Jesús y El Centurión Mateo 8
Jesús y El Centurión Mateo 8
“Su fama se difundió por toda Siria, así que le llevaron a todos los que tenían
dolencias, a los que sufrían de diversas enfermedades y tormentos, y los
endemoniados, lunáticos y paralíticos; y el los sano”
¿Te imaginas que seamos conocidos por aliviar el dolor de que sufren? ¿Por
tener misericordias de los enfermos y atormentados por diversas
enfermedades? ¿O estar preocupados por las personas que sufren cualquier
tipo de demencia? La pregunta es ¿Somos conocido por mostrar la misma
misericordia a todas las personas? ¿Somos conocidos por predicar el evangelio
a toda persona más vil y miserable de nuestra cultura?
En segundo lugar el evangelio de Lucas nos revela algunos otros detalles que
no nos da el evangelio de Mateo. Lucas 7:3-5
“Cuando el centurión oyó hablar de Jesús, envió a unos ancianos de los judíos
para que le rogaran que fuera a sanar a un siervo. Ellos fueron a hablar con
Jesús, y con mucha insistencia le rogaron: Este hombre merece que le
concedas lo que pide, pues ama a nuestra nación y nos ha construido una
sinagoga”
Antes de ver los detalles interesantes que nos da Lucas consideremos que el
evangelio de Mateo y el Evangelio de Lucas no se contradicen sino que se
complementan. En el mundo antiguo cuando alguien llevaba el mensaje de una
persona y lo daba era como si esa misma persona hubiera estado en ese lugar.
Además a los 3 primeros evangelios se le considera “sinópticos” (“ver juntos”)
pues eso significa que todos ven la misma escena pero desde distintas
perspectivas.[9]
“Entonces les dijo: Como ustedes saben, para un judío es muy repugnante
juntarse o acercarse a un extranjero, pero Dios me ha hecho ver que no puedo
llamar a nadie gente común o impura”
“No puede haber verdadera amistad ni justicia con las cosas inanimadas; ni
tampoco por supuesto, con un caballo o un toro, ni tampoco con un esclavo
como tal. Porque amo y esclavo no tienen nada en común; un esclavo es una
herramienta vivía, lo mismo que una herramienta es un esclavo inanimado”
“Lo que hace un amo con un esclavo, sea inmerecidamente, por ira, queriendo
o sin querer, por olvido, después de pensarlo mucho, a sabiendas o sin darse
cuenta, es juicio, justicia y ley” Pedro Crisologo.
“Allí había un centurion que tenía un siervo al que amaba mucho, el cual
estaba a punto de morir” (Lucas 7:2 RVC)
“Cuando le fariseo que lo había convidado vio esto, pensó: “Si este fuera
profeta, sabría que la mujer que lo está tocando es una pecadora”
Pero Jesús había anunciado que simplemente iría a sanarlo, iría a mostrar su
misericordia, iría a la casa de un gentil para manifestar que el reino de Dios
era para todos los pecadores. Pero cuando Jesús se estaba acercando a la casa
el centurión envió a unos amigos suyos a explicarle lo que el entendía sobre
Jesucristo. Lucas 7:6-8
“No deben ser tanto aventureros en busca del peligro como hombres que
saben mandar, firmes en la acción y de confianza; no deben estar demasiado
deseosos de entrar en batalla, pero cuando se ven obligados deben estar
dispuestos a defender su terreno y a morir en sus puestos”
Ante este dialogo de Jesús con el centurión podemos ver dos cosas. En primer
lugar vemos la misericordia de Jesús ¡Que maravillosa gracia de nuestro
Dios al extender la mano a un gentil pecador! Aunque el centurión comprende
que primordialmente el propósito de Jesús es ir a los perdidos de la casa de
Israel él sabe que aun así Jesús puede extender su misericordia para él (Mt
15:24) Un centurión era una persona que había matado y oprimido a muchas
personas por mandato del Imperio y si creemos que este centurión estaba bajo
la autoridad del malvado Herodes Antipas (Mt 2:2) es probable que antes de
ser un “temeroso de Dios” haya hecho muchas cosas malas como asesinar a
muchas personas inocentes. También es sabido que después de las guerras los
soldados quemaban los lugares y se llevaban cautivas a sus mujeres y algunas
las violaban. Pero además muchos de los soldados romanos no se casaban
porque eran removidos de un lugar a otro así que muchos tenían concubinas.
[12] Por tanto los soldados romanos no eran considerados la “reserva moral”
del país como hoy se consideran a las fuerzas armadas sino que eran
considerados como una de las personas más bestiales y viles que pudieran
existir. ¿Creemos nosotros que somos diferentes en condición a ellos? ¿Acaso
no enseño Jesús que matamos a nuestro prójimo al odiarlo? ¿O que
adulteramos o fornicamos al desear sexualmente a nuestro prójimo? El
estándar de Dios nos pone en la misma condición pecaminosa que este
centurión y al estar bajo la condenación de Dios podemos ver con mayor
claridad la misericordia de Dios.
“En estos días finales nos ha hablado por medio del Hijo, a quien constituyo
heredero de todo y mediante el cual hizo el universo. Él es el resplandor de la
gloria de Dios. Él es la imagen misma de lo que Dios es. Él es quien sustenta
todas las cosas con la palabra de su poder”
Las Escrituras nos dicen que Dios se “admiro” (Mt 8:10; Luc 7:9) “se asombró”
(NVI) o quedo “asombrado” (NTV) frente a la respuesta del centurión. Luego
de eso da una enseñanza que seguramente debe haber golpeado muy fuerte la
teología de los maestros de la ley.
