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Apuntes para Una Fe Clara Catolic

Este documento presenta varios puntos sobre la fe para fortalecerla. En primer lugar, define la verdadera fe como confiar plenamente en Dios y dejarse guiar por Él como un niño. Luego describe cómo la fe crece a través de la oración, los sacramentos y las pruebas que Dios permite. Finalmente, explica que la fe madura no solo pide cosas a Dios, sino que se alinea con su voluntad.
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Apuntes para Una Fe Clara Catolic

Este documento presenta varios puntos sobre la fe para fortalecerla. En primer lugar, define la verdadera fe como confiar plenamente en Dios y dejarse guiar por Él como un niño. Luego describe cómo la fe crece a través de la oración, los sacramentos y las pruebas que Dios permite. Finalmente, explica que la fe madura no solo pide cosas a Dios, sino que se alinea con su voluntad.
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1

“Pro manuscripto privato”

P. Pablo Martín Sanguiao


26 de Noviembre de 2017, Fiesta de Cristo Rey,
al cumplirse el Centenario de las apariciones de Fátima
y del “milagro del Sol”, signo del Reino de la Divina Voluntad
y del triunfo del Corazón Inmaculado de María

2
“Hija, la fe hace conocer a Dios, pero la confianza lo hace
encontrar, de modo que la fe sin la confianza es fe estéril.
Y a pesar de que la fe posee inmensas riquezas para que se
pueda enriquecer el alma, si falta la confianza se queda
siempre pobre y desprovista de todo”.
(N. Señor a la “pequeña Hija de la Divina Voluntad”,
la Sierva de Dios Luisa Piccarreta, el 29-07-1904)

“Dejad que los niños vengan a Mí, no se lo impidais,


porque a quien es como ellos pertenece el reino de Dios.
En verdad os digo: el que no acoge el reino de Dios como
un niño, no entrará en él” (Lucas 18,16-17)

“Y yo, hermanos, hasta ahora no he podido hablaros


como a hombres espirituales, sino como a seres carnales,
como a recien nacidos en Cristo. Os he dado de beber
leche, no un alimento sólido, porque no erais capaces de
tomarlo. Y ni ahora lo sois; porque todavía sois carnales:
puesto que entre vosotros hay envidias y discordia, ¿no
sois acaso carnales y no os comportais de una manera
a
del todo humana?” (1 Cor 3,1-3).

“La Santidad de mi Querer quiere ser conocida... Pero si


no se conoce, ¿cómo podrán amar y querer un modo de
vivir tan santo?” (El Señor a Luisa, el 16-7-1922)

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(Segunda parte)

 “Aumenta nuestra Fe”


 Lo que no es la Fe…
 Por el contrario, la Fe es verdadera Fe…
 La Fe, según el testimonio de Luisa Piccarreta
 “La renuncia a la verdad es letal para la fe” (Benedicto XVI)
 ¿Cuántas vías hay de salvación? ([Link]
 Una sola Iglesia. ¿Quién ha fundado la tuya?
 Verdadero y falso Ecumenismo
 Fuera de la Iglesia no hay salvación
 Jesús no es opcional (de un artículo de Doménico Savino)
 Profecías de la Beata Anne Katherine Emmerich
 30 ideas peligrosas de la extraña y extravagante iglesia
 El «CREDO del Pueblo de Dios» (Pablo VI)
 La Fe tiene necesidad del conocimiento
 Conceptos básicos: el tiempo y la eternidad
 El Acto eterno de Dios: la Stma. Trinidad y la Encarnación
 “El Verbo se encarnó”
 Entremos en el Proyecto eterno de Dios
 Esto es una manzana
 El orden de los decretos del Acto eterno del Querer Divino

4
(Segunda parte)

 “Aumenta nuestra Fe” (Lc 17,5)


Así dijeron los Apóstoles al Señor. ¿Quién de nosotros es capaz de responder
afirmativamente a la pregunta del Señor: “el Hijo del hombre, cuando venga,
encontrará fe sobre la tierra?” (Lc 18,8). Que San Pedro pueda decirnos: “Honor
a vosotros que creeis; pero para los incrédulos, la piedra que los constructores
han descartado ha llegado a ser la piedra fundamental, piedra de tropiezo y de
escándalo. Ellos tropiezan porque no creen a la Palabra” (1a Pt 2,7-8). Queridos,
“ha llegado el momento en que empieza el Juicio a partir de la casa de Dios” (1a Pt
4,17).
Llega la hora de la prueba, de la tentación para todos: “Sed moderados, vigilad,
porque vuestro enemigo, el diablo, como león rugiente va buscando a quien
devorar; resistidle firmes en la Fe” (1a Pt 5,8-9).
Todos sentimos la necesidad de ser fortificados en la Fe, por eso quisiera
compartir con vosotros algunos pensamientos sobre la Fe.
Seguramente las palabras“fe” y “creer” son algunas de las más numerosas en la
Sagrada Escritura. Como curiosidad, en el Nuevo Testamento figuran respec-
tivamente 242 y 243 veces.
Por así decir, la verdadera Fe es como dejarse llevar de la mano de Dios, como
hace un niño, y que El nos conduzca. Por eso es estar seguros de El, seguros de su
Bondad, de su Omnipotencia, de su Sabiduría, de su Amor. Eso es darle el honor
debido, es adorarlo, es glorificarlo. Eso es ser y querer ser plenamente suyos y
saberlo y sentirlo totalmente nuestro. Eso es COMUNIÓN con El… y de esa forma
es acceder a su infinita Sabiduría, es tomar parte en su Omnipotencia, es
experimentar su Amor.
Es como dice San Pedro: “Sin haberlo visto lo amais y sin verlo creeis en El y por
eso exultais de alegría indecible y gloriosa” (1a Pt 1,8). Por eso ésta es la primera
cosa, indispensable para poder ser agradar a Dios y podernos acercar a El (Heb
11,6). Es la primera y la última bienaventuranza del Evangelio, que contiene en sí a
todas las otras, las cuales se explican solamente con la Fe: “Dichosa la que ha
creído…”, dijo Isabel a María (Lc 1,14); “Dichosos aquellos que sin haber visto
creerán”, dijo Jesús al Apostol Tomás (Jn 20,29).
¿Por qué decimos “la verdadera” Fe? Porque no hay nadie que no crea en algo,
y cuando no se cree en Dios se cree en tonterías. La luz es un don de Dios, así
como los ojos nos los da El, pero abrir o cerrar los ojos depende de nosotros:
es decir, la Fe es un don de gracia, iniciativa de su Amor, pero acogerla depende
de la buena voluntad del hombre. Por eso, “con el corazón se cree para obtener la
justicia (para que Dios nos haga justos) y con la boca se profesa la fe para alcanzar
la salvación” (Rom 10,10).
La Fe nos inicia en el verdadero conocimiento de Dios y lo hace crecer en
nosotros, haciendose cada vez más experiencia viva. Por eso, además de ser
declarada con palabras (el Credo) ha de traducirse en obras (en vida), obras de fe.
Es como quien, entrando en un cuarto, enciende la luz apretando un botón: es una
acción habitual, tan sencilla, que hacemos de forma natural, sin dudar ni crearnos

5
problemas. Así la verdadera Fe ha de ser natural para nosotros, y entonces
desaparece toda duda, todo temor, toda imposibilidad, todo límite… Estas palabras,
que no existen en el vocabulario de Dios, no deben existir tampoco en el de sus
hijos.
Por eso, sólo la verdadera Fe viva, disipando toda duda, nos da la seguridad;
quitando todo temor nos da la verdadera paz; superando toda imposibilidad nos
hace obtener todo: “Todo lo que pidais con fe en la oración, lo obtendreis” (Mt
21,22). Pero hay que decir que, cuando la fe crece y se vuelve menos infantil y más
madura, no pide cualquier cosa, sino que va sintonizando cada vez más con el
Querer de Dios, conforme a la palabra del Señor: “Buscad ante todo el Reino de
Dios y su Justicia (o Santidad) y todo lo demás se os dará por añadidura” (Mt 6,33).
Por eso, si pedir a Dios algo “con fe” de que nos la dará, ya es fe, estar seguros
de que nos dará no tanto lo que queremos, sino lo mejor según su Querer, es una fe
mucho más grande y más bella, ya que hacerse como un niño, dejandose llevar de
la mano de Dios con confianza, creyendo en su Sabiduría y en su misteriosa
Providencia, es verdadera madurez.
En cuanto al sujeto que debe acogerla, la Fe es abrir la puerta de la mente a
Dios (creer) para que en nosotros entre su Luz, y nuestra voluntad es la mano que
solamente desde dentro la abre.
Y en cuanto al objeto poseído, la Fe se nos da desde el Bautismo en gérmen,
como una semilla preciosa que ha de ser cultivada para que crezca hasta su
plenitud y produzca su Fruto bendito. La Fe por tanto es «Dios poseido como
Verdad».
Pero nuestro creer y el don de la Fe crecen a la vez mediante la serie de gracias
“actuales” que Dios nos concede y con nuestra correspondencia a esas gracias, las
cuales llegan por medio de la oración, de lecturas espirituales (en particular, de la
Palabra de Dios), de los distintos Sacramentos que se reciben y también mediante
las diferentes situaciones en que nos hallamos cada día… A veces son –dispuestas
misteriosamente por Dios– situaciones extraordinarias, incluso “extremas”, con el fin
de que progresemos aún más en la Fe.
Pongamos como ejemplo un individuo que, en la Quinta Avenida de Nueva York,
se pasea sobre un cable tendido entre dos rascacielos, a doscientos metros de
altura… La calle se llena de gente; hay periodistas, reporteros de televisión,
bomberos, una ambulancia, la policía… Grandes aplausos, entusiasmo, apuestas.
En un cierto momento el equilibrista baja (suponiendo que no sea detenido antes
por la policía), firma autógrafos, estrecha manos. Hay quien apuesta a que es capaz
de hacerlo otra vez en bicicleta. Al más entusiasta de sus admiradores, el artista le
dice: “¿Crees tú que soy capaz de cruzar allá arriba llevando una carretilla?” El otro
responde: “¡Sí, sin duda, porque eres extra-ordinario!” –“¿Cuánto quieres apostar?”
–“¡Mil dólares!” –“Está bien: ¡súbete en la carretilla!”
Eso lo hizo con Pedro, invitandolo a caminar sobre el mar hacia El; pero Pedro de
pronto se llenó de terror y empezó a hundirse. Jesús lo salvó, pero lo regañó:
“Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado?” (Mt 14,28-31). Eso lo hizo con Pablo,
que dice: “No queremos que ignoreis, hermanos, cómo la tribulación que hemos
pasado en Asia nos ha afectado sin medida, más allá de nuestras fuerzas, hasta
dudar de la vida. Pues hasta hemos recibido una sentencia de muerte para que
aprendamos a no confiar en nosotros mismos, sino en Dios que resucita a los
muertos. De esa muerte sin embargo nos ha librado y nos librará, por la esperanza
que hemos puesto en El, que volverá a librarnos…” (2ᵃ Cor 1,8-10). Eso lo hizo con

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las hermanas de Lázaro cuando mandaron a decirle que su hermano estaba
enfermo, pidiendole que lo sanara; pero premió su fe permi-tiendo que empeorase
hasta morir. También entonces, Marta, a pesar de haber declarado su fe intelectual
(“Sí, Señor, yo creo que Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, que ha de venir al
mundo”), estuvo a punto de vacilar y Jesús inmedia-tamente le dijo: “¿No te he
dicho que si crees verás la gloria de Dios?” (Jn 11).
¿Pero por qué pide el Señor esa fe en El? Como cuando Jesús fue con el jefe de
la sinagoga, Jairo, a su casa para curar a su hijita, que estaba muriendo. Mientras
iban, vinieron de su casa a decirle: “Tu hija ha muerto, no hace falta que molestes al
Maestro”, pero Jesús le dijo: “¡Non temas! ¡Sigue sólo teniendo fe!” (Mc 5,35-36).
Era como decirle: “Si tú ahora dudas, si me niegas el apoyo de tu fe, ¡me impides
que intervenga!” Así, ¡en vez de una sanación obtuvo una resurrección! Parece que
al Señor le guste ese juego, “¿Abandonas o duplicas?” Si El exige la fe simple y
segura es para justificar su intervención divina. La gracia aún más grande, que
quiere dar, requiere por parte de la criatura una fe más grande.
Y bien sabemos que cuando Dios nos da, luego nos pide, y cuando nos pide es
para poder darnos mucho más. De esa forma quiere acostumbrarnos a “competir”
con El, la misma “competición” de amor infinito que hay entre las Tres Divinas
Personas.
Pero para vivir de fe, siendo el tesoro más grande, Dios suele rodear apa-
rentemente nuestra vida de cosas normalísimas y sin importancia (mientras que a
sus ojos la fe las hace extraordinarias e importantísimas); incluso deja al alma
ciertas miserias, defectos involuntarios y a veces hasta algún pecado que,
humillando al alma, en realidad la protejen de sí misma y de los ladrones del amor
propio y la mueven a que haga más por el Señor. Por eso dijo el Señor a San Pablo:
“Te basta mi gracia; mi potencia se manifiesta plenamente en la debilidad” (2ᵃ Cor
12,9).
En esta vida “caminamos en la Fe y todavía no en visión” (2a Cor 5,7). En esta
vida el Señor nos da la luz suficiente per caminar hacia El, si queremos, pero aquí
todo es todavía en claroscuro. Y eso es necesario para poder corresponder a su
Gracia de una forma libre y meritoria, no arrollados por la evidencia. La evidencia
se tiene en el Cielo, donde la criatura posee su libre albedrío, pero no le pasa
absolutamente por la cabeza preferir algo que no sea Dios. Se dice que “la fe es
ciega”, mientras que la verdadera vista es penetrante, agudísima, porque va
sustituyendo nuestra visión humana de las cosas con la visión misma de Dios:
¡la fe va siendo sustituida por la visión!
La fe es apoyar nuestro asentimiento en el testimonio de Jesucristo, en la Palabra
de Dios, que no puede engañarse ni engañarnos, y no en lo que percibimos con
nuestros sentidos o pensamos con nuestra cabeza. Y la fe es esa conexión viva
con Dios, esa verdadera comunión con Dios, que, a partir de la noticia o del
conocimiento, se convierte en la certeza de que es mío (la esperanza cierta) y en
experiencia de amor (la posesión de la caridad).
El hombre por sí solo no es capaz de darse una respuesta a las preguntas
fundamentales acerca de su origen, de su destino, de su verdadera naturaleza, de
su vocación, de su papel y de su misión en el Universo, así como un niño pequeño
no es capaz de saber él solo como se llama, quienes son sus padres, ni nada. Tal
vez es hijo del rey o heredero de una inmensa fortuna, pero él no lo sabe. Necesita
aceptar el testimonio de otro; en definitiva el testimonio de aquel que lo ha traido al
mundo. Tenemos necesidad del testimonio de Dios.

7
¡Ay del que lo desprecia! ¿Qué sería de ese niño, si no creyera en el testimonio
de su padre? ¿Qué será del hombre que desprecia –tantos lo hacen– el testimonio
que Dios nos da?
Estamos hablando de la Fe teologal o sobrenatural, que nos da una comunión de
vida con Dios; pero hay también otra fe, humana, como la que damos a los hombres
y a sus noticias, y muchas veces somos invitados a darla a cosas que posiblemente
tienen que ver con nuestra actitud religiosa y nuestra relación con Dios. Por
ejemplo, la fe que podemos dar a revelaciones privadas, “apariciones” marianas,
etc. Es verdad que no forman parte del Credo, pero sirven –entre otras cosas–
a poner a prueba la calidad de nuestra Fe sobrenatural, ya que “la caridad… se
complace en la verdad; todo lo cubre, todo lo cree, todo lo soporta, todo lo espera”
(1ᵃ Cor 13,6-7). Por eso dice San Pablo: “No apagueis el Espíritu, no desprecieis las
profecías, examinadlo todo y quedaos con lo bueno” (1ᵃ Tes 5,19-21). Nos enseña a
discernir.
Debemos liberar nuestra mente de las falsificaciones de la Fe e intentar definirla
describiendola:

 Lo que no es la Fe…
- por ejemplo, el voluntariado que se hace por motivos extraños a Cristo;
- no es lo que sugiere la “New age”, la superstición, el espiritismo, la magia, el
“cientismo”, etc.;
- no es lo que creen quienes se forman una religión personal a su gusto, la
arrogante presunción de llegar con su propia inteligencia (sin la Gracia) al
conocimiento de la verdad; cada quien se crea un “dios” a su propia imagen y
semejanza; ¡no puede ser opinión!
- no es cualquier doctrina que no tenga como fundamento la Palabra de Dios, su
Testimonio, como lo garantiza y lo conserva la Iglesia;
- no es fideismo: es decir un creer irracional, sin considerar qué es lo que
creemos ni quien nos lo trasmite (la Iglesia), ni qué garantías o credenciales
presenta, que se puedan examinar. Los mártires no son fanáticos.
- no es un poder o una fuerza psicofísica o espiritual del hombre, con la cual se
imagine que puede hacer que Dios haga lo que el hombre quiera, o que pueda
obligarlo a que haga la propia voluntad humana;
- no es regatear con el Señor: “si tanto te doy, tanto Tú me has de dar en
cambio…”;
- no es un esfuerzo físico o mental, como apretar los puños o los dientes y
concentrar la mente para crear un pensamiento;
- no es fruto o conquista del hombre, que pueda lograr con una lucha suya
personal, con su empeño o esfuerzo;
- no es una sugestión o un estado de ánimo, no es autoconvencerse, no es una
presunción;
- no es conocer de memoria, como una cantilena, las palabras de la Escritura o
repetirlas como fórmulas mágicas;
- no es honrar a Dios con los labios o con fórmulas y rituales, mientras que el
corazón está lejos de El;
- no es el apego a formas humanas de religiosidad o a tradiciones, haciendo de
estas cosas (que son medios) fines, sustituyendo en el corazón a Dios con esas
cosas; eso no es servir a Dios, sino servirse de Dios;

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- no es decir “Señor, Señor”, sino hacer la Voluntad de Dios;
- no es decir “templo de Yahvè, templo de Yahvè, templo de Yahvè es este” (y así
creerse a salvo), sino querer cambiar vida y convertirse cada día al Señor;
- no es pertenecer a la Iglesia porque uno la frecuenta o porque recibe los
Sacramentos, mientras que el corazón permanece pagano; es como estar bajo una
“catarata” de Gracia sin quitar “el tapón”, o sea, el querer humano;
- no es figurar por ejemplo en el registro parroquial de los Bautismos o de los
Matrimonios, ni tener un carnet o un distintivo de que se pertenece a un grupo de
oración, a un movimiento o a una asociación; ¿a quién vamos a encantar?
- no es llevar –y aún menos, ostentar– signos externos (por ejemplo, una cruz en
el pecho) o decir determinadas palabras (“Ave María Purísima”, “aleluya”, “Fiat”,
etc.) o hacer ciertos gestos, mientras que la conducta dice lo contrario o da
escándalo;
- no es tomar parte a ceremonias religiosas, a funciones, a procesiones o
peregrinaciones a santuarios, cuando el verdadero motivo o intención no es dar
gloria a Dios, hacer su Voluntad o responder a su Amor;
- no es el pedir al Señor, sin intención de darle cuando El pide; o bien pedir con
presunción o con desconfianza, o sin abandono, dejando que sea El quien
disponga cómo y cuando;
- no es “saber” que Dios existe (“También el demonio cree y tiembla”), sino “vivir”
con Dios (Tres Personas distintas) y en sintonía continua con su Voluntad, con su
Amor…

