El Conde de Montecristo: Novela Clásica
El Conde de Montecristo: Novela Clásica
843.76
D886c Dumas, Alejandro , 1803-1870
El conde de Montecristo [recurso
electrónico] / Alexandre Dumas. – 1ª. ed. –
San José : Imprenta Nacional, 2013
1 recurso en línea (1250 p.) : pdf ; 3261
Kb.
ISBN 978-9977-58-387-7
1. Novela francesa. I. Título.
DGB/PT 13-51
Fuente: Librerías Virtuales
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El Conde de MonteCristo
-Alejandro Dumas-
EDITORIAL DIGITAL
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costa rica
El Conde de Montecristo
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El Conde de
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Primer Tomo
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Capítulo I
Marsella. La Llegada
El 24 de febrero de 1815, el vigía de Nuestra Señora de la Guarda dio la señal de que se hallaba
a la vista el bergantín Pharaon procedente de Esmirna, Trieste y Nápoles. Como suele hacerse en
tales casos, salió inmediatamente en su busca un práctico1, que pasó por delante del castillo de If2
y subió a bordo del buque entre la isla de Rion y el cabo Morgiou. En un instante, y también como
de costumbre, se llenó de curiosos la plataforma del castillo de Saint-Jean, porque en Marsella se
daba gran importancia a la llegada de un buque y sobre todo si le sucedía lo que al Pharaon, cuyo
casco había salido de los astilleros de la antigua Phocée y pertenecía a un naviero de la ciudad.
Mientras tanto, el buque seguía avanzando; habiendo pasado felizmente el estrecho producido por
alguna erupción volcánica entre las islas de Calasareigne y de Jaros, dobló la punta de Pomègue
hendiendo las olas bajo sus tres gavias, su gran foque y la mesana. Lo hacía con tanta lentitud y
tan penosos movimientos, que los curiosos, que por instinto presienten la desgracia, preguntábanse
unos a otros qué accidente podía haber sobrevenido al buque. Los más peritos en navegación
1 Es un marino que conduce los barcos en aguas peligrosas o de intenso tráfico, como puertos, canales
angostos o ríos.
2 Fortificación francesa edificada entre 1527 y 1529 en una pequeña isla del archipiélago de Frioul, en la bahía
de Marsella. Fue construido por Francisco I, luego fue utilizado como prisión estatal.
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reconocieron al punto que, de haber sucedido alguna desgracia, no debía de haber sido al buque,
puesto que, aun cuando con mucha lentitud, seguía éste avanzando con todas las condiciones de
los buques bien gobernados.
En su puesto estaba preparada el ancla, sueltos los cabos del bauprés, y al lado del piloto, que se
disponía a hacer que el Pharaon enfilase la estrecha boca del puerto de Marsella, hallábase un joven
de fisonomía inteligente que, con mirada muy viva, observaba cada uno de los movimientos del
buque y repetía las órdenes del piloto.
Entre los espectadores que se hallaban reunidos en la explanada de Saint-Jean, había uno que parecía
más inquieto que los demás y que, no pudiendo contenerse y esperar a que el buque fondeara, saltó
a un bote y ordenó que le llevasen al Pharaon, al que alcanzó frente al muelle de la Reserva.
Viendo acercarse al bote y al que lo ocupaba, el marino abandonó su puesto al lado del piloto y se
apoyó, sombrero en mano, en el filarete del buque. Era un joven de unos dieciocho a veinte años,
de elevada estatura, cuerpo bien proporcionado, hermoso cabello y ojos negros, observándose en
toda su persona ese aire de calma y de resolución peculiares a los hombres avezados a luchar con
los peligros desde su infancia.
-¡Ah! ¡Sois vos Edmond! ¿Qué es lo que ha sucedido? -preguntó el del bote-. ¿Qué significan esas
caras tan tristes que tienen todos los de la tripulación?
-Una gran desgracia, para mí al menos, señor Morrel -respondió Edmond-. Al llegar a la altura de
Civita-Vecchia, falleció el valiente capitán Leclère...
-¿Y el cargamento? -preguntó con ansia el naviero.
-Intacto, sin novedad. El capitán Leclère...
-¿Qué le ha sucedido? -preguntó el naviero, ya más tranquilo-. ¿Qué le ocurrió a ese valiente
capitán?
-Murió.
-¿Cayó al mar?
-No, señor; murió de una calentura cerebral, en medio de horribles padecimientos.
Volviéndose luego hacia la tripulación:
-¡Hola! -dijo-. Cada uno a su puesto, vamos a anclar.
La tripulación obedeció, lanzándose inmediatamente los ocho o diez marineros que la componían
unos a las escotas, otros a las drizas y otros a cargar velas.
Edmond observó con una mirada indiferente el principio de la maniobra, y viendo a punto de
ejecutarse sus órdenes, volvióse hacia su interlocutor.
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3 La Legión de Honor se instituyó el 19 de mayo de 1802 por Napoleón como Primer Cónsul, en
reconocimiento al distinguido servicio militar y civil.
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-¡Y bien!, señor Morrel -dijo Danglars-, ya sabéis la desgracia, ¿no es cierto?
-Sí, sí, ¡pobre capitán Leclère! Era muy bueno y valeroso.
-Y buen marino sobre todo, encanecido entre el cielo y el agua, como debe ser el hombre encargado
de los intereses de una casa tan respetable como la de Morrel e hijos -respondió Danglars.
-Sin embargo -repuso el naviero mirando a Dantès, que fondeaba en este instante-, me parece que
no se necesita ser marino viejo, como decís, para ser ducho en el oficio. Y si no, ahí tenéis a nuestro
amigo Edmond, que de tal modo conoce el suyo, que no ha de menester lecciones de nadie.
-¡Oh!, sí -dijo Danglars dirigiéndole una aviesa mirada en la que se reflejaba un odio reconcentrado-;
parece que este joven todo lo sabe. Apenas murió el capitán, se apoderó del mando del buque sin
consultar a nadie, y aún nos hizo perder día y medio en la isla de Elba en vez de proseguir rumbo
a Marsella.
-Al tomar el mando del buque -repuso el naviero- cumplió con su deber; en cuanto a perder día y
medio en la isla de Elba, obró mal, si es que no tuvo que reparar alguna avería.
-Señor Morrel, el bergantín se hallaba en excelente estado y aquella demora fue puro capricho,
deseos de bajar a tierra, no lo dudéis.
-Dantès -dijo el naviero encarándose con el joven-, venid acá.
-Disculpadme, señor Morrel -dijo Dantès-, voy en seguida.
Y en seguida ordenó a la tripulación: «Fondo»; e inmediatamente cayó el anda al agua, haciendo
rodar la cadena con gran estrépito. Dantès permaneció en su puesto, a pesar de la presencia del
piloto, hasta que esta última maniobra hubo concluido.
-¡Bajad el gallardete hasta la mitad del mastelero! -gritó en seguida-. ¡Iza el pabellón, cruza las
vergas!
-¿Lo veis? -observó Danglars-, ya se cree capitán.
-Y de hecho lo es -contestó el naviero.
-Sí, pero sin vuestro consentimiento ni el de vuestro asociado, señor Morrel.
-¡Diantre! ¿Y por qué no le hemos de dejar con ese cargo? -repuso Morrel-. Es joven, ya lo sé, pero
me parece que le sobra experiencia para ejercerlo...
Una nube ensombreció la frente de Danglars.
-Disculpadme, señor Morrel -dijo Dantès acercándose-, y puesto que ya hemos fondeado, aquí me
tenéis a vuestras órdenes. Me llamasteis, ¿no es verdad?
Danglars hizo ademán de retirarse.
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4 Henri Gatien conde Bertrand (1773-1844) siguió a Napoleón en su primer exilio en Elba, tras la abdicación
del 6 de abril de 1814 y más tarde a Sainte-Hélène, después de la segunda abdicación el 22 de junio de 1815
a raíz de los Cien Días y Waterloo. Fue Bertrand quien trajo los restos de Napoleón de regreso a Francia en
1840.
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joven-; habéis hecho bien en seguir las instrucciones del capitán Leclère deteniéndoos en la isla
de Elba, a pesar de que podría comprometeros el que se supiese que habéis entregado un pliego al
mariscal y hablado con el emperador.
-¿Y por qué había de comprometerme? -dijo Dantès-. Puedo asegurar que no sabía de qué se
trataba; y en cuanto al emperador, no me hizo preguntas de las que hubiera hecho a otro cualquiera.
Pero con vuestro permiso -continuó Dantès-: vienen los aduaneros, os dejo...
-Sí, sí, querido Dantès, cumplid vuestro deber.
El joven se alejó, mientras iba aproximándose Danglars.
-Vamos -preguntó éste-, ¿os explicó el motivo por el cual se detuvo en Porto-Ferrajo?
-Sí, señor Danglars.
-Vaya, tanto mejor -respondió éste-, porque no me gusta tener un compañero que no cumple con
su deber.
-Dantès ya ha cumplido con el suyo -respondió el naviero-, y no hay por qué reprenderle. Cumplió
una orden del capitán Leclère.
-A propósito del capitán Leclère, ¿os ha entregado una carta de su parte?
-¿Quién?
-Dantès.
-¿A mí?, no. ¿Le dio alguna carta para mí?
-Suponía que además del pliego le hubiese confiado también el capitán una carta.
-Pero ¿de qué pliego habláis, Danglars?
-Del que Dantès ha dejado al pasar en Porto-Ferrajo.
-Cómo, ¿sabéis que Dantès llevaba un pliego para dejarlo en Porto-Ferrajo...?
Danglars se sonrojó.
-Pasaba casualmente por delante de la puerta del capitán, estaba entreabierta, y le vi entregar a
Dantès un paquete y una carta.
-Nada me dijo aún -contestó el naviero-, pero si trae esa carta, él me la dará.
Danglars reflexionó un instante.
-En ese caso, señor Morrel, os suplico que nada digáis de esto a Dantès; me habré equivocado.
En esto volvió el joven y Danglars se alejó.
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-Basta, basta -dijo Morrel-. Siempre hay Dios en el cielo para la gente honrada; id a verlos y volved
después a mi encuentro.
-¿No queréis que os conduzca a tierra?
-No, gracias, tengo aún que arreglar mis cuentas con Danglars. ¿Os llevasteis bien con él durante
el viaje?
-Según el sentido que deis a esa pregunta. Como camarada, no, porque creo que no me desea bien,
desde el día en que a consecuencia de cierta disputa le propuse que nos detuviésemos los dos solos
diez minutos en la isla de Monte-Cristo, proposición que no aceptó. Como agente de vuestros
negocios, nada tengo que decir y quedaréis satisfecho.
-Si llegáis a ser capitán del Pharaon, ¿os llevaréis bien con Danglars?
-Capitán o segundo, señor Morrel -respondió Dantès-, guardaré siempre las mayores consideraciones
a aquellos que posean la confianza de mis principales.
-Vamos, vamos, Dantès, veo que sois cabalmente un excelente muchacho. No quiero deteneros
más, porque noto que estáis ardiendo de impaciencia.
-¿Me permitís..., entonces?
-Sí, ya podéis iros.
-¿Podré usar la lancha que os trajo?
-¡No faltaba más!
-Hasta la vista, señor Morrel, y gracias por todo.
-Que Dios os guíe.
-Hasta la vista, señor Morrel.
-Hasta la vista, mi querido Edmond.
El joven saltó a la lancha, y sentándose en la popa dio orden de abordar a la Canebière. Dos
marineros iban al remo, y la lancha se deslizó con toda la rapidez que es posible en medio de los
mil buques que obstruyen la especie de callejón formado por dos filas de barcos desde la entrada
del puerto al muelle de Orléans.
El naviero le siguió con la mirada, sonriéndose hasta que le vio saltar a los escalones del muelle y
confundirse entre la multitud, que desde las cinco de la mañana hasta las nueve de la noche llena la
famosa calle de la Canebière, de la que tan orgullosos se sienten los modernos focenses, que dicen
con la mayor seriedad: «Si París tuviese la Canebière, sería una Marsella en pequeño.»
Al volverse el naviero, vio detrás de sí a Danglars, que aparentemente esperaba sus órdenes; pero
que en realidad vigilaba al joven marino. Sin embargo, esas dos miradas dirigidas al mismo hombre
eran muy diferentes.
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Capítulo II
El Padre y el Hijo
Y dejando que Danglars diera rienda suelta a su odio inventando alguna calumnia contra su
camarada, sigamos a Dantès, que después de haber recorrido la Canebière en toda su longitud,
se dirigió a la calle de Noailles, entró en una casita situada al lado izquierdo de las Alamedas de
Meilhan, subió de prisa los cuatro tramos de una escalera oscurísima, y comprimiendo con una
mano los latidos de su corazón se detuvo delante de una puerta entreabierta que dejaba ver hasta el
fondo de aquella estancia; allí era donde vivía el padre de Dantès.
La noticia de la arribada del Pharaon no había llegado aún hasta el anciano, que encaramado en
una silla, se ocupaba en clavar estacas con mano temblorosa para unas capuchinas y enredaderas
que trepaban hasta la ventana.
De pronto sintió que le abrazaban por la espalda, y oyó una voz que exclamaba:
-¡Padre!..., ¡padre mío!
El anciano, dando un grito, volvió la cabeza; pero al ver a su hijo se dejó caer en sus brazos pálido
y tembloroso.
-¿Qué tienes, padre? -exclamó el joven lleno de inquietud-. ¿Te encuentras mal?
-No, no, querido Edmond, hijo mío, hijo de mi alma, no; pero no lo esperaba, y la alegría... la
alegría de verte así..., tan de repente... ¡Dios mío!, me parece que voy a morir...
-Cálmate, padre, yo soy, no lo dudes; entré sin prepararte, porque dicen que la alegría no mata. Ea,
sonríe, y no me mires con esos ojos tan asustados. Ya me tienes de vuelta y vamos a ser felices.
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-¡Ah!, ¿conque es verdad? -replicó el anciano-: ¿conque vamos a ser muy felices? ¿Conque no me
dejarás otra vez? Cuéntamelo todo.
-Dios me perdone -dijo el joven-, si me alegro de una desgracia que ha llenado de luto a una
familia, pues el mismo Dios sabe que nunca anhelé esta clase de felicidad; pero sucedió, y confieso
que no lo lamento. El capitán Leclère ha muerto, y es probable que, con la protección del señor
Morrel, ocupe yo su plaza... ¡Capitán a los veinte años, con cien luises de sueldo y una parte en las
ganancias! ¿No es mucho más de lo que podía esperar yo, un pobre marinero?
-Sí, hijo mío, sí -dijo el anciano-, ¡eso es una gran felicidad!
-Así pues, quiero, padre, que del primer dinero que gane alquiles una casa con jardín, para que
puedas plantar tus propias enredaderas y tus capuchinas..., pero ¿qué tienes, padre? parece que te
encuentras mal.
-No, no, hijo mío, no es nada.
Las fuerzas faltaron al anciano, que cayó hacia atrás.
-Vamos, vamos -dijo el joven-, un vaso de vino te reanimará. ¿Dónde lo tienes?
-No, gracias, no tengo necesidad de nada -dijo el anciano procurando detener a su hijo.
-Sí, padre, sí, es necesario; dime dónde está.
Y abrió dos o tres armarios.
-No te molestes -dijo el anciano-, no hay vino en casa.
-¡Cómo! ¿No tienes vino? -exclamó Dantès palideciendo a su vez y mirando alternativamente
las mejillas flacas y descarnadas del viejo-. ¿Y por qué no tienes? ¿Por ventura te ha hecho falta
dinero, padre mío?
-Nada me ha hecho falta, pues ya te veo -dijo el anciano.
-No obstante -replicó Dantès limpiándose el sudor que corría por su frente-, yo le dejé doscientos
francos... hace tres meses, al partir.
-Sí, sí, Edmond, es verdad. Pero olvidaste cierta deudilla que tenías con nuestro vecino Caderousse;
me lo recordó, diciéndome que si no se la pagaba iría a casa del señor Morrel... y yo, temiendo que
esto te perjudicase, ¿qué debía hacer? Le pagué.
-Pero eran ciento cuarenta francos los que yo debía a Caderousse... -exclamó Dantès-. ¿Se los
pagaste de los doscientos que yo te dejé?
El anciano hizo un movimiento afirmativo con la cabeza.
-De modo que has vivido tres meses con sesenta francos... -murmuró el joven.
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-Gracias, gracias; afortunadamente yo no necesito de nada, sino que por el contrario, los demás
son los que necesitan algunas veces de mí (Dantès hizo un movimiento). No digo esto por ti,
muchacho, te he prestado dinero, pero me lo has devuelto, eso es cosa corriente entre buenos
vecinos, y estamos en paz.
-Nunca se está en paz con los que nos hacen un favor -dijo Dantès-, porque aunque se pague el
dinero, se debe la gratitud.
-¿A qué hablar de eso? Lo pasado, pasado; hablemos de tu feliz llegada, muchacho. Iba hacia el
puerto a comprar paño, cuando me encontré con el amigo Danglars. « ¿Tú en Marsella? », le dije.
« ¿No lo ves? », me respondió. « ¡Pues yo te creía en Esmirna! » «¡Toma!, si ahora he vuelto de
allá.» « ¿Y sabes dónde está Edmond? » «En casa de su padre, sin duda», respondió Danglars.
Entonces vine presuroso -continuó Caderousse-, para estrechar la mano a un amigo.
-¡Qué bueno es este Caderousse! -dijo el anciano-. ¡Cuánto nos ama!
-Ciertamente que os amo y os estimo, porque sois muy honrados, y esta clase de hombres no
abunda... Pero a lo que veo vienes rico, muchacho -añadió el sastre reparando en el montón de oro
y plata que Dantès había dejado sobre la mesa.
El joven observó el rayo de codicia que iluminaba los ojos de su vecino.
-¡Bah! -dijo con sencillez-, ese dinero no es mío. Manifesté a mi padre temor de que hubiera
necesitado algo durante mi ausencia, y para tranquilizarme vació su bolsa aquí. Vamos, padre
-siguió diciendo Dantès-, guarda ese dinero, si es que a su vez no lo necesita el vecino Caderousse,
en cuyo caso lo tiene a su disposición.
-No, muchacho -dijo Caderousse-, nada necesito, que a Dios gracias el oficio alimenta al hombre.
Guarda tu dinero, y Dios te dé mucho más; eso no impide que yo deje de agradecértelo como si
me hubiera aprovechado de él.
-Yo lo ofrezco de buena voluntad -dijo Dantès.
-No lo dudo. A otra cosa. ¿Conque eres ya el favorito de Morrel? ¡Picaruelo!
-El señor Morrel ha sido siempre muy bondadoso conmigo -respondió Dantès.
-En ese caso, has hecho muy mal en rehusar su invitación.
-¡Cómo! ¿Rehusar su invitación? -exclamó el viejo Dantès-. ¿Te ha convidado a comer?
-Sí, padre mío -replicó Edmond sonriéndose al ver la sorpresa de su padre.
-¿Y por qué has rehusado, hijo? -preguntó el anciano.
-Para abrazaros antes, padre mío -respondió el joven-; ¡tenía tantas ganas de veros!
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-Pero no debiste contrariar a ese buen señor Morrel -replicó Caderousse-, que el que desea ser
capitán, no debe desairar a su naviero.
-Ya le expliqué la causa de mi negativa -replicó Dantès-, y espero que lo haya comprendido.
-Para calzarse la capitanía hay que lisonjear un tanto a los patrones.
-Espero ser capitán sin necesidad de eso -respondió Dantès.
-Tanto mejor para ti y tus antiguos conocidos, sobre todo para alguien que vive allá abajo, detrás
de la ciudadela de Saint-Nicolas.
-¿Mercédès? -dijo el anciano.
-Sí, padre mío -replicó Dantès-; y con vuestro permiso, pues ya que os he visto, y sé que estáis bien
y que tendréis todo lo que os haga falta, si no os incomodáis, iré a hacer una visita a los Catalans.
-Ve, hijo mío, ve -dijo el viejo Dantès-, ¡Dios te bendiga en tu mujer, como me ha bendecido en
mi hijo!
-¡Su mujer! -dijo Caderousse-; si aún no lo es, padre Dantès; si aún no lo es, según creo.
-No; pero según todas las probabilidades -respondió Edmond, no tardará mucho en serlo.
-No importa, no importa -dijo Caderousse-, has hecho bien en apresurarte a venir, muchacho.
-¿Por qué? -preguntole.
-Porque Mercédès es una buena moza, y a las buenas mozas nunca les faltan pretendientes, a ésa
sobre todo. La persiguen a docenas.
-¿De veras? -dijo Edmond con una sonrisa que revelaba inquietud, aunque leve.
-¡Oh! ¡Sí! -replicó Caderousse-, y se le presentan también buenos partidos, pero no temas, como
vas a ser capitán, no hay miedo de que te dé calabazas.
-Eso quiere decir -replicó Dantès, con sonrisa que disfrazaba mal su inquietud-, que si no fuese
capitán...
-Hem... -balbució Caderousse.
-Vamos, vamos -dijo el joven-, yo tengo mejor opinión que vos de las mujeres en general, y de
Mercédès en particular, y estoy convencido de que, capitán o no, siempre me será fiel.
-Tanto mejor -dijo el sastre-, siempre es bueno tener fe, cuando uno va a casarse; ¡pero no importa!,
créeme, muchacho, no pierdas tiempo en irle a anunciar tu llegada y en participarle tus esperanzas.
-Allá voy -dijo Edmond, y abrazó a su padre, saludó a Caderousse y salió.
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Al poco rato, Caderousse se despidió del viejo Dantès, bajó a su vez la escalera y fue a reunirse con
Danglars, que le estaba esperando al extremo de la calle de Senac.
-Conque -dijo Danglars-, ¿le has visto?
-Acabo de separarme de él -contestó Caderousse.
-¿Y te ha hablado de sus esperanzas de ser capitán?
-Ya lo da por seguro.
-¡Paciencia! -dijo Danglars-; va muy de prisa, según creo.
-¡Diantre!, no parece sino que le haya dado palabra formal el señor Morrel.
-¿Estará muy contento?
-Está más que contento, está insolente. Ya me ha ofrecido sus servicios, como si fuese un gran
señor, y dinero como si fuese un capitalista.
-Por supuesto que habrás rehusado, ¿no?
-Sí, aunque bastantes motivos tenía para aceptar, puesto que yo fui el que le prestó el primer dinero
que tuvo en su vida; pero ahora el señor Dantès no necesitará de nadie, pues va a ser capitán.
-Pero aún no lo es -observó Danglars.
-Mejor que no lo fuese -dijo Caderousse-, porque entonces, ¿quién lo toleraba?
-De nosotros depende -dijo Danglars- que no llegue a serlo, y hasta que sea menos de lo que es.
-¿Qué dices?
-Yo me entiendo. ¿Y sigue amándole la catalana?
-Con frenesí; ahora estará en su casa. Pero, o mucho me engaño, o algún disgusto le va a dar ella.
-Explícate.
-¿Para qué?
-Es mucho más importante de lo que tú te imaginas.
-Tú no le quieres bien, ¿es verdad?
-No me gustan los orgullosos.
-Entonces dime todo lo que sepas de la catalana.
-Nada sé de positivo; pero he visto cosas que me hacen creer, como te dije, que esperaba al futuro
capitán algún disgusto por los alrededores de las Vieilles-Infirmeries.
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Capítulo III
Los Catalans
A cien pasos del lugar en que los dos amigos, con los ojos fijos en el horizonte y el oído atento,
paladeaban el vino de La Malgue, detrás de un promontorio desnudo y agostado por el sol y por el
viento nordeste, se encontraba el modesto barrio de los Catalans.
Una colonia misteriosa abandonó en cierto tiempo España, yendo a establecerse en la lengua de tierra
en que permanece aún. Nadie supo de dónde venía, y hasta hablaba un dialecto desconocido. Uno
de sus jefes, el único que se hacía entender un poco en lengua provenzal, pidió a la municipalidad
de Marsella que les concediese aquel árido promontorio, en el cual, los fuertes marinos antiguos,
acababan de dejar sus barcos. Su petición les fue aceptada, y tres meses después aquellos gitanos
del mar habían edificado un pueblecito en torno a sus quince o veinte barcas.
Construido en el día de hoy de una manera extraña y pintoresca, medio árabe, medio española, es
el mismo que se ve hoy habitado por los descendientes de aquellos hombres que hasta conservan
el idioma de sus padres. Tres o cuatro siglos han pasado, y aún permanecen fieles al promontorio
en que se dejaron caer como una bandada de aves marinas. No sólo no se mezclan con la población
de Marsella, sino que se casan entre sí, conservando los hábitos y costumbres de la madre patria,
del mismo modo que su idioma.
Es preciso que nuestros lectores nos sigan a través de la única calle de este pueblecito, y entren
con nosotros en una de aquellas casas, a cuyo exterior ha dado el sol el bello colorido de las hojas
secas, común a todos los edificios del país, y cuyo interior pule una capa de cal, esa tinta blanca,
único adorno de las posadas españolas.
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Una bella joven de pelo negro como el ébano y ojos dulcísimos como los de la gacela, estaba de pie,
apoyada en una silla, oprimiendo entre sus dedos afilados una inocente rosa cuyas hojas arrancaba,
y los pedazos se veían ya esparcidos por el suelo. Sus brazos desnudos hasta el codo, brazos
árabes, pero que parecían modelados por los de la Venus de Arles5, temblaban con impaciencia
febril, y golpeaba de tal modo la tierra con su diminuto pie, que se entreveían las formas puras de
su pierna, ceñida por una media de algodón encarnado a cuadros azules.
A tres pasos de ella, sentado en una silla, balanceándose a compás y apoyando su codo en un
mueble antiguo, hallábase un mocetón de veinte a veintidós años que la miraba con un aire en que
se traslucía inquietud y despecho, sus miradas parecían interrogadoras; pero la mirada firme y fija
de la joven le dominaba enteramente.
-Vamos, Mercédès -decía el joven-, las Pascuas se acercan, es el tiempo mejor para casarse. ¿No
lo crees?
-Ya te dije cien veces lo que pensaba, Fernand, y en poco lo estimas, pues aún sigues preguntándome.
-Repítemelo, te lo suplico, repítemelo por centésima vez para que yo pueda creerlo. Dime que
desprecias mi amor, el amor que aprobaba tu madre. Haz que comprenda que te burlas de mi
felicidad; que mi vida o mi muerte no son nada para ti... ¡Ah, Dios mío, Dios mío!, haber soñado
diez años con la dicha de ser tu esposo, y perder esta esperanza, la única de mi vida.
-No soy yo por cierto quien ha alimentado en ti esa esperanza con mis coqueterías, Fernand
-respondió Mercédès-. Siempre te he dicho: «Te amo como hermano; pero no exijas de mí otra
cosa, porque mi corazón pertenece a otro. ¿No te he dicho siempre esto?
-Sí, ya lo sé, Mercédès -respondió Fernand-; hasta el horrible atractivo de la franqueza tienes
conmigo. Pero ¿olvidas que es ley sagrada entre los nuestros el casarse catalanes con catalanes?
-Te equivocas, Fernand, no es una ley, sino una costumbre; y, créeme, no debes de invocar esta
costumbre en tu favor. Has entrado en quintas. La libertad de que gozas la debes únicamente a la
tolerancia. De un momento a otro pueden reclamarte tus banderas, y una vez seas soldado, ¿qué
harías de mí, pobre huérfana, sin otra fortuna que una mísera cabaña casi arruinada y unas malas
redes, herencia única de mis padres? Hace un año que murió mi madre, y desde entonces, bien
lo sabes, vivo casi a expensas de la caridad pública. Tal vez me dices que te soy útil, para partir
conmigo tu pesca, y yo la acepto, Fernand, porque eres hijo del hermano de mi padre, porque nos
hemos criado juntos, y porque además sé que te disgustarías si la rehusase. Pero sé muy bien que
ese pescado que yo vendo, y ese dinero que me dan por él, y con el cual compro el estambre que
luego hilo, no es más que una limosna, y como tal la recibo.
5 Es una escultura de 1,94 metros de alto de Venus conservada en el Museo del Louvre. Está esculpida en
mármol de Himeto y data de finales del siglo I a.C.
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-¿Y eso qué importa, Mercédès? Pobre y sola como vives, me convienes más que la hija del
naviero más rico de Marsella. Yo quiero una mujer honrada y hacendosa, y ninguna como tú posee
esas cualidades.
-Fernand -respondió Mercédès con un movimiento de cabeza-, no puede responder de ser siempre
honrada y hacendosa, la que ama a otro hombre que no sea su marido. Confórmate con mi amistad,
porque te repito que esto es todo lo que yo puedo prometerte. Yo no ofrezco sino lo que estoy
segura de poder dar.
-Sí, sí, ya lo comprendo -dijo Fernand-; soportas con resignación tu miseria, pero te asusta la
mía. Pero, oye, Mercédès, si me amas probaré fortuna y llegaré a ser rico. Puedo dejar el oficio
de pescador; puedo entrar de dependiente en alguna casa de comercio, y llegar a ser comerciante.
-Tú no puedes hacer nada de eso, Fernand. Eres soldado, y si permaneces en los Catalans todavía
es porque no hay guerra; sigue con tu oficio de pescador, no hagas castillos en el aire, y confórmate
con mi amistad, pues no puedo dar otra cosa.
-Pues bien, tienes razón, Mercédès, me haré marinero, dejaré el trabajo de nuestros padres que tú
tanto desprecias, y me pondré un sombrero de suela, una camisa rayada y una chaqueta azul con
anclas en los botones. ¿No es así como hay que vestirse para agradarte?
-¿Qué quieres decir con eso? No lo comprendo...
-Quiero decir que no serías tan cruel conmigo, si no esperaras a uno que usa el traje consabido.
Pero quizás él no te es fiel, y aunque lo fuera, el mar no lo habrá sido con él.
-¡Fernand! -exclamó Mercédès-, ¡te creía bueno, pero me engañaba! Eso es prueba de mal
corazón. Sí, no te lo oculto, espero y amo a ese que dices, y si no volviese, en lugar de acusarle de
inconstancia, creería que ha muerto adorándome.
Fernand hizo un gesto de rabia.
-Adivino tus pensamientos, Fernand, querrás vengar en él los desdenes míos... querrás desafiarle...
Pero ¿qué conseguirás con esto? Perder mi amistad si eres vencido, ganar mi odio si vencedor.
Créeme, Fernand, no es batirse con un hombre el medio de agradar a la mujer que le ama.
Convencido de que te es imposible tenerme por esposa, no, Fernand, no lo harás, te contentarás
con que sea tu amiga y tu hermana. Por otra parte -añadió con los ojos preñados de lágrimas-, tú
lo has dicho hace poco, el mar es pérfido, espera, Fernand, espera. Han pasado cuatro meses desde
que partió... ¡cuatro meses, y durante ellos he contado tantas tempestades!...
Permaneció Fernand impasible sin cuidarse de enjugar las lágrimas que resbalaban por las mejillas
de Mercédès, aunque a decir verdad, por cada una de aquellas lágrimas hubiera dado mil gotas de
su sangre..., pero aquellas lágrimas las derramaba por otro. Púsose en pie, dio una vuelta por la
cabaña, volvió, detúvose delante de Mercédès, y con una mirada sombría y los puños crispados
exclamó:
-Mercédès, te lo repito, responde, ¿estás resuelta?
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-¡Amo a Edmond Dantès -dijo fríamente Mercédès-, y ningún otro que Edmond será mi esposo!
-¿Y le amarás siempre?
-Hasta la muerte.
Fernand bajó la cabeza desalentado; exhaló un suspiro que más bien parecía un gemido, y
levantando de repente la cabeza y rechinando los dientes de cólera exclamó:
-Pero, ¿y si hubiese muerto?
-Si hubiese muerto... ¡Entonces yo también me moriría!
-¿Y si te olvidase?
-¡Mercédès! -gritó una voz jovial y sonora desde fuera-. ¡Mercédès!
-¡Ah! -exclamó la joven sonrojándose de alegría y de amor-; bien ves que no me ha olvidado, pues
ya ha llegado.
Y lanzándose a la puerta la abrió exclamando:
-¡Aquí, Edmond, aquí estoy!
Fernand, lívido y furioso, retrocedió como un caminante al ver una serpiente, cayendo anonadado
sobre una silla, mientras que Edmond y Mercédès se abrazaban. El ardiente sol de Marsella
penetrando a través de la puerta, los inundaba de sus dorados reflejos. Nada veían en torno suyo,
una inmensa felicidad los separaba del mundo y solamente pronunciaban palabras entrecortadas
que revelaban la alegría de su corazón.
De pronto Edmond vislumbró la cara sombría de Fernand, que se dibujaba en la sombra, pálida y
amenazadora, y quizá, sin que él mismo comprendiese la razón, el joven catalán tenía apoyada la
mano sobre el cuchillo que llevaba en la cintura.
-¡Ah! -dijo Edmond frunciendo las cejas a su vez-; no había reparado en que somos tres.
Volviéndose en seguida a Mercédès:
-¿Quién es ese hombre? -le preguntó.
-Un hombre que será de aquí en adelante tu mejor amigo, Dantès, porque lo es mío, es mi primo,
mi hermano Fernand, es decir, el hombre a quien después de ti amo más en la tierra.
-Está bien -respondió Edmond.
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Y sin soltar a Mercédès, cuyas manos estrechaba con la izquierda, presentó con un movimiento
cordialísimo la diestra al catalán. Pero lejos de responder Fernand a este ademán amistoso,
permaneció mudo a inmóvil como una estatua. Entonces dirigió Edmond miradas interrogadoras
a Mercédès, que estaba temblando, y al sombrío y amenazador catalán alternativamente. Estas
miradas le revelaron todo el misterio, y la cólera se apoderó de su corazón.
-Al darme tanta prisa en venir a vuestra casa, no creía encontrar en ella un enemigo.
-¡Un enemigo! -exclamó Mercédès dirigiendo una mirada de odio a su primo-; ¿un enemigo en
mi casa? A ser cierto, yo te cogería del brazo y me iría a Marsella, abandonando esta casa para no
volver a pisar sus umbrales.
La mirada de Fernand centelleó.
-Y si te sucediese alguna desgracia, Edmond mío -continuó con aquella calma implacable que
daba a conocer a Fernand cuán bien leía en su siniestra mente-, si te aconteciese alguna desgracia,
treparía al cabo del Morgiou para arrojarme de cabeza contra las rocas. Fernand se puso lívido.
-Pero te engañas, Edmond -prosiguió Mercédès-. Aquí no hay enemigo alguno, sino mi primo
Fernand, que va a darte la mano como a su más íntimo amigo.
Y la joven fijó, al decir estas palabras, su imperiosa mirada en el catalán, quien, como fascinado
por ella, se acercó lentamente a Edmond y le tendió la mano.
Su odio desaparecía ante el ascendiente de Mercédès. Pero apenas hubo tocado la mano de Edmond,
conoció que había ya hecho todo lo que podía hacer, y se lanzó fuera de la casa.
-¡Oh! -exclamaba corriendo como un insensato, y mesándose los cabellos-. ¡Oh! ¿Quién me librará
de ese hombre? ¡Desgraciado de mí!
-¡Eh!, catalán, ¡eh! ¡Fernand! ¿Adónde vas? -dijo una voz.
El joven se detuvo para mirar en torno y vio a Caderousse sentado con Danglars bajo el emparrado.
-¡Eh! -le dijo Caderousse-. ¿Por qué no te acercas? ¿Tanta prisa tienes que no te queda tiempo para
dar los buenos días a tus amigos?
-Especialmente cuando tienen delante una botella casi llena -añadió Danglars.
Fernand miró a los dos hombres como atontado y sin responderles.
-Afligido parece -dijo Danglars tocando a Caderousse con la rodilla-. ¿Nos habremos engañado, y
se saldrá Dantès con su tema contra todas nuestras previsiones?
-¡Diantre! Es preciso averiguar esto -contestó Caderousse; y volviéndose hacia el joven le gritó-:
Catalán, ¿te decides?
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Fernand enjugóse el sudor que corría por su frente, y entró a paso lento bajo el emparrado, cuya
sombra puso un tanto de calma en sus sentidos, y la frescura, vigor en sus cansados miembros.
