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Resurreccion - Gabriela Rabago Palafox

Este documento narra la historia de un niño llamado Antonio que recibe un paquete con un kit para hacer esculturas religiosas. Usa el kit para crear una escultura de San Sebastián que luce muy realista. Luego, un científico amigo le ofrece aplicar una fórmula experimental en la escultura para ver si puede hacerla parecer viva temporalmente.
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Resurreccion - Gabriela Rabago Palafox

Este documento narra la historia de un niño llamado Antonio que recibe un paquete con un kit para hacer esculturas religiosas. Usa el kit para crear una escultura de San Sebastián que luce muy realista. Luego, un científico amigo le ofrece aplicar una fórmula experimental en la escultura para ver si puede hacerla parecer viva temporalmente.
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RESURRECCIÓN

Gabriela Rábago Palafox

El paquete llegó en el correo de la mañana. Cuando Antonio regresó a casa después de clases, su
madre lo recibió con la más radiante sonrisa. “¿Ya?”, preguntó el niño sintiendo que el corazón se
le salía del pecho. “Está sobre tu cama”, le indicó ella y Antonio subió la escalera tan velozmente
como le fue posible.

Se detuvo en el umbral de la puerta -con la perilla en la mano- para admirar desde allí el bulto
de papel color crema, con brillantes estampillas tachonadas por los sellos de correos. Había valido
la pena esperar.

Por fin se sentó al borde de la cama y deshizo el envoltorio que fuera hecho con gran cuidado.
Puso en sus rodillas la flamante caja protegida con papel celofán: leyó la propaganda impresa en la
superficie:

Be a sculptor! The genuine ancient Christian art from XVII and XVIII centuries. Made by
yourself. Even a child can do it!

Y leyó la especificación escrita dentro de un recuadro, un poco más abajo de la leyenda


principal:

Contains one piece: Saint Sebastian sculpture.

Impaciente, el muchacho rasgó el celofán y abrió la caja. De acuerdo a lo que prometía el


folleto de donde había tomado el cupón para hacer el pedido, el paquete incluía una reproducción
deshidratada de alguna talla famosa hecha en el barroco para evocar a un miembro del santoral
cristiano. En este caso, San Sebastián. Por el momento, la imagen era una masa informe que iría
creciendo y se iría delineando a medida que el “escultor” la sumergiera en el agua de la bañera o la
rociara abundantemente en el jardín. El material empleado para la realización de la imagen permitía
que, una vez tomadas sus proporciones definitivas (las de la escala humana, de acuerdo con la regla
áurea), la escultura endureciera al contacto del aire, para tomar a la postre la apariencia de un
estucado barroco. Tocaba al “artista” aplicar los afeites necesarios para redondear el aspecto de la
imagen. El paquete llevaba de todo: carmín para las mejillas, peluca y pestañas de color castaño,

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toques luminosos o veladuras para la mirada y, lo más importante, sangre artificial con que
intensificar el trazo de las heridas. Cualquier santo cristiano las tiene, sean físicas o espirituales y,
de una manera u otra, el imaginero se encarga de plasmarlas en su obra.

Antonio había trabajado, así, un San Juan Bautista decapitado y una Dolorosa que le habían
quedado bastante bien; la Magdalena de Pedro de Mena, que resultó deliciosa, y la cabeza del Cristo
yacente de Gregorio Hernández, que era verdaderamente impresionante. Pero la pieza estelar de la
colección era el San Sebastián que ahora se proponía realizar.

La caja enviada desde Estados Unidos de América (con extensión en varios puntos de la Tierra
y la Luna), incluía un arco y media docena de flechas para que el “escultor”, al dispararlas contra la
imagen del santo, le imprimiera el dramatismo necesario. Como información indispensable, el
paquete ofrecía un cuadernillo redactado en los tres idiomas principales del mundo. Antonio leyó
en silencio.

“San Sebastián. Según la Enciclopedia de la ONU (entidad que, durante la Época Antigua pretendió,
con lamentable ineficiencia, mantener el orden entre los países del planeta): fue un oficial de la
guardia pretoriana, nacido en Narbona (¿250?) y muerto en Roma (288). Convertido al cristianismo,
llevó el nuevo credo a personajes importantes, por lo que Diocleciano lo hizo asaetear. Su fiesta es
celebrada el 20 de enero.

