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MUJERES DEL PASADO
Ermila de Veracoechea ("')
La antigüedad
En la Atenas del siglo VI sólo los hombres participaban directamente en los
asuntos de gobierno. Por lo tanto, se esmeraban en la educación de los varones,
quienes debían llegar a dominar el arte de la retórica, para distinguirse en las
reuniones públicas y lograr una buena reputación entre sus conciudadanos. La
educación física masculina era estimulada y vigilada por el Estado, para tener
eficientes soldados. Pero en cambio las cualidades estimadas en las mujeres
eran diametralmente opuestas a las exigidas a los hombres: de ellas sólo se es-
peraba el silencio, la sumisión y la abstinencia respecto a los placeres masculi-
nos (Pomeroy, 1990; 91).
Las mujeres atenienses estaban bajo la tutela masculina: el padre o el parien-
te varón más cercano. Una vez casada pasaba a depender del marido; el padre o
el pariente que la hubiere entregado en matrimonio tenía el derecho de disolver
dicho vínculo. Si el marido moría antes que la esposa, la custodia de su dote y
de su persona pasaba a sus hijos, si tenían edad para ello; si no, a los tutores de
los hijos. Si la viuda no había tenido descendencia en su matrimonio, ella ten-
dría que retornar a sus primitivos tutores. La costumbre establecía que las hijas
debían aportar al matrimonio una dote de acuerdo con el status económico que
tuviera su padre o parientes. Además de la dote la novia debía llevar un ajuar,
que era de su propiedad personal; en caso de concluir el matrimonio, ella tenía
derecho a llevarse su ajuar, que consistía en algunos vestidos y otras cosas de
poco valor.
El matrimonio y la maternidad eran los objetivos más importantes de toda
ciudadana ateniense. La dote de una ateniense era utilizada para su manteni-
(*) Individuo de Número. Sillón Letra "Qn. Bibliotecaria-Archivera de la Academia Nacional de
la Historia.
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miento y ni ella ni su marido podían disponer legalmente de ese dinero o bie-
nes: el marido o el padre (en caso de divorcio) debían velar por ese capital y
·sólo podían disponer del interés o renta, que generalmente era un 18% anual, y
con ello mantener a la dueña de esa dote. En caso de divorcio el marido devol-
vería la dote a los padres o parientes de su ex-esposa. El nacimiento de un hijo,
sobre todo si era varón, era el principal objetivo de una unión matrimonial.
Los padres atenienses generalmente trataban de casar a sus hijas a los 14
años, ya que tenían fama de lujuriosas, por lo cual era muy importante buscar-
les pronto un marido y así garantizar que llegaran vírgenes al matrimonio. Los
hombres con frecuencia se casaban a los 30 años, después de haber cumplido su
servicio militar que duraba 1O años.
En Esparta, en cambio, acostumbraban casar a las mujeres a los 18 años,
porque estaban en mejores condiciones físicas para tener hijos, además los
espartanos auspiciaban que las jóvenes hicieran ejercicio y se alimentaran igual
que los varones.
El divorcio se obtenía con facilidad y no significaba nada bochornoso; si el
marido era quien lo solicitaba, simplemente sacaba a su mujer de la casa. Cuan-
do era la esposa la que quería divorciarse, debía recurrir a su padre (o a algún
ciudadano varón) para elevar el caso ante el Arconte, que era el máximo magis-
trado en Atenas.
Como la finalidad de los hijos era perpetuar la casa del padre, también eran
de su propiedad. Por lo tanto, en caso de divorcio, quedaban con el padre; así la
madre quedaba libre para volver a casarse y dar hijos a su nuevo marido (Ibidem:
81).
Los hombres y las mujeres atenienses tenían sus respectivos espacios, es
decir, hacían su vida cotidiana separadamente: los hombres en los lugares pú-
blicos, como la plaza del mercado y el gimnasio y las mujeres permanecían en
sus casas. Las mujeres pobres tenían un poco más de distracción que las de
mejor posición económica que eran dueñas de esclavas, ya que éstas se ocupa-
ban de aquellas pequeñas diligencias de sus amas; las más pobres tenían la "opor-
tunidad" de ir a buscar agua o lavar la ropa, lo cual les permitía conversar con
las amigas.
U na de las pocas distracciones femeninas era asistir a los funerales, pero en
la legislación implantada en tiempos de Solón se restringió su asistencia a estos
eventos, porque se pensaba que algunas sólo iban a exhibir su riqueza y esto era
poco democrático.
