Historiografía Nacional Ana Ribeiro
Historiografía Nacional Ana Ribeiro
(1880-1940)
ANA RIBEIRO
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historiografía de la transición, La historiografía revisionista, La Nueva Historia, Un
"redefinidor": Carlos Real de Azúa y Después de 1973- el contenido y sentido de la
historiografía nacional entre 1940 y 1990. El itinerario recorrido por Ana Ribeiro en las páginas
de este libro-itinerario que ha quedado esquemáticamente expuesto en las líneas que anteceden-
le permite afirmar, como conclusión, que el valor que el período 1940-1990 posee,
historiográficamente, "es el de una constante superación de la 'visión espontánea' de la
historia o historia acontecimental. Nueva conceptualización y nuevas categorías mentales,
más amplias y profundas, se pueden ir leyendo en el discurso historiográfico del período:
desde la interpretación sociológica de Zum Feldé a la historia de las mentalidades. De la
historia-relato a la historia-problema, de lo descriptivo a lo explicativo: es la historia en
su unidad y complejidad". (Apartado V - Conclusiones).
La tarea investigativa y reflexiva realizada en Historia e historiadores nacionales se
continúa, aunque constituye una unidad independiente, en el ensayo que obtuvo el primer
premio en el concurso de 1992 y que fue presentado con este significativo lema: "De la épica
al ensayo sociológico". En este segundo ensayo, la autora adopta un certero punto de vista
inicial acudiendo a la categoría gramsciana de Traductibilidad, que supone la "adaptación
crítica de la idea recepcionada al medio receptor (diferentes al que originó aquella)". La
categoría de traductibilidad, más amplia que la de la mera influencia, conduce a Ana Ribeiro
a sostener que "la metodología o el estilo, muchas veces, adscriben a una corriente
determinada: así, la búsqueda de un aconteci miento atomizado nos remite a la
historiografía positivista; la narrativa rica en colorido y exaltación sentimental al
romanticismo; la explicitación de una hipótesis de trabajo a la Nueva Historia". Este
planteo induce a esta interrogante: "¿Dónde queda el planteo de traductibilidad de líneas
anteriores?". Interrogante que tiene esta respuesta: "En cuanto reflejen la problemática real
y la de la historia como disciplina en el país, son auténtico pensamiento historiográfico,
las crónicas, los anales, los poemas épicos, las historias partidarias, los textos de
enseñanza escritos con la señalada línea de monumentalidad, las obras eruditas, los
ensayos interpretativos". Estas afirmaciones se completan con estas otras: en la historiografía
nacional se hallan ejemplos de todos los géneros y estilos referenciados, se perciben variadas
corrientes del pensamiento europeo y se distinguen precisos centros temáticos o de reflexión.
De todo lo cual se concluye que "abordar la historiografía uruguaya es conjugar esos tres
componentes", que exigen, además, ser ordenados para hacer factible inteligirlos. La asunción
de los puntos de vista expuestos determinan el plan y la estructura del ensayo, en el que,
primero, se analizan las influencias recibidas por la historiografía nacional y se visualiza, luego,
"cómo, al compás de los temas-problemas, se desarrollaron diversos métodos y estilos y
se destacaron determinados autores". Estas precisiones figuran en en Apartado I
Introducción y de acuerdo con ellas, el ensayo comprende estos otros: II. Las influencias a
traducir. III. Las protoformas. IV. Los temas-problemas. V. Conclusión. Todos estos
apartados ofrecen gran riqueza informativa y de interpretación, como lo comprobará el lector
al acceder a los mencionados apartados.
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En el II, sin obviar algunas influencias secundarias o laterales, se detiene en las dos
fundamentales: romanticismo y positivismo, analizando especialmente los rasgos específicos
que una y otra asumieron al insertarse en el ámbito rioplatense. "Es romántica -apunta con
acierto la autora- la exaltación de la nacionalidad, la noción de proceso único en el que se
desarrolla el valor ideal de la nación, desde 'la nación Charrúa' al Uruguay satisfecho de
su ajenidad en relación al resto del continente, la Suiza de América". Esta cita, que vale
meramente de ejemplo, se prolonga en otras compartibles observaciones a las que tendrá acceso
el lector al ingresar al texto. En el III, dedicado a las "protoformas". las mismas son estudiadas
con latitud, desde las primeras, constituidas por la labor de los jesuitas del Paraguay, pasando
por los escritores que componen lo que Juan A. Oddone ha llamado el "ciclo poético" y los
autores de crónicas y memorias, hasta "los primeros ensayos y síntesis propiamente
históricos" anteriores a Francisco Bauzá. De ellos, analiza la labor de Francisco Berra, Luis
Destéffanis, Angel Floro Costo, Víctor Arreguine, Alejandro Magariños Cervantes, Pedro de
Angelis, Andrés Lamas y Clemente Fregeiro. Hay, en todos los casos, un válido acercamiento
a los autores estudiados. Valga, como ejemplo, este pasaje: "Basado en ese reconocimiento
de la historicidad (lo que de la historia capta cada época) Berra tomó posición frente al
país y administró 'justicia histórica' desde sus páginas. Lo hizo con excelencia en el
aspecto didáctico, con una amenidad que habla de su paridad con la crónica: Berra
acercaba una gran lupa al escenario histórico y desentrañaba ritos y costumbres. La
horca, el convento, el velorio, la cárcel, la parroquia, la cocina de campaña, los duelos de
indios, el mercado, discurrían en su prosa clara y fluida. Pero, siendo coetáneo de Isidoro
de María no tuvo el color ni el calor de lo local de aquél. Fue un observador atento pero
distante: un buen naturalista en el campo hitórico".
Del estudio de las "protoformas" se pasa, en el apartado IV, al de los temas-
problemas. Señala tres: la nacionalidad, Artigas y el artiguismo y los partidos políticos. El
asedio crítico de estos tres temas-problemas está realizado con gran riqueza de matices y, por
consiguiente, se hace desaconsejable sintetizar su contenido. Cabe, eso sí, destacar que en la
elaboración del apartado IV la autora propone los "tres centros temáticos como líneas
perdurables de sentido horizontal (hablar de larga duración sería una exageración), que
no invalidan para el análisis las líneas de partición vertical en que se suele dividir la
historiografía uruguaya: Vieja Historia, Transición, Revisionismo, Nueva Historia
(incluyendo el grupo marxista y deslindes generacionales inter nos)". También deben ser
tenidas en cuenta estas precisiones que la autora establece en el apartado I: "La línea de
ordenamiento no estará basada en los autores (porque los trataremos en relación a los
temas), ni en las corrientes de influencia (porque priorizaremos la complejidad con que
se recepcionaron), ni en los géneros y estilos (porque un mismo autor cultiva varios,
porque no marcan un orden sucesorio, porque hay un amplio predominio del ensayo)".
Los dos ensayos que han motivado estas páginas constituyen un valioso aporte para los
estudios históricos en el Uruguay. Ambos ingresan en un territorio -el de la historiografía
nacional- escasamente explorado hasta el presente,
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aunque hay algunos trabajos valederos sobre el tema. Se pueden recordar, entre otros, La
historiografía uruguaya en el siglo XIX, apuntes para su estudio (1959), de Juan Antonio
Oddone, El Uruguay como reflexión (1969), de Carlos Real de Azúa, Entrega Nº 37 de
Capítulo Oriental, La historia uruguaya contemporánea (1983), de Nelson Martínez Díaz
y ¿Quiénes escribieron nuestra historia? 1940-1990 (1992), de José de Torres Wilson.
Utilizando una terminología vaz ferreira es posible afirmar que esos trabajos y los dos ensayos
de Ana Ribeiro no se excluyen sino que se complementan. Y es así porque tanto ella como cada
uno de esos autores han enfrentado el tema desde distintos puntos de vista y con diferentes
enfoques. Y se ha establecido así un diálogo de múltiples voces que al ampliar las
consideraciones sobre el tema, lo enriquecen. Esa ampliación y ese enriquecimiento se hace
bien evidente en los dos ensayos de la licenciada Ana Ribeiro. Ambos abren una amplia
perspectiva para el conocimiento y estimación de la historiografía uruguaya y se recomiendan
por la vasta versación que hacen ostensible, por el rigor de sus conceptuaciones, por la nitidez
de sus estructuras y por su claridad expositiva. Y se configuran, conjuntamente con los otros
trabajos citados, como importantes materiales preparatorios para la amplia elaboración de esa
"historia de la historiografía que aún no se ha escrito", según dice la propia Ana Ribeiro en
la Introducción de su Historia e historiadores nacionales, refiriéndose, claro está, a la
historiografía uruguaya.
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Nota de la Autora
Creo pertinente hacer una breve aclaración a los lectores del presente libro. En 1990 la
Academia Nacional de Letras de nuestro país llama a concurso sobre "Corrientes en la
Historiografía uruguaya. 1940-1990". La obtención del primer premio en dicho concurso hizo
posible que el trabajo premiado se publicara en 1991, por parte de Ediciones de la Plaza, con
el título "Historia e historiadores nacionales (1940-1990). Del ensayo sociológico a la historia
de las mentalidades".
En 1992 la Academia, buscando que se completara el ciclo de estudios historiográficos,
vuelve a llamar a concurso sobre el mismo tema, pero esta vez para el período 1880-1940. El
trabajo presentado es, con algunas precisiones y modificacione, el que aquí se publica. Si bien
ambos libros corresponden a dos períodos cronológicos contiguos no son obras con
continuidad, ni deben confundirse con una obra (en dos tomos) que pretenda ser una Historia
de la historiografía nacional.
Al responder a los llamados a concurso de la Academia, estudié primeramente la
segunda mitad del siglo XX. Lo hice siguiendo el planteo de Carlos Real de Azúa que divide
toda nuestra historiografía en cuatro escuelas o corrientes: la Tradicional, la Transicional, el
Revisionismo y la Nueva Historia. Posteriormente trabajé sobre el siglo XIX y la primera mitad
del XX, y-sin negar el anterior abordaje encontré en lo que llamo "temas-problemas" vías de
circulación más rápidas y más amplias para transitar el complejo camino de comprensión de
nuestra historiografía. De esta manera, este segundo trabajo me obligaría a reescribir el anterior,
para que pudieran tener continuidad conceptual, dado que la tienen en lo cronológico.
Esa sería la labor de una Historia de la historiografía que, como ya señalara, es aún uno
de los vacíos de nuestra Historia. La misma implicaría un relevo mucho más exaustivo de obras
y autores que el que estos dos trabajos contienen. Me preocupó, en ambos, poder comprender,
sintentizar (lo que implica seleccionar, con toda su potencial carga de error), relacionar el
quehacer de la disciplina con los momentos históricos y sus exigencias.
Queda pendiente una amplia tarea, a la que estas obras solo pretenden brindar una
aproximación, sujeta (felizmente!) a discusión, revisión y ampliación.
Ana Ribeiro
Las Piedras, julio de 1993.
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En Montevideo, el día 7 de diciembre de mil novecientos noventa y dos, siendo las 11
horas, en el Palacio Taranco (calle 25 de Mayo 376), sede de la Academia Nacional de Letras,
se reúne el jurado del concurso de ensayos inéditos sobre el tema "Corrientes de la
historiografía uruguaya" (Período 1880 1940), integrado por los señores académicos Aníbal
Barrios Pintos, Milton Stelardo y Arturo Sergio Visca, quienes luego de deliberar resolvieron
por unanimidad otorgar el Primer Premio a la obra presentada con el suedónimo "Aguadeluna",
lema: "De la épica al ensayo sociológico", elaborada con sólidos conceptos, en algunos
aspectos originales, solvente labor metodológica y amplio respaldo bibliográfico.
A juicio del Jurado, este trabajo puede servir de base a un estudio realizado con más
amplio desarrollo del tema, hasta ahora escasamente analizado en nuestro país.
Habiéndose procedido a la apertura del sobre que contenía la identificación del autor
de la obra premiada resultó ser la Sra. Ana Ribeiro, C.I. N° 1.401.497
6, domiciliada en la calle Gral. Flores 503, Las Piedras. Para constancia de lo actuado
se extiende la presente acta, en el lugar y fecha indicados, que firman los tres integrantes del
Jurado.
6
I. INTRODUCCIÓN
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perpetuarse) y una historia viva, activa, al servicio de la acción en el presente, que era la única
que admitía como válida (4).
¿Dónde queda el planteo de traductibilidad de líneas anteriores? En cuanto reflejen la
problemática real y la de la Historia como disciplina en el país, son auténtico pensamiento
historiográfico, las crónicas, los anales, los poemas épicos, las historias partidarias, los textos
de enseñanza escritos con la señalada línea de monumentalidad, las obras eruditas, los ensayos
interpretativos.
En el período 1880-1940, a) se encuentran en la historiografía nacional, ejemplos de
todos estos géneros y estilos; b) se detectan variadas corrientes de pensamiento,
fundamentalmente europeas, y c) se distinguen centros temáticos o de reflexión. Abordar la
historiografía uruguaya es conjugar esos tres componentes. Y ordenarlos para inteligirlos. Nos
proponemos reseñar las influencias recibidas y luego analizar cómo, al compás de los temas-
problemas, se desarrollaron diversos métodos y estilos y se destacaron determinados autores.
La línea de ordenamiento no estará basada en los autores (porque los trataremos en relación a
los temas), ni en las corrientes de influencia (porque priorizamos la complejidad con que se
recepcionaron), ni en los géneros o estilos (porque un mismo autor cultiva varios, porque no
marcan un orden sucesorio, porque hay un amplio predominio del ensayo). Recepción compleja
de influencias "traducidas" a una realidad que determinó temas-problemas: esa será la línea de
análisis en el presente trabajo.
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II. LAS INFLUENCIAS A TRADUCIR
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liberalismo con tradición judeocristiana, común a toda la civilización occidental: La idea de las
sociedades como plausibles de perfeccionamiento, la noción de progreso, el pluralismo y la
igualdad de derechos en el régimen democrático representativo, la nación por encima de las
divisiones internas. Estas ideas políticas serán retomadas por las corrientes socialistas, que se
diferenciarán por quebrar otras (especialmente lo harán con el concepto de "lucha de clases").
Por eso hay autores más "románticos" y otros más "positivistas" que comparten un
clima ideológico general. Por ejemplo: el pionero de los marxistas en el análisis histórico
nacional, Francisco Pintos, se adscribe en su momento a una concepción generalizada acerca
del modernismo y de la industrialización, similar a la del ala progresista del Partido Colorado.
Deslindadas las complejidades, la primera de esas influencias que debe remarcar es la
del romanticismo.
1. Romanticismo.
Movimiento filosófico, literario y artístico propio de la primera mitad del siglo XIX, de
origen alemán. Basado a su vez en el movimiento literario "Sturm und Drang" ("Tempestad e
ímpetu", nombre de un drama de Maximiliano Klinger, 1776), del cual toma la exaltación del
sentimiento como elemento base. Desde el punto de vista estrictamente filosófico (7) se lo ha
caracterizado por su:
a) optimismo: o sea su convicción de que la realidad (y por tanto la historia) es racional;
b) providencialismo: esa razón que se realiza lo hace en la historia, pero la excede (es un
principio metafísico). Esa historia es un constante progreso en el que cada momento
supera al otro.
De allí el
c) tradicionalismo: porque eso significa que se reconoce la bondad de todos los períodos
históricos, se exalta el pasado en su conjunto. De allí, en parte, deriva el nacionalismo:
es en la nación que se enraizan todas las tradiciones.
Claro que contribuyó al nacionalismo el fracaso de la Revolución Francesa (atribuida a
las resistencias "nacionales" de rusos, alemanes y españoles). El "retorno sentimental al
pasado" (8) que el romanticismo provoca, se expresará en un nuevo género literario: la novela
histórica, que con Walter Scott (y fundamentalmente luego de Carlyle) tendrá en los héroes sus
principales protagonistas. El principal valor científico de la historiografía que el romanticismo
provoca está en la noción de desarrollo: la historia es un organismo dinámico donde todo está
ligado y cada hecho es captado en su génesis. Pero la historia como desarrollo es concebida
como desarrollo de los valores ideales. Por eso se supera la noción de Estado por la de Nación,
por ejemplo.
El romanticismo aunó en sí, además, dos tendencias que exceden al propio siglo XIX:
la erudita y la de reflexión filosófica sobre el pasado, dando como resultado el historiador-
filósofo como Niebhur o Mommsen. Con la corriente erudita (específicamente con Niebhur)
surge la escuela filológica alemana que, más que señalar la importancia de las fuentes
(reconocida ya por los eruditos
10
renacentistas) descubre el procedimiento para depurarlas con exactitud. La autoridad del propio
Tito Livio cae en pedazos ante la depuración metodológica. Surgen grandes cuerpos
documentales con un criterio que supera las recopilaciones anteriores (los benedictinos, el
polígrafo italiano Muratori).
La narrativa romántica se basaba en el principio de que la Historia debía emocionar. De
ahí la importancia del relato y en éste, del "color local": rasgo positivo, en tanto al recoger el
entorno más cotidiano de los personajes y hechos, amplía el campo historiográfico. Negativo,
en tanto distrae la búsqueda de causas reales. No debemos olvidar que el romanticismo se
inscribe dentro de la llamada historiografía genética (débil en la explicación causal) (9).
¿Qué características de esta corriente están presentes en nuestra historiografía? Varias.
Es romántica la exaltación de la nacionalidad, la noción de proceso únicoļ en el que se
desarrolla el valor ideal de la nación, desde la "nación charrúa" al Uruguay satisfecho de su
ajenidad en relación al resto del continente, la Suiza de América.
Es romántico que ese proceso sea pautado por figuras heroicas, prometeicas, además,
porque frecuentemente son héroes que superan la derrota (perpetuando sus valores en la nación)
por la fuerza de sus convicciones. En "La epopeya de Artigas", subdividida en capítulos como:
"El corazón del héroe", "El gobierno del héroe", Zorrilla de San Martín, al describir los
acontecimientos del año 16, que ya auguran la derrota, dice que "ya podía Artigas tentar sus
fuerzas: le habían cortado el cabello mientras dormía". La traición hecha a este Sansón
americano "consumada por sus malos hermanos", "dará no poco que hablar a la futura filosofía
de la historia, cuando la nuestra se incorpore a la universal" (10).
Es romántico el color local, tan vivo en las crónicas (el género por excelencia de rescate
de los costumbrismos), como en una obra erudita y metodológicamente sólida como la de
Bauzá. Es de cuño romántico la recopilación documental (inscripta en la búsqueda de raíces
nacionales) cumplida ya en 1845-51 bajo la dirección de Florencio Varela y Valentín Alsina.
Labor completada por Andrés Lamas, en una línea de trabajo erudito que lo caracterizó.
Es romántica la apelación sentimental con que se buscó conformar la nacionalidad. No
basada en destinos de grandeza con miras a la expansión, sino en lo inevitable del parto de esa
comunidad. La razón que se realiza en la historia hace ineludible ese nacimiento, anunciado
desde los propios elementos geográficos. Ese optimismo, esa poderosa y antigua conciencia de
sí, hace que Bauzá afirme, por ejemplo, que el río Uruguay "estaba anunciando desde los
tiempos pristinos, que ya quedaba preparado el límite de una nación más en el concierto de las
naciones" (11).
2. Positivismo.
11
Con el positivismo las ciencias naturales se erigen en centro de la metodología del
conocimiento. Buscando comprobar hechos y, en una segunda instancia, fijar leyes. La
tendencia positivista en filosofía y ciencia la inició Augusto Comte con su "Curso de filosofía
positiva" en los años 1830-42. A partir de él se abrieron diferentes variedades en la escuela
francesa del positivismo (Taine, Renan, etc.). Será Comte el autor mas difundido en América,
y en una segunda instancia, Spencer.
El primer efecto del positivismo sobre la historia es disociarla de la literatura. Por eso
se eliminan de las narraciones las fantasías, la apelación a categorías abstractas o metafísicas
(como el espíritu de las naciones).
Comte ordena jerárquicamente las ciencias, haciendo de la física social (también
llamada sociología) una ciencia globalizadora y un pináculo del saber. El concepto biológico
de evolución, aplicado a la sociología, hace ver al hombre como un ser vivo sujeto a desarrollo.
El mismo se manifiesta en sus expresiones, y todas éstas (lenguaje, arte, religión) son
aprehendidas en el ciclo evolutivo que la historia encierra.
Como toda corriente el positivismo tiene una irrupción, que lo muestra como
movimiento de crítica y renovación, como vanguardia metodológica que supera -en el camino
del progreso científico- la filosofía de la historia propia del romanticismo. Pero luego se
anquilosa y necesariamente, una nueva postura renovadora-ahora antipositivista- será la que
arremeta contra sus limitaciones. Serán los marxistas, la escuela de los Annales, los
intuicionistas seguidores de Dilthey y Croce, el siglo XX todo, caracterizado por un
historicismo insistente en el cambio, en la subjetividad implícita del historiador y en el carácter
presentista del conocimiento histórico. Y los principales errores que le señalarán al positivismo
girarán alrededor de esa concepción aislada y estática de los hechos, concebidos como
"manzanas de edificios situadas por alguien de un modo arreglado con anterioridad" (12).
Hacer historia, desde esta óptica, implica separar el hecho del conocimiento del hecho, es lo
que Marrou ha señalado como el error de creer que "el historiador no construye la historia, la
encuentra" (13).
Ese empirismo es lo que hizo de "historiografía positivista" un rótulo cada vez más
peyorativo, a medida que la historiografía dialéctica y estructural avanzaba, un sinónimo de
"como no hay que hacer historia" (14). Quizás la mejor síntesis de esas críticas la haya dado
François Simiand, en 1903, refutando a Seignobos, cuando denunció "los ídolos de la tribu de
los historiadores: ídolo político, ídolo individual, ídolo cronológico" (15).
