LIBRO 11
Como existen dos clases de virtud, la dianoética y la ética, la diano-
ética debe su origen y su incremento principalmente a la enseñanza,
y por eso requiere experiencia y tiempo; la ética, en cambio, pi'ocede
de la costumbre, por lo que hasta su nombre se forma mediante una
pequeña modificaci6n de «costumbre) (1). De esto resulta también evi-
dente que ninguna de las virtudes éticas se produce en nosotros por
naturaleza, ya que ninguna cosa natural se modifica por costumbre;
por ejemplo, la piedra que por naturaleza se mueve hacia abajo, no
se la podría acostumbrar a moverse hacia arriba, aunque se intentara
acostumbrarla lanzándola hacia arriba diez mil veces; ni al fuego a
moverse hacia abajo, ni ninguna otra cosa de cierta naturaleza podría
acostumbrarse a tener otra distinta. Por tanto, las virtudes no se pro-
ducen ni por naturaleza, ni contra naturaleza, sino por tener aptitud
natural para recibirlas y perfeccionarlas mediante la costumbre.
Además, en todo aquello que es resultado de nuestra naturaleza,
adquirimos primero la capacidad y después producimos la operación
(esto es evidente en el caso de los sllntidos: no adquirimos los sentidos
por ver muchas veces u oír muchas veces, sino a la inversa: los usamos
porque los tenemos, no los tenemos por haberlos usado); en cambio,
adquirimos las virtudes mediante el ejercicio previo, como en el caso
de las demás artes: pues lo que hay que hacer después de haber apren-
dido, lo aprendemos haciéndolo; por ejemplo, nos hacemos construc-
tores construyendo casas y citaristas tocando la. cítara. Así también
practicando la justicia nos hacemos justos, practicando la templanza, 1103.
templados, y practicando la fortaleza, fuertes. Prueba de ello es lo que
ocurre en las ciudades: los legisladores hacen buenos a los ciudadanos
haciéndoles adquirir costumbres, y ésa es la voluntad de todo legis-
lador, todos los que no lo hacen bien yerran, yen esto se distingue un
régimen de otro, el bueno del malo. Además, las mismas causas y me-
(1) El nombre aica (i¡6bd¡) se deriva de (caráoter), que Aristóteles
supone modificación de (bibito, oostumhre).
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dios producen toda virtud y la destruyen, lo mismo que las artes: pues
tocando la cítara se hacen tanto los buenos como los malos citaristas;
y análogamente los constructores de casas y todos los demás: constru-
yendo bien serán buenos constructores y construyendo mal, malos. Si
no fuera así, no habría ninguna necesidad de maestros, sino que todos
serían de nacimiento buenos' o malos. Y lo mismo ocurre con las vir-
tudes: es nuestra actuación en nuestras transacciones con los demás
hombres lo que nos hace a unos justos y a otros injustos, y nuestra
actuación en los peligros y la habituación a tener miedo o ánimo lo
que nos hace a unos valientes y a otros cobardes; y lo mismo ocurre
con los apetitos y la ira: unos se vuelven moderados y apacibles y otros
desenfrenados e iracundos, los unos por haberse comportado así en
estas materias, y los otros de otro modo. En una palabra, los hábitos
se engendran por las operaciones semejantes. De ahí la necesidad de
realizar cierta clase de acciones, puesto que a sus diferencias corres-
ponderán los hábitos. No tiene, por consiguiente, poca importancia el
adquirir desde jóvenes tales o cuales hábitos, sino muchísima, o me-
jor dicho, total.
2
práctico
Por tanto, puesto que el presente tratado no es teórico como los
otros (pues no investigamos para saber qué es la virtud, sino para ser
buenos, ya que en otro caso sería totalmente inútil), tenemos que con-
siderar lo relatiyo a las acciones, cómo hay que realizarlas: son ellas
en efecto 188 que determinan la calidad de los hábitos, como hemos
dicho.