 Por el contrario, la Fe es verdadera Fe…


- cuando parte de una verdadera, santa, divina, íntima e ininterrumpida relación
con Dios; si nos hace “ver” a Dios;
- cuando es vida que brota de comprender bien esta verdad fundamental con la
que Dios nos interroga en cada momento: “¿Quién soy Yo y quién eres tú? ¿Quién
soy Yo para tí y qué cosa eres tú para Mí? ¿Cuál es mi Amor por tí y dónde está
tu amor por Mí? ¿Qué quiero Yo de tí y qué quieres tú de Mí?”
- cuando se basa en su Palabra, como nos la transmite y nos la garantiza la
Iglesia, condensada y resumida en el “Credo”, pero necesaria y palpitante en toda
la Sagrada Escritura; Palabra que no se puede amar si no se conoce;
- si es la Luz que nos hace ver todo como lo ve Dios, con los ojos de Dios, y es el
Motor que nos mueve a que hagamos lo que Dios quiere;
- si es reproducir y dar vida en nosotros a todas las palabras del Señor y a todas
sus obras y su vida;
- si es amar la Verdad por encima de todo, dispuestos a sacrificarlo todo, incluso
la propia vida, si hace falta, por defenderla.
- si nos hace pensar como piensa Dios, querer lo que quiere Dios, amar como
ama Dios;
- si es creer, no sólo que Dios existe, sino en su Providencia perfecta, en su
Sabiduría infinita y en su Amor incondicionado y absoluto por mí, siempre y en todo
(lo cual es el resumen del Evangelio);
- si se convierte en confianza plena en El, que se traduce en abandono, del cual
nace la verdadera paz y la verdadera seguridad;
- si llega a ser espíritu filial que se manifiesta como continua comunión de
voluntad y de vida con Dios (“todo lo mío es tuyo, y todo lo tuyo es mío”);

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- si en nosotros es vida, experiencia vivida, tanto que podamos decir: “más que
creer, yo sé, tengo la evidencia”;
- si en nosotros llega a ser luz, tanto que eclipse todo lo que no es Dios, y en
primer lugar nuestro propio yo con todo lo que a nosotros se refiere, de forma que
nos perdamos de vista y veamos todo en la Luz que es Dios;
- si es experimentar que Dios forma parte esencial de nuestra vida y que sin El no
sabemos vivir;
- si es certeza pacífica y segura de que “Aquel que ha empezado en nosotros
esta obra buena la llevará a cumplimiento”, según ha dicho San Pablo en
Filipenses, 1,6, porque “Dios es Fiel” (1a Cor 10,13), es decir, digno de ser objeto de
fe total por parte nuestra;
- si es come el fuego que convierte en fuego todo lo que toca: así la Fe
transforma a semejanza de Dios.
- En una palabra, como actitud del sujeto que cree, que tiene la verdadera Fe,
es la apertura plena de la mente y del corazón a todo lo que nos ha sido dicho de
parte de Dios (cfr Lc 1,45; Rom 10,10).
- Y como objeto creído o contenido de la Fe, es «POSEER A DIOS COMO
LA VERDAD».

 La Fe, según el testimonio de Luisa Piccarreta


y de Nuestro Señor en sus escritos
«Jesús me hablaba de la fe y me dejaba, y yo sentía infundirme en el alma una
vida de fe. Mi alma, tosca como me la sentía antes, ahora, después de haber
hablado Jesús, me la sentía ligerísima, capaz de penetrar en Dios; y admiraba ya
sea sua potencia, ya sea su santidad, o bien su bondad y demás, y mi alma
quedaba estupefacta. En un mar de asombro decía: “Omnipotente Dios, ¿qué
potencia ante Tí no desaparece? Santidad inmensa de Dios, ¿qué otra santidad, por
más sublime que sea, se atreverá a presentarse ante Tí?”
Después me sentía descender en mí misma y veía mi nada, la nulidad de las
cosas terrenas, como todo es nada ante Dios; yo me veía como un gusanito, todo
lleno de polvo, que trepaba para dar algún paso y que para destruirme era suficiente
que alguien me pusiera el pie encima, y quedaría desecha. Por tanto, al verme tan
fea, casi no me atrevía a ir a Dios, pero se presentaba ante mi mente su Bondad y
sentía que me atraía como un imán para ir a El, y me decía yo misma: “Si es Santo,
es también Misericordioso; si es Potente, es también plena y suma Bondad”.1 Me
parecía que la Bondad lo rodeaba por fuera y lo inundaba por dentro; cuando
miraba la bondad de Dios me parecía que superase todos los demás atributos, pero
luego, mirando a los otros, los veía a todos iguales en sí mismos, inmensos,
inconmensurables e incomprensibles a la naturaleza humana» (Volumen 1°).
«…En un instante el Señor me ha atraido tanto a El, que me he sentido afuera de
mí misma en la bóveda de los cielos, junto con Jesús, y me ha dicho estas precisas
palabras: “La Fe es Dios”. Esas dos palabras tenían una luz inmensa, imposible de

1
- A menudo la Sierva de Dios vuelve a estos dos sentimientos del alma ante Dios, tan
lejano y tan cercano: el santo temor (reverencia) y la confianza del amor, el sentido de la
infinita Majestad de Dios (porque es Señor) y la confianza filial (porque es Padre), su
Justicia o Perfección y su Misericordia. Ambos sentimientos caracterizan el espíritu de
siervo y el espíritu filial de hijo. Notemos de dónde parte Luisa y adonde la conduce Jesús.

10
explicar; pero lo diré como pueda. En la palabra “fe” comprendía que la fe es Dios
mismo. Así como al cuerpo el alimento material le da vida para que no muera, así la
fe da la vida al alma; sin la fe el alma está muerta. La fe vivifica, la fe santifica, la fe
espiritualiza al hombre y le hace dirigir la mirada a un Ser Supremo, de modo que
nada aprende de las cosas de acá abajo, y si las aprende, las aprende en Dios.
¡Oh, la felicidad de un alma que vive de fe! Su vuelo es siempre hacía el Cielo; en
todo lo que le sucede se contempla siempre en Dios y, como en la tribulación la fe
la eleva a Dios y no se aflige y ni siquiera se lamenta, sabiendo que no debe tener
aquí su contento sino en el Cielo, así, si la alegría, la riqueza, los placeres la
rodean, la fe la eleva a Dios y dice para sí: “¡Oh, cuánto más contenta, más rica
seré en el Cielo!” Por tanto, las cosas terrenas le dan fastidio, las desprecia y se
las pone bajo los pies.
A mí me parece que a un alma que vive de fe, le pasa como a una persona que
posee millones y millones, incluso reinos enteros, en el caso de que otra quisiera
ofrecerle en cambio un céntimo: ¿qué diría? ¿No lo tomaría a mal, no se lo tiraría a
la cara? Añado: ¿y si ese céntimo estuviera todo cubierto de lodo, como son las
cosas terrenas? ¿Y si encima ese céntimo se lo diera sólo prestado? Esa persona
diría: “Poseo y disfruto de inmensas riquezas, ¿y tú te atreves a ofrecerme ese vil
céntimo, tan sucio y sólo per poco tiempo?” Yo creo que retiraría inmediatamente la
mirada y no aceptaría el regalo. Así hace el alma que vive de fe, respecto a las
cosas terrenas.
Volvamos de nuevo a la idea del alimento. El cuerpo, tomando el alimento, no
sólo se sostiene, sino que participa de la sustancia del alimento, que luego se
transforma en el mismo cuerpo. Así hace el alma que vive de fe; como la fe es el
mismo Dios, el alma llega a vivir del mismo Dios y, alimentandose de Dios, participa
de la sustancia de Dios, y participando se va asemejando a El y transformandose en
el mismo Dios. Por tanto al alma que vive de fe le sucede que: santo es Dios, santa
es el alma; potente es Dios, potente el alma; sabio, fuerte, justo es Dios, y sabia,
fuerte, justa es el alma, y así todos los demás atributos de Dios. En una palabra, el
alma llega a ser un pequeño Dios. ¡Oh, la dicha de esa alma en la tierra, para luego
ser aún más dichosa en el Cielo!
Comprendí además que las palabras que el Señor dice a las almas que ama
significan no otra cosa, sino: “te desposaré en la Fe”, que el Señor en ese místico
desposorio dota las almas de sus mismas virtudes. Me parece que es como dos
esposos, que unen lo que ambos poseen: no se conoce ya lo que es del uno y lo
que es del otro y los dos son dueños. Sólo que en nuestro caso, el alma es pobre,
todos los bienes son por parte del Señor, que la hace partícipe de todo lo suyo. Vida
del anima es Dios; la fe es Dios, y el alma, poseyendo la fe, llega a injertar en sí
todas las otras virtudes, de modo que la fe está como rey en el corazón y las otras
estan alrededor, como súbditos que sirven a la fe, de modo que las mismas
virtudes, sin la fe, son virtudes que no tienen vida.
A mí me parece que Dios comunica de dos maneras la fe al hombre: la primera
es en el santo Bautismo; la segunda es cuando Dios bendito, enviando una
partícula de lo que El es al alma, le comunica la capacidad de hacer milagros, como
poder resucitar a los muertos, sanar a los enfermos, detener el sol y demás. ¡Oh, si
el mundo tuviera fe, se volvería un paraíso terrestre!
¡Oh, qué alto y sublime es el vuelo del alma que se ejercita en la Fe! A mí me
parece que el alma, ejercitando la Fe, hace como esos tímidos pajaritos que,
temiendo ser atrapados por los cazadores, o alguna otra insidia, ponen sus nidos

11
en las copas de los árboles o en las alturas. Y cuando se ven obligados a comer,
bajan, toman el alimento e inmediatamente vuelan a su morada; y alguno más
atento toma su alimento y ni siquiera se lo come en el suelo; para estar más seguro
se lo lleva a la cima de los árboles y allí se lo come. Así el alma que vive de fe, es
tan tímida de las cosas de la tierra, que por temor a cualquier peligro, ni siquiera les
dedica una mirada; su morada está en lo alto, es decir, sobre todas las cosas de la
tierra y especialmente en las llagas de Jesucristo, y desde dentro de esas santas
moradas gime, llora, pide y sufre con Jesús, su Esposo, por la situación y la miseria
en que yace el género humano. Mientras que ella vive en esos agujeros de las
llagas de Jesús, el Señor le da una partícula de sus virtudes y el alma siente en sí
esas virtudes como si fueran suyas, pero nota que, aunque las ve suyas, le es dado
poseerlas porque le han sido comunicadas por el Señor. Sucede como a una
persona que ha recibido un regalo que ella no tenía; pues bien, ¿qué hace? Lo toma
y se lo apropia, pero cada vez que lo mira piensa: “Esto es mío, pero me lo dio esa
persona”. Así hace el alma que el Señor, enviandole una partícula de su Ser Divino,
la convierte en Sí mismo. Ahora bien, esa alma, como aborrece el pecado, al mismo
tiempo compadece a los demás, pide por quien ve que va por el camino de la
perdición, se une a Jesucristo, se ofrece como víctima, a sufrir para aplacar la divina
Justicia y evitar a las criaturas los castigos merecidos y, si hiciera falta el sacrificio
de su vida, oh, con cuánto deseo la daría por la salvación de una sola alma».
(Volumen 2°, 28-2-1899)
«Jesús, lleno de bondad, se ha dirigido al Confesor y le ha dicho: “Quiero que la
fe te inunde por todas partes, como esas barcas que están rodeadas por las
aguas del mar, y ya que la fe soy Yo mismo, estando inundado por Mí, que
todo poseo, y puedo y doy libremente a quien en Mí confía, sin que tú pienses
en lo que vendrá y a cuando y como lo harás, Yo mismo, según tus
necesidades, me prestaré a socorrerte”.
Después ha añadido: “Si te ejercitas en esta fe, como si nadaras en ella, te
compensaré infundiendo en tu corazón tres gozos espirituales: el primero es
que comprenderás las cosas de Dios con claridad y al hacer las cosas santas
te sentirás inundado por una alegría, por un gozo tal, que te sentirás como
empapado, y eso es la unción de mi gracia. El segundo es un fastidio de las
cosas terrenas, y sentirás en tu corazón una alegría de las cosas del Cielo. El
tercero es un desapego total de todo y, de lo que antes te sentías atraido,
sentirás un fastidio, como ya desde hace algún tiempo estoy infundiendo en
tu corazón y tú ya lo estás sintiendo; y por eso tu corazón estará inundado de
la alegría que gozan las almas despojadas, que tienen el corazón tan inundado
de mi amor, que no reciben ninguna impresión de las cosas que las rodean
externamente”» (Vol. 2°, 25-6-1899)
“Hija mía, toda la estabilidad de la fe católica está en la estabilidad de la
caridad, que une los corazones y los hace vivir en Mí”. (Vol. 4°, 27-1-1901)
“Hija mía, cuando un alma hace en todo la voluntad de otro se dice que
tiene confianza en él, por eso vive del querer del otro y no del suyo. Así,
cuando el alma hace en todo mi Voluntad, Yo digo que tiene fe, de modo que
el Divino Querer y la fe son ramas brotadas de un mismo tronco, y siendo la fe
sencilla, la fe y el Divino Querer producen el tercer ramo, la sencillez, y así el
alma llega a adquirir de nuevo en todo las características de la paloma. ¿No
quieres ser tú por tanto mi paloma?” (Vol. 4°, 22-11-1901)

12
“Hija mía, quien se nutre de fe adquiere vida divina, y adquiriendo vida
divina destruye la humana, es decir, destruye en sí los gérmenes que produjo
el pecado original, adquiriendo de nuevo la naturaleza perfecta, como salió de
mis manos, semejante a Mí, y así llega a superar en nobleza la misma
naturaleza angélica”.2 (Vol. 4°, 2-3-1902)
“Hija mía, el origen de todas las cosas es la fe. El que es fuerte en la fe es
fuerte en el padecer. La fe hace encontrar a Dios en todas partes, lo descubre
en cada acción, hace tocarlo en cada movimento, y cada nueva ocasión que
se presenta es una nueva revelación divina que la criatura recibe. Por eso, sé
fuerte en la fe, que si eres fuerte en ella, en todos los estados y situaciones la
fe te dará la fortaleza y te hará que estés siempre unida a Dios”. (Vol. 6°, 20-3-
1904)
“Hija, la fe hace conocer a Dios, pero la confianza hace encontrarlo, así que
la fe sin la confianza es fe estéril. Y a pesar de que la fe posee inmensas
riquezas para que el alma se pueda enriquecer, si falta la confianza se queda
siempre pobre y carente de todo”. (Vol. 6°, 29-7-1904)
Mientras estaba rezando según mi costumbre (normalmente lo hago como si lo
estuviera haciendo con Nuestro Señor y con sus mismas intenciones), estaba
diciendo el Credo y, sin darme cuenta, estaba diciendo que deseaba tener la fe de
Jesucristo, para reparar tantas faltas de fe y para pedir que todos tuvieran el don de
la fede. Al decir eso se ha movido en mi interior y me ha dicho: “Tú te equivocas,
Yo no tenía fe ni esperanza, ni podía tenerlas, porque Yo soy el mismo Dios;
Yo soy sólo amor”.
Al oir amor, hubiera deseado tanto poder ser sólo amor, que, sin fijarme, he dicho
otra tontería, es decir: “Señor mío, quisiera ser yo también como Tú, toda amor y
nada más”.
Y El ha añadido: “Esa es mi intención; por eso a menudo te hablo de la
perfecta resignación, porque el alma, viviendo de mi Querer, adquiere el amor
más heroico y llega a amarme con mi mismo amor; llega a ser toda ella amor
y, siendo toda amor, está en continuo contacto conmigo, de modo que está
conmigo, en Mí y hace por Mí todo lo que quiero, y no se mueve ni desea más
que mi Querer, en el que está contenido todo el amor del Eterno y en el que
ella queda contenida. Y vivendo de esa forma, el alma llega casi a perder la fe
y la esperanza, porque llegando a vivir del Querer Divino, el alma ya no se
siente más en contacto con la fe y la esperanza. Si vive de su Querer, ¿qué ha
de creer si lo ha encontrado y lo ha hecho su alimento? ¿Y qué ha de esperar
si ya lo posee, viviendo no afuera de Dios sino en Dios? Por eso la verdadera
y perfecta resignación es garantía de segura predestinación y de la posesión
cierta que el alma toma de Dios. ¿Has comprendido? Piensalo bien”.
Me he quedado come encantada y decía para mí: “¿Se puede llegar a eso, nada
menos?” (Vol. 7°, 6-11-1906)
“…Ah, hija mía, para tomar plena posesión de mi Voluntad debes reunir en
tí todos los estados de ánimo de todas las criaturas y al pasar por un estado
de ánimo, así adquieres su dominio. Eso hizo mi Madre y mi misma

2
- Lo contrario de “vida humana” no es “la Vida Divina”, sino los desórdenes que la culpa
produjo en la naturaleza humana.

13
Humanidad. ¡Cuántas penas, cuántos estados de ánimo estaban reunidos en
Nosotros! Mi Madre querida varias veces permanecía en estado de pura fe, y
mi gimiente Humanidad quedaba como aplastada bajo el peso enorme de
todos los pecados y las penas de todas las criaturas; pero mientras sufría
quedaba con el dominio de todos los bienes opuestos a esos pecados y
penas de las criaturas, y mi Madre querida quedaba como Reina de la fe, de la
esperanza y del amor, dominadora de la luz, para poder dar fe, esperanza,
amor y luz a todos. Para dar es necesario poseer y para poseer es necesario
reunir en sí esas penas, y con la resignación y con el amor cambiar las penas
en bienes, las tinieblas en luz, las frialdades en fuego” (Vol. 15°, 23-5-1923)
“…No es verdad que la Reina Soberana nunca se quedó privada de Mí;
separada jamás, pero privada sí, y eso no impedía la alteza de su santidad,
sino que la aumentaba. Cuántas veces la dejé en estado de pura fe, porque
debiendo ser la Reina de los dolores y la Madre de todos los vivientes, no
podía faltarle el rasgo más bello, la gema más fúlgida, que le daba la
característica de Reina de los mártires y Madre Soberana de todos los
dolores. Esa pena de ser dejada en la pura fe la preparó a recibir el depósito
de mis enseñanzas, el tesoro de los sacramentos y todos los bienes de mi
Redención, porque mi privación, siendo la pena más grande, pone al alma en
condiciones de merecer ser la depositaria de los dones más grandes de su
Creador, de sus conocimientos más altos y de sus secretos (…) La Reina
Soberana como Madre debía poseer todos los estados de ánimo, por lo tanto
también el de pura fe, para poder dar a sus hijos esa fe inamovible que hace
dar la sangre y la vida por defender y atestiguar la fe. Si no hubiera tenido ese
don de la fe, ¿cómo podía darlo a sus hijos?” (Vol. 19°, 22-8-1926)
La Fe es el camino seguro para unirnos a Dios, a su Voluntad, y apoyados en su
Palabra acoger su Don para hacerlo nuestra vida. Eso es tan grande y precioso,
que cualquier experiencia extraordinaria sensible o prodigiosa, para confirmar que
se tiene y qué es lo que dice ser, le haría más bien sombra en vez de luz y le
quitaría credibilidad en vez de dársela. Escribe Luisa:
«Después de eso, estaba pensando: en esta santa Voluntad no se ven milagros,
cosas prodigiosas, de las que las criaturas son tan ávidas que recorrerían medio
mundo para ver alguna; aquí todo pasa entre Dios y el alma, y si las criaturas
reciben, no saben de dónde les viene el bien... De verdad que son como el sol, que
mientras da vida a todo, nadie se fija en él. Y mientras pensaba eso, Jesús ha
vuelto y ha añadido, pero con aspecto imponente: “¿Qué milagros, qué milagros?
¿Acaso el más grande milagro no es hacer mi Voluntad? Mi Voluntad es
eterna y es milagro eterno; nunca termina. Es milagro de cada instante que la
voluntad humana tenga continua conexión con la Voluntad Divina. Resucitar a
los muertos, dar la vista a los ciegos y demás, no son cosas eternas, son
cosas que terminan; por eso se puede decir que son sombras de milagros,
milagros fugitivos, comparados con el milagro grande y permanente de vivir
en mi Voluntad. Tú no hagas caso a esos milagros; Yo sé cuándo conviene
hacerlos y se necesitan”» (Vol. 13°, 12-11-1921)
Por tanto, la Divina Voluntad se vive en pura FE. Se verá por los frutos, a
distancia, que no ha sido una ilusión.

