Jacques Maritain
(París, 1882 - Toulouse, 1973) Filósofo francés, uno de los más destacados defensores del
neotomismo, a partir del cual se propuso edificar una metafísica cristiana a la que denominó
"filosofía de la inteligencia y del existir".
Introducción
1Nos adentramos en el ámbito antropológico para intentar responder –al menos en lo
fundamental–, a ese misterio que sigue siendo el hombre. Analizaremos para ello la unidad
esencial del concepto de persona, así como sus constituyentes formales: individualidad y
espiritualidad, que desembocarán en una proposición de dignificación de lo humano en cuanto
tal. Aspectos que son irreductibles a la mera constatación física de las características del
hombre o sólo a sus aspectos psicológicos (por importantes que estos sean), y que requiere,
por tanto, un develamiento mayor en la línea de explicar la estructura fundamental del ser
humano.
2Definido el ser humano como persona, nos basaremos en ello para afirmar el fundamento
propio de la sociedad que es la misma persona humana y su necesidad de expansividad y
perfeccionamiento con los otros. Este segundo aspecto se proyectará y se refundirá en el
horizonte tan notoriamente contemporáneo que es la conquista de la libertad. La persona es
fuente de libertad, fundamento de lo social y sentido de la historia; creemos que el
pensamiento de Jacques Maritain es una notable contribución intelectual y reflexiva de esta
verdad que lenta, fatigosa y dolorosamente intenta imponerse en la realidad histórica humana.
La noción de individuo
3Siguiendo el curso del pensar maritainiano, nos encontramos con el fundamento ontológico
aplicado al ser humano; es decir, cómo se constituye desde el punto de vista del ser y cuáles
son sus estructuras fundamentales. Realidad compleja que abordamos preguntándonos en
primer lugar. ¿Qué es propiamente el individuo?, ¿qué constituye su peculiaridad? “La
individualidad se opone al estado de universalidad en el que las cosas están en el espíritu, y
designa el estado concreto de unidad o de indivisión necesaria para existir, merced al cual toda
la naturaleza existente o capaz de existir se pone en la existencia como distinta de los demás
seres” (Maritain 1968: 38).
4La individualidad implica una unidad concreta, indivisa, y que remite a la capacidad de
diferenciarse entre los seres, diferencia que acontece efectivamente en la existencia. Siguiendo
este razonamiento, el hombre, cada hombre, es una unidad en sí mismo y por ello siendo
individuo, posee esa capacidad de diferenciarse y separarse de los demás existentes e incluso
de los iguales a él. Entonces ¿dónde radica la individualidad? “Tanto en el hombre como en los
demás seres corporales, en el átomo, en la molécula, en la planta, en el animal, la
individualidad tiene por raíz ontológica primaria: a la materia” (Maritain 1968: 40). La raíz que
constata Maritain es, como el mismo precisa, “primaria”; es decir, no es la única, pues en el
caso del ser humano, la otra y necesaria raíz ontológica, que explica la individualidad humana
es la espiritualidad, el que el hombre sea espíritu.
5Confirma esta realidad la siguiente cita, la que aclara el tema de la individualidad:
“Individualidad, no individuación: la individuación por la materia es una condición
exclusivamente propia de las cosas corporales” (Maritain 1965: 367-368). Nuestra
individualidad es debida a la materia y al espíritu, nuestra individuación sólo a la materia; y por
ello podemos hablar con propiedad de individualidadmaterial en cuanto estamos individuados
–separados y distintos en el plano material–, con respecto a los demás seres materiales. La
individualidad material, y por tanto la corporeidad de los seres materiales incluido el hombre,
al tener por raíz o base ontológica a la materia, poseerá tanto sus cualidades como sus
debilidades. De ello se desprenderá la siguiente y necesaria precisión.
6 Si bien la individualidad material proporciona al ser humano una cierta unidad metafísica, es
una unidad débil, pues merced a las leyes naturales de la materia, que evidentemente se
cumplen en el hombre, ésta tiende a disgregarse, disgregando con ello al mismo ser humano.
Una unidad mayor, más perfecta e integradora, que proviene del espíritu, es capaz de superar
esa debilidad y situarla en el ámbito que le es más propio: el ámbito de la corporalidad, de la
materialidad propia del mundo, podríamos decir, terrenal. Pero no dejamos de reconocer los
problemas que plantea este análisis, si bien con la introducción del tema del espíritu estamos
en camino de salvar la unidad subyacente al hombre como tal.
7En definitiva, la superación de esta dificultad vendrá por el lado del reconocimiento del ser
personal del sujeto humano, aspecto que analizaremos posteriormente; ahora, avanzando en
el estudio de la constitución interna del hombre, nos preguntamos: ¿es el ser humano sólo y
exclusivamente individuo? “Es muy evidente –insistimos para evitar errores y
contrasentidos–,que no se trata de dos cosas separadas. No existe en mí una realidad que se
llama mi individuo y otra que se dice mi persona; sino que es un mismo ser, el cual en un
sentido es individuo y en otro persona” (Maritain 1965: 46).