Que hemos de actuar según la recta razón es un principio común
y que damos por supuesto (más tarde se hablará de él y de qué es la
recta razón y qué relación guarda con las demás virtudes). Quede con-
venido de antemano, si,n embargo, que todo lo que se diga de las ac- 1104 a
ciones debe decirse en esquema y no con rigurosa precisión; ya diji-
mos al principio que se ha de tratar en cada CB80 según la materia, y
en lo relativo a las acciones y a la conveniencia no hay nada estable-
cido, como tampoco en lo que se refiere a la salud. Y si la exposición
general ha de ser de esta naturaleza, con mayor razón carecerá de pre-
cisión la de lo particular, que no cae bajo el dominio de ningún arte
ni precepto, sino que los mismos que actúan tienen que considerar
siempre lo que es oportnno, como ocurre también en el arte de la me-
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qicinl!>' y en el del piloto. Pero aun siendo de esta naturaleza nuestro
presente estudio, debemos intentar aportar nuestra contribuci6n.
En primer lugar hemos de observar que está en la de tales
cosas el destruirse por defecto y por exceso, éomo vemos que ocurre
con la robustez y la salud (para aclarar lo oscuro tenemos que servir-
nos, en efecto, de ejemplos claros): el exceso y la falta de ejercicio
destruyen la robustez; igualmente la bebida y la comida, si son exce-
sivas o insuficientes, arruinan la salud, mientras usadas con me-
dida la producen, la aumentan y la conser,,"an. Lo mismo ocurre tam-
bién con la templanza, la fortaleza y las demás virtudes. El que de
todo huye y tiene miedo y no resWte nada, se vuelve cobarde, el que
no teme absolutamente a nada y a todo se lanza, temerario; igual-
mente el que disfruta de todos los placeres y de ninguno .se abstiene
se hace licencioso, y el que los rehuye todos como los rusticos, una
pel'flona insensible. Así, pues, la templanza y la fortaleza se destru¡en
por el exceso y por el defecto, y el término medio las conserva. .
y
Pero no s610 su origen, su incremento su destrucci6n les vienen
de las mismas cosas y por las mismas, sino que de lo mismo depende-
rán también sus operaeiones. Así ocurre, en efecto, con las otras cosas
más claras, como robustez: se produce por tomar mucho alimento
y resistir muchas fatigas, y el que mejor puede hacer esto es el robusto·
.Así ocurre con las virtudes: apartándonos de los placeres nos hacemos
morigerados, y una vez que lo somos podemos mejor apartarnos de
ellos; y lo mismo respecto a la valentía: acostumbrándonos a despre- llOi b
ciar los peligros y a resistirlos nos hacemos valientes, y una vez que
lo somos seremos más capaces de afrontar los peligros.
Hay que considerar como un indicio de los hábitos el placer o do-
lor consiguiente a las acciones: el que se aparta de los placeres corpo-
rales y se complace en eso mismo es mongerado, el que siente contra-
riedad, licencioso; el que afronta los peligroll y se complace o por lo
menos no se contrista, es valiente, el que se contrista, cobarde. La
:virtud moral, en efecto, tiene que ver con los placeres y dolores, por-
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que por causa del placer hacemos lo malo y por causa del dolor nos
apartamos, del bien. De ahí la necesidad de haber sido educado de
cierto modo ya desde jóvenes, como dice Platón, para poder compla-
cerse y dolerse como es debid?; en esto consiste; en efectO, la buena
educación.
Pero además, si las virtudes tienen que ver con acciones y pasio-
nes, y pasión y toda acción van seguidas de placer o de dolor,
esto es una causa más de que la virtud esté referida a los placeres y
dolores. Y lo indican también los castigos que se hacen por medio de
ellos: son, en efecto, a modo de medicinas y es de la índole de las me-
dicinas actuar por medio de los contrarios. Además, como ya dijimos
antes, todo hábito del alma tiene una naturaleza que se orienta y
adapta a aquello que naturalmente lo hace peor o mejor; y los hombres
se hacen malos a causa de los placeres y los dolores, por perseguirlos
y rehuirlos, ya los que no se debe, ya cuando no se debe, ya como no
se debe, ya de cualquier otra manera que la razón pueda discernir en
este punto. Por eso se definen también las I virtudes como una especie
de impasibilidad y serenidad; pero no exactamente, porque se habla
de un modo absoluto, sin añadir (¡como es debido), «como no es debi-
do», «cuandOll, y todas las demás determinaciones. Queda, pues, esta-
blecido que esta clase de virtud está referida al placer y al dolor y
hace lo mejor; y el vicio lo contrario.