14
 «La renuncia a la verdad es letal para la fe» (Benedicto XVI)
La Pontificia Universidad Urbaniana ha dedicado el aula magna al Papa
Benedicto XVI con una ceremonia que tuvo lugar el 21 de octubre de 2014, con
ocasión de la inauguración del año académico del ateneo. Al acontecimiento
participó el arzobispo Mons. Georg Gänswein, prefecto de la Casa Pontificia, que
dió lectura a un mensaje escrito para esa circunstancia por el Papa emérito, de
quien el prelado es secretario particular. En dicho mensaje el Papa emérito había
escrito entre otras cosas:
«El Señor Resucitado encargó a sus Apóstoles, y por medio de ellos a los
discípulos de todos los tiempos, que llevaran su palabra hasta los confines de la
tierra y que hicieran discípulos suyos a todos los hombres. El Concilio Vaticano II,
tomando nuevamente en el decreto “Ad gentes” una tradición constante, ha
iluminado las profundas razones de esta tarea misionera y así la ha indicado con
renovada fuerza a la Iglesia de hoy.»
«¿Pero vale todavía en serio? –se preguntan muchos hoy día, dentro y fuera de
la Iglesia– ¿de verdad la misión es todavía actual? ¿No sería más apropiado
encontrarse en el diálogo entre las religiones y servir juntas la causa de la paz en
el mundo?»
«La pregunta inversa es: ¿el diálogo puede sustituir a la misión? En efecto, hoy
día muchos son de la idea de que las religiones deberían respetarse entre sí y,
mediante el diálogo entre ellas, ser una fuerza común de paz. Esa forma de pensar,
la mayor parte de las veces presupone que las diferentes religiones sean variantes
de una misma y única realidad; que “religión” sea el género común, que toma
formas diferentes conforme a las diferentes culturas, pero que de todas formas
expresa una misma realidad. La cuestión de la verdad, la que al principio movió a
los cristianos más que todo lo demás, aquí es puesta entre paréntesis. Se
presupone que la auténtica verdad sobre Dios, en definitiva, sea inalcanzable y que
todo lo más lo que es inefable se pueda hacer presente sólo con una variedad de
símbolos. Esa renuncia a la verdad parece realística y útil para la paz entre las
religiones en el mundo. Y sin embargo es letal para la fe. De hecho, la fe pierde su
caracter vinculante y su seriedad, si todo se reduce a símbolos, en el fondo
intercambiables, capaces de aludir sólo desde lejos al inaccesible misterio de lo
divino».

 ¿Cuántos caminos de salvación? ([Link]


Hace falta distinguir las personas que acoger, de las religiones que juzgar.
Oyendo ciertas afirmaciones sobre las religiones no-cristianas, inevitablemente
uno se pregunta si el que habla todavía cree en Cristo como único Salvador del
mundo. Desde luego, nadie se atreve a negarlo de forma esplícita y directa; el
problema surge cuando se pregunta por qué camino Jesucristo salva a los hombres.
Según un dogma fundamental de la doctrina católica, la vía de acceso a la salvación
es la fe en El, que conduce al Bautismo; eso afirma el santo Evangelio (cf. Mt 28,
19-20; Mc 16,15-16; Gv 3,3) y, obedeciendo al divino Maestro, así lo ha enseñado
siempre la Iglesia, a partir de los Apóstoles (cf. Hechos, 2,38). Tal verdad supone
evidentemente el deber ineludible de anunciar a todos los hombres la salvación
concedida por Dios en su Hijo encarnado, muerto y resucitado, y por conseguiente
el llamado a convertirse a El aban-donando las falsas creencias y cambiando de
vida.

15
Lo que la Esposa de Cristo ha hecho siempre en casi dos mil años no es sin duda
proselitismo, sino expresión suprema de la caridad misma que su Esposo le
comunica.
Desde hace ya medio siglo, sin embargo, basándose en una vaga alusión al
Concilio Vaticano II, por lo demás repetida (cf. LG 16; GS 22; AG 7), se va
afirmando que habitualmente Dios salvaría a los hombres aun afuera de los
confines visibles de la Iglesia. Así no solamente la actividad misionera ha terminado
en una dramática crisis, sino que buena parte de los fieles ha perdido el sentido y la
necesidad de su pertenencia al Cuerpo místico, de una digna y frecuente recepción
de los Sacramentos y de una fe operosa, vivida en la observancia de los
Mandamientos y en la práctica de las virtudes evangélicas. Se trata precisamente
de uno de esos casos en que una pequeña grieta provoca un derrumbamiento de
proporciones gigantescas.
De todas formas, aun prescindiendo de sus catastróficas consecuencias, esa
idea hoy día universalmente difundida y aceptada, tanto que ha llegado a ser una
especie de nuevo dogma indiscutible, no tiene ningún fundamento en la Sgda.
Escritura, ni en la Tradición, ni en el Magisterio.
En realidad, lo que nos ha sido revelado es que, «si uno no nace del agua y del
Espíritu, no puede entrar en el Reino de Dios» (Jn 3,5). Aun suponiendo que eso
sea solamente la forma ordinaria de la salvación y que Dios, para no dejar que
innumerables almas se pierdan, haya establecido incluso hipotéticas vías extra-
ordinarias, nosotros no sabemos absolutamente nada de eso. Por honradez
intelectual y espiritual debemos reconocer que, en la Revelación divina, de estas
últimas no se encuentra traza alguna, mientras que el mandato de evangelizar a las
gentes está afirmado de forma absolutamente inequívoca, en teoría y en la práctica.
Si el Señor resucitado no ha dicho ni una palabra sobre eventuales posibilidades
de tomar contacto con el Misterio pascual sin una fe esplícita en El y sin plena
pertenencia a la Iglesia, sino que perentoriamente le ha ordenado que predique y
bautice para que eso sea posible, ha sido precisamente porque ese problema no
nos concierne: de qué forma pueda salvarse quien sin culpa suya ignora el
Evangelio… es asunto suyo; en todo caso, nosotros tenemos el deber de
anunciarselo.
Y quien incluso afirma que las otras religiones serían otros tantos caminos
ordinarios de salvación, evidentemente ha perdido la noción misma de salvación
cristiana, la revelada en el Nuevo Testamento como realidad transcendente. Una
semejante, crasa herejía barre de un solo golpe el dogma del pecado original y la
necesidad de la Redención realizada por el Verbo Encarnado con su muerte en la
Cruz.
¿De qué manera, por ejemplo, se salva un hebreo que de antemano rechaza al
Salvador? ¿Con su observancia de la Torah cumplida con sólo las fuerzas
naturales? Pero «por las obras de la Ley nunca será justificado ninguno» (Gál 2,16).
La revelación del Antiguo Testamento es claramente inconclusa e invoca ser
completada, pero el Hebraismo lo excluye replegandose a una “salvación”
puramente temporal. La Alianza y los dones de Dios, de por sí, son sin duda
irrevocables (cf. Rom 11,29), pero ¿quien rechaza al Mesías puede tal vez gozar
de ellos todavía? ¿No estarán más bien decaídos para él? El “holocausto” o shoah
no es una razón pertinente para negar la realidad de hecho: el Hebraismo se ha
vuelto esteril en un formalismo que, excepto casos esporádicos, esconde tibieza
religiosa y corrupción moral…

16
En cuanto al Islam, incluso una sencilla comparación es impensable. Reaparición
de la gnosis ebionita superviviente fuera de los confines del Imperio Romano, esta
burda falsificación de la fe de Abrahám no tiene en común con nosotros ni siquiera
la revelación del Antiguo Testamento. Aparte los rudimentos espirituales que
conserva cualquier cultura antigua, los cuales pueden incluso alimentar en algunos
una sincera religiosidad natural, lo demás es solamente una ideología de conquista
y de sumisión que, sofocando el raciocinio, oprime a masas innumerables
controlandolas incluso en la mente. La única diferencia sustancial, respecto al
ateismo de Estado, es que se cree en un Dios presentado como clemente y
misericordioso, pero que no ama a nadie ni puede ser amado por nadie, porque es
tan distante del hombre que eso sería para él una debilidad; su favor es algo tan
imprevisible y arbitrario –para quien cree en él, imagínen para los condenados
infieles– que un musulmán permanece toda la vida suspendido en el fatalismo y
en una obediencia ciega…: precisamente las exigencias que distinguen algún otro
que no es Dios, pero que hace de todo para ser tratado como tal.
Y si vamos hacia Oriente, la situación empeora. Una filosofía alienante como el
Budismo paraliza el desarrollo y el progreso de los pueblos, para los cuales no hay
ayer ni mañana porque ignoran la noción misma de historia y caminan hacia la “paz”
de la nada. Con un comportamiento de dudosa coherencia, por lo demás, en varios
países asiáticos los monjes budistas se han revelado violentos e intransigentes
defensores de la tradición, sofocando cualquier anhélito de cambio social que ponga
en peligro su indiscutido poder sobre la población, condenada eternamente a la
aceptación pasiva de la miseria y del abuso –excepto reencarnaciones más
afortunadas– merecidos por pecados de vidas pasadas…
Desde luego, ya es algo mejor que el Hinduismo, del cual el Budismo ha salido:
allí, de la casta en que se nace, nunca se podrá escapar; de todas formas uno
puede dirigirse a un santón que, invocando sobre él los espíritus (inmundos), lo
arreglará definitivamente para las fiestas, como si no bastasen las enfermedades
contraídas en los baños de masa en el Ganges…
¿Hablamos ahora de religiones tradicionales: animismo, vudú y cosas por el
estilo? Mejor no, si no se aman las pesadillas. La literatura misionera rebosa de
hombres transformados en pájaros o en serpientes, muertos que caminan, brujos
potentísimos… reducidos a la impotencia con sólo el nombre santo de Jesús. Habrá
una razón, con buena paz de los teóricos de la inculturización y del diálogo
interreligioso a ultranza: donde Cristo avanza, el diablo retrocede.
Ahora que el primero ya no se predica, el segundo corretea indisturbado, gracias
a las teorías de esos “teólogos” y “pastores” que han dispersado el rebaño. Pero el
que quiera salvarse, sepa que hay una Vía infalible, con tal de que se decida a
emprenderla: es la única, la de siempre. Y puesto que lo sabemos desde hace dos
mil años, sería realmente de… estúpidos no hacerselo saber también a él.

 Una sola Iglesia


“Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia; y las puertas del
infierno no prevalecerán contra ella” (Mateo 16,18). “Simón, Simón, mira que
satanás os ha buscado para cribaros como el trigo; pero Yo he pedido por tí, que
no desfallezca tu fe; y tú, una vez convertido, confirma a tus hermanos” (Lucas
22,31-32).

17
No obstante estas palabras tan claras, tantos mezclan fantasías con la realidad,
haciendo una exégesis muy “particular” de la Sagrada Escritura, acusando a los
demás de paganos y herejes. Sin embargo, los que se consideran cristianos deben
saber...
quién es el fundador de la Iglesia a la que pertenecen
– Los luteranos: su Iglesia fue fundada en Alemania por Martin Lutero, un ex-
monje agustiniano, ex-católico, en el 1524.
– Los anglicanos: el fundador fue Enrique VIII, rey de Inglaterra, en 1534, porque
el Papa no le concedió el divorcio para poder casarse con Ana Bolena.
– Los presbiterianos: su Iglesia fue fundada por John Knox en Escocia en 1560.
– Los baptistas: su Iglesia es del año 1609, cuando a John Smith se le ocurrió
fundar esa secta.
– Los metodistas: su religión fue organizada por J & C Wesley en Inglaterra, en
1739, cuando decidió separarse de los anglicanos.
– Los unitarios: Teófilo Lindley fundó esta Iglesia en Londres, en 1774.
– Los miembros de la Iglesia episcopaliana: es un ramo de la Iglesia de Inglaterra,
fundada por Samuel Seabury en las colonias que se independizaron (los Estados
Unidos), en 1785.
– Los mormones (los “Santos de los Ultimos Días”): Joseph Smith creó este grupo
en Palmyra, New York, en 1830.
– Los adventistas del séptimo día: este movimiento fue creado por William Miller,
un terrateniente americano, baptista. Questa Iglesia se organizó posteriormente
en torno al 1860.
– Los pertenecientes al Ejército de Salvación: este grupo lo formó William Booth
en Londres, en 1865.
– Los Testigos de Jeová (confesión no reconocida como “cristiana” por el Consejo
Mundial de las Iglesias, ya que no reconoce a Jesucristo como verdadero Dios,
sino sólo como hombre): esta congregación fue fundada por Charles Tazé
Russell en Pensilvania en 1879.
– Los pertenecientes a la Cientología Cristiana: esta otra confesión surgió en
1879, cuando Mary Baker Eddy decidió che hacía falta una nueva religión.
– Los Pentecostales (“las Asambleas de Dios”): fueron fundadas alrededor del
1914, en Hot Springs, Arkansas (Estados Unidos).
– Otros grupos religiosos, como los “Evangelistas”, “Iglesias de Dios”, “Iglesia
apóstolica” o “Iglesia de Cristo”: estos grupos fueron fundados hace unos
setenta años.
– Mientras que los católicos sabemos que la Santa Iglesia Católica fue fundada por
Nuestro Señor Jesucristo el año 33 (cfr. Mt 16,18-19 y Hechos de los Apóstoles).
Se podría decir que en alguna medida, todos los cristianos son miembros de la
misma y única Iglesia de Jesucristo. Aun sin saberlo y tantas veces sin quererlo, en
cierto sentido estan vinculados con la Iglesia Católica, si bien muchos de ellos
(incluidos muchos “católicos”) no estan en plena comunión con ella. Quien más y
quien menos, todos somos responsables con nuestras infidelidades y pecados
de las divisiones y de las llagas que sufre el Cuerpo Místico de Cristo.
Y, precisamente porque el Señor quiere la unidad de sus discípulos, por la cual
pidió al Padre, y todos los cristianos deseamos la unidad, debemos estar atentos a
los que dividen la Iglesia y que de hecho trabajan para sustituirla con otra creada

18
por ellos. Diferente en la doctrina, diferente en la moral, diferente en sus normas y
en el culto (liturgia), diferente en la finalidad a la que tiende.
“Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”, dijo Jesús a Pedro
(Mt 16,18). La Iglesia fundada por Nuestro Señor es una sola. Jesucristo no dijo:
“sobre este pedregal edificaré mis iglesias”. A El no le gustan las divisiones, El
quiere la unidad (Jn 17,21). Es lógico. Puesto que Jesucristo es el único Mediador
ante el Padre, la Iglesia debe ser única (cfr. “Lumen Gentium”, 8).
“Jesús, acercandose (a los Apóstoles), les dijo: Me ha sido dado todo poder en el
cielo y en la tierra. Por tanto id y haced discípulos a todas las gentes, bautizandolas
en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñandoles a observar
todo lo que os he mandado. Y Yo estaré con vosotros todos los días, hasta la
consumación de los siglos...” (Mt 28,18).
- 1°, Jesús dice con qué poder sus Apóstoles cumplirán su misión: “Me ha sido
dado todo poder en el cielo y en la tierra”. Es decir, con el mismo poder o
autoridad de Jesucristo. Es El el que los envía: “Id por tanto”.
- 2°. Los Apóstoles reciben de Cristo el mensaje que deben anunciar; ha de ser
el que Jesucristo les ha enseñado: “enseñandoles a observar todo lo que os he
ordenado”. “El que os escucha a vosotros, a Mí me escucha, el que os desprecia a
vosotros, a Mí me desprecia. Y el que me desprecia a Mí desprecia Aquel que Me
ha mandado” (Lucas 10,16).
- 3°. El Señor dice la finalidad de la misión: “haced discípulos”. No se trata sólo de
predicar, sino de incorporarlos a la comunidad. Dios quiere salvar a los hombres, no
individualmente y aislados, sino formando un solo pueblo, un cuerpo (CIC, 781 e
782). Por eso los primeros cristianos “eran asiduos en escuchar la enseñanza de los
Apóstoles”, de la Iglesia apostólica, y “el Señor cada día añadía a la comunidad
los que eran salvados” (Hechos, 2,42-47). La Redención consiste en reincorporar
los hombres al Hijo de Dios, Jesucristo, a su Cuerpo Místico. Por tanto, la Iglesia
es necesaria para la salvación (LG. 14).
- 4°. Jesús precisa el alcance del mandato: “haced discípulos a todas las gentes”,
es decir, a todos los hombres de todos los tiempos. No excluye a ninguno.
Precisamente porque los Apóstoles así lo comprendieron, establecieron sus
sucesores. (Cfr. Hechos 1,25 y 1ª Timoteo 4,14). De lo contrario, con su muerte la
evangelización habría cesado.
- 5°. Determina como deben efectuar la misión: “bautizandoles en el nombre del
Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (Mc 16,16). El Bautismo y la fe son necesarios
para la salvación. Pero nadie puede bautizarse él solo ni darse la fe a sí mismo, es
necesaria la Iglesia. A nadie le llega la Revelación y la Salvación sino por medio
de la Iglesia.
- 6°. Indica el contenido de su predicación: “todo lo que os he mandado”. No
recortando sólo algunas cosas y escondiendo otras. No con medias verdades.
- 7°. Les hace una promesa: “Yo estaré con vosotros todos los días, hasta la
consumación de los siglos”.
Per tanto, si Jesucristo comunicó a la Iglesia todo su poder, ¿qué puedo
encontrar en otros que no lo encuentre en la Iglesia de Cristo? Si Cristo dio a su
Iglesia la misión de enseñar todo, ¿qué pueden añadir otros que sea verdad y que
no lo enseñe ya la Iglesia de Cristo?
«Id por todo el mundo y anunciad el Evangelio a toda criatura; el que crea y
sea bautizado se salvará; pero el que no crea se condenará» (Mc 16,15)

