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Mediación y autoridad en la educación

El documento habla sobre la importancia de las figuras mediadoras y la autoridad pedagógica en la escuela para promover el "vivir juntos". Propone que las mediaciones educativas crean las condiciones para que los estudiantes y maestros puedan enseñar y aprender, abriéndose a lo nuevo. También enfatiza la importancia de la ley simbólica y las figuras mediadoras para establecer límites diferenciados que reconozcan a cada sujeto y generen un sentido de pertenencia en la escuela.
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Mediación y autoridad en la educación

El documento habla sobre la importancia de las figuras mediadoras y la autoridad pedagógica en la escuela para promover el "vivir juntos". Propone que las mediaciones educativas crean las condiciones para que los estudiantes y maestros puedan enseñar y aprender, abriéndose a lo nuevo. También enfatiza la importancia de la ley simbólica y las figuras mediadoras para establecer límites diferenciados que reconozcan a cada sujeto y generen un sentido de pertenencia en la escuela.
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Greco - Lugar de autoridad y figuras de la mediación: acerca del “vivir juntos” en la

escuela, pensar los límites de otra manera

Históricamente los adultos tenemos el trabajo de recibir a las nuevas generaciones, hacerles
un lugar y hacerlo de tal modo que ese lugar no sea simplemente una imposición, sino una
proposición abierta y hospitalaria, una invitación a formar parte de una historia, la que será
recreada por ellos. Lo que nos enseñan de chicos no es suficiente para enseñar a las nuevas
generaciones cuando somos grandes.

¿Está el mundo de la escuela en relación con este mundo social cambiante? Lo escolar y lo
social parecen separarse en sus propósitos y en los modos de vivir en uno y en otro ámbito,
para los jóvenes y adultos. Sin embargo, incluso con esas disonancias y distancias, quienes
trabajamos en educación reconocemos que hay mucho que queremos preservar en este mundo
compartido y en la relación con ellos.

En el pensar-sentir-actuar distinto se proponen nuevas figuras mediadoras y nuevos modos de


hacer educativamente capaces de dar respuesta a las actuales modalidades de relación. No
arreglar, ni redimir, ni compensar, sino recrear.

Acerca de las mediaciones en los contextos del enseñar

Si ponemos el énfasis en las relaciones, las mediaciones y sus figuras es porque allí se abre
un espacio intermedio que reúne a los sujetos y les habilita un lugar. “no son sólo los sujetos
a quienes tenemos que comprender y transformar sino los espacios que nos reúnen en el
encuentro escolar”: las relaciones pedagógicas en las aulas, patios, recreos, laboratorios,
actos escolares, tiempos de estudio y convivencia, de participación, de palabra que va y
viene, de preguntas, de silencios.

En educación trabajamos entre seres humanos, generamos acciones para que desde ellos y en
cada uno de ellos se produzcan transformaciones. El trabajo educativo se da en un marco que
fija algunas variables como los espacios y los tiempos, y también abre la posibilidad de que
los/as que estamos allí nos transformemos alrededor de unos conocimientos, “objetos en
común” que también se transforman por la acción de quienes los piensan y los conocen.
Cambian los que enseñan y los que aprenden mientras se reconstruyen saberes también
cambiantes.

Ese conjunto de cambios y procesos no se producen sin mediaciones. No tiene que ver con
arbitraje, ni arreglar las partes en conflicto. Las mediaciones educativas suponen la
generación de condiciones requeridas para que alguien enseñe y otro aprenda. Trabajar en
torno a las mediaciones es hacer lugar a los cambios, supone renovar lo dado, abrirse a lo
nuevo, acompañar procesos y estar atento/a a los efectos.

Crear condiciones implica mostrar posibilidades, destrabar procesos, inventar alternativas,


mover dimensiones muy rígidas de la escuela que obstaculizan procesos de enseñar y
aprender. Sólo una autoridad pedagógica abierta al alumno, sostenida en la escucha, atenta a
las singularidades, puede generar algo distinto.
Las mediaciones que hoy generamos en la escuela implican:

- Hacer lazo entre sujetos: profesores y alumnos, profesores entre sí, alumnos entre sí,
en tiempos “des-enlazados”, individualistas, donde se miran a menudo a los sujetos
pero no se los ayuda a ponerse en relación, a potenciar lo que saben, lo que tienen, lo
transitado hasta el momento.
- Ofrecer un sentido del estar con otros en la escuela: para profesores y alumnos, lo
cual supone construirlo en tiempos que la escuela no está significada como en otros
tiempos, como plataforma de partida segura hacia un futuro mejor
- Generar una política de reconocimiento o política del quién: de cada uno de los
sujetos en la escuela, en tiempos de des-conocimiento de los sujetos o
“mercantilización” de las relaciones. Supone un trabajo de reconocimiento del otro,
que no implica fijarlo en una identidad inmóvil, por el contrario, supone abrir canales
de transformación. Reconocer a otro es hacerle saber que tiene un lugar (en la
escuela) donde ensayar, alcanzar logros, ser mirado y mirar a otros.

