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Toti Martínez de Lezea: El Maizal

Toti Martínez de Lezea es una escritora vasca nacida en 1949 que vive actualmente en Larrabetzu. Ha escrito numerosas novelas, cuentos y libros para niños y jóvenes. Algunas de sus obras más destacadas son La Calle de la Judería, Las Torres de Sancho y La Abadesa. Es una autora prolífica que ha sido traducida a varios idiomas y da charlas sobre literatura.

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Toti Martínez de Lezea: El Maizal

Toti Martínez de Lezea es una escritora vasca nacida en 1949 que vive actualmente en Larrabetzu. Ha escrito numerosas novelas, cuentos y libros para niños y jóvenes. Algunas de sus obras más destacadas son La Calle de la Judería, Las Torres de Sancho y La Abadesa. Es una autora prolífica que ha sido traducida a varios idiomas y da charlas sobre literatura.

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Toti Martínez de Lezea

Toti Martínez de Lezea (Vitoria-Gasteiz, 1949). Escritora. Vive en Larrabetzu, pequeña

población vizcaína. En 1978, en compañía de su marido, funda el grupo de teatro Kukubiltxo.

Entre los años 1983 y 1992 escribe, dirige y realiza 40 programas de vídeo para el

Departamento de Educación del Gobierno Vasco y más de mil para niños y jóvenes en ETB.

En 1986 recopila y escribe Euskal Herriko Leiendak / Leyendas de Euskal Herria. En 1998

publica su primera novela La Calle de la Judería. Le siguen Las Torres de Sancho, La

Herbolera, Señor de la Guerra, La Abadesa, Los hijos de Ogaiz, La voz de Lug, La Comunera,

El verdugo de Dios, La cadena rota, Los grafitis de mamá, el ensayo Brujas, La brecha, El

Jardín de la Oca, Placeres reales, La flor de la argoma, Perlas para un collar, La Universal,

Veneno para la Corona, Mareas, Itahisa, Enda, y todos callaron, Tierra de leche y miel, Los

grafitis de mamá, ahora abuela e Ittun.

Autora prolífica, ha escrito literatura para jóvenes con títulos como El mensajero del rey, La

hija de la Luna, Antxo III Nagusia y Muerte en el priorato. En el tramo infantil, Nur es su

personaje estrella, inspirado en su propia nieta. Ha publicado además ocho cuentos para contar
bajo el Titulo genérico de Érase una vez…

Ha sido traducida al euskera, francés, alemán, portugués, chino y ruso. Habitualmente

colabora con diferentes medios de comunicación y da charlas en universidades, asociaciones

culturales y centros educativos.

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Toti Martínez de Lezea

EL MAIZAL

. .
.
1852

l nacimiento de Elisa fue acogido por su madre como un milagro que

E
Dios le concedía tras veinte años de matrimonio; cuatro abortos

espontáneos y otras tantas criaturas mal formadas, muertas al nacer,

habían borrado toda esperanza de dar a luz a un hijo sano, hija en este caso. La

mujer no se cansaba de examinarla, comprobar que no le faltaba nada,

contemplarla mientras dormía a su lado, en la cuna, vestida con los encajes que

ella misma había bordado a lo largo de aquellos años a la espera de ver

cumplido su sueño. Con lágrimas en los ojos, la sonrisa en los labios daba las

gracias al Todopoderoso, a la Virgen y a los santos por escuchar sus preces y

concederle un anhelo por el que estaba dispuesta a arriesgar la vida. El médico

de la familia la advirtió de que corría peligro si insistía en ser madre, su cuerpo

había sufrido ya demasiadas agresiones, incluso le insinuó que podía

proporcionarle un cierto compuesto para evitar un posible embarazo, otro más.

A ella, dicha sugerencia le pareció una blasfemia y le rogó no volviera a hablar

del asunto; su único afán era darle un hijo a su marido costara lo que costase,

era un deber convertido asimismo en una obsesión.

Sin tan siquiera pasar a verlas al saber por la partera que la recién nacida no

era el varón que ansiaba, Basilio Azaba partió hacia Huesca capital. Hizo el

recorrido maldiciendo a la esposa incapaz de darle un heredero pese a sus

esfuerzos, pues hacía años que había dejado de desearla, si es que alguna vez la

deseó. La boda fue obligada; su padre decidió casarlo con la heredera de Álvaro

Escagüés a fin de hacerse con la propiedad y el próspero negocio de granos de

este. Acababa de cumplir los veintidós y no tuvo más remedio que obedecer si

no quería verse desheredado y sin un céntimo. A fin de cuentas, se trataba de

una transacción: riqueza a cambio de un par de nietos para el irascible viejo,


quien jamás había mostrado un ápice de cariño hacia su mujer y hacia su único

hijo, y que amenazó con nombrar heredero a un sobrino, algo de lo que era

muy capaz. Basilio cumplió con su obligación y desfloró a la joven atemorizada

que encontró esperándolo en el lecho cuando por fin se decidió, tras beber más

de la cuenta en compañía de los amigos invitados a la boda; la penetró sin una

palabra, una caricia, y se quedó dormido de inmediato. Así durante varias

semanas hasta que la preñó, luego se trasladó a otra de las habitaciones de la

casona de su suegro, y la pareja no volvió a compartir dormitorio. La criatura,

un niño, murió a las pocas horas de nacer. Volvió a cubrirla una y otra vez, y

así durante varios años, si bien se iba a la casa de la ciudad cada vez que ella

quedaba embarazada. Negocios, amigos, amantes y fiestas llenaban su tiempo,

y se olvidaba de la esposa. Fallecido su padre, el joven imberbe se convirtió en

un hombre atractivo además de rico, tanto, que disponía de harén propio y

tenía tres hijos de distintas madres, los tres varones.

El día en que la niña nació, fue directamente al despacho de su abogado

nada más llegar a la ciudad, le encargó dispusiera los documentos necesarios

para reconocer oficialmente a sus vástagos ilegítimos y se olvidó de la mujer y

de la recién nacida.

Elisa creció feliz en El Maizal, cuidada y mimada por su madre, el abuelo y los

sirvientes. Tras ser testigo del comportamiento de su yerno, y pese a la

insistencia de este, el viejo hacendado se negó en redondo a cederle la dirección

de la hacienda. Es más, hizo un nuevo testamento y nombró a la hija y a la

nieta únicas herederas del patrimonio levantado a lo largo de su vida,

asegurándose de que todo quedara bien atado y de que a ellas nunca les faltara

nada. No pensó que podría suceder algo excepcional, pero ocurrió: su hija

falleció de fiebres dos años después que él, cuando la niña tenía trece.

En su calidad de tutor, Basilio Azaba se hizo de inmediato cargo de todos sus

haberes, semanas más tarde internó a su hija en una institución religiosa y, de

nuevo, se olvidó de ella. La reclamó no obstante cuatro años más tarde, a

punto de cumplir los diecisiete, y la casó al día siguiente de su llegada con un

tipo que le triplicaba la edad y quien, según la Ley, pasó a hacerse cargo de las

propiedades de su esposa tras firmar esta unos documentos que no la

permitieron leer. El hombre, para más señas antiguo cochero de la finca,

«vendió» a su vez dichos bienes al suegro veinte años más joven que él, recibió
cincuenta mil reales y marchó a su pueblo. Meses más tarde se supo que había

muerto en una reyerta de taberna. La joven perdió todo lo que poseía excepto

un pequeño guardapelo de oro con el retrato pintado de su madre y la cadena,

que escapó de la rapiña paterna por llevarlo colgado bajo la camisa. El padre,

en un gesto de generosidad según él, la permitió permanecer en la finca como

moza de cocina, ocupando un cuartucho sin ventana en las dependencias de la

servidumbre. También la informó de la conveniencia de no dejarse ver en las

zonas nobles de la casa.

Y así comenzó la segunda vida de la niña cuyo esperanzador futuro se hizo

trizas tan pronto como se inició.

La muerte de la madre, el verse encerrada en un convento de monjas, además

de convertirse en criada en su propia casa de la noche a la mañana y, más aún,

el matrimonio con un hombre a quien apenas vio la cara hizo que la otrora

alegre chiquilla se transformara en una joven introvertida. Con la mirada casi

siempre fija en el suelo, respondía con monosílabos e intentaba pasar lo más

desapercibida posible, si bien se olvidaba de su triste sino en la cocina, donde

transcurría la mayor parte del día. Aprendía rápido, para gran satisfacción de

Feliciana, la guisandera, una mujer mayor, testigo de lo acontecido en el

caserón a lo largo de los últimos años, quien la acogió como a la hija que nunca

tuvo y la enseñó a limpiar el pescado, a asar el cordero, guisar, elaborar salsas y

condimentos, pasteles de riñones, sopas, dulces y mermeladas. No tardó en

desenvolverse con comodidad entre pucheros y sartenes y alivió un quehacer

que a la mujer mayor comenzaba a resultarle dificultoso debido a la artritis que

sufría desde hacía algún tiempo. Pronto acompasaron sus tareas y la discípula

se convirtió en las manos de la maestra, añadiendo, además, un toque personal

a las recetas de esta última de forma que los invitados no ahorraban en

alabanzas a la hora de ponderar las excelencias de la mesa del anfitrión. Basilio

Azaba entraba a veces en la cocina a felicitar a la cocinera, pero en ningún

momento se interesaba por su hija, quien discretamente se eclipsaba en cuanto

él aparecía. Nunca le había mostrado cariño, y ella tampoco lo quería. El amor,

solía decir su madre, es una planta que solo crece cuando se riega. No pensaba,

no quería pensar, y se centraba en lo que más la complacía: hacer pan. Al igual

que cuando era pequeña, acudía al maizal, recogía las mazorcas, las ponía a

secar en el establo, las desgranaba y molía los granos para elaborar la harina en
la que vertía agua y levadura y amasaba hasta lograr una masa suave a la que

daba forma de panecillos que iban al horno de leña.

Acompañaba a Feliciana al mercado que se organizaba en el pueblo, a

comprar pescado, sal, especias y otros productos que no se daban en la finca y

que llegaban al pueblo en carretas desde la ciudad o desde Ayerbe. Entonces no

miraba al suelo mientras caminaba; contemplaba los campos, los montes, el

río, el cielo, las gentes que se apiñaban en los puestos, los niños que corrían por

la plaza, las mujeres que se entretenían junto a la fuente, y durante un par de

horas era feliz.

Un día, la cocinera se hallaba ocupada y la mandó a ella sola, fue la primera

vez en años que se sintió libre, hasta el punto de que se le pasó por la mente no

volver a El Maizal, continuar camino adelante, no mirar atrás, pero no tenía un

céntimo, era el administrador de su padre quien se ocupaba de abonar las

facturas. Sin dinero, sin conocer a nadie ni tener dónde dormir, se imaginó

perdida, desamparada; hizo la compra y regresó a la casona. Las salidas se

repitieron no obstante. Demostrado su buen hacer en el trato con los

vendedores no hubo razón para que fuera acompañada, y se le encargó la tarea

de acudir al mercado con la lista que ella misma redactaba, para asombro de su

protectora que no sabía leer ni escribir. Ella había aprendido con una institutriz

antes de ser enviada al convento, pero se preparó más y mejor con las monjas, e

incluso se le pasó por la cabeza la idea de estudiar y convertirse en maestra aun

a sabiendas de que se trataba de un sueño, la educación era cosa de hombres.

Las niñas y jóvenes de familias adineradas aprendían con profesores

particulares, las demás eran analfabetas, como mucho sabían un poco de

catecismo, y empezaban a trabajar cuando aquellas todavía jugaban con sus

muñecas.

En el pueblo se conocía su historia, se sabía de su internado, breve

matrimonio, expulsión del círculo familiar, su trabajo de cocinera, y no había

quien no lamentara que una joven educada sufriera un destino tan triste.

Abuelo y madre habían sido personas respetadas, no así el actual propietario, a

quien raramente se le veía, excepto en la iglesia los días festivos y en ocasiones

especiales, como el Domingo Rosario, en el que en su calidad de mayordomo

de la cofradía dirigía el «releo», la subasta de carne de cordero para contribuir a

los gastos del culto y ayudar a los pobres. En dichas ocasiones aparecía junto al
alcalde y otros hacendados, no hablaba con la gente y miraba a todos desde su

altura. Ahora era el dueño de la mayor empresa de granos de la comarca y de la

fábrica de harina, también de la mayor extensión de terreno, y la mitad de la

población de la zona trabajaba para él, por lo que no era aconsejable decir nada

en su contra, al menos en voz alta. Sin embargo, en el refugio del hogar, junto

a la lumbre, se comentaba el maltrato que daba a la hija a quien había robado

la herencia con total impunidad, si bien era legal desde el punto de vista de la

Ley, que equiparaba a las mujeres con los niños y las personas mentalmente

enfermas. Por otra parte, la joven no sería mayor de edad hasta los veinticinco,

y era poco lo que podía hacerse en su favor aparte de sentir simpatía por ella.

Con un pañuelo en la cabeza, vestida con falda de estameña a rayas y camisa

de lino regalo de Feliciana, ya que no se le había permitido coger nada de la

que había sido su habitación, llegaba a la plaza cada jueves, puntual, a las nueve

de la mañana, hacía la compra y dedicaba un tiempo a curiosear los puestos de

telas, cerámica y bisutería; hablaba con los vendedores y con alguna que otra

mujer con la que había llegado a congeniar y estaba de regreso a las doce en

punto, justo en el momento en que todos paraban para rezar el Ángelus. Tomó

por costumbre desviarse del camino y atravesar el maizal que tan buenos

recuerdos le traían de cuando acompañaba al abuelo a comprobar que los

brotes crecían bien, rectos, en línea; de cuando jugaba a esconderse entre las

plantas o ayudaba en la recogida. Disfrutaba allí sola, sintiéndose cual

protagonista de los cuentos que su madre le leía de niña, esperando ver

aparecer un hada madrina o una carroza de calabaza, queriendo creer que

también a ella le ocurriría algo prodigioso que cambiaría su vida. Nada había

variado en los dos años que llevaba de criada en su propia casa, pero aquellos

minutos entre las mazorcas iluminadas por el sol del verano le daban fuerza

para continuar soñando en el ansiado cambio, que llegó, pero no como ella

esperaba.

Un jueves de finales de agosto no apareció a la hora acostumbrada, pero

Feliciana no se preocupó demasiado; el día había amanecido radiante, el sol

apretaba, y pensó que se habría entretenido con Marcela, la mujer del herrero,

quien la había tomado cariño. Sabía lo mucho que la joven disfrutaba con

aquellas escapadas, no había más que verla a su vuelta, los ojos brillantes, la
sonrisa en los labios, pero comenzó a inquietarse al no aparecer a la hora de

comer. A media tarde salió a buscarla; recorrió la distancia hasta el pueblo sin

dejar de mirar a derecha e izquierda, llamándola a voces, pero los campos

estaban vacíos a la espera de la siembra del otoño, y sus llamadas no obtuvieron

respuesta.

Sí, Elisa había estado en el mercado, la informó su amiga; habían charlado

como siempre y comido unos barquillos, se habían despedido como de

costumbre, media hora antes del Ángelus cuando la joven emprendió el

regreso. Alarmadas, ambas mujeres salieron en su búsqueda; la buscaron hasta

la caída del sol, pero no encontraron rastro de ella. La cocinera volvió a la

casona para avisar al amo, mientras la otra alertaba a los vecinos. La noche se

iluminó con faroles y antorchas, y partidas de hombres con perros de caza

buscaron a la desaparecida. No la encontraron.

Basilio Azaba no se movió, se limitó a enviar a varios de sus hombres, más

que nada porque no quería que se hablara mal de él, pero le traía sin cuidado lo

que hubiera sido de ella, era un estorbo y, peor aún, un recordatorio de su mal

proceder con la única y legítima heredera de El Maizal. Con algo de suerte se

habría marchado y no volvería a verla, o quizás le había dado un golpe de calor

y estaba tirada por ahí. Notó algo en el pecho al pensar en esta última

posibilidad, a fin de cuentas era hija de su sangre, y muy bonita, por cierto,

aunque se pareciera demasiado a su madre, la joven de grandes ojos, talle fino y

cabellos castaños a quien había desvirgado sin delicadeza alguna. Podría haberla

casado con cualquier hombre, joven o viejo, de los muchos que conocía en la

ciudad, pero en todos veía su misma ambición y no estaba por la labor de tener

un yerno igual a él. Además, los nietos no llevarían su apellido. En fin, se dijo,

la vida era una batalla en la que ganaba el más fuerte, el resto eran meras ovejas

del rebaño destinadas a procrear más ovejas para acabar luego en el matadero;

sus vástagos, en especial el mayor, le darían herederos, y su imperio no dejaría

de crecer.

A media mañana del día siguiente a su desaparición, un labrador la encontró

en el maizal. Le llamó la atención la bandada de cuervos que sobrevolaba en

círculos y pensó que quizás habría allí una res muerta. Su sorpresa y horror

fueron enormes al descubrir a la joven medio desnuda y ensangrentada; la

cubrió con su chaqueta, fue a dar aviso, y al rato los sirvientes de la casona la
transportaban inerte, pero con vida. Feliciana, con los ojos empañados, les

ordenó llevarla a su habitación, más espaciosa e iluminada que el cuchitril en el

que la joven dormía. Uno de los empleados aparejó un caballo y regresó al

poco con el médico del pueblo, quien dictaminó que había sido violada

repetidamente y que había perdido mucha sangre. Recetó miel y tisanas de

manzanilla, romero y menta para paliar de alguna forma su debilidad y

recomendó reposo. La mujer, ayudada por una de las criadas, la lavó y aplicó

en su naturaleza herida una pomada de caléndula que guardaba para posibles

quemaduras. La puso un camisón de franela, y con una cuchara intentó que

tomara un poco de caldo de gallina sin conseguirlo. Pasó toda la noche a su

cabecera maldiciendo al hombre o a los hombres que habían destrozado a

aquella criatura indefensa a quien habían robado lo único que le quedaba, la

honra.

Elisa se recuperó, y en un par de semanas estaba de nuevo en la cocina,

aunque solo era una sombra de lo que había sido en los últimos meses; su

sonrisa desapareció, y se limitaba a afirmar o negar con la cabeza, sin soltar

palabra, cuando alguien se dirigía a ella. No volvió al mercado, tampoco al

maizal, y dejó de hacer pan; ni siquiera se dio cuenta de que estaba

embarazada, fue Feliciana quien lo descubrió. La mujer decidió compartir su

cuarto con ella tras el terrible suceso, pues pensó que el cuchitril en el que

pernoctaba no era el lugar apropiado y, por otra parte, así podía vigilarla en

todo momento, velar su sueño en ocasiones agitado, hablarle, aunque ella no

respondiera. Advirtió que su vientre había adquirido volumen pese a

alimentarse como un pajarillo, hizo cuentas y no lo dudó: su protegida estaba

embarazada de unos tres meses. Se le pasó por la cabeza darle caldo de borraja

o introducir apio y perejil en su naturaleza, pero luego lo pensó mejor; el

aborto estaba castigado con la cárcel, incluso con la muerte, tanto para la

malparida como para quien lo provocaba. Por otra parte, quizás aquella nueva

vida en su interior le diera la fuerza que necesitaba. También se planteó la

cuestión de cómo decírselo al señor, y de cómo reaccionaría este al saber que su

hija pariría a un bastardo.

Tras darle vueltas, tomó una decisión. Antes o después tendría que

marcharse; sus movimientos eran cada vez más torpes, y pronto no podría

valerse de las manos al menos para cocinar; la echarían, de eso estaba segura, el
amo no tenía piedad. En los años que llevaba en la casa, casi toda su vida,

había visto de todo. El anterior señor se preocupaba de las viudas de sus

trabajadores, de los huérfanos, de los accidentados, y creó un montepío a fin de

que no les faltara techo y comida llegado el momento, pero este había

eliminado las ayudas en cuanto se hizo con la propiedad. Es más, prescindía de

cualquier empleada gestante, de los operarios con enfermedades largas o

heridos de gravedad, y no le cabía la menor duda de que expulsaría a su hija sin

preocuparse por lo que pudiera ocurrirle. Unos días más tarde, al amanecer,

recogió sus pocas pertenencias y los ahorros que había ido guardando en una

caja bajo su cama, asió a la joven de la mano, y ambas se marcharon de El

Maizal.

La desaparición de la guisandera y de su ayudante provocó un pequeño revuelo

cuando, pasado el mediodía, la criada encargada de servir las comidas encontró

la cocina vacía y los fuegos sin encender y acudió con presteza a informar al

amo. Basilio Azaba soltó un exabrupto y dio un puñetazo en la mesa de su

escritorio, aterrorizando por igual a la moza y al secretario, quien en esos

momentos se hallaba redactando un contrato con una importante empresa de

exportación de granos y a cuyo dueño se esperaba aquel día, precisamente a

comer. Nadie tenía idea del menú previsto y menos de los ingredientes,

verduras, pescado, carne, postres, así que se envió a dos hombres con un carro a

la taberna del pueblo. El empresario no llegaba solo; lo acompañaban su

esposa, el responsable de ventas y el contable, y no era cuestión de servir unos

huevos fritos. Los hombres regresaron con una olla de sopa de cebolla, otra de

carne guisada y una fuente de manzanas cocidas, el menú previsto para la

docena de comensales que a diario acudían al local. En un principio, el dueño

se negó a entregarles las raciones dispuestas para aquel día, pero lo hizo ante la

amenaza de ver su negocio arruinado, y otras cosas peores. No era un banquete

digno de sus invitados, pero no quedaba otra. El anfitrión adujo su deseo de

agasajar a los invitados con productos típicos de la tierra y respiró aliviado al

comprobar que estos parecían apreciar unas viandas bien cocinadas, aunque

desde luego impropias de su mesa.

Al día siguiente contrató a una nueva cocinera y dio por finalizado el asunto,
incluso se alegró de no tener a su hija bajo su techo, para él había dejado de

existir. Ya no tendría remordimientos de conciencia y, mejor todavía, no

correría el riesgo de que pudiera emprender algún tipo de reclamación contra él

una vez cumplidos los veinticinco. La tramitación de la «venta» de su herencia

no había sido trigo limpio, y un buen abogado podría demostrarlo. Para

celebrar la nueva situación, se trasladó a la ciudad y pasó la noche con su

última amante.

Feliciana y Elisa tardaron varias jornadas en llegar a Buisán, de donde era

originaria la primera, una pequeña aldea de apenas una veintena de habitantes,

rodeada de bosque en las estribaciones del Pirineo oscense. Allí, en la vieja casa

de piedra y pizarra de sus antepasados, que todavía seguía en pie si bien en un

estado ciertamente calamitoso, las dos mujeres iniciaron una nueva andadura.

Los vecinos no preguntaron, las ayudaron a instalarse y les proporcionaron

mantas, leña, leche, miel, queso, alubias, carne de cerdo adobada y tocino,

contentos de ver su número aumentado, en especial con la criatura que crecía

en el vientre de la joven, la primera en años. Mozos y mozas se marchaban del

lugar en cuanto tenían edad para trabajar con la promesa de regresar en cuanto

hubieran reunido unos ahorros, pero los abuelos morían, los padres envejecían,

y nadie volvía.

En un par de semanas, retejada la cubierta, limpia la chimenea y con

muebles y enseres aportados también por los vecinos, de nuevo se escucharon

voces en la casa, humeó la chimenea, y la luz de las velas iluminó el interior a la

puesta del sol. Entre las dos desyerbaron la pequeña huerta anexa, en la que

plantaron acelgas y repollos, cebollas, ajos y calabazas, y adquirieron una oveja

a un pastor que iniciaba la ruta de las cabañeras en dirección a tierras del Ebro

antes de que cayeran las nieves, cuya espesa capa ocultaba los caminos. No

necesitaban mucho y, en previsión de los fríos por llegar, habilitaron el espacio

de la cocina, cama incluida, y dejaron que la oveja viviera con ellas como un

perro amaestrado. Tampoco les costó mucho conseguir lana que hilaban en la

destartalada rueca encontrada en el sobrado y con la que tejían calcetines,

toquillas, camisetas y, sobre todo, ropa para el bebé que nacería con la

primavera.
Y lo que parecía imposible ocurrió. Elisa salió de su abstracción, recobró el

peso perdido y la sonrisa volvió a su rostro para alegría de Feliciana, muy

satisfecha consigo misma por haber tenido buen acierto al decidir abandonar la

hacienda. En cuanto la luz del día declinaba, junto al fuego, mientras ambas

tejían, la mujer recuperaba memorias de su infancia, allí en Buisán, y narraba a

quien ya consideraba hija propia antiguos dichos, leyendas, costumbres de una

tierra tan hermosa como dura.

Le habló de las tres hermanas, o Treserols como las llamaban, tres jóvenes

que se unieron a los guerreros extranjeros que habían matado a todos los

habitantes del pueblo y fueron maldecidas por el espectro de su padre

transformándolas en montañas; del gigante Silbán enamorado de una zagala,

quien respondió a su amor acabando con él con un cántaro de leche

envenenada; de la «flor de las nieves», la más hermosa del mundo, una estrella

que una noche dijo a la Luna que tenía envidia de la Tierra, de los seres

humanos y de los animales, y el astro la transformó en una flor blanca y la

plantó en la cima de los Pirineos, si bien la condenó a vivir siempre sola, con

las rocas y el hielo como únicos acompañantes. Y también la habló de

Bosnerau o Basajarau, el señor de los bosques, que silbaba para alertar a los

pastores de la llegada de la tormenta o de los lobos y que enseñó a los seres

humanos a trabajar la madera, a fundir el hierro y a cultivar los campos. «Al

brotar la hoja, siémbrese el maíz; al caer la hoja, siémbrese el trigo», añadía sin

darse cuenta del gesto compungido de la joven al escuchar el nombre de la

planta testigo de su feliz infancia y de su mayor angustia.

Nunca hablaba de ello, aunque su bienhechora dejara caer de vez en cuando

alguna pregunta sobre lo ocurrido; sonreía y cambiaba de tema como si la cosa

no fuera con ella. Pero no había olvidado el rostro amable que la saludaba en el

mercado y que en una ocasión había recogido la naranja que se le cayó del

cesto; era la primera vez que tenía tan cerca a un mozo más o menos de su

edad, y se ruborizó. No se dio cuenta de que él la siguió durante el trayecto de

vuelta. La alcanzó en el maizal, le dijo que le gustaba desde la primera vez que

la vio en el pueblo e intentó besarla. Ella le dio un empujón y salió corriendo,

pero la alcanzó enseguida, y lo que siguió se convirtió en una pesadilla que la

despertaba en medio de la noche, aunque se durmiera de nuevo al sentir a su

lado el generoso cuerpo de Feliciana y sus ronquidos, como ronroneos de gato.


Tampoco había olvidado cómo él la tiró al suelo, le arrancó las ropas y le hizo

daño mientras la manoseaba con una mano y con la otra le tapaba la boca para

que no gritara, hasta que dejó de resistirse y perdió el sentido. Lo último que

vio fueron las hojas del maíz mecidas por la cálida brisa del verano. Lo

intentaba, pero le resultaba imposible no recordar y rogaba para que la criatura

que crecía en su interior no tuviera los ojos de su violador, de un extraño color

azul brillante difícil de olvidar.

La niña nació a mediados de mayo, cuando los campos reverdecían y los

rebaños de ovejas retornaban a los prados altos; Elisa los veía pasar, su hija en

brazos, sonriendo. Por primera vez en mucho tiempo era feliz; atrás quedaban

el dolor por la muerte de la madre y el desamor del padre, la angustia, el

miedo. Ya no era una pesadilla la que la despertaba en medio de la noche, sino

la pequeña que reclamaba su leche. Tardó en decidirse por un nombre, tanto,

que el cura que recorría las aldeas del valle a lomos de una mula, a fin de

atender las necesidades espirituales de sus habitantes, la advirtió de que la ira

de Dios caería sobre ella si la criatura moría sin haber sido cristianada.

Finalmente, se decidió por Aurora, pues había nacido en el amanecer de un día

luminoso. El sacerdote propuso Petronila, por ser la del bautizo la fecha de la

santa del mismo nombre, pero no cedió. Y volvió a amasar pan de maíz con el

grano que le traía el hijo de su vecina más cercana.

Pronto no fue un secreto para nadie en la aldea que Bizén Albar, en su

treintena y soltero, de oficio leñador, la cortejaba, si bien lo cierto era que no

había ninguna otra mujer joven a quien rondar. El hombre era parco, o más

bien un gran tímido, incapaz de decir más de dos palabras seguidas. A veces

dejaba un saco de grano a la puerta de la casa y se marchaba sin esperar; otras,

se encontraban cara a cara, y balbuceaba un hola y adiós, que a ella le

provocaba una sonrisa. Tardaron meses hasta mantener una conversación,

aunque en dicha ocasión fue ella quien habló, necesitada de contar los avatares

de su vida a alguien que no fuera Feliciana. Tras relatarle cómo había llegado su

hija al mundo, él se despidió de forma brusca, y ella supuso que no volvería a

verlo, pero regresó al día siguiente con un saco de maíz y otro de trigo.

Aparecía por la casa con cualquier disculpa y nunca llegaba con las manos
vacías, ora unas manzanas, ora ramitos de manzanilla, romero, árnica... En

ocasiones incluso con una carreta de leña para varias semanas. Le pidió

matrimonio un año después del nacimiento de Aurora, y ella aceptó.

El enlace tuvo lugar un soleado domingo de finales de septiembre. Tras la

ceremonia, celebrada después de la misa de ocho de la mañana ya que el cura

debía oficiar en el resto de las localidades del Ballibió, o valle de Vió, y a la

espera del banquete nupcial, Bizén aupó a Elisa a la grupa de su yegua, su más

preciada propiedad. Juntos cabalgaron por el bosque de la Pardina Ballarín,

entre hayas, abetos quejigos y fresnos cuyas tonalidades en otoño en nada

envidiaban a las de la paleta de un artista. Se cruzaron con familias de jabalíes,

escucharon a lo lejos la berrea de los ciervos macho disputándose el favor de las

hembras, y regresaron cuando parientes e invitados empezaban a dar muestras

de nerviosismo por su tardanza. Fue la primera vez que disfrutaron de unas

horas a solas, sin testigos; no hablaron, caminaron algunos trechos y se

besaron, también por vez primera. Cuando los convidados, todos los vecinos y

vecinas del pueblo, achispados y contentos, se despidieron ya entrada la noche,

ellos se retiraron a la habitación acondicionada, contigua a la cocina donde

dormían Feliciana y la niña, y se durmieron cogidos de la mano en el gran

lecho fabricado para sus propios esponsales por el difunto padre del novio,

regalo de bodas de la madre al hijo y a la nuera.

Y la vida continuó su rumbo sin sobresaltos en aquel lugar oculto entre

montañas y bosques, donde hombres y mujeres se levantaban al amanecer y

trabajaban durante las horas de luz para reunirse junto a la lumbre en cuanto

anochecía y evitar así malos encuentros con las almas en pena que, decían,

recorrían los lugares en busca del perdón por sus malas obras y del descanso

eterno. También hubo cambios en la vieja casa; Bizén se dedicó a transformarla

en un hogar cuando no lo ocupaba la tala y el acarreo de troncos. Buen albañil

y mejor carpintero, reconstruyó el interior, mejoró la habitación de

matrimonio, hizo una nueva para la dueña y la niña, e instaló sendas estufas de

leña en ambas a fin de sobrellevar el frío durante los largos meses del invierno.

La cocina continuó siendo el lugar donde la familia pasaba la mayor parte del

tiempo, y un banco corrido forrado con almohadones de lana ocupó el lugar de

la cama. Una vaca lechera, tres ovejas más, la yegua y un mastín del Pirineo

llenaron el pequeño establo.


Feliciana daba gracias al cielo por la ventura de envejecer en la tierra de sus

mayores, se notaba más torpe a cada día que pasaba, le dolían los huesos y

apenas podía mover los dedos de las manos pese a bañarlas en leche fría y

caliente y tomar tisanas de sauce blanco. De todos modos, todavía lograba asir

una escoba y también el cucharón para revolver sopas y guisados, incluso

conseguía ordeñar a la vaca, pero sabía que el tiempo se le acababa. Su único

deseo era no ser una molestia, y que aquellos dos seres solitarios que se habían

encontrado por azar tuvieran hijos que se ocuparan de ellos cuando les llegara

el momento. Dos años después de su boda, una noche en que el viento hacía

temblar la techumbre y Aurora dormía en su regazo, junto al fuego, le

anunciaron que esperaban un hijo, lo hicieron con timidez, como si les diera

vergüenza, y su respuesta fue un ruidoso llanto emocionado que dejó a ambos

muy sorprendidos y despertó a la niña.

A Elisa le llevó algún tiempo entender que el matrimonio no consistía solo en

dormir juntos. Cada noche, al acostarse, cuando Bizén intentaba acariciarla, le

daba la espalda y se encogía cubriéndose con los brazos a modo de caparazón.

No podía evitar recordar lo ocurrido en el maizal y sentía verdadero terror ante

la idea de tener que pasar por lo mismo. Él no decía nada, ni un reproche, ni

una mala palabra; suspiraba y se dormía a la espera de que por fin un día ella

cediera. Conocía su terrible experiencia y por nada del mundo deseaba forzarla,

pero era un hombre todavía joven necesitado de algo más que de un cuerpo a

su lado al que ni siquiera podía acariciar, pues se cerraba a su contacto como

algunas flores al llegar la noche.

No era mucha su relación con mujeres, pero alguna tenía, de cuando un par

de uniformados llegaron a la aldea y se los llevaron a él y a otros tres a cumplir

el servicio militar en la ciudadela de Jaca. Ninguno de ellos disponía de los seis

mil reales para la redención, ni de medios para conseguirlos mediante un

préstamo hipotecando casas y terrenos agrestes que a nadie interesaban.

Tampoco tenían la posibilidad de pagar a otros para la sustitución, puesto que

el resto de los veinteañeros del valle se encontraba en idéntica situación. De

todos los privilegios de las clases ricas, aquel era el más sangrante, el que

obligaba a ocho años de servicio obligatorio a los pobres. De los cuatro, dos

murieron en la guerra de Marruecos, el otro durante la epidemia del cólera. Él


tuvo suerte, fue destinado a la brigada de remodelación del fuerte gracias a su

destreza en materia de carpintería. Y fue allí, en Jaca, donde a cambio de unas

monedas descubrió el placer del sexo con una lavandera, y con alguna otra

después. Aquellos raros momentos de asueto que le eran permitidos dejaban en

él una sensación de desahogo, pero también de ansiedad por regresar a su casa,

encontrar una compañera y tener hijos con ella. Creyó haberla encontrado

cuando ya había perdido toda esperanza y pensaba trasladarse a Huesca quizás,

o a cualquier otra población grande. La mujer joven, embarazada, de mirada

triste, lo atrajo como un imán desde el instante en que la vio, más aún al saber

que no tenía hombre y todavía más al enterarse por ella misma de las

circunstancias que la habían llevado a Buisán. Deseaba protegerla, amarla,

cuidarlas a ella y a su hija, pero tras casi dos años de matrimonio, no estaba

seguro de haber tomado la decisión acertada y tendría que resignarse a una

existencia en la que al menos no estaría solo.

El motivo por el que Elisa acabó aceptándolo no fue porque hubiera

olvidado su rechazo a que un hombre, cualquiera, la poseyera de nuevo. La

razón fue el gran respeto que él la había mostrado desde la misma noche de

bodas sin hacer valer sus derechos como marido. En una ocasión, cuando tenía

diez o doce años, escuchó sin querer una conversación en la que, bastante

agitada, su madre le contaba al abuelo la dura relación que mantenía con su

esposo, empeñado en tener un hijo. No entendió mucho de lo que decían, pero

sí le quedó claro que ella sufría por lo que llamó «un deber obligado por la

fuerza». El abuelo por su parte trataba de calmarla hablando de paciencia y,

sobre todo, de la necesidad de un heredero varón en la familia, si bien notó que

a partir de entonces las relaciones entre ambos hombres dejaron de ser

cordiales. Se preguntó entonces si ella no contaba; tuvo la respuesta cuando su

padre la envió al convento, la casó con un desconocido y se apropió de su

herencia. Sin embargo, Bizén adoraba a Aurora, jugaba con ella, le fabricaba

juguetes de madera, la llevaba a hombros, y la niña respondía abrazándose a su

cuello y llamándole pai. Y luego estaba la forma en la que él se desvivía para

que Feliciana y ella vivieran a gusto, ocupándose de la casa y de los animales, o

trayéndoles dulces y piezas de tela cuando se acercaba a Aínsa con una carga de

troncos. Y también en cómo la miraba, sonriente a veces, suplicante otras.

Yació con él al siguiente día de producirse un alud en la zona boscosa en la


que trabajaba y ser dado por muerto. Se le cortó la respiración al conocer la

noticia y lamentó ser viuda sin haber sido esposa; no le había dado nada a

cambio de sus desvelos, sus muestras de cariño, su presencia, de que le hubiera

devuelto de alguna forma la honra perdida. Lloró al verlo aparecer a la mañana

siguiente, cubierto de nieve, la barba escarchada, el hacha al hombro. No pudo

evitarlo. Corrió hacia él, lo abrazó, lo besó sin recato delante de los vecinos, y

aquella misma noche él la hizo suya y pudo, por fin, dar rienda suelta a un

deseo largamente ansiado. Ella lo dejó hacer sin sentir nada, salvo el placer de

saberse querida en brazos de un hombre honesto.

Aunque duró varias horas, el nacimiento del niño fue rápido y sin problemas

debido a que el camino ya estaba hecho, según la suegra, quien la ayudó a parir

con el apoyo de otra mujer y con Feliciana a modo de consejera. Mientras, el

padre, dos de sus hermanos, la cuñada y un vecino que se apuntó a la vela se

bebían una garrafilla de licor de endrinas y daban buena cuenta de la

empanada de miel y nueces que ella había cocinado justo antes de empezar a

sentir las contracciones. Al igual que había ocurrido con Aurora, los padres

tuvieron que insistir para que la criatura fuera cristianada con el nombre de

Úrbez en lugar de Urbicio como el cura pretendía. Lo lograron, pues el santo

era venerado en toda la comarca con su nombre original.

Otro hijo más llegó apenas un año más tarde, si bien en este caso el

sacerdote no cedió y lo bautizó Antonio. Nadie se dio por aludido, y todos en

Buisán lo llamaron Antoi desde el principio. Y otro más, trece meses después,

que murió a poco de nacer. Tres embarazos en tres años eran demasiados en

opinión de las mujeres de la aldea. Cierto que la parida no tenía leche para

amamantar a las criaturas, y ello facilitaba las preñeces, pero también lo era su

endeble constitución y la falta de fuerzas incluso para sostener a sus hijos en

brazos.

Sin ponerse de acuerdo, cada una por su cuenta, tanto la madre de Bizén

como Feliciana hablaron con él advirtiéndolo sobre el peligro que ella corría de

seguir quedándose embarazada con tanta celeridad. Por su parte, su hermano

mayor le puso en la mano una vaina de intestino de cerdo estirado y lubricado

con aceite, con una cinta azul en su extremo, «para que la ajustes a tu medida»,

lo informó en un aparte, añadiendo que debía limpiarlo con leche caliente


después de usarlo y que le diría dónde encontrar más si le hacía falta. Se lo dijo

en voz baja, temeroso de que alguien lo oyera; la Iglesia prohibía el uso de

cualquier medio que impidiera la procreación pues iba en contra de la Ley de

Dios. Quizás porque la quería y era consciente de su débil estado, no había más

que ver su palidez y extrema delgadez, o porque lo asustaba la idea de quedarse

viudo con tres niños pequeños, cesó en sus requerimientos, ni siquiera intentó

utilizar el intestino de cerdo, y Elisa se recuperó poco a poco. Pero ya nada fue

igual; dejaron de ser amantes, y su relación pasó a ser la de un par de amigos

que se apreciaban y respetaban.

Así las cosas, cinco años más tarde, el valle sufrió un invierno como no se

recordaba en mucho tiempo. Nevadas y celliscas se alternaban sin dar un

respiro a los habitantes quienes, aunque acostumbrados al frío extremo durante

meses, procuraban no aventurarse fuera de las casas más de lo necesario, e

incluso los animales, vacas, ovejas, cerdos y perros, se apiñaban juntos en un

rincón del establo para darse calor. Los ríos se desbordaron con la llegada de la

primavera, y Bizén partió entonces para unirse a otros navateros de la sierra que

transportaban los troncos talados en otoño por el Zinca hacia el Sur, un medio

veloz si bien peligroso dado que las aguas bajaban revueltas, y ninguno de ellos

sabía nadar. Lo hacía desde su vuelta del servicio militar, y era considerado el

mejor de los barranquiadores entre sus compañeros. Besó y abrazó a su mujer,

hijos, madre, hermanos, y se despidió con la promesa de regresar con regalos

para todos ellos, pero no volvió. Uno de los hombres que lo acompañaban les

comunicó que los troncos de su navata se habían separado en las proximidades

de Barbastro, y que los cuatro hombres que la controlaban habían caído al

agua; tres fueron rescatados, pero no encontraron rastro de él.

Al dolor por la pérdida del hombre bueno que le había devuelto las ganas de

vivir hubo de añadirse la de Feliciana. La mujer había pasado el invierno en la

cama, el cuerpo agarrotado, la cabeza desorientada, atendida en todo momento

por Elisa y por Aurora, quien a punto de cumplir los once se desenvolvía con

soltura en la cocina y mantenía un ojo vigilante en sus hermanos a los que

regañaba y obligaba a comer como si fuera una persona mayor. Su madre

sonreía divertida y la llamaba «mandona», pero le agradaba ver que su hija


tenía el carácter que a ella le faltaba; de haberlo tenido tal vez todo habría sido

diferente. La vida era dura para los desafortunados de cualquier clase, más

todavía para las mujeres, obligadas a trabajar, obedecer, parir y servir, incluso

para aquellas que gozaban de buena posición y no precisaban ganarse el

sustento; su propia madre había sido un ejemplo, y ella también. Aurora era

diferente, tenía temperamento y no se dejaría amilanar, aunque en ocasiones

no pudiera evitar un sobresalto cuando le miraba directamente a los ojos, de un

azul extrañamente brillante, y recordaba una angustia que era incapaz de borrar

de su mente.

Y como las penas nunca llegan solas, dicen, meses después de la desaparición

de Bizén, su mujer e hijos se vieron obligados a abandonar el hogar que los

había cobijado. Un sobrino segundo de Feliciana que vivía en Fanlo reclamó la

propiedad, dándoles un mes para desalojar la vivienda. Ni la intervención del

cura, ni la de varios vecinos sirvió de nada; el único documento existente, un

testamento del bisabuelo del demandante, estipulaba con claridad que el

dominio volvería a la rama segunda de la familia de no haber herederos en la

primera, y no los había. Elisa pidió ayuda a su suegra y cuñados, pero estos

habían perdido durante las nieves los cultivos de invierno, así como la mitad

del ganado, y cuatro bocas más eran demasiadas. No obstante, y para que nadie

en la aldea los señalara con el dedo, el hermano mayor del desaparecido

consiguió para su cuñada un trabajo en «El Bucardo», un pequeño local de

comidas situado en Biescas, a dos horas de distancia en carreta, a cuyo dueño

conocía. La pareja propietaria tenía ya una edad, y los hijos hacía tiempo que

se habían marchado a trabajar a la capital. Les vendría bien una ayuda,

aseguraron, y no pusieron pegas para aceptar también a la hija, aunque dejaron

claro que esta no cobraría una peseta por jornada trabajada, como la madre;

techo y comida eran suficientes para una chiquilla. Úrbez y Antoi

permanecieron en Buisán, con su abuela y tíos, dispuestos estos a criarlos como

propios ya que solo tenían hijas. Con lágrimas en los ojos, el corazón roto,

Elisa abandonó la aldea prometiendo a sus pequeños regresar en cuanto le fuera

posible, a sabiendas de que era una promesa difícil de cumplir.

Lugar de paso hacia las fuentes de Panticosa, la llegada a Biescas de carruajes y

carros de viajeros era continua desde la primavera hasta finales del mes de
septiembre. La fonda estaba abierta todos los días de la semana, y los dueños

no tardaron en acostumbrarse a que la mujer y la hija hicieran el trabajo que

antes hacían ellos: cocinar, servir, fregar, limpiar... todo menos cobrar a los

clientes y adquirir el género necesario, que apenas variaba de un día para otro.

Sin embargo, la nueva cocinera logró lo que parecía inverosímil, que la mesa

larga y las otras cuatro más pequeñas de El Bucardo se vieran ocupadas mañana

y tarde. Migas, ternasco, bacalao ajoarriero, chiretas, empanada, salmorejo,

borraja con patatas, cardo con almendras, además de guisos, hojaldres rellenos,

natillas y otros dulces hacían la delicia de los comensales y llenaban la caja de

los dueños, si bien ella seguía cobrando una peseta diaria. Aurora recibía algún

que otro céntimo de propina, pues servía y retiraba los platos con presteza,

siempre sonriente. Ambas se acostaban agotadas en la cama que compartían en

la buhardilla de la vivienda de sus patronos situada encima del local, un cuarto

con un ventanuco en el tejado, un arcón y una jofaina para el aseo, y

únicamente salían a la calle los domingos y festivos a misa de ocho, volviendo

al trabajo de inmediato.

En los cuatro meses que llevaban allí, no habían podido acercarse a Buisán, y

solo en una ocasión recibieron la visita del cuñado y tío, quien las informó de

que los niños estaban bien, poco más. Elisa esperaba conseguir unos días de

descanso tras la temporada de baños y la correspondiente ausencia de clientes y,

entre tanto, ahorraba lo que ganaba con el único anhelo de tener suficiente

para regresar a la aldea y alquilar un lugar donde vivir con sus hijos. De hecho,

su único gasto había consistido en una bata y unas alpargatas para Aurora, que

compró a un vendedor ambulante que entró en la fonda a comer y de paso a

ofrecer la mercancía. Sus planes se truncaron un anochecer, a mediados del

otoño, con la llegada de cuatro hombres armados que entraron en el local

cuando ya no quedaban clientes y pidieron de comer y de beber, sobre todo de

beber. Temerosa de lo que pudiera ocurrirle a la niña, ella misma les sirvió y

aguantó comentarios obscenos ante la inacción de los dueños, quienes

permanecían en un rincón a la espera de verlas venir, más preocupados por la

caja del dinero que por el riesgo que corría su empleada.

Los recién llegados, antiguos milicianos carlistas que sobrevivían con el

contrabando eran algunos de los muchos que se movían por la zona,


escondiéndose o enfrentándose a tiros con los carabineros. No era la primera

vez que se les veía por allí, pero nunca tan alborotadores. En otras ocasiones

habían comido y se habían marchado sin pagar, pero esta vez no parecían tener

prisa y sí intención de esperar a que amaneciera antes de proseguir hasta la

frontera; además, iban poniéndose cada vez más eufóricos a medida que

transcurría la noche. Los dueños se escabulleron a casa de un vecino, Elisa

envió a su hija a la buhardilla e intentó desaparecer ella también, pero no hubo

manera, y se encontró sola en compañía de cuatro borrachos, que no dejaban

de decirle obscenidades.

Habían transcurrido casi trece años desde lo ocurrido en el maizal, e incluso

había logrado no pensar en ello, pero la visión de su violación se presentó de

súbito, como si hubiera tenido lugar días antes, y apretó los puños. Ya no era

una jovencita asustada, era una mujer, madre de tres hijos, endurecida por el

trabajo en el campo y en la fonda; se defendería y defendería a su niña. Con la

disculpa de ir a la cocina en busca de una garrafa de aguardiente, cogió un

cuchillo cebollero y lo ocultó en un bolsillo bajo el delantal.

Pasada la medianoche, no parecía que las cosas fueran a ir a mayores. Dos de

los hombres se quedaron dormidos, uno de ellos despatarrado en pleno suelo,

mientras los otros dos discutían sobre el acierto o no de haberse alistado en un

bando perdedor que, por ende, había defendido los derechos de un rey que no

lo era…, y aunque lo fuera. Los reyes, sus ministros y generales eran toda una

caterva de sinvergüenzas que se enriquecían con la sangre del pueblo, aseguró

uno, y el otro respondió soltándole un guantazo en plena cara. Instantes

después se hallaban enzarzados en una pelea a puñetazo limpio que ganó el

protestón, pues su adversario acabó junto al despatarrado, momento que Elisa

aprovechó para intentar salir del comedor. No lo logró. Antes de llegar a la

puerta, el ganador de la trifulca la había agarrado por la cintura e intentaba

levantarle la falda al tiempo que farfullaba que iba a mostrarle lo que era un

macho de verdad; sacó el cuchillo, se giró y se lo clavó en la garganta.

Aterrorizada, contempló cómo el hombre se echaba las manos al cuello, la

miraba estupefacto y se derrumbaba junto a sus compañeros. Sin pensarlo

demasiado, subió a la buhardilla, cogió los ahorros, ordenó a Aurora que se

abrigara bien, ella hizo otro tanto, y ambas salieron de la posada y tomaron el

primer camino que encontraron.


Llegaron a una aldea no más grande que Buisán con las primeras luces del

alba. Ateridas por las bajas temperaturas, presagio de un invierno duro, aunque

todavía faltaran semanas antes de las nieves, permanecieron junto al lavadero

sin saber qué hacer hasta que una vecina las vio y las invitó a entrar en su casa.

Unos leños ardían en la chimenea, y sin casi darse cuenta se aproximaron a ella

y se sentaron en un banco corrido colocado a un lado. Al poco tenían entre las

manos sendos cuencos de leche caliente con miel que las hizo entrar en calor.

No tardaron en quedarse dormidas, la una apoyada en la otra, y la mujer las

cubrió con una gruesa frazada de lana. Elisa fue la primera en abrir los ojos y

tardó unos instantes en ser consciente de dónde se encontraba; no se movió

para no despertar a su hija; cuanto más descansada estuviera, más aguante

tendría para proseguir el camino.

Con la mirada fija en la olla que colgaba de un gancho sobre el fuego, en la

que hervía una sopa de verduras cuyo olor le recordó que llevaban horas sin

probar bocado, se preguntó en qué lugar estarían, si bien esperaba encontrarse

en el camino hacia casa. Durante el trayecto que las llevó a Biescas, en la

carreta de su cuñado, habían pasado por cuatro o cinco pueblecitos, y

probablemente aquel era el anterior; de ser así, calculó que todavía deberían de

andar un par de horas más. Por un momento, imaginó lo que sería el

encuentro con sus hijos; los veía correr hacia ella dando gritos de alegría, y ella

los abrazaba y les juraba que jamás volverían a separarse. La ensoñación duró

un suspiro. La imagen del borracho que intentaba forzarla y a quien había

asestado una puñalada apareció ante ella cual espíritu de ultratumba, y soltó un

grito que despertó a la niña.

Orosia, la samaritana que las había acogido y que de alguna manera le

recordaba a su añorada Feliciana, las informó de que se hallaban en Piedrafita,

en la vía a las fuentes de Panticosa; que recibían multitud de visitas de la

primavera al otoño, pero que desconocía la existencia de un lugar llamado

Buisán. Ballibió le sonaba, pero el valle se hallaba hacia el este; tendrían que

volver a Biescas a fin de coger la ruta desde allí, y se anunciaban lluvias. Al

observar su gesto entristecido, la mujer le ofreció cobijo a cambio de ayuda; sus

hombres, marido y dos hijos, trabajaban en el balneario y pasaba días, semanas

durante la temporada de baños, sin verlos. A ella le tocaba ocuparse de la casa y

del establo, demasiado trabajo para una mujer sola, por lo que agradecería un
poco de compañía, aunque no podría pagarle. No tuvo que meditarlo mucho;

era arriesgado echarse al camino con mal tiempo, y estaban cansadas, así que

aceptó el ofrecimiento.

La sangre se le heló en las venas dos días más tarde al ver aparecer a los

milicianos de la fonda. Los vio detenerse en el abrevadero situado frente a la

casa a dar de beber a los caballos mientras vigilaban a su alrededor, armas en

mano. Sintió una especie de alivió al descubrir entre ellos al hombre a quien

creía muerto y que lucía una venda prietamente atada al cuello; al menos no

tendría que vivir con remordimientos por haber asesinado a un ser humano,

por muy miserable que fuera. Notó que le flaqueaban las piernas cuando él y

otro se dirigieron hacia ella y le preguntaron si había por allí había alguna

taberna; respondió que no con un gesto de cabeza, se apresuró a recoger el

carbón que llevaba en el delantal y que se le había caído al verlos y entró en la

vivienda. Ambos la siguieron, y creyó llegada su hora, pues estaba segura de

que la habían reconocido. No la perdonarían, el herido la ensartaría con su

sable, y rogó para que no descubrieran a Aurora, quien había ido a casa de un

vecino a por unos cordeles para ensartar y colgar los pimientos en el sobrado.

Se tranquilizó cuando Orosia salió a recibirlos, los oyó hablar sin escuchar lo

que decían y los vio marchar a lomos de sus caballerías. La mujer le dijo luego

que querían saber cuánto faltaba hasta la frontera con Francia y añadió con una

sonrisa que haría mejor en lavarse, pues parecía el buco que se ayuntaba con las

brujas. Solo entonces se dio cuenta de que tenía tiznadas manos y cara por lo

que su atacante no la había reconocido, y le entró una risa floja que dejó a la

otra muy sorprendida.

A excepción de los ocupantes del carro de pasajeros que hacía la ruta de

Sabiñánigo a Formigal, a finales de noviembre ya no se veían foráneos por

Piedrafita debido a la lluvia y a las bajas temperaturas. Cerrados los famosos

baños hasta la siguiente temporada, el marido y los hijos de Orosia

continuaban allí, encargados de la vigilancia y mantenimiento de las

instalaciones, si bien bajaban más a menudo para contento de la mujer, que

siempre les tenía preparados un morral con mudas limpias y planchadas y otro

con fiambres, empanadas, tortetas y un tarro grande de miel. Ninguno de los

tres era demasiado hablador, pero pareció agradarles que en su ausencia la

esposa y madre estuviera acompañada, y las veladas se alargaban junto al fuego


cuando ellos se hallaban en la casa. Quizás porque las llamas del hogar poseen

un atractivo particular y evocan de alguna forma tiempos pretéritos, no era raro

que acabaran hablando de historias viejas, sucesos, creencias, miedos y... brujas,

sobre todo brujas.

Elisa había oído a Feliciana hablar de las malignas de su tierra, en las que

creía a pie juntillas, pero siempre había pensado que no eran sino cuentos,

como los que le leía su madre de pequeña. Sin embargo, descubrió que su

añorada amiga no era la única crédula al escuchar que doscientos años atrás en

el vecino pueblo de Tramacastilla, y en todo el Valle de Tena, decenas de

jóvenes mujeres solteras habían sido acusadas de mantener relaciones con el

demonio; reían, lloraban, sufrían espasmos y vomitaban clavos retorcidos. Una

de las abuelas de la familia contaba que su tatarabuela las había visto allí

mismo, en el bosque de El Betato, elaborando pócimas y adorando al Diablo

con apariencia humana, la de un tal Pedro de Abuerro, y añadía que, al parecer,

era un mozo guapo y muy rico a quien gustaban las faldas más que los repollos

a las cabras.

La evocación provocó las risas de los tres hombres, en especial la del más

joven, que aseguró entornando los ojos y esbozando una sonrisa que por algo

llamaban brujos a los tensinos, y que a él también le gustaba el repollo. Elisa se

sintió incómoda; calculaba que ambos tenían más o menos la misma edad, y

no era la primera vez que le miraba así. En el valle faltaban mujeres, o había

muchos solteros, no lo sabía bien, pero lo que sí tenía claro es que no pensaba

compartir su vida con ningún otro hombre. Tampoco deseaba permanecer en

tierra de brujas, aunque no existieran y, si bien lamentaba dejar sola a Orosia

después de sus atenciones, decidió partir al día siguiente, en cuanto los

milicianos se hubieran marchado. No pudo ser. Aquella misma noche cayó una

tromba de agua que continúo durante más de dos semanas, de tal manera que

el Gállego se desbordó e inundó los caminos. Tras la lluvia llegó la nieve, lo que

hacía imposible abandonar Piedrafita a menos de disponer de unas raquetas, y

aun así suponía un riesgo que la madre no estaba dispuesta a que su hija

corriera. Los hombres de la casa habían salido hacia las fuentes pese a la lluvia,

y permanecían aislados en el balneario; las dos mujeres y la niña volvieron a

quedarse solas.

Con el deshielo llegaron las cascadas, la floración de abedules, fresnos,


avellanos, hayas, de madreselvas, rosales silvestres, sabucos, e incontable

número de especies que transformaron el valle en un jardín. Por primera vez,

Elisa tenía el sosiego suficiente para contemplar el resurgimiento de una

naturaleza espléndida. Y por primera vez en los dos últimos años pensó en el

«viaje de bodas» de unas horas a lomos de una yegua por el bosque de la

Pardina Ballarín, aunque entonces era otoño, nada que ver con la exuberante

explosión de la primavera, pero también la última ocasión en la que se sintió en

paz. Su vida y la de sus hijos habría sido otra si Bizén no se hubiera ido. No es

que no lo recordara, es que no quería pensar en él; le hacía daño. Tomó por

costumbre caminar con Aurora por los alrededores cuando la dueña de la casa

no precisaba de su ayuda; juntas subieron al ibón situado a los pies de Peña

Telera cuya cima se hallaba todavía nevada y metieron las manos en el agua

helada, se adentraron en los bosques, pasearon por las orillas del río, se

cruzaron con partidas de gamos, contemplaron el vuelo de las águilas e,

incluso, apercibieron un lince encaramado a una roca, que desapareció al

verlas. Regresaban contentas, las mejillas arreboladas a la espera de la siguiente

salida, pero los hombres de la casa también habían vuelto y ella notaba un

apremio acuciante, no solo por parte del más joven, también de sus padres,

ansiosos de que al menos uno de sus hijos les diera nietos.

Aprovechando una de las ausencias de aquellos y que Orosia se encontraba

visitando a una vecina enferma, una mañana de mediados de marzo detuvo el

carro de viajeros, y su hija y ella subieron con la intención de apearse en Biescas

y proseguir camino a Buisán. Se fueron con la misma ropa con la que habían

llegado, unas bufandas y dos mantas tejidas por ella; no llevaban equipaje, solo

un atadijo con una torta grande de pan de cebada, unas manzanas y un saquito

de avellanas peladas, a cambio de lo cual dejó tres pesetas encima del arcón de

la harina. Lamentaba no haber sido más espléndida, pero no podía

permitírselo; sus ahorros no llegaban a las doscientas e ignoraba lo que les

depararía el futuro.

Inmersa en sus pensamientos no se dio cuenta de que atravesaban Biescas sin

detenerse, pues allí no había nadie a la espera, y ella no le había dicho al

cochero dónde querían bajarse. Hacía frío, y se envolvió en la manta. Tras una

mala noche dándole vueltas a la cabeza y, pese a lo incómodo de los bancos de

madera que compartían con otros pasajeros, con el traqueteo se quedó


dormida. Ni siquiera se despertó cuando hicieron un alto en Sabiñánigo, se

cambió el tiro de dos caballos por otro de cuatro y se continuó ruta hacia

Huesca, adonde llegaron a media tarde. Su estupor fue inenarrable al oír el

nombre de la ciudad y todavía lo fue mayor cuando el cochero le pidió ciento

veinte pesetas por los dos pasajes. De nada valió asegurar que se trataba de un

malentendido, que su intención era apearse en Biescas, el hombre se mantuvo

firme e incluso amenazó con llamar a los guardias. No le quedó más remedio

que pagar y maldecir su mala suerte. Luego se encaró con Aurora por no

haberla despertado, pero esta respondió que ella en ningún momento le había

dicho cuál era su destino, lo cual era cierto y, además añadió, le había dado

pena espabilarla porque sabía que dormía mal y que la víspera no había pegado

ojo. Les quedaban algo menos de cincuenta pesetas y encontraron alojamiento

en una pensión próxima a las cocheras.


1885

ese a hallarse a poca distancia, Elisa nunca había estado en la ciudad y

P
tampoco se imaginaba que existiera un lugar semejante; su vida había

transcurrido en el campo, primero en la finca, luego en los valles.

Quedó boquiabierta al descubrir una población de calles amplias, edificios de

cuatro alturas y más, paseos flanqueados por árboles, palacetes con jardines

propios que le trajeron a la memoria retazos de conversaciones en las que se

mencionaba «la casa de la ciudad». Así que aquella debía de ser la Osca de los

romanos, que decía el abuelo, gran amante de la historia de su tierra, y también

el lugar en el que vivía su padre la mayor parte del año. ¿Y si se lo encontraba?

¿Qué haría? ¿Qué le diría? Hizo cálculos, él le llevaba más de cuarenta años,

por lo tanto, ahora rondaría los setenta y pico, si no estaba muerto, que todo

podía ser. No la reconocería, aunque quizás ella a él sí. Era difícil olvidar al

hombre alto, de anchas espaldas, bigote y barba cuidada; de mirada poco

amable, acostumbrado a mandar y a ser obedecido. Lo que sí recordaba con

claridad era la gruesa leontina sujeta a un botón del chaleco de cuyo extremo

colgaba el reloj, que guardaba en el bolsillo izquierdo del mismo y lo sacaba

cuando se impacientaba y quería dar por finalizada una conversación.

Asimismo, se acordaba del grueso anillo de oro que brillaba en el dedo

meñique de su mano derecha, y estaba segura de reconocer cualquiera de las

dos joyas, aunque esperaba no se diera el caso. Si en algún momento llegó a

odiar a su padre, ahora le era indiferente. De no ser por él, no habría sufrido tal

cúmulo de calamidades, pero también era cierto que tampoco habría tenido a

sus tres queridos hijos.

Feliciana, mujer optimista donde las hubiera, le había enseñado a ver la

botella media llena, no medio vacía, pues la desesperanza, decía, es terreno


abonado a los males de cuerpo y mente y, entonces, la vida resulta más ardua

de lo que ya es. Tal vez porque dicho recuerdo insufló en ella el ánimo que

creía perdido tras pagar la escandalosa suma de los pasajes, o porque no podía

hacer otra cosa, su mirada escudriñaba con ansia anuncios en puertas y tapias a

la búsqueda de una oferta de trabajo, alentando a Aurora a que hiciera otro

tanto. De todos modos, si no encontraban nada, siempre podrían ir al pueblo,

aunque fuera andando; con suerte, Marcela la del herrero seguiría allí, y tal vez

podría echarles una mano. A punto estaba de preguntar por el camino cuando

vio un cartel colgado en una puerta acristalada en el que solicitaban un maestro

confitero. No lo pensó y entró seguida por su hija.

Ambas permanecieron quietas en la entrada, atónitas; jamás habían visto un

local semejante. Las mesas con patas de forja, los suelos de mármol, las

lámparas de velas en el techo, los cortinajes, los estantes repletos de cajas de

todos los tamaños y colores, las fuentes con dulces y tartaletas sobre el

mostrador indicaban que aquel lugar no era una simple taberna. Su abstracción

concluyó cuando una señora elegantemente vestida les preguntó qué deseaban

y miró a Elisa de arriba abajo al responder esta que venía por lo del anuncio.

Con el capotillo desgastado, la falda de color incierto, los zapatos de tacones

cuadrados ya desgastados y el sencillo casquete de fieltro heredado de su

madrina, mostraba un aspecto si no de pobre, sí de una campesina como

muchas otras que llegaban a la ciudad en busca de trabajo. La señora sonrió,

pero hizo un gesto negativo con la cabeza y la informó amablemente de que

buscaban un confitero, hombre, con experiencia. Quizás porque no tenía nada

que perder o porque no esperaba otra respuesta, no se amilanó y preguntó a su

vez cómo sabía que ella no la tenía, la experiencia. A continuación, y de

corrida, enumeró una lista de tortas, bizcochos, hojaldres, tartaletas, pasteles,

dulces y mermeladas, y finalizó afirmando que una mujer cocinaba igual o

mejor que un hombre; se despidió con una ligera inclinación e hizo una seña a

Aurora para salir, pero la señora la detuvo y la examinó con atención.

Doña Engracia, propietaria de El Obrador, recordó la figura de su abuela

paterna trajinando entre pucheros y marmitas, mientras el abuelo atendía el

negocio de velas y ceras, la una y el otro ayudados por su dos hijos y nueras,

ellos en la cerería, ellas en la confitería. La miel y la cera de las abejas


compartían un mismo espacio entonces. Con el tiempo, se levantó un tabique

entre ambos comercios; los tíos se quedaron con la cerería y los padres con el

obrador, y así continuaban sus descendientes. Su difunto marido y ella

transformaron el establecimiento en lo que ahora era. Además de chocolate y

todo tipo de bollería y dulces, también servían café, que todavía no contaba

con demasiados adeptos, pero empezaba a ponerse de moda debido a las

tertulias de hombres mantenidas en torno a una taza de aquella bebida amarga,

que ella no apreciaba en absoluto. Se vio amasando harina, batiendo huevos,

horneando bollos y tartas, trabajando desde el amanecer hasta altas horas de la

noche al tiempo que criaba a tres hijos. Su marido era un magnífico confitero,

pero ella también lo era. Aquella mujer de aspecto humilde le recordaba a sí

misma y le pidió que hiciera una demostración de sus habilidades reposteras.

Minutos después, Elisa se había desprendido del capotillo y del casquete,

colocado un delantal y arremangado. Ante la mirada de la dueña, del maestro

pastelero, un hombre ya mayor a la espera del relevo para retirarse, de dos

aprendices y otros dos camareros, preparó una docena de buñuelos rellenos de

crema aromatizada con canela y raspaduras de limón que colocó sobre un plato

y ofreció a sus improvisados espectadores, añadiendo que una tarta de

almendras o unos hojaldres con queso y miel le llevarían más tiempo. Aurora se

había quedado sentada a una mesa bebiendo el chocolate que le sirvió uno de

los mozos, pero apenas había transcurrido algo más de una hora cuando se

asomó al obrador al escuchar las felicitaciones dirigidas a su madre, que fue

contratada a prueba durante un mes.

La suerte no llegó sola. Por mediación de doña Engracia, madre e hija

consiguieron alojamiento a cambio de servicio en casa de una pareja mayor,

justo enfrente del establecimiento. El marido, un profesor jubilado, adoptó de

inmediato a la niña como alumna al enterarse de que sabía leer y escribir; su

madre se había encargado de enseñarle desde muy pequeña. Solo contaban con

dos libros que Elisa había logrado conservar: Cuentos de Mamá Oca y La

cabaña del tío Tom, sus más preciados tesoros, en especial el segundo. Ella no

era negra, pero tal vez debido a la similitud de sus nombres, se identificaba con

la esclava Eliza abusada por los Shelby al igual que ella lo había sido por su

padre, quien bien podría asemejarse a un esclavista sin escrúpulos. Ambos

volúmenes presentaban un aspecto deteriorado de tanto uso, las cubiertas


desgastadas, las páginas oscurecidas, pero todos los días encontraba algún

momento para leer unos párrafos; se lo sabía de memoria, Aurora también,

aunque esta prefería los cuentos de Perrault.

Don Fidel quedó gratamente sorprendido por su capacidad lectora y buena

letra, ejercitada desde cría en cuadernos que su padre adoptivo le conseguía en

Aínsa. En Biescas utilizaba retazos de papel que su madre sustraía del

mostrador del dueño de la fonda, sin embargo, no había vuelto a escribir desde

entonces. Los ojos se le agrandaron cuando el profesor le puso delante un

cuaderno de hojas rayadas y un estuche con seis lápices nuevos, prometiéndole

además que pronto le enseñaría a escribir con pluma. Pagaba su hospedaje y las

clases limpiando el piso por las mañanas, además de ir al lavadero y al mercado;

las tardes las dedicaba al estudio. De las comidas se encargaba Elisa; por lo

general dejaba la olla puesta antes de salir, en ocasiones lo hacía por las noches.

Ambas habían encontrado, sin esperarlo, el ansiado sosiego en un refugio

acogedor, si bien no olvidaban en ningún momento que Úrbez y Antoi las

esperaban en la aldea.

Transcurrido el mes de prueba, se hizo cargo del obrador y compró ropa y

zapatos nuevos para las dos con su primera paga, noventa pesetas, a tres pesetas

por día. En unos meses tendría suficiente para ir en busca de sus hijos y traerlos

a la ciudad, pues de una cosa estaba segura: no encontraría mejor trabajo que

aquel, y no pensaba renunciar. No solo disfrutaba elaborando guirlaches,

hojaldres con almendras, pasas y nueces, almojábanas de miel, pastel ruso,

dobladillos o merengues, sino que, en ocasiones, también ayudaba a su patrona

en el mostrador e incluso salía chocolatera en mano cuando los camareros no

daban abasto y directamente servía ella misma a los clientes el chocolate

caliente. Trabajaba todos los días de la semana, excepto los lunes por la

mañana, en los que dos mujeres se ocupaban de la limpieza a fondo del

establecimiento, horas que aprovechaba para dormir un poco más y salir a dar

una vuelta con su hija, pero no se quejaba, muy al contrario, el trabajo

mantenía su mente ocupada, y nunca se había sentido tan útil.

Supo por uno de los ayudantes que la señora cerraba El Obrador en agosto,

mes en el que la clientela decaía, y que ella aprovechaba para visitar a su familia
en Zaragoza. No cobraban esas semanas, pero los empleados agradecían un

descanso, y ella contaba los días que faltaban; para entonces habría ahorrado lo

necesario para ir en busca de sus hijos, además ya le había echado el ojo a un

pequeño piso de dos cuartos, cocina y retrete en la misma calle, dando por

hecho que el profesor y su señora no los aceptarían en el suyo pese a haber sitio

de sobra.

