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El Discernimiento

El documento habla sobre el discernimiento espiritual. Explica que discernir requiere inteligencia, experiencia, afectos y voluntad. Jesús enseñó sobre el discernimiento a través de parábolas sobre pescadores, mercaderes y un tesoro escondido. El discernimiento conlleva alegría y encuentro con Dios. Se necesita discernimiento para tomar buenas decisiones y vivir libremente según la voluntad de Dios.
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El Discernimiento

El documento habla sobre el discernimiento espiritual. Explica que discernir requiere inteligencia, experiencia, afectos y voluntad. Jesús enseñó sobre el discernimiento a través de parábolas sobre pescadores, mercaderes y un tesoro escondido. El discernimiento conlleva alegría y encuentro con Dios. Se necesita discernimiento para tomar buenas decisiones y vivir libremente según la voluntad de Dios.
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CATEQUESIS DEL SANTO PADRE SOBRE EL DISCERNIMIENTO

31.08.2022
Comenzamos hoy, un nuevo ciclo de catequesis sobre el tema del discernimiento. Discernir
es un acto importante que concierne a todos, porque la elección es parte esencial de la vida.
Discernir las opciones. Elegimos un alimento, un vestido, una carrera, un trabajo, una rela-
ción. En todo esto se concreta un proyecto de vida, y nuestra relación con Dios.

En el Evangelio Jesús habla del discernimiento con imágenes tomadas de la vida ordinaria;
por ejemplo, describe a los pescadores que seleccionan los peces buenos y descartan los
malos; o al mercader que sabe identificar, entre muchas perlas, la de mayor valor. O el que,
1
arando un campo, se encuentra con algo que se revela como un tesoro (Mt 13,44-48).

A la luz de estos ejemplos, el discernimiento se presenta como un ejercicio de inteligencia,


de práctica, y de voluntad, para aprovechar el momento favorable: estas son las condiciones
para hacer una buena elección: Inteligencia, práctica y voluntad. Hay también un coste ne-
cesario para que el discernimiento pueda funcionar. Para desarrollar mejor su oficio, el pes-
cador tiene en cuenta el cansancio, las largas noches pasadas en el mar, además del hecho
de descartar parte de la pesca, aceptando una pérdida del beneficio por el bien de aquellos
a quienes está destinado.
El comerciante de perlas no duda en gastar todo para comprar esa perla; y lo mismo hace el
hombre que se ha encontrado con un tesoro. Situaciones inesperadas, no programadas,
donde es fundamental reconocer la importancia y la urgencia de la decisión a tomar. Las
decisiones las tiene que tomar uno; no hay nadie que las tome por nosotros. En un momen-
to dado, los adultos, libres, pueden pedir consejo, pensar, pero la decisión es suya; no se
puede decir: "He perdido esto, porque lo ha decidido mi marido, lo ha decidido mi mujer, lo
ha decidido mi hermano": ¡no! Tú debes decidir, cada uno de nosotros debe decidir, y por
eso es importante saber discernir: para decidir bien es necesario saber discernir.

El Evangelio sugiere otro aspecto importante del discernimiento: incluye los afectos. Quien
ha encontrado el tesoro no siente la dificultad de venderlo todo, tan grande es su alegría
2
(Mt. 13,44) . El término empleado por el evangelista Mateo indica una alegría del todo es-
pecial, que ninguna realidad humana puede dar; y de hecho lo retoma en poquísimos pasa-
jes del Evangelio, que remiten todos al encuentro con Dios. Es la alegría de los Magos cuan-
3
do, después de un largo y cansado viaje, vuelven a ver la estrella (cf. Mt 2,10) ; la alegría de
las mujeres que vuelven del sepulcro vacío después de haber escuchado el anuncio de la

1
"«El Reino de los Cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo que, al encontrarlo un hombre, vuelve a
esconderlo y, por la alegría que le da, va, vende todo lo que tiene y compra el campo aquel. También es semejante
el Reino de los Cielos a un mercader que anda buscando perlas finas, y que, al encontrar una perla de gran valor, va,
vende todo lo que tiene y la compra. También es semejante el Reino de los Cielos a una red que se echa en el mar y
recoge peces de todas clases; y cuando está llena, la sacan a la orilla, se sientan, y recogen en cestos los buenos y
tiran los malos."
2
el reino de los cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo, que un hombre halla, y lo esconde de
nuevo; y gozoso por ello va y vende todo lo que tiene, y compra aquel campo.
3 "Al ver la estrella se llenaron de inmensa alegría."
4
resurrección por parte del ángel (cf. Mt 28,8) . La alegría de quien ha encontrado al Señor.
Tomar una buena decisión, una decisión justa, te lleva siempre a esa alegría final; tal vez en
el camino tienes que sufrir un poco de incertidumbre, pensar, buscar, pero al final la deci-
sión correcta te beneficia con la alegría.

En el juicio final, Dios hará un discernimiento - el gran discernimiento - con nosotros. Las
imágenes del campesino, del pescador y del mercader son ejemplos de lo que sucede en el
Reino de los cielos, un Reino que se manifiesta en las acciones ordinarias de la vida, que
requieren tomar posición. Por eso es tan importante saber discernir: las grandes elecciones
pueden nacer de circunstancias a primera vista secundarias, pero que se revelan decisivas.
Por ejemplo, pensemos en el primer encuentro de Andrés y Juan con Jesús, un encuentro
que nace de una simple pregunta: "Rabí, ¿dónde vives?" - "Venid y lo veréis" (Jn 1,38s), dice
Jesús. Un intercambio muy breve, pero es el comienzo de un cambio que, paso a paso, mar-
cará toda la vida. Años después, el evangelista seguirá recordando aquel encuentro que lo
cambió para siempre, recordará también la hora: «Eran casi las cuatro de la tarde» (v. 39). Es
la hora en que el tiempo y lo eterno se encontraron en su vida. Y en una decisión buena y
justa, se encuentra la voluntad de Dios con nuestra voluntad; se encuentra el camino actual
con lo eterno. Tomar una decisión justa, después de un camino de discernimiento, es hacer
este encuentro: el tiempo con lo eterno.
Por lo tanto: conocimiento, experiencia, afectos, voluntad: he aquí algunos elementos indis-
pensables del discernimiento. En el curso de estas catequesis veremos otros igualmente
importantes.

El discernimiento - como decía - conlleva un esfuerzo. Según la Biblia, la vida que debemos
vivir no nos la encontramos ante nosotros ya empaquetada, ¡no! Tenemos que decidirla
continuamente, según las realidades que van viniendo. Dios nos invita a valorar y a elegir:
nos ha creado libres y quiere que ejercitemos nuestra libertad. Por eso, el discernimiento es
exigente. (N. del T.: es un reto)

A menudo hemos tenido esta experiencia: elegir algo que nos parecía bien y sin embargo no
lo era. O saber cuál era nuestro verdadero bien y no elegirlo. El hombre, a diferencia de los
animales, puede equivocarse, puede no querer elegir de manera correcta y la Biblia nos lo
muestra desde sus primeras páginas. Dios da al hombre una instrucción precisa: si quieres
vivir, si quieres disfrutar de la vida, acuérdate de que eres una criatura, que no eres tú el
criterio (N. del T.: la norma para conocer la verdad) del bien y del mal y que las decisiones
que tomes tendrán una consecuencia para ti, para los demás y para el mundo (cf. Gen
5
2,16s) ; puedes hacer de la tierra un jardín magnífico o puedes hacer de ella un desierto de
muerte. Una enseñanza fundamental: no por casualidad es el primer diálogo entre Dios y el
hombre. El diálogo es el siguiente: el Señor da la misión, tú debes hacer esto y esto; y el

4
"Ellas partieron a toda prisa del sepulcro, con miedo y gran gozo, y corrieron a dar la noticia a sus discípulos."
5
"Y Dios impuso al hombre este mandamiento: «De cualquier árbol del jardín puedes comer, mas del árbol de la
ciencia del bien y del mal no comerás, porque el día que comieres de él, morirás sin remedio.»"
hombre a cada paso que da debe discernir qué decisión tomar. El discernimiento es esta
reflexión de la mente, del corazón, que debemos hacer antes de tomar una decisión.
El discernimiento es difícil, pero indispensable para vivir. Requiere que yo me conozca, que
sepa qué es bueno para mí aquí y ahora. Requiere sobre todo una relación filial con Dios.
Dios es Padre y no nos deja solos, está siempre dispuesto a aconsejarnos, a animarnos, a
acogernos. Pero nunca impone su voluntad. ¿Por qué? Porque quiere ser amado y no temi-
do. Además Dios nos quiere hijos, no esclavos: hijos libres. Y el amor solo se puede vivir en
libertad. Para aprender a vivir hay que aprender a amar, y por eso es necesario discernir:
¿qué puedo hacer ahora, ante esta alternativa? Que sea una señal de mayor amor, de mayor
madurez en el amor. ¡Pidamos que el Espíritu Santo nos guíe! Invoquémoslo todos los días,
especialmente cuando tengamos que tomar algunas decisiones. Gracias.

07.09.2022
Continuamos nuestra reflexión sobre el discernimiento - en este tiempo hablaremos cada
miércoles del discernimiento espiritual -, y para ello nos puede ayudar tomar de referencia
un testimonio concreto.

Uno de los ejemplos más instructivos nos lo ofrece San Ignacio de Loyola, con un episodio
decisivo de su vida. Ignacio se encuentra en casa recuperándose, tras haber sido herido en
una pierna durante la batalla. Para no aburrirse pide algo para leer. Le encantaban los libros
de caballería, pero por desgracia en la casa se encontraban sólo vidas de santos. Un poco a
regañadientes se adapta, pero en el curso de la lectura comienza a descubrir otro mundo, un
mundo que lo conquista y parece competir con el de los caballeros. Queda fascinado por las
figuras de San Francisco y Santo Domingo y siente el deseo de imitarlos. Pero continúa tam-
bién fascinándolo el mundo caballeresco. Y así, advierte dentro de sí esta alternancia de
pensamientos, los caballerescos y los de los santos, que parecen ser equivalentes.

Ignacio comienza a notar diferencias. En su autobiografía - en tercera persona- escribe así:


«Pensando en las cosas del mundo - y en las cosas caballerescas, se comprende - sentía
mucho placer, pero cuando, por cansancio, las abandonaba se sentía vacío y decepcionado.
En cambio, ir a Jerusalén descalzo, alimentarse sólo de hierbas, practicar todas las austeri-
dades que había conocido habitualmente de los santos, eran pensamientos que no solo lo
consolaban mientras se detenía en ellos, sino que también después de haberlos abandona-
do lo dejaban satisfecho y lleno de alegría» (n. 8); le dejaban una huella (N. del T.: traza) de
alegría.

En esta experiencia podemos observar sobre todo dos aspectos. El primero es el tiempo: es
decir, los pensamientos del mundo al principio son atractivos, mas luego pierden brillo y nos
dejan vacíos, insatisfechos, te dejan así, como algo vacío. Los pensamientos de Dios, por el
contrario, suscitan primero una cierta resistencia - "No voy a leer estas cosas tan aburridas
de los santos", pero cuando se los acoge traen una paz desconocida, que dura mucho tiem-
po.
Aquí está el otro aspecto: el final de los pensamientos. Al principio la situación no parece tan
clara. Hay un desarrollo del discernimiento: por ejemplo, entendemos lo que es el bien para
nosotros no de un modo abstracto, general, sino en el recorrido de nuestra vida. En las re-
glas para el discernimiento, fruto de esta experiencia fundamental, Ignacio pone una premi-
sa importante, que ayuda a comprender este proceso: «A los que pasan de un pecado mor-
tal a otro, el demonio suele proponer placeres aparentes, tranquilizarlos con que todo va
bien, haciéndoles imaginar deleites y placeres sensuales, para mantenerlos mejor y hacerlos
crecer en sus vicios y pecados. Con éstos, el espíritu bueno usa el método opuesto, estimu-
lándolos al remordimiento de su conciencia con el juicio de la razón» (Ejercicios Espirituales,
314); esto que hago no está bien.

