NOVIEMBRE DE 1.
985
AL PODER JURISDICCIONAL,
A LA NACIÓN COLOMBIANA
BOGOTA, COLOMBIA, NOVlEMBRE 6 HORA 11 ½ A.M, DE 1985
Señores Magistrados
Corte Suprema de Justicia y
Consejo de Estado
Honorables Magistrados:
Los abajo firmantes somos ciudadanos colombianos e integramos el Estado Mayor de la
compañía Iván Marino Ospina del Movimiento 19 de Abril, M-19. Estamos aquí como
expresión de patria y de mayorías para convocar a un juicio público contra el gobierno del
presidente Belisario Betancur. Lo acusamos de traición a la voluntad nacional de forjar la paz
por el camino de la participación ciudadana y la negociación, al que se comprometiera mediante
el acuerdo de cese del fuego y Diálogo Nacional, el 24 de agosto de 1.984.
Por tanto, estamos convocando al pueblo, a la nación entera, como fuente del poder
jurisdiccional, a constituirse como tribunal supremo que habrá de enjuiciar la traición a los
anhelos de paz y concordia nacional de las mayorías en Colombia.
Acudimos a ustedes en su condición del poder público, como poder moral y reserva democrática
para la supervivencia del estado de derecho, ejerciendo el derecho de la PETICIÓN, consagrado
por la Constitución Nacional. Así pues, les solicitamos que conozcan y asuman las pretensiones
que constituyen esta petición, en concordancia con los derechos y la competencia que a
continuación presentamos. Teniendo en cuenta que la rama jurisdiccional no puede ser ajena ni
excusarse de participar en lo que hoy define el destino y la salud pública de la patria, aspiramos a
que ustedes arrojen luces y enriquezcan el juicio político que el pueblo ha instituido contra la
minoría que lo gobierna.
Como decía el general Uribe Uribe, ésta es hoy una demanda a mano armada. Estamos
ejerciendo el derecho a la rebelión porque no fue escuchada la voz del pueblo, porque el gobierno
engañó a la opinión pública, pretendió aniquilar a la democracia en armas y traicionó la forma
más creativa, más justa y novedosa de buscar, la paz para la nación, cual era el Diálogo
Nacional.
Sin embargo, nuestras armas no comparecen ante este tribunal para ser instrumentó de
coacción a la libre voluntad de los Honorables Magistrados. Por ello, anunciamos ante el país –
con la moral de todos nuestros actos y la fuerza de la verdad con que hemos vencido a la
dirección mentirosa del ejército de las minorías oligárquicas– que los Honorables Magistrados
no están obligados a asumir el conocimiento de nuestras pretensiones durante el desarrollo de
esta conflictiva situación de hecho. Son nuestros anfitriones y sólo su sentido patriótico guiará
sus acciones.
1.1. Que la Honorable Corte Suprema de Justicia asuma el conocimiento y se pronuncie sobre la
constitucionalidad del acuerdo del cese del fuego y Diálogo Nacional suscrito en Corinto, El
Hobo y Medellín, el 24 de agosto de 1.984.
1.2. Que sobre este convenio por el restablecimiento del orden público, entre el gobierno de
Colombia y los movimientos populares alzados en armas (sui generis en el derecho público
interno, pero con antecedentes en nuestra historia con los pactos de Wisconsin, Neerlandia y
Benidorm), la Corte Suprema de Justicia y el Honorable Consejo de Estado asuman el
conocimiento sobre el cumplimiento que hicieron las partes, en el desarrollo y ejecución de los
mismos, por encontrar la paz en su dimensión más pública y más humana: la justicia social y la
democracia política.
1.3. Que en ejercicio del mandato constitucional que establece la colaboración de los poderes
públicos para la realización de los fines del Estado -y teniendo en cuenta que la paz, la concordia
y la convivencia nacional son, entre otros, tales fines- el poder jurisdiccional encare de manera
protagónica la búsqueda de una solución política negociada en Colombia, a los agudos
antagonismos del presente. Sobre todo cuando el Gobierno y el Congreso de la República han
dado muestras de negligencia agravada, mala fe, y han traicionado un empeño colectivo de la
comunidad patria del cual resultaron inferiores.
2. EL DERECHO QUE INVOCAMOS
Para formular nuestras pretensiones, como señalamos antes, el derecho que invocamos es el que
consagra la Constitución Nacional, a todo ciudadano, de presentar peticiones a las autoridades y
obtener de ellas pronta resolución (Art. 45, CN).
3. COMPETENCIA DE LA CORTE
A continuación exponemos las razones jurídicas, políticas y de conveniencia nacional por las
cuales consideramos la competencia de la Corte para el conocimiento de nuestras pretensiones.