Esas dos instancias de un mismo movimiento (cuando representa renovación y cuando
es sinónimo de estancamiento) deben tenerse presente en la historiografía nacional cuando se
señalan rasgos o influencias positivistas. Cuando en 1882 Ramón López Lomba escribe un
artículo sobre las principales tendencias en historiografía (que luego se publicaría en los Anales
del Ateneo), remarca el antagonismo fundamental "de dos escuelas históricas".
"La antigua, -dice- caracterizada por el espíritu teológico o metafísico, que bajo
cualquiera de sus manifestaciones variadas, fúndase ya sobre la misteriosa acción de la
Providencia, ya sobre la quimérica concepción de la libertad absoluta de los psicólogos, ya
sobre entidades más o menos inteligibles y caprichosas"
12
"La moderna escuela entiende que el estudio del hombre colectivo debe tener por base
inevitable el conjunto de las ciencias naturales, y no un cierto número de principios a priori;
que debe fundarse especialmente en las teorías biológicas, sirviéndose de las luces de la
antropología, de la etnología, etc." (16).
En el mismo año Isidro Revert, también desde el Ateneo, señalaba que era posible
someter la historia a leyes y daba algunos ejemplos tentativos (en términos de "fórmulas"): "El
despotismo está en razón directa con la masa de la población"; "Otra ley podría formularse así:
los cuerpos sociales se atraen en razón directa de su importancia" (17).
Obviamente estos tímidos teóricos nacionales y docentes de historia reflejan la
recepción que hacen del positivismo en su primera acepción: como movimiento renovador.
Pero al imbricarse con el romanticismo, este positivismo perfilará una historiografía que ha
sido denominada "Vieja Historia" (para oponer al movimiento renovador más propio del
segundo tercio del siglo XX). Historiografía que Carlos Real de Azúa ha fustigado señalando
que "era una historiografía de personalidades civiles o militares, de próceres impecables y
antihéroes aborrecibles (...), era una historia superestructural".
"Por ello, historia política y militar era esencialmente, entendiendo ambos atributos al
nivel de los fáctico, del puro acontecimiento y no de los sistemas o estructuras (...)" (18).
¿No denuncia Real, de esta manera, el imperio, en nuestra Historia, de los ídolos
cronológico, político e individual de que hablaba Simiand? Es la historiografía positivista en
su segunda acepción: como la Historia que no debe hacerse.
3- Otras Influencias
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corrientes sociales de la Revolución Francesa) coadyuvando al surgimiento del Partido
Socialista en el Uruguay (20).
La conjunción del anarquismo con el socialismo dará como resultado una actitud
cuestionadora de la mera igualdad política en la que el liberalismo veía el logro social máximo
(relegando la problemática derivada de la estructura económica).
La corriente socialista se manifiesta de dos maneras. Los ensayistas y grupos de
investigadores más claramente adscritos a la misma son posteriores al período 1880-1940. En
los desgloses generacionales (siempre tan controvertidos) se señala generalmente a la
generación del 45 como la generación crítica, y a la del 60 como la generación de la conciencia
revolucionaria (21), la que asimila el viraje que representa la Revolución Cubana. Ese será el
momento de mayor incidencia del socialismo. Pero el materialismo histórico era conocido
mucho antes y sus categorías conceptuales ejercían una influencia imprecisa en varios autores
(es notoria la causalidad económica en Zum Felde, por ejemplo). En otros, en cambio, será una
influencia específica: Francisco Pintos es el ejemplo obligado, o Jesualdo Sosa desde un estilo
novelado poco frecuente; pero también hay ensayos de Servando Quadros, páginas de Emilio
Frugoni que se mueven en el nivel de divulgación ideológica y que matizan las problemáticas
y las posturas frente a ellas. No se pueden ignorar esas páginas (si bien pertenecen a géneros
marginales de la historia como la polémica o la oratoria) a la hora de analizar la teoría
partidocéntrica, para dar otro ejemplo, teoría que presenta a la vida política del país como
inseparable de los partidos.
Otras varias influencias deben consignarse a título individual: Nietzsche gozó de gran
devoción por parte de Zum Felde, que realmente se propuso una historia activa desde el
presente, de allí su claro partidismo; Spengler ejerció el atractivo de toda poderosa síntesis;
Dilthey con su intuicionismo y presentismo abonará un terreno en el que florecerá, a partir de
1950, un poderoso ensayismo crítico.
Entre las corrientes, tampoco debe olvidarse que hay un "radicalismo" relacionado con
el ascenso de las clases medias, con la visión progresiva de un porvenir signado por el triunfo
de la ciencia y con una actitud anticlerical, que tiene en el batllismo una clara ejemplificación.
(22).
Pero el "ismo" más dominante probablemente haya sido, en el Uruguay y en toda
América, el liberalismo. Tan amplio que, casi sinónimo de mentalidad, llega a sobreentender y
se corre el riesgo de no subrayarlo como rasgo de pensamiento político e historiográfico.
Acertadamente lo perfila Real de Azúa: "Mucho más liberal que democrático es decir: mucho
más amigo de la libertad de una clase superior y media que preocupado e imantado por lo
popular (...) respeta, en verdad hondamente, los conceptos básicos de representación,
soberanía, constitución y garantías individuales (...)" (23). Se suele pensar a Blanco Acevedo
en relación a la tesis independentista clásica, pero es también un claro representante de la
historiografía liberal.
Reiteramos el planteo inicial: todos (autores y corrientes) fueron recepcionados en
complejidad, en superposición, rara vez como cuerpo de ideas completo y sí generalmente en
algunos de sus rasgos con exclusión de otros. Obsérvese cómo son los temas (de allí que los
prioricemos como ordenadores los grandes unificadores de ese recepcionar ecléctico y
14
acelerado. Por ejemplo: Guillermo Stewart Vargas, figura del revisionismo blanco hacia 1950
toma de Spengler el concepto de unidades históricas, que el autor maneja con respecto a los
pueblos, a los que ve animados de un alma colectiva que une a sus integrantes, diferenciando
los de una simple aglomeración. Stewart Vargas retoma este concepto y lo aplica a los partidos.
Todo su planteo apunta a Luis Alberto de Herrera al que le asigna el papel de artífice del Partido
Nacional como "unidad de existencia" (24). Un autor -Stewart Vargas-, una influencia
clarísima -O. Spengler-, que integran un centro de reflexión y tema de producción
historiográfica (los partidos). Tema que, seguido en su evolución nos dice más de nuestra
historiografía que en la enumeración de obras y autores o el agrupamiento por corrientes.
15
III- LAS PROTOFORMAS
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hilvanar los datos inconexos del pasado. La épica lo hace basado en lo heroico, el logos en lo
lógico. Pero antes de conectar los datos y como forma historiográfica primaria, está el simple
preservar en la memoria, el anotar lo sucedido sin más orden que el cronológico. O sea, los
anales, las crónicas. De todas estas formas hay ejemplos en nuestra proto historiografía. Pero
escasos, en relación al desarrollo de la vida intelectual de la Patria Vieja.
1. Literatura y Orientalidad
Juan A. Oddone nos habla de un "ciclo poético": "una balbuciente literatura frecuentó
las tradiciones orientales asomando en el drama histórico, el verso patriótico o la leyenda
nativa" (27).
En el comienzo del mismo, Pedro Pablo Bermúdez (1816-1860) denota la
convergencia literatura- "orientalismo" desde sus títulos: "El charrúa" (1853); "El oriental"
(1854); "Epiceyo, al Jefe de los orientales" (1856). En el poema "El Charrúa" hay casi treinta
notas al pie, en las que hace aclaraciones que incluyen información histórica complementaria,
referencias a fuentes (frecuentemente Azara y Centenera), fragmentos de poemas de otros
autores, muestreo de opiniones encontradas de historiadores (y la suya propia, en calidad de
tal). Hay una exaltación del coraje y la bravura nativa que se quería incorporar a la aún magra
identidad nacional. Con orgullo se refiere al prototipo de indio legendario:
Poesía y épica al servicio del rescate de las raíces nacionales culminaron en Juan
Zorrilla de San Martín. Rescate romántico, aunque desde el punto de
17
vista estrictamente literario se señala su "imbricación romántico-realista" (30). Con "La
leyenda Patria" (1879); "Tabaré" (1888) y "La Epopeya de Artigas" (1910), Zorrilla de San
Martín cumple, respecto a la historia, el papel de inventor de su dicción, tal como ha señalado
Rómulo Cosse (31). Los poetas dicen con sentimiento y belleza, lo que contribuye a que se
perpetúe en la memoria un discurso histórico determinado. Discurso que es algo más que el ya
señalado de la nacionalidad.
Acerquémonos a las obras: La leyenda Patria es "un ejemplo asombroso de poesía vocal
o in voce (...) que en el ágora y en labios de su autor cobraba plenitud incomparable" (32). En
el entorno de los festejos de La Florida, bajo el mando del Cnel. Latorre en situación de semi-
legalidad y aspirando a la legalización completa; en medio de un clima de oposición al
militarismo fomentado desde los centros intelectuales montevideanos, Zorrilla presenta su
poema en un concurso que generó recordado episodio. No siendo -al parecer por razones
puramente técnicas- Zorrilla el autor premiado, terminó ovacionado e instituido poeta nacional.
Cabe señalar que en esta fiesta la figura de Artigas no era aún objeto de reivindicación
amplia y militante, como lo será más adelante. Las menciones a Artigas, aún en el propio
Zorrilla (si atendemos a sus obras posteriores), son de escasa significación. La épica tiene un
protagonista abstracto en esta obra: la Patria. Término típicamente decimonónico, preferido por
entonces al de Nación o País, por su connotación sentimental y su sentido de compromiso
afectivo.
Respecto a "Tabaré", nos vemos obligados a recordar la distinción que estableciera
Ramón Menéndez y Pidal (33) para la poesía épica europea: diferenciando la "verosimilitud"
de la "verista"; o sea, la que utiliza el trasfondo histórico. para lograr un efecto de realidad en
una trama ficticia, de la que recrea una realidad pasada. La relación entre ficción y realidad es
profunda: "Así la poesía, unas veces precede y anuncia a la historia, como en las sociedades
primitivas, y es la única historia de entonces, creída y aceptada por todos", en cambio en otros
casos una realidad relatada "en graves anales (...) por obra de Shakespeare o de Lope vuelve a
manos del pueblo transfigurada en materia poética y en única historia de muchos" (34).
En "Tabaré", el protagonismo épico es -más que el del propio Tabaré o el de Abayubá
en algunos cantos- el de la tribu charrúa en el momento de su desaparición como colectividad.
La misma es recogida en un drama épico verosimilista que constituye "la expresión de un
tiempo histórico remoto y primigenio" (35).
"La epopeya de Artigas" es también epopeya e Historia. El héroe "altivo, firme en su
fe y su propósito, sereno como un mito" exaltado por su ideario, su magnetismo, su altura
moral; es también rastreado y documentado. La interpolación de discursos, cartas, el estudio
profundo del personaje y los acontecimientos, inscriben la obra en la épica verista.
Arturo Sergio Visca señaló con respecto a la novela histórica, algo que es también
aplicable a estas formas literarias mencionadas: "El novelista (...) no elude, en su creación, lo
real histórico, ni están ausentes en la tarea histórica la sensibilidad y la imaginación". El literato
y el historiador comparten una misma
18
posición ante la realidad: "ambos la interpretan y la ven dotada de un sentido" (36).
Sería impreciso cerrar pues, en Zorrilla, un ciclo poético, una etapa de intensa relación
entre la expresión literaria y el contenido histórico. Debe consignarse que primero (y
primariamente) la Historia se expresó en forma de poesía y prosa, pero que esa colaboración
no desaparece ante la irrupción de géneros más propios de la disciplina (la crónica, el manual,
el ensayo, el breviario). La obra de Eduardo Acevedo Díaz nuclea los señalados elementos de
épica, historia y novela a través de la conocida tetralogía: "Ismael", "Nativa", "Grito de
Gloria" y "Lanza y sable". No casualmente "Ismael" y "Tabaré" son coetáneos, hay en ellos
una búsqueda común que hizo decir al crítico de "Ismael": "El cuadro tiene grandiosidad de
génesis social", refiriéndose al panorama social de la época revolucionaria. "Asistimos a la
manifestación de los fenómenos fundamentales de nuestro surgimiento histórico, en el
momento en que se rompe la dura armazón del coloniaje dentro del cual se incubaron los
elementos de la nacionalidad" (37).
La literatura y la historia separarán luego sus rumbos, pero volviendo intermitentemente
a reunirse. Elisco Salvador Porta, Jesualdo Sosa, son algunos de los nombres probables. Ni el
análisis estructural, ni la cuantificación, ni las más estrictas normas de investigación propias de
este fin de siglo, han logrado disociarlas. Allí están "Bernabé" de De Mattos (1988), "Maluco"
de Baccino (1990). "Hombre a la orilla del mundo", de Milton Schinca (1988), ostentando
éxitos editoriales que testimonian ese antiguo maridaje.
2. Crónicas y memorias
Francisco Acuña de Figueroa (1791-1862) escribió entre 1812 y 1841 (año en que se
edita) un "Diario histórico del sitio de Montevideo" en el que en verso y con el hilo
cronológico del día a día, recoge observaciones sobre movimientos militares, costumbres, datos
sobre el bloqueo fluvial, sobre las negociaciones y eventos políticos.
Acuña de Figueroa es un escritor que sigue las normas clásicas; inclinado a lo satírico,
se lo ha calificado como "el mejor poeta burlesco de su tiempo en castellano" (38).
El "Diario..." de Acuña de Figueroa es crónica por dos razones. Primeramente por la
"intención de hacer historia" que lo señala como "expresión temprana de la crónica en nuestros
anales históricos" (39). El autor trabajó en su obra muchos años después de acaecidos los
sucesos que narra. Reunió testimonios propios, datos de la "Gaceta de Buenos Aires" (que le
proporcionó la información de lo que sucedía en el ámbito de los sitiadores) y testimonios de
los combatientes. Durante treinta años retocó, agregó, rastreó datos en perseverante tarea
"como para convencernos de la sinceridad y desinterés de su posición" (40) (lo que no lo puso,
sin embargo, a resguardo de errores e imprecisiones varias).
En segundo lugar, porque la intención de historiar no basta, y Acuña de Figueroa no
logra hacer Historia. Fluctuando entre su afán de preservar la
19
memoria de los hechos y producir versos correctamente decasílabos, se encuadra, finalmente,
en la crónica, con el sello diferencial de la rima que Centenera ya había inaugurado.
La simple ubicación temporal carece de sentido, el relato histórico aparece cuando la
cronología ayuda o es parte del juicio del historiador (41). Esa orientación significante no está
presente en la crónica. No está en ese "Diario" pese a que recoge lo cotidiano y el
acontecimiento militar unidos por la precisión de la fecha. Así el lunes 1º de marzo de 1813, el
cronista nos relata:
En sus páginas Acuña de Figueroa "no realizó seguramente el concepto carlyliano del
héroe como poeta. No narró al pueblo la epopeya de sus orígenes, ni le reveló la conciencia de
su destino, ni agiganta los mitos de su historia. No fue el profeta de su misión, ni el augurio de
su porvenir. Olvidó los indios, los gauchos y el paisaje nativo que evocó en su obra Magariños
Cervantes, y careció de la mística nacional de Zorrilla de San Martín (43).
No podía participar de esa épica quien estuvo entre los montevideanos en el sitio de
1812, y ocupó cargos en el gobierno de Lecor. Pero hay en él una forma de épica diferente a la
emanada del campo y los caudillos. Una épica montevideana, sede del Estado, el que también
buscó fortalecer la nacionalidad (después de 1828) para asentar su poder.
Por eso en tonos muy diferentes, Bauzá recuerda que Acuña de Figueroa "cantó los
fastos de la nacionalidad (y) creó el himno que manda combatir a los enemigos y matar a los
tiranos", y Zum Felde que "fue un gubernista, o un oficialista durante toda su vida, y celebró
en odas y acrósticos a todos los mandatarios que se sucedieron hasta su muerte, llamaránse
Rivera, Oribe, Suárez, Giró, Pereira, Berro o Flores"(44).
La crónica rimada será una pieza rara. La más cultivada fue la crónica narrativa. J. A.
Oddone distingue ésta de la crónica erudita y -aunque sólo tuvo
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como cultor en nuestro medio, a Lorenzo Pons de la crónica eclesiástica. Las Memorias son
también plausibles de agrupar como "crónica memorialista" porque memorialista y cronista
presentan la misma actitud ante el tiempo: no lo integran a su cosmovisión. Carlos Anaya,
Ramón de Cáceres, Juan Spikermann, Luis de la Torre, Francisco Agustín Wright, Antonio
Pereira, Antonio Díaz, testimoniaron su época en sendas memorias (45). Será éste un género
de gran longevidad: León de Palleja evocará por medio de él la guerra del Paraguay y Agustín
de Vedia la deportación de la Barca Puig a La Habana, por ejemplo.
Se debe diferenciar la crónica erudita por su celo documental, por su apego a lo que
el siglo XIX entendió como documento: el tratado, la proclama, la página jurídica, el parte de
batalla. Deodoro de Pascual (español, 1822-1874) escribió en ese estilo sus "Apuntes para
la historia de la República Oriental del Uruguay" en dos tomos que abarcan el período 1811-
1839 (proyectaba llegar a 1859). Como ni siquiera la crónica pone a resguardo de la
subjetividad implícita del trabajo histórico, en de Pascual hay una evidente posición
monárquica que aúna el hispanismo con la defensa de la causa imperial brasileña. Su visión
negativa de Artigas hizo que sus páginas pasaran al olvido cuando se comienza a "revisar" la
leyenda negra.
Antonio Díaz también se inscribe en este género. El verdadero acopio documental lo
realizó su padre que escribió una "Memoria" que abarcaba del descubrimiento a la
independencia. El continúa esta labor de su progenitor y realiza una crónica de doce tomos,
que impactó por su volumen y ganó un prestigio luego cuestionado. Pivel Devoto lo calificó
de "almacén de noticias y documentos" sin "orden ni rigor de especie alguna" (46).
La crónica narrativa es más bien un gran fresco de época: atiende a los grandes
personajes (a los que a veces retrata con mucha agudeza psicológica) tanto como a los paisajes
y su gente. No está ajena al acontecimiento político o militar pero no margina el dato
costumbrista en aras de aquéllos. Es más plástica, más fluida, porque la narrativa vehiculiza
más el dato fáctico.
Dámaso Antonio Larrañaga (1771-1848) con Raimundo Guerra, producen para los
Almanaques tradicionales varias Efemérides que van, año a año, fijando el recuerdo de los
acontecimientos más notables. Por encargo de Lecor escribirán sus "Apuntes históricos sobre
el descubrimiento" (que abarcan de Tordesillas a 1818). Pese a su actuación política en la
Cisplatina, el retrato de Artigas que realiza Larrañaga es uno de los primeros testimonios que
confrontan la leyenda negra, aunque no fueron escritos con esa finalidad.
Reconoce la representación de su mandato, aunque sin rendirse ante la emotiva
categoría de "soberanía popular": "Artigas había sido constituido caudillo supremo por
aclamación de los pueblos orientales (entiéndase como se quiera esta aclamación, que en las
revoluciones de todos los países del mundo han tenido siempre iguales síntomas); y cuando por
adversidad o por contradicciones, llegaba a considerar crítica su situación, ocurría el refugio
de manifestar que renunciaba su autoridad en manos de los pueblos, y que ellos libremente
eligieron personas más a propósito para ejercerla (sic). En estas demostraciones de
desprendimiento podía muy bien obrar el arte, más siempre correspondió un mismo resultado:
quedaba reelecto y cada vez más afianzado en la representación superior y en el afecto y
confianza de sus gentes". Ecuánime, reconocerá que "se
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han escrito de Artigas (...) cosas que horrorizan (...) pero no se puede dudar que este caudillo
montaraz, ecónomo del papel y aislado en el peculiar consejo de su mente, es extraordinario y
original (...)" (47).
La crónica narrativa tendrá un representante de envergadura en Juan Manuel de la
Sota (argentino, radicado en nuestro país desde 1829, muerto en 1858). Bauzá lo llama "padre
de nuestra historiografía nacional". Una de sus crónicas, de gran riqueza documental, llevó el
nombre de "Catecismo geográfico-político e histórico de la República Oriental del
Uruguay" (1850). Junto con "Elementos de Historia de los Asirios, persas, egipcios,
griegos, romanos, ritos romanos y mitología" (1838), redactada por los Padres Escolapios,
fueron las únicas obras escritas por entonces para la enseñanza de la historia (48). Ambos
fueron "catecismos": una pregunta concreta y una respuesta concisa y afirmativa. En un método
basado en la memorización, la frase de Horacio "Sé breve en tus preceptos" era el lema a seguir.
Carecía de la Sota de un método que le permitiera depurar las variadisimas fuentes a
las que tenía acceso en su condición de Jefe de los archivos de Montevideo. La cronología y
la nomenclatura fueron el orden impuesto a este cúmulo de datos.
El "Catecismo" es la obra de De la Sota para el ámbito educativo. Antes, en 1841 había
escrito una "Historia del territorio oriental del Uruguay" y "Noticias históricas" (ambas en
torno a la problemática del territorio y límites) y en 1849 "Cuadros históricos" que abarcaba
de 1492 a 1828.
La reivindicación nacional que hace de la Sota no es en términos de nacionalidad cabal
o de épica. Lo que él reclama, en momentos en que se vive la guerra civil rioplatense, la Guerra
Grande, de la que emerge consagrada, pero débil, la nacionalidad fragmentaria del Uruguay,
es una conciencia de territorialidad propia. En la geografía veía de la Sota factores
determinantes del camino independiente seguido. Por eso su labor pedagógica se dirige a
inculcar en los jóvenes la defensa de los legítimos límites del país. Claro que perfilar la
"Historia del territorio oriental del Uruguay" pasa, en su crónica, por dejar un enaltecedor
retrato de los charrúas y por describir morosamente la flora, la fauna e incluso el uso medicinal
de hierbas y arbustos.
