ARCHIPIÉLAGO DE LAS LETRAS
ALONSO QUESADA, POR YOLANDA ARENCIBIA SANTANA
ALONSO QUESADA
Por Yolanda Arencibia
Quién es
Alonso Quesada (seudónimo de Rafael Romero Quesada) nació en Las Palmas de Gran
Canaria en 1886. Cursó el bachillerato en el Colegio de San Agustín con intención de continuar sus
estudios; pero la muerte temprana de su padre (1907) dejó sobre sus hombros la responsabilidad de
sacar adelante la familia (madre, dos tías y tres hermanas), circunstancia que hubo de condicionar su
futuro. Desde muy joven se inició en el periodismo, actividad que habrá de combinar con una labor
de oficinista para él ingrata: en el Banco de España, en dos casas inglesas sucesivas (la Elder
Dempster y el Bank of British West Africa) y, por fin, en la Junta de Obras del Puerto; en sus últimos
años abrió un librería. Aparte de una estancia familiar breve en Alcoy (su padre -militar- estuvo
destinado allí un tiempo) y un viaje breve a Madrid en 1918, su vida transcurrió en su ciudad natal,
entorno en el que fue eterno disidente y con el que mantuvo siempre actitud crítica y realmente
comprometida; tal vez como vía de escape de su personalidad sensible, inclinada vocacionalmente a
la universalidad de la literatura y que se ve forzada a la condición de insular "enjaulado".
Muy cercano estuvo Quesada a la colonia inglesa, a la que a la vez admira y censura. Llegó a
poseer una vasta cultura, adquirida por continuas y seleccionadas lecturas desde época muy
temprana. Fue ampliamente cosmopolita por sus saberes literarios: profundo conocedor de la
literatura nacional, de los clásicos universales y admirador ferviente de los literatos del momento; de
los poetas especialmente, de algunos de los cuales fue ocasional traductor. Mantuvo estrecha relación
con los intelectuales nacionales de su época: con unos directamente, con otros por carta. Puente
eficaz de relación fueron sus amigos canarios en Madrid: Luis Doreste Silva, Néstor, y Miguel
Martín Fernández, Agustín Millares Carlo, Perico Perdomo, Claudio de la Torre, Miguel Sarmiento...
Ya en las islas, fue determinante su relación con Luis Millares Cubas y con González Díaz, la
amistad fraternal con Luis Doreste Silva, Tomás Morales o Saulo Torón, y la afinidad con el marco
inquieto de la Sociedad de los Doce (actividad teatral, sobre todo) con los que colaboró
estrechamente. Entre sueños literarios y realidades en gran parte frustrantes transcurrió su vida. Un
rayo de luz en ella fue el encuentro con la jovencísima Rita Suárez, dulce e irreal protagonista de su
obra de teatro Llanura, con la que contrajo matrimonio en 1920 y le dio una hija, además de amor y
serenidad para su labor literaria. En esa época, ya el poeta estaba enfermo. Murió en Santa Brígida el
4 de noviembre de 1925, cuando luchaban sus pulmones por liberarse de una larga tuberculosis.
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Valor y significado de su obra
Alonso Quesada es poeta, autor dramático y narrador, y desde esa distinción de géneros
podemos esquematizar su obra. Pero hay un Quesada único: el poeta eterno que nunca deja de estar
en sus textos para esencializar lo cotidiano; el hombre mediatizado por la realidad externa y la
interna de su propio temperamento que le impelen a acudir una y otra vez a los grandes temas: la
muerte, el amor o el desasosiego anímico, a la observación del entorno inmediato desde la
trascendencia interna; y el escritor de pluma ágil e imaginación despierta y ocurrente que halla en la
distancia del humor y la ironía (en ocasiones, el sarcasmo) el tono de su escritura. En una feliz
conjunción de géneros, su prosa narrativa, siempre subjetiva e impresionista, halla en el diálogo y el
coloquio un atractivo tono dramático, gestual incluso; su teatro, simbólico y mítico, está enriquecido
de acotaciones líricas casi autónomas; y su poesía esconde o descubre en tonos de diálogo el
encuentro íntimo con el “otro yo”, el cercano de los amigos e incluso acude a la acotación espacial
(sobre todo poemas de Los caminos dispersos) para intensificar desde el espacio la intemporalidad de
su significado.
El cronista: Siempre fue Quesada escritor de prensa, como dijimos. Se inició en el
periodismo aun no cumplidos los veinte años. El periodismo de Quesada es festivo, satírico, irónico
y hasta ácido con cierta malignidad agresiva no exenta de gracia. Destacó muy pronto como autor
de Crónicas de la realidad inmediata: “reflexiones sobre la vida cotidiana”, según propia definición.
