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El Divorcio Como Hecho Social

El documento analiza si el divorcio puede estudiarse desde una perspectiva sociológica. Aunque inicialmente parece un asunto individual, el documento argumenta que el divorcio puede considerarse un "hecho social" según la definición de Durkheim, dado que presenta características de exterioridad y coercitividad sobre los individuos. Las sociedades modernas tienen mayores tasas de divorcio debido a procesos como la secularización que debilitan las instituciones tradicionales.

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El Divorcio Como Hecho Social

El documento analiza si el divorcio puede estudiarse desde una perspectiva sociológica. Aunque inicialmente parece un asunto individual, el documento argumenta que el divorcio puede considerarse un "hecho social" según la definición de Durkheim, dado que presenta características de exterioridad y coercitividad sobre los individuos. Las sociedades modernas tienen mayores tasas de divorcio debido a procesos como la secularización que debilitan las instituciones tradicionales.

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El divorcio como hecho social.

La separación como objeto de estudio sociológico.


Que un hecho ocurra dentro de la sociedad, no significa, inmediatamente, que sea objeto de estudio de la
sociología. Los fenómenos económicos, por ejemplo, tienen una especificidad que hace que sean abordados
desde una trama conceptual específica, y esto nadie lo cuestiona. La separación matrimonial es un hecho que
ocurre en la sociedad, pero parece afectado por la aleatoriedad de las voluntades de los cónyuges, por el
contexto en que se desarrolla la institución matrimonial y otros numerosos factores. No parece desprenderse
de esa enumeración de causas la presencia de leyes sociales, sino de contingencias individuales. Entonces,
¿puede hablarse sobre el divorcio o las separaciones matrimoniales desde la sociología como campo de
saber? ¿Es legítima una perspectiva sociológica sobre un hecho que parece fundado en la interacción de los
cónyuges, en el grado de conflictividad del lazo matrimonial, en la perspectiva subjetiva e individual que cada
una de las partes hace del matrimonio que forman y que, en un momento determinado, deciden romper? ¿No
parece deberse, una separación, simplemente a la inviabilidad de una relación particular, contingente,
específica, entre dos sujetos concretos situados en una coyuntura particular? ¿No resulta inviable la
propuesta de un análisis de carácter sociológico sobre un fenómeno que parece estar ligado a la contingencia
de las relaciones humanas, más en el caso de los matrimonios, donde la sexualidad es un componente
central?
La conciencia inmediata de los fenómenos que ocurren en la sociedad nos daría, creo, como respuesta a
las preguntas anteriores, una afirmación rotunda: no es posible tal análisis de carácter sociológico; todas las
personas somos diferentes, nuestras expectativas y nuestras frustraciones son distintas, el balance que
hacemos de nuestras propias vidas es infinitamente subjetivo como para que haya reglas sociales que
puedan explicar este fenómeno. Para las separaciones, entonces, contentémonos con la psicología como
única estrategia de abordaje y vayamos a consultar a los terapeutas, si queremos saber algo de este asunto;
sobre todo, si se especializan en terapia de parejas…
Si miramos el fenómeno desde la perspectiva de los actores sociales, vemos, como decíamos antes,
acciones contingentes, aleatorias, a lo sumo típicas. Pero si miramos el fenómeno desde una perspectiva que
este por encima de lo individual y encontramos constancias, permanencias, ¿no podemos preguntarnos si
detrás de esas acciones individuales no hay también una especie de presión social hacia el divorcio? Y esta
presión no tiene por qué ser conciente a los ojos del actor social: él puede considerar que está actuando
desde sus más estrictos intereses individuales. Podría aplicarse acá lo que Marx sostiene en “El fetichismo de
la mercancía y su secreto”: “No lo saben, pero lo hacen”, hacemos cosas aunque no sepamos bien qué es lo
que estamos haciendo: o, para no sostener la idea de que los actores somos inconscientes al actuar,
podemos decir que los actores tenemos una consciencia parcial de nuestros actos, centrada en el balance
individual que realizamos al actuar, en términos de costo-beneficio o alguna otra lógica de cálculo o no.
Vemos, en todo caso, las determinaciones inmediatas de nuestra acción, pero desconocemos la tipicidad de
nuestros actos; esto es, si actuamos típicamente, como todos lo harían en esa circunstancia.
Entonces, puede plantearse la idea de una conciencia parcial de las acciones sociales; de esto resultaría
que el actor puede ser inconsciente de algunas de las determinaciones de su acción, incluso aunque actuara
racionalmente; puede no reconocer el carácter típico de su acción social y, en este sentido, estar actuando
“como muchos lo harían en su lugar”; esto significaría que la libertad y la subjetividad de la acción no juegan
el papel que parecían ocupar en principio. Esto daría lugar a la posibilidad de sostener que las separaciones
son posibles de ser analizadas desde una perspectiva sociológica como perspectiva autónoma. Por eso, y no
solo porque las separaciones matrimoniales ocurren en nuestra sociedad y no en el planeta Marte, es que
podemos decir que se trata de un fenómeno social.
Entonces, el proceso de ruptura del vínculo matrimonial puede ser caracterizado como un fenómeno social,
que pueda admitir un análisis diferente al que puede hacerse desde la psicología, el derecho o la economía.
En el sentido de una delimitación del objeto de estudio, la teoría sociológica dispone de una perspectiva
teórica fecunda que es la elaborada por Emile Durkheim, quien ha ofrecido el concepto de “hecho social” para
lo específicamente sociológico, en un proyecto epistemológico fundacional que da el concepto mismo del
objeto de estudio exclusivo de la sociología como ciencia. Si la sociología es una ciencia (y esta construcción
es, en parte, el proyecto intelectual de Durkheim), entonces debe tener un objeto de estudio que le sea
específico y que lo diferencie del resto de las ciencias sociales. En otras palabras, en esta especificidad del
objeto de estudio de la sociología, se juega en parte la racionalidad misma del discurso sociológico, su
pertinencia y su participación en el colectivo de las ciencias de la sociedad.
La caracterización que Durkheim hace del “hecho social” es la de que son fenómenos que ocurren en la
sociedad que guardan, por lo menos, dos características: la exterioridad respecto del individuo (esto es, el
hecho social existía antes de que el actor social en particular esté en escena) y su carácter coercitivo (de
alguna forma, el hecho social se le impone al actor social y este no puede negarse a actuar de esa manera
prescrita).
1
Un indicio acerca de si un proceso que ocurre en la sociedad como el divorcio puede ser considerado o no
como un “hecho social”, puede ser su constancia en el tiempo: esto es, la proporción cuantitativa de divorcios
en una sociedad determinada, e, incluso, la caracterización de una sociedad por este coeficiente de divorcio:
la llamada “tasa de divorcialidad”. Decimos que esta constancia cuantitativa, que es provista por la estadística
social, es solo un indicio: después habría que pensar en las dos características que definen el concepto de
hecho social: exterioridad y coercitividad. Podríamos encontrarnos con constancias de fenómenos sociales
que no remiten a hechos sociales, en el sentido epistemológico que le atribuye Durkheim a ese concepto.
¿Cómo puede verse la exterioridad y la coercitividad en el caso de la separación o el divorcio?

