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Sabiduría e Iluminación en San Agustín

(1) Agustín busca la verdad a través de la introspección, partiendo de la autoconciencia y ascendiendo hacia Dios. (2) Encuentra "ideas eternas" en el alma que provienen de la iluminación divina. (3) Agustín concibe a Dios como un "sol" que ilumina el entendimiento y hace inteligibles todas las cosas, aunque su luz excede la comprensión humana.

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Sabiduría e Iluminación en San Agustín

(1) Agustín busca la verdad a través de la introspección, partiendo de la autoconciencia y ascendiendo hacia Dios. (2) Encuentra "ideas eternas" en el alma que provienen de la iluminación divina. (3) Agustín concibe a Dios como un "sol" que ilumina el entendimiento y hace inteligibles todas las cosas, aunque su luz excede la comprensión humana.

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Sabiduría e iluminación

La filosofía de Agustín de Hipona es una continua búsqueda hacia lo más inte-


rior de sí mismo y hacia lo más elevado de la realidad: “Quiero conocer a Dios
y al alma”. Al proceder así, responde a sus propios impulsos y preocupaciones,
y coincide con la dirección del pensamiento neoplatónico. Su doctrina será una
síntesis de cristianismo y neoplatonismo.

El pensamiento que busca la verdad ha de comenzar por la evidencia de si


mismo. Es así como se puede superar la duda de los escépticos de la
Academia nueva. En la autoconciencia se encuentra un punto de partida
irrebatible.

Pero la búsqueda de la verdad no se detiene en esta primera certeza. De


acuerdo con la exigencia socrático-platónica, Agustín busca la verdad
necesaria, inmutable y eterna, la cual no puede ser facilitada por los objetos
sensibles, que siempre están cambiando, y aparecen y desaparecen. También
el alma es contingente y mudable. Sólo Dios es la verdad. ¿Dónde se le podrá
encontrar? Hay que seguir buscando en el interior del alma. El pasaje es
famoso:

“No quieras derramarte fuera; entra dentro de ti mismo, porque en el


hombre interior habita la verdad; y si hallares que tu naturaleza es
mudable, transciéndete a ti mismo; mas no olvides que al remontarte
sobre las cimas de tu ser, te elevas sobre tu alma, dotada de razón.
Encamina, pues, tus pasos alli donde la luz de la razón se
enciende”.

Por tanto, la búsqueda va de lo exterior (las cosas) a lo interior (el alma); en


ella se realiza el descubrimiento de «verdades, reglas o razones eternas
(ideae, fomiae, species, rationes) que nos permiten juzgar sobre todas las
cosas sensibles. Pero no se termina ahí: como esas verdades no pueden
proceder del alma, que es mudable, sólo pueden explicarse por una iluminación
divina (Agustín rechazó expresamente la reminiscencia platónica y la
transmigración del alma). De este modo, la búsqueda en lo interior culmina en
un movimiento hacia lo superior, del alma hacia Dios,

No es fácil comprender cómo concibe Agustín esa iluminación divina en el alma.


Se inspira, sin duda en Platón (la Idea del Bien como “sol” del mundo inte-
ligible), en las imágenes neoplatónicas de la luz. y en la afirmación del
Evangelio de San Juan: “El Verbo es la luz verdadera que ilumina a todo
hombre que viene a este mundo”.

“Así pues del mismo modo que en el sol visible podemos notar tres
cosas -que existe, que esplende y que ilumina-, del mismo modo se
han de considerar tres cosas en el secretísimo sol divino que
deseamos conocer: que existe, que resplandece en el
entendimiento, y que hace inteligibles todas las demás cosas”
(Sobre la religión verdadera)

La luz divina es excesiva para el entendimiento humano; el Dios presente en el


alma es incomprensible e inefable. Lo cual no quiere decir que no podamos
saber nada de él, al menos de un modo negativo: si las criaturas son mudables,
Dios debe ser inmutable. Y Agustín interpreta en sentido platónico la palabra di-
rigida por Dios a Moisés en Exodo 3,14: “Yo soy el que soy”, equivale a decir
que Dios es el Ser o la esencia inmutable. Platón debió de conocer de alguna
manera el Antiguo Testamento, piensa Agustín.

