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Macbeth: Ambición y Tragedia

En tres oraciones: Macbeth, una de las obras maestras de Shakespeare, cuenta la historia del ascenso y caída del ambicioso Macbeth, quien asesina al rey para ocupar su trono. Sin embargo, el miedo a perder el poder lo lleva a cometer más crímenes. A medida que aumentan sus actos de violencia para mantenerse en el poder, Macbeth se vuelve cada vez más solo, desconfiado y atormentado por los remordimientos.
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Macbeth: Ambición y Tragedia

En tres oraciones: Macbeth, una de las obras maestras de Shakespeare, cuenta la historia del ascenso y caída del ambicioso Macbeth, quien asesina al rey para ocupar su trono. Sin embargo, el miedo a perder el poder lo lleva a cometer más crímenes. A medida que aumentan sus actos de violencia para mantenerse en el poder, Macbeth se vuelve cada vez más solo, desconfiado y atormentado por los remordimientos.
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Compuesta

entre 1605 y 1606, Macbeth es sin duda una de las cumbres de


la producción de William Shakespeare. Concebida en el ambiente medieval
escocés, la obra logra anclarse perfectamente a la realidad que busca
representar, y de ahí la presencia de brujas, profecías, desenfrenadas
ambiciones, traiciones, asesinatos… en fin, la existencia de un mundo
caótico dominado por una comprensión esotérica de la realidad, en la que las
pasiones, movidas por irrefrenables deseos de poder y riqueza, aprisionan,
empequeñeciendo, a los individuos, creándose las bestiales dictaduras del
medievo.
Asistimos a una tragedia sangrienta que, no obstante, no es un mero juego
escénico sobre el asesinato, sino más bien la representación de la lucha del
protagonista contra sí mismo. El ambicioso Macbeth combate contra sus
brotes de ética, venciendo siempre el lado oscuro humano. Las brujas
refuerzan el carácter tenebroso de toda la trama; Lady Macbeth es el impulso
necesario para hacer caer a su dubitativo marido en el abismo; y todo parece
apuntar a la intención de dejar al espectador con la certeza de que el mal es
un hecho de permanencia inevitable.
En los cinco actos de Macbeth asistimos al nacimiento de un tirano. Ávido de
poder, nuestro héroe mata al rey para ocupar su lugar. Sin embargo, el miedo
por la posibilidad de perder el ansiado trono, le lleva a realizar y ordenar otra
serie de asesinatos con la esperanza de matar así sus propios temores. Sus
actos, sin embargo solo sirven para aumentar su tormento. Se encuentra
solo, lleno de desconfianza y remordimientos. Lo hermoso del poder ansiado
se transforma en una inquietante vigilia que desgasta sus fuerzas y su
mente.

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William Shakespeare

Macbeth
ePUB v1.0
Oxobuco 04.11.12

www.lectulandia.com - Página 3
Título original: The Tragedy of Macbeth
William Shakespeare, 1606.
Traducción: Luis Astrana Marín

Editor original: Oxobuco (v1.0)


ePub base v2.0

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DRAMATIS PERSONAE

DUNCAN, REY de Escocia


MALCOLM, hijo del Rey de Escocia
DONALBAIN, hijo del Rey de Escocia
MACBETH, general del ejército escocés
BANQUO, general del ejército escocés
MACDUFF, noble escocés
LENNOX, noble escocés
ROSS, noble escocés
ANGUS, noble escocés
MENTETH, noble escocés
CATHNESS, noble escocés
FLEANCE, hijo de Banquo
SIWARD, Conde de Northumberland, general de las fuerzas inglesas
EL JOVEN SIWARD, su hijo
HIJO de Macduff
SEYTON, ayudante de Macbeth
LADY MACBETH
LADY MACDUFF
Tres BRUJAS, las Hermanas Fatídicas
HÉCATE
Otras tres brujas
Apariciones
Un CAPITÁN del ejército escocés
Un MÉDICO inglés
Un MÉDICO escocés
Un PORTERO
Un ANCIANO
Una DAMA de compañía de Lady Macbeth
ASESINOS (de Banquo)
ASESINOS (de Lady Macduff e hijos)
Nobles, caballeros, soldados, criados, mensajeros y acompañamiento

La acción, en Escocia, menos el fin del acto cuarto, que tiene lugar en
Inglaterra.

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ACTO PRIMERO

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ESCENA I
Un lugar abierto.

(Truenos y relámpagos. Entran tres Brujas.)

BRUJA PRIMERA.—¿Cuándo volvemos a vernos? ¿Bajo lluvia, rayo y trueno?


BRUJA SEGUNDA.—Cuando acaben brega y bronca y haya derrota y victoria.
BRUJA TERCERA.—Antes de que el sol se ponga.
BRUJA PRIMERA.—¿En qué lugar?
BRUJA SEGUNDA.—En el yermo.
BRUJA TERCERA.—A Macbeth allí veremos.
BRUJA PRIMERA.—¡Voy, Graymalkin[1]!
BRUJA SEGUNDA.—Llama Paddock.
BRUJA TERCERA.—¡En seguida!
TODAS.—Bello es feo y feo es bello. Flota en bruma y aire espeso.
(Salen.)

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ESCENA II
Un campo junto a Forres.

(Fragor de combate. Entran el Rey Duncan, Malcolm, Donalbain, Lennox y


acompañamiento, y se encuentran con un Capitán cubierto de sangre.)

REY.—¿Quién es ese ensangrentado? A juzgar por su aspecto podrá darnos las


últimas noticias de la sublevación.
MALCOLM.—Es el oficial que, como digno e intrépido soldado, me salvó del
cautiverio. —¡Salud, valiente! Cuenta al rey cómo estaba la batalla cuando la dejaste.
CAPITÁN.—Muy dudosa: como dos nadadores extenuados que se agarran e
impiden su destreza. El cruel Macdonald (que bien merece el nombre de rebelde y
para ello acapara sobre sí todo un enjambre de infamias) recibió de las Islas del
Oeste[2] soldadesca irlandesa, y la Fortuna, sonriendo a su ruin causa, parecía la puta
de un rebelde. Mas todo en vano: el bravo Macbeth (pues es digno de tal nombre),
despreciando a la Fortuna y blandiendo un acero que humeaba de muertes
sangrientas, cual favorito del Valor se abrió camino hasta afrontar al infame y, sin
mediar adiós ni despedida, lo descosió del ombligo a las mandíbulas y plantó su
cabeza en las almenas.
REY.—¡Ah, bravo pariente[3], noble caballero!
CAPITÁN.—Mas, así como donde el sol comienza a relucir estallan truenos y
tormentas de naufragio, así, de la fuente que podia dar consuelo brota el desconsuelo.
Escuchad, rey de Escocia: apenas la justicia, armada de bravura, forzó a los raudos
irlandeses a la huida, el rey noruego avistó su ventaja y, con arenas remozadas y
refuerzos, renovó la contienda.
REY.—Asustaría a nuestros jefes, Macbeth y Banquo.
CAPITÁN.—Sí, como el gorrión al águila o la liebre al león. Si digo la verdad,
ambos eran como cañones cebados con doble carga, pues redoblaron doblemente el
contraataque. Si no querían bañarse en sangre caliente o hacer memorable un nuevo
Gólgota[4], yo no sé… Estoy débil; mis heridas piden cura.
REY.—Igual que tus palabras, ellas te enaltecen: ambas alientan honor. —¡Traedle
un médico! (Sale el Capitán acompañado.)
(Entran Ross y Angus.)
¿Quién llega aquí?
MALCOLM.—El noble Barón de Ross.
LENNOX.—¡Qué premura le asoma por los ojos! Su aspecto es el de quien trae
noticias insólitas.
ROSS.—¡Dios salve al rey!

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REY.—Noble barón, ¿de dónde vienes?
ROSS.—De Fife, gran rey, donde las banderas noruegas se mofan del cielo y con su
soplo escalofrían a nuestra gente. El rey noruego, con un aluvión de hombres y el
apoyo del traidor más desleal, el Barón de Cawdor, emprendió un aciago ataque hasta
que el novio de Belona[5], con recia armadura, le respondió en términos iguales,
espada contra espada, brazo contra brazo, frenando su indómito brío y, en conclusión,
la victoria fue nuestra.
REY.—¡Gran dicha!
ROSS.—Y ahora Sweno, el rey de Noruega, suplica la paz. Mas no accedimos al
entierro de sus hombres hasta que en Inchcomb[6] nos pagó diez mil táleros a todos
nosotros.
REY.—Nunca más traicionará el Barón de Cawdor mi íntimo afecto. Su muerte
disponed y saludad con su título a Macbeth.
ROSS.—Mandaré que se haga.
REY.—Lo que él ahora pierde, el noble Macbeth gana.
(Salen.)

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ESCENA III
Una llanura.

(Truenos. Entran las tres Brujas.)

BRUJA PRIMERA.—¿Dónde has estado, hermana?


BRUJA SEGUNDA.—Matando cerdos.
BRUJA TERCERA.—Y tú, hermana, ¿dónde?
BRUJA PRIMERA.—Con castañas en la falda, la mujer de un navegante masticaba
y masticaba. «Dame», le digo. «¡Atrás, so bruja!», grita la sucia culona. Su marido se
fue a Alepo, capitán del Tigre. Navegaré en un cedazo y, como rata sin rabo, yo
gozaré y gozaré.
BRUJA SEGUNDA.—Te doy un viento.
BRUJA PRIMERA.—Lo agradezco.
BRUJA TERCERA.—Yo, uno más.
BRUJA PRIMERA.—Yo ya tengo los demás, y los puertos donde soplan, y los
puntos que la rosa de los vientos bien conoce. Cual paja le pondré seco; no podrá
entregarse al sueño ni de noche ni de día; su vida será maldita. En pena un mes y otro
mes, ha de menguar y caer; y aunque el barco no se pierda, lo batirán las tormentas.
Mirad lo que tengo.
BRUJA SEGUNDA.—¡Enséñame, enséñame!
BRUJA PRIMERA.—Es el pulgar de un piloto que naufragó a su retorno.
(Tambor dentro.)
BRUJA TERCERA.—¡Tambor, tambor! Macbeth llegó.
TODAS.—Las Hermanas, de la mano, correos de mar y campo, dan así vueltas y
vueltas, tres de éste, tres de ése, y tres de este lado, nueve. ¡Chsss…! El hechizo está
presto.

(Entran Macbeth y Banquo.)

MACBETH.—Un día tan feo y bello nunca he visto.


BANQUO.—¿Cuánto falta para Forres? —¿Quiénes son estas, tan resecas y de
atuendo tan extraño que no semejan habitantes de este mundo, estando en él? —
¿Tenéis vida? ¿Sois algo a lo que un hombre pueda hablar? Parecéis entenderme por
el modo de poner vuestro dedo calloso sobre los magros labios. Sin duda sois
mujeres, mas vuestra barba me impide pensar que lo seáis.
MACBETH.—Hablad si sabéis. ¿Quiénes sois?

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BRUJA PRIMERA.—¡Salud a ti, Macbeth, Barón de Glamis!
BRUJA SEGUNDA.—¡Salud a ti, Macbeth, Barón de Cawdor!
BRUJA TERCERA.—¡Salud a ti, Macbeth, que serás rey!
BANQUO.—¿Por qué te sobresaltas, como si temieras lo que suena tan grato? —En
nombre de la verdad, ¿sois una fantasía o sois realmente lo que parecéis? A mi noble
compañero saludáis por su título y auguráis un nuevo honor y esperanzas de realeza,
lo que le tiene absorto. A mí no me habláis. Si podéis penetrar las semillas del tiempo
y decir cuál crecerá y cuál no, habladme ahora a mí, que ni os suplico favores ni temo
vuestro odio.
BRUJA PRIMERA.—¡Salud!
BRUJA SEGUNDA.—¡Salud!
BRUJA TERCERA.—¡Salud!
BRUJA PRIMERA.—Menos que Macbeth, pero más grande.
BRUJA SEGUNDA.—Menos feliz, y mucho más feliz.
BRUJA TERCERA.—Engendrarás reyes, mas no lo serás; así que, ¡salud, Macbeth
y Banquo!
BRUJA PRIMERA.—¡Banquo y Macbeth, salud!
MACBETH.—¡Esperad, imperfectas hablantes, decid más! Por la muerte de Sinel[7]
soy Barón de Glamis, mas, ¿cómo de Cawdor? El Barón de Cawdor vive y continúa
vigoroso; y ser rey traspasa el umbral de lo creíble, tanto como ser Cawdor. Decid de
dónde os ha llegado tan extraña novedad o por qué cortáis nuestro paso en este yermo
con proféticos saludos. Hablad, os lo ordeno.
(Desaparecen las Brujas.)
BANQUO.—Como el agua, burbujas tiene la tierra, y ellas lo son. ¿Por dónde se
esfumaron?
MACBETH.—Por el aire: su apariencia corporal se ha perdido como un hálito en el
viento. ¡Ojalá se hubieran quedado!
BANQUO.—¿Estaban aquí los seres de que hablamos? ¿No habremos comido la raíz
de la locura, que hace prisionera a la razón?
MACBETH.—Tus hijos serán reyes.
BANQUO.—Tú serás rey.
MACBETH.—Y también Barón de Cawdor. ¿No fue así?
BANQUO.—Tales fueron el tono y las palabras. —¿Quién va?
(Entran Ross y Angus.)
ROSS.—Macbeth, el rey ha recibido jubiloso la noticia de tu éxito y, al saber de tus
peligros combatiendo a los rebeldes, su asombro y alabanza han porfiado por ver cuál
dominaba. Quedando enmudecido y viendo lo que hiciste el mismo día, te ha hallado
entre las ásperas filas del noruego sin temer las pasmosas imágenes de muerte que tú
mismo creabas. Como bolas de granizo llovía correo tras correo, y cada uno traía

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elogios por la gran defensa de su reino y ante él los derramaba.
ANGUS.—Venimos a darte las gracias en nombre del rey y a conducirte a su
presencia, no a recompensarte.
ROSS.—Y, a cuenta de un honor aún más grande, me ha mandado que te llame
Barón de Cawdor. ¡Salud, nobilísimo barón, con este título, pues tuyo es!
BANQUO.—¡Cómo! ¿Dice verdad el diablo?
MACBETH.—El Barón de Cawdor vive. ¿Por qué me vestís con galas ajenas?
ANGUS.—Quien fue el barón continúa vivo, pero a esa vida que merece perder se le
ha impuesto la pena capital. Si estuvo coligado con las tropas noruegas o reforzó al
rebelde con apoyo secreto y beneficio, o labraba con los dos la ruina de su patria, no
lo sé: ha caído por alta traición, confesada y probada.
MACBETH. (Aparte.)—Glamis y Barón de Cawdor. Lo más grande, después. —
Gracias por vuestro servicio (A Banquo.)—¿No esperas que tus hijos sean reyes? Las
que me dieron el título de Cawdor no les auguraron menos.
BANQUO.—Eso, creído ciegamente, podría empujarte a la corona después de
hacerte Cawdor. Aunque es muy extraño: las fuerzas de las sombras nos dicen
verdades, nos tientan con minucias, para luego engañarnos en lo grave y trascendente.
—Parientes, permitidme un momento.
MACBETH. (Aparte.)—Ya se han dicho dos verdades, felices preludios a la escena
gloriosa del fin soberano. —Gracias, señores. (Aparte.) Esta incitación sobrenatural
no puede ser mala, no puede ser buena. Si es mala, ¿por qué me ha dado promesa de
éxito empezando con una verdad? Soy Barón de Cawdor. Si es buena, ¿por qué cedo
a esa tentación cuya hórrida imagen me eriza el cabello y me bate el firme corazón
contra los huesos violando las leyes naturales? Es menor un peligro real que un
horror imaginario. La idea del crimen, que no es sino quimera, a tal punto sacude mi
entera humanidad que la acción se ahoga en conjeturas y sólo es lo que no es.
BANQUO.—Mirad qué absorto está nuestro amigo.
MACBETH. (Aparte.)—Si el azar me quiere rey, que me corone sin mi acción.
BANQUO.—Los nuevos honores le vienen como ropa nueva, que sólo se ajusta al
cuerpo con la ayuda del uso.
MACBETH. (Aparte.)—Sea lo que haya de ser, corren tiempo y hora en el día más
cruel.
BANQUO.—Noble Macbeth, cuando gustes.
MACBETH.—Perdonadme. Me agitaban la mente cosas olvidadas. Señores, vuestro
servicio queda escrito en un libro cuyas páginas leo cada día. Vamos con el rey. (A
Banquo.)—Piensa en lo ocurrido y, después de algún tiempo, tras haberlo ponderado,
hablemos con franqueza entre nosotros.
BANQUO.—De buen grado.
MACBETH.—Por ahora, basta. —Vamos, amigos.