Hay una historia que precede a quien discierne, una historia que es indispensable conocer,
porque el discernimiento no es una especie de oráculo o de fatalismo o algo de laboratorio,
como echar a suertes entre dos posibilidades. Las grandes preguntas surgen cuando en la
vida ya hemos hecho un tramo de camino, y es a ese camino que debemos volver para en-
tender lo que estamos buscando. Si en la vida se dan pasos en una dirección, ahí preguntar-
se: "¿Pero por qué camino en esta dirección, qué estoy buscando?" y aquí discernir.
Ignacio, cuando se encontraba herido en la casa paterna, no pensaba en absoluto en Dios o
en cómo reformar su vida, no. Tiene la primera experiencia de Dios escuchando su propio
corazón, que le muestra un cambio de rumbo curioso: cosas a primera vista atractivas lo
desilusionan y en otras menos brillantes siente una paz duradera. También nosotros tene-
mos esta experiencia, muchas veces empezamos a pensar en algo y nos quedamos así... y
luego nos sentimos decepcionados. En cambio, hacemos una obra de caridad, algo bueno y
sentimos algo de felicidad, te viene un buen pensamiento y felicidad, alegría, es nuestra
experiencia. Esto es lo que debemos aprender: escuchar el propio corazón: para conocer
qué sucede, qué decisión tomar, hacer un juicio sobre una situación, es necesario escuchar
el propio corazón. Nosotros escuchamos la televisión, la radio, el móvil, somos maestros de
la escucha, pero te pregunto: ¿sabes escuchar tu corazón? Te detienes a decir: "¿Cómo está
mi corazón? ¿Está satisfecho, está triste, busca algo?". Para tomar buenas decisiones hay
que escuchar el corazón.
Por eso Ignacio sugerirá leer vidas de santos, porque muestran de modo narrativo y com-
prensible el estilo de Dios en la vida de personas no muy diferentes a nosotros, porque los
santos eran de carne y hueso, como nosotros. Sus acciones hablan a las nuestras y nos ayu-
dan a entender su significado.

En este famoso episodio de los dos sentimientos que tenía Ignacio, uno cuando leía libros de
caballería y el otro cuando leía vidas de santos, podemos reconocer otro aspecto importante
del discernimiento, que ya mencionamos la última vez. Hay una aparente casualidad en los
acontecimientos de la vida: todo parece nacer de un banal contratiempo: no había libros de
caballería, sólo de vidas de santos. Un contratiempo que encierra un posible punto de infle-
xión (giro). Solo después de un tiempo Ignacio se dará cuenta, y será entonces cuando le
dedicará toda su atención. Escuchadme bien: Dios trabaja a través de eventos no programa-
bles, ese por casualidad, por casualidad me pasó esto, por casualidad me encontré con esta
persona, por casualidad vi esta película, no estaba programada, mas Dios trabaja a través de
eventos no programables, e incluso en los contratiempos: "Tenía que dar un paseo y tuve un
problema en los pies, no puedo...". Contratiempo: ¿qué te dice Dios? ¿Qué te dice la vida
ahí? Lo hemos visto también en un pasaje del Evangelio de Mateo: un hombre que está
arando un campo se encuentra casualmente con un tesoro enterrado. Una situación total-
mente inesperada. Pero lo importante es que lo reconoce como el golpe de suerte de su
6
vida y decide en consecuencia: vende todo y compra ese campo (Mt. 13, 44) . Un consejo
que os doy, estad atentos a las cosas inesperadas. El que dice: "esto que ha sucedido por
casualidad no lo esperaba". ¿Te está hablando la vida, te está hablando el Señor o te está
hablando el diablo? Alguien. Pero hay algo que discernir, ¿cómo reacciono ante las cosas
inesperadas? Estaba tan tranquilo en casa y "toc, toc", llega la suegra ¿cómo reaccionas con
la suegra? ¿Es amor o es otra cosa por dentro? Discierne. Estaba trabajando en la oficina,
bien, y viene un compañero a decirme que necesita dinero ¿cómo reaccionaste? Ver lo que
sucede cuando vivimos cosas que no esperamos y ahí aprendemos a conocer como se mue-
ve nuestro corazón.

El discernimiento es la ayuda para reconocer las señales por las cuales el Señor se da a cono-
cer en las situaciones imprevistas, incluso desagradables, como fue para Ignacio la herida en
la pierna. De ellas puede nacer un encuentro que cambie nuestra vida para siempre, como
en el caso de Ignacio. Puede nacer algo que te haga mejorar en el camino o empeorar no sé,
pero debemos estar atentos y el hilo conductor más hermoso nos es dado por las cosas
inesperadas: "¿cómo me reacciono frente a esto?". Que el Señor nos ayude a escuchar nues-
tro corazón y a ver cuándo es Él quien actúa y cuándo no es Él, y es otra cosa.

28.09.2022
Retomamos las catequesis sobre el tema del discernimiento, - porque es muy importante
este tema para saber qué sucede dentro de nosotros; de los sentimientos y las ideas, debe-
mos discernir de dónde vienen, a dónde me llevan, a qué decisión - y hoy nos detenemos en
el primero de sus elementos constitutivos, es decir, la oración. Para discernir es necesario
estar en un ambiente, en un estado de oración.

La oración es una ayuda indispensable para el discernimiento espiritual, sobre todo cuando
implica los afectos, permitiendo que nos dirijamos a Dios con sencillez y familiaridad, como
se habla con un amigo. Es saber ir más allá de los pensamientos, entrar en intimidad con el
Señor, con una espontaneidad afectuosa. El secreto de la vida de los santos es la familiari-
dad y confianza con Dios, que crece en ellos y hace cada vez más fácil reconocer lo que a él
le agrada. La oración verdadera es familiaridad y confianza con Dios. No es rezar como un
loro, bla bla bla, no. La verdadera oración es esta espontaneidad y afecto con el Señor. Esta
familiaridad vence el miedo o la duda de que su voluntad no sea para nuestro bien, una
tentación que a veces atraviesa nuestros pensamientos y hace que el corazón esté inquieto
e incierto o amargo incluso.

6
«El Reino de los Cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo que, al encontrarlo un hombre, vuelve a
esconderlo y, por la alegría que le da, va, vende todo lo que tiene y compra el campo aquel.»
El discernimiento no pretende una certeza absoluta - no es químicamente un mero método,
no pretende una certeza absoluta, porque se refiere a la vida, y la vida no siempre es lógica,
presenta muchos aspectos que no se dejan encerrar en una sola categoría del pensamiento.
Nos gustaría saber exactamente lo que deberíamos hacer, pero incluso cuando esto sucede,
no por eso actuamos en consecuencia. Cuántas veces hemos tenido la misma experiencia
descrita por el apóstol san Pablo, que dice: « puesto que no hago el bien que quiero, sino
que obro el mal que no quiero» (Rom. 7, 19). No somos solamente razón, no somos máqui-
nas, no basta con recibir instrucciones para realizarlas: los obstáculos, tanto como las ayudas
para decidirse por el Señor, son sobre todo afectivos, del corazón.

Es significativo que el primer milagro realizado por Jesús en el Evangelio de san Marcos sea
a
un exorcismo (Mc. 1,21-28) . En la sinagoga de Cafarnaúm libera a un hombre del demonio,
liberándolo de la falsa imagen de Dios que Satanás sugiere desde los orígenes: la de un Dios
que no quiere nuestra felicidad. El endemoniado, de aquel pasaje del Evangelio, sabe que
Jesús es Dios, pero esto no lo lleva a creer en Él. En efecto, dice: «Has venido a destruirnos»
(v. 24).

Muchos, incluso cristianos, piensan lo mismo: que quizás pueda ser Jesús el Hijo de Dios,
pero dudan que quiera nuestra felicidad; más aún, algunos temen que tomar en serio su
propuesta, lo que Jesús nos propone, signifique arruinarse la vida, mortificar nuestros de-
seos, nuestras aspiraciones más fuertes. Estos pensamientos a veces se asoman dentro de
nosotros: que Dios nos pida demasiado, tenemos miedo de que Dios nos pida demasiado,
que no nos quiera de verdad. Sin embargo, en nuestra primera catequesis hemos visto que
el signo del encuentro con el Señor es la alegría. Cuando encuentro al Señor en la oración,
me pongo alegre. Cada uno de nosotros se pone alegre, es hermoso esto. La tristeza o el
miedo, en cambio, son signos de lejanía de Dios: «Si quieres entrar en la vida, guarda los
mandamientos», dice Jesús al joven rico (Mt. 19,17). Desgraciadamente para aquel joven,
algunos obstáculos no le permitieron realizar el deseo que tenía en su corazón, seguir más
de cerca al "maestro bueno". Era un joven interesado, dinámico; había decidido encontrar a
Jesús, pero al mismo tiempo estaba muy dividido afectivamente, para él las riquezas eran
demasiado importantes. Jesús no lo obliga a decidirse, pero el texto observa que el joven se
alejó de Jesús «triste» (v. 22). Quien se aleja del Señor nunca está contento, aunque tenga a
su disposición gran abundancia de bienes y posibilidades. Jesús nunca obliga a seguirlo,
nunca. Jesús te permite saber su voluntad, con mucho amor te enseña las cosas pero te deja
libre. Y esto es lo más hermoso de la oración con Jesús: la libertad que Él nos deja. En cam-
bio, cuando nos alejamos del Señor, permanecemos con algo triste, algo feo en el corazón.

Discernir lo que sucede dentro de nosotros no es fácil, porque las apariencias engañan, pero
la familiaridad con Dios puede resolver de modo suave dudas y temores, haciendo nuestra
vida cada vez más receptiva a su « dulce luz », según la bella expresión de san John Henry
Newman. Los santos brillan con luz reflejada y muestran en los gestos sencillos de cada día
la presencia amorosa de Dios, que hace posible lo imposible. Se dice que dos esposos que
han vivido juntos mucho tiempo queriéndose mutuamente terminan por parecerse. Algo
similar se puede decir de la oración afectiva: de modo gradual pero eficaz nos hace cada vez
más capaces de reconocer lo que importa por connaturalidad, como algo que brota de lo
profundo de nuestro ser. Estar en oración no significa decir palabras, palabras, no; significa
abrir el corazón a Jesús, acercarse a Jesús, dejar que Jesús entre en el corazón y nos haga
sentir su presencia. Y allí podemos discernir cuando es Jesús y cuando somos nosotros con
nuestros pensamientos, muchas veces alejados de lo que quiere Jesús.
Pidamos esta gracia: vivir una relación de amistad con el Señor, como un amigo habla a otro
amigo (cf. S. Ignacio de L., Ejercicios espirituales, 54). Conocí a un hermano religioso ya ma-
yor, que era portero de un colegio y cada vez que podía se acercaba a la capilla, miraba el
altar y decía: "Hola", porque tenía cercanía con Jesús. No tenía que decir bla bla bla, no:
"Hola, estoy cerca y tú estás cerca". Esta es la relación que debemos tener en la oración:
cercanía, cercanía afectiva, como hermanos, cercanía con Jesús. Una sonrisa, un simple
gesto y no recitar palabras que no llegan al corazón. Como decía, hablar con Jesús como un
amigo habla a otro amigo. Es una gracia que debemos pedir los unos para los otros: ver a
Jesús como nuestro amigo, nuestro amigo más grande, nuestro amigo fiel, que no chantajea,
sobre todo que nunca nos abandona, incluso cuando nos alejamos de Él. Él permanece a la
puerta del corazón. "No, yo contigo no quiero saber nada", decimos nosotros. Y Él permane-
ce callado, permanece ahí al alcance de la mano, al alcance del corazón porque Él siempre es
fiel. Continuemos con esta oración, digamos la oración del "hola", la oración de saludar al
Señor con el corazón, la oración del afecto, la oración de la cercanía, con pocas palabras
pero con gestos y con obras buenas. Gracias.

