los labios—. Tú incluida.
Le devuelvo la mirada. —Cuidado. Podría empezar a pedir más.
Se desplaza ligeramente, mirándome, con una expresión curiosa en su
cara, como si no estuviera seguro de si quiere cabrearse o si está disfrutando
de esta pequeña sesión de sparring. —Hay algo extraño entre tú y ese ruso.
—Eso es nuevo para mí. No sabía que existía hasta hace poco.
—Viste la forma en que te miró.
—¿Estás celoso? No creo que me quiera así. —Aunque no estoy segura,
si soy sincera conmigo misma. El Danil que recuerdo era tranquilo y atento,
pero siempre me ha mirado como si no pudiera decidir si quiere matarme o
besarme.
—Creo que no tienes ni idea de lo que haces a los hombres a veces,
Olivia. —Se acerca más, con un pequeño gruñido en los labios—. Tienes que
tener más cuidado.
—¿Por qué? ¿Porque despierto a algunos estúpidos por el mero hecho
de existir? No es mi culpa que todos piensen con la polla.
—No es eso lo que quiero decir. —Su mandíbula está tensa y me mira
como si quisiera arrancarme la ropa. Siento un aliento frío por mi piel y me
pregunto si puedo saltar del coche y correr—. Danil está aquí por algo, y hasta
que no averigüemos el qué, estamos atrapados en este puto juego. Pero tú
estás involucrada, y será mejor que no lo arruines y lo hagas más difícil.
Se da la vuelta y sale. Lo veo irse, con el corazón latiendo con fuerza y
el sudor salpicando mi piel. ¿Por qué siempre asume que soy una especie de
idiota? Como si no hubiera atado cabos con Danil y me hubiera dado cuenta
de que todo lo suyo es demasiado conveniente. Es demasiado extraño que
aparezca al mismo tiempo que yo y que parezca recordarme muy
103

intensamente. Entiendo que algo está pasando y no necesito que me lo


recuerde un imbécil como Casso.
Página

Lo sigo hasta el club. Preferiría quedarme atrás, pero el coche es como


un horno a la luz directa del sol. No mira por encima del hombro cuando llega
a la puerta principal y entra. Yo entro después.
El club está oscuro. Una larga barra a la derecha, un escenario a la
izquierda, mesas dispersas en el centro. Una alfombra barata en el suelo con
dibujos geométricos. El camarero se apoya en los codos, parece aburrido, es
un tipo de mediana edad, calvo y con una complexión similar a la de un muro
de ladrillos, con una camisa abotonada y unos vaqueros negros. Una chica está
en el escenario, retorciéndose contra un poste y pareciendo que se va a quedar
dormida. Dos jóvenes se sientan en una mesa de enfrente, bebiendo cerveza y
lanzando billetes de dólar hechos bola a la bailarina.
El camarero se levanta cuando Casso se acerca. Mira a la derecha, hacia
un pasillo que lleva al fondo, y sonríe nervioso. No hay nadie más cerca, y
Casso parece totalmente confiado y tranquilo, pero me siento expuesta. No me
gusta la chica en topless, ni los tipos que le tiran el dinero, ni nada en este
lugar tan triste. Es como un facsímil de un club, como si todos los que están
dentro se limitaran a cumplir con los movimientos, pretendiendo representar
lo que sería un local de striptease real y haciéndolo casi mal.
—¿Qué puedo hacer por ustedes, eh, gente fina? Tenemos, eh, ofertas
de bebidas. —El camarero extiende las manos torpemente, mirando de mí a
Casso, pero sobre todo a Casso, que se apoya con las manos en la barra y
ladea la cabeza. Es un hombre grande, casi macizo, con las manos del tamaño
de una sandía.
—Estoy buscando a los hermanos Stazek.
El camarero tose y se frota la cabeza calva. —Soy Joey —dice, mirando
de nuevo hacia el pasillo trasero—. Mickey no está aquí, volverá pronto, si
quieres...
—Está bien, no necesito a los dos. Me llamo Casso Bruno y estoy aquí
para comprar tu club.
104

Joey se queda mirando, con la boca abierta, como si se hubieran abierto


los cielos y hubiera entrado un ángel de verdad. Se queda boquiabierto y no se
Página

mueve, y los chicos que están cerca del escenario se ríen cuando uno de ellos
golpea a la chica que baila en la cara con un billete sencillo enrollado, y ella
no pierde el ritmo mientras coge el dinero en efectivo, se lo mete en la ropa
interior, y luego echa a los chicos y sigue bailando. Se parten de risa, les
encanta.
—¿Quieres comprar este club? —pregunta Joey estúpidamente, y sigue
mirando al pasillo. Allí no hay nada, sólo unas cuantas puertas más, más
moqueta mugrienta, más paredes feas—. ¿Para qué demonios lo quieres?
—Tengo mis razones. Sabes quién soy, ¿verdad? ¿Conoces a mi
familia?
—Sí, sí, claro que sí, te conozco. Don Bruno, eh, bienvenido a nuestro
club, señor. —Joey hace una mueca, se retuerce las manos, actúa como si
estuviera aterrorizado, pero me cuesta entenderlo. Casso es grande y fuerte,
pero Joey es un hombre absolutamente gigante.
Casso sonríe como si le doliera. —Estoy dispuesto a hacer una oferta
muy generosa. Más dinero del que sabes qué hacer. Todo lo que pido a cambio
es algo de discreción. Sabes ser discreto, ¿verdad, Joey?
—Soy muy discreto, pero eh, no creo que el lugar esté en venta. Quiero
decir, habría que consultar a mi hermano y todo eso, y como he dicho, no está
aquí ahora mismo. —Joey coge un trapo, se limpia la cara y se desplaza hacia
la derecha, hacia el pasillo.
Casso se levanta. —Déjame preguntarte algo. —Camina hacia el final
de la barra adentrándose en la habitación. A Joey no le gusta eso, y cada paso
le hace hacer una mueca. Lo sigo, avanzando como un fantasma, sintiéndome
nerviosa. Joey mira fijamente a Casso—. ¿Cuánto cuesta un lugar así? ¿Un
millón? ¿Dos millones? Apuesto a que es un dolor de cabeza mantenerlo en
funcionamiento. Tienes que lidiar con todas las chicas, todos los clientes, las
nóminas, Hacienda en época de impuestos, toda esa mierda. Un montón de
cosas que tienes que hacer. Así que, ¿por qué no obtener un beneficio y seguir
105

adelante?
Página

—Yo, no puedo tomar esa decisión. —Todo el grupo llega al extremo


del bar. Joey claramente quiere salir bajo el mostrador, pero no se mueve,
como si estuviera paralizado.
Casso se inclina hacia delante, sonriendo casi dulcemente, como un
tiburón que mira a los ojos de una gran y jugosa ballena. —¿Qué tienes en ese
pasillo, Joey?
—Nada, sólo los baños, nuestra oficina, eso es todo. Vestuario para las
chicas. Armario de suministros. Nada más. —Está claro que está tumbado y
sudando, rebotando sobre las puntas de los pies, haciéndose parecer aún más
grande de lo que ya es.
Casso camina hacia el pasillo. Joey se desliza por debajo del mostrador,
sorprendentemente ágil para semejante bestia, y se mueve para interceptarlo.
Le advierto, pero Casso es más rápido. Gira, se dirige a Joey y le da un
puñetazo en el hombro al hombre monstruoso. Agarra la muñeca de Joey, y
reprimo un grito mientras Joey gruñe, levantando un cuchillo, ¿de dónde coño
ha salido ese cuchillo? mientras intenta clavárselo a Casso. Joey es enorme,
pero es todo volumen, y está claro que Casso ha hecho esto antes. Casso se da
la vuelta y utiliza el impulso de Joey contra él, girando su peso para
desequilibrar al hombre grande hasta que Casso es capaz de agarrar con fuerza
una muñeca carnosa. La gira, clavando los dedos en los huesos pequeños, y
patea la rodilla de Joey con tanta fuerza que creo que se rompe. El grandullón
se deja caer, gritando de dolor mientras el cuchillo cae, y Casso levanta ese
enorme brazo del tamaño de un hueso de jamon por detrás de la espalda del
gigante.
—Gran error —dice Casso mientras empuja a Joey al suelo y le da una
patada en la tripa. El grandullón gime mientras se dobla.
La bailarina sigue girando. Los jóvenes se quedan mirando y uno
aplaude a medias, pero la bailarina le llama imbécil y sus amigos le hacen
parar.
106
Casso se va por el pasillo. Me apresuro a seguirle. Abre cada puerta:
baño, aseo, despacho, armario de suministros, y la última está cerrada con
Página

llave. No tarda en abrirla: todo el edificio está medio podrido y el marco de la


puerta no es una excepción. En el interior, con las luces encendidas, hay una
mesa tras otra llena de rifles, pistolas, escopetas, lo que parecen granadas,
toneladas de munición, algo parecido a una enorme ametralladora, todo ello
etiquetado con precios y con cargadores repartidos en abanicos, un auténtico
supermercado de armas ilegales y máquinas de matar.
Me quedo de pie y miro atónita.
—Esto explica por qué estos tipos mantienen el lugar —dice Casso
distraídamente, jugueteando con una metralleta que parece hecha en el
futuro—. Las strippers son una fachada para las cosas divertidas.
—Son traficantes de armas. —Se me atragantan las palabras.
—Probablemente con conexiones en Europa del Este, basándonos en
algunas de estas armas. La mayoría son de fabricación rusa o ex-soviética.
Una mierda asquerosa.
—¿Por qué vino por ti? ¿Con un cuchillo?
—La Famiglia Bruno es la dueña del comercio de armas en esta ciudad
—dice y su cara es tranquila mientras sacude la cabeza—. Pobres bastardos.
—Coge un cargador y carga la pistola, la amartilla y la apoya en su hombro.
Sale a grandes zancadas de la sala de armas y yo le sigo. Detrás de la
barra, Joey está al teléfono, hablando frenéticamente con alguien en un
teléfono fijo. Casso se agacha bajo el mostrador, apunta con la pistola a la
cabeza del tipo macizo y sonríe. —Pásame eso, ¿quieres? —pregunta Casso.
Joey gruñe algo en polaco que no entiendo, mientras Casso arranca el
auricular y golpea al tipo en la cara con él tres veces hasta que el grandullón
cae al suelo. Casso le da un par de patadas, maldice a quienquiera que esté en
la línea en italiano y lo golpea contra la cuna.
Me quedo allí, aturdida. Los jóvenes se levantan y se marchan a toda
prisa, probablemente asustados al ver la pistola. La stripper del escenario
107

suspira y se sienta, mirándose las uñas como si este tipo de cosas sucedieran
siempre.
Página

Casso saca a Joey de detrás de la barra y lo arroja a una silla, que es


como luchar con un oso dormido. El hombretón sangra por un corte en la
frente y está en mal estado, sudando profusamente, moviéndose
nerviosamente. Casso se pasea de un lado a otro, con el arma entre los brazos
como un bebé dormido.
—He visto las armas —dice.
—Puedo explicarlo. Verás, eh, las armas, son sólo, no son nuestras.
Sólo las estamos sosteniendo. Sí, sosteniéndolas.
Casso no sonríe mientras le da una mirada plana a Joey. —¿De quién
son entonces?
—Eh —dice Joey, y yo suspiro. El pobre tipo está demasiado
desaliñado, golpeado y estúpido para esto. Casi me da pena, salvo que antes
intentó apuñalar a Casso y que vende armas rusas ilegales en el mercado
negro, así que eso lo hace mucho menos simpático.
—Este es el trato —dice Casso, golpeando el cañón de la pistola contra
la rodilla de Joey, haciendo que el grandullón se estremezca cada vez. Golpea,
golpea, se estremece, se estremece—. Quiero este club y me lo vas a vender.
Si no lo haces, volveré con muchos más hombres y te mataremos, mataremos
a tu hermano y tomaremos este lugar para nosotros. Nos enredaremos en los
tribunales, y probablemente tendremos que comprárselo al Estado en una
subasta, pero será nuestro tarde o temprano. Prefiero hacer esto rápido y fácil,
por lo que no estás muerto todavía. Te doy un día para que hables con tu
hermano, pongas en orden tus asuntos y acuerdes un precio. Luego volveré.
¿Lo entiendes?
—Lo entiendo —dice Joey, y no estoy tan segura de que lo haga.
Pero Casso lo acepta con un movimiento de cabeza. —Considéranos
entonces a mano. —Le da un puñetazo a Joey en la nariz, haciéndole
retroceder la cabeza con fuerza. La sangre brota por la frente del pobre
imbécil—. Eso es por intentar apuñalarme, estúpido bastardo. —Me hace un
108

gesto y se dirige a la puerta.


Página

Me entretengo, pero le sigo. Fuera, el cielo es como un horno. —Así


que esto es lo que es hacer tu trabajo —digo en voz baja mientras él arranca el
motor del Rover. Saca el cargador de la pistola, se asegura de que no hay balas
en la recámara y lo tira todo en el asiento trasero.
—Normalmente, enviaría a otra persona a hacer una tontería como esta,
pero como es algo delicado, he decidido encargarme yo mismo. —Flexiona el
puño y sonríe—. Admitiré que he echado de menos romper cráneos un poco.
—Dios, eres un gilipollas.
—Puede que sea un gilipollas, pero Joey y Mickey nos van a vender ese
club olvidado por Dios, y tu amigo ruso recuperará su reliquia familiar. Esto
pone todo en marcha.
—No estoy segura de cómo me siento al respecto.
—Siéntete bien, esposa. Has sido muy útil.
Se marcha con el aire acondicionado a tope, y yo no me siento útil, no
me siento útil en absoluto. No siento casi nada, excepto una vaga sensación de
lástima, rabia y agotamiento. No hay escapatoria para mí, ni para Joey, ni para
Mickey, ni para nadie atrapado en la red de muerte, dinero y poder de Casso.
Ojalá la hubiera, pero no la hay.
Sólo que Danil tiene un juego diferente. Si puedo entender eso, tal vez
pueda encontrar una manera de escapar de mi situación. Odiaba las miradas
extrañas que me lanzaba Danil y la forma espeluznante en que se sentaba con
la espalda recta y excesivamente tranquilo, pero aprovecharé cualquier
oportunidad que se me presente.

109
Página
De vuelta a Villa Bruno, Casso pone una excusa y desaparece. —Tengo
trabajo —dice y se escabulle hacia su oficina. Lo veo irse, preguntándome qué
significa realmente ese trabajo, y la pelea entre él y ese enorme Joey vuelve a
pasar por mi mente: Casso, despiadado y brutal, derribando fácilmente a un
hombre que le superaba en peso y tamaño sin sudar.
La eficacia me aterra. Cierro los ojos, respirando con dificultad e
intentando que no cunda el pánico, mientras la violencia del momento se
repite una y otra vez, la salpicadura de sangre cuando los nudillos de Casso se
estrellan contra la cara de Joey, los gruñidos de agonía, el miedo.
Sé quiénes son estos hombres. Crecí en un cártel y he conocido a
docenas de soldados como Casso. Y sin embargo, ver de lo que es capaz, la
vileza sin sentido, me asusta. Papá se esforzó por mantenerme alejada de la
dura y fea realidad de su trabajo y pude fingir que el peligro, la sangre, la dura
verdad de los cuerpos rotos y las vidas arruinadas no me importaban o, al
110

menos, no me afectaban, pero al mirar atrás ahora es tan asquerosamente


obvio cómo la violencia impregnaba todos los aspectos de mi mundo. Hay una
Página

razón por la que prácticamente me mantuvieron encerrada en una jaula en


México: no era seguro para mí estar más allá de los muros del recinto.
Aquí no es tan diferente. Tengo más libertad, pero mi correa es sólo un
poco más larga. Lo que hizo Casso, esa intensa y repentina brutalidad, las
armas, el cuchillo, todo subraya lo profundo que me he encontrado enterrada y
atrapada.
Casso ha cambiado mucho en los últimos diez años. Cuando éramos
niños, era duro y parecía disfrutar metiéndose en peleas, pero no tenía el
mismo nivel de experiencia insensible y feroz que emplea ahora. Es como si
estuviera crudo entonces, pero ahora se ha refinado y es aterrador. Ese es el
hombre contra el que quiero luchar, el hombre al que quiero cabrear y
fastidiar. Podría romperme en pedazos sin frenar, y yo lo azuzo a la ira por
diversión.
Vuelvo a abrir los ojos y me quito la lágrima con los nudillos. ¿Qué
estoy haciendo aquí? Aparte de estar casada con ese cabrón. Debería estar
cazando al asesino de Manuel y, en cambio, estoy en una búsqueda en la
madriguera con Casso, corriendo de un fracaso a otro. ¿Cómo se supone que
voy a sobrevivir cuando hay cocodrilos abajo y leones hambrientos arriba?
Sacudo la cabeza y me agarro con fuerza a la barandilla. La piedra está
caliente bajo mis dedos. El sol de media tarde es brutal y empiezo a sudar, y el
único respiro es el interior, con el aire acondicionado a tope, pero no quiero
arriesgarme a encontrarme con Casso ahora mismo. Tengo demasiado miedo
de lo que pueda decir.
—¡Olivia!
Parpadeo rápidamente y veo a Elise sentada junto a la piscina
saludándome con la mano. Sonrío ligeramente y le devuelvo el saludo.
Tendría que haber sabido que estaría allí -Elise siempre está tumbada junto a
la piscina o descansando en algún sitio-, pero ahora mismo estoy demasiado
emocionada para encontrarle sentido a nada.
111

Me retiro de la barandilla y me dirijo hacia ella.


Página

Se sienta y se baja las gafas de sol. —¿Estás bien, chica? —Sonríe


tímidamente, como si estuviera probando, sin estar segura de lo mal que están
las cosas. En esta familia, las lágrimas pueden significar mucho o poco, todo
depende de los caprichos de cualquier imbécil brutal que ande por ahí ese día.
Asiento con la cabeza y me limpio la cara. —Totalmente bien. Sólo
estaba sola en el patio llorando un poco. No es gran cosa.
—Bastante normal para las chicas de esta casa. —Su sonrisa
permanece, pero está teñida de tristeza—. Siéntate y cuéntame.
—No quieres escuchar mis aburridas quejas, ¿verdad?
—Vamos, eres la nueva esposa de Don. Recuerda que fui la esposa de
un Don no hace mucho tiempo, tengo algo de experiencia en cómo funciona
todo esto. Aunque dudo que Casso sea tan malo como su padre, pero nunca se
sabe.
Eso no me hace sentir mejor.
Me muerdo el labio y dudo antes de sentarme. Es cierto, era la esposa
de un Don, y me pregunto si echa de menos su antigua posición y los
privilegios que conllevaba. Sospecho que aceptaría de vuelta ciertas cosas -
dinero, poder, viajes, todo eso-, pero podría prescindir del miedo constante.
—Lo triste es que no me siento la esposa de nadie. Pero lo soy, ¿no? —
Miro el anillo que llevo en el dedo y me pregunto por qué no me lo he
arrancado y lo he tirado a la piscina todavía—. Esta mañana he ido con Casso
a hacer un recado. Con todos los años que llevo viviendo con mi padre, nunca
le había visto trabajar.
—Eso es algo bueno. —Elise se estira y pone las manos por encima de
la cabeza. Lleva el pelo rubio platino recogido sobre un hombro y un mono
azul oscuro relativamente modesto—. Tu padre no sería un buen padre si
llevara a su única hija a situaciones peligrosas. —Me mira y frunce el ceño—.
112

Y tu marido no es un gran marido si hace lo mismo.


—No es su culpa, prácticamente lo chantajeé para que me trajera. —Lo
Página

cual es cierto: le dije que si no me dejaba venir, le haría la vida más difícil. La
idea de que me haga la rebelde y la difícil es suficiente para que haga lo que
quiero por ahora, lo cual es bastante agradable, pero me pregunto cuánto
tiempo conservaré esa capacidad. Tarde o temprano, se dará cuenta de mis
tonterías y dejará de responder a ellas—. Simplemente no sabía que era capaz
de, ya sabes.
—¿Qué parte, exactamente? Estos hombres hacen muchas cosas, chica.
—Sus cejas se levantan.
—¿Crueldad? No, sé que es cruel. ¿Violencia? ¿Brutalidad? Lo
recuerdo como un adolescente, pero ya no lo es.
—No, no lo es —dice ella, hablando en voz baja. Mira hacia la piscina y
yo sigo su mirada. Una pequeña cascada cae desde la formación rocosa de
arriba y hace un suave chapoteo—. No pretendo defenderlo con esto, créeme.
Lo último que quiero hacer es poner excusas. Pero lo que hacen no es sencillo.
Exige mucho, física y emocionalmente, y sé que Casso se esfuerza al máximo,
aunque su esfuerzo no sea siempre evidente.
—Eso casi suena como si pensaras que es un tipo decente.
Se ríe. —Casso es un príncipe comparado con su padre, eso es seguro.
Estos hombres, no tienen ningún sistema de apoyo, ¿verdad? Se ven arrojados
a un mundo infernal, casi medieval, que exige sangre, dinero, sacrificios, y
que les absorbe todos los sentimientos como un gran agujero negro, y no hay
nadie cerca para escucharles hablar. Así que lo embotellan todo y sale a la luz
en lugares jodidos. Sé que tú y Casso tienen un pasado complicado, pero
podría valer la pena pensar en tu nuevo marido en contexto.
—Contexto. —Hago rodar la palabra por mi boca. Tiene un sabor
amargo en mi lengua—. Te daré el contexto. Cuando yo era una estudiante de
segundo año en la escuela secundaria, él era un estudiante de último año. Por
aquel entonces la Academia Miller sólo tenía décimo, undécimo y duodécimo
curso, así que cuando me presenté en mi primer año, él ya llevaba dos. Y
113

estaba bien al principio, estaba emocionada por empezar una nueva escuela,
emocionada por conseguir una educación de lujo. Pero entonces me encontró
Página

un día en los pasillos.


Cierro los ojos y le cuento exactamente lo que recuerdo. Ya lo veo todo
muy claro: Casso, alto y guapo, el chico que todas las chicas querían en ese
estúpido y horrible lugar. Era un dios brillante y glorioso con una sonrisa
perfecta y un pelo a juego, y Casso se quedó allí, estudiándome, los dos solos
en un pasillo tranquilo y apartado. Se acercó a mí y no dijo nada, ni una sola
palabra, sólo avanzó hasta que estuvo allí mismo, frente a mí, y yo me quedé
inmovilizada contra las taquillas, mi corazón se aceleró, estaba tan
jodidamente asustada pero también extrañamente excitada, y se inclinó y dijo:
-Voy a hacer de tu vida un puto infierno, Olivia Cuevas-. Eso fue todo, nada
más. Era la primera vez que nos veíamos, y actuó como si yo fuera su
enemigo mortal antes de que tuviéramos una conversación. Se alejó como si
no hubiera pasado nada. Pero aquella fue mi primera presentación de Casso
Bruno, y no mentía.
—Entonces era un cabrón —dice Elise, entrecerrando los ojos por
encima de sus gafas de sol—. ¿Qué tan malo pudo haber sido?
Le explico el acoso, la intimidación, el miedo. Pero no era sólo eso.
Eran rumores, insinuaciones y acoso. Quería convertir mi vida en un infierno
y se las arregló para hacerlo, día tras día, y por mucho que me defendiera, por
mucho que fuera a la administración a quejarme, no pasaba nada. No paraba.
—Todo por culpa de esa estúpida guerra —digo e intento no empezar a
llorar de nuevo—. Así que hoy, cuando he visto cómo hería a ese tipo, me he
dado cuenta de que podría habérmelo hecho cien veces. Todavía podría
hacérmelo a mí. Podría romperme sin realmente intentarlo. ¿Y se supone que
debo confiar mi vida en las manos de un hombre así?
Elise se queda callada. Se pasa un dedo por el muslo como si tuviera un
picor del que no puede deshacerse. —Una vez me sentí atraída por eso —dice
y su voz es muy pequeña—. Cuando conocí al padre de Casso. Me gustó que
fuera un hombre grande, que diera miedo. Me gustaba que tuviera miedo a su
alrededor. La idea de que me pegara un poco era aterradora, pero
114

extrañamente atractiva, porque pensé que sería especial. Pensaba que yo sería
la que domaría al oso, y que toda su agresividad sólo saldría cuando yo
Página

quisiera. Ese peligro, es una emoción, ¿no?


Miro fijamente la piscina y no digo nada. Tiene razón: es una emoción.
¿Pero eso no me hace estar rota? De alguna manera profunda e intrínseca, ¿no
me hace enfermar y equivocarme si me gusta tener miedo, sólo un poco?
Querer a un hombre como Casso es buscar la autodestrucción, y no quiero
hacerme daño.
—Sé que no vas a creer esto —dice Elise— pero realmente creo que
Casso se preocupa por ti más de lo que jamás admitirá, a pesar de lo que te
hizo entonces.
—Dios, ¿no es una locura? Quiero decir, hizo de mi vida un infierno y
ahora se supone que debo olvidarlo. Eso es como la última mierda de colegial,
torturar a la chica de la que estás secretamente enamorado.
—Pero no fue así, ¿verdad? Te torturó porque nuestras familias estaban
en guerra. Mira, realmente no quiero ser la que lo defienda, pero la razón
detrás de lo que hizo importa. No fue por odio, ni siquiera fue por ti. Fue por
él y por tu familia.
Me muerdo el labio con tanta fuerza que me duele. Hay más cosas que
no le cuento: la fiesta de fin de curso, una noche calurosa y húmeda en casa de
Roger McPherson, con sus padres fuera de la ciudad, todo el lugar convertido
en una fiesta. Barriles de cerveza, botellas de vodka, docenas y docenas de
chicos de instituto borrachos dando rienda suelta. Y Casso en la mezcla, el
centro de atención, el rey de la fiesta, y cuando su mirada se posó en mí de
entre todos los que había en esa habitación, sus ojos como focos ardiendo en
mí, fue más embriagador que la única cerveza que bebí. Era difícil de manejar,
era celestial. Siempre había un trasfondo, pero esa noche tiró por la borda la
pretensión. Aquella noche renunció al subtexto y yo cometí el mayor error de
mi vida.
115
¿Cómo podía gustarme esa atención? ¿Cómo podía quererla de un
hombre como Casso que no hacía más que herirme, una y otra vez? Y la única
Página

noche que decide que no soy un juguete que sólo sirve para aplastar contra el
suelo, esa noche me lanzo a él como un cachorro baboso y enfermo de amor.
Es patético.
—Debería entrar. —Me levanto y me giro hacia la casa—. Sé que tienes
buenas intenciones, Elise, y puede que tengas razón. Pero no estoy segura de
estar preparada para perdonarle. No estoy segura de que lo esté nunca.
—Lo sé —dice ella en voz baja—. Si pudiera hacer más para ayudarte,
lo haría. No quiero que te quedes atrapada en un matrimonio horrible y sin
amor como lo estuve yo, pero a veces el mundo te da una mierda, y es todo lo
que puedes hacer para no ahogarte.
—Eso no me hace sentir mejor precisamente.
Se ríe con fuerza y se encoge de hombros. —Siempre hay vino aquí
abajo si lo quieres.
Me dirijo a la casa. Miro hacia atrás y Elise me saluda con su copa y da
un largo trago antes de entrar en la frescura de la casa. Mi mente bulle con
viejos recuerdos y con lo que dijo Elise: el contexto importa, el contexto es
importante. Entonces había una guerra, pero ahora no hay guerra. Soy libre
para vivir mi vida. Pero, ¿cómo puedo hacerlo cuando las cicatrices de
aquellos días aún están frescas? ¿Cuándo parece que Manuel está apenas
enterrado, como si su cuerpo aún estuviera caliente? Quiero encontrar una
forma de superar lo que pasó, pero no estoy segura de poder hacerlo.
Me dirijo a mi habitación, pero un movimiento a mi izquierda me
sobresalta. Casso sale de su despacho cuando paso por delante de él y me mira
fijamente, tan sorprendido como yo. Voy a alejarme, pero él extiende la mano
y me coge la muñeca, la mano con el anillo en el dedo, y me tira hacia él.
Me levanta la muñeca en el aire.
—Todavía no te lo has quitado. —Parece hambriento.
Lo miro fijamente a los ojos y veo esa misma mirada, la que siempre me
116

ha dirigido, tan llena de anhelo y rabia, el Casso de hace diez años y el Casso
de hoy fusionados en un solo hombre, defectuoso y roto, pero que se esfuerza
Página

al máximo por hacer lo correcto, por mantener a su familia, por liderar la


Famiglia, por cumplir sus promesas. Puedo verlo grabado en su piel, en el
peso de sus hombros, en la tensión alrededor de sus labios carnosos. Levanto
la mano libre y le toco la mejilla, y él se vuelve hacia ella, soltando un suave
ronroneo.
—No dejas de mencionarlo. Creo que te gusta que lo lleve.
—Sí me gusta —dice, tan suavemente que mata, el ardor del terciopelo
tensado—. Y eso es lo que me asusta, princesa.
Me pongo de puntillas y lo beso, cayendo hacia delante contra su pecho.
Él me atrapa y aplasta mi boca con la suya y yo suelto un gemido
quejumbroso, un ruido que no recuerdo haber hecho nunca, pero no recuerdo
haberme sentido nunca así. Se tambalea hacia su despacho y yo voy con él,
atraída inexorablemente hacia delante, incapaz de detener este beso aunque
quisiera. La puerta se cierra tras de mí y me veo atrapada contra ella, con las
manos por encima de la cabeza, su boca en mi cuello, en mis labios, su lengua
contra la mía.
Sabe a sábanas limpias, a jabón y a algo de menta. Lo muerdo y él me
devuelve el mordisco, sonriendo como si disfrutara del dolor. Me inmoviliza
las dos muñecas con una sola mano enorme y utiliza la otra para trazar una
línea por mi cuello, a lo largo de mis pechos, hacia mis pantalones. Tiemblo
de miedo y de deseo, sin poder ni querer detener lo que está sucediendo, y
sigo viendo cómo se mueve con una velocidad demencial y una fuerza mortal,
golpeando, rompiendo, con sangre y agonía, pero para mí su dolor se mezcla
con el placer, nunca uno sin el otro.
Así es como funcionamos: una dualidad, los dos como opuestos, placer
y dolor, amor y odio. En tándem, orbitando el uno al otro. Todo lo que hace se
multiplica por diez debido a los contrastes que aviva en mí y su calor es como
un horno mientras me chupa el cuello y me susurra al oído.
—Cuando dijiste -sí, quiero-, te imaginé extendida en mi cama,
117

temblando de expectación, desnuda y empapada. Quería convertirte en mi


novia esa noche más de lo que he deseado nada en mi vida, pero respeté tus
Página

deseos. Te dejé sola. ¿Fue un error? Me pregunto si debería haberte tomado a


pesar de todo, hacerte gemir, hacerte gritar.
—No lo sé —respondo y es la verdad. ¿Lo habría querido en mi cama?
No, en absoluto, pero ¿lo habría echado?
No lo sé. No lo sé. Me temo que no lo habría hecho, y eso me asusta
más que nada, pero me asusta igualmente que no lo habría echado si hubiera
venido.
—Y sin embargo, ahora estás aquí y sé lo que estás pensando. Quieres
que te arruine como sólo yo puedo hacerlo. Nadie más, mi princesa, mi
esposa. Nadie más puede tocarte de esta manera. —Me desabrocha el botón
superior de los pantalones con un rápido movimiento y yo aspiro.
—Esto no cambia nada —susurro mientras sus dedos se deslizan por la
parte delantera de mis bragas y suelto un jadeo y un gemido. Dios, se siente
tan jodidamente bien, la anticipación como un caramelo en mi columna
vertebral—. Esto no cambia nada. Nuestro trato sigue en pie. Puedes hacer...
joder... puedes hacer esto todo lo que quieras. Sigo odiándote.
—Sé que lo haces —dice, esbozando esa sonrisa diabólica mientras sus
dedos suben y bajan por la parte delantera de mis bragas, hasta llegar a mi
coño chorreante, y oh, Dios, estoy tan mojada que se desliza por mis pliegues
y empuja lentamente dentro de mí antes de burlarse de mi clítoris en círculos
increíbles—. Me desprecias y por eso me gusta tanto esto. La forma en que me
miras como si quisieras matarme, pero también quieres follarme, es como el
cielo. Es como si tus gemidos fueran música y tu lengua fuera un caramelo, y
Dios, Olivia, te odio igual, pero te deseo aún más.
Sus dedos entran, salen y recorren mi clítoris, y sus palabras envían
sacudidas de sorpresa y deseo a lo largo de las curvas de mi piel. Mi cuerpo se
sacude y se aprieta cuando su agarre de las muñecas se hace más fuerte, y
estoy inmovilizada y tomada, a su merced, su prisionera, su esposa. Soy suya,
118
toda yo, me guste o no, y ahora mismo me gusta, Dios, sí, me encanta.
Se arrodilla y me baja los pantalones. Jadeo y le meto los dedos en el
Página

pelo mientras me quita las bragas, me abre las piernas y me lame como si
fuera lo último que hiciera. Gimo, con la cabeza echada hacia atrás, y su
lengua recorre mi clítoris mientras se adentra en los pliegues de mi coño. Sus
manos me agarran con fuerza el culo, manteniéndome firme, y yo hago girar
mis caderas al ritmo de sus movimientos.
Estamos juntos, somos uno, mis ojos se ponen en blanco y el placer me
agita el cerebro y amenaza con reventarlo por completo. Introduce dos gruesos
dedos en mi coño y yo gimo su nombre, sin vergüenza, tan perdida en él,
mientras enrosca esos dedos y encuentra mi punto G, enviando el éxtasis a mi
cerebro.
Hace girar su lengua y me folla con los dedos y me aprieta el culo con
la otra mano, y todo es demasiado, estoy a punto de romper. Me mira y sus
ojos son fuego fundido, piscinas límpidas llenas de lujuria. —Sabes como
siempre he soñado —susurra—. Tu recuerdo me mata, Olivia. Tu recuerdo me
vuelve loco, y tenerte aquí, ahora mismo, en mi lengua, gimiendo mi puto
nombre, con mi anillo en el dedo, es casi demasiado para soportarlo. No sé
cómo puedo soportar tenerte cerca y no follarte sin sentido cada segundo del
día. Te necesito, Olivia, necesito que te corras, te necesito a cuatro patas
gimiendo, suplicando, empapada y gritando. Ven para mí, puta asquerosa, ven
para mí, mi encantadora esposa.
Echo la cabeza hacia atrás y pierdo todo el control mientras me lame de
nuevo, rodando alrededor de mi clítoris, con sus dedos en lo más profundo de
mi coño. Oh, Dios mío, oh, joder, gimo, jadeando, haciendo girar mis caderas,
tirando de su pelo con fuerza, y después de una lenta, agonizante y perfecta
acumulación, todos mis músculos se esfuerzan, se esfuerzan por él, por mi
marido, por Casso, este bastardo...
Giro mis caderas contra su boca y grito su nombre mientras me corro en
una fantástica oleada de liberación, placer y éxtasis, abro las piernas y dejo
que me invada. Soy suya, toda suya, y alcanzo el clímax una vez, dos veces, y
parece que no vaya a terminar nunca mientras él me lame, me chupa y me
119

folla. Termino, jadeante, hecha un desastre. Se levanta y me besa, y yo me


saboreo en su lengua, y él sonríe mientras presiona sus dedos húmedos contra
Página

mis labios. Se los limpio, uno a uno, con las mejillas sonrojadas, mirándole
fijamente a los ojos.
—Buena chica —dice suavemente y me besa de nuevo.
Ya he cometido errores antes. Tantas veces en mi vida. He cometido
errores una y otra vez, los he repetido una y otra vez, pero esto, ahora mismo,
este momento, no puede ser un error, porque se supone que los errores no
deben sentirse así. No se supone que deben ser tan increíblemente perfectos,
con un placer que entumece el cuerpo.
Esto no puede ser un error. Es demasiado bueno.

120
Página
La reunión está fijada en el aparcamiento vacío de un cine abandonado
en las afueras de la ciudad. Llego temprano con Nico y espero en medio del
espacio. La marquesina está en silencio, las puertas están tapiadas y el único
otro coche es una furgoneta que claramente no se ha movido en semanas.
Salgo y me aseguro de que no hay nadie escondido en la parte trasera. Está
llena de viejas cajas de cartón, podridas y deshechas, además de viejas mantas
mohosas, y huele como si algo hubiera muerto dentro. Vuelvo al coche y me
siento a esperar.
—He oído que tú y tu mujer pasan mucho tiempo juntos. —Nico se
queda mirando por la ventana, hablando despreocupadamente como si no
fuera gran cosa.
—¿Te has enterado por quién?
—La casa habla, ya lo sabes.
121

Aprieto la mandíbula. —Soy el Don, Nico. Si la gente está cotilleando,


tengo que saberlo.
Página

—No, no se puede cotillear y ser un narco, ya lo sabes. —Ahora sonríe,


aunque trata de ocultarlo. Le parece divertido, el muy cabrón—. Pero diré que
todo el mundo está hablando. Todos queremos saber si los dos locos van a
dejar de lado sus diferencias y se van a enamorar locamente. Es una situación
muy del tipo de –querrán- o -no querrán-.
—Ya estamos casados, así que parece que ya lo hicimos —digo
mirando por la ventana. Estoy tentado de ir a romper las pocas ventanas que
quedan en este lugar sólo para liberar algo de vapor—. Todo el mundo puede
guardarse sus opiniones sobre mi relación para sí mismo.
La sonrisa de Nico se suaviza. —Eres el Don, ¿recuerdas? Tus
relaciones son importantes para la Famiglia, así que todos tenemos curiosidad.
Además, es obvio que te gusta Olivia, aunque los dos tengan un pasado
complicado.
—No tienes ni idea de lo complicado que es.
—Tienes razón, no la tengo, y cada vez que te pregunto por qué pareces
odiarla tanto, te niegas a decirlo. Sabes que eso es molesto, ¿verdad? Aquí
estoy, la única persona en todo el mundo que podría entender por lo que estás
pasando, y te niegas a decirme nada.
—Soy consciente —digo y me siento, listo para que esta conversación
termine. Tiene razón, su situación con mi hermana era muy similar a la mía,
pero diferente en aspectos clave. Al menos, Nico se ríe y deja pasar el tiempo
mientras esperamos.
Sin embargo, no dejo de pensar en Olivia, y aunque intento que mi
mente no se desvíe hacia sus labios, sus piernas, sus gemidos, no puedo
evitarlo. Está en mi cerebro, encerrada en lo más profundo de mí, y cada vez
que creo que la he purgado de mi sistema, la encuentro de nuevo allí. Es ese
beso, esa risa, el ruido que hace al correrse. Es demasiado, y cuando me
encuentro fantaseando con follarla en la ducha, o con inmovilizarla en la cama
y hacer lo que quiera con ella, tengo que recordar lo que me hizo hace tantos
122

años. Tengo que recordar el precio que pagué por saborear su piel y cómo
cambió toda mi vida irremediablemente después. Cómo sigo con las secuelas.
Página

Un camión negro entra en el aparcamiento e interrumpe mi ensoñación.