Ellos creían que la descendencia física era suficiente pero Jesús aclara que no
lo es, sino que necesitan arrepentirse y creer para nacer de nuevo, nacer del
Espíritu (Jn 1:13)
“Así Abraham creyó a Dios, y le fue contado por justicia. Sepan, por tanto, que
los que son de la fe son hijos de Abraham”
Esta era una creencia que se encontraba en la Escrituras pero estaba “velada”
ante los ojos del pueblo hasta que fue revelada por los apóstoles (Isa 2:2-3;
11:10; 45:6; 49:6, 12; 54:1-3; 59:19; Jer 3:18; 31:34; Ose 1:9-10; 2:23;
Am 9:11; Miq 4:1-2; Mal 1:11)
En tercer lugar aquellos que creen ser parte del reino de Dios por la
descendencia física serán condenados. Esta quizás es una de las mayores
sorpresas que los judíos se pueden llevar. Creer que por conocer las Escrituras
y supuestamente guardar la ley se puede ser salvo cuando es algo imposible
(Rom 2) Lamentablemente ellos van a ser arrojados a la tinieblas y así habrá
llanto (Mt 26:75; Mc 14: 72; Lc 7:38) y rechinar de dientes (Mt 13:42; 50;
22:13; 24:51; 25:30) Estos términos Jesús los usa en otras ocasiones y son
una clara alusión a la condenación eterna.
El texto subraya las relaciones abundantes del centurión: con su siervo, al que
quería mucho, con los ancianos o líderes judíos, su amor a toda la nación de Israel,
y también el grupo de amigos a los que envía a ver a Jesús cuando éste se acerca a
su casa. Todo esto es propio del texto de Lucas. Sin embargo, como contraste, en
el texto de Lucas el centurión no llega a encontrarse personalmente con Jesús (a
diferencia del texto de Mateo). De este modo se crea un contraste: las muchas
relaciones por un lado, la falta de acceso a Jesús por otro.
El texto de Lc también pone un énfasis en la dignidad. Los ancianos judíos
testifican la dignidad del centurión, por dos razones: ama a Israel y construyó una
sinagoga. Por contraste, el centurión afirma que él no es apto ni digno para que
Jesús lo visite. Esto en Lucas se subraya especialmente: no sólo no es apto para
que Jesús entre bajo su techo, sino que ni siquiera se ha considerado a sí mismo
digno de ir a Jesús para hablarle directamente. Con esto se logra un cambio
semántico respecto a Mateo. En Mateo, el centurión le decía a Jesús que no era
digno, y de este modo se veía a sí mismo tal como un judío vería a un militar gentil.
Su indignidad era más bien étnica, y el centurión era lo suficientemente sensible
para captar el modo en que un judío le vería. Pero en el texto de Lucas sucede otra
cosa. El centurión es declarado digno por las autoridades judías. Su indignidad no
es de tipo étnico. Sin embargo, en Lc el centurión subraya dos veces su indignidad.
De este modo, se denota una indignidad que ya no es étnica, sino personal. El
centurión se considera digno aunque oficialmente los judíos lo consideren así.
Un aspecto central del texto es la consideración de la autoridad del centurión en
comparación con la autoridad de Jesús. El centurión mismo introduce esa
comparación y explícitamente dice que él “también” está bajo autoridad. Claro, se
trata de diferentes autoridades.
- El centurión, últimamente está bajo la autoridad del César y de otros mandos
intermedios entre el César y él. Jesús está bajo la autoridad de Dios. Dos
cadenas de autoridad: el César y Dios frente a frente.
- Después el centurión menciona aquellos que están oficialmente bajo su
autoridad: los soldados romanos, a los que él puede ordenar a su discreción. De
Jesús el centurión espera que actúe de igual forma con los que están bajo su
autoridad. Pero, ¿quiénes están bajo la autoridad 2 de Jesús en este caso? No
se trata de soldados. Jesús no tiene soldados. La autoridad que se espera de
Jesús es la autoridad sobre la enfermedad que tiene al esclavo del centurión al
borde de la tumba. Es autoridad sobre enfermedades, espíritus inmundos,
dolencias, etc. (Lc 9,1). De este modo, la comparación no deja en demasiado
buen lugar a los soldados de Roma: ellos son semejantes a las enfermedades
sobre las que Jesús tiene autoridad.
- Finalmente, el último eslabón de la cadena de mando es el siervo: también de
éste dice el centurión que le manda hacer cosas y las hace. Sin embargo, lo
paradójico es que no es esto lo que sucede en la situación concreta. El siervo
está a punto de morir y no hay muchas cosas que pueda hacer. Mateo dice que
estaba “paralítico”. Ya le puede ordenar el centurión, que el siervo no podrá
hacer nada. Es como si toda la jerarquía imperial romana fallara en su último
eslabón: el imperio que puede dañar naciones enteras, no puede dar vida a su
último siervo. El centurión confía en que Jesús sí puede sanar al siervo.
- De esta manera funciona el avance del reinado de Dios frente a los reinados
humanos: dando vida, sacando a los últimos de la tierra de la soberanía de los
poderes de este mundo y poniéndolos bajo la soberanía benéfica de Jesús.
Es interesante considerar cómo ve el centurión a Jesús. En cierto modo, su
“también yo” muestra un punto de semejanza. Jesús es como el centurión de Dios.