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(Salen.)

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ESCENA IV
Forres. Una sala en el Palacio.

(Clarines. Entran el Rey Duncan, Lennox, Malcolm, Donalbain y


acompañamiento.)

REY.—¿Han ajusticiado a Cawdor? ¿No han vuelto aún los encargados?


MALCOLM.—Todavía no han regresado, Majestad. Aunque hablé con alguien que
le vio morir: me dijo que confesó palmariamente sus traiciones, implorando vuestro
augusto perdón y mostrando su hondo pesar. En su vida nada le honró tanto como el
modo de dejarla: murió como el que ha ensayado su muerte y está dispuesto a arrojar
su bien más preciado cual si fuera una minucia.
REY.—No hay arte que descubra la condición de la mente en una cara. El era un
caballero en quien fundé mi plena confianza.
(Entran Macbeth, Banquo, Ross y Angus.)
¡Ah, nobilísimo pariente! El pecado de la ingratitud ya pesaba sobre mí. Tanto te has
adelantado que las alas más veloces de la recompensa no llegan a alcanzarte. Ojalá
fueras digno de menos: te habría dado la justa medida de premio y gratitud. Sabe que
jamás tus merecimientos podremos pagar.
MACBETH.—Demostraros mi lealtad y mi servicio ya es bastante recompensa. Os
corresponde acoger nuestros deberes, y nuestros deberes, para el trono y la nación,
son como hijos y sirvientes, que cumplen su papel protegiendo vuestro honor y
vuestro afecto.
REY.—Sé bienvenido. Te he plantado y te cultivaré para que medres y florezcas. —
Noble Banquo, tu mérito no es menos y no ha de proclamarse con menos gratitud.
Deja que te abrace y te estreche contra mi corazón.
BANQUO.—Si crezco en él, vuestra es la cosecha.
REY.—. Mi abundante dicha, tan inmensa, se desborda y va a quedar oculta en
lágrimas. —Hijos, parientes, barones y vosotros, los más cercanos al trono, sabed que
nombro heredero de mi reino a mi primogénito Malcolm, que pasa a llamarse
Príncipe de Cumberland[8]. Este no va a ser el único honor que se confiera: otros
signos nobiliarios lucirán como estrellas en cuantos lo hayan merecido. —Vamos a
Inverness, y mi deuda contigo sea mayor.
MACBETH.—Cuando hay que serviros, el ocio fatiga. Seré vuestro heraldo y
alegraré a mi esposa con la noticia de vuestra llegada. Humildemente me despido.
REY.—¡Mi noble Cawdor!
MACBETH. (Aparte.)—Príncipe de Cumberland: he aquí un tropiezo que me hará
caer si no lo supero, pues me impide el paso. ¡Astros, extinguíos! No vea vuestra luz

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mis negros designios, ni el ojo lo que haga la mano; mas venga lo que el ojo teme ver
cuando suceda.
(Sale.)
REY.—Cierto, noble Banquo. Es muy valeroso, y tanto me han nutrido con sus
excelencias que es como un banquete. Sigámosle. En su atención se adelanta para
darnos acogida. ¡Un pariente sin igual!
(Clarines. Salen.)

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ESCENA V
Inverness. En el castillo de Macbeth.

(Entra Lady Macbeth sola, con una carta.)

LADY MACBETH. (Leyendo.)

«Me salieron al paso el día del triunfo, y he podido comprobar


fehacientemente que su ciencia es más que humana. Cuando ardía en deseos
de seguir interrogándolas, se convirtieron en aire y en él se perdieron. Aún
estaba sumido en mi asombro, cuando llegaron correos del rey y me
proclamaron Barón de Cawdor, el título con que me habían saludado las
Hermanas Fatídicas, que también me señalaron el futuro diciendo: “¡Salud a
ti, que serás rey!” He juzgado oportuno contártelo, querida compañera en la
grandeza, porque no quedes privada del debido regocijo ignorando el
esplendor que se te anuncia. Guárdalo en secreto y adiós.»

—Eres Glamis, y Cawdor, y serás lo que te anuncian. Mas temo tu carácter: está muy
empapado de leche de bondad para tomar los atajos. Tú quieres ser grande y no te
falta ambición, pero sí la maldad que debe acompañarla. Quieres la gloria, mas por la
virtud; no quieres jugar sucio, pero sí ganar mal. Gran Glamis, tú codicias lo que
clama: «Eso has de hacer si me deseas», y hacer eso te infunde más pavor que deseo
de no hacerlo. Ven deprisa, que yo vierta mi espíritu en tu oído y derribe con el brío
de mi lengua lo que te frena ante el círculo de oro con que destino y ayuda
sobrenatural parecen coronarte.
(Entra un Mensajero.)
¿Qué nuevas traes?
MENSAJERO.—El rey viene esta noche.
LADY MACBETH.—¿Qué locura dices? ¿Tu señor no le acompaña? Me habría
avisado para que preparase la acogida.
MENSAJERO.—Con permiso, es cierto: el barón se acerca. Se le ha adelantado uno
de mis compañeros, que, extenuado, apenas tenía aliento para decir su mensaje.
LADY MACBETH.—Cuídale bien; trae grandes noticias. (Sale el Mensajero.)
Hasta el cuervo está ronco de graznar la fatídica entrada de Duncan bajo mis almenas.
Venid a mí, espíritus que servís a propósitos de muerte, quitadme la ternura y
llenadme de los pies a la cabeza de la más ciega crueldad. Espesadme la sangre, tapad
toda entrada y acceso a la piedad para que ni pesar ni incitación al sentimiento

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quebranten mi fiero designio, ni intercedan entre él y su efecto. Venid a mis pechos
de mujer y cambiad mi leche en hiel, espíritus del crimen, dondequiera que sirváis a
la maldad en vuestra forma invisible. Ven, noche espesa, y envuélvete en el humo
más oscuro del infierno para que mi puñal no vea la herida que hace ni el cielo asome
por el manto de las sombras gritando: « ¡Alto, alto!»
(Entra Macbeth.)
¡Gran Glamis, noble Cawdor y después aún más grande por tu proclamación! Tu
carta me ha elevado por encima de un presente de ignorancia, y ya siento el futuro en
el instante.
MACBETH.—Mi querido amor, Duncan viene esta noche.
LADY MACBETH.—¿Y cuándo se va?
MACBETH.—Mañana, según su intención.
LADY MACBETH.—¡Ah, nunca verá el sol ese mañana! Tu cara, mi señor, es un
libro en que se pueden leer cosas extrañas. Para engañar al mundo, parécete al
mundo, lleva la bienvenida en los ojos, las manos, la lengua. Parécete a la cándida
flor, pero sé la serpiente que hay debajo. Del huésped hay que ocuparse; y en mis
manos deja el gran asunto de esta noche que a nuestros días y noches ha de dar
absoluto poderío y majestad.
MACBETH.—Hablemos más tarde.
LADY MACBETH.—Muéstrate sereno: mudar de semblante señal es de miedo. Lo
demás déjamelo.
(Salen.)

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ESCENA VI
Inverness. Ante el castillo.

(Oboes y antorchas. Entran el Rey Duncan, Lennox, Malcolm, Donalbain,


Banquo, Macduff, Ross, Angus y acompañamiento.)

REY.—El castillo está en un sitio placentero; en su frescor y dulzura, el aire cautiva


mis sentidos.
BANQUO.—El huésped del verano, el vencejo que ronda las iglesias, nos demuestra
con su amada construcción que el hálito del cielo aquí seduce de fragancia: no hay
saliente, friso, contrafuerte o esquina favorable en que este pájaro no haya hecho su
colgante lecho y cuna. He observado que donde más anida y cría el aire es delicado.
(Entra Lady Macbeth.)
REY.—¡Mirad! ¡Nuestra noble anfitriona! El afecto que recibo es a veces mi
molestia, mas siendo amor lo agradezco. Acabo de enseñaros a rogar que Dios me
premie por ser una carga y a que me agradezcáis vuestra molestia.
LADY MACBETH.—Nuestro entero servicio, prestado en todo dos veces y después
aún doblado, sería un rival pobre y endeble frente a los altísimos honores de que
Vuestra Majestad colma a nuestra casa. Por los anteriores y las nuevas dignidades
añadidas rogaremos por vos como eremitas.
REY.—¿Dónde está el Barón de Cawdor? Galopé tras él con la intención de preparar
su llegada, pero es buen jinete y su gran afecto, penetrante cual su espuela, le ha
ayudado a adelantarse. Bella y noble dama, esta noche soy vuestro huésped.
LADY MACBETH.—Vuestros siervos administran a sus siervos y a sí mismos con
sus bienes para rendir cuentas cuando así lo dispongáis y devolveros lo que es
vuestro.
REY.—Dadme la mano. Llevadme a mi anfitrión; le quiero bien y he de seguir
favoreciéndole. Con permiso, señora.
(Salen.)

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ESCENA VII
Inverness. Una sala del castillo.

(Oboes. Antorchas. Entran, cruzando el escenario, un maestresala y varios


criados con platos y servicio de mesa. Después entra Macbeth.)

MACBETH.—Si darle fin ya fuera el fin, más valdría darle fin pronto; si el crimen
pudiera echar la red a los efectos y atrapar mi suerte con su muerte; si el golpe todo
fuese y todo terminase, aquí y sólo aquí, en este escollo y bajío del tiempo,
arriesgaríamos la otra vida. Pero en tales casos nos condenan aquí, pues damos
lecciones de sangre que regresan atormentando al instructor: la ecuánime justicia
ofrece a nuestros labios el veneno de nuestro propio cáliz. Él goza aquí de doble
amparo: primero porque yo soy pariente y súbdito suyo, dos fuertes razones contra el
acto; después, como anfitrión debo cerrar la puerta al asesino y no empuñar la daga.
Además, Duncan ejerce sus poderes con tanta mansedumbre y es tan puro en su alta
dignidad que sus virtudes proclamarán el horror infernal de este crimen como ángeles
con lengua de clarín, y la piedad, cual un recién nacido que, desnudo, cabalga el
vendaval, o como el querubín del cielo montado en los corceles invisibles de los
aires, soplará esta horrible acción en cada ojo hasta que el viento se ahogue en
lágrimas. No tengo espuela que aguije los costados de mi plan, sino sólo la ambición
del salto que, al lanzarse, sube demasiado y cae del otro…
(Entra Lady Macbeth.)
¿Qué hay? ¿Traes noticias?
LADY MACBETH.—Ya casi ha cenado. ¿Por qué saliste de la sala?
MACBETH.—¿Ha preguntado por mí?
LADY MACBETH.—¿No sabes que sí?
MACBETH.—No vamos a seguir con este asunto. El acaba de honrarme y yo he
logrado el respeto inestimable de las gentes, que debe ser llevado nuevo, en su
esplendor, y no desecharse tan pronto.
LADY MACBETH.—¿Estaba ebria la esperanza de que te revestiste? ¿O se durmió?
¿Y ahora se despierta mareada después de sus excesos? Desde ahora ya sé que tu
amor es igual. ¿Te asusta ser el mismo en acción y valentía que el que eres en deseo?
¿Quieres lograr lo que estimas ornamento de la vida y en tu propia estimación vivir
como un cobarde, poniendo el «no me atrevo» al servicio del «quiero» como el gato
del refrán[9]?
MACBETH.—¡Ya basta! Me atrevo a todo lo que sea digno de un hombre. Quien a
más se atreva, no lo es.
LADY MACBETH.—Entonces, ¿qué bestia te hizo revelarme este propósito?

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Cuando te atrevías eras un hombre; y ser más de lo que eras te hacía ser mucho más
hombre. Entonces no ajustaban el tiempo y el lugar, mas tú querías concertarlos;
ahora se presentan y la ocasión te acobarda. Yo he dado el pecho y sé lo dulce que es
amar al niño que amamantas; cuando estaba sonriéndome, habría podido arrancarle
mi pezón de sus encías y estrellarle los sesos si lo hubiese jurado como tú has jurado
esto.
MACBETH.—¿Y si fallamos?
LADY MACBETH.—¿Fallar nosotros? Tú tensa tu valor hasta su límite y no
fallaremos. Cuando duerma Duncan (y al sueño ha de invitarle el duro viaje de este
día) someteré a sus guardianes con vino y regocijo, de tal suerte que la memoria,
vigilante del cerebro, sea un vapor, y el sitial de la razón, no mas que un alambique.
Cuando duerman su puerca borrachera como muertos, ¿qué no podemos hacer tú y yo
con el desprotegido Duncan? ¿Qué no incriminar a esos guardas beodos, que cargarán
con la culpa de este inmenso crimen?
MACBETH.—¡No engendres más que hijos varones, pues tu indómito temple sólo
puede crear hombres! Cuando hayamos manchado de sangre a los durmientes de su
cámara con sus propios puñales, ¿no se creerá que han sido ellos?
LADY MACBETH.—¿Quién osará creer lo contrario tras oír nuestros lamentos y
clamores por su muerte?
MACBETH.—Estoy resuelto y para el acto terrible he tensado todas las potencias de
mi ser. ¡Vamos! Engañemos con aire risueño. Falso rostro esconda a nuestro falso
pecho.
(Salen.)

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ACTO SEGUNDO

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ESCENA I
Inverness. Patio en el castillo de Macbeth.

(Entran Banquo y Fleance con una antorcha.)

BANQUO.—¿Qué hora es, muchacho?


FLEANCE.—No he oído el reloj. La luna ha bajado.
BANQUO.—Baja a media noche.
FLEANCE.—Entonces es más tarde, señor.
BANQUO.—Espera, ten mi espada. El cielo economiza: apagó sus luces. Toma esto
también. La llamada al sueño me pesa como el plomo, mas no quiero dormir. Poderes
benignos, refrenad en mí los malos pensamientos que invaden un alma en reposo.
(Entran Macbeth y un criado con una antorcha.)
Dame la espada. —¿Quién va?
MACBETH.—Un amigo.
BANQUO.—¿Cómo, señor? ¿Aún en pie? El rey duerme. Mostraba una alegría
inusitada y con la servidumbre fue muy dadivoso. A tu esposa la saluda con este
diamante por ser tan buena anfitriona. Se retiró con un gozo infinito.
MACBETH.—No esperando su visita, la torpeza sirvió a nuestro deseo, que, si no,
nos habríamos prodigado.
BANQUO.—Todo fue bien. Anoche soñé con las tres Hermanas Fatídicas. Contigo
han demostrado ser veraces.
MACBETH.—No pienso en ellas. Aunque, si tú me concedes el tiempo, cuando
encuentre la hora oportuna quisiera hablar contigo de este asunto.
BANQUO.—Cuando gustes.
MACBETH.—Si estás de mi parte cuando ocurra, podrás ganar honor.
BANQUO.—Con tal que no lo pierda tratando de acrecerlo, sin exponer mi rectitud
ni deslucir mi lealtad, te escucharé de buen grado.
MACBETH.—Entre tanto, buen reposo.
BANQUO.—Gracias, señor. Igualmente.
(Sale con Fleance.)
MACBETH.—Dile a mi esposa que toque la campana cuando esté lista mi bebida.
Luego, acuéstate.
(Sale el criado.)
¿Es un puñal lo que veo ante mí? ¿Con el mango hacia mi mano? Ven, que te agarre.
No te tengo y, sin embargo, sigo viéndote. ¿No eres tú, fatídica ilusión, sensible al
tacto y a la vista? ¿O no eres más que un puñal imaginario, creación falaz de una
mente enfebrecida? Aún te veo, y pareces tan palpable como este que ahora

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desenvaino. Me marcas el camino que llevaba, y un arma semejante pensaba utilizar.
O mis ojos son la burla de los otros sentidos o valen por todos juntos. Sigo viéndote,
y en tu hoja y en tu puño hay gotas de sangre que antes no estaban. No, no existe: es
la idea sanguinaria que toma cuerpo ante mis ojos. Muerta parece ahora la mitad del
mundo, y los sueños malignos seducen al sueño entre cortinas. Las brujas celebran
los ritos de la pálida Hécate, y el crimen descarnado, puesto en acción por el lobo,
centinela que aullando da la hora, con los pasos sigilosos de Tarquino el violador,
camina hacia su fin como un espectro. Tierra sólida y firme, dondequiera que me
lleven, no oigas mis pisadas, no sea que hasta las piedras digan dónde voy y priven a
esta hora de un espanto que le es propio. Yo amenazo y él, con vida; las palabras el
ardor del acto enfrían.
(Suena una campana.)
Voy y está hecho; me invita la campana. No la oigas, Duncan, pues toca a muerto y al
cielo te convoca, o al infierno.
(Sale.)