Hay en toda su obra una clara intención pragmática, de allí su insistencia en el tema de
límites: "Mis deseos y mis esperanzas serán bien satisfechos si el esfuerzo de mis trabajos
correspondiese a la necesidad con que el país reclama ventilar sus derechos con los limítrofes,
e hiciese ver el modo cómo gradualmente se preparaba a ser Nación libre e independiente"
(49). De la Sota conjuga así historia y presente porque el sentido de esa pragmática es el
presente y el objetivo "perfilar la individualidad histórica del Uruguay" (50).
Isidoro de María (1815-1906) autor de biografías, crónicas y anales será la figura en
que se concentren los géneros, los temas y el estilo que sintetizan una etapa: la de las
protoformas, anteriores a Bauzá, quien abrirá nuestra Historia propiamente dicha (porque en él
habrá logos, búsqueda causal y relato orgánico).
De María hizo crónica biográfica en "Hombres notables" (1860); un "Compendio" de
la historia nacional desde los orígenes a 1830 (varios tomos que aparecerán entre 1864 y 1902);
una crónica de sucesos en "Anales de la
Defensa" (1883-1887) y una crónica costumbrista en "Montevideo antiguo" (1887-1895).
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Pragmática, épica y protagonismos individuales están presentes en De María, que en
"Hombres notables" se propone expresamente, "recordar a los héroes y a los próceres de
nuestra independencia, a la par de los que, por su conspicua inteligencia, por su amor al
progreso del país, o por su ejemplar filantropía, honraron las letras y las ciencias, o rindieron
señalados servicios a la humanidad" (51).
El objetivo: "servir tal vez de saludable enseñanza a las generaciones nuevas". Era la
Patria Vieja que quería preservar sus tradiciones en el nuevo país que emergía de la paz del
51.
De María es romántico por ese claro sello de "historia con sentido nacional” (52), pero
también porque logró ser el cronista del Montevideo colonial mediante una rica reconstrucción
del color local: lavanderas, faroleros, ferias, carnavales, oficios y tertulias desfilan bajo su
pluma. Y concibió al empuje de los grandes hombres el desarrollo de los procesos históricos.
Dándole a la figura de Artigas una aureola heroica y positiva que facilitó emotivamente la
revisión, de carácter más documental, que se hizo posteriormente.
La batalla de Las Piedras nos permitirá un acercamiento a ese retrato y a los giros de la
narrativa romántica: "Reñido fue el combate, sosteniéndose valientemente por ambas partes
por el espacio de seis horas. Artigas se comportó como un bravo. En el ardor de la pelea, el
casco de una metralla postra su bridón; pero sereno sufre los fuegos del enemigo hasta montar
en otro corcel lanzándose impetuoso donde mayor era el peligro" (53).
3. De la crónica a Bauzá
Reseñar las obras que exceden a la crónica nos obliga a desviar, por un momento, la
atención de los títulos y autores y mirar hacia el Ateneo. Fundado al finalizar la década del 70
se constituyó en el centro de la vida intelectual montevideana. Allí se dictaban cursos de nivel
secundario y universitario; se realizaban conferencias y veladas literarias; se publicaban
mensualmente los "Anales". En ellos las corrientes, los problemas filosóficos y las polémicas
fueron expuestos y analizados.
El otro gran centro cultural era el Club Católico, sin que sea posible disociarlos.
Porque, así como el Ateneo fue sede de los principistas, vanguardia positivista y responsable
de una vasta campaña en defensa del liberalismo racionalista (que lo opuso a la Iglesia);
también es cierto que sus hombres ostentaron siempre un transfondo romántico-metafísico-
idealista. Los había deístas y cristianos.
Así como los hombres de la Defensa (la generación del Uruguay naciente, de los
"40") eran mayoritariamente católicos, los del Ateneo serán fundamentalmente liberales. Los
diarios "La Razón", "El Plata", la revista "El espíritu nuevo" serán sus voceros. La Sociedad
de Amigos de la Educación Popular (1868) y la enseñanza racionalista, empírica y popular,
su mayor manifestación cultural.
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En este escenario debemos ubicar los primeros ensayos y síntesis propiamente
históricos. La tendencia romántica había iniciado un acopio documental importante. Esta
aprehensión se acentuará cuando se reciban las influencias positivistas. Desembocan así en
una tendencia erudita, de rigor heurístico llamada a tener larga data en nuestra historiografía
(aunque siempre opacada por una inclinación nacional aún más fuerte hacia las grandes
síntesis explicativas, simplificadoras y significantes por su contenido político-ideológico).
No es con claridad que pueden discernirse los estilos (erudito o filosofante) ni "los
ismos" evidenciados (positivismo, romanticismo, racionalismo, liberalismo). Sin embargo un
ámbito nuevo surge claramente: el de la enseñanza de la Historia. Y en él es posible
distinguir una caracterización diferente de las obras: por su tema-problema. Los textos
(llámeselos catecismos, bosquejos o compendios) son un terreno privilegiado de análisis de la
relación entre memoria colectiva y poder.
Memoria colectiva no es sinónimo de Historia (que recoge una parte de aquélla). La
memoria colectiva es el conjunto de recuerdos de una comunidad, que incluye experiencias
reales así como deformaciones y mitos sobre esa realidad pasada, las que conforman su
sentimiento de identidad. El pasado es básico para identificarse en el presente. Por eso las
memorias son manipuladas por el poder: para justificarse, legalizarse, para tornar natural el
ejercicio del mismo.
Cuando varias memorias se superponen o conviven la historia se abre: escucha varias
voces, recepciona las interpretaciones, recuerdos y reclamos de diferentes grupos sociales. Se
hace necesariamente polifónica y ecléctica.
Por eso será en el siglo XX (mesocrático) y no en las postrimerías del XIX (imperio
del voto censitario) que la historia social aparezca. Por eso el Estado reclamó textos con los
cuales moldear una conciencia colectiva. Y cuando éstos no coincidieron con los mitos con
que esa memoria se alimentaba, se los sustituyó.
¿Cuáles son los temas-problemas pues? La nacionalidad y la leyenda negra. Francisco
Berra es un ejemplo de historiografía filosofante, si atendemos estrictamente a método y
estilo. Luis Destéffanis es un erudito: ambos atacan, al estilo sarmientino, a Artigas. El uso
del "Bosquejo" de Berra es restringido en la enseñanza y Luis Destéffanis es apartado de su
cátedra universitaria, cuando se inicia la revisión del período artiguista, que tuvo una
verdadera apoteosis en años de signo autoritario. Gobernaba Santos y se ajustaban los
cambios para que el Estado controlase el país, y la nacionalidad debía ayudar a la simbiosis
de ambos.
Francisco Berra (1844-1906) escribió su "Bosquejo histórico de la República
Oriental del Uruguay" en 1866. Por treinta años fue el texto fundamental en la enseñanza.
Fue mejorado y reeditado por su autor en cuatro ocasiones, la última edición fue en 1895 y en
ella había pasado de 462 a 720 páginas. Era la obra de un pragmático que encaraba el estudio
de la historia con sentido moral y filosófico. En sus páginas se "lucían la madurez del autor y
la definida orientación de un racionalista frío, de un doctrinario al que un cerrado principismo
político no permitía apreciar con cabal sentido histórico el papel de las multitudes en la
historia del Río de la Plata" (54).
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El propio Berra denota en donde estriba su diferencia con la crónica, al afirmar que la
Historia "juzga los hombres y los hechos según los principios que hoy reciben total
acatamiento; los aplaude si son buenos, los condena si son malos; y los condena sobre todo si
son malos según las ideas que rigen la presente y según las ideas que regían cuando los
hechos se verificaron" (55). Basado en ese reconocimiento de la historiocidad (lo que de la
historia capta cada época) Berra tomó posición frente al país y administró "justicia histórica"
desde sus páginas.
Lo hizo con excelencia en el aspecto didáctico, con una ameneidad que habla de su
paridad con la crónica: Berra acercaba una gran lupa al escenario histórico y desentrañaba
ritos y costumbres. La horca, el convento, el velorio, la cárcel, la parroquia, la cocina de
campaña, los duelos indios, el mercado, decurrían en su prosa clara y fluida. Pero, siendo
coetáneo de De María no tuvo el color ni el calor de lo local de aquél. Fue un observador
atento pero distante: un buen naturalista en el campo histórico.
"La culpa de Artigas" es el nombre del capítulo que le permitió a Carlos María
Ramírez afirmar -en el juicio crítico que le hiciera en 1882- que las masas incultas de la
campaña tuvieron la intuición y la pasión de la República y que en el "Bosquejo" se les
negaba porque su autor entendía que la idea de la República sólo podía ser producto
exclusivo de la ciencia. Esa fue "la culpa" de Berra.
Algunas frases hilvanadas pueden ser ilustrativas: "Artigas dió pretexto a los
portugueses para que invadieran en 1816, porque éstos alegaron, lo que era verdad, que las
caballerías artiguistas constituían un peligro permanente para las poblaciones de la frontera
brasileña (...)".
Luego denuncia la "obcecación del altanero caudillo": "Creyéndose un genio militar y
presumiendo que sus montoneras de salvajes y de gauchos desordenados componían una
fuerza incontrastable, en su orgullo desmedido se forjó la ilusión de que en 24 horas iba a
desbaratar los planes y los ejércitos del enemigo, y bastó una corta división de éste para
hacerlo pedazos en los primeros encuentros y para reducirlo a la impotencia". Que sus errores
acarrearon la dominación luso-brasileña no es la acusación menor de Berra: "Aunque a
primera vista parece que la gran falta de Artigas fue el tener por su provincia natal una pasión
tan extraviada como intensa, que lo arrastró a toda clase de desaciertos, el examen atento de
los hechos y del espíritu que anima su correspondencia prueba que aquella primera impresión
no es verdadera". "Si el amor a su provincia hubiera sido el móvil de sus actos, los hubiera
dirigido a beneficiar a los paisanos, aunque tuviera que ocupar él un puesto secundario, o que
sacrificar completamente su personalidad. Más de una ocasión tuvo de proceder así, antes de
1816, y no procedió."
"Artigas fue un prototipo de egoísmo. En todos sus actos se ve el sello de sus
cualidades personales, entre las cuales ponderaba la ambición desmedida de mandar
soberanamente a todo el mundo, fortificada por el orgullo, por una pretensión jactanciosa
insuperable, y por una tenacidad extraordinaria de carácter" (56).
La reacción que Berra genera no se explica únicamente por su postura antiartiguista.
El propio nacimiento de la nacionalidad era para él "un hecho
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impuesto a los orientales por la conveniencia de dos naciones, ninguna de las cuales era la
Provincia misma". Contrariamente a la visión-romántica señala que "la independencia se
produjo sin que tuviera una causa determinante en los precedentes históricos, ni en el
sentimiento popular, ni aún en la voluntad accidental de la Provincia" (57).
El planteo filosófico de Berra es fatalista: ve un orden inevitable cumplión dose en la
historia, marcando un ritmo sucesorio tan determinante que admite leyes inexorables. De allí
que recurra muchas veces a paralelismos históricos que lo obligaron a forzar datos o caer en
anacronismos.
En la misma tendencia fatalista debemos ubicar a Luis Destéffanis (1839 - 1899,
italiano), docente universitario (58), liberal, gran erudito, positivista, anticlerical y
pragmático. Fue un divulgador, un pedagogo, convencido de que "La historia del pasado ha
creado el presente y es necesaria para comprenderlo".
Sus apuntes de cátedra recopilados dieron origen a "De los criterios históricos"
(1899). Reunía citas de Augusto Comte, de Giambatista Vico, Teodoro Mommsen, profesaba
su confianza en la existencia de leyes históricas y llevaba su fatalismo al extremo de afirmar,
que "José Ferrari ha podido quizás exagerar pero no fantasticar (sic), cuando para establecer
su famosa a la par que discutida teoría de los períodos políticos, aplicó la aritmética a la
historia y fijó siglos de 125 años cada uno, en los cuales se repiten, en las naciones
civilizadas las mismas revoluciones políticas" (59).
Otro planteo fatalista, más circunscripto a lo nacional será el de Angel Floro Costa
(1838-1906) que vió como irremediable y necesaria la incorporación al Brasil. También era
un positivista. Su "Nirvana" será calificado por Carlos María Ramírez de "libelo contra la
nación oriental".
Cuando se refute a Berra también Destéffanis será relegado. Desplazar a Berra
implicó editar obras didácticas de orientación opuesta: la obra de Bauzá, fundamentalmente,
debe comprenderse en ese entorno. También Víctor Arreguine (1863-1924), en 1892 escribe
una "Historia del Uruguay" siguiendo la línea argumental de Bauzá y de Ramírez, pese a
que era un positivista evolucionista como Berra. De rica narrativa, la suya será superior como
obra de enseñanza, "logrando dar a su libro la sugestión del pasado, esa sugestión que no se
encontraba en las páginas excesivamente analíticas del Bosquejo histórico" (60).
La obra de Arregine presenta una característica común a la época no pasaba el límite
cronológico de las luchas por la independencia. Arreguine reclamaba el estudio de las guerras
civiles pero tampoco él lo abordaba. Los partidos políticos aún no habían nacido como tema
historiográfico, pero los estatutos del Ateneo -que prohibían expresamente la exposición o
discusión de trabajos sobre luchas intestinas del Río de la Plata posteriores a 1830- denotan la
tensión previa a su irrupción.
Es posible avizorarlo en algunas obras. Alejandro Magariños Cervantes (1825-
1893) escribió en 1854 sus "Estudios históricos políticos y sociales sobre el Río de la
Plata" abarcando desde la conquista a 1845. Conocido por su actuación literaria, es autor de
novelas, poesías, dramas, comedias ("Caramurú", "Celiar", "Palmas y ombúes" son
algunos de sus títulos). Desde ellos intentó
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un americanismo al que se le ha criticado sus deficiencias literarias: "fracasó en su propósito
de realizar el poema épico nativo", no pasando del "interés exótico de los tipos y costumbres
rioplatenses" (61).
Como historiador dejó sentado los rasgos de indios y gauchos, las características
físicas del medio: la estancia, la ganadería, las faenas del campo. Pivel Devoto lo calificó
como el "primer intento de interpretación sociológica de nuestro pasado" (62),
Manejó fuentes varias, informes de virreyes, de viajeros, memorias, la bibliografía de
la época. Como típico liberal insertó sus análisis en una cosmovisión dicotómica, fiel a los
ídolos individual y político; para él Juan Manuel de Rosas era la más clara influencia
negativa del Río de la Plata. Síntesis del caudillismo, fenómeno bárbaro. Barbarie producida
(he aquí su "anatomía" de la sociedad al estilo de Guizot, a quien admiraba) por un espacio y
una mestización que deforma el elemento hispano civilizador. Esa falsa oposición se aplicará
años más tarde, a los partidos; el tema estaba aún en estado larvario.
Retraer estas tendencias políticas, inhibir las posiciones filosóficas, fue propio de
algunos pocos autores que alimentaron la ya consignada tendencia erudita. La misma fue
iniciada por un italiano, Pedro de Angelis (1784-1859) que llega al Río de la Plata
(concretamente a Buenos Aires) cuando aún no se ha asentado la fragmentación producida
por la independencia. Filólogo y erudito, acopiará fuentes y preservará documentos. No
exento del todo de los planteos filosofantes será tributario de Vico, como (a través de Ferrari)
lo será también Destéffanis.
Es De Angelis quien inicia, para el Río de la Plata, la formación de los cuerpos
documentales que en toda América refrendarán los nacionalismos emergentes en la segunda
mitad del siglo XIX (63). En Montevideo la reunión de documentos coincidirá con el arribo
de los emigrados unitarios durante la Guerra Grande. Bajo la dirección de Florencio Varela
y Valentín Alsina entre 1845 y 1851 se reunirá más de una decena de tomos documentales y
aparecerá la biblioteca "El comercio del Plata". Pero la tarea de heurística más importante la
cumplirá, sin dudas, Andrés Lamas; autor que permite observar, además, el momento en que
emergen las divisas que luego serán banderías y finalmente partidos. Las primeras posiciones
asumidas frente a éstos son importantes para la conformación de este otro gran tema-
problema.
Andrés Lamas buscaba afirmar una independencia que por reciente, era precaria e
indecisa; como hombre de letras vió en el desarrollo de las capacidades intelectuales su forma
de contribuir a los nuevos países. Esteban Echeverría, emigrado argentino de igual opinión
afirmaría: "Hay que conquistar la independencia inteligente de la nación, su independencia
civil, literaria, artística, industrial (...)" (64), fue Lamas portavoz del romanticismo,
diplomático de intensa actuación en la Guerra Grande, los tratados del 51 con Brasil le
valieron un largo retiro en Argentina. Había comenzado su labor en este campo con la
Fundación del Instituto Histórico y Geográfico (1843), iniciativa que compartió con Teodoro
Miguel Vilardebó. Fue su intención reunir allí a todos los que pudieran "despojarse en las
puertas del Instituto de sus prevenciones y colores políticos" buscando "nivelar las opiniones
todas y reunirse en el centro de la utilidad y la gloria de esta Patria" (65). La actuación del
mismo será breve, dispersos sus miembros por los
27
avatares políticos de la época. Un manual de artillería, más algunos poemas a la revolución
de Mayo y una novela ("Soledad"), ambas de Bartolomé Mitre, serán las únicas
publicaciones.
En 1848 aparecen sus "Apuntes históricos sobre las agresiones del dictador
argentino Juan Manuel de Rosas", un año después una "Colección de documentos para la
historia y geografía de los pueblos del Plata"; una revista ("Revista del Río de la Plata", de
historia, literatura y ciencias sociales); una biblioteca; "Instrucciones para la adquisición en
los archivos europeos de documentos inéditos que pueden ilustrar la historia colonial del
Río de la Plata"; un estudio sobre Rivadavia y otro sobre la Revolución Hispanamericana,
completan su vasta obra. Antes que Sarmiento vió en Rosas y en el fenómeno del caudillismo
una expresión de tradición colonial hispana contraria al progreso que la ciudad, la ilustración
y el orden político-institucional encarnaban. Las divisas no le parecían otra cosa que "trapos"
que ensangrentaban al país (66).
Clemente Fregeiro (1853-1923) también se abocó al trabajo documental y a las obras
de didáctica, con la singularidad de reflexionar sobre metodología histórica. J.A, Oddone
señala "con Fregeiro se accede a una etapa definitoria en nuestra historiografía" la de "una
objetivación científica del pasado rioplatense sobre bases documentales y críticas" (67). Con
palabras del propio Fregeiro: "el trabajo del historiador consiste, ante todo, en revivir por el
espíritu, estados que fueron de la sociedad, coordinando al efecto inmenso y complejo
material, fragmentario casi siempre, por intermedio de la erudicción que acopia y de la crítica
que depura y ordena". Claramente positivista concibe la verdad en función del mayor número
de hechos históricos establecidos: "para alcanzar una partícula de la verdad es menester
comprenderla en su amplitud, porque cada hecho se ilumina con la luz de los demás, y la luz
plena les coloca en su propio sitio" (68).
Conocía a Taine, Mommsen, Tillemont, Droysen, Fustel de Coulanges. Quiso escribir
una obra de síntesis sobre historia nacional siguiendo el modelo de Onken. Si bien no realizó
tal ambicioso proyecto, sí escribió "Juan Díaz de Solís", "Estudios históricos sobre la
Revolución de Mayo", "Doctor Vicente Fidel López y un texto de historia argentina".
Pero su obra gravitante será "Artigas. Estudio histórico, documentos justificativos".
Allí dedicará un amplio espacio al Exodo, al que así bautiza (Carlos Maggi lo llamará
"la Redota" mientras Agustín Beraza hablará de "Emigración").
Esta línea de crudición de Lamas y Fregeiro tendrá hitos importantes en continuidad:
Emilio Ravignani a mediados del siglo XX, y a partir de la labor de éste en la Facultad de
Humanidades, esa misma casa de estudios; el Instituto Histórico y Geográfico a partir de su
reapertura en 1915, son ámbitos donde la investigación documental tiene un espacio
privilegiado (y no excluyente de objetivos más amplios, especialmente en la Facultad de
Humanidades, tan afecta a la Nueva Historia desde los "60").
La erudición y la línea más filosofante se alimentarán mutuamente. Las polémicas
generaron conferencias, produjeron páginas en diarios y revistas. movieron respuestas y
agitaron un clima que era en sí mismo, síntoma del crecimiento de los estudios sobre el
pasado. La documentación generó polémica y la polémica buscó documentación para
sostenerse. Berra tuvo un efecto dual: como su visión era orgánica y ampliamente
28
fundamentada, aunque discutida en sus afirmaciones, provocó por contraste una Historia de
igual envergadura pero de signo contrario, con otra tesis (la de Bauzá).
Por otra parte Berra supera la épica ya que el tema básico de la misma, hasta ese
momento, era la Nación como unidad metahistórica preexistente, la que él niega con su
cáustico juicio sobre los años que van de 1825 a 1828. El otro gran puntal de la épica será
Artigas. Pero, cuando aún no se había producido más que el emotivo retrato de De María,
junto con alguna página de Larrañaga, donde bajo el viso de la neutralidad se dejaba trasuntar
cierta admiración, Berra ofrecía una imagen mezquina y brutal del Protector.
No se podía contestar al "Bosquejo" con simples loas de tono lírico. Requería una
historia orgánica sobre bases científicas. Berra es "causa" de Bauzá, las polémicas de la época
son "causa-efecto" del avance del logos.
