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Espiritualidad del Lector Litúrgico

La espiritualidad cristiana integra tanto la doctrina teológica como la vivencia cristiana. Los santos como Santa Teresa de Ávila equilibraban el saber teológico con la experiencia espiritual. La Palabra de Dios es fundamental en la liturgia, donde Cristo continúa anunciando el Evangelio. El lector litúrgico desempeña un papel importante al transmitir la Palabra de Dios al pueblo de manera clara, expresiva y con preparación.

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Espiritualidad del Lector Litúrgico

La espiritualidad cristiana integra tanto la doctrina teológica como la vivencia cristiana. Los santos como Santa Teresa de Ávila equilibraban el saber teológico con la experiencia espiritual. La Palabra de Dios es fundamental en la liturgia, donde Cristo continúa anunciando el Evangelio. El lector litúrgico desempeña un papel importante al transmitir la Palabra de Dios al pueblo de manera clara, expresiva y con preparación.

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TEMA: ESPIRITUALIDAD DEL LECTOR

¿Qué es la espiritualidad?

Parte de la teología que estudia el dinamismo que produce el Espíritu en la vida del
alma: cómo nace, crece, se desarrolla, hasta alcanzar la santidad a la que Dios nos
llama desde toda la eternidad, y transmitirla a los demás con la palabra, el testimonio
de vida y con el apostolado eficaz.

Por tanto, se busca (1) doctrina teológica y (2) vivencia cristiana. Si sólo optara por la
doctrina teológica quitando la vivencia, tendríamos una espiritualidad racional,
intelectualista y sin repercusión en la propia vida. Y si sólo optara por la vivencia
cristiana, sin dar la doctrina teológica, la espiritualidad quedaría reducida a un
subjetivismo arbitrario, sujeta a las modas cambiantes y expuesta al error. Así pues, la
verdadera espiritualidad cristiana debe integrar doctrina y vida, principios y
experiencia.

Así ha sido el testimonio de los santos. Santa Teresa de Ávila dice: “No diré cosa que
no la haya experimentado mucho” (Vida 18, 7; Camino, prólogo 3). Pero ella valoraba
también mucho el saber teológico: “No hacía cosas que no fuese con parecer de
letrados” (Vida 36, 5). Y decía: “Es gran cosa letras, porque éstas nos enseñan a los que
poco sabemos y nos dan luz, y allegados a verdades de la Sagrada Escritura hacemos lo
que debemos. De devociones a bobas líbrenos Dios” (Vida 13, 16).

Importancia de lo Palabra de Dios en la Asamblea Litúrgica.

El Concilio Vaticano II ha puesto de relieve la lectura de la Palabra de Dios: "Se


expresan de modo admirable los múltiples tesoros de la única Palabra de Dios, ya sea
en el transcurso del Año Litúrgico en el que se recuerda el misterio de Cristo en su
desarrollo, ya en la celebración de los sacramentos y sacramentales de la iglesia o en
las respuestas de cada fiel a la acción interna del Espíritu Santo ya que entonces la
misma celebración litúrgica que se sostiene, se apoya principalmente en la Palabra de
Dios, se convierte en un acontecimiento nuevo y enriquece esta palabra con una nueva
interpretación una nueva eficacia". (Ordenación de las Lecturas de la Misa No. 3).

La Liturgia es por tanto lugar privilegiado donde la Palabra salvadora de Dios habla a su
pueblo; "Cristo sigue anunciando el Evangelio y el pueblo responde a Dios con el canto
y la oración" (Constitución de Liturgia 33).

La Palabra de la Escritura, cuando se proclama en las celebraciones litúrgicas,


constituye uno de los modos de la misteriosa y real presencia del Señor entre los suyos
como lo enseña el Vaticano II: "Él está presente en su Palabra, pues cuando se lee en la
Iglesia las Sagradas Escrituras, es él quien habla" (Const. De Liturgia 7).

La Misión del Lector.


El lector viene a ser como el intermediario de Dios entre su Palabra revelada y el
pueblo. Su función consiste en hacerse mensajero y portavoz de la palabra de Dios. El
lector litúrgico será el último eslabón para que la palabra de Dios llegue a su pueblo
ofreciendo su voz, sus recursos de interpretación para que se realice esta encarnación
de la Palabra. El lector también participa de la misión profética de Cristo puesto que es
un signo vivo de la presencia del Señor.

Será interesante recordar lo que dice el Padre Schöekel: "Por amor a esta palabra y por
agradecimiento a este don de Dios, el lector litúrgico tiene que hacer un acto de
entrega y un esfuerzo diligente; si su voz no suena, no resonará la Palabra de Dios; si
su voz no se articula la palabra se volverá confusa; si no ve bien el sentido del pueblo,
no podrá comprender la Palabra; si no da la debida expresión, la palabra perderá parte
de su fuerza. Y no vale apelar a la omnipotencia divina porque el camino de la
omnipotencia también en la liturgia pasa por la encarnación". Luis Alonso Schöekel
(Consejos al lector, Pág. 32).

Escuchar y acoger lo Palabra de Dios para Comunicarla al pueblo.

