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Promesas Divinas en las Escrituras

Este documento analiza las promesas divinas contenidas en las Escrituras y cómo los creyentes pueden beneficiarse de ellas. Explica que las promesas pertenecen a aquellos que son de Cristo y que los creyentes deben familiarizarse con ellas y aplicarlas a toda área de sus vidas.

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Promesas Divinas en las Escrituras

Este documento analiza las promesas divinas contenidas en las Escrituras y cómo los creyentes pueden beneficiarse de ellas. Explica que las promesas pertenecen a aquellos que son de Cristo y que los creyentes deben familiarizarse con ellas y aplicarlas a toda área de sus vidas.

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Las Escrituras y Las Promesas

2 Cor.7:1

    Las promesas divinas dan a conocer lo que constituye la buena voluntad de Dios para su pueblo
para concederle las riquezas de su gracia. Son el testimonio externo de su corazón, que desde la
eternidad los ama y ha preordenado todas las cosas para ellos y referente a ellos. En la persona y
obra de su Hijo, Dios ha hecho una provisión completa para su salvación, tanto en el tiempo como
en la eternidad. A fin de que puedan tener un conocimiento espiritual, claro y verdadero del mismo,
ha complacido al Señor ponerlo delante de ellos en las maravillosas y grandes promesas que están
esparcidas por todas las Escrituras como otras tantas y gloriosas estrellas en el glorioso
firmamento de la gracia; por medio de las cuales puedan recibir la seguridad de la voluntad de Dios
en Jesucristo respecto a ellos, y tomar santuario en El respecto a estas promesas, y por este
medio tener una comunión real con El en su gracia y misericordia en todo tiempo, no importa
cuáles sean su caso o circunstancias.

Las promesas divinas son otras tantas declaraciones para conceder algún bien o eliminar algún
mal. Como tales son un bendito hacer, conocer y manifestar el amor de Dios para su pueblo. Hay
tres pasos en relación con el amor de Dios: primero, su propósito interno de ejercitarlo; el último, la
real ejecución de este propósito; pero en medio hay el dar a conocer este propósito a los
beneficiarios del mismo. En tanto que el amor está escondido nadie puede ser confortado por el
mismo. Ahora bien, Dios que es "amor" no sólo ama a los suyos y no sólo les manifestará su amor
con plenitud a su debido tiempo, sino que entretanto nos tiene informados de sus benevolentes
designios, para que podamos descansar reposados en su amor, y sentirnos confortado! por sus
promesas seguras. Por ello podemos: decir: "¡Cuán preciosos me son, oh Dios, tus pensamientos!
¡Cuán grande es la suma de ellos!" (Salmo 139:17).

En 2ª Pedro 1:4, se habla de las promesas divinas como "preciosas y grandísimas". Como dijo
Spurgeon: "La grandeza y la preciosidad van raramente juntas, pero en este caso van unidas en un
grado muy elevado." Cuando Jehová se complace en abrir su boca y revelar su corazón, lo hace
de una manera digna de Él, en palabras de poder y riqueza superlativas. Para citar de nuevo al
querido pastor de Londres: "Vienen del gran Dios, van a grandes pecadores, obran grandes
resultados, y tratan de asuntos de gran importancia." Mientras que el intelecto natural es capaz de
percibir buena parte de su grandeza, sólo los que tienen el corazón renovado pueden saborear su
inefable preciosidad, y decir con David: "Cuán dulces son a mi paladar tus palabras, más que la
miel a mi boca" Salmo 119:103).

1. Nos beneficiamos de la Palabra, cuando percibimos a quienes pertenecen las promesas.


Están disponibles sólo para aquellos que son de Jesús. "Porque todas las promesas del Señor
Jesús son en él, sí, y en él, Amén" (2ª Corintios 1:20). No puede haber relación entre el Dios Trino
y la criatura pecadora, excepto por medio de un Mediador que le ha satisfecho a favor nuestro. Por
tanto este Mediador debe recibir de Dios todo el bien para su pueblo, y ellos deben recibirlo, de
segunda mano, procedente de Él. Un pecador puede pedir a un árbol con la misma eficacia que si
pidiera a Dios si es que desprecia y rechaza a Cristo.

