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Cultura de la Cancelación: Debate y Consecuencias

Este documento discute el fenómeno de la "cultura de la cancelación", donde personas son atacadas o "canceladas" en las redes sociales por expresar opiniones controvertidas o cometer actos ofensivos. Señala que aunque la cancelación a veces puede ser útil para presionar por el cambio, a menudo no permite el debate o la réplica y puede limitar la libertad de expresión. También advierte sobre los riesgos de que la cancelación se use como una forma de imponer una moral pública subjetiva o como una "maquinaria implacable"

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Cultura de la Cancelación: Debate y Consecuencias

Este documento discute el fenómeno de la "cultura de la cancelación", donde personas son atacadas o "canceladas" en las redes sociales por expresar opiniones controvertidas o cometer actos ofensivos. Señala que aunque la cancelación a veces puede ser útil para presionar por el cambio, a menudo no permite el debate o la réplica y puede limitar la libertad de expresión. También advierte sobre los riesgos de que la cancelación se use como una forma de imponer una moral pública subjetiva o como una "maquinaria implacable"

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HOGUERAS DE RESENTIMIENTOS

Un mítico cuento de los hermanos Grimm cuestionado por la escena de un beso que transcurre sin
el consentimiento de una de las partes involucradas porque yace dormida, un filósofo bajo
sospecha por el relato de presuntas prácticas pedófilas divulgadas por un excolega suyo tres
décadas más tarde del momento en que habrían ocurrido, un mítico narrador ruso del Siglo XIX
cuyas obras una universidad italiana amaga con dejar de estudiar porque la literatura ha quedado
atrapada en un conflicto bélico del presente: Blancanieves, Foucault y Dostoievski son una mínima
expresión de los casos alcanzados por el imperativo moral que pretende anular las disidencias sin
margen para el debate o la réplica.

Lecturas ofendidas, llamados a boicots, febriles debates públicos, bruscas cancelaciones: ¿qué
hacer con el autor que dice o hace algo que consideramos va más allá de nuestro nivel de
tolerancia? ¿Da lo mismo la opinión que el hecho aberrante, el delito penado por la ley incluso?
¿La conducta privada de un autor debe incidir en la apreciación de su obra? ¿Qué debe primar en
estos casos, la defensa de principios comunitarios e incluso etarios o la libertad de expresión? ¿La
sociedad debe protegerse, o hay que preservar el derecho a opinar antes que nada?

Muchos editores son despedidos por publicar piezas controvertidas; se retiran libros por supuesta
falta de autenticidad; a los periodistas se les prohíbe escribir sobre ciertos temas; los profesores
son investigados por citar obras literarias en clase; un investigador es despedido por hacer circular
un estudio académico revisado por pares que no es adecuado a la ideología.

La cultura de la cancelación implica quitarle el apoyo o “cancelar” a una persona que dijo o hizo
algo ofensivo o cuestionable. Y si bien es un fenómeno potenciado por las redes sociales y la
instantaneidad que tiene la comunicación en la era digital, no es para nada nuevo.

El poder indiscutido de las redes sociales y el anonimato les dieron una potestad inigualable a los
usuarios. La cancelación (con o sin argumentos) se volvió moneda corriente y las figuras
reconocidas deben ser muy cautelosas con lo que dicen o hacen.

Además de un extraordinario universo de datos y relatos, Internet es también un bidón de


gasolina. Una chispa es suficiente para encender la interacción de miles de usuarios en las
antípodas del pensamiento y atrincherarlos en el debate, la polémica y los trending topics.

En el siglo XXI, la caza de brujas está lejos de ser cosa del pasado. Hoy ya no se las quema en la
hoguera ni se somete a nadie a un proceso inquisitorial, pero sus cazadores siguen muy activos en
las redes sociales. Las nuevas e inquisitoriales hogueras son digitales.

Hoy la llamada cultura de la cancelación se presenta como una forma tirana de la imposición de
una moral pública perversa sujeta a la subjetividad y los sentimientos de quien la impone. Esta
cultura cierra todo diálogo, cierra toda búsqueda del conocimiento, cierra la construcción de
acuerdos y más aún cierra toda búsqueda de la verdad impidiendo inclusive generar una
pedagogía correctiva que ilustre el error.