3.1 La fuerza constitucional del acuerdo. ¿Cuáles hubieran sido las consecuencias para el destino
nacional de haberse incumplido –por los compromisarios y antagonistas– el acuerdo de
Wisconsin, con el cual se puso fin a la Guerra de los Mil Días? ¿Cuáles, si se hubieran
traicionado los pactos de Sietges y Benidorm que finalizaron la guerra entre liberales y
conservadores y dieron origen al acuerdo del Frente Nacional? ¿Acaso la solución política
contenida en estos últimos no fue consagrada institucionalmente, más tarde, por el mecanismo
del Plebiscito del 57, no previsto ni consagrado en la Constitución? Aquello lo aceptó el país
porque jamás podrá esgrimirse la constitucionalidad para oponerla a la única o mejor manera de
lograr los altos intereses de la convivencia nacional.
¿Por qué no aceptar hoy la constitucionalidad del acuerdo de cese del fuego y Diálogo Nacional
pactado para “estudiar y sentar las bases de las reformas de carácter político, económico y social
que necesita el país y anhela el pueblo colombiano”, según reza el texto, la intención y objetivos
del convenio en mención?
¿Por qué no asumir el rango institucional de los acuerdos de la esperanza y la rendición de
agosto de 1984, si sus objetivos procuran la concordia basada en la justicia social que es de los
fines sustanciales del Estado y sus instituciones?
En este acuerdo lo nuevo somos los antagonistas y la aceptación del papel protagónico que nos
corresponde en la decisión del destino nacional. Ya no se trata de una pugna entre la minoría
oligárquica en su condición de Estado liberal o Estado conservador excluyente, enfrentado a
liberales y conservadores (razón y origen de 52 guerras regionales y no menos de 15 guerras
civiles nacionales). Hoy los antagonistas de esa minoría somos pueblo, la patria viva, las fuerzas
del cambio, sin ningún nexo o compromiso de poder con los partidos Liberal y Conservador, ni
con los privilegios de las oligarquías económicas de las que aquéllos son razón de ser y razón
social.
Somos nacionales colombianos, y como tales, iguales ante la Constitución y la ley a la minoría
que se opone al bienestar mayoritario. Pretendemos alcanzar para la patria el ideal del gobierno
bolivariano: aquel que da la mayor suma de bienestar, justicia y felicidad del pueblo, y que es
realizable –en lo fundamental– en el marco de la estructura constitucional vigente.
Así pues, el rango institucional del acuerdo del cese del fuego y Diálogo Nacional está dado por
su condición de instrumento jurídico-político, con antecedentes en nuestra historia, para realizar
los altos fines del Estado por razones de conveniencia nacional.
Más aún: toda manifestación de la voluntad política del Gobierno crea situaciones jurídicas con
efectos del mismo orden.
En este caso, el Presidente de la República, a mediados de julio de 1984, creó la comisión de
Negociación y Diálogo mediante carta pública dirigida a Jonh Agudelo, presidente de la
Comisión de Paz. Según la misiva, aquella comisión debía actuar en representación del gobierno,
en las conversaciones para fijar los términos del acuerdo de paz con el EPL y el M-19. En la
misma, el doctor Betancur designó como delegados personales del Presidente a los doctores
Enrique Vargas, Gerardo Molina, Bernardo Ramírez, Gloria Pachón de Galán y Antonio Duque
Álvarez.
El 24 de julio de 1984, el propio Presidente de la República instaló, en el Palacio de Nariño, la
Comisión de Negociación y Diálogo, con la participación de otras personalidades –además de las
mencionadas– en representación de los partidos Liberal y Conservador, de la Iglesia, la cultura,
el movimiento cívico, el sindical, y los gremios.
Esta fue una manifestación de la voluntad del Gobierno, con claros efectos de orden jurídico que
comprometieron la decisión del Estado. Porque la Comisión, en ejercicio de sus funciones y en
representación del Gobierno, suscribió el acuerdo de cese del fuego y Diálogo Nacional (cuya
copia anexamos a esta petición), el 24 de agosto del mismo año, con los representantes del EPL,
el M-19 y un sector del ADO.
Aquí el Presidente actuó en ejercicio de las funciones constitucionales que le confiere el Art.
120 (en su numeral 7o.), para garantizar el orden público y restablecerlo cuando fuere turbado, y
el Art. 121, que le otorga facultades extraordinarias en estado de sitio. Tales funciones son, por
demás, amplias y discrecionales, y si bien han sido ejercidas casi ininterrumpidamente por más
de 30 años en sentido represivo y coactivo, en esta oportunidad fueron utilizadas de una manera
positiva y abierta para poner en marcha un nuevo mecanismo jurídico-político con el propósito
de restablecer el orden público.
