Toti Martínez de Lezea
Toti Martínez de Lezea (Vitoria-Gasteiz, 1949). Escritora. Vive en Larrabetzu, pequeña
población vizcaína. En 1978, en compañía de su marido, funda el grupo de teatro Kukubiltxo.
Entre los años 1983 y 1992 escribe, dirige y realiza 40 programas de vídeo para el
Departamento de Educación del Gobierno Vasco y más de mil para niños y jóvenes en ETB.
En 1986 recopila y escribe Euskal Herriko Leiendak / Leyendas de Euskal Herria. En 1998
publica su primera novela La Calle de la Judería. Le siguen Las Torres de Sancho, La
Herbolera, Señor de la Guerra, La Abadesa, Los hijos de Ogaiz, La voz de Lug, La Comunera,
El verdugo de Dios, La cadena rota, Los grafitis de mamá, el ensayo Brujas, La brecha, El
Jardín de la Oca, Placeres reales, La flor de la argoma, Perlas para un collar, La Universal,
Veneno para la Corona, Mareas, Itahisa, Enda, y todos callaron, Tierra de leche y miel, Los
grafitis de mamá, ahora abuela e Ittun.
Autora prolífica, ha escrito literatura para jóvenes con títulos como El mensajero del rey, La
hija de la Luna, Antxo III Nagusia y Muerte en el priorato. En el tramo infantil, Nur es su
personaje estrella, inspirado en su propia nieta. Ha publicado además ocho cuentos para contar
bajo el Titulo genérico de Érase una vez…
Ha sido traducida al euskera, francés, alemán, portugués, chino y ruso. Habitualmente
colabora con diferentes medios de comunicación y da charlas en universidades, asociaciones
culturales y centros educativos.
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Toti Martínez de Lezea
EL MAIZAL
. .
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1852
l nacimiento de Elisa fue acogido por su madre como un milagro que
E
Dios le concedía tras veinte años de matrimonio; cuatro abortos
espontáneos y otras tantas criaturas mal formadas, muertas al nacer,
habían borrado toda esperanza de dar a luz a un hijo sano, hija en este caso. La
mujer no se cansaba de examinarla, comprobar que no le faltaba nada,
contemplarla mientras dormía a su lado, en la cuna, vestida con los encajes que
ella misma había bordado a lo largo de aquellos años a la espera de ver
cumplido su sueño. Con lágrimas en los ojos, la sonrisa en los labios daba las
gracias al Todopoderoso, a la Virgen y a los santos por escuchar sus preces y
concederle un anhelo por el que estaba dispuesta a arriesgar la vida. El médico
de la familia la advirtió de que corría peligro si insistía en ser madre, su cuerpo
había sufrido ya demasiadas agresiones, incluso le insinuó que podía
proporcionarle un cierto compuesto para evitar un posible embarazo, otro más.
A ella, dicha sugerencia le pareció una blasfemia y le rogó no volviera a hablar
del asunto; su único afán era darle un hijo a su marido costara lo que costase,
era un deber convertido asimismo en una obsesión.
Sin tan siquiera pasar a verlas al saber por la partera que la recién nacida no
era el varón que ansiaba, Basilio Azaba partió hacia Huesca capital. Hizo el
recorrido maldiciendo a la esposa incapaz de darle un heredero pese a sus
esfuerzos, pues hacía años que había dejado de desearla, si es que alguna vez la
deseó. La boda fue obligada; su padre decidió casarlo con la heredera de Álvaro
Escagüés a fin de hacerse con la propiedad y el próspero negocio de granos de
este. Acababa de cumplir los veintidós y no tuvo más remedio que obedecer si
no quería verse desheredado y sin un céntimo. A fin de cuentas, se trataba de
una transacción: riqueza a cambio de un par de nietos para el irascible viejo,
quien jamás había mostrado un ápice de cariño hacia su mujer y hacia su único
hijo, y que amenazó con nombrar heredero a un sobrino, algo de lo que era
muy capaz. Basilio cumplió con su obligación y desfloró a la joven atemorizada
que encontró esperándolo en el lecho cuando por fin se decidió, tras beber más
de la cuenta en compañía de los amigos invitados a la boda; la penetró sin una
palabra, una caricia, y se quedó dormido de inmediato. Así durante varias
semanas hasta que la preñó, luego se trasladó a otra de las habitaciones de la
casona de su suegro, y la pareja no volvió a compartir dormitorio. La criatura,
un niño, murió a las pocas horas de nacer. Volvió a cubrirla una y otra vez, y
así durante varios años, si bien se iba a la casa de la ciudad cada vez que ella
quedaba embarazada. Negocios, amigos, amantes y fiestas llenaban su tiempo,
y se olvidaba de la esposa. Fallecido su padre, el joven imberbe se convirtió en
un hombre atractivo además de rico, tanto, que disponía de harén propio y
tenía tres hijos de distintas madres, los tres varones.
El día en que la niña nació, fue directamente al despacho de su abogado
nada más llegar a la ciudad, le encargó dispusiera los documentos necesarios
para reconocer oficialmente a sus vástagos ilegítimos y se olvidó de la mujer y
de la recién nacida.
Elisa creció feliz en El Maizal, cuidada y mimada por su madre, el abuelo y los
sirvientes. Tras ser testigo del comportamiento de su yerno, y pese a la
insistencia de este, el viejo hacendado se negó en redondo a cederle la dirección
de la hacienda. Es más, hizo un nuevo testamento y nombró a la hija y a la
nieta únicas herederas del patrimonio levantado a lo largo de su vida,
asegurándose de que todo quedara bien atado y de que a ellas nunca les faltara
nada. No pensó que podría suceder algo excepcional, pero ocurrió: su hija
falleció de fiebres dos años después que él, cuando la niña tenía trece.
En su calidad de tutor, Basilio Azaba se hizo de inmediato cargo de todos sus
haberes, semanas más tarde internó a su hija en una institución religiosa y, de
nuevo, se olvidó de ella. La reclamó no obstante cuatro años más tarde, a
punto de cumplir los diecisiete, y la casó al día siguiente de su llegada con un
tipo que le triplicaba la edad y quien, según la Ley, pasó a hacerse cargo de las
propiedades de su esposa tras firmar esta unos documentos que no la
permitieron leer. El hombre, para más señas antiguo cochero de la finca,
«vendió» a su vez dichos bienes al suegro veinte años más joven que él, recibió
cincuenta mil reales y marchó a su pueblo. Meses más tarde se supo que había
muerto en una reyerta de taberna. La joven perdió todo lo que poseía excepto
un pequeño guardapelo de oro con el retrato pintado de su madre y la cadena,
que escapó de la rapiña paterna por llevarlo colgado bajo la camisa. El padre,
en un gesto de generosidad según él, la permitió permanecer en la finca como
moza de cocina, ocupando un cuartucho sin ventana en las dependencias de la
servidumbre. También la informó de la conveniencia de no dejarse ver en las
zonas nobles de la casa.
Y así comenzó la segunda vida de la niña cuyo esperanzador futuro se hizo
trizas tan pronto como se inició.
La muerte de la madre, el verse encerrada en un convento de monjas, además
de convertirse en criada en su propia casa de la noche a la mañana y, más aún,
el matrimonio con un hombre a quien apenas vio la cara hizo que la otrora
alegre chiquilla se transformara en una joven introvertida. Con la mirada casi
siempre fija en el suelo, respondía con monosílabos e intentaba pasar lo más
desapercibida posible, si bien se olvidaba de su triste sino en la cocina, donde
transcurría la mayor parte del día. Aprendía rápido, para gran satisfacción de
Feliciana, la guisandera, una mujer mayor, testigo de lo acontecido en el
caserón a lo largo de los últimos años, quien la acogió como a la hija que nunca
tuvo y la enseñó a limpiar el pescado, a asar el cordero, guisar, elaborar salsas y
condimentos, pasteles de riñones, sopas, dulces y mermeladas. No tardó en
desenvolverse con comodidad entre pucheros y sartenes y alivió un quehacer
que a la mujer mayor comenzaba a resultarle dificultoso debido a la artritis que
sufría desde hacía algún tiempo. Pronto acompasaron sus tareas y la discípula
se convirtió en las manos de la maestra, añadiendo, además, un toque personal
a las recetas de esta última de forma que los invitados no ahorraban en
alabanzas a la hora de ponderar las excelencias de la mesa del anfitrión. Basilio
Azaba entraba a veces en la cocina a felicitar a la cocinera, pero en ningún
momento se interesaba por su hija, quien discretamente se eclipsaba en cuanto
él aparecía. Nunca le había mostrado cariño, y ella tampoco lo quería. El amor,
solía decir su madre, es una planta que solo crece cuando se riega. No pensaba,
no quería pensar, y se centraba en lo que más la complacía: hacer pan. Al igual
que cuando era pequeña, acudía al maizal, recogía las mazorcas, las ponía a
secar en el establo, las desgranaba y molía los granos para elaborar la harina en
la que vertía agua y levadura y amasaba hasta lograr una masa suave a la que
daba forma de panecillos que iban al horno de leña.
Acompañaba a Feliciana al mercado que se organizaba en el pueblo, a
comprar pescado, sal, especias y otros productos que no se daban en la finca y
que llegaban al pueblo en carretas desde la ciudad o desde Ayerbe. Entonces no
miraba al suelo mientras caminaba; contemplaba los campos, los montes, el
río, el cielo, las gentes que se apiñaban en los puestos, los niños que corrían por
la plaza, las mujeres que se entretenían junto a la fuente, y durante un par de
horas era feliz.
Un día, la cocinera se hallaba ocupada y la mandó a ella sola, fue la primera
vez en años que se sintió libre, hasta el punto de que se le pasó por la mente no
volver a El Maizal, continuar camino adelante, no mirar atrás, pero no tenía un
céntimo, era el administrador de su padre quien se ocupaba de abonar las
facturas. Sin dinero, sin conocer a nadie ni tener dónde dormir, se imaginó
perdida, desamparada; hizo la compra y regresó a la casona. Las salidas se
repitieron no obstante. Demostrado su buen hacer en el trato con los
vendedores no hubo razón para que fuera acompañada, y se le encargó la tarea
de acudir al mercado con la lista que ella misma redactaba, para asombro de su
protectora que no sabía leer ni escribir. Ella había aprendido con una institutriz
antes de ser enviada al convento, pero se preparó más y mejor con las monjas, e
incluso se le pasó por la cabeza la idea de estudiar y convertirse en maestra aun
a sabiendas de que se trataba de un sueño, la educación era cosa de hombres.
Las niñas y jóvenes de familias adineradas aprendían con profesores
particulares, las demás eran analfabetas, como mucho sabían un poco de
catecismo, y empezaban a trabajar cuando aquellas todavía jugaban con sus
muñecas.
En el pueblo se conocía su historia, se sabía de su internado, breve
matrimonio, expulsión del círculo familiar, su trabajo de cocinera, y no había
quien no lamentara que una joven educada sufriera un destino tan triste.
Abuelo y madre habían sido personas respetadas, no así el actual propietario, a
quien raramente se le veía, excepto en la iglesia los días festivos y en ocasiones
especiales, como el Domingo Rosario, en el que en su calidad de mayordomo
de la cofradía dirigía el «releo», la subasta de carne de cordero para contribuir a
los gastos del culto y ayudar a los pobres. En dichas ocasiones aparecía junto al
alcalde y otros hacendados, no hablaba con la gente y miraba a todos desde su
altura. Ahora era el dueño de la mayor empresa de granos de la comarca y de la
fábrica de harina, también de la mayor extensión de terreno, y la mitad de la
población de la zona trabajaba para él, por lo que no era aconsejable decir nada
en su contra, al menos en voz alta. Sin embargo, en el refugio del hogar, junto
a la lumbre, se comentaba el maltrato que daba a la hija a quien había robado
la herencia con total impunidad, si bien era legal desde el punto de vista de la
Ley, que equiparaba a las mujeres con los niños y las personas mentalmente
enfermas. Por otra parte, la joven no sería mayor de edad hasta los veinticinco,
y era poco lo que podía hacerse en su favor aparte de sentir simpatía por ella.
Con un pañuelo en la cabeza, vestida con falda de estameña a rayas y camisa
de lino regalo de Feliciana, ya que no se le había permitido coger nada de la
que había sido su habitación, llegaba a la plaza cada jueves, puntual, a las nueve
de la mañana, hacía la compra y dedicaba un tiempo a curiosear los puestos de
telas, cerámica y bisutería; hablaba con los vendedores y con alguna que otra
mujer con la que había llegado a congeniar y estaba de regreso a las doce en
punto, justo en el momento en que todos paraban para rezar el Ángelus. Tomó
por costumbre desviarse del camino y atravesar el maizal que tan buenos
recuerdos le traían de cuando acompañaba al abuelo a comprobar que los
brotes crecían bien, rectos, en línea; de cuando jugaba a esconderse entre las
plantas o ayudaba en la recogida. Disfrutaba allí sola, sintiéndose cual
protagonista de los cuentos que su madre le leía de niña, esperando ver
aparecer un hada madrina o una carroza de calabaza, queriendo creer que
también a ella le ocurriría algo prodigioso que cambiaría su vida. Nada había
variado en los dos años que llevaba de criada en su propia casa, pero aquellos
minutos entre las mazorcas iluminadas por el sol del verano le daban fuerza
para continuar soñando en el ansiado cambio, que llegó, pero no como ella
esperaba.
Un jueves de finales de agosto no apareció a la hora acostumbrada, pero
Feliciana no se preocupó demasiado; el día había amanecido radiante, el sol
apretaba, y pensó que se habría entretenido con Marcela, la mujer del herrero,
quien la había tomado cariño. Sabía lo mucho que la joven disfrutaba con
aquellas escapadas, no había más que verla a su vuelta, los ojos brillantes, la
sonrisa en los labios, pero comenzó a inquietarse al no aparecer a la hora de
comer. A media tarde salió a buscarla; recorrió la distancia hasta el pueblo sin
dejar de mirar a derecha e izquierda, llamándola a voces, pero los campos
estaban vacíos a la espera de la siembra del otoño, y sus llamadas no obtuvieron
respuesta.
Sí, Elisa había estado en el mercado, la informó su amiga; habían charlado
como siempre y comido unos barquillos, se habían despedido como de
costumbre, media hora antes del Ángelus cuando la joven emprendió el
regreso. Alarmadas, ambas mujeres salieron en su búsqueda; la buscaron hasta
la caída del sol, pero no encontraron rastro de ella. La cocinera volvió a la
casona para avisar al amo, mientras la otra alertaba a los vecinos. La noche se
iluminó con faroles y antorchas, y partidas de hombres con perros de caza
buscaron a la desaparecida. No la encontraron.
Basilio Azaba no se movió, se limitó a enviar a varios de sus hombres, más
que nada porque no quería que se hablara mal de él, pero le traía sin cuidado lo
que hubiera sido de ella, era un estorbo y, peor aún, un recordatorio de su mal
proceder con la única y legítima heredera de El Maizal. Con algo de suerte se
habría marchado y no volvería a verla, o quizás le había dado un golpe de calor
y estaba tirada por ahí. Notó algo en el pecho al pensar en esta última
posibilidad, a fin de cuentas era hija de su sangre, y muy bonita, por cierto,
aunque se pareciera demasiado a su madre, la joven de grandes ojos, talle fino y
cabellos castaños a quien había desvirgado sin delicadeza alguna. Podría haberla
casado con cualquier hombre, joven o viejo, de los muchos que conocía en la
ciudad, pero en todos veía su misma ambición y no estaba por la labor de tener
un yerno igual a él. Además, los nietos no llevarían su apellido. En fin, se dijo,
la vida era una batalla en la que ganaba el más fuerte, el resto eran meras ovejas
del rebaño destinadas a procrear más ovejas para acabar luego en el matadero;
sus vástagos, en especial el mayor, le darían herederos, y su imperio no dejaría
de crecer.
A media mañana del día siguiente a su desaparición, un labrador la encontró
en el maizal. Le llamó la atención la bandada de cuervos que sobrevolaba en
círculos y pensó que quizás habría allí una res muerta. Su sorpresa y horror
fueron enormes al descubrir a la joven medio desnuda y ensangrentada; la
cubrió con su chaqueta, fue a dar aviso, y al rato los sirvientes de la casona la
transportaban inerte, pero con vida. Feliciana, con los ojos empañados, les
ordenó llevarla a su habitación, más espaciosa e iluminada que el cuchitril en el
que la joven dormía. Uno de los empleados aparejó un caballo y regresó al
poco con el médico del pueblo, quien dictaminó que había sido violada
repetidamente y que había perdido mucha sangre. Recetó miel y tisanas de
manzanilla, romero y menta para paliar de alguna forma su debilidad y
recomendó reposo. La mujer, ayudada por una de las criadas, la lavó y aplicó
en su naturaleza herida una pomada de caléndula que guardaba para posibles
quemaduras. La puso un camisón de franela, y con una cuchara intentó que
tomara un poco de caldo de gallina sin conseguirlo. Pasó toda la noche a su
cabecera maldiciendo al hombre o a los hombres que habían destrozado a
aquella criatura indefensa a quien habían robado lo único que le quedaba, la
honra.
Elisa se recuperó, y en un par de semanas estaba de nuevo en la cocina,
aunque solo era una sombra de lo que había sido en los últimos meses; su
sonrisa desapareció, y se limitaba a afirmar o negar con la cabeza, sin soltar
palabra, cuando alguien se dirigía a ella. No volvió al mercado, tampoco al
maizal, y dejó de hacer pan; ni siquiera se dio cuenta de que estaba
embarazada, fue Feliciana quien lo descubrió. La mujer decidió compartir su
cuarto con ella tras el terrible suceso, pues pensó que el cuchitril en el que
pernoctaba no era el lugar apropiado y, por otra parte, así podía vigilarla en
todo momento, velar su sueño en ocasiones agitado, hablarle, aunque ella no
respondiera. Advirtió que su vientre había adquirido volumen pese a
alimentarse como un pajarillo, hizo cuentas y no lo dudó: su protegida estaba
embarazada de unos tres meses. Se le pasó por la cabeza darle caldo de borraja
o introducir apio y perejil en su naturaleza, pero luego lo pensó mejor; el
aborto estaba castigado con la cárcel, incluso con la muerte, tanto para la
malparida como para quien lo provocaba. Por otra parte, quizás aquella nueva
vida en su interior le diera la fuerza que necesitaba. También se planteó la
cuestión de cómo decírselo al señor, y de cómo reaccionaría este al saber que su
hija pariría a un bastardo.
Tras darle vueltas, tomó una decisión. Antes o después tendría que
marcharse; sus movimientos eran cada vez más torpes, y pronto no podría
valerse de las manos al menos para cocinar; la echarían, de eso estaba segura, el
amo no tenía piedad. En los años que llevaba en la casa, casi toda su vida,
había visto de todo. El anterior señor se preocupaba de las viudas de sus
trabajadores, de los huérfanos, de los accidentados, y creó un montepío a fin de
que no les faltara techo y comida llegado el momento, pero este había
eliminado las ayudas en cuanto se hizo con la propiedad. Es más, prescindía de
cualquier empleada gestante, de los operarios con enfermedades largas o
heridos de gravedad, y no le cabía la menor duda de que expulsaría a su hija sin
preocuparse por lo que pudiera ocurrirle. Unos días más tarde, al amanecer,
recogió sus pocas pertenencias y los ahorros que había ido guardando en una
caja bajo su cama, asió a la joven de la mano, y ambas se marcharon de El
Maizal.
La desaparición de la guisandera y de su ayudante provocó un pequeño revuelo
cuando, pasado el mediodía, la criada encargada de servir las comidas encontró
la cocina vacía y los fuegos sin encender y acudió con presteza a informar al
amo. Basilio Azaba soltó un exabrupto y dio un puñetazo en la mesa de su
escritorio, aterrorizando por igual a la moza y al secretario, quien en esos
momentos se hallaba redactando un contrato con una importante empresa de
exportación de granos y a cuyo dueño se esperaba aquel día, precisamente a
comer. Nadie tenía idea del menú previsto y menos de los ingredientes,
verduras, pescado, carne, postres, así que se envió a dos hombres con un carro a
la taberna del pueblo. El empresario no llegaba solo; lo acompañaban su
esposa, el responsable de ventas y el contable, y no era cuestión de servir unos
huevos fritos. Los hombres regresaron con una olla de sopa de cebolla, otra de
carne guisada y una fuente de manzanas cocidas, el menú previsto para la
docena de comensales que a diario acudían al local. En un principio, el dueño
se negó a entregarles las raciones dispuestas para aquel día, pero lo hizo ante la
amenaza de ver su negocio arruinado, y otras cosas peores. No era un banquete
digno de sus invitados, pero no quedaba otra. El anfitrión adujo su deseo de
agasajar a los invitados con productos típicos de la tierra y respiró aliviado al
comprobar que estos parecían apreciar unas viandas bien cocinadas, aunque
desde luego impropias de su mesa.
Al día siguiente contrató a una nueva cocinera y dio por finalizado el asunto,
incluso se alegró de no tener a su hija bajo su techo, para él había dejado de
existir. Ya no tendría remordimientos de conciencia y, mejor todavía, no
correría el riesgo de que pudiera emprender algún tipo de reclamación contra él
una vez cumplidos los veinticinco. La tramitación de la «venta» de su herencia
no había sido trigo limpio, y un buen abogado podría demostrarlo. Para
celebrar la nueva situación, se trasladó a la ciudad y pasó la noche con su
última amante.
Feliciana y Elisa tardaron varias jornadas en llegar a Buisán, de donde era
originaria la primera, una pequeña aldea de apenas una veintena de habitantes,
rodeada de bosque en las estribaciones del Pirineo oscense. Allí, en la vieja casa
de piedra y pizarra de sus antepasados, que todavía seguía en pie si bien en un
estado ciertamente calamitoso, las dos mujeres iniciaron una nueva andadura.
Los vecinos no preguntaron, las ayudaron a instalarse y les proporcionaron
mantas, leña, leche, miel, queso, alubias, carne de cerdo adobada y tocino,
contentos de ver su número aumentado, en especial con la criatura que crecía
en el vientre de la joven, la primera en años. Mozos y mozas se marchaban del
lugar en cuanto tenían edad para trabajar con la promesa de regresar en cuanto
hubieran reunido unos ahorros, pero los abuelos morían, los padres envejecían,
y nadie volvía.
En un par de semanas, retejada la cubierta, limpia la chimenea y con
muebles y enseres aportados también por los vecinos, de nuevo se escucharon
voces en la casa, humeó la chimenea, y la luz de las velas iluminó el interior a la
puesta del sol. Entre las dos desyerbaron la pequeña huerta anexa, en la que
plantaron acelgas y repollos, cebollas, ajos y calabazas, y adquirieron una oveja
a un pastor que iniciaba la ruta de las cabañeras en dirección a tierras del Ebro
antes de que cayeran las nieves, cuya espesa capa ocultaba los caminos. No
necesitaban mucho y, en previsión de los fríos por llegar, habilitaron el espacio
de la cocina, cama incluida, y dejaron que la oveja viviera con ellas como un
perro amaestrado. Tampoco les costó mucho conseguir lana que hilaban en la
destartalada rueca encontrada en el sobrado y con la que tejían calcetines,
toquillas, camisetas y, sobre todo, ropa para el bebé que nacería con la
primavera.
Y lo que parecía imposible ocurrió. Elisa salió de su abstracción, recobró el
peso perdido y la sonrisa volvió a su rostro para alegría de Feliciana, muy
satisfecha consigo misma por haber tenido buen acierto al decidir abandonar la
hacienda. En cuanto la luz del día declinaba, junto al fuego, mientras ambas
tejían, la mujer recuperaba memorias de su infancia, allí en Buisán, y narraba a
quien ya consideraba hija propia antiguos dichos, leyendas, costumbres de una
tierra tan hermosa como dura.
Le habló de las tres hermanas, o Treserols como las llamaban, tres jóvenes
que se unieron a los guerreros extranjeros que habían matado a todos los
habitantes del pueblo y fueron maldecidas por el espectro de su padre
transformándolas en montañas; del gigante Silbán enamorado de una zagala,
quien respondió a su amor acabando con él con un cántaro de leche
envenenada; de la «flor de las nieves», la más hermosa del mundo, una estrella
que una noche dijo a la Luna que tenía envidia de la Tierra, de los seres
humanos y de los animales, y el astro la transformó en una flor blanca y la
plantó en la cima de los Pirineos, si bien la condenó a vivir siempre sola, con
las rocas y el hielo como únicos acompañantes. Y también la habló de
Bosnerau o Basajarau, el señor de los bosques, que silbaba para alertar a los
pastores de la llegada de la tormenta o de los lobos y que enseñó a los seres
humanos a trabajar la madera, a fundir el hierro y a cultivar los campos. «Al
brotar la hoja, siémbrese el maíz; al caer la hoja, siémbrese el trigo», añadía sin
darse cuenta del gesto compungido de la joven al escuchar el nombre de la
planta testigo de su feliz infancia y de su mayor angustia.
Nunca hablaba de ello, aunque su bienhechora dejara caer de vez en cuando
alguna pregunta sobre lo ocurrido; sonreía y cambiaba de tema como si la cosa
no fuera con ella. Pero no había olvidado el rostro amable que la saludaba en el
mercado y que en una ocasión había recogido la naranja que se le cayó del
cesto; era la primera vez que tenía tan cerca a un mozo más o menos de su
edad, y se ruborizó. No se dio cuenta de que él la siguió durante el trayecto de
vuelta. La alcanzó en el maizal, le dijo que le gustaba desde la primera vez que
la vio en el pueblo e intentó besarla. Ella le dio un empujón y salió corriendo,
pero la alcanzó enseguida, y lo que siguió se convirtió en una pesadilla que la
despertaba en medio de la noche, aunque se durmiera de nuevo al sentir a su
lado el generoso cuerpo de Feliciana y sus ronquidos, como ronroneos de gato.
Tampoco había olvidado cómo él la tiró al suelo, le arrancó las ropas y le hizo
daño mientras la manoseaba con una mano y con la otra le tapaba la boca para
que no gritara, hasta que dejó de resistirse y perdió el sentido. Lo último que
vio fueron las hojas del maíz mecidas por la cálida brisa del verano. Lo
intentaba, pero le resultaba imposible no recordar y rogaba para que la criatura
que crecía en su interior no tuviera los ojos de su violador, de un extraño color
azul brillante difícil de olvidar.
La niña nació a mediados de mayo, cuando los campos reverdecían y los
rebaños de ovejas retornaban a los prados altos; Elisa los veía pasar, su hija en
brazos, sonriendo. Por primera vez en mucho tiempo era feliz; atrás quedaban
el dolor por la muerte de la madre y el desamor del padre, la angustia, el
miedo. Ya no era una pesadilla la que la despertaba en medio de la noche, sino
la pequeña que reclamaba su leche. Tardó en decidirse por un nombre, tanto,
que el cura que recorría las aldeas del valle a lomos de una mula, a fin de
atender las necesidades espirituales de sus habitantes, la advirtió de que la ira
de Dios caería sobre ella si la criatura moría sin haber sido cristianada.
Finalmente, se decidió por Aurora, pues había nacido en el amanecer de un día
luminoso. El sacerdote propuso Petronila, por ser la del bautizo la fecha de la
santa del mismo nombre, pero no cedió. Y volvió a amasar pan de maíz con el
grano que le traía el hijo de su vecina más cercana.
Pronto no fue un secreto para nadie en la aldea que Bizén Albar, en su
treintena y soltero, de oficio leñador, la cortejaba, si bien lo cierto era que no
había ninguna otra mujer joven a quien rondar. El hombre era parco, o más
bien un gran tímido, incapaz de decir más de dos palabras seguidas. A veces
dejaba un saco de grano a la puerta de la casa y se marchaba sin esperar; otras,
se encontraban cara a cara, y balbuceaba un hola y adiós, que a ella le
provocaba una sonrisa. Tardaron meses hasta mantener una conversación,
aunque en dicha ocasión fue ella quien habló, necesitada de contar los avatares
de su vida a alguien que no fuera Feliciana. Tras relatarle cómo había llegado su
hija al mundo, él se despidió de forma brusca, y ella supuso que no volvería a
verlo, pero regresó al día siguiente con un saco de maíz y otro de trigo.
Aparecía por la casa con cualquier disculpa y nunca llegaba con las manos
vacías, ora unas manzanas, ora ramitos de manzanilla, romero, árnica... En
ocasiones incluso con una carreta de leña para varias semanas. Le pidió
matrimonio un año después del nacimiento de Aurora, y ella aceptó.
El enlace tuvo lugar un soleado domingo de finales de septiembre. Tras la
ceremonia, celebrada después de la misa de ocho de la mañana ya que el cura
debía oficiar en el resto de las localidades del Ballibió, o valle de Vió, y a la
espera del banquete nupcial, Bizén aupó a Elisa a la grupa de su yegua, su más
preciada propiedad. Juntos cabalgaron por el bosque de la Pardina Ballarín,
entre hayas, abetos quejigos y fresnos cuyas tonalidades en otoño en nada
envidiaban a las de la paleta de un artista. Se cruzaron con familias de jabalíes,
escucharon a lo lejos la berrea de los ciervos macho disputándose el favor de las
hembras, y regresaron cuando parientes e invitados empezaban a dar muestras
de nerviosismo por su tardanza. Fue la primera vez que disfrutaron de unas
horas a solas, sin testigos; no hablaron, caminaron algunos trechos y se
besaron, también por vez primera. Cuando los convidados, todos los vecinos y
vecinas del pueblo, achispados y contentos, se despidieron ya entrada la noche,
ellos se retiraron a la habitación acondicionada, contigua a la cocina donde
dormían Feliciana y la niña, y se durmieron cogidos de la mano en el gran
lecho fabricado para sus propios esponsales por el difunto padre del novio,
regalo de bodas de la madre al hijo y a la nuera.
Y la vida continuó su rumbo sin sobresaltos en aquel lugar oculto entre
montañas y bosques, donde hombres y mujeres se levantaban al amanecer y
trabajaban durante las horas de luz para reunirse junto a la lumbre en cuanto
anochecía y evitar así malos encuentros con las almas en pena que, decían,
recorrían los lugares en busca del perdón por sus malas obras y del descanso
eterno. También hubo cambios en la vieja casa; Bizén se dedicó a transformarla
en un hogar cuando no lo ocupaba la tala y el acarreo de troncos. Buen albañil
y mejor carpintero, reconstruyó el interior, mejoró la habitación de
matrimonio, hizo una nueva para la dueña y la niña, e instaló sendas estufas de
leña en ambas a fin de sobrellevar el frío durante los largos meses del invierno.
La cocina continuó siendo el lugar donde la familia pasaba la mayor parte del
tiempo, y un banco corrido forrado con almohadones de lana ocupó el lugar de
la cama. Una vaca lechera, tres ovejas más, la yegua y un mastín del Pirineo
llenaron el pequeño establo.
Feliciana daba gracias al cielo por la ventura de envejecer en la tierra de sus
mayores, se notaba más torpe a cada día que pasaba, le dolían los huesos y
apenas podía mover los dedos de las manos pese a bañarlas en leche fría y
caliente y tomar tisanas de sauce blanco. De todos modos, todavía lograba asir
una escoba y también el cucharón para revolver sopas y guisados, incluso
conseguía ordeñar a la vaca, pero sabía que el tiempo se le acababa. Su único
deseo era no ser una molestia, y que aquellos dos seres solitarios que se habían
encontrado por azar tuvieran hijos que se ocuparan de ellos cuando les llegara
el momento. Dos años después de su boda, una noche en que el viento hacía
temblar la techumbre y Aurora dormía en su regazo, junto al fuego, le
anunciaron que esperaban un hijo, lo hicieron con timidez, como si les diera
vergüenza, y su respuesta fue un ruidoso llanto emocionado que dejó a ambos
muy sorprendidos y despertó a la niña.
A Elisa le llevó algún tiempo entender que el matrimonio no consistía solo en
dormir juntos. Cada noche, al acostarse, cuando Bizén intentaba acariciarla, le
daba la espalda y se encogía cubriéndose con los brazos a modo de caparazón.
No podía evitar recordar lo ocurrido en el maizal y sentía verdadero terror ante
la idea de tener que pasar por lo mismo. Él no decía nada, ni un reproche, ni
una mala palabra; suspiraba y se dormía a la espera de que por fin un día ella
cediera. Conocía su terrible experiencia y por nada del mundo deseaba forzarla,
pero era un hombre todavía joven necesitado de algo más que de un cuerpo a
su lado al que ni siquiera podía acariciar, pues se cerraba a su contacto como
algunas flores al llegar la noche.
No era mucha su relación con mujeres, pero alguna tenía, de cuando un par
de uniformados llegaron a la aldea y se los llevaron a él y a otros tres a cumplir
el servicio militar en la ciudadela de Jaca. Ninguno de ellos disponía de los seis
mil reales para la redención, ni de medios para conseguirlos mediante un
préstamo hipotecando casas y terrenos agrestes que a nadie interesaban.
Tampoco tenían la posibilidad de pagar a otros para la sustitución, puesto que
el resto de los veinteañeros del valle se encontraba en idéntica situación. De
todos los privilegios de las clases ricas, aquel era el más sangrante, el que
obligaba a ocho años de servicio obligatorio a los pobres. De los cuatro, dos
murieron en la guerra de Marruecos, el otro durante la epidemia del cólera. Él
tuvo suerte, fue destinado a la brigada de remodelación del fuerte gracias a su
destreza en materia de carpintería. Y fue allí, en Jaca, donde a cambio de unas
monedas descubrió el placer del sexo con una lavandera, y con alguna otra
después. Aquellos raros momentos de asueto que le eran permitidos dejaban en
él una sensación de desahogo, pero también de ansiedad por regresar a su casa,
encontrar una compañera y tener hijos con ella. Creyó haberla encontrado
cuando ya había perdido toda esperanza y pensaba trasladarse a Huesca quizás,
o a cualquier otra población grande. La mujer joven, embarazada, de mirada
triste, lo atrajo como un imán desde el instante en que la vio, más aún al saber
que no tenía hombre y todavía más al enterarse por ella misma de las
circunstancias que la habían llevado a Buisán. Deseaba protegerla, amarla,
cuidarlas a ella y a su hija, pero tras casi dos años de matrimonio, no estaba
seguro de haber tomado la decisión acertada y tendría que resignarse a una
existencia en la que al menos no estaría solo.
El motivo por el que Elisa acabó aceptándolo no fue porque hubiera
olvidado su rechazo a que un hombre, cualquiera, la poseyera de nuevo. La
razón fue el gran respeto que él la había mostrado desde la misma noche de
bodas sin hacer valer sus derechos como marido. En una ocasión, cuando tenía
diez o doce años, escuchó sin querer una conversación en la que, bastante
agitada, su madre le contaba al abuelo la dura relación que mantenía con su
esposo, empeñado en tener un hijo. No entendió mucho de lo que decían, pero
sí le quedó claro que ella sufría por lo que llamó «un deber obligado por la
fuerza». El abuelo por su parte trataba de calmarla hablando de paciencia y,
sobre todo, de la necesidad de un heredero varón en la familia, si bien notó que
a partir de entonces las relaciones entre ambos hombres dejaron de ser
cordiales. Se preguntó entonces si ella no contaba; tuvo la respuesta cuando su
padre la envió al convento, la casó con un desconocido y se apropió de su
herencia. Sin embargo, Bizén adoraba a Aurora, jugaba con ella, le fabricaba
juguetes de madera, la llevaba a hombros, y la niña respondía abrazándose a su
cuello y llamándole pai. Y luego estaba la forma en la que él se desvivía para
que Feliciana y ella vivieran a gusto, ocupándose de la casa y de los animales, o
trayéndoles dulces y piezas de tela cuando se acercaba a Aínsa con una carga de
troncos. Y también en cómo la miraba, sonriente a veces, suplicante otras.
Yació con él al siguiente día de producirse un alud en la zona boscosa en la
que trabajaba y ser dado por muerto. Se le cortó la respiración al conocer la
noticia y lamentó ser viuda sin haber sido esposa; no le había dado nada a
cambio de sus desvelos, sus muestras de cariño, su presencia, de que le hubiera
devuelto de alguna forma la honra perdida. Lloró al verlo aparecer a la mañana
siguiente, cubierto de nieve, la barba escarchada, el hacha al hombro. No pudo
evitarlo. Corrió hacia él, lo abrazó, lo besó sin recato delante de los vecinos, y
aquella misma noche él la hizo suya y pudo, por fin, dar rienda suelta a un
deseo largamente ansiado. Ella lo dejó hacer sin sentir nada, salvo el placer de
saberse querida en brazos de un hombre honesto.
Aunque duró varias horas, el nacimiento del niño fue rápido y sin problemas
debido a que el camino ya estaba hecho, según la suegra, quien la ayudó a parir
con el apoyo de otra mujer y con Feliciana a modo de consejera. Mientras, el
padre, dos de sus hermanos, la cuñada y un vecino que se apuntó a la vela se
bebían una garrafilla de licor de endrinas y daban buena cuenta de la
empanada de miel y nueces que ella había cocinado justo antes de empezar a
sentir las contracciones. Al igual que había ocurrido con Aurora, los padres
tuvieron que insistir para que la criatura fuera cristianada con el nombre de
Úrbez en lugar de Urbicio como el cura pretendía. Lo lograron, pues el santo
era venerado en toda la comarca con su nombre original.
Otro hijo más llegó apenas un año más tarde, si bien en este caso el
sacerdote no cedió y lo bautizó Antonio. Nadie se dio por aludido, y todos en
Buisán lo llamaron Antoi desde el principio. Y otro más, trece meses después,
que murió a poco de nacer. Tres embarazos en tres años eran demasiados en
opinión de las mujeres de la aldea. Cierto que la parida no tenía leche para
amamantar a las criaturas, y ello facilitaba las preñeces, pero también lo era su
endeble constitución y la falta de fuerzas incluso para sostener a sus hijos en
brazos.
Sin ponerse de acuerdo, cada una por su cuenta, tanto la madre de Bizén
como Feliciana hablaron con él advirtiéndolo sobre el peligro que ella corría de
seguir quedándose embarazada con tanta celeridad. Por su parte, su hermano
mayor le puso en la mano una vaina de intestino de cerdo estirado y lubricado
con aceite, con una cinta azul en su extremo, «para que la ajustes a tu medida»,
lo informó en un aparte, añadiendo que debía limpiarlo con leche caliente
después de usarlo y que le diría dónde encontrar más si le hacía falta. Se lo dijo
en voz baja, temeroso de que alguien lo oyera; la Iglesia prohibía el uso de
cualquier medio que impidiera la procreación pues iba en contra de la Ley de
Dios. Quizás porque la quería y era consciente de su débil estado, no había más
que ver su palidez y extrema delgadez, o porque lo asustaba la idea de quedarse
viudo con tres niños pequeños, cesó en sus requerimientos, ni siquiera intentó
utilizar el intestino de cerdo, y Elisa se recuperó poco a poco. Pero ya nada fue
igual; dejaron de ser amantes, y su relación pasó a ser la de un par de amigos
que se apreciaban y respetaban.
Así las cosas, cinco años más tarde, el valle sufrió un invierno como no se
recordaba en mucho tiempo. Nevadas y celliscas se alternaban sin dar un
respiro a los habitantes quienes, aunque acostumbrados al frío extremo durante
meses, procuraban no aventurarse fuera de las casas más de lo necesario, e
incluso los animales, vacas, ovejas, cerdos y perros, se apiñaban juntos en un
rincón del establo para darse calor. Los ríos se desbordaron con la llegada de la
primavera, y Bizén partió entonces para unirse a otros navateros de la sierra que
transportaban los troncos talados en otoño por el Zinca hacia el Sur, un medio
veloz si bien peligroso dado que las aguas bajaban revueltas, y ninguno de ellos
sabía nadar. Lo hacía desde su vuelta del servicio militar, y era considerado el
mejor de los barranquiadores entre sus compañeros. Besó y abrazó a su mujer,
hijos, madre, hermanos, y se despidió con la promesa de regresar con regalos
para todos ellos, pero no volvió. Uno de los hombres que lo acompañaban les
comunicó que los troncos de su navata se habían separado en las proximidades
de Barbastro, y que los cuatro hombres que la controlaban habían caído al
agua; tres fueron rescatados, pero no encontraron rastro de él.
Al dolor por la pérdida del hombre bueno que le había devuelto las ganas de
vivir hubo de añadirse la de Feliciana. La mujer había pasado el invierno en la
cama, el cuerpo agarrotado, la cabeza desorientada, atendida en todo momento
por Elisa y por Aurora, quien a punto de cumplir los once se desenvolvía con
soltura en la cocina y mantenía un ojo vigilante en sus hermanos a los que
regañaba y obligaba a comer como si fuera una persona mayor. Su madre
sonreía divertida y la llamaba «mandona», pero le agradaba ver que su hija
tenía el carácter que a ella le faltaba; de haberlo tenido tal vez todo habría sido
diferente. La vida era dura para los desafortunados de cualquier clase, más
todavía para las mujeres, obligadas a trabajar, obedecer, parir y servir, incluso
para aquellas que gozaban de buena posición y no precisaban ganarse el
sustento; su propia madre había sido un ejemplo, y ella también. Aurora era
diferente, tenía temperamento y no se dejaría amilanar, aunque en ocasiones
no pudiera evitar un sobresalto cuando le miraba directamente a los ojos, de un
azul extrañamente brillante, y recordaba una angustia que era incapaz de borrar
de su mente.
Y como las penas nunca llegan solas, dicen, meses después de la desaparición
de Bizén, su mujer e hijos se vieron obligados a abandonar el hogar que los
había cobijado. Un sobrino segundo de Feliciana que vivía en Fanlo reclamó la
propiedad, dándoles un mes para desalojar la vivienda. Ni la intervención del
cura, ni la de varios vecinos sirvió de nada; el único documento existente, un
testamento del bisabuelo del demandante, estipulaba con claridad que el
dominio volvería a la rama segunda de la familia de no haber herederos en la
primera, y no los había. Elisa pidió ayuda a su suegra y cuñados, pero estos
habían perdido durante las nieves los cultivos de invierno, así como la mitad
del ganado, y cuatro bocas más eran demasiadas. No obstante, y para que nadie
en la aldea los señalara con el dedo, el hermano mayor del desaparecido
consiguió para su cuñada un trabajo en «El Bucardo», un pequeño local de
comidas situado en Biescas, a dos horas de distancia en carreta, a cuyo dueño
conocía. La pareja propietaria tenía ya una edad, y los hijos hacía tiempo que
se habían marchado a trabajar a la capital. Les vendría bien una ayuda,
aseguraron, y no pusieron pegas para aceptar también a la hija, aunque dejaron
claro que esta no cobraría una peseta por jornada trabajada, como la madre;
techo y comida eran suficientes para una chiquilla. Úrbez y Antoi
permanecieron en Buisán, con su abuela y tíos, dispuestos estos a criarlos como
propios ya que solo tenían hijas. Con lágrimas en los ojos, el corazón roto,
Elisa abandonó la aldea prometiendo a sus pequeños regresar en cuanto le fuera
posible, a sabiendas de que era una promesa difícil de cumplir.
Lugar de paso hacia las fuentes de Panticosa, la llegada a Biescas de carruajes y
carros de viajeros era continua desde la primavera hasta finales del mes de
septiembre. La fonda estaba abierta todos los días de la semana, y los dueños
no tardaron en acostumbrarse a que la mujer y la hija hicieran el trabajo que
antes hacían ellos: cocinar, servir, fregar, limpiar... todo menos cobrar a los
clientes y adquirir el género necesario, que apenas variaba de un día para otro.
Sin embargo, la nueva cocinera logró lo que parecía inverosímil, que la mesa
larga y las otras cuatro más pequeñas de El Bucardo se vieran ocupadas mañana
y tarde. Migas, ternasco, bacalao ajoarriero, chiretas, empanada, salmorejo,
borraja con patatas, cardo con almendras, además de guisos, hojaldres rellenos,
natillas y otros dulces hacían la delicia de los comensales y llenaban la caja de
los dueños, si bien ella seguía cobrando una peseta diaria. Aurora recibía algún
que otro céntimo de propina, pues servía y retiraba los platos con presteza,
siempre sonriente. Ambas se acostaban agotadas en la cama que compartían en
la buhardilla de la vivienda de sus patronos situada encima del local, un cuarto
con un ventanuco en el tejado, un arcón y una jofaina para el aseo, y
únicamente salían a la calle los domingos y festivos a misa de ocho, volviendo
al trabajo de inmediato.
En los cuatro meses que llevaban allí, no habían podido acercarse a Buisán, y
solo en una ocasión recibieron la visita del cuñado y tío, quien las informó de
que los niños estaban bien, poco más. Elisa esperaba conseguir unos días de
descanso tras la temporada de baños y la correspondiente ausencia de clientes y,
entre tanto, ahorraba lo que ganaba con el único anhelo de tener suficiente
para regresar a la aldea y alquilar un lugar donde vivir con sus hijos. De hecho,
su único gasto había consistido en una bata y unas alpargatas para Aurora, que
compró a un vendedor ambulante que entró en la fonda a comer y de paso a
ofrecer la mercancía. Sus planes se truncaron un anochecer, a mediados del
otoño, con la llegada de cuatro hombres armados que entraron en el local
cuando ya no quedaban clientes y pidieron de comer y de beber, sobre todo de
beber. Temerosa de lo que pudiera ocurrirle a la niña, ella misma les sirvió y
aguantó comentarios obscenos ante la inacción de los dueños, quienes
permanecían en un rincón a la espera de verlas venir, más preocupados por la
caja del dinero que por el riesgo que corría su empleada.
Los recién llegados, antiguos milicianos carlistas que sobrevivían con el
contrabando eran algunos de los muchos que se movían por la zona,
escondiéndose o enfrentándose a tiros con los carabineros. No era la primera
vez que se les veía por allí, pero nunca tan alborotadores. En otras ocasiones
habían comido y se habían marchado sin pagar, pero esta vez no parecían tener
prisa y sí intención de esperar a que amaneciera antes de proseguir hasta la
frontera; además, iban poniéndose cada vez más eufóricos a medida que
transcurría la noche. Los dueños se escabulleron a casa de un vecino, Elisa
envió a su hija a la buhardilla e intentó desaparecer ella también, pero no hubo
manera, y se encontró sola en compañía de cuatro borrachos, que no dejaban
de decirle obscenidades.
Habían transcurrido casi trece años desde lo ocurrido en el maizal, e incluso
había logrado no pensar en ello, pero la visión de su violación se presentó de
súbito, como si hubiera tenido lugar días antes, y apretó los puños. Ya no era
una jovencita asustada, era una mujer, madre de tres hijos, endurecida por el
trabajo en el campo y en la fonda; se defendería y defendería a su niña. Con la
disculpa de ir a la cocina en busca de una garrafa de aguardiente, cogió un
cuchillo cebollero y lo ocultó en un bolsillo bajo el delantal.
Pasada la medianoche, no parecía que las cosas fueran a ir a mayores. Dos de
los hombres se quedaron dormidos, uno de ellos despatarrado en pleno suelo,
mientras los otros dos discutían sobre el acierto o no de haberse alistado en un
bando perdedor que, por ende, había defendido los derechos de un rey que no
lo era…, y aunque lo fuera. Los reyes, sus ministros y generales eran toda una
caterva de sinvergüenzas que se enriquecían con la sangre del pueblo, aseguró
uno, y el otro respondió soltándole un guantazo en plena cara. Instantes
después se hallaban enzarzados en una pelea a puñetazo limpio que ganó el
protestón, pues su adversario acabó junto al despatarrado, momento que Elisa
aprovechó para intentar salir del comedor. No lo logró. Antes de llegar a la
puerta, el ganador de la trifulca la había agarrado por la cintura e intentaba
levantarle la falda al tiempo que farfullaba que iba a mostrarle lo que era un
macho de verdad; sacó el cuchillo, se giró y se lo clavó en la garganta.
Aterrorizada, contempló cómo el hombre se echaba las manos al cuello, la
miraba estupefacto y se derrumbaba junto a sus compañeros. Sin pensarlo
demasiado, subió a la buhardilla, cogió los ahorros, ordenó a Aurora que se
abrigara bien, ella hizo otro tanto, y ambas salieron de la posada y tomaron el
primer camino que encontraron.
Llegaron a una aldea no más grande que Buisán con las primeras luces del
alba. Ateridas por las bajas temperaturas, presagio de un invierno duro, aunque
todavía faltaran semanas antes de las nieves, permanecieron junto al lavadero
sin saber qué hacer hasta que una vecina las vio y las invitó a entrar en su casa.
Unos leños ardían en la chimenea, y sin casi darse cuenta se aproximaron a ella
y se sentaron en un banco corrido colocado a un lado. Al poco tenían entre las
manos sendos cuencos de leche caliente con miel que las hizo entrar en calor.
No tardaron en quedarse dormidas, la una apoyada en la otra, y la mujer las
cubrió con una gruesa frazada de lana. Elisa fue la primera en abrir los ojos y
tardó unos instantes en ser consciente de dónde se encontraba; no se movió
para no despertar a su hija; cuanto más descansada estuviera, más aguante
tendría para proseguir el camino.
Con la mirada fija en la olla que colgaba de un gancho sobre el fuego, en la
que hervía una sopa de verduras cuyo olor le recordó que llevaban horas sin
probar bocado, se preguntó en qué lugar estarían, si bien esperaba encontrarse
en el camino hacia casa. Durante el trayecto que las llevó a Biescas, en la
carreta de su cuñado, habían pasado por cuatro o cinco pueblecitos, y
probablemente aquel era el anterior; de ser así, calculó que todavía deberían de
andar un par de horas más. Por un momento, imaginó lo que sería el
encuentro con sus hijos; los veía correr hacia ella dando gritos de alegría, y ella
los abrazaba y les juraba que jamás volverían a separarse. La ensoñación duró
un suspiro. La imagen del borracho que intentaba forzarla y a quien había
asestado una puñalada apareció ante ella cual espíritu de ultratumba, y soltó un
grito que despertó a la niña.
Orosia, la samaritana que las había acogido y que de alguna manera le
recordaba a su añorada Feliciana, las informó de que se hallaban en Piedrafita,
en la vía a las fuentes de Panticosa; que recibían multitud de visitas de la
primavera al otoño, pero que desconocía la existencia de un lugar llamado
Buisán. Ballibió le sonaba, pero el valle se hallaba hacia el este; tendrían que
volver a Biescas a fin de coger la ruta desde allí, y se anunciaban lluvias. Al
observar su gesto entristecido, la mujer le ofreció cobijo a cambio de ayuda; sus
hombres, marido y dos hijos, trabajaban en el balneario y pasaba días, semanas
durante la temporada de baños, sin verlos. A ella le tocaba ocuparse de la casa y
del establo, demasiado trabajo para una mujer sola, por lo que agradecería un
poco de compañía, aunque no podría pagarle. No tuvo que meditarlo mucho;
era arriesgado echarse al camino con mal tiempo, y estaban cansadas, así que
aceptó el ofrecimiento.
La sangre se le heló en las venas dos días más tarde al ver aparecer a los
milicianos de la fonda. Los vio detenerse en el abrevadero situado frente a la
casa a dar de beber a los caballos mientras vigilaban a su alrededor, armas en
mano. Sintió una especie de alivió al descubrir entre ellos al hombre a quien
creía muerto y que lucía una venda prietamente atada al cuello; al menos no
tendría que vivir con remordimientos por haber asesinado a un ser humano,
por muy miserable que fuera. Notó que le flaqueaban las piernas cuando él y
otro se dirigieron hacia ella y le preguntaron si había por allí había alguna
taberna; respondió que no con un gesto de cabeza, se apresuró a recoger el
carbón que llevaba en el delantal y que se le había caído al verlos y entró en la
vivienda. Ambos la siguieron, y creyó llegada su hora, pues estaba segura de
que la habían reconocido. No la perdonarían, el herido la ensartaría con su
sable, y rogó para que no descubrieran a Aurora, quien había ido a casa de un
vecino a por unos cordeles para ensartar y colgar los pimientos en el sobrado.
Se tranquilizó cuando Orosia salió a recibirlos, los oyó hablar sin escuchar lo
que decían y los vio marchar a lomos de sus caballerías. La mujer le dijo luego
que querían saber cuánto faltaba hasta la frontera con Francia y añadió con una
sonrisa que haría mejor en lavarse, pues parecía el buco que se ayuntaba con las
brujas. Solo entonces se dio cuenta de que tenía tiznadas manos y cara por lo
que su atacante no la había reconocido, y le entró una risa floja que dejó a la
otra muy sorprendida.
A excepción de los ocupantes del carro de pasajeros que hacía la ruta de
Sabiñánigo a Formigal, a finales de noviembre ya no se veían foráneos por
Piedrafita debido a la lluvia y a las bajas temperaturas. Cerrados los famosos
baños hasta la siguiente temporada, el marido y los hijos de Orosia
continuaban allí, encargados de la vigilancia y mantenimiento de las
instalaciones, si bien bajaban más a menudo para contento de la mujer, que
siempre les tenía preparados un morral con mudas limpias y planchadas y otro
con fiambres, empanadas, tortetas y un tarro grande de miel. Ninguno de los
tres era demasiado hablador, pero pareció agradarles que en su ausencia la
esposa y madre estuviera acompañada, y las veladas se alargaban junto al fuego
cuando ellos se hallaban en la casa. Quizás porque las llamas del hogar poseen
un atractivo particular y evocan de alguna forma tiempos pretéritos, no era raro
que acabaran hablando de historias viejas, sucesos, creencias, miedos y... brujas,
sobre todo brujas.
Elisa había oído a Feliciana hablar de las malignas de su tierra, en las que
creía a pie juntillas, pero siempre había pensado que no eran sino cuentos,
como los que le leía su madre de pequeña. Sin embargo, descubrió que su
añorada amiga no era la única crédula al escuchar que doscientos años atrás en
el vecino pueblo de Tramacastilla, y en todo el Valle de Tena, decenas de
jóvenes mujeres solteras habían sido acusadas de mantener relaciones con el
demonio; reían, lloraban, sufrían espasmos y vomitaban clavos retorcidos. Una
de las abuelas de la familia contaba que su tatarabuela las había visto allí
mismo, en el bosque de El Betato, elaborando pócimas y adorando al Diablo
con apariencia humana, la de un tal Pedro de Abuerro, y añadía que, al parecer,
era un mozo guapo y muy rico a quien gustaban las faldas más que los repollos
a las cabras.
La evocación provocó las risas de los tres hombres, en especial la del más
joven, que aseguró entornando los ojos y esbozando una sonrisa que por algo
llamaban brujos a los tensinos, y que a él también le gustaba el repollo. Elisa se
sintió incómoda; calculaba que ambos tenían más o menos la misma edad, y
no era la primera vez que le miraba así. En el valle faltaban mujeres, o había
muchos solteros, no lo sabía bien, pero lo que sí tenía claro es que no pensaba
compartir su vida con ningún otro hombre. Tampoco deseaba permanecer en
tierra de brujas, aunque no existieran y, si bien lamentaba dejar sola a Orosia
después de sus atenciones, decidió partir al día siguiente, en cuanto los
milicianos se hubieran marchado. No pudo ser. Aquella misma noche cayó una
tromba de agua que continúo durante más de dos semanas, de tal manera que
el Gállego se desbordó e inundó los caminos. Tras la lluvia llegó la nieve, lo que
hacía imposible abandonar Piedrafita a menos de disponer de unas raquetas, y
aun así suponía un riesgo que la madre no estaba dispuesta a que su hija
corriera. Los hombres de la casa habían salido hacia las fuentes pese a la lluvia,
y permanecían aislados en el balneario; las dos mujeres y la niña volvieron a
quedarse solas.
Con el deshielo llegaron las cascadas, la floración de abedules, fresnos,
avellanos, hayas, de madreselvas, rosales silvestres, sabucos, e incontable
número de especies que transformaron el valle en un jardín. Por primera vez,
Elisa tenía el sosiego suficiente para contemplar el resurgimiento de una
naturaleza espléndida. Y por primera vez en los dos últimos años pensó en el
«viaje de bodas» de unas horas a lomos de una yegua por el bosque de la
Pardina Ballarín, aunque entonces era otoño, nada que ver con la exuberante
explosión de la primavera, pero también la última ocasión en la que se sintió en
paz. Su vida y la de sus hijos habría sido otra si Bizén no se hubiera ido. No es
que no lo recordara, es que no quería pensar en él; le hacía daño. Tomó por
costumbre caminar con Aurora por los alrededores cuando la dueña de la casa
no precisaba de su ayuda; juntas subieron al ibón situado a los pies de Peña
Telera cuya cima se hallaba todavía nevada y metieron las manos en el agua
helada, se adentraron en los bosques, pasearon por las orillas del río, se
cruzaron con partidas de gamos, contemplaron el vuelo de las águilas e,
incluso, apercibieron un lince encaramado a una roca, que desapareció al
verlas. Regresaban contentas, las mejillas arreboladas a la espera de la siguiente
salida, pero los hombres de la casa también habían vuelto y ella notaba un
apremio acuciante, no solo por parte del más joven, también de sus padres,
ansiosos de que al menos uno de sus hijos les diera nietos.
Aprovechando una de las ausencias de aquellos y que Orosia se encontraba
visitando a una vecina enferma, una mañana de mediados de marzo detuvo el
carro de viajeros, y su hija y ella subieron con la intención de apearse en Biescas
y proseguir camino a Buisán. Se fueron con la misma ropa con la que habían
llegado, unas bufandas y dos mantas tejidas por ella; no llevaban equipaje, solo
un atadijo con una torta grande de pan de cebada, unas manzanas y un saquito
de avellanas peladas, a cambio de lo cual dejó tres pesetas encima del arcón de
la harina. Lamentaba no haber sido más espléndida, pero no podía
permitírselo; sus ahorros no llegaban a las doscientas e ignoraba lo que les
depararía el futuro.
Inmersa en sus pensamientos no se dio cuenta de que atravesaban Biescas sin
detenerse, pues allí no había nadie a la espera, y ella no le había dicho al
cochero dónde querían bajarse. Hacía frío, y se envolvió en la manta. Tras una
mala noche dándole vueltas a la cabeza y, pese a lo incómodo de los bancos de
madera que compartían con otros pasajeros, con el traqueteo se quedó
dormida. Ni siquiera se despertó cuando hicieron un alto en Sabiñánigo, se
cambió el tiro de dos caballos por otro de cuatro y se continuó ruta hacia
Huesca, adonde llegaron a media tarde. Su estupor fue inenarrable al oír el
nombre de la ciudad y todavía lo fue mayor cuando el cochero le pidió ciento
veinte pesetas por los dos pasajes. De nada valió asegurar que se trataba de un
malentendido, que su intención era apearse en Biescas, el hombre se mantuvo
firme e incluso amenazó con llamar a los guardias. No le quedó más remedio
que pagar y maldecir su mala suerte. Luego se encaró con Aurora por no
haberla despertado, pero esta respondió que ella en ningún momento le había
dicho cuál era su destino, lo cual era cierto y, además añadió, le había dado
pena espabilarla porque sabía que dormía mal y que la víspera no había pegado
ojo. Les quedaban algo menos de cincuenta pesetas y encontraron alojamiento
en una pensión próxima a las cocheras.
1885
ese a hallarse a poca distancia, Elisa nunca había estado en la ciudad y
P
tampoco se imaginaba que existiera un lugar semejante; su vida había
transcurrido en el campo, primero en la finca, luego en los valles.
Quedó boquiabierta al descubrir una población de calles amplias, edificios de
cuatro alturas y más, paseos flanqueados por árboles, palacetes con jardines
propios que le trajeron a la memoria retazos de conversaciones en las que se
mencionaba «la casa de la ciudad». Así que aquella debía de ser la Osca de los
romanos, que decía el abuelo, gran amante de la historia de su tierra, y también
el lugar en el que vivía su padre la mayor parte del año. ¿Y si se lo encontraba?
¿Qué haría? ¿Qué le diría? Hizo cálculos, él le llevaba más de cuarenta años,
por lo tanto, ahora rondaría los setenta y pico, si no estaba muerto, que todo
podía ser. No la reconocería, aunque quizás ella a él sí. Era difícil olvidar al
hombre alto, de anchas espaldas, bigote y barba cuidada; de mirada poco
amable, acostumbrado a mandar y a ser obedecido. Lo que sí recordaba con
claridad era la gruesa leontina sujeta a un botón del chaleco de cuyo extremo
colgaba el reloj, que guardaba en el bolsillo izquierdo del mismo y lo sacaba
cuando se impacientaba y quería dar por finalizada una conversación.
Asimismo, se acordaba del grueso anillo de oro que brillaba en el dedo
meñique de su mano derecha, y estaba segura de reconocer cualquiera de las
dos joyas, aunque esperaba no se diera el caso. Si en algún momento llegó a
odiar a su padre, ahora le era indiferente. De no ser por él, no habría sufrido tal
cúmulo de calamidades, pero también era cierto que tampoco habría tenido a
sus tres queridos hijos.
Feliciana, mujer optimista donde las hubiera, le había enseñado a ver la
botella media llena, no medio vacía, pues la desesperanza, decía, es terreno
abonado a los males de cuerpo y mente y, entonces, la vida resulta más ardua
de lo que ya es. Tal vez porque dicho recuerdo insufló en ella el ánimo que
creía perdido tras pagar la escandalosa suma de los pasajes, o porque no podía
hacer otra cosa, su mirada escudriñaba con ansia anuncios en puertas y tapias a
la búsqueda de una oferta de trabajo, alentando a Aurora a que hiciera otro
tanto. De todos modos, si no encontraban nada, siempre podrían ir al pueblo,
aunque fuera andando; con suerte, Marcela la del herrero seguiría allí, y tal vez
podría echarles una mano. A punto estaba de preguntar por el camino cuando
vio un cartel colgado en una puerta acristalada en el que solicitaban un maestro
confitero. No lo pensó y entró seguida por su hija.
Ambas permanecieron quietas en la entrada, atónitas; jamás habían visto un
local semejante. Las mesas con patas de forja, los suelos de mármol, las
lámparas de velas en el techo, los cortinajes, los estantes repletos de cajas de
todos los tamaños y colores, las fuentes con dulces y tartaletas sobre el
mostrador indicaban que aquel lugar no era una simple taberna. Su abstracción
concluyó cuando una señora elegantemente vestida les preguntó qué deseaban
y miró a Elisa de arriba abajo al responder esta que venía por lo del anuncio.
Con el capotillo desgastado, la falda de color incierto, los zapatos de tacones
cuadrados ya desgastados y el sencillo casquete de fieltro heredado de su
madrina, mostraba un aspecto si no de pobre, sí de una campesina como
muchas otras que llegaban a la ciudad en busca de trabajo. La señora sonrió,
pero hizo un gesto negativo con la cabeza y la informó amablemente de que
buscaban un confitero, hombre, con experiencia. Quizás porque no tenía nada
que perder o porque no esperaba otra respuesta, no se amilanó y preguntó a su
vez cómo sabía que ella no la tenía, la experiencia. A continuación, y de
corrida, enumeró una lista de tortas, bizcochos, hojaldres, tartaletas, pasteles,
dulces y mermeladas, y finalizó afirmando que una mujer cocinaba igual o
mejor que un hombre; se despidió con una ligera inclinación e hizo una seña a
Aurora para salir, pero la señora la detuvo y la examinó con atención.
Doña Engracia, propietaria de El Obrador, recordó la figura de su abuela
paterna trajinando entre pucheros y marmitas, mientras el abuelo atendía el
negocio de velas y ceras, la una y el otro ayudados por su dos hijos y nueras,
ellos en la cerería, ellas en la confitería. La miel y la cera de las abejas
compartían un mismo espacio entonces. Con el tiempo, se levantó un tabique
entre ambos comercios; los tíos se quedaron con la cerería y los padres con el
obrador, y así continuaban sus descendientes. Su difunto marido y ella
transformaron el establecimiento en lo que ahora era. Además de chocolate y
todo tipo de bollería y dulces, también servían café, que todavía no contaba
con demasiados adeptos, pero empezaba a ponerse de moda debido a las
tertulias de hombres mantenidas en torno a una taza de aquella bebida amarga,
que ella no apreciaba en absoluto. Se vio amasando harina, batiendo huevos,
horneando bollos y tartas, trabajando desde el amanecer hasta altas horas de la
noche al tiempo que criaba a tres hijos. Su marido era un magnífico confitero,
pero ella también lo era. Aquella mujer de aspecto humilde le recordaba a sí
misma y le pidió que hiciera una demostración de sus habilidades reposteras.
Minutos después, Elisa se había desprendido del capotillo y del casquete,
colocado un delantal y arremangado. Ante la mirada de la dueña, del maestro
pastelero, un hombre ya mayor a la espera del relevo para retirarse, de dos
aprendices y otros dos camareros, preparó una docena de buñuelos rellenos de
crema aromatizada con canela y raspaduras de limón que colocó sobre un plato
y ofreció a sus improvisados espectadores, añadiendo que una tarta de
almendras o unos hojaldres con queso y miel le llevarían más tiempo. Aurora se
había quedado sentada a una mesa bebiendo el chocolate que le sirvió uno de
los mozos, pero apenas había transcurrido algo más de una hora cuando se
asomó al obrador al escuchar las felicitaciones dirigidas a su madre, que fue
contratada a prueba durante un mes.
La suerte no llegó sola. Por mediación de doña Engracia, madre e hija
consiguieron alojamiento a cambio de servicio en casa de una pareja mayor,
justo enfrente del establecimiento. El marido, un profesor jubilado, adoptó de
inmediato a la niña como alumna al enterarse de que sabía leer y escribir; su
madre se había encargado de enseñarle desde muy pequeña. Solo contaban con
dos libros que Elisa había logrado conservar: Cuentos de Mamá Oca y La
cabaña del tío Tom, sus más preciados tesoros, en especial el segundo. Ella no
era negra, pero tal vez debido a la similitud de sus nombres, se identificaba con
la esclava Eliza abusada por los Shelby al igual que ella lo había sido por su
padre, quien bien podría asemejarse a un esclavista sin escrúpulos. Ambos
volúmenes presentaban un aspecto deteriorado de tanto uso, las cubiertas
desgastadas, las páginas oscurecidas, pero todos los días encontraba algún
momento para leer unos párrafos; se lo sabía de memoria, Aurora también,
aunque esta prefería los cuentos de Perrault.
Don Fidel quedó gratamente sorprendido por su capacidad lectora y buena
letra, ejercitada desde cría en cuadernos que su padre adoptivo le conseguía en
Aínsa. En Biescas utilizaba retazos de papel que su madre sustraía del
mostrador del dueño de la fonda, sin embargo, no había vuelto a escribir desde
entonces. Los ojos se le agrandaron cuando el profesor le puso delante un
cuaderno de hojas rayadas y un estuche con seis lápices nuevos, prometiéndole
además que pronto le enseñaría a escribir con pluma. Pagaba su hospedaje y las
clases limpiando el piso por las mañanas, además de ir al lavadero y al mercado;
las tardes las dedicaba al estudio. De las comidas se encargaba Elisa; por lo
general dejaba la olla puesta antes de salir, en ocasiones lo hacía por las noches.
Ambas habían encontrado, sin esperarlo, el ansiado sosiego en un refugio
acogedor, si bien no olvidaban en ningún momento que Úrbez y Antoi las
esperaban en la aldea.
Transcurrido el mes de prueba, se hizo cargo del obrador y compró ropa y
zapatos nuevos para las dos con su primera paga, noventa pesetas, a tres pesetas
por día. En unos meses tendría suficiente para ir en busca de sus hijos y traerlos
a la ciudad, pues de una cosa estaba segura: no encontraría mejor trabajo que
aquel, y no pensaba renunciar. No solo disfrutaba elaborando guirlaches,
hojaldres con almendras, pasas y nueces, almojábanas de miel, pastel ruso,
dobladillos o merengues, sino que, en ocasiones, también ayudaba a su patrona
en el mostrador e incluso salía chocolatera en mano cuando los camareros no
daban abasto y directamente servía ella misma a los clientes el chocolate
caliente. Trabajaba todos los días de la semana, excepto los lunes por la
mañana, en los que dos mujeres se ocupaban de la limpieza a fondo del
establecimiento, horas que aprovechaba para dormir un poco más y salir a dar
una vuelta con su hija, pero no se quejaba, muy al contrario, el trabajo
mantenía su mente ocupada, y nunca se había sentido tan útil.
Supo por uno de los ayudantes que la señora cerraba El Obrador en agosto,
mes en el que la clientela decaía, y que ella aprovechaba para visitar a su familia
en Zaragoza. No cobraban esas semanas, pero los empleados agradecían un
descanso, y ella contaba los días que faltaban; para entonces habría ahorrado lo
necesario para ir en busca de sus hijos, además ya le había echado el ojo a un
pequeño piso de dos cuartos, cocina y retrete en la misma calle, dando por
hecho que el profesor y su señora no los aceptarían en el suyo pese a haber sitio
de sobra.
A la espera del ansiado día en que por fin podría abrazar a sus pequeños,
gozaba con un trabajo en el que no solo se limitaba a elaborar las recetas
tradicionales de la casa, también introdujo otras nuevas, en especial de frutas
de la época escarchadas, cubiertas con el chocolate líquido que en ocasiones
sobraba, bombones de licor o almendras y nueces asimismo bañadas en
chocolate. La dueña se mostró encantada y decidió obsequiar a sus clientes con
algunos de estos dulces dependiendo de las consumiciones, de forma que en
poco tiempo aumentó la ya de por sí buena fama del establecimiento, que no
tardó en recibir pedidos para llevar y tuvo que incrementar su demanda de
bandejas y cajas de cartón al taller que les surtía.
