6° Secuelas emocionales en víctimas de
abuso sexual en la infancia
Secuelas emocionales en víctimas de abuso sexual en la infancia ([Link])
El abuso sexual de menores se refiere a cualquier conducta sexual mantenida entre un
adulto y un menor. Más que la diferencia de edad -factor, sin duda, fundamental que
distorsiona toda posibilidad de relación libremente consentida, lo que define el abuso es la
asimetría entre los implicados en la relación y la presencia de coacción -explícita o
implícita-. No deja, por ello, de ser significativo que el 20% del abuso sexual infantil está
provocado por otros menores.
No es fácil determinar la incidencia real de este problema en la población porque ocurre
habitualmente en un entorno privado -la familia- y los menores pueden sentirse impotentes
para revelar el abuso [2]. Según la primera encuesta nacional de Estados Unidos, llevada a
cabo en adultos, sobre la historia de abuso sexual, un 27% de las mujeres y un 16% de los
hombres reconocían retrospectivamente haber sido víctimas de abusos sexuales en la
infancia [3]. La tasa de prevalencia de abusos sexuales graves propiamente dichos, con
implicaciones clínicas para los menores afectados, es considerablemente menor (en torno al
4%-8% de la población).
Las víctimas suelen ser más frecuentemente mujeres (58,9%) que hombres (40,1%) y
situarse en una franja de edad entre los 6 y 12 años, si bien con una mayor proximidad a la
pubertad. Hay un mayor número de niñas en el abuso intrafamiliar (incesto), con una edad
de inicio anterior (7-8 años), y un mayor número de niños en el abuso extrafamiliar
(pederastia), con una edad de inicio posterior (11-12 años) [4].
No hay una correspondencia directa entre el concepto psicológico y el jurídico de abuso
sexual. En primer lugar, el concepto psicológico -y hasta coloquial- de abuso sexual se
refiere al ámbito de menores. Sin embargo, en el vigente Código Penal de 1995 esta figura
delictiva se limita a aquellos actos no consentidos que, sin violencia ni intimidación,
atenten contra la libertad sexual de una persona, sea esta mayor o menor.
En la mayor parte de los casos el abuso sexual infantil suele ser cometido por familiares
(padres, hermanos mayores, etc.) -es el incesto propiamente dicho- o por personas
relacionadas con la víctima (profesores, entrenadores, monitores, etc.). En uno y otro caso,
que abarcan del 65% al 85% del total y que son las situaciones más duraderas, no suelen
darse conductas violentas asociadas [1]. Los abusadores sexuales, que frecuentemente
muestran un problema de insatisfacción sexual, se ven tentados a buscar esporádicas
satisfacciones sexuales en los menores que tienen más a mano y que menos se pueden
resistir.
En realidad, solo en el 50% de los casos los niños revelan el abuso; únicamente el 15% se
denuncia a las autoridades; y tan solo el 5% se encuentran envueltos en procesos judiciales.
Al contar los menores con muchas limitaciones para denunciar los abusos sexuales y no
presentar habitualmente manifestaciones físicas inequívocas (debido al tipo de conductas
sexuales realizadas: caricias, masturbaciones, etc.), los indicadores más habituales figuran
indicados en la tabla 1.
Son probablemente los indicadores sexuales los que más están relacionados con la
experiencia traumática. En todo caso, los indicadores deben valorarse de forma global y
conjunta, ya que no se puede establecer una relación directa entre un solo síntoma y el
abuso. De hecho, lo más útil puede ser estar pendientes de los cambios bruscos que tienen
lugar en la vida del niño.
Dentro de las secuelas se dividen en dos:
a) Consecuencias a corto plazo:
Al menos un 80% de las víctimas sufren consecuencias psicológicas negativas. El alcance
del impacto psicológico va a depender del grado de culpabilización del niño por parte de
los padres, así como de las estrategias de afrontamiento de que disponga la víctima. En
general, las niñas tienden a presentar reacciones ansioso-depresivas; los niños, fracaso
escolar y dificultades inespecíficas de socialización, así como comportamientos sexuales
agresivos [9] [10].