Aparca a seis metros de distancia, más que llamativo, pero no importa. Estos
tipos eligieron el lugar, lo que me hace pensar que tienen músculo montado en
las cercanías, pero los hombres de Nico hicieron un barrido de la zona y está
despejada, y revisé esa horrible camioneta, también despejada.
—¿Estás listo? —pregunta Nico, mirando con el ceño fruncido mientras
comprueba su arma para asegurarse de que está cargada.
—Listo, pero dudo que lo necesitemos. —Abro la puerta de un
empujón—. Estos tipos no son tan estúpidos.
Eso espero, al menos. Traicionar a la Famiglia Bruno y asesinar a su
nuevo Don podría sumir a la organización en el caos brevemente, pero tengo
hermanos y soldados leales que felizmente cazarían a estos dos imbéciles y los
desollarían vivos.
Atravesamos el terreno y nos detenemos cuando los hermanos salen de
su camión. Joey tiene la cara llena de moratones, la nariz destrozada y anillos
de color púrpura alrededor de los ojos, y me mira fijamente, ese enorme
cabrón. Es incluso más grande que Nico, y Nico es enorme. Yo no soy un tipo
pequeño, mido más de dos metros y soy muy musculoso, pero Joey es como
un oso y yo soy más como un tigre. Es grande y corpulento. Lástima que sea
él quien camine cojeando y tenga una cara extremadamente fea y colorida.
Pero su hermano es diferente. Mickey es mayor, con más canas y más
delgado. Parece que lleva toda la vida corriendo, casi todo lo contrario que
Joey. Es delgado y tenso, con los músculos acordonados en los brazos como si
estuviera acostumbrado a trabajar con su cuerpo todo el día. Van vestidos
simplemente con vaqueros y camisas abotonadas y no llevan ningún arma
evidente, lo que no es lo mismo que ir desarmados. Los dos se acercan, Joey
se echa un poco para atrás, probablemente recordando la sensación de mi puño
crujiendo en su nariz.
—Buenas tardes, caballeros —digo una vez que estamos todos de pie en
123

una disposición suelta—. Les agradezco que se hayan tomado la molestia de


venir a conocerme.
Página

Joey me mira como si quisiera otro trago, pero Mickey inclina la cabeza
con curiosidad. Sus ojos son afilados y de color marrón oscuro y parece que
está evaluando la situación. Está claro que ese es el cerebro.
—Mi hermano dice que viniste a visitar nuestro club. Dice que le
ofreciste comprar la propiedad, y por su cara, parece que fuiste muy
persuasivo.
Sonrío y extiendo mis manos. —¿Mencionó que intentó matarme?
—Joey es un poco impulsivo. ¿No es así, Joey? De vez en cuando toma
decisiones muy cuestionables sin quererlo.
—Sí, muy impulsivo. —Joey escupe al suelo.
—Quería disculparse. ¿Verdad, Joey?
—Lo siento. —Vuelve a escupir. No creo que sea muy sincero, pero
asiento a Mickey de todos modos y decido no insistir en el tema.
—Agradezco el gesto. Ahora bien, he visto la pequeña operación que
estáis llevando a cabo ahí, y supongo que pueden imaginar lo que siento al
respecto. La Famiglia Bruno maneja armas en esta región y no nos gusta la
competencia.
—Sé cómo trata a sus competidores, Don Bruno —dice Mickey,
sonando respetuoso, lo cual es un eufemismo: la última banda que puso a
prueba el monopolio de las armas de Bruno acabó muerta en la calle, su líder
el último, con las pelotas cortadas y metidas en la garganta. Un bonito
mensaje para la ciudad: no te molestes, joder. Nico se desplaza a mi lado,
observando a Joey con el ceño fruncido—. No voy a quedarme aquí y mentirte
a la cara diciendo que no fue nuestra intención y que no lo volveremos a
hacer. Esas son nuestras armas y las hemos estado vendiendo en pequeñas
cantidades aquí y allá para ganar algo de dinero. Nada que se note, pero parece
que tuvimos mala suerte. No queríamos hacer daño, pero ahí está, al
descubierto.
124

—Parece que han tenido mala suerte. —Doy un paso adelante. Me gusta
este tipo Mickey, aunque su hermano todavía parece que quiere matarme—.
Página

Aprecio que estés siendo sincero y no lloriquees como lo harían tantos


hombres en tu posición. Eres consciente de lo que puede pasar aquí, pero te
has presentado, y eso es un punto a tu favor. Y ya que estás siendo honesto, te
haré un trato, y lo haré mejor de lo que había planeado originalmente. Puedo
olvidarme de las armas si estás dispuesto a venderme el club. Te daré un buen
precio, e incluso compraré tu stock de armas para ahorrarte la molestia de
tener que moverlas. Puedes salir de esto, libre y limpio, con el dinero llenando
tus bolsillos. ¿Qué te parece?
Mickey asiente para sí mismo, como si me estuviera evaluando y
tratando de decidir si cree lo que estoy diciendo. Miro a un lado, comprobando
que no hay nadie cerca. La maleza brota en penachos entre las grietas, y el
teatro es como una montaña. Pero nada se mueve, nada respira.
—Tengo una propuesta alternativa para ti. —Mickey se cruza de brazos,
entrecerrando los ojos, el pequeño bastardo descarado—. Tal y como yo lo
veo, quieres nuestra propiedad por una razón. Un hombre como tú no viene
personalmente ofreciendo mucho dinero y diciendo que hará la vista gorda
ante una transgresión sin ninguna razón. Sospecho que esto es importante.
—Cuidado —le digo, mirándolo fijamente, no contento con el rumbo
que está tomando esto—. Se lo dije a tu hermano y te lo diré a ti. Estoy
dispuesto a hacer esto de la manera rápida y fácil, pero la manera larga y
difícil no está fuera de la mesa.
Mickey levanta las manos. —Lo entiendo, Don Bruno. Estoy dispuesto
a vender. Sólo que quiero una cosa más antes de seguir adelante. Verás, tengo
cargos pendientes contra mí, el tipo de cargos que podrían enviarme lejos por
un tiempo. Actualmente estoy en libertad bajo fianza, y estaba visitando a mi
oficial de libertad condicional cuando tuvo una conversación muy civilizada
con mi hermano aquí ayer. Lo que me gustaría es que te pusieras en contacto
con el fiscal y consiguieras que se retiraran esos cargos o, al menos, que se
rebajaran todo lo posible. Sé que tienes conexiones, y sé que tienes dinero. Si
puedes hacer algo por nosotros, eso es lo que queremos.
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Dejo que eso se asimile. No está pidiendo un pequeño favor: conseguir


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que el fiscal retire los cargos es un uso serio de mi poder. Incluso en una
ciudad corrupta como Phoenix, el fiscal tiene que tener la apariencia de estar
limpio y libre de cualquier influencia indebida de un tipo como yo. Lo que
significa que hay que aprovechar un montón de buena voluntad acumulada, el
tipo de buena voluntad que podría ser mejor gastada en mi propia gente. Joey
se mueve de un pie a otro, como si prefiriera ver a su hermano pasar un mal
rato que jugar a la pelota conmigo, pero Mickey está completamente quieto,
totalmente tranquilo.
Es un hombre inteligente. Es lo suficientemente inteligente como para
ver que quiero su lugar desesperadamente, y está usando eso en su beneficio.
Es frustrante, pero también es impresionante, y si no fuera mi cara la que tiene
sobre el fuego, podría gustarme por ello.
—Podría ser capaz de conseguirlo —digo lentamente, y miro a Nico en
busca de confirmación. Él sólo se encoge de hombros—. Tienes razón en que
tengo contactos. Pero lo que no entiendes es que esas conexiones sólo llegan
hasta cierto punto. Si tus cargos son del tipo que el fiscal no está dispuesto a
ser flexible, no puedo ayudar. En ese caso, tendré que ir por el camino difícil.
—Entendido, Don Bruno. Todo lo que pido es que lo intente. Si puede
hacerlo, estaré encantado de vender y de seguir haciendo negocios juntos, si es
algo que desea. —Asiente una vez, como si hubiera dicho su parte y hubiera
terminado.
Sonrío ligeramente y le doy un codazo a Nico. —¿Qué te parece?
—Creo que estos mierdecillas están prácticamente pidiendo una bala
entre los ojos. —Nico muestra los dientes, perfectamente aterrador. Joey deja
de mirar fijamente y mira al suelo muy rápido, y me doy cuenta de que esta
vez no escupe. Ese imbécil puede aprender algunos modales, parece—. Pero
podría valer la pena intentarlo.
—De acuerdo entonces. Ya tienes un trato. Dame unos días para ver qué
puedo hacer con tus cargos, y a partir de ahí compraremos tu propiedad con un
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ligero descuento, junto con tu stock de armas. Más allá de eso, si decido que
trabajemos juntos, estaré en contacto.
Página

—Eso me parece bien. Gracias, Don Bruno. —Mickey le clava un dedo


en el brazo a Joey.
—Gracias, Don Bruno —murmura Joey, se da la vuelta y regresa a
zancadas a la camioneta. Se sube como un adolescente huraño.
—No te preocupes por mi hermano. No está acostumbrado a que le den
una paliza.
Le sonrío. —Tu hermano nunca ha trabajado para mí.
Mickey asiente y se marcha. Sube pesadamente a la camioneta. Vuelvo
al Rover con Nico, me siento al volante y los veo alejarse.
—He tomado una decisión —digo en voz baja una vez que los
hermanos polacos se han ido.
—¿Si? ¿Sobre qué?
—Olivia. —Arranco el motor y pongo el Rover en marcha—. Quiero
que sus cosas se trasladen a mis habitaciones. Si va a ser mi esposa, vamos a
hacerlo de verdad. No más medias tintas.
Las cejas de Nico se levantan. —Eso es un poco drástico. ¿Cómo
reaccionará ella?
—No lo sé, y no se lo voy a preguntar.
—¿Crees que es una buena idea?
Sacudo la cabeza y no respondo. No tengo ni idea de lo que está bien y
lo que está mal aquí; lo único que sé es que tengo que hacer que funcione con
ella. Es mi mujer, para bien o para mal. Estamos en esto, y no nos vamos a ir
pronto.
Puedo justificar mis decisiones todo lo que quiera. Puedo poner
excusas, racionalizaciones. Pero al final, todo lo que sé es que la quiero en mi
habitación, en mi cama, respirando por la noche a mi lado. Quiero que sea mi
127

esposa, no esta cosa parcial fantasmal, esta casi-esposa, esta conveniencia. La


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quiero, con cicatrices, rabia y todo.


Elise es la compañera de descanso perfecta. Me reúno con ella en la
piscina hacia el mediodía, me estiro en una silla y cierro los ojos. No dice
nada, sólo sonríe, me guiña un ojo y me sirve un poco de vino. No tengo
intención de beber, pero está ahí, así que toca fondo.
Me siento bien. Inútil, pero bien. Elise tiene razón: es la reina de no
hacer nada, y yo necesito unas cuantas lecciones de improductividad. Casso
está ocupado con la Famiglia, y yo estoy ocupada pasando el tiempo.
Sin embargo, al cabo de un rato, me pongo demasiado nerviosa. Es
agotador, no hacer nada, y no puedo soportarlo más. Me pongo de pie y recojo
mis cosas, planeando mentalmente qué diablos voy a hacer el resto de la tarde.
—Ha sido un placer verte —dice Elise con un guiño mientras abre su tercera
revista del día. No sé de dónde saca esas cosas, ¿acaso sale de casa?
—Tienes la paciencia de un santo y la dedicación de un verdadero
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maestro. Admiro tu capacidad de relajación.
—Es el deber de mi vida, amor. —Me sonríe y me rio mientras vuelvo a
Página

la casa. El personal es más amable que cuando llegué y supongo que ya no


tienen miedo de saludar. Asiento con la cabeza y sonrío a algunos de ellos que
reconozco, y me pregunto dónde estará el resto de la familia -Karah siempre
está ocupada con Antonio y sé que los chicos trabajan constantemente-, pero
es extraño que haya una casa tan grande y que parezca que nadie vive en ella.
Llego a mi habitación en mi ala, por lo demás vacía, como si fuera mi
isla en medio del océano, abro la puerta y me quedo muy quieta.
Algo va mal. Tardo unos instantes en darme cuenta, pero una vez que lo
hago me llega una repentina e intensa sacudida a mi interior.
Mi rincón de lectura está vacío. Los libros no están, los cojines no están,
las mantas han desaparecido. Tenía revistas en la mesa de centro, y cómodos
cojines en el sofá, y algunos cuadros que encontré en una habitación de
invitados vacía en las paredes que me gustaban. Empezaba a sentir que era mi
espacio y no una habitación que Karah decoraba como quería. Pero mis cosas
ya no están.
Corro a mi dormitorio y casi grito.
La cama ha sido despojada. No hay sábanas, nada. El colchón está
desnudo y fuera del marco, inclinado hacia un lado. Mi ropa ya no está en los
cajones y el armario está vacío, salvo por una sola percha. El baño está igual:
mis cremas, maquillaje, cepillo de dientes, pasta de dientes, todo ha
desaparecido. Incluso las cosas extra, las toallas, las tiritas, han desaparecido.
Sólo queda polvo.
Estoy furiosa. Estoy temblando. ¿Qué demonios está pasando? Salgo
furiosa hacia la casa principal, buscando a alguien a quien culpar. Si esto es
una especie de ritual de novatadas, no tiene gracia. Si esta es la idea de broma
de Casso, estoy más que harta de sus bromas infantiles. Voy a buscar el
cuchillo más largo y afilado y se lo voy a clavar en el corazón.
Estaba empezando a sentirme cómoda. Eso es lo peor: a pesar de todo,
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empezaba a pensar que mi habitación era mía y no un alojamiento que me
habían regalado. Pero, de repente, mi mundo ha sido arrancado de debajo de
Página

mí una vez más, y es difícil ignorar la repentina inclinación y el temblor de los


pasillos, como si la casa estuviera construida sobre unos cimientos poco
firmes.
Lo que es mío no es mío. Estoy a la deriva, soy un vagabundo.
Esto es tan típico de Casso. En cuanto siento que formo parte de algo,
que no soy un peso muerto aferrado a la cáscara de una bestia enorme a la que
no le importo nada, de repente encuentra la forma de recordarme lo poco que
puedo hacer y lo pequeña que soy.
Llego al despacho de Casso. No tengo ni idea de si está allí, pero si está
en casa, es una buena apuesta. Dudo un momento y, aunque nunca me han
dicho explícitamente que no debo entrar allí, puedo ver la cara de Casso
cuando irrumpo, sus apuestos rasgos se tuercen de rabia mientras me señala
con el dedo que me vaya a la mierda o lo que sea. Pero que se joda y que se
joda su trabajo y su intimidad, me lo ha arrebatado y que me aspen si dejo que
me lo eche en cara como si se mereciera más que yo.
Abro la puerta de un tirón y entro a toda prisa. Me sorprende
encontrarlo detrás de su escritorio al teléfono con aspecto cansado, pero en
lugar de enfadarse, se le dibuja una pequeña sonrisa como si esperara esto.
Levanta un dedo para darme un segundo y yo me acerco al escritorio, pongo
las manos firmemente en la parte superior, ignoro la vocecita asustada en la
parte posterior de mi cabeza que se pregunta si, después de todo, esto es una
idea terrible y si debería dejarlo, y me inclino hacia delante mirándole como si
estuviera a punto de romperle el cráneo con un pisapapeles. —Cuelga —le
siseo.
—Nico, tendré que llamarte luego, ha surgido algo. Sí, es Olivia. Sí, ella
encontró mi sorpresa. No es divertido. Adiós. —Cuelga el teléfono y se echa
hacia atrás en su silla sonriendo con suficiencia.
—¿Nico lo sabe? —Prácticamente le grito. Este imbécil está volviendo
a caer en sus formas de intimidación y me está volviendo loca.
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—Él estaba cerca cuando tomé la decisión.


Página

—¿La decisión de hacer qué exactamente, aparte de invadir mi


privacidad y hacerme sentir como un absoluto pedazo de basura sin valor?
Se ríe suavemente y sacude la cabeza. —En primer lugar, no tienes
privacidad y nunca la tuviste, eres la esposa del Don. En segundo lugar, no
pretendía hacerte sentir mal.
—Entonces dime qué demonios pretendías, porque desde mi punto de
vista, acabo de entrar en mi habitación para encontrarme con que todas mis
cosas han desaparecido y ahora me recuerda mucho que esta no es mi casa,
que tú no eres mi familia y que yo no pertenezco aquí.
Me mira fijamente mientras yo respiro con fuerza, con lágrimas en los
ojos. Lucho por evitar que se me caigan porque que se joda y que me vea
llorar otra vez, es como si todo lo que hiciera fuera llorar cuando estoy cerca
de él, pero estoy molesta y no puedo evitarlo. Se levanta lentamente,
pasándose una mano por el pelo, y deja escapar un largo suspiro. —Tengo que
enseñarte algo.
—No, Casso, no, no voy a entrar en tu juego. —Camino hacia atrás
mientras él se acerca a mí—. No puedes seguir haciéndome esto. No puedes
sacudirme y tirar de mí como quieras sin explicarme lo que pasa. ¿Quieres
enseñarme algo? ¿Qué tal si primero me dices qué diablos está pasando?
¿Dónde están todas mis cosas? ¿Dónde se supone que voy a dormir, ya que
aparentemente ya no tengo una habitación? ¿Me estás echando y enviando a
casa? ¿Qué está pasando?
—Es más fácil si vienes conmigo. —Abre la puerta y ladea la cabeza.
La sonrisa sigue ahí, y sigue siendo presumida, pero no es tan amplia, como si
se diera cuenta de que ha metido la pata.
Tiemblo de rabia. Quiero matar a este hombre más de lo que he deseado
algo en mi vida. Es un cabrón, e incluso ahora no puede ver que lo está
empeorando. Si simplemente me hablara, usara sus palabras, me tratara como
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un igual y una persona, entonces tal vez esto no sería tan malo.
En cambio, es como si no fuera nada para él, no mereciera su tiempo.
Página

Sale de la oficina. Levanto las manos, miro al cielo y me pregunto si


estoy a punto de ser azotada por un dios furioso y vengativo por un pecado
que ni siquiera sabía que había cometido. Pero en lugar de los rayos del cielo,
sigo a mi marido por las escaleras principales hasta el ala central del edificio y
hasta la puerta de la suite principal. Esta es la sección familiar de la casa, y
todos los hermanos tienen habitaciones alrededor de esta zona. Elise vive en
algún lugar cerca de aquí y, en realidad, no estoy segura de dónde; por lo que
sé, vive junto a la piscina.
Dudo. Esa es su habitación y nunca he estado en ella, y francamente,
todavía no quiero entrar ahí. Se siente demasiado íntimo, demasiado real.
Según tengo entendido, nadie entra allí, sólo las amas de llaves, y luego sólo
unos pocos elegidos que él investigó personalmente. Pasa el umbral y me hace
señas para que le siga.
Me detengo, pero la curiosidad me gana. Me limpio las lágrimas,
levanto la barbilla y doy una zancada. Esta es su habitación, su santuario
interior, su lugar privado, y no puedo evitar querer echar un vistazo. Casso me
repele, pero también me fascina. El funcionamiento interno de un hombre
como él, lo que podría motivar a una criatura tan insensible y tan gentil a la
vez, me cautiva por completo la idea de poder conocerlo incluso sólo por la
forma en que mantiene su habitación privada.
La sala de estar es muy similar a la mía en cuanto a la distribución, y
enseguida me doy cuenta de algo: los cuadros de las paredes son los mismos
que tenía en la planta baja. Los sofás son diferentes, grandes y de cuero, muy
bonitos, pero mis cojines y mantas están perfectamente apilados y doblados.
En la mesa de centro, mis revistas están repartidas en abanico.
Y escondido en la esquina, encima de un gran y profundo ventanal, un
espejo de los míos, hay un rincón de lectura: diferente, pero lo suficientemente
cerca, colgado con luces navideñas parpadeantes que brillan con un naranja
apagado y crean un ambiente acogedor. Almohadas, mantas, un pequeño cojín
y mis libros, además de otros, todos ellos ordenados, tal y como los había
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dejado.
Página

También hay otras cosas: un escritorio, un ordenador, un televisor, una


guitarra colgada en la pared, fotografías en blanco y negro de lugares
emblemáticos de Phoenix, una estantería prácticamente desbordada, un equipo
de música y discos de vinilo colocados en una estantería, botellas de alcohol
de lujo en una bandeja, etc. Mis cosas se mezclan con las suyas, nuestros dos
mundos se funden. De un vistazo, deduzco cosas sobre él que nunca habría
imaginado: le gusta la música, le gusta Phoenix, le gusta el senderismo, le
gusta leer historia. Tiene un número sorprendente de DVDs, que ahora están
todos graciosamente desfasados. Hay más en él que sangre, muerte y
extorsión. Más que dolor.
—Esto es lo que quería enseñarte —dice, acercándose al rincón. Sin
mirarme, como si no pudiera—. Cuando salí con Nico, tuve algo así como una
revelación. Lo que estamos haciendo ahora, es medio matrimonio. Somos
marido y mujer sobre el papel, pero en realidad, somos extraños. Quiero
arreglar eso.
Salgo de mi súbita ensoñación cuando me doy cuenta de lo que está
diciendo. —¿Quieres compartir una habitación? —Es tan simple y, sin
embargo, hace que mi corazón se apriete con una tensión nerviosa.
Él asiente una vez. —Quiero compartir un espacio. Viviremos juntos
como deben hacerlo marido y mujer, nada de fingir que no estamos realmente
juntos. Sé que aún no estás comprometida, pero lo estarás y este es el
comienzo.
—Casso —digo, porque ¿qué más hay? Esta es la idea más absurda,
loca, estúpida y absolutamente disparatada que he oído nunca. Apenas
podemos estar diez minutos juntos sin querer asesinar al otro y, sin embargo,
¿él quiere dormir en la misma cama? Uno de nosotros estará muerto antes de
que termine la semana.
—Sé que no te gusta. Estoy seguro de que preferirías quedarte en tu
propio espacio y vivir lejos de mí si puedes, pero esto está pasando, Olivia, y
133
es hora de que ambos lo aceptemos. ¿Crees que quiero dejar entrar a alguien
en este lugar? Esto es mío y lo ha sido durante un tiempo, pero es hora de que
Página

crezcamos.
—Madurar —me hago eco, sacudiendo la cabeza—. Vamos a matarnos
el uno al otro. Lo sabes, ¿verdad?
Su sonrisa es tan brillante que tengo que parpadear. —Me encantaría
ver cómo lo intentas.
—No es gracioso. No es una buena broma. —Esto es una pesadilla en
todo caso.
—No me estoy riendo, mujer. Tengo dos cosas más que mostrarte. —
Me lleva por un corto pasillo y se detiene en la primera puerta a la derecha. Es
otra habitación, pero esta es más pequeña, del tamaño de un dormitorio medio.
Hay un futón, un escritorio y poco más—. Lienzo en blanco. Tu espacio. Haz
con él lo que quieras. Conviértelo en un matadero o en un estudio de arte. Lo
que quieras. —Una sonrisa tensa e irónica.
Paso al interior. —Más pequeño de lo que me gustaría. —Pero siento un
poco de emoción en el pecho. Lo está intentando. El pensamiento es extraño,
extraño, pero cierto. Lo está intentando de verdad.
Se ríe. —Es lo mejor que puedo hacer. Solía ser mi gimnasio, así que
agradece que lo deje por ti.
—Qué sacrificio. Ahora tienes que bajar las escaleras para levantar
pesas.
Gruñe como si no estuviera bromeando y eso fuera un verdadero
inconveniente antes de llevarme a la última habitación. Es el dormitorio, el
verdadero dormitorio, su dormitorio. Es difícil imaginarlo dormido. La gente
es vulnerable cuando se acuesta por la noche, y la idea de que Casso se deje
vulnerar parece imposible. Seguramente duerme con los ojos abiertos, con las
manos en la pistola. Seguramente no duerme en absoluto. Todo lo que hace es
un sueño.
La habitación parece extrañamente cálida, a pesar de todo. Los colores
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son mayoritariamente grises y negros con toques de verde y azul marino. Mis
cosas están en los cajones y en el enorme vestidor, ordenadas con cariño. Se
Página

preocupó lo suficiente como para doblar mi ropa interior, lo que me parece


casi gracioso: normalmente, la meto toda enrollada en bolas. Hay un cuarto de
baño adjunto y otro en el pasillo, y la cama es casi el doble de grande que la
que había estado durmiendo hasta ahora, y tres veces más grande que la que
tenía en México. Dudo y me siento en el borde de la misma, dando un ligero
salto para evaluar la comodidad. No está mal.
—¿Vamos a dormir juntos? —Pregunto en voz baja, mirándome las
manos y tratando de imaginar cómo demonios va a funcionar eso. Él junto a
mí por la noche. A centímetros de distancia cuando estoy más débil, llevando
lo mínimo.
—Sí, vamos a dormir juntos. A partir de ahora, todas las noches, tú y
yo.
—¿Por qué haces esto? ¿Por qué ahora? —Las preguntas surgen a
borbotones, y mil más. ¿Qué cree que puede ganar haciendo que me mude a su
habitación privada? ¿Cuál es el objetivo final? Y tal vez, sólo tal vez, no hay
ninguna razón, ningún motivo ulterior, nada más allá de lo que ya ha dicho: el
deseo de ser mi marido. Mi verdadero marido. La idea es extrañamente
aterradora y alentadora.
—Me he dado cuenta de que no puedo seguir por el camino que llevaba
si quiero que esto funcione. —Se acerca a mí—. Y sí quiero que funcione,
Olivia. A pesar de lo mucho que preferiría tirarte al mar y ver cómo te ahogas,
o de las ganas que tengo de atarte y dejarte en un armario el resto de tu
miserable vida, sigo queriendo esto.
Me inclino hacia atrás y le miro a los ojos. —No creo que sepas en lo
que te estás metiendo.
—No, no lo sé, pero estoy dispuesto a averiguarlo. —Está ahí, tan
grande y cercano, y pienso en su boca entre mis piernas, sus labios en mis
labios, y me alejo. Me levanto y me muevo antes de hacer algo estúpido, algo
más estúpido de lo que ya estoy haciendo. Cruzo la habitación y me apoyo en
la cómoda. Es de madera, sólida y fría.
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—Vuelvo a la piscina —digo porque no sé de qué otra forma evitarlo.


Página

Él sólo se encoge de hombros. —Lo que quieras hacer, mi mujer. Nos


vemos esta noche.
Rebusco en los cajones hasta encontrar un nuevo tapado y una toalla y
me apresuro a salir. Cojo un libro por el camino y salgo corriendo al pasillo,
dejándolo solo en la habitación, en nuestro cuarto. Me quedo allí respirando,
sólo respirando, recomponiéndome, pero es difícil.
Me atrapó en mi propia vida.
Pero me atrapó con seriedad. Hay una mitad de mí que quiere ceder y
aceptar lo que dice como cierto, que lo que realmente quiere es ser mío, o
hacerme suya, como sea que eso funcione, pero la otra mitad se rebela, grita y
lucha y me recuerda lo horrible que ha sido hasta este punto, y lo horrible que
es realmente este gesto. Es manipulación, o es coerción, o tal vez es un
hombre haciendo lo mejor que puede. No lo sé. Ese es el problema.
Elise no parece sorprendida de verme de nuevo, y no comenta cuando
me quedo todo el día hasta la puesta de sol. Hablamos un poco de cosas
triviales: presentadores nocturnos, nuevos y buenos programas de televisión.
Caminamos juntas hasta la casa y cenamos en el salón. Karah baja con
Antonio, y es extrañamente cómodo y normal, ver al pequeño jugar con
bloques mientras hablamos de la maternidad y la crianza de los bebés hasta
que se hace tarde y no tengo otro sitio al que ir. No puedo evitar esto para
siempre.
—Pareces estar de los nervios —dice Karah, de pie en el pasillo
conmigo mientras sube las escaleras. Antonio se acostó hace un par de
horas—. ¿Todo bien?
—Tu hermano ha trasladado todas mis cosas a su habitación. —No
puedo mirarla mientras lo digo.
Pero ella sonríe y no se sorprende. —Me enteré de eso. ¿Estás bien?
Hay muchos otros lugares donde puedes dormir, sabes. Si se lo pides al
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personal, te proporcionarán ropa de cama y cualquier otra cosa que necesites.


Página

Es lo más bonito que me han dicho en mucho tiempo y no sé por qué


me pega tanto. Siento que las lágrimas afloran a mis ojos, y sólo sacudo la
cabeza y le doy un rápido abrazo. Ella me lo devuelve, ahora sorprendida.
Nunca nadie se había ofrecido a ayudarme, simplemente a darme lo que pido,
a darme una salida que mantenga mi dignidad. Ella acaba de hacer eso, y se
siente bien, y también es doloroso a su manera. Le doy las gracias, le digo que
tal vez en otra ocasión y me alejo a toda prisa, subiendo las escaleras y
entrando en la sala de estar desconocida. Hay poca luz, pero la del dormitorio
está encendida.
Entro y encuentro a Casso sentado en la cama. Está sin camiseta, y me
quedo mirando los tatuajes de su pecho, los músculos de su pecho y su
estómago desgarrados. Tiene un vaso de whisky en la mesilla de noche y una
tableta en el regazo. No puedo saber qué está leyendo y la apaga cuando entro
en la habitación, observándome con recelo. Parece tan condenadamente
normal despojado de su traje y su poder, solo un hombre guapo sentado en la
cama con el pelo desordenado y los ojos cansados.
—Esposa —dice, asintiendo una vez.
—Esposo. —Me estremece la palabra—. Me voy a dormir.
—Para eso estamos aquí.
Me mira como si eso fuera lo más fácil del mundo. Cojo una camiseta,
unos pantalones cortos, la ropa interior y corro al baño para prepararme.
Cuando me he cambiado y refrescado, me miro en el espejo. Veo a una chica
pequeña, de piel morena y suave, labios grandes y rosados, bolsas bajo los
ojos, pelo encrespado por estar todo el día al sol, pero no está mal en general.
No quiero apartar la mirada, porque eso significa que tengo que volver a entrar
ahí.
Nunca he dormido en la misma cama que un hombre.
La idea es absurda. ¿Cómo se puede compartir una cama? ¿Sentiré su
respiración toda la noche? ¿Podré caer rendida con él tan cerca? No lo sé, y no
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puedo posponerlo para siempre.
Me deslizo en la habitación. Las luces están apagadas y él está bajo las
Página

sábanas. Me subo a mi lado y soy intensamente consciente de él allí, en la


escasa luz, su tenue cuerpo perfilado por la luna plateada. Respira lentamente,
pero no está dormido. Siento sus ojos sobre mí, observando.
—¿Has tenido un buen día? —pregunta en voz baja, como si le costara
formar las palabras.
—Aparte de esta situación, bien. —Le doy la espalda y meto las manos
bajo la almohada.
—Bien. Eso es bueno. —Se aclara la garganta. Me doy cuenta de que
está nervioso, lo cual es una locura. Este es mi marido, este es Casso. Es el
Don de una poderosa familia mafiosa. ¿Por qué diablos iba a estar nervioso?
Es cierto que nunca hemos dormido juntos en la misma cama, pero hemos
hecho tantas otras cosas que esto no debería ser un gran problema.
Pero lo es. Yo también lo siento.
—Bueno. Buenas noches. —Se echa hacia atrás y yo me acomodo,
poniéndome tan cerca de la comodidad como puedo. Siento que la distancia
que nos separa es inmensa, y me acerco un poco más, queriendo sentir su calor
contra mi piel. Él se da cuenta y se mueve en mi dirección, y su mano toca mi
muslo, suavemente.
—No te hagas ilusiones —susurro—. ¿Vale? Sólo duermo.
—Sólo durmiendo —murmura, y su mano sube y baja por mi pierna
hasta llegar a mis caderas. Me produce pequeñas sacudidas de excitación a lo
largo de mi carne—. Quería decirte. Mañana vamos a una fiesta.
—¿Qué tipo de fiesta?
—Tenemos que hablar con el fiscal de Phoenix para que nos retiren los
cargos.
—¿Alguien de la familia está en problemas?
—No, no alguien de la familia, uno de los hermanos polacos tiene un
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caso. —Suspira suavemente y me agarra la cadera con fuerza. Me muerdo el


labio para no soltar un gemido y él se acerca más, atrayéndome contra él con
Página

un movimiento fluido, tan fluido y sencillo. Como si hiciéramos esto todo el


tiempo. Lo siento, duro, macizo y cálido, mientras rodea mi cuerpo con sus
brazos.
Me quedo muy quieta. No me muevo ni un centímetro. Tengo miedo de
que, si lo hago, siga adelante, me dé la vuelta y lo bese, me monte a
horcajadas sobre sus caderas y lo cabalgue, y una vez que cruzamos esa línea,
no hay vuelta atrás. Tocar, abrazar, abrazarse, eso no es tan malo, no es algo
que no se pueda deshacer. Esto puede estar bien. Puedo sobrevivir a esto.
Excepto que se siente tan bien tener su cuerpo apretado contra el mío y
no sé qué hacer con eso.
—La fiesta —digo estúpidamente, desesperada por distraerme—. ¿Qué
tengo que ponerme?
—Te conseguiré un vestido. Algo bonito. Es uno de esos eventos
benéficos para gente rica.
—¿Vas a muchos?
—Te sorprendería. Es lo que se espera de mi familia. Damos una cierta
cantidad para apaciguar a los poderes fácticos, y suelen hacer la vista gorda si
se encuentran con una de nuestras actividades más ilícitas. Aunque eso rara
vez ocurre.
Su aliento es cálido contra mi cuello. Miro fijamente en la oscuridad, su
entrepierna contra mi culo, y estoy tentada de mover las caderas. Sólo para ver
si está duro.
—Suena, eh, divertido.
—No lo será. Será un trabajo. —Sus labios están contra mi cuello y un
escalofrío recorre mi columna vertebral—. Pero te quiero allí.
Me quiere allí.
Cierro los ojos y me imagino bailando con él. El mundo se ralentiza y se
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detiene, y su respiración es rítmica. —Entonces estaré allí —digo en voz baja,


más bien como un susurro, con los latidos de su corazón arrullándome, su
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calor y su tacto reconfortándome, hasta que mi mente empieza a divagar y los


sueños me arrastran.
Estoy a mitad de mi segundo whisky cuando Olivia sale del pasillo y da
una pequeña vuelta. —Bueno, ¿qué tal esto?
Me hace falta toda mi fuerza de voluntad para no inmovilizarla contra la
pared, arrancarle ese puto vestido del cuerpo y tomarla aquí y ahora.
—Estás preciosa —le digo y lo digo de verdad.
Me sonríe, con las mejillas rosadas. No sé por qué actúa como si no
fuera consciente de lo hermosa que es, como si no tuviera un maldito espejo.
Lleva un vestido dorado ajustado, de un color oscuro y bruñido que hace
brillar su piel, y lleva el pelo recogido en un moño apretado. Un gran lazo
cuelga de su espalda, y sus brazos lisos están desnudos, la parte delantera le
cubre por completo los pechos y las piernas, pero está drapeada de tal manera
que parece que el vestido está hecho de líquido. El efecto es mágico, una
140

belleza clásica, y la miro con el corazón palpitante, apenas capaz de mantener


las manos quietas.
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—Me alegro de que te guste —dice suavemente, casi con timidez, pero
¿cómo puede ser tímida una mujer así? Parece una diosa.
Dejo la bebida y le ofrezco el brazo. —¿Vamos?
Ella lo coge y juntos bajamos las escaleras. Nico está esperando delante
en el Range Rover y sonríe cuando subimos a la parte trasera. —Soy su chófer
para esta noche —dice, haciendo una reverencia dramática.
—Me negué a un guardaespaldas y Nico insistió. —Le gruño y rechazo
sus falsos intentos de ayudarme a subir a la parte trasera. Olivia le sonríe y
parece apreciar su frivolidad, y pronto nos dirigimos hacia el centro y el local.
Miro de reojo a mi mujer. Anoche se quedó dormida en mis brazos,
pero yo no conseguí quedarme dormido. Estaba embriagado por ella, por su
olor y su tacto, por la facilidad con la que me movía a su lado de la cama y la
estrechaba contra mi cuerpo. Me pareció natural abrazarla, me sentí bien al
estar con ella de la forma en que se supone que debe hacerlo un marido, y no
puedo decidir si eso me asusta o envía una sacudida de excitación a mi núcleo.
Ayuda el hecho de que su culo estuviera apretado contra mi polla y que yo
estuviera medio empalmado durante horas después pensando en follármela sin
pensar.
Aún mejor, me desperté con ella todavía allí, el olor de ella
impregnando todo, y me quedé en la cama más tiempo del que hubiera
disfrutado de su presencia. Sólo cuando fue obvio que tenía que moverme,
logré salir sin despertarla.
El salón de baile de la base del Hotel Regency está repleto de dinero
antiguo y de nuevos trasplantes de otras ciudades que llegan a este lugar para
seguir sus sueños y construir sus propios imperios y fortunas. El conjunto
tecnológico se reúne con la vieja guardia, los barones del petróleo y los
actuales hermanos del algoritmo. Phoenix cortejó a los tipos de Silicon Valley
con su dinero de capital riesgo y sus empresas de Internet hace unos diez años,
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ofreciéndoles generosas exenciones fiscales y facilidad de declaración de
impuestos y un montón de otros incentivos, y ahora los más exitosos de esa
Página

