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Esther Diaz - Metodología de Las Ciencias Sociales PDF

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Díaz, Esther

Metodología de las ciencias


sociales. 1a ed. Ciudad
Autónoma de Buenos Aires :
Vi-Da Global; Biblos, 2014.
E-Book.
ISBN 978-987-34-2130-3
1. Sociologia. I. Título
CDD 301

Fecha de catalogación: 18/11/2014

Diseño de tapa: Luciano Tirabassi U. Armado: Hernán Díaz


© Los autores, 1997, 2010
© Editorial Biblos, 1997, 2010
Pasaje José M. Giu ra 318, C1064ADD
Buenos Aires
editorialbiblos@[Link] / [Link]
Hecho el depósito que dispone la Ley 11.723 Impreso en la Argentina
No se permite la reproducción parcial o total, el almacenamiento, el alquiler, la
transmisión o la transformación de este libro, en cualquier forma o por cualquier
medio, sea electrónico o mecánico, mediante fotocopias, digitalización u otros
métodos, sin el permiso previo y escrito del editor. Su infracción está penada por las
leyes 11.723 y 25.446.
Esta edición se terminó de imprimir en Primera Clase, California 1231,
Buenos Aires, República Argentina, en junio de 2010.

1
I. LAS CONDICIONES DE POSIBILIDAD
DE LA FILOSOFÍA DE LA CIENCIA
Así, los modernos confían en las leyes naturales
como en algo inviolable, lo mismo que los antiguos en
Dios y en el destino.
Y ambos tienen razón y no la tienen; pero los
antiguos eran aún más claros, en cuanto reconocían
un límite preciso, mientras que el sistema moderno
quiere aparentar que todo está explicado.
Ludwig Wittgenstein,
Tractatus Logico-Philosophicus, 6.372

2
1. CONOCIMIENTO, CIENCIA Y
EPISTEMOLOGÍA
Esther Díaz

En nuestra cultura, la idea misma de tratar a la


ciencia como una realidad cultural, comparable a las
demás realidades culturales, tropieza con fuertes resistencias.
Hay quienes se sienten molestos y a veces
aun escandalizados por todo lo que se arriesga al
poner en duda el carácter sagrado de la ciencia.
Pierre Thuillier, El saber ventrílocuo

El conocimiento es una manera de relacionarse con la realidad, un


modo de interpretarla, de dar cuenta de ella. Se expresa en
proposiciones que describen objetos o estados de cosas que existen, que
existieron o que podrían existir. Es decir que el conocimiento describe,
explica y predice. Porque quien puede describir un hecho y explicar de
qué manera ocurre puede al mismo tiempo predecir bajo qué
condiciones se podría producir un hecho similar en el futuro, o
retrodecir cómo se habrá producido en el pasado.
Describir es enunciar las características de un objeto u estado de cosas,
explicar es relacionar los motivos que producen o permiten un hecho,
predecir es anticipar un hecho antes de que se produzca, y retrodecir es
explicar cómo ocurrió. Por ejemplo, un campesino describe las
particularidades de ciertas tormentas que le tocó vivir, después establece
relaciones entre la temperatura, la densidad de las nubes, la violencia del
viento y la agitación de los animales en los minutos previos a aquellas
tormentas. Finalmente, predice que dadas las condiciones
(meteorológicas) reinantes, en ese momento, se está por desatar una
tormenta similar a las que él experimentó anteriormente. Éste es un
ejemplo de conocimiento de sentido común.
Si se traslada el ejemplo de la tormenta al dominio del conocimiento
cientí co los pasos parecen similares: un experto describe las

3
características de las tormentas que suelen producirse en determinada
época del año, luego explica las causas que provocan ese tipo de
tormenta y, por último, predice que, dadas las actuales condiciones
meteorológicas, en pocas horas más se producirá una tormenta
semejante a las descriptas.
Ahora bien, en principio, los dos tipos de conocimiento tienen cierta
similitud. Pero en realidad di eren en varios sentidos. Una de las
diferencias fundamentales es el modo de legitimación de cada uno de
esos saberes. Todo conocimiento requiere cierta legalidad que lo haga
creíble y con able. Necesita alguna instancia que lo garantice.
En las prácticas cotidianas se suelen validar los conocimientos
apelando a la experiencia propia o ajena. En las distintas prácticas
profesionales, los conocimientos se legitiman por medio de títulos
habilitantes. En cambio, en el conocimiento cientí co la legalidad
proviene fundamentalmente de la precisión y de la coherencia de las
proposiciones, así como de la contrastación entre lo que enuncian esas
proposiciones y la realidad empírica a la que se re eren. Este segundo
requisito no siempre logra cumplirse plenamente. No obstante, si un
conocimiento aspira a ser cientí co, debe aspirar también a alguna clase
de contrastación empírica. Resulta evidente que tal requisito no es
exigible para las ciencias formales (pues su objeto de estudio no es
empírico) ni para buena parte de las ciencias sociales y de algunos
desarrollos contemporáneos de las ciencias naturales, donde suelen
darse imposibilidades éticas o materiales de validación empírica.

1. CONOCIMIENTO DE SENTIDO COMÚN Y


CONOCIMIENTO CIENTÍFICO
La adquisición de conocimientos con ables acerca de muchos
aspectos de la realidad comenzó con la especie humana y, en cierto
modo, recomienza con cada vida humana. En alguna medida, en cada
nueva generación y en cada nuevo ser se repite la historia de la especie.
Es decir, cada individuo se ingenia para asegurarse las habilidades e
información adecuadas para sobrevivir, desarrollarse y relacionarse con
el medio y con otros individuos.
Los testimonios arqueológicos dan cuenta de que los seres humanos,
anteriormente a cualquier vestigio de conocimiento cientí co, ya
manejaban gran cantidad de información acerca de su medio natural, de

4
las sustancias alimentarias, de la manera de convertir materias primas
en refugios, vestidos o utensilios. Además, desde el conocimiento
cotidiano (o vulgar, o de sentido común) produjeron fuego, se
procuraron medios de transporte y de comunicación. Aprendieron
incluso a gobernarse, a desarrollar estrategias guerreras y a construir
relatos con los que interpretaban los misterios del cielo y de la tierra.
En esos relatos el hombre arcaico divinizaba las fuerzas de la
naturaleza. El viento, la lluvia, los ríos, las estrellas, el frío, el calor y los
demás fenómenos naturales eran dioses o efectos producidos por los
dioses. El hombre, entonces, se relacionaba con el mundo desde los
esquemas de un pensamiento mítico. Recién en el siglo vii a. de C. se
comenzó a constituir el pensamiento racional. En ese momento
aparecieron, en distintas regiones de Grecia, algunos pensadores que
intentaron dar respuestas no míticas a los enigmas de la naturaleza.
Entonces se dejó de apelar a las fuerzas sobrenaturales para explicar los
fenómenos. Se comenzaron a establecer las bases de nuestra actual
racionalidad. Es verdad que hasta la modernidad no hubo ciencia, en el
sentido actual del término. Pero también es cierto que la condición de
posibilidad de la ciencia moderna fue la conformación histórica del
pensamiento racional.
Pero si bien la ciencia responde al pensamiento racional, no todo
pensamiento racional es cientí co. La losofía, por ejemplo, es una
disciplina racional, aunque no es ciencia. En la vida cotidiana tratamos
de pensar racionalmente, aunque no siempre lo hacemos según las
reglas del conocimiento cientí co, cuya racionalidad está
especí camente delimitada por ciertos parámetros preestablecidos. El
conocimiento propio de la ciencia es riguroso, pero limitado. Sus
propias exigencias internas lo restringen. Es disciplinado y preciso, pero
no puede dar cuenta de la multiplicidad de la existencia. Porque atiende
fundamentalmente a los aspectos cuanti cables y medibles del mundo.
El conocimiento cientí co se caracteriza por ser:
1. descriptivo, explicativo y predictivo,
2. crítico-analítico,
3. metódico y sistemático,
4. controlable,
5. uni cado,
6. lógicamente consistente,