Respecto a la edad, los niños muy pequeños (en la etapa de preescolar), al contar con un
repertorio limitado de recursos psicológicos, pueden mostrar estrategias de negación de lo
ocurrido. En los niños un poco mayores (en la etapa escolar) son más frecuentes los
sentimientos de culpa y de vergüenza ante el suceso. El abuso sexual presenta una especial
gravedad en la adolescencia porque el padre puede intentar el coito, existe un riesgo real de
embarazo y la adolescente toma conciencia del alcance de la relación incestuosa. No son
por ello infrecuentes en la víctima conductas como huidas de casa, consumo abusivo de
alcohol y drogas, promiscuidad sexual e incluso intentos de suicidio.
b) Consecuencias a largo plazo:
Los efectos a largo plazo son menos frecuentes y más difusos que las secuelas iniciales,
pero pueden afectar, al menos, al 30% de las víctimas (tabla 4).
Los problemas más habituales son las alteraciones en la esfera sexual -disfunciones
sexuales y menor capacidad de disfrute, especialmente-, la depresión y el trastorno de estrés
postraumático, así como un control inadecuado de la ira (en el caso de los varones, volcada
al exterior en forma de violencia; en el de las mujeres, canalizada en forma de conductas
autodestructivas) [11].
En otros casos, sin embargo, el impacto psicológico a largo plazo del abuso sexual puede
ser pequeño (a menos que se trate de un abuso sexual grave con penetración) si la víctima
no cuenta con otras adversidades adicionales, como el abandono emocional, el maltrato
físico, el divorcio de los padres, una patología familiar grave, etc.
Desde el punto de vista del trauma en sí mismo, lo que predice una peor evolución a largo
plazo es la presencia de sucesos traumáticos diversos en la víctima, la frecuencia y la
duración de los abusos, la posible existencia de una violación y la vinculación familiar con
el agresor, así como las consecuencias negativas derivadas de la revelación del abuso (por
ejemplo, romperse la familia, poner en duda el testimonio del menor, etc.)
Desde la perspectiva de la evaluación, el diagnóstico precoz, por un lado, tiene una enorme
importancia para impedir la continuación del abuso sexual, con las consecuencias que ello
implica para el desarrollo del niño [14]. Por otro, el análisis de la validez del testimonio
desempeña un papel fundamental. Las implicaciones legales y familiares de este problema,
así como la corta edad de muchas de las víctimas implicadas, requieren una evaluación
cuidadosa, en donde se analicen con detalle -y mediante procedimientos múltiples- la
capacidad de fabulación y la posible distorsión de la realidad, así como la veracidad de las
retractaciones. En concreto, hay una tendencia al aumento del abuso de las denuncias de
abuso, sobre todo en el caso de mujeres que denuncian a sus ex parejas con acusaciones
hechas en litigios por la custodia de los hijos, por un deseo de venganza o por una situación
de despecho. Se echa en falta una mayor finura en los procedimientos de diagnóstico
actualmente disponibles [14] [15] [16] [17].
Por último, un reto de futuro es ahondar en el papel mediador de los factores de
vulnerabilidad y de protección. Solo de este modo se puede abordar una toma de decisiones
adecuada entre las distintas alternativas posibles y no necesariamente excluyentes: el
tratamiento de la víctima, la salida del agresor del hogar, la separación del menor de los
padres, el apoyo social a la familia, la terapia del agresor, etc. [18].
7° CONSECUENCIAS PSICOLÓGICAS A LARGO
PLAZO DEL ABUSO SEXUAL INFANTIL
El abuso sexual infantil es un problema más extendido de lo que previamente podría
estimarse, que suele ir acompañado de un importante malestar psicológico en la gran
mayoría de víctimas. Las consecuencias psicológicas que se han relacionado con la
experiencia de abuso sexual infantil pueden perdurar a lo largo del ciclo evolutivo y
configurar, en la edad adulta, los llamados efectos a largo plazo del abuso sexual
(Echeburúa y Guerricaechevarría, 2000). También es posible que la víctima no desarrolle
problemas aparentes durante la infancia y que éstos aparezcan como problemas nuevos en
la adultez (Beitchman, Zucker, Hood, DaCosta, Akman y Cassavia, 1992).
Se habla de efectos a largo plazo cuando éstos se encuentran a partir de los dos años
siguientes a la experiencia de abuso (Browne y Finkelhor, 1986), presentándose
aproximadamente en un 20% de las víctimas de abuso sexual infantil (López, 1994).