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ESCENA II
El mismo lugar.

(Entra Lady Macbeth.)

LADY MACBETH.—A ellos los embriaga; a mí me embravece. A ellos los apaga; a


mí me da fuego. ¿Eh? ¡Chss…! Era el aullido del búho, vigilante fatídico que da las
más graves buenas noches. Lo está haciendo, las puertas están abiertas y los beodos
guardianes denigran su empleo con ronquidos. He drogado su ponche de tal modo
que la vida y la muerte se los están disputando.
(Entra Macbeth.)
MACBETH.—¿Quién va? ¿Quién es?
LADY MACBETH.—¡Ah! ¡A ver si se han despertado y no lo ha hecho! Nos hunde
el intento, que no el acto. ¡Chss…! Le dejé a punto los puñales; ha tenido que verlos.
Si no se pareciera a mi padre dormido, lo habría hecho yo. —¿Esposo?
MACBETH.—Ya está hecho. ¿No has oído un ruido?
LADY MACBETH.—El grito del búho y el canto de los grillos. ¿Tú no has
hablado?
MACBETH.—¿Cuándo?
LADY MACBETH.—Ahora.
MACBETH.—¿Al bajar?
LADY MACBETH.—Sí.
MACBETH.—¡Chss…! ¿Quién duerme en la otra cámara?
LADY MACBETH.—Donalbain.
MACBETH.—Es un cuadro doloroso.
LADY MACBETH.—Hablar de cuadro doloroso es tontería.
MACBETH.—Hay uno que gritó dormido y otro que gritó «¡Asesino!». Se
despertaron uno a otro. Me quedé a oírlos, pero ellos dijeron sus plegarias y volvieron
a dormirse.
LADY MACBETH.—Hay dos en el cuarto.
MACBETH.—Uno gritó «¡Dios nos bendiga!» y el otro «¡Amén!», como si
hubieran visto estas manos de verdugo. Oyendo su espanto, no pude decir «Amén»
cuando ellos dijeron «Dios nos bendiga».
LADY MACBETH.—No caviles tanto.
MACBETH.—Mas, ¿por qué no pude decir «Amén»? Era yo quien más necesitaba
bendición, y el amén se me ahogaba en la garganta.
LADY MACBETH.—No se debe pensar en ello de ese modo; así nos volvemos
locos.

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MACBETH.—Me pareció que una voz gritaba: «¡No durmáis más! Macbeth mata el
sueño, el sueño inocente, el sueño que devana una maraña de desvelos, el morir de la
vida diaria, baño de fatigas, bálsamo de almas laceradas, plato fuerte de la gran
naturaleza, sustento mayor del festín de la vida.»
LADY MACBETH.—¿Qué quieres decir?
MACBETH.—Y seguía gritando a toda la casa: «¡No durmáis más! Glamis ha
matado el sueño, y por eso Cawdor ya no dormirá, Macbeth ya no dormirá.»
LADY MACBETH.—¿Quién era el que gritaba? Excelso barón, relajas tu noble
vigor con ideas tan morbosas. Ve a buscar un poco de agua y limpia de tus manos tu
sucio testimonio. ¿Por qué vienes con esos puñales? Su sitio está allí; llévalos y
mancha de sangre a los criados dormidos.
MACBETH.—No voy a volver: me asusta pensar en lo que he hecho. No me atrevo
a volver.
LADY MACBETH.—¡Débil de ánimo! Dame los puñales. Los durmientes y los
muertos son como retratos; sólo el ojo de un niño teme ver un diablo en pintura. Si
aún sangra, les untaré la cara a los criados para que parezca su crimen. (Sale.)
(Llaman a la puerta dentro.)
MACBETH.—¿Dónde llaman? ¿Qué me ocurre que todo ruido me espanta? ¿Qué
manos son estas? ¡Ah, me arrancan los ojos! ¿Me lavará esta sangre de la mano todo
el océano de Neptuno? No, antes esta mano arrebolará el mar innumerable, volviendo
rojas las aguas.
(Entra Lady Macbeth.)
LADY MACBETH.—Mis manos ya tienen tu color, pero me avergonzaría llevar un
corazón tan pálido.
(Llaman.)
Alguien llama a la puerta sur; retirémonos a nuestra cámara. Un poco de agua nos
lava del hecho. ¡Qué fácil será! Tu firmeza te ha abandonado.
(Llaman.)
¿Oyes? Siguen llamando. Ponte la bata, no sea que nos llamen y nos vean aún en pie.
Y no caigas en tan pobres pensamientos.
MACBETH.—Si he de pensar en mi acción, mejor será no conocerme.
(Llaman.)
¡Despierta a Duncan con tus golpes! ¡Ojalá pudieras!
(Salen.)

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ESCENA III
El mismo lugar.

(Entra un Portero. Llaman dentro.)

PORTERO.—¡Esto sí que es llamar! Si uno fuese portero del infierno, estaría


siempre dándole a la llave.
(Llaman.)
¡Pum, pum! ¿Quién es, en nombre de Belcebú? Un agricultor que se ahorcó ante la
expectativa de grandes cosechas. Llegas a punto. Que no te falten pañuelos que aquí
vas a sudarla.
(Llaman.)
¡Pum, pum! ¿Quién es, en nombre del otro diablo? Seguro que un equivoquista[10],
que juraba a cada lado de la balanza contra el otro, que cometió gran traición por el
amor de Dios y cuyos equívocos no le abrieron el cielo. Vamos, pasa, equivoquista.
(Llaman.)
¡Pum, pum! ¿Quién es? Seguro que un sastre inglés, que está aquí por sisar tela de un
calzón francés. Pasa, sastre, que aquí puedes asar tu plancha.
(Llaman.)
¡Pum, pum! No descansa. ¿Quién eres tú? Esto es demasiado frío para ser el infierno.
No voy a hacer más de portero del diablo: pensaba dejar entrar a gente de todos los
oficios que va a la hoguera eterna por la senda florida.
(Llaman.)
Ya voy, ya voy.
(Entran Macduff y Lennox.)
Dad algo al portero, Dios os lo pague.
MACDUFF.—¿Tan tarde te acostaste, amigo, que tan tarde te levantas?
PORTERO.—Pues, señor, estuvimos de juerga hasta el segundo canto del gallo y,
señor, la bebida provoca tres cosas.
MACDUFF.—¿Qué tres cosas provoca especialmente la bebida?
PORTERO.—Pues, señor, nariz roja, sueño y orina. Señor, provoca y desprovoca la
lujuria: provoca el deseo, pero impide gozarlo. Por tanto, se puede decir que beber
demasiado le crea un equívoco a la lujuria: la hace y la deshace, la excita y la aplaca,
la anima y la abate, la pone a su altura y no la pone. Al final, el equívoco se va al
sueño y te deja tumbado.
MACDUFF.—Pues esta noche la bebida te ha tumbado a ti.
PORTERO.—¡Vaya que sí, señor! Y me atacó por la garganta. Pero yo me desquité
y, siendo, creo yo, más fuerte que ella, aunque alguna vez me doblara las piernas, yo

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me las apañé para arrojarla.
MACDUFF.—¿Se ha levantado tu amo?
(Entra Macbeth.)
Nuestros golpes le han despertado. Aquí viene.
(Sale el Portero.)
LENNOX.—Buenos días, noble señor.
MACBETH.—Buenos días a vosotros.
MACDUFF.—¿El rey se ha levantado, mi barón?
MACBETH.—Aún no.
MACDUFF.—Me ordenó que le llamase temprano. Casi se me va la hora.
MACBETH.—Te llevaré a él.
MACDUFF.—Sé bien que esta molestia te da gozo, pero es una molestia.
MACBETH.—Trabajo que gusta no duele. Esta es la puerta.
MACDUFF.—Me atreveré a llamar: es mi cometido.
(Sale.)
LENNOX.—¿El rey se va hoy?
MACBETH.—Sí. Esa es su intención.
LENNOX.—La noche ha estado agitada. Donde dormíamos el viento derribó las
chimeneas, y dicen que se oían lamentos, insólitos gritos de muerte y profecías en
tonos horribles de espantosas conmociones y revueltas por nacer en estos tiempos de
dolor. El ave de las sombras clamó toda la noche. Algunos dicen que la tierra
temblaba enfebrecida.
MACBETH.—Fue una noche áspera.
LENNOX.—Mi joven memoria no encuentra nada igual.
(Entra Macduff.)
MACDUFF.—¡Ah, horror, horror, horror! Ni corazón ni lengua pueden concebirte ni
nombrarte.
MACBETH y LENNOX.—¿Qué pasa?
MACDUFF.—El estrago ya creó su obra maestra. El crimen más sacrílego ha
irrumpido en el templo consagrado del Señor y le ha robado la vida al santuario.
MACBETH.—¿Cómo dices? ¿La vida?
LENNOX.—¿Hablas de Su Majestad?
MACDUFF.—Entrad en su aposento y que destruya vuestra vista esa nueva
Gorgona[11]. No me pidáis que hable. Mirad y luego hablad vosotros mismos.
(Salen Macbeth y Lennox.)
¡Despertad! ¡Despertad! ¡Dad la alarma! ¡Crimen y traición! ¡Banquo, Donalbain!
¡Malcolm, despertad! ¡Sacudid el grato sueño, imagen de la muerte, y mirad la
muerte verdadera! ¡Levantaos y ved representado el Día del Juicio! ¡Malcolm,
Banquo! ¡Como espíritus alzaos de las tumbas y prestad consonancia a este horror!

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¡Tocad la campana!
(Suena una campana. Entra Lady Macbeth.)
LADY MACBETH.—¿Qué ocurre para que tan horrísona trompeta convoque a los
durmientes de la casa? ¡Hablad, hablad!
MACDUFF.—Noble señora, no conviene que oigáis lo que puedo decir: oído por
mujer, el relato sería su muerte.
(Entra Banquo.)
¡Ah, Banquo, Banquo! ¡Han matado al rey, nuestro señor!
LADY MACBETH.—¡Ay de mí! ¿En nuestra casa?
BANQUO.—Donde sea es brutal. Contradícete, Macduff, te lo ruego; di que es falso.
(Entran Macbeth, Lennox y Ross.)
MACBETH.—Hubiera muerto yo una hora antes y mi vida habría sido una dicha;
desde ahora, ya no hay nada serio en la existencia; todo son minucias: honor y
renombre han muerto, el vino de la vida se ha agotado y no queda en la bodega más
que el poso.
(Entran Malcolm y Donalbain.)
DONALBAIN.—¿Algún mal?
MACBETH.—El vuestro, y lo ignoráis: se ha secado el venero y manantial de
vuestra sangre, vuestra propia fuente se ha secado.
MACDUFF.—Han matado a vuestro augusto padre.
MALCOLM.—¡Ah! ¿Quién?
LENNOX.—Parece que los de su aposento: llevaban insignias de sangre en la cara y
en las manos, y también en sus puñales, que hallamos sin limpiar sobre sus
almohadas. Miraban cual dementes y nadie estaba seguro en su presencia.
MACBETH.—Siento que la furia me llevase a darles muerte.
MACDUFF.—¿Por qué lo hiciste?
MACBETH.—¿Quién está a la vez lúcido y suspenso, sereno y furioso, leal e
imparcial? Nadie. La presteza de mi afecto impetuoso pudo más que el freno del buen
juicio. Aquí yacía Duncan, con su piel de plata bordada en sangre de oro y
cuchilladas como brechas en su vida, abiertas a la devastación; ahí, los asesinos,
empapados del color de su tarea, y sus dagas, innoblemente enfundadas en sangre.
Con un pecho lleno de amor, y en él bravura, ¿quién podía abstenerse de mostrarlo?
LADY MACBETH.—¡Ah, ayudadme a salir!
MACDUFF.—¡Atended a la dama!
MALCOLM. (Aparte a Donalbain.)—¿Por qué callamos cuando el caso nos
concierne más que a nadie?
DONALBAIN. (Aparte a Malcolm.)—¿Y qué decir aquí, donde nuestro sino, oculto
en ínfimo agujero, puede asaltarnos? Vámonos; nuestro llanto aún no ha fermentado.
MALCOLM. (Aparte a Donalbain.)—Ni el dolor está presto a demostrarse.

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BANQUO.—Atended a la dama.
(Sacan a Lady Macbeth.)
Y cuando nuestra desnudez, expuesta al frío, esté cubierta, reunámonos y
examinemos tan salvaje fechoría para mejor conocerla. Nos turban temores y
sospechas. Me pongo en manos de Dios por combatir todo oculto propósito de
pérfida maldad.
MACDUFF.—Y yo.
TODOS.—Y todos.
MACBETH.—Pues vistamos nuestro cuerpo y nuestro ánimo y reunámonos al punto
en el salón.
TODOS.—Conformes.
(Salen todos menos Malcolm y Donalbain.)
MALCOLM.—¿Qué piensas hacer? No tratemos con ellos: al hipócrita le es muy
fácil simular una pena que no siente. Yo me voy a Inglaterra.
DONALBAIN.—Y yo, a Irlanda. Nuestra suerte separada nos dará más protección.
Donde estamos, en sonrisas hay puñales; más cercano a nuestra sangre, más
sangriento.
MALCOLM.—La flecha asesina aún no ha caído; no seamos el blanco. Así que, ¡a
los caballos! No nos demoremos en corteses despedidas y, sin más, partamos. Si es
grande el peligro, hurtarse a su vista es hurto legítimo.
(Salen.)

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ESCENA IV
Fuera del castillo.

(Entra Ross con un Anciano.)

ANCIANO.—Bien puedo recordar setenta años, y en ellos he vivido horas


espantosas y hechos asombrosos, pero esta noche horrible se ha burlado de toda mi
experiencia.
ROSS.—¡Ah, anciano! Veis que el cielo, cual airado con la obra de los hombres,
amenaza esta escena de sangre. Según la hora, es de día, mas la noche oscurece el
avance del sol. ¿Impera la noche o se avergüenza el día, que las sombras sepultan la
faz de la tierra cuando la viva luz debía besarla?
ANCIANO.—Va contra natura, igual que la acción ejecutada. El martes pasado un
halcón que giraba en su más alto vuelo fue cazado y muerto por una lechuza.
ROSS.—Y (pasmoso, mas cierto) los caballos de Duncan, hermosos y raudos, la flor
de su raza, se volvieron salvajes y escaparon de las cuadras coceando y negando su
obediencia, cual queriendo guerrear contra los hombres.
ANCIANO.—Dicen que se devoraron entre sí.
ROSS.—Así fue, para asombro de estos ojos que lo vieron.
(Entra Macduff.)
Aquí viene el buen Macduff. ¿Cómo va todo, señor?
MACDUFF.—¿No lo ves?
ROSS.—¿Se sabe quién cometió la atrocidad?
MACDUFF.—Los que ha matado Macbeth.
ROSS.—¡Santo Dios! ¿Qué provecho pretendían?
MACDUFF.—Los sobornaron. Malcolm y Donalbain, los dos hijos del rey, se
escabulleron y han huido. Las sospechas recaen ahora sobre ellos.
ROSS.—Otra vez contra natura. ¡Pródiga ambición, que así devoras el sustento de tu
vida! Entonces es probable que sea Macbeth quien suba al trono.
MACDUFF.—Ya está proclamado, y partió hacia Scone[12] para la coronación.
ROSS.— ¿Y el cadáver de Duncan?
MACDUFF.—Fue llevado a Colmekill[13], sagrado panteón de sus predecesores y
custodio de sus restos.
ROSS.—¿Irás a Scone?
MACDUFF.—No, pariente. Voy a Fife[14].
ROSS.—Bien, yo voy a Scone.
MACDUFF.—Que todo vaya bien, adiós. Bien pudiera ser mejor la ropa antigua que
la nueva.