A la Honorable Corte, como freno a tan amplias y discrecionales facultades que tiene el
ejecutivo para mantener y restablecer el orden público (entiéndase por ello la sana convivencia
nacional, en justicia y equidad social, y no en el sentido coactivo con que se interpreta
tradicionalmente), se le confiere la facultad de intervenir en la actuación legislativa que tiene el
Presidente durante la vigencia del estado de sitio. Esta facultad de la Corte, de revisar y evitar el
ejercicio arbitrario del poder, no se reduce a cuidar que la legislación de emergencia contenga
vicios formales, sino que puede intervenir en su contenido material e incluso decidir su
constitucionalidad según la conveniencia e inconveniencia respecto al interés nacional. Lo que
vale decir que interviene sobre la voluntad política del ejecutivo, cuando ésta se expresa en
estado de guerra o conmoción interna, justamente para preservar el equilibrio de los poderes
públicos, impedir el ejercicio arbitrario del Gobierno, evitar violaciones de la Carta fundamental,
y garantizar el estado de derecho. Es ésta una sana doctrina constitucional en cuya aplicación la
Corte ha dejado, no en pocas ocasiones, mucho que desear. Entre otras, y a manera de ejemplo:
la jurisprudencia que declaró exequible el Estatuto de Seguridad durante el gobierno de Turbay;
la negativa de este tribunal de conocer de la constitucionalidad del tratado de extradición; y la
aceptación de Juzgamiento de los civiles por parte de la justicia penal militar.
La facultad que tiene la Corte para intervenir sobre la actuación jurídica del ejecutivo es tan
amplia, que el Art. 214 de la Constitución autoriza a cualquier ciudadano para que comparezca
ante ella a impugnar o defender la legislación proferida por el ejecutivo en base a las facultades
del Art. 121.
En síntesis, el acuerdo del 24 de agosto de 1984 es un resultado de la decisión y legislación
presidencial para restablecer el orden público, y no existe norma alguna que le prohíba a la
Corte abocar el conocimiento del mismo. Por ello, ratificamos nuestra pretensión de su
pronunciamiento en torno a la constitucionalidad del acuerdo suscrito en Corinto, El Hobo y
Medellín.
3.2 Convenio de orden público. Los decretos legislativos del estado de sitio son la expresión
material de la voluntad político-jurídica del Gobierno, que los utiliza como instrumento para
restablecer el orden público perturbado.
Sin embargo, con la firma del acuerdo de Corinto, El Hobo y Medellín, surgió un nuevo
instrumento jurídico-político con el cual se pretendió el mismo objetivo, aunque ya no como
mera manifestación individual de un Gobierno, sino como concurso de voluntades para sentar
las bases de las reformas económico-sociales como única forma de desterrar los factores
objetivos de conmoción y guerra interna.
Asistimos, pues, a una decisión gubernamental de inexorables consecuencias jurídicas y
políticas que dio paso a un convenio de orden público, su¡ generis, con el cual se aspiraba a
transformar las causas objetivas y subjetivas que han dado origen a la guerra interna.
El mismo texto del convenio señala el requisito esencial para su validez: “Este acuerdo
requerirá para su validez, la aprobación del señor Presidente de la República”. Y en efecto, dos
días después de la firma del acuerdo, el 26 de agosto, el Presidente –en alocución transmitida
por todas las cadenas radiales y los canales de televisión, y en ejercicio obvio de las facultades
constitucionales para la guarda y restablecimiento del orden público– impartió aprobación
pública y solemne al acuerdo de cese del fuego y Diálogo Nacional: “... como ustedes
seguramente lo han visto y oído, el jueves y viernes pasados, se firmaron nuevos acuerdos, entre
las comisiones de Paz y de Negociación y Diálogo con los dirigentes del M-19, el Partido
Comunista de Colombia (Marxista-Leninista) y un sector del ADO. Lo anterior, con la
aprobación que en este momento imparte solemnemente, el Presidente de la República a los
acuerdos, y con la ayuda de ustedes y la asistencia de Dios, significa que hemos cumplido otra
etapa...”
Si la creación y aprobación presidencial a este convenio de orden público tiene origen en las
facultades extraordinarias del estado de sitio, éstas dan también sentido y razón a la facultad que
tiene la Honorable Corte de juzgar la actuación legislativa del Presidente durante la vigencia del
estado de excepción. Y si el convenio de orden público es una actuación legislativa de excepción
del Presidente, la Honorable Corte es competente para conocer de dicho acuerdo.