En el Ateneo y la prensa se desplegaron agitados años de controversias. Juan Carlos
Gómez, de quien Raúl Montero bustamante dijera "Fue el romántico integral: lo fue en su
historia sentimental, en su labor literaria, en su acción política, en su actividad cotidiana, en
su vida y en su muerte", "el último gentil hombre" (69), iniciaba en 1879 una polémica. Le
negaba significación independentista a los sucesos de 1825, lo que motivó la respuesta de
Bauzá y movió a reflexión sobre la memoria colectiva. Pedro Bustamante, Francisco Berra,
Clemente Fregeiro, Magariños Cervantes, Francisco Bauzá, los Ramírez y Ángel Floro Costa
protagonizaron la disputa.
En una segunda etapa el debate se centró en torno a la figura de Artigas, siendo Berra
y Carlos María Ramírez los contrincantes y "El Sud América" de Buenos Aires y "La Razón"
de Montevideo los medios utilizados. Carlos María Ramírez no era un gran conocedor de la
historia, su sustento argumental se lo proporcionaba un erudito: Clemente Fregeiro.
Estaban allí en juego los temas-problemas de la historiografía nacional: la nación
misma y la figura de Artigas. El caudillismo, el militarismo y las banderías se integran y
conforman el otro gran tema-problema: el de los partidos. El reproche de Bauzá al Dr. Gómez
estribó en que "Desde Artigas hasta Flores todos los prohombres uruguayos fueron
presentados a la opinión argentina como gauchos rebeldes, cínicamente ambiciosos y
profundamente inmorales" (70) .Seguidor de Bauzá en la tesis independentista Pivel Devoto
señalará en 1940 que la convivencia de los partidos, facilitada por la unificación
administrativa y la afirmación de la autoridad estatal que realizó el militarismo, representan la
etapa de consolidación nacional. Son los "dos partidos identificados con el país". Y los textos
de enseñanza, los eruditos, los políticos, los diarios y revistas, los centros culturales, son los
que conforman ese pensamiento historiográfico y su desenvolvimiento.
29
IV. LOS TEMAS-PROBLEMAS
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histórica provienen de los centros políticos que le fueron adversos, o sea, Buenos Aires y las
autoridades hispanistas de Montevideo. No casualmente, cuando le preguntan su opinión
sobre el efecto que el libelo de Cavia podía tener entre sus tropas, responde lacónicamente
que su gente "no sabe leer". Los que preservan la memoria del pasado tienen el poder de
hacerlo.
Para impugnar esa visión negativa del artiguismo hubo que "revisar" nuestra historia y
nuestra Historia: la historiografía uruguaya es intrínsecamente revisionista. La primera obra
propiamente científica, la de Bauzá, es revisionista en ese sentido (generalmente
"revisionista" está connotado, entre nosotros, con la corriente de mediados del siglo XX,
cuestionadora de la historia oficial colorada).
Pero cuando se reivindica a Artigas se lo hace por parte de las clases dominantes,
ahora independientes de España y de Buenos Aires. Despojado de su contenido social,
transformado en héroe "nacional" (con la amputación que eso significa) se convierte en
centro de la historia oficial uruguaya, celebrado por los partidos tradicionales por igual. La
corriente revisionista lo hará en iguales términos, también los deudores de los Annales y la
historiografía marxista, aunque devolviéndole el carácter de caudillo agrario con un programa
político que contemplaba los sectores populares (y centrando allí sus análisis).
Con gran acierto José Pedro Barrán ha reclamado una relectura del artiguismo que
supere esa visión, común a toda nuestra historiografía desde sus orígenes, de Artigas como
"el caudillo, el líder, el protagonista único, el conductor que nunca fue conducido, el
creador". "Porque todos, en otras palabras, temen que aparezca el convidado de piedra: el
pueblo oriental". "El Artigas verdadero es el conductor y el conducido" (73).
31
comprender la historiografía nacional como globalidad, también lo es que encierra
simplificaciones que pueden resultar excesivas.
De acuerdo con él, el período que nos ocupa es el de la Vieja Historia y el de los
Precursores que protagonizan la Transición. El propio Real de Azúa marcó el riesgo de esa
simplificación (precisamente por ser él, tan afecto a las complejidades conceptuales) al
aclarar: "De tal modo de historiar (del que aquí, por supuesto sólo hemos armado un "tipo"
tan abstracto como cualquier "tipo") (76).
1. La nacionalidad
32
Unidos) de eliminar a las viejas (Portugal, España) y a las vastas unidades territoriales
controladas por éstas, promoviendo naciones donde asomaban autonomismos (82). Es lo que
Real de Azúa llamó "tendencia anticonectiva" (83).
Los propios protagonistas historiográficos de esta elaboración, tuvieron. presente la
cuota de construcción ideológica que existía en sus planteos; eran los arquitectos de las
"patrias chicas" dudando de la solidez del edificio. Así Francisco Bauzá señaló que la
revolución de 1825 "no ha descendido aún de las regiones de la leyenda a las páginas de la
historia", claramente habla de una "conspiración patriótica" que ha hecho a la crítica vacilar
"entre rendirse a ese homenaje nacional o introducir una nota discordante en medio de tantas
armonías". "De aquí proviene -agrega- aquella especie de convención tácita que impera
respecto a aquella época, y el afán de conservar sus tradiciones más bien como un elemento
imaginativo que como un precedente histórico. Sin embargo, cada época tiene sus exigencias,
y la nuestra que es de mayoridad solicita el aclaramiento de las cosas. El pueblo uruguayo ya
no es un pueblo infante" (84).
Francisco Bauzá
a) Francisco Bauzá (1849-1899) fue militante del Partido Colorado, periodista de "El
Nacional" y "Debate", ministro y parlamentario de grandes dotes oratorias, candidato a la
presidencia de la República y autor de varios estudios y obras sobre economía, derecho,
pedagogía e historia. Algunas de sus obras son: "Estudios literarios" (1855), "Estudios
constitucionales" (1887). "Ensayos sobre la formación de una clase media" (1876),
"Historia de la dominación española en el Uruguay" (1880-82), su obra cumbre. Fue el
primero en brindar una visión abarcadora del país desde la colonia a la Revolución de 1811,
en la que realizaba una revisión de la figura de Artigas respecto a las versiones
historiográficas argentinas y brasileñas. Esa nacionalidad, tema predominante de su
bibliografía, fue sustentada con gran valor metodológico: en su obra hay investigación
científica e interpretación. Bauzá hace, definitivamente, Historia.
En su "Historia de la dominación española en el Uruguay" buscó los orígenes de
esa nacionalidad en todos los elementos, desde los geográficos a los políticos. Una de sus
ideas básicas es que los sucesos de 1810 (reflejo de la Junta Montevideana de 1808, en su
opinión) fueron un brote comunero, con planes monárquicos como sustento, frente a los que
Artigas, en planteo dicotómico, representaba el ideal republicano federal. Con estas palabras
cuando se refiere a los acontecimientos de 1816: "las masas populares, los apasionados por la
independencia y el gobierno republicano, únicos y exclusivos términos de su credo político,
eran inducidas a perder la fe en el impulso genial y patriótico que los había llevado a la lucha,
aceptando como una transacción necesaria el coronamiento de un príncipe, que no sabían
quién era, y con qué derechos había de mandarles, ni de dónde había de venir" (85).
La idea de República a su vez, tiene su gestación en la colonia, en donde la conciencia
igualitaria coexistía con un marcado espíritu independiente, ya
33
claramente existente. Planteo intrínsecamente romántico: lo que se desarrolla en la historia
son los valores. En este caso el republicano y el de nación.
La atención prestada al período colonial tiene dos componentes. Uno es la
valorización del rol de España en América, a la que ve investida de una misión espiritual y
tarea civilizadora. España aportó religión, costumbres, e idioma, aunque faltaron libertades -
la de comercio fundamentalmente- y para hacer de Uruguay un país ganadero se anuló su
condición de pueblo navegante. El otro es la finalidad pragmática: conocer el pasado para
decidir sobre el presente, pues el pueblo "Necesita (...) saber lo que han hecho sus mayores
para decidir lo que debe hacer él mismo". Esa tarea cognoscitiva es de patriotismo (86).
Su obra se estructuró en tres planos relacionados entre sí, una primera parte de
exposición de los hechos, con una buena y fluida narrativa; una segunda parte la constituían,
en cada volumen, los apéndices críticos que ensayaban interpretaciones de tipo sicológico y
la tercera y última eran los documentos de prueba.
Se podría sintetizar el planteo de la "Historia de la dominación española en el
Uruguay" de la siguiente manera: los jesuitas promovieron, con su accionar en esta zona, el
interés español en la misma (tardío, por el deslumbramiento ante otras riquezas de América).
La conquista tuvo a raíz de eso el carácter de operación militar y ese gobierno de fuerza
cumple el destino histórico de la Nación, porque "salvó a la sociedad embrionaria de la
anarquía portuguesa, del comunismo jesuítico y de la disolución nacional" (57).
Aún más antiguo que ese elemento hispánico unificador es el indígena; al igual que
Zorrilla de San Martín ve en él "patriotismo" e "independencia". Afirma así que "Cuando la
conquista española abordó la América del Sur tres naciones encontró organizadas, con
elementos propios, carácter independiente y límites fijos, a saber: el Imperio de los Incas
(Perú), el reino de Lautaro (Chile) y la República Charrúa (el Uruguay)" (88).
Todos estos elementos confluyen para darnos una idiosincracia: la humillación del
indígena, la resistencia al avance portugués, la vida errante del gaucho (base del caudillismo),
la ausencia de fervor religioso, que pudieran generalizar hábitos civilizadores. La cohesión es
concebida a tal grado por Bauzá que entiende que el movimiento de 1811 lo protagoniza un
"partido nacional" formado por propietarios, sacerdotes y gauchos, indistintamente.
Bauzá fue colorado y católico. Su clericalismo le valió ser postergado, frente a
Clemente Fregeiro, en el acceso a una cátedra universitaria sobre historia nacional. Su
concepción teológica de la historia es evidente en varios pasajes: "Y es que el culto de lo
sobrenatural, la razón divina de las cosas, el problema insondable planteado por la voluntad
eterna y que se resuelve en el tiempo y en el espacio por ministerio de esa misma voluntad,
necesita ser acatada por los pueblos, so pena de caer en la adoración de sí mismo para dar
origen a aquella vanidad de las vanidades de que nos habla el profeta y tras la cual no hay
nada más que la miseria y el suicidio moral. Una religión positiva, con sus dogmas, su culto,
sus ceremonias simbólicas, sus sacerdotes y sus fieles, se encontrará siempre en el seno de
todo pueblo civilizado" (89).
Este pensamiento religioso es el que lo guía en su idea de predestinación (presente en
la preexistencia nacional). Hay párrafos muy ilustrativos. Refiriéndose a la presencia
portuguesa y jesuita dice: "Sin embargo, estas dos fuerzas
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sociales que con tanto ahinco pretendían radicarse sobre la tierra, no estaban destinadas a
coexistir en ella sino el tiempo absolutamente necesario para presidir la gestación laboriosa
de nuestra civilización naciente. El poder español debía expulsarlos, luego que hubiese
utilizado su vigor y su enseñanza" (90). Como empujados por una voluntad externa a ellos
mismos, Bauzá ve a estos tres elementos presidiendo la formación nacional: "los jesuitas,
conservando en lo posible su raza primitiva y mostrando al conquistador las aptitudes que ella
tenía para la vida civilizada; los portugueses explorando el país y señalando sus futuros
emporios comerciales y políticos; y los españoles, descubriendo la tierra y aleccionándose al
fin en la experiencia de estas enseñanzas que aprovecharon para sí".
Bauzá reivindica el papel civilizador, como señaláramos, de la colonia-plaza fuerte
que fuimos. Es, de alguna manera, el reclamo del fortalecimiento del Estado-nación:
"Vivimos en unos tiempos en que todas las cuestiones se resuelven por autoridad". Y con
tono meditativo agrega: "todo indica el predominio de la idea de autoridad marchando
triunfante a ocupar el primer puesto en el concierto de la civilización" (91).
Estas ideas directrices de Bauzá estaban refrendadas mediante una labor documental
encomiable. Tratados de comercio, proyectos educativos, pronunciamientos comunales,
cartas, propuestas de paz, crónicas, partes de batalla, memorias y testimonios de viajeros
constituían "sus documentos de prueba".
Debemos detenernos en otros aspectos de su obra, que exceden (pero alimentan) el
tema-problema de la nacionalidad. Su narrativa, por ejemplo. Buscaba la ameneidad y la
aprehensión del dato por medio de la imagen. Así, cuando describe la noche previa al
enfrentamiento de Garay con Zapicán, nos dice: "La noche se pasó tristemente. Escasos de
provisiones, reposando sobre un terreno empapado por la lluvia, sin defensa contra el viento
que soplaba de contínuo, verde y mojada la leña del bosque cercano, los soldados recostaban
unos contra otros tiritando, sin atreverse a dormir por el sobresalto de ser sorprendidos. La
llamarada caprichosa de alguno que otro fogón mantenido a rigor de constancia, hacía más
que sombrío el aspecto del campo, y el piafar de los caballos juntándose a los mil ruidos
siniestros que la soledad produce, acentuaban el tono fantástico de aquel cuadro viviente. Los
soldados españoles y sus jefes, poseídos de la ansiedad que precede al último peligro, sentían
aproximarse la hora decisiva de su vida" (92). Hay tensión dramática, reconstrucción
novelada y especialmente un tiempo diferente.
El tiempo en la obra de Bauzá no es el día a día de la crónica o del "Diario..." de
Acuña de Figueroa, aunque recurra con frecuencia a la reconstrucción de tiempos breves: "la
noche antes", "por aquella fecha". Tampoco es, sin embargo, el tiempo de la obra histórica
del siglo XX bajo la influencia de la obra positivista, ese tiempo rápido que salta de
acontecimiento en acontecimiento. Ni el de la historia-problema, que sobrevuela lo cotidiano
y lo acontecimental oteando lo que importa a la estructura, en la que se detiene
prioritariamente.
Tampoco hay en Bauzá ese rescate de lo cotidiano que hay en la historia de las
mentalidades, porque como éstas son "cárceles de larga duración" (al decir de Fernand
Braudel), en ellas el tiempo parece no transcurrir.
35
En Bauzá hay un diferente espesor temporal. Los problemas, los sucesos detonantes
en aquella pequeña plaza fuerte y colonia a destiempo de un imperio decadente, los
acontecimientos de resonancia rioplatense, aparecen junto con lo cotidiano, con el rasgo
costumbrista, con todo lo que registra el sabor de lo local.
El hilo conductor es el tiempo mismo, el antes y después, pues en esta historiografía
no hay cortes estructurales (sería anacrónico que los hubiera). Y en esa cronología que
timonea el decurso histórico Bauzá se mueve como se movía el habitante de Montevideo (no
el de la campaña, que lo hacía al ritmo de las luces y las sombras): "más por las campanadas
del reloj de la Iglesia catedral y los toques de oración que por los enormes y raros relojes de
bolsillo que pasaban como joyas de generación en generación" (93).
Obsérvese la conjunción costumbrismo-tiempo en el siguiente pasaje: era el año 1813,
durante el sitio de Montevideo, el pueblo sitiado vive su carnaval ("aprovechaba cualquier
oportunidad para olvidar sus penas"). La "sonriente nota de los bailes y festines populares se
mezclaba con el estampido de las descargas". En ese "cuadro de tan diversos matices" Bauzá
inserta un extenso retrato de un religioso franciscano abocado a la caridad pública,
reconstruyendo su labor hasta el detalle de que "en un solo día llegó a repartir 3.740
raciones". A renglón seguido, siempre llevado por el calendario, pasa al acontecimiento.
militar: "vino a saberse (9 de marzo), la derrota que el 20 de febrero habían experimentado
las armas realistas en Salta, entregándose a Belgrano el Gral. Tristán con todo su ejército"
(94)
El color local de sus páginas es aquí una forma de urgar las raíces, porque la búsqueda
de identidad nacional sigue siendo el objetivo de toda su obra.
La polémica que alumbró la obra de Bauzá es la que lo enfrentó con Juan Carlos
Gómez y Pedro Bustamante en 1879. La "Historia de la dominación española en el
Uruguay" llegaría hasta la revolución de 1811; en la polémica Bauzá se expide sobre los
sucesos de 1825.
La inició la negativa del Dr. Juan Carlos Gómez a asociarse a la inauguración de un
monumento conmemorativo de la independencia nacional, declarada por la Asamblea de la
Florida el 25 de agosto de 1825. La actitud de Gómez fue tajante, en carta pública afirmó:
"Esa Asamblea no declaró tal independencia"; "es una imprudente mentira histórica imputar a
la Asamblea de la Florida la creación de la Nacionalidad Oriental y solemnizar esa mentira
con un Monumento". Agregaba cuánto lamentaba "el candor patriótico" de muchos de sus
conciudadanos y que concurriría si el Monumento a la Independencia no se relacionara con
los Treinta y Tres y con la Florida, pero que en ese caso en el Monumento figurarían "las
estatuas del Emperador Pedro I y del Gobernador Dorrego, que fueron los genios que lo
produjeron." (95). Y en carta al Dr. Magariños Cervantes: "Pueden Vds. escribir más
volúmenes que Antonio Díaz para adulterar la historia, y conseguir suprimir el hecho de la
incorporación
36
proclamada por la Asamblea de la Florida, el mismo día de la declaración, que Vds. llaman
de la independencia" (96).
Juan Carlos Gómez impugnaba algo más que una fecha: la existencia misma del
Uruguay, al decir a sus contrincantes que "si dejan Vds. discutir libremente en Montevideo la
incorporación, durante seis meses, no les queda uno en sus filas, porque ningún pueblo es tan
estúpido para preferir la vida desesperada del Estado Oriental en estos cuarenta y nueve años,
a una situación en que sería el árbitro de los sucesos desde el Río de la plata a la Cordillera de
los Andes, y en que tendría, por mercado de su comercio el territorio desde Jujuy a la
Patagonia, desde el Uruguay hasta La Rioja" (97).
La respuesta de Bauzá también es tajante, pero de tono más emotivo que el que
empleara en su texto y sin el rigor científico de aquél: es un acto de soberanía indiscutible no
solo la Asamblea de la Florida, sino todos los hechos de la historia nacional, porque la
República es un "edificio sólido y bien construido", obra de "maestros viejos y entendidos".
"Desde Zapicán hasta Rivera y desde Santiago Vázquez hasta Lucas Obes, toda la gente de la
casa ha sido gente brava. Y si creen que es mentira, ¡que vengan!" (98).
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primordial objetivo pedagógico de la obra se evidenciaba en las frases de síntesis que abrían
cada capítulo y en los ejercicios que los cerraban.
En la "Historia Patria" para cursos medios, se destaca, bajo el título "Declaratoria de
la Independencia" el contenido de esa ley de la Florida (y se la cita); debajo, en letras más
pequeñas se agrega brevemente: "Ese mismo día la Asamblea declaró también unida la
Provincia a las demás del Río de la Plata." Y en los ejercicios del capítulo correspondiente a
la Revolución de 1811 una de las preguntas es: "¿Cómo fue Artigas el fundador de la
nacionalidad oriental?" (101). Era la historia monumental de la que hablaba Nietzsche.
H.D. escribió varios manuales para primaria y enseñanza media, de gran difusión pese
a no haber sido declarados nunca textos oficiales. El laicismo propio del medio puso
progresivamente en entredicho el uso de una obra indisimuladamente católica, hasta que en
1930 el Estado convoca a concurso para dotar al país de textos de historia. La "Historia
Patria" en sus varias versiones escolares y liceales tuvo vigencia durante más de medio siglo:
todavía en 1966 Barreiro y Ramos la editaba.
38
de 1828) (105). En ella completa la tesis independentista. De este trabajo ha dicho Real de
Azúa: "Bien puede considerarse un borrador de la apología de Herrera que muy pronto le
siguió". Ve al Uruguay como ya prefigurado en 1828: "no se dió al país, entonces formado,
una intervención oficial en el tratado". El mismo es visto como consecuencia de una
mediación inglesa que desde el principio promovía un arreglo basado en la creación de un
nuevo país. Lavalleja prestó su aprobación y Trápani, con "sagacidad y patriotismo
ejemplar", fue el "agente del gobierno oriental" (106) que más trabajó para el resultado
obtenido. Rivera, con su campaña de las Misiones, fue el protagonista estratégico que
consiguió el reconocimiento a un sentimiento colectivo y, por tanto, el timbre de gloria del
período.
La argumentación de Blanco, inteligentemente, se relaciona en forma subliminal con
los partidos. Blanco Acevedo es colorado y miembro de un gobierno colorado. La mayoría de
los Treinta y Tres, en el momento del surgimiento de las divisas, fueron -salvo Manuel
Freire– blancos. La ausencia del fundador del partido colorado entre ellos es de por sí un
dato. Por eso la clave de su argumentación es que "La campaña de 1825 no pudo ser (...) sino
por la Independencia absoluta del país. Sus autores principales y únicos, Rivera y Lavalleja,
constituían la representación más genuina de las dos fuerzas de opinión puestas en juego en
1823 (Montevideo y la campaña). Un solo ideal los une, y es el mismo concepto de
independencia (...)" (107).
Claro que las dos fuerzas son también los dos partidos. El tono es conciliador a la
hora de repartir los méritos: es el necesario consenso que debía existir detrás de una fecha-
símbolo nacional. El héroe nacional, Artigas, también cumpliría con ese indispensable
atributo de ser igualmente reclamable por parte de las comunidades políticas.