cosecha se han insertado profundamente en el tejido social de la sociedad


elitista de Phoenix, para disgusto de las familias que llevan toda la vida en esta
ciudad: los perforadores, los excavadores, los llamados señores y señoras. Los
viejos y los nuevos se rodean como lobos babosos. Es lo mismo en todas
partes.
Nico nos sigue, con aspecto de guardia de seguridad. Si por él fuera, mi
séquito sería enorme. Pero no estoy aquí para llamar la atención. Pongo mi
mano en la espalda de Olivia y la acerco para susurrarle al oído. —¿Ves a ese
anciano de ahí con corbata de bolo y sombrero de vaquero? Ese es Bernardo
Blessing, su familia ha estado arruinando Phoenix desde que los blancos
llegaron aquí y empezaron a matar a todos los nativos. Y ese tipo de ahí es
Julian Abel, con la cuchara de plata tan metida en el culo que escupe monedas.
Y ese es Edwin Hickmott, otro viejo rico, no recuerdo a qué se dedica. Y por
ahí está Donnie Oscar, inventó una especie de dinero de lujo en internet, algo
así como el Bitcoin pero peor. —Le explico todo esto y más, las diferentes
facciones, los diversos grupos, mientras tomamos bebidas y rodeamos la sala,
estrechando manos, haciendo presentaciones y charlas.
—Casso Bruno, hace mucho que no vienes a uno de estos —canturrea
Hedley Pibroch y se acerca a su marido, un hombre de pelo blanco con
audífonos y medallas prendidas en su esmoquin demasiado grande que estoy
seguro de que son falsas—. Cariño, es Casso Bruno, ¿conoces a la familia
Bruno? Son los dueños de todos esos restaurantes y locales de copas. —Su
sonrisa está atornillada.
—Sí, claro que sí, como a tu padre —zumbó el viejo. Habla demasiado
alto. Probablemente no se oye a sí mismo.
—A él también le gustabas —digo, haciéndome el remolón. Charlamos
brevemente sobre cómo se está desmoronando la ciudad, como siempre.
Los dejo con sonrisas y buenos deseos y sigo adelante. —¿Todo el
mundo es así? —pregunta Olivia, sonriendo—. ¿Tienes que besarles el culo a
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todos?
—Más o menos —digo, sin devolver la sonrisa—. Al menos tengo que
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ser educado. Esta gente no tiene poder sobre mí exactamente, pero pueden
hacer de mi vida un infierno, y tengo negocios con una buena parte de ellos.
Vale la pena caerles bien.
Otro técnico, Berthold Roaning, se encuentra cerca, y entre su pequeña
multitud está la mujer que hemos venido a ver. La señalo discretamente.
—Es guapa —dice Olivia, que parece sorprendida—. Y joven. ¿Cuántos
años tiene, treinta?
—Cuarenta. Se mantiene en forma. —Me rio suavemente. Joyce
Flowers es la estrella emergente de Phoenix, su fiscal de distrito duro con el
crimen y más duro con la corrupción—. Excepto que es tan corrupta como el
resto —susurro y Olivia se ríe.
—Dime que está en tu bolsillo.
—No exactamente. Pero me debe un favor o dos. Vamos, veamos lo que
Joyce tiene que decir por sí misma.
Joyce es una mujer blanca, alta, de pelo oscuro, de aspecto severo, con
un sencillo traje pantalón que acentúa su falta de figura. Es como un sauce
encarnado. Pero tiene presencia, lo reconozco, y a los ricos les encanta
estrecharle la mano y fingir que son sus mejores amigos, incluso mientras dan
dinero a su contrincante en las primarias. Pero Joyce, es una serpiente. Ganará
la reelección aunque tenga que arrastrar a todos los viejos imbéciles de la
ciudad por las pelotas para que voten.
Me introduzco en su conversación, pero tan pronto como aparezco y
hago mis presentaciones, Joyce se escapa. Así comienza el juego del gato y el
ratón más frustrante que se pueda imaginar: cada vez que me acerco, Joyce
inventa una excusa, muy educada, y se apresura a marcharse. Nico lo observa
todo desde la barra, riéndose para sí mismo, el muy cabrón. Es como si la
persiguiera por la habitación. Es una maestra en evadir mis avances.
—No quiere hablar —observa Olivia.
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—Astuta. —Le doy un trago al whisky, frustrado—. ¿Cómo voy a


poner a esta mujer de nuestro lado si no me da la hora?
Página

—¿Es un problema normal para ti? —Olivia me toca el pecho,


moviendo los ojos, haciéndose la interesante. Y mierda, me gusta. Es la mujer
más increíble en esta habitación por un margen saludable.
—No, ni remotamente. Hay una razón por la que está tratando de
abandonarme y será mejor que descubra por qué.
—Pobre mafioso. Casi me das pena. —Los labios de Oliva rozan mi
cuello y me sonríe seductoramente.
Me sudan las palmas de las manos y se me acelera el corazón. Estamos
en medio de una multitud, pero estoy solo con ella. Pasa un camarero y cojo
una copa de champán.
—Por mi encantadora esposa —digo, dando un sorbo, pero Olivia coge
la copa y la roba.
—Y por mi cariñoso marido. —Lo devuelve, con las mejillas
sonrojadas. Observo sus labios con una fascinación voraz.
Lo hace para cabrearme, pero está teniendo el efecto contrario: si no se
detiene, voy a arrastrarla a una habitación trasera y hacer lo que quiera con
ella, porque no puedo soportar ni un segundo más de su coqueteo sin probarlo.
—Si no tienes cuidado, te vas a arrepentir de estar tan condenadamente
bien con ese vestido —le murmuro al oído y siento que un temblor recorre
todo su cuerpo.
—Tal vez me guste eso. —Pero antes de que pueda responder, me
aprieta el hombro—. Casso. Tengo una idea. ¿Todavía quieres hablar con ese
fiscal?
—Sí, obviamente, pero...
—Vamos. —Me agarra de la mano y tira, y me apresuro a seguirla.
Me lleva a través de la sala hacia la barra del fondo. Al principio, creo
que va por otra copa, pero en lugar de eso, pasa por un pasillo corto y se
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detiene frente a los baños.


—¿Cuál es el plan aquí? —Pregunto, mirando alrededor del espacio que
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por lo demás está vacío. En el otro extremo, la cocina bulle. Los platos y los
cubiertos traquetean. Las voces gritan en español. Maldiciones y ruegos.
—Quédate. —Me da un golpecito en el pecho—. Espera. —Luego se
escabulle hacia el cuarto de las mujeres.
Me quedo y espero. Me apoyo en la pared, con los brazos cruzados, y
veo a Nico en la entrada del pasillo apartando a un par de personas mayores.
No sé lo que dice, pero les hace dirigirse suavemente a otro lugar, y luego
vuelve a mirarme con un guiño.
Una mujer sale del baño -Mathilde Tempera, heredera de una fortuna en
pantimedias- con cara de disgusto. —Una mujer muy maleducada me ha
echado de allí —dice, sacudiendo la cabeza con un resoplido—. Muy, muy
maleducada. —Se va en una nube de perfume rancio.
Olivia aparece en la puerta, haciéndome señas. —Date prisa.
Asiento a Nico y entro.
El baño es bonito. Casi todo de color rosa. Seis puestos, sólo el último
está ocupado. Pequeños jabones de manos cubren el mostrador con un surtido
de otros productos de higiene femenina. Echo un vistazo a las ofertas y Olivia
frunce el ceño. —No tenemos ni la mitad de esto —murmuro.
El inodoro tira de la cadena y sale Joyce. Baja la cabeza para lavarse las
manos y se queda corta cuando me ve. Levanta la cabeza, abre los ojos y su
piel palidece, si es que eso es posible. Olivia la mira, colgada de mi brazo, la
jodida chica brillante. Me recuerdo que tengo que darle las gracias más tarde.
—Hola, fiscal Flowers —digo con una sonrisa suave.
Ella me fulmina con la mirada. —Este es el baño de mujeres, Casso.
¿Qué coño estás haciendo? Supongo que no debería preguntar, ya que
obviamente te rebajas a seguirme al baño. Esa es la clase de hombre que eres.
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Me está provocando, chica lista. No lo acepto.
—Así que estamos dejando de fingir, eso es jodidamente agradable. Es
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realmente viejo ser tan estirado contigo, Joyce, cuando sé que eres una asesina
de corazón frío en el fondo.
Pone los ojos en blanco y se acerca a mí para lavarse las manos. Se echa
jabón y se restriega. —Hazlo rápido.
—Me has estado evitando.
—Es un año de elecciones. ¿Crees que quiero que me asocien con la
Famiglia Bruno en este momento? Preferiría cortar una mano. Tendría más
posibilidades de ganar.
—Vamos, estos viejos charlatanes me quieren.
—Pero los jóvenes no. Tu padre hizo enemigos, y los dejó por ti, pero
has estado demasiado ocupado haciendo tus cosas del crimen para darte
cuenta. —Joyce termina y le doy un fajo de toallas de papel—. Gracias. —Se
seca las manos.
—Necesito pedir un favor.
—Es un mal momento para eso. —Tira las toallas de papel a la basura y
me mira.
—He sido bueno contigo, Joyce. Ahora necesito que me correspondas.
No me hagas recurrir a las amenazas.
Los ojos de Joyce se deslizan hacia Olivia. —¿Y quién es ésta?
—Mi esposa, Olivia Cuevas. Sí, esa familia Cuevas.
Joyce suspira y asiente. —Encantada de conocerla.
—A mí también. —Olivia es perfectamente educada.
—¿A quién han recogido? —pregunta Joyce, con un aspecto
sumamente agotado y receloso—. Podría ser capaz de ayudar pero no hay
promesas.
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—Mickey Stazek. Necesito algo de él y dice que tiene un caso.


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Joyce suelta una carcajada, sacudiendo la cabeza como si fuera el peor


chiste que ha escuchado en todo el día. —Me estás tomando el pelo. ¿Desde
cuándo trabajas con el equipo polaco?
—Desde ahora. ¿Puedes hacerlo?
—De ninguna manera —dice ella, cruzando los brazos, tratando de
parecer dura—. Mickey tiene un caso de asesinato contra él, ¿no lo sabías? Un
caso de asesinato con un buen testigo. Él va a caer y yo me llevo el mérito. Lo
siento, Casso, pero tendrás que pedir algo factible.
Aprieto los dientes. El maldito Mickey no mencionó que su cargo era de
asesinato, no habría intentado usar mis conexiones políticas para ayudar a un
maldito asesino. No es que me importe la parte del asesinato, más bien que me
pillen es un verdadero problema, y no me apetece enredarme en ese lío.
—Baja la carga entonces. Dale, no sé, homicidio involuntario, algo así.
Joyce sacude la cabeza. —Un testigo lo vio ejecutar a un tipo. Le
disparó justo en el cráneo, sin dudar. Hay demasiadas pruebas aquí. No va a
suceder.
—Tiene que haber algo. Una donación de campaña, un delincuente que
quieres procesar y que no me importa. ¿Quieres otro gran caso? Puedo darte
uno.
—No va a suceder, Casso. Tengo este todo alineado y listo para ir. Tal
vez si no hubiera elecciones, pero soy mitad fiscal y mitad político. Ahora, por
favor, cuando salgamos de aquí, actúa como si no nos conociéramos.
—Parece que no nos conocemos —digo en voz baja, mirando a mí inútil
amiga fiscal.
—Por ahora, hasta que gane la reelección, tienes razón. —Se ablanda un
poco—. Vuelve a intentarlo cuando se cuenten los votos, ¿vale? Quiero que
trabajemos juntos. Pero no en esto. —Se da la vuelta, se va y la puerta se
cierra.
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—Mierda. —Camino de un lado a otro—. Mickey va a jugar duro


Página

ahora.
—¿Qué va a hacer?
—¿Imaginar algo? —Dejo de caminar y la miro—. Vámonos de una
puta vez de aquí.
—¿Sí? ¿Dónde deberíamos ir?
—A casa. Tengo una buena botella de vino que quiero que te tomes.
Ella sonríe un poco, casi con timidez. —Estás intentando
emborracharme.
—Estoy intentando pasar unas horas mirándote con ese vestido. ¿O
prefieres quedarte aquí y ver si podemos contar cuántos pares de dentaduras
postizas hay en esa habitación?
Se ríe y me coge del brazo. —Guíame por el camino.
Salimos juntos del baño. Clair Slotter y Flammetta Parareda están
discutiendo con Nico, y ambas nos ven a mí y a Olivia salir del baño de
mujeres del brazo. Las ancianas parecen totalmente escandalizadas, y les hago
un guiño y les doy un beso al pasar. Que cotilleen. Sólo ayudará a mi causa. A
los ricos les encanta un buen escándalo.
—Niño podrido —sisea Clair Blaya como una serpiente albina
arrugada.
Nico aúlla de risa mientras salimos del local.

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Página
Estoy zumbando con el subidón de un atraco exitoso. Bueno, un atraco
algo exitoso. Todavía soy nueva en esto del crimen. Conseguir que Casso se
quede a solas con Joyce en el baño fue un golpe de genio, y ayudó que Nico se
involucrara y jugara de portero.
—Por el trabajo en equipo —dice Casso una vez que estamos de vuelta
en nuestro salón privado. Brindo por él y doy un sorbo al celestial tinto: ligero,
afrutado y ligeramente ácido. Delicioso.
—Es una pena que el fiscal no quiera ayudar, ¿verdad? —Le veo
pasearse de nuevo de un lado a otro, tratando de actuar como si eso no fuera
un gran contratiempo—. Los hermanos seguirán vendiendo, ¿no?
—Se venderán, sólo que el precio será más alto. Podría matarlos a los
dos, pero conseguir la posesión del lugar podría llevar meses o años, y para
entonces nuestro amigo ruso podría haber pasado a hacer mi vida aún peor.
Por no hablar de ti. —Se detiene y me estudia por décima vez esa noche. Me
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encanta cómo sus ojos recorren mi cuerpo. Cuando vi el vestido que eligió
Página

Elise, le dije que estaba loca: Voy a estar loca con esta cosa, ¿me estás
tomando el pelo? Pero me juró que me quedaría bien, y cuando me lo puse ya
era demasiado tarde.
Y tenía razón, al menos por la forma en que Casso sigue mirando. Ni
siquiera intenta ocultar la lujuria desnuda en su mirada. Y me gusta.
Se sienta en el sofá a mi lado y atrae mis piernas hacia su regazo. Bebo
un sorbo de vino para disimular el rubor excitado que me invade la piel. Estar
tan cerca de él, trabajando con él y jugando a su pequeño juego, tengo que
admitir que es muy divertido y me siento bien. Me siento útil, pero hay dos
cosas que me siguen molestando. En primer lugar, siento que he olvidado a
Manuel: él es la razón por la que sigo aquí. Se supone que debería estar
tratando de averiguar quién lo mató, pero en lugar de eso me he enredado.
Pero, en segundo lugar, el recuerdo de lo que ocurrió la última vez que
me dejé llevar por la atención de Casso es acuciante, si no francamente
intrusivo.
Sigue hablando de lo que hay que hacer y yo escucho, asintiendo,
sonriendo, bebiendo el vino, y su mano sigue en mis piernas, subiendo por mi
pantorrilla lentamente, acercándose a mi muslo, viendo hasta dónde le dejo
llegar. Y le dejo ir tan lejos como quiera ahora mismo. No lo detengo mientras
me roza los muslos y un escalofrío de placer me recorre la espalda. Casso
pulsa un botón de un mando a distancia y la chimenea cobra vida, con las
llamas de gas ondulando, anaranjadas y azules.
—Quiero hablarte de algo —digo, armándome de valor y descubriendo
que apenas lo tengo—. Y no te va a gustar. —Es el momento equivocado, lo
sé. Pero los dos estamos de buen humor, disfrutando de la bruma del vino, y
quiero acabar con esto. Sobre todo si su mano va a seguir subiendo por mi
cuerpo.
Sus ojos brillan, quizás por el fuego, quizás por algo más, no estoy
segura. —Ahora es el momento entonces. Me encuentro de un extraño buen
150
humor a pesar de los contratiempos.
—Esa noche. —No me explayo. No necesito hacerlo. Sus dedos
Página

presionan mi carne, punteando la piel allí. Sabe a qué noche me refiero, la que
cambió tanto entre nosotros, complicándolo todo.
—Eso fue hace mucho tiempo. ¿De quién era la fiesta? Ya no me
acuerdo. —Intenta parecer tranquilo. Sin embargo, no estamos tranquilos.
—Roger McPherson. ¿Te acuerdas de él? Un chico tranquilo, con
muchas pecas.
—Lo recuerdo. Tenía padres ricos y le gustaba alardear de ello. Dios,
me disgustaba esa pequeña comadreja.
—¿Te acuerdas de lo que pasó entonces? —digo, mirando mi vaso y
preguntándome si mis mejillas son del mismo color que el vino.
—Me acuerdo. —Su voz es ronca como después de despertar de un
largo sueño—. Pienso mucho en ello.
La idea de que piense en eso es difícil de entender. No me detengo en
ello. No quiero arriesgarme a perder el rumbo. —Hay algo que me he
preguntado, ya sabes, desde aquella noche. ¿Puedo preguntarte?
—Adelante. Pregunta. —Me agarra la pierna con más fuerza y me
cuesta recuperar el aliento.
—¿Sabías, cuando me llevaste arriba? Que podríamos hacer algo.
—Tenía alguna idea, sí. Hay una razón por la que te arrastré.
—¿Por qué? Quiero decir, ¿por qué esa noche? Todos los demás días
me tratabas como basura, pero por alguna razón fuiste todo lo contrario. ¿Por
qué?
No responde inmediatamente. Sus dedos recorren mi pierna y quiero
gritar de deseo y de frustración. ¿Por qué me estoy haciendo esto,
precisamente ahora? Después de haber pasado una noche divertida juntos,
¿por qué saco a relucir el pasado?
151

Porque necesito saber si voy a ir más allá. Aún no le he preguntado lo


Página

que realmente quiero preguntar, pero se acerca, se precipita hacia mí, y me


aterra lo que pueda decir.
—No parecías tú misma —dice en voz baja, concentrándose en mis
tobillos—. Sin el uniforme del colegio parecías otra persona. Y yo también
quería ser otra persona esa noche. Habían sido unos días duros en casa y
quería desesperadamente fingir que no era Casso Bruno durante un rato, así
que cuando te vi allí, con un aspecto tan jodidamente hermoso, pensé: ¿qué es
lo contrario de lo que haría Casso Bruno? Y la respuesta fuiste tú. Descubrí
que me gustaba la respuesta, quería esa respuesta. Me quedé con ella. Tal vez
sólo estaba inventando una excusa para hacer lo que había querido hacer de
todos modos.
Me muerdo el labio, digiriendo. El fuego parpadea en una corriente de
aire invisible procedente de las ventanas. Me muevo ligeramente,
inclinándome hacia él. —¿Me querías? ¿Incluso antes de eso?
Él asiente una vez. —Siempre, por debajo de todo, te quise.
Esa respuesta me da el valor para soltarlo por fin.
—¿Sabías que era virgen cuando nos acostamos?
Las palabras salen de mi boca antes de que pueda detenerlas y, una vez
que están en el aire, desearía poder volver a meterlas dentro. Me mira
fijamente, con la boca abierta, y no necesita responder: la respuesta es obvia.
No sabía que me había quitado la virginidad hasta este momento, justo ahora.
—No tenía ni idea —dice en voz baja, con voz dura—. ¿Estás segura?
—Casso —le digo en tono de advertencia—. Eso es algo que una chica
sabe.
—Sólo quiero decir que pensé que tenías otros chicos.
—Le dijiste a todo el mundo que me acosté con la mitad de la escuela,
si te refieres a eso, pero no, todo eso era mentira. Tú fuiste el primero. —Y el
152

último, no agrego. No hay muchas oportunidades de romance viviendo en el


Página

recinto del cártel de tu padre. Casso fue mi primero, mi último. Es todo lo que
conozco.
Se acerca más. Su mano toca mi cadera y coloca su vaso en la mesa de
café. Coge mi vaso, lo termina y lo deja junto al suyo.
—No lo sabía —dice— pero ahora creo que entiendo por qué huiste
aquella noche.
—Estaba muy enfadada por eso.
—Estaba confundido. Te follé hasta que gritaste mi nombre y te
corriste, te follé por primera vez aparentemente, y no podías esperar a salir de
allí.
—Te odiaba. Tú me odiabas. Estaba igual de confundida.
Asiente con la cabeza, mirándome a los ojos. —Todavía no estoy
seguro de lo que estaba pensando en ese momento.
—Casso. —Ahora está más cerca. Los labios a centímetros, su cuerpo
sobre el mío, un temblor recorriendo mi piel.
—No lo sabía —susurra—. Tomé tu virginidad, y todos estos años, no
tenía ni idea. Me diste algo que debería haber apreciado, y ahora entiendo
mucho de lo que vino después. Estabas enfadada por todo ello, ¿verdad? No
sólo por la forma en que te traté por la guerra, sino por todo.
—Estaba muy enfadada por muchas cosas en aquel entonces. —Inclino
la barbilla hacia arriba. Los labios tiemblan, deseando sentirlo presionar contra
los míos con tantas ganas que es como un foco en mi boca.
—Mi esposa, mi princesa. —Su dedo acaricia suavemente mi mejilla—.
Ojalá lo supiera. Ojalá me lo hubieras dicho antes.
—¿Qué habría cambiado?
—No lo sé. Algo, espero. —Se inclina hacia delante y me besa el
153

cuello. Sus labios son sedosos contra mi garganta. Le paso los dedos por el
Página

pelo y lo miro fijamente a los ojos.


—Ese es el problema, Casso. Aunque hubieras sabido que me quitaste
la virginidad aquella noche, nada habría cambiado. Todavía estábamos en
guerra, y podías justificar todo fácilmente con esa simple excusa.
Sus ojos se clavan en los míos mientras mete los dedos en mi pelo y me
agarra con fuerza. —No voy a repetir los mismos errores —susurra con
dureza, y presiona sus labios contra los míos, lenta y tímidamente al principio,
tanteando suavemente cómo reaccionaré, y cuando le devuelvo el beso, gruñe
en mi boca mientras me asfixia, moviéndose para inmovilizarme contra el
sofá. Jadeo cuando me levanta la falda, tirando de ella alrededor de mis
caderas, y la tela sedosa se acumula alrededor de mi suave piel.
Entonces me domina por completo, me inmoviliza las manos y me sube
el vestido. Gimo en su boca y me siento asfixiada, destruida, arruinada, como
si él fuera mi perdición y no pudiera esperar. Aprieto las caderas y le rodeo
con las piernas mientras me tira del pelo y me besa el cuello, mordiéndolo y
lamiéndolo, y su boca se acerca a mi oreja.
—Fui un idiota al dejar que te fueras —dice mientras se desliza por mí,
besándome a medida que avanza, hasta que se arrodilla entre mis piernas. Veo
cómo se quita la corbata, la tira a un lado, se desabrocha el botón superior y se
sube las mangas. Sus antebrazos se llenan de músculos mientras habla—.
Estaba demasiado cegado por la rabia que me produjo la expulsión del colegio
como para ver lo que tenía delante. Aquella noche eras perfecta, Olivia, un
ángel, y yo no te merecía. Puede que no te merezca ahora, pero te tendré de
todos modos. —Una vez terminadas sus mangas, se acerca a mis caderas, me
agarra las bragas y me las quita lentamente.
Me muerdo el labio mientras me sube el vestido, dejando al descubierto
mi coño desnudo y resbaladizo, que brilla a la luz del fuego. Me mira y toda
mi espalda se entumece, como si toda la sangre de mi cuerpo bajara entre mis
154

piernas. Su cara se retuerce como si no pudiera creer lo hermosa que soy, y


suelto un gemido de sorpresa cuando pasa dos dedos por mi longitud,
Página

acariciando mi humedad, acumulándose alrededor de mi clítoris. Gimo, con la


cabeza echada hacia atrás y los brazos estirados por encima de la cabeza.
Se toma su maldito tiempo, saboreándome. —Eres preciosa. Demasiado
guapa, joder. Peligrosamente hermosa. Me haces hacer tonterías, porque
cometeré mil errores si eso significa que puedo pasar una noche contigo. ¿Ves
lo malo que es eso para un hombre como yo? No puedo permitirme la
debilidad, Olivia. No puedo permitirme el lujo de romperme. Pero tú me
rompes. —Me mete dos dedos hasta el fondo y yo jadeo, arqueando la
espalda—. Arruinaste mis planes en el instituto. Hiciste que me echaran y todo
por lo que estaba trabajando desapareció en ese momento. Te desprecié tanto,
te quise muerta durante tanto tiempo, y ahora veo que nada de eso importa.
Porque me ha traído hasta aquí.
Estoy a punto de abrir la boca -¿qué quieres decir con eso de que te han
expulsado del colegio?-, pero él se deja caer entre mis piernas y me lame el
clítoris, haciendo que mi cerebro se vuelva loco. Unas sacudidas de placer me
sacuden la piel. Jadeo, arqueando la espalda, y me agarro a su pelo cuando sus
dedos vuelven a sumergirse en mi interior, rodando, follándome mientras me
lame y chupa el clítoris, y ahora gimo salvajemente, perdida por lo que sea
que esté haciendo. Su lengua es un milagro y sus dedos son tan hábiles que
podrían hilar seda, y yo soy suya total y absolutamente, perdida en él.
Nada importa. Estoy flotando en el espacio. Lo único que me ancla al
mundo es Casso, su boca y su voz, y haré cualquier cosa por él, le daré lo que
quiera con tal de seguir sintiéndome así. Durante muchos años he sido una
prisionera, pero Casso me libera cada vez que me lame el clítoris, cada vez
que lo chupa y me hace correrme. Me está dando más de lo que nunca imaginé
que podría, y la horrible verdad es que estoy ávida de lo que puede hacer.
Aunque signifique perder trozos de mí misma en el camino, cambiaría
con gusto todo eso por una hora de placer con este hombre.
Se retira cuando estoy al borde del orgasmo, creciendo y creciendo, y se
155

acerca para besarme. Prácticamente le suplico que siga, jadeando y jadeando:


—Por favor, no pares, gilipollas —pero él sonríe, me muerde el labio y
Página

retrocede, sentándose para quitarse el cinturón.


Le miro, con la boca abierta. Siento un hormigueo y ardor de deseo, tan
caliente y duro que apenas puedo controlarme. Veo cómo se quita los
pantalones, la camisa, hasta que se queda sólo con unos calzoncillos negros,
con la piel marcada por los tatuajes. Esqueletos, llaves, pistolas, grandes
flores, cuernos y más se entrecruzan en su pecho, estómago y brazos. No
recuerdo esos tatuajes ni las cicatrices que los acompañan. No recuerdo tanto
y me inclino hacia delante y los toco y acaricio lentamente su dura polla
mientras me arrodillo en el sofá a su lado.
Me agarra del pelo y me besa mientras le bajo los calzoncillos y cojo su
pene con la mano. Dios, está tan dura como el hierro, se retuerce y es enorme
mientras paso los dedos por su punta, recogiendo su precum, y la acaricio
hacia abajo. Me separo del beso y me lo meto en la boca, y él gime con su
increíble gruñido masculino de éxtasis absoluto y yo lo chupo profundamente,
haciendo girar mi lengua. Lo saboreo y me encantan los ruidos que hace y la
forma en que me agarra del pelo y me empuja más profundamente. Sorbo y
chupo sin tratar de ser tímida ni bonita, sólo queriendo tomar su polla, ávida
de él. Me meto en la boca todo lo que puedo antes de que me tire hacia atrás,
me meta en su regazo y me ponga a horcajadas sobre él, sujetándome el pelo
con tanta fuerza que me duele.
Siento su polla rozando mi empapada raja.
—Esta vez no te vas a correr —dice mirándome a los ojos—. Cuando
termine de follarte, no te correrás. ¿Entiendes?
—No me correré —digo, temblando, a punto de volver a tenerlo dentro
de mí después de diez largos años. Lo necesito tanto que podría gritar, y el
hecho de que me retenga así sólo lo empeora.
—Eres mi mujer, Olivia. Puedes odiarme todo lo que quieras. Puedes
156
despreciarme por lo que hice entonces. Puedo sentir lo mismo por ti. Pero
serás mía, toda tú, de carne y hueso.
Página

—Soy tuya —susurro, y aprieto hacia atrás lentamente, llevándolo


dentro.
Gimo de dolor y placer mientras me penetra centímetro a centímetro.
Me deslizo a lo largo de él y me llena hasta el tope. Me quedo allí una vez que
está tan profundo que siento que toca fondo, y lo beso, moviendo mis caderas
en un lento círculo, acostumbrándome a su gruesa circunferencia. Me aprieta
el culo y luego sube y me desata el vestido. Le ayudo a quitármelo, por
encima de la cabeza, y a continuación me pongo desnuda en su regazo, con su
polla entre mis piernas. Estoy expuesta, llena y me siento tan jodidamente
bien. Me besa los pechos, me lame los pezones, los chupa con fuerza, y yo
gimo. Me tira del pelo, me aprieta el culo y me golpea con fuerza cuando
empiezo a cabalgar sobre él.
—Así es —me dice al oído mientras voy más rápido—. Quiero ver
cómo me tomas. Cada centímetro de mí. Piensa en mí llenando tu apretado y
húmedo coño. Piensa en lo mucho que me odias, Olivia. Piensa en lo mucho
que quieres follarme también. Déjate llevar, mi mujer, mi jodida chica sucia.
Déjate llevar.
Y le obedezco. Me muevo más rápido, tan empapada que se desliza
hacia arriba y hacia abajo como si nada. Cabalgo a lo largo de él y grito
mientras él empuja con mi ritmo, y estamos follando juntos, moviéndonos
como uno solo. Me abofetea el culo con fuerza, con crudeza, con aspereza.
Por la mañana tendré moratones y me gusta. Quiero verlos en el espejo,
pequeños recordatorios de que me ha reclamado. Muerdo su hombro, clavo
mis dedos en los duros músculos de su espalda y quiero saborear cada
centímetro de él. Arde y brilla entre mis piernas, cada caricia es un nuevo
estallido de placer, cada movimiento es otro nivel del cielo que no sabía que
existía. Me muerde el labio, me tira del pelo, y yo digo su nombre, lo jadeo, lo
suplico.
—Eres mía —gruñe—. Eres mi mujer, mi Olivia. Coge mi polla,
157
asquerosa, y suplica que te deje venir.
—Casso, cabrón —gimoteo—. Casso, gilipollas, pedazo de mierda,
Página

monstruo. Te odio.
Me da una palmada en el culo por eso y me empuja fuera de él. Jadeo
cuando me abre las piernas y se sumerge de nuevo dentro de mí,
inmovilizándome, con su cuerpo sobre el mío.
—Yo también te odio, Olivia —gruñe, mordiéndome el labio, pero no
lo dice como si me odiara, en absoluto—. Odio follar tu apretado y empapado
coño. Odio hacerte gemir, sudar y retorcerte. Odio ver cómo te corres y odio
saborearte. Odio dominarte, hacer que me complazcas, que me chupes la polla
y te tragues mi semen. Odio tu culo perfecto, tus hermosos pechos, tus curvas,
tus labios. Odio cada centímetro de ti.
Me palmea los pechos y luego me sujeta las manos por encima de la
cabeza, follándome con fuerza, y casi le creo, casi creo que me odia tanto
como yo lo odio a él, y eso sólo nos alimenta a los dos. Muevo mis caderas
cada vez más deprisa, machacándome con él mientras me destroza el coño y
estoy en éxtasis, me desborda la pasión, estoy a punto de explotar y este
cabrón no me deja.
—Casso —gimo, gimoteo, suplico—. Tengo tantas ganas de correrme.
Necesito que me dejes venir, por favor. Diré lo que quieras, sólo libérame,
Dios, lo necesito.
Me muerde el hombro. —Ven por mí, Olivia. Ven para mí ahora, y
cuando termines, te voy a llenar hasta el tope. ¿Entiendes?
—Oh, Dios, sí —gimo, y no hay más palabras. Sólo hay movimiento:
Casso dentro de mí, mis caderas rodando a lo largo de las suyas, mi clítoris y
mi coño brillando con tanto placer que es abrumador, y pronto llega a un pico,
y rompe sobre mí, la cresta de una ola rodando, una explosión en lo profundo
de mi columna vertebral.
Me corro con furia y como un relámpago, me corro como el cielo
158

partido en dos por una nube de tormenta, me corro como si ya no pudiera


contener mi cuerpo. Él gime, gruñe, me folla a través de él, y justo cuando
Página

creo que no puede haber más, se ajusta, me folla más rápido, y alcanzo un
segundo orgasmo cegador mientras él se corre conmigo esta vez, llenándome
hasta el tope.
Mi visión se vuelve borrosa, casi me desmayo, y cuando por fin
termina, me pitan los oídos y lo miro fijamente, jadeando y sudando, a sus
hermosos músculos, mi marido. Lo beso lentamente y él me abraza, con los
brazos rodeando mi cuerpo, con los ojos recorriendo mi piel. Me siento
cohibida, pero él me mira como si fuera su diosa y me adora.
—No hay lugar al que huir —susurra mientras me abraza contra él, los
dos acurrucados en el sofá frente al fuego—. Esta vez no.
—No —digo, apoyando la cabeza en su pecho—. No pienso ir a
ninguna parte.
Cierro los ojos y escucho los latidos de su corazón.

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Página
—Esto no fue fácil de conseguir —dice Fynn, aparcando su camioneta
frente a una tranquila casa en los suburbios de Phoenix. Es una ranchera de
color siena quemado con paneles solares en el techo y un Prius azul en la
entrada. La grava llena los parterres y crece algo de hierba, pero no mucha—.
Me costó trabajar día y noche para localizarla.
—¿A quién tuviste que sobornar?
—A una docena de abogados, por lo menos. —Fynn golpea el volante,
frunciendo el ceño—. Alguien importante no quería que la encontrara.
—Ese alguien sería Joyce Flowers.
Sus cejas se levantan. —¿Te has enfrentado a la fiscalía? ¿Ella te dijo
que no te involucraras?
—No te preocupes, hermano, hiciste un buen trabajo. —Le aprieto el
hombro y él suspira, sacudiendo la cabeza.
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—Espero que tengas razón. Se dice que esta mujer va en serio con lo de
Página

derribar a ese polaco.


—Todo el mundo es un héroe hasta que un mafioso aparece en su
puerta. Quédate aquí en el coche y asegúrate de que nada va mal. Toca la
bocina si necesito salir rápido.
Fynn asiente y sube el aire acondicionado. —Sé rápido. Esto parece un
maldito horno.
Salgo a la calle y observo la casa durante un momento de tranquilidad.
El sol me da en la cara. Todavía puedo saborear a Olivia en mi lengua y sus
gemidos de hace tres noches aún perduran en mis oídos. Ella es un dulce
sueño o la canción perfecta pegada en la repetición. No hemos vuelto a dormir
juntos desde aquella vez después de la fiesta -es como si el hechizo que cayó
sobre nosotros después del baile benéfico se hubiera disipado por la mañana-,
pero no he podido borrarla de mi mente desde entonces.
Se metió dentro de mí. Sus piernas temblando, sus labios envolviendo
mi polla. Sus pechos y sus duros pezones. Sus caderas mientras cabalgaba mi
pene, cada vez más rápido. Jadeando todo el tiempo. Gotas de sudor rodando
por sus músculos. Dios, es increíble y es aún más frustrante que no haya
podido tocarla, y aún peor que la odie. Aunque ese odio está empezando a
suavizarse.
Cada noche, nos metemos en la cama y ella se echa a rodar. La atraigo
contra mí y la abrazo, pero la cosa no pasa de ahí. Las paredes han vuelto a
levantarse y son más altas que nunca. No puedo decidir si quiero escalarlos
porque la quiero a ella o porque quiero follarla. No estoy seguro de que
importe en este momento. Todas mis emociones están enredadas y retorcidas e
inciertas, y temo estar cometiendo constantemente algún error vital, alguna
terrible equivocación. Es una distracción, pero deliciosa.
Me dirijo a la puerta principal y llamo. Todo está tranquilo dentro, pero
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Fynn me aseguró que estaría en casa. La testigo del caso de asesinato de
Stazek se llama Natasha Whelan, tiene cincuenta y seis años y es viuda. Fynn
Página

no conoce su conexión con el fallecido y no tuvo tiempo de averiguarlo. Con


esto ha sido suficiente.
Vuelvo a llamar a la puerta y toco el timbre. Se oyen ruidos en el
interior y luego se abre la puerta. Natasha me mira con el ceño fruncido, el
pelo rubio sucio hasta los hombros, la frente cuadrada, la mandíbula cuadrada,
un poco de líneas de la edad alrededor de sus ojos verde oscuro y la nariz
redonda. No es guapa, pero tampoco es fea, solo una mujer dura con un top
negro y unos vaqueros, con cara de haber interrumpido su cocina mientras se
limpia las manos en una toalla. Entrecierra los ojos y frunce el ceño.
—No voy a firmar nada —dice—. No voto y no tengo dinero, así que
tampoco compro nada. Gracias de todos modos.
—Me llamo Casso Bruno —digo antes de que pueda cerrar la puerta en
mi cara— y estoy aquí para hablar de Mickey Stazek.
Sus ojos se abren de par en par. No puedo decir si sabe mi nombre o no,
pero definitivamente conoce el nombre del tipo que planea meter en la cárcel.
Da un paso atrás y sé que está pensando en cerrar la puerta, pero yo tomo la
decisión por ella. Doy un paso adelante y atasco mi zapato en el suelo antes de
que ella pueda cerrarla, bloqueando su apertura. A partir de ahí, es sencillo
empujar mi hombro hacia delante y adentro.
Ella entra a trompicones en una sala de estar sencilla. Una cruz en la
pared, una acuarela del desierto al lado. Un televisor emite una repetición de
Jeopardy y un sofá verde se apoya en la pared de la izquierda con un sillón
marrón enfrente. Hay fotos familiares apiladas en un armario.
—No se puede entrar aquí sin más —dice, retrocediendo. Hay que
aspirar las alfombras y creo que las quemaduras de cigarrillo salpican la zona
de la mesa de centro.
—Me disculpo por esto. —Cierro la puerta detrás de mí—. Pero no
tengo tiempo que perder para convencerte de tener esta conversación. Por
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favor, no hagamos este proceso difícil. Siéntate y habla conmigo.