Los efectos a largo plazo son, comparativamente, menos frecuentes que las consecuencias
iniciales, sin embargo el abuso sexual infantil constituye un importante factor de riesgo
para el desarrollo de una gran diversidad de trastornos psicopatológicos en la edad adulta
(Flitter, Elhai y Gold, 2003). La información actualmente disponible tampoco permite
establecer en esta etapa vital un único síndrome específico, o conjunto de síntomas
diferenciados, asociado a la experiencia de abuso sexual, afectando éste a diferentes áreas
de la vida de la víctima (Cantón y Cortés, 1998); así como no permite confirmar la
existencia de una relación determinística entre la experiencia de
abuso sexual infantil y la presencia de problemas psicológicos en la edad adulta, existiendo
múltiples variables que parecen incidir en esta relación (Browning y Laumann, 2001). Los
efectos a largo plazo del abuso sexual infantil han sido considerados especulativos
(Noguerol, 1997), destacando la dificultad que entraña su estudio, especialmente al ser
comparados con las consecuencias iniciales, y principalmente dada su interacción con otro
tipo de factores relacionados con el paso del tiempo (López, 1993).
Algunos autores constatan una peor salud mental general en víctimas de abuso sexual
infantil, con una mayor presencia de síntomas y trastornos psiquiátricos (Fleming, Mullen,
Sibthorpe y Bammer, 1999; Peleikis, Mykletun y Dahl, 2005). Otros estudios, realizados
con víctimas de malos tratos infantiles, incluyendo el abuso sexual, confirman una
probabilidad cuatro veces mayor e desarrollar trastornos de personalidad en estas víctimas
que en población general (Johnson, Cohen, Brown, Smailes y Bernstein, 1999; Vitriol,
2005). Estudios como el de Bersntein, Stein y Handelsman (1998), han concluido que, al
contrario que en los demás tipos de maltrato infantil, el abuso sexual no correlaciona con
ningún trastorno de personalidad en específico, si bien, en cierta medida lo hace con todos
ellos. Existen variables que pueden incidir en el desarrollo de problemas psicológicos en
víctimas de abuso sexual infantil (e.g., ambiente familiar disfuncional), si bien la mayoría
de estudios siguen constatando una relación directa entre la experiencia de abuso sexual y
el posterior desarrollo de problemas psicológicos (Dinwiddie, Heath, Dunne, Bucholz,
Madden, Slutske et al., 2000; Fleming et al., 1999; Hill, Davis, Byatt, Burnside, Rollinson y
Fear, 2000; Johnson et al., 1999; Kendler, Bulik, Silberg, Hettema, Myers y Prescott, 2000;
Nelson, Heath, Madden, Cooper, Dinwiddie, Bucholz et al., 2002). Se presenta a
continuación una propuesta de clasificación de los efectos psicológicos a largo plazo basada
en la sintomatología más frecuente indicada en los estudios revisados, de forma similar al
trabajo realizado previamente con las consecuencias psicológicas a corto plazo (Pereda,
2009). La limitación de intentar clasificar los diversos efectos psicológicos en categorías
teóricas debe tenerse en cuenta.
Dentro de las principales consecuencias a largo plazo encontramos:
a) Problemas emocionales
b) Problemas de relación
c) Problemas de conducta y adaptación social (DROGAS)
d) Problemas funcionales
e) Problemas sexuales
f) Revictimización
g) Transmisión intergeneracional
Los estudios realizados sobre consecuencias psicológicas a largo plazo del abuso sexual
infantil confirman la gravedad de los problemas que pueden presentar estas víctimas y su
extensión a lo largo del ciclo evolutivo, a pesar de la dificultad que implica el estudio de
este tema, así como los múltiples problemas de tipo metodológico que estos estudios suelen
presentar.
En síntesis, la experiencia de abuso sexual conlleva importantes repercusiones para sus
víctimas en todos los periodos del ciclo evolutivo, siendo necesario que los profesionales
sean capaces de detectar estas problemáticas para poder intervenir en estos casos de forma
adecuada y eficaz.
La elección del período 2020 – 2023 se respalda a través de la consecuencia del