-Buenos días, me habéis llamado, ¿verdad? -dijo desplomándose sobre uno de los bancos que
rodeaban la mesa.
-Corrías como loco, y temí que te arrojases al mar -respondió Caderousse riendo-. ¡Qué demonio!
A los amigos no solamente se les debe ofrecer un vaso de vino, sino también impedirles que se
beban tres o cuatro vasos de agua.
Fernand exhaló un suspiro que pareció un sollozo, y hundió la cabeza entre las manos.
-¡Hum! ¿Quieres que te hable con franqueza, Fernand? -dijo Caderousse, entablando la conversación
con esa brutalidad grosera de la gente del pueblo, que con la curiosidad olvidan toda clase de
diplomacia-, pues tienes todo el aire de un amante desdeñado.
Y acompañó esta broma con una estrepitosa carcajada.
-¡Bah! -replicó Danglars-; un muchacho como éste no ha nacido para ser desgraciado en amores:
tú te burlas, Caderousse.
-No-replicó éste-, fíjate, ¡qué suspiros!... Vamos, vamos, Fernand, levanta la cabeza y respóndenos.
No está bien que calles a las preguntas de quien se interesa por tu salud.
-Estoy bien -murmuró Fernand apretando los puños, aunque sin levantar la cabeza.
-¡Ah!, ya lo ves, Danglars -repuso Caderousse guiñando el ojo a su amigo-. Lo que pasa es esto: que
Fernand, catalán valiente, como todos los catalanes, y uno de los mejores pescadores de Marsella,
está enamorado de una linda muchacha llamada Mercédès; pero desgraciadamente, a lo que creo,
la muchacha ama por su parte al segundo del Pharaon; y como el Pharaon ha entrado hoy mismo
en el puerto... ¿Me comprendes?
-Que me muera, si lo entiendo -respondió Danglars.
-El pobre Fernand habrá recibido el pasaporte.
-¡Y bien! ¿Qué más? -dijo Fernand levantando la cabeza y mirando a Caderousse como aquel que
busca en quién descargar su cólera-. Mercédès no depende de nadie, ¿no es así? ¿No puede amar
a quien se le antoje?
-¡Ah!, ¡si lo tomas de ese modo -dijo Caderousse-, eso es otra cosa! Yo te tenía por catalán. Me
han dicho que los catalanes no son hombres para dejarse vencer por un rival, y también me han
asegurado que Fernand, sobre todo, es temible en la venganza.
-Un enamorado nunca es temible -repuso Fernand sonriendo.
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-¡Pobre muchacho! -replicó Danglars fingiendo compadecer al joven-. ¿Qué quieres? No esperaba,
sin duda, que volviese Dantès tan pronto. Quizá le creería muerto, quizás infiel, ¡quién sabe! Esas
cosas son tanto más sensibles cuanto que nos están sucediendo a cada paso.
-Seguramente que no dices más que la verdad -respondió Caderousse, que bebía al compás que
hablaba, y a quien el espumoso vino de La Malgue comenzaba a hacer efecto-. Fernand no es el
único que siente la llegada de Dantès, ¿no es así, Danglars?
-Sí, y casi puedo asegurarte que eso le ha de traer alguna desgracia.
-Pero no importa -añadió Caderousse llenando un vaso de vino para el joven, y haciendo lo mismo
por duodécima vez con el suyo-; no importa, mientras tanto se casa con Mercédès, con la bella
Mercédès... se sale con la suya.
Durante este coloquio, Danglars observaba con mirada escudriñadora al joven. Las palabras de
Caderousse caían como plomo derretido sobre su corazón.
-¿Y cuándo es la boda? -preguntó.
-¡Oh!, todavía no ha sido fijada -murmuró Fernand.
-No, pero lo será -dijo Caderousse-; lo será tan cierto como que Dantès será capitán del Pharaon,
¿no opinas tú lo mismo, Danglars?
Danglars se estremeció al oír esta salida inesperada, volviéndose a Caderousse, en cuya fisonomía
estudió a su vez si el golpe estaba premeditado; pero sólo leyó la envidia en aquel rostro casi
trastornado por la borrachera.
-¡Ea! -dijo llenando los vasos-. ¡Bebamos a la salud del capitán Edmond Dantès, marido de la bella
catalana!
Caderousse llevó el vaso a sus labios con mano temblorosa, y lo apuró de un sorbo. Fernand tomó
el suyo y lo arrojó con furia al suelo.
-¡Vaya! -exclamó Caderousse-. ¿Qué es lo que veo allá abajo en dirección a los Catalans? Mira,
Fernand, tú tienes mejores ojos que yo, me parece que empiezo a ver demasiado, y bien sabes que
el vino engaña mucho... Diríase que se trata de dos amantes que van agarrados de la mano... ¡Dios
me perdone! ¡No presumen que les estamos viendo, y mira cómo se abrazan!
Danglars no dejaba de observar a Fernand, cuyo rostro se contraía horriblemente.
-¡Calle! ¿Los conocéis, señor Fernand? -dijo.
-Sí -respondió éste con voz sorda-. ¡Son Edmond y Mercédès!
-¡Digo! -exclamó Caderousse-. ¡Y yo no los conocía! ¡Dantès! ¡Muchacha! Venid aquí, y decidnos
cuándo es la boda, porque el testarudo de Fernand no nos lo quiere decir.
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-¿Quieres callarte? -dijo Danglars, fingiendo detener a Caderousse, que tenaz como todos los que
han bebido mucho se disponía a interrumpirles-. Haz por tenerte en pie, y deja tranquilos a los
enamorados. Mira, mira a Fernand, y toma ejemplo de él.
Acaso éste, incitado por Danglars, como el toro por los toreros, iba al fin a arrojarse sobre su
rival, pues ya de pie tomaba una actitud siniestra, cuando Mercédès, risueña y gozosa, levantó su
linda cabeza y clavó en Fernand su brillante mirada. Entonces el catalán se acordó de que le había
prometido morir si Edmond moría, y volvió a caer desesperado sobre su asiento.
Danglars miró sucesivamente a los dos hombres, el uno embrutecido por la embriaguez y el otro
dominado por los celos.
-¡Oh! Ningún partido sacaré de estos dos hombres -murmuró-, y casi tengo miedo de estar en su
compañía. Este bellaco se embriaga de vino, cuando sólo debía embriagarse de odio; el otro es un
imbécil que le acaban de quitar la novia en sus mismas narices, y se contenta solamente con llorar
y quejarse como un chiquillo. Sin embargo, tiene la mirada torva como los españoles, los sicilianos
y los calabreses que saben vengarse muy bien; tiene unos puños capaces de estrujar la cabeza de un
buey tan pronto como la cuchilla del carnicero... Decididamente el destino le favorece; se casará
con Mercédès, será capitán y se burlará de nosotros como no... (Una sonrisa siniestra apareció en
los labios de Danglars), como no tercie yo en el asunto.
-¡Hola! -seguía llamando Caderousse a medio levantar de su asiento-. ¡Hola!, Edmond, ¿no ves a
los amigos, o te has vuelto ya tan orgulloso que no quieres siquiera dirigirles la palabra?
-No, mi querido Caderousse -respondió Dantès-; no soy orgulloso, sino feliz, y la felicidad ciega
algunas veces más que el orgullo.
-Enhorabuena, ya eso es decir algo -replicó Caderousse-. ¡Buenos días, señora Dantès!
Mercédès saludó gravemente.
-Todavía no es ése mi apellido -dijo-, y en mi país es de mal agüero algunas veces el llamar a las
muchachas con el nombre de su prometido antes que se casen. Llamadme Mercédès.
-Es menester perdonar a este buen vecino -añadió Dantès-. Falta tan poco tiempo...
-¿Conque, es decir, que la boda se efectuará pronto, señor Dantès? -dijo Danglars saludando a los
dos jóvenes.
-Lo más pronto que se pueda, señor Danglars, nos toman hoy los dichos en casa de mi padre, y
mañana o pasado mañana a más tardar será la comida de boda, aquí, en La Reserva; los amigos
asistirán a ella; lo que quiere decir que estáis invitados desde ahora, señor Danglars, y tú también,
Caderousse.
-¿Y Fernand? -dijo Caderousse sonriendo con malicia-; ¿Fernand lo está también?
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-El hermano de mi mujer lo es también mío -respondió Edmond-, y con muchísima pena le veríamos
lejos de nosotros en semejante momento.
Fernand abrió la boca para contestar; pero la voz se apagó en sus labios y no pudo articular una
sola palabra.
-¡Hoy los dichos, mañana o pasado la boda!... ¡Diablo!, mucha prisa os dais, capitán.
-Danglars -repuso Edmond sonriendo-, digo lo que Mercédès decía hace poco a Caderousse: no me
deis ese título que aún no poseo, que podría ser de mal agüero para mí.
-Dispensadme -respondió Danglars-. Decía, pues, que os dais demasiada prisa. ¡Qué diablo!,
tiempo sobra, el Pharaon no se volverá a dar a la mar hasta dentro de tres meses.
-Siempre tiene uno prisa por ser feliz, señor Danglars; porque quien ha sufrido mucho, apenas
puede creer en la dicha. Pero no es sólo el egoísmo el que me hace obrar de esta manera; tengo
que ir a París.
-¡Ah! ¿A París? ¿Y es la primera vez que vais allí, Dantès?
-Sí.
-Algún negocio, ¿no es así?
-No mío; es una comisión de nuestro pobre capitán Leclère. Ya comprenderéis que esto es sagrado.
Sin embargo, tranquilizaos, no gastaré más tiempo que el de ida y vuelta.
-Sí, sí, ya entiendo -dijo Danglars. Y después añadió en voz sumamente baja-: A París... Sin duda,
para llevar alguna carta que el capitán le ha entregado. ¡Ah!, ¡diantre! Esa carta me acaba de
sugerir una idea... una excelente idea. ¡Ah! ¡Dantès!, amigo mío, aún no tienes el número 1 en el
registro del Pharaon. -Y volviéndose en seguida hacia Edmond, que se alejaba-: ¡Buen viaje! -le
gritó.
-Gracias -respondió Edmond volviendo la cabeza, y acompañando este movimiento con cierto
ademán amistoso. Y los dos enamorados prosiguieron su camino, tranquilos y alborozados como
dos ángeles que se elevan al cielo.
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Capítulo IV
Complot
Danglars siguió con la mirada a Edmond y a Mercédès hasta que desaparecieron por uno de los
ángulos del puerto de Saint-Nicolas; y volviéndose en seguida vislumbró a Fernand que se arrojaba
otra vez sobre su silla, pálido y desesperado, mientras que Caderousse entonaba una canción.
-¡Ay, señor mío -dijo Danglars a Fernand-, creo que esa boda no le sienta bien a todo el mundo!
-A mí me tiene desesperado -respondió Fernand.
-¿Amáis, pues, a Mercédès?
-La adoro.
-¿Hace mucho tiempo?
-Desde que nos conocimos.
-¿Y estáis ahí arrancándoos los cabellos en lugar de buscar remedio a vuestros pesares? ¡Qué
diablo!, no creí que obrase de esa manera la gente de vuestro país.
-¿Y qué queréis que haga? -preguntó Fernand.
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-¿Qué sé yo? ¿Acaso tengo yo algo que ver con...? Paréceme que no soy yo, sino vos, el que está
enamorado de Mercédès. «Buscad -dice el Evangelio-, y encontraréis.»6
-Yo había encontrado ya.
-¿Cómo?
-Quería asesinar al hombre, pero la mujer me ha dicho que si llegara a suceder tal cosa a su futuro,
ella se mataría después.
-¡Bah!, ¡bah!, esas cosas se dicen, pero no se hacen.
-Vos no conocéis a Mercédès, amigo mío, es mujer que dice y hace.
« ¡Imbécil! -murmuró para sí Danglars-. ¿Qué me importa que ella muera o no, con tal que Dantès
no sea capitán? »
-Y antes que muera Mercédès moriría yo -replicó Fernand con un acento que expresaba resolución
irrevocable.
-¡Eso sí que es amor! -gritó Caderousse con una voz dominada cada vez más por la embriaguez-.
Eso sí que es amor, o yo no lo entiendo.
-Veamos -dijo Danglars-; me parecéis un buen muchacho, y lléveme el diablo si no me dan ganas
de sacaros de penas; pero...
-Sí, sí -dijo Caderousse-, veamos.
-Mira -replicó Danglars-, ya te falta poco para emborracharte, de modo que acábate de beber la
botella y lo estarás completamente. Bebe, y no te metas en lo que nosotros hacemos. Porque para
tomar parte en esta conversación es indispensable estar en su sano juicio.
-¡Yo borracho -exclamó Caderousse-, yo! Si todavía me atrevería a beber cuatro de tus botellas,
que por cierto son como frascos de agua de colonia... -Y añadiendo el dicho al hecho, gritó-: ¡Tío
Pamphile, más vino! -Caderousse empezó a golpear fuertemente la mesa con su vaso.
-¿Decíais?... -replicó Fernand, esperando anheloso la continuación de la frase interrumpida.
-¿Qué decía? Ya no me acuerdo. Ese borracho me ha hecho perder el hilo de mis ideas.
-¡Borracho!, eso me gusta; ¡ay de los que no gustan del vino!, tienen algún mal pensamiento, y
temen que el vino se lo haga revelar.
Y Caderousse se puso a cantar los últimos versos de una canción muy en boga por aquel entonces.
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-Yo no sé si esto os interesa -dijo Fernand cogiéndole por el brazo-; pero lo que sí sé es que tenéis
algún motivo de odio particular contra Dantès, porque el que odia no se engaña en los sentimientos
de los demás.
-¡Yo motivos de odio contra Dantès!, ninguno, ¡palabra de honor! Os vi desgraciado, y vuestra
desgracia me conmovió; esto es todo. Pero desde el momento en que creéis que obro con miras
interesadas, adiós, mi querido amigo, salid como podáis de ese atolladero.
Y Danglars hizo ademán de irse.
-No -dijo Fernand deteniéndole-, quedaos. Poco me importa que odiéis o no a Dantès; pero yo sí le
odio; lo confieso francamente. Decidme un medio y lo ejecuto al instante..., como no sea matarle,
porque Mercédès ha dicho que se daría muerte si matasen a Dantès.
Caderousse levantó la cabeza que había dejado caer sobre la mesa, y mirando a Fernand y a
Danglars estúpidamente:
-¡Matar a Dantès...! -dijo-. ¿Quién habla de matar a Dantès? ¡No quiero que le maten...!, es mi
amigo... esta mañana me ofreció su dinero..., del mismo modo que yo partí en otro tiempo el mío
con él... ¡No quiero que maten a Dantès...!, no... , no...
-Y ¿quién habla de matarle, imbécil? -replicó Danglars-. Sólo se trata de una simple broma. Bebe
a su salud -añadió llenándole un vaso-, y déjanos en paz.
-Sí, sí, a la salud de Dantès -dijo Caderousse apurando el contenido de su vaso-; a su salud... a su
salud... a su...
-Pero ¿el medio...?, ¿el medio? -murmuró Fernand.
-¿No lo habéis hallado aún?
-No, vos os encargasteis de eso.
-Es cierto -repuso Danglars-, los franceses tienen sobre los españoles la ventaja de que los españoles
piensan y los franceses improvisan.
-Improvisad, pues -dijo Fernand con impaciencia.
-Muchacho -dijo Danglars-, trae recado de escribir.
-¡Recado de escribir! -murmuró Fernand.
-Puesto que soy editor responsable, ¿de qué instrumentos me he de servir sino de pluma, tinta y
papel?
-¿Traes eso? -exclamó Fernand a su vez.
-En esa mesa hay recado de escribir -respondió el mozo señalando una inmediata.
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-Tráelo.
El mozo lo cogió y lo colocó encima de la mesa de los bebedores.
-¡Cuando pienso -observó Caderousse, dejando caer su mano sobre el papel- que con esos medios
se puede matar a un hombre con mayor seguridad que en un camino a puñaladas! Siempre tuve
más miedo a una pluma y a un tintero, que a una espada o a una pistola.
-Ese tunante no está tan borracho como parece -dijo Danglars-. Echadle más vino, Fernand.
Fernand llenó el vaso de Caderousse, observándole atentamente, hasta que le vio, casi vencido por
ese nuevo exceso, colocar, o más bien, soltar su vaso sobre la mesa.
-Conque... -murmuró el catalán, conociendo que ya no podía estorbarle Caderousse, pues la poca
razón que conservaba iba a desaparecer con aquel último vaso de vino.
-Pues, señor, decía -prosiguió Danglars-, que si después de un viaje como el que acaba de hacer
Dantès tocando a Nápoles y en la isla de Elba, le denunciase alguien al procurador del rey como
agente bonapartista...
-Yo le denunciaré -dijo vivamente el joven.
-Sí, pero os harán firmar vuestra declaración, os carearán con el reo, y aunque yo os dé pruebas
para sostener la acusación, eso es poco; Dantès no puede permanecer preso eternamente; un día a
otro tendrá que salir, y en el día en que salga, ¡desdichado de vos!
-¡Oh! Sólo deseo una cosa -dijo Fernand-, y es que me venga a buscar.
-Sí, pero Mercédès os aborrecerá si tocáis el pelo de la ropa a su adorado Edmond.
-Es verdad -repuso Fernand.
-Nada, si nos decidimos, lo mejor es coger esta pluma simplemente, y escribir una denuncia con la
mano izquierda para que no sea conocida la letra -contestó Danglars; y esto diciendo, escribió con
la mano izquierda y con una letra que en nada se parecía a la suya acostumbrada, los siguientes
renglones, que Fernand leyó a media voz:
Un amigo del trono y de la religión previene al señor procurador del rey que un tal Edmond Dantès,
segundo del Pharaon, que llegó esta mañana de Esmirna, después de haber tocado en Nápoles y en
Porto-Ferrajo, ha recibido de Murat7 una misiva para el usurpador, y de éste otra carta para la junta
bonapartista de París.
7 Joachim Murat (1767-1815), esposo de la hermana de Napoleón, Caroline Bonaparte, Mariscal de Francia y
Rey de Nápoles de 1808 a 1815, recibió un disparo después de un intento fallido de recuperar Nápoles, luego
de la huida de Napoleón a Elba.
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Danglars aprovechó este instante de docilidad de Caderousse para llevarle hacia Marsella; pero
para dejar a Fernand más a sus anchas, en vez de irse por el muelle de la Rive-Neuve, echó
por la puerta de Saint-Victor. Caderousse le seguía tambaleándose, cogido de su brazo. Apenas
anduvieron unos veinte pasos, Danglars volvió la cabeza tan a tiempo, que pudo ver al joven
abalanzarse al papel, que guardó en su bolsillo, dirigiéndose en seguida hacia Pillon.
-¡Calla! ¿Qué está haciendo? -dijo Caderousse-. Nos ha dicho que iba a los Catalans, y se dirige a
la ciudad. ¡Oye, Fernand, vas descaminado, oye!
-Tú eres el que no ves bien -dijo Danglars-. ¡Si sigue derecho el camino de las Vieilles-Infirmeries...!
-Es cierto -respondió Caderousse-; pero hubiera jurado que iba por la derecha. Decididamente el
vino es un traidor, que hace ver visiones.
-Vamos, vamos -murmuró Danglars-, que la cosa marcha, y sólo cabe dejarla marchar.
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Capítulo V
El Banquete de Compromiso
Amaneció un día magnífico, el tiempo estaba hermosísimo; el sol, puro y brillante, y sus primeros
rayos, de un rojo purpúreo, doraban las espumas de las olas.
La comida había sido preparada en el primer piso de La Reserva, cuyo emparrado ya conocemos.
Se componía aquél de un gran salón iluminado por cinco o seis ventanas; encima de cada una se
veía escrito el nombre de una de las mejores ciudades de Francia. Todas estas ventanas caían a un
balcón de madera: de madera era también todo el edificio.
Si bien la comida estaba anunciada para las doce, desde las once de la mañana llenaban el balcón,
multitud de curiosos impacientes. Eran éstos los marineros privilegiados del Pharaon y algunos
soldados amigos de Dantès. Todos se habían puesto de gala para honrar a los novios. Entre los
convidados circulaba cierto murmullo ocasionado porque los consignatarios del Pharaon habían
de honrar con su presencia la comida de boda del segundo. Era tan grande este honor, que nadie
se atrevía a creerlo, hasta que Danglars, que llegaba con Caderousse, confirmó la noticia, porque
aquella mañana había visto al señor Morrel, y le dijo que asistiría a la comida de La Reserva.
Efectivamente, un instante después Morrel entró en la sala y fue saludado por los marineros con
un unánime viva y con aplausos. La presencia del naviero les confirmaba las voces que corrían
de que Dantès iba a ser su capitán; y como todos aquellos valientes marineros le querían tanto,
le daban gracias, porque pocas veces la elección de un jefe está en armonía con los deseos de los
subordinados. No bien entró Morrel, cuando eligieron a Danglars y a Caderousse para que saliesen
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al encuentro de los novios, y les previniesen de la llegada del personaje que había producido tan
viva sensación, para que se apresuraran a venir pronto. Danglars y Caderousse se marcharon en
seguida pero a los cien pasos vieron que la comitiva se acercaba.
Esta se componía de cuatro jóvenes amigas de Mercédès, catalanas también, que acompañaban a
la novia, a quien daba el brazo Edmond junto a la futura, caminaba el padre de Dantès, y detrás
de ellos venía Fernand con su siniestra sonrisa. Ni Mercédès ni Edmond se dieron cuenta de esa
sonrisa: los pobres muchachos eran tan felices que sólo pensaban en sí mismos, y no tenían ojos
más que para aquel hermoso cielo que los bendecía.
Danglars y Caderousse cumplieron con su misión de embajadores, y dando después un fuerte
apretón de manos a Edmond, Danglars se fue a colocar al lado de Fernand, y Caderousse al
del padre de Dantès, objeto de la atención general. El anciano vestía una casaca de tafetán, con
grandes botones de acero tallados. Cubrían sus delgadas, aunque vigorosas piernas, unas medias
de algodón que a la legua olían a contrabando inglés. De su sombrero apuntado pendían con
pintoresca profusión cintas blancas y azules; se apoyaba en fin, en un nudoso bastón de madera,
encorvado por el puño como el pedum8 antiguo. Parecía uno de esos figurones que adornaban en
1796 los jardines de Luxemburgo y de las Tuileries.
Junto a él habíase colocado, como ya hemos dicho, Caderousse, a quien la esperanza de una
buena comida acabó de reconciliar con los Dantès; Caderousse conservaba un vago recuerdo de
lo que había sucedido el día anterior, como cuando al despertar por la mañana nos representa la
imaginación el sueño que hemos tenido por la noche.
Al acercarse Danglars a Fernand, dirigió una mirada penetrante al amante desdeñado. Este, que
caminaba detrás de los novios, completamente olvidado de Mercédès, que con ese egoísmo sublime
del amor sólo pensaba en Edmond; Fernand, repetimos, pálido y sombrío, de vez en cuando dirigía
una mirada a Marsella, y entonces un temblor convulsivo se apoderaba de sus miembros. Parecía
como si esperase, o más bien previese algún acontecimiento.
Dantès vestía con elegante sencillez, como perteneciente a la marina mercante; su traje participaba
del uniforme militar y del traje civil; y con él y con la alegría y gentileza de la novia, parecía más
alegre y más bonita.
Mercédès estaba tan hermosa como una griega de Chipre o de Céos, de ojos de ébano y labios de
coral. Su andar gracioso y desenvuelto parecía de andaluza o de arlesiana. Una joven cortesana
quizás hubiera procurado disimular su alegría; pero Mercédès miraba a todos sonriéndose, como
si con aquella sonrisa y aquellas miradas les dijese: «Puesto que sois mis amigos, alegraos como
yo, porque soy muy dichosa.»
8 Cayado o bastón curvo utilizado por los pastores como herramienta para el control de los animales.
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Tan pronto como fueron divisados los novios desde La Reserva, salió el señor Morrel a su encuentro,
seguido de los marineros y de los soldados, a los cuales renovó la promesa de que Dantès sucedería
al capitán Leclère. Al verle Edmond dejó el brazo de su novia, y tomó el del naviero que con
la joven dieron la señal subiendo los primeros la escalera de madera que conducía a la sala del
banquete.
-Padre mío -dijo Mercédès deteniéndose junto a la mesa-, vos a mi derecha, os lo ruego. A mi
izquierda pondré al que me ha servido de hermano -añadió con una dulzura que penetró como la
punta de un puñal hasta lo más profundo del corazón de Fernand.
Sus labios palidecieron, y bajo el matiz de su rostro fue fácil distinguir cómo se retiraba poco a
poco la sangre para agolparse al corazón.
Dantès había hecho entretanto lo mismo con Morrel, colocándole a su derecha, y con Danglars,
que colocó a su izquierda, haciendo en seguida señas con la mano a todos para que se colocaran
a su gusto. Ya corrían de mano en mano por toda la mesa los salchichones de Arles, las brillantes
langostas, las sabrosas ostras del Norte, los exquisitos mariscos envueltos en su áspera concha,
como la castaña en su erizo, y las almejas que las gentes meridionales prefieren a las anchoas;
en fin, toda esa multitud de entremeses delicados que arrojan las olas a la arenosa playa, y los
pescadores designan con el nombre genérico de frutos de mar.
-¡Qué silencio! -dijo el anciano saboreando un vaso de vino amarillo como el topacio, que el tío
Pamphile acababa de traer a Mercédès-. ¿Quién diría que hay aquí treinta personas que sólo desean
hablar?
-¡Bah!, un marido no siempre está alegre -dijo Caderousse.
-El caso es -dijo Dantès-, que soy en este momento demasiado feliz para estar alegre.
-Tenéis razón, vecino; la alegría causa a veces una sensación extraña, que oprime el corazón casi
tanto como el dolor.
Danglars observaba a Edmond, cuyo espíritu impresionable absorbía y devolvía toda emoción.
-Qué -le dijo-, ¿teméis algo? Me parece que todo marcha según vuestros deseos.
-Justamente es eso lo que me espanta -respondió Dantès-, paréceme que el hombre no ha nacido
para ser feliz con tanta facilidad. La dicha es como esos palacios de las islas encantadas, cuyas
puertas guardan formidables dragones; preciso es combatir para conquistar, y yo, a la verdad, no
sé que haya merecido la dicha de ser marido de Mercédès.
-¡Marido! ¡Marido! -dijo Caderousse riendo-; aún no, mi capitán. Haz de marido un poco, y ya
verás la que se arma.
Mercédès se ruborizó.
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Fernand estaba muy agitado en su silla, estremeciéndose al menor ruido, y limpiándose las gruesas
gotas de sudor que corrían por su frente como las primeras gotas de una lluvia de tormenta.
-A fe mía, vecino Caderousse -dijo Dantès-, que no vale la pena que me desmintáis por tan poca
cosa. Mercédès no es aún mi mujer, tenéis razón -y sacó su reloj-; pero dentro de hora y media lo
será.
Los presentes profirieron un grito de sorpresa, excepto el padre de Dantès, cuya sonrisa dejaba
ver una fila de dientes bien conservados. Mercédès sonrióse sin ruborizarse, y Fernand apretó
convulsivamente el mango de su cuchillo.
-¡Dentro de hora y medía! -dijo Danglars, palideciendo también-, ¿cómo es eso?
-Sí, amigos míos -respondió Dantès-; gracias al señor Morrel, al hombre a quien debo más en el
mundo después de mi padre, todos los obstáculos se han allanado; hemos obtenido dispensa de las
amonestaciones, y a las dos y media el alcalde de Marsella nos espera en el Ayuntamiento. Por lo
tanto, como acaba de dar la una y cuarto, creo no haberme engañado mucho al decir que dentro de
una hora y treinta minutos, Mercédès se llamará la señora Dantès.
Fernand cerró los ojos; una nube de fuego le abrasaba los párpados; apoyóse sobre la mesa, y a
pesar de todos sus esfuerzos no pudo contener un sordo gemido, que se perdió en el rumor causado
por las risas y por las felicitaciones de la concurrencia.
-A eso le llamo yo ser activo -dijo el padre de Dantès-. Ayer llegó y hoy se casa..., nadie gana a los
marinos en actividad.
-Pero ¿y las formalidades? -preguntó tímidamente Danglars- ¿el contrato...?
-El contrato -le interrumpió Dantès riendo-, el contrato está ya hecho. Mercédès no tiene nada, yo
tampoco; nos casamos en iguales condiciones; conque ya se os alcanzará que ni se habrá tardado
en escribir el contrato, ni costará mucho dinero.
Esta broma excitó una nueva explosión de alegría y de enhorabuenas.
-Conque, es decir, que ésta es la comida de bodas -dijo Danglars.
-No -repuso Dantès-, no la perderéis por eso, podéis estar tranquilos. Mañana parto para París:
cuatro días de ida, cuatro de vuelta y uno para desempeñar puntualmente la misión de que estoy
encargado; el primero de marzo estoy ya aquí; el verdadero banquete de bodas se aplaza para el 2
de marzo.
La promesa de un nuevo banquete aumentó la alegría hasta tal punto, que el padre de Dantès, que
al principio de la comida se quejaba del silencio, hacía ahora vanos esfuerzos para expresar sus
deseos de que Dios hiciera felices a los esposos.
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Dantès adivinó el pensamiento de su padre, y se lo pagó con una sonrisa llena de amor. Mercédès
entretanto miraba 1a hora en el reloj de la sala, haciendo picarescamente cierta señal a Edmond.
Reinaba en la mesa esa alegría ruidosa y esa libertad individual que siempre se toman las personas
de clase inferior al fin de la comida. Los que no estaban contentos en sus sitios, se habían levantado
para ocupar otros nuevos.
Todos empezaban ya a hablar en confusión, y nadie respondía a su interlocutor, sino a sus propios
pensamientos.
La palidez de Fernand se comunicaba por minutos a Danglars. Aquél, sobre todo, parecía presa
de mil tormentos horribles. Había sido de los primeros en levantarse y se paseaba por la sala,
procurando apartar su oído de la algazara, de las canciones y del choque de los vasos.
Acercóse a él Caderousse en el momento en que Danglars, de quien parecía huir, acababa de
reunírsele en un ángulo de la sala.
-En verdad -dijo Caderousse, a quien la amabilidad de Dantès, y sobre todo el vino del tío Pamphile,
habían hecho olvidar enteramente el odio que inspiró la repentina felicidad de Edmond-; en verdad
que Dantès es un guapo mozo, y cuando le veo sentado junto a su novia, digo para mí, que hubiera
sido una lástima jugarle la mala pasada que intentabais ayer.
-Pero ya has visto -respondió Danglars- que aquello no pasó de una conversación. Ese pobre
Fernand estaba ayer tan fuera de sí, que me causó lástima al principio; pero, desde que decidió
asistir a la boda de su rival, no hay ya temor alguno.
Caderousse miró entonces a Fernand, que estaba lívido.
-El sacrificio es tanto mayor -prosiguió Danglars- cuanto que la muchacha es de perlas. ¡Diantre!,
miren si es dichoso mi futuro capitán. Quisiera llamarme Dantès, no más que por doce horas.
-¿Vámonos? -dijo en este punto con dulce voz Mercédès-; acaban de dar las dos, a las dos y cuarto
nos esperan.
-Sí, sí -contestó Dantès levantándose inmediatamente.
-Vamos -repitieron a coro todos los convidados.
Fernand estaba sentado en el antepecho de la ventana, y Danglars, que no le perdía de vista un
momento, le vio observar a Dantès con inquieta mirada, levantarse como por un movimiento
convulsivo, y volver a desplomarse en el sitio donde se hallaba antes.
Oyóse en aquel momento un ruido sordo, como de pasos recios, voces confusas y armas, ahogando
las exclamaciones de los convidados a imponiendo a toda la asamblea el silencio del estupor. El
ruido se oyó más cerca: en la puerta resonaron tres golpes...; cada cual miraba a su alrededor con
asombro.
-¡En nombre de la ley! -gritó una voz sonora.
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La puerta se abrió al punto, dando paso a un comisario con su faja y a cuatro soldados y un cabo.
Con esto, a la inquietud sucedió el terror.
-¿Qué se ofrece? -preguntó Morrel avanzando hacia el comisario, a quien conocía-; sin duda venís
equivocado.
-Si ha sido así, señor Morrel -respondió el comisario-, creed que pronto se deshará la equivocación.
Entretanto, y por muy sensible que me sea, debo cumplir con la orden que tengo. ¿Quién de
vosotros, señores, se llama Edmond Dantès?
Las miradas de todos se volvieron hacia el joven, que muy conmovido, aunque conservando toda
su dignidad, dio un paso hacia delante y respondió:
-Yo soy, caballero, ¿qué me queréis?
-Edmond Dantès -repuso el comisario-, en nombre de la ley, daos preso.
-¡Preso yo! -dijo Edmond, cuyo rostro se cubrió de una leve palidez-. ¡Preso yo!, pero ¿por qué?
-Lo ignoro, caballero. Ya lo sabréis en el primer interrogatorio a que seréis sometido.
El señor Morrel comprendió que nada podía intentarse: un comisario con su faja no es ya un
hombre, es la estatua de la ley, fría, sorda, muda. El viejo, por el contrario, se precipitó hacia
el comisario: hay ciertas cosas que nunca podrá comprender el corazón de un padre o de una
madre. Rogó, suplicó; pero ruegos y lágrimas fueron inútiles. Sin embargo, su desesperación era
tan grande, que el comisario al fin se conmovió.
-Tranquilizaos, caballero -le dijo-, quizá se habrá olvidado vuestro hijo de algunos de los requisitos
que exigen la aduana o la sanidad. Yo así lo creo. Cuando se hayan tomado los informes que se
desean, le pondrán en libertad.
-¿Qué significa esto? -preguntó Caderousse frunciendo el entrecejo y mirando a Danglars, que
aparentaba sorpresa.
-¿Qué sé yo? -respondió Danglars-; como tú, veo y estoy perplejo, sin comprender nada de todo
ello.
Caderousse buscó con los ojos a Fernand, pero éste había desaparecido.
Toda la escena de la víspera se le representó entonces con todos sus pormenores. Aquella catástrofe
acababa de arrancar el velo que la embriaguez había echado entre su entendimiento y su memoria.
-¡Oh! -dijo con voz ronca-, ¿quién sabe si esto será el resultado de la broma de que hablabais ayer,
Danglars? En ese caso, desgraciado de vos, porque es muy triste broma por cierto.
-Ya viste que rompí aquel papel -balbució Danglars.
-No lo rompiste; lo arrugaste y lo arrojaste a un rincón.
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Aquellos de nuestros lectores que hayan vivido en la época de esta historia recordarán cuán terrible
era en aquel tiempo tal acusación. Mercédès exhaló un grito, y el anciano se dejó caer en una silla.
-¡Oh! -murmuró Caderousse-, me habéis engañado, Danglars, y al fin hicisteis lo de ayer. Pero no
quiero dejar morir a ese anciano y a esa joven, y voy a contárselo todo.
-¡Calla, infeliz! -exclamó Danglars agarrando la mano de Caderousse-, ¡calla!, o no respondo de
ti. ¿Quién te dice que Dantès no es culpable? El buque tocó en la isla de Elba; él desembarcó,
permaneciendo todo el día en Porto-Ferrajo. Si le han hallado con alguna carta que le comprometa,
los que le defiendan, pasarán por cómplices suyos.
Con el rápido instinto del egoísmo, Caderousse comprendió lo atinado de la observación, miró a
Danglars con admiración, y retrocedió dos pasos.
-Esperemos, pues -murmuró.
-Sí, esperemos -dijo Danglars-; si es inocente, le pondrán en libertad; si es culpable, no vale la pena
comprometerse por un conspirador.
-Vámonos, no puedo permanecer aquí por más tiempo.
-Sí, ven -dijo Danglars, satisfecho al alejarse acompañado-; ven, y dejemos que salgan como
puedan de ese atolladero.
Tan pronto como partieron, Fernand, que había vuelto a ser el apoyo de la joven, cogió a Mercédès
de la mano y la condujo a los Catalans. Los amigos de Dantès condujeron a su vez a la alameda de
Meilhan al anciano casi desmayado.
En seguida se esparció por la ciudad el rumor de que Dantès acababa de ser preso por agente
bonapartista.