De vez en cuando, Elisa se asomaba a la puerta del obrador y sonreía al
contemplar el éxito de «sus» golosinas, pero cuando más satisfecha se sentía era
al observar el deleite en el rostro de un caballero mayor que llegaba puntual a
las seis de la tarde, pedía una taza de café, la bebía y después introducía el
bombón en la boca y cerraba los ojos, como en un rito. El hombre pidió
conocer al maestro confitero creador de aquella delicia, y alzó las cejas
sorprendido al comprobar que el mismo era, en realidad, una maestra. Más
tarde, su patrona la informó de que se trataba de don Casimiro Pueyo, un rico
hacendado, viudo, cuyo hijo y heredero había muerto durante la tercera guerra
carlista, aunque tenía otro que vivía en Madrid. Se reunía con otros caballeros,
hablaban de política y asuntos varios, pero la ceremonia del café y el bombón
continuaba inalterable.
Una tarde de finales de julio, tras una calurosa jornada de cielos despejados,
la población se vio sorprendida por un intenso aguacero que vació las calles.
Apenas había clientes en El Obrador, pero el señor Pueyo apareció a la misma
hora de siempre y pidió su consabida taza de café. Faltaban pocos días para
cerrar, y doña Engracia había dado orden de acabar con las existencias y de
elaborar estrictamente lo necesario, pues no era cuestión de desperdiciar el
género. Con su aprobación, Elisa eligió un bombón de cereza con licor, un
escarchado de melocotón y unas almendras bañadas en chocolate, los colocó en
un platillo de porcelana y ella misma se los sirvió. Hablaron durante largo rato
y, para su sorpresa, descubrió que el caballero había conocido a su abuelo, con
quien había mantenido amistad y negocios. No fue menor la del anciano al
saber que la nieta de su amigo Escagüés trabajaba a fin de ganarse la vida. No
entraron en detalles, él partía para Madrid al día siguiente, pero prometió que
a su vuelta hablarían largo y tendido.
Una semana más tarde, cerrado ya el obrador, madre e hija cogieron el carro de
viajeros que hacía la ruta de Huesca a Sabiñánigo, otro de allí a Biescas y un
tercero hasta Fanlo, el trayecto hasta Buisán lo hicieron a pie. Llegaron a la
puesta del sol, cuando los últimos rayos iluminaban las cumbres de las
Treserols, que nunca como entonces les parecieron tan hermosas, pero Úrbez y
Antoi ya no estaban allí.
Impávida, sin que un músculo de su rostro denotara la emoción y la
impotencia que sentía al mismo tiempo, Elisa escuchó hablar a su suegra y
cuñados. Bizén se había presentado en la casa una noche, a comienzos del
verano, dándoles un susto de muerte, pues creyeron que se trataba de una
aparición. Según les contó, las aguas lo arrastraron hasta la orilla del río al caer
de la navata, y unos campesinos lo cuidaron hasta que se recuperó, pero se
había dado un golpe en la cabeza con uno de los troncos y perdido la memoria,
así que permaneció con ellos, ya que no sabía quién era, de dónde venía ni
adónde iba. Durante casi tres años había sido otra persona. De vez en cuando,
la visión de unos niños jugando, una mujer junto a la lumbre, unos trozos de
madera, un amanecer... se mezclaban con otras imágenes; poco a poco salió de
su extravío y se apresuró a regresar. Su hermano mayor los llevó a Biescas en la
carreta, a él y a los chicos, a buscarlas, pero los dueños de la fonda les dijeron
que habían desaparecido tras lo ocurrido con los hombres armados y que
ignoraban su paradero. Y allí se habían despedido, Bizén decidió remover tierra
y cielo hasta encontrarlas y se llevó con él a sus hijos.
Permanecieron en la aldea durante todo el mes a la espera de verlos aparecer
en cualquier momento, pero debían volver si Elisa no quería perder el trabajo,
lo que no podía permitirse vista la situación, y dejó las señas antes de partir por
la misma ruta para el caso de que tuvieran noticias de su marido. Sentía una
tristeza enorme al no haber podido abrazar a sus pequeños, pero también
alegría al saber que él estaba vivo y cuidaba de ellos; era un hombre tenaz, tarde
o temprano, estaba convencida, volverían a reunirse. Retomó su vida donde la
había dejado, un alivio, pues ocupada en el quehacer diario no pensaba en lo
único que verdaderamente le importaba, su familia.
También recibió una noticia que la llenó de orgullo. A los pocos días de su
regreso, el profesor le comentó un asunto al que había estado dando vueltas:
Aurora acababa de cumplir los quince y era preciso pensar en su futuro. En un
principio pensó que hablaba de ponerla a trabajar como criada o de
dependienta en un comercio, pero notó que el corazón se le aceleraba cuando
don Fidel aseguró que la joven mostraba una aptitud poco común para el
aprendizaje de las letras. Cierto que él no había tenido oportunidad de instruir
a mujeres, pero estaba seguro de que su alumna no tendría problemas para
aprobar el examen de entrada que tendría lugar en la primavera siguiente en la
Escuela Normal para Maestras, emplazada en el Beaterio de Santa Rosa de
Lima. Se exigía a las aspirantes saber leer y escribir, geografía, algo de números,
la doctrina cristiana y las llamadas «labores del hogar», cocina, costura y demás
materias propias de mujeres. Conocía a la directora del centro por haber sido él
mismo director de la Normal para Maestros y haber mantenido con ella
algunas reuniones sobre las asignaturas a impartir y, en especial, para lograr
fondos del Ayuntamiento cuyos responsables se mostraban remisos a destinar
dineros a una institución femenina; podría hablar con ella a fin de enterarse en
qué consistiría exactamente el examen de entrada. La llenó de gozo pensar que
su querida hija haría realidad su sueño, que pudiera ganarse un sueldo, ser
independiente y, sobre todo, que se dedicara a enseñar a niñas destinadas a lo
único que se esperaba de ellas, es decir casarse, ser amas de casa, criar hijos y
trabajar sin cobrar hasta la vejez. A la joven, por su parte, también pareció
gustarle el plan y prometió poner todo su empeño en lograr una plaza en una
institución cuya existencia hasta entonces ignoraba.
Días después de reabrirse el local, el señor Pueyo no había acudido a su cita
con la taza de café y su correspondiente golosina por lo que Elisa llegó a pensar
que o bien había alargado su estancia en Madrid o que se hallaba enfermo.
Confiaba en que fuera aquel el motivo de su ausencia; su única conversación la
había dejado con ganas de más, puesto que, muerta Feliciana, ya no quedaba
nadie con quien hablar de su abuelo y, además, tal vez el amable caballero
hubiera también conocido a su madre. Nadie desaparecía hasta ser olvidado, y
por desgracia era ella la única en recordarlos. Esbozó una sonrisa de oreja a
oreja al verlo entrar en el establecimiento, una cálida tarde de comienzos del
otoño.
Vestido de negro, camisa, chaleco y guantes blancos, sombrero de copa alta,
corbatín también negro y bastón con mango de plata era la imagen misma de
la elegancia. No esperó a que lo atendiera uno de los camareros, empuñó la
cafetera con una mano y el platillo con el bombón en la otra y acudió a
servirlo. No había mucho qué hacer en el obrador habiendo ya preparado
masas y arropes para el día siguiente, y se sentó a su mesa tras ser invitada por
él y recibir la aprobación de la dueña. Aquel día don Casimiro no se marchó
una vez tomado el café como acostumbraba, y ambos hablaron hasta la hora
del cierre, aunque fue más bien ella la que se explayó mientras él y la patrona,
que se les había unido, la escuchaban con atención.
Al igual que hacía de pequeña con las panojas, desgranó los recuerdos de su
infancia, el dolor por el fallecimiento de las dos personas que amaba, el
matrimonio forzado, la injusticia del propio padre, su violación, la huida hacia
los montes, la boda con Bizén, los hijos, y de nuevo la lucha por la
supervivencia en un mundo que le era hostil. Al finalizar, el anciano la acarició
la mano en un gesto de ánimo; doña Engracia tenía los ojos empañados.
Transcurrieron un par de semanas antes de que pudieran volver a hablar con
calma. El negocio marchaba mejor que nunca, y cada vez eran más los clientes
deseosos de catar las especialidades de El Obrador, entre ellos los tres o cuatro
hombres que solían reunirse con el señor Pueyo. La inesperada muerte del rey
Alfonso XII, víctima de la tuberculosis a la temprana edad de veintisiete, la
proclamación de su hijo póstumo nada más nacer, la regencia de la reina viuda
y la inestabilidad del gobierno de la nación constituían el grueso de sus
conversaciones, pero no siempre. En ocasiones, Elisa atrapaba frases sueltas y
no dejaba de sorprenderla que unos señores aparentemente serios y ya de una
edad hicieran comentarios subidos de tono referentes a una cómica que había
actuado la víspera en el Teatro Principal o en el Gran Café de la Unión, o
mencionaran los chascarrillos que corrían sobre los amoríos de ciertos notables,
que a ella le eran completamente desconocidos.
Una tarde los contertulios no aparecieron, probablemente debido a algún
evento en el Casino o en uno de los ateneos, y pudieron charlar un rato; en esta
ocasión fue él quien habló. No había olvidado su conversación, la aseguró, en
especial lo referido al modo indigno en que Basilio Azaba se había hecho con el
legado de su suegro. Tras consultar con el abogado y en su nombre, si a ella le
parecía bien, estaba dispuesto a presentar una demanda en el Juzgado. El
hombre sonrió al constatar su azoramiento e hizo lo mismo que la vez anterior,
le acarició la mano antes de informarla de que había reclamado una copia del
testamento de manera a confirmar que, en efecto, era la receptora final de la
herencia de su abuelo. Incluso en el caso de que la otra parte presentara el
documento firmado por ella nombrando testaferro de sus propiedades al tipo
con quien su padre la había matrimoniado, la venta no sería legal si no iba
acompañada del contrato y el correspondiente comprobante. Asimismo, podría
alegarse que ella entonces tenía diecisiete años, una edad muy joven para
asumir tan importante transacción, y no faltarían personas en su pueblo prestas
a testificar contra el, por ahora, dueño de la hacienda; un hombre capaz de
maltratar a su propia hija también era capaz de maltratar a otros y hacerse
enemigos. Pero debía de ser paciente, aseveró, pues la Justicia avanzaba
despacio, muy despacio.
Decidió no pensar en el asunto, era inútil darle vueltas, no solucionaría nada
y corría el riesgo de caer en un estado de ansiedad. Se centró por tanto en su
trabajo, aunque hubiera momentos en que, sin quererlo, se viera a sí misma en
El Maizal, junto a su marido y sus tres hijos, contemplando los atardeceres en
los que el cielo se tornaba rojo.
Un domingo al mediodía, en que atendía el mostrador por hallarse doña
Engracia indispuesta, tuvo que aspirar una bocanada de aire para recuperarse
de la impresión al entrar en el local un hombre que era una réplica exacta del
padre que recordaba, igual envergadura, mismo rostro de facciones duras,
idénticos bigote y barba. Lo único que los diferenciaba era la mirada amable
del cliente, quien llevaba de la mano a una niña de unos seis años de edad.
Pidió una docena de castañas de mazapán y un bastón de caramelo, que alargó
a la niña advirtiéndola de que no dijera nada a su madre, pues de sobra sabía
que tenía prohibidos los dulces antes de las comidas. No pudo evitarlo,
permaneció inmóvil, la bandeja de las castañas en las manos, la mirada turbia,
al escuchar sus risas cómplices, una escena que ella nunca había vivido. No
dejó de mirarles mientras seleccionaba los dulces con unas pinzas, ataba
después el envoltorio con una cinta de color azul y preguntaba a la niña por su
nombre al entregar los cambios. A poco se le caen las monedas al suelo cuando
la escuchó decir que se llamaba Casilda Azaba; notó las rodillas flojas y tuvo
que sentarse en la banqueta alta situada frente a la caja del dinero al tiempo
que los veía desaparecer por la puerta de la calle.
Así pues, aquel hombre bien trajeado era uno de sus hermanastros, los tres
mayores que ella, que su padre había llevado a la hacienda tras enviarla a las
dependencias del servicio. Los había visto en alguna ocasión, pocas, durante sus
vacaciones, cuando entraban en la cocina a coger algo para picar, también en el
porche acompañando a las visitas o haciendo carreras; los había oído reír,
llamarse a gritos, pero no recordaba sus caras ni sus nombres, por lo que no
podría decir cuál de los tres era el padre cariñoso que acababa de comprar un
dulce a su hija. A la mañana siguiente, en sus horas libres de los lunes, ascendió
al Cerro de las Mártires y contempló los campos que rodeaban la ciudad. En
algún lugar hacia el noroeste se hallaba la casa de sus antepasados; no sabía
cómo, pero se juró que algún día volvería a ser suya.
Aurora aprobó el examen de entrada en la Escuela Normal para Maestras y, en
compañía de don Fidel y señora, se presentó en El Obrador a anunciarle la
buena nueva justo antes de que cerraran. Acabaron todos, dueña y empleados
incluidos, comiendo bollos y pasteles sobrantes y bebiendo vino blanco de
Burdeos por invitación de doña Engracia, lo que dejó pasmados a sus
empleados, conocedores de lo poco dada que era la patrona a detalles
semejantes.
Por las mismas fechas, el señor Pueyo le anunció que ya se había presentado
en el Juzgado la solicitud para la vista relacionada con el testamento de su
abuelo y lo referente a la herencia, cesión de derechos y adquisición de la
heredad por parte de Basilio Azaba. No le había dicho nada antes para no
impacientarla, pero, a la espera de que la demanda fuera aceptada, había
contratado a un investigador a fin de recabar todo tipo de información, tanto
en la ciudad como en el pueblo. Gentes que le debían favores o trabajaban para
él habían callado, pero el hombre había dejado su camino sembrado de
rencores tal y como suponía, y otras personas habían testificado con pelos y
señales sobre el trato recibido por su mujer e hija, así como por labradores y
empleados. En cuanto al matrimonio obligado, el nombre del individuo solo
aparecía en tres documentos: boda, cesión de los derechos por su parte y venta
de la finca y haberes al suegro. Su hombre se había incluso trasladado al pueblo
de origen del sujeto, donde lo informaron de que, en efecto, era un borracho
de cuidado que volvió por allí muy ufano, con miles de reales en los bolsillos
que dilapidó en el juego y la bebida. Su muerte fue precisamente debida a una
pelea por una deuda durante la cual recibió un mal golpe que lo dejó seco en el
suelo. Nadie sabía que se había casado y que los dineros eran el pago por la
boda.
Elisa permaneció en silencio, no sabiendo qué decir, conmovida por el
interés del generoso caballero. No obstante, sintió preocupación ya que no
podría reembolsarle el costo de su gestión; el papeleo, el investigador, los
desplazamientos, sin contar el tiempo dedicado, debían de haber supuesto una
fortuna de la que ella no disponía. Como si leyera su pensamiento, don
Casimiro le habló del hijo, muerto en una guerra cruel para beneficio de unos
pocos, como lo eran todas, y del otro hijo, que vivía en Madrid y le había dado
cuatro nietos y dos nietas que heredarían su patrimonio. Tenía mucho más de
lo que necesitaba y dedicaba parte de su dinero a obras de misericordia por si le
valía de algo en el «Más Allá», sonrió, pero quería dejar claro que su asunto, el
de ella, nada tenía que ver con la caridad; se trataba de una cuestión de
amistad, la que Escagüés y él habían mantenido durante muchos años, y
también de justicia. Azaba se había apropiado de unos bienes que no le
pertenecían, y era por tanto menester poner las cosas en su sitio y arrebatarle lo
que tan malamente había obtenido; disponía de otras propiedades, entre ellas,
un palacete allí mismo, en la ciudad, así que no necesitaba seguir ocupando la
casa y las tierras de su hija. La mujer no pudo reprimir un ademán de sorpresa.
Sin haberlo preguntado, el señor Pueyo acababa de proporcionarle una
información inesperada: su padre estaba vivo y seguía en El Maizal.
La vida continuó sin cambios durante los siguientes dos años. Como bien
había afirmado su benefactor, el asunto de la herencia iba muy lento, y Elisa
intentaba no pensar en ello, pero le resultaba difícil pues el caballero
continuaba acudiendo al establecimiento.
Por otra parte, el que suponía era su hermanastro tomó por costumbre
acudir los domingos a El Obrador, siempre acompañado por su esposa, hija y
suegra. La niña Casilda no tardó en meterse detrás del mostrador mientras los
mayores saboreaban sendas tazas de chocolate con churros; fue ella quien le
reveló que su abuela y doña Engracia eran amigas desde la juventud, y saberlo
no hizo sino avivar su curiosidad. Tardó en atreverse a preguntar a su patrona,
lo hizo como quien no quiere la cosa, una pregunta por aquí, otra por allá... En
efecto, aquel era Ramiro, el primogénito de Basilio Azaba, si bien solo se
parecía a su padre en el físico; lo que el uno tenía de altanero, el otro lo tenía
de afable. Al parecer, el viejo cacique no se llevaba bien con sus dos hijos
mayores, a quienes reprochaba haberlos legitimado y pagado los estudios para
nada, decía, ya que se negaban a seguir sus mandatos; a ambos los había
desheredado. Al mayor, por casarse sin su permiso, de hecho, ni siquiera
conocía a su preciosa nieta, y al segundo por marcharse a hacer las Américas, a
Venezuela en concreto. De todos modos, Ramiro era un ingeniero reputado y
no necesitaba su dinero en absoluto. Sin embargo, con el tercero de sus hijos
parecía llevarse muy bien. Doña Engracia no lo conocía personalmente, pero
su amiga le había dicho que era tan insoportable como el padre; soltero, sin
ocupación conocida, aunque pasaba largas temporadas en el campo, en
invierno vivía en la Casa Azaba de la ciudad y, según había oído decir a su
yerno, no se privaba de asistir a toda fiesta o sarao que tuviera lugar.
Un lunes por la mañana, se dirigió a la Plaza de San Lorenzo y aledaños,
zona donde tiempos atrás se hallaban la morería y la Alquibla musulmana,
repleta de comercios, tabernas y animación, quizás reminiscencia inconsciente
del zoco árabe que existió allí durante tres siglos. No se distrajo mirando los
puestos, se dirigió directamente a la librería abierta en la misma plaza. Su hija
necesitaba dos cuadernos y, de paso, ella quería encontrar una novela cuya
reseña había leído en el periódico, El señor de Bembibre, de un escritor de
nombre Enrique Gil y Carrasco, que no le sonaba de nada. Tampoco es que
estuviera al corriente de los autores en boga, pero deseaba recuperar su viejo
hábito de lectura, aunque fuera media hora al día, y los libros de la biblioteca
del profesor eran demasiado... serios para ella. El librero la conocía de otras
ocasiones y se apresuró a buscar el ejemplar solicitado, después le mostró
diversos cuadernos de caligrafía; eligió tres, los más gruesos.
De vuelta al piso, Aurora le aseguró que le bastaban los dos que le había
pedido y le preguntó por qué no se animaba ella a escribir una historia. Le
entró la risa, pero don Fidel secundó a su alumna; una mujer capaz de enseñar
a otros a leer y a escribir, también lo era para expresarse por escrito. Cierto que
no bastaba con dominar la caligrafía para ser una buena escritora, de hecho,
apenas había autoras publicadas dignas de ser reseñadas, sin embargo, estaba
seguro, añadió, de que disfrutaría intentándolo. Ella volvió a reír y respondió
con el conocido refrán «zapatero a tus zapatos».
Le gustó la novela, disfrutó con las descripciones, diálogos, personajes, pero
de manera muy especial con la romántica relación de la pareja protagonista y
su triste sino lo que le provocó alguna que otra lágrima. Su historia no tenía
nada que ver con la de doña Beatriz, pero sí coincidía en que ambas, obligadas
a casarse por imposición paterna, habían sido meras piezas en un tablero de
intereses en el que no contaban los sentimientos. Cierto que en todas las capas
de la sociedad era habitual que los padres decidieran el futuro de las hijas, pero
también lo era que algunos, como Bizén o su medio hermano, les mostraran
un cariño que ni la heroína de la novela ni ella habían recibido. Tal vez Aurora
y el profesor tuvieran razón, y le vendría bien escribir su propia historia,
aunque solo fuera para recordar los momentos felices y conjurar los malos. Lo
intentó, pero de inmediato se dio cuenta de que, en efecto, la buena caligrafía
no era suficiente para escribir algo de interés; repetía palabras, verbos, abusaba
de los adverbios, ignoraba sinónimos y antónimos...; arrancó la hoja y guardó
el cuaderno.
Tiempo después se le ocurrió copiar la receta publicada por el Diario de
Huesca de la tarta de pisos de una conocida pastelería zaragozana y, de la
misma, pensó que no sería mala idea transcribir también las de El Obrador y,
¿por qué no?, las propias. Varias semanas después había transcrito cerca de
doscientas recetas, y tuvo que comprar otro cuaderno. Aurora se los arrebató y
se los mostró al profesor y a su señora; los tres estuvieron de acuerdo en que era
un trabajo que merecía la pena ser conocido.
Tras darle un repaso y hacer correcciones de estilo, don Fidel en persona se
encargó del tema, a ella le daba vergüenza, y acudió al librero de San Lorenzo,
asimismo impresor, a quien le pareció una novedad interesante. En la librería
disponía de media docena de libros de cocina publicados en Barcelona y en
Madrid, dos de ellos de repostería, pero ninguno escrito por un oscense, y
menos por una mujer. Llegaron al acuerdo de tirar cincuenta ejemplares y
verlas venir antes de arreglar cuentas. El profesor debería de abonar el costo si
no se vendían los suficientes ejemplares para cubrir los gastos; en caso
contrario, el librero le pagaría un cinco por ciento del precio de venta al
público, y el otro cinco por ciento para la autora. Fue un éxito. Dos semanas
más tarde salió la segunda edición, de cien en esta ocasión, acompañada de un
anuncio en la prensa, un cartel más bien, en el que podía leerse «Cuadernos de
repostería por Elisa Azaba y Escagüés», enmarcado en una orla. Más abajo
aparecían referencias sobre el contenido, el nombre del impresor y el de la
librería.
Pronto corrió la voz de que la autora del libro era la maestra confitera de El
Obrador, y aumentaron los clientes, algunos por simple curiosidad, otros con
ejemplares para que los firmara, si bien todos pedían una consumición o
compraban dulces. La dueña y los demás empleados estaban encantados, ella
no tanto; la incomodaba ser el centro de la atención y procuraba no asomar la
cabeza fuera del taller.
Doña Engracia la llamó un día, a primera hora de la mañana, salió del
obrador y se encontró cara a cara con Ramiro Azaba; no era domingo, estaba
solo y llevaba el libro en la mano. No supo qué decir y, nerviosa, se limpió las
manos en el delantal, él tampoco dijo nada, pero le dio un abrazo que la dejó
desconcertada. Al rato hablaban sentados a una mesa oculta detrás de una
columna. Contrariamente a lo que ella creía, su hermanastro conocía su
existencia mucho antes incluso de ir a vivir a la hacienda; el padre de ambos era
un bocazas, así lo definió, que no se cortaba un ápice ni en público, ni en
privado. No la había reconocido, o quizás no se la imaginaba trabajando en
una pastelería, pues la recordaba casi veinte años atrás en la cocina de El
Maizal, tendiendo los manteles a secar, ocultándose para no ser vista, y
lamentaba en lo más profundo no haber sido un hermano para ella, aunque
todavía estaban a tiempo, añadió con una sonrisa. Días después, Aurora y ella
cenaban en su vivienda y conocían a su familia, esposa, dos hijos y la pequeña
Casilda, a quien hubo que sujetar para que no se lanzara a por la caja de
bombones de frutas que habían llevado de regalo.
Elisa no solo ganó un hermano, también obtuvo una información valiosa
pese a que en ningún momento le confió las gestiones emprendidas con vistas a
recuperar lo que legítimamente le pertenecía. Supo así que la fortuna de su
padre había disminuido de forma considerable debido a la fuerte caída de los
precios agrarios agravada por la guerra de Cuba, por una parte y, por otra, a la
libre competencia que permitía la entrada del grano ruso y norteamericano en
detrimento de la producción nacional. Por otro lado, nunca había sido hábil en
los negocios y vivía solo en la finca dejándose ver raramente fuera de ella. Su
otro hermano, Braulio, el tercero y ahora único heredero con quien el mayor
no se hablaba, era un baldragas de cuidado que no daba palo al agua y vivía de
las rentas. Por curiosidad, en uno de sus paseos de los lunes, se acercó a la
famosa «casa de la ciudad». El jardín descuidado, la puerta de la valla de
entrada roñosa, la fachada desconchada, sin humo en la chimenea, su aspecto
era el de una propiedad descuidada, casi de abandono, y su única reflexión fue
confiar en que el hogar en el que había nacido conservara al menos la
apariencia que ella recordaba.
Tres años después de iniciadas las diligencias, el juez dictó sentencia: la casa y
tierras, así como la empresa de granos y la fábrica de harinas, propiedad del
difunto Álvaro Escagüés y Villasegura debían ser devueltas a su legítima
heredera. El proceso fue largo. Flanqueada en todo momento por el señor
Pueyo y por el abogado de este, Elisa se mantuvo firme y no bajó la vista al
encontrarse con su padre en la sala del Juzgado, muy al contrario, le miró
directamente a los ojos y aguantó sin parpadear su mirada enojada. No sentía
rencor hacia él, tampoco ansia de revancha, nada, e incluso le daba igual si
ganaba el juicio o no, le bastaba con que se supiera el tipo de individuo que
era; seguía llevando el reloj en el bolsillo del chaleco y el anillo en el dedo.
Tras las declaraciones de varias personas, antiguos sirvientes, aparceros y
gentes del pueblo, Elisa respondió sin titubear a las preguntas del letrado de la
parte contraria y admitió haber firmado la cesión de sus derechos al hombre
con quien su padre la había obligado a matrimoniar y de quien ni siquiera
supo el nombre; no leyó el documento porque no se lo permitieron y tampoco
lo habría entendido de haberlo leído, afirmó. En respuesta a su abogado,
describió su vida en la finca, el trabajo en la cocina y el cuartucho sin
ventilación en el que dormía. En cuanto a su desaparición, prueba esgrimida
por la parte contraria para demostrar su desapego a la propiedad que ahora
reclamaba, narró la violación sufrida en el maizal y la absoluta indiferencia
mostrada por el padre, quien en ningún momento se molestó en interesarse
por su salud y las secuelas que el atropello había dejado en ella. Omitió revelar
que había quedado embarazada a consecuencia del mismo; nadie, excepto
Bizén lo sabía, tampoco Aurora, y no pensaba decirlo. No sirvieron para nada
la impugnación de la resolución judicial ni la amenaza de recurrir al
gobernador, amigo personal del demandado, el juez se pronunció en favor de la
demandante, dio un mes de plazo a Azaba para desalojar la finca y cerró el
caso.
Al salir del Juzgado, todavía conmocionada, se encontró con su padre, a
punto de subirse a su landó, y ambos se miraron sin decir palabra. Quien sí
habló fue Braulio, su tercer medio hermano, en quien no se había fijado
durante el juicio, pero que, así de cerca, le recordó a Ramiro. La increpó
llamándola ladrona, mangarriana, pelandrusca y otras lindezas, y a poco estuvo
de abofetearla si el señor Pueyo no le suelta un bastonazo en el brazo; se metió
en el carruaje a toda prisa sin dejar de gritar que aquello no había acabado y
que volverían a verse las caras.
El Maizal ya no era lo que había sido. Lo comprobó un mes y medio más
tarde, cuando el hombre de don Casimiro informó a este de que Basilio Azaba
había abandonado la propiedad desplazándose a la casa de la ciudad. Fue al
pueblo acompañada por Aurora, su benefactor, el profesor y señora y doña
Engracia, que no quería perderse la oportunidad y había cerrado el negocio
durante toda la jornada del lunes. Hicieron el trayecto en dos landós, llevando
con ellos unas cestas con emparedados de carne, tortillas y frutas como si
fueran de excursión al campo.
Tras firmar los documentos correspondientes, el administrador le había
hecho entrega de las llaves, y allí estaba, de vuelta al lugar donde había nacido.
Durante un instante vio a su madre sentada en el porche haciendo punto, al
abuelo paseando con el perro, a la buena de Feliciana llamándola para que
fuera a comer; se vio a sí misma corriendo alegre de un lado para otro, pero
solo fue una ilusión. La realidad eran unos muros agrietados, unos tiestos con
ramas secas, un jardín descuidado, unas sillas de paja desvencijadas, unos
campos abandonados. El interior estaba igual a como ella lo recordaba, aunque
más oscuro, lleno de polvo, más viejo. De la extensa hacienda del abuelo solo
quedaba el caserón y un terreno; su padre había dilapidado la herencia
malamente obtenida, vendido las tierras, la harinera, el ganado, y el campo de
maíz era un rastrojo abandonado. El señor Pueyo sugirió llevarlo de nuevo a
juicio a fin de declarar nula la venta de las propiedades o, en todo caso, para
que reembolsara las ganancias obtenidas con dicha venta, pero ella rechazó la
propuesta; no estaba por la labor de verse de nuevo envuelta en litigios, le
bastaba con lo que quedaba, que iría recomponiendo poco a poco hasta
recuperar su antigua apariencia.
Tras tres años de estudios, Aurora obtuvo el título, acontecimiento que fue
celebrado con una fiesta en El Obrador organizada por Elisa y doña Engracia,
una noche después de cerrar, a la que fueron invitadas las personas que ahora
constituían la que podían llamar su familia: el profesor, su mujer, el señor
Pueyo, los empleados del local, el librero de la Plaza de San Lorenzo y también
Ramiro Azaba y los suyos. Brindaron por la nueva maestra, la primera mujer
de su entorno en obtener un diploma, comieron empanadas y dulces, y
bailaron después de retirar las mesas al son de la bandurria tañida por un
ayudante del taller, acompañado por uno de los camareros con un molinillo de
café a modo de instrumento de percusión. Transcurrido el verano, la joven, ya
de dieciocho, se despidió y partió hacia su primer destino, la escuela de niñas
de Ayerbe. A su madre se le encogió el corazón, pero no mostró su zozobra al
verla subir al carro de viajeros; la despidió agitando la mano y regresó al
obrador. A fin de cuentas, se dijo, la tendría de vuelta a finales de diciembre, y
juntas celebrarían la Natividad y la llegada del nuevo año.
Todos los lunes por la mañana acudía a El Maizal, también pasó allí el mes
de agosto en compañía de su hija, el profesor y su señora, limpiado la casa, y
no estuvieron solos. Marcela la del herrero y otros conocidos del pueblo se
ofrecieron a ayudarlos. El antiguo caserón mostró su antaño esplendor, al
menos en parte; las jardineras del zaguán y las de las ventanas florecieron, el
jardín recuperó su aspecto, los muebles volvieron a brillar y desaparecieron las
telarañas. Ella y un viejo labriego se encargaron de limpiar los rastrojos del
maizal a la espera de sembrarlo en la siguiente primavera. Ya no sentía angustia
al pensar en lo ocurrido allí mismo veinte años atrás; la vida era una sucesión
de buenos y malos momentos, y era necesario olvidar estos últimos si se quería
sobrevivir.
No esperaba sin embargo ver un fantasma de carne y hueso, no estaba
preparada, el día en que encima de una carreta tirada por un borrico llegó por
el camino un hombre con plantones de árboles frutales. En un principio no lo
identificó, semioculto por el sombrero de ala ancha de paja, creyó que se
trataba del mismo a quien había comprado las plantas en el pueblo. Notó que
se le erizaba el vello cuando él se descubrió para saludarla y se topó con una
mirada azul brillante, intensa, en un rostro curtido por el sol. Marcela y su
marido, que había dejado el trabajo debido a la edad, se habían instalado en la
casona en calidad de guardianes; recibían unas pocas pesetas a cambio, pero
preferían vivir allí más que entre humos y ruidos al lado de la herrería, amén
del calor sofocante durante los meses cálidos. La mujer salió al oír hablar al
recién llegado a quien conocía de toda la vida, le indicó el lugar donde
descargar los plantones y le ofreció un vaso de vino antes de despedirlo. Elisa
no abrió la boca, permaneció inmóvil, ausente, no queriendo pensar.
Lo vio de nuevo mientras esperaba al carro de viajeros, apoyado en el quicio
de la puerta de la taberna, los ojos fijos en ella, y una vez más el siguiente lunes
al bajar del transporte. Por suerte, la hermana del antiguo herrero la esperaba
con un cesto de higos, e hicieron juntas el trayecto a pie hasta la hacienda, y
también la acompañó a la vuelta. Él continuaba en el mismo sitio sin perderla
de vista. Sabía que la había reconocido, lo cual no era difícil pues todo el
mundo en el pueblo estaba al corriente de que ella era ahora la propietaria de
El Maizal, y pidió a su acompañante que avisara a la cuñada para que el
siguiente lunes la estuvieran esperando en la parada. La escena se repitió
semana tras semana, así durante un mes.
Le costó preguntar a Marcela acerca del tipo con quien la veía hablar al
descender del carro. No quería invocar al diablo, pero lo hizo; necesitaba saber
quién era el padre de su hija. La mujer tenía la lengua suelta y pasó el trayecto
hablándole de Cristóbal Forcás, «el Paquetero», así llamado porque durante
años anduvo en el contrabando, llevando aceite a Francia y volviendo con un
par de mulas en cada viaje. Aunque, añadió con una risita, el mote también
podría referirse a otro asunto. De joven era el hombre más guapo del pueblo,
todavía lo era, y las mozas y no tan mozas suspiraban por él, y él no se hacía de
rogar, incluso se rumoreaba que había preñado a más de una. Había casado con
una viuda, dueña de un buen terreno dedicado a la plantación de frutales, y
vivía cómodamente sin esforzarse demasiado. Ya no tenía la galanura de otros
tiempos, pero sus ojos azules seguían encandilando a las mujeres, unos ojos,
por cierto, muy poco usuales, del mismo color que los de Aurora. Al llegar a
este punto, Marcela se detuvo en seco y miró a su amiga; recordó su súbita
desaparición e hizo cálculos. Sin dejar de caminar, la vista al frente, sereno el
tono de voz, Elisa le relató lo sucedido en el maizal y añadió que así tenía que
continuar, nadie debía de saber que Aurora era la hija de aquel malnacido, ni
siquiera él. Desde ese día, la mujer no volvió a hablar con El Paquetero y todos
los lunes la esperaba, dispuesta a defenderla costara lo que costase.
Fue como un milagro. Aprovechando que doña Engracia cerró El Obrador
justo antes de las fiestas de la Natividad y marchó a Zaragoza al recibir aviso de
que su hija mayor había contraído las fiebres, se desplazó al pueblo con la
intención de dejar todo dispuesto para la llegada de la suya. Asimismo, invitó
al profesor y a su esposa, y también al señor Pueyo, quien no tenía intención de
viajar a Madrid en dicha ocasión; la edad empezaba a pasarle factura, aseguró, y
su hijo y nuera estaban demasiado ocupados con sus cuatro retoños para
ocuparse de un viejo achacoso, además hacía frío. Hicieron el recorrido en el
landó de este último y, al llegar, encontraron encendida la gran chimenea de la
sala y un guiso de cordero con patatas asadas listo para comer. Iban a sentarse a
la mesa cuando llamaron a la puerta y fue a abrir; su conmoción fue tal, que se
echó a llorar a lágrima viva tras la primera sorpresa; Bizén y sus añorados Úrbez
y Antoi sonreían igualmente emocionados. Aurora llegó unas horas más tarde
desde Ayerbe, y la felicidad de Elisa fue entonces completa.
Aquella noche, en el lecho, asida de la mano, la pareja tardó en dormirse, era
mucho lo que tenían que decirse, mucho que recuperar después de casi diez
años de ausencia; había transcurrido el tiempo, habían sufrido cada uno por su
lado, debían de volver a conocerse. Ella le narró las vicisitudes desde su marcha
de Buisán obligada por la necesidad, de su periplo y el de su hija hasta
encontrar un trabajo y un lugar seguro donde vivir, del juicio que le había
restituido la herencia de su abuelo, aunque solo fuera en parte. Él, a su vez, le
habló de su peregrinaje en compañía de los hijos, los tres decididos a
encontrarlas, trabajando de carpinteros ambulantes allá donde podían. Habían
recorrido todas las comarcas de Huesca preguntando por ellas y ya estaban
pensando en dirigirse hacia Navarra o Lérida cuando se detuvieron en la
ciudad con intención de esperar a que transcurrieran las fiestas. Aquel mismo
día, Úrbez había descubierto asombrado en una librería un cartel en el que
aparecía su nombre. El mozo había salido a ella, dijo apretándole la mano,
nunca había dejado de leer y había enseñado a su hermano. El librero les indicó
dónde vivía la autora y, una vez allí, supieron por una vecina que había ido al
pueblo a pasar las fiestas. Amanecía cuando por fin se quedaron dormidos.
Nadie los despertó, no había prisa, bajaron a la hora de comer, risueños,
dispuestos a recuperar sus vidas donde el destino las había separado.
Todavía tuvieron que esperar algún tiempo antes de hacer realidad su sueño.
En un principio, se les pasó por la cabeza alquilar un piso en la ciudad para
continuar ella con su trabajo, y él y los hijos encontrar uno, tal vez en el
ferrocarril, todo era cuestión de preguntar a Ramiro, pero rechazaron la idea.
Cierto que habría labor en las obras, a fin de cuentas, las traviesas de las vías
eran faena de carpinteros, pero, señaló el señor Pueyo, llegaban de las
madererías ya preparadas, hacía falta fuerza para acarrearlas de un lado para
otro, y Bizén renqueaba de la pierna derecha a causa de un accidente en el que
se rompió la rodilla mientras colocaba una techumbre. Úrbez por su parte
quería estudiar, y Antoi no lo tenía muy claro, le gustaba el campo y no le
importaría, dijo, quedarse en El Maizal.
Las conversaciones duraban horas, ya no eran ellos dos solos, todos
participaban y daban su opinión, inclusive el antiguo herrero, quien, haciendo
un guiño al más joven, apuntó la necesidad de más brazos para sacar
rendimiento a lo que quedaba de la hacienda; el labriego y él eran viejos y no se
bastaban. Finalmente llegaron a un consenso. Ella y su hijo mayor se
establecerían en Huesca durante la semana; ella intentaría librar sábados y
domingos, aunque cobrara menos, y Úrbez estudiaría con el profesor a fin de
ser admitido en el grado superior de la Escuela Normal de Maestros. Él y su
hermana intercambiaron un gesto cómplice al escuchar las palabras de don
Fidel. Mientras, el padre y Antoi permanecerían en la finca. A pesar del expolio
de Basilio Azaba, aún quedaba terreno suficiente para dedicarlo a los frutales,
cultivo alentado por la Diputación visto el exceso de cereales, difícil de vender
o exportar en aquellos momentos. Fueron las mejores fiestas navideñas que
recordaban.
Bizén supo de la existencia de El Paquetero por el marido de Marcela, a quien
esta relató lo ocurrido en el maizal pese a haber prometido no decir nada, y un
buen día, escoltado por el herrero, se presentó en la taberna, lo sacó de un
empujón a la calle y le dio una paliza ante el asombro de los presentes, que no
entendían a qué venía tanta furia por parte de un recién llegado al pueblo. Una
vez en el suelo y magullado, lo amenazó, al oído para que nadie escuchara, con
que lo mataría si se le ocurría mirar a su mujer o a su hija, y le arreó una patada
en los cojones con la pierna buena que lo dejó encogido. Elisa no volvió a
verlo.
Acompañada en sus idas y venidas por su hijo mayor, que había sobrepasado
al padre en altura, Elisa se sentía más segura que nunca. Asimismo, llegó a un
acuerdo con doña Engracia, al principio algo remisa pero más convencida
cuando le prometió trabajar dos horas más el resto de los días y dejar todo
dispuesto para los fines de semana. Aun así, tuvo que trabajar los sábados por
la mañana, aunque colgaba el delantal a las doce menos cuarto en punto e iba a
coger el carro de viajeros asida del brazo de Úrbez, quien la esperaba en la
puerta de la pastelería con un paquete de libros bajo el brazo.
El joven había cumplido los quince si bien parecía mayor y, al contrario que
su hermana, tendría que pasar en público el examen de entrada en la Normal
de Maestros, bastante más arduo que el de Maestras, pues en su caso además se
exigían conocimientos de matemáticas, ciencias, geografía e historia. El
profesor había presidido infinidad de exámenes en su época de docente y
aseguraba que no tendría problema alguno en aprobar, pero no obstante lo
obligaba a estudiar durante toda la jornada, deberes incluidos cuando iba al
pueblo.
Por su parte, Antoi, un año menor, aprendía lo relacionado con el arte del
cultivo: plantación, siembra, temperatura, regadío, recolección, y lo hacía muy
bien al parecer del viejo labriego, quien se había autonombrado su instructor.
Aurora llegaba cansada el sábado por la noche y se marchaba el lunes a
primera hora, pero no se quejaba, muy al contrario. No había informado a sus
padres, pero su intención era obtener el grado superior de maestra, aunque
todavía no sabía muy bien cómo iba a lograrlo.
Aquellas reuniones de unas horas semanales y del mes de agosto entero
colmaban de felicidad a Elisa y Bizén. Atrás quedaban los malos ratos, el dolor
por la ausencia de los otros, la incertidumbre, y, si bien a veces ambos echaban
en falta los montes y los paseos por el Ballibió, en ningún momento se les
ocurrió pensar en regresar a Buisán.
Cinco años después del reencuentro familiar de los Albar-Azaba, la dueña de El
Obrador reunió a sus empleados y los informó de que había vendido el
negocio, ya que deseaba retirarse y pasar lo que le quedaba de vida en
Zaragoza, junto a sus hijas y nietos. Al observar sus caras de estupor, les
aseguró que el nuevo propietario, don Braulio Azaba, tomaría las riendas en un
par de semanas con la promesa de mantenerlos a todos en sus puestos.
Elisa se quedó helada al escuchar el nombre de su hermanastro, el mismo
que la había insultado y amenazado a la salida del Juzgado. En ocasiones lo veía
por allí, y él siempre le miraba con inquina; la echaría o le haría la vida
imposible, aunque ella no le daría la oportunidad pues no trabajaría para él por
nada en el mundo. Ese mismo día se despidió del trabajo aduciendo el cambio
de dueño y dejando atónita a doña Engracia, quien no entendió su reacción,
siendo como eran parientes. No se molestó en explicarle que quizás tuvieran el
mismo padre, pero que ni con este ni con aquel había mantenido jamás
relación alguna. La patrona conocía de sobra la historia de su triste pasado,
también el tema del juicio, aunque supuso que pensaba que ella mantenía un
buen entendimiento con este medio hermano al igual que con el otro, pero,
aun así. Tampoco se dejó convencer por su lagrimeo cuando le rogó que
permaneciera al menos hasta que ella se fuera; había decidido vender sin tan
siquiera informar de antemano a las cinco personas que durante los últimos
diez años habían trabajado para ella y logrado que el establecimiento alcanzara
su actual reputación, pidió por tanto el finiquito, se despidió de sus
compañeros y cruzó la calle con la mente puesta en regresar de manera
definitiva a la casa de sus antepasados, junto a Bizén.
La vida seguía su curso, se dijo, y no había forma de detener el tiempo. La
esposa de don Fidel se había ido al igual que había vivido, en silencio, siempre
discreta; el señor Pueyo también se había marchado, pero a Madrid, con sus
parientes; el librero de San Lorenzo había traspasado la librería-imprenta,
trasladándose a Novales, de donde era originario, con la intención de abrir otra
en dicha población. Incluso Ramiro vivía ahora con su familia en Sevilla,
contratado por la Compañía de los Ferrocarriles Andaluces. Por su parte,
Úrbez estudiaba Letras en la Universidad de Zaragoza gracias a una beca
obtenida al finalizar en la Normal con la más alta calificación, por lo que solo
lo veían durante las vacaciones. Quedaba el profesor, el hombre que había sido
para ella amigo y consejero, y un segundo padre para sus hijos. No le costó
mucho convencerlo para que se fuera a vivir con ellos al pueblo; sin su querida
compañera, sin descendencia ni viejos amigos con quienes charlar nada lo
retenía en la ciudad. Metieron sus ropas en sendas bolsas de viaje, un montón
de libros y algunos recuerdos en un baúl con ruedas, y dos días más tarde
cogieron el carro de viajeros.
Antoi se había acercado al pueblo con la carreta a recoger unos aperos, y su
llegada coincidió con la de ellos, por lo que no tuvieron necesidad de andar
hasta la hacienda o pedir a alguien que fuera a dar aviso. Los divirtió la cara de
asombro del mozo, y más aún la de su padre, al verlos aparecer en mitad de la
semana, y la sorpresa dio paso a la alegría. Bizén llevaba ya un tiempo
pensando en cómo decirle a su mujer que dejara el trabajo en la pastelería; la
necesitaba a su lado, a la hora de las comidas, en el lecho, aunque solo fuera
para sentirla cerca y escuchar su respiración, para hablar y confiarle sus dudas
o, simplemente, para contemplar juntos la puesta de sol. Pese a su actual
dimensión, mucho más reducida que en tiempos del abuelo, El Maizal volvía a
ser una finca productiva, tanto, que habían tenido que contratar a un par de
aparceros para echar una mano. No solo cultivaban hortalizas que vendían a los
mediadores, también melocotoneros y vides habían florecido por fin el año
anterior, y este se preveía espléndido; asimismo Marcela y su marido habían
contribuido con sus ahorros a la adquisición de media docena de vacas, cuya
leche también vendían. Hora era ya de compartir sus vidas como antaño, y
aquella noche se amaron como hacía mucho que no lo habían hecho.
De tarde en tarde les llegaban noticias de la ciudad, pocas, no les interesaban,
pero un día apareció por allí uno de los ayudantes de El Obrador montado en
un burro. Según les dijo, se dirigía a Bolea, donde tenía a sus padres y a la
novia, con la intención de hacerse cargo de la panadería familiar; estaba harto
de vivir en la ciudad, en un cuarto de mala muerte alquilado, y de trabajar por
una miseria para un tipo que merecía le rompieran los dientes. Se quedó con
ellos un par días, y supieron así que el ahora dueño del establecimiento no
levantaba cabeza.
Al parecer se había endeudado para comprar el negocio, aunque en lugar de
mantener su prestigio, poco a poco había acabado arruinándolo. Para empezar,
había reducido el sueldo a los empleados, también la calidad de las materias
primas, chocolate, café, frutas, harinas... por lo cual la clientela habitual había
dejado de acudir, prefiriendo otro establecimiento abierto en la misma calle.
No solo eso, también había convertido la pastelería en una taberna donde se
vendía todo tipo de alcoholes, convirtiendo el antaño lugar de encuentros de
grandes y pequeños en una «borrachería», la llamó, que noche sí y noche
también recibía la visita de los alguaciles de la ronda alertados por los vecinos.
Él mismo se emborrachaba a menudo, y no era raro verlo durmiendo encima
de una mesa cuando ellos llegaban por la mañana. El gallito se había
convertido en un pollo desplumado. A la pregunta de si Basilio Azaba no había
intervenido a fin de atajar tan mal comportamiento de su hijo, el joven
respondió que, por lo que había oído, el viejo no andaba bien de la cabeza y
había fallecido en el hospital de los pobres, donde su hijo lo dejó para vender la
casa que poseían en la zona rica y pagar las deudas. Asimismo, su arrendador,
que debía de conocerlo, había hecho un comentario jocoso respecto al
miserable final de un hombre que lo había tenido todo y que a la postre había
ido a parar a una tumba sin nombre.
Elisa no se alegró, pero tampoco lamentó la desaparición del padre que
nunca lo había sido. En lo único que pensó fue en la leontina, el reloj y el
anillo, que con toda seguridad Braulio habría empeñado. ¿De qué le había
servido hacerlas infelices a su madre y a ella? ¿Para qué tanta acumulación de
bienes y dinero, dilapidados sin utilidad? ¿A qué tantas amantes si al final
estaba solo? Ella al menos conservaba el guardapelo de su madre que nunca se
quitaba del cuello, también el recuerdo de su cariño y el de su abuelo y, ante
todo, el amor de su marido e hijos.
Se dirigió al maizal, que había vuelto a brotar, y sonrió al ver llegar a Bizén
en su búsqueda; juntos pasearon por entre los altos tallos cuyas hojas mecía la
brisa hasta que desapareció el último rayo de sol.
1902
urora llevaba ya dos años en Ayerbe, pero no acababa de sentirse a
A
gusto. La ilusión de los primeros meses dejó paso a la rutina: horarios,
oraciones, temarios, actividades y cantos reglados, siempre idénticos,
sin opción al mínimo cambio. Quizás porque creció libre en los montes y luego
emprendió un periplo que para ella tuvo más de aventura que de infortunio, o
porque había aprendido con dos personas tan diferentes como su madre y don
Fidel, necesitaba más, quería enseñar a su manera. Cierto que daba igual el
método con tal de que las niñas aprendieran a leer y a escribir, o aritmética,
pero le aburría la repetición una y otra vez hasta saber de memoria párrafos
enteros del Catecismo de la Doctrina Cristiana, del Padre Astete, que a menudo
no entendían, así como cantar siempre las mismas canciones, religiosas en
general, aunque también hubiera alguna infantil. Deseaba leerles las fábulas de
Samaniego, recitarles la Canción del Pirata de Espronceda, hablarles de
cristianos, musulmanes y judíos en una tierra de culturas y tradiciones
heredadas, y cómo no, relatarles las leyendas aprendidas con Feliciana, allí, en
Buisán, pero lo tenía prohibido. En una ocasión, al principio, el director de
ambas escuelas, la de niños y la de niñas, la había pillado contándoles
precisamente la del gigante Silbán y la había llamado al orden: o se atenía al
temario o ya podía ir pensando en dedicarse a otro oficio.
Y luego estaba la cuestión de las labores del hogar. Le parecía absurdo, una
pérdida de tiempo, pasar más de media jornada diaria enseñando a coser,
bordar, tejer, limpiar, a criaturas de entre tres y seis años con escasa habilidad
manual, que ya tendrían tiempo de sobra para aprender. Veía a unas madres
envejecidas por las preñeces y los trabajos, algunas deseosas de que sus hijas
supieran lo que ellas no sabían, si bien la mayoría utilizaban la escuela a modo
de guardería y comedor. Se le ocurrió hablar con varias y proponerse para
enseñarlas a ellas también, un rato después de las clases, gratis por supuesto; le
miraron como si estuviera loca de atar, y desistió. A veces, a través de una
ventana o de una puerta, escuchaba a un maestro impartir a sus alumnos
historia, geografía, naturaleza, ciencia, y se moría de envidia. ¿Por qué no podía
enseñar a las niñas lo que ella misma había aprendido con don Fidel? ¿Por qué
la asignatura más importante del programa era las «labores del hogar»? ¿Acaso
el único futuro para una mujer era casarse y tener hijos? ¿Y si una no se casaba
o no los tenía? Se hacía preguntas y no obtenía respuestas.
Una mañana, a punto de comenzar la clase, al ir a sacar el cuaderno de
gramática descubrió un libro entre sus papeles. Leyó el título, «La mujer y la
sociedad, por la señorita doña Rosa Marina, impreso en Cádiz en 1857». No
tuvo tiempo de leer más, tampoco de pensar en cómo había llegado a su
maletín, las niñas entraban en la clase. No pudo echarle una ojeada durante
toda la jornada, pero se apresuró a regresar a su habitación en cuanto acabó;
devoró el texto, preguntándose a medida que avanzaba en la lectura cómo era
posible que ella no tuviera conocimiento de un libro escrito cuarenta años atrás
por una autora que revindicaba el derecho de las mujeres a igual educación y
mismas oportunidades que los hombres.
Durante su estancia en Ayerbe se había hecho buena amiga de los dueños de
una papelería situada en la entrada de la Plaza de Arriba, en la que además de
cuadernos, lápices o tintas, también vendían prensa, revistas, libros y folletines.
La librera, mujer amable y parlanchina, resultó ser una buena lectora, y ambas
charlaban cuando no había clientes, mientras tomaban una infusión de
hierbaluisa en la trastienda del local, asimismo almacén, entre pilas de
periódicos viejos y cajas todavía sin desembalar. Gracias a ella podía conseguir
libros difíciles de encontrar, en especial los escritos por mujeres y cuyas reseñas
aparecían en los semanarios de tarde en tarde. En el cuarto que ocupaba en la
casa de los maestros tenía una pequeña biblioteca con obras como Dos mujeres,
de Gertrudis Gómez de Avellaneda; Los Pazos de Ulloa, de Emilia Pardo Bazán;
un poemario de Rosalía de Castro, o una copia clandestina de la obra teatral El
Padre Juan, de Rosario de Acuña, estrenada y prohibida casi al mismo tiempo
tan solo cuatro años antes y que había causado gran escándalo, pues acusaba a
la Iglesia de manipuladora y moldeadora de conciencias. También guardaba un
álbum de recortes con artículos aparecidos en periódicos y revistas.
Pero aquel libro de la tal Rosa Marina era diferente. No era extenso, más
bien se trataba de una obra corta, de un manifiesto que no llegaba a las
cuarenta páginas en las que la autora, entre otras cuestiones, argumentaba a
favor de la educación de la mujer para dedicarse a todo tipo de profesiones y
participar de las ventajas civiles y políticas de las que el hombre gozaba;
criticaba la prostitución regulada a la que se veían abocadas las mujeres sin
recursos así como los matrimonios por interés y, algo que le llamó la atención y
en lo que no había caído, el hecho de que las mujeres también pagaban
impuestos destinados a universidades y colegios a los que no tenían acceso. Le
vino a la mente la imagen de su madre. No es que esta se hubiera confiado
plenamente a ella, pero habían estado juntas lo suficiente para descubrir por
aquí, escuchar por allá, para conjeturar. No estuvo presente en el juicio que les
había devuelto El Maizal, pero supo por Marcela que el padre de su madre era
precisamente uno de aquellos a quienes la escritora reprochaba un
comportamiento injusto y abusivo hacia la esposa y la hija, a quienes había
maltratado negándoles derechos y, quizás algo más importante, el afecto y el
respeto. Se imaginaba a su madre forzada a casarse con un desconocido con el
único propósito de arrebatarle la hacienda y obligada a trabajar de sirvienta
para su propia familia, y se alegró al saber que aquel abuelo a quien no había
conocido, ni deseado conocer, se hubiera ido al infierno olvidado por todos.
Por suerte, sus padres se habían conocido, y ni sus hermanos ni ella habían
carecido de cariño y protección pese a los años difíciles. Dicha reflexión la llevó
a pensar lo diferente que eran los tres, o más bien lo distinta que era ella de
Úrbez y Antoi, al menos en lo físico; no se parecía en nada a ellos. Alguna que
otra vez se preguntaba de dónde había sacado su color de ojos, tan dispar al de
los demás, pero su madre reía y decía que era cosa de la naturaleza, que bastaba
con que un antepasado hubiera tenido los cabellos rubios para que dos o tres
generaciones más tarde naciera una criatura también rubia.
Volvió a pensar en el libro que alguien había metido en su maletín, quizás la
librera había querido darle una sorpresa, se lo preguntaría la próxima vez que
fuera a la papelería. No se le ocurría nadie más. Mantenía buena relación con
sus dos compañeras de la escuela, pero nunca las había visto impartir nociones
otras que las estipuladas en el temario, y tampoco habían hablado de algo no
relacionado con el aprendizaje elemental. De hecho, no vio en ellas reacción
alguna al comentarles un artículo leído en una revista acerca del acceso de las
mujeres a la educación universitaria, en el que se hacía referencia a las ocho
únicas mujeres que habían logrado finalizar sus carreras en España, si bien solo
una, doctora en medicina, había logrado ejercer, eso sí, atendiendo en exclusiva
a mujeres y niños. El único comentario de una de sus compañeras fue que era
una necedad intentar asemejarse a los hombres, y que el magisterio elemental
era suficiente para cualquier mujer instruida.
La librera aseguró no ser ella quien había metido el libro en su maletín y, de
paso, le pidió echarle una ojeada. A cambio, le proporcionó dos ejemplares
antiguos de El pensil de Iberia, revista asimismo editada en Cádiz cuarenta años
atrás y prohibida por las autoridades debido a la denuncia del obispo de aquella
ciudad en cuanto a que sus contenidos, contrarios a la Fe y Moral cristianas,
alentaban el amor impuro, eran contrarios al matrimonio y santificaban el
crimen del adulterio. Pasaron un buen rato leyendo y comentando unos temas
que a ambas interesaban por igual, hasta que apareció el librero y les preguntó
si no tenían otra cosa que hacer que comadrear como dos viejas mal folladas. El
exabrupto la dejó más sorprendida que escandalizada, pues lo tenía por una
persona cordial. Su amiga no dijo nada, pero, al despedirse momentos después,
le susurró al oído que su marido llevaba muy mal lo de la igualdad, que no lo
entendía, vamos, y le rogó que esperara un par de semanas antes de volver por
allí. De nuevo en su cuarto, releyó La mujer y la sociedad y transcribió en su
cuaderno de notas, una especie de diario personal, los párrafos para ella más
sobresalientes, en especial una frase que escribió con letra grande: «Donde la
mujer es esclava, el hombre no puede ser libre».
Días más tarde, durante un recreo, observó que uno de los maestros salía de su
aula. No le dio importancia; en ocasiones faltaban tizas, y no era extraño que
los enseñantes las buscaran en las otras clases. Al llegar a su cuarto y vaciar el
contenido del maletín a fin de poner orden y preparar el material para el día
siguiente descubrió una carpeta de cartulina con unas hojas escritas a mano,
que la dejaron atónita, pues era una declaración en favor del acceso de la mujer
no solo a la educación, también al mundo laboral y a la política. Asimismo,
había escritas unas líneas en contra de los gobernantes, a quienes llamaba
sinvergüenzas, y de sus leyes segregacionistas. Acababa con «¡Viva la
República!», que la dejó estupefacta. Lo único que se le ocurrió pensar fue que
se trataba de un texto subversivo y que la echarían de la escuela si alguien lo
descubría, incluso podrían meterla en la cárcel, así que, nerviosa, quemó las
hojas en el braserillo de carbón. Luego se preparó una infusión de manzanilla,
la mente en blanco. Ya más calmada, dedujo que la única persona que habría
podido meter las hojas en su maletín era el maestro, a quien había visto salir de
su clase aquella misma mañana. Era preciso hablar con él, decirle que no
volviera a meter nada en su cartera y mucho menos pasquines revolucionarios;
no tenía ni idea de política y tampoco le interesaba, pero no veía la forma de
hacerlo.
En la casa vivían cinco de los siete maestros de la escuela, tres hombres, dos
de ellos con sus familias, y dos mujeres, una compañera y ella; los casados
disponían de un piso cada uno, los célibes de una habitación con derecho a
cocina. Ellas vivían en la buhardilla con un pequeño aseo a compartir, el
soltero ocupaba un cuarto en el bajo. Sabía que se llamaba Mario Garcés
porque habían sido presentados y coincidían en las reuniones con el director, y
en las funciones que organizaba la escuela en ocasiones especiales, como
cuando los niños y niñas cantaban ante personas importantes, pero nunca
habían entablado conversación; únicamente se limitaban a saludarse si se
encontraban. No podía bajar a su habitación, corría el peligro de que alguien
los viera y pudiera pensar que mantenían relaciones, así que escribió una nota
esperando tener la oportunidad de pasársela en algún momento. Al final, le
pasó la nota por debajo de la puerta.
Lo esperó el siguiente domingo en un bosquecillo, a los pies del cerro de la
ermita de San Miguel. Ya no iba a El Maizal tan a menudo como al principio,
quizás porque las conversaciones con sus padres siempre giraban en torno al
mismo tema: su soltería. Una y otra vez le recordaban que no tenía novio, ni
visos de que lo tuviera, pero no había manera por mucho que ella asegurara
estar bien como estaba y no tener prisa en comprometerse. Le llamaba la
atención que su madre se empecinara tanto en insistir que debía de encontrar
un buen hombre que la protegiera, ella, que había pasado años creyéndose
viuda, valiéndose por sí sola para encontrar trabajo y salir adelante, aunque
sabía que aquel era precisamente el motivo de su preocupación: que su hija no
se viera en iguales circunstancias. Siempre acababa preguntándole si pensaba
pasarse la vida cuidando a las hijas de otros, y ella respondía que ya se lo
pensaría más adelante; era un diálogo de sordos.
El calor comenzaba a dejarse sentir, se sentó en un tronco caído que parecía
hubiera sido dejado allí a modo de banco y pensó en Mario. En la nota ponía
que lo esperaría a las diez de la mañana, si bien ignoraba si él acudiría a la cita.
De no hacerlo, tampoco habría perdido el tiempo. Disfrutaba enormemente
paseando por los alrededores del pueblo siempre que podía, incluso había
ascendido más de una vez hasta la ermita y las ruinas del antiguo castillo árabe
desde donde contemplaba un paisaje increíble, e imaginaba lo que la vista no
alcanzaba. Se llevaba unos bollos, algo de fruta y una cantimplora y no
regresaba hasta media tarde evitando así ir a misa sin dar explicaciones a su
compañera de alojamiento, mujer soltera ya entrada en años, que cuando no
estaba en la escuela, estaba en la iglesia.
Lo vio llegar por el sendero y se sorprendió al encontrarlo atractivo, mucho.
No es que fuera guapo en el sentido de los retratos que veía en las revistas
ilustradas en las que aparecían hombres de barbas recortadas o largas patillas,
en ocasiones afeitados, otras con bigote, que la hacían soñar en encuentros
románticos como el de Elizabeth y el señor Darcy de Orgullo y Prejuicio de la
autora inglesa Jan Austen, una novela que había comprado en la papelería con
su primer sueldo. No, él no era de ese tipo. Alto, desgarbado, con el rostro
rasurado y el cabello largo y lacio, tenía el aspecto de un poeta atormentado,
aunque ella no conociera a ninguno, pero se los imaginaba. Había llegado a la
escuela el curso anterior, aunque ignoraba su edad y procedencia, y tampoco
había sentido nada especial hacia él, hasta ahora.
La luz se colaba por entre las ramas de los árboles en un sol y sombra, de
manera que un momento lo veía con claridad, y al siguiente era solo una figura
sin rostro que avanzaba hacia ella. Se levantó del tronco cuando él se
encontraba a unos diez pasos de distancia, notó un hormigueo en las piernas,
que achacó al tiempo pasado sentada, y sonrió pese a que su intención era
hablar seriamente para pedirle que no volviera a pasarle textos que no la
interesaban. Pasearon, hablaron de la naturaleza, de la salud, incluso de los
cuadros y dibujos de artistas locales expuestos en los bajos del palacio de los
marqueses de Urriés, pero no del tema que la había inducido a pedirle una cita.
Únicamente al final, ya de regreso, antes de despedirse todavía ocultos por la
maleza, le preguntó si había sido él quien había metido en su maletín el libro
de Rosa Marina y la carpeta de cartulina. En efecto, había sido él, y sin esperar
a que ella volviera a preguntar, le habló de la Institución Libre de Enseñanza,
que propugnaba la educación en igualdad de condiciones no solo de hombres y
mujeres, también de ricos y pobres, pues un pueblo sin educación nunca sería
libre sino lacayo de los intereses de las clases adineradas. Su mirada brillaba
entusiasmada, y ella sintió miedo de tanta vehemencia; le pidió que no le
pasara más escritos y se despidió rogándole que esperara un rato antes de volver
él también al pueblo.
No pensaba mantener de nuevo una conversación de aquella índole y al día
siguiente se limitó a un gesto de cabeza al cruzarse con él en la escuela. El
jueves de la misma semana encontró bajo su puerta una nota en la que él la
citaba para el siguiente domingo, en el mismo lugar y a la misma hora, y su
primera reacción fue rechazar tal posibilidad. Tras muchas dudas, acudió no
obstante al encuentro, en esta ocasión con un cestillo con bocadillos y frutas, y
juntos ascendieron hasta la ermita. No hablaron de educación, libertades ni
opresiones, sino de ellos mismos; compartieron anhelos, proyectos, y
contemplaron el ocaso cogidos de la mano. A partir de aquel día, aprovecharon
cualquier ocasión para estar juntos. Mario llegó a un acuerdo con el padre de
uno de sus alumnos quien, a cambio de clases particulares al mozuelo, les
prestaba una vieja calesa tirada por un caballo joven en la que se iban de
excursión los domingos y fiestas de guardar. Juntos recorrieron la zona,
visitaron pueblos y admiraron la puesta del sol que transformaba mallos y
galochos en un paisaje de fuego, extraordinariamente hermoso, tanto, que
repitieron.
Aprovechando que el director de la escuela decidió adelantar el descanso
veraniego a la festividad de Santiago Apóstol, que aquel año caía en jueves,
fueron a Riglos a ver una vez más los mallos encendidos antes de despedirse
hasta el siguiente curso, pero un eje de una de las ruedas de la calesa se salió
cuando emprendían el trayecto de regreso. El herrador del lugar los informó de
que tendrían que esperar al día siguiente porque él no trabajaba a oscuras, así
que alquilaron uno de los dos cuartos para huéspedes de los que disponía el
único local de bebidas y comida de la aldea. No fue algo concertado de
antemano; la dueña los tomó por una pareja de recién casados antes de que
ellos pudieran abrir la boca. Además, la otra habitación ya estaba ocupada por
un francés loco a quien le gustaba trepar por las piedras, según dijo la mujer.
Un beso furtivo era lo más a lo que habían llegado y encontrarse a solas en
una habitación de una cama les resultó embarazoso, así que decidieron dormir
vestidos, cada uno cubierto por una manta, lo más separados posible. Pero lo
que se preveía inconveniencia de una noche se trocó en aventura inesperada, y
su propósito inicial se evaporó como una niebla mañanera. Inexpertos
igualmente, legos en asuntos de sexo, pero impelidos por el deseo y al mismo
tiempo turbados, tras unas torpes caricias, fueron despojándose de sus ropas
hasta quedar desnudos, si bien en la oscuridad solo llegaron a adivinar lo que
sus manos acariciaban, lo que sus labios besaban. Durante los siguientes dos
días, únicamente salían de la habitación para comer algo en silencio, ante la
mirada sonriente de la dueña, y volvían enseguida para seguir amándose
mientras contemplaban la singular transformación en fuego de la gran mole de
piedra que veían a través de la ventana. Regresaron a Ayerbe el domingo a
media mañana, devolvieron la calesa y se dirigieron a la casa de los maestros
asidos por la mano sin preocuparse de ser vistos; recogieron ropas y libros y
subieron al carro de viajeros.
La sorpresa de los moradores de El Maizal fue pareja a la alegría de ver aparecer
a Aurora con su acompañante, sobre todo la de su madre, quien ya la veía
soltera sin remedio; era la primera vez que mostraba interés por alguien ajeno a
la familia, y se apresuró a disponer una habitación para el joven con aspecto de
poeta y sonrisa amable, aunque algo flaco para su gusto. Úrbez llegó unos días
más tarde, y Elisa se sintió feliz por tener a sus tres hijos en casa. Cierto que el
bueno de don Fidel había fallecido en primavera, aunque se fue sin sufrir,
dormido en un sillón de mimbre bajo el porche, y también que Bizén cojeaba
cada vez más y parecía haber perdido gran parte de su anterior energía. Por
suerte Antoi era una réplica casi exacta de su padre y se ocupaba de las labores
más arduas. Pocas cosas habían cambiado en la hacienda durante los últimos
años, aparte de que el menor de sus hijos había matrimoniado con Nieus una
moza del pueblo, sobrina de Marcela para más señas, y pronto la harían abuela.
Ahora solo esperaba que los otros dos siguieran el ejemplo, y la vieja casona se
llenara de risas y gritos infantiles.
El mes transcurrió como un suspiro entre paseos y charlas alrededor de la
mesa, y tareas en las que todos colaboraron. Úrbez partió para Zaragoza en los
últimos días de agosto; le quedaba un año para finalizar la carrera de Letras y
todavía tenía que hacer el doctorado, aunque esperaba encontrar un trabajo de
auxiliar en la propia Universidad, o de profesor en un centro privado, que le
permitiera subsistir con algo más de desahogo hasta acabar. La beca apenas le
daba para vivir con estrecheces, si bien en ningún momento se le ocurrió
decírselo a sus padres, convencido de que se empeñarían en ayudarlo, y él no
quería; el campo no era un banco, solo los grandes terratenientes tenían dinero,
y ellos no lo eran.
Aurora y Mario también se marcharon prometiendo volver para las fiestas de la
Natividad. No dijeron que no regresarían a Ayerbe, que habían dejado sus
cartas de dimisión sobre la mesa del director a su vuelta de Riglos y que su
intención era ir a Madrid, a trabajar en la Institución de Enseñanza Libre, si es
que encontraban plaza, si no, ya buscarían en otra parte. Al poco de su llegada,
delante de todos, Elisa les preguntó si eran novios, y fue él quien respondió que
sí, que lo eran y que pensaban casarse, pero que tendrían que esperar porque en
la casa de los maestros solo había dos viviendas para matrimonios y por el
momento se hallaban ocupadas. De todos modos, añadió al notar que ella le
golpeaba con la pierna por debajo de la mesa, solo serían unos meses, pues uno
de sus colegas tenía dicho que se marcharía en cuanto se jubilara al finalizar el
curso. La noticia fue acogida con júbilo por la familia, y todos propusieron que
la boda se celebrara el siguiente año, por las mismas fechas; ellos
permanecieron callados, casarse no entraba en sus planes, ya lo habían hablado.