5
7. comunicable por medio de un lenguaje preciso,
8. objetivo,
9. provisorio.
1. Descriptivo, explicativo y predictivo. El conocimiento común del
hombre arcaico le permitía saber, por ejemplo, que ciertos cuerpos
(piedras, troncos o animales muertos) no podían ser arrastrados por un
solo hombre, pero sí por varios. No obstante, el conocimiento común
ignoraba los motivos de ese hecho. A veces se buscaban explicaciones.
Pero las respuestas eran quiméricas (por ejemplo, “un dios lo quiso así”)
o animistas (“esa piedra «desea» ser arrastrada por varios hombres”).
Por otra parte, el manejo del lenguaje articulado posibilitaba describir
los hechos, aunque del modo que se acostumbra describir comúnmente;
es decir, sin exigencia de precisión y con apreciaciones valorativas.
El conocimiento cientí co, en cambio, describe con exactitud y trata
de abstenerse de juicios de valor. Deduce sus explicaciones a partir de
un sistema de leyes. Por ejemplo, para dar cuenta de un hecho como el
recién mencionado (arrastrar cuerpos) se apelaría a las leyes de la
mecánica newtoniana. Por otra parte, si se realizaran las mediciones y
los cálculos pertinentes, se podría llegar a determinar incluso cuántos
hombres serían necesarios para el traslado del cuerpo en cuestión.
2. Crítico-analítico. El conocimiento cientí co se caracteriza por la
crítica y el análisis. Analizar es separar distintos elementos de una
totalidad estudiada, y criticar es examinarlos detenidamente a la luz de
argumentos racionales. El conocimiento cientí co explicita entonces los
fundamentos de sus a rmaciones por medio del análisis, la
interpretación y el juicio. De este modo, no solamente es crítico de sí
mismo, sino que se expone a la crítica externa. Permite así que cualquier
persona que maneje la información pertinente pueda poner a prueba lo
enunciado.
El conocimiento cotidiano también puede ser crítico. Pero la crítica
suele no ser rigurosa y resultar así inapropiada. Por ejemplo, en Chile, a
nes de 1970, se registraron altos índices de desocupación. Diez años
más tarde, esos índices se redujeron sensiblemente. Desde una opinión
apresurada se podría considerar que en ese país hubo una admirable
mejora laboral. Sin embargo, los estudios crítico-analíticos de los
economistas políticos demuestran que, si bien es cierto que en Chile
bajó el desempleo, también es cierto que bajó la calidad del empleo. Hay
más gente ocupada, pero sin garantías de estabilidad laboral, con bajos

6
sueldos y asistencia social precaria (o sin ella).
3. Metódico y sistemático. “Método” etimológicamente signi ca
“camino para llegar a una meta”. En un sentido más amplio, el método es
la sucesión de instancias que se cumplen para alcanzar un objetivo. El
conocimiento común utiliza diversos métodos para obtener distintos
nes. Las revistas del corazón, por ejemplo, proponen “métodos para
adelgazar” o “para broncearse” o “para cocinar”. Pero esos métodos
suelen ser aleatorios y circunstanciales.
El método cientí co, por el contrario, sigue procedimientos que
responden a una estructura lógica previa. Se trata de un sistema de
relaciones entre hipótesis y derivaciones empíricas organizadas y
clasi cadas sobre la base de principios explicativos. Por lo tanto, los
métodos cientí cos se articulan sistemáticamente en las estructuras de
las teorías cientí cas.
Es decir, cumpliendo cierto orden e integrándose a la totalidad de la
propuesta teórica.
4. Controlable. A veces, las personas que ven luces extrañas en una
ruta oscura y solitaria aseguran haber divisado platos voladores. Eso
forma parte del conocimiento cotidiano, una de cuyas características es
–justamente– no ser controlable. Es decir, no establecer parámetros que
permitan veri car sus a rmaciones o refutarlas. En el ejemplo
propuesto, es evidente que se trata de hechos aislados, sin posibilidad de
ser insertados en un sistema idóneo de comprensión y con pocas
posibilidades de validación empírica (excepto alguna foto o lmación).
En el proceso del conocimiento cientí co las cosas parecen ocurrir de
distinta manera. Las proposiciones cientí cas son controlables por
elementos de juicio fácticos. Por ejemplo, en la época en que se
conocían sólo siete planetas, se observó que el séptimo –Urano– se
desplazaba de una manera anómala respecto de lo que debería ser su
órbita. Algunos investigadores explicaban el fenómeno por la probable
presencia de un octavo planeta. Este supuesto era controlable, pues con
la información y la tecnología adecuada sería posible corroborar o
rechazar la hipótesis, como ocurrió realmente cuando se orientó
convenientemente un telescopio y se con rmó la presencia de un
planeta hasta entonces desconocido: Neptuno.
5. Uni cado. El sentido común no busca principios generales que den
cuenta de todas y cada una de las a rmaciones acerca de la realidad. No
ocurre lo mismo con las ciencias, donde se busca cierta uni cación de

7
los conocimientos. La uni cación a veces toma la forma de un sistema
deductivo. Y puede darse el caso de que unos pocos principios basten
para demostrar varios fenómenos, como en la explicación del
movimiento mecánico de la física newtoniana.
Es verdad que actualmente el con icto entre las teorías tradicionales y
los nuevos paradigmas cientí cos ha dejado un tanto desactualizado el
ideal cientí co moderno de explicar la mayor cantidad de fenómenos
con la menor cantidad de leyes posible. No obstante, sigue vigente la
idea de que los saberes deben uni carse dentro de cada disciplina
cientí ca. Se trata, en esencia, de manejar un mismo sistema de signos,
de acordar cierto tipo de métodos y de consensuar signi cados.
6. Lógicamente consistente. La física matemática se estableció bajo el
ideal de una sistematización lógica rigurosa. Todas las proposiciones de
la ciencia debían ser formalizables. Esto es, pasibles de ser traducidas a
relaciones entre signos vacíos de contenido (abstracciones de lo
empírico). En la modernidad temprana, se llegó a proyectar una
matematización universal de la naturaleza. Y no sólo de la naturaleza,
también del espíritu. Baruch de Spinoza (1632-1677) escribió su obra
máxima –La ética– “al modo matemático”. La fe en el “modo
matemático” de conocer era tan fuerte que cualquier análisis teórico que
se pretendiera sólido debía responder al método formal para aspirar a
ser reconocido en la episteme de su época.
Hoy se acepta que no todas las proposiciones de la ciencia son
formalizables. Pero se sigue exigiendo rigor lógico. No ya en el sentido
de formalización absoluta, sino de coherencia interna y validación
empírica de las teorías.
7. Comunicable por medio de un lenguaje preciso. El lenguaje
corriente describe, valora, expresa sentimientos, creencias y opiniones.
Además, los términos del lenguaje ordinario suelen ser vagos, en el
sentido de que lo designado no está claramente determinado (por
ejemplo, “mucho”, “poco”, “viejo”). Y a veces son también ambiguos; esto
sucede cuando los términos tienen más de un signi cado (“vela”,
“banco”, “banda”).
El lenguaje cientí co, por el contrario, busca comunicar eliminando la
ambigüedad, es preciso. Asimismo, se propone eludir la vaguedad y ser
unívoco. Trata también de no valorar, es neutro. Y pretende informar. A
estos postulados tradicionales del lenguaje cientí co se agrega otro,
relativamente nuevo, pero implacable: la ciencia –hoy– se expresa en

8
idioma inglés. Éste es el imperativo reinante para solicitar becas en el
extranjero, publicar en las revistas cientí cas de mayor prestigio, asistir a
eventos académicos internacionales o ingresar en redes informáticas
con nes cientí cos.
8. Objetivo. Se considera “objetivo” lo que logra acuerdos
intersubjetivos. Paradójicamente, aunque objetivo es lo contrario de
subjetivo, algo es tanto más objetivo cuando más coincidencias
intersubjetivas obtenga. En principio, esto es así tanto en el
conocimiento de sentido común como en ciencia, si bien en esta última
se impone una exigencia más. Las conclusiones a las que llega un
investigador deben ser tales que sea posible volver a producirlas. Los
enunciados de la ciencia deben formularse de manera que otros
investigadores puedan reproducir el experimento y someterlo a prueba
experimental, para con rmarlo o refutarlo.
La concepción cientí ca positivista parte del supuesto de que los datos
del conocimiento, desde las proposiciones simples a las teorías
complejas, tienen propiedades y características que trascienden las
creencias y los estados de conciencia de los individuos que las conciben
y las contemplan. Es decir que esas propiedades no sólo existen y valen
por sí mismas, sino que también se las puede conocer. Actualmente se
impone la elaboración de criterios más amplios de objetividad, en
función de múltiples desarrollos cientí cos en los que se tiene en cuenta
el azar, la indeterminación, la evolución, la incertidumbre, las
catástrofes, el caos y, en el caso de las ciencias humanas, los
innumerables con ictos de lo social.
9. Provisorio. Las leyes cientí cas son proposiciones de alcance
universal. De ellas se deducen consecuencias observacionales, a partir
de las cuales se pueden derivar enunciados observacionales. Estos
enunciados tienen alcance singular. Por lo tanto, son factibles de ser
contrastados con la experiencia para determinar su valor de verdad.
Ahora bien, el hecho de que un enunciado observacional se revele
como verdadero no autoriza a a rmar que la ley de la cual se derivó
también lo sea. Porque un enunciado observacional se remite a un caso
particular, en consecuencia, es testeable con la experiencia. Pero la ley,
en tanto universal, nunca puede ser chequeada con la experiencia. Por
lo tanto queda abierta la posibilidad de que alguna nueva contrastación
empírica la refute.
Veamos un ejemplo. Los gigantescos árboles llamados secoyas

