WILLIAM S. BURROUGHS
Marica
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“Ftulo de la edicion original:
Queer
Viking Penguin
Nueva York, 1985
Diserio de la coleccion:
Julio Vivas
Uustracién de Paco Igual, a partir de una foto de} autor
© William S. Burroughs, 1985
© EDITORIAL ANAGRAMA, S.A., 2002
Pedré de la Creu, 58
08034 Barcelona
ISBN: 84-339-2388-9
Depésito Legal: B. 14621-2002
Printed in Spain
Liberduplex, S.L., Constitucié, 19, 08014 Barcelona i
INTRODUCCION
Ciudad de México, cuando vivi en ella a fines de
la década de 1940, era uma ciudad de un millén
de habitantes con aire claro y brillante y un cielo de
ese tono especial de azul que tan bien combina con
los revoloteantes buityes, la sangre y la arena: el puro,
amenazador y despiadado azul mexicano. Me gusté
Ciudad de México desde la primera vez que la visité.
En 1949 era un lugar barato para vivir, con una enor-
me colonia extranjera, fabulosos burdeles y restauran-
tes, peleas de gallos y corridas de toros y cualquier
forma imaginable de diversi6n. Un hombre solo po-
dfa vivir bien alli por dos délares diarios. El juicio en
Nueva Orleans por tenencia de heroina y marihuana
parecia tan poco prometedor que decid{ no acudir a
la cita del tribunal, y alquilé un apartamento en un
barrio tranquilo de clase media de Ciudad de Mé-
x1CO.
Sabfa que por la ley de prescripcién yo no podia
volver a los Estados Unidos durante cinco afios, asi
7que solicité la ciudadanfa mexicana y me matriculé
en algunos cursos de arqueologia maya y mexicana en
el Colegio de Ciudad de México. La pensién me pa-
gaba los libros y las clases, y me dejaba una mensuali-
dad de setenta y cinco délares. Pensé en dedicarme a
la agricultura, o quiz4 abrir un bar en Ia frontera con
los Estados Unidos.
La ciudad me atrafa. Los barrios bajos no tenian
nada que envidiar a los barrios bajos de Asia en cuan-
to a suciedad y pobreza. La gente cagaba en la calle y
después se acostaba encima mientras las moscas le en-
traban y le salfan de la boca. Algunos emprendedores,
entre los que no eran infrecuentes los leprosos, ha-
cian fogatas en las esquinas de las calles y cocinaban
unos revoltijos horribles, apestosos, indescriptibles,
que ofrecfan a los transetintes. Los borrachos dor-
mian directamente sobre las aceras de la calle princi-
pal, y ningtin policfa los molestaba. Me parecié que
en México todos dominaban el arte de no meterse en
las cosas de los demés. Si un hombre queria llevar un
monéculo o usar bastén, no vacilaba en hacerlo, y
_ nadie se volvia para mirarlo. Los nifios y los hombres
jovenes andaban por la calle del brazo y nadie les
Prestaba atencién. No era que a la gente no le impor-
tara lo que pensaban los demés; pero a ningtin mexi-
cano se le ocurrirfa aceptar la critica de un extranjero,
ni criticar el comportamiento de los demés.
México era fundamentalmente una cultura orien-
tal que reflejaba dos mil afios de enfermedad y pobre-
za y degradacién y estupidez y esclavitud y brutalidad
y terrorismo psiquico y fisico. Era siniestro y sombrio
8
y caético, con el caos especial de un suefio. Ningtin
mexicano conocia de verdad al prdjimo, y cuando un
mexicano mataba a alguien (lo que ocurrfa a menu-
do), era por lo general a su mejor amigo. Todo el que
queria llevaba un arma, y lef acerca de varios casos en
los que polictas borrachos, al disparar a los asiduos de
un bar, eran a su vez tiroteados por civiles armados.
Como figuras de autoridad, los policias mexicanos
estaban a la misma altura que los conductores de
tranvia,
Todos los funcionarios eran corruptibles, los im-
puestos sobre la renta eran muy bajos y los cuidados
médicos muy econdémicos porque los médicos se
anunciaban en los periddicos y hacian descuento. Po-
dfas curarte de una gonorrea por 2,40 ddlares 0 com-
prar la penicilina e inyectértela ti mismo. No habia
normas que restringieran la automedicacién, y se po-
dian comprar agujas y jeringuillas en cualquier parte.
Esa era la época de Alemdn, cuando reinaba la mordi-
day la pirdmide de sobornos iba desde el policia que
hacia la ronda hasta el presidente. Ciudad de México
también era la capital mundial del asesinato, con el
indice de homicidios per c4pita mds alto. Recuerdo
que todos los dfas habia en los periddicos historias
como éstas:
Un campesino' que acaba de llegar del interior
esta esperando el autobtis: pantalones de lino, sanda-
lias hechas con un neumético, amplio sombrero, un
1, Las palabras que aparecen en cursiva estan en espafiol
en el original. (N. del 7.)machete en el cinturén. Otro hombre también espe-
ra, vestido con traje, mirando el reloj, refunfufiando
con ira. El campesino saca de repente el machete y de-
capita limpiamente al hombre. Mas tarde conté a la
policia: «Me estaba mirando muy feo y finalmente no
pude contenerme.» Obviamente, el hombre estaba
molesto porque el autobus tardaba, y miraba hacia la
carretera a ver si aparecia, y el campesino interpreté
mal esa accién, y a continuacién rodé una cabeza,
haciendo horribles muecas y mostrando dientes de
oro.
Al borde de la carretera hay sentados dos campe-
sinos sin consuelo. No tienen dinero para el desayu-
no. Pero mira: un muchacho que Ileva un rebafio de
cabras. Un campesino agarra una piedra y aplasta la
cabeza del muchacho. Llevan las cabras al pueblo mds
cercano y las venden. Estan desayunando cuando los
detiene la policia.
Un hombre vive en una casa pequefia. Un desco-
nocido le pregunta por el camino a Ayahuasca. «Ah,
por aqui, sefor.» Lleva al hombre a un lado y a otro.
«El camino est4 aqui.» De repente se da cuenta de
que el otro no tiene ni la menor idea de dénde est el
camino, y para qué molestarse. Asf que agarra una
piedra y mata a su atormentador.