Por suerte, ella no se había quedado embarazada tras sus primeros encuentros
en Riglos y, desde entonces, él llevaba en el bolsillo del chaleco una goma
metida en un sobre, aunque la joven no supiera dónde la había conseguido,
aquella y las que guardaba en una cajita de metal, descubierta al sacar los libros
de la bolsa de viaje para dejarlos en El Maizal, a fin de no cargar con demasiado
peso en su nueva andadura.
Mario era un seguidor del librepensamiento, contrario a cualquier tipo de
imposición dogmática ya fuera social, política o religiosa, y estaba a favor del
amor libre y en contra de la institución matrimonial, que reducía a la mujer a
la posición de esposa y madre. Quería una compañera con quien compartir la
vida en igualdad de condiciones, no una mujer sometida al marido y encerrada
entre las cuatro paredes del hogar criando a los hijos. Se encendía al hablar de
una sociedad equitativa para hombres y mujeres, libres de los opulentos y de la
Iglesia, que oprimían al pueblo y creaban leyes y dogmas para su propio
beneficio. «La tierra para quien la trabaja, el trabajo para quien se lo gana, y
cada cual, con su conciencia», repetía a modo de mantra. Aurora lo escuchaba
confusa.
Por supuesto, estaba de acuerdo con él en cuanto a que todas las personas
debían tener derecho a la educación y a un trabajo digno, también en lo
referente a las disposiciones que vedaban a las casadas trabajar fuera del hogar,
aunque esto no fuera del todo cierto. Su madre había trabajado de criada, de
moza de taberna, de pastelera; Marcela había trajinado en la herrería codo a
codo con su hombre; la librera lo hacía en la papelería, y eran incontables las
mujeres que laboreaban en el campo, vendían en los mercados, ordeñaban
vacas y transportaban pesados cántaros de leche, que tejían y cosían; las había
en los hospitales, en las harineras, en los almacenes; lavanderas, planchadoras,
niñeras... Estaban casadas y tenían hijos, pero también trabajaban, ganaban
unos dineros para ayudar a la economía familiar, y si bien eran muchas las que
sufrían el dominio y los malos tratos, también eran muchas las que vivían en
armonía con sus cónyuges, su madre por ejemplo. Cierto que había todavía
mucho que cambiar, pero no acababa de entender su postura referente al
matrimonio. Lo amaba, quería estar siempre a su lado, lo deseaba, pero
asimismo quería formar una familia, tener hijos e hijas a quienes educar en esa
libertad e igualdad que él tanto preconizaba.
Tenían intención de tomar el ferrocarril en Huesca para dirigirse a Zaragoza y
de allí a Madrid, pero Bizén y Antoi se empeñaron en acompañarlos hasta el
pueblo, y no les quedó otra que coger al carro de viajeros en dirección a
Ayerbe, si bien de la misma se subieron a otro que hacía la ruta a Ejea de los
Caballeros. A media tarde se hallaban en la antigua población cuyas calles,
iglesias, casonas y el gran castillo abandonado que coronaba la cima eran
testigos del paso de la historia. Para asombro de la joven, Mario parecía
conocer bien la localidad ya que avanzaba con paso seguro y sin preguntar; lo
siguió por una calle hasta un portal y subió tras él hasta el segundo piso cuya
puerta abrió con su propia llave. No le dio tiempo a preguntar dónde estaban y
a examinar el lugar, aunque advirtió que había polvo por todas partes, él la asió
de la mano, la llevó a una habitación, le quitó la ropa y la tendió sobre una
enorme cama que ocupaba más de la mitad del espacio, desnudándose él
después. Durante las semanas transcurridas en la hacienda se habían visto
obligados a disimular, a robar besos por los rincones, y solo habían podido
hacer el amor en el maizal, en una ocasión en que lograron escabullirse sin ser
vistos. No hubo prolegómenos, caricias, besos, declaraciones de amor; agitado,
se colocó la goma y se introdujo en ella con violencia hasta alcanzar el
orgasmo, derrumbándose a su lado y quedándose inmediatamente dormido.
Aurora estaba desconcertada. ¿Qué había sido aquello? Por un instante le
vino a la cabeza la palabra «violación», no se le ocurría ninguna otra. Hacía
calor, la vivienda se hallaba bajo el tejado, y le faltaba el aire. Se levantó y buscó
por todo el piso agua con que lavarse, con que quitarse la desazón que sentía en
aquellos momentos, pero no la encontró; se vistió, cogió el bolso, salió a la
calle y preguntó al primer viandante con quien se cruzó si había por allí un
establecimiento de baños; lo había. El local no era público y disponía de varios
servicios, barbería, sala de masajes y dos baños, uno para hombres y otro para
mujeres. Permaneció sumergida en la tina hasta que se enfrió el agua, y la
encargada le indicó que debía de salir pues cerraban en veinte minutos.
Repuesta, aunque no del todo, se vistió, pagó por el agua, el jabón y la toalla y
salió sin saber adónde dirigirse; ignoraba el nombre de la calle del piso de
Mario. Tenía hambre y se detuvo a comprar unos churros en un puesto
ambulante, luego continuó andando hasta llegar a una iglesia que parecía más
bien un castillo y entró.
Sentada en la esquina del último banco, contempló la bóveda de piedra, las
capillas situadas entre los contrafuertes próximos a la cabecera, el retablo y la
imagen, que supuso de Jesús; no lo apreciaba bien desde su asiento. Había
gente rezando el rosario, apiñada en los primeros bancos, y a punto estuvo de
quedarse dormida escuchando la cadencia monótona de las avemarías.
Probablemente cerrarían el templo en cuanto acabara el rosario, y tendría que
marcharse. Por suerte había llevado su cartera con ella; preguntaría por alguna
fonda para pasar la noche y ya vería lo que hacer a la mañana siguiente,
probablemente regresaría a El Maizal por el mismo camino.
Se sentía triste, decepcionada, cansada; se había entregado al hombre a quien
amaba, había abandonado el trabajo, mentido a su familia, y él la había
utilizado para descargar su necesidad o lo que fuera que había sido aquel
ataque inesperado carente de afecto. Asimismo, se dio cuenta de que apenas
sabía nada de él aparte de que era maestro, tenía ideas revolucionarias, un
carácter amable… Por no saber, no sabía siquiera dónde había nacido; siempre
había creído que era de algún pueblo de los alrededores de Ayerbe y que no
debía de tener parientes, pues cada vez que le preguntaba acerca de sus padres
respondía que se habían ido, así que suponía que habían fallecido. Tampoco
había tenido tiempo de inspeccionar el piso, quizás habría podido encontrar
algo, una fotografía, un dibujo, algo... No obstante, él tenía las llaves, así que
aquella debía ser su casa o la de sus difuntos padres. Ella, por el contrario, le
había hablado de los suyos, contado lo ocurrido a su familia, de cómo habían
ido de un lado para otro; de su intención de conseguir el título superior de
maestra y de lo mucho que lo amaba, razón por la cual lo había llevado a la
finca.
Salió la última, a una señal del sacerdote quien pretendía cerrar la puerta de
la iglesia, decidida a encontrar un lugar donde dormir, pero no había dado diez
pasos cuando lo vio llegar hacia ella, la preocupación en el rostro. No
respondió a sus reproches, ni a la pregunta de por qué razón había abandonado
la vivienda; se dejó llevar de vuelta cogida de la mano como una niña, y se
metió en la cama vestida, mirando hacia la pared. Despertó a media mañana,
estaba sola y permaneció en la cama, dándole vueltas a la idea de regresar con
su familia, aunque ello supusiera tener que confesar lo ocurrido durante los
últimos meses. Cuando por fin decidió levantarse, encontró a Mario en la
cocina preparando una sopa de puerros y calabaza y un par de chuletones
dispuestos para asar que, al parecer, había bajado a comprar mientras ella
dormía. Los platos y cubiertos sobre la mesa, una hermosa hogaza y una jarra
de vino incitaban a comer, y tenía hambre. Él le sonrió, le echó la mano por
encima del hombro y le indicó una de las sillas viejas de madera, luego vertió
vino en dos vasos y la invitó a beber con él; volvía a ser el hombre que ella
conocía, cariñoso, cortés, y olvidó su propósito de abandonarlo.
No fueron a Zaragoza, tampoco a Madrid. El piso era pequeño, y durante los
siguientes días se dedicaron a limpiarlo a fondo; tiraron pucheros
descascarillados y sartenes roñosas, y compraron un juego nuevo de sábanas y
toallas. Los arcones estaban vacíos, no había fotografías, cuadros o dibujos,
nada que testimoniara la presencia de sus anteriores ocupantes, y ella no se
atrevía a preguntar; si él no quería decirle nada, sus razones tendría.
Una noche, después de hacer el amor, él comenzó a hablar al tiempo que le
acariciaba el cuerpo. Así supo que su padre también era maestro; había muerto
diez años atrás, durante la última epidemia del cólera cuando él tenía catorce.
Meses más tarde, su madre se casó con un turolense y se fue con su hermana
pequeña a vivir a un pueblo de aquella comarca, no sabía cuál, dejándolo con
su abuela paterna; el nuevo marido no quería estorbos. Acabó sus estudios y
obtuvo plaza en Sádaba antes de que lo enviaran a Ayerbe. Para entonces la
abuela había fallecido, y él no había tenido noticias de su madre, ni una carta,
ni un telegrama, y no regresó a Ejea. Aurora sintió pena, su hombre necesitaba
sentirse amado, le devolvió las caricias, y volvieron a amarse, sin prisas; tenían
toda la vida por delante.
Mario encontró trabajo como preceptor de los cuatro hijos de una familia
rica de la localidad; a ella le costó un poco más encontrar uno. Fue a hablar
con el director de la escuela, presentó su título y le dijo que había trabajado tres
años como maestra en la de Ayerbe, pero el hombre movió la cabeza dubitativo
al escuchar que había dejado el puesto en dicha localidad por razones
personales. Pediría informes, afirmó, aunque por el momento no había plaza,
así que apuntó su dirección y le aseguró que la llamarían en caso de haber
alguna vacante. No se desanimó, continuó buscando y, finalmente, logró que la
aceptaran en un colmado para llevar las cuentas y los pedidos. No pagaban
mucho, pero solo tenía que ir por las mañanas, por lo que tenía las tardes libres
para ocuparse del piso, las comidas, el lavado, la plancha y demás, y también
para continuar estudiando. Le gustó la tienda, donde se vendían géneros de lo
más variado: mercería, sedería, encajes, abalorios, porcelanas, y también café,
chocolate, licor, ahumados y conservas. Y le gustaron los dueños, y su hijo, un
joven deficiente que hablaba a trompicones, a quien había que repetirle las
cosas varias veces para que las entendiera y que se empeñó desde el principio en
llamarla «cuñada».
El tiempo transcurrió veloz, y el año llegó a su fin sin que se dieran cuenta.
Pese a su deseo, no pudieron ir a El Maizal. Aunque el día de Navidad caía en
jueves, el colmado abría el sábado y toda la siguiente semana. Además, el viaje
era largo, de casi una jornada; tendrían que hacer varios cambios de transporte
y no llegarían a tiempo para la Nochebuena. Decidieron por tanto quedarse, si
bien Aurora envió una carta con suficiente antelación en la que explicaba a la
familia que la habían enviado a suplir una baja en Ejea de los Caballeros.
Habría preferido omitir el nombre de la localidad, pero temía que el matasellos
revelara la procedencia del mensaje, y no deseaba complicar más las cosas.
También prometía ir a verlos a la menor ocasión que se le presentara y les
enviaba saludos de Mario para que quedaran tranquilos. Que ella recordara, era
la primera vez que no celebraba las navidades con su madre, y sintió una
punzada de remordimiento por mentirle, pero lo olvidó entre los brazos del
hombre que también la hacía relegar sus proyectos.
No fue de repente, de hecho, al principio apenas se apercibió. Mario ya no
hablaba de derechos igualitarios; su discurso giraba ahora casi íntegramente en
torno a los de los trabajadores en el campo, las fábricas, los oficios, los
educadores, siempre en género masculino. Había recuperado algunas de sus
amistades juveniles, y no era raro que no apareciera a la hora de la cena, incluso
cuando ella ya se había acostado. A veces, no siempre, se refería a este o a aquel
amigo, a las reuniones que mantenían en una taberna-café donde trataban de
organizar un sindicato socialista agrario al estilo de la Asociación del Arte de
Imprimir, o la de los canteros, sombrereros o carpinteros, que ya estaban en
marcha en Zaragoza. En dichas ocasiones, su mirada brillaba animada por las
ideas que bullían en su cabeza, los argumentos brotaban sin freno como si se
dirigiera a una asamblea, repetía frases y proclamas, citaba nombres que a ella
no le sonaban de nada, incluso le provocaba una sensación de miedo al
asegurar que la violencia era necesaria en determinadas ocasiones; le parecía
que estaba ensayando una obra teatral, como la única que habían visto en el
Teatro de la Villa. En una ocasión le preguntó sobre los derechos de las mujeres
a los que solía referirse al inicio de su relación, y le respondió que más adelante,
que todavía no era el momento, que las mujeres no estaban preparadas para
trabajar ni luchar a la par que los hombres. Sus palabras la desconcertaron, y
no volvió a preguntar.
La invitó a dar un paseo, una tarde de comienzos de junio, dos años y medio
después de su llegada a Ejea. La propuesta la sorprendió ya que hacía tiempo
que no salían, pero no se hizo de rogar; recorrieron las calles, se acercaron al río
y acabaron cenando en un café y local de comidas recién abierto, que le
recordó a El Obrador. Fue una cena romántica como hacía mucho no habían
disfrutado. Achispados por el vino y espoleados por el deseo, regresaron al piso
cogidos de la mano, riendo, haciéndose carantoñas y provocando más de una
mirada recriminatoria por parte de algunas personas que no veían decente sus
muestras de cariño en la vía pública. Al llegar al piso fueron directamente al
dormitorio; le quitó las horquillas del moño y aspiró el olor a lavanda que
desprendía su cabello, la desnudó sin prisas, la acarició, besó su cuerpo hasta en
los lugares más recónditos y le hizo el amor como nunca antes; fue la primera
vez que ella gritó de placer hasta casi perder el sentido. Luego él le dijo que se
marchaba a Barcelona.
Hacía meses que no trabajaba de preceptor, y vivían de lo poco que ella
ganaba en el colmado; le habían ofrecido un trabajo en la redacción de un
periódico, afirmó. Su reacción fue decirle que se iba ella también, que no
quería quedarse allí sola, pero él aseveró que era absurdo pensar en ir los dos a
una ciudad que no conocían, sin dinero ni un lugar donde parar. Se sentiría
más tranquilo sabiéndola a seguro, solo sería cuestión de días, un par de
semanas como mucho, antes de que regresara para llevarla con él si todo salía
como esperaba y lograba un trabajo fijo. Cuando despertó, ya no estaba;
encontró una nota encima de la mesa de la cocina en la que le expresaba lo
mucho que la amaba y que pronto estarían juntos de nuevo. Pero
transcurrieron los días, las semanas, y no volvió a saber de él; perdió el apetito,
el sueño, y pasaba las horas muertas mirando por la ventana. Una mañana no
fue a trabajar, metió sus cosas en una bolsa y tomó el carro de viajeros a
Ayerbe; tuvo que esperar hasta el día siguiente para coger el del pueblo y pasó
la noche sentada en un banco de las cocheras.
Su inesperada presencia produjo estupor en la familia. Únicamente sabían de
ella por las cartas que enviaba, que no habían sido muchas, y les causó un gran
impacto verla ante ellos como una aparecida, delgada por no decir flaca, la
tristeza plasmada en el rostro. Incluso su inusual color de ojos había perdido el
brillo. No le hicieron preguntas. Marcela preparó la tina de baños, y entre ella y
Elisa la bañaron, le lavaron el pelo, la secaron y la acostaron en su antigua
habitación tras obligarla a tomar un cuenco entero de caldo de gallina. Durmió
durante dos jornadas seguidas, velada en todo momento por ambas y por su
cuñada. Bizén y Antoi asomaban la cabeza por la habitación de vez en cuando
sin saber qué hacer o qué decir. En un principio, sugirieron llamar al médico,
pero las mujeres aseguraron que no era necesario, la «niña» solo se hallaba en
un estado de consunción en el que unos buenos caldos y unas friegas con
alcohol de romero resultaban mano de santo.
Tardó en recuperarse; tumbada en la hamaca que su hermano colgó de dos
melocotoneros, contemplaba el cielo por entre las ramas y escuchaba los
sonidos del campo y los gritos de alegría del pequeño Belián, el hijo de Antoi y
Nieus. Apenas decía nada, y nadie preguntaba. Por fin, se decidió a hablar, una
tarde, sentada bajo el porche, mientras la madre pelaba unos frutos para
embotar y el padre descortezaba unas ramas a utilizar a modo de tutores para
las plantas de tomate. Lo hizo con la mirada fija en el maizal cuyas panochas
asomaban ya por entre las hojas. Se había enamorado, había abandonado su
trabajo en la escuela, vivido en compañía de Mario haciéndose pasar por su
esposa y consiguiendo unas pesetas en el colmado; él se había ido a Barcelona
dejándola sola en Ejea, prometiendo que volvería a buscarla, pero... no había
vuelto ni tampoco enviado noticias. Estaba cansada, muy cansada, y solo había
un lugar en el que guarecerse; de todos modos, prosiguió sin que sus padres la
interrumpieran, no quería ser una carga y buscaría cuanto antes un trabajo en
Huesca. Las lágrimas rodaban por sus mejillas, Bizén sacó un pañuelo del
bolsillo y le limpió la cara. Elisa la abrazó; su hogar estaba allí, en El Maizal,
junto a los suyos, le susurró al oído, y todo se solucionaría.
No volvieron a hablar del tema, y la vida continuó como si nada hubiera
ocurrido. Úrbez llegó con su diploma de Letras y un contrato para ejercer de
profesor auxiliar en la Universidad y, de nuevo, Elisa se sintió feliz al verse
rodeada de las personas que más quería en el mundo, su marido y sus tres
hijos, también su nuera y el nieto. Llegado septiembre, convenció a Aurora
para que permaneciera con ellos; no había prisa, le dijo, tenía todo el año para
preparar el examen de entrada en el magisterio superior, aprobado por fin para
las mujeres. Es más, después de las navidades podría trasladarse al piso de su
hermano y seguir allí el curso preparatorio en la Normal de Zaragoza, lo
habían hablado, y él estaba de acuerdo, además su ayuda le sería muy útil.
Mientras, al igual que su madre y que su abuela, se acostumbró a refugiarse en
el maizal cuando su presencia no era necesaria en la casa. Allí leía, estudiaba,
pensaba en Mario, en lo que estaría haciendo, en si volvería a verlo, recordando
el placer experimentado en su última noche y contemplando el atardecer que la
transportaba a un mundo de ensueño.
Un día cayó en la cuenta de que llevaba por lo menos tres meses sin que le
bajara la regla. Dicha constatación la dejó paralizada durante unos instantes.
¿Cómo era posible que no hubiera sido consciente de ello? Luego recordó la
noche de amor en la que había descubierto que el placer no era solo cosa de
hombres, lo que la llevó a pensar que no se había fijado en si Mario se había
colocado la goma, tal vez sí lo había hecho, pero ella no se acordaba. De todos
modos, no había tenido nauseas ni el mal cuerpo que, decían, padecían las
embarazadas, así que probablemente su desarreglo se debía quizás a la angustia
sentida, el viaje, la debilidad. Una cosa trajo la otra, ¿se habrían dado cuenta en
casa? Por pudor, cada una de ellas lavaba sus propios paños y los colgaba en un
colgador colocado entre otros para sábanas, manteles y ropas en general. ¿Se
habrían apercibido de que faltaban los suyos? No quiso pensar en lo que temía
y contempló los campos, la mente en blanco. En efecto, esperaba un hijo. Lo
supo cuando no pudo ceñirse la falda pese a no haber aumentado de peso de
forma manifiesta y notó que algo estaba cambiando dentro de ella. Su primera
intención fue marcharse cuanto antes aun sin saber adónde; no podía
avergonzar todavía más a la familia. Contempló su perfil en el espejo de cuerpo
entero que había pertenecido a su abuela, y que el maldito abuelo no había
tirado como tantas otras cosas, y vio en él no solo su vientre una pizca
abombado, sino también a su madre, quien la contemplaba desde el quicio de
la puerta.
La niña nació en el primer día de la primavera siguiente, por sorpresa, sin
avisar, pues no se la esperaba hasta la segunda semana de abril. Aurora se puso
de parto mientras descansaba en su cuarto tras un paseo en compañía de su
cuñada y del sobrino; le dolía la espalda y dijo que iba a echarse un rato antes
de bajar a cenar. Había cerrado los ojos, pero los abrió de nuevo al sentir una
contracción que le cortó la respiración. Tuvo tiempo de sonreír al recordar lo
que siempre había escuchado acerca del tremendo dolor experimentado por las
parturientas antes de sentir una nueva contracción, y otra más después, y otra.
Sentía un dolor agudo como si le estuvieran desgarrando las entrañas, pero no
gritó; cogía aire y aguantaba a que pasara. Solo era el comienzo, se dijo, y
todavía le quedaban horas. Habría parido sola si su madre no llega a entrar en
el cuarto, preocupada por su ausencia. Elisa llamó a gritos a Marcela, quien
además de herrera había ejercido de partera cuando todavía vivía en el pueblo,
y a su nuera; entre las tres la ayudaron a traer a su hija al mundo sin que un
grito se escapara de su garganta. Estaba dolida y sudorosa cuando le pusieron la
niña al pecho, y lloró de la emoción, también por la ausencia del hombre que
debería haberse encontrado a su lado en aquel trance.
La reacción de los moradores de El Maizal al saberla embarazada sin estar
matrimoniada fue de lo más dispar. Antoi juró que le rompería los morros al
infame que lo había hecho tío de aquella forma, y su mujer lo apoyó. Marcela
se echó a llorar, mientras que el antiguo herrero hizo solo un comentario sobre
que lo importante era que madre e hijo estuvieran bien. Por su parte, Elisa y
Bizén no parecieron mostrar disgusto alguno; lamentaban eso sí que su hija no
hubiera tenido una boda religiosa como era debido, rodeada por las personas
que la querían, pero lo hecho, hecho estaba, y no había vuelta atrás. Ambos
tenían en mente lo ocurrido años atrás en el maizal, también el nacimiento de
Aurora y su propia boda, aunque no era lo mismo haber sido violada que yacer
con un hombre por gusto. No juzgaban sin embargo a la joven, la querían y
querrían al nieto o a la nieta por nacer. No obstante, la nueva situación
presentaba ciertas complicaciones, en especial la animosidad de algunos de los
vecinos alentados por el párroco, quien dedicaba a la lujuria tres de cada cinco
sermones, como si aquella fuera la única preocupación de su feligresía. En los
últimos años había habido un par de casos de madres solteras; a una la casaron
con su amancebado, la otra tuvo que irse a la capital, a casa de unos parientes,
pues el amante era hombre casado y, por supuesto, continuó su vida tan
tranquilo. No se sabía de otras, pero el clérigo estaba empeñado en ver a Eva
pecadora en todas las mujeres de quince a cuarenta, la edad pecaminosa por
excelencia según él.
Ellos se hallaban apartados de las habladurías, pero antes o después alguien
diría o preguntaría algo, ¿y cómo explicar la presencia de una criatura sin
padre? Además, habría que bautizarla. Dejaron de lado el asunto de las
explicaciones y se centraron en buscar un nombre para el nuevo miembro de la
familia. Cada cual proponía uno, empezando por el propio, y Aurora reía; ella
ya lo había decidido: Mario si era niño, María si niña, pero no decía nada,
divertida y a la vez agradecida a aquella familia que le había tocado en suerte.
En cuanto al otro asunto, Úrbez lo zanjó cuando llegó a celebrar la Navidad;
no había más que decir que el marido de su hermana había partido a «hacer las
Américas», al igual que tantos y tantos hombres, en busca de un porvenir. Si
alguien se interesaba por saber cuándo y cómo se habían casado, solo había que
responder que tres años atrás, en Buisán. Y para escándalo de todos, y regocijo
asimismo, en la siguiente visita apareció con un certificado de boda falso
firmado y sellado, y con los nombres de los supuestos contrayentes. Ignoraba el
segundo apellido de su presunto cuñado, su hermana también lo ignoraba, así
que puso el segundo de Elisa, Escagüés. Al preguntarle cómo lo había hecho,
respondió con un «no preguntéis», que dejó a todos con las ganas.
La alegría por la llegada de María se vio de alguna forma ensombrecida por
la renuncia de la madre a su deseo de continuar con los estudios. No hizo falta
hablar de ello; no podía, ni quería, dejar a la niña en El Maizal y marcharse
como si nada. Antoi y Nieus insinuaron la posibilidad de adoptarla, si no
legalmente, sí de hecho. Se lo agradeció con un abrazo a cada uno, les aseguró
que la pequeña crecería junto a Belián como una hermana, pero que no había
perdido la esperanza de que Mario reapareciera algún día. A veces se le pasaba
por la cabeza que había vuelto a Ejea y no la había encontrado, pero se decía
que si en verdad quisiera estar con ella se habría presentado en la hacienda.
Durante algún tiempo, en el pueblo se habló de la joven recién parida,
esposa de un emigrado, que quizás volviera, o no; no sería la primera vez que
un hombre partía allende el mar y no regresaba. Incluso se conocía el caso de
uno, casado y con hijos, que marchó y formó familia en Cuba y que, tras la
independencia de aquel país, regresó años más tarde, viejo y arruinado, con la
pretensión de recuperar a su primera mujer y, de paso, la casa y la tierra de esta.
La encontró casada con otro; él había sido dado legalmente por muerto tras
más de veinte años sin noticias. Esperaban que a Aurora no le ocurriera otro
tanto, pero al cabo de un tiempo otros temas ocuparon las conversaciones,
entre ellos el resultado de las elecciones a Cortes, celebradas seis días después
del nacimiento de la pequeña María y ganadas por el partido liberal, tal y como
correspondía en alternancia con el conservador. La noticia llegó tarde y pasó
bastante desapercibida. Los «franceses», así llamados los habitantes del pueblo
porque colocaron una bandera de Francia cuando lo de Napoleón, y los
soldados gabachos pasaron de largo creyendo que ya habían conquistado el
pueblo, estaban más ocupados en la siembra, los frutales y el ganado que, en
unas elecciones, que de antemano se sabían viciadas.
Lo que no pasó inadvertido fue el nombramiento de Cristóbal el Paquetero
como nuevo mayordomo de la cofradía, lo que venía a equipararlo con el
alcalde. Muerta la viuda sin hijos, el hombre había heredado sus propiedades,
alardeaba como un pavo real en celo y ocupaba el primer banco de la iglesia, si
bien evitaba el cara a cara con Bizén Albar, no fuera a ser que le soltara otra
patada en los cojones. En sus cincuenta y tantos seguía siendo atractivo, quizás
incluso más que en su juventud, pero se iba a la ciudad cuando lo apremiaba la
necesidad y había dejado de rondar a las mozas del pueblo, que allí todo se
sabía.
Un año después del nacimiento de su hija, Aurora se hizo cargo de los poco
más de treinta niños y niñas que acudían a la escuela de la localidad, una sola
aula situada en el bajo de la casa cural adyacente a la iglesia. El párroco frunció
el ceño, pues no la había visto en misa desde su regreso, si bien lo desarrugó al
saber que había estado enferma, según lo informó Marcela, una de sus
feligresas más devotas, quien exageró lo de la enfermedad, pero con un aire tal
de lástima que lo convenció. Además, hacía falta una maestra; la última se
había marchado a mediados del curso anterior, y él se había visto obligado a
suplir la ausencia, aunque, por supuesto, eludió las clases de labores para las
niñas. Le hizo una especie de examen previo y quedó satisfecho; estaba claro
que la mujer conocía bien el catecismo, así como la lectura, la escritura y los
números; las labores las daba por hecho. La paga era mínima, pero a ella no le
importó, necesitaba evadirse durante unas horas, recuperar de alguna forma su
verdadera vocación. Por otra parte, María quedaba al cuidado de su dos
abuelas; Marcela había exigido compartir el papel de Elisa, y esta la dejaba
hacer, ocupada como estaba con el segundo hijo de Antoi y Nieus.
Las clases tenían lugar por la mañana en las épocas de siembra y cosecha, las
tareas del campo requerían todos los brazos, así como por las tardes en
invierno. Recorría a paso ligero la distancia que la separaba del pueblo, estaba a
las ocho en punto en la puerta para recibir a los escolares y recogía y limpiaba
la clase al acabar después del Ángelus. Llegado el invierno, se llevaba una
tartera, comía allí mismo y a las cuatro emprendía el camino de vuelta. No
resultaba fácil enseñar a escolares de entre cuatro y trece años, todos juntos en
un mismo espacio, aunque separados por grupos según las edades, lo había
hecho en Ayerbe si bien allí solo tenía niñas a su cargo y pronto se adaptó. Una
vez por semana, el cura aparecía sin avisar, inspeccionaba los cuadernos,
preguntaba y castigaba con una vara en las posaderas a los mayores si no
respondían correctamente, a los pequeños les daba un par de azotes con la
mano. Lo odiaba. Sus padres nunca les habían pegado, a ella o a sus hermanos,
aparte de algún cachete suelto, y apretaba los puños con fuerza para no
arrebatarle la vara y darle con ella. No aguantó su indignación el día en que
volteó sobre sus rodillas a una de las mayores y le levantó la falda con intención
de azotarla delante de todos por haber respondido de malas maneras. Se la
arrebató y se encaró a él, solo los padres tenían el derecho de castigar a sus
hijos, le dijo, y si quería que su alumna fuera corregida debía ir a hablar con
ellos y no dar un espectáculo delante de los demás. Demudado, el hombre salió
hecho una furia. Al día siguiente la niña tenía dificultades para sentarse; el cura
había ido a hablar con su padre, y este le había propinado una buena zurra.
El asunto tuvo sus repercusiones. La primera, despedir a la maestra por no
guardar la debida compostura ante el párroco y dar mal ejemplo a los escolares.
La segunda, una bronca monumental entre los vecinos que estaban a favor del
despido, y los que no lo estaban, que eran la mayoría, hartos de la prepotencia
y los sermones de un individuo que en verdad se creía el representante de Dios
en la Tierra. Ganaron estos, y Aurora retomó su trabajo; el cura no volvió a
aparecer por la escuela.
Hubo asimismo otra consecuencia. Como no podía ser menos, Cristóbal el
Paquetero tuvo conocimiento de lo sucedido y fue uno de quienes reclamaron
se expulsara a la insolente que había osado encararse a la máxima, y única,
autoridad religiosa de la localidad. Aunque resultara difícil no conocerse en una
población de algo más de doscientas almas, lo cierto era que él no la conocía. Sí
sabía que la maestra era hija de los dueños de El Maizal, motivo por el que
había abogado en favor del despido, pero nunca había tenido oportunidad de
verla de cerca, o no lo había intentado siquiera pues conservaba viva en la
memoria la amenaza de Bizén Albar.
Recordaba una tarde de verano, a una joven de mirada triste a quien
desgarró la ropa y forzó varias veces al abrigo de las plantas del maíz hasta
quedar saciado. No estaba orgulloso de aquella machada, él no era un hombre
violento, nunca antes ni después había violentado a una mujer e ignoraba qué
mal antojo se apoderó de él para actuar de aquella manera con una moza que le
gustaba y a quien deseaba solicitar relaciones. Esperó a que volviera a aparecer
por el mercado para pedirle perdón, pero no volvió, y Marcela le dijo que se
había marchado con la vieja Feliciana, no sabía adónde. Cuando de nuevo la
vio, muchos años después, ya no se parecía a la inocente que había deshonrado;
su cuerpo había adquirido las formas de una mujer madura, y su rostro apenas
se asemejaba al que él todavía descubría a veces, en sueños. Intentó animarse a
hablar con ella en la parada del carro de viajeros, pero no se atrevió, y su
marido acabó por convencerlo de que era mejor arrinconar el pasado. ¿Se
parecería la maestra a su madre o tendría los rasgos como cortados con hacha
del padre? Sintió curiosidad.
Ante la proximidad del primer domingo de octubre, fecha en la que se
celebraba la batalla de Lepanto, que nadie tenía idea de cuándo y dónde había
tenido lugar, aunque sí que en dicha batalla los buenos católicos habían
vencido a los malvados turcos, de ahí la festividad instaurada por la Iglesia en
honor a la Virgen del Rosario, la Cofradía preparaba el festejo: la misa por las
almas de los fallecidos que habían abonado las cuotas anuales, la subasta de
carne para ayudar a los necesitados y la comida de hermandad. En su calidad
de mayordomo y tras darle unas vueltas, a Cristóbal se le ocurrió una excusa
para conocer a la maestra, pedirle que ensayara con sus alumnos una o dos
canciones para interpretar, en la iglesia o en la calle, antes de la subasta. La
esperó un lunes al mediodía, la vio despedir a los niños y volver a entrar a
poner orden, y entró él también. Quedó confundido, mudo, cuando ella se
giró para preguntarle qué deseaba, no respondió y salió apresuradamente de la
escuela. Sin saber cómo, sus piernas lo llevaron por el camino seguido años
atrás, hasta llegar al maizal, a donde nunca más había vuelto. Cosechadas las
mazorcas, los tronchos habían perdido su esbeltez y el sol se ocultaba tras una
nube; se sentó en el suelo y se echó a llorar. Aquella mujer joven cuyo nombre
ignoraba, le había mirado con sus ojos; se había visto reflejado en su propia
mirada de un azul brillante, intenso, herencia de su abuelo materno. Cuando
finalmente se repuso de la impresión, regresó al pueblo y pidió al cura le
entregara el documento en el que constaban los datos de la maestra; no
respondió a su pregunta que para qué los quería, cogió los papeles, se encerró
en su casa y leyó: Aurora Albar Azaba, nacida veintiséis años atrás en Buisán,
municipio de Fanlo, en Sobrarbe.
Galopó a lomos de su yegua hasta que el animal se detuvo, agotado por la
cabalgada. Le llevó cuatro jornadas llegar a Buisán y, una vez allí, llamó a la
primera puerta que encontró, mostró a la mujer que le abrió una moneda de
plata de cinco pesetas y pasó la noche en la casa, tan desastrada como la dueña.
Por ella supo lo que quería, que Bizén Albar era natural del lugar y había
matrimoniado con una joven de afuera, no podía decirle de dónde, pero sí que
la había traído la Feliciana, una solterona, que volvió a la aldea para morir. La
joven venía preñada, y el mozo se casó con ella un año después de nacer la
criatura, una niña creía recordar.
Necesitaba estar completamente seguro y, antes de coger de nuevo la ruta,
fue a visitar a la familia Albar. Solo encontró a una anciana con la cabeza ida y
a su nuera; el marido de esta y los hijos se hallaban en la tala. Al igual que la
anterior, la mujer tenía ganas de hablar de algo más que del tiempo y de las
hortalizas que cultivaba en el huerto, y no le costó le repitiera lo ya escuchado,
si bien con particularidades añadidas, como el nombre de la joven, Elisa, y la
zona de la que provenía, un pueblo «allá por la Plana de Uesca», aclaró. Y sí,
llegó preñada sin estar casada, el tonto de su cuñado se prendó de ella y
matrimoniaron un año después de nacer la bastarda. Quiso invitarlo a comer,
pero tenía prisa e hizo el recorrido de vuelta de igual forma que a la ida,
deteniéndose únicamente cuando la yegua perdía el resuello.
Habló con Elisa el día de la Virgen del Rosario. Obligados como estaban,
todos los habitantes acudieron a la misa, incluidos los propietarios y
trabajadores de El Maizal, todos, menos Aurora que se quedó al cuidado de los
niños y de Bizén. La cojera había ido a más, pero aun así él se empeñaba en
seguir trabajando y se fracturó la rabadilla debido a una nueva caída, esta vez
desde una escalera, intentando eliminar las ramas secas y los chupones de un
melocotonero. El médico dictaminó que la avería tenía mala curación y que en
todo caso necesitaría tiempo. El dolor hacía que, a veces, se le saltaran las
lágrimas, y permanecía en la cama encerrado en sí mismo, respondiendo a las
preguntas con monosílabos mientras su mujer y Marcela se turnaban para
cuidarlo y aplicar cataplasmas de arcilla o de col a fin de bajar la hinchazón y
aliviar su sufrimiento. Cristóbal aprovechó su ausencia para acercarse a ella; la
pilló desprevenida mientras observaba las mesas dispuestas para el «releo» y le
dijo al oído que sabía que la maestra era hija suya. No le dio tiempo a esperar
una respuesta, reclamaban su presencia para comenzar la subasta, pero sí para
decirle que la esperaba en el maizal al mediodía del día siguiente.
Aurora no fue a trabajar el lunes debido a que era preciso limpiar el local
escolar pues la comida de hermandad había tenido lugar allí y se había alargado
hasta bien entrada la noche. No había prisa, y permaneció un rato tumbada,
contemplando a la niña dormida en la camita de madera, obra del abuelo
carpintero; sonreía en un sueño feliz, y ella sonrió también.
Eran ya dos años sin noticias de Mario, pero no había tiempo para lamentos;
su hija, la familia y la escuela llenaban su vida, aunque en ocasiones metiera la
mano bajo la camisa de noche y pensara en aquella vez, la última, en la que él
la había hecho gozar hasta perder el sentido. Ignoraba si los hombres hablaban
de ello, las mujeres jamás, al menos las que conocía; el sexo era tema
prohibido, impuro, solo necesario para procrear dentro del matrimonio. No se
imaginaba a sus padres desnudos bajo las sábanas, y menos a Marcela y a su
marido, le entraba la risa. Ella, sin embargo, era esposa sin estar casada, viuda
sin serlo, todavía joven; la aguijoneaba el deseo, y aunque la mano no fuera
suficiente al menos aliviaba su necesidad. Iba a misa, pero no se confesaba ni
comulgaba a pesar de las indirectas del cura antes de su enfrentamiento,
después ya no habían vuelto a hablar. En Ayerbe había acudido al
confesionario una vez, la víspera de Santa Leticia, patrona de la localidad, a fin
de comulgar en misa mayor, más que otra cosa para no dar lugar a habladurías.
Nada más arrodillarse y decir las frases acostumbradas, el confesor le preguntó
si había pecado contra el sexto mandamiento. Quedó paralizada mientras él
insistía en saber si había cometido actos contrarios a la castidad, había besado a
un hombre, se había tocado o había tenido pensamientos impuros. Ocurrió
antes de empezar a salir con Mario, pero dichas preguntas le parecieron el
colmo de la indecencia y salió dejándolo con la palabra en la boca. No volvió a
confesarse.
El otoño exhibía sus tonalidades, las horas de luz disminuían, habían
refrescado las temperaturas, pero el sol del mediodía invitaba a tomar el aire;
cogió a María y salió al porche. Marcela limpiaba unas vainas para la comida,
Nieus pelaba patatas, los niños jugaban dentro de un corralillo construido
asimismo por el abuelo, quien dormitaba sobre un catre, y vio a su madre
dirigirse hacia el maizal con una cesta plana en la mano por lo que supuso que
iría a recoger los restos de las panojas para alimento de las gallinas; dejó a la
niña con sus primos y la siguió. La vio adentrarse entre los tronchos
descabezados que comenzaban a secarse y la perdió de vista. La descubrió
instantes más tarde, hacía la mitad de la plantación, y se detuvo al verla
hablando con un hombre, que creyó se trataría de uno de los aparceros que
ayudaban al tío Antoi. No podía escuchar lo que decían, había sin embargo
algo en sus ademanes, en la forma en cómo él se dirigía a su madre, que no le
gustó. No lo pensó dos veces al advertir que la asía por los hombros y la
zarandeaba, corrió hacia donde estaban dándole un empujón e interponiéndose
entre ambos. Quedó desconcertada; aquel era el hombre que había entrado en
la escuela días atrás y había salido disparado al girarse para saludarlo. Algo en él
la había llamado la atención, si bien no sabía muy bien qué, pero ahora, con el
sol de frente, notó que se le erizaban los pelillos de la nuca: tenía su mismo
extraño color de ojos. Él le miró y se marchó precipitadamente al igual que en
la ocasión anterior.
No logró que su madre le contara lo ocurrido, dijo que ambos se conocían
desde hacía mucho, farfulló algo acerca de un viejo conflicto entre familias y
no quiso continuar; recogió la cesta que se le había caído al suelo y echó a
andar hacia la casa. Intentó hablar con ella a lo largo de la jornada, pero no
hubo manera; se escaqueaba con cualquier disculpa en cuanto la veía acercarse.
Tras acostar a María, pasó a llevarle a su padre un vaso de leche templada con
miel y una yema de huevo. Bizén continuaba con dolores, pero era su
desánimo lo que preocupaba a todos; seguía sin hablar, ahora ni siquiera
monosílabos, limitándose a mover la cabeza para afirmar o negar, y pasaba la
mayor parte del tiempo con los ojos cerrados, de forma que nunca sabían si
estaba despierto o dormido. Lo ayudó a beber la leche y le dio un beso de
buenas noches en la frente e iba a marcharse cuando él la agarró por el brazo y
le dijo en un hilo de voz que los «papeles» estaban en el fondo del arcón de la
ropa, que los sacara de allí para tenerlos a mano. No entendió muy bien lo que
quería decir, pero fue al arcón y rebuscó hasta encontrar una carpeta de
cartulina arrugada. Dentro encontró el certificado de bodas de sus padres, las
actas de nacimiento de ambos, las de sus hermanos, y la de ella. Fue a
preguntarle para qué los quería, pero se había quedado dormido, y les echó una
ojeada a la luz del candil que desde el accidente su mujer mantenía encendido
toda la noche. No recordaba haber visto el documento de la boda y se
entretuvo en leerlo, nombres, apellidos, testigos, lugar y... fecha. Tardó en
reaccionar, sus padres se habían casado dieciséis meses después de su
nacimiento.
A la mañana siguiente, antes de dirigirse a la escuela, buscó a su madre, le
puso el certificado de bodas y su acta de nacimiento ante los ojos y le exigió
una explicación. Despacio, con la mirada perdida, Elisa le contó cómo fue
engendrada de forma violenta por el hombre que había visto la víspera, motivo
por el cual huyó con Feliciana a Buisán donde conoció a Bizén, su padre a
todos los efectos, pues la quiso como a hija propia desde el primer momento.
En el pueblo nadie conocía lo ocurrido, excepto Marcela y su marido, e
ignoraba cómo Cristóbal Forcás había llegado a saber que ella era su hija. El
caso era que la había citado en el maizal y le había echado en cara que se
hubiera marchado del pueblo sin darle la oportunidad de enmendar su error,
aunque ahora lo que más lo enfurecía era saber que tenía una hija no
reconocida, y una nieta, puede que porque se sentía solo y deseaba una familia.
A Aurora le costó un rato reaccionar; la aclaración había sido breve, tan solo
unos minutos para narrar casi una vida. Para cuando quiso darse cuenta, su
madre había ido a preparar el desayuno de sus nietos. De camino al pueblo, no
dejó de pensar en el asunto, tampoco dejó de hacerlo durante toda la mañana.
Todavía no habían empezado las clases por la tarde, así que limpió el encerado
y barrió la sala a toda prisa a fin de salir cuanto antes; necesitaba tiempo para
reflexionar y lo último que deseaba era ver allí al tipo cuya existencia acababa
de conocer. No apareció ni en ese, ni en los días posteriores.
1909
izén se fue como había vivido, sin quejarse, sin hacer ruido;
B
simplemente cerró los ojos y dejó de respirar. Nada tenía, así que nada
dejó, solo una pena inmensa en los corazones de quienes lo habían
querido y conocido, que no eran muchos pues raramente abandonaba El
Maizal y, además del antiguo herrero y un par de labradores, no tenía amigos
en el pueblo. Todos, incluido Úrbez, llegado para las fiestas navideñas, lo
velaron y rezaron por su alma. No llamaron al cura; a fin de cuentas el muerto
ya no precisaba de extremaunciones ni viáticos, y se valían solos para rezar el
rosario. Además, no habían vuelto a tener tratos con él desde su encontronazo
con Aurora, si bien asistían a misa los domingos, que no era cuestión de que
los llamaran ateos. Les habría gustado despedirlo en la intimidad, pero no
quedó más remedio que celebrar el funeral. La iglesia se llenó, y no faltaron
comentarios en cuanto a lo satisfecho que se sentiría el cura, pues en menos de
veinticuatro horas iba a celebrar tres misas: las exequias, la del Gallo y la de
Año Nuevo, circunstancia que no ocurría a menudo. De negro riguroso, con
capas y pañoletas, los miembros de la familia ocuparon el primer banco
llevando panes y velas para bendecir y ser repartidos entre los presentes. Tras el
entierro en la tumba de los Escagüés, regresaron a la casona y celebraron la
comida de los muertos compuesta de sopas de ajo, judías, carne asada y
almendras tostadas, a la que no invitaron a nadie de fuera de la casa, hecho este
que fue muy criticado por ir en contra de la costumbre.
Pese a que el difunto no había abonado cuota alguna a la cofradía, y todos
los gastos corrían por cuenta de la familia, Cristóbal se presentó en la iglesia
vestido con su traje de gala de mayordomo y acompañado de los miembros de
la junta. No hubo lugar al panegírico de rigor, pero ocupó un sitio preferente a
un lado del altar, de manera que podía observar con total tranquilidad a Elisa y
a su hija, en especial a esta. Saberse padre a sus más de cincuenta años
provocaba en él sentimientos encontrados. Por una parte, orgullo. No se le
parecía en nada físicamente hablando, excepto en el color de los ojos, pero era
una hembra guapa, con carácter y encima sabida, y madre. Ignoraba casi todo
acerca de ella, se preguntaba dónde estaría el marido o si acaso le habría
ocurrido lo mismo que a su madre. Dicho pensamiento le causaba malestar.
¿Perdonaría ella ser fruto de la violencia? Nada de lo que pudiera decirle lo
eximiría de la responsabilidad, no obstante, le gustara o no, él era su padre y
quería que llevara su apellido. Además, era rico. A su muerte, la heredad de su
mujer pasaría a manos de unos primos de esta que vivían en Uncastillo, y con
quienes ya había tenido pleitos al pretender ser ellos los beneficiarios de la
herencia familiar. ¡Antes prendería fuego a la casa y a los campos! Se le había
ocurrido una solución para cuando acabó la misa de funeral, si bien hubo de
disimular su satisfacción y poner cara de circunstancias al ir a saludar a los hijos
varones del finado.
Tras el rosario y la oración del último día de la novena a fin de asegurar el
descanso eterno del difunto, el cura pidió a Elisa lo acompañara a la vicaría
pues tenía algo que comunicarle e hizo un gesto con la mano a Aurora y a
Marcela para que no los siguieran. Ella creyó que se trataría del pago por los
servicios religiosos o de cualquier otro asunto, pero le costó cerrar la boca al
escuchar lo que tenía que decirle. Cristóbal Forcás había confesado su horrible
pecado y recibido la absolución, no había por tanto motivo para no perdonar
lo hecho y retomar las cosas donde habían quedado años atrás. Era deber de
todo hombre cabal y buen cristiano redimir su falta contra la castidad y el
honor de la mujer, así pues, una vez transcurrido el año de luto, él mismo los
casaría y les daría la bendición. Perpleja, soltó un ¡mecagüen!, que dejó al
clérigo atónito, y salió del lugar hecha una furia. Seguida por la hija y la amiga,
no dijo palabra durante el camino y se encerró en su cuarto nada más llegar a la
casa. El cura se presentó en El Maizal día más tarde, pero se negó a hablar con
él, se cubrió con la toquilla, salió de la casa y no regresó hasta estar segura de
que se había marchado. Tampoco volvió a la iglesia, alegando siempre sentirse
mal justo antes de acudir a misa los domingos y festivos. A su vuelta, la familia
siempre la encontraba trajinando en la cocina, por lo que todos suponían que
algo grave había ocurrido y no preguntaban, ella tampoco decía nada.
El Paquetero estaba que se lo llevaba el Diablo. ¡Para eso se había humillado
de rodillas y había recibido como penitencia acudir todos los días al rosario
durante un mes, además de abonar sus buenos dineros en calidad de limosna
para las misiones! ¡Maldita fuera! Tuvo la tentación de pregonar a los cuatro
vientos que la maestra era su hija para que lo supieran todos los vecinos, si bien
descartó la idea pues él no quedaría en buen lugar, así que decidió consultar
con su abogado el modo de proceder a fin de reclamar la paternidad de su hija
y se fue a Huesca. El letrado lo informó de que el recién redactado Código
Civil no preveía dicha eventualidad por lo que le iba a resultar imposible;
podría no obstante testar a su favor, y ella vería si aceptaba o no la herencia.
Pero la cuestión no era esa, sino que Aurora llevara su apellido, pues los primos
de Uncastillo volverían a la carga y se saldrían con la suya. Malhumorado,
entró a comer en una taberna llena hasta los topes donde encontró un sitio en
una mesa ocupada por otro comensal. Ambos comieron en silencio unas sopas
de ajo durante un rato, pero, al lanzar un requiebro a la moza que los servía y
recibir un exabrupto como respuesta, el otro hizo un comentario grosero, y ya
eran amigos para cuando dieron buena cuenta de unos jarretes de ternasco. La
conversación giró en torno a las mujeres y sus malas artes a la hora de
encandilar a los hombres, robarles hasta los calzones, despreciar propuestas de
matrimonio o considerarse superiores. Descubrieron sorprendidos que
hablaban de la misma persona al terminar con unas manzanas asadas.
Habían transcurrido once años desde que el juez entregara a Elisa Azaba la
casa y tierras y el inicio de la cuesta abajo de su medio hermano Basilio. El
hombre atractivo siempre vestido a la moda que una vez fue se había
convertido en un tipo gris que malvivía a base de sablazos y chanchullos.
Cristóbal pagó la comida, lo invitó a beber en otro local y escuchó con
atención la historia de la desagradecida que había arruinado al padre y al
hermano, dejando que el primero muriera en un asilo, y que el otro se viera
obligado a buscarse la vida de mala manera. Él por su parte no le contó nada
de su verdadera relación, solo que quería casarse con ella y había sido
rechazado. Lo dejó borracho perdido, pero no sin antes apuntar su dirección
por si acaso lo necesitaba, una idea revoloteando dentro de su cabeza. No se le
había escapado un comentario hecho por el inesperado informador cuando el
alcohol comenzaba a hacer sus efectos: que pensaba reclamar el dominio en
cuestión pues estaba seguro de que la puta de su hermanastra no pagaba los
correspondientes impuestos, como tampoco lo había hecho su padre. Durmió
en la ciudad y a la mañana siguiente acudió al Archivo de la Propiedad y pidió
ver el registro de la hacienda. El encargado preguntó para qué lo quería, y él
respondió impávido que pertenecía a su esposa y quería comprobar que todo
estaba en orden. La documentación no era extensa, pero sí lo suficiente para
averiguar que ni el anterior propietario ni los actuales habían pagado impuestos
en años, es más, también existía una préstamo sobre el terreno, no satisfecho
por un tal Braulio Azaba.
No tuvo que meditarlo demasiado; permaneció en la ciudad el tiempo
necesario para hacer efectivo el pago de las deudas y recibir los
correspondientes documentos como dueño de El Maizal. Tardó bastante en
decidirse, pero finalmente se presentó en la casona una tarde y entró sin llamar;
encontró a Elisa remendando unas ropas junto a la chimenea, le entregó una
copia del registro y le dijo que ahora era su turno de mover ficha; o se casaba
con él o ya podían abandonar la casa, ella, sus hijos, nietos y empleados. Se
marchó sin esperar respuesta.
Al ver que no aparecía a la hora de la cena, Aurora subió a su habitación y la
encontró tumbada sobre la cama con unos papeles arrugados entre las manos;
se había quedado dormida, pero podía apreciarse rastro de lágrimas en sus
mejillas. Le quitó los papeles con cuidado para no despertarla y los leyó allí
mismo. No podía dar crédito a lo que leía; el malnacido que la había
engendrado no solo había forzado a su madre, también le quitaba su bien más
preciado, y lo único que poseía, su casa. Pidió a Marcela que durmiera en su
cuarto para vigilar a la niña, y ella se metió en la cama de su madre, le cogió la
mano al igual que hacía el padre y le susurró palabras de cariño antes de
dormirse ella también.
La reunión familiar, a la que también asistieron Marcela y su marido, tuvo
lugar una semana más tarde, un domingo, después de que Úrbez hubiera
recibido un telegrama de su hermana instándolo a volver a casa a la mayor
brevedad posible. Reunidos en torno a la mesa, Elisa contó lo que solo su hija y
ella sabían acerca del nacimiento de esta última, la pretensión de Cristóbal
Forcás de reconocerla, su propuesta de matrimonio y el medio utilizado para
chantajearla. La primera reacción de los tres hombres presentes fue ir a casa del
cabrón y romperle los dientes, aunque desistieron ante las súplicas de las
mujeres. La cuestión era si aceptar la proposición o abandonar el hogar en el
que por fin habían sido felices durante los últimos años y que, por otra parte,
legítimamente les pertenecía. Cada cual daba su opinión y no acababan de
ponerse de acuerdo. Aceptar el chantaje era del todo inadmisible, pleitear les
llevaría tiempo y el dinero que no tenían, y pegar al tipejo un tiro con la
escopeta, como proponía Antoi para escándalo de su mujer y de su madre,
tampoco era el remedio, pues la finca era ahora suya y podía aparecer un
pariente reclamándola, eso, si no los llevaban a todos a la cárcel. La solución
partió del viejo herrero, quien no había abierto la boca durante el debate y
finalmente sentenció que lo mejor sería que Elisa aceptara la propuesta; debían
esperar a que finalizara el luto, añadió con su flema habitual, y en un año
podían pasar muchas cosas. Fue Nieus la encargada de comunicárselo al cura,
era la única que todavía hablaba con él.
Las noticias tardaban en llegar, pero llegaban. En los periódicos se reseñaban
protestas y huelgas en todo el país debido a la subida del precio del pan y de los
cereales en general. La pérdida de las últimas colonias de ultramar sumió al país
en una gran crisis económica; no había trabajo, y las jornadas laborales de
quienes lo tenían, domingos incluidos, oscilaban entre diez y doce horas diarias
por un salario de dos pesetas y cincuenta céntimos la jornada, una miseria. En
algunos lugares los obreros iban por tahonas y comercios pidiendo para comer,
mientras que sus mujeres e hijos se manifestaban por las calles causando el
consabido sobresalto de la gente bien.
En el pueblo todo continuaba igual, si bien se comentaba que en la capital
había estado muy concurrida la marcha obrera del primero de mayo, a la que
habían asistido gentes de todos los puntos de la provincia. En el diario que
cogió en el ultramarinos, asimismo expendedor de tabaco y prensa, Aurora leyó
una noticia que la preocupó: la manifestación de Barcelona había acabado en
trifulca entre manifestantes y policías, con resultado de heridos y detenidos. No
podía evitar pensar en Mario, pese a que intentaba no hacerlo. A fin de
cuentas, la había abandonado, y pasaban ya tres años sin saber nada de él,
demasiado tiempo, tanto, que tenía la impresión de que todo había sido un
espejismo. No obstante, su pequeña María la recordaba cada día que su amor
había sido muy real. De todos modos, no podía penar por lo que no tenía
arreglo y aceptó dejarse cortejar por Agostín, uno de los sobrinos de Marcela,
contable de oficio, que se ganaba la vida llevando las cuentas del consistorio, la
cofradía, la iglesia y las de los vecinos que lo solicitaban. De su misma edad,
ambos compartían el gusto por la lectura, y él compraba algún libro cuando se
acercaba a la ciudad. Juntos leyeron los dos volúmenes de La Regenta, de
Leopoldo Alas ‘Clarín’, alabada por literatos y lectores, denostada por críticos y
obispos como el de Oviedo, escandalizado por el contenido de la obra. A ellos
les encantó.
Y así llegó el verano. En su calidad de pretendiente oficial, El Paquetero
esperaba a Elisa a la salida de misa los domingos y la acompañaba a casa, los
dos seguidos por los demás miembros de la familia a modo de carabineros.
Nadie le dirigía la palabra y, por supuesto, tampoco lo invitaban a quedarse a
comer. Úrbez apareció como de costumbre la primera semana de agosto, y no
lo hizo solo; lo acompañaba su novia, hija de uno de los colegas de la
Universidad. Las comidas en el porche, la animada conversación y las risas de
los niños, les hacían olvidar la muerte de Bizén, de quien hablaban como si
todavía estuviera con ellos, y, lo más importante, no pensaban, no querían
pensar, en que los meses transcurrían sin que hubieran hallado una solución a
su problema. Un buen día, ya en la sobremesa, vieron llegar a un hombre por
el camino; creyeron que se trataba de uno de los aparceros que solía acudir a
jugar a las cartas, pero, a medida que se acercaba, Aurora se llevó la mano a la
boca para no gritar.
Cual aparecido, con paso lento, sin equipaje, la ropa demasiado holgada, el
cabello largo y descuidado y unas grandes ojeras, Mario se asemejaba a una
alma en pena de las que, se decía, vagaban por los campos al no haber logrado
entrar en el mundo de los muertos, por tener causas pendientes en el de los
vivos. Tal era su lamentable aspecto que Marcela se santiguó invocando a la
Virgen de la Peña. Había hecho el trayecto de Barcelona a Huesca en el
ferrocarril, pero ya no le quedaba un céntimo y venía andando desde la ciudad.
Ignoraba si ella se encontraba en El Maizal, pero le venía de paso hacia Ejea, y
por si acaso... Cayó desvanecido al suelo a unos metros de la casa, y los
hombres lo llevaron a una de las dos camas de la habitación de Úrbez, antaño
compartida con su hermano. Las mujeres lo velaron, alimentaron y asearon
durante días hasta que, finalmente, abrió los ojos y se encontró con la mirada
azul que lo había enamorado.
Tal y como ella imaginaba, tres meses atrás había tomado parte en las
revueltas de Barcelona, y lo habían detenido. Tuvo suerte; no lo llevaron a
juicio, simplemente lo mantuvieron encerrado soltándolo al cabo de unas
semanas con la advertencia de que la próxima vez no le sería tan sencillo
librarse. El periódico para el que trabajaba, en realidad una editorial de
panfletos subversivos, fue clausurado por orden de la autoridad; vivía en el
mismo local y, sin otro lugar donde guarecerse, decidió volver a su tierra
esperando que ella perdonara su deserción, obligada, se justificó, por un anhelo
de justicia social. Aurora lo oía, pero no lo escuchaba, tampoco entendía que
alguien fuera en pos de una quimera, pues quimera era creer que podría
cambiar el mundo a base de proclamas de protesta. Los poderosos no leían sus
pasquines, y la gran mayoría de los trabajadores no sabía leer. Y allí estaba
después de casi cuatro años, hecho un guiñapo. Se sentía decepcionada y no
sabía si seguía queriéndolo; el tipo derrotado que yacía sobre una cama
prestada no se parecía en nada al hombre a quien amaba y por el que había
sido capaz de contravenir las normas de la decencia y decepcionar a su familia,
pero era el padre de su niña.
Mario pasó el resto del verano encamado o sentado en un sillón delante de la
ventana. Sin fuerzas, ni ganas, contemplaba el cielo, aspiraba el olor del campo
intentando pensar en cómo afrontar un futuro incierto y escuchaba los sonidos
de la casa. Nadie lo informó de que una de las voces infantiles que oía era la de
su hija. No percibió la animosidad que presuponía en los miembros de la
familia la primera vez que se decidió a abandonar el cuarto y bajó a reunirse
con ellos a la hora de comer. Muy al contrario, fue recibido con afecto y a poco
se le saltan las lágrimas cuando Elisa puso delante de él un plato a rebosar de
fritada con patatas, calabacín y pimientos rojos y verdes. Su recuperación fue
muy rápida a partir de entonces, y para finales de septiembre era el hombre que
Aurora había conocido. El cabello largo, la barba crecida, el aspecto soñador
que la había encandilado le recordaba de alguna forma al retrato publicado en
una revistas del poeta Gustavo Adolfo Béquer cuyos poemas él solía recitarle,
uno en particular:
Los suspiros son aire y van al aire. Las lágrimas son agua y van al mar.
Dime, mujer, cuando el amor se olvida,
¿sabes tú adónde va?
Arrinconó su propósito de despedirlo en cuanto se hubiera recuperado, daban
juntos largos paseos, hablaban de literatura, recordaban las hermosas jornadas
transcurridas en Riglos. Y volvió a enamorarse un anochecer en el que
permanecieron solos contemplando las estrellas mientras la familia se retiraba,
y los niños hacía un rato que estaban dormidos. Le recitó el poema, le cogió
una mano y se la llevó a los labios, le confesó su amor nunca extinguido y le
rogó que volviera con él. Hicieron el amor al igual que la última vez,
lentamente, desnudándose el uno a la otra, descubriéndose de nuevo entre
besos y caricias antes de alcanzar un goce completo y cuyos gemidos hubieron
de refrenar a fin de no alertar a los demás. Una semana más tarde, se
presentaron ante el cura y le pidieron los casara dejándolo estupefacto. Todos
en el pueblo creían que ya lo estaban, que él había sido enviado a luchar a las
Filipinas y regresado tras la independencia de aquellas islas. De paso,
solicitaron asimismo que inscribiera a la niña en el registro parroquial con su
nombre completo María Garcés Albar. No le costó a Mario descubrir que su
hija era la pequeña de cabellos ensortijados que se le quedaba mirando desde la
puerta del cuarto que ocupaba y luego salía corriendo. Lo supo el día que bajó
a comer y la oyó llamar mai a Aurora. No se atrevió a preguntar, pero más
tarde, a la noche, las vio a las dos entrar en el cuarto de ella. No aguantó y
llamó a la puerta; esta vez no pudo disimular su congoja y lloró como no
recordaba haberlo hecho nunca.
Transcurrido el año de duelo, la boda tuvo lugar un sábado por la mañana,
con la única asistencia de familiares y amigos cercanos, que no eran muchos.
No obstante, contrayentes y asistentes se pusieron sus mejores prendas, en
especial la novia que vistió falda y camisa de gorguera en raso negro y pañoleta
cubriéndole la cabeza hasta la cintura, también negra. El novio por su parte
portaba chaleco, calzón y un chibón de color oscuro, ribeteado con trencilla en
puños y solapas, que Bizén adquirió cuando andaba con las maderas por el
valle de Hecho y que nunca estrenó. La ceremonia fue breve, y el cura no se
alargó en el sermón, pero a la salida los esperaban los alumnos de la maestra
con un ramo de flores y un buen número de personas, que vitorearon a los
recién casados y los festejaron con cantos y jotas. No solo eso, Elisa y Marcela
habían hablado con los dueños y dispuesto un picoteo en la taberna para
celebrar el acontecimiento con los vecinos, pues no debían de mostrarse
tacaños en ocasión tan especial. Acabaron la jornada en casa, con un gran
banquete, y la familia al completo acompañó a la pareja a la habitación de la
madre, quien se trasladó a la de su hija. Con la pequeña María durmiendo a su
lado, Elisa no pudo pegar ojo. El Paquetero había asistido al enlace y en un
aparte le había recordado que ahora era su turno; en la misa del siguiente
domingo se anunciaría su próximo enlace y se colocarían las proclamas en la
puerta de la iglesia.
Durante toda la semana, el carro salió de El Maizal hacia diferentes destinos
repleto de enseres, baúles y recuerdos. La decisión había sido tomada por
unanimidad: no habría boda. La familia al completo decidió que por nada del
mundo aceptaría la presencia obligada del indeseable personaje empeñado en
quedarse con lo que no era suyo, personas y propiedades. Antoi, Nieus y sus
hijos se trasladaron a la casa de los padres de ella, en el pueblo, y él trabajaría
para su suegro, dueño de una almazara que, sin ser espectacular, producía
aceite de alta calidad muy apreciado en la comarca; Elisa, Marcela y su marido
se instalaron en la vieja vivienda de la herrería; Aurora, Mario y María se
fueron al piso de Ejea. Les dolía separarse, mucho, pero no podían hacer otra
cosa vistas las circunstancias. Volverían a reunirse, se prometieron, aunque
todos sabían que sería difícil encontrarse de nuevo sentados alrededor de la
misma mesa, junto al fuego en invierno, en el porche en los atardeceres de
verano.
El piso de Ejea estaba tal cual lo habían dejado, y podrían subsistir hasta
encontrar un trabajo gracias a los pocos ahorros que Aurora había ido
guardando tras entregar en casa la mitad de su sueldo, que tampoco era gran
cosa. Su madre y su hermano pequeño se negaban a aceptar un céntimo. Pero
si ellos eran tozudos como buenos aragoneses, asimismo lo era ella, aseguró, y
los obligó a aceptar al menos una parte a fin de cubrir las necesidades
alimentarias de su hija y de ella, y luego las de Mario también. Fueron a hablar
con el director de la escuela, pero el curso se hallaba avanzado y las plazas
estaban ocupadas, aun así, el hombre les aseguró amablemente que los tendrían
en cuenta para el siguiente año puesto que dos de los enseñantes estaban ya en
edad de retirarse. Aceptó sin embargo inscribir a María en el parvulario, de
manera que se vieron libres para buscar alguna otra cosa mientras tanto. No
obstante, incluso si tenían suerte y los aceptaban, faltaban seis meses para el
nuevo curso, y el dinero de que disponían no sería suficiente; tenían por tanto
que encontrar algo pronto. Aurora se acercó al colmado, pero el negocio había
cambiado de manos, y los nuevos dueños no necesitaban a nadie más, probó en
otros comercios, puso un anuncio ofreciéndose como institutriz, pero no
encontró nada.
Un mediodía en que caminaba sin rumbo fijo por el barrio de la Corona, la
antigua judería, observó a unos mozalbetes burlándose de una niña de unos
ocho o nueve años, que lloraba arrimada a un muro y a la que llamaban
«mudita»; los espantó amenazándolos con darles un par de bofetadas y llamar
al alguacil de la zona. Después, se apresuró a calmar a la niña, abrazándola y
secando sus lágrimas. Comprobó que, en efecto, era muda, pero no sorda pues
respondía con gestos de cabeza a sus preguntas. No, no se había perdido; no,
no vivía en aquel barrio; sí, quería volver a su casa, pero le daba miedo
encontrarse de nuevo con los muchachos. No pudo reprimir un gesto de
asombro cuando, tras una caminata en silencio, la niña se detuvo ante una
casona, más bien un palacio, y llamó a la puerta. Al momento aparecieron un
sirviente y dos mujeres haciendo aspavientos, la introdujeron dentro a toda
prisa y cerraron la puerta.
Todavía permaneció unos minutos admirando el edificio, los aleros del
tejado, las ventanas bajo el mismo, los balcones, e iba a continuar su camino
cuando la puerta se abrió de nuevo, y el mismo criado que había visto antes le
rogó lo acompañara. No tenía otra cosa que hacer y sí mucha curiosidad por
ver el interior de una vivienda, que suponía opulenta. En efecto, lo era. Se dejó
conducir hasta un salón alfombrado, con muebles elegantes, lámparas de araña
de doce brazos, espléndidos cortinones de terciopelo del mismo color que sus
ojos. No tuvo tiempo para admirar tanto lujo; un caballero alto y trajeado
entró en la sala y, sin siquiera darle los buenos días, le agradeció la ayuda
prestada, sacó de la billetera un billete de cien pesetas y se lo tendió.
Permaneció perpleja durante un instante, luego afirmó que no aceptaba
recompensas por auxiliar a una persona en apuros y se dispuso a marcharse,
ofendida. El hombre pareció confuso y la invitó a sentarse en un sofá de piel de
tres plazas mientras él lo hacía en un sillón frente a ella. Una hora más tarde
salía del palacete con la sonrisa en los labios. Beltrán de Luesia la había
contratado como institutriz de su hija Alodia al saber que era maestra y que
buscaba trabajo, si bien el contrato inicial sería de un mes, hasta comprobar
que la prueba resultaba satisfactoria para ambos. Asimismo, se interesó por su
situación familiar y aseguró que no había pega alguna en que María la
acompañara si fuera necesario, pues dejó bien claro que, de ser aceptada, sus
servicios serían requeridos durante todos los días del año, excepto sábados por
la tarde, domingos, fiestas de guardar y navidades. Se trataba de un acuerdo
exigente, pero bien lo merecía un sueldo de trescientas pesetas mensuales, al
menos por el momento.
Feliz, tras recogerla en la escuela, llevó a la niña a una chocolatería de la calle
Mediavilla, que le recordó a aquella otra, El Obrador, donde había pasado
tantos buenos ratos. Era la primera vez que la pequeña probaba el chocolate en
taza y acabó con la cara y el delantal manchados. Hacía un precioso día de
finales de primavera y aprovecharon para mirar los escaparates de las tiendas de
la calle y pararse a escuchar a un vendedor ambulante de jarabes, empeñado en
venderle un frasco a una señora mayor asegurando que contenían el elixir de la
eterna juventud. Se le borró la sonrisa provocada por la charlatanería del
mercachifle al descubrir a su marido apostado a la barra de la taberna que
tenían enfrente, en compañía de otros dos hombres a quienes recordaba de la
vez anterior, los mismo que le habían metido en la cabeza la idea de lo que
llamaban «lucha del proletariado».
