I.E.P.
“JUAN XXIII” – MONSEFÚ PRIMER AÑO DE SECUNDARIA
CARLOS AUSGUSTO SALAVERRY
(1830 - 1891)
Biografía : “El Ruiseñor del Chira”
Nació en Piura en 1830, su padre fue el caudillo Felipe Santiago Salaverry quien fuera general y el presidente más joven que
ha tenido el Perú, murió fusilado en Arequipa.
Obras :
Poesía Lírica:
“Albores y Destellos” : Poesía lírica de producción patriótica y filosófica
“Diamantes y Perlas” : Versos de gran sonoridad en donde toma el soneto como forma
preferida. También en algunos versos afloran sus humos y su ironía.
“Cartas a un Ángel” : Inspiración al servicio de la amada. Su poesía alcanza un esteticismo muy
grande. Sus versos son inspirados por Ismena Torres. Aquí encontramos
el célebre poema “Acuérdate de Mí”.
“Misterios de la Tumba” : Poema filosófico. El poema muestra como el dolor de la vida que marcó
su existencia lo volvió artista. Reflexión sobre la muerte y el fatalismo
que siempre impregnó su vida.
ACUÉRDATE DE MÍ
¡Oh! cuánto tiempo silenciosa el alma el suspiro de ¡"Adiós" volaba al cielo, Tú eres la misma aún;
mira en redor su soledad que aumenta y escondías la faz en tu pañuelo cual otros días suspéndanse tus brazos
como un péndulo inmóvil: ya no cuenta para mejor llorar! de mi cuello;
las horas que se van! Hoy... nos apartan los profundos senos veo tu rostro apasionado y bello
No siente los minutos cadenciosos de dos inmensidades que has querido, mirarme y sonreír;
a golpe igual del corazón que adora y es más triste y más hondo el de tu aspiro de tus labios el aliento
aspirando la magia embriagadora olvido como el perfume de claveles rojos,
de tu amoroso afán. que el abismo del mar! y brilla siempre en tus azules ojos
mi sol, ¡mi porvenir!
Ya no late, ni siente, ni aún respira Pero, ¿qué es este mar? ¿Qué es el
petrificada el alma allá en lo interno; espacio, Mi recuerdo es más fuerte que tu
tu cifra en mármol con buril eterno qué la distancia, ni los altos montes? olvido;
queda grabada en mí! Ni qué son esos turbios horizontes mi nombre está en la atmósfera, en la
Ni hay queja al labio ni a los ojos llanto, que mira desde aquí; brisa,
muerto para el amor y la ventura si al través del espacio de las cumbres, y ocultas a través de tu sonrisa
esta en tu corazón mi sepultura de ese ancho mar y de ese firmamento, lágrimas de dolor; pues mi recuerdo tu
y el cadáver aquí! vuela por el azul mi pensamiento memoria asalta,
y vive junto a ti: y a pesar tuyo por mi amor suspiras,
En este corazón ya enmudecido y hasta el ambiente mismo que respiras
cual la ruina de un templo silencioso, Si yo tus alas invisibles veo, te repite ¡mi amor!
vacío, abandonado, pavoroso te llevo dentro del alma estás conmigo,
sin luz y sin rumor; tu sombra soy y dónde vas te sigo ¡Oh! cuando vea en la desierta playa,
Embalsamadas ondas de armonía por tus huellas en pos! con mi tristeza y mi dolor a solas,
elevábanse a un tiempo en sus altares; Y en vano intentan que mi nombre el vaivén incesante de las olas,
y vibraban melódicos cantares olvides; me acordaré de tí;
los ecos de tu amor. nacieron, nuestras almas enlazadas, Cuando veas que una ave solitaria
y en el mismo crisol purificadas cruza el espacio en moribundo vuelo,
Parece ayer! ...De nuestros labios por la mano de Dios. buscando un nido entre el mar y el cielo,
mudos ¡Acuérdate de mí!
RICARDO PALMA SORIANO
(1833 - 1919)
“El Bibliotecario Mendigo”
AL PIE DE LA LETRA
El capitán Paiva era un indio cusqueño de casi gigantesca estatura. Distinguíase por lo hercúleo de su fuerza, por su bravura en el campo de
batalla, por su disciplina cuartelera y, sobre todo, por la pobreza de su meollo. Para él las metáforas siempre estuvieron demás; todo lo entendía
“ad pedem literae”.