Los campesinos usaban piedras y machetes. Mas
sanguinarios eran los politicos y los policfas fuera de
servicio, cada uno con su 45 automatica. Uno apren-
dia a tirarse al suelo. Hay otra historia real: un po-
Uitico armado se entera de que su chica lo engafia,
citéndose con alguien en ese bar. Un chico norte-
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americano entra por casualidad y se sienta al lado de
ella cuando aparece el macho al grito de «CHINGOA!»
y saca la 45 y acribilla al chico sobre el taburete de la
barra. Arrastran el cuerpo fuera del bar y lo alejan un
poco por la calle. Cuando Ilegan los policias, el cama-
rero se encoge de hombres mientras limpia la barra
ensangrentada y sélo atina a decir: Matos, esos mu-
chachos!»
Cada pafs tiene sus propias Mierdas especiales,
como el agente del orden surefio que hacfa una
muesca por cada negro que mataba, y el burlén ma-
cho mexicano no se queda atrds en cuanto a violen-
cia. Y muchos mexicanos de clase media son tan ho-
rribles como cualquier burgués del mundo. Recuerdo
que en México las recetas para narcéticos eran de un
amarillo brillante, como un billete de mil délares o
una baja deshonrosa del ejército. Una vez el viejo
Dave y yo tratamos de llenar una receta, que él hab{a
obtenido del gobierno mexicano de manera bastante
legitima. El primer farmacéutico donde probamos te
trocedié soltando un grufiido: «No prestamos servicio
4 los viciosos!»
Caminamos de una farmacia a otra, sintiéndonos
cada vez peor: «No, sefior...» Debimos de andar va-
tios kilémetros.
—Nunca habia estado en este barrio.
—Bueno, probemos en una més.
Finalmente entramos en una pequefia farmacia,
un verdadero cuchitril. Saqué la receta y una sefiora
canosa me sonrid. El farmacéutico miré la receta y
dijo: «Dos minutos, sefor.»
11Nos sentamos a esperar. Habia geranios en la
ventana. Un nifio me trajo un vaso de agua y un gato
se froté contra mi pierna. Después de un rato el far-
macéutico regresé con nuestra morfina.
—Gracias, senor.
Fuera, el barrio parecia ahora encantado: peque-
fias farmacias en un mercado, delante cajas y puestos,
una pulqueria en la esquina. Quioscos que vendian
saltamontes fritos y caramelos de menta negros de
moscas. Nijios del interior del pais vestidos con im-
pecable ropa blanca de hilo y alpargatas, con caras de
cobre brufiido € intensos ojos negros e inocentes,
como animales exdticos, de una deslumbrante belleza
asexuada. Ahi hay un chico de rasgos angulosos y piel
negra, que huele a vainilla, con una gardenia detrds
de la oreja. Si, has encontrado una perla, pero para
encontrarla tuviste que atravesar Villamierda. Siem-
pre es asi. Cuando crees que la tierra esta exclusiva-
mente poblada por Mierdas, encuentras una perla.
Un dia me golpearon a la puerta a las ocho de la
mafiana. Salf en pijama y me encontré con un ins-
pector de Inmigracién.
—Vistase. Est4 detenido.
Parecia que la mujer de al lado habia presentado
un largo informe sobre mi conducta etilica y desor-
denada, y también habia algin problema con mis
papeles y ;dénde estaba la mujer mexicana que su-
Puestamente tenia? Los funcionarios de inmigracién
estaban dispuestos a meterme en la cdrcel mientras se
12
wiht Ari Ase ics
preparaba mi deportacién como extranjero indesea-
ble. Desde luego, todo se podia arreglar con dinero,
pero mi entrevistador era el jefe del departamento de
deportacién y no aceptarfa cualquier cosa. Finalmen-
te tuve que soltar doscientos délares. Mientras volvia
caminando a casa desde la Oficina de Inmigracién,
imaginé lo que habria tenido que pagar si realmente
hubiera hecho una inversién en Ciudad de México.
Pensé en los constantes problemas con que se to-
paban los tres duefios norteamericanos del Ship
Ahoy. Los policfas iban todo el tiempo a buscar una
mordida, y después llegaban los inspectores de sani-
dad, y entonces aparecian més policias para aprove-
char la situacién y ver si podfan sacar una mordida
importante. Se Ilevaron el camarero al centro y lo
molieron a palos. Querian saber dénde estaba escon-
dido el cuerpo de Kelly. ;Cuantas mujeres habian
sido violadas en el bar? ;Quien habfa llevado la ma-
rihuana? Etcétera. Kelly era un norteamericano afi-
cionado al jazz a quien habjan disparado en el Ship
Ahoy hacfa seis meses, se habfa recuperado y estaba
ahora en el ejército de su pais. Nunca habian violado
alli a una mujer y nadie habfa fumado all{ marihua-
na. A esas alturas yo habia abandonado del todo mi
proyecto de abrir un bar en México.
Un toxicémano respeta poco su imagen. Usa la
ropa mds sucia y gastada y no siente ninguna necesi-
dad de Iamar la atencién. Durante mi periodo de
adiccién en Tanger, me conocian como El Hombre
13Invisible. Esta desintegracién de la propia imagen se
traduce a menudo en una sed indiscriminada de
imagenes. Billie Holliday dijo que supo que se habia
desenganchado de la droga cuando dejé de ver la te-
levisién. En mi primera novela, Yonqui, el protago-
nista, Lee, da la impresién de ser equilibrado ¢
independiente, seguro de s{ mismo y de lo que quiere
hacer. En Marica es desequilibrado, urgentemente
necesitado de contacto, totalmente inseguro de sf
mismo y de sus objetivos.
Por supuesto, la diferencia es simple: Lee coloca-
do es codiciado y esta protegido y también severa-
mente limitado. El caballo no sélo le provoca un cor-
tocircuito con el apetito sexual sino que ademés le
embota las reacciones emocionales hasta casi anular-
las, segtin la dosis. Mirando ahora la accién de Mari-
¢a, ese alucinado mes de agudo sindrome de absti-
nencia adquiere un horroroso brillo de amenaza y
maldad que sale de bares alumbrados por luces de
neén, de la horrible violencia con la 45 siempre bajo
la superficie. Colocado, yo estaba aislado, no bebia,
no salia mucho, sdlo me pinchaba y esperaba la si-
guiente dosis.