19
 Verdadero y falso Ecumenismo
La palabra “ecumenismo” viene de “Oikoumené”, palabra griega que indica “el
mundo”. “Ecumenismo” significa universal, algo relativo a todo el mundo.
Ahora bien, el ecumenismo (con su significado de universalismo) se entiende en
dos sentidos diferentes: el primero es que todo el mundo debe recibir la verdad de
la Fe y llegar a ser católico; el segundo sentido es que todos los hombres se deban
unir partiendo de lo que tienen en común.
El primer sentido de ecumenismo es católico, el segundo no es católico.
Que el primer sentido sea católico se ve ya claro por el significado de “católico”,
que significa “entero” y se refiere, entre otras cosas, al entero género humano.
El ecumenismo, en el segundo sentido, no es una cuestión religiosa, sino política,
porque no concierne al bien último del hombre –su salvación eterna– como el
catolicismo, sino que mira a su bien en la tierra: a vivir acá abajo unidos y de
acuerdo con los demás.
En este segundo sentido, que es mucho más común, el ecumenismo no sólo no
corresponde al Catolicismo, sino que es también contrario a él, porque si se busca
sólo lo que nos une con otras confesiones cristianas o con otras religiones (como si
hubieran otras religiones fuera de la sola verdadera Religión Católica), de esa forma
se niega o al menos se pasa por alto y se diluye una verdad de fe tras otra. Al
buscar por ejemplo sólo lo que nos une a los luteranos, se cierra los ojos a lo que
es la Santa Misa, el Sacrificio de Cristo presente en el altar, se niegan los siete
Sacramentos o el culto a la Stma. Virgen; o si se busca lo que tenemos en común
con los musulmanes, se niega o se esconde el misterio de la Santísima Trinidad y
la divinidad y la misión salvífica de Nuestro Señor Jesucristo, que sin embargo son
el núcleo esencial de la verdadera Fe.
Así los católicos se vuelven sal sin sabor y luz que no ilumina, y su Fe queda
aguada en una especie de vago cristianismo para homogeneizarse con las demás
confesiones, o bien al contacto con las otras religiones se reduce a una especie de
vago humanismo... ¡para ser aceptados por todos! ¡Eso es traicionar el fin de la
Encarnación, de la vida, de la pasión y muerte en la Cruz de Nuestro Señor!
Quien pretende sostener ese falso ecumenismo, que busca compartir lo que es
común a todos, diciendo que eso es amor, que a fin de cuentas es el fin de nuestra
vida, y que el mismo Dios es amor y las Tres Divinas Personas son un misterio de
amor, no se da cuenta de que el amor procede de la verdad, porque no se ama lo
que no se conoce. Sin duda, compartir todo lo que tenemos en común con los
demás es en alguna forma amor, pero hay también tantas otras cosas que no
podemos compartir, y precisamente esas cosas son las que debemos poner en
claro para no engañar ni engañarnos: lo primero es el amor a la Verdad.
No basta tener en cuenta “lo que nos une”, sino que también es necesario
considerar lo que nos divide y por qué nos divide. El conocimiento precede por
lógica al amor: antes viene la verdad, antes de amar debo saber qué es lo que amo
y cómo amo. Si un borracho me pide cien euros y yo se los doy, no le hago un bien,
eso no es amor porque no lo ayudo, sino que colaboro con su vicio o a su mal.
La Fe (conocimiento sobrenatural) precede la Caridad (amor sobrenatural). El
objeto de la Fe es Dios, y no podemos amarlo con amor de Caridad si no lo
conocemos con la Fe. Porque en el misterio de la misma Santísima Trinidad, el
conocimiento del Padre, que es el Hijo, precede su recíproco amor que es el
Espíritu Santo. Hay un orden en Dios, en las Tres Divinas Personas; el Espíritu

20
Santo no precede al Hijo, sino que “procede” del Padre y del Hijo: es su recíproco
Amor. Así su Amor es consecuencia de su Conocimiento.
Por eso se equivocan los que dicen que “basta amar”; es necesario poner en
primer lugar el amor a la Verdad, porque sólo de ésta puede nacer el verdadero
Amor. Por tanto la fe precede la caridad; la verdad viene antes que el bien.
El verdadero ecumenismo católico parte de la proclamación del Evangelio. La
primera tarea de la Iglesia es enseñar la Fe: mediante la Fe la Iglesia posee la
Verdad revelada, absoluta e inmutable, y debe enseñarla a los demás para su
salvación. “Sin la fe es imposible ser aceptados por Dios; de hecho quien se acerca
a El debe creer que El existe y que recompensa a los que lo buscan” (Hebreos
11,6). Para salvarse hace falta conocer a Dios con la fe y amarlo con las obras
vivificadas por la Caridad, para glorificarlo primero en esta vida y luego en el cielo.
El falso ecumenismo se lleva a cabo mediante el llamado “diálogo”, una
especie de intercambio con el otro, a partir de la idea de que la verdad no se
descubre sino que se construye, que la verdad es por tanto relativa y se considera
como menos importante que el mismo diálogo, o el estar de acuerdo, que eso
sería amor.
Frente a este concepto de diálogo, hay que decir que la santa Iglesia Católica es
la depositaria de la Verdad recibida de Dios, la Verdad por completo. Las palabras
del Señor, las verdades de la Fe no dependen del hombre, son inmutables y jamás
podrán cambiar: “el cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán” (Lc
21,33), ni siquiera una coma cambiará, y ningún hombre de Iglesia tiene el poder de
cambiar la más pequeña verdad de Fe.
Ahora bien, la santa Iglesia Católica ha recibido del Señor el mandato de predicar
esta Fe, como termina el Evangelio de san Mateo: “Id y predicad a todas las
naciones, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo,
enseñandoles a observar todo lo que os he mandado”; el de san Marcos: “Id a todo
el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura, el que crea y sea bautizado será
salvado, y el que no crea será condenado”; y el de san Lucas: “Cristo tenía que
padecer y resucitar y en Su nombre serán predicados a todas las gentes la
conversión y el perdón de los pecados”.
Estas palabras conclusivas de los evangelios indican la misión de la Iglesia, que
debe anunciar el Evangelio a todos los hombres, para que conozcan lo que el Señor
ha enseñado y ha hecho, cambiando para siempre la faz de la tierra y determinando
el destino eterno de cada hombre, desde el comienzo de los tiempos hasta el fin
del mundo. Este mandato es el mismo “oficio” de Nuestro Señor Jesucristo, en su
triple prerrogativa de Maestro, Sacerdote y Rey: el oficio de enseñar, de santificar y
de gobernar, del cual hace partícipe a su Cuerpo Místico, que es su Iglesia.
Enseñar la Fe, por tanto, es una misión, una tarea, un deber de la Iglesia y de sus
pastores: “ay de mí si no predicase el Evangelio” (1a Cor 9,16), dice San Pablo.
Enseñar la Fe significa que la Iglesia, que posee la Verdad, debe hacerla conocer a
quien no la posee y la ignora, para que conociendola pueda tener la Vida. No es un
proceso interminable de diálogo, de discusión, de interesarse la Iglesia de las
opiniones y doctrinas de quien está en el error, y tratar juntos de reunir lo verdadero
y lo falso para estar de acuerdo, una convivencia puramente terrena. “No os dejeis
vincular al yugo extraño de los infieles, ¿pues qué relación puede haber entre la
justicia y la iniquidad, o qué unión entre la luz y las tinieblas? ¿Qué acuerdo entre
Cristo y Belial, o qué colaboración entre un fiel y un infiel?” (2a Cor 6,14-15). El que
dialoga con un loco, más loco es él.

21
Enseñar la Fe es comunicar la Verdad, la única Verdad sobrenatural y absoluta,
que es el mismo Jesucristo, el cual ha dicho: “YO SOY LA VERDAD”, para que
cada hombre llegue al conocimiento de la misma y sea salvado.

 Fuera de la Iglesia no hay salvación


“Uno solo es Dios y uno solo el Mediador entre Dios y los hombres, el hombre
Cristo Jesús” (1a Tim 2,5).
Y el Concilio de Florencia, Sesión XI, el 4 de febrero de 1442 dice: “La
Sacrosanta Iglesia Romana firmemente cree, profesa y enseña que ninguno de
aquellos que estan fuera de la Iglesia Católica, no sólo paganos, sino también
judíos o herejes o cismáticos, pueden alcanzar la vida eterna, sino que irán al fuego
eterno, preparado para el demonio y sus ángeles (Mt 25,41), si antes del final de la
vida no habrán sido añadidos a ella; y que es tan importante la unidad del cuerpo de
la Iglesia, que sólo a quienes permanecen en ella les aprovechan para la salvación
los Sacramentos eclesiásticos, los ayunos y demás obras de piedad, y los ejercicios
de la milicia cristiana que procuran los premios eternos. Nadie, por más limosnas
que haya hecho, e incluso si hubiera derramado la sangre por el nombre de Cristo,
puede salvarse si no permanece en el seno y en la unidad de la Iglesia Católica”.
Tales afirmaciones parecerían por lo menos “fundamentalistas”: sin embargo
¿puede ser negada o declarada superada una afirmación dogmática? Sin ir al
extremo, desde luego heterodoxo, de no pocos teólogos modernos, ¿quién
comparte hoy día literalmente la afirmación del Concilio de Florencia?
Un dogma no puede ser cancelado como superado. El documento citado (la
bula “Cantate Domino”) es de tipo dogmático, puesto que en cada párrafo repite:
“La sacrosanta Iglesia Romana... firmemente cree, profesa y enseña...”
¿De dónde viene ese “diluir” la Iglesia Católica en algo más grande y amplio,
donde no entran solamente “los hermanos separados” (separados, no en cuanto
hermanos, por lo que han conservado en común con la Iglesia, sino por lo que no
han conservado), sino que entran también los hebreos, los musulmanes, los
hindúes, los budistas, etc., como miembros de igual dignidad y eficacia en vistas a
una salvación? (...¿pero cuál salvación?)
Viene, es lógico, de rechazar a Jesucristo como el único Mediador entre Dios y
los hombres. Y eso, ¿de dónde viene? Del no reconocer a Jesucristo como el
verdadero Hijo de Dios que se ha hecho Hombre: esta repetida afirmación suya con
palabras y con obras (cfr. todo el Evangelio de Juan) fue entonces el motivo por el
que oficialmente fue rechazado por las autoridades religiosas de Israel y por el que
lo condenaron a muerte: “El Padre y Yo somos una sola cosa”. Los Judíos
llevaron de nuevo piedras para lapidarlo. Jesús les respondió: “Os he mostrado
muchas obras buenas de parte de mi Padre: ¿por cuál de ellas me quereis
lapidar?” Le respondieron los Judíos: “No te lapidamos por una obra buena, sino
por la blasfemia, porque tú, que eres hombre, te haces Dios” (Jn 10,30-33).
En el fondo es el mismo motivo de ahora. Se le quiere reducir al nivel de otros
“maestros” espirituales de la humanidad (pero “uno solo es vuestro Maestro: el
Cristo”). Con Pedro debemos gritar: “Señor, ¿a quién iremos? ¡Tú sólo tienes
palabras de Vida eterna, y nosotros hemos creído y conocido que Tú eres el Santo
de Dios!” (Jn 6,68-69). “Este Jesús es la piedra que vosotros, los constructores,
habeis descartado, que ha llegado a ser la piedra fundamental. En ningún otro
hay salvación; no hay otro nombre dado a los hombres bajo el cielo por el que esté

22
establecido que podamos ser salvados” (Hechos, 4,11-12).
Pues bien, para pertenecer a la que Jesús ha fundado llamandola “mi Iglesia” (Mt
16,18) es necesario compartir su Fe, es decir, acoger a Jesucristo como el único
verdadero Dios, que se ha hecho verdadero Hombre y nos ha redimido. Y esta
acogida o Fe es necesaria para todos en la medida en que a cada uno es dada la
posibilidad de conocer este Anuncio o “Buena noticia”, y en la medida en que cada
uno es capaz de responder.
Por eso Jesús dijo antes de su Ascensión: “Id y enseñad a todas las naciones
(¡...dijo “enseñad” y no “dialogad”! El diálogo es para otras cosas), bautizandolas en
el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñandoles a observar todo lo
que os he mandado” (Mt 28,19-20). “Id a todo el mundo y predicad el Evangelio a
toda criatura: el que crea y sea bautizado será salvado, pero el que no crea será
condenado” (Mc 16,15-16).
Hay que notar que la condena es para quien se niega a creer, no para el que no
sabe. Entonces hace falta decir que, mientras que aqui en este mundo, la Iglesia
está formada solamente por quien ha recibido el Bautismo y ha acogido la Fe de la
Iglesia, sin negarla en ninguna verdad, en el otro mundo la única Iglesia (gloriosa, o
bien purgante en modo transitorio) está formada no solamente “por nuestros
hermanos difuntos, sino también por todos los justos que han muerto en paz
contigo”, como dice el Sacerdote en la Misa (segundo cánon): y estan todos
reconciliados con Dios exclusivamente gracias a la Sangre de Cristo, el Redentor, el
único Mediador; una Redención que ha de ser libremente acogida por cada ser
humano mediante un consentimiento de alguna forma a la Voluntad de Dios, al final
de su vida. Es lo que se podría llamar un bautismo “de deseo” implícito: es decir, la
criatura debe tener en su conciencia una actitud tal ante su Creador, que la haga
estar dispuesta a responder que sí a Dios apenas llega a saber de El. Es lo dice el
Concilio Vaticano II: la Iglesia estará cumplida en la gloria del Reino, y entonces
“todos los justos, a partir de Adán, desde el justo Abel hasta el último elegido, serán
reunidos con el Padre en la Iglesia universal” (Lumen Gentium, 5).
Por eso, en el otro mundo no existe más que una sola Religión, una sola Santa
Iglesia, mientras que en este mundo el proyecto masónico (¡para nada “ecumé-
nico”!) de hacer de todas las religiones –incluida, naturalmente, la católica– una
sola, ¡es una herejía, una blasfemia, una locura! Es verdad que “Dios nuestro
salvador quiere que todos los hombres se salven”, pero añade “y que lleguen al
conocimiento de la Verdad” (1a Tim 2,3). Y dice también San Pablo: “Me toca tal
vez a mí juzgar a los de afuera? ¿No son los de dentro los que vosotros juzgais?
Los de afuera los juzgará Dios” (1a Cor 5,12).
El Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 811-870, y en particular los nn. 846-848
(“Fuera de la Iglesia no hay salvación”) confirma todo lo dicho.
“Conserva el depósito [de la Fe], evita las palabrerías profanas y las objeciones
de la que se dice ciencia, profesando la cual algunos se han desviado de la Fe”
(1a Tim 6,20-21). “Trata de comprender lo que quiero decir: el Señor te dará sin
duda inteligencia para cada cosa” (2a Tim 2,7).

 Jesús no es opcional (de un artículo de Doménico Savino, del 28.12.2005)


¿Qué quiere decir diálogo? ¿Quiere decir dialéctica? ¿Quiere decir síntesis
superior de tesis en un primer momento opuestas? ¿Quiere decir que la Verdad se
construye en el mundo según una lógica –por así decir– hegeliana? ¿O bien al

23
contrario, que la Verdad nos ha sido revelada y a nosotros nos toca comprenderla,
es decir, hacerla nuestra?
Tal vez sea prolijo, ¿pero quién es Dios para nosotros los católicos?
Puedo dialogar con los hindúes, pero para mí Dios es «el Ser perfectísimo
creador y Señor» ¿O no!? Y Dios es uno solo, pero en tres Personas iguales y
distintas, que son la Santísima Trinidad y se llaman Padre, Hijo y Espíritu Santo. Y
Jesucristo es la segunda Persona de la Santísima Trinidad, o sea, el Hijo de Dios,
que se ha hecho hombre para salvarnos, es decir, redimirnos del pecado y darnos
nuevamente el paraíso. Y lo ha hecho muriendo en la cruz y resucitando al tercer
día. Y el hombre es un ser racional formado de alma y cuerpo. Muere y un día
resucitará: ¡con el cuerpo! Y el mundo es creado por Dios y es diferente de Dios.
¡Creado –digo– no emanado!
Puedo dialogar con las personas, pero el diálogo presupone una identidad.
Ahora bien, el hinduismo, por ejemplo, es –se me permita la comparación– una
gigantesca ecuación cósmica que se simplifica, reduciendola a Unidad, en la que
Atman= Brahaman, que quiere decir: el Sí, o sea, la esencia del Yo, es igual a Dios.
De ninguna manera el dios hindú es el Dios cristiano. No lo es de la manera más
absoluta.
En el hinduismo el hombre es algo así como las muñequitas rusas (“matrioskas”),
una serie de cuerpos, uno dentro del otro, cada vez más etéreos, de los que hace
falta liberarse, siendo cada vez más conscientes, para dilatar el «vacío de dentro»
(el sí, o Atman) en el «vacío cósmico» (Brahman). El yoga sirve precisamente para
eso: las posturas físicas (o ásana) actúan sobre el cuerpo físico y consienten obrar
mediante la respiración y la concentración (que pertenecen al cuerpo sutil) en los
estratos más profundos del «ser» (con reflejos también en el físico) para hacer que
el sujeto llegue a la plena conciencia de sí, o sea, a tomar conciencia de que él no
es más que una ilusoria estructura física y etérea de la que se ha de liberar, porque
impide precisamente al vacío interior de reunirse en el «Samadhi» (éxtasis o
contemplación) al gran vacío cósmico.
Filosofía sugestiva, ¿pero qué tiene todo eso que ver con Cristo? ¿Qué tiene que
ver con la salvación? Si yo soy Dios, ¿qué tiene que ver Cristo? Si existe sólo una
indistinta «energía» cósmica que se coagula en densidades informales, sutiles o
físicas, para luego disolverse sin fin, sin tiempo, sin finalidad, en un juego eterno de
formas que hacen la «realidad», el «mal», el «bien», la «vida» y la «muerte» sólo
«maya», es decir apariencia, ¿cuál es el papel de Cristo?
Con el hinduismo, después de haber visto las respectivas incompatibles
diferencias, ¿de qué vamos a dialogar? Podemos profundizar, analizar, intercam-
biarnos experiencias, pero si el diálogo no se quiere limitar al ámbito cultural (sin
duda apreciable y deseable), para entrar en la dimensión de la existencia de una
«verdad», entonces o el hindú se convierte y se hace cristiano o el cristiano se hace
hindú (creyendo tal vez que permanece cristiano e incluyendo a Cristo en el
panteón hindú, al lado de Krishna o acaso de Shiva el disolutor).
El budismo, nacido como una gran «herejía» del Brahmanismo, se ha
desarrollado también como doctrina universal del rescate y de la salvación del dolor
y se mueve en una idea análoga, siendo su finalidad la de una auto-redención del
hombre para liberarse del pesado yugo de las reencarnaciones a través de las
cuatro verdades fundamentales de la existencia:

24
a) la realidad de la existencia personal y del mundo exterior es dolor, y consiste
en la repetición invariable de sus condiciones: nacimiento, enfermedad, muerte,
carencia de lo que se desea, unión con lo que no nos gusta, separación de lo que
se ama;
b) el origen del dolor es el deseo de existir, la necesidad del placer y también el
sentir que nos rechaza;
c) esta sed que es causa de volver a nacer tantas veces se ha de extinguir en el
Nirvana (el deseo se ha de eliminar);
d) la vía que conduce a apagar el dolor es el Dharma (es decir, los «ocho
senderos»).
Qué pena que el budismo sea esencialmente ateo y –como me recordaba un
amigo– «los mismos budistas declaran abiertamente que no creen en Dios. En
efecto, respondiendo el Dalai Lama a la pregunta: ‘pero la doctrina budista puede
coexistir con el marxismo?’, dijo: ‘Desde mi punto de vista se puede decir con
certeza que la teoría socialista se acerca mucho a la doctrina budista. Hay un
común interés por las masas, por la gente pobre. Budismo y socialismo niegan
los dos la existencia de un ser superior creador del universo».
¿Va mejor el diálogo con las así llamadas religiones monoteistas?
Empecemos por el Islam. Sin duda sus categorías espirituales son más cercanas
a nosotros que las de los orientales, pero como los musulmanes parten del
presupuesto de que nosotros hemos falsificado las Escrituras y que no fue Jesús,
sino un sosia, el que murió en la cruz, sucede que dificilmente el diálogo puede ir
más allá del nivel de compartir algunas normas de ética común. Y no vale –está
claro– decir que de todas formas los musulmanes creen en nuestro mismo Dios.
Creer en un Dios personal no es lo mismo que creer en un Dios Personal y
Trinitario.
Es la misma objeción que se hace al hebraismo, el cual también comparte con
nosotros casi todos los libros del Antiguo Testamento. Los judíos en realidad no
creen en nuestro Dios. Sé que muchos se escandalizarán, pero si la íntima vida
trinitaria es el amor entre el Padre y el Hijo, si no se conoce el Hijo, que es Dios,
¿cómo es posible decir que se conoce a Dios?
Cuando los fariseos dijeron: «¿Dónde está tu padre?», Jesús respondió:
«vosotros no me conoceis a Mí ni al Padre; si me conocierais a Mí, conoceríais
también a mi Padre».
Y más adelante: «Le dijeron entonces: ‘¿tú quién eres?’ Jesús les dijo:
‘Precisamente lo que os digo. Tendría muchas cosas que decir y que juzgar de
vosotros; pero Aquel que me ha mandado es veraz, y Yo digo al mundo las cosas
que he oído de El’. No entendieron que El les hablaba del Padre. Dijo entonces
Jesús: ‘Cuando habreis levantado al Hijo del hombre, entonces sabreis que Yo Soy
y que no hago nada por Mí mismo, sino como me ha enseñado el Padre, así yo
hablo. Aquel que me ha mandado está conmigo y no me ha dejado solo, porque Yo
hago siempre las cosas que son de su agrado» (Jn 8,19 e 25-29).
Los judíos no reconocen el Verbo de Dios, sino que lo reniegan, y Jesús por eso
fue condenado a muerte.
La pregunta que hoy Cristo nos hace es la misma que hizo a sus discípulos:
«¿Quién decís vosotros que soy Yo?». Respondió Simón Pedro: «Tú eres el Cristo,
el Hijo de Dios viviente».