El continuador de esta tesis desde 1940 será Pivel Devoto, no casualmente autor de
una "Historia de los Partidos Políticos en el Uruguay" (1942) de tono conciliatorio: la
nacionalidad se vive con y desde los Partidos. Pivel sentirá especialmente la conciliación en
momentos en que militantemente brega por el colegiado (que implicaba codirección ejecutiva
bipartidaria).
Reivindicando los Treinta y Tres porque allí estaban Lavalleja y Oribe, los blancos
apoyarán la tesis; reivindicando la decisiva intervención de Rivera con la campaña de las
Misiones lo harán los colorados; un pequeño grupo disidente se levantará frente a ellos,
rememorando a Juan Carlos Gómez y liderados por Luis Melián Lafinur. Serán sus
exponentes Ariosto González y Angel H. Vidal; sustentando la tesis de un 25 de agosto
unionista escribe Ariosto González "El Centenario de la Independencia Nacional" (1921) y
"El Centenario", específicas refutaciones a Pablo Blanco Acevedo.
Varios trabajos girarán en torno a la polémica: "La Cruzada de los Treinta y Tres"
de Arcos Ferrand; "La epopeya de la Agraciada" de Alberto Zum Felde; "La fecha de
nuestro centenario" de José G. Antuña; "El juicio de una fecha de gloria" de M. Falçao
Espalter.
Detengámonos ahora en la argumentación manejada. En "El gobierno colonial..."
Blanco Acevedo ve el "espíritu localista del núcleo urbano principal" como determinante de
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esa nacionalidad. Los factores de conformación de la misma, son varios a su entender. En
primer lugar fueron los charrúas a los que
llama "nación charrúa". Al elemento étnico primitivo se suma el colonizador. Los españoles
conquistaron en base a los caracteres de su raza: "el culto al valor, el heroísmo, la arrogancia
y la audacia temerarias, junto con la exageración del sentimiento religioso" (108).
La sociedad engendrada en esa colonia que no fue hija de la España pujante de los
Austrias sino de la decadente de los Borbones, signada por la riqueza ganadera y su puerto,
será más igualitaria, menos aristocrática que otras de América. Dirá: "En su aislamiento
geográfico, cerradas casi en absoluto las comunicaciones con el mundo exterior, a excepción
de las noticias llegadas muy de tarde en tarde por los buques arribados al puerto en tránsito al
Perú o con destino a Buenos Aires, la vida de los pobladores debió reconcentrarse en su
ciudad, en la tierra en que vivieron. Para ellos, como en las ciudades antiguas, la ciudad debió
ser la patria" (109). Por eso analiza pormenorizadamente la lucha de puertos: en las dos
ciudades del Plata enfrentadas estaban las dos nacionalidades, la argentina y la uruguaya, que
surgen "de ese dualismo inflexible que hizo de una ciudad la capital política y de la otra
capital comercial" (110).
Basado en Fustel de Coulanges, que atribuyó al factor religioso la formación de la
ciudad griega, señala que "la religión llena, en efecto, la vida entera de la colonia";
Montevideo, sin haber conocido las exageraciones del culto, frecuentes en otras ciudades de
América, no escapó a esa influencia. "Son sacerdotes los que imparten la enseñanza, la
religión acompaña los sucesos diarios y preside la vida familiar".
Se puede apreciar, en relación al tema, el tipo de tiempo que contiene la narrativa de
Pablo blanco Acevedo. Sus imágenes son menos literarias que las de Bauzá. Buscando
atrapar el ritmo cotidiano señala: "Escasas eran las novedades y éstas debieron concretarse a
los entredichos o cuestiones con el Cabildo, a los rozamientos y susceptibilidades de sus
miembros, al comentario de las disposiciones adoptadas desde Buenos Aires, casi siempre en
pugna con los intereses de la ciudad, a las actitudes y proyectos del gobernador o a las
ocurrencias del puerto. La solemnización de las festividades religiosas, el paseo del
Estandarte Real el primero de mayo, en homenaje a los patronos de la ciudad y la
conmemoración de Corpus Christi, son los únicos momentos en verdad, en que el pueblo
exterioriza sus entusiasmos". En este pasaje el historiador relata cómo era el tiempo de la
colonia. Pero no es ese tiempo de lento decurrir el de su obra: sí lo era en Bauzá. En Pablo
Blanco Acevedo hay, con respecto a aquél, una "aceleración" que denota las cuatro décadas
que los separan y, en última instancia, la pertenencia a siglos diferentes.
También merece un breve paréntesis la consideración de la enseñanza, ámbito al que
tan vinculado está el tema nacionalidad y el propio Pablo Blanco Acevedo. En 1930 se
aprueba un proyecto de llamado a concurso para sustituir el no oficial pero difundido texto de
H.D. El mismo genera una polémica que tiene como centro la enseñanza de la historia, sus
libros y sus planes. Sobre el tema Blanco Acevedo presenta un informe ante el Instituto
Histórico y Geográfico en 1933. En él señala: "Sociedad la nuestra en contínua
transformación, como corresponde a un pueblo integrado por constantes corrientes
inmigratorias de elementos procedentes de todas las naciones del mundo. Colocado
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geográficamente entre dos grandes países con fuertes tendencias nacionalistas, el recuerdo de
ayer, del pasado próximo local se esfuma y se pierde rápidamente, no dejando a veces ni
siquiera la memoria de su acción en el progreso colectivo"(112).
Y esa realidad -argumenta- es la que marca la necesidad imperativa de enseñar "los
orígenes del país, la razón de su existencia, de su formación histórica", en todos los niveles de
enseñanza.
¿No encierra este informe la clave para diferenciar las necesidades a las que
responden los trabajos de Bauzá y de blanco Acevedo, pese a sustentar la misma tesis? En
1880 la nacionalidad y la Nación eran lógicamente cuestionables: había que cimentarlas. Pero
el Uruguay de la bonanza económica, el Uruguay estatista que Batlle había dejado tras de sí
¿por qué debía aún fundamentarse a sí mismo? Es explicable que las discusiones sobre
viabilidad resurjan en momentos de crisis y/o de reordenamientos internacionales (como el de
este fin de siglo que nos aqueja). Pero en medio de la crisis europea que se traducía en una
coyuntura favorable para Uruguay recibíamos las últimas oleadas migratorias, habíamos
dejado de ser un "pueblo nuevo" (que el gaucho, mezcla racial ejemplariza) y pasado a ser
"pueblo transplantado"(113) (del que es testimonio nuestra faz europea, distinta a la mestiza
del resto de América).
La sociedad aluvional que se constituyó entonces, en parte contribuyó a sosegar los
ánimos partidarios y es uno-solo uno de los factores explicativos de la nueva modalidad de
lucha electoral que sustituye a las antiguas guerras civiles y montoneras. Pero también podía
atemperar el sentido histórico de una comunidad nueva y largamente puesta en entredicho. La
necesidad a que corresponde el "cenit" en la tesis independentista que Blanco representa,
probablemente se relacione con este fenómeno social (114).
El forzamiento documental que hay detrás de esta postura (tanto como de su
contraria) ha sido puesto de manifiesto en el exhaustivo trabajo de Carlos Real de Azúa
aparecido póstumamento en 1990, "Los orígenes de la nacionalidad". En él se desarticula la
tesis en cuatro puntos, que bien pueden servirnos de reseña de lo hasta aquí expuesto:
"a) la tendencia a la datación remota o arcaizante de la voluntad independentista y
autonomista; b) el rechazo de su índole superviniente y el énfasis antagónico en su fijeza
desde los orígenes; c) la identificación de "localismos" y "naciona lismo"; d) la unanimidad o
cuando menos la aplastante mayoría del querer independentista en condiciones de alta
invariabilidad" (115).
La tesis unionista es la que ve, por el contrario, en la ley de unión la tendencia real, y
a la independencia como algo impuesto en ese momento por intereses coyunturales de Brasil,
Argentina e Inglaterra.
Varios autores siguen la línea argumental independentista, con bastante flexibilidad
Alberto Zum Felde, con afán documental Falçao Espalter, contundentemente Pivel
Devoto. Algunos revisionistas (es el caso de Oscar Bruschera) lograran captar mejor "la
variedad, la complejidad, la casi total inasibilidad de los estados de espíritu público, civil y
militar entre 1825 y 1828" (116). No hacerlo es el reproche mayor que se le ha formulado a
Pablo Blanco. Acevedo.
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Dura, ácidamente (en su mejor estilo) en la citada obra Real despliega variados cargos
y adjetivos contra él: "no tuvo en verdad empacho en 'empatillar' textos"; "total
despreocupación por la mínima indagación semántica"; "era
también capaz de escamotear redondamente la porción de realidad fáctica que le conviniera";
"el antiargentinismo ultrachovinista de Blanco"; "infantilismo machacón" en su estilo;
padecía de "una anglofilia casi frenética". Fundamentalmente se le reprocha adulterar
documentos, interpretar erróneamente textos, excluir documentación probatoria de la tesis
unionista y hacer afirmaciones sin fundamentación documental.
Pase a estos defectos, quizás lo que la historiografía debe fundamentalmente registrar,
es la longevidad de esta tesis, con todo lo que ella implica: aún están impregnados de ella casi
todos nuestros textos de enseñanza (117).
2. Artigas y el artiguismo.
Los unionistas entendieron que el deseo independentista de los orientales en 1825 era
débil y que tanto en 1811 como en aquel año se prefería la "unión con las 'provincias
hermanas', expresión de época y reveladora de por sí" (1). Los poderes que ambas
revoluciones enfrentaron eran aquellos sentidos como extraños (España, Portugal, Brasil). La
independencia significaba la ruptura con esas potencias, no con el resto del virreinato. Los
hombres del 25 habrían descuidado los vínculos con las provincias hermanas y el artiguismo
tenía desde esa óptica una dimensión rioplatense, más que nacional.
Los historiadores unionistas, fundamentalmente, serán Eduardo Acevedo, Ariosto
González y Eugenio Petit Muñoz (más actualmente Roberto Ares Pons, Washington
Reyes Abadie y Guillermo Vázquez Franco). Por lo tanto, la consideración de la tarea de
revisión que los estudios artiguistas representan en nuestra historiografía no es un centro
temático totalmente independiente del configurado anteriormente.
El hilo de la madeja comienza con los fundamentos mismos de la leyenda negra.
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"¿Quién es este genio maléfico, que forma época tan infausta en los anales de Sud América
en revolución? ¿Quién es este hombre turbulento, que hace tiempo está fijando la expectación
del orbe pensador? (...) ¿Qué resultados ha producido y traerá al sistema de la América esa
doctrina antisocial que predica con tanto descaro? ¿Y qué remedio podrá encontrarse a los
males que se dejan entrever si fecundiza la perniciosa simiente de esas máximas esparcidas
con escándalo en el feraz territorio de las Provincias Unidas?" (120).
El centro de los argumentos de Cavia estriba en la fuerza que la unidad da a los
pueblos, en tanto en la Banda Oriental, Artigas emprendió el camino contrario: "no paró hasta
verla segregada del resto de las Provincias Unidas". "Artigas decidido a ser el jefe de un país
soberano e independiente, aunque la figura que hiciese en él no durase más tiempo que la
escena de una representación cómica. Corrióse el telón y se acabó la farsa. Ese estado
independiente debilitado por la misma naturaleza de su soberanía fue seguidamente invadido
y ocupado por el potentado limítrofe".
La argumentación busca, luego del rechazo racional, provocar el instintivo,
abundando en descripciones de violencia y destrucción: "Arroyos de sangre derramada en la
guerra civil que sostuvo y vuelve a fomentar de nuevo: víctimas inmoladas en todas partes al
ídolo de su encono, pueblos incendiados, casas destruidas, fortunas arruinadas, campos
talados e incultos, viudas infelices, huérfanos desamparados, odios hereditarios (...)
prostitución, improbidad, des enfreno, devastación, muerte, horrores, descrédito exterior,
languidez, impatriotismo, confusión, anarquía y caos interno ¡he aquí los frutos que ha
sazonado el árbol sombrío de sus máximas destructoras!" (121).
Prometía, seguidamente, el perdón a todos aquéllos que se retractaran y abandonaran
sus filas: "seríais acogidos en el regazo de esta buena madre, con aquel amor de compasión y
ternura a que tienen más derechos los hijos descarriados." Aún a Artigas, de arrepentirse, le
prometía el perdón. Pero bajo la convicción de que era una idea vana: "El morirá
impenitente" (122).
Los viajeros (como H. M. Brackenridge, y el Gral. Miller) recogían generalmente la
versión de un salteador rodeado de una pandilla de marginales. El retrato de Robertson en sus
"Cartas" es más afable. A él pertenece el pasaje generalmente citado sobre Artigas en
Purificación: "su Excelencia el Protector sentado en su cabeza de vaca, fumando, comiendo,
bebiendo, dictando, hablando, despachaba sucesivamente varios asuntos de que se le
noticiaba, con tranquila o deliberada, pero imperturbable indiferencia (...)" (123). Su
semblanza era de tono firme, seguro y sereno.
El primer acopio de material sobre su figura lo realizó el Gral. Vedia, que escribió en
base a ellos sus "Apuntes" en 1841. En él se apoyó Bartolomé Mitre, quien en el mismo año
y contando con veinte de edad, exiliado en Montevideo, escribe una "Vida de Artigas" que
nunca publicó. Años más tarde, ya maduro historiador, atemperó su opinión. Sus escritos no
contribuyeron a la difusión de la leyenda negra, pues, pero traslucen el alcance de aquélla.
Todas las aseveraciones de Mitre son juicios tensados al máximo entre los dos
extremos de una personalidad: cada faceta era relativizada con otra. El juicio
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general es adverso, pero el historiador que lo retrata está, pese a sí mismo. seducido por el
personaje: "Nunca economizó la sangre del enemigo, pero no se deleitaba en verla derramar":
"Original en sus pensamientos como en sus maneras, su individualidad marcada hería de un
modo profundo la mente del pueblo. Años más tarde mantendrá aún esa dicotomía al
calificarlo como: "idolo de la multitud ignorante".
Domingo Faustino Sarmiento realizó en "Facundo, civilización o barbarie" un
ataque al caudillismo, del que Artigas formaba parte y Rosas era la culminación maléfica.
Artigas era sinónimo de montonera y éstas de masas ignorantes de brutales instintos,
incompatibles con el orden y los principios de gobierno. Sarmiento generalizó en el Río de la
Plata un esquema interpretativo que sobreviviría largamente a su creador. Continuándolo
Juan Carlos Gómez en 1869 (desde "El siglo" y en estilo periodístico efectista) sostenía:
"Dios ha dado al Estado Oriental la iniciativa de todas las grandes revoluciones de esta
porción del continente americano. Artigas es el padre legítimo de Rosas"(125)
Este se sumaba así, a la lista de quienes sustentaron la leyenda negra (además de
Bartolomé Mitre y Domingo Faustino Sarmiento): Francisco Berra, Luis L. Domínguez y
Vicente Fidel López.
b) Primeras reivindicaciones.
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El tono cambia cuando se llega a los umbrales de la épica. "El mito se convierte en
una fuerza motriz de la historia cuando el pasado que simboliza tiene vigencia en el
presente"(117), Y como el presente era el Uruguay, no la Banda Oriental ni la Liga Federal,
Artigas es convertido en un héroe a la medida de su país.
La épica es grandilocuente como género: "el hombre centauro", "tenía la nariz de
Balba y la frente de Mario", dirá el literato Eduardo Acevedo Díaz; "era temerario con el
gaucho indómito, amable con el hacendado pacífico y circunspecto con los hombre cultos";
"tenía la mirada ardiente, el gesto dominador, hermosa y bien desarrollada la cabeza, ancho el
pecho, fuertes y proporcionados los miembros del cuerpo y elevada la estatura", dirá Bauzá,
el historiador. Su pecado fue "sostener alta e inmaculada la bandera de la igualdad a derechos
políticos, la soberanía provincial y los fueros de un pueblo libre" dirá desde la prensa el
periodista. Había nacido otra leyenda.
El enfrentamiento de los Ramírez (primero José Pedro y luego, abiertamente, Carlos
María) con los enjuiciadores de Artigas significó la impugnación de la obra de Berra; en 1881
aparecía el "Juicio crítico sobre el bosquejo Histórico del Dr. Francisco Berra". Un
decreto de honores por parte del gobierno (1884), sin embargo, no logra cerrar la polémica.
El "Sud América" de Buenos Aires vuelve a usar el lenguaje de Sarmiento y Carlos María
Ramírez contesta desde "La Razón" de Montevideo. Será el Dr. Eduardo Acevedo el
llamado a clausurar la disputa con su "Alegato histórico".
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Uruguay", siete volúmenes que ya desde el subtítulo indican su principal característica:
"Contribución al estudio de la historia económica y financiera de la República Oriental del
Uruguay".
Con fines didácticos (aunque finalmente excediendo por voluminoso cl objetivo del
texto) escribió una "Historia Nacional" que iba desde la colonia a 1915. Con Eduardo
Acevedo la historiografía nacional entra en una etapa de cambios metodológicos y
conceptuales. Los historiadores de esa etapa realizarán una "transición" (esa es la
terminología que usó Carlos Zubillaga) constituyen dose así en "precursores" (así los
denominó Real de Azúa) de los "revisionistas" y de los "nuevohistoriadores".
El "Alegato" es un impresionante esfuerzo de documentación y explicitación de
puntos de vista diversos. Están sus páginas plenas de largas citas de historiadores y cronistas,
se incluyen las polémicas y sus principales argumentos, se exhuman cartas, edictos,
testimonios. Luis Enrique Azarola Gil no encontró positivo este rasgo y en "Las herejías
históricas del Dr. Eduardo Acevedo" (1933) sostuvo que sus métodos eran "la recopilación
de versiones estampadas por otros y el resumen fácil de producciones ajenas" (129).
En la obra de Acevedo se logra, respecto a la independencia, una posición de
equilibrio: éramos "un pueblo de acentuada fisonomía propia"; "un organismo autónomo" con
tradiciones eminentemente federales a las que "no habían escapado ni los jefes militares que
con Lavalleja y Rivera a la cabeza proclamaban la incorporación incondicional, ni los
hombres civiles que en la Asamblea de la Florida se encargaban de sancionar ese voto" (130).
Cinco aspectos son los que subraya Eduardo Acevedo en Artigas: su condición de
"apóstol de la idea republicana"; su defensa de la soberanía popular; su ideal de federación;
como "fundador de pueblos y nacionalidades" y su "bandera de humanidad y orden" (sistema
de respeto a la vida y a la propiedad). Su "Alegato" se cierra en torno a esta frase: "¡Hay que
alzar la vista hasta Washington, para el estudio comparativo del Jefe de los orientales y
Protector de los Pueblos Libres!" (131).
Se ha criticado su partidismo coloradista, su erudición de "historiador colorado y
batllista que maneja, colaciona o prescinde del dato histórico a su arbitrio" (132). Quizás el
propio Acevedo reconoció su embanderamiento como inevitable, cuando en la presentación
de su "Historia Nacional" señala que sigue la división por presidencias a raíz del
protagonismo de los partidos: los que a su vez "surgen a raíz del ostracismo de Artigas", o sea
con las disidencias de Rivera y Lavalleja, que luego serán de Rivera y Oribe. Impotente ante
ellos, pregunta Eduardo Acevedo: "¿Cómo prescindir, pues, de las presidencias y escribir una
historia desligada de los partidos en constante pugna?" y dejando sentada su condición de
historiador transicional señala que más adelante "podrá escribirse una obra sobre otro plan
más general" (133). El, tan atento a lo económico y social en sus "Anales", avizoraba, a pesar
de sí mismo, la irrupción de la historia social, "llamad(a) a ser el elemento desmantelador de
la historiografía tradicional" (134)
De otra índole es la crítica de José Pedro Barrán que distingue un "Eduardo Acevedo
descreído de la nación y sus posibilidades todavía en 1904", al que "le daba lo mismo vivir y
trabajar en Argentina que en el Uruguay, que se sentía ciudadano de ambas naciones"; del
"Eduardo Acevedo batllista, impulsor del
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Frigorífico Nacional, nacionalista en el buen sentido, y antiterrista" (135).
Probablemente esa evolución personal sea el trasfondo de sus obras mayores, la
explicación de la distancia que media entre su unionismo en el "Alegato" y sus "Anales",
enorme labor documental por la que campea la idea de progreso (sino opuesta a la anterior, al
menos "otra"), y el sentido de culminación que el batllismo encierra. El Krausismo a través
de Ahrens tuvo gran difusión entre el núcleo que rodeaba a Batlle, comenzando por él mismo
(bajo influencia de Prudencio Vázquez y Vega). Esa corriente filosófica, minoritaria en
Europa, se basa en principios deístas (que no prosperaron en el grupo anticlerical que la
recepcionó), en la idea de la libertad del hombre, en la afirmación de la subjetividad
trascendental y en la moral del deber que conduce a la lucha por la vigencia de los derechos
(136). Eduardo Acevedo es reflejo, en historiografía, de la consagración del batllismo, es la
idea de realización humana a través de la historia, propia del krausismo.
No debe olvidarse que su texto para la enseñanza llega hasta 1915 y que en su
objetivo y casi acontecimental relato sobre la guerra del cuatro, cuando llega a los acuerdos
de paz, cita esta frase de Batlle: "Hago votos porque no dirimamos ya nuestras cuestiones en
los campos de batalla; porque las dirimamos siempre en el campo de la ley" (137). Era el
triunfo de la "civilización" sobre la "barbarie".
Los "Anales" testimonian ese proceso de crecimiento y madurez nacional al
recepcionar, por primera vez, todos los aspectos en que la historia se desenvuelve: lo
cotidiano y lo económico, lo espectacular y lo habitual, lo social y lo artístico, lo sociológico
y lo sicológico, expuestos con claridad y orden (no simplemente acopiados). Estas
condiciones de Eduardo Acevedo son las que lo indican como "fundador de la moderna
historiografía uruguaya" (138).