Mario llegó a casa horas más tarde, oliendo a alcohol, la niña dormida y ella
ya en la cama. Quiso hacer el amor, pero Aurora lo rechazó aduciendo un dolor
de espalda que no sentía, y se quedó dormido casi de inmediato; ella tardó en
conciliar el sueño. Le había dicho que había encontrado trabajo de pasante en
una fábrica de harina a cuyo propietario conocía desde joven; su cometido era
ocuparse del papeleo, contratos de venta, demandas, etcétera; le pagaban
semanalmente, y todos los sábados metía treinta pesetas en la «caja de ahorros»,
un tarro de barro disimulado entre los recipientes de la alacena. Él se quedaba
con diez para sus menudencias, algún que otro vino, algún que otro cigarro. Se
preguntó qué diablos hacía él en una taberna a las cuatro de la tarde de un
miércoles cuando debería de estar en la oficina. Quizás, se dijo, había salido a
hacer un encargo, se había descuidado, su jefe le había dado unas horas libres...
Pero por mucho que intentaba encontrar una justificación no la hallaba y
tampoco le preguntó. Durante las semanas sucesivas no volvió a ocurrir;
llegaba puntual a las siete de la tarde, casi al mismo tiempo que ella, a veces
incluso antes y pasaba a recoger a la niña a casa de la vecina del piso de abajo
quien, a cambio de unas pesetas, iba a buscarla a la escuela y le daba de
merendar. Continuaba siendo el hombre risueño que la había enamorado dos
veces, y olvidó su contrariedad, fruto seguro de una suspicacia imaginada.
Su cometido en el palacete resultó del agrado del señor de Luesia, también de
su pupila y de ella misma. Alodia era una jovencita inteligente deseosa de
aprender, pero muy introvertida; una infección de amígdalas mal curada la
había dejado sin habla a los tres años, aunque era capaz de emitir palabras
sueltas. Los médicos aseguraban que mejoraría con el paso del tiempo, si bien
el va y viene de institutrices, su aislamiento y las ausencias de su padre por
motivos de trabajo no ayudaban. Don Beltrán no escatimaba medios a fin de
que su hija tuviera todas las atenciones posibles, pero apenas se le veía en la
casa. Aurora supo por una de las sirvientas que era viudo desde hacía unos años
y que tenía otro hijo, ya de dieciocho, estudiante en Burdeos. Averiguó
asimismo que el hombre era uno de los más ricos de Ejea, dueño de una fábrica
y de dos molinos harineros, pero sobre todo de una ganadería de toros bravos
que corrían en las mejores plazas del país, de ahí que raramente coincidieran. A
veces encontraba una nota sobre el escritorio con alguna indicación y, todos los
sábados, su secretario le entregaba un sobre con la paga de la semana, que
aprovechaba para darse pequeños caprichos, un frasquito de colonia, unos
guantes o ropa más acorde con el puesto que ocupaba. Nunca le había dado
demasiada valor al vestuario, le importaba más la comodidad, y su atuendo
habitual eran una falda y una blusa, dos de cada que alternaba, más una
chaquetilla y un gabán largo en invierno, todos ya algo ajados, tanto, que
incluso las sirvientas de la casa se veían más vistosas. Compró un vestido
entallado de cuerpo entero en tonos ocres oscuros sin adornos que adquirió en
una tienda de tejidos, asimismo taller de costura. El espejo le devolvió la
imagen de una mujer de treinta y tres años, guapa y segura de sí misma.
También hizo lo que llamó para sus adentros una excentricidad y adquirió unos
botines y un sombrero de ala, aunque sencillo, sin plumas, velos, lazos o flores
enormes como los que llevaban las señoras pudientes. Se sintió a gusto el día
que se vistió «a la moda», más aún cuando se cruzó con el señor de Luesia en la
puerta y percibió un gesto de aprobación en su rostro, de costumbre poco
expresivo.
Llegado finales de julio, el caballero se presentó de imprevisto en la salita
utilizada para las clases y le comunicó que en breve partirían hacia Alquézar,
añadiendo que podía llevar a su hija con ella. No le dio tiempo a responder,
salió de la habitación, dejándola con la palabra en la boca, y una semana
después emprendían viaje, ella y las niñas en un carruaje y dos sirvientas, con
los baúles, en un carro, ambos conducidos por hombres de confianza del
patrón. Él no las acompañó, luego supo por Alodia que se había ido a Burdeos.
Tardaron dos jornadas en llegar, con parada en Huesca ciudad para pasar la
noche, pero el periplo mereció la pena. La población era la más bonita que
había visto en toda su vida. Encaramada sobre la sierra, custodiada por la
colegiata de Santa María, otrora fortificación en épocas belicosas, de edificios y
soportales de piedra, ventanas floridas, calles empedradas, gente amable, tuvo
la impresión de encontrarse en un mundo desconocido, en un lugar de
ensueño. La vivienda, asimismo propiedad del señor de Luesia, nada tenía que
ver con el palacete de Ejea. Lo que allí era, quizás, exceso de lujo, aquí era
elegante sobriedad; de tener elección, sin duda optaría por aquel refugio desde
cuyas ventanas la vista invitaba a la ensoñación. Acompañadas por el guardián
de la casa y por el sirviente, de hecho guardaespaldas de la joven ama,
recorrieron los alrededores, caminaron por los márgenes del río Vero,
descubrieron los cañones de Guara y observaron el vuelo de águilas reales y
buitres leonados, entre otras aves. El guardián era un experto que disfrutaba
hablando del lugar de donde jamás había salido, según él porque no le había
hecho falta. Aurora pensó que a ella tampoco le importaría quedarse allí a vivir.
Dos días antes de partir hacia la sierra, a media mañana, había acompañado
a Alodia a despedirse de una de sus tías, hermana de su difunta madre, con
quien el padre no mantenía relación, aunque permitía que su hija fuera a
visitarla. La dejó allí y fue a dar una vuelta; la señora la había mirado de arriba
abajo antes de ordenarle que volviera en dos horas. Le quedó claro que se
trataba de una mujer difícil, prepotente, pero no le importó, prefería tomar el
aire en lugar de permanecer en un rincón o en la cocina y, pensando en el viaje,
compró un vestido para María, uno blanco de algodón fino y sombrero de paja
a juego. Se detuvo en seco al salir del comercio y descubrir a Mario en
compañía de los mismos hombres con quienes lo había visto tres meses atrás;
hablaban animadamente y entraron en un local de bebidas. Él no la vio. Al
volver a casa, miró dentro del tarro de los ahorros; estaba medio lleno, y a
simple vista no parecía que faltara dinero, pero al volcar el contenido sobre la
mesa comprobó que debajo de algunos billetes había cartones llenando el
vacío. Él la encontró allí, sentada en una silla, los ojos fijos en los cartones, y
admitió lo que ella temía, que no trabajaba en la fábrica de harina ni en ningún
otro sitio, si bien aseguró que seguía buscando. Al preguntarle de dónde salía el
dinero que él decía ganar cada semana, confesó que lo sacaba del tarro y volvía
a meter una parte. De todos modos, solo era cuestión de tiempo que las cosas
cambiaran y, de hecho, iban a cambiar, pues se presentaría a las elecciones
generales que tendrían lugar en unos meses; era preciso mejorar la situación de
la clase obrera, disponía de buenos contactos, tenía un buen discurso, sus
amigos aseguraban que saldría elegido por el partido republicano... Dejó de
escucharlo en algún momento de la conversación y aquella noche durmió con
la niña. La estancia en la sierra resultaba la mejor medicina para paliar su
frustración.
Don Beltrán hizo acto de presencia en Alquézar la primera semana de
septiembre después de un mes entero en Burdeos en compañía de su hijo y
mostró su satisfacción al observar que Alodia, pálida de habitual, mostraba una
tez bronceada por el aire de la sierra y el ejercicio. Y no solo eso. Se había
vuelto más expresiva y alegre, había encontrado en María una amiga, su
primera amiga, lo más parecido a una hermana, quien había aprendido el
lenguaje de signos. Ver a las dos niñas entenderse en largas chácharas
silenciosas, jugar, bailar, correr durante los paseos, henchía de placer al hombre
dolido por la pérdida de la esposa y el trastorno en el habla de la hija. A su
vuelta a Ejea, propuso a Aurora educarla con Alodia en el palacete. Todos los
gastos, comida y ropa incluidas, correrían por su cuenta. Es más, tenía pensado
enviar a su hija interna a un colegio de señoritas en Madrid, y podría
acompañarla. Ofreció asimismo otorgarle una dote a fin de que pudiera
matrimoniar bien o hacer con el dinero lo que mejor creyera una vez alcanzada
la mayoría de edad. La oferta era generosa, una oportunidad excepcional para
que su hija recibiera una educación superior y poder así acceder a la escuela de
magisterio de la Institución Libre de Enseñanza sobre la cual se había
informado tiempo atrás, cuando todavía tenía ilusiones.
Tuvo la impresión, al hablar del asunto con él, de que Mario sentía algo
parecido al alivio; con su sueldo y los gastos de la niña satisfechos, se quitaba
de encima un cierto complejo de culpabilidad por no contribuir a las
necesidades familiares y podía sin remordimientos dedicar su tiempo a lo que
verdaderamente le interesaba. A ella le disgustaba aquel empeño en entrar en la
política, más aún cuando sus posibilidades de éxito eran mínimas, por mucho
que él creyera tener alguna opción. Antes de presentarse a las elecciones
generales tendría que hacerlo a las municipales o a las provinciales, hacerse un
nombre, y, al igual que él, había gran número de aspirantes que buscaban lo
mismo. De hecho, en las últimas generales del mes de abril, los resultados
habían sido muy claros: amplia mayoría conservadora, seguida a distancia por
los liberales. Unión Republicana habían obtenido dieciséis de los cuatrocientos
cuatro escaños en liza, catorce menos que dos años antes y, desde luego, en las
próximas, uno de ellos no sería para aquel soñador con la cabeza en las nubes.
Ya solo hacían el amor de tarde en tarde, y siempre con protección, pues lo
último que deseaba era quedarse nuevamente embarazada a riesgo de perder el
trabajo que los mantenía a los tres. Se llevaban bien, como una buena pareja de
amigos, sin discusiones ni recriminaciones; atrás quedaban las pocas ocasiones
en las que ella se había sentido plena, en las que había llegado a pensar que su
vida sería una continuación de momentos mágicos. La realidad era la que era.
Abandonada la ambición de lograr el mismo nivel que sus colegas masculinos,
lejos de las personas que quería, convertida en institutriz de gente rica,
insatisfecha en su vida amorosa, su único anhelo ahora era que María alcanzara
las metas que ella no había logrado, y aceptó la propuesta de Beltrán de Luesia.
A comienzos del verano siguiente, Mario la informó de que se marchaba a
Barcelona, solo sería por poco tiempo, aseguró. La situación en aquella ciudad
se deterioraba día a día debido a la agitación provocada por el envío de tropas a
Marruecos, entre otras, las Brigadas Mixtas de Cataluña, incluidos los
reservistas, padres de familia en su mayoría y sustento de los suyos, que apenas
lograban lo suficiente para sobrevivir y menos aún los seis mil reales necesarios
para la exención. Una vez más los pobres pagaban la ambición sin límites de los
potentados, y los ánimos se hallaban soliviantados. Quería ser testigo de
primera fila, ayudar en lo que pudiera, y por otra parte la experiencia le vendría
muy bien para su futuro político. Ella no dijo nada, era inútil intentar hacerlo
cambiar de idea. Le preparó la bolsa incluyendo algo de comida para el viaje y
un sobre con dinero, y la niña y ella fueron a despedirlo la cochera donde tomó
el carro a Zaragoza para allí coger el ferrocarril a Barcelona, un trayecto largo y
agotador. Prometió que escribiría nada más llegar, pero Aurora sabía que
ocurriría igual que la otra vez, nada, ni cartas ni telegramas durante su
ausencia. La víspera de su partida, como despedida, acudieron los tres a una
chocolatería y a continuación se hicieron dos fotografías casi idénticas, una
para ellas y otra para él como recuerdo, un antojo de María al pasar por delante
del estudio situado bajo los soportales de la plaza.
Las noticias tardaron en llegar a Ejea. En busca de información, Aurora se
lanzaba sobre la prensa sin esperar a que el señor la leyera primero, una falta
grave de cortesía al parecer del resto de los servidores, aunque a ella le daba
igual, necesitaba saber. Horrorizada, se enteró de que, durante una semana, la
ciudad condal y otras ciudades y pueblos catalanes habían vivido lo que
algunos periódicos llamaron una verdadera guerra y luego «semana trágica»;
decenas de muertos, cientos de heridos, quema de edificios, iglesias y
conventos. La huelga y las manifestaciones de los obreros, apoyados por
jóvenes revolucionarios, se habían transformado en una insurrección contra el
gobierno y la iglesia, agravada al conocerse el desastre del Barranco del Lobo,
en el Rif, en el que habían perecido ciento cincuenta reservistas, la mayoría
parte del contingente embarcado en Barcelona un par de semanas antes. La
revuelta había sido reprimida con dureza, los sindicatos ilegalizados, cerradas
las escuelas laicas y detenidas dos mil personas. No aparecían los nombres de
los muertos, y rogó para que Mario no fuera uno de ellos. Dichos hechos y sus
consecuencias le recordaron una novela que había leído no hacía mucho, Los
Miserables, del autor francés Víctor Hugo, en la que se narraban los
acontecimientos ocurridos en París cerca de ochenta años atrás, casi un
duplicado, con menos muertos y detenidos, eso sí, pero motivos y desenlace
similares: obreros y estudiantes no tenían fuerza para enfrentarse a un
gobierno, y menos a un ejército.
Como si la cosa no lo preocupara pese a la importante pérdida de dinero que le
había supuesto la supresión de las corridas de toros en Cataluña, don Beltrán
ordenó disponer de nuevo la estancia en Alquézar acompañándolas en esta
ocasión. Su hijo, un joven atractivo y afable, viajó desde Burdeos para reunirse
con ellos; finalizado sus estudios, los acompañaría de vuelta para iniciarse en
los negocios de su padre. Pero ni siquiera allí, en el pueblo de las águilas y los
quebrantahuesos, de los paseos en la naturaleza, de los atardeceres dorados,
pudo Aurora dejar de pensar en el hombre a quien quería a pesar de los pesares.
De vuelta en Ejea, hojeó los diarios atrasados y los recientes. Las noticias sobre
lo acontecido en Barcelona ocupaban cada vez menos espacio, en todo caso
hablaban de juicios, deportaciones, encarcelamientos, ejecuciones, pero seguía
sin averiguar los nombres de los muertos, tampoco había recibido señal alguna
de Mario. Así transcurrieron los siguientes dos años, y su vida volvió a dar un
vuelco.
El señor de Luesia decidió que era hora de enviar a las dos adolescentes a
una institución para señoritas a fin de redondear su educación. Para alegría de
todos, Alodia era ya capaz de decir frases enteras, con cierta dificultad
evidentemente, pero cada vez mejor, y el padre estaba convencido de que su
compañera de confidencias había tenido mucho que ver en la mejora, por lo
que quería que ambas continuaran juntas. Solo había un problema, su hija
quería estudiar Bellas Artes. Desde pequeña pintaba muy bien a acuarela, pero
deseaba dominar el óleo y no tenía intención alguna de aprender materias que
no tuvieran que ver con la pintura. María, por su parte, quería estudiar
Filosofía y Letras, ahora que mediante decreto real las mujeres podían acceder a
los estudios universitarios sin necesidad de pedir un permiso oficial, como les
había ocurrido a las pocas que habían cursado carreras que luego se les había
prohibido ejercer. Los tiempos estaban cambiando, y lo tenía muy claro, su
madre se había quedado en el camino; ella conseguiría la licenciatura para
impartir clases de literatura, realizaría los exámenes de validación a fin de
cursar la enseñanza secundaria en un instituto y después se inscribiría en una
universidad.
Tras meditarlo y recabar información, don Beltrán abandonó la idea de
enviarlas a Madrid y optó por Zaragoza, más aún al saber que un tío de su
prohijada era profesor en la facultad de Letras y podría ocuparse de ambas.
Además, estaba mucho más cerca. Viajó a la ciudad, habló largo y tendido con
Úrbez Albar y regresó muy satisfecho; el hermano de la institutriz era profesor
ayudante, con un sueldo justo para salir adelante sin ningún tipo de lujos, y su
mujer esperaba su primer hijo. Le ofreció una generosa remuneración a cambio
del alojamiento y la supervisión de ambas jóvenes, insistiendo en que Alodia,
aunque no quisiera, debía de estudiar otras materias además de pintura. Tras
echar un vistazo a la vivienda, un piso en el barrio del Arrabal, próximo a la
estación del ferrocarril, en absoluto adecuado para su querida hija, alquiló otro
de nueva construcción en el Paseo de la Independencia, la zona rica de la
ciudad; pagaría el alquiler de este mientras su niña permaneciera a su cuidado.
Aurora se regocijó ante la idea de acompañar a las dos jóvenes, de estar con
el hermano a quien no veía desde hacía cuatro años, y no disimuló su
decepción cuando el señor de Luesia le comunicó que no entraba en sus
proyectos enviarla a ella también. Alodia y María ya no la necesitaban, su
preparación no estaba a la altura, para eso contarían con el profesor y su
esposa, una de las pocas mujeres en haber obtenido un título universitario,
aunque no ejerciera. Su primer impulso fue decirle que adiós muy buenas, que
se marchaba y se llevaba a su hija, pero... la oportunidad que para esta suponía
tener acceso a la educación superior no se presentaría dos veces, y lo último
que deseaba es que se sintiera tan frustrada como ella. Aceptó por tanto
pensando en buscarse otro empleo, ya que su presencia no sería necesaria una
vez que las dos muchachas hubieran partido, pero permaneció anonadada
cuando él la informó de que tenía otros planes para ella, para ambos en
realidad, y le propuso matrimonio.
La había estado observando durante los años transcurridos en su casa,
afirmó; había comprobado que era mujer cumplidora con su deber, bastante
culta, de buenos modales, discreta y no mal parecida. Necesitaba una esposa a
su altura y, si bien ella carecía de bienes y posición, no desentonaría en las
reuniones sociales y eventos a los que acudía solo desde el fallecimiento de su
esposa. Por otra parte, no tendría que volver a trabajar para otros, era todavía
joven y podría darle más hijos. No contestó de inmediato, notaba un nudo en
la garganta provocado por la rabia. ¿Qué se había creído aquel presuntuoso que
la trataba como a uno de sus toros, o más bien como a una de las vacas a las
que estos cubrían? Ganas le daban de soltarle un bofetada, pero no podía poner
en riesgo el futuro de María, así que cogió aire y respondió con frialdad que ya
estaba casada. Lo vio dirigirse a su escritorio y rebuscar en un portafolio. Se le
heló la sangre en las venas cuando él le tendió una fotografía, la misma que se
habían hecho antes de la partida de Mario, al tiempo que le decía que había
sido encontrada en un bolsillo de uno de los muertos durante la semana trágica
de Barcelona y, asimismo, le entregaba el certificado de defunción. Cayó
redonda al suelo. Al despertar se hallaba en la cama de uno de los cuartos de
invitados del palacete, atendida por una de las sirvientas, la fotografía estrujada
entre sus dedos.
Habían transcurrido casi tres años desde aquello, y Aurora no se había
quitado el luto, vestía de negro de pies a cabeza y peinaba su cabello en un
moño prieto que la hacía parecer mayor de lo que era. Permaneció unos meses
en Ejea tras la marcha de su hija, los suficientes para poner sus asuntos en regla,
cumplimentar el papeleo necesario y vender el piso. Dio largas a Luesia con la
disculpa de que el duelo la impedía responder a su propuesta, aprovechó una
de sus ausencias para escribirle una carta de agradecimiento en la que le
deseaba todo lo mejor y se fue a Zaragoza. Su intención era quedarse allí, cerca
de su hija, buscar un alojamiento ahora que disponía de dinero y un trabajo,
pero pronto se dio cuenta de que aquel no era lugar para ella, demasiada gente,
demasiado ruido.
María y Alodia eran felices en la ciudad del Ebro, la una estudiando para
aprobar el examen de bachillerato, la otra con sus clases de arte; habían hecho
amigos e incluso acudido a un baile por primera vez. Por otra parte, su cuñada
y ella no congeniaban. Se sentía como una extraña en el hogar de su hermano
con quien tampoco tenía demasiadas ocasiones para hablar; las clases, la
lecciones privadas, las reuniones con colegas e intelectuales en el café «Ambos
Mundos» ocupaban su tiempo. Ya casi no reconocía al mozalbete a quien había
enseñado a leer y a escribir en Buisán, ahora un hombre serio que callaba
cuando su mujer tenía un pronto desagradable. Aguantó hasta después de
navidades y regresó al pueblo. Sabía por la exigua correspondencia mantenida
con su madre que el marido de Marcela había fallecido, y que ambas
continuaban en la vivienda de la herrería, una casa que se caía a cachos de puro
vieja. Pocos días después de su llegada, las tres se trasladaron de alquiler a otra
casi igual de vieja, pero en mucho mejor estado. Disponía del dinero obtenido
por la venta del piso de Ejea, pero debía prever el futuro; la escuela tenía otra
maestra, y no había en la localidad un trabajo que pudiera ejercer, a no ser
como temporera en la recogida de la uva y de la almendra.
El sobrino de Marcela vino en su ayuda y le consiguió un puesto en la
fábrica de harina en la que él era contable, otrora propiedad de su familia
materna y de Cristóbal Forcás en la actualidad. Su cometido se centraba en
pedidos, envíos, albaranes, documentos en general y, dado que el dueño nunca
aparecía por el lugar, no existía peligro de encontrarse con él. El Paquetero ya
no era Mayordomo de la Cofradía por lo que tampoco se le veía en lugar
destacado durante las misas, de hecho, no se le veía pues, al parecer, paraba
poco en el pueblo. El joven que se ganaba la vida como contrabandista de
caballos, el viudo enriquecido con los dineros de su difunta, se había
convertido en un hombre acaudalado al haber multiplicado su fortuna
utilizando la artimaña que tan buen resultado le había dado en el asunto de El
Maizal: comprar deuda y hacerse con tierras, casas, bienes ajenos. No solo eso,
también se dedicaba al préstamo, negocio este extremadamente lucrativo en
una época de penuria como la que vivía gran parte de la población, y había
abierto despacho en la ciudad.
A veces, madre e hija se acercaban al que había sido su hogar, y se les caía el
alma a los pies. Cerrada la casa, las huertas abandonadas, el porche cubierto de
telarañas, tenía de nuevo el mismo aspecto de años atrás, cuando Elisa logró
recuperarla. Era inútil lamentar lo que no tenía remedio, así que se sentaban
un rato en silencio y luego regresaban atravesando el maizal, ahora campo de
rastrojos. Ambas echaban en falta el pasado, las reuniones familiares, las voces,
las risas; los días eran todos iguales, aburridos. En ocasiones, Aurora insinuaba
que quizás deberían trasladarse a la capital, pero Elisa no quería oír hablar de
semejante posibilidad; estaba cansada de ir de un lado para otro, afirmaba, y no
tenía fuerzas para empezar de nuevo, aunque la animaba a ella a intentarlo,
pero ¿cómo dejar solas a las dos mujeres? Desde la muerte de su marido,
Marcela había perdido el ánimo, además era ya anciana, y su madre solo la
tenía a ella.
La familia al completo no había vuelto a reunirse en años, si bien el último
verano habían recibido la visita de Úrbez y de María, aunque únicamente
durante unas horas; llegaron antes del mediodía en un landó tirado por dos
caballos, y se marcharon a media tarde, después de comer con ellas y con Antoi
y los suyos. No podían quedarse más tiempo, dijeron añadiendo que, de todos
modos, tampoco había en el pueblo un lugar apropiado donde pernoctar. Les
dolió aquel «apropiado» dicho, supusieron sin mala fe, pero también sin
pensar. Existía una fonda con habitaciones allí, e incluso podrían haberse
quedado en su pequeña vivienda compartiendo espacio, las tres en el cuarto de
la abuela, él en la de su hermana. No insistieron, estaba claro que se habían
acostumbrado a la gran ciudad, y que el pueblo les venía pequeño.
La joven se presentaría al examen de bachillerato en unos meses y después
había decidido olvidarse de la Facultad de Letras y estudiar en la de Farmacia,
una de las pocas carreras universitarias a las que las mujeres accedían sin
demasiadas trabas. Se la veía muy feliz, y ellas no deseaban otra cosa, aunque
significara no verla madurar. Asimismo, les contó que don Beltrán había
matrimoniado con una señorita de la alta sociedad y pasaba medio año en
Zaragoza; lo llamó «padrino», y a Aurora se le encogió el corazón. Si lo hubiera
aceptado, su vida habría sido diferente, habría podido ver a su hija, atender
mejor a su madre... Recordó el dolor sentido al conocer la muerte de Mario y
se preguntó por primera vez cómo había conseguido él el certificado de
defunción, probablemente enviando a alguien a indagar si ya era viuda para
hacerle la propuesta de matrimonio sin tener en cuenta su pena. También
recordó su tono de superioridad al proponérselo y llegó a la conclusión de que
no habría sido feliz; el señor de Luesia solo quería una mujer dócil a su lado,
una sombra, y ella no lo era. Tío y sobrina se despidieron con la promesa de
regresar con más tiempo, y ellas los vieron partir con tristeza intuyendo que
tardarían en volver a encontrarse.
Desaparecido el landó de su vista, iban a entrar en la casa, pero se detuvieron
al advertir agitación a la puerta de la tahona y se acercaron. El encargado del
horno al que se llevaban a hornear las tortas había sido hallado muerto, más
concretamente colgado de una viga en la cuadra de un vecino. Los
interrogantes sucedieron a la estupefacción general. El hombre vivía solo, no
tenía familia, no se le conocían amores, pocos amigos, tampoco se sabía que
estuviera enfermo. ¿Qué lo había llevado a cometer un pecado mortal que lo
enviaría directo al infierno? Nadie tenía una respuesta, pero sí otra pregunta:
¿quién iba a encargarse de hornear? Aurora miró a su madre; horas más tarde la
ayudaba a preparar una hornada que sirvió para ofrecer a los asistentes al
entierro, pues no hubo funeral, y el suicida fue enterrado en tierra no
consagrada.
A partir de entonces, ayudada por sus hijos que se ocupaban de la leña, Elisa
se encargó del horno, y más. No siempre había masa para cocer, los panes eran
grandes y aguantaban varios días, así que tampoco tenía demasiada labor y
empezó a elaborar bollos con harina de la fábrica que le llevaba su hija y la miel
de las colmenas de Antoi. Comenzó regalándolos aquí y allá, no esperaba que
alguien quisiera pagar por ellos, pero la demanda aumentó. Al cabo de unos
meses, no solo horneaba las tortas de los vecinos, también les vendía los bollos
y empezó a recibir encargos de otro tipo de dulces, tartas, trenzas, hojaldres,
para fiestas familiares en fechas especiales. La ocupación la rejuveneció y volvió
a sonreír. Ayudada por Aurora y Antoi, puso puesto en Cimillas la víspera de
San Juan del siguiente año y, entre cantos, bailes y hogueras, vendió todo el
género y dio gracias a la Virgen de Cillas por su bondad, en un momento en
que creía que su vida se limitaría a esperar la muerte, al igual que su protectora
y amiga, que ya no se movía de la cama, y a quien había que asear y dar de
comer.
1914
odo continuó igual durante los siguientes años. Marcela falleció un
T
amanecer velada por madre e hija, quienes sintieron que se quedaban
un poco más solas. No obstante, el quehacer de la una en el horno y
de la otra en la fábrica las mantenía ocupadas, vivían sin apreturas e incluso se
permitían algunos pequeños lujos, como excursiones de un día a la capital,
aprovechadas para visitar librerías, comprar enaguas y delantales o comer en un
restaurante de a tres pesetas el menú. Fue precisamente en uno de estos, en el
Petit Fornos de la calle Cuatro Reyes, donde un caballero se les acercó y
preguntó a Elisa si era ella la autora del libro Cuadernos de repostería. Al
observar su gesto de sorpresa, sonrió, se presentó y preguntó de nuevo si podía
acompañarlas y, por supuesto, invitarlas a comer el menú del día: consomé de
ave, un sabroso pollo al Chilindrón y flan de postre. Había sido amigo de don
Fidel y, aunque ella no lo recordara, solía acudir a las tertulias de El Obrador.
Le dijo, asimismo, que estuvo en la presentación de su libro y que, añadió, lo
había regalado en multitud de ocasiones a reconocidos chefs de los mejores
restaurantes de Aragón, especialmente de Zaragoza donde residía, aunque a
veces volvía a Huesca, su ciudad natal, por asuntos de negocios. Elisa suspiró,
había perdido la pista al libro del cual conservaba dos ejemplares para el
recuerdo. Propiedad del impresor, una vez satisfechos los gastos de edición y
recibida una cantidad reducida que compartió con el profesor, la obra dejó de
ser suya, aunque su nombre apareciera en la cubierta.
Don Luis Cortillas era hombre ilustrado, y madre e hija disfrutaron con una
conversación como hacía tiempo no mantenían; hablaron de novelas, de
poesía, de las novedades teatrales a las que ellas no tenían oportunidad de
asistir. Lamentaron tener que despedirse tras la sobremesa, debían tomar el
carro de viajeros de regreso al pueblo, pero él insistió en llevarlas en su flamante
automóvil, un Ford T de cuatro lazas que causaba la admiración de los
viandantes, y cuyo chófer esperaba paciente a que su patrón decidiera
emprender el viaje de vuelta a Zaragoza. Era la primera vez que subían a un
automotor, y la experiencia les trajo a la memoria la única ocasión en que
montaron en un carrusel allí mismo, en la ciudad, durante las fiestas en honor
a San Lorenzo. Antes de despedirse, ante la expectación de grandes y pequeños,
que habían salido al oír el ruido del vehículo, el caballero quiso conocer la
localidad, así que pasearon un rato por la calle de La Fuente y la Plaza de
Santiago, y se detuvieron ante la casa palacio de los Ballán y otras edificaciones
de buena planta. Las dos mujeres no pudieron reprimir unas sonrisas divertidas
al interesarse él acerca de si existía allí un hotel y de la posibilidad de organizar
un banquete de bodas para unos doscientos comensales, pero no preguntaron
por no mostrarse indiscretas. No hizo falta, él se encargó de explicar el motivo
de su interés: su hijo mayor, médico titulado, contraería matrimonio en unos
meses con una joven nacida en la localidad, si bien ausente de la misma desde
muy pequeña.
A él se le había ocurrido darles una sorpresa y celebrar la boda allí, pero no
sería posible dada la escasa infraestructura existente en el lugar. Sin percatarse
de la súbita palidez de ambas, habló con entusiasmo de su futura nuera, una
joven brillante, recién recibida en la Facultad de Farmacia, guapa, con don de
gentes, sobrina de un reconocido catedrático de Letras, que sería la esposa
perfecta para su hijo. Como si quisiera cerciorarse de que no había escuchado
mal, Aurora preguntó por el nombre de la futura señora de Cortillas. «María de
Luesia» fue la respuesta. Tuvo que asirse al brazo de su madre para no caer al
suelo y apenas respondió al saludo de despedida cuando él subió al automóvil y
desapareció en medio de una polvareda.
Aquella noche no pudo conciliar el sueño; la cabeza le daba vueltas, tan
pronto lloraba como se apoderaba de ella una calma fría, seguida de un nuevo
llanto. Llevaba casi tres años sin ver a su hija y, aunque ella le escribía todas las
semanas, solo recibía una carta suya, breve, cada dos meses más o menos. Sabía
que estaba contenta, que los estudios le iban bien, pero en ningún momento le
había comunicado que tenía novio y menos todavía que pensara en casarse. Si
bien ignoraba a qué se dedicaba el señor Cortillas, estaba claro que debía de ser
hombre adinerado, dado que su hijo había estudiado la carrera de medicina,
vestía elegantemente y disponía de un automotor con chófer incluido, por lo
que el enlace estaría a la altura ya que no cualquiera convidaba a doscientos
invitados. ¿Por qué María no le había dicho nada y tampoco su hermano?
¿Acaso se avergonzaban? Y sobre todo ¿por qué había adoptado el apellido del
ganadero? Ya en la madrugada se deslizó al cuarto de su madre y se metió en su
cama; se abrazó a ella como cuando era niña, allí en Biescas y en Piedrafita, en
Huesca después, en busca de calor, de amparo, y lloró quedamente hasta
quedarse dormida a la hora en que debía de levantarse para acudir el trabajo.
Aquel día no fue a la fábrica, Elisa la dejó dormir.
Su primera intención fue viajar de inmediato a Zaragoza a pedir
explicaciones a su hija y a su hermano, pero lo pensó mejor. Si ellos no le
habían dicho nada era porque no querían, así de simple. Escribió una carta a
cada uno reprochándoles su silencio en materia tan trascendental, echándoles
en cara su desapego y el agravio que suponía la falta de respeto y de cariño,
pero luego las tiró al fuego. No merecía la pena llevarse mal rato, es más, ni
siquiera acudirían a la boda en caso de ser invitadas. ¿Para qué? ¿Para
desentonar entre gente rica? Si querían algo de ellas, ya sabían dónde
encontrarlas. Aun así, no podía dejar de pensar en su querida María, único
testimonio de su amor por Mario, de una juventud en la que creyó que la vida
sería un camino de rosas. Cumplidos los cuarenta, se sentía mayor, cansada, sin
esperanzas. En unos años tendría que dejar el trabajo, quizás su madre ya no
estuviera, y ella vería pasar los días esperando su final, sola.
Y de pronto, una noticia inesperada corrió de boca en boca por el pueblo e
hizo que las dos mujeres olvidaran su pesar: El Paquetero había sido arrestado
acusado de falsificación de billetes entre otros cargos, no se sabía muy bien
cuáles, cada uno contaba la historia a su manera. De lo que no había duda era
de que se hallaba enchironado a la espera de juicio, y de que sus propiedades
habían sido incautadas. El primer pensamiento que les vino fue qué ocurriría
con El Maizal. Cierto que no esperaban que él lo devolviera, pero quizás
habrían podido llegar a un acuerdo en algún momento. Cualquier posible
arreglo se evaporaba no obstante si el Estado o el Banco de España se hacían
con la hacienda y la vendían a un tercero. El sobrino de Marcela, vino una vez
más en su auxilio. En vida de su tía solía pasar por la vivienda, pero ahora solo
se veían cuando él acudía a la oficina de la harinera a llevar las cuentas, aunque
no hablaban mucho, justo un saludo, un qué tal está usted y poco más. Una
tarde se cruzaron cerca de la fuente, ella le preguntó si podían hablar y dieron
un paseo por las afueras. El hombre estaba más o menos al tanto de los
tejemanejes de El Paquetero en lo concerniente al modo utilizado para
apropiarse de la hacienda, pero ella le dio más detalles y comentó el tema del
que todos hablaban, el de su detención. Se decía que le habían incautado los
bienes, pero... No era la primera vez que detenían a un falsificador, y las penas
solían ser de dos o tres años de cárcel y una multa. Quería saber si en este caso
la condena podría también entrañar la pérdida de la casa familiar, solo por
saber. El contable prometió informarse y comunicarle sus pesquisas cuanto
antes.
Después de diez años, Agostín Ornat seguía enamorado de Aurora. Se
eclipsó tras la aparición de su marido y más tarde la ayudó a encontrar trabajo
al quedarse viuda, pero no había vuelto a cortejarla, y tampoco ella le había
dado pie para hacerlo, si bien, en la sombra, seguía pendiente de sus idas y
venidas, la observaba con disimulo en la iglesia, acudía a la tahona con la
disculpa de comprar un bollo dulce y aprovechaba para hablar con su madre y
saber de ella. Últimamente la había visto algo apagada, como si tuviera alguna
preocupación, deseaba preguntarle el motivo, pero no se atrevió. Fue a la
ciudad decidido a averiguar todo lo referente al canalla que había dejado en la
calle a las dos mujeres que tanto apreciaba, conocía a un empleado en el
Juzgado a cuyos padres ayudaba sin cobrar con las cuentas de la tienda que
regentaban, y este le dijo lo que quería saber. En efecto, Cristóbal Forcás estaba
preso por un asunto de falsificación de billetes de mil pesetas, pero no solo por
eso.
También se le acusaba de estafar a más de dos centenares de personas, en su
mayoría pequeños ahorradores y propietarios. Entre él y su socio, un tal
Braulio Azaba, asimismo detenido, habían montado una entidad fantasma
«Inversiones CF&BA», en la que ofrecían a los clientes invertir en un supuesto
negocio inmobiliario que les reportaría suculentos beneficios. En realidad, no
existía tal negocio; abonaban los intereses con el dinero obtenido de nuevas
víctimas hasta que ya no les quedó con qué pagar, si bien para entonces ellos
habían amasado una bonita suma que guardaban a buen recaudo. Al final
habían sido denunciados, y el confidente suponía que, además de la pena de
prisión, les caería un multa millonaria. Nada nuevo en la viña del timo, añadió;
luego citó al escritor romano Publio Sirio: «el que persigue dos liebres, no coge
ninguna», dejando al contable asombrado con su erudición. De toda la
información obtenida, lo que más llamó la atención de Elisa y de su hija fue el
nombre de Braulio Azaba, a quien habían olvidado completamente. De hecho,
la primera pensaba que a estas alturas su medio hermano ya habría muerto
alcoholizado, aunque tampoco le costaba nada imaginárselo en compañía del
puñetero violador, tal para cual. En cuanto al futuro de El Maizal, habría que
esperar a la resolución judicial, afirmó Agostín, asegurándoles que él mismo las
mantendría al tanto.
Quizás porque deseaba agradecerle su colaboración, o porque necesitaba a
alguien más que su madre para hablar, Aurora aceptó dejarse acompañar por el
hombre tímido que ya una vez la había pretendido y a quien dejó plantado sin
mediar explicación en cuanto Mario apareció. Al igual que con este al
comienzo de su relación, paseaban por los alrededores, hacían pequeñas
excursiones o contemplaban las estrellas. Se casaron cinco meses más tarde, un
sábado por la mañana del mes de julio, exactamente el mismo día en que
María se convertía en señora del doctor Cortillas. Unas semanas atrás había
recibido una carta certificada de su hija anunciándole su matrimonio; se
disculpaba por no haberla avisado con mayor antelación debido a los estudios y
a las múltiples obligaciones sociales que la ocupaban, además de los
preparativos de la boda. Después le hablaba de su prometido, de la familia de
este, lo dichosa que se sentía y lo mucho que deseaba volver a verlas, a ella y a
la abuela. La misiva no venía sola, dentro del sobre había quinientas pesetas en
billetes de a cien «a fin de que vistáis acorde con el evento y para los gastos del
viaje en el ferrocarril y la estancia en un hotel». Por una vez, no le dijo nada a
su madre, ocultó su tristeza, y horas después, mientras paseaban por el camino
de Banariés, preguntó a Agostín si quería casarse con ella. Al hombre se le
empañaron los ojos de la emoción, sacó el anillo de oro que guardaba en el
bolsillo del chaleco desde hacía diez años y se lo puso sin decir palabra.
Mientras en la catedral de Zaragoza se celebraba un enlace de postín,
seguido de un banquete en el afamado restaurante Casa Lac, reservado en su
totalidad para el acontecimiento, en el pueblo tenía lugar otro con la presencia
de unos pocos familiares y amigos, que acabó con una comida en la taberna-
posada donde la pareja pasó la noche. Al día siguiente, en landó alquilado,
partieron de viaje de novios hacia Loarre; ambos querían conocer el pueblo,
pero sobre todo su castillo, el más bello de Aragón a decir de muchos. Una
semana antes, Aurora escribió a su hija comunicándole que le sería imposible
asistir a su boda, puesto que ella misma se casaba, y le devolvió las quinientas
pesetas a modo de regalo.
Tuvieron que pasar dos años antes de que los jueces dictaminaran en el asunto
de la estafa inversionista y la falsificación de billetes. Los dos delincuentes
fueron condenados a cinco de años de cárcel y a pagar una enorme multa para
compensar a los estafados, a Hacienda y al Banco de España. Al no poder
satisfacer esta, El Paquetero vio enajenados todos sus bienes; Azaba no tenía
dónde caerse muerto. Gracias a su amigo, Agostín pudo disponer de una copia
de la sentencia, regresando a toda prisa al pueblo para enseñársela a su mujer y
a su suegra. El Maizal no aparecía entre las propiedades requisadas. Un mes
más tarde, la pareja viajó a la ciudad acudiendo a la cárcel de Partido instalada
en el antiguo convento de los carmelitas descalzos, asimismo sede de la
Audiencia Provincial, donde los esperaba el amigo a fin de facilitarles la
entrada.
El hombre que encontraron en nada recordaba al orgulloso tipo de antaño
convencido de que podía hacer lo que bien le viniera en gana. Demacrado, sin
apenas pelo en la cabeza, barba y bigotes descuidados, parecía perdido en la
sala de visitas, repleta en aquellos momentos de presos y familiares. Les miraba
sin verlos, sin reconocerlos, como preguntándose quiénes eran y qué hacían
allí, hasta que sus ojos se encontraron con los de su hija, iguales, de una extraña
tonalidad azul como la de los pétalos de algunas lobelias. No apartó la mirada
de ella durante toda la visita. Al salir de la prisión, se dirigieron directamente al
despacho del notario Del Valle, quien les hizo entrega de los documentos de
propiedad de la finca El Maizal, inscrita desde hacía años a nombre de Aurora.
No se los había hecho llegar, los informó, a petición del donador quien había
solicitado se conservaran en la notaría hasta que ella fuera a buscarlos, o a que
él falleciera.
Elisa no pudo reprimir el llanto al saber que la casa en la que había nacido
regresaba a la familia; se quitó el guardapelo con el retrato de su madre que
siempre llevaba colgado al cuello y se lo entregó a su hija, la ahora dueña de la
hacienda. Semanas más tarde, ellos tres, Antoi, mujer e hijos se instalaban en el
único hogar que reconocían como propio y que, al igual que la vez anterior,
había que limpiar y desyerbar. De nuevo se escucharon voces y risas, algunas las
mismas, y otras, ocuparon el lugar de las ausentes, entre ellas la de Agostín y las
de los tres hijos de Antoi y Nieus. A estos no les costó sacrificio alguno dejar la
casa de los padres de ella; la convivencia se había vuelto difícil, en especial con
el hermano mayor y futuro dueño, quien los trataba como a meros aparceros
contratados, pero sin paga. El Maizal era otra cosa. No importaba a quién
perteneciera, todos compartían trabajos y beneficios, y también pérdidas.
Poco después, Aurora tomó una decisión y pidió a su marido consultara con
el notario a fin de poner la hacienda también a nombre de su hermano; se lo
merecía, era el que más trabajaba en las huertas y con el ganado. Ella solo tenía
una hija, lejana, de la que no había sabido nada desde sus respectivas bodas, y a
quien probablemente le traía sin cuidado la herencia del bisabuelo. Por otra
parte, Úrbez jamás se había interesado por la tierra y tampoco había vuelto al
pueblo tras su última visita, si bien a veces recibían cartas interesándose por la
salud de la madre, a las que ella respondía de la forma más lacónica posible.
No, ninguno de los dos tenía ya que ver con la vieja casona, y era de justicia
dar a cada cual lo que en verdad merecía. Dispuestos los documentos, pidió a
su hermano que los acompañara a la ciudad; puso como escusa que, según
nuevas normas del catastro, era preciso detallar fanegas, regadíos, producción y
demás, y que ellos ignoraban todo lo concerniente a los mismos. La emoción al
saberse copropietario de la hacienda dejó sin palabra al hombre curtido por el
sol y tan parco en el habla como lo había sido su padre.
Elisa dejó la tahona; la tarea requería energía, amén de que la jornada
comenzaba al amanecer todos los días de la semana, y la edad empezaba a hacer
mella. No obstante, ayudada por su nuera, continuó elaborando dulces y
postres por encargo para fechas concretas, aunque en su propia cocina. Aurora
también colaboraba; la fábrica cerró a la espera de un comprador, que no
aparecía, y los empleados tuvieron que buscarse la vida en otra parte. A ella no
le habría importado continuar, su menguado sueldo aportaba unas pesetas a la
necesitada hucha familiar, pero tenía que reconocer que prefería ayudar en la
casa y en la huerta, dar largos paseos, sentirse libre de horarios y jefes.
1918
a llamada a filas de Belián, el mayor de los hijos de Antoi, empañó la
L
alegría provocada por el anuncio de la llegada de un nuevo miembro a
la familia, un hijo o hija de Aurora y Agostín. El gobierno liberal había
establecido el servicio militar obligatorio y suprimido la redención en metálico,
pero, hecha la Ley hecha la trampa, había introducido la figura del «soldado de
cuota», que, si bien no eximía, sí reducía el tiempo de servicio a cambio de
dinero. No disponían de las dos mil pesetas necesarias y fueron todos en piña a
despedirlos, a él y a otros seis mozos; estarían de vuelta en tres años, con suerte.
Las noticias eran preocupantes. Lejos de allí, se libraba una guerra como
nunca antes se había conocido. Los diarios mencionaban nombres de lugares
que no les sonaban, hablaban de miles y miles de muertos, de gases venenosos,
bombardeos, metralletas, ruinas. Y el cura pedía desde el púlpito rogar por los
«buenos», aunque los vecinos no sabían muy bien a quiénes se refería y
preferían rezar para que aquella calamidad no les cayera encima. La guerra de
Cuba todavía estaba muy viva en la memoria, y los más ancianos de la
localidad recordaban la última «carlistada» y narraban lo escuchado a padres y
abuelos cuando lo de los franceses. Un conflicto bélico siempre suponía un
desastre, tocara cerca o no, y únicamente salían beneficiados unos pocos, como
los grandes empresarios y especuladores nacionales que se forraban exportando
a los países beligerantes armas, uniformes, metal, carbón, alimentos, mientras
que en el país subía el precio del pan y de los productos de primera necesidad,
los salarios continuaban a la baja y muchos obreros perdían sus puestos de
trabajo.
Nada parecía que fuera a cambiar, hasta que Aurora se dio cuenta de que
estaba embarazada. Al principio, achacó la falta de menstruación a una posible
menopausia precoz, no sería la primera vez que a una mujer en sus cuarenta le
desaparecía la regla. No obstante, arcadas y mareos le recordaron los síntomas
experimentados al quedar embarazada de María, y no supo si alegrarse o
lamentarlo. Quería a su marido, pero más como compañero que como amante;
no lo deseaba como a Mario, no sentía que el mundo desaparecía a su
alrededor cuando él le hacía el amor; lo aceptaba como parte de su deber. De
hecho, su acometida era rápida, en absoluto apasionada, tanto, que llegó a
pensar que no había peligro de embarazo, y menos a su edad, y ni se molestaba
en pedirle que se colocara una goma cuando iniciaba un avance metiéndole la
mano por debajo del camisón. Luego pensó en la mujer del dulero jefe de los
pastores de reses y mulas, que había parido diez hijos, el último con más de
cincuenta años, y no era la única. Muchas mujeres de la localidad eran madres
de hijos pequeños y abuelas al mismo tiempo por aquello de que cuanto más
numerosa fuera la familia, más brazos habría para ayudar en las faenas, además
de que las noches eran largas y era pecado yacer solo por placer. Tampoco sabía
si quería volver a pasar por los dolores del parto, el amamantamiento, las
noches en vela, para que luego la criatura creciera y se olvidara de ella, y tardó
en comunicárselo a su marido. Quedó desconcertada al verlo salir corriendo
como si lo persiguiera un toro enfurecido; regresó al poco con aspecto alelado y
un ramo de flores silvestres en las manos, y a ella le entró la risa.
Ayudada por la partera y por su cuñada, dio a luz a una criatura que nació
sin problemas a comienzos del mes de abril del siguiente año y a quien
pusieron de nombre Manuela en recuerdo de la difunta madre de Agostín.
A la alentadora noticia sobre el próximo final de la contienda europea que
tanto dolor y penuria provocaba, vino a sumarse otra más alarmante todavía.
La prensa informaba desde antes del verano acerca de una infección que se
había extendido a gran velocidad por los escenarios bélicos y traspasaba
fronteras que ninguna neutralidad podía detener: una devastadora enfermedad
que estaba causando más muertes que la propia guerra. Al principio no se lo
tomaron demasiado en serio; la muerte era consustancial a la vida, siempre
había habido contagios de todo tipo, solo era necesario tener cuidado, evitar las
aglomeraciones, lavarse bien las manos... La alarma cundió al conocerse por la
prensa las cifras de fallecidos en Aragón, y más todavía cuando en la localidad
enfermaron gentes de todas las edades, muy especialmente jóvenes y niños, y
hubo que enterrar a dos de ellos en una misma semana.
Siguiendo las consignas de los obispos, el cura se apresuró a reunir a la
feligresía para pedir a Dios, a la Virgen y a Santiago por la pronta desaparición
del mal, «venganza de la eterna justicia debida a los pecados y a la falta de
gratitud». Dos días más tarde había aumentado el número de infectados, todos
ellos presentes en los rezos, la iglesia se vació en la siguiente convocatoria, y se
prohibió el repique de campanas de muerte a fin de no alarmar a la población.
El médico no daba abasto, de hecho, ignoraba cómo afrontar una epidemia de
semejantes proporciones, así que los vecinos echaron mano de remedios
caseros, ajos, costillas y sobre todo alcohol. Vinos, ponches, coñac, ron,
sustituyeron al agua, que no era saludable en opinión de algunos; curar no
curarían, aseguraban, pero al menos levantaban la moral. A causa del miedo, o
más bien del pánico generalizado, aquel año se suprimieron fiestas y ferias en
toda la comarca, también la misa, subasta y comida de la festividad de la
Virgen del Rosario; se cerró la escuela, se colgaron cruces en las puertas y ramas
de olivera bendecidas el Domingo de Ramos, y los vecinos procuraron salir lo
menos posible de casa. Pero el campo no esperaba; era preciso acabar de
vendimiar, sembrar legumbres y granos, recoger almendras, melocotones y
manzanas. Los más optimistas confiaban en que los malos vientos
desaparecerían en cualquier momento al igual que habían llegado, y que todo
habría pasado antes de la matacía del cerdo, básica para la economía y el
sustento familiares. Los pesimistas preparaban sus mortajas.
En El Maizal la situación se vivía con relativa calma, todos estaban sanos por el
momento y disponían de provisiones que, bien administradas, aguantarían
hasta pasado el invierno. Debido al cierre de las empresas a las que acudía, así
como su creencia de que no era el viento sino las personas quienes transmitían
la enfermedad, Agostín permaneció en casa siguiendo la máxima de que «si un
problema tiene solución, no hace falta preocuparse; si no lo tiene, preocuparse
no sirve de nada». Cerrada la escuela, los hijos de Antoi tampoco iban al
pueblo, pero fue precisamente su padre, el más fuerte de todos, el que cayó
enfermo, quizás por ser el único que trataba con labradores y vendedores de
semillas y plantas o por haber ido a visitar a su suegro, quien se hallaba
encamado debido a un mal de huesos. No pudo abandonar el lecho durante
días, siendo atendido por su madre en todo momento; los demás no debían de
arriesgarse, afirmó esta sin darles opción. Nieus debía de ocuparse de sus hijos,
Aurora de la niña, y ambas de la casa y las comidas, y el yerno no tenía idea de
cuidar a un enfermo. Ella ya había vivido y no le temía a la muerte, lo había
parido, amamantado, y él era el sostén de la casa.
No murió como tantos miles de otros, si bien tardó semanas en recuperarse;
el tiempo de la siembra pasó y su campo quedó en barbecho al igual que los de
sus vecinos. No obstante, la familia se felicitó de que el susto hubiera sido eso,
un susto, porque ocho de sus conocidos ya no podían contarlo, y
transcurrieron meses antes de que la situación se normalizara. Aparentemente,
Elisa no se había contagiado, sin embargo, no volvió a ser la mujer activa que
era antes; se cansaba con extrema facilidad, respiraba con dificultad, dormía
mal y pasaba el tiempo sentada en el sillón de mimbre que había sido de Bizén,
la mirada perdida.
La situación se normalizó poco a poco, muy poco a poco; el miedo seguía
presente dos años después de iniciarse la pesadilla que había acabado con la
vida de incontable número de personas, provocado el cierre de fábricas y
explotaciones agrícolas, arruinado el comercio exterior y empobrecido todavía
más a las clases menos favorecidas. Agostín retomó el trabajo, aunque con unos
cuantos clientes de menos, y su amigo del Juzgado de Huesca lo informó de
que El Paquetero y su socio habían muerto, aunque no supo decirle si por la
enfermedad o debido a otras causas; ambos presentaban un aspecto
ciertamente deplorable al entrar en la cárcel. Al conocer la noticia, Aurora no
sintió nada por el hombre que la había engendrado de forma violenta y
tampoco se lo dijo a su madre. ¿Para qué? Solo reviviría en ella recuerdos que
era mejor olvidar. No esperaba recibir una notificación de un bufete de
abogados reclamando la devolución de El Maizal a su legítimo propietario, hijo
de un primo y único pariente vivo de la difunta esposa del ahora fallecido, a
quien debería ir lo que todavía le quedara a este, y en la relación de los bienes
incautados no aparecía la hacienda. Al día siguiente, ella y su marido acudieron
al notario, quien los tranquilizó asegurándoles que el pariente no tenía nada
que hacer; los documentos de cesión firmados por Cristóbal Forcás y él mismo,
se hallaban debidamente sellados e identificados por la autoridad competente.
Manuela tenía diez años cuando vio apearse de un automóvil a una mujer
joven, con un abrigo de cuello y puños de piel, un casquete ajustado a la cabeza
que permitía ver un cabello peinado en ondas, zapatos de tacón anchos de la
misma tonalidad que el abrigo, las cejas depiladas, sombra de ojos oscura y los
labios perfilados con carmín, tan guapa y elegante, que creyó estar viendo a
una de aquellas actrices que aparecían en la pantalla instalada por Benito el de
la Engracia en su antigua cuadra, ahora sala de cine una vez al mes.
Acompañada por un caballero, un niño mayor que ella y una niña más o
menos de su edad, se los quedó mirando como una reina a sus vasallos. Supo
que se trataba de María, su hermana de madre, porque se lo escuchó decir a los
tíos en voz baja e intentó encontrar algún parecido, pero la distrajo la llegada
de otro vehículo del que descendió una pareja de mediana edad, que luego
supo eran el tío Úrbez y su esposa.
De pronto, su limitado universo se transformaba en una función similar a
las que acudían cuando una compañía de titiriteros ambulantes actuaba en la
plaza para delicia de grandes y pequeños. Los recién llegados no tenían aspecto
de comediantes, pero le causaron la misma expectación, si no más, oírlos
hablar, verlos moverse, abrazar a la abuela y a su madre aparentemente
emocionados. Poco después se hallaban todos sentados a la mesa larga de las
celebraciones, que hacía tiempo no se utilizaba, cubierta con un mantel de lino
bordado que ella no había visto antes. Situada en un extremo, intentaba
escuchar lo que se decía al tiempo que no perdía bocado; no todos los días
comía cardo con salsa de almendras, fritada, ternasco asado, buñuelos
rellenos... La víspera, la abuela, su madre y la tía no habían salido de la cocina
durante todo el día, limitándose a decirle que esperaban invitados sin mayores
explicaciones, y allí estaban todos. No recordaba hubiera habido nunca tanta
gente junta en El Maizal y se preguntó por qué de pronto aparecían por allí
aquellos parientes a quienes no conocía y de quienes no se hablaba en la casa.
Se dijo que a buen seguro vivían muy, muy lejos, quizás en América, y por eso
no sabía nada de ellos.
Acabada la comida, mientras los mayores tomaban café, bebían licores y
hablaban, los jóvenes abandonaron la mesa. A ella no le apetecía levantarse de
su sitio, quería seguir escuchando las conversaciones, pero una seña de su padre
le indicó que se fuera. No le quedó más remedio que obedecer y se adentró en
el maizal, su escondite favorito. Allí se sentía feliz, entre las plantas, sin ver a
nadie y sin que nadie la viera, dueña de un mundo encantado en el que
cualquier cosa podía suceder. Molesta, chasqueó la lengua al constatar que la
seguía uno de los forasteros, su primo... no, su sobrino, puesto que era el hijo
de aquella hermana a quien acababa de conocer. Echó a correr a fin de perderlo
de vista, se sentó en su «trono», una piedra grande en forma de asiento en
medio del campo de maíces, y aguantó la respiración para que el intruso no la
descubriera, pero lo hizo. Unos instantes después estaba sentado a su lado, en el
suelo.
Al principio no hablaron, no tenían nada que decirse, luego él le preguntó
por el nombre de aquellas plantas raras que veía por primera vez, panizo,
respondió, y él volvió a preguntar para qué servían, «para hacer tortas, aunque
también pueden cocerse las panochas y comer los granos directamente»,
contestó. Era cuatro años mayor que ella y se llamaba Alfonso, «igual que el
rey» afirmó muy serio, si bien añadió que familia y amigos lo llamaban Sito. A
ella le entró la risa porque en la escuela el maestro les hacía rezar por aquel rey
de quien en casa nunca se hablaba; había llegado a creer que estaba muerto
como los santos a quienes también rezaban. Su hermana se llamaba María
Cristina, también nombre de reina. Le enseñó las huertas, el establo, incluso se
acercaron al carrascal, y regresaron justo cuando la familia iniciaba su búsqueda
pues los visitantes tenían intención de pasar la noche en la ciudad.
Despeinados, las mejillas encendidas, los ojos brillantes, se habían manchado la
ropa y llevaban los zapatos cubiertos de barro para disgusto de aquella hermana
salida del cinematógrafo, que le miró enfadada apretando sus labios pintados
de rojo.
Tuvo que ayudar a recoger la mesa, secar cacharros y platos, guardar todo en
su sitio, pero también escuchó a su madre y a la abuela hablar de aquellos
parientes cuya existencia ignoraba. Se alegraban de haberlos vuelto a ver y, a la
vez, lamentaban su desafecto y el aire de superioridad al dirigirse a ellas, como
si trataran con aldeanas iletradas. El tío Úrbez se había interesado por su salud
y poco más, su esposa ni eso. En cuanto a su hermana María... Notó que a su
madre se le quebraba la voz. Cierto, había conseguido lo que ninguna de ellas:
estudiar una carrera hasta el final, un logro notable, si bien nunca había
ejercido. El diploma luciría enmarcado en una de las paredes de su casa, lujosa
sin duda, a fin de que lo vieran las visitas. Según los informó, su marido era un
cirujano renombrado con clínica propia, además de dueño de un importante
laboratorio. Al preguntarle por qué no trabajaba en este en su calidad de
farmacéutica titulada, ambos habían sonreído con condescendencia
respondiendo el médico que a su esposa no le hacía falta trabajar, que para eso
estaba él. La mujer debía permanecer en el hogar, añadió, criar a los hijos,
ocuparse del servicio, las recepciones que ofrecían, de su aspecto; en una
palabra, encargarse de que él lo encontrara todo en su lugar cuando regresaba a
casa. No pudo enterarse de más porque se le cayó al suelo una jarra que se hizo
añicos, y la mandaron a la tina de baños que ya estaba preparada. Aun así, tuvo
tiempo de oír a la abuela Elisa decir algo sobre que ellas también habían
trabajado y criado a los hijos, incluso a aquella que renegaba de la madre que lo
había dado todo para sacarla adelante. Días más tarde escuchó una
conversación entre sus padres de la cual no entendió nada, salvo que su medio
hermana los instó a vender El Maizal a una empresa para instalar la mayor
granja de pollos de la comarca. Por supuesto que se negaron a hacerlo.
Unos meses más tarde, coincidiendo con la fiesta del Rosario, que volvía a
tener lugar, Belián, el mayor de los hijos de Antoi y Nieus, se casó con
Angelita, la enfermera que lo había atendido en el hospital de Málaga tras el
llamado «desastre de Annual», en la guerra del Rif. Con la pierna derecha
destrozada por los disparos de los rifeños y los pisotones de la asustada mula
que guiaba transportando armamento, cayó contra una roca y perdió el
conocimiento. Lo dieron por muerto, y eso lo salvó de ser ejecutado por los
vencedores, aunque nunca supo cómo había llegado a Melilla, y de allí a la
Península. El servicio militar que debía durar tres años se había alargado casi
tres más, y lo que debía de ser una experiencia que haría de él un hombre se
había convertido en una pesadilla de la que llegó a creer nunca saldría. Sus
familiares se enteraron de lo sucedido por la prensa; aterrorizados, pensaron
que él podía ser uno de los más de nueve mil soldados españoles aniquilados en
una guerra lejana que ni les iba ni les venía. La falta de noticias no hizo sino
acrecentar su temor y, finalmente, lo dieron por muerto y celebraron un
funeral en su memoria y en la de otro de los jóvenes del pueblo de quien
tampoco se sabía nada.
Creyeron ver un espectro el día en que apareció en El Maizal acompañado
por una mujer de su misma edad y ayudándose de un bastón para caminar.
Nunca podría recuperar la movilidad de la pierna, tampoco podría ayudar en
las labores del campo, pero estaba vivo, y eso era lo único que importaba
aseguró su padre, quien añadió con una sonrisa que tenían la intención de
comprar más vacas y que para ordeñar solo hacían falta dos manos y una
banqueta. La novia, por otra parte, no tardó en emplearse con el médico, ya
mayor, quien agradeció la presencia a su lado de una enfermera diplomada lo
mismo que el campesino la lluvia en época de sequía.
Debido a la necesidad de que los recién casados contaran con habitación
propia, Manuela tuvo que volver a dormir con su abuela como antes de la
maldita epidemia que le había robado las fuerzas, y no solo las fuerzas. A Elisa
le temblaban las manos, tenía dificultades al andar, hablaba poco, y había que
acercar la oreja para escuchar lo que decía. Angelita los informó de que sufría la
enfermedad que llamaban «de Parkinson», que se iría agravando a medida que
transcurriera el tiempo, si bien por el momento podía llevar una vida casi, casi
normal, pero tenía mal sueño, y la niña pasaba la mayor parte de la noche en
vela. Al cabo de unas semanas, Aurora pensó que sería más acertado durmiera
sola, pero los cinco cuartos disponibles se hallaban ocupados, y tampoco sería
apropiado compartiera espacio con dos jóvenes adolescentes. Entre todos
construyeron un habitáculo en el sobrado, debajo del tejado, donde secaban
legumbres y granos, cerraron una esquina del mismo, lo aislaron, encalaron y
pintaron de azul claro; una cama, un arcón y una mesa para la jofaina y la jarra
de aseo remataron la obra. Al contemplar los campos desde la ventana que
Agostín se empeñó en abrir en el muro a fin de que entraran por ella los rayos
del sol de la tarde, aunque su cabello no fuera rubio sino del color de las
castañas maduras, la niña se sintió como la Rapunzel de los cuentos de los
hermanos Grimm que le leía su madre, y que ahora ella leía a su abuela.
La vida continuaba su ritmo en el pueblo, tan era así, que no parecía que los
efectos de la terrible enfermedad y el descalabro económico causado por el
conflicto europeo hubieran hecho mella en sus habitantes, quienes
continuaban ocupándose de campos y animales, reuniéndose a la salida de
misa, recogiéndose en los hogares al anochecer.
Afuera, el mundo bullía ansioso por disfrutar de la vida, pues nunca se sabía
cuánto duraría esta. Había incluso quienes aseguraban que el fin del mundo
estaba próximo, y era por tanto apremiante gozar mientras se pudiera. Allí, sin
embargo, algunas cosas sí habían cambiado. Unos cuantos vecinos, dos familias
enteras entre ellos, habían emigrado a la búsqueda del vellocino de oro que
transformaría su destino ignorando las penurias que encontrarían en una
aventura de la que probablemente no regresarían, en especial los que habían
emprendido ruta a Barcelona para tomar desde allí un barco hacia las
Américas. No reconocerían a nadie, y nadie los reconocería si algún día
retornaban a su terruño natal. También se veía a menudo pasar ruidosos
automóviles que levantaban el polvo, asustaban a personas y animales, y nunca
se detenían en la localidad.
A falta de entretenimientos, los jóvenes iban a la ciudad siempre que podían,
decían que a dar una vuelta pero, en realidad, acudían a los bares donde
bebían, fumaban y... bailaban el fox-trot, una indecencia en opinión del cura y
de algunas comadres. Hasta el día en que Benito el de la Engracia montó su
propio negocio en el establo y compró un gramófono y media docena de
discos, pues, según él, era una lástima disponer del local solo para ver una
película al mes. Ni las diatribas lanzadas desde el púlpito, ni las malas caras de
algunos, lograron que se retractara, y aún fue peor el día en que se paseó del
brazo con una mujer con un vestido justo a la altura de las rodillas y el pelo a
lo garçonne, un escándalo. Y más cuando los bien pensantes supieron que la
mujer, encima, cantaba acompañada por tres músicos que puntualmente
aparecían los sábados por la tarde. Ni que decir que el éxito fue total. El local
se llenaba, no solo de jóvenes de ambos sexos deseosos de bailar y olvidar las
duras tareas del resto de la semana, sino también de gente de más edad de la
localidad y de los alrededores.
Manuela oyó hablar en la escuela del «garito de perdición», como lo
denominaba el cura, y tuvo curiosidad por saber qué era exactamente lo que se
hacía en aquel lugar. Convenció a sus primos para que la llevaran un sábado,
«solo para ver», dijo, tenía doce años, ya no era una cría, insistió. Con la
disculpa de visitar a los abuelos paternos de ellos, los tres se acercaron a El
Benito, al dueño no se le había ocurrido un nombre más original, y la niña
abrió los ojos asombrada al contemplar a hombres y mujeres girando alrededor
de la pista al compás de una música que nunca había escuchado. Momentos
después ella también bailaba dando vueltas, con los ojos cerrados, llevando el
ritmo, encantada. Los abrió al finalizar la pieza y se encontró cara a cara con su
madre; su padre se hallaba unos pasos más atrás junto a los tíos. Aquella noche
se fue a la cama sin cenar y con el trasero caliente, no por bailar, sino por
mentir. A sus primos les cayó una bronca descomunal por haberla llevado y la
prohibición de volver al tugurio durante al menos tres meses. Pero si algo sacó
ella de la aventura fue descubrir que quería ser bailarina, o cantante, cualquier
cosa que tuviera que ver con la música. En cuanto sus padres volvieron a
dirigirle la palabra, les dijo que quería aprender a tocar un instrumento
dejándolos sin saber qué responder. Le faltaban dos años para acabar la escuela,
y todavía no habían pensado en su futuro, si bien Aurora tenía claro que la
prepararía para entrar en la Normal de Maestras de Huesca con la esperanza de
que hiciera realidad su propio sueño frustrado. No le dio mayor importancia,
pero su hija insistió, y finalmente claudicó; nunca se sabía, y tampoco le
vendrían mal para sus estudios de maestra unas nociones de cultura musical.
La niña acudió a la casa de Lorién el dulero, quien además de jefe de
pastores era el alma mater del grupo que amenizaba fiestas y celebraciones. El
hombre, en sus sesenta, era un músico autodidacta que había aprendido a tocar
el chiflo y la chirimía con su padre y enseñaba a algunos jóvenes con la
esperanza de que siguieran sus pasos. Ella era su única alumna y, pese al
escepticismo de todos, pronto demostró que podía tocar igual o mejor que los
demás. La primera vez que lo hizo en público, durante la romería al santuario
de Loreto, las sonrisas condescendientes al ver a la niña menuda en el grupo de
músicos se trocaron en otras de sorpresa y luego de admiración al interpretar
ella sola una melodía tradicional con el chiflo y el salterio que fue muy
aplaudida. En unos meses dominaba ambos instrumentos, pero quería más. El
maestro estaba atónito, su alumna tenía un oído absoluto, era capaz de
identificar cualquier nota musical y de reproducir a la perfección una melodía
escuchada por vez primera, y él no podía enseñarle más de lo que sabía. Incluso
aprendió a tocar el guitarrico que colgaba desde siempre en una pared de su
casa a modo de adorno, y que nadie recordaba si había pertenecido al abuelo o
quizás al bisabuelo. Y empezó a cantar jotas acompañándose de dicho
instrumento, coplas conocidas y nuevas escritas por ella, que pronto fueron
demandadas en toda la zona para amenizar fiestas y celebraciones.
Aurora estaba orgullosa, todos en casa lo estaban y la acompañaban a las
actuaciones, pero le preocupaba que su hija descuidara su preparación para el
examen de entrada en la escuela de Magisterio el siguiente año; solo ponía
interés en tocar y cantar, sobre todo cantar, algo que no la llevaría muy lejos y
que, por otra parte, tampoco era un medio de vida. Los músicos del grupo
cobraban normalmente unas pocas pesetas que se repartían entre todo, así
como en especies, jamón, tocino, almendras. Incluso si llegaba a ser famosa,
cosa que dudaba, aquella no era vida para una joven decente, y lo último que
quería era ver a Manuela convertida en una tonadillera de tres al cuarto como
la de El Benito, cantando en tugurios de mala muerte. Claro que también
podría llegar a tener el éxito de la aragonesa Raquel Meller, cantante y actriz
del cinematógrafo que aparecía a menudo en las revistas que le traía Agostín de
la ciudad. O dedicarse a la ópera o a la zarzuela, música seria, pero para ello
sería preciso que estudiara canto debiendo desplazarse a Zaragoza o a Madrid y
pagar estancia y clases, una fortuna de la que no disponían. No,
definitivamente, su hija no sería cupletista, las actuaciones en el pueblo y
alrededores eran suficiente para entretenerse. Tuvo que amenazarla con
devolver a Lorién los instrumentos que este le había prestado, regalado en
realidad, amén de prohibirle actuar si no se centraba en los estudios, amenaza
que aparentemente surtió efecto, pues a partir de entonces solo se la escuchaba
cantar para su abuela un rato todas las tardes. Elisa recuperaba entonces la
sonrisa y el brillo en sus ojos, si bien ambos desaparecían cuando su nieta
callaba. Lo que Aurora ignoraba era que Manuela continuaba ejercitándose en
su cuarto bajo el alero cuando la creía estudiando. No la oía porque no pulsaba
las cuerdas del guitarrico, no soplaba el chiflo ni tañía el salterio; escuchaba las
notas en su cabeza mientras sus dedos se movían en silencio. Asimismo,
componía canciones, jotas, coplas, romanzas, y se escapaba siempre que podía
a cantar en el carrascal donde aves, mamíferos e insectos detenían su actividad
para escucharla, o eso quería creer ella.
