Poder Judicial de la Nación
CÁMARA NACIONAL DE CASACIÓN EN LO CRIMINAL Y CORRECCIONAL - SALA 3
CCC 59674/2015/TO1/CNC1
Reg. n° 1451/2019
/// la ciudad de Buenos Aires, a los 26 días del mes de agosto de
2019, se reúne la Sala III de la Cámara Nacional de Casación en lo
Criminal y Correccional de la Capital Federal integrada por los
jueces Mario Magariños, Alberto Huarte Petite y Pablo Jantus,
asistidos por la secretaria actuante, Paola Dropulich, a los efectos
de resolver el recurso de casación de fs. 457/471 en este proceso nº
CCC 59674/2015/TO1/CNC1, caratulado “Pardini, Guillermo
Alejandro s/ lesiones agravadas”, del que RESULTA:
I. El Tribunal Oral en lo Criminal y Correccional n° 10 de
esta ciudad resolvió, en lo que aquí interesa, condenar al señor
Guillermo Alejandro Pardini a la pena de seis meses de prisión en
suspenso, por resultar autor penalmente responsable del delito de
lesiones leves dolosas agravadas (fs. 445/456).
II. Contra esa resolución, la defensa del condenado
interpuso recurso de casación (fs. 457/471), que, luego de
declarada la inconstitucionalidad del artículos 459, inciso 1°, del
Código Procesal Penal de la Nación, fue concedido (fs. 472/473) y
oportunamente mantenido ante esta instancia (fs. 479).
III. Los integrantes de la Sala de Turno de esta Cámara
Nacional de Casación en lo Criminal y Correccional de la Capital
Federal decidieron otorgarle al caso el trámite previsto en el
artículo 465 del Código Procesal Penal de la Nación (fs. 481).
IV. En la oportunidad prevista en el artículo 465, cuarto
párrafo, del cuerpo legal citado, no se realizaron presentaciones.
V. En la etapa contemplada en el artículo 468 del Código
Procesal Penal de la Nación, se fijó la audiencia, a la cual las partes
no concurrieron (fs. 498), y la defensa del acusado presentó breves
notas (fs. 489/497), luego de lo cual las actuaciones quedaron en
estado de ser resueltas.
Fecha de firma: 26/08/2019
Alta en sistema: 11/10/2019
Firmado por: MARIO MAGARIÑOS,
Firmado por: PABLO JANTUS,
Firmado por: ALBERTO HUARTE PETITE, JUEZ DE CAMARA
Firmado(ante mi) por: PAOLA DROPULICH, SECRETARIA DE CÁMARA
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VI. Tras la deliberación realizada, se arribó a un acuerdo en
los términos que seguidamente se pasan a exponer.
Y CONSIDERANDO:
El juez Mario Magariños dijo:
–I–
Contra la sentencia del Tribunal Oral en lo Criminal y
Correccional n° 10 de esta ciudad que, en lo que aquí interesa,
resolvió condenar a Guillermo Alejandro Pardini a la pena de seis
meses de prisión en suspenso por considerarlo autor penalmente
responsable del delito de lesiones leves dolosas agravadas en
función de los incisos 1° y 11° del artículo 80 del Código Penal, la
defensa del nombrado interpuso recurso de casación.
En primer lugar, el recurrente criticó la valoración
probatoria realizada por el tribunal de juicio, en tanto postuló que
los elementos de prueba producidos durante el debate oral y
público no habrían sido suficientes para tener por acreditada su
participación en el hecho.
En particular, se agravió con base en que el a quo consideró
la versión de los hechos brindada por la víctima, la señora
Verónica Inés Magdalena, como coherente y verosímil, sin reparar
en las distintas falsedades que fueran identificadas, con respaldo en
el expediente, por la defensa.
En tal dirección, el impugnante criticó la verosimilitud que
se le otorgó al relato del testigo Sergio Nicolás Catini,
específicamente, en punto a que había visto golpes en la
damnificada que el imputado le habría infligido un jueves por la
noche, cuando, en rigor, el señor Pardini no podía ser el autor de
esas lesiones, pues ese día de la semana trabajaba hasta la
madrugada.
A su vez, la defensa del acusado hizo hincapié en que el
tribunal trató el caso como uno de “estereotipada violencia de
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género”, y soslayó, de ese modo, que la denunciante es una mujer
de treinta y seis años, que posee un buen estado físico, y el
acusado, un hombre de cincuenta y dos años, con sobrepeso,
problemas de columna y artrosis, que tenía muchas posibilidades
de perder en el marco de un enfrentamiento físico, y, pese a ello,
no existió ni una herida de defensa.
Respecto de la prueba de las lesiones, la asistencia técnica
advirtió que no existen registros de los golpes en la cara que fueron
descriptos en el testimonio de la damnificada.
Por otra parte, el recurrente destacó que la mecánica del
hecho denunciada, consistente en golpes a mano abierta, no se
corresponde con lo señalado en la pericia de fs. 92, donde se indica
que las supuestas lesiones son producidas por el golpe o choque
con un cuerpo duro y/o romo, y, asimismo, criticó que el juez
hubiese atribuido esas heridas a la circunstancia de que la mujer
fue arrastrada y arrojada contra la bañadera por el imputado, en
contra de lo que ella denunció, sin evaluar la posibilidad de que
esas lesiones hubieran sido infligidas por la misma damnificada o
por otra persona.
En ese sentido, el impugnante también objetó que el
tribunal no tuviera en cuenta los comportamientos suicidas y
autodestructivos, las internaciones psiquiátricas y los abusos en el
consumo de estupefacientes y medicamentos que la misma
denunciante reconoció, como circunstancias que alteraban su
credibilidad y que podían llevarla a autolesionarse.