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A pesar de haber sido Atenas el centro del pensamiento filosófico, esto no
influyó en las mujeres, quienes se limitaban a realizar bien sus tareas domésti-
cas, sin tener acceso a nada de tipo intelectual.
Teofrasto, discípulo de Aristóteles, decía que la educación "haría de la mujer
un ser perezoso, charlatán y entrometido". (Ibidem: 153)
A pesar de que iban surgiendo nuevas ideas filosóficas, el estoicismo conti-
nuaba reforzando el papel tradicional de la mujer. Las únicas escuelas del pen-
samiento que defendían la emancipación femenina eran el epicureismo y el ci-
nismo, pero sin embargo no tuvieron ningún apoyo que pudiera favorecer a las
muJeres.
Hubo algunos casos excepcionales: por ejemplo Epicuro admitía la presencia
de mujeres en la escuela que tenía en sus jardines. Además, se cita el caso de una
mujer filósofa, Hiparquia, mujer de Grates, quien seguía el pensamiento de los
cínicos; ella, a diferencia de la mayoría, aparecía en público con su marido y se
jactaba de que ella se había educado en vez de trabajar en el telar (Ibidem: 157).
Hiparquia era una aristócrata de Maronea, en el norte de Grecia. En algunos
otros sitios del mundo griego se comenzó, poco a poco, a darle a la mujer una
educación rudimentaria, consistente en lectura, música y algunos ejercicios gim-
násticos, pero esto ya durante el período helenístico, no en la época clásica. Las
mujeres griegas no participaron en pruebas atléticas hasta el siglo I d C.
El atletismo fue importante para las féminas, pero más lo fue la oportunidad
de aprender a leer y escribir. Ya en los períodos helenísticos y romanos hay
papiros de contratos egipcios con firmas de mujeres.
En Roma, como lo había sido en Grecia, el matrimonio y la maternidad eran
las metas de las mujeres pudientes. La mayoría de ellas se casaba por lo menos
una vez, aunque muchas luego permanecían divorciadas o viudas.
El emperador Augusto estableció la edad mínima de matrimonio en doce
años para las mujeres y catorce para los hombres.
La mayor parte de las mujeres romanas se casaban más de una vez en su vida.
Había menos mujeres que hombres, igual que sucedió en Grecia, porque las muje-
res morían más jóvenes, sobre todo cuando llegaban a los años de fecundidad.
En la época de Augusto se establecieron penas por no casarse y por no tener
hijos: este castigo empezaba a los 20 años para la mujer y a los 25 para los
hombres.
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Los matrimonios romanos limitaban sus familias recurriendo al infantici-
dio, al abandono de los niños, a la anticoncepción y al aborto. Las solteras y las
adúlteras utilizaban los mismos métodos para prevenir o poner fin a los emba-
razos ilegítimos.
Muchas mujeres morían durante el parto, por la precocidad en la gestación
·ya que, como se ha dicho, eran mujeres inmaduras en el momento de la concep-
ción. Según estudios de los esqueletos que se han encontrado en Grecia bajo la
dominación romana, aparece una longevidad de 34,3 años para las mujeres y de
48,2 para los hombres (lbidem; 192).
A comienzos del segundo siglo a. de C. las mujeres de la clase alta romana,
ya más educadas, participaban en la vida intelectual de los hombres. Para ese
momento la reputación de las mujeres no se veía dañada por sus logros artísti-
cos o intelectuales. En Roma incluso llegaron a formarse salones literarios, lo
cual fue un gran logro en la historia intelectual femenina.
En Grecia hubo mujeres poetas, pero oradoras las hubo sólo en Roma, don-
de existían asambleas públicas femeninas, a la vez que muchas de ellas se
involucraron en actividades políticas y religiosas.
Al final de la República, las romanas de la clase alta tenían más libertad que las
atenienses. Incluso las primeras podían elegir, en tanto que las segundas, no.
Pero a las romanas no les dieron cargos políticos y sólo pudieron ejercer su
influencia actuando a través de sus maridos; sin embargo, se interesaban por la
cultura, además de que influían en la sociedad de su tiempo. También tuvieron
acceso al dinero y al poder, lo cual les permitió vincularse con los asuntos del
Estado.
La casa romana, que era la "familiar incluía a los parientes y a los esclavos".
En un grupo de cautivos griegos, "los romanos podían hallar eruditos, historia-
dores, poetas y hombres con valiosas habilidades" (Ibidem: 214). Como las
mujeres griegas no alcanzaban esa preparación; una mujer recién capturada y
esclavizada era a lo sumo, comadrona o prostituta. Como esclava de los roma-
nos trabajaría en lo que siempre había hecho siendo libre: hilandera, niñera,
cocinera, etc.