Tanto las promesas como las cosas prometidas son entregadas al Señor Jesús y transmitidas a los
santos a través de Él. "Y ésta es la promesa que Él nos hizo, la vida eterna." (1ª Juan 2:25), y
cómo la misma epístola nos dice: "Y esta vida está en su Hijo" (5:11). Siendo así, ¿qué bien
pueden sacar aquellos que no están todavía en Cristo? Ninguno. Una persona que no está en
contacto con Jesús no recibe el favor de Dios, sino al contrario, está bajo su Ira; su porción no son
las promesas divinas, sino las advertencias y amenazas. Es una solemne consideración el que
aquellos que están "sin Cristo", "están excluidos de la ciudadanía de Israel, y son extranjeros en
cuanto a los pactos de la promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo" (Efesios 2:12). Sólo los
hijos de Dios son "los hijos de la promesa" (Romanos 9:8). Asegúrate, lector amigo, de que tú eres
uno de ellos.

¡Cuán terrible, pues, es la ceguera y cuán grave es el pecado de aquellos predicadores que
indiscriminadamente aplican las promesas de Dios a los salvos y a los no salvos! No sólo están
quitando el "pan de los hijos», y echándolo a los perritos", sino que están "adulterando la palabra
de Dios" (2ª Corintios 4:2) y engañando a las almas inmortales. Y aquellos que escuchan y les
prestan atención son pocos menos culpables, porque Dios les hace a todos responsables de
escudriñar las Escrituras por sí mismos, y poner a prueba todo lo que leen u oyen, bajo este criterio
infalible. Si son demasiado perezosos para hacerlo, y prefieren seguir a ciegas a sus guías ciegos
entonces que su sangre sea sobre su cabeza. La verdad ha de ser "comprada" (Proverbios 23:23)
y aquellos que no están dispuestos a pagar el precio deben quedarse sin ella.

2. Nos beneficiamos de la Palabra, cuando trabajamos para hacernos nuestras las promesas
de Dios. Para conseguirlo primero debemos tomarnos el trabajo de familiarizarnos realmente con
ellas. Es sorprendente cuántas promesas hay en las Escrituras, de las que los santos no santos no
tienen la menor idea, mucho más, por cuanto ellas son el peculiar tesoro de los creyentes, la
sustancia de la herencia de fe que reside en ellos. Verdaderamente, los cristianos ya son los
recipientes de bendiciones maravillosas, sin embargo, el capital de su riqueza, lo más importante
de su patrimonio, está sólo en el futuro. Han recibido un anticipo, pero la mejor parte de lo que
Cristo tiene para ellos se halla todavía en la promesa de Dios. Cuán diligentes, pues, deberíamos
ser en el estudio de su testamento, y última voluntad, familiarizándose con las buenas nuevas que
el Espíritu "ha revelado" (1ª Corintios 2:10) y procurando hacer inventario de sus tesoros
espirituales.

No sólo debo buscar en las Escrituras para encontrar lo que me ha sido entregado por medio del
pacto eterno, sino también meditar sobre las promesas, revisarlas una y otra vez mentalmente y
pedir a Dios que me dé entendimiento espiritual de las mismas. La abeja no podría extraer miel de
las flores si sólo se limitara a contemplarlas. Tampoco el cristiano sacará ningún consuelo o fuerza
de las divinas promesas hasta que su fe eche mano y penetre el corazón de las promesas. Dios no
nos ha dado la seguridad que el indulgente será alimentado, sino que ha declarado: "el alma de lo
diligentes será prosperada" (Proverbios 13:4). Por tanto, Cristo dijo: "Trabajad no por la comida que
perece, sino por la comida que permanece para vida eterna" (Juan 6:27). Sólo cuando la promesas
son atesoradas en la mente, el Espíritu nos las recuerda en aquellos momentos de des mayo
cuando más las necesitamos.

3. Nos beneficiamos de la Palabra cuando re conocemos el bendito alcance de las promesas


de Dios. "Hay como una afectación que impide a algunos cristianos el vivir y explorar la religión
como algo que pertenece a lo común y corriente de la vida. Es para ellos algo trascendental y de
ensueño; más bien una creación piadosa más o menos irreal, que una cosa de hechos, tangible
Creen en Dios, a su manera, para las cosas espirituales, y para la vida futura; pero se olvidan
totalmente que la verdadera piedad tiene la promesa de la vida presente, lo mismo que la venidera.
Para ellos sería casi una profanación el orar acerca de los pequeños negocios y asuntos de la vida.
Quizá se sorprenderían si me atreviera a sugerirles que esto hace dudosa la realidad de su fe. Si
no puede darles apoyo en las pequeñas tribulaciones de la vida, ¿les va a ser de algún valor en las
grandes tribulaciones de la muerte?" (C. H. Spurgeon.)