Además, la defensa se agravió con base en que no se
consideró una circunstancia reconocida por la misma damnificada,
esto es, que ella le solicitó al señor Pardini su ayuda a fin de luchar
contra el problema de abuso de consumo de cocaína que padecía, y
que fue en virtud de ello —y no de un ataque de celos— que el
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imputado le pidió el celular, para borrar el contacto de la persona
que le proveía los estupefacientes.
Por otro lado, la defensa criticó que no se hubiera llevado a
cabo una pericia caligráfica para determinar si la nota de fs. 17 —
que no tiene fecha ni firma— había sido escrita por Guillermo
Alejandro Pardini, y que, sin perjuicio de ello, en el decisorio
impugnado se le haya adjudicado a él como un manuscrito de su
autoría.
Como corolario de todo ello, el impugnante sostuvo que el
a quo soslayó toda la prueba de descargo, utilizó los silencios y las
abstenciones del imputado en su perjuicio y dejó de lado todos los
“espacios de duda” que deberían haber propiciado una decisión
desvinculatoria.
Al respecto, destacó que no existe un testigo imparcial que
haya presenciado los hechos, ni prueba alguna que confirme los
dichos de la supuesta víctima y, por consiguiente, postuló que ese
testimonio singular —el de la denunciante— no alcanzaría para
conformar una prueba suficiente para acreditar la comisión del
hecho.
Concluyó, así, que la orfandad probatoria de la que adolece
la acusación torna imperiosa la absolución del señor Pardini, y que,
en virtud de ello, el dictado de una sentencia condenatoria en esos
términos implica una lesión a la garantía del principio de
inocencia.
En segundo término, el recurrente se agravió por la
aplicación de la agravante contenida en el artículo 80, inciso 1°, del
Código Penal, y postuló que la sentencia impugnada violó el
principio de legalidad, en particular, la prohibición de la aplicación
retroactiva de la ley penal y el principio de ultraactividad de la ley
penal más benigna.
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En ese orden de ideas, sostuvo que el principio de legalidad
exige priorizar una exégesis restrictiva dentro del límite semántico
del texto legal, en consonancia con el principio político criminal
que caracteriza al derecho penal como la ultima ratio del
ordenamiento jurídico y con el principio pro homine, el cual
impone privilegiar la interpretación legal que más derechos
acuerde al ser humano frente al poder estatal.
En este marco, citó el precedente “Escobar” de la Sala II de
esta Cámara (registro n° 168/15), en cuanto establece que el inciso
e) del artículo 510 del Código Civil y Comercial de la Nación
determina que, para el reconocimiento de los efectos jurídicos
previstos a las uniones convivenciales se requiere que mantengan
la convivencia durante un período no inferior a dos años, y
consideró que los alcances del concepto “relación de pareja”
contenido en el inciso 1° del artículo 80 del Código Penal deben
establecerse conforme esa interpretación.
En virtud de ello, consideró que, como no existió una
relación de pareja estable, permanente y pública entre el señor
Pardini y la damnificada, y en tanto no ha habido una convivencia
por el período de dos años indicado, no debería haberse aplicado al
suceso bajo examen la calificante en cuestión.
En la oportunidad prevista en el artículo 468, 2° párrafo,
del Código Procesal Penal de la Nación, el recurrente insistió en
sus críticas al razonamiento probatorio del tribunal para tener por
acreditada la materialidad del hecho y la responsabilidad del señor
Pardini en él, al postular que se trata de un supuesto en el cual la
condena encuentra sustento en un testimonio único.
En tal dirección, la asistencia técnica reiteró las objeciones
en punto a la consideración, por parte del a quo, del caso como uno
de violencia de género y a la ponderación llevada a cabo respecto
del testimonio de la damnificada —cuya versión, sostuvo, no
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puede ser evaluada como coherente y verosímil—, de la
declaración del señor Catini y de la nota de fs 17. Por otra parte, el
impugnante alegó que en la sentencia recurrida se soslayó la
colisión automovilística en la que se había visto involucrada la
damnificada, algunos días previos al suceso sometido a
juzgamiento.
–II–
Al contrario de lo sostenido por la defensa, la sentencia
impugnada muestra una conclusión fundada y razonable sobre la
prueba de la materialidad del hecho y la responsabilidad que le
cabe al acusado en él.
En efecto, el decisorio recurrido exhibe un adecuado apego
a las pautas de valoración probatoria derivadas de la regla
fundamental que consagra al estado jurídico de inocencia y de la
regla legal que establece la sana crítica racional, lo cual permite
sostener, luego de una revisión de carácter amplio de la condena,
en función de lo dispuesto en el artículo 8.2.h de la Convención
Americana sobre Derechos Humanos, y definida conforme los
parámetros fijados por este tribunal en los precedentes “Cajal” —
registro n° 351/2015— y “Meglioli” —registro n° 911/2016— (ver
los votos del juez Magariños), que, en el caso bajo análisis, el
tribunal de juicio arribó a una decisión respetuosa de los límites
definidos por aquellos principios normativos propios de la tarea de
reconstrucción de los hechos objeto de condena.
El tribunal de juicio tuvo por probado que en la madrugada
del 1° de octubre del año 2015, en horas de la noche, en el interior
del inmueble ubicado en Ayacucho 1627, piso 3, departamento
“A” de esta ciudad, Guillermo Alejandro Pardini tomó
violentamente del brazo a Verónica Inés Magdalena, con quien
mantenía una relación de pareja, la zamarreó y le propinó cinco o
seis golpes con la mano abierta en el rostro, luego de lo cual la
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arrojó al piso y siguió golpeándola, lo que provocó en ella diversas
lesiones.
Asimismo, el magistrado tuvo por acreditado que, cuando
logró levantarse, la mujer se dirigió al baño, donde el encausado la
tomó fuertemente del brazo, la introdujo en la bañadera y abrió la
ducha, para, luego, cerrar las canillas y pedirle disculpas.
