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Populismo Argentino: Persistencias y Transformaciones

Este documento analiza los debates que surgieron en Argentina durante la transición a la democracia en 1983 sobre la inestabilidad política pasada. Explica que estos estudios se enfocaron más en construir un nuevo orden institucional que en caracterizar los gobiernos populistas de la región. Luego describe las características del populismo argentino del siglo XX y compara con otros casos regionales. Finalmente discute cómo algunos rasgos populistas perduraron aunque se transformaron en el nuevo orden político post-1983.
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Populismo Argentino: Persistencias y Transformaciones

Este documento analiza los debates que surgieron en Argentina durante la transición a la democracia en 1983 sobre la inestabilidad política pasada. Explica que estos estudios se enfocaron más en construir un nuevo orden institucional que en caracterizar los gobiernos populistas de la región. Luego describe las características del populismo argentino del siglo XX y compara con otros casos regionales. Finalmente discute cómo algunos rasgos populistas perduraron aunque se transformaron en el nuevo orden político post-1983.
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PERSISTENCIAS DEL POPULISMO

Gerardo ABOY CARLÉS (CONICET-IDAES/Universidad Nacional de San Martín)

Email: [email protected] / [email protected]

Área: Teoría y Filosofía Política

Subárea: Dependencia, populismo y nuevas perspectivas de análisis

Mesa: Populismos y neopopulismos en América Latina. Enfoques teóricos y


aproximaciones empíricas (II)

Trabajo preparado para su presentación en el


VII Congreso Latinoamericano de Ciencia Política,
organizado por la Asociación Latinoamericana de Ciencia Política (ALACIP)
Bogotá, 25 al 27de Septiembre de 2013
Página |1

RESUMEN

El presente trabajo rastrea las preocupaciones que animaron la nueva ola de


estudios sobre al populismo en el caso argentino, más próximas al debate alrededor de
la construcción de un nuevo orden institucional propio de los años 80 que a la
caracterización de la proliferación de gobiernos de corte popular en la Sudamérica del
nuevo siglo. Se explican las características y los inconvenientes propios de estos
estudios y se desarrolla una exposición de los rasgos definitorios de las experiencias
populistas argentinas del siglo XX, realizando comparaciones con otros procesos
populistas de la región. Finalmente se abordan las persistencias y las transformaciones
de aquellos rasgos en el nuevo orden político instaurado a partir de 1983.
Página |2

Perduran en apócrifas historias


En un modo de andar, en el rasguido
De una cuerda, en un rostro, en un silbido,
En pobres cosas y en oscuras glorias.

Jorge Luis Borges, Los compadritos muertos

1. El relanzamiento de un debate

Hace treinta años Argentina iniciaba su retorno a la democracia, siguiendo el


camino abierto por Perú y Bolivia. El proceso de transición argentino tuvo rasgos
inéditos en la región. El desmoronamiento del régimen militar como consecuencia de su
derrota en la guerra con el Reino Unido está en la base de la particular radicalidad que
signó la experiencia argentina. No se verificaron aquí los arduos procesos de
negociación que caracterizaron a otras transiciones y aconsejaban líderes
internacionales y académicos destacados. Por el contrario, las preferencias electorales
acompañaron al candidato que apareció como mayor opositor a la dictadura y que había
permanecido al margen del amplio repertorio de complicidades de la dirigencia política
y sindical con una aventura, la de Malvinas, que había recibido un acompañamiento
masivo de la población.
Este humus fundacional de la democracia argentina es insoslayable a la hora de
intentar explorar los debates que tomaron forma en la democracia recuperada acerca de
la crónica inestabilidad política argentina. Era desde un presente de reconstrucción del
orden constitucional que, tanto la dirigencia política como el mundo académico,
intentaban auscultar un pasado turbulento con el objeto de no repetir antiguos errores.
En otro lugar1 he abordado el estudio del primer gobierno radical del ciclo
abierto en 1983 a partir del efecto de frontera que el discurso alfonsinista intentó
delinear entre un pasado que se consideraba de oprobio, violencia, ilegalidad y muerte,
de una parte, y un futuro venturoso que tomaba forma a través de la promesa de
construir un sistema de convivencia que fuera la contracara, punto por punto, de un ayer
que se pretendía dejar inexorablemente atrás, de otra .Decíamos allí que esa frontera
significó una ruptura con dos tiempos distintos. En primer lugar se trataba de alejarse de
un pasado de violencia, represión y muerte que caracterizaba al predecesor régimen
dictatorial. Es aquí donde toma cuerpo la revisión de los crímenes del terrorismo de
Estado emprendida por el gobierno de Raúl Alfonsín. Una revisión que durante los
primeros cuatro años de mandato sería mucho más profunda que la inicialmente

1
Me refiero a mi libro Las dos fronteras de la democracia argentina. La reformulación de las
identidades políticas de Alfonsín a Menem y en particular al Capítulo Tercero destinado a estudiar las
formas de ruptura con el pasado que se delinearon en el gobierno de Raúl Alfonsín.
Página |3

esbozada por el líder radical.2 La segunda ruptura planteada por la frontera alfonsinista
era más ambiciosa y se identificaba con cerrar el ciclo de la recurrente inestabilidad
política vivida por el país desde 19303.
Estas dos dimensiones de la frontera alfonsinista se retroalimentaban. Así, la
revisión del pasado potenció un discurso que había emergido de manos del movimiento
de Derechos Humanos y que hacía hincapié en las violaciones de estos derechos
cometidas por las Fuerzas Armadas y de Seguridad. El mismo Alfonsín había sido
miembro fundador en el año 1975 de la Asamblea Permanente por los Derechos
Humanos, uno de los organismos surgidos en el marco de la lucha contra la represión
ilegal iniciada en el último gobierno constitucional peronista. Si bien las diferencias
entre el gobierno y los organismos de Derechos Humanos en torno a la profundidad y
los alcances de la revisión del pasado surgieron a pocos días del inicio del mandato de
Alfonsín, lo cierto es que el discurso de un respeto irrestricto de los derechos y la
necesidad de encausar judicialmente la desaparición forzada de personas, la tortura y la
supresión de identidad de los niños secuestrados por la dictadura, se expandió
notablemente desde el momento en que uno de los principales candidatos, luego
Presidente, hizo del mismo un elemento central de sus intervenciones públicas.
La frontera alfonsinista respecto del pasado inmediato tomó así la forma de una
contraposición entre la vida y la muerte. La idea de derechos propios de cualquier ser
humano en función del nacimiento fue la gramática de los organismos durante la lucha
antidictatorial y sería amplificada por el discurso presidencial.
A diferencia de la tradición republicana, que hace hincapié en una concepción de
los derechos forjada a partir de la cualidad de ser miembro de una comunidad política,
la primigenia idea liberal concibe a éstos en forma prepolítica, como un atributo del
Hombre en cuanto tal, cuyo cercenamiento lo deshumaniza4.
El peso que este horizonte de un liberalismo radical adquiriría, tanto en los
intentos de encontrar bases para el nuevo orden político como en los debates acerca de
la coyuntura presente y la inestabilidad pasada, ha sido mayormente descuidado por la