Cumplidos los quince, y para gran contento de su madre, aprobó el examen de
entrada en la Escuela Normal para Maestras y acudía todas las mañanas a la
ciudad acompañada por su primo más joven, quien a su vez aprendía
carpintería con un ebanista que tenía taller para aprendices. Ambos partían a
pie de buena hora, y regresaban a media tarde. También compartían la comida
que llevaban de casa, encontrándose al mediodía en la Plaza de San Lorenzo si
hacía bueno y bajo los soportales de la del Mercado si llovía o hacía frío.
A comienzos del tercer y último curso, una jornada en que el cierzo soplaba
fuerte, el primo no apareció, y ella se quedó sin comer; el pan relleno con
ternasco en migas y queso de cabra preparado por la tía Nieus lo guardaba él en
la talega. Disponía de dos pesetas por si se presentaba una necesidad, decidió
que aquella lo era y compró en un puesto un paquete de churros que se
dispuso a comer refugiándose en el quicio de una puerta bajo el soportal. No le
dio tiempo a probar ni uno. Un mozo salió, le dio un empujón, y los churros
volaron por los aires. A poco se le saltan las lágrimas, y fue tal la cara de pena
que puso que, tras disculparse, el joven la asió por la mano y la introdujo en el
edificio.
Momentos más tarde se hallaba sentada a una mesa, y una doncella le servía
un plato de sopas de ajo, seguido de un filete de carne y una manzana asada
espolvoreada con canela. A su lado una señora mayor la observaba con una
sonrisa; el mozo atolondrado era su nieto, le dijo, que llegaba tarde a sus clases,
de ahí las prisas. Se estaba bien allí, a resguardo del viento, en un gran salón
comedor amueblado elegantemente, con alfombras, cuadros, figurillas, decenas
de objetos que nunca había visto, y fotografías enmarcadas en muchas de las
cuales se veía a una mujer joven y atractiva, sola o acompañada. No eran como
una que tenía su madre, la única, en la que aparecía ella, su primer marido y su
medio hermana. En estas, la mujer posaba de frente, ladeada, con tocados
antiguos, a veces con el cabello recogido, otras suelto, otras vestida de modo
extraño, como una actriz de teatro de las que aparecían en las revistas que su
padre llevaba a casa. Asimismo, la llamó la atención un cuadro de grandes
proporciones en el que estaba pintada la misma mujer de las fotografías, de
cuerpo entero, con un vestido blanco hasta los pies y la mano derecha apoyada
en la esquina de un piano. Miró el retrato, miró a la señora, de nuevo el retrato
y después a la señora, y esta rio con una risa alegre, juvenil, impropia de su
aparente edad.
Aquella tarde, Manuela no fue a clase. Las horas transcurrieron en un
suspiro escuchando a doña Pilar hablar de sus años como intérprete de bel
canto en los más importantes escenarios operísticos de Francia e Italia, de sus
actuaciones ante reyes y príncipes, de noches gloriosas en las que los aplausos se
eternizaban. Tenía un brillante futuro ante ella, incluso una propuesta para
actuar en Nueva York, pero... «me enamoré, querida». Conoció a su marido en
París, en una gala organizada con motivo de la Exposición Universal en la que
ella interpretó el Aria de Norina, de Donizetti. Él se presentó, «dos aragoneses
en París», rio, y la invitó a comer, a cenar, a ver la puesta del sol desde lo alto de
la torre Eiffel, a la que por cierto ascendieron por las escaleras pues los
ascensores no se hallaban todavía en servicio. Le pidió matrimonio, y por él
abandonó su carrera. Al llegar a este punto, la joven creyó notar un deje de
nostalgia; no podía ser esposa, madre y al mismo tiempo cantante, dijo, así que
optó por olvidarse de esto último, si bien continuó aprendiendo nuevas piezas,
pero siempre en la intimidad del hogar. Ninguno de sus seis hijos e hijas
habían mostrado predisposición alguna por la música, excepto su nieto,
Matías, el atolondrado que había tropezado con ella, quien preparaba la
entrada en el Conservatorio de Música de Zaragoza a fin de seguir sus estudios
superiores de piano. Con cierto reparo al principio, también ella le contó que
su mayor deseo era ser cantante, aunque estudiaba para maestra por deseo de
sus padres. Acabaron entonando a duo un bolero conocido y, antes de salir
corriendo, prometió volver a visitarla. Su primo la esperaba en el camino, había
surgido un problema en el taller y no había podido reunirse con ella, se
disculpó. Sonrió, pero no le confió el extraordinario encuentro que su ausencia
había propiciado.
A partir de entonces, cada jueves esgrimía como pretexto que las clases de
costura la ocupaban toda la jornada y, llegado el mediodía, acudía al piso de la
Plaza del Mercado, comía con doña Pilar, hablaban, cantaban. Un buen día, la
señora le propuso darle clases de canto y tuvo que repetírselo pues ella creyó
haber oído mal. Ya no fueron solo los jueves, también los martes, y tampoco
fueron solo coplas y jotas, sino romanzas y arias cortas de compositores de
quienes nunca había oído hablar. Su sorprendente buen oído, la memoria
musical, el timbre de voz hacían de ella una cantante fuera de serie, una rara
avis, que decía su maestra. Hasta que ocurrió lo que no debería de haber
ocurrido.
Un jueves, tan ensimismada se hallaba, no se dio cuenta del paso de las
horas. Su primo la esperó en el camino pensando que su retraso se debía a las
clases, fue a buscarla, pero el edificio de la Normal estaba cerrado; volvió al
camino y se la encontró esperando, si bien no logró le dijera dónde diablos se
había metido. Llegaron ya de de noche a El Maizal, pero tampoco en casa
lograron sonsacarle el motivo del retraso. Su madre la acompañó al día
siguiente a la escuela y pidió hablar con la directora. Supo así que desde hacía
meses su hija faltaba a las clases dos tardes por semana, precisamente las
dedicadas a las labores del hogar, y que probablemente no podría presentarse al
examen final de dicha materia, imprescindible, recalcó la directora, para
obtener el título. Bajo la amenaza de usar la vara, pese a que ya tenía casi
dieciocho años, Aurora logró confesara que tomaba clases de canto. No solo le
prohibió continuar con ello, sino que también le guardó los instrumentos y ni
siquiera le permitió acudir a los ensayos en casa del dulero. Además, la obligó a
estudiar en la cocina para no perderla de vista y creó una red a su alrededor a
fin de controlar sus viajes a la ciudad. Pero si ella era tozuda, su hija lo era aún
más y dejó de hablar; la niña alegre y parlanchina trocó en una adolescente
enfurruñada con la familia, que se escabullía a su pequeña atalaya en cuanto
podía y entonaba en un susurro las tonadas aprendidas con su profesora, sin
dejar asimismo de tañer un guitarrico imaginario y jurando que se escaparía en
cuanto consiguiera el título de maestra, un oficio que no pensaba ejercer.
Un domingo al mediodía, los moradores de El Maizal se vieron sorprendidos al
ver aparecer un automóvil. Lo primero que les vino a la cabeza fue que se
trataría de Úrbez o de María, a quienes no habían vuelto a ver desde la famosa
visita, más de siete años atrás. Sin embargo, la señora y el joven que conducía
les eran completamente desconocidos; saludaron con exquisita educación y
preguntaron por Manuela. Poco después se hallaban todos reunidos en torno a
la mesa del porche: los recién llegados, la abuela Elisa, los padres, tíos y primos
de la joven, todos menos ella, que seguía encerrada en su cuarto, y a quien
nadie avisó de la sorprendente presencia de la viuda del empresario Lazán y de
su nieto de igual nombre y apellido. Doña Pilar les aclaró que había decidido
visitarlos preocupada por la ausencia de su alumna de canto durante el último
mes. Su entusiasmo al hablar de ella y de su asombroso talento musical no era
simulado; pocas veces había tenido oportunidad de tropezar con una cantante
con similares aptitudes naturales, afirmó; oído, voz, memoria, retención,
ritmo..., un diamante en bruto que solo era preciso pulir para que brillara.
Aurora y Agostín, también el resto de la familia, la escuchaban atónitos. Era de
sobra conocido en toda la comarca el apellido del difunto marido de la señora,
rico hombre de negocios, mecenas de artistas y hombre caritativo, que había
abierto un comedor para pobres durante la crisis provocada por la pérdida de
las colonias. De ella ignoraban que hubiera sido cantante de renombre por
haber actuado más que nada en el extranjero, pero, por si tenían alguna duda,
entonó la romanza Yo quiero a un hombre, de la zarzuela El Cabo Primero, que
dejó a todos maravillados.
Al escuchar las primeras notas a través de la ventana abierta de su refugio,
Manuela bajó las escaleras de tres en tres a riesgo de descalabrarse y se detuvo
en el umbral, paralizada por la emoción. Sus padres y doña Pilar llegaron a un
acuerdo, la joven viviría en casa de la primera a modo de pupila, continuaría
con sus lecciones de canto, pero acudiría a la Normal sin faltar un día, y
volvería al pueblo el sábado por la tarde hasta el lunes a la mañana. La señora
se negó a recibir pago alguno por el hospedaje y las clases de canto. La idea de
educarla musicalmente la hacía sentirse útil ahora que solo vivía con ella su
nieto y por poco tiempo; aseguró, además, que una cama y un plato de guisado
no suponían gasto. Por un instante, Aurora recordó a su hija mayor, a quien
permitió estudiar lejos de ella y que ya no reconocía. De todos modos, se dijo,
Huesca no era Zaragoza, estaban a poca distancia y podría ver a su pequeña
siempre que quisiera, además de los fines de semana. Dicho y hecho, aquel
mismo domingo, y como excepción, la joven partió a la aventura con ansias de
cumplir un sueño, mientras su madre esperaba que solo fuera un pronto,
acabara los estudios, empezara a trabajar en una escuela y se olvidara del
capricho de ser cupletista.
No solo canto y las materias de la Escuela de Magisterio, también aprendió
de arte, literatura, teatro, de gentes, y a menudo acompañaba a su mentora a
conciertos y recitales en el Teatro Olimpia, y a fiestas y bailes de sociedad en el
Círculo oscense, casino hasta que se prohibieron los juegos de azar. En dichas
ocasiones vestía con antiguos modelos de doña Pilar, que esta hacía reformar a
su costurera para que no desentonaran con la moda en boga, aunque sin
excentricidades al uso como escotes pronunciados, largos por encima de las
rodillas, collares y plumas. A veces, pocas, Matías iba con ellas a los conciertos,
lo cual no dejaba de llamar su atención, pues su abuela aseguraba que era un
músico excepcional, aunque ella no había tenido oportunidad de escuchar otra
cosa que algunas melodías al piano acompañando a la antigua soprano, cuya
voz se aproximaba ahora a la de una contralto sin grandes recursos.
El joven disponía de su propio apartamento en el mismo edificio, dos pisos
más arriba, y nunca la había invitado a verlo. Sí las acompañaba a los bailes de
El Círculo, pero se alejaba de ellas al cabo de unos minutos para encontrarse
con amigos y, en especial, con amigas con quienes bailaba el baile del
momento, el charlestón. Lo veía disfrutar, reír, rodear las cinturas de guapas
mujeres con escotes y faldas cortas, y se moría de la envidia. Luego
recapacitaba, a fin de cuentas, ella era solo una muchacha campesina prohijada
por una dama, quien, al igual que su difunto, gustaba de hacer caridad, y
bastante suerte tenía de poder alternar con la gente rica. Un miércoles de
enero, con motivo de la fiesta de San Vicente, la señora los animó a ambos a
acudir a ver la hoguera y luego al baile que se celebraría en la sociedad. El
corazón comenzó a latirle con fuerza ante la idea de estar a solas con él durante
unas horas; eligió uno de los vestidos retocados, el más entallado, unos zapatos
nuevos y el único abrigo que tenía, también heredado; se peinó con ondas, e
incluso se atrevió a sombrearse los ojos y a pintarse los labios. Así dispuesta,
salió del brazo de su acompañante con la ilusión de una novia para acudir al
encendido de la hoguera, pero al llegar a El Círculo, él le presentó a unos
compañeros y desapareció de su vista. Un par de horas más tarde regresó sola a
casa. Por suerte doña Pilar ya se había retirado, y no tuvo que dar
explicaciones. Se encontraron al día siguiente durante el desayuno, pero no le
preguntó cómo había vuelto, ni ella se lo dijo; a partir de entonces no volvió a
dirigirle más palabras que las de cortesía, y él no pareció enterarse.
Acabó la carrera con buena nota, no con sobresaliente como esperaba su
madre, pero suficiente para enviar una solicitud a la Junta de Educación a fin
de lograr un puesto de maestra, y la suerte la acompañó de nuevo. Su mentora
no estaba por la labor de verla partir a un pueblo de la provincia donde no
podría continuar con su preparación musical; hizo un par de gestiones, y la
joven recibió una oferta para trabajar unas horas a la semana en calidad de
maestra en prácticas de música y canto en el Colegio de Señoritas Nuestra
Señora del Carmen. El sueldo no era gran cosa, pero la señora afirmó que eso
era lo de menos, que lo importante era que pudiera continuar estudiando con
ella pues, aseguró, su futuro no estaba en la enseñanza. Además, Matías se iba
ya a Zaragoza, y ella no quería estar sola, así que le pagaría por hacer las veces
de señorita de compañía; ella aceptó encantada y se fue a casa a pasar el mes de
agosto.
El ambiente en El Maizal no era todo lo grato que cabía desearse. La abuela
Elisa ya no reaccionaba a los estímulos, tampoco respondía a las preguntas y
pasaba la jornada sentada en el sillón de mimbre bajo el porche con una manta
sobre las rodillas; siempre tenía frío, pese al calor reinante. Por otra parte, una
vaca había coceado la pierna buena de Belián, el mayor de los primos,
dejándolo irremisiblemente inválido lo que tuvo como consecuencia una
depresión de la que ni siquiera su mujer lograba sacarlo y permanecía, al igual
que la abuela, sentado con la mirada perdida en el horizonte. El segundo de los
primos se fue a trabajar a la azucarera de Alagón, una de las más grandes
levantadas por capitalistas beneficiados por el gobierno, tras la pérdida de
Cuba, debido a la necesidad de azúcar, si bien, en este caso, no se elaboraba
con caña sino con remolacha. El trabajo era agotador, pero aseguraba un sueldo
a los más de mil operarios empleados, algo que el joven, mecánico de oficio, no
podía conseguir en el pueblo, si bien prometió regresar en cuanto tuviera
algunos dineros ahorrados. El tercero, el carpintero, permaneció junto a la
familia, no porque no quisiera buscar fortuna en otra parte, sino porque era
preciso echar una mano a sus padres.
La crisis también había llegado a la localidad; ya no pasaban los carros de los
intermediarios, frutas y verduras se pudrían sin tan siquiera ser recogidas y, se
les murieron tres de las cinco vacas lecheras a causa de una infección intestinal.
Aun así, en la finca sobrevivían sin demasiados apuros teniendo en cuenta que
ahora solo eran nueve, la abuela Elisa y el mutilado apenas comían, la mujer de
este ganaba unas pesetas ayudando al médico y atendiendo por su cuenta a
algunos vecinos, y Agostín también aportaba lo que obtenía como contable.
Sin embargo, no podían evitar una sensación de desaliento, recogiéndose en
sus alcobas en cuanto acababan de cenar. La presencia de Manuela durante
cuatro semanas logró alegrar un poco los ánimos; el primo salió de su
abstracción y la abuela volvió a hablar, aunque únicamente del pasado, el
presente no existía para ella. Recordó sus años en Buisán y lo que vino después,
pero sobre todo su mayor placer, otro que haber parido a los hijos, la
publicación del libro de las recetas de dulces. Para animarla, la nieta alentó a su
madre y a la tía a elaborar algunos de ellos, aquellos para los que disponían de
género: frutas confitadas, trenzas, mazapanes, tortas, galletas, almendrados,
almojábanas... Y Elisa sonrió de nuevo.
De regreso a la ciudad, Manuela comenzó a trabajar en el Colegio para
Señoritas, aunque con lo que verdaderamente disfrutaba era estudiando canto.
El día en que logró interpretar sin equivocarse de principio a fin la romanza Me
llaman la primorosa, de la zarzuela El barbero de Sevilla acompañada al piano
por quien había sido el profesor de Matías, doña Pilar se echó a llorar como
una Magdalena y la forzó a ofrecer un recital en El Círculo. Se moría de la
vergüenza, temblaba de los nervios, pero olvidó que se hallaba en un escenario
en cuanto sonaron los primeros acordes, y el pianista le sonrió y le hizo una
seña con la cabeza. Interpretó media docena de arias finalizando con la
romanza, con una perfección tal, que el público se levantó de los asientos para
aplaudir. Sus padres, a quienes la señora había invitado y enviado su coche a
buscarlas, se miraban sorprendidos, y preocupados. Ciertamente su hija
cantaba bien, muy bien, pero el de las bambalinas era un mundo con mala
fama, y temían por ella.
Dos semanas después del recital y diez días antes de las fiestas navideñas
ocurrió un hecho que causó una gran conmoción en los aragoneses, en especial
en los habitantes de la provincia de Huesca. En Jaca tuvo lugar una sublevación
de la guarnición, y dos columnas de soldados, una por ferrocarril y otra por
carretera, se dirigieron hacia la capital siendo interceptados por tropas
gubernamentales en las lomas de Cillas. El enfrentamiento no duró mucho,
pero hubo muertos, y los sublevados huyeron en desbandada; los responsables
fueron hechos presos, juzgados y fusilados dos días más tarde. Según se
comentaba en los corrillos, todo había sido obra de unos locos. Sin embargo,
cuatro meses más tarde, tuvieron lugar las elecciones municipales, y el rey y su
familia abandonaron el país. Algunas gentes de edad recordaban que cerca de
sesenta años atrás, durante dos, no había habido rey ni reina, pero aquello
había sido una simple anécdota, afirmaban. Ahora, no obstante, la cosa parecía
más seria, y eran multitud los que opinaban que un rey no servía para nada,
que no fuera llenarse los bolsillos con el hambre de los súbditos, así que
celebraron la llegada de una nueva era que traería trabajo y prosperidad para
todos.
En el pueblo, el cura celebró una misa de reparación pues el monarca lo era
por la gracia de Dios, y era pecado mortal rechazar la voluntad celestial. La
mayoría de los vecinos acudió a la iglesia, más que nada porque era domingo,
pero, en honor a la verdad, el rey les resultaba una figura lejana, y solo algunos
pocos rezaron con devoción por una pronta vuelta a la situación anterior.
Ajenas a la situación política del momento, Manuela y doña Pilar seguían a lo
suyo, esta última decidida a que su pupila actuara en Milán, el sueño de toda
cantante. Ella había tenido esa oportunidad en una ocasión, justo antes de la
Exposición de París en la que conoció a su marido y renunció a su
esperanzadora carrera, pero mantenía correspondencia con gentes del mundo
de la ópera y estaba convencida de que la joven tenía posibilidades, si bien
todavía debería esforzarse mucho antes de ser admitida a una audición, no en
La Scala, sino en cualquier teatro del ámbito nacional pequeño o grande.
Ambas continuaban asistiendo a todo tipo de conciertos y recitales de música
«seria», es decir clásica, con excepciones en caso de compositores o intérpretes
merecedores de la aprobación de la señora. Hasta que ocurrió aquello.
El desgraciado accidente tuvo lugar en una de dichas ocasiones, por
distracción de ambos implicados. Ella giró la cabeza para apremiar a Manuela y
cruzó la calle sin mirar; el conductor del flamante Lancia Lambda rojo no la
vio, más ocupado en su acompañante femenina que en el volante. Se oyó un
golpe, el chirrido de un freno, una exclamación unánime. En un instante, la
asieron por sobacos, cintura y piernas y la llevaron al hospital pidiendo paso a
gritos, también gritaban quienes corrían a la par y, por supuesto, la
accidentada, quien demostró que no era falacia su fama de soprano potente. El
resultado fueron varias contusiones por todo el cuerpo y, algo más grave: la
cadera rota. Los hijos hablaron con los médicos, escucharon la propuesta de
llevar a cabo una inmovilización «a la inglesa», es decir una sujeción completa
de cintura abajo durante dos meses, aunque también proponían el sistema
alemán: enyesar las pelvis durante seis meses o más. Decidieron alquilar una
ambulancia y enviar a su madre a Zaragoza, a la clínica propiedad del mayor y
cabeza de familia, el padre de Matías.
Manuela no entraba en el plan. Ni siquiera pudo despedirse de ella; el
administrador le comunicó que el personal acompañaba a la señora, pero que
ella no entraba en la lista pues, a fin de cuentas, lo de «señorita de compañía»
no era sino un pretexto de la caritativa dama para ayudarla económicamente.
También le pidió abandonara el piso cuanto antes. No respondió, recogió su
ropa, la que había llevado con ella, dejando el resto en el armario, así como
libros y unos pendientes, regalo de su bienhechora, y lo que más pena le dio:
un buen número de partituras de canto, y salió de la casa. Pensó en que tendría
que buscar una pensión, pero la directora del Colegio la informó ese mismo día
de que habían contratado a una profesora de música diplomada por lo que sus
servicios ya no serían necesarios. Aquella tarde, cogió el carro de viajeros y se
fue al pueblo.
No habían transcurrido dos meses cuando el administrador de la familia
Lazán, el mismo que la había literalmente echado de la vivienda, se presentó en
El Maizal para rogarle que fuera a Zaragoza; la señora insistía en ello. Su
primera reacción fue negarse al recordar sus palabras, aquello de que ella era
una simple obra de caridad de doña Pilar, sin embargo, se lo pensó. Había
enviado solicitud para incorporarse al cuerpo de maestras, pero estaban a
mediados del curso y todo lo más conseguiría alguna sustitución vete tú a saber
dónde. Por otra parte, el ambiente en casa resultaba bastante deprimente
teniendo en cuenta de que ella era la más joven allí. No parecía que su primo
«el cojo» y la enfermera fueran a tener descendencia, y el otro, el carpintero,
dos años mayor que ella, ni siquiera tenía novia. Echaba en falta la ciudad, sus
gentes, tiendas, cafés y tabernas, teatros, nunca había ido más allá de Huesca, y
no era cuestión de perder la oportunidad de conocer la gran urbe. Así que,
muy en contra de la opinión de su madre, aceptó y partió con el administrador
hacia la capital aragonesa adonde llegaron a la hora de la cena.
La alegría de su protectora era real. Había estado internada en la clínica de su
hijo durante más de un mes y seguía estándolo, aunque ahora en su propia
vivienda, controlada, vigilada, sin poder salir, pues hijo y nuera la trataban
como a una anciana frágil, buena para nada. Le confesó que se aburría como
una ostra y que había echado mucho de menos su compañía y, en especial, las
clases de canto, de las que disfrutaba tanto o más que ella, si bien se consolaba
escuchando música en el gramófono a falta de poder asistir a conciertos y
bailes. El piso era más grande y elegante que el de Huesca, pero, como afirmó
la dueña, de nada le servía; la hastiaba terriblemente. Solo se movía de su
habitación al salón en una silla de ruedas pues su hijo, que vivía en la otra
mano de la planta, le había prohibido andar hasta estar seguros de la buena
recuperación de la cadera rota.
En lugar de en el desván con el personal de servicio, a Manuela la instalaron
en un cuarto enorme, con un ventanal al Paseo de la Independencia, una gran
cama, armario y tocador, alfombras, cortinones y su propio gabinete de aseo,
un lujo jamás imaginado. Y no solo eso. El armario se hallaba repleto de
vestidos, faldas, jerséis, una capa, dos abrigos, zapatos y sombreros, todo nuevo.
«No vas a vestir siempre de prestado», le dijo doña Pilar con una sonrisa
divertida al observar su cara de sorpresa. Luego le aclaró que en esta ocasión no
estaba allí como señorita de compañía, sino como ahijada y amiga. De hecho,
la informó de que la había inscrito en el curso de canto, más concretamente de
la técnica italiana de bel canto, en el recién inaugurado Conservatorio
Profesional de Música. Asimismo, había abierto en el Banco Zaragozano una
cuenta a su nombre con dos mil pesetas para gastos. No supo qué responder, se
le humedecieron los ojos, ella, tan poco dada a expresar sus emociones. A partir
de entonces, acudió todos los días a clases de canto. Pese a que el curso se
encontraba ya avanzado, la intermediación de su protectora había dado sus
frutos una vez más. El profesor, un hombre que nunca sonreía, mostraba su
aprobación con un gesto afirmativo de cabeza y un fruncimiento de cejas en
caso contrario. Lo único halagador que le dijo fue que venía bien aprendida, lo
cual hizo reír a doña Pilar cuando ella se lo contó; tiempo atrás ambos habían
interpretado los papeles principales de La Traviata en el Teatro Real de
Madrid.
Otra novedad no menos importante que le aportó su nueva vida fue verse
rodeada de jóvenes de ambos sexos que compartían el amor por la música, y no
tardó en tener un grupo de amigos con quienes acudía a cafés y locales de baile
los sábados. Los había para todos los gustos, pero su favorito era el Goya, en el
que una orquestina de «morenitos», los llamaban, interpretaba todo tipo de
ritmos de jazz. Era un llegar y no parar de bailar, aunque a ella lo que más le
gustaba era escuchar a Dalia, una mujer madura, negra también, que tocaba el
piano y cantaba, a veces acompañada por un contrabajo y una batería. No
entendía la letra en inglés, pero tampoco le hacía falta; le fascinaba sobre todo
la voz, el ritmo, el vibrato, la improvisación, pues la misma melodía sonaba
diferente cada vez que la escuchaba.
Un viernes a media tarde se atrevió a acudir sola al local, algo impensable
para una mujer; se coló por la entrada trasera a fin de que nadie la viera y se
adentró por un pasillo oscuro hasta una puerta a través de la cual creyó
apercibir la voz femenina que tan bien conocía. Se asomó procurando no hacer
ruido y permaneció atónita al descubrir a la cantante sola en un cuartucho de
mala muerte ensayando a capella con tal dominio, que cerró los ojos para
escucharla. Los abrió cuando la voz de pronto calló, y ambas permanecieron en
silencio, mirándose. Si la primera reacción de la mujer fue echarla de allí,
enfadada por la intromisión, la admiración que revelaba la mirada embelesada
de la joven debió de hacerla cambiar de opinión, y le hizo una seña para que
entrara y cerrara la puerta; permaneció sentada en un rincón mientras la otra
retomaba su ensayo.
Durante las semanas siguientes, los viernes a media tarde, con la excusa de ir
a estudiar con una compañera de clase, Manuela se reunía con Dalia; la
escuchaba repetir una y otra vez las mismas melodías, si bien nunca sonaban
igual. «Interpretar no es repetir, es sentir, y en cada momento siento diferente»,
aseguraba la cantante en su mal castellano cuando se atrevía a hacer un
comentario al respecto. No solo escuchaba, comenzó a cantar ella también en
una lengua que desconocía, a dúo, sola, y descubrió que eran ciertas las
palabras de su ahora amiga. En el Conservatorio y con doña Pilar se ceñía a las
partituras, sin atreverse a alterar una nota, un espacio, una cadencia, pero allí,
en el cuartucho, era ella misma, y la sonrisa de la intérprete de jazz no hacía
sino afirmar que su talento era libre para expresarse. Y en eso apareció Matías.
No podía negar que sentía cosquillas en las palmas de las manos cada vez
que se encontraban, si bien él se limitaba a saludarla con un gesto de cabeza
cuando acudía a visitar a su abuela, o coincidían en los pasillos del
Conservatorio. Lo había visto en el Goya en alguna ocasión, siempre en
compañía de compañeros y, en especial, amigas con quienes bailaba el fox-trot,
tan pegados los cuerpos que hasta resultaba indecoroso, aunque a ella no le
habría importado intentarlo. Se imaginaba en la pista con él, ciñendo su
cintura, apretándola contra su cuerpo, y tenía que pensar en otra cosa debido al
súbito sofoco que sentía en esos momentos. Tuvo un sobresalto al descubrirlo
apoyado en el muro, frente a la entrada trasera, fumando un cigarrillo, con la
sonrisa burlona que empleaba con ella. No respondió a la pregunta sobre qué
hacía en aquel lugar y echó a andar, pero la asió por el brazo, la atrajo hacia él y
volvió a preguntar qué llevaba a una joven decente a un lugar de mala fama a
una hora en la que ya debía de estar en casa. Le temblaban las piernas, no supo
si por el miedo de verse descubierta o por sentirlo tan cerca. Era bastante más
alto, pero acercó su rostro al de ella, casi lo rozaba; no podía apartar la mirada
de su boca y cerró los ojos. Lo siguiente fue un beso, una caricia, unos labios
que abrían los suyos, unos brazos que la estrechaban. Se desprendió con
brusquedad y salió corriendo. Aquella noche tardó en dormirse, veía el rostro
de Matías, sentía su beso, su abrazo, su corazón palpitaba, y su cuerpo se
estremecía de deseo.
Al día siguiente, acompañó a doña Pilar a una exposición en el Museo de
Zaragoza del que la familia era miembro en su calidad de patrocinadora,
después comieron con dos amigas en El Café de Levante, siendo el principal
tema de la conversación las elecciones generales en las que por primera vez
habían votado las mujeres, eso sí, solo las mayores de cuarenta y cinco. Ella no
podía votar, así que apenas prestó atención a la charla de las señoras, las tres ya
de edad. No es que no le interesara el progreso social de la mujer, todo lo
contrario; conocía algunas de las tribulaciones de la abuela Elisa a lo largo de
su vida, así como las de su madre. Ambas habían padecido momentos más
malos que buenos, pero habían luchado con la esperanza en un futuro mejor, y
ella podía beneficiarse de sus esfuerzos. Sin embargo, las cosas cambiaban muy
poco a poco, tres pasos hacia adelante y dos hacía atrás, que decía la tía Nieus.
Ahora las maestras tenían acceso al grado superior, pero únicamente para
enseñar a las niñas, mientras que los maestros enseñaban a ambos sexos; las
mujeres tenían entrada en la Universidad, pero no a todas las carreras, seguían
siendo mal vistas por profesores y compañeros, y solo unas pocas llegaban a
ejercer. Leyó en el periódico el debate sobre el voto femenino en el que se había
discutido la capacidad mental de las mujeres, su ineptitud para la reflexión, el
espíritu crítico y la ponderación, asociados a la masculinidad, además de
considerar que el histerismo era parte de la propia estructura femenina.
Demasiadas polémicas, demasiados conceptos para los que no se hallaba
preparada. Su única inquietud en aquellos momentos era saber cómo
reaccionaría al encontrarse de nuevo con Matías.
Se cruzaron en el portal, a la vuelta del paseo; besó a su abuela, a ella le
dirigió un gesto de saludo, displicente, y marchó calle abajo sin girar la cabeza.
No volvió a verlo hasta dos semanas más tarde, al presentarse en compañía de
un amigo para llevarla a casa para las fiestas navideñas, y no supo qué decir.
Doña Pilar le había pedido que lo hiciera a fin de que no tuviera que tomar el
ferrocarril hasta Huesca y de allí continuar hasta su casa; en el automóvil iría
más cómoda, y el viaje sería más rápido. Además, ambos jóvenes deseaban
pasar unos días en la capital oscense donde su nieto tenía buenas amistades.
Hizo el viaje sentada en la parte de atrás, escuchándolos hablar sin que en
ningún momento se dirigieran a ella, como si no existiera, y se sintió invisible.
Al llegar a El Maizal, descubrió que el amigo de Matías era en realidad su
sobrino Alfonso, Sito, el hijo de su hermana María, aquel que había conocido
años atrás durante unas horas, el que había presumido de tener el mismo
nombre que el rey. No le había dicho nada para darle una sorpresa y rio al
descubrir su identidad y observar su cara de pasmo.
La emoción de Aurora fue indescriptible al ver a su nieto por segunda vez,
incluso se le saltaron las lágrimas al constatar que era la viva imagen de Mario,
alto, desgarbado, el cabello largo y lacio, los mismos ojos. Quería a Agostín,
pero nunca lo había deseado como al hombre con quien perdió la inocencia y
vivió momentos de pasión que no habían vuelto a repetirse, el soñador, el
romántico, el iluso, el amor de su vida. Se enorgulleció al saber que había
finalizado los estudios de medicina general y se preparaba para ser cirujano,
una materia que obligaba a tener la cabeza en su sitio, lejos de las utopías
inalcanzables de su abuelo. También le alegró que María estuviera bien, aunque
con la edad su carácter se hubiera vuelto todavía más autoritario y controlador.
Se ocupaba de la administración de la clínica de su marido, asimismo del padre
de Matías, socios en la aventura, motivo por el que los dos jóvenes se conocían
y eran amigos. Le habló igualmente de Úrbez, quien había sido nombrado
decano de la Facultad de Letras y gozaba de gran prestigio en el ámbito
intelectual zaragozano. Ninguno de los dos, madre y tío, estaban al corriente de
su viaje a Huesca, razón por la cual no le traía ninguna carta, aunque, aseguró,
les llevaría las suyas si así lo quería. Era ya mucho tiempo sin noticias, y no
sería ella quien diera el paso; ambos deberían haberse preocupado por sus
respectivas madres y no lo habían hecho, por lo tanto, no había razón para
comunicarse con quienes no deseaban saber nada de ellas. Aprovechó, sin
embargo, para solicitar su opinión respecto al estado de la bisabuela y pidió a
Angelita se lo explicara en términos que ambos entendían y que a ella le venían
grandes.
Mientras tanto, Matías pidió a Manuela que lo llevara al lugar donde su
amigo recordaba haberse puesto de barro hasta la coronilla cuando era un crío,
y ella lo llevó al maizal, que presentaba un aspecto triste, las panochas
recogidas, las hojas mustias, los tallos marchitos, nada que ver con la
frondosidad que lucía en los meses cálidos. La temperatura era fresca en una
tarde despejada que auguraba una helada y allí, al abrigo de miradas
indiscretas, volvió a besarla y, esta vez, ella no lo rechazó; respondió a sus besos
y deseó que aquel momento no acabara, que se eternizara. No fue así. Él y Sito
se despidieron al cabo de unas horas con la intención de pasar la noche en la
ciudad; prometieron volver, pero no lo hicieron.
Transcurridas las festividades, dispuso su bolsa de viaje pensando en coger el
tren de Huesca a Zaragoza, pero él apareció la víspera de la partida al volante
de su automóvil, a buscarla por orden de doña Pilar, la informó. Pasó la noche
en El Maizal, cenó con la familia, contó anécdotas, hizo reír a todos con sus
bromas y tocó el guitarrico instándola a cantar algunas de aquellas tonadas
populares cuasi olvidadas, de cuando actuaba con Lorién el dulero. Fue una
velada memorable, incluso Elisa pareció salir de su ensimismamiento llevando
el ritmo con el pie. Para finalizar, le pidió entonara una de las canciones de la
«morenita» del Goya. No tuvo tiempo de preguntarle cómo sabía que ella
practicaba con Dalia, su familia quería escucharla, y por vez primera cantó en
público una melodía en una lengua que desconocía, con un sonido que a sus
oyentes les era extraño, los ojos entornados, acompañada por el sonido
acompasado de los dedos de Matías golpeando la caja del instrumento. Al
finalizar, abrió los ojos, sorprendida, al no percibir ninguna reacción por parte
de sus familiares, y se echó a reír; todos la miraban atónitos.
Partieron a primera hora de la mañana a fin de llegar a Zaragoza para la hora
de comer, sin embargo, él se detuvo en una posada en las proximidades de
Zuera a descansar, dijo, y a tomar un tentempié. Apenas habían intercambiado
unas frases durante el viaje; era preciso mantener la atención pues eran muchos
los vehículos motorizados que transitaban por una carretera que unía la capital
de Aragón con Francia, incluso se cruzaron con un autobús de gasolina, lo que
añadido a los carros tirados por animales y a un rebaño de ovejas que atravesó
sin prisas la calzada convertían el recorrido en una aventura arriesgada. A
Manuela la desconcertó aquella parada a menos de una hora de distancia de su
destino, aunque tenía sed, y un refresco no vendría mal. Matías propuso que
comieran allí; tenía ganas de pasar un rato a solas con ella, aseveró, podrían
hablar, conocerse mejor... Y ella aceptó una vez más, deseosa de disfrutar de su
compañía. Supo así que él conocía lo de sus ensayos secretos en el Goya por
haberla seguido, preocupado porque los viernes no llegara a casa a la hora
prevista. También le confesó que la escuchaba cantar en el cuartucho y que le
gustaba mucho su manera de interpretar las nuevas melodías que hacían furor
desde la intervención de los norteamericanos en la «gran guerra», como la
gente denominaba el conflicto que había enfrentado a las naciones europeas.
Averiguó asimismo que él no tenía intención alguna de convertirse en un
intérprete repetitivo de obras ya compuestas, compondría las suyas propias,
aseguró entusiasmado, ritmos nuevos; sería un Stravinski, o un Duke Ellington
en todo caso.
Lo escuchaba cautivada, se imaginaba a ambos compartiendo escenarios por
el mundo en un periplo repleto de peripecias, pero el sol iniciaba su declive,
pronto sería de noche, y era peligroso conducir en la oscuridad; insinuó la
conveniencia de ponerse en marcha, pero él aseguró que no había prisa, nunca
se había sentido tan a gusto y, total, podían pernoctar en la posada y
emprender ruta por la mañana. Y ella volvió a aceptar. Dieron un paseo por los
alrededores, se acercaron al Gállego, contemplaron las estrellas, cenaron a la luz
de la velas, le confesó que la amaba desde hacía mucho, desde la primera vez
que se encontraron, aquella en la que le tiró los churros, y ella creyó vivir un
sueño. Despertó del mismo cuando, con un guiño, el encargado les entregó la
llave de la habitación: una llave, una habitación, una cama. Salió corriendo de
la posada mientras él subía con las bolsas y no se detuvo hasta llegar al centro
de Zuera donde preguntó por la cochera a un sereno que hacía la ronda. Por
suerte llevaba su bolso con ella; pasó allí la noche, sentada en un banco muerta
de frío y tomó el primer carro a Zaragoza. Contempló su bolsa de viaje en la
habitación y por un momento se le pasó por la cabeza la idea de cogerla y
marcharse de vuelta al pueblo, pero quería continuar aprendiendo hasta lograr
una voz propia. Solo rogaba que él no estuviera esperándola. No estaba, y se le
escapó un suspiro de alivio, o quizás de pesar.
Aquel fue un año extraño. Manuela acabó el curso en el Conservatorio, pero
no regresó a El Maizal en el mes de agosto. Desde mediados de junio y hasta
finales del verano estuvo junto a su mentora en Alhama, un paraíso de aguas
termales afamado desde las épocas de romanos y árabes al que se trasladaron en
ferrocarril acompañadas de una doncella y se instalaron en el Gran Hotel
Cascada, lujoso edificio que contaba con un ascensor para los huéspedes. Doña
Pilar no se sentía bien últimamente, tenía problemas en las articulaciones y
respiraba con dificultad al menor esfuerzo. Su hijo el médico le prescribió la
estancia en el balneario, y ella aceptó de buena gana; había pasado allí su luna
de miel, y el lugar le evocaba tiempos en los que era joven y feliz, y que ya no
volverían.
No salía mucho de la habitación, en realidad un apartamento con dos
dormitorios, sala de estar y sala de baño en cuya bañera se introducía con la
ayuda de la joven y de la doncella a fin de sentir los beneficios de las aguas
medicinales que surgían del grifo. En ocasiones bajaba al salón a escuchar al
pianista que le recordaba la última vez en la que cantó en público a petición de
su marido, y animaba a su discípula a interpretar alguna canción, pero esta
sonreía y cambiaba de tema; lo último que quería era hacer el ridículo ante un
auditorio acomodado, más entretenido en conversar sobre avatares políticos y
sociales que en la interpretación del pianista. Aprovechaba para dar un paseo
durante los momentos en los que la señora dormitaba o permanecía
escuchando óperas en la gramola que se había hecho traer; bajaba al lago de
aguas calientes durante todo el año, contemplaba los manantiales, la torre en lo
alto de la peña resto de la antigua fortificación o caminaba por las estrechas
calles de la población imaginando que regresaba a tiempos pretéritos.
Una mañana, doña Pilar no despertó. Creyéndola dormida, ella y la doncella
decidieron no despertarla a la hora acostumbrada; la habían visto inquieta,
desosegada la víspera durante toda la jornada, y era bueno que descansara
tranquila. A eso del mediodía, entró a despertarla pues había dejado dicho que
deseaba comer en el restaurante del hotel en lugar de en la habitación; corrió
las cortinas, la llamó con suavidad, le tocó la mano y la encontró fría. El
médico del establecimiento certificó su defunción y, horas más tarde, la familia
al completo, hijos, hijas, yernos, nueras y nietos, se hallaba reunida en torno al
lecho en donde la matriarca yacía debidamente peinada, maquillada y vestida
con su mejor traje. Llevar el cadáver a Huesca a fin de enterrarla junto a su
esposo resultaba complicado, y costoso, por lo que decidieron pagar el funeral
y la tumba en el cementerio del pueblo. Después, cada cual volvió a su casa con
la mente puesta en el papeleo y el correspondiente reparto de la herencia.
El país se agitaba, no cesaba el enfrentamiento entre los diversos partidos que
habían logrado escaños en el Parlamento, los precios volvían a subir, también el
paro; los periódicos de uno u otro signo publicaban noticias de huelgas,
manifestaciones, protestas, proclamas, peleas en calles y tabernas; el caos era
general, y no parecía que nadie pudiera poner remedio a la situación.
Una vez más, tras el segundo funeral por la fallecida celebrado en la basílica
de El Pilar, el administrador de los Lazán comunicó a Manuela que no había ya
motivo para que permaneciera en la vivienda de su protectora y que los
herederos continuaran abonando la factura del conservatorio y demás gastos.
Conocedor de su situación por Matías, Sito habló con su madre, y la joven se
trasladó al hogar de su hermana y continuó con los estudios de canto pagando
ella misma el último trimestre gracias a los dineros que disponía en el banco y
que apenas había utilizado excepto para algún capricho que otro. Pudo de esta
manera finalizar el curso y obtener el título, si bien la relación con sus allegados
era todo menos satisfactoria. María la trataba como a una pariente pobre; le
hablaba en un tono condescendiente, hacía comentarios cargados de ironía
sobre su futuro de cupletista y la mandaba a comer en la cocina con el servicio
cuando tenían invitados. En cuanto al tío Úrbez, solo lo había visto en una
ocasión y ni siquiera la invitó a su casa. Debía pensar en lo que haría una vez
obtenido el diploma, y no lo tenía fácil. En Huesca no había conservatorio
donde impartir clases, y aunque lo hubiera; no tenía experiencia en la
enseñanza para solicitar plaza en alguna escuela o colegio, si bien le quedaban
mil doscientas pesetas de las dos mil que doña Pilar le había ingresado en el
banco, suficientes para vivir durante un tiempo y buscar algo antes de rendirse.
1936
inalizado el curso y aprovechando que la familia se encontraba ausente,
F
Manuela escribió una carta de agradecimiento, metió en el sobre un
billete de quinientas pesetas por el alojamiento y la manutención, cogió
su bolsa y se marchó con la intención de tomar el tren, pero antes pasó por el
Goya a despedirse de Dalia. No la encontró. Ella y los músicos se habían
marchado según la informó el encargado del local, ignoraba adónde. Al
observar su gesto de decepción, el hombre le preguntó si era ella la joven que
solía ir por allí a ensayar con la «morenita» y, al escuchar su respuesta
afirmativa, le ofreció ocupar el lugar de esta pues, dijo, no había encontrado
una suplente suficientemente capaz. La propuesta la dejó confusa durante unos
instantes, pero un rato más tarde se hallaba en el salón ensayando con los
músicos que habían ocupado el lugar de los anteriores. No conocía algunas de
las canciones, sin embargo, no hubo problema en variar el repertorio. Temía no
obstante no hacerlo bien cuando el local se hallase repleto, pero recordó las
palabras de su amiga: «cierra los ojos, piensa que estás solas, no eres un
papagayo, canta como te salga de dentro y olvida todo lo demás. El jazz no
tiene reglas, es el alma de sus intérpretes». A partir de entonces cantó cinco
noches por semana arropada por un público que guardaba silencio cuando
aparecía en el estrado con el nombre de Ela. El cambio fue idea del encargado,
Manuela era... demasiado corriente, aseguró, poco artístico, y a ella estuvo de
acuerdo. Solo temía ver aparecer a Matías. No estaba segura de si había
aceptado el trabajo por no tener otra cosa, o porque esperaba encontrárselo allí.
Desde su escapada de Zuera, se habían cruzado en contadas ocasiones en las
que no habían intercambiado palabra. Estaba decepcionada, habría querido
explicarle su reacción en la posada, pero él no le había dado oportunidad, lo
cual venía a confirmar lo que sospechaba: que su declaración de amor no había
sido sino una treta. Lo quería, lo amaba, incluso había llegado a imaginar que
serían novios y que más tarde se casarían, pero, a la vista estaba, los sueños eran
quimeras, nada más.
Encontró alojamiento en casa de una viuda, otrora acomodada y ahora sin
demasiados recursos, que alquilaba habitaciones a mujeres solteras y educadas.
La residencia, un palacete a orillas del Ebro, presentaba un aspecto anticuado,
más si cabe al compararla con las nuevas construcciones que iban surgiendo
por los alrededores, pero el interior conservaba parte de su antiguo esplendor, si
bien muebles, alfombras y cortinas no ocultaban su decadencia. En un
principio, la dueña mostró cierta reticencia en aceptar a una joven que se
ganaba la vida cantando en un local de bailes, que ya se sabía lo que ocurría en
dichos lugares. Sin embargo, mostró curiosidad y le propuso cantara una
melodía vieja de cincuenta años; ella la acompañaría al piano. Accedió, más
que nada porque aquel era el bolero que su añorada protectora y ella habían
interpretado juntas el día que se conocieron. La mujer la aceptó de pupila, si
bien puso como condición que cantara para ella y sus huéspedes los días que
libraba, domingos y lunes. Le hizo gracia la propuesta y aquella misma tarde se
instaló en una habitación compartida con mujer de mediana edad, procedente
de la Hoya de Huesca al igual que ella, que trabajaba en el Servicio Público
Telefónico. Si bien ya existía la posibilidad de comunicarse de forma
automática con Huesca capital no ocurría igual con los pueblos, por lo que
eran necesarios los servicios manuales de las telefonistas. Gracias a su nueva
amiga, todos los domingos hablaba unos minutos con sus padres, quienes
esperaban puntuales en la centralita del pueblo su llamada tras la misa de doce.
Supo así que la abuela se apagaba sin remedio.
Sin abandonar el lecho ni reconocer a hijos y nietos, la mirada perdida, en
efecto, Elisa se apagaba. A veces decía palabras incoherentes; otras, repetía los
nombres de su marido y de sus hijos, y sonreía feliz, despidiéndose de una vida
repleta de momentos amargos, pero también dichosos. Al igual que el náufrago
se aferra a una tabla de salvación, en su mente revivía estos últimos, trazos
desdibujados, instantes que su memoria evocaba de forma desordenada. Hasta
que dejó de respirar, una tarde, a finales del estío, en que los rayos del sol
iluminaban el maizal de sus alegrías, también de su desgracia.
Agostín envió un telegrama a su hija, y esta llamó a Sito para preguntarle si
podía llevarla, a fin de cuentas, era asimismo bisnieto de la fallecida. No podía.
Aquel mismo día estaba prevista en la clínica una operación a la que por
primera vez asistiría como ayudante de su padre, una gran oportunidad para su
futuro que le era imposible eludir. De todos modos, tampoco tenía mayor
relación con aquella bisabuela a la que había visto un par de veces, si bien esto
no lo dijo. Prometió, sin embargo, enviarle un chófer de su confianza que la
trasladaría al pueblo sin problema. A la hora fijada, se hallaba en la puerta de la
verja del palacete esperando la llegada del automóvil, y no disimuló su sorpresa
al constatar que el supuesto chófer era Matías Lazán en persona. Él apenas
respondió con un gesto a su saludo, metió su bolsa en el maletero y le abrió la
puerta, todo sin decir palabra. Continuó callado durante el trayecto, la vista al
frente oculta por unas gafas con cristales ahumados que no permitían descubrir
la expresión de su mirada. A su lado, encogida en el asiento del Ford Modelo A
descapotable, un lujo al alcance de muy pocos, ella también mantenía la vista al
frente, la mente en blanco. No pudo, sin embargo, evitar mirarle de reojo al
pasar por delante de la posada de Zuera, el lugar del que había escapado una
noche, iba ya para dos años, pero no observó en él ningún tipo de reacción.
Era la primera vez desde entonces que se encontraban a solas, y se preguntó
cuál habría sido su postura de haber sabido que el «chófer» enviado por su
pariente era precisamente el hombre que se le declaró una noche a la luz de las
velas en un hostal de carretera, el que le robó su primer beso, el que le contó su
sueño de llegar a ser compositor de melodías nuevas.
No se detuvieron ni para beber un vaso de agua y llegaron a la puesta de sol
a El Maizal, donde encontraron a la familia y a algunos labriegos de la finca
reunidos en torno al féretro abierto de Elisa. La anciana yacía con un
semblante tranquilo, incluso con una medio sonrisa esbozada, un rosario y su
libro de recetas entre las manos. El cura apareció por la casa para rezar unas
oraciones a la espera del funeral previsto para la mañana siguiente, los
trabajadores se fueron y quedaron solo los familiares. Matías se había marchado
a la ciudad tras dar el pésame y prometer que en unos días regresaría para
llevarla de vuelta a Zaragoza. No hacía falta que permanecieran todos
despiertos, aseguró Aurora, y más teniendo en cuenta que no habían dormido
desde el día anterior; reiteró que su madre y abuela no iba a enterarse y que
bastaba con una persona que permaneciera a su lado, ella. Antoi, Nieus y sus
hijos no se hicieron de rogar, estaban agotados. A Agostín hubo que insistirle
varias veces; cabeceaba en su sillón de mimbre y apenas podía mantener los
ojos abiertos, pero sentía que era su deber permanecer junto a su mujer en un
momento cuya pena él era el único en conocer a fondo. Finalmente, su hija lo
asió por un brazo, lo acompañó a la habitación y regresó junto a la madre. A
esta solo le bastó mirarle a los ojos para saber que nada la haría cambiar de
opinión, que se quedaría a su lado dijera lo que dijese, y sonrió; era tan tozuda
como ella misma.
Ninguna de las dos tenía sueño pese a lo extenuante de la jornada y hablaron
durante toda la noche, aunque más bien fue Aurora quien lo hizo. Necesitada
de alargar su adiós, o quizás más bien deseosa de que la mujer que tanto había
luchado y a quien tanto había querido permaneciera de alguna manera viva,
escarbó en sus recuerdos y, al igual que los antiguos transmitían la memoria
junto al fuego, le contó a Manuela la historia de su abuela, al menos la que ella
conocía, convencida de que su madre había guardado para sí sus más íntimas
evocaciones, buenas y malas. Se quitó el guardapelo y se lo entregó a modo de
rito esperando, dijo, que algún día ella también pudiera transmitir el
testimonio no escrito de unas vidas sin las cuales ellas no estarían allí. La
familia las encontró temprano por la mañana, lavadas, peinadas y vestidas de
negro, ocupadas en disponer el desayuno antes de meter el ataúd en el carro y
emprender el cortejo fúnebre hacia el pueblo. Pese a que la difunta llevaba años
sin aparecer por la iglesia, y parte de sus deudos tampoco, el cura se mostró
amable si bien el sermón fue breve, apenas una referencia a su trabajo para
sacar adelante a la familia y otra a su buena mano con los dulces. La enterraron
junto a Bizén y regresaron a El Maizal sin invitar a nadie a tomar algo en la
taberna con la disculpa de que el calor empezaba a pegar fuerte, y de que
Belián lo aguantaba mal sentado en su silla de ruedas. Ni que decir tiene que
hubo comentarios para todos los gustos, en los que no faltaron alusiones a la
impiedad y tacañería de la familia.
Tal y como había prometido, Matías apareció cuatro jornadas más tarde,
temprano por la mañana; aceptó un café de achicoria, aseguró tener prisa, y
poco después Marcela y él emprendían viaje a Zaragoza. Al igual que a la ida,
se mantuvo en silencio, y ella tampoco dijo nada, absorta en lo escuchado
acerca de la vida de la abuela Elisa. Algo sabía, pero ignoraba muchos detalles,
el maltrato recibido por parte de su padre, la huida a Buisán, las penurias antes
de encontrar trabajo en un obrador de Huesca o cómo llegó a publicar el libro
de recetas de dulces, del cual la familia solo disponía de un ejemplar, que
guardaba su madre como oro en paño; el otro ejemplar se había ido con ella a
la tumba. Quizás deberían haber hablado más, saber lo que pensaba, en qué
creía, en qué soñaba... De hecho, sabía más de la vida de doña Pilar que de la
de su propia abuela. Tampoco conocía bien la historia de su madre, al menos
no la de antes de nacer ella, aunque sí que era viuda de un primer marido con
el que tuvo a aquella hermana lejana con quien apenas trató durante los meses
que pasó en su casa, y que dejó bien claro que la había acogido por caridad. La
próxima vez que estuvieran juntas, hablaría con su madre largo y tendido para
no tener que arrepentirse luego por no haberlo hecho.
Tan ensimismada se hallaba, que tardó en darse cuenta de que la carretera
por la que transcurrían no era la misma de siempre, esa la conocía al dedillo. El
paisaje no le resultaba familiar, y tampoco reconocía las localidades que
atravesaban. Tal vez habían tomado otra ruta, pensó, pero no se atrevió a
inquirir y se quedó amodorrada con el runrún del motor y la brisa caliente que
acariciaba su rostro. Despertó con un brusco frenazo, escuchó un «ya hemos
llegado» y miró por la ventanilla; se hallaban delante de un caserón, en una
calle estrecha. No supo cómo reaccionar al preguntar dónde estaban y recibir
un lacónico «en Ejea» como respuesta. Matías hizo sonar el claxon y se bajó del
coche al tiempo que dos sirvientes aparecían por la puerta y recogían las bolsas.
Manuela observaba el trajín como si no fuera con ella, como si se tratara de
una película, estaba atónita. ¿Qué diablos hacían en Ejea de los Caballeros?
Continuaba sentada en el asiento del copiloto, intentando pensar, pero él la
asió por un brazo y la metió en la casa. Una vez dentro, la llevó a una elegante
habitación que disponía de cuarto de baño, tina de cuatro patas y grifo
incluida. Horas más tarde, no supo calcular, se encontraba ante el espejo
contemplando la imagen de una mujer joven no mal parecida, vestida con un
traje largo de fiesta, zapatos de tacón alto, el cabello recogido, maquillada, y
estupefacta. Aquella persona que le miraba desde el otro lado del espejo no era
ella.
Cuatro mujeres habían entrado en la habitación, la habían desnudado, bañado,
lavado el cabello, aplicado cremas, masajeado, depilado... Todo sin que ella
hubiera sido capaz de oponer resistencia, quizás porque estaba aterrorizada o,
más bien, porque sentía curiosidad por ver adónde llevaba todo aquello.
Envuelta en un albornoz, la peinaron, maquillaron y le pasaron un vestido
escotado de raso dorado con una abertura que dejaba ver su pierna derecha
hasta medio muslo. Cuando por fin reaccionó, solo se le ocurrió pensar que su
aspecto era el de una... no se atrevió a decirlo en voz alta. Permaneció
anonadada hasta que Matías volvió a entrar, la examinó de arriba abajo
aparentemente satisfecho, y le dijo que esperara allí sin moverse. La espera se le
hizo eterna; se sentía incómoda vestida con aquel costoso traje que a ella nunca
se le habría ocurrido ponerse, y maquillada al igual que las actrices del
cinematógrafo. Recordó haber visto en una revista de su madre un retrato de
La Bella Otero, una cantante y actriz de comienzos del siglo, que había logrado
mucho éxito y dinero como cantante y actriz prostituyéndose con hombres
muy ricos, que pagaban lo que fuera con tal de acostarse con ella, y amante de
varios reyes, incluido el exiliado español. Le entró la risa imaginándose en la
cama con aquel a quien su padre llamaba «tipejo coronado», pero la risa se le
cortó de golpe cuando una doncella entró en la habitación y le pidió que la
siguiera.
A medida que descendía las escaleras, notó que la invadía el desasosiego al
descubrir en el salón a unos cuantos hombres trajeados, algunos uniformados,
que hablaban mientras fumaban y sostenían en las manos copas de cristal o
tazas de café. Y mayor fue su desazón cuando callaron y se vio examinada entre
sonrisas y comentarios subidos de tono. La aventura había llegado muy lejos,
no tenía ya curiosidad por saber lo que Matías se traía entre manos y estaba
dispuesta a salir de allí, aunque tuviera que hacer a pie el trayecto de vuelta al
pueblo. Su mirada se dirigió hacia la puerta de la calle con la intención de ir
hacia la salida, pero él se interpuso y le alargó la mano derecha invitándola a
seguirlo. Nunca lo había visto tan elegante, atractivo, tanto, que le recordó al
protagonista de la primera película sonora que había tenido oportunidad de ver
un mes antes en compañía de su compañera de cuarto; alto, delgado, peinado
hacia atrás, lo único diferente era su mirada, la de aquel clara, la de este oscura
como una noche sin luna. Casi sin darse cuenta se hallaban junto al piano de
cola situado junto a los ventanales; él le susurró el título de una de las
canciones que interpretaba en el Goya e inició los primeros compases. Olvidó
su propósito de marcharse rápidamente de aquella casa y a los hombres que
ahora permanecían en silencio, cerró los ojos y comenzó a cantar Blue Moon,
de Ella Fitzgerald, la cantante a quien de alguna manera había copiado el
nombre, aunque en su momento no supiera de su existencia. A esta siguieron
otras melodías de su repertorio, jazz, blues, soul... si bien no cayó en la cuenta
hasta más tarde de que su acompañante las conocía tan bien como ella.
Los asistentes a la velada parecían satisfechos, mucho; aplaudieron cada una
de sus interpretaciones y, al finalizar, algunos se le acercaron para felicitarla,
invitándola a acompañarlos en lo que quedaba de la velada con un guiño
cómplice, una mano en su cintura, una insinuación al oído. Desaparecido el
estado de embeleso que la embriagaba siempre que cantaba, notó que se le
ponía la carne de gallina y miró a su alrededor en busca de ayuda. Matías le
sonrió, le echó el brazo por encima de los hombros, dijo algo sobre que la
artista estaba cansada del viaje y necesitaba descansar y se dirigieron hacia las
escaleras. Su sorpresa fue mayúscula al descubrir a Sito apoyado en la
barandilla. ¿Qué hacía él allí? ¿Y por qué vestía una camisa azul y una corbata
negra, inapropiadas para una velada social?
La doncella que había ido en su búsqueda la ayudó a desvestirse y dejó sobre
el tocador una bandeja con una taza de té y unas tapas que devoró una tras
otra; no había comido nada desde el desayuno en El Maizal. Le costó conciliar
el sueño, acostada en un lecho enorme de sábanas finas y almohada de plumas,
y volvió a preguntarse qué hacía allí su sobrino, y por qué Matías no le había
dicho que la había llevado a Ejea para cantar ante unos hombres a todas luces
pudientes y unos militares cuyas pecheras lucían un buen número de medallas.
Cuando despertó era ya mediodía; se vistió la ropa del día anterior y bajó las
escaleras con la intención de abandonar el lugar cuanto antes. La misma
doncella la esperaba en el pasillo y la acompañó al comedor donde los dos
jóvenes se hallaban sentados a la mesa, el uno trajeado de la manera informal
que acostumbraba, el otro, con la misma camisa y corbata de la víspera. Tenía
hambre y apenas respondió a sus saludos y a la pregunta de si había
descansado, comió de una tacada el plato de cardo en salsa de almendras,
seguido de trucha al horno rellena de jamón y solo se tomó un respiro cuando
finalmente les sirvieron unos melocotones con vino. Después de comer, fija en
su idea y aprovechando que ellos habían salido, cogió su bolso y se dirigió a la
puerta. No pudo pisar la calle, se lo impidió un hombre alto y fuerte, no
mucho mayor que ella, vestido de negro y con cara de póker, quien se limitó a
mirar por encima de su cabeza al preguntarle ella si acaso estaba presa.
Aquella noche se repitió la misma escena: la maquillaron, peinaron, le
pusieron un precioso vestido de color verde musgo de cola con un provocativo
escote, que dejaba a la vista casi toda su espalda. Mientras esperaba a que la
llamaran, volvió a contemplarse en el espejo. Sus padres se habrían
escandalizado, pero tenía que reconocer que se veía muy atractiva. De hecho,
Matías no disimuló su admiración, ni tampoco la ocultaron los invitados,
algunos de los cuales volvieron a dirigirse a ella en tono insinuante, aunque en
esta ocasión no hubo manoseos; él y Sito la escoltaron en todo momento a
modo de guardaespaldas. Tras el recital, permaneció en el salón, una copa de
champán en las manos, y tuvo oportunidad de captar algunas frases sueltas que
no entendió, pero que la dejaron sumamente inquieta.
Achispada por el champán, turbada y al mismo tiempo fascinada por ser
centro de atención y más todavía al leer el deseo en la mirada del hombre que
amaba, creyó vivir un sueño cuando él la acompañó a la habitación y cerró la
puerta. La desnudó sin prisas, acariciando su cuerpo, confesándole el amor que
sentía por ella desde el momento en que sus caminos se habían cruzado y la
penetró despacio acallando con besos sus quejidos. Despertó en sus brazos, y
volvieron a amarse. Durante dos semanas se sintió la mujer más feliz del
mundo, tanto, que apenas se apercibió de la ausencia de Sito y de que siempre
estaba acompañada. A veces Matías la llevaba a dar una vuelta por los
alrededores en su automóvil, aunque raramente se detenían a contemplar el
paisaje o a visitar un pueblo. Otras, se sentaban en la terraza, y él hablaba del
futuro que esperaba a ambos; haría de ella la más sobresaliente intérprete de las
nuevas tendencias musicales, y juntos actuarían en los mejores teatros de
Europa. Después, volvían a amarse. Cuando él salía, el hombre de negro con
cara de póker la seguía por la casa, si bien siempre a distancia y sin decir una
palabra.
Una mañana despertó sola en la cama, pensó que él habría salido como hacía a
menudo, no sabía adónde ni a qué, pero los días transcurrieron, y no hubo
señales. Manuela llegó a la conclusión de que, en efecto, se hallaba retenida
contra su voluntad. Podía moverse por la casa, acceder a la terraza, sentarse en
la galería a leer uno de los cientos de libros que ocupaban las estanterías de la
biblioteca, escuchar música en el gramófono, pero no salir a la calle, siempre
vigilada por el hombretón, a quién decidió llamar «Póker», que la seguía a
todas partes sin quitarle el ojo de encima. Pasadas otras dos semanas, el ánimo
por los suelos, sin ganas ni para vestirse, ya no abandonaba la habitación,
permanecía en la cama o sentada junto a la ventana contemplando los tejados
que veía más allá, pensando en sus padres y también en su trabajo. Había
prometido volver tras el funeral de la abuela, pero a estas alturas, transcurridos
casi dos meses, el dueño se habría buscado otra cantante.
La doncella que la atendía, intentaba animarla, le llevaba la comida y la
instaba a arreglarse, aunque solo fuera para sentirse mejor consigo misma, en
ocasiones incluso le hacía compañía mientras cosía. Así supo que la casona
pertenecía a la madre del señorito Alfonso, quien la había recibido en herencia
de su padre, don Beltrán de Luesia, un ganadero muy rico de la localidad
fallecido años atrás. Dicha revelación la dejó estupefacta. ¿Desde cuándo el
padre de su medio hermana era un ganadero? Desconocía los detalles, pero sí
sabía que María era hija del primer marido de su madre, de apellido Garcés,
que era maestro. No quiso mostrar demasiado interés, pero el deseo por saber
más la animó a salir de la habitación en busca de alguna pista. La encontró en
el escritorio de la biblioteca, sobre el cual había depositadas varias cartas sin
abrir. Con la disculpa de copiar unos versos de Gustavo Adolfo Bécquer, uno
de sus poetas favoritos, y bajo la siempre atenta mirada de Póker, quien se
mantenía junto a la puerta tieso como un poste, se sentó al escritorio, cogió de
una pila un folio en blanco y un lápiz de una bandeja y comenzó a escribir al
tiempo que recitaba en voz alta:
Por una mirada, un mundo, por una sonrisa, un cielo, por un beso... yo no
sé
qué te diera por un beso.
Llevaba copiadas y recitadas seis rimas cuando su guardián se movió hacia la
ventana, y ella aprovechó para deslizar una de las cartas entre los folios. Todavía
continuó un rato más aparentemente concentrada en su labor; después, recogió
las hojas, devolvió el libro a la estantería y salió de la biblioteca sin dirigir la
mirada al hombre. De vuelta en su cuarto, leyó el membrete que aparecía en el
sobre: Don Alfonso Cortillas Luesia, y permaneció unos instantes con la mente
en blanco. Así que era cierto, María había renegado de su familia. ¿Cómo no se
enteró durante la estancia en su piso de Zaragoza? Quizás porque todos la
trataban de doña o de señora de, o porque a ella ni se le ocurrió imaginar que
hubiera adoptado el nombre de aquel ganadero del cual le había hablado la
doncella. ¿Y Sito? ¿Lo sabría también? Se lo preguntaría en cuanto volviera a
verlo y se juró no decir nada a su madre pese a la nula relación existente entre
ella y su hija mayor; saberlo le haría daño. Pero si albergaba algún tipo de
sentimiento fraterno hacia su media hermana, desapareció en aquel mismo
instante.
Tendría que volver a la biblioteca, a seguir copiando versos, para dejar la
carta en su sitio, pero... Ya que en ello estaba, y con cierto resquemor, se dijo
que no pensaba molestarse en devolverla y rasgó el sobre. Dentro encontró un
tarjetón con tres bandas en rojo, negro y rojo, y una frase que la dejó perpleja:
«Si hace falta morir para vencer, moriremos», y una firma ilegible. Por muchas
vueltas que le dio, no logró descifrar el significado de semejante mensaje.
¿Morir? ¿Vencer? ¿De qué iba todo aquello? Notó un hormigueo en las manos,
algo que le ocurría cuando estaba nerviosa, y decidió deshacerse del tarjetón y
del sobre; los cortó con unas tijeras en trocitos minúsculos, los echó al retrete y
tiró de la cadena. No volvió a salir de la habitación durante las siguientes
jornadas.
Una noche la despertó un sonido similar a los cohetes de fiestas y se asomó a
la ventana. El calor se dejaba sentir tras una bochornosa jornada de mediados
del mes de julio, y la luna se hallaba en cuarto menguante. No se veían luces ni
bengalas, solo lo que ella creyó eran petardos; se oían de manera intermitente,
hasta que pararon, y el silencio fue total. A la mañana siguiente no apareció la
doncella que la atendía, no le sirvieron el desayuno, y tampoco se escuchaba el
ajetreo habitual en la casa. A eso del mediodía decidió bajar a averiguar lo que
ocurría y no encontró a nadie, incluso su guardián había desaparecido.
Encontró por fin a los siete miembros del servicio, Póker incluido, alrededor de
la radio de galena instalada en el salón de fumar para uso exclusivo de los
dueños, y se unió al grupo. Una voz en tono nasal repetía proclamas y
consignas para la población. En un principio, pensó que se trataría de un aviso
de incendios, comunes en la zona durante el verano, pero la exclamación «¡Es la
guerra!» de la cocinera le erizó el vello, y corrió a encerrarse en su habitación.
Lo primero que le vino a la mente fueron aquellos comentarios,
ininteligibles para ella, escuchados en lo que creía se trataba de una reunión de
hombres de negocios. Recordó también el tarjetón con la frase, que tampoco
había entendido, y la extraña indumentaria de su sobrino durante los dos días
que había permanecido en la casa, que ahora sabía era propiedad de María y,
por tanto, también de él. Y se preguntó, sin poder responderse, la razón por la
cual decía la cocinera que había una guerra. No sabía de políticas, no le
interesaban; eran asuntos de los que no se hablaba en El Maizal, aunque su
padre solía hacer comentarios jocosos acerca de los gobernantes, los
terratenientes, banqueros, «ricachones» los llamaba, que engordaban sus
fortunas explotando a obreros y campesinos, y a quienes habría que guillotinar
como habían hecho los franceses más de un siglo antes. Notó un escalofrío.
Tenía que volver cuanto antes al pueblo; cogió el bolso y bajó las escaleras
rogando para que su guardián continuara escuchando la radio. No encontró
impedimento alguno, salió a la calle y se dirigió a paso rápido hacia la iglesia de
San Salvador, el único lugar de la localidad que conocía y en cuyos alrededores
podría preguntar por las cocheras. Matías la había llevado a misa los tres
domingos que habían permanecido juntos, algo que la dejó muy asombrada
pues no lo creía creyente practicante,
y menos a sabiendas de que ambos mantenían una relación prohibida. Desde
su súbita desaparición no se había molestado en acudir pese a que las sirvientas
de Casa Luesia se habían ofrecido a acompañarla.