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ROSS.—Adiós, anciano.
ANCIANO.—Que Dios te bendiga, y a quienes contigo hagan bien del mal y amigo
de enemigo.
(Salen.)

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ACTO TERCERO

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ESCENA I
Forres. Una sala en el Palacio.

(Entra Banquo.)

BANQUO.—Ya lo tienes todo, rey, Cawdor, Glamis, como te prometieron las


Fatídicas y temo que jugaste con vileza por lograrlo; mas dijeron que no pasaría a tu
progenie, sino que yo sería cabeza y raíz de muchos reyes. Si en ellas hay verdad,
como en ti sus profecías han brillado, Macbeth, ¿por qué, por las verdades que
contigo se han cumplido, no pueden ser también mi oráculo y alimentar mi
esperanza? Mas silencio, ya basta.

(Clarines. Entran Macbeth como rey, Lady Macbeth, Lennox, Ross, Nobles y
acompañamiento.)

MACBETH.—Aquí está nuestro huésped principal.


LADY MACBETH.—Haberle olvidado habría sido un vacío en el banquete y una
gran desatención.
MACBETH.—Esta noche celebramos una cena de gala, y desearía tu presencia.
BANQUO.—Majestad, dictadme vuestras órdenes, a las cuales mi lealtad está ligada
por siempre con un nudo indisoluble.
MACBETH.—¿Cabalgas esta tarde?
BANQUO.—Sí, mi señor.
MACBETH.—Si no, habría solicitado tu buen consejo, siempre ponderado y
provechoso, en nuestra junta de hoy. Lo oiré mañana. ¿Vas lejos?
BANQUO.—Señor, tan lejos que mi tiempo se ocupe hasta la cena. Si mi caballo no
es más rápido, le pediré prestadas a la noche una o dos de sus horas oscuras.
MACBETH.—No faltes al banquete.
BANQUO.—Señor, no faltaré.
MACBETH.—Me dicen que mis sangrientos parientes[15] residen en Inglaterra e
Irlanda. No confiesan su cruel parricidio y propagan pasmosos infundios. Hablemos
mañana de ello, así como de otros asuntos de Estado que hemos de tratar
conjuntamente. ¡Monta ya! Adiós y hasta la noche. ¿Te acompaña Fleance?
BANQUO.—Sí, mi señor, y el tiempo nos apremia.
MACBETH.—Corran los caballos raudos y seguros; a sus lomos os confío. Adiós.
(Sale Banquo.)
Que cada cual disponga de su tiempo hasta las siete de esta noche. Para que vuestra

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compañía sea más grata, deseo quedarme solo hasta la hora de la cena. Hasta
entonces, Dios os guarde:
(Salen todos menos Macbeth y un Criado.)
Tú, un momento. ¿Me esperan esos hombres?
CRIADO.—Sí, mi señor, a las puertas de palacio.
MACBETH.—Tráelos ante mí.
(Sale el Criado.)
Ser rey no es nada sin estar a salvo. Mi temor a Banquo se me clava hondo y en su
regio temple reina lo que ha de temerse. Es muy audaz y, además de ese ánimo
intrépido, la prudencia le guía su valor para obrar sobre seguro. No hay nadie más
que él a quien yo tema, y bajo él mi espíritu se siente coartado, como dicen que lo
estaba el de Antonio por César. Increpó a las Fatídicas cuando me dieron el nombre
de rey y les mandó que le hablasen. Proféticamente, ellas le saludaron como padre de
reyes. Ciñeron mi cabeza con estéril corona y me hicieron empuñar un cetro
infecundo que habrá de arrebatarme mano extraña, pues no tengo hijo que lo herede.
Si es así, he manchado mi alma por la prole de Banquo, por ellos he matado al
piadoso Duncan, echando hiel en el cáliz de mi paz sólo por ellos, entregando mi joya
sempiterna al espíritu infernal para hacerlos reyes, para hacer reyes de la semilla de
Banquo. Antes que eso, venga el Destino a la arena y hágame frente hasta el fin. —
¿Quién viene?
(Entran el Criado y dos Asesinos.)
Vete a la puerta y quédate allí hasta que te llame.
(Sale el Criado.)
¿No fue ayer cuando hablamos?
ASESINOS.—Con vuestra venia, así fue.
MACBETH.—Bien. ¿Habéis considerado mis palabras? Sabed que en el pasado era
él quien os tenía en la penuria, cuando vosotros lo achacabais a mi inocente persona.
Os lo probé en nuestra última entrevista y os probé sobradamente cómo os burló y os
estorbó; los medios, quién fue partícipe y todo cuanto a un bobo o a un demente le
diría: «Fue Banquo».
ASESINO PRIMERO.—Nos lo hicisteis saber.
MACBETH.—En efecto. Y fui más lejos, lo que ahora es el fin de esta reunión.
¿Tanto os domina la paciencia que podéis perdonar esto? ¿Tanto os guía el Evangelio
que rezaréis por este hombre bueno y su progenie, cuyo rigor os lleva humillados a la
tumba y convierte a los vuestros en mendigos?
ASESINO PRIMERO.—Somos hombres, Majestad.
MACBETH.—Sí, dentro del repertorio sois hombres, igual que los galgos,
podencos, mestizos, chuchos, perros lobos, de aguas y falderos son todos llamados
perros. Pero el índice de razas distingue al rápido, al lento, al listo, al guardián, al

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cazador y a cada uno según las virtudes que le asigna la pródiga naturaleza, de tal
modo que recibe un nombre propio en el registro que incluye a todos ellos. Y así, los
hombres. Pues bien, si no ocupáis el ínfimo lugar en la lista de los hombres,
decídmelo, que yo encomendaré a vuestro pecho una tarea cuya ejecución os librará
del enemigo y os unirá a mí en afecto y amistad, pues con su vida se malogra mi
salud, que sería perfecta con su muerte.
ASESINO SEGUNDO.—Majestad, soy un hombre a quien tanto han enconado los
azotes y golpes de este mundo que haría lo que fuese por desquitarme del mundo.
ASESINO PRIMERO.—Yo también; tan harto de infortunios y sacudido por mi
sino que arriesgaría la vida en cualquier lance por mejorarla o acabarla.
MACBETH.—Los dos sabéis que Banquo fue vuestro enemigo.
ASESINOS.—Cierto, señor.
MACBETH.—También mío, y en tan mortal divergencia que cada nuevo momento
de su vida se me clava en las entrañas. Bien pudiera apartarle de mi vista
abiertamente y decir que fue mi voluntad, mas no debo, pues los dos tenemos amigos
comunes a cuyo afecto no puedo renunciar, y yo mismo lloraría al que maté. Por todo
ello solicito vuestra ayuda, hurtando esta empresa a los ojos del común por diversas
razones de gran peso.
ASESINO SEGUNDO.—Mi señor, haremos lo que nos ordenéis.
ASESINO PRIMERO.—Aunque nuestra vida…
MACBETH.—¡Cómo asoma vuestro ánimo! De aquí a una hora os diré dónde
apostaros y el mejor plan respecto a tiempo y ocasión, pues hay que hacerlo esta
noche y a distancia de palacio. No olvidéis por un instante que yo debo quedar libre
de sospechas. Además, y a fin de que el trabajo sea perfecto, su hijo Fleance, que le
acompaña, cuya eliminación me importa tanto como la de su padre, habrá de
compartir su aciaga suerte. Resolved a solas; ahora vuelvo con vosotros.
ASESINOS.—Señor, estamos resueltos.
MACBETH.—En seguida os veo. Quedaos en palacio.
(Salen los Asesinos.)
Está decidido. Banquo, si tu alma va a la gloria, esta noche ha de ganarla.
(Sale.)

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ESCENA II
Otra sala del Palacio.

(Entran Lady Macbeth y un Criado.)

LADY MACBETH.—¿Ha salido Banquo de palacio?


CRIADO.—Sí, señora, pero vuelve esta noche.
LADY MACBETH.—Dile al rey que deseo hablar con él un momento.
CRIADO.—Sí, señora.
(Sale.)
LADY MACBETH.—No se goza, todo es pérdida si el deseo se logra, pero no
contenta. Siempre es más seguro ser lo que se mata que tras esa muerte vivir dicha
falsa.
(Entra Macbeth.)
¿Cómo estás, señor? ¿Por qué solitario, sin más compañía que las tristes ideas y los
pensamientos que debieron morir con quienes te absorben? Lo que no tiene cura,
habría que olvidarlo: lo hecho, hecho está.
MACBETH.—Le dimos un tajo a la serpiente sin matarla. Sanará y se repondrá,
mientras nuestra pobre inquina sigue expuesta a sus colmillos. Que se hunda todo el
universo, que perezcan ambos mundos[16] antes que tomar alimento en el temor y
dormir en la tortura de los sueños espantosos que me agitan cada noche. Más vale
estar con los muertos, a quienes, por ganar mi paz, mandé a la paz, que yacer en este
potro del espíritu en insomne frenesí. Duncan está en la tumba: tras la fiebre convulsa
de la vida duerme bien; la traición llegó a su máximo; ni acero, veneno, odio interno,
tropas extranjeras, nada puede ya alcanzarle más.
LADY MACBETH.—¡Vamos! Querido esposo, suaviza esa frente arrugada y esta
noche muéstrate radiante y jovial ante tus invitados.
MACBETH.—Así lo haré, mi amor. Tú también, te lo suplico. Pon tu pensamiento
en Banquo, ríndele honores con los ojos y la lengua. Al no estar seguros, lavemos
nuestra honra en las aguas del halago. Que nuestra cara sea la máscara del pecho y lo
encubra.
LADY MACBETH.—No sigas así.
MACBETH.—¡Ah, esposa! Tengo el alma llena de escorpiones. Sabes que Banquo y
su Fleance aún viven.
LADY MACBETH.—Mas en ellos la estampa de la vida no es eterna.
MACBETH.—Aún hay consuelo, son vulnerables, conque ánimo. Antes que dé fin
el enclaustrado vuelo del murciélago y a la llamada de la negra Hécate el zumbido del
inmundo escarabajo anuncie la noche soñolienta, se habrá cumplido una acción de

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horrible cuño.
LADY MACBETH.—¿Qué acción?
MACBETH.—No quieras conocerla, mi paloma, hasta aplaudirla. —Ven, noche
cegadora, véndale los tiernos ojos al día compasivo y con tu mano sangrienta a
invisible anula y destruye el gran vínculo que tanto me horroriza. La noche se espesa
y hacia el bosque tenebroso vuela el cuervo. La bondad del día decae y reposa, y
acechan los negros seres de las sombras. Oírme te pasma. Mas no estés inquieta: lo
que el mal emprende con mal se refuerza. Te lo ruego, ven conmigo.
(Salen.)

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ESCENA III
Parque, con una puerta que lleva al Palacio.

(Entran tres Asesinos.)

ASESINO PRIMERO.—¿Quién te dijo que vinieras?


ASESINO TERCERO.—Macbeth.
ASESINO SEGUNDO.—No hay por qué dudar de él: conoce nuestro encargo y nos
ha dado órdenes precisas.
ASESINO PRIMERO.—Entonces que se venga. Aún asoman a poniente algunos
rayos. Ahora el viajero retrasado hinca espuelas por llegar a tiempo a la posada, y el
hombre al que esperamos ya se acerca.
ASESINO TERCERO.—Calla. Oigo caballos.
BANQUO. (Dentro.)—¡Eh, tráeme luz!
ASESINO SEGUNDO.—Es él. Los demás convidados de la lista ya están en la
corte.
ASESINO PRIMERO.—Ha dejado los caballos.
ASESINO TERCERO.—Casi a una milla. Pero él suele, igual que todos, ir a pie
desde aquí hasta las puertas de palacio.
(Entran Banquo y Fleance con una antorcha.)
ASESINO SEGUNDO.—¡Alumbrad, alumbrad!
ASESINO TERCERO.—Es él.
ASESINO PRIMERO.—Preparados.
BANQUO.—Habrá lluvia esta noche.
ASESINO PRIMERO.—¡Pues que caiga!
(Atacan a Banquo.)
BANQUO.—¡Ah, traición! ¡Huye, mi Fleance! ¡Huye, huye, huye! Podrás
vengarme. ¡Ah, canalla!
(Muere. Fleance escapa.)
ASESINO TERCERO.—¿Quién apagó la antorcha?
ASESINO PRIMERO.—¿No era ese el plan?
ASESINO TERCERO.—Sólo ha caído uno; el hijo ha huido.
ASESINO SEGUNDO.—Pues perdimos la mejor mitad de nuestro encargo.
ASESINO PRIMERO.—Bueno, vámonos a contar lo que hemos hecho.
(Salen.)

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ESCENA IV
Gran salón en el Palacio.

(Banquete preparado. Entran Macbeth, Lady Macbeth, Lennox, Ross, Nobles


y acompañamiento.)

MACBETH.—Conocéis vuestro rango; sentaos. Sed todos cordialmente


bienvenidos.
NOBLES.—Gracias, Majestad.
MACBETH.—En cuanto a mí, me mezclaré con los presentes y haré de humilde
anfitrión. La reina permanecerá en su sillón, mas oportunamente rogaré su
bienvenida.
LADY MACBETH.—Mi señor, dásela a todos en mi nombre, pues los acojo de todo
corazón.
(Entra el Asesino Primero.)
MACBETH.—Mira, te responden con afable gratitud. —Los dos lados, iguales. Me
sentaré en el centro. —Prodigad alegría. Ahora pasaré la copa por la mesa. (Al
Asesino.)—Llevas sangre en la cara.
ASESINO PRIMERO.—Es la de Banquo.
MACBETH.—Mejor en tu exterior que dentro de él. ¿Está muerto?
ASESINO PRIMERO.—Degollado, señor. Yo lo hice.
MACBETH.—Eres el mejor degollador, aunque bueno es también el que mató a
Fleance. Si fuiste tú, no tienes rival.
ASESINO PRIMERO.—Soberano señor, Fleance ha escapado.
MACBETH.—Ya vuelve mi angustia. Si no, estaría sereno; entero como el mármol,
firme como roca, tan libre como el aire que me envuelve. Ahora estoy encerrado,
encarcelado, cautivo, preso de insolentes dudas y temores. —Pero Banquo, ¿estás
seguro?
ASESINO PRIMERO.—Sí, mi señor. Seguro en un foso, con veinte tajos que le
surcan la cabeza; el menor era de muerte.
MACBETH.—Gracias. —Ahí yace la serpiente; su cría ha huido y tiene vida que
podrá criar veneno, aunque ahora está sin dientes. —Vete ya, mañana nos veremos.
(Sale el Asesino Primero.)
LADY MACBETH.—Mi regio esposo, no das acogimiento. Un banquete es comida
que se cobra si, en su curso, no se brindan atenciones: hay que mostrar complacencia.
Por comer, más vale quedar en casa; fuera de ella no hay festín sin cortesías, tan sólo
una triste reunión.
(Entra el Espectro de Banquo y se sienta en el sitio de Macbeth.)