8Esto nos parece especialmente relevante en la línea de afirmar la unidad del ser humano:
“individualidad y personalidad no son dos realidades distintas, sino dos aspectos de una misma
realidad, el ser humano” (Bustos 1949: 52). Y para mayor abundamiento, anotemos lo que
afirma otro comentarista: “El hombre en su esencial unidad es, por un aspecto de su ser, una
persona, y por otro es un individuo”(Moreno 1987: 101), lo que hay que resaltar es la unidad
subyacente en la realidad metafísica que define al hombre. Pues es unmismo y único ser el que
reúne en sí esas dos características fundamentales; entonces, ¿cuál es el origen de estos dos
aspectos?
9“Todo yo soy individuo en razón de lo que poseo por la naturaleza, y todo entero persona por
lo que me viene del espíritu” (Maritain 1968: 46). El origen es el carácter dual, mas no dualista,
del ser humano; es decir, no separado en dos cosas o realidades. La individualidad radica, en
este primer sentido, en la naturaleza material del hombre: “Mi mismo ‘yo’ es un ‘yo’ corpóreo,
que incluye a la materia, y no es un sujeto espiritual o puramente inmaterial. El cuerpo es una
parte esencial del hombre” (Maritain 1951: 103). Por eso podemos afirmar que se es individuo
porque se existe materialmente, y se es más plenamente individuo, en el caso del ser humano,
porque somos espíritu (individualidad espiritual), el cual completa la diferenciación que implica
la individuación material; es decir, el espíritu termina de individualizar al hombre. Entonces,
somos personas en cuanto somos espíritu ycuerpo, no sólo espíritu. Decíamos que se es
persona en virtud de la espiritualidad, la cual da el sustento último a la unidad material del ser
humano, superando con ello la precariedad que le es sustancial. Y, conformando así, una
unidad real, una unidad material-espiritual.
10Pero, sabemos que esta unidad radical se realiza con la posibilidad siempre permanente de
que se genere tensión interna, e incluso conflicto en relación con los elementos que la
constituyen. De esta constatación metafísica derivamos, históricamente, a distintas visiones
antropológicas que resuelven de forma muy diversa la problemática de la unidad interna del
ser humano. Según Maritain estamos ante una forma equivocada de ver y comprender la
individualidad, en este caso, por parte de la modernidad, lo que nos lleva irremisiblemente al
tema del individualismo. “¿Qué es el individualismo moderno? Una equivocación, la exaltación
de la individualidad disfrazada en personalidad, y el envilecimiento correlativo de la
personalidad verdadera” (Maritain 1938: 32). Esta equivocada visión, que es un sesgo que
permanece hasta nuestros días, impide constatar lo valioso que se juega al interior de la
humanidad y de cada uno de los integrantes de ella. Pues, esta lucha del ser humano consigo
mismo es propia de su naturaleza, y parte clave de la construcción de su propia historia; el
problema está en una inadecuada e incompleta comprensión de la individualidad.
11“Tengamos también en cuenta que la individualidad material no es en modo alguno una
cosa mala en sí. De ninguna manera. Se trata de algo bueno, ya que se trata de la condición
misma de nuestra existencia” (Maritain 1968: 46). Esta clara y explícita referencia a la
materialidad como aspecto constitutivo del ser humano nos parece decisiva, y refrenda una
postura que pretende ser realista y confirma asimismo una visión integral: “El hombre no es un
agregado, una yuxtaposición de dos sustancias; el hombre es un todo natural, un ser uno, una
única sustancia” (Maritain 1951: 103). Más aún, para él es imprescindible reafirmar el aspecto
positivo de la individualidad. “Pero hay otros que comprenden mal la distinción entre el
individuo y la persona; la toman como una separación, creen que en el hombre hay dos seres
separados, el del individuo y el de la persona. Y entonces (según esta especie de educadores de
hombres) ¡muera el individuo y viva la persona! Sólo que al matar al individuo se mata con él a
la persona” (Maritain 1939: 140).
12La unión indisoluble en un mismo ser del individuo y de la persona nos obliga a considerarlo
como lo que es, una realidad compleja y unitaria a la vez. No se puede anular un aspecto del
ser humano para resaltar el otro, no es posible el engrandecer uno de los polos de lo humano
hundiendo el otro, menos cuando ambos son el fundamento constitutivo de la existencia
humana. Pues el hombre conforma una unidad, compuesta, tensa y desequilibrada, y sin
embargo se trata de una auténtica unidad (Giró 1995: A, B). Ni siquiera se puede potenciar la
persona y lo propio de su individualidadespiritual, lo que es correcto, si equivocadamente se
deja fuera el reconocimiento de la individualidad material y, podríamos decir, de sus
“derechos”: diferencialidad física y necesidades propias de lo material. Entonces, ¿por qué esta
especie de recelo intelectivo hacia la individualidad por parte de Maritain?