En las casas romanas ricas las esclavas recibían la enseñanza de oficios, como
lavandera, planchadora, secretaria, masajista, lectora, etc.
Las esclavas siempre fueron utilizadas para fines sexuales, y el amo tenía
acceso a todas ellas, incluso con la aprobación de su esposa.
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En Roma si un esclavo se casaba con una mujer que no pertenecía a la "fami-
lia" de su amo, éste perdía el beneficio de su descendencia, pues el hijo pertene-
cía a la madre si ella era libre, ó al amo de ella en caso de ser esclava.
Las niñas esclavas eran vendidas como criadas en casas pequeñas, otras a los
burdeles, algunas de las cuales morían debido a los malos tratos. También eran
entregadas por el amo a otros esclavos, para obtener descendencia.
"Pocas mujeres de la casa imperial conseguían puestos de influencia como
las libertas concubinas de los emperadores. Estas relaciones eran públicamente
conocidas, a menudo de larga duración, y no eran causa de escándalo excepto
cuando la mujer se comportaba mal" (Ibidem: 220).
Algunas mujeres libertas eran muy acaudaladas e incluso fueron dueñas de
esclavos. Sin embargo, eran casos excepcionales pues la mayoría de ellas forma-
ba parte de la clase trabajadora de Roma; ejercían trabajos como el de tenderas
o artesanas y algunas se dedicaban al trabajo doméstico. Las mujeres tenían
gran importancia en el tejido de lana, siendo ésta una ocupación eminentemen-
te femenina.
Las libertas pobres con frecuencia se dedicaban a vender carne o pescado.
En las ruinas de Pompeya han aparecido nombres de mujeres que eran mé-
dicas o empresarias comerciales; en cambio otras fueron vendedoras de clavos
o tenían un taller donde fabricaban ladrillos (Ibidem: 223).
El gobierno romano mantenía programas de asistencia pública, pero éstos
sólo beneficiaban a los hombres, que eran quienes tenían el derecho de votar.
Como las mujeres no votaban, los políticos las marginaban. Así que las
donaciones nunca llegaban al mundo femenino.
Los programas de distribución de alimentos para la población infantil favo-
recía mes a los varones que a las hembras, pues ellos serían los futuros soldados
y debían ser mejor alimentados.
No hubo mucho interés en destacar el papel de la mujer en la sociedad anti-
gua: en el nivel más alto hay referencias a mujeres que se destacaron en política
y en el más bajo, las informaciones son sobre las prostitutas.
La Edad Media
"Por tanto, la finalidad de la mujer medieval es devolver la voz a las
mujeres medievales y mostrar que la Edad Media, al contrario de lo que
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se piensa, fue la primera época histórica en la que las mujeres alcanzaron
un notable grado de emancipación social y cultural y comenzaron a sen-
tar las bases de las reivindicaciones de paridad e igualdad que aún hoy
son objeto de batallas cuyo éxito no está nada claro". (Bertini, 1989:12)
" ...En la antigüedad judía, clásica y cristiana la mujer está, en todo mo-
mento y lugar, discriminada y marginada: Eva y María, Safo y Aspasia,
Cleopatra y Mesalina aparecen como arquetipos carentes de raigambre;
en una palabra: constituyen la excepción. De hecho, las mujeres no jue-
gan un papel en la historia, que es esencialmente historia masculina. Ex-
cluidas del ejercicio del poder en la vida religiosa, política y social, son
consideradas físicamente más débiles e intelectualmente inferiores".
(Idem)
Sócrates decía que la principal causa de la inferioridad de la mujer era la falta
de una educación apropiada.
Aristóteles opinaba que como la mujer no podía dominar sus instintos y
carecía de control, eso la hacía potencialmente peligrosa.
En el mundo griego la democracia fue exclusivamente masculina: las muje-
res libres tenían los hijos y las esclavas debían dedicarse al trabajo sin mayores
consideraciones.
" ...la mujer griega no tuvo ni siquiera la oportunidad de educar a sus
propios hijos, cuya formación, de hecho, era confiada enteramente a los
hombres". (Ibidem: 14).
En Roma la situación fue diferente: la romana tuvo cierta libertad: Aunque
el mayor elogio que se le podía hacer a una mujer cuando moría era un epitafio
sobre su tumba que dijera:
"Custodió la casa,
cardó la lana"
Sin embargo, la romana tuvo la importante tarea de educar a sus hijos, pre-
parándolos para ser "ciudadanos romanos".