2
Desde sus inicios el gobierno de Alfonsín buscó el castigo de ciertas conductas prototípicas del régimen
represivo. Esta actitud contrastó con la postura de su rival peronista en la campaña electoral, partidario de
dar por válida la autoamnistía dictada en las postrimerías del régimen militar. Los intentos alfonsinistas
de restringir la responsabilidad represiva a los principales mandos militares fracasaron en el Congreso al
inicio de su mandato. Es por ello que hasta 1987, cuando se aprobó la Ley de Obediencia Debida, se
desarrolló una política de revisión mucho más extensa que la inicialmente proyectada. Las normas que
limitaban el encausamiento de oficiales subalternos y personal represivo serían anuladas por el Congreso
y la Corte Suprema de Justicia recién durante el mandato de Néstor Kirchner.
3
Entre 1930 y 1983 seis gobiernos civiles fueron depuestos por golpes militares. El último Presidente
civil que había entregado el poder a otro mandatario había sido Marcelo T. de Alvear cuando asumió
Hipólito Yrigoyen su segunda Presidencia en 1928. De allí el valor simbólico que se otorgaba a la
conclusión normal del sexenio que se iniciaba.
4
El énfasis en el discurso de Derechos Humanos por parte del gobierno y de los organismos ha sido
radicalmente distinto en los años 80 y en la actual etapa. Si en la primera se hizo hincapié en la figura del
cercenamiento de derechos a una persona abstrayendo por completo su involucramiento político,
actualmente el gobierno y los organismos han trocado la idea de la “víctima inocente” por la del
“militante heroico”. Aunque radicalmente distintos, ambos discursos han obturado en el largo plazo el
desarrollo de un debate sobre la violencia política vivida por el país en los años 70.
Página |4

investigación sobre el período. Se trataba de una importante novedad para la vida


política argentina: los intentos de construcción de una democracia liberal carecían de
antecedentes sólidos entre las principales fuerzas políticas argentinas con la sola
excepción de la experiencia de Marcelo T. de Alvear en los años 20 del siglo pasado. La
dinámica política argentina había dado lugar a movimientos como el yrigoyenismo, a
principios del siglo XX, o el peronismo luego, que se concibieron como movimientos
nacionales que representaban al conjunto de la comunidad antes que como fuerzas
políticas singulares en competencia con otras formaciones igualmente legítimas.
La estrategia discursiva del alfonsinismo en la campaña electoral fue la de
asociar al rival peronista con el cercano escenario de violencia de los años 70 y por
tanto relegarlo a la triste compañía de las fuerzas militares en un pasado que la nueva
frontera pretendía dejar atrás.
La experiencia iniciada en 1983 no se reduce a la presencia de este novedoso
patrón de liberalismo político que, aunque con antecedentes en diversas fuerzas
partidarias, había estado mayormente relegado en las décadas previas. Una amplísima
movilización de los distintos partidos promovía la creciente hegemonía de un discurso
que convocaba a la participación pública y que hacía de la pluralidad de opiniones y
proyectos un bien estimado. El papel de los partidos merece especial atención: los
mismos reclamarían con ínfulas por momentos anacrónicas el monopolio de la
representación pública y lograron ser bastante exitosos en esta tarea al menos hasta
entrado el año 1987. Resulta paradójico que los estudios de sociología política soslayen
o marginen el papel central que las fuerzas partidarias cumplieron en esos años como
canales de movilización y participación de la ciudadanía. No han recibido, por ejemplo,
una atención similar a la que tuvo el Movimiento de Derechos Humanos5. Por
militancia, capacidad de convocatoria y despliegue territorial en todo el país, los
partidos políticos y sus organizaciones juveniles constituyen un actor central de la
movilización política y social argentina hacia mediados de los años 80.
No es entonces tan sólo la presencia de aquella dimensión liberal relativamente
ausente hasta entonces de las principales fuerzas políticas argentinas el dato a destacar
del proceso de recuperación del orden constitucional en la Argentina de hace treinta
años. Se trataba más bien de la creciente constitución de un consenso en el que
hibridaban elementos liberales, republicanos y democráticos, y que a través de una
verdadera reforma intelectual y moral, utilizando la famosa fórmula de Renán, aspiraba
a regenerar la vida pública argentina y a definir para la posteridad las características del
nuevo régimen político en construcción. En general se tiende a señalar que este proceso
se habría cerrado con el inicio del declive de la propia administración de Alfonsín hacia
mediados del año 1987. Lo que se pierde allí de vista es hasta qué punto los distintos
gobiernos que le sucedieron, peronistas o radicales, fueron juzgados por los patrones
forjados en aquel consenso fundacional, hecho que demuestra sino la primacía, al menos
una cierta vitalidad de la fundación a lo largo de las tres décadas y las sucesivas crisis
que han transcurrido desde entonces.

5
Sobre el particular resulta muy ilustrativo el trabajo de Carlos Acuña e Inés González Bombal Juicio,
castigos y memorias. Derechos Humanos y justicia en la política argentina, publicado en 1995.
Página |5

Es aquí la ruptura de largo plazo la que nos interesa primordialmente, porque la


misma habilitó un original escrutinio de la vida política argentina previa y propició
nuevas respuestas a antiguas preguntas.
Al promediar los años 70 del siglo pasado, autores de la talla de Guillermo
O’Donnell y Juan Carlos Portantiero intentaron buscar explicaciones a la recurrente
inestabilidad política argentina. Surgieron así las teorías de la “alianza defensiva” 6 y el
“empate hegemónico”7 que vincularon la inestabilidad institucional a diferentes alianzas
de sectores sociales que impulsaban políticas contrapuestas en consonancia con los
diferentes ciclos económicos. El análisis de alineamientos de clases y fracciones de
clase, con intereses que aún eran concebidos como relativamente transparentes, estaba
en la base de la descripción de un círculo vicioso cuyos intentos de reformulación
habían fracasado en forma reiterada. Aún a comienzos de 1983 Jorge Sábato y Jorge
Schvarzer exploraban las raíces de la inestabilidad institucional argentina a partir de la
particular racionalidad económica de la clase dominante en un trabajo que, a pesar de
una inocultable propensión hacia las concepciones conspirativas de la historia,
alcanzaría una singular difusión y se convertiría en lectura obligatoria en la educación
superior de la naciente democracia.8
Como ocurre muchas veces, fue un “clima de época” impulsado por el propio
proceso político de los primeros años 80 el que habilitó nuevas exploraciones para
responder aquella recurrente pregunta sobre las causas de la inestabilidad político-
institucional de la Argentina. Estas nuevas exploraciones se concentrarían antes en el
estudio de las variables estrictamente políticas que en el desentrañamiento de la
compleja relación entre ciclo económico y alianzas de clases que había caracterizado a
los precedentes trabajos de los años 70.
Excede el interés de estas páginas el hacer un repaso de la amplia producción
que las Ciencias Sociales dedicaron al tema de la democracia como régimen político y
al análisis del sistema político argentino durante los años 80. Una literatura rica y
variada, hoy injustamente relegada bajo la estigmatización del perfil normativo que
imponía su imbricación con el propio proceso sociopolítico. Nos concentraremos más
precisamente en cierta agenda que fue forjándose en el campo de la sociología política y
que, como veremos, también estaba profundamente vinculada a las preocupaciones que,
desde una perspectiva de largo plazo, la propia agenda política instalaba en la esfera
pública.
El 1º de diciembre de 1985 el presidente Raúl Alfonsín pronunciaba el discurso
más importante de su gestión ante el plenario de delegados al Comité Nacional de la
Unión Cívica Radical, conocido habitualmente como “Discurso de Parque Norte” por el
nombre del complejo recreativo de la ciudad de Buenos Aires en el que el encuentro se
llevó a cabo. Esta pieza, producto entre otras de la pluma de los sociólogos Juan Carlos

6
Guillermo O’Donnell, “Estado y alianzas en la Argentina, 1956-1976”.

7
Juan Carlos Portantiero, “Economía y política en la crisis argentina: 1958-1973”.

8
Me refiero al artículo “Funcionamiento de la economía y poder político en la Argentina: trabas para la
democracia”, que fue publicado por el CISEA en abril de 1983.
Página |6