9
pertenecen a la especie vegetal más grande de la Tierra. Cada uno de
ellos requiere un promedio de 1.130 litros de agua por día para
alimentarse. Sin embargo, sus raíces son poco profundas en relación con
las enormes dimensiones de su tronco, ramas y follaje. ¿Cómo este
somero sistema de raíces puede absorber agua y nutrientes su cientes
para soportar tamaño crecimiento? Esto se explica porque un hongo
diminuto infecta las raíces de la secoya y hace penetrar miles de
millones de nas extensiones capilares dentro del suelo alrededor de las
raíces. El hongo obtiene la nutrición que necesita del árbol, y, a su vez,
ayuda a éste a absorber el agua que necesita.
En función de este ejemplo, se podría enunciar la hipótesis “todas las
secoyas tienen pequeños hongos adheridos a sus raíces”. De este
enunciado, que evidentemente es universal, se pueden derivar
consecuencias observacionales, en el sentido de que, si se llegan a
descubrir nuevos árboles de secoya, las raíces de esos árboles tendrán
pequeños hongos adheridos. Se puede suponer que en un remoto
bosque de California se descubre una nueva secoya, a la cual se le puede
aplicar el enunciado observacional “esta secoya tiene pequeños hongos
adheridos a su raíz”. Luego se realizan las pruebas pertinentes. Si se
corrobora el enunciado observacional (que es singular) éste será
verdadero. Pero ello no hará verdadera la hipótesis, porque ésta es
universal. Y no existe manera de contrastarla con todas la secoyas que
existieron, que tal vez existen (además de las conocidas) y que existirán.
La provisoriedad del conocimiento cientí co se mani esta también
con el surgimiento de teorías rivales que se imponen a las anteriores, no
por haber sido refutadas empíricamente sino porque la comunidad
cientí ca así lo decidió.

2. CIENCIA
El conocimiento cientí co no es una entidad abstracta sin anclaje en
lo real. Está registrado en publicaciones, grabaciones, protocolos,
conclusiones de investigaciones, bancos de datos, unidades y redes
informáticas, así como en las aplicaciones concretas de la ciencia. Se
genera en las prácticas y los discursos de la comunidad cientí ca.
Además, está relacionado con el resto de la sociedad. Por consiguiente,
“ciencia” es un término de mucho mayor alcance que “conocimiento
cientí co”.

10
El conocimiento cientí co, entonces, forma parte de la ciencia. Pero la
ciencia es más abarcativa, pues comprende también las instituciones
gubernamentales y privadas que invierten en investigación cientí co-
tecnológica, las universidades e institutos de investigación, las
editoriales de temas cientí cos y, por supuesto, la comunidad cientí ca,
que está constituida por investigadores, editores, periodistas
especializados, divulgadores cientí cos, docentes, alumnos, técnicos,
metodólogos y epistemólogos.
El término “ciencia” comprende varios sentidos. Sin embargo, hay dos
que interesan especialmente aquí. Uno de ellos es de mayor extensión: se
re ere al conocimiento que cada época histórica considera sólido,
fundamentado y avalado por determinadas instituciones. El otro sentido
es más preciso: alude al conocimiento surgido entre los siglos xvi y xvii,
cuyos fundadores fueron Copérnico, Kepler, Galileo y Newton,1 entre
otros, y que, junto con las instituciones en las que se ha desarrollado, y
se desarrolla, constituye la empresa cientí ca.
El paradigma inicial de esta ciencia (la moderna) es el físico-
matemático. Hacia nes del siglo xviii otras disciplinas, como la
química, la biología y las ciencias sociales fueron logrando también su
inclusión en el terreno de la ciencia.2 Durante el siglo xx aparecieron –y
actualmente siguen apareciendo– nuevas disciplinas cientí cas. Se
puede discutir la independencia o pertenencia cientí ca de algunas de
las nuevas disciplinas, sea porque se las considere prolongaciones de
ciencias que ya existían, o porque se entienda que no pertenecen a la
ciencia sino a la técnica; tal es el caso de la informática. De todos
modos, en la episteme actual ya no parece posible separar la ciencia de
la tecnología, aunque tal separación resulte e caz con nes de análisis.

3. EPISTEMOLOGÍA
El artista concibe y realiza obras de arte, el crítico de arte las analiza.
Algo similar ocurre con la ciencia. El cientí co concibe y construye
teorías cientí cas, el epistemólogo re exiona sobre ellas. La
epistemología es una disciplina losó ca. Se la denomina también
losofía de la ciencia.
Desde su origen, “epistemología” remite a “teoría del conocimiento
cientí co” o “re exión sobre la ciencia”. Y en ese sentido amplio siempre
ha representado una preocupación losó ca. Sin embargo, la

11
epistemología –tal como hoy se la entiende– es una re exión losó ca
especializada, que se ha consolidado como disciplina con peso propio.
Se puede decir entonces que la losofía siempre re exionó sobre el
conocimiento en general y que en la modernidad comenzó a re exionar
sobre el conocimiento cientí co en particular, pero no contaba con
avales su cientes como para erigirse en doctrina teórica independiente.
Por el contrario, en los primeros decenios del siglo xx la epistemología o
losofía de la ciencia se a anzó como disciplina autónoma, dentro del
campo de la losofía.3
En 1929, un importante grupo de lósofos y cientí cos formaron una
asociación de re exión sobre el conocimiento cientí co que se
denominó Círculo de Viena. Sus integrantes se asumían a sí mismos
como empiristas o positivistas lógicos. Este grupo de estudiosos se
plantearon el objetivo de fusionar todas las ciencias a partir de la
uni cación del lenguaje. Su marco teórico referencial era una
concepción cientí ca del mundo. El medio para lograr su objetivo era
producir análisis lógicos del lenguaje, que incorporaran las técnicas y
métodos de la lógica matemática. Se trataba de clari car el lenguaje de
la ciencia y se pretendía asimismo que cualquier disciplina que aspirara
a alcanzar el nivel de ciencia debía regirse por el método de las ciencias
naturales. Para estos pensadores estas ciencias representan el paradigma
de lo cientí co.
Aproximadamente diez años después de su fundación, el Círculo de
Viena se fue disolviendo como grupo autónomo. Pero se expandió por
Europa y, sobre todo, por Estados Unidos. A las corrientes actuales
herederas de esa tradición se las denomina “neopositivistas”. Pero este
término, así como el término “positivismo”, requieren algunas
aclaraciones.
El positivismo fue una doctrina losó ca originada en Francia por
Augusto Comte (1798-1857), quien consideraba que la historia de la
cultura ha pasado sucesivamente por tres estadios: el teológico, el
metafísico y el positivo. En el estadio teológico, el hombre explicaba los
fenómenos por medio de la intervención de seres divinos. En el
metafísico, los explicaba por medio de ideas racionales, pero abstractas.
Finalmente, en el positivo (que corresponde a la modernidad), los
fenómenos se comienzan a explicar a partir de las relaciones invariantes
que guardan entre sí (leyes). Y se rechazan las explicaciones que no se
atengan a lo que puede veri carse positivamente. Es decir, por medio de