-¿Quién lo hubiera creído, mi querido Danglars? -dijo el señor Morrel reuniéndose a éste y a
Caderousse, en el camino de Marsella, adonde se dirigía apresuradamente para adquirir algunas
noticias directas de Edmond por el sustituto del procurador del rey, señor de Villefort, con quien
tenía algunas relaciones-. ¿Lo hubierais vos creído?
-¡Diantre! -exclamó Danglars-, ya os dije que Dantès hizo escala en la isla de Elba sin motivo
alguno, lo cual me pareció sospechoso.
-Pero ¿comunicasteis vuestras sospechas a alguien más que a mí?
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-Líbreme Dios de ello, señor Morrel -dijo en voz baja Danglars-; bien sabéis que por culpa de
vuestro tío, el señor Policar Morrel, que ha servido en sus ejércitos, y que no oculta sus opiniones,
sospechan que lamentáis la caída de Napoleón9, y mucho me disgustaría el causar algún perjuicio
a Edmond o a vos. Hay ciertas cosas que un subordinado debe decir a su principal, y ocultar
cuidadosamente a los demás.
-¡Bien! Danglars, ¡bien! -contestó el naviero-, sois un hombre honrado. Hice bien al pensar en vos
para cuando ese pobre Dantès hubiese llegado a ser capitán del Pharaon.
-Pues ¿cómo...?
-Sí, ya había preguntado a Dantès qué pensaba de vos y si tenía alguna repugnancia en que os
quedarais en vuestro puesto, pues, yo no sé por qué, me pareció notar que os tratabais con alguna
frialdad.
-¿Y qué os respondió?
-Que creía efectivamente que, por una causa que no me dijo, le guardabais cierto rencor; pero que
todo el que poseía la confianza del consignatario, poseía la suya también.
-¡Hipócrita! -murmuró Danglars.
-¡Pobrecillo! -dijo Caderousse-, era un muchacho excelente.
-Sí, pero entretanto -indicó el señor Morrel-, tenemos al Pharaon sin capitán.
-¡Oh! -dijo Danglars-, bien podemos esperar, puesto que no partimos hasta dentro de tres meses,
que para entonces ya estará libre Dantès.
-Sí, pero mientras tanto...
-¡Mientras tanto..., aquí me tenéis, señor Morrel! -dijo Danglars-. Bien sabéis que conozco el
manejo de un buque tan bien como el mejor capitán. Esto no os obligará a nada, pues cuando
Dantès salga de la prisión volverá a su puesto, yo al mío, y eso es todo.
-Gracias, Danglars, así se concilia todo, en efecto. Tomad, pues, el mando, os autorizo a ello, y
presenciad el desembarque. Los asuntos no deben entorpecerse porque suceda una desgracia a
alguno de la tripulación.
-Sí, señor, confiad en mí. ¿Y podré ver al pobre Edmond?
-Pronto os lo diré, Danglars. Voy a hablar al señor de Villefort, y a influir con él en favor del preso.
Bien sé que es un realista furioso; pero, aunque realista y procurador del rey, también es hombre,
y no le creo de muy mal corazón.
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Capítulo VI
El Sustituto del
Procurador del Rey
En la calle de Grand-Cours, lindando con la fuente de las Medusas, en una de esas antiguas casas
de arquitectura aristocrática, edificadas por Puget, se celebraba también en el mismo día y en
la misma hora un banquete de bodas, con la diferencia de que en lugar de ser los personajes y
anfitriones gente del pueblo, marineros y soldados, pertenecían a la más alta sociedad de Marsella.
Tratábase de antiguos magistrados que habían dimitido sus empleos en tiempo del usurpador,
antiguos oficiales desertores de sus filas para pasarse a las del ejército de Condé, y jóvenes de
ilustre alcurnia, todavía poco elevados a pesar de lo que habían sufrido ya por el odio hacia aquel
a quien cinco años de destierro debían convertir en un mártir, y quince de restauración en un dios.
Se hallaban sentados a la mesa, y la conversación chispeaba a impulsos de todas las pasiones de la
época, pasiones tanto más terrible y encarnizadas en el Mediodía10 de Francia, cuanto que al cabo
de quinientos años, los odios religiosos venían a añadirse a los odios políticos.
El emperador rey de la isla de Elba, que después de haber sido soberano en una parte del mundo,
reinaba sobre una población de cinco a seis mil almas, y después de haber oído gritar ¡Viva
Napoleón! por ciento veinte millones de vasallos, en diez lenguas diferentes, era tratado allí como
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un hombre perdido sin remedio para Francia y para el trono. Los magistrados anatematizaban sus
errores políticos; los militares murmuraban de Moscú y de Leipzig; las mujeres, de su divorcio de
Josefina11; y no parecía sino que aquel mundo alegre y triunfante, no por la caída del hombre, sino
por la derrota del príncipe, creyese que la vida comenzaba de nuevo para él, que despertaba de un
sueño penoso.
Un anciano condecorado con la cruz de Saint-Louis12 se levantó brindando por la salud del rey Luis
XVIII13. Era el marqués de Saint-Méran. Con este brindis, que recordaba a la vez al desterrado
de Hartwell14 y al rey pacificador de Francia, se aumentó el barullo, los vasos chocaron unos con
otros, las mujeres se quitaron las flores de la cabeza y las esparcieron sobre el mantel; momento
fue éste en verdad de entusiasmo casi poético.
-Ya confesarían de plano si estuviesen aquí -dijo la marquesa de Saint-Méran, mujer de mirada
dura, labios delgados y continente aristocrático, mujer aún a la moda, a pesar de sus cincuenta
años- ya confesarían de plano todos esos revolucionarios que nos han secuestrado, a quienes
dejamos a nuestra vez conspirar tranquilamente en nuestros castillos antiguos comprados por
un pedazo de pan en tiempo del Terror15; ya confesarían que el verdadero desinterés estaba de
nuestra parte, puesto que nosotros nos uníamos a la agonizante monarquía, mientras ellos, por el
contrario, saludaban al sol que nacía, y labraban sus fortunas, mientras que nosotros perdíamos la
nuestra; confesarían que nuestro soberano era verdaderamente Luis, el Muy Amado, mientras que
su usurpador no fue nunca más que Napoleón el maldito. ¿No es verdad, Villefort?
11 María Josefina Rosa Tascher de la Pagerie, vizcondesa de Beauharnais (1763-1814) de nacimiento criolla,
fue la primera esposa de Napoleón Bonaparte y la primera emperatriz del Primer Imperio francés.
12 Es una orden honorífica francesa establecida en abril de1693 por Luis XIV para recompensar a los valientes
oficiales.
13 Luis XVIII de Francia (1755-1824) fue rey de Francia y de Navarra entre 1814 y 1824, a excepción del
breve periodo conocido como los Cien Días en que Napoleón recuperó brevemente el poder, siendo el primer
monarca de la restauración borbónica en Francia.
14 Luis XVIII (1755-1824), quien huyó al exilio en 1791, vivió en Hartwell en Buckinghamshire desde 1807
hasta su regreso a Francia el 26 de abril de 1814.
15 Es un periodo de cambios centrados en la violencia de la Revolución francesa que duró de setiembre de 1793
a la primavera de 1794.
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-¿Qué decís..., señora marquesa...? -respondió aquel a quien se dirigía esta pregunta-. Perdonadme,
no atendía a la conversación.
-Dejad a esos jóvenes, marquesa -replicó el viejo que había brindado-. Van a casarse, y naturalmente
tendrán que hablar de otra cosa que no de política.
-Dispensadme, mamá -dijo una preciosa joven de cabellos rubios y ojos azules-. Os devuelvo al
señor de Villefort, al que entretuve un instante. Señor de Villefort, mamá os preguntaba...
-Estoy pronto a responder a la señora marquesa, si se digna repetir su pregunta que antes no oí.
-Estáis dispensada, Renée -dijo la marquesa con una sonrisa de ternura que rara vez brillaba en su
rostro áspero y seco-; sin embargo, el corazón de la mujer es de tal naturaleza que aunque árido y
endurecido por las exigencias sociales, siempre guarda un rincón fértil y amable, el que Dios ha
consagrado al amor de madre.
-Estáis perdonada... Ahora oíd, Villefort, dije que los bonapartistas no tenían ni nuestra convicción,
ni nuestro entusiasmo, ni nuestro desinterés.
-¡Oh, señora! Por lo menos tienen algo que reemplace a eso: el fanatismo. Napoleón es el Mahoma
de Occidente; es para todos esos hombres vulgares, aunque ambiciosos como nunca los hubo, no
sólo un legislador, sino un tipo, el tipo de la igualdad.
-¡De la igualdad! -exclamó la marquesa-. ¡Napoleón, tipo de la igualdad! Y entonces, ¿qué es el
señor de Robespierre? Creo que le quitáis de su lugar para colocar en él al corso16; bastábale con
su usurpación.
-No, señora -repuso Villefort-, dejo a cada cual en su puesto: a Robespierre en la plaza de Luis
XV sobre el cadalso; a Napoleón, en la plaza de Vendôme sobre su columna; con la diferencia de
que el uno ha creado la igualdad que abate; el otro, la igualdad que eleva; el uno ha puesto a los
reyes al nivel de la guillotina; el otro ha elevado al pueblo al nivel del trono. Pero eso no impide
-añadió Villefort riendo- que los dos sean unos infames revolucionarios, y que el 9 de Termidor y
el 4 de abril de 181417 sean dos días felices para Francia, y dignos de ser igualmente celebrados
por los amigos del orden y de la monarquía; pero esto explica también cómo, aunque caído para no
levantarse jamás, Napoleón ha conservado sus adeptos. ¿Qué queréis, marquesa? Cromwell, que
no fue ni la mitad de lo que Napoleón, tuvo también los suyos.
17 La ejecución de Robespierre el 9 de Termidor (28 de julio de 1794) marcó el fin del Terror Revolucionario.
El 4 de abril de 1814 Napoleón cedió a presiones políticas y renunció dos días después.
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-¿Sabéis, Villefort, que lo que estáis diciendo presenta un matiz algo revolucionario? Pero os
perdono, le es imposible a un hijo de un girondino18 no conservar cierto apego al terror.
Villefort, sonrojándose, repuso:
-Es cierto que mi padre era girondino, señora, es verdad; pero mi padre no votó la muerte del rey;
estuvo proscrito por ese mismo terror que os proscribía, y poco le faltó para perder la cabeza en el
mismo cadalso en que la perdió vuestro padre.
-Sí -dijo la marquesa, sin alterarse por este horrible recuerdo-; con la diferencia que hubieran
alcanzado un mismo fin por diferentes medios, como lo demuestra el que toda mi familia haya
permanecido siempre unida a los príncipes desterrados, mientras que vuestro padre ha tenido a
bien unirse al nuevo gobierno, y tras haber sido girondino el ciudadano Noirtier, el conde Noirtier
se haya hecho senador.
-¡Mamá! ¡Mamá! -balbució Renée-. Bien sabéis que hemos convenido en no renovar tristes
recuerdos.
-Señora -respondió Villefort-, uno mis ruegos con los de la señorita de Saint-Méran para que
olvidéis lo pasado. ¿A qué echarnos unos a otros en cara cosas que el mismo Dios no puede
impedir? Porque Dios puede cambiar el porvenir, mas no el pasado. Lo que nosotros, los hombres,
podemos solamente es cubrirlo con un velo. ¡Pues bien!, yo me he separado no solamente de la
opinión, sino del nombre de mi padre. Mi padre ha sido o es aún bonapartista, y se llama Noirtier;
yo soy realista y me llamo de Villefort. Dejad que en el caduco tronco se seque un resto de savia
revolucionaria, y no miréis, señora sino al retoño que se separa de este mismo tronco, sin poder, y
acaso diga... sin querer separarse enteramente.
-¡Muy bien, Villefort! -dijo el marqués-, ¡muy bien! ¡Buena respuesta! Yo suplico continuamente
a la marquesa que olvide lo pasado, sin poder conseguirlo, veremos si vos sois más afortunado.
-Sí, está bien -respondió la marquesa-; olvidemos lo pasado; no deseo otra cosa; mas, por lo menos,
que Villefort sea inflexible en adelante. No os olvidéis de que hemos respondido de vos a S. M.;
que S. M. ha tenido a bien olvidarlo todo, de la misma manera que yo lo hago accediendo a vuestra
súplica. Pero si cayese en vuestras manos un conspirador, cuenta con lo que hacéis, porque habéis
de daros cuenta de que se os vigila muy particularmente, por pertenecer a una familia que puede
estar relacionada con los conspiradores.
-¡Ay, señora! -dijo Villefort-; mi profesión, y sobre todo los tiempos en que vivimos me obligan a
ser muy severo. Pues bien, lo seré. He tenido que sostener algunas acusaciones políticas, y estoy
ya como quien dice probado. Por desgracia, todavía no hemos concluido.
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19 Fue un tratado de carácter personal firmado por los monarcas de Austria, Rusia y Prusia el 26 de setiembre de
1815 en París tras las guerras napoleónicas.
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-¡Oh!, sí, muy curiosa en efecto, señorita -respondió el sustituto-, porque en lugar de una tragedia
fingida, lo que allí se representa es un verdadero drama; en lugar de los dolores aparentes, son
dolores reales. El hombre que se presenta allí, en lugar de volver, cuando se corre el telón, a entrar
tranquilamente en su casa, a cenar con su familia, a acostarse y conciliar pronto el sueño para
volver a sus tareas al día siguiente, entra en una prisión donde le espera tal vez el verdugo. Bien
veis que para las personas nerviosas que desean emociones fuertes no hay otro espectáculo mejor
que ése. Descuidad, señorita, si se presentase la ocasión, ya os avisaré.
-¡Nos hace temblar..., y se ríe! -dijo Renée palideciendo.
-¿Qué queréis? -replicó Villefort-; esto es como si dijéramos... un desafío... Por mi parte he pedido
ya cinco o seis veces la pena de muerte contra acusados por delitos políticos... ¿Quién sabe cuántos
puñales se afilan a esta hora o están ya afilados contra mí?
-¡Oh, Dios mío! -dijo Renée cada vez más espantada-; ¿habláis en serio, señor de Villefort?
-Lo más serio posible -replicó el joven magistrado sonriéndose-. Y con los procesos que desea esta
señorita para satisfacer su curiosidad, y yo también deseo para satisfacer mi ambición, la situación
no hará sino agravarse. ¿Pensáis que esos veteranos de Napoleón que no vacilaban en acometer
ciegamente al enemigo, en quemar cartuchos o en cargar a la bayoneta, vacilarán en matar a un
hombre que tienen por enemigo personal, cuando no vacilaron en matar a un ruso, a un austriaco
o a un húngaro a quien nunca habían visto? Además, todo es necesario, porque a no ser así no
cumpliríamos con nuestro deber. Yo mismo, cuando veo brillar de rabia los ojos de un acusado, me
animo, me exalto; entonces ya no es un proceso, es un combate; lucho con él, y el combate acaba,
como todos los combates, en una victoria o en una derrota. A esto se le llama acusar; ésos son los
resultados de la elocuencia. Un acusado que se sonriera después de mi réplica me haría creer que
hablé mal, que lo que dije era pálido, flojo, insuficiente. Figuraos, en cambio, qué sensación de
orgullo experimentará un procurador del rey cuando, convencido de la culpabilidad del acusado,
le ve inclinarse bajo el peso de las pruebas y bajo los rayos de su elocuencia... La cabeza que se
inclina caerá inevitablemente.
Renée profirió una exclamación.
-Eso es saber hablar -dijo uno de los invitados.
-Ese es el hombre que necesitamos en estos tiempos -añadió otro.
-Cuando estuvisteis inspiradísimo, querido Villefort -indicó un tercero- fue cuando... esa última
causa..., ¿no recordáis?, la de aquel hombre que asesinó a su padre. En realidad, primero lo
matasteis vos que el verdugo.
-¡Oh...!, para los parricidas no debe haber perdón -dijo Renée-; para esos crímenes no hay suplicio
bastante grande; mas para los desgraciados reos políticos...
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-¡Para los reos políticos, mucho menos aún, Renée -exclamó la marquesa-, porque el rey es el
padre de la nación, y querer destronar o matar al rey, es querer matar al padre de treinta y dos
millones de almas!
-También admito eso, señor Villefort -repuso Renée-, si me prometéis ser indulgente con aquellos
que os recomiende yo.
-Descuidad -dijo Villefort con una sonrisa muy tierna-, sentenciaremos juntos.
-Hija mía -dijo la marquesa-, atended vos a vuestras fruslerías caseras y dejad a vuestro futuro
esposo cumplir con su deber. Hoy las armas han cedido su puesto a la toga, como dice cierta frase
latina...
-Cedant arma togae20 -añadió Villefort inclinándose.
-No me atrevía a hablar en latín -prosiguió la marquesa.
-Me parece que estaría más contenta si fueseis médico -replicó Renée-. El ángel exterminador,
aunque ángel, me asusta mucho.
-¡Qué buena sois! -murmuró Villefort con una mirada amorosa.
-Hija mía -añadió el marqués-, el señor Villefort será médico moral y político de este departamento.
El cargo no puede ser más honroso.
-Y así hará olvidar el que ejerció su padre -añadió la incorregible marquesa.
-Señora -repuso Villefort con triste sonrisa-, ya he tenido el honor de deciros que mi padre abjuró
los errores de su vida pasada; que se ha hecho partidario acérrimo de la religión y del orden,
realista, y acaso mejor realista que yo, pues lo es por arrepentimiento, y yo lo soy por pasión.
Dicha esta frase, para juzgar Villefort del efecto que producía, miró alternativamente a todos lados,
como hubiera mirado en la audiencia a su auditorio tras una frase por el estilo.
-Exactamente, querido Villefort -repuso el conde de Salvieux-, eso mismo decía yo anteayer en las
Tuileries al ministro que se admiraba de este enlace singular entre el hijo de un girondino y la hija
de un oficial del ejército de Condé: mis razones le convencieron. Luis XVIII profesa también el
sistema de fusión, y como nos estuviese escuchando sin nosotros saberlo, salió de repente y dijo:
«Villefort (reparad que no pronunció el apellido Noirtier, sino que recalcó el de Villefort), Villefort
20 Es una locución latina cuya traducción literal es: “Que las armas cedan a la toga”. Se emplea esta frase
para expresar que el gobierno militar, representado por las armas, debe ceder el paso al gobierno civil,
representado por la toga.
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hará fortuna. Además de pertenecer en cuerpo y alma a mi partido, tiene experiencia y talento.
Pláceme que el marqués y la marquesa de Saint-Méran le concedan la mano de su hija, y yo mismo
se lo aconsejaría de no habérmelo ellos consultado y pedido mi autorización.»
-¿Eso dijo el rey? -exclamó Villefort lleno de gozo.
-Textualmente, y si el marqués es franco os lo confirmará. Una escena semejante le ocurrió con S.
M. cuando le habló de esta boda hace seis meses.
-Es verdad -añadió el marqués.
-¡Todo en el mundo lo deberé a ese gran monarca! ¿Qué no haría yo por su servicio?
-Así me gusta -añadió la marquesa-. Vengan ahora conspiradores y ya verán...
-Yo, madre mía -dijo al punto Renée-, ruego a Dios que no os escuche, y que solamente depare al
señor de Villefort rateros y asesinos. Así dormiré tranquila.
-Es como si para un médico deseara calenturas, jaquecas, sarampiones, enfermedades, o cualquier
otra afección leve de la epidermis -repuso Villefort sonriendo-. Si deseáis que ascienda pronto a
procurador del rey, pedid por el contrario esos males agudos cuya curación honra.
En aquel momento, como si hubiese la casualidad esperado el deseo de Villefort para satisfacérselo,
un criado entró a decirle algunas palabras al oído. Inmediatamente se levantó de la mesa el sustituto,
excusándose, y regresó poco después lleno de alegría.
Renée le contemplaba amorosa, porque en aquel momento Villefort, con sus ojos azules, su pálida
tez y sus patillas negras, estaba, en verdad, apuesto y elegante. La joven parecía pendiente de sus
labios, como en espera de que explicase aquella momentánea desaparición.
-A propósito, señorita -dijo al fin Villefort-, ¿no queríais tener por marido un médico? Pues sabed
que tengo siquiera con los discípulos de Esculapio (frase a la usanza de 1815) una semejanza, y
es que jamás puedo disponer de mi persona, y que hasta de vuestro lado me arrancan en el mismo
banquete de bodas.
-¿Y para qué? -le preguntó la joven un tanto inquieta.
-¡Ay! Para un enfermo, que si no me engaño está in extremis21. La enfermedad es tan grave que
quizá termine en el cadalso.
-¡Dios mío! -exclamó Renée palideciendo.
-¿De veras? -dijeron a coro todos los presentes.
21 Es una locución latina de uso actual que significa “en los últimos momentos”, “en las últimas”. Se aplica a
ciertas personas y situaciones, indicando que están a punto de morir, desaparecer, finalizar, etc.
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Capítulo VII
El Interrogatorio
Apenas hubo salido del comedor, despojóse el sustituto de su risueña máscara, tomando el aspecto
grave de quien va a decidir la vida o la muerte de un hombre. Sin embargo, aunque obligado a
mudar su fisonomía, cosa que alcanzó el sustituto a fuerza de trabajo y tal vez ensayándose al
espejo como los cómicos, en esta ocasión le fue doblemente difícil fruncir las cejas y dar a sus
facciones la gravedad oportuna.
Puesto que, dejando a un lado el recuerdo de las opiniones políticas de su padre, que podían en
lo futuro impedirle su fortuna, Gérard de Villefort era completamente feliz en aquel momento.
Rico de suyo, además de gozar a los veintinueve años de una posición brillante en la magistratura,
iba a casarse con una joven hermosa, a quien amaba, si no con ciega pasión, por lo menos
razonablemente, como puede amar un sustituto del procurador del rey. Además de su belleza,
notable sin duda alguna, la señorita de Saint-Méran, su futura esposa, pertenecía a una de las
familias más importantes por aquel entonces, y con la influencia de su padre, que por ser hija
única Renée pasaría al yerno enteramente, llevaba en dote cincuenta mil escudos, que con las
esperanzas -palabra horrible inventada por los que hacen del matrimonio un juego de cubiletes-
podía aumentarse un día hasta medio millón con una herencia. Todos estos elementos reunidos
componían, pues, para Villefort, una suma increíble de felicidad, de tal manera que le faltaba poco
para escupir al sol.
El comisario de policía le esperaba a la puerta. La vista de este hombre hízole caer de su cielo a
nuestro mundo material. Reformó su semblante de la manera que hemos dicho, y acercándose al
oficial de justicia:
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-Ya me tenéis aquí -le dijo-. He leído vuestra carta, hicisteis bien al prender a ese hombre. Referidme
ahora cuanto sepáis de él y de su conspiración.
-De la conspiración, señor, no sabemos nada todavía. En un legajo sellado tenéis sobre vuestro
bufete cuantos papeles le hemos encontrado. Del preso tan sólo podré deciros que, según reza la
carta que habéis visto, es un tal Edmond Dantès, segundo del Pharaon, bergantín propio de la casa
Morrel, que hace el comercio de algodón con Alejandría y Esmirna.
-Antes de pertenecer a la marina mercante, ¿había servido quizás en la de guerra?
-No, señor. ¡Si es muy joven!
-¿Qué edad tiene?
-Diecinueve o veinte años, a lo sumo.
En este momento llegaba Villefort con el comisario a la parte de la Grande-Rue en que desemboca
la de los Conseils. Un hombre que estaba como esperándole, salió a su encuentro. Era el señor
Morrel.
-¡Ah!, señor de Villefort -exclamó el buen hombre al ver al sustituto-. ¡Gracias a Dios que os
encuentro! Sabed que acaba de cometerse la más escandalosa, la más terrible arbitrariedad. Acaban
de prender al segundo de mi Pharaon, al joven Edmond Dantès.
-Ya lo sé, caballero -respondió Villefort-; y ahora voy a tomarle declaración.
-¡Oh, caballero! -prosiguió el naviero, llevado de su amistad hacia el joven-, vos no conocéis
al acusado, yo sí, yo le conozco. Es el hombre más honrado y digno, y aún diré más entendido
en su oficio que haya en toda la marina mercante. ¡Oh, señor de Villefort! ¡Os lo recomiendo
encarecidamente!
Como ya habrán comprendido los lectores, pertenecía Villefort al partido noble de la ciudad, y
Morrel al plebeyo: con lo que el primero era ultrarrealista, y al segundo se le tildaba de bonapartista.
Miró Villefort desdeñosamente a Morrel, y le dijo con frialdad:
-Debéis comprender, caballero, que puede un hombre ser amable en su vida privada, honrado en
sus relaciones comerciales, y ser, sin embargo, un gran culpable en política. Lo comprendéis así,
¿no es verdad?
Y recalcó el magistrado estas últimas palabras, como queriéndolas aplicar al armador, mientras
con su mirada escrutadora penetraba al fondo del corazón de aquel hombre, que se atrevía a
interceder por otro, necesitando él mismo de indulgencia. Morrel se sonrojó, porque en punto a
cosas políticas no tenía muy limpia la conciencia, y porque no se le apartaba de la memoria lo que
Edmond le había dicho de su entrevista con el gran mariscal, y de las palabras del emperador. Sin
embargo, añadió con el interés más vivo:
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-Suplícoos, señor de Villefort, que justo como debéis de serlo, y bondadoso como sois, nos
devolváis pronto al pobre Dantès.
Este nos devolváis resonó revolucionariamente en los oídos del sustituto.
-¡Vaya! ¡Vaya! -murmuró para su capote-: nos devolváis... ¿Si estará afiliado este Dantès en alguna
sociedad secreta? Cuando su protector usa sencillamente de la fórmula colectiva... Creo que el
comisario dice que le prendió en una taberna en medio de mucha gente... Esto merece la pena de
pensarlo seriamente.
Luego añadió en voz alta:
-Podéis, caballero, estar tranquilo, que no en vano apeláis a mi justicia si el preso es inocente; pero
si es culpable, me veré obligado a cumplir con mi obligación, pues en las circunstancias difíciles
y azarosas en que nos hallamos, sería la impunidad muy mal ejemplo.
Y habiendo llegado Villefort a la puerta de su casa, inmediata al Palacio de Justicia, entró en ella
majestuosamente, después de saludar con mucha ceremonia al desdichado naviero, que se quedó
como petrificado.
Estaba llena la antecámara de gendarmes y agentes de policía, y entre ellos el preso, de pie, inmóvil
y tranquilo, aunque todos le miraban con expresión rencorosa.
Atravesó Villefort la antecámara mirando a Dantès de reojo, y después de recibir un legajo de
manos de un agente, desapareció diciendo:
-Que conduzcan aquí al preso.
Por rápida que fuese, aquella mirada bastó a Villefort para formarse una idea del hombre a quien
iba a interrogar. En aquella frente despejada y ancha había adivinado la inteligencia, el valor
en aquellos ojos fijos y aquel fruncido entrecejo, y la franqueza en aquellos labios gruesos y
entreabiertos, que dejaban ver sus dientes, blancos como el marfil.
La primera impresión había sido favorable a Dantès; pero como Villefort había oído asegurar
muchas veces como máxima de profunda política, que es bueno desconfiar de nuestro primer
impulso, aplicó a la ocasión la máxima, sin tener en cuenta la diferencia que va del impulso a la
impresión.
Por lo tanto, ahogó los sanos instintos que se despertaban en su corazón, compuso al espejo su
fisonomía como para caso tan grave, y sombrío y amenazador sentóse delante de su bufete.
Un instante después entró Edmond, que estaba muy pálido, aunque tranquilo y sonriendo. Saludó
a su juez con cortés desembarazo, y se puso a buscar con los ojos una silla, como si estuviese en
casa de su armador.
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Entonces sus ojos tropezaron con la mirada impasible de Villefort, con aquella impasible mirada
propia de los hombres de mundo, sin transparencia. Y esto hizo que el pobre joven reconociese
cuál era su verdadera situación.
-¿Quién sois, y cómo os llamáis? -le preguntó Villefort hojeando las notas que recibiera del
agente al entrar, notas que en una hora habían alcanzado más que mediano volumen, tanto obra la
corrupción de los espías en esto de prisiones.
-Me llamo Edmond Dantès -respondió el joven con voz sonora y tranquila-; soy segundo del
Pharaon, buque perteneciente a los señores Morrel e hijos.
-¿Vuestra edad?
-Diecinueve años -respondió Dantès.
-¿Qué hacíais cuando os prendieron?
-Hallábame en la comida de mi boda, señor -repuso el joven con voz literalmente conmovida, por
el contraste que hacía aquel recuerdo con su situación, y el sombrío rostro del sustituto, con la
hermosa figura de Mercédès.
-¡Comida de boda! -repitió Villefort, estremeciéndose a pesar suyo.
-Sí, señor; voy a casarme pronto con una mujer a quien amo hace tres años.
A pesar de su ordinario estoicismo, conmovió a Villefort esta coincidencia, que junto con la voz
melancólica de Dantès, despertaba en el fondo de su alma una dulce simpatía. El también, como
aquel joven, se casaba; él también era dichoso, y fueron a turbar su dicha para que él turbara a su
vez la de aquel joven.
«Esta homogeneidad filosófica -pensó interiormente- sorprenderá mucho a los convidados, cuando
yo vuelva a casa de Saint-Méran.»
En seguida, mientras Dantès esperaba que siguiese el interrogatorio, se puso a componer en su
imaginación el discurso que debía de pronunciar, lleno de antítesis sorprendentes, y de esas frases
pretenciosas que tal vez son tenidas por la verdadera elocuencia.
Terminada en su mente la elocuente perorata, sonrió Villefort seguro de su éxito, y encarándose
con Dantès:
-Proseguid -le dijo.
-¿Qué queréis que diga?
-Todo aquello que pueda ilustrar a la justicia.
-Dígame la justicia en qué quiere que la ilustre, y obedeceré de todo en todo: aunque le prevengo
-añadió con una sonrisa- que cuanto puedo decir es de poca monta.
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-Os equivocáis, Dantès. Importa mucho conocer el terreno que pisamos, y de mí sé decir que me
parecéis tan bueno, que por vos me separaré de las ordinarias fórmulas de la justicia, ayudándoos
a descubrir quién sea el que os denuncia. Aquí tenéis la carta que me han dirigido. ¿Reconocéis la
letra?
Y sacando la denuncia de su bolsillo la presentó Villefort a Dantès. Al leerla éste pasó como una
sombra por sus ojos, y respondió:
-No conozco la letra, porque está de propósito disfrazada, aunque correcta y firme. De seguro la
trazó mano habilísima. ¡Cuán feliz soy -añadió, mirando a Villefort con gratitud-, cuán feliz soy
en haber dado con un hombre como vos, pues reconozco en efecto que el que ha escrito ese papel
es un verdadero enemigo!
Y en la fulminante mirada con que acompañó el joven estas frases, pudo comprender Villefort
cuánta energía se ocultaba bajo aquella apariencia de dulzura.
-Seamos francos -dijo el sustituto-, habladme no como preso al juez, sino como hombre en una
posición falsa a otro que se interesa por él. ¿Qué hay de verdad en esto de la acusación anónima?
Y Villefort arrojó con disgusto sobre su bufete la carta que Dantès acababa de devolverle.
-Todo y nada, señor, voy a deciros la pura verdad, por mi honor de marino, por el amor de Mercédès
y por la vida de mi padre.
-Hablad -dijo en voz alta Villefort.
Luego añadió para sí:
«Si Renée me viese, creo que quedaría contenta de mí, y no me llamaría ya corta-cabezas.»
-Oíd, señor. Al salir de Nápoles, el capitán Leclère se sintió atacado de calentura cerebral. Como
no había médico a bordo, y el capitán se negaba a que desembarcásemos en cualquier punto de la
costa, porque tenía prisa en llegar a la isla de Elba, su enfermedad subió de punto hasta que a los
tres días, sintiéndose acabar, me llamó y me dijo:
«-Querido Dantès, juradme por vuestro honor que haréis lo que os voy a encargar ahora. De ello
dependen los mayores intereses.
»-Lo juro, capitán -le respondí.
»-Pues oíd. Como después de que yo muera os pertenece el mando del Pharaon, en calidad
de segundo, lo tomaréis, y haciendo rumbo a la isla de Elba desembarcaréis en Porto-Ferrajo,
preguntaréis por el gran mariscal y le entregaréis esta carta. Acaso entonces os darán otra con una
comisión, que me estaba reservada a mí. La cumpliréis y todo el honor será vuestro.
»-Así lo haré, mi capitán; pero supongo que no será tan fácil como pensáis el llegar hasta el gran
mariscal.
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»-Esta sortija os abrirá todas las puertas, y allanará todas las dificultades -respondió Leclère.
»Y me entregó la sortija. Ya era tiempo, porque dos horas después deliraba, y a la mañana siguiente
había ya muerto.
-¿Qué hicisteis entonces?
-Lo que debía, señor, lo que otro cualquiera en mi lugar hubiera hecho. Siempre son sagrados los
deseos de un moribundo, y entre los marinos, órdenes. Hice, pues, rumbo a la isla de Elba, adonde
llegué a la mañana siguiente, desembarcando yo solo, después de mandar que nadie se moviese.
Conforme había previsto se me presentaron algunas dificultades para ver al gran mariscal, pero
todas las allanó la sortija.
Tras rogarme que le refiriera los detalles de la muerte de Leclère, como el pobre capitán había
sospechado, me entregó una carta encargándome que la llevara en persona a París. Prometíselo
resueltamente porque así cumplía también la última voluntad de mi capitán.
»Lo demás ya lo sabéis. Desembarqué en Marsella, arreglé todos los asuntos de aduana y sanidad,
y corrí por último a ver a mi novia, que he encontrado más bella y más encantadora que nunca.
Gracias al señor Morrel todas las diligencias eclesiásticas se apresuraron, de modo que cuando
me prendieron asistía como dije a la comida de boda. Una hora después pensaba casarme y partir
mañana a París, cuando esta maldita denuncia que parece despreciáis tanto como yo...
-Sí, sí -murmuró Villefort-, todo lo creo, y a ser culpable lo sois de imprudencia, aunque imprudencia
legítima, pues vuestro capitán os la impuso. Por consiguiente, dadme esa carta de la isla de Elba, y
con palabra de presentaros así que os llame, podéis volver al lado de vuestros amigos.
-¿Conque, es decir, que ya estoy libre, señor? -exclamó Dantès lleno de júbilo.
-Sí, pero dadme primero esa carta.
-Debe de estar en vuestro poder, porque en ese paquete reconozco algunos papeles de los que me
cogieron.
-Aguardad -dijo el sustituto a Dantès, que ya cogía su sombrero y sus guantes-; ¿a quién iba
dirigida?
-Al señor Noirtier, calle de Coq-Héron, París.
Un rayo que hiriera a Villefort no le trastornara más que este imprevisto golpe. Dejóse caer sobre su
asiento, del que se había separado un si es no es para asir el legajo, y ojeándolo precipitadamente,
entresacó la carta fatal, contemplándola con terror indescriptible.
-¡Al señor Noirtier, calle de Coq-Héron, número 13! -murmuró palideciendo cada vez más.
-Sí, señor -respondió Dantès-. ¿Le conocéis?
-No -respondió el sustituto vivamente-. Un fiel servidor del rey no conoce a los conspiradores.
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-¿Es una conspiración? -le preguntó Edmond, que después de haberse creído libre empezaba de
nuevo a asustarse-. De todos modos, os lo repito, señor, ignoraba el contenido de esa carta.
-Sí -repuso Villefort con voz sorda-, pero no ignorabais el nombre de la persona a quien va dirigida.
-Era preciso que lo supiese para poder entregársela a él mismo.
-¿Y no se la habéis enseñado a nadie? -dijo Villefort leyendo y demudándose al mismo tiempo.
-A nadie; os lo juro por mi honor.
-¿Ignora todo el mundo que sois portador de una carta de la isla de Elba para el señor Noirtier?
-Todo el mundo, señor..., salvo la persona que me la entregó.
-Eso ya es mucho..., muchísimo -murmuró Villefort.
Su frente fruncíase cada vez más, a medida que proseguía la lectura de la carta, sus labios blancos,
sus manos temblorosas, sus ojos sanguinolentos, hacían cruzar por el cerebro de Dantès las más
dolorosas fantasías.