Página

Se queda mirando como si no pudiera decidir si soy un demonio


enviado a devorarla o una especie de ángel vengador, pero de repente su cara
cae como si tomara una decisión. Es sorprendente, la mayoría de las civiles
que no están acostumbradas a hombres como yo ya estarían temblando. Acabo
de invadir su casa. He entrado a la fuerza en su salón. Pero ella lo acepta.
—Reconozco su nombre, Don Bruno —dice, acercándose para sentarse
en un sillón desgastado, y eso explica algunas cosas. Si sabe quién soy, sabe
que no vale la pena luchar contra mí—. ¿Quiere algo? ¿Té tal vez?
—Normalmente, diría que sí, pero me gustaría que fuera una interacción
rápida. —Me siento en el sofá frente a ella—. Sólo quiero hablar.
—Supongo que entonces sé por qué estás aquí. —Se mira las manos,
casi resignada.
—¿Cómo sabe quién soy, Sra. Whelan?
—Llámeme Nat, todo el mundo lo hace. —Se tira de un mechón de pelo
y luego se lo pasa por detrás de la oreja, como si estuviera recordando que no
debe tener un mal hábito—. Mencionó que vendrías tarde o temprano, aunque
podría tomar un tiempo. Dijo que debía estar preparada. Escuche que había
tipos como tú en la ciudad, pero no sabía sobre el grupo que diriges. A mi
esposo le gustaban las cosas tontas, siempre metiendo los dedos en todas las
ollas diferentes, pero era un hombre tonto. Un pequeño alevín.
Me quedo muy quieto. Un torrente de frío me recorre los brazos y se me
encharca en los dedos. Él dijo. —¿De quién hablas, Nat? ¿Quién te habló de
mí?
—Me dijo que podía llamarle cuando vinieras ya que eres peligroso.
Dijo que tiene gente que puede ayudarme. —Se frota la cara, visiblemente
más pálida ahora—. No quería involucrarme. Por eso intenté despedirte en la
puerta. Pensé que, oye, si se levanta y se va, no es gran cosa, ¿verdad? No hay
daño, no hay falta. Mickey es un estúpido bastardo y debería pudrirse en la
163
cárcel, pero Rees se merecía lo que le pasó. ¿Sabes que mi Rees robó armas a
esos hermanos locos? Sí, así es, les robó armas, a un par de forajidos polacos
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psicópatas. Rees nunca fue muy brillante. Dedos en todas las ollas
equivocadas.
—Más despacio —digo, tratando de digerir la información—. ¿Rees es
el hombre que Mickey mató?
—Mi marido. Ex-marido ahora, supongo. Una noche bajé las escaleras
y encontré cajas de armas y municiones en nuestro garaje y me dije: —Rees,
maldito estúpido, ¿qué has hecho? Rees sólo se rio y dijo que era nuestro
billete para salir de aquí a una casa mejor con un césped de verdad y todo eso.
Estaba obsesionado con tener un césped y el dinero para cortarlo. Quería
pasearse en un cortacésped, bebiendo cerveza como esos tipos de la televisión.
Pero entonces Mickey apareció unos días después, y él y Rees se enzarzaron
en el patio trasero, y supongo que Reed no estaba muy dispuesto a entregar la
mercancía sin algún tipo de recompensa, y Mickey sacó una pistola, Rees sacó
la suya, y supongo que Mickey fue más rápido. Ya que Rees está muerto
ahora. Vi todo el asunto y no iba a decir una palabra hasta que aparece y me
dice que debo procesar.
—¿Quién, Natalie? —Me siento hacia adelante ahora, con un cosquilleo
en la columna vertebral. Una voz en mi cabeza está gritando, fuera—. Has
mencionado un 'él' dos veces, pero no me has dicho quién.
—Buen chico, de verdad. Muy correcto, se sienta muy recto. Me ha
dicho que te conoce y que me asegure de que Mickey vaya a la cárcel, y que
un día aparecerás preguntando por él. Es una locura que tuviera razón, ¿sabes?
Lo descarté pensando que a quién le importaría un tipo despreciable como
Mickey y mi pobre marido muerto, Rees.
Alargo la mano y la cojo. Parece sorprendida y trata de apartarla, pero la
sujeto con fuerza, clavando mis dedos en los pequeños huesos del borde de su
pulgar. Aspira con dolor. —¿Quién te ha dicho eso? —Pregunto, gruñendo
ahora.
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—Danil —dice, mostrando un poco de ese pánico que yo esperaba—
Danil Federov. Mi padre conoció a su padre en su día. Por favor, suéltame, me
Página

haces daño.
Le suelto la mano y me siento, con la cabeza mareada. Danil Federov.
Convenció a esta mujer para que fuera testigo contra Mickey. ¿Por qué haría
eso? ¿Para recuperar el club?
No, eso es demasiado obvio, y no creo que sea paciente. Si quisiera el
club, podría tomarlo por su cuenta en lugar de llegar a estos extremos. Es algo
más, algo peor.
—¿Le has llamado? —Pregunto, poniéndome de pie de repente. Me
apresuro hacia la ventana.
—Empecé a hacerlo cuando le vi desde la ventana de arriba antes de
contestar, pero sólo sonó un par de veces antes de ir al buzón de voz. —Parece
desconcertada—. Dijo que tenía abogados. Pensé que tal vez podrían ayudar.
Pero tú no eres del tipo de abogado. —Se frota la mano, mirando fijamente.
La bocina de fuera suena, tres largos toques.
—Mierda —digo, sacando mi pistola de la funda que tengo a mi lado—.
Tírate al suelo —le digo a la estúpida mujer, que me mira con los ojos muy
abiertos.
—¿Qué está pasando? —pregunta mientras comienzan los disparos.
Es ensordecedor, y todos los instintos de mi interior quieren que me tire
al suelo, que me quede ahi y que no me mueva. Pero me lanzo a la puerta
porque Fynn está ahí fuera en el coche todavía, solo, esperándome. Me lanzo
al exterior mientras un todoterreno negro está en la calle con las ventanillas
delantera y trasera abierta y las armas apuntando como las agujas de un erizo.
Los cabrones disparan contra la casa y mi coche y todo es un huracán de
salpicaduras de bala y metralla. Fynn no está en ninguna parte, se ha ido, ya
no lo veo al volante. Una tenue voz espera que haya logrado salir. Empiezo a
165
disparar hacia atrás, corriendo en cuclillas, las balas se dispersan salvajemente
por todas partes. Caigo al suelo y ruedo hasta toparme con el Prius, usándolo
Página

como cobertura, devolviendo el fuego cuando puedo. Disparo por el parabrisas


delantero y la ventanilla trasera y apunto a las ruedas. Consigo darle a la rueda
delantera y ésta estalla con un fuerte estallido.
El todoterreno se pone en marcha y el motor ruge, apenas audible por
encima del estruendo. Los tipos siguen disparando, iluminando todo mientras
se aleja. La casa es una ruina de agujeros de bala y cristales rotos, y alguien
dentro gime como un gato moribundo. Probablemente la mujer. No tengo
tiempo para ella. El coche de Fynn es una pesadilla, como si estuviera
fundido. Cuando el todoterreno desaparece, bajo corriendo y abro de golpe la
puerta del conductor, con el corazón acelerado, aterrado por lo que voy a
encontrar.
Fynn está en el suelo, hecho un ovillo, cubierto de sangre.
Me tiemblan las manos al sacarlo. Está sangrando por un par de heridas,
en el pecho, en el hombro, en el abdomen, las toco con dedos temblorosos.
Joder, está mal. Sus párpados revolotean, está medio despierto. —Casso —
gime. Es realmente malo.
—Estás bien —digo, presionando las heridas. Necesito un hospital.
Necesito médicos—. Te tengo. Te vas a poner bien. —Puede que esté
mintiendo. No lo sé. Tengo que salvarlo, tengo que hacerlo, mi hermano se
está muriendo y tengo que hacer algo ahora mismo.
Pero sus ojos están vidriosos y pálidos.
Lo llevo a la parte de atrás. Me hace falta toda mi maldita fuerza y él
gime mientras lo hago. Natalie se queda en la puerta, boquiabierta,
aparentemente viva e ilesa, observando la destrucción de su casa. Una vez que
Fynn está seguro, cierro de golpe las puertas, arranco el motor -funciona,
gracias a Dios- y salgo conduciendo como un loco hacia el Centro Médico de
Phoenix, a unos diez kilómetros de aquí. Las ruedas echan chispas. Al diablo
con ellos y con todo.
—Aguanta, Fynn —digo con los dientes apretados—. Aguanta de una
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puta vez.
Página

Me salto los semáforos, casi me meto en accidentes, pero moriré antes


de dejar ir a mi hermano.
El hospital es una pesadilla fluorescente. El olor antiséptico entra cada
vez que se abren las puertas. La sala de espera está abarrotada: Karah, Nico,
Gavino, Elise, Casso y yo. El bebé Antonio está en casa con las niñeras. Todo
el mundo está crispado y al límite. Elise sigue comprando refrescos y
repartiéndolos. Nadie los quiere. Los médicos van y vienen sin novedades.
Fynn lleva un par de horas en el quirófano.
Aprieto la mano de Casso. Nos sentamos separados de los demás en el
rincón de atrás. Tiene arañazos por todas partes, abrasiones en las manos y las
rodillas, y un corte largo e irregular en un hombro. Una enfermera quiso
echarle un vistazo y él la maldijo, le dijo que mejor dedicara su tiempo a
salvar la vida de su hermano. Desde entonces, nadie lo ha revisado, excepto
yo. Creo que vivirá.
—Fue Danil —dice Casso en voz baja, mirando al suelo. Me acerco
más y aprieto más su mano—. Todo el asunto fue una búsqueda inútil. Fue
167

una trampa desde el principio.


—¿De qué estás hablando? —Yo también estoy destrozada: se me
Página

revuelve el estómago y tengo mucho miedo por Casso—. Si quería tenderte


una trampa, ¿por qué no lo hizo cuando viniste a negociar la primera vez? —
No conozco bien a Fynn, pero no quiero que muera, ni siquiera un poco,
aunque sea para evitarle a Casso el dolor de perder un hermano. Algo por lo
que yo pasé, y algo que no quiero que nadie más experimente.
—Me dijo que era Danil. —Esto es lo más que ha hablado Casso desde
que llegué al hospital. Ha estado prácticamente sin responder durante la mayor
parte del día—. El testigo. Me lo contó todo. Danil la presionó para que
testificara contra Mickey. Apuesto a que Danil hizo que su marido robara esas
armas. Todo es una elaborada trampa.
—No lo entiendo —digo, negando con la cabeza.
Su cara es de dolor. —Danil quiere ese club, pero no se trata sólo de
eso. Hoy ha intentado matarme. Intentó matar a mi hermano. —Su voz se
quiebra mientras me mira con total rabia y dolor en sus ojos—. Voy a
arruinarlo, Olivia. No puedo dejarle vivir ahora, ¿entiendes?
—Lo sé —digo, apoyándome en él, y el miedo burbujea en mi
estómago. La promesa que hizo hace tiempo se ha ido. Estoy aterrorizada, con
miedo a lo que va a pasar, miedo por Casso y Fynn y todos los demás de la
familia. Se avecina una guerra, y ya sé cómo son estas guerras.
Entra un médico y todos se sientan más rectos. De mediana edad, brazos
peludos, bata azul. Un brillo de sudor en la frente y un pañuelo de flores sobre
el pelo. Se ajusta las gafas. —¿Son todos familia de Fynn Bruno?
Casso se levanta y me suelta la mano. Me gustaría que no lo hiciera. —
Sí, doctor, somos su familia. —Se adelanta—. ¿Está bien mi hermano?
El médico asiente una vez, con aspecto sombrío. —Lo hemos
estabilizado. Las heridas eran graves, pero lo trajeron rápido. No está
despierto y, sinceramente, no sé cuándo recuperará la conciencia. Tenemos
mucho que hablar.
168

—¿Puedo verlo? —Casso no parece aliviado. En todo caso, está


luchando.
Página

El médico le limpia la cara. —Uno de ustedes puede venir —dice,


mirando a su alrededor—. Lo siento. Es frágil y hay que tener cuidado.
—Yo voy —dice Casso antes de que nadie pueda discutir. Karah parece
querer mandarlo a la mierda, y Gavino está pálido y callado. Pero nadie
discute. Casso es el Don, después de todo. El Don y su hermano y el que se
siente más responsable de esta pesadilla.
Casso me lanza una mirada antes de seguir al doctor, hablando en voz
baja. La puerta se cierra lentamente.
Elise se sienta a mi lado y suspira. —Estable —dice, mirando al techo,
con lágrimas en los ojos enrojecidos—. Eso es algo bueno.
—Estable no significa que vaya a salir adelante —dice Gavino con
amargura—. Sólo que no se está muriendo activamente.
—Tengan esperanza —dice Karah, empujando a su hermano.
—Fynn es fuerte. —Nico pone una mano en la rodilla de Karah—. Si
alguien puede salir adelante, es él. —Pero las palabras suenan vacías.
—Estable —repite Elise, balbuceando ahora—. Odio esa palabra.
Estable, como si fuera una pequeña montaña sosa, tan estable, pero tan
aburrida. ¿Es todo lo que queremos de él, estable? Quiero más que estable.
¿Qué haremos si no se despierta?
Sacudo la cabeza y me pongo de pie. Estoy temblando. No debería estar
aquí. No soy parte de su familia, no soy parte de este mundo. —Necesito un
poco de aire.
Elise se encoge de hombros, perdida en sus propios pensamientos. Me
dirijo a la puerta y Karah me observa, frunciendo el ceño. —¿Necesitas que
alguien te acompañe? —pregunta Gavino.
Sacudo la cabeza. —Estoy bien. Sólo voy a salir al frente. —Abro la
169
puerta y salgo. Nadie me sigue mientras vuelvo sobre mis pasos hasta los
ascensores y los bajo hasta el vestíbulo principal en silencio. A nadie le
Página

importa lo que haga ahora. Podría coger un autobús y viajar hasta donde me
lleve, pero ¿de qué serviría eso? ¿Abandonar a Casso cuando más importa?
Me perseguiría, me mataría y me lo merecería.
Los hospitales son extraños. La vida se mantiene separada de la muerte,
del dolor y el sufrimiento. La gente llena el vestíbulo, algunos enfermos, otros
no. Los pacientes permanecen en sus habitaciones. Deambulo por un suelo de
baldosas, paso por un quiosco de información, por delante de dos policías
armados, y salgo a la brutal luz del sol de la tarde. Cerca, una enfermera fuma.
El olor es nauseabundo y me alejo hacia el aparcamiento.
No sé qué hacer. Quiero consolar a Casso, pero me siento perdida.
Durante mucho tiempo ha sido mi enemigo, y lo único que quería era que
sintiera una pequeña parte del dolor que he sufrido desde que murió Manuel.
Ahora eso se está haciendo realidad, y su hermano está al borde de la muerte,
y me siento como si fuera responsable de alguna manera, como si lo hubiera
manifestado.
Los coches reflejan la luz del sol y el asfalto envía ondas de calor que se
agitan en el aire. Es brutal y el sudor se acumula bajo mis brazos. No me
importa. Le doy la bienvenida. Ninguno de los demás me conoce, ni Karah, ni
Elise, ni Gavino ni Nico. No puedo ayudarles aunque quisiera, y me siento tan
inútil, tan patética. Este es un sentimiento familiar: Viví toda mi vida en
México pensando que no era mejor que los muebles, y al menos puedes
sentarte en los muebles.
Pero allí, de pie, sola en una franja de hierba en la mediana en medio del
aparcamiento, creo que entiendo cuál tiene que ser mi papel. Casso necesita
una roca en este momento: alguien lo suficientemente fuerte como para
ayudarle a capear lo que se avecina, sea lo que sea. Puedo ser su isla en la
tormenta. Puedo ayudarle a aferrarse a sí mismo. No importa lo que pase con
Fynn, puedo estar ahí, firme y disponible. Tengo que hacerlo por él, porque
nadie estuvo a mi lado cuando Manuel murió, nadie estuvo cuando me
enviaron de vuelta a México, pero tengo la oportunidad de hacer las cosas
170
mejor. Y lo haré. No importa si Casso merece mi ayuda o no. Ya no se trata de
merecer. Todos somos defectuosos, todos estamos acobardados por nuestro
Página

pasado. Necesito romper el ciclo e intentarlo.


Una persona sale de entre los coches no muy lejos. Levanto la vista,
frunzo un poco el ceño, miro hacia otro lado, luego me tambaleo de lado y
miro fijamente. Danil me sonríe desde detrás de unas gafas de sol oscuras. Se
las quita y se acerca.
Levanto las manos como si eso pudiera detenerlo, como si lo alejara con
magia. —¿Qué estás haciendo aquí? —suelto, mirando a mi alrededor en
busca de esos policías. Pero siguen dentro y estamos a cincuenta metros de la
entrada, perdidos en el mar de todoterrenos y camiones.
—Esperaba tener la oportunidad de hablar contigo a solas y mira cómo
ha resultado. —Su rostro se tuerce en un facsímil de sonrisa. No hay alegría en
sus ojos—. ¿Cómo están todos ahí dentro?
Bajo las manos y me mantengo firme. Se detiene a diez metros de
distancia. Lo suficientemente cerca de la amenaza, demasiado lejos para
amenazar.
—Sufriendo. ¿Lo has hecho tú?
Asiente una vez. —Lo ordené, sí.
Suelto un suspiro como si me hubieran dado una patada en las tripas. —
¿Por qué? —Pregunto, sin entender—. Teníamos un trato. Estábamos...
estábamos arreglando las cosas.
Su rostro vuelve a transformarse. Esta vez, ya no hay sonrisa, sólo una
rabia latente. —¿Arreglar las cosas? —Sacude la cabeza lentamente—. No
hay que arreglar las cosas. Eso es lo que aún no entiendes. Los muertos no
vuelven y lo que se pierde no se recupera.
—¿De qué estás hablando?
—Hace diez años. —Prácticamente escupe las palabras—. Mi padre.
Asesinado por culpa de esa familia de ahí. —Señala el hospital, con los labios
171
apretados para mostrar sus dientes—. Volví a Phoenix no por una oportunidad
de negocio, no para reclamar un solo club o un trozo de territorio, sino para
Página

vengarme por lo que me hicieron.


Lo miro fijamente. El sudor rueda por mis brazos, pero siento un
escalofrío en los pies. Me mira como si quisiera abrirse y desangrarse en el
suelo. Quiere demostrar su sinceridad, y la única manera de hacerlo es
sufriendo. ¿Qué puedo hacer por un hombre así? Enloquecido por la
venganza. Todavía la busca después de tanto tiempo.
Como yo.
—¿Por qué Fynn?
Sacude la cabeza. —Eso fue un error. Mala planificación y peor
ejecución. Debían matar a Casso, pero confundieron a Fynn con él. Tu marido
sobrevive sólo porque mis hombres son incompetentes, pero no te preocupes,
han sido castigados.
—¿Por qué Casso? ¿Qué le hicieron a tu padre?
Se acerca. Retrocedo y casi resbalo por el borde de la acera.
—Ven conmigo, Olivia. No es demasiado tarde para alejarse de esta
gente. No tienes ni idea de lo peligrosos que son. Intenté detener todo esto
hace diez años, pero me equivoqué. Cometí errores terribles. Estoy aquí para
arreglar todo eso ahora.
—¿Ir contigo? ¿Después de que acabas de intentar matar a Casso? ¿Y
podrías haber matado a Fynn? —Sacudo la cabeza, dando vueltas, mareada
por la incertidumbre. Hace una semana, y podría haber aceptado su oferta.
Hubo un tiempo en el que quería exactamente esto: utilizar a Danil para
escapar de mi destino.
Ahora no puedo imaginarme abandonando a Casso. No en su momento
de dolor.
—Deja de hacer lo que sea —le digo—. La venganza no va a arreglar
nada, Danil, sólo va a provocar más dolor. Deja la guerra.
172

—¿Cómo lo has hecho? —Se burla ahora, con la cabeza ladeada—.


Parece que te has acomodado con la familia Bruno. ¿Olvidaste que tu padre te
Página

vendió como una propiedad? ¿O te has olvidado de tu hermano?


Lo fulmino con la mirada, con la ira encendida. —Que te den por culo.
No he olvidado nada.
—Entonces averigua quién lo mató si crees que conoces tan bien a tu
marido. Averigua de verdad quién apretó el gatillo y, cuando lo sepas, ven a
buscarme. Te estaré esperando para ayudarte a ver cómo han sido todos ellos
desde el principio.
Retrocede una, dos veces, luego se da la vuelta y se dirige a la fila de
coches. Lo veo pasar. Se desliza entre un camión y un sedán y desaparece
hacia la siguiente fila.
—¡Oye, Olivia! —Doy un respingo y me encojo. Karah viene hacia mí,
tapándose los ojos, con aspecto demacrado—. Mierda, qué calor hace fuera.
¿Estabas hablando con alguien?
—Sólo con un chico —digo, la mentira se me escapa sin ningún
esfuerzo.
—Casso ha vuelto de ver a Fynn y quiere hablar contigo. ¿Seguro que
estás bien?
Asiento con la cabeza una vez, miro hacia donde desapareció Danil y
me doy la vuelta. Karah me frunce el ceño y estoy segura de que tengo un
aspecto horrible, pálida y al borde de las lágrimas, pero estamos hechos un lío.
Soy una isla. Soy una fortaleza. Soy una roca.
—Vamos a ver a mi marido —digo en voz baja—. Seguro que me
necesita ahora mismo.
Aunque lo que dijo Danil no deja de sonar en mi cabeza: averiguar
quién mató a Manuel.
Han sido ellos desde el principio. 173
Página
Casso se niega a ir a casa. Me besa las manos, con los ojos desorbitados,
agotado. —Todos los demás están regresando. Tú también deberías irte.
—No quiero dejarte. —El interminable zumbido del sistema de aire
acondicionado del hospital gime de fondo. Fuera, un equipo de construcción
martillea la carretera, una pesadilla de grava rota. La sala de espera está
cargada a pesar del aire que fluye constantemente.
—Los médicos dicen que sólo una persona puede pasar la noche en la
habitación de Fynn en este momento y voy a ser yo. No puedes hacer nada
tirada en la sala de espera. Vete a casa, descansa un poco y vuelve a primera
hora.
Alargo la mano y le toco la cara. Me sonríe y se gira ligeramente hacia
mi mano. Me pongo de puntillas y lo beso, y él me devuelve el beso.
—No sé qué habría hecho sin ti —dice suavemente, acariciando mi
174

garganta—. Tenerte aquí es como tener oxígeno para respirar.


—Saldrás de esta, te lo prometo. Fynn va a estar bien.
Página

—Nadie lo sabe. Ahora está en manos de Dios. —Me besa por última
vez y se aleja—. Vete a casa. Duerme un poco. Te veré por la mañana. —Se
da la vuelta y se marcha, y yo lo observo, preguntándome cómo se mantiene
firme cuando todo a su alrededor parece desmoronarse.
—Ya has oído al hombre —dice Elise, cogiéndome del brazo con
suavidad—. Pongámonos en marcha. —Bosteza y sacude la cabeza—. Pobre
Fynn. Todos sabemos que es una posibilidad en este negocio, pero sigue
siendo un shock.
No digo nada. ¿Qué puedo decir? ¿Ya he pasado por esto antes? No
importa y ella no puede hacer nada por mí ahora.
Nos metemos en un par de SUV´s negros y nos llevan de vuelta a Villa
Bruno. Elise viaja conmigo y Gavino, mientras que Nico y Karah van en el
otro vehículo. Nadie habla y el silencio es opresivo, pero una cosa sigue
pasando por mi mente, como una película atrapada en un bucle: han sido todos
ellos desde el principio.
Vine a Villa Bruno pensando en dedicarme a averiguar quién mató a
Manuel. En cambio, Casso me distrajo y su búsqueda para deshacerse de
Danil Federov. Pero Danil despertó algo dentro de mí en ese estacionamiento
en el calor que pudría la carne. Ha sido la familia Bruno desde el principio,
desde entonces. Siempre fue la familia Bruno, y dejé que mi deseo por Casso
nublara mi juicio y bloqueara mi memoria. El beso de Casso permanece en
mis labios, pero se desvanece a medida que nos alejamos, reemplazado por la
imagen del rostro de mi hermano, la última sonrisa que vi en sus labios.
Los todoterrenos aparcan frente a la negra y silenciosa Villa Bruno. No
recuerdo que haya estado nunca a oscuras. El lugar está normalmente lleno de
vida -personal, familia, gente que va y viene, mafiosos, socios de negocios,
cocineros y amas de llaves- pero esta noche está muerto. Son las diez y todo
el mundo se arrastra.
175

—Necesito un puto trago —dice Gavino, saliendo del todoterreno—.


Elise, ¿te apuntas?
Página
—Me apunto a dormir, cariño —dice con un suspiro de cansancio,
como si estuviera harta de sentarse en shiva2 y no quisiera volver a hacerlo
nunca más. Por lo que sé, es la décima vez que lo hace este año. Podría tener
toda una vida fuera de este lugar y yo nunca lo sabría.
—Beberé contigo. —Las palabras salen demasiado rápido, demasiado
ansiosamente. Al menos para mí oído. Pero Gavino sólo estrecha su mirada
hacia mí, se encoge un poco de hombros como si fuera mejor que nada, y
sigue caminando.
Intercambio una mirada con Elise. Parece divertida, pero demasiado
cansada para hacer algo más que sonreír. Me apresuro a seguir a Gavino
mientras ella desaparece por las escaleras y se dirige a donde sea que duerma
por la noche. Todavía no lo sé.
La sala de juegos se inunda de luz. Gavino se pone detrás de la barra y
yo me acerco a ella. La madera está fría bajo mis dedos. —Esta noche sólo
whisky —dice, cogiendo dos vasos de cristal tallado, dos grandes trozos de
hielo y una botella de aspecto encantador—. El favorito de Fynn. Algo
japonés. Yo prefiero el americano, pero admito que los japoneses pueden
hacer un licor decente. Tal vez esté mal beberlo sin él, pero digo que lo
hagamos en su honor. Y de todos modos, si se recupera, le compraré todas las
botellas que quiera. ¿Qué tan bien conoces a Fynn, de todos modos? —Se
sirve dos fuertes salpicaduras.
Acepto mi vaso. —No muy bien. Ojalá me hubiera esforzado más en
hablar con él antes.
Gavino suspira, asiente y levanta su vaso. —Por las futuras
oportunidades —dice.
Brindo y bebo. El whisky es suave y seco, con un regusto agudo, y me
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calienta las tripas. Me sorprende que me guste. El whisky me recuerda a los


hombres enfadados y a los gritos, pero esto no es tan malo.
Página

2
Sentarse en shiva o shi´vah: Es parte de la practica judía de llorar por un pariente muy cercano que
ha muerto.
Gavino se sienta a mi lado, dejando un solo taburete libre. Me pregunto
quién se supone que está ahí y me imagino que es Casso o Fynn, o cualquier
otro. Soy la última persona con la que Gavino quiere beber, pero supongo que
ahora mismo beberá con cualquiera, aunque sea para tener alguna
conversación que llene el silencio de su cabeza.
—Voy a confesarte algo. —Gavino hace girar su vaso, viendo cómo se
derrite el hielo—. Realmente no te recuerdo en absoluto de aquellos tiempos.
Apenas recuerdo que había una guerra, si te soy sincero. Estábamos tan
protegidos entonces, todos excepto Casso en realidad. Mi padre nos hizo
aprender sobre el negocio, pero no estábamos en la calle como mi hermano
mayor. Recuerdo que papá estaba estresado todo el tiempo y le gritaba a Casso
constantemente, pero nunca me preocupé lo suficiente como para averiguar
por qué. Tuvimos ese privilegio, ¿y sabes qué? A veces me arrepiento.
—¿Gritar a Casso? —Parpadeo con sorpresa. No sabía nada de eso—.
Nunca me lo dijo.
—Padre era duro con Casso. Era el heredero después de todo y el Don
tenía que asegurarse de que la Famiglia pasara a manos de alguien fuerte.
Siempre estaba metido en el culo de Casso haciéndole hacer locuras y
obligándole a salir a delinquir. Sinceramente, no sé cómo sobrevivió, y mucho
menos cómo acabó tan relativamente bien adaptado como está ahora. Para ser
un gánster psicótico. —Gavino sonríe y bebe.
—Casso no habla mucho de tu padre —digo, mirando a la barra—. Hay
muchas cosas de entonces de las que no hablamos.
—No puedo decir que le culpe. Casso se llevó la peor parte de la
intensidad de papá y creo que apenas está descubriendo cómo lidiar con ello.
—Se frota la cara y da un sorbo a su whisky—. Fynn lo tuvo más fácil, creo.
177
Mantuvo la boca cerrada e hizo lo que se le pidió sin quejarse. Luego estoy
yo, incapaz de estar callado durante diez segundos. Pero sobre todo lo tuve
Página

fácil. Padre no esperaba mucho de mí y yo no ofrecía mucho, y ahora aquí


estoy.
—¿Qué tan involucrados estaban tú y Fynn en la guerra? Quiero decir
que eran niños, ¿no?
—Niños —confirma—. Y muy poco involucrados, como dije, apenas
sabíamos que estaba sucediendo, lo digo literalmente. Tu hermano era todo lo
contrario, por lo que recuerdo. —Lo dice con indiferencia, como si estuviera
siendo educado, pero la mención de mi hermano me hace arder todo el cuerpo,
como una descarga de luz en mi columna vertebral.
Intento no demostrarlo, pero estoy temblando. Me arriesgo a dar un
sorbo de whisky para calmar mis nervios. El hielo repiquetea contra el vaso
cuando lo vuelvo a dejar. No me he recompuesto.
—Sigo sin saber qué le pasó a mi hermano. —Miro fijamente el hielo,
incapaz de encontrar la mirada de Gavino—. Incluso después de todo este
tiempo. Papá no habla de ello, dice que Manuel murió en un accidente, pero
eso no explica nada. ¿Murió en un accidente porque alguien le disparó
accidentalmente? ¿Murió conduciendo borracho? ¿Qué accidente? El ataúd
estaba cerrado y papá dice que fue mejor así. No sé por qué. Simplemente no
lo sé. Es duro, ya sabes, preguntarse cómo fueron los últimos días de mi
hermano. Hace tiempo que acepté que tal vez nunca lo sabré.
Gavino deja escapar un largo suspiro. Termina su whisky y se sirve
otro. Yo bebo otro trago y él me remata con una sombría inclinación de
cabeza.
—Si fuera mi hermano, querría saberlo. Si fuera Fynn, querría que
alguien me lo dijera. No puedo imaginar lo duro que habría sido pasar de tener
un hermano un segundo a que se fuera al siguiente, sin más, sin explicaciones.
—Eso es todo lo que quiero. Saber lo que pasó podría ayudar, aunque
me preocupa que nada haga que el dolor desaparezca por completo.
178

Desliza la botella hacia otro lado. —Se supone que no debo decir nada.
Página

No es un gran secreto, pero Casso dijo que tenía un trato contigo. Pero que se
jodan los tratos. Que se joda la Famiglia ahora mismo. La Famiglia nos metió
en este puto lío. —Cierra los ojos mientras bebe otro trago—. Tu hermano
murió en un coche bomba.
Me siento y miro fijamente. Tiene que estar bromeando. ¿Un coche
bomba? Ese es el tipo de cosas que ocurren en otros lugares, en Irlanda
durante los problemas, o en Oriente Medio durante la invasión de Irak. ¿Un
coche bomba aquí, en Phoenix? Es demasiado difícil de entender.
—No lo entiendo —logro decir porque apenas puedo respirar. Tomo
otro trago para intentar relajarme, pero eso no ayuda en absoluto. Sólo me
hace toser y Gavino me lanza una mirada de lástima.
—No tengo los detalles, pero Nico me lo contó. La historia es así. Tu
hermano estaba en una reunión con nuestro padre, una reunión importante
mediada por un tipo ruso. No sé su nombre ni cómo está involucrado, pero era
el que actuaba como intermediario. En fin, la reunión va bien, todo eso, pero
cuando vuelven al coche de mi padre y se dan la mano, estalla una bomba.
Vuela en pedazos la camioneta de mi padre, mata al ruso, mata a tu hermano,
y nuestro padre sólo sobrevivió por pura suerte. Me pregunto cuánto mejor
estarían todos si esa bomba hubiera matado a nuestro padre en lugar de a tu
hermano y a ese ruso. Supongo que nunca lo sabremos. —Da vueltas a su
bebida, la levanta y sonríe amargamente—. Por la familia caída.
No brindo. Me siento entumecida y en estado de shock mientras él bebe,
tirando el contenido de su vaso, y se pone en pie de forma inestable. Parece
agotado, desgastado hasta los huesos. Como si estuviera pasando por su propia
explosión en cámara lenta. —Nico dice que después de eso, la guerra se
desbordó. Mi padre se volvió un poco loco, culpó a tu familia por haber estado
a punto de matarlo y los expulsó de la ciudad. El resto es historia, como dicen.
—Se pasa una mano por la cara—. Me voy a dormir. Gracias por tomar una
copa conmigo. Siento lo de tu hermano, pero espero que saber te ayude. —
Pasa junto a mí, sale por la puerta y desaparece.
No puedo mover ni un músculo. Estoy congelada, completamente
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congelada. Gavino no tiene ni idea de lo que acaba de hacerme, pero es como


si estuviera encerrada en una tumba.
Página
Mi hermano murió en un coche bomba. Murió en una reunión con Don
Bruno, el padre de Casso, y un ruso. Ese ruso tiene que ser el padre de Danil.
Es lo único que hace que todas estas piezas encajen.
Sólo una persona sobrevivió a esa reunión. Sólo una persona se alejó y
vivió para causar un infierno y estragos en esta ciudad. No es de extrañar que
el ataúd de Manuel estuviera cerrado. No es de extrañar que papá no quisiera
hablar de lo que pasó. Un coche bomba. Un horrible coche bomba.
Mi hermano voló en pedazos.
Todo ha sido de ellos desde el principio.
Esto no puede ser correcto. Esto no puede ser la historia completa. Y sin
embargo, es todo lo que tengo, el primer indicio de lo que pudo haber pasado
hace tantos años. Manuel estaba en una reunión con Don Bruno y el padre de
Danil, y algo pasó. Pero, ¿sobre qué se reunían? ¿Por qué valía la pena morir?
Me termino el whisky bien y despacio. Para cuando mi vaso está vacío,
el hielo se ha derretido y es tarde, demasiado tarde, pero mi cabeza da vueltas,
mareada por la incertidumbre, mareada por las implicaciones.

180
Página
Fynn está tan inmóvil como un cadáver. Su pecho sube y baja, pero
apenas. Tengo que acercarme para verlo. A la mañana siguiente, el resto de la
familia tiene permiso para entrar en su habitación, aunque por poco tiempo.
Karah, Nico, Gavino, Elise y Olivia se amontonan junto a la cama del
hospital. El pitido de la maquinaria se superpone al silencioso estrés y
sufrimiento que resuena en los cuerpos de mis seres queridos. Si pudiera
ayudar a hacer esto más fácil para ellos, lo haría. Si pudiera entregarme por
Fynn, lo haría. Pero esa es la tragedia de la vida. No podemos tomar esas
decisiones.
Olivia se aleja del grupo y se queda cerca de la ventana. La luz del sol
se filtra a través de su pelo, dándole un hermoso brillo. Las paredes son de
color azul claro y blanco roto. Las marcas de las rozaduras estropean el suelo
de vinilo. Todo es baldosa, plástico, yeso. No hay madera de verdad. Nada
difícil de limpiar. Fynn parece pintado, como si fuera falso.
181

—El doctor dice que es una buena señal que nada se haya estropeado
anoche —dice Nico, frunciendo el ceño—. Lo dijo como si hubiera una
Página

posibilidad real de que ocurriera.


—Ahora sólo tenemos que esperar. Y eso es casi peor. —Karah mira a
Fynn—. Parece más pequeño de alguna manera. Pero eso no puede ser cierto,
¿verdad?
—Fynn es fuerte —dice Gavino. Se lo está tomando a pecho: él y Fynn
eran los más unidos de todos. A veces estaba celoso de ellos: Papá nunca
presionó a mis hermanos menores tanto como a mí y ellos se dieron el lujo de
la amistad. A mí nunca me lo permitieron. Sólo Nico y esos chacales del
colegio, pero los chacales nunca fueron verdaderos compañeros, y Nico no es
familia de sangre. Gavino se ve con resaca y colgado, como si hubiera pasado
la noche bebiendo. Probablemente lo hizo, y no lo culparía.
No hay mucho que hacer más que esperar. Después de que todo el
mundo haga su visita, dejo que Olivia me convenza para ir a casa. Karah se
ofrece como voluntaria para quedarse con Fynn durante la tarde mientras yo
me ducho, me aseo y voy por algo de comer. Intento hacerme humano. —Eres
el Don, hermano —dice Gavino en el pasillo, apretando mi hombro. Intenta
dar peso a sus palabras, pero nada parece real ahora mismo. Tal vez sea la
falta de sueño o tal vez sea el aplastamiento de la realidad que amenaza con
destruirme—. No puedes quedarte aquí todo el día. Todavía hay trabajo que
hacer.
Me enfurece, pero tiene razón. La Famiglia pide, pide, y pide, pero rara
vez devuelve. Ese es nuestro destino.
Olivia se preocupa una vez que llegamos a Villa Bruno. Se asegura de
que me duche y me pone ropa limpia para que me cambie. Trae la comida de
la cocina y, una vez limpio, me obliga a sentarme y a comer. Me desplomo en
el sofá de la sala de estar, hurgando en un plato de tamales. Apenas puedo
comer. Apenas puedo hacer nada, excepto cerrar los ojos e imaginar a mi
hermano tumbado en una cama con soporte vital, apenas vivo y envuelto en un
182

nido de cables como la víctima de una araña. Mi hermano fuerte y silencioso.