Portantiero y Emilio de Ípola, contenía una aguda descripción de las características del
sistema político argentino a lo largo del Siglo XX. Se subrayaba allí tanto el espíritu
faccioso que hacía de toda negociación entre los diferentes actores políticos una forma
de traición como lo que hemos llamado el hegemonismo característico de las principales
fuerzas políticas argentinas que, aspirantes a una representación unitaria de la
comunidad, construyeron universos segregativos e inconciliables reclamando para su
propio espacio la encarnación de una patria que expulsaba al adversario político a la
sombras de la antipatria.9
No era, por cierto, la primera vez que las principales fuerzas políticas argentinas
eran colocadas en el centro de la tormenta. El radical intransigente Julio Oyhanarte,
ministro de la Corte Suprema de Justicia durante la presidencia de Frondizi, había
sostenido algo similar en un libro publicado en 1969 y que alcanzaría especial
gravitación en las aspiraciones refundacionalistas de la dictadura de Onganía. La obra
llevaba el título Poder político y cambio estructural en la Argentina y allí, inspirándose
en Dahrendorf, Oyhanarte hacía una caracterización sobre el desarrollo político
argentino en términos de confrontación dicotómica o reconciliación. Los procesos de
cambio en la Argentina, identificados con el nombre de líderes populares, estuvieron
marcados por una confrontación que, a juicio del autor, anticipaba su fracaso postrero.
La alternativa hasta entonces habían sido los procesos de reconciliación conservadora
que el autor identificaba con figuras como Urquiza y Marcelo T. de Alvear.
Descartando ambas alternativas, Oyhanarte se decantaba por la toma del poder por una
élite modernizadora bajo un liderazgo personalizado capaz de generar consensos.
El eco de Oyhanarte resuena en varios pasajes del discurso modernizador de
Parque Norte, pero las diferencias resultan sustantivas. El régimen democrático y los
partidos políticos adquieren en el discurso de los 80 una centralidad inexistente en el
trabajo de Oyhanarte. Por otra parte, hay un desplazamiento en la concepción del
faccionalismo: este no será ya descripto como una lógica de la política argentina sin más
sino como un rasgo constitutivo de las principales fuerzas populares argentinas.
A través de la palabra de Alfonsín, Portantiero y de Ípola, dos académicos de
primer orden, estaban produciendo una torsión en las aproximaciones a las causas de la
cíclica inestabilidad política del país. Es como si el texto de los sociólogos argentinos
nos estuviera diciendo “alejémonos por un momento de las explicaciones estructurales.
Hay tal vez algunos rasgos específicos, particulares de las principales fuerzas políticas
argentinas, que pueden explicar mejor la debilidad de nuestro orden institucional”. De
una parte, Alfonsín ponía al peronismo y a su propio partido en el ojo de la tormenta, de
otro, las antiguas restricciones estructurales, leídas hasta entonces en forma más o
menos determinista, eran reemplazadas por un conjunto de ideas, prácticas, valores y
actitudes, pasibles de ser transformadas por esa poderosa empresa de reforma moral en
la que los actores políticos de los 80 se hallaban embarcados.
Este largo recorrido es necesario para demostrar cómo fue tomando cuerpo en el
ámbito académico un cambio en el tipo de aproximación. La inestabilidad era un

9
El texto completo del discurso se encuentra en Luis Aznar y otros Alfonsín. Discursos sobre el discurso,
publicado por Eudeba en el año 1986.
Página |7

fantasma a conjurar y se estaba abriendo una aproximación novedosa al estudio de sus


causas que ponía en un lugar central los procesos de constitución y transformación de
las principales fuerzas políticas argentinas. ¿Acaso ellas, las beneficiarias directas del
retorno a la vida institucional, habían constituido el principal obstáculo para su
estabilidad? Lo que aparecía era una nueva agenda de investigación.
Estas consideraciones son de importancia para comprender la especificidad que
alcanza el nuevo debate sobre el populismo que se va construyendo en la Argentina y la
región en las últimas tres décadas. El mismo no surge, como se cree habitualmente, de
la proliferación de gobiernos populares que experimentó la América meridional con el
inicio del nuevo milenio sino que enraíza en un debate que le es anterior: aquél que
signó los procesos de construcción de un orden político que se pensaba afín con las
llamadas democracias liberales.
También es necesario enfatizar las diferencias que esta nueva aproximación al
populismo guarda con la producción académica acerca de aquello que se denominó
como “neopopulismos latinoamericanos”10 Los procesos que tuvieron lugar en los años
90 no son asimilables a los llamados populismos clásicos latinoamericanos como el
yrigoyenismo, el varguismo, el cardenismo o el peronismo. Ello no sólo por la brutal
diferencia entre las agendas públicas de unos y otros movimientos, tampoco por su base
social, sino por la forma misma en la que ambos tipos de identidades políticas se
estructuraron. En verdad, la temática del mal llamado neopopulismo es la de la
“democracia delegativa” de Guillermo O’Donnell11. Ciertamente rasgos personalistas y
delegativos encontramos en ambas experiencias, lo que anacrónicamente y proyectado
hacia el pasado podría hacer de los populismos clásicos una variedad de democracia
delegativa, pero allí, en esta coincidencia, acaban los parecidos. Ni el tipo de
ciudadanía, ni las políticas universales, ni el proceso de nacionalización territorial, ni la
amplia trama organizacional de intermediación que suponen los populismos clásicos
encuentran un correlato en procesos como los encabezados por Salinas de Gortari,
Menem, Collor o Fujimori. El término “neopopulismo” como caracterización de los
procesos de reforma de mercado con liderazgos personalistas, sólo ha aportado, desde
este punto de vista, confusión.
La dimensión eminentemente política de las nuevas aproximaciones, en las que
incluimos nuestra propia contribución, si bien repasaba y compartía muchas de las
intuiciones generadas en torno al primer debate sobre el populismo animado por
Germani a partir de los años 50 y 60 del siglo pasado12, abrevaba básicamente, por su

10
Sin ánimo de ser exhaustivos, podemos mencionar entre los trabajos que intentaron nominar como
neopopulista a la conjunción de liderazgos personalistas y prácticas clientelísticas las contribuciones de
Denise Dresser (1991), Kenneth M. Roberts (1995), Marcos Novaro (1995 y 1996) y Kurt Weyland (1999
y 2004). Para una crítica a estas aproximaciones desde una concepción tradicional y socio-estructural del
populismo, ver el artículo de Carlos M. Vilas “¿Populismos reciclados o neoliberalismo a secas? El mito
del ‘neopopulismo’ latinoamericano”.

11
En 1992 Guillermo O’Donnell publicaría su famoso artículo “¿Democracia delegativa?”.

12
Los principales hitos de la producción de Germani al respecto han sido el libro Política y sociedad en
una época de transición (Buenos Aires, Paidós, 1962, libro que incluye el trabajo “La integración de las
masas a la vida política y el totalitarismo”, aparecido por primera vez en el Nº 278 de Cursos y
Página |8

interés específico, en las más cercanas discusiones acerca de las continuidades y


rupturas entre socialismo y populismo que habían tenido lugar entre fines de los años 70
y principios de los 80. Ernesto Laclau, Emilio de Ípola y Juan Carlos Portantiero fueron
los principales animadores de ese debate que, en particular en el caso de los dos últimos
autores, albergaría una especial preocupación hacia la cuestión democrática que
florecería en los años del exilio mexicano.13

2. Los problemas

Partir del caso argentino para establecer aquellos rasgos característicos de la


conformación y el funcionamiento de las principales fuerzas políticas tenía algunas
complicaciones adicionales. La historiografía guardaba un singular retraso para abordar
algunos tópicos de la historia política argentina del siglo XX. Mientras que el
peronismo fue por mucho tiempo un tema más de cientistas sociales que de
historiadores, situación que se prolongaría hasta prácticamente la década de 1980, el
caso del radicalismo yrigoyenista también demandaba, por aquellos aspectos que se
pretendían explorar, una labor hasta entonces apenas esbozada.
El caso del yrigoyenismo es significativo: erróneamente excluido en la inicial
intervención de Laclau acerca del populismo, la controversia acerca de su inclusión
como un fenómeno de este tipo alcanzaría prácticamente los comienzos del nuevo siglo.
Tanto el liberalismo radical y federal de la fundación por Leandro Alem del partido,
como la posterior experiencia alvearista y el proceso de liberalización sufrido por la
UCR en su enfrentamiento con el peronismo ocultaban la especificidad del movimiento
yrigoyenista. Sus principales rasgos aparecían en cambio en una bibliografía alejada de
los cánones académicos como podían ser los escritos celebratorios de Manuel Gálvez

Conferencias del CLES en junio de 1956); “El surgimiento del peronismo: El rol de los obreros y de los
migrantes internos” (publicado en Desarrollo Económico Nº 51, Vol. 13 en 1973) y Authoritarianism,
Fascism and National Populism (publicado en Estados Unidos a principios de 1978 y que recién sería
traducido para el mercado local y publicado por la Editorial Temas en 2003).

