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Etapas del Duelo de Kübler-Ross

Este documento resume las cinco etapas del duelo propuestas por Elisabeth Kübler-Ross: negación, ira, negociación, depresión y aceptación. Explica brevemente cada etapa y los sentimientos y comportamientos que las caracterizan. La negación implica no poder creer que la persona falleció. La ira surge cuando nos sentimos seguros para sobrevivir. La negociación implica intentos de cambiar el pasado. La depresión es una respuesta normal ante una gran pérdida. La aceptación significa reconocer
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Temas abordados

  • reintegración,
  • pacto,
  • emoción,
  • navegación de la tristeza,
  • ira,
  • tristeza,
  • refugio,
  • temor,
  • culpa,
  • recuperación
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Etapas del Duelo de Kübler-Ross

Este documento resume las cinco etapas del duelo propuestas por Elisabeth Kübler-Ross: negación, ira, negociación, depresión y aceptación. Explica brevemente cada etapa y los sentimientos y comportamientos que las caracterizan. La negación implica no poder creer que la persona falleció. La ira surge cuando nos sentimos seguros para sobrevivir. La negociación implica intentos de cambiar el pasado. La depresión es una respuesta normal ante una gran pérdida. La aceptación significa reconocer
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  • reintegración,
  • pacto,
  • emoción,
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  • ira,
  • tristeza,
  • refugio,
  • temor,
  • culpa,
  • recuperación

Alejandra valdez Ulloa, 00000247878

MODELO DE LAS ETAPAS DE DUELO DE ELISABETH KUBLER-ROSS

NEGACIÓN:
La negación en el duelo se ha malinterpretado con los años. Cuando la etapa de la
negación se introdujo por primera vez en Sobre la muerte y los moribundos, se centraba en
la persona que estaba agonizando. La persona que se encuentra en esta etapa está
realizando el duelo por la pérdida de un ser querido. En un moribundo, la negación puede
parecer incredulidad. La persona puede seguir viviendo y negar de hecho la existencia de
una enfermedad terminal. Para alguien que ha perdido a un ser querido, no obstante, la
negación es más simbólica que literal. Esto no significa que uno no sepa que la persona
querida ha muerto. Significa que regresa a casa y no puede creer que su mujer no vaya a
entrar por la puerta en cualquier momento o que su marido no esté únicamente en viaje de
negocios. Simplemente, no puede llegar a entender que la persona no va a volver a cruzar
esa puerta nunca más. Cuando estamos en la etapa de la negación, al principio podemos
quedarnos paralizados o refugiarnos en la insensibilidad. La negación no es aún la negación
de la muerte propiamente dicha, aunque alguien pueda decir: No puedo creer que esté
muerto.

IRA:
Esta etapa se manifiesta de muchas formas: ira contra un ser querido por no haberse
cuidado mejor o ira contra nosotros por no haber cuidado mejor de él. La ira no tiene por
qué ser lógica ni válida. Podemos estar enfadados por no haber visto que esto iba a pasar
y, cuando lo vemos, porque no se pueda hacer nada para evitarlo. Podemos estar
enfadados con los médicos por su incapacidad para salvar a alguien tan importante para
nosotros. Puede enojarnos que le haya podido pasar algo malo a alguien que tanto significa
para nosotros. También puede enfadarnos que la persona nos haya abandonado y no haya
pasado más tiempo con nosotros. Objetivamente, sabemos que ella no quería morir. Pero,
emocionalmente, lo único que sabemos es que ha muerto. Esto no tenía que suceder, o al
menos no ahora. Es importante recordar que la ira sólo aflora cuando nos sentimos lo
bastante seguros como para saber que probablemente sobreviviremos, pase lo que pase. Al
principio, el hecho de haber sobrevivido a la pérdida nos resulta sorprendente. Luego
afloran más sentimientos y la ira suele situarse la primera de la cola conforme nos van
invadiendo también la tristeza, el pánico, el dolor y la soledad, con más intensidad que
nunca. Estos sentimientos a menudo desconciertan a nuestros seres queridos y amigos,
porque afloran justo cuando comenzábamos a funcionar otra vez a un nivel básico. Es
posible que uno también esté enfadado consigo mismo por no haberlo podido evitar. No es
que tuviera poder para hacerlo, pero sí tenía voluntad. Querer salvar una vida no es poder
impedir una muerte.