Son todas ellas apuntes atractivos sobre la idiosincrasia de sus paisanos (“el hombre insular”)
distanciadas desde el humor: los retrata o los caricaturiza, desvela sus manías, sus vulgaridades, sus
tics de carácter…; también sus modalidades de habla, el léxico, los modismos y sobre todo el ritmo
y la modulación del coloquio, en lo que demuestra habilidades escénicas nada comunes. No falta en
sus crónicas el tono lírico o sentimental, con apuntes de ternura y de nostalgia. El conjunto de sus
crónicas significan estupendos ensayos personales del mejor costumbrismo, en la línea que iniciaran
los hermanos Millares y siguieran, tras él y muy cerca, otros, como Félix Delgado. En 1919, Quesada
agrupó en libro un grupo de sus crónicas bajo el título de Crónicas de la ciudad y de la noche: más
costumbristas las primeras, más poéticas las segundas. Quesada escribirá crónicas durante toda su
vida, de 1916 a 1924. Entre 1918 y 1922 publica un importante número de ellas en La Publicidad,
periódico barcelonés con el que colaboró. La factura de estas últimas crónicas es la de siempre:
observación distante de la realidad, disección cuidadosa del individuo, ironía… Cambia ahora su
protagonista que es, en su mayoría, el extranjero trasladado a la realidad insular por azares de guerra
o cuestiones de salud. Pero las crónicas no son para Alonso verdadera actividad literaria. Nunca las
firmará con ese seudónimo sino que inventará para ellas heterónimos diversos: Cardenio, Gil
Arribato, Máximo Manso, Felipe Centeno, Galindo…
El gran escritor, el verdadero Alonso Quesada es el poeta, el narrador y el autor de teatro. Él
se siente un escritor amplio y eterno. Sobre todo, un poeta.
El poeta.- En 1915 publica su primer libro verdadero, El lino de los sueños, un poemario
redactado en verso blanco de arte mayor y estilo llano y directo, casi coloquial, en la línea de un
modernismo esencial: el de los rumores, el intimismo o la distancia humorística o irónica, recurso
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este (el de la ironía) fundamental en su expresión literaria. La rutina cotidiana de un mundo pequeño
trascendido por el numen poético, es su tema; la familia, la oficina y los ingleses, los
acontecimientos diarios, los amigos, el mar, las cumbres montañosas, la tristeza, la soledad, la
lejanía… A partir de esta publicación trabaja Quesada en un nuevo poemario, Los caminos
dispersos, que no logró publicar completo, aunque muchos de sus poemas aparecieron en distintas
revistas nacionales. Hará la primera edición el Gabinete Literario, en 1944, preparada por un grupo
de amigos y con prólogo de Gabriel Miró: seis unidades de veintiséis versos (Caminos de paz del
recuerdo, Dolorosos caminos. Caminos silenciosos, Caminos del mar. Caminos de ayer, y Alivio del
alma. Final de los caminos) con un poema intermedio, Siempre, dedicado a Tomás Morales, tras su
muerte. Los caminos dispersos suponen un itinerario lírico con notas de irrealidad en busca de un
alivio ante la desolación, la soledad interior, la incomunicación; los elementos de la propia ruta, la
literatura, la abstracción del ambiente, el amor o la naturaleza pueden servir asideros. Nuevo modo
de itinerario y nuevo modo de desolación e incomunicación supone el Poema truncado de Madrid,
publicado por vez primera en 1920 en cuatro números de la revista España (de octubre a noviembre).
Se trata esta vez de un itinerario real –el de su viaje a Madrid-, subjetivizado desde el desengaño
interior con que lo trata. Completan la producción poética de Alonso Quesada Otros poemas inéditos
que añadieron los editores de Poesía (Fernando Ramírez y Lázaro Santana, Tagoro, 1964) y el
mismo Lázaro Santana en Fablas (n.º 62-64, enero- marzo, 1975) y en Alonso Quesada. Obras
completas, Cabildo de Gran Canaria 1976 y 1986.
El narrador.- No hay diferencias esenciales entre las distintas vertientes del Quesada
narrador. El mismo narrador ágil, atractivo, irónico y malicioso de las Crónicas completa su visión
de la sociedad insular con Smoking-Room y Las inquietudes del Hall, una serie de relatos (el
primero) y una novelita corta (la segunda), que tienen su punto de mira temático en la colonia
inglesa, protagonista “ajena” al narrador precisamente por próxima. La prosa de Quesada, ágil,
flexible, atractiva está dotada en estas narraciones de especial habilidad para reproducir escenas y
caracteres con apuntes nítidos, a veces rápidos, a veces morosos, siempre agudos en su detallismo
llenos de humor y de atractiva ironía. No faltan en los textos las audacias formales, ni las imágenes
atractivas para describir ambientes o caracterizar física o moralmente a los protagonistas, a veces
solo levemente caricaturizados. Destaca ─como en todo el Quesada narrador─ la maestría de taller a
la hora del cierre del relato: a la vez intenso que desmitificador.
El autor de teatro.- El teatro de Alonso Quesada es siempre simbólico y alegórico. Entre
1918 y 1920 escribió dos obras de teatro muy distintas: en La Umbría, que se publicó en 1922, la
alegoría se basa en la contraposición de realidades: la salud, la enfermedad, la muerte de una clase
alta carcomida por la tuberculosis, o la decadencia frente al vigor, la vida y la fuerza del pueblo o la
burguesía acomodada. Las acotaciones (amplias las introductoras de escenas) son textos casi
autónomos de espléndida factura, verdaderos desahogos poéticos que, unas veces resaltan
el locus de Agaete (el del campo o el del mar) con personal maestría, y otras apuntalan la
caracterización de los personajes con notas que enredan lo físico con lo moral, las apariencias con las
significaciones. El apunte realista del habla local y de un espacio tan determinado no resta amplitud a
la significación final de la bella alegoría.
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Llanura, que se representó en el Teatro Circo del Puerto en 1919 y no fue editada hasta 1950,
es propuesta dramática muy distinta a la anterior. La sencillez desnuda del lenguaje acentúa el
lirismo vago que envuelve el hilo conductor de la obra: un poema dramático que envuelve en
irrealidad el anhelo de la recuperación de una hija ahogada. El tiempo de la acción es muy corto, y el
hecho imaginado muy concreto. En ellos, las constantes de Quesada eterno: el sueño, la muerte, el
amor, la tristeza… ¿Y la ironía? La distancia irónica del Quesada del teatro en más alambicada, más
cervantina: el de la construcción de un mundo de literatura que se propone como lectura personal.