25
Es la misma pregunta que el sumo sacerdote a su vez hizo a Jesús: «‘Te conjuro,
por el Dios viviente, que nos digas si tú eres el Cristo, el Hijo de Dios’. –‘Tú lo has
dicho, respondió Jesús, es más, Yo os digo: a partir de ahora vereis al Hijo del
hombre sentado a la diestra de Dios, venir sobre las nubes del cielo’. Entonces el
sumo sacerdote se rasgó las vestiduras diciendo: ‘¡ha blasfemado! ¿Qué necesidad
todavía tenemos de testigos? Ya habeis oido la blasfemia; ¿qué os parece?’. Y
aquellos respondieron: ‘¡es reo de muerte!’» No por otra cosa «las autoridades
hebreas con sus secuaces decidieron la muerte de Cristo», ¡no por otra cosa!
¡Porque se había declarado Dios e Hijo de Dios!
Son palabras –las citadas entre comillas– de la Declaración «Nostra Aetate»,
sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no-cristianas (un documento del
Vaticano II), precisamente para evitar la objeción que ya es clásica acerca de las
nuevas relaciones entre el judaismo y el cristianismo. Porque aquí, una de dos: o
Jesús es el Mesías y el Hijo de Dios o no lo es. No cabe otra.
Así como es inutil afirmar que el cristianismo, el islam y el hebraismo son «las
religiones del libro». Al menos si somos católicos, sabemos que no es verdad en
absoluto, como enseña el Catecismo de la Iglesia Católica en el n. 108 y el nuevo
compendio en el n. 18 (citando a san Bernardo de Claraval): «La fe cristiana sin
embargo no es una ‘religión del Libro’. El cristianismo es la religión de la
‘Palabra’ de Dios: es decir, de una ‘palabra’ que no es ‘una palabra escrita y
muda, sino el Verbo encarnado y viviente’. Para que las palabras de los libros
sagrados no se queden en letra muerta, es necesario que Cristo, Palabra
eterna del Dios vivo, por medio del Espíritu Santo nos revele el significado
para que comprendamos las Escrituras».
Cristo es la piedra de tropiezo contra todo intento y todo atrevimiento de
procurarnos nosotros solos nuestra salvación, de fabricarnos nosotros mismos
nuestros dioses: «No me habeis elegido vosotros a Mí, sino que Yo os he elegido
a vosotros».
¿Acaso somos ofensivos y provocadores, diciendo eso? Esto que decimos es
como el argumento empleado por el rabino jefe de Roma, el dr. Riccardo Di Segni,
que saca todas las consecuencias: «Aquí está el nudo actual del diálogo y de la
confrontación. ¿Para qué sirve el que hablemos? Lo que de verdad da fastidio a
los hebreos es que haya sido dicho en documentos oficiales católicos que la
finalidad del diálogo es convertir al interlocutor a la propia fe. Y si hicieramos
nosotros también lo mismo, si usaramos cada ocasión de confrontación para
convenceros de que estais, sí, en el buen camino, pero que teneis que ‘purificar’
vuestra fe eliminando lo que para vosotros es esencial? La pregunta que entonces
se pone es si existen alternativas a este diálogo entre sordos, que corre el riesgo de
ser irrespetuoso e indecoroso para la dignidad de cada uno. Puedo intentar
imaginar dos escenarios, diferentes pero no por fuerza contradictorios. El primero es
de tipo esencialmente teológico, el segundo sobre todo político. La primera solución
se refiere a la posibilidad de elaborar por ambas partes una doctrina que podríamos
llamar, con un nombre indicativo, de salvación paralela. Los cristianos deberían
llegar a admitir que los hebreos, por motivo de su elección originaria e irrevocable
y de la posesión y de la observancia de la ‘Torà’, poseen una vía suya autónoma,
plena y especial hacia la salvación que no necesita a Jesús».
Para quien se dice cristiano resuenan ineludibles las palabras de Nuestro Señor:
«Id por todo el mundo y anunciad el Evangelio a toda criatura; el que crea y sea
bautizado se salvará; pero el que no crea se condenará» (Mc 16,15-16). Y estas

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otras: «Id y predicad a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre y
del Hijo y del Espíritu Santo, enseñandoles a observar todo lo que os he mandado»
(Mt 28,18).
Ya comentó estupendamente el cardenal Biffi: «Es una orden precisa del Señor y
no admite derogación alguna. El no nos ha dicho: predicad el Evangelio a toda
criatura, excepto a los musulmanes, a los hebreos y al Dalai Lama».
Y todo eso no por ánimo malvado, por fundamentalismo tradicionalista o por
voluntad de ofender o provocar, sino para no hacer inútil la cruz de Cristo y la
espera de ese Niño envuelto en pañales en un pesebre. No vaya a suceder una
vez más que, mientras otros vengan de Oriente para adorarlo, los suyos no lo
reconozcan.

 Profecías de la Beata Anne Katherine Emmerich


“Ví una fuerte oposición entre dos Papas… y ví cuán funestas habrían sido las
consecuencias de esa falsa Iglesia… La cual se hacía cada vez más grande;
herejes de todas clases llegaban a la ciudad de Roma; los clérigos acrecentaban su
propio lucro, había una gran oscuridad... Ví que la Iglesia de Pedro era minada por
el plan de una secta”. “La Iglesia se halla en gran peligro. Debemos pedir para que
el Papa no se vaya de Roma, vendrían males innumerables si lo hace… Cuando
esté ya cerca el reino del Anticristo, aparecerá una religión falsa que irá contra la
unidad de Dios y de su Iglesia. Eso causará el cisma más grande que se haya visto
nunca en el mundo”.
“Tuve otra visión de la gran tribulación. Los clérigos pedían un permiso que no se
podía dar. Ví algunos sacerdotes ancianos, especialmente uno, que lloraba y se
dolía amargamente; algunos pocos jóvenes también se quejaban. Pero otros,
especialmente los herejes, rápidamente acogieron la petición. Era como si la gente
estuviera dividida en dos bandos...”
“Ví que un cierto número de pastores aceptaban ideas peligrosas para la Iglesia.
Construían una grande, extraña y extravagante Iglesia. Cualquiera era aceptado
para unirse y tener los mismos derechos: protestantes, católicos, sectas de cual-
quier credo. Así había de ser la Nueva Iglesia... pero Dios tenía otros proyectos...”
“Ví otra vez esa enorme y extraña Iglesia que construían allá, en Roma. No
había en ella nada de santo. Ví eso, pero también otro movimiento guiado por
eclesiásticos, en el que colaboraban Angeles, Santos y otros Cristianos.”
“Pero allí, en la extraña Iglesia grande, todo el trabajo era hecho mecánicamente
según reglas establecidas y formuladas. Todo era hecho según la razón humana...
Ví toda clase de gente, de cosas, doctrinas y opiniones. Había un cierto orgullo,
presunción y violencia, y parecía que tenían éxito en todo. No ví ni siquiera un
Angel, ni tampoco un Santo ayudando en aquel trabajo. Pero en lo más profundo de
la tierra ví a un pueblo salvaje armado di lanzas, y una figura que reía y decía:
“Edificadla lo más sólida que podais, que nosotros la destruiremos”. Ví otra vez la
nueva y desordenada Iglesia que intentaban hacer... En ella no había nada de
santo. Había gente que amasaba el pan en una cripta bajo aquella Iglesia; pero no
habría alabado, ni recibido el Cuerpo de Nuestro Señor, habría sido sólo pan. Los
que estaban involuntariamente en el error, y los que piadosa y ardientemente
deseaban el Cuerpo de Cristo, habrían sido consolados, pero no por medio de la
Hostia Santa. Entonces mi Guía (Jesús) dijo: “Esto es una Babel”. Ví cosas
deplorables: ví a gente que jugaba, bebía y conversaba en la Iglesia; incluso

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coqueteando con mujeres. Toda clase de abominios allí se cometía. Los sacerdotes
permitían todo y celebraban la Misa con mucha falta de respeto. Sólo quedaban
algunos pocos piadosos... Todo eso me causó mucha angustia.” (Profecías, 22 de
abril de 1823)

 30 ideas peligrosas de la extraña y extravagante iglesia


1) Se ha difundido la tendencia a anteponer la pastoral a la doctrina.
2) Se piensa que ya no pueden haber preceptos absolutos.
3) Que entre historia sagrada e historia profana no hay diferencia.
4) Que la moral tradicional de la Iglesia sobre la sexualidad esté ya superada.
5) Que nunca se pueda juzgar y por lo tanto valuar a la luz de la Fe y de la razón,
ninguna situación objetiva de la vida.
6) Que pueda ordenar sacerdotes a hombres casados y ordenar “diáconos” (y tal
vez incluso sacerdotes) también a mujeres.
7) Que los obispos y los párrocos son verdaderos cristianos si hablan (siempre y
sólo) de inmigrantes, de pobres, de ecología, de criminalidad, de cuestiones
sociales, en vez de hablar de pecado, de muerte, de juício, de infierno y paraíso.
8) Que el centro de la vida cristiana sea la misericordia aun sin la verdad y la
justicia.
9) Que Dios en Cristo ya nos ha salvado a todos y que el infierno y el demonio son
un mito, así como el pecado original, los milagros y la misma creación del mundo
y de Adán y Eva.
10) Que la distinción entre pecado mortal y pecado venial sea una sutileza
legalística.
11) Que la Iglesia no tenga una superioridad por ningún motivo en cuanto a poseer
la Verdad.
12) Que los divorciados otra vez casados puedan recibir la Eucaristía.
13) Que los católicos puedan aprobar y votar las leyes sobre el divorcio, el aborto, la
eutanasia, la fecundación artificial, las uniones civiles y el matrimo-nio entre
homosexuales, y que la Iglesia no tiene que pretender influir en las leyes del
estado, para salvaguardar su laicidad, excepto si se trata de leyes sobre la
inmigración.
14) Que la Iglesia no diga que no a nada, sino que se debe limitar a acoger y a
acompañar.
15) Que los dogmas evolucionan.
16) Que la Iglesia deba abrirse no sólo a todos sino a todo.
17) Que tener dudas sobre las verdades de fe sea cosa buena para la misma fe.
18) Que obedecer a Dios por deber sea traicionar el Evangelio.
19) Que la verdadera Mesa Eucarística no es el Altar sino los pobres, y que en lugar
de hablar de transustaciación hemos de hablar de transfiguración o transigni-
ficación (o sea, que Jesús no está total y realmente presente, vivo y verdadero,
en la Eucaristía, sino sólo en espíritu).
20) Que no hay que hacer prosélitos, porque eso es “una tontería”.
21) Que la misión no hay que entenderla como convertir a los demás, llevando a
todos a Jesús, Camino, Verdad y Vida, sino como conversión de uno mismo
(“¡la Iglesia se tiene que convertir!!!”) y como conocimiento de otras culturas y
dinámicas sociales que adquirir para nuestra fe, para encarnarla en las culturas
y enriquecerla.

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22) Que la Iglesia deba escuchar al mundo y no juzgarlo y que deba hacer propio
el lenguaje del mundo (que la Iglesia tenga mucho que aprender del mundo).
23) Que la fidelidad a la doctrina sea contraria a la misericordia.
24) Que se deba promover un descentramiento doctrinal (una misma ley de Dios
pueda ser interpretada de modo diverso de una nación a otra, porque no son los
hombres los que se deben adaptar a la Ley de Dios sino al contrario).
25) Que se deba colaborar con todos.
26) Que lo importante es caminar unidos en tantas cosas, sobre todo con los
protestantes (debemos llegar finalmente a la intercomunión), independiente-
mente de las doctrinas.
27) Que Lutero haya sido una medicina para la Iglesia y que debemos dar gracias
al Señor por la Reforma protestante.
28) Que la doctrina no hay que presentarla toda junta.
29) Que preocuparse por la fidelidad doctrinal sofoca el impulso del Espíritu Santo
y la caridad.
30) Que no podemos saber lo que ha dicho realmente Jesús en el Evangelio
“porque en quel tiempo no había grabadoras”.
“Así había de ser la nueva Iglesia... pero Dios tenía otros proyectos...”
“Pero las potencias del infierno no prevalecerán sobre Ella” (Mt 16,18).
Quien es verdadero católico sabe lo que dice el Catecismo, el cual en el capítulo
“La última prueba de la Iglesia” dice:
675 - Antes de la venida de Cristo, la Iglesia ha de pasar a través de una prueba
final que sacudirá la fe de muchos creyentes. La persecución que acom-paña su
peregrinación sobre la tierra revelará el «misterio de iniquidad» bajo la forma de una
impostura religiosa que ofrece a los hombres una solución aparente de sus
problemas, al precio de apostatar da la verdad. La máxima impostura religiosa es la
del Anticristo, es decir, uno falso mesianismo en el que el hombre se glorifica a sí
mismo en lugar de Dios y de su Mesías venido en la carne.
676 - Esta impostura anticrística ya se delinea en el mundo cada vez que se
pretende realizar en la historia la esperanza mesiánica que no puede ser llevada a
cumplimiento sino más allá de ella, a través del juício escatológico; también en
su forma mitigada, la Iglesia ha rechazado esa falsificación del reino futuro bajo
el nombre de milenarismo, sobre todo en la forma política de un mesianismo
secularizado «intrínsecamente perverso».
677 - La Iglesia no entrará en la gloria del Reino mas que a través de esa última
pascua, en la que seguirá a su Señor en su muerte y resurrección. El Reino no se
cumplirá por tanto mediante un triunfo histórico de la Iglesia según un progreso
ascendiente, sino mediante una victoria de Dios sobre el último desatarse del mal
que hará descender del cielo a su Esposa. El triunfo de Dios sobre la revuelta del
mal tomará la forma del último juício después del último trastorno cósmico de este
mundo que pasa.
“¿Por qué haceis tanto ruido y llorais? La niña no está muerta, sino que
duerme” Y se mofaban de El. Pero Jesús, echando afuera a todos, tomó con El
al padre y a la madre de la niña y a los que estaban con El, y entró donde
estaba la niña. La tomó de la mano y le dijo: “¡Talita qum!”, que significa: “Niña,
yo te digo, ¡levántate!”. Enseguida la niña se levantó y se puso a andar; tenía
doce años. (Mc 5,39-43)

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 El «CREDO» del Pueblo de Dios (Proclamado por el Papa Pablo VI)
«Mi predecesor Pablo VI ha querido reunir en el “Credo del Pueblo de Dios” los
elementos esenciales de la Fe católica, sobre todo los que ofrecían mayor
dificultad, o bien corrían el riesgo de ser ignorados. Es una referencia segura
para el contenido de la catequesis». (San Juan Pablo II)
 Nosotros creemos en un solo Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, Creador de
las cosas visibles, como este mundo en el que transcurre nuestra vida fugaz, de las
cosas invisibles, como son los espíritus puros, llamados ángeles, y Creador en cada
hombre del alma espiritual e inmortal.
Nosotros creemos que este único Dios es absolutamente uno en su esencia
infinitamente santa, como en todas sus perfecciones, en su Omnipotencia, en su
Sabiduría infinita, en su Providencia, en su Voluntad y en su Amor.
El es El que es, como El mismo lo reveló a Moisés; y El es Amor, como nos
enseña el Apostol Juan, de modo que estos dos nombres: Ser y Amor, expresan
inefablemente la misma Realidad divina de Aquel que ha querido darse a conocer
a nosotros, y que «habitando en una luz inaccesible» es en Sí mismo por encima
de todo nombre, de todas las cosas y de toda inteligencia creada.
Sólo Dios puede darnos el conocimiento justo y pleno de Sí mismo, revelandose
como Padre, Hijo y Espíritu Santo, a cuya eterna vida somos por gracia suya
llamados a participar, acá abajo en la oscuridad de la fe, y después de la muerte, en
la luz perpetua, en la vida eterna.
Los recíprocos vínculos que constituyen eternamente las tres Divinas Personas,
cada una de las cuales son el único e idéntico Ser divino, son la dichosa vida íntima
de Dios tres veces Santo, infinitamente por encima de todo lo que nosotros
podemos concebir según la medida humana.
Entre tanto demos gracias a la Bondad divina por el hecho de que muchísimos
creyentes pueden testimoniar con nosotros, ante los hombres, la unicidad de Dios,
aun no conociendo el misterio de la Santísima Trinidad.