Para llegar a esa conclusión, el sentenciante valoró, en
primer lugar, el testimonio de la damnificada, Verónica Inés
Magdalena, quien explicó que tenía una relación con el señor
Pardini desde febrero de 2015, que en la época del suceso vivía con
él, y relató que entre las 00:30 y la 01:00 horas del día 2 de octubre
de 2015, luego de que él saliera del canal en el que trabajaba, y
cuando los dos estaban en la cocina de su casa, el nombrado abrió
una conversación privada que ella mantenía con alguien con quien
había tenido una relación en el pasado, empezó a hacerle
preguntas, lo que a ella no le pareció bien porque tenía que ver con
su privacidad, frente a lo cual él se puso violento, la tomó de los
brazos y, en medio de un forcejeo, la golpeó en la cara, unas cinco
o seis veces, y también le propinó golpes en el cuerpo, al tiempo
que le gritaba que era “una puta” y que la iba “a matar”.
El tribunal ponderó también que, a continuación, la señora
Magdalena explicó que el acusado la tiró al piso y le siguió
pegando con la mano abierta en la cara, hasta que ella logró
ponerse de pie e ir al baño, donde él la tomó de los brazos, la tiró
en la bañadera y abrió la ducha, para, luego, pedirle perdón, decirle
que la amaba y ayudarla a cambiarse de ropa. Finalmente, expuso
que, una vez concluida esa escena, y en virtud de la angustia que
sentía, ingirió un blíster de dos miligramos de Rivotril y quedó
prácticamente desmayada, desvanecida y sintiéndose mal durante
varios días, en los cuales él regresaba para comprobar cómo se
encontraba.
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A su vez, el juez del juicio tuvo en cuenta la nota
manuscrita obrante a fs. 17, en la que se lee “Lo de anoche no es
algo de lo que me sienta orgulloso. Eso no soy yo y no lo quiero en
mi vida”, la cual, según la damnificada, le fue dejada por el
imputado, luego del episodio relatado, mientras ella estaba
dormida.
Por otra parte, el magistrado tuvo en consideración el
informe médico confeccionado en la Oficina de Violencia
Doméstica de la Corte Suprema de Justicia de la Nación —fs.
32/33—, a partir de un estudio practicado a las 00:10 horas del día
9 de octubre de 2015, del que surge la constatación de una serie de
lesiones (lesiones contusas del tipo hematoma en la cara posterior
del tercio medio inferior del brazo izquierdo, de 7x5 centímetros;
en la cara externa de la pierna izquierda, de 9x15 centímetros; en la
rodilla derecha, de 10 centímetros de diámetro; en la rodilla
izquierda, de 10x7 centímetros; en el tercio medio de cara externa
del muslo derecho, de 2 centímetros de diámetro), las cuales tenían
una data aproximada de entre cuatro y siete días, con una evolución
hacia la reparación en un período inferior al mes, de no mediar
complicaciones, y el informe del Cuerpo Médico Forense de la
Corte Suprema de Justicia de la Nación, obrante a fs. 92, el cual,
estimó el sentenciante, arriba a similares conclusiones y agrega que
el mecanismo determinante de producción de las lesiones pudo
haber sido el golpe o choque con o contra un cuerpo duro y/o
romo.
En igual dirección, el tribunal ponderó el informe médico
realizado sobre el acusado —de fs. 132/133—, del que se
desprende que tiene signos de discartrosis cervical con pinzamiento
de determinados espacios intersomáticos, y la declaración del
doctor Guillermo Holtman, quien explicó que el imputado tiene
una columna degenerativa con dolor crónico y detalló que, en un
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caso como el suyo, es mucho más dificultoso levantar algo —o
bien, a alguien— que desplazarlo.
Asimismo, el a quo tuvo en cuenta la declaración de Sergio
Nicolás Catini, amigo de la damnificada, quien explicó que, luego
del primer hecho denunciado, la señora Magdalena le envió un
mensaje, con fotos en las que se apreciaban los moretones en su
cuerpo, y le pidió que pasara por su casa, lo que hizo cuando salió
de la facultad, momento en el que la damnificada le exhibió los
golpes que tenía —en la rodilla, el codo y el hombro—, y le contó
que se los había infligido el acusado. El tribunal relevó que el
testigo también agregó que su amiga le relató sobre la discusión
que había mantenido con el imputado, la cual se volvió violenta, y,
en cuyo marco, él la tomó del cuello, la arrojó al piso, le propinó
patadas en el cuerpo, la metió en la bañadera y abrió la ducha,
mientras le decía “agradeceme que te abrí la tibia y no la fría”.
El juez consideró que el testigo refirió que, luego de ese
hecho, el señor Pardini le envió un mensaje en el que le dijo que se
había portado mal y le pidió que cuidara de la damnificada, porque
él se iba a alejar, y, además, reconoció una serie de mensajes que
se habían enviado con el imputado luego de este suceso —cuyas
copias obran a fs. 73—, oportunidad en la que le preguntó si le
había vuelto a pegar a la damnificada y el acusado le respondió que
no, lo cual fue interpretado por el tribunal como una afirmación
respecto de que sí lo había hecho en el pasado.
Finalmente, y como respuesta a una pregunta concreta del
tribunal, el declarante explicó que la damnificada no era violenta, y
que, si bien sabía que tomaba pastillas y alcohol, nunca la había
visto manifiestamente ebria o bajo el efecto de estupefacientes.