Cristianismo. De acuerdo con la opinión vertida por el profesor Carl M. Schwein, de la Universidad
de Alemania Unida: nombre que se da a una serie de prácticas religiosas, eminentemente rituales
que, aseguraban sus adeptos del siglo XX, guardaban cierto vínculo con la doctrina de Jesús El Cristo,
profeta con cuyo nacimiento se marca el principio de la Época Antigua. Minado por su propia
decadencia el llamado cristianismo se extinguió hacia los albores del siglo XXI. Su historia, sin
embargo, se asocia a los grandes eventos de la humanidad. Los dirigentes de esa Iglesia fueron, a
menudo, quienes gobernaban el destino de los pueblos; esto lo consiguieron gracias a su peculiar
habilidad para ejercer control sobre la conciencia de los fieles a través de complejos métodos de
persuasión y de extorsión, que involucraban la vida personal de los individuos y de manera
destacada, la vida sexual. Un movimiento de reestructuración privó al cristianismo de sus
sofisticaciones para acercarlo, no sin ingentes esfuerzos, a la doctrina del profeta Jesús: no se sabe

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qué fue de estos nuevos cristianos, quienes, con base en el dato proporcionado por José S. Aleksei,
se autonombran Auténticos. Uno de los principales grupos cristianos de la Época Antigua, la Iglesia
Católica Romana, dio en representar imágenes en tercera dimensión de sus santos predilectos.
Merced al archivo de la F.P.I.S.T. (Federación de Países Independientes Sobre la Tierra), cuyo más
remoto antecedente fue la ONU hemos podido recobrar, para nuestra colección Be a sculptor!, una
buena parte de aquella imaginería. Trozos de piezas genuinas se conservan en el Museo Lincoln que
usted puede llevarse a casa si llena el cupón adjunto y envía a la dirección indicada cuarenta dólares
terrestres. El servicio Lincoln´s Museum at Home contiene quince diapositivas de proyección
voluminosa y una casete audio-olfativa. Escríbanos para obtener informes detallados”.

La madre de Antonio lo vio pasar de largo rumbo al jardín trasero: llevaba en la mano la
bolsa de polietileno transparente con la masa que se convertiría en San Sebastián. A través de la
vidriera de la sala, la mujer observó cómo su hijo, mareado de felicidad, arrojaba la masa a la alberca.
En cuestión de minutos, la pasta empezó a hincharse: Antonio la hundía en el agua con la vara que
comúnmente se emplea para sacar de la piscina ramas y hojas secas. Lo que al principio parecía un
embrión humano, al cabo de media hora semejaba un hombre flotando con placidez sobre el suave
vaivén del agua.

Ayudándose con la misma vara, Antonio retiró el modelo de la alberca, lo tendió sobre el
césped y emprendió de lleno la tarea de colocarlo en posición lógica del martirio: le ató las muñecas
a la espalda, le flexionó una rodilla, levantó la cabeza que, una vez finalizada la escultura aparentaría
pedir clemencia al cielo. Todo, según las fotografías que previsoramente aportaba el paquete.
Cuando el muchacho creyó que su modelo tenía la postura correcta, lo dejó endurecer en el jardín.

II

—Te aseguro que lo he conseguido —decía Ernesto el científico mirando la pantalla del
videoteléfono, donde la cara de Antonio revelaba cierto escepticismo—. No fue fácil. Pero lo logré.
Primero experimenté con arácnidos y caracoles. Luego con liebres. Y finalmente con los muñecos
de la estación lunar Dio resultado.

Antonio hizo un gesto que podría significar “quizá”, y Ernesto continuó con mayor énfasis:

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—Lo que desconozco todavía es hasta qué punto son duraderos los efectos: estoy por
determinarlo. Creo que, si empleo la dosis correcta, el lapso no pasará de una hora. Después, todo
vuelve al estado anterior. ¿Me entiendes?

El muchacho de la pantalla inclinó la cabeza para responder que sí.

—Estoy emocionado —prosiguió el otro—. Cuando haya afinado la fórmula, pienso llevarla a
la Universidad (después de pasar por la Oficina de Patentes, claro), con lo que espero merecer, ahora
sí, la admisión a la Academia de Ciencias.

Ernesto sonrió igual que si fuera a soplar las velas de su pastel de cumpleaños. Antonio le
devolvió la sonrisa y dijo:

—Me gustaría poder presenciarlo... pero no con caracoles ni arácnidos, sino con mi colección.
¿Crees que podrías...?

—No hay razón para suponer lo contrario —contestó Ernesto alzando una ceja—. La clave
estaría en aumentar el líquido de la inyección.

—¿Lo harías? —preguntó Antonio con creciente entusiasmo.

—Por supuesto.

—Te voy a enseñar cómo va el último. No se lo he mostrado a nadie todavía. Es para que te
imagines lo que conseguiríamos si quieres aplicarle la fórmula.

Antonio desapareció un momento de la pantalla. Regresó tirando el cordel de una plataforma


sobre la cual se erigía el San Sebastián casi terminado. Ernesto lazó una exclamación de asombro:

—¡Es perfecto, perfecto! —dijo ajustando los controles del videoteléfono para obtener un
acercamiento del rostro atormentado—. ¿Llora?

—No, pero es igual. A veces pienso que gemirá cuando yo menos lo espere: mira la
contracción de los labios. Ahora, si hacemos el trato, te invito a que dispares conmigo las saetas y a
que apliquemos la “sangre”. Luego, ¿la fórmula?

