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Propuesta editorial AdVersuS, Año II,- Nº 4, diciembre 2005 ISSN: 1669-7588
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Contáctenos EL PUNTO DE VISTA DE LOS VENCIDOS EN LA HISTORIA DE AMÉRICA LATINA
Reflexiones a partir de Walter Benjamin
NÚMERO ACTUAL
Michael Löw
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CATÁLOGO Walter Benjamin no es un pensador como los demás. Estamos habituados a
clasificar a los filósofos según su carácter progresista o conservador,
Novedades revolucionario o nostálgico del pasado. Benjamin escapa a esas
Enlaces clasificaciones. Fue un crítico revolucionario de la filosofía del progreso, un
Números anteriores nostálgico del pasado que sueña con el futuro, un romántico partidario del
Índice de autores materialismo. Él fue, en todos los sentidos de la palabra, inclasificable. Se
puede definir como marxista, puesto que se revindica del materialismo
INVESTIGACIONES histórico, pero su interpretación del pensamiento de Marx –nutrida por
lecturas de György Lukacs y Karl Korsch– es original y heterodoxa.
Una de las más importantes contribuciones de Walter Benjamin fueron sus
reflexiones sobre el concepto de historia, sus célebres “Tesis” del 1940,
redactadas pocos meses antes de su suicidio. Al fracasar su tentativa
desesperada de huir de la Francia ocupada por los nazis pasando por los
Pirineos, la policía española de Franco lo arrestó y amenazó de entregarlo a la
Gestapo, él se quitó la vida en septiembre de 1940.
Las Tesis “Sobre el concepto de historia” son uno de los textos más
significativos del pensamiento crítico, tal vez el más importante desde las
Tesis sobre Feuerbach (1845) de Marx. Como lo observa con agudeza Bolívar
Echeverría, “El pensamiento de Benjamin es, en este escrito, deliberadamente
ajeno a la cultura política establecida, retadoramente extemporáneo: en ello
reside en buena parte el secreto de su inquietante actualidad” (1977:66).
Este documento es una impresionante crítica revolucionaria de la doctrina del
progreso inevitable y de las concepciones conformistas de la historia, las que
se identifican –por el método de la empatía (Einfühlung)– con el campo de los
vencedores. Para este tipo de historiografía, la historia es un gran conteo
triunfal, del cual participan los vencedores de ayer y en el cual “los
vencedores de hoy caminan sobre los cuerpos de los vencidos de hoy” (Tesis
VII). No hay que olvidar, subraya Benjamin, el origen de estos bienes: “cada
documento de cultura es al mismo tiempo un documento de barbarie” (Tesis
VII). Es el caso de las pirámides de Egipto, construidas por los esclavos
hebreos, o el Arco de Triunfo de París, magnífico monumento en honor a la
barbarie guerrera.
En contra de esta visión de la historia del punto de vista de los vencedores –
los señores de esclavos, los emperadores, los aristócratas, los conquistadores,
los terratenientes, los banqueros, los dictadores, los jefes de industria–,
Benjamin propone una concepción opuesta: la tradición de los oprimidos, el
punto de vista de los vencidos, no los vencidos en tal o cual guerra o
enfrentamiento, sino los que son las víctimas permanentes de los sistemas de
dominación: los esclavos, los siervos, los campesinos, los proletarios, las
minorías étnicas o religiosas, las mujeres; oprimidos que han resistido, que
han luchado, que se han levantado en contra de la dominación, una y otra vez,
pero que terminaron siendo derrotados por los señores. Las luchas de
liberación del presente, subraya Benjamin (Tesis XII), se inspiran en el
sacrificio de las generaciones vencidas, en la memoria de los mártires del
pasado. Traduciendo en términos de la historia moderna de América Latina, es
la memoria de Cuauhtémoc, Tupac Amaru, José Martí, Emiliano Zapata,
Augusto Sandino, Farabundo Martí.
La tarea del historiador crítico, del partidario del materialismo histórico es,
escribe Benjamin en la Tesis VII, “cepillar la historia a contrapelo”. Esto
significa: no aceptar juntarse con el cortejo triunfal, oponerse a la versión
oficial y dominante de la historia, la que acaricia el proceso en el sentido de
los pelos.