12
la confrontación empírica.
Pero la tradición anglosajona, que derivó en lo que hoy se conoce
como neopositivismo, no se reconoce heredera de Comte.4 Entre estas
corrientes se destacan los empiristas y positivistas lógicos del Círculo de
Viena, por un lado y, por el otro, el racionalismo crítico de Karl Popper
(1902-1994).5 Pero mientras los espistemólogos desde el continente
europeo (y luego también desde Estados Unidos) fraguaban lo que
resultó la epistemología hegemónica durante casi cincuenta años, en
Inglaterra maduraba lo que hoy se conoce como “ losofía analítica”. Su
origen teórico se remite a Bertrand Russell (1872-1970).6
Más de medio siglo ha transcurrido desde que se libraron esas batallas
del espíritu. Pero como el tiempo todo lo transforma, actualmente los
descendientes teóricos de esas corrientes son aliados.7 Es obvio que
entre ellos existen disensos, sin embargo logran acuerdos en:
la convicción de que la razón humana se reduce a los límites de la
racionalidad cientí ca,
la exigencia de uni car y formalizar el lenguaje de la ciencia,
la prescripción de la neutralidad ética de la ciencia,
el mandato de que la epistemología debe concentrarse en la
estructura lógica de las teorías sin atender a los problemas de la relación
ciencia-sociedad,
la determinación de un solo método para todas las ciencias.
Respecto de este último punto acuerdan también en que las disciplinas
sociales deben reducirse al método de las ciencias naturales si aspiran a
ser reconocidas como ciencia (esto es reduccionismo). Por todo ello, y
de manera genérica, se los denomina neopositivistas.
Actualmente existen otras corrientes en epistemología que consideran
que no se puede re exionar sobre la ciencia sin tener en cuenta su
historia. A partir de la re exión sobre ella consideran que también es
importante estudiar de qué manera los seres humanos concretos inciden
en la aceptación o el rechazo de las teorías, más allá de su pertinencia
teórica.
Existen asimismo posturas críticas a la racionalidad positiva.8 Éstas
estudian la ciencia relacionándola directamente con el resto de lo
sociocultural. Hay además pensadores críticos que, sin estar enrolados
en ninguna escuela o asociación, pre eren re exionar sobre la ciencia

13
como un fenómeno integral, sin limitarse únicamente a su aspecto
metodológico-formal. En general, se puede decir que todas las posturas
opuestas al neopositivismo, aun con sus grandes diferencias teóricas,
encuentran puntos de coincidencia en que la re exión sobre lo cientí co
debe sobrepasar la mera re exión sobre estructuras vacías de contenido
y coinciden asimismo en defender la independencia metodológica de las
ciencias sociales y su nivel cientí co.

4. CONTEXTO DE DESCUBRIMIENTO Y
CONTEXTO DE JUSTIFICACIÓN
Con nes de análisis suele a rmarse que la producción y posterior
validación de las teorías cientí cas responden a dos ámbitos diferentes:
contexto de descubrimiento y contexto de justi cación. El contexto de
descubrimiento comprende la manera en la que los investigadores
arriban a sus conjeturas, hipótesis o a rmaciones. Este contexto se
inscribe en el devenir personal del cientí co, en sus relaciones de poder,
sus sueños, sus fantasías y en todo aquello que pueda in uir en la
enunciación de sus teorías.
El contexto de justi cación, en cambio, abarca todo lo relativo a la
validación del conocimiento cientí co; por lo tanto, se re ere a la
estructura lógica de las teorías y su posterior puesta a prueba. Desde
este punto de vista se puede decir que se trata del contexto propio de la
objetividad. En este contexto se instrumentan los medios para llevar a
cabo las investigaciones. Es aquí donde se desarrolla la metodología.
Mientras la epistemología re exiona sobre la ciencia en general,
incluyendo también el análisis de los métodos, la metodología dispone
las técnicas y procedimientos para la realización efectiva de la
investigación cientí ca.
Otra manera de referirse a estos ámbitos del saber cientí co es
imaginar que existen dos historias de la ciencia: una externa y otra
interna. La historia externa apuntaría a las prácticas sociales y a toda la
infraestructura que sostiene y moviliza a la ciencia, más allá del
contenido especí co de las teorías y de sus estructuras. Y la historia
interna sería la consideración del conocimiento reconocido o cialmente
como cientí co, abstrayendo cualquier tipo de relación subjetiva,
institucional o de poder.
Es evidente, entonces, que el contexto de justi cación corresponde a la

14
historia interna, y el de descubrimiento, a la externa. También a la
historia externa, según esta clasi cación, correspondería un tercer
contexto, el de aplicación. Este ámbito es el de la ciencia aplicada o
tecnología.

5. LA PROBLEMÁTICA DE LAS CIENCIAS


SOCIALES
Uno de los ideales de la ciencia moderna ha sido suministrar leyes
universales acerca de las relaciones entre fenómenos. Las leyes
describen, explican y predicen. Señalan las relaciones invariantes entre
los fenómenos. “El hielo ota en el agua” es la enunciación de una ley
física. Es asimismo una consecuencia lógica de que “la densidad del
hielo es menor que la del agua”, de que “un uido empuja hacia arriba
un cuerpo sumergido en él con una fuerza igual al peso de la cantidad
de uido desplazado por el cuerpo” y de otras leyes relativas a las
condiciones en las cuales los cuerpos sujetos a fuerzas están en
equilibrio.
En este ejemplo, relativamente sencillo, se revela el alcance universal
de la ley. Porque cada vez que se den las condiciones iniciales requeridas
(cantidad su ciente de agua, tamaño adecuado del trozo de hielo y
demás requisitos) se volverá a producir el fenómeno designado por la
ley que enuncia “el hielo ota en el agua”.
Estas características (propias de las ciencias naturales) no son
totalmente extensivas a las ciencias sociales. La pregunta que se impone
entonces es ¿existe un método cientí co aplicable a todas las ciencias,
sea cual fuere el tema de que se ocupen, o deben las ciencias sociales
emplear una lógica de la investigación especial y propia?
Las regularidades estudiadas por la etnología, la psicología genética, la
economía o las demás disciplinas sociales no revisten la necesidad
pretendida por la física newtoniana. En ciencias sociales no se trata de
determinismos causales, sino de situaciones conformadas por múltiples
relaciones, por plexos de fuerzas interactuantes. Es allí donde se produce
el sentido que debe ser interpretado por el investigador social.
Las ciencias humanas, entonces, no son exactas, como las formales; no
son tampoco causales, como buena parte de las naturales; pero son
rigurosas, como cualquier actividad que se pretenda cientí ca.
Desarrollan metodologías especí cas. Pueden interactuar con cualquier

15
otro tipo de ciencia, así como con otras disciplinas sociales. Son ciencias
sociales la historia, la sociología, la psicología, la economía, la
lingüística, la criminología, la antropología, el derecho y todas las demás
disciplinas cientí cas que estudian al hombre, no en tanto ser biológico,
sino en tanto ser poseedor de libertad, inconsciente, habla y cultura.
El objeto de estudio de las ciencias sociales es, hablando
genéricamente, el fenómeno humano. Pero, como se verá más adelante,
no existen acuerdos si ese fenómeno re ere al hombre como individuo o
a sistemas sociales en los que el hombre es un emergente en función de
la totalidad. Con intención puramente clasi catoria, se puede decir que
el objeto de estudio de las ciencias sociales es el sujeto. Porque el sujeto
se encarna en individuos humanos, pero es una dimensión social, en
tanto interactúa con las prácticas de su época y, a la vez, se constituye
desde esas prácticas. El sujeto es una instancia social. Es una integridad
biológica-psicológica-espiritual-social.
Si se obvian –por el momento– las discusiones internas de los
epistemólogos, se puede decir que las características del objeto de
estudio de las ciencias sociales son, entonces:
la capacidad de tomar decisiones, en tanto ser libre;
el estar sujeto a pulsiones no voluntarias en tanto posee
inconsciente;
el poder expresarse racionalmente por medio del lenguaje
articulado;
el poder interactuar e incidir en el sistema simbólico social en tanto
forma parte de la cultura.
El cientí co social no estudia (como el de las ciencias duras) a un ser
natural que no es artí ce de sí mismo, sino a un ser cultural que tiene la
posibilidad de incidir, en mayor o medida, en sus propias condiciones
existenciales. Es obvio que cada disciplina cientí ca social privilegia los
aspectos que le interesan en relación con lo humano, tales como la
economía, la conducta, la historia, la educación, los aparatos jurídicos,
las relaciones culturales y ambientales, la comunicación y la política.
Los sujetos pertenecemos a la historia. Nos conocemos a nosotros
mismos de manera prerre exiva a partir del ambiente donde nos
constituimos: la familia, la sociedad y el Estado. Los prejuicios de cada
uno forman parte –más que los juicios– de la realidad de nuestro ser.
Cuando accedemos a la re exión lo hacemos desde la perspectiva de esa

16
comprensión autoevidente, aunque para desarrollar un análisis sólido
haya que atenerse a la estructura de una metodología cientí ca
pertinente. El nexo entre el investigador social y su objeto de estudio es
distinto, por cierto, del de cualquier otro tipo de investigación. En los
estudios sociales el hombre desde sí mismo capta el sentido de las
realizaciones humanas y desde ellas interpreta su propio ser.