Terminada la lectura, el sustituto dejó caer la cabeza entre las manos, permaneciendo un instante
como fuera de sí.
-¡Dios mío! ¿Qué ocurre de nuevo? -preguntó tímidamente Dantès.
Villefort no respondió, y al cabo de un rato volvió a levantar su rostro descompuesto para releer
la misiva.
-¿Decís que no sabéis el contenido de esta carta? -volvió a preguntar a Edmond.
-Os juro por mi honor -respondió Dantès-, que lo ignoraba, pero, ¡Dios mío!, ¿qué tenéis? ¿Estáis
malo? ¿Queréis que llame?
-No, señor -dijo el sustituto levantándose vivamente-; no abráis la boca, no digáis una palabra. Yo
soy quien manda aquí, no vos.
-Era, señor, no más que por ayudaros -dijo Dantès un tanto herido en su amor propio.
-De nada necesito; fue un mareo pasajero. Ocupaos de vos: dejadme a mí. Responded.
Dantès esperó el interrogatorio que auguraba este mandato; pero vanamente. Volvió el sustituto a
caer en el sillón, y pasándose por la frente su mano fría se puso a leer la carta por tercera vez.
-¡Oh! ¡Si sabe lo que contiene esta carta, si sabe que Noirtier es padre de Villefort, estoy perdido,
perdido para siempre!
Y de vez en cuando miraba de reojo a Dantès, como si quisiese penetrar ese velo impenetrable que
cubre en el corazón los secretos que no suben a los labios.
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-¡Bien! ¡Bien! -añadió Villefort llevando la mano al cordón de la campanilla; pero se detuvo al ir
a cogerlo.
-¿No teníais más carta que ésa? -le preguntó.
-No, señor, era la única.
-Juradlo.
-Lo juro -dijo Dantès extendiendo la mano.
Villefort llamó, y apareció un comisario de policía.
Acercóse Villefort al comisario para decirle al oído ciertas palabras, a las que respondió aquél con
una leve inclinación de cabeza.
-Seguidle -dijo Villefort a Dantès.
Hizo el joven una genuflexión, y con una postrera mirada de gratitud salió de la estancia.
Apenas se cerró tras él la puerta, cuando faltaron las fuerzas al sustituto, y cayendo en un sillón
casi desvanecido, murmuró:
-¡Oh, Dios mío! ¡De qué sirven la vida y la fortuna! Si hubiese estado en Marsella el procurador
del rey, si hubieran llamado al juez de instrucción en lugar mío, segura era mi ruina. Y todo por
ese papel, ¡por ese papel maldito! ¡Ah, padre mío, padre mío! ¿Habéis de ser siempre un obstáculo
para mi felicidad en este mundo? ¿He de luchar yo siempre con vuestra vida pasada?
De repente, brilló en toda su fisonomía un fulgor extraordinario, dibujóse en sus labios contraídos
aún una sonrisa; sus ojos vagos parecían como si se fijasen con un solo pensamiento.
-Eso es, sí... -dijo-. Esa carta, que debía perderme, labrará acaso mi fortuna. Ea, Villefort, manos
a la obra.
Y asegurándose de que el reo no estaba ya en la antecámara, salió a su vez el sustituto del procurador
del rey, y se encaminó apresuradamente hacia la casa de su prometida.
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Capítulo VIII
El Castillo de If
Al atravesar la antecámara, el comisario de policía hizo una seña a dos gendarmes, que en seguida
se colocaron a la derecha y a la izquierda de Dantès. Abrióse una puerta que conducía desde la
habitación del procurador del rey al tribunal de Justicia, y echaron por uno de esos pasadizos
sombríos que hacen temblar a los que por ellos pasan, aunque no tengan por qué temblar.
Así como el despacho de Villefort comunicaba con el tribunal de Justicia, éste comunicaba con
la cárcel, edificio sombrío pegado al palacio. Por todas sus ventanas y balcones se ve el famoso
campanario de los Accoules, que se eleva enfrente.
Tras haber andado un sinnúmero de corredores, vio Dantès abrirse una puerta con un candado
de hierro, como en respuesta a tres golpes que dio el comisario con un martillo de hierro, y que
sonaron lúgubremente en el corazón del preso. Recelaba éste en entrar; pero los dos gendarmes le
empujaron ligeramente, y la puerta volvió a cerrarse. Ya respiraba otro aire, pesado y mefítico, ya
estaba en los calabozos.
Se le condujo a uno, aunque decente, bien guardado de barrotes y cerrojos; pero su aspecto no
era para infundir serios temores. Por otra parte, las palabras del sustituto del procurador del rey,
que habían parecido tan sinceras a Dantès, resonaban en sus oídos todavía como una promesa de
esperanza.
Eran las cuatro cuando Dantès entró en su prisión, de manera que la noche llegó muy pronto.
Corría, como hemos dicho, el primero de marzo.
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Falto de empleo el sentido de la vista, se le aumentó grandemente el del oído. Creyendo que venían
a ponerle en libertad al rumor más leve, se levantaba al punto encaminándose a la puerta; pero bien
pronto el rumor se perdía en otra dirección, y el preso volvía a caer desesperado sobre su banquillo.
A las diez de la noche, en fin, cuando iba ya perdiendo toda esperanza le pareció que un nuevo
ruido se acercaba en efecto a su prisión. Y así fue. Oyéronse en el corredor unos pasos, que junto
a su puerta cesaron; giró una llave, rechinaron los cerrojos, la pesada puerta de encina se abrió,
inundando de luz deslumbradora la estancia.
Al resplandor veía Edmond brillar los sables y las alabardas de cuatro gendarmes.
Había dado ya un paso hacia la puerta; pero se detuvo al ver aquel inusitado aparato militar.
-¿Venís a buscarme? -inquirió.
-Sí -respondió uno de los gendarmes.
-¿De parte del sustituto del procurador del rey?
-Eso es lo que creo.
-Estoy pronto a seguiros -dijo entonces Dantès.
Persuadido de que le buscaban de parte de Villefort, no tenía ningún recelo. Adelantóse, pues, con
rostro tranquilo y paso firme, y se colocó él mismo en medio de su escolta.
En la puerta de la calle esperaba un coche. Junto al cochero estaba sentado un guardia municipal.
-¿Es para mí ese carruaje? -preguntó Dantès.
-Para vos -respondió un gendarme-, subid.
Quiso Dantès hacer algunas observaciones; pero la portezuela se abrió, sintiéndose empujado para
que subiese, y como no tenía ni posibilidad ni intención de resistirse, hallóse al punto en el fondo
del carruaje, sentado entre dos gendarmes. Ocuparon los otros dos el asiento de la delantera, y el
pesado vehículo se puso en marcha, causando un ruido sordo y siniestro.
El preso dirigió sus ojos a las ventanillas, pero todas tenían rejas: no había hecho sino mudar de
prisión; solamente que ésta se movía, transportándole a un sitio de él ignorado. A través de los
barrotes, tan espesos que apenas cabía la mano entre ellos, reconoció Dantès que pasaban por la
calle de la Tesorería, y que bajaban al muelle por la calle de Saint-Laurent y la de Taramis. Luego,
a través de la reja del coche, vio brillar las luces de la Consigna.
El carruaje se paró, apeóse el municipal y se acercó al cuerpo de guardia, de donde salió al punto
una docena de soldados que se pusieron en fila, viendo Dantès relucir sus fusiles al resplandor de
los reverberos del muelle.
-¿Se desplegará para mí ese aparato de fuerza militar? -murmuró para sus adentros.
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Al abrir el municipal la portezuela, que estaba cerrada con llave, respondió a la pregunta de Dantès
sin pronunciar una sola palabra, porque pudo ver entonces entre las dos filas de soldados como un
camino preparado para él desde el carruaje al puerto.
Los dos gendarmes que ocupaban el asiento delantero bajaron los primeros, haciéndole a su vez
apearse, en lo que le imitaron luego los dos que llevaba al lado. Dirigiéronse hacia una lancha que
un aduanero de la marina sujetaba a la orilla con una cadena, mientras los soldados contemplaban
al preso con aire de estúpida curiosidad. Inmediatamente encontróse instalado en la popa, siempre
entre los cuatro gendarmes, y el municipal a la proa. Una violenta sacudida separó el barco de la
orilla, y cuatro remeros vigorosos lo enderezaron hacia el Pilon. A un grito de los remeros bajó la
cadena que cierra el puente, y se encontró Edmond en lo que se llama el freón, es decir, fuera del
puerto.
Al salir al aire libre el primer impulso del preso fue de alborozo, porque el aire significa libertad.
Así, pues, respiró a sus anchas esa brisa ligera que lleva en sus alas los dulcísimos a incomprensibles
misterios de la noche y del mar. Pronto, sin embargo, exhaló un suspiro, porque pasaba por delante
de aquella Reserva donde tan feliz había sido aquella misma mañana, antes de su prisión. Para
mayor dolor, a través de las luminosas rendijas de dos ventanas, los alegres rumores de un baile
llegaban a sus oídos.
Dantès, con las manos puestas en actitud de orar, levantó los ojos al cielo.
El bote proseguía su camino, y pasada ya la Tête de Mort, hallábase enfrente de la columna del
Pharo, donde dobló. Esta maniobra era incomprensible para Dantès.
-Pero ¿adónde me lleváis? -preguntó a uno de los gendarmes.
-Ahora lo sabréis.
-Pero...
-Nos está prohibido dar ninguna explicación.
Tenía Dantès mucho de soldado, y calló por parecerle cosa absurda el preguntar a hombres a quienes
estaba prohibido responder, y entonces las más bizarras fantasías cruzaron por su imaginación.
Como en tal barco era humanamente imposible hacer una larga travesía, y como no se veía ningún
otro buque anclado por aquellos alrededores, se imaginó que le iban a desembarcar en algún punto
lejano de la costa, diciéndole que estaba libre. Todo contribuía a reforzar con buenos agüeros
esta imaginación. Ni estaba atado, ni intentaron siquiera ponerle grillos. Luego, el sustituto, que
tan bien le tratara, ¿no le había dicho que con tal de que nunca pronunciase aquel nombre fatal
de Noirtier nada le sucedería? Ante sus mismos ojos, ¿no había quemado Villefort aquella carta
peligrosa, única prueba que había contra él?
Decidióse, pues, a esperar mudo y pensativo. Sus ojos, acostumbrados a las tinieblas como los de
todo marino, devoraban la oscuridad y el espacio.
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Habían dejado a la derecha la isla de Ratonneau con su faro, y bordeando la costa llegaban a la
sazón a la altura de los Catalans. Aquí fueron dobles y devoradoras las miradas del preso; porque
estaba cerca de Mercédès, y a cada instante creía ver dibujarse entre las tinieblas de la orilla la
forma indecisa y vaga de una mujer.
¿Cómo el corazón no decía a Mercédès que pasaba su amado a trescientos pasos de ella?
Una luz solamente brillaba en los Catalans. Al buscar Dantès la posición de esta luz, llegó a
comprender que alumbraba a su novia, Mercédès era, a no dudar, la única que velaba en la colonia.
Con un solo grito que él diera podía oírle y reconocerle. Un falso amor propio le detuvo, sin
embargo. ¿Qué dirían los gendarmes oyéndole gritar como un demente?
Silencioso y con los ojos clavados en la luz quedó, mientras el barco proseguía su camino, sin
pensar ni en el barco ni en el camino, sino sólo en Mercédès.
Un accidente topográfico hizo que la luz se perdiese de vista. Volvióse Dantès al punto, y conoció
que la embarcación entraba en alta mar.
A pesar de la repugnancia que experimentaba Dantès en dirigir nuevas preguntas al gendarme,
acercándose a él, y tomándole una mano:
-Camarada -le dijo-, suplícoos por vuestra conciencia y por su calidad de soldado que tengáis
piedad de mí y me respondáis. Yo soy el capitán Edmond Dantès, francés bueno y leal, aunque
acusado de no sé qué traición. ¿Adónde me lleváis? Decídmelo, que os doy mi palabra de marino
de resignarme a mi suerte.
El gendarme se rascó la oreja mirando a su camarada, que hizo un ademán como si dijese:
-A la altura en que nos hallamos creo que ya no hay peligro.
Y volviéndose el primero a Edmond:
-¡Siendo marino y marsellés preguntáis adónde vamos! -le dijo.
-Sí, puesto que lo ignoro, palabra de honor.
-¿No sospecháis nada?
-No lo sospecho.
-Es imposible.
-Os lo juro por lo más sagrado. Contestadme en nombre del cielo.
-Pero la consigna...
-La consigna no os prohíbe decirme lo que yo sabré dentro de diez minutos, o tal vez antes. Con
decírmelo me ahorráis siglos de incertidumbre. Os lo pregunto como si fueseis mi amigo. Mirad,
ni puedo ni quiero moverme ni huir. ¿Adónde vamos?
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-Si no estáis ciego, como hayáis salido alguna vez por mar de Marsella, podréis adivinarlo.
-Pues no acierto.
-Mirad a vuestro alrededor.
Púsose Dantès de pie, y mirando hacia donde el barco parecía dirigirse, distinguió en la oscuridad,
a cien toesas, la negra y descarnada roca en que campea como una esfinge el sombrío castillo de If.
Esta mole informe, esta prisión terrorífica que provee a Marsella de consejas y tradiciones lúgubres,
como Dantès no pensaba en ella, le hizo al distinguirla aquel efecto que el cadalso hace al que va
a morir.
-¡Dios mío! -exclamó-. ¡El castillo de If! ¿Qué vamos a hacer allí?
El gendarme se sonrió.
-No se me conducirá allí para dejarme preso -prosiguió Dantès-, porque el castillo de If es una
prisión de Estado donde entran sólo los grandes criminales políticos. ¿Hay allí quizá jueces o
magistrado?
-Yo supongo -dijo el gendarme- que no hay sino murallas de piedra, gobernador, carceleros y
guarnición. Ea, ea, amiguito, no os hagáis el sorprendido, que no parece sino que me agradecéis
con burlas mi complacencia.
Dantès apretó la mano del gendarme.
-¿Sospecháis que me llevan a encerrar al castillo de If?
-Es probable, camarada; pero no sé a qué viene el apretarme tanto la mano.
-¿Sin más formalidades? ¿Sin más averiguaciones?
-Las formalidades están cumplidas, y las averiguaciones hechas.
-¿De modo que a pesar de la promesa del señor de Villefort...?
-Ignoro si el señor de Villefort os ha prometido algo -dijo el gendarme-, pero sé que vamos al
castillo de If. ¡Eh! ¿Qué hacéis? ¡Camaradas, a mí!
Rápido como el rayo, Dantès había querido arrojarse al mar; pero los ojos infatigables y peritos
del gendarme lo habían adivinado, y cuatro brazos vigorosos le sujetaron cuando ya sus pies iban
a abandonar el suelo de la barca, después de lo cual volvió a caer en el fondo de ésta, rugiendo de
cólera.
-¡Muy bien! -exclamó el gendarme poniéndole sobre el pecho una rodilla-. ¡Muy bien! ¡Así cumplís
vuestras palabras de marino! ¡Quién se fía de moscas muertas! Ahora, amiguito, si os movéis tan
siquiera, os soplo una bala en el cráneo. Falté a la primera parte de mi consigna, pero os juro que
no faltaré a la segunda.
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-He aquí vuestro cuarto para esta noche -le dijo-. Es ya tarde y el señor gobernador está acostado.
Cuando mañana se levante, según las órdenes que tenga, acaso os mudarán de domicilio. Mientras
tanto, aquí tenéis pan, agua en ese cántaro, y paja allí en un rincón. Es cuanto puede un preso
desear. Buenas noches.
Y antes de que Dantès hubiera pensado en contestar, antes que reparase dónde ponía el pan el
carcelero, antes que comprendiese dónde estaba el cántaro ni en qué rincón la paja, había el
carcelero cogido la lamparilla, y cerrando la puerta, le había robado aquella mezquina luz, que
como la de un relámpago hizo distinguir al preso las grasientas paredes de su calabozo.
Por consiguiente, encontróse solo, en silencio y oscuridad, mudo y triste como aquellas paredes
cuyo frío glacial helaba el sudor de su frente.
Cuando el primer albor de la aurora envió a aquel antro un poco de claridad, volvió el carcelero
con orden de dejarle en el mismo calabozo. Dantès ni siquiera había mudado de sitio, cual si una
mano de hierro le hubiese clavado en él la víspera. Inmóvil y con la cabeza baja, notábasele una
alteración solamente: casi cubiertos los ojos por una hinchazón producida por la humedad.
Así había pasado toda la noche: de pie, sin dormir un solo instante.
Acercósele el carcelero, y aún dio en torno suyo algunas vueltas: pero parecía que Dantès no le
veía. Al fin le dio un golpecito en la espalda, que le hizo estremecer.
-¿Habéis dormido? -le preguntó el carcelero.
-No lo sé -respondió Dantès.
El carcelero le miró sorprendido.
-¿Tenéis hambre? -prosiguió.
-No lo sé -respondió de nuevo Dantès.
-¿Queréis algo?
-Quisiera ver al gobernador.
El carcelero se encogió de hombros y se marchó.
Siguióle Dantès con la vista, extendiendo los brazos a la puerta entreabierta, pero ésta se cerró de
repente.
Entonces su pecho se desgarró, por decirlo así, en un interminable sollozo. Corrieron a torrentes
las lágrimas que hinchaban sus pupilas; púsose de hinojos con la frente pegada al suelo, y a rezar
por largo rato, repasando en su imaginación toda su vida pasada, y preguntándose qué crimen
había cometido en aquella vida tan corta aún para merecer tan duro castigo, y así pasó todo el día.
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Algunos bocados de pan y algunas gotas de agua fueron todo su alimento. Ora se sentaba absorto
en sus meditaciones, ora giraba en torno de su cuarto como una fiera enjaulada.
Una idea le atormentaba sobre todas. Durante la travesía, ignorando su destino, permaneció tranquilo
e inmóvil, cuando pudo muchas veces arrojarse al mar, donde gracias a que era gran nadador y
buzo de los más célebres de Marsella, hubiera escapado por debajo del agua a la persecución de
los gendarmes, y ganada la costa, huido a una isla desierta, con la esperanza de que algún navío
genovés o catalán le llevase a Italia o a España. Desde allí escribiría a Mercédès que viniera a
reunirse con él. Ni por asomo le inquietaba la miseria en ninguna parte del mundo a que fuese,
pues los buenos marinos en todas son raros, sin contar que hablaba el italiano como un toscano, y
el español como un castellano viejo. De este modo, pues, habría vivido libre y feliz con Mercédès y
con su padre, que también se les juntaría, mientras en la presente situación, encerrado en el castillo
de If, sin esperanzas, ni aun el consuelo tendría de saber de su padre y de Mercédès. ¡Y todo por
haberse fiado de las palabras de Villefort! Motivo era para perder el juicio.
A la misma hora de la mañana siguiente volvió el carcelero.
-¿Seréis ya más razonable? -le preguntó.
Dantès no le respondía.
-Vamos, valor -prosiguió aquél-. ¿Deseáis algo que yo pueda proporcionaros? Decidlo.
-Deseo ver al gobernador.
-¡Ea!, ya os dije que es imposible -repuso el carcelero con impaciencia.
-¿Por qué?
-Porque el reglamento no lo permite a los presos.
-¿Qué es lo que les permite, entonces?
-Que coman mejor, si lo pagan, que salgan a pasear y tal vez lean.
-Ni quiero leer, ni pasear, ni comer mejor. Sólo quiero ver al gobernador.
-Si me fastidiáis repitiéndome lo mismo -prosiguió el carcelero-, no os traeré de comer.
-Pues me moriré de hambre, no me importa -dijo Dantès.
El acento de estas palabras dio a entender al carcelero que no sería el morir desagradable a Edmond;
y como por cada preso tenía diez cuartos diarios sobre poco más o menos, calculando el déficit que
su falta le ocasionaría, respondió en tono más dulce:
-Escuchad: ese deseo es imposible; desechadlo, porque no hay ejemplo de que haya bajado una
sola vez el gobernador al calabozo de un preso; pero si os portáis cuerdamente se os concederá
pasear, con lo que acaso algún día veáis al gobernador, y entonces podréis hablar con él.
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-Pero ¿cuánto tiempo -dijo Edmond- tendré que esperar a que se presente esa ocasión?
-¡Diantre! -respondió el carcelero-: Un mes, tres meses, medio año o quizás un año entero.
-Eso es mucho -exclamó Dantès-. Quiero verle en seguida.
-No seáis terco; no os empeñéis en ese imposible, o antes de quince días os habréis vuelto loco.
-¿Lo creéis así? -dijo Dantès.
-Sí, loco; así es como empieza la locura. Aquí tenemos un ejemplar. Con el tema de ofrecer un
millón al gobernador si le ponía en libertad, ha perdido el seso un abate que antes que vinierais
ocupaba este calabozo.
-¿Y cuánto tiempo hace que salió de aquí?
-Dos años.
-¿En libertad?
-No, se le ha trasladado al subterráneo.
-Escucha -dijo Dantès-; yo no soy abate ni loco, que por desdicha tengo aún completo mi juicio...;
voy a hacerte una proposición.
-¿Cuál?
-No voy a ofrecerte un millón, porque no podría dártelo, pero sí cien escudos, como quieras el
primer día que vayas a Marsella llegar a los Catalans con una carta mía, para una joven que se
llama Mercédès... ¿Qué digo carta? Cuatro letras.
-Si se descubriera que había llevado esas cuatro letras, perdería mi destino, que vale mil libras
anuales, sin contar las propinas y la comida. ¿No será imbecilidad que yo aventure mil libras por
trescientas?
-Pues oye, y tenlo presente -dijo Edmond-. Si te niegas a avisar al gobernador de que deseo hablarle;
si te niegas a llevar mi carta a Mercédès, o siquiera a notificarle que estoy preso aquí, te esperaré el
día menos pensado detrás de la puerta, y cuando entres te romperé el alma con ese banco.
-¡Amenazas a mí! -exclamó el carcelero retrocediendo y poniéndose en guardia-. Por lo visto se os
trastorna el juicio. Como vos principió el abate, dentro de tres días estaréis como él, loco de atar.
Por fortuna hay subterráneos en el castillo de If.
Dantès cogió el banco y lo hizo girar en ademán amenazador.
-¡Está bien! ¡Está bien! -dijo el carcelero-; vos lo habéis querido. Voy a prevenir al gobernador.
-¡Enhorabuena! -respondió Dantès colocando el banco en su sitio, y sentándose con la cabeza baja
y la mirada vaga, como si realmente se hubiera vuelto loco.
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Capítulo IX
La Noche de Compromiso
Como hemos dicho, Villefort tomó el camino de la plaza del Grand-Cours, y de la casa de la
marquesa de Saint-Méran, donde encontró a los convidados tomando café en el salón, después de
los postres.
Renée le aguardaba con una impaciencia de que participaban todos, por lo que la acogida que tuvo
fue una exclamación general.
-¡Hola, señor corta-cabezas, columna del Estado, moderno Bruto realista! -exclamó uno de los
presentes-; ¿qué hay de nuevo?
-¿Nos amenaza quizás otro régimen del Terror? -preguntó otro.
-¿Ha salido de su caverna el ogro de Córcega22? -añadió un tercero.
-Señora marquesa -dijo Villefort acercándose a su futura suegra-, vengo a suplicaros que me
perdonéis. La necesidad me obliga a dejaros... ¿Tendré el honor, señor marqués, de hablaros un
instante en secreto?
-¿Tan grave es el asunto...? -murmuró la marquesa al notar la nube que ensombrecía el rostro de
Villefort.
22 Napoleón.
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-Tan grave que me obliga a despedirme de vos para una corta ausencia. ¡Mirad si será grave!
-añadió volviéndose a Renée.
-¿Vais a partir? -exclamó Renée, sin poder ocultar la emoción que le causaba esta noticia inesperada.
-¡Ay, señorita!, es necesario -respondió Villefort.
-¿Adónde vais? -preguntó la marquesa.
-Es un secreto, señora; sin embargo, si alguno de estos señores tiene algo que mandar para París,
sepa que un amigo mío, que está a sus órdenes, partirá esta misma noche.
Todos se miraron unos a otros.
-¿No me habéis pedido una entrevista? -preguntó el marqués.
-Sí, pasemos, si os place, a vuestro gabinete.
El marqués cogió del brazo a Villefort y salió con él.
-Vamos, hablad, ¿qué es lo que ocurre? -exclamó el marqués cuando llegaron al gabinete.
-Cosas que creo de alta importancia, y que exigen que me traslade a París inmediatamente. Ante
todo, marqués, y perdonadme lo indiscreto de la pregunta que os hago, ¿tenéis papel del Estado?
-Tengo en papel toda mi fortuna. Unos seiscientos o setecientos mil francos.
-Pues vendedlo, vendedlo en seguida, o de lo contrario os vais a ver arruinado.
-¿Cómo queréis que desde aquí lo venda?
-¿Verdad que tenéis un corresponsal banquero?
-Sí.
-Dadme una carta para él, encargándole que venda esos créditos sin perder tiempo. Quizá llegaré
tarde.
-¡Diablo! -exclamó el marqués-; entonces no perdamos ni un minuto.
Y sentándose a la mesa se puso a escribir a su banquero una carta, encargándole que vendiera a
cualquier precio.
-Ahora que tengo esta carta -dijo Villefort guardándola cuidadosamente en su camera-, necesito
otra.
-¿Para quién?
-Para el rey.
-¿Para el rey?
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-Sí.
-Pero yo no me atrevo a escribir directamente a Su Majestad.
-Tampoco os la pido a vos, sino que os encargo que se la pidáis al señor de Salvieux. Es necesario
que me dé una carta que me ayude a llegar hasta Su Majestad sin las formalidades y etiquetas que
me harían perder un tiempo precioso.
-Pero ¿no podría serviros el guardasellos de intermediario? Tiene entrada en las Tuileries a todas
horas.
-Sí, mas no quiero partir con otro el mérito de la nueva de que soy portador. ¿Comprendéis? El
guardasellos se lo apropiaría todo, hasta mi parte en los beneficios. Baste, marqués, con esto que
digo. Mi fortuna está asegurada si llego antes que nadie a las Tuileries, porque voy a prestar al rey
un servicio que jamás podrá olvidar.
-En ese caso, amigo mío, id a hacer vuestros preparativos, mientras hago yo que Salvieux escriba
esa carta.
-No perdáis tiempo. Dentro de un cuarto de hora tengo que estar en la silla de postas.
-Haced parar el carruaje en la puerta.
-Me disculparéis, ¿no es verdad?, con la señora marquesa y con Renée, a quien dejo en ocasión tan
grata con el más profundo sentimiento.
-En mi gabinete las encontraréis a la hora de vuestra partida.
-Gracias mil veces. No olvidéis la carta.
El marqués llamó y poco después se presentó un lacayo.
-Decid al conde de Salvieux que le espero aquí. Ya podéis iros -continuó el marqués dirigiéndose
a Villefort.
-Bueno; al instante estoy de regreso.
Y Villefort salió de la estancia apresuradamente; pero ocurriósele al llegar a la calle que un sustituto
del procurador del rey podría ocasionar la alarma de un pueblo con que se le viese andar muy de
prisa.
Volvió, pues, a su paso ordinario, que era en verdad, digno de un juez.
Junto a la puerta de su casa parecióle distinguir una cosa como un fantasma blanco que le esperaba
inmóvil.
Era la linda catalana, que al no tener noticias de Edmond, iba a enterarse por sí misma de la causa
del arresto de su amante.
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Al acercarse Villefort salióle al paso, destacándose de la pared en que se apoyaba. Como Dantès
le había hablado ya de su novia, nada tuvo que hacer Mercédès para que la reconociera. Villefort,
sorprendido de la belleza y dignidad de aquella mujer, y cuando le preguntó el paradero de su
amado, le pareció que él era el acusado y ella el juez.
-El hombre de quien habláis -dijo Villefort- es un gran criminal, y en nada puedo favorecerle,
señorita.
Mercédès lanzó un gemido, y detuvo a Villefort al ver que éste intentaba proseguir su camino.
-Pero decidme al menos dónde está, para que pueda siquiera informarme de si vive aún o ha
muerto.
-Ni lo sé, ni eso me atañe a mí -respondió Villefort.
Y molestado por aquellos ojos penetrantes y aquel ademán de súplica, rechazó Villefort a Mercédès,
y entró en su casa cerrando apresuradamente la puerta y dejando a la joven entregada al dolor y a
la desesperación.
Pero el dolor no se deja rechazar tan fácilmente. Parecido a la flecha mortal de que habla Virgilio23,
el hombre herido por él lo lleva siempre consigo.
Aunque había cerrado la puerta, al llegar Villefort a su gabinete sintió que sus piernas flaqueaban,
y lanzando, más que un suspiro, un sollozo, dejóse caer en un sillón.
Entonces brotó en el fondo de aquel pecho enfermo el primer germen de una úlcera mortal. Aquel
hombre sacrificado a su ambición, aquel inocente que pagaba culpas de su propio padre, apareciósele
pálido y amenazador, acompañado de su novia, pálida como él, y seguido del remordimiento, no
del remordimiento que hace enloquecer al que lo sufre como en los antiguos sistemas fatalistas,
sino de ese sordo y doloroso golpear sobre el corazón, que a veces nos hiere como el recuerdo de
un crimen casi olvidado, herida cuyos dolores ahondan la llaga que nos conduce a la muerte.
El alma de Villefort todavía vaciló un instante. Había pronunciado muchas sentencias de muerte
sin otra emoción que la de la lucha moral del juez con los reos; y aquellos reos ajusticiados gracias
a su terrible elocuencia, que convenció al jurado y a los jueces, no puso en su frente una sola
arruga, porque aquellos hombres eran criminales, por lo menos en la opinión del sustituto. Mas
ahora variaba la cuestión; acababa de aplicar la reclusión perpetua a un inocente que iba a ser
feliz, arrebatándole la felicidad y además la libertad; ya no era juez, era verdugo. Y al pensar en
esto empezaba a sentir ese sordo golpear que hemos descrito, desconocido de él hasta entonces;
oído en el fondo de su corazón, llenando su mente de quimeras. De este modo un dolor instintivo
y violento notifica a los que sufren que no deben sin temblar poner el dedo en sus llagas antes que
se cicatricen.
23 En la Eneida de Virgilio.
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Pero la de Villefort era de esas que no se cicatrizan nunca, o que se cierran aparentemente para
volver a abrirse más enconadas y dolorosas.
Si en esta situación la dulce voz de Renée le hubiera recomendado clemencia; si entrara la bella
Mercédès a decirle: “En nombre de Dios que nos ve y nos juzga, devolvedme a mi prometido”
¡Oh!, sí, aquella voluntad doblegada al cálculo hubiese cedido, y sin duda con sus manos frías, a
riesgo de perderlo todo, hubiera firmado inmediatamente la orden de poner a Dantès en libertad;
sin embargo, ninguna voz le habló al oído, ni se abrió la puerta sino para el criado que vino a
anunciarle que los caballos estaban ya enganchados a la silla de posta.
El sustituto se levantó, o mejor dicho, saltó de la silla como aquel que triunfa de una lucha secreta,
y corriendo a su bufete puso en sus bolsillos todo el oro que encerraban sus cajones. Luego dio por
la estancia dos o tres vueltas con las manos en la frente, articulando palabras sin sentido, hasta que
los pasos del ayuda de cámara que venía a ponerle la capa, le sacaron de su éxtasis, y lanzándose
al carruaje ordenó lacónicamente que parara en la calle de Grand-Cours, en casa del marqués de
Saint-Méran.
El infortunado Dantès estaba condenado.
Como le había prometido el señor de Saint-Méran, Renée y la marquesa estaban en su gabinete.
Al ver a la joven tembló el sustituto: porque pensaba que le pediría de nuevo la libertad del preso;
pero, ¡ay!, que es forzoso decirlo para afrenta de nuestro egoísmo, la linda joven sólo pensaba en
una cosa: en el viaje que Villefort iba a emprender.
Le amaba, y Villefort iba a partir en el mismo instante en que habían de enlazarse para siempre, y
sin anunciar cuándo volvería. En vez de compadecer a Edmond, Renée maldijo al hombre que con
su crimen la separaba de su amado. ¿Qué era entretanto de Mercédès?
La pobre había encontrado a Fernand en la esquina de la calle de la Loge, a Fernand, que había
seguido sus huellas, y volviendo a los Catalans se arrojó en su lecho, moribunda y desesperada. De
rodillas y acariciando una de sus heladas manos, que Mercédès no pensaba en retirar, Fernand la
cubría de ardientes besos, ni siquiera sentidos de ella.
Así transcurrió la noche. Cuando no tuvo aceite se apagó la lámpara; pero Mercédès no advirtió la
oscuridad, como no había advertido la luz. Hasta la aurora vino sin que ella la advirtiese.
El dolor había puesto en sus ojos una venda que no la dejaba ver más que a Edmond.
-¡Ah! ¿Estáis aquí? -exclamó al fin volviéndose a Fernand.
-Desde ayer no os he abandonado un momento -respondió éste lanzando un suspiro.
El señor Morrel, por su parte, no se había desanimado: supo que Dantès, después de su interrogatorio,
fue conducido a una prisión, y entonces corrió a casa de todos sus amigos, y con todas aquellas
personas de Marsella que gozaban de alguna influencia; pero ya corría el rumor de que Dantès
había sido preso por agente bonapartista, y como en esa época hasta los visionarios tenían por
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insensatez cualquier tentativa de Napoleón para recobrar su trono, el buen Morrel, acogido con
frialdad de todos, regresó a su casa desesperado, aunque confesando que el lance era crítico, y que
nadie podría disminuir su gravedad.
Caderousse también se había inquietado mucho por su parte. En lugar de revolver el mundo como
Morrel, en vez de hacer algo por Edmond, encerróse con dos botellas en su cuarto, e intentó ahogar
su inquietud por medio de la embriaguez.
Pero en la situación moral en que se hallaba era poco dos botellas para hacerle perder el juicio. Lo
perdió, sin embargo, lo suficiente para impedirle que fuese a buscar más vino, y demasiado poco
para borrar sus recuerdos; con lo que, puesta la cabeza entre las manos sobre la mesa coja, y al lado
de sus dos botellas, se quedó como si dijéramos entre dos luces, viendo danzar a la de su candil
aquellos espectros de que ha henchido Hoffmann24 sus libros empapados en ron.
Danglars era el único que no estaba inquieto ni atormentado, sino más bien alegre, por haberse
vengado de un enemigo, asegurando en el Pharaon su empleo que temía perder. Danglars era uno
de esos hombres calculistas que nacen con una pluma detrás de la oreja y un tintero por corazón.
Para él todas las cosas del mundo eran sumas o restas, y un número de más importancia que un
hombre, cuando el número podía aumentar la suma que el hombre podía disminuir.
Danglars se había acostado a la hora de costumbre y durmió tranquilamente.
Después de recibir Villefort la carta del señor Salvieux, y besado a Renée en las dos mejillas y en la
mano a la marquesa de Saint-Méran, y de despedirse del marqués con un apretón de manos, corría
la posta por el camino de Aix.
El padre de Dantès se moría de dolor y de inquietud.
En cuanto a Edmond, ya sabemos cuál era su suerte.
24 Ernst Theodor Amadeus Hoffmann (1776-1822), escritor, jurista, dibujante y caricaturista, pintor, cantante
(tenor) y compositor musical alemán, participó activamente en el movimiento romántico de la literatura
alemana. Conocido como E.T.A. Hoffmann.
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Capítulo X
El Pequeño Gabinete
de las Tuileries
Dejemos entretanto a Villefort camino de París, gracias a ir derramando dinero, y atravesando los
dos o tres salones que le preceden, penetremos en aquel gabinetito ovalado de las Tuileries, famoso
por haber sido la estancia favorita de Napoleón, de Luis XVIII y de Luis Felipe.
Sentado a una mesa, que procedía de Hartwell, y que por una de esas manías comunes a los altos
personajes tenía en particular estimación, el rey Luis XVIII escuchaba distraído a un hombre de
cincuenta a cincuenta y dos años, cabello cano y continente aristocrático y pulcro.
Sin dejar de escucharle iba haciendo anotaciones en el margen de un volumen de Horacio25, de la
edición de Gryphius26, que aunque incorrecta es la más estimada, y que se prestaba mucho a las
sagaces observaciones filosóficas de Su Majestad.