A la espera del ansiado día en que por fin podría abrazar a sus pequeños,

gozaba con un trabajo en el que no solo se limitaba a elaborar las recetas

tradicionales de la casa, también introdujo otras nuevas, en especial de frutas

de la época escarchadas, cubiertas con el chocolate líquido que en ocasiones

sobraba, bombones de licor o almendras y nueces asimismo bañadas en

chocolate. La dueña se mostró encantada y decidió obsequiar a sus clientes con

algunos de estos dulces dependiendo de las consumiciones, de forma que en

poco tiempo aumentó la ya de por sí buena fama del establecimiento, que no

tardó en recibir pedidos para llevar y tuvo que incrementar su demanda de

bandejas y cajas de cartón al taller que les surtía.

De vez en cuando, Elisa se asomaba a la puerta del obrador y sonreía al

contemplar el éxito de «sus» golosinas, pero cuando más satisfecha se sentía era

al observar el deleite en el rostro de un caballero mayor que llegaba puntual a

las seis de la tarde, pedía una taza de café, la bebía y después introducía el

bombón en la boca y cerraba los ojos, como en un rito. El hombre pidió

conocer al maestro confitero creador de aquella delicia, y alzó las cejas

sorprendido al comprobar que el mismo era, en realidad, una maestra. Más

tarde, su patrona la informó de que se trataba de don Casimiro Pueyo, un rico

hacendado, viudo, cuyo hijo y heredero había muerto durante la tercera guerra

carlista, aunque tenía otro que vivía en Madrid. Se reunía con otros caballeros,

hablaban de política y asuntos varios, pero la ceremonia del café y el bombón

continuaba inalterable.

Una tarde de finales de julio, tras una calurosa jornada de cielos despejados,

la población se vio sorprendida por un intenso aguacero que vació las calles.

Apenas había clientes en El Obrador, pero el señor Pueyo apareció a la misma

hora de siempre y pidió su consabida taza de café. Faltaban pocos días para

cerrar, y doña Engracia había dado orden de acabar con las existencias y de

elaborar estrictamente lo necesario, pues no era cuestión de desperdiciar el


género. Con su aprobación, Elisa eligió un bombón de cereza con licor, un

escarchado de melocotón y unas almendras bañadas en chocolate, los colocó en

un platillo de porcelana y ella misma se los sirvió. Hablaron durante largo rato

y, para su sorpresa, descubrió que el caballero había conocido a su abuelo, con

quien había mantenido amistad y negocios. No fue menor la del anciano al

saber que la nieta de su amigo Escagüés trabajaba a fin de ganarse la vida. No

entraron en detalles, él partía para Madrid al día siguiente, pero prometió que

a su vuelta hablarían largo y tendido.

Una semana más tarde, cerrado ya el obrador, madre e hija cogieron el carro de

viajeros que hacía la ruta de Huesca a Sabiñánigo, otro de allí a Biescas y un

tercero hasta Fanlo, el trayecto hasta Buisán lo hicieron a pie. Llegaron a la

puesta del sol, cuando los últimos rayos iluminaban las cumbres de las

Treserols, que nunca como entonces les parecieron tan hermosas, pero Úrbez y

Antoi ya no estaban allí.

Impávida, sin que un músculo de su rostro denotara la emoción y la

impotencia que sentía al mismo tiempo, Elisa escuchó hablar a su suegra y

cuñados. Bizén se había presentado en la casa una noche, a comienzos del

verano, dándoles un susto de muerte, pues creyeron que se trataba de una

aparición. Según les contó, las aguas lo arrastraron hasta la orilla del río al caer

de la navata, y unos campesinos lo cuidaron hasta que se recuperó, pero se

había dado un golpe en la cabeza con uno de los troncos y perdido la memoria,

así que permaneció con ellos, ya que no sabía quién era, de dónde venía ni

adónde iba. Durante casi tres años había sido otra persona. De vez en cuando,

la visión de unos niños jugando, una mujer junto a la lumbre, unos trozos de

madera, un amanecer... se mezclaban con otras imágenes; poco a poco salió de

su extravío y se apresuró a regresar. Su hermano mayor los llevó a Biescas en la

carreta, a él y a los chicos, a buscarlas, pero los dueños de la fonda les dijeron

que habían desaparecido tras lo ocurrido con los hombres armados y que

ignoraban su paradero. Y allí se habían despedido, Bizén decidió remover tierra

y cielo hasta encontrarlas y se llevó con él a sus hijos.

Permanecieron en la aldea durante todo el mes a la espera de verlos aparecer

en cualquier momento, pero debían volver si Elisa no quería perder el trabajo,

lo que no podía permitirse vista la situación, y dejó las señas antes de partir por
la misma ruta para el caso de que tuvieran noticias de su marido. Sentía una

tristeza enorme al no haber podido abrazar a sus pequeños, pero también

alegría al saber que él estaba vivo y cuidaba de ellos; era un hombre tenaz, tarde

o temprano, estaba convencida, volverían a reunirse. Retomó su vida donde la

había dejado, un alivio, pues ocupada en el quehacer diario no pensaba en lo

único que verdaderamente le importaba, su familia.

También recibió una noticia que la llenó de orgullo. A los pocos días de su

regreso, el profesor le comentó un asunto al que había estado dando vueltas:

Aurora acababa de cumplir los quince y era preciso pensar en su futuro. En un

principio pensó que hablaba de ponerla a trabajar como criada o de

dependienta en un comercio, pero notó que el corazón se le aceleraba cuando

don Fidel aseguró que la joven mostraba una aptitud poco común para el

aprendizaje de las letras. Cierto que él no había tenido oportunidad de instruir

a mujeres, pero estaba seguro de que su alumna no tendría problemas para

aprobar el examen de entrada que tendría lugar en la primavera siguiente en la

Escuela Normal para Maestras, emplazada en el Beaterio de Santa Rosa de

Lima. Se exigía a las aspirantes saber leer y escribir, geografía, algo de números,

la doctrina cristiana y las llamadas «labores del hogar», cocina, costura y demás

materias propias de mujeres. Conocía a la directora del centro por haber sido él

mismo director de la Normal para Maestros y haber mantenido con ella

algunas reuniones sobre las asignaturas a impartir y, en especial, para lograr

fondos del Ayuntamiento cuyos responsables se mostraban remisos a destinar

dineros a una institución femenina; podría hablar con ella a fin de enterarse en

qué consistiría exactamente el examen de entrada. La llenó de gozo pensar que

su querida hija haría realidad su sueño, que pudiera ganarse un sueldo, ser

independiente y, sobre todo, que se dedicara a enseñar a niñas destinadas a lo

único que se esperaba de ellas, es decir casarse, ser amas de casa, criar hijos y

trabajar sin cobrar hasta la vejez. A la joven, por su parte, también pareció

gustarle el plan y prometió poner todo su empeño en lograr una plaza en una

institución cuya existencia hasta entonces ignoraba.

Días después de reabrirse el local, el señor Pueyo no había acudido a su cita

con la taza de café y su correspondiente golosina por lo que Elisa llegó a pensar

que o bien había alargado su estancia en Madrid o que se hallaba enfermo.

Confiaba en que fuera aquel el motivo de su ausencia; su única conversación la


había dejado con ganas de más, puesto que, muerta Feliciana, ya no quedaba

nadie con quien hablar de su abuelo y, además, tal vez el amable caballero

hubiera también conocido a su madre. Nadie desaparecía hasta ser olvidado, y

por desgracia era ella la única en recordarlos. Esbozó una sonrisa de oreja a

oreja al verlo entrar en el establecimiento, una cálida tarde de comienzos del

otoño.

Vestido de negro, camisa, chaleco y guantes blancos, sombrero de copa alta,

corbatín también negro y bastón con mango de plata era la imagen misma de

la elegancia. No esperó a que lo atendiera uno de los camareros, empuñó la

cafetera con una mano y el platillo con el bombón en la otra y acudió a

servirlo. No había mucho qué hacer en el obrador habiendo ya preparado

masas y arropes para el día siguiente, y se sentó a su mesa tras ser invitada por

él y recibir la aprobación de la dueña. Aquel día don Casimiro no se marchó

una vez tomado el café como acostumbraba, y ambos hablaron hasta la hora

del cierre, aunque fue más bien ella la que se explayó mientras él y la patrona,

que se les había unido, la escuchaban con atención.

Al igual que hacía de pequeña con las panojas, desgranó los recuerdos de su

infancia, el dolor por el fallecimiento de las dos personas que amaba, el

matrimonio forzado, la injusticia del propio padre, su violación, la huida hacia

los montes, la boda con Bizén, los hijos, y de nuevo la lucha por la

supervivencia en un mundo que le era hostil. Al finalizar, el anciano la acarició

la mano en un gesto de ánimo; doña Engracia tenía los ojos empañados.

Transcurrieron un par de semanas antes de que pudieran volver a hablar con

calma. El negocio marchaba mejor que nunca, y cada vez eran más los clientes

deseosos de catar las especialidades de El Obrador, entre ellos los tres o cuatro

hombres que solían reunirse con el señor Pueyo. La inesperada muerte del rey

Alfonso XII, víctima de la tuberculosis a la temprana edad de veintisiete, la

proclamación de su hijo póstumo nada más nacer, la regencia de la reina viuda

y la inestabilidad del gobierno de la nación constituían el grueso de sus

conversaciones, pero no siempre. En ocasiones, Elisa atrapaba frases sueltas y

no dejaba de sorprenderla que unos señores aparentemente serios y ya de una

edad hicieran comentarios subidos de tono referentes a una cómica que había

actuado la víspera en el Teatro Principal o en el Gran Café de la Unión, o

mencionaran los chascarrillos que corrían sobre los amoríos de ciertos notables,
que a ella le eran completamente desconocidos.

Una tarde los contertulios no aparecieron, probablemente debido a algún

evento en el Casino o en uno de los ateneos, y pudieron charlar un rato; en esta

ocasión fue él quien habló. No había olvidado su conversación, la aseguró, en

especial lo referido al modo indigno en que Basilio Azaba se había hecho con el

legado de su suegro. Tras consultar con el abogado y en su nombre, si a ella le

parecía bien, estaba dispuesto a presentar una demanda en el Juzgado. El

hombre sonrió al constatar su azoramiento e hizo lo mismo que la vez anterior,

le acarició la mano antes de informarla de que había reclamado una copia del

testamento de manera a confirmar que, en efecto, era la receptora final de la

herencia de su abuelo. Incluso en el caso de que la otra parte presentara el

documento firmado por ella nombrando testaferro de sus propiedades al tipo

con quien su padre la había matrimoniado, la venta no sería legal si no iba

acompañada del contrato y el correspondiente comprobante. Asimismo, podría

alegarse que ella entonces tenía diecisiete años, una edad muy joven para

asumir tan importante transacción, y no faltarían personas en su pueblo prestas

a testificar contra el, por ahora, dueño de la hacienda; un hombre capaz de

maltratar a su propia hija también era capaz de maltratar a otros y hacerse

enemigos. Pero debía de ser paciente, aseveró, pues la Justicia avanzaba

despacio, muy despacio.

Decidió no pensar en el asunto, era inútil darle vueltas, no solucionaría nada

y corría el riesgo de caer en un estado de ansiedad. Se centró por tanto en su

trabajo, aunque hubiera momentos en que, sin quererlo, se viera a sí misma en

El Maizal, junto a su marido y sus tres hijos, contemplando los atardeceres en

los que el cielo se tornaba rojo.

Un domingo al mediodía, en que atendía el mostrador por hallarse doña

Engracia indispuesta, tuvo que aspirar una bocanada de aire para recuperarse

de la impresión al entrar en el local un hombre que era una réplica exacta del

padre que recordaba, igual envergadura, mismo rostro de facciones duras,

idénticos bigote y barba. Lo único que los diferenciaba era la mirada amable

del cliente, quien llevaba de la mano a una niña de unos seis años de edad.

Pidió una docena de castañas de mazapán y un bastón de caramelo, que alargó

a la niña advirtiéndola de que no dijera nada a su madre, pues de sobra sabía


que tenía prohibidos los dulces antes de las comidas. No pudo evitarlo,

permaneció inmóvil, la bandeja de las castañas en las manos, la mirada turbia,

al escuchar sus risas cómplices, una escena que ella nunca había vivido. No

dejó de mirarles mientras seleccionaba los dulces con unas pinzas, ataba

después el envoltorio con una cinta de color azul y preguntaba a la niña por su

nombre al entregar los cambios. A poco se le caen las monedas al suelo cuando

la escuchó decir que se llamaba Casilda Azaba; notó las rodillas flojas y tuvo

que sentarse en la banqueta alta situada frente a la caja del dinero al tiempo

que los veía desaparecer por la puerta de la calle.

Así pues, aquel hombre bien trajeado era uno de sus hermanastros, los tres

mayores que ella, que su padre había llevado a la hacienda tras enviarla a las

dependencias del servicio. Los había visto en alguna ocasión, pocas, durante sus

vacaciones, cuando entraban en la cocina a coger algo para picar, también en el

porche acompañando a las visitas o haciendo carreras; los había oído reír,

llamarse a gritos, pero no recordaba sus caras ni sus nombres, por lo que no

podría decir cuál de los tres era el padre cariñoso que acababa de comprar un

dulce a su hija. A la mañana siguiente, en sus horas libres de los lunes, ascendió

al Cerro de las Mártires y contempló los campos que rodeaban la ciudad. En

algún lugar hacia el noroeste se hallaba la casa de sus antepasados; no sabía

cómo, pero se juró que algún día volvería a ser suya.

Aurora aprobó el examen de entrada en la Escuela Normal para Maestras y, en

compañía de don Fidel y señora, se presentó en El Obrador a anunciarle la

buena nueva justo antes de que cerraran. Acabaron todos, dueña y empleados

incluidos, comiendo bollos y pasteles sobrantes y bebiendo vino blanco de

Burdeos por invitación de doña Engracia, lo que dejó pasmados a sus

empleados, conocedores de lo poco dada que era la patrona a detalles

semejantes.

Por las mismas fechas, el señor Pueyo le anunció que ya se había presentado

en el Juzgado la solicitud para la vista relacionada con el testamento de su

abuelo y lo referente a la herencia, cesión de derechos y adquisición de la

heredad por parte de Basilio Azaba. No le había dicho nada antes para no

impacientarla, pero, a la espera de que la demanda fuera aceptada, había


contratado a un investigador a fin de recabar todo tipo de información, tanto

en la ciudad como en el pueblo. Gentes que le debían favores o trabajaban para

él habían callado, pero el hombre había dejado su camino sembrado de

rencores tal y como suponía, y otras personas habían testificado con pelos y

señales sobre el trato recibido por su mujer e hija, así como por labradores y

empleados. En cuanto al matrimonio obligado, el nombre del individuo solo

aparecía en tres documentos: boda, cesión de los derechos por su parte y venta

de la finca y haberes al suegro. Su hombre se había incluso trasladado al pueblo

de origen del sujeto, donde lo informaron de que, en efecto, era un borracho

de cuidado que volvió por allí muy ufano, con miles de reales en los bolsillos

que dilapidó en el juego y la bebida. Su muerte fue precisamente debida a una

pelea por una deuda durante la cual recibió un mal golpe que lo dejó seco en el

suelo. Nadie sabía que se había casado y que los dineros eran el pago por la

boda.

Elisa permaneció en silencio, no sabiendo qué decir, conmovida por el

interés del generoso caballero. No obstante, sintió preocupación ya que no

podría reembolsarle el costo de su gestión; el papeleo, el investigador, los

desplazamientos, sin contar el tiempo dedicado, debían de haber supuesto una

fortuna de la que ella no disponía. Como si leyera su pensamiento, don

Casimiro le habló del hijo, muerto en una guerra cruel para beneficio de unos

pocos, como lo eran todas, y del otro hijo, que vivía en Madrid y le había dado

cuatro nietos y dos nietas que heredarían su patrimonio. Tenía mucho más de

lo que necesitaba y dedicaba parte de su dinero a obras de misericordia por si le

valía de algo en el «Más Allá», sonrió, pero quería dejar claro que su asunto, el

de ella, nada tenía que ver con la caridad; se trataba de una cuestión de

amistad, la que Escagüés y él habían mantenido durante muchos años, y

también de justicia. Azaba se había apropiado de unos bienes que no le

pertenecían, y era por tanto menester poner las cosas en su sitio y arrebatarle lo

que tan malamente había obtenido; disponía de otras propiedades, entre ellas,

un palacete allí mismo, en la ciudad, así que no necesitaba seguir ocupando la

casa y las tierras de su hija. La mujer no pudo reprimir un ademán de sorpresa.

Sin haberlo preguntado, el señor Pueyo acababa de proporcionarle una

información inesperada: su padre estaba vivo y seguía en El Maizal.


La vida continuó sin cambios durante los siguientes dos años. Como bien

había afirmado su benefactor, el asunto de la herencia iba muy lento, y Elisa

intentaba no pensar en ello, pero le resultaba difícil pues el caballero

continuaba acudiendo al establecimiento.

Por otra parte, el que suponía era su hermanastro tomó por costumbre

acudir los domingos a El Obrador, siempre acompañado por su esposa, hija y

suegra. La niña Casilda no tardó en meterse detrás del mostrador mientras los

mayores saboreaban sendas tazas de chocolate con churros; fue ella quien le

reveló que su abuela y doña Engracia eran amigas desde la juventud, y saberlo

no hizo sino avivar su curiosidad. Tardó en atreverse a preguntar a su patrona,

lo hizo como quien no quiere la cosa, una pregunta por aquí, otra por allá... En

efecto, aquel era Ramiro, el primogénito de Basilio Azaba, si bien solo se

parecía a su padre en el físico; lo que el uno tenía de altanero, el otro lo tenía

de afable. Al parecer, el viejo cacique no se llevaba bien con sus dos hijos

mayores, a quienes reprochaba haberlos legitimado y pagado los estudios para

nada, decía, ya que se negaban a seguir sus mandatos; a ambos los había

desheredado. Al mayor, por casarse sin su permiso, de hecho, ni siquiera

conocía a su preciosa nieta, y al segundo por marcharse a hacer las Américas, a

Venezuela en concreto. De todos modos, Ramiro era un ingeniero reputado y

no necesitaba su dinero en absoluto. Sin embargo, con el tercero de sus hijos

parecía llevarse muy bien. Doña Engracia no lo conocía personalmente, pero

su amiga le había dicho que era tan insoportable como el padre; soltero, sin

ocupación conocida, aunque pasaba largas temporadas en el campo, en

invierno vivía en la Casa Azaba de la ciudad y, según había oído decir a su

yerno, no se privaba de asistir a toda fiesta o sarao que tuviera lugar.

Un lunes por la mañana, se dirigió a la Plaza de San Lorenzo y aledaños,

zona donde tiempos atrás se hallaban la morería y la Alquibla musulmana,

repleta de comercios, tabernas y animación, quizás reminiscencia inconsciente

del zoco árabe que existió allí durante tres siglos. No se distrajo mirando los

puestos, se dirigió directamente a la librería abierta en la misma plaza. Su hija

necesitaba dos cuadernos y, de paso, ella quería encontrar una novela cuya

reseña había leído en el periódico, El señor de Bembibre, de un escritor de

nombre Enrique Gil y Carrasco, que no le sonaba de nada. Tampoco es que

estuviera al corriente de los autores en boga, pero deseaba recuperar su viejo


hábito de lectura, aunque fuera media hora al día, y los libros de la biblioteca

del profesor eran demasiado... serios para ella. El librero la conocía de otras

ocasiones y se apresuró a buscar el ejemplar solicitado, después le mostró

diversos cuadernos de caligrafía; eligió tres, los más gruesos.

De vuelta al piso, Aurora le aseguró que le bastaban los dos que le había

pedido y le preguntó por qué no se animaba ella a escribir una historia. Le

entró la risa, pero don Fidel secundó a su alumna; una mujer capaz de enseñar

a otros a leer y a escribir, también lo era para expresarse por escrito. Cierto que

no bastaba con dominar la caligrafía para ser una buena escritora, de hecho,

apenas había autoras publicadas dignas de ser reseñadas, sin embargo, estaba

seguro, añadió, de que disfrutaría intentándolo. Ella volvió a reír y respondió

con el conocido refrán «zapatero a tus zapatos».

Le gustó la novela, disfrutó con las descripciones, diálogos, personajes, pero

de manera muy especial con la romántica relación de la pareja protagonista y

su triste sino lo que le provocó alguna que otra lágrima. Su historia no tenía

nada que ver con la de doña Beatriz, pero sí coincidía en que ambas, obligadas

a casarse por imposición paterna, habían sido meras piezas en un tablero de

intereses en el que no contaban los sentimientos. Cierto que en todas las capas

de la sociedad era habitual que los padres decidieran el futuro de las hijas, pero

también lo era que algunos, como Bizén o su medio hermano, les mostraran

un cariño que ni la heroína de la novela ni ella habían recibido. Tal vez Aurora

y el profesor tuvieran razón, y le vendría bien escribir su propia historia,

aunque solo fuera para recordar los momentos felices y conjurar los malos. Lo

intentó, pero de inmediato se dio cuenta de que, en efecto, la buena caligrafía

no era suficiente para escribir algo de interés; repetía palabras, verbos, abusaba

de los adverbios, ignoraba sinónimos y antónimos...; arrancó la hoja y guardó

el cuaderno.

Tiempo después se le ocurrió copiar la receta publicada por el Diario de

Huesca de la tarta de pisos de una conocida pastelería zaragozana y, de la

misma, pensó que no sería mala idea transcribir también las de El Obrador y,

¿por qué no?, las propias. Varias semanas después había transcrito cerca de

doscientas recetas, y tuvo que comprar otro cuaderno. Aurora se los arrebató y

se los mostró al profesor y a su señora; los tres estuvieron de acuerdo en que era

un trabajo que merecía la pena ser conocido.


Tras darle un repaso y hacer correcciones de estilo, don Fidel en persona se

encargó del tema, a ella le daba vergüenza, y acudió al librero de San Lorenzo,

asimismo impresor, a quien le pareció una novedad interesante. En la librería

disponía de media docena de libros de cocina publicados en Barcelona y en

Madrid, dos de ellos de repostería, pero ninguno escrito por un oscense, y

menos por una mujer. Llegaron al acuerdo de tirar cincuenta ejemplares y

verlas venir antes de arreglar cuentas. El profesor debería de abonar el costo si

no se vendían los suficientes ejemplares para cubrir los gastos; en caso

contrario, el librero le pagaría un cinco por ciento del precio de venta al

público, y el otro cinco por ciento para la autora. Fue un éxito. Dos semanas

más tarde salió la segunda edición, de cien en esta ocasión, acompañada de un

anuncio en la prensa, un cartel más bien, en el que podía leerse «Cuadernos de

repostería por Elisa Azaba y Escagüés», enmarcado en una orla. Más abajo

aparecían referencias sobre el contenido, el nombre del impresor y el de la

librería.

Pronto corrió la voz de que la autora del libro era la maestra confitera de El

Obrador, y aumentaron los clientes, algunos por simple curiosidad, otros con

ejemplares para que los firmara, si bien todos pedían una consumición o

compraban dulces. La dueña y los demás empleados estaban encantados, ella

no tanto; la incomodaba ser el centro de la atención y procuraba no asomar la

cabeza fuera del taller.

Doña Engracia la llamó un día, a primera hora de la mañana, salió del

obrador y se encontró cara a cara con Ramiro Azaba; no era domingo, estaba

solo y llevaba el libro en la mano. No supo qué decir y, nerviosa, se limpió las

manos en el delantal, él tampoco dijo nada, pero le dio un abrazo que la dejó

desconcertada. Al rato hablaban sentados a una mesa oculta detrás de una

columna. Contrariamente a lo que ella creía, su hermanastro conocía su

existencia mucho antes incluso de ir a vivir a la hacienda; el padre de ambos era

un bocazas, así lo definió, que no se cortaba un ápice ni en público, ni en

privado. No la había reconocido, o quizás no se la imaginaba trabajando en

una pastelería, pues la recordaba casi veinte años atrás en la cocina de El

Maizal, tendiendo los manteles a secar, ocultándose para no ser vista, y

lamentaba en lo más profundo no haber sido un hermano para ella, aunque


todavía estaban a tiempo, añadió con una sonrisa. Días después, Aurora y ella

cenaban en su vivienda y conocían a su familia, esposa, dos hijos y la pequeña

Casilda, a quien hubo que sujetar para que no se lanzara a por la caja de

bombones de frutas que habían llevado de regalo.

Elisa no solo ganó un hermano, también obtuvo una información valiosa

pese a que en ningún momento le confió las gestiones emprendidas con vistas a

recuperar lo que legítimamente le pertenecía. Supo así que la fortuna de su

padre había disminuido de forma considerable debido a la fuerte caída de los

precios agrarios agravada por la guerra de Cuba, por una parte y, por otra, a la

libre competencia que permitía la entrada del grano ruso y norteamericano en

detrimento de la producción nacional. Por otro lado, nunca había sido hábil en

los negocios y vivía solo en la finca dejándose ver raramente fuera de ella. Su

otro hermano, Braulio, el tercero y ahora único heredero con quien el mayor

no se hablaba, era un baldragas de cuidado que no daba palo al agua y vivía de

las rentas. Por curiosidad, en uno de sus paseos de los lunes, se acercó a la

famosa «casa de la ciudad». El jardín descuidado, la puerta de la valla de

entrada roñosa, la fachada desconchada, sin humo en la chimenea, su aspecto

era el de una propiedad descuidada, casi de abandono, y su única reflexión fue

confiar en que el hogar en el que había nacido conservara al menos la

apariencia que ella recordaba.

Tres años después de iniciadas las diligencias, el juez dictó sentencia: la casa y

tierras, así como la empresa de granos y la fábrica de harinas, propiedad del

difunto Álvaro Escagüés y Villasegura debían ser devueltas a su legítima

heredera. El proceso fue largo. Flanqueada en todo momento por el señor

Pueyo y por el abogado de este, Elisa se mantuvo firme y no bajó la vista al

encontrarse con su padre en la sala del Juzgado, muy al contrario, le miró

directamente a los ojos y aguantó sin parpadear su mirada enojada. No sentía

rencor hacia él, tampoco ansia de revancha, nada, e incluso le daba igual si

ganaba el juicio o no, le bastaba con que se supiera el tipo de individuo que

era; seguía llevando el reloj en el bolsillo del chaleco y el anillo en el dedo.

Tras las declaraciones de varias personas, antiguos sirvientes, aparceros y

gentes del pueblo, Elisa respondió sin titubear a las preguntas del letrado de la

parte contraria y admitió haber firmado la cesión de sus derechos al hombre


con quien su padre la había obligado a matrimoniar y de quien ni siquiera

supo el nombre; no leyó el documento porque no se lo permitieron y tampoco

lo habría entendido de haberlo leído, afirmó. En respuesta a su abogado,

describió su vida en la finca, el trabajo en la cocina y el cuartucho sin

ventilación en el que dormía. En cuanto a su desaparición, prueba esgrimida

por la parte contraria para demostrar su desapego a la propiedad que ahora

reclamaba, narró la violación sufrida en el maizal y la absoluta indiferencia

mostrada por el padre, quien en ningún momento se molestó en interesarse

por su salud y las secuelas que el atropello había dejado en ella. Omitió revelar

que había quedado embarazada a consecuencia del mismo; nadie, excepto

Bizén lo sabía, tampoco Aurora, y no pensaba decirlo. No sirvieron para nada

la impugnación de la resolución judicial ni la amenaza de recurrir al

gobernador, amigo personal del demandado, el juez se pronunció en favor de la

demandante, dio un mes de plazo a Azaba para desalojar la finca y cerró el

caso.

Al salir del Juzgado, todavía conmocionada, se encontró con su padre, a

punto de subirse a su landó, y ambos se miraron sin decir palabra. Quien sí

habló fue Braulio, su tercer medio hermano, en quien no se había fijado

durante el juicio, pero que, así de cerca, le recordó a Ramiro. La increpó

llamándola ladrona, mangarriana, pelandrusca y otras lindezas, y a poco estuvo

de abofetearla si el señor Pueyo no le suelta un bastonazo en el brazo; se metió

en el carruaje a toda prisa sin dejar de gritar que aquello no había acabado y

que volverían a verse las caras.

El Maizal ya no era lo que había sido. Lo comprobó un mes y medio más

tarde, cuando el hombre de don Casimiro informó a este de que Basilio Azaba

había abandonado la propiedad desplazándose a la casa de la ciudad. Fue al

pueblo acompañada por Aurora, su benefactor, el profesor y señora y doña

Engracia, que no quería perderse la oportunidad y había cerrado el negocio

durante toda la jornada del lunes. Hicieron el trayecto en dos landós, llevando

con ellos unas cestas con emparedados de carne, tortillas y frutas como si

fueran de excursión al campo.

Tras firmar los documentos correspondientes, el administrador le había

hecho entrega de las llaves, y allí estaba, de vuelta al lugar donde había nacido.
Durante un instante vio a su madre sentada en el porche haciendo punto, al

abuelo paseando con el perro, a la buena de Feliciana llamándola para que

fuera a comer; se vio a sí misma corriendo alegre de un lado para otro, pero

solo fue una ilusión. La realidad eran unos muros agrietados, unos tiestos con

ramas secas, un jardín descuidado, unas sillas de paja desvencijadas, unos

campos abandonados. El interior estaba igual a como ella lo recordaba, aunque

más oscuro, lleno de polvo, más viejo. De la extensa hacienda del abuelo solo

quedaba el caserón y un terreno; su padre había dilapidado la herencia

malamente obtenida, vendido las tierras, la harinera, el ganado, y el campo de

maíz era un rastrojo abandonado. El señor Pueyo sugirió llevarlo de nuevo a

juicio a fin de declarar nula la venta de las propiedades o, en todo caso, para

que reembolsara las ganancias obtenidas con dicha venta, pero ella rechazó la

propuesta; no estaba por la labor de verse de nuevo envuelta en litigios, le

bastaba con lo que quedaba, que iría recomponiendo poco a poco hasta

recuperar su antigua apariencia.

Tras tres años de estudios, Aurora obtuvo el título, acontecimiento que fue

celebrado con una fiesta en El Obrador organizada por Elisa y doña Engracia,

una noche después de cerrar, a la que fueron invitadas las personas que ahora

constituían la que podían llamar su familia: el profesor, su mujer, el señor

Pueyo, los empleados del local, el librero de la Plaza de San Lorenzo y también

Ramiro Azaba y los suyos. Brindaron por la nueva maestra, la primera mujer

de su entorno en obtener un diploma, comieron empanadas y dulces, y

bailaron después de retirar las mesas al son de la bandurria tañida por un

ayudante del taller, acompañado por uno de los camareros con un molinillo de

café a modo de instrumento de percusión. Transcurrido el verano, la joven, ya

de dieciocho, se despidió y partió hacia su primer destino, la escuela de niñas

de Ayerbe. A su madre se le encogió el corazón, pero no mostró su zozobra al

verla subir al carro de viajeros; la despidió agitando la mano y regresó al

obrador. A fin de cuentas, se dijo, la tendría de vuelta a finales de diciembre, y

juntas celebrarían la Natividad y la llegada del nuevo año.

Todos los lunes por la mañana acudía a El Maizal, también pasó allí el mes

de agosto en compañía de su hija, el profesor y su señora, limpiado la casa, y


no estuvieron solos. Marcela la del herrero y otros conocidos del pueblo se

ofrecieron a ayudarlos. El antiguo caserón mostró su antaño esplendor, al

menos en parte; las jardineras del zaguán y las de las ventanas florecieron, el

jardín recuperó su aspecto, los muebles volvieron a brillar y desaparecieron las

telarañas. Ella y un viejo labriego se encargaron de limpiar los rastrojos del

maizal a la espera de sembrarlo en la siguiente primavera. Ya no sentía angustia

al pensar en lo ocurrido allí mismo veinte años atrás; la vida era una sucesión

de buenos y malos momentos, y era necesario olvidar estos últimos si se quería

sobrevivir.

No esperaba sin embargo ver un fantasma de carne y hueso, no estaba

preparada, el día en que encima de una carreta tirada por un borrico llegó por

el camino un hombre con plantones de árboles frutales. En un principio no lo

identificó, semioculto por el sombrero de ala ancha de paja, creyó que se

trataba del mismo a quien había comprado las plantas en el pueblo. Notó que

se le erizaba el vello cuando él se descubrió para saludarla y se topó con una

mirada azul brillante, intensa, en un rostro curtido por el sol. Marcela y su

marido, que había dejado el trabajo debido a la edad, se habían instalado en la

casona en calidad de guardianes; recibían unas pocas pesetas a cambio, pero

preferían vivir allí más que entre humos y ruidos al lado de la herrería, amén

del calor sofocante durante los meses cálidos. La mujer salió al oír hablar al

recién llegado a quien conocía de toda la vida, le indicó el lugar donde

descargar los plantones y le ofreció un vaso de vino antes de despedirlo. Elisa

no abrió la boca, permaneció inmóvil, ausente, no queriendo pensar.

Lo vio de nuevo mientras esperaba al carro de viajeros, apoyado en el quicio

de la puerta de la taberna, los ojos fijos en ella, y una vez más el siguiente lunes

al bajar del transporte. Por suerte, la hermana del antiguo herrero la esperaba

con un cesto de higos, e hicieron juntas el trayecto a pie hasta la hacienda, y

también la acompañó a la vuelta. Él continuaba en el mismo sitio sin perderla

de vista. Sabía que la había reconocido, lo cual no era difícil pues todo el

mundo en el pueblo estaba al corriente de que ella era ahora la propietaria de

El Maizal, y pidió a su acompañante que avisara a la cuñada para que el

siguiente lunes la estuvieran esperando en la parada. La escena se repitió

semana tras semana, así durante un mes.

Le costó preguntar a Marcela acerca del tipo con quien la veía hablar al
descender del carro. No quería invocar al diablo, pero lo hizo; necesitaba saber

quién era el padre de su hija. La mujer tenía la lengua suelta y pasó el trayecto

hablándole de Cristóbal Forcás, «el Paquetero», así llamado porque durante

años anduvo en el contrabando, llevando aceite a Francia y volviendo con un

par de mulas en cada viaje. Aunque, añadió con una risita, el mote también

podría referirse a otro asunto. De joven era el hombre más guapo del pueblo,

todavía lo era, y las mozas y no tan mozas suspiraban por él, y él no se hacía de

rogar, incluso se rumoreaba que había preñado a más de una. Había casado con

una viuda, dueña de un buen terreno dedicado a la plantación de frutales, y

vivía cómodamente sin esforzarse demasiado. Ya no tenía la galanura de otros

tiempos, pero sus ojos azules seguían encandilando a las mujeres, unos ojos,

por cierto, muy poco usuales, del mismo color que los de Aurora. Al llegar a

este punto, Marcela se detuvo en seco y miró a su amiga; recordó su súbita

desaparición e hizo cálculos. Sin dejar de caminar, la vista al frente, sereno el

tono de voz, Elisa le relató lo sucedido en el maizal y añadió que así tenía que

continuar, nadie debía de saber que Aurora era la hija de aquel malnacido, ni

siquiera él. Desde ese día, la mujer no volvió a hablar con El Paquetero y todos

los lunes la esperaba, dispuesta a defenderla costara lo que costase.

Fue como un milagro. Aprovechando que doña Engracia cerró El Obrador

justo antes de las fiestas de la Natividad y marchó a Zaragoza al recibir aviso de

que su hija mayor había contraído las fiebres, se desplazó al pueblo con la

intención de dejar todo dispuesto para la llegada de la suya. Asimismo, invitó

al profesor y a su esposa, y también al señor Pueyo, quien no tenía intención de

viajar a Madrid en dicha ocasión; la edad empezaba a pasarle factura, aseguró, y

su hijo y nuera estaban demasiado ocupados con sus cuatro retoños para

ocuparse de un viejo achacoso, además hacía frío. Hicieron el recorrido en el

landó de este último y, al llegar, encontraron encendida la gran chimenea de la

sala y un guiso de cordero con patatas asadas listo para comer. Iban a sentarse a

la mesa cuando llamaron a la puerta y fue a abrir; su conmoción fue tal, que se

echó a llorar a lágrima viva tras la primera sorpresa; Bizén y sus añorados Úrbez

y Antoi sonreían igualmente emocionados. Aurora llegó unas horas más tarde

desde Ayerbe, y la felicidad de Elisa fue entonces completa.


Aquella noche, en el lecho, asida de la mano, la pareja tardó en dormirse, era

mucho lo que tenían que decirse, mucho que recuperar después de casi diez

años de ausencia; había transcurrido el tiempo, habían sufrido cada uno por su

lado, debían de volver a conocerse. Ella le narró las vicisitudes desde su marcha

de Buisán obligada por la necesidad, de su periplo y el de su hija hasta

encontrar un trabajo y un lugar seguro donde vivir, del juicio que le había

restituido la herencia de su abuelo, aunque solo fuera en parte. Él, a su vez, le

habló de su peregrinaje en compañía de los hijos, los tres decididos a

encontrarlas, trabajando de carpinteros ambulantes allá donde podían. Habían

recorrido todas las comarcas de Huesca preguntando por ellas y ya estaban

pensando en dirigirse hacia Navarra o Lérida cuando se detuvieron en la

ciudad con intención de esperar a que transcurrieran las fiestas. Aquel mismo

día, Úrbez había descubierto asombrado en una librería un cartel en el que

aparecía su nombre. El mozo había salido a ella, dijo apretándole la mano,

nunca había dejado de leer y había enseñado a su hermano. El librero les indicó

dónde vivía la autora y, una vez allí, supieron por una vecina que había ido al

pueblo a pasar las fiestas. Amanecía cuando por fin se quedaron dormidos.

Nadie los despertó, no había prisa, bajaron a la hora de comer, risueños,

dispuestos a recuperar sus vidas donde el destino las había separado.

Todavía tuvieron que esperar algún tiempo antes de hacer realidad su sueño.

En un principio, se les pasó por la cabeza alquilar un piso en la ciudad para

continuar ella con su trabajo, y él y los hijos encontrar uno, tal vez en el

ferrocarril, todo era cuestión de preguntar a Ramiro, pero rechazaron la idea.

Cierto que habría labor en las obras, a fin de cuentas, las traviesas de las vías

eran faena de carpinteros, pero, señaló el señor Pueyo, llegaban de las

madererías ya preparadas, hacía falta fuerza para acarrearlas de un lado para

otro, y Bizén renqueaba de la pierna derecha a causa de un accidente en el que

se rompió la rodilla mientras colocaba una techumbre. Úrbez por su parte

quería estudiar, y Antoi no lo tenía muy claro, le gustaba el campo y no le

importaría, dijo, quedarse en El Maizal.

Las conversaciones duraban horas, ya no eran ellos dos solos, todos

participaban y daban su opinión, inclusive el antiguo herrero, quien, haciendo

un guiño al más joven, apuntó la necesidad de más brazos para sacar

rendimiento a lo que quedaba de la hacienda; el labriego y él eran viejos y no se


bastaban. Finalmente llegaron a un consenso. Ella y su hijo mayor se

establecerían en Huesca durante la semana; ella intentaría librar sábados y

domingos, aunque cobrara menos, y Úrbez estudiaría con el profesor a fin de

ser admitido en el grado superior de la Escuela Normal de Maestros. Él y su

hermana intercambiaron un gesto cómplice al escuchar las palabras de don

Fidel. Mientras, el padre y Antoi permanecerían en la finca. A pesar del expolio

de Basilio Azaba, aún quedaba terreno suficiente para dedicarlo a los frutales,

cultivo alentado por la Diputación visto el exceso de cereales, difícil de vender

o exportar en aquellos momentos. Fueron las mejores fiestas navideñas que

recordaban.

Bizén supo de la existencia de El Paquetero por el marido de Marcela, a quien

esta relató lo ocurrido en el maizal pese a haber prometido no decir nada, y un

buen día, escoltado por el herrero, se presentó en la taberna, lo sacó de un

empujón a la calle y le dio una paliza ante el asombro de los presentes, que no

entendían a qué venía tanta furia por parte de un recién llegado al pueblo. Una

vez en el suelo y magullado, lo amenazó, al oído para que nadie escuchara, con

que lo mataría si se le ocurría mirar a su mujer o a su hija, y le arreó una patada

en los cojones con la pierna buena que lo dejó encogido. Elisa no volvió a

verlo.

Acompañada en sus idas y venidas por su hijo mayor, que había sobrepasado

al padre en altura, Elisa se sentía más segura que nunca. Asimismo, llegó a un

acuerdo con doña Engracia, al principio algo remisa pero más convencida

cuando le prometió trabajar dos horas más el resto de los días y dejar todo

dispuesto para los fines de semana. Aun así, tuvo que trabajar los sábados por

la mañana, aunque colgaba el delantal a las doce menos cuarto en punto e iba a

coger el carro de viajeros asida del brazo de Úrbez, quien la esperaba en la

puerta de la pastelería con un paquete de libros bajo el brazo.

El joven había cumplido los quince si bien parecía mayor y, al contrario que

su hermana, tendría que pasar en público el examen de entrada en la Normal

de Maestros, bastante más arduo que el de Maestras, pues en su caso además se

exigían conocimientos de matemáticas, ciencias, geografía e historia. El

profesor había presidido infinidad de exámenes en su época de docente y

aseguraba que no tendría problema alguno en aprobar, pero no obstante lo


obligaba a estudiar durante toda la jornada, deberes incluidos cuando iba al

pueblo.

Por su parte, Antoi, un año menor, aprendía lo relacionado con el arte del

cultivo: plantación, siembra, temperatura, regadío, recolección, y lo hacía muy

bien al parecer del viejo labriego, quien se había autonombrado su instructor.

Aurora llegaba cansada el sábado por la noche y se marchaba el lunes a

primera hora, pero no se quejaba, muy al contrario. No había informado a sus

padres, pero su intención era obtener el grado superior de maestra, aunque

todavía no sabía muy bien cómo iba a lograrlo.

Aquellas reuniones de unas horas semanales y del mes de agosto entero

colmaban de felicidad a Elisa y Bizén. Atrás quedaban los malos ratos, el dolor

por la ausencia de los otros, la incertidumbre, y, si bien a veces ambos echaban

en falta los montes y los paseos por el Ballibió, en ningún momento se les

ocurrió pensar en regresar a Buisán.

Cinco años después del reencuentro familiar de los Albar-Azaba, la dueña de El

Obrador reunió a sus empleados y los informó de que había vendido el

negocio, ya que deseaba retirarse y pasar lo que le quedaba de vida en

Zaragoza, junto a sus hijas y nietos. Al observar sus caras de estupor, les

aseguró que el nuevo propietario, don Braulio Azaba, tomaría las riendas en un

par de semanas con la promesa de mantenerlos a todos en sus puestos.

Elisa se quedó helada al escuchar el nombre de su hermanastro, el mismo

que la había insultado y amenazado a la salida del Juzgado. En ocasiones lo veía

por allí, y él siempre le miraba con inquina; la echaría o le haría la vida

imposible, aunque ella no le daría la oportunidad pues no trabajaría para él por

nada en el mundo. Ese mismo día se despidió del trabajo aduciendo el cambio

de dueño y dejando atónita a doña Engracia, quien no entendió su reacción,

siendo como eran parientes. No se molestó en explicarle que quizás tuvieran el

mismo padre, pero que ni con este ni con aquel había mantenido jamás

relación alguna. La patrona conocía de sobra la historia de su triste pasado,

también el tema del juicio, aunque supuso que pensaba que ella mantenía un

buen entendimiento con este medio hermano al igual que con el otro, pero,

aun así. Tampoco se dejó convencer por su lagrimeo cuando le rogó que

permaneciera al menos hasta que ella se fuera; había decidido vender sin tan

siquiera informar de antemano a las cinco personas que durante los últimos
diez años habían trabajado para ella y logrado que el establecimiento alcanzara

su actual reputación, pidió por tanto el finiquito, se despidió de sus

compañeros y cruzó la calle con la mente puesta en regresar de manera

definitiva a la casa de sus antepasados, junto a Bizén.

La vida seguía su curso, se dijo, y no había forma de detener el tiempo. La

esposa de don Fidel se había ido al igual que había vivido, en silencio, siempre

discreta; el señor Pueyo también se había marchado, pero a Madrid, con sus

parientes; el librero de San Lorenzo había traspasado la librería-imprenta,

trasladándose a Novales, de donde era originario, con la intención de abrir otra

en dicha población. Incluso Ramiro vivía ahora con su familia en Sevilla,

contratado por la Compañía de los Ferrocarriles Andaluces. Por su parte,

Úrbez estudiaba Letras en la Universidad de Zaragoza gracias a una beca

obtenida al finalizar en la Normal con la más alta calificación, por lo que solo

lo veían durante las vacaciones. Quedaba el profesor, el hombre que había sido

para ella amigo y consejero, y un segundo padre para sus hijos. No le costó

mucho convencerlo para que se fuera a vivir con ellos al pueblo; sin su querida

compañera, sin descendencia ni viejos amigos con quienes charlar nada lo

retenía en la ciudad. Metieron sus ropas en sendas bolsas de viaje, un montón

de libros y algunos recuerdos en un baúl con ruedas, y dos días más tarde

cogieron el carro de viajeros.

Antoi se había acercado al pueblo con la carreta a recoger unos aperos, y su

llegada coincidió con la de ellos, por lo que no tuvieron necesidad de andar

hasta la hacienda o pedir a alguien que fuera a dar aviso. Los divirtió la cara de

asombro del mozo, y más aún la de su padre, al verlos aparecer en mitad de la

semana, y la sorpresa dio paso a la alegría. Bizén llevaba ya un tiempo

pensando en cómo decirle a su mujer que dejara el trabajo en la pastelería; la

necesitaba a su lado, a la hora de las comidas, en el lecho, aunque solo fuera

para sentirla cerca y escuchar su respiración, para hablar y confiarle sus dudas

o, simplemente, para contemplar juntos la puesta de sol. Pese a su actual

dimensión, mucho más reducida que en tiempos del abuelo, El Maizal volvía a

ser una finca productiva, tanto, que habían tenido que contratar a un par de

aparceros para echar una mano. No solo cultivaban hortalizas que vendían a los

mediadores, también melocotoneros y vides habían florecido por fin el año

anterior, y este se preveía espléndido; asimismo Marcela y su marido habían


contribuido con sus ahorros a la adquisición de media docena de vacas, cuya

leche también vendían. Hora era ya de compartir sus vidas como antaño, y

aquella noche se amaron como hacía mucho que no lo habían hecho.

De tarde en tarde les llegaban noticias de la ciudad, pocas, no les interesaban,

pero un día apareció por allí uno de los ayudantes de El Obrador montado en

un burro. Según les dijo, se dirigía a Bolea, donde tenía a sus padres y a la

novia, con la intención de hacerse cargo de la panadería familiar; estaba harto

de vivir en la ciudad, en un cuarto de mala muerte alquilado, y de trabajar por

una miseria para un tipo que merecía le rompieran los dientes. Se quedó con

ellos un par días, y supieron así que el ahora dueño del establecimiento no

levantaba cabeza.

Al parecer se había endeudado para comprar el negocio, aunque en lugar de

mantener su prestigio, poco a poco había acabado arruinándolo. Para empezar,

había reducido el sueldo a los empleados, también la calidad de las materias

primas, chocolate, café, frutas, harinas... por lo cual la clientela habitual había

dejado de acudir, prefiriendo otro establecimiento abierto en la misma calle.

No solo eso, también había convertido la pastelería en una taberna donde se

vendía todo tipo de alcoholes, convirtiendo el antaño lugar de encuentros de

grandes y pequeños en una «borrachería», la llamó, que noche sí y noche

también recibía la visita de los alguaciles de la ronda alertados por los vecinos.

Él mismo se emborrachaba a menudo, y no era raro verlo durmiendo encima

de una mesa cuando ellos llegaban por la mañana. El gallito se había

convertido en un pollo desplumado. A la pregunta de si Basilio Azaba no había

intervenido a fin de atajar tan mal comportamiento de su hijo, el joven

respondió que, por lo que había oído, el viejo no andaba bien de la cabeza y

había fallecido en el hospital de los pobres, donde su hijo lo dejó para vender la

casa que poseían en la zona rica y pagar las deudas. Asimismo, su arrendador,

que debía de conocerlo, había hecho un comentario jocoso respecto al

miserable final de un hombre que lo había tenido todo y que a la postre había

ido a parar a una tumba sin nombre.

Elisa no se alegró, pero tampoco lamentó la desaparición del padre que

nunca lo había sido. En lo único que pensó fue en la leontina, el reloj y el

anillo, que con toda seguridad Braulio habría empeñado. ¿De qué le había
servido hacerlas infelices a su madre y a ella? ¿Para qué tanta acumulación de

bienes y dinero, dilapidados sin utilidad? ¿A qué tantas amantes si al final

estaba solo? Ella al menos conservaba el guardapelo de su madre que nunca se

quitaba del cuello, también el recuerdo de su cariño y el de su abuelo y, ante

todo, el amor de su marido e hijos.

Se dirigió al maizal, que había vuelto a brotar, y sonrió al ver llegar a Bizén

en su búsqueda; juntos pasearon por entre los altos tallos cuyas hojas mecía la

brisa hasta que desapareció el último rayo de sol.


1902

urora llevaba ya dos años en Ayerbe, pero no acababa de sentirse a

A
gusto. La ilusión de los primeros meses dejó paso a la rutina: horarios,

oraciones, temarios, actividades y cantos reglados, siempre idénticos,

sin opción al mínimo cambio. Quizás porque creció libre en los montes y luego

emprendió un periplo que para ella tuvo más de aventura que de infortunio, o

porque había aprendido con dos personas tan diferentes como su madre y don

Fidel, necesitaba más, quería enseñar a su manera. Cierto que daba igual el

método con tal de que las niñas aprendieran a leer y a escribir, o aritmética,

pero le aburría la repetición una y otra vez hasta saber de memoria párrafos

enteros del Catecismo de la Doctrina Cristiana, del Padre Astete, que a menudo

no entendían, así como cantar siempre las mismas canciones, religiosas en

general, aunque también hubiera alguna infantil. Deseaba leerles las fábulas de

Samaniego, recitarles la Canción del Pirata de Espronceda, hablarles de

cristianos, musulmanes y judíos en una tierra de culturas y tradiciones

heredadas, y cómo no, relatarles las leyendas aprendidas con Feliciana, allí, en

Buisán, pero lo tenía prohibido. En una ocasión, al principio, el director de

ambas escuelas, la de niños y la de niñas, la había pillado contándoles

precisamente la del gigante Silbán y la había llamado al orden: o se atenía al

temario o ya podía ir pensando en dedicarse a otro oficio.

Y luego estaba la cuestión de las labores del hogar. Le parecía absurdo, una

pérdida de tiempo, pasar más de media jornada diaria enseñando a coser,

bordar, tejer, limpiar, a criaturas de entre tres y seis años con escasa habilidad

manual, que ya tendrían tiempo de sobra para aprender. Veía a unas madres

envejecidas por las preñeces y los trabajos, algunas deseosas de que sus hijas

supieran lo que ellas no sabían, si bien la mayoría utilizaban la escuela a modo


de guardería y comedor. Se le ocurrió hablar con varias y proponerse para

enseñarlas a ellas también, un rato después de las clases, gratis por supuesto; le

miraron como si estuviera loca de atar, y desistió. A veces, a través de una

ventana o de una puerta, escuchaba a un maestro impartir a sus alumnos

historia, geografía, naturaleza, ciencia, y se moría de envidia. ¿Por qué no podía

enseñar a las niñas lo que ella misma había aprendido con don Fidel? ¿Por qué

la asignatura más importante del programa era las «labores del hogar»? ¿Acaso

el único futuro para una mujer era casarse y tener hijos? ¿Y si una no se casaba

o no los tenía? Se hacía preguntas y no obtenía respuestas.

Una mañana, a punto de comenzar la clase, al ir a sacar el cuaderno de

gramática descubrió un libro entre sus papeles. Leyó el título, «La mujer y la

sociedad, por la señorita doña Rosa Marina, impreso en Cádiz en 1857». No

tuvo tiempo de leer más, tampoco de pensar en cómo había llegado a su

maletín, las niñas entraban en la clase. No pudo echarle una ojeada durante

toda la jornada, pero se apresuró a regresar a su habitación en cuanto acabó;

devoró el texto, preguntándose a medida que avanzaba en la lectura cómo era

posible que ella no tuviera conocimiento de un libro escrito cuarenta años atrás

por una autora que revindicaba el derecho de las mujeres a igual educación y

mismas oportunidades que los hombres.

Durante su estancia en Ayerbe se había hecho buena amiga de los dueños de

una papelería situada en la entrada de la Plaza de Arriba, en la que además de

cuadernos, lápices o tintas, también vendían prensa, revistas, libros y folletines.

La librera, mujer amable y parlanchina, resultó ser una buena lectora, y ambas

charlaban cuando no había clientes, mientras tomaban una infusión de

hierbaluisa en la trastienda del local, asimismo almacén, entre pilas de

periódicos viejos y cajas todavía sin desembalar. Gracias a ella podía conseguir

libros difíciles de encontrar, en especial los escritos por mujeres y cuyas reseñas

aparecían en los semanarios de tarde en tarde. En el cuarto que ocupaba en la

casa de los maestros tenía una pequeña biblioteca con obras como Dos mujeres,

de Gertrudis Gómez de Avellaneda; Los Pazos de Ulloa, de Emilia Pardo Bazán;

un poemario de Rosalía de Castro, o una copia clandestina de la obra teatral El

Padre Juan, de Rosario de Acuña, estrenada y prohibida casi al mismo tiempo


tan solo cuatro años antes y que había causado gran escándalo, pues acusaba a

la Iglesia de manipuladora y moldeadora de conciencias. También guardaba un

álbum de recortes con artículos aparecidos en periódicos y revistas.

Pero aquel libro de la tal Rosa Marina era diferente. No era extenso, más

bien se trataba de una obra corta, de un manifiesto que no llegaba a las

cuarenta páginas en las que la autora, entre otras cuestiones, argumentaba a

favor de la educación de la mujer para dedicarse a todo tipo de profesiones y

participar de las ventajas civiles y políticas de las que el hombre gozaba;

criticaba la prostitución regulada a la que se veían abocadas las mujeres sin

recursos así como los matrimonios por interés y, algo que le llamó la atención y

en lo que no había caído, el hecho de que las mujeres también pagaban

impuestos destinados a universidades y colegios a los que no tenían acceso. Le

vino a la mente la imagen de su madre. No es que esta se hubiera confiado

plenamente a ella, pero habían estado juntas lo suficiente para descubrir por

aquí, escuchar por allá, para conjeturar. No estuvo presente en el juicio que les

había devuelto El Maizal, pero supo por Marcela que el padre de su madre era

precisamente uno de aquellos a quienes la escritora reprochaba un

comportamiento injusto y abusivo hacia la esposa y la hija, a quienes había

maltratado negándoles derechos y, quizás algo más importante, el afecto y el

respeto. Se imaginaba a su madre forzada a casarse con un desconocido con el

único propósito de arrebatarle la hacienda y obligada a trabajar de sirvienta

para su propia familia, y se alegró al saber que aquel abuelo a quien no había

conocido, ni deseado conocer, se hubiera ido al infierno olvidado por todos.

Por suerte, sus padres se habían conocido, y ni sus hermanos ni ella habían

carecido de cariño y protección pese a los años difíciles. Dicha reflexión la llevó

a pensar lo diferente que eran los tres, o más bien lo distinta que era ella de

Úrbez y Antoi, al menos en lo físico; no se parecía en nada a ellos. Alguna que

otra vez se preguntaba de dónde había sacado su color de ojos, tan dispar al de

los demás, pero su madre reía y decía que era cosa de la naturaleza, que bastaba

con que un antepasado hubiera tenido los cabellos rubios para que dos o tres

generaciones más tarde naciera una criatura también rubia.

Volvió a pensar en el libro que alguien había metido en su maletín, quizás la

librera había querido darle una sorpresa, se lo preguntaría la próxima vez que

fuera a la papelería. No se le ocurría nadie más. Mantenía buena relación con


sus dos compañeras de la escuela, pero nunca las había visto impartir nociones

otras que las estipuladas en el temario, y tampoco habían hablado de algo no

relacionado con el aprendizaje elemental. De hecho, no vio en ellas reacción

alguna al comentarles un artículo leído en una revista acerca del acceso de las

mujeres a la educación universitaria, en el que se hacía referencia a las ocho

únicas mujeres que habían logrado finalizar sus carreras en España, si bien solo

una, doctora en medicina, había logrado ejercer, eso sí, atendiendo en exclusiva

a mujeres y niños. El único comentario de una de sus compañeras fue que era

una necedad intentar asemejarse a los hombres, y que el magisterio elemental

era suficiente para cualquier mujer instruida.

La librera aseguró no ser ella quien había metido el libro en su maletín y, de

paso, le pidió echarle una ojeada. A cambio, le proporcionó dos ejemplares

antiguos de El pensil de Iberia, revista asimismo editada en Cádiz cuarenta años

atrás y prohibida por las autoridades debido a la denuncia del obispo de aquella

ciudad en cuanto a que sus contenidos, contrarios a la Fe y Moral cristianas,

alentaban el amor impuro, eran contrarios al matrimonio y santificaban el

crimen del adulterio. Pasaron un buen rato leyendo y comentando unos temas

que a ambas interesaban por igual, hasta que apareció el librero y les preguntó

si no tenían otra cosa que hacer que comadrear como dos viejas mal folladas. El

exabrupto la dejó más sorprendida que escandalizada, pues lo tenía por una

persona cordial. Su amiga no dijo nada, pero, al despedirse momentos después,

le susurró al oído que su marido llevaba muy mal lo de la igualdad, que no lo

entendía, vamos, y le rogó que esperara un par de semanas antes de volver por

allí. De nuevo en su cuarto, releyó La mujer y la sociedad y transcribió en su

cuaderno de notas, una especie de diario personal, los párrafos para ella más

sobresalientes, en especial una frase que escribió con letra grande: «Donde la

mujer es esclava, el hombre no puede ser libre».

Días más tarde, durante un recreo, observó que uno de los maestros salía de su

aula. No le dio importancia; en ocasiones faltaban tizas, y no era extraño que

los enseñantes las buscaran en las otras clases. Al llegar a su cuarto y vaciar el

contenido del maletín a fin de poner orden y preparar el material para el día

siguiente descubrió una carpeta de cartulina con unas hojas escritas a mano,

que la dejaron atónita, pues era una declaración en favor del acceso de la mujer
no solo a la educación, también al mundo laboral y a la política. Asimismo,

había escritas unas líneas en contra de los gobernantes, a quienes llamaba

sinvergüenzas, y de sus leyes segregacionistas. Acababa con «¡Viva la

República!», que la dejó estupefacta. Lo único que se le ocurrió pensar fue que

se trataba de un texto subversivo y que la echarían de la escuela si alguien lo

descubría, incluso podrían meterla en la cárcel, así que, nerviosa, quemó las

hojas en el braserillo de carbón. Luego se preparó una infusión de manzanilla,

la mente en blanco. Ya más calmada, dedujo que la única persona que habría

podido meter las hojas en su maletín era el maestro, a quien había visto salir de

su clase aquella misma mañana. Era preciso hablar con él, decirle que no

volviera a meter nada en su cartera y mucho menos pasquines revolucionarios;

no tenía ni idea de política y tampoco le interesaba, pero no veía la forma de

hacerlo.

En la casa vivían cinco de los siete maestros de la escuela, tres hombres, dos

de ellos con sus familias, y dos mujeres, una compañera y ella; los casados

disponían de un piso cada uno, los célibes de una habitación con derecho a

cocina. Ellas vivían en la buhardilla con un pequeño aseo a compartir, el

soltero ocupaba un cuarto en el bajo. Sabía que se llamaba Mario Garcés

porque habían sido presentados y coincidían en las reuniones con el director, y

en las funciones que organizaba la escuela en ocasiones especiales, como

cuando los niños y niñas cantaban ante personas importantes, pero nunca

habían entablado conversación; únicamente se limitaban a saludarse si se

encontraban. No podía bajar a su habitación, corría el peligro de que alguien

los viera y pudiera pensar que mantenían relaciones, así que escribió una nota

esperando tener la oportunidad de pasársela en algún momento. Al final, le

pasó la nota por debajo de la puerta.

Lo esperó el siguiente domingo en un bosquecillo, a los pies del cerro de la

ermita de San Miguel. Ya no iba a El Maizal tan a menudo como al principio,

quizás porque las conversaciones con sus padres siempre giraban en torno al

mismo tema: su soltería. Una y otra vez le recordaban que no tenía novio, ni

visos de que lo tuviera, pero no había manera por mucho que ella asegurara

estar bien como estaba y no tener prisa en comprometerse. Le llamaba la

atención que su madre se empecinara tanto en insistir que debía de encontrar

un buen hombre que la protegiera, ella, que había pasado años creyéndose
viuda, valiéndose por sí sola para encontrar trabajo y salir adelante, aunque

sabía que aquel era precisamente el motivo de su preocupación: que su hija no

se viera en iguales circunstancias. Siempre acababa preguntándole si pensaba

pasarse la vida cuidando a las hijas de otros, y ella respondía que ya se lo

pensaría más adelante; era un diálogo de sordos.

El calor comenzaba a dejarse sentir, se sentó en un tronco caído que parecía

hubiera sido dejado allí a modo de banco y pensó en Mario. En la nota ponía

que lo esperaría a las diez de la mañana, si bien ignoraba si él acudiría a la cita.

De no hacerlo, tampoco habría perdido el tiempo. Disfrutaba enormemente

paseando por los alrededores del pueblo siempre que podía, incluso había

ascendido más de una vez hasta la ermita y las ruinas del antiguo castillo árabe

desde donde contemplaba un paisaje increíble, e imaginaba lo que la vista no

alcanzaba. Se llevaba unos bollos, algo de fruta y una cantimplora y no

regresaba hasta media tarde evitando así ir a misa sin dar explicaciones a su

compañera de alojamiento, mujer soltera ya entrada en años, que cuando no

estaba en la escuela, estaba en la iglesia.

Lo vio llegar por el sendero y se sorprendió al encontrarlo atractivo, mucho.

No es que fuera guapo en el sentido de los retratos que veía en las revistas

ilustradas en las que aparecían hombres de barbas recortadas o largas patillas,

en ocasiones afeitados, otras con bigote, que la hacían soñar en encuentros

románticos como el de Elizabeth y el señor Darcy de Orgullo y Prejuicio de la

autora inglesa Jan Austen, una novela que había comprado en la papelería con

su primer sueldo. No, él no era de ese tipo. Alto, desgarbado, con el rostro

rasurado y el cabello largo y lacio, tenía el aspecto de un poeta atormentado,

aunque ella no conociera a ninguno, pero se los imaginaba. Había llegado a la

escuela el curso anterior, aunque ignoraba su edad y procedencia, y tampoco

había sentido nada especial hacia él, hasta ahora.

La luz se colaba por entre las ramas de los árboles en un sol y sombra, de

manera que un momento lo veía con claridad, y al siguiente era solo una figura

sin rostro que avanzaba hacia ella. Se levantó del tronco cuando él se

encontraba a unos diez pasos de distancia, notó un hormigueo en las piernas,

que achacó al tiempo pasado sentada, y sonrió pese a que su intención era

hablar seriamente para pedirle que no volviera a pasarle textos que no la


interesaban. Pasearon, hablaron de la naturaleza, de la salud, incluso de los

cuadros y dibujos de artistas locales expuestos en los bajos del palacio de los

marqueses de Urriés, pero no del tema que la había inducido a pedirle una cita.

Únicamente al final, ya de regreso, antes de despedirse todavía ocultos por la

maleza, le preguntó si había sido él quien había metido en su maletín el libro

de Rosa Marina y la carpeta de cartulina. En efecto, había sido él, y sin esperar

a que ella volviera a preguntar, le habló de la Institución Libre de Enseñanza,

que propugnaba la educación en igualdad de condiciones no solo de hombres y

mujeres, también de ricos y pobres, pues un pueblo sin educación nunca sería

libre sino lacayo de los intereses de las clases adineradas. Su mirada brillaba

entusiasmada, y ella sintió miedo de tanta vehemencia; le pidió que no le

pasara más escritos y se despidió rogándole que esperara un rato antes de volver

él también al pueblo.

No pensaba mantener de nuevo una conversación de aquella índole y al día

siguiente se limitó a un gesto de cabeza al cruzarse con él en la escuela. El

jueves de la misma semana encontró bajo su puerta una nota en la que él la

citaba para el siguiente domingo, en el mismo lugar y a la misma hora, y su

primera reacción fue rechazar tal posibilidad. Tras muchas dudas, acudió no

obstante al encuentro, en esta ocasión con un cestillo con bocadillos y frutas, y

juntos ascendieron hasta la ermita. No hablaron de educación, libertades ni

opresiones, sino de ellos mismos; compartieron anhelos, proyectos, y

contemplaron el ocaso cogidos de la mano. A partir de aquel día, aprovecharon

cualquier ocasión para estar juntos. Mario llegó a un acuerdo con el padre de

uno de sus alumnos quien, a cambio de clases particulares al mozuelo, les

prestaba una vieja calesa tirada por un caballo joven en la que se iban de

excursión los domingos y fiestas de guardar. Juntos recorrieron la zona,

visitaron pueblos y admiraron la puesta del sol que transformaba mallos y

galochos en un paisaje de fuego, extraordinariamente hermoso, tanto, que

repitieron.

Aprovechando que el director de la escuela decidió adelantar el descanso

veraniego a la festividad de Santiago Apóstol, que aquel año caía en jueves,

fueron a Riglos a ver una vez más los mallos encendidos antes de despedirse

hasta el siguiente curso, pero un eje de una de las ruedas de la calesa se salió

cuando emprendían el trayecto de regreso. El herrador del lugar los informó de


que tendrían que esperar al día siguiente porque él no trabajaba a oscuras, así

que alquilaron uno de los dos cuartos para huéspedes de los que disponía el

único local de bebidas y comida de la aldea. No fue algo concertado de

antemano; la dueña los tomó por una pareja de recién casados antes de que

ellos pudieran abrir la boca. Además, la otra habitación ya estaba ocupada por

un francés loco a quien le gustaba trepar por las piedras, según dijo la mujer.

Un beso furtivo era lo más a lo que habían llegado y encontrarse a solas en

una habitación de una cama les resultó embarazoso, así que decidieron dormir

vestidos, cada uno cubierto por una manta, lo más separados posible. Pero lo

que se preveía inconveniencia de una noche se trocó en aventura inesperada, y

su propósito inicial se evaporó como una niebla mañanera. Inexpertos

igualmente, legos en asuntos de sexo, pero impelidos por el deseo y al mismo

tiempo turbados, tras unas torpes caricias, fueron despojándose de sus ropas

hasta quedar desnudos, si bien en la oscuridad solo llegaron a adivinar lo que

sus manos acariciaban, lo que sus labios besaban. Durante los siguientes dos

días, únicamente salían de la habitación para comer algo en silencio, ante la

mirada sonriente de la dueña, y volvían enseguida para seguir amándose

mientras contemplaban la singular transformación en fuego de la gran mole de

piedra que veían a través de la ventana. Regresaron a Ayerbe el domingo a

media mañana, devolvieron la calesa y se dirigieron a la casa de los maestros

asidos por la mano sin preocuparse de ser vistos; recogieron ropas y libros y

subieron al carro de viajeros.

La sorpresa de los moradores de El Maizal fue pareja a la alegría de ver aparecer

a Aurora con su acompañante, sobre todo la de su madre, quien ya la veía

soltera sin remedio; era la primera vez que mostraba interés por alguien ajeno a

la familia, y se apresuró a disponer una habitación para el joven con aspecto de

poeta y sonrisa amable, aunque algo flaco para su gusto. Úrbez llegó unos días

más tarde, y Elisa se sintió feliz por tener a sus tres hijos en casa. Cierto que el

bueno de don Fidel había fallecido en primavera, aunque se fue sin sufrir,

dormido en un sillón de mimbre bajo el porche, y también que Bizén cojeaba

cada vez más y parecía haber perdido gran parte de su anterior energía. Por

suerte Antoi era una réplica casi exacta de su padre y se ocupaba de las labores

más arduas. Pocas cosas habían cambiado en la hacienda durante los últimos

años, aparte de que el menor de sus hijos había matrimoniado con Nieus una
moza del pueblo, sobrina de Marcela para más señas, y pronto la harían abuela.

Ahora solo esperaba que los otros dos siguieran el ejemplo, y la vieja casona se

llenara de risas y gritos infantiles.

El mes transcurrió como un suspiro entre paseos y charlas alrededor de la

mesa, y tareas en las que todos colaboraron. Úrbez partió para Zaragoza en los

últimos días de agosto; le quedaba un año para finalizar la carrera de Letras y

todavía tenía que hacer el doctorado, aunque esperaba encontrar un trabajo de

auxiliar en la propia Universidad, o de profesor en un centro privado, que le

permitiera subsistir con algo más de desahogo hasta acabar. La beca apenas le

daba para vivir con estrecheces, si bien en ningún momento se le ocurrió

decírselo a sus padres, convencido de que se empeñarían en ayudarlo, y él no

quería; el campo no era un banco, solo los grandes terratenientes tenían dinero,

y ellos no lo eran.