Pero al mismo tiempo el centurión ha subrayado su indignidad siquiera para
encontrarse personalmente con Jesús. Jesús es alguien muy distinto de él. Basta
con que diga una palabra para que el siervo quede sano. El centurión no ve a Jesús
como un intermediario que puede pedir a Dios un milagro, tal como habían hecho
algunos famosos taumaturgos judíos. El centurión espera que Jesús mismo haga el
milagro. La fe del centurión está puesta en Jesús, en el poder de su palabra. [Si
este pasaje pertenece a Q (como se sigue suponiendo usualmente), ciertamente
hay una cristología “alta” en Q.]
El centurión espera una sola palabra de Jesús, pero precisamente esta palabra no
sucede. Jesús no dice ninguna palabra de sanidad. No hay ningún “quiero, que sea
sano”. La única palabra de Jesús es la que constata la fe del centurión. Y ésa fe,
más que la sanidad del siervo, es el punto central de la historia. El centurión tiene
una fe que Jesús no ha encontrado “ni aún en Israel”. • Al centurión no le han
servido sus muchas amistades y relaciones sociales; tampoco le han servido las
buenas obras (la construcción de una sinagoga); tampoco le ha servido su amor por
Israel; ni tampoco le sirve su autoridad como centurión en la cadena de mando del
gran imperio. Todo eso no sirve. Lo único que le ha servido al centurión es su fe. Y
esto nos muestra también la verdadera dignidad del faraón. No es digno por sus
relaciones, por sus obras, por su poder. Tampoco es digno personalmente, como él
bien ha subrayado. Y, sin embargo, Jesús lo declara digno por la fe. El centurión
aparece entonces 3 no como un mero simpatizante de Israel. En la palabra de
Jesús el centurión aparece como alguien que tiene más fe que Israel. Mateo
introduce precisamente en ese punto la palabra sobre los gentiles viniendo de
todos los puntos cardinales e incorporándose a la mesa del reinado de Dios, al
mismo tiempo que los “hijos del reino” siendo echados fuera (Mt 8,11-12). En Lucas
este contraste está suavizado, porque le interesa subrayar lo esencial: la fe es lo
decisivo.
El texto nos dice que Jesús “se maravilló (admiró) de él”. Jesús se admira de la fe
del centurión, y es algo que podemos pedir para nosotros.
- Decía Lutero que la “carne” no son los apetitos más bajos; la carne es más bien
todo lo que nosotros consideramos alto e importante en nosotros: nuestras
capacidades, nuestro poder, nuestros éxitos, nuestras obras, o cualquier otra
cosa que podamos exhibir como mérito ante Dios. El texto nos enseña que todo
eso no sirve ante Jesús.
- Lo que sirve ante Jesús es la humildad de quien no proclama sus méritos ante
él, sino su indignidad, al mismo tiempo que cree. Se trata en realidad de dos
caras de la misma moneda: quien desconfía de su “carne” es quien en realidad
puede poner las esperanzas en Jesús.
Mateo 8:5-8
¡Qué personaje más increíble! El centurión era un militar romano que tenía bajo su cargo a cien
hombres, no era cualquier rango el que tenía esta persona. Muchas veces, las personas que
tienen gente a su cargo, les cuesta trabajo olvidar su situación superior y no ven a las personas
como iguales o mucho menos como superiores a ellos.
Pero el centurión no tomó como algo importante su puesto ni el ser romano y por el contrario se
declaró indigno de que Jesús fuera a su casa. Si bien, puede sonar no tan impresionante, debes
recordar que en ese entonces Jesús venía de una ciudad pequeña, de tener la profesión más baja
(carpintero) y que un centurión romano le diga delante de toda la gente que no se siente digno
de tenerlo bajo su techo, verdaderamente sorprende a cualquiera.
Vamos a analizar cada acción del centurión:
1- le rogó a Jesús
2- se declaró indigno de ser visitado por Jesús
3- sabía quién era Jesús y de lo que era capaz de hacer con solo decirlo
Ahora relacionemos sus acciones con las tuyas:
1- ¿Cómo acudes a Dios? ¿Con humildad o soberbia? ¿Le exiges o aceptas?
2- ¿Crees que has hecho algo para que Dios esté contigo?
3- ¿Cuál es tu concepto de Jesús?
A mi parecer, lo más impactante de esta persona es cuando le responde a Jesús que no es
necesario que vaya a su casa a sanar a su criado sino simplemente con decirlo sanaría. En la
actualidad, la palabra de alguien carece de validez. Es necesario acudir con notarios que
certifiquen lo dicho y establecido, se hacen contratos firmados y se buscan testigos. Pero con
Jesús NO es así. Su palabra gobierna el mundo. Él decide a dónde van los vientos y controla los
mares. Cada palabra que sale de su boca cumple con un propósito. El centurión comprendió esto
y aceptando la omnipotencia de Jesús y entendiendo que para Él nada es imposible, le dice: no
soy digno de que vayas a mi casa y además no es necesario que te molestes pues lo que sale de
tu boca se cumple.
Espero que guardes a esta persona como un gran ejemplo a seguir. Jesús ya le había dicho que
iba a ir a su casa y ¡le dice que NO! Que solo lo diga y así será hecho. ¡Qué ejemplo! Me
encantaría llegar a tener esa fe y comprensión de Jesús. Estar cien por ciento seguro que lo que
dice se cumple. Dejar de pensar que necesito que haga esto o aquello sino simplemente confiar
en lo que Él dice a través de su palabra (la Biblia).
