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PROYECTO DE DECLARACION
LA HONORABLE CAMARA DE DIPUTADOS DE LA PROVINCIA DE BUENOS
AIRES
DECLARA
Que se vería con agrado que el Poder Ejecutivo declare Personalidad Destacada de la
Provincia de Buenos Aires (Post- Mortem), a Don Francisco (PANCHO) Sierra, el
"Gaucho Santo de los Pobres", recordado como "El Doctor del Agua Fría".
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FUNDAMENTACIÓN
A casi 118 años de su tránsito a la eternidad, Pancho Sierra continúa siendo un
verdadero mito popular conocido y venerado en la República Argentina y en América
Latina.
En forma cotidiana peregrinos de distintas procedencias y clases sociales visitan su
tumba en el Cementerio de Salto solicitando su intercesión para el alivio de sus
dolencias físicas o espirituales o para manifestar su gratitud por los bienes obtenidos
mediante su invocación.
Las devociones populares son consideradas como parte del patrimonio cultural
intangible de las comunidades. Pancho Sierra y su discípula María Salomé Loredo (La
Madre María) son íconos de las expresiones de fe de nuestro pueblo que han trascendido
las épocas en qué ambos exisSerbri y 'continúan convocando a nuevas generaciones que
encuentran en su culto un sostén a las adversidades de la vida.
Síntesis Biográfica de Pancho Sierra
Místico, predestinado, manosanta, iluminado ... Muchas son las adjetivaciones que se
usaron y habrán de usarse para definir a quien en vida fuera FRANCISCO SIERRA Y
ULLOA.
Nacido en la ciudad de Salto (Pcia. de Buenos Aires) el 21 de abril de mil ochocientos
treinta y uno, hijo de Francisco Sierra y Raimunda Ulloa, su alumbramiento tuvo lugar
en una finca céntrica, situada lindando con el edificio donde se erige actualmente el
Banco Nación por su parte este. Su partida de nacimiento (fe de bautismo) que se había
asentado en el Templo de San Pablo de Salto, desapareció durante un incendio, después
a solicitud del mismo interesado el Vicario Manuel B. Fernández, el 20 de febrero de
1873, extendió otra fe de bautismo, con la firma de los testigos don Diego Barruti y don
Pablo Avilés, certificada por el Notario Eclesiástico José Alvarez y Fernández.
Ya en edad de comenzar a cursar sus estudios secundarios, fue enviado al Colegio de
don Rufino Sánchez, en Buenos Aires. Era un muchacho inteligente, que gozaba de la
estima de sus compañeros, por sus innatas condiciones de bondad. Nada dejaba
entrever en su armoniosa fisonomía, en su inteligente mirada, en su elegante porte, el
destino que le aguardaba.
Junto con la adolescencia, llegó el primer amor: Nemesia se llamaba la niña de la que
Pancho, como ya le llamaban sus amistades y familia, quedó prendado. Aquí es donde
la historia se confunde con la leyenda. Para muchos, la joven mantenía un grado de
parentesco con la familia Sierra, para otros, ambos pertenecían a diferentes estratos
sociales. Lo cierto es que jamás habrá de saberse si Nemesia correspondió o no el amor
del joven Pancho, o si las familias de ambos opusieron tenaz resistencia a ese romance.
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Nemesia fue enviada por su familia a la provincia de Córdoba, para poner distancia por
medio. Pancho entró en un mutismo que alarmó a sus parientes. Permanecía días
enteros encerrado en su habitación, probando apenas bocado, hasta un extremo en que
sus propios parientes empezaron a pensar que había enloquecido.
Fue entonces cuando buscó refugio a su dolor en la paz de la provincia. Arribó al vecino
pueblo de Rojas, donde tomó hospedaje en la casa de doña Casimira Fernández de
García. Su vida fue plácida y tranquila, comenzó allí, en las tertulias con los jóvenes de
la casa, a cultivar uno de sus grandes amores: la guitarra. Fue por entonces que le llegó
la noticia de la boda de Nemesia, con un tal Gil.
Sumido nuevamente en la desesperanza, viajó de regreso hacia Salto donde pasaba
largas horas sumergido en sus cavilaciones, preso de una profunda melancolía su lugar
preferido para la meditación era el viejo puente que se alzaba al oeste de la población,
en el antiguo camino a Pergamino.