El a quo valoró, a su vez, el testimonio de Rodrigo Javier
Archubi, vecino de la damnificada, el que, sin perjuicio de que fue
convocado a fin de declarar respecto del segundo hecho que
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conformaba el acto acusatorio, por el cual el señor Pardini resultó
absuelto, estimó que resultaba útil para dar cuenta de cómo era la
relación entre la señora Magdalena y el imputado. En ese sentido,
el nombrado relató que, una noche, escuchó gritos en el
departamento de la damnificada, por lo que la llamó por teléfono y,
como no lo atendió, se acercó y golpeó la puerta, sin obtener una
respuesta, y regresó a su casa, pero, transcurridos dos minutos,
apareció en su puerta el acusado, quien le dijo que se quedara
tranquilo, que estaban discutiendo, y le dio dos botellas de alcohol.
El tribunal consideró que el señor Archubi expresó que,
luego, el imputado fue nuevamente a su departamento, esta vez con
Verónica Inés Magdalena, y le dijo que ella se sentía mal, y que, al
día siguiente, la damnificada le contó que le había pegado y le
mostró las marcas que le dejara en distintas partes del cuerpo.
El magistrado de juicio también hizo mención de los videos
de programas televisivos, que fueron reservados en secretaría, y en
los que tanto la víctima como otras personas aluden a las conductas
aquí imputadas.
De esta manera, se observa que el a quo examinó y valoró
de forma detenida, objetiva y precisa la prueba reunida en el
proceso e incorporada al debate, compatibilizándola con los dichos
de la damnificada y de los demás testigos que declararon durante el
juicio, y atendió a los cuestionamientos realizados por el señor
Pardini y su defensa.
Para comenzar, del conjunto de pruebas expuestas, y
tenidas en cuenta por el tribunal, surge que, de adverso a lo
postulado por la defensa, el relato de la señora Magdalena aparece
corroborado por otros elementos de prueba recolectados durante el
proceso y valorados por el a quo a fin de reconstruir el suceso bajo
análisis.
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En efecto, se desprende del decisorio recurrido que el
hecho por el cual el acusado resultó condenado también fue
acreditado a través de los relatos de los testigos Catini —quien vio
los golpes que tenía Verónica Inés Magdalena e intercambió
mensajes con el imputado sobre la relación que tenía con la
damnificada— y Archubi —quien pudo dar cuenta de cómo era el
vínculo entre el señor Pardini y la damnificada, y de que había
existido una fuerte discusión—, de la nota de fs. 17 y de los
informes médicos efectuados tanto a ella como al imputado, los
que sirvieron para constatar, por un lado, las lesiones que ella
presentaba y la verosimilitud en su relato y, por el otro, la
inexistencia de un obstáculo por parte del imputado para infligirlas.
Asimismo, en contra de lo sostenido por la defensa acerca
de la falta de consideración, por parte del a quo, de ciertas
características de la damnificada que afectarían su credibilidad así
como de la circunstancia relativa a que ella requirió la asistencia
del imputado para superar su adicción al consumo de
estupefacientes, se advierte que en la sentencia impugnada el
tribunal tuvo en cuenta la ingesta excesiva de medicamentos y
estupefacientes de la nombrada, su personalidad con base neurótica
—tal como surge del informe pericial de fs. 93/95— y la
posibilidad de que el imputado la estuviera ayudando a superar su
adicción, pero consideró, razonablemente, que ello no tenía
ninguna relevancia respecto de lo ocurrido, pues no anulaba de
modo alguno la posibilidad de que el señor Pardini hubiera
incurrido en el hecho ilícito a él atribuido.
Por otra parte, en cuanto a la censura del recurrente con
base en que el tribunal hubiese tratado el caso como un supuesto de
violencia de género y soslayado así que la damnificada es una
mujer joven y con un buen estado físico y el acusado, por su parte,
un hombre de cincuenta y dos años, con sobrepeso y problemas de
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salud, quien, por consiguiente, tenía muchas posibilidades de
perder ante un enfrentamiento físico, la defensa no explica de qué
modo los extremos mencionados influirán en la caracterización del
suceso como de “violencia de género” y tampoco se hace cargo de
exponer adecuadamente por qué razón las características tendrían
incidencia en la fijación del hecho.
Por lo demás, el a quo sí tuvo en cuenta la situación médica
del acusado y, en particular, el testimonio del doctor Guillermo
Holtman, pero descartó que ello supusiera una obstáculo a las
conductas de dar golpes con la mano o con el pie y de arrastrar a la
damnificada a la bañadera, pues estas acciones no resultaban
impedidas por su situación médica —aunque pudieran causarle
algún dolor—, ni por el hecho de que la señora Magdalena
estuviera en buen estado físico al momento de los hechos.
En igual sentido, la defensa del señor Pardini también se
agravió con base en que las lesiones que se tuvieron por
constatadas no coinciden con las que, según el relato de la
damnificada, el imputado le habría causado, por lo que consideró
que esos golpes podrían haber sido provocados por alguien más o,
bien, autoinfligidos.
Ahora bien, de conformidad con los informes médicos
valorados por el tribunal, efectuados por la Oficina de Violencia
Doméstica y por el Cuerpo Médico Forense, obrantes a fs. 32/33 y
92 respectivamente, surge que Verónica Inés Magdalena tenía
hematomas en su brazo, pierna y rodilla izquierda, y en su rodilla y
muslo derechos, y que el mecanismo determinante de producción
de las lesiones pudo haber sido el golpe o choque con o contra un
cuerpo duro y/o romo, mientras que del testimonio brindado por la
denunciante en el debate se extrae que el señor Pardini le pegó
reiteradas veces en la cara, con la mano abierta, y en el cuerpo, a la
vez que la arrastró hasta la bañadera y la tiró allí.
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De ello se deriva, entonces, que, en sentido contrario a lo
postulado por el recurrente, no existe la contradicción que pretende
identificar la defensa entre los elementos valorados por el tribunal
oral. Así, los moretones que la señora Magdalena tenía en sus
extremidades se condicen con los golpes que, según su relato, el
imputado infligió en su cuerpo y con el hecho de que el imputado
la arrastrara a través del baño y la arrojara a la bañadera, y que la
denunciante no tuviera lesiones o marcas en el rostro, por otra
parte, se explica, como bien indicó el magistrado de juicio, a través
de la modalidad de los golpes aplicados, esto es, con la mano
abierta.