Bibliografía
OBRAS DE ALONSO QUESADA
Poesía
1915: El Lino de los sueños (con prólogo de M. de Unamuno), Ed. Beltrán, Madrid.
1920: Poema truncado de Madrid, Revista España, n.º 286-289.
1944: Los caminos dispersos (con prólogo de Gabriel Miró), Ed. Gabinete Literario, Las Palmas de
Gran Canaria.
Teatro
1922: La Umbría, Ed. Atenea, Madrid.
1919: Llanura, estrenada en el Teatro Circo del Puerto en 1919. No editada hasta 1950 en la
colección Planas de poesía, Las Palmas de Gran Canaria.
Prosa
1919: Crónicas de la ciudad y de la noche, ed. del autor, imp. en Las Palmas de Gran Canaria.
1949: Smoking-Room, Imp. de Pedro Lezcano, Las Palmas de Gran Canaria
1975: Las inquietudes del hall, ed. Museo Canario-Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria,
Las Palmas de Gran Canaria.
Antologías y obras completas
1976 y 1986: Obras completas (dos colecciones de seis tomos preparadas por Lázaro Santana que
incluyen otros textos del autor), ed. Excmo. Cabildo Insular de Las Palmas de Gran Canaria.
SOBRE ALONSO QUESADA
Sánchez Robayna, Andrés: El primer Alonso Quesada. La poesía de El lino de los sueños. Cabildo
de Gran Canaria, Las Palmas de Gran Canaria, 1977.
Santana, Lázaro: Informe sobre Alonso Quesada. Cabildo de Gran Canaria, Las Palmas de Gran
Canaria, 1976.
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OTROS RECURSOS
Obras digitalizadas en “Memoria digital de Canarias” (mdC), Biblioteca, www.ulpgc.es
www.tomasmorales.com
Selección de textos
DEL LIBRO EL LINO DE LOS SUEÑOS
LA ORACIÓN DE TODOS LOS DÍAS
¡Bendita la pobreza de mi casa!
Hoy la comida ha sido más humilde...
Mi madre ha sonreído tristemente,
pero había una paz en su mirada...
Yo gano el pan de una infeliz manera
porque yo no nací para estas cosas:
hago unas sumas y unas reducciones;
y así me consideran y me pagan...
Hoy hace cinco años que mi padre
me dejó este gobierno; cuando era
más amplia la ilusión, y la locura
pasaba por mi mente a enamorarse...
¡Bendita la orfandad, las privaciones,
el amargo dolor, y los caminos
por donde, sin oficio, voy andando,
profeso caballero de la Noche!...
Las seis mujeres de mi casa, dicen
que esta resignación me dará el cielo:
verdad será, porque lo dicen todas,
y ellas en esas cosas saben mucho...
Conformidad de toda pesadumbre:
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¡Mañana moriremos!... Los gusanos
todo nos quitarán menos la risa
petrificada en nuestra calavera!...
¡Benditas sean las amargas horas,
la pobre compasión de los mayores
y esta inquietud de no saber mañana
dónde tendré el hogar y los ensueños!...
................................................................
Serenamente el mar viene a mi alma
en estas lentas tardes del verano;
sobre la arena de la playa aguarda
mi corazón la sombra que lo envuelva.
(¡Mi corazón de noche!... ¡Es esa dulce
y tenue claridad, que no es del cielo
ni de la tierra, y que en la noche tiembla
como una huella de la tarde ida!)
Y mi alma, tiende sobre el mar dorado
una esperanza de mejores tiempos,
en ese instante en que las cosas todas
por demasiado ciertas nos engañan...
¡Las venideras horas serán buenas,
y buena la verdad de mi reposo!
─digo, y bendigo la infantil creencia
de este mi pobre corazón, tan niño!...
ORACIÓN VESPERAL (A Luis Doreste)
La tarde muere, y tiene
todo el dulce color de mi recuerdo...
Porque cuente la historia de mi vida
que muera así la tarde se ha dispuesto.
El lejano sonido de una esquila
pone en la brisa un pastoril comento
que al perderse al través del cielo malva
hace brotar la rosa de un lucero.
El niño corazón tiembla y solloza:
tiene miedo de amar; pero es un miedo
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que le gusta tener cuando la vida
es infantil, como esta tarde el cielo.
El pobre corazón tiembla, y parece
que busca otro rincón dentro del pecho,
otro rincón más hondo en que ocultarse
por temor de saber un cuento nuevo...
La tarde entera tiene
el color de la infancia de mi ensueño:
hay una golondrina misteriosa
que ha detenido en el azul su vuelo...
¡Yo pongo mi ilusión sobre sus alas,
y la quietud del lírico momento
se diluye en el oro más lejano
que no acabó de hilar el sol que ha muerto!...
Mi vida toda tiene
la suavidad divina de un secreto:
¡Parece que me dicen al oído,
con todo el corazón, que estoy viviendo!
DEL LIBRO LOS CAMINOS DISPERSOS
CAMINOS DOLOROSOS, VII
(Domingo.
Camino solitario de la aldea.)
Este niño está solo en el camino.
El niño es como yo, que tiene miedo.