Oración
Dios: quiero crecer mi fe. Quiero poder comprender que para Ti no hay imposibles y que con solo
decirlo el mundo te obedece. Hoy vengo rogándote y humillado para pedirte que perdones mis
pecados y las faltas que he tenido contra Ti. Gracias por tu palabra y el amor que me tienes
hablándome a través de ella. Oro a ti mi Dios en el nombre de Jesús
Amén
Donald A. Carson
8 ENERO
¿Por qué Jesús encuentra tan asombrosa la fe del centurión? (Mateo 8:5–13) El
centurión asegura a Jesús que no es necesario que el Señor venga a su casa para curar a su siervo
paralítico. Comprende que, sólo con decir la palabra, su siervo será curado: “Porque”, explica el
centurión, “yo mismo soy un hombre sujeto a órdenes superiores, y además tengo soldados bajo mi
autoridad.” ¿Por qué esto es evidencia tan asombrosa de su fe?
Hay tres hechos a destacar. El primero es que, en una época en la que prevalecía la superstición. El
centurión no creía que el poder de Jesús para sanar fuera cosa de encantamientos, ni que dependiese
de su presencia física, sino que consistía simplemente en su palabra. No era necesario que Jesús
tocase ni manipulase al siervo, ni que siquiera estuviera presente; sólo hacía falta que dijese la
palabra, y sería hecho.
El segundo hecho que se destaca es que llegase a esta convicción, a pesar de que no estaba inmerso
en las Escrituras. Era gentil. No sabemos qué conocimientos tenía de las Escrituras, pero sin duda
eran mucho menores que los de los eruditos de Israel. No obstante, su fe era más pura, más sencilla,
más perspicaz, más reconocedora de Cristo que la de aquellos.
El tercer elemento sorprendente de la fe de este hombre es la analogía que usa. Reconoce que es un
hombre bajo autoridad, por lo cual tiene autoridad cuando habla dentro del marco de esta relación.
Cuando dice a un soldado romano bajo su autoridad que haga algo, no habla como hombre a otro
hombre. El centurión habla con la autoridad de su oficial inmediatamente superior, el tribuno, el
cual habla a su vez con la autoridad de César; con la autoridad, en definitiva, del mismo imperio
romano. Esta es la autoridad que pertenece al centurión, no porque él sea de hecho tan poderoso
como el César en todas las dimensiones, sino porque es un hombre bajo autoridad: la cadena de
mando significa que, al hablar el centurión con un soldado de a pie, habla Roma. Implícitamente, el
centurión dice que reconoce en Jesús una relación semejante: la que Jesús tiene con Dios, bajo la
autoridad de Dios; que, al hablar Jesús, habla Dios. Por supuesto que el centurión no se expresa
desde dentro del marco de una doctrina cristiana madura con respecto a la identidad de Cristo, pero
los ojos de la fe le habían permitido ver muy lejos.
Esta es la fe que nos hace falta. Tener confianza en la palabra de Jesús, refleja una profundidad
sencilla y da por sentado que, cuando habla Jesús, habla Dios.
Carson, D. A. (2013). Por amor a Dios: Devocional para apasionarnos por la Palabra. (R.
Marshall, G. Muñoz, & L. Viegas, Trads.) (1a edición, Vol. I, p. 8). Barcelona: Publicaciones
Andamio.
Amy Carroll
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English
Al oír esto, Jesús se asombró y dijo a quienes lo seguían: Les aseguro que
no he encontrado en Israel a nadie que tenga tanta fe. Mateo 8:10 (NVI)
Eran nuestras anticipadas y largas vacaciones, así que queríamos que todo fuera perfecto y
absolutamente increíble.
Pero tenía mis dudas después de darle un vistazo a mis alrededores. La entrada arqueada del sitio
histórico era prometedora, y el precio de la entrada implicaba un buen tiempo, pero todo lo que
podía ver parecía viejo y decepcionante.
Mi esposo, Barry, y yo paseamos a la primera atracción con algo de expectativa. Finalmente, una
pantalla en la esquina del cuarto cobró vida con un video explicando el espectáculo que íbamos a
ver. Con una voz entusiasmada, el narrador anunció que la exhibición que tiene décadas de
antigüedad había sido innovadora durante su apertura en los años sesentas.
Él terminó con fanfarria, diciendo, “¡Prepárense para no asombrarse!”.
Espera...¿qué?
El narrador nos estaba alistando para no impresionarnos, y él tenía la razón. La tecnología de los
sesenta era aburrida para gente acostumbrada a espectáculos del año 2020. A pesar de nuestras
expectativas altas cuando compramos las entradas, Barry y yo nos encontramos aburridos en lugar
de encantados.
Si los seres humanos requieren las mejores e innovadoras tendencias para ser asombrados, ¿cuánto
más requerirá para asombrar a Dios? Ciertamente, ¡es inimaginablemente más! En este relato de las
Escrituras, Jesús tiene una interacción que da un giro sorprendente, la cual nos deja a las personas
modernas, difíciles de sorprender, estupefactas.
En la historia de Mateo 8:5-11, un centurión vino a Jesús y Le pidió por sanidad para su sirviente.
Jesús le cumple su petición, pero las Escrituras también registran la increíble respuesta de Jesús: Al
oír esto, Jesús se asombró y dijo a quienes lo seguían: Les aseguro que no he encontrado en Israel
a nadie que tenga tanta fe (Mateo 8:10).