Cuando se quita la tapa, todo lo que ha estado
controlado por el caballo sale a borbotones. El adicto
con sindrome de abstinencia estd sujeto a los excesos
emocionales de un nifio.o un adolescente, sea cual
sea su edad real. Y el apetito sexual vuelve con toda
su fuerza. Hombres de sesenta afios tienen polucio-
nes nocturnas y orgasmos espontdneos (una experien-
cia sumamente desagradable, agagant, como dicen los
14
franceses, que eriza la piel). Si el lector no tiene esto
en mente, la metamorfosis del personaje de Lee pare-
cerd inexplicable 0 psicética. También hay que recor-
dar que el sindrome de abstinencia es autorrestricti-
vo, pues no dura més de un mes. Y Lee tiene una fase
de bebida excesiva, que exacerba los aspectos peores y
mds peligrosos del sindrome de abstinencia: la con-
ducta imprudente, indecorosa, escandalosa, sensible-
ra; en una palabra, atroz. ;
Después del sindrome de abstinencia, el organis-
mo se readapta y se estabiliza en un nivel anterior a la
colocacién. En el relato, esa estabilizacién se alcanza
por fin durante el viaje a Sudamérica. No disponen
de caballo ni de ninguna otra droga después del pare-
gorico de Panama. El consumo de alcohol por parte
de Lee se ha reducido a unos buenos tragos al atarde-
cer. No es muy diferente del Lee de las ulteriores Yage
Letiers, salvo la presencia fantasma de Allerton.
De modo que habja escrito Yongui, y el motivo
era relativamente simple: relatar de la manera més
exacta y sencilla posible mis experiencias como adic-
to. Tena la esperanza de publicar, ganar dinero, obte-
ner reconocimiento. En la época en que empecé a es-
cribir Yongui, Kerouac acababa de publicar The Town
and the City. Recuerdo que cuando aparecié su libro
le dije en una carta que ya tenia asegurados la fama y
el dinero. Como se ve, en ese momento yo no sabia
nada de lo que era el mundo de la escritura.
Mis motivos para escribir Marica fueron més
15complejos, y en este momento no los tengo claros.
gPor qué habria de querer describir con tanto rigor
recuerdos sumamente dolorosos y desagradables y la-
cerantes? Mientras que yo escrib{ Yongui, siento que
Marica me escribid a mi. También fue un esfuerzo
para garantizar la escritura de otros libros, para acla-
rar las cosas: escritura como inoculacién. En cuanto
se esctibe algo, ese algo pierde el poder de la sorpresa,
asi como un virus pierde su ventaja cuando un virus
debilitado ha creado anticuerpos alertados. De mane-
ra que, relatando mi experiencia, logré cierta inmuni-
dad ante otras aventuras peligrosas del mismo tipo.
Al principio de Marica, después de volver del ais-
lamiento del caballo al pais de los vivos, como un LA-
zaro frenético e inepto, Lee parece decidido a ligar.
Hay algo curiosamente sistematico y asexual en su
brisqueda de un adecuado objeto sexual, tachando
uno tras otro los posibles candidatos de una lista que
parece compilada pensando en el fracaso ultimo. En
algin nivel muy profundo no quiere triunfar, pero
hard cualquier cosa para evitar darse cuenta de que en
_ tealidad no busca el contacto sexual.
Pero Allerton era decididamente algun tipo de
contacto. ;¥ qué contacto buscaba Lee? Visto desde
aqui, un concepto muy confuso que no tenia nada
que ver con Allerton como personaje. Mientras que
el adicto es indiferente a la impresién que causa en
los demés, durante el sindrome de abstinencia puede
sentir la necesidad compulsiva de un ptblico, y eso
es, desde luego, lo que Lee busca en Allerton: un pu-
blico, el reconocimiento de su actuacién, que por su-
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puesto es una mdscara para tapar una desintegracién
espantosa. As{ que inventa un desesperado formato
llamativo que llama el Numero: escandaloso, gracio-
so, fascinante: «Era un viejo marinero, y paraba a
uno de cada tres...»
La actuacién adopta la forma de ntimeros: fanta-
s{as sobre Jugadores de Ajedrez, el Petrolero de Texas,
el Depésito de Esclavos Usados de Ojete Gus. En
Marica, Lee dirige esos ntimeros a un publico real.
Més tarde, cuando se desarrolla como escritor, el pti-
blico se interioriza. Pero el mismo mecanismo que
creé a A. J. y al Doctor Benway, el mismo impulso
creativo, se dedica a Allerton, que queda colocado en
el papel de Musa aprobadora, en el que, naturalmen-
te, se siente incémodo. ech
Lo que busca Lee es contacto o reconocimiento,
como un fotén que surge de la neblina de la insus-
tancialidad y deja una marca indeleble en la concien-
cia de Allerton. Al no encontrar a un observador ade-
cuado, se ve amenazado por una dolorosa dispersién,
como un fotén inobservado. Lee no sabe que ya esta
comprometido a escribir, ya que ésa es la tinica a
nera que tiene de dejar una marca indeleble, esté o
no Allerton inclinado a observar. Lee se ve inexora-
blemente empujado hacia el mundo de la narrativa.
Ya ha decidido entre su vida y su obra.
El manuscrito se desvanece en Puyo, pueblo Fi-
nal del Camino... La busqueda del yage ha fracasado.
El misterioso doctor Cotter sdlo quiere librarse de
17sus inoportunos huéspedes. Sospecha que son agen-
tes de Gill, su socio traidor, resueltos a robarle su
obra de genio que permite aislar el curare del veneno
compuesto de las flechas. Més tarde me enteré de que
las empresas quimicas simplemente decidieron com-
prar veneno de flechas en grandes cantidades y ex-
traer el curare en sus laboratorios norteamericanos
La droga Pronto fue sintetizada y es ahora una sus-
tancia esténdar que aparece en muchos relajantes
musculares. Parece, por lo tanto, que Cotter no tenia
nada que perder: sus esfuerzos ya han sido superados.