05.10.2022
Seguimos tratando el tema del discernimiento. La vez pasada hemos considerado la oración
como su elemento indispensable, entendiéndola como familiaridad y confianza con Dios.
Oración, no como los loros, sino como familiaridad y confianza con Dios; oración de los hijos
al Padre; oración con el corazón abierto. Esto lo hemos visto en la última catequesis.
Hoy quisiera, de manera casi complementaria, subrayar que un buen discernimiento requie-
re también el conocimiento de sí mismo. Conocerse a sí mismo. Y esto no es fácil. En efecto,
el discernimiento implica nuestras facultades humanas: la memoria, la inteligencia, la volun-
tad, los afectos. A menudo no sabemos discernir porque no nos conocemos lo suficiente, y
de esta manera no sabemos lo que realmente queremos. Habéis escuchado muchas veces:
"Pero esta persona, ¿por qué no pone orden en su vida? Nunca ha sabido lo que quería...".
Sin llegar a ese extremo, también a nosotros nos sucede, no sabemos bien qué queremos,
no nos conocemos bien.

En la base de dudas espirituales y crisis vocacionales se encuentra a menudo un diálogo


insuficiente entre la vida religiosa y nuestra dimensión humana, cognitiva y afectiva. Un
autor de espiritualidad observaba que muchas dificultades sobre el discernimiento remiten a
problemas de otro tipo, que hay que reconocer y explorar. Escribe este autor: «He llegado a
la convicción de que el mayor obstáculo al verdadero discernimiento (y a un verdadero cre-
cimiento en la oración) no es la naturaleza intangible de Dios, sino el hecho de que no nos
conocemos suficientemente a nosotros mismos, y ni siquiera queremos conocernos como
somos realmente. Casi todos nosotros nos escondemos detrás de una máscara, no solo
frente a los demás, sino también cuando nos miramos al espejo» (Th. Green, El trigo y la
cizaña, Roma, 1992, 25). Todos tenemos la tentación de estar enmascarados incluso ante
nosotros mismos.

El olvido de la presencia de Dios en nuestra vida va de la mano con la ignorancia sobre noso-
tros mismos - ignorar a Dios e ignorarnos -, ignorancia sobre las características de nuestra
personalidad y sobre nuestros deseos más profundos.
Conocerse a uno mismo no es difícil, pero es laborioso: implica un paciente trabajo de exca-
vación interior. Requiere la capacidad de detenerse, de "desactivar el piloto automático",
para adquirir consciencia sobre nuestro modo de actuar, sobre los sentimientos que nos
habitan, sobre los pensamientos recurrentes que nos condicionan, y a menudo sin nuestro
conocimiento. También requiere distinguir entre las emociones y las facultades espirituales.
"Siento" no es lo mismo que "estoy convencido"; "tengo ganas de" no es lo mismo que
"quiero". Así llegamos a reconocer que la mirada que tenemos sobre nosotros mismos y
sobre la realidad está a veces un poco distorsionada. ¡Darse cuenta de esto es una gracia! De
hecho, muchas veces puede suceder que las creencias erróneas sobre la realidad, basadas
sobre experiencias del pasado, nos influyan fuertemente, limitando nuestra libertad, jugán-
donos por ello lo que realmente importa en nuestras vidas.

Viviendo en la era de la informática, sabemos lo importante que es conocer los “passwords”


(las contraseñas) para poder entrar en los programas donde se encuentra la información
más personal y valiosa. También la vida espiritual tiene sus "contraseñas": hay palabras que
nos tocan el corazón porque remiten a aquello para lo que somos más sensibles. El tentador,
es decir, el diablo, conoce bien estas palabras-clave, y es importante que las conozcamos
también nosotros, para no encontrarnos donde no queremos. La tentación no sugiere nece-
sariamente cosas malas, sino a menudo cosas desordenadas, presentadas con una impor-
tancia excesiva. De esta manera nos hipnotiza con el atractivo que estas cosas suscitan en
nosotros, cosas bellas pero ilusorias, que no pueden cumplir lo que prometen, y así nos
dejan al final con una sensación de vacío y tristeza. Ese sentimiento de vacío y tristeza es
una señal de que hemos tomado un camino que no era el bueno, que nos ha desorientado.
Pueden ser, por ejemplo, el título de estudios, la carrera, las relaciones, todas cosas en sí
loables, pero hacia las cuales, si no somos libres, corremos el riesgo de tener expectativas
irreales, como por ejemplo la confirmación de nuestro valor. Tú, por ejemplo, cuando pien-
sas en los estudios que estás haciendo, ¿lo piensas sólo para promocionarte, para tu propio
interés, o también para servir a la comunidad? Ahí se puede ver cuál es la intención de cada
uno de nosotros. De este malentendido derivan a menudo los sufrimientos más grandes,
porque ninguna de esas cosas puede ser la garantía de nuestra dignidad.

Por eso, queridos hermanos y hermanas, es importante conocerse, conocer las contraseñas
de nuestro corazón, a lo que somos más sensibles, para protegernos de quienes se presen-
tan con palabras persuasivas para manipularnos, incluso para reconocer lo que para noso-
tros es realmente importante, distinguiéndolo de las modas del momento o de frases llama-
tivas y superficiales. Muchas veces lo que se dice en un programa de televisión, en alguna
publicidad que vemos, nos toca el corazón y nos hace ir por ese camino sin libertad. Estad
atentos a eso: ¿soy libre o me dejo llevar por los sentimientos del momento, o las provoca-
ciones del momento?

Una ayuda para esto es el examen de conciencia, pero no hablo del examen de conciencia
que todos hacemos cuando vamos a la confesión, no. Es decir: "Pues he pecado de esto...".
No. Examen de conciencia general del día: ¿qué ha pasado en mi corazón en este día? "Han
sucedido tantas cosas...". ¿Cuáles? ¿Por qué? ¿Qué huellas han dejado en mi corazón? Hacer
el examen de conciencia, es decir, tener la buena costumbre de releer con calma lo que ha
sucedido a lo largo del día, aprendiendo a observar en las valoraciones y elecciones aquello
a lo que le damos más importancia, lo que buscamos y por qué, y lo que al final hemos en-
contrado. Sobre todo, aprendiendo a reconocer lo que sacia nuestro corazón. Porque solo el
Señor puede darnos la confirmación de lo que valemos. Nos lo dice cada día desde la cruz:
ha muerto por nosotros para mostrarnos lo valiosos que somos a sus ojos. No hay obstáculo
o fracaso que puedan impedir su tierno abrazo. El examen de conciencia ayuda mucho, por-
que así vemos que nuestro corazón no es un camino por donde pasa de todo y no lo sabe-
mos. No. Ver: ¿Qué pasó hoy? ¿Qué pasó? ¿Qué me hizo reaccionar? ¿Qué me ha entriste-
cido? ¿Qué me ha hecho feliz? ¿Qué estuvo mal y si he hecho daño a alguien? Se trata de
ver el recorrido de los sentimientos, de las atracciones en mi corazón durante el día. ¡No lo
olvidéis! El otro día hablamos de la oración; hoy hablamos del conocimiento de uno mismo.

La oración y el conocimiento de uno mismo nos permiten crecer en libertad. ¡Eso es, es para
crecer en libertad! Son elementos básicos de la existencia cristiana, elementos preciosos
para encontrar nuestro puesto en la vida. Gracias.

12.10.2022
En estas catequesis estamos revisando los elementos del discernimiento. Después de la
oración y el conocimiento de uno mismo, es decir, orar y conocerse a sí mismo, hoy quiero
hablar de otro "ingrediente", por decirlo así, indispensable: el deseo. En efecto, el discerni-
miento es una forma de búsqueda, y la búsqueda nace siempre de algo que nos falta pero
que de alguna manera conocemos, tenemos el instinto.

¿De qué tipo es este conocimiento? Los maestros espirituales lo indican con el término "de-
seo", que, en su raíz, es una nostalgia de plenitud que no encuentra nunca un pleno cum-
plimiento, y que es signo de la presencia de Dios en nosotros. El deseo no es un deseo del
momento, no. La palabra italiana viene de un término latino muy bello, es curioso: de-sidus,
literalmente "falta de estela" (N. del T.: traza, huella), deseo es una falta de traza, falta del
punto de referencia que orienta el camino de la vida; Evoca un sufrimiento, una carencia, y
al mismo tiempo una tensión para alcanzar el bien que nos falta. El deseo es pues la brújula
para entender dónde estoy y a dónde voy, es más, es la brújula para entender si estoy para-
do o caminando, una persona que nunca desea es una persona inmóvil, quizás enferma, casi
muerta. Es la brújula si estoy de camino o si me detengo. ¿Y cómo es posible reconocerlo?

Pensemos, un deseo sincero sabe tocar en profundidad las cuerdas de nuestro ser, por eso
no se apaga ante las dificultades o los contratiempos. Es como cuando tenemos sed: si no
encontramos de beber, no por eso renunciamos, es más, la búsqueda ocupa cada vez más
nuestros pensamientos y nuestras acciones, hasta que estamos dispuestos a cualquier sacri-
ficio para poder apaciguarla, casi obsesionados. Los obstáculos y fracasos no ahogan el de-
seo, por el contrario, lo hacen aún más vivo en nosotros.

A diferencia del deseo o la emoción del momento, el deseo dura en el tiempo, un tiempo
incluso largo, y tiende a concretarse. Si por ejemplo un joven desea ser médico, deberá
emprender un itinerario de estudios y trabajo que ocupará algunos años de su vida, por
tanto tendrá que ponerse límites, decir “no”, ante todo a otros itinerarios de estudio, pero
también a posibles diversiones y distracciones, especialmente en los momentos de estudio
más intenso. No obstante, el deseo de dar una dirección a su vida y de alcanzar esa meta -
llegar médico era el ejemplo - le permite superar estas dificultades. El deseo te hace fuerte,
te hace valiente, te hace avanzar siempre porque quieres llegar a eso: "Yo deseo eso".

En efecto, un valor se vuelve hermoso y más fácilmente realizable cuando es atractivo. Co-
mo ha dicho alguien, «más importante que ser bueno, es el deseo de querer serlo». Ser
bueno es algo atractivo, todos queremos ser buenos, pero ¿deseamos convertirnos en bue-
nos?