Asimismo, respecto a la posibilidad de que las lesiones
hubieran sido provocadas por otra persona, el tribunal agregó que
esa explicación, alternativa a la acusatoria, no encontraba sustento
en elemento de prueba alguno.
De este modo, se advierte que el magistrado interviniente
otorgó una fundamentación en punto al peso probatorio asignado a
cada prueba y, en ese contexto, se hizo cargo de explicar de qué
forma se conjugaban las evidencias que la defensa puso de resalto
junto con los restantes elementos a fin de arribar a la certeza
exigida para el dictado de una sentencia de condena.
En otro orden de ideas, en cuanto a la crítica del recurrente
en razón de que no se realizó una pericia caligráfica sobre la nota
de fs. 17 y, sin embargo, se le adjudicó al acusado como de su
autoría, surge de la sentencia recurrida que el a quo también se
hizo cargo de la falta de corroboración fehaciente acerca de que la
nota en cuestión fuera enviada por el señor Pardini, pero que, sin
perjuicio de ello, tuvo en cuenta que la damnificada afirmó su
autoría, y que del texto de la nota se desprenden circunstancias que
se condicen con su relato; en particular, las referencias a “lo de
anoche” y a “eso no soy yo y no lo quiero en mi vida”, las cuales
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dan cuenta de la existencia de una relación íntima entre ambos —
acreditado también a través de los distintos testimonios aportados
al debate— y, en virtud de ello, consideró a esa nota como un
elemento probatorio más a tener en cuenta.
En punto al argumento relativo a que lo declarado por el
testigo Catini —acerca de que la damnificada le envió un mensaje
y le mostró las lesiones que tenía, las cuales le habría causado el
acusado, un día jueves por la noche— resulta incompatible con la
circunstancia de que el imputado, ese día de la semana, trabajaba
hasta la madrugada, se observa que el tribunal de juicio tomó a su
cargo esta cuestión y destacó que la alusión del testigo acerca del
día y hora ocurrió durante el juicio, luego de transcurridos dos años
del hecho denunciado, por lo cual no podía descartarse que pudiera
haber existido alguna confusión en cuanto al día exacto, y remarcó
que, ya en la instrucción, Catini había indicado que recibió el
mensaje “alrededor” de esa fecha —incorporado por lectura al
debate oral y público de conformidad con lo dispuesto en el
artículo 391, inciso 2°, del ordenamiento procesal—.
Por otro lado, el magistrado también puso de relieve que el
testigo no se había referido a que los mensajes hubiesen sido
recibidos el mismo día de los sucesos e hizo hincapié en que, según
los dichos de la víctima —los que, en este aspecto, de ningún modo
fueron relativizados por la defensa— ella habría permanecido en
un estado, al menos, somnoliento durante los días siguientes, lo
que pudo llevarla a confusión con respecto al día en el que se
encontraba y a cuándo habían tenido lugar los hechos.
Finalmente, el recurrente se agravió con base en que el a
quo soslayó toda la prueba de descargo y utilizó los silencios del
imputado en su perjuicio, y condenó a su asistido basándose,
únicamente, en el testimonio de la denunciante, sin que exista un
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testigo imparcial que haya presenciado los hechos, ni prueba
alguna que confirme los dichos de la damnificada.
Sin embargo, de la sentencia impugnada se desprende, en
primer término, que el tribunal tuvo en cuenta la declaración del
acusado —quien, en el marco de la audiencia, desmintió haber
tenido una relación amorosa con la denunciante, afirmó que no hay
pruebas que certifiquen, siquiera, la existencia de una amistad, y
sostuvo que se trataba de una estrategia de los abogados de la
señora Magdalena, tendiente a presionarlo mediáticamente para
lograr, así, una negociación de carácter patrimonial— y,
simplemente, entendió que su versión exculpatoria no lograba
desvirtuar el conjunto de la prueba de cargo ponderada.
En particular, en cuanto a la alegación del señor Pardini
relativa a que no había pruebas que certificaran, siquiera, la
existencia de una amistad entre él y la damnificada, cabe señalar
que ello fue desmentido por el tribunal de juicio, no sólo mediante
el testimonio de la damnificada, sino también por medio de los
dichos de los testigos Archubi y Catini, quienes dieron cuenta de
una relación amorosa entre ambos, y de la misma defensa del
encartado, que asumió la existencia de esa vínculo al llevar a cabo
su alegato.
Por otra parte, en lo relativo a la intención de obtener un
beneficio económico, atribuida por el acusado a la denunciante y a
sus abogados, es concluyente el magistrado de juicio al afirmar
que, incluso si se tuviera por cierto que en algún momento primó
sobre toda otra cosa la intención de conseguir dinero a cambio de
no continuar accionando en sede penal, ello no puede tener la
virtualidad de negar los aspectos fácticos denunciados, en tanto de
ningún modo de allí derivaría una mutación de los hechos
denunciados por parte de la mujer.
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Por último, respecto de la falta de consideración del
accidente automovilístico que habría sufrido la damnificada tan
solo unos días antes del suceso atribuido al señor Pardini,
corresponde señalar que no se advierte cuál sería la relevancia de
esa circunstancia frente al cuadro probatorio descripto, es decir, de
qué modo se modificaría la solución a la que arribó el tribunal.
En virtud de lo expuesto, corresponde confirmar el
decisorio en este punto.