"La piedad para todo aprovecha, pues tiene promesa de esta vida presente y de la venidera" (1ª
Timoteo 4:8). Lector, ¿crees esto, que las promesas de Dios cubren todos los aspectos y
particulares de tu vida diaria? ¿0 quizá te han descarriado los "dispensacionalistas", haciéndote
creer que el Antiguo Testamento pertenece sólo a los judíos, y que "nuestras promesas" se refieren
sólo a las cosas espirituales y no a las materiales? ¡Cuántos cristianos han obtenido consuelo de
"no te dejaré ni te desampararé" (Hebreos 13:5). Bueno, pues, esto no es más que una cita que
procede de Josué 1: 5. De la misma manera, 2ª Corintios 7:1 habla de "teniendo estas promesas",
pero una de ellas, referida en 6:18, ¡se encuentra en el libro de Levítico!

Quizás alguien preguntará: "¿Dónde se puede establecer una línea divisoria? ¿Cuáles promesas
del Antiguo Testamento me pertenecen de modo legítimo?" Corno respuesta vemos que el Salmo
84: 11 declara: "Porque sol y escudo es Jehová Dios; gracia y gloria dará Jehová. No quitará el
bien a los que andan en integridad." Si tú andas realmente «en integridad» estás autorizado para
apropiarte esta bendita promesa y contar con que el Señor te dará "gracia y gloria y el bien" que
requieras de Él. "Mi Dios suplirá a todas vuestras necesidades" (Filipenses 4:19). Por tanto si hay
una promesa en alguna parte de su Palabra que se ajusta a tu caso y situación presente, hazla
tuya como apropiada a tu "necesidad". Resiste firmemente todo intento de Satán de robarte alguna
parte de la Palabra del Padre.

4. Nos beneficiamos de la Palabra cuando hacernos una distinción apropiada entre las
promesas de Dios. Muchos cristianos son culpables de hurto espiritual, por lo cual quiero decir
que se apropian algo que no les pertenece, pero que pertenece a otro. "Algunos acuerdos del
pacto hecho con el Señor Jesús en cuanto a sus elegidos y redimidos, no están sujetos a ninguna
condición por lo que se refiere a nosotros; pero muchas otras valiosas promesas del Señor
contienen estipulaciones que deben ser atendidas cuidadosamente, pues de otro modo no
podemos obtener la bendición. Una parte de la diligente búsqueda del lector debe dirigirse a este
punto tan importante. Dios guardará la promesa que te ha hecho; con tal que tú tengas cuidado de
observar las condiciones en que se te ha hecho el acuerdo. Sólo cuando cumplimos los requisitos
de una promesa condicional podemos esperar que la promesa nos sea cumplida" (C. H.
Spurgeon).

Muchas de las promesas divisas son dirigidas a personas o tipos de personas específicos, o,
hablando con más precisión, a gracias particulares. Por ejemplo, en el Salmo 25:9, el Señor
declara que El «encaminará a los humildes por el juicio», pero si estoy fuera de comunión con El, si
estoy siguiendo el curso de mi voluntad propia, si mi corazón es altivo, entonces no estoy
justificado si me apropio el consuelo de este versículo. Otra vez, en Juan 15:7, el Señor nos dice:
"Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid todo lo que queráis y os
será hecho." Pero, si no estoy en comunión de experiencia con El, sí sus mandamientos no regulan
mi conducta, mis oraciones no van a ser contestadas. Aunque las promesas proceden de la pura
gracia, hemos de recordar siempre que la gracia reina «por medio de la justicia» (Romanos 5:21) y
que nunca es puesta de lado la responsabilidad humana. Si no hago caso de las leyes que se
refieren a la higiene, no debo sorprenderme si la enfermedad me impide disfrutar de muchas de
sus misericordias temporales: de la misma manera, si dejo de lado sus preceptos sólo puedo
acusarme a mí mismo si dejo de recibir el cumplimiento de muchas de sus promesas.