Más aún: todo convenio presupone obligaciones, compromisos, con efectos de diverso orden; y
su incumplimiento genera consecuencias por las cuales deben ser llamados a responder quienes
incumplen.
En este convenio de orden público, cuyo objeto es la paz nacional –entendida como la
realización gubernamental de la justicia social– es el poder jurisdiccional el encargado de
examinar quiénes cumplieron a cabalidad, y quiénes incumplieron las obligaciones morales,
sociales, políticas, jurídicas y militares asumidas por las partes a través del convenio. Sobre todo
cuando el objeto del acuerdo es el destino nacional, según consigna su texto:
“La Comisión de Negociación y Diálogo designada por el señor Presidente de la República,
doctor Belisario Betancur, e integrada por miembros de la Comisión de Paz, delegados
presidenciales, voceros de los partidos Liberal y Conservador, dignatarios de la Iglesia Católica,
representantes de las fuerzas laborales, del arte y la cultura, y los comisionados por el
Movimiento 19 de Abril, M-19, y por el Partido Comunista de Colombia (M-L) y su
organización guerrillera Ejército Popular de Liberación, EPL, consideran que el cese de los
enfrentamientos armados entre las fuerzas institucionales del Estado y los movimientos
populares alzados en armas, es requisito para estudiar y sentar las bases de las reformas de
carácter político, económico y social que necesita el país y anhela el pueblo colombiano”.
Y los términos de su vigencia dependían de que el Gobierno diera inicio a las políticas para la
realización de los objetivos anteriormente señalados:
“Los términos del presente acuerdo adquieren plena vigencia con la aprobación del señor
Presidente de la República, la orden de cese del fuego y con la iniciación de las políticas y
actitudes que den paso a su cabal cumplimiento”.
No es sólo nuestra opinión: el país ha sido víctima de la ausencia de cualquier política para el
rescate y la redención social de los oprimidos.
3.3 El poder jurisdiccional de cara al destino nacional. Nuestra tercera pretensión es un clamor
de mayorías, voluntad de la Colombia nueva, de un pueblo que no cabe en este régimen político
y que no está de acuerdo con la manera como se ejerce el gobierno, por estar ella sustraída de la
concepción y la práctica del bien común como fin del Estado. Porque se ha establecido una
manera de ejercer el gobierno que está circunscrita a los intereses ciegos de una minoría
primitiva y soberbia, asentados en la fuerza de su ejército, que ya no es nacional por haberse
convertido en voluntad de muerte de las minorías, contrapuestas a la patria entera y a su futuro.
Nuestra tercera pretensión está formulada con vista al futuro, encarnado hoy en las mayorías
que abrazan la fe y la esperanza en la vida nueva y en la dignidad del hombre; encarnado hoy en
el ejército de esas mayorías, un ejército nacional y bolivariano en el que se forja una nueva ética
y una nueva moral; un ejército que jamás renunciará a la búsqueda de la paz, la verdadera paz: la
de mayorías a las cuales se garantice la dignidad, la justicia, la libre participación política y la
soberanía.
Y para esa paz, nos demostró la realidad, se necesita en la conducción del gobierno una nueva
voluntad política: la de los hombres y mujeres de este país que hacen fértil la semilla de la
democracia y la justicia.
Sí. Con esas palabras: para lograr la paz se necesita un nuevo gobierno. Un gobierno –
entiéndase– que no es un nuevo tipo de Estado; que no es una nueva forma de Estado; que no
demanda una nueva Constitución, independientemente a que objetemos algunas disposiciones
que no se corresponden con el desarrollo de las fuerzas económicas, sociales y políticas en el país
desde que se consagró hace un siglo el texto de Núñez. Un nuevo gobierno que sea expresión
del pluralismo y la concertación de mayorías y que integre la voluntad y el alma nacionales.
Este es hoy el dilema de la paz: gobierno nacional o gobierno de oligarquías. Porque la paz no
es militarismo o subversión, sino patria o antipatria. Porque lo que estamos viviendo no es una
guerra civil, sino una guerra oligárquica contra las mayorías empeñadas primero en evitarla y
abocadas ahora a la única solución posible: ganarla. Porque ante el dilema cierto que
formulamos, está comprometido el destino de todos, el presente de nuestros hijos y el fin
esencial del Estado, entendido éste como la realización del bien común.
Por todo ello, convocamos al poder jurisdiccional a encarar el destino de la nación y a asumir el
papel protagónico que le corresponde en su condición de poder público cuyo único origen es el
constituyente primario, el pueblo, y que sólo a él se debe.
