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Subgénero Realista: Análisis de "La Boda"

Este documento presenta un cuento corto llamado "La boda" de Silvina Ocampo. El cuento describe la relación entre Gabriela, una niña, y Roberta, una mujer más mayor que la domina. También presenta a Arminda, la novia cuya boda se celebra. En la peluquería antes de la boda, Gabriela pone una araña en el peinado de Arminda sin que se dé cuenta. Durante la ceremonia, Arminda se desmaya y muere. El documento incluye preguntas sobre los personajes, la época y el lugar, y
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Subgénero Realista: Análisis de "La Boda"

Este documento presenta un cuento corto llamado "La boda" de Silvina Ocampo. El cuento describe la relación entre Gabriela, una niña, y Roberta, una mujer más mayor que la domina. También presenta a Arminda, la novia cuya boda se celebra. En la peluquería antes de la boda, Gabriela pone una araña en el peinado de Arminda sin que se dé cuenta. Durante la ceremonia, Arminda se desmaya y muere. El documento incluye preguntas sobre los personajes, la época y el lugar, y
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¡Hola chicos! Marzo 29 del 2023.

Material para que comencemos a trabajar con otro subgénero.

Deben copiar todo (lo señalado con llaves) en su carpeta.

¡Les dejo el link con el audiolibro también!

Escriban en la carpeta: nombre y fecha

Título: Subgénero Realista

¡Ahora, repasamos: Textos narrativos y subgéneros!

Los textos narrativos se agrupan en distintos subgéneros. Dependiendo del


tipo de texto pueden ser literarios o no literarios. Los textos literarios incluyen el
cuento, el relato, el micro relato, la novela, la leyenda, el mito, la saga, la fábula
y el poema épico.

¿Qué es para ustedes el Subgénero realista? ¡No lo busquen en internet! La


idea es que registren lo que les parezca
Lectura de: La boda – Silvina Ocampo

 A continuación, comparto un texto para que luego de su lectura, puedan


realizar las actividades propuestas.

La boda – Silvina Ocampo

Que una muchacha de la edad de Roberta se fijara en mí, saliera a pasear conmigo, me
hiciera confidencias, era una dicha que ninguna de mis amigas tenía. Me dominaba y yo la
quería no porque me comprara bombones o bolitas de vidrio o lápices de colores, sino porque
me hablaba a veces como si yo fuera grande y a veces como si ella y yo fuéramos dos chicas de
siete años. Es misterioso el dominio que Roberta ejercía sobre mí: ella decía que yo adivinaba
sus pensamientos, sus deseos. Tenía sed: yo le alcanzaba un vaso de agua, sin que me lo
pidiera. Estaba acalorada: la abanicaba o le traía un pañuelo humedecido en agua de Colonia.
Tenía dolor de cabeza: le ofrecía una aspirina o una taza de café. Quería una flor: yo se la daba.
Si me hubiera ordenado “Gabriela, tírate por la ventana” o “pon tu mano en las brasas” o
“corre a las vías del tren para que el tren te aplaste”, lo hubiera hecho en el acto.

