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El Endiosamiento Del Mercado

El documento critica la visión excesivamente idealizada del mercado como una institución omnipotente. Señala que el mercado es una herramienta útil pero no debe ser considerado como un ídolo o religión. El Estado debe establecer límites al mercado e intervenir en dos áreas: determinar el ámbito apropiado del mercado y corregir la distribución de los ingresos resultantes para proteger a los más vulnerables.
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El Endiosamiento Del Mercado

El documento critica la visión excesivamente idealizada del mercado como una institución omnipotente. Señala que el mercado es una herramienta útil pero no debe ser considerado como un ídolo o religión. El Estado debe establecer límites al mercado e intervenir en dos áreas: determinar el ámbito apropiado del mercado y corregir la distribución de los ingresos resultantes para proteger a los más vulnerables.
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El endiosamiento del mercado

"El mercado es una institución utilísima y muy difícilmente sustituible, pero no es más que
un instrumento. Sin embargo hay quienes lo consideran como un verdadero ídolo, cuyo
culto demanda incluso sacrificios humanos”.

Durante gran parte de la historia las diferencias y las luchas entre los pueblos se
fundaban en las creencias religiosas. Pero eso es ahora cosa del pasado. Es verdad que
durante la Segunda Guerra Mundial los dirigentes de las naciones aliadas proclamaban
permanentemente su propósito de salvar “La civilización y el cristianismo” de la barbarie
nazi (aunque de la mano de Stalin). Pero no bien fue ganada la contienda esa preocupación
desapareció. Después tuvo lugar la larga lucha de la guerra fría entre las naciones
cristianas de Occidente y la atea Unión Soviética. Sin embargo, las profundas diferencias
religiosas poco se resaltaban. Los valores en este plano habían perdido ya gran parte de su
vigencia.
La Organización de las Naciones Unidas agrupaba hasta hace poco a los países
industriales en dos campos, no según su posición ideológica sino atendiendo a su
organización económica. Establecía en sus estudios dos categorías: la de los países
industriales “con economía de mercado” y la de los países de Europa Oriental “con
economía no de mercado”. Como se ve, la clave para calificar a una nación está dada por
esa realidad fundamental del mundo moderno que es el mercado, cuya defensa o ataque
muestra fanatismos propios de otras épocas.
Ahora, con la quiebra de las economías centralmente planificadas, parece que la
economía de mercado ha llegado a la culminación final de su triunfo. Sus adeptos de
siempre se encuentran próximos al éxtasis, porque en realidad se trata casi de una religión.
Dice Galbraith que “los verdaderos creyentes siempre han defendido al mercado con un
vigor apostolico”
Por eso es que quienes se atreven a formular apreciaciones que puedan parecer
irreverentes sobre este tema se exponen a correr riesgos considerables. Desde ser
calificados como criptocomunistas hasta ser descalificados por ignorancia manifiesta. De
todos modos vale la pena hacer algunas consideraciones tratando de precisar cuál es el
verdadero lugar que debe ocupar el mercado en una sociedad moderna.

Virtudes y defectos
Hoy nadie puede negar de buena fe la notable superioridad de la economía de
mercado para lograr aumentos en la productividad del esfuerzo laboral. No solamente por la
división del trabajo, sino porque permite el óptimo aprovechamiento de los recursos con que
cuenta cada país, a través del ejercicio de la libre iniciativa privada.
Además, fuera del plano económico, tampoco se puede dudar de los efectos
positivos que este sistema tiene sobre las posibilidades de la libertad humana. El drama de
quienes han vivido en naciones con economías “centralmente planificadas” ha consistido
esencialmente en que el hombre se encontraba sin defensa alguna frente al Estado, único
empleador, y sin la protección de la propiedad privada. A lo que cabe agregar la sumisión a
los racionamientos en reemplazo de la elección de los consumidores.
Sin embargo, destacar estas virtudes no impide señalar los graves defectos del
ordenamiento social a que da lugar el funcionamiento irrestricto del mercado. Lo cual debe
corregirse imponiendole ciertas limitaciones que en la actualidad solo el estado puede
encarar. Aunque con ello se incurra en la más imperdonable herejía en contra del dogma de
la absoluta libertad individual.
Son dos los campos principales en los que la autoridad pública debe intervenir. En
primer lugar en la determinación de cuál ha de ser el ámbito del mercado. Es decir que se
debe establecer cuál es el área propia de la operación del mercado libre, ya que no se
puede pretender seriamente que ha de abarcar la totalidad de las relaciones sociales.
Porque hay aspectos que no pueden estar incluidos por la propia ineficacia del sistema en
ciertos campos. Así sucede con algunas necesidades colectivas que no pueden ser
atendidas privadamente, porque requieren bienes indivisibles, como es el caso obvio de la
seguridad y de la justicia. A lo que cabe agregar otras que se consideran ahora
indispensables en una sociedad moderna, como son algunos sectores de la salud y de la
educación.
También se ha reconocido en las últimas décadas que sea el Estado quien ha de
tomar a su cargo establecer las bases para la promoción económica general, con el fin de
evitar serias falencias que ha mostrado el capitalismo liberal y que su funcionamiento
automático no puede superar. Es lo que ocurre con la debilitación del crecimiento, con la
inflación y con una alta tasa de desocupación permanente. Lo cual no debe resolverse con
medidas directas como la creación de empresas estatales o el control de precios, sino con
la acción indirecta de la política monetaria, crediticia, fiscal o arancelaria.
Por otra parte, hay que mencionar asimismo los temas que no deben ser incluidos
dentro de las relaciones del mercado, aunque ello implique limitar la eficiencia económica.
Tal ocurre cuando se afecta la dignidad o la libertad de las personas como es el caso de la
esclavitud o del trabajo de menores de corta edad.