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MACBETH.—¡Mi fiel recordadora! —La buena digestión dé servicio al apetito, y
salud para los dos.
LENNOX.—Dignaos tomar asiento, Majestad.
MACBETH.—Todas las glorias del país se hallarían bajo este techo si no faltara el
gentil Banquo, a quien prefiero acusar de negligencia que llorarle una desgracia.
ROSS.—Señor, su ausencia empaña su promesa. Majestad, dignaos favorecernos con
vuestra augusta compañía.
MACBETH.—No hay sitio en la mesa.
LENNOX.—Aquí hay uno reservado.
MACBETH.—¿Dónde?
LENNOX.—Aquí, señor. ¿Qué es lo que os agita, Majestad?
MACBETH.—¿Quién de vosotros ha hecho esto?
NOBLES.—¿Qué, señor?
MACBETH. (Al Espectro.)—Tú no puedes decir que he sido yo. ¡No sacudas contra
mí tu melena ensangrentada!
ROSS.—Levantaos, caballeros. El rey está indispuesto.
LADY MACBETH.—Sentaos, nobles amigos. Mi esposo ha estado así desde muy
joven. Seguid sentados: el acceso es pasajero, en seguida estará bien. Si os fijáis
mucho en él le ofenderéis y alargaréis su mal. Comed, no le hagáis caso. —¿Tú eres
hombre?
MACBETH.—Sí, un valiente que no teme mirar lo que aterraría al diablo.
LADY MACBETH.—¡Qué estupidez! No es más que la imagen de tu espanto, la
daga aérea que decías que te llevó a Duncan. Ah, estos ataques y rachas, impostores
del terror, convendrían a un cuento de viejas contado al amor de la lumbre. ¡Ah,
deshonra! ¿A qué vienen esas muecas? Al final, no ves más que un asiento.
MACBETH.—¡Mira ahí! ¡Ve, mira, contempla! ¿Qué dices? (Al Espectro.)—¡Qué
me importa! Si inclinas la cabeza, habla también. Si osarios y tumbas nos devuelven
a los muertos, ya no habrá más panteones que el buche de los milanos.
(Sale el Espectro.)
LADY MACBETH.—¿Has perdido la hombría en la locura?
MACBETH.—¡Como estoy vivo, que lo he visto!
LADY MACBETH.—¡Qué vergüenza!
MACBETH.—La sangre se derramaba ya de antiguo, antes que las leyes humanas
suavizaran las costumbres; sí, y después se han perpetrado crímenes que espantan al
oírlos. Hubo un tiempo en que unos sesos estrellados decían muerte y nada más; pero
ahora resucitan con veinte tajos por toda la cabeza y nos roban el asiento. Esto es más
pasmoso que un crimen semejante.
LADY MACBETH.—Mi señor, tus nobles amigos te echan de menos.
MACBETH.—Me olvidé. —No os asombre mi conducta, amigos míos. Padezco una

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extraña dolencia, que no es nada para quien me conoce. ¡Vamos, amistad y salud a
todos! Ahora me sentaré. ¡Echadme vino hasta el borde!
(Entra el Espectro.)
Bebo por el gozo general de nuestra mesa y por nuestro querido Banquo, ahora
ausente. ¡Ojalá estuviera aquí! ¡Brindo por todos y por él! ¡Todos por todos!
NOBLES.—¡Nuestro brindis con lealtad!
MACBETH. (Al Espectro.)—¡Vete, fuera de mi vista! ¡La tierra te esconda! No hay
tuétano en tus huesos, fría es tu sangre. No tienes visión en esos ojos de ira que me
clavas.
LADY MACBETH.—Buenos nobles, tomad esto como algo habitual, no es otra
cosa, aunque empaña el agrado del momento.
MACBETH. (Al Espectro.)—A cuanto el hombre se atreva, yo me atrevo: acércate
como el feroz oso de Rusia, el rinoceronte acorazado o el tigre de Hircania[17]; adopta
cualquier forma menos ésa, y mis firmes fibras nunca temblarán. O resucita y rétame
a campo abierto con tu espada: si el temblor me señorea, proclámame una niña.
¡Fuera, sombra horrenda! ¡Vete, ficción!
(Sale el Espectro.)
Bien, se ha ido, y ya vuelvo a ser hombre. —Os lo ruego, seguid sentados.
LADY MACBETH.—Desahucias el contento y enturbias la armonía con tu
asombrosa alteración.
MACBETH.—¿Puede ocurrir algo así y pasar sobre nosotros como nube de verano
sin que nos deje suspensos? Me volvéis un extraño a mi propia condición cuando veo
que contempláis tales visiones sin que el rojo os abandone las mejillas cuando las
mías las blanquea el miedo.
ROSS.—¿Qué visiones, señor?
LADY MACBETH.—No habléis, os lo ruego: se pone cada vez peor. Conversar le
enfurece. Digamos buenas noches. No os preocupe el orden de salida y salid ya.
LENNOX.—Buenas noches y mejor salud a Su Majestad.
LADY MACBETH.—A todos, feliz noche.
(Salen Nobles y acompañamiento.)
MACBETH.—Quiere sangre, dicen: la sangre quiere sangre. Se sabe que las piedras
se han movido y los árboles hablado; agüeros, relaciones explicadas valiéndose de
urracas, grajos y cornejas, hallaron al criminal más oculto. ¿Qué hora es?
LADY MACBETH.—La hora en que pugnan noche y día.
MACBETH.—¿Qué me dices de Macduff, que desatiende mi solemne invitación?
LADY MACBETH.—¿Le has citado, señor?
MACBETH.—No; me lo han dicho. Pero le citaré: no hay ninguno en cuya casa yo
no tenga un informante. Mañana, y bien temprano, iré a ver a las Hermanas Fatídicas.
Quiero saber más; estoy decidido a oír lo peor por el peor medio. Nada ha de

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estorbarme. Estoy tan adentro en un río de sangre que, si ahora me estanco, no será
más fácil volver que cruzarlo. Llevo en la cabeza ideas extrañas que han de ejecutarse
antes de estudiarlas.
LADY MACBETH.—Te falta la sal de la vida, el sueño.
MACBETH.—Vamos a dormir. Sólo es mi quimera temor de novicio: le falta
experiencia. En acción aún somos nuevos.
(Salen.)

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ESCENA V
La llanura.

(Truenos. Entran las tres Brujas al encuentro de Hécate.)

BRUJA PRIMERA.—Estás airada, Hécate. ¿Qué pasa?


HÉCATE.—¿Y no hay motivo, viejas harapientas? Pues, ¿cómo habéis tenido la
insolencia de tratar con Macbeth para moverle con enigmas y pláticas de muerte y yo,
divinidad de vuestros ritos, y secreta urdidora de perjuicios, nunca he sido llamada a
tener parte ni dar gloria y honor a nuestro arte? Y lo peor es que sólo habéis logrado
trabajar al servicio de un reacio, rencoroso y brutal que, como todos, no os ama más
que en beneficio propio. Ahora, pues enmienda os corresponde, partid y, junto al
pozo de Aqueronte[18], buscadme de mañana, que allí mismo él irá a preguntaros su
destino. Aprestad los calderos, los encantos, los conjuros y todo lo obligado.
Asciendo al aire: pienso dedicar esta noche a un propósito fatal. El día grandes cosas
nos anuncia. Ahora pende de un cuerno de la luna una gota espumosa de gran magia;
me he propuesto cogerla cuando caiga. Destilada por métodos ocultos, invocará a
espíritus astutos que, en virtud de su equívoca ilusión, le hundirán en la ruina y
perdición. Despreciando la muerte, el propio sino, confiará sin temor, piedad ni
juicio: La despreocupación, lo sabéis ya, es la gran enemiga de un mortal.
(Música y canción.)
Silencio: me llaman. Mi pequeño trasgo en nube brumosa me aguarda sentado.
(Cantan dentro.) «Vente ya, vente ya, etc.».
BRUJA PRIMERA.—Vámonos, deprisa. Ella volverá pronto.
(Salen.)

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ESCENA VI
Forres. Una sala en el Palacio.

(Entran Lennox y otro Noble.)

LENNOX.—Lo que yo decía casa con vuestras ideas; haced vuestras deducciones.
Yo sólo digo que todo ha ocurrido de un modo extraño. El augusto Duncan fue
llorado por Macbeth (vaya, había muerto) y el valiente Banquo paseaba muy tarde.
Digamos que Fleance lo mató, pues Fleance huyó: no se debe pasear tan tarde.
¿Quién podría no pensar que Malcolm y Donalbain, matando a su augusto padre, no
cometieron una acción monstruosa? ¡Ese crimen! ¡Cómo apenó a Macbeth! ¿No
corrió en piadosa cólera a destrozar a los culpables, esclavos del sueño y la bebida?
¿No fue un acto de nobleza? Sí, y de prudencia, pues cualquier alma se habría
enfurecido oyendo a esos hombres negarlo. Así que digo que ha llevado bien las
cosas y creo que, de estar bajo su férula los hijos de Duncan (no lo estarán, Dios
mediante), ya verían lo que es matar a un padre; Fleance, también. Pero alto, pues por
hablar claro y no acudir al festín del tirano, me han dicho que Macduff ha caído en
desgracia. Señor, ¿sabéis dónde reside?
NOBLE.—El primogénito de Duncan, cuyo derecho detenta el tirano, reside en la
corte inglesa. Allí le acogió el piadoso Eduardo con tal benevolencia que su gran
infortunio no le resta en nada el alto respeto que merece. Y allí ha ido Macduff a
rogar al santo rey que apoye su causa y mueva a Northumberland y al bélico Siward,
para que, con su ayuda y la sanción del Altísimo, podamos de nuevo dar comida a
nuestras mesas, sueño a nuestras noches, liberar los festines de puñales sangrientos,
rendir acatamiento y recibir honores, todo lo cual añoramos. Estas nuevas enojaron
tanto al rey, que ya prepara alguna acción de guerra.
LENNOX.—¿Y él no citó a Macduff?
NOBLE.—Sí, y éste respondió con un rotundo «No, señor». El ceñudo mensajero
dio media vuelta y gruñó, como diciendo: «Os pesará cargarme con esa respuesta».
LENNOX.—Eso debe aconsejarle precaución y guardar cuanta distancia le dicte su
buen juicio. ¡Que vuele un santo ángel a la corte de Inglaterra y anuncie su mensaje
antes que él llegue, para que una bendición venga pronto a nuestra tierra, que padece
bajo una mano infame!
NOBLE.—Vayan con él mis plegarias.
(Salen.)

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ACTO CUARTO

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ESCENA I
Una caverna. En medio, una caldera hirviendo.

(Truenos. Entran las tres Brujas.)

BRUJA PRIMERA.—Tres veces maulló el gato atigrado.


BRUJA SEGUNDA.—Tres veces. Y una gimió el puercoespín.
BRUJA TERCERA.—Harpier ha gritado: «¡Ya es hora, ya es hora!»
BRUJA PRIMERA.—En torno al caldero dad vueltas y vueltas y en él arrojad la
viscera infecta. Que hierva primero el sapo que cría y suda veneno por treinta y un
días yaciendo dormido debajo de rocas: que sea cocido en la mágica olla.
TODAS.—Dobla, dobla la zozobra; arde, fuego; hierve, olla.
BRUJA SEGUNDA.—Rodaja de bicha que vive en la ciénaga, aquí, en el puchero,
que hierva y se cueza, con dedo de rana y ojo de tritón, y lengua de víbora y diente de
lución, lana de murciélago y lengua de perro, pata de lagarto y ala de mochuelo. Si
hechizo potente habéis de crear, hervid y coceos en bodrio infernal.
TODAS.—Dobla, dobla la zozobra; arde, fuego; hierve, olla.
BRUJA TERCERA.—Escama de drago, colmillo de lobo y momia de bruja, con
panza y mondongo de voraz marrajo de aguas salinas, raíz de cicuta en sombras
cogida, hígado que fue de judío blasfemo, con hiel de cabrío y retoños de tejo que en
noche de eclipse lunar arrancaron, narices de turco y labios de tártaro, dedo de
criatura que fue estrangulada cuando una buscona la parió en la zanja. Haced esta
gacha espesa y pegada; con los ingredientes de nuestro potingue echad al caldero
entraña de tigre.
TODAS.—Dobla, dobla la zozobra; arde, fuego; hierve, olla.
BRUJA SEGUNDA.—Enfriad el caldo con sangre de mico y firme y seguro será
nuestro hechizo.
(Entra Hécate con otras tres Brujas.)
HÉCATE.—¡Buen trabajo! Alabo vuestra maña, y todas tendréis parte en la
ganancia. Ahora cantad en torno del caldero, girad como las hadas y los elfos para
hechizo de todo lo que hay dentro.
(Música y canción.): «Espíritus negros, etc.».
BRUJA SEGUNDA.—Los pulgares me hormiguean: algo malvado se acerca. Abran,
llaves, a quien llame.

(Entra Macbeth.)

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MACBETH.—Bien, sombrías y enigmáticas brujas de medianoche. ¿Qué hacéis?
TODAS.—Una acción sin nombre.
MACBETH.—Yo os conjuro, en nombre de vuestro arte, cualquiera que sea su
fuente, que me respondáis. Aunque desatéis los vientos y los lancéis contra las
iglesias; aunque el mar encrespado aniquile y se trague las embarcaciones; aunque se
abata el trigo verde y se derriben los árboles; aunque caigan los castillos sobre sus
guardianes; aunque se inclinen palacios y pirámides; aunque se derrumbe el granero
de gérmenes de la naturaleza hasta saciar a la propia destrucción: responded a mis
preguntas.
BRUJA PRIMERA.—Habla.
BRUJA SEGUNDA.—Pregunta.
BRUJA TERCERA.—Responderemos.
BRUJA PRIMERA.—Dinos si prefieres que hable nuestra boca o la de nuestros
amos.
MACBETH.—Llamadlos, que los vea.
BRUJA PRIMERA.—Verted sangre de la cerda que engulló a sus nueve crías; grasa
que sudó horca de asesino, echadla en seguida a las llamas.
TODAS.—Seas de abajo o de arriba, ven y muéstrate luciendo la maestría.
(Truenos. Primera aparición: cabeza cubierta con yelmo.)
MACBETH.—Fuerza ignota, dime…
BRUJA PRIMERA.—Sabe lo que piensas: oye sus palabras; hablarle no quieras.
APARICIÓN.—¡Macbeth, Macbeth, Macbeth! ¡Atento a Macduff, atento al Barón
de Fife! Dejadme ya.
(Desciende.)
MACBETH.—Quienquiera que seas, gracias por tu aviso. Acertaste mi temor. Pero
escucha…
BRUJA PRIMERA.—No admite órdenes. Otro aún más poderoso viene ahora.
(Truenos. Segunda aparición: niño ensangrentado.)
APARICIÓN.—¡Macbeth, Macbeth, Macbeth!
MACBETH.—¡Quién tuviera tres oídos para oírte!
APARICIÓN.—Sé cruel, resuelto, audaz. Ríete del poder del hombre: nadie nacido
de mujer a Macbeth podrá dañar.
(Desciende.)
MACBETH.—Entonces vive, Macduff. ¿Qué puedo temer de ti? Con todo, daré
doble certeza a lo ya cierto tomando al destino por garante: morirás y yo diré
embustero al miedo cobarde y dormiré a pesar del trueno.
(Truenos. Tercera aparición: niño coronado, con un árbol en la mano.)
¿Quién es este que, semejante al hijo de un rey, se eleva ciñendo a sus sienes de niño
la corona de la majestad?