Se nota aquí la influencia de Nietzsche que, en su ensayo De la utilidad y de
la inconveniencia de los estudios históricos para la vida (1873), criticaba a
los que nadan en el sentido de la corriente del río, a los que practican “el culto
desnudo del suceso” y la “idolatría del factual”. La virtud, para el historiador,
consiste en oponerse a la tiranía del real, a “nadar en contra de las olas de la
historia” (Nietzsche (1982):81-96).
Benjamin conocía esta obra de Nietzsche –citada en las tesis– y sin duda
compartía estos planteamientos. La diferencia decisiva entre los dos es que la
crítica de Nietzsche se hace en nombre del individuo rebelde, el héroe (más
tarde el superhombre). La de Benjamin, al revés, es solidaria de las víctimas
que lucharon, pero que finalmente cayeron bajo las ruedas de estas
majestuosas carrozas triunfales llamadas Civilización, Progreso y
Modernidad.
La propuesta de Benjamin sugiere un nuevo método, un nuevo enfoque, una
perspectiva “desde abajo”, que se puede aplicar en todos los campos de la
ciencia social: la historia, la antropología, la ciencia política. Benjamin se
ocupó muy poco de la historia de América Latina, pero encontramos una
impresionante crítica de la conquista ibérica en un pequeño e interesantísimo
texto, que ha sido totalmente olvidado por los críticos e intérpretes de su obra:
la reseña que escribió en 1929 acerca de un libro francés sobre Bartolomé de
las Casas: Marcel Brion, Bartholomée de Las Casas, “Père des Indiens”,
Paris:Plon, 1928. “La Conquista”, este primer capítulo de la historia colonial
europea, dice Benjamin, “transformó el mundo recién conquistado en una
cámara de torturas”. Las acciones de la “soldadesca hispánica” crearon una
nueva configuración del espíritu (Geistesverfassung) “que uno no puede
representarse sin horror (Grauen)”. Como toda colonización, la del nuevo
continente tenía sus razones económicas –los inmensos tesoros de plata y oro
de las Américas–, pero los teólogos oficiales trataron de justificarla con
argumentos jurídico-religiosos: “América es un bien sin propietarios; la
sumisión es una condición de la misión; intervenir en contra de los sacrificios
humanos de los mexicanos es un deber cristiano”. Bartolomé de las Casas,
“un combatiente heroico en la mas expuesta de la posiciones”, luchó por la
causa de los pueblos indígenas, enfrentándose, en la celebre polémica de
Valladolid (1550), con el cronista y cortesano Sepúlveda, “el teórico de la
razón de Estado”, y obtuvo finalmente del rey de España la abolición del
esclavitud y de la encomienda, medidas que nunca fueron efectivamente
aplicadas en América.
Observamos aquí, subraya Benjamin, una dialéctica histórica en el campo de
la moral: “en nombre del catolicismo, se opone un cura a las atrocidades
(Greuel) que se cometieron en nombre del catolicismo”, de la misma forma
que otro cura, Sahagún, salvó en su obra la herencia indígena destruida bajo el
protectorado del catolicismo (Benjamin [1980]:180-1)
Aun si se trata sólo de una pequeña reseña, el texto de Benjamin es una
interesante aplicación de su método –interpretar la historia desde el punto de
vista de los vencidos, utilizando el materialismo histórico– al pasado de
América Latina. Es sorprendente también su observación sobre la dialéctica
cultural del catolicismo, casi como una intuición de la futura teología de la
liberación.
Un ejemplo latinoamericano reciente permite ilustrar la significación de la
exigencia metodológica de “cepillar la historia a contrapelo”: las
celebraciones del V Centenario de la Descubierta de las Américas (1492-
1592). Las festividades culturales organizadas por los Estados, las Iglesias o
por iniciativas privadas son manifestaciones típicas de lo que Benjamin
llamaba la empatía con los vencedores del siglo XVI, una Einfühlung que
beneficia invariablemente a los privilegiados de hoy: las élites financieras y
políticas, locales y multinacionales, que heredaron el poder de los antiguos
conquistadores.