Era gran amigote de mi padre, y éste me contó que, cuando yo estaba en la edad del destete, el capitán Paiva, desempeñó conmigo en ocasiones
el cargo de niñera. El robusto militar tenía pasión por acariciar mamones. Era hombre muy bueno. Tener fama de tal, suele ser una desdicha.
Cuando se dice de un hombre: Fulano es muy bueno, todos traducen que ese Fulano es un posma, que no sirve para maldita de Dios la cosa, y
que no inventó la pólvora, ni el gatillo para sacar muelas, ni el cri-cri.
Mi abuela decía: «la oración del Padre nuestro es muy buena, no puede ser mejor; pero no sirve para la consagración en la misa».
A varios de sus compañeros de armas he oído referir que el capitán Paiva, lanza en ristre, era un verdadero centauro. Valía él solo por un
escuadrón.
En Junín ascendió a capitán; pero aunque concurrió después a otras muchas acciones de guerra, realizando en ellas proezas, el ascenso a la
inmediata clase no llegaba. Sin embargo de quererlo y estimarlo en mucho, sus generales se resistían a elevarlo a la categoría de jefe.
Cadetes de su regimiento llegaron a coroneles. Paiva era el capitán eterno. Para él no había más allá de los tres galoncitos.
I.E.P. “JUAN XXIII” – MONSEFÚ PRIMER AÑO DE SECUNDARIA
¡Y tan resignado y contento y cumplidor de su deber, y lanceados y pródigo de su sangre!
¿Por qué no ascendía Paiva? Por bruto, y porque de serlo se había conquistado reputación piramidal. Vamos a comprobarlo refiriendo, entre
muchas historietas que de él se cuentan, lo poco que en la memoria conservamos.
Era en 1835 el general Salaverry jefe supremo de la nación peruana y entusiasta admirador de la bizarría de Paiva.
Cuando Salaverry ascendió a teniente, era ya Paiva capitán. Hablábanse tú por tú, y elevado aquel al mando de la República no consintió en que
el lancero le diese ceremonioso tratamiento.
Paiva era su hombre de confianza para toda comisión de peligro. Salaverry estaba convencido de que su camarada se dejaría matar mil veces,
antes que hacerse reo de una deslealtad o de una cobardía.
Una tarde llamó Salaverry a Paiva y le dijo:
-Mira, en tal parte es casi seguro que encontrarás a don Fulano y me lo traes preso; pero si por casualidad no lo encuentras allí, allana su casa.
Tres horas más tarde regresó el capitán y dijo al jefe supremo:
-La orden queda cumplida en toda regla. No encontré a ese sujeto donde me dijiste; pero su casa la dejo tan llana como la palma de mi mano y se
puede sembrar sal sobre el terreno. No hay pared en pie.
Al lancero se le había ordenado allanar la casa, y como él no entendía de dibujos ni de floreos lingüísticos, cumplió al pie de la letra.
Salaverry, para esconder la risa que le retozaba, volvió la espalda, murmurando:
-¡Pedazo de bruto!
Tenía Salaverry por asistente un soldado conocido por el apodo de Cuculí, regular rapista a cuya navaja fiaba su barba el general.
Cuculí era un mozo limeño, nacido en el mismo barrio y en el mismo año que don Felipe Santiago. Juntos habían mataperreado en la infancia y el
presidente abrigaba por él fraternal cariño.
Cuculí era un tuno completo. No sabía leer, pero sabía hacer hablar a las cuerdas de una guitarra, bailar zamacueca, empinar el codo, acarretear
los dados y darse de puñaladas con cualquierita que le disputase los favores de una pelandusca. Abusando del afecto de Salaverry, cometía
barrabasada y media. Llegaban las quejas al presidente, y éste unas veces enviaba a su barberillo arrestado a un cuartel, o lo plantaba en cepo de
ballesteros, o le arrimaba un pie de paliza.
-Mira, canalla -le dijo un día don Felipe,- de repente se me acaba la paciencia, se me calienta la chicha y te fusilo sin misericordia.