Pausemos por un momento y consideremos esto. Jesús, quien vio el asombroso acto de la creación y
cada evento histórico desde entonces, encontró asombrosas la petición y fe del centurión. ¿Por qué
será? Veo tres razones aquí.
Los centuriones eran oficiales militares romanos quienes lideraban cien hombres. Ellos eran
ciudadanos de la nación conquistadora quienes estaban totalmente (y a veces cruelmente) a cargo.
El entrenamiento lo había hecho duro y había probado su valentía en batalla; aun así, el centurión
humildemente pide a Jesús Su ayuda, diciendo, “Señor, no merezco que entres bajo mi techo. Pero
basta con que digas una sola palabra, y mi siervo quedará sano” (Mateo 8:8b, NVI).
En vez de usar su autoridad para ordenar a Jesús a venir, el centurión se rinde al poder superior de
Jesús, y su humildad asombra a Jesús.
El centurión no vino a pedir para él mismo ni para alguien de su familia cercana. En lugar de eso, él
se conmovió por el terrible dolor de su sirviente y vino a pedir por la sanidad de un subordinado.
En vez de ver su alto rango como superioridad, el centurión desinteresadamente puso su estatus y
agenda a un lado para cuidar a alguien quien era menos prestigioso. Jesús quedó asombrado por su
actitud no egoísta.
Aunque Jesús ofreció ir a sanar al siervo diciendo, “Iré a sanarlo” (Mateo 8:7b, NVI), el centurión
revela el entendimiento que él tiene sobre la divinidad de Jesús al decir, “Pero basta con que digas
una sola palabra, y mi siervo quedará sano” (Mateo 8:8b, NVI).
Debido a su propia autoridad sobre sus oficiales, el centurión entendió que las mismas palabras de
Jesús podían sanar. Él entendía bien el poder que Jesús tenía y sabía que ni el tiempo ni el espacio
limitaban al Hijo de Dios. Jesús se quedó perplejo por la fe del centurión.
Hoy en día, el asombro es un bien escaso. Exigimos más cantidad, más grande, y mejor
calidad para estar entretenidos y asombrados. Pero Dios pone estándares diferentes para Su pueblo.
Él establece humildad, abnegación y fe como características intemporales que aún Lo asombran.
Señor, yo deseo asombrarte, pero estoy agradecida que no tengo que ser más o hacer más para
lograrlo. Tu asombro Jesús, no se basa en mi desempeño. Al contrario, yo escojo las
características asombrosas de humildad, abnegación y fe. En el Nombre de Jesús, Amén.
Filipenses 2:3, No hagan nada por egoísmo o vanidad; más bien, con humildad consideren a los
demás como superiores a ustedes mismos. (NVI)
REFLEXIONA Y RESPONDE
¿Has experimentado aburrimiento cuando te prometieron asombro? ¿Cuál fue la incongruencia?
¿Cómo te hace sentir saber que Dios no requiere algo más o más grande para asombrarlo?
¿Cuál es tu fortaleza más grande --- humildad, abnegación o fe? ¿Cuál característica necesita ser
trabajada? Pídele a Dios que te refuerce en eso. ¡Únete a la conversación al compartir tus
comentarios a continuación!
La fe del Centurión.
Publicado en 20 junio 2011 por Hermano Jorge Jimenez A
Y le dijo: —Yo iré y le sanaré. Respondió el centurión y dijo: —Señor, yo no soy digno de
que entres bajo mi techo. Solamente di la palabra, y mi criado será sanado.
Porque yo también soy un hombre bajo autoridad y tengo soldados bajo mi mando. Si digo
a éste: “Vé,” él va; si digo al otro: “Ven,” él viene; y si digo a mi siervo: “Haz esto,” él lo
hace.
Cuando Jesús oyó esto, se maravilló y dijo a los que le seguían: —De cierto os digo que no
he hallado tanta fe en ninguno en Israel.
Y os digo que muchos vendrán del oriente y del occidente y se sentarán con Abraham, Isaac
y Jacob en el reino de los cielos, pero los hijos del reino serán echados a las tinieblas de
afuera. Allí habrá llanto y crujir de dientes.
Entonces Jesús dijo al centurión: —Vé, y como creíste te sea hecho. Y su criado fue
sanado en aquella hora.
(Mateo 8 5:13)
El soldado buscó la ayuda de Jesús. Se acercó a Jesús y le rogó, le suplicó, le pidió con
humildad, "le rogó diciendo: «Señor, mi criado yace en casa paralítico con
terribles sufrimientos.» " Dícele Jesús: «Yo iré a curarle.» " (Mt 8,6-7) Jesús se
ofreció a ir a su casa a curarle. Pero... "Replicó el centurión: "Señor, no soy digno de
que entres bajo mi techo; basta que lo digas de palabra y mi criado quedará
sano".
Jesús se quedó maravillado por su fe :" Al oír esto Jesús quedó admirado y dijo a
los que le seguían: «Os aseguro que en Israel no he encontrado en nadie una fe tan grande.
" (Mt 8,10) " Y dijo Jesús al centurión: «Anda; que te suceda como has creído.»"