Se merece mucho más.
Página

—Sigue paseando —le digo, viéndola atravesar la habitación y volver a


ella—. Siéntate, me estás poniendo nervioso.
—No puedo sentarme ahora mismo. Demasiada energía. —No me mira.
De hecho, desde que volvió esta mañana, apenas ha mirado en mi dirección.
Frunzo ligeramente el ceño y me siento, con las piernas cruzadas. Siento que
mi cerebro está hecho de lodo y que nada funciona bien. Apenas puedo
pensar, y mucho menos razonar esto.
—¿Qué te pasa?
—Nada. Sólo estoy preocupada por Fynn.
—No es sólo eso. —Inclino la cabeza. Puede que me esté quedando sin
aliento, pero puedo ver a través de una mentira obvia todavía—. No has sido
capaz de mirarme desde que volviste.
—Eso no es cierto. —Ella fuerza una sonrisa en sus labios y se vuelve
en mi dirección, pero sus ojos no se encuentran con los míos—. Todo está
bien.
—Dime qué pasa.
—Casso...
—Basta —digo y sueno más duro de lo que pretendo. Es que estoy
agotado y me cuesta controlarme ahora mismo. El día me está afectando y no
quiero desquitarme con Olivia. No se merece mi impaciencia—. Ahora mismo
estás actuando mal y quiero saber por qué. No me obligues a sacártelo, pero lo
haré.
Se calla y deja de moverse, pero sigue mirando hacia otro lado. Sigue
sin mirarme y un extraño escalofrío me recorre la espalda.
—Probablemente no debería decir nada, pero anoche Gavino y yo
estuvimos hablando. —Cierra los ojos y tiembla. Está temblando—. Me contó
183
lo que le pasó a Manuel.
Me vuelvo a sentar contra el sofá y la observo. Un reloj hace tictac, el
Página

viento pasa silbando por la ventana. Largas sombras se extienden por el suelo.
Intento entender lo que ha dicho, pero me cuesta. —¿Qué te ha dicho?
Me da la versión corta: reunión, ruso, coche bomba, hermano muerto.
—Tu padre sobrevivió. Se marchó.
Intento procesar todo esto. Nico mencionó algo sobre haber descubierto
lo que pasó, pero no me di cuenta de que era esto. Me desvié al tratar con
Danil y toda esa mierda.
—A ver si lo entiendo. Mi hermano está en el hospital casi muerto, y yo
estoy junto a su cama...
—Casso, no es así...
—Y tú estás aquí, hablando con Gavino de algo que pasó hace diez
años, de tu propio puto hermano, porque se trata de ti y de lo que necesitas,
¿no? —Mi ira es dolorosa, sobre todo porque no la quiero, pero la rabia es
difícil de combatir. La rabia es tan parte de mí ahora, que es difícil alejarse de
los viejos y malos hábitos, y Olivia sólo está desencadenando mi antigua rabia
hacia ella.
—Casso —dice, sonando desesperada, y finalmente me mira con esos
ojos grandes, hermosos y tristes—. Sólo ha pasado, ¿vale? Nos sentamos a
tomar algo y surgió el tema, le pregunté y me lo dijo. No estaba intentando
hacer nada. —Se acerca, suplicante, y yo me pongo de pie. Mis manos se
cierran en puños. Aprieto la mandíbula, rechinando los dientes.
—No podías esperar, ¿verdad? —Hablo en voz baja. Sus labios se
separan y sacude la cabeza.
—No quería decir nada con eso. Si tu hermano hubiera muerto en un
misterioso accidente hace diez años, ¿no querrías saber exactamente cómo?
—Sí, me gustaría. —Doy un paso alrededor de la mesa de café y me
acerco a ella—. Querría saberlo todo, cada pequeño detalle, pero ahora
184

mismo, aquí, en este momento presente, mi hermano está luchando por su vida
mientras tú estás rememorando a los muertos. No siempre se trata de lo que
Página

quieres.
Se aleja cuando me acerco. Estoy temblando de rabia, tanta puta rabia
que podría explotar. Se golpea contra la pared y se queda allí, con la boca
abierta y asustada, puedo ver el miedo en sus ojos, y eso me detiene. Me veo a
mí mismo desde su perspectiva: grande, medio muerto de hambre,
enloquecido, lleno de rabia, al borde de la inestabilidad por una noche sin
dormir y con enormes cantidades de estrés. Me veo a mí mismo, pero no
puedo detenerme del todo mientras me acerco a ella y enredo mis dedos en su
pelo y lo agarro con fuerza.
—Ahora eres mi familia —digo en voz baja, mirándola a la cara—. Eres
mi mujer. Fynn es tu hermano. Lo que está ocurriendo ahora tiene que ser tu
prioridad, Olivia, si no, ¿cómo puedo confiar en que darás un paso adelante
cuando ocurra algo malo en el futuro? Esta es la vida que llevamos, la vida
que elegimos. Y tú eres parte de ella.
—Yo no pedí esto —dice en voz baja, mirándome fijamente a los
ojos—. No puedo renunciar a mi hermano.
—No te lo voy a pedir. Sólo te pediré que esperes hasta que pase la
crisis. Pero lo hecho, hecho está, y sólo hay una cosa más que necesito de ti.
—¿Qué es eso? —pregunta ella, susurrando.
—Un castigo.
La atraigo contra mí y la arrastro hasta el sofá. Jadea sorprendida
cuando la empujo hacia abajo, arrastrándola a mi regazo. Gime sorprendida
cuando le bajo bruscamente los calzones, dejando al descubierto su culo,
apenas cubierto por unas bragas verdes que le quito lentamente.
—¿Casso? —pregunta, mirándome con sorpresa y pura excitación.
No le advierto de lo primero. Le aplico la palma de la mano sobre su
suave piel y la azoto con fuerza. Jadea y la agarro por el pelo para evitar que
intente escapar, porque estoy seguro de que nunca la había cogido un hombre
185

así y la había puesto en su sitio.


—Castigo —repito con firmeza, azotándola de nuevo, esta vez con
Página

suavidad—. No más egoísmo. Se acabó el hurgar en el pasado. Te necesito


aquí, ahora mismo, conmigo, hasta que este asunto con Fynn termine, de una
forma u otra. Y te mostraré lo que se siente cuando lo haces. Prepárate.
Aspira y la azoto de nuevo con fuerza. Gime, jadeando de dolor, y la
azoto por tercera vez. Después de una cuarta, le abro el culo y encuentro su
coño, con los dedos acariciando sus pliegues chorreantes desde atrás. Dios,
está mojada, y sí, le gustan estos azotes, le gustan lo suficiente como para
menear las caderas mientras mis dedos se deslizan dentro y se burlan de ella
como si me desafiara a golpearla de nuevo.
Otro golpe fuerte seguido de otro. Se pone rosa, roja y arquea la
espalda, dejándome el camino libre. Rodeo su clítoris y siento su corazón
acelerado contra mis muslos mientras jadea y gime contra la almohada. La
muerde con fuerza cuando la azoto de nuevo, seguido de más placer, de un
lado a otro, azotes y burlas, azotes y burlas, los dedos follándola y frotándose
contra su clítoris, la palma de la mano crujiendo contra su suave y hermoso
culo.
Es glorioso, hacer que se someta. Es glorioso hacerla gemir y temblar
mientras recibe su castigo. —Eres una chica tan buena, Olivia —le digo y lo
digo en serio, es buena, una chica encantadora con buenas intenciones. Pero
las chicas encantadoras a veces la cagan. La azoto de nuevo antes de hundir
mis dedos profundamente.
La mezcla de placer y dolor cortocircuita su cerebro. Pronto los
receptores de uno u otro se enredarán y no sabrá si le duele o le sienta bien y
ese es el objetivo. Azotar, provocar, azotar, provocar: La arrastro en una
cuerda, acercándola cada vez más, con mis dedos mojados por sus jugos, su
culo brillante y rojo por mi áspera palma.
—Tan cerca —susurro y me inclino hacia delante para besar su cuello—
. Estás tan cerca, Olivia. Ahora estás goteando sobre mi regazo.
—No sé si estoy en agonía o en éxtasis —dice, medio riendo, medio
186
gimiendo—. Joder Casso, esto me está volviendo loca. No sé cuánto más
puedo aguantar.
Página

—Quieres una liberación. Quieres correrte por mí, ¿no?


—Por favor —susurra ella—. Lo necesito.
—¿Obedecerás? ¿Serás buena, como necesito que seas?
—Lo intentaré. Prometo que lo intentaré.
Le doy tres nalgadas, más fuertes que la anterior, y ella echa la cabeza
hacia atrás mientras deslizo mis dedos profundamente y encuentro su punto G.
La follo así, enroscando los dedos, cada vez más rápido, llevándola al límite y
más allá. Se corre, retorciéndose en mi regazo mientras mis dedos hacen su
trabajo, volviéndola loca, haciendo que sus mejillas se ruboricen, su cuerpo se
tense y todos los músculos de su columna se tensen. Es hermosa, salvaje y
libre, y mientras se corre como una bomba atómica en mi regazo, ya sé que
nunca podré quitarme este momento de la cabeza. Está grabada a fuego en mí,
esta hermosa chica viniendo.
Y mientras termina lentamente, me doy cuenta con una dolorosa
claridad de que ella nunca va a dejar de lado el tema de su hermano.
¿Cómo podría? Si yo fuera ella, no lo haría. Manuel es de su sangre, y
ahora tiene la información suficiente para seguir indagando. Está tan cerca de
descubrir quién mató a su hermano, quién puso la bomba, ¿por qué parar
ahora? Puedo azotarla todo lo que quiera y no cambiará nada.
La melancolía se apodera de mí mientras la levanto y la estrecho contra
mi pecho. —Buena chica —le susurro, mientras sé que no se quedará así,
porque no es posible. Le echo el pelo hacia atrás y la beso, ella me mira con
los ojos empañados por el orgasmo y una gran sonrisa en la cara, mi corazón
se hincha mil veces más tratando de contener lo que siento por ella, pero ni
siquiera eso es suficiente.

187
Página
A la mañana siguiente tengo el culo dolorido y magullado. Me retuerzo,
me miro en el espejo y me maravilla la huella de la mano, los moratones en
forma de dedo, la hinchazón.
Todavía puedo sentir las secuelas de aquellos azotes: cómo el placer se
fundía con el dolor hasta que todo era una sola sensación que zumbaba a lo
largo de mi piel, rodando como un tren de corriente y aplastando todas mis
defensas. Fue uno de los mejores orgasmos de mi vida, uno de los momentos
más intensos y parece que todo fue una gran mentira.
Él lo sabía y yo lo sabía, pero ninguno de los dos podía admitirlo en voz
alta.
No puedo dejar pasar esto. Siento que estoy tan cerca de atar cabos, y si
sólo pudiera dar un paso más, podría entender por qué el padre de Danil estaba
involucrado, por qué mi hermano estaba allí, por qué había una bomba. Danil
no va a desaparecer, y la muerte de mi hermano no va a cambiar, y Fynn
puede o no despertar de ese coma. Pero no puedo parar.
188

Casso escuchó a su familia y se quedó en casa ayer. Envió mensajes de


Página

texto a Karah para obtener actualizaciones constantes -sin ningún cambio-


mientras atendía a la familia. Los hombres iban y venían, ofreciendo sus
condolencias, comprobando cómo estaba el Don. Casso dio un buen
espectáculo, una cara valiente, un frente unido. Nico y Gavino se quedaron
para ayudarle a lidiar con los capos y los lugartenientes y todos los
organizadores de negocios que querían asegurarse de que la Famiglia seguía
siendo fuerte.
Y lo era, a pesar de las grietas que se estaban formando.
Casso durmió a pierna suelta, y ahora está levantado y atareado en la
casa, haciendo planes, atendiendo llamadas, actuando como si sólo pudiera
estar un paso por delante de la muerte, entonces Fynn estará bien. Elise lo
observa todo conmigo desde el sofá del salón principal y frunce el ceño ante
su revista, negando con la cabeza.
—Va a trabajar hasta morir —dice—. y eso no ayudará a nadie.
—Necesita una distracción.
—Eso es lo que hacen todos. Algo malo sucede, así que es el momento
de meter la cabeza bajo la arena y fingir que el trabajo es la única manera de
hacerlo desaparecer. Pero Fynn aún está en el hospital y sus atacantes aún
están ahí fuera.
—¿Qué quieres que haga en su lugar? —le pregunto, frunciendo
ligeramente el ceño, sorprendida por mi propia reacción defensiva. No me
gusta que lo critique en este momento.
—Quiero que se ocupe de sus sentimientos. Pero soy consciente de que
eso es poco probable.
Sacudo la cabeza y me pongo de pie. —No puedes culparle por hacer
esto mejor.
Parece sorprendida, pero divertida. —Me gusta que defiendas a tu
189
hombre. Bien por ti, Olivia.
—Todos estamos tratando de manejar esto lo mejor que podemos. —Me
Página

pongo de pie, temblando ligeramente—. Casso va a encontrar a Danil Federov


y le hará pagar por lo que le hizo a Fynn. —Aunque no estoy tan segura.
—Federov. ¿El ruso? —Sus cejas se levantan—. Reconozco ese
nombre. Domiano tuvo algunos negocios con un ruso llamado Federov hace
años. ¿Creo que también conocía a su padre? Supongo que Danil es el hijo
entonces. —Elise parece desconcertada—. Qué extraña coincidencia.
Pero no es una coincidencia, ¿verdad? El padre de Danil, mi padre, el
padre de Casso, algo pasó entre ellos hace tantos años y ahora vuelve como las
ondas de un estanque.
La fulmino con la mirada y me alejo. Elise es una buena persona y tiene
buenas intenciones, pero su actitud es frustrante a veces y no puedo soportarla
ahora mismo. No con Casso pendiendo de un hilo, Fynn todavía inconsciente
y mis propios objetivos tentadoramente cerca de desarrollarse.
Se me ocurre una idea y, a media mañana, estoy de pie en el patio,
considerándola seriamente. Karah se une a mí en silencio y apoya los codos en
la barandilla, mirándose las uñas.
—Pareces perdida —dice en voz baja—. Como si estuvieras pensando
en algo que no quieres pensar.
—Eso es más o menos así. —No me atrevo a mirarla—. Estoy pensando
en hacer algo.
—¿Es algo que ayude ahora mismo?
—No lo sé. Creo que Casso podría tomarlo a mal, pero viene de un
buen lugar.
Karah asiente para sí misma. —A veces lo correcto es difícil. Casso está
luchando, todos estamos luchando. Pero tú tienes tus propios problemas, ¿no?
—Casso casi me dijo que lo dejara.
190

—Tal vez tenga razón, no lo sé. Pero eres una persona decente, Olivia.
Confío en que tomarás la decisión correcta. De todos modos, sólo he venido a
Página

ver cómo estabas.


—¿Cómo lo llevas?
—Tan bien como puedo. —Sonríe y me toca el brazo. Siento una
repentina sacudida, y es casi dolorosa. Desde el primer día que llegué aquí,
Karah ha sido amable conmigo, incluso cuando no era necesario. Ha intentado
hacerme sentir bienvenida, ha preparado una habitación para que me sintiera
cómoda y hogareña, y trata de comprobarlo cuando puede. Karah es una buena
persona, y de repente siento que no merezco su amabilidad, su atención, ni
nada de lo que tengo en este lugar.
Y sin embargo, la autocompasión no devuelve a los muertos. Nada lo
hace.
Se va después de unos minutos y me decido. Me dirijo al interior, a la
habitación de Casso -ahora también la mía- y cojo una bolsa. En cinco
minutos he hecho la maleta, suficiente para unos días como máximo. En su
cajón de la mesilla de noche hay dinero en efectivo enrollado en fajos de
billetes de cien y de veinte junto a una pistola cargada.
Cojo el dinero y me echo la mochila al hombro mientras salgo a toda
prisa, voy por un largo pasillo lateral y cojo las escaleras de atrás. Algunos
miembros del personal me ven, pero no dicen nada. ¿Qué pueden hacer?
Ahora soy de la familia. Salgo por una puerta trasera a un amplio camino de
adoquines. El calor lo envuelve todo y la lenta brisa ondea entre las palmeras
y los arbustos cercanos. Al otro lado del camino está el garaje, atendido por un
guardia de aspecto aburrido.
Me acerco con decisión, con la cabeza alta. —Necesito un coche —
anuncio.
El guardia frunce el ceño. —¿Tiene usted permiso?
—Voy a conducir hasta el hospital para ver cómo está Fynn por Casso.
¿Quieres ser tú quien le explique al Don que no has dejado que su mujer vaya
191

a ver a su hermano herido?


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El guardia me mira durante mucho tiempo y prácticamente puedo ver el


cálculo mental. Pero se hace a un lado y me deja entrar por una puerta lateral
mientras se abren las puertas del garaje principal.
Hay seis todoterrenos negros alineados en una fila. Dudo, me demoro,
sin saber cuál elegir. Ni siquiera sé dónde se guardan las llaves. Tengo mi
pasaporte, tengo dinero en efectivo, tengo ropa... pero, de repente, todo el
esfuerzo parece una locura.
—¿Adónde crees que vas?
Miro y veo a Elise. Lleva puesta su ropa de piscina: un abrigo de gasa,
un pañuelo en la cabeza y unas grandes gafas de sol negras. Se acerca a mí en
chanclas y el vigilante la mira fijamente, pero no dice nada. Actúa como si no
existiera.
—He salido a dar una vuelta —digo, sintiéndome extremadamente
inútil.
Ella señala mi bolsa. —¿Así de cargada? Si no te conociera mejor,
supondría que estás huyendo.
Miro al guardia y me está estudiando muy atentamente, sin duda
dándose una patada por no haberse dado cuenta de la maldita bolsa. Pobre y
estúpido bastardo. Casso no contrata necesariamente a los hombres por su
cerebro, sino más bien por su disposición a seguir órdenes y ponerse violento
por dinero.
—No voy a huir —digo, y cuando Elise frunce el ceño ante mi evidente
mentira, decido decirle la verdad—. Me voy a casa, a México.
El guardia da unos pasos hacia la casa, pero Elise levanta una mano y lo
detiene. Mira en su dirección. —No te detengas y no te muevas. ¿Entiendes?
—Señora —dice nervioso—. Tengo que informar de esto.
—Entonces anda a informar, pero anda muy despacio.
192

Duda, pero decide que es mejor no discutir. Camina hacia la casa


principal. Pero lo hace a paso lento.
Página

Elise se vuelve hacia mí. —Explícate. Rápido.


—Mi padre sabe algo de lo que pasó hace diez años. Federov, el ruso,
su hijo es el que intentó matar a Fynn. Su padre es el que murió con mi
hermano en una explosión. Esas cosas están conectadas, y si puedo entender
qué es lo que lo une todo, entonces tal vez pueda arreglar esto. —O algo así.
Ni siquiera estoy segura de qué demonios estoy haciendo, si soy sincera, pero
siento que es lo correcto.
Elise lo digiere. Me mira fijamente, sin hablar. —Casso te va a odiar —
dice en voz baja—. Si te vas ahora mismo y vuelves a México, se va a enfadar
mucho.
—Lo sé. Créeme, lo sé. Sufriré las consecuencias cuando llegue el
momento, pero creo que tengo que hacerlo. Tengo que hablar con papá, pero
no puedo hacerlo por teléfono. Necesito verlo, cara a cara.
Elise asiente y suspira, frotándose las sienes. —Lo haces por él,
¿verdad?
—Sí —digo y me ciño a la verdad añadiendo— y por mí misma.
—Muy bien entonces. Por honestidad, te dejaré ir. —Señala hacia una
caja de metal gris clavada en la pared—. Las llaves están ahí. Coge el juego de
arriba a la izquierda, es para este primero de aquí. —Da una patada a los
neumáticos del coche que está detrás de ella—. Entra, conduce y no te atrevas
a mirar atrás. Casso se va a poner lívido, pero si crees que esto está bien,
entonces está bien.
Corro hacia ella y la abrazo fuerte. No sé por qué las mujeres de esta
familia son buenas conmigo, pero Elise ha sido como una hermana mayor.
Significa más para mí de lo que ella nunca se dará cuenta. —Gracias.
—Sólo asegúrate de volver, por favor. Echaré de menos tener una amiga
junto a la piscina. —Sonríe y se limpia una lágrima del ojo—. Ahora será
193

mejor que corras. Ese tipo ya debe estar dentro.


Página

Corro hacia la pared, cojo la llave y subo al coche. El motor se pone en


marcha y Elise me observa con tristeza mientras avanzo. El gran trozo de
metal rodante se adentra en el camino de entrada, pasando por la fuente de
chorros y bajando a la carretera principal. El portón retrocede una vez que sé
qué botón pulsar.
Y entonces me voy. Salgo a la carretera y bajo el acelerador. Pongo la
dirección de la finca de mi padre en México en el sistema de navegación del
coche y me preparo para un viaje muy largo.
Casso me va a matar, pero tengo que ir. Mi padre sabe por qué mi
hermano estaba en esa reunión, y si puedo entenderlo, quizá pueda resolver
todo el rompecabezas. Danil quiere que resuelva algo, y tengo que llevar esto
a cabo. Tengo que hacerlo, por mí, por mi hermano y también por Casso,
aunque él no lo vea así.
Aprieto más el acelerador y conduzco.

194
Página
Gavino retira la corredera de su pistola y deja que se dispare hacia
delante. Asiente para sí mismo, mete el arma en la funda que lleva bajo el
brazo y se reclina en su asiento. En el exterior, la noche es nítida y vacía, las
estrellas parecen salpicaduras de pintura sobre un lienzo negro. Nico está en el
asiento trasero con unos prismáticos de visión nocturna vigilando la fachada
de un tranquilo club de striptease enclavado en el aparcamiento de un centro
comercial en el punto de encuentro de dos carreteras principales.
—No hay movimiento —dice Nico, con la voz baja. Esparcidos por la
zona hay otros cuatro todoterrenos, cada uno lleno de mis hombres más
violentos y peligrosos—. ¿Qué hora tenemos?
—Las dos y diez —digo, consultando mi reloj—. El club ha cerrado
hace diez minutos. —Observamos cómo los borrachos trasnochados se filtran,
se meten en sus coches y se alejan. Con suerte, sin chocar con alguien y
matarlo—. Las chicas deberían irse pronto.
195

—¿Estás seguro de que Danil y sus hombres están dentro? —Gavino


Página

suena ansioso y no lo culpo. Mi hermano es un hombre duro y ha hecho


algunas cosas violentas, pero nunca había hecho una redada como esta.
Durante mucho tiempo, me ensucié las manos para que nadie más tuviera que
hacerlo, especialmente mis hermanos o mi hermana. Esa era mi maldición y
mi carga, una parte de lo que significaba ser el hijo mayor del Don. Abracé
esa parte de mí con fruición y ahora me pregunto cuán profundamente roto y
marcado he quedado. Sin embargo, estoy demasiado lejos como para
analizarlo demasiado de cerca.
—Es nuestra mejor suposición —admite Nico—. No hay nada claro
sobre dónde llama Danil a su casa exactamente y no nos hemos tomado el
tiempo de vigilar el lugar.
—No importa quién esté dentro. —Paso las manos por el volante—.
Matamos a todo el que se mueva, excepto a las chicas, si es que queda alguna.
Asegúrate de que todos estén en la misma página. Perdona a las chicas, mata a
todos los demás.
—Se lo diré a los demás —dice Nico y se pone a trabajar en la radio
llamando a cada equipo.
Mientras observo el club y cuento las strippers que salen vestidas de
paisano como si hubieran pasado de bailarinas a su vida normal, prácticamente
puedo sentir el aliento de Olivia en mi cuello. El coche está ahora en silencio y
espeso por la espera. Hace dos días, Olivia y yo dormíamos en la misma cama,
mis brazos alrededor de su cuerpo, sus pechos subiendo y bajando con cada
inhalación, su calor irradiando por mi piel. Todavía siento su culo contra mi
palma, oigo sus gemidos en mis oídos y saboreo su lengua en mis labios. Pero
lo supe en el momento en que la castigué. Sabía que no dejaría ir a su hermano
sin importar lo que dijera. Habría más discusiones, más azotes en su futuro, y
una parte de mí estaba excitado por el desafío, la oportunidad de romperla
sobre mi rodilla.
Pero no pensé que se escaparía.
La ira vuelve a recorrerme. Dios, es como si hubiera estado
196

incesantemente enfadado desde que dispararon a Fynn, como si no hubiera


tenido un solo momento de calma desde que Danil casi mató a mi hermano
Página

pequeño. La cara de Olivia se mezcla con el terror y el dolor de aquel día, de


los cristales afilados esparcidos por toda la acera, de los gemidos de Fynn y de
la sangre por toda mi ropa, y no consigo enderezar la cabeza, no consigo
pensar más allá de lo que tengo delante.
Ella me dejó. Se dio la vuelta y huyó cuando más la necesitaba y no sé
si podré perdonarla alguna vez por ello. Este es mi momento más bajo, mi
hora más oscura, cuando todo se siente como si finalmente se desmoronara
como la arena que cae entre mis dedos, la pintura que he embadurnado sobre
mi vida en un intento de hacerla parecer aceptable finalmente se desprende.
Empezaba a creer que podíamos tener algo, que podíamos dejar atrás nuestro
pasado y seguir adelante, pero ahora veo que siempre fue un sueño estúpido.
Nunca fue más que sexo con ella. Eso es todo lo que siempre fue. Sexo,
lujuria y follar, nada más. Así fue en su día y así será siempre.
Ahora ha vuelto a México, a su padre, y no sé si volveré a verla.
—Son ocho chicas —digo mientras un pequeño Camaro destartalado
sale del aparcamiento y comienza a circular. Queda un puñado de coches, y la
mayoría son bonitos: dos BMW y un Range Rover.
Lo que significa que dentro hay hombres con dinero.
—¿Cuántas suelen trabajar? —pregunta Gavino.
—Creo que diez —dice Nico—. Pero no lo sé realmente. Como dije,
muchas conjeturas aquí. —No está contento con esta misión y lo ha dejado
claro más de una vez. A Nico le gusta planificar y ejecutar un golpe con
precisión y maldito prejuicio. Aprecio eso de él, pero hoy sólo necesito que
sea un asesino.
Pero me importa una mierda planificar o hacer que todo sea perfecto.
Fynn está medio muerto en el hospital y Danil sigue corriendo por la ciudad,
mi puta ciudad. No puedo tener eso. Me hace parecer débil cada día que pasa
197

sin matar a unos cuantos de esos cabrones.


—Vamos a movernos —digo, ansioso por acabar con esto. El
Página

asentimiento de Gavino es adecuadamente sombrío, la cara de un hombre que


sabe que puede no sobrevivir a la próxima hora, pero esa es la verdad con la
que vivimos cada vez que hacemos algo duro. Esa es la verdad de formar parte
de la Famiglia. La muerte acecha, la muerte, el dolor, la pérdida y la
decadencia, y eso es todo lo que tendremos.
Nico transmite mis órdenes mientras salgo del coche. Gavino me sigue
y, juntos, mi hermano y yo cruzamos el aparcamiento hacia el pequeño y
monótono edificio. No hay ventanas, solo un par de grandes puertas de roble
falsas y una cuerda roja raída, como si trataran de hacer este sórdido local más
bonito de lo que es.
Otros hombres aparecen desde otros coches esparcidos por todas partes.
Hombres a los que confiaría mi vida. Hombres que han estado luchando y
matando por la Famiglia Bruno durante generaciones. Hombres que quemarán
este lugar hasta los cimientos en venganza.
Nico se pone al día. —Dentro y fuera —dice—. Prenderemos fuego al
lugar cuando terminemos para ayudar a limpiar el desorden. No hay tiempo
para una limpieza profunda. Nos aseguraremos de que las chicas que queden
salgan antes de que mueran quemadas.
—Bien y fácil —digo, dando una palmada a Gavino en el hombro—.
¿Estás bien?
Asiente con la cabeza, pero le tiemblan las manos. Sostiene su arma con
soltura, tal y como le he enseñado. No quiere ponerse tenso ahora y apretar el
gatillo por accidente antes de que estemos dentro. Pronto habrá tiempo
suficiente para disparar.
Desenfundo mi arma una vez que estamos en la acera y a unos metros
de la puerta. Tres tipos del Equipo A se reúnen con nosotros allí, vestidos de
negro y con subfusiles en la mano. Unos cabrones duros, hombres con acero
en la columna vertebral y veneno en la sangre. Sólo se detienen lo suficiente
para que yo asienta con la cabeza antes de abrir la puerta y entrar a toda prisa.
198

La discoteca está en penumbra, aunque en silencio, la música del club


Página

ha desaparecido, el escenario está vacío. Cuatro tipos se sientan en la barra,


además del camarero que está cerca limpiando vasos, y todos miran por
encima del hombro cuando una turba de asesinos armados y con chalecos
entra en el local. Es casi cómico, las miradas en sus caras, la confusión. Un
puto calvo se tira al suelo como si eso fuera a ayudar. Otro tipo, grande y
fornido, con hombros de toro, busca un arma en su chaqueta. Demasiado
lento. Otros dos sólo se sientan y miran, con sus cervezas en la cara como si
estuvieran a medio beber. El camarero se queda mirando con la boca abierta y
sigue limpiando un vaso como si nada. Lleva el pelo largo atado en un moño
en la parte superior de la cabeza y una pequeña pajarita en la garganta. El
cabrón no tiene ni idea de lo que viene.
Es una matanza. Abrimos fuego y matamos a los cinco tipos sin hacer
preguntas. El tipo en el suelo se enciende, las balas desgarran su carne en
pedazos. Gavino está tranquilo mientras dispara, su rostro es una máscara
neutra de pura calma, y me siento orgulloso de mi hermano: no es fácil matar
hombres a sangre fría de esta manera. Pero es lo que debemos hacer si
queremos mantener el control de la ciudad.
Se oye un fuerte estallido y más disparos en la parte trasera del club
cuando mis otros equipos abren la puerta trasera y empiezan a matar. No sé
cuántos tipos hay ahí detrás, pero ya están todos muertos.
Una vez que la sala principal está despejada, me dirijo hacia adelante y
reviso los bolsillos de cada bastardo muerto: todos están armados. Todos son
soldados. Sabían lo que significaba unirse a esta vida. Comprendían los
riesgos y ahora pagan por ello.
—Tenemos el lugar adecuado —digo, empujando a un desgraciado
hacia un lado. Su cuerpo cae al suelo con un ruido sordo.
El equipo de atrás se acerca dirigido por un soldado llamado Luis Ribot.
—Tres más en la parte de atrás más dos chicas asustadas —dice,
entrecerrando los ojos a los chicos de la barra—. Ocho en total entonces. Nos
aseguraremos de que las chicas no hablen antes de liberarlas.
199

—¿Federov? —Pregunto.
Página

Niega con la cabeza. —Nadie que coincida con la descripción.


Me limpio la cara, caminando de un lado a otro. Estoy jodidamente
nervioso y con la adrenalina a tope, pero no hay nada más que hacer ahora. El
objetivo era pillarlos desprevenidos y masacrarlos como animales, y eso es
exactamente lo que hicimos, pero ahora no hay liberación para mí. No hay
justicia, no hay venganza. Federov no estaba aquí, sólo un grupo de sus
hombres. Eso es bueno, mostrará fuerza, pero no es suficiente.
—Enciéndelo —digo y recojo a Gavino. Su arma está lejos y ya no
tiembla. Se ve positivamente eufórico.
—¿Siempre es tan fácil? —pregunta, pasándose una mano por el pelo
compulsivamente.
—No, por desgracia. Resulta que te ha tocado una buena. —Le sonrío,
orgulloso de que se lo tome tan bien. Mis hermanos son fuertes, y me aligera
un poco la carga de mis hombros saber que ellos darán un paso adelante si yo
no estoy.
Gavino se ríe, mirando los cadáveres y toda la sangre, sus cejas
levantadas como si esto fuera bueno, entonces no quiero ver lo malo, y tiene
razón, no quiere.
Los chicos empiezan a esparcir gasolina por todas partes. Yo voy detrás
de la barra y rompo las botellas. El alcohol ayudará a que todo arda. Gavino se
une con gusto. Me pregunto si el camarero formaba parte de la banda de
Federov o si era un espectador inocente. No hay mucho que pueda hacer
ahora, pero la idea me inquieta: tal vez era un chico que trabajaba de noche
para ganar dinero y poder ir a la escuela. Podría darle la vuelta y revisar sus
bolsillos, pero lo dejo donde está.
—Las llamas suben —dice Nico y lanza un mechero encendido a un
chorro de gas. Se enciende rápidamente y se extiende, el fuego brota por todas
partes en ráfagas y un rugido sordo mientras se come el oxígeno con avidez.
Los soldados se apresuran a salir por la puerta, seguidos por Nico y Gavino.
200

Me pongo de pie y dudo, dejando que el calor retuerza los bordes de los
pequeños pelos de mi cara. Quiero respirar profundamente y aspirar los humos
Página

del gas negro ardiente en mis pulmones. Quiero dejar que me marque y que el
fuego consuma mi carne. Puedo arder aquí y ahora y acabar con todo esto,
pero es una mierda de autocompasión, no una fuerza real. Morir ahora no
salvará a Fynn y no traerá de vuelta a Olivia.
Y ciertamente no conseguirá vengarse de Danil.
Me doy la vuelta y me voy, con el humo saliendo detrás de mí.
Volvemos a los coches. El olor a madera quemada y a plástico
mezclado con sangre se pega a mi ropa. Fue un golpe exitoso, pero no fue
satisfactorio. Gavino y Nico se reúnen conmigo en el coche, ambos con cara
dura, preguntándose por qué me he quedado atrás tanto tiempo.
Miro a mi mejor amigo y a mi hermano. Veo un eco de mí mismo en
sus rostros: ambos están agotados, nerviosos y enfadados. Gavino se encuentra
en la delgada línea que separa la tristeza de la depresión y está buscando el
siguiente riesgo loco que le haga olvidar su desesperación. Nico está luchando
por mantenerse firme en medio de mi descenso al caos, y tiene que
preocuparse por Karah y su bebé. Eso lo mantiene unido.
Yo no tengo nada. Sólo una esposa que se ha ido.
—Todavía está ahí fuera —dice Gavino. Las llamas crecen detrás de
nosotros y envían una luz naranja parpadeante a través de nuestros cuerpos.
Hace que el rostro de Gavino se distorsione inquietantemente.
—Lo encontraremos —dice Nico—. Tengo docenas de tipos buscando
y preguntando por ahí. Esto puede hacer que se esconda, pero no importará. Si
es tonto, intentará desencadenar una guerra total, lo que sería ideal.
—Podemos aplastarlo en campo abierto si es tan estúpido como para
enfrentarse a nosotros directamente —dice Gavino, asintiendo para sí mismo.
Parece casi ansioso.
201
Mi hermano y mi mejor amigo. Pueden encargarse de esto, sé que no
me necesitan. La fuerza de la Famiglia Bruno no proviene de una persona,
Página

sino que viene de cada miembro trabajando juntos, y así es como hemos
mantenido el poder durante tanto tiempo.
Y de repente me llega una decisión. Me llega sin avisar desde una parte
oscura y silenciosa de mi mente, la parte que está constantemente barajando
posibilidades y tratando de sopesar un camino frente a otro. Es la parte loca, la
parte amarga, los recovecos más oscuros de mí mismo.
—Ustedes dos pueden encargarse de Federov durante unos días —digo,
mirando de Nico a Gavino—. Tengo que ir a México.
Ninguno de los dos parece sorprendido. Nico solo asiente y Gavino
suspira y aprieta los ojos antes de volver a abrirlos como si estuviera lidiando
con un enorme dolor de cabeza.
Pero esta es la decisión correcta. Tengo que ocuparme de mis propios
asuntos antes de concentrarme en acabar con Danil. Tengo una esposa
fugitiva, y que me maldigan antes de dejar que desaparezca y me deje solo sin
al menos verla una última vez. Es mía, en cuerpo y alma, y no la soltaré hasta
que me haya saciado, y estoy lejos de estar saciado.
—¿Cuándo te vas? —Gavino pregunta.
—Mañana por la mañana. Pasaré esta noche en el hospital con Fynn y
luego me pondré en camino temprano. —Aprieto el hombro de mi hermano—.
Tengo que hacerlo, Gav. No quiero irme con Fynn todavía fuera y Danil
todavía vivo, pero tengo que hacerlo.
—Sé que lo haces —dice Gavino, sonando cansado—. Tienes que
traerla de vuelta. Nadie va a cuestionar eso.
—O al menos tengo que hablar con ella. —Porque no estoy seguro de
volver con ella. Ni siquiera estoy seguro de que eso sea lo que quiero—.
Quiero entender por qué, después de todo, por qué huyó. Y por qué no puedo
dejarla ir.
202

—Déjanos la matanza a nosotros —dice Nico, asintiendo mientras sube


de nuevo al coche—. Seguiremos cazando a Danil y asesinaremos a toda su
Página

gente con la que nos crucemos. Puede que la ciudad sea un páramo cuando
vuelvas, pero estará roja con su sangre, amigo mío.
Gavino me mira con dureza y puedo ver los engranajes girando. —Sé
que amas a Fynn. Sé que amas a la Famiglia más que a nada en este mundo.
Ya has dado mucho, Casso. Pero también sé que amas a esa chica, y que
estarás destrozado hasta que vuelvas a enfrentarte a ella. Así que vete con mi
bendición, y cualquiera que hable mal de tu decisión puede venir a decírmelo
a la cara. Yo me encargaré de ellos.
—Gracias, hermano. —Lo atraigo en un fuerte abrazo fraternal y le doy
una palmada en la espalda. Cuando lo suelto, me mira pensativo.
—Sabes, ya que vas a ir, podrías ver si los Cuevas estarían dispuestos a
enviar a algunos de sus hombres para ayudarnos a ahuyentar a Federov. Ya
sabes, como señal de buena voluntad, ya que la maldita chica huyó y todo eso.
Me rio y asiento con la cabeza. —Veré lo que dice, pero creo que
primero deberíamos hacerlo por nuestra cuenta. Es una señal de fortaleza que
podamos manejar nuestros propios problemas, pero era una buena idea. Ahora
venga, vámonos antes de que llegue la policía. —A lo lejos, las sirenas
suenan, acercándose.
Subimos al coche. Los otros equipos ya se han ido, regresando a sus
respectivos puestos: bares, clubes, restaurantes repartidos por todo Phoenix.
Esta ciudad, la ciudad donde nací, la ciudad de mi familia, donde murieron
mis padres y donde un día moriré yo también, esta es mi ciudad, y ese intruso
Danil Federov probará una bala de mi pistola antes de que esto termine.
Pero primero, tengo que ir a buscar a mi esposa.