Llama la atención el hecho de que Jesús, antes de realizar un milagro, a menudo interroga a
la persona sobre su deseo: "¿Quieres ser curado?". Y a veces esta pregunta parece fuera de
lugar, ¡pero si se ve que está enfermo! Por ejemplo, cuando se encuentra con el paralítico
en la piscina de Betesda, que llevaba allí muchos años y nunca lograba aprovechar el mo-
mento adecuado para entrar en el agua. Jesús le pregunta: « ¿Quieres ser curado?» (Jn. 5,
7
6) . ¿Por qué? En realidad, la respuesta del paralítico revela una serie de resistencias extra-
ñas a la curación, que no solo le conciernen a él. La pregunta de Jesús era una invitación a
clarificar su corazón, para acoger un posible salto cualitativo: no pensar más en sí mismo y
en la propia vida "de paralítico", transportado por otros. Pero el hombre de la camilla no
parece estar muy convencido de ello. Dialogando con el Señor, aprendemos a entender lo
que realmente queremos de nuestra vida. Este paralítico es el ejemplo típico de las perso-
nas: "Sí, sí, quiero, quiero" pero no quiero, no quiero, no hago nada. El querer hacer se con-
vierte como en una ilusión y no se da el paso para hacerlo. Esa gente que quiere y no quiere.
Está feo esto; y este enfermo 38 años allí, mas siempre con quejas: "No, ya sabes Señor que
cuando las aguas se mueven - que es el momento del milagro - viene alguien más fuerte que
yo, entra y yo llego tarde", y se queja y se queja. Tened cuidado que las quejas son un ve-
neno, un veneno para el alma, un veneno para la vida porque no te hacen crecer en el deseo
de avanzar. Tened cuidado con las quejas. Cuando uno se queja en familia, o se quejan los
cónyuges, se lamentan el uno del otro, los hijos del padre o los sacerdotes del obispo o los
obispos de muchas otras cosas... No, si os quejáis, estad atentos, es casi pecado, porque no
deja crecer el deseo.

7
Jesús, viéndole tendido y sabiendo que llevaba ya mucho tiempo, le dice: « ¿Quieres curarte?»
A menudo es precisamente el deseo lo que marca la diferencia entre un proyecto exitoso,
coherente y duradero, y las mil veleidades y los muchos buenos propósitos de los que, como
se dice, "está el infierno lleno": "Sí, yo quisiera, me gustaría, yo quisiera..." pero no haces
nada. La época en que vivimos parece favorecer la máxima libertad de elección, pero al
mismo tiempo atrofia el deseo - tú quieres satisfacerte continuamente – que la mayoría de
las veces queda reducido al deseo del momento. Y debemos tener cuidado de no atrofiar el
deseo. Nos bombardean con mil propuestas, proyectos, posibilidades, que corren el riesgo
de distraernos y no permitirnos evaluar con calma lo que realmente queremos. Muchas
veces, encontramos gente - pensemos en los jóvenes por ejemplo - con el móvil en la mano
y buscando, mirando... "¿Pero tú te detienes a pensar?" - "No". Siempre extrovertido, hacia
el otro. El deseo no puede crecer así, vives el momento, saciado en el momento y no crece el
deseo.

Muchos sufren porque no saben lo que quieren de sus vidas; probablemente nunca han
entrado en contacto con su deseo profundo, nunca han sabido: "¿Qué quiero de mi vida?" -
"No lo sé". De ahí el riesgo de pasar la existencia entre intentos y triquiñuelas de varios ti-
pos, sin llegar nunca a ninguna parte, y desperdiciando valiosas oportunidades. Y así algunos
cambios, aunque queridos en teoría, cuando se presenta la ocasión nunca se llevan a cabo,
por falta del deseo fuerte de avanzar en algo.

Si el Señor nos hiciera, hoy por ejemplo, a alguno de nosotros, la pregunta que le hizo al
ciego de Jericó: « ¿Qué quieres que haga por ti?» (Mc. 10,51) – Pensemos, el Señor a cada
uno de nosotros hoy nos pregunta esto: "¿qué quieres que haga por ti?" -, ¿qué responde-
ríamos? Tal vez, podremos finalmente pedirle que nos ayude a conocer el deseo profundo
de Él, que Dios mismo ha puesto en nuestro corazón: "Señor, que yo conozca mis deseos,
que yo sea una mujer, un hombre de grandes deseos". Tal vez el Señor nos dará fuerza para
concretarlo. Es una gracia inmensa, en la base de todas las demás: permitir al Señor, como
en el Evangelio, hacer milagros por nosotros: "Danos el deseo y hazlo crecer, Señor".

Porque también él tiene un gran deseo hacia nosotros: hacernos partícipes de su plenitud de
vida. Gracias.

19.10.2022
En las catequesis de estas semanas estamos insistiendo en los requisitos para hacer un buen
discernimiento. En la vida debemos tomar decisiones, siempre, y para tomar decisiones
debemos hacer un camino, una vía de discernimiento. Cada actividad importante tiene sus
propias "instrucciones" a seguir, que deben ser conocidas para que puedan producir los
efectos necesarios. Hoy nos detenemos en otro ingrediente indispensable para el discerni-
miento: la historia de nuestra vida. Conocer la historia de nuestra vida es un ingrediente -
digamos así - indispensable para el discernimiento.

Nuestra vida es el "libro" más precioso que se nos ha entregado, un libro que muchos la-
mentablemente no leen, o lo hacen demasiado tarde, antes de morir. Sin embargo, preci-
samente en ese libro se encuentra lo que se busca inútilmente por otros caminos. San Agus-
tín, un gran buscador de la verdad, lo había comprendido precisamente releyendo su vida,
observando en ella los pasos silenciosos y discretos, pero incisivos, de la presencia del Señor.
Al final de este recorrido señala con asombro: «Tú estabas dentro de mí, y yo fuera. Y allí te
buscaba. Deforme, me lanzaba sobre las bellas formas de tus criaturas. Tú estabas conmigo,
pero yo no estaba contigo» (Confesiones X, 27.38). De aquí su invitación a cultivar la vida
interior para encontrar lo que se busca: «Entra en ti mismo. En el hombre interior habita la
verdad» (La verdadera religión, XXXIX, 72). Esta es una invitación que yo os haría a todos
vosotros, también me la hago a mí mismo: "Entra en ti mismo. Lee tu vida. Lee por dentro
cómo ha sido tu recorrido. Con serenidad. Entra en ti mismo".

Muchas veces hemos tenido también la experiencia de san Agustín, de encontrarnos apri-
sionados por pensamientos que nos alejan de nosotros mismos, mensajes estereotipados
que nos hacen daño: por ejemplo, "yo no valgo nada" – y te deprimes; "todo me va mal" - y
te vienes abajo; "Nunca lograré nada bueno" - y te deprimes, y así es la vida. ¡Esas frases
pesimistas que te deprimen! Leer la propia historia significa reconocer también la presencia
de estos elementos "tóxicos", pero para luego ampliar la trama de nuestra historia, apren-
diendo a observar otras cosas, haciéndola más rica, más respetuosa de su complejidad,
consiguiendo incluso comprender los modos discretos con los cuales Dios actúa en nuestra
vida. Una vez conocí a una persona de la que decían los que la conocían que merecía el Pre-
mio Nobel a la negatividad: todo era feo, todo, y siempre intentaba hundirse. Era una per-
sona amargada, sin embargo tenía muchas cualidades. Encontró después a otra persona que
la ayudó mucho y cada vez que se quejaba de algo, la otra le decía: "Pues ahora, para com-
pensar, di algo bueno de ti". Y decía él: "Pues sí... también tengo esa cualidad", y poco a
poco la ayudó a continuar, a leer bien su vida, tanto en las cosas malas como las buenas.
Debemos leer nuestra vida, y así vemos las cosas que no son buenas y las que son buenas
que Dios siembra en nosotros.

Hemos visto que el discernimiento tiene un enfoque narrativo: no se detiene en la acción


puntual, se inserta en un contexto: ¿de dónde viene este pensamiento? Esto que siento
ahora, ¿de dónde viene? ¿A dónde me lleva, esto que estoy pensando ahora? ¿Cuándo tuve
la oportunidad de conocerlo antes? ¿Es algo nuevo lo que me sucede ahora, u otras veces lo
he sentido? ¿Por qué es más insistente que otros? ¿Qué me quiere decir la vida con esto?

El relato de los acontecimientos de nuestra vida permite también captar matices y detalles
importantes, que pueden revelarse como ayudas valiosas, que hasta ese momento habían
quedado ocultos. Por ejemplo, una lectura, un servicio, un encuentro, a primera vista de
poca importancia, con el tiempo transmiten una paz interior, alegría de vivir y sugieren ulte-
riores iniciativas de bien. Detenerse y reconocer esto es indispensable. Detenerse es reco-
nocer: es importante para discernir, es un trabajo de recogida de aquellas perlas preciosas y
escondidas que el Señor ha diseminado en nuestro terreno.
El bien está oculto, siempre, porque tiene pudor y se esconde: el bien está oculto; es silen-
cioso, requiere una excavación lenta y continua. Porque el estilo de Dios es discreto: a Dios
le gusta estar escondido, con discreción, no se impone; es como el aire que respiramos, no
lo vemos pero nos hace vivir, y nos damos cuenta sólo cuando nos falta.
Acostumbrarse a releer la propia vida educa la mirada, la afina, permite captar los pequeños
milagros que el buen Dios realiza por nosotros cada día. Cuando nos damos cuenta, capta-
mos otras direcciones posibles que fortalecen el gusto interior, la paz y la creatividad. Espe-
cialmente nos hace más libres de los estereotipos tóxicos. Se ha dicho sabiamente que el
hombre que no conoce su pasado está condenado a repetirlo. Es curioso: si no conocemos el
camino recorrido, el pasado, lo repetimos siempre, somos circulares. La persona que camina
en círculos no avanza nunca, no hay movimiento, es como el perro que se muerde la cola, va
siempre así, y repite las cosas.

Podemos preguntarnos: ¿alguna vez le he contado mi vida a alguien? Esta es una experien-
cia hermosa para los novios, que cuando van en serio, se cuentan sus vidas... Se trata de una
de las formas de comunicación más bellas e íntimas, contarse la propia vida. Permite descu-
brir cosas hasta ese momento desconocidas, pequeñas y sencillas, pero, como dice el Evan-
8
gelio, precisamente de las pequeñas cosas nacen las cosas grandes (cf. Lc. 16,10).

También la vida de los santos constituye una ayuda preciosa para reconocer el estilo de Dios
en nuestra propia vida: permite familiarizarnos con su modo de actuar. Algunos comporta-
mientos de los santos nos hablan a nosotros, nos muestran nuevos significados y oportuni-
dades. Es lo que le sucedió, por ejemplo, en San Ignacio de Loyola. Cuando describe el des-
cubrimiento fundamental de su vida, añade una importante precisión, dice así: «De la expe-
riencia dedujo que algunos pensamientos lo dejaban triste, otros alegre; y poco a poco
aprendió a conocer la diversidad de los pensamientos, la diversidad de los espíritus que se
agitaban en él» (Autob., n. 8). Conocer lo que sucede dentro de nosotros, conocer, tener
cuidado.

El discernimiento es la lectura narrativa de los momentos hermosos y de los momentos


oscuros, de los consuelos y de las desolaciones que experimentamos a lo largo de nuestra
vida. En el discernimiento el corazón nos habla de Dios, y debemos aprender a entender su
lenguaje. Preguntémonos, al final del día, por ejemplo: ¿qué ha sucedido hoy en mi cora-
zón? Algunos piensan que hacer el examen de conciencia es llevar la contabilidad de los
pecados que has cometido – cometemos muchos -, pero es también preguntarse "¿Qué ha
sucedido dentro de mí, he estado alegre? ¿Qué me ha traído esa alegría? ¿He estado triste?
¿Qué me ha traído esa tristeza? Y así aprender a discernir lo que sucede dentro de nosotros.

26.10.2022
El discernimiento, lo hemos visto en las catequesis anteriores, no es esencialmente un pro-
cedimiento lógico; hace referencia a acciones, y las acciones tienen también una connota-
ción afectiva que hay que reconocer, porque Dios habla al corazón. Entramos entonces en la
primera modalidad afectiva, objeto del discernimiento, es decir, la desolación. ¿De qué se
trata?