13
Los principales mojones de este debate son los textos “Hacia una teoría del populismo”, escrito por
Laclau en el año 1977, el libro de Emilio de Ípola que reúne sus trabajos escritos entre 1973 y 1981
titulado Ideología y discurso populista, y, el artículo del mismo de Ípola y Juan Carlos Portantiero escrito
a comienzos de 1981 “Lo nacional popular y los populismos realmente existentes”. Como se recordará,
todos estos trabajos ponen en el centro de su atención lo que hoy denominamos como procesos de
constitución y funcionamiento de identidades políticas. Laclau había sostenido que el populismo, en tanto
dicotomización del espacio social idéntica a la presentación de las interpelaciones popular democráticas
como conjunto sintético antagónico a la ideología dominante, constituía un paso necesario en la
consecución del socialismo. De Ípola y Portantiero enfatizaban en cambio las discontinuidades entre
ambos fenómenos, concibiendo al populismo como una forma de transformismo. El último capítulo de
esta polémica tendría lugar recientemente y sus ejes ya se encuentran desplazados hacia la compleja
relación entre populismo y democracia liberal: me refiero al texto de 2009 de de Ípola “La última utopía.
Reflexiones sobre la teoría del populismo de Ernesto Laclau” que cuestiona algunos supuestos y
conclusiones del libro de este último autor titulado La razón populista y aparecido en 2005. Para una
reconstrucción del primer debate, ver mi trabajo “Repensando el populismo”, del año 2001.
Página |9

aparecidos en 1939, la cuantiosa producción como publicista de Gabriel del Mazo en


los años 40 y 50 del siglo pasado, la más cuidada biografía que Félix Luna dedicara al
caudillo radical y aparecida originalmente en 1954 o la que en 1983 publicara Roberto
Etchepareborda.14 Existían en cambio distintas ediciones que reunían los escritos del
propio Yrigoyen o las memorias de sus contemporáneos15.
Es por estas razones que el propio trabajo del cientista social interesado en el estudio
de las identidades se debió desarrollar casi en simultáneo a la pesquisa historiográfica y
sobre las mismas fuentes. Así fueron apareciendo las contribuciones de Daniel García
Delgado, Natalio Botana y Ezequiel Gallo, Tulio Halperín Donghi y Marcelo Padoan
que abordan algunos de los rasgos centrales que aquí nos interesan.16
En cuanto a los estudios sobre el peronismo, la situación no variaba radicalmente.
La temática había sido monopolizada por los cientistas sociales hasta llegada la década
del 80. Los sociólogos habían concentrado su mayor atención en el surgimiento del
fenómeno peronista, descuidando en general lo que fue una variada década de gobierno.
Cuando los historiadores se abocaron al estudio del peronismo, tendieron a parcelar
necesariamente el recorte de dimensiones específicas como las relaciones con la Iglesia,
con los sindicatos, con los empresarios o con los intelectuales, volviendo dificultosa una
reconstrucción de conjunto del período 1943-1955. Las perspectivas más generales
quedaron mayormente en manos de historiadores ajenos al ámbito académico o
publicistas 17

14
Me refiero a los libros Vida de Hipólito Yrigoyen. El hombre del misterio de Manuel Gálvez; El
pensamiento escrito de Yrigoyen; El Radicalismo. Ensayo sobre su historia y su doctrina (tomos I y II) y
El Radicalismo. El Movimiento de Intransigencia y Movilización (1945-1957) de Gabriel del Mazo; la
biografía escrita por Félix Luna titulada Yrigoyen y la que en 1983 publicara Roberto Etchepareborda con
el mismo título.
15
Entre otros, los derivados de sus memoriales enviados a la Corte Suprema de Justicia recogidos por del
Mazo en el libro citado en la nota anterior y en la publicación Mi vida y mi doctrina. Las publicaciones
contemporáneas de partidarios y detractores son, por su cantidad, imposibles de reseñar en un trabajo
como el presente.
16
Resulta llamativo esta tardía preocupación de los estudios académicos por abordar la experiencia
yrigoyenista. Los textos a los que aquí nos referimos aparecieron ya concluido el ciclo alfonsinista y son:
Raíces cuestionadas: la tradición popular y la democracia/1 de Daniel García Delgado (1989), De la
República posible a la República verdadera (1880-1910), de Natalio Botana y Ezequiel Gallo (1997), “El
enigma Yrigoyen” (escrito en 1997 y publicado al año siguiente) y Vida y muerte de la República
verdadera (1910-1930) [1999] de Tulio Halperín Donghi; y, Jesús, el templo y los viles mercaderes, de
Marcelo Padoan, aparecido en 2002. Mi propio trabajo que aborda parcialmente la experiencia
Yrigoyenista desde la perspectiva de los estudios de identidades políticas fue defendido como Tesis
Doctoral en 1998 y publicado en 2001.
17
Me refiero básicamente a los dos trabajos más abarcativos de la década peronista: La trilogía Perón y su
tiempo, de Félix Luna, publicada por la Editorial Sudamericana de Buenos Aires entre 1984 y 1986, y los
tres tomos de la Historia del Peronismo de Hugo Gambini, aparecidos a partir de 1999 y publicados por
Planeta y Vergara (si bien el tercer tomo, titulado La violencia, corresponde al período posterior a 1955).
Existen no obstante algunas excepciones significativas: el libro del historiador católico mendocino Pedro
Santos Martínez La nueva Argentina, 1946-1955, aparecido en 1976; el libro de Ricardo del Barco El
régimen peronista, 1946-1955 (1983); Política y cultura: la Argentina peronista (1946-1955) de Alberto
Ciria (1983); los ensayos de Raanan Rein sobre la segunda línea dirigencial peronista reunidos en
Peronismo, populismo y política 1943-1955 de 1998 y el agudo estudio preliminar de Carlos Altamirano
en su compilación de documentos titulada Bajo el signo de las masas (1943-1973) y publicada por Ariel
P á g i n a | 10

No pocos de los estudios más cuidados y significativos que son canónicos a la


hora de ensayar interpretaciones sobre la experiencia peronista desarrollan además un
sesgo no menor. La caracterización de un quiebre o alguna forma de defección en algún
punto del proceso 1943-1955 habita los trabajos de Torre, James, Laclau y de Ípola-
Portantiero. Como si en un variable instante de la larga década peronista el impulso
reformista inicial hubiera sido abandonado, pasándose en cambio a la defensa de un
status quo desmovilizador, cuando no represor del surgimiento de nuevas demandas. No
es difícil intuir detrás de esta aseveración el anacronismo de una proyección
retrospectiva de conclusiones forjadas al calor de la experiencia del siguiente gobierno
peronista de 1973-1976, cuando la descomposición del modelo populista dio lugar a la
escalada violenta y represiva. Un análisis más pormenorizado de la década peronista
revela en cambio como ambas tendencias, a la partición reformista y a la recomposición
ordenancista de la comunidad política, atraviesan todo el período y es precisamente ello
lo que aparece soslayado en estas ineludibles investigaciones.18
Como hemos señalado anteriormente, el proceso iniciado en 1983 dio rienda a
un nuevo interés historiográfico acerca del primer peronismo. Recientemente, Omar
Acha y Nicolás Quiroga19 han utilizado el término “normalización” para criticar a las
principales corrientes de interpretación sobre el fenómeno peronista del período. El
blanco de su crítica son autores como el mismo Juan Carlos Torre y Luis Alberto
Romero, que realizan una lectura del proceso peronista en términos de democratización
y expansión de derechos. Acha y Quiroga reaccionan frente a las lecturas gradualistas,
inspiradas en la historiografía y la sociología política británica (el fantasma del célebre
ensayo de Thomas Marshall es una constante nunca explicitada a lo largo del libro 20),
que en su opinión desnaturalizarían la conmoción sacrílega que la irrupción social y
política del peronismo habría tenido en la vida pública argentina. Paradójicamente, los
autores, comparten la idea de una defección originada en la cumbre del poder peronista,
esto los lleva, inspirados en una obra como la de Daniel James, a forjar una nueva
agenda de investigación que apuesta a la microhistoria y la reconstrucción de las
vivencias y prácticas organizacionales de la base peronista, entendida como reservorio
de los sentidos originarios ante la traición dirigencial.

en 2001, entre otros. Desde la sociología encontramos también la excepción del trabajo de Peter
Waldmann El peronismo 1943-1955, publicado por primera vez en Alemania en 1974. Waldmann
propone una interpretación de conjunto de la década peronista, estableciendo una periodización de la
misma.