Lo que sigue puede también aclaramos estas cosas. En efecto,
como son tres los objetos de preferencia y tres los de aversión-lo her-
moso, lo 'conveniente y lo agradable, y sus contrarios, lo feo, lo per-
judicial y lo penoso-, respecto de todo esto el bueno acierta y el
malo yerra, pero sobre todo respecto del placer; pues éste es común
también a los animales y acompaña a todo lo preferible, pues también
lo hermoso y lo conveniente parecen agradables. Además todos nos. 1106 a
otros lo hemos mamado desde niños, y por eso es dificil borrar esta
afección que ha impregnado 'nuestra vida. Además regulamos nuestras
acciones, unos más y otr¿;s menos, por el placer y el dolor. Por eso es
necesario dedicarles todo nuestro estudio: no es, en efecto, de poca
importancia para las acciones el complacerse y contristarse bien o
mal. Pero además es más difícil luchar con el placer que con la ira,
(lomo dice Heráclito (2), y lo más difícil es siempre objeto del arte y
(2) Diela. fr. 85.
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de la virtud, pues hasta lo bueno es mejor en este caso. De suerte que
tambib por esta raz6n toda la atenci6n, tanto de la virtud como de la
poHtica, versa sobre el placer y el dolor, puesto que el que se sirve bien
de ellos será. bueno, y el que lo hace mal, malo. Quede, pues, sentado
que la virtud se refiere a placeres y dolores; que lo mismo que la pro
duce es causa de su incremento y de su decaimiento, si no funciona
del mismo modo, y que se ejercita sobre aquello mismo que le di6 origen.
4:
Se podría preguntar c6mo decimos que los hombres tienen que ha-
cerse justos practicando la justicia y morigerados practicando la tem-
planza, puesto que si practican la justicia y la templanza son ya jus-
tos y morigerados, lo mismo que si practican la gramática y la música
son gramáticos y músicos. iO es que ni siquiera ocurre así con las
artes? Es posible, en efecto, hacer algo gramatical o por casualidad o
por indicaci6n de otro; por tanto, uno será. gramático si hace algo
gramatical y gramaticalmente, es decir, de acuerdo con la gramática
que él mismo posee. Además, tampoco son semejantes el caso de las
artes y el de las virtudes; en efecto, los productos de las artes tienen
en sí mismos su bien; basta, pues, que reúnan ciertas condiciones; en
cambio, las acciones de acuerdo con las virtudes no están hechas justa
o morigeradamente si ellas mismas son de cierta manera. sino si tap¡.-
bién el que las hace reúne ciertas condiciones al hacerlas: en primer
lugar, si las hace con conocimiento; después, eligiéndolas, y eligién:
dolas por ellas mismas; y en tercer lugar, si las hace en una actitud
firme e inconmovible. Estas condiciones no cuentan para la posesión 1105 b
de las demás artes, excepto el conocimiento mismo; en cambio, para
la de las virtudes el conocimiento tiene poca o ninguna importancia,
mientras que las demás no la tienen pequeña, sino total, ya que son
precisamente las que resultan de realizar muchas veces actos justos y
morigerados. Por tanto, las acciones se llaman justas y morigeradas
cuando son tales que podría hacerlas el hombre justo o morigerado; y
es justo y morigerado no el que las hace, sino el que las hace como
las hacen los justos y morigerados. Con razón se dice, pues, que reali-
zando acciones justas se hace uno justo, y con acciones morigeradas,
morigerado. Y sin hacerlas ninguno tiene la menor probabilidad de
llegar a ser bueno. Pero los más no practican estas cosas, sino que se
refugian en la teoría y creen filosofar y poder llegar así a ser hombres
cabales; se comportan de un modo parecido a los enfermos que escu·
cho atentamente a los médicos y no hacen nada de lo que [Link]-
criben. Y así, lo mismo que éstos no sanarán del cuerpo con tal tráta.
miento, tampoco aquéllos sanarán del alma con tal filosofía.