Aurora y Mario también se marcharon prometiendo volver para las fiestas de la

Natividad. No dijeron que no regresarían a Ayerbe, que habían dejado sus

cartas de dimisión sobre la mesa del director a su vuelta de Riglos y que su

intención era ir a Madrid, a trabajar en la Institución de Enseñanza Libre, si es

que encontraban plaza, si no, ya buscarían en otra parte. Al poco de su llegada,

delante de todos, Elisa les preguntó si eran novios, y fue él quien respondió que

sí, que lo eran y que pensaban casarse, pero que tendrían que esperar porque en

la casa de los maestros solo había dos viviendas para matrimonios y por el

momento se hallaban ocupadas. De todos modos, añadió al notar que ella le

golpeaba con la pierna por debajo de la mesa, solo serían unos meses, pues uno

de sus colegas tenía dicho que se marcharía en cuanto se jubilara al finalizar el

curso. La noticia fue acogida con júbilo por la familia, y todos propusieron que

la boda se celebrara el siguiente año, por las mismas fechas; ellos

permanecieron callados, casarse no entraba en sus planes, ya lo habían hablado.

Por suerte, ella no se había quedado embarazada tras sus primeros encuentros

en Riglos y, desde entonces, él llevaba en el bolsillo del chaleco una goma

metida en un sobre, aunque la joven no supiera dónde la había conseguido,

aquella y las que guardaba en una cajita de metal, descubierta al sacar los libros

de la bolsa de viaje para dejarlos en El Maizal, a fin de no cargar con demasiado


peso en su nueva andadura.

Mario era un seguidor del librepensamiento, contrario a cualquier tipo de

imposición dogmática ya fuera social, política o religiosa, y estaba a favor del

amor libre y en contra de la institución matrimonial, que reducía a la mujer a

la posición de esposa y madre. Quería una compañera con quien compartir la

vida en igualdad de condiciones, no una mujer sometida al marido y encerrada

entre las cuatro paredes del hogar criando a los hijos. Se encendía al hablar de

una sociedad equitativa para hombres y mujeres, libres de los opulentos y de la

Iglesia, que oprimían al pueblo y creaban leyes y dogmas para su propio

beneficio. «La tierra para quien la trabaja, el trabajo para quien se lo gana, y

cada cual, con su conciencia», repetía a modo de mantra. Aurora lo escuchaba

confusa.

Por supuesto, estaba de acuerdo con él en cuanto a que todas las personas

debían tener derecho a la educación y a un trabajo digno, también en lo

referente a las disposiciones que vedaban a las casadas trabajar fuera del hogar,

aunque esto no fuera del todo cierto. Su madre había trabajado de criada, de

moza de taberna, de pastelera; Marcela había trajinado en la herrería codo a

codo con su hombre; la librera lo hacía en la papelería, y eran incontables las

mujeres que laboreaban en el campo, vendían en los mercados, ordeñaban

vacas y transportaban pesados cántaros de leche, que tejían y cosían; las había

en los hospitales, en las harineras, en los almacenes; lavanderas, planchadoras,

niñeras... Estaban casadas y tenían hijos, pero también trabajaban, ganaban

unos dineros para ayudar a la economía familiar, y si bien eran muchas las que

sufrían el dominio y los malos tratos, también eran muchas las que vivían en

armonía con sus cónyuges, su madre por ejemplo. Cierto que había todavía

mucho que cambiar, pero no acababa de entender su postura referente al

matrimonio. Lo amaba, quería estar siempre a su lado, lo deseaba, pero

asimismo quería formar una familia, tener hijos e hijas a quienes educar en esa

libertad e igualdad que él tanto preconizaba.

Tenían intención de tomar el ferrocarril en Huesca para dirigirse a Zaragoza y

de allí a Madrid, pero Bizén y Antoi se empeñaron en acompañarlos hasta el

pueblo, y no les quedó otra que coger al carro de viajeros en dirección a

Ayerbe, si bien de la misma se subieron a otro que hacía la ruta a Ejea de los
Caballeros. A media tarde se hallaban en la antigua población cuyas calles,

iglesias, casonas y el gran castillo abandonado que coronaba la cima eran

testigos del paso de la historia. Para asombro de la joven, Mario parecía

conocer bien la localidad ya que avanzaba con paso seguro y sin preguntar; lo

siguió por una calle hasta un portal y subió tras él hasta el segundo piso cuya

puerta abrió con su propia llave. No le dio tiempo a preguntar dónde estaban y

a examinar el lugar, aunque advirtió que había polvo por todas partes, él la asió

de la mano, la llevó a una habitación, le quitó la ropa y la tendió sobre una

enorme cama que ocupaba más de la mitad del espacio, desnudándose él

después. Durante las semanas transcurridas en la hacienda se habían visto

obligados a disimular, a robar besos por los rincones, y solo habían podido

hacer el amor en el maizal, en una ocasión en que lograron escabullirse sin ser

vistos. No hubo prolegómenos, caricias, besos, declaraciones de amor; agitado,

se colocó la goma y se introdujo en ella con violencia hasta alcanzar el

orgasmo, derrumbándose a su lado y quedándose inmediatamente dormido.

Aurora estaba desconcertada. ¿Qué había sido aquello? Por un instante le

vino a la cabeza la palabra «violación», no se le ocurría ninguna otra. Hacía

calor, la vivienda se hallaba bajo el tejado, y le faltaba el aire. Se levantó y buscó

por todo el piso agua con que lavarse, con que quitarse la desazón que sentía en

aquellos momentos, pero no la encontró; se vistió, cogió el bolso, salió a la

calle y preguntó al primer viandante con quien se cruzó si había por allí un

establecimiento de baños; lo había. El local no era público y disponía de varios

servicios, barbería, sala de masajes y dos baños, uno para hombres y otro para

mujeres. Permaneció sumergida en la tina hasta que se enfrió el agua, y la

encargada le indicó que debía de salir pues cerraban en veinte minutos.

Repuesta, aunque no del todo, se vistió, pagó por el agua, el jabón y la toalla y

salió sin saber adónde dirigirse; ignoraba el nombre de la calle del piso de

Mario. Tenía hambre y se detuvo a comprar unos churros en un puesto

ambulante, luego continuó andando hasta llegar a una iglesia que parecía más

bien un castillo y entró.

Sentada en la esquina del último banco, contempló la bóveda de piedra, las

capillas situadas entre los contrafuertes próximos a la cabecera, el retablo y la

imagen, que supuso de Jesús; no lo apreciaba bien desde su asiento. Había


gente rezando el rosario, apiñada en los primeros bancos, y a punto estuvo de

quedarse dormida escuchando la cadencia monótona de las avemarías.

Probablemente cerrarían el templo en cuanto acabara el rosario, y tendría que

marcharse. Por suerte había llevado su cartera con ella; preguntaría por alguna

fonda para pasar la noche y ya vería lo que hacer a la mañana siguiente,

probablemente regresaría a El Maizal por el mismo camino.

Se sentía triste, decepcionada, cansada; se había entregado al hombre a quien

amaba, había abandonado el trabajo, mentido a su familia, y él la había

utilizado para descargar su necesidad o lo que fuera que había sido aquel

ataque inesperado carente de afecto. Asimismo, se dio cuenta de que apenas

sabía nada de él aparte de que era maestro, tenía ideas revolucionarias, un

carácter amable… Por no saber, no sabía siquiera dónde había nacido; siempre

había creído que era de algún pueblo de los alrededores de Ayerbe y que no

debía de tener parientes, pues cada vez que le preguntaba acerca de sus padres

respondía que se habían ido, así que suponía que habían fallecido. Tampoco

había tenido tiempo de inspeccionar el piso, quizás habría podido encontrar

algo, una fotografía, un dibujo, algo... No obstante, él tenía las llaves, así que

aquella debía ser su casa o la de sus difuntos padres. Ella, por el contrario, le

había hablado de los suyos, contado lo ocurrido a su familia, de cómo habían

ido de un lado para otro; de su intención de conseguir el título superior de

maestra y de lo mucho que lo amaba, razón por la cual lo había llevado a la

finca.

Salió la última, a una señal del sacerdote quien pretendía cerrar la puerta de

la iglesia, decidida a encontrar un lugar donde dormir, pero no había dado diez

pasos cuando lo vio llegar hacia ella, la preocupación en el rostro. No

respondió a sus reproches, ni a la pregunta de por qué razón había abandonado

la vivienda; se dejó llevar de vuelta cogida de la mano como una niña, y se

metió en la cama vestida, mirando hacia la pared. Despertó a media mañana,

estaba sola y permaneció en la cama, dándole vueltas a la idea de regresar con

su familia, aunque ello supusiera tener que confesar lo ocurrido durante los

últimos meses. Cuando por fin decidió levantarse, encontró a Mario en la

cocina preparando una sopa de puerros y calabaza y un par de chuletones

dispuestos para asar que, al parecer, había bajado a comprar mientras ella

dormía. Los platos y cubiertos sobre la mesa, una hermosa hogaza y una jarra
de vino incitaban a comer, y tenía hambre. Él le sonrió, le echó la mano por

encima del hombro y le indicó una de las sillas viejas de madera, luego vertió

vino en dos vasos y la invitó a beber con él; volvía a ser el hombre que ella

conocía, cariñoso, cortés, y olvidó su propósito de abandonarlo.

No fueron a Zaragoza, tampoco a Madrid. El piso era pequeño, y durante los

siguientes días se dedicaron a limpiarlo a fondo; tiraron pucheros

descascarillados y sartenes roñosas, y compraron un juego nuevo de sábanas y

toallas. Los arcones estaban vacíos, no había fotografías, cuadros o dibujos,

nada que testimoniara la presencia de sus anteriores ocupantes, y ella no se

atrevía a preguntar; si él no quería decirle nada, sus razones tendría.

Una noche, después de hacer el amor, él comenzó a hablar al tiempo que le

acariciaba el cuerpo. Así supo que su padre también era maestro; había muerto

diez años atrás, durante la última epidemia del cólera cuando él tenía catorce.

Meses más tarde, su madre se casó con un turolense y se fue con su hermana

pequeña a vivir a un pueblo de aquella comarca, no sabía cuál, dejándolo con

su abuela paterna; el nuevo marido no quería estorbos. Acabó sus estudios y

obtuvo plaza en Sádaba antes de que lo enviaran a Ayerbe. Para entonces la

abuela había fallecido, y él no había tenido noticias de su madre, ni una carta,

ni un telegrama, y no regresó a Ejea. Aurora sintió pena, su hombre necesitaba

sentirse amado, le devolvió las caricias, y volvieron a amarse, sin prisas; tenían

toda la vida por delante.

Mario encontró trabajo como preceptor de los cuatro hijos de una familia

rica de la localidad; a ella le costó un poco más encontrar uno. Fue a hablar

con el director de la escuela, presentó su título y le dijo que había trabajado tres

años como maestra en la de Ayerbe, pero el hombre movió la cabeza dubitativo

al escuchar que había dejado el puesto en dicha localidad por razones

personales. Pediría informes, afirmó, aunque por el momento no había plaza,

así que apuntó su dirección y le aseguró que la llamarían en caso de haber

alguna vacante. No se desanimó, continuó buscando y, finalmente, logró que la

aceptaran en un colmado para llevar las cuentas y los pedidos. No pagaban

mucho, pero solo tenía que ir por las mañanas, por lo que tenía las tardes libres

para ocuparse del piso, las comidas, el lavado, la plancha y demás, y también

para continuar estudiando. Le gustó la tienda, donde se vendían géneros de lo


más variado: mercería, sedería, encajes, abalorios, porcelanas, y también café,

chocolate, licor, ahumados y conservas. Y le gustaron los dueños, y su hijo, un

joven deficiente que hablaba a trompicones, a quien había que repetirle las

cosas varias veces para que las entendiera y que se empeñó desde el principio en

llamarla «cuñada».

El tiempo transcurrió veloz, y el año llegó a su fin sin que se dieran cuenta.

Pese a su deseo, no pudieron ir a El Maizal. Aunque el día de Navidad caía en

jueves, el colmado abría el sábado y toda la siguiente semana. Además, el viaje

era largo, de casi una jornada; tendrían que hacer varios cambios de transporte

y no llegarían a tiempo para la Nochebuena. Decidieron por tanto quedarse, si

bien Aurora envió una carta con suficiente antelación en la que explicaba a la

familia que la habían enviado a suplir una baja en Ejea de los Caballeros.

Habría preferido omitir el nombre de la localidad, pero temía que el matasellos

revelara la procedencia del mensaje, y no deseaba complicar más las cosas.

También prometía ir a verlos a la menor ocasión que se le presentara y les

enviaba saludos de Mario para que quedaran tranquilos. Que ella recordara, era

la primera vez que no celebraba las navidades con su madre, y sintió una

punzada de remordimiento por mentirle, pero lo olvidó entre los brazos del

hombre que también la hacía relegar sus proyectos.

No fue de repente, de hecho, al principio apenas se apercibió. Mario ya no

hablaba de derechos igualitarios; su discurso giraba ahora casi íntegramente en

torno a los de los trabajadores en el campo, las fábricas, los oficios, los

educadores, siempre en género masculino. Había recuperado algunas de sus

amistades juveniles, y no era raro que no apareciera a la hora de la cena, incluso

cuando ella ya se había acostado. A veces, no siempre, se refería a este o a aquel

amigo, a las reuniones que mantenían en una taberna-café donde trataban de

organizar un sindicato socialista agrario al estilo de la Asociación del Arte de

Imprimir, o la de los canteros, sombrereros o carpinteros, que ya estaban en

marcha en Zaragoza. En dichas ocasiones, su mirada brillaba animada por las

ideas que bullían en su cabeza, los argumentos brotaban sin freno como si se

dirigiera a una asamblea, repetía frases y proclamas, citaba nombres que a ella

no le sonaban de nada, incluso le provocaba una sensación de miedo al


asegurar que la violencia era necesaria en determinadas ocasiones; le parecía

que estaba ensayando una obra teatral, como la única que habían visto en el

Teatro de la Villa. En una ocasión le preguntó sobre los derechos de las mujeres

a los que solía referirse al inicio de su relación, y le respondió que más adelante,

que todavía no era el momento, que las mujeres no estaban preparadas para

trabajar ni luchar a la par que los hombres. Sus palabras la desconcertaron, y

no volvió a preguntar.

La invitó a dar un paseo, una tarde de comienzos de junio, dos años y medio

después de su llegada a Ejea. La propuesta la sorprendió ya que hacía tiempo

que no salían, pero no se hizo de rogar; recorrieron las calles, se acercaron al río

y acabaron cenando en un café y local de comidas recién abierto, que le

recordó a El Obrador. Fue una cena romántica como hacía mucho no habían

disfrutado. Achispados por el vino y espoleados por el deseo, regresaron al piso

cogidos de la mano, riendo, haciéndose carantoñas y provocando más de una

mirada recriminatoria por parte de algunas personas que no veían decente sus

muestras de cariño en la vía pública. Al llegar al piso fueron directamente al

dormitorio; le quitó las horquillas del moño y aspiró el olor a lavanda que

desprendía su cabello, la desnudó sin prisas, la acarició, besó su cuerpo hasta en

los lugares más recónditos y le hizo el amor como nunca antes; fue la primera

vez que ella gritó de placer hasta casi perder el sentido. Luego él le dijo que se

marchaba a Barcelona.

Hacía meses que no trabajaba de preceptor, y vivían de lo poco que ella

ganaba en el colmado; le habían ofrecido un trabajo en la redacción de un

periódico, afirmó. Su reacción fue decirle que se iba ella también, que no

quería quedarse allí sola, pero él aseveró que era absurdo pensar en ir los dos a

una ciudad que no conocían, sin dinero ni un lugar donde parar. Se sentiría

más tranquilo sabiéndola a seguro, solo sería cuestión de días, un par de

semanas como mucho, antes de que regresara para llevarla con él si todo salía

como esperaba y lograba un trabajo fijo. Cuando despertó, ya no estaba;

encontró una nota encima de la mesa de la cocina en la que le expresaba lo

mucho que la amaba y que pronto estarían juntos de nuevo. Pero

transcurrieron los días, las semanas, y no volvió a saber de él; perdió el apetito,

el sueño, y pasaba las horas muertas mirando por la ventana. Una mañana no

fue a trabajar, metió sus cosas en una bolsa y tomó el carro de viajeros a
Ayerbe; tuvo que esperar hasta el día siguiente para coger el del pueblo y pasó

la noche sentada en un banco de las cocheras.

Su inesperada presencia produjo estupor en la familia. Únicamente sabían de

ella por las cartas que enviaba, que no habían sido muchas, y les causó un gran

impacto verla ante ellos como una aparecida, delgada por no decir flaca, la

tristeza plasmada en el rostro. Incluso su inusual color de ojos había perdido el

brillo. No le hicieron preguntas. Marcela preparó la tina de baños, y entre ella y

Elisa la bañaron, le lavaron el pelo, la secaron y la acostaron en su antigua

habitación tras obligarla a tomar un cuenco entero de caldo de gallina. Durmió

durante dos jornadas seguidas, velada en todo momento por ambas y por su

cuñada. Bizén y Antoi asomaban la cabeza por la habitación de vez en cuando

sin saber qué hacer o qué decir. En un principio, sugirieron llamar al médico,

pero las mujeres aseguraron que no era necesario, la «niña» solo se hallaba en

un estado de consunción en el que unos buenos caldos y unas friegas con

alcohol de romero resultaban mano de santo.

Tardó en recuperarse; tumbada en la hamaca que su hermano colgó de dos

melocotoneros, contemplaba el cielo por entre las ramas y escuchaba los

sonidos del campo y los gritos de alegría del pequeño Belián, el hijo de Antoi y

Nieus. Apenas decía nada, y nadie preguntaba. Por fin, se decidió a hablar, una

tarde, sentada bajo el porche, mientras la madre pelaba unos frutos para

embotar y el padre descortezaba unas ramas a utilizar a modo de tutores para

las plantas de tomate. Lo hizo con la mirada fija en el maizal cuyas panochas

asomaban ya por entre las hojas. Se había enamorado, había abandonado su

trabajo en la escuela, vivido en compañía de Mario haciéndose pasar por su

esposa y consiguiendo unas pesetas en el colmado; él se había ido a Barcelona

dejándola sola en Ejea, prometiendo que volvería a buscarla, pero... no había

vuelto ni tampoco enviado noticias. Estaba cansada, muy cansada, y solo había

un lugar en el que guarecerse; de todos modos, prosiguió sin que sus padres la

interrumpieran, no quería ser una carga y buscaría cuanto antes un trabajo en

Huesca. Las lágrimas rodaban por sus mejillas, Bizén sacó un pañuelo del

bolsillo y le limpió la cara. Elisa la abrazó; su hogar estaba allí, en El Maizal,

junto a los suyos, le susurró al oído, y todo se solucionaría.


No volvieron a hablar del tema, y la vida continuó como si nada hubiera

ocurrido. Úrbez llegó con su diploma de Letras y un contrato para ejercer de

profesor auxiliar en la Universidad y, de nuevo, Elisa se sintió feliz al verse

rodeada de las personas que más quería en el mundo, su marido y sus tres

hijos, también su nuera y el nieto. Llegado septiembre, convenció a Aurora

para que permaneciera con ellos; no había prisa, le dijo, tenía todo el año para

preparar el examen de entrada en el magisterio superior, aprobado por fin para

las mujeres. Es más, después de las navidades podría trasladarse al piso de su

hermano y seguir allí el curso preparatorio en la Normal de Zaragoza, lo

habían hablado, y él estaba de acuerdo, además su ayuda le sería muy útil.

Mientras, al igual que su madre y que su abuela, se acostumbró a refugiarse en

el maizal cuando su presencia no era necesaria en la casa. Allí leía, estudiaba,

pensaba en Mario, en lo que estaría haciendo, en si volvería a verlo, recordando

el placer experimentado en su última noche y contemplando el atardecer que la

transportaba a un mundo de ensueño.

Un día cayó en la cuenta de que llevaba por lo menos tres meses sin que le

bajara la regla. Dicha constatación la dejó paralizada durante unos instantes.

¿Cómo era posible que no hubiera sido consciente de ello? Luego recordó la

noche de amor en la que había descubierto que el placer no era solo cosa de

hombres, lo que la llevó a pensar que no se había fijado en si Mario se había

colocado la goma, tal vez sí lo había hecho, pero ella no se acordaba. De todos

modos, no había tenido nauseas ni el mal cuerpo que, decían, padecían las

embarazadas, así que probablemente su desarreglo se debía quizás a la angustia

sentida, el viaje, la debilidad. Una cosa trajo la otra, ¿se habrían dado cuenta en

casa? Por pudor, cada una de ellas lavaba sus propios paños y los colgaba en un

colgador colocado entre otros para sábanas, manteles y ropas en general. ¿Se

habrían apercibido de que faltaban los suyos? No quiso pensar en lo que temía

y contempló los campos, la mente en blanco. En efecto, esperaba un hijo. Lo

supo cuando no pudo ceñirse la falda pese a no haber aumentado de peso de

forma manifiesta y notó que algo estaba cambiando dentro de ella. Su primera

intención fue marcharse cuanto antes aun sin saber adónde; no podía

avergonzar todavía más a la familia. Contempló su perfil en el espejo de cuerpo


entero que había pertenecido a su abuela, y que el maldito abuelo no había

tirado como tantas otras cosas, y vio en él no solo su vientre una pizca

abombado, sino también a su madre, quien la contemplaba desde el quicio de

la puerta.

La niña nació en el primer día de la primavera siguiente, por sorpresa, sin

avisar, pues no se la esperaba hasta la segunda semana de abril. Aurora se puso

de parto mientras descansaba en su cuarto tras un paseo en compañía de su

cuñada y del sobrino; le dolía la espalda y dijo que iba a echarse un rato antes

de bajar a cenar. Había cerrado los ojos, pero los abrió de nuevo al sentir una

contracción que le cortó la respiración. Tuvo tiempo de sonreír al recordar lo

que siempre había escuchado acerca del tremendo dolor experimentado por las

parturientas antes de sentir una nueva contracción, y otra más después, y otra.

Sentía un dolor agudo como si le estuvieran desgarrando las entrañas, pero no

gritó; cogía aire y aguantaba a que pasara. Solo era el comienzo, se dijo, y

todavía le quedaban horas. Habría parido sola si su madre no llega a entrar en

el cuarto, preocupada por su ausencia. Elisa llamó a gritos a Marcela, quien

además de herrera había ejercido de partera cuando todavía vivía en el pueblo,

y a su nuera; entre las tres la ayudaron a traer a su hija al mundo sin que un

grito se escapara de su garganta. Estaba dolida y sudorosa cuando le pusieron la

niña al pecho, y lloró de la emoción, también por la ausencia del hombre que

debería haberse encontrado a su lado en aquel trance.

La reacción de los moradores de El Maizal al saberla embarazada sin estar

matrimoniada fue de lo más dispar. Antoi juró que le rompería los morros al

infame que lo había hecho tío de aquella forma, y su mujer lo apoyó. Marcela

se echó a llorar, mientras que el antiguo herrero hizo solo un comentario sobre

que lo importante era que madre e hijo estuvieran bien. Por su parte, Elisa y

Bizén no parecieron mostrar disgusto alguno; lamentaban eso sí que su hija no

hubiera tenido una boda religiosa como era debido, rodeada por las personas

que la querían, pero lo hecho, hecho estaba, y no había vuelta atrás. Ambos

tenían en mente lo ocurrido años atrás en el maizal, también el nacimiento de

Aurora y su propia boda, aunque no era lo mismo haber sido violada que yacer

con un hombre por gusto. No juzgaban sin embargo a la joven, la querían y


querrían al nieto o a la nieta por nacer. No obstante, la nueva situación

presentaba ciertas complicaciones, en especial la animosidad de algunos de los

vecinos alentados por el párroco, quien dedicaba a la lujuria tres de cada cinco

sermones, como si aquella fuera la única preocupación de su feligresía. En los

últimos años había habido un par de casos de madres solteras; a una la casaron

con su amancebado, la otra tuvo que irse a la capital, a casa de unos parientes,

pues el amante era hombre casado y, por supuesto, continuó su vida tan

tranquilo. No se sabía de otras, pero el clérigo estaba empeñado en ver a Eva

pecadora en todas las mujeres de quince a cuarenta, la edad pecaminosa por

excelencia según él.

Ellos se hallaban apartados de las habladurías, pero antes o después alguien

diría o preguntaría algo, ¿y cómo explicar la presencia de una criatura sin

padre? Además, habría que bautizarla. Dejaron de lado el asunto de las

explicaciones y se centraron en buscar un nombre para el nuevo miembro de la

familia. Cada cual proponía uno, empezando por el propio, y Aurora reía; ella

ya lo había decidido: Mario si era niño, María si niña, pero no decía nada,

divertida y a la vez agradecida a aquella familia que le había tocado en suerte.

En cuanto al otro asunto, Úrbez lo zanjó cuando llegó a celebrar la Navidad;

no había más que decir que el marido de su hermana había partido a «hacer las

Américas», al igual que tantos y tantos hombres, en busca de un porvenir. Si

alguien se interesaba por saber cuándo y cómo se habían casado, solo había que

responder que tres años atrás, en Buisán. Y para escándalo de todos, y regocijo

asimismo, en la siguiente visita apareció con un certificado de boda falso

firmado y sellado, y con los nombres de los supuestos contrayentes. Ignoraba el

segundo apellido de su presunto cuñado, su hermana también lo ignoraba, así

que puso el segundo de Elisa, Escagüés. Al preguntarle cómo lo había hecho,

respondió con un «no preguntéis», que dejó a todos con las ganas.

La alegría por la llegada de María se vio de alguna forma ensombrecida por

la renuncia de la madre a su deseo de continuar con los estudios. No hizo falta

hablar de ello; no podía, ni quería, dejar a la niña en El Maizal y marcharse

como si nada. Antoi y Nieus insinuaron la posibilidad de adoptarla, si no

legalmente, sí de hecho. Se lo agradeció con un abrazo a cada uno, les aseguró

que la pequeña crecería junto a Belián como una hermana, pero que no había

perdido la esperanza de que Mario reapareciera algún día. A veces se le pasaba


por la cabeza que había vuelto a Ejea y no la había encontrado, pero se decía

que si en verdad quisiera estar con ella se habría presentado en la hacienda.

Durante algún tiempo, en el pueblo se habló de la joven recién parida,

esposa de un emigrado, que quizás volviera, o no; no sería la primera vez que

un hombre partía allende el mar y no regresaba. Incluso se conocía el caso de

uno, casado y con hijos, que marchó y formó familia en Cuba y que, tras la

independencia de aquel país, regresó años más tarde, viejo y arruinado, con la

pretensión de recuperar a su primera mujer y, de paso, la casa y la tierra de esta.

La encontró casada con otro; él había sido dado legalmente por muerto tras

más de veinte años sin noticias. ­Esperaban que a Aurora no le ocurriera otro

tanto, pero al cabo de un tiempo otros temas ocuparon las conversaciones,

entre ellos el resultado de las elecciones a Cortes, celebradas seis días después

del nacimiento de la pequeña María y ganadas por el partido liberal, tal y como

correspondía en alternancia con el conservador. La noticia llegó tarde y pasó

bastante desapercibida. Los «franceses», así llamados los habitantes del pueblo

porque colocaron una bandera de Francia cuando lo de Napoleón, y los

soldados gabachos pasaron de largo creyendo que ya habían conquistado el

pueblo, estaban más ocupados en la siembra, los frutales y el ganado que, en

unas elecciones, que de antemano se sabían viciadas.

Lo que no pasó inadvertido fue el nombramiento de Cristóbal el Paquetero

como nuevo mayordomo de la cofradía, lo que venía a equipararlo con el

alcalde. Muerta la viuda sin hijos, el hombre había heredado sus propiedades,

alardeaba como un pavo real en celo y ocupaba el primer banco de la iglesia, si

bien evitaba el cara a cara con Bizén Albar, no fuera a ser que le soltara otra

patada en los cojones. En sus cincuenta y tantos seguía siendo atractivo, quizás

incluso más que en su juventud, pero se iba a la ciudad cuando lo apremiaba la

necesidad y había dejado de rondar a las mozas del pueblo, que allí todo se

sabía.

Un año después del nacimiento de su hija, Aurora se hizo cargo de los poco

más de treinta niños y niñas que acudían a la escuela de la localidad, una sola

aula situada en el bajo de la casa cural adyacente a la iglesia. El párroco frunció

el ceño, pues no la había visto en misa desde su regreso, si bien lo desarrugó al

saber que había estado enferma, según lo informó Marcela, una de sus
feligresas más devotas, quien exageró lo de la enfermedad, pero con un aire tal

de lástima que lo convenció. Además, hacía falta una maestra; la última se

había marchado a mediados del curso anterior, y él se había visto obligado a

suplir la ausencia, aunque, por supuesto, eludió las clases de labores para las

niñas. Le hizo una especie de examen previo y quedó satisfecho; estaba claro

que la mujer conocía bien el catecismo, así como la lectura, la escritura y los

números; las labores las daba por hecho. La paga era mínima, pero a ella no le

importó, necesitaba evadirse durante unas horas, recuperar de alguna forma su

verdadera vocación. Por otra parte, María quedaba al cuidado de su dos

abuelas; Marcela había exigido compartir el papel de Elisa, y esta la dejaba

hacer, ocupada como estaba con el segundo hijo de Antoi y Nieus.

Las clases tenían lugar por la mañana en las épocas de siembra y cosecha, las

tareas del campo requerían todos los brazos, así como por las tardes en

invierno. Recorría a paso ligero la distancia que la separaba del pueblo, estaba a

las ocho en punto en la puerta para recibir a los escolares y recogía y limpiaba

la clase al acabar después del Ángelus. Llegado el invierno, se llevaba una

tartera, comía allí mismo y a las cuatro emprendía el camino de vuelta. No

resultaba fácil enseñar a escolares de entre cuatro y trece años, todos juntos en

un mismo espacio, aunque separados por grupos según las edades, lo había

hecho en Ayerbe si bien allí solo tenía niñas a su cargo y pronto se adaptó. Una

vez por semana, el cura aparecía sin avisar, inspeccionaba los cuadernos,

preguntaba y castigaba con una vara en las posaderas a los mayores si no

respondían correctamente, a los pequeños les daba un par de azotes con la

mano. Lo odiaba. Sus padres nunca les habían pegado, a ella o a sus hermanos,

aparte de algún cachete suelto, y apretaba los puños con fuerza para no

arrebatarle la vara y darle con ella. No aguantó su indignación el día en que

volteó sobre sus rodillas a una de las mayores y le levantó la falda con intención

de azotarla delante de todos por haber respondido de malas maneras. Se la

arrebató y se encaró a él, solo los padres tenían el derecho de castigar a sus

hijos, le dijo, y si quería que su alumna fuera corregida debía ir a hablar con

ellos y no dar un espectáculo delante de los demás. Demudado, el hombre salió

hecho una furia. Al día siguiente la niña tenía dificultades para sentarse; el cura

había ido a hablar con su padre, y este le había propinado una buena zurra.

El asunto tuvo sus repercusiones. La primera, despedir a la maestra por no


guardar la debida compostura ante el párroco y dar mal ejemplo a los escolares.

La segunda, una bronca monumental entre los vecinos que estaban a favor del

despido, y los que no lo estaban, que eran la mayoría, hartos de la prepotencia

y los sermones de un individuo que en verdad se creía el representante de Dios

en la Tierra. Ganaron estos, y Aurora retomó su trabajo; el cura no volvió a

aparecer por la escuela.

Hubo asimismo otra consecuencia. Como no podía ser menos, Cristóbal el

Paquetero tuvo conocimiento de lo sucedido y fue uno de quienes reclamaron

se expulsara a la insolente que había osado encararse a la máxima, y única,

autoridad religiosa de la localidad. Aunque resultara difícil no conocerse en una

población de algo más de doscientas almas, lo cierto era que él no la conocía. Sí

sabía que la maestra era hija de los dueños de El Maizal, motivo por el que

había abogado en favor del despido, pero nunca había tenido oportunidad de

verla de cerca, o no lo había intentado siquiera pues conservaba viva en la

memoria la amenaza de Bizén Albar.

Recordaba una tarde de verano, a una joven de mirada triste a quien

desgarró la ropa y forzó varias veces al abrigo de las plantas del maíz hasta

quedar saciado. No estaba orgulloso de aquella machada, él no era un hombre

violento, nunca antes ni después había violentado a una mujer e ignoraba qué

mal antojo se apoderó de él para actuar de aquella manera con una moza que le

gustaba y a quien deseaba solicitar relaciones. Esperó a que volviera a aparecer

por el mercado para pedirle perdón, pero no volvió, y Marcela le dijo que se

había marchado con la vieja Feliciana, no sabía adónde. Cuando de nuevo la

vio, muchos años después, ya no se parecía a la inocente que había deshonrado;

su cuerpo había adquirido las formas de una mujer madura, y su rostro apenas

se asemejaba al que él todavía descubría a veces, en sueños. Intentó animarse a

hablar con ella en la parada del carro de viajeros, pero no se atrevió, y su

marido acabó por convencerlo de que era mejor arrinconar el pasado. ¿Se

parecería la maestra a su madre o tendría los rasgos como cortados con hacha

del padre? Sintió curiosidad.

Ante la proximidad del primer domingo de octubre, fecha en la que se

celebraba la batalla de Lepanto, que nadie tenía idea de cuándo y dónde había

tenido lugar, aunque sí que en dicha batalla los buenos católicos habían
vencido a los malvados turcos, de ahí la festividad instaurada por la Iglesia en

honor a la Virgen del Rosario, la Cofradía preparaba el festejo: la misa por las

almas de los fallecidos que habían abonado las cuotas anuales, la subasta de

carne para ayudar a los necesitados y la comida de hermandad. En su calidad

de mayordomo y tras darle unas vueltas, a Cristóbal se le ocurrió una excusa

para conocer a la maestra, pedirle que ensayara con sus alumnos una o dos

canciones para interpretar, en la iglesia o en la calle, antes de la subasta. La

esperó un lunes al mediodía, la vio despedir a los niños y volver a entrar a

poner orden, y entró él también. Quedó confundido, mudo, cuando ella se

giró para preguntarle qué deseaba, no respondió y salió apresuradamente de la

escuela. Sin saber cómo, sus piernas lo llevaron por el camino seguido años

atrás, hasta llegar al maizal, a donde nunca más había vuelto. Cosechadas las

mazorcas, los tronchos habían perdido su esbeltez y el sol se ocultaba tras una

nube; se sentó en el suelo y se echó a llorar. Aquella mujer joven cuyo nombre

ignoraba, le había mirado con sus ojos; se había visto reflejado en su propia

mirada de un azul brillante, intenso, herencia de su abuelo materno. Cuando

finalmente se repuso de la impresión, regresó al pueblo y pidió al cura le

entregara el documento en el que constaban los datos de la maestra; no

respondió a su pregunta que para qué los quería, cogió los papeles, se encerró

en su casa y leyó: Aurora Albar Azaba, nacida veintiséis años atrás en Buisán,

municipio de Fanlo, en Sobrarbe.

Galopó a lomos de su yegua hasta que el animal se detuvo, agotado por la

cabalgada. Le llevó cuatro jornadas llegar a Buisán y, una vez allí, llamó a la

primera puerta que encontró, mostró a la mujer que le abrió una moneda de

plata de cinco pesetas y pasó la noche en la casa, tan desastrada como la dueña.

Por ella supo lo que quería, que Bizén Albar era natural del lugar y había

matrimoniado con una joven de afuera, no podía decirle de dónde, pero sí que

la había traído la Feliciana, una solterona, que volvió a la aldea para morir. La

joven venía preñada, y el mozo se casó con ella un año después de nacer la

criatura, una niña creía recordar.

Necesitaba estar completamente seguro y, antes de coger de nuevo la ruta,

fue a visitar a la familia Albar. Solo encontró a una anciana con la cabeza ida y

a su nuera; el marido de esta y los hijos se hallaban en la tala. Al igual que la


anterior, la mujer tenía ganas de hablar de algo más que del tiempo y de las

hortalizas que cultivaba en el huerto, y no le costó le repitiera lo ya escuchado,

si bien con particularidades añadidas, como el nombre de la joven, Elisa, y la

zona de la que provenía, un pueblo «allá por la Plana de Uesca», aclaró. Y sí,

llegó preñada sin estar casada, el tonto de su cuñado se prendó de ella y

matrimoniaron un año después de nacer la bastarda. Quiso invitarlo a comer,

pero tenía prisa e hizo el recorrido de vuelta de igual forma que a la ida,

deteniéndose únicamente cuando la yegua perdía el resuello.

Habló con Elisa el día de la Virgen del Rosario. Obligados como estaban,

todos los habitantes acudieron a la misa, incluidos los propietarios y

trabajadores de El Maizal, todos, menos Aurora que se quedó al cuidado de los

niños y de Bizén. La cojera había ido a más, pero aun así él se empeñaba en

seguir trabajando y se fracturó la rabadilla debido a una nueva caída, esta vez

desde una escalera, intentando eliminar las ramas secas y los chupones de un

melocotonero. El médico dictaminó que la avería tenía mala curación y que en

todo caso necesitaría tiempo. El dolor hacía que, a veces, se le saltaran las

lágrimas, y permanecía en la cama encerrado en sí mismo, respondiendo a las

preguntas con monosílabos mientras su mujer y Marcela se turnaban para

cuidarlo y aplicar cataplasmas de arcilla o de col a fin de bajar la hinchazón y

aliviar su sufrimiento. Cristóbal aprovechó su ausencia para acercarse a ella; la

pilló desprevenida mientras observaba las mesas dispuestas para el «releo» y le

dijo al oído que sabía que la maestra era hija suya. No le dio tiempo a esperar

una respuesta, reclamaban su presencia para comenzar la subasta, pero sí para

decirle que la esperaba en el maizal al mediodía del día siguiente.

Aurora no fue a trabajar el lunes debido a que era preciso limpiar el local

escolar pues la comida de hermandad había tenido lugar allí y se había alargado

hasta bien entrada la noche. No había prisa, y permaneció un rato tumbada,

contemplando a la niña dormida en la camita de madera, obra del abuelo

carpintero; sonreía en un sueño feliz, y ella sonrió también.

Eran ya dos años sin noticias de Mario, pero no había tiempo para lamentos;

su hija, la familia y la escuela llenaban su vida, aunque en ocasiones metiera la

mano bajo la camisa de noche y pensara en aquella vez, la última, en la que él

la había hecho gozar hasta perder el sentido. Ignoraba si los hombres hablaban
de ello, las mujeres jamás, al menos las que conocía; el sexo era tema

prohibido, impuro, solo necesario para procrear dentro del matrimonio. No se

imaginaba a sus padres desnudos bajo las sábanas, y menos a Marcela y a su

marido, le entraba la risa. Ella, sin embargo, era esposa sin estar casada, viuda

sin serlo, todavía joven; la aguijoneaba el deseo, y aunque la mano no fuera

suficiente al menos aliviaba su necesidad. Iba a misa, pero no se confesaba ni

comulgaba a pesar de las indirectas del cura antes de su enfrentamiento,

después ya no habían vuelto a hablar. En Ayerbe había acudido al

confesionario una vez, la víspera de Santa Leticia, patrona de la localidad, a fin

de comulgar en misa mayor, más que otra cosa para no dar lugar a habladurías.

Nada más arrodillarse y decir las frases acostumbradas, el confesor le preguntó

si había pecado contra el sexto mandamiento. Quedó paralizada mientras él

insistía en saber si había cometido actos contrarios a la castidad, había besado a

un hombre, se había tocado o había tenido pensamientos impuros. Ocurrió

antes de empezar a salir con Mario, pero dichas preguntas le parecieron el

colmo de la indecencia y salió dejándolo con la palabra en la boca. No volvió a

confesarse.

El otoño exhibía sus tonalidades, las horas de luz disminuían, habían

refrescado las temperaturas, pero el sol del mediodía invitaba a tomar el aire;

cogió a María y salió al porche. Marcela limpiaba unas vainas para la comida,

Nieus pelaba patatas, los niños jugaban dentro de un corralillo construido

asimismo por el abuelo, quien dormitaba sobre un catre, y vio a su madre

dirigirse hacia el maizal con una cesta plana en la mano por lo que supuso que

iría a recoger los restos de las panojas para alimento de las gallinas; dejó a la

niña con sus primos y la siguió. La vio adentrarse entre los tronchos

descabezados que comenzaban a secarse y la perdió de vista. La descubrió

instantes más tarde, hacía la mitad de la plantación, y se detuvo al verla

hablando con un hombre, que creyó se trataría de uno de los aparceros que

ayudaban al tío Antoi. No podía escuchar lo que decían, había sin embargo

algo en sus ademanes, en la forma en cómo él se dirigía a su madre, que no le

gustó. No lo pensó dos veces al advertir que la asía por los hombros y la

zarandeaba, corrió hacia donde estaban dándole un empujón e interponiéndose

entre ambos. Quedó desconcertada; aquel era el hombre que había entrado en

la escuela días atrás y había salido disparado al girarse para saludarlo. Algo en él
la había llamado la atención, si bien no sabía muy bien qué, pero ahora, con el

sol de frente, notó que se le erizaban los pelillos de la nuca: tenía su mismo

extraño color de ojos. Él le miró y se marchó precipitadamente al igual que en

la ocasión anterior.

No logró que su madre le contara lo ocurrido, dijo que ambos se conocían

desde hacía mucho, farfulló algo acerca de un viejo conflicto entre familias y

no quiso continuar; recogió la cesta que se le había caído al suelo y echó a

andar hacia la casa. Intentó hablar con ella a lo largo de la jornada, pero no

hubo manera; se escaqueaba con cualquier disculpa en cuanto la veía acercarse.

Tras acostar a María, pasó a llevarle a su padre un vaso de leche templada con

miel y una yema de huevo. Bizén continuaba con dolores, pero era su

desánimo lo que preocupaba a todos; seguía sin hablar, ahora ni siquiera

monosílabos, limitándose a mover la cabeza para afirmar o negar, y pasaba la

mayor parte del tiempo con los ojos cerrados, de forma que nunca sabían si

estaba despierto o dormido. Lo ayudó a beber la leche y le dio un beso de

buenas noches en la frente e iba a marcharse cuando él la agarró por el brazo y

le dijo en un hilo de voz que los «papeles» estaban en el fondo del arcón de la

ropa, que los sacara de allí para tenerlos a mano. No entendió muy bien lo que

quería decir, pero fue al arcón y rebuscó hasta encontrar una carpeta de

cartulina arrugada. Dentro encontró el certificado de bodas de sus padres, las

actas de nacimiento de ambos, las de sus hermanos, y la de ella. Fue a

preguntarle para qué los quería, pero se había quedado dormido, y les echó una

ojeada a la luz del candil que desde el accidente su mujer mantenía encendido

toda la noche. No recordaba haber visto el documento de la boda y se

entretuvo en leerlo, nombres, apellidos, testigos, lugar y... fecha. Tardó en

reaccionar, sus padres se habían casado dieciséis meses después de su

nacimiento.

A la mañana siguiente, antes de dirigirse a la escuela, buscó a su madre, le

puso el certificado de bodas y su acta de nacimiento ante los ojos y le exigió

una explicación. Despacio, con la mirada perdida, Elisa le contó cómo fue

engendrada de forma violenta por el hombre que había visto la víspera, motivo

por el cual huyó con Feliciana a Buisán donde conoció a Bizén, su padre a

todos los efectos, pues la quiso como a hija propia desde el primer momento.

En el pueblo nadie conocía lo ocurrido, excepto Marcela y su marido, e


ignoraba cómo Cristóbal Forcás había llegado a saber que ella era su hija. El

caso era que la había citado en el maizal y le había echado en cara que se

hubiera marchado del pueblo sin darle la oportunidad de enmendar su error,

aunque ahora lo que más lo enfurecía era saber que tenía una hija no

reconocida, y una nieta, puede que porque se sentía solo y deseaba una familia.

A Aurora le costó un rato reaccionar; la aclaración había sido breve, tan solo

unos minutos para narrar casi una vida. Para cuando quiso darse cuenta, su

madre había ido a preparar el desayuno de sus nietos. De camino al pueblo, no

dejó de pensar en el asunto, tampoco dejó de hacerlo durante toda la mañana.

Todavía no habían empezado las clases por la tarde, así que limpió el encerado

y barrió la sala a toda prisa a fin de salir cuanto antes; necesitaba tiempo para

reflexionar y lo último que deseaba era ver allí al tipo cuya existencia acababa

de conocer. No apareció ni en ese, ni en los días posteriores.


1909

izén se fue como había vivido, sin quejarse, sin hacer ruido;

B
simplemente cerró los ojos y dejó de respirar. Nada tenía, así que nada

dejó, solo una pena inmensa en los corazones de quienes lo habían

querido y conocido, que no eran muchos pues raramente abandonaba El

Maizal y, además del antiguo herrero y un par de labradores, no tenía amigos

en el pueblo. Todos, incluido Úrbez, llegado para las fiestas navideñas, lo

velaron y rezaron por su alma. No llamaron al cura; a fin de cuentas el muerto

ya no precisaba de extremaunciones ni viáticos, y se valían solos para rezar el

rosario. Además, no habían vuelto a tener tratos con él desde su encontronazo

con Aurora, si bien asistían a misa los domingos, que no era cuestión de que

los llamaran ateos. Les habría gustado despedirlo en la intimidad, pero no

quedó más remedio que celebrar el funeral. La iglesia se llenó, y no faltaron

comentarios en cuanto a lo satisfecho que se sentiría el cura, pues en menos de

veinticuatro horas iba a celebrar tres misas: las exequias, la del Gallo y la de

Año Nuevo, circunstancia que no ocurría a menudo. De negro riguroso, con

capas y pañoletas, los miembros de la familia ocuparon el primer banco

llevando panes y velas para bendecir y ser repartidos entre los presentes. Tras el

entierro en la tumba de los Escagüés, regresaron a la casona y celebraron la

comida de los muertos compuesta de sopas de ajo, judías, carne asada y

almendras tostadas, a la que no invitaron a nadie de fuera de la casa, hecho este

que fue muy criticado por ir en contra de la costumbre.

Pese a que el difunto no había abonado cuota alguna a la cofradía, y todos

los gastos corrían por cuenta de la familia, Cristóbal se presentó en la iglesia

vestido con su traje de gala de mayordomo y acompañado de los miembros de

la junta. No hubo lugar al panegírico de rigor, pero ocupó un sitio preferente a


un lado del altar, de manera que podía observar con total tranquilidad a Elisa y

a su hija, en especial a esta. Saberse padre a sus más de cincuenta años

provocaba en él sentimientos encontrados. Por una parte, orgullo. No se le

parecía en nada físicamente hablando, excepto en el color de los ojos, pero era

una hembra guapa, con carácter y encima sabida, y madre. Ignoraba casi todo

acerca de ella, se preguntaba dónde estaría el marido o si acaso le habría

ocurrido lo mismo que a su madre. Dicho pensamiento le causaba malestar.

¿Perdonaría ella ser fruto de la violencia? Nada de lo que pudiera decirle lo

eximiría de la responsabilidad, no obstante, le gustara o no, él era su padre y

quería que llevara su apellido. Además, era rico. A su muerte, la heredad de su

mujer pasaría a manos de unos primos de esta que vivían en Uncastillo, y con

quienes ya había tenido pleitos al pretender ser ellos los beneficiarios de la

herencia familiar. ¡Antes prendería fuego a la casa y a los campos! Se le había

ocurrido una solución para cuando acabó la misa de funeral, si bien hubo de

disimular su satisfacción y poner cara de circunstancias al ir a saludar a los hijos

varones del finado.

Tras el rosario y la oración del último día de la novena a fin de asegurar el

descanso eterno del difunto, el cura pidió a Elisa lo acompañara a la vicaría

pues tenía algo que comunicarle e hizo un gesto con la mano a Aurora y a

Marcela para que no los siguieran. Ella creyó que se trataría del pago por los

servicios religiosos o de cualquier otro asunto, pero le costó cerrar la boca al

escuchar lo que tenía que decirle. Cristóbal Forcás había confesado su horrible

pecado y recibido la absolución, no había por tanto motivo para no perdonar

lo hecho y retomar las cosas donde habían quedado años atrás. Era deber de

todo hombre cabal y buen cristiano redimir su falta contra la castidad y el

honor de la mujer, así pues, una vez transcurrido el año de luto, él mismo los

casaría y les daría la bendición. Perpleja, soltó un ¡mecagüen!, que dejó al

clérigo atónito, y salió del lugar hecha una furia. Seguida por la hija y la amiga,

no dijo palabra durante el camino y se encerró en su cuarto nada más llegar a la

casa. El cura se presentó en El Maizal día más tarde, pero se negó a hablar con

él, se cubrió con la toquilla, salió de la casa y no regresó hasta estar segura de

que se había marchado. Tampoco volvió a la iglesia, alegando siempre sentirse

mal justo antes de acudir a misa los domingos y festivos. A su vuelta, la familia

siempre la encontraba trajinando en la cocina, por lo que todos suponían que


algo grave había ocurrido y no preguntaban, ella tampoco decía nada.

El Paquetero estaba que se lo llevaba el Diablo. ¡Para eso se había humillado

de rodillas y había recibido como penitencia acudir todos los días al rosario

durante un mes, además de abonar sus buenos dineros en calidad de limosna

para las misiones! ¡Maldita fuera! Tuvo la tentación de pregonar a los cuatro

vientos que la maestra era su hija para que lo supieran todos los vecinos, si bien

descartó la idea pues él no quedaría en buen lugar, así que decidió consultar

con su abogado el modo de proceder a fin de reclamar la paternidad de su hija

y se fue a Huesca. El letrado lo informó de que el recién redactado Código

Civil no preveía dicha eventualidad por lo que le iba a resultar imposible;

podría no obstante testar a su favor, y ella vería si aceptaba o no la herencia.

Pero la cuestión no era esa, sino que Aurora llevara su apellido, pues los primos

de Uncastillo volverían a la carga y se saldrían con la suya. Malhumorado,

entró a comer en una taberna llena hasta los topes donde encontró un sitio en

una mesa ocupada por otro comensal. Ambos comieron en silencio unas sopas

de ajo durante un rato, pero, al lanzar un requiebro a la moza que los servía y

recibir un exabrupto como respuesta, el otro hizo un comentario grosero, y ya

eran amigos para cuando dieron buena cuenta de unos jarretes de ternasco. La

conversación giró en torno a las mujeres y sus malas artes a la hora de

encandilar a los hombres, robarles hasta los calzones, despreciar propuestas de

matrimonio o considerarse superiores. Descubrieron sorprendidos que

hablaban de la misma persona al terminar con unas manzanas asadas.

Habían transcurrido once años desde que el juez entregara a Elisa Azaba la

casa y tierras y el inicio de la cuesta abajo de su medio hermano Basilio. El

hombre atractivo siempre vestido a la moda que una vez fue se había

convertido en un tipo gris que malvivía a base de sablazos y chanchullos.

Cristóbal pagó la comida, lo invitó a beber en otro local y escuchó con

atención la historia de la desagradecida que había arruinado al padre y al

hermano, dejando que el primero muriera en un asilo, y que el otro se viera

obligado a buscarse la vida de mala manera. Él por su parte no le contó nada

de su verdadera relación, solo que quería casarse con ella y había sido

rechazado. Lo dejó borracho perdido, pero no sin antes apuntar su dirección

por si acaso lo necesitaba, una idea revoloteando dentro de su cabeza. No se le

había escapado un comentario hecho por el inesperado informador cuando el


alcohol comenzaba a hacer sus efectos: que pensaba reclamar el dominio en

cuestión pues estaba seguro de que la puta de su hermanastra no pagaba los

correspondientes impuestos, como tampoco lo había hecho su padre. Durmió

en la ciudad y a la mañana siguiente acudió al Archivo de la Propiedad y pidió

ver el registro de la hacienda. El encargado preguntó para qué lo quería, y él

respondió impávido que pertenecía a su esposa y quería comprobar que todo

estaba en orden. La documentación no era extensa, pero sí lo suficiente para

averiguar que ni el anterior propietario ni los actuales habían pagado impuestos

en años, es más, también existía una préstamo sobre el terreno, no satisfecho

por un tal Braulio Azaba.

No tuvo que meditarlo demasiado; permaneció en la ciudad el tiempo

necesario para hacer efectivo el pago de las deudas y recibir los

correspondientes documentos como dueño de El Maizal. Tardó bastante en

decidirse, pero finalmente se presentó en la casona una tarde y entró sin llamar;

encontró a Elisa remendando unas ropas junto a la chimenea, le entregó una

copia del registro y le dijo que ahora era su turno de mover ficha; o se casaba

con él o ya podían abandonar la casa, ella, sus hijos, nietos y empleados. Se

marchó sin esperar respuesta.

Al ver que no aparecía a la hora de la cena, Aurora subió a su habitación y la

encontró tumbada sobre la cama con unos papeles arrugados entre las manos;

se había quedado dormida, pero podía apreciarse rastro de lágrimas en sus

mejillas. Le quitó los papeles con cuidado para no despertarla y los leyó allí

mismo. No podía dar crédito a lo que leía; el malnacido que la había

engendrado no solo había forzado a su madre, también le quitaba su bien más

preciado, y lo único que poseía, su casa. Pidió a Marcela que durmiera en su

cuarto para vigilar a la niña, y ella se metió en la cama de su madre, le cogió la

mano al igual que hacía el padre y le susurró palabras de cariño antes de

dormirse ella también.

La reunión familiar, a la que también asistieron Marcela y su marido, tuvo

lugar una semana más tarde, un domingo, después de que Úrbez hubiera

recibido un telegrama de su hermana instándolo a volver a casa a la mayor

brevedad posible. Reunidos en torno a la mesa, Elisa contó lo que solo su hija y

ella sabían acerca del nacimiento de esta última, la pretensión de Cristóbal

Forcás de reconocerla, su propuesta de matrimonio y el medio utilizado para


chantajearla. La primera reacción de los tres hombres presentes fue ir a casa del

cabrón y romperle los dientes, aunque desistieron ante las súplicas de las

mujeres. La cuestión era si aceptar la proposición o abandonar el hogar en el

que por fin habían sido felices durante los últimos años y que, por otra parte,

legítimamente les pertenecía. Cada cual daba su opinión y no acababan de

ponerse de acuerdo. Aceptar el chantaje era del todo inadmisible, pleitear les

llevaría tiempo y el dinero que no tenían, y pegar al tipejo un tiro con la

escopeta, como proponía Antoi para escándalo de su mujer y de su madre,

tampoco era el remedio, pues la finca era ahora suya y podía aparecer un

pariente reclamándola, eso, si no los llevaban a todos a la cárcel. La solución

partió del viejo herrero, quien no había abierto la boca durante el debate y

finalmente sentenció que lo mejor sería que Elisa aceptara la propuesta; debían

esperar a que finalizara el luto, añadió con su flema habitual, y en un año

podían pasar muchas cosas. Fue Nieus la encargada de comunicárselo al cura,

era la única que todavía hablaba con él.

Las noticias tardaban en llegar, pero llegaban. En los periódicos se reseñaban

protestas y huelgas en todo el país debido a la subida del precio del pan y de los

cereales en general. La pérdida de las últimas colonias de ultramar sumió al país

en una gran crisis económica; no había trabajo, y las jornadas laborales de

quienes lo tenían, domingos incluidos, oscilaban entre diez y doce horas diarias

por un salario de dos pesetas y cincuenta céntimos la jornada, una miseria. En

algunos lugares los obreros iban por tahonas y comercios pidiendo para comer,

mientras que sus mujeres e hijos se manifestaban por las calles causando el

consabido sobresalto de la gente bien.

En el pueblo todo continuaba igual, si bien se comentaba que en la capital

había estado muy concurrida la marcha obrera del primero de mayo, a la que

habían asistido gentes de todos los puntos de la provincia. En el diario que

cogió en el ultramarinos, asimismo expendedor de tabaco y prensa, Aurora leyó

una noticia que la preocupó: la manifestación de Barcelona había acabado en

trifulca entre manifestantes y policías, con resultado de heridos y detenidos. No

podía evitar pensar en Mario, pese a que intentaba no hacerlo. A fin de

cuentas, la había abandonado, y pasaban ya tres años sin saber nada de él,

demasiado tiempo, tanto, que tenía la impresión de que todo había sido un
espejismo. No obstante, su pequeña María la recordaba cada día que su amor

había sido muy real. De todos modos, no podía penar por lo que no tenía

arreglo y aceptó dejarse cortejar por Agostín, uno de los sobrinos de Marcela,

contable de oficio, que se ganaba la vida llevando las cuentas del consistorio, la

cofradía, la iglesia y las de los vecinos que lo solicitaban. De su misma edad,

ambos compartían el gusto por la lectura, y él compraba algún libro cuando se

acercaba a la ciudad. Juntos leyeron los dos volúmenes de La Regenta, de

Leopoldo Alas ‘Clarín’, alabada por literatos y lectores, denostada por críticos y

obispos como el de Oviedo, escandalizado por el contenido de la obra. A ellos

les encantó.

Y así llegó el verano. En su calidad de pretendiente oficial, El Paquetero

esperaba a Elisa a la salida de misa los domingos y la acompañaba a casa, los

dos seguidos por los demás miembros de la familia a modo de carabineros.

Nadie le dirigía la palabra y, por supuesto, tampoco lo invitaban a quedarse a

comer. Úrbez apareció como de costumbre la primera semana de agosto, y no

lo hizo solo; lo acompañaba su novia, hija de uno de los colegas de la

Universidad. Las comidas en el porche, la animada conversación y las risas de

los niños, les hacían olvidar la muerte de Bizén, de quien hablaban como si

todavía estuviera con ellos, y, lo más importante, no pensaban, no querían

pensar, en que los meses transcurrían sin que hubieran hallado una solución a

su problema. Un buen día, ya en la sobremesa, vieron llegar a un hombre por

el camino; creyeron que se trataba de uno de los aparceros que solía acudir a

jugar a las cartas, pero, a medida que se acercaba, Aurora se llevó la mano a la

boca para no gritar.

Cual aparecido, con paso lento, sin equipaje, la ropa demasiado holgada, el

cabello largo y descuidado y unas grandes ojeras, Mario se asemejaba a una

alma en pena de las que, se decía, vagaban por los campos al no haber logrado

entrar en el mundo de los muertos, por tener causas pendientes en el de los

vivos. Tal era su lamentable aspecto que Marcela se santiguó invocando a la

Virgen de la Peña. Había hecho el trayecto de Barcelona a Huesca en el

ferrocarril, pero ya no le quedaba un céntimo y venía andando desde la ciudad.

Ignoraba si ella se encontraba en El Maizal, pero le venía de paso hacia Ejea, y

por si acaso... Cayó desvanecido al suelo a unos metros de la casa, y los

hombres lo llevaron a una de las dos camas de la habitación de Úrbez, antaño


compartida con su hermano. Las mujeres lo velaron, alimentaron y asearon

durante días hasta que, finalmente, abrió los ojos y se encontró con la mirada

azul que lo había enamorado.

Tal y como ella imaginaba, tres meses atrás había tomado parte en las

revueltas de Barcelona, y lo habían detenido. Tuvo suerte; no lo llevaron a

juicio, simplemente lo mantuvieron encerrado soltándolo al cabo de unas

semanas con la advertencia de que la próxima vez no le sería tan sencillo

librarse. El periódico para el que trabajaba, en realidad una editorial de

panfletos subversivos, fue clausurado por orden de la autoridad; vivía en el

mismo local y, sin otro lugar donde guarecerse, decidió volver a su tierra

esperando que ella perdonara su deserción, obligada, se justificó, por un anhelo

de justicia social. Aurora lo oía, pero no lo escuchaba, tampoco entendía que

alguien fuera en pos de una quimera, pues quimera era creer que podría

cambiar el mundo a base de proclamas de protesta. Los poderosos no leían sus

pasquines, y la gran mayoría de los trabajadores no sabía leer. Y allí estaba

después de casi cuatro años, hecho un guiñapo. Se sentía decepcionada y no

sabía si seguía queriéndolo; el tipo derrotado que yacía sobre una cama

prestada no se parecía en nada al hombre a quien amaba y por el que había

sido capaz de contravenir las normas de la decencia y decepcionar a su familia,

pero era el padre de su niña.

Mario pasó el resto del verano encamado o sentado en un sillón delante de la

ventana. Sin fuerzas, ni ganas, contemplaba el cielo, aspiraba el olor del campo

intentando pensar en cómo afrontar un futuro incierto y escuchaba los sonidos

de la casa. Nadie lo informó de que una de las voces infantiles que oía era la de

su hija. No percibió la animosidad que presuponía en los miembros de la

familia la primera vez que se decidió a abandonar el cuarto y bajó a reunirse

con ellos a la hora de comer. Muy al contrario, fue recibido con afecto y a poco

se le saltan las lágrimas cuando Elisa puso delante de él un plato a rebosar de

fritada con patatas, calabacín y pimientos rojos y verdes. Su recuperación fue

muy rápida a partir de entonces, y para finales de septiembre era el hombre que

Aurora había conocido. El cabello largo, la barba crecida, el aspecto soñador

que la había encandilado le recordaba de alguna forma al retrato publicado en

una revistas del poeta Gustavo Adolfo Béquer cuyos poemas él solía recitarle,

uno en particular:
Los suspiros son aire y van al aire. Las lágrimas son agua y van al mar.

Dime, mujer, cuando el amor se olvida,

¿sabes tú adónde va?

Arrinconó su propósito de despedirlo en cuanto se hubiera recuperado, daban

juntos largos paseos, hablaban de literatura, recordaban las hermosas jornadas

transcurridas en Riglos. Y volvió a enamorarse un anochecer en el que

permanecieron solos contemplando las estrellas mientras la familia se retiraba,

y los niños hacía un rato que estaban dormidos. Le recitó el poema, le cogió

una mano y se la llevó a los labios, le confesó su amor nunca extinguido y le

rogó que volviera con él. Hicieron el amor al igual que la última vez,

lentamente, desnudándose el uno a la otra, descubriéndose de nuevo entre

besos y caricias antes de alcanzar un goce completo y cuyos gemidos hubieron

de refrenar a fin de no alertar a los demás. Una semana más tarde, se

presentaron ante el cura y le pidieron los casara dejándolo estupefacto. Todos

en el pueblo creían que ya lo estaban, que él había sido enviado a luchar a las

Filipinas y regresado tras la independencia de aquellas islas. De paso,

solicitaron asimismo que inscribiera a la niña en el registro parroquial con su

nombre completo María Garcés Albar. No le costó a Mario descubrir que su

hija era la pequeña de cabellos ensortijados que se le quedaba mirando desde la

puerta del cuarto que ocupaba y luego salía corriendo. Lo supo el día que bajó

a comer y la oyó llamar mai a Aurora. No se atrevió a preguntar, pero más

tarde, a la noche, las vio a las dos entrar en el cuarto de ella. No aguantó y

llamó a la puerta; esta vez no pudo disimular su congoja y lloró como no

recordaba haberlo hecho nunca.

Transcurrido el año de duelo, la boda tuvo lugar un sábado por la mañana,

con la única asistencia de familiares y amigos cercanos, que no eran muchos.

No obstante, contrayentes y asistentes se pusieron sus mejores prendas, en

especial la novia que vistió falda y camisa de gorguera en raso negro y pañoleta

cubriéndole la cabeza hasta la cintura, también negra. El novio por su parte

portaba chaleco, calzón y un chibón de color oscuro, ribeteado con trencilla en

puños y solapas, que Bizén adquirió cuando andaba con las maderas por el

valle de Hecho y que nunca estrenó. La ceremonia fue breve, y el cura no se

alargó en el sermón, pero a la salida los esperaban los alumnos de la maestra

con un ramo de flores y un buen número de personas, que vitorearon a los


recién casados y los festejaron con cantos y jotas. No solo eso, Elisa y Marcela

habían hablado con los dueños y dispuesto un picoteo en la taberna para

celebrar el acontecimiento con los vecinos, pues no debían de mostrarse

tacaños en ocasión tan especial. Acabaron la jornada en casa, con un gran

banquete, y la familia al completo acompañó a la pareja a la habitación de la

madre, quien se trasladó a la de su hija. Con la pequeña María durmiendo a su

lado, Elisa no pudo pegar ojo. El Paquetero había asistido al enlace y en un

aparte le había recordado que ahora era su turno; en la misa del siguiente

domingo se anunciaría su próximo enlace y se colocarían las proclamas en la

puerta de la iglesia.

Durante toda la semana, el carro salió de El Maizal hacia diferentes destinos

repleto de enseres, baúles y recuerdos. La decisión había sido tomada por

unanimidad: no habría boda. La familia al completo decidió que por nada del

mundo aceptaría la presencia obligada del indeseable personaje empeñado en

quedarse con lo que no era suyo, personas y propiedades. Antoi, Nieus y sus

hijos se trasladaron a la casa de los padres de ella, en el pueblo, y él trabajaría

para su suegro, dueño de una almazara que, sin ser espectacular, producía

aceite de alta calidad muy apreciado en la comarca; Elisa, Marcela y su marido

se instalaron en la vieja vivienda de la herrería; Aurora, Mario y María se

fueron al piso de Ejea. Les dolía separarse, mucho, pero no podían hacer otra

cosa vistas las circunstancias. Volverían a reunirse, se prometieron, aunque

todos sabían que sería difícil encontrarse de nuevo sentados alrededor de la

misma mesa, junto al fuego en invierno, en el porche en los atardeceres de

verano.

El piso de Ejea estaba tal cual lo habían dejado, y podrían subsistir hasta

encontrar un trabajo gracias a los pocos ahorros que Aurora había ido

guardando tras entregar en casa la mitad de su sueldo, que tampoco era gran

cosa. Su madre y su hermano pequeño se negaban a aceptar un céntimo. Pero

si ellos eran tozudos como buenos aragoneses, asimismo lo era ella, aseguró, y

los obligó a aceptar al menos una parte a fin de cubrir las necesidades

alimentarias de su hija y de ella, y luego las de Mario también. Fueron a hablar

con el director de la escuela, pero el curso se hallaba avanzado y las plazas

estaban ocupadas, aun así, el hombre les aseguró amablemente que los tendrían
en cuenta para el siguiente año puesto que dos de los enseñantes estaban ya en

edad de retirarse. Aceptó sin embargo inscribir a María en el parvulario, de

manera que se vieron libres para buscar alguna otra cosa mientras tanto. No

obstante, incluso si tenían suerte y los aceptaban, faltaban seis meses para el

nuevo curso, y el dinero de que disponían no sería suficiente; tenían por tanto

que encontrar algo pronto. Aurora se acercó al colmado, pero el negocio había

cambiado de manos, y los nuevos dueños no necesitaban a nadie más, probó en

otros comercios, puso un anuncio ofreciéndose como institutriz, pero no

encontró nada.

Un mediodía en que caminaba sin rumbo fijo por el barrio de la Corona, la

antigua judería, observó a unos mozalbetes burlándose de una niña de unos

ocho o nueve años, que lloraba arrimada a un muro y a la que llamaban

«mudita»; los espantó amenazándolos con darles un par de bofetadas y llamar

al alguacil de la zona. Después, se apresuró a calmar a la niña, abrazándola y

secando sus lágrimas. Comprobó que, en efecto, era muda, pero no sorda pues

respondía con gestos de cabeza a sus preguntas. No, no se había perdido; no,

no vivía en aquel barrio; sí, quería volver a su casa, pero le daba miedo

encontrarse de nuevo con los muchachos. No pudo reprimir un gesto de

asombro cuando, tras una caminata en silencio, la niña se detuvo ante una

casona, más bien un palacio, y llamó a la puerta. Al momento aparecieron un

sirviente y dos mujeres haciendo aspavientos, la introdujeron dentro a toda

prisa y cerraron la puerta.

Todavía permaneció unos minutos admirando el edificio, los aleros del

tejado, las ventanas bajo el mismo, los balcones, e iba a continuar su camino

cuando la puerta se abrió de nuevo, y el mismo criado que había visto antes le

rogó lo acompañara. No tenía otra cosa que hacer y sí mucha curiosidad por

ver el interior de una vivienda, que suponía opulenta. En efecto, lo era. Se dejó

conducir hasta un salón alfombrado, con muebles elegantes, lámparas de araña

de doce brazos, espléndidos cortinones de terciopelo del mismo color que sus

ojos. No tuvo tiempo para admirar tanto lujo; un caballero alto y trajeado

entró en la sala y, sin siquiera darle los buenos días, le agradeció la ayuda

prestada, sacó de la billetera un billete de cien pesetas y se lo tendió.

Permaneció perpleja durante un instante, luego afirmó que no aceptaba

recompensas por auxiliar a una persona en apuros y se dispuso a marcharse,


ofendida. El hombre pareció confuso y la invitó a sentarse en un sofá de piel de

tres plazas mientras él lo hacía en un sillón frente a ella. Una hora más tarde

salía del palacete con la sonrisa en los labios. Beltrán de Luesia la había

contratado como institutriz de su hija Alodia al saber que era maestra y que

buscaba trabajo, si bien el contrato inicial sería de un mes, hasta comprobar

que la prueba resultaba satisfactoria para ambos. Asimismo, se interesó por su

situación familiar y aseguró que no había pega alguna en que María la

acompañara si fuera necesario, pues dejó bien claro que, de ser aceptada, sus

servicios serían requeridos durante todos los días del año, excepto sábados por

la tarde, domingos, fiestas de guardar y navidades. Se trataba de un acuerdo

exigente, pero bien lo merecía un sueldo de trescientas pesetas mensuales, al

menos por el momento.

Feliz, tras recogerla en la escuela, llevó a la niña a una chocolatería de la calle

Mediavilla, que le recordó a aquella otra, El Obrador, donde había pasado

tantos buenos ratos. Era la primera vez que la pequeña probaba el chocolate en

taza y acabó con la cara y el delantal manchados. Hacía un precioso día de

finales de primavera y aprovecharon para mirar los escaparates de las tiendas de

la calle y pararse a escuchar a un vendedor ambulante de jarabes, empeñado en

venderle un frasco a una señora mayor asegurando que contenían el elixir de la

eterna juventud. Se le borró la sonrisa provocada por la charlatanería del

mercachifle al descubrir a su marido apostado a la barra de la taberna que

tenían enfrente, en compañía de otros dos hombres a quienes recordaba de la

vez anterior, los mismo que le habían metido en la cabeza la idea de lo que

llamaban «lucha del proletariado».