Alma designa el principio animador del cuerpo, los animales tienen alma. El
pensamiento (mens) es la parte superior del alma racional o humana y se
compone de ratio e intellectus. Por el intellectus el pensamiento recibe la
verdad que la luz divina le descubre al hombre. En el alma además de
memoria, percepción y apetito existe el espíritu, la inteligencia y la voluntad.

La razón superior o intellectus es la facultad suprema de conocimiento del


hombre, le proporciona la sabiduría o conocimiento filosófico, considera a las
ideas eternas e inmutables en sí mismas, las descubre en el alma pero
proceden de Dios.

Las ideas eternas son formas principales o razones permanentes de las cosas,
no han sido formadas, son eternas e inmutables, se hallan en la Inteligencia
divina. Entre ellas se encuentran ideas de carácter lógico y metafísico (verdad,
falsedad, semejanza, unidad, etc); ideas de carácter matemático y de orden
ético y estético (bondad, belleza, etc).

La razón inferior o ratio ocupa un lugar intermedio entre la sensación y el


intellectus, sirve a las necesidades prácticas de la vida, juzga sobre el
conocimiento sensorial, sobre lo sensible y temporal, por ejemplo "este árbol
tiene buena madera". La ratio utiliza las ideas eternas para hacer juicios con los
que hace ciencia.

Los objetos impresionan nuestro cuerpo al actuar sobre los sentidos. La


estimulación de los sentidos es sólo una ocasión para que el alma tenga una
sensación, las sensaciones son acciones del alma, no pasiones que sufre. El
alma utiliza los órganos de los sentidos como instrumentos suyos. Lo material
no actúa sobre el alma, sobre lo espiritual. La sensación es el primer grado de
luz del espíritu, pero sólo produce opinión y ata a lo sensible e imperfecto. Los
sentidos captan la multiplicidad pero no la unidad.

Agustín da primacía al amor y a la voluntad junto al conocimiento, lo que le


permite unir elementos neoplatónicos y cristianos. El amor culmina el
movimiento del alma iniciado en el conocimiento. El amor es una fuerza
ascendente que lleva al alma a su lugar natural, Dios. La felicidad únicamente
se halla en Dios. Conocer es amar y amar es conocer, pues son dos modos de
nombrar al hombre total o entero.
El error no es sólo un fallo de la mente, una mera cuestión de lógica, el error es
también amor a lo inferior y olvido de lo espiritual. La razón es alterada por el
poder de la voluntad. El error, lo mismo que el mal, es la negación del amor. El
engaño más difícil de vencer no es el de los sentidos, sino el del intelecto, el
orgullo filosófico hace que la razón se crea autosuficiente. La fuente de todo
error está en el pecado original, en la condición pecadora del hombre. Las
causas principales de error son el orgullo intelectual, la concupiscencia y el
egoísmo, siendo el primero el más difícil de erradicar. Lo único que puede
salvar a la razón es que reconozca sus limitaciones, pues sólo la gracia de Dios
puede liberarnos del error.

Consecuentemente no existe una distinción clara entre razón y fe. La fe es la


guía más segura. La fe no está en conflicto con la razón, no es irracional, el
hombre debe buscar la "inteligencia" de la fe, "cree para comprender". Sólo hay
una verdad que se alcanza plenamente con la fe. El conocimiento se
fundamenta de arriba a abajo, del mismo modo que la filosofía platónica,
siendo Dios el fundamento de toda verdad. La filosofía es búsqueda de la
sabiduría que nos permite alcanzar la felicidad. Pero las verdades que se
alcanzan sin la ayuda de la fe no llegan a satisfacer al hombre, pues no
constituyen la verdad total a la que aspira. Cuando la razón es iluminada por la
fe, se alcanza la verdadera sabiduría que es la religión cristiana.