Después de esto tenemos que considerar qué es la virtud. Puesto
que las cosas que pasan en el alma son de tres clases, pasiones, facul-
tades y hábitos, la virtud tiene que pertenecer a una de ellas. Entien.
do por pasiones apetencia, ira, miedo, atrevimiento, envidia, alegría,
amor, odio, deseo, celos, compasión, y en general los afectos que van
acompañados de placer o dolor. Por facultades aquéllas en virtud de
las cuales se dice que nos afectan esas pasiones, por ejemplo, aquello
PQr lo que somos capaces de airarnos o entristecernos o compadecer.
nos; y por hábitos aquello en virtud de lo cual nos comportamos bien
o mal respecto de las pasiones; por ejemplo, respecto de la ira nos
comportamos mal si nuestra actitud es desmesurada o lacia, y bien
si obramos con mesura; y lo mismo con las demás.
Por tanto, no son pasiones ni las virtudes ni los vicios, porque no
se nos llama buenos o malos por nuestras pasiones, pero sí por nues-
tras virtudes y vicios; ni se nos elogia o censura por nuestras pasiones
(pues no se elogia al que tiene miedo ni al que se encoleriza, ni se ceno
sura al que se encoleriza sin más, sino al que lo hace de cierta manera); IlOS.
pero sí se nos elogia y censura por nuestras virtudes y vicios. Además
sentimos ira o miedo sin nuestra elección, mientras que las virtudes
son en cierto modo elecciones o no se dan sin elección. Además de
esto, respecto de las pasiones se dice que nos mueven, de las virtudes
y vicios no que nos mueven, sino que nos dan cierta disposición.
Por estas razones, tampoco son facultades; en efecto, ni se nos llama
buenos o malos por poder sentir las pasiones sin más, ni se nos elogia
o censura; además, tenemos esa facultad por naturaleza, pero no so-
mos buenos o malos por naturaleza--de esto ya hablamos antes-o Por
tanto, si las virtudes no son ni pasiones ni facultades sólo queda que
sean hábitos. Con esto está dicho qué es la yirtud genéricamente.
Pero es menester decir no sólo que es un hábito, sino además de
qué clase. Hay que decir, pues, que toda virtud perfecciona la condi.
ción de aquello de lo cual es virtud y hace que ejecute bien su opera.
ción; por ejemplo, la excelencia del ojo hace bueno alojo y su función
(pues vemos bien por la excelencia del ojo); asimismo la excelencia del
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caballo hace bueno al caballo y lo capacita para correr, para llevar al
jinete y afrontar a los enemigos. Si esto es así en todos los casos, la
.virtud del hombre será también el hábito por el cual el hombre se
hace bueno y por el cual ejecuta bien su función propia. Cómo es esto
así en parte lo hemos dicho ya; pero se aclarará aún más si conside·
ramos cuál es la naturaleza de la virtud. En todo lo continuo y divi.
sible es posible tomar más o menos o una cantidad igual, y esto o
desde el punto de vista de la cosa misma o relativamente a nosotros;
y lo igual es un término medio entre el exceso y el defieto. Llamo tér-
mino medio de la cosa al que dista lo mismo de ambos y
éste es uno y el mismo para todos; y relativamente a nosotros, al que
ni es demasiado ni demasiado poco, y éste no es ni uno ni el mismo
para todos. Por ejemplo, si diez es mucho y dos es poco, se toma el
seis como término medio en cuanto a la cosa, pues slJbrepasa y es
sobrepasado en una cantidad igual, y en esto consiste el medio según
la proporción aritmética. Pero respecto de nosotros J?o ha de enten-
derse así, pues si para uno es mucho comer diez libras y poco comer 1106 11
dos, el entrenador no prescribirá seis libras, porque probablemente esa
cantidad será también mucho para el que ha de tomarla, o poco: para
Milón (3), poco; para el gimnasta principiante, mucho. Y lo mismo si
se trata de la carrera y de la lucha. Así pues, todo conocedor rehuye
el exceso y el defecto, y busca el término medio y lo prefiere; pero el
término medio no de la cosa, sino el relativo a nosotros. Y si todo
saber lleva bien a cabo su obra de esta manera, mirando al término
medio y dirigiendo hacia éste sus obras (por eso suele decirse que a
las obras bien hechas no se les puede quitar ni añadir, porque tanto
el exceso como el defecto destruyen la perfección, mientras que el
término medio la conserva, y los buenos artistas, como decimos, tra-
bajan con SUB miras puestas en él); y si, por otra parte, la virtud es
más exacta y mejor que todo arte, como lo es también la naturaleza.