NEGOCIACIÓN:
Antes de una pérdida, parece que haríamos cualquier cosa con tal de que no se lleven a la
persona que queremos. «Por favor, Dios», pactamos, «no volveré a enfadarme con mi
mujer nunca más si permites que viva». Después de una pérdida, la negociación puede
adoptar la forma de una tregua temporal. «¿Y si dedico mi vida a ayudar al prójimo? ¿Podré
entonces despertarme y descubrir que todo esto ha sido sólo una pesadilla?». Nos
extraviamos en un laberinto donde no hacemos más que repetirnos «ojalá...». O «¿y si...?».
Queremos que la vida vuelva a ser como era; queremos que nuestro ser querido nos sea
restituido. Queremos retroceder en el tiempo: encontrar antes el tumor, reconocer la
enfermedad con más rapidez; impedir que el accidente suceda... ojalá, ojalá, ojalá. La
negociación a menudo va acompañada de culpa. Los «ojalas» nos inducen a criticarnos y a
cuestionar lo que «creemos» que podríamos haber hecho de otra forma. Es posible que
incluso pactemos con el dolor. Haremos cualquier cosa por no sentir el dolor de esta
pérdida. Nos quedamos anclados en el pasado, intentando pactar la forma de librarnos del
dolor.

DEPRESIÓN:
Tras la negociación, nuestra atención se dirige al presente. Aparece la sensación de vacío,
y el duelo entra en nuestra vida a un nivel más profundo, mucho más de lo que nos
hubiéramos imaginado. Nos parece que esta etapa depresiva va a durar para siempre. Es
importante comprender que esta depresión no es un síntoma de enfermedad mental, sino la
respuesta adecuada ante una gran pérdida. Nos apeamos del tren de la vida,
permanecemos entre una niebla de intensa tristeza y nos preguntamos si tiene sentido
seguir adelante solos. ¿Por qué tengo que seguir adelante? Se hace de día, pero a ti no te
importa. Una voz en tu interior te dice que ha llegado la hora de levantarse, pero no te
apetece hacerlo. Quizá no tengas una razón concreta. La vida parece no tener sentido. Salir
de la cama puede suponer el mismo esfuerzo que escalar una montaña. Te sientes pesado
y la acción de ponerse en pie requiere un esfuerzo del que tú careces. Como el duelo es un
proceso de curación, la depresión es uno de los muchos pasos necesarios que hay que
superar para conseguirla. Cuando somos conscientes de que nos encontramos en una
depresión o muchos amigos nos dicen que nos ven deprimidos, es posible que nuestra
primera respuesta sea resistirnos y buscar una salida. Buscar una salida a la depresión es
como entrar en el ojo de un huracán y dar vueltas dentro, temiendo que no exista una
manera de salir de él.

ACEPTACIÓN:
La aceptación suele confundirse con la noción de que nos sentimos bien o estamos de
acuerdo con lo que ha pasado. No es eso. La mayoría de la gente no se siente bien o de
acuerdo con la pérdida de un ser querido. En esta etapa, se acepta la realidad de que
nuestro ser querido se ha ido físicamente y se reconoce que dicha realidad es la realidad
permanente. Nunca nos gustará esta realidad ni estaremos de acuerdo con ella pero, al
final, la aceptamos. Aprendemos a vivir con ella. Es la nueva norma con la que debemos
aprender a vivir. Ahora es cuando nuestra readaptación y curación final pueden afianzarse
con firmeza, a pesar de que, a menudo, vemos y sentimos la curación como algo
inalcanzable. La curación se refleja en las acciones de recordar, recomponerse y
reorganizarse. Es posible que dejemos de estar enfadados con Dios; es posible que
lleguemos a ser conscientes de las razones objetivas de nuestra pérdida, aunque nunca
lleguemos a entenderlas. Los supervivientes empezamos a darnos cuenta, con gran pena,
de que le había llegado la hora a nuestro ser querido. Por supuesto que era demasiado
pronto para nosotros, y es probable que también lo fuera para él. Quizá era muy mayor ya o
sufría grandes dolores o una enfermedad grave. Quizá su cuerpo se había consumido y
estaba preparado para llegar al final de su viaje. Pero nuestro viaje continúa. Nuestra hora
de partir todavía no ha llegado, de hecho, es la hora de curarnos. Ahora, debemos intentar
vivir en un mundo en el que falta nuestro ser querido. Es probable que al principio nos
resistamos a esta nueva situación y queramos mantener la vida tal como era antes de la
desaparición de nuestro ser querido. Sin embargo, con el tiempo, a través de pequeños
pasos de aceptación, vemos que no podemos mantener intacto el pasado. Las cosas han
cambiado para siempre y debemos readaptarnos. Debemos aprender a reorganizar roles,
reasignándolos a otras personas o adoptándolos nosotros mismos. Cuanto mayor fuera el
grado de conexión con tu ser querido, más difícil será conseguirlo. A medida que nos
curamos, aprendemos quiénes somos y quién era nuestro ser querido en vida. De una
extraña forma, a medida que avanzamos en el duelo, la curación nos acerca a la persona
que amábamos. Comienza una nueva relación. Aprendemos a vivir con el ser querido que
hemos perdido. Empezamos el proceso de reintegración, en el que intentamos recomponer
las piezas que se han fragmentado.

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