En la más sana doctrina constitucional, el poder jurisdiccional es un poder autónomo y, como
tal, no está instituido para asumir la defensa del ejecutivo ni del legislativo. Su propia
constitución, basada en el privilegio de la cooptación, lo enajena de cualquier intromisión
perniciosa de otro poder, y garantiza su independencia; independencia de nación en la cual hoy
confía la patria entera.
La participación que pedimos del poder jurisdiccional en la búsqueda de soluciones políticas
negociadas de mayorías –además de ser un imperativo moral–, es una petición amparada por su
propio fuero constitucional, al tenor del Art. 55, que establece la colaboración armónica de las
ramas del poder público en la realización de los fines del Estado. Sobre todo cuando, incurriendo
en negligencia agravada y traición a la patria, han fracasado el ejecutivo y el legislativo, que
asumen como mandato la voluntad de las minorías, y en razón del mismo gobiernan en contra
del interés nacional, resguardándose con la irresponsabilidad política que la Constitución
consagra en la relación electores y elegidos en favor de los gobernantes.
Honorables Magistrados: llegó la hora del pueblo, la hora de la nación. Los convoca la defensa
de la democracia, extinguida a lo largo del ejercicio arbitrario que han hecho los gobernantes del
poder. Los convoca la necesidad que tiene la patria de que ustedes, con las mayorías, aportemos
al logro de una decisión imaginativa y creadora por la salud política, social y moral de la
República. La patria los sabrá recompensar.
Ante ustedes, Honorables Magistrados, los hechos de la petición.
4. LOS HECHOS DE LA PETICIÓN
La defensa de nuestro cuerpo constitucional no puede ser intangible ni abstracta. La defensa de
nuestro cuerpo constitucional es para garantizar la convivencia de la comunidad nacional en el
goce pleno de la justicia social y en el ejercicio real de los derechos democráticos.
En el marco del cuerpo constitucional sólo actúa aquel gobierno cuya finalidad es procurar la
felicidad y el desarrollo armónico e integral del pueblo en todas las esferas de la vida social. Por
ello, es el gran administrador de todos los recursos que produce el pueblo-nación. Y alcanza
tamaña investidura para obligarse a realizar los derechos del hombre: el derecho a la vida, al
trabajo, a la educación, la salud, el techo, los servicios públicos, la justicia, la participación
política, la dignidad, la soberanía nacional.
Esta guerra por la paz tiene el significado de los grandes movimientos nacionales del siglo
XVIII: es la lucha por derechos que hace doscientos años se consagraron como obligación de los
gobiernos. En nuestra patria el gobierno tiene 175 años de estar en mora con el pueblo-nación.
Si no se cumple con esta obligación, no se es gobierno sino desgobierno. En cambio, los
patriotas que se levantan por los derechos del hombre y para ello tienen que desterrar al
desgobierno, son orgullo y ejemplo de su comunidad.
Este ejército de Bolívar, como fuerza política y moral, abraza el cuerpo constitucional para
desterrar al desgobierno y lograr la paz. Así, en su propósito, en sus hechos, se hace identidad,
corazón y decisión para las grandes mayorías. Confirmamos a la nación, entonces, que la lucha
por desterrar al desgobierno no riñe con la defensa del cuerpo constitucional.
Otra intención, antipopular e inmoral, es la de gobernantes y editorialistas de la oligarquía,
quienes buscan la impunidad en una supuesta defensa –abstracta, intangible– del estado de
derecho: para actuar como si la nación fuesen ellos mismos, ellos solos; para montar sin
impedimentos sus grandes negociados, sus grandes peculados; y para cargar en la espalda del
pueblo, dándoles el carácter de nacionales, sus empréstitos con la banca internacional, obligando
al ciudadano a pagar estas deudas que son, por lo general, resultado de la malversación o el
ilícito.
Más grave aún es pretender hacer de la defensa abstracta del estado de derecho, sinónimo de la
defensa de la patria. En su nombre, a dos millones de colombianos desempleados se les condena
a las tinieblas del hambre; se espera de 18 millones de compatriotas que se resignen a vivir sin
agua potable; a 600 mil hermanos campesinos se les castiga como parias sin tierra; y a todos nos
condenan a pagar préstamos de casi cinco mil millones de dólares (algo así como 800 mil
millones de pesos), cuyo usufructo sólo conocieron cuatro grupos económicos.
No vamos a permitir, pues, que esta minoría siga amparando su impunidad con la defensa de un
cuerpo constitucional que ni acata ni respeta, que sólo asume como escudo para la injusticia y
como mampara de su acción antisocial y antipopular.