18
Los trabajos más significativos en este aspecto son La vieja guardia sindical y Perón de Juan Carlos
Torre; Ideología y discurso populista de Emilio de Ípola (1987); “Lo nacional popular y los populismos
realmente existentes” de Emilio de Ípola y Juan Carlos Portantiero (1981); Resistencia e integración. El
peronismo y la clase trabajadora argentina de Daniel James (1999) y La razón populista de Ernesto
Laclau (2005). Una convincente refutación de esta sucesión de ciclos reformista y conservador se
encuentra en Julián Melo, Fronteras populistas: populismo, federalismo y peronismo entre 1943 y 1955
(2009).
19
Omar Acha y Nicolás Quiroga El hecho maldito. Conversaciones para otra historia del peronismo
(2012).

20
Me refiero al ensayo de Thomas H. Marshall Ciudadanía y clase social, aparecido en 1950.
P á g i n a | 11

La contraposición entre una historia normalizadora que lee al peronismo en


clave de proceso de democratización y la crítica que resalta su carácter disruptivo e
inasimilable para la vida pública argentina, tiende a cubrir con un velo la exploración de
las fuertes tensiones que caracterizaron a la experiencia peronista; su complejo juego
entre la ruptura y la recomposición del espacio comunitario. En otras palabras, el
carácter democratizador o herético dejaría de ser el resultado de interpretaciones
contrapuestas del hecho peronista para ser entendidos como rasgos constitutivos del
mismo objeto bajo estudio. No tendríamos una normalización frente a una anomalía
sino un complejo proceso de democratización herética, como veremos en el próximo
apartado.
Pero no son estos los únicos espacios de incertidumbre que nos revelan los
estudios sobre el peronismo. El abordaje de la relación entre el primer peronismo, las
instituciones republicanas y el Estado de Derecho ha estado muy cerca de constituir un
tema tabú para los estudios especializados generados a partir de 1983. Es como si una
memoria culpable de la larga proscripción de una fuerza política mayoritaria entre 1955
y 1973, sumada a la represión dictatorial más reciente de la que entre otros fue víctima
una parte del movimiento peronista, hubiera sepultado esta indagación bajo una lápida
tan pesada como la que obtura cualquier debate sobre la violencia política de los años
70.
La tarea de estudiar entonces los procesos de constitución y desarrollo de las
principales identidades populares argentinas, si bien contaba con un importante aporte
historiográfico, presentaba lagunas que requerían un abordaje interdisciplinario en el
que la pregunta sociológico política que buscaba explorar si existía algún tipo de
relación entre aquellos procesos y la inestabilidad institucional debía abrirse tanto a la
interpretación teórico política como a la labor propia del historiador.

3. El modelo populista

La reconstrucción de los procesos de constitución y funcionamiento de las


principales identidades políticas argentinas del Siglo XX nos permitió identificar un
conjunto de rasgos prototípicos. Son ellos los que nos posibilitaron dar forma a una
nueva caracterización tentativa del fenómeno populista ya que hemos comprobado su
pertinencia para abordar otros procesos sobre los que hay un acuerdo mayoritario de los
especialistas en caracterizar bajo tal nominación en la región, particularmente, el
cardenismo mexicano y el varguismo brasileño21. Reseñamos a continuación sus
principales características.

21
La larga derivación de este conjunto de rasgos supuso una serie de estudios sobre los casos particulares
que obviamente sólo puede aparecer en forma modélica y abreviada en el presente artículo. Sobre el
particular, me remito a los trabajos, de Julián Melo, Sebastián Barros, Alejandro Groppo, Nicolás
Azzolini, Ricardo Martínez Mazzola, Daniela Slipak, Sebastián Giménez y a los de mi propia autoría,
citados en la bibliografía.
P á g i n a | 12

3.1 Fundacionalismo

Es un rasgo constitutivo del yrigoyenismo y el peronismo argentinos, observable


también en otros procesos populistas de la región, el establecimiento de una abrupta
frontera entre un pasado considerado oprobioso y un futuro venturoso concebido como
la contracara vis à vis de ese ayer que se pretendía dejar atrás. La idea de una fuerte
ruptura con el pasado inmediato y el recomienzo de una historia novedosa es central en
todos ellos. Si bien todos los procesos populistas intentan construir algún tipo de
filiación con experiencias del pasado de las que se proclaman sus continuadores, esta
característica es extremadamente variable entre los distintos casos bajo estudio. Así, el
yrigoyenismo argentino y el cardenismo mexicano fueron muy prolíficos a la hora de
imbricar al propio movimiento en una tradición que les precedía y que muchas veces era
reinventada desde el presente político. A través de la palabra de la dirigencia cardenista
encontraremos una y otra vez la referencia a una continuación de la labor emancipatoria
iniciada por la Revolución Mexicana y truncada en las presidencias que antecedieron al
ciclo iniciado en 1934. De igual forma, la palabra de ribetes cuasi mesiánicos de
Yrigoyen, concebía a la UCR como la continuadora del proceso de construcción de la
nacionalidad iniciado en los albores del siglo XIX y extraviado en los enfrentamientos
civiles primero y en el orden conservador después. La nación era para el yrigoyenismo
una meta utópica hacia la que el propio movimiento conducía. No se trataba de la
simple representación de una realidad ya dada sino de la compleja puesta en marcha
hacia un futuro por venir. En este aspecto, el varguismo y el peronismo suponen una
más ligera labor de vinculación con el pasado. Si bien en el surgimiento del peronismo
el líder intentó seducir a los simpatizantes yrigoyenistas evocando al fallecido conductor
del radicalismo, en cuya deposición había participado quince años antes, tanto en este
caso como en el del varguismo es la novedad la que prima en el discurso oficial: un
presente de felicidad, bienestar y desarrollo con justicia social aparece como la
contracara de un pasado de opresión. Será recién con la deposición del peronismo en
1955 cuando un discurso historiográfico revisionista, hasta entonces marginal, ocupe un
lugar central en la operación, auspiciada desde la conducción, de enlazar al propio
movimiento con diversas luchas populares de un pasado remoto.