—De acuerdo —aceptó el científico sin dejar de mirar los ojos del mártir.

III

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Con las manos pringadas de líquido rojo oscuro, Antonio trató de pensar lo que habrían sido
los templos cristianos en donde, durante la Época Antigua, se habían congregado los originales de
aquellas esculturas. Reinventó la humedad, la luz difusa que se abría paso en la vasta atmósfera de
los edificios; ideó flores de cera o de plástico, ahumadas por las veladoras que ardían bajo las figuras
temidas, reverenciadas por milagrosas. Los investigadores del Lincoln´s Museum hablaban de polvo
siempre presente: polvo que agrisaba el oro de los retablos y penetraba inexorable el terciopelo de
cortinas y reclinatorios. Barruntó que debió ser sobrecogedor entrar a esos templos y encontrase
con cuerpos ensangrentados, miradas dolientes, bocas torcidas por el sufrimiento, hacia
dondequiera que se volviese la vista. Extendió sobre su escritorio de madera oscura la serie de
postales adquiridas en la promoción Be a sculptor! Y las contempló con arrobamiento. A poco,
Ernesto se acercó para disfrutarlas también, por encima del hombro de su amigo:

—Inyecté al San Sebastián y al Bautista. Esperaremos a que se enfríen los químicos que acabo
de mezclar, para inyectar a los demás. Ojalá tengamos suerte.

Antonio se dejó cautivar por los brillos del retablo: mar dorado en el que esporádicamente
surgían cuerpos de color de rosa tocados con alas o aureolas. Santas calvas y barbas. Santísimas
virginidades. Gloriosos martirios. Infancias benditas. Muertes bienaventuradas. “Así era”, comentó
en un susurro, y Ernesto emitió un largo silbido.

IV

Los números luminosos del reloj aparecieron unos segundos en el silencio de la noche que
se adueñaba de la habitación de Antonio. “Las tres de la madrugada”, informó la voz impersonal del
reloj. Y el muchacho, insomne, se apoyó en un codo y encendió la lamparita: súbitamente se hizo
visible la postal de la madona con rostro oriental y cabellera negrísima, que había dejado en la
mesita de noche. Supuso que estaría abrumada por el peso del manto rebordado de estrellas con
diez puntas, por el peso de la corona erizada de puñales y lenguas de fuego. Encontró que las manos,
pequeñas y pálidas, se crispaban en actitud desesperada. Leyó el pie de la ilustración: Virgin of
Expectancy. From the National Vice regal Museum at tle old Jesuit Seminary in Tepotzotlán, México.
Destroyed during the Third World War of the Ancient Age. Suspiró. Cerró los ojos y recobró la imagen
de su San Sebastián admirablemente animado por la fórmula de Ernesto. Revivió el momento en
que la escultura, ardorosos de sufrimiento los ojos vítreos, se retorció como para librarse de las

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flechas que se encarnaban a lo largo de todo su cuerpo. El corazón de Antonio le golpeó con fuerza
el pecho, las sienes. Pero la magia había durado sólo unos minutos. A fin de cuentas, Ernesto tenía
lo fórmula en periodo experimental y, si en muñecos y animales pequeños la animación se
prolongaba hasta una hora, en las esculturas de gran talla no se podía esperar otro tanto. Estaba un
poco decepcionado. Ernesto, en cambio, como todo científico que recoge el fruto de sus desvelos
(no importa que el fruto parezca insignificante) se había marchado a casa con una amplia sonrisa de
suficiencia.

—Lo más conmovedor fue la manera en que parpadeaba el Bautista decapitado: se reprodujo
en instante en que la cabeza, todavía con vida, rueda desprendida del cuello —murmuró el niño—.
Creí que Ernesto se iba a desmayar de feli...

Lo interrumpió el timbre del videoteléfono: Ernesto, con piyama y las gafas puestas, alargaba
la mano en cuya palma tenía un caracol que se movía trabajosamente.

—¡Mira! Es uno de los que daba por perdidos —exclamó el científico con voz gozosa—. Ni
siquiera consideré la posibilidad de que, tras un aparente regreso a la inacción, hubiera una especie
de renacimiento, quizá con mayor ímpetu que el primero. Voy a abrir una hoja de evolución para
anotar los pormenores del caso. Las arañas también comienzan a despertar.

Antonio no pudo responderle. El sonido de la puerta al abrirse lo obligó a volver la cabeza; en


el umbral de su cuarto, gimiente en la tortura, estaba San Sebastián. Quiso decir algo y un chorro
de sangre escapó de su boca. “Así era”, se repitió aún el muchacho mientras el asaeteado, seguido
de la Dolorosa y el Bautista (lo que restaba del Bautista), avanzaba hacia él.

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