Por esos días llevado por su bondad, comenzó a ejercer la virtud de la caridad, sensi-
bilizándose ante los problemas de todos. Quizá Pancho, en sus horas de meditación,
percibió en su interior la energía poco común de su espíritu y su generosidad lo empujó
a utilizarla en beneficio de los sufrientes.
Ya en la adultez hereda de sus padres la estancia "El Porvenir", situada en Rojas, casi en
el linde con el Partido de Pergamino. Entonces su existencia dio un vuelco
insospechado, la bucólica paz de la casona solariega fortalece en él su sentido
meditativo.
La vivienda era de tres ambientes en la planta baja con un altillo donde pasaba largas
horas, y jamás permitía que nadie entrase allí.
Su experiencia era la de un hombre maduro, coronaba su afilada cara una larga barba,
prematuramente encanecida. Su cabellera descendía hasta sus hombros y lo que más
llamaba la atención era la firmeza penetrante de su mirada, que, sin embargo, ostentaba
dulzura y paz.
Su vestimenta usual de los días en la estancia eran blanca camisa y amplio chiripá
negro, cuyos pliegues, al caer, semejaban una túnica; aunque en sus infrecuentes viajes
a Buenos Aires, donde alternaba con políticos y escritores de fama de la época, vestía
traje oscuro o levitón negro.
Jamás podrá desentrañarse el misterio que rodeó el inicio de su actividad como
"sanador", sus vecinos de la estancia solían acercársele atraídos por su bondad, tal vez
viendo en él a un ser confiable para volcarle sus problemas.
Continuó practicando la caridad, tanto que las ganancias producto de su estancia
vuelcansé prácticamente a remediar los males de los pobres que se acercaban en busca
de socorro. Cuando las dolencias eran de índole física, solo recomendaba beber en ayu-
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nas un vaso de agua.
Comenzó a correr su fama, desde todos los rincones de la provincia llegaban viajeros,
en busca de una respuesta. A todos atendía y la mayoría lograba una rápida cura de sus
dolencias o consuelo al espíritu desolado.
Utilizaba para recibir, una de las habitaciones de la planta baja; al pie del altillo junto a
una vieja escalera de madera que llevaba a él, donde descansaba siempre un látigo
trenzado. Quienes lo conocieron, aseguraban que poseía la seguridad de poseer un don
que le permitía llevar alivio a los enfermos. Dueño de un tremendo magnetismo
personal, unido a una más que mediana cultura (poseía estudios de medicina), más una
profunda fe, es innegable que trasmitía una sensación de confianza la que ejercía
poderosa influencia en las curaciones. Pocas veces imponía las manos sobre los
enfermos, ya que consideraba al agua como un vehículo de la "transmisión de su propia
energía al otro".
No necesitaba que quienes acudían a consultarlo le expresaran el origen de sus males. A
menudo, recién llegando, al descender de los carruajes, con voz firme les expresaba el
motivo que los traía a su presencia. Su fama aumentó día a día, en Buenos Aires, ya
muchos lo consideraban "un predestinado".
Numerosas son las anécdotas que, de boca en boca, han llegado a nuestros días,
reflejando "el milagro" de las curaciones efectuadas por Pancho Sierra. Hemos escogido
unas pocas:
- Benitez, un conocido vecino saltense, debido a una larga enfermedad, debía usar
muletas. Los médicos nada sabían del origen de su mal. Desesperado viajó a ver a
Pancho Sierra. Apenas llegó, éste, con voz tonante le expresó: "Eso te pasa por hereje ...
Cuando dejes de castigar los animales con la cadena vas a estar bien ... " Benitez no
volvió a castigar a los animales y curó sus padecimientos.
En 1881, los médicos habíán diagnosticado a don Martín Bazterrica, rico hacendado de
9 de Julio, un aneurisma cardíaco. Un amigo del enfermo, le cuenta que la noche
anterior había soñado que si acudía a lo de Sierra, se curaría. A las tres semanas, Justo
Incholeti ese vecino, le visita nuevamente, para decirle que había repetido el mismo
sueño. Fue entonces que Bazterrica, con su esposa, decidió emprender el viaje. Al hacer
noche en un hotel de Chivilcoy, sus acompañantes notaron la mejoría. Tenía más
fuerzas y no parecía sentir el cansancio del largo trajinar. A la mañana, muy temprano,
llegaron al "El Porvenir". Pancho Sierra le recibió con estas palabras: "¿Recién venís?