13“Pero si es buena la individualidad, lo es precisamente en orden a la personalidad; el mal
está en dar, en nuestros actos, la primacía a ese aspecto de nuestro ser” (Maritain 1968: 46).
Intentando responder a la pregunta anteriormente señalada debemos afirmar que dicho recelo
intelectual no existe, y la preocupación versa sobre la orientación vital de la individualidad.No
es en la interioridad metafísica de la persona humana donde radica la tensión más grave, pues
ya sabemos que no puede afectar su constitución ontológica; aunque sí, debemos reconocer,
no deja de afectarle en una importante medida en el campo psicológico.
14Pues bien, es fundamentalmente en la acción, externa o interna, donde se resuelve el dilema
del individuo y del individualismo. Es en los actos que realiza el hombre donde podemos
constatar la dirección de su accionar: o bien resaltando al individuo, en el preciso sentido de un
individualismo egocéntrico, aspecto que critica Maritain, o bien en la persona, en el no menos
preciso sentido de integrar la individualidad en la personalidad, enriqueciendo con ello la
propia espiritualidad humana. Es en la acción, en la praxis, donde se juega finalmente la
orientación de la vida humana. Con ello ya podemos vislumbrar la capital importancia que
adquirirán estos elementos antropológicos en el campo político, en el sentido de oponer las
visiones individualistas y todo lo que ellas implican, a la concepción personalista con su defensa
integral del ser humano y de una vida social más humana. Sin embargo, debemos insistir, ¿cuál
es la dirección en que se puede encaminar el ser humano al resaltar inadecuadamente su
individualidad? “Si el desenvolvimiento del ser humano se realiza en el sentido de la
individualidad material, caminará en la dirección del yo odioso, cuya ley es tomar, absorber en
provecho propio y egoísta; y por lo mismo la personalidad como tal tenderá a alterarse y
disolverse” (Maritain 1968: 47).
15Respondemos que la dirección en que se encaminará será la del “yo odioso”, es decir,
transitará por los aspectos más egoístas del ser humano. Si esta orientación individualista se
hace central en la vida humana llevará aparejada, necesariamente, la exaltación de lo propio, la
exclusividad de lo mío, y con ello se resentirá peligrosamente la misma personalidad en sus
aspectos psicológicos. Y, si bien en lo metafísico dicha situación no puede modificar la
condición existencial ni la realidad esencial de la naturaleza humana, puede suscitar
significativos condicionamientos a una teoría de la persona, o del ser humano en general. Es el
tema del yo como único referente para sí mismo: “Si me abandono a la perspectiva de la
subjetividad, absorbo todo en mí mismo; y sacrificando a mi único, vengo a caer en lo absoluto
del orgullo y del egoísmo” (Maritain 1982: 98). Se trata de una subjetividad cerrada sobre sí
misma y de espaldas a las demás subjetividades; es decir, a los otros, y que impide
reconocerlos como tales otros y valorarlos en su propia y única subjetividad.
16Este subjetivismo terminará por perderse a sí mismo, y con ello genera condiciones que
hacen imposible una vida social auténtica, negando a su vez la posibilidad de construir
proyectos políticos verdaderamente humanos. “Si me abandono”, pero si realizo lo contrario, si
mi yo se abre a los otros, entonces otra muy distinta es la perspectiva. “Si por el contrario, ese
desenvolvimiento toma el sentido de la personalidad espiritual, se encauzará el hombre por la
senda del yo generoso” (Maritain 1968: 47-48). Es el desafío de la generosidad y no la
anulación de la mismidad del yo, no es la negación de lo propio que constituye cada ser
humano; es más bien su adecuada dirección hacia la personalidad y hacia una integración
adecuada, y no la exclusión de la individualidad que necesita cumplir su papel, tanto en lo
material como en lo espiritual.
17Este es el paso del yo individualista al yo generoso y alterno (en el sentido de los otros),
posibilitando la construcción de lo social y aportando los fundamentos de la vida política
entendida en el sentido maritainiano. Todo ello comenzará a realizarse con la aceptación, tanto
individual como social, de la importancia del fundamento espiritual de la vida humana; en
otras palabras, es la persona en su adecuada conceptualización quien expresa de mejor modo
lo que es propiamente humano.