Esta demanda armada es también para que se castigue a quienes han desaparecido a 700
compatriotas en menos de dos años (a razón de un desaparecido por día), a quienes asesinan y
torturan a los abanderados del cambio; a quienes causan el éxodo forzoso de campesinos porque
les están bombardeando sus propiedades en un intento vano de aniquilar la esperanza
democrática; a quienes se ensañan en los jueces para impedir el pago de sus culpas.
Esta demanda armada es por el pueblo, para que salga a relucir la verdad; verdad que han
escondido, verdad que tienen secuestrada quienes monopolizan la información y hacen la guerra
de la tergiversación, la mentira y la calumnia contra la paz.
Esta demanda es para que la palabra armada no permita que la mentira del informador oficial
siga ofendiendo a la palabra del hombre inconforme, en vano esfuerzo por hacerla inocua e
inofensiva.
El Diálogo Nacional, concebido como instrumento de participación democrática, fue
amordazado; y la oligarquía –envanecida por la supuesta fuerza de su ejército– pretendió ocultar
su traición tras un vacuo monólogo. Pero el pueblo no olvida los términos del compromiso
asumido de cara al país: “Como parte esencial del presente acuerdo, se convocará a un Diálogo
Nacional en el que participen, con plena representatividad, las distintas fuerzas del país. Ese
gran debate político tendrá por temas centrales: la discusión y desarrollo democrático de las
reformas políticas, económicas y sociales que requiere y demanda el país”.
Por eso, invocamos a Rafael Uribe Uribe, y decimos: “Lo que ayer fue una simple petición
pacífica, hoy es una demanda a mano armada...”
Honorables Magistrados, ante ustedes están los hechos acusatorios. Un pueblo que acude ante
quienes ha investido de poder y ha constituido como tribunal superior, espera su concurso para
que se declare la verdad; y está listo para hacer justicia, justicia.
4.1 Acusamos al gobierno de minorías de Belisario Betancur de firmar el acuerdo de cese del
fuego y Diálogo Nacional con actitud dolosa y mal intencionada, abusando de la confianza de la
nación y deshonrando su alta investidura.
(…)
4.2 Acusamos al gobierno de impedir la expresión y participación ciudadana en la búsqueda de
soluciones políticas negociadas a los profundos antagonismos sociales que vive la nación
colombiana y de promover la guerra fratricida.
Así como se materializó la tregua, así como se desconocieron los pactos de cese del fuego, el
elemento esencial del acuerdo –el Diálogo Nacional- fue impedido, burocratizado y hecho
caricatura. En este sentido es justa la afirmación del Procurador General de la Nación, cuando
contrasta la actitud de la patria en armas con la del Gobierno:
“Hay un vacío inmenso por la falta de interlocutor ante los reclamos insistentes de la sociedad
nueva en el proceso de pacificación... (...) los que tienen las barajas completas de los poderes por
repartir no están participando en el Diálogo, que no es una tertulia sino un proceso de
negociación, en el cual no hay dos partes sino únicamente la que reclama y ninguna que
responda si acepta o no las propuestas transformadoras de la sociedad”.
La tertulia que fue lo proyectado como un Diálogo Nacional, comenzó seis meses después de
firmado el acuerdo, ya desfigurado el propósito inicial y sustraído de la participación plena de la
representatividad de las diversas fuerzas sociales del país.
El Diálogo, que debía realizarse con la participación de todos, en los barrios, las fábricas, las
escuelas, las agremiaciones, las veredas, y en todos los núcleos de vida ciudadana, fue encerrado
en fríos recintos de la capital de la República, y con frecuencia, sus promotores fueron agredidos
o limitados en su acción por las autoridades competentes. Ello no impidió que en los actos
públicos realizados en 450 municipios del país por el M-19 para preparar el Diálogo, el pueblo
dejara sentada su voluntad de participación y su entusiasmo de gobierno.
Las comisiones del diálogo, si bien reunieron voluntades progresistas convencidas de la
necesidad y justeza del propósito del pacto de Corinto, Hobo y Medellín, no resultaron
suficientes para retornarle al Diálogo su carácter de instrumento de participación democrática
de mayorías, como se había acordado.
4.2.1 Los términos del acuerdo definen claramente el intento más imaginativo y creador de
alcanzar una solución política negociada a los grandes antagonismos sociales y los conflictos
político-militares en torno a las legítimas pretensiones ciudadanas de participar en la conducción
del destino nacional.