LA VIDA Y LA MUERTE COMO


INDICADORES ECONÓMICOS
A lo largo de este libro, se transcriben fragmentos
de un artículo proveniente de la investigación
económica. En ellos se re eja, mínimamente, la
complejidad de fuentes y técnicas utilizadas para
llevar adelante una investigación, así como los
supuestos ideológicos en los que se sostiene. En
todos los casos el subrayado en esos fragmentos me
corresponde, y apunta a destacar aspectos
relacionados con la re exión general del libro y con
la especí ca de cada capítulo.
E.D.

A la economía no le conciernen sólo la renta y la


riqueza sino también el modo de emplear esos
recursos como medios para lograr nes valiosos,
entre ellos la promoción y el disfrute de vidas
largas y dignas. Pero si el éxito económico de una
nación se juzga sólo por su renta y por otros
indicadores tradicionales de la opulencia y de la
salud nanciera, como se hace tan a menudo, se
deja entonces de lado el importante objetivo de
conseguir el bienestar. Los criterios más
convencionales de éxito económico se pueden
mejorar incluyendo evaluaciones de la capacidad
de una nación o una región para alargar la vida de
sus habitantes y elevar su calidad.
Aunque el mundo, en su globalización, conozca

17
hoy una prosperidad sin precedentes, no han
desaparecido las bolsas de hambruna y
malnutrición crónica. Lo mismo en países
industrializados que en el Tercer Mundo siguen
siendo endémicas enfermedades que pueden
desarraigarse, muertes que son evitables. Detrás
de esos problemas hay siempre una razón
económica. Complementando los indicadores
tradicionales con estadísticas que se re eran más
directamente al bienestar, pueden evaluarse de
manera fructífera las ventajas y las de ciencias de
enfoques económicos alternativos. Por ejemplo,
un país puede tener un producto nacional bruto
(pnb) per cápita mucho más alto que el de otro y,
al mismo tiempo, una esperanza de vida muy
inferior a la de éste cuando los ciudadanos del
primero no pueden acceder con facilidad a los
recursos sanitarios y educativos. Los datos de
mortalidad permiten enjuiciar la política seguida
y reconocer aspectos cruciales de la penuria
económica en ciertas naciones o en grupos
concretos dentro de las naciones.
Que las estadísticas de mortalidad son un
instrumento muy útil para el análisis
socioeconómico se ve con sólo examinar algunos
problemas de distintas partes del mundo: las
hambrunas, que a veces se dan incluso en lugares
donde no falta el alimento; la baja esperanza de
vida, frecuente en país con pnb alto; las mayores
tasas de mortalidad para las mujeres que para los
hombres en zonas de Asia y África y los ín mos
porcentajes de supervivencia de los
afroamericanos en comparación no sólo con los
blancos de Estados Unidos sino también con los
habitantes de países paupérrimos.
Las estadísticas de mortalidad calibran mejor la
penuria económica que las magnitudes de renta y
recursos nancieros. La evaluación de la

18
economía en términos de vida y muerte puede
hacer que se preste atención a cuestiones
apremiantes de la economía política. Este enfoque
ayudará a que se comprendan mejor los
problemas de las hambrunas, las necesidades
sanitarias, la desigualdad entre los sexos, así como
los de la pobreza y los de la discriminación racial
incluso en las naciones ricas. La exigencia de
ampliar las miras de la economía al uso para que
en sus planteamientos quepa la economía de la
vida y la muerte no es menos aguda en Estados
Unidos que en el África subsahariana azotada por
el hambre.
(Extraído de “La vida y la muerte como
indicadores económicos”, en Investigación y
Ciencia, Madrid, julio de 1993. Amartya Sen,
docente de la Universidad de Lamont, enseña
también economía y losofía en la de Harvard.
Tras formarse en Calcuta y Cambridge, dio clases
en Delhi, Londres y Oxford. Ha presidido la
Sociedad Econométrica, la Asociación Económica
Internacional y la Asociación Económica de la
India, y es hoy presidente electo de la Asociación
Económica Americana. Su interés como
investigador se centra en las teorías de la elección
y la decisión sociales, la economía del bienestar y
la losofía moral y política.)

1 Nicolás Copérnico vivió entre 1473 y 1543, Johannes Kepler entre 1571 y 1630, Galileo Galilei
entre 1564 y 1642 e Isaac Newton entre 1642 y 1727.
2 A las ciencias sociales se las suele catalogar como “débiles” epistemológicamente, y a la biología
y a algunos desarrollos posnewtonianos de la física, así como a ciertos aspectos de la química, se
los denomina “semidébiles”. En oposición a esto, la física-matemática es llamada “fuerte”, entre
otras cosas, porque sus proposiciones son formalizables y corroborables con la experiencia; es
decir que cuentan con respaldos epistemológicos fuertes o positivos. También en este sentido se le
dice “ciencias duras” a las naturales y “blandas” a las sociales.
3 Se puede comparar este lugar ganado por la epistemología dentro del espacio losó co con el
lugar que la pediatría ha logrado en el campo médico. La medicina siempre se ocupó de la salud
de los niños, pero en los límites de su preocupación general por la salud de los individuos. El niño
era simplemente un adulto en potencia. Ahora bien, durante el siglo xx, las prácticas y los

19
discursos de los médicos preocupados especí camente por la salud de los niños, más una
preocupación por los mismos en el dispositivo social en su conjunto, posibilitó que la pediatría,
hoy, aunque sigue perteneciendo a la medicina, constituya una disciplina especí ca con cierta
autonomía.
4 Uno de los motivos de autodenominarse “positivistas lógicos” fue diferenciarse de los
positivistas de viejo cuño (o comteano). Los allegados al Círculo de Viena le agregaron la palabra
“lógico” a su empirismo, para distinguirse del empirismo tradicional representado,
fundamentalmente, por John Locke (1632-1704) y David Hume (1711-1776). También en este
sentido, Popper le agrega “crítico” a su racionalismo, para tomar distancia del racionalismo
tradicional representado paradigmáticamente por René Descartes (1596-1650).
5 Los integrantes del Círculo de Viena creyeron encontrar la respuesta a la mayoría de sus
problemas teóricos en el Tractatus Logico-Philosophicus de Ludwig Wittgenstein (1889-1951).
Pero el gran lósofo nunca los reconoció como interlocutores, ni reconoció las interpretaciones
que los empiristas-positivistas hicieron de su obra. Por su parte, Popper disentía con aspectos
fundamentales del pensamiento de Wittgenstein, y también con muchas de las propuestas lógico-
metodológicas del Círculo de Viena.
6 El más fuerte referente doctrinal de los analíticos, también en este caso, es Wittgenstein, a pesar
de que el propio Wittgenstein no aceptó las interpretaciones que primero Russell y después los
analíticos hicieron de su obra. El ideal de los analíticos era encontrar un lenguaje lógicamente
perfecto que, a diferencia de los lenguajes naturales, contara con una simbolización exacta que
hiciera transparente la estructura lógica de los hechos, vale decir, del mundo.
7 Se trata de empiristas y positivistas (tradicionales y lógicos), racionalistas (tradicionales y
críticos) y lósofos analíticos.
8 No se debe confundir “racionalidad positiva”, o “racionalidad positivista”, o “racionalidad
cientí ca” con “racionalidad” o “razón” en general. Si se quiere hacer ciencia o losofía, o
entenderse con otros sujetos por medio de argumentos, forzosamente, se lo hace desde la razón (o
racionalidad). No es a la razón como facultad para conocer y relacionarse a la que se considera
cuestionable desde una posición que critica al neopositivismo. (Este discurso, por ejemplo, intenta
criticar el neopositivismo, pero pretende ser racional y trata de mantenerse dentro de las reglas de
la racionalidad para que pueda ser entendido.) Lo que se cuestiona es que los parámetros
establecidos para la ciencia como racionalidad (y que en los laboratorios pueden ser muy
efectivos) son demasiado estrechos para abarcar la multiplicidad de lo real. La propuesta sería que
en lugar de pensar una racionalidad cientí ca extendida a toda comprensión humana posible,
habría que pensar en una racionalidad histórica que abarque también los aspectos no mensurables
de la existencia.