3.2 Hegemonismo

El segundo rasgo característico de las fuerzas populistas está inscripto también en la


dinámica de su ruptura fundacional. El enfrentamiento entre las fuerzas del pasado que
se pretende desplazar y el propio movimiento está lejos de constituir una disputa
simétrica en el discurso de la dirigencia emergente. Todas las fuerzas populistas surgen
reclamando para sí la representación de la nación toda frente a lo que consideran un
conjunto de usurpadores carentes de arraigo que son estigmatizados como una mera
excrecencia irrepresentativa. De aquí el hecho fundamental de que los movimientos
P á g i n a | 13

populistas se conciben no como una fuerza política entre otras sino como la
representación de la totalidad. Tomando una distinción clásica que fuera utilizada por
autores como Pierre-Andrè Taguieff22 y Ernesto Laclau23 , la plebs del populismo,
entendida como el conjunto de los menos privilegiados, emerge a la vida pública
reclamando para sí la representación del populus, esto es, del conjunto de los miembros
de la comunidad. La metáfora maurrasiana que contrapone a un país visible y un país
invisible se hibridaría con las propias tradiciones24 hasta conformar la idea de un cierre
de la representación. El régimen vigente es caracterizado como una usurpación que no
permite que el verdadero país, sumergido y subyugado, alcance la luz de la
representación pública. Por ello, es en la remoción de obstáculos circunstanciales, como
por ejemplo aquellos que impiden la plena vigencia de la Constitución denunciada por
el yrigoyenismo, donde se cifran las esperanzas para hacer factible la expresión de una
voluntad popular concebida de forma antropomórfica.
La concepción de una voluntad unanimista como resultado de la expresión del
“verdadero país” está lejos de ser unívoca en los distintos populismos. Si en el caso del
yrigoyenismo la misma se acerca a la imagen schmittiana de una identidad inmediata
que marcha hacia su destino bajo la conducción del líder, en el caso del peronismo, la
homogeneidad será el producto del artificio político que a través del conductor concilia
los diferentes intereses.25
Es paradójicamente este rasgo democrático y homogeneizador de los movimientos
populistas el que plantea una coexistencia más conflictiva con el reconocimiento del
pluralismo político y por tanto, con algunos aspectos centrales que hacen a valores
protegidos por la tradición republicana y por la liberal. Autoconcebidos como
representantes de la nación en su conjunto, los movimientos populistas desarrollaran
una débil tolerancia hacia sus circunstanciales opositores que, estigmatizados como la
“antipatria”, quedarán expuestos a ser expulsados del demos legítimo. Pero los

22
Pierre-André Taguieff, “Las ciencias políticas frente al populismo: de un espejismo conceptual a un
problema real”.

23
Ernesto Laclau, La razón populista.

24
La imagen del país dual tiene una larga historia en el caso argentino y se ha nutrido de diversas fuentes.
Como ejemplo bastaría mencionar la contraposición entre civilización y barbarie acuñada por Sarmiento
en el Facundo, a mediados del siglo XIX. Maristella Svampa ha realizado una excelente reconstrucción
de cómo la positividad de esta dicotomía se invierte en la Argentina de comienzos del siglo XX. El
pensamiento de Charles Maurras (1868-1952) alcanzaría una amplia difusión en círculos político
intelectuales argentinos y latinoamericanos que se profundizaría a partir de la aparición de la Revue de
l’Amérique Latine, dirigida por Ernest Martinenche. Sobre el particular resulta ilustrativo el libro de
Diana Quattrocchi-Woisson Un nationalisme de déracinés. L’Argentine pays malade de sa mémoire.
25
Recordemos que en su monumental Teoría de la Constitución Carl Schmitt distingue dos principios
políticos formales: identidad y representación. Mientras que el primero hace referencia a una unidad
política espontánea de un pueblo que puede estar dada por diversos factores, el principio de
representación supone el artificio de la construcción de esa existencia unitaria. Democracia en sentido
estricto es para Schmitt la forma política basada en el principio de la identidad, pero el autor alemán
advierte que no existen formas políticas puras basadas en un solo principio por lo que en definitiva
cualquier forma política será el producto de diversos niveles de combinación de ambos principios
políticos formales. Sobre el particular ver los capítulos 16 a 21 de esta obra.
P á g i n a | 14

populismos jamás consuman el cierre totalitario que supondría la impronta


hegemonista: existe en los mismos un inerradicable elemento de pluralidad que los aleja
del horizonte propio de una identidad total. De ello nos ocuparemos en el punto
siguiente.

3.3 Regeracionismo

Fundacionalismo y hegemonismo conllevan, al aparecer conjuntamente como rasgos


característicos de una identidad política, una tensión ineludible. De una parte, el
fundacionalismo supone el planteamiento de una diferencia específica. En su origen
aparece, como en toda identidad popular, el proceso de constitución de una solidaridad
política que articula y tiende a homogeneizar un espacio que se reconoce como
negativamente privilegiado en alguna dimensión de la vida comunitaria, constituyendo
un campo identitario común que se escinde del acatamiento y la naturalización del
orden vigente. El antagonismo respecto del poder, característico de toda identidad
popular, es el que posibilita en el caso particular del populismo esa pretensión de
construir una bisagra histórica que marcando un nuevo comienzo, o acaso planteándose
como la continuación de una epopeya interrumpida y negada en el inmediato presente,
marca esa abrupta frontera con el pasado de la que hablábamos. Para que esto sea
posible, para que la identidad popular como tal se constituya, es necesaria esa escisión y
ese antagonismo que tiende a crear una división del espacio comunitario. Ernesto
Laclau ha advertido con claridad este aspecto que reseña como un enfrentamiento entre
el pueblo y el bloque de poder26, pero su error es confundir este rasgo propio de toda
identidad popular con el caso más específico de una subvariedad de las identidades
populares como es el populismo.27
Ahora bien, el hegemonismo aparece como la mutilación de ese requisito básico y
propio de la relación antagónica entre pueblo y bloque de poder en la medida en que
hace del otro del pueblo, esto es del bloque de poder, una mera excrecencia
irrepresentativa sin arraigo ni representación. El radical enfrentamiento parece diluirse
cuando la entidad misma del adversario es puesta en cuestión y se autoadjudica a la
fuerza emergente una representación de la totalidad comunitaria. En ese caso sólo caben
dos posibilidades: o el antagonismo es dirigido hacia el pasado inmediato y expulsado
del nuevo presente, o la reconciliación social que permite una representación global de
la comunidad se proyecta como un horizonte futuro. La dinámica de la relación entre la
plebs y el populus, entre la parcialidad y la totalidad comunitaria, se nos revela más
compleja de lo que una primera observación supone.
Para ser precisos, esta tensión es en verdad propia de toda identidad política que
aspira a cubrir un espacio más amplio que el que abarca en su momento de emergencia.

26
Al respecto ver sus trabajos de 1977 “Hacia una teoría del populismo” y de 2005, La razón populista.

27
En Las brechas del pueblo, libro escrito junto a Sebastián Barros y Julián Melo, hago una distinción
entre tres tipos diferentes de identidades populares: las identidades populares totales, las identidades
populares parciales y las identidades populares con pretensión hegemónica. En mi perspectiva, el
populismo es precisamente una variedad del último tipo.
P á g i n a | 15

Si de una parte una identidad emergente se afirma como una diferencia específica que se
distingue del resto de las identidades presentes; de otra, la posible ampliación de su
espacio requiere de alguna dinámica de negociación, bien de la propia identidad inicial,
bien del espacio que la misma excluye. La hegemonía es precisamente el proceso de
redefinición de esos límites que implica todo proceso de ampliación del espacio
solidario de una identidad.
La especificidad del populismo se recorta a través de un mecanismo particular
de negociar esta tensión entre la representación de la parte emergente y la
representación de la comunidad global. Si la primera supone necesariamente una
partición dicotómica de la comunidad (en la que la plebs se enfrenta a sus adversarios),
la segunda implica, por el contrario, algún tipo de conciliación que posibilite la
representación de la unidad política como un todo, esto es, la representación del
populus.
La contradicción entre fundacionalismo y hegemonismo se pone de manifiesto
cuando la emergencia de la nueva identidad política choca ante la circunstancia de una
menor plasticidad social que la supuesta: esto es, cuando sus aspiraciones a una
representación global de la comunidad son desmentidas por la evidencia de una
sociedad dividida, dónde una importante masa de la población las rechaza. Los actores
del antiguo orden están lejos de constituir una mera excrecencia sin arraigo comunitario
y emergerán aun nuevos actores que también rechazan su pretensión hegemonista. Sólo
el mexicano Lázaro Cárdenas obtuvo en 1934 un aplastante 98% de los sufragios y ello
en virtud del particular sistema de restricción y disuasión de la competencia existente en
su país. Aún así, debió enfrentar poderosas oposiciones tanto dentro como fuera de su
partido. Hipólito Yrigoyen en 1916, Juan Domingo Perón en 1946 y Getulio Vargas en
1950, accedieron al poder con un rechazo del 48, el 45 y el 51% de los votantes
respectivamente.
Si bien estas distintas experiencias recurrieron a variadas formas de represión
selectiva del espacio opositor, su estrategia nunca se redujo a la conversión forzada de
esa porción opositora del populus a la nueva fe de la plebs. El mecanismo particular que
ensayaron, y que es la particularidad definitoria del populismo, fue un complejo modo
de negociar esa tensión entre la ruptura y la conciliación del espacio comunitario,
consistente en la a veces alternativa, a veces simultánea, exclusión-inclusión del
oponente del demos legítimo. Es a ello a lo que se refiere la metáfora de un juego
pendular característico de los populismos entre la ruptura y la conciliación social, un
juego que es constitutivo del fenómeno y que no sigue una secuencia predeterminada28.
A diferencia de las experiencias totalitarias, los populismos desarrollan una importante
movilidad en los límites que recortan a las identidades políticas. Más aún, estos límites
son permeables y permiten importantes grados de movilidad entre espacios identitarios