–III–
En cuanto al agravio del recurrente dirigido a cuestionar la
aplicación de la agravante contenida en el artículo 80, inciso 1°, del
Código Penal, se advierte que, detrás de la alegada violación al
principio de legalidad, se halla, simplemente, una disconformidad
por parte de la defensa del señor Pardini, con respecto a la
interpretación que el a quo hiciera del concepto “relación de
pareja”, contemplado en la norma referida.
Más allá de la deficiente fundamentación que padece el
recurso intentado sobre este punto, la correcta hermenéutica que
cabe efectuar de la calificante en cuestión fue materia de
tratamiento por esta Sala en el precedente “Sanduay” —registro n°
686/2016— (ver el voto del juez Magariños), a cuyos fundamentos
me remito en honor a la brevedad, donde se señaló que, de la sola
observancia de las palabras utilizadas para la redacción de la norma
penal en cuestión, surge que en la voluntad del legislador no se
concibió a la convivencia como requisito para la aplicación de la
agravante, por lo cual, a efectos de interpretar el sentido de la regla
penal, no es acertado recurrir a una institución del derecho privado.
Allí se expuso que el fundamento de la agravante radica en
la circunstancia de que el autor se valga, para la ejecución de la
acción típica, de la existencia, previa o actual, de una relación con
la víctima, que le proporcione una mayor eficiencia a la comisión
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del comportamiento prohibido, en tanto implica una cierta
vulnerabilidad de la persona damnificada, como consecuencia de
estar o haber estado inmersa en una “relación de pareja” junto al
autor. Así, el conocimiento de la persona con la que se tiene o tuvo
una “relación de pareja”, basado justamente en la confianza que el
vínculo de intimidad e interrelación generó, es lo que puede
proporcionar al autor, al momento del hecho, una cierta ventaja
para alcanzar una más eficiente comisión del comportamiento
prohibido por la norma, y de ese modo incrementar su disvalor.
De ese modo, es dable afirmar que la unión de dos
personas, sean del mismo o diferente sexo, con cierto grado de
estabilidad y permanencia en el tiempo, con vínculos afectivos o
sentimentales, que comparten espacios de tiempo en común y
ámbitos de intimidad, debe caracterizarse como una “relación de
pareja”. Sobre esta base, de los extremos fijados por el a quo como
consecuencia de una adecuada valoración probatoria, surge que
existía, entre el imputado y la damnificada, un vínculo de esa clase,
que los había llevado, incluso, a convivir, en el mes anterior al
hecho por el cual el señor Pardini fue condenado.
Por lo demás, cabe agregar que el recurrente no logra
explicar en qué radica su perjuicio, toda vez que el acusado fue
condenado a la pena de seis meses de prisión, esto es, el mínimo de
la escala penal prevista para las lesiones leves agravadas, cuando la
determinación de la sanción en el marco de la escala calificada se
produjo no sólo en función del inciso 1° del artículo 80 del código
de fondo, sino también del inciso 11°, cuya aplicación al caso no
fue motivo de agravio por parte de la defensa, razón por la cual una
pena menor no hubiera sido, de ningún modo, posible de aplicar.
En virtud de ello, la sentencia también debe ser confirmada
en este aspecto.
–IV–
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Por todo lo expuesto, corresponde RECHAZAR el recurso
de casación interpuesto y, en consecuencia, CONFIRMAR la
sentencia impugnada, sin costas (artículos 470, 471, ambos a
contrario sensu, 530 y 531 del Código Procesal Penal de la
Nación).
El juez Pablo Jantus dijo:
Adhiero al voto del juez Magariños.
El juez Alberto Huarte Petite dijo:
I. Los agravios presentados acerca de la motivación de la
sentencia en orden a la valoración de la prueba respecto del hecho
por el que se condenó a Guillermo Alejandro Pardini, fueron
analizados por el suscripto conforme el criterio sustentado, entre
otros, en los precedentes “López” (Reg. n° 1014/17, acápite III,
voto del juez Huarte Petite, rta. 18.10.17) y “Tévez” (Reg. n°
1148/17, acápite II b., voto del juez Huarte Petite rta. 9.11.17) –a
cuyos fundamentos me remito en honor a la brevedad respecto de
la doctrina adoptada por la Corte Suprema de Justicia de la Nación
en el precedente “Casal” (Fallos: 328:3329), en lo atinente al
alcance que debe asignarse al recurso de casación contra una
sentencia condenatoria, en función de lo establecido en los
artículos 8.2.h de la Convención Americana sobre Derechos
Humanos y 14.5 del Pacto Internacional de Derechos Civiles y
Políticos.
Sobre esa base, considero al igual que mis colegas (en
función de los argumentos desarrollados por el Dr. Magariños en el
acápite II de su voto, a los que cabe remitirse igualmente en
beneficio a la brevedad), que el a quo valoró adecuadamente y con
motivación suficiente, lo cual lo pone a cubierto de la tacha de
arbitrariedad esgrimida, el plexo probatorio reunido durante el
debate y que, en consecuencia, el hecho por el que fue condenado
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Pardini fue debidamente acreditado, así como también la
participación que en él tuvo el nombrado.
Por ello, voto igualmente por rechazar este tramo del
recurso de casación interpuesto por la defensa.
II. En cuanto a la crítica dirigida contra la calificación legal
del hecho atribuido a Pardini, vinculada con la aplicación al caso
de la agravante contenida en el artículo 80, inciso 1º, del Código
Penal, he de señalar que como integrante del Tribunal Oral en lo
Criminal y Correccional nº 1 al momento de resolver en la causa nº
CCC 8820/2014/TO1, caratulada: “SANDUAY, Sandro Mario s/
Homicidio”, sentencia del 11 de agosto de 2015, tuve ocasión de
fijar, junto con los apreciados colegas Dres. Martín Vázquez
Acuña y Luis Salas, la interpretación que corresponde hacer de la
agravante en estudio.