20
II. LAS ESTRUCTURAS LÓGICAS Y EL
LENGUAJE
Pero si alguna vez logramos reconciliarnos con la idea
de que la realidad es, en su mayor parte, indiferente a las
descripciones que hacemos de ella, y que el yo, en lugar
de ser expresado adecuada o inadecuadamente por un
léxico es creado por el uso de un léxico, finalmente
habremos comprendido lo que había de verdad en la idea
romántica de que la verdad es algo que
se hace más que algo que se encuentra.

Richard Rorty, Contingencia, ironía y solidaridad

21
2. LÓGICA Y LENGUAJE
Silvia Rivera

INTRODUCCIÓN
La tarea de presentar la lógica9 y sus contenidos básicos no es sencilla.
Esto es así porque, a pesar de ser éste un terreno –junto con el de la
matemática– en el que las expectativas de los hombres por alcanzar un
elevado grado de objetividad en el conocimiento llegan a su punto
máximo, la lógica no puede desentenderse de las contingencias que
atraviesan todas las empresas humanas. No es, pues, algo que ha nacido
de una vez y para siempre coronado con los atributos de completitud y
perfección, tal como Palas Atenea de la cabeza de Zeus. La lógica, como
todos los productos del conocimiento, también tiene su historia. Por eso
es necesario que nos remitamos brevemente a los comienzos griegos del
pensamiento lógico-racional.
La palabra “lógica” deriva del vocablo griego logos. Entre sus
numerosas traducciones se destacan “palabra”, “discurso”, “pensamiento”,
“razón”. También se agregan a estos signi cados básicos el de “principio”
o “ley”. El verbo legein se traduce por “decir”, “hablar”. Pero se trata de
un decir signi cativo, por esto se ha indicado que el sentido primario de
legein es “reunir”, “ordenar”, unir las palabras de modo tal que se
obtenga la razón o el sentido de lo dicho. “Logos” indica, así,
especí camente, esos principios o criterios de orden que otorgan
inteligibilidad al discurso, y también al pensamiento.
“Logos” se contrapone a “mito”. Por “mito” también debemos entender
“palabra”. Pero se trata esta vez de una palabra mágico-religiosa, que es
solidaria de estructuras de pensamiento diferentes y especí cas, tales
como las de totalidad, completitud, identidad de los contrarios, etc. Esta
palabra se inserta en un mundo muy peculiar. El mundo mítico es un
mundo atravesado por sorprendentes continuidades, a punto tal que los
dioses no se diferencian de los fenómenos físicos, las palabras se
identi can con las cosas representadas por ellas y los hombres con la

22
naturaleza misma. Un ejemplo de esto lo encontramos en la magia,
donde es posible incidir activamente en las condiciones de vida de una
persona operando con su nombre. También se aprecia esta cuestión en
la completa divinización de la naturaleza y en la disolución de la
identidad e individualidad de los hombres en la especie, que caracteriza
al universo mítico. Además, en el mito, la verdad de una a rmación se
sustenta en la autoridad de quien la pro ere. En el caso de algunos
personajes privilegiados o “maestros de la verdad” –el rey, el adivino y el
poeta– sus palabras eran verdaderas en virtud del poder que detentaban
dentro del grupo, sin importar en absoluto que sus sentencias respetaran
los principios de derivación lógica o de correspondencia con la realidad,
sobre cuya base nuestra cultura examina los conocimientos para decidir
acerca de su sentido y verdad.
El ser humano vivió muchísimo tiempo inmerso en este mundo
mítico. Sin embargo, a partir del siglo viii a. de C., y en relación con las
importantes transformaciones económicas, sociales y políticas que en
esa época se desencadenaron en el Peloponeso, comienza a per larse un
tipo de palabra diferente. Se trata de la palabra lógico-racional,
estructurada sobre la base de principios tales como el de identidad, no
contradicción y tercero excluido, que otorgan unidad y coherencia al
discurso y al pensamiento. Cabe destacar que este orden no sólo alcanza
a la palabra y al pensamiento, sino que se extiende también al mundo.
Por esto nuestro mundo parece tener una estructura lógica, y de hecho
la tiene, porque los instrumentos a través de los cuales lo aprehendemos
con eren su sonomía especí ca a la realidad en la que nos insertamos.
Este proceso de desacralización de la palabra modi ca por completo la
concepción habitual de la verdad, que se desplaza desde el criterio de
autoridad hacia la búsqueda del consenso sobre la base de argumentos
convincentes. Estos argumentos se forman a partir de encadenamientos
de proposiciones enlazadas de formas diversas. A pesar de la in nita
cantidad de proposiciones que pueden formarse en las distintas lenguas
históricas, es posible reconocer tipos básicos de enlace que son comunes
a todas ellas. Estos tipos de enlace nos permiten fundamentar la verdad
de algunas proposiciones en la verdad de otras que nos parecen
evidentes, sea porque las captamos por observación directa, porque no
podemos hallar otras que les sirvan de fundamento, o porque
pertenecen al fondo de supuestos compartidos que conforman el
sentido común de un grupo: “El sonido que escucho es agudo”, “Todo

23
objeto es igual a sí mismo”, o también “La ciencia cambia porque
progresa”. Es importante tener en cuenta que no siempre es posible
establecer una nítida distinción entre las proposiciones cuya verdad se
fundamenta en otras, y aquellas que sirven de fundamento. De hecho,
ocurre que muchas veces la observación directa es engañosa, y también
que las proposiciones que expresan los supuestos compartidos por un
grupo cambian de una cultura a otra.
De todos modos, aquí nos interesa destacar la absoluta necesidad de
fundamentar lo que nosotros creemos o cuestionamos. Esta necesidad
se impone como consecuencia de la mencionada transformación en la
forma de entender la palabra y la verdad que se impone de nitivamente
en Atenas en el siglo v a. de C. Todo el desarrollo del conocimiento
occidental se inscribe en este proceso de desacralización de la palabra.
Sobre esta base se consolidan las prácticas de fundamentación y
justi cación –en el sentido de “dar razón” de nuestras a rmaciones– que
caracterizan nuestro modo de pensar y argumentar.

1. EL CARÁCTER FORMAL DE LA LÓGICA


Todo el tiempo, tanto en el ámbito de nuestra vida cotidiana como en
prácticas más especializadas, como el derecho, la química o la
matemática, suponemos que ciertas proposiciones son verdaderas y
probamos, a través de mecanismos de inferencia o derivación, que otras
son, a su vez, verdaderas demostrando que se siguen necesariamente de
las primeras. Estos mecanismos pueden ser correctos o incorrectos, y a
la lógica compete establecer esta distinción.
Analicemos un ejemplo que nos proponen en su libro Morris Cohen
(1880-1947) y Ernest Nagel (1901).10 Consideremos la siguiente
proposición: “Hay por lo menos dos personas en la ciudad de Nueva
York que tienen el mismo número de cabellos en la cabeza”, a la que
designaremos con el símbolo “q”. ¿Cómo podría demostrarse su verdad?
Un método directo sería el de corroboración empírica, que supone
buscar y hallar dos individuos que tengan realmente el mismo número
de cabellos. El problema es que no es ésta una tarea sencilla, pues
supone el examen minucioso del cuero cabelludo de por lo menos seis
millones de personas. Pero también podemos demostrar que la
proposición “q” se desprende con necesidad de otras cuya verdad es
posible establecer con mayor facilidad. Examinemos la proposición