 Nosotros por tanto creemos en el Padre que engendra eternamente al Hijo; en


el Hijo, Verbo de Dios, que es eternamente engendrado; en el Espíritu Santo,
Persona increada que procede del Padre y del Hijo como su eterno Amor. De este
modo, en las tres Personas divinas, coæternæ sibi et coæquales, sobreabundan y
se consuman, en la superexcelencia y en la gloria propias del Ser increado, la vida
y la felicidad de Dios perfectamente uno; y siempre «debe ser venerada la unidad
en la Trinidad y la Trinidad en la unidad».
 Nosotros creemos en nuestro Señor Jesucristo, Hijo de Dios. El es el Verbo
eterno, nacido del Padre antes de todos los siglos, y consustancial al Padre, homo-
ousios to Patri (Όμοουσιος το Πατρι); y por medio de El todo ha sido hecho. El se ha
encarnado por obra del Espíritu Santo en el seno de la Virgen María y se ha hecho
hombre: igual por lo tanto al Padre según la divinidad, e inferior al Padre según la
humanidad, y El mismo uno, no por alguna imposible confusión de las naturalezas,
sino por la unidad de la persona.
El ha vivido entre nosotros lleno de gracia y de verdad. El ha anunciado e
instaurado el Reino de Dios, y en El nos ha hecho conocer al Padre.
Nos ha dado su Mandamiento nuevo, amarnos los unos a los otros como El nos
ha amado. Nos ha enseñado la vía de las Bienaventuranzas del Evangelio: pobreza
en el espíritu, mansedumbre, dolor soportado en la paciencia, sed de justicia,

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misericordia, pureza de corazón, voluntad de paz, persecución sufrida por motivo
de la justicia.
Ha padecido bajo Poncio Pilato, Cordero de Dios que lleva sobre Sí los pecados
del mundo, y ha muerto por nosotros en la Cruz, salvandonos con su sangre
redentora. El ha sido sepultado y, por su propio poder, ha resucitado al tercer día,
elevandonos con sua Resurrección a la participación de la Vida divina, que es la
vida de la gracia.
Ha subido al Cielo, y vendrá de nuevo en su gloria para juzgar a los vivos y a los
muertos, a cada uno según sus propios méritos; así que irán a la vida eterna los que
han respondido al Amor y a la Misericordia de Dios, e irán al fuego inextinguible
los que hasta el último momento han opuesto su rechazo.
Y su Reino no tendrá fin.
 Nosotros creemos en el Espíritu Santo, que es Señor y da la vida; que es
adorado y glorificado con el Padre y con el Hijo. El nos ha hablado por medio de los
profetas, nos ha sido enviado por Cristo después de su Resurrección y su
Ascensión al Padre; El ilumina, vivifica, protege y guía a la Iglesia, purifica sus
miembros, con tal de que no se separen de su gracia. Su acción, que penetra en lo
íntimo del alma, hace al hombre capaz de responder a la invitación de Jesús: «Sed
perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto » (Mt 5,48)
 Nosotros creemos que María es la Madre, siempre Virgen, del Verbo
Encarnado, nuestro Dios y Salvador Jesucristo, y que, por motivo de esta singular
elección, Ella, por los méritos previstos de su Hijo, ha sido redimida de un modo
más eminente, preservada da toda mancha de pecado original y colmada del don
de la gracia más que todas las demás criaturas. Asociada a los misterios de la
Encarnación y de la Redención con un víncolo estrecho e indisoluble, la Virgen
Santísima, la Inmaculada, al final de su vida terrena ha sido elevada en cuerpo y
alma a la gloria celestial y configurada a su Hijo resucitado, anticipando la suerte
futura de todos los justos; y nosotros creemos que la Madre Santísima de Dios,
Nueva Eva, Madre de la Iglesia, continúa en el Cielo su oficio materno respecto a
los miembros de Cristo, cooperando al nacimiento y al desarrollo de la vida divina
en las almas de los redimidos.
 Nosotros creemos que en Adán todos han pecado: lo cual significa que la culpa
original cometida por él ha hecho caer la naturaleza humana, común a todos los
hombres, en un estado del cual lleva las consecuencias de aquella culpa, y que ya
no es el estado en que se encontraban al principio nuestros primeros padres,
constituidos en santidad y justicia, y en el que el hombre no conocía el mal ni la
muerte. Es la naturaleza humana, así decaída, despojada de la gracia que la
revestía, herida en sus propias fuerzas naturales y sometida al dominio de la
muerte, la cual se transmite a todos los hombres; y es en este sentido que cada
hombre nace en el pecado. Nosotros por tanto profesamos con el Concilio de
Trento, que el pecado original es transmitido con la naturaleza humana «no por
imitación, sino por propagación», el cual es por lo tanto «propio de cada uno».
Nosotros creemos que nuestro Señor Jesucristo mediante el Sacrificio de la
Cruz nos ha rescatado del pecado original y de todos los pecados personales
cometidos por cada uno de nosotros, de tal manera que (según la palabra del
Apostol) “ahí donde había abundado el pecado, ha sobreabundado la gracia”.
Nosotros creemos en un solo Bautismo, instituido por Nuestro Señor Jesucristo
para la remisión de los pecados. El bautismo ha de ser suministrado también a los

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niños que todavía no han podido ser culpables de ningún pecado personal, para
que ellos, que han nacido privados de la gracia sobrenatural, renazcan “del agua y
del Espíritu Santo”, a la vida divina en Jesucristo.
 Nosotros creemos en la Iglesia una, santa, católica y apostólica, edificada por
Jesucristo sobre esta piedra que es Pedro. Ella es el Cuerpo Místico de Cristo, a la
vez sociedad visible, formada por órganos jerárquicos, y comunidad espiritual; es la
Iglesia terrestre, Pueblo de Dios peregrino acá abajo, y la Iglesia colmada de los
bienes celestiales; es el gérmen y la primicia del Reino de Dios, por medio del cual
continuan, en la trama de la historia humana, la obra y los dolores de la Redención,
y que aspira a su cumplimiento perfecto más allá del tiempo, en la gloria.
A lo largo del tiempo, el Señor Jesús forma su Iglesia mediante los Sacramentos,
que brotan de su plenitud. Con ellos la Iglesia hace a sus propios miembros
partícipes del Misterio de la Muerte y de la Resurrección de Cristo, en la gracia del
Espíritu Santo, que le da vida y acción.
Ella es por tanto santa, aun incluyendo en su seno a pecadores, ya que ella no
posee más vida que la de la gracia: precisamente viviendo de su vida, sus
miembros se santifican, así como, sustrayendose a su vida, caen en los pecados y
en los desórdenes, que impiden la irradiación de su santidad. Por eso la Iglesia
sufre y hace penitencia por tales pecados, de los cuales, por lo demás, tiene el
poder de sanar a sus hijos con la Sangre de Cristo y el don del Espíritu Santo.
Heredera de las promesas divinas e hija de Abrahám según el espíritu, por medio
de aquel Israel cuyas Escrituras custodia con amor y venera a los Patriarcas y
Profetas; fundada sobre los Apóstoles y transmisora, de siglo en siglo, de su
palabra sempre viva y de sus poderes de Pastores en los Sucesores de Pedro y en
los Obispos en comunión con él; constantemente asistida por el Espíritu Santo, la
Iglesia tiene la misión de custodiar, enseñar, explicar y difundir la verdad que Dios
ha manifestado de una forma todavía velada por medio de los Profetas y en plenitud
por medio del Señor Jesús.
Nosotros creemos todo lo que está contenido en la Palabra de Dios, escrita o
transmitida, y que la Iglesia propone para creerla como divinamente revelada, bien
sea con un juicio solemne, bien sea con el magisterio ordinario y universal. Nosotros
creemos en la infalibilidad que goza el Sucesor de Pedro, cuando enseña ex
cattedra como Pastor y Doctor de todos los fieles, y de la cual está igualmente
dotado el Colegio de los Obispos, cuando con él ejerce el magisterio supremo.
Nosotros creemos que la Iglesia, que Jesús ha fundado y por la cual ha pedido,
es indefectiblemente una en la Fe, en el culto y en el vínculo de la comunión
jerárquica. En el seno de esta Iglesia, ya sea la rica variedad de los ritos litúrgicos,
ya sea la legítima diversidad de los patrimonios teológicos y espirituales y de las
disciplinas particulares, lejos de afectar a su unidad, la ponen en mayor evidencia.
Reconociendo así mismo, afuera del organismo de la Iglesia de Cristo, la
existencia de numerosos elementos de verdad y de santificación que le pertenecen
como cosa propia y tienden a la unidad católica, y creyendo en la obra del Espíritu
Santo, que en el corazón de los discípulos de Cristo suscita el amor por tal unidad,
nutrimos la esperanza de que los cristianos que todavía no estan en plena
comunión con la única Iglesia, se reunirán un día en un solo rebaño con un solo
Pastor.
Nosotros creemos que la Iglesia es necesaria para la salvación porque Cristo,
que es el único Mediador y la única vía de salvación, se hace presente para

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nosotros en su Cuerpo, que es la Iglesia. Pero el proyecto divino de la salvación
abraza a todos los hombres: los que, sin culpa, ignoran el Evangelio de Cristo y su
Iglesia, pero buscan sinceramente a Dios y bajo el influjo de su gracia se esfuerzan
por cumplir su Voluntad, reconocida en los dictámenes de su conciencia, también
ellos, en número que sólo Dios conoce, pueden alcanzar la salvación.
 Nosotros creemos que la Misa, celebrada por el sacerdote que representa la
persona de Cristo en virtud del poder recibido en el sacramento del Orden y por él
ofrecida en el nombre de Cristo y de los miembros de su Cuerpo místico, es el
Sacrificio del Calvario hecho sacramentalmente presente en nuestros altares.
Nosotros creemos que, como el pan y el vino consagrados por el Señor en la
Ultima Cena fueron convertidos en su Cuerpo y en su Sangre, que poco después
habrían sido ofrecidos por nosotros en la Cruz, del mismo modo el pan y el vino
consagrados por el sacerdote se convierten en el Cuerpo y en la Sangre de Cristo
gloriosamente reinante en el Cielo. Creemos que la misteriosa presencia del Señor,
bajo lo que sigue apareciendo como antes a nuestros sentidos, es una presencia
verdadera, real y sustancial.
Por tanto Cristo no puede estar presente en este Sacramento sino mediante la
conversión de la realidad misma del pan en su Cuerpo y mediante la conversión en
su Sangre de la realidad misma del vino, mientras que permanecen inmutadas
solamente las propiedades del pan y del vino percibidas por nuestros sentidos. Esta
conversión misteriosa es llamada por la Iglesia, de una forma muy apropiada,
transustanciación. Toda explicación teológica que intente penetrar de alguna forma
en este misterio, para estar de acuerdo con la Fe católica debe mantener firme que
en la realidad objetiva, independientemente de nuestro espíritu, el pan y el vino han
cesado de existir después de la consagración. A partir de ese momento son el
Cuerpo y la Sangre adorables del Señor Jesús lo que está realmente ante nosotros
bajo las especies sacramentales del pan y del vino, precisamente como el Señor ha
querido, para darse a nosotros como alimento y para asociarnos a la unidad de su
Cuerpo Místico.
La única e indivisible existencia del Señor glorioso en el Cielo no se multiplica,
pero se hace presente por el Sacramento en los numerosos lugares de la tierra en
que se celebra la Misa. Después del Sacrificio, tal existencia permanece presente
en el santo Sacramento, que es, en el sagrario, el corazón viviente de cada una de
nuestras iglesias. Y es para nosotros un deber dulcísimo honrar y adorar en la
Hostia santa, que ven nuestros ojos, al Verbo Encarnado, que no pueden ver y que,
sin dejar el Cielo, se ha hecho presente ante nosotros.
 Nosotros confesamos que el Reino de Dios, empezado acá abajo en la Iglesia
de Cristo, no es de este mundo, cuya figura pasa. Su verdadero crecimiento no
puede ser confundido con el progreso de la civilización, de la ciencia y de la técnica
humanas, sino que consiste en conocer cada vez más las inescrutables riquezas
de Cristo, en esperar cada vez más fuertemente los bienes eternos, en responder
cada vez más ardientemente al amor de Dios, y en dispensar cada vez más
abundantemente la gracia y la santidad entre los hombres. Pero es ese mismo amor
lo que lleva la Iglesia a preocuparse constantemente del verdadero bien temporal de
los hombres. Mientras que no cesa de recordar a sus hijos que no tienen acá abajo
estable morada, ella los exhorta también a contribuir –cada quien según su propia
vocación y sus propios medios– al bien de su ciudad terrena, a promover la justicia,
la paz y la hermandad entre los hombres, a prodigar su ayuda a sus propios

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hermanos, sobre todo a los más pobres y más necesitados. La intensa solicitud de
la Iglesia, Esposa de Cristo, por las necesidades de los hombres, per sus alegrías y
sus esperanzas, por sus esfuerzos y sus fatigas, no es por lo tanto más que su gran
deseo de estar presente para ellos, para iluminarlos con la luz de Cristo y renirlos a
todos en El, su único Salvador. Tal solicitud no puede nunca significar que la Iglesia
se conforme a sí misma a las cosas de este mundo, o que disminuya el ardor de la
espera de su Señor y del Reino eterno.
 Nosotros creemos en la vida eterna. Nosotros creemos que las almas de los que
mueren en la gracia de Cristo, ya sea que aún deban ser purificadas en el
Purgatorio, ya sea que desde el momento en que dejan su propio cuerpo sean
recibidas por Jesús en el Paraíso, como hizo con el Buen Ladrón, constituyen el
Pueblo de Dios en el más allá de la muerte, la cual será definitivamente vencida el
día de la Resurrección, cuando esas almas serán reunidas a sus propios cuerpos.
11 Nosotros creemos que la multitud de las almas que estan reunidas en torno a
Jesús y a María en el Paraíso, forma la Iglesia del Cielo, donde en la eterna
bienaventuranza ven a Dios así como es y donde son también asociadas, en
diferentes grados, con los santos Angeles, al gobierno divino ejercido por Cristo
glorioso, intercediendo por nosotros y ayudando nuestra debilidad con su fraterna
solicitud.
12 Nosotros creemos en la comunión entre todos los fieles de Cristo, de quienes
son peregrinos en este mundo, de los difuntos que cumplen su propia purificación
y de los glorificados del Cielo, todos los cuales forman juntos una sola Iglesia;
nosotros creemos que en esa comunión el amor misericordioso de Dios y de sus
Santos escucha constantemente nuestras plegarias, conforme a la palabra de
Jesús: Pedid y recibireis. Y con la fe y en la esperanza, nosotros esperamos la
resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro.
Bendito sea Dios Santo, Santo, Santo. Amén.

 La Fe tiene necesidad del conocimiento


Tantos saben decir el Credo, pero no lo conocen. No se puede amar lo que no
se conoce. El valor de nuestros actos depende de cada nuevo conocimiento de la
Divina Voluntad: “Cuanto más conozcas mi Voluntad, tanto más tu acto
adquirirá su valor” (Jesús a la Sierva de Dios Luisa Piccarreta, 25-8-1921)
En la medida que conocemos una cosa la amamos, y amandola la apreciamos, la
deseamos, la poseemos de hecho, la pedimos y la recibimos. A medida que
amamos una cosa y nos interesa, hablamos de ella: “Donde está tu tesoro, ahí
está también tu corazón” (Mt 6,21) y “de la abundancia del corazón habla la boca”
(Mt 12,34), ha dicho el Señor. Si la boca no sabe hablar de las cosas del Señor, o
bien de la Divina Voluntad de la forma nueva como Jesús ha hablado a Luisa (y en
ninguna otra parte se encuentra), es porque de esa forma no se conoce y no es
todavía ese tesoro que se ama y que llena la vida. “El reino de los cielos es
semejante a un tesoro escondido en un campo; un hombre lo encuentra y lo
esconde de nuevo; después va, lleno de alegría, vende todo lo que tiene y compra
ese campo. El reino de los cielos es semejante a un mercader que va en busca de
perlas preciosas; encuentra una perla de gran valor, va, vende todo lo que tiene y
la compra” (Mt 13,44-46). “Pedid y se os dará; buscad y hallareis; llamad y se os
abrirá” (Mt 7,7).

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A medida que Jesús da a conocer sus verdades maravillosas al alma, aumenta
su capacidad y la prepara a un conocimiento mayor: “El conocimiento es el ojo
del alma. El alma que no conoce es como ciega para ese bien, para esas
verdades. En mi Voluntad no hay almas ciegas, sino que cada conocimiento
les da una penetración mayor de la vista” (Vol. 15°, 2-4-1923).
Conocer las verdades del Señor es un don de Dios, darla a conocer es iniciativa
suya, pero es necesario –una vez que llega una primera noticia– abrir el corazón al
Señor y buscarlo. Y si de verdad se le encuentra, esa inmensa alegría se demuestra
si corremos a “vender todo lo que tenemos”, a dejar todo para poder recibir todo, el
verdadero Todo. Es lo que hizo San Pablo, y lo dice después de haber comparado
la variedad de los carismas (objeto del deseo para tantos) con la Caridad (esto es,
el mismo Amor Divino que brota de su Voluntad): “La caridad no tendrá fin. Las
profecías desaparecerán; el don de lenguas cesará y la ciencia terminará. Nuestro
conocimiento es imperfecto e imperfecta nuestra profecía. Pero cuando venga lo
perfecto, lo que es imperfecto desaparecerá. Cuando yo era niño, hablaba como
niño, pensaba como niño, razonaba como niño. Pero una vez hombre, he dejado
lo que era de niño” (1a Cor 13,8-11).
No sólo lo que es imperfecto debe dejar espacio a lo que es perfecto; no sólo se
abandonan las cosas propias de la edad infantil cuando se crece como Jesús “en
edad, sabiduría y gracia”; no sólo las estrellas desaparecen absorbidas en la unidad
de la luz del sol, cuando surge dando vida al nuevo día. Incluso le cosas de antes
(que entonces eran útiles y buenas) resultan después inútiles, más aún, son
“pérdida” y obstáculo para alcanzar lo mejor: “Lo que podía ser para mí ganancia, lo
he considerado una pérdida a motivo de Cristo. Es más, siento que todo ya es una
pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por el cual
he dejado todas esas cosas y las considero como basura, con tal de ganar Cristo
y de ser hallado en El, no con una justicia mía fruto de la Ley, sino con la que
procede de la fe en Cristo, es decir, con la justicia que viene de Dios, basada en
la Fe” (Fil 3,7-9).
Poseer equivale a ser poseido. No es posible servir a dos dueños. Dejar por eso
cualquier cosa que se posee y se ama es como dejar un poco de sí mismo. Es morir
un poco. Es morir a un apego. Es “negarse a sí mismo”, condición necesaria para
seguir al Señor.
“Por tanto ¿quién te ha dado ese privilegio? ¿Qué tienes tú que no lo hayas
recibido? Y si lo has recibido, ¿por qué te jactas como si no lo hubieras recibido?”
(1a Cor 4,7). ¿Hay alguna cosa que el Señor podría pedirme, que yo le negaría
en serio, después de haber recibido de El todo lo que soy y lo que poseo? Porque
–ya lo hemos recordado– “donde está tu tesoro, ahí está también tu corazón”. Se
impone una decisión: con palabras de San Francisco de Asís: “…y para todo
poseer, nada en el mundo hay que tener”. O con las de San Juan Bautista: “Hace
falta que El crezca y yo disminuya” (Jn 3,30).
Si queremos llenar de agua una botella, no basta ponerla bajo una cascada; hace
falta quitar el tapón. Si queremos que la luz, el gusto y la vida del Señor entren en
nuestra mente y en nuestro corazón, no basta conocer de memoria el Evangelio o la
Biblia, o “haber leído” los Escritos sublimes de Luisa; es necesario quitar el tapón de
nuestro querer humano, de nuestro “ego” que se quiere reservar algo para sí, que
se va apegando incluso a los dones de Dios en vez de buscar al Dios de los dones,
y lo sabe hacer camuflandose bajo el aspecto de hacer el bien, de virtudes, de
apostolado, incluso de santidad.