El concepto de persona
18Si bien ya adelantábamos en el punto anterior los fundamentos de la persona, que el filósofo
considera necesarios dada la concepción unitaria del ser humano, ahora la precisaremos aún
más. La clave para comprender a cabalidad la propuesta maritainiana radica en el fundamento
de su pensar político; dicho de otro modo: “toda la filosofía política de Maritain descansa en su
antropología, o, más precisamente, en su metafísica de la persona” (Moreno 1987: 17). Esta
última afirmación requiere ser explicitada profundizando en el aspecto integrador y
potenciador de lo auténticamente humano. Dicha autenticidad radica, a su vez, en el
reconocimiento del carácter espiritual del hombre, que es aquella capacidad que posee lo
humano para ir haciéndose a sí mismo.“La noción de personalidad no radica en la materia a la
manera de la noción de la individualidad de las cosas corporales, sino que se basa en las más
profundas y más excelsas dimensiones del ser; la personalidad tiene por raíz al espíritu”
(Maritain 1968: 44). La personalidad es manifestación de la raíz espiritual del hombre. Es lo que
hace persona al sujeto humano y no sólo individuo material, pues en ella residen tanto la
individualidad material como la personalidad espiritual, constituyendo, de esta modo, un
mismo y único ser.
19Para Maritain, ya lo mencionábamos, el ser humano constituye una realidad compleja; y al
utilizar el término compuesto confirma esta afirmación. Sin embargo, se trata de descubrir la
unidad subyacente a dicho compuesto y esta unidad es la personalidad, que es otra forma de
nombrar a la capacidad de existir del espíritu humano. Si bien existe unidad; por otro lado, no
deja de haber individualidad material y en ese preciso sentido el concepto de parte es
indisoluble de lo material, y de la individuación que comporta en el hombre, tanto como en el
resto de los seres corporales.“Para Santo Tomás la ratio o valor inteligible del todo, de la
totalidad, va indisolublemente unido a la de persona. Es ésta una tesis fundamental del
tomismo. La persona es como tal un todo. El concepto de parte es opuesto al de persona”
(Maritain 1968: 62).
20El pensamiento tomista justamente no niega el carácter de parte del ser humano, en el
exacto sentido que hemos analizado y, al mismo tiempo, afirma la concepción de totalidad
inserta en la noción de persona. Maritain devela este valor inteligible que constituye el ser un
todo, el cual, precisamente, sólo puede ser entendido, captado y asimilado desde una realidad
que comporte racionalidad: el hombre es un ser racional, el hombre, asimismo, es persona y,
por ello, es un todo. Dicho de otro modo: “el hombre por ser persona está dotado de materia y
espíritu; por la materia tiene una individualidad y por el espíritu posee una personalidad, pero
sin embargo es una unidad” (Caiceo 1994: 73). ¿Por qué esta insistencia en el aspecto
espiritual? No porque pudiésemos adherir a una postura de corte espiritualista, sino porque
“Maritain concibe al hombre como una sustancia corporal inteligente, es decir, como una
persona, como un universo de naturaleza espiritual” (Moreno 1987: 17), y es precisamente al
interior de ese universo donde se juega, en gran medida, aunque no absolutamente, la
evolución de la historia.
21La capacidad de tener conciencia de sí es uno de los rasgos más propios del hombre, y de
ello no sólo es testigo la historia, sino que además su propio avance depende de los progresos
de esa conciencia humana. Si bien no es posible reducir la realidad humana y sus avatares
históricos a la conciencia, sin ella se hace impensable el mundo propiamente humano, y su
explicación –nuevamente– la debemos verificar en la constitución ontológica del hombre.
22“La persona es una sustancia que tiene por forma sustancial un alma espiritual, y que vive
una vida no sólo biológica e instintiva, sino intelectual y voluntaria” (Maritain 1982: 104). Esta
constitución vertebradora de lo humano integra tanto lo vital-biológico como lo intelectual-
volitivo, siendo este último aspecto el que, emergiendo del anterior, da sentido al existir del
hombre. Le posibilita una vida realmente propia; y aunque condicionada por sus raíces
instintivas no es determinada absolutamente en su libertad, abierta tanto al conocimiento
como al desarrollo de la voluntad. Es posible emanciparse, relativamente, de aquellas
condicionantes biológicas, porque el fondo de lo propiamente humano es su ser personal,
“dotado de razón y de voluntad, que es, por lo mismo, un centro inagotable de conocimiento,
de amor y de libertad” (Moreno 1987: 17).
23Sin menoscabar la riqueza espiritual a la cual hemos hecho mención, una lucha –en
ocasiones, dramática– se hace presente: “El hombre no será verdaderamente una persona sino
en la medida en que la vida del espíritu y de la libertad triunfen en él sobre la de los sentidos y
de las pasiones” (Maritain 1968: 48). Esta afirmación hace imprescindible realizar las
precisiones pertinentes. No se trata de negar la vida de los sentidos ni anular el mundo
pasional, que son también parte del hombre, tampoco se trata de un reduccionismo
espiritualista del que ya hemos dado cuenta anteriormente; se trata, insistimos, de conquistar
la libertad subordinando los sentidos y las pasiones a la auténtica vida del espíritu.