Se va a perder y yo no puedo nada.
No tengo voluntad ni sentimiento.
Los infelices ojos me acarician
y llegan hasta dentro
pero no me remueven el alma...
Se han perdido, solos,
como en el mar los míos se perdieron.
El niño dice: ¿Dónde va el camino?
¡Siempre empieza este camino
sin acabar el comienzo!
Yo le respondo:
Es un camino nuevo,
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a cada instante empieza misterioso
sin llegar nunca a ser camino viejo.
El niño llora, pero yo sonrío.
Y es que el dolor del niño está muy lejos
de mi dolor, que es un dolor cortado,
frío dolor sin sombras y sin eco...
ALIVIO DEL ALMA, I
(Pascua de Resurrección.
Camino de la clara aldea.)
¡Otra vez el amor…! Yo no sabía
que era el amor. El corazón alerta
dejó el recuerdo y despidió los sueños.
Luego cerró para el amor la puerta.
Mas ayer noche yo sentí que abrían
hollando el alma con graciosa huella,
trayendo sueños al recuerdo antiguo
de un nuevo aroma en juvenil esencia.
Hurto piadoso al corazón le hicieron,
quedó en el alma rota la Promesa;
docta en el arco del muchacho ciego
certeramente disparó la flecha.
Y en el silencio yo espere el pasado;
no era la misma la que hirió certera.
¡No era la misma! El corazón reía:
dos claros ojos infantiles eran...
Toda mi vida se juntó a tus sueños.
Domada el alma, ¿qué has de hacer con ella?
¿No será tarde para mi retorno,
temprano aún para tu edad pequeña…?
¡Oh, nueva moza del Amor! Mañana
yo no sabré si mi dolor se aleja,
mas no te lleves esos años niños
ya que han estado junto a mí, tan cerca.
Si es tarde para mí, no importa nada.
Tu desamor ni lo veré siquiera:
cuando tu corazón se olvide, el mío
será un oculto corazón de tierra...
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TEXTOS SUELTOS
POEMA DEL HIJO
Los ojos claros
llenos de veinte años azules
preguntan en silencio: ─¿Y el hijo?
¡Ah, el hijo es un muñeco rosado
con la idiotez del bisabuelo!
El hijo es un gorila pálido
enfermizo y genial. Es un socialista
futuro. Un leguleyo atravesado.
Yo he sentido
el aplauso
del hijo en el teatro de la Princesa
y el error de que en un vientre niño
se engendre un ministro del Trabajo.. .
El hijo... Mira, ven al balcón.
En paz está el mar. El horizonte es alto.
Pon el hijo en la estrella.
Porque, ¿ves?, ¿ves a ese gentil caminante
policromado?
Es un hijo.
¿Y aquella sombra embriagada y rota
de la esquina?
Es un hijo.
Y ese barbudo clérigo que canta
es otro hijo.
Y ese boticario
de la ropa
de dril
refregado...
Otro hijo….
¿Para qué el hijo?
¿Por qué condenarlo
a esa nacionalidad
del hombre menguado?
Tierra, amorosa nodriza;
que tu mano acaricie y perdone el fracaso.
El hijo...
Hagamos un hijo
ideal que no llore. . .
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DEL LIBRO CRÓNICAS DE LA CIUDAD Y DE LA NOCHE
LA FACTURILLA
Un día estáis sentados en la tienda de un amigo nuestro departiendo entusiasmados sobre la nota de un
tenor o la faz de una holandesa que habéis visto desembarcar en el muelle, cuando observáis que penetra un
señor sonriente, con aire seguro, desenfadado, y dice: ─«Buenas, amigo. ¿Tiene esa facturilla ahí?...
Facturilla ha dicho. Y nosotros pensamos que este amigo debe una cantidad pequeña: dos o tres
pesetas. Pero no es así; el amigo debe doscientas pesetas. ¿Por qué ha llamado facturilla a esta nota que pide?
El debía, según nos enteramos más tarde, esa cantidad hacía mucho tiempo; nunca pasaba por la calle donde
estaba la tienda, pero hoy, como venía a pagar, ha penetrado con la seguridad de sus pesetas y la realidad de
su liberación. Y ha querido melificar la factura, con el suave diminutivo: «Deme usted esa facturilla».
Aquí se llaman todas las cosas así. Un comerciante paga una letra y cuando la va a pagar dice: «Deme
usted esa letrilla». Un enfermo de divieso se dirige a la botica y exclama: «¿Tiene usted ahí una unturilla para
este diviesillo que me está saliendo?». Un tenorio se despide de nosotros para ver a su amiguilla; un padre
compra para su hijo pequeño un juguetillo... Al referirnos a un amigo canceroso solemos exclamar: «Está
jeringadillo». ¡Oh, el dulce, plácido y donoso diminutivo!...
¿Por qué llamará la gente las cosas tan cariñosamente?
Anoche oímos a un amigo maldecir. Referíase a otro amigo y su familia. Esta familia y este amigo
habían hecho al nuestro una cosa terrible. Y el amigo los llamaba gentucilla: «Esos son todos una gentucilla».
Nosotros sentimos un temeroso respeto por las facturas de las tiendas, nunca podemos dormir si
nuestro nombre está destinado a una factura, a una de esas facturas que insisten, y jamás podríamos
llamar facturilla a esa espacie de dragón maldito que tiene un Debe grande, enorme, como unas fauces
hambrientas en un rincón del papelillo.