El lector no desempeñará bien su función si no tiene un amor suave y vivo hacia la


Sagrada Escritura. El lector, desempeñando los ministerios de la Palabra, ha de
transmitir a los fieles "los tesoros bíblicos de la Iglesia" puestos a disposición de los
fieles en mayor abundancia en la mesa de la Palabra de Dios (Const. De la Divina
Revelación No. 21 y de Liturgia No. 51).

Es necesario que se conozca la Palabra de Dios, que haya una lectura asidua y un
estudio diligente que vaya acompañado de la oración para entablar un diálogo entre
Dios y el hombre. El lector tiene que familiarizarse con el mensaje bíblico en su
conjunto meditándolo personalmente, acogiéndolo con corazón de discípulo lo que va
a comunicar al pueblo de Dios.

Preparación de los lectores:

Los lectores deben ser aptos y preparados. Esto requiere un conocimiento y amor a la
Sagrada Escritura y cualidades humanas concernientes al arte de la comunicación, por
ello habrá que prepararse en los siguientes puntos:

a) Instrucción bíblica: el lector debe captar el sentido de las lecturas en su propio


contexto y para entenderlo a la luz de la fe, el núcleo central del mensaje
revelado. No se trata de conocer aspectos exegéticos o de interpretación sino
un conocimiento vital de la sagrada Escritura, a la luz de la transmisión litúrgica.
b) Instrucción Litúrgica: esto se refiere, sobre todo, al sentido y estructura de la
Liturgia de la Palabra con su relación a la parte de la liturgia del sacramento.
El lector debe conocer como está elaborado el leccionario con los diferentes
tiempos litúrgicos. Conocerá también los criterios de ordenación y
armonización de las lecturas entre sí, que le será muy útil para ayudar a los
demás cuando haya que elegir algún texto más adecuado.
c) Preparación técnica: a la comunicación y a la lectura en público, ya sea de viva
voz o con la ayuda del micrófono.
El lector debe tener una cierta capacitación de su función sin detrimento del
amor y de la dedicación a la Sagrada Escritura. Por lo mismo, el arte de leer bien y usar
adecuadamente el micrófono hay que tomarlo con competencia y preparación y no
con mera improvisación.

Técnica: para proclamar la Palabra de Dios.

El que pronuncia lo que lee, descubre lo que está escrito, dando a cada palabra y a
cada frase su sentido exacto. Por eso el lector debe proclamar correctamente:
Preparación de la lectura o conocimiento previo del texto que se va a proclamar. El
lector debe estar familiarizado con las palabras que va a leer. Hacerlas suyas
especialmente cuando son difíciles; Pronunciarlas correctamente y cuando hay que
darles mayor intensidad.

En la preparación de la lectura hay que tener en cuenta el género literario del texto
bíblico, por ejemplo: si es narrativo, lírico, meditativo, parenético, o un poema o
exhortación.

No se trata de hacer una dramatización de sentimientos o una ficción, sino actuar


adecuadamente con sencillez y sin afectación, con articulación y como la lectura debe
llegar al auditorio sin que se pierda una palabra o sílaba.

Al leer hay que abrir la boca lo suficiente para que se escuchen perfectamente las
vocales y para que las consonantes se hagan sentir con nitidez.

Al texto hay que darle vida. Aunque la lectura se haga con claridad se puede caer en la
monotonía. El tono y el ritmo que se den a la lectura serán importantes para evitar
una continuidad fastidiosa; también hay que evitar la voz monocorde y el tonillo.

Las interrogaciones, paréntesis, serán una buena ocasión para subir o bajar la voz. Los
finales de frase no tienen por qué hacer inflexiones de manera sistemática. Es
conveniente tener presente la acústica del templo y la fuerza del micrófono, porque
resulta hiriente una voz muy fuerte que grita, como también una voz apagada y
mortecina.

Ritmo de Proclamación:

El ritmo es un elemento indispensable para comprender el texto que se proclama;


cada lector tiene su propio ritmo, incluso cada lectura exige lo suyo. Lo importante es
que los oyentes entiendan el mensaje transmitido, así habrá que equilibrar los
movimientos en la lectura, imponer la atención, una voz sosegada y firme que anuncia
y transmite el mensaje.

La lectura muy rápida resulta incomprensible y obligada a un esfuerzo mayor. La


excesiva lentitud provoca apatía y aburrimiento.
La lectura del texto requiere un estilo natural que no se vaya a los extremos. Debe ser
respetada. Las pausas del texto permiten respirar al lector y dar al auditorio a
comprender lo que se está leyendo.

Leer con expresión:

El lector debe identificarse con lo que lee para que la Palabra surja viva y espontánea y
penetre en el corazón del que escucha, por eso conviene: sinceridad sin
condicionamientos o artificios, claridad y precisión. Conducir al oyente a retener las
palabras. Originalidad imprimiendo a la lectura un sello de distinción y personalidad de
acuerdo con los matices de cada texto. Misión y convicción como actitudes que
encierran fuerza y perfección; recogimiento y respeto, como responde a una acción
sagrada.

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