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 Conceptos básicos: el tiempo y la eternidad
“Que Dios me conceda hablar según su conocimiento y pensar dignamente de los
dones recibidos, porque El es guía de la Sabiduría y los sabios de El reciben
orientación. En poder suyo estamos nosotros y nuestras palabras, toda inteligencia
y toda habilidad nuestra. El me ha concedido el conocimiento infalible de las cosas,
para comprender la estructura del mundo y la fuerza de los elementos, el principio,
el final y el medio de los tiempos”.” (Sabiduría, 7,15-18).
“En ayuda de la razón, que busca comprender el misterio, estan también los
signos presentes en la Revelación. Nos sirven para buscar más a fondo la verdad
y permiten que la mente pueda autónomamente investigar también dentro del
misterio” (San Juan Pablo II, encíclica “Fides et ratio”, n. 13).
Los Papas nos han presentato el Credo, sin mutilarlo ni alterarlo, sino explican-
dolo en toda su riqueza. Y después de haber visto qué cosa es la Fe y como
solamente la Iglesia nos garantiza y nos transmite la verdadera Fe, contemplemos
ahora a grandes rasgos su maravilloso contenido.
Pero antes de proseguir debemos comprender, en la medida de lo posible, qué
cosa es el tiempo y qué es la eternidad.
Debemos partir del Principio, y el Principio es Dios. Dios es “Aquel que es”, Dios
es Plenitud, Dios es en su Acto puro, único, absoluto, simplicísimo, infinito, eterno,
que no tiene sucesión de actos. Dios no tiene un antes y un después.
Y si para Dios no existe el pasado ni el futuro, estos dos conceptos nuestros, que
acompañan inexorablemente nuestra condición de criaturas, no existen en la gran
Realidad objetiva. Son conceptos nuestros puramente subjetivos. Así es como
nosotros los percibimos, necesariamente.
Sin embargo el tiempo es una realidad objetiva: es uno de los componentes
esenciales de la Creación, del Universo creado, es su “cuarta dimensión” (además
de las tres dimensiones del espacio: longitud, anchura y altura), es el modo de
existir propio de cada ser creado, ya que por ser limitado no es capaz de tener o
de realizar al mismo tiempo todas sus posibilidades, sino que ha de pasar en
momentos sucesivos de la posibilidad al acto de realizarla.
El hombre no es puro espíritu, como los ángeles. El hombre no se posee ni se
realiza a sí mismo en un solo acto exhaustivo, con una fuerza que abrace todo lo
que él es, y por lo tanto de una sola vez, en una única decisión de aceptar a Dios,
decisión en la que se exprese definitivamente por entero. Dios concede a cada
hombre un arco de tiempo conveniente y suficiente, perfecto, en que pueda madurar
su libre respuesta a Dios. Sólo al final de ese tiempo su respuesta (sí o no) llega a
ser definitiva, con todas las consecuencias. Pero en cuanto criatura, el hombre
siempre tendrá que pasar de tantas posibilidades al acto de realizarlas; por tanto
existirá siempre el tiempo.
En efecto, Dios recibirá gloria “por los siglos de los siglos”: en un tiempo sin fin.
Por consiguiente, no se acabará el tiempo, no habrá un fin del tiempo. Cosa
diferente del “fin de los tiempos”, un tema que en estas páginas no toco.
¿“Tiempo eterno”, por lo tanto? Aparentemente parece contradictorio, una
paradoja; ¿cómo se explica? El transcurrir del tiempo no existe para Dios, sino para
la criatura. Lo que para nosotros es pasado, presente y futuro, para Dios es un solo
acto eternamente presente. “Ante Dios un día es como mil años y mil años como un
solo día” (2ª Pedro 3,8). Dios tiene en su mano todos los siglos y los milenios de la
historia, los ve desde siempre y para siempre “con una sola mirada”, y también los

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que seguirán sin fin, después de la conclusión de nuestra historia, de nuestro paso
por la tierra.
¿El tiempo es eterno? No es una contradicción. Es verdad que el tiempo empezó
con el comienzo de la Creación (“en el principio”), pero no tendrá fin (“por los siglos
de los siglos” o “en los siglos eternos”).
Para mejor comprender –poco más que intuir– la realidad del tiempo y de la
eternidad puede ayudarnos este ejemplo: Si vemos un desfile o una procesión por
la calle, desde la puerta de casa, desde el momento en que pasa el primero hasta
que pasa el último transcurren, por ejemplo, dos horas: un cierto tiempo. Si subimos
a la terraza de un edificio alto, desde que vemos el primero hasta ver el último, el
tiempo se reduce, dura menos, por ejemplo una hora. Y si lo vemos desde un avión,
entonces vemos todo el desfile al mismo tiempo, no hay distancia de tiempo entre
el primero y el último; en un instante vemos el desfile entero, con una sola mirada:
así es la eternidad.
Hay que añadir que, como Dios tiene el tiempo en su Acto eterno, así es también
para nosotros: nuestro tiempo que ahora vivimos no será seguido por la eternidad
“que nos espera”, sino que ya, en el presente, tiempo y eternidad son dos dimen-
siones, dos planos de existencia, dos realidades coexistentes, concomitantes, y así
serán siempre.
Nuestra eternidad ya está aquí y ahora, presente en cada acto de existencia (que
está “enmarcado” en su correspondiente espacio-tiempo). Por tanto cada acto es
imborrable, imperecedero: cada instante de nuestra vida, como cada suceso,
grande o pequeño, de toda la historia del Universo; es decir, todo, absolutamente
todo, desde el momento en que recibe la existencia, perdura así para siempre, tanto
el bien como el mal. ¡Cada acto nuestro, en su instante, tiene valor de eternidad!
Serán cancelados, como si nunca hubieran ocurrido, solamente los pecados
perdonados, que por lo demás no son cosas creadas por Dios, así como sus
consecuencias desordenadas, humillantes o dolorosas. Desaparecerá para siempre
todo lo que es frustración, dolor y muerte.

 El Acto eterno de Dios: la Stma. Trinidad y la Encarnación


Confieso que antes de hablar de estos sublimes misterios de Dios, deberíamos
besar siete veces el suelo, lavarnos siete veces la boca…, queriendo decir que
todos somos absolutamente indignos e incapaces de hacerlo y que hace falta un
respeto infinito. Sólo Dios, que nos concede poder reflexionar, puede purificarnos,
como a Isaías, la mente, el corazón, los labios, “con un carbón encendido” por su
Amor.
Y sé bien que estas pequeñas reflexiones (de las que me asumo toda la
responsabilidad) son apenas un balbucir, aunque sea con un átomo de amor, ante
la verdadera Realidad Divina. En ellas hago mía la auténtica Fe de la Iglesia. Pero
si la Iglesia me dijera que alguna cosa de mi meditación no fuera conforme a la
verdad, la borraría inmediatamente de mi mente… Sin embargo debería decirmelo
la legítima Autoridad de la Iglesia, porque por otra parte, si por hipótesis sucediese
que una gran mayoría de fieles e incluso de Pastores (como ya ocurrió alguna vez
en la historia), se alejara por defecto o por exceso de la Doctrina auténtica, con la
Gracia del Señor no los seguiría en eso. “Si alguien os predica un Evangelio
diferente dal que habeis recibido, ¡sea anatema!”

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Dios es un solo Dios en Tres Divinas Personas. Come todos saben, en el Antiguo
Testamento no fue dada una revelación explícita del Misterio Trinitario: las Tres
Divinas Personas del único Dios. Desde el primer capítulo del Génesis, hay ya
elocuentes alusiones sobre Dios (singular) que habla en plural: “Y Dios dijo:
Hagamos al hombre a Nuestra imagen, a Nuestra semejanza... Y Dios creó al
hombre a Su imagen, a imagen de Dios lo creó, varón y hembra los creó...” (1,26-
27). “El Señor Dios dijo entonces: He aquí que el hombre ha llegado a ser como uno
de Nosotros...” (3,22). Lo mismo se ve en el cap. 18, la aparición de Dios a Abrám:
“...vio que tres hombres estaban de pie a su lado... Apenas los vió... se postró en el
suelo, diciendo: Señor mío, si he hallado gracia a tus ojos...” Son llamadas
“ángeles” las dos personas que prosiguen, pero ese nombre es en sentido
etimológico (“enviados”). En este sentido se lee en Isaías, 48,16: “Ahora el Señor
Dios Me ha mandado junto con su Espíritu”...
En una palabra, en el Antiguo Testamento hay elocuentes alusiones, que sin
embargo se iluminan solamente a la luz del Nuevo. La Trinidad de Personas de
Dios se manifiesta sólo a partir del bautismo de Jesús en el Jordán. Y después
tantas veces habla de este Misterio Jesús: “El que me ve a Mí, ve al Padre”. “El
Padre, que vive en Mí, hace Sus obras”. “El Padre y Yo somos una sola cosa”, etc.
“Este Hijo es irradiación de su gloria y huella de su sustancia” (Heb 1,3).
La Santa Iglesia ha recibido esta Revelación Suprema y profesa su Fe, junto con
otra Verdad, que es la Encarnación del Verbo, verdadero Dios y verdadero Hombre,
Crucificado y Resucitado por nuestra salvación. Esta Fe está expresada en el
“Credo”, en el que encuentra su puesto (y es objeto de Fe) la misma Iglesia, en
cuanto que ninguno de nosotros ha recibido el depósito de la Divina Revelación
directamente, como lo ha recibido la Iglesia, que lo conserva y lo transmite a todos.
En el “Credo” la Iglesia confiesa también quién es María y cual es suo puesto
excelso y único en el Proyecto de Dios.
Contemplemos por tanto el misterio de la Stma. Trinidad y, en la Divina Trinidad,
María.
Lo hacemos “por analogía”, como todo lo que se refiere a Dios, infinitamente más
grande que nosotros, transcendente.
Si Dios me ha creado, poniendose a Sí mismo como Modelo único, digno de El,
significa que en El sucede algo semejante a lo que sucede en mí. Si yo en mi mente
y en mi conciencia (o para ser más exacto, en la inteligencia, en la voluntad y en la
memoria) tengo una cierta idea de mí mismo, el concepto de mí mismo –y puedo
decir que es como mi imagen interior, mientras que la que veo en un espejo es sólo
exterior y muy parcial–, así Dios tiene una idea de Sí perfectísima. La Idea que Dios
tiene de Sí, el Conocimiento de Sí, el Concepto de Sí, la Imagen de Sí mismo, es
lo que El llama su Verbo, su perfecta Palabra o Expresión, en que Se ve realizado,
“la huella de Su Sustancia”, como dice la Carta a los Hebreos, 1.
El Padre es Revelado, el Hijo es la Revelación del Padre, el Espíritu Santo es el
Divino Revelador.
Mas como Dios no es “algo” sino “Alguien”, es decir, es un Ser responsable de
sus propias acciones y decisiones, o sea, es PERSONA, y como el concepto o
conocimiento que tiene de Sí mismo es perfectísimo (no como el que tengo yo de
mí mismo, que es sólo hasta un cierto punto), resulta entonces que su Concepto

38
o Verbo es igualmente PERSONA, es otra Persona, con la cual puede tener un
inefable DIALOGO (mientras que yo puedo hacer sólo un monólogo conmigo
mismo, con mi imagen interior o con la imagen externa del espejo en que me ve,
porque no es otra persona).
Ese “Diálogo” entre el Padre y el Hijo, esa “Relación” en que se intercambian todo
lo que son, es tan perfecto, que así mismo es Alguien: es la Tercera Divina
Persona, el Espíritu Santo, cuyo Nombre expresa la Esencia misma del Ser Divino.
En una palabra, ninguna de las Tres Persones puede ser sin las otras Dos… Eso
quiere decir que la “persona” no resulta sólo de ser responsable y consciente de las
propias decisiones (un recién nacido es persona, aunque todavía no “ejercita” lo que
es), sino que resulta también de la relación ontológica con las otras personas:
por ejemplo, el Padre es Padre porque tiene el Hijo…3
Hasta aquí llega la reflexión sobre el Dios único, el Ser Divino, único e indivisible,
que es Tres Personas distintas (las llamaría también “recíprocas”).
Pero pasemos a considerar Su recíproco Amor. En ese intercambio de Amor y de
Vida que tiene lugar entre el Padre y el Hijo, el Padre manifiesta y comunica todo lo
que El es al Hijo, todas Sus infinitas perfecciones… Todo deposita en El, excepto
una cosa que “no puede”, porque sería contradictoria: su condición específica de
ser Padre del Verbo. De hecho, el Hijo no podría ser “Padre de Sí mismo”. Ni
tampoco puede darla al Espíritu Santo, porque esta Divina Persona es “la Relación”,
“el Vínculo”, “el Diálogo de Amor” entre las Dos primeras… ¿Qué hacer?
Su Ser Divino, que es un solo Ser, es perfectísimo, de nada tiene necesidad, no
hay nada que añadir o que quitar. Pero su Amor no estaría satisfecho si las Tres
Divinas Personas no dieran todo, si retuvieran para Sí algo. Pues entonces la
solución que se puede entrever es que, sin necesidad de nada, sino sólo por amor,
el Padre ha querido eternamente otra persona, diferente del Hijo y del Espíritu
Santo, una “cuarta persona”, a quien poder comunicar o con la cual poder compartir
Su condición específica de Padre del Verbo.
Una persona por lo tanto externa a la Stma. Trinidad, una persona que crear
aposta para desahogar su Amor: ¡en esta Criatura singular la Paternidad Divina, su
Fecundidad Virginal, se llama “Maternidad Divina”, pero es precisamente la misma!
He dicho “eternamente”. Y eso es porque en Dios no hay sucesión de actos, sino
un único Acto infinito, exhaustivo. A nosotros nos parece que ahora hace una cosa y
luego hace otra; pero el Acto puro de Dios está por encima del transcurrir temporal.
Entonces, desde el punto de vista de Dios, no solamente María, sino también
nosotros y todo lo que existe somos “eternos”, siempre presentes en el Pensa-
miento y en el Querer de Dios, pero desde el punto de vista de seres creados,
somos “temporales”: es decir, tenemos un comienzo de existencia, si bien los
hombres, igual que los ángeles, no tendremos fin.

3
- Atención: estos son los Nombres que da la misma Sagrada Escritura. Si el Padre se llama
“Padre” es porque así debe ser, si bien Dios, purísimo Espíritu, no es ni “masculino” ni
“femenino”. El no toma ese nombre o concepto del hombre que llega a ser “padre”, sino al
contrario: por ser Dios precisamente así, ha querido dar al hombre este rasgo personal. De
igual forma, el Hijo de Dios ha querido hacerse “Hijo del hombre”, precisamente porque
así refleja su condición Divina de ser “el Hijo”. Pero el Padre, el Hijo y el Espíritu
Santo podrían ser llamados, respectivamente, “el Amante, el Amado y el Amor”, o bien
“la Fecundidad Divina, el Fruto de esa Fecundidad y el Realizador de esa Fecundidad”.

39
Y cuando el Verbo Divino ve la Paternidad de su Padre amado “bilocada” (por
así decir) en una criatura, arrebatado por el amor decide de hacerse El también
criatura, para ser su Hijo y honrar así en esa criatura la Paternidad de su Padre…
Por tanto, estremeciendonos de reverencia y de amor ante esta posible reflexión,
bien podemos afirmar que el primer motivo (en orden de importancia) que el Verbo
Eterno ha tenido para encarnarse, no ha sido el pecado de los hombres, sino la
Gracia perfecta de María; que, aunque no hubiera habido otras criaturas, sólo
por Ella se hubiera encarnado… Después, por motivo de esta Pareja inicial de
Criaturas, Dios ha decretado la existencia de todas las demás, en su propio orden
y grado.
Aquí tenemos ya un indicio segurísimo del por qué de la Encarnación. La cual no
podía depender de nuestro comportamiento de criaturas. No era suficiente. Su
motivo no puede ser más que en el Misterio del Amor en la vida íntima de Dios, de
las Tres Divinas Personas. Y tenemos un primer indicio del por qué de una pura
criatura destinada a ser la Madre del Hijo de Dios encarnado.
Apoyado en la autoridad de San Pablo (Ef 1, Col 1) y de San Juan (Jn 1),
concluyo diciendo que
- desde la Eternidad el Hijo o Verbo Eterno de Dios se llama Jesucristo (es decir,
que su Naturaleza humana, su Encarnación, no es para El algo facultativo o
secundario) y es necesariamente el Hijo de María, no siendo posible lo contrario.
Por eso la Iglesia dice que María es “arcanamente unida a Jesucristo desde toda la
eternidad «con un mismo decreto» de predestinación” (Constitución Apostólica
«Munificentissimus Deus» de Pío XII, 1950);
- que Cristo es el Autor y el Destinatario de toda la Creación, el Primogénito y
el “Prototipo” de todas las criaturas;
- que en el tiempo, El, encarnandose, ha tomado nuestra naturaleza humana,
porque antes, al crearnos, nos había dado Su Naturaleza Humana. Por tanto, si el
Hijo de Dios se ha hecho Hombre como nosotros, tanto más aún El nos ha hecho
hombres como El.
El Padre ha mirado a su Hijo y ha visto María; mirandolos luego a los Dos, ha
visto a todos nosotros; mirandonos a nosotros ha visto todas las demás criaturas…
“Todo es vuestro, pero vosotros sois de Cristo y Cristo es de Dios” (1a Cor 2,22-23).
Pero su Ideal no acaba aquí: mirandonos a cada uno de nosotros, ahora quiere ver
en nosotros a su Unico Hijo Jesucristo.
En una palabra, en el eterno decreto de la Encarnación, Dios ha establecido que
el Hijo tuviera junto a su propio Cuerpo personal, físico, un Cuerpo Místico del cual
El fuera la Cabeza, el Rey. Un Cuerpo concebido en El y por motivo de El, “desde
el Principio”.
¡Ese es su verdadero Reino! Pero qué deshonor y qué dolor es para el Padre
cuando nos mira y no ve a su amadísimo y único Hijo, o apenas ve algo de El…

 “El Verbo se ha encarnado”


Nuestro Señor ilumina el Misterio de su Encarnación. Sólo El podía hacerlo. Y lo
hace hablando a la “Sierva de Dios” Luisa Piccarreta en este capítulo del 31 de
Marzo de 1929:
“Hijita de mi Querer Divino, tú has de saber que son derechos absolutos de
mi «Fiat» Divino, tener el primado en cada acto de la criatura, y quien le niega
el primado le quita sus derechos divinos que se le deben por justicia, porque
es Creador del querer humano. ¿Quién podrá decirte, hija mía, cuánto mal

40
puede hacer una criatura cuando llega a separarse de la Voluntad de su
Creador? Ves, bastó un acto del primer hombre, de separación de nuestra
Voluntad Divina, que llegó a cambiar no sólo la suerte de las generaciones
humanas, sino la misma suerte de nuestra Divina Voluntad.
Si Adán no hubiera pecado, el Verbo Eterno, que es la misma Voluntad del
Padre Celestial, 4 habría venido igualmente a la terra glorioso, triunfante y
dominador, acompañado visiblemente por su ejército angélico, que todos
debían ver, y con el esplendor de su gloria habría fascinado a todos y atraido
todos a El con su belleza, coronado como rey y con el cetro de mando, para
ser el rey y la cabeza de la familia humana, de modo que le habría dado el gran
honor de poder decir: «tenemos un rey que es hombre y Dios».5 A mayor
razón que tu Jesús no habría bajado del Cielo para encontrar al hombre
enfermo, ya que si no se hubiera separado de mi Voluntad Divina, no habrían
habido enfermedades ni en el alma, ni en el cuerpo, porque fue la voluntad
humana la que casi ahogó de penas a la pobre criatura. El «Fiat» era
intangible de toda pena y así debía ser el hombre. Por tanto Yo debía venir a
encontrar al hombre felíz, santo y con la plenitud de los bienes con que lo
había creado.
Por el contrario nuestra suerte cambió, porque quiso hacer su voluntad, y
como estaba decretado que Yo había de bajar a la tierra −y cuando la
Divinidad decreta no hay quien la cambie−, cambió sólo el modo y el aspecto,
pero descendí bajo despojos humildísimos, pobre, sin ninguna manifestación
de gloria, en el dolor, llorando y cargado con todas las miserias y penas del
hombre. La voluntad humana me hizo venir a encontrar al hombre infelíz,
ciego, sordo y mudo, lleno de todas las miserias, y Yo, para sanarlo, las debía
de tomar sobre Mí; y para non infundir espanto, debía mostrarme como uno de

4
- Antes ha dicho: “mi Divina Voluntad se encarnó para venir a buscar al hombre perdido.
Fue Ella precisamente, porque Verbo significa palabra y nuestra palabra es el «Fiat»,
que como en la Creación dijo y creó, así en la Redención quiso y se encarnó” (22 de
Marzo de 1929). El Verbo es Jesucristo (Jn 1,14) en cuanto “Palabra” que expresa la
Voluntad del Padre, por tanto es Su manifestación perfecta (“El que me ve a Mí ve al
Padre”: Jn 14,9), de la misma y única Naturaleza del Padre, pero distinto de El como
persona (Sab 7,25-26); la Voluntad del Padre es también la Voluntad del Hijo, por
naturaleza.
5
- La Encarnación del Verbo, Jesucristo, tiene tres finalidades: 1°- Para presidir la Creación:
“El es la imagen de Dios invisible, engendrado antes de toda criatura, ya que por medio
de El han sido creadas todas las cosas, las de los cielos y las de la tierra, las visibles y
las invisibles: Tronos, Dominaciones, Principados y Potestades. Todas las cosas han sido
creadas por medio de El y en vistas a El. El es antes que todas las cosas y todas subsisten
en El” (Col 1,15-17). “…El proyecto de recapitular en Cristo todas las cosas, las del
Cielo como las de la tierra” (Ef 1,10). 2°- Para cumplir la Redención: “Jesucristo ha
venido al mundo para salvar a los pecadores, y de ellos el primero soy yo” (1a Tim 1,15).
“El Hijo de Dios ha aparecido para destruir las obras del diablo” (1a Jn 3,8). 3°- Y para
tener su Reino: “Entonces Pilato le dijo: ¿Con que Tú eres Rey?. Respondió Jesús: Tú lo
dices, Yo soy Rey. Para eso he nacido, para eso he venido al mundo, para dar testimonio
de la verdad” (Jn 18,37). Lo había dicho el Angel a María: “El Señor Dios le dará el
trono de David su padre y reinará para siempre en la casa de Jacob y su Reino no tendrá
fin” (Lc 1,32-33).