Mario llegó a casa horas más tarde, oliendo a alcohol, la niña dormida y ella

ya en la cama. Quiso hacer el amor, pero Aurora lo rechazó aduciendo un dolor

de espalda que no sentía, y se quedó dormido casi de inmediato; ella tardó en

conciliar el sueño. Le había dicho que había encontrado trabajo de pasante en

una fábrica de harina a cuyo propietario conocía desde joven; su cometido era

ocuparse del papeleo, contratos de venta, demandas, etcétera; le pagaban

semanalmente, y todos los sábados metía treinta pesetas en la «caja de ahorros»,

un tarro de barro disimulado entre los recipientes de la alacena. Él se quedaba

con diez para sus menudencias, algún que otro vino, algún que otro cigarro. Se

preguntó qué diablos hacía él en una taberna a las cuatro de la tarde de un


miércoles cuando debería de estar en la oficina. Quizás, se dijo, había salido a

hacer un encargo, se había descuidado, su jefe le había dado unas horas libres...

Pero por mucho que intentaba encontrar una justificación no la hallaba y

tampoco le preguntó. Durante las semanas sucesivas no volvió a ocurrir;

llegaba puntual a las siete de la tarde, casi al mismo tiempo que ella, a veces

incluso antes y pasaba a recoger a la niña a casa de la vecina del piso de abajo

quien, a cambio de unas pesetas, iba a buscarla a la escuela y le daba de

merendar. Continuaba siendo el hombre risueño que la había enamorado dos

veces, y olvidó su contrariedad, fruto seguro de una suspicacia imaginada.

Su cometido en el palacete resultó del agrado del señor de Luesia, también de

su pupila y de ella misma. Alodia era una jovencita inteligente deseosa de

aprender, pero muy introvertida; una infección de amígdalas mal curada la

había dejado sin habla a los tres años, aunque era capaz de emitir palabras

sueltas. Los médicos aseguraban que mejoraría con el paso del tiempo, si bien

el va y viene de institutrices, su aislamiento y las ausencias de su padre por

motivos de trabajo no ayudaban. Don Beltrán no escatimaba medios a fin de

que su hija tuviera todas las atenciones posibles, pero apenas se le veía en la

casa. Aurora supo por una de las sirvientas que era viudo desde hacía unos años

y que tenía otro hijo, ya de dieciocho, estudiante en Burdeos. Averiguó

asimismo que el hombre era uno de los más ricos de Ejea, dueño de una fábrica

y de dos molinos harineros, pero sobre todo de una ganadería de toros bravos

que corrían en las mejores plazas del país, de ahí que raramente coincidieran. A

veces encontraba una nota sobre el escritorio con alguna indicación y, todos los

sábados, su secretario le entregaba un sobre con la paga de la semana, que

aprovechaba para darse pequeños caprichos, un frasquito de colonia, unos

guantes o ropa más acorde con el puesto que ocupaba. Nunca le había dado

demasiada valor al vestuario, le importaba más la comodidad, y su atuendo

habitual eran una falda y una blusa, dos de cada que alternaba, más una

chaquetilla y un gabán largo en invierno, todos ya algo ajados, tanto, que

incluso las sirvientas de la casa se veían más vistosas. Compró un vestido

entallado de cuerpo entero en tonos ocres oscuros sin adornos que adquirió en

una tienda de tejidos, asimismo taller de costura. El espejo le devolvió la


imagen de una mujer de treinta y tres años, guapa y segura de sí misma.

También hizo lo que llamó para sus adentros una excentricidad y adquirió unos

botines y un sombrero de ala, aunque sencillo, sin plumas, velos, lazos o flores

enormes como los que llevaban las señoras pudientes. Se sintió a gusto el día

que se vistió «a la moda», más aún cuando se cruzó con el señor de Luesia en la

puerta y percibió un gesto de aprobación en su rostro, de costumbre poco

expresivo.

Llegado finales de julio, el caballero se presentó de imprevisto en la salita

utilizada para las clases y le comunicó que en breve partirían hacia Alquézar,

añadiendo que podía llevar a su hija con ella. No le dio tiempo a responder,

salió de la habitación, dejándola con la palabra en la boca, y una semana

después emprendían viaje, ella y las niñas en un carruaje y dos sirvientas, con

los baúles, en un carro, ambos conducidos por hombres de confianza del

patrón. Él no las acompañó, luego supo por Alodia que se había ido a Burdeos.

Tardaron dos jornadas en llegar, con parada en Huesca ciudad para pasar la

noche, pero el periplo mereció la pena. La población era la más bonita que

había visto en toda su vida. Encaramada sobre la sierra, custodiada por la

colegiata de Santa María, otrora fortificación en épocas belicosas, de edificios y

soportales de piedra, ventanas floridas, calles empedradas, gente amable, tuvo

la impresión de encontrarse en un mundo desconocido, en un lugar de

ensueño. La vivienda, asimismo propiedad del señor de Luesia, nada tenía que

ver con el palacete de Ejea. Lo que allí era, quizás, exceso de lujo, aquí era

elegante sobriedad; de tener elección, sin duda optaría por aquel refugio desde

cuyas ventanas la vista invitaba a la ensoñación. Acompañadas por el guardián

de la casa y por el sirviente, de hecho guardaespaldas de la joven ama,

recorrieron los alrededores, caminaron por los márgenes del río Vero,

descubrieron los cañones de Guara y observaron el vuelo de águilas reales y

buitres leonados, entre otras aves. El guardián era un experto que disfrutaba

hablando del lugar de donde jamás había salido, según él porque no le había

hecho falta. Aurora pensó que a ella tampoco le importaría quedarse allí a vivir.

Dos días antes de partir hacia la sierra, a media mañana, había acompañado

a Alodia a despedirse de una de sus tías, hermana de su difunta madre, con

quien el padre no mantenía relación, aunque permitía que su hija fuera a

visitarla. La dejó allí y fue a dar una vuelta; la señora la había mirado de arriba
abajo antes de ordenarle que volviera en dos horas. Le quedó claro que se

trataba de una mujer difícil, prepotente, pero no le importó, prefería tomar el

aire en lugar de permanecer en un rincón o en la cocina y, pensando en el viaje,

compró un vestido para María, uno blanco de algodón fino y sombrero de paja

a juego. Se detuvo en seco al salir del comercio y descubrir a Mario en

compañía de los mismos hombres con quienes lo había visto tres meses atrás;

hablaban animadamente y entraron en un local de bebidas. Él no la vio. Al

volver a casa, miró dentro del tarro de los ahorros; estaba medio lleno, y a

simple vista no parecía que faltara dinero, pero al volcar el contenido sobre la

mesa comprobó que debajo de algunos billetes había cartones llenando el

vacío. Él la encontró allí, sentada en una silla, los ojos fijos en los cartones, y

admitió lo que ella temía, que no trabajaba en la fábrica de harina ni en ningún

otro sitio, si bien aseguró que seguía buscando. Al preguntarle de dónde salía el

dinero que él decía ganar cada semana, confesó que lo sacaba del tarro y volvía

a meter una parte. De todos modos, solo era cuestión de tiempo que las cosas

cambiaran y, de hecho, iban a cambiar, pues se presentaría a las elecciones

generales que tendrían lugar en unos meses; era preciso mejorar la situación de

la clase obrera, disponía de buenos contactos, tenía un buen discurso, sus

amigos aseguraban que saldría elegido por el partido republicano... Dejó de

escucharlo en algún momento de la conversación y aquella noche durmió con

la niña. La estancia en la sierra resultaba la mejor medicina para paliar su

frustración.

Don Beltrán hizo acto de presencia en Alquézar la primera semana de

septiembre después de un mes entero en Burdeos en compañía de su hijo y

mostró su satisfacción al observar que Alodia, pálida de habitual, mostraba una

tez bronceada por el aire de la sierra y el ejercicio. Y no solo eso. Se había

vuelto más expresiva y alegre, había encontrado en María una amiga, su

primera amiga, lo más parecido a una hermana, quien había aprendido el

lenguaje de signos. Ver a las dos niñas entenderse en largas chácharas

silenciosas, jugar, bailar, correr durante los paseos, henchía de placer al hombre

dolido por la pérdida de la esposa y el trastorno en el habla de la hija. A su

vuelta a Ejea, propuso a Aurora educarla con Alodia en el palacete. Todos los

gastos, comida y ropa incluidas, correrían por su cuenta. Es más, tenía pensado

enviar a su hija interna a un colegio de señoritas en Madrid, y podría


acompañarla. Ofreció asimismo otorgarle una dote a fin de que pudiera

matrimoniar bien o hacer con el dinero lo que mejor creyera una vez alcanzada

la mayoría de edad. La oferta era generosa, una oportunidad excepcional para

que su hija recibiera una educación superior y poder así acceder a la escuela de

magisterio de la Institución Libre de Enseñanza sobre la cual se había

informado tiempo atrás, cuando todavía tenía ilusiones.

Tuvo la impresión, al hablar del asunto con él, de que Mario sentía algo

parecido al alivio; con su sueldo y los gastos de la niña satisfechos, se quitaba

de encima un cierto complejo de culpabilidad por no contribuir a las

necesidades familiares y podía sin remordimientos dedicar su tiempo a lo que

verdaderamente le interesaba. A ella le disgustaba aquel empeño en entrar en la

política, más aún cuando sus posibilidades de éxito eran mínimas, por mucho

que él creyera tener alguna opción. Antes de presentarse a las elecciones

generales tendría que hacerlo a las municipales o a las provinciales, hacerse un

nombre, y, al igual que él, había gran número de aspirantes que buscaban lo

mismo. De hecho, en las últimas generales del mes de abril, los resultados

habían sido muy claros: amplia mayoría conservadora, seguida a distancia por

los liberales. Unión Republicana habían obtenido dieciséis de los cuatrocientos

cuatro escaños en liza, catorce menos que dos años antes y, desde luego, en las

próximas, uno de ellos no sería para aquel soñador con la cabeza en las nubes.

Ya solo hacían el amor de tarde en tarde, y siempre con protección, pues lo

último que deseaba era quedarse nuevamente embarazada a riesgo de perder el

trabajo que los mantenía a los tres. Se llevaban bien, como una buena pareja de

amigos, sin discusiones ni recriminaciones; atrás quedaban las pocas ocasiones

en las que ella se había sentido plena, en las que había llegado a pensar que su

vida sería una continuación de momentos mágicos. La realidad era la que era.

Abandonada la ambición de lograr el mismo nivel que sus colegas masculinos,

lejos de las personas que quería, convertida en institutriz de gente rica,

insatisfecha en su vida amorosa, su único anhelo ahora era que María alcanzara

las metas que ella no había logrado, y aceptó la propuesta de Beltrán de Luesia.

A comienzos del verano siguiente, Mario la informó de que se marchaba a

Barcelona, solo sería por poco tiempo, aseguró. La situación en aquella ciudad
se deterioraba día a día debido a la agitación provocada por el envío de tropas a

Marruecos, entre otras, las Brigadas Mixtas de Cataluña, incluidos los

reservistas, padres de familia en su mayoría y sustento de los suyos, que apenas

lograban lo suficiente para sobrevivir y menos aún los seis mil reales necesarios

para la exención. Una vez más los pobres pagaban la ambición sin límites de los

potentados, y los ánimos se hallaban soliviantados. Quería ser testigo de

primera fila, ayudar en lo que pudiera, y por otra parte la experiencia le vendría

muy bien para su futuro político. Ella no dijo nada, era inútil intentar hacerlo

cambiar de idea. Le preparó la bolsa incluyendo algo de comida para el viaje y

un sobre con dinero, y la niña y ella fueron a despedirlo la cochera donde tomó

el carro a Zaragoza para allí coger el ferrocarril a Barcelona, un trayecto largo y

agotador. Prometió que escribiría nada más llegar, pero Aurora sabía que

ocurriría igual que la otra vez, nada, ni cartas ni telegramas durante su

ausencia. La víspera de su partida, como despedida, acudieron los tres a una

chocolatería y a continuación se hicieron dos fotografías casi idénticas, una

para ellas y otra para él como recuerdo, un antojo de María al pasar por delante

del estudio situado bajo los soportales de la plaza.

Las noticias tardaron en llegar a Ejea. En busca de información, Aurora se

lanzaba sobre la prensa sin esperar a que el señor la leyera primero, una falta

grave de cortesía al parecer del resto de los servidores, aunque a ella le daba

igual, necesitaba saber. Horrorizada, se enteró de que, durante una semana, la

ciudad condal y otras ciudades y pueblos catalanes habían vivido lo que

algunos periódicos llamaron una verdadera guerra y luego «semana trágica»;

decenas de muertos, cientos de heridos, quema de edificios, iglesias y

conventos. La huelga y las manifestaciones de los obreros, apoyados por

jóvenes revolucionarios, se habían transformado en una insurrección contra el

gobierno y la iglesia, agravada al conocerse el desastre del Barranco del Lobo,

en el Rif, en el que habían perecido ciento cincuenta reservistas, la mayoría

parte del contingente embarcado en Barcelona un par de semanas antes. La

revuelta había sido reprimida con dureza, los sindicatos ilegalizados, cerradas

las escuelas laicas y detenidas dos mil personas. No aparecían los nombres de

los muertos, y rogó para que Mario no fuera uno de ellos. Dichos hechos y sus

consecuencias le recordaron una novela que había leído no hacía mucho, Los

Miserables, del autor francés Víctor Hugo, en la que se narraban los


acontecimientos ocurridos en París cerca de ochenta años atrás, casi un

duplicado, con menos muertos y detenidos, eso sí, pero motivos y desenlace

similares: obreros y estudiantes no tenían fuerza para enfrentarse a un

gobierno, y menos a un ejército.

Como si la cosa no lo preocupara pese a la importante pérdida de dinero que le

había supuesto la supresión de las corridas de toros en Cataluña, don Beltrán

ordenó disponer de nuevo la estancia en Alquézar acompañándolas en esta

ocasión. Su hijo, un joven atractivo y afable, viajó desde Burdeos para reunirse

con ellos; finalizado sus estudios, los acompañaría de vuelta para iniciarse en

los negocios de su padre. Pero ni siquiera allí, en el pueblo de las águilas y los

quebrantahuesos, de los paseos en la naturaleza, de los atardeceres dorados,

pudo Aurora dejar de pensar en el hombre a quien quería a pesar de los pesares.

De vuelta en Ejea, hojeó los diarios atrasados y los recientes. Las noticias sobre

lo acontecido en Barcelona ocupaban cada vez menos espacio, en todo caso

hablaban de juicios, deportaciones, encarcelamientos, ejecuciones, pero seguía

sin averiguar los nombres de los muertos, tampoco había recibido señal alguna

de Mario. Así transcurrieron los siguientes dos años, y su vida volvió a dar un

vuelco.

El señor de Luesia decidió que era hora de enviar a las dos adolescentes a

una institución para señoritas a fin de redondear su educación. Para alegría de

todos, Alodia era ya capaz de decir frases enteras, con cierta dificultad

evidentemente, pero cada vez mejor, y el padre estaba convencido de que su

compañera de confidencias había tenido mucho que ver en la mejora, por lo

que quería que ambas continuaran juntas. Solo había un problema, su hija

quería estudiar Bellas Artes. Desde pequeña pintaba muy bien a acuarela, pero

deseaba dominar el óleo y no tenía intención alguna de aprender materias que

no tuvieran que ver con la pintura. María, por su parte, quería estudiar

Filosofía y Letras, ahora que mediante decreto real las mujeres podían acceder a

los estudios universitarios sin necesidad de pedir un permiso oficial, como les

había ocurrido a las pocas que habían cursado carreras que luego se les había

prohibido ejercer. Los tiempos estaban cambiando, y lo tenía muy claro, su

madre se había quedado en el camino; ella conseguiría la licenciatura para


impartir clases de literatura, realizaría los exámenes de validación a fin de

cursar la enseñanza secundaria en un instituto y después se inscribiría en una

universidad.

Tras meditarlo y recabar información, don Beltrán abandonó la idea de

enviarlas a Madrid y optó por Zaragoza, más aún al saber que un tío de su

prohijada era profesor en la facultad de Letras y podría ocuparse de ambas.

Además, estaba mucho más cerca. Viajó a la ciudad, habló largo y tendido con

Úrbez Albar y regresó muy satisfecho; el hermano de la institutriz era profesor

ayudante, con un sueldo justo para salir adelante sin ningún tipo de lujos, y su

mujer esperaba su primer hijo. Le ofreció una generosa remuneración a cambio

del alojamiento y la supervisión de ambas jóvenes, insistiendo en que Alodia,

aunque no quisiera, debía de estudiar otras materias además de pintura. Tras

echar un vistazo a la vivienda, un piso en el barrio del Arrabal, próximo a la

estación del ferrocarril, en absoluto adecuado para su querida hija, alquiló otro

de nueva construcción en el Paseo de la Independencia, la zona rica de la

ciudad; pagaría el alquiler de este mientras su niña permaneciera a su cuidado.

Aurora se regocijó ante la idea de acompañar a las dos jóvenes, de estar con

el hermano a quien no veía desde hacía cuatro años, y no disimuló su

decepción cuando el señor de Luesia le comunicó que no entraba en sus

proyectos enviarla a ella también. Alodia y María ya no la necesitaban, su

preparación no estaba a la altura, para eso contarían con el profesor y su

esposa, una de las pocas mujeres en haber obtenido un título universitario,

aunque no ejerciera. Su primer impulso fue decirle que adiós muy buenas, que

se marchaba y se llevaba a su hija, pero... la oportunidad que para esta suponía

tener acceso a la educación superior no se presentaría dos veces, y lo último

que deseaba es que se sintiera tan frustrada como ella. Aceptó por tanto

pensando en buscarse otro empleo, ya que su presencia no sería necesaria una

vez que las dos muchachas hubieran partido, pero permaneció anonadada

cuando él la informó de que tenía otros planes para ella, para ambos en

realidad, y le propuso matrimonio.

La había estado observando durante los años transcurridos en su casa,

afirmó; había comprobado que era mujer cumplidora con su deber, bastante

culta, de buenos modales, discreta y no mal parecida. Necesitaba una esposa a

su altura y, si bien ella carecía de bienes y posición, no desentonaría en las


reuniones sociales y eventos a los que acudía solo desde el fallecimiento de su

esposa. Por otra parte, no tendría que volver a trabajar para otros, era todavía

joven y podría darle más hijos. No contestó de inmediato, notaba un nudo en

la garganta provocado por la rabia. ¿Qué se había creído aquel presuntuoso que

la trataba como a uno de sus toros, o más bien como a una de las vacas a las

que estos cubrían? Ganas le daban de soltarle un bofetada, pero no podía poner

en riesgo el futuro de María, así que cogió aire y respondió con frialdad que ya

estaba casada. Lo vio dirigirse a su escritorio y rebuscar en un portafolio. Se le

heló la sangre en las venas cuando él le tendió una fotografía, la misma que se

habían hecho antes de la partida de Mario, al tiempo que le decía que había

sido encontrada en un bolsillo de uno de los muertos durante la semana trágica

de Barcelona y, asimismo, le entregaba el certificado de defunción. Cayó

redonda al suelo. Al despertar se hallaba en la cama de uno de los cuartos de

invitados del palacete, atendida por una de las sirvientas, la fotografía estrujada

entre sus dedos.

Habían transcurrido casi tres años desde aquello, y Aurora no se había

quitado el luto, vestía de negro de pies a cabeza y peinaba su cabello en un

moño prieto que la hacía parecer mayor de lo que era. Permaneció unos meses

en Ejea tras la marcha de su hija, los suficientes para poner sus asuntos en regla,

cumplimentar el papeleo necesario y vender el piso. Dio largas a Luesia con la

disculpa de que el duelo la impedía responder a su propuesta, aprovechó una

de sus ausencias para escribirle una carta de agradecimiento en la que le

deseaba todo lo mejor y se fue a Zaragoza. Su intención era quedarse allí, cerca

de su hija, buscar un alojamiento ahora que disponía de dinero y un trabajo,

pero pronto se dio cuenta de que aquel no era lugar para ella, demasiada gente,

demasiado ruido.

María y Alodia eran felices en la ciudad del Ebro, la una estudiando para

aprobar el examen de bachillerato, la otra con sus clases de arte; habían hecho

amigos e incluso acudido a un baile por primera vez. Por otra parte, su cuñada

y ella no congeniaban. Se sentía como una extraña en el hogar de su hermano

con quien tampoco tenía demasiadas ocasiones para hablar; las clases, la

lecciones privadas, las reuniones con colegas e intelectuales en el café «Ambos

Mundos» ocupaban su tiempo. Ya casi no reconocía al mozalbete a quien había

enseñado a leer y a escribir en Buisán, ahora un hombre serio que callaba


cuando su mujer tenía un pronto desagradable. Aguantó hasta después de

navidades y regresó al pueblo. Sabía por la exigua correspondencia mantenida

con su madre que el marido de Marcela había fallecido, y que ambas

continuaban en la vivienda de la herrería, una casa que se caía a cachos de puro

vieja. Pocos días después de su llegada, las tres se trasladaron de alquiler a otra

casi igual de vieja, pero en mucho mejor estado. Disponía del dinero obtenido

por la venta del piso de Ejea, pero debía prever el futuro; la escuela tenía otra

maestra, y no había en la localidad un trabajo que pudiera ejercer, a no ser

como temporera en la recogida de la uva y de la almendra.

El sobrino de Marcela vino en su ayuda y le consiguió un puesto en la

fábrica de harina en la que él era contable, otrora propiedad de su familia

materna y de Cristóbal Forcás en la actualidad. Su cometido se centraba en

pedidos, envíos, albaranes, documentos en general y, dado que el dueño nunca

aparecía por el lugar, no existía peligro de encontrarse con él. El Paquetero ya

no era Mayordomo de la Cofradía por lo que tampoco se le veía en lugar

destacado durante las misas, de hecho, no se le veía pues, al parecer, paraba

poco en el pueblo. El joven que se ganaba la vida como contrabandista de

caballos, el viudo enriquecido con los dineros de su difunta, se había

convertido en un hombre acaudalado al haber multiplicado su fortuna

utilizando la artimaña que tan buen resultado le había dado en el asunto de El

Maizal: comprar deuda y hacerse con tierras, casas, bienes ajenos. No solo eso,

también se dedicaba al préstamo, negocio este extremadamente lucrativo en

una época de penuria como la que vivía gran parte de la población, y había

abierto despacho en la ciudad.

A veces, madre e hija se acercaban al que había sido su hogar, y se les caía el

alma a los pies. Cerrada la casa, las huertas abandonadas, el porche cubierto de

telarañas, tenía de nuevo el mismo aspecto de años atrás, cuando Elisa logró

recuperarla. Era inútil lamentar lo que no tenía remedio, así que se sentaban

un rato en silencio y luego regresaban atravesando el maizal, ahora campo de

rastrojos. Ambas echaban en falta el pasado, las reuniones familiares, las voces,

las risas; los días eran todos iguales, aburridos. En ocasiones, Aurora insinuaba

que quizás deberían trasladarse a la capital, pero Elisa no quería oír hablar de

semejante posibilidad; estaba cansada de ir de un lado para otro, afirmaba, y no

tenía fuerzas para empezar de nuevo, aunque la animaba a ella a intentarlo,


pero ¿cómo dejar solas a las dos mujeres? Desde la muerte de su marido,

Marcela había perdido el ánimo, además era ya anciana, y su madre solo la

tenía a ella.

La familia al completo no había vuelto a reunirse en años, si bien el último

verano habían recibido la visita de Úrbez y de María, aunque únicamente

durante unas horas; llegaron antes del mediodía en un landó tirado por dos

caballos, y se marcharon a media tarde, después de comer con ellas y con Antoi

y los suyos. No podían quedarse más tiempo, dijeron añadiendo que, de todos

modos, tampoco había en el pueblo un lugar apropiado donde pernoctar. Les

dolió aquel «apropiado» dicho, supusieron sin mala fe, pero también sin

pensar. Existía una fonda con habitaciones allí, e incluso podrían haberse

quedado en su pequeña vivienda compartiendo espacio, las tres en el cuarto de

la abuela, él en la de su hermana. No insistieron, estaba claro que se habían

acostumbrado a la gran ciudad, y que el pueblo les venía pequeño.

La joven se presentaría al examen de bachillerato en unos meses y después

había decidido olvidarse de la Facultad de Letras y estudiar en la de Farmacia,

una de las pocas carreras universitarias a las que las mujeres accedían sin

demasiadas trabas. Se la veía muy feliz, y ellas no deseaban otra cosa, aunque

significara no verla madurar. Asimismo, les contó que don Beltrán había

matrimoniado con una señorita de la alta sociedad y pasaba medio año en

Zaragoza; lo llamó «padrino», y a Aurora se le encogió el corazón. Si lo hubiera

aceptado, su vida habría sido diferente, habría podido ver a su hija, atender

mejor a su madre... Recordó el dolor sentido al conocer la muerte de Mario y

se preguntó por primera vez cómo había conseguido él el certificado de

defunción, probablemente enviando a alguien a indagar si ya era viuda para

hacerle la propuesta de matrimonio sin tener en cuenta su pena. También

recordó su tono de superioridad al proponérselo y llegó a la conclusión de que

no habría sido feliz; el señor de Luesia solo quería una mujer dócil a su lado,

una sombra, y ella no lo era. Tío y sobrina se despidieron con la promesa de

regresar con más tiempo, y ellas los vieron partir con tristeza intuyendo que

tardarían en volver a encontrarse.

Desaparecido el landó de su vista, iban a entrar en la casa, pero se detuvieron

al advertir agitación a la puerta de la tahona y se acercaron. El encargado del

horno al que se llevaban a hornear las tortas había sido hallado muerto, más
concretamente colgado de una viga en la cuadra de un vecino. Los

interrogantes sucedieron a la estupefacción general. El hombre vivía solo, no

tenía familia, no se le conocían amores, pocos amigos, tampoco se sabía que

estuviera enfermo. ¿Qué lo había llevado a cometer un pecado mortal que lo

enviaría directo al infierno? Nadie tenía una respuesta, pero sí otra pregunta:

¿quién iba a encargarse de hornear? Aurora miró a su madre; horas más tarde la

ayudaba a preparar una hornada que sirvió para ofrecer a los asistentes al

entierro, pues no hubo funeral, y el suicida fue enterrado en tierra no

consagrada.

A partir de entonces, ayudada por sus hijos que se ocupaban de la leña, Elisa

se encargó del horno, y más. No siempre había masa para cocer, los panes eran

grandes y aguantaban varios días, así que tampoco tenía demasiada labor y

empezó a elaborar bollos con harina de la fábrica que le llevaba su hija y la miel

de las colmenas de Antoi. Comenzó regalándolos aquí y allá, no esperaba que

alguien quisiera pagar por ellos, pero la demanda aumentó. Al cabo de unos

meses, no solo horneaba las tortas de los vecinos, también les vendía los bollos

y empezó a recibir encargos de otro tipo de dulces, tartas, trenzas, hojaldres,

para fiestas familiares en fechas especiales. La ocupación la rejuveneció y volvió

a sonreír. Ayudada por Aurora y Antoi, puso puesto en Cimillas la víspera de

San Juan del siguiente año y, entre cantos, bailes y hogueras, vendió todo el

género y dio gracias a la Virgen de Cillas por su bondad, en un momento en

que creía que su vida se limitaría a esperar la muerte, al igual que su protectora

y amiga, que ya no se movía de la cama, y a quien había que asear y dar de

comer.
1914

odo continuó igual durante los siguientes años. Marcela falleció un

T
amanecer velada por madre e hija, quienes sintieron que se quedaban

un poco más solas. No obstante, el quehacer de la una en el horno y

de la otra en la fábrica las mantenía ocupadas, vivían sin apreturas e incluso se

permitían algunos pequeños lujos, como excursiones de un día a la capital,

aprovechadas para visitar librerías, comprar enaguas y delantales o comer en un

restaurante de a tres pesetas el menú. Fue precisamente en uno de estos, en el

Petit Fornos de la calle Cuatro Reyes, donde un caballero se les acercó y

preguntó a Elisa si era ella la autora del libro Cuadernos de repostería. Al

observar su gesto de sorpresa, sonrió, se presentó y preguntó de nuevo si podía

acompañarlas y, por supuesto, invitarlas a comer el menú del día: consomé de

ave, un sabroso pollo al Chilindrón y flan de postre. Había sido amigo de don

Fidel y, aunque ella no lo recordara, solía acudir a las tertulias de El Obrador.

Le dijo, asimismo, que estuvo en la presentación de su libro y que, añadió, lo

había regalado en multitud de ocasiones a reconocidos chefs de los mejores

restaurantes de Aragón, especialmente de Zaragoza donde residía, aunque a

veces volvía a Huesca, su ciudad natal, por asuntos de negocios. Elisa suspiró,

había perdido la pista al libro del cual conservaba dos ejemplares para el

recuerdo. Propiedad del impresor, una vez satisfechos los gastos de edición y

recibida una cantidad reducida que compartió con el profesor, la obra dejó de

ser suya, aunque su nombre apareciera en la cubierta.

Don Luis Cortillas era hombre ilustrado, y madre e hija disfrutaron con una

conversación como hacía tiempo no mantenían; hablaron de novelas, de

poesía, de las novedades teatrales a las que ellas no tenían oportunidad de

asistir. Lamentaron tener que despedirse tras la sobremesa, debían tomar el


carro de viajeros de regreso al pueblo, pero él insistió en llevarlas en su flamante

automóvil, un Ford T de cuatro lazas que causaba la admiración de los

viandantes, y cuyo chófer esperaba paciente a que su patrón decidiera

emprender el viaje de vuelta a Zaragoza. Era la primera vez que subían a un

automotor, y la experiencia les trajo a la memoria la única ocasión en que

montaron en un carrusel allí mismo, en la ciudad, durante las fiestas en honor

a San Lorenzo. Antes de despedirse, ante la expectación de grandes y pequeños,

que habían salido al oír el ruido del vehículo, el caballero quiso conocer la

localidad, así que pasearon un rato por la calle de La Fuente y la Plaza de

Santiago, y se detuvieron ante la casa palacio de los Ballán y otras edificaciones

de buena planta. Las dos mujeres no pudieron reprimir unas sonrisas divertidas

al interesarse él acerca de si existía allí un hotel y de la posibilidad de organizar

un banquete de bodas para unos doscientos comensales, pero no preguntaron

por no mostrarse indiscretas. No hizo falta, él se encargó de explicar el motivo

de su interés: su hijo mayor, médico titulado, contraería matrimonio en unos

meses con una joven nacida en la localidad, si bien ausente de la misma desde

muy pequeña.

A él se le había ocurrido darles una sorpresa y celebrar la boda allí, pero no

sería posible dada la escasa infraestructura existente en el lugar. Sin percatarse

de la súbita palidez de ambas, habló con entusiasmo de su futura nuera, una

joven brillante, recién recibida en la Facultad de Farmacia, guapa, con don de

gentes, sobrina de un reconocido catedrático de Letras, que sería la esposa

perfecta para su hijo. Como si quisiera cerciorarse de que no había escuchado

mal, Aurora preguntó por el nombre de la futura señora de Cortillas. «María de

Luesia» fue la respuesta. Tuvo que asirse al brazo de su madre para no caer al

suelo y apenas respondió al saludo de despedida cuando él subió al automóvil y

desapareció en medio de una polvareda.

Aquella noche no pudo conciliar el sueño; la cabeza le daba vueltas, tan

pronto lloraba como se apoderaba de ella una calma fría, seguida de un nuevo

llanto. Llevaba casi tres años sin ver a su hija y, aunque ella le escribía todas las

semanas, solo recibía una carta suya, breve, cada dos meses más o menos. Sabía

que estaba contenta, que los estudios le iban bien, pero en ningún momento le

había comunicado que tenía novio y menos todavía que pensara en casarse. Si

bien ignoraba a qué se dedicaba el señor Cortillas, estaba claro que debía de ser
hombre adinerado, dado que su hijo había estudiado la carrera de medicina,

vestía elegantemente y disponía de un automotor con chófer incluido, por lo

que el enlace estaría a la altura ya que no cualquiera convidaba a doscientos

invitados. ¿Por qué María no le había dicho nada y tampoco su hermano?

¿Acaso se avergonzaban? Y sobre todo ¿por qué había adoptado el apellido del

ganadero? Ya en la madrugada se deslizó al cuarto de su madre y se metió en su

cama; se abrazó a ella como cuando era niña, allí en Biescas y en Piedrafita, en

Huesca después, en busca de calor, de amparo, y lloró quedamente hasta

quedarse dormida a la hora en que debía de levantarse para acudir el trabajo.

Aquel día no fue a la fábrica, Elisa la dejó dormir.

Su primera intención fue viajar de inmediato a Zaragoza a pedir

explicaciones a su hija y a su hermano, pero lo pensó mejor. Si ellos no le

habían dicho nada era porque no querían, así de simple. Escribió una carta a

cada uno reprochándoles su silencio en materia tan trascendental, echándoles

en cara su desapego y el agravio que suponía la falta de respeto y de cariño,

pero luego las tiró al fuego. No merecía la pena llevarse mal rato, es más, ni

siquiera acudirían a la boda en caso de ser invitadas. ¿Para qué? ¿Para

desentonar entre gente rica? Si querían algo de ellas, ya sabían dónde

encontrarlas. Aun así, no podía dejar de pensar en su querida María, único

testimonio de su amor por Mario, de una juventud en la que creyó que la vida

sería un camino de rosas. Cumplidos los cuarenta, se sentía mayor, cansada, sin

esperanzas. En unos años tendría que dejar el trabajo, quizás su madre ya no

estuviera, y ella vería pasar los días esperando su final, sola.

Y de pronto, una noticia inesperada corrió de boca en boca por el pueblo e

hizo que las dos mujeres olvidaran su pesar: El Paquetero había sido arrestado

acusado de falsificación de billetes entre otros cargos, no se sabía muy bien

cuáles, cada uno contaba la historia a su manera. De lo que no había duda era

de que se hallaba enchironado a la espera de juicio, y de que sus propiedades

habían sido incautadas. El primer pensamiento que les vino fue qué ocurriría

con El Maizal. Cierto que no esperaban que él lo devolviera, pero quizás

habrían podido llegar a un acuerdo en algún momento. Cualquier posible

arreglo se evaporaba no obstante si el Estado o el Banco de España se hacían

con la hacienda y la vendían a un tercero. El sobrino de Marcela, vino una vez


más en su auxilio. En vida de su tía solía pasar por la vivienda, pero ahora solo

se veían cuando él acudía a la oficina de la harinera a llevar las cuentas, aunque

no hablaban mucho, justo un saludo, un qué tal está usted y poco más. Una

tarde se cruzaron cerca de la fuente, ella le preguntó si podían hablar y dieron

un paseo por las afueras. El hombre estaba más o menos al tanto de los

tejemanejes de El Paquetero en lo concerniente al modo utilizado para

apropiarse de la hacienda, pero ella le dio más detalles y comentó el tema del

que todos hablaban, el de su detención. Se decía que le habían incautado los

bienes, pero... No era la primera vez que detenían a un falsificador, y las penas

solían ser de dos o tres años de cárcel y una multa. Quería saber si en este caso

la condena podría también entrañar la pérdida de la casa familiar, solo por

saber. El contable prometió informarse y comunicarle sus pesquisas cuanto

antes.

Después de diez años, Agostín Ornat seguía enamorado de Aurora. Se

eclipsó tras la aparición de su marido y más tarde la ayudó a encontrar trabajo

al quedarse viuda, pero no había vuelto a cortejarla, y tampoco ella le había

dado pie para hacerlo, si bien, en la sombra, seguía pendiente de sus idas y

venidas, la observaba con disimulo en la iglesia, acudía a la tahona con la

disculpa de comprar un bollo dulce y aprovechaba para hablar con su madre y

saber de ella. Últimamente la había visto algo apagada, como si tuviera alguna

preocupación, deseaba preguntarle el motivo, pero no se atrevió. Fue a la

ciudad decidido a averiguar todo lo referente al canalla que había dejado en la

calle a las dos mujeres que tanto apreciaba, conocía a un empleado en el

Juzgado a cuyos padres ayudaba sin cobrar con las cuentas de la tienda que

regentaban, y este le dijo lo que quería saber. En efecto, Cristóbal Forcás estaba

preso por un asunto de falsificación de billetes de mil pesetas, pero no solo por

eso.

También se le acusaba de estafar a más de dos centenares de personas, en su

mayoría pequeños ahorradores y propietarios. Entre él y su socio, un tal

Braulio Azaba, asimismo detenido, habían montado una entidad fantasma

«Inversiones CF&BA», en la que ofrecían a los clientes invertir en un supuesto

negocio inmobiliario que les reportaría suculentos beneficios. En realidad, no

existía tal negocio; abonaban los intereses con el dinero obtenido de nuevas

víctimas hasta que ya no les quedó con qué pagar, si bien para entonces ellos
habían amasado una bonita suma que guardaban a buen recaudo. Al final

habían sido denunciados, y el confidente suponía que, además de la pena de

prisión, les caería un multa millonaria. Nada nuevo en la viña del timo, añadió;

luego citó al escritor romano Publio Sirio: «el que persigue dos liebres, no coge

ninguna», dejando al contable asombrado con su erudición. De toda la

información obtenida, lo que más llamó la atención de Elisa y de su hija fue el

nombre de Braulio Azaba, a quien habían olvidado completamente. De hecho,

la primera pensaba que a estas alturas su medio hermano ya habría muerto

alcoholizado, aunque tampoco le costaba nada imaginárselo en compañía del

puñetero violador, tal para cual. En cuanto al futuro de El Maizal, habría que

esperar a la resolución judicial, afirmó Agostín, asegurándoles que él mismo las

mantendría al tanto.

Quizás porque deseaba agradecerle su colaboración, o porque necesitaba a

alguien más que su madre para hablar, Aurora aceptó dejarse acompañar por el

hombre tímido que ya una vez la había pretendido y a quien dejó plantado sin

mediar explicación en cuanto Mario apareció. Al igual que con este al

comienzo de su relación, paseaban por los alrededores, hacían pequeñas

excursiones o contemplaban las estrellas. Se casaron cinco meses más tarde, un

sábado por la mañana del mes de julio, exactamente el mismo día en que

María se convertía en señora del doctor Cortillas. Unas semanas atrás había

recibido una carta certificada de su hija anunciándole su matrimonio; se

disculpaba por no haberla avisado con mayor antelación debido a los estudios y

a las múltiples obligaciones sociales que la ocupaban, además de los

preparativos de la boda. Después le hablaba de su prometido, de la familia de

este, lo dichosa que se sentía y lo mucho que deseaba volver a verlas, a ella y a

la abuela. La misiva no venía sola, dentro del sobre había quinientas pesetas en

billetes de a cien «a fin de que vistáis acorde con el evento y para los gastos del

viaje en el ferrocarril y la estancia en un hotel». Por una vez, no le dijo nada a

su madre, ocultó su tristeza, y horas después, mientras paseaban por el camino

de Banariés, preguntó a Agostín si quería casarse con ella. Al hombre se le

empañaron los ojos de la emoción, sacó el anillo de oro que guardaba en el

bolsillo del chaleco desde hacía diez años y se lo puso sin decir palabra.

Mientras en la catedral de Zaragoza se celebraba un enlace de postín,

seguido de un banquete en el afamado restaurante Casa Lac, reservado en su


totalidad para el acontecimiento, en el pueblo tenía lugar otro con la presencia

de unos pocos familiares y amigos, que acabó con una comida en la taberna-

posada donde la pareja pasó la noche. Al día siguiente, en landó alquilado,

partieron de viaje de novios hacia Loarre; ambos querían conocer el pueblo,

pero sobre todo su castillo, el más bello de Aragón a decir de muchos. Una

semana antes, Aurora escribió a su hija comunicándole que le sería imposible

asistir a su boda, puesto que ella misma se casaba, y le devolvió las quinientas

pesetas a modo de regalo.

Tuvieron que pasar dos años antes de que los jueces dictaminaran en el asunto

de la estafa inversionista y la falsificación de billetes. Los dos delincuentes

fueron condenados a cinco de años de cárcel y a pagar una enorme multa para

compensar a los estafados, a Hacienda y al Banco de España. Al no poder

satisfacer esta, El Paquetero vio enajenados todos sus bienes; Azaba no tenía

dónde caerse muerto. Gracias a su amigo, Agostín pudo disponer de una copia

de la sentencia, regresando a toda prisa al pueblo para enseñársela a su mujer y

a su suegra. El Maizal no aparecía entre las propiedades requisadas. Un mes

más tarde, la pareja viajó a la ciudad acudiendo a la cárcel de Partido instalada

en el antiguo convento de los carmelitas descalzos, asimismo sede de la

Audiencia Provincial, donde los esperaba el amigo a fin de facilitarles la

entrada.

El hombre que encontraron en nada recordaba al orgulloso tipo de antaño

convencido de que podía hacer lo que bien le viniera en gana. Demacrado, sin

apenas pelo en la cabeza, barba y bigotes descuidados, parecía perdido en la

sala de visitas, repleta en aquellos momentos de presos y familiares. Les miraba

sin verlos, sin reconocerlos, como preguntándose quiénes eran y qué hacían

allí, hasta que sus ojos se encontraron con los de su hija, iguales, de una extraña

tonalidad azul como la de los pétalos de algunas lobelias. No apartó la mirada

de ella durante toda la visita. Al salir de la prisión, se dirigieron directamente al

despacho del notario Del Valle, quien les hizo entrega de los documentos de

propiedad de la finca El Maizal, inscrita desde hacía años a nombre de Aurora.

No se los había hecho llegar, los informó, a petición del donador quien había

solicitado se conservaran en la notaría hasta que ella fuera a buscarlos, o a que


él falleciera.

Elisa no pudo reprimir el llanto al saber que la casa en la que había nacido

regresaba a la familia; se quitó el guardapelo con el retrato de su madre que

siempre llevaba colgado al cuello y se lo entregó a su hija, la ahora dueña de la

hacienda. Semanas más tarde, ellos tres, Antoi, mujer e hijos se instalaban en el

único hogar que reconocían como propio y que, al igual que la vez anterior,

había que limpiar y desyerbar. De nuevo se escucharon voces y risas, algunas las

mismas, y otras, ocuparon el lugar de las ausentes, entre ellas la de Agostín y las

de los tres hijos de Antoi y Nieus. A estos no les costó sacrificio alguno dejar la

casa de los padres de ella; la convivencia se había vuelto difícil, en especial con

el hermano mayor y futuro dueño, quien los trataba como a meros aparceros

contratados, pero sin paga. El Maizal era otra cosa. No importaba a quién

perteneciera, todos compartían trabajos y beneficios, y también pérdidas.

Poco después, Aurora tomó una decisión y pidió a su marido consultara con

el notario a fin de poner la hacienda también a nombre de su hermano; se lo

merecía, era el que más trabajaba en las huertas y con el ganado. Ella solo tenía

una hija, lejana, de la que no había sabido nada desde sus respectivas bodas, y a

quien probablemente le traía sin cuidado la herencia del bisabuelo. Por otra

parte, Úrbez jamás se había interesado por la tierra y tampoco había vuelto al

pueblo tras su última visita, si bien a veces recibían cartas interesándose por la

salud de la madre, a las que ella respondía de la forma más lacónica posible.

No, ninguno de los dos tenía ya que ver con la vieja casona, y era de justicia

dar a cada cual lo que en verdad merecía. Dispuestos los documentos, pidió a

su hermano que los acompañara a la ciudad; puso como escusa que, según

nuevas normas del catastro, era preciso detallar fanegas, regadíos, producción y

demás, y que ellos ignoraban todo lo concerniente a los mismos. La emoción al

saberse copropietario de la hacienda dejó sin palabra al hombre curtido por el

sol y tan parco en el habla como lo había sido su padre.

Elisa dejó la tahona; la tarea requería energía, amén de que la jornada

comenzaba al amanecer todos los días de la semana, y la edad empezaba a hacer

mella. No obstante, ayudada por su nuera, continuó elaborando dulces y

postres por encargo para fechas concretas, aunque en su propia cocina. Aurora

también colaboraba; la fábrica cerró a la espera de un comprador, que no

aparecía, y los empleados tuvieron que buscarse la vida en otra parte. A ella no
le habría importado continuar, su menguado sueldo aportaba unas pesetas a la

necesitada hucha familiar, pero tenía que reconocer que prefería ayudar en la

casa y en la huerta, dar largos paseos, sentirse libre de horarios y jefes.


1918

a llamada a filas de Belián, el mayor de los hijos de Antoi, empañó la

L
alegría provocada por el anuncio de la llegada de un nuevo miembro a

la familia, un hijo o hija de Aurora y Agostín. El gobierno liberal había

establecido el servicio militar obligatorio y suprimido la redención en metálico,

pero, hecha la Ley hecha la trampa, había introducido la figura del «soldado de

cuota», que, si bien no eximía, sí reducía el tiempo de servicio a cambio de

dinero. No disponían de las dos mil pesetas necesarias y fueron todos en piña a

despedirlos, a él y a otros seis mozos; estarían de vuelta en tres años, con suerte.

Las noticias eran preocupantes. Lejos de allí, se libraba una guerra como

nunca antes se había conocido. Los diarios mencionaban nombres de lugares

que no les sonaban, hablaban de miles y miles de muertos, de gases venenosos,

bombardeos, metralletas, ruinas. Y el cura pedía desde el púlpito rogar por los

«buenos», aunque los vecinos no sabían muy bien a quiénes se refería y

preferían rezar para que aquella calamidad no les cayera encima. La guerra de

Cuba todavía estaba muy viva en la memoria, y los más ancianos de la

localidad recordaban la última «carlistada» y narraban lo escuchado a padres y

abuelos cuando lo de los franceses. Un conflicto bélico siempre suponía un

desastre, tocara cerca o no, y únicamente salían beneficiados unos pocos, como

los grandes empresarios y especuladores nacionales que se forraban exportando

a los países beligerantes armas, uniformes, metal, carbón, alimentos, mientras

que en el país subía el precio del pan y de los productos de primera necesidad,

los salarios continuaban a la baja y muchos obreros perdían sus puestos de

trabajo.

Nada parecía que fuera a cambiar, hasta que Aurora se dio cuenta de que

estaba embarazada. Al principio, achacó la falta de menstruación a una posible

menopausia precoz, no sería la primera vez que a una mujer en sus cuarenta le
desaparecía la regla. No obstante, arcadas y mareos le recordaron los síntomas

experimentados al quedar embarazada de María, y no supo si alegrarse o

lamentarlo. Quería a su marido, pero más como compañero que como amante;

no lo deseaba como a Mario, no sentía que el mundo desaparecía a su

alrededor cuando él le hacía el amor; lo aceptaba como parte de su deber. De

hecho, su acometida era rápida, en absoluto apasionada, tanto, que llegó a

pensar que no había peligro de embarazo, y menos a su edad, y ni se molestaba

en pedirle que se colocara una goma cuando iniciaba un avance metiéndole la

mano por debajo del camisón. Luego pensó en la mujer del dulero jefe de los

pastores de reses y mulas, que había parido diez hijos, el último con más de

cincuenta años, y no era la única. Muchas mujeres de la localidad eran madres

de hijos pequeños y abuelas al mismo tiempo por aquello de que cuanto más

numerosa fuera la familia, más brazos habría para ayudar en las faenas, además

de que las noches eran largas y era pecado yacer solo por placer. Tampoco sabía

si quería volver a pasar por los dolores del parto, el amamantamiento, las

noches en vela, para que luego la criatura creciera y se olvidara de ella, y tardó

en comunicárselo a su marido. Quedó desconcertada al verlo salir corriendo

como si lo persiguiera un toro enfurecido; regresó al poco con aspecto alelado y

un ramo de flores silvestres en las manos, y a ella le entró la risa.

Ayudada por la partera y por su cuñada, dio a luz a una criatura que nació

sin problemas a comienzos del mes de abril del siguiente año y a quien

pusieron de nombre Manuela en recuerdo de la difunta madre de Agostín.

A la alentadora noticia sobre el próximo final de la contienda europea que

tanto dolor y penuria provocaba, vino a sumarse otra más alarmante todavía.

La prensa informaba desde antes del verano acerca de una infección que se

había extendido a gran velocidad por los escenarios bélicos y traspasaba

fronteras que ninguna neutralidad podía detener: una devastadora enfermedad

que estaba causando más muertes que la propia guerra. Al principio no se lo

tomaron demasiado en serio; la muerte era consustancial a la vida, siempre

había habido contagios de todo tipo, solo era necesario tener cuidado, evitar las

aglomeraciones, lavarse bien las manos... La alarma cundió al conocerse por la

prensa las cifras de fallecidos en Aragón, y más todavía cuando en la localidad

enfermaron gentes de todas las edades, muy especialmente jóvenes y niños, y


hubo que enterrar a dos de ellos en una misma semana.

Siguiendo las consignas de los obispos, el cura se apresuró a reunir a la

feligresía para pedir a Dios, a la Virgen y a Santiago por la pronta desaparición

del mal, «venganza de la eterna justicia debida a los pecados y a la falta de

gratitud». Dos días más tarde había aumentado el número de infectados, todos

ellos presentes en los rezos, la iglesia se vació en la siguiente convocatoria, y se

prohibió el repique de campanas de muerte a fin de no alarmar a la población.

El médico no daba abasto, de hecho, ignoraba cómo afrontar una epidemia de

semejantes proporciones, así que los vecinos echaron mano de remedios

caseros, ajos, costillas y sobre todo alcohol. Vinos, ponches, coñac, ron,

sustituyeron al agua, que no era saludable en opinión de algunos; curar no

curarían, aseguraban, pero al menos levantaban la moral. A causa del miedo, o

más bien del pánico generalizado, aquel año se suprimieron fiestas y ferias en

toda la comarca, también la misa, subasta y comida de la festividad de la

Virgen del Rosario; se cerró la escuela, se colgaron cruces en las puertas y ramas

de olivera bendecidas el Domingo de Ramos, y los vecinos procuraron salir lo

menos posible de casa. Pero el campo no esperaba; era preciso acabar de

vendimiar, sembrar legumbres y granos, recoger almendras, melocotones y

manzanas. Los más optimistas confiaban en que los malos vientos

desaparecerían en cualquier momento al igual que habían llegado, y que todo

habría pasado antes de la matacía del cerdo, básica para la economía y el

sustento familiares. Los pesimistas preparaban sus mortajas.

En El Maizal la situación se vivía con relativa calma, todos estaban sanos por el

momento y disponían de provisiones que, bien administradas, aguantarían

hasta pasado el invierno. Debido al cierre de las empresas a las que acudía, así

como su creencia de que no era el viento sino las personas quienes transmitían

la enfermedad, Agostín permaneció en casa siguiendo la máxima de que «si un

problema tiene solución, no hace falta preocuparse; si no lo tiene, preocuparse

no sirve de nada». Cerrada la escuela, los hijos de Antoi tampoco iban al

pueblo, pero fue precisamente su padre, el más fuerte de todos, el que cayó

enfermo, quizás por ser el único que trataba con labradores y vendedores de

semillas y plantas o por haber ido a visitar a su suegro, quien se hallaba


encamado debido a un mal de huesos. No pudo abandonar el lecho durante

días, siendo atendido por su madre en todo momento; los demás no debían de

arriesgarse, afirmó esta sin darles opción. Nieus debía de ocuparse de sus hijos,

Aurora de la niña, y ambas de la casa y las comidas, y el yerno no tenía idea de

cuidar a un enfermo. Ella ya había vivido y no le temía a la muerte, lo había

parido, amamantado, y él era el sostén de la casa.

No murió como tantos miles de otros, si bien tardó semanas en recuperarse;

el tiempo de la siembra pasó y su campo quedó en barbecho al igual que los de

sus vecinos. No obstante, la familia se felicitó de que el susto hubiera sido eso,

un susto, porque ocho de sus conocidos ya no podían contarlo, y

transcurrieron meses antes de que la situación se normalizara. Aparentemente,

Elisa no se había contagiado, sin embargo, no volvió a ser la mujer activa que

era antes; se cansaba con extrema facilidad, respiraba con dificultad, dormía

mal y pasaba el tiempo sentada en el sillón de mimbre que había sido de Bizén,

la mirada perdida.

La situación se normalizó poco a poco, muy poco a poco; el miedo seguía

presente dos años después de iniciarse la pesadilla que había acabado con la

vida de incontable número de personas, provocado el cierre de fábricas y

explotaciones agrícolas, arruinado el comercio exterior y empobrecido todavía

más a las clases menos favorecidas. Agostín retomó el trabajo, aunque con unos

cuantos clientes de menos, y su amigo del Juzgado de Huesca lo informó de

que El Paquetero y su socio habían muerto, aunque no supo decirle si por la

enfermedad o debido a otras causas; ambos presentaban un aspecto

ciertamente deplorable al entrar en la cárcel. Al conocer la noticia, Aurora no

sintió nada por el hombre que la había engendrado de forma violenta y

tampoco se lo dijo a su madre. ¿Para qué? Solo reviviría en ella recuerdos que

era mejor olvidar. No esperaba recibir una notificación de un bufete de

abogados reclamando la devolución de El Maizal a su legítimo propietario, hijo

de un primo y único pariente vivo de la difunta esposa del ahora fallecido, a

quien debería ir lo que todavía le quedara a este, y en la relación de los bienes

incautados no aparecía la hacienda. Al día siguiente, ella y su marido acudieron

al notario, quien los tranquilizó asegurándoles que el pariente no tenía nada

que hacer; los documentos de cesión firmados por Cristóbal Forcás y él mismo,

se hallaban debidamente sellados e identificados por la autoridad competente.


Manuela tenía diez años cuando vio apearse de un automóvil a una mujer

joven, con un abrigo de cuello y puños de piel, un casquete ajustado a la cabeza

que permitía ver un cabello peinado en ondas, zapatos de tacón anchos de la

misma tonalidad que el abrigo, las cejas depiladas, sombra de ojos oscura y los

labios perfilados con carmín, tan guapa y elegante, que creyó estar viendo a

una de aquellas actrices que aparecían en la pantalla instalada por Benito el de

la Engracia en su antigua cuadra, ahora sala de cine una vez al mes.

Acompañada por un caballero, un niño mayor que ella y una niña más o

menos de su edad, se los quedó mirando como una reina a sus vasallos. Supo

que se trataba de María, su hermana de madre, porque se lo escuchó decir a los

tíos en voz baja e intentó encontrar algún parecido, pero la distrajo la llegada

de otro vehículo del que descendió una pareja de mediana edad, que luego

supo eran el tío Úrbez y su esposa.

De pronto, su limitado universo se transformaba en una función similar a

las que acudían cuando una compañía de titiriteros ambulantes actuaba en la

plaza para delicia de grandes y pequeños. Los recién llegados no tenían aspecto

de comediantes, pero le causaron la misma expectación, si no más, oírlos

hablar, verlos moverse, abrazar a la abuela y a su madre aparentemente

emocionados. Poco después se hallaban todos sentados a la mesa larga de las

celebraciones, que hacía tiempo no se utilizaba, cubierta con un mantel de lino

bordado que ella no había visto antes. Situada en un extremo, intentaba

escuchar lo que se decía al tiempo que no perdía bocado; no todos los días

comía cardo con salsa de almendras, fritada, ternasco asado, buñuelos

rellenos... La víspera, la abuela, su madre y la tía no habían salido de la cocina

durante todo el día, limitándose a decirle que esperaban invitados sin mayores

explicaciones, y allí estaban todos. No recordaba hubiera habido nunca tanta

gente junta en El Maizal y se preguntó por qué de pronto aparecían por allí

aquellos parientes a quienes no conocía y de quienes no se hablaba en la casa.

Se dijo que a buen seguro vivían muy, muy lejos, quizás en América, y por eso

no sabía nada de ellos.

Acabada la comida, mientras los mayores tomaban café, bebían licores y

hablaban, los jóvenes abandonaron la mesa. A ella no le apetecía levantarse de

su sitio, quería seguir escuchando las conversaciones, pero una seña de su padre

le indicó que se fuera. No le quedó más remedio que obedecer y se adentró en


el maizal, su escondite favorito. Allí se sentía feliz, entre las plantas, sin ver a

nadie y sin que nadie la viera, dueña de un mundo encantado en el que

cualquier cosa podía suceder. Molesta, chasqueó la lengua al constatar que la

seguía uno de los forasteros, su primo... no, su sobrino, puesto que era el hijo

de aquella hermana a quien acababa de conocer. Echó a correr a fin de perderlo

de vista, se sentó en su «trono», una piedra grande en forma de asiento en

medio del campo de maíces, y aguantó la respiración para que el intruso no la

descubriera, pero lo hizo. Unos instantes después estaba sentado a su lado, en el

suelo.

Al principio no hablaron, no tenían nada que decirse, luego él le preguntó

por el nombre de aquellas plantas raras que veía por primera vez, panizo,

respondió, y él volvió a preguntar para qué servían, «para hacer tortas, aunque

también pueden cocerse las panochas y comer los granos directamente»,

contestó. Era cuatro años mayor que ella y se llamaba Alfonso, «igual que el

rey» afirmó muy serio, si bien añadió que familia y amigos lo llamaban Sito. A

ella le entró la risa porque en la escuela el maestro les hacía rezar por aquel rey

de quien en casa nunca se hablaba; había llegado a creer que estaba muerto

como los santos a quienes también rezaban. Su hermana se llamaba María

Cristina, también nombre de reina. Le enseñó las huertas, el establo, incluso se

acercaron al carrascal, y regresaron justo cuando la familia iniciaba su búsqueda

pues los visitantes tenían intención de pasar la noche en la ciudad.

Despeinados, las mejillas encendidas, los ojos brillantes, se habían manchado la

ropa y llevaban los zapatos cubiertos de barro para disgusto de aquella hermana

salida del cinematógrafo, que le miró enfadada apretando sus labios pintados

de rojo.

Tuvo que ayudar a recoger la mesa, secar cacharros y platos, guardar todo en

su sitio, pero también escuchó a su madre y a la abuela hablar de aquellos

parientes cuya existencia ignoraba. Se alegraban de haberlos vuelto a ver y, a la

vez, lamentaban su desafecto y el aire de superioridad al dirigirse a ellas, como

si trataran con aldeanas iletradas. El tío Úrbez se había interesado por su salud

y poco más, su esposa ni eso. En cuanto a su hermana María... Notó que a su

madre se le quebraba la voz. Cierto, había conseguido lo que ninguna de ellas:

estudiar una carrera hasta el final, un logro notable, si bien nunca había

ejercido. El diploma luciría enmarcado en una de las paredes de su casa, lujosa


sin duda, a fin de que lo vieran las visitas. Según los informó, su marido era un

cirujano renombrado con clínica propia, además de dueño de un importante

laboratorio. Al preguntarle por qué no trabajaba en este en su calidad de

farmacéutica titulada, ambos habían sonreído con condescendencia

respondiendo el médico que a su esposa no le hacía falta trabajar, que para eso

estaba él. La mujer debía permanecer en el hogar, añadió, criar a los hijos,

ocuparse del servicio, las recepciones que ofrecían, de su aspecto; en una

palabra, encargarse de que él lo encontrara todo en su lugar cuando regresaba a

casa. No pudo enterarse de más porque se le cayó al suelo una jarra que se hizo

añicos, y la mandaron a la tina de baños que ya estaba preparada. Aun así, tuvo

tiempo de oír a la abuela Elisa decir algo sobre que ellas también habían

trabajado y criado a los hijos, incluso a aquella que renegaba de la madre que lo

había dado todo para sacarla adelante. Días más tarde escuchó una

conversación entre sus padres de la cual no entendió nada, salvo que su medio

hermana los instó a vender El Maizal a una empresa para instalar la mayor

granja de pollos de la comarca. Por supuesto que se negaron a hacerlo.

Unos meses más tarde, coincidiendo con la fiesta del Rosario, que volvía a

tener lugar, Belián, el mayor de los hijos de Antoi y Nieus, se casó con

Angelita, la enfermera que lo había atendido en el hospital de Málaga tras el

llamado «desastre de Annual», en la guerra del Rif. Con la pierna derecha

destrozada por los disparos de los rifeños y los pisotones de la asustada mula

que guiaba transportando armamento, cayó contra una roca y perdió el

conocimiento. Lo dieron por muerto, y eso lo salvó de ser ejecutado por los

vencedores, aunque nunca supo cómo había llegado a Melilla, y de allí a la

Península. El servicio militar que debía durar tres años se había alargado casi

tres más, y lo que debía de ser una experiencia que haría de él un hombre se

había convertido en una pesadilla de la que llegó a creer nunca saldría. Sus

familiares se enteraron de lo sucedido por la prensa; aterrorizados, pensaron

que él podía ser uno de los más de nueve mil soldados españoles aniquilados en

una guerra lejana que ni les iba ni les venía. La falta de noticias no hizo sino

acrecentar su temor y, finalmente, lo dieron por muerto y celebraron un

funeral en su memoria y en la de otro de los jóvenes del pueblo de quien


tampoco se sabía nada.

Creyeron ver un espectro el día en que apareció en El Maizal acompañado

por una mujer de su misma edad y ayudándose de un bastón para caminar.

Nunca podría recuperar la movilidad de la pierna, tampoco podría ayudar en

las labores del campo, pero estaba vivo, y eso era lo único que importaba

aseguró su padre, quien añadió con una sonrisa que tenían la intención de

comprar más vacas y que para ordeñar solo hacían falta dos manos y una

banqueta. La novia, por otra parte, no tardó en emplearse con el médico, ya

mayor, quien agradeció la presencia a su lado de una enfermera diplomada lo

mismo que el campesino la lluvia en época de sequía.

Debido a la necesidad de que los recién casados contaran con habitación

propia, Manuela tuvo que volver a dormir con su abuela como antes de la

maldita epidemia que le había robado las fuerzas, y no solo las fuerzas. A Elisa

le temblaban las manos, tenía dificultades al andar, hablaba poco, y había que

acercar la oreja para escuchar lo que decía. Angelita los informó de que sufría la

enfermedad que llamaban «de Parkinson», que se iría agravando a medida que

transcurriera el tiempo, si bien por el momento podía llevar una vida casi, casi

normal, pero tenía mal sueño, y la niña pasaba la mayor parte de la noche en

vela. Al cabo de unas semanas, Aurora pensó que sería más acertado durmiera

sola, pero los cinco cuartos disponibles se hallaban ocupados, y tampoco sería

apropiado compartiera espacio con dos jóvenes adolescentes. Entre todos

construyeron un habitáculo en el sobrado, debajo del tejado, donde secaban

legumbres y granos, cerraron una esquina del mismo, lo aislaron, encalaron y

pintaron de azul claro; una cama, un arcón y una mesa para la jofaina y la jarra

de aseo remataron la obra. Al contemplar los campos desde la ventana que

Agostín se empeñó en abrir en el muro a fin de que entraran por ella los rayos

del sol de la tarde, aunque su cabello no fuera rubio sino del color de las

castañas maduras, la niña se sintió como la Rapunzel de los cuentos de los

hermanos Grimm que le leía su madre, y que ahora ella leía a su abuela.

La vida continuaba su ritmo en el pueblo, tan era así, que no parecía que los

efectos de la terrible enfermedad y el descalabro económico causado por el

conflicto europeo hubieran hecho mella en sus habitantes, quienes

continuaban ocupándose de campos y animales, reuniéndose a la salida de


misa, recogiéndose en los hogares al anochecer.

Afuera, el mundo bullía ansioso por disfrutar de la vida, pues nunca se sabía

cuánto duraría esta. Había incluso quienes aseguraban que el fin del mundo

estaba próximo, y era por tanto apremiante gozar mientras se pudiera. Allí, sin

embargo, algunas cosas sí habían cambiado. Unos cuantos vecinos, dos familias

enteras entre ellos, habían emigrado a la búsqueda del vellocino de oro que

transformaría su destino ignorando las penurias que encontrarían en una

aventura de la que probablemente no regresarían, en especial los que habían

emprendido ruta a Barcelona para tomar desde allí un barco hacia las

Américas. No reconocerían a nadie, y nadie los reconocería si algún día

retornaban a su terruño natal. También se veía a menudo pasar ruidosos

automóviles que levantaban el polvo, asustaban a personas y animales, y nunca

se detenían en la localidad.

A falta de entretenimientos, los jóvenes iban a la ciudad siempre que podían,

decían que a dar una vuelta pero, en realidad, acudían a los bares donde

bebían, fumaban y... bailaban el fox-trot, una indecencia en opinión del cura y

de algunas comadres. Hasta el día en que Benito el de la Engracia montó su

propio negocio en el establo y compró un gramófono y media docena de

discos, pues, según él, era una lástima disponer del local solo para ver una

película al mes. Ni las diatribas lanzadas desde el púlpito, ni las malas caras de

algunos, lograron que se retractara, y aún fue peor el día en que se paseó del

brazo con una mujer con un vestido justo a la altura de las rodillas y el pelo a

lo garçonne, un escándalo. Y más cuando los bien pensantes supieron que la

mujer, encima, cantaba acompañada por tres músicos que puntualmente

aparecían los sábados por la tarde. Ni que decir que el éxito fue total. El local

se llenaba, no solo de jóvenes de ambos sexos deseosos de bailar y olvidar las

duras tareas del resto de la semana, sino también de gente de más edad de la

localidad y de los alrededores.

Manuela oyó hablar en la escuela del «garito de perdición», como lo

denominaba el cura, y tuvo curiosidad por saber qué era exactamente lo que se

hacía en aquel lugar. Convenció a sus primos para que la llevaran un sábado,

«solo para ver», dijo, tenía doce años, ya no era una cría, insistió. Con la

disculpa de visitar a los abuelos paternos de ellos, los tres se acercaron a El

Benito, al dueño no se le había ocurrido un nombre más original, y la niña


abrió los ojos asombrada al contemplar a hombres y mujeres girando alrededor

de la pista al compás de una música que nunca había escuchado. Momentos

después ella también bailaba dando vueltas, con los ojos cerrados, llevando el

ritmo, encantada. Los abrió al finalizar la pieza y se encontró cara a cara con su

madre; su padre se hallaba unos pasos más atrás junto a los tíos. Aquella noche

se fue a la cama sin cenar y con el trasero caliente, no por bailar, sino por

mentir. A sus primos les cayó una bronca descomunal por haberla llevado y la

prohibición de volver al tugurio durante al menos tres meses. Pero si algo sacó

ella de la aventura fue descubrir que quería ser bailarina, o cantante, cualquier

cosa que tuviera que ver con la música. En cuanto sus padres volvieron a

dirigirle la palabra, les dijo que quería aprender a tocar un instrumento

dejándolos sin saber qué responder. Le faltaban dos años para acabar la escuela,

y todavía no habían pensado en su futuro, si bien Aurora tenía claro que la

prepararía para entrar en la Normal de Maestras de Huesca con la esperanza de

que hiciera realidad su propio sueño frustrado. No le dio mayor importancia,

pero su hija insistió, y finalmente claudicó; nunca se sabía, y tampoco le

vendrían mal para sus estudios de maestra unas nociones de cultura musical.

La niña acudió a la casa de Lorién el dulero, quien además de jefe de

pastores era el alma mater del grupo que amenizaba fiestas y celebraciones. El

hombre, en sus sesenta, era un músico autodidacta que había aprendido a tocar

el chiflo y la chirimía con su padre y enseñaba a algunos jóvenes con la

esperanza de que siguieran sus pasos. Ella era su única alumna y, pese al

escepticismo de todos, pronto demostró que podía tocar igual o mejor que los

demás. La primera vez que lo hizo en público, durante la romería al santuario

de Loreto, las sonrisas condescendientes al ver a la niña menuda en el grupo de

músicos se trocaron en otras de sorpresa y luego de admiración al interpretar

ella sola una melodía tradicional con el chiflo y el salterio que fue muy

aplaudida. En unos meses dominaba ambos instrumentos, pero quería más. El

maestro estaba atónito, su alumna tenía un oído absoluto, era capaz de

identificar cualquier nota musical y de reproducir a la perfección una melodía

escuchada por vez primera, y él no podía enseñarle más de lo que sabía. Incluso

aprendió a tocar el guitarrico que colgaba desde siempre en una pared de su

casa a modo de adorno, y que nadie recordaba si había pertenecido al abuelo o

quizás al bisabuelo. Y empezó a cantar jotas acompañándose de dicho


instrumento, coplas conocidas y nuevas escritas por ella, que pronto fueron

demandadas en toda la zona para amenizar fiestas y celebraciones.