Callején sin salida. Y Puyo puede servir de mo-
delo para el Lugar de los Caminos Cortados: un con-
glomerado muerto, sin sentido, de casas con techo de
ine bajo un aguacero continuo. La Shell se ha ido,
dejando unos bungalows prefabricados y maquinaria
oxidada. Y Lee ha Ilegado al final de su camino, un
final implicito en el Principio. Se queda con el im-
pacto de distancias insalvables, la derrota y el cansan-
cio de un viaje largo y doloroso hecho para nada, el
tumbo equivocado, la pista perdida, un autobuis que
espera en la Iluvia..., la vuelta a Ambato, Quito, Pa-
nama, Ciudad de México. ,
; Cuando empecé a escribir este texto para acom-
paar a Marica, me paralizé una fuerte resistencia,
un bloqueo mental como una camisa de fuerza:
«Miro el manuscrito de Marica y siento que sencilla-
mente no puedo leerlo. Mi pasado fue un rfo envene-
nado del que uno tuvo la fortuna de escaparse y por
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el que uno se siente inmediatamente amenazado,
afios después de los hechos relatados. Doloroso hasta
el punto en que leerlo me resulta dificil, y no diga-
mos escribir sobre él. Cada palabra y cada gesto po-
nen los pelos de punta.» El motivo de esa resistencia
se hace mds evidente cuando me obligo a mirar: el li-
bro est4 motivado y formado por un acontecimiento
que nunca se menciona, que de hecho se elude cuida-
dosamente: la muerte accidental por un disparo de
mi mujer, Joan, en septiembre de 1951.
Mientras escribia The Place of Dead Roads, me
sent{ en contacto espiritual con el difunto escritor in-
glés Denton Welch, a quien usé como modelo del
protagonista de la novela, Kim Carson. Partes enteras
me vinieron a la cabeza como si me las dictaran,
como si las transmitiera el golpeteo de una mesa. He
escrito sobre la fatidica mafiana del accidente de
Denton, que lo dejé invalido para el resto de su corta
vida. Si se hubiera quedado un poco mas aqui y no
tanto allf, habria faltado a la cita con la automovilista
que le golpeé la bicicleta desde atras sin motivo apa-
rente. En un momento Denton habia dejado de to-
mar café, y mirando las bisagras de cobre de los pos-
tigos de la ventana de la cafeteria, algunas de ellas
rotas, se sintié invadido por una sensacién de univer-
sal desolacién y pérdida. De manera que cada aconte-
cimiento de esa mafiana tiene una carga de trascen-
dencia especial, como si estuviera subrayado. Esa
prodigiosa clarividencia impregna la obra de Welch:
19un escén, una taza de té, un tintero comprado por
unos chelines se cargan de una importancia especial y
a menudo siniestra.
‘Tengo exactamente la misma sensacién en un
grado casi insoportable cuando leo el manuscrito de
Marica. El acontecimiento hacia el que Lee se siente
inexorablemente empujado es la muerte de su mujer
Por su propia mano, el conocimiento de la posesién,
una mano muerta que espera para deslizarse sobre la
Suya como un guante. De manera que de sus paginas
se levanta una niebla téxica de amenaza y maldad,
una maldad de la que Lee, sabiéndolo y sin saberlo,
intenta escapar con un desesperado empleo de la fan-
tasfa: sus mimeros, que ponen los pelos de punta a
causa de la horrible amenaza que hay detrds 0 al lado,
una presencia palpable como una bruma.
Brion Gysin me dijo en Paris: «For ugly spirit shot
Joan because...» («Pues el feo espiritu disparé a Joan
porque...») Un mensaje bastante espiritista que no
fue completado... ;0 si? No hace falta completarlo
si se lo lee de este modo: « Ugly spirit shor Joan to
be cause» («Feo espiritu disparé a Joan para ser la
causa»), es decir, Para mantener una odiosa ocupa-
cin parasitaria. Mi concepto de la posesién se acerca
més al modelo medieval que a las modernas explica-
ciones psicoldgicas, con su insistencia dogmatica en
que esas manifestaciones tienen que venir de dentro y
nunca, nunca, nunca de fuera. (Como si hubiera una
diferencia nitida entre lo interior y lo exterior.) Ha-
blo de una entidad poseedora definida. Y, por cierto,
el concepto psicolégico bien podrfa haber sido inven-
20
tado por las entidades poseedoras, dado que nada hay
mds peligroso para un poseedor que ser visto como
criatura invasora aparte por el huésped que ha invadi-
do. Por esa razén el poseedor sdlo se muestra cuando
es totalmente necesario. al
En 1939 me interesé en los jeroglificos egipcios y
fui a ver a alguien en el Departamento de Egiptologia
de la Universidad de Chicago. Y algo me grité en el
oido: «ESTE NO ES TU SITIO Si, los jeroglificos pro-
porcionaban una clave del mecanismo de posesién.
Como un virus, la entidad poseedora tiene que en-
contrar un puerto de entrada. :
Esa ocasién fue el primer indicio claro que tuve
de algo en mi ser que no era yo, y que yo no contro-
laba. Recuerdo un suefio de esa época: yo trabajaba
como exterminador en Chicago, a fines de la década
de 1930, y vivia en una pensién en el lado norte de la
ciudad. En el suefio floto cerca del techo con una
sensacién de pura muerte y desesperacién, y al mirar
hacia abajo veo que mi cuerpo sale por la puerta con
mortifera determinacién. ; ;
Uno se pregunta si el yage hubiera podido sacat-
me del apuro con una deslumbrante revelaci6n. Re-
cuerdo un cut-up que hice en Paris unos afios més
tarde: «Raw peeled winds of hate and mischance blew
the shot» («Vientos cortantes y pelados de odio ¢ in-
fortunio erraron el disparo.») Y durante afios pensé
que se referfa al desperdicio de una dosis de caballo,
cuando la droga chorrea por el lado de la jeringa a
causa de una obstruccién. Brion Gysin sefialé el ver-
dadero significado: el tiro que maté a Joan.
21Yo habfa comprado un cuchillo de explorador en
Quito. Tenfa mango de metal y una falta de lustre
que le daba un curioso aspecto antiguo, de algo saca-
do de una tienda de chararra de fin de siglo. Lo veo
en una bandeja de cuchillos y anillos viejos, con el
bafio de plata un poco descascarado. Eran més o me-
nos las tres de la tarde, unos dias después de mi regre-
so a Ciudad de México, y decidf hacerlo afilar, El afi-
lador tenfa un pequefio silbato y una ruta fija, y
mientras iba por la calle hacia su carrito un senti-
miento de pérdida y tristeza que me habia oprimido
todo el dia hasta el punto que apenas podfa respirar
se intensificé tanto que sent{ que me corrian lagrimas
por la cara.