Los temas-problemas, especialmente la tarea de revisión que el artiguismo implicó,
fueron a la vez causa y consecuencia de este crecimiento historiográfico. Con los hombres de
la transición la historia se tomó más abarcadora en sus temas: historia social, económica, de
las ideas; y se rebasó la barrera de 1830. Se amplían las fuentes, y con ellas los métodos
(139). Luis Alberto de Herrera, Carlos Ferrés, Luis Enrique Azarola Gil, Horacio
Arredondo, Francisco Pintos, Ariosto González, Alberto Zum Felde, Juan Pivel Devoto
son los protagonistas de esos cambios. Algunas de sus obras exceden el límite cronológico de
este trabajo, pero sus nombres nos permiten trazar una división conceptual.
Con ellos se abre la puerta a la historia social, al revisionismo blanco y federal, a las
categorías conceptuales del materialismo, al ensayismo y al protagonismo de los partidos.
La historia social fue iniciada por Luis Azarola Gil (1892-1966) a través de su
estudio de los linajes ("La sociedad uruguaya", 1911; "Los orígenes de Montevideo",
1933; "Crónicas y linajes de la gobernación del Plata", 1927; "Los Maciel en la historia
del Plata", 1940) y continuando luego por Horacio Arredondo (1888-1967) que en
"Civilización del Uruguay" (1951) haría un análisis de antropología cultural del medio rural.
El revisionismo surge tempranamente con Luis Alberto de Herrera (1873-1959)
aunque se perfile con claridad después del cincuenta.
El marxismo tiene en Francisco Pintos una historiografía militante que centró su
análisis en el batllismo.
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Los partidos abrirán una larga línea reflexiva y tendrán en Pivel Devoto un agudo
retratista.
Transitando por los temas-problemas se ve la continuidad de la historiografía
nacional; en esa continuidad los hombres de la transición son un nexo. Los estudios
artiguistas nos permiten seguir ese derrotero: en 1953 María Julia Ardao y Aurora Capillas
de Castellanos reúnen la bibliografía sobre el tema. Pivel Devoto, desde 1951, organiza el
impresionante Archivo Artigas. Los revisionistas escriben una obra magnífica de
interpretación y erudición en 1968: el "Ciclo Artiguista" de Washington Reyes Abadie,
Oscar Bruschera y Tabaré Melogno; y el equipo marxista de Julio Rodríguez, Lucía Sala y
Nelson de la Torre investiga aspectos económicos y sociales relacionados con la tierra. Es el
Artigas héroe social que irrumpe hacia 1960 y que ya en la fecha-eje de este trabajo (1940)
animó las páginas de una novela histórica: "Artigas, del vasallaje a la Revolución" de
Jesualdo Sosa. Maestro vocacional, marxista, escribió para trazar "la figura de un héroe en
lenguaje sencillo, claro y activo para que sirva de ejemplo" (140). Pragmática e historia
unidas, porque, recordemos lo afirmado: los mitos tienen fuerza histórica cuando se establece
una línea de continuidad entre ellos y el presente.
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Pero los Partidos Políticos terminan imponiéndose. Ya en el siglo XX nadie los niega,
ni deja de estar inserto en ellos. Toda la llamada Vieja Historia, así como gran parte del
Revisionismo, ameritan una lectura de sus principales obras y autores bajo la óptica
partidaria. La segunda mitad del siglo registra un cambio al respecto: incursionará más en "lo
político" que en "la política" y las opciones partidarias superarán largamente el dualismo
blanco-colorado, a la par que los intelectuales variarán su rol dentro de ellas. La complejidad
económica y política creciente hizo del político un "técnico" de la Política, y del historiador
un analista semi-distante, un teórico del Poder más que una de las piezas del mismo.
En esta evolución, el período historiográfico que nos ocupa bien puede estar
representado por este retrato que le trazan Gerardo Caetano y José Rilla: "Al ser básicamente
política, la Historia Tradicional legó un abundante bagaje empírico para estudiar a los
partidos, pero ella misma, en tanto forma de historiar desdeñosa de la sociedad, localista,
adherida al documento escrito y oficial, ubicó a las colectividades como blanco de sus
intenciones laudatorias o denigratorias, según los casos. De la política exprimió los hechos,
pero rara vez se acercó a lo político en tanto una dimensión de análisis que le permitiera
descubrir a los partidos como actores de referencia colectiva y aún masiva" (141).
Dos líneas de análisis y un autor se abren a partir de este párrafo: a) historias
partidarias; b) Alberto Zum Felde; c) la partidocracia uruguaya.
a) Historias partidarias.
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detenta el ejercicio del poder. Hasta mediados del siglo XX será cómodo mantener esa
historia oficial. El partido blanco es el que, por el contrario, tiene el casi monopolio de la
oposición. Deberá, antes de 1950, pelear para conseguir medios y espacios que cuenten su
historia. Pero tiene, en cambio, una historia más emotiva (porque siempre es más lírica la
lucha por el poder que el ejercicio del mismo). Cuando la crisis de la postguerra se deje
sentir, esa veta romántica (que porfiadamente había atesorado), se relacionará con una tarea
racional de impugnación: el revisionismo.
La historiografía colorada verá en el campo y en el caudillismo "la barbarie" en que se
apoyaba la oposición blanca. Hasta los partidos de izquierda, en su temprana versión, se
plegaron a esta posición. En 1911 el diputado Emilio Frugoni dirige "Al Pueblo" un
Manifiesto Socialista del recién creado Centro Carlos Marx (142). Allí se expide sobre la
guerra civil, para "sugerirles la verdadera enseñanza que para la conciencia del proletariado
se desprende de los acontecimientos (...)". Dejaba sentada su propuesta contra los
movimientos armados que no obedecen "a otra causa directa que a la levantisca condición de
los caudillos gauchos"; movimiento "que servía a los planes y a los fines de la reacción
política, religiosa y social". ¿Cuál era el objetivo del alzamiento blanco frente a Batlle?: "(...)
impedir el advenimiento al poder de un hombre representativo de principios democráticos y
liberales, en quien el pueblo ha puesto la esperanza de ver realizadas algunas importantes
reformas y que es, en las actuales circunstancias y dentro de la relatividad de las cosas en el
dominio de las instituciones burguesas y tratándose de gobernantes burgueses, el único
candidato que puede ser considerado prenda seguro de un gobierno respetuoso de los
derechos y reivindicaciones de la clase trabajadora (...)" (143).
La explicación económica estribaba, para Frugoni, en la estructura agraria: "la
civilización no penetra suficientemente en la campaña"; "el gauchaje continúa siendo una
inconsciente multitud sin arraigo a merced de unos cuantos señores feudales". La solución
radicaba, en consecuencia, en que "las multitudes semibárbaras sin arraigo en la tierra ni
autonomía personal, sean sustituidas por multitudes pacíficas y laboriosas (...)". "Hay que
colonizar y poblar (...)" y "combatir el latifundio" (144).
Francisco Pintos (1889-1968) también verá (especialmente en "Batlle y el proceso
histórico del Uruguay" de 1938) bajo esta óptica el levantamiento de 1904: "fue una lucha
entre las fuerzas terratenientes y las fuerzas de la burguesía que aspiraba a realizar
determinados cambios para afirmar las relaciones de producción capitalistas en el país" (145)
La labor de reivindicación de las figuras blancas, especialmente de Oribe, comienza
en 1893 cuando Guillermo Melián Lafinur escribe "Los partidos de la República
Oriental del Uruguay". Estudio político-histórico-popular", en el que la historia del Partido
Nacional era presentada como inseparable de las masas rurales. Aquiles Oribe (ejemplo de
historiografía partidaria de sello positivista) dedica dos tomos al "Brigadier General Don
Manuel Oribe. Estudio científico acerca de su personalidad" (1912) y tres tomos al
estudio del "Cerrito de la Victoria. Su medio ambiente político-social durante la Guerra
Grande" (1914).
De tono eminentemente partidario, motivados en las polémicas y animadores
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de los mismos fueron los trabajos de Lorenzo Carnelli, Silvestre Pérez, Eduardo Moreno
y otros.
Pero el nombre que inicia una real "historia contraoficial blanca" aunando valor
historiográfico a los estrictamente partidario, es Luis Alberto de Herrera (1873-1959).
"Intérprete del viejo mundo emocional autóctono, gauchesco, en contradicción con la
inmigración garibaldina, fue el otro polo, el contrario de Batlle, pero conjugado a la vez por
"civilista", identificado con la nueva sociedad uruguaya independiente, de rasgos propios,
tiene la ambición necesaria de unir un sentido americano con el aislacionismo de que el país
era sólido fruto. No llamó al Uruguay abstractamente la "Suiza americana", la quiso como
"patria chica" intocable, sagrada. Y la "patria chica" señala su preferencia, su trasfondo
americano, la presencia de la Patria Grande"(146). Así lo retratan sus continuadores en las
filas del revisionismo (Reyes Abadie y Methol Ferré), sintetizando el contenido de su
prédica.
Su objetivo historiográfico parte de esta denuncia de la historia oficial colorada:
"cuando muchachos, los manuales oficiales nos enseñaron en la escuela lo opuesto: la historia
al revés " (147) y se concreta en un título: "La Seudo-historia para el Delfín" (1947)..
De su prolífica pluma surgen numerosísimas obras: "La tierra charrúa" (1901); "La
diplomacia oriental en el Paraguay" (1908-1911); "La misión Ponsomby" (1930); "La
Paz de 1828) (1940); "Los orígenes de la Guerra Grande" (1941). "Antes y después de la
Triple Alianza" (1951).
Su postura es una antítesis total a la visión de Sarmiento, del que dice: "Cual
muletilla, repite, una, cien, mil veces el himno a lo exótico, a lo de otra marca, a lo que de
cabos afuera viene. Lo de casa, todo malo; lo ajeno, siempre mejor. Es como si padeciese una
animadversión invencible (...) contra lo nativo, contra lo que huele a pasto, a querencia, a
costumbres patriarcales"; "(...) en lo casero solo ve barbarie; y civilización, al cien por cien en
lo importado" (148).
Bajo el título de "Gauchos heroicos", con un peculiar estilo (de grandiosidad verbal,
de adjetivación abundante, de tono y ritmo polémico, de gran ironía y velocidad, recurriendo
frecuentemente a imágenes para expresarse) dirá: "¡Gau chos intrépidos y rumbeadores, de
chiripá y nazarenas, que así trajeados entrasteis en el olvido: vuestra horripilante falta
consistió en esto, en haber sido gauchos, a semejanza y copia fiel de los escenarios primitivos
que en tropel cruzasteis (...)" (149).
Analista y apologista de la intervención inglesa, en cuanto a la tesis independentista;
centró largamente su atención en Paraguay (donde su padre. Juan José de Herrera había sido
diplomático), y en lo que él llamó la "historia del atraco" (la Guerra de la Triple Alianza).
En las décadas "50" y "60" se perfilará definitivamente el revisionismo que ve en
Herrera un precursor con temas fuertemente predeterminados, con espíritu cuestionador y
gran capacidad para profundizar temáticas, aportarán mucho al conocimiento del proceso de
modemnización realizado por el país, serán: Guillermo Vázquez Franco, Roberto Ares
Pons, Washington Reyes Abadie, Tabaré Melogno, Oscar Bruschera, Guillermo Stewart
Vargas, Baltasar Mezzera, Alberto Methol Ferré, Luis Pedro Bonavita, Ricardo
Martínez Ces. Un
51
revisionismo de izquierda se abrirá paso con Vivian Trías y Carlos Machado, pero dejando
entrever con frecuencia sus raíces blancas.
52
cultura" (155) que Arturo Ardao catalogó de "metafísica de la cultura") (156).
Si bien la primera obra propiamente histórica de Zum Felde es "El proceso histórico"
(en el cual se inaugura la palabra y el concepto de "proceso" en nuestro medio) hay un trabajo
de 1911 que representa un antecedente importante del mismo: "El Uruguay ante el concepto
sociológico", de apenas cuarenta y ocho páginas.
Se inicia con una reflexión sobre el atraso de América con respecto a la América
anglosajona, señalando que en las condiciones históricas estaba la respuesta: decadencia
hispánicas, educación católica, burocracia y pastoreo. Combinando los factores económicos
con los de orden espiritual, sentencia: "España vomitó sobre estas tierras una turba famélica
de funcionarios y de mendigos de iglesia, unos y otros inútiles para toda labor fecunda"; el
régimen de pastoreo la "rémora fundamental", que produjo el criollo, "tipo ocioso, incivil,
refractario, que no pensó nunca en plantar un árbol ni en abrir un surco, que no quiso arraigar
en la tierra"). Esta realidad permitió que la rotación política de los "núcleos comanditarios" se
hiciese en base a la guerra civil. Usando específicamente el término "barbarie" y el concepto
de "régimen semi-feudal del latifundio", describe las guerras civiles como una "fiesta del
gauchaje indigente", "liberación de su miseria y de su inercia cuotidiana (sic), la pascua
florida de la sangre y del pillaje y el despojo de los caídos" (158).
Cuando enfoca las luchas del 11 y del 25 refleja claramente la actitud. irreverente del
joven anarquista que era en 1911, negando la esencia "preclara" de los hombres de la
independencia. El móvil que les reconoce es la "ambición gubernativa", propio de quienes
consideraban al estado como su patrimonio, verdadero "botín guerrero". El poder y no la
libertad colectiva es lo que se disputaron las élites (y en eso entiende que está la diferencia
con Norteamérica). Por eso su máxima ambición política es la mera obtención de "feudos
jefaturiales, prebendas y ministerios". Esta es la sicología de ambos partidos.
Zum Felde considera que hasta 1904 los partidos eran sustancialmente
indeferenciables, pero el enfrentamiento Batlle-Saravia permitió distinguir dos corrientes
contrarias que conformaron dos partidos, entonces sí, diferentes. Un Partido conservador
católico (el blanco) con un núcleo directivo reaccionario que recurre a la exaltación guerrera
y al culto de los caudillos caídos; y un Partido liberal reformista (el colorado), con un núcleo
directivo que sigue principios renovadores.
Para Zum Felde las masas que siguen a esas élites dirigentes son amorfas, lo que las
cohesiona es la afinidad sentimental, encarnada en la tradición guerrera (los que pautan los
cambios son los dirigentes).
Por eso (y en este punto se llega al meollo argumental del trabajo) Batlle "representa
un plano superior en la evolución del sistema democrático, evolución que él quiere consolidar
con su actitud desde el gobierno, negando coparticiones a los enemigos, por el principio de
que un gobierno no es un banquete (...)" (159). Cuando analiza la cuestión obrera, desde su
óptica batllista, nos revela puntos de coincidencia con el "Manifiesto" de Frugoni, que no
casualmente es también de 1911: "La lucha de clases-dice-no podrá comenzar en forma
abierta tal como se hace en Europa, tal como ocurre en Argentina, hasta el momento en que la
53
ciudad haya vencido a la campiña". En este planteo de civilización-barbarie ve en el estado
un aliado obrero, "porque el régimen gaucho primitivo de nuestra campiña (...) es el enemigo
común de capitalistas y de proletarios" (160).
Detengámonos en una puntualización previa, antes de analizar la evolución seguida
por el autor hacia 1920. Zum Felde en sus escritos finales, recogidos póstumamente,
renonocerá como legítima la "tendencia" del pensamiento, tanto literario como histórico: "la
posición criteriológica del autor (...) ya está adoptada de antemano" (161), Precisamente, el
valor de su obra mayor, en materia historiográfica (el "Proceso histórico") estriba
precisamente en ese margen de interpretación que excede lo fáctico. Porque trasuntar
partidismo es reflejar influencia de la realidad nacional, pero lo que no es admisible para Zum
Felde es no tener "entera autonomía del entendimiento con respecto a los preconceptos
formados de la cultura académica" (he aquí el americanismo radical que profe sara desde
1918: cultura académica es para él sinónimo de colonialismo intelectual europeo). Porque en
historia existen diferentes grados de percepción frente a la complejidad del devenir. Es más
fácil ver el acontecimiento que los modos de pensar o los ciclos económicos. Hay una "visión
espontánea" (162) de la historia (guerras, revoluciones, dioses, descubrimientos) y una visión
que requiere penetración y omnicomprensión simultáneamente.
El "Proceso histórico" es una obra abarcadora, de un gran valor plástico, puesto al
servicio de una concepción global. En ella hay dos niveles de lectura: el del acontecimiento,
en "visión espontánea" y el que sumerge a éste en una realidad captada con criterio sico-
sociológico (que revela la influencia de Taine).
Anima la obra un sentido intuitivo del pasado, mérito que el propio zum Felde
reclama como requisito de todo autor, en el prólogo de la segunda edición, en el año 1941.
En el "Proceso..." el factor económico es determinante (aunque no con el
exclusivismo que caracterizó a la historiografía marxista, según el propio Zum Felde aclara)
(163).
54
De sus categorías de análisis es ampliamente deudora toda la historiografía posterior:
la edad del cuero; la independencia como una rebelión de instintos; el
éxodo como un fenómeno social propio de un pueblo pastor y ecuestre que tuvo en el caudillo
el centro de la nacionalidad (idea luego convertida en tesis por Edmundo Narancio).
En base a ellas nuestra historiografía superó la división cronológica por presidencias.
El manejo del lenguaje literario animó sus interpretaciones con los ritmos y las
imágenes propios de la narrativa. Así describió, por ejemplo, el estallido revolucionario de
1811: "Una palabra mágica va cundiendo por las cuchillas desiertas, de estancia en estancia,
de rancherío en rancherío, de monte en monte: ¡Guerra al godo! Y a su conjuro el peón deja
la estancia, sale el matrero de la espesura del monte, el indio aúlla y levanta su toldería"(165).
Acerca de la tesis independentista, su postura, si bien lo inscribe en la línea de Bauzá-
Blanco Acevedo, es de menor ortodoxia: el programa de los Treinta y Tres es artiguista, lo
que no obsta para que la incorporación (que reclama la ley de unión) no enajene la autonomía
oriental. Concibe un proceso, no una preexistencia.
c) La partidocracia uruguaya.
El primer historiador de los partidos fue Juan E. Pivel Devoto con "Historia de los
partidos políticos en el Uruguay" (1942); "se confundió o asimiló por mucho tiempo a una
Historia del Uruguay" (168) y esto es una explicitación del propio protagonismo histórico al
que el término "partidocentrismo", alude.
Pero hay elementos de conformación de esta teoría, o lo que es lo mismo: una gradual
toma de conciencia de la dimensión de los partidos, que aparecen ya en 1920 en el "Proceso
histórico del Uruguay".
Para Zum Felde el que ha "hecho al país con su brazo y con su sangre es el gauchaje".
Este hace un depósito "tácito" de soberanía en el caudillo ("legitimidad retributiva"-en
terminología de Real de Azúa- que gira alrededor de la tierra como prebenda). Y los partidos
se originan en esos caudillos, porque -sostiene Zum Felde- son anteriores a 1836, ya desde el
año 25 se ve que "el partido de Oribe ha sido antes de Lavalleja". Por eso las diferencias que
median entre blancos y colorados son las que se deducen de los retratos de uno y de otro; esas
55
oposiciones aparentemente personales representan un "estado larval de las ideas". En ese
estado las ideas no operan como tales sino como sentimientos, caracteres, tendencias.
Esos hombres no transfieren su carácter a los partidos, sino que son los centros
naturales de las fuerzas sociales que representan: son principios en acción. De su ácida, rica
pluma, surgen los dos caudillos en estos términos: "Lavalleja es rígido, autoritario,
conservador. Rivera es flexible, liberal, humanitario y de buen humor. En la acción se duebla
(sic) pero no se rompe. Lavalleja es honrado hasta tacañería y Rivera gastador hasta el
despilfarro. Este es la liberalidad llevada a veces al desorden, y aquél el orden llevado hasta
el despotismo" (169). Indudablemente es un colorado el que maneja esa pluma.
Cuando esos partidos son analizados en 1941 (para la segunda edición) Zum Felde
aborda el tema de la inmigración en relación a la fisonomía de los mismos. Como en "El
Uruguay ante el concepto sociológico" ve en las elites la condensación de caracteres. Esos
núcleos dirigentes le permiten demostrar, en sus cambios, la evolución social de los partidos
(indiscutiblemente policlasistas): en 1890 esos dirigentes eran doctores patricios, como en
1880 habían sido. militares y antes (1865) caudillos semi-gauchos que sucedieron, a su vez, a
los diplomáticos y escritores de los tiempos en que surge el país a la vida institucional (1840-
1845).
Pero desde 1930 -dice- esas élites están formadas por descendientes de emigrantes.
De italianos los colorados y de españoles los blancos. La masa rural es neutra, le da dirección
el sector urbano de cada ciudad del interior.
Esa inserción es la que mantiene la unidad nacional al vincular la nueva masa de
inmigrantes al pasado tradicional. El temor de Pablo Blanco Acevedo hacia la misma fecha -
que ese alud humano borrara la joven nacionalidad construida- lo conjura Zum Felde por
medio de los partidos. Comprende lo que la moderna sociología ha confirmado: que son
órganos de unidad histórica y de personalidad nacional. Romeo Pérez en 1992 lo dirá al
señalar que cumplieron una "función integradora en una sociedad aluvional" (170).
El tema gozará de mayor atención a medida que la complejidad política aumente (la
crisis, el protagonismo de otros partidos y fuerzas que no los tradicionales, los
disfuncionamientos partidarios, etc.). Roberto Ares Pons en "Uruguay ¿provincia o
nación?" (1961), el equipo de José Pedro Barrán y Benjamín Nahum en "Historia rural
del Uruguay moderno" (1967-1972), un investigador extranjero, Goran Lindhal al centrarse
en la figura de Batlle, Juan Rial, ya en un enfoque más específico y a través de varios
trabajos. Más actualmente Gerardo Caetáneo, José Rilla, Romeo Pérez, Pablo Mieres,
Carlos Zubillaga, Raúl Jacob, desde diferentes temáticas abordaron el rico, complejo, aún
parcialmente inexplorado tema del protagonismo partidario.
