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CUENTOS CORTOS Elsa Bornemann

El cuento narra la historia de un viejo que plantó un nabo pequeño que creció enormemente. Cuando el viejo quiso arrancarlo, tuvo que pedir ayuda a más personas y animales, formando una cadena hasta que finalmente lograron arrancar el gran nabo. Sin embargo, debido a la fuerza ejercida, todos cayeron uno encima del otro y el nabo terminó cayendo sobre todos. A pesar del susto, nadie se lastimó y pudieron hacer una rica sopa con el nabo que alcanzó para todos.

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CUENTOS CORTOS Elsa Bornemann

El cuento narra la historia de un viejo que plantó un nabo pequeño que creció enormemente. Cuando el viejo quiso arrancarlo, tuvo que pedir ayuda a más personas y animales, formando una cadena hasta que finalmente lograron arrancar el gran nabo. Sin embargo, debido a la fuerza ejercida, todos cayeron uno encima del otro y el nabo terminó cayendo sobre todos. A pesar del susto, nadie se lastimó y pudieron hacer una rica sopa con el nabo que alcanzó para todos.

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La historia de un nabo de Elsa Bornemann

Había una vez un viejo que plantó un nabo chiquitito y le dijo: —Crece, crece, nabito, ¡crece dulce!
Crece, crece, nabito, ¡crece fuerte!
Y el nabo creció dulce y fuerte y grande. ¡Enorme!
Un día, el viejo fue a arrancarlo. Tiró y tiró, pero no pudo arrancarlo.
Entonces llamó a la vieja.
La vieja tiró de la cintura del viejo. El viejo tiró del nabo. Y tiraron y tiraron una y otra vez, pero no
pudieron arrancarlo. De modo que la vieja llamó a la nieta.
La nieta tiró de la vieja, la vieja tiró del viejo, el viejo tiró del nabo. Y tiraron y tiraron una y otra vez,
pero no pudieron arrancarlo. Entonces la vieja llamó al perro negro.
El perro negro tiró de la nieta, la nieta tiró de la vieja, la vieja tiró del viejo, el viejo tiró del nabo. Y
tiraron y tiraron una y otra vez, pero no pudieron arrancarlo. Entonces el perro negro llamó al gato
blanco.
El gato blanco tiró del perro negro, el perro negro tiró de la nieta, la nieta tiró de la vieja, la vieja
tiró del viejo, el viejo tiró del nabo. Y tiraron y tiraron una y otra vez, pero no pudieron arrancarlo.
Entonces el gato blanco llamó al ratoncito.
El ratoncito tiró del gato blanco, el gato blanco tiró del perro negro, el perro negro tiró de la nieta,
la nieta tiró de la vieja, la vieja tiró del viejo, el viejo tiró del nabo. Y tiraron y tiraron, con todas sus
fuerzas, hasta que por fin ¡arrancaron el nabo! Pero... púmbate. El viejo cayó sobre la falda de su
esposa, y la vieja cayó sobre la falda de la nieta, y la nieta sobre el perro, y el perro sobre el gato y
el gato sobre el ratón. Y sobre todos ellos... ¡cayó el nabo!
Pero no se asusten, ninguno se lastimó.
¡Y qué maravilla era aquel nabo! Más tarde, hicieron con él una rica sopa. Y hubo suficiente para el
viejo, para la vieja, para la nieta, para el perro, para el gato y para el ratoncito... ¡y aún sobró un
poquito de sopa para la persona que les acaba de contar este cuento!

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Cuento: “Cuando sea grande", de Elsa Bornemann
"¿Qué vas a ser cuando seas grande?", me pregunta todo el mundo. Y aparte de
contestarles: "Astrónomo" (o "colectivero del espacio"…, porque nunca se sabe…), tengo
ganas de agregar otra verdad: "Cuando sea grande voy a tratar de no olvidarme de que
una vez fui chico. "
Recuerdo que –cuando aún concurría al jardín de infantes–mi tía Ona me contó un cuento
de gigantes. Después me mostró una lámina en la que aparecían tres y me dijo:
–Los gigantes sólo existen en los libros de cuentos.

–¡No es cierto! –grité– ¡El mundo está lleno de gigantes!


¡Para los nenes como yo, todas las personas mayores son gigantes!