41
ellos, para hermanarme con ellos y darles las medicinas y los remedios que
hacían falta. Así que el querer humano tiene el poder de hacer al hombre felíz
o infelíz, santo o pecador, sano o enfermo. Por tanto, ya ves: si el alma se
decide a hacer siempre, siempre, mi Divina Voluntad y a vivir en Ella, cambiará
su suerte y mi Divina Voluntad se lanzará sobre la criatura, la hará su presa y
dandole el beso de la creación cambiará aspecto y modo, y estrechandola a
su seno le dirá: «dejemos todo a un lado, para tí y para Mí han vuelto los
primeros tiempos de la Creación, todo será felicidad entre tú y Yo, vivirás en
nuestra casa, como hija nuestra, en la abundancia de los bienes de tu
Creador».
Oye, pequeña mía, recién nacida de mi Divina Voluntad, si el hombre no
hubiera pecado, si no se hubiera separado de mi Divina Voluntad, Yo habría
venido al mundo, ¿pero sabes cómo? Lleno de majestad, como cuando
resucité de la muerte, si bien tuviera mi Humanidad semejante al hombre,
unida al Verbo Eterno, ¿pero con qué diferencia? Mi Humanidad resucitada
era glorificada, vestida de luz, no sujeta a padecer ni a morir. Yo era el Divino
Triunfador, mientras que mi Humanidad antes de morir estaba sujeta, volunta-
riamente, a todas las penas, más aún, fui el Varón de dolores. Y como el
hombre tenía todavía los ojos deslumbrados por el querer humano y por eso
aún estaba enfermo, pocos fueron los que me vieron resucitado, lo cual sirvió
para confirmar mi Resurrección. Así que subí al Cielo para darle al hombre
tiempo de tomar los remedios y las medicinas, para que se curase y se
dispusiera a conocer mi Divina Voluntad, para vivir no de la suya, sino de la
Mía, y así podré mostrarme lleno de gloria y majestad en medio de los hijos de
mi Reino. Por eso mi Resurrección es la confirmación del «Fiat Voluntas tua»
así en la tierra como en el Cielo. Después de tan largo dolor sufrido por mi
Divina Voluntad durante tantos siglos, de no tener su reino en la tierra, su
absoluto dominio, era justo que mi Humanidad pusiera a salvo sus derechos
divinos y realizase el primer fin mío y suyo de formar su reino en medio de
las criaturas.
Además de eso, has de saber −para confirmarte aún más de como la
voluntad humana cambió su suerte y la de la Divina Voluntad respecto a ella−
que en toda la historia del mundo sólo dos han vivido de Voluntad Divina sin
hacer nunca la suya: la Reina Soberana y Yo. Y la distancia, la diferencia entre
Nosotros y las demás criaturas es infinita, tanto que ni siquiera nuestros
cuerpos se quedaron en la tierra; habían servido como morada real al «Fiat»
Divino y Este se sentía inseparable de nuestros cuerpos, y por eso reclamó y
con su fuerza imperante arrebató nuestros cuerpos junto con nuestras almas
a su Patria Celestial. ¿Y por qué todo eso? Toda la razón es porque nunca
nuestra voluntad humana tuvo un acto de vida, sino que todo el dominio y el
campo de acción fue sólo de mi Divina Voluntad. Su potencia es infinita, su
amor es insuperable.”

 Entremos en el Proyecto eterno de Dios


Dios no tenía necesidad de nada ni de nadie. La suya es una necesidad de
desahogar su Amor. Todo lo que ha salido de Dios como amor debe regresar a El
como respuesta a su amor.
Dependiendo del misterio divino de las relaciones entre las Tres Divinas
Personas (la generación del Hijo y la “procesión” del Espíritu Santo), el primer

42
decreto eterno de su Querer ha sido la Encarnación del Verbo, Nuestro Señor
Jesucristo. Pero con El ha sido eternamente querida y concebida, en medio de las
Tres Divinas Personas, Aquella que había de ser su Madre, la Stma. Virgen.
De Ella sin embargo Dios ha hecho depender la Encarnación del Hijo de Dios.
María ha sido siempre perfectamente libre en su respuesta a Dios. Dios se ha
“jugado” todo con la libre respuesta de María, sólo por amor, la sola respuesta digna
de Dios. Sin Ella no habríamos tenido ni Redentor ni Redención, sin Ella no habría
habido ni una página del Evangelio. Más aún: puesto que la misma Creación de
todos nosotros y de todo lo que existe esiste debía depender de la Encarnación
del Verbo Divino, la consecuencia es que Dios ha hecho que la misma existencia
de la Virgen y de todos nosotros dependiera del “sí” divino de María.
En el Acto eterno y a la vez histórico de la Encarnación, junto con la Humanidad
adorable de Nuestro Señor, su Amor le ha hecho concebir en Sí a todas las almas,
en primer lugar la de su Madre, rodeandola de todos sus méritos y preservandola de
toda mancha de pecado: María es la primera redimida, si bien de un modo diverso
del nuestro. María redimida para que el pecado no pudiera tocarla; nosotros
liberados del pecado, en el que hemos venido a la existencia.
Porque el pecado personal de nuestro primer padre Adán, lo separó de Dios con
todas las consecuencias, y de ser hijo de Dios por Gracia se hizo rebelde y extraño
a Dios. Arrepentido, pudo solamente ser admitido como siervo y riquísimo como era
cayó en la más grande miseria… Todos sus hijos, hasta el último que vendrá,
hemos venido al mundo en “fuera de juego”, separados de Dios, heredando todos
los males en vez de todos los bienes y necesitados de ser salvados.
Si “el río” de la humanidad quedó contaminado desde la fuente (Adán y Eva), el
pecado no pudo tocar a María porque ella, junto con su Hijo, estan eternamente
más arriba de la fuente. “Antes de que Abrahám fuera, Yo Soy” (Jn 8,58), ha dicho
Jesús, y por lo mismo “antes de que Adán fuera, Yo Soy”. Y con El, María podría
decir “antes de que Eva fuera, yo soy”. En efecto, en la aparición de Tre Fontane en
Roma (en 1947), la Virgen de la Revelación se presentó diciendo: “Yo soy la que
soy en la Divina Trinidad”. Por tanto, el haber nacido tantos siglos después de
nuestros primeros padres no significa nada, porque Ella junto con su Hijo son antes,
en el orden de “causa-efecto”, y por ellos la Justicia Divina no destruyó a Adán y a
toda su descendencia y toda la Creación, que a causa del pecado del hombre ya
no tenía razón de existir.
El pecado original fue la peor catástrofe de toda la Historia de la Creación, la cual
hubiera debido desaparecer, porque el hombre y la mujer ya no eran hijos de Dios,
para los cuales había sido creada: se habían rebelado contra Dios, que tanto los
había colmado de bienes. En aquel preciso instante toda la Naturaleza se rebeló
contra el hombre. Y así, por envidia del demonio entró el pecado en el mundo y por
el pecado entraron todos los demás males y la muerte: “Sí, Dios ha creado al
hombre para la inmortalidad; lo hizo a imagen de su propia naturaleza. Pero por
envidia del demonio la muerte ha entrado en el mundo; y la experimentan los que
le pertenecen” (Sab 2,23-24).
Por eso San Pablo dice: “La Creación misma espera con impaciencia la
revelación de los hijos de Dios; pues ha sido sometida a la caducidad –no por su
querer, sino por el querer del que la ha sometido– y nutre la esperanza de ser
también ella liberada de la esclavitud de la corrupción, para entrar en la libertad de
la gloria de los hijos de Dios. Bien sabemos que toda la Creación gime y sufre hasta
ahora en los dolores del parto; y no sólo ella, sino también nosotros, que tenemos

43
las primicias del Espíritu, gemimos interiormente esperando la adopción como hijos,
la redención de nuestro cuerpo” (Rom 8,19-23).
Si Dios no destruyó la Creación es porque sabía que un día se había de encarnar
su Hijo, que junto con su Madre Inmaculada eran aquellos por los cuales Dios Padre
creaba todo. Jesús y María un día habrían reparado el daño del pecado y nos
habrían salvado a todos nosotros, mediante la Redención, haciendonos de nuevo
hijos de Dios y herederos y reyes de todo lo creado.
Por eso, la Creación se ha completado cuando el Padre Celestial ha creado el
Cuerpo y el alma de Jesucristo. Así el Hijo de Dios se ha hecho Hombre para
salvarnos a nosotros y salvar toda la obra de la Creación, el Proyecto de Dios, todo
lo que había decretado: su Reino.
La obra de la Creación, que empezó con la palabra de Dios “¡Hágase la luz!”,
“Fiat Lux” (luz espiritual, los Angeles, y luz material), culmina en la creación del
hombre, a imagen y semejanza de Dios. No sólo la creación de Adán, sino del
“nuevo Adán”, Jesucristo, el Heredero y destinatario de todo. Y no El solo, sino con
todo su Cuerpo Místico, que habría debido ser toda la humanidad, pero que el
pecado separó de El y dispersó.
Por eso la obra de la Creación aún no ha terminado, podemos decir que continúa
en la obra de la Redención, en el sentido que ésta nos incorpora de nuevo a Cristo.
Desde el primer instante de vida en el seno de María, Jesús ha abrazado todas
las almas como su Cuerpo Místico y se ha hecho cargo de las culpas y de las penas
de cada criatura. Por eso la Pasión empezó desde su Encarnación y fue creciendo,
hasta “desbordarse” externamente el último día de su vida, en la Pasión que le
hicieron sufrir los hombres. Todo lo que sucede en su Cuerpo Místico repercute en
su Humanidad, en el Varón de dolores, de igual modo como en su adorable
Humanidad ha preparado la vida y la gloria para su Cuerpo Místico que es la Iglesia,
nuestra resurrección y nuestra transfiguración.
La finalidad de Cristo es compartir con nosotros su condición de Hijo, su gloria, su
vida. La obra de la Santificación consiste, precisamente, en formarla en nosotros.
“¡Hijitos míos –dice San Pablo–, que yo de nuevo doy a luz en el dolor hasta que
no esté Cristo formado en vosotros!” (Gál 4,19). Son palabras de la Iglesia, como
son palabras de María, Madre de la Iglesia.
Todo lo que ha dado a su Iglesia –la Revelación, los Sacramentos, las gracias–
tiene como fin traer de nuevo el Reino de Dios, el Reino de la Divina Voluntad en
medio de las criaturas. Todo tiene como fin volver a poner a la criatura, al hombre,
“en el orden, en su puesto y en la finalidad para la que ha sido creado”.
“Ya que si a causa de un hombre vino la muerte, a causa de un hombre vendrá
también la resurrección de los muertos; y como todos mueren en Adán, así todos
recibirán la vida en Cristo. Cada uno sin embargo en su orden: primero Cristo, que
es la primicia; después, a su venida, los que son de Cristo; luego será el final,
cuando entregará el reino a Dios Padre, tras haber reducido a nada todo principado
y toda potestad y potencia” (1a Cor 15,21-28).
De esa forma, todo lo que ha salido de Dios por amor ha de volver a Dios como
respuesta a su amor : ¡así se completará cada cosa y será su Reino!

 Esto es una manzana


El más grande teólogo de todos los tiempos, Santo Tomás de Aquino, al
comienzo de sus lecciones mostraba a sus alumnos una manzana diciendo: «Esto

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es una manzana. El que no esté de acuerdo, puede irse». El “Doctor Común” quería
hacer comprender que no es el pensamiento el que determina el ser, sino que es el
ser el que determina el pensamiento. La soberbia hace creer que nuestro pensar
sea el fundamento del ser, mientras que es la humildad la que nos lleva a observar
y a argumentar el ser de las cosas, sobre todo de las divinas.
– El ser determina el pensamiento, no al contrario. El que no esté de acuerdo,
puede irse.
– La Iglesia católica es la Iglesia de Cristo. El que no esté de acuerdo, puede irse.
– La Iglesia es jerárquica por divina constitución. El que no esté de acuerdo, puede
irse.
– La Iglesia no es una ONG filantrópica, sino el Cuerpo místico de Cristo. El que no
esté de acuerdo, puede irse.
– La misión de la Iglesia no es adaptar el Evangelio a la mentalidad corriente, sino
convertir las mentalidades de todas las épocas al Evangelio. El que no esté de
acuerdo, puede irse.
– La misión de la Iglesia no es hacer la vida de acá abajo más fácil, sino robarle
almas al demonio para que puedan tener la vida del Cielo. El que no esté de
acuerdo, puede irse.
– El pecado no es sólo un error, sino una ofensa a Dios. El que no esté de acuerdo,
puede irse.
– El infierno existe y no está vacío. El que no esté de acuerdo, puede irse.
– La sodomía y el aborto son pecados que gritan venganza al Cielo. El que no esté
de acuerdo, puede irse.
– El matrimonio es indisoluble. El que no esté de acuerdo, puede irse.
– El que mantiene una relación conyugal con un/a divorciado/a, comete adulterio.
El que no esté de acuerdo, puede irse.
– El uso del sexo fuera del matrimonio es pecado. El que no esté de acuerdo, puede
irse.
– La contracepción nunca es moralmente lícita. El que no esté de acuerdo, puede
irse.
– El marxismo es intrínsecamente perverso. El que no esté de acuerdo, puede irse.
– No se puede dar al César lo que es de Dios. El que no esté de acuerdo, puede
irse.
– Sin arrepentimiento no hay remisión de los pecados. El que no esté de acuerdo,
puede irse.
– Solamente los pecadores arrepentidos y reconciliados pueden recibir la Euca-
ristía. El que no esté de acuerdo, puede irse.
– Sólo los hombres –y mejor si son célibes– pueden ser consagrados como
sacerdotes. El que no esté de acuerdo, puede irse.
– La Caridad procede de la Verdad. El que no esté de acuerdo, puede irse.
– La Verdad no es fruto de diálogo ni de votación. El que no esté de acuerdo, puede
irse.
– No existe el diálogo entre las religiones, sino con personas de otras religiones. El
que no esté de acuerdo, puede irse.
– Los sacramentos son para los hombres, pero no son de los hombres. El que no
esté de acuerdo, puede irse.
– El cristiano está en este mundo, pero no es de este mundo. El que no esté de
acuerdo, puede irse.

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– Para ser discípulos de Cristo, hace falta aceptar la Cruz. El que no esté de
acuerdo, puede irse.
– El fin no justifica los medios. No se puede cometer el mal ni siquiera por un fin
de bien. El que no esté de acuerdo, puede irse.
– La conciencia –rectamente formada– obedece a la Ley de Dios, no se pone a
legislar según los deseos y caprichos del individuo. El que no esté de acuerdo,
puede irse.
– Los sacerdotes tienen la misión de convertir a los pecadores, no de integrarlos.
El que no esté de acuerdo, puede irse.
– Los sacerdotes no son animadores sociales, sino “sacramento viviente” de la
presencia de Cristo. El que no esté de acuerdo, puede irse.
– Ninguno de los Diez Mandamientos puede ser sometido a un “referendum
abrogativo”. El que no esté de acuerdo, puede irse.
– El papa y los obispos son custodios del depósito de la Fe, no dueños: no pueden
añadir o quitar ni siquiera una coma a lo que han recibido y que deben transmitir.
El que no esté de acuerdo, puede irse.
– Pasarán el cielo y la tierra, los falsos profetas y los malos maestros, pero no
pasarán las palabras del Señor. El que no esté de acuerdo, puede irse.
– Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre. El que no esté de acuerdo, puede
irse.
IPSE DIXIT

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EL ORDEN DECRETOS
DE LOS
DEL ACTO ÚNICO Y ETERNO DEL QUERER DIVINO

Este es el contenido de nuestra Fe.


El esquema muestra el orden (causa  consecuencia) de los Decretos divinos
que forman el Acto único y eterno del Querer de Dios.
En estos Decretos Dios nos espera para que paseemos con El ,
como hacía con Adán, “en la brisa de la tarde” (Gén.3,8),
para reconocer su maravillosa Voluntad en todas sus obras y adorarlo,
para admirar su Sabiduría y su Belleza y alabarlo,
para recibir todos los bienes de su Providencia y darle las gracias,
para dejar que nos toque su eterno Amor y amarlo,
para responder en nombre de todos, excusandolos y reparando por ellos,
y para pedir en nombre de todos el fruto supremo y la finalidad de todas
las obras de Dios, que venga su Reino “así en la tierra como en el Cielo”.
Somos llamados a unirnos a la Voluntad Divina
en todas sus obras: CREACIÓN, REDENCIÓN, SANTIFICACIÓN,
para adorarla, bendecirla, darle gracias y amarla,
invocando en nombre de todos el cumplimiento y triunfo de su Reino.

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