28
Como esbozamos anteriormente al hablar de los estudios sobre el primer peronismo, la proyección
anacrónica de la experiencia de los años 70 llevó a no pocos investigadores a leer al fenómeno como una
secuencia entre un inicial ciclo reformista de ruptura y un posterior giro ordenancista de conciliación. En
verdad ambas tendencias son constitutivas de todo el proceso y coexisten en tensión a lo largo de toda la
década peronista.
P á g i n a | 16

inicialmente antagónicos. Más que un enfrentamiento entre identidades excluyentes, los


populismos revelan importantes áreas de superposición entre las fuerzas en pugna.
Hablamos de regeneracionismo porque precisamente lo que se advierte en las
experiencias populistas es una constante renegociación tanto de las características de la
plebs inicial como del espacio que se le opone. Los sentidos atribuidos al 17 de Octubre,
para poner como ejemplo una fecha fundacional en el imaginario peronista, no serán
idénticos en 1945, 1949 o 1953. El populismo permanentemente borra y reinscribe de
otra forma su desafío fundacional y esta circunstancia modifica también los sentidos
sedimentados que amalgaman el campo de quienes se le oponen. No hay reducción del
populus a plebs simplemente porque ni la plebs ni el populus permanecen idénticos a sí
mismos. Julián Melo, en su trabajo anteriormente citado, ha desarrollado una aguda
crítica a mi imagen de un proceso pendular entre la ruptura y la conciliación
comunitaria indicando que ese movimiento nunca recorre un espacio definido de una
vez y para siempre, que son los contenidos mismos que definen la ruptura y la
conciliación los que no dejan de transformarse a los largo de las experiencias populistas.
En el populismo el enemigo nunca es completamente el enemigo, es el que aún
no comprende los nuevos tiempos pero que en algún momento del futuro lo hará, para
señalar una expresión cara a la discursividad del propio Perón. Como en el caso del
yrigoyenismo, dónde los políticos venales y fraudulentos del ayer, aquellos que se
estigmatiza en situaciones de amenaza, mutarán en los regenerados ciudadanos
virtuosos del mañana.
Si el enemigo nunca es plenamente el enemigo, tampoco la conciliación es una
figura que se materialice consistentemente en el presente. Será siempre un horizonte,
permanentemente diferido hacia un futuro por venir. Por este motivo, porque la ruptura
nunca expulsa en forma definitiva a ese remanente del populus que la rechaza, los
populismos guardan un elemento de pluralidad que los aleja de la figura totalitaria. Sus
relaciones con un orden democrático liberal, que habitan conflictivamente, será tensa y
variable, particularmente en virtud de esa constante inestabilidad del demos legítimo.
Todas las banderas populistas adquieren un doble valor en función de este juego
pendular entre la ruptura y la conciliación. Por eso estas experiencias han dado lugar a
lecturas contrapuestas que las interpretan como procesos reformistas o como
movimientos reaccionarios de conciliación forzosa. Un ejemplo del extremo de esa
dualidad, que alcanza un singular formato institucional, está dado por la creación bajo el
auspicio de Getulio Vargas del Partido Trabalhista Brasileiro y del Partido Social
Democrático en el Brasil de 1945. Una idea tan simple como la de “justicia social” no
deja de estar atravesada por sentidos contrapuestos, inscriptos en una misma
experiencia, que la conciben como una forma de liberación de la opresión o como una
conciliación de tipo organicista.
Aun cuando estemos alejados de su marco de referencias y de las aristas
teleológicas que permean su pensamiento, el regeneracionismo populista nos demuestra
la agudeza de algunas intuiciones tempranas de Germani, cuando ve en este tipo de
fenómenos mecanismos capaces de procesar rápidas transformaciones sociales en
períodos acotados. De igual forma, ese constante dividir y recomponer a la comunidad
que caracteriza a los populismos en su empresa reformista, parece confirmar las
P á g i n a | 17

conclusiones de Alain Touraine cuando sugiere que las políticas nacional populares han
sido en no pocas ocasiones mecanismos de integración capaces de garantizar procesos
pacíficos de transformación29. La distancia no podría ser mayor con las actuales y
recurrentes lecturas que reducen los populismos simplemente a un formato de división y
conflictividad social. En Argentina en particular y en América Latina en general, los
populismos clásicos constituyen un hito insoslayable en los procesos de
homogeneización e integración política, social y territorial que son supuestos del Estado
moderno.

3.4 Oposiciones bipolares

Una nota recurrente que concentra la atención de los estudiosos del populismo es la
extremada variedad política e ideológica que caracteriza a las oposiciones que genera y
que suelen converger en un accionar concertado en su caída, sea en la Argentina de
1930 y 1955 o en el Brasil de 1955. Liberales, centristas, nacionalistas reaccionarios,
izquierdistas de diversas tendencias y aspirantes a disputar el monopolio de la
representación nacional-popular constituyen un variopinto contingente dispuesto a
terminar con la anomalía. La explicación de la heterogeneidad del arco opositor recibe
nueva luz si la observamos a partir de las características específicas del mecanismo
populista que hemos descripto en el apartado anterior. El permanente juego entre la
ruptura y la conciliación social, propio de los procesos populistas, nos permite
comprender la vertebración de oposiciones bipolares: las unas, adversarias de su
carácter reformista y críticas de la división comunitaria que el populismo introduce; las
otras, desde la izquierda, adversarias del intento conciliador y de recomposición
comunitaria. La circunstancial confluencia de unos y otros es la que posibilita la caída.
El caso mexicano constituye un ejemplo atípico: en buena medida el Partido de la
Revolución Nacional, a partir de 1938 Partido de la Revolución Mexicana, en tanto
Partido-Estado logró contener en su interior a buena parte de los sectores reformistas en
virtud de la radicalidad del gobierno de Cárdenas. La definición de la sucesión entre el
ala más reformista representada por Francisco Múgica y la más moderada, que llevaría
finalmente a la Presidencia a Manuel Ávila Camacho, se dio en un marco en que ambos
sectores cooperaron ante el desafío al monopolio partidario del poder por la derecha
extrapartidaria organizada alrededor de la figura de Juan Andreu Almazán, quien sería
vencido en los oscuros y sangrientos comicios de julio de 1940.