No tuvo tiempo de preguntar; se vio arrastrada hacia la plaza por cientos de
personas. Era lunes, el lugar estaba repleto de hombres y mujeres de todas las
edades, también uniformados, y otros con camisas azules y corbatas negras, y
su asombro no tuvo límite al descubrir a Sito arengando a los presentes desde
un balcón. El joven culto y educado que conocía parecía otra persona; hablaba
por un micrófono contra los enemigos que destruían el orden y la moral, se
apropiaban de tierras que no les pertenecían, intentaban sojuzgar el bienestar
de la nación, prostituían a sus mujeres y querían hacer lo mismo con las buenas
católicas, era por tanto preciso acabar con ellos, eliminarlos de la faz de la
Tierra. Lo único que le vino a la cabeza en ese momento fue un relato, leído
precisamente en la biblioteca de su sobrino. No recordaba el nombre del autor,
pero sí el título, La marca de la bestia, en el que el personaje principal se
convertía en lobo, y eso parecía él: un lobo atemorizando a un rebaño de
ovejas. La mayoría de la gente lo escuchaba intimidada; algunos, los menos,
vitoreaban a grito pelado sus palabras. Reculó con disimulo intentando
marcharse de allí, vano intento. Sito había abandonado el balcón escoltado por
hombres pistola en mano, y pasó por su lado sin verla, adentrándose por la
calle Herrerías en dirección a la iglesia de Santa María de la Corona, donde
tendría lugar un servicio religioso a fin de pedir al santo patrón, San Juan
Bautista, por el éxito de la empresa que acabaría con los males que amenazaban
a la patria. No lo siguió como hicieron casi todos por militancia, miedo o
curiosidad, y tomó la dirección opuesta, pero descubrió a Póker, cuya cabeza
sobresalía entre el gentío y volvió sobre sus pasos, si bien echó a correr por la
primera calle que encontró, y luego por otra, y por otra, hasta estar segura de
que el hombre no la seguía. Perdida y tras muchas vueltas, una callejuela la
llevó por fin a una carretera rodeada de huertas por la que se puso a andar sin
saber adónde.
El sol iniciaba su puesta cuando, asida sin miramientos por un brazo, Matías
la empujó dentro de su habitación y cerró la puerta con llave.
En el pueblo seguían las noticias por la radio recién instalada en el local de
Benito el de la Engracia, donde había sillas para ver las películas y barra para
los bailes. La víspera, en misa, el cura había comunicado a sus feligreses lo que
estaba ocurriendo, exhortándolos a mantener la calma y a no hacer locuras, que
allí todos se conocían. No obstante, aquel mismo día, unos cuantos vecinos del
pueblo partieron a luchar, incluido el hijo carpintero de Antoi. Su marcha
sumió a los moradores de El Maizal en la más profunda de las tristezas. El
padre cogió la azada y no regresó hasta la noche, mientras que su mujer no
paraba de llorar, ella, que siempre había sido una mujer vital, pero era
demasiado pesar tener un hijo inválido, no saber nada del segundo, el
mecánico, y que el tercero se hubiera ido a una guerra que ni les iba ni les
venía. Belián no salía de la depresión que lo mantenía abstraído hasta tal
punto, que había que darle de comer a la boca, y Angelita salió a atender en un
parto. Por su parte Aurora y Agostín se preguntaban angustiados dónde estaría
Manuela, de la cual llevaban meses sin tener noticia. Después de cenar, los seis
se sentaron en el porche, pero apenas tenían qué decirse, y cualquier mención a
la situación provocaba el llanto de Nieus y la preocupación en el resto, por lo
que era mejor permanecer en silencio. Todos, no obstante, esperaban, rezaban,
para que las cosas volvieran a la normalidad, a fin de cuentas, no parecía que
nada fuera a ocurrir en un lugar tranquilo como era aquel. Se equivocaban.
Dos días más tarde, un estruendo los sacó de la casa y contemplaron,
estupefactos, media docena de aviones que se dirigían a la capital, y la sangre se
heló en sus venas al escuchar poco después el fragor de las bombas.
Como siempre ocurre, la guerra dejó un país roto, ciudades y pueblos en
escombros, cárceles abarrotadas al igual que los campos de prisioneros, tierras
yermas, establos vacíos, ultramarinos desprovistos de géneros de primera
necesidad, dolor y miedo, mucho miedo. A los desmanes cometidos por ambos
bandos vinieron a sumarse las represalias de los vencedores. Familiares, amigos,
simpatizantes de los vencidos eran detenidos y llevados ante el juez en el mejor
de los casos, ejecutados sin juicio en el peor, y sus cuerpos enterrados en
cunetas, fosas comunes o, simplemente, tirados en las calles para dar ejemplo.
Vecinos delataban a otros debido a viejos resentimientos o para saldar cuentas
que nada tenían que ver con las ideas, especuladores se apropiaban de campos y
propiedades, y podían verse por los caminos gentes que huían en busca de
sustento o de un lugar donde vivir, Aurora, Agostín, Antoi y Nieus entre otros.
En los inicios de los enfrentamiento, al pánico provocado por los
bombardeos y los combates que tenían lugar en la población y alrededores, se
añadió el saqueo, confiscación la llamaron, de graneros, huertos, cuadras,
corrales y cochiqueras para alimentar a los combatientes. Los habitantes del
pueblo, personas mayores, mujeres y niños, vieron desaparecer su medio de
vida, sobreviviendo a base de hierbas, hortalizas que escapaban de la requisa y
bellotas de la carrasca, así como algún conejo e incluso topillos y palomas que
lograban atrapar a base de trampas, pues las escopetas de caza también habían
sido incautadas al comienzo de la contienda. Tras casi dos años de terror, como
si de un espectáculo circense se tratara, contemplaron atónitos un combate
aéreo en el que participaron un centenar de aviones cuyo estruendo provocó
más de un ataque de corazón y los obligó a refugiarse en lugares inverosímiles.
Cuatro días más tarde se escuchó un silencio de muerte, y los más osados se
atrevieron a salir de sus escondites. Nunca olvidarían la visión de cadáveres
ensangrentados que se pudrían al sol, heridos reclamando auxilio, casas
destruidas, restos de aviones esparcidos por los campos...
La campana de la iglesia repicó a eso del mediodía, y no hubo un solo
habitante que no acudiera a la llamada. Apesadumbrados, todavía
aterrorizados, escucharon al cura hablar de la victoria de Dios Todopoderoso
sobre las fuerzas del Mal, de los crímenes perpetrados por los enemigos de la
Iglesia, de la penitencia para obtener el perdón divino, y al decir esto último
dirigió la mirada hacia aquellos hombres y mujeres que no acostumbraban a
asistir a misa, en especial los cuatro dueños de El Maizal. Sentados en el último
banco, Aurora y Agostín sostuvieron su mirada, no así Antoi y Nieus, quienes
no levantaban los ojos del suelo.
Se dice que las penas nunca llegan solas, y así fue en su caso. Seguían sin
noticias de Manuela y de sus dos primos, el mecánico y el carpintero, y por si
esto fuera poco, a Angelita la habían detenido por prestar ayuda a los heridos
enemigos, e ignoraban su paradero. A Belián lo encontraron muerto una tarde,
días atrás, en que durante unas horas no se escucharon los ruidos de la guerra,
y los mayores aprovecharon para dar con algo que echarse a la boca, alguna
hortaliza, alguna fruta. Al volver, él ya no estaba en el porche donde lo habían
dejado, tampoco en el interior de la casa, y lo buscaron pensando que no
andaría lejos. Lo encontraron flotando boca abajo en una acequia, la silla de
ruedas medio sumergida a su lado. Se había quedado en los huesos en los
últimos meses y, aunque parecía no enterarse de nada, sí debió darse cuenta de
la ausencia de la mujer que había estado a su lado durante los últimos diecisiete
años, quizás el motivo para desaparecer él también de una existencia
atormentada en la que ella era su único consuelo. Nunca lo sabrían. No dieron
parte; los bombardeos recomenzaron a la mañana siguiente y, a fin de cuentas,
un suicida no tenía derecho a sepultura en tierra consagrada. Lo enterraron
bajo el melocotonero que él mismo había plantado cuando era niño.
Cuatro días después de la homilía, a primera hora de la mañana, vieron
llegar en un furgón a un grupo de hombres, la mayoría desconocidos, si bien
reconocieron entre ellos a varios de sus vecinos. El que iba al mando se
presentó como responsable de la «Comisión de incautación de bienes» creada
por el nuevo gobierno y les comunicó que la finca había sido expropiada por
orden de la autoridad. A fin de corroborar sus palabras, les tendió un papel
escrito a máquina, lleno de faltas y tachones, en los que se acusaba a los
propietarios, Aurora Albar, maestra, y Antoi Albar, labrador, de falta de
patriotismo. Más abajo, y con otra letra, aparecía tachada una lista de posibles
cargos como incitación a la rebelión, apoyo a los revolucionarios, obtención de
prebendas o militancia en partidos y sindicatos, y otros más que no lograron
descifrar. No era el caso, ninguno había participado en mítines, huelgas o
protestas, ni se había posicionado, pero tampoco había apoyado a la jerarquía
establecida antes de que aquellos malnacidos se hicieran con el poder y,
además, no acudían a misa, no se confesaban ni comulgaban. Vigilados en
todo momento, solo pudieron coger algunas ropas; los pocos objetos de valor
que tenían, pulseras, aretes, cadenas, relojes, quedaron en los cajones.
No podían permanecer en el pueblo; el cabecilla de la partida lo dejó bien
claro: allí no hacían falta gentes indeseables. Por otra parte, tampoco habrían
tenido dónde. Los vecinos con los que mantenían relaciones se encontraban en
su misma situación, los había que lo habían perdido todo, y en el párroco y en
otros, mejor no pensar. Echaron a andar con sus atadijos al hombro, seguidos
por los hombres en el furgón, que querían asegurarse de que abandonaban el
lugar. El camión dio media vuelta en cuanto las cuatro figuras desaparecieron
por el otro lado de la carretera en dirección norte.
Tardaron casi tres semanas en llegar al único lugar que a Aurora le vino a la
cabeza: Buisán. Era una locura, pero no se le ocurrió ningún otro, y Antoi
estuvo de acuerdo. Ambos recordaban su infancia entre montes y bosques,
libres como las aves que anidaban en los árboles y partían al llegar las nieves.
Quizás todavía quedara uno de sus primos, o alguien conocido. Cierto que sus
hijos no sabrían dónde estaban, pero también lo era que de todos modos
tampoco sabrían dónde buscarlos, aunque lograran encontrar cobijo en los
alrededores, imagen de la desolación más completa. Tanto la una como el otro
les habían hablado de la remota aldea en la que habían nacido, idealizada con
el paso del tiempo. Con un poco de suerte, a Manuela o uno de sus dos primos
se le pasaría por la cabeza que pudieran encontrarse allí y fueran a
comprobarlo. Cuando las cosas se calmasen, cuando ya no quedaran ecos de
guerra, entonces, quizás, volverían al pueblo si todavía seguían vivos.
Fue un viaje penoso durmiendo a la intemperie, en ocasiones en algún
establo o casa abandonada, mendigando pan y agua, lavándose la cara y las
manos en fuentes y ríos, las ropas mugrientas. En ocasiones, caminaban en
compañía de personas, incluso familias, que partían hacia Francia, hacia el
exilio, a través de los Pirineos, pero apenas hablaban, nadie quería hablar, el
miedo en el cuerpo, la desconfianza en la mirada. Antes de llegar a Sabiñánigo
tomaron el camino a La Ballibasa, donde permanecieron una noche en una
cabaña, propiedad de un anciano de mirada triste a quien apenas entendían lo
poco que decía, pero donde al menos pudieron descansar y llenar el estómago
con algo parecido a unas migas, si bien no se atrevieron a preguntar por su
contenido. Al despertar, el hombre había desaparecido. Les habría gustado
agradecer su hospitalidad, dejar algo a cambio, pero nada tenían y
reemprendieron la marcha. Dos días más tarde, tras pasar por un Fanlo
arrasado, a Aurora se le saltaron las lágrimas al divisar la decena de tejados de la
aldea que recordaba con tanto cariño, encima de una loma, rodeada de árboles,
protegida por los montes cuyas cumbres ocultaba la niebla, ajena al conflictivo
mundo que bullía a su alrededor.
Solo encontraron a uno de los primos, Zilio, de la misma edad que Antoi
con quien había compartido juegos y más de una azotaina, y la emoción de
ambos hombres al reconocerse fue para todos el primer momento feliz en
mucho tiempo. Según les dijo, no quedaba allí nadie más, él era soltero, y sus
dos hermanos se habían mudado a Fanlo con sus familias, pero no sabía nada;
los habitantes de la localidad habían huido en desbandada en cuanto
empezaron los combates. Esperaba que aparecieran por Buisán, ¿adónde iban a
ir si no?, pero no tenía noticia alguna de ellos. Continuaba en el oficio de
padre y abuelos, pero ya no era lo mismo; no quedaban almadieros, la gente
prefería el carbón para fogones y estufas, cuando no la electricidad, como en
Aínsa y otras localidades, y las empresas madereras se habían hecho con el
control de los bosques, por lo que no quedaba más remedio que trabajar para
ellas cobrando una miseria en la época de la tala. Aun así, no tenía intención de
marcharse de allí, añadió con una sonrisa; no necesitaba mucho para vivir,
tampoco lo atraía la vida en una localidad grande y, por supuesto, esperaba que
ellos permanecieran con él cuanto quisieran, había lugar de sobra para todos. A
los bandos combatientes no les interesaba aquel minúsculo enclave, y menos
ahora, en que parecía que la guerra por fin acababa.
A falta de una presencia femenina, la casa mostraba un aspecto destartalado,
sucio y desordenado, y las dos cuñadas se pusieron a adecentarla a la mañana
siguiente, no sin antes exigir a los hombres que echaran una mano, entre otras
cosas, pintar las paredes desconchadas del interior con una mezcla de harina,
agua y sal. No era una maravilla, pero sí lo suficiente para cubrir humedades y
mugres. Días más tarde, los muebles encerados, lavadas sábanas y mantas,
restregados cristales y cacharros, la vivienda era otra, y los cuatro recién
llegados encontraron el sosiego que anhelaban. Allí esperarían a la hija de unos,
a los hijos de los otros, o morirían sin verlos, que todo podía ser pues era inútil
luchar contra el destino.
Manuela quedó paralizada al distinguir el descapotable rojo que venía en
dirección contraria; lo habría reconocido en cualquier parte, no había visto
ninguno igual. Para cuando espabiló era ya tarde; corrió de vuelta a la ciudad,
pero él se cruzó, bajó del automóvil, la agarró por el brazo, la metió en el
vehículo y la encerró en su habitación al llegar a Casa Luesia. No le dijo ni
media palabra, pero poco después entraron dos doncellas y se llevaron ropa y
zapatos, así como el bolso con la célula de identificación, las quinientas pesetas
que tenía y la libreta de direcciones; la dejaron con una bata y unas zapatillas
de fieltro. Durante los dos días siguientes, las mismas doncellas le llevaron la
comida; el resto del tiempo lo pasó sola. Al atardecer del tercero, se vio de
nuevo maquillada y con el vestido de raso dorado dispuesta para entretener a
los invitados como en las dos ocasiones anteriores. Matías y Sito la esperaban
sonrientes al pie de la escalera, ambos con trajes de chaqueta, chalecos y
corbatas incluidas, y le ofrecieron el brazo para acompañarla hasta el piano.
Esta vez, no había allí solo hombres, también mujeres elegantemente vestidas,
que la contemplaban con curiosidad. Notaba un cosquilleo en las piernas y en
las palmas de las manos, tenía la impresión de ser la protagonista de una obra
de teatro y tuvo un sobresalto al descubrir a Póker y a otros tres tipos de
parecida complexión, los cuatro de negro, vigilando la puerta del salón.
No obstante, la música la trasformaba, era otra persona cuando cantaba y
olvidó su reclusión forzada, la preocupación por su familia, la guerra, en
cuanto escuchó los primeros compases de El día que me quieras, del afamado
Carlos Gardel, que habían ensayado juntos durante aquellas escasas jornadas en
las que se sintió amada. A esta canción la siguieron otra media docena, pero no
escuchó los aplausos, ni los comentarios complacidos de los oyentes; solo
cantaba para él. Al finalizar, la acompañó a la habitación, le besó en la mejilla y
salió cerrando de nuevo la puerta con llave. Pasada la medianoche, la
despertaron unos besos en el cuello, en la boca, unas manos que la
desnudaban, un cuerpo que la envolvía y la hacía suyo, y respondió en un
duermevela sin ser del todo consciente de lo que ocurría. Cuando las doncellas
entraron con el desayuno, tardó unos instantes en darse cuenta de que estaba
desnuda, al hacerlo soltó un gritó y les ordenó salieran de inmediato. Después
arrastró el tocador hasta la puerta a fin de asegurarse de que nadie entrara y no
respondió cuando, algo más tarde, volvieron e intentaron abrirla. Estaba presa,
pues bien, lo estaría de verdad y moriría de hambre antes de convertirse en un
objeto de usar y tirar. Al rato, dos de los guardianes entraban por la ventana y
retiraban el tocador.
Quizás porque pensó que ya la había castigado suficiente, o por temor a que
hiciera algo descabellado, Matías no volvió a cerrar la habitación con llave y le
permitió moverse por la casa como antes de la escapada, eso sí, siempre
vigilada. Por otra parte, todas las mañanas le llevaban la ropa que debía ponerse
y también unos zapatos planos pues no sería adecuado que apareciera una visita
y la encontrara en pantuflas. No hubo más recepciones, pero ensayaban juntos
siempre que él se hallaba en la casa, si bien ya no eran blues o melodías de jazz,
sino canciones de Concha Piquer, Celia Gámez o Imperio Argentina,
interpretes que suscitaban el fervor de los nuevos gobernantes. Ella se esforzaba
en disimular su nulo aprecio por un tipo de música tan alejada de la que le
gustaba, aunque, en el fondo, le daba igual, la cuestión era cantar lo que fuera,
y estar con el hombre que amaba a pesar de su trato, ora cariñoso, ora
desabrido. Sin embargo, a solas en su cuarto, repetía una y otra vez las melodías
aprendidas con sus dos maestras, doña Pilar y Dalia la del Goya, sin olvidar el
consejo de ambas: «canta siempre con el corazón».
Y una vez más, Matías se marchó sin despedirse, Sito también, y ella volvió a
deambular vigilada por Póker en todo momento. A veces se sentaba en la salita
a escuchar la radio, otras, leía algún libro de la biblioteca y en una ocasión se
metió en la cocina a charlar con la cocinera. La mujer era habladora, y así supo
que habían despedido a la doncella que la atendía al principio; su padre y su
hermano habían sido fusilados en la tapia del cementerio, por traidores.
También supo que en Ejea se estaba haciendo una limpia, fue su expresión, con
los rebeldes, quienes se habían manifestado en contra del orden, los inmorales
que vivían amancebados, los que no iban a la iglesia... No paró de enumerar las
fechorías e infracciones que llevaban al paredón, la cárcel, el exilio para expiar
los pecados, y al decirlo, se santiguó con devoción y le recordó que debía de
acudir a misa incluso en ausencia de los señores. No le dijo que era una
pecadora amancebada, pero lo intuyó por el tono de su voz.
Y fue precisamente un domingo en que acudió a misa para no dar que
hablar cuando sintió el estómago revuelto y ganas de vomitar, tanto, que tuvo
que salir, regresar a la casa escoltada por su guardián y meterse en la cama. El
médico que la visitó dictaminó que estaba embarazada de unos tres meses,
expresando su extrañeza al descubrir que la joven ignoraba su estado. Ella
también estaba sorprendida; los días, las semanas, habían transcurrido a tal
velocidad, habían ocurrido tantas cosas, que no se había percatado de su falta
de menstruación pues, aparte de aquella súbita indisposición, no había notado
nada raro, excepto la dificultad para abrocharse faldas y blusas, que achacó a los
kilos de más por falta de ejercicio. Luego recordó algún comentario escuchado
a su madre sobre la carencia de indicios en sus tres preñeces, algo que al parecer
había heredado. No sabía si alegrarse o, todo lo contrario. ¿Cómo reaccionaría
él al saberlo?
Matías apareció dos días más tarde con un ramo de flores y una pulsera de
eslabones de oro, la misma que doña Pilar no se quitaba ni para dormir por
haber sido el regalo de su marido al proponerle matrimonio en París. No la
dejó sola en ningún momento, ni de día ni de noche; paseaban, cenaban en la
galería a la luz de las velas, interpretaban melodías, y se amaban. Volvía a ser el
amante atento de meses atrás y se le veía muy feliz al saber que iba a ser padre,
hacía planes para la criatura, un niño por supuesto, en su familia los varones
eran mayoría. Ella calló que, en la suya, lo eran las hembras. Su hijo se llamaría
Santiago y acudiría al mejor colegio, lo enviaría a estudiar a Inglaterra o a
Francia, y él mismo le enseñaría a tocar el piano. Hablando de esto, le contó
entusiasmado que, pese a la situación todavía incierta, tenía intención de
montar un estudio de grabaciones y se hallaba en negociaciones con el sello «La
voz de su amo», el más importante del país, con licencia norteamericana,
añadiendo que ambos grabarían un disco que de seguro sería un éxito. Ella solo
esperaba que le pidiera casarse y fijara la fecha de la boda, pero se marchó
transcurrida una semana sin haberlo hecho. «Tengo que trabajar para asegurar
el futuro de mi hijo», le dijo con un guiño antes de darle un beso. Regresó cada
mes durante el resto de su embarazo, siempre con regalos, si bien pasó sola las
navidades y lloró al recordar otras en El Maizal, tan cercanas y lejanas al mismo
tiempo. En ocasiones él aparecía acompañado de Sito a quien no dejaba de
llamar «tío Alfonso», cuando en realidad debería llamarlo «sobrino» como ella
apuntó la primera vez que lo oyó, pues ella era su tía, aunque él le llevara tres
años de diferencia; los dos amigos se miraron y soltaron una carcajada. Ambos
se hallaban en Ejea un frío amanecer de finales de marzo cuando dio a luz tras
un parto en el que creyó llegado su fin, tal fue el dolor y la mucha sangre
perdida. Exhausta, pidió ver a su hijo, pero se desvaneció sin tan siquiera oír
sus llanto.
Tardó tiempo en recuperarse no solo debido a la tremenda debilidad que la
mantenía postrada en el lecho, sino también a la congoja porque su bebé, una
niña, había nacido muerta. Pidió verla al volver en sí, y su llanto desgarrado
pudo escucharse en toda la casa cuando la informaron de que no podría ser, el
angelito se había ido al cielo y lo habían enterrado en el panteón familiar pese a
no haber sido bautizado, añadieron. Un sacerdote, amigo de la familia, fue a
visitarla a fin de consolarla y rezar con ella; no respondió a las preces, los ojos
cerrados, la mente en blanco. Las doncellas la lavaban y vestían, y se dejaba
hacer; la cocinera preparaba las comidas indicadas por el médico, y apenas
comía; Póker la bajaba en brazos a la galería y la dejaba en una chaise longue
desde donde contemplaba sin ver el exterior a través del ventanal. El
hombretón parecía haber cambiado de actitud, ya no le miraba desde arriba
con el ceño fruncido, estaba atento a su menor ademán, incluso le hablaba, si
bien ella no contestaba, no lo oía.
A comienzos del otoño se encontraba recuperada del todo, o casi; la pena
por la pérdida de su hija la atenazaba cada vez que pensaba en ella, si bien
procuraba no hacerlo recordando las palabras de la abuela Elisa sobre lo inútil
de lamentar lo que no tenía solución. No obstante, todavía le flojeaban las
piernas si permanecía demasiado tiempo de pie. Atento en todo momento, no
como un guardián, sino más bien como un acompañante solícito, Póker la
llevaba de paseo por las inmediaciones y le hablaba de su lugar de origen, allá
por la zona de Jaca, y de su familia de la que nada sabía desde hace mucho,
también de cómo, tras una bronca con su padre, se marchó del pueblo y
trabajó en varios oficios hasta que el señor de Luesia lo contrató de
guardaespaldas y, más tarde, doña María le encargó proteger al señorito
Alfonso, si bien este pronto prescindió de sus servicios y lo dejó al cargo de la
vigilancia de la casa. Incluso le dijo su nombre, Hilario. La mención a María la
hizo pensar por un instante que su medio hermana tenía que saber que ella se
hallaba en Ejea, su hijo la habría informado, seguro.
Al regreso de una de sus caminatas, el cabello suelto, las mejillas sonrojadas,
encontró a Matías y a Sito en el salón y a punto estuvo de soltar un grito. No
solo su presencia era inesperada, su sobrino se hallaba sentado en una silla de
ruedas, sin piernas, el aspecto demacrado, por no decir cadavérico. Ninguno de
los dos respondió a su saludo, así que subió a toda prisa y aquel día no bajó a
cenar, ni nadie se acordó de llevarle una bandeja. Las siguientes jornadas fueron
muy extrañas. No volvió a ver a Sito, quien permanecía en las habitaciones del
ala derecha, recibía la visita diaria del médico y de un sacerdote y era atendido
por dos enfermeras y dos sirvientes. Tampoco vio a Matías y comía sola, a veces
en la cocina con el servicio. No se escuchaban movimientos en la casa, en todo
caso susurros y oraciones, por lo que procuraba no salir de su cuarto y si se le
ocurría cantar, lo hacía en silencio. Un mediodía en que se hallaba enfrascada
en la novela Fortunata y Jacinta, de Pérez Galdós, una de las varias cogidas de la
biblioteca a fin de aliviar el tedio, escuchó voces y ruidos inusuales y se asomó
al pasillo, pero su habitación era la última del ala izquierda, así que se acercó a
la barandilla de la escalera para conocer el motivo del ajetreo. Lo único que
logró atisbar fue a una dama vestida con un traje de chaqueta y una pamela
que impedía verle la cara desde arriba y que no cesaba de dar órdenes.
Reconoció la voz de su medio hermana y corrió a encerrarse presa de una mala
corazonada al verla iniciar el ascenso. Algo más tarde, una de las doncellas le
llevó la comida y, al salir, cerró la puerta con llave; estaba presa de nuevo, e
ignoraba el motivo.
Aquella noche, se despertó al igual que la última vez que habían yacido
juntos año y medio atrás; lo echaba en falta y se dejó llevar, necesitada como
estaba de sentirse querida, deseada. Y lo mismo ocurrió la noche siguiente, y la
otra. Sin embargo, permanecía encerrada y no acababa de entender por qué el
hombre que le declaraba su amor con palabras tiernas, besaba su cuerpo hasta
el último recoveco y se adentraba en ella sin prisas, haciéndola gozar a ella
también, desaparecía de su vista durante el día, al igual que uno de los seres de
los que le hablaba la abuela Elisa cuando les contaba a sus primos y a ella
cuentos o les narraba leyendas que tenían lugar en los bosques del norte. Volvió
a escuchar un cierto ajetreo en la tercera mañana después de que la doncella
hubo salido con la bandeja del desayuno, y se acercó a la puerta suponiendo
que estaría cerrada. No lo estaba; la joven sirvienta había olvidado girar la llave,
quizás por estar más atenta al trajín que a las órdenes recibidas. Abrió con
cautela y esperó hasta estar segura de que no había nadie en el pasillo. Oculta,
en lo alto de la escalera, descubrió que María, al igual que una reina, se
marchaba con su séquito; escuchó su habitual tono imperioso y la vio
asimismo hacer un aparte con Matías, justo debajo de donde ella se
encontraba. Aguzó el oído, si bien solo pudo distinguir alguna que otra frase
suelta, pero sí le llegó muy clara una orden que la extrañó: «Esta vez quiero un
varón. ¿Está claro? Nos lo debes a María Cristina y a mí». Él no respondió,
pero observó que movía la cabeza en gesto afirmativo de manera repetida.
Durante las siguientes jornadas, su vida fue como la de antes de saberse
embarazada; era libre para moverse por la casa, él la acompañaba en sus paseos,
escuchaban música, leían poesía...; en una ocasión la llevó a un concierto de la
Banda Municipal y en otra, a comer a un restaurante. Pero sobre todo se
amaban, y no solo de noche. La cogía de la mano en el momento menos
pensado y la llevaba a la habitación sin importarle lo que pensara el servicio,
incluso ordenaba los sirvieran la comida allí mismo, pero nunca hablaba de
casarse y cambiaba de tema en cuanto ella le insinuaba la posibilidad de
afianzar su relación. Y ocurrió de nuevo. Una mañana él se despidió
asegurando que no podía ausentarse de su trabajo, pues la suya era una
empresa todavía joven que precisaba de mucha atención; la guerra estaba a
punto de finalizar, lo sabía bien, y todos tendrían que arrimar el hombro a fin
de apagar la hoguera encendida por los enemigos del orden y de la moral.
Dicha declaración la dejó consternada. ¿A qué se refería con aquello de la
moral? ¿No eran ellos mismos transgresores de la moral al dormir juntos sin
estar casados? Quiso preguntárselo, pero él no le dio tiempo; le dio un beso en
la mejilla y se fue.
Esa tarde salió a caminar por la orilla del Arba en compañía de Hilario. No
parecía que fuera a llover, y ya llevaban más de una hora andando cuando el
cielo se cubrió de negros nubarrones, y comenzó a caer una tromba de agua;
tuvieron que guarecerse en el pajar de una granja a la espera de que amainara.
Tal vez para no pensar en Matías, en sus palabras, en su hermanastra, en el
herido a quien no había vuelto a ver, aunque seguía en la casa, en sus padres,
preguntó a su acompañante sí le ocurría algo. Al contrario que en sus últimas
salidas, el hombre no había soltado palabra durante todo el trayecto, pero lo
encontraba más taciturno de lo acostumbrado, y la intuición le decía que algo
no iba bien. La pregunta provocó el mismo efecto que el estallido de una
válvula a presión. Sin apartar los ojos de la lluvia, él le confesó que aquel sería
uno de sus últimos paseos juntos; doña María lo había desterrado a otra de sus
propiedades, según ella, por no proteger a su hijo en el momento del atentado
que lo había dejado inválido sin remedio. De nada valió que jurara por sus
muertos que el señorito Alfonso se había negado a ser escoltado por él
aduciendo que para eso estaban sus camaradas, la señora se mantuvo en sus
trece y le anunció la próxima llegada de un guardaespaldas de su entera
confianza, un ex- legionario condecorado por su valentía en el frente, no como
otros, añadió con desprecio, que vivían tan ricamente mientras los verdaderos
patriotas se jugaban la piel. Asimismo, le dijo que no cobraría un sueldo que
no merecía y lo aconsejó no protestar ni intentar encontrar otro empleo si no
quería ser denunciado por «desafecto» al nuevo gobierno, que ya sabía él a
dónde iban a parar los así acusados.
El hombre calló durante unos instantes, pero continuó hablando, la voz
rota, de los años al servicio de los Luesia. Su lealtad no había servido para nada,
concluyó; sin casa, familia ni ahorros, lo mandaban a un pueblo de mala
muerte donde probablemente se quedaría el resto de su vida. Durante largo
rato, ambos permanecieron en silencio escuchando el sonido de la lluvia
golpeando el tejado del pajar. Finalmente, Manuela le hizo una pregunta: ¿su
patrona era en verdad hija del señor de Luesia? No, no lo era. La única hija del
ganadero se llamaba Alodia, fallecida debido a las fiebres antes de cumplir los
veinte. Ambas se habían criado juntas, y don Beltrán la prohijó y nombró su
heredera al no tener a quién dejar dineros y propiedades; durante la gran guerra
había asimismo perdido a su hijo, un joven brillante que estudiaba en Francia y
se había alistado en el ejército de dicho país. Y de nuevo el silencio antes de
que ella se atreviera a preguntar por la hija de su medio hermana, María
Cristina, cuyo nombre le venía a la cabeza tras lo escuchado a hurtadillas,
oculta en lo alto de la escalera. La respuesta le provocó un temblor que no supo
si achacar al frío y a sus ropas mojadas, o al inmenso dolor que sintió al saber
que era la esposa de Matías. Hilario se percató de que, sin quererlo, había
hablado demasiado y le echó un brazo al hombro en un gesto de protección,
que solo sirvió para que ella rompiera a llorar a lágrima viva.
El nuevo guardián llegó, en efecto, un par de días después. Póker cogió el
viejo sedán que ya nadie utilizaba para dirigirse a su nuevo destino, pero se
detuvo al cabo de varios kilómetros, ayudó a Manuela a salir del maletero, y
prosiguieron viaje. Lo habían hablado, hicieron planes, programaron la huida
pensando en los pros y contras, las dificultades que encontrarían, la alerta que
suscitaría la desaparición de ella, pero el hombre era bueno en su oficio de
vigilante y conocía al dedillo los movimientos del servicio. Él mismo se encargó
de ir a buscarla y llevarla al garaje sin que nadie los viera, de paso cerró la
puerta del cuarto y guardó la llave en el bolsillo; se tomó su tiempo en enseñar
la casa al recién llegado y en despedirse de todos y cada uno de sus, hasta
entonces, compañeros de trabajo, incluso prometió volver a visitarlos en cuanto
tuviera oportunidad. Escondida en el maletero, ella temblaba esperando ser
sorprendida en cualquier momento; respiró aliviada en cuanto escuchó el
arranque del motor y el vehículo se puso en marcha.
Descubrir que Matías estaba casado con su sobrina le supuso una
conmoción de la cual todavía no se había recuperado. Sin embargo, y a pesar
de ello, comenzó a atar cabos, a intentar encontrar una explicación a sus largas
ausencias o a la negativa a hablar de casamientos. Hilario ignoraba la fecha
exacta de su boda, pero sí recordaba que un año antes del comienzo de la
guerra, él y la señorita habían pasado el mes de agosto en Ejea, una especie de
luna de miel, añadió. Se dijo que tal vez su matrimonio le había sido impuesto,
a fin de cuentas, los padres de ambos eran socios, y no era raro que las familias
adineradas decidieran la unión de sus vástagos. Quiso creer que, en realidad,
era a ella a quien amaba, de ahí la pasión que le había demostrado
últimamente, pero algo no encajaba. María sabía, tenía que saber, que ella se
hallaba en la casa desde hacía ya más de dos años y conociéndola ¿cómo iba a
permitir que el yerno le pusiera los cuernos a su hija? «Esta vez quiero un
varón...». No dejaba de pensar en ello, ¿se refería a la niña malograda que ni
siquiera había podido tener en los brazos? ¿Acaso María Cristina era estéril, y la
estaban utilizando para lograr un heredero? Todo era posible, no había otra
explicación y menos ahora, que Sito se hallaba impedido de cintura para abajo.
Las lágrimas rodaron sin freno por sus mejillas, luego se quedó dormida,
llevaba dos noches sin pegar ojo.
Despertó bruscamente cuando el automóvil se detuvo y abrió la boca
sorprendida. El sol desaparecía en el horizonte, los campos se hallaban
desiertos, pero reconoció el paisaje y buscó ansiosa su hogar. A lo lejos, entre
sombras, se divisaba la vieja casona, y su primer ademán fue asir la manilla para
salir corriendo, pero Hilario la detuvo; no sabían lo que podrían encontrar, la
zona había sido escenario de enfrentamientos, y al decir esto señaló hacia los
restos destrozados de una hélice de avión. No obstante, El Maizal estaba igual
que siempre, insistió ella intentando abrir la portezuela; él la detuvo de nuevo y
le miró preocupado. Solo entonces se percató de que no la había informado
sobre su destino al no imaginar ni por lo más remoto que su nuevo puesto
fuera a ser precisamente el de capataz de la hacienda de la familia de Manuela,
ahora propiedad de doña María. Le costó que entendiera que las cosas habían
cambiado, que muchas propiedades habían pasado a otras manos, y el
sorprendido fue él al saber que la patrona era la hermana de madre de su
protegida. Nunca había oído hablar de ello a los señores, y ella tampoco se lo
había comentado. Desde el principio, su idea había sido buscarle un
alojamiento en el pueblo hasta que encontrara un trabajo, quizás de sirvienta,
ya que tampoco podía llevarla a la finca, puesto que antes o después la dueña
aparecería por allí. Se lo explicó de la mejor manera que supo y la convenció
para que esperara en el coche mientras él averiguaba si su familia continuaba
viviendo en el lugar.
La espera se le hizo eterna, tapada con una manta y mordisqueando uno de
los panes con longaniza que él había sustraído de la cocina para el viaje,
intentaba no dejarse llevar por el ansia de acercarse a la casa oculta en las
sombras del anochecer. Aguantó, no obstante. Hilario tenía razón, era
peligroso aventurarse sin estar seguros, pero no dejaba de pensar en los suyos y
en su preo
cupación al no tener noticias de ella desde hacía tanto. Se había
quedado adormilada cuando él volvió, pero espabiló al instante y escuchó lo
que temía sin querer aceptarlo: sus padres y tíos ya no vivían en El Maizal; la
propiedad había sido requisada, y doña María tenía la intención de montar una
granja de pollos o, en todo caso, convertirla en un coto de caza. Acusados de
subversivos, los anteriores propietarios se habían visto obligados a abandonar el
pueblo y habían partido por el camino de Chimillas, según lo dicho por uno
de los empleados, asimismo vecino de la zona. Permaneció en silencio durante
un buen rato. No podía quedarse en el pueblo o alrededores; alguien la
reconocería, y quizás la inculparan por algo que ignoraba, o peor aún, su
hermana se enteraría de su presencia, y volverían a atraparla en caso de que
fuera cierto el disparate de estar siendo utilizada para parir un varón por la
razón que fuera. Finalmente, le pidió que la llevara hasta Chimillas a fin de
averiguar si sus padres se encontraban allí. Después, ya se las apañaría ella sola.
1939
o solo a Chimillas; la llevó asimismo a Banastás, y de allí tomaron la
N
carretera a Yéqueda, Igriés, Nueno... Se detuvieron en cada pueblo,
aldea, caserío, preguntaron a los labradores que trataban de
recomponer su tierra herida, a una anciana con un borrico cargado con dos
garrafas de leche igual de viejas que ella, a unos niños que jugaban a la guerra.
Y toparon con varias patrullas de uniformados que les pidieron las células de
identidad, les preguntaron adónde se dirigían y los dejaron continuar al decir él
que iban a visitar a la familia de su «novia» en Buisán. Además, les mostró un
carné a su nombre sellado debidamente, que Alfonso le había facilitado a fin de
que pudiera moverse sin trabas, y que no dejaba dudas en cuanto a su filiación.
Tan fue así, que los hombres al mando se cuadraron ante él, saludo que recibió
con cara de póker e hizo pensar a Manuela lo acertado del apodo que le había
puesto.
La idea de ir a la aldea se les ocurrió antes de topar con la primera de las
patrullas, cuando ella hizo un comentario sobre la posibilidad de que los suyos
se hubieran encaminado hacia el lugar de nacimiento e infancia de su madre,
del cual esta y la abuela hablaban a menudo con cariño, recordando una época
feliz repleta de aventuras y leyendas en las estribaciones de Las Treserols.
Ignoraban dónde se encontraba exactamente, tampoco tenían un mapa, pero
todo era cuestión de continuar adelante y preguntar. Al anochecer se
detuvieron en las inmediaciones de Sabiñánigo, a orillas del Gállego, en una
venta que tenía más aspecto de chabola de pastores que de local de comidas,
pero les daba igual; estaban agotados debido al viaje y, sobre todo, a la tensión
de las últimas jornadas.
Para sorpresa de la joven, Hilario había decidido acompañarla hasta dar con
su familia. No pensaba seguir trabajando de criado para una gente que lo
menospreciaba, aseguró, y menos todavía para una señora que lo había
insultado de malas maneras por algo de lo que él no tenía culpa alguna, además
de amenazarlo si no se avenía a cumplir sus órdenes. Él no era esclavo de nadie,
solo un trabajador que se ganaba la vida y decidía cómo hacerlo. Cierto que
sabía mucho, quizás demasiado, ventajas de ser invisible para sus patronos,
pero era un profesional y, al igual que un confesor, no revelaría sus secretos,
aunque él no era sacerdote, y nunca se sabía si la necesidad lo obligaría a
cambiar de decisión. Por otra parte, era la primera vez que se sentía libre de
hacer lo que le viniera en gana, y siempre tendría oportunidad de encontrar un
trabajo en alguna parte.
Los dueños del chamizo, una pareja entrada en años, con quienes
compartieron una caldereta de ternasco con más patatas que carne, no
conocían la aldea que buscaban, pero sí sabían cómo llegar a Las Treserols,
aunque les iba a ser difícil acercarse a aquellos parajes, añadieron. De alguna
manera la guerra continuaba, el viento traía sonidos de disparos, si bien nada
parecido a lo de meses atrás. Según se decía, las rutas se hallaban muy vigiladas,
incluso cerradas en algunos tramos, no solo debido a las escaramuzas que
todavía tenían lugar, también a la huida masiva de las poblaciones que habían
perdido sus hogares, y al intento de muchos de llegar a Francia atravesando los
montes. Durmieron allí aquella noche, en el suelo, sobre unas frazadas de
hierba seca, bajo unas mantas, junto a la lumbre cuyas brasas paliaron un tanto
el frío que anunciaba un invierno tan duro o más que el anterior, y partieron a
la mañana siguiente en dirección a Biescas. Los venteros tenían razón, les fue
imposible seguir adelante pese al carné de Hilario, además se quedaron sin
gasolina y no hubo manera de repostar; los carburantes estaban controlados
por los vencedores y únicamente se suministraba a los vehículos militares. Pero
la suerte vino en su ayuda.
En un local de comidas abierto en dicha localidad, en uno de los pocos
edificios que aún quedaban en pie, conocieron a un antiguo contrabandista
que ahora se dedicaba a pasar gente al otro lado. El hombre tenía buen ojo a la
hora de buscar clientela y se sentó a su mesa sin pedir permiso, proponiendo
llevarlos donde quisieran por cuatrocientas pesetas. Manuela permaneció
callada mientras Póker negociaba con él como si ambos fueran gallos de pelea,
si bien en este caso el enfrentamiento era visual, escaso en palabras, copioso en
gestos. Al final, el hombre aceptó llevarlos por la mitad del precio solicitado,
más la zamarra de piel de su interlocutor. El trayecto a través de bosques y
barrancos duró cuatro jornadas. Cada mañana se despertaban creyendo que su
guía los habría abandonado en medio de la nada, pero no. A veces desaparecía
y regresaba con una liebre, una ardilla, una trucha, que asaba atravesadas en
vástagos de pino salvaje, y agua, en el boto que llevaba colgado y del que no se
desprendía ni para dormir. Se despidió al llegar a poca distancia de Buisán;
Manuela pagó lo estipulado, Hilario le dio el chaquetón, y lo vieron marchar
por donde habían llegado.
No les costó averiguar cuál era la Casa Albar, se la indicó una mujer que
daba de comer a tres gallinas y que no los perdió de vista hasta verlos entrar en
la vivienda cuya puerta permanecía siempre abierta durante las horas de luz. El
reencuentro fue una explosión de llantos, risas y más llantos. Aurora a poco se
desmaya de la emoción al rencontrarse con su hija de forma tan inesperada; la
abrazó, la besó, la tocó a fin de asegurarse de que no se trataba de una
alucinación, mientras su padre y los tíos lloraban emocionados. Tardaron en
tranquilizarse y permanecieron despiertos hasta casi el amanecer, tan
necesitados estaban de saber los unos de la otra, y esta de ellos; Hilario llevaba
horas dormido tras llenar el estómago y beberse él solo media garrafilla de licor
de endrinas.
La contienda no había llegado a Buisán, aunque de vez en cuando aparecían
por allí partidas de guerrilleros o vehículos de uniformados que arramplaban
con las provisiones de los aldeanos, quienes, a su vez, se habían apresurado a
esconder sacos de legumbres y cereales en cuevas y barrancos, así como garrafas
de vino y aceite, desde el momento en que se supo que había una guerra,
ignoraban entre quiénes y el por qué. Cada cual tenía sus víveres a buen
recaudo, y no era extraño ver a un vecino adentrarse en el monte antes de
despuntar el día. Los hombres de Casa Albar se encargaban de ir a por las
vituallas, también a cazar, pero Hilario decidió permanecer en la vivienda, más
que nada porque no era hombre de campo y porque era preciso que alguien se
ocupara de vigilar el lugar, además no quería dejar a su protegida ni un
momento sola por lo que pudiera pasar. Ella no lo sabía, pero guardaba una
Ruby automática con un cargador de nueve cartuchos, más una caja de estos,
que no dudaría en utilizar si se presentaba el caso. Había además otra razón:
Manuela estaba embarazada.
Habían transcurrido dos meses desde su llegada y, por primera vez desde que
era un niño, había disfrutado de unas fiestas navideñas sintiéndose parte de
una familia, en un hogar donde había sido acogido como uno más. Incluso
recibió un jersey de lana tejido por Aurora. No recordaba haber recibido un
regalo en toda su vida y salió afuera con la disculpa de fumarse un cigarro a fin
de disimular la emoción. Mientras fumaba, no dejaba de pensar en su
protegida y en la criatura que esperaba, a quien defendería a toda costa. No
olvidaba la noche en que la otra nació y se la llevaron; vio a los dos señoritos y
a un ama de cría con la recién nacida en los brazos subir a un automóvil y
partir por la carretera a Zaragoza. En ocasiones, al observar la desesperación en
el rostro de la joven, su mirada dolorida, los ojos húmedos, sentía el deseo de
contárselo, pero no tenía valor para hacerlo; cuanto menos supiera, mejor para
ella, además todavía tenía toda la vida por delante. Su alegría fue pareja a la del
resto de la familia cuando, al finalizar la cena de Nochebuena, les comunicó
que estaba encinta; se sintió como un tío y se juró velar por ella como por una
hermana querida.
En esta ocasión y casi desde el principio, Manuela sí supo que estaba
embarazada pese a no tener nauseas ni notar malestar alguno, lo temía tras
aquella semana en que Matías, presa de una pasión desenfrenada, le había
hecho el amor, o lo que fuera, mañana, tarde y noche. De hecho, la sospecha
de que fuera posible había sido el motivo para pedirle a Hilario que le
permitiera acompañarlo, abandonar Ejea de los Caballeros cuanto antes, ahora
que sabía que él estaba casado con su sobrina. Si en efecto estuviera preñada,
¿qué sería de su hijo una vez nacido? La sociedad no perdonaba a los bastardos,
asimismo veía el adulterio con malos ojos, si bien olvidaba con facilidad en el
caso de los ricos, y más de los hombres ricos. Cuantas más vueltas le daba, más
se convencía de que la habían utilizado para dar a luz a un heredero, y no sería
la primera vez que a una mujer le robaban el hijo. ¿Y ella? ¿Qué sería de ella?
Cabía la posibilidad de que la mantuvieran en la misma situación en caso de
que la criatura muriera en el parto al igual que su hermana, pero también de
que la echaran al considerarla incapaz de parir un hijo sano. Una madre soltera
sin medios era una pecadora, una transgresora de la moral, una escoria cuyo
destino era la mendicidad, la prostitución o la cárcel. Tenía que marcharse
cuanto antes, ya se las apañaría luego para llegar a El Maizal, junto a los suyos.
Y allí estaba, a seguro, gracias a Póker; el ogro era en realidad un gigante
bueno.
Días después de su llegada a Buisán, habló largo y tendido con su madre, le
contó lo ocurrido desde la última vez que se habían visto, tras las navidades del
año anterior al comienzo de la guerra, de cómo había sido literalmente raptada
por el hombre a quien amaba y de quien creía ser amada; del parto malogrado
de una niña a quien ni siquiera pudo ver, su encierro, las extrañas palabras de
María, su huida..., y lloraron juntas, la una por su indefensión y sus esperanzas
rotas, la otra por el dolor de la persona a quien más quería en el mundo.
Después fue el turno de Aurora. Ella también era ilegítima, la abuela Elisa
había sido violada; escapó y le dio a luz en aquel paraje aislado de bosques y
montes donde conoció a quien para ella fue su único padre, el abuelo Bizén.
No tenía por tanto nada que temer en caso de estar embarazada; a nadie en la
aldea le preocupaba si las criaturas eran legítimas o no, la vida allí no era
cuestión de normas, solo de supervivencia. Ambas esperaron a estar seguras de
que, en efecto, la más joven se hallaba encinta, y la sonrisa volvió de nuevo a
sus rostros.
A comienzos de la primavera llegó la noticia de que el bando vencedor
declaraba finalizada la guerra, si bien en los pasos de montaña no cesaba el
trajín de uniformados, guerrilleros, espías, fugitivos y, por supuesto,
contrabandistas que aprovechaban la situación para hacer el agosto. Por suerte,
la aldea quedaba a desmano, no había nada que robar, y era raro ver aparecer
por allí a hombres armados, aunque sus habitantes continuaban ocultando
víveres, por si acaso. Tres meses más tarde nacía Chabier, a quien apadrinaron
todos los miembros de la familia, incluido Hilario. Solo este y la tía Nieus
contaron en el registro parroquial, pero les daba igual, el niño era de todos, y lo
bautizaron por su cuenta antes de ir a la iglesia a celebrar el bautizo oficial. La
vida en Casa Albar era un remanso de paz, tanta, que ni se enteraron de que, a
poco de finalizar el conflicto nacional, se había iniciado una confrontación de
tales proporciones, que iba a aniquilar a millones de personas y a cambiar el
panorama político y económico mundial. En Buisán no había teléfono,
tampoco radio, por lo que las escasas noticias que les llegaban, lo hacían a
través del cura del valle, quien hacía las veces de cartero y tampoco estaba muy
al tanto de lo que ocurría al otro lado de las montañas. En una ocasión
apareció por allí un hombre que no podía sostenerse en pie y que murió a poco
de llegar; no supieron por dónde había atravesado Las Treserols, no
entendieron una palabra de lo poco que dijo, así que lo enterraron en un
rincón del pequeño cementerio.
Un mediodía frío de finales de octubre, seis años después del nacimiento de
Chabier, apagados los fuegos de las guerras, se escuchó el ruido de un motor
por el camino de Fanlo, y los vecinos salieron a ver de qué se trataba, temiendo
que fuera un partida de uniformados de los que hacía tiempo no asomaban por
el lugar. El vehículo se detuvo a la entrada, y de él descendieron cuatro
hombres, tres de ellos armados. El que parecía el jefe se dirigió a los moradores
de la primera casa y preguntó por la familia Ornat. Ante la reacción de total
desconocimiento por parte de los interpelados, hizo una seña a sus
acompañantes y entraron a registrar la vivienda. A continuación, hicieron lo
mismo en el resto hasta llegar a la última, algo apartada de las demás. El
estupor de las dos mujeres y de los tres hombres que esperaban afuera al
reconocer al recién llegado fue similar al de este; permanecieron en silencio
durante unos instantes, mirándose, midiéndose. Zilio, ajeno por completo a la
situación, rompió el momento de tirantez al preguntar qué o a quién buscaban.
«A Manuela», fue la respuesta. El odio que leyó en los ojos de Aurora fue
suficiente para que Matías Lazán supiera que ella estaba allí; no dijo nada, se
abrió paso con un ademán brusco y penetró en la casa seguido por sus
guardaespaldas.
No la encontraron pese a mirar bajo las camas, en los arcones, desplazar
muebles e inspeccionar hasta el último rincón, incluidos el granero, la cuadra y
el gallinero. Los cinco mayores no se habían movido de su sitio, y se plantó
delante amenazándolos con matarlos allí mismo y prender fuego a la casa si no
salía de donde quiera que estuviera escondida, lo dijo alzando la voz para ser
escuchado en toda la vecindad y repitió la amenaza varias veces. Ella apareció
momentos después por la vereda que llevaba a un bosquecillo cercano. Vestida
de aldeana, el cabello oculto por una pañoleta, en alpargatas, ya no era la joven
lánguida de sus últimos encuentros sino una mujer cercana a la treintena en la
plenitud de su belleza natural, segura de sí misma, que le miró retadora. No
hubo palabras entre ellos, tampoco le permitió despedirse de su familia, la asió
con fuerza de un brazo como acostumbraba y la arrastró literalmente hasta el
vehículo. Tuvo tiempo sin embargo de dirigir una sonrisa a su madre,
acompañada de un gesto que solo ellas entendían.
No fueron a Ejea de los Caballeros, se dirigieron a Aínsa, y de allí a Huesca
capital, al que había sido el hogar de doña Pilar y que ahora era de él. Al entrar,
la llevó a la habitación principal, la tiró sobre la cama y la desnudó sin un ápice
de delicadeza. Esta vez no hubo preámbulos, caricias, besos; fue una violación
en toda regla, que ella soportó sin rebelarse, sin sentir nada. Solo al alcanzar él
el orgasmo lo oyó gritar, pero no de placer, el suyo fue un grito de auxilio, o
eso al menos le pareció; su mente estaba en otra parte, en el hijo que había
dejado en Buisán y cuyo paradero ni el mayor de los suplicios la obligaría a
revelar.
Al escuchar el ruido del motor y las voces que lo siguieron, Hilario fue a ver
lo que ocurría, no tardó en divisar a Matías dirigiendo a sus hombres y corrió a
avisarla; cogieron al niño sin decir nada a los demás, y los tres se escondieron
en el bosquecillo. Allí les llegó la voz que amenazaba con matar a padres y tíos
y quemar la casa. Fue un instante, suficiente; ella le entregó a su hijo llevándose
el índice a los labios en muda súplica para que guardara silencio, y fue al
encuentro del hombre que todavía amaba, y aborrecía a partes iguales.
Como en Ejea, se hallaba vigilada en todo momento. Tras aquella primera
agresión, volvió a ser el hombre cariñoso que a ella le habría gustado fuera
siempre. No le pidió perdón por su proceder, más propio de un matón violador
que de un amante, pero se mostraba más atento que nunca; le regaló otra de las
joyas de su abuela, un magnífico anillo de brillantes, regresaba con unas flores
o con una caja de bombones siempre que se ausentaba y desbordaba pasión
cuando yacían juntos, tanto, que a veces olvidaba que la retenía a la fuerza. Los
tiempos habían cambiado; las gentes querían olvidar los años de miedo y
penurias, a todos urgía recobrar la calma perdida. Cuando salían a dar una
vuelta, a comer en un restaurante o al teatro, Manuela observaba la actividad
que respiraba la antigua Bolskan de los íberos, la Osca de romanos y visigodos,
la Wasqa musulmana, la Huesca de los cristianos, escenario de batallas,
destruida y reconstruida una y otra vez, la Uesca de los oscenses, quienes una
vez más se esforzaban en seguir adelante. Ella también recuperaría su vida junto
a su añorado Chabier, pero debía ser cauta, paciente, mostrarse aparentemente
dócil.
Entre susurros y caricias, él la declaraba su amor, decía que no podía vivir sin
ella, que su pasión era más fuerte que cualquier droga, y le preguntó por qué
había huido de su lado; la había buscado como un poseso en Ejea, en el
pueblo, incluso en Zaragoza; en garitos, cafés, teatros... Respondió que había
sentido la necesidad de volver a ver a sus padres, sin más, y averiguó sin
preguntarlo que su presencia en Buisán se había debido a un comentario de la
madre de Sito respecto a la procedencia de parte de su familia materna en un
evento al que asistió el jefe militar de Jaca, lo cual le dio la idea de buscarla en
dicho remoto lugar del cual ignoraba por completo la existencia. Ella no le dijo
que sabía que estaba casado con la hermana de su amigo, y que su suegra se
había apropiado de El Maizal tras expulsar de allí a su verdadera madre.
Debido, según él, a la empresa de grabaciones que finalmente había
instalado allí mismo, en Huesca, en una lonja propiedad de su familia, las
estancias de Matías eran cada vez más prolongadas. Fijo en su idea de grabar un
disco juntos, ensayaban viejas y nuevas melodías durante horas. Manuela
recuperó el arte abandonado durante los últimos años, sintió de nuevo el
inmenso placer de poner voz a la melancolía, a la esperanza, al verdadero amor.
De todas las canciones que preparaban su preferida era una en especial: As time
goes by, de la película Casablanca cuyo estreno habían visto en el nuevo Cine
Elíseos. Había aprendido un poco de inglés a fin de saber lo que cantaba y
cuando no entendía una palabra, la buscaba en el diccionario.
Un beso es solo un beso, un suspiro es solo un suspiro.
Lo importante adquiere valor a medida que el tiempo pasa.
Y cuando dos amantes se enamoran, siguen diciendo «te amo».
En eso puedes confiar.
No importa lo que el futuro traiga a medida que el tiempo pasa...
No podía substraerse al embrujo de la melodías; amaba a Matías, pero no
confiaba en él, y un amor sin confianza se marchita al igual que una planta sin
agua.
Seis meses más tarde se presentaba la grabación de esa y de otras cinco
canciones de jazz, que fue un éxito en las radios de todo el país. A partir de
entonces, Manuela, Ela, realizó un gira por todas las capitales de provincia y
otras ciudades importantes, siempre escoltada por Matías y sus guardaespaldas.
Su voz, el aspecto sofisticado, su pasado desconocido, la sonrisa apenas
esbozada en contadas ocasiones, atraían por igual la curiosidad de potentados y
trabajadores, a lo que había de añadirse que nunca hablaba en público y que
solo concedía entrevistas por escrito, que en realidad era él quien respondía,
pero su imagen aparecía en las revistas de actualidad, y todo el mundo quería
saber más sobre ella. Por su parte, esperaba que alguna de aquellas
publicaciones llegara a Buisán. De niña, a modo de juego, su madre y ella
habían inventado un código secreto: el dedo medio sobre el índice indicaba
que estaba bien; el pulgar oculto por los otros cuatro, todo lo contrario.
Procuraba salir en las fotos haciendo el primer gesto a sabiendas de que nunca
haría el segundo a fin de no preocuparla. No le agradaba la fama, no era eso lo
que buscaba, solo quería cantar, ganarse la vida haciendo lo que más le gustaba,
pero ni así; Matías administraba el dinero, y ella no veía un duro, no le hacía
falta según él, solo tenía que pedir lo que necesitara.
Actuaron también en Zaragoza acompañados por una banda de jazz, el aforo
del Teatro Principal al completo, donde los espectadores aplaudieron puestos
en pie y pidieron varios bises. Después, se había previsto un coctel, solo para
un centenar de personas con invitación, y no le quedó más remedio que asistir,
aunque esperaba que no durara demasiado y pudiera retirarse a descansar; las
últimas jornadas habían sido agotadoras, y tenía los pies destrozados por los
tacones de aguja de última moda, una tortura pese a verse más alta y esbelta.
Aguantó felicitaciones, comentarios de críticos musicales y de quienes no lo
eran, pero se daban de entendidos, a algunos hombres que la invitaron a
encontrarse de manera privada «para conocernos mejor...», de señoras que
querían saber si el precioso modelo Christian Dior que vestía había sido
confeccionado a medida y, de paso, enterarse del precio. Tenía ganas de
quitarse los zapatos, de marcharse de allí cuanto antes, pero se limitó a
acercarse a la mesa de bebidas a pedir agua. A poco se le cae el vaso al suelo
cuando su mirada se cruzó con la de una niña sentada en una silla a un par de
metros de la mesa con un platillo de buñuelos en las manos; sus ojos eran de
un extraño azul brillante, iguales a los de su madre, iguales a los de Chabier.
Permaneció anonadada durante unos instantes, suficientes para que la niña
dejara el platillo y corriera a la llamada de una mujer elegantemente vestida, a
quien reconoció de inmediato. Las vio encaminarse hacia la salida en compañía
de Matías, pero, antes de desaparecer, María Cristina se giró y le lanzó una
sonrisa de triunfo; se le nubló la vista y cayó redonda al suelo. Trasladada de
inmediato al hotel donde se alojaba, el medico dictaminó que el desmayo se
debía al agotamiento, prescribiendo reposo durante al menos un mes.
Tuvo tiempo para pensar durante la semana que pasó en la cama. Matías
acudía a verla todos los días, le llevaba flores, le hablaba de los nuevos
contratos, de la posibilidad de cantar en Francia y en otros países de Europa,
pero sus visitas eran cortas, y ella lo prefería así. No le cabía la menor duda de
que la niña que había visto en el teatro era su hija, la criatura que creía muerta
en el parto; tenía los ojos de un color poco habitual. De hecho, solo conocía a
dos personas que los tuvieran iguales: su madre y su hijo. Aquella solía reírse al
comentar dicha peculiaridad que ella no había heredado, aseguraba que sus
nietos los tendrían porque aparecía cada dos generaciones. Sin embargo, Sito y
su hermana los tenían castaños y también eran sus nietos, «lejanos», respondía
con una sonrisa, aunque ella sabía lo mucho que le dolía el desafecto de su
primogénita y por ende el de sus vástagos.
Lo primero que le vino a la cabeza, en cuanto empezó a recuperarse fue
plantarle cara a Matías, decirle que jamás lo perdonaría. Le importaba un bledo
que estuviera casado con su sobrina, pero la niña era suya, y él se la había
robado nada más nacer. Luego se calmó. No era aconsejable mostrar sus cartas.
La familia de él era rica y poderosa, al igual que lo era la de su mujer, y todavía
se detenía a gente con cualquier excusa. Desde el final de la guerra, la
población se hallaba muy controlada y la censura era continua; una mala
palabra en contra del gobierno o de la Iglesia, la sospecha de simpatizar con las
ideas de los enemigos del nuevo régimen, o el simple hecho de soltar una
blasfemia o bailar a lo agarrado eran motivo de multa o incluso de arresto. En
su caso, además se añadían los antecedentes familiares y, de manera especial,
que viviera amancebada. Cierto que a él podrían acusarlo por adulterio, pero
sabido era que la Ley no trataba de la misma manera a ricos que a pobres, ni a
hombres que a mujeres. Decidió callar, no dar pistas, y buscar el medio para
recuperar a su familia, a toda, la niña incluida.
A la espera de nuevos conciertos, la llevaron a Huesca en cuanto se sintió
mejor mientras él permanecía en Zaragoza, si bien la llamaba a menudo por
teléfono. Todas las mañanas acudía al piso un profesor de canto para trabajar
con ella, y los primeros días permaneció en la enorme habitación que le fue
asignada, la que había sido de doña Pilar y en la que todavía quedaban objetos,
cuadros, fotografías de la querida señora que la había alentado en sus inicios
musicales. Luego, poco a poco, se animó a salir a dar paseos, siempre
acompañada por un guardaespaldas silencioso como una piedra, que le
recordaba al Póker de los primeros tiempos y a quien también puso mote: «el
Mudo». Se detenía a ver los escaparates, respondía con una sonrisa a algunos
viandantes que la reconocían e incluso firmaba autógrafos. En ocasiones,
entraba en un café mientras su guardián, siempre vigilante, permanecía en la
barra y abonaba la consumición. No tenía dinero propio, ni ganas de gastar en
caso de haberlo tenido, pero Matías la animaba a comprarse cualquier
capricho, ropa, maquillajes; su hombre se encargaría de pagar las facturas.
Y fue durante uno de aquellos paseos cuando se le ocurrió la idea que
buscaba al detenerse en el Coso Bajo ante el escaparate de una tienda de modas
recién inaugurada, justo al lado de un portal en el que se leía en una placa:
«Despacho de Abogados – 1º izquierda». Reprimió su intención inicial, entró
en la tienda y compró todo lo que se le ocurrió, faldas, blusas, un jersey, dos
bolsos, unos zapatos... Salió con un montón de paquetes y echó un vistazo a su
alrededor. A pocos días de la Navidad, la calle se hallaba atestada de gente
adquiriendo regalos o simplemente mirando las vitrinas; simuló dar un
traspiés, chocó contra una pareja, dejó caer las bolsas al suelo y se metió en el
portal en cuanto su vigilante se agachó a recogerlas. Dos horas más tarde salía
acompañada por uno de los abogados y un pasante joven con aspecto de
jugador de rugby en dirección a una vivienda, propiedad del bufete; no había
rastro del «mudo». Si no la encontraban en la ciudad, irían a Buisán, y el
mismo joven viajó ese día en una camioneta hasta la aldea en busca de sus
familiares. Regresó con Hilario y el niño. Los padres y los tíos decidieron
permanecer allí hasta que el asunto quedara resuelto para no causarle más
quebraderos de cabeza; Matías no encontraría nada por mucho que se
presentara con sus matones amenazando con matarlos y quemar la casa. Por
otra parte, las cosas habían cambiado bastante; ya no se iba de un lado para
otro con armas, intimidando a la gente. De cumplir su amenaza, sería a su vez
denunciado, algo que no los beneficiaría ni a él ni a su negocio, aunque saliera
indemne; el nuevo gobierno no quería escándalos.
Los abogados apenas tardaron unos días en presentar una reclamación a la
empresa de grabaciones y representación de artistas «Lazán S.L.» exigiendo los
honorarios obligados a su cliente durante los últimos tres años; adjuntaban
asimismo una lista debidamente contrastada con las fechas y lugares de las
actuaciones. La demanda iría directa al Juzgado en caso de que el propietario y
director de la empresa, no se aviniera a un acuerdo.
Los primeros en sufrir la cólera de Matías fueron los hombres encargados de la
vigilancia, en especial el responsable de la custodia de Manuela; fueron
despedidos de manera fulminante en cuanto supo que ella había huido, una
vez más. Temiendo su reacción, los hombres la buscaron por todos los rincones
de la ciudad, hoteles, residencias, y esperaron para informarlo a que regresara
de Zaragoza. Para entonces, ya tenía sobre la mesa de su oficina el documento
de los letrados. Lo que más lo enfureció no fue la solicitud de los honorarios,
sino la desaparición de la mujer que lo tenía cautivo desde hacía más de diez
años. La amaba, la deseaba, la necesitaba; era su luz en la oscuridad, el rocío de
sus amaneceres.
La boda con María Cristina le había sido impuesta, un acuerdo concertado
desde la adolescencia. Los dos se llevaban bien, eran amigos de la infancia, y la
empresa en la que los padres eran socios marchaba viento en popa; no solo la
clínica en la capital aragonesa, también otra en Madrid, un laboratorio, una
red de farmacias por todo el país y acciones en Bolsa. Habían invertido mucho
esfuerzo y un gran capital, y no era cuestión de que su patrimonio fuera a parar
a otras manos; querían, exigían, un heredero de ambas familias a fin de
perpetuar la estirpe. Él se lo había tomado a broma, pero cedió ante la
insistencia y, lo más grave, la amenaza de cerrarle el grifo del dinero justo
cuando iniciaba su propio negocio. La relación con su mujer era sin embargo
insípida, carente de interés, lo supo la misma noche de bodas cuando ella adujo
un fuerte dolor de cabeza debido al ajetreo de la boda. Yacieron por fin durante
el viaje de novios en San Sebastián, pero a oscuras, sin desnudarse; a ella no le
parecía decente, y él tuvo la sensación de estar desflorando a una virgen mártir,
abusada por un legionario romano, nada que ver con el inmenso placer que
experimentaba con Manuela.
No logró embarazarla tras dos años de intentos, y dejó de insistir cuando el
ginecólogo de la clínica aseveró que le sería imposible; su mujer presentaba una
anomalía en el útero que la impedía ser fecundada. Fue entonces cuando la
suegra, ya viuda y dueña de la mitad de la empresa, habló con él y literalmente
le exigió engendrara con su hermana a fin de que la criatura llevara su sangre.
La propuesta le pareció una locura, pero que sin embargo le permitiría
mantener una relación deseada sin sentirse culpable, y aceptó. Lo del heredero
le traía al pairo, él solo quería hacer el amor con la mujer que le quitaba el
sueño; cogió el coche y salió disparado hacia Ejea de los Caballeros con la
mente puesta en aquel cuerpo que le hacía perder el sentido, y en buena hora;
la pilló intentado huir y redobló la vigilancia. Se sintió mal al arrebatarle la
criatura nada más nacer, pero no podía hacer otra cosa. A fin de cuentas, la
niña también era suya, se dijo, y habría más.
Aceptó reunirse con los abogados a fin de perder la mejor baza de su
empresa, que le procuraba suculentas ganancias, y firmó un contrato por el que
abonaría la suma correspondiente a las ganancias por conciertos, recitales y
discos, más los intereses acumulados, a condición de que ella continuara
trabajando para «Lazán S.A.». No logró sin embargo que volviera con él.
Únicamente se veían en el estudio de grabación o en las actuaciones, apenas
hablaban, y en una ocasión en que él intentó cogerle la mano, se apartó en un
gesto de rechazo que dejó muy sorprendidos a sus colaboradores.
Hilario había ido en busca de los padres, los tíos permanecieron en la aldea,
y se instalaron en el tercer piso de un edificio de nueva construcción en la Plaza
de Navarra de la capital oscense, donde a Matías le estaba vetada la entrada. La
única preocupación de Manuela era que viera a Chabier y descubriera que era
su hijo, pero su «hermano mayor» la tranquilizó; él se encargaría de velar por la
seguridad de su «sobrino» y le rompería la cara a cualquier malnacido que osara
acercarse al niño, además, por si acaso, llevaba la Ruby en el bolsillo interior de
la chaqueta, aunque esto no se lo dijo. Lo acompañaba a los Salesianos,
esperaba para llevarlo a comer a casa y de nuevo al colegio por la tarde,
también al parque de juegos cuando hacía buen tiempo. En el imaginario del
niño, el hombre ocupó el lugar del padre, y no era raro que lo presentara como
a tal cuando algún compañero de clase le preguntaba por el hombre que no lo
dejaba solo en ningún momento. Asimismo,
recuperó su antiguo oficio, el de guardaespaldas siempre que acudían al cine o
a una sesión de circo con la abuela y la madre cuando esta no estaba de gira.