El asistente levantaba los hombros, como quien dice: «¿Y a mí qué me cuenta usted?», sufría el castigo, y rebelde a toda enmienda volvía a las
andadas.
Gorda, muy gorda debió ser la queja que contra Cuculí le dieron una noche a Salaverry; porque dirigiéndose a Paiva, dijo:
-Llévate ahora mismo a este bribón al cuartel de Granaderos y fusílalo entre dos luces.
Media hora después regresaba el capitán, y decía a su general:
-Ya está cumplida la orden.
-¡Bien! -contestó lacónicamente el jefe supremo.
-¡Pobre muchacho! -continuó Paiva.- Lo fusilé en medio de dos faroles.
Para Salaverry, como para mis lectores, entre dos luces significaba al rayar el alba. Metáfora usual y corriente. Pero... ¿venirle con metaforitas a
Paiva?
Salaverry, que no se había propuesto sino aterrorizar a su asistente y enviar la orden de indulto una hora antes de que rayase la aurora, volteó la
espalda para disimular una lágrima, murmurando otra vez:
-¡Pedazo de bruto!
Desde este día quedó escarmentado Salaverry para no dar a Paiva encargo o comisión alguna. El hombre no entendía de acepción figurada en la
frase. Había que ponerle los puntos sobre las íes.
Pocos días antes de la batalla de Socabaya, hallábase un batallón del ejército de Salaverry acantonado en Chacllapampa. Una compañía boliviana,
desplegada en guerrilla, se presentó sobre una pequeña eminencia; y aunque sin ocasionar daño con sus disparos de fusil, provocaba a los
salaverrinos. El general llegó con su escolta a Chacllapampa, descubrió con auxilio del anteojo una división enemiga a diez cuadras de los
guerrilleros; y como las balas de éstos no alcanzaban ni con mucho al campamento, resolvió dejar que siguiesen gastando pólvora, dictando
medidas para el caso en que el enemigo, acortando distancia, se resolviera a formalizar combate.
-Dame unos cuantos lanceros -dijo el capitán Paiva- y te ofrezco traerte un boliviano a la grupa de mi caballo.
-No es preciso -le contestó don Felipe.
-Pues, hombre, van a creer esos cangrejos que nos han metido el resuello y que les tenemos miedo.
Y sobre este tema siguió Paiva majadeando, y majadereó tanto que, fastidiado Salaverry, le dijo:
-Déjame en paz. Haz lo que quieras. Anda y hazte matar.
Paiva escogió diez lanceros de la escolta; cargó reciamente sobre la guerrilla, que contestó con nutrido fuego de fusilería; la desconcertó y
dispersó por completo, e inclinándose el capitán sobre su costado derecho, cogió del cuello a un oficial enemigo, lo desarmó y lo puso a la grupa
de su caballo.
Entonces emprendió el regreso al campamento: tres lanceros habían muerto en esa heroica embestida y los restantes volvieron heridos.
Al avistarse con Salaverry gritó Paiva:
-Manda tocar diana. ¡Viva el Perú!
Y cayó del caballo para no levantarse jamás. Tenía dos balazos en el pecho y uno en el vientre.
Salaverry le había dicho: «Anda, hazte matar»; y decir esto a quien todo lo entendía al pie de la letra, era condenarlo al muerte.
Yo no lo afirmo; pero sospecho que Salaverry, al separarse del cadáver, murmuró conmovido:
-¡Valiente bruto!
Actividad
1. ¿Por qué el capitán Paiva no ascendía de grado?
2. ¿Por qué era hombre de confianza de Salaverry?
3. ¿Por qué cumplía al pie de la letra las órdenes de Salaverry?
4. ¿Qué entendió el capitán Paiva cuando le dijeron “allana su casa”?
5. ¿Qué confusión de Paiva originó la muerte de Cuculí?
6. ¿Qué significa pata ti “Al pie de la letra”?
7. ¿Crees que una persona torpe no debe ser ascendida en su trabajo?
8. ¿Qué opinas sobre el capitán Paiva?
9. ¿Crees que sea cierta esta historia? ¿Sí o no? ¿por qué?
I.E.P. “JUAN XXIII” – MONSEFÚ PRIMER AÑO DE SECUNDARIA