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Análisis del pacto en Fausto de Goethe

El documento resume la trama de la obra Fausto de Goethe. En primer lugar, se explica el pacto que realiza Fausto con Mefistófeles para obtener conocimiento y satisfacción. Luego, se detalla el recorrido de Fausto experimentando placeres junto a Mefistófeles y las consecuencias destructivas de su búsqueda, representadas en Margarita. Finalmente, se describe el amor de Fausto por Helena y el nacimiento y muerte de su hijo Euforión, mostrando la crisis de las pretensiones de la
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Análisis del pacto en Fausto de Goethe

El documento resume la trama de la obra Fausto de Goethe. En primer lugar, se explica el pacto que realiza Fausto con Mefistófeles para obtener conocimiento y satisfacción. Luego, se detalla el recorrido de Fausto experimentando placeres junto a Mefistófeles y las consecuencias destructivas de su búsqueda, representadas en Margarita. Finalmente, se describe el amor de Fausto por Helena y el nacimiento y muerte de su hijo Euforión, mostrando la crisis de las pretensiones de la
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Interpretación de los pasajes

Al igual que el resto de obras que siguen la tradición fáustica, el Fausto de Johann W.
Goethe recorre el periplo del Doctor Fausto, paradigma de la modernidad. El
argumento central del relato es una apuesta entre Dios y el diablo, para medir sus
fuerzas, utilizando como tablero de juego el alma y la razón de Fausto, el doctor,
incesante y desesperado en la búsqueda de la verdad que le permita realizarse como
hombre.

A continuación nos detendremos en los dos aspectos fundamentales a observar


desde el punto de vista en el que queremos posicionarnos en este trabajo. Nos
centraremos, ciertamente, en el sentido que en la obra adoptan el pacto diabólico y
el desenlace final de éste. En primer lugar, hablaremos del pacto que realiza Fausto
con Mefistófeles, analizando las razones que llevan a Fausto a participar de dicha
apuesta, cuales son las tentaciones de las que se vale Mefistófeles para seducirlo, y el
significado que tienen. En segundo lugar, hablaremos del desenlace de la apuesta y el
destino final del alma de Fausto, identificando cuáles son las fuerzas que luchan en
esa tensión final y el significado de esa lucha, y sobre todo de la forma de la victoria.

En todo momento se pretende mostrar el relato, tal y como hemos dicho ya, no como
una historia concreta fantasiosa que representa el hipotético devenir de una vida,
una experiencia individual, sino como paradigma mismo de la modernidad y de las
tensiones que habitan en el hombre que en ella vive.

El pacto

Tal y como y como se ha mostrado con anterioridad en este trabajo, en el Fausto de


Goethe la obra comienza con un Fusto ya adulto que se encuentra en su estudio. Es
ese el estudio donde él acostumbra a pasar las más largas horas de su vida, haciendo
su trabajo, dedicado por completo al descubrimiento, a la conservación y a la
transmisión del conocimiento. El conocimiento es aquello que le produce las mayores
ilusiones que tiene en su vida, a ello está entregado en cuerpo y alma y a en ello
gasta sus fuerzas y su esfuerzo, incesantemente.
La trama de la obra comienza ciertamente, cuando una vez que ha llegado a niveles
muy altos de conocimiento, surge en el alma incesantemente trabajadora de Fausto
una insatisfacción. El doctor intuye que con las fuerzas que tiene a su alcance le será
imposible adquirir un nivel de conocimiento tal que proporcione a su alma la
satisfacción, el descanso que él espera para su alma. Mostrando así un cierto sentido
escatológico de la obra, Goethe nos muestra al hombre que como tantos otros
trabaja en la consecución de su salvación. Es Fausto, en verdad, el reflejo del
conjunto de la humanidad que necesita un horizonte que atribuya sentido a su vida,
al esfuerzo de su vida, a su labor en el mundo.

Vemos en Fausto, ciertamente, al hombre propiamente moderno que con sus propios
medios y sus propias fuerzas emprende el camino de darse a sí mismo ese horizonte,
la estabilidad, la cimentación que permita construir un presente seguro en el que
poder ejercer libremente su humanidad. En este sentido, desde la lectura que
hacemos nosotros de la obra, consideramos que es muy importante destacar que en
dicha búsqueda con la que Fausto pretende obtener una vida plena, la pretensión
inicial es la de obtener esa salvación gracias a la explotación de sus propias fuerzas.
Ciertamente, el horizonte que fija Fausto es el del aumento, conservación y difusión
del conocimiento, tal y como hemos dicho, y desde tal punto de vista, se asimila que
ese camino que quiere recorrer el doctor es capaz, en cierto momento en el que se
llega al progreso necesario, de dar en sí mismo la satisfacción que acaba con el deseo
de una realidad que de mejor forma satisfaga los anhelos más profundos del hombre.