Agostín llevaba un tiempo alicaído, sin ganas de nada, y se quedaba en el piso
leyendo el periódico o escuchando la radio; al regresar, lo encontraban
dormido en la butaca.
Y fue precisamente en una de aquellas salidas para asistir a una actuación de
payasos en el Olimpia cuando, al finalizar la función, se encontraron cara a
cara con Matías, su mujer y su hija. Mientras los pequeños se observaban
curiosos, los mayores miraban atónitos al uno y a la otra; cualquiera habría
asegurado que eran hermanos. Fueron solo unos instantes, Manuela agarró de
la mano a Chabier y se marchó a toda prisa seguida por Hilario; Aurora tardó
en seguirlos, fijos los ojos en el rostro de la niña, su viva imagen a la misma
edad, al igual que lo era su nieto.
Dos semanas después del inesperado encuentro en el teatro, María se personó
en el piso de la Plaza de Navarra, empujó a un lado a la doncella que la recibió
y entró llamando a gritos a su madre y a su hermana. La familia se encontraba
en el comedor acabando de desayunar y, al escuchar sus voces, Hilario tuvo una
rápida reacción, cogió a Chabier y se encerró con él en su propio cuarto,
advirtiéndolo que permaneciera callado para que no lo encontrara la bruja que
acababa de llegar. El crío se escondió debajo de la cama, y él no pudo evitar
una sonrisa, luego entreabrió la puerta a fin de escuchar lo que su antigua jefa
tenía que decir. Durante mucho rato, solo habló ella, reclamó ver al niño,
comprobar personalmente si era cierto que era una réplica de su querida nieta
María Isabel, y juró que presentarían una demanda de paternidad a fin de que
le fuera devuelto a su padre a no más tardar. La respuesta de Manuela fue
pedirle que se fuera de allí o llamaría a la policía, pero entonces tomó la palabra
Aurora.
Al regresar a casa tras el encuentro en el teatro, su hija le confesó lo que le
había ocultado, la sospecha de que la criatura muerta el nacer estuviera en
realidad viva, y que a ella la hubieran estado utilizando para proporcionarles un
heredero varón. Y así, con un tono de voz sosegado pero firme le echó en cara
todo lo que había guardado para sí durante años: el desprecio mostrado hacia
los padres que la habían engendrado, la adopción por dinero de un apellido
que no era el suyo, el robo de la hacienda familiar, el secuestro de su hermana
para conseguir el sucesor que su hija no podía darles y el robo de la criatura, su
ambición sin límites. El cariño no nacía, se cultivaba con esfuerzo y tiempo,
añadió, y hacía mucho que había dejado de quererla, solo era una extraña y no
tenía derecho a reclamar absolutamente nada. Lo siguiente que se escuchó fue
un «¡Nos veremos en el Juzgado!» y un portazo.
Al día siguiente las dos mujeres e Hilario fueron a hablar con los abogados.
El asunto se presentaba complicado. Cierto que las declaraciones de los tres
ayudarían a solventarlo, cada uno tenía una versión coincidente con las de los
otros, y estaba claro que el proceder de las familias Lazán y Cortillas había sido
indigno, pero el gran parecido entre los dos niños y el consecuente análisis
sanguíneo de ambos y del supuesto padre podría darles la razón. La madre era
soltera, había mantenido relaciones carnales con un hombre casado, y el nuevo
Código Penal solo reconocía el adulterio en el caso de las mujeres casadas; en el
de ella se trataría de un delito de amancebamiento, penado con multa e incluso
destierro. A él no le pasaría nada; era hombre y tenía todas las de ganar en la
demanda de paternidad. Además, se preveía el derecho de la esposa agraviada a
indultar al marido, y era de suponer que esta estaba de acuerdo con el proceder
de Matías, puesto que había aceptado a la niña y ahora reclamaba al niño. Por
otra parte, el escándalo supondría una deshonra para la cantante, lo cual
conllevaría la anulación de contratos, incluido el firmado con «Lazán S.L.», y el
fin de su carrera e ingresos, sin contar los costes del juicio. Aun así, los
abogados prometieron estudiar el tema a fondo a fin de encontrar una solución
idónea para su cliente.
Salieron del despacho con los ánimos por los suelos, pensando en trasladarse
a algún lugar perdido o en emigrar a América, de donde le habían llegado
solicitudes para actuar en varios países. Antes de entrar en el portal, Hilario
comentó que tenía algo que hacer y se marchó sin dar más explicaciones. Lo
primero que le había venido a la mente fue cargarse a la doña y al hijo de puta
de Matías, pero lo pensó mejor y fue a ver a un tipo que había conocido
mientras esperaba a Chabier en la Plaza Santa Engracia. Se dice que las mentes
afines se reconocen, y él se reconoció en el hombre que todos los días daba de
comer a las palomas, doblaba la bolsa de papel y se la metía en el bolsillo.
Tardaron en entablar conversación, pero pronto se hicieron amigos; el hombre
había sido vigilante al igual que él, aunque ahora se ganaba la vida falsificando
documentos «para quien los necesite», en especial cartillas de racionamiento en
un país donde los ricos que habían apoyado a los vencedores eran más ricos, y
los pobres, más pobres cualquiera que fueran sus afiliaciones. No solo
falsificaba cartillas, también documentos de identidad, pasaportes,
autorizaciones... Lo encontró como de costumbre, echando migas a las
palomas, y le preguntó a bocajarro si podría falsear un acta de nacimiento. Días
más tarde tenía en su poder un documento exactamente igual al original, con
sellos y firmas, incluso con las marcas de los pliegues; en el mismo aparecía el
nombre de Chabier Lanuza Ornat, nacido en Buisán, hijo de Hilario Lanuza
Navarro y de Manuela Ornat Albar. De paso le pidió otro de matrimonio para
el caso de que a los malnacidos se les ocurriera verificar la legalidad del
nacimiento del niño. Temiendo su reacción, le costó mostrárselos y, cuando lo
hizo, se vio sorprendido al recibir un par de besos de su protegida y un abrazo
de Aurora.
El abogado levantó las cejas al leer ambos documentos, si bien no dijo nada,
únicamente comentó que aquello facilitaba mucho las cosas. El caso no llegó al
Juzgado.
1955
aría Isabel Teresa de Jesús Lazán y Cortillas, Isa para las amigas,
M
había cumplido los diecisiete cuando doña María decidió llegado
el momento de encauzar su futuro. Su yerno había sido incapaz de
darle un sucesor varón, ¡maldito inútil! En mala hora se le había ocurrido casar
a su hija con un bueno para nada, que lo único que hacía bien era tocar el
piano. Seguía siendo atractivo, eso sí, pero ¿de qué le servía? Sabía que ya no se
acostaba con Manuela y que había tenido otras aventuras, pero ignoraba si
había más hijos de por medio, aparte de aquel que no había visto. Tenía que
reconocer el fiasco de su decisión. En un principio, y dado que María Cristina
era estéril, la idea de que engendrara con su hermanastra le había parecido
espléndida, entre otras razones para transmitir su sangre y, de paso, controlar el
emporio familiar, administrado ahora por uno de los hermanos de Matías, un
hombre arrogante con quien se llevaba mal. La mitad de las acciones de la
empresa estaban en su poder y en el de sus dos hijos, la otra mitad en manos de
la familia Lazán, pero el heredero, en este caso heredera, poseería más que el
resto de los socios en cuanto recibiera las de su padre, a añadir a las de ellos.
Se detuvo a pensar en su hijo Alfonso, el joven cirujano cuyo brillante
porvenir se había visto truncado por una bomba colocada bajo su coche
cuando se dirigía a dar un mitin. Lloró lágrimas de dolor y odio al verlo hecho
un guiñapo, sin piernas, rostro y cuerpo heridos, incapacitado para engendrar.
Con el tiempo, cicatrizaron las lesiones y pudo moverse con ayuda de unas
extremidades fabricadas ex-profeso para él en la mejor ortopedia de Madrid, y
con dos muletas. Sin embargo, no había vuelto a sonreír, raramente decía algo,
permanecía aislado, tampoco salía, ni acudía a la iglesia, ni siquiera fue al
funeral de su padre; era como un muerto vivo, de aquellos que aparecían en las
novelas o en el cine, alguien que respiraba, pero que no sentía emoción alguna.
Puesto que tenía la carrera de medicina, lo animó a trabajar en otros campos,
como la investigación en la empresa familiar, o de administrador en una de sus
clínicas, pero no hubo manera de convencerlo. Quizás para no tener que
escucharla o por no soportar el ajetreo a su alrededor, decidió vivir en la Casa
Luesia de Alquézar, que ella había heredado de su padre adoptivo como todo lo
demás, y solo lo veía en verano y en navidades, cuando iban a visitarlo unos
días o él se acercaba a la capital.
Dejó de pensar en él, le dolía, y volvió al tema que la ocupaba en aquellos
momentos: su nieta, aunque esta fuera en realidad su sobrina. Haría de ella un
mujer codiciada por las mejores familias del país. De hecho, con miras a un
posible enlace, había elaborado una lista de candidatos que no cesaba de
aumentar. Pero un gran patrimonio no era suficiente, y menos en el caso de
una heredera única, así que decidió que estudiaría farmacia al igual que ella; un
título universitario daba prestancia, lo sabía bien. Cierto que no ejercería una
vez casada, pero nunca se sabía. Ella misma se había hecho cargo de parte de la
administración de la primera clínica y de la primera farmacia del grupo en vida
de su marido, dedicándose por completo al negocio una vez viuda. En el caso
de María Isabel, tenía claro que debía de ocuparse de que los tíos y primos
Lazán no hicieran suya la empresa aprovechándose de su supuesta ignorancia.
Además, tenía pensado enviarla a Francia durante los meses de verano, a
perfeccionar el francés aprendido en el colegio de monjas y luego, quizás, a
Inglaterra. Pero antes de viajar y de iniciar sus estudios debía hacer el Servicio
Social Femenino, un «deber nacional» equiparado al servicio militar masculino,
impuesto a las mujeres entre los diecisiete y treinta y cinco años de edad, a fin
de obtener el pasaporte, la titulación académica y el carné de conducir, y
cuanto antes lo hiciera, mejor. De las modalidades posibles, eligió la de tres
meses en un internado de pago, allí mismo en Zaragoza, donde le enseñarían
religión, patriotismo, puericultura, cocina y labores del hogar. No estaba mal
que una mujer supiera cómo llevar una casa, si bien en su caso no le haría falta,
para eso estaba el servicio. De todos modos, se alegraba de no haber tenido que
pasar por algo similar, aunque le parecía exagerado que la niña tuviera que estar
interna a dos calles de donde vivían.
Si a doña María le parecía una exageración, más se lo pareció a la joven. No
le importaba quedarse interna tres meses, aseguró, pues su vida había
transcurrido entre institutrices y monjas, controlada a todas horas, sin poder
hacer algo que verdaderamente le gustara. No estaba dispuesta a pasar el verano
encerrada, no se lo merecía; había finalizado el bachiller superior con excelentes
calificaciones, incluido el curso de preuniversitario, tenía derecho a un
descanso y amenazó con escaparse, aunque luego la metieran en uno de
aquellos centros religiosos, cárceles en realidad, donde los padres confinaban a
las jóvenes rebeldes. Por una vez, Matías se enfrentó a su suegra. Isabel era su
hija, recalcó, y él tenía la última palabra sobre su presente y su futuro. Cierto
que estaba obligada a hacer el Servicio Social para obtener el pasaporte y la
titulación, pero no lo era menos que siempre había sido disciplinada y buena
estudiante, y se había ganado un premio. De la misma, se ofreció a llevarla a
Huesca, a la tierra de sus antepasados paternos y maternos, donde tendrían
tiempo para hablar, recuperar ausencias y conocerse mejor. Ni que decir tiene
que la señora puso el grito en el cielo. No sirvió de nada, dos días más tarde,
padre e hija salían en dirección a El Maizal. María Cristina declinó
acompañarlos; el campo no le gustaba, ella era una mujer de ciudad, y, además,
no quería enojar más a su madre, aunque propuso a esta visitar a Sito a fin de
calmar su enfado.
Tras la obligada marcha de los anteriores propietarios, dieciséis años antes, El
Maizal continuaba igual que siempre, si bien bastante abandonado. No había
sido transformado en granja de pollos ni en coto de caza, tampoco se trabajaba
la tierra a excepción de una pequeña huerta, y solo había un burro viejo y
algunas gallinas en el establo. Los guardianes, dos y la mujer de uno de ellos, se
limitaban a mantener el lugar en condiciones aceptables por si a la dueña se le
ocurría aparecer por allí. Sin embargo, con el tiempo, habían llegado a sentirse
dueños ellos mismos; las pagas, más bien raquíticas, les eran puntualmente
ingresadas en la oficina de la Caja de Ahorros y Monte de Piedad, en Huesca;
no tenían gastos y llevaban una vida de rentistas venidos a menos, suficiente
para ellos, cazando, pescando y tomando vinos en el pueblo. La llegada de
Matías y de su hija los pilló desprevenidos y, mientras estos daban una vuelta
por los alrededores, la mujer envió a su marido a la taberna, a por un guisado o
lo que hubiera, y ella y el otro hombre limpiaron la zona y habitaciones
principales, incluido el cuarto de baño, la única mejora llevada a cabo por la
dueña pues, según afirmó, no estaba dispuesta a bañarse en un barreño o a
hacer sus necesidades en la cuadra en caso de que se le ocurriera ir allí a pasar
unos días.
Isabel estaba encantada por dos razones: era la primera vez que disfrutaba de
unas vacaciones a solas con su padre, y también la primera que visitaba la finca
de la cual nunca había oído hablar. Conocía Alquézar, Ejea de los Caballeros, el
balneario de Alhama donde estaba enterrada su otra abuela; también había
estado en Madrid, Barcelona y Pau, pero ignoraba todo acerca de la vida en el
campo. Además, su padre le había prometido enseñarle la Plana de Uesca y
llevarla a la Sierra de Guara, donde ambos subirían al monte y descenderían
por barrancos y cañones. A pocos días de su llegada, Matías hubo de ir a la
ciudad por un asunto de la empresa y la invitó a acompañarlo, pero prefirió
quedarse, ya había estado allí en varias ocasiones. Tenía todavía mucho por
investigar tras saber que aquella era la casa de algunos de los antepasados de la
abuela María, si bien esta nunca le había hablado de ellos. Seguro que
encontraría una pista, algo, para sorprenderla cuando regresaran a Zaragoza.
No descubrió nada especialmente interesante y ya estaba lamentando no haber
ido a la ciudad cuando, a media tarde, se le ocurrió subir al sobrado. El lugar se
hallaba abandonado, unos sacos roídos por los ratones por aquí, paja seca por
allá, viejos útiles de labranza... Iba a bajar, decepcionada, cuando se fijó en la
puerta situada en uno de los extremos y la abrió, solo por ver. Los rayos del sol
iluminaban el interior de un cuarto más bien pequeño, que olía a moho y a
polvo, pintado de azul claro, con una cama estrecha cubierta por una colcha
floreada y unos cojines, una mesita con libros, unas fotografías y varios
instrumentos musicales. Entró, cerró la puerta y no salió hasta que oyó la voz
de su padre llamándola; el sol se había ocultado, y la habitación se hallaba casi
en penumbra. Aquella noche tardó en apagar la luz.
Ignoraba exactamente por qué, pero tenía la intuición de que el suyo era un
hallazgo muy especial. Cogió las fotografías y un cuaderno, de los de antes, en
bastante buen estado, de tapas negras con una etiqueta blanca rebordeada de
rojo en la que estaba escrito un nombre: Manuela. No conocía a ninguna
Manuela, ni había oído mencionar dicho nombre; puede que fuera la abuela de
su abuela, o una tía, pero desde luego era alguien que había vivido allí. Le echó
un vistazo y descubrió que se trataba de un diario, ella misma tenía uno en el
que escribía sus pensamientos, desencantos, ilusiones. De entrada, pensó en
dejarlo en su sitio; leer el contenido equivaldría a inmiscuirse en la vida íntima
de otra persona, pero... ¿qué más daba si la autora ya no estaba? No le dijo
nada a su padre, se metió bajo la blusa el cuaderno con las fotografías dentro y,
con la disculpa de lavarse las manos antes de cenar, lo escondió debajo de la
almohada y comenzó a leerlo en cuanto se metió en la cama.
Párrafos, frases, algunas poesías sencillas que le hicieron sonreír, se trataba en
efecto del diario de una adolescente como tantas, como ella. Mencionaba a una
abuela Elisa, un abuelo Bizén, tíos, primos, a unos padres a quienes citaba solo
como mai y pai, que ella intentaba descubrir en las fotografías en blanco y
negro, algunas muy ajadas, incluso borrosas, y confesaba su sueño de llegar a
ser cantante. Su sorpresa fue grande al leer la última página encabezada por un
«Hoy cumplo diecisiete años». Hizo cálculos, treinta y ocho años atrás, y
debajo una frase: «El presente lo conozco, el futuro es un misterio». No había
más; el resto de las hojas estaban en blanco. No se trataba pues de alguien que
hubiera fallecido hacía tiempo como había creído; era incluso más joven que su
madre. ¿Por qué no sabía nada de ella si era de la familia? Al día siguiente lo
primero que hizo fue preguntar a su padre si conocía a una tal Manuela. Él no
respondió, hizo un gesto como que no, bebió el café que le quedaba en la taza
y a continuación le propuso dar un paseo hasta el pueblo. Hacía calor, y al
llegar se sentaron en una de las dos mesas instaladas a la puerta de la taberna y
pidieron una cerveza para él y una gaseosa para ella. Un anciano, sentado a la
otra mesa, el vaso vacío, un cigarrillo apagado en los dedos, los observó con
curiosidad durante un rato hasta que finalmente se decidió a hablarles, en
realidad solo les preguntó si Aurora seguía viva. Ante el gesto de inquietud del
hombre y la cara de sorpresa de la muchacha, el anciano llamó al tabernero y
señaló a esta con el dedo; la mujer de este último, una vecina que había ido a
llenar una garrafa de vino y otra que pasaba por allí se unieron al grupo. Matías
dejó unas monedas encima de la mesa, agarró a su hija de la mano y se la llevó
a toda prisa de allí.
Isabel estaba atónita ante su proceder, de habitual comedido; no logró que
dijera una palabra, e hicieron el trayecto a paso rápido, en silencio. Asimismo,
permaneció callado durante la comida, encerrándose después en su habitación
con el pretexto de estudiar unos nuevos contratos, y continuó de igual manera
a la hora de cenar. Antes de volver a encerrarse, solo le dijo que tuviera la
maleta preparada para salir hacia Alquézar al día siguiente. Para entonces, había
llegado a la conclusión de que la extraña conducta de su padre se debía a su
pasado, el de ella, y decidió averiguar de qué se trataba. No tenía mucho
tiempo, solo unas horas, pero era tozuda y no estaba por la labor de quedarse
con las ganas; salió de la casa sin hacer ruido, pegada a las paredes,
aprovechando que los guardianes escuchaban la radio en la cocina, y corrió
como una liebre que huye del cazador hasta llegar a la taberna del pueblo. Pese
a no ser todavía de noche, el local se hallaba vacío, los labradores
acostumbraban a retirarse temprano, y los dueños habían empezado a recoger;
ambos se quedaron muy sorprendidos al verla aparecer. Un par de horas más
tarde la acompañaron de vuelta a El Maizal, no se veía una luz en su interior.
De nuevo se deslizó como una ladrona hasta llegar a su habitación y
permaneció despierta hasta la madrugada, incapaz de conciliar el sueño,
incapaz de dejar de pensar.
Según los taberneros, su parecido físico con la tal Aurora era extraordinario,
en especial aquel extraño color de ojos. No sabían nada de ella desde que la
familia había sido expulsada del pueblo al acabar la guerra en aquella zona, por
eso su sorpresa al verla. Tampoco conocían al hombre que la acompañaba, su
padre, o no lo recordaban; habían sido años difíciles en los que cada cual
intentó salir adelante como mejor pudo. Que ellos supieran, El Maizal, antaño
propiedad de los Escagüés, pasó a los Azaba y luego a los Albar. Durante un
tiempo perteneció a un mal tipo apodado el Paquetero, quien lo legó a Aurora,
al parecer su única hija, fruto de una violación. Una vez expropiada, la
propiedad pasó a manos de una señora de Zaragoza a quien nadie había visto
por el pueblo. No podían decirle nada más.
Demasiada información, demasiados interrogantes sin respuesta. Antes de
quedarse por fin dormida, le vino a la mente la imagen de un niño, y la de una
mujer mayor que le miraba fijamente a la salida de un espectáculo de payasos.
Ambos tenían sus mismos ojos.
Los dos coches se cruzaron en la carretera sin que ninguno de los ocupantes se
percatara de los del otro. El primer domingo de cada mes, como un ritual,
Manuela, su madre, Chabier e Hilario iban al pueblo, pasaban de largo y se
dirigían directamente a la finca. Al principio permanecían fuera de las lindes,
contemplando desde allí la casa, los campos desiertos, pero el antiguo vigilante
conservaba su habilidad para averiguar lo que deseaba y no tardó en adentrarse
en la propiedad y entablar conversación con uno de los hombres mientras las
dos mujeres y el niño esperaban fuera junto al coche. Aquel primer
acercamiento dio lugar a otros durante los meses siguientes. Los guardianes
apenas mantenían relación con los habitantes del pueblo y esperaban sus visitas
como las de unos amigos de toda la vida, tanto fue así, que la comida acabó
siendo parte de la costumbre. Por supuesto, los visitantes no llegaban con las
manos vacías; las dos mujeres se metían a ayudar a la otra en la cocina y
recogían después mientras los hombres hablaban, y el chaval curioseaba por su
cuenta.
De alguna manera, aquellas horas transcurridas en su añorado hogar eran
para Aurora una ensoñación del pasado, un bálsamo que calmaba su pena, y
regresaba a Huesca contando los días que faltaban para regresar. A Manuela le
traían recuerdos aislados, se había ausentado de allí siendo joven y había vuelto
en contadas ocasiones, pero sí revivía momentos felices con sus padres, la
abuela Elisa y el resto de la familia. Subía al cuartito bajo el sobrado y se veía a
sí misma contemplando el paisaje al atardecer, estudiando partituras, cantando
y tocando los instrumentos que seguían en el mismo sitio donde los dejó,
soñando, aunque poco de lo soñado se hubiera hecho realidad. Cierto que
había llegado a ser una cantante reconocida, pero a un precio demasiado alto.
Mientras las tres mujeres se afanaban en preparar la comida, su madre y ella
quedaron desconcertadas al escuchar el comentario de la esposa del guardián
sobre la presencia allí durante tres días del yerno de la dueña y de su hija; se
habían marchado aquella misma mañana, casi al mismo tiempo en que ellos
llegaban, añadió. A la mayor se le humedecieron los ojos pensando que por
muy poco no había podido ver a su nieta; Manuela se quedó en blanco. Tras la
escena de María reclamando a su «nieto» y la certeza de que no podría hacer
nada para recuperarla, no había intentado volver a ver a la niña apercibida
durante unos instantes, once años atrás. Incluso procuraba pensar en otra cosa
cuando le venía su nombre a la cabeza, Isabel, sin duda elegido por su medio
hermana, tan devota y tan aficionada a nombres de reyes y reinas. Tendría ya
diecisiete, los mismos que ella cuando fue a vivir con doña Pilar y conoció a
Matías, y se culpó por haberse dejado engañar; sin él, su vida habría sido muy
diferente, pero se dijo que tampoco habría tenido a su hijo, ni a su hija.
Ya no trabajaba para «Lazán S.A.» y tenía que reconocer que su actividad
había disminuido de forma importante. Las modas cambiaban, aparecían
nuevas voces; de los Estados Unidos llegaban el rock and roll y las baladas
románticas, pero sobre todo triunfaban las coplas, rancheras, boleros y cantares
flamencos muy del gusto de los nuevos gobernantes, que se escuchaban en la
radio a todas horas, nada que ver con su estilo. Rompió su relación con Matías
en cuanto su contrato se lo permitió; no aceptó disculpas, promesas y, mucho
menos, la declaración de que ella era su verdadero amor, la única mujer que
había amado y amaba. Cada vez que le suplicaba recapacitara sobre su decisión,
ella respondía de manera invariable: «Devuélveme a mi hija». Luego dejaron de
verse, y decayó su actividad profesional. Lamentaba no cantar en público tanto
como antes, pero tenían medios suficientes para vivir holgadamente con lo que
ganaba y con el dinero ahorrado. Por otra parte, su padre, fallecido tiempo
atrás a causa de una neumonía, había dejado en herencia unas acciones
adquiridas antes de la guerra en una pequeña empresa de construcción que,
debido a la necesidad de reconstruir un país devastado, había hecho ricos a sus
accionistas. No era su caso, su participación era pequeña, pero cada año
recibían cierta cantidad, que iba derecha a una cuenta de ahorros abierta a fin
de asegurar el futuro de Chabier. Además, el piso estaba pagado, el coche
también, e Hilario solía sorprenderlas de vez en cuando entregándoles dinero
cuya procedencia no desvelaba, y que sospechaban era producto de apuestas en
algún garito clandestino debido a la prohibición de los juegos de azar vigente
desde hacía tres décadas, si bien cabía también la posibilidad de que lo hubiera
ganado en la lotería a la que era muy aficionado.
Hasta finales de agosto, tenía la agenda vacía, así que propuso hacer una
excursión a la Sierra de Guara a fin de ahuyentar sus fantasmas y porque a su
hijo le apasionaba la escalada. No había logrado se interesase por la música,
todo lo más llegaba a interpretar al piano alguna melodía de moda sin mayor
dificultad. Tampoco parecían atraerlo otras modalidades artísticas, aunque
dibujaba muy bien; su único interés era el deporte, todo tipo de deportes,
fútbol, atletismo, ciclismo, lucha... en especial la montaña. Él e Hilario iban a
la sierra siempre que podían, subían a los montes, escalaban las rocas, dormían
a la intemperie, pero sobre todo descendían por barrancos y cañones, y
regresaban excitados planeando la siguiente escapada, al igual que dos
chiquillos a la búsqueda de un tesoro. Y como dos niños traviesos, ambos
recibieron una bronca de Manuela y Aurora, a partes iguales, el día en que
regresaron magullados y con heridas al perder el equilibrio y caer rodando por
uno de los sifones del barranco de Formiga. La prohibición de volver a
intentarlo fue fulminante no solo para el adolescente, también para su supuesto
cuidador, quien, las mujeres estuvieron de acuerdo, no tenía ya edad para andar
haciendo el tonto. El percance había tenido lugar en Semana Santa, cuatro
meses atrás, y los dos se morían de ganas, por lo que recibieron la propuesta
con una euforia mal disimulada, aunque prometieron no hacer locuras.
Durante una de las escapadas, Hilario había hecho amistad con un solterón
como él, que en Panzano alquilaba habitaciones a montañeros, peregrinos o
simples turistas de paso; tuvieron suerte, dos acababan de librarse. Se
encontraban descargando las bolsas cuando los distrajo un pequeño revuelo y
vieron pasar por delante de ellos a unos hombres, escaladores por sus atuendos,
que sostenían a una joven herida. Fue un instante, suficiente para que Manuela
tuviera un sobresalto. No había visto a su hija en años, de hecho, no la conocía,
pero supo que era ella; dejó la bolsa en el suelo y corrió tras los salvadores y
vecinos que se dirigían al edificio del ayuntamiento, escuela y dispensario a la
vez. La accidentada parecía desconcertada mientras la enfermera se ocupaba de
desinfectar el corte que tenía en el antebrazo izquierdo. No dejaba de preguntar
por su padre, y de la misma se organizó una expedición, al tiempo que se
escuchaban críticas acerca de los aficionados que osaban aventurarse por riscos
y cañones sin conocer los lugares. Al cabo de un rato decreció el interés; aparte
de la herida en el brazo y algunas magulladuras, no parecía que la joven
estuviera en peligro, y cada cual tenía ocupaciones que atender. Poco después
Isabel se hallaba tumbada en una cama; a su alrededor, cuatro pares de ojos le
miraban entre asombrados y emocionados.
El grupo de búsqueda regresó a media tarde con el otro accidentado; había
recibido un fuerte golpe en la cabeza y perdido el sentido, pero solo tenía unos
rasguños, y la enfermera consideró que era mejor esperar a la visita del médico
de la zona antes de tomar la decisión de enviarlo al hospital de Huesca como
algunos proponían. Esta vez fue Hilario quien se encargó. Acompañado de su
amigo, aseguró que la familia se hallaba allí mismo, en el pueblo, y que ellos se
ocuparían del herido a la espera del doctor. Entre los dos, uno asiéndolo por
los sobacos y el otro por las piernas lo trasladaron a la casa de huéspedes y lo
metieron en la cama del otro cuarto disponible. Matías recuperó el
conocimiento a la mañana siguiente; le dolía la cabeza y lo primero que hizo
fue preguntar por su hija. No se tranquilizó hasta que la vio a su lado, un
aparatoso vendaje en el antebrazo y un parche en la frente. El médico lo
examinó de arriba abajo y dictaminó que, en principio, su estado no
presentaba mayor gravedad, aunque, advirtió, nunca se sabía; el golpe en la
cabeza podría tener consecuencias, y recomendó que lo trasladasen para ser
examinado al hospital de la capital tan pronto como fuera posible. Tres días
más tarde continuaban todos allí; el inesperado encuentro había cambiado sus
vidas, en especial la de la joven.
A fin de compensar su brusca marcha, Matías la llevó a Panzano con la idea
de que olvidara la finca y su reacción en la taberna; le explicó que su tío Sito y
él habían estado allí en un par de ocasiones y le aseguró que lo pasarían muy
bien subiendo a los riscos y bajando por los cañones, y así fue hasta que el
accidente cambió sus planes la víspera de su prevista salida hacia Alquézar. No
le costó averiguar que las dos mujeres y el muchacho eran su madre, abuela y
hermano. En un principio, ellas no le dijeron nada, no sabían cómo, pero le
miraban embelesadas, y sus miradas expresaban más que las palabras; además,
no dejaba de sorprenderla su extraordinario parecido con la mayor. Tampoco se
atrevió a preguntarles, ansiaba y a la vez temía su respuesta. Fue Chabier quien
la sacó de dudas durante un paseo que ambos dieron por los alrededores al
preguntarle él a bocajarro si conocía un lugar llamado El Maizal, cerca de
Alerre, más allá de la capital. Al responder afirmativamente, el muchacho
empezó a largar y no calló hasta volver a la casa de huéspedes donde los demás
los esperaban para comer. Le contó que aquella era la hacienda donde habían
nacido su bisabuela Elisa, la madre de su abuela, y su madre, que era cantante;
le habló de tíos y primos, de cómo él había nacido en una aldea del Pirineo
porque a la familia la habían echado de su hogar, y de cómo, los domingos por
la mañana, iban a visitar su antigua casa porque la abuela la añoraba mucho.
Supo así que la Manuela del diario era la misma que había visto siendo
pequeña, la misma que la había recogido en el dispensario, y se le hizo un nudo
en la garganta. Habló con ella, con Aurora, incluso con Hilario; les preguntó
sobre los anteriores dueños de la finca, quiénes eran, cómo se llamaban, los
motivos del abandono del que había sido su hogar de siempre, pero tuvo la
impresión de que no le decían todo lo que quería saber, por ejemplo, el porqué
de su gran parecido con la abuela de Chabier y también con este. Finalmente se
encaró a su padre.
Matías se hallaba prácticamente repuesto del percance, si bien todavía tenía
un chichón en la sien que le dolía cuando lo tocaba. Creyó estar soñando al
recuperar el conocimiento y ver a Manuela a su lado, le había sido imposible
olvidarla y, de hecho, acudía a sus recitales siempre que tenía oportunidad; se
situaba en una de las butacas del fondo en caso de tener lugar en un teatro, o
en un apartado si se trataba de un casino o de una sala de fiestas. Deseaba
besarla, yacer con ella, recuperar el tiempo perdido, pero, si en alguna ocasión
se cruzaban, no se molestaba en responder a su saludo, ni siquiera le miraba.
¿Cómo explicarle que su comportamiento le fue impuesto, que claudicó sin
rebelarse ante la exigencia de padres y suegros? ¿Que el apoyo económico
necesario para crear y mantener su empresa había sido el principal motivo de
su proceder? No obstante, y aunque lograra hablar con ella, sabía que nunca le
perdonaría su maltrato, los años de encierro y, muy especialmente, el robo de
su primera hija. Hacía años que ya no se acostaba con María Cristina; a veces
tenía una aventura que no lo satisfacía y cogía una borrachera cuando le dolía
su ausencia. Verla allí, en un pueblo perdido de la sierra, dándole friegas de
alcohol y de comer a la boca, lo hizo imaginar que quizás todavía había un
resquicio de esperanza. No fue así. En cuanto pudo levantarse, ella volvió a
mostrarle una total indiferencia, y decidió abandonar Panzano en cuanto
estuviera en condiciones de conducir, pero no lo hizo. Por primera vez desde el
fallecimiento de su abuela Pilar tuvo la sensación de sentirse en familia en
compañía de la mujer que nunca había dejado de amar y de sus dos hijos,
porque estaba claro que aquel muchacho, alto para su edad, rubicundo, con sus
mismos cabellos lacios, era su hijo por mucho que llevara el apellido del
antiguo guardián de Casa Luesia.
Obligado, arrepentido, esperando la absolución de sus pecados, respondió a
las preguntas de su hija. En efecto, aquellos eran su madre, su abuela y su
hermano; había nacido en Ejea de los Caballeros, y se la habían llevado a
Zaragoza nada más nacer por orden de doña María. Su verdadera madre nunca
la había visto, la creía muerta. Los ojos de Isabel se humedecían a medida que
hablaba y, al finalizar, salió corriendo en busca de Manuela, la abrazó, lloró con
ella, y durmieron juntas en la misma cama. No volvió a dirigir la palabra a su
padre, ni siquiera durante el trayecto a Alquézar, decisión a la que no pudo
oponerse debido a su minoría de edad y también a la recomendación de la
madre recién descubierta; no era prudente. Los Cortillas eran poderosos, le
dijo, y pondrían en marcha maquinaria y contactos en los tribunales a fin de
impedir su emancipación. Debía por tanto ser cautelosa, tener paciencia. Lo
esencial era que ahora sabían quién era quién, todo era cuestión de tiempo, de
esperar unos años hasta su mayoría de edad para tomar decisiones sin pedir
permiso; ellos la estarían esperando.
Al llegar a Alquézar, no se molestó en saludar a nadie, se metió en la
habitación prevista para ella y no se presentó a comer. Matías la disculpó
aseverando que todavía se hallaba traumatizada por el accidente y necesitaba
reposo, pero no abrió cuando María Cristina llamó a la puerta. Cedió el
segundo día de su estancia porque tenía hambre, pero guardó silencio en todo
momento hasta que doña María se dirigió a ella en su habitual tono de mando.
A la recriminación sobre sus modales y falta de respeto hacia los mayores,
respondió con un: «Usted no es mi abuela», que dejó a la señora estupefacta.
Como un tiovivo sin frenos, les echó a todos en cara el engaño en que la
habían mantenido desde su nacimiento; era un bebé robado, y jamás los
perdonaría; aseguró que se marcharía y que no volvería a verlos en cuanto
tuviera ocasión de decidir sobre su vida, y le daba igual si la internaban en un
convento de monjas, o en la cárcel. Antes de salir por la puerta del comedor
pudo escuchar la risa burlona de su tío.
Frustrado, tullido, enfadado con el mundo, Sito Cortillas en nada se parecía al
hombre que era dieciséis años atrás. Lograba moverse con ayuda de las muletas,
y las piernas ortopédicas disimulaban bajo los pantalones la ausencia de ambas
extremidades, pero todavía ahora le resultaba una tortura verse levantado,
vestido, aseado. Incluso para orinar tenían que ayudarlo sus dos ayudantes,
ambos antiguos camaradas cuya patriótica entrega no les había procurado
beneficio alguno una vez finalizada la guerra. Al contrario que tantos otros
mutilados, él no necesitaba una pensión para vivir, la herencia recibida a la
muerte de su padre y las acciones en la empresa familiar, más varias inversiones
realizadas con acierto, lo habían convertido en un hombre rico, muy rico. Sin
embargo, daría su fortuna por volver a ser el joven alegre de las francachelas
hasta altas horas de la madrugada, el amante deseado por mujeres y hombres, el
orador que enaltecía a las masas, el médico con un espléndido porvenir. No
quedaba nada del pasado, únicamente la amargura que lo consumía al
despertar.
De vez en cuando, muy de vez en cuando, salía de su madriguera y
emprendía un viaje a ninguna parte, siempre acompañado por los dos
ayudantes. Sentado en el asiento trasero, los ojos cerrados, el viento en el
rostro, se imaginaba que no era el chófer sino él quien conducía su flamante
Alfa-Romeo descapotable. Eran salidas cortas de dos o tres días como máximo;
se cansaba pronto, no aguantaba las miradas de compasión de unos, de recelo
de otros, y ordenaba el regreso. Tampoco había vuelto a Zaragoza. No
soportaba a su madre, empeñada en recordarle que debía dar gracias a Dios por
no haber muerto; no tenía piernas, pero sí cabeza, insistía, y era su obligación
poner su inteligencia y preparación al servicio de la familia, ocupándose de las
clínicas o entrando en la política, dado que era su único hijo varón. Por suerte
solo tenía que sufrir su presencia un par de veces al año, si bien lo llamaba por
teléfono todas las semanas, aunque él la oía, pero no la escuchaba. También
estaba su hermana, una insustancial cuya única preocupación era ir a la moda y
que mantenía insípidas conversaciones acerca de amistades y líos de faldas o
pantalones, cualquiera fuera el caso, cuando ella era incapaz de atraer a su
marido y había aceptado sin rechistar el plan de su madre: que Matías preñara
a Manuela, su tía, a fin de cuentas, para quedarse después con la criatura.
Su ahijada era la única a quien echaba algo en falta, la única con la que
conversaba más allá de unas frases obligadas y le arrancaba una que otra
sonrisa. La había visto crecer año tras año, cuando aparecían por Alquézar en
verano o en lo que él llamaba «rito navideño», y juntos compartían una afición
que, por supuesto, a su madre le parecía un pérdida de tiempo: la filatelia. Uno
de sus agentes de bolsa era asimismo un filatélico experto que se encargaba de
hacerle llegar sellos de todo el mundo y que, en más de una ocasión, había
adquirido en su nombre ejemplares raros en subastas privadas. A la espera de
sus visitas, se acostumbró a guardar algunos sobres sin abrir solo para disfrutar
de la ilusión que observaba en sus preciosos ojos. Verla hecha casi una mujer,
enfrentándose a todos, echándoles en cara su conducta, amenazando con
desaparecer para siempre, los puños cerrados, la furia en su mirada, le causó
una gran sorpresa pues nunca la había visto enfadada; la risa, la provocó la cara
de perplejidad de su madre, quien a poco estuvo de atragantarse con la
croqueta de jamón que acababa de llevarse a la boca. Fue la primera vez en
mucho tiempo que se sintió a gusto.
Tras pensárselo, María decidió que Isabel pospusiera el Servicio Social, pues no
era cuestión de perder la matrícula de ingreso en la Universidad, tramitada y
abonada por su secretario. Su relación se hallaba en punto muerto; la joven
continuaba sin hablarles a ella y a María Cristina, si bien se presentaba en las
comidas y las acompañaba a misa, luego se iba a su cuarto y no salía hasta la
cena. Se sentía dolida pues, a su manera, quería a la niña que había educado,
pero sobre todo porque había invertido tiempo y dinero en hacer de ella una
digna sucesora y no estaba por la labor de echar a perder sus esfuerzos. Ya se le
pasaría el enfado. Además, hasta los veinticinco necesitaba el permiso paterno
para vivir por su cuenta, y había tiempo para que se tranquilizara. Claro que
antes podría ingresar en un convento o casarse, pero lo primero quedaba
descartado; no la veía especialmente piadosa y, por ende, no entraba en sus
planes que unas monjas se hicieran con parte del patrimonio familiar con la
disculpa de la preceptiva dote a la que estaban obligadas las nuevas religiosas,
las pudientes claro. Lo segundo... Quizás iba siendo hora de repasar la lista de
posibles candidatos y de elegir al más adecuado, alguien de su nivel, atractivo,
aunque tampoco importaba que no lo fuera, con estudios, en especial
acaudalado y de su entera confianza.
¿A qué coño se le había ocurrido al indeseable de Matías llevarla a la sierra?
Aparte de lo del accidente que podría haber acabado en catástrofe, logró que
confesara su encuentro allí con Manuela y su madre, y no le quedó otra que
responder a las preguntas de su hija, aunque tampoco dio detalles. No
obstante, ahora que Isabel conocía la verdad, cabía la posibilidad de que se
carteara con aquella medio hermana, «la cabaretera», la llamaba, a la que en
mala hora se le había ocurrido meter en la cama de su yerno a fin de lograr un
heredero de su misma sangre, y dio orden a las doncellas de no dejar la
correspondencia encima de la mesita del hall; debían entregársela directamente
a ella en cuanto llegara. Lo importante en esos momentos era que la joven
obtuviera el título de farmacóloga. No se enteró hasta mucho después, el curso
ya avanzado, de que había logrado cambiar la matrícula y se había inscrito en la
Facultad de Derecho. Se puso hecha una furia, pero no le quedó más remedio
que aceptar cuando Matías afirmó estar de acuerdo, añadiendo que los
abogados eran imprescindibles en la marcha de una empresa.
A Isabel la entusiasmó el ambiente que se respiraba en la Universidad, nada
que ver con el colegio de señoritas con uniforme al que había acudido desde su
infancia. No eran muchas las alumnas del primer curso, solo media docena, y
los estudiantes cuadriplicaban su número, pero todas ellas estaban dispuestas a
seguir los pasos de las pioneras, que desde más de un siglo atrás se había
atrevido a enfrentarse a reglas y prejuicios. En las primeras jornadas soportaron
bromas y comentarios machistas, pero los ignoraron, y no pasó mucho antes de
que la convivencia fuera casi normal, si bien ellas permanecían apiñadas en un
extremo de los dos primeros bancos del aula, tres delante y tres detrás. Conocía
a una de ellas del colegio, pero enseguida hizo amistad con las otras; quedaban
a la entrada, entraban juntas, salían, estudiaban en la biblioteca y compartían el
bocadillo. Sus compañeros no tardaron en referirse a ellas como «las torres de
Malory», en referencia a la saga de seis libros de la autora Enid Blyton, que
describían las vivencias de las alumnas de un internado femenino inglés con
bastante éxito entre las lectoras juveniles, una manera de burlarse, pues los
tachaban de cursis, propios para niñas, aunque ninguno los hubiera leído, una
razón más para demostrar que ellas podían ser tan buenas abogadas como ellos,
o mejores.
Además de que le gustaba estudiar y de que se sentía un poco más libre,
existían otros motivos por los que era feliz en su nuevo entorno. La Facultad
disponía de un teléfono público de pago al servicio de los alumnos, y hablaba
con Manuela todas las semanas. Por otra parte, al conocer su situación, una de
las compañeras, se ofreció a ejercer de «cartera», de forma que madre e hija
intercambiaban largas cartas mediante las cuales iban poco a poco
conociéndose mejor, y que ella guardaba en su taquilla para no correr el riesgo
de que fueran descubiertas por doña María. No solo eso. También se
encontraban cuando la cantante tenía una actuación en la capital o,
simplemente, cuando esta quería verla y se trasladaba a Zaragoza acompañada
por Chabier, la abuela Aurora y, por supuesto, Hilario, quien también hacía las
veces de chófer. En dichas ocasiones se saltaba las clases y pasaba el día con
ellos, recuperando la parte de su vida que le había sido robada e imaginando
ser como muchos otros estudiantes llegados de todas partes, quienes tampoco
vivían con sus familias durante el curso.
Para orgullo de Matías, su mujer y su suegra, la joven aprobó la carrera con
calificaciones excelentes y las felicitaciones de sus profesores. Su relación había
mejorado sin llegar a ser la de antes, pero al menos ya no se encerraba en sí
misma; había vuelto a ser la muchacha alegre, de palabra fácil, imaginativa, que
conocían. No llegó ninguna carta sospechosa en aquellos años, ni la pillaron
hablando por teléfono, por lo que María y su hija estaban convencidas de que
todo había vuelto a la normalidad, aunque no llamara «abuela» a la primera, ni
«madre» a la segunda; siempre las trataba de usted y se dirigía a ellas como
«señoras». No queriendo darse por aludidas, ambas estaban de acuerdo en que
hora era ya de buscarle un novio formal, pero antes tenía que cumplir el
servicio social obligatorio a fin de aprender los deberes de una buena esposa,
además seguían con la idea de enviarla una temporada a Francia, y le haría falta
el pasaporte.
Durante los tres meses de internado, Isabel escuchó decenas de veces que la
mujer debía ser ejemplo de entrega, renuncia, sacrificio, abnegación y alegría,
en una palabra, debía de sonreír en todo momento, estar conforme, no
quejarse. Como contraste, las instructoras hablaban de las «otras», las
intelectuales sin dotes maternales, amancebadas, independientes y, además,
feas. Al escuchar semejantes definiciones, pensaba en su madre, forzada a darle
un hijo a un hombre casado, que había logrado vivir de su trabajo; en la abuela
Aurora, maestra, cuya hija renegó de ella; en la bisabuela Elisa, violada, que
trabajó de confitera y escribió un libro. Las tres habían luchado para sobrevivir
en un mundo de hombres, y lo habían conseguido. Escuchaba a las
instructoras, asentía con docilidad sin perder la sonrisa, pero en su fuero
interno las mandaba al cuerno. Aprendió a cocinar, a coser y bordar, a bañar y
poner pañales a unos muñecos; leyó de cabo a rabo el libro Guía de la buena
esposa. 11 reglas para mantener a tu marido feliz. Sé la esposa que él siempre soñó;
ejercitó un andar modoso, nada provocativo; cantó canciones patrióticas y
desfiló con sus compañeras el Día de la Hispanidad en honor a su patrona, la
Virgen del Pilar. Al finalizar la instrucción recibió el certificado con la
calificación de sobresaliente junto a un diploma como ganadora de un
concurso de pintura y otro de Socorros de Urgencia.
Cumplidos los veintidós, doña María y su hija se centraron en el asunto del
casamiento. La joven era la novia ideal: guapa, educada, con un título
universitario y de buena familia, no se podía pedir más, y no faltaban
pretendientes. Siempre que la ocasión se presentaba, la obligaban a acudir a
eventos y fiestas, a los que asistía con la mejor de sus sonrisas, por lo que
estaban convencidas de que seguiría sus indicaciones y aceptaría su propuesta,
alguien unos años mayor que ella, con dotes de mando, competente para tomar
las riendas de los negocios familiares y capaz de engendrar hijos, premisa esta
importante, pues la señora tenía fijación en el asunto que siempre la había
preocupado: la continuidad de su descendencia. Ignoraba que su…, en
realidad sobrina, no tenía intención alguna de casarse por el momento, y
mucho menos con un candidato impuesto por ella; se dejaba cortejar, flirteaba
con los jóvenes y no tan jóvenes que le presentaban y daba largas.
Durante aquellos años se convirtió en una maestra del disimulo y lo hizo tan
bien, que la señora relajó el férreo control a la que la tenía sometida,
convencida de que todo volvía a su cauce e iba según lo previsto. No ponía
pegas cada vez que en los puentes festivos o en vacaciones de Semana Santa
acompañaba a su amiga Amparito, la «cartera» clandestina, a Jaca, en cuyo
acuartelamiento el padre de esta ocupaba un alto cargo militar. Ella y su hija las
escoltaban hasta el mismo andén de la estación a fin de asegurarse y esperaban
a verlas partir. Tras el desfile de la Hispanidad, y con la disculpa de necesitar
unos días de relajación antes de empezar a trabajar en la empresa, las convenció
para que la permitieran pasar un par de semanas con su amiga prometiendo
estar de regreso para finales de mes. María aceptó, entre otras cosas, porque se
había informado de que la otra joven tenía un hermano mayor, soltero y sin
compromiso aparente. Quizás aquel interés de la joven por ir a Jaca, siempre
que podía, tenía que ver con dicho hermano, ingeniero de profesión y con un
gran futuro, a decir de su informante. De la misma, podía matar dos pájaros de
un tiro: casar a su heredera con alguien del gusto de esta, lo que evitaría
problemas, y conseguir un buen profesional para dirigir la empresa familiar y,
de paso, quitar de en medio a los Lazán de una vez por todas.
Aquella fue la última despedida. Ni por un momento se imaginó que la
«niña» la hubiera estado engañando y que, en todos los viajes, se bajara del tren
al llegar a Huesca donde la esperaba Hilario para llevarla junto a su verdadera
familia. Con el título en el bolsillo, el certificado del Servicio Social cumplido y
unos buenos dineros, que a modo de compensación Matías había ido
ingresando a su nombre en una cuenta de ahorros, Isabel consideró llegado el
momento de independizarse. Cierto que todavía le faltaban tres años para ser
verdaderamente autónoma y que necesitaría el permiso de su padre para ciertas
cosas, pero dudaba que él se opusiera a sus deseos; tenía mucho que hacerse
perdonar. Cierto también que de seguro doña María la desheredaría, pero le
importaba un bledo; era joven, estaba preparada y tenía la vida por delante,
una vida que por ahora tenía intención de rehacer junto a su madre, abuela y
hermano.
Transcurridas dos semanas desde su marcha, y visto que no había señales de
ella, María llamó al acuartelamiento de Jaca y pidió hablar con el coronel
Caucé. Quedó anonadada cuando el militar respondió que sabía de la señorita
Lazán por su hija, ambas buenas amigas de la Universidad, pero que no la
conocía personalmente; nunca había estado en su casa. Prometió sin embargo
hablar con Amparo y llamarla más tarde. Lo hizo para informarla de que su
nieta se había bajado en Huesca y que, al parecer, no era la primera vez que
obraba de dicha manera. Le extrañaba, añadió, que no estuviera al tanto de un
comportamiento inapropiado, por decirlo de manera suave, en una joven
cristiana y de buena familia. La mujer permaneció con el teléfono en la mano
durante un buen rato antes de colgar y ordenar a una de las doncellas que fuera
en busca de su hija y de su yerno. A la primera le echó en cara su enorme
dejadez en la educación de Isabel, de quien nunca se había ocupado; al
segundo, lo acusó de ser el causante de la situación y le ordenó traerla de vuelta
de inmediato puesto que, de seguro, había ido reunirse con la perdida de su
madre o..., durante un instante reinó el silencio, o pediría la anulación
eclesiástica de su matrimonio aduciendo ausencia de relaciones conyugales y,
peor aún, adulterio.
Matías se sentía un hombre fracasado; su boda había sido una farsa, su
imagen de pareja ideal, otra; tenía dos hijos, y ninguno de los dos lo quería
como padre; su empresa de grabaciones había quebrado debido a competidores
más fuertes y mejor relacionados. Vivía de unas rentas holgadas, aunque cada
vez más limitadas pues su participación en el negocio familia era pequeña; la
inversión realizada en «Lazán S.A.» se había literalmente comido la herencia
paterna y, gracias a la suegra, llevaba un tren de vida propio de un adinerado,
que desaparecería si la maldita vieja hacía efectiva su amenaza. Estos y otros
pensamientos ocupaban su mente mientras conducía. Todo habría sido
diferente de haber llevado a cabo sus sueños juveniles de convertirse en un
pianista afamado, si hubiera sido fiel a la mujer que amaba desde los veinte
años... Pero había sido cobarde, o demasiado ambicioso, creyó que podría
conseguirlo todo, fama, dinero, amor. Ahora no tenía nada, y era demasiado
tarde. El piso que su abuela le había legado se hallaba cerrado, y el polvo cubría
muebles y objetos. No se molestó en comprobar si las sábanas estaban limpias;
se dejó caer encima de la cama y revivió sus noches de pasión en aquel mismo
lecho, el corazón dolorido, la pena en el alma. Al día siguiente se armó de valor
y se presentó en la vivienda de Manuela; tuvo la impresión de que lo estaban
esperando.
Isabel no regresó a Zaragoza. Sentado en una butaca del salón desde el cual
se divisaba el edificio del Casino, las tres mujeres, el antiguo guardián y el
joven frente a él, Matías parecía un reo ante el jurado y aceptó no presentar
una demanda para hacer valer su derecho de padre y tutor. A cambio, exigió,
más bien rogó, visitar a sus dos hijos, incluso insinuó la posibilidad de que
todos vivieran juntos en el piso de la Plaza del Mercado, tres veces más grande
que aquel, pero no insistió al observar el gesto burlón que hizo Manuela y el no
menos irónico de Aurora.
Año y medio más tarde, el alto Tribunal de la Rota, en el que «mandaba la
palabra de Dios», declaraba nulo el matrimonio de Matías Lazán y María
Cristina Cortillas. El proceso de nulidad fue rápido, no solo porque la parte
demandante abonó puntual el alto precio estipulado para los trámites,
únicamente al alcance de las élites adineradas, sino porque el demandado no
puso dificultad alguna. Es más, durante la vista, se mantuvo impertérrito al
declarar ella que el matrimonio le había sido impuesto sin su consentimiento,
siendo todavía menor de edad, una de las pocas razones por las que podía
obtenerse la anulación. Y tampoco movió una pestaña cuando añadió que en
ningún momento había mantenido relaciones íntimas con su esposo. Doña
María, en su calidad de testigo, manifestó que, en efecto, aquella había sido
una boda por intereses familiares, sin amor entre los contrayentes, añadiendo
sin que viniera a cuento que la hija que constaba en el expediente era en
realidad fruto del adulterio, de él. A la salida del Tribunal, se acercó a las dos
mujeres y susurró a la más joven, suficientemente alto para ser escuchado por
su hasta entonces suegra: «hacerte el amor ha sido una travesía sin agua por el
desierto, y un verdadero aburrimiento». Después se despidió con una
inclinación de cabeza y se fue silbando calle abajo dejando a ambas atónitas.
1962
sabel deseaba cambiar su segundo apellido y adoptar el Ornat de madre y
I
hermano, y de paso eliminar también su segundo nombre, Teresa de Jesús,
que nunca le había gustado, pero no resultaba fácil y además, de
conseguirlo, tendría que cambiar todos sus documentos, acta de nacimiento,
carné de identidad y títulos. Decidió pensar en ello sin prisas y comenzó a
trabajar en el despacho de abogados del Coso Bajo, quienes continuaban
ocupándose de los asuntos de su madre. Los jefes estaban contentos con ella y,
pasado un tiempo, solicitó atender los casos de mujeres. «¿Casos de mujeres?»,
preguntó sorprendido su superior directo. Ella le pasó la lista que había
elaborado: asesinadas, maltratadas, violadas, abandonadas, robadas, explotadas,
detenidas... El catálogo era largo; quería especializarse en la materia, afirmó, y
razones no le faltaban, las mujeres de su familia habían sufrido diferentes
situaciones, ella incluida, sin contar con apoyo legal. El hombre movió la
cabeza dubitativo, pero, en fin, era cierto lo que su meritoria aseguraba, bien lo
sabía él, aunque también sabía que no había mucho que hacer en este tema;
sonrió, hizo un gesto afirmativo y le tendió un archivador con varias carpetas,
pocas.
Una tras otra, la joven leyó el contenido de las carpetas, casos a la espera de
resolución, otros sin tan siquiera haberse iniciado las diligencias, sobreseídos,
rechazados, ninguno resuelto. Se centró en el de una mujer de la edad de su
madre, quien había presentado una denuncia por maltrato cuatro años atrás.
Le pareció estar leyendo una novela a medida que pasaba las hojas. La mujer en
cuestión, Plácida Ruiz, declaraba recibir palizas habituales por parte de su
marido; de hecho, en el dossier aparecía una foto de ella con un ojo morado.
También manifestaba haber acudido a la policía después de una de aquellas
zurras y recibido como respuesta un: «algo habrá hecho usted para que su
esposo la castigue». El bufete se había ocupado del asunto, pero lo archivó; los
dos posibles testigos, los hijos, se habían negado a declarar en contra del padre.
Y ahí había quedado la gestión. En el expediente aparecía su dirección, y al día
siguiente se presentó en la vivienda.
La mujer que le abrió se mostró remisa a hablar, pero ella insistió y,
finalmente, quedaron para verse en una cafetería de la Plaza de los Fueros. Se
había casado joven, apenas cumplidos los veinte, la Ley prohibía a las mujeres
trabajar una vez casadas sin el permiso del marido, pero este se negó alegando
su obligación de atender el hogar por lo que se vio obligada a dejar su trabajo
de telefonista en el Ayuntamiento. Al principio todo fue bien; él era un
hombre cariñoso con un buen puesto en una empresa, la mimaba, le hacía
regalos. La situación empezó a cambiar al nacer el primer hijo; le reprochaba la
mayor atención al niño que a él, su dejadez en el vestir, su falta de entusiasmo
en la cama. La cosa empeoró tras el nacimiento del segundo; poco después
empezaron los golpes. Un guisado pizca requemado, una camisa sin planchar,
un pelo en el lavabo, unas cazuelas sin fregar, cualquier motivo por trivial que
fuera era motivo de una bofetada, que pasó a ser un puñetazo cuando no una
somanta con el cinturón. Luego la forzaba y tenía que esperar a que él estuviera
dormido para lavarse e intentar disimular los moretones. Y así durante años.
Después de aquel primer intento y la subsecuente paliza, no volvió a
denunciarlo dado que, a la vista estaba, no conseguiría sino empeorar las cosas.
Con los hijos, sin embargo, era un buen padre, de ahí que ellos no hubieran
querido declarar aun a sabiendas de lo que ocurría. No respondió a la pregunta
de Isabel sobre si estaría dispuesta a intentarlo de nuevo, pero se le llenaron los
ojos de lágrimas, y ella lo tomó como un sí. Quedaron para verse allí la semana
siguiente, el mismo día y a la misma hora.
La joven pronto entendió por qué su jefe había hecho un gesto dubitativo al
entregarle el archivo. El Código Civil asignaba la jefatura familiar al marido
para ejercer una potestad absoluta sobre la esposa, la cual quedaba inhabilitada
de igual modo que los menores o los discapacitados psíquicos. No acababa ahí
el asunto, en caso de abandono del hogar, además de perder derechos y
gananciales, seguiría necesitando el permiso del esposo para trabajar, eso, si
encontraba un trabajo. Revisó a fondo una reciente reforma legal en lo que
atañía a la mujer y solo encontró cambios imperceptibles como que podía ser
testigo en los testamentos o, si era viuda, conservar la patria potestad sobre los
hijos menores en caso de volver a casarse. Nada relacionado con el maltrato. Al
comentar el tema con unos de los abogados con quien había entablado
amistad, este comentó que era normal, pues los conyugales eran asuntos
íntimos de la pareja.
Al acudir a la cita, tenía claras dos cosas: que resultaría difícil, por no decir
imposible, aducir malos tratos ya que los únicos testigos eran los hijos, y que
tenía que convencerla para que abandonara a su torturador. Plácida la esperaba
en la cafetería, cubierta con un sombrero algo anticuado, de ala ancha tipo
pamela, ladeado de forma que no se apreciaba la parte derecha de su rostro. Al
cabo de unos minutos, tras sentarse y pedir un café, se dio cuenta de que la
miraba de soslayo, sin mover la cabeza, y en un ademán inesperado para la
otra, la tomó por la barbilla y la obligó a mirarle directamente. El maquillaje
no disimulaba su mejilla violácea, y tenía el ojo medio cerrado. Tuvo que hacer
un esfuerzo para no soltar un juramento. Solo habló ella, a media voz para no
ser escuchada por los clientes de la mesa contigua; la informó acerca de los
obstáculos que se les presentaban y de la imposibilidad de asegurarle un
veredicto favorable. A continuación, demostró la capacidad oratoria que tanto
le había servido en los exámenes, y sus dotes de convicción. La acompañó a su
vivienda, la esperó en la calle durante media hora mientras recogía
documentos, joyas y unas fotografías de sus hijos, lo que le cabía en el bolso a
fin de no dar pistas por si se topaba con vecinos o conocidos, y ambas se
dirigieron del brazo al piso de la Plaza de Navarra, donde Manuela y Aurora la
recibieron como a una vieja amiga.
No pasó mucho antes de que su jefe la llamara. El marido había encontrado
encima de la mesa una nota: «Me voy, no me busques», y dado que ellos habían
sido los abogados en el caso de la denuncia, se presentó en el despacho
amenazando con acusarlos por encubrimiento del delito de abandono del
hogar, penado con cárcel inmediata en el caso de las mujeres. Lograron
calmarlo y prometieron averiguar si alguien del bufete había ayudado a la
«prófuga». Isabel no había dicho nada sobre su iniciativa y se mantuvo
impávida durante el interrogatorio; ignoraba a quién se refería, no había leído
todavía el dossier correspondiente y aseguró hallarse ocupada en un caso de
«uxoricidio por causa de honor», es decir por adulterio, en el que el asesino
solo había sido desterrado por unos meses, pero la familia de la víctima
reclamaba una compensación. Lo comentó al llegar a casa y vio el temor
reflejado en la mirada de Plácida. De la misma, Aurora propuso ir a Buisán;
llevaba años sin saber nada de su hermano y su cuñada, y era el momento de
hacerles una visita.
Partieron el siguiente sábado por la tarde, todos menos Manuela, que debía de
preparar un recital. Habían mejorado las carreteras e hicieron el trayecto en dos
horas, lejos del interminable viaje en carro de viajeros con su madre, que
Aurora todavía recordaba. Únicamente encontraron a Antoi; Nieus y el primo
Zilio habían fallecido, uno tras otro dos inviernos atrás, y no había vuelto a
saber de sus hijos, pero era un hombre práctico que siempre tenía en mente
aquello de que era inútil lamentarse por lo que ya no tenía remedio, el lema
familiar. Antes de regresar el domingo, Chabier e Hilario se acercaron a las
faldas de Monte Perdido y se prometieron volver para ascender hasta la
cumbre. El joven había cumplido los veinte, su madre se empeñaba en que
estudiara una carrera universitaria, aunque para ello debía trasladarse a
Zaragoza y él no tenía intención alguna de abandonar Huesca: le interesaba
mucho más el deporte de montaña que los libros, y también la pintura. Pasaba
horas muertas en el museo instalado en el Colegio Mayor de Santiago, absorto
en la contemplación de los cuadros allí expuestos, estudiando cada obra,
examinando cada detalle, la perspectiva, las tonalidades, luces y sombras, las
formas. Luego intentaba trasladar lo aprendido a sus propios lienzos. Al
principio, apenas adolescente, el resultado hacía sonreír a su madre, abuela y
padrino, pero no pasó mucho antes de que los dejara verdaderamente
sorprendidos, aunque ninguno de los tres logró que les hiciera un retrato, no
era lo suyo. Con la paga que recibía cada mes, lo que conseguía trabajando
como recadero eventual para un comercio cercano a su domicilio, los dinerillos
que le daba su padrino y algún que otro cuadro que lograba vender los sábados
en el mercadillo de la Plaza del Justicia consiguió ahorrar las dos mil pesetas,
un dineral, que costaba una Kodak Clak con la que sacaba fotografías de calles,
fuentes, ríos, jardines, pero en especial de los montes a los que seguía
ascendiendo con Hilario siempre que se les presentaba la oportunidad, para
luego pintar sus cuadros. Ambos regresaron a la ciudad tras tomar unas cuantas
instantáneas en Buisán y alrededores; la abuela y la mujer permanecieron en la
aldea.
Aurora sintió añoranza al encontrarse en el lugar de su infancia y recordar a
la madre, al padre adoptivo, las correrías con sus hermanos pequeños, las
ovejas, las veladas junto al fuego, si bien sus recuerdos se mezclaban con otros
momentos mucho menos gratos de angustia y miedo, en particular la aparición
allí de Matías y sus hombres en busca de Manuela. La casa en la que había
nacido se caía de puro vieja y abandonada; a su muerte, los parientes de la
buena de Feliciana se apropiaron de ella, si bien nunca la utilizaron, tampoco la
alquilaron o vendieron. Constató asimismo que, si antes los habitantes eran
pocos, ahora eran menos. Por otra parte, el reencuentro con su hermano Antoi
y el apoyo que ambos podían prestarle a la pobre maltratada suponían un
aliciente en su vida, algo mustia durante los últimos años. Cierto que no tenía
motivos para quejarse; era un regalo vivir en paz en compañía de su hija y de
los nietos, pero... ¿dónde quedaban sus sueños de llegar a ser una buena
maestra? ¿Dónde su gran amor de juventud? Conservaba la única fotografía
que tenía con Mario y con la entonces pequeña María; los dos habían
desaparecido, el uno joven, obcecado en transformar una sociedad que nunca
cambiaría, pues los poderosos mantienen su poder sea cual sea el gobierno que
rige los destinos del pueblo. La otra... La había perdido hacía mucho, tanto que
debía esforzarse en recordar el momento en que aceptó fuera prohijada por el
rico ganadero cuyo apellido adoptó renegando de ella. No obstante, también
había heredado la fuerza de su madre y estaba decidida a no dejar de luchar por
lo que consideraba justo. Con la ayuda de Plácida, puso en orden la casa de su
hermano y organizó unas clases para la media docena de mujeres de la aldea
con intención de enseñarles a leer y a escribir, a las que por cierto también
asistían un par de vecinos, algo que la sorprendió gratamente.
El lunes, al llegar a la oficina, Isabel se encontró con que la estaban esperando
su jefe y otros dos hombres. Uno de ellos la asió por los hombros con
brusquedad y le preguntó dónde estaba su mujer. Como no respondió, el
hombre levantó la mano con la intención de soltarle un bofetón, y lo habría
conseguido si ella no reacciona a tiempo y le da una patada en la espinilla.
Momentos después se enteraba de que el agresor era el marido maltratador y el
otro, un conocido quien, al parecer, había visto a Plácida por la calle en
compañía de una joven, que supuso sería su hija pues iba agarrada a su brazo y
la hablaba animadamente. Al comentarle que tenía una hija muy bonita, su
amigo sospechó algo; le pidió que la describiera, y ambos se presentaron en el
despacho de los abogados por si había allí alguna empleada que se ajustara a la
descripción: menuda, melena corta, vestido entallado, tacones, un maletín en
lugar de bolso y, en especial, unos ojos de un extraño color azul.
La escena finalizó como no podía ser de otra manera. El segundo hombre la
reconoció, ella negó en todo momento tener algo que ver con la desaparecida,
el marido juró que denunciaría al bufete, y el jefe la despidió ipso facto,
indicándole además que se encargaría de que no la admitieran en ningún otro
despacho de la ciudad. Al introducir en una caja sus objetos personales, y
aprovechando que su mesa se hallaba en un rincón poco visible, cogió también
el «archivo de las mujeres» como lo llamaba a riesgo de verse acusada de
ladrona. Salió de allí sin despedirse, la cabeza alta, el paso firme, con la
intención de dirigirse a su casa, pero los dos hombres la esperaban en la calle.
Ambos comenzaron a increparla y a punto estaban de arremeter contra ella
cuando otro se interpuso y los amenazó con liarse a puñetazos si no la dejaban
en paz, llamándolos matones y preguntando a ver si no les daba vergüenza
meterse con una joven indefensa. A su alrededor se formó un corrillo de
personas que aprobaban sus palabras y los señalaban con el dedo, de manera
que decidieron retirarse no sin antes prometer que volverían a verse las caras.
Conmocionada por lo ocurrido, Isabel aceptó la oferta de su salvador de
acompañarla a casa; solo entonces se fijó en él, era el padre a quien no había
visto en meses.
Matías no había vuelto por el piso de la Plaza de Navarra pese a que
Manuela aceptó visitara a sus hijos de vez en cuando, no se sentía con ánimo
suficiente. Las miradas burlonas de esta y de su madre, el enfado en los ojos de
la hija, la atónita curiosidad en los del joven y la actitud a la defensiva del
antiguo guardián no eran acicates precisamente. No obstante, desarrolló una
habilidad nunca antes sospechada: la de detective. Sabía dónde trabajaba
Isabel, observaba a su hijo ensimismado en las pinturas del museo, conocía los
tugurios frecuentados por Hilario, la cafetería en la que todos los martes a
media tarde Manuela y su madre tomaban chocolate con churros, incluso los
observaba en la distancia, los domingos, cuando acudían a El Maizal, y
esperaba paciente a que regresaran a la ciudad. Le gustaba su nueva actividad,
lo entretenía a falta de otra cosa que hacer, de alguna manera se sentía un
protector invisible y, de paso, descubrió la ciudad que hasta entonces solo era
una especie de apeadero para él, de ahí que en buena hora anduviera por el
Coso Bajo cuando vio a los dos hombres agredir a su hija. A poco se le saltan
las lágrimas cuando ella lo abrazó agradecida. Aquel día comió por primera vez
a la misma mesa con la familia que debería haber sido la suya.