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TODAS.—Escucha y no le hables.
APARICIÓN.—Ten brío de león, sé altivo y no atiendas a quien incomoda, conspira
o se inquieta: Macbeth no caerá vencido hasta el día en que contra él el bosque de
Birnam suba a Dunsinane.
(Desciende.)
MACBETH.—Nunca ocurrirá. ¿Quién puede alistar al bosque, mandar al árbol
«¡Arráncate!». Buena profecía. Muertos rebeldes, no os alcéis mientras Birnam no se
alce; el encumbrado Macbeth va a vivir su trecho de vida y ceder su aliento al tiempo
y la muerte. Mas anhela mi alma saber algo. Si vuestra ciencia hasta ahí alcanza,
decidme: ¿Reinará algún día la progenie de Banquo en nuestro reino?
TODAS.—No intentes saber más.
MACBETH.—Tenéis que complacerme. Si me lo negáis, ¡así os caiga la eterna
maldición! ¡Decídmelo!
(Desciende el caldero. Oboes.)
¿Por qué baja el caldero? ¿Y estos sones?
BRUJA PRIMERA.—¡Mostraos!
BRUJA SEGUNDA.—¡Mostraos!
BRUJA TERCERA.—¡Mostraos!
TODAS.—Al ojo mostraos, su alma afligid. Venid como sombras, como ellas partid.
(Aparición de ocho reyes, el último con un espejo en la mano, seguidos de
Banquo.)
MACBETH.—¡Cuánto te pareces al espectro de Banquo! ¡Fuera! Tu corona me
abrasa los ojos. —Tu cabello, ceñido también por el oro, se asemeja al del primero.
—Y así, el tercero. —Sucias viejas, ¿por qué me mostráis esto? —¿Un cuarto?
¡Saltad, ojos! —¡Cómo! ¿Llegará su linaje hasta el fin del mundo? —¿Otro? ¿El
séptimo? Ya no miro más. Pero llega el octavo portando un espejo que muestra a
muchos más; y algunos de ellos llevan dos orbes y tres cetros. ¡Horrible visión!
Ahora veo que es verdad: Banquo[19], con el pelo emplastado de sangre, me sonríe y
los señala como descendientes. —¿Es cierto?
(Salen los reyes y Banquo.)
HÉCATE.—Pues sí, todo es muy cierto. Mas, ¿por qué se queda tan atónito
Macbeth? Hermanas, renovemos su alegría y mostrémosle ya nuestras delicias. Daré
sonido al aire con mi magia mientras giráis en vuestra rara danza, pues así este gran
rey dirá, benigno, que pagan su acogida sí supimos.
(Música. Bailan las Brujas y desaparecen con Hécate.)
MACBETH.—¿Dónde están? ¿Se fueron? ¡Que esta hora infame sea por siempre
maldita en el calendario! —¡Que entre el de ahí fuera!
(Entra Lennox.)
LENNOX.—¿Qué deseáis, Majestad?

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MACBETH.—¿Has visto a las Hermanas Fatídicas?
LENNOX.—No, mi señor.
MACBETH.—¿No pasaron por tu puesto?
LENNOX.—De verdad que no, señor.
MACBETH.—Infecto quede el aire en que cabalgan y malditos cuantos de ellas se
fíen. He oído un galopar de caballos. ¿Quién venía?
LENNOX.—Señor, dos o tres que os traen la noticia de que Macduff ha huido a
Inglaterra.
MACBETH.—¿Huido a Inglaterra?
LENNOX.—Sí, mi señor.
MACBETH.—Tiempo, me impides los actos horrendos. A la fugaz intención no se
le da alcance si no le sigue una acción rápida. Desde ahora, las primicias de mi pecho
serán las primicias de mi mano. Y ahora mismo, por coronar el pensamiento, sea
dicho y hecho: tomaré por sorpresa el castillo de Macduff, ocuparé Fife; pasaré a
cuchillo a su mujer, sus criaturas y su triste descendencia. No es la bravata de un
tonto: antes que se enfríe, cumpliré el propósito. Basta de visiones. —¿Dónde están
los mensajeros? Ven, llévame donde estén.
(Salen.)

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ESCENA II
Fife. Una sala en el castillo de Macduff.

(Entran Lady Macduff, su Hijo y Ross.)

LADY MACDUFF.—¿Qué es lo que ha hecho que le obligue a huir?


ROSS.—Tienes que dominarte.
LADY MACDUFF.—Él no lo hizo. Huir fue una locura. Cuando no nuestros actos,
nuestro miedo nos vuelve traidores.
ROSS.—Si fue miedo o prudencia no lo sabes.
LADY MACDUFF.—¿Prudencia? ¿Abandonar a su mujer, sus criaturas, su hogar,
su hacienda en un sitio del que él mismo huye? No nos quiere. No tiene sentimientos
de padre. Hasta el pobre reyezuelo, el más menudo pajarillo, defiende a las crías de
su nido contra el búho. Todo es miedo, no hay cariño; y apenas hay prudencia cuando
huir está tan fuera de razón.
ROSS.—Cálmate, querida prima, te lo ruego. Tu marido es noble, prudente,
ponderado y entiende bien las convulsiones del momento. No me atrevo a seguir, mas
crueles son los tiempos en que somos traidores y no nos conocemos; en que se juzga
el rumor según lo que se teme sin saber lo que se teme; en que nos lleva cada impulso
y movimiento de un mar agitado. Debo despedirme; no tardaré mucho en volver a
verte. Cesarán los grandes males o retrocederán adonde estaban antes. —Jovencito,
que Dios te bendiga.
LADY MACDUFF.—Tiene padre y está huérfano.
ROSS.—Me emociono tanto que, si me quedara, sería mi sonrojo y tu desconcierto.
Me despido ya.
(Sale.)
LADY MACDUFF.—Niño, tu padre ha muerto. ¿Qué harás tú ahora? ¿Cómo
vivirás?
HIJO.—Como los pájaros, madre.
LADY MACDUFF.—¿Cómo? ¿De gusanos y moscas?
HIJO.—De lo que encuentre, como hacen ellos.
LADY MACDUFF.—¡Pobre pajarillo! ¿No tendrás miedo de la red, la liga, el lazo o
la trampa?
HIJO.—¿Por qué, madre? No las ponen para los pájaros pobres. Y, digas lo que
digas, mi padre no ha muerto.
LADY MACDUFF.—Sí que ha muerto. ¿Qué harás sin un padre?
HIJO.—¿Y tú qué harás sin un marido?
LADY MACDUFF.—Yo puedo comprarme veinte donde quiera.

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HIJO.—Pues los comprarás para venderlos.
LADY MACDUFF.—Hablas como un niño, aunque, la verdad, como un niño muy
listo.
HIJO.—Madre, ¿mi padre fue un traidor?
LADY MACDUFF.—Sí lo fue.
HIJO.—¿Qué es un traidor?
LADY MACDUFF.—Pues uno que jura y miente.
HIJO.—¿Y todos los que lo hacen son traidores?
LADY MACDUFF.—Todo el que lo hace es un traidor y hay que ahorcarlo.
HIJO.—¿Y hay que ahorcar a todos los que juran y mienten?
LADY MACDUFF.—A todos.
HIJO.—¿Y quién va a ahorcarlos?
LADY MACDUFF.—Pues los hombres de bien.
HIJO.—Entonces los que juran y mienten son tontos, pues hay de sobra para ganar a
los hombres de bien y ahorcarlos.
LADY MACDUFF.—Dios te valga, diablillo. Pero, ¿qué vas a hacer sin un padre?
HIJO.—Si hubiera muerto, tú le llorarías. Si no le llorases, sería señal de que pronto
tendría otro padre.
LADY MACDUFF.—¡Ay, mi parlanchín! ¡Cuánto hablas!
(Entra un Mensajero.)
MENSAJERO.—Dios os bendiga, señora. No me conocéis, pero yo sí conozco
vuestro rango. Temo que algún peligro se os acerca. Si queréis tomar consejo de un
hombre sencillo, no sigáis aquí, marchaos con vuestros hijos. Tal vez sea brutal
asustaros así, pero más atroz sería el ataque que ya tenéis muy cerca. El cielo os
asista; más no puedo quedarme.
(Sale.)
LADY MACDUFF.—¿Adónde huir? Yo no he hecho ningún daño. Aunque bien
recuerdo que estoy en el mundo, donde suele alabarse el hacer daño y hacer bien se
juzga locura temeraria. Entonces, ¿a qué acogerse a la defensa mujeril diciendo que
no he hecho ningún daño?
(Entran Asesinos.)
¿Qué caras son estas?
ASESINO.—¿Dónde está vuestro esposo?
LADY MACDUFF.—Espero que en ningún lugar tan impío donde alguien como tú
pueda encontrarle.
ASESINO.—Es un traidor.
HIJO.—¡Mentira, canalla peludo!
ASESINO.—¡Cómo, renacuajo! ¡Cachorro de traición!
(Le mata.)

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HIJO.—Me ha matado, madre. ¡Huye, te lo ruego!

(Sale Lady Macduff gritando «¡Criminal!» perseguida por los Asesinos.)

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ESCENA III
Inglaterra. Ante el Palacio del Rey.

(Entran Malcolm y Macduff.)

MALCOLM.—Busquemos una sombra solitaria donde vaciar de nuestro pecho la


tristeza.
MACDUFF.—Mejor empuñemos la espada mortal y, como hombres dignos,
defendamos nuestra patria derribada. Cada nuevo día gimen más viudas, lloran más
huérfanos, hieren más pesares la bóveda del cielo, que resuena cual sufriendo con
Escocia y lanzando iguales sílabas de pena.
MALCOLM.—Lloraré lo que crea, creeré lo que sepa y, lo que pueda, hallaré
ocasión de corregirlo. Lo que me has dicho tal vez sea verdad. A ese tirano, cuyo solo
nombre nos llaga la lengua, se le tenía por hombre de bien. Tú le has querido, él no te
ha tocado. Soy joven, y conmigo bien podrías ganarte su favor. Sería muy juicioso
ofrendar un corderillo débil a inocente y aplacar a un dios airado.
MACDUFF.—Yo no soy un traidor.
MALCOLM.—Pero Macbeth sí. Hasta un alma buena y virtuosa puede flaquear ante
una orden regia. Mas perdóname: mis ideas no pueden cambiar lo que tú eres. Los
ángeles aún brillan, aunque cayera el más brillante. La maldad puede disfrazarse de
virtud, mas la virtud no lleva máscara.
MACDUFF.—He perdido mi esperanza.
MALCOLM.—Quizá donde nace mi recelo. ¿Por qué sin despedirte, de improviso,
dejaste esposa e hijos, valiosos alicientes, fuertes nudos de amor? Te lo ruego, que no
te deshonren mis sospechas: es por mi seguridad. Tal vez seas muy leal, piense yo lo
que piense.
MACDUFF.—¡Desángrate, pobre patria! Gran tiranía, pon sólidos cimientos: la
bondad no se atreve a contenerte. Cíñete tu agravio: lo confirmó tu derecho. Adiós,
señor. Yo no sería el canalla que pensáis por todo el territorio del tirano con el
Oriente y sus riquezas.
MALCOLM.—No te ofendas. No hablo así porque sienta total desconfianza. Creo
que nuestra patria se hunde bajo el yugo, sangra, llora, y que cada día se añade a sus
heridas otra cuchillada. También creo que por mi causa se alzarían muchas manos y
aquí el rey inglés me ha ofrecido generoso varios miles. Y, sin embargo, cuando pise
la cabeza del tirano o la clave en la punta de mi espada, la pobre Escocia sufrirá
males peores, más padecimientos y de más maneras que nunca con el que le suceda.
MACDUFF.—¿Quién será?
MALCOLM.—Me refiero a mí mismo, en quien está tan injertado todo género de

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vicios que, cuando se destapen, el negro Macbeth parecerá más blanco que la nieve y
el pobre país le tendrá por un cordero, comparado con mis vicios infinitos.
MACDUFF.—De las legiones del horrible infierno jamás saldrá un diablo más
maldito en sus maldades que Macbeth.
MALCOLM.—Es cierto que es sanguinario, lascivo, codicioso, pérfido, falsario,
violento, malicioso, con tintes de todo pecado que tenga nombre. Pero mi lujuria no
tiene fondo, ninguno. Vuestras esposas, hijas, madres y doncellas no podrían llenar
mi pozo, y mi pasión derribaría cualquier barrera de pudor que se opusiera a mi
deseo. Antes que uno así, mejor que reine Macbeth.
MACDUFF.—La intemperancia sin freno es tirana de la vida: ha causado la
prematura pérdida de tronos y la caída de muchos reyes. Mas no temáis tomar lo que
es vuestro: en secreto podéis dar campo libre a los placeres pareciendo casto y así
engañando al mundo. Damas complacientes no escasean y en vos no puede haber tal
buitre que devore a cuantas se ofrezcan a la soberanía al verla en tal disposición.
MALCOLM.—Además, crece en mi carácter mal compuesto codicia tan insaciable
que, si yo fuera rey, acabaría con los nobles por tener sus tierras, desearía las joyas de
éste, la casa de aquél, y tener más sería como una salsa que más hambre me diera,
haciéndome emprender injustos pleitos contra fieles y leales para hundirlos por sus
bienes.
MACDUFF.—La codicia arraiga hondo y crece con raíces más perversas que la
lujuria, flor de verano; fue la espada que dio muerte a muchos reyes nuestros. Mas no
temáis: Escocia es pródiga en recursos que colmarán vuestro deseo, y sólo en
vuestras propias tierras. Todo eso lo equilibran las virtudes.
MALCOLM.—Que yo no tengo. Las que convienen a un rey, como justicia, verdad,
templanza, constancia, largueza, perseverancia, clemencia, humildad, entrega,
paciencia, valor, fortaleza, en mí ni asoman. En cambio, soy fecundo en variaciones
sobre cada delito, que practico de muchas maneras. Si tuviese yo el poder, echaría la
miel de la concordia a los infiernos, turbaría la paz del mundo, destruiría la unidad de
la tierra.
MACDUFF.—¡Ah, Escocia, Escocia!
MALCOLM.—Si alguien así es digno de reinar, dilo. Yo soy el que he dicho.
MACDUFF.—¿Digno de reinar? No, ni de vivir. ¡Ah, mísero país! Con un tirano
usurpador, de cetro ensangrentado, ¿cuándo volverán tus días de salud si el legítimo
heredero de tu trono se acusa y excluye a sí mismo, renegando de su sangre? Vuestro
augusto padre era un rey sacrosanto, y vuestra madre, la reina, más veces de rodillas
que de pie, moría cada día de su vida. Adiós. Los males que os habéis imputado me
desterraron de Escocia. Pecho mío, aquí acaba tu esperanza.
MALCOLM.—Macduff, toda esa noble emoción, hija de la integridad, borra de mi
alma mis negras sospechas y reconcilia mi ánimo con tu honor y verdad. Con tretas

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semejantes el diabólico Macbeth ha intentado ganarme para sí, mas la prudente
mesura frena mi credulidad. Desde ahora, poniendo por testigo al Dios del cielo, me
entrego a tu guía y me retracto de las acusaciones que me hacía: me desdigo de los
vicios y defectos que me he imputado por extraños a mi ser. Todavía no conozco
mujer, nunca he perjurado, apenas codicié lo que era mío, nunca he sido desleal,
jamás traicionaría al diablo con los suyos y amo tanto la verdad como la vida. Mi
primera falsedad ha sido ésta, conmigo. El que soy realmente tuyo es, y al servicio de
mi patria. A ella, antes de que tú llegases, se disponía a partir el viejo Siward con diez
mil hombres aguerridos y dispuestos. Vayamos todos juntos y sea feliz el resultado
como justa es nuestra causa. ¿Por qué callas?
MACDUFF.—No es fácil conciliar a la vez lo agradable con lo desagradable.
(Entra un Médico.)
MALCOLM.—Ahora seguimos. —¿Podéis decirme si va a salir el rey?
MÉDICO.—Sí, señor. Hay una pobre multitud esperando a que les cure: su dolencia
desafía nuestro arte, pero él los toca (tal santidad el cielo dio a su mano) y en seguida
están curados.
MALCOLM.—Gracias, doctor.
(Sale el Médico.)
MACDUFF.—¿A qué dolencia se refiere?
MALCOLM.—La llaman el mal del rey[20]. Es un acto milagroso de este soberano
que a menudo le he visto realizar desde que estoy en Inglaterra. Cómo le inspira el
cielo sólo él lo sabe: a enfermos con males pasmosos, hinchados, llagados, de
angustioso aspecto, desesperanza de la medicina, los cura colgándoles del cuello una
medalla de oro que les pone rezando. Se dice que al linaje real que le suceda legará su
virtud curativa. A su insólito poder se une el don celestial de la profecía, y las
diversas bendiciones que rodean su trono que confirman su gracia divina.
(Entra Ross.)
MACDUFF.—Mira quién viene.
MALCOLM.—Un compatriota, mas no le reconozco.
MACDUFF.—Mi muy noble pariente, bienvenido.
MALCOLM.—Ahora le conozco. Que Dios quite pronto las causas que nos cambian
en extraños.
ROSS.—Así sea.
MACDUFF.—¿Está Escocia donde estaba?
ROSS.—¡Ah, pobre patria! Apenas se conoce. Ya no puede llamarse nuestra madre,
sino nuestra tumba, donde, salvo al ignorante, a nadie se ve sonreír; donde no se oyen
los suspiros, ayes y gemidos que rasgan el aire; donde el dolor más violento parece
un vulgar trastorno. Ya nadie pregunta por quién tocan a muerto, y los hombres de
bien caen antes que la flor de su sombrero, muriendo sin enfermar.