203
Página
La finca de papá se vislumbra en la distancia, apareciendo y
desapareciendo de la vista tras las colinas mientras subo por el familiar
camino de tierra. El todoterreno fluye y se balancea y yo tengo las ventanillas
bajadas, respirando el aire, dejando que el polvo se me meta en el pelo. No me
importa y no puedo pensar en nada más que en llegar a casa. Este es mi polvo,
mi tierra. La tierra de mi padre y de mi familia. Aunque llegué tarde a ella,
crecí para amarla. Los hombres de la puerta principal, a media milla de
distancia, parecían haber visto un fantasma cuando les sonreí, pero me
hicieron señas para que pasara y avisaron por radio a papá, para que supiera
que estaba en camino.
No sé qué tipo de bienvenida me espera y no importa. No estoy aquí por
sonrisas, abrazos y alegría. Estoy aquí por respuestas, y estoy feliz de estar en
casa y de que este viaje haya terminado. Ha sido una pesadilla de autopistas de
peaje y aburrimiento, viendo pasar los kilómetros, hasta llegar a la frontera.
204
Pero incluso eso no fue un gran problema: a los guardias prácticamente les dio
igual cuando pasé, sólo me saludaron y me desearon buena suerte. Como si
Página

supieran que me dirigía a casa para tener la conversación más importante de


mi vida.
La casa se abre completamente a la vista. Techo de tejas rojas con
paredes encaladas y arcos españoles. No es la casa más opulenta de todo
México, pero es ciertamente grande. Se asienta en varias hectáreas de precioso
terreno salpicado de prístinos matorrales y ondulantes hierbas marrones y
verdes, con pequeños árboles barridos por el viento que salpican las perezosas
colinas. Solía caminar por los senderos, escuchar a los pájaros y perseguir a
los pequeños zorros y ardillas como si pudiera atrapar a uno de ellos y
obligarlo a ser mi amigo, pero aquí no hay amigos, no tan lejos de la
civilización. A más de seis horas de Phoenix, a una hora de cualquier centro
de población importante. Es un inconveniente estar tan lejos del corazón
zumbante y vital de México, pero es más seguro. Esta casa era mi hogar y mi
maldición, mi comodidad y mi prisión. Se siente extraño aparcar en la puerta
como si fuera un invitado.
Pero soy una invitada. Ya no vivo aquí, aunque sea el hogar de mi padre
y la casa en la que pasé tanto tiempo durante tantos años.
Salgo del coche y me limpio la frente. Es más tarde, pasada la hora de
comer. Las puertas delanteras se abren y sale una mujer mayor: Fernanda, una
de las amas de llaves principales, una mujer bonita con ojos brillantes y una
gran sonrisa fácil.
Corro hacia ella y le doy un fuerte abrazo mientras me saluda en
español. El idioma me llega como si me metiera en un par de zapatillas. —Ah,
pequeña, ya estás de nuevo en casa. La casa ha estado tan tranquila y aburrida
sin ti.
—Hola, Fernanda, te he echado mucho de menos. ¿Cómo están todos?
¿Cómo está papá?
Ella tuerce y hace una cara. —Ah, ya conoces a tu padre, siempre
205
trabajando demasiado. Pero todos los demás están bien. Quejándose como
siempre, pero bien. Bueno, mírate, al menos pareces sana. Los italianos te
Página

están alimentando, ¿no? ¿Te están cuidando? Me alegro de que aún no hayas
olvidado cómo hablar tu propio idioma, aunque suenes como un americano,
hablando ese tonto inglés allí arriba todo el tiempo.
—Tranquila, Fernanda, tranquila. Son gente decente. Me trataron bien.
—Que es la verdad. Si alguien, Casso ha sido más que paciente conmigo y
todos los demás me abrazaron en la familia con gracia y facilidad. Me gustaría
poder quejarme, pero no sería justo.
Quiero decir algo más, hablarle de Elise y Karah, del pequeño Antonio,
de la comida y del amable cocinero que se esforzó por darme el sabor del
hogar, pero las puertas se abren de nuevo y sale papá, que no parece contento.
Papá me mira como si volviera a ser una niña pequeña metiéndose en
problemas por los suburbios de Phoenix.
—Buena suerte —susurra Fernanda y se apresura a salir, con la cabeza
inclinada, sonriendo un poco al pasar junto a mi papá. Él le hace un pequeño
gesto con la cabeza, ya que sabe que ella me quiere mucho, y no la castigará
por haber salido primero. Además, su casa funciona gracias a esa vieja y sabe
que hacerla enojar sólo sería un dolor de cabeza.
—Hija —dice papá, acercándose a mí. No hay felicidad en su
expresión, no como la de Fernanda. No quiere que vuelva a casa y sabe que mi
visita debe significar que ha pasado algo horrible—. Has vuelto y estás sola.
No te esperaba.
—Lo sé, papá. Me fui con prisa y no llamé. Quería llegar lo más rápido
posible. Conduje directamente, más de seis horas.
Se acerca y frunce el ceño al verme bien. Sé que soy un desastre,
desaliñada, agotada, desnutrida. Fernanda fue amable al decir que parecía bien
alimentada. Llevo un día alimentándome de comida rápida en las paradas de
descanso y me siento como un desastre hinchado.
—Entra —dice papá en voz baja—. Vamos a hablar de por qué has
venido aquí. Te advierto que ya he llamado a Casso para que sepa que estás
206

conmigo.
Página

Se me hunde el estómago. —¿Han hablado?


—No —dice, con la cabeza ladeada—. Le dejé un mensaje.
Extrañamente, su teléfono no lo cogió.
Me hace pasar por la entrada principal. Mis pasos resuenan y las
paredes familiares, las pinturas, las pequeñas estatuas, el nicho decorado con
sus dibujos de Santa María y las flores, las pequeñas velas encendidas con las
cruces y los collares y las ofrendas, todo es tan familiar y tan dolorosamente
reconfortante. Estar de vuelta aquí se siente bien y se siente horrible, porque
estoy aquí por una razón tan mala, y sé que todo en Phoenix debe estar
cayendo a pedazos. Casso llamó a mi teléfono una docena de veces, pero
nunca contesté. ¿Qué podía decir? Nada haría que esto estuviera bien, no
después de que ya me amonestara por seguir el asesinato de Manuel. Esta casa
en sí es una bendición y una maldición, y no sé si la amo o la odio. Creo que
un poco de ambas cosas.
Ya fue bastante malo presionarlos por la muerte de Manuel, ¿pero huir?
Sé que tal vez nunca pueda volver de esto.
Pero es tan importante que estoy dispuesta a arriesgarlo todo para
descubrir la verdad.
Papá me lleva a su estudio. No a la sala de estar, ni al patio trasero
donde solíamos sentarnos a tomar café por las mañanas, sino a su estudio
privado donde hace todo su trabajo. Es así, entonces. Mi visita es un trabajo
para él, nada más. Su hija es ahora un deber a regañadientes.
—Permíteme llamar para pedir comida y bebida —dice mientras se
sienta y golpea un intercomunicador—. Fernanda, necesitamos un refresco,
por favor.
Me siento en una incómoda silla frente a él. Me siento como una niña
pequeña a la que regañan de nuevo. Hacía mucho tiempo que no me sentaba
aquí frente a papá, y parece más viejo de lo que recuerdo. Más canas, más
líneas alrededor de los ojos. Pero no son buenas, sino que son el resultado del
207
estrés, la ira y el miedo. No sé cómo ha ido su negocio desde que me fui, pero
pensé que prosperaría con la ayuda de los Bruno. Tal vez me equivoqué.
Página

Fernanda viene inmediatamente -debe haber estado ya preparando algo-


con café y fruta. Papá picotea la comida y yo sorbo el café, feliz por la
cafeína.
—¿Por qué estás aquí? —pregunta finalmente, yendo al grano, ya que
¿por qué molestarse en fingir? Ya no soy su responsabilidad. Me ha vendido a
otro hombre. No hay necesidad de charlar sobre cosas agradables, como por
ejemplo cómo va mi vida y qué hago con mi tiempo. No hay necesidad de ser
amable.
—He venido a hablar de Manuel. —Su rostro se tambalea ligeramente,
pero no delata nada—. Sé lo que le pasó, papá. Sé lo de la reunión y lo del
coche bomba. Estoy aquí para averiguar todo lo que sabes, porque siento que
estoy aún más lejos de la verdad que cuando empecé.
Me mira fijamente con dureza. Toda pretensión de amabilidad ha
desaparecido. Este es papá, el líder del cártel, no mi padre, el hombre amable
que siempre me ha querido a su manera. Incluso cuando fue severo y cuando
me arrancó de mi vida en Estados Unidos y cuando me obligó a permanecer
escondida en esta casa, lo hizo casi siempre por amor. Este hombre, hijo de
campesinos mexicanos, este hombre que salió de la pobreza a través de la
crueldad, el riesgo, la sangre y la muerte, este hombre para el que la vida
nunca ha sido amable, este es mi padre. Este es mi linaje.
—¿Por qué viniste hasta aquí para preguntarme sobre el pasado?
—Porque no es el pasado para mí. Todo vuelve a atormentarme, y creo
que lo que está pasando con la familia Bruno y lo que le pasó a Manuel están
relacionados. Trabajaste con un hombre llamado Federov, ¿no es así?
Se estremece y se tapa la boca con la taza de café, como si intentara
ocultarse de mi atenta mirada. —¿Cómo sabes ese nombre?
—Sé muchas cosas. Sé que Manuel estaba en una reunión con Don
Bruno y Federov y que explotó una bomba. Sé que así murió. ¿Qué pasó ese
día, papá? ¿Por qué estaba Manuel allí con Don Bruno y el Ruso?
208

Los ojos de papá se cierran como si recordara una época muy lejana. Sé
Página

que la pérdida de Manuel lo hirió profundamente y que las cicatrices nunca se


borraron. Reza todas las noches por su hijo caído, por su esposa muerta, y
teme que todas las cosas malas que ha hecho superen las creencias que guarda
en su corazón, y sé que teme no volver a verlas.
—Estas cosas ya han pasado —dice en voz baja—. No quiero hablar
más de ellas. ¿Sabe tu marido que estás aquí?
—Sabe que me fui —lo cual es cierto, lo sabe, pero no me dio
permiso—. Y a él no le importa. Necesito respuestas, papá. He venido hasta
aquí.
Se pone de pie bruscamente, El café se derrama por el borde de su taza,
una mancha larga y oscura en la porcelana blanca. Se vuelve hacia las
ventanas y mira hacia su tierra y yo lo observo. Lleva una camisa de color
canela simple sobre su piel morena estropeada por las cicatrices y el pelo
áspero. Papá es un hombre fuerte, siempre lo ha sido, un hombre duro
dispuesto a hacer el trabajo de un hombre duro, pero hay algunos dolores que
pueden arrastrarlo incluso cuando se esfuerza por mantenerlos a raya.
—Necesito que entiendas que estuve enfermo —dice en voz baja, sin
mirarme—. Esa es la única razón por la que no estuve en la reunión yo mismo.
Había cogido algo durante mi viaje de vuelta a México y estaba ocupado
sudando en la cama cuando estalló la bomba. Estaba demasiado delirante y
febril cuando ocurrió por primera vez y me dicen que grité a mis hombres
durante dos días en mi dolor. Con el tiempo, la fiebre desapareció y empecé a
comprender que mi hijo se había ido de verdad, pero en esos primeros días
sólo lo recuerdo como una pesadilla. —Apoya sus manos en el cristal y respira
profundamente antes de volver a mirarme.
—Boris Federov era un gánster de poca monta que controlaba unos
cuantos clubes en aquella época. No era fuerte ni importante, pero era amigo
mío y de Don Bruno, y eso importaba. Se me acercó una noche diciendo que
Don Bruno quería hablar sobre el fin de la guerra, así que acepté ir a la
reunión. Estábamos perdiendo, pero era una guerra sangrienta y despiadada, y
estaba costando muchas vidas a ambos bandos. Don Bruno estaba dispuesto a
209

ponerle fin, y yo no tenía muchas opciones. Pero como dije, la enfermedad me


golpeó, y así Manuel fue en mi lugar.
Página

—Sólo sé lo que me dijeron después. Tengo entendido que la reunión


fue bien. Manuel y Don Bruno elaboraron una idea aproximada de cómo sería
la paz, una que nos permitiera existir y prosperar sin molestar demasiado los
intereses de Bruno. Nos recluiríamos y dejaríamos Phoenix en manos de la
Famiglia, pero se nos permitiría permanecer en América. Era una buena
oferta, y la habría aceptado con gusto. Sin embargo, al final de la reunión, la
bomba estalló y destruyó el coche de Don Bruno. Boris y Manuel murieron en
la explosión, me dicen que estaban de pie cerca del coche cuando la bomba
detonó, pero Don Bruno sobrevivió. Sospecho que sólo sobrevivió porque
Boris y Manuel se llevaron la peor parte de la explosión por él. Después de
eso, el Don estaba demasiado enfadado para negociar, y expulsó a nuestra
gente de Phoenix con una agresividad salvaje. Nos culpó del coche bomba,
aunque hasta hoy juro que no fui yo. Nunca habría intentado matarlo así, con
un acto tan cobarde. No cuando se acercaba la paz.
El rostro de papá está dibujado y agotado. La cara de un hombre que ha
pasado una década pensando en su hijo muerto y deseando que las cosas
fueran diferentes. Puedo imaginar la furia y el dolor de papá por estar atrapado
en un lecho de enfermo mientras su pequeño hijo moría y eso me rompe el
corazón, de verdad.
—Negoció una paz —digo en voz baja, mordiéndome el labio. Recojo
mi café y le doy otro sorbo—. Lo que significa que no tiene sentido que sea un
ataque de Don Bruno.
—No, no fue el Don. Recuerda que fue su coche el que explotó, y yo ni
siquiera estaba allí. Él sabía que yo no estaría presente, así que ¿para qué
molestarse? Matar a Manuel no hizo más que hacer que luchara más. No, creo
que la bomba estaba destinada sólo a Don Bruno, y quien la puso se equivocó
cuando Boris y Manuel murieron en su lugar.
—¿Y juras que no fuiste tú?
210
Papá asiente una vez. —Lo juro, aunque no tendría que jurarte nada,
hija mía. No habría arriesgado a mi hijo a algo así y lo sabes.
Página

Le creo. A pesar de todo, papá nos quería, quería a Manuel, y su


corazón aún sangra por lo perdido.
—¿Entonces quién habría hecho algo así? —Pregunto en voz baja, sin
entender—. ¿El ruso?
—Si fuera Boris, dudo que se hubiera puesto en peligro. —Papá se
sienta, prácticamente plegándose en su silla—. No, hija, he pensado mucho en
él. Lo he mirado desde todos los ángulos. Incluso he enviado hombres a
preguntar por ahí para intentar encontrar a quien puso el arma. Pero no hay
nadie. No entiendo quién podría beneficiarse. Tal vez alguien en la Famiglia
Bruno no quería la paz, pero no encontré ninguna evidencia de eso. Puedo
decirte que nadie en el cártel de Cuevas quería que la guerra continuara.
Estábamos perdiendo demasiados hijos, hermanos y amigos como para que
alguien tuviera ese apetito por más sangre. —Papá sacude la cabeza y pone la
cara entre las manos—. Lo siento, Olivia. No tengo respuestas para ti.
Me siento y miro el techo, la fría piedra y los travesaños de madera
expuestos. Respiro el olor del estudio de mi padre, de los viejos libros y los
cuadros más antiguos, de las alfombras y la ceniza de la chimenea, e intento
imaginarme jugando con Manuel en este mismo lugar cuando aún éramos
pequeños. El recuerdo es tan fresco y tan doloroso.
Papá tiene razón. Nadie de la Famiglia Bruno habría puesto esa bomba,
a menos que fuera alguien de antes de mi época, alguien que ya no está en el
poder. E incluso eso me resulta difícil de creer.
Sólo hay una persona que no encaja en esta historia.
Puedo dar cuenta de Casso. Puedo dar cuenta de mí misma y de Manuel
, de mi padre y de Don Bruno.
Pero Danil Federov sigue sin tener sentido.
No hay una explicación para él, al menos una que explique por qué ha
211
vuelto y por qué actúa como si quisiera el antiguo club de su padre o por qué
me advierte que me aleje de Casso.
Página

A menos que todo esto sea por venganza.


La tercera persona que murió en el coche bomba de entonces fue el
padre de Danil. Y es totalmente posible que Danil culpe a papá o a Don Bruno
de haber colocado el artefacto, a pesar de las evidentes pruebas de lo
contrario. Pero eso sólo apunta a su motivo, y no me ayuda a resolver el
enigma.
Me tomo el café y me siento en silencio con papá durante varios latidos.
—¿Se van a enfadar? —pregunta en voz baja. Su agresividad y su rabia
han desaparecido, como un globo desinflado.
—Casso se sentirá herido. Espero que una vez que le explique por qué
tuve que venir, lo entienda, pero no lo sé. ¿Te has enterado de lo de Fynn?
Papá asiente agradecido. —Un asunto muy feo.
—Creemos que fue el hijo de Boris Federov, Danil Federov. Casso ha
tenido problemas con una bratva que Danil empezó, y creemos que ha estado
atacando sistemáticamente a la Famiglia Bruno.
Papá se acaricia la cara pensativa. —Sé que yo no puse el coche bomba.
Y puedo decir con certeza que no fue Don Bruno. ¿Pero Boris Federov? No sé
qué pensaba ese hombre.
De repente, el cansancio me golpea como una patada en los dientes.
Suspiro y me tiro del pelo con ansiedad mientras el peso de este viaje y las
inevitables consecuencias se posan sobre mis hombros, amenazando con
aplastarme. Me recuesto en la silla y cierro los ojos por un momento. He
venido hasta aquí y no siento que tenga las respuestas que necesito. Es bueno
descartar a mi padre, pero sigo sintiendo que me quedo aferrada a la verdad,
como si estuviera a centímetros de distancia y se burlara de mí.
—¿Puedo quedarme aquí esta noche? —Pregunto cuando vuelvo a abrir
los ojos—. Me iré por la mañana y regresaré a Phoenix.
—Eres más que bienvenida, pero tienes que llamar a tu marido.
212

Necesita saber que estás aquí y que estás a salvo. Hazlo por mí.
Página

—Lo entiendo —digo, demasiado cansada para luchar—. Tienes que


preservar la alianza. Lo llamaré.
Papá se queda callado un momento. Luego: —Sé que esto es duro para
ti. Sé que sientes que no tienes ningún control o poder, pero créeme, Olivia,
eres fuerte. Puedes hacer más de lo que crees.
Sonrío con tristeza y sacudo la cabeza. —No sé si eso es cierto.
—Yo lo sé. Al final lo verás. —Papá agita una mano—. Vamos,
descansa mientras puedas. Por la mañana, volverás con tu marido.
—Gracias, papá. —Me pongo de pie y me alejo—. Y gracias por
decirme la verdad.
—Es una historia fea. —Papá se mira las palmas de las manos, nudosas
y podridas por las cicatrices—. Nunca quise que conocieras mi vergüenza,
Olivia. Tu hermano murió en mi lugar y nunca lo he olvidado. No duermo por
la noche sin soñar con la vida que ese chico perdió porque yo estaba
demasiado débil y enfermo para ir a esa reunión en su lugar. Y no, por favor,
no intentes discutir conmigo, ya conozco todos los argumentos, los he grabado
a fuego en mi corazón y siempre estarán conmigo. He hecho las paces, pero
nunca olvidaré.
Parpadeo y trato de imaginar cómo ha sobrevivido papá tanto tiempo
con este dolor, pero mi papá está hecho de madera y acero. Seguirá adelante,
mientras pueda, pero entiendo por qué nunca me ha contado esta historia. En
su mente es un fracaso.
Salgo de su estudio y, al salir al pasillo, mi bolsillo trasero vibra. Me
sorprende, no creía que me fuera a atender internacionalmente. Pero entonces
recuerdo que estoy en el Wi-Fi de papá, y cuando saco el teléfono, siento todo
mi cuerpo como si el hielo se arrastrara por cada centímetro de mi piel.
Es un mensaje de Casso.
213

Voy a por ti, mujer. No te muevas.


Página
Conduzco durante toda la noche deteniéndome sólo para repostar el
coche, comprar algo de comida y conseguir más café expreso. Me pongo en
marcha cuando el GPS me lleva por una carretera llena de baches y piedras
hasta un gran portón custodiado por cuatro hombres armados. —Diga al señor
Cuevas que Casso Bruno ha venido a ver a su mujer. —Los soldados llaman a
la casa principal por radio portátil antes de hacerme pasar.
La propiedad es preciosa, tengo que admitirlo. Casi tan bonita como
Villa Bruno, aunque diferente. La casa de Cuevas es de estilo español, con
paredes encaladas y piedras bien unidas que salpican la fachada, arcos amplios
y árboles movidos por el viento. Una fuente gorjea cerca escupiendo agua por
una pila. Me pregunto cuántos días de lluvia reciben y apostaría a que son
menos de una docena, y aun así está medio verde.
Aparco junto a un todoterreno que reconozco: es el coche que debió
coger Olivia. Trato de imaginarme cómo fue el viaje hasta aquí para ella, pero
214

eso solo hace que me hierva la sangre de rabia y destierro todos los
pensamientos.
Página

Me dejó. Me abandonó cuando más la necesitaba, y por mucho que la


odie ahora, por mucho que la desprecie, sigue siendo mía y no la abandonaré
tan fácilmente.
Las piedras crujen bajo los pies. Su padre sale a recibirme. Son más de
las ocho de la mañana, hora local, y estoy de mal humor. Mi aspecto debe ser
aún peor, sin afeitar, con la ropa desarreglada y los ojos apagados. El señor
Cuevas no dice nada al respecto. Tiene casi tan mal aspecto como yo, como si
tampoco hubiera dormido mucho. —Hola, Casso. —Me estrecha la mano con
firmeza, su rostro es sombrío—. Sólo quiero que sepas que yo no le dije que
viniera. No tenía ni idea de que estaba de camino.
—Lo sé —digo, asintiendo ligeramente. Gerardo Cuevas es una
serpiente y un hombre peligroso, pero no es un estúpido. Nunca traería
voluntariamente a su hija a casa y desafiaría nuestro acuerdo, no cuando es tan
nuevo y ya está empezando a obtener buenos beneficios. Él necesita este
negocio más que yo—. Pero necesito verla.
—Todavía está dormida. No creo que haya dormido nada entre la salida
de tu casa y el viaje hasta aquí. —Vacila como si se preguntara si debe decir
lo obvio en voz alta—. Parece que tú tampoco lo has hecho.
—Mi hermano está ahora mismo en una cama de hospital en coma,
medio muerto. Me fui anoche a las dos y media. No, Gerardo, no he dormido
en el camino. Quiero ver a mi mujer.
Asiente, sigue asintiendo, como si eso me apaciguara. —Eres
bienvenido a ella. Puedo acompañarte a la habitación.
—Primero un café —digo porque necesito algo que me impulse contra
la negrura que me tira del corazón, y porque lo que me bebí de camino hasta
aquí era como barro y me dejó un mal sabor de boca—. Para los dos. Por
favor.
Me hace pasar a través de un gran vestíbulo de entrada y a una cómoda
sala de estar. Una mujer mayor viene con dos grandes tazas de café oscuro y
215

rico, y yo tomo las dos. Gerardo intenta convencerme de que me siente y beba
primero, pero insisto en ver a Olivia de inmediato, así que me muestra su
Página

habitación. Está en la parte trasera de la casa, con una bonita puerta gris claro.
El lugar es tranquilo, silencioso, pero siento el rumor de la vida cerca, como si
supiera que estoy aquí y se escondiera de mí.
—Gracias, Gerardo. Pase lo que pase con tu hija, no olvidaré esto.
Parece casi agradecido mientras se va. Me pongo una taza bajo el brazo
y abro la puerta antes de entrar en la habitación y cerrarla tras de mí.
Es más pequeña que la de casa. Una zona de estar a la izquierda,
muchos libros, muchas mantas y varias ventanas grandes. Una cómoda, un
armario, un televisor y la cama a la derecha. Es un colchón ancho, apilado con
más mantas y almohadas, y su pelo es un pequeño chorro oscuro hacia la parte
superior. Está de espaldas a mí y contemplo la línea de sus curvas y sus
caderas bajo la ligera sábana superior, y puedo sentir su aliento contra mi
cuello, los latidos de su corazón contra mi espalda y el calor de su piel bajo
mis palmas. Anhelo su cuerpo en mi cama, pero estoy temblando de rabia y el
café casi se derrama. Dejo su taza en la mesita de noche y me quedo junto a la
ventana, dando un sorbo a la mía.
Se despierta al cabo de un rato. No la apresuro. Le robo miradas a su
forma dormida, a su cara inocente, a sus hermosos labios. Sé que no se
quedará así. Cuando se despierte, lucharemos. Pero por ahora, puedo disfrutar
de su simple y hermosa paz.
Para cuando se termina mi bebida, ella se revuelve, parpadea ante la luz
y me mira con el ceño fruncido cuando me vuelvo hacia ella. No se sorprende
al verme, pero hay un parpadeo de miedo. Bien, está aprendiendo. Debe saber
lo mala que es esta situación.
—Buenos días, esposa. —Me apoyo en esa última palabra, esposa.
—Buenos días, marido. —Ella mira la mesita de noche, se sienta y toma
la taza. La sábana se desprende, revelando una camiseta de tirantes escotada
que deja ver sus gráciles pechos, sus finas clavículas, sus pequeños hombros y
esa preciosa piel oscura. Mi sangre hierve y arde, y mi rabia no hace más que
216

aumentar a medida que se intensifica mi pura lujuria física por ella.


Página

La observo beber. La miro fijamente y me pregunto si esto es un error.


Podría irme ahora y dejar que se quede con su padre para siempre. Tengo la
alianza y no hay razón para romperla por culpa de una hija voluntariosa.
Puedo ser razonable. Gerardo y yo nos haremos más fuertes juntos, esté Olivia
involucrada o no. Que algún otro tonto del cártel tenga que lidiar con ella.
Pero no la dejaré sola. Parecería demasiado débil para devolverla y
habría murmullos. No, estoy en esto y no la dejaré. Lo sé y creo que ella
también. Olivia es mía, en cuerpo, espíritu y mente, ha sido mía durante
mucho tiempo. Desde que la vi por primera vez en el colegio, de lejos, y aún
no sabía quién era, sólo sabía que era la chica nueva, y que era jodidamente
hermosa. La deseé mucho en esos primeros momentos, quise besar sus labios
carnosos y acariciar su espesa cabellera, hasta que escuché su nombre y todo
ese deseo se convirtió en cenizas en mi lengua. Pero nunca desapareció, ni
siquiera durante todos los días que pasé haciendo de su vida un infierno,
torturándola, burlándome de ella, acosándola, haciéndole entender que no es
más que una mota bajo mi bota.
Lo que siempre fue una mentira. Una mentira reconfortante que me dije
a mí mismo. Olivia nunca ha sido una mota, ni un bicho, ni una hormiga.
Olivia es una leona y siempre lo fue. Incluso cuando las cosas estaban en su
punto álgido y yo era una víbora despiadada que la atacaba a cada oportunidad
que tenía, Olivia nunca se echó atrás, nunca huyó, nunca se mordió la lengua.
Era fuerte entonces y es fuerte ahora. No puedo sorprenderme cuando
hace exactamente lo que creo que va a hacer, incluso si me cabrea de
sobremanera. Es esa fuerza interior, ese increíble brillo, lo que me atrae hacia
ella una y otra vez. A pesar de mí, a pesar de todo.
No, Olivia lucha por lo que cree, y eso es lo que más me gusta.
—¿Conseguiste lo que viniste a buscar? —Le pregunto suavemente
mientras me acerco a la cama.
Ella frunce ligeramente el ceño, mirando el café. —Creo que sí.
217

—¿Y qué has aprendido?


Página

La veo dar otro largo sorbo antes de dejar la taza. Su espalda se


endereza y se levanta como una reina sentada sobre cojines frente a su corte.
Su postura es impecable y siento un fuerte escalofrío en las tripas que hago lo
posible por ignorar. Dejo mi propia taza y me acerco.
—Manuel murió en un coche bomba. La bomba fue colocada en el
coche de su padre. Boris Federov y mi hermano se llevaron la peor parte de la
explosión, mientras que Don Bruno sobrevivió por pura suerte. Estaban allí
para discutir el fin de la guerra y llegar a un acuerdo, y el ruso estaba actuando
como intermediario. Estoy segura de que tu padre no puso esa bomba. Estoy
bastante segura de que Manuel y mi padre tampoco lo hicieron. Lo que deja a
Boris Federov, ¿pero por qué lo haría cuando se beneficiaba? ¿Por qué se
acercaría a ese coche si sabía lo de la bomba? Algo no encaja, Casso.
La observo detenidamente, estudiando las líneas de su rostro, y asimilo
lo que está diciendo. La bomba, las negociaciones de paz, las muertes. La
sangre y las vísceras. Diez años atrás pero tan frescos para ella. —Tienes
razón. No creo que fuera ninguno de nuestros padres, y dudo que fuera Boris.
—Lo que significa que fue otra persona. Y sólo hay una persona que
ambos conocemos que sigue involucrada en lo que pasó hace diez años.
Me siento lentamente en el borde de la cama y ella me observa. Siento
el peso de las horas, de los kilómetros y de las muertes de los hombres de
Danil que parecen de toda la vida. Tanta matanza, ¿y todo para qué? La forma
silenciosa e inmóvil de Fynn en la cama del hospital.
—Era un niño entonces —digo en voz baja, mirando sus profundos ojos
marrones—. ¿De verdad crees que preparó un coche bomba?
Se encoge de hombros, mordiéndose el labio. —Sé que esto parecerá
una locura, pero era bueno en química. Básicamente hizo todo nuestro
laboratorio cuando trabajamos juntos. ¿Es un salto tan grande imaginar que
podría hacer una bomba? Quiero decir, ese tipo de cosas estaban en todo
218

Internet en ese entonces, ¿verdad? No habría sido difícil averiguarlo, no para


alguien ya bueno en ese tipo de cosas.
Página

No se equivoca: Internet era el salvaje oeste hace diez años. Ahora todo
eso se ha trasladado a la web oscura, pero sigue siendo accesible para alguien
lo suficientemente inteligente y dedicado. Danil es ambas cosas.
—Sin embargo, ¿qué tenía que ganar? Danil estaba en la escuela
secundaria cuando la bomba explotó.
—Pero actúa como si supiera algo que nosotros no sabemos. —Sus
nudillos se vuelven blancos mientras clava sus dedos en el colchón—. Sé que
es una estupidez, pero ¿y si él tiene algo que ver? ¿Y si todo lo que está
pasando ahora, el ataque a Fynn, todo lo demás, y si todo se debe a esa bomba
de hace diez años?
Quiero decirle que lo deje pasar. Quiero decirle que me encargaré de
ello, que ya estoy cazando a Danil por lo que hizo, que pronto no será más que
una mancha roja y pegajosa en el pavimento, pero no importa. Se escapó a
México para seguir una pista, no importa lo que yo diga a estas alturas: va a
seguir adelante.
Por su hermano. Al igual que yo seguiré avanzando por Fynn.
Me acerco a ella. No se inmuta cuando le toco la mejilla y siento un
remolino de emociones contradictorias que amenazan con destrozarme. Las
lágrimas brotan de sus ojos, pero las rechaza; Dios, es tan fuerte que me
rompe el maldito corazón. La toco suavemente y ella se acurruca contra mi
palma.
—Te he odiado durante mucho tiempo —le digo en voz baja, y eso solo
hace que su cara se encoja como si estuviera luchando por no llorar—.
Durante muchos años, te culpé de todo lo malo de mi vida. Entonces quería ir
a la universidad. Quería convertirme en algo más que un matón de la mafia.
Tenía planes, Olivia, y todos ellos implicaban que me graduara en el instituto
con buenas notas y un currículum perfecto. Trabajé duro en la escuela, incluso
cuando todo lo que quería hacer era follar con todas las chicas posibles y
actuar como un rey. En cambio, estudié. Estuve tan cerca, pero todo se esfumó
219
cuando le dijiste a la administración que estaba vendiendo exámenes, y me
expulsaron. —Sonrío con amargura mientras ella se levanta y me quita la
Página

mano de la cara y la sujeta con fuerza. Pero sus ojos están muy abiertos y sus
labios se tensan en un ceño profundo y confuso.
—Mi padre me pegó tanto que no pude caminar durante un día después
de que recibiéramos la llamada del director —digo, recordando la forma en
que me maldijo y me golpeó con un interruptor, me gritó en italiano y me dijo
que no era más que un despreciable y asqueroso infeliz, cómo desperdicié
todo su tiempo y dinero en esa tonta escuela privada, y tenía razón—. Intenté
todo lo que pude para que me readmitieran. Supliqué, rogué, coaccioné y
soborné. Era cierto, estaba vendiendo exámenes, pero ¿entonces qué carajo?
¿Por qué vale la pena arruinar mi vida? Sabía que habías sido tú, Olivia,
siempre lo supe, y te odié con tanta amargura durante tanto tiempo por eso.
Cierro los ojos, temblando. No puedo mirarla ahora, pero la presión de
sus dedos sobre mi mano aumenta. Le quité la virginidad en aquella fiesta y
ella me abandonó. Siempre supuse que era porque estaba demasiado enfadada.
Luego, dos semanas más tarde, me echaron de la escuela. Era obvio, tan
malditamente obvio lo que pasó. Olivia sabía de mi plan. Olivia tenía un
motivo.
—Pero, Casso, no le hablé a nadie de ti —dice, tan suavemente, tan
silenciosamente, que casi no la oigo.
Mis ojos se abren. —Está bien —digo, pasando mis dedos por su piel
suave—. Ya no importa, sabes. No estoy enfadado. Entiendo por qué hiciste lo
que hiciste, y yo podría haber hecho lo mismo en tu lugar. Dios, después de
cómo te traté, me lo merecía y más.
—Casso, de verdad, no estoy mintiendo. No le dije a la administración
que vendías pruebas. —Ella sacude la cabeza, pareciendo aún más
confundida—. Te lo juro, cuando te echaron del colegio fue una sorpresa. No
tenía ni idea de que fuera a pasar nada. Me alegré de que ocurriera, no me
malinterpretes, pero no tuve nada que ver. ¿Por qué iba a mentir ahora?
220
¿Por qué iba a hacerlo? Le suelto las manos y me retiro, poniéndome de
pie. Ahora estoy temblando mientras me dirijo a las ventanas, tratando de
Página

aclarar mi mente. Durante años y años, esta era mi historia, así era como
entendía lo que había pasado entonces. ¿Y ahora me entero de que todo está
mal? Estoy mareado por la conmoción que me produce.
—Pero tuviste que ser tú. ¿Quién más podría haberlo hecho?
—Cualquiera —dice con seriedad—. Tus amigos, tus enemigos. Todos
lo sabían.
—Pero todo el mundo tenía demasiado miedo de enfrentarse a mí. Tú
fuiste la única que tuvo los cojones de hablar. Tenías que ser tú.
—No fui yo. —Se mueve de la cama y se levanta. Lleva unos diminutos
pantalones cortos y esa jodida camiseta de tirantes y su piel brilla con la luz de
la mañana. Parece un ángel y no puedo dejar de mirarla. Cada centímetro de
su piel me llama, desde los labios hasta los hombros, pasando por las rodillas
y todo lo demás. Es como si Dios la hubiera hecho a mi medida y apenas
puedo evitar tocarla, besarla, empujarla contra la pared y follarla sin sentido.
—No sé qué pensar ahora mismo. Si no hiciste que me echaran de la
escuela, entonces te he estado odiando sin ninguna maldita razón todo este
tiempo.
—Lo siento —dice y se acerca—. No por eso, sino por huir. Siento
haber huido y no haber confiado en ti. Pero te juro, Casso, que no le conté a
nadie lo de tus pruebas. No fui yo.
Sus palabras son varas de hierro en mi corazón. Me obligo a alejarme de
la ventana y a acercarme a ella, aunque me cueste remodelar mi visión del
mundo. —He sido un maldito idiota —digo, avanzando rápidamente, y ella no
tiene tiempo de apartarse cuando la agarro y la atraigo contra mi cuerpo. La
siento suave, preciosa, y mi corazón se acelera al ver cómo se separan sus
labios. Es sensual y perfecta, y siento sus dedos clavados en mi espalda y un
ronroneo en sus labios.
—¿Qué vamos a hacer? —susurra, mirándome a los ojos.
221

—Vamos a obtener respuestas, tú y yo. Vamos a encontrar la verdad.


Pero por ahora, necesito hacer lo que conduje hasta aquí para hacer, y no me
Página

iré antes de que esté terminado.


—¿Qué es eso? —pregunta.
Y entierro mi boca contra la suya, besándola fuerte y profundamente,
porque no importa lo que haya pasado en el pasado, no importa lo que pase en
el futuro, hay aquí y ahora, y en esta habitación, ella es adorada y preciosa y
no puedo resistirme a ella, no puedo alejarme de ella, y tengo que saborearla
hasta saciarme.