Durante un tiempo, la joven salió siempre acompañada por Hilario o por su
hermano, si bien lo hacía para dar una vuelta y tomar un poco el aire. El resto
del tiempo lo pasaba inmersa en el estudio de los dossiers del archivo cuya
desaparición al parecer no había sido descubierta. Por si acaso, los copió en la
máquina de escribir que le regaló su padre, algo de lo poco que este había
conservado al vaciar la lonja que durante unos años había albergado su
malogrado sueño de llegar a ser un productor musical importante. Lo uno trajo
lo otro. El piso de la familia era amplio; sus cinco ocupantes disponían de una
habitación cada uno, pero no le resultaba fácil centrarse con ellos entrando en
su cuarto cada dos por tres a preguntar si se encontraba bien; las comidas y las
cenas se alargaban, había ruidos, puertas que se abrían y cerraban y, para
colmo, Matías se presentó un día con un aparato de televisión, lo que causó un
gran revuelo pues, afirmó, ellos serían de los primeros en tener uno en la
ciudad.
No se recordaba desde el anuncio del final de la guerra, otra noticia con
mayor impacto que el de la inauguración en Madrid de los estudios de la
Televisión Española, un domingo de octubre de 1956, día de Cristo Rey, «a
quien ha sido dado todo el poder en los Cielos y en la Tierra». En Huesca
hubieron de esperar cuatro años para disponer de la conexión, y todo el mundo
aguardaba anhelante la retransmisión de la boda del rey Balduino de los belgas
con la española Fabiola, incluidos los republicanos.
Isabel comentó a su padre la dificultad de instalarse por su cuenta una tarde
en que ambos salieron a dar un paseo; quería montar su propio despacho, pero
iba a resultar misión imposible hacerlo en su propia casa, y la respuesta la dejó
anonadada: «Móntalo en mi piso». En un principio, Manuela puso pegas
temiendo que él fuera una mala influencia, además no sabía si le gustaba la
idea de que se enfrentara sola a un mundo regido exclusivamente por hombres,
el de la abogacía, que se la comerían visto y no visto. Sin contar los peligros a
los que se vería expuesta, pues vete tú a saber quién acudiría a su despacho.
Luego se recordó a sí misma, luchando, intentando abrirse camino, obligada a
vivir en Ejea en contra de su deseo, huyendo de allí. También se acordó de su
madre y de su abuela, las tres lo habían tenido difícil, pero habían logrado
sobrevivir, y su hija tenía el carácter peleón de las mujeres de la familia. La
convenció la promesa de Matías de ayudarla en lo que pudiera, de ser una
especie de secretario, o bedel, añadió entre risas, y de no dejarla sola. Por otra
parte, aquel piso que había sido de su abuela y ahora era de él, sería algún día
de sus hijos.
Una semana más tarde, la joven ocupaba el que había sido el sancta
sanctórum del músico que pensaba llegar a ser un Duke Ellington y era un total
desconocido, aunque continuara tocando el piano con maestría. El
instrumento fue lo único que quedó allí, más que nada porque no tenía otro
lugar donde dejarlo, teniendo en cuenta que había otro en el salón de la planta
de abajo. Pensó en venderlo, pero no lo hizo, sería como vender su alma. Todo
lo demás desapareció: libros, una guitarra, un balón firmado por el gran Telmo
Zarra, ropa, zapatos, fotografías y algún trofeo fueron a parar a la habitación
del servicio, cerrada desde la muerte de su antigua dueña. Es más, cambió la
cama por un sofá y contrató a un pintor de brocha gorda para pintar las
paredes en un tono crema, muy de moda, y a una mujer para limpiar el lugar y
sacar brillo a los muebles, y a la vez al resto del piso. El día de la inauguración
oficial del despacho «Letrada Isabel Lazán» estuvo presente la familia al
completo, y por primera vez en años Manuela cantó acompañada al piano por
él.
Sin publicidad, sin anuncios, se corrió la voz de que una abogada se ocupaba
de cuestiones que sus homólogos masculinos rechazaban. Al principio fueron
asuntos del tipo herencia legada a la querida y no a la esposa legal, apropiación
de unas tierras por parte de unos cuñados, un casero que quería echar a una
mujer de la vivienda a fin de alquilarla más cara. Los casos graves tardaron en
llegar, violaciones, maltrato, intentos de asesinato... Tuvo la impresión
generalizada de que las víctimas se contenían a la hora de denunciar, como si
les diera vergüenza, y en más de una ocasión volvían para retractarse y cancelar
la denuncia. De todos modos, pronto se dio cuenta de que tenía las manos
atadas.
La policía no aceptaba investigar los temas de violación y maltrato, y cada
vez que presentaba una demanda en el Juzgado, o bien se la rechazaban o le
daban largas sin solución. No solo eso, también empezó a recibir llamadas por
teléfono y cartas amenazadoras si insistía en continuar. El primer caso de
importancia que logró ganar fue el de una muchacha encerrada en un centro
religioso bajo la custodia del «Patronato de Protección a la Mujer», un
reformatorio para «descarriadas» de entre dieciséis y veinticinco años al que
iban a parar las jóvenes rebeldes en el que la metió su tío y tutor sin que
constase un juicio previo. El hermano de la retenida, ahora mayor de edad,
pero menor cuando ocurrió el hecho, reclamaba la custodia; juró que el tío
quiso violarla, y que él lo impidió dándole un botellazo en la cabeza, si bien
huyó luego creyendo que lo había matado dejando allí a su hermana. La
venganza del hombre fue encerrarla y apropiarse de la casa de campo,
propiedad de los difuntos padres de ambos. El individuo no era apreciado en el
pueblo en el que vivían, y no costó encontrar testigos que declararan que
aquella no había sido la primera ni la última vez en la que había abusado de
una mujer. Isabel apenas recibió el pago por las costas, pero se sintió feliz
cuando los dos jóvenes se abrazaron y los vio partir asidos del brazo. Aquella
había sido una victoria pírrica, pero, aun así, estaba convencida de que no se
consigue nada si no se intenta, y ella pensaba seguir intentándolo.
Un día recibió una carta de una antigua compañera de la Universidad, una de
las seis que habían cursado la carrera juntas, en la que la invitaba a una reunión
en Zaragoza para tratar «asuntos relacionados con el ejercicio de la profesión».
Le llamó la atención que le hubiera sido remitida a la dirección de su padre,
por lo que supuso que su colega estaba al corriente de su actividad, y le entró el
gusanillo. Llevaba ya dos años intentado abrirse camino con escasas
perspectivas, el acceso a la Judicatura les estaba vedado a las mujeres y, después
de lo ocurrido, tampoco conseguiría trabajo en un bufete. De todos modos, no
entraba en sus planes ser una pasante el resto de su vida, eso si no se casaba,
pues seguía en vigor la prohibición de trabajar sin la autorización del marido.
Claro, que ni en sueños se imaginaba casada con un troglodita de aquellos que
opinaban que la obligación del hombre era trabajar, y la de la mujer ocuparse
de él, de la familia y la casa. El encuentro tendría lugar el sábado de la siguiente
semana, tiempo suficiente para preparar el viaje y convencer a los suyos de que
no necesitaba ser acompañada; cogería el tren el viernes, dormiría en algún
hotel y estaría de vuelta el domingo. No hubo manera. Precisamente ese día,
Manuela tenía un recital en el Teatro Principal de la capital, y Matías se
empeñó en acompañarla. Por su parte, Chabier llevaba tiempo queriendo
visitar la sede de «Montañeros de Aragón», a varios de cuyos miembros había
conocido en una de sus salidas al monte; su acompañante de siempre se hacía
mayor, y aquellos hablaban de escaladas a tres-miles, cinco-miles y más, y él se
moría de las ganas. Hilario se apuntó, por supuesto; quizás ya no fuera capaz
de subir hasta las cumbres de las Treserols, pero no iba a dejar a su «niño» solo
con unos locos, porque locos tenían que estar para ascender al Aneto en
invierno. Además, él también sentía curiosidad por conocerlos.
Apretados en el Seat 600 recién adquirido, salieron para Zaragoza la tarde
del viernes y se alojaron en una pensión pese a que Matías insistió lo hicieran
en el Gran Hotel. Eran cinco, y no era cuestión de gastar dineros solo por
dormir, señaló Manuela, quien añadió en tono jocoso que él podría pernoctar
en casa de su ex- suegra, si esta le permitía la entrada. Por otra parte, siempre
que iban a la capital, se alojaban en dicha pensión, donde el trato era excelente
y las habitaciones estaban muy limpias. Al día siguiente, cada cual se fue a lo
suyo; los unos al teatro, los otros a la sede de los montañeros, e Isabel a la
vivienda de la organizadora de la reunión.
Le sorprendió encontrar allí a tres de sus condiscípulas y a una más joven a
quien no conocía. Se trataba, como enseguida supo, de estudiar la situación en
la que se hallaban las licenciadas en Derecho, sin posibilidad de acceder a la
Judicatura y obligadas a trabajar en segunda o tercera línea, más como
auxiliares o secretarias que como letradas, un calco de ella misma. La idea era
redactar un manifiesto denunciando la falta de igualdad con sus colegas
masculinos y hacerlo llegar al Ministerio de Justicia. Tras unos cuantos
borradores y algunas discusiones, el texto quedó escrito a máquina y firmado
por cada una de ellas con su nombres, número del DNI y dirección. Se
disponían a salir para comer algo en una cafetería cercana y continuar después,
cuando la puerta se abrió de una patada y entraron unos hombres armados que
las conminaron a ponerse de rodillas, las manos sobre la cabeza. Los vieron
registrar el piso, un apartamento en realidad, tirar muebles, coger todo tipo de
papeles y libros; también las cachearon, una por una, introduciendo la mano
en los lugares más íntimos con la disculpa de buscar armas. Luego las
ordenaron salir, siempre con las manos en la cabeza, y las metieron en un
furgón que esperaba delante del portal. Lo que siguió fue un interrogatorio
heredado de los inquisidores de maldita memoria: las obligaron a desnudarse,
volvieron a manosearlas, las llamaron «putas», las amenazaron con violarlas y
las golpearon con la porra en muslos y nalgas.
Isabel creía estar viviendo una pesadilla. Algo había leído sobre la persecución y
tortura a las llamadas «brujas» en el Alto Aragón, pero no se imaginaba que ella
y sus compañeras pudieran encontrarse en igual situación cuatro siglos más
tarde. Horas después, ya vestidas, se vieron encerradas en un calabozo sin tan
siquiera un banco donde sentarse, y se dejaron caer en el suelo, doloridas,
agotadas, llorosas. No entendían lo que pasaba, no habían hecho nada para
recibir castigo semejante; las acusaban de llevar a cabo una reunión ilegal con
ánimo de subvertir el orden establecido y querían saber quiénes eran sus
cómplices. El gobierno estaba decidido a acabar con todas las células
subversivas que aparecían en el país como hongos venenosos: obreros,
estudiantes, miembros del bajo clero, intelectuales... y mujeres familiares de
presos políticos, vecinas, militantes en partidos prohibidos, o profesionales que
luchaban por acabar con la discriminación laboral femenina como era el caso.
A la mañana siguiente, les llevaron agua y pan, pero no las sacaron para un
nuevo interrogatorio. Seguían sin comprender su situación hasta que la
organizadora de la reunión, la más apaleada, les confesó haber sido detenida
con anterioridad, durante una huelga en la Universidad; la soltaron, pero por
lo visto la tenían vigilada, no se entendía si no, que hubieran entrado en su
piso como lobos a la caza de ovejas. Cuatro días después, y de manera
extrañamente correcta, un funcionario fue en busca de Isabel y la acompañó a
un despacho. Estaba aterrorizada pensando que tendría que pasar de nuevo por
lo mismo, pero abrió la boca asombrada al ver a Alfonso y a su padre sentados
en un sillón y conversando con un hombre bien trajeado que, a todas luces, era
quien mandaba en el lugar; el tipo que la había golpeado se mantenía
respetuoso de pie a unos pasos.
El concierto había resultado un éxito, y Manuela recibió un par de ofertas
para actuar en Barcelona y en Bilbao, que Matías, reconvertido en su
representante al menos en aquella ocasión, se apresuró a gestionar. Chabier e
Hilario estaban entusiasmados tras su visita a la sede y ser aceptados como
miembros de «Montañeros de Aragón», por lo que se les comunicarían las
actividades de la asociación y podrían tomar parte en ellas, al menos en
algunas. Solo faltaba Isabel. Los cuatro cenaron en un pequeño restaurante
desde donde veían la puerta de la pensión a la espera de su llegada, pero
empezaron a preocuparse al no verla aparecer cercana la medianoche, cuando el
dueño les insinuó que era hora de abandonar el local pues tenía que cerrar.
Quizás se había entretenido con sus compañeras, quizás había llegado sin que
ellos se percataran, quizás... No durmieron en toda la noche y salieron en
tromba hacía la comisaría en cuanto dieron las nueve de la mañana. La policía
no tenía constancia de la desaparición de ninguna joven, tampoco había
habido nada importante que reseñar la víspera, tal vez se había quedado a
dormir en casa de una amiga, o de un amigo, añadió en tono irónico el agente
que los atendió. Aun así, rellenó un formulario que Manuela firmó y les indicó
volvieran para retirar la denuncia en cuanto apareciera la ausente; en caso de no
aparecer se llevarían a cabo las diligencias pertinentes.
Al salir, con el alma en los pies, se vieron abordados por un hombrecillo.
Aunque ellos ni se habían percatado de su presencia, los había escuchado
hablar con el agente, afirmó, y los informó de que había sido testigo de una
redada la tarde anterior. Habían subido en un furgón de la policía a cinco
mujeres jóvenes, ignoraba adónde las habían llevado, pero tampoco había
muchas opciones, una de ellas era la propia comisaría. Tuvieron que detener a
Hilario, dispuesto a entrar de nuevo y darse de hostias con quien hiciera falta a
fin de conocer el paradero de la joven. El hombre los aconsejó no obrar a lo
loco si no querían verse ellos mismos encerrados por desacato y les recomendó
buscaran ayuda, a poder ser en alguien con influencia, «con aldabas» dijo. No
conocían a nadie influyente, excepto a... doña María, si bien era del todo
improbable que esta quisiera intervenir tras la deserción de la «nieta» y la
posterior separación de su hija y yerno. ¡Y a ver quién se atrevía a enfrentarse a
ella! Sin embargo, a Matías se le ocurrió otra idea y salió corriendo tras pedirles
que esperaran en la pensión a que él regresara. De la misma, cogió el coche y
viajó hasta Alquézar sin detenerse.
No había vuelto a ver a Sito desde que este decidiera confinarse en la propiedad
de la Sierra de Guara. Su amistad de años comenzó a resquebrajarse en el
momento en que él declinó afiliarse a su partido; no le interesaba la política,
no lo atraían las proclamas incendiarias de ningún signo y menos la ferocidad
que mostraba su amigo, el médico cuyo cometido debería de haber sido salvar
vidas humanas. Todavía hoy le resultaba incomprensible que un hombre de su
cultura y preparación hubiera sido capaz de empuñar un arma y disparar a
personas indefensas. Cierto que él no podía presumir; su comportamiento
hacia Manuela había sido a todas luces aberrante, aunque entonces lo
justificara por ser aquella la única forma de tenerla, de yacer con ella y sosegar
su deseo. Lo había pagado con creces y estaba dispuesto a hacer lo que fuera
por compensarlas, a ella y a su hija.
El saludo de su excuñado al verlo después de tanto fue más bien gélido y,
por un momento, creyó que los hombres encargados de la vigilancia lo
echarían de allí a patadas. Sin embargo, hizo un gesto a uno de ellos, y al
instante tenía un vaso de whisky en la mano. Lo escuchó sin decir palabra,
aunque tampoco era mucho lo que él sabía; su hija había ido a reunirse con
unas amigas y había acabado en un calabozo. Le pedía ayuda en caso de que
todavía tuviera algún contacto en la capital. Sito le indicó fuera a descansar
hasta la hora de cenar y salió tras uno de los hombres; antes de desaparecer
escuchó que hablaba por teléfono, si bien no llegó a captar lo que decía.
A media mañana del día siguiente se hallaban ambos en la comisaría de la
Brigada Político-Social. Para sorpresa de Matías, su amigo mantenía su
ascendiente y estaba al corriente de asuntos que a él se le escapaban, pero que el
otro parecía conocer muy bien. No habían hablado mucho durante la cena,
solo de temas triviales, de lo mal que le había ido el negocio de las grabaciones,
de la salud del otro y apenas más; estaba claro que quedaba poco, por no decir
nada, de su antigua camaradería. El viaje lo hicieron cada cual en su coche. Se
había tratado de una mera operación de control, justificó el comisario, de las
que venían llevándose a cabo en los últimos tiempos debido a la proliferación
de grupos comunistas, en especial obreros y estudiantes, que era preciso
eliminar de cuajo antes de que fueran a más. En el caso de las abogadas, una de
ellas ya había sido detenida por apoyar una huelga; solo habían querido darles
un susto y recordarles que las mujeres estaban para lo que estaban, no para
meterse en los asuntos de los hombres. Ambos sintieron un enojo similar al ver
a la joven hecha unos zorros, sucia, despeinada, un moratón en la mejilla, y
asustada, tanto, que las lágrimas resbalaron por su cara mientras abrazaba al
uno y al otro.
Sito pensaba visitar a su madre y hermana y pidió, más bien exigió, que
Isabel lo acompañara. Padre e hija se miraron alarmados, pero él los tranquilizó
asegurando que solo irían a comer, Matías la recogería después. Le constaba
que su madre la echaban en falta, y qué menos que pasar a verla después de casi
cinco años de ausencia. Por mucho que el comisario asegurara que su
detención había sido un hecho circunstancial, la joven le debía su libertad y
asintió con la cabeza. No había habido cambios en el elegante piso de los
Cortillas-Luesia, los mismos sirvientes, algo más viejos, los mismos muebles sin
mota de polvo, las mismas alfombras cubiertas con plásticos para no
estropearlas. Tampoco había cambiado la mujer a la que había llamado
«madre»; seguía siendo igual de superficial. Su único comentario al verla fue
decir que parecía la hubiera atropellado un camión; la cogió de la mano, la
llevó a su antiguo cuarto donde todo continuaba como lo había dejado y le
dijo que se duchara y se cambiara de ropa antes de presentarse ante la «abuela».
Lo hizo, solo porque se sentía sucia, sobada; se duchó y se puso un vestido de
lunares, entallado en la cintura y vuelo amplio, de los varios que seguían
colgados en el armario. Se miró en el espejo y sonrió divertida a pesar de la
situación y el moratón en la cara; sin maquillaje y el cabello todavía húmedo
sujeto en una cola, volvía a ser la adolescente ilusionada por llegar a ser una
gran abogada.
Doña María sí había cambiado, y mucho. La mujer enérgica cuyas órdenes
nadie se atrevía a replicar, parecía haber perdido su vitalidad. Isabel calculó que
andaría cercana a los setenta, pero parecía incluso mayor que la abuela Aurora,
quien acababa de cumplir los noventa en excelente salud. Su recuerdo la
distrajo durante unos instantes; llevaba sin verla desde el verano anterior, desde
que la dejaron en Buisán con la pobre Plácida. Le constaba que su madre había
ido con Hilario y Chabier en varias ocasiones, pero no ella, por una u otra
razón, y se prometió visitarla sin falta en cuanto regresara a Huesca. Fijó su
atención en la señora que la sonreía como si fuera una visión del pasado y no
supo qué responder cuando le preguntó qué tal iban sus estudios en la
Universidad. Miró a Sito, y este le hizo un gesto para que respondiera. Solo
entonces se fijó en el temblor de sus manos y la baba que le salía por la
comisura, que la sirvienta de mediana edad que se mantenía a su lado limpió
rápidamente con un pañuelo bordado. Así pues, la mujer que había repudiado
a su familia, la que la había raptado nada más nacer, la manipuladora, la que
había acumulado una fortuna sin apenas esfuerzo, sufría una degeneración
precoz. Sintió pena por ella, a fin de cuentas, también la había educado, se
había preocupado por su salud y le había ofrecido la posibilidad de estudiar;
echó mano de su innata capacidad teatral y de su buena memoria y volvió a ser
la joven de dieciocho años que la otra todavía recordaba.
Tras la comida, que la sirvienta le dio a la boca, la señora se retiró a su
habitación, María Cristina también se ausentó, tenía una cita en la peluquería;
solo quedaron ella y su tío, aunque en realidad fuera su primo, pero no se
acostumbraba a tratarlo como a tal. Por él supo que los primeros síntomas de la
enfermedad de su madre se habían presentado inesperadamente tres años atrás;
empezó a olvidar nombres, palabras, no sabía dónde había dejado algo, tenía
lagunas al hablar del pasado, de noche dormía mal y a veces se orinaba encima.
Los médicos de su propia clínica afirmaron que la cosa iría a peor y les
aconsejaron internarla en una residencia. A su hermana le pareció bien, a él no.
Removió Roma con Santiago cuando el atentado lo dejó inválido y se encargó
de procurarle las mejores piernas ortopédicas del mercado; ahora era su turno
de atenderla. Cierto que nunca habían mantenido una relación especialmente
cariñosa, ninguno de los dos era dado a expresar sentimientos, pero estaba
dispuesto a hacer lo que estuviera en su mano a fin de proporcionarle la mejor
calidad de vida posible en su propia casa, al menos mientras todavía
mantuviera algo de lucidez. Cuando Matías acudió a Alquezar, se encontraba
allí para recoger algunos documentos, pues su intención era volver
definitivamente a Zaragoza a ocuparse de los asuntos familiares y, de hecho,
dada la inutilidad de su hermana, el juez lo había nombrado único albacea de
su madre. Se despidieron cuando su padre fue a buscarla; le recomendó no se
metiera en asuntos peliagudos que nunca lograría solucionar, y de los cuales
quizás él no podría sacarla ya que todo estaba atado y bien atado; le dijo que
esperaba volver a verla pronto y le entregó una carpeta con un lacónico «dásela
a Manuela».
De vuelta en la pensión, tras abrazos, preguntas y respuestas, salieron a toda
prisa camino a Huesca y no respiraron tranquilos hasta hallarse en el refugio de
su hogar. Isabel había olvidado la carpeta, en una bolsa junto con algunas ropas
que cogió del armario de su antigua habitación, y se la entregó a su madre. La
sorpresa de esta fue tal, que se quedó sin palabra. Don Alfonso Cortillas y
Luesia, en su calidad de albacea de los bienes de la familia de igual nombre y
apellidos, transfería la propiedad de El Maizal, vivienda y tierras a doña
Manuela Ornat Albar luris sanguinis, por derecho de sangre.
La casa estaba en un estado lamentable; su mantenimiento suponía un gasto,
y los guardianes habían sido despedidos hacía tiempo. Contrataron albañiles y
carpinteros que retejaron la cubierta y arreglaron techos y jambas, el herrero del
pueblo se ocupó de los elementos de hierro, dos labradores limpiaron la huerta
en la que plantaron las hortalizas de temporada, y unas mujeres se consagraron
a dejar suelos, ventanas y muebles como una patena. Los cinco participaron en
la rehabilitación. Al principio fueron y vinieron, pero se trasladaron a la casona
en cuanto dispusieron de tres habitaciones, una para madre e hija, otra para
Chabier e Hilario, y la tercera para Matías quien se apuntó y, para su sorpresa,
no encontró el rechazo que esperaba. Aquellas en la limpieza, los otros
cortando leña y limpiando rastrojos, y este en el arreglo del establo y del
gallinero, acababan la jornada agotados pero satisfechos. Ninguno había vivido
en el campo a excepción de Manuela, y tampoco guardaba demasiados
recuerdos de aquella época. De pronto la vida de todos adquiría un nuevo
sentido; allí no había televisión, ni la necesitaban; la vieja radio de galena a
veces funcionaba, otras no; la cocina seguía siendo de leña, de las llamadas
«económicas», que había que encender para calentar el agua del calderín a fin
de poder tomar un baño caliente. Nada que ver con las comodidades del piso
de Huesca, que, sin embargo, no echaban en falta. Dos meses más tarde,
dispuestas dos habitaciones más, Chabier e Hilario fueron en busca de Aurora;
el joven se había sacado el carné de conducir a la primera, y el mayor se pasó
todo el viaje dándole consejos y agarrando el asiento con ambas manos.
Regresaron ese mismo día con ella y también con Antoi y Plácida. No les
dijeron que iban a la hacienda, solo que había un asunto de suma importancia
que precisaba de su presencia.
Aurora notó que el corazón se le aceleraba al constatar que no entraban en la
ciudad y que tomaban la carretera al pueblo, y lo mismo le ocurrió a su
hermano. Ninguno de los dos pudo retener la emoción al llegar y ver a los
demás esperándolos con unas sonrisas de oreja a oreja. Aquella noche el tiempo
se detuvo en El Maizal, y nadie se fue a la cama hasta pasada la medianoche,
felices de encontrarse nuevamente reunidos, en el hogar de sus antepasados los
unos, en su particular lugar de acogida los otros.
Transcurrido el verano ninguno parecía tener prisa, ni siquiera Matías, tan
poco dado con anterioridad a experiencias campestres; compró un caballo
joven a un tratante y el hombre le regaló otro viejo. Hacía mucho que no
montaba, desde que acompañaba a su padre y a sus hermanos a la Sociedad
Hípica Zaragozana, pero volvió a cogerle el tranquillo y, a su vez, enseñó a su
hijo; ambos desaparecían durante horas y regresaban con la sonrisa en los
labios. Para asombro de la familia, Chabier descubrió que lo suyo era el campo
y se afanó en aprender todo lo relacionado con la siembra, la cosecha, la poda;
su tío abuelo fue quien lo instruyó. Antoi ya no poseía la fuerza de antaño,
pero sí la cabeza; la vuelta al hogar había renovado sus energías, agostadas al
igual que la tierra que halló, y una de las primeras tareas que encomendó a su
aprendiz fue sembrar maíz en el lugar de siempre «en memoria de mi madre»,
dijo simplemente. Aurora acudía todas las tardes a contemplar la puesta de sol
en el maizal, y allí recordaba a las personas que tanto había querido, sus padres,
Mario, Agostín... Los veía junto a ella, cogiéndole la mano, susurrándole
palabras de amor, besándola. Manuela había comentado que quizás fuera mejor
pasar el inverno en el piso de la ciudad, pero ella lo tenía muy claro: nadie
volvería a sacarla de su casa en lo que le quedaba de vida, que no sería mucho
pues a veces notaba un agudo pinchazo en un costado, que le cortaba la
respiración y tenía que sentarse hasta que se le pasaba.
Plácida, la amiga íntima que nunca antes había tenido, era la única que
estaba al tanto de su dolencia; le había insistido para que fuera al médico, pero
se negó y le hizo prometer que no diría nada a su hija. La mujer se debatió
entre guardar el secreto e incumplir la promesa; se decidió por lo primero. Pese
a la diferencia de edad, ambas se entendían de maravilla e incluso compartían
habitación desde su estancia en Buisán. Para doña Aurora, como la llamaba en
contra del deseo de esta, era su confidente y solo ella sabía lo mucho que le
dolía no haber vuelto a ver a sus hijos desde su marcha. No obstante, se alegró
de su decisión de no dejar el pueblo; tampoco ella quería volver a Huesca y
correr el riesgo de encontrarse con el hombre que la había hecho la vida
imposible. Hilario por su parte no decía nada; seguía sintiéndose responsable
de Manuela, pero también de Chabier, y este aseguró que no se le había
perdido nada en la ciudad y que no pensaba moverse de allí. Al final,
decidieron continuar todos en El Maizal; venderían el piso y con el dinero
obtenido por la venta colocarían una caldera de carbón y radiadores de hierro
por toda la casa, además cambiarían la cocina, instalarían un retrete en la
planta baja y otro cuarto de baño arriba; el único que había no era suficiente
para los siete, y los siete más que aparecieron de imprevisto.
Tuvieron que sostener a Antoi para que no cayera redondo al suelo al ver ante
él a su hijo pequeño, el carpintero. Lo reconoció porque era su viva imagen a
pesar de que la última vez que se vieron era un chaval y ahora peinaba canas;
ambos tenían la misma mirada y parpadeaban cuando no sabían qué decir. No
venía solo; lo acompañaban dos hombres jóvenes, una mujer, otra más joven, y
dos niños. Tras la primera emoción, sentados a la mesa en torno a una fuente
de bacalao al ajoarriero y con el vino guardado para las ocasiones especiales, les
contó que, casado y con el segundo hijo en camino, lo habían llevado a la
guerra; al finalizar lo condenaron a cadena perpetua. En el penal de Burgos
creyó llegado su fin en más de una ocasión debido al hacinamiento, los
chinches, el hambre y en especial los malos tratos. Por suerte para él, las furias
de los primeros tiempos dieron paso a otros de mayor calma, y él era muy
bueno en su oficio. Lo soltaron al cabo de veinte años, y pudo por fin reunirse
con su familia, conocer a su hijo pequeño, abrazar al mayor, besar a su esposa.
Pero no encontró trabajo, sus hijos tampoco; en todas partes pedían los
antecedentes, y ningún ex preso ni sus familiares tenían otra opción que
trabajar a destajo sin garantía alguna. Tras malvivir en un pueblo de Teruel,
decidieron emprender la vuelta al pueblo sin apenas esperanza, puesto que
ignoraba qué había sido de los suyos, si bien siempre les quedaba la posibilidad
de subir más hacia el norte e intentar encontrar algo en una empresa maderera.
La llegada de los nuevos miembros de la familia causó una pequeña
revolución, pues era preciso instalarlos, y no había cuartos disponibles.
Manuela e Isabel no se lo pensaron, dejaron el suyo libre y subieron al del
sobrado; aunque un poco justas de espacio, consideraron que allí estarían solas
y más tranquilas. Se equivocaron. Visto y no visto, los hombres construyeron
dos cuartos para los más jóvenes, eso sí, sin ventanas. Y la alegría, las voces, las
risas llenaron de nuevo El Maizal. Cada uno aportaba lo que podía, y
subsistían con holgura entre lo que una ganaba con sus recitales, cada vez más
espaciados, la venta de hortalizas y frutas, los trabajos del carpintero y sus hijos
y la mensualidad puntual de Matías, quien vivía en la casa como uno más y se
había asociado con el tratante de caballos. Isabel era la única que no conseguía
contribuir a la economía familiar. Acudía todos los días a su despacho, leía el
periódico en busca de algún suceso en el que poder intervenir, se reunía allí
mismo con varias mujeres, que al igual que ella intentaban hacerse oír sin
resultado, pero no conseguía ningún caso remunerado, y dicha situación
empezaba a hacer mella en su ánimo.
A mediados de diciembre convenció a su hermano para que la acompañara a
hacer unas compras. Aquellas navidades tenían que ser especiales, había que
celebrar la recuperación de la familia y de la finca, y deseaba encontrar algo
para la madre y la abuela, muy particularmente para esta; la veía apagada y no
le había pasado desapercibido el gesto de dolor que intentaba disimular de
tanto en cuanto. Plácida los escuchó hablar y se apuntó; no tenía dinero, pero
podría aconsejarlos acerca de lo que podría ser del gusto de su amiga. Si bien su
propósito era no volver nunca más por la ciudad, no podía evitar el deseo de
ver a sus hijos, aunque fuera de lejos. Habían transcurrido ya cerca de cinco
años desde su huida, su aspecto era ahora muy diferente; sin maquillaje, con un
pañuelo en la cabeza, alpargatas, nadie se fijaría en una simple mujer de
pueblo, de las que acudían a vender verduras. Además, no estaría sola; Hilario
también se agregó, tenía una deuda pendiente con uno de los chanchulleros
con quienes solía tratar y pensaba cobrarla sí o sí.
Todo transcurrió sin contratiempos; compraron unos zapatos para Manuela,
un chal de cachemira para Aurora, un rompecabezas para los niños y algunos
dulces, e Hilario cobró su deuda y, de la misma, compró una caja de cartuchos
para su Ruby y una escopeta de segunda mano, carga incluida, a uno de sus
conocidos, antiguo estraperlista especializado en traer nailon y duralex desde
Francia durante la década anterior. «Para cazar conejos», respondió al
preguntarle para qué quería un arma. Finalmente, se acercaron a la vivienda de
Plácida por ver si había suerte y ella conseguía divisar a uno de sus hijos, o a los
dos. No los vio, pero se dio de bruces con el hombre que salía del portal en ese
momento, y echó a correr. Antes de que los otros pudieran reaccionar la había
alcanzado, acogotado y arrastrado literalmente hasta un automóvil aparcado
junto a la acera; le soltó un puñetazo en plena cara que le hizo perder el sentido
y la metió dentro, después arrancó, y coche y ocupantes desaparecieron de la
vista. Días más tarde, un excursionista encontró el cadáver de la mujer bajo un
puente a orillas del Isuela; había sido degollada, y también violada, de acuerdo
con la autopsia. La noticia apareció en el Heraldo y ocupó las conversaciones
durante unas horas, otras nuevas la desbancaron, y la hoja acabó envolviendo
pescado en el mercado. En El Maizal sin embargo produjo una gran
conmoción.
No solo habían perdido a un miembro adoptado y querido por todos,
también se sentían en parte culpables del hecho por no haber sabido
protegerla. Acudieron a la policía en cuanto vieron desaparecer el coche, pero
allí les dijeron que tenían que esperar cuarenta y ocho horas antes de iniciar las
investigaciones; no habían retenido la matrícula del vehículo y no conocían al
agresor. Aunque Isabel insistió en que se trataba del marido, no pudo verle la
cara. El hombre mostró sorpresa y aseguró que él se encontraba en la oficina en
el momento de los hechos, afirmación corroborada por sus compañeros, y el
asuntó pasó a la carpeta de «casos pendientes». No obstante, la joven se
empeñó en descubrir al asesino y persuadió a Hilario para que no fuera a
pegarle un par de tiros al sospechoso, como este juró haría. A partir de
entonces, ellos dos y Matías dedicaron su tiempo a investigar el asunto. Cada
uno por su lado, preguntaron, le siguieron la pista, recabaron toda la
información posible y, finalmente, la abogada presentó una denuncia en el
Juzgado en la que demostraba que el marido era el único interesado en acabar
con la víctima. Sus antecedentes de maltrato, su carácter violento, el hecho de
que en realidad no se hallara en la oficina, pues aquel día se había ausentado
durante unas horas, según el conserje de la empresa, y la declaración de dos
vecinos, testigos de lo ocurrido delante del portal, lograron que el juez
admitiera la denuncia y lo mandara arrestar.
Durante el juicio, el abogado defensor esgrimió el artículo del Código Civil,
derogado un par de años antes sin demasiado éxito, por el cual el marido tenía
derecho a matar a su mujer adúltera en nombre del «privilegio de la venganza
de la sangre». La difunta había abandonado el hogar, supuestamente para ir a
vivir con un amante pues no se le conocía oficio ni beneficio, y el alegato fue
aceptado. De nada sirvió que Manuela y Matías declararan que Plácida jamás
había sido adúltera, que trabajaba para la familia al cuidado de una anciana, el
juez impuso al acusado una multa y la obligación de presentarse en la comisaría
una vez al mes durante los siguientes dos años. Un buen día, el hombre
apareció muerto en su domicilio con una bala en la sien y una Ruby en la mano
derecha, se dio por hecho que se había suicidado quizás acosado por el
remordimiento. En El Maizal nadie preguntó a Hilario por su pistola.
Pese a no haber ganado, la intervención de Isabel mereció una mención en el
periódico, y días más tarde recibió la llamada de su antiguo jefe ofreciéndole
un puesto en el bufete. Los tiempos estaban cambiando, dijo, y sería una
lástima perder a una letrada tan hábil e insistente como ella. Ni que decir que
le fueron asignados los casos pendientes referentes a asesinatos de mujeres,
maltratos, separaciones, herencias y robo de hijos.
Aurora falleció a comienzos de la primavera, en su cama, sin avisar; la
encontraron muerta una mañana en que no bajó a desayunar y su hija fue a
buscarla a su habitación. El médico dictaminó que la causa había sido un
ataque de corazón, pero la familia sabía que no había vuelto a ser la misma
desde la desaparición de Plácida, simplemente se había dejado morir; la
enterraron en la tumba que guardaba los restos de su madre y los de su marido.
Por primera vez los habitantes del pueblo se vieron sorprendidos por la
presencia en la iglesia de los moradores de la hacienda en pleno; no los habían
visto a todos juntos desde su vuelta, y no faltaron voces que recordaran que
aquella familia siempre había sido rara, poco sociable, «de rojos». Los
chismorreos cesaron cuando al finalizar el funeral el cura anunció que, tras el
entierro en la intimidad, habría un ágape dispuesto en el local de la escuela
ofrecido por los deudos para quien quisiera asistir. Aquella misma noche,
Manuela entregó a su hija el guardapelo que contenía el retrato pintado de la
tatarabuela cuyo nombre ignoraba, así como una fotografía en tonos ocres de
Elisa, otra en blanco y negro de Aurora, y otra de ella misma en color
deslavazado, las cuatro en su primera época de la adolescencia, risueñas,
ilusionadas con un porvenir feliz. De paso le insinuó que quizás era ya hora de
pensar en su futuro; el nieto soltero del tío Antoi se casaría en cuatro meses, y
Chabier se había echado novia, una joven de Chimillas a quien había conocido
en dicha localidad un año antes, durante los festejos en honor a San Jorge.
Isabel se hizo la despistada y cambió de tema; ahora que la abuela ya no estaba,
podía ocupar su cuarto y dejarle a ella el del sobrado, demasiado reducido para
las dos.
Nunca había sentido atracción por un hombre en concreto, tal vez por haber
sido testigo del desamor entre su padre y la mujer a la que llamaba «madre», o
porque se negaba a aceptar los planes casamenteros de doña María, o porque
quería ser una mujer independiente que no tuviera que pedir a su marido
autorización para trabajar, abrir una cuenta corriente u obtener el pasaporte,
que por cierto había caducado sin siquiera haber sido estrenado; el famoso viaje
a Francia para mejorar sus conocimientos de francés se había quedado en el
cajón de los recuerdos. Era mayor de edad desde hacía un año, ¡qué absurdo!, y
no necesitaba permiso de nadie para hacer lo que le viniera en gana y así
pensaba seguir. Cierto que había tenido pequeños devaneos con un compañero
de la Universidad, también con el abogado del bufete, aquel que dijo que el
maltrato en un hogar era asunto privado de los cónyuges, pero la cosa no había
pasado de un toqueteo y algún que otro beso. Le gustaría experimentar una
relación como las que leía en las novelas o veía en las películas, pero no a
consta de su independencia; por el momento, le bastaba con frotarse la
entrepierna cuando sentía la necesidad. Pero también quería ser madre, ahí le
daba la razón a la suya, quien le había soltado un «se te va a pasar el arroz». Sin
embargo, ella, su madre, no se había casado y tenía dos hijos. Lo uno no tenía
por qué conllevar lo otro, y empezó a darle vueltas al asunto. En casa no
tendría problemas, lo sabía bien, pero el trabajo era otra cosa, y dudaba de que
sus jefes la mantuvieran en su puesto si se presentaba embarazada y sin marido.
Le iba bien, ganaba un buen sueldo, cada vez eran más los casos que le
encargaban, incluso le pusieron de ayudante a una joven recién recibida que le
recordó a ella en sus primeros tiempos tras finalizar la carrera, pero no acababa
de sentirse satisfecha. No le costó mucho constatar que, tras investigar, recabar
testimonios y preparar la documentación pertinente, su jefe directo se hacía
cargo de los casos más interesantes y con más probabilidades de éxito; como
mucho la llevaba con él al juzgado en calidad de subalterna silenciosa. Una
carta vino a sacarla de sus cavilaciones; en un tarjetón escrito en una perfecta
caligrafía, su tío Alfonso le pedía fuera a verlo con urgencia.
Era una buena disculpa para ausentarse unos días, tomar distancias, y con la
excusa de examinar unos documentos en el Archivo Municipal de Zaragoza,
cogió el tren y se presentó en la vivienda que tan bien conocía. Todo
continuaba igual que la última vez, aunque se habían retirado los plásticos de
las alfombras, pero olía a anticuado, a rancio, como si allí el tiempo se hubiera
detenido a principios de siglo. Una doncella la acompañó a la sala donde Sito,
rodeado de papeles y libros, contemplaba el cielo a través de la ventana, un
vaso en la mano, las piernas ortopédicas y las muletas tiradas en el suelo. «Me
muero» declaró a modo de saludo, y ella no supo qué decir.
La bomba no solo lo dejó inválido, dañó asimismo su hombría y autoestima,
por lo que se dio a la bebida para olvidar sus penosas circunstancias El alcohol
le había destrozado el hígado, continuó mientras volvía a llenar el vaso de
whisky; había vendido a los primos sus acciones en la empresa a fin de
continuar con el tren de vida al que estaba acostumbrado y, aparte de unos
buenos dineros en el banco, le quedaban aquel piso y la casa de Alquézar,
ambos recibidos en herencia a la muerte de su madre, de la cual no avisó a
nadie, pues no había nadie a quien avisar. De María Cristina no sabía nada
desde hacía años; se había casado con un indiano ya mayor, rico terrateniente,
y al parecer se había ido con él a Venezuela. Por lo tanto, acabó diciendo, la
única persona que le quedaba en el mundo era ella, su sobrina, su prima, la
niña a la que quería y había visto crecer y con la que tenía una gran deuda por
haber sido cómplice de su rapto. A continuación, cogió una carpeta que había
encima de la mesita, justo al lado de la botella de whisky medio vacía, y se la
tendió. En el documento, entre otros apartados, don Alfonso Cortillas y Luesia
transfería en vida las dos propiedades a doña María Isabel Lazán y Cortillas.
Asimismo, le dejaba unos cuantos miles de pesetas que tenía en el banco. Todas
las hojas se hallaban selladas y firmadas por el donante y el notario; ella solo
debía de firmarlas y llevarlas a la notaría a fin de legalizar el cesión. «Espero que
al menos permitas que muera aquí», dijo con ironía antes de beber de un trago
el contenido de su vaso, y ella asintió sin decir palabra.
Al día siguiente de su llegada, Sito ya no se levantó de la cama. Había
previsto hasta el último detalle de su tránsito, extremaunción, funeral, entierro,
esquelas; el médico lo visitaba todos los días, un amigo sacerdote también, sus
dos hombres hacían guardia y se encargaban de moverlo cuando las doncellas
cambiaban las sábanas, y tres enfermeras se ocupaban de él día y noche. Ella
pasaba horas a su lado, hablando, recordando los buenos momentos,
contándole experiencias y desazones, hasta que él entró en coma. Al funeral en
cuerpo presente asistieron apenas una treintena de personas, al entierro aún
fueron menos; de la familia, ella, dos primos a quienes no conocía y su padre.
La noche del fallecimiento, llamó por teléfono a casa, una innovación en El
Maizal, a fin de cuentas, él era primo hermano de su madre, pero únicamente
acudió Matías; los otros no quisieron saber nada. La visión de una iglesia
prácticamente vacía la hizo recordar el funeral de la abuela Aurora, una mujer
anónima de un pequeño pueblo, a quien parientes, amigos y no amigos fueron
a despedir, y sintió lástima por el hombre que en su juventud había gozado de
favores, amistades, amantes, poder, que perdió medio cuerpo por una idea,
justa o errónea según quien opinara, y que se había ido solo, olvidado.
Tras pasar por la notaría a fin de comprobar que todo estaba en orden,
abonar remuneraciones, despedir al personal y liquidar todo tipo de pagos
pendientes con dinero de la cuenta corriente, que el difunto había puesto
asimismo a su nombre, hija y padre se dedicaron durante las siguientes semanas
a inventariar lo que había en el piso. Platas, porcelanas, cerámicas, relojes,
vajillas, cristalería, algunos muebles y un par de alfombras fueron a parar a
manos de un anticuario. El resto, ropas, calzados, utensilios, otras alfombras,
cortinas y objetos sin valor acabaron en la beneficencia; cedieron los libros a la
Biblioteca Municipal y destruyeron carnés, proclamas, carteles y todos los
papeles que encontraron de la época sombría en la cual él había sido
protagonista importante. No había joyas, María Cristina se las había llevado
con ella, tampoco nada que los interesara en particular aparte de una edición
de El Quijote, del siglo XVIII, un manuscrito original de un discípulo del
aragonés premio Nobel Ramón y Cajal y un cuadro de Juan José Gárate. Ella
se quedó con una pluma Montblanc, Matías cogió unos gemelos y el reloj de
pulsera de oro que él mismo había regalado a su amigo. A continuación,
pusieron el piso en venta y regresaron al pueblo.
Tardó días en presentarse en el despacho, lo hizo por fin, pero no se molestó
en escuchar las recriminaciones de su jefe por su larga ausencia; le entregó una
carta de renuncia, recogió sus cosas y se marchó con la cabeza alta, al igual que
había hecho tiempo atrás, si bien esta vez no pensaba volver. Había pasado
toda su vida recibiendo órdenes, obedeciendo, primero a doña María, después
a los profesores de la Universidad, luego a los jefes del bufete, y sus intentos de
emancipación habían acabado sin apenas iniciarse. Por otra parte, aunque se
sentía feliz por haber reencontrado a sus familiares reales, la verdad es que
existía una gran laguna entre ellos, no en vano resultaba difícil borrar de un
plumazo una ausencia de más de veinte años, toda su infancia y adolescencia.
Lo había meditado bien, disponía de dinero y necesitaba unas vacaciones, así
que decidió que ahora o nunca. Lo primero que le vino a la cabeza fue un viaje
a París, a la «ciudad de la luz» con el que siempre había soñado, pero lo pensó
mejor; quería descansar, no agotarse viendo monumentos y museos.
En una revista que ojeó en una cafetería después de haberse despedido leyó
un artículo sobre una pareja famosa, que había elegido Ibiza para su luna de
miel. En él aparecían fotografías de ambos ante un mar de aguas del color de
sus ojos. Nunca había visto el mar y no le dio más vueltas; acudió a la única
agencia de viajes de Huesca, al menos la única cuya existencia conocía, y
compró un billete de ida a la isla balear. De vuelta a casa no dio mayores
explicaciones, y nadie se atrevió a decirle nada, pese a que a sus padres no
acababa de gustarles la idea de que fuera sola a un lugar que empezaba a tener
mala fama, donde, decían, las juergas duraban toda la noche, y las mujeres se
bañaban medio desnudas con unas bragas y un sujetador llamado «bikini»,
nombre del atolón del Pacífico donde se llevó a cabo la primera prueba de una
bomba atómica. No obstante, ambos reconocían que, cercana a los treinta, su
hija ya no era una niña, y además no les haría caso dijeran lo que dijesen. Días
más tarde, Isabel cogía el tren a Barcelona y allí, el barco las islas.
Lo que preveía iban a ser un par de semanas de ocio se convirtió en una
estancia sin fecha fija de retorno. Durante la larga travesía marítima hizo
amistad con varias personas, en particular con una mujer de parecida edad que
vivía en Sant Carles de Peralta, un paraíso, aseguró entusiasmada. Josefina,
Fina, resultó ser una persona vital, entusiasta y librepensadora, contraria a
cualquier tipo de imposición dogmática, ya fuera religiosa, política, social o
ideológica. Licenciada en Filosofía, su único futuro era ser profesora de
instituto o, con suerte, de universidad, aunque lo tenía crudo para llegar a
catedrática, ámbito reservado casi exclusivamente a los colegas masculinos; que
ella supiera solo había siete mujeres propietarias de una cátedra en todo el país.
Aquello de «mujer que sabe latín, no tiene marido ni tiene buen fin» lo
escuchó hasta la náusea durante sus estudios, así que decidió cambiar de rumbo
tras intentar de manera infructuosa ser admitida como docente en la
Universidad de Barcelona y ver rechazado para su publicación un ensayo de
trescientas páginas sobre la mujer a lo largo de la Historia. Quizás no tendría
marido, rio, pero desde luego tendría un buen fin; hizo la maleta y se instaló en
Ibiza. Isabel aceptó la oferta de alojarse en su casa, una pequeña vivienda
encalada, a la sombra de una higuera, con dos habitaciones, una cocina
minúscula y una terraza con vistas a una cala; creyó que sería para un par de
días, hasta encontrar otra, pero su estancia se alargó mucho más de lo que
pensaba.
El mundo que descubrió en la pequeña localidad no se parecía en nada a lo
conocido hasta entonces. Aparte de los autóctonos, vivían allí de manera
permanente unos cuantos artistas e intelectuales de las más diversas
procedencias, Norteamérica, Francia, Inglaterra, Italia, países nórdicos.
Algunos tenían dinero, otros se ganaban la vida cantando por los pueblos,
pintando cuadros que vendían al cada vez mayor número de turistas que
arribaban a la isla, también artesanía que llevaban a los mercadillos, cremas y
perfumes laborados con productos naturales, o trabajaban de temporeros en la
recogida de la almendra. Casi todos se conocían y a menudo se encontraban en
el Ca n’Anneta, bar y estafeta de correos, donde se oían lenguas diversas, se
hablaba de paz, amor y libertad; se recitaba poesía, se escuchaban y cantaban
las nuevas músicas y se bebía hasta el amanecer la especialidad de la casa, un
licor anisado con un añadido de romero, lavanda, hinojo, camomila, naranja y
otras hierbas. También se fumaba, de todo. Ella no era artista, ni tenía la
habilidad de su amiga para pintar camisetas que luego vendía, pero tampoco
quería dar la impresión de disponer de dinero más que suficiente. De vez en
cuando la acompañaba a Santa Eulalia del Río y mientras Fina instalaba su
puesto, ella se acercaba a la caja de ahorros y sacaba algo a fin de contribuir a
los gastos; dos túnicas, un par de pantalones, algunas camisas, unas sandalias,
no necesitaba más. Todos los meses llamaba a casa, pero su madre no consiguió
le dijera dónde se hallaba exactamente, «en las Pitiüses» respondía de forma
invariable; lo último que deseaba era ver aparecer por allí a los de El Maizal en
pleno y, para tranquilizarlos, les enviaba de vez en cuando una foto en la que
aparecía morena, el cabello largo al viento, la sonrisa en los labios, el mar en la
mirada.
Tenía que suceder y sucedió. Durante una fiesta en una de las calas, mientras
algo apartada contemplaba el anochecer teñido de rojo y veía a algunos bañarse
desnudos, se acercó un hombre y se sentó a su lado; ni siquiera se presentaron.
Más allá, alguien tocaba la guitarra y cantaba Blowin’ in the wind, de Bob
Dyland, a la que siguió The sound of silence, de Simon & Garfunkel, y ya no
escucharon más. Se unieron encima de la toalla, sobre la arena, bajo un cielo
estrellado, oyendo el rumor del agua y voces cada vez más lejanas. Luego cada
uno se fue por su lado. La escena se repitió en cada ocasión en que la playa se
llenó de sonidos, cantos y risas a la puesta del sol, hasta que una noche él ya no
apareció; el mes de agosto finalizaba, y supuso que sería un turista extranjero,
lo ignoraba, no habían hablado, pero probablemente tampoco se habrían
entendido; no logró descifrar algunas palabras que decía al adentrarse en ella.
Lo echaría en falta, cierto; era la primera vez que mantenía relaciones sexuales y
había disfrutado, pero no había habido amor entre ellos, solo la natural
necesidad de todo ser humano.
Dos meses después, al saberse embarazada, lo primero que pensó fue en
Tanit, protectora de la isla, diosa de la fertilidad, la vida, las cosechas, la muerte
y la luna, de la cual le había hablado uno de los amigos de Fina, un historiador
valenciano que vivía cerca de ellas, y cuyos libros sobre fenicios, griegos,
cartagineses y romanos le daban para vivir, además de poseer un coqueto hotel
del cual se encargaban su mujer y dos hijas. No le dijo nada a su madre, no
quería preocuparla, pero tampoco deseaba escucharla decir que debía regresar
cuanto antes, que en casa la cuidarían y se ocuparían del bebé, y mucho menos
verla a ella y a su padre en Sant Carles. A partir de entonces, las fotos que
enviaba eran todas de medio cuerpo.
Tuvo un embarazo sin problemas, la partera la visitaba todas las semanas y la
atendió en el parto a falta de médico, «en Eivissa, se nace y se muere en casa»,
dijo no sin cierta sorna; Fina y dos vecinas, una de ellas madre de cinco hijos,
también ayudaron. La niña nació a finales de mayo; había que bautizarla para
que constara en el registro y le puso el nombre de Izarbe, «bajo las estrellas». El
cura frunció el ceño; no existía ninguna santa llamada así en el Santoral y, en
un principio, se negó a cristianar a la niña con un nombre pagano, además de
ser ilegítima pues no había padre a la vista. Finalmente aceptó cuando ella le
aseguró que en la tierra de sus abuelos existía una ermita dedicada a la Virgen
de Izarbe, que había visitado en numerosas ocasiones. En realidad, nunca había
estado en dicha ermita, pero se lo había oído contar a Chabier a la vuelta de
una de sus expediciones con Hilario; le gustó el nombre y decidió se lo pondría
a su hija, si alguna vez tenía una, y ¿cuál mejor para una criatura engendrada
en una noche estrellada? El cura le añadió «María» por delante.
1975
n El Maizal la vida continuaba su rumbo. El mayor de los hijos de
E
Antoi encontró trabajo en una fábrica en Monzón y se trasladó a dicha
localidad, hijos y nietos incluidos. El otro se fue a vivir a Esquedas; su
mujer era hija única y los suegros eran ya mayores. Una vez más sobraban
habitaciones. Chabier y su esposa, los recién casados, eran los únicos jóvenes, y
Manuela esperaba que pronto tuvieran descendencia y se oyeran voces y
carreras infantiles en el caserón. Enfilando los cien años de edad, el tío Antoi,
al igual que había visto hacer a su padre, pasaba las horas muertas en silencio,
sentado bajo el porche con la mirada perdida en los campos que tanto amaba;
estaba bien de salud, no necesitaba ayuda para asearse o vestirse, pero ella
estaba convencida de que simplemente se preguntaba por qué tardaba tanto en
reunirse con su querida Nieus. Hilario por su parte seguía siendo el mismo,
más torpe, más encorvado, pero no había día en que no saliera con su escopeta
de caza, si bien era raro que volviera con una presa; la vista le jugaba malas
pasadas, pero se negaba a ponerse gafas. En cuanto a Matías... mantenía su
atractivo; sus cabellos eran ahora más blancos que rubios, se había dejado
crecer la barba y tenía el aire del señorito que siempre había sido, además se
había convertido en un criador de caballos de cierto prestigio y a menudo se
ausentaba para asistir a ferias y exhibiciones. Manuela reconocía sus esfuerzos y
lo consideraba uno más en la familia, incluso tocaba a veces el piano que se
había hecho traer de su piso en la ciudad, y juntos interpretaban algunas piezas
de jazz, aunque su voz hubiera perdido color y ya no actuara en público. Sin
embargo, no lo había perdonado y probablemente nunca lo haría.
A menudo subía al cuartito del sobrado y pensaba en la hija de la que había
disfrutado tan solo unos años, insuficientes para recuperar el tiempo perdido.
Hablaban por teléfono, se carteaban, pero no era igual que tenerla cerca. En su
última carta, breve como siempre, le decía que estaba bien y adjuntaba una
foto similar a otras, en la que se la veía muy sonriente, más madura, pero algo
la llamó la atención: no miraba a la cámara, su sonrisa se dirigía a alguien que
estaba a su lado pero que no aparecía en la instantánea. Podría tratarse de una
amiga o de un amigo, pero su intuición le decía que había algo más. Esa misma
noche comunicó a Matías que pensaba ir a ver a su hija, y él se apuntó al viaje.
El trayecto hasta Barcelona lo hicieron en coche y allí, tomaron un avión
que los llevó directamente al aeropuerto de Ibiza; pernoctaron en un hotel y al
día siguiente se dispusieron a averiguar su paradero. No tenían su número de
teléfono, solo una dirección de correos, «Ca n’Anneta, Sant Carles de
Pastrana»; cogieron un taxi y se presentaron en el pueblo. Anita, la dueña del
bar, reconoció de inmediato a la mujer de la fotografía y les indicó la dirección.
Ambos se quedaron pasmados cuando Isabel les abrió la puerta, y tras ella
asomó una niña cuyos ojos eran iguales a los de ella, a los de la abuela Aurora.
A la emoción, la alegría, del reencuentro siguieron los reproches. ¿Por qué no
les había dicho nada? ¿Por qué les había ocultado el nacimiento de aquella
preciosa criatura que no cesaba de reír? No preguntaron por el padre, y ella
tampoco lo mencionó. Por un momento, Manuela pensó en quedarse a vivir
en la isla, pero de sobra sabía que aquel no era su lugar, su lugar era El Maizal,
el sueño de su madre, de su abuela, de su bisabuela; la tierra de clima frío en
invierno, caluroso en verano, de gentes poco expresivas pero sinceras, duras,
leales; de montañas, valles, bosques; de leyendas y viejas tradiciones. Se
despidieron con pena, pero también contentos de saberlas felices; prometieron
regresar e insistieron varias veces en que la distancia era igual para todos. Isabel
afirmó sonriente con un gesto de cabeza, si bien tuvieron la impresión de que
no entraba en sus planes volver al pueblo alguna vez.
La noticia de que también su nuera se hallaba embarazada llenó de alegría a
Manuela, aunque no pudo evitar pensar en la pequeña que crecía tan lejos de
ella. Al menos ahora, en las fotos también aparecía la niña que, pensaba
divertida, se había saltado la «tradición» pues su color de ojos lo heredaban las
nietas, no las hijas. Las cosas estaban cambiando; el régimen que durante
cuatro décadas había gobernado con mano férrea los destinos del país y de sus
habitantes llegaba a su fin; nuevos gobernantes, nuevas leyes reemplazaron a las
anteriores, y se vislumbraba un futuro esperanzador. Antoi falleció el mismo
día que el hombre a quien todos temían, adeptos y oponentes. Mientras en
Madrid se celebran unas exequias dignas de un rey, en el pueblo se llevó a cabo
un funeral sencillo en el que, al finalizar, y para escándalo del cura y de algunos
feligreses que lo consideraron improcedente, Manuela cantó unos versos del
poeta José Antonio Labordeta acompañada por los componentes del grupo que
seguía la estela de Lorién el dulero, su primer maestro.
Por el camino del polvo van en dirección a la era,
lleva los granos de trigo que ha salvado de la tronera. Unas veces la tronera,
otras la falta de agua y cuando todo va bien
los precios no valen nada.
Estate toda la vida amorrao a los secanos
pa que luego desde arriba te lo quiten de las manos.
Por las secas barranqueras bajan la piedra y el barro hasta ese cauce
pequeño por el que camina un carro. Cauce donde veinte ovejas abrevan en
el estío
y, cuando la nieve crece, cauce que se hace hasta el río. El aire abrasa la
siembra,
el sol seca la cosecha,
y en el invierno los hielos dejan la oliva deshecha.
De un lado al otro del pueblo a pesar de todo andas
para ver donde te tumbas y nunca más te levantas.
El mundo se removía inquieto; guerras, atentados, crisis económica, nuevas
tecnologías, manifestaciones con muertos y cargas policiales estaban al orden
del día, pero Isabel no se enteraba, o se enteraba tarde. No tenía televisión, la
radio no funcionaba y entre el embarazo, el parto, la crianza de su hija y la
puesta en marcha de una asesoría legal de ayuda a mujeres con problemas que,
al igual que en todas partes, también las había en la isla, el tiempo transcurría
sin casi darse cuenta. Ya no bajaba a la cala; Fina se había ido a vivir con un
sueco, y la niña reclamaba toda su atención. Bajó por fin un anochecer en que
la dejó al cuidado de su vecina, una francesa que vivía sola en Sant Carles desde
hacía dos décadas, con la que practicaba sus conocimientos de francés pues era
incapaz de decir dos frases seguidas en castellano y que las había literalmente
adoptado a las dos. Se sentó donde solía, apartada del barullo, y contempló en
el mar el reflejo de la luna recordando otras noches de agosto, allí mismo, en
las que gozó como nunca antes, ni después, sobre la arena, bajo las estrellas. No
lo oyó acercarse, se percató de su presencia cuando él se sentó a su lado y le
cogió la mano; solo le permitió unos besos, no estaba por la labor de quedarse
nuevamente embarazada. A la mañana siguiente, se lo encontró dormido
delante de la puerta por lo que supuso que la había seguido tras despedirse, y
su vida dio un nuevo giro.
Rafel no era extranjero sino hijo de una pareja que atravesó el puerto de
Benasque al igual que miles de personas más, huyendo de las represalias de los
vencedores por algo de lo que no tenían culpa alguna. Él nació en Argelès-sur-
Mer, un campo de concentración donde los refugiados sobrevivieron, quienes
lo lograron, en condiciones miserables, sin apenas comida ni agua potable,
ropas de abrigo, medicinas. Su madre murió en el parto; dos años más tarde
fue adoptado por un matrimonio suizo. Del padre nunca supo nada.
Permaneció en Suiza hasta los dieciocho, cuando decidió buscar sus raíces;
conocía su procedencia por el documento de adopción encontrado en un cajón
de la mesa de trabajo del padre adoptivo, joyero de profesión, en el que
constaba el nombre de su madre: Lucía Eriste. El mismo sobre guardaba una
medallita de una Virgen, no sabía cuál, en cuyo reverso estaba grabada la
palabra «Benás». Quería y estaba agradecido a la pareja que lo había acogido,
pero no se parecía en nada a ellos ni a sus tres hijos y tampoco pensaba ser
joyero, así que los informó de su decisión. No solo la aceptaron, los cinco lo
ayudaron a buscar en documentos, mapas, diccionarios; hablaron con gentes
que pudieran saber algo, filólogos, traductores, historiadores. Ya empezaba a
desanimarse cuando conoció a un tipo singular, un alemán que hablaba doce
idiomas, entre ellos el castellano por supuesto, pero también el catalán. Al
hombre se le ocurrió que quizás Benás fuera Benasc, Benasque, en la comarca
de La Ribagorza del pirineo aragonés, y habló con un amigo, a su vez experto
en la contienda española, quien aseguró que por aquel puerto habían partido
hacia el exilio incontable número de personas. A pie, en autostop, con una
mochila por todo equipaje, tardó un mes en llegar, para entonces ya había
trocado su nombre y apellido, Raffael Keller, por Rafel Eriste, y descubrió que
aquel paraje era muy similar al cantón montañoso donde hasta entonces había
transcurrido su vida. No encontró a nadie que pudiera darle información
acerca de su familia, pero tuvo la sensación de estar por fin en casa.
Quizás porque su trayectoria era similar, ambos habían crecido en hogares
prestados y habían decidido buscar los verdaderos, Isabel sintió un súbito
afecto y le abrió la puerta. Luego supo que trabajaba como intérprete y guía de
turistas por los Pirineos y que había creado una empresa de recorridos en la
Naturaleza, de ahí que cinco años atrás se hubiera dado una vuelta por las
Baleares, aunque en esta ocasión su presencia en Sant Carles no tuviera que ver
con su negocio. No la había olvidado, confesó, y había vuelto solo pensando en
ella, aunque imaginaba se habría marchado o, quizás, tendría pareja. No
preguntó de quién era la niña, y ella tampoco se lo dijo, pero lo primero que
hizo fue dejarlo con Izarbe y acudir a la farmacia a por una caja de píldoras
anticonceptivas. Su venta estaba considerada un delito pues era pecado impedir
la procreación según la Iglesia, menoscababan los pilares de la familia según los
gobernantes, alentaban la promiscuidad según los moralistas, pero Ibiza no era
la Península; allí y en la costa malagueña, el gobierno hacía la vista gorda en
aras del incipiente y lucrativo negocio turístico. Se amaban a cualquier hora, y
ella reía cuando en su excitación lo escuchaba decir palabras en una mezcla de
alemán y patués que no entendía. No quería que se fuera, pero no pensaba
retenerlo y se despidió de él con una sonrisa al finalizar el mes. Volvió no
obstante unas semanas más tarde para quedarse, y ella entonces le confesó que
la niña era su hija, lo cual no pareció sorprenderlo en absoluto; la habría
querido igual, aunque no lo fuera, afirmó.
Todo iba bien; había alquilado una pequeña oficina en Santa Eulalia a la que
se desplazaba en bicicleta, solo la abría unas horas por la mañana, pero
comenzaba a ser conocida gracias al boca-oreja y siempre andaba con algún
caso entre manos, en especial de mujeres extranjeras afincadas en la isla, que
pedían asesoramiento en asuntos de separaciones, herencias y, por supuesto, del
maldito maltrato, una lacra que, a la vista estaba, no tenía nacionalidad. Las
tardes las dedicaba a estudiar las legislaciones de otros países mientras Rafel
llevaba a grupos de turistas a visitar calas perdidas, cuevas, o a Sa Talaia, su
lugar favorito, la cumbre más alta de la isla. El monte se quedaba corto
comparado con los de su tierra, pero el paisaje era hermoso y sorprendente,
diferente al habitual de playas y chiringuitos que brotaban por todas partes.
Para los traslados utilizaba un autobús de veinte plazas que él mismo conducía,
alquilado a medias con un socio. Cuando no trabajaban, se acercaban al Ca
n’Anneta o daban largos paseos, siempre con la niña, y la estampa de los tres
era ya familiar en Sant Carles.
Su plácida existencia finalizó de la manera más brusca. El marido de una de
las clientes de Isabel entró una mañana en la oficina, arrampló con todo lo que
encontró a su paso, archivos, documentos, la máquina de escribir, la impresora;
rompió el ventanal lanzando un pisapapeles de piedra y le arreó un manotazo
que la tiró al suelo, al caer, se pegó con la esquina de la mesa y perdió el
sentido. El comerciante que tenía la tienda en la puerta de al lado acudió al oír
gritos y ruidos, ambos hombres se liaron a golpes y acabaron en la calle ante la
mirada estupefacta de la concurrencia; a ellos los llevaron a la comisaría y a ella
al hospital. Por suerte, únicamente sufrió una contusión sin gravedad, pero los
dueños le comunicaron que ya no le arrendaban el local por ser el suyo un
negocio de riesgo y que cualquier día alguien podría prenderle fuego. De paso
le dijeron que mejor haría olvidándose de «mujeres histéricas que no daban
más que problemas». Por si eso fuera poco, días después, la propietaria de la
casa les anunció que la había vendido y que tenían un mes para desalojarla. La
guinda la puso la vecina francesa, quien perdió a la niña durante un paseo por
la playa; se había encontrado con unas amigas y se olvidó de ella por completo.
La encontraron en las rocas, contemplando ensimismada una cría de cangrejo,
el bolsillo de su bata repleto de conchas. Antes de que finalizara el mes, con dos
maletas por equipaje, cogían el avión a Barcelona; allí compraron una
camioneta de segunda mano y fueron a la Ball de Benás, donde él tenía una
buhardilla, y su «empresa», una mesa repleta de mapas y recorridos.
Permanecieron un año en el hermoso «valle escondido» rodeado de altas
montañas, de glaciares e ibones, donde la lluvia, el viento, la nieve y el frío eran
parte de un paisaje único, y el Ésera solía desbordarse furioso a finales de la
primavera destruyendo los puentes. Durante tres o cuatro meses, los más
cálidos que no lo eran mucho, el pueblo recibía la llegada de visitantes, en su
mayoría montañeros, pero en invierno, cuando la capa de nieve en ocasiones
alcanzaba hasta las rodillas, los habitantes se mantenían al abrigo de los muros
de piedra, alrededor de chimeneas y braseros, y aquel fue especialmente duro.
Acostumbradas al calor, madre e hija se sentían de alguna manera presas;
echaban en falta los paseos por la orilla del mar, la ropa ligera, los amigos y
conocidos, las ensaladas, el pescado guisado o asado, la música. Rafel pedía a
Isabel que tuviera un poco de paciencia, los fríos pasarían, y él las llevaría a ver
rincones que jamás imaginarían, lagos helados, cascadas, también algún oso
quizás. Pero no podía llamar a su madre, no había teléfono en el pueblo,
tampoco podía escribirle, el correo no funcionaba durante las nieves; se sentía
inútil, y las jornadas se le hacían eternas. En más de una ocasión pensó que
estarían mejor en Alquézar, a fin de cuentas, tenía en aquel pueblo la casa
heredada del tío, a la que no había vuelto desde la visita obligada por su padre
tras el reencuentro con su madre, hermano y abuela en Panzano. Además,
quería recuperar la colección de sellos que llenaba varios álbumes y mostrársela
a Izarbe; Sito debía haberla dejado allí pues no la encontró al hacer la auditoría
del piso de Zaragoza. A él no le atraía la idea de abandonar el valle a pesar de
que ella le aseguró que también había montes en la Sierra de Guara, y cañones,
y pozas de agua del color de las turquesas, y su negativa empezaba a hacer mella
en su relación de pareja. Por otra parte, no había mucho que ella pudiera hacer
en un pueblo de medio centenar de habitantes donde, imaginó, también se
darían casos de abuso a mujeres, si bien apenas conocía a algunas de vista, a
quienes por cierto no llegaba a entender pues hablaban en patués, lengua para
ella absolutamente incomprensible, y aunque la entendiera; ninguna
maltratada hablaría y, de todos modos, tampoco tendría donde presentar una
demanda. Llegado el deshielo le dijo que se marchaban, y él no la detuvo; pidió
a un matrimonio de Aínsa, montañeros aficionados, si podían llevarlas, a ella y
a su hija, besó al hombre que la había hecho feliz durante un tiempo, cogió a la
niña y se fue sin volver la vista atrás. En Aínsa cogieron un autobús hasta
Huesca y luego un taxi a El Maizal.
Manuela se hallaba en el porche regando unos geranios cuando las vio llegar y a
poco sufre un infarto; soltó la regadera, corrió hacia ellas, las abrazó, besó,
acarició entre lágrimas y exclamaciones de emoción. Al rato, la niña corría feliz
por el maizal donde acababan de brotar dos nuevos tallos.