BEETHOVEN EN LA NOCHE
Son las cuatro de la mañana. El silencio es amable. No cruza la calle ni un alma. Lejos, allá en una
esquina se distingue una figura de mujer vestida de blanco que acecha y que desaparece al fin.
Nos detenemos. ¿Qué hacer en una ciudad provinciana a las cuatro de la noche, cuando no hay un café
abierto y la luna se marchó a las doce? Vagar. Esperar una hora más para volver a esperar de nuevo.
Un hombre que viene del Casino nos saluda. Va exhausto. Una mujer desconocida y miserable nos
pide dinero. En la ciudad sólo vagan en este momento el hombre del Casino, la mujer triste, la tartana del
Parque y nosotros.
La panadería de nuestro amigo, donde todas las noches compramos pan, tiene las puertas cerradas.
Nos acercamos y el silencio es también hondo allí.
¿Habrá traspasado nuestro amigo su panadería? ¿O se habrá arruinado y ya no hará más pan? Esta
noche nos privamos del placer del pan caliente. El pan caliente que tanto inquieta a uno de nuestros
compañeros que no lo come nunca por temor a la apendicitis. ─¿De dónde habrá sacado él estas
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supersticiones pintorescas?─ No hay pan. Las otras panaderías están lejos y nosotros necesitamos merodear
cerca del telégrafo. Caminamos lentamente. Y de pronto, un rumor sordo apagado, suave... El sonido de un
piano. Pero es un piano espléndido que tocan unas suaves manos. La emoción sutil de las manos artistas nos
invade el espíritu. En el piano tocan la Sonata de Beethoven número cinco. ¿Quién es esta mujer romántica y
divina que toca a Beethoven en el silencio augusto de esta madrugada?...
Las ventanas están cerradas, herméticamente cerradas. Es preciso acercarnos. La casa es de un solo
piso; está apartada de las demás casas... El sonido del piano es suave. Tenemos que aguzar el oído. La mujer
continúa tocando... ¿Tocará todas las noches? ¿Será efectivamente una mujer?...
EL FAROL DE LOS ESCOMBROS
Sobre los escombros de una casa que construyen hay un farolito de luz tenue, anémica. Este farolito
es un alerta al transeúnte. Quiere decir: «Señor: usted que viene distraído, no observa que a vuestros pies se
eleva una montaña de pedruscos, un montón de guijarros. Si no estuviera yo aquí, erguido como un
alabardero, advirtiendo el peligro, usted señor transeúnte se rompería las narices».
Y nosotros agradecemos la advertencia al farolito, que tiene más espíritu y más bondad que su amo, el
propietario, que allí lo mandó a poner antes de que anocheciera.
El amo, al poner el farolito, quiso defender las obras de su casa; una cañería abierta, un desagüe...
¿Qué sería de estas cañerías y de estos desagües si tropieza un hombre, cae y con él muchas piedras, y entre
todos cubren el hueco...? El amo del farolito no ha pensado en cuidar de la vida del transeúnte; al amo le es lo
mismo que el transeúnte viva o muera, goce o sea condenado... El sólo ha puesto el farolito, para que el
ciudadano al no tropezar, libre a su fábrica de un pequeño retraso de dos horas.
Pero en cambio, el farolito, que es generalmente un farolito viejo que estaba sin encender hacía
muchos .años, tirado en un rincón de la cocina; es más puro, más condescendiente que el amo. El farolito
alumbra sólo por la vida del ciudadano, él no tiene intereses como el amo.
Al sacarlo ahora del rincón después de tantos años de abandono, el farolito, contento, alegre, feliz,
sólo ha pensado en alumbrar a su amigo el trasnochador. Y así le vemos, desde que damos vuelta a una
esquina, llamándonos con su temblorosa luz y diciéndonos: «Este egoísta del propietario me ha puesto aquí
para que no le estropeéis un hueco que ha recubierto hoy de cemento. Si os caéis, además de perder la vida, le
amargáis el hueco al señor. Pero yo, amigo noctámbulo, yo, alumbro por mi propia voluntad; yo sólo alumbro
para que no perdáis la vida si caéis en este rincón. Aunque el hacendado crea que yo soy ciego instrumento de
su codicia, no es cierto; yo soy un sentimental, yo soy un pobre farolito, que cuida tu pierna o tu mano, amigo,
en las noches sin luna. Soy, en las ciudades solitarias, el único amigo de los trasnochadores. ¿Qué sería de
vuestras almas sin el farolito de los escombros?...
NIEVE EN LA CUMBRE
Las cumbres áridas, las cumbres desoladas de la isla, han aparecido esta noche cubiertas de nieve.
Cuando las nubes se han marchado al horizonte y la buena luna ha surgido sobre el mar, la nieve ha brillado
tan graciosamente en las cimas como si estuviera contenta de haber venido a un lugar que no conocía...
Desde el puente, hemos visto la nieve. Es el caso inaudito, extraordinario, de todas las provincias
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ingenuas. El momento suave de las reboticas en que los ciudadanos más antiguos dicen: “Desde el año 50 no
ha caído nieve. Yo no me acuerdo de haber visto nieve sino cuando era chiquillo. Me acuerdo de que mi padre
me llevó al puente. ¡Qué frío hacía aquella noche!».
Y como en la ínsula nunca hay frío, todos nos acordamos siempre del día en que lo hubo.
Todos los ciudadanos de la rebotica marchan al puente a contemplar la nieve de la cumbre.