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MACDUFF.—Un relato muy elaborado, aunque muy cierto.
MALCOLM.—¿Cuál es el último dolor?
ROSS.—El de hace una hora ya lo silban; cada minuto engendra uno nuevo.
MACDUFF.—¿Cómo está mi esposa?
ROSS.—Pues bien.
MACDUFF.—¿Y mis hijos?
ROSS.—Bien también.
MACDUFF.—¿No ha turbado su paz ese tirano?
ROSS.—No, estaban en paz cuando los dejé.
MACDUFF.—No escatimes las palabras. ¿Cómo va todo?
ROSS.—Cuando venía para traer las nuevas que llevo con pesar, corrió el rumor de
que se alzaban muchos hombres dignos, lo que pude comprobar personalmente al ver
movilizadas las tropas del tirano. Es la hora de ayudar. Vuestra presencia en Escocia
crearía soldados y aun las mujeres lucharían por atajar sus desventuras.
MALCOLM.—Que les conforte saber que ya vamos. El augusto rey inglés nos
presta diez mil hombres y al buen Siward. No hay soldado mejor ni más curtido en
toda la cristiandad.
ROSS.—Ojalá pudiera yo corresponder a ese consuelo. Mis palabras sólo son para
gritar en el vacío, donde nadie pueda oírlas.
MACDUFF.—¿De qué se trata? ¿Es de interés general o es dolor que concierne a
una persona?
ROSS.—Ningún alma honrada podrá sustraerse a esta angustia, aunque la parte
principal te pertenece a ti.
MACDUFF.—Si es mía, no te la guardes. Vamos, dámela.
ROSS.—Que tus oídos no desprecien mi lengua de por vida: el sonido que va a
darles será el más triste que jamás oyeron.
MACDUFF.—¡Mmm! Creo que lo adivino.
ROSS.—Asaltaron tu castillo. Mataron salvajemente a tu mujer y tus criaturas.
Contarte cómo, sería añadir tu muerte al montón de pobres víctimas.
MALCOLM.—¡Cielos clementes! —Vamos, no tires del sombrero hacia los ojos.
Expresa tus penas: dolor que te guardes musita a tu pecho y le pide que estalle.
MACDUFF.—¿Mis hijos también?
ROSS.—Esposa, hijos, servidumbre, todos los que hallaron.
MACDUFF.—¡Y yo tan lejos! —¿Mataron a mi esposa?
ROSS.—Ya lo he dicho.
MALCOLM.—Consuélate. Nuestra gran venganza será la medicina que cure este
dolor.
MACDUFF.—Él no tiene hijos. ¿Todos mis pequeños? ¿Has dicho todos? ¡Buitre
del infierno! ¿Todos? ¿Todos mis polluelos con su madre de un cruel zarpazo?

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MALCOLM.—Afróntalo como un hombre.
MACDUFF.—Así lo haré, mas también debo sentirlo como un hombre. No puedo
olvidar que existían unos seres que me eran tan queridos. ¿El cielo fue testigo y no
los defendió? Macduff pecador, murieron por tu culpa. Malvado de mí, no por sus
ofensas, sino por las mías, la muerte cayó sobre sus almas. El cielo les dé paz.
MALCOLM.—Afila tu espada en tu dolor. Tu pena se convierta en rabia y no te
embote el ánimo: que te lo irrite.
MACDUFF.—¡Ah, podría llorar como mujer y bramar con esta lengua! Mas, cielos
benignos, atajad todo intervalo: ponedme a mí y al verdugo de Escocia frente a
frente, que esté al alcance de mi acero. Si se me escapa, que Dios le perdone a él
también.
MALCOLM.—Ese tono ya es de hombres. Vamos con el rey. La tropa está lista;
sólo resta despedirnos. Macbeth está maduro para la caída y los poderes del cielo ya
toman sus armas. Tu aliento reanima: muy larga es la noche que no encuentra el día.
(Salen.)

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ACTO QUINTO

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ESCENA I
Dunsinane. Una sala en el castillo.

(Entran un Médico y una Dama de compañía.)

MÉDICO.—He velado dos noches con vos, mas no he visto que sea cierta vuestra
historia. ¿Cuándo fue la última vez que paseó dormida?
DAMA.—Desde que Su Majestad salió con el ejército la he visto levantarse, ponerse
la bata, abrir su escritorio, sacar papel, doblarlo, escribir en él, leerlo, sellarlo y
después acostarse. Y todo en el más profundo sueño.
MÉDICO.—Gran alteración de la naturaleza, gozar el beneficio del sueño a la vez
que conducirse igual que en la vigilia. En tal trastorno soñoliento, además de caminar
y otras acciones, ¿la habéis oído decir algo alguna vez?
DAMA.—Sí, señor. Cosas que no repetiré.
MÉDICO.—Conmigo podéis y conviene que lo hagáis.
DAMA.—Ni con vos ni con nadie, no teniendo testigos que me apoyen.
(Entra Lady Macbeth con una vela.)
Mirad, ahí llega. Así es como sale, y os juro que está bien dormida. Escondeos y
observadla.
MÉDICO.—¿De dónde ha sacado esa luz?
DAMA.—La tenía a su lado. Siempre tiene una luz a su lado. Fue orden suya.
MÉDICO.—¿Véis? Tiene los ojos abiertos.
DAMA.—Sí, pero la vista cerrada.
MÉDICO.—¿Qué hace ahora? Mirad cómo se frota las manos.
DAMA.—Acostumbra a hacerlo como si se lavara las manos. La he visto seguir así
un cuarto de hora.
LADY MACBETH.—Aún queda una mancha.
MÉDICO.—¡Chsss..! Está hablando. Anotaré lo que diga para asegurar mi memoria.
LADY MACBETH.—¡Fuera, maldita mancha! ¡Fuera digo! La una, las dos; es el
momento de hacerlo. El infierno es sombrío. ¡Cómo, mi señor! ¿Un soldado y con
miedo? ¿Por qué temer que se conozca si nadie nos puede pedir cuentas? Mas, ¿quién
iba a pensar que el viejo tendría tanta sangre?
MÉDICO.—¿Os fijáis?
LADY MACBETH.—El Barón de Fife tenía esposa. ¿Dónde está ahora? ¡Ah!
¿Nunca tendré limpias estas manos? Ya basta, mi señor; ya basta. Lo estropeas todo
con tu pánico.
MÉDICO.—¡Vaya! Sabéis lo que no debíais.
DAMA.—Ha dicho lo que no debía, estoy segura. Lo que sabe, sólo Dios lo sabe.

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LADY MACBETH.—Aún queda olor a sangre. Todos los perfumes de Arabia no
darán fragancia a esta mano mía. ¡Ah, ah, ah!
MÉDICO.—¡Qué suspiro! Grave carga la de su corazón.
DAMA.—Ni por toda la realeza de su cuerpo llevaría yo en el pecho un corazón así.
MÉDICO.—Bien, bien, bien.
DAMA.—Dios quiera que así sea, señor.
MÉDICO.—A este mal no llega mi ciencia. Con todo, he conocido sonámbulos que
murieron en su lecho santamente.
LADY MACBETH.—Lávate las manos, ponte la bata, no estés tan pálido: te repito
que Banquo está enterrado; no puede salir de la tumba.
MÉDICO.—¿Es posible?
LADY MACBETH.—Acuéstate, acuéstate. Están llamando a la puerta. Ven, ven,
ven, ven, dame la mano. Lo hecho no se puede deshacer. Acuéstate, acuéstate,
acuéstate.
(Sale.)
MÉDICO.—¿Va a acostarse?
DAMA.—Ahora mismo.
MÉDICO.—Corren temibles rumores; actos monstruosos engendran males
monstruosos; almas viciadas descargan sus secretos a una almohada sorda: más que
un médico, necesita un sacerdote. Dios, Dios nos perdone a todos. Cuidad de ella,
apartad de su lado cuanto pueda dañarla y vigiladla de cerca. Buen descanso: lo que
he visto me aturde y deja asombrado. Pienso, mas no me atrevo a hablar.
DAMA.—Buenas noches, doctor.
(Salen.)

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ESCENA II
Campo, cerca de Dunsinane.

(Entran, con tambores y bandera, Menteth, Cathness, Angus, Lennox y


soldados.)

MENTETH.—El ejército inglés ya está cerca; lo mandan Malcolm, su tío Siward y


el buen Macduff. La venganza arde en ellos: su justa causa movería al hombre más
insensible a fiero y sangriento combate.
ANGUS.—Los encontraremos junto al bosque de Birnam: es por donde vienen.
CATHNESS.—¿Sabe alguien si Donalbain va con su hermano?
LENNOX.—No, seguro que no. Tengo una lista de toda la nobleza: está el hijo de
Siward y muchos imberbes que por vez primera ostentan su hombría.
MENTETH.—¿Qué hace el tirano?
CATHNESS.—Fortifica reciamente el gran Dunsinane. Unos dicen que está loco;
otros, que le odian menos, lo llaman intrépida furia. Lo cierto es que no puede
abrochar su mórbida causa en la correa del orden.
ANGUS.—Ahora siente sus crímenes secretos pegados a las manos. Ahora, a cada
instante, las revueltas condenan su perfidia; cuando manda, le obedecen porque
manda, nunca por afecto. Ahora ve que la realeza le viene muy ancha, como ropa de
gigante sobre un ladrón enano.
MENTETH.—¿A quién puede extrañarle que sus nervios torturados se encojan de
pavor, cuando todo lo que lleva en ese cuerpo se avergüenza de ocuparlo?
CATHNESS.—Bien, en marcha, a rendir acatamiento a quien le corresponde.
Vayamos al encuentro del médico que ha de sanar esta nación y derramemos con él
cuantas gotas de sangre purguen nuestra patria.
LENNOX.—Todas cuantas puedan regar la flor regia y anegar la mala hierba. ¡En
marcha hacia Birnam!
(Salen marchando.)

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ESCENA III
Dunsinane. Una sala en el castillo.

(Entran Macbeth, el Médico y acompañamiento.)

MACBETH.—¡No me traigáis más noticias! ¡Que huyan todos! Mientras el bosque


de Birnam no venga a Dunsinane, no cederé al miedo. ¿Quién es el niño Malcolm?
¿No nació de mujer? Los espíritus que saben todo humano acontecer me aseguraron:
«No temas, Macbeth. Nadie nacido de mujer tendrá poder sobre ti.» Conque huid,
falsos barones, y mezclaos con esos epicúreos de ingleses: ni la mente que me guía ni
mi pecho flaqueará en la duda o cejará por miedo.
(Entra un Criado.)
¡El diablo lo ponga negro, pálido imbécil! ¿De dónde sacaste esa cara de ganso?
CRIADO.—Señor, hay diez mil…
MACBETH.—¿Gansos, miserable?
CRIADO.—Soldados, señor.
MACBETH.—¡Aráñate la cara y colora ese miedo, hígados blandos! ¿Qué soldados,
bobo? ¡Muerte a tu alma! Esas mejillas de lino mueven al espanto. ¿Qué soldados,
cara de leche?
CRIADO.—Con permiso, el ejército inglés.
MACBETH.—¡Llévate esa cara!
(Sale el Criado.)
¡Seyton! —Se me encoge el alma cuando veo… —¡Eh, Seyton! —Este ataque
asentará mi suerte o me destronará. He vivido bastante; la senda de mi vida ha
llegado al otoño, a la hoja amarilla, y lo que debe acompañar a la vejez, como honra,
afecto, obediencia, amigos sin fin, no puedo pretenderlo. En su lugar, maldiciones
calladas más profundas; palabras insinceras que mi pobre alma rehusaría, mas no se
atreve. —¿Seyton?
(Entra Seyton.)
SEYTON.—¿Qué deseáis, Majestad?
MACBETH.—¿Qué más noticias?
SEYTON.—Todas las que había se han confirmado.
MACBETH.—Lucharé hasta que arranquen la carne de mis huesos. Tráeme la
armadura.
SEYTON.—Aún no hace falta.
MACBETH.—Quiero ponérmela. Mandad más jinetes, batid el territorio, ahorcad al
que hable de miedo. ¡La armadura! —¿Cómo está la enferma, doctor?
MÉDICO.—Más que una dolencia, señor, la atormenta una lluvia de visiones que la

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tiene sin dormir.
MACBETH.—Pues cúrala. ¿No puedes tratar un alma enferma, arrancar de la
memoria un dolor arraigado, borrar una angustia grabada en la mente y, con un dulce
antídoto que haga olvidar, extraer lo que ahoga su pecho y le oprime el corazón?
MÉDICO.—En eso el paciente debe ser su propio médico.
MACBETH.—¡La medicina, a los perros! A mí no me sirve. —Vamos, ponme la
armadura. ¡Mi bastón de mando! Seyton, que salgan. —Doctor, los barones huyen de
mí. —Vamos, rápido. —Si puedes, doctor, examinar la orina de mi tierra, señalar su
mal y devolverle su robusta y prístina salud te aplaudiría hasta que el eco a su vez lo
aplaudiera. —Tira fuerte. —¿Qué ruibarbo, poción, medicamento nos purgaría de
estos ingleses? ¿Sabes de ellos?
MÉDICO.—Sí, Majestad. Vuestras medidas de guerra nos llevan a oír algo.
MACBETH. (A Seyton.)—Eso tráetelo. —Sólo temeré la muerte o la ruina si viene a
Dunsinane el bosque de Birnam.
MÉDICO. (Aparte.)—Si me hubiera ido ya de Dunsinane, nunca por dinero habría
de volver.
(Salen.)

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ESCENA IV
Campo ante Dunsinane. Un bosque al fondo.

(Entran, con tambores y bandera, Malcolm, Siward, Macduff, el joven Siward,


Menteth, Cathness, Angus y soldados en marcha.)

MALCOLM.—Parientes, espero que esté cerca el día en que nuestra alcoba sea un
lugar seguro.
MENTETH.—No nos cabe duda.
SIWARD.—¿Qué bosque es el de ahí enfrente?
MENTETH.—El bosque de Birnam.
MALCOLM.—Que cada soldado corte una rama y la lleve delante. Así
encubriremos nuestro número, y quienes nos observen errarán su cálculo.
SOLDADO.—A vuestras órdenes.
SIWARD.—Según nuestras noticias, el tirano aguarda confiado en Dunsinane y
dejará que le pongamos cerco.
MALCOLM.—Esa es su esperanza, pues, cuando ha habido ocasión de escapar,
nobles y humildes le han abandonado y sólo están con él unos míseros forzados que
le siguen sin ánimo.
MACDUFF.—Que el justo dictamen venga tras los hechos; ahora entremos en
acción marcial.
SIWARD.—Se acerca la hora en que se podrá distinguir de cierto, lo que nuestro
llamamos y lo que es nuestro. Nutren esperanzas las suposiciones, mas la certidumbre
la darán los golpes. ¡Hacia ella avance la guerra!
(Salen en marcha.)

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ESCENA V
Dunsinane. Dentro del castillo.

(Entran Macbeth, Seyton y soldados, con tambores y bandera.)