Hace un mes que te llamé ... A pie podrías haber llegado " Bazterrica sanó
milagrosamente, para asombro de todos y vivió 23 años más, habiendo fallecido en el
año 1904.
- Roberto Cano, un estanciero rojense, fue a ver a Pancho, rogándole hiciera algo por
su madre, enferma de gravedad en Buenos Aires. Pancho le replicó: "Ahí tenés caba-
llos frescos. Andá a Buenos Aires, que tu madre no tiene nada. La que va a morir es tu
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hermana. Corré si querés verla con vida". Cano emprendió de inmediato el regreso, y
al llegar, asistió a los últimos minutos de vida de su hermana, a la que había dejado
bien al partir. En cambio su madre sanó de inmediato.
- En Salto, un vendedor ambulante, llamado Cornelio Velázquez, estaba postrado en su
cama, debido a un problema en sus piernas, desahuciado por los médicos de volver a
caminar. Se hizo llevar a lo de Sierra. Esta vez, en lugar del consabido vaso de agua,
Pancho le recomendó que tomara baños en el río, que así iba a mejorarse. Era julio, el
mes más frío del año y todos opinaban que era una locura meterse en el río con esas
bajas temperaturas, Velázquez, sin embargo, lleno de fe en Pancho Sierra, así lo hizo y
curó de una manera asombrosa, sin que le quedaran secuelas de su invalidez.
Aunque solo contaba 60 años, Pancho Sierra tenía el aspecto de un anciano venerable.
Su barba y su largo cabello, completamente encanecidos, le daban un aspecto
imponente. Poco más de un año antes de su muerte, contrajo sorpresivamente
matrimonio con una joven mujer, que heredó sus bienes.
El día 4 de diciembre de 1891, un hombre de apellido Arévalo, que había trabajado
como peón de don Pancho, mientras se encontraba en el campo, vio revolotear sobre
su cabeza un escarabajo. Gritando exclamó: "¡Se muere don Pancho!" Pidió permiso a
su patrón, Pedro Indarte (vecino de Coronel Isleño), y voló hacia el establecimiento
"El Porvenir". Cuando llegó, encontró el velorio de Siena. Ese último llamado de don
Pancho, fue un misterio que Arévalo guardó hasta su muerte.
La noticia de la muerte del "Gaucho Santo", movilizó de inmediato interminables
caravanas de carruajes. Desde todo el país llegaron personas a las que Siena había
aliviado de sus padecimientos.
En enero de 1892, los principales diarios del país: La Nación, La Prensa, El Nacional,
El Día, El Censor, publicaban la noticia del homenaje que se tributaría en la tumba de
Pancho Sierra, el día 15 de marzo. Desde varios días antes, comenzaron a llegar viajeros
a Salto, colmando la capacidad de hospedaje.
Desde el centro del pueblo, partió una larga caravana, en extraño silencio. Ante la
tumba, hablaron en su homenaje los señores Cortés, Quinteros y Mares, cerrando el acto
Don Rafael Hernández (hermano de José, autor del Martín Fierro). Se colocó en la
tumba que guarda sus restos una placa que reza: "A Pancho Sierra, sus amigos. Marzo
de 1892". Desde allí hasta nuestros días, se cuentan por cientos de miles las personas
que acuden a Salto, a venerar su nombre y su recuerdo. Muchos sostienen haber
recibido la respuesta a sus pedidos y no faltan los que aseguran que bebiendo
simplemente un vaso de agua en su nombre, han sanado de sus dolencias. Francisco
Sierra y María Salomé Loredo, maestro y discípula, renunciaron a su posición
económica desahogada para dedicarse desinteresadamente a la curandería. Tuvieron
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creyentes de todas las clases sociales (incluido Hipólito Irigoyen) y dieron lugar a un
profuso anecdotario sobre sanaciones milagrosas que los convirtió en santos populares.
El maestro (Francisco Sierra) y su futura discípula y sucesora María Salomé Loredo y
Otaloa de Subiza se conocieron en calidad de sanador y de paciente. Ella era una mujer
joven, aún casada con Aniceto Subiza, su segundo esposo, y padecía, al parecer, de
cáncer. Deshauciada por los médicos, había concurrido a la estancia "El Porvenir"
(Pergamino) cuyo dueño, el llamado (médico del agua) curaba a los consultantes sin
otros medios que su palabra y el agua de un viejo aljibe del campo.