Que nadie piense que con sus promesas Dios se ha obligado a no hacer caso de los
requerimientos de su santidad: El nunca ejerce ninguna de sus perfecciones a expensas de otra. Y
no nos imaginemos que Dios magnificaría la obra sacrificial de Cristo si concediera los frutos de la
misma a almas descuidadas e impenitentes. Hay un equilibrio de la verdad que debe ser
preservado aquí; que por desgracia se pierde con frecuencia y bajo la idea de exaltar la gracia
divina los hombres son "conducidos a la lascivia". Con cuánta frecuencia se cita el versículo:
"Llámame en el día de la angustia: yo te libraré" (Salmo 50:15). Pero el versículo empieza con "Y",
y antes de las precedentes palabras dice al final del versículo anterior: "Paga tus votos al Altísimo".
Otra vez, con qué frecuencia se hace énfasis en "Te haré entender y te enseñaré el camino en que
debes andar; sobre ti fijaré mis ojos". (Salmo 32:8) por parte de personas que no prestan atención
al contexto. Y en este caso, tenemos una promesa de Dios a aquel que ha confesado su
«transgresión» al Señor (versículo 5). Si, pues, no he confesado el pecado que tengo en la
conciencia, y me he apoyado en la carne o buscado la ayuda de mi prójimo en vez de procurarme
la de Dios (Salmo 62:5), entonces no tengo derecho a contar con la guía divina y su ojo fijo en mí
puesto que esto implica que estoy andando en íntima comunión con El, porque no puedo ver el ojo
de otro si está lejos de mí.
5. Nos beneficiamos de la Palabra cuando nos hace posible que las promesas de Dios sean
nuestro apoyo y fortaleza. Esta es una de las razones por las que Él nos las ha dado; no sólo
manifestar su amor haciéndonos conocer sus designios benévolos, sino también consolar nuestros
corazones y desarrollar nuestra fe. Si le hubiera agradado, Dios podría habernos concedido sus
bendiciones sin habérnoslo hecho saber. El Señor podría habernos concedido su misericordia, que
necesitamos, sin haberse comprometido a hacerlo. Pero, en este caso no habríamos sido
creyentes; la fe sin una promesa sería como un pie sin suelo en qué apoyarse. Nuestro tierno
Padre planeó que gozáramos de sus dones por partida doble: primero por la fe, después en el goce
directo de lo concedido. De este modo aparta nuestros corazones sabiamente de las cosas que se
ven y perecen y nos atrae hacia arriba y adelante, a las cosas que son espirituales y eternas.

Si no hubiera promesas no habría fe ni tampoco esperanza. Porque la esperanza es el contar con


que poseeremos las cosas que Dios ha declarado que nos daría. La fe mira hacia la Palabra que
promete; la esperanza mira a la ejecución de la promesa. Así fue con Abraham: "El creyó en
esperanza contra esperanza, para llegar a ser padre de muchas gentes, conforme a lo que se le
había dicho... y no se debilitó en la fe al considerar su cuerpo, que ya estaba como muerto (siendo
de casi cien años), o la esterilidad ante la promesa de Dios, sino que se fortaleció en fe, dando
gloria a Dios" (Romanos 4:18-20). Lo mismo fue con Moisés: "Teniendo por mayores riquezas el
vituperio de Cristo que los tesoros de los egipcios; porque tenía puesta la mirada en el galardón"
(Hebreos 11:26). Lo mismo con Pablo: "Porque yo confío en Dios que acontecerá exactamente
como se me ha dicho". (Hechos 27:25). Lo mismo contigo, tal vez querido lector. ¿Está tu pobre
corazón descansando en las promesas de Aquel que no puede mentir?

6. Nos beneficiamos de la Palabra cuando esperarnos con paciencia el cumplimiento de las


promesas de Dios. Dios prometió un hijo a Abraham, pero esperó muchos años antes de cumplir
la promesa. Simeón tenía la promesa de que no vería la muerte hasta que hubiera visto al Señor
Jesucristo (Lucas 2:26), pero no lo vio hasta que tenía ya un pie en la tumba. Hay con frecuencia
un largo y duro invierno entre el período de la siembra de la oración y la hora de la cosecha. El
Señor Jesús mismo no ha recibido todavía plena respuesta a la oración que hizo en el capítulo 17
de Juan, hace de ello cerca de dos mil años. Muchas de las mejores promesas de Dios a su pueblo
no recibirán su pleno cumplimiento hasta que estemos en la gloria. Aquel que tiene la eternidad a
su disposición no necesita apresurarse. Dios nos hace esperar con frecuencia para que pueda
"perfeccionarse la obra de la paciencia", con todo no desmayemos; "Aunque la visión está aún por
cumplirse a su tiempo, se apresura hacia el fin y no defraudará; aunque tarde, espéralo, porque,
sin duda, vendrá y no se retrasará" (Habacuc 2:3).

