Juan Ramón Jiménez
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ (1881-1958)
Desarrolló una amplia obra poética debido a su dedicación exclusiva a la poesía, que
se caracterizó por la búsqueda de la belleza y el perfeccionismo estético. Entendió su
“Obra” como una unidad que siempre revisaba y corregía y siempre se consideró un
poeta de la “inmensa minoría”. Su obra se puede subdividir en tres etapas:
1ª)Etapa sensitiva o modernista (1900-1915). De su obra primeriza destacan los
poemas simbolistas y melancólicos de Arias tristes (1903) y Jardines lejanos (1904) que
vio bajo la sombra de Bécquer y en la línea de un modernismo hispánico que
reencontraba la sencillez tradicional del romance. Pero, como diría en sus
conferencias puertorriqueñas de 1905 y, pensando en lo paradigmático de su propia
búsqueda personal, el modernismo era «un vasto movimiento de entusiasmo y de
libertad hacia la belleza»: es decir, que modernismo era la totalidad de la evolución
poética contemporánea.
«Elegía andaluza» se llamó también su bellísima obra en prosa Platero y yo (1913),
pero, en realidad, fue una ruptura con el mundo de sus trabajos anteriores: es una
reflexión sobre la naturalidad, la sencillez poética, el desdén por el énfasis y, a veces,
una denuncia de la crueldad y un libro (como los de Miró) particularmente sensible
al dolor injusto.
2ª)Etapa intelectual o de poesía pura (1916-1936). El cambio más radical en su obra
vino en Diario de un poeta recién casado (1917), volumen en el que mezcló la prosa y el
verso para dibujar el perfil de una experiencia personal: su viaje a Estados Unidos
para casarse con Zenobia Camprubí. La reflexión sobre el mar (como proceso de
autoconocimientos paralelos del océano y del contemplador), la noción de poesía
como captura afortunada de lo esencial y la plenitud vital como aspiración, son los
temas que sustentan las diferentes partes del poemario. Y una de ellas -«América del
Noreste»- significó la irrupción de la megalópolis (nada menos que Nueva York) en
la poesía española para presentárnosla como una vivaz pugna de la capacidad
transformadora de la belleza natural-la primavera, la luz, la rosa- frente a la
conspiración de la fealdad -el humo, la noche, el ferrocarril elevado, la calle turbia, el
anuncio luminoso-. Eternides (1918) fue una estación más en su ascenso hacia la
«poesía pura» (“Intelijencia, dame / el nombre exacto de las cosas, / que mi palabra
sea / la cosa misma / creada por mi alma nuevamente”) y en 1922 Juan Ramón cerró
una etapa de su obra (que incluye también Piedra y cielo, Poesía y Belleza) al ofrecerla
seleccionada y compilada en una Segunda antolojía poética (que ha sido el libro lírico
más influyente del siglo XX hispánico, junto con el Romancero gitano de Lorca y los
Veinte poemas de amor y una canción desesperada de Neruda). A partir de ahí, entre 1925
y 1936, su obra en prosa o verso se produjo en forma de cuadernos provisionales
cuyos nombres son muy reveladores de la concepción global que el poeta tenía de su
Obra (Unidad, Obra en marcha, Sucesión...) e intentó algunos ensayos de ordenación
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que nunca le satisficieron.
3ª)Última etapa o etapa del exilio (1936-1958): el exilio político le llevó a América
de nuevo y comenzó un ciclo poético de muy alto valor: «en el otro costado» (como él
decía) escribió poemas simples sobre su experiencia (Romances de Coral Gables), un
prodigioso oratorio lírico que junta autobiografía y metapoesía (Espacio, 1943, uno
de los mayores poemas del siglo XX en cualquier lengua) y abordó un proyecto que
unas veces se llama Animal de fondo y otras Dios deseado y deseante. En cualquier caso,
se trata de una mística nada religiosa (Dios suele ser el propio poeta -que no en vano
recordaba siempre haber nacido en Nochebuena- y, a la vez, Dios se llama también
una suerte de instancia secreta y semipanteísta que anima la naturaleza). El verso
libre -descubierto en el Diario de 1916- se convierte en una playa de hallazgos y se
acerca progresivamente a la linealidad indefinida de la prosa que, al final, fue la
forma de expresión poética preferida. La verbalización conceptuosa y algo
espasmódica -sembrada de interjecciones, admiraciones, deícticos, afirmaciones,
negaciones- quieren comunicar una experiencia en marcha pero también, muy a
menudo, al borde del más elocuente silencio. Pero Juan Ramón Jiménez, tan
aparentemente ególatra, distó de ser un pazguato: dejó el diseño de un libro, Guerra
en España (recompuesto en I986), que compilaba con ánimo de testimonio su visión
de la contienda civil de 1936 desde sus convicciones republicanas, y trazó, con el
título de Españoles de tres mundos (1941, edición definitiva en I988), una excepcional
galería de «caricaturas líricas» que es -junto a los poemas de Machado y los retratos
de Gómez de la Serna-la más intencionada y certera historia poética del pensamiento
y la literatura españoles.
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