La cita fue providencial para ambos. Sierra encontró la personalidad ideal para
transmitir su legado. María, que pronto iba a quedar nuevamente viuda, se halló a sí
misma en esa misión encomendada. A diferencia de otros personajes canonizados
espontáneamente por el pueblo, ni Sierra ni María Loredo pertenecían, por su posición
social y económica, a las clases populares. El curandero del aljibe era hijo de un
matrimonio conformado por acomodados propietarios de campos. María Salomé, por su
parte, nacida en España el 22 de octubre de 1855, se había casado dos veces con
hombres de fortuna y era dueña de recursos considerables. Sin embargo, a partir del
momento en que se sienten señalados por una elección divina, ambos se dedican al
servicio de los que sufren, dejando de lado cualquier pretensión mundana. Los dos,
también,
hablan a todos, pobres o ricos, con un lenguaje sencillo (condimentado por buenas
dosis de picardía criolla, en el caso de Sierra) y difunden, a través de la oración y el
ejemplo, el mensaje evangélico.
OTRAS VISIONES SOBRE PANCHO SIERRA: "No cobraba sus curaciones -ni
siquiera admitía que él fuera el artífice de la mejoría de los pacientes- y si aceptaba los
regalos que los recuperados le traían, era, antes bien, para repartirlos luego entre el
paisanaje pobre. Él mismo parecía un paisano más, por la vestimenta: alpargatas,
bombachas, poncho y chambergo. Lo llamativo no eran sus ropas, que ningún lujo
tenían, ni siquiera la rastra de monedas de plata que tanto gustan ostentar los
campesinos pudientes. Lo que encandilaba, sin duda, era su porte y su prestancia. La
barba larga y blanca, los ojos nítidamente azules configuraban la estampa ideal de un
Dios Padre (o un Tata Dios) de libro de misa. Algo parecido, pero en versión occidental
y rubia, al poeta de la India Rabindranath Tagore, quien aparecería por Buenos Aires
unos veinticinco años después con barbas no menos largas y blancas, y vestido de
túnica". Así describe a Pancho Sierra el incrédulo narrador del cuento Mi cruzada contra
la superstición (Lojo, Cuerpos resplandecientes). Carismático y burlón, dotado de
extraordinaria perspicacia, Sierra distinguía perfectamente entre aquellos que se
acercaban empujados por genuinas aflicciones y los que ocultaban la intención de
desenmascar al supuesto mistificador. Entre tantas anécdotas, puede mencionarse la de
un consultante que le llevó un frasco de orina de cerdo presentándola como propia, y
obtuvo como diagnóstico un "¡Andá a que te cure el chancho!". Otros episodios
(narrados por su sobrina nieta, Leonor Sierra de Terrile, por María Luisa Superno y por
Adelina del Valle, todas ellas autoras de libros sobre el personaje) aluden a su capacidad
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de predecir los hechos y de ver a la distancia, y a sus poderes hipnóticos.
Algunas de las curaciones que se le atribuyen evocan por cierto relatos del Evangelio,
como el que describe a un enfermo paralítico, transportado en coche hasta el corredor de
la casa donde se encontraba Sierra tomando mate, y al que éste le ordena repetidamente
que descienda del carruaje por sus propios medios si desea ser curado. Después de
reiteradas negaciones, el paciente, de a poco, se va afirmando sobre sus pies hasta llegar
al lado del sanador. En otra anécdota, Sierra devuelve la vista a los dos hijos mellizos,
ambos ciegos, de un desolado matrimonio.
Tanto Sierra como la Madre María atendieron a peregrinos de todas las clases sociales y
de instrucción dispar. Una multitud en la que se mezclaban sombreros y rebozos,
chamberguitos y galeras, afluía hacia el improvisado consultorio rural desde los dos
ramales ferroviarios (Pergamino-Junín y Pergamino-Retiro) y los cocheros no daban
abasto para trasladar tantos visitantes a la estancia, distante siete leguas de la estación.