MACBETH.—¡Izad los estandartes sobre las murallas! Siguen gritando: «¡Ya


vienen!» La robustez del castillo se reirá del asedio. Ahí queden hasta que se los
coma la peste y el hambre. De no estar reforzados por los nuestros, los habríamos
combatido cara a cara hasta echarlos a su tierra.
(Gritos de mujeres, dentro.)
¿Qué ruido es ese?
SEYTON.—Gritos de mujeres, mi señor. (Sale.)
MACBETH.—Ya casi he olvidado el sabor del miedo. Hubo un tiempo en que el
sentido se me helaba al oír un chillido en la noche, y mi melena se erizaba ante un
cuento aterrador cual si en ella hubiera vida. Me he saciado de espantos, y el horror,
compañero de mi mente homicida, no me asusta.
(Entra Seyton.)
¿Por qué esos gritos?
SEYTON.—Mi señor, la reina ha muerto.
MACBETH.—Había de morir tarde o temprano; alguna vez vendría tal noticia.
Mañana, y mañana, y mañana se arrastra con paso mezquino día tras día hasta la
sílaba final del tiempo escrito, y la luz de todo nuestro ayer guió a los bobos hacia el
polvo de la muerte. ¡Apágate, breve llama! La vida es una sombra que camina, un
pobre actor que en escena se arrebata y contonea y nunca más se le oye. Es un cuento
que cuenta un idiota, lleno de ruido y de furia, que no significa nada.
(Entra un Mensajero.)
Tú vienes a usar la lengua. ¡Venga la noticia!
MENSAJERO.—Augusto señor, debo informar de lo que he visto, aunque no sé
cómo hacerlo.
MACBETH.—Pues dilo ya.
MENSAJERO.—Estando de vigía ahí en lo alto, he mirado hacia Birnam y me ha
parecido que el bosque empezaba a moverse.
MACBETH.—¡Infame embustero!
MENSAJERO.—Sufra yo vuestra cólera si miento: podéis ver que se acerca a
menos de tres millas. Repito que el bosque se mueve.
MACBETH.—Si no es cierto, te colgaré vivo del primer árbol hasta que el hambre
te seque. Si es verdad, no me importa que lo hagas tú conmigo. Refreno mi
determinación; ya recelo de equívocos del diablo, que miente bajo capa de verdad.

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«Nada temas hasta que el bosque de Birnam venga a Dunsinane», y ahora un bosque
viene a Dunsinane. ¡A las armas, fuera! Si se confirma lo que dice el mensaje, tan
inútil es huir como quedarse. Empiezo a estar cansado del sol, y ojalá que el orden
del mundo fuese a reventar. ¡Toca al arma, sople el viento, venga el fin, pues llevando
la armadura he de morir!
(Salen.)

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ESCENA VI
Llano ante el castillo.

(Entran, con tambores y bandera, Malcolm, Siward, Macduff y el ejército, con


ramas.)

MALCOLM.—Ahora estamos cerca: tirad la verde cortina y mostraos como sois. —


Vos, mi digno tío, con mi primo y noble hijo vuestro, mandaréis el primer batallón. El
buen Macduff y yo nos ocuparemos de todo lo restante conforme a nuestro plan.
SIWARD.—Id con Dios. Si encontrásemos la hueste del tirano, que nos venza si en
la lucha flaqueamos.
MACDUFF.—¡Dad a las trompetas aliento vibrante, esas mensajeras de muerte y de
sangre!
(Salen. Toque de trompetas prolongado.)

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ESCENA VII
Otra parte del llano.

(Entra Macbeth.)

MACBETH.—Me han atado al palo y no puedo huir: como el oso, haré frente a la
embestida[21]. ¿Quién no ha nacido de mujer? Sólo a éste he de temer, a nadie más.
(Entra el joven Siward.)
JOVEN SIWARD.—¿Cómo te llamas?
MACBETH.—Te aterraría saberlo.
JOVEN SIWARD.—No, aunque tu nombre abrase más que cualquiera del infierno.
MACBETH.—Me llamo Macbeth.
JOVEN SIWARD.—Ni el diablo podría pronunciar un nombre más odioso a mis
oídos.
MACBETH.—No, ni más temible.
JOVEN SIWARD.—Mientes, tirano execrable. Probaré tu mentira con mi espada.
(Pelean y cae muerto el joven Siward.)
MACBETH.—Tú naciste de mujer. De todas las armas y espadas me río si el que las
empuña es de mujer nacido.
(Sale. Fragor de batalla. Entra Macduff.)
MACDUFF.—De ahí viene el ruido. ¡Enseña la cara, tirano! Si te matan y el golpe
no es mío, las sombras de mi esposa y de mis hijos siempre han de acosarme. No
puedo herir a los pobres mercenarios, pagados por blandir varas: o contigo, Macbeth,
o envaino mi espada, indemne y ociosa. Ahí estás, sin duda: ese choque de armas
parece anunciar a un hombre de rango. Fortuna, deja que lo encuentre, que más no te
pido.
(Sale. Fragor de batalla. Entran Malcolm y Siward.)
SIWARD.—Por aquí. El castillo se rinde de grado. Los hombres del tirano dividen
sus lealtades, los nobles barones pelean con ardor, la victoria se anuncia casi nuestra
y poco resta por hacer.
MALCOLM.—Algunos del bando enemigo combaten de nuestro lado.
SIWARD.—Y ahora, entra en el castillo.
(Salen. Fragor de batalla. Entra Macbeth.)
MACBETH.—¿Por qué voy a hacer el bobo romano y morir por mi espada?
Mientras vea hombres vivos, en ellos lucen más las cuchilladas.
(Entra Macduff.)
MACDUFF.—¡Vuélvete, perro infernal, vuélvete!
MACBETH.—De todos los hombres sólo a ti he rehuido. Vete de aquí: mi alma ya

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está demasiado cargada de tu sangre.
MACDUFF.—No tengo palabras; hablará mi espada, tú, ruin, el más sanguinario que
pueda proclamarse.
(Luchan. Fragor de batalla.)
MACBETH.—Tu esfuerzo es en vano. Antes que hacerme sangrar, tu afilado acero
podrá dejar marca en el aire incorpóreo. Caiga tu espada sobre débiles penachos.
Vivo bajo encantamiento, y no he de rendirme a nadie nacido de mujer.
MACDUFF.—Desconfía de encantamientos: que el espíritu al que siempre has
servido te diga que del vientre de su madre Macduff fue sacado antes de tiempo.
MACBETH.—Maldita sea la lengua que lo dice y amedrenta lo mejor de mi
hombría. No creamos ya más en demonios que embaucan y nos confunden con esos
equívocos, que nos guardan la promesa en la palabra y nos roban la esperanza. —
Contigo no lucho.
MACDUFF.—Entonces, ríndete, cobarde, y vive para ser espectáculo del mundo. Te
llevaremos, como a un raro monstruo, pintado sobre un poste con este letrero: «Ved
aquí al tirano».
MACBETH.—No pienso rendirme para morder el polvo a los pies del joven
Malcolm y ser escarnio de la chusma injuriosa. Aunque el bosque de Birnam venga a
Dunsinane y tú, mi adversario, no nacieras de mujer, lucharé hasta el final. Empuño
mi escudo delante del cuerpo: pega bien, Macduff; maldito el que grite: «¡Basta,
basta ya!»

(Salen luchando. Fragor de batalla. Entran luchando y Macbeth cae muerto.


Sale Macduff con el cuerpo de Macbeth. Toque de retreta. Trompetas. Entran,
con tambores y bandera, Malcolm, Siward, Ross, barones y soldados.)

MALCOLM.—Ojalá los amigos que faltan estén a salvo.


SIWARD.—Habrán muerto algunos, aunque, viendo los presentes, tan grande
victoria no ha sido costosa.
MALCOLM.—Faltan Macduff y vuestro noble hijo.
ROSS.—Señor, vuestro hijo pagó la deuda del soldado. Vivió para llegar a ser un
hombre, mas, no bien hubo confirmado su valor en el puesto en que luchó
inconmovible, murió como un hombre.
SIWARD.—¿Así que ha muerto?
ROSS.—Sí, y ya le han retirado del campo. No midáis vuestro dolor por su valía,
pues entonces sería infinito.
SIWARD.—¿Fue herido por delante?
ROSS.—Sí, de frente.
SIWARD.—Sea entonces soldado de Dios. Si tuviera tantos hijos como tengo

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cabellos, no podría desearles mejor muerte. Su campana ya ha doblado.
MALCOLM.—Él merece más duelo; yo se lo daré.
SIWARD.—Ya más no merece: su cuenta ha pagado con su hermosa muerte. Dios
sea con él. Aquí viene más consuelo.
(Entra Macduff con la cabeza de Macbeth.)
MACDUFF.—¡Salud, rey, pues lo sois! Ved aquí clavada la cabeza del vil usurpador.
El mundo es libre. Os rodea la flor de vuestro reino, que en su pecho ya repite mi
saludo. Que sus voces digan alto con la mía: ¡Salud, rey de Escocia!
TODOS.—¡Salud, rey de Escocia!
(Toque de trompetas.)
MALCOLM.—No dejaré que pase mucho tiempo sin tasar el afecto que ha mostrado
cada uno y pagaros mis deudas. Mis barones y parientes, desde ahora sois condes, los
primeros que en Escocia alcanzan este honor. Cuanto quede por hacer y deba
repararse en esta hora, como repatriar a los amigos desterrados que huyeron de las
trampas de un tirano vigilante, denunciar a los bárbaros agentes de este carnicero y su
diábolica reina, que, según dicen, se quitó la vida por su propia mano cruel; todo esto
y cuanto sea justo, con favor divino, en modo, tiempo y lugar he de cumplirlo.
Gracias, pues, a todos. Quedáis invitados a venir a Scone y verme coronado.
(Toque de trompetas. Salen todos.)

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WILLIAM SHAKESPEARE, (Stratford on Avon, Reino Unido, 1564-id., 1616)
Dramaturgo, poeta y actor inglés. Tercero de los ocho hijos de John Shakespeare, un
acaudalado comerciante y político local, y Mary Arden, cuya familia había sufrido
persecuciones religiosas derivadas de su confesión católica, poco o nada se sabe de la
niñez y adolescencia de William Shakespeare.
Parece probable que estudiara en la Grammar School de su localidad natal, si bien
se desconoce cuántos años y en qué circunstancias. Según un coetáneo suyo, William
Shakespeare aprendió «poco latín y menos griego», y en todo caso parece también
probable que abandonara la escuela a temprana edad debido a las dificultades por que
atravesaba su padre, ya fueran éstas económicas o derivadas de su carrera política.
Sea como fuere, siempre se ha considerado a Shakespeare como una persona
culta, pero no en exceso, y ello ha posibilitado el nacimiento de teorías según las
cuales habría sido tan sólo el hombre de paja de alguien deseoso de permanecer en el
anonimato literario. A ello ha contribuido también el hecho de que no se disponga en
absoluto de escritos o cartas personales del autor, quien parece que sólo escribió,
aparte de su producción poética, obras para la escena.
La andadura de Shakespeare como dramaturgo empezó tras su traslado a Londres,
donde rápidamente adquirió fama y popularidad en su trabajo para la compañía
Chaberlain’s Men, más tarde conocida como King’s Men, propietaria de dos teatros,
The Globe y Blackfriars. También representó, con éxito, en la corte. Sus inicios
fueron, sin embargo, humildes, y según las fuentes trabajó en los más variados
oficios, si bien parece razonable suponer que estuvo desde el principio relacionado

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con el teatro, puesto que antes de consagrarse como autor se le conocía ya como
actor.
Su estancia en la capital británica se fecha, aproximadamente, entre 1590 y 1613,
año este último en que dejó de escribir y se retiró a su localidad natal, donde adquirió
una casa conocida como New Place, mientras invertía en bienes inmuebles de
Londres la fortuna que había conseguido amasar.
La publicación, en 1593, de su poema Venus y Adonis, muy bien acogido en los
ambientes literarios londinenses, fue uno de sus primeros éxitos. De su producción
poética posterior cabe destacar La violación de Lucrecia (1594) y los Sonetos (1609),
de temática amorosa y que por sí solos lo situarían entre los grandes de la poesía
anglosajona.
Con todo, fue su actividad como dramaturgo lo que dio fama a Shakespeare en la
época. Su obra, en total catorce comedias, diez tragedias y diez dramas históricos, es
un exquisito compendio de los sentimientos, el dolor y las ambiciones del alma
humana. Tras unas primeras tentativas, en las que se transparenta la influencia de
Marlowe, antes de 1600 aparecieron la mayoría de sus «comedias alegres» y algunos
de sus dramas basados en la historia de Inglaterra. Destaca sobre todo la fantasía y el
sentido poético de las comedias de este período, como en Sueño de una noche de
verano; el prodigioso dominio del autor en la versificación le permitía distinguir a los
personajes por el modo de hablar, amén de dotar a su lenguaje de una naturalidad casi
coloquial.
A partir de 1600, Shakespeare publica las grandes tragedias y las llamadas
«comedias oscuras». Los grandes temas son tratados en las obras de este período con
los acentos más ambiciosos, y sin embargo lo trágico surge siempre del detalle
realista o del penetrante tratamiento psicológico del personaje, que induce al
espectador a identificarse con él: así, Hamlet refleja la incapacidad de actuar ante el
dilema moral entre venganza y perdón; Otelo, la crueldad gratuita de los celos; y
Macbeth, la cruel tentación del poder.
En sus últimas obras, a partir de 1608, cambia de registro y entra en el género de
la tragicomedia, a menudo con un final feliz en el que se entrevé la posibilidad de la
reconciliación, como sucede en Pericles. Shakespeare publicó en vida tan sólo 16 de
las obras que se le atribuyen; por ello, algunas de ellas posiblemente se hubieran
perdido de no publicarse (pocos años después de la muerte del poeta) el Folio,
volumen recopilatorio que serviría de base para todas las ediciones posteriores.

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NOTAS

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[1]
Graymalkin nombre de gato: los gatos, sapos, erizos, etc., se consideraban
compañía habitual de las brujas. <<

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[2] Las Hébridas. <<

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[3] Según las crónicas Duncan y Macbeth eran primos. <<

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[4] Nombre alternativo del Calvario. En sentido general, lugar de cadáveres. <<

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[5] Referencia a Macbeth, que, como feroz guerrero, sería el novio apropiado de la

diosa de la guerra. <<

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[6] Pequeña isla de la ría de Forth, frente a Edimburgo. <<

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[7] Padre de Macbeth, según las crónicas. <<

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[8] Príncipe heredero de Escocia, equivalente al Príncipe de Gales en Inglaterra. <<

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[9] Que quería comer pescado, pero no se atrevía a mojarse, según un proverbio

inglés. <<

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[10] Referencia a los jesuitas en general y al padre Garnet en particular, juzgado y

ejecutado en 1606, quien sostenía que una mentira no es tal mentira si encierra un
sentido verdadero. <<

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[11]
Exactamente, Medusa, una de las tres Gorgonas de la mitología griega, que
convertía en piedra a quienes la miraban. <<

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[12] Antigua abadía, cercana a la ciudad de Perth (Escocia central), que albergaba la

«Piedra del Destino», sobre la cual se coronaba a los reyes escoceses. <<

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[13]
Isla al oeste de Escocia, donde eran enterrados los reyes hasta el siglo XI.
Llamada modernamente Iona. <<

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[14] Castillo y territorio de Macduff, el «Barón de Fife». <<

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[15] Malcolm y Donalbain, hijos de Duncan. <<

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[16] El terrenal y el celestial. <<

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[17] Antigua región de Persia, al sureste del Mar Caspio. <<

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[18] En la mitología griega, río del mundo subterráneo, considerado como linde entre

el mundo de los vivos y el reino de los muertos. <<

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[19] Banquo era considerado el fundador de la dinastía de los Estuardos. El cómputo

de ocho reyes es correcto y concluye con el rey Jacobo (el «octavo»), aunque la
aparición excluye a María Estuardo, madre de Jacobo, mandada decapitar por la reina
Isabel I. <<

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[20] Exactamente, escrófula. Se la llamaba «mal del rey» porque a éste (Eduardo el

Confesor) se le atribuía el poder de curarla. <<

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[21] Referencia a un espectáculo popular de la época de Shakespeare que consistía en

soltar perros contra un oso sujeto a un palo por una cadena. <<

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