24El realismo maritainiano, por otro lado, no excluye la importancia de la vida sensitiva, pero
intenta darle su lugar en la ordenación hacia una auténtica vida humana. Si antes era la lucha,
ahora nos enfrentamos a la violencia, pues la vida humana no puede dejar de sufrir los
desgarros propios de su naturaleza. “En su misma raíz de independencia, pero hundida en las
violencias resultantes de la naturaleza material en el hombre y fuera del hombre, la persona
tiende a sobrepasar esa violencia y a ganar su libertad de desarrollo” (Maritain 1986: 61). Esta
es una cita capital para entender los propósitos que animan a Maritain en su análisis de la
condición humana; no es sólo por los aspectos antropológicos involucrados –importantes ya
por sí mismos– sino también por las consecuencias que de ello se derivarán en la vida política y
social del hombre.
25Si lo analizamos con detención, aparece con claridad el reconocimiento de la violencia y su
capacidad disgregadora, tanto en el interior del ser humano como en lo que él principalmente
construye: la sociedad y la cultura. Sólo con ese reconocimiento es posible tender hacia la
libertad y conquistarla para la persona, de allí obtendremos una real independencia, bien que
limitada, no menos auténtica.
26Enfrentar la violencia, o al menos mitigar sus dolorosos efectos, es una tarea dificilísima;
pero creemos, a pesar de todo, que es posible intentarla. “El yo, por ser no sólo un individuo
material, sino además una persona espiritual, se posee a sí mismo y se tiene a sí mismo en la
mano, en tanto que es espiritual y libre” (Maritain 1982: 107).Si el hombre es capaz de
poseerse a sí mismo, que es lo que sostiene ¿por qué no va a ser capaz de hacerse cargo de sus
propias limitaciones? ¿por qué no le va a ser posible usar de su libertad para superar la
violencia que está en él y la que lo circunda? No esperamos que ello ocurra de forma completa
y pronto, ni menos “automáticamente”, ni tan siquiera se realice en la historia cercana, pero sí
que es posible avanzar hacia su consecución progresiva aunque su plenitud no la alcancemos
nunca.
27Si dependemos de la materia también contamos con el espíritu para autoposeernos, pues
“allí donde la materia localiza, sitúa, el espíritu traspasa las fronteras, es principio de
superación, de trascendencia” (Moreno 1987: 101). Esta trascendencia, retomando la noción
de personalidad, no sólo es superación de la materialidad en términos externos, es también
superación de nuestras propias trabas en términos internos. La personalidad es un referirse a
sí: “de modo que la personalidad significa interioridad propia, en sí misma” (Maritain 1968:
44). La interioridad recién mencionada, que es uno de los aspectos que caracteriza a nuestra
persona, nos diferencia radicalmente de los demás seres y posibilita la distinción relativa que
existe entre los seres humanos: diferentes efectivamente pero compartiendo una misma
naturaleza. Esta interioridad es la propiedad de referirse a sí, de decirse y de conocerse a sí
mismo. Pero frente a una afirmación de este tipo, ¿no nos da la impresión de asistir a una
especie de autocomplacencia y de autosuficiencia de la subjetividad humana?
28“Por el mero hecho de ser yo una persona y de comunicarme a mí mismo, exijo
comunicarme con el otro, y con los otros, en el orden del conocimiento y del amor” (Maritain
1968: 44). El ser personal no se agota en su propia mismidad, exige salir de sí para ir al
encuentro del otro, para encontrarse con otras personas y comunicar no sólo lo que piensa,
sino también lo que siente y experimenta. En una palabra: para posibilitar el encuentro efectivo
de dos realidades, si bien separadas y distintas, al mismo tiempo cercanas y similares. El
fundamento de la auténtica sociabilidad humana lo encontramos aquí y de esta manera
hacemos también posible la organización de la vida en común: el mundo de la política hace su
aparición con toda su fuerza y toda su importancia. Y esto no es solamente una posibilidad
existencial del ser personal, constituye también una auténtica necesidad.
29“La necesidad más absoluta de la persona es comunicar con el otro mediante la unión de
inteligencia, y con los otros mediante la unión afectiva” (Maritain 1982: 106). Es una necesidad
de comunicarse a través del conocimiento en todas sus múltiples variables, así como también
completar y enriquecer esa comunicación con la expresión de la afectividad. La unidad del
género humano no es sólo una tarea de la inteligencia, es una labor de todas nuestras
potencias afectivas, un proyecto de la voluntad encarnado en un amor efectivo y eficaz. Es en
la sociedad y en el mundo de lo político donde debería operar –a pesar de las evidentes y
profundas dificultades–, la comunicación inteligente y la unidad de los afectos.