El costo es devastador para el debate, la crítica, las posiciones contrarias y para la democracia
pues condena al silencio el cual, va ganando espacio permitiendo que sólo una voz se oiga y se
imponga: la de los neo-intolerantes. La cultura de la cancelación no dialoga, impone
violentamente produciendo el mayor de los males en la persona cancelada. No plantea una
transformación de la persona pues lo que menos importa es el diálogo persuasivo para el
convencimiento, lo que importa es la demostración de que la persona cancelada debe ser
erradicada, pisoteada, humillada y expulsada del consenso de lo política e ideológicamente
correcto.

Por lo general, la persona que fue cancelada no tiene lugar a dar su postura sobre la situación,
retractarse o incluso pedir perdón. Se lo declara culpable por el tribunal virtual, usuarios que se
esconden muchas veces detrás del anonimato, y la cancelación lo anula muchas veces de manera
irreversible. No hay grises. Blanco o negro. Nada de reflexión, ni ponderación, ni pensamiento.

Enojo, venganza, odio, tanto contra un pedófilo como contra quien no termina sus adjetivos con e.
Esa avalancha de indignación ha contribuido a poner en evidencia que nadie está exento de ser
observado, juzgado y hundido digitalmente. Las redes son insaciables, engullen contenidos y
personas como arenas movedizas hambrientas y gana quien pega primero y mejor.

Se asume una lógica de lapidar a los enemigos en los medios de comunicación con acusaciones de
todo tipo, reales o no. Antes nos quemaban en las hogueras, ahora nos prenden fuego en las
redes sociales. ¿Cómo proceder cuando la hoguera se ha encendido? El riesgo de ser juzgado en
internet es latente y en últimas inevitable. Aunque muchas veces los tribunales de social media
sean un mecanismo para visibilizar injusticias, transgresiones y arbitrariedades, en otros se trata
de una maquinaria implacable que se abalanza sobre personas inocentes.

Puede ocurrirle a cualquiera. Un alud repentino de notificaciones anunciando críticas, debates y


polémica. Su nombre hecho tendencia y una narrativa que proviene de desconocidos. Aunque las
crisis de reputación en línea en algunos casos son previsibles, en otros llegan sin tregua ni aviso. Y
algo es claro: más que evitarlas, el desafío es aprender a gestionarlas.

Las redes sociales digitales son el nuevo teatro de las confrontaciones. Hay una dinámica grieta, de
bandos enfrentados, que se disparan de manera cotidiana y eso genera una especie de normalidad
y, a la vez, termina licuando todo en un sin fin de acusaciones en círculo que no llevan a ningún
lado. Los pleitos “se ganan” en la opinión pública, explotando el morbo de los acontecimientos o
sucesos hasta el éxtasis.

Sin embargo, quienes se esconden en las profundidades del anonimato con sus antorchas listas
para encender la próxima hoguera, sostienen que la cancelación es una herramienta útil. Lo cierto,
es que hay una gran diferencia entre cancelar a un libro, a alguien que expreso un comentario
sexista y una persona acusada de abuso.
Hay casos en los que la herramienta puede ser útil. La cancelación puede ser útil como elemento
de presión en algunos casos particulares, como es presionar socialmente a la justicia para que
avance en la investigación sobre ciertas denuncias o situaciones.

Entonces, ¿la cancelación es buena o es mala? Lo primero sería pensar la cancelación como
estrategia. Hasta qué punto funciona, hasta qué punto sirve para llevar al cambio o a la reflexión, y
hasta qué punto es solamente una forma punitivista que a veces se responde con violencia, o con
otro tipo de cancelación o de construcción de odio.

La cancelación bien usada podría ser de una gran ayuda, sin embargo, nunca es utilizada
correctamente. Primero, dado que la persona que es denunciada no logra ser escuchada para
justificar lo hecho o dicho, deja por fuera la oportunidad de debatir y replicar sobre lo sucedido.

Segundo, dado que la cancelación se centra en la denuncia y en afectar de todas las maneras
posibles al agresor, no se entablan procesos de conversación o reconocimiento para tomar
ventajas sobre lo sucedido y generar cambios positivos. Por el contrario, las personas canceladas
son rezagadas y marginadas, desconociéndoseles su talento o quehacer, lo que tampoco permite
que vivan procesos de aprendizaje y crecimiento. En casos de imputaciones penales, no se espera
ni se necesita un veredicto de los tribunales. Importa calcinar a los imputados en la hoguera de los
medios informativos y las redes electrónicas.

La cultura de la cancelación puede recaer sobre chistes o frases irónicas o parodias que por
algunas personas son tomadas como ofensivas o intencionadas a causar daño. En este caso, la
cancelación puede ser una limitante a la libre expresión y una forma de intolerancia y empatía
ante la forma de comunicarse y de pensar de otro.