-¿Decíais, pues, caballero...? -murmuró el rey.
25 Quinto Horacio Flaco (65 a.C.-8 a.C.), fue el principal poeta lírico y satírico en lengua latina.
26 Sébastien Gryphius (1493 - 1556), tipógrafo establecido en Lyon en 1528, es conocido como uno de los más
finos impresores del Renacimiento. Su edición de Horacio fue publicada en 1540.
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27 El Duque de Blacas d’Aulps (1771 - 1839), huyó a Francia en 1790 y entró al servicio del futuro Luis XVIII
en 1803. En 1815, se convirtió en Ministro de Estado y más tarde se desempeñó como embajador en Nápoles
y Roma. Después de la Revolución de 1830, se fue al exilio y falleció en Austria.
28 Cita tomada de la décima égogla (subgénero de la poesía lírica) de Virgilio, la frase completa es non canimus
surdis, que significa “no cantamos para los sordos”.
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-Esperad, esperad. Se me ocurre una excelente nota acerca de aquello del Pastor quùm traheret29.
Ya continuaréis luego.
Hubo un momento de silencio, durante el cual Luis XVIII escribió con una letra todo lo microscópica
que pudo, una nota nueva al margen de su Horacio, y dijo luego, levantándose con la satisfacción
del que se imagina haber concebido una idea, cuando no ha hecho sino comentar las de otro:
-Proseguid, querido duque, proseguid.
-Señor -dijo Blacas, que por un momento abrigó la esperanza de explotar a Villefort en su favor-,
obligado me veo a deciros que no son simples rumores lo que sin fundamento me inquieta. Un
hombre merecedor de mi confianza, un hombre de saber, a quien he dado el encargo de vigilar el
Mediodía (el duque vaciló al pronunciar estas palabras), llega en posta en este mismo instante a
decirme: «El rey está amenazado de un gran peligro.» Por eso he venido a advertiros, señor.
-Mala ducis avi domum30 -continuó anotando Luis XVIII.
-¿Me ordena Vuestra Majestad que no insista en eso otra vez?
-No, mi querido duque, pero alargad la mano.
-¿Cuál?
-La que queráis..., ahí a la izquierda...
-¿Aquí, señor?
-Dígoos que a la izquierda y buscáis a la derecha... guise decir a mi izquierda. Hallaréis ahí un
informe del ministro de policía con fecha de ayer. Pero, ¡calla!, aquí aparece en persona el señor
Dandré31... ¿No habéis dicho que era el señor Dandré? -exclamó Luis XVIII dirigiéndose al ujier,
que en efecto acababa de anunciar al ministro de la policía.
-Sí, señor, el barón de Dandré -repuso el ujier.
29 Cita tomada de las Odas de Horacio, que significa “el pastor que dirigía”.
30 Cita tomada de las Odas de Horacio, que significa “usted trae a casa presagios oscuros”.
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-Justamente -repuso Luis XVIII con imperceptible sonrisa-. Entrad, barón, entrad, y decid al duque
lo que sepáis más reciente del señor de Bonaparte. No disimuléis la gravedad de la situación, si
la tiene, sea lo que fuere... Veamos, ¿es en efecto la isla de Elba un volcán pronto a vomitar sobre
nosotros las llamas de la guerra: bella, horrida bella32?
El señor Dandré pavoneóse con gracia, apoyando las manos en el respaldo de un sillón, y contestó:
-¿Se ha dignado Vuestra Majestad pasar los ojos por mi informe de ayer?
-Sí, sí, pero decídselo al duque, decidle lo que reza este informe, que no puede encontrar. Explicadle
lo que hace el usurpador en su isla.
-Señor -dijo el barón al duque-, todos los vasallos de Su Majestad deben de regocijarse con las
noticias que tenemos de la isla de Elba. Bonaparte...
Y el señor Dandré fijó los ojos en Luis XVIII, que, ocupado en escribir una nota, no levantó la
cabeza.
-Bonaparte -continuó el barón- se aburre mucho, y pasa los días de sol a sol viendo trabajar a los
mineros de Porto-Longone.
-Y se rasca para distraerse -añadió el monarca.
-¿Se rasca? -preguntó el duque-; ¿qué quiere decir Vuestra Majestad?
-¿Olvidáis, mi querido duque, que ese coloso, ese héroe, ese semidiós sufre de una enfermedad
cutánea que le consume, prurigo33?
-Y hay más, señor duque -continuó el ministro de policía-: estamos casi seguros de que dentro de
poco tiempo estará loco.
-¿Loco?
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-De remate, su cabeza se debilita. Tan pronto llora a mares como ríe a carcajadas. Otras veces se
pasa las horas muertas arrojando al agua piedrecitas, y al verlas rebotar en la superficie se queda
tan satisfecho como si hubiera ganado otro Marengo a otro Austerlitz34. No me negaréis que éstos
son síntomas de locura.
-O de sobrado juicio, señor barón -dijo Luis XVIII riendo-; arrojando piedrecitas a la mar se
solazaban los grandes capitanes del tiempo antiguo. Leed si no en Plutarco35 la vida de Escipión
el Africano36.
A la vista de estos dos hombres tan tranquilos, el señor de Blacas vaciló unos instantes; porque
Villefort no había querido decirle todo lo que sabía, sino lo que bastaba a alarmarle, para no perder
todo el valor de su secreto.
-Vamos, vamos, Dandré -dijo Luis XVIII-, Blacas aún no está convencido. Contadle la conversión
del usurpador.
El ministro de policía se inclinó.
-¿Conversión del usurpador? -murmuró el duque mirando al rey y a Dandré-. ¿El usurpador se ha
convertido?
-Del todo, querido duque.
-Pero ¿a qué?
-A los buenos principios. Vamos, explicádselo, barón.
34 La batalla de Marengo tuvo lugar cerca de la ciudad de Alessandria, en el Piamonte, al noreste de Italia,
concluyó con una victoria francesa y con la retirada de las tropas austríacas de la mayor parte del territorio
italiano. La Batalla de Austerlitz, también conocida como la Batalla de los Tres Emperadores, fue una de las
mayores victorias de Napoleón.
36 Publio Cornelio Escipión Africano Mayor (236 a.C.-183 a.C.), también conocido como Escipión Africano,
el Mayor y el Grande, fue un importante político de la República romana que sirvió como general durante la
Segunda Guerra Púnica.
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-Escuchad, pues... -dijo el ministro con mucha gravedad-. Hace unos días, ha pasado Napoleón
una revista, en que dos o tres de sus viejos gruñones37, como él los llama, manifestaron deseos de
volver a Francia, en lo que consintió exhortándoles a servir a su buen rey. Tales fueron sus propias
palabras, señor duque, lo sé de buena tinta.
-Y ahora, Blacas, ¿qué diréis? -exclamó el triunfante monarca dejando de compulsar el volumen
que tenía abierto delante de él.
-Digo, señor, que o el ministro de policía o yo nos equivocamos; peso como es imposible que el
equivocado sea él, que tiene el cargo de velar por Vuestra Majestad, es más probable que yo lo sea.
No obstante, señor, yo en lugar vuestro interrogaría por mí mismo a la persona que aludo; y por mi
parte insistiré en que siga Vuestra Majestad este consejo.
-Enhorabuena, duque. Presentádmelo y lo recibiré; pero con las armas en la mano. Señor ministro,
¿tenéis algún parte de fecha más moderna que éste, que es del 20 de febrero y estamos a 3 de
marzo?
-No, señor; pero lo estaba esperando de un momento a otro, cuando salí esta mañana, y es posible
que haya llegado durante mi ausencia.
-Id, pues, a la prefectura, y si no ha llegado..., ejem..., ejem... -dijo riendo Luis XVIII-, inventad
uno. ¿Sería la primera vez...? ¿Eh?
-¡Oh, señor! -dijo el ministro-, a Dios gracias, nada hay que inventar en cuanto a eso; porque todos
los días nos llueven denuncias, y muy detalladas, de infelices que creen hacer un servicio y esperan
que se les pague. La mayor parte ven visiones; pero esperan que la casualidad las convierta hoy o
mañana en realidad.
-Está bien, id, y tened en cuenta que os espero -dijo el rey Luis XVIII.
-No haré sino ir y volver. Antes de diez minutos estoy de vuelta.
-Yo, señor, voy en busca de mi mensajero -dijo el señor de Blacas.
-Aguardad, aguardad un instante -respondió Luis XVIII-. A decir verdad, duque, debo cambiaros
las armas del escudo: pondréis desde ahora un águila volando con una presa entre sus garras que
pugna en vano por escapársele, y esta divisa: Tenax38.
-Ya escucho, señor -dijo impaciente el señor de Blacas.
38 En latín tenaz.
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-Quería consultaros sobre este pasaje: Molli fugiens anhelitu39..., ya sabéis..., se trata del ciervo
que huye del lobo. ¿No sois cazador, y de lobos? Entonces, ¿qué os parece el molli anhelitu?
-¡Admirable, señor!, pero mi hombre es como el ciervo de que habláis. En tres días escasos ha
recorrido doscientas veinte leguas, en silla de posta.
-Buena tontería, cuando el telégrafo sin cansarse nada gasta tres o cuatro horas solamente.
-¡Ah, señor!, qué mal pagáis a ese pobre joven, que viene tan apresurado a dar a Vuestra Majestad
un aviso útil. Aunque no sea sino por el señor de Salvieux que me lo recomienda, os ruego que le
recibáis bien.
-¿El señor de Salvieux, el chambelán de mi hermano?
-El mismo.
-Está efectivamente en Marsella.
-Desde allí me ha escrito,
-¿Os habla también de esa conspiración?
-No; pero me recomienda al señor de Villefort, encargándome que le traiga a la presencia de
Vuestra Majestad.
-¡El señor de Villefort! -exclamó el rey-. ¿Ese mensajero es el señor de Villefort?
-Sí, señor.
-¿Y es el que viene de Marsella?
-En persona.
-¿Por qué no me dijisteis su nombre desde un principio? -exclamó el rey, cuyo semblante reflejó
de repente cierto aire de inquietud.
-Creía que os era desconocido.
-No, no, Blacas; es un hombre de talento, de miras elevadas y sobre todo ambicioso. Me parece
que vos conocéis de nombre a su padre.
-¿A su padre?
-Sí, a Noirtier.
39 Cita tomada de las Odas de Homero, que significa “usted va a huir sin aliento”.
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41 Cita de las Odas de Horacio, que significa “el hombre que es firme y justo en sus intenciones”.
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-Pero, ante todo, decidme, ¿es en vuestra opinión el mal tan grave como me lo quieren hacer creer?
-Señor, yo lo creo gravísimo, pero no irreparable, merced a mis precauciones. Así lo espero.
-Hablad, hablad todo lo que queráis, caballero -dijo el rey, que empezaba a contagiarse del temor
del señor Blacas y del que revelaba también la voz de Villefort-; hablad y, sobre todo, comenzad
por el principio, porque me gusta el orden en todas las cosas.
-Señor -dijo Villefort-, haré a Vuestra Majestad una relación muy fiel del asunto; pero suplicándole
de paso que disculpe la oscuridad que acaso ponga en mis palabras mi presente turbación.
Una mirada del rey después de este exordio insinuante, aseguró a Villefort de que se le escuchaba
con benevolencia.
-Señor -continuó-, he venido a París con toda la celeridad posible, a anunciar a Vuestra Majestad
que en el ejercicio de mis funciones he descubierto, no una de esas conspiraciones vulgares a
insignificantes, como las que se urden todos los días, así por el ejército como por las gentes
del pueblo, sino una verdadera conspiración que amenaza nada menos que al trono de Vuestra
Majestad. Señor, el usurpador se ocupa en armar tres navíos: medita un proyecto, insensato quizá,
pero por esto mismo, terrible. En estos momentos debe de haber salido de la isla de Elba, ignoro
en qué dirección, pero seguramente intentará un desembarco en Nápoles, en las costas de Toscana,
o quizás en nuestro mismo suelo. Vuestra Majestad no ignora que el soberano de la isla de Elba
mantiene aún relaciones con Italia y con Francia.
-Sí, lo sé, caballero -dijo el rey muy conmovido-, y hace poco nos avisaron de que en la calle
de Saint-Jacques se efectuaban reuniones bonapartistas. Pero continuad, os lo ruego. ¿Cómo
obtuvisteis esas noticias?
-Son el resultado de un interrogatorio que hice a un hombre de Marsella a quien de mucho tiempo
atrás vigilaba. Le hice prender el mismo día de mi marcha. Aquel hombre, marino revoltoso, y
bonapartista acérrimo, ha ido a la isla de Elba secretamente, donde el gran mariscal le encargó una
misión verbal para cierto bonapartista de París, cuyo nombre no he podido arrancarle: esta misión
se reducía a encargar al bonapartista que preparase los ánimos a una restauración (tened presente,
señor, que copio el interrogatorio), restauración que no puede menos de estar próxima.
-¿Y qué ha sido de ese hombre? -preguntó Luis XVIII.
-Está preso, señor.
-Así, pues, ¿os parece tan grave el asunto?
-Tan grave, señor, que la primera noticia me sorprendió en una fiesta de familia, el día de mi boda,
y lo he abandonado todo en el mismo momento para venir a demostrar a Vuestra Majestad mis
temores y mi adhesión.
-Es cierto -dijo Luis XVIII-. ¿No existía un proyecto de matrimonio entre vos y la señorita de
Saint-Méran?
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Capítulo XI
El Ogro de Córcega
Al contemplar aquel rostro tan alterado, el rey Luis XVIII rechazó violentamente la mesa a que
estaba sentado.
-¿Qué tenéis, señor barón? -exclamó-. ¡Estáis turbado y vacilante! ¿Tiene alguna relación eso con
lo que decía el duque de Blacas, y lo que acaba de confirmarme el señor de Villefort?
Por su parte el duque de Blacas se acercó también al barón; pero el miedo del cortesano impedía
el triunfo del orgullo del hombre. En efecto, en aquella sazón era más ventajoso para él verse
humillado por el ministro de policía, que humillarle en cosa de tanto interés.
-Señor... -balbució el barón.
-Acabad -dijo Luis XVIII.
Cediendo entonces el ministro de policía a un impulso de desesperación, corrió a postrarse a los
pies del rey, que dio un paso hacia atrás frunciendo las cejas.
-¿No hablaréis? -dijo.
-¡Oh, señor! ¡Qué espantosa desgracia! ¿No soy digno de lástima? Jamás me consolaré.
-Caballero -dijo Luis XVIII-, os mando que habléis.
-Pues bien, señor, el usurpador ha salido de la isla de Elba el 28 de febrero, y ha desembarcado el
1 de marzo.
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-No pude informarme, señor. El despacho anunciaba solamente el desembarco y el camino que trae
el usurpador.
-¿Por qué medio habéis recibido ese despacho?
El ministro bajó la cabeza, y el bochorno se pintaba en su semblante.
-Por el telégrafo, señor -dijo Dandré.
Luis XVIII dio un paso hacia atrás cruzándose de brazos, como Napoleón hubiera hecho, y dijo
pálido de cólera:
-¡Conque una coalición de siete ejércitos ha derrocado a ese hombre, conque un milagro de Dios
me ha restituido el trono de mis padres tras veintitrés años de exilio, conque he estudiado, sondeado
y analizado en ese destierro los hombres y las cosas de esta Francia, mi tierra de promisión, para
que, al llegar al goce de mis anhelos, el mismo poder de que dispongo se escape de mis manos
para aniquilarme!
-Señor, es la fatalidad... -murmuró el ministro, aplastado por aquellas abrumadoras palabras.
-¿De modo que es verdad lo que murmuraban nuestros enemigos? ¿Nada hemos aprendido? ¿Nada
hemos olvidado? Si me vendiesen como a él le vendieron, me consolaría; pero estar rodeado de
personas encumbradas por mí, que deben velar por mí, con más cuidado que por ellas mismas,
porque mi fortuna es su fortuna, porque no eran nada antes que yo subiese al trono, porque nada
serán si yo caigo, y caer, y por torpeza, y por incapacidad. ¡Ah! ¡Cuánta razón tenéis, señor mío,
la fatalidad...!
El ministro se inclinaba bajo el peso de tan terrible anatema; Blacas se limpiaba la frente cubierta
de sudor, y Villefort, viendo crecer su importancia, estaba satisfecho en su fuero interno.
-¡Caer...! -prosiguió Luis XVIII, que de una sola mirada sondeó el abismo que amenazaba tragar
su trono-. ¡Caer! ¡Y saber por el telégrafo la noticia! ¡Oh!, mejor quisiera subir al cadalso de mi
hermano Luis XVI, que bajar así las escaleras de las Tuileries, expuesto de ese modo al ridículo...
¿Sabéis, caballero, lo que el ridículo puede en Francia? No lo sabéis, aunque debíais de saberlo.
-Señor, ¡señor! -murmuró el ministro-, ¡por piedad!
-Acercaos, señor de Villefort -continuó el rey encarándose con el joven, que de pie y un tanto
retirado observaba el desarrollo de esta conversación, en que se trataba el destino de un reino-,
acercaos y decid a este caballero que pudo saber antes lo que no supo.
-Señor, era materialmente imposible adivinar proyectos que el usurpador ocultaba a todo el mundo.
-¡Materialmente imposible! ¡Gran palabra! Desgraciadamente hay palabras tan grandes como
grandes hombres: ya conozco a ellas y a ellos. ¡Imposible a un ministro que cuenta con una
administración, con oficinas, con agentes, con gendarmes, con espías, con un millón y quinientos
mil francos de fondos secretos, imposible saber lo que pasa a sesenta leguas de las costas de
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Francia! Pues oíd: este caballero no contaba con ninguno de tales recursos; este caballero, simple
magistrado, sabía más que vos con toda vuestra policía, y hubiese salvado mi corona a tener como
vos el derecho de dirigir un telégrafo.
El ministro miró con una expresión de despecho a Villefort, que inclinó la cabeza con la modestia
del triunfo.
No lo digo por vos, Blacas -continuó Luis XVIII-, pues si bien nada habéis descubierto, tuvisteis al
menos la cordura de sospechar, y sospechar con perseverancia. Otro hombre, acaso hubiera tenido
por intrascendente la revelación del señor Villefort, o por hija de una innoble ambición.
Estas palabras aludían a las que el ministro de policía pronunció tan sobre seguro una hora antes.
Villefort comprendió perfectamente al rey. Otro en su lugar acaso se desvaneciera con el humo
de la alabanza; pero temió, crearse un enemigo mortal en el ministro de policía, aunque lo tuviese
por hombre perdido sin remedio. En efecto, aquel ministro que en la plenitud de su poder no supo
adivinar el secreto de Napoleón, podía en sus últimos instantes de vida política descubrir el de
Villefort, solamente con interrogar a Dantès. Por esto, en vez de cebarse en el caído le alargó la
mano.
-Señor -dijo-, la rapidez de este suceso debe probar a Vuestra Majestad que sólo Dios podía
impedirlo. Lo que Vuestra Majestad achaca en mí a una perspicacia notable, es hijo del acaso pura
y simplemente. Lo he aprovechado como un servidor fiel, y nada más. No me concedáis mérito
mayor que el que tengo, para no veros obligado a recobrar la primera opinión que formasteis de mí.
El ministro de policía, agradecido, dirigió al joven una elocuente mirada, con lo que conoció
Villefort que había logrado su deseo, es decir, que sin perder la gratitud del rey, acababa de ganar
un amigo con quien podía contar siempre.
-Está bien -dijo Luis XVIII.
Y añadió luego, volviéndose al ministro de policía y al señor de Blacas:
-Podéis retiraros, señores. Lo que hay que hacer ahora atañe al ministro de la guerra.
-Afortunadamente -dijo el señor de Blacas-, podemos contar con la marina, Vuestra Majestad sabe
cuán adicta es a su gobierno, según todos los informes.
-No me habléis, duque, de informes, que ya sé la confianza que puedo poner en ellos. Y a propósito
de informes, señor barón, ¿habéis sabido algo nuevo sobre el asunto de la calle de Saint-Jacques?
-¡El asunto de la calle de Saint-Jacques! -exclamó el sustituto sin poder reprimir una exclamación.
Pero en seguida repuso:
-Perdón, señor, si mi adhesión a Vuestra Majestad hace que me olvide, no del respeto que le debo,
que ése está grabado profundamente, en mi corazón, sino de la etiqueta de palacio.
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-Decid y haced lo que queráis, caballero -respondió el rey Luis XVIII-; en esta ocasión habéis
adquirido el derecho de interrogar.
-Señor -respondió el ministro de policía-, venía justamente ahora a comunicar a Vuestra Majestad
las últimas noticias que he adquirido sobre el asunto que nos ocupa. La muerte del general Quesnel
nos va a dar el hilo de un gran complot.
El nombre del general Quesnel hizo estremecer a Villefort.
-En efecto, señor -prosiguió el ministro de policía-, todo induce a creer que esta muerte no ha
sido suicidio, como al principio creía todo el mundo, sino asesinato. Cuando desapareció, salía, al
parecer, el general Quesnel de un club bonapartista. Un hombre desconocido le fue a buscar aquella
misma mañana, citándole en la calle de Saint-Jacques, desgraciadamente el ayuda de cámara del
general, que le estaba peinando al entrar el desconocido en el gabinete, aunque recuerda bien que
la calle era la de Saint-Jacques, no se acuerda del número de la casa.
A medida que el ministro daba estos pormenores al rey, Villefort, como pendiente de sus labios,
mudaba instantáneamente de color.
El monarca se volvió hacia él.
-¿No suponéis como yo, señor de Villefort, que el general, a quien se tenía justamente por adicto al
usurpador, pero que en el fondo era todo mío, haya muerto víctima de una venganza bonapartista?
-Es probable, señor -respondió Villefort-; pero ¿no se conocen más detalles?
-Hemos dado con el hombre de la cita, y se le sigue la pista.
-¡Se le sigue la pista! -repitió el sustituto.
-Sí; el ayuda de cámara dio sus señas. Es un hombre de cincuenta a cincuenta y dos años; moreno,
ojos negros, cejas espesas y bigote. Lleva un levitón azul abotonado, y en un ojal la insignia de
oficial de la Legión de Honor. Ayer la policía siguió a un individuo exactamente igual en todo a ese
sujeto; pero le perdió de vista en la esquina de la calle de Coq-Héron.
Villefort tuvo que apoyarse en el respaldo de un sillón, porque a medida que el ministro hablaba,
negábanse sus piernas a sostenerle; pero cuando supo que el desconocido había escapado al agente
que le seguía, respiró a sus anchas.
-Buscad a ese hombre, caballero -dijo el rey al ministro de policía-, porque si es verdad, como todo
hace suponer, que el general Quesnel que tan útil nos hubiera sido en estas circunstancias, ha caído
bajo el puñal de un asesino, bonapartistas o no, quiero que los criminales sean castigados como se
merecen.
Villefort necesitó de toda su sangre fría para no dejar traslucir los terrores que le inspiraban estas
palabras del rey.
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-¡Cosa extraña! -prosiguió el rey, como bromeando-; la policía cree haberlo dicho todo cuando
dice, se ha cometido un asesinato; y haberlo hecho todo cuando añade, he encontrado la pista de
los culpables.
-Señor, confío en que Vuestra Majestad quede completamente satisfecho esta vez.
-Ya veremos. No quiero deteneros más, barón; iréis a descansar, señor de Villefort, que debéis
hallaros muy fatigado del viaje. ¿Os alojáis en casa de vuestro padre?
Villefort se turbó visiblemente.
-No, señor -dijo-. Me hospedo en el hotel de Madrid, situado en la calle de Tournon.
-Pero supongo que le habréis visto.
-Señor, en cuanto llegué fui a buscar al duque de Blacas.
-Pero ¿le veréis?
-Ni siquiera trataré de hacerlo.
-¡Ah!, es justo -dijo el rey sonriéndose como para probar que todas sus preguntas encerraban
intención-; olvidábame de que estáis algo reñido con el señor Noirtier, nuevo sacrificio a la causa
real, que debo recompensaros.
-La bondad con que me trata Vuestra Majestad es ya recompensa tan sobre todos mis deseos, que
nada más tengo que pedir al rey.
-No importa, caballero, os tendremos presente, descuidad: entretanto, esta cruz...
Y quitándose el rey la cruz de la Legión de Honor que solía llevar en el pecho cerca de la cruz de
Saint-Louis, y por encima de las placas de la orden de Nuestra Señora del Monte Carmelo y de San
Lázaro, se la dio a Villefort, que repuso:
-Señor, Vuestra Majestad se equivoca, esta cruz es de oficial.
-Tomadla, a fe mía, sea la que fuere -dijo el rey-, que no tengo tiempo para pedir otra. Blacas,
haced que extiendan el diploma al señor de Villefort.
Los ojos de éste se humedecieron con una lágrima de orgullosa alegría; tomó la cruz y la besó.
-¿Qué órdenes -dijo- tiene Vuestra Majestad que darme en este momento?
-Descansad el tiempo que os haga falta, y tened presente que si en París no podéis servirme en
nada, en Marsella puede ser muy al contrario.
-Señor -respondió inclinándose Villefort-, dentro de una hora habré salido de París.
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-Marchad, caballero -dijo el rey-, y si yo os olvidase, que los reyes son desmemoriados, no temáis
el hacer por recordaros... Señor barón, ordenad que busquen al ministro de la Guerra. Blacas,
quedaos.
-¡Ah, señor! -dijo al magistrado el ministro de policía, cuando salieron de palacio-. ¡Entráis con
buen pie, vuestra fortuna es cosa hecha!
-¿Durará mucho? -murmuró el magistrado saludando al ministro, cuya fortuna se deshacía, y
buscando con los ojos un coche para volver a su casa.
A una seña de Villefort se acercó un fiacre42, a cuyo conductor dio las señas de su casa, lanzándose
al fondo en seguida, donde se entregó a sus sueños ambiciosos.
Diez minutos más tarde, el magistrado estaba ya en su casa, y mandó a par que le sirviesen el
almuerzo y que preparasen los caballos para dentro de dos horas.
Iba ya a sentarse a la mesa, cuando sonó fuertemente la campanilla, como agitada por una mano
vigorosa. El ayuda de cámara fue a abrir, y Villefort pudo oír que pronunciaban su nombre.
-¿Quién puede saber que estoy en París? -murmuró.
En este momento entró el ayuda de cámara.
-¿Y bien? -le dijo Villefort-. ¿Quién ha llamado? ¿Quién pregunta por mí?
-Una persona que no quiere decir su nombre.
-¡Una persona que no quiere decir su nombre! ¿Y qué quiere?
-Desea hablaros.
-¿A mí?
-Sí, señor.
-¿Ha dado mis señas? ¿Sabe quién soy yo?
-Indudablemente.
-¿Qué trazas tiene?
-Es un hombre de unos cincuenta años.
42 Carruaje pequeño de alquiler, llamado así por el Hôtel Saint-Fiacre, en París, donde fue introducido en la
década de 1640. Los primeros tenían forma de caja, con cuatro ruedas, abiertos o con capota, conducidos con
tres caballos y diseñados para las calles parisinas de barro.
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-¿Alto? ¿Bajo?
-De la estatura del señor, sobre poco más o menos.
-¿Blanco o moreno?
-Muy moreno; de cabellos, ojos y cejas negros.
-¿Y cómo va vestido? -preguntó vivamente el magistrado.
-Un levitón azul, abotonado hasta arriba, con la roseta de la Legión de Honor.
-¡Él es! -murmuró Villefort palideciendo.
-¡Diantre! -dijo asomando en la puerta el hombre que hemos descrito ya dos veces-. ¡Diantre! ¡Qué
conducta tan extraña! ¿Así hacen en Marsella esperar los hijos a sus padres en la antecámara?
-¡Padre mío...! -exclamó el sustituto-, no me engañé..., sospechaba que fueseis vos.
-Si lo sospechabas -contestó el recién llegado dejando el bastón en un rincón y el sombrero en una
silla-, permíteme entonces, querido Gérard, hacerte ver que has obrado mal haciéndome esperar.
-Dejadnos, Germain -dijo Villefort.
El criado se retiró, y veíase que le sorprendía lo ocurrido.
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Capítulo XII
El Padre y el Hijo
El señor Noirtier, porque, en efecto, era él quien acababa de llegar, siguió con la vista al criado
hasta que cerró la puerta, y luego, sin duda receloso de que se quedase a escuchar en la antecámara,
la volvió a abrir por su propia mano. No fue inútil esta precaución, y la presteza con que salía
Germain de la antecámara dio a entender que no estaba puro del pecado que perdió a nuestro
primer padre. El señor Noirtier se tomó entonces el trabajo de cerrar por sí mismo la puerta de la
antecámara, y echando el cerrojo a la de la alcoba, acercóse, tendiéndole la mano, a Villefort, que
aún no había dominado la sorpresa que le causaban aquellas operaciones.
-¿Sabes, querido Gérard -le dijo mirándole de una manera indefinible-, sabes que me parece que
no te alegras mucho de verme?
-Padre mío -respondió Villefort-, me alegro con toda el alma; pero no esperaba vuestra visita y me
ha sorprendido.
-Mas ahora que caigo en ello -respondió el señor Noirtier-, que yo os podría decir otro tanto. Me
anunciáis desde Marsella vuestra boda para el 28 de febrero, ¡y estáis en París el 3 de marzo!
-No os quejéis, padre mío, de mi estancia en París -dijo Gérard acercándose al señor Noirtier-. He
venido por vos, y mi viaje puede salvaros.
-¿De veras? -dijo el señor Noirtier acomodándose en un sillón-; ¿de veras? Contadme eso, señor
magistrado, que debe de ser cosa curiosa.
-¿Habéis oído hablar, padre mío, de cierto club bonapartista de la calle de Saint-Jacques?
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-Las señas del hombre que se presentó en casa del general Quesnel la mañana del día en que
desapareció.
-¡Ah! ¿Conque sabe eso? ¡Miren la policía! ¿Y cuáles son sus señas?
-Tez morena, cabellos, ojos y patillas negros, levitón azul abotonado hasta la barba, roseta de
oficial de la Legión de Honor, sombrero de alas anchas y bastón de junco.
-¡Vaya! ¿Conque se sabe eso? -dijo Noirtier-. ¿Y por qué no le ha echado la mano?
-Porque ayer le perdió de vista en la esquina de la calle de Coq-Héron.
-¡Cuando yo os digo que es estúpida la policía!
-Sí, pero de un momento a otro puede dar con él.
-Sí, si no estuviese sobre aviso -dijo Noirtier mirando a su alrededor con la mayor calma-; pero
como lo está, va a cambiar de rostro y de traje.
Y levantándose al decirlo, se quitó el levitón y la corbata, tomó del neceser de su hijo, que estaba
sobre una mesa, una navaja de afeitar, se enjabonó la cara, y con mano firme quitóse aquellas
patillas negras que tanto le comprometían.
Su hijo le miraba con un terror que tenía algo de admiración.
Cortadas las patillas, peinóse Noirtier de modo diferente, cambió su corbata negra por otra de color
que había en una maleta abierta, su gabán azul cerrado, por otro de su hijo de color claro, observó
ante el espejo si le caería bien el sombrero de alas estrechas de Villefort, y dejando el bastón de
junco en el rincón de la chimenea donde lo había puesto agitó en su nerviosa mano un ligerísimo
junco del cual Villefort se servía para presentarse y andar con desenvoltura, que era una de sus
principales cualidades distintivas.
-¿Y ahora crees que me reconocerá la policía? -preguntó volviéndose hacia su estupefacto hijo.
-No, señor -balbució el sustituto-. A lo menos, así lo espero.
-Encomiendo a la prudencia -prosiguió Noirtier- estos trastos que dejo aquí.
-¡Oh! Id tranquilo, padre mío -respondió Villefort.
-Ya lo creo. Oye, empiezo a comprender que en efecto puedes haberme salvado la vida; pero, anda,
que muy pronto te lo pagaré.
Villefort inclinó la cabeza.
-Creo que os engañáis, padre mío.
-¿Volverás a ver al rey?
-¿Quieres pasar a sus ojos por profeta?
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Capítulo XIII
El señor Noirtier resultó un profeta verídico. Tal cual los auguró pasaron los sucesos. Todo el
mundo conoce lo de la vuelta de la isla de Elba, suceso extraño, milagroso, que no tiene ejemplo
en lo pasado ni tendrá imitadores en lo porvenir probablemente.
Luis XVIII no trató parar golpe tan duro sino con mucha parsimonia. Su desconfianza de los
hombres le hacía desconfiar de los acontecimientos. El realismo, o mejor dicho, la monarquía
restaurada por él vaciló en sus cimientos mal afirmados aún; un solo gesto del emperador acabó
de demoler el caduco edificio, mezcla heterogénea de preocupaciones y de nuevas ideas. Villefort
no alcanzó de su rey sino aquella gratitud inútil a la sazón y hasta peligrosa, y aquella cruz de la
Legión de Honor, que tuvo la prudencia de no enseñar a nadie, aunque el señor de Blacas le envió
el diploma a vuelta de correo, cumpliendo la orden de Su Majestad.
Napoleón hubiera destituido a Villefort, de no protegerle Noirtier, que gozaba de mucha influencia
en la corte de los Cien Días, tanto por los peligros que había corrido, como por los servicios que
había prestado. El girondino del 93, el senador de 1806, protegió pues a su protector de la víspera;
tal como se lo había prometido.
43 El periodo conocido como los Cien Días, o Campaña de Waterloo, comprende desde el 20 de marzo de
1815, fecha del regreso de Napoleón a París desde su exilio en Elba, hasta el 28 de junio de 1815, fecha de
la segunda restauración de Luis XVIII como rey de Francia. Este periodo pone fin a las llamadas Guerras
Napoleónicas, así como al imperio francés de Napoleón Bonaparte.
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Durante la resurrección del imperio, resurrección que hasta a los menos avisados se alcanzaba
poco duradera, se limitó Villefort a ahogar el terrible secreto que Dantès había estado en trance de
divulgar.
El procurador del rey fue destituido de su cargo por sospechas de tibieza en sus opiniones
bonapartistas. Sin embargo, restablecido apenas el imperio, es decir, apenas habitó Napoleón
en las Tuileries que acababa de abandonar Luis XVIII, apenas lanzó sus numerosas y diferentes
órdenes desde aquel gabinete que conocemos, donde encontró abierta aún y casi llena sobre la
mesa de nogal la caja de tabaco del rey Luis XVIII, Marsella, a pesar del vigor de sus magistrados,
empezó a dejar traslucir en su seno las chispas de la guerra civil, nunca apagadas enteramente en el
Mediodía. Muy poco faltó para que las represalias fuesen algo más que cencerradas a los realistas
metidos en su concha, los cuales se vieron obligados a no poder salir de su casa, porque en las
calles los perseguían cruelmente si se dejaban ver.
Por un cambio natural, el naviero, que como dijimos pertenecía al partido del pueblo, llegó a ser
en esta ocasión, si no muy poderoso, porque Morrel era prudente y algo tímido, como aquel que
con su laborioso trabajo va amasando lentamente una fortuna, por lo menos, alentado por los
bonapartistas furibundos que criticaban su moderación, hallóse, repetimos, bastante fuerte para
levantar la voz y hacer una reclamación, que como ya se adivinará, fue en favor de Dantès.
Villefort continuaba siendo sustituto, a pesar de la caída del procurador: su boda, aunque resuelta,
habíase aplazado para mejores tiempos. Si el emperador se afianzaba en el trono, necesitaba Gérard
de otra alianza, que su padre buscaría y ajustaría; pero como una segunda restauración devolviese
Francia al rey Luis XVIII, crecería la influencia del marqués de Saint-Méran, y la suya propia, con
lo que llegaría a ser la proyectada unión más ventajosa que nunca.
El sustituto del procurador del rey era el primer magistrado de Marsella, cuando una mañana se
abrió la puerta de su despacho y le anunciaron al señor Morrel.