8
"El que es fiel en lo mínimo, lo es también en lo mucho; y el que es injusto en lo mínimo, también lo es en lo
mucho"
La desolación ha sido definida así: «Oscuridad del alma, turbación en ella, estímulo hacia las
cosas bajas y terrenas, inquietud de varias agitaciones y tentaciones: moviendo el alma a la
desconfianza, sin esperanza, sin amor, hallándose toda perezosa, tibia, triste y como separa-
da de su Criador y Señor» (S. Ignacio de L., Ejercicios espirituales, 317). Todos tenemos expe-
riencia de esto. Creo que de una manera u otra, hemos experimentado la desolación.

El problema es cómo podemos leerla, porque también la desolación tiene algo importante
que decirnos, y si tenemos prisa por deshacernos de ella, corremos el riesgo de perder lo
que nos dice.

Nadie querría estar desolado, triste: es verdad. Todos quisiéramos una vida siempre alegre y
satisfecha. Sin embargo, además de que esto no es posible - porque no es posible -, tampoco
sería bueno para nosotros. En efecto, el cambio que se da en una vida orientada al vicio
puede comenzar por una situación de tristeza, de remordimiento por lo que se ha hecho. Es
muy hermosa la etimología de esta palabra, "remordimiento": el remordimiento de la con-
ciencia, todos lo conocemos. Remordimiento: literalmente es la conciencia que muerde, la
que no da paz. Alessandro Manzoni, en “Los novios”, nos dio una descripción maravillosa del
remordimiento como una oportunidad para cambiar de vida. Se trata del célebre diálogo
entre el cardenal Federico Borromeo y otra persona, la cual, después de una noche terrible,
se presenta hecho polvo ante el cardenal, que se dirige a él con palabras sorprendentes:
«Tenéis una buena noticia que darme, ¿por qué os hacéis de rogar?". "¿Una buena noticia,
yo?" - dijo el otro. "Tengo el infierno en el corazón [...]. Decidme vos, si lo sabéis, cuál es esta
buena nueva". "Que Dios os ha tocado el corazón, y quiere haceros suyo", respondió sose-
gadamente el cardenal» (cap. XXIII). Dios toca el corazón y algo sucede dentro de ti, tristeza,
remordimiento por algo, y esto es una invitación a comenzar un camino. El hombre de Dios
sabe notar en profundidad lo que se mueve en el corazón.

Es importante aprender a leer la tristeza. Todos sabemos lo que es la tristeza: todos. ¿Pero
sabemos leerla? ¿Sabemos lo que esta tristeza de hoy significa para mí? En nuestro tiempo
la mayoría de las personas consideran la tristeza negativamente, como un mal del que hay
que huir a toda costa, y sin embargo puede ser una señal de alarma indispensable para la
vida, invitándonos a explorar paisajes más ricos y fértiles, que la fugacidad y la evasión no
permiten. Santo Tomás define la tristeza como un dolor del alma: como los nervios por el
cuerpo, despierta la atención ante un posible peligro, o un bien incumplido (cf. Summa Th. I-
II, q. 36, a. 1). Por eso, es indispensable para nuestra salud, nos protege para que no haga-
mos daño a los demás o a nosotros mismos. Sería mucho más grave y peligroso no advertir
este sentimiento y continuar. La tristeza a veces funciona como un semáforo: "¡Detente,
detente! Está rojo. Para".

Por el contrario, para quien desea hacer el bien, la tristeza es un obstáculo con el que el
tentador quiere desanimarnos. En tal caso, debemos actuar de manera exactamente contra-
ria a lo sugerido, resueltos a continuar cuanto habíamos decidido hacer (cf. Ejercicios espiri-
b
tuales, 318) . Pensemos en el trabajo, en el estudio, en la oración, en un compromiso asu-
mido: si los dejáramos en cuanto sintamos aburrimiento o tristeza, nunca terminaríamos
nada. Esta es también una experiencia común en la vida espiritual: el camino hacia el bien,
nos recuerda el Evangelio, es estrecho y cuesta arriba, requiere un combate, un vencerse a sí
mismo. Empiezo a rezar, o me dedico a una buena obra y, extrañamente, precisamente en
ese momento, me vienen a la mente cosas que hacer con urgencia, para dejar orar o de
hacer la buena obra. Todos tenemos esta experiencia. Es importante, para quien quiere
servir al Señor, no dejarse guiar por la desolación. Es esto de: "No tengo ganas, es aburri-
do...": ten cuidado. Por desgracia, algunos deciden abandonar la vida de oración, o la opción
tomada, el matrimonio o la vida religiosa, empujados por la desolación, sin antes detenerse
a leer este estado de ánimo, y sobre todo sin la ayuda de un guía. Una sabia regla (N. del T.:
de S. Ignacio) dice “En tiempo de desolación no hacer mudanza”. Será el tiempo siguiente,
más que el estado de ánimo en este momento, el que nos mostrará la bondad o no de nues-
tras elecciones.

Es interesante observar, en el Evangelio, que Jesús rechaza las tentaciones con una actitud
9 10 11
de firme resolución (cf. Mt 3,14-15 ; 4,1-11 ; 16,21-23 ). Las pruebas se le presentan de
diversas partes, pero siempre, encontrando en Él esta firmeza, decidida a cumplir la volun-
tad del Padre, desaparecen y dejan de obstaculizar el camino. En la vida espiritual la prueba
es un momento importante, la Biblia lo recuerda explícitamente diciendo: « Hijo, si te llegas
a servir al Señor, prepara tu alma para la prueba» (Eclo. 2,1). Si quieres ir por el buen ca-
mino, prepárate: habrá obstáculos, tentaciones, momentos de tristeza. Es como cuando un
profesor examina al estudiante: si ve que conoce los puntos esenciales de la materia, no
insiste: ha superado la prueba. Pero tiene que pasar la prueba.

Si sabemos atravesar soledad y desolación con apertura y consciencia, podremos salir de ella
fortalecidos tanto humana como espiritualmente. Ninguna prueba va más allá de nuestras
fuerzas; ninguna será superior a lo que podemos hacer. Pero no huyas de las pruebas: hay
que ver qué significa esta prueba, qué significa que estoy triste: ¿por qué estoy triste? ¿Qué
significa que estoy en desolación en este momento y no puedo seguir adelante? San Pablo

9
"Pero Juan trataba de impedírselo diciendo: «Soy yo el que necesita ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí?» Jesús
le respondió: «Déjame ahora, pues conviene que así cumplamos toda justicia.» Entonces le dejó."
10
Entonces Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo. Y después de hacer un ayuno
de cuarenta días y cuarenta noches, al fin sintió hambre. Y acercándose el tentador, le dijo: «Si eres Hijo de Dios, di
que estas piedras se conviertan en panes.» Mas él respondió: «Está escrito: No sólo de pan vive el hombre, sino de
toda palabra que sale de la boca de Dios.» Entonces el diablo le lleva consigo a la Ciudad Santa, le pone sobre el
alero del Templo, y le dice: «Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: A sus ángeles te encomendará, y
en sus manos te llevarán, para que no tropiece tu pie en piedra alguna.» Jesús le dijo: «También está escrito: No
tentarás al Señor tu Dios.» Todavía le lleva consigo el diablo a un monte muy alto, le muestra todos los reinos del
mundo y su gloria, y le dice: «Todo esto te daré si postrándote me adoras.» Dícele entonces Jesús: «Apártate,
Satanás, porque está escrito: Al Señor tu Dios adorarás, y sólo a él darás culto.» Entonces el diablo le deja. Y he aquí
que se acercaron unos ángeles y le servían."
11
Desde entonces comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que él debía ir a Jerusalén y sufrir mucho de parte
de los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, y ser matado y resucitar al tercer día. Tomándole aparte Pedro,
se puso a reprenderle diciendo: « ¡Lejos de ti, Señor! ¡De ningún modo te sucederá eso!» Pero él, volviéndose, dijo
a Pedro: « ¡Quítate de mi vista, Satanás! ¡Escándalo eres para mí, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino
los de los hombres!
recuerda que nadie es tentado más allá de sus posibilidades, porque el Señor nunca nos
12
abandona y, con Él cerca, podemos vencer toda tentación (cf. 1 Co. 10,13) . Y si no la ga-
namos hoy, nos levantamos otra vez, seguimos caminando y la ganaremos mañana. Pero no
permanezcamos muertos - digamos así - no permanezcamos vencidos por un momento de
tristeza, de desolación: seguid adelante. Que el Señor te bendiga en este camino - ¡valiente!
- de la vida espiritual, que es caminar siempre.

16.11.2022
Retomamos hoy las catequesis sobre el tema del discernimiento. Hemos visto lo importante
que es leer lo que se mueve dentro de nosotros, para no tomar decisiones apresuradas,
sobre la ola de la emoción del momento, para luego arrepentirnos cuando ya es demasiado
tarde. Es decir, leer lo que pasa y luego tomar decisiones.

En este sentido, también el estado espiritual que llamamos de desolación, cuando todo es
oscuro y triste en el corazón, puede ser una ocasión de crecimiento. De hecho, si no hay un
13
poco de insatisfacción, un poco de tristeza saludable , una sana capacidad de vivir en la
soledad y de estar con nosotros mismos sin huir, corremos el riesgo de permanecer siempre
en la superficie de las cosas y no entrar en contacto con el centro de nuestra existencia. La
desolación provoca una "agitación del alma": cuando uno está triste es como si el alma se
sacudiera; nos mantiene despiertos, favorece la vigilancia y la humildad y nos protege del
viento del capricho. Son condiciones indispensables para el progreso en la vida, y por tanto
también en la vida espiritual. Una serenidad perfecta pero "aséptica", sin sentimientos,
cuando se convierte en el criterio para decisiones y comportamientos, nos hace inhumanos.
No podemos dejar de prestar atención a los sentimientos: somos humanos y el sentimiento
es una parte de nuestra humanidad; sin comprender los sentimientos seríamos inhumanos,
sin vivir los sentimientos seríamos indiferentes al sufrimiento de los demás e incapaces de
acoger el nuestro.
Sin mencionar además que esta "perfecta serenidad" no se alcanza por el camino de la indi-
ferencia. Esta distancia aséptica: "No me mezclo en esas cosas, me mantengo a distancia":
esto no es vida, es como si viviéramos en un laboratorio, encerrados, para no tener micro-
bios, enfermedades. Para muchos santos y santas, la inquietud ha sido como un impulso
decisivo para dar un vuelco a sus vidas. Esta serenidad artificial no es buena, pero sí lo es la
sana inquietud, el corazón inquieto, el corazón que busca el camino. Es el caso, por ejemplo,
de Agustín de Hipona o de Edith Stein o de Giuseppe Benedetto Cottolengo, o de Charles de
Foucauld. Las decisiones importantes tienen un precio a pagar, que está al alcance de todos:
es decir, no vienen de la lotería, tienen un precio y tienes que pagar ese precio. Es un precio
que debes pagar con tu corazón, es el precio de la decisión, el precio de continuar con un
poco de esfuerzo. No es gratis, pero es un precio al alcance de todos. Todos tenemos que
pagar esta decisión para salir del estado de indiferencia, que siempre nos deprime.

12
"No habéis sufrido tentación superior a la medida humana. Y fiel es Dios que no permitirá seáis tentados sobre
vuestras fuerzas. Antes bien, con la tentación os dará modo de poderla resistir con éxito."
13
(N. del T.: los Padres la llamaron "animi cruciatus" (aflicción del espíritu), y "compunctio cordis" (arrepentimien-
to del corazón)
La desolación es también una invitación a la gratuidad, a no actuar siempre y sólo con vistas
a una gratificación emocional. Estar desolados nos ofrece la posibilidad de crecer, de iniciar
una relación más madura, más hermosa con el Señor y con los seres queridos, una relación
que no se reduzca a un mero intercambio de dar y recibir. Pensemos en nuestra infancia,
por ejemplo: de niños, a menudo buscábamos a nuestros padres para obtener algo de ellos,
un juguete, dinero para comprar un helado, un permiso... Los buscábamos no por ellos mis-
mos, sino por el interés. Sin embargo, el don más grande eran ellos, los padres, y esto lo
comprendemos a medida que crecemos.