Aurora estaba orgullosa, todos en casa lo estaban y la acompañaban a las

actuaciones, pero le preocupaba que su hija descuidara su preparación para el

examen de entrada en la escuela de Magisterio el siguiente año; solo ponía

interés en tocar y cantar, sobre todo cantar, algo que no la llevaría muy lejos y

que, por otra parte, tampoco era un medio de vida. Los músicos del grupo

cobraban normalmente unas pocas pesetas que se repartían entre todo, así

como en especies, jamón, tocino, almendras. Incluso si llegaba a ser famosa,

cosa que dudaba, aquella no era vida para una joven decente, y lo último que

quería era ver a Manuela convertida en una tonadillera de tres al cuarto como

la de El Benito, cantando en tugurios de mala muerte. Claro que también

podría llegar a tener el éxito de la aragonesa Raquel Meller, cantante y actriz

del cinematógrafo que aparecía a menudo en las revistas que le traía Agostín de

la ciudad. O dedicarse a la ópera o a la zarzuela, música seria, pero para ello

sería preciso que estudiara canto debiendo desplazarse a Zaragoza o a Madrid y

pagar estancia y clases, una fortuna de la que no disponían. No,

definitivamente, su hija no sería cupletista, las actuaciones en el pueblo y

alrededores eran suficiente para entretenerse. Tuvo que amenazarla con

devolver a Lorién los instrumentos que este le había prestado, regalado en

realidad, amén de prohibirle actuar si no se centraba en los estudios, amenaza

que aparentemente surtió efecto, pues a partir de entonces solo se la escuchaba

cantar para su abuela un rato todas las tardes. Elisa recuperaba entonces la

sonrisa y el brillo en sus ojos, si bien ambos desaparecían cuando su nieta

callaba. Lo que Aurora ignoraba era que Manuela continuaba ejercitándose en

su cuarto bajo el alero cuando la creía estudiando. No la oía porque no pulsaba

las cuerdas del guitarrico, no soplaba el chiflo ni tañía el salterio; escuchaba las

notas en su cabeza mientras sus dedos se movían en silencio. Asimismo,

componía canciones, jotas, coplas, romanzas, y se escapaba siempre que podía

a cantar en el carrascal donde aves, mamíferos e insectos detenían su actividad

para escucharla, o eso quería creer ella.

Cumplidos los quince, y para gran contento de su madre, aprobó el examen de

entrada en la Escuela Normal para Maestras y acudía todas las mañanas a la


ciudad acompañada por su primo más joven, quien a su vez aprendía

carpintería con un ebanista que tenía taller para aprendices. Ambos partían a

pie de buena hora, y regresaban a media tarde. También compartían la comida

que llevaban de casa, encontrándose al mediodía en la Plaza de San Lorenzo si

hacía bueno y bajo los soportales de la del Mercado si llovía o hacía frío.

A comienzos del tercer y último curso, una jornada en que el cierzo soplaba

fuerte, el primo no apareció, y ella se quedó sin comer; el pan relleno con

ternasco en migas y queso de cabra preparado por la tía Nieus lo guardaba él en

la talega. Disponía de dos pesetas por si se presentaba una necesidad, decidió

que aquella lo era y compró en un puesto un paquete de churros que se

dispuso a comer refugiándose en el quicio de una puerta bajo el soportal. No le

dio tiempo a probar ni uno. Un mozo salió, le dio un empujón, y los churros

volaron por los aires. A poco se le saltan las lágrimas, y fue tal la cara de pena

que puso que, tras disculparse, el joven la asió por la mano y la introdujo en el

edificio.

Momentos más tarde se hallaba sentada a una mesa, y una doncella le servía

un plato de sopas de ajo, seguido de un filete de carne y una manzana asada

espolvoreada con canela. A su lado una señora mayor la observaba con una

sonrisa; el mozo atolondrado era su nieto, le dijo, que llegaba tarde a sus clases,

de ahí las prisas. Se estaba bien allí, a resguardo del viento, en un gran salón

comedor amueblado elegantemente, con alfombras, cuadros, figurillas, decenas

de objetos que nunca había visto, y fotografías enmarcadas en muchas de las

cuales se veía a una mujer joven y atractiva, sola o acompañada. No eran como

una que tenía su madre, la única, en la que aparecía ella, su primer marido y su

medio hermana. En estas, la mujer posaba de frente, ladeada, con tocados

antiguos, a veces con el cabello recogido, otras suelto, otras vestida de modo

extraño, como una actriz de teatro de las que aparecían en las revistas que su

padre llevaba a casa. Asimismo, la llamó la atención un cuadro de grandes

proporciones en el que estaba pintada la misma mujer de las fotografías, de

cuerpo entero, con un vestido blanco hasta los pies y la mano derecha apoyada

en la esquina de un piano. Miró el retrato, miró a la señora, de nuevo el retrato

y después a la señora, y esta rio con una risa alegre, juvenil, impropia de su

aparente edad.

Aquella tarde, Manuela no fue a clase. Las horas transcurrieron en un


suspiro escuchando a doña Pilar hablar de sus años como intérprete de bel

canto en los más importantes escenarios operísticos de Francia e Italia, de sus

actuaciones ante reyes y príncipes, de noches gloriosas en las que los aplausos se

eternizaban. Tenía un brillante futuro ante ella, incluso una propuesta para

actuar en Nueva York, pero... «me enamoré, querida». Conoció a su marido en

París, en una gala organizada con motivo de la Exposición Universal en la que

ella interpretó el Aria de Norina, de Donizetti. Él se presentó, «dos aragoneses

en París», rio, y la invitó a comer, a cenar, a ver la puesta del sol desde lo alto de

la torre Eiffel, a la que por cierto ascendieron por las escaleras pues los

ascensores no se hallaban todavía en servicio. Le pidió matrimonio, y por él

abandonó su carrera. Al llegar a este punto, la joven creyó notar un deje de

nostalgia; no podía ser esposa, madre y al mismo tiempo cantante, dijo, así que

optó por olvidarse de esto último, si bien continuó aprendiendo nuevas piezas,

pero siempre en la intimidad del hogar. Ninguno de sus seis hijos e hijas

habían mostrado predisposición alguna por la música, excepto su nieto,

Matías, el atolondrado que había tropezado con ella, quien preparaba la

entrada en el Conservatorio de Música de Zaragoza a fin de seguir sus estudios

superiores de piano. Con cierto reparo al principio, también ella le contó que

su mayor deseo era ser cantante, aunque estudiaba para maestra por deseo de

sus padres. Acabaron entonando a duo un bolero conocido y, antes de salir

corriendo, prometió volver a visitarla. Su primo la esperaba en el camino, había

surgido un problema en el taller y no había podido reunirse con ella, se

disculpó. Sonrió, pero no le confió el extraordinario encuentro que su ausencia

había propiciado.

A partir de entonces, cada jueves esgrimía como pretexto que las clases de

costura la ocupaban toda la jornada y, llegado el mediodía, acudía al piso de la

Plaza del Mercado, comía con doña Pilar, hablaban, cantaban. Un buen día, la

señora le propuso darle clases de canto y tuvo que repetírselo pues ella creyó

haber oído mal. Ya no fueron solo los jueves, también los martes, y tampoco

fueron solo coplas y jotas, sino romanzas y arias cortas de compositores de

quienes nunca había oído hablar. Su sorprendente buen oído, la memoria

musical, el timbre de voz hacían de ella una cantante fuera de serie, una rara

avis, que decía su maestra. Hasta que ocurrió lo que no debería de haber

ocurrido.
Un jueves, tan ensimismada se hallaba, no se dio cuenta del paso de las

horas. Su primo la esperó en el camino pensando que su retraso se debía a las

clases, fue a buscarla, pero el edificio de la Normal estaba cerrado; volvió al

camino y se la encontró esperando, si bien no logró le dijera dónde diablos se

había metido. Llegaron ya de de noche a El Maizal, pero tampoco en casa

lograron sonsacarle el motivo del retraso. Su madre la acompañó al día

siguiente a la escuela y pidió hablar con la directora. Supo así que desde hacía

meses su hija faltaba a las clases dos tardes por semana, precisamente las

dedicadas a las labores del hogar, y que probablemente no podría presentarse al

examen final de dicha materia, imprescindible, recalcó la directora, para

obtener el título. Bajo la amenaza de usar la vara, pese a que ya tenía casi

dieciocho años, Aurora logró confesara que tomaba clases de canto. No solo le

prohibió continuar con ello, sino que también le guardó los instrumentos y ni

siquiera le permitió acudir a los ensayos en casa del dulero. Además, la obligó a

estudiar en la cocina para no perderla de vista y creó una red a su alrededor a

fin de controlar sus viajes a la ciudad. Pero si ella era tozuda, su hija lo era aún

más y dejó de hablar; la niña alegre y parlanchina trocó en una adolescente

enfurruñada con la familia, que se escabullía a su pequeña atalaya en cuanto

podía y entonaba en un susurro las tonadas aprendidas con su profesora, sin

dejar asimismo de tañer un guitarrico imaginario y jurando que se escaparía en

cuanto consiguiera el título de maestra, un oficio que no pensaba ejercer.

Un domingo al mediodía, los moradores de El Maizal se vieron sorprendidos al

ver aparecer un automóvil. Lo primero que les vino a la cabeza fue que se

trataría de Úrbez o de María, a quienes no habían vuelto a ver desde la famosa

visita, más de siete años atrás. Sin embargo, la señora y el joven que conducía

les eran completamente desconocidos; saludaron con exquisita educación y

preguntaron por Manuela. Poco después se hallaban todos reunidos en torno a

la mesa del porche: los recién llegados, la abuela Elisa, los padres, tíos y primos

de la joven, todos menos ella, que seguía encerrada en su cuarto, y a quien

nadie avisó de la sorprendente presencia de la viuda del empresario Lazán y de

su nieto de igual nombre y apellido. Doña Pilar les aclaró que había decidido

visitarlos preocupada por la ausencia de su alumna de canto durante el último


mes. Su entusiasmo al hablar de ella y de su asombroso talento musical no era

simulado; pocas veces había tenido oportunidad de tropezar con una cantante

con similares aptitudes naturales, afirmó; oído, voz, memoria, retención,

ritmo..., un diamante en bruto que solo era preciso pulir para que brillara.

Aurora y Agostín, también el resto de la familia, la escuchaban atónitos. Era de

sobra conocido en toda la comarca el apellido del difunto marido de la señora,

rico hombre de negocios, mecenas de artistas y hombre caritativo, que había

abierto un comedor para pobres durante la crisis provocada por la pérdida de

las colonias. De ella ignoraban que hubiera sido cantante de renombre por

haber actuado más que nada en el extranjero, pero, por si tenían alguna duda,

entonó la romanza Yo quiero a un hombre, de la zarzuela El Cabo Primero, que

dejó a todos maravillados.

Al escuchar las primeras notas a través de la ventana abierta de su refugio,

Manuela bajó las escaleras de tres en tres a riesgo de descalabrarse y se detuvo

en el umbral, paralizada por la emoción. Sus padres y doña Pilar llegaron a un

acuerdo, la joven viviría en casa de la primera a modo de pupila, continuaría

con sus lecciones de canto, pero acudiría a la Normal sin faltar un día, y

volvería al pueblo el sábado por la tarde hasta el lunes a la mañana. La señora

se negó a recibir pago alguno por el hospedaje y las clases de canto. La idea de

educarla musicalmente la hacía sentirse útil ahora que solo vivía con ella su

nieto y por poco tiempo; aseguró, además, que una cama y un plato de guisado

no suponían gasto. Por un instante, Aurora recordó a su hija mayor, a quien

permitió estudiar lejos de ella y que ya no reconocía. De todos modos, se dijo,

Huesca no era Zaragoza, estaban a poca distancia y podría ver a su pequeña

siempre que quisiera, además de los fines de semana. Dicho y hecho, aquel

mismo domingo, y como excepción, la joven partió a la aventura con ansias de

cumplir un sueño, mientras su madre esperaba que solo fuera un pronto,

acabara los estudios, empezara a trabajar en una escuela y se olvidara del

capricho de ser cupletista.

No solo canto y las materias de la Escuela de Magisterio, también aprendió

de arte, literatura, teatro, de gentes, y a menudo acompañaba a su mentora a

conciertos y recitales en el Teatro Olimpia, y a fiestas y bailes de sociedad en el

Círculo oscense, casino hasta que se prohibieron los juegos de azar. En dichas

ocasiones vestía con antiguos modelos de doña Pilar, que esta hacía reformar a
su costurera para que no desentonaran con la moda en boga, aunque sin

excentricidades al uso como escotes pronunciados, largos por encima de las

rodillas, collares y plumas. A veces, pocas, Matías iba con ellas a los conciertos,

lo cual no dejaba de llamar su atención, pues su abuela aseguraba que era un

músico excepcional, aunque ella no había tenido oportunidad de escuchar otra

cosa que algunas melodías al piano acompañando a la antigua soprano, cuya

voz se aproximaba ahora a la de una contralto sin grandes recursos.

El joven disponía de su propio apartamento en el mismo edificio, dos pisos

más arriba, y nunca la había invitado a verlo. Sí las acompañaba a los bailes de

El Círculo, pero se alejaba de ellas al cabo de unos minutos para encontrarse

con amigos y, en especial, con amigas con quienes bailaba el baile del

momento, el charlestón. Lo veía disfrutar, reír, rodear las cinturas de guapas

mujeres con escotes y faldas cortas, y se moría de la envidia. Luego

recapacitaba, a fin de cuentas, ella era solo una muchacha campesina prohijada

por una dama, quien, al igual que su difunto, gustaba de hacer caridad, y

bastante suerte tenía de poder alternar con la gente rica. Un miércoles de

enero, con motivo de la fiesta de San Vicente, la señora los animó a ambos a

acudir a ver la hoguera y luego al baile que se celebraría en la sociedad. El

corazón comenzó a latirle con fuerza ante la idea de estar a solas con él durante

unas horas; eligió uno de los vestidos retocados, el más entallado, unos zapatos

nuevos y el único abrigo que tenía, también heredado; se peinó con ondas, e

incluso se atrevió a sombrearse los ojos y a pintarse los labios. Así dispuesta,

salió del brazo de su acompañante con la ilusión de una novia para acudir al

encendido de la hoguera, pero al llegar a El Círculo, él le presentó a unos

compañeros y desapareció de su vista. Un par de horas más tarde regresó sola a

casa. Por suerte doña Pilar ya se había retirado, y no tuvo que dar

explicaciones. Se encontraron al día siguiente durante el desayuno, pero no le

preguntó cómo había vuelto, ni ella se lo dijo; a partir de entonces no volvió a

dirigirle más palabras que las de cortesía, y él no pareció enterarse.

Acabó la carrera con buena nota, no con sobresaliente como esperaba su

madre, pero suficiente para enviar una solicitud a la Junta de Educación a fin

de lograr un puesto de maestra, y la suerte la acompañó de nuevo. Su mentora

no estaba por la labor de verla partir a un pueblo de la provincia donde no

podría continuar con su preparación musical; hizo un par de gestiones, y la


joven recibió una oferta para trabajar unas horas a la semana en calidad de

maestra en prácticas de música y canto en el Colegio de Señoritas Nuestra

Señora del Carmen. El sueldo no era gran cosa, pero la señora afirmó que eso

era lo de menos, que lo importante era que pudiera continuar estudiando con

ella pues, aseguró, su futuro no estaba en la enseñanza. Además, Matías se iba

ya a Zaragoza, y ella no quería estar sola, así que le pagaría por hacer las veces

de señorita de compañía; ella aceptó encantada y se fue a casa a pasar el mes de

agosto.

El ambiente en El Maizal no era todo lo grato que cabía desearse. La abuela

Elisa ya no reaccionaba a los estímulos, tampoco respondía a las preguntas y

pasaba la jornada sentada en el sillón de mimbre bajo el porche con una manta

sobre las rodillas; siempre tenía frío, pese al calor reinante. Por otra parte, una

vaca había coceado la pierna buena de Belián, el mayor de los primos,

dejándolo irremisiblemente inválido lo que tuvo como consecuencia una

depresión de la que ni siquiera su mujer lograba sacarlo y permanecía, al igual

que la abuela, sentado con la mirada perdida en el horizonte. El segundo de los

primos se fue a trabajar a la azucarera de Alagón, una de las más grandes

levantadas por capitalistas beneficiados por el gobierno, tras la pérdida de

Cuba, debido a la necesidad de azúcar, si bien, en este caso, no se elaboraba

con caña sino con remolacha. El trabajo era agotador, pero aseguraba un sueldo

a los más de mil operarios empleados, algo que el joven, mecánico de oficio, no

podía conseguir en el pueblo, si bien prometió regresar en cuanto tuviera

algunos dineros ahorrados. El tercero, el carpintero, permaneció junto a la

familia, no porque no quisiera buscar fortuna en otra parte, sino porque era

preciso echar una mano a sus padres.

La crisis también había llegado a la localidad; ya no pasaban los carros de los

intermediarios, frutas y verduras se pudrían sin tan siquiera ser recogidas y, se

les murieron tres de las cinco vacas lecheras a causa de una infección intestinal.

Aun así, en la finca sobrevivían sin demasiados apuros teniendo en cuenta que

ahora solo eran nueve, la abuela Elisa y el mutilado apenas comían, la mujer de

este ganaba unas pesetas ayudando al médico y atendiendo por su cuenta a

algunos vecinos, y Agostín también aportaba lo que obtenía como contable.


Sin embargo, no podían evitar una sensación de desaliento, recogiéndose en

sus alcobas en cuanto acababan de cenar. La presencia de Manuela durante

cuatro semanas logró alegrar un poco los ánimos; el primo salió de su

abstracción y la abuela volvió a hablar, aunque únicamente del pasado, el

presente no existía para ella. Recordó sus años en Buisán y lo que vino después,

pero sobre todo su mayor placer, otro que haber parido a los hijos, la

publicación del libro de las recetas de dulces. Para animarla, la nieta alentó a su

madre y a la tía a elaborar algunos de ellos, aquellos para los que disponían de

género: frutas confitadas, trenzas, mazapanes, tortas, galletas, almendrados,

almojábanas... Y Elisa sonrió de nuevo.

De regreso a la ciudad, Manuela comenzó a trabajar en el Colegio para

Señoritas, aunque con lo que verdaderamente disfrutaba era estudiando canto.

El día en que logró interpretar sin equivocarse de principio a fin la romanza Me

llaman la primorosa, de la zarzuela El barbero de Sevilla acompañada al piano

por quien había sido el profesor de Matías, doña Pilar se echó a llorar como

una Magdalena y la forzó a ofrecer un recital en El Círculo. Se moría de la

vergüenza, temblaba de los nervios, pero olvidó que se hallaba en un escenario

en cuanto sonaron los primeros acordes, y el pianista le sonrió y le hizo una

seña con la cabeza. Interpretó media docena de arias finalizando con la

romanza, con una perfección tal, que el público se levantó de los asientos para

aplaudir. Sus padres, a quienes la señora había invitado y enviado su coche a

buscarlas, se miraban sorprendidos, y preocupados. Ciertamente su hija

cantaba bien, muy bien, pero el de las bambalinas era un mundo con mala

fama, y temían por ella.

Dos semanas después del recital y diez días antes de las fiestas navideñas

ocurrió un hecho que causó una gran conmoción en los aragoneses, en especial

en los habitantes de la provincia de Huesca. En Jaca tuvo lugar una sublevación

de la guarnición, y dos columnas de soldados, una por ferrocarril y otra por

carretera, se dirigieron hacia la capital siendo interceptados por tropas

gubernamentales en las lomas de Cillas. El enfrentamiento no duró mucho,

pero hubo muertos, y los sublevados huyeron en desbandada; los responsables

fueron hechos presos, juzgados y fusilados dos días más tarde. Según se

comentaba en los corrillos, todo había sido obra de unos locos. Sin embargo,

cuatro meses más tarde, tuvieron lugar las elecciones municipales, y el rey y su
familia abandonaron el país. Algunas gentes de edad recordaban que cerca de

sesenta años atrás, durante dos, no había habido rey ni reina, pero aquello

había sido una simple anécdota, afirmaban. Ahora, no obstante, la cosa parecía

más seria, y eran multitud los que opinaban que un rey no servía para nada,

que no fuera llenarse los bolsillos con el hambre de los súbditos, así que

celebraron la llegada de una nueva era que traería trabajo y prosperidad para

todos.

En el pueblo, el cura celebró una misa de reparación pues el monarca lo era

por la gracia de Dios, y era pecado mortal rechazar la voluntad celestial. La

mayoría de los vecinos acudió a la iglesia, más que nada porque era domingo,

pero, en honor a la verdad, el rey les resultaba una figura lejana, y solo algunos

pocos rezaron con devoción por una pronta vuelta a la situación anterior.

Ajenas a la situación política del momento, Manuela y doña Pilar seguían a lo

suyo, esta última decidida a que su pupila actuara en Milán, el sueño de toda

cantante. Ella había tenido esa oportunidad en una ocasión, justo antes de la

Exposición de París en la que conoció a su marido y renunció a su

esperanzadora carrera, pero mantenía correspondencia con gentes del mundo

de la ópera y estaba convencida de que la joven tenía posibilidades, si bien

todavía debería esforzarse mucho antes de ser admitida a una audición, no en

La Scala, sino en cualquier teatro del ámbito nacional pequeño o grande.

Ambas continuaban asistiendo a todo tipo de conciertos y recitales de música

«seria», es decir clásica, con excepciones en caso de compositores o intérpretes

merecedores de la aprobación de la señora. Hasta que ocurrió aquello.

El desgraciado accidente tuvo lugar en una de dichas ocasiones, por

distracción de ambos implicados. Ella giró la cabeza para apremiar a Manuela y

cruzó la calle sin mirar; el conductor del flamante Lancia Lambda rojo no la

vio, más ocupado en su acompañante femenina que en el volante. Se oyó un

golpe, el chirrido de un freno, una exclamación unánime. En un instante, la

asieron por sobacos, cintura y piernas y la llevaron al hospital pidiendo paso a

gritos, también gritaban quienes corrían a la par y, por supuesto, la

accidentada, quien demostró que no era falacia su fama de soprano potente. El

resultado fueron varias contusiones por todo el cuerpo y, algo más grave: la

cadera rota. Los hijos hablaron con los médicos, escucharon la propuesta de
llevar a cabo una inmovilización «a la inglesa», es decir una sujeción completa

de cintura abajo durante dos meses, aunque también proponían el sistema

alemán: enyesar las pelvis durante seis meses o más. Decidieron alquilar una

ambulancia y enviar a su madre a Zaragoza, a la clínica propiedad del mayor y

cabeza de familia, el padre de Matías.

Manuela no entraba en el plan. Ni siquiera pudo despedirse de ella; el

administrador le comunicó que el personal acompañaba a la señora, pero que

ella no entraba en la lista pues, a fin de cuentas, lo de «señorita de compañía»

no era sino un pretexto de la caritativa dama para ayudarla económicamente.

También le pidió abandonara el piso cuanto antes. No respondió, recogió su

ropa, la que había llevado con ella, dejando el resto en el armario, así como

libros y unos pendientes, regalo de su bienhechora, y lo que más pena le dio:

un buen número de partituras de canto, y salió de la casa. Pensó en que tendría

que buscar una pensión, pero la directora del Colegio la informó ese mismo día

de que habían contratado a una profesora de música diplomada por lo que sus

servicios ya no serían necesarios. Aquella tarde, cogió el carro de viajeros y se

fue al pueblo.

No habían transcurrido dos meses cuando el administrador de la familia

Lazán, el mismo que la había literalmente echado de la vivienda, se presentó en

El Maizal para rogarle que fuera a Zaragoza; la señora insistía en ello. Su

primera reacción fue negarse al recordar sus palabras, aquello de que ella era

una simple obra de caridad de doña Pilar, sin embargo, se lo pensó. Había

enviado solicitud para incorporarse al cuerpo de maestras, pero estaban a

mediados del curso y todo lo más conseguiría alguna sustitución vete tú a saber

dónde. Por otra parte, el ambiente en casa resultaba bastante deprimente

teniendo en cuenta de que ella era la más joven allí. No parecía que su primo

«el cojo» y la enfermera fueran a tener descendencia, y el otro, el carpintero,

dos años mayor que ella, ni siquiera tenía novia. Echaba en falta la ciudad, sus

gentes, tiendas, cafés y tabernas, teatros, nunca había ido más allá de Huesca, y

no era cuestión de perder la oportunidad de conocer la gran urbe. Así que,

muy en contra de la opinión de su madre, aceptó y partió con el administrador

hacia la capital aragonesa adonde llegaron a la hora de la cena.

La alegría de su protectora era real. Había estado internada en la clínica de su

hijo durante más de un mes y seguía estándolo, aunque ahora en su propia


vivienda, controlada, vigilada, sin poder salir, pues hijo y nuera la trataban

como a una anciana frágil, buena para nada. Le confesó que se aburría como

una ostra y que había echado mucho de menos su compañía y, en especial, las

clases de canto, de las que disfrutaba tanto o más que ella, si bien se consolaba

escuchando música en el gramófono a falta de poder asistir a conciertos y

bailes. El piso era más grande y elegante que el de Huesca, pero, como afirmó

la dueña, de nada le servía; la hastiaba terriblemente. Solo se movía de su

habitación al salón en una silla de ruedas pues su hijo, que vivía en la otra

mano de la planta, le había prohibido andar hasta estar seguros de la buena

recuperación de la cadera rota.

En lugar de en el desván con el personal de servicio, a Manuela la instalaron

en un cuarto enorme, con un ventanal al Paseo de la Independencia, una gran

cama, armario y tocador, alfombras, cortinones y su propio gabinete de aseo,

un lujo jamás imaginado. Y no solo eso. El armario se hallaba repleto de

vestidos, faldas, jerséis, una capa, dos abrigos, zapatos y sombreros, todo nuevo.

«No vas a vestir siempre de prestado», le dijo doña Pilar con una sonrisa

divertida al observar su cara de sorpresa. Luego le aclaró que en esta ocasión no

estaba allí como señorita de compañía, sino como ahijada y amiga. De hecho,

la informó de que la había inscrito en el curso de canto, más concretamente de

la técnica italiana de bel canto, en el recién inaugurado Conservatorio

Profesional de Música. Asimismo, había abierto en el Banco Zaragozano una

cuenta a su nombre con dos mil pesetas para gastos. No supo qué responder, se

le humedecieron los ojos, ella, tan poco dada a expresar sus emociones. A partir

de entonces, acudió todos los días a clases de canto. Pese a que el curso se

encontraba ya avanzado, la intermediación de su protectora había dado sus

frutos una vez más. El profesor, un hombre que nunca sonreía, mostraba su

aprobación con un gesto afirmativo de cabeza y un fruncimiento de cejas en

caso contrario. Lo único halagador que le dijo fue que venía bien aprendida, lo

cual hizo reír a doña Pilar cuando ella se lo contó; tiempo atrás ambos habían

interpretado los papeles principales de La Traviata en el Teatro Real de

Madrid.

Otra novedad no menos importante que le aportó su nueva vida fue verse

rodeada de jóvenes de ambos sexos que compartían el amor por la música, y no

tardó en tener un grupo de amigos con quienes acudía a cafés y locales de baile
los sábados. Los había para todos los gustos, pero su favorito era el Goya, en el

que una orquestina de «morenitos», los llamaban, interpretaba todo tipo de

ritmos de jazz. Era un llegar y no parar de bailar, aunque a ella lo que más le

gustaba era escuchar a Dalia, una mujer madura, negra también, que tocaba el

piano y cantaba, a veces acompañada por un contrabajo y una batería. No

entendía la letra en inglés, pero tampoco le hacía falta; le fascinaba sobre todo

la voz, el ritmo, el vibrato, la improvisación, pues la misma melodía sonaba

diferente cada vez que la escuchaba.

Un viernes a media tarde se atrevió a acudir sola al local, algo impensable

para una mujer; se coló por la entrada trasera a fin de que nadie la viera y se

adentró por un pasillo oscuro hasta una puerta a través de la cual creyó

apercibir la voz femenina que tan bien conocía. Se asomó procurando no hacer

ruido y permaneció atónita al descubrir a la cantante sola en un cuartucho de

mala muerte ensayando a capella con tal dominio, que cerró los ojos para

escucharla. Los abrió cuando la voz de pronto calló, y ambas permanecieron en

silencio, mirándose. Si la primera reacción de la mujer fue echarla de allí,

enfadada por la intromisión, la admiración que revelaba la mirada embelesada

de la joven debió de hacerla cambiar de opinión, y le hizo una seña para que

entrara y cerrara la puerta; permaneció sentada en un rincón mientras la otra

retomaba su ensayo.

Durante las semanas siguientes, los viernes a media tarde, con la excusa de ir

a estudiar con una compañera de clase, Manuela se reunía con Dalia; la

escuchaba repetir una y otra vez las mismas melodías, si bien nunca sonaban

igual. «Interpretar no es repetir, es sentir, y en cada momento siento diferente»,

aseguraba la cantante en su mal castellano cuando se atrevía a hacer un

comentario al respecto. No solo escuchaba, comenzó a cantar ella también en

una lengua que desconocía, a dúo, sola, y descubrió que eran ciertas las

palabras de su ahora amiga. En el Conservatorio y con doña Pilar se ceñía a las

partituras, sin atreverse a alterar una nota, un espacio, una cadencia, pero allí,

en el cuartucho, era ella misma, y la sonrisa de la intérprete de jazz no hacía

sino afirmar que su talento era libre para expresarse. Y en eso apareció Matías.

No podía negar que sentía cosquillas en las palmas de las manos cada vez

que se encontraban, si bien él se limitaba a saludarla con un gesto de cabeza

cuando acudía a visitar a su abuela, o coincidían en los pasillos del


Conservatorio. Lo había visto en el Goya en alguna ocasión, siempre en

compañía de compañeros y, en especial, amigas con quienes bailaba el fox-trot,

tan pegados los cuerpos que hasta resultaba indecoroso, aunque a ella no le

habría importado intentarlo. Se imaginaba en la pista con él, ciñendo su

cintura, apretándola contra su cuerpo, y tenía que pensar en otra cosa debido al

súbito sofoco que sentía en esos momentos. Tuvo un sobresalto al descubrirlo

apoyado en el muro, frente a la entrada trasera, fumando un cigarrillo, con la

sonrisa burlona que empleaba con ella. No respondió a la pregunta sobre qué

hacía en aquel lugar y echó a andar, pero la asió por el brazo, la atrajo hacia él y

volvió a preguntar qué llevaba a una joven decente a un lugar de mala fama a

una hora en la que ya debía de estar en casa. Le temblaban las piernas, no supo

si por el miedo de verse descubierta o por sentirlo tan cerca. Era bastante más

alto, pero acercó su rostro al de ella, casi lo rozaba; no podía apartar la mirada

de su boca y cerró los ojos. Lo siguiente fue un beso, una caricia, unos labios

que abrían los suyos, unos brazos que la estrechaban. Se desprendió con

brusquedad y salió corriendo. Aquella noche tardó en dormirse, veía el rostro

de Matías, sentía su beso, su abrazo, su corazón palpitaba, y su cuerpo se

estremecía de deseo.

Al día siguiente, acompañó a doña Pilar a una exposición en el Museo de

Zaragoza del que la familia era miembro en su calidad de patrocinadora,

después comieron con dos amigas en El Café de Levante, siendo el principal

tema de la conversación las elecciones generales en las que por primera vez

habían votado las mujeres, eso sí, solo las mayores de cuarenta y cinco. Ella no

podía votar, así que apenas prestó atención a la charla de las señoras, las tres ya

de edad. No es que no le interesara el progreso social de la mujer, todo lo

contrario; conocía algunas de las tribulaciones de la abuela Elisa a lo largo de

su vida, así como las de su madre. Ambas habían padecido momentos más

malos que buenos, pero habían luchado con la esperanza en un futuro mejor, y

ella podía beneficiarse de sus esfuerzos. Sin embargo, las cosas cambiaban muy

poco a poco, tres pasos hacia adelante y dos hacía atrás, que decía la tía Nieus.

Ahora las maestras tenían acceso al grado superior, pero únicamente para

enseñar a las niñas, mientras que los maestros enseñaban a ambos sexos; las

mujeres tenían entrada en la Universidad, pero no a todas las carreras, seguían

siendo mal vistas por profesores y compañeros, y solo unas pocas llegaban a
ejercer. Leyó en el periódico el debate sobre el voto femenino en el que se había

discutido la capacidad mental de las mujeres, su ineptitud para la reflexión, el

espíritu crítico y la ponderación, asociados a la masculinidad, además de

considerar que el histerismo era parte de la propia estructura femenina.

Demasiadas polémicas, demasiados conceptos para los que no se hallaba

preparada. Su única inquietud en aquellos momentos era saber cómo

reaccionaría al encontrarse de nuevo con Matías.

Se cruzaron en el portal, a la vuelta del paseo; besó a su abuela, a ella le

dirigió un gesto de saludo, displicente, y marchó calle abajo sin girar la cabeza.

No volvió a verlo hasta dos semanas más tarde, al presentarse en compañía de

un amigo para llevarla a casa para las fiestas navideñas, y no supo qué decir.

Doña Pilar le había pedido que lo hiciera a fin de que no tuviera que tomar el

ferrocarril hasta Huesca y de allí continuar hasta su casa; en el automóvil iría

más cómoda, y el viaje sería más rápido. Además, ambos jóvenes deseaban

pasar unos días en la capital oscense donde su nieto tenía buenas amistades.

Hizo el viaje sentada en la parte de atrás, escuchándolos hablar sin que en

ningún momento se dirigieran a ella, como si no existiera, y se sintió invisible.

Al llegar a El Maizal, descubrió que el amigo de Matías era en realidad su

sobrino Alfonso, Sito, el hijo de su hermana María, aquel que había conocido

años atrás durante unas horas, el que había presumido de tener el mismo

nombre que el rey. No le había dicho nada para darle una sorpresa y rio al

descubrir su identidad y observar su cara de pasmo.

La emoción de Aurora fue indescriptible al ver a su nieto por segunda vez,

incluso se le saltaron las lágrimas al constatar que era la viva imagen de Mario,

alto, desgarbado, el cabello largo y lacio, los mismos ojos. Quería a Agostín,

pero nunca lo había deseado como al hombre con quien perdió la inocencia y

vivió momentos de pasión que no habían vuelto a repetirse, el soñador, el

romántico, el iluso, el amor de su vida. Se enorgulleció al saber que había

finalizado los estudios de medicina general y se preparaba para ser cirujano,

una materia que obligaba a tener la cabeza en su sitio, lejos de las utopías

inalcanzables de su abuelo. También le alegró que María estuviera bien, aunque

con la edad su carácter se hubiera vuelto todavía más autoritario y controlador.

Se ocupaba de la administración de la clínica de su marido, asimismo del padre


de Matías, socios en la aventura, motivo por el que los dos jóvenes se conocían

y eran amigos. Le habló igualmente de Úrbez, quien había sido nombrado

decano de la Facultad de Letras y gozaba de gran prestigio en el ámbito

intelectual zaragozano. Ninguno de los dos, madre y tío, estaban al corriente de

su viaje a Huesca, razón por la cual no le traía ninguna carta, aunque, aseguró,

les llevaría las suyas si así lo quería. Era ya mucho tiempo sin noticias, y no

sería ella quien diera el paso; ambos deberían haberse preocupado por sus

respectivas madres y no lo habían hecho, por lo tanto, no había razón para

comunicarse con quienes no deseaban saber nada de ellas. Aprovechó, sin

embargo, para solicitar su opinión respecto al estado de la bisabuela y pidió a

Angelita se lo explicara en términos que ambos entendían y que a ella le venían

grandes.

Mientras tanto, Matías pidió a Manuela que lo llevara al lugar donde su

amigo recordaba haberse puesto de barro hasta la coronilla cuando era un crío,

y ella lo llevó al maizal, que presentaba un aspecto triste, las panochas

recogidas, las hojas mustias, los tallos marchitos, nada que ver con la

frondosidad que lucía en los meses cálidos. La temperatura era fresca en una

tarde despejada que auguraba una helada y allí, al abrigo de miradas

indiscretas, volvió a besarla y, esta vez, ella no lo rechazó; respondió a sus besos

y deseó que aquel momento no acabara, que se eternizara. No fue así. Él y Sito

se despidieron al cabo de unas horas con la intención de pasar la noche en la

ciudad; prometieron volver, pero no lo hicieron.

Transcurridas las festividades, dispuso su bolsa de viaje pensando en coger el

tren de Huesca a Zaragoza, pero él apareció la víspera de la partida al volante

de su automóvil, a buscarla por orden de doña Pilar, la informó. Pasó la noche

en El Maizal, cenó con la familia, contó anécdotas, hizo reír a todos con sus

bromas y tocó el guitarrico instándola a cantar algunas de aquellas tonadas

populares cuasi olvidadas, de cuando actuaba con Lorién el dulero. Fue una

velada memorable, incluso Elisa pareció salir de su ensimismamiento llevando

el ritmo con el pie. Para finalizar, le pidió entonara una de las canciones de la

«morenita» del Goya. No tuvo tiempo de preguntarle cómo sabía que ella

practicaba con Dalia, su familia quería escucharla, y por vez primera cantó en

público una melodía en una lengua que desconocía, con un sonido que a sus

oyentes les era extraño, los ojos entornados, acompañada por el sonido
acompasado de los dedos de Matías golpeando la caja del instrumento. Al

finalizar, abrió los ojos, sorprendida, al no percibir ninguna reacción por parte

de sus familiares, y se echó a reír; todos la miraban atónitos.

Partieron a primera hora de la mañana a fin de llegar a Zaragoza para la hora

de comer, sin embargo, él se detuvo en una posada en las proximidades de

Zuera a descansar, dijo, y a tomar un tentempié. Apenas habían intercambiado

unas frases durante el viaje; era preciso mantener la atención pues eran muchos

los vehículos motorizados que transitaban por una carretera que unía la capital

de Aragón con Francia, incluso se cruzaron con un autobús de gasolina, lo que

añadido a los carros tirados por animales y a un rebaño de ovejas que atravesó

sin prisas la calzada convertían el recorrido en una aventura arriesgada. A

Manuela la desconcertó aquella parada a menos de una hora de distancia de su

destino, aunque tenía sed, y un refresco no vendría mal. Matías propuso que

comieran allí; tenía ganas de pasar un rato a solas con ella, aseveró, podrían

hablar, conocerse mejor... Y ella aceptó una vez más, deseosa de disfrutar de su

compañía. Supo así que él conocía lo de sus ensayos secretos en el Goya por

haberla seguido, preocupado porque los viernes no llegara a casa a la hora

prevista. También le confesó que la escuchaba cantar en el cuartucho y que le

gustaba mucho su manera de interpretar las nuevas melodías que hacían furor

desde la intervención de los norteamericanos en la «gran guerra», como la

gente denominaba el conflicto que había enfrentado a las naciones europeas.

Averiguó asimismo que él no tenía intención alguna de convertirse en un

intérprete repetitivo de obras ya compuestas, compondría las suyas propias,

aseguró entusiasmado, ritmos nuevos; sería un Stravinski, o un Duke Ellington

en todo caso.

Lo escuchaba cautivada, se imaginaba a ambos compartiendo escenarios por

el mundo en un periplo repleto de peripecias, pero el sol iniciaba su declive,

pronto sería de noche, y era peligroso conducir en la oscuridad; insinuó la

conveniencia de ponerse en marcha, pero él aseguró que no había prisa, nunca

se había sentido tan a gusto y, total, podían pernoctar en la posada y

emprender ruta por la mañana. Y ella volvió a aceptar. Dieron un paseo por los

alrededores, se acercaron al Gállego, contemplaron las estrellas, cenaron a la luz

de la velas, le confesó que la amaba desde hacía mucho, desde la primera vez

que se encontraron, aquella en la que le tiró los churros, y ella creyó vivir un
sueño. Despertó del mismo cuando, con un guiño, el encargado les entregó la

llave de la habitación: una llave, una habitación, una cama. Salió corriendo de

la posada mientras él subía con las bolsas y no se detuvo hasta llegar al centro

de Zuera donde preguntó por la cochera a un sereno que hacía la ronda. Por

suerte llevaba su bolso con ella; pasó allí la noche, sentada en un banco muerta

de frío y tomó el primer carro a Zaragoza. Contempló su bolsa de viaje en la

habitación y por un momento se le pasó por la cabeza la idea de cogerla y

marcharse de vuelta al pueblo, pero quería continuar aprendiendo hasta lograr

una voz propia. Solo rogaba que él no estuviera esperándola. No estaba, y se le

escapó un suspiro de alivio, o quizás de pesar.

Aquel fue un año extraño. Manuela acabó el curso en el Conservatorio, pero

no regresó a El Maizal en el mes de agosto. Desde mediados de junio y hasta

finales del verano estuvo junto a su mentora en Alhama, un paraíso de aguas

termales afamado desde las épocas de romanos y árabes al que se trasladaron en

ferrocarril acompañadas de una doncella y se instalaron en el Gran Hotel

Cascada, lujoso edificio que contaba con un ascensor para los huéspedes. Doña

Pilar no se sentía bien últimamente, tenía problemas en las articulaciones y

respiraba con dificultad al menor esfuerzo. Su hijo el médico le prescribió la

estancia en el balneario, y ella aceptó de buena gana; había pasado allí su luna

de miel, y el lugar le evocaba tiempos en los que era joven y feliz, y que ya no

volverían.

No salía mucho de la habitación, en realidad un apartamento con dos

dormitorios, sala de estar y sala de baño en cuya bañera se introducía con la

ayuda de la joven y de la doncella a fin de sentir los beneficios de las aguas

medicinales que surgían del grifo. En ocasiones bajaba al salón a escuchar al

pianista que le recordaba la última vez en la que cantó en público a petición de

su marido, y animaba a su discípula a interpretar alguna canción, pero esta

sonreía y cambiaba de tema; lo último que quería era hacer el ridículo ante un

auditorio acomodado, más entretenido en conversar sobre avatares políticos y

sociales que en la interpretación del pianista. Aprovechaba para dar un paseo

durante los momentos en los que la señora dormitaba o permanecía

escuchando óperas en la gramola que se había hecho traer; bajaba al lago de

aguas calientes durante todo el año, contemplaba los manantiales, la torre en lo


alto de la peña resto de la antigua fortificación o caminaba por las estrechas

calles de la población imaginando que regresaba a tiempos pretéritos.

Una mañana, doña Pilar no despertó. Creyéndola dormida, ella y la doncella

decidieron no despertarla a la hora acostumbrada; la habían visto inquieta,

desosegada la víspera durante toda la jornada, y era bueno que descansara

tranquila. A eso del mediodía, entró a despertarla pues había dejado dicho que

deseaba comer en el restaurante del hotel en lugar de en la habitación; corrió

las cortinas, la llamó con suavidad, le tocó la mano y la encontró fría. El

médico del establecimiento certificó su defunción y, horas más tarde, la familia

al completo, hijos, hijas, yernos, nueras y nietos, se hallaba reunida en torno al

lecho en donde la matriarca yacía debidamente peinada, maquillada y vestida

con su mejor traje. Llevar el cadáver a Huesca a fin de enterrarla junto a su

esposo resultaba complicado, y costoso, por lo que decidieron pagar el funeral

y la tumba en el cementerio del pueblo. Después, cada cual volvió a su casa con

la mente puesta en el papeleo y el correspondiente reparto de la herencia.

El país se agitaba, no cesaba el enfrentamiento entre los diversos partidos que

habían logrado escaños en el Parlamento, los precios volvían a subir, también el

paro; los periódicos de uno u otro signo publicaban noticias de huelgas,

manifestaciones, protestas, proclamas, peleas en calles y tabernas; el caos era

general, y no parecía que nadie pudiera poner remedio a la situación.

Una vez más, tras el segundo funeral por la fallecida celebrado en la basílica

de El Pilar, el administrador de los Lazán comunicó a Manuela que no había ya

motivo para que permaneciera en la vivienda de su protectora y que los

herederos continuaran abonando la factura del conservatorio y demás gastos.

Conocedor de su situación por Matías, Sito habló con su madre, y la joven se

trasladó al hogar de su hermana y continuó con los estudios de canto pagando

ella misma el último trimestre gracias a los dineros que disponía en el banco y

que apenas había utilizado excepto para algún capricho que otro. Pudo de esta

manera finalizar el curso y obtener el título, si bien la relación con sus allegados

era todo menos satisfactoria. María la trataba como a una pariente pobre; le

hablaba en un tono condescendiente, hacía comentarios cargados de ironía

sobre su futuro de cupletista y la mandaba a comer en la cocina con el servicio

cuando tenían invitados. En cuanto al tío Úrbez, solo lo había visto en una
ocasión y ni siquiera la invitó a su casa. Debía pensar en lo que haría una vez

obtenido el diploma, y no lo tenía fácil. En Huesca no había conservatorio

donde impartir clases, y aunque lo hubiera; no tenía experiencia en la

enseñanza para solicitar plaza en alguna escuela o colegio, si bien le quedaban

mil doscientas pesetas de las dos mil que doña Pilar le había ingresado en el

banco, suficientes para vivir durante un tiempo y buscar algo antes de rendirse.
1936

inalizado el curso y aprovechando que la familia se encontraba ausente,

F
Manuela escribió una carta de agradecimiento, metió en el sobre un

billete de quinientas pesetas por el alojamiento y la manutención, cogió

su bolsa y se marchó con la intención de tomar el tren, pero antes pasó por el

Goya a despedirse de Dalia. No la encontró. Ella y los músicos se habían

marchado según la informó el encargado del local, ignoraba adónde. Al

observar su gesto de decepción, el hombre le preguntó si era ella la joven que

solía ir por allí a ensayar con la «morenita» y, al escuchar su respuesta

afirmativa, le ofreció ocupar el lugar de esta pues, dijo, no había encontrado

una suplente suficientemente capaz. La propuesta la dejó confusa durante unos

instantes, pero un rato más tarde se hallaba en el salón ensayando con los

músicos que habían ocupado el lugar de los anteriores. No conocía algunas de

las canciones, sin embargo, no hubo problema en variar el repertorio. Temía no

obstante no hacerlo bien cuando el local se hallase repleto, pero recordó las

palabras de su amiga: «cierra los ojos, piensa que estás solas, no eres un

papagayo, canta como te salga de dentro y olvida todo lo demás. El jazz no

tiene reglas, es el alma de sus intérpretes». A partir de entonces cantó cinco

noches por semana arropada por un público que guardaba silencio cuando

aparecía en el estrado con el nombre de Ela. El cambio fue idea del encargado,

Manuela era... demasiado corriente, aseguró, poco artístico, y a ella estuvo de

acuerdo. Solo temía ver aparecer a Matías. No estaba segura de si había

aceptado el trabajo por no tener otra cosa, o porque esperaba encontrárselo allí.

Desde su escapada de Zuera, se habían cruzado en contadas ocasiones en las

que no habían intercambiado palabra. Estaba decepcionada, habría querido

explicarle su reacción en la posada, pero él no le había dado oportunidad, lo


cual venía a confirmar lo que sospechaba: que su declaración de amor no había

sido sino una treta. Lo quería, lo amaba, incluso había llegado a imaginar que

serían novios y que más tarde se casarían, pero, a la vista estaba, los sueños eran

quimeras, nada más.

Encontró alojamiento en casa de una viuda, otrora acomodada y ahora sin

demasiados recursos, que alquilaba habitaciones a mujeres solteras y educadas.

La residencia, un palacete a orillas del Ebro, presentaba un aspecto anticuado,

más si cabe al compararla con las nuevas construcciones que iban surgiendo

por los alrededores, pero el interior conservaba parte de su antiguo esplendor, si

bien muebles, alfombras y cortinas no ocultaban su decadencia. En un

principio, la dueña mostró cierta reticencia en aceptar a una joven que se

ganaba la vida cantando en un local de bailes, que ya se sabía lo que ocurría en

dichos lugares. Sin embargo, mostró curiosidad y le propuso cantara una

melodía vieja de cincuenta años; ella la acompañaría al piano. Accedió, más

que nada porque aquel era el bolero que su añorada protectora y ella habían

interpretado juntas el día que se conocieron. La mujer la aceptó de pupila, si

bien puso como condición que cantara para ella y sus huéspedes los días que

libraba, domingos y lunes. Le hizo gracia la propuesta y aquella misma tarde se

instaló en una habitación compartida con mujer de mediana edad, procedente

de la Hoya de Huesca al igual que ella, que trabajaba en el Servicio Público

Telefónico. Si bien ya existía la posibilidad de comunicarse de forma

automática con Huesca capital no ocurría igual con los pueblos, por lo que

eran necesarios los servicios manuales de las telefonistas. Gracias a su nueva

amiga, todos los domingos hablaba unos minutos con sus padres, quienes

esperaban puntuales en la centralita del pueblo su llamada tras la misa de doce.

Supo así que la abuela se apagaba sin remedio.

Sin abandonar el lecho ni reconocer a hijos y nietos, la mirada perdida, en

efecto, Elisa se apagaba. A veces decía palabras incoherentes; otras, repetía los

nombres de su marido y de sus hijos, y sonreía feliz, despidiéndose de una vida

repleta de momentos amargos, pero también dichosos. Al igual que el náufrago

se aferra a una tabla de salvación, en su mente revivía estos últimos, trazos

desdibujados, instantes que su memoria evocaba de forma desordenada. Hasta

que dejó de respirar, una tarde, a finales del estío, en que los rayos del sol
iluminaban el maizal de sus alegrías, también de su desgracia.

Agostín envió un telegrama a su hija, y esta llamó a Sito para preguntarle si

podía llevarla, a fin de cuentas, era asimismo bisnieto de la fallecida. No podía.

Aquel mismo día estaba prevista en la clínica una operación a la que por

primera vez asistiría como ayudante de su padre, una gran oportunidad para su

futuro que le era imposible eludir. De todos modos, tampoco tenía mayor

relación con aquella bisabuela a la que había visto un par de veces, si bien esto

no lo dijo. Prometió, sin embargo, enviarle un chófer de su confianza que la

trasladaría al pueblo sin problema. A la hora fijada, se hallaba en la puerta de la

verja del palacete esperando la llegada del automóvil, y no disimuló su sorpresa

al constatar que el supuesto chófer era Matías Lazán en persona. Él apenas

respondió con un gesto a su saludo, metió su bolsa en el maletero y le abrió la

puerta, todo sin decir palabra. Continuó callado durante el trayecto, la vista al

frente oculta por unas gafas con cristales ahumados que no permitían descubrir

la expresión de su mirada. A su lado, encogida en el asiento del Ford Modelo A

descapotable, un lujo al alcance de muy pocos, ella también mantenía la vista al

frente, la mente en blanco. No pudo, sin embargo, evitar mirarle de reojo al

pasar por delante de la posada de Zuera, el lugar del que había escapado una

noche, iba ya para dos años, pero no observó en él ningún tipo de reacción.

Era la primera vez desde entonces que se encontraban a solas, y se preguntó

cuál habría sido su postura de haber sabido que el «chófer» enviado por su

pariente era precisamente el hombre que se le declaró una noche a la luz de las

velas en un hostal de carretera, el que le robó su primer beso, el que le contó su

sueño de llegar a ser compositor de melodías nuevas.

No se detuvieron ni para beber un vaso de agua y llegaron a la puesta de sol

a El Maizal, donde encontraron a la familia y a algunos labriegos de la finca

reunidos en torno al féretro abierto de Elisa. La anciana yacía con un

semblante tranquilo, incluso con una medio sonrisa esbozada, un rosario y su

libro de recetas entre las manos. El cura apareció por la casa para rezar unas

oraciones a la espera del funeral previsto para la mañana siguiente, los

trabajadores se fueron y quedaron solo los familiares. Matías se había marchado

a la ciudad tras dar el pésame y prometer que en unos días regresaría para

llevarla de vuelta a Zaragoza. No hacía falta que permanecieran todos

despiertos, aseguró Aurora, y más teniendo en cuenta que no habían dormido


desde el día anterior; reiteró que su madre y abuela no iba a enterarse y que

bastaba con una persona que permaneciera a su lado, ella. Antoi, Nieus y sus

hijos no se hicieron de rogar, estaban agotados. A Agostín hubo que insistirle

varias veces; cabeceaba en su sillón de mimbre y apenas podía mantener los

ojos abiertos, pero sentía que era su deber permanecer junto a su mujer en un

momento cuya pena él era el único en conocer a fondo. Finalmente, su hija lo

asió por un brazo, lo acompañó a la habitación y regresó junto a la madre. A

esta solo le bastó mirarle a los ojos para saber que nada la haría cambiar de

opinión, que se quedaría a su lado dijera lo que dijese, y sonrió; era tan tozuda

como ella misma.

Ninguna de las dos tenía sueño pese a lo extenuante de la jornada y hablaron

durante toda la noche, aunque más bien fue Aurora quien lo hizo. Necesitada

de alargar su adiós, o quizás más bien deseosa de que la mujer que tanto había

luchado y a quien tanto había querido permaneciera de alguna manera viva,

escarbó en sus recuerdos y, al igual que los antiguos transmitían la memoria

junto al fuego, le contó a Manuela la historia de su abuela, al menos la que ella

conocía, convencida de que su madre había guardado para sí sus más íntimas

evocaciones, buenas y malas. Se quitó el guardapelo y se lo entregó a modo de

rito esperando, dijo, que algún día ella también pudiera transmitir el

testimonio no escrito de unas vidas sin las cuales ellas no estarían allí. La

familia las encontró temprano por la mañana, lavadas, peinadas y vestidas de

negro, ocupadas en disponer el desayuno antes de meter el ataúd en el carro y

emprender el cortejo fúnebre hacia el pueblo. Pese a que la difunta llevaba años

sin aparecer por la iglesia, y parte de sus deudos tampoco, el cura se mostró

amable si bien el sermón fue breve, apenas una referencia a su trabajo para

sacar adelante a la familia y otra a su buena mano con los dulces. La enterraron

junto a Bizén y regresaron a El Maizal sin invitar a nadie a tomar algo en la

taberna con la disculpa de que el calor empezaba a pegar fuerte, y de que

Belián lo aguantaba mal sentado en su silla de ruedas. Ni que decir tiene que

hubo comentarios para todos los gustos, en los que no faltaron alusiones a la

impiedad y tacañería de la familia.

Tal y como había prometido, Matías apareció cuatro jornadas más tarde,

temprano por la mañana; aceptó un café de achicoria, aseguró tener prisa, y

poco después Marcela y él emprendían viaje a Zaragoza. Al igual que a la ida,


se mantuvo en silencio, y ella tampoco dijo nada, absorta en lo escuchado

acerca de la vida de la abuela Elisa. Algo sabía, pero ignoraba muchos detalles,

el maltrato recibido por parte de su padre, la huida a Buisán, las penurias antes

de encontrar trabajo en un obrador de Huesca o cómo llegó a publicar el libro

de recetas de dulces, del cual la familia solo disponía de un ejemplar, que

guardaba su madre como oro en paño; el otro ejemplar se había ido con ella a

la tumba. Quizás deberían haber hablado más, saber lo que pensaba, en qué

creía, en qué soñaba... De hecho, sabía más de la vida de doña Pilar que de la

de su propia abuela. Tampoco conocía bien la historia de su madre, al menos

no la de antes de nacer ella, aunque sí que era viuda de un primer marido con

el que tuvo a aquella hermana lejana con quien apenas trató durante los meses

que pasó en su casa, y que dejó bien claro que la había acogido por caridad. La

próxima vez que estuvieran juntas, hablaría con su madre largo y tendido para

no tener que arrepentirse luego por no haberlo hecho.

Tan ensimismada se hallaba, que tardó en darse cuenta de que la carretera

por la que transcurrían no era la misma de siempre, esa la conocía al dedillo. El

paisaje no le resultaba familiar, y tampoco reconocía las localidades que

atravesaban. Tal vez habían tomado otra ruta, pensó, pero no se atrevió a

inquirir y se quedó amodorrada con el runrún del motor y la brisa caliente que

acariciaba su rostro. Despertó con un brusco frenazo, escuchó un «ya hemos

llegado» y miró por la ventanilla; se hallaban delante de un caserón, en una

calle estrecha. No supo cómo reaccionar al preguntar dónde estaban y recibir

un lacónico «en Ejea» como respuesta. Matías hizo sonar el claxon y se bajó del

coche al tiempo que dos sirvientes aparecían por la puerta y recogían las bolsas.

Manuela observaba el trajín como si no fuera con ella, como si se tratara de

una película, estaba atónita. ¿Qué diablos hacían en Ejea de los Caballeros?

Continuaba sentada en el asiento del copiloto, intentando pensar, pero él la

asió por un brazo y la metió en la casa. Una vez dentro, la llevó a una elegante

habitación que disponía de cuarto de baño, tina de cuatro patas y grifo

incluida. Horas más tarde, no supo calcular, se encontraba ante el espejo

contemplando la imagen de una mujer joven no mal parecida, vestida con un

traje largo de fiesta, zapatos de tacón alto, el cabello recogido, maquillada, y

estupefacta. Aquella persona que le miraba desde el otro lado del espejo no era

ella.
Cuatro mujeres habían entrado en la habitación, la habían desnudado, bañado,

lavado el cabello, aplicado cremas, masajeado, depilado... Todo sin que ella

hubiera sido capaz de oponer resistencia, quizás porque estaba aterrorizada o,

más bien, porque sentía curiosidad por ver adónde llevaba todo aquello.

Envuelta en un albornoz, la peinaron, maquillaron y le pasaron un vestido

escotado de raso dorado con una abertura que dejaba ver su pierna derecha

hasta medio muslo. Cuando por fin reaccionó, solo se le ocurrió pensar que su

aspecto era el de una... no se atrevió a decirlo en voz alta. Permaneció

anonadada hasta que Matías volvió a entrar, la examinó de arriba abajo

aparentemente satisfecho, y le dijo que esperara allí sin moverse. La espera se le

hizo eterna; se sentía incómoda vestida con aquel costoso traje que a ella nunca

se le habría ocurrido ponerse, y maquillada al igual que las actrices del

cinematógrafo. Recordó haber visto en una revista de su madre un retrato de

La Bella Otero, una cantante y actriz de comienzos del siglo, que había logrado

mucho éxito y dinero como cantante y actriz prostituyéndose con hombres

muy ricos, que pagaban lo que fuera con tal de acostarse con ella, y amante de

varios reyes, incluido el exiliado español. Le entró la risa imaginándose en la

cama con aquel a quien su padre llamaba «tipejo coronado», pero la risa se le

cortó de golpe cuando una doncella entró en la habitación y le pidió que la

siguiera.

A medida que descendía las escaleras, notó que la invadía el desasosiego al

descubrir en el salón a unos cuantos hombres trajeados, algunos uniformados,

que hablaban mientras fumaban y sostenían en las manos copas de cristal o

tazas de café. Y mayor fue su desazón cuando callaron y se vio examinada entre

sonrisas y comentarios subidos de tono. La aventura había llegado muy lejos,

no tenía ya curiosidad por saber lo que Matías se traía entre manos y estaba

dispuesta a salir de allí, aunque tuviera que hacer a pie el trayecto de vuelta al

pueblo. Su mirada se dirigió hacia la puerta de la calle con la intención de ir

hacia la salida, pero él se interpuso y le alargó la mano derecha invitándola a

seguirlo. Nunca lo había visto tan elegante, atractivo, tanto, que le recordó al

protagonista de la primera película sonora que había tenido oportunidad de ver

un mes antes en compañía de su compañera de cuarto; alto, delgado, peinado

hacia atrás, lo único diferente era su mirada, la de aquel clara, la de este oscura
como una noche sin luna. Casi sin darse cuenta se hallaban junto al piano de

cola situado junto a los ventanales; él le susurró el título de una de las

canciones que interpretaba en el Goya e inició los primeros compases. Olvidó

su propósito de marcharse rápidamente de aquella casa y a los hombres que

ahora permanecían en silencio, cerró los ojos y comenzó a cantar Blue Moon,

de Ella Fitzgerald, la cantante a quien de alguna manera había copiado el

nombre, aunque en su momento no supiera de su existencia. A esta siguieron

otras melodías de su repertorio, jazz, blues, soul... si bien no cayó en la cuenta

hasta más tarde de que su acompañante las conocía tan bien como ella.

Los asistentes a la velada parecían satisfechos, mucho; aplaudieron cada una

de sus interpretaciones y, al finalizar, algunos se le acercaron para felicitarla,

invitándola a acompañarlos en lo que quedaba de la velada con un guiño

cómplice, una mano en su cintura, una insinuación al oído. Desaparecido el

estado de embeleso que la embriagaba siempre que cantaba, notó que se le

ponía la carne de gallina y miró a su alrededor en busca de ayuda. Matías le

sonrió, le echó el brazo por encima de los hombros, dijo algo sobre que la

artista estaba cansada del viaje y necesitaba descansar y se dirigieron hacia las

escaleras. Su sorpresa fue mayúscula al descubrir a Sito apoyado en la

barandilla. ¿Qué hacía él allí? ¿Y por qué vestía una camisa azul y una corbata

negra, inapropiadas para una velada social?

La doncella que había ido en su búsqueda la ayudó a desvestirse y dejó sobre

el tocador una bandeja con una taza de té y unas tapas que devoró una tras

otra; no había comido nada desde el desayuno en El Maizal. Le costó conciliar

el sueño, acostada en un lecho enorme de sábanas finas y almohada de plumas,

y volvió a preguntarse qué hacía allí su sobrino, y por qué Matías no le había

dicho que la había llevado a Ejea para cantar ante unos hombres a todas luces

pudientes y unos militares cuyas pecheras lucían un buen número de medallas.

Cuando despertó era ya mediodía; se vistió la ropa del día anterior y bajó las

escaleras con la intención de abandonar el lugar cuanto antes. La misma

doncella la esperaba en el pasillo y la acompañó al comedor donde los dos

jóvenes se hallaban sentados a la mesa, el uno trajeado de la manera informal

que acostumbraba, el otro, con la misma camisa y corbata de la víspera. Tenía

hambre y apenas respondió a sus saludos y a la pregunta de si había

descansado, comió de una tacada el plato de cardo en salsa de almendras,


seguido de trucha al horno rellena de jamón y solo se tomó un respiro cuando

finalmente les sirvieron unos melocotones con vino. Después de comer, fija en

su idea y aprovechando que ellos habían salido, cogió su bolso y se dirigió a la

puerta. No pudo pisar la calle, se lo impidió un hombre alto y fuerte, no

mucho mayor que ella, vestido de negro y con cara de póker, quien se limitó a

mirar por encima de su cabeza al preguntarle ella si acaso estaba presa.

Aquella noche se repitió la misma escena: la maquillaron, peinaron, le

pusieron un precioso vestido de color verde musgo de cola con un provocativo

escote, que dejaba a la vista casi toda su espalda. Mientras esperaba a que la

llamaran, volvió a contemplarse en el espejo. Sus padres se habrían

escandalizado, pero tenía que reconocer que se veía muy atractiva. De hecho,

Matías no disimuló su admiración, ni tampoco la ocultaron los invitados,

algunos de los cuales volvieron a dirigirse a ella en tono insinuante, aunque en

esta ocasión no hubo manoseos; él y Sito la escoltaron en todo momento a

modo de guardaespaldas. Tras el recital, permaneció en el salón, una copa de

champán en las manos, y tuvo oportunidad de captar algunas frases sueltas que

no entendió, pero que la dejaron sumamente inquieta.

Achispada por el champán, turbada y al mismo tiempo fascinada por ser

centro de atención y más todavía al leer el deseo en la mirada del hombre que

amaba, creyó vivir un sueño cuando él la acompañó a la habitación y cerró la

puerta. La desnudó sin prisas, acariciando su cuerpo, confesándole el amor que

sentía por ella desde el momento en que sus caminos se habían cruzado y la

penetró despacio acallando con besos sus quejidos. Despertó en sus brazos, y

volvieron a amarse. Durante dos semanas se sintió la mujer más feliz del

mundo, tanto, que apenas se apercibió de la ausencia de Sito y de que siempre

estaba acompañada. A veces Matías la llevaba a dar una vuelta por los

alrededores en su automóvil, aunque raramente se detenían a contemplar el

paisaje o a visitar un pueblo. Otras, se sentaban en la terraza, y él hablaba del

futuro que esperaba a ambos; haría de ella la más sobresaliente intérprete de las

nuevas tendencias musicales, y juntos actuarían en los mejores teatros de

Europa. Después, volvían a amarse. Cuando él salía, el hombre de negro con

cara de póker la seguía por la casa, si bien siempre a distancia y sin decir una

palabra.
Una mañana despertó sola en la cama, pensó que él habría salido como hacía a

menudo, no sabía adónde ni a qué, pero los días transcurrieron, y no hubo

señales. Manuela llegó a la conclusión de que, en efecto, se hallaba retenida

contra su voluntad. Podía moverse por la casa, acceder a la terraza, sentarse en

la galería a leer uno de los cientos de libros que ocupaban las estanterías de la

biblioteca, escuchar música en el gramófono, pero no salir a la calle, siempre

vigilada por el hombretón, a quién decidió llamar «Póker», que la seguía a

todas partes sin quitarle el ojo de encima. Pasadas otras dos semanas, el ánimo

por los suelos, sin ganas ni para vestirse, ya no abandonaba la habitación,

permanecía en la cama o sentada junto a la ventana contemplando los tejados

que veía más allá, pensando en sus padres y también en su trabajo. Había

prometido volver tras el funeral de la abuela, pero a estas alturas, transcurridos

casi dos meses, el dueño se habría buscado otra cantante.

La doncella que la atendía, intentaba animarla, le llevaba la comida y la

instaba a arreglarse, aunque solo fuera para sentirse mejor consigo misma, en

ocasiones incluso le hacía compañía mientras cosía. Así supo que la casona

pertenecía a la madre del señorito Alfonso, quien la había recibido en herencia

de su padre, don Beltrán de Luesia, un ganadero muy rico de la localidad

fallecido años atrás. Dicha revelación la dejó estupefacta. ¿Desde cuándo el

padre de su medio hermana era un ganadero? Desconocía los detalles, pero sí

sabía que María era hija del primer marido de su madre, de apellido Garcés,

que era maestro. No quiso mostrar demasiado interés, pero el deseo por saber

más la animó a salir de la habitación en busca de alguna pista. La encontró en

el escritorio de la biblioteca, sobre el cual había depositadas varias cartas sin

abrir. Con la disculpa de copiar unos versos de Gustavo Adolfo Bécquer, uno

de sus poetas favoritos, y bajo la siempre atenta mirada de Póker, quien se

mantenía junto a la puerta tieso como un poste, se sentó al escritorio, cogió de

una pila un folio en blanco y un lápiz de una bandeja y comenzó a escribir al

tiempo que recitaba en voz alta:

Por una mirada, un mundo, por una sonrisa, un cielo, por un beso... yo no

qué te diera por un beso.


Llevaba copiadas y recitadas seis rimas cuando su guardián se movió hacia la

ventana, y ella aprovechó para deslizar una de las cartas entre los folios. Todavía

continuó un rato más aparentemente concentrada en su labor; después, recogió

las hojas, devolvió el libro a la estantería y salió de la biblioteca sin dirigir la

mirada al hombre. De vuelta en su cuarto, leyó el membrete que aparecía en el

sobre: Don Alfonso Cortillas Luesia, y permaneció unos instantes con la mente

en blanco. Así que era cierto, María había renegado de su familia. ¿Cómo no se

enteró durante la estancia en su piso de Zaragoza? Quizás porque todos la

trataban de doña o de señora de, o porque a ella ni se le ocurrió imaginar que

hubiera adoptado el nombre de aquel ganadero del cual le había hablado la

doncella. ¿Y Sito? ¿Lo sabría también? Se lo preguntaría en cuanto volviera a

verlo y se juró no decir nada a su madre pese a la nula relación existente entre

ella y su hija mayor; saberlo le haría daño. Pero si albergaba algún tipo de

sentimiento fraterno hacia su media hermana, desapareció en aquel mismo

instante.

Tendría que volver a la biblioteca, a seguir copiando versos, para dejar la

carta en su sitio, pero... Ya que en ello estaba, y con cierto resquemor, se dijo

que no pensaba molestarse en devolverla y rasgó el sobre. Dentro encontró un

tarjetón con tres bandas en rojo, negro y rojo, y una frase que la dejó perpleja:

«Si hace falta morir para vencer, moriremos», y una firma ilegible. Por muchas

vueltas que le dio, no logró descifrar el significado de semejante mensaje.

¿Morir? ¿Vencer? ¿De qué iba todo aquello? Notó un hormigueo en las manos,

algo que le ocurría cuando estaba nerviosa, y decidió deshacerse del tarjetón y

del sobre; los cortó con unas tijeras en trocitos minúsculos, los echó al retrete y

tiró de la cadena. No volvió a salir de la habitación durante las siguientes

jornadas.

Una noche la despertó un sonido similar a los cohetes de fiestas y se asomó a

la ventana. El calor se dejaba sentir tras una bochornosa jornada de mediados

del mes de julio, y la luna se hallaba en cuarto menguante. No se veían luces ni

bengalas, solo lo que ella creyó eran petardos; se oían de manera intermitente,

hasta que pararon, y el silencio fue total. A la mañana siguiente no apareció la

doncella que la atendía, no le sirvieron el desayuno, y tampoco se escuchaba el

ajetreo habitual en la casa. A eso del mediodía decidió bajar a averiguar lo que
ocurría y no encontró a nadie, incluso su guardián había desaparecido.

Encontró por fin a los siete miembros del servicio, Póker incluido, alrededor de

la radio de galena instalada en el salón de fumar para uso exclusivo de los

dueños, y se unió al grupo. Una voz en tono nasal repetía proclamas y

consignas para la población. En un principio, pensó que se trataría de un aviso

de incendios, comunes en la zona durante el verano, pero la exclamación «¡Es la

guerra!» de la cocinera le erizó el vello, y corrió a encerrarse en su habitación.

Lo primero que le vino a la mente fueron aquellos comentarios,

ininteligibles para ella, escuchados en lo que creía se trataba de una reunión de

hombres de negocios. Recordó también el tarjetón con la frase, que tampoco

había entendido, y la extraña indumentaria de su sobrino durante los dos días

que había permanecido en la casa, que ahora sabía era propiedad de María y,

por tanto, también de él. Y se preguntó, sin poder responderse, la razón por la

cual decía la cocinera que había una guerra. No sabía de políticas, no le

interesaban; eran asuntos de los que no se hablaba en El Maizal, aunque su

padre solía hacer comentarios jocosos acerca de los gobernantes, los

terratenientes, banqueros, «ricachones» los llamaba, que engordaban sus

fortunas explotando a obreros y campesinos, y a quienes habría que guillotinar

como habían hecho los franceses más de un siglo antes. Notó un escalofrío.