Entre los más conspicuos, se cita a ricos estancieros de Pergamino, como los Ortiz
Basualdo, o Roberto Cano, de la localidad de Rojas. Los incrédulos recibían a veces un
castigo, si pretendían estorbarle sus prácticas benéficas, como el comisario que quizo
detenerlo por ejercicio ilegal de la medicina, y debe volver con la mano
monstruosamente hinchada para rogar la curación, o el médico que -después de haberlo
difamado- no tuvo más remedio que concurrir a su campo, casi inválido. Allí Sierra le
administra la consabida "medicina", y lo exhorta a retractarse de sus infundios.
La indiscutible piedad de Sierra no implicaba repulsa hacia las diversiones humanas o
las alegrías del amor. Cuentan que le gustaba "entonarse" de cuando en cuando, pero
tomaba la precaución de hacerse llevar a su casa, seguro y dormido, por un experto
cochero. Como gaucho que era, disfrutaba de payar; sus payadas eran "a lo divino" y
versaban sobre temas religiosos y metafísicos, vertiente temática frecuentada también
por la poesía gauchesca. Poco antes de su fallecimiento, cuando orillaba los sesenta
años, decidió quebrar su empecinada soltería y se casó con una muchacha de dieciséis,
hija de un pariente, según algunos con el filantrópico afán de legarle su fortuna. Pero no
por ello fue un "matrimonio blanco". De él nació una hija póstuma, Laura Pía Sierra.
Aunque su padre no llegó a conocerla, seguramente representó otra clase de apuesta por
la trascendencia para este hombre, que también había previsto, entre tantas otras cosas,
su propia muerte.
ESPIRITISMO Y PROFECIA. ¿Profesó Pancho Sierra el espiritismo? ¿Fue el
denominado "Resero del Infinito" lo que se llama un "médium", que derivaba de esa
condición sus poderes curativos? Si no él mismo, fueron espiritistas algunos de sus
amigos, como Rafael Hernández (hermano del autor de Martín Fierro) o Cosme Mariño,
ambos abocados al periodismo, y también buena parte de sus simpatizantes. A poco de
su muerte, el día 15 de marzo de 1892, adherentes a esta doctrina le hicieron un primer
homenaje público en el cementerio de Salto. Treinta años más tarde, la Sociedad Miguel
Vives, de Lanús, difundiría el libro Pancho Sierra- Comunicaciones, con textos
supuestamente transmitidos por el maestro desde un no tan lejano más allá. Otro libro
(La Verdad. Pancho Sierra) recoge las comunicaciones que un grupo espiritista habría
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recibido de Sierra en 1937. Lo más probable, como señala Fermín Chávez, es que
Sierra, sin ser necesariamente ni partidario ni difusor de la Escuela, encamase en su
persona las condiciones que definían a un líder espiritual para los adscriptos a estas
ideas (muy de moda y consideradas científicas por muchos en su tiempo).
Ni Pancho Sierra ni la Madre María desdeñaron un gesto privilegiado por los
fundadores religiosos: profetizar. Sierra no quiso dejar nada por escrito, pero sus
seguidores se encargaron de difundir sus anticipaciones. No hay en ellas demasiadas
novedades con respecto al Apocalipsis: la llegada del Mesías, precedida de un cúmulo
de males (guerras, desunión familiar, enfermedades) en un siglo de infortunios. Por su
parte, la Madre María sí escribió en sus últimos días un testamento del mismo estilo,
aunque en él augura que "empezará una nueva era de la vida, en la tierra de promisión:
la República Argentina". Sus consejos finales apuntaron, además, a potenciar el respeto
y el amor hacia la figura materna, "pues ella representa la esencia de Dios".
¿PSICOTERAPIA ALTERNATIVA? : Alfredo Moffat (discípulo de Enrique Pichon
Riviere) describe a Pancho Sierra y a la Madre María como representantes de prácticas
psicoterapéuticas populares, no científicas, pero muy eficaces por su capacidad de
establecer conexión emotiva con los pacientes y disolver así sus conflictos. Sierra,
figura paternal benigna pero firme -dice Moffat- apela a una técnica ascética y limpia de
purificación a través de la ingesta de agua, que lava los males. El estilo de la Madre
María, por su parte, maneja la profecía apocalíptica para lograr la entrega y la
obediencia del afligido a una figura materna poderosa que concede, a cambio,
protección y seguridad. Como la psicoterapia científica, pero con diferentes
herramientas, enfrentan el miedo a la muerte y la angustia ante lo inexplicable que las
racionalizaciones no logran disminuir.
