Leche
Un cubo de leche. Hundo el dedo. Oigo el movimiento de unos labios. Una
línea morada rodea mis dedos y envuelve mi mano hasta que está
ceñidamente vendada y redonda como el corazón de un gran vegetal. Mi
mano punza como si pudiera partirse a la mitad y formar labios para
sostener leche inflamada. Estoy viejo y solo. La cubeta está vacía. Oigo el
movimiento de unos labios.
.Después de muchos años de amor
A mediodía la arena
estaba tan caliente que corrimos
de vuelta al estacionamiento
y encontramos volcada
nuestra moto – el tripié
había penetrado tan hondo
en el asfalto
que se cayó. La enderezamos
y maldijimos las pequeñas
estrellas de mar
de brea aferradas
a nuestros maletines de grupa. Antes
de que se endureciera más,
frotamos nuestras toallas
arenosas en la costra.
Pudimos quitar la mayoría.
Por una vez, ninguno de los dos
culpó al otro.
Un milagro.
Aturdido por beber tequila anoche,
recuerdo que moví las brasas mientras
el alba sopló su neblina hacia un claro.
Bob cantaba y tosía, cantaba y tosía. Incluso entonces
me pregunté cuánto tiempo iba a aguantar.
Cada vez que se sacudía su cuerpo, me estremecí
pero amé su ingenio sagaz y contaminado.
Esta noche de nuevo está en el hospital, solo,
y este poema es como una mesera que merece
una gran propina –media cuenta– por decirme
que es hora de que deje mi café y vaya
a rescatarlo, a realizar el único milagro
que tengo permitido en esta vida, pero no, no es cierto
porque no es a Bob a quien yo debo salvar.
Arrugas
Como si pudiera hacer todo menos esfumarse
la vida de mi madre ahora es sólo pequeñas historias
y lo que recuerdo de ellas después:
su gusto por planchar y beber cerveza en noches cálidas.
Yo también amo alisar arrugas de camisas
con puños azul cielo o verde oscuro o blancos.
Esta noche estoy bebiendo cerveza, la radio toca
“Bird of Prey Blues”, seguida de “All for You”.
Para emborracharme, bastan muy pocas cervezas.
Incluso así, hoy no tengo suficientes
para hacerlo. Termino otras tres camisas
e imagino que las arrugas se levantan,
me encapan y se enroscan
como pétalos de un ramo invisible.
Pienso en mi madre, en primera fila -las demás sillas plegadas-
en Fort Rosecrans mientras yo, de pie, hablé del hombre
cuyo uniforme ella planchaba, el hombre cuyas cenizas
marcharon lentamente ante nosotros.
En esta última camisa, la plancha no funciona.
Se enrolla de una esquina, se abulta y no se deja alisar.
.
Un par de horas después, aún hace demasiado calor para dormir:
mis pies descalzos sobre un repecho de madera, abierto el gran marco de
vidrio.
El rumor de que la proporción es sólo enfoque vuelto
del revés es tan verdad como para saber que es evasivo.
El té de hierbabuena se enfría en la mesa lentamente, así que sé
que no es el tiempo el que altera esta claridad.
Mi madre dice, “No creo que alguna vez conozcamos realmente a otra
persona.
Ni siquiera sé si terminamos de conocernos a nosotros”.
Sentada en su cocina, se niega a merendar
pues insiste en que se llenó en la comida y la alegra mi visita
que ha sido tan larga como para que conversemos.
A sus 75, ella arma con tablas un bancal
en su jardín de irises, gladiolas, azucenas.
Esta tarde ambos intentamos tomar el mismo pedazo de papel
y rocé las yemas de sus dedos.
Mis manos son casi tan pequeñas como las de ella.
La calidez que brotó de su mano en un instante
fue un accidente desenfocado y puro,
el lento calor de sus tres años de viuda calcinando un cuarto
donde él se sentaba antes de pararse, se dormía, doblaba toallas,
y murió.
El autocine
Las caras llenan la pantalla que se alza sobre el pasto; las vacas, abajo, se
encogen de hombros. Los gestos atónitos de Dean o Bogart o Hepburn. Nos
maravillan sus grandes cabezas de Isla de Pascua.
Un agujero extenso en la pantalla interrumpe el beso de la diva. Los pájaros
vuelan por el cerebro de Ingrid Bergman. Nunca estamos seguros de la
dirección del brote de la luz. Grandes lágrimas brillantes de película salen
de la abertura en la pantalla. Cada uno de nosotros en nuestros autos está
iluminado y encogido.
A través del agujero vemos que la pupila de Marilyn se alinea con la luna.
La mujer al sol de Wallace Stevens
Ocurre solamente que el movimiento y el calor Son como el calor y el movimiento
de una mujer.
No es que exista ninguna imagen en el aire Ni el principio o el fin de una forma:
Hay un vacío. Pero la mujer en un oro sin hebras Nos quema con los cepillados de
su traje
Y una disociada abundancia de ser, Más categórica por lo que ella es-
Porque está desencarnada Llevando los olores de los campos de estío,
Confesando el taciturno y aun así indiferente, Invisiblemente claro, único amor.