En tal sentido, se dijo que está claro que el tipo objetivo del
delito agravado que aquí se analiza, “exige trato de carácter
amoroso” entre dos personas –siendo ésta una de las acepciones del
término “relación” que nos brinda la Real Academia Española en
su edición 22a, y que no excluye que ese vínculo o lazo lo
mantengan personas del mismo sexo. Lo cierto es que el concepto
de relación de pareja debe apreciarse desde una valoración cultural,
o del lenguaje coloquial, y esta acepción es receptada por la Real
Academia Española.
Además cabe agregar que en modo alguno el tipo penal
exige que la pareja haya convivido, como surge del propio inciso
primero del artículo 80.
Las razones de dicha agravante radican en los deberes de
asistencia, respeto y cuidado que se deben mutuamente los
integrantes de las parejas y que se ven vulnerados en los supuestos
como el de autos en el que uno de los integrantes de la pareja
intenta quitarle la vida al otro.
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Como bien lo señalaron los diputados Gustavo A. H.
Ferrari y Natalia Gambaro, al fundamentar su proyecto (orden del
día N° 202, Cámara de Diputados de la Nación, 3 de abril de
2012), la necesidad de incorporar a cualquier relación de pareja
obedece a que dichos deberes existen al margen de la forma de
constitución del vínculo, y aun contemplando aquellas relaciones
finalizadas. A su vez dichos legisladores refirieron que se adopta la
concepción amplia del concepto del ámbito doméstico que
contienen los instrumentos legales, nacionales e internacionales: la
Ley 26.485, de Violencia contra la Mujer; la Convención sobre la
Eliminación sobre todas las Formas de Discriminación contra la
Mujer, incorporada a nuestra Carta Magna en 1994; y la
Convención Interamericana para Prevenir, Sancionar y Erradicar la
Violencia contra la Mujer (Convención de Belém Do Pará),
incorporada al derecho argentino por la Ley 24.632. Esto es, se
atendió al vínculo originado en el parentesco por consanguinidad y
al matrimonio, así como también las uniones de hecho y las parejas
o noviazgos, incluyendo las relaciones vigentes o finalizadas,
remarcando que no es necesario, como requisito, la convivencia.
Cabe señalar que ninguno de estos supuestos se trata de un
femicidio, y que el agravante del inciso 1° no corresponde a
cuestiones de género sino de vínculo familiar o sentimental; queda
claro, además, que el agravante es independiente de la continuidad
del vínculo, en tanto los deberes de respeto violados a través del
delito y el abuso de confianza que esto implica son independientes
de la vigencia de la relación de pareja.
Es cierto que de acuerdo con lo sostenido por algunos
autores (así, Jorge Buompadre, “Violencia de género, Femicidio y
Derecho Penal”, Ed. Alveroni, Córdoba, 2013; Magdalena Molina
y Federico Trotta, “Delito de Femicidio y Nuevos Homicidios
Agravados”, L.L., T.2013A, Sec. Doctrina), y Gustavo Arocena y
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José Cesano, “El delito de femicidio. Aspectos políticocriminales
y análisisdogmáticojurídico”, Ed. Euros Editors, 2013, pag. 73),
la fórmula utilizada, “relación de pareja”, resultaría excesivamente
amplia e indeterminada y generadora de inseguridad jurídica, por
lo que incumpliría con el principio de legalidad por violación del
mandato de taxatividad penal, que exige la mayor precisión técnica
posible en la construcción de la figura típica.
También debe tenerse en cuenta, a fin de establecer qué se
entiende por pareja, lo decidido por este colegio, Sala II en el fallo
CCC 38.194/2013/TOC1/CNC1 “Escobar, Daniela s/recurso de
casación”, del 18 de junio de 2015, en cuanto allí se hizo referencia
a la figura de las uniones convivenciales (arts. 509 y sucesivos del
Código Civil y Comercial de la Nación), para procurar interpretar
el tipo penal, esto es, a las uniones basadas en las relaciones
afectivas de carácter singular, publica, notoria, estable y
permanente de dos personas que conviven (2 años por lo menos), y
comparten un proyecto de vida en común, sean del mismo o de
diferente sexo.
Antes de entrar a analizar la razonabilidad de echar mano a
las normas del Código Civil y Comercial para completar el tipo
penal, se entiende necesario realizar algunas consideraciones.
Un sector importante de la doctrina acepta que no es
posible prescindir de la utilización de los elementos normativos y
valorativos al momento de definir las normas penales de carácter
general y de estructurar los tipos legales. A su vez que tampoco es
posible afirmar que los elementos descriptivos entendidos como la
percepción de un objeto del mundo exterior, permitan lograr la más
alta determinación o exhaustividad, pues muchas veces terminan
siendo objeto de valoración (cfr. Roxin, Claus, Derecho Penal,
Parte General, Fundamentos de la Estructura de la Teoría del
Delito, pag. 306, Ed. Civitas, año 1997). Esto significa, según
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Urquizo Olaerchea, que se acepta un grado razonable de
inexactitud, pues la tarea legislativa y la codificación no pueden
prescindir de la utilización de términos que tengan hoy día fuertes
elementos valorativos y normativos. Señala dicho autor que este
grado de indeterminación, que no se desea pero se acepta
parcialmente, no supone la pérdida de racionalidad y equilibro de
las leyes penales como tampoco supone la afectación de la
seguridad jurídica penal (cfr. Urquizo Olaerchea, José, “Principio
de Determinación de la Ley Penal”, en el libro Homenaje al Dr.
Marino Barbero Santos in memoriam, pag. 1344, Ediciones de la
Universidad de Castilla – La Mancha, Ediciones Universidad
Salamanca, Cuenca, 2001).