(Mt 8,13) Dice Jesús: que suceda lo que has creído. Que sencillo, Jesús sólo le pide al
centurión una cosa: creer. No hace falta que Jesús vaya a su casa, no hace falta que Jesús
ponga sus manos sobre el siervo enfermo o toque su manto a la mujer, solo hace falta una
palabra de Jesús y la palabra de Jesús es: "que te suceda como has creído". Entonces
el soldado volvió a su casa convencido de que su siervo había sido curado. A nosotros a
veces nos pasa que sólo creemos lo que vemos, como Tomas que no creyo hasta que no
toco a Jesús, que dudados del poder de Jesús si no lo vemos con nuestros propios ojos. El
soldado no había visto a su siervo curado, pero lo creía, no tenía ninguna duda. Y termina
el evangelio de Mateo diciendo; "Y en aquella hora sanó el criado." (Mt 8,13). El
siervo sanó porque así lo creyó el soldado, que se acercó a Jesús suplicando una palabra,
una orden del Todopoderoso.
(1) Había soldados del ejército romano propiamente dicho, que dependían del Procurador o
Prefecto (Poncio Pilatos), que gobernaba de un modo directo sobre Judea y Samaría. El
Prefecto contaba con unos tres mil soldados de infantería y algunos cientos de caballería,
acuartelados básicamente en Cesarea, que solían provenir del entorno pagano de Palestina y
funcionaban como ejército de ocupación. No era frecuente verlos en la calle o en los pueblos,
ni siquiera en Jerusalén, donde gobernaba el Sumo Sacerdote y su consejo, con la ayuda de
algunos miles de «siervos» o soldados de la guardia paramilitar del Templo. Pero, en tiempos
de crisis o en días de fiesta, el Prefecto romano subía a Jerusalén y se instalaba en la
Fortaleza Antonia, junto al templo, desde donde controlaba con sus soldados el conjunto de la
ciudad, suscitando el odio de gran parte de la población.
(2) Había soldados del tetrarca-rey Herodes Antipas, que gobernaba bajo tutela romana en
Galilea. Ellos le servían para proteger las fronteras y mantener el orden dentro de su territorio.
Tanto los soldados de Pilatos como los de Herodes solían provenir del entorno pagano y
estaban obligados a ayudarse entre sí, al servicio Roma[1].
Desde ese fondo han de verse algunos pasajes del evangelio que hablan de la relación de
Jesús y de sus seguidores con soldados de Herodes, dentro del contexto de Galilea. El
conjunto de la población les odia o les mira con desconfianza. Pues bien, cuando pide a sus
discípulos que “amen a los enemigos”, superando la actitud del «ojo por ojo y diente por
diente», propia de los ejércitos del mundo, Jesús añade una sentencia muy significativa: «No
resistáis al que es malo (al mal); por el contrario, si alguien te hiere en la mejilla derecha,
ponle también la otra…; y al que te obligue a llevar la carga por una milla llévasela dos» (Mt 5,
39-40). Estas últimas palabras se refiere al servicio obligatorio que las fuerzas del ejército (de
Herodes o Pilato) podían imponer sobre los súbditos judíos: obligarles a llevar cierto peso o
cargamento a lo largo de una milla. Pues bien, en vez de propugnar la insurrección o la
protesta violenta, Jesús pide a los oyentes que respondan con amor a la exigencia,
posiblemente violenta, de los soldados. Ésta es su forma de (no) oponerse al mal. Jesús
quiere vencer la perversión del mundo a través de un gesto bueno; por eso, no condena a los
soldados “enemigos”, sino que quiere situarles ante el don del reino, enriquecerles con la
gracia del Padre que es bueno para todos (cf. Mt 5, 45).Un texto enigmático, parábola de
amor y servicio
En este fondo ha de entenderse su relación con el centurión que tiene un amante enfermo y
que pide a Jesús que le cure (Mt 8, 5-13 par.). La escena ha sido elaborada por la tradición en
el contexto de apertura eclesial a los paganos, pero en su fondo hay un relato antiguo
(transmitido al menos por el Q; cf. Lc 7, 1-10; Jn 4, 46b-54). Jesús no ha satanizado a los
soldados, ni ha querido combatirlos con las armas, sino que ha descubierto en ellos un tipo de
fe que no se expresa en la victoria militar, sino en el deseo de curación del amigo enfermo:
Al entrar Jesús en Cafarnaúm, se le acercó un centurión, que le rogaba diciendo: «Señor, mi
amante (pais) está postrado en casa, paralítico, gravemente afligido». Jesús le dijo: «Yo iré y
le curaré». Pero el centurión le dijo: «Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo;
solamente di la palabra y mi siervo sanará, pues también yo soy hombre bajo autoridad y
tengo soldados bajo mis órdenes, y digo a este “ve” y va y al otro “ven” y viene; y a mi siervo
“haz esto”, y lo hace». Al oírlo Jesús, se maravilló y dijo a los que lo seguían: «En verdad os
digo, que ni aun en Israel he hallado tanta fe. Os digo que vendrán muchos del oriente y del
occidente, y se sentarán con Abraham, Isaac y Jacob en el reino de los cielos; pero los hijos
del reino serán echados a las tinieblas de afuera; allí será el llanto y el crujir de dientes».
Entonces Jesús dijo al centurión: «Vete, y que se haga según tu fe». Y su amante quedó sano
en aquella misma hora (Mt 8, 5-12).
Éste es un soldado con problemas. Es un profesional del orden y obediencia, en el plano civil
y militar, un hombre acostumbrado a mandar y a ser obedecido. Es capaz de dirigir en la
batalla a los soldados, decidiendo así sobre la vida y la muerte de los hombres. Pero, en otro
nivel, es un muy vulnerable: padece mucho por la enfermedad de su pais, a quien podemos
entender como su amante. Esa palabra puede tener tres sentidos, siervo, hijo y amante (casi
siempre joven). Como se verá por la traducción, hemos preferido ese último sentido, aunque
pueda resultar escandaloso para algunos. El texto paralelo de Jn 4, 46b evita el escándalo y
pone huios (hijo), en vez de pais; pero con ello tiene que cambiar toda la escena, porque los
soldados no solían vivir con la familia ni cuidar sus hijos hasta después de licenciarse; por
eso, el centurión aparece aquí como un miembro de la corte real de Herodes (un basilikós).