222
Página
Su beso enciende un fuego en mi interior y ni en un millón de años
pensé que esto sucedería, que Casso vendría a la casa de mi padre y me
besaría y me haría sentir que estoy brillando. Esperaba rabia, rechazo, culpa,
castigo: en lugar de eso, recibo sus labios, su lengua, sus brazos alrededor de
mi cuerpo.
Sus manos recorren mi piel, suben a mis pechos y se introducen en mi
pelo. Me agarra fuerte y me besa el cuello, sus labios son como el cielo en mi
garganta. —Mía —ronronea—. Toda mía, pequeña Olivia. Puedes correr todo
lo que quieras, pero eres mía y obedecerás. Si tienes suerte y decido quedarme
contigo, te juro que nunca volverás a hacer algo así. —Su agarre en mi pelo se
hace más fuerte—. ¿Lo entiendes?
—Sí —susurro mientras él aprieta mis caderas como si no tuviera
suficiente.
—Dilo otra vez. —Me muerde el hombro y me baja lentamente los
223

pantalones. Llevo unas bragas negras, viejas y desgastadas, que apenas cubren
Página

mi amplio culo. Me lo agarra con la mano libre con tanta fuerza que casi me
duele.
—No volveré a hacer algo así.
Gruñe y me muerde el labio inferior. Es salvaje, está enfadado y se
desquita conmigo.
Me tira del pelo y me lleva a la cama, pero en lugar de empujarme, me
quita la camiseta. No tengo nada debajo, sólo más piel y pezones duros. Me
lame los pechos y los chupa, gimiendo mientras lo hace, y siento su excitación
como un rayo y las olas de un estanque. Clavo las manos en su espalda y a él
parece encantarle, pues me tira del pelo con más fuerza y finalmente me
empuja hacia abajo con brusquedad.
Caigo sobre la cama. Me tira hasta el borde y se arrodilla en señal de
súplica. Me baja las bragas, sin molestarse en provocarme primero, sin
molestarse en esperar. Sus ojos adoran mi coño desnudo y brillante. Esto no es
para mí placer, es para su hambre, y si se siente bien, bueno, eso es sólo un
subproducto de lo mucho que quiere consumirme. Jadeo y me agarro a su pelo
cuando su boca me besa la cara interna del muslo y su lengua recorre mis
labios, abriéndome el paso. Estoy desnuda, expuesta, y él está allí lamiendo y
chupando mi clítoris como si fuera la última mujer de la Tierra, como si lo
fuera todo para él. Y si cierro los ojos, le tiro del pelo y siento cómo sus dedos
se deslizan dentro de mi coño, puedo imaginar que sí, que soy suya, toda suya,
y que él también es mío.
Gimo y hago fluir mis caderas mientras me folla con sus dedos bien
profundo. Su lengua hace círculos alrededor de mi clítoris y sus labios lo
chupan. Ahora se burla de mí, juega conmigo, me hace gemir y retorcerme,
mis pechos se agitan con cada inhalación. Es despiadado, y sé que no
encontraré ninguna bondad, y ahora mismo no quiero ninguna, solo sus dedos,
su lengua, sus labios, solo una dura sensación de áspero placer, el tipo de
placer que viene teñido de dolor, los dos entrelazados tan profundamente que
es difícil distinguirlos. Así es como estoy con él, enroscada y trenzada, una
224
cuerda de anhelo, odio, deseo y control.
Me folla con esos dedos, dos de ellos, profunda y lentamente y me mira
Página

a los ojos. —Cuando hago que te corras, no pienses que es porque quiero que
te sientas bien. Hago que te corras para que sepas que me perteneces. Hago
que te corras para poder destruirte. Hago que te corras para recordarte que soy
tu marido, y tú eres mi mujer, y que sin mí, no eres nada. Ahora mismo,
Olivia, te odio, te odio por huir cuando más te necesitaba, pero maldita sea, yo
también te necesito. Quiero follarte hasta que no seas nada, hasta que te corras
tan fuerte que olvides que existes. Quiero que te pongas a cuatro patas en
nuestra habitación temblando, moviendo el culo, chorreando, esperando que te
monte, que te folle, que me corra dentro de ti. Me conviertes en un maldito
salvaje, Olivia, y también te odio por eso.
Y entonces sus dedos se enroscan en mi punto G, golpeándome justo,
acariciándome lentamente al principio y luego cada vez más rápido mientras
su lengua da vueltas alrededor de mi clítoris. Su voz de mando, su dominio de
mi carne, y todo el placer aumenta y aumenta, acumulándose en mi interior
hasta que gimo, con la espalda arqueada, los dedos agarrando su pelo, la pelvis
subiendo y bajando. Gruñe y chupa más fuerte, lame más rápido, y yo me
aprieto de necesidad, justo al borde.
Hasta que estallo. Me corro tan fuerte que es una locura. Pierdo la
cabeza, celestial, embriagadora, insondable. Me corro en una avalancha, y él
gime cuando lo saborea, como si yo fuera una euforia para él. Me aferro a su
pelo, y el orgasmo me atraviesa, me destroza, me deja arruinada y sin aliento
mientras el sudor rueda entre mis pechos, sobre mis duros pezones, a lo largo
de mi estómago.
Se pone de pie, mirándome fijamente con ojos ardientes, y se desprende
del cinturón mientras yo permanezco tumbada jadeando con fuerza y
parpadeando rápidamente.
—Mía —susurra—. Mírate. Toda mía. Tus hermosos pechos, tus
caderas perfectas, tus piernas, preciosas piernas. Todo mío. —Se quita el
cinturón, sus pantalones y su camisa. Miro fijamente los músculos ondulantes
cubiertos de tatuajes. Mi corazón se acelera de forma desenfrenada y su gruesa
225

y dura polla hace fuerza contra sus calzoncillos—. Siéntate. Ahora.


Página

Obedezco. Ahora mismo, no puedo hacer nada más. Me siento en el


borde de la cama, con la espalda recta, palpitando. Me acaricia el pelo con
cariño y se quita los calzoncillos. Su polla está tan dura que se agita cuando la
cojo con la mano. Lo miro a los ojos y me mira con tanta atención que parece
querer recordar cada detalle para siempre. Lo lamo primero, de arriba a abajo,
lamiendo su duro tronco, haciendo girar su enorme punta, antes de llevarme su
polla a la boca.
Se la chupo despacio, pero él no quiere despacio. No quiere que sea
suave. Me empuja hacia abajo y me dan arcadas, gimiendo. Me retiro,
jadeando, acariciando su polla ahora cubierta de mi saliva. Lo chupo rápida y
profundamente y él gime de placer mientras me agarra del pelo y me folla la
boca. Me está tomando, esto es lo que significa ser tomada, y el placer recorre
mi piel, chisporroteando y zumbando. Y Dios, sí, su polla palpita en mi boca,
y está dura como el hierro, tan jodidamente dura, y todo para mí.
Me desea tanto que lo mata. Lo hago así, salvaje de lujuria y salvaje en
su deseo. No puede detenerse. La idea me vuelve loca. Le arruina desearme,
necesitarme tanto que deja a su familia para seguirme a México. En ese
momento me doy cuenta del sacrificio que supone para él y de lo que
significa, y lo necesito, Dios, lo necesito tanto que me duele, igual que él me
necesita a mí.
Me levanta y me da la vuelta, inclinándome, poniéndome sobre las
manos y las rodillas en la cama. Tengo la cara hundida en las mantas y lo miro
por encima del hombro mientras me agarra por las caderas y acaricia con la
polla a lo largo de mi coño empapado. No dentro, aún no, solo untando su
polla en mis jugos. Me da una ligera palmada en el culo y luego otra fuerte.
Jadeo, recordando los azotes. Me esperan más de esos, y es una idea
agradable. Toda una vida de azotes. Toda una vida de castigos como éste.
—Sólo hay una forma que conozco de disciplinarte, Olivia —dice
mientras su punta presiona mi dolorosa y palpitante entrada—. Sólo hay una
cosa que sé que vas a escuchar. —Me golpea con fuerza y el dolor me recorre
226

la columna vertebral.
Página

Justo cuando hunde su polla en lo más profundo de mi coño.


Jadeo, con la cabeza echada hacia atrás en un súbito éxtasis agonizante.
No sé dónde empieza el dolor y dónde acaba el placer, y él me golpea en
medio de él, tirando de su polla hacia atrás y metiéndola más profundamente,
follándome amplia y duramente. Me pega con tanta fuerza que tengo que
enterrar la boca en las mantas para no gritar mientras me rodea las caderas
para pasar los dedos por mi clítoris.
Entonces me domina, no hay otra forma de decirlo. Me sujeta y me
folla, su enorme polla penetrando profundamente en mi coño en oleadas,
enviando enormes ráfagas de placer mezclado con dolor que recorren mi
cerebro hasta que no soy más que un nudo de tensión que no deja de crecer. Se
inclina sobre mí y su enorme cuerpo me inmoviliza mientras me toma. Su
puño se desliza por mi pelo y tira de él.
Me muevo hacia arriba y hacia atrás contra él. Sus labios se aplastan
contra los míos mientras muevo las caderas. Estoy ansiosa por seguir,
desesperada por sentir cómo me llena, me estira y me hace pedazos. Gimo
dentro de su beso y me muerde el labio antes de empujarme de nuevo hacia
abajo, abofeteándome el culo, azotándome con fuerza. Ahora estoy moviendo
las caderas, cabalgando sobre su enorme eje, tomando cada centímetro de su
gruesa polla palpitante. Gimo, estúpida por el deseo y la necesidad, sonando
con cada larga embestida, fuera de mí y gimiendo. Él gruñe en respuesta y nos
movemos juntos, follando salvajemente, sudorosos e incontrolables, y por fin,
por fin, siento que aumenta tanto que me vuelve loca, y un nuevo golpe de su
dura palma me lleva al límite.
Me corro y él no para. Me corro con tanta fuerza que casi me desmayo
mientras se me forman manchas en el borde de la visión, y eso sólo hace que
el orgasmo sea mucho más intenso. Gimo su nombre contra las mantas, que
tengo medio metidas en la boca a modo de mordaza, porque si no todo el
maldito mundo sabrá lo mucho que me gusta su polla entre las piernas. Y al
terminar, se desliza fuera de mí, dejando una ausencia palpable...
227

Pero me pone de espaldas y me inmoviliza.


Página

Me sujeta las muñecas por encima de la cabeza. Las mantiene ahí,


contenidas, mientras yo envuelvo mis piernas alrededor de sus caderas. Se
desliza dentro de mí con facilidad, con mi coño tan resbaladizo que gotea
sobre la cama, y me folla lentamente al principio, mientras mi orgasmo
disminuye. Me lame los pezones y los palmea con una mano libre y va más
rápido, mirándome a los ojos. —Mía —susurra—. Mi niña buena. —Me mira
como si no pudiera apartar la vista, como si necesitara ver mi cara, y yo
empiezo a mover las caderas y nos balanceamos juntos. Nos movemos como
uno solo, él me besa, yo le devuelvo el beso, él me muerde y yo le devuelvo el
mordisco. Me está poseyendo.
Esto es lo que significa ser follada. Ser dominada.
—Fóllame, Casso —susurro—. Por favor, sigue follándome. Te
necesito ahora mismo. Te necesito tanto que me duele. Por favor, no pares.
Él gruñe en respuesta y va más rápido. Muevo las caderas, me muelo
contra él y follamos juntos en un frenesí apasionado. —Quiero probarte todos
los días, Olivia. Quiero ver tu coño mojado a centímetros de mi dura polla.
Quiero ver tu cuerpo temblar de necesidad y oír tus gemidos frustrados
mientras te niego lo que quieres, una y otra vez, dejándote justo al borde del
placer absoluto. No seré compasivo. No seré amable. Pero me lo agradecerás.
Quiero que me provoques, y quiero llevarte al límite y mantenerte allí.
Necesito tus pechos, tus labios, tu dulce culo, tu dulce coño. Quiero cada
pedazo de ti. Lo quiero todo, Olivia, maldita chica asquerosa.
—Sí —gimo—. Soy tuya, toda yo. Fóllame más rápido, cabrón.
Fóllame como si me odiaras.
—Te odio, princesa. Odio cada centímetro de tu puto cuerpo perfecto.
Odio la forma en que me haces sentir. Y sobre todo, odio lo mucho que
necesito llenarte.
—Casso —jadeo, arqueando la espalda, y me golpea, cegador e intenso.
Vuelvo a correrme y esta vez él se corre conmigo, los dos caemos en el
228

éxtasis, su polla me llena en lo más profundo de mis piernas. Lo siento, cálido


y perfecto, reconfortante y correcto, un éxtasis absoluto. Clavo mis dedos en
Página

su espalda y lo beso, enterrando su boca con la mía, hasta que ambos estamos
agotados, empapados y completamente saciados.
Se estira mientras yo admiro su esbelto y musculoso cuerpo desde la
distancia de mi brumoso resplandor post-orgasmo. Me sonríe, me besa los
pezones, me palmea los pechos, me da palmadas en el culo. No puede
mantener las manos quietas y su polla sigue medio dura, agitándose con cada
latido. Me acurruco contra su pecho y tiro de las sábanas encima de nosotros.
—Nunca he follado con un tío en casa de mi padre —susurro, sonriendo
estúpidamente.
—La primera vez para todo.
—¿Crees que alguien se ha enterado?
—Princesa, sospecho que todo México se enteró.
Me sonrojo profundamente, totalmente mortificada. —Eso es más que
un poco embarazoso, sabes.
—Sospecho que tu padre se sentirá aliviado más que nada. Quiere que
este matrimonio funcione, y follar contigo es una buena señal. —Se ríe y me
muerde la oreja—. Pero no te preocupes. No importará cuando te lleve a casa.
Lo miro a los ojos, sus encantadores ojos oscuros, y me pregunto:
¿quiero eso? ¿Quiero realmente ir con este hombre cuando sé lo que significa?
Matrimonio. Una vida de servidumbre. Mi existencia será para la
Famiglia, me guste o no. Si me voy con él y abandono de nuevo la casa de mi
padre, no habrá vuelta atrás, porque si intento huir de nuevo, Casso me
matará.
Tendrá que hacerlo. El honor, el deber y la fidelidad a la familia
exigirán mi sacrificio.
Ambos lo sabemos.
229

¿Es eso lo que quiero? ¿Comprometerme a esto?


Página

—¿Cuándo nos vamos? —Susurro, ya segura de la respuesta.


No hay vuelta atrás para mí, ya no.
—En cuanto recojas tus cosas. —Se queda callado, mirando al techo.
Siento que su corazón se acelera contra mi mejilla—. Necesito que entiendas
que no sé qué significa esto, si vuelves conmigo. No te estoy haciendo
ninguna promesa.
Me muerdo el labio. —Supongo que significa que soy tu esposa.
—Me hiciste daño, Olivia. Huiste de la familia mientras Fynn yace
medio muerto en una cama de hospital. Me diste la espalda a mí y a todos los
que quiero. ¿Cómo puedo dejarte volver a mi vida después de eso? Aunque
quiera, ¿cómo voy a hacerlo?
Cierro los ojos y lucho contra las lágrimas. Tiene razón al hacer esa
pregunta, aunque me rompa el corazón. Tiene razón al preguntarse, porque yo
me pregunto cómo lo superaremos o si podemos hacerlo. Sacudo ligeramente
la cabeza.
—No lo sé —respondo con sinceridad y eso no es lo que quiere oír.
Más silencio. Sólo el latido de su corazón y su profunda respiración.
Una lágrima rueda por mi mejilla y se acumula en su pecho. Me la limpio.
—Nos iremos a casa —dice—. y lo resolveremos desde allí.
Asiento con la cabeza una vez. —Si eso es lo que quieres.
—No quiero nada de esto. No lo quería y sigo sin quererlo. No quiero
sentirme así. —Me acerca, sus grandes brazos rodean mi cuerpo—. Pero tú
también tienes que quererlo —me dice al oído—. Tienes que querer venir
conmigo, Olivia. Tienes que querer formar parte de mi familia y todo lo que
eso significa. No te perseguiré de nuevo. Esperaré obediencia, o al menos,
esperaré honestidad. Más allá de eso, no sé qué voy a hacer contigo. Todavía
no lo sé.
230

Dejo que sus palabras calen y trato de imaginarme lo que significan.


Página

Cenas familiares, eventos de sociedad, la vida de una esposa de la mafia. Haré


apariciones, sonreiré en galas y bailes de caridad. Cenas, reuniones de
campaña. Ejerceré un gran poder pero se espera que cumpla con mi deber, que
tenga hijos, que sea la princesa perfecta.
Y es atractivo, si significa que podré estar con Casso.
—Llévame a casa —le digo y me besa.

231
Página
Fynn está como lo dejé un día antes. Inmóvil, callado, pálido. Las
máquinas emiten un suave pitido y la habitación apesta a productos de
limpieza y limones. Karah está sentada con las rodillas pegadas al pecho y
observa a Fynn con los ojos cansados y enrojecidos, sombríos y agotados.
Dudo que se haya separado de él desde que me fui a México. La culpa me
apuñala, pero sé que él lo entendería.
—Las enfermeras dicen que ninguna noticia puede ser buena. —La voz
de Karah es carrasposa y fina como si hablara a través de un teléfono de
cuerda de lata.
—Eso no suena bien. —Toco el hombro de mi hermano. Su pecho sube
y baja lentamente.
—Significa que no está empeorando. Creo que los médicos esperaban
que muriera esa primera noche, y el hecho de que no lo haya hecho es un
pequeño milagro. Tiene que curarse. —Asiente para sí misma, como si tomara
232

una decisión—. Saldrá adelante.


Página

—Lo hará. —Aprieto la mandíbula y miro fijamente el rostro tranquilo


y dormido de Fynn.
En casa, Olivia está en nuestra habitación, esperando. Juró que no la
dejaría y la creo. No he dormido más que unas pocas horas en los últimos dos
días y estoy agotado, pero tenía que venir a ver cómo estaba Fynn. Ya siento
pequeñas puñaladas de incertidumbre retorciéndose a lo largo de mi piel.
Espero estar haciendo lo correcto. Quiero salvar a todos si puedo.
Es extraño, pero siento que pienso con más claridad al lado de Fynn, y
necesito averiguar qué hago con mi mujer, qué quiero de ella y qué puedo
esperar. Hay tantas cosas que se arremolinan alrededor, todas estas piezas en
movimiento, desde Danil hasta nuestros padres, pasando por el pobre Manuel
muerto y Fynn, y así sucesivamente, y en medio de todo ello, está Olivia.
—¿Cómo está ella? —Karah me mira expectante—. Parece que su viaje
ha sido un éxito. Elise me ha mandado un mensaje y me ha dicho que ha visto
a Olivia.
Me encojo un poco de hombros. —Ella está bien. Ya ha vuelto a casa,
pero está en arresto domiciliario. Arresto domiciliario, en realidad.
Sonríe para sí misma. —Gavino me debe dinero entonces. Le aposté
que la traerías de vuelta y pensó que la dejarías allí.
—Quiero la mitad de eso. —Mis cejas se levantan—. Esa es mi acción
también.
—Qué pena, era mi apuesta. Además, tomaste la decisión correcta, así
que sales ganando de cualquier manera.
—¿Estás segura de eso? —Me inclino hacia atrás, desplomándome
ligeramente. Hago girar mi cuello tratando de aliviar parte de la tensión en mis
hombros—. Me preocupa que te equivoques y que todo esto sea un enorme
error. Olivia no quiere estar aquí y yo no estoy seguro de quererla.
233

Karah se queda callada. Mi hermana ha pasado por mucho,


especialmente con Nico. Ha sido duro para ella estos últimos años, pero
Página

finalmente encontró un trozo de alegría con su familia, su pequeño, su marido.


Desde entonces ha prosperado, y estoy orgulloso de la forma en que ha
superado la adversidad y ha conseguido seguir adelante, a pesar de que mi
padre intentaba echarla atrás. Pero padre ha muerto y se ha ido, y ella ya no
tiene que preocuparse por él.
—Si Fynn muriera, ¿qué harías para vengarte? —Su pregunta tiene una
respuesta obvia, pero intuyo la trampa.
—Cualquier cosa —digo simplemente—. Quemaría esta ciudad hasta
los cimientos.
—También lo dices literalmente.
Sé lo que está haciendo, pero no puedo evitarlo. —Si Fynn muriera,
haría cualquier cosa para encontrar a los que le hicieron daño y hacerles pagar.
—Eso es todo lo que Olivia está haciendo. Su hermano murió hace
mucho tiempo, pero ella sigue cazando a la gente que odia. Lo entiendes,
¿verdad?
—Lo hago y si eso fuera todo, podría perdonarla. Puede que no me
guste, pero al menos podría entenderlo. Pero ella huyó y me abandonó sólo un
día después de que le dispararan a Fynn. Eso dice mucho sobre sus
prioridades. ¿Cómo puedo seguir confiando en ella?
—¿Acaso importa? Fynn no es su hermano. Es nueva en nuestra familia
y tengo entendido que apenas quiere estar aquí. ¿Puedes culparla por hacer lo
que cree que es correcto?
Trabajo mi mandíbula, negando con la cabeza. —No quiero hablar de
esto.
—Bueno, yo sí, y estoy cansada de estar callada sólo porque eres el gran
Don malo. Eres mi hermano, Casso, y no quiero verte arruinar algo bueno.
—¿Qué demonios sabes tú de algo bueno? —Ahora miro a Karah,
234

furioso, pero no estoy enfadado con ella. Estoy enfadado conmigo mismo por
haberme puesto en esta situación. Ojalá las cosas fueran sencillas y yo fuera
Página

capaz de arreglar todo con Olivia.


—No seas estúpido. Veo la forma en que se miran. Cuando ella está
cerca, es como si volvieras a tener diez años menos. Eres feliz con ella de una
manera que nunca esperé de ti. Sé que metió la pata cuando volvió a México,
pero no se equivocó al hacerlo. Lo hizo por una buena razón, no sólo para
escapar de ti o algo así.
Apoyé la mano en el brazo de mi silla. —Ya basta. No quiero escuchar
esto. —Porque sus palabras son todas las palabras de mi corazón, haciendo
eco de los mismos argumentos que he hecho en silencio en mi mente cientos
de veces.
Lo malo es que quiero perdonar a Olivia más que nada, y quiero
desesperadamente que alguien me dé una excusa para hacerlo.
—Tienes que escuchar esto. —Se sienta erguida y se inclina hacia
delante, mirándome fijamente a través del cuerpo dormido de mi hermano—.
Olivia es buena para ti. Si sigues así, vas a arruinar tu única oportunidad de ser
feliz. Es un pequeño milagro que la hayas recuperado en tu vida, por favor no
lo arruines sólo porque eres demasiado orgulloso. Ella cometió un error, la
gente hace eso a veces. Supéralo, perdónala y sigue adelante.
Miro con odio a mi hermana. Ella me devuelve la mirada. Cuando
éramos niños, había intentado empujarla y eso se había convertido en una
pelea sin cuartel: Karah nunca tuvo reparos en intentar darnos una paliza sólo
porque era una chica. Nosotros tampoco nos conteníamos. Por aquel entonces,
todos nos enzarzábamos en enormes peleas a puñetazos y gritos y el personal
ponía los ojos en blanco. Me siento así de nuevo, enfadado con mi hermana
por decirme cómo me siento cuando ya sé muy bien cómo me siento. No
necesito oírlo de ella.
Y en ese momento me doy cuenta de lo absurdo de la situación: estamos
discutiendo sobre el cuerpo de mi hermano en coma y actuando como si
fuéramos niños otra vez. Sonrío a Karah y la tensión se rompe de repente, y
235
ella vuelve a sentarse en su silla, sonriendo a su vez.
—Probablemente tengas razón —digo, agitando una mano en el aire—
Página

pero si no la tienes, no sé qué voy a hacer.


Antes de que pueda argumentar más, la puerta se abre. Nico está allí,
con un aspecto sombrío. Saluda con la cabeza a su mujer, pero no va a besarla,
lo que es raro en él. Al instante, presiento que algo va muy mal.
—Casso —dice— necesito hablar.
Asiento con la cabeza y me levanto. Karah suspira y le da un beso a su
marido. —Haz que mi hermano entre en razón, querido esposo —dice,
moviendo un dedo—. No está pensando bien.
—Haré lo que pueda, esposa de mi corazón.
Salgo al pasillo. Estamos en una esquina trasera del hospital, en el
extremo del edificio, lejos de la enfermería. Está tranquilo y vacío, y nos
acercamos a una ventana que da a un aparcamiento.
—¿Hay noticias de Federov? —Pregunto, preparándome para lo peor.
—Anoche atacamos uno de sus locales. Perdimos a un tipo, pero
matamos a seis. Esta mañana, atacamos otro lugar. Perdimos a dos más y
matamos a ocho. No hay Federov, pero su bratva está sufriendo mucho. Las
calles están tranquilas y hay mucho pánico y miedo.
Dejo escapar un largo suspiro. —Asegúrate de que las familias de los
muertos sean atendidas. Asegúrate de que no les falte nada.
—Lo haré.
—Bien. —Me froto la cara—. El pánico y el miedo son buenos. La
gente toma malas decisiones cuando está entre la espada y la pared. ¿Cuál es
la fuerza de Federov ahora?
—No pueden ser más de diez soldados o más. Tengo gente rastreando
las calles en busca de un solo olor del bastardo, pero no hay nada, todo está en
236

silencio. La mayoría de las otras cuadrillas, pandillas y gente de poca monta


están agachados por si decidimos apuntarles con nuestras armas. Nadie sabe
Página

qué coño está pasando.


—Él sabe que vamos a venir. No es tan estúpido como para mostrar su
cara hasta que algo de esto se calme, lo que significa que tenemos que
duplicar nuestros esfuerzos. Si la gente tiene miedo, va a tomar malas
decisiones. Sigamos subiendo la temperatura y apliquemos más presión.
—Tengo a todos los hombres de los que puedo prescindir.
—Entonces usa algunos que no puedas. Federov es nuestra máxima
prioridad. Necesito que toda la Costa Oeste entienda lo que pasa cuando se
jode con la Famiglia Bruno. Haremos un ejemplo de este cabrón y de
cualquiera que decida que es un buen momento para salirse de la línea.
Siembra todo el caos que puedas, hermano.
Nico gruñe y asiente. —Iré a unos cuantos lugares más que hemos
estado mirando y veré qué podemos encontrar. —Aprueba esta estrategia, pero
su rostro está nublado, como si no estuviera seguro de algo—. Hay una cosa
que me sigue preocupando. ¿Por qué el asunto del principio sobre la recompra
de ese club? ¿Por qué la mierda con los polacos, si de todos modos iba a
intentar matarte?
—No estoy seguro y eso también me ha molestado. No entiendo de qué
iba ese juego. —Y era un juego, ahora estoy seguro de ello. Nunca le importó
el club o los hermanos polacos. Sólo quería jugar conmigo. Quería hacerme
bailar para él, y eso me cabrea sobremanera.
—Tengo una teoría. No te va a gustar. —Ahora está mirando por la
ventana, sin mirar en mi dirección, y eso no es bueno.
—Escúpelo.
—Olivia. Creo que ella está detrás de todo esto.
Mis cejas se levantan. —¿Cómo está ella detrás de todo esto?
—Tal vez no esté detrás. Tal vez ella es más bien el centro de todo esto.
—Se aclara la garganta—. Esta es mi teoría. ¿Esa primera reunión a la que
237

fuiste? Eso fue una emboscada. Pero no la soltó porque Olivia se presentó.
Página

Supongo que no pensó que pasaría, pero tan pronto como ella entró en el
edificio, decidió cambiar de rumbo y cancelarlo. Eso jodió sus planes.
Después de eso, necesitaba ponerte en una posición en la que fueras débil y te
separaras del resto de los muchachos, por lo que te puso a prueba para tratar
de aislarte del resto de tus músculos. Estuvo observando todo ese tiempo
esperando el momento perfecto. A la primera oportunidad, golpeo y
simplemente falló.
Respiré profundamente y lo dejé salir. —¿Por qué le importaría Olivia?
—De eso no estoy seguro. Pero creo que ella es la clave de todo esto. —
Me mira—. Ve a casa y habla con ella. Tal vez ella sepa algo.
—No estoy seguro de que sea una buena idea. —Apoyo la cabeza
contra la pared. Un latido sordo y bajo late en mis sienes—. No sé qué quiero
de ella ahora mismo.
—Sólo hazlo. Y si mi mujer te dice que perdones a Olivia, entonces
creo que deberías hacerlo.
Resoplo y sacudo la cabeza. —Mi hermana no tiene razón en todo,
sabes.
—Eso dices tú, pero en mi experiencia, ella tiene razón la mayoría de
las veces. Piénsalo.
—Sí, de acuerdo. Hablaré con ella al menos, pero primero voy a pasar
más tiempo con Fynn. Tú sal ahí fuera y empieza a joder la mierda.
Nico asiente y mira hacia atrás. —Saluda a mi mujer de mi parte. —Me
sonríe y se dirige al pasillo.
Me quedo solo junto a la ventana durante un largo rato, intentando
recomponerme, pero me siento como si estuviera roto en mil pedazos
diferentes, con cada pieza intentando moverse en una dirección distinta. Y es
entonces cuando me doy cuenta de que lo único a lo que vuelvo es a Olivia.
Nico tiene razón, ella es el centro, al menos mi centro. Incluso cuando estoy
238
en lo más bajo, incluso cuando tiene menos sentido, siempre está ella, siempre
Olivia. Todo el mundo me dice que es buena, así que ¿por qué intentar luchar
Página

contra ella, cuando no quiero hacerlo?


Me doy la vuelta y vuelvo a la habitación de Fynn. Me siento frente a
Karah y ella arquea las cejas. —¿Y bien? —pregunta.
—Hablaré con ella —digo.
Karah parece presumida y muy satisfecha de sí misma.

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Página
Me siento acurrucada en el rincón de lectura que me ha preparado
Casso, pero no consigo concentrarme en nada. Hemos dejado mi todoterreno,
un pequeño regalo de despedida para papá. Todavía estoy cansada de las doce
horas que pasé en el coche, seis de ida y seis de vuelta, el viaje de vuelta a
casa lo pasé en un tenso silencio, excepto durante media hora, cuando se
detuvo en un estacionamiento silencioso y sin salida y me miró a los ojos.
Quítate los pantalones cortos. Quítate las bragas. Me atrajo a su regazo y,
Dios, estaba tan duro, retorciéndose contra mí con una necesidad furiosa y
anhelante. Lo monté en aquel solar abandonado, lo monté hasta que el coche
se balanceó y las ventanas se empañaron y ambos nos corrimos en un torrente
de lujuria.
Cuando no hay nada más en el camino, las cosas con Casso son buenas.
Se sienten bien, perfectas, como dos piezas de puzzle que encajan. Pero la
situación en la que nos encontramos sigue siendo complicada, y Danil sigue
240
por ahí, causando problemas. Casso no se detendrá hasta que consiga vengarse
de su hermano, y no puedo culparle por ello.
Página

Yo estoy haciendo lo mismo.


Mi teléfono suena y compruebo el mensaje.
Casso: Me dirijo a casa. Será mejor que estés allí.
Olivia: Estoy justo donde me dejaste.
Casso: Buena chica. ¿Has estado pensando en mí?
Olivia: Lo he hecho. Aunque en cosas muy malas.
Casso: Eso me gusta. Cuéntame algunos de esos malos pensamientos.
Olivia: Me estaba imaginando lo que me hiciste hacer en nuestro viaje
a casa, cuando paraste.
Casso: Te obligué a quitarte los pantalones, las bragas, y te puse a
horcajadas sobre mi dura polla. ¿Recuerdas cómo se sentía entre tus piernas?
Olivia: Sí, lo recuerdo. No creo que lo olvide nunca.
Casso: ¿Te moja pensar en montarme así? ¿En público, donde
cualquiera podría verte? Me encanta que seas una chica sucia para mí.
Olivia: Tú y sólo tú.
Casso: Me encanta lo empapada que te pones para mí. Me encanta
cómo gimes y cómo gritas mi nombre cuando te corres. Voy a casa a verte y
quiero que te empapes para mí, a cuatro patas, con el culo al aire esperando.
Quiero encontrarte así en la cama. Estaré allí en diez minutos.
Mi estómago da vueltas de emoción, imaginando la espera. Será una
tortura, una agonía total, y lo necesito tanto que me duele. Necesito la
liberación, la prueba de que me desea, la forma en que me mira mientras me
folla y siente mi resbaladizo coño envuelto en su enorme y palpitante polla.
Necesito que me bese, que me muerda, que me diga que le encanta cuando
está dentro de mí. Necesito que me recuerde por qué no me canso de él.
241

Olivia: Sí, señor, haré lo que me pida, pero sólo porque me lo ha


pedido muy amablemente.
Página

Casso: Buena chica.


Sonrío mientras me levanto y empiezo a desvestirme. Si viene del
hospital, no tardará mucho. Me quito la camiseta y mis pezones ya están tiesos
mientras camino hacia la cama, moviendo las caderas, sintiendo ya en mi
mente sus manos sobre mi cuerpo. Sonrío mientras me subo y me quito los
pantalones y abro las piernas, diablos, no puedo evitarlo, me toco un poco. Me
froto lentamente, con el coño ya resbaladizo por la necesidad.
Y mi teléfono vuelve a zumbar. —Casso —ronroneo—. Cabrón. —Lo
cojo y me quedo helada.
No es Casso. Es un número que no reconozco.
Desconocido: Olivia, ¿ya has descubierto quién mató a tu hermano?
Dejo de tocarme y me siento contra el cabecero, con las piernas
cerradas. Me subo las sábanas alrededor de las caderas, frunciendo el ceño
mientras intento averiguar quién demonios me está enviando el mensaje, pero
ya sé, en el fondo de mi estómago, que es obvio quién está al otro lado.
Tiene que ser Danil. No hay nadie más que me hable así, que sepa lo
que intento hacer tan íntimamente.
¿Cómo conseguiste este número? ¿Qué quieres, Danil? ¿Por qué me
mandas mensajes?
Danil: Quiero saber si ya te has dado cuenta de que tu marido es la
raíz de todos tus problemas.
Danil: Quiero saber si estás preparada para hacerle el daño que yo
creo que necesita.
Danil: Toda la Famiglia Bruno es una mancha en esta ciudad, y juntos
podemos derribarlos y quemarlos en la nada. Podemos hacerles pagar por lo
242
que nos hicieron hace diez años, si me ayudas. ¿Por qué no me ayudas,
Olivia? Podemos hacer tanto juntos, tú y yo, como en los viejos tiempos, como
Página

en el laboratorio de química. ¿No crees que somos buenos juntos?


Me visto. Voy de un lado a otro y suena mi teléfono, es Danil, pero no
contesto. Tengo pánico, miedo e incertidumbre. ¿Se lo cuento a Casso? Si no
estoy desnuda y en esa cama en los próximos dos minutos, sabrá que algo va
mal. ¿Puedo realmente ocultar estos mensajes después de todo lo que ha
pasado? Me aterra la idea de hacer algo incorrecto.
Casso podría no entender. Si se da cuenta de que Danil está intentando
que traicione a la Famiglia Bruno, podría pensar que realmente quiero hacerlo.
Podría preguntarse con razón cómo Danil consiguió mi número en primer
lugar. Incluso podría pensar que he estado hablando con Danil todo este
tiempo. Ya me escapé una vez, así que no es difícil imaginar que haría algo
aún peor. ¿Puedo decírselo, aunque pueda arruinar lo que estamos tratando de
reavivar?
Oigo sus pasos en el pasillo. Llegan más mensajes de Danil y me da
miedo comprobarlos. Es como si no los leyera y no pudiera hacerme
responsable de lo que dicen. Estoy temblando, aterrorizada, y cuando la puerta
se abre y Casso me mira, su cara se cae ante la expresión de mis ojos. Le
devuelvo la mirada y saboreo sus labios en los míos, siento su cuerpo contra el
mío, y sé lo que tengo que hacer.
—Danil ha empezado a enviarme mensajes de texto —digo, levantando
mi teléfono—. No sé cómo ha conseguido mi número, pero Casso, me está
mandando mensajes.
Se acerca y le doy mi teléfono. No dice nada, pero veo la tensión en él.
Casso lee los mensajes, uno por uno. Frunce el ceño y sacude la cabeza.
—¿Cuándo empezó esto?
—Ahora mismo.
Gruñe y hace una llamada en su teléfono. —¿Nico? ¿Cómo van las
cosas? ¿Cuántos muertos? Mierda, eso es bueno. Sí, tengo algunas noticias.
243
Danil ha estado enviando mensajes a Olivia. Tendremos que ver qué podemos
averiguar de este número. Sí, llamando también. De acuerdo, envía a tu
Página

técnico. —Cuelga, guarda su teléfono y me devuelve el mío.


—¿Qué vamos a hacer? —Pregunto, sintiéndome algo aliviada de que
no se lance a la peor suposición posible.
Me observa durante unos largos momentos y me aterra lo que pueda
decir: eres una mentirosa, te escapaste una vez, eres una traidora, cómo puedo
confiar en ti. Tiemblo y me preparo para escuchar las palabras que creo que
merezco.
—Acompáñame —dice en cambio y me lleva al sofá. Nos sentamos
juntos, él con su brazo sobre mis hombros, y me acurruco cerca. —¿Confías
en mí?
Asiento con la cabeza una vez. —Confío en ti. —Y es cierto, confío en
él.
—Y yo también quiero confiar en ti. —Respira profundamente y lo
suelta, su cuerpo se afloja ligeramente—. Nico ha estado corriendo por toda la
ciudad tratando de ahuyentar a Danil. Ha estado matando a los soldados de
Danil y golpeando con fuerza a los bajos fondos. Al final se volverá contra
nosotros y sospecho que nuestros amigos de las fuerzas del orden no serán
amistosos durante mucho tiempo, pero está funcionando. Creo que Danil te
envía mensajes porque está desesperado. Así que esto es lo que haremos.
Vamos a usar esto contra él. Te voy a decir lo que tienes que decir, y tú lo vas
a decir. ¿Lo harás por mí?
Lo miro a los ojos y sí, haré cualquier cosa por él, cualquier cosa que
me pida.
—Lo que quieras —digo.
—Buena chica —susurra, y me besa—. Ahora, sobre lo que te dije
antes. Creo que debes estar desnuda a cuatro patas con ese dulce culo
contoneándose en el aire. ¿Puedes hacer eso para mí ahora, pequeña esposa?
Entonces, después, nos ocuparemos de este otro problema.
—Creo que puedo encargarme de eso. —Un pulso de excitación me
244

recorre la columna vertebral mientras me besa suavemente el cuello.