También muchas de nuestras oraciones son un poco así, peticiones de favores dirigidas al
Señor, pero sin un verdadero interés hacia Él. Vamos a pedir, pedir, pedir al Señor. El Evan-
gelio señala que Jesús estaba rodeado a menudo por mucha gente, lo buscaban para obte-
ner algo, curaciones, ayudas materiales, pero no simplemente para estar con Él. Estaba
oprimido por la multitud, y sin embargo estaba solo. Algunos santos, e incluso algunos artis-
tas, han meditado sobre esta condición de Jesús. Puede parecer extraño, irreal, preguntar al
Señor: "¿Cómo estás?". Y sin embargo es una manera muy hermosa de entrar en una rela-
ción verdadera, sincera, con su humanidad, con su sufrimiento, incluso con su singular sole-
dad. Con Él, con el Señor, que ha querido compartir hasta el fondo su vida con nosotros.

Nos hace mucho bien aprender a estar con Él, a estar con el Señor sin otro propósito, lo
mismo que nos sucede con las personas a las que queremos: deseamos conocerlas cada vez
más, porque es hermoso estar con ellas.

Queridos hermanos y hermanas, la vida espiritual no es una técnica a nuestra disposición, no


es un programa de "bienestar" interior que tenemos que programar. No. La vida espiritual
es la relación con el Viviente, con Dios Vivo, irreductible a nuestras categorías. Y la desola-
ción es la respuesta más clara a la objeción de que la experiencia de Dios sea una forma de
sugestión, una simple proyección de nuestros deseos. La desolación es no sentir nada, estar
todo oscuro: pero tú buscas a Dios en la desolación. En este caso, si pensamos que es una
proyección de nuestros deseos, siempre seríamos nosotros los que la programaríamos,
siempre estaríamos felices y contentos, como un disco que repite la misma música. En cam-
bio, quien reza se da cuenta de que los resultados son impredecibles: experiencias y pasajes
de la Biblia que a menudo nos han entusiasmado, hoy, curiosamente, no suscitan ningún
interés. Y, de la misma forma, inesperadamente, experiencias, encuentros y lecturas a las
que nunca se había hecho caso o que se preferiría evitar - como la experiencia de la cruz -
traen una paz inmensa. No tengamos miedo de la desolación, avancemos con ella perseve-
rantes, no huyamos. Y en la desolación tratar de encontrar el corazón de Cristo, encontrar al
Señor. Y la respuesta llega, siempre.

Ante las dificultades, por lo tanto, nunca desanimarnos, por favor, sino afrontar la prueba
con decisión, con la ayuda de la gracia de Dios que nunca nos falta. Y si sentimos dentro de
nosotros una voz insistente que quiere alejarnos de la oración, aprendamos a desenmasca-
rarla como la voz del tentador; y no nos dejemos impresionar: ¡simplemente, hagamos justo
lo contrario de lo que nos dice! Gracias.
23.11.2022
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Continuamos las catequesis sobre el discernimiento del espíritu: cómo discernir lo que suce-
de en nuestro corazón, en nuestra alma. Y después de haber considerado algunos aspectos
de la desolación - la oscuridad del alma - hablaremos hoy de la consolación, que sería como
la luz del alma, y que es otro elemento importante para el discernimiento, y que no hay que
dar por descontado, porque puede prestarse a equívocos. Debemos comprender qué es la
consolación, como hemos tratado de entender lo que es la desolación.

¿Qué es la consolación espiritual? Es una experiencia de alegría interior, que permite ver la
presencia de Dios en todas las cosas; fortalece la fe y la esperanza, y también la capacidad
de hacer el bien. La persona que vive la consolación no se rinde ante las dificultades, porque
experimenta una paz más fuerte que la prueba. Se trata pues de un gran don para la vida
espiritual y para la vida en su conjunto. Y vivir esta alegría interior.

La consolación es un movimiento íntimo, que toca lo más profundo de nosotros mismos. No


es llamativa, sino suave, delicada, como una gota de agua sobre una esponja (cf. S. Ignacio
c
de L., Ejercicios espirituales, 335) : la persona se siente envuelta por la presencia de Dios, de
una manera siempre respetuosa de su libertad. Nunca es algo desafinado que trata de forzar
nuestra voluntad, ni siquiera es una euforia pasajera: al contrario, como hemos visto, tam-
bién el dolor - por ejemplo por los propios pecados - puede convertirse en motivo de conso-
lación.

Pensemos en la experiencia vivida por san Agustín cuando habla con su madre Mónica de la
belleza de la vida eterna; o en la perfecta alegría de san Francisco - por lo demás asociada a
situaciones muy duras de soportar -; y pensemos en tantos santos y santas que han sabido
hacer grandes cosas, no porque se consideraban buenos y capaces, sino porque fueron con-
quistados por la dulzura pacificadora del amor de Dios. Es la paz que notaba con asombro
san Ignacio cuando leía las vidas de los santos. Ser consolado es estar en paz con Dios, sentir
que todo está arreglado en paz, todo es armónico dentro de nosotros. Es la paz que siente
Edith Stein después de la conversión; un año después de recibir el Bautismo, escribe: «Mien-
tras me abandono a este sentimiento, poco a poco una vida nueva comienza a colmarme y -
sin ninguna tensión de mi voluntad - a empujarme hacia nuevas realizaciones. Esta afluencia
vital parece brotar de una actividad y de una fuerza que no es la mía y que, sin hacerle a la
mía ninguna violencia, se activa en mí» (Psicología y ciencias del espíritu, Ciudad Nueva,
1996, 116). Es decir, una paz genuina es una paz que hace brotar los buenos sentimientos en
nosotros.

La consolación se refiere ante todo a la esperanza, tiende al futuro, pone en camino, permi-
te tomar iniciativas hasta ese momento siempre pospuestas, o ni siquiera imaginadas, como
el Bautismo para Edith Stein.
Así es la paz de la consolación, pero no para quedarnos sentados disfrutándola, no, te da la
paz y te atrae hacia el Señor y te pone en camino para hacer cosas, para hacer cosas buenas.
En tiempo de consolación, cuando somos consolados, tenemos ganas de hacer mucho bien,
siempre. En cambio, cuando es el momento de la desolación, nos dan ganas de encerrarnos
en nosotros mismos y no hacer nada. La consolación te empuja hacia adelante, al servicio de
los demás, a la sociedad, a las personas. La consolación espiritual no es "controlable" - no
puedes decir: “ahora que venga la consolación”, no, no es controlable - no es programable a
placer, es un don del Espíritu Santo: permite una familiaridad con Dios que parece anular las
distancias. Santa Teresa del Niño Jesús, visitando con catorce años, en Roma, la basílica de la
Santa Cruz de Jerusalén, trata de tocar el clavo venerado allí, uno de aquellos con los que
fue crucificado Jesús. Teresa advierte este atrevimiento como un impulso de amor y de con-
fianza. Y luego escribe: «Fui realmente demasiado audaz. Pero el Señor ve el fondo de los
corazones, sabe que mi intención era pura [...]. Actuaba con Él como una niña que se cree
que todo le está permitido y considera como propios los tesoros del Padre» (Manuscrito
Autobiográfico, 183).
La consolación es espontánea, te lleva a actuar de manera espontánea, como si fuéramos
niños. Los niños son espontáneos, y la consolación te lleva a ser espontáneo con una dulzu-
ra, con una paz muy grande. Una muchacha de catorce años nos da una descripción esplén-
dida de la consolación espiritual: se percibe un sentido de ternura hacia Dios, que nos hace
audaces en el deseo de participar de su misma vida, de hacer lo que le agrada, porque nos
sentimos familiares con Él, sentimos que su casa es nuestra casa, nos sentimos acogidos,
amados, descansados. Con este consuelo no nos rendimos ante las dificultades: en efecto,
con la misma audacia, Teresa pedirá al Papa permiso para entrar en el Carmelo, aunque era
demasiado joven, y fue escuchada. ¿Qué quiere decir esto? Que la consolación nos hace
audaces: cuando estamos en tiempo de oscuridad, de desolación, pensamos: "Esto no soy
capaz de hacerlo". Te deprime la desolación, te hace verlo todo oscuro: "No, no puedo hacer
eso, no lo haré". En cambio, en tiempo de consuelo, ves las mismas cosas de manera dife-
rente y dices: "sigo adelante, lo haré". "¿Estás seguro?" "Siento la fuerza de Dios y sigo ade-
lante". Así pues la consolación te impulsa a seguir adelante y a hacer cosas que en tiempos
de desolación no serías capaz; te impulsa a dar el primer paso. Esta es la belleza de la conso-
lación.

Pero estemos atentos. Debemos distinguir bien la consolación que es de Dios, de las falsas
consolaciones. En la vida espiritual sucede algo similar a lo que sucede en las obras huma-
nas: hay originales y luego hay imitaciones. Si la consolación auténtica es como una gota
sobre una esponja, es suave e íntima, sus imitaciones son más ruidosas y llamativas, son
puro entusiasmo, son fuego de paja, sin consistencia, llevan a replegarse sobre sí mismo, y a
no preocuparse por los demás. El falso consuelo al final nos deja vacíos, lejos del centro de
nuestra existencia. Por eso, cuando nos sentimos felices, en paz, somos capaces de hacer
cualquier cosa. Pero no confundas esa paz con un entusiasmo pasajero, porque el entusias-
mo hoy está, luego decae y mañana ya no está.

Por eso hay que discernir, incluso cuando estamos consolados. Porque la falsa consolación
se puede convertirse en un peligro si lo buscamos como un fin en sí mismo, obsesivamente,
y olvidándonos del Señor. Como diría san Bernardo, “se buscan los consuelos de Dios y no se
busca al Dios de los consuelos”. Debemos buscar al Señor, y el Señor con su presencia nos
consuela, nos hace seguir adelante. Y no busques a Dios que nos trae los consuelos meno-
res: no, eso está mal, no debemos estar interesados en esto. Es la dinámica del niño de la
que hablábamos la última vez, que busca a los padres sólo para obtener cosas de ellos, pero
no por ellos mismos: va por el interés. "Papá, mamá". Y los niños saben hacer esto, saben
jugar a esto cuando la familia está dividida, y están acostumbrados de conseguir aquí y allí,
esto no es bueno, no es consolación, eso es interés. También nosotros corremos el riesgo de
vivir la relación con Dios de modo infantil, buscando nuestro interés, tratando de reducir a
Dios a un objeto para nuestro uso y consumo, perdiendo el don más hermoso que es Él
mismo. Así avanzamos en nuestra vida, que trascurre entre los consuelos de Dios y las de-
solaciones del pecado del mundo, pero sabiendo distinguir cuando es una consolación de
Dios, que te da paz hasta el fondo del alma, y cuando es un entusiasmo pasajero que no es
malo, pero que no es consolación de Dios.

30.11.2022
Prosiguiendo nuestra reflexión sobre el discernimiento, y en particular sobre la experiencia
espiritual llamada "consolación", de la que hablamos el otro miércoles, nos preguntamos:
¿cómo reconocer la verdadera consolación? Es una pregunta muy importante para un buen
discernimiento, para no ser engañados en la búsqueda de nuestro verdadero bien.