¿Cuál puede ser la importancia de ver si un proceso o fenómeno que ocurre en la sociedad asume la forma
o encaja dentro de la caracterización de “hecho social”? Una de las peculiaridades de este concepto es que
cuestiona la idea misma de libertad individual: la teoría liberal clásica nos dice que el actor social es un sujeto
libre y racional que actúa en función de intereses y valores. En este sentido, el sujeto actúa, es protagonista y
artífice; desde la perspectiva de los procesos sociales como “hecho social”, el sujeto ya no es tan libre, sino
que aparece como “actuado” por la sociedad: él actúa, pero lo hace bajo una corriente social que lo lleva en
determinada dirección. Acá podríamos hablar, en relación con el divorcio, de una corriente “divorciógena”
(Durkheim había hablado, en relación con su análisis del suicidio, de corrientes suicidógenas en la sociedad:
sociedades que impulsaban más al suicidio y otras que lo hacían menos). De ser así, los matrimonios nos
divorciamos, aparentemente, bajo la decisión libre de una de las partes o bajo la forma del común acuerdo
voluntario; pero en realidad, no hacemos más que obedecer una tendencia social que se nos impone.

4. Sociedad moderna y divorcio.


La antinomia entre sociedad tradicional y moderna o entre comunidad y sociedad, tiene una larga historia
dentro del pensamiento sociológico. Ya Tönnies planteó la contraposición, que fue retomada por el mismo
Durkheim y que, más contemporáneamente en el pensamiento sociológico argentino, encontró expresión en
los planteos de Gino Germani, bajo los conceptos de sociedad tradicional y sociedad industrial. Las
sociedades tradicionales son formas de organización social típicamente opuestas en un todo a las sociedades
modernas; esta contraposición es, tal vez, una conceptualización binaria que es acaso constitutiva del
pensamiento sociológico. Esto no es extraño, ya que la sociología, como forma de reflexión, ha surgido en los
comienzos de nuestra modernidad, ante la dificultad de comprender los cambios que estaban operando en la
sociedad el incipiente capitalismo: el mundo medieval feudal comenzaba a fracturarse.
Un concepto que permitiría comprender este proceso de cambio hacia una sociedad moderna, es el
concepto de secularización. Sociedades en donde la fe pierde potencia explicativa, en donde aparecen los
intereses materiales individuales, en donde las explicaciones sobre las cosas del mundo ya no son en
términos mágicos sino en términos de causa y efecto, pueden ser algunos de los elementos de la
secularización a la que se ven sometidas las sociedades a partir del siglo XV.
En ese mundo tradicional y premoderno, lo institucional aparece con carácter de sacralidad: esto significa
que lo institucional es fundante, es constituyente de lo colectivo y es fundamento de la individualidad misma,
de la subjetividad. La subjetividad sería resultado de lo colectivo y no a la inversa y lo institucional es la pieza
clave de la colectividad. Toda alteración de lo institucional pasa a ser una afrenta contra lo social. Desde esta
perspectiva, el mundo premoderno es fuertemente conservador.
Esta perspectiva que otorga centralidad a lo colectivo, por oposición a una perspectiva que otorga
centralidad a lo individual, como instituyente de lo colectivo, como su consecuencia, no es la única que puede
utilizarse en el análisis de la sociedad tradicional. En todo caso, la sociedad tradicional busca sus marcos de
legitimación en el pensamiento conservador que otorga, entre otros conceptos, sacralidad a lo institucional y
considera una herejía el cambio.
En este sentido, el matrimonio y la familia y sus formas típicas, son consideradas instituciones fundantes de
lo social. Y las formas atípicas o las rupturas son consideradas como herejías o subversiones de lo social. En
esta línea del pensamiento conservador, todo lo que se aleje de la tipicidad es atentatorio de la organicidad
de la sociedad y un síntoma de anarquía y desorden. Lo sacro, lo tradicional guarda, en las sociedades
premodernas, una potencia legitimante muy importante y la preserva de cambios. Por el contrario, las
2
rupturas institucionales pueden llegar a ser un indicio de la pérdida de potencia de la tradición como elemento