La noche, es azul, líricamente azul... Estas cumbres secas, ardorosas, tostadas de sol de enero a enero,
han recibido esta noche un espléndido manto de nieve. Parece que respiran estos montes, más serenos, más
pausados... Como si hubieran apagado una insaciable sed.
Los ciudadanos sencillos ven como la nieve brilla, y dicen unas palabras vulgares, pero amables. Esta
limpidez, esta suavidad lejana, esta armonía blanca y purísima ha penetrado también en las almas de los
ciudadanos.
Tan sencillos, sin abrigos, con sus cotidianas ropas, tiemblan de frío en el puente contemplando el
panorama de la nieve en las cumbres.
Esta nieve tan pura y tan alba, es como una anhelada alegoría insular: una visión serena, lejana e
inaccesible de las cosas.
CRÓNICA DE LA NOCHE
Como el amado Cervantes, nos quedamos con la pluma en alto sobre las cuartillas, y como no
encontrásemos la frase precisa, clara, para expresar nuestro pensamiento, los ojos miraron hacia el ángulo de
la habitación y se posaron sobre un amplio retrato del dilecto Heine. Al rato, nos quedamos dormidos con un
sueño vacío como la muerte...
...Y nos hallamos frente a la puerta austera de un hospital. Tiramos del cordón de la campanilla, que
tintinea en lejanía. Al poco tiempo, aparece una hermana pequeñita, pulcra, con la faz dorada, los ojos
grandes, y nos pregunta tenuemente: —¿Qué desea? —Y nosotros que somos un poco místicos, contemplando
a esta hermana nos acordamos de la hondamente dulce, de la profundamente alada Santa Teresa. Y por esta
fútil evocación, nuestro espíritu se desdobla, y ansiamos vivir aquí, silenciosos, sosegados, sin gritos. ¡Vivir
sin vivir!
Una campana, que se dilata en las anchas salas, frías, grises, irrumpe en nuestras pequeñas
meditaciones. Y nos asombramos al ver que la hermana, de faz dorada, nos precede. Y nos interrogamos. —
¿Le habremos balbuceado, inconscientes, la causa de nuestra presencia?— Y he aquí que nuestro espíritu
vuelve a torturarse por otra nueva, pequeña idea. Y queremos detenerla; pero no nos atrevemos temiendo que
ella desconfíe, se sorprenda, grite, y por nuestra puerilidad seamos lanzados, vergonzosamente, de esta casa de
los valetudinarios. Y nuestro cerebro parece que se va apagando, y los ojos se nublan, y la hermana de ojos
grandes se va esfumando, que se concreta a una sombra fina, larga, que se introduce por las ventanas
cenitales, de vidrios rojos, azules, verdes. Y oímos toses pertinaces: lamentos largos, desgarradores. Y una
angustia nos invade porque nos sentimos impalpables. Y parece que cruzamos el éter en una sensación
indefinible. Y de súbito descendemos presintiendo el dolor de la caída...
…Y despertamos. Unos rayos de sol han penetrado inundando de claridad la pequeña habitación, y los
ojos nuestros tornan a posar se sobre el amplio retrato del amado Heine, que parece que sonríe suavemente
irónico...
[Ecos, 1-12-1916]
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DEL LIBRO SMOKING ROOM
CÓMO MURIÓ MISS BLAND
Mister Smith, nuestro viejo amigo, murió en este cómodo sillón del hall. El hotel al cual pertenece
este hall está situado a la orilla del mar. Tiene un aspecto gris, de pizarra. Los ingleses se acogen a él porque
parece una chimenea de Londres, y por los altos ventanales sale gravemente el humo nostálgico de sus almas
coloniales.
Por dentro, sin embargo, el hotel tiene un aire mixto: el hall es árabe, con emplastos decorativos de
Valencia; y el comedor parece el de una casa de huéspedes de la calle del Barquillo. Los ingleses viven en él
silenciosos. No se les oye nunca los pasos. Todo tiene ese mullido silencio del inglés colonial, gran sustitutivo
de las alfombras.
Desde que Mr. Smith murió en el sillón, el sillón pasó al servicio de los moribundos. Un cómico
español, lleno de rutina y de malos actos dramáticos, lo hubiera llamado el «sillón de la muerte». Los ingleses,
menos final de siglo XIX, lo consideran simplemente shocking. Suelen poner algún número leído del
Manchester Guardian o sacudir en el respaldar la pipa quemada. De resto, lo utilizan los que dan las últimas
toses de despedida.
El sillón lleva diez años de existencia macabra. Corre el secreto, entre los indígenas criados del hotel,
que en el sillón está sentada la tisis inglesa, en traje de baile, media desnuda.
Miss Florence Bland llegó al hotel del sillón, cuando hacía muchos años que nadie ocupaba el fúnebre
artefacto. Y llegó con una tristeza significativa en los ojos y un turbio cansancio en el pecho. Miss Bland tenía
los dedos largos, angustiosamente largos, de alcanzar las letras del teclado de la máquina. Era una muchacha
solitaria, melancólica, esa clásica inglesa perdida por los rincones del mundo, que sólo guarda la amistad de
una prima hermana y que trabaja en la vida como acariciando de pena el propio trabajo duro. El trabajo lo veía
tristemente, parecía como que le daba dolor porque era rudo, pero no por ella sino por el pobrecito trabajo
condenado a no ser gracioso y leve. Pasaba miss Bland por el trabajo como sus manos sobre el lomo de un
perro de faldas enfermo.