También Lc 7, 2 quiere eludir el escándalo y presenta a ese pais como doulos, es decir, como
un simple criado, al servicio de centurión; con eso ha resuelto un problema, pero ha creado
otro: ¿es verosímil que un soldado quiera tanto a su criado? Por otra parte, el mismo Lucas
comenta y dice que este doulos (siervo) era entimos, muy apreciado o amado para el
centurión (lo cual, en aquel contexto de soldados, puede evocar una relación homosexual).
Por eso preferimos mantener la traducción más obvia de pais dentro de su plano militar. En
principio, el centurión podría ser judío, pues está al servicio de Herodes, en un puesto de
frontera de su reino o tetrarquía (Cafarnaúm linda con el territorio de su hermano Filipo). Pero
el conjunto del texto le presenta como un pagano que cree en el poder sanador de Jesús, sin
necesidad de convertirse al judaísmo (o cristianismo). Pues bien, como era costumbre en los
cuarteles (donde los soldados no podían convivir con una esposa, ni tener familia propia), este
oficial tenía un criado-amante, presumiblemente más joven, que le servía de asistente y
pareja sexual. Este es el sentido más verosímil de la palabra pais de Mt 8, 6 en el contexto
militar. Ciertamente, en teoría, podría ser un hijo o también un simple criado (como suponen
los paralelos de Juan y Lucas). Pero lo más sencillo y normal es que la tradición del Q, que
recogen de formas distintas Mt y Lc, quiera presentarle y le presenta como un amante, algo
que era totalmente normal en el contexto militar en el que se sitúa y nos sitúa la escena.
Éste es un pasaje que ha escandalizado a unos y que otros han interpretado en forma
“moralista”, desde un trasfondo judío donde “pais” (como en los LXX) suele significar no sólo
criado, sino, y sobre todo, hijo o incluso ministro (como en el caso del “pais” que es el Siervo
de Yahvé). Pero estamos en trasfondo militar pagano y el mismo militar le dice a Jesús que no
entre en su casa-cuartel, porque no es lugar digno para él… Pero Jesús entra con su palabra
de amor que sana, pues como sabemos por el texto siguiente («¡cargó con nuestras
enfermedades…!»: Mt 8, 17), Jesús no era un moralista, sino un Mesías capaz de
comprender el amor y debilidad de los hombres (en el caso de que el amor homosexual fuera
debilidad).
Jesús sabe escuchar al soldado que le pide por su amante y se dispone a venir hasta su
casa-cuartel (¡bajo su techo!), para compartir su dolor y ayudarle. Lo hubiera hecho, pero el
oficial no quiere que se arriesgue, pues ello podría causarle problemas: no estaba bien visto
entrar en el cuartel de un ejército odiado para mediar entre dos homosexuales. Por eso, el
centurión le suplica que no vaya: le basta con quiera ayudarle en su dolor y diga una palabra,
pues él sabe lo que vale la palabra. Jesús respeta las razones del oficial, acepta su fe y le
ofrece su palabra. El resto de la historia ya se sabe: el siervo-amigo homosexual se cura y su
amigo-centurión aparece como signo de fe y de salvación. Es evidente que Jesús no exige, ni
quiere, que los homosexuales rompan su relación, sino que la viven en fe y amor de Reino.
[1] Además de comentarios a Mt, cf. J. Alison, Una fe más allá del resentimiento. Fragmentos
católicos en clave gay, Herder, Barcelona 2001; J. Gafo, “La homosexualidad: Un debate
abierto, Desclée De Brouwer, Bilbao 1997; D. A. Helminiak, Lo que la Biblia realmente dice
sobre la homosexualidad, Egales. Madrid. 2003; X. Pikaza, El Señor de los ejércitos. Historia
y teología de la guerra, PPC, Madrid 1997; G. Theissen, La sombra del Galileo, Sígueme,
Salamanca 1997.
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Estudio de parte del maestro: Lucas 7.1 al 10, Mateo 8.5 al 13;
Lectura con la clase: Lucas 7.1 al 10
Texto para aprender de memoria— los menores: Romanos 10.17;
Introducción
En la ciudad de Capernaum vivía un centurión, es decir, un militar encargado de cien
soldados. Por lo general, los soldados romanos no eran muy populares, puesto que eran
un recuerdo continuo a los judíos que ellos estaban bajo el dominio del Imperio Romano.
Pero este centurión era distinto, pues tanto quería a la nación de Israel y su religión, que
les edificó una sinagoga. Como consecuencia, los judíos lo respetaban muchísimo, y
entre ellos él tenía un buen número de amigos.
El siervo se enferma
Era la costumbre de los centuriones tener siervos quienes en realidad eran esclavos
obtenidos en los países conquistados. Generalmente, los amos les trataban con crueldad
como si fueran animales, y poco les importaba la muerte de ellos, ya que por muy poco
dinero podían comprar otro. No obstante, este centurión de Capernaum trataba a sus
esclavos con cariño, y especialmente a uno de ellos lo quería mucho. Un día éste cayó
enfermo, y de día en día su amo veía que su enfermedad se agravaba más. De nada le
valían los esfuerzos de los médicos, y por fin el pobre esclavo llegó a punto de morir.