La razón en solitario desemboca en el absurdo y en el escepticismo. La


soberbia intelectual lleva a la impotencia y a la perplejidad. La razón tropieza
inevitablemente con sus límites. La filosofía es una actividad que sólo haya su
cumplimiento en la fe. La fe libera a la razón de su soberbia, entonces la razón
se abandona a la gracia y se entrega al amor, que es el acto del hombre en
plenitud.

Los argumentos escépticos sólo son válidos para los que fundan la verdad en
el conocimiento sensible. Para [Link]ín la verdad pertenece al ámbito
inteligible y supone una purificación de la mente y de la voluntad, para eliminar
el apego al mundo y al cuerpo. Está concepción se encuentra también en el
platonismo.

El hombre como imagen de Dios

Según nos dice la Biblia, Dios creó al hombre a su imagen y semejanza, para
que fuera feliz en la tierra, alabando a Dios y dominando la naturaleza. Tomó
un poco de barro e hizo una hermosa estatua. Pero era algo muerto, por eso
sopló el espíritu de vida en el rostro de esa estatua y le dio alma. El hombre es
el único ser que tiene cuerpo y espíritu. Por la razón nos hace superiores a
todos los animales.

El hombre y solo el hombre, tiene la imagen de Dios en él. No obstante, esta


imagen no es igual, es decir, no lo hace igual a Dios. O dicho más brevemente:
no es Dios, más aún, es muy distantes en perfección; el hombre, además, no
es coeterno con Dios, esto quiere decir que nuestra existencia tiene un origen y
es finita a diferencia de la de Dios, que siempre ha existido. Resumiendo, el
hombre “no es de la misma sustancia que Dios”, afirma San Agustín.

Sin embargo, esta imagen de Dios en el hombre es tan alta que nada hay en la
naturaleza o en la creación tan cercano a Dios. Esta imagen que el hombre
tiene de Dios es la imagen de la Trinidad (tres personas pero un solo Dios: el
ser (Padre), el saber (Hijo) y el amor (Espíritu santo)). Esta es la imagen de
Dios en el hombre, es decir, en su alma como imagen trinitaria, puesto que el
hombre es o existe, sabe o conoce y ama su ser y su conocer.

No obstante, esta imagen trinitaria de Dios en nosotros fue parcialmente


deformada a causa del pecado original, perdiendo la semejanza. Por esto dice
San Agustín que debe ser aún perfeccionada esta imagen deteriorada (afeada)
a través de la reforma para volver a ser semejantes a Dios.

Es para este fin que el logos de Dios se hizo hombre en Cristo, con el fin de
restaurar la naturaleza humana, asumiendo dicha naturaleza humana y
restaurándola desde dentro. Esta restauración (redención) es otorgada a
aquellos que tienen fe en Cristo. Puesto que cuando posees fe en Cristo te es
dada la redención, la salvación.

Esta imagen de Dios en nosotros es para San Agustín una imagen trinitaria que
consiste en: existir (ser), conocer (saber) y amar. Pues bien, según San
Agustín estos tres conocimientos: que existo, que conozco y que amo son
innatos en mí, más aún, es la estructura interna, la sustancia del alma. Son
conocimientos absolutamente indudables, ciertos y verdaderos porque son el
sello (imagen) de la Trinidad en nosotros.

La posibilidad de buscar a Dios y de amarle está fundada en esta misma


naturaleza del hombre. Pues somos creados a imagen de nuestro creador, que
es la verdadera Eternidad, la eterna Verdad, el eterno y verdadero Amor;
tenemos, pues, la posibilidad de volver a él en el cual nuestro ser no volverá a
morir y nuestro saber no tendrá más errores.