Página

—Bien. Muy buena chica. —Se ríe suavemente, me besa la garganta y


me tira del pelo—. Ahora, desvístete.
Es una ironía enfermiza que Danil quiera encontrarse a mitad de camino
en el estacionamiento del hospital donde Fynn está en coma, pero no tengo
muchas opciones. Él establece la hora y el lugar, y se espera que yo aparezca.
Diles que quieres ver a tu nuevo cuñado, seguro que les encantará. Su marido
es todo acerca de la familia, ¿no es así? Ese bastardo es condescendiente
incluso a través del texto. Los gurús de la tecnología de Casso hicieron todo lo
posible para rastrear el número que Danil está usando, pero no hubo nada
definitivo, aparentemente, está usando algún tipo de red de defensa virtual. Lo
que nos dejó sin otra opción que seguirle la corriente.
Me quedo de pie, torpemente, con los brazos alrededor de mí, en la
esquina más lejana, justo donde Danil me dijo que fuera después de conseguir
un paseo con Karah. No me gustan ni las luces parpadeantes ni el profundo
silencio subterráneo que reina en los niveles inferiores. Esto parece una
245

tumba.
Página

El lugar huele a hormigón húmedo y a escape de coche. El moho negro


crece en una pared cercana y largas líneas de manchas de humedad cubren el
suelo. Intento mantener la calma, pero es difícil cuando sigo imaginando la
dura expresión de Danil la última vez que lo vi, la intensidad en sus ojos como
si quisiera recogerme y robarme. Sus mensajes desquiciados no ayudan en
absoluto. Los textos que envió eran incómodos en el mejor de los casos y
psicóticos en el peor, y me preocupa estar cometiendo un terrible error al
seguir.
Pero anoche, después de mensajearme sin parar con Danil y establecer
el plan, fui con Karah al hospital. Ella iba a venir de todos modos, así que fue
fácil conseguir que me llevaran. La habitación estaba vacía y silenciosa, y nos
sentamos junto a la cama de Fynn durante una hora más o menos mientras
Karah observaba a su hermano con una expresión de profunda preocupación
en el rostro, como si intentara sacarlo del coma solo con su fuerza de voluntad.
Yo no hablaba y ella tampoco; sólo observábamos a su hermano respirar,
inspirar y espirar, y escuchábamos el chirrido de los equipos cercanos, los
suaves murmullos de las enfermeras hablando entre ellas, el suave vaivén de
la brisa exterior. Era un momento de paz, y ver la forma en que Karah miraba
a su hermano con una admiración absoluta e incesante hizo que algo hiciera
clic dentro de mí como una revelación.
Manuel está muerto. Es un hecho obvio, pero importante. Mi hermano
se ha ido, pero el hermano de Karah no. Fynn sigue vivo, aunque esté en
coma, y no importa lo que haga, no puedo traer a mi hermano a casa, pero
puedo ayudar a la familia Bruno. Puedo ayudar a la familia de Casso y tal vez
trabajar para sanar la brecha que ayudé a crear. Quizá no sea lo ideal -nunca
imaginé ni en un millón de años que querría hacer algo positivo por estas
personas-, pero de las malas situaciones pueden surgir actos buenos. Lo
positivo tiene que pesar más que lo negativo, y sólo las personas dispuestas a
sacrificarse pueden lograrlo.
Pero es más que eso. Quiero coser lo que se ha roto dentro de Casso si
246
puedo. Quiero repararlo, y aunque sé que nunca podré recomponer su carne
como antes, quiero intentar que esté lo más entero posible. Habrá cicatrices y
Página

dolor y nada será perfecto, pero quiero darle a Casso todo lo que pueda, darle
algo que yo nunca tuve.
Una segunda oportunidad.
Por eso estoy aquí, en este aparcamiento, esperando a Danil y muerta de
miedo. No sé qué quiere el ruso, pero no será bueno, y puede que acabe
desangrándome en el suelo de cemento, pero al menos lo intento. Estoy aquí y
lo estoy intentando, y aunque Casso me rogó que no siguiera adelante con esta
locura, el resto de su familia estuvo de acuerdo en que este era el mejor curso
de acción. Incluso Elise parecía pensar que era una idea inteligente, y eso fue
lo que me convenció. Al final, el Don tenía que hacer lo que era mejor para
todos, aunque casi lo matara aprobar mi plan.
Pero eso es algo más que Casso tiene que aprender: por muy fuerte que
sea, por mucho control que tenga, nunca es completo.
A veces, las personas que amamos hacen cosas que no aprobamos y con
las que no estamos de acuerdo, pero las amamos igualmente. Eso es el amor.
El amor con condiciones no es amor en absoluto, es un contrato. Y he
terminado de estar en un contrato con mi marido. Quiero más.
Pasos cercanos. Suaves al principio, pero cada vez más fuertes. Me
esfuerzo por ver de dónde vienen, pero el garaje está vacío y quieto, y el eco
del hormigón dispersa el sonido por todas partes. Los coches cercanos brillan
en las bombillas fluorescentes del techo. Estamos dos pisos bajo tierra y
parece que estoy enterrada en el suelo. Pienso en aquel viaje en coche a Villa
Bruno con papá al principio de todo esto: otro funeral, otro entierro.
Llega a la esquina, deslizándose entre un monovolumen y un
todoterreno. Se asoma a la luz, sonriendo. Lleva el pelo echado hacia atrás y
desordenado, con aceite. Le cuelgan grandes ojeras negras debajo de los ojos.
Su ropa está arrugada, como si hubiera dormido con ella. Pero sigue siendo
Danil, con su mirada depredadora, su calma de serpiente, esa sonrisa viciosa.
Se queda a tres metros al otro lado de la rampa.
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—Has venido —dice como si lo dudara.
—Dije que lo haría. —Miro a mi alrededor. Nuestras voces rebotan por
Página

el túnel y se pierden en los niveles más profundos—. ¿Estamos solos?


Él inclina la cabeza. —Yo tenía la misma pregunta. —Lo que significa
que probablemente no. No puedo imaginarme que haya corrido este riesgo sin
respaldo.
—Tú eres el que me arrastró hasta aquí. ¿Por qué demonios nos
reunimos en el hospital, de todos los lugares?
—Me pareció inteligente verte delante de sus narices. Además,
sospecho que es uno de los pocos lugares a los que tu marido te dejaría ir sin
él. ¿Estoy en lo cierto?
Tiene razón, pero no dejo que se note. —Estamos aquí. Tú querías esta
reunión. ¿Cuál es tu gran idea? —Sigue bromeando con algo a través del
texto, algún plan maestro que cree que finalmente derrocará a la Famiglia
Bruno y enderezará el mundo de una vez por todas. Enmascara sus verdaderas
intenciones con el lenguaje de la revolución, pero ambos sabemos que es una
broma absurda. No hay nada revolucionario en un bratva pakhan.
Se acerca. Un paso en la rampa, pero no más. Mira a su alrededor como
si no estuviera seguro de sí mismo, y es la primera señal de que Casso podría
tener razón: lo que sea que esté haciendo Nico por toda la ciudad tiene a Danil
asustado. Hay hombres muertos y Danil se pregunta si él será el siguiente. Es
por eso que estamos teniendo esta reunión en primer lugar, por lo que llegó a
la forma en que lo hizo, por lo que está tomando este riesgo. Los hombres
asustados hacen cosas drásticas.
Trato de concentrarme en eso. Si sigo pensando que Danil es una
especie de monstruo, y que es invencible, que ha estado dirigiendo todo esto
desde las sombras, entonces voy a perder los nervios y entrar en pánico, y eso
es lo único que no puedo hacer ahora.
—Tenemos tanto en común, Olivia —dice, con la voz más baja—. La
248

familia Bruno arruinó nuestras vidas. ¿No ves la simetría? Tú y yo somos


víctimas, y somos del mismo mundo.
Página

—¿Cómo te hicieron daño?


—Hicieron lo que la Famiglia Bruno hace mejor. Mataron. Asesinaron.
Robaron. Todo lo que mi padre construyó, los Brunos lo arrancaron y nos
dejaron como una cáscara de lo que fuimos. ¿Recuerdas cómo era antes?
¿Antes de que la guerra lo arruinara todo?
Lo recuerdo. Pienso en ello todo el tiempo y me mata, todos los -y si- y
las posibilidades. El acoso de Casso era mi mayor preocupación antes de que
Manuel muriera. Entonces era feliz e ingenua, una chica más en el instituto
que pensaba en la universidad, en los chicos y en los trabajos de verano, antes
de que me obligaran a crecer y a convertirme en lo que soy hoy.
Más fuerte. Más resistente. Un poco herida, un poco rota. Pero mi
propia persona.
—Mi hermano estaba vivo entonces —digo y me abrazo más fuerte.
Eso es lo único que cambiaría: si pudiera traer a mi hermano de vuelta, lo
haría.
—Estaba vivo, y también mi padre. Tenemos mucho en común, Olivia.
—Se acerca. Un paso más, luego otro. Cree que somos iguales, pero no lo
somos, en absoluto. Reaccionó a lo que pasó con amargura y violencia. Pero
encontré una forma mejor—. Murieron en una explosión. ¿Te lo ha dicho
Casso? Mi padre y tu hermano murieron por el mismo coche bomba, y la
única persona que salió libre fue Don Bruno. ¿Crees que es una coincidencia?
Nos parecemos demasiado.
La ira se dispara. Intenta hacerme creer que la Famiglia Bruno estuvo
involucrada en esa bomba, pero sé que se equivoca y lo odio por ello. Lo odio
tanto que decido salirme del guion porque no puedo seguir así. Necesito saber
la verdad, y nunca la descubriré si dejo que Casso haga lo que planea sin
actuar primero.
249

Ahora doy un paso adelante. Me toca acortar la distancia. Siento la


tensión como una manta pesada sobre mis hombros. Nos separan dos metros
Página

como máximo y respiro con dificultad. Podría arremeter contra él y darle un


puñetazo en la garganta.
—¿No explotó la bomba en el coche de Don Bruno? —Pregunto y trato
de reprimir mi repugnancia.
Sus ojos se ensanchan un poco, pero sus labios se tensan en una sonrisa.
Está sorprendido y se esfuerza por fingir que está divertido. —Entonces lo
sabes.
—La familia Bruno habla, especialmente cuando han estado bebiendo.
—Improvisando ahora, desesperada y estúpida. Si meto la pata y él se da
cuenta de mi historia, estoy jodida, pero tengo que intentarlo. Está nervioso, y
los hombres nerviosos cometen errores, eso es lo que dijo Casso. Tengo que
intentarlo. Me odiaría si no lo hiciera.
—Hiciste que uno de ellos se emborrachara lo suficiente como para
soltar las tripas. —Su sonrisa es afilada ahora, malvada—. ¿Qué dijeron?
¿Qué mentiras dijeron?
—La bomba estalló en el coche de Don Bruno, lo que significa que la
Famiglia Bruno no la puso. Tu padre murió en la explosión, lo que significa
que él tampoco lo hizo. Mi hermano murió, lo que significa que mi familia no
lo hizo. ¿Quién puso la bomba?
—Había muchas partes interesadas en ese entonces. Las guerras de la
mafia afectan a toda la ciudad —dice Danil con desprecio.
—No, eso es débil. Eso es demasiado débil. ¿De verdad crees que un
capo cualquiera tendría suficiente acceso al coche del Don para poner una
bomba? ¿Y por qué hacerlo cuando hay una reunión de paz? La guerra es mala
para los negocios. Es en el interés de todos para poner fin a la lucha tan pronto
como sea posible. Sabes algo Danil, y me lo estás ocultando.
Ahora parece frenético. Con los ojos muy abiertos, moviéndose de un
250
lado a otro. Tengo miedo de lo que pueda hacer y mi corazón se acelera, pero
tengo que seguir adelante. Ahora sólo hay un avance para mí y estoy
Página

comprometida. Los hombres nerviosos cometen errores.


—Siempre fueron ellos —dice Danil—. El maldito Casso y su maldita
familia. Esa paz nunca debió ocurrir, y sólo Don Bruno debió morir.
Mi corazón se aprieta, hace un doble latido y vuelve a empezar su ritmo.
Siento frío en todo el cuerpo, el escalofrío me roza la piel. —Sabes quién lo
hizo, ¿verdad? —Ahora estoy tan cerca de la verdad.
Su mandíbula se tensa, subiendo y bajando. —La reunión fue en el club
de mi padre. Nadie mira dos veces al niño flaco y pálido, ¿verdad? A nadie le
importan los niños. Los adultos creen que los niños no son capaces de ser
despiadados, pero los adultos se equivocan. —Se pasea de un lado a otro,
gesticulando salvajemente en el aire—. No fue difícil. Los planes estaban
todos en línea. Una vez que los viejos bastardos se sentaron a charlar, beber y
hacer su trato, fue fácil deslizarse por debajo del todoterreno y pegar la tubería
justo debajo del depósito de gasolina. Los guardias no estaban mirando, al
menos no de cerca. Estaban fumando cigarrillos y mirando la puerta. Todos
ellos esperaban que la guerra terminara y que sus vidas continuaran durante
otro patético día. Era tan fácil, tan condenadamente fácil, y sabía que
funcionaría. Conocía la química.
—Algo salió mal —aprieto mientras se tira del pelo, y empiezo a
asustarme al asimilar las implicaciones de lo que está diciendo, pero sigo
adelante. Ya he cruzado la línea y no hay vuelta atrás—. ¿Qué ha pasado?
¿Por qué murió tu padre? —No añado, ¿por qué mataste a mi hermano? —El
gatillo debía ser teledirigido. Tenía una radio preparada, y cuando Don Bruno
salió solo del club, arrastrando los pies hacia el coche, envié la señal de
detonación. Pero no pasó nada, no sé por qué, lo he pensado mil veces desde
entonces. Creo que debo haber metido la pata en el cableado, o que he
incorporado un retardo en los circuitos donde no debía haberlo. Pero entonces
tu hermano vino detrás de él, seguido por mi padre, y se pusieron a hablar, allí
mismo. Justo fuera del coche. Apagué la radio, pero no importaba, ya no. La
mecha se encendió y la devastación se puso en marcha, sólo que con un
retraso que no había previsto. Treinta segundos después de pulsar el botón, la
251

bomba estalló y la única persona a la que quería matar sobrevivió. Después de


eso quedé arruinado, totalmente arruinado, y todo por culpa de la Famiglia
Página

Bruno. —Sus ojos se abren y se vuelve hacia mí, con las manos temblorosas y
abiertas—. Lo ves, ¿verdad? Lo hice todo por ti, Olivia. Todo esto fue por ti.
—No, esto no fue por mí —digo, negando con la cabeza. Mis ojos se
llenan de lágrimas y mi garganta está medio ahogada por la pena. Los
hombres nerviosos cometen errores. Así que esta es finalmente la historia de
cómo murió mi hermano. Un chico medio loco puso una bomba debajo del
coche de un mafioso y se equivocó en el gatillo de la mecha. Eso es todo, sólo
un estúpido error de un adolescente equivocado, y las ondas de esa explosión
continúan a través de los años, todavía arruinando vidas.
—Pero lo fue. Casso Bruno fue una mierda contigo, Olivia. Te acosaba
sin piedad y yo lo veía pasar, día tras día. Me sentía impotente, y lo odiaba
tanto por hacerme sentir así, pero no había nada que pudiera hacer. Mi padre
era amigo de su familia, pero eso no significaba nada. Abusaba de ti, te hacía
daño, y yo lo veía todo. Cuando tuve la oportunidad de devolverle el daño,
hice lo que tenía que hacer.
—No, no, Danil, no lo hiciste por mí, lo hiciste por ti. —Ahora estoy
llorando, sin poder evitarlo. Lloro por Manuel y por todas las vidas que se
perdieron después de él. La guerra podría haber terminado ese día, y la
destrucción, el dolor y la muerte que vinieron después podrían haberse
evitado.
Pero no fue así, por culpa de Danil.
—¿Ya no importa? Casso es la verdadera amenaza. Él y toda su familia
necesitan ser destruidos, y tú puedes ayudarme a hacerlo. Si trabajamos juntos,
Olivia, podemos acabar con la Famiglia Bruno y liberar a Phoenix de su
tiranía. Ayúdame a hacerlo y te juro que me aseguraré de que no tengas que
pasar otro momento con un marido que no quieres en una familia que no te ve
más que como un peón en su juego.
—Eso habría sido tentador en algún momento, pero ya no. —Me alejo
252
ahora, sin dejar de mirarle. Sigo retrocediendo, despacio, lentamente—. Me
mentiste desde el principio. Querías que pensara que la familia Bruno había
Página

matado a mi hermano, pero fuiste tú quien puso la bomba. Me empujaste y


tiraste y me jodiste la cabeza, y no voy a hacer nada contigo, pedazo de
mierda. Me das asco, todo en ti me da asco, y mi marido es el doble de
hombre que tú. —Choco con el coche aparcado en el último espacio y me
agacho como si fuera a atarme los zapatos.
Escondido detrás del parachoques, sujeto en un lugar fácil, hay un
pequeño botón. Hace un clic cuando lo pulso, y no pasa nada.
He practicado esta parte toda la mañana con Casso. Agáchate, pulsa el
botón. Agáchate, pulsa el botón. No te asustes, sólo presiona y espera, eso es
todo lo que tienes que hacer. Acércalo y presiona el botón. Es un gran riesgo
asumir que tendría la oportunidad de realizar esta maniobra, pero fue la mejor
opción que se nos ocurrió. Mientras me pongo de pie lentamente, Danil se
acerca a mí con pura rabia en sus ojos, sus labios se retraen para mostrar sus
dientes.
—Has matado a mi hermano —le grito, medio gritando ahora, con las
lágrimas salpicando mi cara. Ahora todo está en movimiento y todo pretexto
puede caer—. Lo has asesinado, cabrón, y espero que te pudras con tu
asqueroso e inútil padre.
Danil ruge con total rabia, un grito sin sentido y sin palabras, y el motor
de un coche chilla mientras los neumáticos se estrellan contra el hormigón
medio piso más abajo. Los faros aparecen al doblar la esquina y Danil se
detiene, levantando las manos en señal de asombro mientras el camión ruge
hacia nosotros. Me lanzo, corriendo hacia la parte trasera del coche aparcado,
y el grito de Danil se convierte en un alarido cuando se lanza al suelo,
consiguiendo a duras penas evitar ser atropellado cuando el camión se detiene.
Casso salta por la puerta. Nico sale por la parte trasera con Gavino y
otro guardia armado que no conozco. Casso corre hacia mí, ignorando a Danil,
y me agarra en sus brazos, acercándome mientras apunta con su arma a la
forma de Danil. El ruso está temblando, con un arma a medio desenfundar de
253
la parte trasera de su cintura, mirando a las múltiples pistolas que tiene en la
cara, y parece conmocionado.
Página

—¿Cómo? —grazna—. ¿Cómo? ¿Cómo?


Casso me besa suavemente. —¿Estás bien?
—Estoy bien —digo y él me limpia la mejilla, despejando las
lágrimas—. ¿Qué has oído?
—Sólo los gritos. —Suspira y me besa la mejilla—. Te dije que no lo
hicieras. Te rogué que no te comprometieras, que pulsaras el botón en cuanto
lo vieras.
—No pude evitarlo. —Sonrío por la forma en que su preocupación me
inunda.
—¡Cómo! —Danil grita, volando saliva—. ¡Cómo!
Casso suspira, me besa y se vuelve hacia Danil. Se acerca y le da una,
dos y tres patadas al ruso. Danil gime y deja de gritar mientras se acurruca
sobre sí mismo, agarrándose las costillas y el estómago mientras Casso se
sitúa sobre él, amenazante.
—Hemos matado a tus guardias —dice simplemente—. Todo esto era
una trampa, estúpido y desesperado. En cuanto se pusieron en posición, les
cortamos la garganta y dejamos que sus cuerpos se desangraran. Y ahora es tu
turno.
—Los odio —dice Danil, luchando por sentarse—. Los odio, malditos
enfermos, los odio tanto por lo que hicieron. Olivia debería haber sido mía,
cabrón, debería haber sido mía y tú te abalanzaste sobre ella y la robaste. No
te mereces una mujer como ella, no después de lo que hiciste.
—Tienes razón —dice Casso, levantando su pistola y apuntando a la
cara de Danil—. No la merezco. Pero trabajaré cada día para ganármela de
todos modos.
Aprieta el gatillo y la cara de Danil estalla en una lluvia de sangre,
vísceras, cerebro y huesos.
254

Retrocedo unos pasos, horrorizada y eufórica, con las manos en la boca.


Página

Los hombres se quedan mirando el cadáver de Danil mientras el estruendo de


la pistola de Casso se disipa lentamente y se desvanece, los ecos se hacen más
suaves, pero el sonido nunca desaparecerá de mi memoria mientras viva. Sus
últimas palabras, sus últimos gritos, están grabados a fuego en mi memoria,
junto a todos los recuerdos de Manuel.
—Lo siento —dice Casso mientras guarda su pistola y se acerca a mí.
Me coge y me estrecha contra él, abrazándome—. Siento que hayas tenido que
ver eso. Siento que hayas tenido que formar parte de esto. Pero ya se ha
acabado, todo ha terminado.
—Se acabó —susurro y sollozo en su pecho mientras me abraza fuerte.
Manuel se ha ido. Danil se ha ido. Hay tanta gente que ha muerto, se ha
ido y no volverá, pero yo estoy aquí y estoy con Casso, y eso es lo único que
me importa.

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Página
La limpieza es la parte que menos me gusta de cualquier golpe, pero
afortunadamente puedo delegar ahora que soy el Don. Una vez que nos
deshacemos del cuerpo de Danil y sus hombres son despedazados y enterrados
en el desierto, el terror que invadía la ciudad desaparece. Ordeno a mis
hombres que vuelvan, y el alivio en las calles es palpable. Todo el mundo
estaba aterrorizado de ser el siguiente.
Las cosas se calmaron durante los siguientes días. Los pocos tipos que
quedaban que eran leales a Danil Federov y su bratva escapan de Phoenix y
desaparecen. Les doy golpes, pero no me preocupa demasiado si tienen éxito o
no. El grueso de la bratva de Danil está muerto, y sin el propio Federov, los
que quedan no valen nada. Que miren por encima del hombro el resto de sus
miserables vidas. Si los atrapo, los destriparé. Pero no me esfuerzo demasiado.
Nos turnamos para sentarnos junto a la cama de Fynn. Todos ponen su
tiempo, incluso Elise y Olivia. Aunque lo único que hace Elise es leer revistas
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y mirar Instagram, sigue siendo bueno tener un cuerpo caliente a su lado.


Página

Por la noche, cuando la oscuridad desciende y siento que mi propia


oscuridad empieza a envolver mi corazón, busco a Olivia. Está ahí, en mi
cama, a centímetros de mi cuerpo, y la estrecho contra mí, respirando su olor,
sintiendo su piel, usándola como baluarte contra la miseria que amenaza con
invadir cada momento de vigilia que pasé con mi hermano en coma. Es una
pesadilla, una de la que no creo que pueda despertar, una de la que temo que
Fynn nunca despierte. Por las mañanas, la beso y sigo con mis asuntos, pero
siempre con ella en mi mente.
Tardo tres días en tomar una decisión. Después de visitar a Fynn,
encuentro a Olivia junto a la piscina con Elise a última hora del día, cuando el
sol se hunde y cae el crepúsculo. —¿Me prestas a mi mujer?
Elise se encoge de hombros. —No depende de mí.
—Supongo que tengo algo de tiempo libre. —Olivia se levanta y se
estira, sonriendo, llevando sólo un tapado transparente con un bikini blanco
sobre sus hermosos pechos y su culo. Contemplo sus piernas, sus labios, su
cuello, y reprimo la emoción que me recorre.
—Quiero enseñarte alguna vez, pero antes necesitas unos zapatos
razonables. —La llevo al patio, donde ya tengo los calcetines y las botas de
montaña. Ella frunce el ceño y luego me mira a mí.
—No estoy segura de que me guste a dónde va esto.
—Te prometo que no voy a enterrarte en el desierto. No está muy lejos.
Ella frunce el ceño, pero se sienta y se pone las botas. Cuando termina,
bajamos por el camino de atrás, saludamos a Elise y salimos a la propiedad.
Los guardias armados acechan en las rocas cercanas, observando con cautela.
No les gusta que su Don ande por ahí al aire libre, pero si mi propia tierra es
demasiado peligrosa para recorrerla, entonces no soy digno del puesto.
Olivia se apoya en mi brazo mientras vamos. —¿Para qué me has
sacado de la comodidad de la piscina? ¿Vamos a dar un paseo panorámico? —
Subimos por un terreno suelto y rocoso, y por una empinada subida hacia una
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sección de rocas más grandes.


—No está lejos —digo mientras avanzamos y la ayudo a superar un
Página

peñasco—. Cuando era más joven, mis hermanos y yo jugábamos aquí todo el
tiempo. Papá y mamá se quejaban amargamente de que volviéramos a casa
cubiertos de polvo rojo, pero no nos importaba. Era como nuestro propio patio
de recreo.
—¿Venía Karah?
—Constantemente, y la acosábamos todo el tiempo, pero durante un
tiempo fue más grande que Fynn y Gavino, así que era bastante divertido ver
cómo los golpeaba. Luego, en algún momento, llegaron a la pubertad y se
hicieron mayores, y hubo un breve período en el que Karah no se dio cuenta
de que eran mucho más fuertes que ella y siguió poniéndolos a prueba. —
Sonrío al recordar a mi hermana intentando someter a sus hermanos pequeños
y fracasando estrepitosamente.
—Entonces estaban muy unidos.
—Todavía lo estamos en cierto modo, pero es difícil. —Se queda
callada, así que la rodeo con un brazo mientras la dirijo hacia nuestro destino.
—En una familia como la nuestra, hay presiones. Sé que eres consciente de
algunas de ellas, pero es aún más difícil en la Famiglia, cuando tenemos tanto
en juego y tanta gente depende de nuestro liderazgo. Aunque los otros no sean
el Don, siguen siendo observados por los otros Capos y tenientes. Eso pone
todo tipo de tensión en nuestras relaciones.
—Pero aún estás cerca. —Ella suspira y trata de sonreír, lo que me
rompe el corazón—. Me gustaría haber tenido una oportunidad con Manuel.
Estábamos unidos cuando éramos más jóvenes, pero nos distanciamos cuando
él se involucró más en el trabajo de papá. Aun así, lo quería.
—Sé que lo hacías, y lamento que no hayas tenido la oportunidad de
conocerlo. —Me detengo al llegar a un lugar arropado por un pequeño
acantilado donde se juntan algunas rocas más grandes. Me agacho un poco y
ahí está, la entrada a un pequeño rincón. Estamos a la sombra de las
258

formaciones rocosas, y meto la mano en la grieta hasta que siento algo duro.
Me rio mientras lo saco y lo levanto.
Página

—¿Una caja de puros? —Olivia parpadea y frunce el ceño cuando la


abro, y luego se ríe también.
Está llena de viejos naipes porno, hierba rancia antigua, una pipa de
cristal y varias mallas diminutas. Me apoyo en las rocas y me maravilla el
pequeño escondite. —Fynn y yo solíamos venir aquí a veces y drogarnos
juntos. Este era nuestro lugar cuando éramos niños.
—No puedo creer que todavía esté aquí. ¿Cuántos años tiene?
—Diez años por lo menos. Probablemente un poco más. No recuerdo la
última vez que vine aquí con Fynn, lo que me mata un poco, pero quería que
vieras esto. Quiero que me conozcas, Olivia. Quiero que entiendas de dónde
vengo.
—Me imagino a ti y a tus hermanos divirtiéndose mucho por aquí, lejos
de tus padres.
—Esos fueron buenos días. —Dejo la caja en el suelo y la deslizo de
nuevo a su lugar en la oscuridad del bolsillo oculto—. Y ahora estás conmigo,
y los días son aún mejores. —La acerco y tomo sus manos entre las mías. La
beso suavemente y ella me sonríe, con un rubor en las mejillas, genuinamente
feliz. Es tan encantadora que no puedo evitarlo y me arrodillo, sin dejar de
sujetar sus manos entre las mías.
—Olivia, quiero preguntarte algo —digo en voz baja, y ella me mira
con los ojos muy abiertos.
—¿Qué estás haciendo?
—Te quiero. Creo que te quiero desde hace mucho tiempo, pero no he
sido capaz de permitirme entenderlo, no realmente. Pero estoy harto de fingir
y cansado de actuar como si no te necesitara, cuando es todo lo contrario. Te
necesito más que un miembro, más que mi vida. Eres mi familia y mi sangre,
y te quiero, Olivia. Te quiero tanto que me rompe.
259

—Yo también te quiero —susurra mientras saco el anillo de mi bolsillo.


Es diferente del que lleva ella: Elise me ayudó a elegirlo.
Página

—Te lo mereces todo. —Me quito el viejo anillo y me lo meto en el


bolsillo—. ¿Quieres casarte conmigo?
Parpadea rápidamente, pero una lágrima rueda por su mejilla. —
Demasiado tarde para eso.
—Lo digo en serio. Quiero hacer esto bien. No tenemos que hacer otra
ceremonia si no quieres, pero necesito que te comprometas, y necesito que
sepas que estoy comprometido. ¿Quieres casarte conmigo, Olivia?
—Sí —dice ella, asintiendo, sonriendo. Le pongo el anillo en el dedo—.
Dios, sí, me casaré contigo. Te quiero, Casso Bruno.
Me levanto y la beso, aplastando su boca con la mía, y la atraigo contra
mi cuerpo. Ella se ríe, y yo me rio, ella llora, y yo definitivamente no. La
abrazo con fuerza y la siento cerca, una parte de mi vida, el centro de mi
mundo. La quiero más de lo que puedo entender y aunque me asuste, no huiré.
No lucharé contra algo bueno.
—Ahora supongo que debo tomar tu nombre —dice, suspirando contra
mi pecho—. Olivia Bruno. Suena bien, ¿no?
—Suena perfecto.

260
Página
TRES MESES DESPUÉS…

—Tienes que decírselo. —Karah está prácticamente saltando de


puntillas, pero yo niego con la cabeza, paseando de un lado a otro de la sala de
juegos. Elise se sienta en la barra y se sirve champán. Le da una copa a Karah,
que la rechaza con la mano—. Vamos. Tienes que hacerlo.
—Lo haré, lo haré, es que estoy aterrada. —Siento un cosquilleo de
emoción y miedo. Todo ha cambiado tan rápido y no sé qué voy a hacer.
—Esto es algo bueno, ¿no? —Elise levanta una ceja, bebiendo—.
Supongo que no lo sabría. Este cuerpo no está hecho para... —Hace un vago
gesto hacia sí misma.
—Eso es porque tu cuerpo es noventa por ciento de plástico —dice
Karah y Elise se ríe de eso, levantando su vaso con un guiño—. Esto es algo
bueno, Olivia. Va a estar muy emocionado, y Dios sabe que lo necesita ahora
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mismo.
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Me detengo y me apoyo en la mesa de billar. La cabeza me da vueltas y


siento que voy a desmayarme. Me agarro con fuerza al borde y cierro los ojos
para intentar imaginarme la reacción de Casso. No puedo verla, pero me aterra
que sea horrible, que se enfade y me culpe por hacer esto en el peor momento.
—Últimamente está muy ocupado —digo, mirándome las manos—. Las
cosas están bien entre nosotros, pero ya sabes. Está muy ocupado.
Karah suspira y se acerca. Me frota suavemente la espalda y le sonrío.
En los últimos meses he llegado a verla como una verdadera hermana y es una
sensación tan extraña como increíble.
—Nadie podría haber visto esto venir, y menos tú. No te culpes.
—Aun así, tiene mucho que manejar. ¿Puede manejar esto también?
—Casso es fuerte. Ya sabes lo fuerte que es. Además, esto no es algo
que él tenga que manejar. Es un regalo. —Me aprieta el hombro y me
abraza—. Estás embarazada, Olivia.
Embarazada. Estoy embarazada. Las palabras no tienen sentido. Pero
me hice como una docena de pruebas y no hay ninguna duda, estoy
embarazada de Casso.
No puedo imaginar que esto suceda en un peor momento. Después de
que la bratva de los Federov fuera despedazada, las calles estaban tranquilas,
pero había murmullos de descontento. Varias de las bandas más grandes y
fuertes no estaban contentas con la forma en que Casso reprimió y
comenzaron una ola indiscriminada de terror en un intento de hacer salir a
Danil de su escondite. Aunque funcionó, dejó mucha rabia a su paso.
Ahora está lidiando con las consecuencias. Varias bandas unieron sus
fuerzas y le están dando problemas por toda la ciudad. Los turcos, los polacos,
los coreanos y los irlandeses se han comprometido a trabajar juntos contra los
intereses de Bruno, y son casi tan fuertes como la Famiglia. Están fracturados
y sólo se mantienen unidos por un irlandés muy carismático llamado Cillian,
pero mientras permanezcan juntos, le están causando muchos dolores de
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cabeza a Casso.
Y ahora quiero meter a un bebé en la mezcla.
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—Díselo —dice Elise—. Acaba con esto, cariño. Nunca es el momento


perfecto, la vida no funciona así.
—Elise tiene razón, aunque me duela admitirlo. —Karah me aprieta de
nuevo—. Será feliz. Confía en mí.
Respiro profundamente y lo suelto despacio. —Tiene razón. Se lo diré.
—Asiento con la cabeza y trato de mentalizarme. Pienso en todas las noches
que pasamos juntos sudando en el calor de la noche, nuestros cuerpos
trabajando juntos mientras el placer aumentaba en olas inimaginables. Casso
sigue teniendo hambre de mí todas las noches, y aunque se pase todo el día
trabajando y ocupándose de mil problemas diferentes, siempre tiene tiempo
para mí por la noche.
Y lo quiero por ello. Lo amo más de lo que jamás pensé que lo haría.
Amo a mi marido, y a mi nueva familia. Resulta que Gavino es muy divertido
y una persona genuinamente buena, y Karah es como mi media naranja.
Incluso Elise nunca deja de sorprenderme.
—Muy bien, vale, me voy. —Me extraigo del abrazo lateral de Karah y
me dirijo a la puerta—. Puedo hacerlo, ¿verdad? Sólo es mi marido.
—También es el Don de una poderosa familia mafiosa en medio de una
guerra en ciernes, pero sí, es tu marido. —Elise sonríe y me guiña un ojo.
Karah suspira con fuerza. —No estás ayudando. No seas gilipollas,
Elise.
—Sólo me burlo de ella.
Me voy antes de que Elise pueda burlarse más y arruinar la resolución
que me queda. Salgo y me apresuro a ir al despacho de Casso. Llamo una vez
y espero a que me llame.
Mi marido está sentado detrás de su escritorio, frotándose las sienes.
Mira a la pared como si quisiera quemarla con su mente. Cuando entro en la
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habitación, su rostro se suaviza y una sonrisa se dibuja en sus labios, y la


forma en que parece transformarse instantáneamente cuando estoy cerca me
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produce una sacudida de pura alegría en el corazón.


Este hombre me quiere mucho. Está escrito en todo lo que hace y en
todo lo que dice. Cuando estoy cerca, es como si pudiera relajarse y todo el
estrés se desvanece de sus hombros en oleadas. Me sonríe cuando me acerco a
él, con el corazón acelerado, pero esto está bien, está muy bien.
—Hola, esposa, estás preciosa hoy.
—Hola, marido. —Me siento en el borde de su escritorio. Soy la única
persona en el mundo a la que deja hacer esto—. Te ves estresado pero guapo.
—Eso me resume. ¿Qué has estado haciendo? ¿Pasando tiempo con
Elise y Karah?
—Más o menos. —Me miro las manos. Puedo hacer esto. Puedo
hacerlo. Él me quiere. Puedo hacerlo—. Quería decirte algo.
Antes de que pueda responder, suena su móvil. Mira la pantalla como si
estuviera a punto de apagarlo, pero en su lugar inclina la cabeza. —Es el
médico de Fynn. —Me mira—. ¿Puedo cogerlo?
—Por favor, contesta.
Coge el teléfono. —Habla Casso. Sí, doctor, ¿cómo está? —Sus ojos se
abren de par en par—. ¿Cuándo? ¿Está seguro? ¿Ahora mismo? Bien, de
acuerdo, estoy en camino, estaré allí en unos minutos. —Cuelga el teléfono y
se levanta de un salto.
—¿Qué pasa? —Pregunto, deslizándome por el borde del escritorio,
temiendo lo peor, pero él se acerca y me envuelve en un fuerte abrazo y me
besa y se ríe, se ríe tan fuerte que puedo sentir su pecho hinchado y sus
abdominales tensos. Me besa y me hace girar.
—¡Está despierto! ¡Está despierto! Fynn está despierto. —Da vueltas y
vueltas, me besa, me abraza y si hay lágrimas en sus ojos, bueno, está bien.
—¿Estás bromeando? ¿Hablas en serio?
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—Ahora mismo está despierto. Me tengo que ir. Lo siento mucho,


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Olivia, pero tengo que correr.


—Vete, vete, nos vemos luego. Pero espera, aguanta. —Lo atraigo
contra mí, lo beso y lo bajo para susurrarle al oído—. Te quiero, Casso. Y
estoy embarazada.
Me mira con asombro. Se queda con la boca abierta y no se mueve, y
por un momento el mundo deja de girar, sólo estamos él y yo encerrados en el
tiempo. Pero luego me besa, me abraza y ahora lloro porque soy un bebé, y él
sonríe tanto que se le puede romper la cara.
—Este es el mejor día de mi vida —dice—. Mi perfecta esposa está
embarazada y mi hermano está despierto. Dios, te quiero tanto, tenemos tanto
que hablar.
—Ve con Fynn. Podemos discutir todo más tarde.
—Te quiero. —Me besa de nuevo, se ríe una vez, sacude la cabeza, me
mantiene a distancia y vuelve a reírse—. Jodidamente embarazada. Dios, soy
tan feliz ahora mismo.
Me suelta y se va, sacudiendo la cabeza mientras se va.
Me desplomo contra el escritorio, con una sonrisa de oreja a oreja.
Fynn está despierto y yo estoy a punto de tener un bebé.
La vida no puede ser mejor.

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, .
Cuando un tiroteo brutal me obliga a quedar al margen de
una furiosa guerra de la mafia, necesito un fisioterapeuta
discreto que me ayude a volver al juego.
Así de guapísima llega a mi vida Mirella Falconet.
Le ofrezco el mundo: dinero, poder, lo que quiera,
siempre y cuando mantenga la boca cerrada y haga su
trabajo. No puedo dejar que mis enemigos sepan el
alcance de mis heridas, no ahora.
Excepto que ella me odia. Su rabia negra es como una ola
palpable. La chica preferiría morir antes que ayudar a un
gángster como yo.

Pero eso no importa. Con Mirella, es como si su cuerpo derritiera mi fuerza de


voluntad. Ella es hermosa, divertida, fuerte, y nunca antes había estado tan hambriento por
una mujer.
Y si no puede aprender a obedecer, la haré pedazos.
Los secretos la persiguen en cada movimiento y sé que esconde algo. Mis enemigos quieren
robármela, pero no entiendo por qué.
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La mantendré a salvo. La haré mía. Y cuando termine, conoceré cada centímetro de ella tan
íntimamente.
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Escribo historias apasionantes que te harán retorcerte. Como autora
independiente, vuestro apoyo lo es todo. Muchas gracias por leer.

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