Escribir la historia a “contrasentido” –otra expresión que utiliza Benjamin– es
rechazar toda identificación afectiva con los héroes oficiales del V
Centenario: los colonizadores ibéricos, las potencias europeas que trajeron la
religión, la cultura y la civilización a los indígenas “salvajes”. Esto significa
también considerar cada monumento de la cultura colonial –por ejemplo, las
catedrales de México o de Lima, el palacio de Cortés en Cuernavaca– como
también documentos de barbarie, un producto de la guerra, de la intolerancia,
del exterminio, de una opresión insoportable.
Durante siglos, la historia “oficial” del descubrimiento, de la conquista y de la
evangelización fue no sólo hegemónica, sino prácticamente la única a ocupar
la escena política y cultural. Aun entre los primeros socialistas
latinoamericanos, como el argentino Juan B. Justo, encontramos a principios
del siglo XX una celebración acrítica de las guerras de conquista de los
“civilizados” contra los pueblos indígenas “salvajes”: “con un esfuerzo militar
que no compromete la vida ni el desarrollo de la masa del pueblo superior,
esas guerras franquean a la civilización territorios inmensos. ¿Puede
reprocharse a los europeos su penetración en África porque se acompaña de
crueldades? ¿Vamos a reprocharnos el haber quitado a los caciques indios el
dominio de la Pampa?” Concluye con la siguiente perspectiva grandiosa para
el futuro: “Suprimidos o sometidos los pueblos salvajes y bárbaros,
incorporados todos los hombres a lo que hoy llamamos civilización, el mundo
se habrá acercado más a la unidad y a la paz, lo que se traduce en mayor
uniformidad del progreso” (Justo 1909 (1969):136)
Sólo con la Revolución Mexicana del 1910 esta hegemonía empieza a ser
contestada. Los frescos de Diego Rivera en el Palacio de Cortés (1930) en
Cuernavaca son el signo de un verdadero vuelco en la historia de la cultura
latinoamericana, por su desmitificación iconoclasta del Conquistador y por la
simpatía del artista con los guerreros indígenas. Se puede encontrar, en la
misma época, el equivalente historiográfico de esta obra de arte en los escritos
económicos del marxista peruano José Carlos Mariátegui, un autor que, por su
marxismo romántico, su pasión por el surrealismo y por la obra de Georges
Sorel, tiene mucho en común con Walter Benjamin.1 En su conocido trabajo
Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana (1928). Mariátegui se
refiere a la sociedad indígena precolombina como “comunismo inca”, una
organización colectivista de la producción que aseguraba un cierto bienestar
material. Ahora bien, “los conquistadores españoles destruyeron, sin poder
naturalmente reemplazarla, esta formidable máquina de producción”. En otras
palabras, “La destrucción de esta economía –y por ende de la cultura que se
nutría de su savia– es una de las responsabilidades menos discutibles del
colonialismo (...) El régimen colonial desorganizó y aniquiló la economía
agraria incaica, sin reemplazarla por una economía de mayores rendimientos”.
Lejos de traer a América la civilización y el progreso, “España nos trajo el
medioevo, inquisición, feudalidad, etcétera. Nos trajo luego la
Contrarreforma: espíritu reaccionario, método jesuítico, casuismo
escolástico”. Para Mariátegui, el socialismo del futuro en América Latina
tendrá que ser un socialismo indoamericano, inspirado en las raíces indígenas
del continente, aun presentes en las comunidades campesinas y en la memoria
popular (1928 (1976): 13, 53-55).