Miss Florence tenía su máquina, su sueldo y su soledad extranjera. Además, lejos, una hermana con
sus muchos hijos sanos y lindos. La inglesa cruzaba la carretera, la playa, con la pequeña tristeza de Inglaterra
en el pecho. Era la tristeza fría, neblinosa. El sol caía sobre su corazón, pero su corazón no lograba arder. El
recuerdo británico era siempre de niebla densa, húmedo y con ese polvillo helado de las grandes chimeneas
ardientes que arrojan el polvo a la niebla de las calles crudas. Toda la memoria de miss Bland se hundía en
unos sollozos llenos de nieve, unos sollozos que corrían detrás de su tos, como empujándola más lejos, como
arrojándola a un fondo negro, para que no pudiera retornar.
Miss Bland llegó al hotel y, claro, empezó a sentarse en el sillón de mal gusto. La hermana no la
quería a su lado. ¡Los niños sanos! ¡Ah, no podían malograrse los niños! La tierra atlántica era un sanatorio
natural. Las toses tenían miedo al sol árabe. El sol, violento e iracundo policeman, no toleraba que nadie le
tosiera. Miss Florence sabía, empero, que la muerte la espiaba.
Nosotros solíamos ver la muerte en la hora del té, cuando Mr. Johnson nos invitaba los sábados. Miss
Florence, en el sillón terriblemente cómodo, de una comodidad eterna, lloraba silenciosa. ¡Tan suave como es
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ARCHIPIÉLAGO DE LAS LETRAS
ALONSO QUESADA, POR YOLANDA ARENCIBIA SANTANA
la vida de una miss...! La muerte montaba una pierna sobre la otra y nos enseñaba una pantorrilla delgada,
conocida de un Hyde Park de ultratumba. Mr. Johnson viendo a la miss nos decía:
—Está muy mal la señorita Bland. Tiene una gran tristeza por morirse. Ella lo sabe. La hermana la
mandó a la isla porque tiene muchos hijos jóvenes. A mí no me parece natural esta decisión de la hermana.
Miss Bland llora por eso. Tiene poco carácter.
Los días pasaban sobre el sillón del hall y la inglesita iba haciendo una bufanda de estambre con los
días. Se abrigó al fin con los días y entonces la tos se fue haciendo más honda, más lejana, como si se retirara
cortésmente por el foro del pecho. Pero era un mutis sombrío, trágico. A veces, como un personaje de Lope,
hacía que se iba y volvía después.
La tos le menguaba, pero para tirar por ella desde dentro. El rumor del pecho dolorido parecía el de
una máquina Hamond —la más silenciosa de las máquinas— dentro de una oficina cerrada. Tenía ese apagado
sonido de las maquinillas, que se oye al pasar deprisa, un sábado a la tarde, por las oficinas inglesas. Un rumor
rezagado de inglés que escribe deprisa, con el sombrero puesto y los bártulos del golf apoyados sobre la mesa
de la máquina...
Las lágrimas de miss Bland rodaban por sus mejillas con un silencio de sueño. Hundíase poco a poco
en el sillón de Mr. Smith y no lograba oír en el silencio de su amargura sino un Good morning cortante e
irónico.
Por las noches subía la escalera de su cuarto con una suavidad de espectro y a la mañana siguiente
volvía a llorar en el sillón de su marcha.
Una tarde me miró largamente y sus ojos se secaron de pronto. ¿Qué había visto? ¿Acaso la vida? Yo
soy un hombre flaco, retorcido y feo. A veces, cuando la nacionalidad se me afianza demasiado, húndenseme
los ojos y casi desaparecen entre los pliegues de mi americana. Esta tarde, yo tenía una persistencia
conservadora en el alma y, aunque había aceptado el té de Mr. Johnson, mi corazón no andaba agradable.
Miss Bland me miró con los ojos secos como para retener la imagen de mi figura... Después, no lloró en toda
la tarde. Me vio subir con asombro infinito de dos en dos las escaleras, con una agilidad de deportista; y me
vio fumar, más asombrada aún, cigarrillo tras cigarrillo. Y luego se palpó los brazos. Hizo ademán de
levantarse entonces con una improvisada alegría pero no pudo... Volvió a mirarme...
Mr. Johnson le dijo:
—No se levante usted. Si le molesta a usted el humo...
Pero miss Bland sonrió tranquila, volvió a mirarme esperanzada y acarició el sillón de Mr. Smith...
Un momento de silencio. Y la vimos evadirse por el sillón, como una hormiga entre los pliegues del
tapiz mortuorio. Oímos un leve crujido de huesos, como si una mano ruda hubiese apuñado de pronto unas
cuantas espátulas de marfil...
Se llevó, afortunadamente, su mirada...
EL BREVE CUENTO DE UNA NOVELA
Mistress Harries usa unos pequeños lentes gordos y un sombrero panamá, decorado con una ancha
cinta de seda verde. Vive junto a la playa. Tuvo un hijo en la guerra. Es una de esas tantas novelistas inglesas
que nadie conoce y que todo el mundo lee, traducidas a otros idiomas. Mistress Harries ha seguido, con un
mapa y las cartas de su hijo, el proceso sentimental de la guerra y ha escrito una novela, contando cómo le ha
ido en las trincheras.