constituyente, para dejar lugar a otros aspectos, como los intereses individuales, que socaban lo institucional
y legitiman lo individual.
Entonces, estamos ante dos formas de legitimidad de lo social: por un lado, la potencia de la tradición y de
su carácter sacro, y por el otro, la potencia de los intereses individuales y su carácter de libre y racional. Una
legitimidad propia de la sociedad tradicional y otra legitimidad propia de la sociedad moderna.
Es así que, estando en una sociedad que está ante un proceso de modernización, es esperable que la
ruptura de lo institucional tenga legitimidad y no constituya ya una herejía o una subversión al orden social. Se
argumentará que, en condiciones de ruptura de lo institucional, otras formas de institucionalidad reemplazarán
o convivirán con las instituciones tradicionales. Esto es: no es que la familia desaparece, sino que aparecen,
junto al formato tradicional de familia, otras formas de familias más complejas y diversificadas (y cruzadas por
conflictos también).

Racionalidad, libertad, felicidad y las formas de la legitimidad moderna.


La modernidad establece un sujeto típico: se trata del sujeto cartesiano.

Divorcio y separación:
Una primera cuestión en relación con esto es que no todas las separaciones asumen la forma jurídica del
divorcio: en realidad, la tasa de divorcialidad debe considerarse solo un tenue indicador del grado de ruptura
de los matrimonios. Pero más allá de esta distinción entre separación de hecho y su expresión jurídico legal,
puede suponerse que si la tasa de divorcialidad se mantiene más o menos constante, quiere decir eso que
proviene de una constante tasa de separaciones. A partir de algunos datos aportados por un estudio realizado
en la Ciudad de Buenos Aires por la Dirección de Estadísticas y Censos, dependiente del Ministerio de
Hacienda de la ciudad, la tasa de divorcialidad desde principios de los ’90 y hasta 2015 oscila en torno al 2
por mil. Esta constancia podría ser un indicio interesante acerca de la caracterización del divorcio como hecho
social.

La necesidad de conocer.
La existencia de algo que se considera un problema puede generar la necesidad de algún tipo de
respuesta. O no. En este texto, se parte de algo que se considera un problema, o por lo menos, algo sobre lo
que se cree que es necesario o importante reflexionar, y se intenta ensayar una respuesta. También es
importante decir que este ensayo de respuesta, que asume la forma de un texto, pretende instalarse en el
registro del conocimiento; no se trata de un texto literario, ya que el arte también podría ser una respuesta a
un problema. En otras palabras, las respuestas a un problema pueden ser de muy diverso tipo; en este caso,
se trata de una respuesta que trata de estar ligada al conocimiento. Esto significa que en nuestro punto de
partida hay dos cuestiones: un problema y un tipo de respuesta. Tratemos de caracterizar el tipo de respuesta
que se pretende dar, para luego avanzar sobre lo que se considera el problema y la respuesta propuesta en
sí misma.
El conocimiento de la sociedad, o de algunos de los procesos que la constituyen, requiere de algunos de
conceptos acerca de cómo conocer, de cómo leer la realidad, de qué elementos de ella tener en cuenta…
Una organización de conceptos acerca de cómo conocer puede resultar en una propuesta epistemológica
determinada, con mayor o menor rigurosidad; por el contrarin, nunca es deseable desarrollar un proceso de
conocimiento en la inconsciencia de conceptos o teorías acerca de cómo conocer: este desconocimiento de
cuáles son los problemas del conocimiento nos llevaría a una concepción inconsciente que puede terminar
siendo reaccionaria1. Este concepto nos indica que el conocimiento tiene consecuencias; dicho de otro modo,
el conocimiento funda y legitima prácticas. Por eso es que es tan importante: las prácticas fundadas en el
conocimiento son prácticas que tienen mucho consenso.

Sin terminar.

1
Sobre la necesidad que tienen los científicos de conocer los problemas teóricos del conocimiento en general, ya fue
dado por Althusser en varios de sus escritos, particularmente, “Curso de filosofía para científicos”.
3

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