Medio siglo mas tarde, Las venas abiertas de América Latina (1971), el
célebre libro de uno de los más grandes ensayistas vivos del continente, el
uruguayo Eduardo Galeano, traza, en una poderosa síntesis, el acta de
acusación de la colonización ibérica y de la explotación imperial, del punto de
vista de sus víctimas: los indígenas, los esclavos negros, los mestizos. Su
análisis apunta hacia la continuidad de la dominación en América Latina, el
interminable cortejo de los vencedores, en el cual
(...) los conquistadores con sus carabelas preceden a los tecnócratas con sus
jets, Hernán Cortés a los marines norteamericanos, los corregidores del reino a
las misiones del Fondo Monetario Internacional, los dividendos de los
traficantes de esclavos a las ganancias de la General Motors (Galeano 1971
(1981):17
En el curso del debate sobre el V Centenario, Galeano intervino, en términos
casi benjaminianos –no sé si el había leído las Tesis del 1940– para llamar a la
“celebración de los vencidos y no de los vencedores” y a la salvaguardia de
algunas de nuestras más antiguas tradiciones, como el modo de vida
comunitario, porque es “en nuestras más antiguas fuentes” donde América
puede sacar sus fuerzas vivas, las más jóvenes: “El pasado nos habla de cosas
que interesan al futuro” (Galeano 1989).
El debate sobre el V Centenario atravesó también la Iglesia latinoamericana.
Los dirigentes conservadores de la Conferencia de los Obispos
Latinoamericanos, en un mensaje de julio del 1994 firmado por su presidente,
Antonio Quarracino, y su secretario, Darío Castrillón, tomaron una posición
clara en favor de una incondicional celebración de la Conquista:
La empresa del descubrimiento, conquista y colonización de América... fue la
obra de un mundo en que la palabra del cristianismo todavía tenia un
contenido real... La presencia y la acción de la Iglesia en estas tierras, a lo
largo de estos quinientos años, es un ejemplo admirable de abnegación y
perseverancia, que no necesita argumentos apologéticos para juzgarla
convenientemente.2
Al revés, los sectores críticos de la Iglesia, cercanos a la teología de la
liberación, como monseñor Leonidas Proaño, el “obispo de los indios” de
Ecuador, se identifican con los indígenas del continente que no aceptan que el
centenario sea “objeto de festividades pomposas y triunfalistas, como
pretenden los gobiernos y las iglesias de España, Europa y Latinoamérica”.3
Éste será también el punto de vista defendido por los principales teólogos de
la liberación, como Enrique Dussel, José Oscar Beozzo o Ignacio Ellacuria
(asesinado por el ejército de El Salvador en noviembre de 1989). Gustavo
Gutiérrez contribuirá a la discusión con un libro en honor de Bartolomé de las
Casas, Dios o el oro en las Indias, (Siglo XVI) (Perú: Instituto Bartolomé de
las Casas, 1989) y un ensayo sobre el cinquecentenario, que toma posición
claramente contra las celebraciones oficiales:
Hay que tener le coraje de leer los hechos a partir del reverso de la historia. Es
ahí donde se juega nuestro sentido de la verdad (...) La historia escrita desde el
punto de vista del dominador nos ocultó por mucho tiempo aspectos
importantes de la realidad. Tenemos necesidad de conocer la otra historia, que
no es sino la historia del otro, el otro de esta América Latina que tiene aun “la
venas abiertas” –para utilizar la célebre expresión de Eduardo Galeano–
precisamente porque no se le reconoció en la plenitud de su dignidad humana
(Gutiérrez 1989: 59-61).
También participó en el debate la Comisión para el Estudio de la Historia de
la Iglesia en América Latina (CEHILA), cuyos principales líderes –como
Enrique Dussel– se identifican con el cristianismo de la liberación. En una
declaración del 12 de octubre del 1989, CEHILA se separó enteramente del
cristianismo de los conquistadores: “Los invasores, para legitimar su
arrogante pretensión de superioridad en el mundo, utilizaron al Dios cristiano,
transformándolo en un símbolo de poder y opresión... Esta fue, nosotros
pensamos, la idolatría del Occidente”.