24
“Hay cinco mil peluquerías en la ciudad de Nueva York”. ¿Es ésta una
proposición relevante para establecer la verdad de “q”? Obviamente no
lo es, puesto que el dato sobre el número de peluquerías, aun siendo
verdadero, no resulta un elemento de juicio satisfactorio para establecer
la verdad de “q”.
Consideremos ahora esta otra proposición: “El número de habitantes
de la ciudad de Nueva York es mayor que el número de cabellos que
tiene en la cabeza uno cualquiera de sus habitantes”, a la que
simbolizaremos con “p”. Para facilitar la tarea de análisis de esta
proposición utilizaremos cifras pequeñas a los nes de la
ejempli cación. “Supongamos”, a rman Cohen y Nagel, “que el número
mayor de cabellos que tiene cualquier habitante de la ciudad de Nueva
York sea cincuenta, y que haya en ella cincuenta y un habitantes,
ninguno de los cuales es completamente calvo. Asignemos a cada
habitante un número correspondiente a su número de cabellos: la
primera persona tendrá un cabello, la segunda dos, etc., hasta llegar a la
quincuagésima persona, que tendrá, a lo sumo, cincuenta cabellos.
Queda un habitante y como hemos supuesto que ninguno tiene más de
cincuenta cabellos, este debe por fuerza poseer un número de cabellos
igual al de uno de sus conciudadanos”.11 Si nos detenemos un minuto en
este razonamiento advertiremos, sin lugar a dudas, que se trata de un
razonamiento absolutamente general que no depende del número de
cabellos y habitantes elegidos.
Precisamente es la “lógica” la disciplina apta para estudiar los
principios que permiten establecer la distinción entre los mecanismos
correctos y los incorrectos de derivación de proposiciones.12 Ahora
bien, estos principios no pueden depender de los contenidos o
signi cados ocasionales de los signos lingüísticos que utilizamos, dado
que en su búsqueda de necesidad, universalidad y rigor absoluto la
lógica deja de lado las contingencias de las lenguas históricas. Por el
contrario, deberá atenerse a la estructura invariante que atraviesa
nuestros razonamientos. Esta estructura se torna mani esta cuando
reemplazamos los contenidos materiales de nuestras sentencias con
ciertos símbolos denominados “variables”, de modo semejante a como
en el álgebra se reemplazan los números por letras que mantienen la
regla de la ecuación, independientemente de los casos concretos en los
que se efectiviza. Si retomamos nuestro ejemplo anterior podemos
a rmar que, si el caso que “el número de habitantes de la ciudad de

25
Nueva York es mayor que el número de cabellos que tiene en la cabeza
uno cualquiera de sus habitantes” (“p”), entonces es el caso que “hay por
lo menos dos personas en la ciudad de Nueva York que tienen el mismo
número de cabellos en la cabeza” (“q”). Y “p” es verdadera, entonces “q”
también lo es. Expresado en símbolos, tenemos la siguiente forma de
razonamiento: Si “p” entonces “q”, y “p”, entonces “q”.13
La lógica se presenta como una ciencia formal. Esto signi ca que,
dejando de lado el signi cado o contenido de nuestras a rmaciones,
focaliza su atención en el esquema o esqueleto que las ordena y
estructura. Queda claro, entonces, que la verdad de las proposiciones de
las que parten nuestros argumentos no es algo relevante. Lo que sí es
relevante es la conexión necesaria, o relación de implicación,14 entre las
proposiciones, independientemente de su valor de verdad. En nuestro
ejemplo, y aun suponiendo que la proposición “p” –que nos informa
acerca de la relación entre el número de habitantes de la ciudad de
Nueva York y el número de cabellos de sus cabezas– fuera de hecho
falsa, la lógica destaca la relación necesaria entre esta proposición y
otras tales como “q” con las que mantiene una relación lógica de
implicación. La forma de esta relación se mani esta tan pronto como
abstraemos el contenido empírico a partir del mencionado proceso de
simbolización.

2. EL OBJETO DE ESTUDIO DE LA LÓGICA


Está claro ya por qué la lógica es una ciencia formal. Pero resta todavía
establecer con mayor precisión cuál es su objeto de estudio especí co.
Presentamos la lógica como el estudio de las relaciones necesarias de
implicación entre proposiciones, que condicionan la validez de las
inferencias o procesos de derivación sobre las que se articulan nuestros
razonamientos. Ahora bien, es fácil advertir que, en esta primera
aproximación, se entrecruzan dos planos de objetos diferentes: el plano
del lenguaje y el del pensamiento. ¿Se ocupa, entonces, la lógica de
nuestros procesos de pensamiento o de los signos de nuestro lenguaje?
Ante todo debemos separar con claridad la lógica tanto de la
psicología como de las diferentes ramas de la lingüística. En primer
lugar, la diferencia que establece la lógica entre mecanismos correctos e
incorrectos de derivación de proposiciones no pone el acento en los
procesos subjetivos que se producen en la mente de un sujeto y que

26
acompañan las inferencias, sino en las relaciones necesarias de
implicación entre proposiciones que se suponen en la base de las
inferencias. Si bien la lógica es un producto histórico que recopila y
sistematiza los principios de nuestras prácticas concretas de deducción y
fundamentación, restringe su atención a los resultados obtenidos, a los
que se otorga un status peculiar. Su peculiaridad consiste en que estos
resultados se independizan, ubicándose en un espacio de “idealidad”
que los pone al margen de toda contingencia empírica. El objeto de
estudio de la lógica se ubica fuera del tiempo y del espacio, invistiéndose
con las propiedades de perfección e inmutabilidad. Pensemos en la
matemática –otra ciencia formal– cuyo objeto de estudio
–los números, las guras geométricas– es por completo independiente
tanto de los procesos a través de los cuales los aprehendemos como de
los objetos físicos a partir de los cuales los representamos. El hecho de
que “la suma de los ángulos interiores de un triángulo sea igual a dos
rectos”, que interesa al matemático, es por completo independiente de
nuestros mecanismos subjetivos de aprendizaje y también de nuestras
mediciones de los ángulos de los diferentes objetos triangulares que
podemos construir o encontrar a nuestro alrededor.
Pero, si bien es posible deslindar la lógica del estudio de fenómenos
psicológicos o procesos subjetivos, esto no resulta así en el caso del
lenguaje. Porque los principios “lógicos” que organizan y estructuran
nuestro pensamiento son, sin lugar a dudas, de carácter lingüístico. De
ahí que el análisis lógico sea también, en cierto modo, análisis
lingüístico.
Pero, si bien es cierto que la lógica se ocupa del lenguaje, lo hace de un
modo especial y propio que la distingue nítidamente de otras disciplinas
que tienen al lenguaje como objeto de estudio. Por lo tanto, y en
segundo lugar, la lógica no debe confundirse con ninguna de las partes
de la lingüística. Porque la lingüística, o en general las distintas ciencias
del lenguaje, son ciencias empíricas descriptivas que estudian de modo
sistemático la forma en que distintos pueblos utilizan las palabras. La
lógica, por su parte, se ocupa de la estructura básica y universal de todo
lenguaje, atendiendo con exclusividad a sus aspectos formales, que se
relacionan directamente con los aspectos formales de nuestro
pensamiento.
En virtud de su carácter formal la lógica pretende ser una ciencia
universal, tan rigurosa como la matemática, capaz de proporcionarnos

27
la capacidad de realizar operaciones y cálculos de modo exacto. Esto
requiere la confección de un lenguaje arti cial, a diferencia del lenguaje
natural u ordinario, siempre relativo a una comunidad histórica,
sembrado inevitablemente de redundancias, vaguedades y
ambigüedades. En cierta forma toda ciencia recurre al empleo de un
lenguaje arti cial del que forman parte los términos técnicos de cada
una. Pero en el caso de la matemática y la lógica, el lenguaje arti cial
requerido es formal o simbólico. Un lenguaje de esta índole implica dos
cuestiones. La primera es el uso de símbolos abstractos, que se dividen
en dos grandes categorías: símbolos constantes, que son aquellos que
tienen un sentido jo dentro del lenguaje en cuestión (como, por
ejemplo, “=” y “+” en aritmética), por una parte, y símbolos variables,
cuyo sentido cambia según el contexto en el que se utilicen (como
sucede, por ejemplo con las letras “x” e “y” en las ecuaciones
matemáticas). La segunda es la existencia de reglas explícitas que
establecen el uso de los términos y la formación y transformación de
fórmulas y enunciados.
Es necesario aclarar que de algún modo todos los lenguajes, en tanto
se estructuran como sistemas reglamentados de signos,15 pueden
considerarse sistemas simbólicos. Pero la lógica se presenta a sí misma
como un simbolismo perfecto que reduce, y hasta aniquila, las
inevitables desprolijidades del intercambio lingüístico cotidiano, en el
marco de las diferentes comunidades históricas. Por esto debemos
extender nuestra exposición al universo de los signos con el objetivo de
recabar elementos útiles que faciliten nuestra comprensión de las
estructuras lógicas fundamentales, que son también, inevitablemente,
estructuras lingüísticas.