tendrá que tender al término medio. Me refiero a la virtud ética; pues
ésta tiene que ver con pasiones y acciones, y en ellas se dan el exceso,
el defecto, y el término medio. Así en el temor, el atrevimiento, la
apetencia, la ira, la compasión y en general en el placer y el dolor
caben el más y el menos, y ninguno de los dos está bien; pero si es
cuando es debido, y por aquellas cosas y respecto a aquellas personas
y en vista de aquello y de la manera que se debe, entonces hay tér-
mino medio y excelente, yen esto consiste la virtud. Asimismo en las
(3) Mil6n, el atleta famoeo delliglo VI &. de C. Se ha calculado que comJa UDa
nai6D diaria de mi! de 8 kg. de carne, otros tantos de pan Y oui 10 litros de viao
(of. Dirlmeier, p. 310).
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acciones cabe también exceso y defecto y el término -medio. Y la viro
tud tiene que ver con pasiones y acciones, en las cuales el exceso y el
defecto yerran, mientras que el término medio es elogiado y acierta;
y ambas cosas son propias de la virtud. Por tanto, la virtud es un
cierto término medio, puesto que apunta al medio. Además, se puede
errar de- muchas maneras (pues el mal pertenece a lo indeterminado,
como imaginaban los pitagóricos, y el bien a lo determinado), pero
acertar, sólo de una (y por eso una cosa es fácil y la otra difícil, fácil
errar el blanco y difícil acertar); y por estas razones también son pro.
pios del vicio el exceso y el defecto, y de la virtud el término medio:
8610 hay una manera de Be, bueno, muchas de Ber malo (4).
Es, por tanto, la virtud un hábito selectivo que consiste en un tér.
mi;o medio relativo a nosotros, determinado por la razón y por aqueo ll07 11
lla por la cual decidiría el hombre prudente. El término medio lo es
entre dos vicios, uno por exceso y otro por defecto, y también por no
alcanzar en un caso y sobrepasar en otro el justo límite en las pasio-
nes y acciones, mientras que la virtud encuentra y elige el término
medio. Por eso, desde el punto de vista de su entidad y de la defini.
ción que enuncia su esencia, la virtud es un término medio, pero desde
el punto de vista de lo mejor y del bien, un enremo.'
Sin embargo, no toda acción ni toda pasión admite el término
medio, pues hay algunas cuyo mero nombre implica la maldad, por
ejemplo, la malignidad, la desvergüenza, la envidia; y entre las accio.
nes el adulterio, el robo y el homicidio. Todas estas cosas y las seme.
jantes a ellas se llaman así por ser malas en sí mismas, no sus excesos
ni sus defectos. Por tanto, no es posible nunca acertar con ellas sino
que siempre se yerra. Y no está el bien o el mal, cuando se trata de
ellas, por ejemplo, en cometer adulterio con la mujer debida y cuando
y como es debido, sino que, en absoluto, el hacer cualquiera de estas
cosas está mal. Igualmente absurdo es creer que en la injusticia, la
cobardía y el desenfreno hay término medio, exceso y defecto; pues
entonces tendrá que haber un término medio del exceso y del defecto,
y un exceso del exceso y un defecto del defecto. Por el contrario, lo
mismo que no hay exceso ni defecto en la templanza ni en la forta.
(') VerBO de autor desconocido (v. Diebl: Frugmftlaekgiacaadupota, p. p.I38.
ndmero 16).
27
Jea, por ser el término medio en cierto modo un extremo, tampoco
hay un término medio ni un exceso o defecto en aquellas COII&8, sino
que de cualquier modo que se hagan, se yerra; pues, en general, ni
existe término medio del exceso y del defecto. ni exceso y defecto del
término medio.