En vez de celebrar el llamado descubrimiento, CEHILA propuso conmemorar
las rebeliones contra la colonización y la esclavitud, de Tupac Amaru a
Zumbi, así como la memoria de aquellos cristianos que “escucharon los gritos
de dolor y de protesta, de Bartolomé de las Casas a Oscar Romero” (CEHILA
1990: 52-54).4
Considerando las críticas, los organizadores oficiales de las celebraciones han
propuesto sustituir los términos de “descubrimiento” y “conquista” por una
expresión más neutral y consensual: “El Encuentro de dos Mundos”. Esta
reformulación terminológica no convenció a los contestatarios. Es el caso, por
ejemplo, de los movimientos que se reunieron –por iniciativa del MST
(Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra) brasileño– en Bogota en
mayo de 1989, en el Encuentro Latinoamericano de Organizaciones
Campesinas Indígenas, con la participación de treinta organizaciones
originarias de 17 países del continente.
En sus conclusiones finales, los delegados a este encuentro afirman:
Los poderosos de hoy nos hablan del Encuentro de dos Mundos y, bajo este
vuelo, quieren hacernos celebrar la usurpación y el genocidio. No, nosotros no
iremos a celebrarlos, sino a estimular las luchas para terminar con los 500
años de opresión y discriminación y hacer lugar a una sociedad nueva,
democrática, y respetuosa de la diversidad cultural, basada en los intereses y
las aspiraciones del pueblo (...) Llamamos a todos los explotados y oprimidos
de las Américas a participar de la Campaña de los 500 años de Resistencia
Indígena y Popular, para iniciar juntos un proceso de reflexión seria y
profunda sobre la significación de los 500 años, a recuperar nuestra identidad
y nuestro pasado histórico, porque la memoria de los pueblos es una fuente de
inspiración permanente para las luchas de emancipación y de liberación.5
La cuestión del centenario provocó no sólo discusiones y polémicas, sino
también actos de protesta en varios países de América Latina, en los países de
habla hispánica en 1992 y en Brasil en 2000. En México, los zapatistas del
EZLN tenían al principio el proyecto de hacer coincidir su levantamiento con
el cinquecentenario de 1492, pero por razones de impreparacion militar,
pospusieron su acción para enero de 1994. Lo que sí hicieron fue un acto de
reparación simbólica: el derrumbe, en 1992, por una multitud de indígenas
que bajaron de las montañas de Chiapas, de la estatua del conquistador Diego
de Mazariago, en el centro histórico de San Cristóbal de Las Casas.6
Política, cultura e historia están íntimamente ligadas en los enfrentamientos
alrededor del V Centenario, pero eso no hubiera sorprendido a Walter
Benjamin...
Notas:
[1] Véase, sobre el marxismo de Mariátegui y su relación con Sorel, el
interesante ensayo de Adolfo Sánchez Vázquez “El marxismo
latinoamericano de Mariátegui” ((1999: 147-166).
[2] Confr.: La Documentation catholique, No. 1884, noviembre de 1984, pp.
1076-1078.
[3] Confr. Culture et foi, No. 130-131, Francia, verano de 1989, pp. 17-18.
[4] Para una discusión más detallada sobre las posiciones en el seno de la
Iglesia alrededor del cinquecentenario, véase mi libro La Guerra de los
Dioses. Religión y Política en América Latina, México: Siglo XXI, 2000.
[5] Confr.:“500 años de Resistencia Indígena y Popular”, en ALAI, No. 121,
1989.
[6] Sobre la significación del movimiento zapatista, desde una interpretación
inspirada por Walter Benjamin, véase el ensayo de Antonio García de León:
“El pasado-presente: a propósito del tiempo y el lenguaje en Walter
Benjamin” (1997: 69-90).
Referencias bibliográficas
BENJAMIN, Walter
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III
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1971 Les veines ouvertes de l’Amérique Latine, Paris:Plon, 1981
1989 “El tigre azul y nuestra tierra prometida”, en Nosotros decimos no,
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1997 “El pasado-presente: a propósito del tiempo y el lenguaje en Walter
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1989 Dios o el oro en las Indias, (Siglo XVI),Perú: Instituto Bartolomé de
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1909 Teoría y práctica de la historia, Buenos Aires: Libera, 1969
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1873 Vom Nutzen und Nachteil der Historie für das Leben,
Stuttgart:Reclam, 1982
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1999 “El marxismo latinoamericano de Mariátegui”, en De Marx al
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