Ignorancia: causas y efectos
Muchas personas nos sentimos angustiadas ante la avalancha
de fundamentalismo que amenaza con arrastrarnos en estos
momentos. Ha costado mucho tiempo y mucha sangre tener
un marco internacional de derechos humanos y un estado de
derecho como para quedarnos ahora, pasivamente, viendo que
todo podría malograrse. Por eso criticamos la ignorancia que
habilita y alimenta esa avalancha.
También hay muchas personas que insisten en que no
debiéramos criticar la ignorancia de quienes amenazan los
logros ilustrados conseguidos (sí: ilustrados, no me parece
ingenuo usar esa palabra), porque esa ignorancia, dicen, no es
su responsabilidad: son víctimas del abandono del estado, de
la desigualdad socioeconómica, y por eso no debemos
culparlos del fenómeno actual desde nuestra “torre de marfil”
intelectual, desde nuestra situación privilegiada, etc. A veces
dan a entender, más bien, que debemos culparnos a nosotros
mismos por la ignorancia de aquellos, porque nosotros, los que
sí pudimos educarnos, no hemos sido capaces de extender el
alcance de los beneficios sociales a toda la población.
Es, por supuesto, evidente que parte de las causas son el
abandono y la marginalización de ciertas poblaciones. Yo
mismo lo he dicho en otro artículo: “…me parece, en el
mejor de los casos inútil, y en el peor contraproducente,
revictimizar a esas personas desprotegidas con nuestras sátiras
y burlas, claramente asentadas en el privilegio que hemos
tenido y seguimos teniendo de poder educarnos y no pasar
necesidades extremas.”
Pero ahí mismo hice la distinción entre, por un lado,
comprender cómo llegan a existir esas personas marginadas
(causas), y, por otro lado, la imposibilidad de justificar (por la
comprensión de las causas) el odio y la violencia que fomentan
(efectos). También hice la distinción entre satirizar o criticar
las creencias de estas personas desfavorecidas y atacar
frontalmente a los líderes religiosos que se aprovechan de
ellas. Agregaré aquí algunas precisiones adicionales.
No me parece sensato que, por el afán de ser políticamente
correctos a toda costa, no llamemos a las cosas por su nombre:
sí, estamos hablando de ignorancia (independientemente de
sus causas). La misma ignorancia de quienes, hoy, todavía se
atreven a afirmar que la Tierra es plana, o que solo tiene 6000
años de antigüedad; la misma ignorancia de quienes niegan la
evolución por selección natural; la misma ignorancia de
quienes aceptan pasajes del Antiguo Testamento como
verdades incuestionables. Y la misma ignorancia de quienes
piden el mismo respeto para todas las opiniones.
Porque no todas las opiniones son igualmente respetables ni
valen lo mismo. Algunos confunden eso con la democracia: “es
mi opinión, respete”. Pero, de ser así, si todas las opiniones (y
sus consecuencias) fueran igualmente respetables y
aceptables, más bien la democracia sería imposible. Imaginen
una sociedad donde hubiera que respetar y darle cabida a las
opiniones y las expresiones de grupos nazis; o de racistas tipo
Ku Klux Klan; o de machistas que quisieran imponer leyes
para forzar a sus esposas e hijas a no salir de casa si no es en
compañía de un hombre, o a no educarse y no llegar nunca a
ser autónomas.
La opinión de un creacionista, por ejemplo, que basa su
“saber” en la Biblia, no es equiparable a la “opinión” de un
biólogo evolucionista, justamente porque la segunda no es una
“opinión”, sino el resultado de años y años de estudiar miles de
evidencias, de intentos de contrastación y refutación y, en
consecuencia, del mejoramiento paulatino de la descripción de
los hechos.
Del mismo modo, la opinión de alguien que basa su idea de lo
“natural”, lo “humano” y lo “normal” en libros
veterotestamentarios y que, con base en ellos, cree saber sobre
“derechos humanos”, no es ni de lejos equiparable a la de un
jurista con décadas de experiencia en, digamos, la Corte
Interamericana de Derechos Humanos.
En general, no son equivalentes una opinión que promueva la
no discriminación o la eliminación del sufrimiento de otros
seres humanos, que una opinión que promueva el odio y la
violencia. Si una opinión suya, por ejemplo, fomentara algún
tipo de violencia contra otras personas, sí, tiene razón, puede
expresarla; pero luego no se queje si los demás satirizamos su
opinión o la condenamos; o si termina preso porque usted
tradujo su opinión en una acción violenta.
Hay, pues, opiniones y creencias inofensivas; por ejemplo, las
opiniones de una persona que se las guarda para sí misma, o
que, aunque las exprese, no producen efectos perjudiciales en
otras personas.
Pero también hay opiniones o creencias ofensivas: aquellas
que se traducen en acciones, que producen efectos materiales
que perjudican a otras personas. Si, por ejemplo, una persona
cree que la Biblia verdaderamente ordena matar a los
homosexuales, y que es su deber seguir las órdenes de la Biblia
porque son las órdenes de Dios, y esta persona, basada en su
creencia, saliera a la calle y efectivamente matara a un
homosexual, su creencia habría tenido el efecto material de
acabar con una vida.
Otro ejemplo: las opiniones y creencias de las personas que en
días recientes cerraron escuelas se tradujeron en acciones que
no solo afectaron a sus hijos e hijas, sino a los de todas las
demás personas que tienen niños en esas escuelas.
Están, así, por un lado, las causas (exclusión, pobreza, falta de
oportunidades, etc.) que producen personas con educación
deficiente, con creencias potencialmente perjudiciales para
otras personas y fácilmente manipulables por líderes religiosos
inescrupulosos (por lo cual, ciertamente, no debemos
revictimizarlas). Y por otro lado los efectos inmediatos, reales,
de esa mala educación. Las causas solo pueden resolverse a
mediano y largo plazo; pero los efectos deben enfrentarse ya,
aquí y ahora, porque amenazan realmente las vidas de muchas
personas. Quedarnos callados porque “pobrecitos”, no los
revictimicemos, básicamente equivaldría a aceptar (porque “no
son su responsabilidad”) los efectos inmediatos de sus
creencias y sus consecuentes acciones. ¿Acaso podríamos decir
que habría que eximir de responsabilidad a los alemanes
comunes que siguieron a Hitler porque, claro, había causas
socioeconómicas que los llevaron a hacerlo? ¿O que
debiéramos eximir de responsabilidad a un hombre que mata a
su pareja porque podemos rastrear las causas psicopatológicas
que lo llevaron a hacerlo?
Entender las causas socioeconómicas de la ignorancia y
trabajar por resolverlas no excluye la urgencia de enfrentar y
atacar directamente sus efectos inmediatos. O bien: la
inmediatez de sus posibles efectos requiere acciones
igualmente inmediatas.
PD. Sé que también hay miles de personas acomodadas,
pudientes y educadas que apoyan a Fabricio Alvarado.
Simplemente, aquí no me refiero a ellas. Sus causas han de
ser otras…