7
Pero esto no s610 hay que decirlo en general, sino aplicarlo a 108
e&808 particulares. En efecto, cuando se trata de acciones lo que 88
dice en general tiene más amplitud, pero lo que se dice en particular
es más verdadero, porque las acciones se refieren a lo particular y es
menester concordar con esto.
Tomemos, pues, estos ejemplos particulares de nuestro esquema.
Respecto del miedo y la 088dia, el valor es el término medio; de los
que se exceden, el que lo hace por carencia de temor no tiene nombre 1107 ,.
(en muchos casos no hay nombre); el que se excede por o88dia es te-
merario, y el que se excede en el miedo y tiene deficiente atrevimien-
to, cobarde. Tratándose de placeres y dolores-no de todos, yen me-
nor grado respecto de los dolores-el término medio es la templanza
y él exceso el desenfreno. Personas que pequen por respecto
de los placeres, no suele haberlas; por eso a tales gentes ni siquiera
se les ha dado nombre, llamémos1as insensibles. Si se trata de dar y
recibir dinero, el término medio es la geñ;osidad, el exceso y el de.
fecto son la prodigalidad y la tacañería; en éstas el exceso y el defecto
se contraponen: el pr6digo se excede en desprenderse del dinero y se
queda corto en adquirirlo; el tacaño Be excede en la adquisici6n y
se queda corto en el desprendimiento. Ahora hablamos esquemática y
sumariamente, y nos conformamos con esto; más adelante definire.
mos con 'mayor exactitud estos puntos.
Respecto del dinero hay también otras disposiciones: un término
medio, la esplendidez (pues el hombre espléndido difiere del generoso:
el primero maneja grandes sumas, el segundo pequeñas); un exceso,
el derroche sin gusto y la vulgaridad, y un defecto, la mezquindad.
Estas disposiciones son distintas de las que se refieren a la generoSi-
dad; en qué se diferencian se dirá más adelante.
Por lo que se refiere a la dignidad y la indignidad, el término m.e.
dio es la magnanimidad; el exceso eso que se llama vana hinchaz6n,
y el defecto la pusilanimidad. Y la misma relaci6nque dijimos guar-
28
daba la generosidad respecto de la esplendidez, de la que se distingufa
por referirse a sumas pequeñas, guarda otra disposición de ánimo res..
pecto de la magnanimidad, que se refiere a grandes dignidades, mien.
tras aquélla se refiere a las pequeñas; se puede, en efecto, aspirar a
las dignidades como es debido, más de lo debido o menos, y el que se
excede en SUB aspiraciones es ambicioso, el que se queda corto, hom·
bre sin ambición, y el medio carece de nombre; también carecen de él
BUS disposiciones, excepto la del ambicioso, ambición. Por eso los ex·
tremos intentan adjudicarse el terreno intermedio, y nosotros mismos
unas veces llamamos al intermedio ambicioso y otras veces hombre
sin ambición, y unas veces elogiamos al ambicioso y otras al hombre 110S IJ
sin ambición. Por qué causa hacemos esto, se dirá en lo que sigue;
hablemos ahora de las disposiciones restantes según el estilo que he.
mos adoptado.
Respecto de la ira existe también un exceso, un defecto y un tér.
mino medio; siendo éstos prácticamente innominados, llamaremos al
intermedio apacible y a la disposición intermedia apacibilidad; de los
extremos, al que peca por exceso digamos iracundo y su vicio iracun.
dia, y al que peca por defecto incapaz de ira, y al defecto incapacidad
de ira.
Hay además otras tres disposiciones intermedias que tienen cierta
semejanza entre sí, pero son diferentes; todas se refieren a la comuni.
cación mediante palabras y acciones, pero difieren en que una de ellas
se refiere a la verdad en aquéllas, y las otras al agrado, ya en el juego
ya en todas las cosas de la vida. Así, pues, hemos de hablar también
de ellas a fin de comprender mejor que el término medio es .laudable
en todas las cosas, pero los extremos no son ni rectos ni laudables,
sino reprensibles. También la mayoría de estas disposiciones carecen
de nombre, pero hemos de intentar, como en los demás casos, inven.
tarles un nombre nosotros mismos para mayor claridad y para que se
nos siga fácilmente.