Tenía que volver cuanto antes al pueblo; cogió el bolso y bajó las escaleras

rogando para que su guardián continuara escuchando la radio. No encontró

impedimento alguno, salió a la calle y se dirigió a paso rápido hacia la iglesia de

San Salvador, el único lugar de la localidad que conocía y en cuyos alrededores

podría preguntar por las cocheras. Matías la había llevado a misa los tres

domingos que habían permanecido juntos, algo que la dejó muy asombrada

pues no lo creía creyente practicante,

y menos a sabiendas de que ambos mantenían una relación prohibida. Desde

su súbita desaparición no se había molestado en acudir pese a que las sirvientas

de Casa Luesia se habían ofrecido a acompañarla.

No tuvo tiempo de preguntar; se vio arrastrada hacia la plaza por cientos de

personas. Era lunes, el lugar estaba repleto de hombres y mujeres de todas las

edades, también uniformados, y otros con camisas azules y corbatas negras, y

su asombro no tuvo límite al descubrir a Sito arengando a los presentes desde

un balcón. El joven culto y educado que conocía parecía otra persona; hablaba
por un micrófono contra los enemigos que destruían el orden y la moral, se

apropiaban de tierras que no les pertenecían, intentaban sojuzgar el bienestar

de la nación, prostituían a sus mujeres y querían hacer lo mismo con las buenas

católicas, era por tanto preciso acabar con ellos, eliminarlos de la faz de la

Tierra. Lo único que le vino a la cabeza en ese momento fue un relato, leído

precisamente en la biblioteca de su sobrino. No recordaba el nombre del autor,

pero sí el título, La marca de la bestia, en el que el personaje principal se

convertía en lobo, y eso parecía él: un lobo atemorizando a un rebaño de

ovejas. La mayoría de la gente lo escuchaba intimidada; algunos, los menos,

vitoreaban a grito pelado sus palabras. Reculó con disimulo intentando

marcharse de allí, vano intento. Sito había abandonado el balcón escoltado por

hombres pistola en mano, y pasó por su lado sin verla, adentrándose por la

calle Herrerías en dirección a la iglesia de Santa María de la Corona, donde

tendría lugar un servicio religioso a fin de pedir al santo patrón, San Juan

Bautista, por el éxito de la empresa que acabaría con los males que amenazaban

a la patria. No lo siguió como hicieron casi todos por militancia, miedo o

curiosidad, y tomó la dirección opuesta, pero descubrió a Póker, cuya cabeza

sobresalía entre el gentío y volvió sobre sus pasos, si bien echó a correr por la

primera calle que encontró, y luego por otra, y por otra, hasta estar segura de

que el hombre no la seguía. Perdida y tras muchas vueltas, una callejuela la

llevó por fin a una carretera rodeada de huertas por la que se puso a andar sin

saber adónde.

El sol iniciaba su puesta cuando, asida sin miramientos por un brazo, Matías

la empujó dentro de su habitación y cerró la puerta con llave.

En el pueblo seguían las noticias por la radio recién instalada en el local de

Benito el de la Engracia, donde había sillas para ver las películas y barra para

los bailes. La víspera, en misa, el cura había comunicado a sus feligreses lo que

estaba ocurriendo, exhortándolos a mantener la calma y a no hacer locuras, que

allí todos se conocían. No obstante, aquel mismo día, unos cuantos vecinos del

pueblo partieron a luchar, incluido el hijo carpintero de Antoi. Su marcha

sumió a los moradores de El Maizal en la más profunda de las tristezas. El

padre cogió la azada y no regresó hasta la noche, mientras que su mujer no

paraba de llorar, ella, que siempre había sido una mujer vital, pero era
demasiado pesar tener un hijo inválido, no saber nada del segundo, el

mecánico, y que el tercero se hubiera ido a una guerra que ni les iba ni les

venía. Belián no salía de la depresión que lo mantenía abstraído hasta tal

punto, que había que darle de comer a la boca, y Angelita salió a atender en un

parto. Por su parte Aurora y Agostín se preguntaban angustiados dónde estaría

Manuela, de la cual llevaban meses sin tener noticia. Después de cenar, los seis

se sentaron en el porche, pero apenas tenían qué decirse, y cualquier mención a

la situación provocaba el llanto de Nieus y la preocupación en el resto, por lo

que era mejor permanecer en silencio. Todos, no obstante, esperaban, rezaban,

para que las cosas volvieran a la normalidad, a fin de cuentas, no parecía que

nada fuera a ocurrir en un lugar tranquilo como era aquel. Se equivocaban.

Dos días más tarde, un estruendo los sacó de la casa y contemplaron,

estupefactos, media docena de aviones que se dirigían a la capital, y la sangre se

heló en sus venas al escuchar poco después el fragor de las bombas.

Como siempre ocurre, la guerra dejó un país roto, ciudades y pueblos en

escombros, cárceles abarrotadas al igual que los campos de prisioneros, tierras

yermas, establos vacíos, ultramarinos desprovistos de géneros de primera

necesidad, dolor y miedo, mucho miedo. A los desmanes cometidos por ambos

bandos vinieron a sumarse las represalias de los vencedores. Familiares, amigos,

simpatizantes de los vencidos eran detenidos y llevados ante el juez en el mejor

de los casos, ejecutados sin juicio en el peor, y sus cuerpos enterrados en

cunetas, fosas comunes o, simplemente, tirados en las calles para dar ejemplo.

Vecinos delataban a otros debido a viejos resentimientos o para saldar cuentas

que nada tenían que ver con las ideas, especuladores se apropiaban de campos y

propiedades, y podían verse por los caminos gentes que huían en busca de

sustento o de un lugar donde vivir, Aurora, Agostín, Antoi y Nieus entre otros.

En los inicios de los enfrentamiento, al pánico provocado por los

bombardeos y los combates que tenían lugar en la población y alrededores, se

añadió el saqueo, confiscación la llamaron, de graneros, huertos, cuadras,

corrales y cochiqueras para alimentar a los combatientes. Los habitantes del

pueblo, personas mayores, mujeres y niños, vieron desaparecer su medio de

vida, sobreviviendo a base de hierbas, hortalizas que escapaban de la requisa y


bellotas de la carrasca, así como algún conejo e incluso topillos y palomas que

lograban atrapar a base de trampas, pues las escopetas de caza también habían

sido incautadas al comienzo de la contienda. Tras casi dos años de terror, como

si de un espectáculo circense se tratara, contemplaron atónitos un combate

aéreo en el que participaron un centenar de aviones cuyo estruendo provocó

más de un ataque de corazón y los obligó a refugiarse en lugares inverosímiles.

Cuatro días más tarde se escuchó un silencio de muerte, y los más osados se

atrevieron a salir de sus escondites. Nunca olvidarían la visión de cadáveres

ensangrentados que se pudrían al sol, heridos reclamando auxilio, casas

destruidas, restos de aviones esparcidos por los campos...

La campana de la iglesia repicó a eso del mediodía, y no hubo un solo

habitante que no acudiera a la llamada. Apesadumbrados, todavía

aterrorizados, escucharon al cura hablar de la victoria de Dios Todopoderoso

sobre las fuerzas del Mal, de los crímenes perpetrados por los enemigos de la

Iglesia, de la penitencia para obtener el perdón divino, y al decir esto último

dirigió la mirada hacia aquellos hombres y mujeres que no acostumbraban a

asistir a misa, en especial los cuatro dueños de El Maizal. Sentados en el último

banco, Aurora y Agostín sostuvieron su mirada, no así Antoi y Nieus, quienes

no levantaban los ojos del suelo.

Se dice que las penas nunca llegan solas, y así fue en su caso. Seguían sin

noticias de Manuela y de sus dos primos, el mecánico y el carpintero, y por si

esto fuera poco, a Angelita la habían detenido por prestar ayuda a los heridos

enemigos, e ignoraban su paradero. A Belián lo encontraron muerto una tarde,

días atrás, en que durante unas horas no se escucharon los ruidos de la guerra,

y los mayores aprovecharon para dar con algo que echarse a la boca, alguna

hortaliza, alguna fruta. Al volver, él ya no estaba en el porche donde lo habían

dejado, tampoco en el interior de la casa, y lo buscaron pensando que no

andaría lejos. Lo encontraron flotando boca abajo en una acequia, la silla de

ruedas medio sumergida a su lado. Se había quedado en los huesos en los

últimos meses y, aunque parecía no enterarse de nada, sí debió darse cuenta de

la ausencia de la mujer que había estado a su lado durante los últimos diecisiete

años, quizás el motivo para desaparecer él también de una existencia

atormentada en la que ella era su único consuelo. Nunca lo sabrían. No dieron

parte; los bombardeos recomenzaron a la mañana siguiente y, a fin de cuentas,


un suicida no tenía derecho a sepultura en tierra consagrada. Lo enterraron

bajo el melocotonero que él mismo había plantado cuando era niño.

Cuatro días después de la homilía, a primera hora de la mañana, vieron

llegar en un furgón a un grupo de hombres, la mayoría desconocidos, si bien

reconocieron entre ellos a varios de sus vecinos. El que iba al mando se

presentó como responsable de la «Comisión de incautación de bienes» creada

por el nuevo gobierno y les comunicó que la finca había sido expropiada por

orden de la autoridad. A fin de corroborar sus palabras, les tendió un papel

escrito a máquina, lleno de faltas y tachones, en los que se acusaba a los

propietarios, Aurora Albar, maestra, y Antoi Albar, labrador, de falta de

patriotismo. Más abajo, y con otra letra, aparecía tachada una lista de posibles

cargos como incitación a la rebelión, apoyo a los revolucionarios, obtención de

prebendas o militancia en partidos y sindicatos, y otros más que no lograron

descifrar. No era el caso, ninguno había participado en mítines, huelgas o

protestas, ni se había posicionado, pero tampoco había apoyado a la jerarquía

establecida antes de que aquellos malnacidos se hicieran con el poder y,

además, no acudían a misa, no se confesaban ni comulgaban. Vigilados en

todo momento, solo pudieron coger algunas ropas; los pocos objetos de valor

que tenían, pulseras, aretes, cadenas, relojes, quedaron en los cajones.

No podían permanecer en el pueblo; el cabecilla de la partida lo dejó bien

claro: allí no hacían falta gentes indeseables. Por otra parte, tampoco habrían

tenido dónde. Los vecinos con los que mantenían relaciones se encontraban en

su misma situación, los había que lo habían perdido todo, y en el párroco y en

otros, mejor no pensar. Echaron a andar con sus atadijos al hombro, seguidos

por los hombres en el furgón, que querían asegurarse de que abandonaban el

lugar. El camión dio media vuelta en cuanto las cuatro figuras desaparecieron

por el otro lado de la carretera en dirección norte.

Tardaron casi tres semanas en llegar al único lugar que a Aurora le vino a la

cabeza: Buisán. Era una locura, pero no se le ocurrió ningún otro, y Antoi

estuvo de acuerdo. Ambos recordaban su infancia entre montes y bosques,

libres como las aves que anidaban en los árboles y partían al llegar las nieves.

Quizás todavía quedara uno de sus primos, o alguien conocido. Cierto que sus

hijos no sabrían dónde estaban, pero también lo era que de todos modos
tampoco sabrían dónde buscarlos, aunque lograran encontrar cobijo en los

alrededores, imagen de la desolación más completa. Tanto la una como el otro

les habían hablado de la remota aldea en la que habían nacido, idealizada con

el paso del tiempo. Con un poco de suerte, a Manuela o uno de sus dos primos

se le pasaría por la cabeza que pudieran encontrarse allí y fueran a

comprobarlo. Cuando las cosas se calmasen, cuando ya no quedaran ecos de

guerra, entonces, quizás, volverían al pueblo si todavía seguían vivos.

Fue un viaje penoso durmiendo a la intemperie, en ocasiones en algún

establo o casa abandonada, mendigando pan y agua, lavándose la cara y las

manos en fuentes y ríos, las ropas mugrientas. En ocasiones, caminaban en

compañía de personas, incluso familias, que partían hacia Francia, hacia el

exilio, a través de los Pirineos, pero apenas hablaban, nadie quería hablar, el

miedo en el cuerpo, la desconfianza en la mirada. Antes de llegar a Sabiñánigo

tomaron el camino a La Ballibasa, donde permanecieron una noche en una

cabaña, propiedad de un anciano de mirada triste a quien apenas entendían lo

poco que decía, pero donde al menos pudieron descansar y llenar el estómago

con algo parecido a unas migas, si bien no se atrevieron a preguntar por su

contenido. Al despertar, el hombre había desaparecido. Les habría gustado

agradecer su hospitalidad, dejar algo a cambio, pero nada tenían y

reemprendieron la marcha. Dos días más tarde, tras pasar por un Fanlo

arrasado, a Aurora se le saltaron las lágrimas al divisar la decena de tejados de la

aldea que recordaba con tanto cariño, encima de una loma, rodeada de árboles,

protegida por los montes cuyas cumbres ocultaba la niebla, ajena al conflictivo

mundo que bullía a su alrededor.

Solo encontraron a uno de los primos, Zilio, de la misma edad que Antoi

con quien había compartido juegos y más de una azotaina, y la emoción de

ambos hombres al reconocerse fue para todos el primer momento feliz en

mucho tiempo. Según les dijo, no quedaba allí nadie más, él era soltero, y sus

dos hermanos se habían mudado a Fanlo con sus familias, pero no sabía nada;

los habitantes de la localidad habían huido en desbandada en cuanto

empezaron los combates. Esperaba que aparecieran por Buisán, ¿adónde iban a

ir si no?, pero no tenía noticia alguna de ellos. Continuaba en el oficio de

padre y abuelos, pero ya no era lo mismo; no quedaban almadieros, la gente

prefería el carbón para fogones y estufas, cuando no la electricidad, como en


Aínsa y otras localidades, y las empresas madereras se habían hecho con el

control de los bosques, por lo que no quedaba más remedio que trabajar para

ellas cobrando una miseria en la época de la tala. Aun así, no tenía intención de

marcharse de allí, añadió con una sonrisa; no necesitaba mucho para vivir,

tampoco lo atraía la vida en una localidad grande y, por supuesto, esperaba que

ellos permanecieran con él cuanto quisieran, había lugar de sobra para todos. A

los bandos combatientes no les interesaba aquel minúsculo enclave, y menos

ahora, en que parecía que la guerra por fin acababa.

A falta de una presencia femenina, la casa mostraba un aspecto destartalado,

sucio y desordenado, y las dos cuñadas se pusieron a adecentarla a la mañana

siguiente, no sin antes exigir a los hombres que echaran una mano, entre otras

cosas, pintar las paredes desconchadas del interior con una mezcla de harina,

agua y sal. No era una maravilla, pero sí lo suficiente para cubrir humedades y

mugres. Días más tarde, los muebles encerados, lavadas sábanas y mantas,

restregados cristales y cacharros, la vivienda era otra, y los cuatro recién

llegados encontraron el sosiego que anhelaban. Allí esperarían a la hija de unos,

a los hijos de los otros, o morirían sin verlos, que todo podía ser pues era inútil

luchar contra el destino.

Manuela quedó paralizada al distinguir el descapotable rojo que venía en

dirección contraria; lo habría reconocido en cualquier parte, no había visto

ninguno igual. Para cuando espabiló era ya tarde; corrió de vuelta a la ciudad,

pero él se cruzó, bajó del automóvil, la agarró por el brazo, la metió en el

vehículo y la encerró en su habitación al llegar a Casa Luesia. No le dijo ni

media palabra, pero poco después entraron dos doncellas y se llevaron ropa y

zapatos, así como el bolso con la célula de identificación, las quinientas pesetas

que tenía y la libreta de direcciones; la dejaron con una bata y unas zapatillas

de fieltro. Durante los dos días siguientes, las mismas doncellas le llevaron la

comida; el resto del tiempo lo pasó sola. Al atardecer del tercero, se vio de

nuevo maquillada y con el vestido de raso dorado dispuesta para entretener a

los invitados como en las dos ocasiones anteriores. Matías y Sito la esperaban

sonrientes al pie de la escalera, ambos con trajes de chaqueta, chalecos y

corbatas incluidas, y le ofrecieron el brazo para acompañarla hasta el piano.


Esta vez, no había allí solo hombres, también mujeres elegantemente vestidas,

que la contemplaban con curiosidad. Notaba un cosquilleo en las piernas y en

las palmas de las manos, tenía la impresión de ser la protagonista de una obra

de teatro y tuvo un sobresalto al descubrir a Póker y a otros tres tipos de

parecida complexión, los cuatro de negro, vigilando la puerta del salón.

No obstante, la música la trasformaba, era otra persona cuando cantaba y

olvidó su reclusión forzada, la preocupación por su familia, la guerra, en

cuanto escuchó los primeros compases de El día que me quieras, del afamado

Carlos Gardel, que habían ensayado juntos durante aquellas escasas jornadas en

las que se sintió amada. A esta canción la siguieron otra media docena, pero no

escuchó los aplausos, ni los comentarios complacidos de los oyentes; solo

cantaba para él. Al finalizar, la acompañó a la habitación, le besó en la mejilla y

salió cerrando de nuevo la puerta con llave. Pasada la medianoche, la

despertaron unos besos en el cuello, en la boca, unas manos que la

desnudaban, un cuerpo que la envolvía y la hacía suyo, y respondió en un

duermevela sin ser del todo consciente de lo que ocurría. Cuando las doncellas

entraron con el desayuno, tardó unos instantes en darse cuenta de que estaba

desnuda, al hacerlo soltó un gritó y les ordenó salieran de inmediato. Después

arrastró el tocador hasta la puerta a fin de asegurarse de que nadie entrara y no

respondió cuando, algo más tarde, volvieron e intentaron abrirla. Estaba presa,

pues bien, lo estaría de verdad y moriría de hambre antes de convertirse en un

objeto de usar y tirar. Al rato, dos de los guardianes entraban por la ventana y

retiraban el tocador.

Quizás porque pensó que ya la había castigado suficiente, o por temor a que

hiciera algo descabellado, Matías no volvió a cerrar la habitación con llave y le

permitió moverse por la casa como antes de la escapada, eso sí, siempre

vigilada. Por otra parte, todas las mañanas le llevaban la ropa que debía ponerse

y también unos zapatos planos pues no sería adecuado que apareciera una visita

y la encontrara en pantuflas. No hubo más recepciones, pero ensayaban juntos

siempre que él se hallaba en la casa, si bien ya no eran blues o melodías de jazz,

sino canciones de Concha Piquer, Celia Gámez o Imperio Argentina,

interpretes que suscitaban el fervor de los nuevos gobernantes. Ella se esforzaba

en disimular su nulo aprecio por un tipo de música tan alejada de la que le

gustaba, aunque, en el fondo, le daba igual, la cuestión era cantar lo que fuera,
y estar con el hombre que amaba a pesar de su trato, ora cariñoso, ora

desabrido. Sin embargo, a solas en su cuarto, repetía una y otra vez las melodías

aprendidas con sus dos maestras, doña Pilar y Dalia la del Goya, sin olvidar el

consejo de ambas: «canta siempre con el corazón».

Y una vez más, Matías se marchó sin despedirse, Sito también, y ella volvió a

deambular vigilada por Póker en todo momento. A veces se sentaba en la salita

a escuchar la radio, otras, leía algún libro de la biblioteca y en una ocasión se

metió en la cocina a charlar con la cocinera. La mujer era habladora, y así supo

que habían despedido a la doncella que la atendía al principio; su padre y su

hermano habían sido fusilados en la tapia del cementerio, por traidores.

También supo que en Ejea se estaba haciendo una limpia, fue su expresión, con

los rebeldes, quienes se habían manifestado en contra del orden, los inmorales

que vivían amancebados, los que no iban a la iglesia... No paró de enumerar las

fechorías e infracciones que llevaban al paredón, la cárcel, el exilio para expiar

los pecados, y al decirlo, se santiguó con devoción y le recordó que debía de

acudir a misa incluso en ausencia de los señores. No le dijo que era una

pecadora amancebada, pero lo intuyó por el tono de su voz.

Y fue precisamente un domingo en que acudió a misa para no dar que

hablar cuando sintió el estómago revuelto y ganas de vomitar, tanto, que tuvo

que salir, regresar a la casa escoltada por su guardián y meterse en la cama. El

médico que la visitó dictaminó que estaba embarazada de unos tres meses,

expresando su extrañeza al descubrir que la joven ignoraba su estado. Ella

también estaba sorprendida; los días, las semanas, habían transcurrido a tal

velocidad, habían ocurrido tantas cosas, que no se había percatado de su falta

de menstruación pues, aparte de aquella súbita indisposición, no había notado

nada raro, excepto la dificultad para abrocharse faldas y blusas, que achacó a los

kilos de más por falta de ejercicio. Luego recordó algún comentario escuchado

a su madre sobre la carencia de indicios en sus tres preñeces, algo que al parecer

había heredado. No sabía si alegrarse o, todo lo contrario. ¿Cómo reaccionaría

él al saberlo?

Matías apareció dos días más tarde con un ramo de flores y una pulsera de

eslabones de oro, la misma que doña Pilar no se quitaba ni para dormir por
haber sido el regalo de su marido al proponerle matrimonio en París. No la

dejó sola en ningún momento, ni de día ni de noche; paseaban, cenaban en la

galería a la luz de las velas, interpretaban melodías, y se amaban. Volvía a ser el

amante atento de meses atrás y se le veía muy feliz al saber que iba a ser padre,

hacía planes para la criatura, un niño por supuesto, en su familia los varones

eran mayoría. Ella calló que, en la suya, lo eran las hembras. Su hijo se llamaría

Santiago y acudiría al mejor colegio, lo enviaría a estudiar a Inglaterra o a

Francia, y él mismo le enseñaría a tocar el piano. Hablando de esto, le contó

entusiasmado que, pese a la situación todavía incierta, tenía intención de

montar un estudio de grabaciones y se hallaba en negociaciones con el sello «La

voz de su amo», el más importante del país, con licencia norteamericana,

añadiendo que ambos grabarían un disco que de seguro sería un éxito. Ella solo

esperaba que le pidiera casarse y fijara la fecha de la boda, pero se marchó

transcurrida una semana sin haberlo hecho. «Tengo que trabajar para asegurar

el futuro de mi hijo», le dijo con un guiño antes de darle un beso. Regresó cada

mes durante el resto de su embarazo, siempre con regalos, si bien pasó sola las

navidades y lloró al recordar otras en El Maizal, tan cercanas y lejanas al mismo

tiempo. En ocasiones él aparecía acompañado de Sito a quien no dejaba de

llamar «tío Alfonso», cuando en realidad debería llamarlo «sobrino» como ella

apuntó la primera vez que lo oyó, pues ella era su tía, aunque él le llevara tres

años de diferencia; los dos amigos se miraron y soltaron una carcajada. Ambos

se hallaban en Ejea un frío amanecer de finales de marzo cuando dio a luz tras

un parto en el que creyó llegado su fin, tal fue el dolor y la mucha sangre

perdida. Exhausta, pidió ver a su hijo, pero se desvaneció sin tan siquiera oír

sus llanto.

Tardó tiempo en recuperarse no solo debido a la tremenda debilidad que la

mantenía postrada en el lecho, sino también a la congoja porque su bebé, una

niña, había nacido muerta. Pidió verla al volver en sí, y su llanto desgarrado

pudo escucharse en toda la casa cuando la informaron de que no podría ser, el

angelito se había ido al cielo y lo habían enterrado en el panteón familiar pese a

no haber sido bautizado, añadieron. Un sacerdote, amigo de la familia, fue a

visitarla a fin de consolarla y rezar con ella; no respondió a las preces, los ojos

cerrados, la mente en blanco. Las doncellas la lavaban y vestían, y se dejaba


hacer; la cocinera preparaba las comidas indicadas por el médico, y apenas

comía; Póker la bajaba en brazos a la galería y la dejaba en una chaise longue

desde donde contemplaba sin ver el exterior a través del ventanal. El

hombretón parecía haber cambiado de actitud, ya no le miraba desde arriba

con el ceño fruncido, estaba atento a su menor ademán, incluso le hablaba, si

bien ella no contestaba, no lo oía.

A comienzos del otoño se encontraba recuperada del todo, o casi; la pena

por la pérdida de su hija la atenazaba cada vez que pensaba en ella, si bien

procuraba no hacerlo recordando las palabras de la abuela Elisa sobre lo inútil

de lamentar lo que no tenía solución. No obstante, todavía le flojeaban las

piernas si permanecía demasiado tiempo de pie. Atento en todo momento, no

como un guardián, sino más bien como un acompañante solícito, Póker la

llevaba de paseo por las inmediaciones y le hablaba de su lugar de origen, allá

por la zona de Jaca, y de su familia de la que nada sabía desde hace mucho,

también de cómo, tras una bronca con su padre, se marchó del pueblo y

trabajó en varios oficios hasta que el señor de Luesia lo contrató de

guardaespaldas y, más tarde, doña María le encargó proteger al señorito

Alfonso, si bien este pronto prescindió de sus servicios y lo dejó al cargo de la

vigilancia de la casa. Incluso le dijo su nombre, Hilario. La mención a María la

hizo pensar por un instante que su medio hermana tenía que saber que ella se

hallaba en Ejea, su hijo la habría informado, seguro.

Al regreso de una de sus caminatas, el cabello suelto, las mejillas sonrojadas,

encontró a Matías y a Sito en el salón y a punto estuvo de soltar un grito. No

solo su presencia era inesperada, su sobrino se hallaba sentado en una silla de

ruedas, sin piernas, el aspecto demacrado, por no decir cadavérico. Ninguno de

los dos respondió a su saludo, así que subió a toda prisa y aquel día no bajó a

cenar, ni nadie se acordó de llevarle una bandeja. Las siguientes jornadas fueron

muy extrañas. No volvió a ver a Sito, quien permanecía en las habitaciones del

ala derecha, recibía la visita diaria del médico y de un sacerdote y era atendido

por dos enfermeras y dos sirvientes. Tampoco vio a Matías y comía sola, a veces

en la cocina con el servicio. No se escuchaban movimientos en la casa, en todo

caso susurros y oraciones, por lo que procuraba no salir de su cuarto y si se le

ocurría cantar, lo hacía en silencio. Un mediodía en que se hallaba enfrascada

en la novela Fortunata y Jacinta, de Pérez Galdós, una de las varias cogidas de la


biblioteca a fin de aliviar el tedio, escuchó voces y ruidos inusuales y se asomó

al pasillo, pero su habitación era la última del ala izquierda, así que se acercó a

la barandilla de la escalera para conocer el motivo del ajetreo. Lo único que

logró atisbar fue a una dama vestida con un traje de chaqueta y una pamela

que impedía verle la cara desde arriba y que no cesaba de dar órdenes.

Reconoció la voz de su medio hermana y corrió a encerrarse presa de una mala

corazonada al verla iniciar el ascenso. Algo más tarde, una de las doncellas le

llevó la comida y, al salir, cerró la puerta con llave; estaba presa de nuevo, e

ignoraba el motivo.

Aquella noche, se despertó al igual que la última vez que habían yacido

juntos año y medio atrás; lo echaba en falta y se dejó llevar, necesitada como

estaba de sentirse querida, deseada. Y lo mismo ocurrió la noche siguiente, y la

otra. Sin embargo, permanecía encerrada y no acababa de entender por qué el

hombre que le declaraba su amor con palabras tiernas, besaba su cuerpo hasta

el último recoveco y se adentraba en ella sin prisas, haciéndola gozar a ella

también, desaparecía de su vista durante el día, al igual que uno de los seres de

los que le hablaba la abuela Elisa cuando les contaba a sus primos y a ella

cuentos o les narraba leyendas que tenían lugar en los bosques del norte. Volvió

a escuchar un cierto ajetreo en la tercera mañana después de que la doncella

hubo salido con la bandeja del desayuno, y se acercó a la puerta suponiendo

que estaría cerrada. No lo estaba; la joven sirvienta había olvidado girar la llave,

quizás por estar más atenta al trajín que a las órdenes recibidas. Abrió con

cautela y esperó hasta estar segura de que no había nadie en el pasillo. Oculta,

en lo alto de la escalera, descubrió que María, al igual que una reina, se

marchaba con su séquito; escuchó su habitual tono imperioso y la vio

asimismo hacer un aparte con Matías, justo debajo de donde ella se

encontraba. Aguzó el oído, si bien solo pudo distinguir alguna que otra frase

suelta, pero sí le llegó muy clara una orden que la extrañó: «Esta vez quiero un

varón. ¿Está claro? Nos lo debes a María Cristina y a mí». Él no respondió,

pero observó que movía la cabeza en gesto afirmativo de manera repetida.

Durante las siguientes jornadas, su vida fue como la de antes de saberse

embarazada; era libre para moverse por la casa, él la acompañaba en sus paseos,

escuchaban música, leían poesía...; en una ocasión la llevó a un concierto de la


Banda Municipal y en otra, a comer a un restaurante. Pero sobre todo se

amaban, y no solo de noche. La cogía de la mano en el momento menos

pensado y la llevaba a la habitación sin importarle lo que pensara el servicio,

incluso ordenaba los sirvieran la comida allí mismo, pero nunca hablaba de

casarse y cambiaba de tema en cuanto ella le insinuaba la posibilidad de

afianzar su relación. Y ocurrió de nuevo. Una mañana él se despidió

asegurando que no podía ausentarse de su trabajo, pues la suya era una

empresa todavía joven que precisaba de mucha atención; la guerra estaba a

punto de finalizar, lo sabía bien, y todos tendrían que arrimar el hombro a fin

de apagar la hoguera encendida por los enemigos del orden y de la moral.

Dicha declaración la dejó consternada. ¿A qué se refería con aquello de la

moral? ¿No eran ellos mismos transgresores de la moral al dormir juntos sin

estar casados? Quiso preguntárselo, pero él no le dio tiempo; le dio un beso en

la mejilla y se fue.

Esa tarde salió a caminar por la orilla del Arba en compañía de Hilario. No

parecía que fuera a llover, y ya llevaban más de una hora andando cuando el

cielo se cubrió de negros nubarrones, y comenzó a caer una tromba de agua;

tuvieron que guarecerse en el pajar de una granja a la espera de que amainara.

Tal vez para no pensar en Matías, en sus palabras, en su hermanastra, en el

herido a quien no había vuelto a ver, aunque seguía en la casa, en sus padres,

preguntó a su acompañante sí le ocurría algo. Al contrario que en sus últimas

salidas, el hombre no había soltado palabra durante todo el trayecto, pero lo

encontraba más taciturno de lo acostumbrado, y la intuición le decía que algo

no iba bien. La pregunta provocó el mismo efecto que el estallido de una

válvula a presión. Sin apartar los ojos de la lluvia, él le confesó que aquel sería

uno de sus últimos paseos juntos; doña María lo había desterrado a otra de sus

propiedades, según ella, por no proteger a su hijo en el momento del atentado

que lo había dejado inválido sin remedio. De nada valió que jurara por sus

muertos que el señorito Alfonso se había negado a ser escoltado por él

aduciendo que para eso estaban sus camaradas, la señora se mantuvo en sus

trece y le anunció la próxima llegada de un guardaespaldas de su entera

confianza, un ex- legionario condecorado por su valentía en el frente, no como

otros, añadió con desprecio, que vivían tan ricamente mientras los verdaderos

patriotas se jugaban la piel. Asimismo, le dijo que no cobraría un sueldo que


no merecía y lo aconsejó no protestar ni intentar encontrar otro empleo si no

quería ser denunciado por «desafecto» al nuevo gobierno, que ya sabía él a

dónde iban a parar los así acusados.

El hombre calló durante unos instantes, pero continuó hablando, la voz

rota, de los años al servicio de los Luesia. Su lealtad no había servido para nada,

concluyó; sin casa, familia ni ahorros, lo mandaban a un pueblo de mala

muerte donde probablemente se quedaría el resto de su vida. Durante largo

rato, ambos permanecieron en silencio escuchando el sonido de la lluvia

golpeando el tejado del pajar. Finalmente, Manuela le hizo una pregunta: ¿su

patrona era en verdad hija del señor de Luesia? No, no lo era. La única hija del

ganadero se llamaba Alodia, fallecida debido a las fiebres antes de cumplir los

veinte. Ambas se habían criado juntas, y don Beltrán la prohijó y nombró su

heredera al no tener a quién dejar dineros y propiedades; durante la gran guerra

había asimismo perdido a su hijo, un joven brillante que estudiaba en Francia y

se había alistado en el ejército de dicho país. Y de nuevo el silencio antes de

que ella se atreviera a preguntar por la hija de su medio hermana, María

Cristina, cuyo nombre le venía a la cabeza tras lo escuchado a hurtadillas,

oculta en lo alto de la escalera. La respuesta le provocó un temblor que no supo

si achacar al frío y a sus ropas mojadas, o al inmenso dolor que sintió al saber

que era la esposa de Matías. Hilario se percató de que, sin quererlo, había

hablado demasiado y le echó un brazo al hombro en un gesto de protección,

que solo sirvió para que ella rompiera a llorar a lágrima viva.

El nuevo guardián llegó, en efecto, un par de días después. Póker cogió el

viejo sedán que ya nadie utilizaba para dirigirse a su nuevo destino, pero se

detuvo al cabo de varios kilómetros, ayudó a Manuela a salir del maletero, y

prosiguieron viaje. Lo habían hablado, hicieron planes, programaron la huida

pensando en los pros y contras, las dificultades que encontrarían, la alerta que

suscitaría la desaparición de ella, pero el hombre era bueno en su oficio de

vigilante y conocía al dedillo los movimientos del servicio. Él mismo se encargó

de ir a buscarla y llevarla al garaje sin que nadie los viera, de paso cerró la

puerta del cuarto y guardó la llave en el bolsillo; se tomó su tiempo en enseñar

la casa al recién llegado y en despedirse de todos y cada uno de sus, hasta

entonces, compañeros de trabajo, incluso prometió volver a visitarlos en cuanto

tuviera oportunidad. Escondida en el maletero, ella temblaba esperando ser


sorprendida en cualquier momento; respiró aliviada en cuanto escuchó el

arranque del motor y el vehículo se puso en marcha.

Descubrir que Matías estaba casado con su sobrina le supuso una

conmoción de la cual todavía no se había recuperado. Sin embargo, y a pesar

de ello, comenzó a atar cabos, a intentar encontrar una explicación a sus largas

ausencias o a la negativa a hablar de casamientos. Hilario ignoraba la fecha

exacta de su boda, pero sí recordaba que un año antes del comienzo de la

guerra, él y la señorita habían pasado el mes de agosto en Ejea, una especie de

luna de miel, añadió. Se dijo que tal vez su matrimonio le había sido impuesto,

a fin de cuentas, los padres de ambos eran socios, y no era raro que las familias

adineradas decidieran la unión de sus vástagos. Quiso creer que, en realidad,

era a ella a quien amaba, de ahí la pasión que le había demostrado

últimamente, pero algo no encajaba. María sabía, tenía que saber, que ella se

hallaba en la casa desde hacía ya más de dos años y conociéndola ¿cómo iba a

permitir que el yerno le pusiera los cuernos a su hija? «Esta vez quiero un

varón...». No dejaba de pensar en ello, ¿se refería a la niña malograda que ni

siquiera había podido tener en los brazos? ¿Acaso María Cristina era estéril, y la

estaban utilizando para lograr un heredero? Todo era posible, no había otra

explicación y menos ahora, que Sito se hallaba impedido de cintura para abajo.

Las lágrimas rodaron sin freno por sus mejillas, luego se quedó dormida,

llevaba dos noches sin pegar ojo.

Despertó bruscamente cuando el automóvil se detuvo y abrió la boca

sorprendida. El sol desaparecía en el horizonte, los campos se hallaban

desiertos, pero reconoció el paisaje y buscó ansiosa su hogar. A lo lejos, entre

sombras, se divisaba la vieja casona, y su primer ademán fue asir la manilla para

salir corriendo, pero Hilario la detuvo; no sabían lo que podrían encontrar, la

zona había sido escenario de enfrentamientos, y al decir esto señaló hacia los

restos destrozados de una hélice de avión. No obstante, El Maizal estaba igual

que siempre, insistió ella intentando abrir la portezuela; él la detuvo de nuevo y

le miró preocupado. Solo entonces se percató de que no la había informado

sobre su destino al no imaginar ni por lo más remoto que su nuevo puesto

fuera a ser precisamente el de capataz de la hacienda de la familia de Manuela,


ahora propiedad de doña María. Le costó que entendiera que las cosas habían

cambiado, que muchas propiedades habían pasado a otras manos, y el

sorprendido fue él al saber que la patrona era la hermana de madre de su

protegida. Nunca había oído hablar de ello a los señores, y ella tampoco se lo

había comentado. Desde el principio, su idea había sido buscarle un

alojamiento en el pueblo hasta que encontrara un trabajo, quizás de sirvienta,

ya que tampoco podía llevarla a la finca, puesto que antes o después la dueña

aparecería por allí. Se lo explicó de la mejor manera que supo y la convenció

para que esperara en el coche mientras él averiguaba si su familia continuaba

viviendo en el lugar.

La espera se le hizo eterna, tapada con una manta y mordisqueando uno de

los panes con longaniza que él había sustraído de la cocina para el viaje,

intentaba no dejarse llevar por el ansia de acercarse a la casa oculta en las

sombras del anochecer. Aguantó, no obstante. Hilario tenía razón, era

peligroso aventurarse sin estar seguros, pero no dejaba de pensar en los suyos y

en su preo­
cupación al no tener noticias de ella desde hacía tanto. Se había

quedado adormilada cuando él volvió, pero espabiló al instante y escuchó lo

que temía sin querer aceptarlo: sus padres y tíos ya no vivían en El Maizal; la

propiedad había sido requisada, y doña María tenía la intención de montar una

granja de pollos o, en todo caso, convertirla en un coto de caza. Acusados de

subversivos, los anteriores propietarios se habían visto obligados a abandonar el

pueblo y habían partido por el camino de Chimillas, según lo dicho por uno

de los empleados, asimismo vecino de la zona. Permaneció en silencio durante

un buen rato. No podía quedarse en el pueblo o alrededores; alguien la

reconocería, y quizás la inculparan por algo que ignoraba, o peor aún, su

hermana se enteraría de su presencia, y volverían a atraparla en caso de que

fuera cierto el disparate de estar siendo utilizada para parir un varón por la

razón que fuera. Finalmente, le pidió que la llevara hasta Chimillas a fin de

averiguar si sus padres se encontraban allí. Después, ya se las apañaría ella sola.
1939

o solo a Chimillas; la llevó asimismo a Banastás, y de allí tomaron la

N
carretera a Yéqueda, Igriés, Nueno... Se detuvieron en cada pueblo,

aldea, caserío, preguntaron a los labradores que trataban de

recomponer su tierra herida, a una anciana con un borrico cargado con dos

garrafas de leche igual de viejas que ella, a unos niños que jugaban a la guerra.

Y toparon con varias patrullas de uniformados que les pidieron las células de

identidad, les preguntaron adónde se dirigían y los dejaron continuar al decir él

que iban a visitar a la familia de su «novia» en Buisán. Además, les mostró un

carné a su nombre sellado debidamente, que Alfonso le había facilitado a fin de

que pudiera moverse sin trabas, y que no dejaba dudas en cuanto a su filiación.

Tan fue así, que los hombres al mando se cuadraron ante él, saludo que recibió

con cara de póker e hizo pensar a Manuela lo acertado del apodo que le había

puesto.

La idea de ir a la aldea se les ocurrió antes de topar con la primera de las

patrullas, cuando ella hizo un comentario sobre la posibilidad de que los suyos

se hubieran encaminado hacia el lugar de nacimiento e infancia de su madre,

del cual esta y la abuela hablaban a menudo con cariño, recordando una época

feliz repleta de aventuras y leyendas en las estribaciones de Las Treserols.

Ignoraban dónde se encontraba exactamente, tampoco tenían un mapa, pero

todo era cuestión de continuar adelante y preguntar. Al anochecer se

detuvieron en las inmediaciones de Sabiñánigo, a orillas del Gállego, en una

venta que tenía más aspecto de chabola de pastores que de local de comidas,

pero les daba igual; estaban agotados debido al viaje y, sobre todo, a la tensión

de las últimas jornadas.

Para sorpresa de la joven, Hilario había decidido acompañarla hasta dar con

su familia. No pensaba seguir trabajando de criado para una gente que lo


menospreciaba, aseguró, y menos todavía para una señora que lo había

insultado de malas maneras por algo de lo que él no tenía culpa alguna, además

de amenazarlo si no se avenía a cumplir sus órdenes. Él no era esclavo de nadie,

solo un trabajador que se ganaba la vida y decidía cómo hacerlo. Cierto que

sabía mucho, quizás demasiado, ventajas de ser invisible para sus patronos,

pero era un profesional y, al igual que un confesor, no revelaría sus secretos,

aunque él no era sacerdote, y nunca se sabía si la necesidad lo obligaría a

cambiar de decisión. Por otra parte, era la primera vez que se sentía libre de

hacer lo que le viniera en gana, y siempre tendría oportunidad de encontrar un

trabajo en alguna parte.

Los dueños del chamizo, una pareja entrada en años, con quienes

compartieron una caldereta de ternasco con más patatas que carne, no

conocían la aldea que buscaban, pero sí sabían cómo llegar a Las Treserols,

aunque les iba a ser difícil acercarse a aquellos parajes, añadieron. De alguna

manera la guerra continuaba, el viento traía sonidos de disparos, si bien nada

parecido a lo de meses atrás. Según se decía, las rutas se hallaban muy vigiladas,

incluso cerradas en algunos tramos, no solo debido a las escaramuzas que

todavía tenían lugar, también a la huida masiva de las poblaciones que habían

perdido sus hogares, y al intento de muchos de llegar a Francia atravesando los

montes. Durmieron allí aquella noche, en el suelo, sobre unas frazadas de

hierba seca, bajo unas mantas, junto a la lumbre cuyas brasas paliaron un tanto

el frío que anunciaba un invierno tan duro o más que el anterior, y partieron a

la mañana siguiente en dirección a Biescas. Los venteros tenían razón, les fue

imposible seguir adelante pese al carné de Hilario, además se quedaron sin

gasolina y no hubo manera de repostar; los carburantes estaban controlados

por los vencedores y únicamente se suministraba a los vehículos militares. Pero

la suerte vino en su ayuda.

En un local de comidas abierto en dicha localidad, en uno de los pocos

edificios que aún quedaban en pie, conocieron a un antiguo contrabandista

que ahora se dedicaba a pasar gente al otro lado. El hombre tenía buen ojo a la

hora de buscar clientela y se sentó a su mesa sin pedir permiso, proponiendo

llevarlos donde quisieran por cuatrocientas pesetas. Manuela permaneció

callada mientras Póker negociaba con él como si ambos fueran gallos de pelea,

si bien en este caso el enfrentamiento era visual, escaso en palabras, copioso en


gestos. Al final, el hombre aceptó llevarlos por la mitad del precio solicitado,

más la zamarra de piel de su interlocutor. El trayecto a través de bosques y

barrancos duró cuatro jornadas. Cada mañana se despertaban creyendo que su

guía los habría abandonado en medio de la nada, pero no. A veces desaparecía

y regresaba con una liebre, una ardilla, una trucha, que asaba atravesadas en

vástagos de pino salvaje, y agua, en el boto que llevaba colgado y del que no se

desprendía ni para dormir. Se despidió al llegar a poca distancia de Buisán;

Manuela pagó lo estipulado, Hilario le dio el chaquetón, y lo vieron marchar

por donde habían llegado.

No les costó averiguar cuál era la Casa Albar, se la indicó una mujer que

daba de comer a tres gallinas y que no los perdió de vista hasta verlos entrar en

la vivienda cuya puerta permanecía siempre abierta durante las horas de luz. El

reencuentro fue una explosión de llantos, risas y más llantos. Aurora a poco se

desmaya de la emoción al rencontrarse con su hija de forma tan inesperada; la

abrazó, la besó, la tocó a fin de asegurarse de que no se trataba de una

alucinación, mientras su padre y los tíos lloraban emocionados. Tardaron en

tranquilizarse y permanecieron despiertos hasta casi el amanecer, tan

necesitados estaban de saber los unos de la otra, y esta de ellos; Hilario llevaba

horas dormido tras llenar el estómago y beberse él solo media garrafilla de licor

de endrinas.

La contienda no había llegado a Buisán, aunque de vez en cuando aparecían

por allí partidas de guerrilleros o vehículos de uniformados que arramplaban

con las provisiones de los aldeanos, quienes, a su vez, se habían apresurado a

esconder sacos de legumbres y cereales en cuevas y barrancos, así como garrafas

de vino y aceite, desde el momento en que se supo que había una guerra,

ignoraban entre quiénes y el por qué. Cada cual tenía sus víveres a buen

recaudo, y no era extraño ver a un vecino adentrarse en el monte antes de

despuntar el día. Los hombres de Casa Albar se encargaban de ir a por las

vituallas, también a cazar, pero Hilario decidió permanecer en la vivienda, más

que nada porque no era hombre de campo y porque era preciso que alguien se

ocupara de vigilar el lugar, además no quería dejar a su protegida ni un

momento sola por lo que pudiera pasar. Ella no lo sabía, pero guardaba una
Ruby automática con un cargador de nueve cartuchos, más una caja de estos,

que no dudaría en utilizar si se presentaba el caso. Había además otra razón:

Manuela estaba embarazada.

Habían transcurrido dos meses desde su llegada y, por primera vez desde que

era un niño, había disfrutado de unas fiestas navideñas sintiéndose parte de

una familia, en un hogar donde había sido acogido como uno más. Incluso

recibió un jersey de lana tejido por Aurora. No recordaba haber recibido un

regalo en toda su vida y salió afuera con la disculpa de fumarse un cigarro a fin

de disimular la emoción. Mientras fumaba, no dejaba de pensar en su

protegida y en la criatura que esperaba, a quien defendería a toda costa. No

olvidaba la noche en que la otra nació y se la llevaron; vio a los dos señoritos y

a un ama de cría con la recién nacida en los brazos subir a un automóvil y

partir por la carretera a Zaragoza. En ocasiones, al observar la desesperación en

el rostro de la joven, su mirada dolorida, los ojos húmedos, sentía el deseo de

contárselo, pero no tenía valor para hacerlo; cuanto menos supiera, mejor para

ella, además todavía tenía toda la vida por delante. Su alegría fue pareja a la del

resto de la familia cuando, al finalizar la cena de Nochebuena, les comunicó

que estaba encinta; se sintió como un tío y se juró velar por ella como por una

hermana querida.

En esta ocasión y casi desde el principio, Manuela sí supo que estaba

embarazada pese a no tener nauseas ni notar malestar alguno, lo temía tras

aquella semana en que Matías, presa de una pasión desenfrenada, le había

hecho el amor, o lo que fuera, mañana, tarde y noche. De hecho, la sospecha

de que fuera posible había sido el motivo para pedirle a Hilario que le

permitiera acompañarlo, abandonar Ejea de los Caballeros cuanto antes, ahora

que sabía que él estaba casado con su sobrina. Si en efecto estuviera preñada,

¿qué sería de su hijo una vez nacido? La sociedad no perdonaba a los bastardos,

asimismo veía el adulterio con malos ojos, si bien olvidaba con facilidad en el

caso de los ricos, y más de los hombres ricos. Cuantas más vueltas le daba, más

se convencía de que la habían utilizado para dar a luz a un heredero, y no sería

la primera vez que a una mujer le robaban el hijo. ¿Y ella? ¿Qué sería de ella?

Cabía la posibilidad de que la mantuvieran en la misma situación en caso de

que la criatura muriera en el parto al igual que su hermana, pero también de

que la echaran al considerarla incapaz de parir un hijo sano. Una madre soltera
sin medios era una pecadora, una transgresora de la moral, una escoria cuyo

destino era la mendicidad, la prostitución o la cárcel. Tenía que marcharse

cuanto antes, ya se las apañaría luego para llegar a El Maizal, junto a los suyos.

Y allí estaba, a seguro, gracias a Póker; el ogro era en realidad un gigante

bueno.

Días después de su llegada a Buisán, habló largo y tendido con su madre, le

contó lo ocurrido desde la última vez que se habían visto, tras las navidades del

año anterior al comienzo de la guerra, de cómo había sido literalmente raptada

por el hombre a quien amaba y de quien creía ser amada; del parto malogrado

de una niña a quien ni siquiera pudo ver, su encierro, las extrañas palabras de

María, su huida..., y lloraron juntas, la una por su indefensión y sus esperanzas

rotas, la otra por el dolor de la persona a quien más quería en el mundo.

Después fue el turno de Aurora. Ella también era ilegítima, la abuela Elisa

había sido violada; escapó y le dio a luz en aquel paraje aislado de bosques y

montes donde conoció a quien para ella fue su único padre, el abuelo Bizén.

No tenía por tanto nada que temer en caso de estar embarazada; a nadie en la

aldea le preocupaba si las criaturas eran legítimas o no, la vida allí no era

cuestión de normas, solo de supervivencia. Ambas esperaron a estar seguras de

que, en efecto, la más joven se hallaba encinta, y la sonrisa volvió de nuevo a

sus rostros.

A comienzos de la primavera llegó la noticia de que el bando vencedor

declaraba finalizada la guerra, si bien en los pasos de montaña no cesaba el

trajín de uniformados, guerrilleros, espías, fugitivos y, por supuesto,

contrabandistas que aprovechaban la situación para hacer el agosto. Por suerte,

la aldea quedaba a desmano, no había nada que robar, y era raro ver aparecer

por allí a hombres armados, aunque sus habitantes continuaban ocultando

víveres, por si acaso. Tres meses más tarde nacía Chabier, a quien apadrinaron

todos los miembros de la familia, incluido Hilario. Solo este y la tía Nieus

contaron en el registro parroquial, pero les daba igual, el niño era de todos, y lo

bautizaron por su cuenta antes de ir a la iglesia a celebrar el bautizo oficial. La

vida en Casa Albar era un remanso de paz, tanta, que ni se enteraron de que, a

poco de finalizar el conflicto nacional, se había iniciado una confrontación de


tales proporciones, que iba a aniquilar a millones de personas y a cambiar el

panorama político y económico mundial. En Buisán no había teléfono,

tampoco radio, por lo que las escasas noticias que les llegaban, lo hacían a

través del cura del valle, quien hacía las veces de cartero y tampoco estaba muy

al tanto de lo que ocurría al otro lado de las montañas. En una ocasión

apareció por allí un hombre que no podía sostenerse en pie y que murió a poco

de llegar; no supieron por dónde había atravesado Las Treserols, no

entendieron una palabra de lo poco que dijo, así que lo enterraron en un

rincón del pequeño cementerio.

Un mediodía frío de finales de octubre, seis años después del nacimiento de

Chabier, apagados los fuegos de las guerras, se escuchó el ruido de un motor

por el camino de Fanlo, y los vecinos salieron a ver de qué se trataba, temiendo

que fuera un partida de uniformados de los que hacía tiempo no asomaban por

el lugar. El vehículo se detuvo a la entrada, y de él descendieron cuatro

hombres, tres de ellos armados. El que parecía el jefe se dirigió a los moradores

de la primera casa y preguntó por la familia Ornat. Ante la reacción de total

desconocimiento por parte de los interpelados, hizo una seña a sus

acompañantes y entraron a registrar la vivienda. A continuación, hicieron lo

mismo en el resto hasta llegar a la última, algo apartada de las demás. El

estupor de las dos mujeres y de los tres hombres que esperaban afuera al

reconocer al recién llegado fue similar al de este; permanecieron en silencio

durante unos instantes, mirándose, midiéndose. Zilio, ajeno por completo a la

situación, rompió el momento de tirantez al preguntar qué o a quién buscaban.

«A Manuela», fue la respuesta. El odio que leyó en los ojos de Aurora fue

suficiente para que Matías Lazán supiera que ella estaba allí; no dijo nada, se

abrió paso con un ademán brusco y penetró en la casa seguido por sus

guardaespaldas.

No la encontraron pese a mirar bajo las camas, en los arcones, desplazar

muebles e inspeccionar hasta el último rincón, incluidos el granero, la cuadra y

el gallinero. Los cinco mayores no se habían movido de su sitio, y se plantó

delante amenazándolos con matarlos allí mismo y prender fuego a la casa si no

salía de donde quiera que estuviera escondida, lo dijo alzando la voz para ser

escuchado en toda la vecindad y repitió la amenaza varias veces. Ella apareció

momentos después por la vereda que llevaba a un bosquecillo cercano. Vestida


de aldeana, el cabello oculto por una pañoleta, en alpargatas, ya no era la joven

lánguida de sus últimos encuentros sino una mujer cercana a la treintena en la

plenitud de su belleza natural, segura de sí misma, que le miró retadora. No

hubo palabras entre ellos, tampoco le permitió despedirse de su familia, la asió

con fuerza de un brazo como acostumbraba y la arrastró literalmente hasta el

vehículo. Tuvo tiempo sin embargo de dirigir una sonrisa a su madre,

acompañada de un gesto que solo ellas entendían.

No fueron a Ejea de los Caballeros, se dirigieron a Aínsa, y de allí a Huesca

capital, al que había sido el hogar de doña Pilar y que ahora era de él. Al entrar,

la llevó a la habitación principal, la tiró sobre la cama y la desnudó sin un ápice

de delicadeza. Esta vez no hubo preámbulos, caricias, besos; fue una violación

en toda regla, que ella soportó sin rebelarse, sin sentir nada. Solo al alcanzar él

el orgasmo lo oyó gritar, pero no de placer, el suyo fue un grito de auxilio, o

eso al menos le pareció; su mente estaba en otra parte, en el hijo que había

dejado en Buisán y cuyo paradero ni el mayor de los suplicios la obligaría a

revelar.

Al escuchar el ruido del motor y las voces que lo siguieron, Hilario fue a ver

lo que ocurría, no tardó en divisar a Matías dirigiendo a sus hombres y corrió a

avisarla; cogieron al niño sin decir nada a los demás, y los tres se escondieron

en el bosquecillo. Allí les llegó la voz que amenazaba con matar a padres y tíos

y quemar la casa. Fue un instante, suficiente; ella le entregó a su hijo llevándose

el índice a los labios en muda súplica para que guardara silencio, y fue al

encuentro del hombre que todavía amaba, y aborrecía a partes iguales.

Como en Ejea, se hallaba vigilada en todo momento. Tras aquella primera

agresión, volvió a ser el hombre cariñoso que a ella le habría gustado fuera

siempre. No le pidió perdón por su proceder, más propio de un matón violador

que de un amante, pero se mostraba más atento que nunca; le regaló otra de las

joyas de su abuela, un magnífico anillo de brillantes, regresaba con unas flores

o con una caja de bombones siempre que se ausentaba y desbordaba pasión

cuando yacían juntos, tanto, que a veces olvidaba que la retenía a la fuerza. Los

tiempos habían cambiado; las gentes querían olvidar los años de miedo y

penurias, a todos urgía recobrar la calma perdida. Cuando salían a dar una

vuelta, a comer en un restaurante o al teatro, Manuela observaba la actividad

que respiraba la antigua Bolskan de los íberos, la Osca de romanos y visigodos,


la Wasqa musulmana, la Huesca de los cristianos, escenario de batallas,

destruida y reconstruida una y otra vez, la Uesca de los oscenses, quienes una

vez más se esforzaban en seguir adelante. Ella también recuperaría su vida junto

a su añorado Chabier, pero debía ser cauta, paciente, mostrarse aparentemente

dócil.

Entre susurros y caricias, él la declaraba su amor, decía que no podía vivir sin

ella, que su pasión era más fuerte que cualquier droga, y le preguntó por qué

había huido de su lado; la había buscado como un poseso en Ejea, en el

pueblo, incluso en Zaragoza; en garitos, cafés, teatros... Respondió que había

sentido la necesidad de volver a ver a sus padres, sin más, y averiguó sin

preguntarlo que su presencia en Buisán se había debido a un comentario de la

madre de Sito respecto a la procedencia de parte de su familia materna en un

evento al que asistió el jefe militar de Jaca, lo cual le dio la idea de buscarla en

dicho remoto lugar del cual ignoraba por completo la existencia. Ella no le dijo

que sabía que estaba casado con la hermana de su amigo, y que su suegra se

había apropiado de El Maizal tras expulsar de allí a su verdadera madre.

Debido, según él, a la empresa de grabaciones que finalmente había

instalado allí mismo, en Huesca, en una lonja propiedad de su familia, las

estancias de Matías eran cada vez más prolongadas. Fijo en su idea de grabar un

disco juntos, ensayaban viejas y nuevas melodías durante horas. Manuela

recuperó el arte abandonado durante los últimos años, sintió de nuevo el

inmenso placer de poner voz a la melancolía, a la esperanza, al verdadero amor.

De todas las canciones que preparaban su preferida era una en especial: As time

goes by, de la película Casablanca cuyo estreno habían visto en el nuevo Cine

Elíseos. Había aprendido un poco de inglés a fin de saber lo que cantaba y

cuando no entendía una palabra, la buscaba en el diccionario.

Un beso es solo un beso, un suspiro es solo un suspiro.

Lo importante adquiere valor a medida que el tiempo pasa.

Y cuando dos amantes se enamoran, siguen diciendo «te amo».

En eso puedes confiar.

No importa lo que el futuro traiga a medida que el tiempo pasa...

No podía substraerse al embrujo de la melodías; amaba a Matías, pero no


confiaba en él, y un amor sin confianza se marchita al igual que una planta sin

agua.

Seis meses más tarde se presentaba la grabación de esa y de otras cinco

canciones de jazz, que fue un éxito en las radios de todo el país. A partir de

entonces, Manuela, Ela, realizó un gira por todas las capitales de provincia y

otras ciudades importantes, siempre escoltada por Matías y sus guardaespaldas.

Su voz, el aspecto sofisticado, su pasado desconocido, la sonrisa apenas

esbozada en contadas ocasiones, atraían por igual la curiosidad de potentados y

trabajadores, a lo que había de añadirse que nunca hablaba en público y que

solo concedía entrevistas por escrito, que en realidad era él quien respondía,

pero su imagen aparecía en las revistas de actualidad, y todo el mundo quería

saber más sobre ella. Por su parte, esperaba que alguna de aquellas

publicaciones llegara a Buisán. De niña, a modo de juego, su madre y ella

habían inventado un código secreto: el dedo medio sobre el índice indicaba

que estaba bien; el pulgar oculto por los otros cuatro, todo lo contrario.

Procuraba salir en las fotos haciendo el primer gesto a sabiendas de que nunca

haría el segundo a fin de no preo­cuparla. No le agradaba la fama, no era eso lo

que buscaba, solo quería cantar, ganarse la vida haciendo lo que más le gustaba,

pero ni así; Matías administraba el dinero, y ella no veía un duro, no le hacía

falta según él, solo tenía que pedir lo que necesitara.

Actuaron también en Zaragoza acompañados por una banda de jazz, el aforo

del Teatro Principal al completo, donde los espectadores aplaudieron puestos

en pie y pidieron varios bises. Después, se había previsto un coctel, solo para

un centenar de personas con invitación, y no le quedó más remedio que asistir,

aunque esperaba que no durara demasiado y pudiera retirarse a descansar; las

últimas jornadas habían sido agotadoras, y tenía los pies destrozados por los

tacones de aguja de última moda, una tortura pese a verse más alta y esbelta.

Aguantó felicitaciones, comentarios de críticos musicales y de quienes no lo

eran, pero se daban de entendidos, a algunos hombres que la invitaron a

encontrarse de manera privada «para conocernos mejor...», de señoras que

querían saber si el precioso modelo Christian Dior que vestía había sido

confeccionado a medida y, de paso, enterarse del precio. Tenía ganas de

quitarse los zapatos, de marcharse de allí cuanto antes, pero se limitó a

acercarse a la mesa de bebidas a pedir agua. A poco se le cae el vaso al suelo


cuando su mirada se cruzó con la de una niña sentada en una silla a un par de

metros de la mesa con un platillo de buñuelos en las manos; sus ojos eran de

un extraño azul brillante, iguales a los de su madre, iguales a los de Chabier.

Permaneció anonadada durante unos instantes, suficientes para que la niña

dejara el platillo y corriera a la llamada de una mujer elegantemente vestida, a

quien reconoció de inmediato. Las vio encaminarse hacia la salida en compañía

de Matías, pero, antes de desaparecer, María Cristina se giró y le lanzó una

sonrisa de triunfo; se le nubló la vista y cayó redonda al suelo. Trasladada de

inmediato al hotel donde se alojaba, el medico dictaminó que el desmayo se

debía al agotamiento, prescribiendo reposo durante al menos un mes.

Tuvo tiempo para pensar durante la semana que pasó en la cama. Matías

acudía a verla todos los días, le llevaba flores, le hablaba de los nuevos

contratos, de la posibilidad de cantar en Francia y en otros países de Europa,

pero sus visitas eran cortas, y ella lo prefería así. No le cabía la menor duda de

que la niña que había visto en el teatro era su hija, la criatura que creía muerta

en el parto; tenía los ojos de un color poco habitual. De hecho, solo conocía a

dos personas que los tuvieran iguales: su madre y su hijo. Aquella solía reírse al

comentar dicha peculiaridad que ella no había heredado, aseguraba que sus

nietos los tendrían porque aparecía cada dos generaciones. Sin embargo, Sito y

su hermana los tenían castaños y también eran sus nietos, «lejanos», respondía

con una sonrisa, aunque ella sabía lo mucho que le dolía el desafecto de su

primogénita y por ende el de sus vástagos.

Lo primero que le vino a la cabeza, en cuanto empezó a recuperarse fue

plantarle cara a Matías, decirle que jamás lo perdonaría. Le importaba un bledo

que estuviera casado con su sobrina, pero la niña era suya, y él se la había

robado nada más nacer. Luego se calmó. No era aconsejable mostrar sus cartas.

La familia de él era rica y poderosa, al igual que lo era la de su mujer, y todavía

se detenía a gente con cualquier excusa. Desde el final de la guerra, la

población se hallaba muy controlada y la censura era continua; una mala

palabra en contra del gobierno o de la Iglesia, la sospecha de simpatizar con las

ideas de los enemigos del nuevo régimen, o el simple hecho de soltar una

blasfemia o bailar a lo agarrado eran motivo de multa o incluso de arresto. En


su caso, además se añadían los antecedentes familiares y, de manera especial,

que viviera amancebada. Cierto que a él podrían acusarlo por adulterio, pero

sabido era que la Ley no trataba de la misma manera a ricos que a pobres, ni a

hombres que a mujeres. Decidió callar, no dar pistas, y buscar el medio para

recuperar a su familia, a toda, la niña incluida.

A la espera de nuevos conciertos, la llevaron a Huesca en cuanto se sintió

mejor mientras él permanecía en Zaragoza, si bien la llamaba a menudo por

teléfono. Todas las mañanas acudía al piso un profesor de canto para trabajar

con ella, y los primeros días permaneció en la enorme habitación que le fue

asignada, la que había sido de doña Pilar y en la que todavía quedaban objetos,

cuadros, fotografías de la querida señora que la había alentado en sus inicios

musicales. Luego, poco a poco, se animó a salir a dar paseos, siempre

acompañada por un guardaespaldas silencioso como una piedra, que le

recordaba al Póker de los primeros tiempos y a quien también puso mote: «el

Mudo». Se detenía a ver los escaparates, respondía con una sonrisa a algunos

viandantes que la reconocían e incluso firmaba autógrafos. En ocasiones,

entraba en un café mientras su guardián, siempre vigilante, permanecía en la

barra y abonaba la consumición. No tenía dinero propio, ni ganas de gastar en

caso de haberlo tenido, pero Matías la animaba a comprarse cualquier

capricho, ropa, maquillajes; su hombre se encargaría de pagar las facturas.

Y fue durante uno de aquellos paseos cuando se le ocurrió la idea que

buscaba al detenerse en el Coso Bajo ante el escaparate de una tienda de modas

recién inaugurada, justo al lado de un portal en el que se leía en una placa:

«Despacho de Abogados – 1º izquierda». Reprimió su intención inicial, entró

en la tienda y compró todo lo que se le ocurrió, faldas, blusas, un jersey, dos

bolsos, unos zapatos... Salió con un montón de paquetes y echó un vistazo a su

alrededor. A pocos días de la Navidad, la calle se hallaba atestada de gente

adquiriendo regalos o simplemente mirando las vitrinas; simuló dar un

traspiés, chocó contra una pareja, dejó caer las bolsas al suelo y se metió en el

portal en cuanto su vigilante se agachó a recogerlas. Dos horas más tarde salía

acompañada por uno de los abogados y un pasante joven con aspecto de

jugador de rugby en dirección a una vivienda, propiedad del bufete; no había

rastro del «mudo». Si no la encontraban en la ciudad, irían a Buisán, y el

mismo joven viajó ese día en una camioneta hasta la aldea en busca de sus
familiares. Regresó con Hilario y el niño. Los padres y los tíos decidieron

permanecer allí hasta que el asunto quedara resuelto para no causarle más

quebraderos de cabeza; Matías no encontraría nada por mucho que se

presentara con sus matones amenazando con matarlos y quemar la casa. Por

otra parte, las cosas habían cambiado bastante; ya no se iba de un lado para

otro con armas, intimidando a la gente. De cumplir su amenaza, sería a su vez

denunciado, algo que no los beneficiaría ni a él ni a su negocio, aunque saliera

indemne; el nuevo gobierno no quería escándalos.

Los abogados apenas tardaron unos días en presentar una reclamación a la

empresa de grabaciones y representación de artistas «Lazán S.L.» exigiendo los

honorarios obligados a su cliente durante los últimos tres años; adjuntaban

asimismo una lista debidamente contrastada con las fechas y lugares de las

actuaciones. La demanda iría directa al Juzgado en caso de que el propietario y

director de la empresa, no se aviniera a un acuerdo.

Los primeros en sufrir la cólera de Matías fueron los hombres encargados de la

vigilancia, en especial el responsable de la custodia de Manuela; fueron

despedidos de manera fulminante en cuanto supo que ella había huido, una

vez más. Temiendo su reacción, los hombres la buscaron por todos los rincones

de la ciudad, hoteles, residencias, y esperaron para informarlo a que regresara

de Zaragoza. Para entonces, ya tenía sobre la mesa de su oficina el documento

de los letrados. Lo que más lo enfureció no fue la solicitud de los honorarios,

sino la desaparición de la mujer que lo tenía cautivo desde hacía más de diez

años. La amaba, la deseaba, la necesitaba; era su luz en la oscuridad, el rocío de

sus amaneceres.

La boda con María Cristina le había sido impuesta, un acuerdo concertado

desde la adolescencia. Los dos se llevaban bien, eran amigos de la infancia, y la

empresa en la que los padres eran socios marchaba viento en popa; no solo la

clínica en la capital aragonesa, también otra en Madrid, un laboratorio, una

red de farmacias por todo el país y acciones en Bolsa. Habían invertido mucho

esfuerzo y un gran capital, y no era cuestión de que su patrimonio fuera a parar

a otras manos; querían, exigían, un heredero de ambas familias a fin de

perpetuar la estirpe. Él se lo había tomado a broma, pero cedió ante la

insistencia y, lo más grave, la amenaza de cerrarle el grifo del dinero justo


cuando iniciaba su propio negocio. La relación con su mujer era sin embargo

insípida, carente de interés, lo supo la misma noche de bodas cuando ella adujo

un fuerte dolor de cabeza debido al ajetreo de la boda. Yacieron por fin durante

el viaje de novios en San Sebastián, pero a oscuras, sin desnudarse; a ella no le

parecía decente, y él tuvo la sensación de estar desflorando a una virgen mártir,

abusada por un legionario romano, nada que ver con el inmenso placer que

experimentaba con Manuela.

No logró embarazarla tras dos años de intentos, y dejó de insistir cuando el

ginecólogo de la clínica aseveró que le sería imposible; su mujer presentaba una

anomalía en el útero que la impedía ser fecundada. Fue entonces cuando la

suegra, ya viuda y dueña de la mitad de la empresa, habló con él y literalmente

le exigió engendrara con su hermana a fin de que la criatura llevara su sangre.

La propuesta le pareció una locura, pero que sin embargo le permitiría

mantener una relación deseada sin sentirse culpable, y aceptó. Lo del heredero

le traía al pairo, él solo quería hacer el amor con la mujer que le quitaba el

sueño; cogió el coche y salió disparado hacia Ejea de los Caballeros con la

mente puesta en aquel cuerpo que le hacía perder el sentido, y en buena hora;

la pilló intentado huir y redobló la vigilancia. Se sintió mal al arrebatarle la

criatura nada más nacer, pero no podía hacer otra cosa. A fin de cuentas, la

niña también era suya, se dijo, y habría más.

Aceptó reunirse con los abogados a fin de perder la mejor baza de su

empresa, que le procuraba suculentas ganancias, y firmó un contrato por el que

abonaría la suma correspondiente a las ganancias por conciertos, recitales y

discos, más los intereses acumulados, a condición de que ella continuara

trabajando para «Lazán S.A.». No logró sin embargo que volviera con él.

Únicamente se veían en el estudio de grabación o en las actuaciones, apenas

hablaban, y en una ocasión en que él intentó cogerle la mano, se apartó en un

gesto de rechazo que dejó muy sorprendidos a sus colaboradores.

Hilario había ido en busca de los padres, los tíos permanecieron en la aldea,

y se instalaron en el tercer piso de un edificio de nueva construcción en la Plaza

de Navarra de la capital oscense, donde a Matías le estaba vetada la entrada. La

única preocupación de Manuela era que viera a Chabier y descubriera que era

su hijo, pero su «hermano mayor» la tranquilizó; él se encargaría de velar por la

seguridad de su «sobrino» y le rompería la cara a cualquier malnacido que osara


acercarse al niño, además, por si acaso, llevaba la Ruby en el bolsillo interior de

la chaqueta, aunque esto no se lo dijo. Lo acompañaba a los Salesianos,

esperaba para llevarlo a comer a casa y de nuevo al colegio por la tarde,

también al parque de juegos cuando hacía buen tiempo. En el imaginario del

niño, el hombre ocupó el lugar del padre, y no era raro que lo presentara como

a tal cuando algún compañero de clase le preguntaba por el hombre que no lo

dejaba solo en ningún momento. Asimismo,

recuperó su antiguo oficio, el de guardaespaldas siempre que acudían al cine o

a una sesión de circo con la abuela y la madre cuando esta no estaba de gira.