«Qué pasa?», me Ppregunté.
Esa fuerte depresidn y la sensacién de catdstrofe
aparecen una y otra vez en el texto. Lee suele atri-
buirlas a sus fracasos con Allerton: «Le costaba mo-
verse y pensar. Lee tenfa rigida la cara y monétona la
voz.» Allerton acaba de rechazar una invitacién a ce-
nar y se ha marchado bruscamente: «Miré la mesa,
con dificultades para pensar, como si tuviera mucho
frio.» (Al leer esto yo siento frio y depresidn.)
He aqui un suefio precognitivo en la choza de
Cotter en Ecuador: «Estaba delante del Ship Ahoy.
No habja nadie dentro. Oia que alguien Horaba. Vio
a su hijo pequefio, y se arrodillé y lo levanté en bra-
zos. El sonido del Ianto estaba més cerca, una ola de
tristeza... Sostuvo al pequefio Willy contra el pecho,
22
Habja alli un grupo de personas con ropa de presi-
diarios. Lee se pregunté qué hacian alli y por qué es-
tarfa él llorando.»
Me he obligado a recordar el dia de la muerte de
Joan, la inconsolable sensacién de catdstrofe y de pér-
dida... y mientras iba por la calle senti de repente que
me corrian lagrimas por la cara. «;Qué me pasa?» El
pequefio cuchillo de explorador con mango metilico,
el bafio de plata descascarado, un olor a monedas vie-
jas, el silbato del afilador. ;Qué habra pasado con ese
cuchillo que nunca reclamé? :
Todo me lleva a la atroz conclusién de que jamas
habria sido escritor sin la muerte de Joan, y a com-
prender hasta qué punto ese acontecimiento ha moti-
vado y formulado mi escritura. Vivo con la amenaza
constante de la posesién, y la necesidad constante de
librarme de la posesién, del Control. De manera que
la muerte de Joan me puso en contacto con el inva-
sor, el Espiritu Feo, y me embarcé en una lucha de
toda la vida, en la que no he tenido mas remedio que
buscar la salida escribiendo.
Me he obligado a escapar de la muerte. Denton
Welch es casi mi cara. Olor a monedas viejas. Qué ha-
bra pasado con ese cuchillo llamado Allerton, vuelta a la
atroz Margaras Inc. La comprensién jes actividad basi-
ca formulada? El dia de la muerte y la pérdida de Joan.
Vi ldgrimas cayendo de Allerton descascarando a la mis-
ma persona que un tirador occidental. ; Qué estds rees-
cribiendo? Toda la vida preocupado por el Control y el
23Virus. Después de entrar, el virus usa la energia, la san-
7, la carne y los huesos del huésped para hacer copias
de si mismo. Modelo de insistencia dogmdtica nunca de
fuera me gritaba en el oldo: «ESTE NO ES TU SITIO!»
Una anotacién de camisa de fuerza cuidadosamen-
te paralizada por la fuerte reticencia. Librarse de sus l-
neas preescritas attos después de los acontecimientos rela-
tados. El bloqueo mental de un escritor evité la muerte
de Joan. Denton Welch es la voz de Kim Carson a través
de una nube subrayada mesa rota que golpetea.
WILLIAM S, BURROUGHS
Febrero de 1985
24
Lee centré su atencién en un chico judfo llama-
do Carl Steinberg, a quien conocfa superficialmente
desde hacia cerca de un afio. La primera vez que vio a
Carl, Lee pensé: «Podria usar eso, si no tuviera las jo-
yas de la familia empefiadas con el tio Caballo.»
El chico era rubio, de cara delgada y angulosa
con algunas pecas, siempre un poco rosada alrededor
de las orejas y la nariz como si acabara de bafiarse.
Lee nunca habia conocido a nadie de aspecto tan
limpio como Carl. Con aquellos ojos marrones, pe-
quefios y redondos, y el pelo rubio rizado, le recorda-
ba un pajaro joven. Nacido en Munich, Carl habia
crecido en Baltimore. En cuanto a modales y aspecto
parecia europeo. Al estrechar la mano era como si die-
ra un taconazo. A Lee le resultaba mucho més facil
hablar con los jévenes europeos que con los norteame-
ricanos. La mala educacién de muchos norteamerica-
nos lo deprimfa; era una mala educacién basada en
un auténtico desconocimiento del concepto de mo-
25dales y en la propuesta de que, a efectos sociales, to-
das las personas son mds 0 menos iguales e intercam-
biables.
Lo que Lee buscaba en toda relacién era la sensa-
cién de contacto. Sentfa algo de contacto con Carl.
EI muchacho escuchaba con educacién y parecfa en-
tender lo que decta Lee. Después de algunas reservas
iniciales, acepté el hecho del interés sexual de Lee en
su persona.
, —Como no puedo cambiar de parecer respecto a
ti, tendré que cambiar de parecer Tespecto a otras co-
sas —le dijo a Lee.
Pero Lee pronto descubrié que no podia hacer
progresos. «Si hubiera llegado a este punto con un
chico norteamericano», razon6, «podria seguir hasta
el final. Asi que no es marica. La gente puede ser
amable. Dénde est el obstdéculo?» Finalmente Lee
adiviné la respuesta: «Lo que lo hace imposible es
que a su madre no le gustaria.» Y Lee supo que era
hora de dejar el asunto. Recordé a un amigo judfo
homosexual que vivia en la ciudad de Oklahoma. Lee
le habfa preguntado: «;Por qué vives aqui? Tienes di-
nero suficiente para vivir donde quieras.» La respues-
ta fue: «Mi madre se moriria si yo me fuera.» Lee se
habfa quedado mudo.
Una tarde Lee caminaba con Carl por el parque
de la avenida Amsterdam. De repente Carl hizo una
ligera reverencia y estreché la mano de Lee.
—Mucha suerte —dijo, y corrié a coger un tranvia.
Lee se quedé mirando cémo se iba su amigo;
después regresé al parque y se senté en un banco de
26
hormigén moldeado para que pareciera de madera.
