A partir de ese momento los atenienses se encontraron en una situación de gran
confusión y en medio de muchas dificultades, tanto es así que no ha sido fácil obtener
información de ninguna de las dos partes respecto al modo como se desarrollaron las
distintas fases de la batalla. Porque si de día, a pesar de verse las cosas con mayor
claridad, ni aun así lo saben todo aquellos que están presentes en los combates, sino que
aduras penas cada uno se da cuenta de lo que tiene ante sus ojos, en una batalla
nocturna, la única que se entabló entre dos grandes ejércitos en el curso de esta guerra,
¿cómo podría saber nadie nada con exactitud? Había, es cierto, una luna brillante, pero
se veían unos a otros de la manera que es natural a la luz de la luna, pues distinguían la
silueta del cuerpo, pero les faltaba seguridad en el reconocimiento de los rasgos
distintivos. No eran pocos, además, los hoplitas de ambos bandos y se movían en un
espacio reducido. Entre los atenienses, algunos ya habían sido vencidos, mientras que
otros, todavía con el impulso del primer asalto, seguían avanzando sin experimentar la
derrota. Pero una gran parte del resto de su ejército o hacía poco que habían subido o
todavía estaban subiendo, de forma que no sabían a dónde debían dirigirse, puesto que,
al haberse producido la derrota, las tropas de vanguardia ya se encontraban en un
completo desorden y era difícil reconocerlas a causa del griterío. Y es que los
siracusanos y sus aliados, considerándose vencedores, se exhortaban unos a otros con
grandes voces (pues en medio de la noche era imposible comunicarse de otra manera) y
al mismo tiempo recibían a pie firme a sus atacantes; los atenienses, por su parte, se
buscaban entre ellos, pero consideraban enemigo a todo lo que les venía de frente,
aunque resultaran ser camaradas que en su huida volvían hacia ellos; y con las
frecuentes demandas de contraseña (ya que no había otro modo de reconocerse)
provocaban una gran confusión entre sus filas al pedirla todos a la vez, y acabaron por
revelarla al enemigo. Por el contrario, los atenienses no llegaban a conocer del mismo
modo la contraseña de los siracusanos pro el hecho de que estos, victoriosos y sin
haberse desperdigado, se reconocían con menos dificultad, y así, si los atenienses se
encontraban con un grupo de enemigos respecto al cual estaban en condiciones de
superioridad, estos por conocer la contraseña ateniense lograban escapar, mientras que
si ellos no respondían, eran aniquilados. Pero lo que les causó el mayor daño, más que
ninguna otra cosa, fue el canto del peán, pues, al ser muy semejante en ambos bandos,
los dejaba perplejos. Porque cuando entonaban el peán los argivos, los corcireos y todos
los contingentes dorios que combatían al lado de los atenienses, su canto infundía tanto
miedo a los atenienses como cuando cantaban los enemigos. De ahí que al final,
topando unos con otros una vez que cundió el desconcierto, amigos contra amigos y
ciudadanos contra ciudadanos, no solo eran presa del miedo, sino que llegaban a las
manos los unos contra los otros y a duras penas se separaban. Luego, en la persecución,
muchos se lanzaron por los acantilados, ya que el camino que descendía de las Epípolas
era estrecho, y encontraron la muerte; y cuando los que se habían salvado consiguieron
bajar al llano desde lo alto, los más de ellos, y sobre todo los soldados de la primera
expedición gracias a su mejor conocimiento del lugar, lograron refugiarse en el
campamento; sin embargo, de los que habían llegado últimamente, algunos equivocaron
el camino y anduvieron perdidos por la comarca; a estos, cuando se hizo de día, la
caballería siracusana los rodeó y acabó con ellos.
Tucídides, VII, 44 (traducción de Juan José Torres Esbarranch)