Precisamente en esos momentos de angustia volvió Jesús a Capernaum, y la noticia de
su llegada fue llevada a oídos del centurión. Inmediatamente éste dijo dentro de sí: “Si
fuera posible que este gran hacedor de milagros viniera hasta acá, seguramente podría
sanar a mi siervo. Pero … yo soy romano, y los judíos aborrecen a mis compatriotas. Este
Jesús es un gran profeta; yo no soy digno de que me favorezca con una visita, ni merezco
que me haga este favor. No me conoce, y sin duda está muy ocupado entre los de su
propia nación. ¿Quién soy yo para pedirle esto? … pero, ¿qué haré, pues mi siervo se
muere y no hay quien lo sane?” Por fin idea un plan. Entre sus amigos judíos, hay varios
ancianos de una sinagoga, así que va donde ellos y les pide que vayan a Jesús a rogarle
este favor.
El siervo es sanado
De buena voluntad, éstos consienten en ir a Jesús, y al encontrarlo, le ruegan diciendo:
“Este centurión es digno, porque ama a nuestra nación, y nos edificó una sinagoga”, a lo
que Jesús les responde, “Yo iré y le sanaré”. Mientras caminan hacia la casa, debemos
echar una mirada al centurión, quien está meditando en lo que ha hecho.
Siendo hombre humilde, razona como sigue: “Realmente no debiera haberle molestado,
porque no es necesario que venga hasta acá. Cuando yo quiero que alguna cosa se
haga, mando a un siervo, y él obedece a mi palabra. Jesús es mucho más poderoso que
yo, y seguramente por su palabra Él puede sanar a mi siervo”. Meditando en esto, hace
venir a unos amigos, con los que envía este mensaje a Jesús. Para el Señor son muy
gratas las palabras del militar, pues parándose en el camino, dice a la gente que le sigue:
“Os digo que ni aun en Israel (entre su propio pueblo) he hallado tanta fe”. En ese mismo
momento, fue sanado el siervo.
Aplicación
Lo que se destaca en esta lección es la confianza que tuvo el centurión en la palabra de
Jesús, aun cuando Él no estaba personalmente presente. Lo mismo sucede hoy, pues
aunque Jesús no está aquí, sino en la presencia de su Padre, su Palabra está con
nosotros y por ella el pecador puede ser salvo. Ella nos explica de su muerte a nuestro
favor, nos exhorta a que recibamos el perdón que Él nos dará, y nos asegura de la
salvación eterna que todo creyente gozará con Dios.
Preguntas
1. ¿Qué ocupación tenía el centurión?
2. ¿Cómo se distinguía de la mayoría de los romanos que vivían entre los judíos?
3. ¿Qué favor quiso que el Señor le hiciera? ¿por medio de quien se lo pidió?
4. ¿De qué manera sanó Jesús al siervo?
5. Aunque Jesús no está en la tierra ahora, ¿por medio de qué cosa hace llegar la
salvación
Parece que este centurión Romano ya creía en Dios, y talvez haya sido
Gentil convertido a Judaísmo. Pero él creía en Jesús.
Este militar había sido asignado lejos de su tierra natal, a una de las
“colonias” Romanas, que era Palestina, o lo que ahora llamamos Israel.
Este centurión tenía un criado querido que estaba muriendo. Él le rogó a
Jesús que lo sanara. Jesús estaba dispuesto a ir, porque dijo:
Pero no es ese el texto que predicaré esta mañana. Ves, había mucha
gente Judía con Jesús cuando Él conversó con aquel centurión Romano. Y
cuando Cristo había sanado al criado del centurión, Él se volvió a ellos e
hizo un punto importante dándoles una lección basada en la salvación del
criado del centurión. Cristo se volvió a aquella gente Judía y les dijo:
Esto nos demuestra que Jesús es el Salvador de aquellos de todas las razas
y grupos étnicos que vienen a Él, y confían en Él en fe simple.
Vemos eso en nuestra iglesia. Sentado a mis espaldas cuando
predico, hay un hombre cuyos ancestros eran de África. A su lado hay un
hombre de fondo Judío, cuyo abuelo vino de Kiev que era de la Unión
Soviética. Luego, a mi derecha, sentado a mis espaldas está nuestro
diácono, Dr. Kreighton L. Chan, doctor en medicina cuyos ancestros
vinieron de la China. Y a su lado se sienta otro de nuestros diáconos el Sr.
Benjamin Kincaid Griffith, que nació y fue criado en la costa oeste de los
Estados Unidos de América, hombre blanco del “este.”
Sí, sentados aquí esta misma mañana hay cuatro hombres que
Oremos por todas las naciones, incluyendo a India, donde Dios está
derramando poderosas bendiciones, y miles van a Cristo, y ellos se sienten
“con Abraham e Isaac y Jacob en el reino de los cielos” (Mateo 8:11).
Quisiera hacer mi segundo punto tan animoso como el primero, pero
desafortunadamente no lo es.
La Escritura Leída por el Dr. Kreighton L. Chan Antes del Sermón: Mateo
8:5-13.
El Solo Cantado por el Sr. Benjamin Kincaid Griffith Antes del Sermón:
“What Will You Do With Jesus?” (por Albert B. Simpson, 1843-1919).
EL BOSQUEJO DE
[Link]
conducta-sexual