Unas flores azules de un drbol habfan cafdo en el
banco y en el camino que pasaba por delante. Lee
miré cémo se movian empujadas por un cdlido vien-
to de primavera. El cielo se nublaba, preparando un
chaparrén para la tarde. Lee se sentia solo y derrota-
do. «Tendré que buscar a algiin otro», pensd. Hundié
la cara entre las manos. Estaba muy cansado.
Vio una vaga fila de chicos. Cada vez que uno
Hegaba al frente decia «Mucha suerte» y corria a subir
aun tranvia.
«Lo siento..., mimero equivocado..., inténtelo de
nuevo..., llame a otro sitio..., a otro lugar..., aqui
no..., a mf no..., no me interesa, no lo necesito, no lo
quiero. ;Por qué me ha escogido a mi?» La ultima
cara fue tan real y tan fea que Lee dijo en voz alta:
«;Quién te ha preguntado a ti, feo hijo de puta?»
Lee abrié los ojos y miré alrededor. Por delante
pasaron dos adolescentes mexicanos abrazados. Los
miré relamiéndose los labios secos y agrietados.
Después Lee siguié viendo a Carl hasta que final-
mente el chico dijo «Mucha suerte» por ultima vez y
se fue. Més adelante Lee oyé que se habfa ido con su
familia a Uruguay.
Lee estaba sentado con Winston Moor en el
Rathskeller, bebiendo tequilas dobles. Los relojes de
cucti y las cabezas de ciervo apolilladas daban al res-
taurante un aspecto sombrio, fuera de lugar, tirolés.
Un olor a cerveza derramada, a inodoros desbordados
27y a basura rancia flotaba en el aire como una niebla
espesa y salfa a la calle por una estrecha e inoportuna
puerta de vaivén. Un televisor estropeado la mitad
del tiempo y que emitia horribles chillidos guturales
era el tiltimo toque desagradable.
—Estuve aqui anoche —dijo Lee~. Conversé con
un médico marica y con su novio. El médico era co-
mandante del Cuerpo Médico. El novio era algo asi
como ingeniero. Una bruja horrible. El médico me
invité a tomar una copa con ellos y el novio se puso
celoso y yo, de todos modos, no tenia ganas de cerve-
Za, cosa que el médico tomé como una teflexién so-
bre México y su propia persona. Empezé con eso de
gte gusta México? Asi que le dije que México, en al-
gunos sentidos, estaba bien, pero que él, como perso-
na, era un cofiazo. Te imaginards que se lo dije con
delicadeza. Ademés, yo ya tenfa que irme a casa, don-
de me esperaba mi mujer.
»Entonces él dijo: “Tu no tienes mujer. Eres tan
marica como yo.” Y yo le expliqué: “No sé lo marica
que eres, doctor, y no me interesa averiguarlo. Para
eso tendrfas que ser un mexicano buen mozo y no lo
que eres: un mexicano feo y viejo. Y eso va por parti-
da doble para tu apolillado novio.” Yo, Por supuesto,
esperaba que la situacién no llegara a un punto extre-
mo...
»JNo conociste a Hatfield? Claro que no. Es an-
terior a tu época. Maté a un cargador en una pulque-
réa. La cosa le costé quinientos délares. Y suponiendo
que un cargador es lo ultimo, imagina cuanto costa-
rfa matar a un comandante del ejército mexicano.
28
Moor llamé al camarero.
~Yo quiero un sandwich —dijo, sonriéndole—.
sdndwiches tiene? ;
—:Qué quieres? —pregunté Lee, molesto por la in-
Qué
terrupcién. 7 eT
-No lo sé exactamente —dijo Moor, mirando la
carta~. ;Podran hacer un sdndwich de queso derreti-
do con pan integral tostado? ;
Moor se volvié hacia el camarero con una sonrisa
que queria ser juvenil. :
Lee cerré los ojos mientras Moor intentaba trans-
mitir el concepto de queso derretido sobre una tosta-
da de pan integral. Moor se mostraba encantadora-
mente desvalido con su inadecuado espafiol. Estaba
montando el ntimero del nifio en un pats extranjero.
Moor sonrefa a un espejo interior, una sonrisa sin
rastros de calidez, pero no era una sonrisa frfa; era
una sonrisa sin sentido de la decadencia senil, la son-
risa que acompafia a'una dentadura postiza, la sonrisa
de un hombre envejecido y metido en la solitaria re-
clusidn del exclusivo narcisismo.
Moor era un hombre delgado y joven, de pelo
rubio habitualmente un tanto largo. Tenfa ojos azul
pdlido y piel muy blanca, unas manchas oscuras
debajo de los ojos y dos profundas arrugas a los
lados de la boca. Parecia un nifio y al mismo tiem-
po un hombre prematuramente envejecido. Su ros-
tro mostraba los estragos del proceso de la muerte,
las marcas del deterioro en una carne apartada de
la carga vital que da el contacto. A Moor lo moti-
vaba —literalmente lo mantenia vivo— el odio, pero en
29ese odio no habia pasién ni violencia. El odio de
Moor era una presién lenta y constante, débil pero
de una infinita persistencia, que esperaba el mo-
mento oportuno para aprovecharse de cualquier de-
bilidad del otro. El lento goteo del odio de Moor
le habfa grabado arrugas decrépitas en la cara. Habfa
envejecido sin la experiencia de la vida, como un tro-
zo de carne que se pudre en el estante de una des-
Pensa.
Moor tenia la costumbre de interrumpir un rela-
to cuando estaba a punto de llegar a su conclusién.
Con frecuencia iniciaba una larga conversacién con
un camarero 0 con cualquiera que tuviera a mano, 0
se volvfa distraido y distante, bostezaba y preguntaba:
«ZQué decfas?» como si acabaran de traerlo a la sosa
realidad arrancéndolo de unas reflexiones de las que
los demés no tenfan nocién.
Moor se puso a hablar de su mujer.
—Al principio, Bill, dependfa tanto de mi que li-
teralmente tenia un ataque de histeria cada vez que
yo me iba al museo donde trabajo. Logré fortalecerle
el ego hasta el punto en que dejé de necesitarme, y
entonces no tuve mas remedio que irme. No podia
hacer nada mds por ella.
Moor se hacia el sincero. «Dios mio», pensé. Lee,
«se lo cree de verdad.»
Lee pidié otro tequila doble. Moor se levanté.