Quienes participan de estas cancelaciones se escudan y disfrazan sus mensajes de odio en su


derecho a la “libre expresión”. Irónicamente, son los mismos que buscan limitar la libertad de
expresión del cancelado que no comparte la ideología dominante.

Los canceladores y el cancelado hacen uso de su libertad de expresión; aquel derecho básico que
todo ser humano debe tener garantizado. Bien es sabido que la llegada de Internet democratizó y
efectivizó el real ejercicio del derecho de libertad de expresión. Las redes aparecen como
vehículos que llevan nuestras ideas y pensamientos rumbo a cualquier parte del mundo a una gran
velocidad. Sin embargo, esta libertad de expresión aprovechada al máximo por los usuarios puede
perjudicar a un tercero. Esta situación nos permite preguntarnos ¿Debería haber un límite para la
libre expresión en las redes, tanto para los canceladores y el cancelado?

Como ningún derecho es absoluto, y el ejercicio de un derecho tiene como límite los derechos de
otras personas, es necesario reconocer ciertos límites a la libertad de expresión, a los fines de
proteger otros derechos, como pueden ser el derecho a la intimidad, a la imagen y el honor, que
pueden verse afectados por publicaciones o comentarios excesivos, crueles e innecesarios que
pretenden ampararse en el derecho a la libertad de expresión. Pero este, de ninguna manera
puede ejercerse abusivamente.
Las redes sociales se han convertido en paraísos democráticos, espacios en los cuales millones de
personas expresan sus ideas, casi sin control. Algunos de los delitos que pueden cometerse por un
exceso de la libertad de expresión son amenazas, calumnias e injurias, incitación a la violencia,
apología del crimen, entre otros.

No se niega el derecho de expresar disgusto o desconformidad en las redes, por el contrario, se


celebra la democracia que inunda las nuevas plataformas. Pero debemos poner bajo la lupa el
hecho de que hoy las redes sociales son también un canal en el que se pueden perpetrar los
mismos delitos que en cualquier otro lugar, con la excepción de que no cuenta con una regulación
legal específica que modere estas conductas.

La figura del “hater” en las redes sociales ha cobrado mucho protagonismo en los últimos años. El
insulto a través de estas plataformas puede afectar psicológicamente al usuario que lo recibe.
Usuarios que envían una y otra vez mensajes de odio sin ningún tipo de consecuencia, mientras
están al acecho esperando a la próxima víctima sobre la cual repetir su comportamiento, cual
salvajes animales.

Para escribir un mensaje de odio bastan unos segundos y un par de clics, pero muchos olvidan que
lo que comentamos en nuestras redes sociales dejan huellas difíciles de borrar, como manchas de
tinta azul en una remera blanca. Las redes sociales le abren la puerta a la libertad de expresión,
pero se la cierran muchas veces a la empatía y a la humanidad.

En las cancelaciones se denuncia el odio respondiendo con más odio y se juzga desde una
supuesta moralidad perfecta. De ser una herramienta para señalar en público, a través de las
redes sociales, a quienes habían observado comportamientos dudosos y merecedores de
reproche, la cancelación ha derivado en una práctica arriesgada que suscita controversia. Sin
embargo, después de unos meses la tendencia a utilizar la palabra “cancelación” parece haberse
enturbiado.

Antes, los protagonistas de estas cancelaciones se resumían en estafadores, abusadores, personas


violentas, etc. Hoy, los cazados pueden ser desde personas que hace años dijeron algo que podría
ser cuestionable moralmente, pero que sin embargo fue en otro contexto sociocultural, hasta
personas con otras ideologías. Como consecuencia del reproche social, son apartadas de sus
trabajos, señalados y censurados, aun por publicaciones de hace años atrás o después de haber
manifestado su vergüenza y ofrecido disculpas por lo dicho o hecho.

En este punto a lo mejor el lector está pensando que esta cultura de la cancelación es abominable,
pero, ¿acaso el lector ha participado en ella? ¿Acaso ha bloqueado o cancelado a alguna persona
que no comparte sus ideas? ¿Acaso se ha unido a causas que pretende borrar expresiones del
pasado imponiendo la cosmovisión actual? Esta cultura de la cancelación permea lenta pero
radicalmente a todas las esferas sociales. Es silenciosa pero efectiva pues aquellos que buscan
dialogar o construir un debate con ideas diversas simplemente ya no participan. ¿Estaremos a
tiempo de revertir este fenómeno?

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