Pues bien, respecto de la verdad, al llamémosle veraz
y veracidad a la disposición intermedia, y en cuanto a la pretensión,
la exagerada," fanfarronería y el que la tiene, fanfarrón, y la que se
"empequeñece, disimulo, y disimulador el que lo tiene. Respecto al
agrado, si se trata de la diversión, el término medio es gracioso y la
disposición, gracia; el exceso, bufonería y el que la tiene, bufón, y el
deficiente, desabrido, y BU disposición, desabrimiento. Respecto del
agrado en las restantes cosas de la vida, el que es agradable como es
debido es afable, y la disposición intermedia, afabilidad; el excesivo,
si es desinteresado, obsequioso, si por su utilidad, adulador, y el defi.
ciente y en todo desagradable, quisquilloso y descontentadizo.
También hay disposiciones intermedias en los sentimientos y res·
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pecto a las pasiones. Así, la vergüenza no es una virtud, pero se elo-
p también al vergonzoso; y, en efecto, a uno se considera como el
justo medio en estas cosas, a otro exagerado, como el tímido que de
todo Be avergüenza, a otro, deficiente o que no tiene vergüenza de
Dada en absoluto; y el término medio es vergonzoso.
,indignaci6n es término medio entre la envidia y 'la malignidad,
y todoS ellos son sentimientos relativos al dolor o placer que nos pro- 1108 ti.
duce lo que sucede a nuestros pr6jimos: el que se indigna se aflige de
la prosperidad de los que no la merecen, el envidioso, yendo más allá
que éste, se aflige de la de todos, y el maligno se queda tan corto en
afligirse, que hasta se alegra. Pero en otro lugar tendremos opor.
tunidad de tratar de esto. Ahora nos ocuparemos de la justicia, y
como su sentido no es simple, estableceremos después sus dos clases
y diremos de cada una c6mo es término medio, y lo mismo haremos
con las virtudes racionales.
8
Tres son, pues, las disposiciones, dos de ellas vicios-una por ex-
ceso y otra por defecto-y una virtud, la del término medio; y todas
se oponen en cierto modo entre sí; pues las extremas son contrarias a
la intermedia y entre sí, y la intermedia a las extremas; en efecto, lo
mismo que lo igual es mayor respecto de lo menor y menor respecto
de lo mayor, los hábitos intermedios son excesivos respecto de los defi-
cientes y deficientes respecto de los excesivos en las pasiones y en las
acciones. Así el valiente parece temerario comparado con el cobarde.
y cobarde comparado con el temerario; e igualmente el morigerado.
desenfrenado en comparación con el insensible e insensible en compa-
raci6n con el desenfrenado; y el generoso, pr6digo si se lo compara
con el tacaño y tacaño si se lo compara con el pródigo. ,Por eso los
rechazan al medio, cada uno hacia el otro, y al valiente lo
llama temerario el cobarde y cobarde el temerario, y aná.logamente en
los demás casos.
Dada esta oposición mutua, la oposición entre los extremos es ma-
yor que respecto del medio, pues distan más entre sí que del medio,
por ejemplo, más lo grande de lo pequeño y lo pequeño de lo grande
que ambos de lo igual. Además, algunos extremos parecen tener cierta
semejanza con el medio, como la temeridad con la valentía y la pro.
digalidad con la generosidad, pero en cambio existe la máxima de-
so
entre los extremos; y las cosas que distan más una de otra
8e definen como contrarios, de modo que son más contrarios los que
m.ás distan. .
Al medio se opone más en unos casos el defecto y en otros el exce- 11011.
so; por ejemplo, a la valentía no la temeridad, que es el exceso, sino
la cobardía que es el defecto; y a la templanza no la insensibilidad. que
es la deficiencia, sino el desenfreno, que es el exceso. Esto sucede por
dos causas; una proviene de la cosa misma: por estar más pr6ximo y
ser más semejante al medio uno de los dos !lxtremos, por lo cual pre-
ferimos oponer al medio no ése sino su contrario; así, como parece
más semejante a la valentía la temeridad, y más pr6xima, y más dis-
tinta en cambio la cobardía, es ésta la que preferimos contraponerle;
pues lo más distante del medio parece ser más contrario. Una causa
es, pues,' ésta, procedente de la cosa misma; la otra proviene de nos-
otros mismos, pues aquello a que más nos inclina en cierto modo nues-
tra índole parece más contrario al medio; así, nuestra naturaleza nos
lleva más bien a los placeres, y por eso somos más propensos al desen-
freno que a la austeridad., Llamamos, pues, más contrarias a las dis-
posiciones a las que tenemos más propensi6B., y por esto el desenfreno,
que es exceso, es más contrario a la templanza.
