TEXTO FRANKESTEIN EDUCADOR (MERIEU)
El libro “Frankenstein Educador”, del autor Philippe Meirieu, está
centrado en la formación del educador y como este debe formar al
educando con saberes específicos y significaciones.
Debemos adecuarnos a este mundo en constante cambio, debemos
adquirir códigos y hábitos. Sin embargo deben intervenir en nuestra vida
personas, adultos, ya que nadie ha sido adulto sin que haya intervenido
otros adultos.
Esto es lo que nos diferencia de los demás animales, por ejemplo, las abejas
llevan escrito en sus genes su sistema político y no lo cuestionan, en cambio
los hombres han de elegir sus valores, estilo de vida, todo, el hombre llega
despojado totalmente y por esto ha de ser un hombre educado.
El hombre es el único ser susceptible de educación, y como dice Kant […]
Él hombre no puede hacerse hombre más que por la educación, no es
más que lo que hace de él. Y
observamos que no puede recibir esa educación más que por otros
hombres, que a su vez la hayan recibido también.
Sin embargo a lo largo de la historia comienza el mito de la educación como
fabricación: todo educador, sin duda, es siempre en alguna medida un
Pigmalion, que quiere dar vida a lo que “fabrica”.
La Revolución Copérnica en pedagogía que propone Philippe Meirieu, en su
libro, es que se debe cambiar la concepción de educación como fábrica,
como es la que propone el doctor Frankenstein. La educación debe
centrarse en la relación entre sujeto y el mundo humano que lo acoge. Su
función es permitirle construirse a si mismo como “sujeto del mundo”:
heredero de una historia en la que sepa que esta en juego, capaz de
comprender el presente y de inventar el futuro. Pero esta tarea no es
fácil, y se debe comenzar por comprender cada factor que intervienen
en estas situaciones.
El autor propone siete exigencias para que se pueda realizar una
verdadera Revolución Copérnica.
La primera es la renunciar a convertir la relación de filiación en una relación
de causalidad o de posesión. No se trata de fabricar un ser que satisfaga
todos nuestros gustos de poder o de narcisismo, sino de acoger a aquel que
llega como un sujeto que esta inscrito en una historia pero que, al mismo
tiempo, representa la promesa de una superación radical de esa historia.
La segunda, cosiste en reconocer a aquel que llega como una persona no
puede ser moldeada a mi gusto, o que sea lo que yo nunca pude ser. Es
inevitable y saludable que alguien se resiste a aquel que lo quiere
“fabricar”. Es ineluctable que la obstinación del educador es someterle a
su poder suscite fenómenos de rechazo que sólo pueden llevar a la
exclusión o al enfrentamiento. Educar es negarse entrar en esa lógica.
La tercera, es aceptar que la transmisión de saberes y conocimientos no se
realiza nunca de modo mecánico y no puede concebirse en forma de una
duplicación de idénticos como la que va implícita en muchas formas de
enseñanza. Supone una reconstrucción, por parte del sujeto, de saberes y
conocimientos que ha de inscribir en su proyecto y de los que ha de percibir
en que contribuyen a su desarrollo.
La cuarta, consiste en constatar, sin amarguras ni quejas, que nadie puede
ponerse en el lugar del otro y que todo aprendizaje supone una decisión
personal irreducible del que aprende. Esa decisión es, precisamente,
aquello por lo cual alguien supera lo que le viene dado y subvierte todas la
previsiones y definiciones en las que el entorno y el mismo tienen tan a
menudo tendencias a encerrarle.
La quinta, es la de no confundir el no-poder del educador en lo que hace a
la decisión de aprender y el poder que si tiene sobre las condiciones que
posibilitan esa condición. Si bien la pedagogía no podrá jamás
desencadenar mecánicamente un aprendizaje, es cosa suya el crear
“espacios de seguridad” en los que un sujeto pueda atreverse a hacer algo
que no sabe hacer para aprender a hacerlo. Esa cosa suya, también, el
inscribirse proposiciones de aprendizaje problemas vivos que les den
sentido.
La sexta, consiste en inscribir en le seno de toda actividad educativa la
cuestión de la autonomía del sujeto. La autonomía se adquiere en el curso
de toda educación, cada vez que una persona se apropia de un saber y lo
comienza hacer suyo, lo reutiliza por su cuenta y lo reinvierte en otra parte.
Esa operación de apropiación y reutilización no es un “suplemento del
alma”, un añadido a una enseñanza que se haría, sino que el aquello que
debe presidir la organización misma de toda empresa educativa. Es hablado
con propiedad, aquello por lo cual una transacción humana es educativa.
Y la ultima, la séptima, es asumir la insostenible ligereza de la pedagogía.
Dado que en ella el hombre admite su poder sobre el otro, dado que
todo encuentro educativo es irreducible singular, dado que el pedagogo
no actúa más que sobre las condiciones que permiten a aquel al que
educa...
Para finalizar debemos recordarnos en cada instante, que como futuras
educadoras diferenciales, cada vez que educamos estamos formando
personas y no objetos inanimados, los cuales tiene características,
sentimientos, habilidades, virtudes y defectos. Debemos dar todas las
instancias para que ese otro ser pueda “hacerse obra de si mismo” y que
sea capaz de adquirir destrezas para desenvolverse en esta sociedad,
desarrollando al máximo cada una de sus capacidades.