56
V. CONCLUSIÓN.
Nuestra historiografía nace enrabada con la literatura, con esos "cantos narrativos
noticieros coetáneos a los sucesos" que son los poemas épicos; con las crónicas y memorias.
Cuando de la lírica y del simple registro de acontecimientos se pasa a las
explicaciones racionales, se conjugan las técnicas de erudición e investigación recibidas con
tímidos planteos de raíz filosófica. La enseñanza de la disciplina también girará en torno a
estas tendencias, en los reducidos ámbitos desde los que se impartía.
La primera visión orgánica de nuestro pasado la da Francisco Bauzá y con la Historia
neta, adulta, científica, que con él se inaugura se abren tres centros reflexivos que recorren,
desde entonces hasta nuestros días, la historiografía nacional. Y que la vertebran. La
nacionalidad (desde la búsqueda de ella como entidad abstracta y preexistente hasta la
problemática social y política del país vivido como problema); Artigas (desde la leyenda
negra al mito nacional despojado de su dimensión americana y social) y los partidos políticos
(desde las historias apologéticas hasta los modernos enfoques de las ciencias políticas). Sin
contradecir la periodificación habitual de historiografía Clásica y Transicional para el período
que nos ocupa, esos temas-problemas permiten recorrer el período que se abre con la
"Historia de la dominación española en el Uruguay".
Francisco Bauzá y Pablo Blanco Acevedo conformaron en distinto grado, una tesis
según la cual "el sentimiento nacional habría nacido completamente conformado", "como
Atenea de la cabeza de Zeus" (171), aún presente en nuestros textos escolares. Perdió
vigencia por algunas décadas, pese a que conmovió hondamente al país como una de sus
polémicas más longevas. Los desafíos de la integración (o temor a la desintegración)
coinciden en estos últimos años con la publicación del libro de Carlos Real de Azúa, "Los
orígenes de la nacionalidad" que pone nuevamente sobre el tapete -pero analizada
pormenorizada y despiadadamente- la tesis independentista clásica, sus constructores y detrac
tores.
Con Eduardo Acevedo la historiografía moderna, de enfoques económicos. y
sociales, que superan la historia apegada a la fecha y a los grandes protagonismos
individuales (políticos o militares) está en marcha. Pero aún débil en la conexión e
interpretación de la enorme masa de datos que reunió.
La visión global, la síntesis inteligente, no desprovista de aliento épico ni de tono
partidario, llegará con Alberto Zum Felde.
57
No casualmente los cuatro grandes historiadores nombrados son colorados. Cuando la
crisis aparece para cambiar, gradual e implacablemente, la fisonomía de la otrora "Tacita del
Plata", surge una historia impugnadora, revisionista de otros mitos (no sólo del artiguista).
Será blanca, deudora de Luis Alberto de Herrera, federal, y verá diversificarse hacia las
antípodas, desde su seno, una corriente de izquierda que se sumergerá en el tono
predominantemente revolucio nario que adquirirá el pensamiento social hacia las décadas del
"60 y 70 (aunque "Raíces, apogeo y frustración de la burguesía nacional", de Vivian
Trías, ya estaba escrita en 1955).
Con los enfoques de una Nueva Historia y más apegada al "compromiso del no
compromiso" (172) un nuevo grupo se abría también paso: eran aquéllos que en el Congreso
de Historiadores de Roma (1955) habían accedido con deslumbramiento a las novedades
metodológicas de los "Annales".
Desde entonces la Historia tendrá un empuje derivado de esta convivencia de
corrientes, de las urgencias explicativas planteadas por la crisis y de la profesionalización de
los estudios históricos que con el Instituto de Profesores Artigas y la Facultad de
Humanidades y Ciencias se abría (hacia 1947). Esa etapa queda fuera de los límites
cronológicos del presente trabajo. La fecha que lo cierra es 1940. Es el año en que Juan E.
Pivel Devoto pide la reapertura de la Revista Histórica (que había tenido, a cargo del Museo
y Archivo Histórico actuación entre 1905-1926).
Pivel Devoto impulsará los estudios artiguistas y escribirá sobre los partidos políticos.
Historiador blanco, autodidacta, se había formado, según confiesa (173) con los libros de
H.D., bajo el magisterio de un independentista clásico como Falçao Espalter y del pionero de
los revisionistas, Luis Alberto de Herrera. El formará, a su vez, a dos de los más
promisorios historiadores de la Nueva Historia: José Pedro Barrán y Benjamín Nahum.
Su nombre (nudo condensador) bien puede, entonces, cerrar el período 1880-1940 y
abrir el de la historiografía estrictamente contemporánea.
58
CITAS
59
Real de Azúa en "Ambiente espiritual del novecientos". Revista Número, año II, N° 6-7-8,
1950, pág. 36.
20. Antonio Souto, Oscar J. Villa, "Jean Jaures en el Uruguay del novecientos". Deslindes I
(Revista de la Biblioteca Nacional). Marzo de 1992. pp. 11 a 29.
21. Graciela Mántaras Loedel, "Generación del 45". Revista Prólogo. año I, N°1. Montevideo
noviembre-diciembre de 1968.
22. Carlos Real de Azúa, "Ambiente espiritual del novecientos", citado. pp. 26-27.
23. Ibidem. Pág. 27.
24. Guillermo Stewart Vargas, "Oribe". 1958. Pág. 226.
25. "Argentina y la conquista del Río de la Plata" del Arcediano Martín del Barco Centenera
fue editado en Lisboa en 1602. Un análisis del mismo, más un epílogo con consideraciones
sobre la crítica historiográfica y la crítica literaria, se encuentran en Diógenes de Giorgi
"Martín del Barco Centenera cronista fundamental del Río de la Plata", Montevideo, 1989.
Diógenes de Giorgi sostiene en esta obra que "nuestra poesía épica-porque nuestros son sus
protagonistas reales-y la epopeya de la nación charrúa, nacen, sobre las notas que tomó
pisando nuestro suelo, Don Martín del Barco Centenera (...)". Ob. cit. pág. 219.
Sobre crónica ver Nelson Martínez Díaz, "La crónica de Indias: entre el mito y la historia".
Conferencia en la Casa del Vicario. Centro de Estudios de Hoy es Historia. Montevideo,
1985.
26. Alberto Zum Felde, "Proceso intelectual del Uruguay". Tomo I. Editorial Nuevo Mundo,
Montevideo 1967. Pág. 33.
27. Juan Antonio Oddone, "La historiografía uruguaya en el siglo XIX". Apartado de la
Revista Histórica de la Universidad de la República. Montevideo. 1959.
28. Cita de Centenera en "El Charrúa", Pedro Pablo Bermúdez. Drama histórico de cinco
actos en verso. Montevideo. 1853. Pág 118.
29. Heraclio Fajardo, "Arenas del Uruguay". Buenos Aires, 1862 pp. 88-89. Poema
"Ituzaingó" leído por el autor en el Teatro Solís en el trigésimo aniversario de la batalla del
mismo nombre.
30. Rómulo Cosse, "La Epopeya de Artigas y Tabaré" en Deslindes, citado, pág. 120.
31. Ibidem, pág. 123.
32. Roberto Ibáñez, "La Leyenda Patria" y su contorno histórico en "La Leyenda Patria" de
Juan Zorrilla de San Martín, Montevideo 1968, pág. 71.
33. Ramón Menéndez y Pidal, "De primitiva lírica española y Antigua épica". Madrid. 1979.
pp. 26 y ss..
34. Marcelino Menéndez y Pelayo, citado en "El discurso histórico", Jorge Lozano. Madrid.
1987, pág. 116.
35. Rómulo Cosse, citado, pág. 127
36. Arturo Sergio Visca, "La novela histórica", Revista de la Biblioteca Nacional
60
N°19, Montevideo. Junio de 1979. Pág. 66. Zorrilla ha explicitado esa relación historia-arte
que es tan evidente en "La epopeya de Artigas". Lo hizo en su respuesta a la crítica del Dr.
Eduardo Acevedo, que lo acusaba de haber "tijereteado" los documentos de su "Alegato".
Zorrilla le responde entonces: "No es la mía una obra de investigación; es, o al menos
pretende ser, una obra de arte, verdadera historia (...) que en la noción de arte va comprendida
la de verdad, meditación profunda, estructura orgánica, sugestión imaginativa, y, sobre todo,
forma bella y fuerte, proporción armoniosa, expresión intensa. Yo me he esforzado por hallar
los mejores documentos para fundar mis narraciones; pero he pugnado más,
incompartiblemente más, por hallar dentro de mí mismo la visión integral, las formas
inmortales, la frase indeleble, la palabra musical habilitada por el espíritu. Eso es lo mío, lo
exclusivamente mío. Los documentos son de otro, de cualquiera. Ahí están". (La Razón 2ª
edición, año XXXIII, Nº 9533, Mdeo. 9 febrero 1911).
37. Alberto Zum Felde, "Proceso intelectual...", citado, pág. 233.
38. Ibidem, pág. 82.
39. Juan A. Oddone, citado, pág. 3.
40. Francisco Acuña de Figueroa, "Diario histórico del sitio de Montevideo". Año 1812-14,
prólogo de Roger Basagoda. Colección Clásicos Uruguayos, volumen 157, tomo I, pág. IX.
41. Cfr. "Reflexiones sobre la Historia" II, CLAEH, Nº. 20, Montevideo 1981. pág. 61
(artículo de Raúl Atria y Matías Tagle, chilenos).
42. Francisco Acuña de Figueroa, citado, pág. 185.
43. Francisco Bauzá, "Antología de Acuña de Figueroa" (estudio previo). Montevideo 1940,
pág. XXVII. Cabría recordar que fue la primitiva poesía gauchesca la que sí se basó en esos
protagonismos. Los cielitos de Hidalgo, sus poemas burlescos (que el propio Acuña de
Figueroa registró en el "Diario", adjudicándoselos), son parte de la poesía gaucha política
(que tendrá su máxima expresión rioplantense en José Hernández). Era ésta la que registraba
las voces anónimas del bando revolucionario. 44. Alberto Zum Felde, "Proceso intelectual..."
citado pág. 89.
45. Cfr. Oddone, pp. 56..
46. Juan E. Pivel Devoto, Prólogo a Francisco Bauzá en "Historia de la dominación española
en el Uruguay". Colección de Clásicos Uruguayos. Montevideo 1965. Tomo I. Pág. 206.
47. Dámaso Antonio Larrañaga y Raimundo Guerra, "Apuntes Históricos". Montevideo, pp.
58-59.
48. Juan E. Pivel Devoto, "De los catecismos históricos al ensayo de H.D." Marcha, 24 de
mayo de 1957.
49. Juan Manuel de la Sota, "Historia del territorio oriental del Uruguay". Colección Clásicos
uruguayos. Tomo I. Pág. 5
50. Juan E. Pivel Devoto, artículo citado.
61
51. Isidoro de María, "Rasgos biográficos de hombres notables de la República Oriental del
Uruguay". Montevideo 1883, pág. 7.
52. Juan E. Pivel Devoto, artículo citado.
53. Isidoro de María, Ob. Cit. pág. 13.
54. Juan E. Pivel Devoto. Artículo citado.
55. Ibidem.
56. Francisco Berra, "Bosquejo histórico de la República Oriental del Uruguay". Colección
Clásicos Uruguayos. pp. 472-475.
57. Ibidem, pág. 663.
58. Desempeñó la docencia universitaria en Montevideo desde 1866, entre sus alumnos
figuraron Eduardo Acevedo Díaz, Francisco Berra, Pablo de María y Justino Jiménez de
Aréchaga. Cfr. Leticia Soler "Influencias italianas en la historiografía uruguaya". Revista
"Garibaldi", Publicación Anual de la Asociación Cultural Garibaldina de Montevideo, Mdeo,
1992, Año 7, pp. 91 a 109.
59. Luis Destéffanis, "De los criterios Históricos", Montevideo 1889, pág. 10.
60. Juan E. Pivel Devoto, artículo citado.
61. Alberto Zum Felde, "Proceso Intelectual...", pp. 153-154, Tomo I
62. Juan E. Pivel Devoto, "Visión del país en 1856". Marcha, 11 de enero de 1957, pp. 20 a
23.
63. La colección de Documentos 1836-37, en 6 tomos, fue publicada bajo protección de
Rosas. Las posiciones políticas de De Angelis fueron cambiantes, si bien fue rosista en algún
momento, toda su actuación estuvo signada. por el liberalismo. Tenía estrecha relación con
Jules Michelet, a quien dedica la traducción que hace de la obra de G.V. Vico. Sobre la
formación de archivos documentales ver Pierre Chaunu "Las grandes líneas de la producción
historiográfica en América Latina, 1950-62", 1965.
64. Alberto Zum Felde, "Proceso intelectual..." citado, pág. 112. 65. Propuesta dirigida al
gobierno, 23 de mayo de 1843, citado en Reseña del Instituto Histórico y Geográfico del
Uruguay, Montevideo 1987, pág. 2
66. El Dr. Blanco Acevedo fue quien propició y logró la adquisición del archivo del Dr.
Andrés Lamas por parte del Estado. En 1922 escribió, además, el prólogo a los "Escritos
Selectos" de Andrés Lamas.
67. Juan A. Oddone, citado, pág. 17
68. Clemente Fregeiro. "La historia documental y crítica". Montevideo, 1893, pp.4 y 5.
69. Raúl Montero Bustamante, "Estampas del Montevideo romántico", Montevideo, 1968,
pág. 74.
70. Juan E. Pivel Devoto, Prólogo a "La independencia nacional", recopilación de varios
autores. Colección de Clásicos Uruguayos. Tomo I, Montevideo 1975, pág. XLIII.
62
71. Carlos Real de Azúa, "Los orígenes de la nacionalidad uruguaya", Montevideo 1990, pág.
165.
72. Juan V. Chiarino, "Detrás de la ciudad", Montevideo, 1942, pp. 97 a 99.
73. José Pedro Barrán, "Aspectos del Ciclo Artiguista". Servicio de Documentación, en
Ciencia Política. Fundación Cultura Universitaria, pp. 5 a 7. Montevideo, s/F.
Similar era el planteo de Agustín Beraza en "El pueblo reunido y armado" Montevideo, 1967.
Planteo relacionado con el de la nacionalidad, a su vez, ya que Agustín Beraza, afirmando el
pleno protagonismo del pueblo por encima del de su caudillo, sostiene que "Artigas no fue ni
el precursor ni el fundador de la nacionalidad oriental". "La nacionalidad nació sola, por
generación espontánea y natural, en razón de los acontecimientos que precipitaron un hecho,
que el no propició ni alentó." A los usos, costumbres, lengua, religión y unidad geográfica se
le sumó, como factor de toma de conciencia de los deberes y derechos de una comunidad, el
Armisticio de Octubre y su consecuencia directa: las Asambleas Orientales. El autor ve como
decisiva a la de San José, que decide el Éxodo (al que él llama "Emigración"). "En aquella
Asamblea memorable, en una expresión de democracia directa y producto de la voluntad
general de sus integrantes, se tomó la resolución, si bien inesperada e imprevisible, salvadora,
al fin, en la que Don José Artigas no tomó parte alguna, a la que no prestó su aprobación,
pero a la que tuvo, finalmente que someterse". Concluye así Beraza en que "Don José Artigas
siguió al Pueblo y no éste a aquél". (Ob. cit. pág 66, subrayado del autor A. Beraza).
74. Julio Martínez Lamas, "Riqueza y pobreza del Uruguay", Montevideo, 1930. pág. 136.
75. Gerardo Caetano y José Rilla en "Partidos y electores", Gerardo Caetano, José Rilla,
Pablo Mieres, Romeo Pérez. Claeh, Montevideo, 1992, pág 65. 76. Carlos Real de Azúa, "El
Uruguay como reflexión" citado, pág. 500
77. Luis Vitale, "Introducción a una teoría de la historia para América Latina", Buenos Aires,
1992, pág 257
78. La Nación es de naturaleza histórica, sujeta por tanto a evolución (no solo su constitución
sino también su definición). Hubo un concepto de nación equivalente al de etnia, que
identificó comunidad con nación y que es el que maneja Bauzá cuando habla de la "nación
charrúa", por ejemplo. El concepto más actual de nación es el de "una comunidad política
cuya unidad se encuentra en la existencia dinámica de un mercado interior" ("La Nación:
problemas teóricos y políticos. Estado y política en América Latina" Edelberto Torres Rivas.
Autores varios. México, 1981, pág. 88). El mercado es factor gravitante, ya que la
constitución de los modernos estados nacionales es parte del proceso de crecimiento y
afirmación del sistema capitalista.
Nación y Estado se retroalimentan ya que el Estado necesita una dimensión
63
nacional precisa y la Nación un poder central que unifique y ordene. Todo el constructo
ideológico de la historiografía en América Latina tiene una fuerte base hegeliana, la que
alimenta conceptos medulares del pensamiento liberal. Algunos de ellos son: el progreso
ilimitado de las formas sociales, el sentido de contínuo y plausible perfeccionamiento de las
formaciones humanas; Europa como centro de la cultura, por haber alcanzado el máximo
desenvolvimiento del espíritu y de la historicidad, y el Estado moderno como realización de
la Razón. Es dentro de este eurocentrismo que los intelectuales liberales latinoamericanos
asumen (y hacen asumir, porque ellos elaboran el discurso nacionalista) la identidad de los
nuevos estados: "para tan siquiera poder representarse dentro de una historia (otra) y de una
civilización (otra) (...)". (Beatriz González Stephan, "La historiografía literaria del liberalismo
hispanoamericano del siglo XIX", La Habana, 1987, pág. 87)
79. Carlos Real de Azúa, "El patriciado", Montevideo, 1961.
80. Si bien en la Nación (muy marcadamente en las zonas de capitalismo periférico) los
intereses de clase tienden a confundirse con intereses nacionales, consideramos acertado el
criterio que señala al estado como un campo de relaciones: "Los vínculos entre grupo
gobernante y clase dominante pueden ser todo los estrechos que se quiera, pero ello jamás
autoriza a identificarlos y considerarlos una y la misma cosa, entre otros motivos, porque
tales vínculos nunca anulan los que logra imponer el bloque social dominado" (Carlos
Pereyra, "El sujeto de la historia", México, 1990, segunda edición mexicana, pág. 202).
81. Si bien el proceso que mereció (y acuñó) el término "balcanización" es posterior, por su
uso generalizado nos parece el más claro de manejar.
82. El proceso de formación nacional en América Latina parte de la fragmentación y
descentralización del poder colonial. Algunos buscaron-como Artigas, por ejemplo el vasto
espacio de la colonia, otros hicieron el proceso de afirmación estatal sobre territorios
menores, más fácilmente abarcables. En el Río de la Plata la Guerra Grande ventila esas
tendencias, exhibe ese "desacomodo" de los territorios, los estados, las naciones larvarias.
Muy acertadamente Tilman Evers y Norbert Lechner en el citado texto "La nación" de
Edelberto Torres Rivas (ver supra 78) establecen que en América Latina la Nación tuvo con
los caudillos, las montoneras y las guerras civiles una primera dimensión, la político-militar.
Aseguraron y perfilaron así, territorios que solo luego se integrarían realmente. De allí que
los textos de Historia de uso más corriente anoten, como primera consecuencia de la Guerra
Grande, que esta "salvó" la independencia nacional.
Luego de trazadas las nuevas fronteras, las ciudades definieron el poder central: el centro de
la economía lo fue también de la política. El Estado reforzó la aún pálida identificación
colectiva y realizó la tarea de inserción
64
mundial. "Para la construcción paulatina de la nación fue condición necesaria la afirmación
de un poder central, mientras que la articulación estable y vigorosa al mercado mundial fue la
condición suficiente." (Ob. cit., autores citados, pág. 121, subrayado nuestro).
83. Carlos Real de Azúa, "Los orígenes de la nacionalidad Uruguaya". Citado, pág. 181.
84. Ibidem, pág. 162 (citando a Francisco Bauzá). En 1876 en su "Ensayo sobre la formación
de una clase media" Bauzá explicita, en parte, las causas que hicieron necesaria esa
construcción ideológica. En un pasaje, especialmente significativo en relación al tema que
nos ocupa, señala que la Nación "no se conoce a sí misma: ni ha procurado escribir su
historia, ni se ha enseñado su geografía, ni se han medido sus montañas, ni se han trazado sus
caminos (...)". El propio Estado es analizado por el autor en su divorcio con la primitiva
sociedad oriental: "hemos fabricado un hermoso conjunto de instituciones con el fin de
cobijar a una multitud de individuos que no estaba apta todavía para comprenderlos"; para
sentenciar, finalmente que "quisimos aprisionar una sociedad embrionaria entre el rodaje de
una máquina complicada (...)" (citado por J. A. Oddone en "Economía y sociedad en el
Uruguay liberal", Montevideo, 1967, pp. 170,172-173).
Bregando por la industrialización, reclama normas que promuevan el trabajo y el arribo de
inmigrantes que hagan posible el cambio económico y de mentalidad. Esos inmigrantes,
cuando efectivamente arriben, plantearán a la nacionalidad otro tipo de problemas, que son
los que enmarcan la obra de Pablo Blanco Acevedo, de similar tesitura nacionalista (ver pp.
43 y 59 del presente trabajo).
85. Francisco Bauzá, "Historia de la dominación... "citado pp. 256-257. Tomo VI.
86. Ibidem. Tomo I, pág. 214.
87. Ibidem. Tomo I, pág. 214.
88. Juan Carlos Gómez-Francisco Bauzá, "¿Independencia, Anexión, Integración?
"Enciclopedia Uruguaya Nº 16, pág 143.