Otro cualquiera se hubiera alarmado con el solo anuncio de semejante visita; pero el sustituto
era un hombre superior, que tenía, si no la práctica, el instinto de todas las cosas. Hizo aguardar
al señor Morrel en la antecámara, tal como había hecho en otro tiempo, y no porque estuviera
ocupado con alguien, sino porque es costumbre que se haga antesala al sustituto del procurador
del rey. Hasta después de un cuarto de hora, pasado en leer tres o cuatro periódicos de diferentes
colores políticos, no dio orden de que entrase el naviero, que esperaba encontrar a Villefort abatido,
y le halló como seis semanas antes, firme, grave, y con esa ceremoniosa política que es la más alta
de todas las barreras que separan al hombre vulgar del hombre encumbrado.
Había entrado en el despacho de Villefort convencido de que el magistrado iba a temblar a su
vista, y como sucedió al revés, él fue quien se vio tembloroso y conmovido ante aquel personaje
interrogador, que le esperaba con el codo apoyado en la mesa y la barba en la palma de la mano.
El señor Morrel se detuvo a la puerta. Miróle Villefort como si le costase trabajo reconocerle, y
después de una larga pausa, durante la cual no hacía el digno naviero sino darle vueltas y más
vueltas a su sombrero entre las manos, el sustituto dijo:
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Si Morrel hubiese sido un hombre más versado en estas materias, le chocara que el sustituto del
procurador del rey se dignase responderle en cosas ajenas de todo en todo a su jurisdicción. Entonces
se hubiera preguntado por qué no le hacía Villefort recurrir al registro general de cárceles, a los
gobernadores de las prisiones, o al prefecto del departamento. Pero Morrel, que había esperado
encontrar a Villefort temeroso, creía hallarle condescendiente. El sustituto lo había comprendido.
-No, caballero, no me equivoco -respondió Morrel-. Conozco hace diez años a ese joven, y hace
cuatro que le tengo a mi servicio. Hace seis semanas, ¿no os acordáis?, vine a rogaros que fuerais
con él clemente, así como hoy vengo a rogaros que seáis justo. ¡Harto mal me recibisteis entonces,
y aún me contestasteis peor; que los realistas entonces trataban a la baqueta a los bonapartistas!
-¡Caballero! -respondió Villefort parando el golpe con su acostumbrada sangre fría-, yo era
entonces realista porque creía ver en los Borbones no solamente los herederos legítimos del trono,
sino los electos del pueblo; pero las jornadas milagrosas de que hemos sido testigos pruébanme
que me engañaba. El genio de Bonaparte sale vencedor. El monarca legítimo es el monarca amado.
-Enhorabuena -exclamó Morrel con su natural franqueza-; me da gusto oíros hablar así, y ya
pronostico buenas cosas al pobre Edmond.
-Aguardad -repuso Villefort hojeando otro registro-: ya caigo..., ¿no es un marino que se iba a
casar con una catalana? Sí..., sí..., ya recuerdo. Era un asunto muy grave.
-¿Cómo?
-¿No sabéis que desde mi casa se le llevó a las prisiones del Palacio de Justicia?
-Sí; ¿y bien?
-Di cuenta a París, enviando los papeles que le hallé..., ¿qué queréis? Mi deber lo exigía. Ocho días
después de su prisión me arrebataron al reo.
-¿Os lo arrebataron? -exclamó Morrel-; ¿y qué han hecho con él?
-¡Oh, tranquilizaos! Seguramente habrá sido transportado a Fenestrelles, a Pignerol o a las islas de
Sainte-Marguerite44..., lo que se llama deportación en lenguaje jurídico, y el día menos pensado le
veréis volver a tomar el mando de su buque.
-Que venga cuando quiera, le reservo su puesto. Pero ¿cómo no ha venido ya? Paréceme que el
primer cuidado de la policía debió de ser poner en libertad a los presos de la justicia realista.
44 Fenestrelle, 72 kilómetros de Turin en la frontera franco-italiana, fue una prisión-fortaleza diseñada por Luis
XIV para frenar a los Hugonotes, fue desmantelada en 1836. Pignerol, 30 kilómetros al sureste, fue construida
en el siglo XVI. Sainte-Marguerite fue también una prisión fortificada.
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-Mi querido señor Morrel, ésa es una acusación temeraria -respondió Villefort-. Para todo hay una
fórmula legal. La orden de prisión vino de arriba y de arriba ha de venir la de ponerle en libertad.
Ahora bien, como apenas hace quince días de la vuelta de Napoleón, todavía no es tarde.
-Pero habrá algún medio de activar el asunto, ahora que nosotros mandamos, ¿verdad? Tengo
amigos y alguna influencia, puedo lograr que se eche tierra a la sentencia.
-No ha sido sentencia.
-Pues que le borren del registro general de cárceles.
-En materia de política tampoco hay registros. Muchas veces importa a los gobiernos que un
hombre desaparezca sin dejar rastro alguno. Las anotaciones del registro general podrían servir de
hilo conductor al que le buscara.
-Eso sucedería quizás en tiempo de los Borbones; pero ahora...
-En todos tiempos sucede lo mismo, mi querido señor Morrel. Los gobiernos se suceden unos a
otros imitándose siempre. La máquina penitenciaria inventada por Luis XIV sigue hoy en uso, y
es muy parecida a la Bastilla. El emperador ha sido más severo al reglamentar sus prisiones que
el gran rey mismo, y el número de los presos que no constan en el registro general de cárceles es
incalculable.
Tanta benevolencia hubiese borrado hasta las sospechas más evidentes, que Morrel no tenía por
otra parte.
-Pero, en fin, señor de Villefort -le dijo-, ¿qué os parece que haga para apresurar la vuelta del pobre
Dantès?
-Una sola cosa, haced una solicitud al ministro de Justicia.
-¡Oh!, caballero, ya sabemos el destino de las solicitudes; el ministro recibe doscientas cada día y
no lee cuatro.
-Sí -respondió Villefort-, pero leería una dirigida por mi conducto, recomendada al margen por mí,
y remitida directamente por mí.
-¿De modo que os encargaríais de que llegara a sus manos esa solicitud?
-Con mucho gusto. Dantès podía ser entonces culpable; pero ahora es inocente, y es mi deber el
devolverle la libertad, como entonces lo fue quitársela.
Villefort evitaba así una requisitoria, aunque poco probable, posible; requisitoria que sin remedio
le perdería.
-¿Cómo se escribe al ministro?
-Sentaos ahí, señor Morrel -dijo Villefort levantándose y cediéndole su asiento-. Voy a dictaros.
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Sin embargo, el sustituto lo había observado todo con ojo avizor. Durante esta corta aparición
imperial llamada los Cien Días, Morrel había vuelto a la carga insistiendo siempre por la libertad
de Dantès; pero Villefort le había tranquilizado con promesas y esperanzas. Al fin llegó el día de
Waterloo45.
Morrel había hecho por su joven amigo cuanto humanamente le había sido posible. Ensayar nuevos
medios durante la segunda restauración hubiese sido comprometerse en vano.
Luis XVIII volvió a subir al trono. Villefort, para quien Marsella estaba llena de recuerdos que eran
para él otros tantos remordimientos, solicitó y obtuvo la plaza de procurador del rey en Toulouse.
Quince días después de su instalación en esta ciudad se verificó su matrimonio con la señorita
Renée de Saint-Méran, cuyo padre tenía más influencia que nunca.
Y con esto Dantès permaneció preso, así durante los Cien Días como después de Waterloo, y
olvidado, si no de los hombres, de Dios a lo menos.
Danglars comprendió toda la extensión del golpe con que había perdido a Dantès, al ver volver a
Francia a Napoleón. Su denuncia acertó por casualidad, y como aquellos hombres que tienen cierta
aptitud para el crimen y un mediano arte de saber vivir, llamó a esta rara casualidad decreto de la
Providencia.
Pero cuando Napoleón volvió a París, y al resonar su voz imperiosa y potente, Danglars tuvo
miedo, ya que esperaba a cada instante ver aparecer a Dantès, a su víctima, enterado de todo, y
amenazador y terrible en la venganza. Manifestó entonces al señor Morrel su deseo de abandonar la
vida marítima, logrando que el naviero le recomendase a un comerciante español, a cuyo servicio
entró a fin de marzo, es decir, diez o doce días después de la vuelta de Napoleón a las Tuileries.
Partió, pues, para Madrid, y ninguno de sus amigos volvió a saber de su paradero.
Fernand no comprendió nada de lo sucedido. Dantès estaba ausente. Con esto se contentaba.
¿Qué le había sucedido?
No trató de averiguarlo; sólo con el respiro que le dejaba su ausencia se ingenió como pudo, ora
para engañar a Mercédès sobre las causas de la desaparición de Edmond, ora para meditar planes
de emigración y robo. Quizás, y eran estos momentos los más tristes de su vida, se sentaba a la
punta del cabo Pharo, desde donde se distinguen a la par Marsella y los Catalans, contemplándolos
triste e inmóvil como un ave de rapiña, y soñando a cada instante ver venir a su rival vivo y
45 La batalla de Waterloo fue un combate librado entre el ejército francés comandado por el emperador
Napoleón Bonaparte frente a las tropas británicas, holandesas, alemanas y el ejército prusiano cerca de la
ciudad de Waterloo (Bélgica), el 18 de junio de 1815. Tras la vuelta del Emperador de su exilio en la isla de
Elba, y al reunirse la Séptima Coalición contra él, Napoleón decide invadir los Países Bajos donde se están
reuniendo tropas de la Coalición. Se enmarca dentro de los denominados Cien Días.
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erguido, y para él también nuncio de terribles venganzas. Para entonces estaba tomada su decisión:
mataba a Edmond de un tiro, y después se suicidaba; pero esto se lo decía a sí mismo para disculpar
su asesinato.
Fernand se engañaba a sí mismo. Nunca se hubiera él suicidado, porque tenía esperanzas aún.
En medio de estos tristes y dolorosos acontecimientos, el imperio llamó a sus banderas la última
quinta, y todos cuantos podían empuñar las armas se lanzaron fuera del territorio francés a la voz
del emperador.
Fernand fue de éstos; abandonó a Mercédès y su cabaña con doble dolor, pues temía que en su
ausencia volviese su rival y se casase con la que adoraba. Si alguna vez debió Fernand matarse
fue al abandonar a su amada Mercédès. Sus atenciones con ella, la compasión que demostraba a
su desdicha, el cuidado con que adivinaba sus menores deseos, habían producido el efecto que
producen siempre las apariencias de adhesión en los corazones generosos. Mercédès había querido
mucho a Fernand como amigo; y su amistad creció con el agradecimiento.
-Hermano mío -le dijo atando a la espalda del catalán la mochila del quinto- hermano mío, mi
único amigo, no te dejes matar, no me dejes sola en este mundo en que lloro, y en el que estaré
enteramente abandonada si tú me faltas.
Estas palabras, dichas por despedida, fueron para Fernand un rayo de esperanza. Si Dantès no
regresaba, quizá Mercédès llegaría a ser suya.
Esta se quedó, pues, enteramente sola en aquella tierra árida, que nunca se lo había parecido tanto,
con el mar inmenso por único horizonte. Bañada en lágrimas, como aquella loca cuya doliente vida
cuenta el pueblo, veíasela de continuo errante en torno a los Catalans; ora quedándose muda e inmóvil
como una estatua bajo el ardiente sol del Mediodía, para contemplar a Marsella; ora sentándose a
la orilla del mar, como si escuchara sus gemidos, eternos como su dolor, y preguntándose al propio
tiempo a sí misma si no le fuera mejor que esperar sin esperanza, inclinarse hacia delante y dejarse
caer por su propio peso en aquel abismo que la tragaría. Mas no fue valor lo que le faltó, sino que
vino en su ayuda la religión a salvarla del suicidio.
Caderousse fue, como Fernand, llamado por la patria; pero tenía ocho años más y era casado, con
lo que se le destinó a las costas. El viejo Dantès, a quien sólo la esperanza sostenía, la perdió con la
caída del imperio, y cinco meses más tarde, día por día de la ausencia de su hijo, y a la misma hora
en que Edmond fue preso, expiró en brazos de Mercédès. El señor Morrel cubrió todos los gastos
del entierro y las mezquinas deudas que el pobre viejo había contraído durante su enfermedad.
Esto, más que filantropía, era valor, porque el país estaba en llamas, y socorrer, aunque moribundo,
al padre de un bonapartista tan peligroso como Dantès, podía ser tomado por un verdadero crimen
político.
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Capítulo XIV
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-Vamos -dijo el inspector con aire de aburrimiento-. Cumplamos nuestra obligación en regla.
Bajemos a los subterráneos.
-Aguardad por lo menos a que vayan a buscar dos hombres -respondió el gobernador- que los
presos, sea por hastío de la vida, sea para hacerse condenar a muerte, intentan tal vez crímenes
desesperados, y podríais ser víctima de alguno.
-Tomad, pues, precauciones -dijo el inspector.
En efecto, enviaron a buscar dos soldados, y comenzaron a bajar una escalera, tan empinada, tan
infecta y tan húmeda, que el olfato y la respiración se lastimaban a la par.
-¡Oh! ¿Quién diablos habita este calabozo? -dijo el inspector a la mitad del camino.
-Un conspirador de los más temibles: nos lo han recomendado particularmente como hombre
capaz de cualquier cosa.
-¿Está solo?
-Sí.
-¿Y cuánto tiempo hace?
-Un año, con corta diferencia.
-¿Y desde su entrada en el castillo está en el subterráneo?
-No, señor, sino desde que quiso matar al llavero encargado de traerle la comida.
-¿Ha querido matar al llavero?
-Sí, señor, a ese mismo que nos viene alumbrando. ¿No es cierto, Antoine? -le preguntó el
gobernador.
-Como lo oye, señor -respondió el llavero.
-¿Está loco este hombre?
-Peor que loco, es el diablo.
-¿Queréis que demos cuenta a la superioridad? -preguntó el inspector al gobernador.
-Es inútil. Bastante castigado está. Ya raya en la locura, y según la experiencia que nuestras
observaciones nos dan, dentro de un año estará completamente loco.
-Mejor para él -dijo el inspector-, pues sufrirá menos.
Como se ve, era este inspector un hombre muy humano, y digno del filantrópico empleo que
gozaba.
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-Tenéis razón, caballero -repuso el gobernador- y vuestra reflexión da a entender que habéis
estudiado la materia a fondo. En otro subterráneo que está separado de éste unos veinte pies y
al cual se desciende por otra escalera, tenemos un viejo abate, jefe del partido de Italia in illo
tempore46, preso aquí desde 1811. Desde fines de 1813 se le ha trastornado la cabeza, y ya nadie le
podría reconocer físicamente. Antes lloraba, ahora ríe; antes enflaquecía, ahora engorda. ¿Queréis
verle antes que a éste? Su locura es divertida y os aseguro que no os entristecerá.
-A uno y otro veré -respondió el inspector-. Hagamos las cosas como se deben hacer.
Era ésta la primera vez que el inspector hacía una visita de cárceles, por lo que deseaba dar a sus
jefes buena idea de sí.
-Entremos, pues, en éste -dijo.
-Bien -respondió el gobernador, haciendo una seña al llavero, el cual abrió la puerta.
Al rechinar de las macizas cerraduras; al rumor de los pesados cerrojos, Dantès, que estaba
acurrucado en un rincón del calabozo recreándose deleitosamente en el exiguo rayo de luz que
penetraba por un tragaluz con gruesísimos barrotes, Dantès, repetimos, levantó la cabeza. Viendo a
un desconocido alumbrado por dos llaveros que llevaban antorchas encendidas, custodiado por dos
soldados y respetado por el gobernador de tal manera que le hablaba con el sombrero en la mano,
comprendió Dantès el objeto de su visita, y viendo en fin que se le presentaba coyuntura de hablar
a una autoridad superior, saltó hacia él con las manos en actitud de súplica. Los soldados calaron
bayoneta, temiendo que el preso se dirigiese al inspector con malas intenciones; éste retrocedió
un paso, asustado. Dantès comprendió que le habían pintado a sus ojos como un hombre temible.
Procuró entonces poner en su mirada cuanto de humildad y mansedumbre hay en el corazón
humano, y con una elocuencia piadosa que admiró a todos los circunstantes trató de conmover al
recién llegado. Escuchó hasta el fin el inspector el discurso de Dantès, y volviéndose al gobernador
le dijo en voz baja:
-Ya va haciéndose humano, y los sentimientos dulces empiezan a dominarle. Observad cómo el
temor obra en él su efecto; retrocedió ante las bayonetas, y el loco no retrocede ante peligro alguno.
Sobre este síntoma he hecho ya en Charenton observaciones muy curiosas. Después, volviéndose
al preso:
-En resumen -le dijo-, ¿qué pedís?
-Pido que me digan el crimen que he cometido; que se me nombren jueces; que se me juzgue; que
se me fusile si soy culpable, pero que me pongan en libertad si soy inocente.
-¿Coméis bien? -le preguntó el inspector.
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-Sí, yo lo creo..., no lo sé; pero eso importa poco. Lo que debe importar, no solamente a mí, pobre
preso, sino a todos los que se ocupan en hacer justicia, y sobre todo al rey que nos manda, es que
el inocente no sea víctima de una delación infame, y no muera entre cerrojos maldiciendo a sus
verdugos.
-¡Qué humilde estáis hoy! -le dijo el gobernador-. No siempre sucede lo mismo, de otra manera
hablabais el día que quisisteis asesinar a vuestro guardián.
-Es verdad, señor -respondió Dantès-, y por ello pido humildemente perdón a este hombre, que ha
sido siempre bondadoso conmigo. Pero ¿qué queréis? Yo estaba loco, yo estaba furioso.
-¿Y ahora, ya no lo estáis?
-No, señor; porque la prisión me doma, me anonada. ¡Hace tanto tiempo que estoy aquí!
-¡Mucho tiempo! ¿En qué época os detuvieron? -le preguntó el inspector.
-El 28 de febrero de 1815, a las dos de la tarde.
El inspector se puso a calcular.
-Estamos a 30 de julio de 1816; no hace más que diecisiete meses que estáis preso.
-¿No hace más? -repuso Dantès-. ¿Os parecen pocos diecisiete meses? ¡Ah!, señor, ignoráis lo que
son diecisiete meses de cárcel; diecisiete años, diecisiete siglos, sobre todo para un hombre como
yo, que estaba próximo a ser feliz; para un hombre que vela abierta una carrera honrosa, y que todo
lo pierde en aquel mismo instante, que del día más claro y hermoso pasa a la noche más profunda,
que ve su carrera destruida, que no sabe si le ama aún la mujer que antes le amaba, que ignora en fin
si su anciano padre está muerto o vivo. Diecisiete meses de cárcel para un hombre acostumbrado
al aire del mar, a la independencia del marino, al espacio, a la inmensidad, a lo infinito; caballero,
diecisiete meses de cárcel es el mayor castigo que pueden merecer los crímenes más horribles del
vocabulario humano. Compadeceos de mí, caballero, y pedid para mí no indulgencia, sino rigor,
no indulto, sino justicia. Justicia, señor, yo no pido más que justicia. ¿Quién se la niega a un preso?
-Está bien, ya veremos -dijo el inspector.
Y volviéndose hacia su acompañante añadió:
-En verdad me da lástima este pobre diablo. Luego me enseñaréis en el libro de registro su partida.
-Con mucho gusto -respondió el gobernador-, pero creo que hallaréis notas tremendas contra él.
-Caballero -prosiguió Edmond-, bien sé que vos no podéis hacerme salir de aquí por vuestra propia
decisión, pero podéis transmitir mi súplica a la autoridad, provocar una requisitoria, hacer en fin
que se me juzgue. ¡Justicia es todo lo que pido! Sepa yo al menos de qué crimen se me acusa, y a
qué castigo se me sentencia. La incertidumbre es el peor de todos los suplicios.
-Contadme, pues, detalles del asunto -dijo el inspector.
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-Señor -exclamó Dantès-, por vuestra voz comprendo que estáis conmovido. ¡Señor! ¡Decidme
que tenga esperanza!
-No puedo decíroslo -respondió el inspector-, sino solamente prometeros examinar vuestra causa.
-¡Oh! Entonces, caballero, estoy libre, ¡me he salvado!
-¿Quién os mandó detener? -preguntó el inspector.
-El señor de Villefort -respondió Edmond Dantès-. Vedle y entendeos con él.
-Desde hace un año que el señor de Villefort no está en Marsella, sino en Toulouse.
-¡Ah! , no me extraña -balbució Dantès-. ¡He perdido a mi único protector!
-¿Tenía el señor de Villefort algún motivo para estar resentido con vos?
-Ninguno, señor; antes al contrario, fue muy bondadoso conmigo.
-¿Podré fiarme de las notas que haya dejado escritas sobre vos, o que me proporcione él mismo?
-Sí, señor.
-Pues bien, tened esperanza.
Dantès cayó de rodillas levantando las manos al cielo, y recomendándole en una oración aquel
hombre que había bajado a su calabozo como el Salvador a sacar almas del infierno. La puerta se
volvió a cerrar, pero la esperanza que acompañaba al inspector se quedó encerrada en el calabozo
de Dantès.
-¿Queréis ver ahora el libro de registro -dijo el gobernador-, o bajamos antes al calabozo del abate?
-Acabemos la visita -respondió el inspector-. Si volviese a salir al aire libre quizá no tendría valor
para acabarla.
-Este preso no es por el estilo del otro, que su locura entristece menos que la razón de su vecino.
-¿Cuál es su locura?
-¡Oh!, muy extraña. Se cree poseedor de un tesoro inmenso. El primer año ofreció al gobierno
un millón si le ponía en libertad; el segundo año le ofreció dos millones; el tercero, tres, y así
progresivamente.
Ahora está en el quinto año, es probable que os pida una entrevista, y os ofrezca cinco millones.
-Manía rara es, en efecto -dijo el inspector-. ¿Y cómo se llama ese millonario?
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47 José-Custodio de Faria (1756-1819), nació en Goa, India, era clérigo mitad indio y mitad portugués, llegó a
París en 1788. En 1792 fue denunciado por no tomar el juramento a la Revolución.
48 Cuando Siracusa cayó ante los romanos en el 212 a.C., se dice que Arquímedes estaba sentado en una plaza
pública mirando unas figuras geométricas que él había dibujado en el polvo, y en lugar de cumplir con la
cortés petición de no pisar sus círculos y triángulos, un centurión lo cortó brutalmente.
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-Porque me prendieron en Piombino, y supongo que, como Milán y Florencia, Piombino será
actualmente capital de un departamento francés.
El inspector y el gobernador se miraron sonriendo.
-¿Sabéis, amigo mío -le dijo el inspector-, que no son muy frescas vuestras noticias de Italia?
-Datan del día en que fui preso, caballero -repuso el abate Faria- y como Su Majestad el emperador
había creado el reino de Roma para el hijo que el cielo acababa de darle, supongo que, siguiendo el
curso de sus conquistas, haya realizado el sueño de Maquiavelo y de César Borgia, que era hacer
de Italia entera un solo y único reino.
-Caballero -dijo el inspector-, la Providencia, por fortuna, ha modificado ese gigantesco plan de
que parecéis partidario tan ardiente.
-Ese es el único medio de hacer de Italia un Estado fuerte, independiente y feliz -respondió el
abate.
-Puede ser -repuso el inspector-; pero yo no he venido a estudiar un curso de política ultramontana,
sino a preguntaros, como ya lo hice, si tenéis algo que reclamar sobre vuestra habitación, trato y
comida.
-La comida es igual a la de todas las cárceles, quiero decir, malísima -respondió el abate- la
habitación ya lo veis, húmeda e insalubre, aunque muy buena para calabozo. Pero no tratemos de
eso sino de revelaciones de la más alta importancia que tengo que hacer al gobierno.
-Ya va a su negocio -dijo en voz baja el gobernador al inspector.
-Me felicito, pues, de veros -prosiguió el abate-, aunque me habéis interrumpido un cálculo
excelente que a no fallarme cambiaría quizás el sistema de Newton. ¿Podéis concederme una
entrevista secreta?
-¿Eh? ¿Qué decía yo? -dijo el gobernador al inspector.
-Bien conocéis a vuestra gente -respondió este último sonriéndose, y volviéndose a Faria le dijo:
-Caballero, lo que me pedís es imposible.
-Sin embargo, ¿y si se tratase, caballero -repuso el abate-, de hacer ganar al gobierno una suma
enorme, una suma de cinco millones?
-A fe mía que hasta la cantidad adivinasteis -dijo el inspector volviéndose otra vez hacia el
gobernador.
-Vamos -prosiguió el abate, conociendo que el inspector iba a marcharse-, no hay necesidad de que
estemos absolutamente solos. El señor gobernador puede asistir a nuestra entrevista.
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-Amigo mío -dijo el gobernador-, sabemos por desgracia de antemano lo que queréis decirnos. De
vuestros tesoros, ¿no es verdad?
Miró Faria a este hombre burlón con ojos en que un observador desinteresado hubiera leído la
razón y la verdad.
-Sin duda alguna -le respondió-. ¿De qué queréis que yo os hable, sino de mis tesoros?
-Señor inspector -repuso el gobernador-, puedo contaros esa historia tan bien como el abate, porque
hace cuatro o cinco años que no me habla de otra cosa.
-Eso demuestra, señor gobernador -dijo Faria-, que sois como aquellos de que habla la Escritura,
que tienen ojos y no ven, oídos y no oyen.
-Amigo -añadió el inspector-, el gobierno es rico, y a Dios gracias no necesita de vuestro dinero.
Guardadlo, pues, para cuando salgáis de vuestro encierro.
Dilatáronse los ojos del abate, y asiendo de la mano al inspector, le dijo:
-Pero, ¿y si no salgo nunca? ¿Y si contra toda justicia permanezco siempre en este calabozo?
¿Y si muero sin haber legado a nadie mi secreto? ¡El tesoro se perderá! ¿No es preferible que lo
poseamos el gobierno y yo? Daré hasta seis millones, caballero, sí, le daré hasta seis millones, y
me contentaré con el resto si se me pone en libertad.
-A fe mía -dijo a media voz el inspector-, habla con tal acento de convicción, que se le creería a no
saber que está loco.
-No estoy loco, caballero, digo la verdad -repuso Faria, que con ese oído finísimo de los presos no
perdió una sola palabra-. El tesoro de que hablo existe ciertamente, y me comprometo a firmar con
vos un tratado por el cual me llevaréis adonde yo designe, se cavará en la tierra, y si yo miento, si
no se encuentra nada, si estoy loco como decís, consentiré en volver al calabozo, y en permanecer
toda mi vida, y en esperar la muerte sin volver a pedir nada ni a vos ni a nadie.
El gobernador se echó a reír.
-¿Y está muy lejos el lugar de vuestro tesoro?
-A cien leguas de aquí, sobre poco más o menos.
-No está mal imaginado -dijo el gobernador-. Si todos los presos se divirtiesen en pasear a sus
guardias por un espacio de cien leguas, y si los guardias consintiesen en tales paseos, sería un
magnífico motivo para que los presos tomaran las de Villadiego49 a la primera ocasión, que no
dejaría de presentarse, ciertamente, en tan larga correría.
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-Es un ardid muy gastado -dijo el inspector-. Ni siquiera tiene el mérito de la invención.
Después, volviéndose al abate, le dijo:
-Ya os he preguntado si os dan bien de comer.
-Caballero -respondió Faria-, juradme por Cristo nuestro Señor que me pondréis en libertad si no
miento, y os diré dónde está el tesoro.
-¿Os dan buen alimento? -repitió el inspector.
-Nada aventuráis, caballero, y no será un truco para escaparme, pero consiento en permanecer aquí
mientras vos vayáis...
-¿No contestáis a mi pregunta? -repuso impaciente el inspector.
-¡Ni vos a mi solicitud! -respondió el abate-. ¡Maldito seáis como los insensatos que no han querido
creerme! ¿No queréis mi oro? Para mí será. ¿Me negáis la libertad? Dios me la dará. Idos. Ya nada
tengo que decir.
Y el abate tiró el cobertor sobre la cama, recogió su pedazo de yeso, y fue a sentarse en medio de
su círculo, donde continuó trazando sus figuras.
-¿Qué hace? -decía el inspector al irse.
-Cuenta sus tesoros -le contestó el gobernador.
Faria respondió a este sarcasmo con una mirada sublime de desprecio.
Salieron y el llavero cerró la puerta.
-¿Si habrá poseído, en efecto, algún tesoro? -decía el inspector subiendo la escalera.
-O habrá soñado que lo poseía, y despertó demente -repuso el gobernador.
-Si realmente fuera tan rico, no estaría preso -añadió el inspector con la sencillez del hombre
corrompido.
Así concluyó para el abate Faria esta aventura. Siguió preso sin que lograse con la visita otra cosa
que afirmar su fama de loco.
Calígula o Nerón, aquellos célebres rebuscadores de tesoros, que se dieron de cabezadas por todo
lo imposible, hubiesen atendido a este pobre hombre, le hubiesen concedido el aire que deseaba, el
espacio que en tanto tenía, la libertad que tan cara quería pagar; pero los reyes de ahora, encerrados
en los límites de lo probable, no tienen la audacia de la voluntad, temen el oído que escucha las
órdenes que ellos mismos dan, el ojo que ve sus acciones; no sienten en sí lo superior de la esencia
divina, son hombres coronados, en una palabra. En otro tiempo se creían o a lo menos se decían
hijos de Júpiter, y conservaban algo del ser de su padre; que no se plagian fácilmente las cosas
más allá de las nubes. Ahora los reyes se hacen muy a menudo vulgares. Sin embargo, como ha
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repugnado siempre al gobierno despótico que se vean a la luz pública los efectos de la prisión y de
la tortura; como hay pocos ejemplos de que una víctima de la inquisición haya podido pasear por el
mundo sus huesos triturados y sus sangrientas llagas, así la locura, esta úlcera causada por el fango
de los calabozos, se esconde casi siempre cuidadosamente en el sitio en que ha nacido, o si sale de
él es para enterrarse en un hospital sombrío, donde el médico no puede distinguir ni al hombre ni
al pensamiento entre las informes ruinas que el carcelero le entrega.
Vuelto loco en la prisión el abate Faria, por su misma locura, estaba condenado a no salir nunca de
ella. En cuanto a Dantès, el inspector le cumplió su palabra, examinando el libro de registro cuando
volvió a los aposentos del gobernador. Así decía la nota referente a él:
Edmond Dantès: Bonapartista acérrimo. Ha tomado una parte muy activa en la vuelta de Napoleón.
Téngase muy vigilado y con el mayor secreto.
Esta nota era de otra letra y de otra tinta que las demás del registro, lo que prueba que no ha
sido anotada de la prisión de Edmond. La acusación era bastante positiva para dudar de ella. El
inspector escribió, pues, debajo:
«Nada se puede hacer por él.»
Esta visita había hecho revivir a Dantès. Desde su entrada en el calabozo se había olvidado de
contar los días; pero el inspector le había dado una fecha nueva, y no la olvidó esta vez, sino que
arrancando de la pared un pedazo de yeso escribió en el muro: «30 de julio de 1816.» Desde este
momento señaló con una raya cada día que pasaba para poder calcular el tiempo.
Transcurrieron días, semanas y meses, y Dantès seguía confiado. Empezó por fijar para su salida
de la cárcel un término de quince días, pues suponiendo que el inspector no tuviese en su asunto
sino la mitad del interés que él mismo tenía, le bastaba con ese plazo. Transcurrido también éste,
pensó que era absurdo creer que el inspector se ocupase en tal cosa antes de su regreso a París, y
como su vuelta era imposible sin terminar la visita, que debía durar lo menos un mes o dos, alargó
Edmond su plazo hasta tres meses.
Pasados éstos hizo otro cálculo, prolongándolos hasta seis; pero cuando éstos pasaron también,
halló que juntos los primeros días con los meses había esperado diez y medio.
Durante dicho tiempo en nada había mudado su situación; ninguna nueva de consuelo había tenido,
y seguía como siempre mudo su carcelero. Dantès empezó a dudar de sus sentidos, a creer que lo
que tomaba por un recuerdo no era sino una visión de su fantasía, y que aquel ángel consolador
solamente había bajado a su calabozo en alas de un sueño.
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Capítulo XV
El Número 34 y el Número 27
Dantès pasó por todos los grados de desventura que experimentan los presos olvidados en el fondo
de sus calabozos. Comenzó por recurrir al orgullo, que es una consecuencia de la esperanza y un
íntimo convencimiento de la propia inocencia; después dudó de su inocencia, lo que no dejaba de
justificar un tanto las suposiciones de locura del gobernador, y por último cayó del pedestal de su
orgullo, y no para implorar a Dios, sino a los hombres. Dios es el último recurso. El desgraciado que
debería comenzar por él, no llega a implorarle sino después de haber agotado todas sus esperanzas.
Pidió, pues, que le sacasen de su calabozo para ponerle en otro, aunque fuese más negro y más
oscuro. Un cambio, aunque perdiendo, era siempre un cambio, y le proporcionaría por algún tiempo
distracción. Pidió asimismo que le concediesen el pasear, y el tomar el aire, y libros e instrumentos.
Nada le fue concedido; pero no por eso dejó de pedir, pues se había acostumbrado a hablar con
su carcelero, que era más mudo que el anterior si es posible. Hablar con un hombre, aunque no le
respondiese, había llegado a parecerle una gran felicidad. Hablaba para escuchar su propia voz,
pues cierta vez que ensayó en hablar a solas, su voz le dio miedo.
Muchas veces, cuando estaba en libertad, se había horrorizado Dantès al recuerdo de esas cárceles
comunes de las poblaciones, donde los vagabundos están mezclados con los bandoleros y con los
asesinos, que con innoble placer contraen horribles lazos, haciendo de la vida de la cárcel una
orgía espantosa. Pues, a pesar de todo, llegó incluso a sentir deseos de encontrarse en uno de estos
antros, por ver otras caras que la de aquel carcelero impasible y mudo; llegó a echar de menos el
presidio con su infamante traje, su cadena asida al pie, y la marca en la espalda. Los presidiarios al
menos viven en sociedad con sus semejantes, respiran el aire libre y ven el cielo: los presidiarios
deben ser muy dichosos.
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Un día suplicó a su guardián que pidiese para él un compañero, aunque fuese el abate loco de que
había oído hablar. Bajo la corteza de un carcelero, por más que sea muy ruda, queda siempre algo
de humanidad, y éste, a pesar de que nunca lo había demostrado ostensiblemente, en lo íntimo de
su alma compadeció muchas veces a aquel desgraciado joven, sujeto a tan dura cautividad, por lo
que transmitió al gobernador la solicitud del número 34; pero el gobernador, prudentísimo como
si fuera un hombre político, se figuró que Dantès quería insurreccionar a los presos, fraguar una
conspiración, contar con algún amigo para alguna tentativa; y le negó lo que pedía.
Habiendo agotado todos los recursos humanos, y no encontrando remedio de ninguna clase para sus
males, fue cuando se dirigió a Dios. Vinieron entonces a vivificar su alma todos esos pensamientos
piadosos que baten sus alas sobre los desgraciados. Recordó las oraciones que le enseñaba su
madre, hallándoles una significación entonces de él desconocida, porque las oraciones para el
hombre que es dichoso son a veces palabras vacías de sentido, hasta que el dolor viene a explicar
al infortunio ese lenguaje sublime con que nos habla Dios.
Oró, pues, mas no con fervor sino con rabia. Rezando en alta voz no le asustaban sus palabras: caía
en una especie de éxtasis; a cada palabra que pronunciaba se le aparecía Dios; sacaba lecciones
de todos los hechos de su vida humilde y oscura, atribuyéndolos a Dios, imponiéndose deberes
para el porvenir, y al final de cada rezo intercalaba ese deseo egoísta que los hombres dirigen a sus
semejantes más a menudo que a Dios:
«...Y perdona nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores...»