29
Alain Touraine, “Las políticas nacional-populares”.
P á g i n a | 18

Beligerancia en la ciudadanía y las instituciones

El último rasgo que resulta central a la hora de caracterizar el fenómeno populista


deriva también del particular mecanismo de negociación de la tensión entre la división y
la conciliación social que hemos reseñado en el punto 3.3 dedicado al regeneracionismo.
Suele ser un lugar común tanto de los detractores como de los defensores del populismo
(y el caso más notorio es el de Ernesto Laclau entre los últimos) señalar una abrupta
exclusión entre el populismo y las instituciones políticas. La división social y la
concepción de una voluntad del pueblo no sujeta a los mecanismos de la Ley estarían en
la base de esta extraña coincidencia entre quienes abominan del populismo en defensa
de las instituciones y de quienes rechazan a las instituciones por considerarlas una
forma de eclipse de la política y clausura del imperio de la voluntad popular. Lo que
ambas aproximaciones ocultan es la gigantesca labor de creación de instituciones que
las experiencias populistas realmente existentes han acarreado. La expansión de
derechos políticos y sociales en buena parte de la América Latina, la organización de
distintos sectores sociales y de agencias estatales, se ha dado muchas veces
precisamente de la mano de experiencias de tipo populista. Pero esas instituciones
estarán atravesadas por aquella tensión constitutiva entre la ruptura y la conciliación que
el populismo viene a gestionar. Así, los derechos políticos y sociales, para mencionar
solamente un ejemplo, dejan de reducirse, como es propio de la tradición republicana, a
una prerrogativa inherente a la membresía en una comunidad política. Junto a ello
representarán también conquistas efectuadas a partir de una lucha contra quienes en un
pasado cercano habían prosperado sobre la base del sojuzgamiento y la opresión de los
más.30
En definitiva, sobre las instituciones del populismo se proyecta la dinámica de
inclusión y exclusión del oponente, la conciliación propia de una membresía común y la
beligerancia de la partición. Es precisamente esa sombra de la inestabilidad del demos
legítimo la que habita en las instituciones del populismo y la que, al mismo tiempo,
conlleva una relación que puede volverse problemática, según el caso particular de que
se trate, con los postulados de la democracia liberal.

30
Esta doble valencia de la ciudadanía en tanto pertenencia comunitaria o ruptura de ese espacio común
no debe ser confundida con la distinción realizada por Étienne Balibar a comienzos de los años 90 entre
un polo estatutario y un polo igualitario de la ciudadanía. La elaboración de Balibar apunta a distinguir la
reproducción de un orden jerárquico (polo estatutario) de la expansión del imaginario democrático (polo
igualitario). Lo que está en juego en nuestra distinción a través del sistema de inclusión/expulsión del
adversario del demos legítimo son los límites mismos del espacio comunitario: el quiénes son ciudadanos.
Sin duda una distinción y otra pueden vincularse (difícilmente exista la división si no alcanza relevancia
la dimensión igualitaria), pero el potencial faccionalista de nuestra exploración es mucho mayor. Nuestra
distinción tampoco es equivalente a aquella realizada por Rancière en El desacuerdo y que supone al
pueblo como la clase de la distorsión que perjudica y divide a la comunidad a partir de la conmoción de la
cuenta de sus partes. Rancière teoriza precisamente los momentos de des-identificación, mientras que el
efecto de los procesos de conciliación/ruptura que hemos descripto en relación a la ciudadanía son
prolongados y constituyen rasgos identitarios.
P á g i n a | 19

4. A modo de epílogo: después del populismo

Comenzábamos estas páginas indicando que contra lo que habitualmente se cree, la


nueva ola de estudios políticos sobre el populismo está más vinculada a las
preocupaciones surgidas en los años 80 acerca de las posibilidades del establecimiento
de democracias liberales en la región que a la actual proliferación de gobiernos
ligeramente nominados de ese modo en la América meridional.
Las intuiciones de Juan Carlos Portantiero y Emilio de Ípola, que permearon la
palabra presidencial en la Argentina de mediados de los años 80 apuntando que existía
algo en la estructuración misma de las identidades populares argentinas que había
dificultado el funcionamiento de un orden político estable, parecen alcanzar cierta
verosimilitud cuando desentrañamos un complejo mecanismo en el que se articulan el
fundacionalismo, el hegemonismo, el regeneracionismo, la presencia de oposiciones
bipolares y la beligerancia en la ciudadanía y las instituciones.
Las complejas relaciones entre el populismo y la democracia liberal no nos permiten
ser concluyentes. En otro lugar31 hemos intentado demostrar cómo la incompatibilidad o
no entre ambos no puede ser planteada sin atender a los distintos casos particulares.
Serán las distintas formas de combinación entre el elemento hegemonista –el más
disruptivo para el orden democrático liberal- y la moderación de sus efectos a partir del
desarrollo de formas específicas de regeneracionismo, las que deben iluminar una difícil
tarea aún por realizar.
Nótese que a diferencia de distintas aproximaciones en boga no hemos hecho
hincapié en el lugar del liderazgo personalista a la hora de señalar los rasgos distintivos
del fenómeno populista. Ciertamente, el liderazgo personalista fue vital en los llamados
populismos clásicos latinoamericanos, pero no sólo en ellos. Distintas formas políticas
fueron igualmente dependientes de los liderazgos personales y el hecho de extender el
término populismo a cualquier experiencia de este tipo no ha hecho sino aumentar la
ambigüedad de la noción. No se trata de una omisión sino del creciente convencimiento
de que el mecanismo populista podría replicarse aun en ausencia de un liderazgo
carismático. De hecho, algunas indagaciones recientes parecen abonar este supuesto32.
En sentido estricto, el populismo tal como aquí ha sido descripto, colapsó en el caso
argentino a mediados de los años 70 del siglo pasado, durante el tercer gobierno
peronista. Por distintos motivos, entre los que no debemos descartar la polarización que
precedió al retorno del peronismo al poder ni la debilidad de la instancia decisoria; la
recomposición del juego pendular entre la ruptura y la conciliación comunitaria resultó
imposible y fue la violencia y no el populismo la que dirimió los destinos del país. Es

31
Me refiero a mi trabajo “Las dos caras de Jano: acerca de la compleja relación entre populismo e
instituciones políticas”.

32
Me refiero al trabajo de Julián Melo “Reflexión en torno al populismo, el pueblo y las identidades
políticas en la Argentina (1946-1949)” incluido en el ya citado libro escrito por Barros, Melo y por mí.
Allí Melo explora la réplica del mecanismo populista en sectores del radicalismo intransigente durante el
primer peronismo.
P á g i n a | 20

claro que indicar esta circunstancia nada nos dice acerca de la posibilidad de que
experiencias de tipo populista puedan o no vertebrarse en el futuro.
Es paradójicamente en la propia fundación democrática del 83 y en la supervivencia
de muchos de los valores que la animaron donde radican los principales obstáculos para
la reiteración de experiencias de tipo populista en sentido estricto. Las dimensiones
liberal y republicana que la fundación activó sobre la extensa impronta democrática de
la vida política argentina del siglo XX han constituido un férreo límite al hegemonismo
en sentido fuerte, esto es a la pretensión de cualquier identidad emergente de cubrir la
totalidad de la representación comunitaria creando mecanismos de depuración de los
oponentes. Los rasgos autoritarios, generalmente atribuidos al menemismo en su
momento o al kirchnerismo con posterioridad a 2011, poco tienen que ver con aquellos
mecanismos efectivos de coacción que caracterizaron los intentos de homogeneización
de otrora y más se parecen a las aristas delegativas señaladas por O’Donnell. Sin lugar a
dudas ambas experiencias colisionan con algunos principios propios de la fundación,
pero este hecho no las convierte sin más en populistas.
El espectro del populismo y su impronta democratizadora están sin embargo lejos de
constituir una realidad completamente ajena para la vida pública argentina. Algunos de
sus rasgos característicos han seguido permeando nuestra realidad cotidiana: el
recurrente fundacionalismo y cierta beligerancia de la ciudadanía y las instituciones
aparecen como los más notorios a lo largo de los treinta años que han transcurrido. Sin
embargo, el mecanismo populista como un todo, parece ser un hecho del pasado. Es esta
razón la que nos ha llevado recurrentemente a hablar de cierto populismo atemperado
para caracterizar al régimen político argentino durante grandes lapsos del período
iniciado en 1983. Lo hacemos en el convencimiento de que se trata de un régimen
radicalmente distinto del que marcó buena parte de la vida democrática argentina del
siglo XX, pero que tampoco se reconoce en forma plena en todas las características que
definen la democracia liberal. Parecemos estar frente a un complejo híbrido cuya
perdurabilidad nos coloca ante una realidad nueva y relativamente estable antes que
frente a un fenómeno transicional. Para describirlo, la compleja caracterización de las
democracias delegativas parece inapropiada, ya que suele ser por momentos excesiva y
por momentos insuficiente.
-

Gerardo Aboy Carlés


Buenos Aires, agosto de 2013
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