"Conforme a la fe murieron todos éstos sin haber recibido lo prometido, sino mirándolo de lejos, y
creyéndolo, y saludándolo, y confesando que eran extranjeros y peregrinos en la tierra" (Hebreos
11:13). Aquí es abarcada la obra entera de la fe: conocimiento, confianza trabando conocimiento
con amor. El «de lejos» se refiere a las cosas prometidas; aquellos que las "vieron" en su mente,
discernieron la sustancia detrás de la sombra, descubriendo en ellas la sabiduría y la bondad de
Dios. Estaban persuadidos; no dudaban, sino que estaban seguros de participar en ellas y sabían
que no serían decepcionados. Las saludaban, las abrazaban, son expresiones que muestran su
deleite y veneración, el corazón que se adhiere a ellas con amor y cordialmente les saluda y se
goza con ellas. Estas promesas fueron el consuelo y descanso de sus almas en sus
peregrinaciones, tentaciones y sufrimientos.

El demorar la ejecución de las promesas por parte de Dios da lugar al cumplimiento de varios
objetivos. No sólo se pone a prueba la fe, de modo que se da evidencia de su genuinidad; no sólo
se desarrolla la paciencia, y se da oportunidad para el ejercicio de la esperanza; sino que además
se fomenta la sujeción a la divina voluntad. "El proceso de deslinde y separación no se ha
realizado: todavía suspiramos y apetecernos cosas que el Señor considera que ya tendríamos que
haber dejado atrás. Abraham hizo un gran banquete el día que fue destetado Isaac (Génesis 2l:8),
y, quizá, nuestro Padre celestial hará lo mismo con nosotros. Échate, corazón orgulloso. Quita
estos ídolos; olvida tus apetitos, y la paz prometida pasará a ser tuya" (C. H. Spurgeon).
7. Nos beneficiamos de la Palabra cuando hacemos un uso apropiado de las promesas.
Primero, en nuestras relaciones con Dios mismo. Cuando nos acercamos a su trono, debería ser
para pedir una de sus promesas. Las promesas han de ser no sólo el fundamento de nuestra fe
sino también la sustancia de nuestras peticiones. Debemos pedir según la voluntad de Dios si El,
nos ha de escuchar, y su voluntad se nos revela en las cosas buenas que Él ha declarado que nos
concederá. De modo que hemos de echar mano de sus seguras promesas, presentárselas delante
y decir: "Haz conforme a lo que has dicho" (2ª Samuel 7:25). Observa cómo Jacob reclamó la
promesa en Génesis 32:12; Moisés en Éxodo 32: 13; David en el Salmo 119:58; Salomón en 1 a
Reyes 8:25; y tú, lector cristiano, haz lo mismo.

Segundo: en la vida que vivimos en el mundo. En Hebreos 11:13 no sólo leemos de los patriarcas
que disciernen, confían y abrazan las divinas promesas, sino que se nos informa de los efectos que
producen las promesas en ellos: "y confesaron que eran extranjeros y peregrinos en la tierra", lo
que significa que hicieron pública confesión de su fe. Reconocieron que sus intereses no estaban
en las cosas de este mundo, y su conducta lo demostró; tuvieron una porción que les satisfizo en
las promesas que se apropiaron. Sus corazones estaban puestos en las cosas de arriba; porque
donde se halla el corazón del hombre, allí se halla su tesoro también.

"Así que amados, puesto que tenemos estas promesas, limpiémonos de toda contaminación de
carne y de espíritu, perfeccionando la santidad en el temor de Dios" (2. Corintios 7: l); este es el
efecto que producen en nosotros, y lo producirán si la fe echa manos de ellas realmente. «Por
medio de las cuales nos ha dado preciosas y grandísimas promesas, para que por ellas llegaseis a
ser participantes de la naturaleza divina; habiendo huido de la corrupción que hay en el mundo a
causa de la concupiscencia.» (2ª Pedro 1:4). Ahora, el Evangelio y las preciosas promesas, siendo
concedidas graciosamente y aplicadas con poder, tienen una influencia en la pureza del corazón Y
del comportamiento, y enseñan al hombre a negar la impiedad y los deseos del mundo y a vivir
sobria, recta y piadosamente. Tales son los poderosos efectos de las promesas del Evangelio baja
la divina influencia, que nos hacen, interiormente, participantes de la naturaleza divina y,
exteriormente, nos hacen posible abstenernos de las corrupciones y vicios prevalecientes en
nuestro tiempo y evitarlos.

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