30No entraremos ahora en los apremiantes dilemas y agudos conflictos que –a pesar de lo
afirmado con respecto al carácter comunicativo de la persona humana–, constatamos en la
historia del género humano y su devenir actual. Queremos solamente resaltar el núcleo de
bondad que reside en la naturaleza humana y que no por ello anula sus aspectos más trágicos y
oscuros. Sin embargo, y por ello mismo, reiteramos nuestra insistencia en destacar este
aspecto de positividad radicado en el corazón de lo humano. “La persona como tal es un todo,
un todo abierto y generoso” (Maritain 1968: 66). Sin apertura y sin generosidad no hay historia
humana, ni siquiera simple devenir temporal. Esta comunicación generosa es la condición de
posibilidad para el encuentro personal y el desenvolvimiento de la historicidad, y lo es porque
la persona humana constituye un todo, no mera parte o agregado de un todo mayor, sea éste
natural o cultural.
31Cada persona individualmente considerada es un todo abierto a la comunicación y un todo
que, al menos potencialmente, puede darse con generosidad a los otros, creando así lo
auténticamente social. Y, de este modo, completamos esta caracterización de los rasgos
fundamentales de la persona; analizándolos no sólo en función de lo propiamente
antropológico, además de sus bases ontológicas, sino también vislumbrando algunos
elementos del papel esencial que jugará en el campo de lo político. En el siguiente acápite nos
abocaremos a desentrañar en qué consiste la noción de dignidad y su significación tanto
humana, en sentido general, como socio-político en un sentido más específico.
Dignidad de la persona humana
32Al explicar la constitución ontológica de la persona se hace necesario presentar sus
peculiares características y lo que de ello se deriva; ahora, es necesario verificar el fundamento
de su importancia: ¿Qué hace a la persona ser merecedora de un trato especial? ¿En qué
afecta a la vida política el reconocimiento, o su ausencia, a la dignidad humana?
33Para relacionar la síntesis precedente con el tema al cual estamos abocados, examinemos
esta primera cita: “Tales son, a nuestro entender, estos dos aspectos metafísicos del ser
humano: individualidad y personalidad, con sus fisonomías ontológicas propias” (Maritain
1968: 46). El análisis de esos aspectos ya lo hemos realizado, queremos resaltar ahora el
lenguaje metafísico que utiliza Maritain, el cual acude a un fundamento ontológico en su
concepción del ser humano para sustentar su visión, la cual deriva de su maestro, Santo Tomás:
“La persona es lo más noble y lo más perfecto en toda la naturaleza” (Maritain 1968: 46). No
olv-Idemos que esta afirmación deriva, a su vez, de la noción de persona aplicada a la
Divinidad, por tanto su importancia metafísica es notable y Maritain no duda en hacerla propia
para justificar la dignidad de la persona humana.
34Esclarezcamos ahora el significado y sentido que posee lo afirmado sobre la persona. “Sólo
la persona es libre; ella sola posee, en el pleno sentido de estas palabras, una interioridad y
una subjetividad, porque ella se contiene y se recorre a sí misma” (Maritain 1982: 88-89). Este
autoconocimiento posibilita a la persona un reducto absolutamente propio y que ya
afirmáramos más arriba: la interioridad, su propia interioridad; frente a sí misma la persona se
descubre, se conoce y se tiene a sí misma. Este tenerse (o autoposeerse) es fundamental para
la construcción de auténticas redes de relación social. A partir de aquí cada persona podrá ser
un centro de relación, y no un mero punto en el entramado de la sociedad. Maritain lo expone
con estas palabras: “Para distinguir y separar desde el principio una filosofía social que se
edifica sobre la dignidad de la persona humana de cualquier otra filosofía social fundada en la
primacía del individuo o del bien privado, es la razón por la que ese personalismo insiste tanto
en la distinción metafísica entre individualidad y personalidad” (Maritain 1968: 11-12).
35Como recién sosteníamos, el fundamento metafísico de la persona humana no sólo
comporta un principio antropológico, que es la base para cualquier afirmación posterior, sino
también supone una postura filosófico-política que justifique dicho principio y que lo haga real
en la existencia. La distinción entre individualidad y personalidad adquiere pleno sentido en la
dirección de reafirmar el valor de la persona humana, su irreductibilidad a ser sólo individuo y,
por otro lado, al ser justamente persona, reclamar para sí un bien social acorde a su verdadera
condición. ¿Y cuál es ésta? “Si la persona exige por sí misma “formar parte” o “ser miembro” de
la sociedad, esto no significa que exija estar en la sociedad como una parte, sino que exige, por
el contrario –y esto es una necesidad de la persona como tal–, ser tratada en la sociedad como
un todo” (Maritain 1968: 64).