En este marco es el propio juez quien debe interpretar el
elemento normativo que compone el tipo conforme la intención del
legislador y los intereses que busca proteger. Es por ello, que se
considera que una interpretación razonable del concepto “relación
de pareja”, debe construirse a partir de los deberes de asistencia,
respeto y cuidado que se deben mutuamente aquellos que
mantienen una relación afectiva, sin que sea necesario recurrir al
derecho civil para establecer aquel concepto.
Debe destacarse que la figura de uniones convivenciales,
introducida en el Código Civil y Comercial de la Nación, tiene
como objeto regular aquellas relaciones de pareja cualquiera sea la
orientación sexual de sus integrantes, que no hayan formalizado su
relación mediante el matrimonio, unión que origina derechos y
obligaciones entre las personas que conviven.
En este sentido Marisa Herrera, al establecer el significado
de la reforma refrió que “…la regulación de las uniones
convivenciales es otra de las grandes reformas o modificaciones
que introduce el nuevo Código. Se trata de una manda
constitucional cuando obliga a lograr la protección integral de la
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familia. Así, a las parejas que no se casan, pero que cumplen con
determinados rasgos o caracteres, se les debe reconocer un piso
mínimo de derechos. Este núcleo se inspira en los derechos
humanos, por ende, aquellos efectos jurídicos relacionados
directamente con estos, como ser la vivienda y todos los que giran
en torno al principio de solidaridad familiar, deben también
extenderse a las uniones convivenciales…”; concluyó dicha autora
que “…las uniones convivenciales, para generar los derechos y
deberes que se regulan en este Título III deben cumplir
determinados requisitos. Siendo una situación fáctica o no formal
como el matrimonio, se necesita demostrar determinados
elementos para ser considerada una relación de afecto de cierta
magnitud para que, efectivamente, se generen determinadas
consecuencias jurídicas. La ley enumera de manera precisa cuales
son los requisitos que se debe tener en cuenta para ser considerada
una unión convivencial…” (cfr. Marisa Herrera, Código Civil y
Comercial Comentado, Tomo III, Director Ricardo Lorenzetti,
pags. 294295, año 2015).
Las normas civiles relacionadas con las “uniones
convivenciales” se contraponen sin lugar a dudas con lo
establecido en el tipo penal del art. 80, inc. 1°, CP, en cuanto éste
último no incluye la exigencia de que la pareja comparta el mismo
hogar.
El fundamento del tipo legal cualificado reside en el
menosprecio al respeto que se deben mutuamente quienes hayan
mantenido una relación afectiva y busca prevenir las violencias que
pueden originarse en el seno de una relación de pareja.
De entenderse de otro modo, quedarían excluidos como
sujetos pasivos de este tipo agravado todo un universo, como son
aquellas parejas que no conviven, ya sea por decisión propia, o por
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razones económicas, o por cualquier otra, a las que el legislador no
ha querido marginar de dicho refuerzo punitivo.
Finalmente, cabe señalar que distintos países en sus
legislaciones, al sancionar normas sobre “violencia intrafamiliar”,
hacen referencia en sus tipos penales a la acepción “relación de
pareja” o “relación análoga” a la del matrimonio. Así tenemos, que
el Reino de España consagró en diversas normas de su Código
Penal, la agravación de la sanción, cuando se tratase de delitos
cometidos por un hombre en contra de la mujer “que fuera o haya
sido su pareja actual o pasada”. Tal es así que la ley orgánica de
protección contra la violencia de género –nro. 1/04, estableció una
penalización más severa en los delitos de lesiones agravadas –art
148, malos tratos –art. 153, amenazas de un mal no constitutivo
de delito –art. 171, y coacciones –art. 172. A su vez en la
República de Guatemala, al referirse a la figura de femicidio, el art
6. del decreto n° 22/08, también alude a las relaciones de intimidad
o noviazgo. Por su parte el Reino de Suecia fue el primer Estado en
crear un tipo penal especial para abordar la violencia contra las
mujeres en el ámbito de las relaciones de pareja (cfr. Toledo
Vázquez, Patsilí, “Leyes sobre femicidio y violencia contra las
mujeres. Análisis comparado y problemáticas pendientes”, en
“Tipificación del femicidio en Chile. Un debate abierto”, p. 44).
Bajo tales parámetros, que no merecieron oportunamente
objeción, en lo que aquí interesa, por parte de esta Sala, que trató el
recurso de casación interpuesto contra el referido fallo “Sanduay”
(cfr. Reg. nº 686/16, rta. 6.9.16, ver votos de los jueces Magariños
y Jantus), entiendo que el a quo aplicó correctamente la agravante
aquí tratada por cuanto la razonable valoración probatoria
efectuada le permitió concluir motivadamente que Pardini
mantenía una relación de pareja con la víctima en los términos aquí
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propuestos, en el marco de la cual habían incluso convivido
durante el mes anterior al hecho que originó este proceso judicial.
III. Sentado cuanto antecede, voto entonces por rechazar el
recurso de casación y consecuentemente confirmar la sentencia
impugnada, sin costas. Rigen los arts. 470, 471 –ambos a contrario
sensu, 530 y 531 CPPN.
En virtud del acuerdo que antecede, la Sala III de la
Cámara Nacional de Casación en lo Criminal y Correccional
de la Capital Federal RESUELVE:
RECHAZAR el recurso de casación interpuesto y, en
consecuencia, CONFIRMAR la sentencia impugnada; sin costas
(artículos 470 y 471, ambos a contrario sensu, 530 y 531 del
Código Procesal Penal de la Nación).
Por intermedio de la Oficina Judicial de esta Cámara,
regístrese, notifíquese a las partes intervinientes en esta instancia,
comuníquese (acordada 15/13 C.S.J.N. y lex 100) y devuélvase al
tribunal de procedencia, donde deberá notificarse personalmente al
imputado.
Sirva la presente de atenta nota de envío.
PABLO JANTUS ALBERTO HUARTE PETITE MARIO MAGARIÑOS
Ante mí:
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