Podemos encontrar algunos criterios en un pasaje de los Ejercicios espirituales de San Igna-
cio de Loyola. « 5ª regla: debemos advertir el discurso de los pensamientos; y si el principio,
medio y fin todo es bueno, inclinado a todo bien, señal es de ángel bueno; mas si en el dis-
curso de los pensamientos, acaba en alguna cosa mala o distractiva, o menos buena que la
que el ánima antes tenía propuesta de hacer, o la debilita o inquieta o agita el alma, quitán-
dola su paz, tranquilidad y quietud que antes tenía, clara señal es que procede del espíritu
malo, enemigo de nuestro provecho y salud eterna.» (n. 333). Porque es verdad: hay una
verdadera consolación, pero también hay consolaciones que no son verdaderas. Y para esto
es necesario comprender bien el recorrido de la consolación: ¿cómo va y a dónde me lleva?
Si me lleva a algo que es inferior, que no es bueno, la consolación no es verdadera, es "imi-
tación", digamos así.

Y estas son indicaciones valiosas, que merecen un breve comentario. ¿Qué significa que el
principio está orientado al bien, como dice San Ignacio, en una buena consolación? Por
ejemplo, tengo el pensamiento de orar, y noto que va acompañado de afecto hacia el Señor
y hacia el prójimo, me invita a realizar gestos de generosidad, de caridad: es un principio
bueno. En cambio, puede suceder que ese pensamiento surja para evitar un trabajo o una
tarea que me han confiado: ¡cada vez que tengo que lavar los platos o limpiar la casa, me
dan ganas de ponerme a rezar! Esto sucede en los conventos. La oración no es un escape de
las propias tareas, al contrario, es una ayuda para realizar el bien que estamos llamados a
realizar, aquí y ahora. A esto se refiere con el principio.
Luego está el medio: San Ignacio decía que el principio, el medio y el fin deben ser buenos.
El principio es este: yo tengo ganas de rezar para no lavar los platos: ve, lava los platos y
después vete a rezar. Luego está el medio, es decir, lo que viene después, lo que sigue a ese
pensamiento. Permaneciendo en el ejemplo anterior, si empiezo a orar y, como hace el
14
fariseo de la parábola (Lc. 18, 9-14) , tiendo a complacerme a mí mismo y a despreciar a los
demás, quizás con ánimo resentido y ácido, entonces son señales de que el espíritu malo ha
usado ese pensamiento como una llave de acceso para entrar en mi corazón y transmitirme
sus sentimientos. Si yo voy a rezar y me viene a la mente lo del fariseo famoso - "te doy
gracias, Señor, porque yo rezo, no soy como la otra gente que no te busca, no reza" - esta
oración termina mal. Esa consolación de rezar es para sentirse un pavo real ante Dios. Esto
es el medio que no está bien.

Y luego está el fin: principio, medio y fin. El fin es un aspecto que ya hemos tratado, es decir:
¿a dónde me lleva un pensamiento, como la idea de rezar? Por ejemplo, puede suceder que
me comprometo a fondo en una obra hermosa y meritoria, pero esto me lleva a no rezar,
porque estoy atareado en muchas cosas, me veo cada vez más agresivo y enfadado, consi-
dero que todo depende de mí, hasta perder la confianza en Dios. Aquí evidentemente está
la acción del espíritu malo. Me pongo a rezar, luego en la oración me siento omnipotente,
que todo debe estar en mis manos porque yo soy el único, el único que sabe llevar a cabo las
cosas: evidentemente no está el buen espíritu ahí. Es necesario examinar bien el recorrido
de nuestros sentimientos, el de los buenos sentimientos, de la consolación, en el momento
en que quiero hacer algo. Cómo es el principio, cómo es el medio y cómo es el fin.
El estilo del enemigo - cuando hablamos del enemigo, hablamos del diablo, porque ¡el de-
monio existe, está! - su estilo, lo sabemos, es presentarse de manera sutil, disfrazada: parte
de lo que más nos interesa y luego nos atrae hacia sí, poco a poco: el mal entra a escondi-
das, sin que la persona se dé cuenta. Y con el tiempo la suavidad se convierte en dureza: ese
pensamiento se revela como es realmente.

De ahí la importancia de este paciente pero indispensable examen del origen y de la verdad
de los propios pensamientos; es una invitación a aprender de las experiencias, de lo que nos
sucede, para no seguir repitiendo los mismos errores. Cuanto más nos conocemos a noso-
tros mismos, tanto más advertimos dónde entra el mal espíritu, sus "contraseñas", las puer-
tas de entrada de nuestro corazón, que son los puntos sobre los que somos más sensibles,
para que podamos estar atentos en un futuro. Cada uno de nosotros tiene puntos más sen-
sibles, puntos más débiles de la propia personalidad: y por ahí entra el mal espíritu y nos
lleva por el camino equivocado, o nos saca del verdadero camino correcto. Voy a rezar pero
me saca de la oración.

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Dijo también a algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás, esta parábola: «Dos hombres subie-
ron al templo a orar; uno fariseo, otro publicano. El fariseo, de pie, oraba en su interior de esta manera: “¡Oh Dios!
Te doy gracias porque no soy como los demás hombres, rapaces, injustos, adúlteros, ni tampoco como este publi-
cano. Ayuno dos veces por semana, doy el diezmo de todas mis ganancias.” En cambio el publicano, manteniéndose
a distancia, no se atrevía ni a alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: “¡Oh Dios! ¡Ten compa-
sión de mí, que soy pecador!” Os digo que éste bajó a su casa justificado y aquél no. Porque todo el que se ensalce,
será humillado; y el que se humille, será ensalzado.»
Los ejemplos podrían multiplicarse a voluntad, reflexionando sobre nuestro día a día. Por
eso es tan importante el examen de conciencia diario: antes de terminar el día, detenerse un
poco. ¿Qué pasó? No en los periódicos, no, en la vida: ¿qué ha pasado en mi corazón? ¿Mi
corazón ha estado atento? ¿Ha crecido? ¿Ha sido un camino en el que ha pasado de todo,
sin que yo me entere? ¿Qué ha pasado en mi corazón? Este examen es importante, es el
valioso esfuerzo de releer lo vivido bajo un particular punto de vista. Darse cuenta de lo que
sucede es importante, es signo de que la gracia de Dios está trabajando en nosotros, ayu-
dándonos a crecer en libertad y conciencia. No estamos solos: el Espíritu Santo está con
nosotros. Veamos cómo han ido las cosas.

La consolación auténtica es una especie de confirmación de que estamos haciendo lo que


Dios quiere de nosotros, que caminamos por sus caminos, es decir, por los caminos de la
vida, de la alegría, de la paz. En efecto, el discernimiento no se refiere simplemente al bien o
al máximo bien posible, sino a lo que es bueno para mí aquí y ahora: sobre eso estoy llama-
do a crecer, poniendo límites a otras proposiciones, atractivas pero irreales, para no ser
engañado en la búsqueda del verdadero bien.

Hermanos y hermanas, es necesario comprender, seguir avanzar en la comprensión de lo


que sucede en mi corazón. Y para esto hace falta el examen de conciencia, para ver lo que
ha sucedido hoy. "Hoy me enojé en esto, no hice aquello...": ¿por qué? Ir más allá del por-
qué es buscar la raíz de estos errores. "Hoy he sido feliz pero estaba aburrido porque tenía
que ayudar a esa gente, pero al final me he sentido lleno, lleno por haber realizado esa ayu-
da": está el Espíritu Santo. Aprender a leer en el libro de nuestro corazón lo que ha sucedido
durante el día. Hacedlo, sólo dos minutos, pero os hará bien, os lo aseguro.

07.12.2022
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En el proceso del discernimiento, es importante estar atentos también en la fase que sigue
inmediatamente a la decisión tomada, para captar los signos que la confirman o la desmien-
ten. Tengo que tomar una decisión, discernir, a favor o en contra, sentimientos, rezo... Lue-
go termina este juicio, tomo la decisión y después viene esa parte en la que tenemos que
estar atentos, observar. Porque en la vida hay decisiones que no son buenas y hay signos
que la desmienten en cambio las buenas la confirman.

En efecto, hemos visto cómo el tiempo es un criterio fundamental para reconocer la voz de
Dios en medio de tantas otras voces. Solo Él es Señor del tiempo: es una marca de garantía
de su originalidad, que lo diferencia de las imitaciones que hablan en su nombre sin conse-
guirlo. Uno de los signos distintivos del espíritu bueno es que comunica una paz duradera. Si
profundizas, luego tomas una decisión y esto te da una paz duradera, es una buena señal e
indica que el camino ha sido bueno. Una paz que trae armonía, unidad, fervor, celo. Sales
del proceso de profundización mejor de cómo has entrado.
Por ejemplo, si tomo la decisión de dedicar media hora más a la oración, y luego me doy
cuenta de que vivo mejor los otros momentos del día, estoy más sereno, menos ansioso,
desarrollo el trabajo con más cuidado y gusto, incluso la relación con algunas personas difíci-
les se hace más fácil...: Todos estos son signos importantes que van a favor de la bondad de
la decisión tomada. La vida espiritual es circular: la bondad de una elección beneficia a todos
los ámbitos de nuestra vida. Porque es participación en la creatividad de Dios.

Podemos reconocer algunos aspectos importantes que ayudan a leer el tiempo tras la deci-
sión como posible confirmación de su bondad, porque el tiempo posterior confirma la bon-
dad de la decisión. Estos aspectos importantes los hemos ya encontrado de alguna manera a
lo largo de estas catequesis, pero ahora encuentran una ulterior aplicación.

Un primer aspecto es ver si la decisión es considerada como un posible signo de respuesta al


amor y a la generosidad que el Señor tiene conmigo. No nace del miedo, no nace de un
chantaje afectivo o de una coacción, sino de la gratitud por el bien recibido, que mueve el
corazón a vivir con liberalidad la relación con el Señor.

Otro elemento importante es la consciencia de sentirte en tu lugar en la vida - la tranquili-


dad: "Estoy en mi lugar" -, y sentirse parte de un designio más grande, al cual se desea ofre-
cer la propia contribución. En la Plaza de San Pedro hay dos puntos precisos - los focos de la
elipse - desde donde se ven las columnas de Bernini perfectamente alineadas. De manera
análoga, el hombre puede reconocer que ha encontrado lo que está buscando cuando su
jornada se hace más ordenada, siente una creciente integración entre sus múltiples intere-
ses, establece una correcta jerarquía de importancia y logra vivir todo esto con facilidad,
afrontando con renovada energía y fuerza de ánimo las dificultades que se le presentan.
Estas son señales de que ha tomado una buena decisión.

Otra buena señal, por ejemplo, de confirmación es el hecho de permanecer libres respecto a
lo decidido, dispuestos a cuestionarlo, incluso a renunciar a ello frente a posibles negativas,
tratando de encontrar en ellas una posible enseñanza del Señor. Esto no porque Él quiera
privarnos de lo que nos es querido, sino para vivirlo con libertad, sin apego. Solo Dios sabe lo
que es realmente bueno para nosotros. La actitud posesiva es enemiga del bien y mata el
afecto, estad atentos a esto, la actitud posesiva es enemiga del bien, mata el afecto: tantos
casos de violencia doméstica, de los que lamentablemente tenemos noticias frecuentes,
nacen casi siempre de la pretensión de poseer el afecto del otro, de la búsqueda de una
seguridad absoluta que mata la libertad y ahoga la vida, convirtiéndola en un infierno.