Vivíamos todos en los arrabales de la ciudad de Córdoba. Arminda López era vecina mía y
Roberta Carma vivía en la casa de enfrente. Arminda López y Roberta Carma se querían como
primas que eran, pero a veces se hablaban con acritud: todo surgía por las conversaciones de
vestidos o de ropa interior o de peinados o de novios que tenían. Nunca pensaban en su trabajo.
A la media cuadra de nuestras casas se encontraba la peluquería LAS OLAS BONITAS. Ahí,
Roberta me llevaba una vez por mes. Mientras que le teñían el pelo de rubio con agua
oxigenada y amoníaco, yo jugaba con los guantes del peluquero, con el vaporizador, con las
peinetas, con las horquillas, con el secador que parecía el yelmo de un guerrero y con una
peluca vieja, que el peluquero me cedía con mucha amabilidad. Me agradaba aquella peluca,
más que nada en el mundo, más que los paseos a Ongamira o al Pan de Azúcar, más que los
alfajores de arrope o que aquel caballo azulejo que montaba en el terreno baldío para la vuelta
a la manzana, sin riendas y sin montura y que me distraía de mis estudios.
El compromiso de Arminda López me distrajo más que la peluquería y que los paseos. Tuve
malas notas, las peores de mi vida, en aquellos días. Roberta me llevaba a pasear en tranvía
hasta la confitería Oriental. Ahí tomábamos chocolate con vainillas y algún muchacho se
acercaba para conversar con ella. De vuelta en el tranvía me decía que Arminda tenía más suerte
que ella, porque a los veinte años las mujeres tenían que enamorarse o tirarse al río.
-¿Qué río? -preguntaba yo, perturbada por las confidencias.
-No entiendes. Qué le vas a hacer. Eres muy pequeña.
-Cuando me case, me mandaré hacer un hermoso rodete -había dicho Arminda-, mi peinado
llamará la atención.
Roberta reía y protestaba:
-Qué anticuada. Ya no se usan los rodetes.
-Estás equivocada. Se usan de nuevo -respondía Arminda-. Verás, si no llamo la atención.
Los preparativos para la boda fueron largos y minuciosos. El traje de novia era suntuoso. Una
puntilla de la abuela materna adornaba la bata, un encaje de la abuela paterna (para que no se
resintiera) adornaba el tocado. La modista probó el vestido a Arminda cinco veces. Arrodillada y
con la boca llena de alfileres la modista redondeaba el ruedo de la falda o agregaba pinzas al
nacimiento de la bata. Cinco veces del brazo de su padre, Arminda cruzó el patio de la casa,
entró en su dormitorio y se detuvo frente a un espejo para ver el efecto que hacían los pliegues
de la falda con el movimiento de su paso. El peinado era tal vez lo que más preocupaba a
Arminda. Había soñado con él toda su vida. Se mandó hacer un rodete muy grande,
aprovechando una trenza de pelo que le habían cortado a los quince años. Una redecilla dorada
y muy fina, con perlitas, sostenía el rodete, que el peluquero exhibía ya en la peluquería. El
peinado, según su padre, parecía una peluca.
La víspera del casamiento, el 2 de enero, el termómetro marcaba cuarenta grados. Hacía tanto
calor que no necesitábamos mojarnos el pelo para peinarlo ni lavarnos la cara con agua para
quitarnos la suciedad. El cielo, de un color gris de plomo, nos asustó. La tormenta se resolvió
sólo en relámpagos y avalanchas de insectos. Una enorme araña se detuvo en la enredadera del
patio: me pareció que nos miraba. Tomé el palo de una escoba para matarla pero me detuve no
sé por qué.
Roberta exclamó:
-Es la esperanza. Una señora francesa me contó una vez que la araña por la noche es esperanza.
-Entonces, si es esperanza, vamos a guardarla en una cajita -le dije.
Como una sonámbula, porque estaba cansada y es muy buena, Roberta fue a su cuarto para
buscar una cajita.
-Ten cuidado. Son ponzoñosas -me dijo.
-¿Y si me pica?
-Las arañas son como las personas: pican para defenderse. Si no les haces daño, no te harán a ti.
Puse la cajita abierta frente a la araña, que de un salto se metió adentro. Después cerré la tapa,
que perfore con un alfiler.
-¿Qué vas a hacer con ella? -interrogó Roberta.
-Guardarla.
-No la pierdas -me respondió Roberta.
Desde ese minuto, anduve con la cajita en el bolsillo. A la mañana siguiente fuimos a la
peluquería. Era domingo. Vendían matras y flores en la calle. Esos colores alegres parecían
festejar la proximidad de la boda. Tuvimos que esperar al peluquero, que fue a misa, mientras
Roberta tenía la cabeza bajo el secador.
-Parecés un guerrero -le grité.
Ella no me oyó y siguió leyendo su libro de misa.
Entonces se me ocurrió jugar con el rodete de Arminda, que estaba a mi alcance. Retiré las
horquillas que sostenían el rodete compacto dentro de la preciosa redecilla. Se me antojo que
Roberta me miraba, pero era tan distraída que veía sólo el vacío, mirando fijamente a alguien.
-¿Pongo la araña adentro? -interrogué, mostrándole el rodete.
El ruido del secador eléctrico seguramente no dejaba oír mi voz. No me respondió, pero inclinó
la cabeza como si asintiera. Abrí la caja, la volqué en el interior del rodete, donde cayó la araña.
Rápidamente volví a enroscar el pelo y a colocar la fina redecilla que lo envolvía y las horquillas
para que no me sorprendieran. Sin duda lo hice con habilidad, pues el peluquero no advirtió
ninguna anomalía en aquella obra de arte, como él mismo denominaba el rodete de la novia.
-Todo esto será un secreto entre nosotras -dijo Roberta, al salir de la peluquería, torciendo mi
brazo hasta que grité. Yo no recordaba qué secretos me había dicho aquel día y le respondí,
como había oído hacerlo a las personas mayores.
-Seré una tumba.
Roberta se puso un vestido amarillo con volantes y yo un vestido blanco de plumetís,
almidonado, con un entredós de broderie.
En la iglesia no miré al novio porque Roberta me dijo que no había que mirarlo. La novia estaba
muy bonita con un velo blanco lleno de flores de azahar. De pálida que estaba parecía un ángel.
Luego cayó al suelo inanimada. De lejos parecía una cortina que se hubiera soltado. Muchas
personas la socorrieron, la abanicaron, buscaron agua en el prebisterio, le palmotearon la cara.
Durante un rato creyeron que había muerto; durante otro rato creyeron que estaba viva. La
llevaron a la casa, helada como el mármol. No quisieron desvestirla ni quitarle el rodete para
ponerla muerta en el ataúd.
Tímidamente, turbada, avergonzada, durante el velorio que duró dos días, me acusé de haber
sido la causante de su muerte.
-¿Con qué la mataste, mocosa? -me preguntaba un pariente lejano de Arminda, que bebía café
sin cesar.
-Con una araña -yo respondía.
Mis padres sostuvieron un conciliábulo para decidir si tenían que llamar a un médico. Nadie
jamás me creyó. Roberta me tomó antipatía, creo que le inspiré repulsión y jamás volvió a salir
conmigo.