89. Francisco Bauzá, "Historia de la dominación..." citado. 90. Ibidem. Tomo II, pp. 307-308.
Subrayados nuestros.
91. Ibidem. Tomo I, pág. 150.
92. Ibidem. Tomo II, pág. 123.
93. José Pedro Barrán, "Historia de la sensibilidad en el Uruguay", Tomo I. "La cultura
bárbara (1800-1860)". Montevideo, 1990. pp. 17-18.
94. Francisco Bauzá, "Historia de la dominación...". Tomo VI. pp. 24-27. 95. Juan Carlos
Gómez, "¿Independencia, Anexión, Integración?" Citado. pp.
136-137.
96. Ibidem pág: 139.
97. Ibidem, pág. 141.
65
98. Francisco Bauzá, en "¿Independencia, Anexión, Integración?" pág. 155.
99. Ibidem (José Pedro Barrán en la "Introducción") pág. 134.
100. Juan E. Pivel Devoto, "H. D., el viejo maestro". Marcha, 31 de mayo de 1957, pág. 10.
101. H. D., "Curso de Historia patria", Libro II, 1948. pp. 222 y 287.
102. Pablo Blanco Acevedo, "Informe sobre la fecha del Centenario de nuestra
Independencia", 1922, pág. 8.
103. Ibidem, pp. 38-39.
104. Ibidem, pág. 40.
105. Pablo Blanco Acevedo, "La mediación de Inglaterra en la Convención de Paz de 1828".
Segunda edición, Montevideo 1944. 106. Pablo Blanco Acevedo, "Informe...", citado pág.
263.
107. Ibidem, pág. 259.
108. Pablo Blanco Acevedo, "El gobierno colonial en el Uruguay", Colección de Clásicos
Uruguayos. Volumen 149. Tomo I, Montevideo 1975, pp. 45.
109. Ibidem, Tomo I, pág. 117.
110. Ibidem, Tomo I, pág. 259
111. Ibidem, pág. 118.
112. Pablo Blanco Acevedo, citado en Carlos Zubillaga "Antología...", pág 117.
113. Darcy Ribeiro, "Las Américas y la civilización", México, 1977.
114. La inmigración coincide en nuestro país con los inicios de la vida independiente, siendo
las de 1830 al 42 y 1852 al 70 las dos oleadas de mayor impacto en relación a una escasa
población original. Las oleadas se sucedieron, con irregularidades, caídas y repuntes hasta
1930, siendo posible concluír en que "La obra más completa de la inmigración fue la
europeización del país y su consecuencia, la alienación del contexto latinoamericano" ("La
inmigración española en el Uruguay. Catalanes, gallegos y vascos". Lic. Ernesto Puiggrós,
Lic. María del Carmen Medina Pintado, Lic. Uruguay Vega Castillos, serie Inmigración, Vol.
VII, Instituto Panamericano de Geografía e Historia, Montevideo, 1991, pág. 31)
La primera postguerra trajo consigo, como consecuencia de los reajustes del mapa europeo,
un alud migratorio de gran variedad que se agregó al ya tradicional de españoles, italianos y,
en menor medida, franceses: polacos, rumanos, bálticos, servios y croatas, alemanes y
austrohúngaros, armenios, judíos y sirios. J. A. Oddone ha registrado las diversas actitudes de
temor y rechazo que hubo hacia esa "invación gringa" (J.A. Oddone, "Los gringos",
Enciclopedia Uruguaya N° 26, Montevideo, 1968).
La obra de Pablo Blanco Acevedo se inscribe en las primeras décadas del siglo XX, que son,
a su vez, las tres últimas que registran el arribo de considerables masas inmigratorias. La
crisis mundial del 29 y la nacional del
66
33 culminan en 1936 en medidas descriminatorias que restringen y cierran el ciclo.
115. Carlos Real de Azúa, "Los orígenes..." citado, pág. 174.
116. Ibidem, pág. 175.
117. José Salgado, profesor de la Universidad de Montevideo, autor de varias obras, entre
otras: "Historia de la República Oriental del Uruguay", "Evolución del pueblo uruguayo";
diversos estudios sobre las Constituciones de 1917, 1930 y 34, y de una "Historia diplomática
de la independencia oriental", nos permitirá establecer cuál era el grado de equilibrio que
sobre el tema independencia se había logrado hacia 1941.
En ese año, en "Evolución del pueblo uruguayo" señala: "Empezamos pidiendo la autonomía
de la Provincia, la independencia se pide para todas las provincias con relación a España; la
autonomía con respecto a las demás Provincias Unidas del Río de la Plata. Pero al trabajar
por la autonomía, trabajamos al mismo tiempo por la independencia". Cuando Brasil y
Argentina nos "dan" la independencia no otorgan gratuitamente: "Ellos la reconocen porque
no podían hace otra cosa".
Aún concibiendo y puntualizando los factores exógenos y las tendencias federales en dicho
proceso sus páginas finales encierran una clara idea de premonición de lo nacional:
"Podemos, pues, proclamar que no defraudamos las esperanzas que se cifraron en nosotros al
constituírse la nacionali dad". ¿En que cifra el autor ese orgullo nacionalista? En una aguda
observación: el intervencionismo del Estado es cada vez más amplio y penetral
progresivamente en el terreno económico y social. La nacionalidad había triunfado,
finalmente, de la mano del régimen de "república unitaria, con un fuerte poder central" (José
Salgado, "Evolución del Pueblo Uruguayo", Montevideo, 1941. pp. 86-87 y 206).
118. José Pedro Barrán, "Aspectos del ciclo artiguista",citado, pág. 10.
119. "El General Artigas, este hombre singular, que une una sensibilidad extremosa a una
indiferencia al parecer fría; una sencillez insinuante a una gravedad respetuosa; una franqueza
atrevida a una familiaridad cómoda; un patriotismo exaltado a una fidelidad a veces
sospechosa, un lenguaje siempre de paz a una inclinación nativa a la discordia; en fin un
amor vivo por la independencia de la patria a un extravío clásico de su camino". (Citado por
José Salgado en "El Dean Funes", Buenos Aires, 1939, pág. 160).
El Dean Funes es una personalidad rioplatense que ejemplifica al hombre de letras patricio de
los primeros años de la independencia: "Lo fue todo menos soldado, se ha dicho con
exactitud de la actuación pública de Funes" nos informa José Salgado en la citada obra. Fue
historiador, diputado, senador, jurisconsulto, periodista, diplomático, bibliófilo, iniciador de
las descripciones y estudios geográficos y topográficos.
67
Nace en Córdoba en 1749, de familias fundadoras de Córdoba y de la Gobernación de Chile;
muere en Buenos Aires en 1829.
120. "Artigas: el juicio de la Historia", Enciclopedia Uruguaya N 12, Montevideo, 1968.
Libelo de Feliciano Sainz de Cavia, pp. 29-30.
121. Ibidem.
122. Ibidem. pág. 31.
123. Ibidem, pág. 32 (Robertson, citado)
124. Ibidem, pág. 39 (Bartolomé Mitre, citado)
125. Juan Carlos Gómez, "Su actuación en la prensa de Montevideo", Montevideo, 1922,
tomo II, pág. 447. Artículo de "El Siglo", 23 de diciembre de 1869.
126. "Artigas: el juicio de la Historia", citado, Francisco Bauzá, pp. 40-41.
127. Luis Vitale, citado, pág. 305.
128. Venancio Flores, "La guerra del Paraguay y la Alianza Oriental", Montevideo, 1921, pp.
10 a 13.
129. Carlos Zubillaga, Ob. cit. pág. 110, Luis E. Azarola Gil citado.
130. Eduardo Acevedo, "José Artigas. Jefe de los Orientales y Protector de los Pueblos
Libres. Su obra cívica. Alegato histórico". Pág. 64.
131. Ibídem. Pág. 1034.
132. Carlos Real de Azúa, "Partidos políticos y literatura en el Uruguay". Tribuna
Universitaria de la F.E.U.U. Nos. 6 y 7. Nov. 1958. Pág. 106.
133. Eduardo Acevedo, "Historia Nacional", Montevideo. 1932. pp. 3-4.
134. Ana Ribeiro, Ob. Cit., pág. 31.
135. José Pedro Barrán-Carlos Real de Azúa, Polémica en La Lupa, Brecha, 20 junio 1986.
136. Manuel Claps, "Los pensadores". Enciclopedia Uruguaya Nº 39. Pág. 166.
137. Eduardo Acevedo, "Historia Nacional" citada. Pág. 780.
138. Carlos Real de Azúa, "El Uruguay como reflexión", citado. Pág. 578.
139. Nuestra historiografía daba varios pasos en las cuatro primeras décadas de este siglo.
Las publicaciones centradas en temas históricos eran, por entonces, varias: la Revista
Histórica de la Universidad apareció en diciembre de 1907 (por iniciativa del Dr. Eduardo
Acevedo) hasta 1926. Desde 1941 y bajo dirección de Pivel Devoto reaparecerá en su
Segunda Época. Desde 1920 el Instituto Histórico y Geográfico publica su Revista. El
Boletín Histórico aparece en 1929, dos años antes (1927) la Revista de la Sociedad Amigos
de la Arqueología, y desde 1938 la Revista Nacional. Las historias locales comenzaron a
surgir en cada departamento con desigual valía: en 1920 José María Fernández Saldaña y
César Miranda escriben una "Historia General de la ciudad y el departamento de Salto"; sobre
Colonia del Sacramento escribirá Fernando Capurro (1928) y Luis E. Azarola Gil sobra "La
Epopeya de Manuel de Lobo" (editada en España en 1931). En 1928
68
Ariosto Fernández publica su "Historia de la Villa de San Fernando de la Florida y su región"
(1750-1813).
Paysandú, con su carga de emotivo partidismo blanco, será tema de crónica en "Recuerdos de
Paysandú''. Apuntes históricos de la Defensa de Paysandú en 1865", de Orlando Ribero
(1901), también por parte de Setembrino Pereda que abordó su historia en el siglo XVIII
(1938) y XIX ("Paysandú patriótico", 2 volúmenes, 1926). Numerosas monografías, casi
desconocidas en el ámbito capitalino, coronaron años de recopilación y esfuerzo "amateur" de
cronistas e historiadores locales.
Aún en 1936 el viejo género de la crónica memorialista ocupaba tres tomos de la Revista del
Instituto Histórico y Geográfico del Uruguay con la "Crónica de un Hogar Montevideano
durante los tiempos de la Colonia y de la Patria Vieja. Don Francisco Joanicó, su esposa y sus
hijos (1776-1845)" de Julio Lerena Joanicó. Era un rescate del pasado mediante lo que su
propio autor calificó de "libro de intimidad, ante todo".
Disciplinas hasta entonces soslayadas aparecen como nuevos centros temáticos. Así, Luis E.
Azarola Gil (1882-1964) inauguró los estudios genealógicos en nuestro medio, relacionando
el estudio de los linajes con los fenómenos sociales y políticos, a través de obras como:
"Veinte linajes del siglo XVIII" (1926), "Crónicas y linajes de la Gobernación del Plata"
(1927), "Los San Martín en la Banda Oriental" (1936). "Los Maciel en la Historia del Plata"
(1940), "Apellidos de la Patria Vieja" (1942).
También se hacen valiosos aportes a temas ya tradicionales: Héctor Miranda, "Las
Instrucciones del año XIII" (1935).
Cuando se menciona la década del 40 como la del gran avance hacia la profesionalización de
la Historia en nuestro país, debe recordarse que detrás de ésta había una larga lista de trabajos
y esfuerzos de diferente índole. La "historiografía tradicional" cumplió una labor de acopio
acontecimental que constituye la base de la interpretación y síntesis que otras escuelas -la
"transicional", la "Nueva Historia"-cumplirían posteriormente.
140. Jesualdo Sosa, "Artigas, del vasallaje a la Revolución", Montevideo, 1940. Del Prólogo.
141. Gerardo Caetano, José Rilla, "Partidos y electores", citado, pág. 67. 142. Fundado en
1904, se llamó "Centro Obrero Socialista", en 1908 cambia su nombre por el de "Carlos
Marx".
143. Emilio Frugoni. "Documentos. El Manifiesto inicial del Partido Socialista". Revista
Nuestro Tiempo, Año I, Volumen 1, Montevideo, 1954, pp. 179 184.
144. Ibídem.
145. Francisco Pintos, citado en "Cuadernos de Ciencias Sociales" (2), 1972, Artículo de Luis
González, "Acerca de tres análisis marxistas del batllismo",pág. 101.
69
146. Prólogo de Washington Reyes Abadie y Alberto Methol Ferré a "Oribe" de Guillermo
Stewart Vargas.
147. Citado en el Prólogo de Celiar Mena Segarra a "Los orígenes de la Guerra Grande" de
Luis Alberto de Herrera. Cámara de Representantes, Montevideo, 1989, pág. XXXIII.
148. Luis Alberto de Herrera, "Los orígenes de la Guerra Grande", citado, pp. 18-19.
149. Ibídem, pág. 20.
150. En "Conversando con Zum Felde" el autor le señala a Arturo Sergio Visca que las
grandes fuentes de su formación de autodidacta fueron las bibliotecas de sus hermanos, en
una de las cuales abundaban las obras de Historia, Sociología y Filosofía y en la otra las
literarias, desde los griegos al siglo XX. Reconoce además el magisterio de Bauzá: "Fue mi
fuente de conocimiento. y de juicio para el período colonial". También señala que la "Historia
de la Civilización" de Gustavo Docoudray, en 2 volúmenes (con la que se estudiaba en la
Universidad) fue la obra que le dio "la pauta primera sobre la integración de los elementos
políticos con los elementos de la cultura intelectual" (Ob. cit. pp. 38-39).
Curioso punto de contacto entre el ámbito académico universitario y aquel otro, donde se
gestaban las "inteligencias" del 900, mezclando dandysmo, anarquismo, bohemia y ávidas
lecturas. La traducción de esta obra de Ducoudray se había publicado en 1892, realizada por
Luis D. Destéffanis y el Dr. Miguel Lapeyre.
151. Carlos Martínez Moreno, "Montevideo, en la literatura y el arte". Pág. 11.
152. Carlos Real de Azúa, "Ambiente espiritual del novecientos", citado.
153. Jorge Rufinelli, "Palabras en orden". México, 1976, pág. 19. 154. Arturo Sergio Visca,
"Conversando con Zum Felde". Montevideo, 1969.
155. Carlos Real de Azúa. "Antología del ensayo uruguayo contemporáneo". Montevideo.
1964. Volumen I, pág. 183.
156. Arturo Ardao, "La filosofía en el Uruguay en el siglo XX". Montevideo, 1956. Pág. 183.
157. Alberto Zum Felde, "Uruguay entre el concepto sociológico". Montevideo. 1911. pp. 10-
11.
158. Ibídem, pág. 18.
159. Ibídem, pp. 39-40.
160. Ibídem, pp. 46-47.
161. Alberto Zum Felde, "Metodología de la historia y crítica literaria". Academia Nacional
de Letras. Montevideo. 1980. Pág. 7.
162. Paul Veynes, "Cómo se escribe la historia", 1984.
163. Arturo Sergio Visca, "Conversando...". Citado.
164. Alberto Zum Felde, "Proceso histórico del Uruguay". Segunda edición. 1942. pp. 14-16.
165. Ibídem, pág. 44.
166. Pablo Mieres, en "Partidos y electores", citado, pp. 32-38.
70
167. El centro de la teoría partidocéntrica es ese protagonismo al unísono, esa permanente
necesidad de las luchas partidarias y de los enfrentamientos a los que llevan sus encontradas
tendencias. Independientemente de la posición del autor frente a las facciones éstas son vistas
entrelazadas, igualmente protagónicas de la evolución nacional. José Salgado nos brinda un
ejemplo ilustrativo, en un lenguaje anterior al de la politología: "Es un error encontrar el
origen de nuestros partidos tradicionales en un supuesto antagonismo entre la ciudad y la
campaña; entre doctores y caudillos. La razón de nuestros partidos históricos, Colorado y
Blanco, se encuentra en la economía biológica de los organismos sociales. Estos para
conservarse y evolucionar necesitan de la lucha dentro de sí, de dos elementos: el
conservador y el renovador. Esas dos fuerzas en el país son nuestros partidos tradicionales: el
Partido Colorado es la fuerza renovadora; el Blanco, la fuerza conservadora. Las dos son
necesarias para la conservación y progreso de la sociedad. "Ellas existen en todos los partidos
políticos del mundo, cualquiera que sea el tiempo o lugar de su actuación". José Salgado,
"Evolución del pueblo uruguayo", citado, pp. 103 y 104.
168. Gerardo Caetano, José Rilla, Ob. cit. pág. 67. 169. Alberto Zum Felde, "Proceso
histórico", citado, pág. 79.
170. Cfr. Romeo Pérez en "Partidos y electores", citado, pp. 41-57. 171. José Pedro Barrán,
"Aspectos del ciclo artiguista", citado, pág. 10.
172. Leticia Soler, Guía para los estudiantes de Historia de la Historiografía, Instituto de
Profesores Artigas, mimeografeado.
173. Alicia Vidaurreta, An Interview with Juan E. Pivel Devoto, Hispanic American
Historical Review, 1989.
71
ÍNDICE
I. INTRODUCCIÓN. 7
2. Artigas y el artiguismo 42
a) El libelo de Cavia y la leyenda negra 42
b) Primeras reivindicaciones 44
c) Eduardo Acevedo alegando por un héroe 45
V. CONCLUSIÓN 57
CITAS 58
72
Epic poetry and narrative played a significant role in shaping Uruguayan national identity by emphasizing heroic archetypes and national myths, thus inspiring a sense of pride and cultural continuity . Literary works contributed to the creation of national narratives by romanticizing historical figures such as Artigas and using storytelling to convey values like independence and republican ideals, integrating them into the broader national consciousness . This helped solidify a sense of identity by embedding historical events within a framework of cultural glory and continuity .
Ribeiro's work exemplifies the interplay between historical narratives and ideological frameworks by showing how Uruguayan historiography evolved through the reception and critical adaptation of European ideas, integrated with local ideological contexts . She demonstrated how narratives, while conceptually rooted in diverse traditions such as positivism and romanticism, were mutated through local ideological commitments, creating unique blends of thought that reflected both global influences and national realities . Ribeiro highlighted the dynamic relationship between historiographical practice and the ideological currents influencing historical interpretation, offering nuanced views on how historical events were culturally and politically situated .
Uruguayan historians faced the challenge of integrating European influences while maintaining relevance to the local context. These challenges included adapting methodologies and styles that were often not naturally suited to the Uruguayan socio-political reality, leading to a complex, sometimes contradictory mix of foreign ideas and local necessity . Additionally, historians had to contend with differing ideological perspectives, often imported from European schools of thought, which had to be reconciled with unique local cultural and political contexts . This created tensions in grafting intellectual influences onto a distinct national narrative while retaining coherence and integrity .
Ana Ribeiro concluded that the key themes essential to understanding Uruguayan historiography included the confluence of differing ideological currents, the impact of European intellectual movements, and the unique social and cultural fabric of Uruguay . She emphasized the role of 'traductibility' in aligning international ideas within a local context, allowing for a rich synthesis of external influence and internal reflection . Ribeiro stressed the importance of engaging with works from different historiographic generations and methodologies to construct a comprehensive understanding of the national historical consciousness .
Francisco Bauzá contributed significantly to the evolution of Uruguayan national identity by providing a comprehensive historical framework that connected the colonial past to the nation's formation. His work emphasized the roles of geographical, political, and cultural elements, suggesting that national identity was shaped by these diverse contributions . Bauzá posited that the ideals of Republic and independence predated formal political structures and were informed by a blend of colonial egalitarianism and an independent spirit, creating a patriotic narrative that integrated Uruguay within a broader republican tradition .
Uruguayan historiography evolved by shifting its focus from event-driven narratives to more complex, problem-oriented studies. Early themes centered on nationhood and independence debates, but over time, historiography expanded to include interpretations of societal structures and ideologies. This shift reflected broader trends from descriptive to explanatory approaches, integrating new sociological and mental categories to better understand historical unity and complexity .
Major historians identify themes such as national identity, independence, and political structures as central to Uruguayan historiography. Figures like Bauzá and Gómez engaged with these themes, linking them to broader socio-political conditions like caudillismo and party influence. The thematic focus reflects the historical trajectory of Uruguay grappling with its colonial past, the assertion of republicanism, and the consolidation of its national identity amid external influences and internal socio-political dynamics .
Historical narratives in Uruguay during the early 20th century increasingly incorporated elements of political and social thought, reflecting changes in national ideology. These narratives began to critically assess figures like Artigas and the role of various political movements, anchoring them in broader dialogues on republicanism and national sovereignty . These narratives evolved to address more complex social issues, such as the role of caudillismo and militarism, and examined these themes within the framework of national consolidation and identity . This period marked a shift toward exploring the implications of historical events on contemporary political structures and social realities .
The "New History" in Uruguay is distinguished by methodological innovations that emphasize broader socio-cultural interpretations over traditional event-focused narratives. It introduced sociological and psychological perspectives, shifting from purely descriptive accounts to problem-oriented analyses. This approach utilized diverse sources and interdisciplinary insights, reflecting a more comprehensive understanding of historical processes and their impacts on societal mentalities and structures .
Ana Ribeiro's works complemented previous studies by offering a comprehensive and structured exploration of Uruguayan historiography, highlighting the interplay of various genres and intellectual influences while acknowledging earlier efforts. Her essays did not seek to exclude past works but rather engaged in a dialogue with them, enriching the understanding of national historiography through detailed conceptual and thematic analysis. This approach has created a multifaceted historiographical landscape that builds on the contributions of authors like Oddone and Real de Azúa .