Nos hemos referido a Fausto como hombre propiamente moderno, porque


ciertamente, el recorrido que en Fausto el conocimiento realiza es un camino de
emancipación, emancipación que pretende ser plena, y planificadora del ser humano.
Hablamos de una razón que busca ser suficiente en sí misma, y distinguimos esta
pretensión de forma muy clara en Fausto, cuyo anhelo más profundo no viene a ser
más que la consecución de una paz en el alma gracias a la emancipación plena de la
razón que le permita saciar ese deseo que mantiene su existencia intranquila y
convertirla en una existencia plenamente reconciliada con su humanidad, pues como
el mismo Fausto declara en el momento de entregarse al trato con Mefistófeles,
“¿quien soy, pues, si no puedo conquistar esa corona de la humanidad a que aspiran
todos mis sentidos?” (Goethe, 71)

Sin embargo, tal y como hemos adelantado, en cierto momento hay una crisis en las
pretensiones del doctor. Fausto se da cuenta que esa corona a la que aspiran sus
sentidos se le muestra inalcanzable a dichos sentidos y a su razón.
En ese momento de debilidad tienta Mefistófeles a Fausto, y en búsqueda de la
reconciliación de la que hablamos no ve Fausto más remedio que entregarse a ese
pacto si quiere experimentar de verdad una satisfacción plena, la cual este le ofrece.
De esta forma, nos introducimos a uno de los momentos clave de la obra, en el que
Fausto desafía a Mefistófeles diciendo que “el día que tendido en un lecho de pluma
pueda gozar la plenitud del reposo, no responderé de mí. Si puedes seducirme hasta
el extremo de que quede contento de mí mismo, si puedes adormecerme en el seno
de los placeres, sea aquél para mí el último día y para tí el del mayor triunfo” (69).
Seguidamente, Mefistófeles acepta el pacto y pronuncia Fausto la famosa cláusula
que a partir de este momento se presenta como el horizonte al que aspira la obra:
“¡Aceptado! Si una sola vez llego a decirte: ¡Qué hermoso eres, no te ausentes,
permanece siempre a mi lado!, entonces podrás encadenarme” (69)

Fausto decide aventurarse con Mefistófeles, y considera que si este, tal y como dice,
es capaz de proporcionarse esa satisfacción, bien merecida tiene su alma, pues la
mayor pretensión que esta puede tener desde la forma que tiene Fausto de ver el
mundo se vería cumplida y no tendría ya su alma necesidad alguna de temer ni
siquiera al mismo diablo. La crisis de Fausto es la crisis misma de la Modernidad, y
debemos identificar en su peligrosa deriva la deriva misma a la que se enfrenta el
mundo moderno.

La derrota de Mefistófeles

A partir de ese momento en el que se formaliza el pacto y se firma, con la sangre de


Fausto, la cláusula según la cual se rige el pacto, Fausto comienza una vez más su
incesante búsqueda para saciar ese deseo que permanece unido a su naturaleza
humana, situación a la cual, como hemos dicho, no consigue poner solución por
medio de su razón lo que le lleva a sucumbir a la tentación que le ofrece Mefistófeles.
De este mod, Fausto emprende un camino de la mano de Mefistófeles, que le llevará
mundos y situaciones variadas en las que le permitirá experimentar placeres de
diverso tiempo. No nos detendremos en este punto a relatar el conjunto de hechos
que acontecen en dicho recorrido, si bien es cierto que es necesario mencionar que
contienen situaciones metafóricas que permiten hacer analogías muy acertadas con
el diagnóstico que al autor hace de la Modernidad y su crisis.
El primero de los momentos que queremos comentar es aquel momento en el que al
principio de su aventura, Mefistófeles concede a Fausto la experiencia de un amor
con una muchacha llamada Margarita. En este primer momento, nos encontramos
con una Fausto en su lado más pasional, y mefistófeles le permite satisfacer sus
deseos en tanto en cuanto pulsiones de sus instintos sexuales. Margarita, figura que
es recuperada al final de la obra, momento en el cual adquiere una relevancia crucial,
es la representación del amor más sincero y sencillo. El deseo que se piedra en la
constantemente insatisfecha búsqueda del placer pasional, el primero de los placeres
que experimenta Fausto, es el que destruye ese amor del que hablamos, y
ciertamente, en la obra, la relación de la muchacha con Fausto termina
dramáticamente, con la muerte de su madre víctima de una pócima que proporciona
Mefistófeles para dormirla, la muerte en manos de Fausto de su hermano que no
soporta la corrupción el que ha caído su hermana y la muerte de la misma Margarita,
ejecuta por la muerte de su propio hijo, fruto de la relación con Fausto.
Vemos en Margarita, el reflejo de la destrucción que con más facilidad acomete el
incansable esfuerzo por acabar con la inquietud que genera la satisfacción del deseo,
siguiendo a Mefistófeles.

Fausto ve en Helena los más sublimes sentimientos de belleza y armonía que ha


conocido nunca en una mujer. En este caso, Fausto está verdaderamente enamorado,
siente que ha encontrado su alma gemela. En Helena, se reconcilian ciertamente los
aspectos más racionales, por lo que Helena representa de la cultura clásica Griega, y
los aspectos más pasionales y románticos, reflejados en su inigualable belleza.