El derecho a sobrevivir
En segundo término las autoridades deben preocuparse también por realizar
algunas correcciones a los resultados que arroja el mercado en lo que se refiere a la
distribución de los bienes que provienen de la actividad productiva.
Según la doctrina del capitalismo liberal, tampoco el Estado debe intervenir para
nada en esos resultados a los que se llega espontáneamente por el libre juego de la oferta y
de la demanda, el cual aseguraría que cada uno obtenga de la economía una recompensa
adecuada a su propio aporte.
Se han formulado muy diversas críticas a la legitimidad de este planteo. Pero no hay
duda de que el caso extremo se presenta en relación con aquellos miembros de la sociedad
que nada pueden ofrecer en el mercado, como sucede con los discapacitados, los ancianos
o los desocupados. Los liberales del siglo XIX eran particularmente duros a su respecto.
Herbert Spencer decía —con inspiración darwiniana— que hay una ley universal en la
naturaleza según la cual “la criatura que carezca de la energía necesaria para mantenerse
debe morir”, y se mostraba incluso contrario a la “caridad imprudente” que permite que
algunos eludan las necesidades de la existencia. Los liberales más modernos, como Von
Mises, tienen una actitud más tolerante. El acepta que las necesidades de los inválidos sin
medios de subsistencia sean atendidas por la caridad privada, a pesar de algunos efectos
degradantes que la acompañarían. Pero lo que a su juicio no puede admitirse es que el
orden legal otorgue a los indigentes un derecho de subsistencia frente a la sociedad,
basado en la doctrina del derecho natural. Porque según Von Mises, “reemplazar los
métodos de la caridad por un derecho indiscutido a la vida o al sustento no parece
conformarse con la propia naturaleza humana”. Son las reglas del mercado las que
deberían prevalecer, otorgándoles incluso prioridad sobre cuestiones de vida o muerte.
Estas groseras exageraciones de grandes maestros del capitalismo libreral en
realidad no contribuyen a prestigiar la institución del mercado. Por eso conviene desmitificar
la supuesta omnipotencia de sus virtudes. Porque, como dice un autor, “el mercado necesita
un lugar, pero es indispensable que se lo mantengan en su lugar”

ACTIVIDADES
a) El artículo indica que la O.N.U. agrupa a los países en “economías de mercado” y
"economías no de mercado o economías centralmente planificadas”. Averigua y describe
qué significa cada uno de estos términos respecto a la organización económica de los
países.
Ejemplifica cada uno de estos casos.
b) Enumera las virtudes y defectos que, a juicio del autor, tiene la economía de
mercado.
c) Describe y explica con tus palabras estas virtudes y defectos. Expresa tu opinión
personal respecto a este tema.
d) El autor distingue dos campos principales en los que la autoridad pública debe
intervenir: la determinación de cuál debe ser el ámbito del mercado y la distribución del
ingreso. Describe cada uno de estos ámbitos y enumera las actividades que se incluyen en
cada uno de ellos.
e) Describe cuál es la conclusión del autor y expresa tu propia opinión respecto a la
libertad de mercado.

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