Y esto le puso sombrío, y un velo cubrió sus ojos. Dantès era un hombre sencillo y sin educación. Lo
pasado permanecía para él envuelto en ese misterio que la ciencia desvanece. En la soledad de un
calabozo, en el desierto de su imaginación, no le era posible resucitar los tiempos pasados, reanimar
los pueblos muertos, restaurar las antiguas ciudades, que el pensamiento poetiza y agiganta, y que
pasan delante de los ojos alumbradas por el fuego del cielo, como los cuadros babilónicos de
Martin51. Dantès no conocía más que su pasado, tan breve; su presente, tan sombrío, y su futuro
tan dudoso. ¡A la luz de los diecinueve años ver la oscuridad de una noche eterna! Como ninguna
distracción le entretenía, su espíritu enérgico, a cuyas aspiraciones bastara solamente el tender su
vuelo a través de las edades, se veía obligado a ceñirse a su calabozo como un águila encerrada
en una jaula. Entonces se aferraba, por decirlo así, a una idea, a la de su ventura, desvanecida sin
causa aparente por una fatalidad inconcebible; aferrábase, pues, a este pensamiento, le daba mil
vueltas examinándolo bajo todas sus fases, devorándolo como el implacable Ugolino devora el
51 Probablemente el artista inglés John Martin (1789 - 1854), cuyas enormes y dramáticas pinturas de escenas
bíblicas y alegóricas atrajo la atención de los litógrafos que le hicieron extraordinariamente popular en
Europa.
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cráneo del arzobispo Ruggieri en el Infierno del Dante52. Edmond, que sólo tenía una fe pasajera
en el poder, la perdió como la pierden otros después del triunfo, con la única diferencia de que él
no había sabido aprovecharla.
La rabia sucedió al ascetismo. Tales blasfemias decía Edmond, que el carcelero retrocedía
espantado, se daba golpes contra las paredes, y con cuanto tenía a la mano, principalmente en
sí mismo se vengaba de las contrariedades que le hacía sufrir un grano de arena, una paja o una
ráfaga de viento. Entonces aquella carta acusadora que él había visto, que él había tocado, que le
enseñó Villefort, volvía a clavársele en el magín y cada línea brillaba en la pared como el Mane
Thécel Pharès, de Baltasar53. Decía para sí que era el odio de los hombres, no la venganza de Dios
el que lo hundió en aquella sima; entregaba aquellos hombres desconocidos a todos los suplicios
que inventaba su exaltada imaginación, y aún le parecían dulces los más tremendos, y sobre todo
livianos para ellos, porque tras el suplicio viene la muerte, y la muerte es, si no el reposo, la
insensibilidad, que se le parece mucho.
A fuerza de repetirse a sí mismo, a propósito de sus enemigos, que la calma es la muerte, y el
que desea castigar con crueldad necesita de otros recursos que no son los de la muerte, cayó en el
horrible ensimismamiento que ocasiona la idea del suicidio. ¡Pobre de aquel a quien detienen en la
pendiente de la desgracia estas tristes ideas! ¡Son como uno de esos mares muertos que reflejan el
purísimo azul del cielo; pero que si el nadador se arroja a ellos, siente hundirse sus pies en un suelo
fangoso, que le atrae, le aspira y le traga! En esta situación, sin auxilio divino, no hay remedio para
él, y cada esfuerzo que hace le hunde más, y le arrastra más y más a la muerte.
Esta agonía moral es, sin embargo, menos terrible que el dolor que la precede y el castigo que
acaso la sigue; es una especie de consuelo vertiginoso, que nos muestra la profundidad del abismo,
pero que también en su fondo nos muestra la nada. Edmond se consoló, pues, un tanto con esta
idea. Todos sus dolores, todos sus sufrimientos, con su lúgubre cortejo de fantasmas, huyeron
hacia aquel rincón del calabozo, donde parecía que el ángel de la muerte pudiese fijar su silenciosa
planta. Contempló ya con tranquilidad su vida pasada, con terror su vida futura, y eligió ese término
medio que le ofrecía un asilo.
-Tal vez en mis lejanas correrías, cuando yo era aún hombre, y cuando este hombre libre y potente
daba a otros hombres órdenes que eran ejecutadas en el acto, tal vez (decía para sí) he visto nublarse
el cielo, bramar las olas y encresparse, nacer la tempestad en un extremo del espacio, y como un
52 Dante Alighieri (1265-1321) fue un poeta italiano. Su obra maestra, La Divina Comedia, es una de las obras
fundamentales de la transición del pensamiento medieval al renacentista. Es considerada la obra maestra de la
literatura italiana y una de las cumbres de la literatura universal. El Conde Ugolino (personaje del Infierno de
Dante) fue traicionado y encarcelado en 1289 por Ruggieri degli Ubaldini, arzobispo de Pisa. Al comienzo del
Canto XXXIII del Infierno explica las razones de su comida feroz.
53 Daniel 5:25.
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águila gigantesca venir llenando con sus alas los dos horizontes. Quizá conocía ya entonces que
mi barco era un refugio despreciable, puesto que parecía temblar y estremecerse, ligero como una
pluma en la mano de un gigante. Después el terrible mugido de las olas, la vista de los escollos
me anunciaban la muerte, y la muerte me espantaba, y hacía inauditos esfuerzos para librarme
de ella, y reunía en un punto todas las energías del hombre y toda la inteligencia del marino para
luchar con Dios. Y esto, porque yo entonces era feliz; porque volver a la vida era para mí volver
a la felicidad; porque aquella muerte yo no la había llamado ni la había elegido; porque el sueño,
en fin, me parecía intolerable en aquel lecho de algas y de légamo..., era que me indignaba a mí,
criatura, imagen de Dios, el servir de pasto a los albatros o a los tiburones. Pero hoy ya es otra cosa,
he perdido cuanto me encariñaba con la existencia; hoy la muerte me sonríe como una nodriza al
niño que va a amamantar; hoy muero como se me antoja; muero cansado, como dormía en aquellas
noches de desesperación y rabia después de haber dado tres mil vueltas en mi camarote; es decir,
treinta mil pasos; es decir, diez leguas sobre poco más o menos.
En cuanto esta idea germinó en la imaginación del joven, púsose un tanto más alegre, más risueño,
se conformó más con su pan negro y con su dura cama, comió menos, dejó de dormir, y comenzó
a parecerle soportable aquel resto de existencia, que podría dejar cuando quisiese, como se deja un
vestido viejo.
Dos maneras tenía de morir; una era sencilla, atar su pañuelo a un hierro de la ventana y ahorcarse;
otra era dejarse morir de hambre, sin que su carcelero se diera cuenta de ello. La primera repugnaba
mucho a Dantès, porque recordaba a los piratas que mueren ahorcados en las vergas de los navíos
que los apresan: tenía pues a la horca por un suplicio infamante y no quería aplicárselo a sí mismo,
por lo que adoptó el segundo medio, empezando desde aquel día a ponerlo en práctica.
Cerca de cuatro años habían transcurrido en las alternativas que hemos referido. A fines del segundo
dejó de contar los días, y había vuelto a esa ignorancia del tiempo, de que le sacara en otra época
el inspector.
Habiendo dicho Dantès «quiero morir», y habiendo elegido hasta la muerte que se daría, lo calculó
bien todo, y por temor de arrepentirse hizo juramento consigo mismo de morir de aquella manera.
«Cuando me traigan las provisiones las tiraré por la ventana -decíase-, y aparentaré que las he
comido.»
Hízolo como se lo había prometido. Dos veces cada día tiraba su comida por la ventanilla con reja,
que apenas le dejaba ver el cielo, primeramente con alegría, después con reflexión, y por último con
pesar. Para fortalecerse en tan horrible lucha, necesitaba recordarse a cada instante el juramento
que se había hecho. Aquella comida que otras veces le repugnaba, gracias al aguijón del hambre, le
parecía tentadora a la vista, exquisita al olfato, y más de una vez pasó horas enteras con la cazuela
en las manos contemplando fijamente iba a cesar para él, hízole figurarse que Dios se compadecía
al fin de aquella carne nauseabunda, aquel pescado podrido, y aquel pan negro sus sufrimientos.
Dominaban aún en él los postreros instintos de la vida. Su calabozo de sus amigos, alguno de esos
seres amados, en quien tantas veces le parecía entonces menos sombrío, y su situación menos
desesperada, pensó, siempre que pensaba, no se ocuparía de él en aquellos momentos. Todavía era
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joven, puesto que debía contar veinticinco o veintiséis años, y le quedaban con corta diferencia
cincuenta que vivir, o sea el doble de lo que había vivido. Pero no, sin duda Edmond se engañaba;
aquello no era más que una de esas visiones fantásticas que se forjan a las puertas de lamentos, y
no trataría de disminuir la distancia que los separaba.
Durante este tiempo, ¡cuántos acontecimientos podrían abrir las murallas del castillo de If, y romper
las puertas, y volverle a la libertad! Entonces aproximaba a su boca aquella comida que, Tántalo
voluntario, apartaba al punto con mano firme, pues con el recuerdo de su juramento, esta generosa
naturaleza temía despreciarse a sí mismo si lo quebrantaba. Riguroso e implacable consigo mismo,
gastó, pues, el asomo de existencia que le quedaba, llegando un día en que no tuvo fuerzas para
levantarse a arrojar la comida. Al día siguiente ya no veía, y oía con mucha dificultad. El carcelero
creyó que estaba enfermo de gravedad, y Edmond confió ya en su muerte próxima. Así pasó todo
el día. Cierto aturdimiento vago y un si es no es agradable, empezaba a apoderarse de él.
Ya se habían adormecido las convulsiones nerviosas de su estómago; se habían calmado los ardores
de su sed. Al cerrar los ojos veía una multitud de resplandores brillantes, como esos fuegos fatuos
que oscilan por la noche a flor de los terrenos fangosos, era el crepúsculo de ese ignoto país que
se llama la muerte.
De repente, a las nueve de aquella misma noche, oyó en la pared en que se apoyaba su cama un
ruido sordo y lento. Venían tantos animales inmundos a hacer ruido por aquel lado, que poco a
poco se había acostumbrado Dantès a no despertar siquiera de sus sueños por cosa tan común allí;
pero esta vez, ya que la abstinencia tuviese exaltados sus sentidos, ya que fuese el ruido, en efecto,
extraordinario, o ya porque en los momentos supremos todo tiene importancia, Edmond levantó la
cabeza para oír mejor. Era una especie de frotamiento acompasado, que parecía provenir, o de unas
enormes uñas o de unos dientes fortísimos, o en fin, de un instrumento que chocara con la piedra.
Aunque debilitada, en la imaginación del joven bulló al punto esta idea falaz, fija constantemente
en la de todo preso: ¡La libertad! La ocasión en que escuchaba aquel ruido, justamente cuando
todo ruido muere. El ruido seguía oyéndose, sin embargo, y duró hasta tres horas sobre por más o
menos, terminando en una especie de roce, como al arrastrar una cosa.
Horas más tarde se repitió más fuerte y más cercano. Empezaba Edmond a interesarse en aquel
trabajo que le hacía compañía, cuando entró el carcelero.
Habían pasado ocho días desde que decidió morir, y cuatro desde que empezó a poner en práctica su
proyecto, y en todo este tiempo no había Edmond dirigido la palabra a aquel hombre, ni respondido
a las que él le dirigía preguntándole por su enfermedad, sino que por el contrario, siempre se volvía
del otro lado cuando el carcelero le contemplaba atentamente. Mas hoy podía el carcelero oír aquel
sordo ruido y alarmarse, y destruir acaso aquel yo no sé qué de esperanza, cuya idea deleitaba los
últimos momentos de Dantès.
El carcelero le traía el almuerzo y Edmond se incorporó en su cama, y ahuecando la voz se puso
a hablar de todas las cosas posibles, de la mala calidad de su alimento, del frío que reinaba en el
calabozo, maldiciendo y gruñendo, para tener el derecho de gritar más fuertemente, y agotando
la paciencia del carcelero, que precisamente aquel día había pedido para el preso enfermo caldo y
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pan tierno, y le llevaba ambas cosas. Por fortuna creyó que Dantès deliraba, y salió del calabozo,
poniendo el almuerzo en la mesilla coja donde lo solía dejar. Libre entonces Edmond, volvió a
escuchar con deleite. El ruido era ya tan claro que el joven lo escuchaba sin trabajo alguno.
-¡No hay dada! -exclamó para sí-; puesto que, a pesar de la luz del día prosigue este ruido, lo
ocasiona algún desdichado preso para escaparse. ¡Oh! ¡Si yo estuviera con él, cómo le ayudaría!
De pronto, una nube sombría pasó eclipsando esta aurora de esperanza por aquella mente, sólo
habituada a la desgracia, y que no podía sin macho trabajo volver a concebir la felicidad. Era, pues,
la idea de que quizás aquel rumor lo ocasionaban algunos albañiles que se ocupasen por orden del
gobernador, en arreglar el calabozo inmediato.
Fácil era cerciorarse; pero ¿cómo se atrevía a preguntarlo? Nada más fácil, repetimos, que esperar
la llegada del carcelero, hacerle darse cuenta del ruido, y observar la impresión que le causaba;
pero con esta nimia satisfacción de su curiosidad, ¿no podría arriesgar intereses muy altos? Por
desgracia, la cabeza de Edmond, como una campana vacía, estaba aturdida, y tan débil, que su
cerebro, flotante como un vapor, no podía condensarse para concebir una idea. No vio más que un
medio para dar fuerza a su reflexión y lucidez a su juicio; volvió los ojos hacia el caldo, humeante
aún, que el carcelero acababa de poner sobre la mesa, y levantándose como pudo tomó la taza y
bebió de un sorbo, sintiendo al punto un indecible bienestar. Y tuvo fuerzas para contenerse, aunque
había ya cogido el pan para comerlo; pero el recuerdo de que muchos náufragos, extenuados de
hambre, habían muerto por comer mucho de repente, hízole dejar el pan sobre la mesa y volver a
acostarse. Edmond ya no quería morir.
Pronto sintió penetrar la luz en su cerebro. Sus ideas vagas e incomprensibles empezaban a
reflejarse en ese espejo maravilloso cuya lucidez distingue al hombre del animal. Pudo, pues,
pensar, fortificando su pensamiento con el raciocinio.
-Puedo hacer una prueba -dijo entonces para sí-, pero sin comprometer a nadie. Si el ruido procede
de un albañil, en cuanto yo golpee la pared, cesará, porque él intentará saber quién llama y por qué
llama; pero como será su trabajo no solamente lícito sino obligatorio, al punto lo proseguirá. Si,
por lo contrario, es un preso, el ruido que yo haga debe sobresaltarle, y temiendo ser descubierto
abandonará su trabajo hasta la noche cuando todos duerman en el castillo.
Acto seguido volvió a levantarse Edmond, y esta vez, ni sus piernas vacilaban ni sus ojos se
desvanecían. Dirigióse a un rincón del calabozo, arrancó una piedra, que con la humedad iba
ya desprendiéndose, y con ella dio tres golpes en la pared, donde parecía sentirse más cercano
el ruido. Al primer golpe, el ruido cesó como por ensalmo. Púsose a escuchar Edmond con toda
su alma, y pasó una hora, y pasaron dos, sin que el ruido prosiguiese. Del otro lado de la pared
respondía a sus golpes un silencio absoluto. Lleno de esperanza, comió algunos bocados de pan,
bebió unos sorbos de agua, y gracias a la poderosa constitución de que le dotara la naturaleza,
hallóse poco más o menos como antes. Llegó la noche y no se oyó el ruido.
-¡Es un preso! -exclamó Dantès con indecible júbilo.
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Desde entonces su cabeza fue un volcán, y se hizo su vida violenta a fuerza de ser activa. Pasó la
noche sin que él cerrara los ojos ni se oyera el más leve ruido. Con el alba llegó el carcelero a traer
las provisiones. Edmond había agotado las del día anterior, y agotó también las nuevas, escuchando
incesantemente aquel ruido que no continuaba, temiendo que no volviese a repetirse, andando al
día diez o doce leguas en su calabozo, asiéndose a la reja de hierro de la ventanilla para recobrar
la elasticidad de sus miembros, y disponiéndose, en fin, a luchar cuerpo a cuerpo con el porvenir,
al igual que los gladiadores, que ejercitaban su cuerpo y lo frotaban con aceite antes de bajar a la
arena. En los intervalos de esta febril actividad, escuchaba por si volvía el ruido, impacientándose
con la prudencia de aquel preso, que no adivinaba que quien le había interrumpido en sus tareas de
libertad era otro preso que deseaba recobrarla tanto como él.
Transcurrieron tres días... setenta y dos horas mortales contadas minuto por minuto. Al fin una
noche, cuando el carcelero acababa de hacerle su última visita, tenía Edmond por centésima vez
pegado el oído a la pared, y le pareció que un rumor imperceptible vibraba sordamente en su
cabeza, puesta en contacto con la pared. Apartóse un poco para refrescar su cerebro exaltado, dio
algunas vueltas por la habitación, y volvió a colocarse en el mismo sitio. No había duda, algo
pasaba en el otro lado. El preso había reconocido lo arriesgado de su empresa y la proseguía de
otro modo. Sin duda había sustituido el cincel por la palanca. Animado por este descubrimiento,
Edmond decidió ayudar a aquel obrero infatigable. Empezando por apartar su cama, pues detrás
de ella creía que sonaba el rumor, buscó con los ojos un objeto que le sirviese para rascar la pared
y arrancar una piedra de sus húmedos cimientos. No tenía cuchillo ni instrumento cortante alguno,
sino sólo los barrotes de la reja, y como más de una vez se había convencido de que era imposible
arrancarlos, ni siquiera lo intentó. Todos sus muebles reducíanse a la cama, una silla, una mesa, un
jarro y un cántaro. La cama tenía los pies de hierro; pero los tenía unidos a las tablas con tornillos.
Para poder arrancarlos necesitaba de un destornillador.
Sólo le quedaba un recurso: romper el cántaro, y emprender su tarea con uno de los pedazos que
tuviesen forma puntiaguda. Dicho y hecho, dejó caer el cántaro al suelo, con lo que se hizo mil
pedazos. Eligió dos o tres de los más agudos y los ocultó en su jergón, dejando los otros en el suelo.
El romperse el cántaro era una cosa tan natural, que no le daba cuidado alguno. Edmond tenía
toda la noche para trabajar; pero con la oscuridad no se daba mucha maña, pues tenía que trabajar
a tientas, y conoció bien pronto que su primitiva herramienta se embotaba contra un cuerpo más
duro. Volvió, pues, a acostarse y esperó que amaneciera, con la esperanza había recobrado la
paciencia, y durante toda la noche no dejó de oír al zapador anónimo que continuaba su trabajo
subterráneo.
Al amanecer entró el carcelero. Díjole el joven que bebiendo, la víspera, con el cántaro, se le había
caído de las manos, rompiéndose. El carcelero, refunfuñando, fue a traer otra vasija nueva, sin
tomarse el trabajo de llevarse los restos de la rota. Volvió con ella un instante después, encargando
al preso que tuviese más cuidado, y se marchó.
Dantès escuchó con alegría inexplicable rechinar la cerradura, que en otros tiempos cada vez que
se cerraba le oprimía el corazón. Oyó alejarse el ruido de los pasos, y cuando se extinguieron
enteramente corrió a retirar la cama de su sitio, con lo que pudo ver, al débil rayo de luz que
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penetraba en el calabozo, lo inútil de su tarea de la noche anterior, ya que había rascado la piedra y
no la cal que por sus extremos la rodeaba y que la humedad había reblandecido bastante. Latiéndole
con fuerza el corazón observó Dantès que se caía a pedazos, y que aunque los pedazos eran átomos,
en realidad, en media hora arrancó un puñado poco más o menos. Un matemático hubiera podido
calcular que con dos años de este trabajo, si no se tropezaba con piedra viva, podría practicarse un
boquete de dos pies cuadrados y veinte de profundidad. Entonces el preso se reprendió a sí mismo
por no haber ocupado en aquella manera las largas horas que había perdido esperando, rezando
y desesperándose. Eran cerca de seis años que llevaba en el calabozo. ¿Qué trabajo no hubiera
podido acabar por lento que fuese? Esta idea le infundió alientos.
A los tres días logró, con infinitas precauciones, arrancar todo el cimiento, dejando la piedra al
aire. La pared se componía de morrillos interpolados de piedras para mayor solidez. Una de estas
piedras era la que había casi desprendido y que ahora anhelaba arrancar de su base. Recurrió
Dantès a sus dedos, pero fueron insuficientes, y los pedazos del cántaro, introducidos a manera de
palanca en los huecos, se rompían cuando él apretaba. Después de una hora de inútiles tentativas
se levantó con la frente bañada en sudor, lleno de angustia el corazón, preguntándose si tendría que
renunciar al principio de su empresa. ¿Tendría que esperar, inerte y pasivo, a que su compañero,
que quizá se cansaría, lo hiciese todo por su parte?
Pasó entonces por su imaginación una idea que le hizo quedarse parado y sonriendo. Su frente
húmeda de sudor se secó al punto. El carcelero le llevaba todos los días la sopa en una cacerola
de cinc. Además de su sopa, contenía esta cacerola seguramente la de otro preso, puesto que había
observado Dantès que unas veces estaba enteramente llena y otras hasta la mitad únicamente,
según que su conductor empezaba a distribuir por él o por su compañero.
La cacerola tenía un mango de hierro, que era justamente lo que Edmond necesitaba, y lo que
hubiera pagado con diez años de su vida. El carcelero solía vaciar la cacerola en la cazuela de
Dantès, quien después de comerse la sopa con una cuchara de palo, lavaba la cazuela para que le
sirviera al siguiente día. Aquella noche Edmond colocó la cazuela en el suelo entre la puerta y la
mesilla, de modo que al entrar el carcelero la pisó y la hizo mil pedazos sin que pudiese decir nada
a Dantès: si éste había cometido la torpeza de dejarla en el suelo, el carcelero había cometido la
de no mirar dónde ponía los pies; por lo que tuvo que contentarse con refunfuñar. Miró luego a
su alrededor para hallar donde dejarle la comida; pero Dantès no tenía más vasija que la cazuela.
-Dejadme la cacerola -dijo Edmond-, mañana podréis recogerla cuando me traigáis el desayuno.
Este consejo convenía tanto a la pereza del carcelero, como que así no necesitaba subir y bajar otra
vez la escalera. Dejó pues la cacerola. Edmond tembló de alegría, y comiendo esta vez a toda prisa
la sopa y el resto de sus provisiones, que, según costumbre de las cárceles, se juntaban en una sola
vasija, esperó más de una hora para cerciorarse de que el carcelero no volvería; separó la cama de
la pared, cogió la cacerola, e introduciendo el mango por la junta de piedra, sirvióse de él como de
una palanca.
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Una ligera oscilación de la piedra le probó que su ensayo tenía buen resultado; al cabo de una hora,
la piedra había salido de la pared, dejando un hueco como de un pie de diámetro. Recogió con
cuidado toda la cal, y la esparció en los rincones del calabozo. Luego raspó el suelo con uno de
los pedazos del cántaro y mezcló aquella cal con tierra negruzca. Queriendo después aprovechar
aquella noche, en que la casualidad, o mejor dicho, su sabia combinación le proveyera de tan
precioso instrumento, siguió cavando con mucho afán. Al amanecer volvió a colocar la piedra en
su agujero, colocó también la cama en su sitio y se acostó. Su almuerzo consistía en un pedazo de
pan, que poco después vino a traerle el carcelero.
-¡Cómo! ¿No me bajáis otra cazuela? -le preguntó Edmond.
-No, porque todo lo rompéis -respondió aquél-. Habéis roto un cántaro, y tenido la culpa de que
yo rompiese la cazuela. Si todos los presos hiciesen tanto gasto como vos, el gobierno no podría
soportarlo. Os dejaré la cacerola, y en ella os echaré la sopa de hoy en adelante, acaso no la
romperéis.
Dantès levantó los ojos al cielo y cruzó las manos debajo de su cobertor porque aquel pedazo
de hierro, de que dispondría ya a todas horas, le inspiraba una gratitud al cielo, más viva que la
que le habían inspirado todas las venturas de su vida anterior. Había observado solamente que su
compañero no trabajaba desde que él había comenzado su tarea. Pero ni esto importaba, ni era
razón para desmayar, si su compañero no llegaba hasta él, él llegaría hasta su compañero. Todo
el día trabajó sin descanso, de manera que por la noche, gracias a su nuevo instrumento, había
arrancado de la pared sobre diez puñados, entre morrillos, cal y piedra del cimiento.
A la hora de la visita enderezó lo mejor que pudo el mango de su cacerola, colocándola en su sitio.
Vertió en ella el llavero su ordinaria ración de sopa y de provisiones, o por mejor decir de pescado,
porque aquel día, así como tres veces por semana, hacían comer de viernes a los presos. Este habría
sido un medio de calcular el tiempo, si Edmond no hubiera renunciado a él desde hacía mucho.
Fuese el carcelero y esta vez quiso Dantès asegurarse de si su vecino había en efecto renunciado
o no a su empresa, y se puso a escuchar atentamente. Todo permaneció en silencio como durante
aquellos tres días en que los trabajos se habían interrumpido. Suspiró, convencido de que el preso
desconfiaba de él.
Con todo, no por esto dejó de trabajar toda la noche; pero a las dos o tres horas tropezó con un
obstáculo. El hierro no se hundía, sino que resbalaba sobre una superficie plana. Metió la mano,
y pudo cerciorarse de que había tropezado con una viga que atravesaba, o, mejor dicho, cubría
enteramente el agujero comenzado por él. Era preciso cavar por debajo de ella o por encima. El
desgraciado no había pensado en este obstáculo.
-¡Oh, Dios mío! ¡Dios mío! -exclamó-, tanto os recé, que confié que me oyeseis. ¡Dios mío!,
después de haberme quitado la libertad en vida... ¡Dios mío!, después de haber hecho renunciar al
reposo de la muerte... ¡Dios mío!, que me habéis devuelto al mundo... ¡Dios mío! ¡Apiadaos de mí,
no me dejéis morir entregado a la desesperación!
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-¿Quién es el que habla de Dios y se desespera? -murmuró una voz, que como salida del centro de
la tierra, llegaba a Edmond opaca, por decirlo así, y con un acento sepulcral.
Erizáronsele los cabellos y retrocedió, aunque estaba de rodillas.
-¡Ah! -dijo-, oigo la voz de un hombre.
Ya hacía cuatro o cinco años que Edmond no hablaba sino con el carcelero, y para los presos el
carcelero no es un hombre, es una puerta viva que se aumenta a la puerta de encina, es una barra
de carne sujetada a los hierros de su ventana.
-En nombre del cielo, quienquiera que seáis el que habló, imploro que sigáis hablando, aunque
vuestra voz me asuste, ¿quién sois?
-¿Y vos, quién sois? -le preguntó la voz.
-Un preso desdichado -respondió Edmond, que no tenía ningún inconveniente en responder.
-¿De dónde sois?
-Francés.
-¿Os llamáis?
-Edmond Dantès.
-¿Vuestra profesión?
-Marino.
-¿Cuánto tiempo hace que estáis preso?
-Desde el 28 de febrero de 1815.
-¿Cuál es vuestro delito?
-Soy inocente.
-Pero ¿de qué os acusan?
-De haber conspirado para que volviera el emperador.
-¿El emperador no está ya en el trono?
-Abdicó en Fontainebleau en 1814, y fue desterrado a la isla de Elba. Pero ¿desde cuándo estáis
vos aquí que ignoráis todo esto?
-Desde 1811.
Dantès se estremeció; aquel hombre estaba preso cuatro años antes que él.
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-Está bien, no cavéis más -dijo la voz muy aprisa-. Decidme solamente, ¿a qué altura está vuestra
excavación?
-Al nivel del suelo.
-¿Y cómo puede ocultarse?
-Con mi cama.
-¿No os han mudado la cama desde que estáis preso?
-Nunca.
-¿Adónde cae vuestro calabozo?
-A un corredor.
-¿Y el corredor?
-Al patio.
-¡Ay! -murmuró la voz.
-¡Dios mío! ¿Qué ocurre? -preguntó Dantès.
-Que me equivoqué; que lo imperfecto de mi croquis me engañó; que la falta de compás me ha
perdido, pues una línea equivocada en mi croquis equivale en realidad a quince pies. He creído que
esta pared que nos separa era la muralla.
-Pero entonces hubierais salido al mar.
-Era lo que yo quería.
-¿Y si lo hubieseis logrado?
-Nadaría hasta llegar a una de esas islas que rodean al castillo de If, la isla de Daume o la de
Tiboulen54, o la costa, y me hubiera salvado.
-¿Habríais podido nadar tanto?
-Dios me habría dado fuerzas. Ahora todo está perdido.
-¿Todo?
-Sí, tapad muy bien ese agujero, no trabajéis más, no os ocupéis en nada, y esperad que yo os
avise...
54 Estas junto con Ratonneau, Pomègue y Lemaire están situadas a pocas millas de la costa cerca de Marsella.
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no estaría solo, quizás iba a ser libre; y lo peor que podría sucederle, si seguía preso, era tener un
compañero, y como es sabido, la prisión en compañía es sólo media prisión. Las quejas exhaladas
en común son casi oraciones; las oraciones en común son casi himnos de gratitud.
Dantès no hizo en todo el día más que pasear de un extremo al otro de su calabozo, saltándosele el
corazón de júbilo, júbilo que en algunos intervalos le ahogaba. Sentábase en la cama, apretándose
el pecho con las manos, y al menor ruido que se oía en el corredor lanzabase hacia la puerta; porque
una o dos veces le pasó por su imaginación la idea horrible de que le separasen de aquel hombre, a
quien ya amaba aún sin conocerle. Entonces tomó una resolución, si el carcelero separaba su cama
de la pared, y veía la excavación, y se inclinaba para examinarla, él le asesinaría al punto con la
baldosa en que colocaba el cántaro de agua.
Le condenarían a muerte, bien lo sabía; pero ¿no iba él a morir de fastidio y desesperación cuando
aquel ruido milagroso le volvió a la vida?
A la noche volvió el carcelero. Dantès estaba acostado, porque le parecía que así ocultaba mejor
la excavación. Con ojos muy extrañados debió de mirar sin duda al inoportuno carcelero, porque
éste le dijo:
-Vamos, ¿vais a volveros loco otra vez?
Dantès no respondió, porque temía que lo conmovido de su acento le delatase. El carcelero se fue,
moviendo la cabeza. Al llegar la noche creyó Dantès que su vecino se aprovecharía del silencio
y de la oscuridad para reanudar la conversación; pero nada menos que eso, transcurrió la noche
sin que ningún ruido respondiese a su febril ansiedad; pero, por la mañana, después de la visita de
costumbre, cuando ya él había separado su cama de la pared, sonaron tres golpecitos acompasados,
que le hicieron ponerse apresuradamente de rodillas.
-¿Sois vos? -dijo-. ¡Aquí estoy!
-¿Se ha marchado ya el carcelero? -preguntó la voz.
-Sí, y no volverá hasta la noche -contestó Dantès-. Tenemos doce horas a nuestra disposición.
-¿Puedo, pues, trabajar? -preguntó la voz.
-Sí, sí, ¡al instante! ¡Al instante! Yo os lo suplico.
Y en el mismo momento la tierra en que apoyaba Dantès ambas manos, pues tenía la mitad del
cuerpo metido en el agujero, vaciló como si le faltara la base. Echóse hacia atrás Dantès, y una
porción de tierra y piedras se precipitó por otro agujero que acababa de abrirse debajo del que había
abierto él. Entonces, en el fondo de aquel lóbrego antro, cuya profundidad no podía calcularse a
primera vista, apareció una cabeza, unos hombros, y un hombre, por último, que salía con bastante
agilidad.
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Capítulo XVI
Un Sabio Italiano
Dantès recibió en sus brazos a aquel nuevo amigo, por tanto tiempo esperado, y lo llevó junto a su
ventana para que le alumbrase por entero la tenue luz del calabozo.
Era un hombre pequeño de estatura, encanecido más por las penas que por los años, ojos de mirada
penetrante ocultos por espesas cejas, también un tanto canas, y de larguísima barba que todavía
se conservaba negra. Lo demacrado de su rostro, que surcaban arrugas profundísimas, la línea
atrevida de sus facciones, todo en él, en fin, revelaba al hombre más acostumbrado a ejercer las
facultades del alma que las del cuerpo. La frente del recién llegado estaba bañada en sudor y en
cuanto al traje, era imposible distinguir la forma primitiva, porque se le caía a pedazos. Lo menos
representaba sesenta y cinco años, aunque cierto vigor en las acciones demostraba que tal vez tenía
menos edad que la que le hacía representar su prolongado encierro.
Acogió el recién llegado las entusiastas protestas del joven con una especie de agrado, y parecía
como si su alma helada reviviese por un instante para confundirse con aquella alma ardiente.
Agradecióle, pues, efusivamente su cordialidad, aunque le había causado una impresión muy
terrible hallar un segundo calabozo donde creyó encontrar la libertad.
-Veamos primeramente -le dijo- si hay medio de que los carceleros no den con el quid de nuestras
entrevistas. Nuestra tranquilidad futura consiste en que ellos ignoren lo que ha pasado.
Y, al decir esto, se inclinó hacia la excavación, y alzando la piedra en vilo, aunque era grande su
peso, la volvió a colocar en su sitio.
-Esta piedra ha sido arrancada con poca precaución -dijo al inclinarse-. ¿Tenéis herramientas?
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había dado un hijo al emperador Napoleón, hijo que en la misma cuna se llamaba ya rey de Roma.
Estaba yo entonces muy lejos de sospechar lo que me habéis dicho, a saber, que cuatro años más
tarde el coloso se haría pedazos. ¿Quién reina ahora en Francia? ¿Es acaso Napoleón II?
-No; Luis XVIII.
-¿El hermano de Luis XVI? ¡Extraños y misteriosos decretos del Altísimo! ¿Cuál es el objeto de la
Providencia haciendo caer al hombre que había elevado, y elevar al que había hecho caer?
Dantès seguía con la vista a aquel hombre que olvidaba un momento su propio destino para
ocuparse de tal del mundo.
-Sí, sí -prosiguió-, lo mismo que en Inglaterra. Después de Carlos I, Cromwell; después de
Cromwell, Carlos II, y quizá después de Jacobo II, algún pariente, algún príncipe de Orange, algún
estatúder55 que se corone rey, y con él nuevas concesiones al pueblo, y ¡constitución y libertad! Vos
lo veréis, joven -dijo volviéndose hacia Dantès, y mirándole con ojos brillantes y profundos, como
debían de tenerlos los profetas. Vos lo veréis, puesto que todavía tenéis edad para verlo.
-¡Ay!, si salgo de aquí.
-Justamente -respondió el abate Faria-. Estamos presos aunque hay momentos en que lo olvido y
que me creo libre, atravesando mi vista por entre los muros que me encierran.
-Pero ¿por qué estáis preso?
-Por haber soñado en 1807 lo que Napoleón quiso realizar en 181156; porque como él, quise formar
con todos esos principados que hacen de Italia un nido de reyezuelos tiránicos y débiles, un imperio
compacto y fortísimo; porque creí hallar mi César Borgia en un bobo coronado que aparentó
comprenderme para engañarme mejor. Mi proyecto era el de Alejandro VI y el de Clemente VII;
siempre fracasará, puesto que ellos lo emprendieron inútilmente, y Napoleón no pudo acabar de
realizarlo. No hay duda, ¡Italia está maldita!
55 Fue un cargo político de las antiguas provincias del norte de los Países Bajos, que conllevaba funciones
ejecutivas.
56 En 1809, los numerosos estados y principados de Italia se habían formado en tres zonas principales: áreas
absorbidas en el Imperio Francés, el Reino de Italia gobernado por un virrey francés y el Reino de Nápoles
bajo el mandato de Murat. En 1814 los reyes y príncipes de Italia regresaron y Murat no tuvo éxito en su
intento luego del derrocamiento final de Napoleón.
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El anciano inclinó la cabeza... Dantès no comprendía cómo un hombre puede arriesgar su existencia
por semejantes intereses; bien que a decir verdad, si conocía a Napoleón por haberle visto y haberle
hablado, en cambio, ignoraba completamente quiénes fuesen Clemente VII y Alejandro VI. Con
lo cual fue contagiándose de la creencia de su carcelero, creencia general en el castillo de If, y dijo
al anciano:
-¿No sois vos el eclesiástico a quien se cree... enfermo?
-A quien se cree loco, queréis decir, ¿no es verdad?
-No me atrevía -dijo sonriendo Dantès.
-Sí, sí -prosiguió el abate con amarga sonrisa- yo soy el que pasa por loco, soy el que divierte hace
tanto tiempo a los huéspedes de este castillo, y el que divertiría a los niños, si los hubiera en esta
mansión del duelo sin esperanza.
Quedóse Dantès un momento inmóvil y mudo.
