Gatos de papel
Pintaba gatos porque no la dejaban tener uno. Cuando terminaba, siempre
guardaba sus dibujos de la misma manera. Uno en una caja de cartón, otro
detrás de la estufa, dos en el sillón de la abuela y el último a los pies de su
cama.
LA DESORDENADA
A doña Clara te la encuentras en la esquina de Bandera con Catedral. Se la
pasa tejiendo animalitos con coloridas hebras de crin de caballo que ella
misma tiñe. En un trapo extendido en la vereda descansa su delicado
zoológico, el que se niega a pinchar con alfileres aunque se le vuele. Por eso,
día por medio, a un taxista le golpea el vidrio una libélula azul o a una señora
pituca le pega en el ojo una ranita anaranjada. Doña Clara no hace ni el
amago de rescatarlas. Se ríe no más de la cara que pone la gente.
EL ELEFANTE
Mi abuelo era muy ingenioso. Cuando la zapatería en la que trabajaba
necesitó publicidad, se le ocurrió traer un elefante. Esto fue en un tiempo en
que los circos ambulantes eran casi inexistentes y ver a un elefante era tan
probable como ver a un unicornio. Días antes de que llegara, la gente ya
hablaba de ello en las calles: “¡Viene el elefante!”. Cuando finalmente llegó,
resultó ser un camión disfrazado. La gente estalló en carcajadas incrédulas y,
siguiendo al camión en su paso, armaron un desfile improvisado. Durante
años los niños dibujaron elefantes con ruedas.