Acerca de la ley simbólica, la autoridad y las figuras “mediadoras”

Dos conceptos centrales darán lugar a retomar la cuestión de las figuras mediadoras: ley
simbólica y autoridad. Concebimos a la ley simbólica como ese lugar estructurante de
mediaciones. Ese lugar que garantiza un reconocimiento, un modo de sostenerse mutuamente
a través de una delimitación de espacios: el del adulto/a y el de los/as que transitan el tiempo
de la formación como sujetos. Diferenciación necesaria y constitutiva, que dice con palabras
y establece en forma de actos y gestos que los lugares no son intercambiables, que no es lo
mismo ser hijo/a que ser padre o madre, ser alumno/a que ser docente. Las responsabilidades
son diferentes y los tiempos y posiciones también lo son. Hay allí una asimetría que no
podríamos desarmar porque se perdería el sentido de esa relación necesaria donde unos
“viejos” reciben a unos “nuevos” que llegan y garantizan sin fijezas, una vida posible.

La ley simbólica no se negocia, no se pacta ni se acuerda; es aquello que sostenemos los


adultos en relación a las nuevas generaciones para que éstas tengan un lugar y para que pueda
constituirse un espacio del “vivir juntos”, o sea para que los/as adultos/as también lo
tengamos.

La ley simbólica conlleva una prohibición: la de indiferenciar los lugares, pero no es sólo
prohibición (no es sólo decir “no”), en el mismo momento que prohíbe habilita, dice “vos no
podés ocupar el lugar del adulto, habrá otro tiempo para esto, pero sí podés ocupar este otro
lugar, el del que recién llega y se está construyendo, armando y conociendo este mundo”.

La emergencia de la violencia, a menudo, tiene que ver con la ausencia de ley simbólica, de
un encuadre de lugares y procesos diferentes, de reconocimiento específico, singular, donde
se mira a los ojos a quien está allí, siendo y aún por ser. No sólo se trata de una violencia
ejercida entre pares sino de una violencia como modo de estar y de participar en el mundo
que afecta tanto la relación con los otros como la relación con uno mismo.

Se trabaja en contra de la violencia, cuando se recrean las mediaciones necesarias para pensar
los conflictos y el vivir-juntos, no como código disciplinario que sólo fija sanciones o
castigos, sino como reflexión y construcción conjunta, incluyendo a los/as alumnos/as e
invitándolos al pensamiento.

Es así que no pensamos en una autoridad centrada en establecer reglamentos, poner límites o
sanciones ejemplificadoras. Separar, en una escuela, la enseñanza por un lado y lo que hace a
la convivencia por otro, es colocar en espacios divididos, procesos que tienen que ir juntos.
La convivencia se juega en el corazón mismo de la escuela: el enseñar y aprender, en los
conocimientos ofrecidos y en el modo de hacerlo: escuchando, diciendo desde la experiencia,
siempre inacabada, de quien ya recorrió un camino en torno al saber y se sigue preguntando.
En escuelas donde los/as alumnos/as se sienten muy ajenos/as a lo que se enseña, muy lejos
del lenguaje del profesor/a o bajo una mirada que dice “vos no podés ni vas a poder saber de
esto” o “la escuela no es para vos”, la violencia comienza a emerger allí, en esa exclusión.

Más que prohibir o imponer, esta autoridad pedagógica, pone a circular una cierta forma de
relación con el saber; más que en su palabra solamente, se centra en lo que genera
experiencia cuando se aprende.Generar esa experiencia para y con el otro implica dar lugar al
pensamiento de ese otro (el alumno), no solo el propio ni el de los libros.

Para hacer lugar a la autoridad pedagógica en estos tiempos, sugerimos los siguientes
movimientos:

- del saber ya “sabido” a la pregunta por ese saber desde el docente. Aún siendo
maestros, profesores, siempre tenemos un saber inacabado, “problemas del
conocimiento”, desafíos y aventuras intelectuales, ante los que no tenemos respuesta.
Enseñar desde ahí es apasionante, mostrar a los alumnos que uno ha recorrido un
camino, pero que eso no significa saberlo todo, que podemos pensar juntos esos
problemas.

- de la autoridad a la autorización: se vincula con la ley simbólica, ley que pone un


límite y abre un espacio otro, diferenciado y que es del otro, en el cual yo como
autoridad no puedo inmiscuirme del todo.

- de la explicación a la circulación de la palabra, el dar lugar al pensamiento y la


palabra de otros desde el convencimiento que todos, provengan de donde provengan,
pueden pensar, pueden desplegar una inteligencia y no siempre necesitan “ser
explicados”.

- de la autoridad jerárquica a la autoridad propia de la transmisión y el relato: la


autoridad jerárquica sólo sabe de imposición, dar una orden y pedir obediencia. Una
autoridad centrada en la transmisión exige otra cosa: participar en el conocimiento
construyéndolo, aprender un relato para seguir contando, formar parte de una
comunidad de relatos construidos.

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