El Diálogo Nacional apuntaba hacia un gran acuerdo nacional según el cual pactaríamos y
sentaríamos las bases del modelo de desarrollo político y social más humanista con que se haya
pretendido conducir a la nación. De hecho, con el acuerdo, convinimos unos pilares para una
nueva manera de gobernar al país.
Tal y no otro es el significado del Diálogo, como instrumento de participación de “las distintas
fuerzas del país” para la “discusión y desarrollo democrático de las reformas económicas,
políticas y sociales que requiere y demanda el país”, según reza el texto del acuerdo.
Ello supone también la aceptación de que las instituciones vigentes se hallan vacías de pueblo,
que su legitimidad está afectada, que en su estrechez no cabe la nación, que no son canales que
conducen la voluntad y las demandas populares cuya expresión está, por tanto, asfixiada y
limitada.
(…)
4.3 Acusamos al gobierno de romper la tregua mediante continuas agresiones contra las fuerzas
populares alzadas en armas que suscribieron el acuerdo de cese del fuego y Diálogo Nacional.
En base al espíritu gubernamental reflejado en las declaraciones del presidente Betancur ante el
Congreso de la República, el pasado 20 de julio, según las cuales la naturaleza de la tregua era
unilateral, el gobierno es responsable de ordenar las siguientes agresiones contra las
organizaciones firmantes del acuerdo y sus miembros:
(…)
La estafa social del gobierno. A los clamores de cambio, salud, educación, empleo, servicios
públicos, tierra, el Gobierno respondió con el argumento tramposo de la paralización de la
economía y con promesas materializadas en exiguas obras que no se corresponden con las
inmensas posibilidades materiales de la nación.
Haciendo caso omiso al compromiso de concertar soluciones a los problemas del país, el 18 de
septiembre de 1984, el señor Betancur dio a conocer su determinación de acogerse a las
pretensiones del Fondo Monetario Internacional. Olvidar cualquier preocupación por el
bienestar social, por la redistribución del ingreso y por la reactivación de la economía, son
algunas de las tantas causas que agigantan las angustias del pueblo colombiano.
Esta es plena prueba, entiéndase, de que el gobierno no tenía ningún interés en cumplir con lo
pactado, y lo único que le quedó de su famoso “propósito de paz” fueron los discursos retóricos
del Presidente incapaces de ocultar una gran verdad: no cumplió.
Pero el incumplimiento del Gobierno, su ausencia absoluta de voluntad para aliviar las
angustias sociales del pueblo colombiano, abrió las puertas para que las nuevas mayorías se
planteasen la necesidad de avanzar en la elaboración de un Plan Nacional de Emergencia, el cual
muestra al país nuevos modelos de desarrollo económico-social susceptibles de ejecutarse con un
gobierno realmente comprometido con la paz.
Con esta nueva voluntad de gobierno y de paz se pueden implementar -respetando la libertad
de la inversión privada, pero con autoridad y herramientas suficientes para hacer cumplir la
disposición constitucional que establece la función social de la propiedad privada- medidas
radicales que reactiven la industria y la agricultura, y pongan en términos positivos el
crecimiento de la producción nacional que, para este año, se espera sea 50% inferior al
crecimiento registrado en 1984.
El país no puede seguir transitando por los caminos de la recesión y el desempleo. Cerca de dos
millones de colombianos en edad de trabajar carecen de empleo y la esperanza que les ofrece la
política de las minorías es el aumento en un 18% de la tasa de desempleo.
Y no podemos olvidar otras recetas del FMI referentes a la disminución de los salarios y el
encarecimiento del costo de vida. Con el tope de aumento del 10% para los salarios, el gobierno
y los empresarios están imponiendo la disminución de una cuarta parte del consumo familiar de
las clases trabajadoras. Y la inflación -que fue del 18% en 1984- se anuncia superior al 26% para
1985.
Un gobierno de paz acogería las propuestas de las centrales sindicales de aumento salarial por
encima de los índices de la inflación, de reforma de la tasa distributiva del ingreso en favor de la
población de menos recursos, y la racionalización del gasto público.
Hoy es vergonzoso el estado deplorable de los hospitales y centros de salud, a punto de cerrar
sus puertas por el recorte en el presupuesto y el déficit permanente de 19 mil millones de pesos
que mantiene el Gobierno. Contrasta esta reducción de los gastos de salud con la compra de
cuatro corbetas CFV-1500 equipadas con misiles, cuyo sólo costo unitario cubriría el déficit de
todos los hospitales del país.