Agostín llevaba un tiempo alicaído, sin ganas de nada, y se quedaba en el piso

leyendo el periódico o escuchando la radio; al regresar, lo encontraban

dormido en la butaca.

Y fue precisamente en una de aquellas salidas para asistir a una actuación de

payasos en el Olimpia cuando, al finalizar la función, se encontraron cara a

cara con Matías, su mujer y su hija. Mientras los pequeños se observaban

curiosos, los mayores miraban atónitos al uno y a la otra; cualquiera habría

asegurado que eran hermanos. Fueron solo unos instantes, Manuela agarró de

la mano a Chabier y se marchó a toda prisa seguida por Hilario; Aurora tardó

en seguirlos, fijos los ojos en el rostro de la niña, su viva imagen a la misma

edad, al igual que lo era su nieto.

Dos semanas después del inesperado encuentro en el teatro, María se personó

en el piso de la Plaza de Navarra, empujó a un lado a la doncella que la recibió

y entró llamando a gritos a su madre y a su hermana. La familia se encontraba

en el comedor acabando de desayunar y, al escuchar sus voces, Hilario tuvo una

rápida reacción, cogió a Chabier y se encerró con él en su propio cuarto,

advirtiéndolo que permaneciera callado para que no lo encontrara la bruja que

acababa de llegar. El crío se escondió debajo de la cama, y él no pudo evitar

una sonrisa, luego entreabrió la puerta a fin de escuchar lo que su antigua jefa

tenía que decir. Durante mucho rato, solo habló ella, reclamó ver al niño,

comprobar personalmente si era cierto que era una réplica de su querida nieta

María Isabel, y juró que presentarían una demanda de paternidad a fin de que

le fuera devuelto a su padre a no más tardar. La respuesta de Manuela fue


pedirle que se fuera de allí o llamaría a la policía, pero entonces tomó la palabra

Aurora.

Al regresar a casa tras el encuentro en el teatro, su hija le confesó lo que le

había ocultado, la sospecha de que la criatura muerta el nacer estuviera en

realidad viva, y que a ella la hubieran estado utilizando para proporcionarles un

heredero varón. Y así, con un tono de voz sosegado pero firme le echó en cara

todo lo que había guardado para sí durante años: el desprecio mostrado hacia

los padres que la habían engendrado, la adopción por dinero de un apellido

que no era el suyo, el robo de la hacienda familiar, el secuestro de su hermana

para conseguir el sucesor que su hija no podía darles y el robo de la criatura, su

ambición sin límites. El cariño no nacía, se cultivaba con esfuerzo y tiempo,

añadió, y hacía mucho que había dejado de quererla, solo era una extraña y no

tenía derecho a reclamar absolutamente nada. Lo siguiente que se escuchó fue

un «¡Nos veremos en el Juzgado!» y un portazo.

Al día siguiente las dos mujeres e Hilario fueron a hablar con los abogados.

El asunto se presentaba complicado. Cierto que las declaraciones de los tres

ayudarían a solventarlo, cada uno tenía una versión coincidente con las de los

otros, y estaba claro que el proceder de las familias Lazán y Cortillas había sido

indigno, pero el gran parecido entre los dos niños y el consecuente análisis

sanguíneo de ambos y del supuesto padre podría darles la razón. La madre era

soltera, había mantenido relaciones carnales con un hombre casado, y el nuevo

Código Penal solo reconocía el adulterio en el caso de las mujeres casadas; en el

de ella se trataría de un delito de amancebamiento, penado con multa e incluso

destierro. A él no le pasaría nada; era hombre y tenía todas las de ganar en la

demanda de paternidad. Además, se preveía el derecho de la esposa agraviada a

indultar al marido, y era de suponer que esta estaba de acuerdo con el proceder

de Matías, puesto que había aceptado a la niña y ahora reclamaba al niño. Por

otra parte, el escándalo supondría una deshonra para la cantante, lo cual

conllevaría la anulación de contratos, incluido el firmado con «Lazán S.L.», y el

fin de su carrera e ingresos, sin contar los costes del juicio. Aun así, los

abogados prometieron estudiar el tema a fondo a fin de encontrar una solución

idónea para su cliente.

Salieron del despacho con los ánimos por los suelos, pensando en trasladarse

a algún lugar perdido o en emigrar a América, de donde le habían llegado


solicitudes para actuar en varios países. Antes de entrar en el portal, Hilario

comentó que tenía algo que hacer y se marchó sin dar más explicaciones. Lo

primero que le había venido a la mente fue cargarse a la doña y al hijo de puta

de Matías, pero lo pensó mejor y fue a ver a un tipo que había conocido

mientras esperaba a Chabier en la Plaza Santa Engracia. Se dice que las mentes

afines se reconocen, y él se reconoció en el hombre que todos los días daba de

comer a las palomas, doblaba la bolsa de papel y se la metía en el bolsillo.

Tardaron en entablar conversación, pero pronto se hicieron amigos; el hombre

había sido vigilante al igual que él, aunque ahora se ganaba la vida falsificando

documentos «para quien los necesite», en especial cartillas de racionamiento en

un país donde los ricos que habían apoyado a los vencedores eran más ricos, y

los pobres, más pobres cualquiera que fueran sus afiliaciones. No solo

falsificaba cartillas, también documentos de identidad, pasaportes,

autorizaciones... Lo encontró como de costumbre, echando migas a las

palomas, y le preguntó a bocajarro si podría falsear un acta de nacimiento. Días

más tarde tenía en su poder un documento exactamente igual al original, con

sellos y firmas, incluso con las marcas de los pliegues; en el mismo aparecía el

nombre de Chabier Lanuza Ornat, nacido en Buisán, hijo de Hilario Lanuza

Navarro y de Manuela Ornat Albar. De paso le pidió otro de matrimonio para

el caso de que a los malnacidos se les ocurriera verificar la legalidad del

nacimiento del niño. Temiendo su reacción, le costó mostrárselos y, cuando lo

hizo, se vio sorprendido al recibir un par de besos de su protegida y un abrazo

de Aurora.

El abogado levantó las cejas al leer ambos documentos, si bien no dijo nada,

únicamente comentó que aquello facilitaba mucho las cosas. El caso no llegó al

Juzgado.
1955

aría Isabel Teresa de Jesús Lazán y Cortillas, Isa para las amigas,

M
había cumplido los diecisiete cuando doña María decidió llegado

el momento de encauzar su futuro. Su yerno había sido incapaz de

darle un sucesor varón, ¡maldito inútil! En mala hora se le había ocurrido casar

a su hija con un bueno para nada, que lo único que hacía bien era tocar el

piano. Seguía siendo atractivo, eso sí, pero ¿de qué le servía? Sabía que ya no se

acostaba con Manuela y que había tenido otras aventuras, pero ignoraba si

había más hijos de por medio, aparte de aquel que no había visto. Tenía que

reconocer el fiasco de su decisión. En un principio, y dado que María Cristina

era estéril, la idea de que engendrara con su hermanastra le había parecido

espléndida, entre otras razones para transmitir su sangre y, de paso, controlar el

emporio familiar, administrado ahora por uno de los hermanos de Matías, un

hombre arrogante con quien se llevaba mal. La mitad de las acciones de la

empresa estaban en su poder y en el de sus dos hijos, la otra mitad en manos de

la familia Lazán, pero el heredero, en este caso heredera, poseería más que el

resto de los socios en cuanto recibiera las de su padre, a añadir a las de ellos.

Se detuvo a pensar en su hijo Alfonso, el joven cirujano cuyo brillante

porvenir se había visto truncado por una bomba colocada bajo su coche

cuando se dirigía a dar un mitin. Lloró lágrimas de dolor y odio al verlo hecho

un guiñapo, sin piernas, rostro y cuerpo heridos, incapacitado para engendrar.

Con el tiempo, cicatrizaron las lesiones y pudo moverse con ayuda de unas

extremidades fabricadas ex-profeso para él en la mejor ortopedia de Madrid, y

con dos muletas. Sin embargo, no había vuelto a sonreír, raramente decía algo,

permanecía aislado, tampoco salía, ni acudía a la iglesia, ni siquiera fue al

funeral de su padre; era como un muerto vivo, de aquellos que aparecían en las
novelas o en el cine, alguien que respiraba, pero que no sentía emoción alguna.

Puesto que tenía la carrera de medicina, lo animó a trabajar en otros campos,

como la investigación en la empresa familiar, o de administrador en una de sus

clínicas, pero no hubo manera de convencerlo. Quizás para no tener que

escucharla o por no soportar el ajetreo a su alrededor, decidió vivir en la Casa

Luesia de Alquézar, que ella había heredado de su padre adoptivo como todo lo

demás, y solo lo veía en verano y en navidades, cuando iban a visitarlo unos

días o él se acercaba a la capital.

Dejó de pensar en él, le dolía, y volvió al tema que la ocupaba en aquellos

momentos: su nieta, aunque esta fuera en realidad su sobrina. Haría de ella un

mujer codiciada por las mejores familias del país. De hecho, con miras a un

posible enlace, había elaborado una lista de candidatos que no cesaba de

aumentar. Pero un gran patrimonio no era suficiente, y menos en el caso de

una heredera única, así que decidió que estudiaría farmacia al igual que ella; un

título universitario daba prestancia, lo sabía bien. Cierto que no ejercería una

vez casada, pero nunca se sabía. Ella misma se había hecho cargo de parte de la

administración de la primera clínica y de la primera farmacia del grupo en vida

de su marido, dedicándose por completo al negocio una vez viuda. En el caso

de María Isabel, tenía claro que debía de ocuparse de que los tíos y primos

Lazán no hicieran suya la empresa aprovechándose de su supuesta ignorancia.

Además, tenía pensado enviarla a Francia durante los meses de verano, a

perfeccionar el francés aprendido en el colegio de monjas y luego, quizás, a

Inglaterra. Pero antes de viajar y de iniciar sus estudios debía hacer el Servicio

Social Femenino, un «deber nacional» equiparado al servicio militar masculino,

impuesto a las mujeres entre los diecisiete y treinta y cinco años de edad, a fin

de obtener el pasaporte, la titulación académica y el carné de conducir, y

cuanto antes lo hiciera, mejor. De las modalidades posibles, eligió la de tres

meses en un internado de pago, allí mismo en Zaragoza, donde le enseñarían

religión, patriotismo, puericultura, cocina y labores del hogar. No estaba mal

que una mujer supiera cómo llevar una casa, si bien en su caso no le haría falta,

para eso estaba el servicio. De todos modos, se alegraba de no haber tenido que

pasar por algo similar, aunque le parecía exagerado que la niña tuviera que estar

interna a dos calles de donde vivían.

Si a doña María le parecía una exageración, más se lo pareció a la joven. No


le importaba quedarse interna tres meses, aseguró, pues su vida había

transcurrido entre institutrices y monjas, controlada a todas horas, sin poder

hacer algo que verdaderamente le gustara. No estaba dispuesta a pasar el verano

encerrada, no se lo merecía; había finalizado el bachiller superior con excelentes

calificaciones, incluido el curso de preuniversitario, tenía derecho a un

descanso y amenazó con escaparse, aunque luego la metieran en uno de

aquellos centros religiosos, cárceles en realidad, donde los padres confinaban a

las jóvenes rebeldes. Por una vez, Matías se enfrentó a su suegra. Isabel era su

hija, recalcó, y él tenía la última palabra sobre su presente y su futuro. Cierto

que estaba obligada a hacer el Servicio Social para obtener el pasaporte y la

titulación, pero no lo era menos que siempre había sido disciplinada y buena

estudiante, y se había ganado un premio. De la misma, se ofreció a llevarla a

Huesca, a la tierra de sus antepasados paternos y maternos, donde tendrían

tiempo para hablar, recuperar ausencias y conocerse mejor. Ni que decir tiene

que la señora puso el grito en el cielo. No sirvió de nada, dos días más tarde,

padre e hija salían en dirección a El Maizal. María Cristina declinó

acompañarlos; el campo no le gustaba, ella era una mujer de ciudad, y, además,

no quería enojar más a su madre, aunque propuso a esta visitar a Sito a fin de

calmar su enfado.

Tras la obligada marcha de los anteriores propietarios, dieciséis años antes, El

Maizal continuaba igual que siempre, si bien bastante abandonado. No había

sido transformado en granja de pollos ni en coto de caza, tampoco se trabajaba

la tierra a excepción de una pequeña huerta, y solo había un burro viejo y

algunas gallinas en el establo. Los guardianes, dos y la mujer de uno de ellos, se

limitaban a mantener el lugar en condiciones aceptables por si a la dueña se le

ocurría aparecer por allí. Sin embargo, con el tiempo, habían llegado a sentirse

dueños ellos mismos; las pagas, más bien raquíticas, les eran puntualmente

ingresadas en la oficina de la Caja de Ahorros y Monte de Piedad, en Huesca;

no tenían gastos y llevaban una vida de rentistas venidos a menos, suficiente

para ellos, cazando, pescando y tomando vinos en el pueblo. La llegada de

Matías y de su hija los pilló desprevenidos y, mientras estos daban una vuelta

por los alrededores, la mujer envió a su marido a la taberna, a por un guisado o


lo que hubiera, y ella y el otro hombre limpiaron la zona y habitaciones

principales, incluido el cuarto de baño, la única mejora llevada a cabo por la

dueña pues, según afirmó, no estaba dispuesta a bañarse en un barreño o a

hacer sus necesidades en la cuadra en caso de que se le ocurriera ir allí a pasar

unos días.

Isabel estaba encantada por dos razones: era la primera vez que disfrutaba de

unas vacaciones a solas con su padre, y también la primera que visitaba la finca

de la cual nunca había oído hablar. Conocía Alquézar, Ejea de los Caballeros, el

balneario de Alhama donde estaba enterrada su otra abuela; también había

estado en Madrid, Barcelona y Pau, pero ignoraba todo acerca de la vida en el

campo. Además, su padre le había prometido enseñarle la Plana de Uesca y

llevarla a la Sierra de Guara, donde ambos subirían al monte y descenderían

por barrancos y cañones. A pocos días de su llegada, Matías hubo de ir a la

ciudad por un asunto de la empresa y la invitó a acompañarlo, pero prefirió

quedarse, ya había estado allí en varias ocasiones. Tenía todavía mucho por

investigar tras saber que aquella era la casa de algunos de los antepasados de la

abuela María, si bien esta nunca le había hablado de ellos. Seguro que

encontraría una pista, algo, para sorprenderla cuando regresaran a Zaragoza.

No descubrió nada especialmente interesante y ya estaba lamentando no haber

ido a la ciudad cuando, a media tarde, se le ocurrió subir al sobrado. El lugar se

hallaba abandonado, unos sacos roídos por los ratones por aquí, paja seca por

allá, viejos útiles de labranza... Iba a bajar, decepcionada, cuando se fijó en la

puerta situada en uno de los extremos y la abrió, solo por ver. Los rayos del sol

iluminaban el interior de un cuarto más bien pequeño, que olía a moho y a

polvo, pintado de azul claro, con una cama estrecha cubierta por una colcha

floreada y unos cojines, una mesita con libros, unas fotografías y varios

instrumentos musicales. Entró, cerró la puerta y no salió hasta que oyó la voz

de su padre llamándola; el sol se había ocultado, y la habitación se hallaba casi

en penumbra. Aquella noche tardó en apagar la luz.

Ignoraba exactamente por qué, pero tenía la intuición de que el suyo era un

hallazgo muy especial. Cogió las fotografías y un cuaderno, de los de antes, en

bastante buen estado, de tapas negras con una etiqueta blanca rebordeada de

rojo en la que estaba escrito un nombre: Manuela. No conocía a ninguna

Manuela, ni había oído mencionar dicho nombre; puede que fuera la abuela de
su abuela, o una tía, pero desde luego era alguien que había vivido allí. Le echó

un vistazo y descubrió que se trataba de un diario, ella misma tenía uno en el

que escribía sus pensamientos, desencantos, ilusiones. De entrada, pensó en

dejarlo en su sitio; leer el contenido equivaldría a inmiscuirse en la vida íntima

de otra persona, pero... ¿qué más daba si la autora ya no estaba? No le dijo

nada a su padre, se metió bajo la blusa el cuaderno con las fotografías dentro y,

con la disculpa de lavarse las manos antes de cenar, lo escondió debajo de la

almohada y comenzó a leerlo en cuanto se metió en la cama.

Párrafos, frases, algunas poesías sencillas que le hicieron sonreír, se trataba en

efecto del diario de una adolescente como tantas, como ella. Mencionaba a una

abuela Elisa, un abuelo Bizén, tíos, primos, a unos padres a quienes citaba solo

como mai y pai, que ella intentaba descubrir en las fotografías en blanco y

negro, algunas muy ajadas, incluso borrosas, y confesaba su sueño de llegar a

ser cantante. Su sorpresa fue grande al leer la última página encabezada por un

«Hoy cumplo diecisiete años». Hizo cálculos, treinta y ocho años atrás, y

debajo una frase: «El presente lo conozco, el futuro es un misterio». No había

más; el resto de las hojas estaban en blanco. No se trataba pues de alguien que

hubiera fallecido hacía tiempo como había creído; era incluso más joven que su

madre. ¿Por qué no sabía nada de ella si era de la familia? Al día siguiente lo

primero que hizo fue preguntar a su padre si conocía a una tal Manuela. Él no

respondió, hizo un gesto como que no, bebió el café que le quedaba en la taza

y a continuación le propuso dar un paseo hasta el pueblo. Hacía calor, y al

llegar se sentaron en una de las dos mesas instaladas a la puerta de la taberna y

pidieron una cerveza para él y una gaseosa para ella. Un anciano, sentado a la

otra mesa, el vaso vacío, un cigarrillo apagado en los dedos, los observó con

curiosidad durante un rato hasta que finalmente se decidió a hablarles, en

realidad solo les preguntó si Aurora seguía viva. Ante el gesto de inquietud del

hombre y la cara de sorpresa de la muchacha, el anciano llamó al tabernero y

señaló a esta con el dedo; la mujer de este último, una vecina que había ido a

llenar una garrafa de vino y otra que pasaba por allí se unieron al grupo. Matías

dejó unas monedas encima de la mesa, agarró a su hija de la mano y se la llevó

a toda prisa de allí.

Isabel estaba atónita ante su proceder, de habitual comedido; no logró que

dijera una palabra, e hicieron el trayecto a paso rápido, en silencio. Asimismo,


permaneció callado durante la comida, encerrándose después en su habitación

con el pretexto de estudiar unos nuevos contratos, y continuó de igual manera

a la hora de cenar. Antes de volver a encerrarse, solo le dijo que tuviera la

maleta preparada para salir hacia Alquézar al día siguiente. Para entonces, había

llegado a la conclusión de que la extraña conducta de su padre se debía a su

pasado, el de ella, y decidió averiguar de qué se trataba. No tenía mucho

tiempo, solo unas horas, pero era tozuda y no estaba por la labor de quedarse

con las ganas; salió de la casa sin hacer ruido, pegada a las paredes,

aprovechando que los guardianes escuchaban la radio en la cocina, y corrió

como una liebre que huye del cazador hasta llegar a la taberna del pueblo. Pese

a no ser todavía de noche, el local se hallaba vacío, los labradores

acostumbraban a retirarse temprano, y los dueños habían empezado a recoger;

ambos se quedaron muy sorprendidos al verla aparecer. Un par de horas más

tarde la acompañaron de vuelta a El Maizal, no se veía una luz en su interior.

De nuevo se deslizó como una ladrona hasta llegar a su habitación y

permaneció despierta hasta la madrugada, incapaz de conciliar el sueño,

incapaz de dejar de pensar.

Según los taberneros, su parecido físico con la tal Aurora era extraordinario,

en especial aquel extraño color de ojos. No sabían nada de ella desde que la

familia había sido expulsada del pueblo al acabar la guerra en aquella zona, por

eso su sorpresa al verla. Tampoco conocían al hombre que la acompañaba, su

padre, o no lo recordaban; habían sido años difíciles en los que cada cual

intentó salir adelante como mejor pudo. Que ellos supieran, El Maizal, antaño

propiedad de los Escagüés, pasó a los Azaba y luego a los Albar. Durante un

tiempo perteneció a un mal tipo apodado el Paquetero, quien lo legó a Aurora,

al parecer su única hija, fruto de una violación. Una vez expropiada, la

propiedad pasó a manos de una señora de Zaragoza a quien nadie había visto

por el pueblo. No podían decirle nada más.

Demasiada información, demasiados interrogantes sin respuesta. Antes de

quedarse por fin dormida, le vino a la mente la imagen de un niño, y la de una

mujer mayor que le miraba fijamente a la salida de un espectáculo de payasos.

Ambos tenían sus mismos ojos.

Los dos coches se cruzaron en la carretera sin que ninguno de los ocupantes se
percatara de los del otro. El primer domingo de cada mes, como un ritual,

Manuela, su madre, Chabier e Hilario iban al pueblo, pasaban de largo y se

dirigían directamente a la finca. Al principio permanecían fuera de las lindes,

contemplando desde allí la casa, los campos desiertos, pero el antiguo vigilante

conservaba su habilidad para averiguar lo que deseaba y no tardó en adentrarse

en la propiedad y entablar conversación con uno de los hombres mientras las

dos mujeres y el niño esperaban fuera junto al coche. Aquel primer

acercamiento dio lugar a otros durante los meses siguientes. Los guardianes

apenas mantenían relación con los habitantes del pueblo y esperaban sus visitas

como las de unos amigos de toda la vida, tanto fue así, que la comida acabó

siendo parte de la costumbre. Por supuesto, los visitantes no llegaban con las

manos vacías; las dos mujeres se metían a ayudar a la otra en la cocina y

recogían después mientras los hombres hablaban, y el chaval curioseaba por su

cuenta.

De alguna manera, aquellas horas transcurridas en su añorado hogar eran

para Aurora una ensoñación del pasado, un bálsamo que calmaba su pena, y

regresaba a Huesca contando los días que faltaban para regresar. A Manuela le

traían recuerdos aislados, se había ausentado de allí siendo joven y había vuelto

en contadas ocasiones, pero sí revivía momentos felices con sus padres, la

abuela Elisa y el resto de la familia. Subía al cuartito bajo el sobrado y se veía a

sí misma contemplando el paisaje al atardecer, estudiando partituras, cantando

y tocando los instrumentos que seguían en el mismo sitio donde los dejó,

soñando, aunque poco de lo soñado se hubiera hecho realidad. Cierto que

había llegado a ser una cantante reconocida, pero a un precio demasiado alto.

Mientras las tres mujeres se afanaban en preparar la comida, su madre y ella

quedaron desconcertadas al escuchar el comentario de la esposa del guardián

sobre la presencia allí durante tres días del yerno de la dueña y de su hija; se

habían marchado aquella misma mañana, casi al mismo tiempo en que ellos

llegaban, añadió. A la mayor se le humedecieron los ojos pensando que por

muy poco no había podido ver a su nieta; Manuela se quedó en blanco. Tras la

escena de María reclamando a su «nieto» y la certeza de que no podría hacer

nada para recuperarla, no había intentado volver a ver a la niña apercibida

durante unos instantes, once años atrás. Incluso procuraba pensar en otra cosa

cuando le venía su nombre a la cabeza, Isabel, sin duda elegido por su medio
hermana, tan devota y tan aficionada a nombres de reyes y reinas. Tendría ya

diecisiete, los mismos que ella cuando fue a vivir con doña Pilar y conoció a

Matías, y se culpó por haberse dejado engañar; sin él, su vida habría sido muy

diferente, pero se dijo que tampoco habría tenido a su hijo, ni a su hija.

Ya no trabajaba para «Lazán S.A.» y tenía que reconocer que su actividad

había disminuido de forma importante. Las modas cambiaban, aparecían

nuevas voces; de los Estados Unidos llegaban el rock and roll y las baladas

románticas, pero sobre todo triunfaban las coplas, rancheras, boleros y cantares

flamencos muy del gusto de los nuevos gobernantes, que se escuchaban en la

radio a todas horas, nada que ver con su estilo. Rompió su relación con Matías

en cuanto su contrato se lo permitió; no aceptó disculpas, promesas y, mucho

menos, la declaración de que ella era su verdadero amor, la única mujer que

había amado y amaba. Cada vez que le suplicaba recapacitara sobre su decisión,

ella respondía de manera invariable: «Devuélveme a mi hija». Luego dejaron de

verse, y decayó su actividad profesional. Lamentaba no cantar en público tanto

como antes, pero tenían medios suficientes para vivir holgadamente con lo que

ganaba y con el dinero ahorrado. Por otra parte, su padre, fallecido tiempo

atrás a causa de una neumonía, había dejado en herencia unas acciones

adquiridas antes de la guerra en una pequeña empresa de construcción que,

debido a la necesidad de reconstruir un país devastado, había hecho ricos a sus

accionistas. No era su caso, su participación era pequeña, pero cada año

recibían cierta cantidad, que iba derecha a una cuenta de ahorros abierta a fin

de asegurar el futuro de Chabier. Además, el piso estaba pagado, el coche

también, e Hilario solía sorprenderlas de vez en cuando entregándoles dinero

cuya procedencia no desvelaba, y que sospechaban era producto de apuestas en

algún garito clandestino debido a la prohibición de los juegos de azar vigente

desde hacía tres décadas, si bien cabía también la posibilidad de que lo hubiera

ganado en la lotería a la que era muy aficionado.

Hasta finales de agosto, tenía la agenda vacía, así que propuso hacer una

excursión a la Sierra de Guara a fin de ahuyentar sus fantasmas y porque a su

hijo le apasionaba la escalada. No había logrado se interesase por la música,

todo lo más llegaba a interpretar al piano alguna melodía de moda sin mayor

dificultad. Tampoco parecían atraerlo otras modalidades artísticas, aunque

dibujaba muy bien; su único interés era el deporte, todo tipo de deportes,
fútbol, atletismo, ciclismo, lucha... en especial la montaña. Él e Hilario iban a

la sierra siempre que podían, subían a los montes, escalaban las rocas, dormían

a la intemperie, pero sobre todo descendían por barrancos y cañones, y

regresaban excitados planeando la siguiente escapada, al igual que dos

chiquillos a la búsqueda de un tesoro. Y como dos niños traviesos, ambos

recibieron una bronca de Manuela y Aurora, a partes iguales, el día en que

regresaron magullados y con heridas al perder el equilibrio y caer rodando por

uno de los sifones del barranco de Formiga. La prohibición de volver a

intentarlo fue fulminante no solo para el adolescente, también para su supuesto

cuidador, quien, las mujeres estuvieron de acuerdo, no tenía ya edad para andar

haciendo el tonto. El percance había tenido lugar en Semana Santa, cuatro

meses atrás, y los dos se morían de ganas, por lo que recibieron la propuesta

con una euforia mal disimulada, aunque prometieron no hacer locuras.

Durante una de las escapadas, Hilario había hecho amistad con un solterón

como él, que en Panzano alquilaba habitaciones a montañeros, peregrinos o

simples turistas de paso; tuvieron suerte, dos acababan de librarse. Se

encontraban descargando las bolsas cuando los distrajo un pequeño revuelo y

vieron pasar por delante de ellos a unos hombres, escaladores por sus atuendos,

que sostenían a una joven herida. Fue un instante, suficiente para que Manuela

tuviera un sobresalto. No había visto a su hija en años, de hecho, no la conocía,

pero supo que era ella; dejó la bolsa en el suelo y corrió tras los salvadores y

vecinos que se dirigían al edificio del ayuntamiento, escuela y dispensario a la

vez. La accidentada parecía desconcertada mientras la enfermera se ocupaba de

desinfectar el corte que tenía en el antebrazo izquierdo. No dejaba de preguntar

por su padre, y de la misma se organizó una expedición, al tiempo que se

escuchaban críticas acerca de los aficionados que osaban aventurarse por riscos

y cañones sin conocer los lugares. Al cabo de un rato decreció el interés; aparte

de la herida en el brazo y algunas magulladuras, no parecía que la joven

estuviera en peligro, y cada cual tenía ocupaciones que atender. Poco después

Isabel se hallaba tumbada en una cama; a su alrededor, cuatro pares de ojos le

miraban entre asombrados y emocionados.

El grupo de búsqueda regresó a media tarde con el otro accidentado; había

recibido un fuerte golpe en la cabeza y perdido el sentido, pero solo tenía unos

rasguños, y la enfermera consideró que era mejor esperar a la visita del médico
de la zona antes de tomar la decisión de enviarlo al hospital de Huesca como

algunos proponían. Esta vez fue Hilario quien se encargó. Acompañado de su

amigo, aseguró que la familia se hallaba allí mismo, en el pueblo, y que ellos se

ocuparían del herido a la espera del doctor. Entre los dos, uno asiéndolo por

los sobacos y el otro por las piernas lo trasladaron a la casa de huéspedes y lo

metieron en la cama del otro cuarto disponible. Matías recuperó el

conocimiento a la mañana siguiente; le dolía la cabeza y lo primero que hizo

fue preguntar por su hija. No se tranquilizó hasta que la vio a su lado, un

aparatoso vendaje en el antebrazo y un parche en la frente. El médico lo

examinó de arriba abajo y dictaminó que, en principio, su estado no

presentaba mayor gravedad, aunque, advirtió, nunca se sabía; el golpe en la

cabeza podría tener consecuencias, y recomendó que lo trasladasen para ser

examinado al hospital de la capital tan pronto como fuera posible. Tres días

más tarde continuaban todos allí; el inesperado encuentro había cambiado sus

vidas, en especial la de la joven.

A fin de compensar su brusca marcha, Matías la llevó a Panzano con la idea

de que olvidara la finca y su reacción en la taberna; le explicó que su tío Sito y

él habían estado allí en un par de ocasiones y le aseguró que lo pasarían muy

bien subiendo a los riscos y bajando por los cañones, y así fue hasta que el

accidente cambió sus planes la víspera de su prevista salida hacia Alquézar. No

le costó averiguar que las dos mujeres y el muchacho eran su madre, abuela y

hermano. En un principio, ellas no le dijeron nada, no sabían cómo, pero le

miraban embelesadas, y sus miradas expresaban más que las palabras; además,

no dejaba de sorprenderla su extraordinario parecido con la mayor. Tampoco se

atrevió a preguntarles, ansiaba y a la vez temía su respuesta. Fue Chabier quien

la sacó de dudas durante un paseo que ambos dieron por los alrededores al

preguntarle él a bocajarro si conocía un lugar llamado El Maizal, cerca de

Alerre, más allá de la capital. Al responder afirmativamente, el muchacho

empezó a largar y no calló hasta volver a la casa de huéspedes donde los demás

los esperaban para comer. Le contó que aquella era la hacienda donde habían

nacido su bisabuela Elisa, la madre de su abuela, y su madre, que era cantante;

le habló de tíos y primos, de cómo él había nacido en una aldea del Pirineo

porque a la familia la habían echado de su hogar, y de cómo, los domingos por

la mañana, iban a visitar su antigua casa porque la abuela la añoraba mucho.


Supo así que la Manuela del diario era la misma que había visto siendo

pequeña, la misma que la había recogido en el dispensario, y se le hizo un nudo

en la garganta. Habló con ella, con Aurora, incluso con Hilario; les preguntó

sobre los anteriores dueños de la finca, quiénes eran, cómo se llamaban, los

motivos del abandono del que había sido su hogar de siempre, pero tuvo la

impresión de que no le decían todo lo que quería saber, por ejemplo, el porqué

de su gran parecido con la abuela de Chabier y también con este. Finalmente se

encaró a su padre.

Matías se hallaba prácticamente repuesto del percance, si bien todavía tenía

un chichón en la sien que le dolía cuando lo tocaba. Creyó estar soñando al

recuperar el conocimiento y ver a Manuela a su lado, le había sido imposible

olvidarla y, de hecho, acudía a sus recitales siempre que tenía oportunidad; se

situaba en una de las butacas del fondo en caso de tener lugar en un teatro, o

en un apartado si se trataba de un casino o de una sala de fiestas. Deseaba

besarla, yacer con ella, recuperar el tiempo perdido, pero, si en alguna ocasión

se cruzaban, no se molestaba en responder a su saludo, ni siquiera le miraba.

¿Cómo explicarle que su comportamiento le fue impuesto, que claudicó sin

rebelarse ante la exigencia de padres y suegros? ¿Que el apoyo económico

necesario para crear y mantener su empresa había sido el principal motivo de

su proceder? No obstante, y aunque lograra hablar con ella, sabía que nunca le

perdonaría su maltrato, los años de encierro y, muy especialmente, el robo de

su primera hija. Hacía años que ya no se acostaba con María Cristina; a veces

tenía una aventura que no lo satisfacía y cogía una borrachera cuando le dolía

su ausencia. Verla allí, en un pueblo perdido de la sierra, dándole friegas de

alcohol y de comer a la boca, lo hizo imaginar que quizás todavía había un

resquicio de esperanza. No fue así. En cuanto pudo levantarse, ella volvió a

mostrarle una total indiferencia, y decidió abandonar Panzano en cuanto

estuviera en condiciones de conducir, pero no lo hizo. Por primera vez desde el

fallecimiento de su abuela Pilar tuvo la sensación de sentirse en familia en

compañía de la mujer que nunca había dejado de amar y de sus dos hijos,

porque estaba claro que aquel muchacho, alto para su edad, rubicundo, con sus

mismos cabellos lacios, era su hijo por mucho que llevara el apellido del

antiguo guardián de Casa Luesia.

Obligado, arrepentido, esperando la absolución de sus pecados, respondió a


las preguntas de su hija. En efecto, aquellos eran su madre, su abuela y su

hermano; había nacido en Ejea de los Caballeros, y se la habían llevado a

Zaragoza nada más nacer por orden de doña María. Su verdadera madre nunca

la había visto, la creía muerta. Los ojos de Isabel se humedecían a medida que

hablaba y, al finalizar, salió corriendo en busca de Manuela, la abrazó, lloró con

ella, y durmieron juntas en la misma cama. No volvió a dirigir la palabra a su

padre, ni siquiera durante el trayecto a Alquézar, decisión a la que no pudo

oponerse debido a su minoría de edad y también a la recomendación de la

madre recién descubierta; no era prudente. Los Cortillas eran poderosos, le

dijo, y pondrían en marcha maquinaria y contactos en los tribunales a fin de

impedir su emancipación. Debía por tanto ser cautelosa, tener paciencia. Lo

esencial era que ahora sabían quién era quién, todo era cuestión de tiempo, de

esperar unos años hasta su mayoría de edad para tomar decisiones sin pedir

permiso; ellos la estarían esperando.

Al llegar a Alquézar, no se molestó en saludar a nadie, se metió en la

habitación prevista para ella y no se presentó a comer. Matías la disculpó

aseverando que todavía se hallaba traumatizada por el accidente y necesitaba

reposo, pero no abrió cuando María Cristina llamó a la puerta. Cedió el

segundo día de su estancia porque tenía hambre, pero guardó silencio en todo

momento hasta que doña María se dirigió a ella en su habitual tono de mando.

A la recriminación sobre sus modales y falta de respeto hacia los mayores,

respondió con un: «Usted no es mi abuela», que dejó a la señora estupefacta.

Como un tiovivo sin frenos, les echó a todos en cara el engaño en que la

habían mantenido desde su nacimiento; era un bebé robado, y jamás los

perdonaría; aseguró que se marcharía y que no volvería a verlos en cuanto

tuviera ocasión de decidir sobre su vida, y le daba igual si la internaban en un

convento de monjas, o en la cárcel. Antes de salir por la puerta del comedor

pudo escuchar la risa burlona de su tío.

Frustrado, tullido, enfadado con el mundo, Sito Cortillas en nada se parecía al

hombre que era dieciséis años atrás. Lograba moverse con ayuda de las muletas,

y las piernas ortopédicas disimulaban bajo los pantalones la ausencia de ambas

extremidades, pero todavía ahora le resultaba una tortura verse levantado,

vestido, aseado. Incluso para orinar tenían que ayudarlo sus dos ayudantes,
ambos antiguos camaradas cuya patriótica entrega no les había procurado

beneficio alguno una vez finalizada la guerra. Al contrario que tantos otros

mutilados, él no necesitaba una pensión para vivir, la herencia recibida a la

muerte de su padre y las acciones en la empresa familiar, más varias inversiones

realizadas con acierto, lo habían convertido en un hombre rico, muy rico. Sin

embargo, daría su fortuna por volver a ser el joven alegre de las francachelas

hasta altas horas de la madrugada, el amante deseado por mujeres y hombres, el

orador que enaltecía a las masas, el médico con un espléndido porvenir. No

quedaba nada del pasado, únicamente la amargura que lo consumía al

despertar.

De vez en cuando, muy de vez en cuando, salía de su madriguera y

emprendía un viaje a ninguna parte, siempre acompañado por los dos

ayudantes. Sentado en el asiento trasero, los ojos cerrados, el viento en el

rostro, se imaginaba que no era el chófer sino él quien conducía su flamante

Alfa-Romeo descapotable. Eran salidas cortas de dos o tres días como máximo;

se cansaba pronto, no aguantaba las miradas de compasión de unos, de recelo

de otros, y ordenaba el regreso. Tampoco había vuelto a Zaragoza. No

soportaba a su madre, empeñada en recordarle que debía dar gracias a Dios por

no haber muerto; no tenía piernas, pero sí cabeza, insistía, y era su obligación

poner su inteligencia y preparación al servicio de la familia, ocupándose de las

clínicas o entrando en la política, dado que era su único hijo varón. Por suerte

solo tenía que sufrir su presencia un par de veces al año, si bien lo llamaba por

teléfono todas las semanas, aunque él la oía, pero no la escuchaba. También

estaba su hermana, una insustancial cuya única preocupación era ir a la moda y

que mantenía insípidas conversaciones acerca de amistades y líos de faldas o

pantalones, cualquiera fuera el caso, cuando ella era incapaz de atraer a su

marido y había aceptado sin rechistar el plan de su madre: que Matías preñara

a Manuela, su tía, a fin de cuentas, para quedarse después con la criatura.

Su ahijada era la única a quien echaba algo en falta, la única con la que

conversaba más allá de unas frases obligadas y le arrancaba una que otra

sonrisa. La había visto crecer año tras año, cuando aparecían por Alquézar en

verano o en lo que él llamaba «rito navideño», y juntos compartían una afición

que, por supuesto, a su madre le parecía un pérdida de tiempo: la filatelia. Uno

de sus agentes de bolsa era asimismo un filatélico experto que se encargaba de


hacerle llegar sellos de todo el mundo y que, en más de una ocasión, había

adquirido en su nombre ejemplares raros en subastas privadas. A la espera de

sus visitas, se acostumbró a guardar algunos sobres sin abrir solo para disfrutar

de la ilusión que observaba en sus preciosos ojos. Verla hecha casi una mujer,

enfrentándose a todos, echándoles en cara su conducta, amenazando con

desaparecer para siempre, los puños cerrados, la furia en su mirada, le causó

una gran sorpresa pues nunca la había visto enfadada; la risa, la provocó la cara

de perplejidad de su madre, quien a poco estuvo de atragantarse con la

croqueta de jamón que acababa de llevarse a la boca. Fue la primera vez en

mucho tiempo que se sintió a gusto.

Tras pensárselo, María decidió que Isabel pospusiera el Servicio Social, pues no

era cuestión de perder la matrícula de ingreso en la Universidad, tramitada y

abonada por su secretario. Su relación se hallaba en punto muerto; la joven

continuaba sin hablarles a ella y a María Cristina, si bien se presentaba en las

comidas y las acompañaba a misa, luego se iba a su cuarto y no salía hasta la

cena. Se sentía dolida pues, a su manera, quería a la niña que había educado,

pero sobre todo porque había invertido tiempo y dinero en hacer de ella una

digna sucesora y no estaba por la labor de echar a perder sus esfuerzos. Ya se le

pasaría el enfado. Además, hasta los veinticinco necesitaba el permiso paterno

para vivir por su cuenta, y había tiempo para que se tranquilizara. Claro que

antes podría ingresar en un convento o casarse, pero lo primero quedaba

descartado; no la veía especialmente piadosa y, por ende, no entraba en sus

planes que unas monjas se hicieran con parte del patrimonio familiar con la

disculpa de la preceptiva dote a la que estaban obligadas las nuevas religiosas,

las pudientes claro. Lo segundo... Quizás iba siendo hora de repasar la lista de

posibles candidatos y de elegir al más adecuado, alguien de su nivel, atractivo,

aunque tampoco importaba que no lo fuera, con estudios, en especial

acaudalado y de su entera confianza.

¿A qué coño se le había ocurrido al indeseable de Matías llevarla a la sierra?

Aparte de lo del accidente que podría haber acabado en catástrofe, logró que

confesara su encuentro allí con Manuela y su madre, y no le quedó otra que

responder a las preguntas de su hija, aunque tampoco dio detalles. No


obstante, ahora que Isabel conocía la verdad, cabía la posibilidad de que se

carteara con aquella medio hermana, «la cabaretera», la llamaba, a la que en

mala hora se le había ocurrido meter en la cama de su yerno a fin de lograr un

heredero de su misma sangre, y dio orden a las doncellas de no dejar la

correspondencia encima de la mesita del hall; debían entregársela directamente

a ella en cuanto llegara. Lo importante en esos momentos era que la joven

obtuviera el título de farmacóloga. No se enteró hasta mucho después, el curso

ya avanzado, de que había logrado cambiar la matrícula y se había inscrito en la

Facultad de Derecho. Se puso hecha una furia, pero no le quedó más remedio

que aceptar cuando Matías afirmó estar de acuerdo, añadiendo que los

abogados eran imprescindibles en la marcha de una empresa.

A Isabel la entusiasmó el ambiente que se respiraba en la Universidad, nada

que ver con el colegio de señoritas con uniforme al que había acudido desde su

infancia. No eran muchas las alumnas del primer curso, solo media docena, y

los estudiantes cuadriplicaban su número, pero todas ellas estaban dispuestas a

seguir los pasos de las pioneras, que desde más de un siglo atrás se había

atrevido a enfrentarse a reglas y prejuicios. En las primeras jornadas soportaron

bromas y comentarios machistas, pero los ignoraron, y no pasó mucho antes de

que la convivencia fuera casi normal, si bien ellas permanecían apiñadas en un

extremo de los dos primeros bancos del aula, tres delante y tres detrás. Conocía

a una de ellas del colegio, pero enseguida hizo amistad con las otras; quedaban

a la entrada, entraban juntas, salían, estudiaban en la biblioteca y compartían el

bocadillo. Sus compañeros no tardaron en referirse a ellas como «las torres de

Malory», en referencia a la saga de seis libros de la autora Enid Blyton, que

describían las vivencias de las alumnas de un internado femenino inglés con

bastante éxito entre las lectoras juveniles, una manera de burlarse, pues los

tachaban de cursis, propios para niñas, aunque ninguno los hubiera leído, una

razón más para demostrar que ellas podían ser tan buenas abogadas como ellos,

o mejores.

Además de que le gustaba estudiar y de que se sentía un poco más libre,

existían otros motivos por los que era feliz en su nuevo entorno. La Facultad

disponía de un teléfono público de pago al servicio de los alumnos, y hablaba

con Manuela todas las semanas. Por otra parte, al conocer su situación, una de

las compañeras, se ofreció a ejercer de «cartera», de forma que madre e hija


intercambiaban largas cartas mediante las cuales iban poco a poco

conociéndose mejor, y que ella guardaba en su taquilla para no correr el riesgo

de que fueran descubiertas por doña María. No solo eso. También se

encontraban cuando la cantante tenía una actuación en la capital o,

simplemente, cuando esta quería verla y se trasladaba a Zaragoza acompañada

por Chabier, la abuela Aurora y, por supuesto, Hilario, quien también hacía las

veces de chófer. En dichas ocasiones se saltaba las clases y pasaba el día con

ellos, recuperando la parte de su vida que le había sido robada e imaginando

ser como muchos otros estudiantes llegados de todas partes, quienes tampoco

vivían con sus familias durante el curso.

Para orgullo de Matías, su mujer y su suegra, la joven aprobó la carrera con

calificaciones excelentes y las felicitaciones de sus profesores. Su relación había

mejorado sin llegar a ser la de antes, pero al menos ya no se encerraba en sí

misma; había vuelto a ser la muchacha alegre, de palabra fácil, imaginativa, que

conocían. No llegó ninguna carta sospechosa en aquellos años, ni la pillaron

hablando por teléfono, por lo que María y su hija estaban convencidas de que

todo había vuelto a la normalidad, aunque no llamara «abuela» a la primera, ni

«madre» a la segunda; siempre las trataba de usted y se dirigía a ellas como

«señoras». No queriendo darse por aludidas, ambas estaban de acuerdo en que

hora era ya de buscarle un novio formal, pero antes tenía que cumplir el

servicio social obligatorio a fin de aprender los deberes de una buena esposa,

además seguían con la idea de enviarla una temporada a Francia, y le haría falta

el pasaporte.

Durante los tres meses de internado, Isabel escuchó decenas de veces que la

mujer debía ser ejemplo de entrega, renuncia, sacrificio, abnegación y alegría,

en una palabra, debía de sonreír en todo momento, estar conforme, no

quejarse. Como contraste, las instructoras hablaban de las «otras», las

intelectuales sin dotes maternales, amancebadas, independientes y, además,

feas. Al escuchar semejantes definiciones, pensaba en su madre, forzada a darle

un hijo a un hombre casado, que había logrado vivir de su trabajo; en la abuela

Aurora, maestra, cuya hija renegó de ella; en la bisabuela Elisa, violada, que

trabajó de confitera y escribió un libro. Las tres habían luchado para sobrevivir
en un mundo de hombres, y lo habían conseguido. Escuchaba a las

instructoras, asentía con docilidad sin perder la sonrisa, pero en su fuero

interno las mandaba al cuerno. Aprendió a cocinar, a coser y bordar, a bañar y

poner pañales a unos muñecos; leyó de cabo a rabo el libro Guía de la buena

esposa. 11 reglas para mantener a tu marido feliz. Sé la esposa que él siempre soñó;

ejercitó un andar modoso, nada provocativo; cantó canciones patrióticas y

desfiló con sus compañeras el Día de la Hispanidad en honor a su patrona, la

Virgen del Pilar. Al finalizar la instrucción recibió el certificado con la

calificación de sobresaliente junto a un diploma como ganadora de un

concurso de pintura y otro de Socorros de Urgencia.

Cumplidos los veintidós, doña María y su hija se centraron en el asunto del

casamiento. La joven era la novia ideal: guapa, educada, con un título

universitario y de buena familia, no se podía pedir más, y no faltaban

pretendientes. Siempre que la ocasión se presentaba, la obligaban a acudir a

eventos y fiestas, a los que asistía con la mejor de sus sonrisas, por lo que

estaban convencidas de que seguiría sus indicaciones y aceptaría su propuesta,

alguien unos años mayor que ella, con dotes de mando, competente para tomar

las riendas de los negocios familiares y capaz de engendrar hijos, premisa esta

importante, pues la señora tenía fijación en el asunto que siempre la había

preocupado: la continuidad de su descendencia. Ignoraba que su…, en

realidad sobrina, no tenía intención alguna de casarse por el momento, y

mucho menos con un candidato impuesto por ella; se dejaba cortejar, flirteaba

con los jóvenes y no tan jóvenes que le presentaban y daba largas.

Durante aquellos años se convirtió en una maestra del disimulo y lo hizo tan

bien, que la señora relajó el férreo control a la que la tenía sometida,

convencida de que todo volvía a su cauce e iba según lo previsto. No ponía

pegas cada vez que en los puentes festivos o en vacaciones de Semana Santa

acompañaba a su amiga Amparito, la «cartera» clandestina, a Jaca, en cuyo

acuartelamiento el padre de esta ocupaba un alto cargo militar. Ella y su hija las

escoltaban hasta el mismo andén de la estación a fin de asegurarse y esperaban

a verlas partir. Tras el desfile de la Hispanidad, y con la disculpa de necesitar

unos días de relajación antes de empezar a trabajar en la empresa, las convenció

para que la permitieran pasar un par de semanas con su amiga prometiendo

estar de regreso para finales de mes. María aceptó, entre otras cosas, porque se
había informado de que la otra joven tenía un hermano mayor, soltero y sin

compromiso aparente. Quizás aquel interés de la joven por ir a Jaca, siempre

que podía, tenía que ver con dicho hermano, ingeniero de profesión y con un

gran futuro, a decir de su informante. De la misma, podía matar dos pájaros de

un tiro: casar a su heredera con alguien del gusto de esta, lo que evitaría

problemas, y conseguir un buen profesional para dirigir la empresa familiar y,

de paso, quitar de en medio a los Lazán de una vez por todas.

Aquella fue la última despedida. Ni por un momento se imaginó que la

«niña» la hubiera estado engañando y que, en todos los viajes, se bajara del tren

al llegar a Huesca donde la esperaba Hilario para llevarla junto a su verdadera

familia. Con el título en el bolsillo, el certificado del Servicio Social cumplido y

unos buenos dineros, que a modo de compensación Matías había ido

ingresando a su nombre en una cuenta de ahorros, Isabel consideró llegado el

momento de independizarse. Cierto que todavía le faltaban tres años para ser

verdaderamente autónoma y que necesitaría el permiso de su padre para ciertas

cosas, pero dudaba que él se opusiera a sus deseos; tenía mucho que hacerse

perdonar. Cierto también que de seguro doña María la desheredaría, pero le

importaba un bledo; era joven, estaba preparada y tenía la vida por delante,

una vida que por ahora tenía intención de rehacer junto a su madre, abuela y

hermano.

Transcurridas dos semanas desde su marcha, y visto que no había señales de

ella, María llamó al acuartelamiento de Jaca y pidió hablar con el coronel

Caucé. Quedó anonadada cuando el militar respondió que sabía de la señorita

Lazán por su hija, ambas buenas amigas de la Universidad, pero que no la

conocía personalmente; nunca había estado en su casa. Prometió sin embargo

hablar con Amparo y llamarla más tarde. Lo hizo para informarla de que su

nieta se había bajado en Huesca y que, al parecer, no era la primera vez que

obraba de dicha manera. Le extrañaba, añadió, que no estuviera al tanto de un

comportamiento inapropiado, por decirlo de manera suave, en una joven

cristiana y de buena familia. La mujer permaneció con el teléfono en la mano

durante un buen rato antes de colgar y ordenar a una de las doncellas que fuera

en busca de su hija y de su yerno. A la primera le echó en cara su enorme

dejadez en la educación de Isabel, de quien nunca se había ocupado; al

segundo, lo acusó de ser el causante de la situación y le ordenó traerla de vuelta


de inmediato puesto que, de seguro, había ido reunirse con la perdida de su

madre o..., durante un instante reinó el silencio, o pediría la anulación

eclesiástica de su matrimonio aduciendo ausencia de relaciones conyugales y,

peor aún, adulterio.

Matías se sentía un hombre fracasado; su boda había sido una farsa, su

imagen de pareja ideal, otra; tenía dos hijos, y ninguno de los dos lo quería

como padre; su empresa de grabaciones había quebrado debido a competidores

más fuertes y mejor relacionados. Vivía de unas rentas holgadas, aunque cada

vez más limitadas pues su participación en el negocio familia era pequeña; la

inversión realizada en «Lazán S.A.» se había literalmente comido la herencia

paterna y, gracias a la suegra, llevaba un tren de vida propio de un adinerado,

que desaparecería si la maldita vieja hacía efectiva su amenaza. Estos y otros

pensamientos ocupaban su mente mientras conducía. Todo habría sido

diferente de haber llevado a cabo sus sueños juveniles de convertirse en un

pianista afamado, si hubiera sido fiel a la mujer que amaba desde los veinte

años... Pero había sido cobarde, o demasiado ambicioso, creyó que podría

conseguirlo todo, fama, dinero, amor. Ahora no tenía nada, y era demasiado

tarde. El piso que su abuela le había legado se hallaba cerrado, y el polvo cubría

muebles y objetos. No se molestó en comprobar si las sábanas estaban limpias;

se dejó caer encima de la cama y revivió sus noches de pasión en aquel mismo

lecho, el corazón dolorido, la pena en el alma. Al día siguiente se armó de valor

y se presentó en la vivienda de Manuela; tuvo la impresión de que lo estaban

esperando.

Isabel no regresó a Zaragoza. Sentado en una butaca del salón desde el cual

se divisaba el edificio del Casino, las tres mujeres, el antiguo guardián y el

joven frente a él, Matías parecía un reo ante el jurado y aceptó no presentar

una demanda para hacer valer su derecho de padre y tutor. A cambio, exigió,

más bien rogó, visitar a sus dos hijos, incluso insinuó la posibilidad de que

todos vivieran juntos en el piso de la Plaza del Mercado, tres veces más grande

que aquel, pero no insistió al observar el gesto burlón que hizo Manuela y el no

menos irónico de Aurora.

Año y medio más tarde, el alto Tribunal de la Rota, en el que «mandaba la

palabra de Dios», declaraba nulo el matrimonio de Matías Lazán y María

Cristina Cortillas. El proceso de nulidad fue rápido, no solo porque la parte


demandante abonó puntual el alto precio estipulado para los trámites,

únicamente al alcance de las élites adineradas, sino porque el demandado no

puso dificultad alguna. Es más, durante la vista, se mantuvo impertérrito al

declarar ella que el matrimonio le había sido impuesto sin su consentimiento,

siendo todavía menor de edad, una de las pocas razones por las que podía

obtenerse la anulación. Y tampoco movió una pestaña cuando añadió que en

ningún momento había mantenido relaciones íntimas con su esposo. Doña

María, en su calidad de testigo, manifestó que, en efecto, aquella había sido

una boda por intereses familiares, sin amor entre los contrayentes, añadiendo

sin que viniera a cuento que la hija que constaba en el expediente era en

realidad fruto del adulterio, de él. A la salida del Tribunal, se acercó a las dos

mujeres y susurró a la más joven, suficientemente alto para ser escuchado por

su hasta entonces suegra: «hacerte el amor ha sido una travesía sin agua por el

desierto, y un verdadero aburrimiento». Después se despidió con una

inclinación de cabeza y se fue silbando calle abajo dejando a ambas atónitas.


1962

sabel deseaba cambiar su segundo apellido y adoptar el Ornat de madre y

I
hermano, y de paso eliminar también su segundo nombre, Teresa de Jesús,

que nunca le había gustado, pero no resultaba fácil y además, de

conseguirlo, tendría que cambiar todos sus documentos, acta de nacimiento,

carné de identidad y títulos. Decidió pensar en ello sin prisas y comenzó a

trabajar en el despacho de abogados del Coso Bajo, quienes continuaban

ocupándose de los asuntos de su madre. Los jefes estaban contentos con ella y,

pasado un tiempo, solicitó atender los casos de mujeres. «¿Casos de mujeres?»,

preguntó sorprendido su superior directo. Ella le pasó la lista que había

elaborado: asesinadas, maltratadas, violadas, abandonadas, robadas, explotadas,

detenidas... El catálogo era largo; quería especializarse en la materia, afirmó, y

razones no le faltaban, las mujeres de su familia habían sufrido diferentes

situaciones, ella incluida, sin contar con apoyo legal. El hombre movió la

cabeza dubitativo, pero, en fin, era cierto lo que su meritoria aseguraba, bien lo

sabía él, aunque también sabía que no había mucho que hacer en este tema;

sonrió, hizo un gesto afirmativo y le tendió un archivador con varias carpetas,

pocas.

Una tras otra, la joven leyó el contenido de las carpetas, casos a la espera de

resolución, otros sin tan siquiera haberse iniciado las diligencias, sobreseídos,

rechazados, ninguno resuelto. Se centró en el de una mujer de la edad de su

madre, quien había presentado una denuncia por maltrato cuatro años atrás.

Le pareció estar leyendo una novela a medida que pasaba las hojas. La mujer en

cuestión, Plácida Ruiz, declaraba recibir palizas habituales por parte de su

marido; de hecho, en el dossier aparecía una foto de ella con un ojo morado.

También manifestaba haber acudido a la policía después de una de aquellas


zurras y recibido como respuesta un: «algo habrá hecho usted para que su

esposo la castigue». El bufete se había ocupado del asunto, pero lo archivó; los

dos posibles testigos, los hijos, se habían negado a declarar en contra del padre.

Y ahí había quedado la gestión. En el expediente aparecía su dirección, y al día

siguiente se presentó en la vivienda.

La mujer que le abrió se mostró remisa a hablar, pero ella insistió y,

finalmente, quedaron para verse en una cafetería de la Plaza de los Fueros. Se

había casado joven, apenas cumplidos los veinte, la Ley prohibía a las mujeres

trabajar una vez casadas sin el permiso del marido, pero este se negó alegando

su obligación de atender el hogar por lo que se vio obligada a dejar su trabajo

de telefonista en el Ayuntamiento. Al principio todo fue bien; él era un

hombre cariñoso con un buen puesto en una empresa, la mimaba, le hacía

regalos. La situación empezó a cambiar al nacer el primer hijo; le reprochaba la

mayor atención al niño que a él, su dejadez en el vestir, su falta de entusiasmo

en la cama. La cosa empeoró tras el nacimiento del segundo; poco después

empezaron los golpes. Un guisado pizca requemado, una camisa sin planchar,

un pelo en el lavabo, unas cazuelas sin fregar, cualquier motivo por trivial que

fuera era motivo de una bofetada, que pasó a ser un puñetazo cuando no una

somanta con el cinturón. Luego la forzaba y tenía que esperar a que él estuviera

dormido para lavarse e intentar disimular los moretones. Y así durante años.

Después de aquel primer intento y la subsecuente paliza, no volvió a

denunciarlo dado que, a la vista estaba, no conseguiría sino empeorar las cosas.

Con los hijos, sin embargo, era un buen padre, de ahí que ellos no hubieran

querido declarar aun a sabiendas de lo que ocurría. No respondió a la pregunta

de Isabel sobre si estaría dispuesta a intentarlo de nuevo, pero se le llenaron los

ojos de lágrimas, y ella lo tomó como un sí. Quedaron para verse allí la semana

siguiente, el mismo día y a la misma hora.

La joven pronto entendió por qué su jefe había hecho un gesto dubitativo al

entregarle el archivo. El Código Civil asignaba la jefatura familiar al marido

para ejercer una potestad absoluta sobre la esposa, la cual quedaba inhabilitada

de igual modo que los menores o los discapacitados psíquicos. No acababa ahí

el asunto, en caso de abandono del hogar, además de perder derechos y

gananciales, seguiría necesitando el permiso del esposo para trabajar, eso, si

encontraba un trabajo. Revisó a fondo una reciente reforma legal en lo que


atañía a la mujer y solo encontró cambios imperceptibles como que podía ser

testigo en los testamentos o, si era viuda, conservar la patria potestad sobre los

hijos menores en caso de volver a casarse. Nada relacionado con el maltrato. Al

comentar el tema con unos de los abogados con quien había entablado

amistad, este comentó que era normal, pues los conyugales eran asuntos

íntimos de la pareja.

Al acudir a la cita, tenía claras dos cosas: que resultaría difícil, por no decir

imposible, aducir malos tratos ya que los únicos testigos eran los hijos, y que

tenía que convencerla para que abandonara a su torturador. Plácida la esperaba

en la cafetería, cubierta con un sombrero algo anticuado, de ala ancha tipo

pamela, ladeado de forma que no se apreciaba la parte derecha de su rostro. Al

cabo de unos minutos, tras sentarse y pedir un café, se dio cuenta de que la

miraba de soslayo, sin mover la cabeza, y en un ademán inesperado para la

otra, la tomó por la barbilla y la obligó a mirarle directamente. El maquillaje

no disimulaba su mejilla violácea, y tenía el ojo medio cerrado. Tuvo que hacer

un esfuerzo para no soltar un juramento. Solo habló ella, a media voz para no

ser escuchada por los clientes de la mesa contigua; la informó acerca de los

obstáculos que se les presentaban y de la imposibilidad de asegurarle un

veredicto favorable. A continuación, demostró la capacidad oratoria que tanto

le había servido en los exámenes, y sus dotes de convicción. La acompañó a su

vivienda, la esperó en la calle durante media hora mientras recogía

documentos, joyas y unas fotografías de sus hijos, lo que le cabía en el bolso a

fin de no dar pistas por si se topaba con vecinos o conocidos, y ambas se

dirigieron del brazo al piso de la Plaza de Navarra, donde Manuela y Aurora la

recibieron como a una vieja amiga.

No pasó mucho antes de que su jefe la llamara. El marido había encontrado

encima de la mesa una nota: «Me voy, no me busques», y dado que ellos habían

sido los abogados en el caso de la denuncia, se presentó en el despacho

amenazando con acusarlos por encubrimiento del delito de abandono del

hogar, penado con cárcel inmediata en el caso de las mujeres. Lograron

calmarlo y prometieron averiguar si alguien del bufete había ayudado a la

«prófuga». Isabel no había dicho nada sobre su iniciativa y se mantuvo

impávida durante el interrogatorio; ignoraba a quién se refería, no había leído

todavía el dossier correspondiente y aseguró hallarse ocupada en un caso de


«uxoricidio por causa de honor», es decir por adulterio, en el que el asesino

solo había sido desterrado por unos meses, pero la familia de la víctima

reclamaba una compensación. Lo comentó al llegar a casa y vio el temor

reflejado en la mirada de Plácida. De la misma, Aurora propuso ir a Buisán;

llevaba años sin saber nada de su hermano y su cuñada, y era el momento de

hacerles una visita.

Partieron el siguiente sábado por la tarde, todos menos Manuela, que debía de

preparar un recital. Habían mejorado las carreteras e hicieron el trayecto en dos

horas, lejos del interminable viaje en carro de viajeros con su madre, que

Aurora todavía recordaba. Únicamente encontraron a Antoi; Nieus y el primo

Zilio habían fallecido, uno tras otro dos inviernos atrás, y no había vuelto a

saber de sus hijos, pero era un hombre práctico que siempre tenía en mente

aquello de que era inútil lamentarse por lo que ya no tenía remedio, el lema

familiar. Antes de regresar el domingo, Chabier e Hilario se acercaron a las

faldas de Monte Perdido y se prometieron volver para ascender hasta la

cumbre. El joven había cumplido los veinte, su madre se empeñaba en que

estudiara una carrera universitaria, aunque para ello debía trasladarse a

Zaragoza y él no tenía intención alguna de abandonar Huesca: le interesaba

mucho más el deporte de montaña que los libros, y también la pintura. Pasaba

horas muertas en el museo instalado en el Colegio Mayor de Santiago, absorto

en la contemplación de los cuadros allí expuestos, estudiando cada obra,

examinando cada detalle, la perspectiva, las tonalidades, luces y sombras, las

formas. Luego intentaba trasladar lo aprendido a sus propios lienzos. Al

principio, apenas adolescente, el resultado hacía sonreír a su madre, abuela y

padrino, pero no pasó mucho antes de que los dejara verdaderamente

sorprendidos, aunque ninguno de los tres logró que les hiciera un retrato, no

era lo suyo. Con la paga que recibía cada mes, lo que conseguía trabajando

como recadero eventual para un comercio cercano a su domicilio, los dinerillos

que le daba su padrino y algún que otro cuadro que lograba vender los sábados

en el mercadillo de la Plaza del Justicia consiguió ahorrar las dos mil pesetas,

un dineral, que costaba una Kodak Clak con la que sacaba fotografías de calles,

fuentes, ríos, jardines, pero en especial de los montes a los que seguía
ascendiendo con Hilario siempre que se les presentaba la oportunidad, para

luego pintar sus cuadros. Ambos regresaron a la ciudad tras tomar unas cuantas

instantáneas en Buisán y alrededores; la abuela y la mujer permanecieron en la

aldea.

Aurora sintió añoranza al encontrarse en el lugar de su infancia y recordar a

la madre, al padre adoptivo, las correrías con sus hermanos pequeños, las

ovejas, las veladas junto al fuego, si bien sus recuerdos se mezclaban con otros

momentos mucho menos gratos de angustia y miedo, en particular la aparición

allí de Matías y sus hombres en busca de Manuela. La casa en la que había

nacido se caía de puro vieja y abandonada; a su muerte, los parientes de la

buena de Feliciana se apropiaron de ella, si bien nunca la utilizaron, tampoco la

alquilaron o vendieron. Constató asimismo que, si antes los habitantes eran

pocos, ahora eran menos. Por otra parte, el reencuentro con su hermano Antoi

y el apoyo que ambos podían prestarle a la pobre maltratada suponían un

aliciente en su vida, algo mustia durante los últimos años. Cierto que no tenía

motivos para quejarse; era un regalo vivir en paz en compañía de su hija y de

los nietos, pero... ¿dónde quedaban sus sueños de llegar a ser una buena

maestra? ¿Dónde su gran amor de juventud? Conservaba la única fotografía

que tenía con Mario y con la entonces pequeña María; los dos habían

desaparecido, el uno joven, obcecado en transformar una sociedad que nunca

cambiaría, pues los poderosos mantienen su poder sea cual sea el gobierno que

rige los destinos del pueblo. La otra... La había perdido hacía mucho, tanto que

debía esforzarse en recordar el momento en que aceptó fuera prohijada por el

rico ganadero cuyo apellido adoptó renegando de ella. No obstante, también

había heredado la fuerza de su madre y estaba decidida a no dejar de luchar por

lo que consideraba justo. Con la ayuda de Plácida, puso en orden la casa de su

hermano y organizó unas clases para la media docena de mujeres de la aldea

con intención de enseñarles a leer y a escribir, a las que por cierto también

asistían un par de vecinos, algo que la sorprendió gratamente.

El lunes, al llegar a la oficina, Isabel se encontró con que la estaban esperando

su jefe y otros dos hombres. Uno de ellos la asió por los hombros con

brusquedad y le preguntó dónde estaba su mujer. Como no respondió, el

hombre levantó la mano con la intención de soltarle un bofetón, y lo habría


conseguido si ella no reacciona a tiempo y le da una patada en la espinilla.

Momentos después se enteraba de que el agresor era el marido maltratador y el

otro, un conocido quien, al parecer, había visto a Plácida por la calle en

compañía de una joven, que supuso sería su hija pues iba agarrada a su brazo y

la hablaba animadamente. Al comentarle que tenía una hija muy bonita, su

amigo sospechó algo; le pidió que la describiera, y ambos se presentaron en el

despacho de los abogados por si había allí alguna empleada que se ajustara a la

descripción: menuda, melena corta, vestido entallado, tacones, un maletín en

lugar de bolso y, en especial, unos ojos de un extraño color azul.

La escena finalizó como no podía ser de otra manera. El segundo hombre la

reconoció, ella negó en todo momento tener algo que ver con la desaparecida,

el marido juró que denunciaría al bufete, y el jefe la despidió ipso facto,

indicándole además que se encargaría de que no la admitieran en ningún otro

despacho de la ciudad. Al introducir en una caja sus objetos personales, y

aprovechando que su mesa se hallaba en un rincón poco visible, cogió también

el «archivo de las mujeres» como lo llamaba a riesgo de verse acusada de

ladrona. Salió de allí sin despedirse, la cabeza alta, el paso firme, con la

intención de dirigirse a su casa, pero los dos hombres la esperaban en la calle.

Ambos comenzaron a increparla y a punto estaban de arremeter contra ella

cuando otro se interpuso y los amenazó con liarse a puñetazos si no la dejaban

en paz, llamándolos matones y preguntando a ver si no les daba vergüenza

meterse con una joven indefensa. A su alrededor se formó un corrillo de

personas que aprobaban sus palabras y los señalaban con el dedo, de manera

que decidieron retirarse no sin antes prometer que volverían a verse las caras.

Conmocionada por lo ocurrido, Isabel aceptó la oferta de su salvador de

acompañarla a casa; solo entonces se fijó en él, era el padre a quien no había

visto en meses.

Matías no había vuelto por el piso de la Plaza de Navarra pese a que

Manuela aceptó visitara a sus hijos de vez en cuando, no se sentía con ánimo

suficiente. Las miradas burlonas de esta y de su madre, el enfado en los ojos de

la hija, la atónita curiosidad en los del joven y la actitud a la defensiva del

antiguo guardián no eran acicates precisamente. No obstante, desarrolló una

habilidad nunca antes sospechada: la de detective. Sabía dónde trabajaba

Isabel, observaba a su hijo ensimismado en las pinturas del museo, conocía los
tugurios frecuentados por Hilario, la cafetería en la que todos los martes a

media tarde Manuela y su madre tomaban chocolate con churros, incluso los

observaba en la distancia, los domingos, cuando acudían a El Maizal, y

esperaba paciente a que regresaran a la ciudad. Le gustaba su nueva actividad,

lo entretenía a falta de otra cosa que hacer, de alguna manera se sentía un

protector invisible y, de paso, descubrió la ciudad que hasta entonces solo era

una especie de apeadero para él, de ahí que en buena hora anduviera por el

Coso Bajo cuando vio a los dos hombres agredir a su hija. A poco se le saltan

las lágrimas cuando ella lo abrazó agradecida. Aquel día comió por primera vez

a la misma mesa con la familia que debería haber sido la suya.