36La condición personal es la condición de un todo, si bien gracias a la individualidad es parte
de la sociedad. Este todo exige ser tratado como tal, es decir, la dignidad de la persona humana
es nada menos que el fin de la sociedad, y sólo en el reconocimiento y búsqueda de dicho fin
adquiere sentido y valor la construcción de una sociedad. Maritain insistirá en ello: “La
personalidad humana es un gran misterio metafísico. Sabemos que el aspecto esencial de una
civilización, digna de tal nombre, es el sentido del respeto hacia la dignidad del ser humano;
también sabemos que para defender estos derechos, como para defender la libertad, conviene
estar pronto a dar la vida. ¿Cuál es pues, el valor que encierra la personalidad del hombre para
merecer estos sacrificios?” (Maritain 1969: 12).
37Antes de responder a la pregunta formulada por el autor, centrémonos en las exigencias aquí
señaladas, que no son precisamente menores. Si se plantea, incluso, el entregar la vida –valor
absoluto para el propio hombre–, para conquistar el respeto a la dignidad del ser humano, esto
quiere decir que los derechos humanos y la libertad son sustanciales a la civilización, es decir, a
la cultura y a la vida del espíritu (lo que hemos visto en puntos anteriores). No hay auténtica
vida humana –la vida de la cultura en su conjunto– sin el respeto por la condición propia del
hombre, por su dignidad irrenunciable. Intentemos ahora dar respuesta a la pregunta por el
valor de la persona humana, sin desconocer el fondo de dificultad metafísica que ello encierra.
“La tradición metafísica occidental define a la persona por la independencia, como una
realidad que, subsistiendo espiritualmente, constituye un universo aparte y un todo
independiente (con independencia relativa) en el gran todo del universo, y cara a cara del Todo
Trascendente que es Dios” (Maritain 1968: 43).
38El valor de la persona humana radica, ya lo afirmábamos, en su condición de todo, pero
también en que el ser un todo significa una cierta independencia enfrente del universo físico.
¿Y ello por su realidad material?; ciertamente que no. El ser un universo en sí mismo radica en
su espiritualidad, en aquello que es irreducible a la materia si bien necesita operar siempre con
ella, pero que en definitiva se ubica en una situación excepcional en la totalidad del universo y
frente a la Divinidad.
39En suma podemos afirmar que la dignidad del ser humano radica en que la persona es
independiente en su existir y, por tanto, sólo depende de sí misma en el orden de la acción.
Destaquemos que no se afirma una independencia ontológica, ciertamente contradictoria con
una visión cristiana, pero se sostiene claramente la independencia en el existir propio del
hombre, la independencia en el campo de la acción humana.
Persona, sociedad y libertad
40El fundamento, por tanto, de la sociedad en su conjunto es la persona humana y su
proyección en la existencia es la acción y la acción más significativa será la de carácter político.
Es una relación directa entre persona y sociedad, pues “la noción de personalidad implica, así,
las de totalidad e independencia, que constituyen su dignidad y sus derechos” (Naudón 1948:
72-73). La relevancia de la dignidad de la persona la hace ser el fin de la sociedad, y como fin
da sentido a toda lucha de dignificación de ella misma y de su construcción más preciada, la
misma sociedad a la que, sin embargo, no puede dejar de pertenecer como miembro.
41Esta idea de pertenencia por un lado, y de creación y libertad por otro, no supone una
contradicción, sino que se funda en la constitución misma de lo humano: “siendo el espíritu la
raíz de la personalidad, la corporeidad individual le da a esa misma personalidad características
peculiares; o que, el todo ontológico que es la persona, no impide su ser moral y socialmente
parte, ni su participación social y política; o que, por último su dignidad de fin, lejos de impedir
la relacionalidad social, la funda, y le da su verdadero sentido” (Moreno 1987: 99). La dignidad
humana es fundamento de las relaciones sociales que revierten sobre el mismo hombre, para
posibilitarle –a su vez– el cumplimiento de dicha dignidad. De esta tensión da cuenta la
siguiente afirmación de Maritain: “El hombre es persona y obra dándose a sí mismo sus
propios fines, un universo en sí mismo, un microcosmos que, en su existencia precaria y
amenazada en el seno del universo material, posee no obstante más alta densidad ontológica
que todo ese universo” (Maritain 1982: 88). Se mencionan aquí, nuevamente los dos polos de
la constitución humana: la debilidad material (frente al universo todo) y la densidad espiritual.