Que la virtud moral es un término medio, y en qué sentido y qué
es término medio entre dos vicios, uno por exceso y otro por defecto,
y que es tal virtud por apuntar al término medio en las pasiones y
en las acciones, son puntos suficientemente tratados. Por todo ello,
es cosa trabajosa ser bueno: en todas las cosas es trabajoso hallar el
medio, por ejemplo, hallar el centro del círculo no está. al alcance de
cualquiera, sino del que sabe; así también el irritarse está. al alcance
de cualquiera y es cosa fácil, y también dar dinero y gastarlo; pero
darlo a quien debe darse, y en la cuantía y en el momento oportunos,
y por la raz6n y de la manera debidas, ya no está. al alcance de todos
ni es cosa fácil; por eso el bien es raro, laudable y hermoso. Por esto,
aquel que se propone como blanco el término medio debe en primer
lugar apartarse de lo más contrario, como aconseja Calipso:
De ute vapor y de esta espuma mantén alejada la nave (5).
(11) [Link], XII, 219. Laa palabras son de Uliaee.
31
Porque de los dos extremos, el uno es más erróneo y el otro menos, y
ya que acertar en el medio es extremadamente difícil, por lo menos,
como suele decirse, en la segunda navegación hay que tomar el mal
menor. y esto será posible sobre todo del modo que decimos. Debe- 1109 "
mos considerar aquello a que somos más inclinados (porque nuestra
naturaleza nos lleva hacia distintas COBas). Eso se advertirá [Link] pla-
cer y el dolor que sentimos, y entonces deberemos tirar de nosotros
mismos en sentido contrario, pues apartándonos del error llegaremos
al término medio, como hacen los que quieren enderezar las vigas tor-
cidas. todo hay que estar en guardia principalmente frente lo agra-
dable y el placer, porque no lo juzgamos con imparcialidad. Así, pues,
hemos de sentir respecto del placer lo que los ancianos del pueblo sin-
tieron respecto de Helena, y repetir en todos los casos sus palabras (6);
alejándonos así de él erraremos menos. En resumen, haciendo esto es
como mejor podremos alcanzar el término medio.
Sin duda es difícil, sobre todo en las COBaS concretas, pues no es
fácil definir cómo, con quiénes, por qué motivos y por cuánto tiempo
debe uno irritarse; en efecto, nosotros mismos unas veces alabamos a
los que se quedan cortos y decimos [Link] son apacibles, y otras a los
que se enojan, y los llamamos viriles. El que se desvía poco del bien
no es censurado, tanto si se excede como si peca por defecto; pero s(
lo es el que se desvia mucho, porque éste no pasa itiadvertido. Sin
embargo, hasta qué punto y en qué rriedida sea censurable no es fácil
de deternUnar por la razón, porque no lo es ninguna de las cosas que
se pe¡:-ciben. Tales cosas son individuales y el criterio reside en la per-
cepción. Lo que hemos dicho pone, pues, de manifiesto que el hábito
medio es en todas las cosas laudable, pero tenemos que inclinamos
unas veces al exceso y otras al defecto, pues así alcanzaremos m's
fácilmente el término medio y el bien.
(6) Iliada, m, 166 88.:
tNo llevemos ma.1 que los TroyanOB
y los Aqueos por mujer tan bella,
hace diez &ÍÍOB, IOB teniblea ma.1ee
hayan sufrido de la guerra. Muoho
en beldad a las di08&8 se parece.
Mas por linda que sea., con los Griegos
vuelva ya a su paJa, y para ruina
de nosotros no quede y nuestros hijos.•
(Trad. Hermosi11a)