~Bueno, debo irme —dijo-. Tengo muchas cosas
que hacer.
—Oye —dijo Lee. Qué te parece si cenamos jun-
tos esta noche?
30
Bien, de acuerdo —dijo Moor.
—A las seis en la K.C. Steak House.
—De acuerdo.
Moor se fue.
Lee bebié la mitad del tequila que el camarero le
puso delante. Habfa frecuentado a Moor en Nueva
York durante varios afios y nunca le hab{a gustado. A
Moor no le gustaba Lee; en realidad, no le gustaba
nadie. «Debes de estar loco», se dijo Lee, «intentando
ligar en esa direccién cuando sabes la arpia que es.
Esos personajes dudosos pueden ser mds venenosos
que cualquier maricén.»
Cuando Lee Ilegé a la K.C. Steak House Moor
ya estaba alli. Tenfa con él a Tom Williams, otro chi-
co de Salt Lake City. «Se ha trafdo a una chaperona»,
pensé Lee.
«.. Me gusta el chico, Tom, pero no soporto
quedarme a solas con él. Todo el tiempo trata de lle-
varme a la cama. Eso es lo que no me gusta de
los maricas. No se puede mantener la relacién en
el plano de la amistad...» Si, Lee ofa esa conversa-
cién.
Durante la cena Moor y Williams hablaron de
una barca que planeaban construir en Ziuhuatenejo.
Lee crefa que era un proyecto estipido.
—Creia que la construccién de barcas era cosa de
profesionales —dijo Lee. Moor hizo como que no ofa.
Después de la cena Lee volvié a la pensién de Moor
con Moor y Williams. En la puerta, Lee pregunté:
31—Caballeros, :no les apetece un trago? Voy a bus-
car una botella...
Miré a uno y después al otro.
—Bucno, no. Es que queremos trabajar en el plan
de construccién de la barca.
-Entiendo —dijo Lee-. Bueno, os veré mafiana.
¢Podriamos encontrarnos a tomar algo en el Rath-
skeller, a eso de las cinco?
~—Yo creo que mafiana estaré ocupado.
Si, pero tienes que comer y beber.
—Bueno, pero ahora esa barca es mds importante
para mi que cualquier otra cosa. Va a ocupar todo mi
tiempo.
—Haz lo que quieras ~dijo Lee mientras se iba.
Lee estaba muy dolido. Ofa a Moor diciendo:
«Gracias por la interferencia, Tom. Bueno, espero
que se haya dado cuenta. Claro que Lee es un tio in-
teresante y todo eso... pero no aguanto esta situacién
homosexual.» Tolerante, mirando las dos caras del
asunto, hasta cierto punto comprensivo, finalmente
forzado a poner un limite diplomatico pero firme.
«Y de veras se lo cree», pensé Lee. «Como toda esa
estupidez de fortalecerle el ego a su mujer. Puede re-
godearse con las peores vilezas y al mismo tiempo
considerarse un santo. Vaya truco.»
En realidad, el rechazo de Moor estaba calculado
para causar el maximo dolor posible, dadas las circuns-
tancias. Ponfa a Lee en el lugar de un marica odiosa-
mente insistente, demasiado estiipido o insensible para
ver que sus atenciones no tenfan eco, llevando a Moor
a la desagradable necesidad de trazar una I{nea.
32
Lee se apoyd unos minutos en una farola. La im-
presién lo habia despejado, quitandole la euforia de
la borrachera. Ahora se daba cuenta de lo cansado y
débil que estaba, pero atin no se sentia preparado
para volver a casa.
332
«Todo lo que se fabrica en este pais se cae a peda-
zos», pensd Lee. Estaba estudiando la hoja de la nava-
ja de acero inoxidable. El enchapado se le despegaba
como si fuera papel de plata. «No me sorprenderfa
nada encontrar a un chico en la alameda y que se le
cayera el... Ahi viene el honesto Joe.»
Joe Guidry se senté a la mesa con Lee, dejando
caer unos fardos en la mesa y en la silla vacia. Limpid
la boca de una botella de cerveza con la manga y be-
bid la mitad del liquido de un largo trago. Era un
hombre grande con cara colorada e irlandesa de poli-
tico.
—;Qué sabes? —pregunté Lee.
-No mucho, Lee. Sdlo que alguien me robé la
maquina de escribir. Y sé quién se la Ilevé. Fue ese
brasilefio 0 lo que sea. Tt lo conoces. Maurice.
—:Maurice? ;El que estaba contigo la semana pa-
sada? ;E! luchador?
~Te refieres a Louis, el profesor de gimnasia. No,
35éste es otro. Louis ha decidido que todo eso est4 muy
mal, y me asegura que yo voy a arder en el infierno
pero que él irg al cielo,
—iDe veras?
—Si, claro. Bueno, Maurice es tan marica como yo.
~Joe eructd—. Perdén. Si no lo es més, Pero se niega a
aceptarlo. Creo que el robo de la maquina de escribir
és una manera de demostrarme y de demostrarse que
se ha metido en esto para sacar todo lo posible. En rea-
lidad, es tan marica que ha dejado de interesarme. Pero
no del todo. Cuando vea a ese cabrén, en vez de mo-
letlo a palos, que es lo que tendrfa que hacer, lo més
probable es que vuelva a invitarlo a mi apartamento.
Lee empujé la silla hacia atrés, apoyandola en la
pared, y miré alrededor. En la mesa de al lado habia
alguien escribiendo una carta. Si habia escuchado la
conversacién, no lo aparentaba. El duefio del bar lefa
la seccién de toros del periédico abierto sobre el mos-
trador. Un silencio que sélo existe en México, un
zumbido vibrante, sordo, se filtré en el ambiente.
Joe terminé Ia cerveza, se limpié la boca con el
dorso de la mano y se quedé mirando la pared con
ojos llorosos, inyectados de sangre. E! silencio se fil-
tré en el cuerpo de Lee y su cara se aflojé y se volvié
inexpresiva. Eso produjo un efecto curiosamente es-
pectral, como si la hiciera transparente. La cara era
decrépita y aviesa y vieja, pero los limpidos ojos ver-
des eran sofiadores e inocentes. Su pelo castafio claro
era muy fino y se despeinaba con facilidad, Por lo ge-
neral le caja sobre la frente y a veces rozaba lo que es-
taba comiendo o se le metia en el vaso.