De igual manera, la aplicación de la medidas fondo-monetaristas ha significado la reducción de
la participación del gasto en educación, que pasó del 22 al 21.6%. Y así mismo, significan la no
inversión en las entidades que prestan servicios públicos, aplazando para nunca la solución al
problema de agua potable de 10 millones de ciudadanos que carecen de este servicio, y al de 16
millones que no se benefician del servicio de recolección de basuras.
(…)
También, en manos del Pilatos de Contadora, nuestra nación perdió la facultad indelegable de
administrar justicia -elemento esencial de soberanía- por efecto del servil convenio celebrado
con la OPIC, el 3 de abril, según el cual las controversias entre el gobierno colombiano y las
empresas norteamericanas serán sometidas a un tribunal de las multinacionales. Así se mancilló
la soberanía, ya afectada con la aprobación del acuerdo de extradición con Estados Unidos, y la
dirección de la DEA en la manera de enfrentar el narcotráfico.
El futuro de América Latina no descansa en los gobiernos “civiles” ni en los Pilatos. Está en las
fuerzas sociales que empuñan el mañana, en los pueblos, en los gobiernos de democracia y
nacionalismo erigidos como muros contra el dominio norteamericano.
Rearme en la tregua. De un gobierno de paz no se puede presumir sino la reducción de los
gastos de guerra, de los gastos de defensa -a menos que la soberanía nacional esté siendo
agredida-, para hacer una mayor inversión en las exigencias y necesidades sociales de la nación.
Una actitud distinta, mínimamente crea sospechas.
(…)
4.5 Palabras finales
Un rebelde en Colombia, es un intérprete de la comunidad, es el ciudadano abocado a las vías de
hecho por la absoluta incapacidad del Estado de satisfacer sus demandas esenciales de ejercer
con dignidad el derecho a la vida.
En este país hubo, entre 1983 y 1984, 150 paros cívicos que comprometieron a 116 municipios
en 17 departamentos, y que involucraron a 5 millones de colombianos. Entre 1983 y 1985, se
han dado 72 paros de maestros y 52 paros de los trabajadores de la salud que involucraron a más
de un millón de los trabajadores al servicio del Estado en lo que es la condición del rebelde: las
vías de hecho.
En los últimos tres años 12.500 familias -casi cien mil personas- han protagonizado tomas de
tierra, y a ello se suman las huelgas estudiantiles, de trabajadores y un sinnúmero de protestas
que surgen del desempleo que afecta a cerca de dos millones de colombianos en edad de trabajar.
En otras palabras, siete millones de colombianos, o más, han sido proscritos por unas
instituciones en las que no caben las mayorías y, en su condición de proscritos son reprimidos.
Cuando en un país cuya población económicamente activa es de nueve millones, siete están
proscritos porque acuden a las vías de hecho, la legitimidad del poder gobernante está quebrada.
En este país hay siete millones de rebeldes y la virtud de los demócratas en armas es la de ser
conciencia en acto de esa voluntad de rebelión.
Por eso este juicio. No cuestionamos tan solo la pérdida absoluta de la legitimidad de este
gobierno, sino también le disputamos el monopolio de la legalidad: para que no se siga haciendo
mal uso de unas instituciones con que las minorías esconden su naturaleza antisocial; y porque
esas instituciones le corresponden a quienes les asiste la decisión histórica de realizar el sueño
de Bolívar en el gobierno que era su ideal.
Qué se le puede objetar a la voluntad y acción de los patriotas que pretenden construir para su
país el gobierno más humanista que se haya conocido en Colombia, el modelo de organización
social y estatal que sea la verdadera expresión del pluralismo y la concertación: la participación
de las mayorías en el ejercicio de los derechos públicos que llevan casi dos centurias de
desconocimiento y soledad.
La paz no ha fracasado en Colombia. Nunca se podrá frustrar en un pueblo el anhelo de la
justicia social y la democracia. Fracasó el gobierno de Betancur, el gobierno de las minorías,
inferior a las aspiraciones de la nación. Tuvo en sus manos las mejores condiciones para hacer la
paz; y la mejor plataforma política y humana, pero su indecisión primero, y su negativa después,
lo llevaron a traicionar los anhelos de las mayorías.
Hay que sentenciarlo así. El acuerdo de cese del fuego y Diálogo Nacional -esperanza y
posibilidad de acuerdo nacional para el cambio- fueron traicionados, y los culpables merecen una
sola condena: ser desterrados del gobierno, para que una nueva voluntad -esta sí nacional,
patriótica, y democrática- asuma la tarea posible, aquí y ahora, de hacer la paz.
Luis Otero
Andrés Almarales
Alfonso Jacquin
Guillermo Elvecio Ruiz
Ariel Sánchez