El conflicto matrimonio-virginidad fue una constante en el tema cristiano
de los primeros siglos: los Padres de la Iglesia tanto occidental como oriental,
aunque defendían la legitimidad del matrimonio, eran aún más partidarios de la
virginidad a tal extremo que establecieron una jerarquía de valores que situaba
primero a la virgen, segundo a la viuda y tercero a la madre de familia. Todo
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esto influyó profundamente en los hombres de la Edad Media, "que hicieron
de esas teorías el centro de su propia ética". (lbidem: 15)
Muchas jóvenes de la nobleza ingresaban a los conventos, bien por decisión
propia o por acatar la orden de su padre. El convento le ofrecía la posibilidad de
educarse y, en cierta forma, de adquirir una independencia intelectual que su
hogar no le brindaba. " ... entre los siglos X y XII algunos monasterios femeni-
nos se hicieron famosos precisamente como centros de cultura y por el nivel de
instrucción que podían garantizar". (Ibidem: 21)
Algunas abadesas tenían tanto poder como un obispo y entre los muros de
esos conventos se formaron mujeres que tuvieron verdadera significación en la
historia de la literatura latina medieval. Fue allí donde las mujeres comenzaron
a manifestar su reacción ante aquella imagen de la mujer inferior al hombre,
que durante siglos había expresado la cultura masculina.
En la Edad Media las hijas de Eva eran consideradas símbolo del pecado y,
en el matrimonio, sólo limitadas a la procreación. Socialmente eran marginadas
"por su inferioridad y debilidad". (Ibidem: 16).
La Edad Moderna
A pesar de que las actividades femeninas fueron perdiendo rango y dere-
chos, sobre todo en cuanto a la transmisión de la propiedad, sin embargo su
presencia es importante, tanto en la sociedad como en la construcción del Esta-
do. Las mujeres eran consideradas seres marginales en las corporaciones y co-
fradías y como trabajadoras sólo se les reconoce por su condición familiar. Se
tolera el trabajo remunerado de la mujer, siempre y cuando favorezca a su fami-
lia. Sin embargo, el trabajo femenino era silenciado, no se le daba ninguna im-
portancia y es únicamente con los estudios recientes sobre la materia, basados
en documentación de primera mano, cuando en Europa se ha podido compro-
bar la participación muy significativa del trabajo fe menino urbano, casi siem-
pre concentrado en el ámbito doméstico y realizado por viudas o solteras, es
decir, por mujeres solas que sostenían su hogar. En otros casos la relación de la
mujer con el trabajo era muy inestable, ya que éste cesaba por causa del matri-
monio ó de la maternidad.
La familia y el convento eran los lugares de encuentro "entre componentes
individuales e institucionales". (Calvi: 1995, 15).
A través de estas recientes investigaciones se ha logrado asimilar la historia
femenina a los problemas de ciudadanía y su participación en la vida civil.
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Son las mujeres solas, quienes ocupan posiciones de prestigio, las que se
ocupan de relaciones con los poderes laico y eclesiástico: las viudas y las prioras;
las primeras en su medio familiar y las segundas en sus conventos, pero en
ambos casos son ellas quienes ejercen la tutela de los menores. Estas mujeres se
expresan ante las instituciones interpretando las relaciones Estado-Sociedad
en forma recíproca.
"Familia y convento constituyen, pues, las formas asociativas primarias,
elementales, en la vida de las mujeres del Barroco ... ". "Las niñas son
puestas 'bajo guarda' y educadas precisamente dentro de los muros
claustrales, en cuyo interior se confeccionan tejidos y regalos ornamenta-
les para las ocasiones festivas del grupo familiar; en ellos se encierra a las
mujeres separadas, a las viudas y a las que 'peligran', cuando la familia
delega en el convento una función periódica de corrección y sostén de las
mismas mujeres que han quedado solas, y allí, en fin, se relega a monjas
sin vocación, excluyéndolas del mercado matrimonial". (Ibidem: 17/
18).
A través del tiempo la mujer con mucho esfuerzo, ha logrado ir ocupando el
lugar que le corresponde en la sociedad a pesar de los muchos tropiezos que ha
tenido por el solo hecho de ser mujer.
Bibliografía
Pomeroy; Sara B. Diosas, rameras, esposas y esclavas. Mujeres en la antigüe-
dad clásica. Akal Universitaria. Serie: lnterdisciplinar. 2ª edición. Ma-
drid (España), 1990.
Bertini, F.; Cardini, F. y otros. La mujer medieval. Alianza Editorial (Ed. Cas-
tellana) Madrid (España), 1989.
Calvi, Julia. La mujer barroca. Alianza Editorial (Ed. Castellana) Madrid (Es-
paña), 1995.