36
—Bueno, tengo que irme —dijo Joe. Recogié sus
cosas, saludé a Lee con la cabeza, ofreciéndole una de
sus dulces sonrisas de politico, y sali. Por un mo-
mento, antes de perderse de vista, su cabeza medio
calva se recorté contra el sol.
Lee bostezé y cogié la pagina de cémics que ha-
bfa en la mesa de al lado. Era de dos dfas atras. La
dejé y bostezé de nuevo. Se levanté y pagé lo que ha-
bia bebido y salié al sol de la tarde. Como no tenia
adénde ir, se metié en el quiosco de Sears y leyé gra-
is las revistas nuevas.
i ‘Vols a pasar por delante de la K.C. Steak Hou-
se. Moor le hizo sefias desde dentro del restaurante.
Lee entré y se senté a su mesa.
—Tienes muy mal aspecto —dijo. Sabia que eso
era lo que Moor querfa ofr. La verdad era que Moor
tenia peor aspecto que de costumbre. Siempre habia
sido palido: ahora estaba amarillento.
El proyecto de la barca habia quedado en nada.
Moor y Williams y Lil, la mujer de Williams, acaba-
ban de volver de Ziuhuatenejo. Moor no se hablaba
con los Williams.
Lee pidié una tetera de té. Moor se puso a hablar
de Lil. Hee
—Sabes, Lil comié queso allé. No quiere ir al mé-
dico. Una mafiana se desperté ciega de un ojo y ape-
nas vefa con el otro. Pero no queria ir al médico. A
los pocos dfas volvia a ver tan bien como siempre. Yo
tenia la esperanza de que se quedara clega.
Lee se dio cuenta de que Moor hablaba muy en
serio. «Esta loco», pensé.
37Moor siguié hablando de Lil. Lil, naturalmente,
se le habia insinuado. El habfa pagado mds de lo que
le tocaba de alquiler y de comida. Ella era una coci-
nera espantosa. Lo habfan dejado alli enfermo. Cam-
bid de tema: se puso a hablar de su salud.
~—Te voy a mostrar el andlisis de orina —dijo Moor
con entusiasmo juvenil. Abrié una hoja de papel so-
bre la mesa. Lee la miré sin interés.
—Fijate aqui. —Moor sefialé con el dedo-. Urea
trece. Lo normal es de quince a veintidés. ;Crees que
sera algo grave?
~La verdad es que no lo sé.
~Y vestigios de azticar. Qué significa todo esto?
Para Moor el tema era sin duda de enorme in-
terés,
—
A esas alturas el presidente estd atontado por el
aburrimiento y el polvo se le esta asentando en los
pulmones (los petroleros son constitucionalmente in-
munes a los efectos del polvo), asi que dice: ;
»—Bueno, si a esos muchachos les sirve, me sirve
a m{. Tienes mi apoyo. ; :
»Entonces el petrolero va y ensaya el mismo nt-
53mero con sus candidatos. Después trae a un gedlogo
de Dallas o de algun sitio parecido, que dice algunas
cosas incomprensibles sobre las fallas y las filtraciones
y las intrusiones y el esquisto y la arena, y elige un si-
tio, mds o menos al azar, para iniciar la perforacién.
»Y el perforador. Tiene que ser un sujeto real-
mente bullicioso, Lo buscan en Boy’s Town, el barrio
de putas en los pueblos fronterizos, y lo encuentran
en una habitacién lena de botellas vacias con tres
putas. Le rompen una botella en la cabeza y lo sacan
a rastras y le quitan la borrachera, y el hombre mira
el sitio donde van a hacer la perforacién y dice:
»—Bueno, el agujero es vuestro.
»Si resulta que se trata de un pozo seco, el petro-
lero dice:
»-Bueno, asi son las cosas. Algunos agujeros es-
tan lubricados y otros estén tan secos como el coho
de una puta el domingo por la mafiana.
»Habja un petrolero a quien llamaban Agujero
Seco Dutton (est4 bien, Allerton, nada de chistes re-
lacionados con la vaselina) que hizo veinte agujeros
secos antes de curarse. Eso, en la picante jerga del
mundo del petrdleo, significa “hacerse rico”.
Entré Joe Guidry y Lee aparté el taburete para
estrecharle la mano. Esperaba que Joe sacase el tema
de la homosexualidad para poder medir la reac-
cién de Allerton. Crefa que habfa Ilegado la hora de
decirle a Allerton cémo eran las cosas y no seguir ha-
ciendo todo con tanta calma.
Se sentaron a una mesa. Alguien habia robado a
Guidry la radio, las botas de montar y el reloj de pulsera.
54
El problema —dijo Guidry— es que el tipo que
me roba me gusta. :
-Tu error es Ilevarlos a tu apartamento —dijo
Lee-. Para eso estan los hoteles.
~Tienes razén. Pero la mitad de las veces no ten-
go dinero para un hotel. Ademds, me gusta tener a al-
guien cerca que haga el desayuno y barra el sitio.
—Que limpie el sitio. ;
No me importa el reloj, y tampoco la radio. Lo
que de veras me duele son esas botas. Eran una cosa
bella y una alegria eterna. -Guidry se incliné hacia
adelante y eché una mirada a Allerton—-. No sé si
debo decir estas cosas delante del joven. No quiero
ofenderte, muchacho.
—Puedes hablar —dijo Allerton. :
—;Os conté cémo me tiré al policfa que hacfa la
ronda? El vigilante que cuida la zona donde yo vivo.
Cada vez que ve luz en mi habitacién, entra a tomar
un trago de ron. Bueno, hace unas cinco noches me
sorprendié cuando estaba borracho y caliente y upa
cosa llevé a otra y terminé enseftandole cémo hacia la
vaca para comer la col...
»La noche siguiente hice como que pasaba por
casualidad por delante de la cervecerfa de la esquina y
sale él borracho y dice: “Toma algo.” Yo le dije: “No
quiero tomar nada.” Entonces saca la pistola y dice:
“Toma algo.” Procedi a quitarle la pistola y él enton-
ces entra en la cerveceria a llamar por teléfono para
pedir refuerzos. As{ que tuve que entrar y arrancar el
teléfono de la pared. Ahora me hacen pagar la factu-
ra. Cuando regresé a mi habitacién, que estd en la
55