-¿Conque renunciáis a huir? -dijo al cabo.
-Lo reconozco imposible. Es volverse contra Dios intentar lo que Dios no quiere.
-¿Por qué os desanimáis? También es pedir mucho a la Providencia querer a la primera tentativa,
de manera que ¿no podéis volver a la excavación por otro lado?
-Pero ¿así habláis de volver? ¿No sabéis lo que ya he hecho? ¿Ignoráis que he necesitado cuatro
años para construir las herramientas que poseo? ¿No sabéis que hace diez años que pico y cavo una
tierra tan dura como el granito? ¿Sabéis que he necesitado desencajar piedras que en otro tiempo
hubiera yo creído imposible mover; que he pasado días enteros en esa empresa titánica, creyéndome
dichoso por la noche con haber minado una pulgada en cuadro de ese vetusto cimiento, que hoy
está ya tan duro como la misma piedra? ¿Ignoráis acaso que para ocultar los escombros que sacaba,
he necesitado horadar la bóveda de una escalera, y que en ella los he ido depositando hasta el punto
de que hoy no puede ya contener un puñado de polvo más? ¿No sabéis, por último, que ya creía
tocar al fin de mi trabajo, que no me quedaban más fuerzas que las precisas para esto, cuando Dios
no solamente lo aleja sino que lo alarga indefinidamente? Así, os repito lo que os dije, nada haré
desde ahora para alcanzar mi libertad, puesto que Dios quiere que por siempre la haya perdido.
Edmond bajó la cabeza para no revelar a aquel hombre que la alegría de tener un compañero le
impedía compartir como debiera el dolor que experimentaba el preso, de no haber podido salvarse.
El abate se dejó caer sobre la cama de Edmond, que permaneció de pie. Jamás había pensado
en la fuga el joven. Tienen algunas cosas tal aire de imposibles, que no se nos ocurre la idea de
intentarlas, y hasta las evitamos instintivamente. Efectuar una mina de cincuenta pies, empleando
tres años para salir por todo triunfo a un precipicio que cae al mar; arrojarse desde cincuenta,
sesenta, setenta o acaso cien pies de altura, para hacerse pedazos en una roca, si antes la bala del
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centinela no ha hecho su oficio; verse obligado, si se escapa de tantos peligros, nada menos que a
nadar una legua, era lo bastante para que cualquiera se resignara, y ya hemos visto que a Dantès le
faltó poco para llevar esta resignación hasta el suicidio.
Pero ahora que el joven había visto a un anciano agarrarse a su vida con tanta energía, dándole
ejemplo de resoluciones desesperadas, se puso a reflexionar y hacer cuentas con su valor. Otro
hombre había intentado lo que él no se imaginó siquiera; otro, menos joven, menos fuerte, menos
atrevido que él, a fuerza de astucia y de paciencia, se había procurado cuantas herramientas
necesitaba para esta operación increíble, que sólo pudo fracasar por una línea mal trazada; todo esto
lo había hecho otro hombre, conque nada era imposible a Dantès; Faria había minado cincuenta
pies; él minaría ciento; Faria, con cincuenta años de edad, había consagrado tres a su obra; él, que
sólo tenía la mitad de los años de Faria, consagraría seis; Faria, hombre de iglesia, abate y sabio,
no había temido aventurarse a ir nadando desde el castillo de If a la isla de Daume, de Ratonneau, o
de Lemaire; ¿cómo él, Edmond el marino, el hábil nadador que tantas veces había bajado al fondo
del mar a coger una rama de coral, vacilaría para pasar una legua a nado? ¿Una hora solamente,
cuando él había estado horas enteras en el mar sin hacer pie ni descanso alguno? No, no, Dantès no
tenía necesidad más que de ser estimulado por un ejemplo. Todo lo que pudiese hacer otro hombre
lo haría él. Se quedó pensativo diciendo al cabo al anciano:
-Ya encontré lo que buscabais.
Faria se conmovió.
-¿Vos? -exclamó levantando la cabeza, como si diera a entender a Edmond que a decir verdad, su
desaliento no sería de gran duración-. Veamos, ¿qué encontrasteis?
-El túnel que hicisteis para llegar hasta aquí tiene la misma dirección que la galería exterior, ¿no
es verdad?
-Sí.
-¿Debe de estar a una distancia de cincuenta pasos?
-A lo sumo.
-Pues bien, hacia la mitad del túnel abrimos otro que forme como los brazos de una cruz. Esta vez
tomáis mejor vuestras medidas; salimos a la galería exterior, matamos al centinela y nos escapamos.
Sólo dos cosas se necesitan para llevar adelante este plan: ánimo, vos le tenéis; fuerzas, no me
faltan a mí. No hablo de paciencia, vos me habéis probado ya la vuestra, y yo os probaré la mía.
-Aguardad, que aún no sabéis, mi querido compañero, de qué especie son mis ánimos -respondió el
abate-, y qué uso puedo hacer de mis fuerzas. En cuanto a la paciencia, creo que demostré bastante
al volver a empezar por la mañana la tarea de la noche, y por la noche la tarea del día. Pero cuando
lo hice, me imaginaba servir a Dios dando libertad a una de sus criaturas, que por ser inocente no
podía ser condenado.
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-Y ¿no sucede lo mismo ahora que entonces? -le preguntó Dantès-. ¿O es que os reconocéis
culpable desde que me habéis encontrado?
-No; pero no quiero llegar a serlo. Hasta ahora no creí tener que habérmelas sino con las cosas,
pero según vuestro plan, tendré que habérmelas con los hombres. Yo he podido muy bien atravesar
una pared y destruir una escalera, pero no atravesaré un pecho ni destruiré una existencia.
-¡Cómo! -le dijo Dantès haciendo un leve ademán de sorpresa- ¡pudiendo escaparos, renunciaríais
por semejante escrúpulo!
-Y vos -repuso Faria-, ¿por qué no habéis asesinado a vuestro carcelero y habéis huido disfrazado
con su traje?
-Porque nunca se me ocurrió tal cosa.
-No; no lo hicisteis porque el crimen os inspira horror instintivo, por eso no se os ocurrió tal
cosa -replicó el anciano-. Nuestro mismo instinto nos advierte que lo natural y lo sencillo es no
apartarnos de la línea del deber. El tigre que se alimenta de sangre, y cuyo destino es bañarse
en sangre, sólo necesita que le indique su olfato dónde hay una presa que devorar. Al punto se
abalanza contra ella y la destroza. Este es su instinto, obedece a él, pero al hombre, por el contrario,
le repugna la sangre, y no creáis que son las leyes sociales las que le prohíben el asesinato, no, que
son las leyes de la Naturaleza.
Dantès se quedó confundido. Aquellas palabras eran en efecto la explicación de las ideas que
habían pasado por su cerebro, o dicho mejor, por su alma, porque hay ideas que brotan del cerebro
e ideas que brotan del corazón.
-Además -añadió Faria-, en los doce años que llevo de calabozo, he recordado las fugas célebres,
y aunque pocas, las que ha coronado el éxito fueron las meditadas a sangre fría y preparadas
lentamente. Así huyó de Vincennes el duque de Beaufort, así de For-l’Évêque el abate de Dubuquoi,
y así Latude de la Bastilla. Ha habido además otras fugas deparadas por la casualidad, y ésas son
las mejores. Creedme, esperemos una ocasión, y si se presenta aprovechémosla.
-A vos os ha sido fácil esperar -dijo Dantès suspirando-. Vuestra continua tarea os ocupaba todos
los instantes, y cuando no, teníais esperanza para consolaros.
-Tened presente que no me ocupaba sólo en eso -dijo el abate.
-Pues ¿qué hacíais?
-Escribir o estudiar.
-¿Os dan papel, tinta y plumas?
-No, pero yo me lo he hecho.
-¡Vos hacéis papel, tinta y plumas! -exclamó Dantès.
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-Sí.
Dantès, admirado, miró a aquel hombre, aunque costándole trabajo creer lo que le decía. Faria notó
esta ligera duda y le dijo:
-Cuando vengáis a mí cuarto, os enseñaré una obra completa, resultado de todos los pensamientos,
reflexiones e indagaciones de toda mi vida. La había imaginado a la sombra del Coliseo, en Roma,
al pie de la columna de San Marcos, en Venecia, y a orillas del Arno, en Florencia. Entonces yo
no sospechaba siquiera que mis verdugos me obligarían a escribirla en un calabozo del castillo
de If. Intitúlase mi libro Tratado sobre la posibilidad de una sola monarquía italiana. Formará un
volumen en cuarto muy abultado.
-¿Y la habéis escrito...?
-En dos camisas. He inventado una preparación que pone al lienzo liso y compacto como el
pergamino.
-¿Sois también químico?
-Poca cosa. He conocido a Lavoisier57, y tratado amistosamente a Cabanis58.
-Pero para esa obra habréis necesitado algunos apuntes históricos. ¿Tenéis libros?
-En Roma tenía una biblioteca de cerca de cinco mil volúmenes, y a fuerza de leerlos y releerlos
comprendí que con ciento cincuenta obras elegidas con inteligencia, se posee, si no el resumen
completo del saber humano, lo más útil tan siquiera. Dediqué tres años de mi vida a leer y releer
esas ciento cincuenta obras, de modo que cuando me prendieron las sabía casi de memoria, y
con un leve esfuerzo las he ido recordando todas en mi prisión. De cabo a rabo podría recitaros
a Tucídides, Jenofonte, Plutarco, Tito Livio, Tácito, Strada, Jornandès, Dante, Montaigne,
Shakespeare, Espinosa, Maquiavelo y Bossuet. Solamente os cito los más importantes.
-¿Sabéis muchos idiomas?
-Hablo cinco lenguas: el alemán, el francés, el italiano, el inglés y el español. Con ayuda del griego
antiguo comprendo el griego moderno; aunque lo hablo mal, lo estoy al presente estudiando.
-¿Lo estáis estudiando? -dijo Dantès.
57 Antoine-Laurent de Lavoisier (1743 - 1794), fue uno de los fundadores de la química moderna.
58 Georges Cabanis (1757 - 1808), fue altamente considerado por su trabajo sobre la relación entre el ser físico
y moral del hombre, que redujo el lado espiritual de la naturaleza humana a una función de la fisiología.
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-Sí, ciertamente. He hecho un vocabulario de las palabras que sé, combinándolas de todas las
maneras para que puedan expresar lo que pienso. Sé cerca de mil palabras, y en rigor no necesito
de más, aunque haya cien mil en los diccionarios, si no me equivoco. No seré quizás elocuente,
pero me daré a entender, y con esto me basta.
Cada vez más asombrado, Edmond empezaba a juzgar sobrenaturales las facultades de aquel
hombre. Puso empeño en cogerle en descubierto en algún punto y continuó:
-Pero si no os han dado plumas, ¿cómo habéis podido escribir esta obra tan voluminosa?
-He hecho plumas excelentes que, a ser conocidas, las preferiría todo el mundo, con los cartílagos
de la cabeza de esas enormes pescadillas que algunas veces nos dan a comer los días de vigilia.
Por lo cual, veo con mucho placer llegar los miércoles, los viernes y los sábados, porque espero
aumentar mi provisión de plumas, y porque son mi tarea más dulce los trabajos históricos, yo lo
confieso. Absorbiéndome en el pasado me olvido del presente, volando libre y a mis anchas por la
historia, me olvido de que no tengo libertad.
-Pero ¿y la tinta? ¿Con qué hacéis la tinta? -dijo Dantès.
-En otro tiempo -contestó Faria- había en mi calabozo una chimenea, que sin duda estuvo tapiada
antes de mi venida, pero por espacio de muchos años han encendido en ella lumbre, puesto que
todo el cañón está cubierto de hollín. He disuelto este hollín en el vino que me dan todos los
domingos, y he ahí una tinta magnífica. Para las notas, y para aquellos pasajes que han de atraer
poderosamente la atención de los lectores, me pico los dedos con un alfiler y los escribo con mi
sangre.
-Y ¿cuándo podré yo ver todo eso? -le preguntó Dantès.
-Cuando queráis -respondió Faria.
-¡Oh! ¡Ahora! ¡Ahora mismo! -exclamó el joven.
-Pues seguidme -dijo Faria, y se metió en el camino subterráneo. Dantès le siguió.
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Capítulo XVII
Después de haber pasado encorvado, pero con bastante facilidad, por el camino subterráneo, llegó
Dantès al extremo opuesto, que lindaba con el calabozo del abate. Allí el paso era más difícil, y tan
estrecho, que apenas bastaba a un hombre.
El calabozo del abate estaba embaldosado, y levantando una de estas baldosas del rincón más
oscuro fue como empezó la maravillosa empresa cuyo término vio Dantès, y de pie todavía, púsose
a examinar el cuarto con suma atención. A primera vista no presentaba nada de particular.
-Bueno -dijo el abate-, no son más que las doce y cuarto, podemos disponer aún de algunas horas.
Dantès miró en torno suyo buscando el reloj, en que el abate había podido ver la hora con tanta
seguridad.
-Observad -le dijo Faria- ese rayo de luz que entra por mi ventana, y reparad en la pared las líneas
que yo he trazado. Gracias a esas líneas, combinadas con el doble movimiento de la Tierra, y
la elipse que ella describe en derredor del Sol, sé con más exactitud la hora que si tuviese reloj,
porque el reloj se descompone, y el Sol y la Tierra no se descomponen jamás.
Dantès no había comprendido nada de esta explicación. Al ver salir el Sol detrás de las montañas
y ponerse en el Mediterráneo, siempre había creído que era el Sol quien giraba, no la Tierra. Este
doble movimiento del globo que habitamos, y que él, sin embargo, no echaba de ver, se le antojaba
casi imposible, conque en cada una de las palabras de su interlocutor entreveía misterios profundos
de ciencia tan admirables, como las minas de oro y de diamantes que visitó años atrás en un viaje
que hizo a Guzarate y Golconde.
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-Sí -prosiguió Faria-, tuve primeramente intenciones de limar los hierros y huir por esa ventana,
que como veis, es más grande que la vuestra, y aún la hubiese agrandado para escaparme, pero
descubrí que caía a un patio interior y renuncié a mi proyecto por aventurado. Conservo, sin
embargo, la escala para cualquier caso imprevisto, para una de esas fugas que proporciona la
casualidad, como antes os decía.
Aunque, al parecer, Dantès examinaba la escala, pensaba en realidad en otra cosa. Se le había
ocurrido de repente que aquel hombre tan ingenioso, tan sabio, tan profundo, quizás acertaría a ver
claro en las tinieblas de su propia desgracia, que él nunca había podido penetrar.
-¿En qué pensáis? -le preguntó el abate con una sonrisa, creyendo que el ensimismamiento de
Dantès procedía de su admiración.
-Pienso, en primer lugar, en la inmensa inteligencia que habéis empleado para llegar a esta situación.
¿Qué no habríais hecho gozando de libertad?
-Quizá nada; acaso mi cerebro exuberante se hubiera evaporado en cosas pequeñas. Así como
es necesaria la presión para hacer estallar la pólvora, así el infortunio es necesario también para
descubrir ciertas minas misteriosas ocultas en la inteligencia humana. La prisión ha concentrado
todas mis facultades intelectuales en un solo punto, que por ser estrecho ha ocasionado que ellas
choquen unas con otras. Como ya sabéis, del choque de las nubes resulta la electricidad, de la
electricidad el relámpago y del relámpago la luz.
-Yo no sé nada -contestó Dantès humillado por su ignorancia-, casi todas las palabras que
pronunciáis carecen para mí de sentido. ¡Qué dichoso sois sabiendo tanto!
El abate se sonrió.
-¿No decíais ahora que pensabais en dos cosas?
-Sí.
-Sólo me habéis dicho la primera. ¿Cuál es la segunda?
-La segunda es que vos me habéis contado vuestra historia y yo no os he referido la mía.
-Vuestra historia, joven, es demasiado corta para encerrar sucesos de importancia.
-Sin embargo -repuso Dantès-, contiene una desgracia inmensa, una desgracia inmerecida, y
quisiera, para no blasfemar de Dios, como lo he hecho hartas veces, poder quejarme de los hombres.
-¿Os creéis inocente del crimen de que os acusan?
-Completamente. Lo juro por las únicas personas caras a mi corazón, por mi padre y por Mercédès.
-Veamos, contadme vuestra historia -dijo Faria, cerrando su escondrijo y volviendo a poner la
cama en su lugar.
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Dantès hizo la relación de todo lo que él llamaba su historia, que se limitaba a un viaje a la India,
y dos o tres a Levante, llegando al fin a su último viaje, a la muerte del capitán Leclère, al encargo
que le dio para el gran mariscal, a su plática con éste, a la misiva que le confió para un tal señor
Noirtier, a su llegada a Marsella, a su entrevista con su padre, a sus amores, a su desposorio con
Mercédès, a la comida de aquel día, y por último, a su detención, a su interrogatorio, a su prisión
provisional en el palacio de justicia, y a su traslación definitiva al castillo de If. Desde este punto
no sabía nada más, ni aun el tiempo que llevaba encerrado. Acabada la relación, el abate se puso a
reflexionar profundamente. Después de un corto espacio, dijo:
-Hay en legislación un axioma profundísimo, que prueba lo que hace poco yo os decía, esto es,
que a no nacer los malos pensamientos de una organización mala también, el crimen repugna a
la naturaleza humana. Sin embargo, la civilización nos ha creado necesidades, vicios y falsos
apetitos, cuya influencia llega tal vez a ahogar en nosotros los buenos instintos, arrastrándonos al
mal. De aquí esta máxima: Para descubrir al culpable, averiguad quién se aprovecha del crimen.
¿A quién podía ser provechosa vuestra desaparición?
-A nadie, ¡Dios mío! ¡Yo era tan poca cosa!
-No respondáis así, que falta a vuestra respuesta lógica y filosofía. Todo es relativo, querido amigo,
desde el rey, que estorba a su futuro sucesor, hasta el empleado, que estorba a su supernumerario.
Si el rey muere, el sucesor hereda una corona; si el empleado muere, el supernumerario hereda su
sueldo y sus gajes. Este sueldo es su lista civil, su presupuesto, necesita de él para vivir, como el
rey precisa de sus millones.
»En torno a cada individuo, así en lo más alto como en lo más bajo de la escala social, se agrupa
constantemente un mundo entero de intereses, con sus torbellinos y sus átomos, como los mundos
de Descartes.
»Volvamos, pues, a vuestro mundo. ¿Decís que ibais a ser nombrado capitán del Pharaon?
-Sí.
-¿Podía interesar a alguno que no fueseis capitán del Pharaon? ¿Podía interesar a alguno que no os
casaseis con Mercédès? Contestad ante todo a mi primera pregunta, porque el orden es la clave de
los problemas. ¿Podía interesar a alguno que no fueseis capitán del Pharaon?
-No, porque yo era muy querido a bordo. Si los marineros hubiesen podido elegir su jefe, estoy
seguro de que lo habría sido yo. Un solo hombre estaba algo picado conmigo, porque cierto día
tuvimos una disputa, le desafié, y él no aceptó.
-Veamos, veamos. ¿Cómo se llamaba ese hombre?
-Danglars.
-¿Cuál era su empleo a bordo?
-Sobrecargo.
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-Repetídmelas.
Dantès reflexionó un instante y repuso:
-Así decía textualmente:
«Un amigo del trono y de la religión previene al señor procurador del rey que un tal Edmond
Dantès, segundo del Pharaon, que llegó esta mañana de Esmirna, después de haber tocado en
Nápoles y en Porto-Ferrajo, ha recibido de Murat una carta para el usurpador, y de éste otra carta
para la junta bonapartista de París.
»Fácilmente se tendrá la prueba de su crimen prendiéndole, porque la carta se hallará en su poder,
o en casa de su padre, o en su camarote, a bordo del Pharaon.»
El abate se encogió de hombros.
-Eso está claro como la luz del día -dijo-, y es necesario tener un alma muy buena, y muy inocente,
para no comprenderlo todo desde el principio.
-¿Lo creéis así? -exclamó Edmond-. ¡Oh! ¡Sería una acción muy infame!
-¿Cuál era la letra ordinaria de Danglars?
-Cursiva, y muy hermosa.
-¿Y la del anónimo?
-Inclinada a la izquierda.
El abate se sonrió:
-Una letra desfigurada, ¿no es verdad?
-Muy correcta era para desfigurada.
-Esperad -dijo.
Y diciendo esto, cogió el abate su pluma, o lo que él llamaba pluma, la mojó en tinta, y escribió
con la mano izquierda en un lienzo de los que tenía preparados, los dos o tres primeros renglones
de la denuncia.
Edmond retrocedió, mirando al abate con terror:
-¡Oh! ¡Es asombroso! -exclamó-. ¡Cómo se parece esa letra a la otra!
-Es que sin duda se escribió la denuncia con la mano izquierda. He observado siempre una cosa
-prosiguió el abate.
-¿Cuál?
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-Todas las letras escritas con la mano derecha son varias, y semejantes todas las escritas con la
mano izquierda.
-¡Cuánto habéis visto! ¡Cuánto habéis observado!
-Continuemos.
-¡Oh!, sí, sí.
-Pasemos a mi segunda pregunta.
-Os escucho.
-¿Podía interesar a alguien que no os casaseis con Mercédès?
-Sí, a un joven que la amaba.
-¿Su nombre?
-Fernand.
-Ese es un nombre español.
-Era catalán.
-¿Y creéis que ése haya sido capaz de escribir la carta?
-No, lo que él hubiera hecho era darme una puñalada.
-Eso es muy español. Una puñalada sí, una bajeza, no.
-Además, ignoraba todos los pormenores que contiene la delación -indicó Edmond.
-¿No se los habíais contado a nadie?
-A nadie.
-¿Ni a vuestra novia?
-Ni a mi novia.
-Pues ya no me cabe duda alguna, fue Danglars.
-¡Oh!, ahora estoy seguro.
-Esperad un poco... ¿Conocía Danglars a Fernand?
-No... Sí... ahora me acuerdo...
-¿Qué?
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-La víspera de mi boda los vi sentados juntos a la puerta de la taberna de Pamphile. Danglars
estaba afectuoso y al mismo tiempo burlón, y Fernand pálido y como turbado.
-¿Estaban solos?
-No; se hallaba con ellos otro compañero, muy conocido mío, y que fue sin duda el que los
relacionó..., un sastre llamado Caderousse; éste estaba ya borracho... Esperad, esperad... ¿cómo no
he recordado esto antes de ahora? Junto a su mesa había un tintero..., papel y pluma... -murmuró
Edmond llevándose la mano a la frente-. ¡Oh! ¡Infames! ¡Infames!
-¿Queréis aún saber más? -le dijo el abate, sonriendo.
-Sí, sí; puesto que veis claro en todo, y todo lo adivináis, quiero saber por qué no he sido interrogado
más que una sola vez y por qué he sido condenado sin formación de causa.
-¡Oh!, eso es más difícil -dijo el abate-. La policía tiene misterios casi imposibles de penetrar. Lo
averiguado hasta ahora en eso de vuestros dos enemigos es una bagatela. En esto de la justicia
tendréis que darme informes más exactos.
-Preguntadme, pues, porque a decir verdad, más claro veis vos en mis asuntos que yo mismo.
-¿Quién os tomó declaración? ¿El sustituto, el procurador del rey o el juez de instrucción?
-El sustituto.
-¿Era joven o viejo?
-Joven, como de veintisiete a veintiocho años.
-No estaría corrompido aún; pero ya podía tener ambición -dijo el abate-. ¿Que tal se portó con
vos?
-Más bien amable que severo.
-¿Se lo contasteis todo?
-Todo.
-¿Y cambió de maneras durante el interrogatorio?
-Cuando leyó la denuncia, parecióme que sentía mi desgracia.
-¿Vuestra desgracia?
-Sí.
-¿Estabais seguro de que era vuestra desgracia lo que le apenaba?
-Por lo menos me dio una prueba muy grande de su simpatía hacia mí.
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-¿Cuál?
-Quemó el único documento que podía comprometerme.
-¿Qué documento? ¿La denuncia?
-No, la carta.
-¿Estáis seguro?
-Lo vi con mis propios ojos.
-La cuestión varía. Este hombre puede ser más perverso de lo que vos creéis.
-¡Me hacéis estremecer! -dijo Dantès-. ¿No estará poblado el mundo sino de tigres y cocodrilos?
-Sí, con la diferencia de que los tigres y cocodrilos de dos pies son más temibles que los otros.
¿Conque decís que quemó la carta?
-Sí, diciéndome por añadidura: «Ya lo veis, ésta es la única prueba que existe contra vos, y la
destruyo.»
-Muy sublime es esa conducta para ser natural.
-¿De veras?
-Estoy seguro. ¿A quién iba dirigida esa carta?
-Al señor Noirtier, calle de Coq-Héron, número 13, en París.
-¿Y no sospecháis que el sustituto pudiera tener interés en que desapareciese esa carta?
-Quizá, porque diciéndome que por mi interés lo hacía, me obligó a jurarle dos o tres veces que a
nadie hablaría de la carta, ni menos de la persona a quien iba dirigida.
-¡Noirtier! ¡Noirtier! -murmuró el abate-. Yo he conocido un Noirtier en la corte de la antigua reina
de Étrurie, un Noirtier que había sido girondino en tiempo de la revolución. ¿Cómo se llama el
sustituto de que habéis hablado?
-Villefort es su apellido.
El abate se echó a reír a carcajadas. Dantès lo miraba estupefacto.
-¿De qué os reís?
-¿Veis ese rayo de luz? -le preguntó Faria.
-Sí.
-Pues todo está tan claro como ese rayo transparente. ¡Pobre muchacho! ¡Pobre joven! ¿Conque
era muy bondadoso el magistrado?
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-Sí.
-¿De modo que el digno sustituto quemó la carta?
-Sí.
-¿De modo que el honrado abastecedor del verdugo os hizo jurar que a nadie hablaríais de Noirtier?
-Sí.
-Pues ese Noirtier, ¡qué pobre ciego sois! Ese Noirtier, ¿no sabéis quién era? Ese Noirtier era su
padre.
Un rayo caído a sus pies, que abriera la boca del infierno, para tragárselo, habría causado a
Edmond menos impresión que aquellas palabras inesperadas. Como un loco recorría la habitación,
sujetándose la cabeza con las manos por temor de que estallara.
-¡Su padre! ¡Su padre! -exclamaba.
-Sí, su padre, que se llama Noirtier de Villefort -repuso el abate. Entonces un resplandor vivísimo
iluminó la inteligencia del preso. Todo lo que hasta entonces le había parecido oscuro, se le
apareció con la mayor claridad. Las bruscas alteraciones de Villefort durante el interrogatorio, la
carta quemada, el juramento que le exigió, el tono casi de súplica el magistrado, que en vez de
amenazar parecía que suplicase, todo le vino a la memoria. Profirió un grito, vaciló un instante
como si estuviera borracho y lanzándose al agujero que conducía a su calabozo, exclamó:
-¡Oh!, necesito estar a solas para pensar en todo esto.
Y al llegar a su calabozo se arrojó sobre la cama, donde le halló por la noche el carcelero, sentado,
con los ojos fijos, las facciones contraídas, e inmóvil y mudo como una estatua. Durante aquellas
horas de meditación que habían corrido para él unos segundos, tomó una resolución terrible a hizo
un juramento atroz.
Una voz sacó a Edmond de sus reflexiones, era la del abate Faria, que habiendo recibido también
la visita del carcelero, venía a convidar a Edmond a comer. Su calidad de loco, y en particular de
loco divertido, le proporcionaba algunos privilegios, como eran un pan más blando y una copa de
vino los domingos. Precisamente aquel día era domingo, y el abate brindaba a su joven compañero
la mitad de su pan y su vino.
Dantès le siguió. Se había serenado su rostro; pero al recobrar su ordinario aspecto le quedaba
un no sé qué de sequedad y firmeza, que demostraba una resolución invariable. El abate le miró
fijamente.
-Siento -le dijo el abate- el haberos ayudado en vuestras averiguaciones de ayer y haberos dicho
lo que os dije.
-¿Por qué?
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ha dicho, el italiano y un poco del romaico59 o griego moderno, aprendido en sus viajes a Oriente.
Estas dos lenguas le hicieron comprender fácilmente el mecanismo de las demás, por lo que a los
seis meses empezaba a hablar el español, el inglés y el alemán.
Tal como le había prometido al abate Faria, bien que la distracción del estudio le sirviese como de
libertad, o que él fuese rígido cumplidor de su palabra, como hemos visto, Edmond no hablaba ya
de escaparse, y los días pasaban para él tan rápidos como instructivos. Al año estaba convertido
en otro hombre.
En cuanto al abate Faria, reparaba Dantès que, a pesar de la distracción que en su cautividad le
había proporcionado su compañía, cada día se iba poniendo más taciturno. Como si le dominase un
pensamiento persistente e incesante, caía en profundas abstracciones, suspiraba involuntariamente,
se incorporaba de súbito, y cruzando los brazos se ponía muy meditabundo a dar vueltas por su
calabozo.
Cierto día se paró de repente en medio de uno de esos círculos que sin tregua trazaba en derredor
de la estancia, y exclamó:
-¡Ah! ¡Si no hubiera centinela!
-Si vos queréis, no lo habrá -dijo Dantès, que había seguido el curso de su pensamiento a través de
las arrugas de su frente, como a través de un cristal.
-Ya os dije que el crimen me repugna -repuso el abate.
-Y, sin embargo, si cometiéramos ese crimen, sería por instinto de conservación, por un sentimiento
de defensa personal.
-No importa, yo sería incapaz de...
-Pero ¿pensáis en ello?
-A todas horas, a todas horas -murmuró el abate.
-Y habéis encontrado algún medio, ¿no es así? -dijo Edmond.
-Sí, como pusieran en la galería un centinela ciego y sordo.
-Será ciego y sordo -respondió Dantès con una resolución que asustaba al abate.
-¡No!, ¡no!, ¡imposible! -exclamó éste.
Dantès quiso seguir hablando de aquello, pero Faria movió la cabeza y se negó a decir nada más.
Pasaron tres meses.
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Más de un año se pasó en este trabajo, ejecutado con un escoplo, un cuchillo y una palanca de
madera. En este período, y al mismo tiempo que trabajaban, el abate seguía instruyendo a Dantès,
hablándole ora en una lengua, ora en otra, enseñándole la historia de los pueblos y la de los grandes
hombres que dejan en pos de sí de siglo en siglo una de esas estelas brillantes que llaman la gloria.
Hombre de mundo, Faria, y del gran mundo, tenía además en sus maneras una como grandeza
melancólica que Dantès, gracias al espíritu de asimilación de que le había dotado la naturaleza,
supo convertir en la finura elegante que le faltaba, y en esas maneras aristocráticas que no se
adquieren sino con las costumbres y el continuo trato de las clases elevadas o de los hombres
distinguidos.
Al cabo de quince meses, la excavación estaba terminada debajo de la galería. Oíanse los pasos
del centinela, y los dos obreros, precisados a esperar una noche sin luna para que su evasión
tuviese más probabilidades aún de buen éxito, tenían sólo un temor, y era que el suelo, falto de
su base, se hundiera por sí mismo bajo los pies del soldado. Este inconveniente se remedió un
tanto, colocando una especie de puntal que habían encontrado en sus excavaciones. Ocupado en
asegurarlo estaba Dantès, cuando de pronto oyó al abate Faria, que se había quedado en el calabozo
del joven aguzando una clavija para asegurar la escala, oyó, repetimos, que lo llamaba con acento
de dolorosa angustia. Acudió Dantès al punto y encontró al abate de pie en medio de la estancia,
pálido, con las manos crispadas, e inundada la frente de sudor.
-¡Oh, Dios mío! -exclamó Dantès-, ¿qué sucede? ¿Qué tenéis?
-¡Pronto! ¡Pronto! -respondió el abate-, escuchadme.
Fijóse Dantès en su rostro lívido, sus ojos rodeados de una aureola negruzca, sus labios blancos,
sus cabellos erizados, y lleno de terror dejó caer al suelo el escoplo que tenía en la mano.
-Pero ¿qué sucede?
-¡Estoy perdido! -dijo el abate-, escuchadme. Una enfermedad horrible y acaso mortal, va a
acometerme, ya la siento llegar, ya la siento. El año antes de mi prisión me acometió también.
Sólo tiene un remedio y os lo voy a decir, corred a mi calabozo, levantad el pie de mi cama, que
está hueco, y allí encontraréis un frasquito de cristal medio lleno de un líquido rojo, traédmelo...
O si no... Antes... es verdad, podrían sorprenderme fuera de mi calabozo... ayudadme a volver,
ahora que tengo algunas fuerzas todavía. ¿Quién sabe lo que va a suceder y el tiempo que durará
el acceso?
Sin aturdirse Dantès, aunque aquella desdicha fue inmensa, bajó a la excavación remolcando, por
decirlo así, a su desventurado compañero, y con muchísimo trabajo pudo llegar al calabozo del
abate, al cual depositó en su lecho.
-Gracias -dijo el anciano, estremeciéndose-. Siento que la enfermedad se acerca, voy a caer en un
estado de catalepsia, acaso no haré ni un movimiento siquiera, acaso no podré tampoco quejarme,
pero acaso también echaré espuma por la boca, y gritaré y batallaré en extremo. Procurad que
no oigan mis gritos, que es lo más importante, porque tal vez me trasladarían a otro calabozo,
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El Conde de Montecristo
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c o s t a r i ca
separándonos para siempre. Cuando me veáis inmóvil, frío y como muerto, sólo entonces, tenedlo
bien entendido, me separaréis los dientes con el cuchillo, me echaréis en la boca ocho o diez gotas
de ese licor, y acaso volveré a la vida.
-¿Acaso? -exclamó Dantès, suspirando.
-¡Acudid...! ya... ahora -exclamó el abate-, yo... me... mue...
El acceso fue tan súbito y violento, que ni aun pudo el desgraciado preso terminar la frase, una
nube envolvió su frente, rápida y sombría como las tempestades del mar, la crisis hízole abrir
desmesuradamente los ojos, torció su boca y coloreó sus mejillas, rugió, forcejeó, vomitó espuma,
pero Dantès ahogó sus gritos con la ropa de la cama, tal como se lo había pedido. El ataque duró
dos horas. Después, inerte, más pálido y más frío que el mármol, y más destrozado que una caña
que se pisotea, se agitó violentamente en una postrera convulsión, y se puso lívido.
Esto era lo único que esperaba Edmond, a que aquella muerte aparente se hubiese apoderado de
todo el cuerpo y helado el corazón. Cogió entonces el cuchillo, introdujo la punta entre los dientes,
separó con muchísimo trabajo las mandíbulas contraídas, le echó, contándolas con exactitud, diez
gotas de aquel licor rojo y esperó.
Dos horas pasaron sin que el viejo hiciera movimiento alguno. Temió Dantès haber acudido
demasiado tarde, y le contemplaba fijamente con las manos puestas en la cabeza. Al fin sus mejillas
se colorearon un poco, sus ojos constantemente abiertos e inmóviles volvieron a mirar, un débil
suspiro salió de su boca, y por último hizo un movimiento.
-¡Se ha salvado! ¡Se ha salvado! -exclamó Dantès.
El enfermo, que no podía hablar aún, extendió con ansiedad visible la mano hacia la puerta. Púsose
Dantès a escuchar, y oyó en efecto los pasos del carcelero. Iban a dar las siete; Dantès no había
podido ocuparse en calcular el tiempo.
Al punto se precipitó por el agujero, volvió a colocar la baldosa sobre su cabeza y pasó a su
calabozo.
Un instante después se abrió la puerta, y el carcelero, como siempre, encontró al joven sentado en
su cama.
No bien había vuelto la espalda, apenas se perdió en el corredor el ruido de sus pasos, cuando
Dantès, lleno de inquietud, sin pensar en la comida, tomó otra vez el camino que siguiera antes, y
levantando la baldosa con su cabeza, entró en el calabozo del abate.
Este había recobrado ya el conocimiento, pero seguía tendido inerte sobre su lecho.
-Ya creía no volveros a ver -dijo a Edmond.
-¿Por qué? -le preguntó el joven-. ¿Pensabais morir?
-No, pero como todo está dispuesto para la fuga, creí que os escaparíais.
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El Conde de Montecristo
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