Esta posibilidad de volver a Dios en su naturaleza Trinitaria está inscrita en la


triple forma de la naturaleza humana, en cuanto a imagen de Dios. “Yo existo,
yo conozco, yo amo”. Soy en cuanto sé y amo; sé que soy y amo; amo ser y
saber. En estas tres cosas hay una vida inseparable, una vida única, una única
esencia. La distinción es inseparable, y, sin embargo, existe.

La constitución del hombre como imagen de Dios le da la posibilidad de llegar a


Dios, pero no se lo garantiza. El hombre es en primer lugar, un hombre viejo, el
hombre exterior y carnal, que nace y crece, envejece y muere. Pero, puede ser
también un hombre nuevo, por la reforma, y renacer espiritualmente y alcanzar
la eternidad, pues el alma no es eterna como pensaba Platón.

El alma humana es imagen de la Trinidad, además, porque también ella es una


y trina, en la medida en que es mente, y como tal se conoce y se ama: “Por lo
tanto, la mente, su conocimiento y su amor son tres cosas, y estas tres cosas
no son más que una y, cuando son perfectas, son iguales.”
Las tres facultades del alma humana: la memoria, la inteligencia, la voluntad,
juntas y cada una por separado, constituyen la vida, la mente y la substancia
del alma. “Yo, dice Agustín, recuerdo que tengo memoria, inteligencia y
voluntad; sé que entiendo, quiero y recuerdo, y quiero querer, recordar y
entender”. Y recuerdo toda mi memoria, toda la inteligencia y toda la voluntad y
de la misma manera, entiendo y quiero todas estas tres cosas; las cuales,
pues, coinciden en lleno en su distinción, constituyen una unidad, una sola
vida, una sola mente, y una sola esencia. En esta unidad del alma que se
diferencia en sus facultades autónomas, cada una de las cuales comprende las
otras, esta la imagen de la trinidad divina: imagen desigual, pero con todo
imagen.

El amor culmina el movimiento del alma iniciado con el conocimiento. El amor


es una fuerza ascendente que lleva al alma hasta Dios, donde encuentra la
felicidad. Conocer es amar y amar es conocer. El error no es sólo un fallo de la
mente, el error es también amor a lo inferior y olvido de lo espiritual.

El alma nos permite concebir vagamente la trinidad divina. El Padre se conoce


a si mismo y genera un verbum (el Hijo), la relación entre ambos es el amor del
Padre al Hijo (el Espíritu Santo). Por la memoria imita el alma la unidad y la
eternidad que es denominación apropiada del Padre, por el conocimiento
imita el alma la sabiduría, que es denominación apropiada del Hijo, por la
voluntad imita el alma el amor, que es denominación apropiada del Espíritu
Santo.

En la Trinidad no existe diferencia jerárquica ni diferencia de funciones, sino


absoluta igualdad. No pueda considerarse al Padre como Dios por excelencia,
sino que debe considerarse que, en sentido absoluto, Dios es el Padre y el Hijo
y el Espíritu Santo. El Padre, el Hijo y el Espíritu “son inseparables en el ser y,
por eso, también actúan inseparablemente”; “La Trinidad misma es el único y
exclusivo Dios verdadero”.
Respecto al origen del alma, Agustín se confiesa incapaz de dar una solución
adecuada. Dos eran las teorías que circulaban en aquel momento (además de
la teoría platónica de la preexistencia y transmigración): el traducianismo de
Tertuliano (el alma es engendrada por los padres) o el creacionismo de San
Jerónimo. Sin duda, piensa, el alma de Adán y la de Cristo fueron creadas por
Dios; pero la existencia del pecado original le hace difícil admitir lo mismo para
el alma de los demás hombres En general, se inclina por un traducianismo
calcado del emanantismo de los neoplatónicos: el alma del hijo aparece “como
se enciende una antorcha a partir de otra antorcha, de tal manera que, sin
detrimento de un fuego, surge un nuevo fuego”.

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