¡TE DEJO EL LINK DEL AUDIOLIBRO!

LA BODA – Silvina Ocampo

https://www.youtube.com/watch?v=iBQ_y-cRsyE&ab_channel=Porqu%C3%A9leer

Actividades.

1. Caracterizá a Gabriela, a Roberta y a Arminda. Para eso, ayudate respondiendo las siguientes
preguntas:
 
¿Cuáles son los intereses y gustos de cada una?
¿Cómo trata Roberta a Gabriela? ¿Y Gabriela a Roberta?
¿Cómo se llevan Roberta y Arminda?
 
2. ¿En qué tiempo y lugar ubicarías a este cuento? Para responder, indicá qué detalles te
hicieron pensar la respuesta. 
 
3. ¿Por qué Gabriela pone la araña en el rodete de Arminda? ¿Roberta le da permiso?
Proponé dos interpretaciones.
 
4. ¿Te parece que el cuento es realista? ¿Por qué?
5. ¿Por qué crees que Roberta no la volvió a hablar a Gabriela?

SUBGÉNERO REALISTA

Durante la segunda mitad del siglo XIX se desarrolla una nueva corriente literaria y estética que
es denominada realismo, con ella se da un rompimiento entre los escritores y artista de esa
época con el romanticismo.

El nombre de ésta nueva corriente, el realismo, se debe a que una de sus principales
características, es la de representar los hechos de la vida cotidiana lo más apegado a la
realidad, sin los adornos literarios y estéticos que eran usados en el romanticismo.
Fue en Francia a partir del año 1850 cuando un grupo de escritores presentan el realismo
como una corriente estética opuesta al romanticismo en donde exponen que éste, pretende
dar una descripción exacta y real de todos los aspectos de la vida.

Características del realismo:

Presentar de forma fiel la realidad: las obras literarias, pinturas y esculturas son
representaciones de lo que el autor ve.

En las obras literarias el lenguaje utilizado es muy variado: puede ser un lenguaje común o
sofisticado esto depende del personaje.

Una obra realista no cuenta con ningún elemento de fantasía en su contenido es decir que es
objetiva en sus descripciones.

La exposición hecha en estas obras busca ser verídica y plasmar la realidad como el autor la
observa.

Se describen con lujo de detalle todas las características de los personajes lugares y
situaciones que aparecen en la obra.

Son obras que al presentar la sociedad de la época tal y como es sirven para realizar una crítica
de la misma.

Las obras realistas presentan a los personajes con oficios y trabajos propios de la época:
representando la forma de vida del lugar presentado en ese tiempo.

Estas obras tienen un carácter histórico ya que ubican en un plano social político y económico
a los personajes que intervienen es estas.

Su tema fundamental son los problemas que enfrentan las personas en su existencia la
descripción del carácter conductas y temperamento de los personajes, es una de las
características del realismo.

Albarengo, Patricia.-

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