PERSONAJE DE ERNESTO SABATO Oriundo de la zona que habitó Pancho Sierra,
Ernesto Sabato introduce en la novela Abaddón el Exterminador referencias a su figura
por boca del personaje Cartucho.
Sierra es el benefactor de la familia de Cartucho, dejada en la miseria por una plaga de
langostas. Empiezan de nuevo en el pueblo gracias a que el manosanta les da vivienda y
los ayuda a poner una carnicería.
Esta es la leyenda que transmite Cartucho, el bondadoso anarquista:
"Mi padre le trabajaba un campito a Don Pancho Sierra, entre Cano y Basualdo. Un
hombre muy bueno. No sólo curaba, también daba remedio al pobrerío. Tenía una barba
larga y blanca, hasta aquí. Medio mago era.
Cuando nacían los chicos, mi madre se los llevaba antes de cristianarlos y él le decía
"éste le va a viví, éste no le va a viví".
Fuimos trece hermanos, ya te conté. Y bueno, don Pancho le anunció que trés "no le
iban a viví: ni la Norma, ni la Juana, ni la Fortunata".
-¿Y se murieron?-preguntó Nacho maravillado.
-Y claro —respondió Cartucho con sencillez-. ¿No te digo que era medio mago?"
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MAUSOLEO DE FRANCISCO (PANCHO) SIERRA EN EL CEMENTERIO DE
SALTO
El mausoleo de la familia Sierra data de 1878 y se yergue a escasos metros de la entrada
del Cementerio de la Ciudad de Salto, emplazándose sobre la margen izquierda del
sendero principal.
Consta de un templete compuesto por cuatro columnas que soportan su cúpula redonda,
al centro se ubica un ángel de la guarda de mármol de carrara.
Esta rodeado por un enrejado artístico de hierro forjado que culmina en clásicas
lancetas.
Diariamente los promesantes depositan allí sus flores y súplicas a Don Pancho al punto
que a lo largo de su historia nunca dejaron de faltarle flores frescas, sobretodo claveles
rojos.
El Templete lateral exterior está cubierto de cientos de placas recordatorias que
testimonian el reconocimiento de los promesantes por las gracias recibidas; frente al
mismo se yergue la estatua de Pancho Sierra con sus vestimentas gauchas, su poncho
criollo, y sus clásicas barba y cabellera blanca al viento. El brazo derecho en alto de la
estatua parece saludar a los promesantes y refleja calidez humana convocando a la
mirada esperanzada y respetuosa de los fieles.
Pancho Sierra nunca lucró con sus dones, al contrario se deshizo de sus bienes
personales y familiares para entregárselos a los más necesitados.
Jamás se atribuyó poderes o capacidades de curación, siempre anteponía el nombre de
Dios y la Fuerza Divina cuando quienes lo requerían obtenían el alivio o sanación para
sus dolencias.
Don Pancho nunca practicó el Espiritismo ni difundió sus preceptos. Sierra profesaba la
fe católica y la transmitía a los que solicitaban sus auxilios. La Iglesia Católica lo acepta
como a uno de sus hijos dilectos.
"Soy un modesto mensajero de Nuestro Señor Jesucristo. Soy tan solo un simple gaucho
al que Dios eligió para ayudar a los pobres y a los enfermos, nada más". Así hablaba
Don Pancho Sierra, así se lo recuerda y venera desde hace más de un siglo, por ello se
lo sigue reconociendo como : "El Gaucho Santo".
Por los motivos expuestos, solicito a las Señoras y Señores Legisladores acompañar con
el voto afirmativo el presente PROYECTO DE DECLARACION.
Pro! Dr. EDU_ARDO CARLOS FOX
-DiPutader Provinclal
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Bloqu os de 89,2'de 26.
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Pr-ovincia cie (~1,96 QSZ‘os
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omite libmanea de 'P4.
BIBLIOGRAFIA
- - Chavez, Fermín: "Pancho Sierra en la Leyenda y en la Historia". Todo es
Historia N°5 Pag. 31-41.
- Lojo, María R: "Cuerpos resplandecientes" Ed. Sudamericana. Buenos Aires-
2007.