Esta armonía es la que enamora a Fausto y hace que caiga a sus pies, y ciertamente,
debe tenerse aquí en cuenta, que dicha armonía representa a su vez esa unión del
mundo clásico y racional de los griegos que es una de las pretensiones de la
modernidad, y el enamoramiento de Fausto, desde la lectura que hacemos nosotros,
corresponde con ese deseo. A este se le ha de añadir, que fruto de esa intertemporal
relación entre el hombre moderno Fausto y la bella clásica Helena engendra un hijo,
Euforión, que nace con un fortísimo ímpetu, el mismo que presentaba el espíritu
moderno al sentirse unido a la tradición clásica que tanto respeto inspiraba. De esta
forma, Euforión es la unión entre el ímpetu moderno y la reverencia y majestuosa
seguridad racional del mundo clásico, pretensión tan típicamente moderna. Esta
pretensión llega a su fin con la muerte de Euforión, reflejando una vez más la crisis y
el fracaso de las pretensiones de la modernidad.
Finalmente, llega en la obra el momento en el que la cláusula del trato entre Fausto y
Mefistófeles se cumple. Este momento se da cuando en el transcurso de su historia,
los intereses de Fausto se van transformando hacia intereses cada vez más nobles, y
ciertamente, llega un punto en el que Fausto identifica en el esfuerzo por la
consecución de un pueblo regido por la libertad la razón suprema por la que debe
sentirse satisfecho el ser humano. En cierto momento, Fausto exclama: “sólo es digno
de la libertad y de la vida aquel que sabe cada día conquistarse una y otra; por eso
aquí, en medio de los peligros que les cercan, pasan el niño, el hombre, el anciano,
audazmente sus años. ¿Por que no he de ver una actividad semejante en un suelo
libre y ejercida por un pueblo libre? Entonces diría al segundo: detente, ¡eres tan
hermoso!” (296). En este punto, observamos que Fausto ha sido capaz de de
conseguir esa reconciliación que su razón con tanto ímpetu deseaba y le llevó al
pacto con Mefstófeles. Fausto encuentra, en la defensa de la libertad del pueblo el
esfuerzo legítimo que permite la satisfacción plena de la razón humana y elimina la
tensión con la que convivía. Aquí, en este punto, Fausto cae muerto, se cumple la
cláusula, y Mefistófeles saborea su victoria, pues ha cumplido con lo que se había
propuesto en el trato.

Sin embargo, en este mismo instante, que ya se trata del final de la obra, aparecen las
huestes celestiales enviadas por Dios que arrebatan a Mefstófeles el alma de Fausto y
la llevan al Cielo. Esto podría parecer una ruptura traicionera por parte de Dios de
una apuesta que había acordado, incapaz de aceptar la supremacía del diablo, pero
en verdad, el mensaje que Goethe quiere transmitir es muy distinto. Cuando las
huestes celestiales se adueñan de alma inmortal de Fausto, Mefistófeles siente en un
instante una inseguridad y una debilidad que le lleva a afirmar: “¡Maldita aventura,
que me ha dado a conocer el elemento del amor!” (300), y con ello, ciertamente,
Mefistófeles está reconociendo que se ha sentido superado por una fuerza mayor,
una fuerza hasta entonces desconocida pero que ha manifestado su poderío hasta el
punto de tocar hasta la propia sensibilidad del diablo. Mefistófeles, como diablo que
es, y al no poder ser otra cosa más que diablo, reniega de esa fuerza, pero en la
negación está reconociendo ya su superioridad. Por esto mismo, declara que “como
Job, estoy lleno de úlceras, y me causo horror de mí mismo, pero como él, triunfo
también de mis males. No quiero contar ya más que conmigo mismo y con mi raza. El
interior del diablo está aún intacto, porque aquella loca chispa de amor sólo ha
llegado hasta la piel; ya se ha extinguido en mí aquel ardor maldito, y como cumple a
mi deber, os maldigo a todos” (300)
El triunfo del amor, no en esta obra la derrota de la razón. La razón de Fausto, por la
fuerza de un amor incondicional, es perdonada, es acogida en el seno del Cielo. En
ningún momento se condena a Fausto, ni siquiera se ataca al uso de su razón y a su
voluntad de encontrar por sus caminos la verdad. Por ello, los ángeles exclaman que
“Bien merece recompensa el que ha sabido luchar constantemente, por más que
alguna vez se haya visto expuesto a sucumbir por falta de ánimo” (303).
Esto es, en cierta medida, una legitimación de la emancipación de la razón en la
Modernidad; no se condenan las pretensiones de la razón, sino que únicamente, se
proclama, y con esto hace una doble aceptación de lo que es y lo que es capaz de
mover y dar un horizonte de sentido al ser humano, la fuerza invencible del amor
incondicional, que su sencillez son capaz de llevar a ser humano más allá de lo que
puede su razón (aparece aquí de nuevo Margarita, que lleva a Fausto hasta lo más
alto del Cielo). Así termina la obra con unas palabras de una relevancia crucial,
afirmando que “Lo temporal y lo perecedero no son más que un símbolo, una mera
fábula. Sólo lo incomprensible, lo inenarrable, lo infinito, el eterno femenino, nos
levanta al cielo” (306)

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