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ALONSO QUESADA, POR YOLANDA ARENCIBIA SANTANA
El lugar desde donde ve el mundo objetivo mistress Harries, es un lugar pacífico, sereno: mar azul,
terso y sonoro... Montañas africanas y cielo español, con estrellas latinas por las noches. Y una luna redonda y
burguesa cada mes. Sin embargo, mistress Harries ha estado en las trincheras. Y como es algo teósofa, aunque
no haya estado en las trincheras de un modo real, lo ha estado en alma y ha inventado una historia romántica
de un inglés que es poeta y comerciante, que lo matan mientras escribe un soneto: «Es un asunto muy bonito
—nos dice—, le gustará a usted. A usted debe gustarle mucho».
«Mire usted, escuche usted. Mister Hodgson tiene una novia, una muchacha muy bonita, una girl muy
inglesa que le dice: —Mister Hodgson, hay guerra. ¿Usted no se ha enterado que hay guerra? Le veo a usted
distraído. Es preciso que vaya usted a defenderme la libertad del hijo que puede usted hacerme, si le place. A
mí no me gustan los ingleses que no sean valientes. ¿No es usted valiente mister Hodgson?». Y la girl lo mira
fijamente, pero el poeta- comerciante se sonríe. «¿No dice usted nada Mr. Hodgson? Veo que no está usted
dispuesto a ofrecer su vida. Hace un año que debía usted estar en las trincheras. Han pasado doce meses y
usted no se da por enterado. Usted no tendrá ni fuerzas para abrazarme, Mr. Hodgson. Esos abrazos que usted
me ha dado en el Serpentine de Hyde Park han sido simulacros, las fuerzas no han sido de usted. Estoy muy
disgustada con tener un novio cobarde». Y la girl da pataditas en el suelo y mira furiosa a su novio. Pero el
inglés continúa sonriéndose.
«—Mister Hodgson, la sonrisa suya es muy inglesa. Yo comprendo que usted se ría con flema
británica, y en tiempo de paz esa sonrisa puede ser definitiva, para un extranjero colérico, sobre todo. Pero
ahora, ahora, mister Hodgson, ahora me está usted irritando... ¿Se ríe usted todavía? ¿Por qué se ríe, muriendo
tanta gente en las trincheras, mister Hodgson, mientras usted se está quieto? ¡Dígame usted por qué! Necesito
que me lo diga...»
Y entonces el poeta-comerciante cogió las manos de su novia, y de un modo tierno, sentimental, le
dice: —«Oh, miss Amy, qué contento estoy con que usted sea así. Yo tenía mucho miedo de que usted no lo
fuera. No quería llevarme un desengaño. Hace tres días que tengo la orden de incorporarme en el bolsillo. Yo
me marcharé mañana. No había querido decirla a usted nada hasta que usted me lo dijera a mí. Estaba
esperando ver si era usted digna de ser inglesa...».
Y miss Amy se echa a llorar y le da un beso en los labios a su novio, un beso muy grande, muy
grande...
Mistress Harries vuelve a llorar, y así acaba la introducción y empieza la novela de la guerra.
La novela de mistress Harries es el poema de las novelistas inglesas. Todas las novelistas inglesas se
pondrán, al leerlo, unos lentes de lágrimas. Mistress Harries nos mira al través de los suyos y como nuestra
alma está pacífica y dulce ante todas las amenazas dice:
—Pero el capítulo que le he leído a usted no es nada comparado con el prólogo; el prólogo es lo
original. ¿Quiere usted oír el prólogo?
La tarde es de ámbar. Le falta un lago azul a este limpio horizonte de la ventana de mistress Harries.
Canta un pájaro. El lamento del mar es sutil. Una estrella, que no se suele ver en Inglaterra, asoma en la
bóveda celeste y brilla como el caro diamante de una joyería. Mistress Harries comienza, lentamente, con voz
tenue, voz de hall confortable y tibio...
Y mistress Harries se pone un poco triste cuando piensa en su novela. Y nos relata amorosamente un
capítulo triste. Y nosotros nos ponemos tristes, porque su capítulo, aunque es cursi, nos parece bello. ¿Por qué
nos parecen bellas, a veces, las cosas más cursis de la vida? ¿Por qué hallamos excelente, este lunes gris, la
“Donna e móvile” de Rigoletto y el “Spirto gentile”, de La Favorita?
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ARCHIPIÉLAGO DE LAS LETRAS
ALONSO QUESADA, POR YOLANDA ARENCIBIA SANTANA
Mistress Harries cree como nosotros que su capítulo es muy sentimental.
—¿Ha leído usted a Dickens, mister Quesada? ¿No es lo mismo que Dickens cuando habla de amor?
Dickens es un sentimental. Los españoles creen que Dickens era sólo gracioso. A mí siempre me hacían llorar
las obras de Dickens.
La novela de mistress Harries tendrá un éxito muy grande. Ninguna novela suya lo ha tenido, pero
están traducidas a todos los idiomas. Ella no se ha enterado.
¿Cómo es posible que se traduzcan estos libros —pudiera pensar mistress Harries- si la edición no
sale de mi casa?
Y es que las novelas de las escritoras inglesas están ya traducidas de antemano. Cuando una novelista
se dispone a escribir su novela, ya esta novela está traducida. Y hay una, dos, tres casas españolas que hacen
un gran negocio en América con estas traducciones. Son novelas que se venden mucho, pero que no producen
inmortalidad.
Todas las novelistas inglesas no son más que una prolongada y eterna novelista que escribe la misma
novela y que sólo leen, de plato a plato, tristes y emocionadas, estas lindas inglesitas que en los hoteles
coloniales viven con un papá rojo, que es gerente de un Banco o militar de la India, retirado...
[La Publicidad, 7 septiembre 1919]
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