Podemos amar sólo en la libertad, por eso el Señor nos ha creado libres, libres también de
decirle que no. Ofrecerle lo que más queremos redunda en nuestro propio interés, nos per-
mite vivirlo de la mejor manera posible y en la verdad, como un don que nos ha hecho, co-
mo un signo de su bondad gratuita, sabiendo que nuestra vida, así como la historia entera,
está en sus manos benévolas. Es lo que la Biblia llama el temor de Dios, es decir, el respeto
de Dios, no que Dios me asuste, no, sino un respeto, una condición indispensable para aco-
d
ger el don de la Sabiduría (cf. Eclo. 1, 1-18) Es el temor que ahuyenta todo otro temor, por-
que está orientado a Aquel que es Señor de todas las cosas. Ante Él nada puede inquietar-
nos. Es la experiencia asombrada de san Pablo, que decía así: «Sé andar escaso y sobrado.
Estoy avezado a todo y en todo: a la saciedad y al hambre; a la abundancia y a la privación.
13 Todo lo puedo en Aquel que me conforta» (Fil. 4,12-13). Este es el hombre libre, que
bendice al Señor tanto cuando vienen las cosas buenas como cuando vienen las cosas no tan
buenas: ¡bendito sea Dios y seguimos adelante!

Reconocer esto es fundamental para una buena decisión, y tranquiliza sobre lo que no po-
demos controlar o predecir: la salud, el futuro, los seres queridos, nuestros proyectos. Lo
que cuenta es que nuestra confianza esté puesta en el Señor del universo, que nos ama
inmensamente y sabe que podemos construir con él algo estupendo, algo eterno. Las vidas
de los santos nos lo muestran de la manera más hermosa. Sigamos adelante siempre tratan-
do de tomar las decisiones así, en oración, sintiendo lo que sucede en nuestro corazón y
avanzando lentamente, ¡ánimo!

14.12.2022
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Entramos ya en la fase final de este itinerario de catequesis sobre el discernimiento. Parti-


mos del ejemplo de San Ignacio de Loyola; después hemos considerado los elementos del
discernimiento -es decir, la oración, el conocerse a sí mismo, el deseo y el "libro de la vida"-.
Nos hemos detenido en la desolación y la consolación, que forman su "materia". Y así llega-
mos a la confirmación de la elección hecha.

Creo que es necesario hacer referencia a una actitud esencial para que todo el trabajo reali-
zado para discernir lo mejor posible y tomar la buena decisión no se pierda, y esta sería la
actitud de vigilancia. Hemos discernido, consolación y desolación; hemos elegido una cosa...
Bien, pero ahora toca vigilar: la actitud de vigilancia. Porque en efecto el riesgo existe, como
hemos escuchado en el pasaje del Evangelio que ha sido leído. El riesgo existe, y es que el
"aguafiestas", es decir, el Maligno, pueda arruinarlo todo, haciéndonos volver al punto de
partida, o incluso a una condición peor. Y esto ocurre, por eso hay que estar atentos y vigi-
lar. Es indispensable estar vigilantes. Por tanto, hoy me ha parecido oportuno poner de re-
lieve esta actitud, que todos necesitamos para que el proceso de discernimiento tenga buen
fin y permanezca allí.

En efecto, en su predicación Jesús insiste mucho en el hecho de que el buen discípulo está
vigilante, no se duerme, no se deja llevar por una excesiva seguridad cuando las cosas van
bien, mas permanece atento y dispuesto a cumplir con su deber.

Por ejemplo, en el Evangelio de Lucas, Jesús dice: ««Estén ceñidos vuestros lomos y las lám-
paras encendidas, y sed como hombres que esperan a que su señor vuelva de la boda, para
que, en cuanto llegue y llame, al instante le abran. Dichosos los siervos, que el señor al venir
encuentre despiertos…» (Lc. 12,35-37).
Vigilar para custodiar nuestro corazón y entender lo que sucede dentro. Se trata de la dispo-
sición de ánimo de los cristianos que esperan la venida final del Señor; pero se puede en-
tender también como la actitud ordinaria que hay que tener en la forma de vida, de modo
que nuestras buenas decisiones, realizadas a veces después de un exigente discernimiento,
puedan continuar de manera perseverante y coherente y dar fruto.

Si falta la vigilancia, es muy grande, como decíamos, el riesgo de que todo se pierda. No se
trata de un peligro de orden psicológico, sino de orden espiritual, una verdadera insidia del
espíritu malo. Esto, de hecho, espera precisamente en el momento en que estamos dema-
siado seguros de nosotros mismos, es este el peligro: "Estoy seguro de mí mismo, he gana-
do, ahora estoy bien..." es ese momento que el espíritu malo espera, cuando todo va bien,
cuando las cosas van "bien" y tenemos, como se dice, "el viento en popa". En efecto, en la
pequeña parábola evangélica que hemos escuchado, se dice que el espíritu impuro, cuando
vuelve a la casa de la que había salido, «la encuentra desocupada, barrida y en orden» (Mt.
12,44). Todo está bien, todo está en orden, pero ¿dónde está el propietario? No está. No
hay nadie que la vigile y la cuide. Ese es el problema. El anfitrión no está allí, ha salido, se ha
distraído, o está en casa pero dormido, y por lo tanto es como si no estuviera. No está vigi-
lante, no está atento, porque está demasiado seguro de sí mismo y ha perdido la humildad
de custodiar su corazón. Debemos custodiar siempre nuestra casa, nuestro corazón y no
distraernos y salir... porque ahí está el problema, como decía la Parábola.

El espíritu malo puede aprovecharse y volver a esa casa. Dice el Evangelio que no vuelve
solo, sino junto con otros «siete espíritus peores que él» (v. 45). Una compañía de delin-
cuentes, una banda de delincuentes. Pero - nos preguntamos - ¿cómo es posible que puedan
entrar sin ser molestados? ¿Cómo es que el amo no se da cuenta? ¿No era tan bueno en
discernir y echarlos? ¿No había recibido los elogios de sus amigos y vecinos por esa casa tan
bonita y elegante, tan ordenada y limpia? Ya, pero quizás precisamente por esto se había
enamorado demasiado de la casa, es decir de sí mismo, y había dejado de esperar al Señor,
de esperar la venida del Esposo; quizás por miedo a arruinar ese orden no acogía a nadie, no
invitaba a los pobres, los sin techo, los que molestan... Una cosa es cierta: aquí está en me-
dio el orgullo malo, la presunción de ser justos, de ser buenos, de estar bien. Muchas veces
oímos decir: "Sí, yo era malo antes, me convertí y ahora, la casa está en orden gracias a Dios,
y estoy tranquilo por eso..." Cuando confiamos demasiado en nosotros mismos y no en la
gracia de Dios, entonces el Maligno encuentra la puerta abierta. Entonces organiza la expe-
dición y toma posesión de esa casa. Y Jesús concluye: «el final de aquel hombre viene a ser
peor que el principio» (v. 45).

¿Acaso el amo no se da cuenta? No, porque estos son los demonios educados: entran sin
que te des cuenta, llaman a la puerta, son educados. "No está bien, venga, venga, entra..." y
al final ellos mandan en tu alma. Estad atentos a estos diablillos, a estos demonios: el diablo
es educado cuando finge ser un gran señor. Porque entra con nuestro consentimiento para
salirse con la suya. Es necesario custodiar la casa de este engaño de los demonios educados.
Y la mundanidad espiritual va por este camino, siempre.
Queridos hermanos y hermanas, parece imposible pero es así. Muchas veces perdemos,
somos vencidos en las batallas, por esta falta de vigilancia. Muchas veces, quizás, el Señor
nos ha dado muchas gracias y al final no somos capaces de perseverar en esa gracia y lo
perdemos todo, porque nos falta la vigilancia: no hemos custodiado las puertas. Y luego
somos engañados por alguien que viene, educado, y se mete dentro y adiós muy buenas... el
diablo tiene estas cosas. Cada uno puede verificarlo reflexionando sobre su propia historia
personal. No basta con hacer un buen discernimiento y una buena elección. No, no basta: es
necesario permanecer vigilantes, custodiar esta gracia que Dios nos ha dado, vigilar, porque
tú puedes decirme: "Cuando veo algún desorden, me doy cuenta enseguida que es el diablo,
que es una tentación..." Sí, pero esta vez viene disfrazado de ángel: el demonio sabe disfra-
zarse de ángel, entra con palabras amables, y te convence y el final es peor que el principio...
Es necesario permanecer vigilantes, vigilar el corazón. Si yo preguntara hoy a cada uno de
nosotros y también a mí mismo: "¿qué está pasando en tu corazón?" Quizás no sepamos
decir todo: diremos una o dos cosas, pero no todo. Vigilar el corazón, porque la vigilancia es
signo de sabiduría, es signo sobre todo de humildad, porque tenemos miedo de caer y la
humildad es el camino más seguro (N. del T.: vía maestra) de la vida cristiana.
A.M.D.G. 21/12/22
a
Mc. 1, 21-28 "Llegan a Cafarnaúm. Al llegar el sábado entró en la sinagoga y se puso a enseñar. Y quedaban
asombrados de su doctrina, porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas. Había preci-
samente en su sinagoga un hombre poseído por un espíritu inmundo, que se puso a gritar: « ¿Qué tenemos noso-
tros contigo, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos? Sé quién eres tú: el Santo de Dios.» Jesús, entonces, le
conminó diciendo: «Cállate y sal de él.» Y agitándole violentamente el espíritu inmundo, dio un fuerte grito y salió
de él. Todos quedaron pasmados de tal manera que se preguntaban unos a otros: « ¿Qué es esto? ¡Una doctrina
nueva, expuesta con autoridad! Manda hasta a los espíritus inmundos y le obedecen.» Bien pronto su fama se
extendió por todas partes, en toda la región de Galilea."
b
5ª regla. La quinta: en tiempo de desolación nunca hacer mudanza, mas estar firme y constante en los propósitos
y determinación en que estaba el día antecedente a la tal desolación, o en la determinación en que estaba en la
antecedente consolación. Porque así como en la consolación nos guía y aconseja más el buen espíritu, así en la
desolación el malo, con cuyos consejos no podemos tomar camino para acertar.
c
7ª regla. La séptima: en los que proceden de bien en mejor, el buen ángel toca a la tal ánima dulce, leve y suave-
mente, como gota de agua que entra en una esponja; y el malo toca agudamente y con sonido e inquietud, como
cuando la gota de agua cae sobre la piedra; y a los que proceden de mal en peor, tocan los sobredichos espíritus en
contrario modo; cuya causa es la disposición del ánima ser a los dichos ángeles contraria o igual; porque cuando es
contraria, entran con estrépito y con sentidos, perceptiblemente; y cuando es igual, entra con silencio como en
propia casa a puerta abierta.
d
Eclo. 1, 2-18: «Toda sabiduría viene del Señor, y con él está por siempre. La arena de los mares, las gotas de la
lluvia, los días de la eternidad, ¿quién los puede contar? La altura del cielo, la anchura de la tierra, la profundidad
del abismo, ¿quién los alcanzará? Antes de todo estaba creada la Sabiduría, la inteligente prudencia desde la eter-
nidad. La raíz de la sabiduría ¿a quién fue revelada?, sus recursos, ¿quién los conoció? Sólo uno hay sabio, en ex-
tremo temible, el que en su trono está sentado. El Señor mismo la creó, la vio y la contó y la derramó sobre todas
sus obras, en toda carne conforme a su largueza, y se la dispensó a los que le aman. Gloria es y orgullo el temor del
Señor, contento y corona de júbilo. El temor del Señor recrea el corazón, da contento y regocijo y largos días. Para
el que teme al Señor, todo irá bien al fin, en el día de su muerte se le bendecirá. Principio de la sabiduría es temer al
Señor, fue creada en el seno materno juntamente con los fieles. Entre los hombres puso su nido, fundación eterna,
y con su linaje se mantendrá fielmente. Plenitud de la sabiduría es temer al Señor, ella les embriaga de sus frutos.
Toda su casa colma de cosas deseables, y de sus productos sus graneros. Corona de la sabiduría el temor del Señor,
ella hace florecer paz y buena salud.»

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