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La niña sin nombre y su valentía

La niña no tenía nombre ni nacionalidad. Quiso ir a la escuela pero no la aceptaron por no saber su nombre o país. Al rescatar a un niño de un incendio, la prensa la llamó "Valentina Salvaniño" y el país la nombró ciudadana honrosa. Valentina asistió feliz a la escuela con sus nuevos compañeros.
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La niña sin nombre y su valentía

La niña no tenía nombre ni nacionalidad. Quiso ir a la escuela pero no la aceptaron por no saber su nombre o país. Al rescatar a un niño de un incendio, la prensa la llamó "Valentina Salvaniño" y el país la nombró ciudadana honrosa. Valentina asistió feliz a la escuela con sus nuevos compañeros.
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(cuento) Saúl Schkolnik, chileno 

Había una vez una niña que no se llamaba de ninguna manera. No es


que tuviera un nombre realmente extraño, o muy difícil de pronunciar, o
de esos bien largos o bien antiguos, o tal vez demasiado extranjero… ¡No!
Simplemente no tenía nombre.
El caso es que cuando el nombre de una es María y alguien llama: “¡María!”,
una pone cara de María y contesta: –¿Quién me llama?–. Pero si uno
no se llama de ninguna manera, entonces uno nunca podrá poner cara de
alguien... Y las facciones se van a ir como desdibujando hasta que una se
queda como sin cara. Esto le pasó a aquella niñita: tenía ojos, nariz, boca,
cejas, pelo, tenía todo… Sin embargo, todo era como nadie. ¡Lo único
bueno era que la gente no podía burlarse de ella! Porque la gente se puede
reír del pelo crespo de Roberto, de los dientes de Rodolfo, o por último,
de las orejas de Carmen… ¿Pero cómo alguien se puede burlar de la nariz
de nadie?
Había, además, otra dificultad: la gente no sabía en qué idioma llamarla,
pues la niña… ¡No era de ningún país! No era de un país remoto, pero
tampoco cercano; desde luego no era de un país poderoso ni menos de uno
pequeñito… ¡No! No era de ningún país.

Sin embargo, sus verdaderos problemas comenzaron cuando la niña


decidió realizar su máximo anhelo: ¡Ir al colegio! 1
Se dirigió al más grande que había visto allí. Una señora con una amplia
sonrisa la recibió detrás de un escritorio con un montón de papeles.
–¿Así es que quieres entrar a este colegio? –le dijo–. ¡Hm! Muy bien.
Debo hacerte algunas preguntas. ¿Cómo te llamas?
–No me llamo.
–Quiero decir, ¿cuál es tu nombre?
–No tengo nombre –respondió la niña poniendo cara de nadie.
–¡Hm! –dijo la señora bastante más seria–, todos tenemos un nombre
aunque sea bien, bien extraño, o demasiado difícil de pronunciar, o de esos
realmente antiguos, o muy extranjero… ¿Quieres decirme el tuyo?
–Me gustaría, pero yo no tengo ningún nombre.
Aunque la señora no dijo nada, se notaba que estaba molesta porque
prefirió continuar con la siguiente pregunta:
–¡Hm! ¿Nacionalidad?
–No tengo.
–Tienes que haber nacido en alguna parte.
–Yo creo que sí.
–¡Bien! –se alegró un poquito la señora–. ¿En dónde?
–No lo sé.
Y hasta ahí no más llegó la conversación pues la señora, ahora muy
indignada, le dijo:

–En este colegio no matriculamos niños que no saben cómo se llaman


ni de qué país son, y menos a alguien con esa cara de nadie que tienes
–concluyó burlándose.
Hasta ahí no más llegaron las ganas de la niña de entrar a ese colegio.
Salió muy apenada y se dirigió a otro. Pero allí sucedió lo mismo. Y también
en otro y en otro. 2
En verdad, en ningún colegio quisieron aceptarla.
Sin saber qué hacer, la niña se fue caminando, caminando por la ciudad
sin rumbo fijo.
¡Nunca podría realizar su anhelo de entrar al colegio!
De pronto… al doblar una esquina vio que desde una casa comenzaba a
salir humo, y más humo, y más humo… ¡Y luego llamas!…
Una mujer con un niño en los brazos salió corriendo.
–¡Incendio, incendio! ¡Se quema mi casa! –gritaba desesperada–. ¡Y mi
otro hijito está ahí dentro!…
De inmediato llegaron muchos curiosos: asustados vecinos y vendedores
ambulantes, dueñas de casa, mendigos y niños; y también llegaron bomberos
y fotógrafos y policías y ambulancias y médicos y reporteros y camarógrafos
de televisión.
Mientras tanto, la casa ardía por sus cuatro costados a pesar de los denodados
esfuerzos de los bomberos.
–¡Mi hijito está adentro!… –sollozaba la señora.
–¡Hay un niño! ¡Está atrapado por el fuego! ¡Va a morir quemado! –gritaban
los vecinos y los vendedores y las mujeres y los niños… Pero nadie
se atrevía a entrar. Entonces: ¡Horror!
La multitud, espantada, pudo ver que una niñita con cara de nadie avanzaba
hacia la casa en llamas. 3
–¡Oye, niña! –le gritó el jefe de los bomberos–. Tú. Sí, tú. ¿Cómo te
llamas?… ¡Quiero que vuelvas inmediatamente! –En voz tan bajita que
por supuesto nadie escuchó, la niña contestó:
–No me llamo de ninguna manera… –y siguió avanzando.
–¡Eh, tú!, ¿de dónde saliste, de dónde eres? –le gritó el jefe de los policías–.
¡Regresa en seguida!…
En voz tan bajita que por supuesto nadie escuchó, la niña volvió a
contestar:
–No soy de ninguna parte… –y siguió acercándose a la casa.
Como era muy pequeña logró pasar por debajo de las enormes llamas que
se expandían, siniestras, por toda la casa.
El humo la cegaba casi por completo y no dejaba respirar; el calor hacía
que fuera casi imposible seguir avanzando… Entonces oyó el llanto de un
niño y se dirigió hacia allá luchando contra el fuego, que la obligaba a dar
grandes rodeos, hasta encontrar al bebé. 4
Lo tomó y, haciendo un supremo esfuerzo, corrió hasta la salida y
depositó al pequeño en los brazos de su madre. Luego, completamente
agotada, se desmayó.
“¡Qué importa!”, pensaba mientras iba cayendo, “como no me llamo de
ninguna manera ni soy de ningún país, nadie se va a preocupar. ¡Ni siquiera
se van a dar cuenta de que he muerto!”. ¡Pero se equivocaba!
Dos camilleros llegaron corriendo, la levantaron y la llevaron en ambulancia
hasta el hospital.
A la mañana siguiente, bastante repuesta, tomaba el desayuno cuando
entró la enfermera con un periódico debajo del brazo. –Veamos, jovencita
–le dijo–, ¿cómo te llamas?
–No me llamo de ninguna manera –respondió la niña.
–Pero debes tener algún nombre –se asombró la enfermera–, aunque sea
un nombre bien extraño o de esos realmente bien antiguos. ¿Quizás no me
lo quieres decir porque tienes un nombre demasiado difícil de pronunciar
o muy extranjero?
–No –insistió la niña–, no tengo ningún nombre.
La enfermera, persona muy ordenada, le explicó:
–Veamos, jovencita. Yo tengo que anotar aquí algún nombre, así es
que…– pensó unos momentos–: ¡Ya está! –exclamó y tomando el periódico
le mostró un titular.

Niña valiente salva a niño 

–Todavía no sé leer –dijo la pequeña.


–¡Claro! Yo te leeré lo que dicen de ti: “Increíble hazaña. Valerosa niña
salvó a un bebé de morir quemado en un incendio”. ¡Esa eres tú! –agregó–.
Lo que hiciste apareció en los diarios y radios y televisión. ¡Veamos! Te
registraré como Valentina Salvaniño. ¿Qué te parece tu nombre? –La niña
sonrió.
Esa misma tarde Valentina recibió unas visitas: eran el Presidente del
país acompañado de su Primer Ministro, Segundo Ministro, Tercer, Cuarto
y Quinto Ministros.
Entonces le comunicaron: –Señorita Valentina Salvaniño, te nombramos
Ciudadana Honorable de este país al que, desde ahora, puedes considerar
como tuyo.
¿Y saben qué? Mientras escuchaba, a la niña se le pusieron los ojos de
Valentina, y también la boca y la nariz y el pelo, y hasta las orejas, en fin,
toda, toda la cara se puso como Valentina.
En cuanto pudo levantarse, Valentina fue a un colegio y se matriculó
en él. Y como las clases estaban por comenzar, corrió, feliz, a juntarse con
todos sus compañeros.
En: Saúl Schkolnik. Cuentos de los Derechos del Niño.
Santiago: Editorial Zig-Zag, 1998.

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