A mi papá le llego hasta las rodillas. Tiene que alzarme a upa para que yo pueda ver el
color de sus ojos… Mi mamá se agacha para que yo le dé un beso en la mejilla… En un
zapato de mi abuelo me caben los dos pies…
¡Y todavía sobra lugar para los pies de mi hermanita!
Además, yo vivo en una casa hecha para gigantes: si me paro junto a la mesa de la sala,
la tabla me tapa la nariz…
Para sentarme en una silla de la cocina debo treparme como un mono, y una vez sentado,
necesito dos almohadones debajo de la cola para comer cómodamente.
No puedo encender la luz en ningún cuarto, porque no alcanzo los interruptores. Ni
siquiera puedo tocar el timbre de entrada. Y por más que me ponga de puntillas, ¡no veo
mi cara en el espejo del baño!
Por eso, ¡cómo me gusta cuando mi papi me lleva montado sobre sus hombros! ¡Hasta
puedo arrancar ramitas de los árboles con sólo estirar el brazo!
Por eso, ¡cómo me gustaba ir al jardín de infantes!
Allí hay mesas, sillas, armarios, construidos especialmente para los nenes.
Las mesas son "mesitas"; las sillas son "sillitas"; los armarios son "armaritos"…
¡Hasta los cubiertos son pequeños y mis manos pueden manejarlos fácilmente! También
hay una casita edificada de acuerdo con nuestro tamaño. Si me subo a un banco, ¡puedo
tocar el techo!
Sí. Ya sé que también yo voy a ser un gigante: cuando crezca.
¡Pero falta tanto tiempo!
Entre tanto, quiero que las personas mayores se den cuenta de que hoy soy chico,
chiquito, chiquitito.
¡Chico, chiquito, chiquitito, en un mundo tan grande!
De gigantes. Hecho por gigantes. Y para gigantes.
PUBRECITU, EL CUCUDRILU
Elsa Bornemann

Había una vez una selva que casi se viene abajo porque...
... Garófalo –un mono pesado como media pirámide de Egipto– se lanzó de
liana en liana, desoyendo los pedidos de sus amigos, que le rogaban no
desplazarse colgado...

Por suerte, la selva tambaleó unos instantes pero no se derrumbó, porque


Garófalo había comprendido que incluso a él mismo, le convenía caminar
prudentemente si quería seguir vivito y moneando y se desprendió de la
cuarta liana justo a tiempo...

Con qué alivio respiraron todos los demás animales cuando sintieron que
la selva volvía a mantenerse en su lugar, después de tantos temblores de
tierra y sacudida de árboles, entonces, decidieron celebrarlo.

Espiridón –un oso hormiguero– fue el encargado de organizar la fiesta.

Envió invitaciones hasta a las hormigas, pues bien sabían que no correrían
peligro alguno con ese oso, alérgico a ellas al punto que se le producía
sarpullido de sólo mirarlas...

Las invitaciones decían:


“Te espero el próximo viernes, a la hora de la siesta, junto a mi
madriguera. vamos a repartir las tareas previas a la realización del acto
con motivo de celebrar que aún estamos vivos. Firmado: Espiridón.”

Y así fue como el viernes, a la hora de la siesta, casi todos los animales se
congregaron en las proximidades de la madriguera del oso... Faltaron sólo
los amargados de siempre... esos que prefieren reunirse en los velorios y
no entienden que estar vivo es un hermoso motivo para festejar...
Una vez que los asistentes a su convocatoria se acomodaron alrededor,
Espiridón les anunció:

–Amigos, mañana daremos una gran fiesta. Les comunico que...

Sin esperar a que el oso concluyera la frase, el sapito González –que era
uno de los animales más sinceramente entusiasmados con el festejo, ya
que no es lo mismo que a uno se le caiga encima un árbol siendo sapo en
vez de elefante– exclamó:
–¡FAAANTAAÁSTIIICOOOOOO!
Además de alérgico a las hormigas, Espiridón lo era también a las pulgas;
por eso tenía pocas, tan pocas pulgas que no soportaba que nadie lo
interrumpiera mientras hablaba. Y menos un animal que tuviese boca
amplia, extendida, generosa como la del sapito.
–¡No tolero a los bocones! –pensaba–. ¡Aj! Se me estará por producir una
nueva alergia.

Para su fastidio, cuantas veces trataba de reanudar su discurso González


lo interrumpía, sin mala intención... pero lo interrumpía... el sapito lanzaba
sus exclamaciones de boca abierta de par en par... de vocales abiertas
también de par en par:
–¡MAAARAAAVIIILLLOOOOOSOOOOO!
–¡ESPLEEEEÉNDIIIDOOOOO!
–¡MAAAGNIIIIÍFICOOOOOOO!
–¡EEESTOOOOOY DEEE AAAACUUUUUERDOOOO!

Apenas pronunció:

–¡EEESTOOOOOY DEEE AAAACUUUUUERDOOOO! –se arrepintió, porque el


oso –al borde de un ataque de “antiboquismo”– acababa de informar:

–¡NO PODRÁN CONCURRIR A LA FIESTA LOS ANIMALES DE BOCA GRANDE!

Y era evidente que lo decía dirigiéndose exclusivamente a él...

Entonces, como González era sapo, sí, pero no zonzo, saltó junto al oso,
fingió gran preocupación por lo que terminaba de escuchar, enfrentó a
Espiridón con valentía y, frunciendo su boca al máximo, gritó:

–¡PUBRECITO EL CUCUDRILU!

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