Durante un tiempo, la joven salió siempre acompañada por Hilario o por su

hermano, si bien lo hacía para dar una vuelta y tomar un poco el aire. El resto

del tiempo lo pasaba inmersa en el estudio de los dossiers del archivo cuya

desaparición al parecer no había sido descubierta. Por si acaso, los copió en la

máquina de escribir que le regaló su padre, algo de lo poco que este había

conservado al vaciar la lonja que durante unos años había albergado su

malogrado sueño de llegar a ser un productor musical importante. Lo uno trajo

lo otro. El piso de la familia era amplio; sus cinco ocupantes disponían de una

habitación cada uno, pero no le resultaba fácil centrarse con ellos entrando en

su cuarto cada dos por tres a preguntar si se encontraba bien; las comidas y las

cenas se alargaban, había ruidos, puertas que se abrían y cerraban y, para

colmo, Matías se presentó un día con un aparato de televisión, lo que causó un

gran revuelo pues, afirmó, ellos serían de los primeros en tener uno en la

ciudad.

No se recordaba desde el anuncio del final de la guerra, otra noticia con

mayor impacto que el de la inauguración en Madrid de los estudios de la

Televisión Española, un domingo de octubre de 1956, día de Cristo Rey, «a

quien ha sido dado todo el poder en los Cielos y en la Tierra». En Huesca

hubieron de esperar cuatro años para disponer de la conexión, y todo el mundo

aguardaba anhelante la retransmisión de la boda del rey Balduino de los belgas

con la española Fabiola, incluidos los republicanos.

Isabel comentó a su padre la dificultad de instalarse por su cuenta una tarde

en que ambos salieron a dar un paseo; quería montar su propio despacho, pero

iba a resultar misión imposible hacerlo en su propia casa, y la respuesta la dejó


anonadada: «Móntalo en mi piso». En un principio, Manuela puso pegas

temiendo que él fuera una mala influencia, además no sabía si le gustaba la

idea de que se enfrentara sola a un mundo regido exclusivamente por hombres,

el de la abogacía, que se la comerían visto y no visto. Sin contar los peligros a

los que se vería expuesta, pues vete tú a saber quién acudiría a su despacho.

Luego se recordó a sí misma, luchando, intentando abrirse camino, obligada a

vivir en Ejea en contra de su deseo, huyendo de allí. También se acordó de su

madre y de su abuela, las tres lo habían tenido difícil, pero habían logrado

sobrevivir, y su hija tenía el carácter peleón de las mujeres de la familia. La

convenció la promesa de Matías de ayudarla en lo que pudiera, de ser una

especie de secretario, o bedel, añadió entre risas, y de no dejarla sola. Por otra

parte, aquel piso que había sido de su abuela y ahora era de él, sería algún día

de sus hijos.

Una semana más tarde, la joven ocupaba el que había sido el sancta

sanctórum del músico que pensaba llegar a ser un Duke Ellington y era un total

desconocido, aunque continuara tocando el piano con maestría. El

instrumento fue lo único que quedó allí, más que nada porque no tenía otro

lugar donde dejarlo, teniendo en cuenta que había otro en el salón de la planta

de abajo. Pensó en venderlo, pero no lo hizo, sería como vender su alma. Todo

lo demás desapareció: libros, una guitarra, un balón firmado por el gran Telmo

Zarra, ropa, zapatos, fotografías y algún trofeo fueron a parar a la habitación

del servicio, cerrada desde la muerte de su antigua dueña. Es más, cambió la

cama por un sofá y contrató a un pintor de brocha gorda para pintar las

paredes en un tono crema, muy de moda, y a una mujer para limpiar el lugar y

sacar brillo a los muebles, y a la vez al resto del piso. El día de la inauguración

oficial del despacho «Letrada Isabel Lazán» estuvo presente la familia al

completo, y por primera vez en años Manuela cantó acompañada al piano por

él.

Sin publicidad, sin anuncios, se corrió la voz de que una abogada se ocupaba

de cuestiones que sus homólogos masculinos rechazaban. Al principio fueron

asuntos del tipo herencia legada a la querida y no a la esposa legal, apropiación

de unas tierras por parte de unos cuñados, un casero que quería echar a una

mujer de la vivienda a fin de alquilarla más cara. Los casos graves tardaron en

llegar, violaciones, maltrato, intentos de asesinato... Tuvo la impresión


generalizada de que las víctimas se contenían a la hora de denunciar, como si

les diera vergüenza, y en más de una ocasión volvían para retractarse y cancelar

la denuncia. De todos modos, pronto se dio cuenta de que tenía las manos

atadas.

La policía no aceptaba investigar los temas de violación y maltrato, y cada

vez que presentaba una demanda en el Juzgado, o bien se la rechazaban o le

daban largas sin solución. No solo eso, también empezó a recibir llamadas por

teléfono y cartas amenazadoras si insistía en continuar. El primer caso de

importancia que logró ganar fue el de una muchacha encerrada en un centro

religioso bajo la custodia del «Patronato de Protección a la Mujer», un

reformatorio para «descarriadas» de entre dieciséis y veinticinco años al que

iban a parar las jóvenes rebeldes en el que la metió su tío y tutor sin que

constase un juicio previo. El hermano de la retenida, ahora mayor de edad,

pero menor cuando ocurrió el hecho, reclamaba la custodia; juró que el tío

quiso violarla, y que él lo impidió dándole un botellazo en la cabeza, si bien

huyó luego creyendo que lo había matado dejando allí a su hermana. La

venganza del hombre fue encerrarla y apropiarse de la casa de campo,

propiedad de los difuntos padres de ambos. El individuo no era apreciado en el

pueblo en el que vivían, y no costó encontrar testigos que declararan que

aquella no había sido la primera ni la última vez en la que había abusado de

una mujer. Isabel apenas recibió el pago por las costas, pero se sintió feliz

cuando los dos jóvenes se abrazaron y los vio partir asidos del brazo. Aquella

había sido una victoria pírrica, pero, aun así, estaba convencida de que no se

consigue nada si no se intenta, y ella pensaba seguir intentándolo.

Un día recibió una carta de una antigua compañera de la Universidad, una de

las seis que habían cursado la carrera juntas, en la que la invitaba a una reunión

en Zaragoza para tratar «asuntos relacionados con el ejercicio de la profesión».

Le llamó la atención que le hubiera sido remitida a la dirección de su padre,

por lo que supuso que su colega estaba al corriente de su actividad, y le entró el

gusanillo. Llevaba ya dos años intentado abrirse camino con escasas

perspectivas, el acceso a la Judicatura les estaba vedado a las mujeres y, después

de lo ocurrido, tampoco conseguiría trabajo en un bufete. De todos modos, no

entraba en sus planes ser una pasante el resto de su vida, eso si no se casaba,
pues seguía en vigor la prohibición de trabajar sin la autorización del marido.

Claro, que ni en sueños se imaginaba casada con un troglodita de aquellos que

opinaban que la obligación del hombre era trabajar, y la de la mujer ocuparse

de él, de la familia y la casa. El encuentro tendría lugar el sábado de la siguiente

semana, tiempo suficiente para preparar el viaje y convencer a los suyos de que

no necesitaba ser acompañada; cogería el tren el viernes, dormiría en algún

hotel y estaría de vuelta el domingo. No hubo manera. Precisamente ese día,

Manuela tenía un recital en el Teatro Principal de la capital, y Matías se

empeñó en acompañarla. Por su parte, Chabier llevaba tiempo queriendo

visitar la sede de «Montañeros de Aragón», a varios de cuyos miembros había

conocido en una de sus salidas al monte; su acompañante de siempre se hacía

mayor, y aquellos hablaban de escaladas a tres-miles, cinco-miles y más, y él se

moría de las ganas. Hilario se apuntó, por supuesto; quizás ya no fuera capaz

de subir hasta las cumbres de las Treserols, pero no iba a dejar a su «niño» solo

con unos locos, porque locos tenían que estar para ascender al Aneto en

invierno. Además, él también sentía curiosidad por conocerlos.

Apretados en el Seat 600 recién adquirido, salieron para Zaragoza la tarde

del viernes y se alojaron en una pensión pese a que Matías insistió lo hicieran

en el Gran Hotel. Eran cinco, y no era cuestión de gastar dineros solo por

dormir, señaló Manuela, quien añadió en tono jocoso que él podría pernoctar

en casa de su ex- suegra, si esta le permitía la entrada. Por otra parte, siempre

que iban a la capital, se alojaban en dicha pensión, donde el trato era excelente

y las habitaciones estaban muy limpias. Al día siguiente, cada cual se fue a lo

suyo; los unos al teatro, los otros a la sede de los montañeros, e Isabel a la

vivienda de la organizadora de la reunión.

Le sorprendió encontrar allí a tres de sus condiscípulas y a una más joven a

quien no conocía. Se trataba, como enseguida supo, de estudiar la situación en

la que se hallaban las licenciadas en Derecho, sin posibilidad de acceder a la

Judicatura y obligadas a trabajar en segunda o tercera línea, más como

auxiliares o secretarias que como letradas, un calco de ella misma. La idea era

redactar un manifiesto denunciando la falta de igualdad con sus colegas

masculinos y hacerlo llegar al Ministerio de Justicia. Tras unos cuantos

borradores y algunas discusiones, el texto quedó escrito a máquina y firmado


por cada una de ellas con su nombres, número del DNI y dirección. Se

disponían a salir para comer algo en una cafetería cercana y continuar después,

cuando la puerta se abrió de una patada y entraron unos hombres armados que

las conminaron a ponerse de rodillas, las manos sobre la cabeza. Los vieron

registrar el piso, un apartamento en realidad, tirar muebles, coger todo tipo de

papeles y libros; también las cachearon, una por una, introduciendo la mano

en los lugares más íntimos con la disculpa de buscar armas. Luego las

ordenaron salir, siempre con las manos en la cabeza, y las metieron en un

furgón que esperaba delante del portal. Lo que siguió fue un interrogatorio

heredado de los inquisidores de maldita memoria: las obligaron a desnudarse,

volvieron a manosearlas, las llamaron «putas», las amenazaron con violarlas y

las golpearon con la porra en muslos y nalgas.

Isabel creía estar viviendo una pesadilla. Algo había leído sobre la persecución y

tortura a las llamadas «brujas» en el Alto Aragón, pero no se imaginaba que ella

y sus compañeras pudieran encontrarse en igual situación cuatro siglos más

tarde. Horas después, ya vestidas, se vieron encerradas en un calabozo sin tan

siquiera un banco donde sentarse, y se dejaron caer en el suelo, doloridas,

agotadas, llorosas. No entendían lo que pasaba, no habían hecho nada para

recibir castigo semejante; las acusaban de llevar a cabo una reunión ilegal con

ánimo de subvertir el orden establecido y querían saber quiénes eran sus

cómplices. El gobierno estaba decidido a acabar con todas las células

subversivas que aparecían en el país como hongos venenosos: obreros,

estudiantes, miembros del bajo clero, intelectuales... y mujeres familiares de

presos políticos, vecinas, militantes en partidos prohibidos, o profesionales que

luchaban por acabar con la discriminación laboral femenina como era el caso.

A la mañana siguiente, les llevaron agua y pan, pero no las sacaron para un

nuevo interrogatorio. Seguían sin comprender su situación hasta que la

organizadora de la reunión, la más apaleada, les confesó haber sido detenida

con anterioridad, durante una huelga en la Universidad; la soltaron, pero por

lo visto la tenían vigilada, no se entendía si no, que hubieran entrado en su

piso como lobos a la caza de ovejas. Cuatro días después, y de manera

extrañamente correcta, un funcionario fue en busca de Isabel y la acompañó a


un despacho. Estaba aterrorizada pensando que tendría que pasar de nuevo por

lo mismo, pero abrió la boca asombrada al ver a Alfonso y a su padre sentados

en un sillón y conversando con un hombre bien trajeado que, a todas luces, era

quien mandaba en el lugar; el tipo que la había golpeado se mantenía

respetuoso de pie a unos pasos.

El concierto había resultado un éxito, y Manuela recibió un par de ofertas

para actuar en Barcelona y en Bilbao, que Matías, reconvertido en su

representante al menos en aquella ocasión, se apresuró a gestionar. Chabier e

Hilario estaban entusiasmados tras su visita a la sede y ser aceptados como

miembros de «Montañeros de Aragón», por lo que se les comunicarían las

actividades de la asociación y podrían tomar parte en ellas, al menos en

algunas. Solo faltaba Isabel. Los cuatro cenaron en un pequeño restaurante

desde donde veían la puerta de la pensión a la espera de su llegada, pero

empezaron a preocuparse al no verla aparecer cercana la medianoche, cuando el

dueño les insinuó que era hora de abandonar el local pues tenía que cerrar.

Quizás se había entretenido con sus compañeras, quizás había llegado sin que

ellos se percataran, quizás... No durmieron en toda la noche y salieron en

tromba hacía la comisaría en cuanto dieron las nueve de la mañana. La policía

no tenía constancia de la desaparición de ninguna joven, tampoco había

habido nada importante que reseñar la víspera, tal vez se había quedado a

dormir en casa de una amiga, o de un amigo, añadió en tono irónico el agente

que los atendió. Aun así, rellenó un formulario que Manuela firmó y les indicó

volvieran para retirar la denuncia en cuanto apareciera la ausente; en caso de no

aparecer se llevarían a cabo las diligencias pertinentes.

Al salir, con el alma en los pies, se vieron abordados por un hombrecillo.

Aunque ellos ni se habían percatado de su presencia, los había escuchado

hablar con el agente, afirmó, y los informó de que había sido testigo de una

redada la tarde anterior. Habían subido en un furgón de la policía a cinco

mujeres jóvenes, ignoraba adónde las habían llevado, pero tampoco había

muchas opciones, una de ellas era la propia comisaría. Tuvieron que detener a

Hilario, dispuesto a entrar de nuevo y darse de hostias con quien hiciera falta a

fin de conocer el paradero de la joven. El hombre los aconsejó no obrar a lo

loco si no querían verse ellos mismos encerrados por desacato y les recomendó

buscaran ayuda, a poder ser en alguien con influencia, «con aldabas» dijo. No
conocían a nadie influyente, excepto a... doña María, si bien era del todo

improbable que esta quisiera intervenir tras la deserción de la «nieta» y la

posterior separación de su hija y yerno. ¡Y a ver quién se atrevía a enfrentarse a

ella! Sin embargo, a Matías se le ocurrió otra idea y salió corriendo tras pedirles

que esperaran en la pensión a que él regresara. De la misma, cogió el coche y

viajó hasta Alquézar sin detenerse.

No había vuelto a ver a Sito desde que este decidiera confinarse en la propiedad

de la Sierra de Guara. Su amistad de años comenzó a resquebrajarse en el

momento en que él declinó afiliarse a su partido; no le interesaba la política,

no lo atraían las proclamas incendiarias de ningún signo y menos la ferocidad

que mostraba su amigo, el médico cuyo cometido debería de haber sido salvar

vidas humanas. Todavía hoy le resultaba incomprensible que un hombre de su

cultura y preparación hubiera sido capaz de empuñar un arma y disparar a

personas indefensas. Cierto que él no podía presumir; su comportamiento

hacia Manuela había sido a todas luces aberrante, aunque entonces lo

justificara por ser aquella la única forma de tenerla, de yacer con ella y sosegar

su deseo. Lo había pagado con creces y estaba dispuesto a hacer lo que fuera

por compensarlas, a ella y a su hija.

El saludo de su excuñado al verlo después de tanto fue más bien gélido y,

por un momento, creyó que los hombres encargados de la vigilancia lo

echarían de allí a patadas. Sin embargo, hizo un gesto a uno de ellos, y al

instante tenía un vaso de whisky en la mano. Lo escuchó sin decir palabra,

aunque tampoco era mucho lo que él sabía; su hija había ido a reunirse con

unas amigas y había acabado en un calabozo. Le pedía ayuda en caso de que

todavía tuviera algún contacto en la capital. Sito le indicó fuera a descansar

hasta la hora de cenar y salió tras uno de los hombres; antes de desaparecer

escuchó que hablaba por teléfono, si bien no llegó a captar lo que decía.

A media mañana del día siguiente se hallaban ambos en la comisaría de la

Brigada Político-Social. Para sorpresa de Matías, su amigo mantenía su

ascendiente y estaba al corriente de asuntos que a él se le escapaban, pero que el

otro parecía conocer muy bien. No habían hablado mucho durante la cena,

solo de temas triviales, de lo mal que le había ido el negocio de las grabaciones,
de la salud del otro y apenas más; estaba claro que quedaba poco, por no decir

nada, de su antigua camaradería. El viaje lo hicieron cada cual en su coche. Se

había tratado de una mera operación de control, justificó el comisario, de las

que venían llevándose a cabo en los últimos tiempos debido a la proliferación

de grupos comunistas, en especial obreros y estudiantes, que era preciso

eliminar de cuajo antes de que fueran a más. En el caso de las abogadas, una de

ellas ya había sido detenida por apoyar una huelga; solo habían querido darles

un susto y recordarles que las mujeres estaban para lo que estaban, no para

meterse en los asuntos de los hombres. Ambos sintieron un enojo similar al ver

a la joven hecha unos zorros, sucia, despeinada, un moratón en la mejilla, y

asustada, tanto, que las lágrimas resbalaron por su cara mientras abrazaba al

uno y al otro.

Sito pensaba visitar a su madre y hermana y pidió, más bien exigió, que

Isabel lo acompañara. Padre e hija se miraron alarmados, pero él los tranquilizó

asegurando que solo irían a comer, Matías la recogería después. Le constaba

que su madre la echaban en falta, y qué menos que pasar a verla después de casi

cinco años de ausencia. Por mucho que el comisario asegurara que su

detención había sido un hecho circunstancial, la joven le debía su libertad y

asintió con la cabeza. No había habido cambios en el elegante piso de los

Cortillas-Luesia, los mismos sirvientes, algo más viejos, los mismos muebles sin

mota de polvo, las mismas alfombras cubiertas con plásticos para no

estropearlas. Tampoco había cambiado la mujer a la que había llamado

«madre»; seguía siendo igual de superficial. Su único comentario al verla fue

decir que parecía la hubiera atropellado un camión; la cogió de la mano, la

llevó a su antiguo cuarto donde todo continuaba como lo había dejado y le

dijo que se duchara y se cambiara de ropa antes de presentarse ante la «abuela».

Lo hizo, solo porque se sentía sucia, sobada; se duchó y se puso un vestido de

lunares, entallado en la cintura y vuelo amplio, de los varios que seguían

colgados en el armario. Se miró en el espejo y sonrió divertida a pesar de la

situación y el moratón en la cara; sin maquillaje y el cabello todavía húmedo

sujeto en una cola, volvía a ser la adolescente ilusionada por llegar a ser una

gran abogada.

Doña María sí había cambiado, y mucho. La mujer enérgica cuyas órdenes

nadie se atrevía a replicar, parecía haber perdido su vitalidad. Isabel calculó que
andaría cercana a los setenta, pero parecía incluso mayor que la abuela Aurora,

quien acababa de cumplir los noventa en excelente salud. Su recuerdo la

distrajo durante unos instantes; llevaba sin verla desde el verano anterior, desde

que la dejaron en Buisán con la pobre Plácida. Le constaba que su madre había

ido con Hilario y Chabier en varias ocasiones, pero no ella, por una u otra

razón, y se prometió visitarla sin falta en cuanto regresara a Huesca. Fijó su

atención en la señora que la sonreía como si fuera una visión del pasado y no

supo qué responder cuando le preguntó qué tal iban sus estudios en la

Universidad. Miró a Sito, y este le hizo un gesto para que respondiera. Solo

entonces se fijó en el temblor de sus manos y la baba que le salía por la

comisura, que la sirvienta de mediana edad que se mantenía a su lado limpió

rápidamente con un pañuelo bordado. Así pues, la mujer que había repudiado

a su familia, la que la había raptado nada más nacer, la manipuladora, la que

había acumulado una fortuna sin apenas esfuerzo, sufría una degeneración

precoz. Sintió pena por ella, a fin de cuentas, también la había educado, se

había preocupado por su salud y le había ofrecido la posibilidad de estudiar;

echó mano de su innata capacidad teatral y de su buena memoria y volvió a ser

la joven de dieciocho años que la otra todavía recordaba.

Tras la comida, que la sirvienta le dio a la boca, la señora se retiró a su

habitación, María Cristina también se ausentó, tenía una cita en la peluquería;

solo quedaron ella y su tío, aunque en realidad fuera su primo, pero no se

acostumbraba a tratarlo como a tal. Por él supo que los primeros síntomas de la

enfermedad de su madre se habían presentado inesperadamente tres años atrás;

empezó a olvidar nombres, palabras, no sabía dónde había dejado algo, tenía

lagunas al hablar del pasado, de noche dormía mal y a veces se orinaba encima.

Los médicos de su propia clínica afirmaron que la cosa iría a peor y les

aconsejaron internarla en una residencia. A su hermana le pareció bien, a él no.

Removió Roma con Santiago cuando el atentado lo dejó inválido y se encargó

de procurarle las mejores piernas ortopédicas del mercado; ahora era su turno

de atenderla. Cierto que nunca habían mantenido una relación especialmente

cariñosa, ninguno de los dos era dado a expresar sentimientos, pero estaba

dispuesto a hacer lo que estuviera en su mano a fin de proporcionarle la mejor

calidad de vida posible en su propia casa, al menos mientras todavía

mantuviera algo de lucidez. Cuando Matías acudió a Alquezar, se encontraba


allí para recoger algunos documentos, pues su intención era volver

definitivamente a Zaragoza a ocuparse de los asuntos familiares y, de hecho,

dada la inutilidad de su hermana, el juez lo había nombrado único albacea de

su madre. Se despidieron cuando su padre fue a buscarla; le recomendó no se

metiera en asuntos peliagudos que nunca lograría solucionar, y de los cuales

quizás él no podría sacarla ya que todo estaba atado y bien atado; le dijo que

esperaba volver a verla pronto y le entregó una carpeta con un lacónico «dásela

a Manuela».

De vuelta en la pensión, tras abrazos, preguntas y respuestas, salieron a toda

prisa camino a Huesca y no respiraron tranquilos hasta hallarse en el refugio de

su hogar. Isabel había olvidado la carpeta, en una bolsa junto con algunas ropas

que cogió del armario de su antigua habitación, y se la entregó a su madre. La

sorpresa de esta fue tal, que se quedó sin palabra. Don Alfonso Cortillas y

Luesia, en su calidad de albacea de los bienes de la familia de igual nombre y

apellidos, transfería la propiedad de El Maizal, vivienda y tierras a doña

Manuela Ornat Albar luris sanguinis, por derecho de sangre.

La casa estaba en un estado lamentable; su mantenimiento suponía un gasto,

y los guardianes habían sido despedidos hacía tiempo. Contrataron albañiles y

carpinteros que retejaron la cubierta y arreglaron techos y jambas, el herrero del

pueblo se ocupó de los elementos de hierro, dos labradores limpiaron la huerta

en la que plantaron las hortalizas de temporada, y unas mujeres se consagraron

a dejar suelos, ventanas y muebles como una patena. Los cinco participaron en

la rehabilitación. Al principio fueron y vinieron, pero se trasladaron a la casona

en cuanto dispusieron de tres habitaciones, una para madre e hija, otra para

Chabier e Hilario, y la tercera para Matías quien se apuntó y, para su sorpresa,

no encontró el rechazo que esperaba. Aquellas en la limpieza, los otros

cortando leña y limpiando rastrojos, y este en el arreglo del establo y del

gallinero, acababan la jornada agotados pero satisfechos. Ninguno había vivido

en el campo a excepción de Manuela, y tampoco guardaba demasiados

recuerdos de aquella época. De pronto la vida de todos adquiría un nuevo

sentido; allí no había televisión, ni la necesitaban; la vieja radio de galena a

veces funcionaba, otras no; la cocina seguía siendo de leña, de las llamadas

«económicas», que había que encender para calentar el agua del calderín a fin

de poder tomar un baño caliente. Nada que ver con las comodidades del piso
de Huesca, que, sin embargo, no echaban en falta. Dos meses más tarde,

dispuestas dos habitaciones más, Chabier e Hilario fueron en busca de Aurora;

el joven se había sacado el carné de conducir a la primera, y el mayor se pasó

todo el viaje dándole consejos y agarrando el asiento con ambas manos.

Regresaron ese mismo día con ella y también con Antoi y Plácida. No les

dijeron que iban a la hacienda, solo que había un asunto de suma importancia

que precisaba de su presencia.

Aurora notó que el corazón se le aceleraba al constatar que no entraban en la

ciudad y que tomaban la carretera al pueblo, y lo mismo le ocurrió a su

hermano. Ninguno de los dos pudo retener la emoción al llegar y ver a los

demás esperándolos con unas sonrisas de oreja a oreja. Aquella noche el tiempo

se detuvo en El Maizal, y nadie se fue a la cama hasta pasada la medianoche,

felices de encontrarse nuevamente reunidos, en el hogar de sus antepasados los

unos, en su particular lugar de acogida los otros.

Transcurrido el verano ninguno parecía tener prisa, ni siquiera Matías, tan

poco dado con anterioridad a experiencias campestres; compró un caballo

joven a un tratante y el hombre le regaló otro viejo. Hacía mucho que no

montaba, desde que acompañaba a su padre y a sus hermanos a la Sociedad

Hípica Zaragozana, pero volvió a cogerle el tranquillo y, a su vez, enseñó a su

hijo; ambos desaparecían durante horas y regresaban con la sonrisa en los

labios. Para asombro de la familia, Chabier descubrió que lo suyo era el campo

y se afanó en aprender todo lo relacionado con la siembra, la cosecha, la poda;

su tío abuelo fue quien lo instruyó. Antoi ya no poseía la fuerza de antaño,

pero sí la cabeza; la vuelta al hogar había renovado sus energías, agostadas al

igual que la tierra que halló, y una de las primeras tareas que encomendó a su

aprendiz fue sembrar maíz en el lugar de siempre «en memoria de mi madre»,

dijo simplemente. Aurora acudía todas las tardes a contemplar la puesta de sol

en el maizal, y allí recordaba a las personas que tanto había querido, sus padres,

Mario, Agostín... Los veía junto a ella, cogiéndole la mano, susurrándole

palabras de amor, besándola. Manuela había comentado que quizás fuera mejor

pasar el inverno en el piso de la ciudad, pero ella lo tenía muy claro: nadie

volvería a sacarla de su casa en lo que le quedaba de vida, que no sería mucho

pues a veces notaba un agudo pinchazo en un costado, que le cortaba la

respiración y tenía que sentarse hasta que se le pasaba.


Plácida, la amiga íntima que nunca antes había tenido, era la única que

estaba al tanto de su dolencia; le había insistido para que fuera al médico, pero

se negó y le hizo prometer que no diría nada a su hija. La mujer se debatió

entre guardar el secreto e incumplir la promesa; se decidió por lo primero. Pese

a la diferencia de edad, ambas se entendían de maravilla e incluso compartían

habitación desde su estancia en Buisán. Para doña Aurora, como la llamaba en

contra del deseo de esta, era su confidente y solo ella sabía lo mucho que le

dolía no haber vuelto a ver a sus hijos desde su marcha. No obstante, se alegró

de su decisión de no dejar el pueblo; tampoco ella quería volver a Huesca y

correr el riesgo de encontrarse con el hombre que la había hecho la vida

imposible. Hilario por su parte no decía nada; seguía sintiéndose responsable

de Manuela, pero también de Chabier, y este aseguró que no se le había

perdido nada en la ciudad y que no pensaba moverse de allí. Al final,

decidieron continuar todos en El Maizal; venderían el piso y con el dinero

obtenido por la venta colocarían una caldera de carbón y radiadores de hierro

por toda la casa, además cambiarían la cocina, instalarían un retrete en la

planta baja y otro cuarto de baño arriba; el único que había no era suficiente

para los siete, y los siete más que aparecieron de imprevisto.

Tuvieron que sostener a Antoi para que no cayera redondo al suelo al ver ante

él a su hijo pequeño, el carpintero. Lo reconoció porque era su viva imagen a

pesar de que la última vez que se vieron era un chaval y ahora peinaba canas;

ambos tenían la misma mirada y parpadeaban cuando no sabían qué decir. No

venía solo; lo acompañaban dos hombres jóvenes, una mujer, otra más joven, y

dos niños. Tras la primera emoción, sentados a la mesa en torno a una fuente

de bacalao al ajoarriero y con el vino guardado para las ocasiones especiales, les

contó que, casado y con el segundo hijo en camino, lo habían llevado a la

guerra; al finalizar lo condenaron a cadena perpetua. En el penal de Burgos

creyó llegado su fin en más de una ocasión debido al hacinamiento, los

chinches, el hambre y en especial los malos tratos. Por suerte para él, las furias

de los primeros tiempos dieron paso a otros de mayor calma, y él era muy

bueno en su oficio. Lo soltaron al cabo de veinte años, y pudo por fin reunirse

con su familia, conocer a su hijo pequeño, abrazar al mayor, besar a su esposa.


Pero no encontró trabajo, sus hijos tampoco; en todas partes pedían los

antecedentes, y ningún ex preso ni sus familiares tenían otra opción que

trabajar a destajo sin garantía alguna. Tras malvivir en un pueblo de Teruel,

decidieron emprender la vuelta al pueblo sin apenas esperanza, puesto que

ignoraba qué había sido de los suyos, si bien siempre les quedaba la posibilidad

de subir más hacia el norte e intentar encontrar algo en una empresa maderera.

La llegada de los nuevos miembros de la familia causó una pequeña

revolución, pues era preciso instalarlos, y no había cuartos disponibles.

Manuela e Isabel no se lo pensaron, dejaron el suyo libre y subieron al del

sobrado; aunque un poco justas de espacio, consideraron que allí estarían solas

y más tranquilas. Se equivocaron. Visto y no visto, los hombres construyeron

dos cuartos para los más jóvenes, eso sí, sin ventanas. Y la alegría, las voces, las

risas llenaron de nuevo El Maizal. Cada uno aportaba lo que podía, y

subsistían con holgura entre lo que una ganaba con sus recitales, cada vez más

espaciados, la venta de hortalizas y frutas, los trabajos del carpintero y sus hijos

y la mensualidad puntual de Matías, quien vivía en la casa como uno más y se

había asociado con el tratante de caballos. Isabel era la única que no conseguía

contribuir a la economía familiar. Acudía todos los días a su despacho, leía el

periódico en busca de algún suceso en el que poder intervenir, se reunía allí

mismo con varias mujeres, que al igual que ella intentaban hacerse oír sin

resultado, pero no conseguía ningún caso remunerado, y dicha situación

empezaba a hacer mella en su ánimo.

A mediados de diciembre convenció a su hermano para que la acompañara a

hacer unas compras. Aquellas navidades tenían que ser especiales, había que

celebrar la recuperación de la familia y de la finca, y deseaba encontrar algo

para la madre y la abuela, muy particularmente para esta; la veía apagada y no

le había pasado desapercibido el gesto de dolor que intentaba disimular de

tanto en cuanto. Plácida los escuchó hablar y se apuntó; no tenía dinero, pero

podría aconsejarlos acerca de lo que podría ser del gusto de su amiga. Si bien su

propósito era no volver nunca más por la ciudad, no podía evitar el deseo de

ver a sus hijos, aunque fuera de lejos. Habían transcurrido ya cerca de cinco

años desde su huida, su aspecto era ahora muy diferente; sin maquillaje, con un

pañuelo en la cabeza, alpargatas, nadie se fijaría en una simple mujer de

pueblo, de las que acudían a vender verduras. Además, no estaría sola; Hilario
también se agregó, tenía una deuda pendiente con uno de los chanchulleros

con quienes solía tratar y pensaba cobrarla sí o sí.

Todo transcurrió sin contratiempos; compraron unos zapatos para Manuela,

un chal de cachemira para Aurora, un rompecabezas para los niños y algunos

dulces, e Hilario cobró su deuda y, de la misma, compró una caja de cartuchos

para su Ruby y una escopeta de segunda mano, carga incluida, a uno de sus

conocidos, antiguo estraperlista especializado en traer nailon y duralex desde

Francia durante la década anterior. «Para cazar conejos», respondió al

preguntarle para qué quería un arma. Finalmente, se acercaron a la vivienda de

Plácida por ver si había suerte y ella conseguía divisar a uno de sus hijos, o a los

dos. No los vio, pero se dio de bruces con el hombre que salía del portal en ese

momento, y echó a correr. Antes de que los otros pudieran reaccionar la había

alcanzado, acogotado y arrastrado literalmente hasta un automóvil aparcado

junto a la acera; le soltó un puñetazo en plena cara que le hizo perder el sentido

y la metió dentro, después arrancó, y coche y ocupantes desaparecieron de la

vista. Días más tarde, un excursionista encontró el cadáver de la mujer bajo un

puente a orillas del Isuela; había sido degollada, y también violada, de acuerdo

con la autopsia. La noticia apareció en el Heraldo y ocupó las conversaciones

durante unas horas, otras nuevas la desbancaron, y la hoja acabó envolviendo

pescado en el mercado. En El Maizal sin embargo produjo una gran

conmoción.

No solo habían perdido a un miembro adoptado y querido por todos,

también se sentían en parte culpables del hecho por no haber sabido

protegerla. Acudieron a la policía en cuanto vieron desaparecer el coche, pero

allí les dijeron que tenían que esperar cuarenta y ocho horas antes de iniciar las

investigaciones; no habían retenido la matrícula del vehículo y no conocían al

agresor. Aunque Isabel insistió en que se trataba del marido, no pudo verle la

cara. El hombre mostró sorpresa y aseguró que él se encontraba en la oficina en

el momento de los hechos, afirmación corroborada por sus compañeros, y el

asuntó pasó a la carpeta de «casos pendientes». No obstante, la joven se

empeñó en descubrir al asesino y persuadió a Hilario para que no fuera a

pegarle un par de tiros al sospechoso, como este juró haría. A partir de

entonces, ellos dos y Matías dedicaron su tiempo a investigar el asunto. Cada

uno por su lado, preguntaron, le siguieron la pista, recabaron toda la


información posible y, finalmente, la abogada presentó una denuncia en el

Juzgado en la que demostraba que el marido era el único interesado en acabar

con la víctima. Sus antecedentes de maltrato, su carácter violento, el hecho de

que en realidad no se hallara en la oficina, pues aquel día se había ausentado

durante unas horas, según el conserje de la empresa, y la declaración de dos

vecinos, testigos de lo ocurrido delante del portal, lograron que el juez

admitiera la denuncia y lo mandara arrestar.

Durante el juicio, el abogado defensor esgrimió el artículo del Código Civil,

derogado un par de años antes sin demasiado éxito, por el cual el marido tenía

derecho a matar a su mujer adúltera en nombre del «privilegio de la venganza

de la sangre». La difunta había abandonado el hogar, supuestamente para ir a

vivir con un amante pues no se le conocía oficio ni beneficio, y el alegato fue

aceptado. De nada sirvió que Manuela y Matías declararan que Plácida jamás

había sido adúltera, que trabajaba para la familia al cuidado de una anciana, el

juez impuso al acusado una multa y la obligación de presentarse en la comisaría

una vez al mes durante los siguientes dos años. Un buen día, el hombre

apareció muerto en su domicilio con una bala en la sien y una Ruby en la mano

derecha, se dio por hecho que se había suicidado quizás acosado por el

remordimiento. En El Maizal nadie preguntó a Hilario por su pistola.

Pese a no haber ganado, la intervención de Isabel mereció una mención en el

periódico, y días más tarde recibió la llamada de su antiguo jefe ofreciéndole

un puesto en el bufete. Los tiempos estaban cambiando, dijo, y sería una

lástima perder a una letrada tan hábil e insistente como ella. Ni que decir que

le fueron asignados los casos pendientes referentes a asesinatos de mujeres,

maltratos, separaciones, herencias y robo de hijos.

Aurora falleció a comienzos de la primavera, en su cama, sin avisar; la

encontraron muerta una mañana en que no bajó a desayunar y su hija fue a

buscarla a su habitación. El médico dictaminó que la causa había sido un

ataque de corazón, pero la familia sabía que no había vuelto a ser la misma

desde la desaparición de Plácida, simplemente se había dejado morir; la

enterraron en la tumba que guardaba los restos de su madre y los de su marido.

Por primera vez los habitantes del pueblo se vieron sorprendidos por la

presencia en la iglesia de los moradores de la hacienda en pleno; no los habían


visto a todos juntos desde su vuelta, y no faltaron voces que recordaran que

aquella familia siempre había sido rara, poco sociable, «de rojos». Los

chismorreos cesaron cuando al finalizar el funeral el cura anunció que, tras el

entierro en la intimidad, habría un ágape dispuesto en el local de la escuela

ofrecido por los deudos para quien quisiera asistir. Aquella misma noche,

Manuela entregó a su hija el guardapelo que contenía el retrato pintado de la

tatarabuela cuyo nombre ignoraba, así como una fotografía en tonos ocres de

Elisa, otra en blanco y negro de Aurora, y otra de ella misma en color

deslavazado, las cuatro en su primera época de la adolescencia, risueñas,

ilusionadas con un porvenir feliz. De paso le insinuó que quizás era ya hora de

pensar en su futuro; el nieto soltero del tío Antoi se casaría en cuatro meses, y

Chabier se había echado novia, una joven de Chimillas a quien había conocido

en dicha localidad un año antes, durante los festejos en honor a San Jorge.

Isabel se hizo la despistada y cambió de tema; ahora que la abuela ya no estaba,

podía ocupar su cuarto y dejarle a ella el del sobrado, demasiado reducido para

las dos.

Nunca había sentido atracción por un hombre en concreto, tal vez por haber

sido testigo del desamor entre su padre y la mujer a la que llamaba «madre», o

porque se negaba a aceptar los planes casamenteros de doña María, o porque

quería ser una mujer independiente que no tuviera que pedir a su marido

autorización para trabajar, abrir una cuenta corriente u obtener el pasaporte,

que por cierto había caducado sin siquiera haber sido estrenado; el famoso viaje

a Francia para mejorar sus conocimientos de francés se había quedado en el

cajón de los recuerdos. Era mayor de edad desde hacía un año, ¡qué absurdo!, y

no necesitaba permiso de nadie para hacer lo que le viniera en gana y así

pensaba seguir. Cierto que había tenido pequeños devaneos con un compañero

de la Universidad, también con el abogado del bufete, aquel que dijo que el

maltrato en un hogar era asunto privado de los cónyuges, pero la cosa no había

pasado de un toqueteo y algún que otro beso. Le gustaría experimentar una

relación como las que leía en las novelas o veía en las películas, pero no a

consta de su independencia; por el momento, le bastaba con frotarse la

entrepierna cuando sentía la necesidad. Pero también quería ser madre, ahí le

daba la razón a la suya, quien le había soltado un «se te va a pasar el arroz». Sin
embargo, ella, su madre, no se había casado y tenía dos hijos. Lo uno no tenía

por qué conllevar lo otro, y empezó a darle vueltas al asunto. En casa no

tendría problemas, lo sabía bien, pero el trabajo era otra cosa, y dudaba de que

sus jefes la mantuvieran en su puesto si se presentaba embarazada y sin marido.

Le iba bien, ganaba un buen sueldo, cada vez eran más los casos que le

encargaban, incluso le pusieron de ayudante a una joven recién recibida que le

recordó a ella en sus primeros tiempos tras finalizar la carrera, pero no acababa

de sentirse satisfecha. No le costó mucho constatar que, tras investigar, recabar

testimonios y preparar la documentación pertinente, su jefe directo se hacía

cargo de los casos más interesantes y con más probabilidades de éxito; como

mucho la llevaba con él al juzgado en calidad de subalterna silenciosa. Una

carta vino a sacarla de sus cavilaciones; en un tarjetón escrito en una perfecta

caligrafía, su tío Alfonso le pedía fuera a verlo con urgencia.

Era una buena disculpa para ausentarse unos días, tomar distancias, y con la

excusa de examinar unos documentos en el Archivo Municipal de Zaragoza,

cogió el tren y se presentó en la vivienda que tan bien conocía. Todo

continuaba igual que la última vez, aunque se habían retirado los plásticos de

las alfombras, pero olía a anticuado, a rancio, como si allí el tiempo se hubiera

detenido a principios de siglo. Una doncella la acompañó a la sala donde Sito,

rodeado de papeles y libros, contemplaba el cielo a través de la ventana, un

vaso en la mano, las piernas ortopédicas y las muletas tiradas en el suelo. «Me

muero» declaró a modo de saludo, y ella no supo qué decir.

La bomba no solo lo dejó inválido, dañó asimismo su hombría y autoestima,

por lo que se dio a la bebida para olvidar sus penosas circunstancias El alcohol

le había destrozado el hígado, continuó mientras volvía a llenar el vaso de

whisky; había vendido a los primos sus acciones en la empresa a fin de

continuar con el tren de vida al que estaba acostumbrado y, aparte de unos

buenos dineros en el banco, le quedaban aquel piso y la casa de Alquézar,

ambos recibidos en herencia a la muerte de su madre, de la cual no avisó a

nadie, pues no había nadie a quien avisar. De María Cristina no sabía nada

desde hacía años; se había casado con un indiano ya mayor, rico terrateniente,

y al parecer se había ido con él a Venezuela. Por lo tanto, acabó diciendo, la

única persona que le quedaba en el mundo era ella, su sobrina, su prima, la

niña a la que quería y había visto crecer y con la que tenía una gran deuda por
haber sido cómplice de su rapto. A continuación, cogió una carpeta que había

encima de la mesita, justo al lado de la botella de whisky medio vacía, y se la

tendió. En el documento, entre otros apartados, don Alfonso Cortillas y Luesia

transfería en vida las dos propiedades a doña María Isabel Lazán y Cortillas.

Asimismo, le dejaba unos cuantos miles de pesetas que tenía en el banco. Todas

las hojas se hallaban selladas y firmadas por el donante y el notario; ella solo

debía de firmarlas y llevarlas a la notaría a fin de legalizar el cesión. «Espero que

al menos permitas que muera aquí», dijo con ironía antes de beber de un trago

el contenido de su vaso, y ella asintió sin decir palabra.

Al día siguiente de su llegada, Sito ya no se levantó de la cama. Había

previsto hasta el último detalle de su tránsito, extremaunción, funeral, entierro,

esquelas; el médico lo visitaba todos los días, un amigo sacerdote también, sus

dos hombres hacían guardia y se encargaban de moverlo cuando las doncellas

cambiaban las sábanas, y tres enfermeras se ocupaban de él día y noche. Ella

pasaba horas a su lado, hablando, recordando los buenos momentos,

contándole experiencias y desazones, hasta que él entró en coma. Al funeral en

cuerpo presente asistieron apenas una treintena de personas, al entierro aún

fueron menos; de la familia, ella, dos primos a quienes no conocía y su padre.

La noche del fallecimiento, llamó por teléfono a casa, una innovación en El

Maizal, a fin de cuentas, él era primo hermano de su madre, pero únicamente

acudió Matías; los otros no quisieron saber nada. La visión de una iglesia

prácticamente vacía la hizo recordar el funeral de la abuela Aurora, una mujer

anónima de un pequeño pueblo, a quien parientes, amigos y no amigos fueron

a despedir, y sintió lástima por el hombre que en su juventud había gozado de

favores, amistades, amantes, poder, que perdió medio cuerpo por una idea,

justa o errónea según quien opinara, y que se había ido solo, olvidado.

Tras pasar por la notaría a fin de comprobar que todo estaba en orden,

abonar remuneraciones, despedir al personal y liquidar todo tipo de pagos

pendientes con dinero de la cuenta corriente, que el difunto había puesto

asimismo a su nombre, hija y padre se dedicaron durante las siguientes semanas

a inventariar lo que había en el piso. Platas, porcelanas, cerámicas, relojes,

vajillas, cristalería, algunos muebles y un par de alfombras fueron a parar a

manos de un anticuario. El resto, ropas, calzados, utensilios, otras alfombras,

cortinas y objetos sin valor acabaron en la beneficencia; cedieron los libros a la


Biblioteca Municipal y destruyeron carnés, proclamas, carteles y todos los

papeles que encontraron de la época sombría en la cual él había sido

protagonista importante. No había joyas, María Cristina se las había llevado

con ella, tampoco nada que los interesara en particular aparte de una edición

de El Quijote, del siglo XVIII, un manuscrito original de un discípulo del

aragonés premio Nobel Ramón y Cajal y un cuadro de Juan José Gárate. Ella

se quedó con una pluma Montblanc, Matías cogió unos gemelos y el reloj de

pulsera de oro que él mismo había regalado a su amigo. A continuación,

pusieron el piso en venta y regresaron al pueblo.

Tardó días en presentarse en el despacho, lo hizo por fin, pero no se molestó

en escuchar las recriminaciones de su jefe por su larga ausencia; le entregó una

carta de renuncia, recogió sus cosas y se marchó con la cabeza alta, al igual que

había hecho tiempo atrás, si bien esta vez no pensaba volver. Había pasado

toda su vida recibiendo órdenes, obedeciendo, primero a doña María, después

a los profesores de la Universidad, luego a los jefes del bufete, y sus intentos de

emancipación habían acabado sin apenas iniciarse. Por otra parte, aunque se

sentía feliz por haber reencontrado a sus familiares reales, la verdad es que

existía una gran laguna entre ellos, no en vano resultaba difícil borrar de un

plumazo una ausencia de más de veinte años, toda su infancia y adolescencia.

Lo había meditado bien, disponía de dinero y necesitaba unas vacaciones, así

que decidió que ahora o nunca. Lo primero que le vino a la cabeza fue un viaje

a París, a la «ciudad de la luz» con el que siempre había soñado, pero lo pensó

mejor; quería descansar, no agotarse viendo monumentos y museos.

En una revista que ojeó en una cafetería después de haberse despedido leyó

un artículo sobre una pareja famosa, que había elegido Ibiza para su luna de

miel. En él aparecían fotografías de ambos ante un mar de aguas del color de

sus ojos. Nunca había visto el mar y no le dio más vueltas; acudió a la única

agencia de viajes de Huesca, al menos la única cuya existencia conocía, y

compró un billete de ida a la isla balear. De vuelta a casa no dio mayores

explicaciones, y nadie se atrevió a decirle nada, pese a que a sus padres no

acababa de gustarles la idea de que fuera sola a un lugar que empezaba a tener

mala fama, donde, decían, las juergas duraban toda la noche, y las mujeres se

bañaban medio desnudas con unas bragas y un sujetador llamado «bikini»,

nombre del atolón del Pacífico donde se llevó a cabo la primera prueba de una
bomba atómica. No obstante, ambos reconocían que, cercana a los treinta, su

hija ya no era una niña, y además no les haría caso dijeran lo que dijesen. Días

más tarde, Isabel cogía el tren a Barcelona y allí, el barco las islas.

Lo que preveía iban a ser un par de semanas de ocio se convirtió en una

estancia sin fecha fija de retorno. Durante la larga travesía marítima hizo

amistad con varias personas, en particular con una mujer de parecida edad que

vivía en Sant Carles de Peralta, un paraíso, aseguró entusiasmada. Josefina,

Fina, resultó ser una persona vital, entusiasta y librepensadora, contraria a

cualquier tipo de imposición dogmática, ya fuera religiosa, política, social o

ideológica. Licenciada en Filosofía, su único futuro era ser profesora de

instituto o, con suerte, de universidad, aunque lo tenía crudo para llegar a

catedrática, ámbito reservado casi exclusivamente a los colegas masculinos; que

ella supiera solo había siete mujeres propietarias de una cátedra en todo el país.

Aquello de «mujer que sabe latín, no tiene marido ni tiene buen fin» lo

escuchó hasta la náusea durante sus estudios, así que decidió cambiar de rumbo

tras intentar de manera infructuosa ser admitida como docente en la

Universidad de Barcelona y ver rechazado para su publicación un ensayo de

trescientas páginas sobre la mujer a lo largo de la Historia. Quizás no tendría

marido, rio, pero desde luego tendría un buen fin; hizo la maleta y se instaló en

Ibiza. Isabel aceptó la oferta de alojarse en su casa, una pequeña vivienda

encalada, a la sombra de una higuera, con dos habitaciones, una cocina

minúscula y una terraza con vistas a una cala; creyó que sería para un par de

días, hasta encontrar otra, pero su estancia se alargó mucho más de lo que

pensaba.

El mundo que descubrió en la pequeña localidad no se parecía en nada a lo

conocido hasta entonces. Aparte de los autóctonos, vivían allí de manera

permanente unos cuantos artistas e intelectuales de las más diversas

procedencias, Norteamérica, Francia, Inglaterra, Italia, países nórdicos.

Algunos tenían dinero, otros se ganaban la vida cantando por los pueblos,

pintando cuadros que vendían al cada vez mayor número de turistas que

arribaban a la isla, también artesanía que llevaban a los mercadillos, cremas y

perfumes laborados con productos naturales, o trabajaban de temporeros en la


recogida de la almendra. Casi todos se conocían y a menudo se encontraban en

el Ca n’Anneta, bar y estafeta de correos, donde se oían lenguas diversas, se

hablaba de paz, amor y libertad; se recitaba poesía, se escuchaban y cantaban

las nuevas músicas y se bebía hasta el amanecer la especialidad de la casa, un

licor anisado con un añadido de romero, lavanda, hinojo, camomila, naranja y

otras hierbas. También se fumaba, de todo. Ella no era artista, ni tenía la

habilidad de su amiga para pintar camisetas que luego vendía, pero tampoco

quería dar la impresión de disponer de dinero más que suficiente. De vez en

cuando la acompañaba a Santa Eulalia del Río y mientras Fina instalaba su

puesto, ella se acercaba a la caja de ahorros y sacaba algo a fin de contribuir a

los gastos; dos túnicas, un par de pantalones, algunas camisas, unas sandalias,

no necesitaba más. Todos los meses llamaba a casa, pero su madre no consiguió

le dijera dónde se hallaba exactamente, «en las Pitiüses» respondía de forma

invariable; lo último que deseaba era ver aparecer por allí a los de El Maizal en

pleno y, para tranquilizarlos, les enviaba de vez en cuando una foto en la que

aparecía morena, el cabello largo al viento, la sonrisa en los labios, el mar en la

mirada.

Tenía que suceder y sucedió. Durante una fiesta en una de las calas, mientras

algo apartada contemplaba el anochecer teñido de rojo y veía a algunos bañarse

desnudos, se acercó un hombre y se sentó a su lado; ni siquiera se presentaron.

Más allá, alguien tocaba la guitarra y cantaba Blowin’ in the wind, de Bob

Dyland, a la que siguió The sound of silence, de Simon & Garfunkel, y ya no

escucharon más. Se unieron encima de la toalla, sobre la arena, bajo un cielo

estrellado, oyendo el rumor del agua y voces cada vez más lejanas. Luego cada

uno se fue por su lado. La escena se repitió en cada ocasión en que la playa se

llenó de sonidos, cantos y risas a la puesta del sol, hasta que una noche él ya no

apareció; el mes de agosto finalizaba, y supuso que sería un turista extranjero,

lo ignoraba, no habían hablado, pero probablemente tampoco se habrían

entendido; no logró descifrar algunas palabras que decía al adentrarse en ella.

Lo echaría en falta, cierto; era la primera vez que mantenía relaciones sexuales y

había disfrutado, pero no había habido amor entre ellos, solo la natural

necesidad de todo ser humano.

Dos meses después, al saberse embarazada, lo primero que pensó fue en

Tanit, protectora de la isla, diosa de la fertilidad, la vida, las cosechas, la muerte


y la luna, de la cual le había hablado uno de los amigos de Fina, un historiador

valenciano que vivía cerca de ellas, y cuyos libros sobre fenicios, griegos,

cartagineses y romanos le daban para vivir, además de poseer un coqueto hotel

del cual se encargaban su mujer y dos hijas. No le dijo nada a su madre, no

quería preocuparla, pero tampoco deseaba escucharla decir que debía regresar

cuanto antes, que en casa la cuidarían y se ocuparían del bebé, y mucho menos

verla a ella y a su padre en Sant Carles. A partir de entonces, las fotos que

enviaba eran todas de medio cuerpo.

Tuvo un embarazo sin problemas, la partera la visitaba todas las semanas y la

atendió en el parto a falta de médico, «en Eivissa, se nace y se muere en casa»,

dijo no sin cierta sorna; Fina y dos vecinas, una de ellas madre de cinco hijos,

también ayudaron. La niña nació a finales de mayo; había que bautizarla para

que constara en el registro y le puso el nombre de Izarbe, «bajo las estrellas». El

cura frunció el ceño; no existía ninguna santa llamada así en el Santoral y, en

un principio, se negó a cristianar a la niña con un nombre pagano, además de

ser ilegítima pues no había padre a la vista. Finalmente aceptó cuando ella le

aseguró que en la tierra de sus abuelos existía una ermita dedicada a la Virgen

de Izarbe, que había visitado en numerosas ocasiones. En realidad, nunca había

estado en dicha ermita, pero se lo había oído contar a Chabier a la vuelta de

una de sus expediciones con Hilario; le gustó el nombre y decidió se lo pondría

a su hija, si alguna vez tenía una, y ¿cuál mejor para una criatura engendrada

en una noche estrellada? El cura le añadió «María» por delante.


1975

n El Maizal la vida continuaba su rumbo. El mayor de los hijos de

E
Antoi encontró trabajo en una fábrica en Monzón y se trasladó a dicha

localidad, hijos y nietos incluidos. El otro se fue a vivir a Esquedas; su

mujer era hija única y los suegros eran ya mayores. Una vez más sobraban

habitaciones. Chabier y su esposa, los recién casados, eran los únicos jóvenes, y

Manuela esperaba que pronto tuvieran descendencia y se oyeran voces y

carreras infantiles en el caserón. Enfilando los cien años de edad, el tío Antoi,

al igual que había visto hacer a su padre, pasaba las horas muertas en silencio,

sentado bajo el porche con la mirada perdida en los campos que tanto amaba;

estaba bien de salud, no necesitaba ayuda para asearse o vestirse, pero ella

estaba convencida de que simplemente se preguntaba por qué tardaba tanto en

reunirse con su querida Nieus. Hilario por su parte seguía siendo el mismo,

más torpe, más encorvado, pero no había día en que no saliera con su escopeta

de caza, si bien era raro que volviera con una presa; la vista le jugaba malas

pasadas, pero se negaba a ponerse gafas. En cuanto a Matías... mantenía su

atractivo; sus cabellos eran ahora más blancos que rubios, se había dejado

crecer la barba y tenía el aire del señorito que siempre había sido, además se

había convertido en un criador de caballos de cierto prestigio y a menudo se

ausentaba para asistir a ferias y exhibiciones. Manuela reconocía sus esfuerzos y

lo consideraba uno más en la familia, incluso tocaba a veces el piano que se

había hecho traer de su piso en la ciudad, y juntos interpretaban algunas piezas

de jazz, aunque su voz hubiera perdido color y ya no actuara en público. Sin

embargo, no lo había perdonado y probablemente nunca lo haría.

A menudo subía al cuartito del sobrado y pensaba en la hija de la que había

disfrutado tan solo unos años, insuficientes para recuperar el tiempo perdido.
Hablaban por teléfono, se carteaban, pero no era igual que tenerla cerca. En su

última carta, breve como siempre, le decía que estaba bien y adjuntaba una

foto similar a otras, en la que se la veía muy sonriente, más madura, pero algo

la llamó la atención: no miraba a la cámara, su sonrisa se dirigía a alguien que

estaba a su lado pero que no aparecía en la instantánea. Podría tratarse de una

amiga o de un amigo, pero su intuición le decía que había algo más. Esa misma

noche comunicó a Matías que pensaba ir a ver a su hija, y él se apuntó al viaje.

El trayecto hasta Barcelona lo hicieron en coche y allí, tomaron un avión

que los llevó directamente al aeropuerto de Ibiza; pernoctaron en un hotel y al

día siguiente se dispusieron a averiguar su paradero. No tenían su número de

teléfono, solo una dirección de correos, «Ca n’Anneta, Sant Carles de

Pastrana»; cogieron un taxi y se presentaron en el pueblo. Anita, la dueña del

bar, reconoció de inmediato a la mujer de la fotografía y les indicó la dirección.

Ambos se quedaron pasmados cuando Isabel les abrió la puerta, y tras ella

asomó una niña cuyos ojos eran iguales a los de ella, a los de la abuela Aurora.

A la emoción, la alegría, del reencuentro siguieron los reproches. ¿Por qué no

les había dicho nada? ¿Por qué les había ocultado el nacimiento de aquella

preciosa criatura que no cesaba de reír? No preguntaron por el padre, y ella

tampoco lo mencionó. Por un momento, Manuela pensó en quedarse a vivir

en la isla, pero de sobra sabía que aquel no era su lugar, su lugar era El Maizal,

el sueño de su madre, de su abuela, de su bisabuela; la tierra de clima frío en

invierno, caluroso en verano, de gentes poco expresivas pero sinceras, duras,

leales; de montañas, valles, bosques; de leyendas y viejas tradiciones. Se

despidieron con pena, pero también contentos de saberlas felices; prometieron

regresar e insistieron varias veces en que la distancia era igual para todos. Isabel

afirmó sonriente con un gesto de cabeza, si bien tuvieron la impresión de que

no entraba en sus planes volver al pueblo alguna vez.

La noticia de que también su nuera se hallaba embarazada llenó de alegría a

Manuela, aunque no pudo evitar pensar en la pequeña que crecía tan lejos de

ella. Al menos ahora, en las fotos también aparecía la niña que, pensaba

divertida, se había saltado la «tradición» pues su color de ojos lo heredaban las

nietas, no las hijas. Las cosas estaban cambiando; el régimen que durante

cuatro décadas había gobernado con mano férrea los destinos del país y de sus

habitantes llegaba a su fin; nuevos gobernantes, nuevas leyes reemplazaron a las


anteriores, y se vislumbraba un futuro esperanzador. Antoi falleció el mismo

día que el hombre a quien todos temían, adeptos y oponentes. Mientras en

Madrid se celebran unas exequias dignas de un rey, en el pueblo se llevó a cabo

un funeral sencillo en el que, al finalizar, y para escándalo del cura y de algunos

feligreses que lo consideraron improcedente, Manuela cantó unos versos del

poeta José Antonio Labordeta acompañada por los componentes del grupo que

seguía la estela de Lorién el dulero, su primer maestro.

Por el camino del polvo van en dirección a la era,

lleva los granos de trigo que ha salvado de la tronera. Unas veces la tronera,

otras la falta de agua y cuando todo va bien

los precios no valen nada.

Estate toda la vida amorrao a los secanos

pa que luego desde arriba te lo quiten de las manos.

Por las secas barranqueras bajan la piedra y el barro hasta ese cauce

pequeño por el que camina un carro. Cauce donde veinte ovejas abrevan en

el estío

y, cuando la nieve crece, cauce que se hace hasta el río. El aire abrasa la

siembra,

el sol seca la cosecha,

y en el invierno los hielos dejan la oliva deshecha.

De un lado al otro del pueblo a pesar de todo andas

para ver donde te tumbas y nunca más te levantas.

El mundo se removía inquieto; guerras, atentados, crisis económica, nuevas

tecnologías, manifestaciones con muertos y cargas policiales estaban al orden

del día, pero Isabel no se enteraba, o se enteraba tarde. No tenía televisión, la

radio no funcionaba y entre el embarazo, el parto, la crianza de su hija y la

puesta en marcha de una asesoría legal de ayuda a mujeres con problemas que,

al igual que en todas partes, también las había en la isla, el tiempo transcurría

sin casi darse cuenta. Ya no bajaba a la cala; Fina se había ido a vivir con un

sueco, y la niña reclamaba toda su atención. Bajó por fin un anochecer en que

la dejó al cuidado de su vecina, una francesa que vivía sola en Sant Carles desde

hacía dos décadas, con la que practicaba sus conocimientos de francés pues era

incapaz de decir dos frases seguidas en castellano y que las había literalmente
adoptado a las dos. Se sentó donde solía, apartada del barullo, y contempló en

el mar el reflejo de la luna recordando otras noches de agosto, allí mismo, en

las que gozó como nunca antes, ni después, sobre la arena, bajo las estrellas. No

lo oyó acercarse, se percató de su presencia cuando él se sentó a su lado y le

cogió la mano; solo le permitió unos besos, no estaba por la labor de quedarse

nuevamente embarazada. A la mañana siguiente, se lo encontró dormido

delante de la puerta por lo que supuso que la había seguido tras despedirse, y

su vida dio un nuevo giro.

Rafel no era extranjero sino hijo de una pareja que atravesó el puerto de

Benasque al igual que miles de personas más, huyendo de las represalias de los

vencedores por algo de lo que no tenían culpa alguna. Él nació en Argelès-sur-

Mer, un campo de concentración donde los refugiados sobrevivieron, quienes

lo lograron, en condiciones miserables, sin apenas comida ni agua potable,

ropas de abrigo, medicinas. Su madre murió en el parto; dos años más tarde

fue adoptado por un matrimonio suizo. Del padre nunca supo nada.

Permaneció en Suiza hasta los dieciocho, cuando decidió buscar sus raíces;

conocía su procedencia por el documento de adopción encontrado en un cajón

de la mesa de trabajo del padre adoptivo, joyero de profesión, en el que

constaba el nombre de su madre: Lucía Eriste. El mismo sobre guardaba una

medallita de una Virgen, no sabía cuál, en cuyo reverso estaba grabada la

palabra «Benás». Quería y estaba agradecido a la pareja que lo había acogido,

pero no se parecía en nada a ellos ni a sus tres hijos y tampoco pensaba ser

joyero, así que los informó de su decisión. No solo la aceptaron, los cinco lo

ayudaron a buscar en documentos, mapas, diccionarios; hablaron con gentes

que pudieran saber algo, filólogos, traductores, historiadores. Ya empezaba a

desanimarse cuando conoció a un tipo singular, un alemán que hablaba doce

idiomas, entre ellos el castellano por supuesto, pero también el catalán. Al

hombre se le ocurrió que quizás Benás fuera Benasc, Benasque, en la comarca

de La Ribagorza del pirineo aragonés, y habló con un amigo, a su vez experto

en la contienda española, quien aseguró que por aquel puerto habían partido

hacia el exilio incontable número de personas. A pie, en autostop, con una

mochila por todo equipaje, tardó un mes en llegar, para entonces ya había

trocado su nombre y apellido, Raffael Keller, por Rafel Eriste, y descubrió que

aquel paraje era muy similar al cantón montañoso donde hasta entonces había
transcurrido su vida. No encontró a nadie que pudiera darle información

acerca de su familia, pero tuvo la sensación de estar por fin en casa.

Quizás porque su trayectoria era similar, ambos habían crecido en hogares

prestados y habían decidido buscar los verdaderos, Isabel sintió un súbito

afecto y le abrió la puerta. Luego supo que trabajaba como intérprete y guía de

turistas por los Pirineos y que había creado una empresa de recorridos en la

Naturaleza, de ahí que cinco años atrás se hubiera dado una vuelta por las

Baleares, aunque en esta ocasión su presencia en Sant Carles no tuviera que ver

con su negocio. No la había olvidado, confesó, y había vuelto solo pensando en

ella, aunque imaginaba se habría marchado o, quizás, tendría pareja. No

preguntó de quién era la niña, y ella tampoco se lo dijo, pero lo primero que

hizo fue dejarlo con Izarbe y acudir a la farmacia a por una caja de píldoras

anticonceptivas. Su venta estaba considerada un delito pues era pecado impedir

la procreación según la Iglesia, menoscababan los pilares de la familia según los

gobernantes, alentaban la promiscuidad según los moralistas, pero Ibiza no era

la Península; allí y en la costa malagueña, el gobierno hacía la vista gorda en

aras del incipiente y lucrativo negocio turístico. Se amaban a cualquier hora, y

ella reía cuando en su excitación lo escuchaba decir palabras en una mezcla de

alemán y patués que no entendía. No quería que se fuera, pero no pensaba

retenerlo y se despidió de él con una sonrisa al finalizar el mes. Volvió no

obstante unas semanas más tarde para quedarse, y ella entonces le confesó que

la niña era su hija, lo cual no pareció sorprenderlo en absoluto; la habría

querido igual, aunque no lo fuera, afirmó.

Todo iba bien; había alquilado una pequeña oficina en Santa Eulalia a la que

se desplazaba en bicicleta, solo la abría unas horas por la mañana, pero

comenzaba a ser conocida gracias al boca-oreja y siempre andaba con algún

caso entre manos, en especial de mujeres extranjeras afincadas en la isla, que

pedían asesoramiento en asuntos de separaciones, herencias y, por supuesto, del

maldito maltrato, una lacra que, a la vista estaba, no tenía nacionalidad. Las

tardes las dedicaba a estudiar las legislaciones de otros países mientras Rafel

llevaba a grupos de turistas a visitar calas perdidas, cuevas, o a Sa Talaia, su

lugar favorito, la cumbre más alta de la isla. El monte se quedaba corto

comparado con los de su tierra, pero el paisaje era hermoso y sorprendente,

diferente al habitual de playas y chiringuitos que brotaban por todas partes.


Para los traslados utilizaba un autobús de veinte plazas que él mismo conducía,

alquilado a medias con un socio. Cuando no trabajaban, se acercaban al Ca

n’Anneta o daban largos paseos, siempre con la niña, y la estampa de los tres

era ya familiar en Sant Carles.

Su plácida existencia finalizó de la manera más brusca. El marido de una de

las clientes de Isabel entró una mañana en la oficina, arrampló con todo lo que

encontró a su paso, archivos, documentos, la máquina de escribir, la impresora;

rompió el ventanal lanzando un pisapapeles de piedra y le arreó un manotazo

que la tiró al suelo, al caer, se pegó con la esquina de la mesa y perdió el

sentido. El comerciante que tenía la tienda en la puerta de al lado acudió al oír

gritos y ruidos, ambos hombres se liaron a golpes y acabaron en la calle ante la

mirada estupefacta de la concurrencia; a ellos los llevaron a la comisaría y a ella

al hospital. Por suerte, únicamente sufrió una contusión sin gravedad, pero los

dueños le comunicaron que ya no le arrendaban el local por ser el suyo un

negocio de riesgo y que cualquier día alguien podría prenderle fuego. De paso

le dijeron que mejor haría olvidándose de «mujeres histéricas que no daban

más que problemas». Por si eso fuera poco, días después, la propietaria de la

casa les anunció que la había vendido y que tenían un mes para desalojarla. La

guinda la puso la vecina francesa, quien perdió a la niña durante un paseo por

la playa; se había encontrado con unas amigas y se olvidó de ella por completo.

La encontraron en las rocas, contemplando ensimismada una cría de cangrejo,

el bolsillo de su bata repleto de conchas. Antes de que finalizara el mes, con dos

maletas por equipaje, cogían el avión a Barcelona; allí compraron una

camioneta de segunda mano y fueron a la Ball de Benás, donde él tenía una

buhardilla, y su «empresa», una mesa repleta de mapas y recorridos.

Permanecieron un año en el hermoso «valle escondido» rodeado de altas

montañas, de glaciares e ibones, donde la lluvia, el viento, la nieve y el frío eran

parte de un paisaje único, y el Ésera solía desbordarse furioso a finales de la

primavera destruyendo los puentes. Durante tres o cuatro meses, los más

cálidos que no lo eran mucho, el pueblo recibía la llegada de visitantes, en su

mayoría montañeros, pero en invierno, cuando la capa de nieve en ocasiones

alcanzaba hasta las rodillas, los habitantes se mantenían al abrigo de los muros

de piedra, alrededor de chimeneas y braseros, y aquel fue especialmente duro.


Acostumbradas al calor, madre e hija se sentían de alguna manera presas;

echaban en falta los paseos por la orilla del mar, la ropa ligera, los amigos y

conocidos, las ensaladas, el pescado guisado o asado, la música. Rafel pedía a

Isabel que tuviera un poco de paciencia, los fríos pasarían, y él las llevaría a ver

rincones que jamás imaginarían, lagos helados, cascadas, también algún oso

quizás. Pero no podía llamar a su madre, no había teléfono en el pueblo,

tampoco podía escribirle, el correo no funcionaba durante las nieves; se sentía

inútil, y las jornadas se le hacían eternas. En más de una ocasión pensó que

estarían mejor en Alquézar, a fin de cuentas, tenía en aquel pueblo la casa

heredada del tío, a la que no había vuelto desde la visita obligada por su padre

tras el reencuentro con su madre, hermano y abuela en Panzano. Además,

quería recuperar la colección de sellos que llenaba varios álbumes y mostrársela

a Izarbe; Sito debía haberla dejado allí pues no la encontró al hacer la auditoría

del piso de Zaragoza. A él no le atraía la idea de abandonar el valle a pesar de

que ella le aseguró que también había montes en la Sierra de Guara, y cañones,

y pozas de agua del color de las turquesas, y su negativa empezaba a hacer mella

en su relación de pareja. Por otra parte, no había mucho que ella pudiera hacer

en un pueblo de medio centenar de habitantes donde, imaginó, también se

darían casos de abuso a mujeres, si bien apenas conocía a algunas de vista, a

quienes por cierto no llegaba a entender pues hablaban en patués, lengua para

ella absolutamente incomprensible, y aunque la entendiera; ninguna

maltratada hablaría y, de todos modos, tampoco tendría donde presentar una

demanda. Llegado el deshielo le dijo que se marchaban, y él no la detuvo; pidió

a un matrimonio de Aínsa, montañeros aficionados, si podían llevarlas, a ella y

a su hija, besó al hombre que la había hecho feliz durante un tiempo, cogió a la

niña y se fue sin volver la vista atrás. En Aínsa cogieron un autobús hasta

Huesca y luego un taxi a El Maizal.

Manuela se hallaba en el porche regando unos geranios cuando las vio llegar y a

poco sufre un infarto; soltó la regadera, corrió hacia ellas, las abrazó, besó,

acarició entre lágrimas y exclamaciones de emoción. Al rato, la niña corría feliz

por el maizal donde acababan de brotar dos nuevos tallos.

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