El primero lo condiciona en su existir, pero no anula la capacidad anunciada en el segundo
extremo, el de ser una totalidad compleja –un universo en sí– cuyo valor, por ser espiritual, es
mayor incluso que el universo mismo.
42El filósofo francés profundiza estas afirmaciones: “En cuanto somos individuos, cada uno de
nosotros es un fragmento de una especie, una parte de este universo, un puntito de la inmensa
red de fuerzas y de influencias cósmicas, étnicas, históricas, por cuyas leyes está regido; puntito
sometido al determinismo del mundo físico” (Maritain 1968: 41). Hay un pleno reconocimiento
del carácter individual y material del ser humano, su dependencia del mundo físico así como su
sujeción, en cuanto individuo material-espiritual, a los avatares históricos; es el sentido realista
que intenta tener siempre presente. Y, sin embargo: “cada uno de nosotros es al mismo tiempo
una persona; y en cuanto somos una persona, dejamos de estar sometidos a los astros; cada
uno de nosotros subsiste todo entero por la subsistencia misma del alma espiritual, y ésta es
en cada uno un principio de unidad creadora, de independencia y de libertad” (Maritain 1968:
41).
43Somos sujetos de condicionamientos, sin duda, pero a partir de ellos es posible una
emancipación –por relativa y circunscrita que nos parezca–, de los impedimentos fácticos:
cósmicos, biológicos e incluso sociales. El que la persona comporta el necesario
reconocimiento de la independencia y la libertad que la constituyen como tal, además de la
unidad que subyace en sí misma, posibilita hablar de un centro de vitalidad que se autoconoce,
se transforma a sí mismo y modifica el entorno que le rodea. Si en la base de la sociedad
situamos a la persona, al reconocer su dignidad posibilitamos su desarrollo y también su
perfección creciente, fruto de la libertad y de la creación humana. Esta insistencia en la libertad
estará siempre presente en el pensamiento de Maritain: “El acto libre, además de ser el acto
de la persona como tal, es la revelación de la persona a sí misma; y tal vez ese acto personal y
esa revelación sean idéntica cosa” (Maritain 1939: 100). La libertad revela al hombre su
mismidad, su ser persona, y en el acto de revelarse como sujeto libre el hombre revela su
dignidad más profunda. No hay nada más digno de la persona que una vida en libertad: vida y
libertad, en cierto modo, son los absolutos de la existencia humana.
44Nunca será demasiada la insistencia en esta profunda unidad entre persona y libertad: “Una
persona es un centro de libertad, se abre y se desenvuelve en valores psicológicos y morales”
(Maritain 1965: 365). Desde la interioridad propia de lo humano, la libertad se despliega en sus
posibilidades, se manifiesta en el amplio campo de la realidad humana, se expresa en valores
que enriquecen la vida humana, que potencian infinitamente la acción del hombre. Esta
riqueza valórica es signo y constatación de la nobleza de la vida humana, de su irrenunciable
vocación a la perfección, y de la honda dignidad del ser humano. Pero ¿esta dignidad se
sustenta en una libertad inmanente a la historia y al universo, o bien es capaz de
trascenderlos? “Lo más hondo y esencial de la dignidad de la persona humana es el tener con
Dios no solamente un parecido común a las demás criaturas, sino el parecérsele en propiedad,
el ser imagen de Dios, porque Dios es espíritu, y el alma procede de Dios, ya que tiene por
principio de vida un alma espiritual, un espíritu capaz de conocer, de amar y de ser elevado por
la gracia a participar de la misma vida de Dios” (Maritain 1968: 45-46).
45Excluyendo el aspecto teológico, el cual no nos compete, el fundamento último es posible
explicitarlo en clave filosófica, y ésta consiste en la afirmación de la trascendencia, en la
posibilidad de traspasar los límites de la materialidad, o sea, en la afirmación de la condición
espiritual del ser humano; y si ello no es aceptado, al menos el reconocimiento de sus
capacidades esenciales: conocer, amar y ser libre para realizar su vida. La dignidad del hombre
está, lo reafirmamos, en el desarrollo de su ser personal, tanto como individuo e integrante de
una sociedad, así como sujeto poseedor de personalidad y creador de su propia historia. En
otras palabras, la dignidad de la persona humana radica en la conquista de la libertad, tanto
para sí de manera individual, como para el conjunto de la sociedad, de forma comunitaria. Aquí
se funden los dos aspectos de la dignidad humana, y un proyecto auténticamente humanista
no puede dejar de reconocer a ambos. Expresado de otra forma: dignificar la persona es
dignificar sus condiciones vitales, permitiendo que realice una auténtica vida social.
Maritain basa su teoría humanista en la idea del hombre integral. El hombre posee diversas
dimensiones, las cuales reclaman ser atendidas. No existe peor error que aquel afán por
reducir al hombre a una sola de estas dimensiones.