3. NOCIONES DE SEMIÓTICA
3.1. El objeto de la semiótica
Se llama “semiótica”16 a la ciencia o teoría de los signos. Un signo es
un objeto material que sirve para sustituir o representar a otro objeto
ausente de nuestra percepción. Y esto lo hace re riéndose a alguna
cualidad o atributo del objeto. Todo objeto puede ser considerado como
un signo, pero aquello que lo convierte en tal no es una característica
propia o interna, sino su inserción en un proceso complejo que los

28
especialistas llaman “proceso semiótico” o “semiosis”. En este proceso
intervienen varios factores: el vehículo o señal que es el signo
propiamente dicho, aquello que usamos como sustituto de otra cosa; el
objeto, o aquello indicado por el signo; el intérprete, que es el sujeto que
usa al signo. Por último debemos recordar la interpretación, o proceso
por el cual un sujeto toma a un objeto como signo de algo.
Sin lugar a dudas, el lenguaje articulado es el sistema de signos más
importante de todos aquellos utilizados por los hombres. Los signos
lingüísticos no sólo se destacan por su variedad y complejidad, sino
porque es a través de ellos que se estructura nuestro pensamiento y
nuestro mundo, a punto tal que espontáneamente les atribuimos –al
pensamiento y al mundo– la misma forma o estructura lógica que
funciona como andamiaje de nuestro lenguaje.

3.2. Las dimensiones de la semiótica


Charles Sanders Peirce (1839-1914) fue uno de los primeros lósofos
que se ocupó de destacar esta función constitutiva de los signos. Dice
Peirce: “La palabra o signo que el hombre usa es el hombre mismo”.17 En
su minucioso estudio de los signos, Peirce puso de relieve la naturaleza
relacional de éstos. Un signo es aquello que representa algo para alguien.
Por lo tanto los signos se construyen como tales sólo a partir de las
relaciones que mantienen, en primer lugar, con otros signos; en segundo
lugar, con los objetos que estos signos representan; y, en tercer lugar, con
el intérprete o sujeto que los usa.
Posteriormente, Charles Morris (1901-1979), sobre la base de esta
relación triádica que es el signo, traza la división entre las diferentes
dimensiones de la semiótica: la sintaxis, la semántica y la pragmática.
La sintaxis estudia las relaciones que los signos mantienen con otros
signos sobre la base de reglas –llamadas reglas sintácticas– que
establecen cuáles son los signos de ese lenguaje y cómo se pueden
combinar entre sí para obtener expresiones más complejas. Podemos
analizar sintácticamente un lenguaje ya dado, como en el caso de una
lengua histórica –el español, por ejemplo–, donde las reglas establecen
que el signo que funciona como sujeto coordina con el verbo, y que el
artículo precede al sustantivo. Podemos también proponernos la
formación de un nuevo lenguaje de alcances y aplicaciones precisas. En
este caso debemos determinar las reglas de formación, que establecen el
modo de combinar signos elementales para obtener signos complejos

29
bien formados. Sobre esta base se establecen luego las reglas de
transformación, que permiten derivar nuevas expresiones válidas a
partir de aquellas obtenidas ya a través de la aplicación de las reglas de
formación.
La semántica estudia las relaciones que los signos mantienen con los
objetos que ellos representan. Estas relaciones se establecen a través de
reglas semánticas que determinan la referencia de los signos. Hay
distintos modos de establecer esta relación entre signo y objeto. Es
nuevamente Charles Sanders Peirce quien nos acerca una acertada
tripartición que posibilita sistematizar de manera adecuada estos
diversos modos de relación. En primer lugar se encuentra el ícono, o
signo que se constituye como tal en virtud de la semejanza que tiene con
el objeto que representa. Son ejemplos de íconos las imágenes y los
diagramas. Una fotografía es, sin lugar a dudas, un signo icónico. En
segundo lugar se encuentra el índice o signo que se relaciona con el
objeto en virtud de la existencia de una conexión espacio-temporal o
asociación sensorial entre ambos. En este sentido a rmamos que el
humo es índice del fuego. En tercer lugar, el símbolo es aquel signo que
se encuentra más alejado de las cualidades sensibles del objeto. En cierto
aspecto es el menos “natural”, y no hace referencia a un individuo sino a
una clase, en función de su carácter convencional y también social: la
paloma como símbolo de la paz, y también los símbolos de un lenguaje
que representan objetos extralingüísticos.
Un lenguaje sintácticamente articulado es un lenguaje formal o vacío
de contenido, un lenguaje sintáctico puro. Sin embargo, sobre la base de
las reglas sintácticas, podemos darle a este sistema una interpretación.
Para esto necesitamos de las reglas semánticas, que son de dos clases: las
reglas de designación y las reglas de verdad. Las primeras son aquellas
que relacionan biunívocamente a cada signo del sistema con un objeto o
conjunto de objetos determinado. Por su parte, las reglas de verdad
establecen las condiciones requeridas para que un enunciado del
lenguaje sea considerado verdadero. De este modo se obtiene un sistema
interpretado, o sistema semántico, en el que los signos ya no son vacíos,
sino que tienen un signi cado jo. Es importante tener en cuenta que, a
partir de un mismo sistema sintáctico puro, pueden obtenerse diferentes
sistemas semánticos, conforme varíen las reglas de designación y
verdad. Las reglas semánticas establecen las distintas modalidades de
relación entre los signos y los objetos que representan. Ahora bien, el

30
objeto o conjunto de objetos representado es el denotado del signo. A su
vez, se entiende por designado a las características o propiedades del
objeto a las que el signo hace referencia. Todos los signos tienen
designado, pero no todos ellos tienen denotado. Tal es el caso de
“unicornio”, signo para el cual no encontraremos objeto alguno al que
aplicarlo. A pesar de esto, entendemos el signi cado del signo, porque
aprehendemos el concepto que designa: “Animal semejante a un caballo
con un cuerno que emerge de su frente”.
La denotación de un signo se determina a través de su aplicación a
objetos que se ubican en determinadas coordenadas espaciales y
temporales precisas, con independencia de la mente del sujeto que lo
usa. Pero ocurre que la aplicación de un signo no siempre es sencilla.
Hay signos que no tienen denotado: “centauro”, “lealtad”, “duende”.
Otros tienen un denotado único, tal es el caso de los nombres propios.
Pero ocurre también que el denotado de algunos signos constituye una
clase de límites imprecisos: “alumnos”, “libro”, “mesa”. Las cosas se
complican aun más cuando se trata de signos caracterizados por su
“vaguedad”: “mucho”, “poco”, etcétera.
Pero, si bien es cierto que algunos signos tienen un denotado
impreciso o aun carecen de él, siempre podemos aproximarnos a su
designado. El procedimiento metodológico que nos ayuda a reconocer
el designado de un signo es la de nición, que se ocupa de precisar los
alcances y límites de un signo siempre en el marco de un determinado
contexto teórico. En la de nición se establece una equivalencia entre el
signi cado del signo a de nir, o de niendum, y aquel signo o conjunto
de signos que se utilizan para establecer el signi cado del anterior, o
de niens. Por ejemplo: “El triángulo es una gura plana limitada por
tres líneas rectas”. La de nición nos ayuda también a reducir la
vaguedad y a eliminar la ambigüedad. Un término es considerado
ambiguo cuando puede ser interpretado de distintas maneras dentro de
un mismo lenguaje. Tal es el caso de “banco” que, en nuestro idioma,
designa tanto a la institución bancaria como a un asiento.
Por último, la pragmática se ocupa de las relaciones que mantienen los
signos con sus usuarios o intérpretes. De este modo las reglas
pragmáticas enunciarán las condiciones que deben darse en el intérprete
para que un vehículo-señal sea considerado como signo de algo.
Insertados en el espacio de la pragmática, es posible hablar de
diferentes “usos del lenguaje” en función de la intención del hablante y

31
también del contexto en el que los signos son utilizados. El lósofo
austríaco Ludwig Wittgenstein, en su libro Investigaciones losó cas,
nos enfrenta con los innumerables tipos diferentes de usos que tienen
las palabras y oraciones, cuando compara el lenguaje con una caja de
herramientas.18 Algunos de estos usos –sugeridos por el propio
Wittgenstein– son dar órdenes, describir la apariencia de un objeto,
relatar un suceso, elaborar y poner a prueba una hipótesis, preguntar,
agradecer, maldecir, rezar, contar un chiste, resolver un problema de
matemática aplicada, traducir de un lenguaje a otro, etcétera.19
Sin olvidar esta inconciliable multiplicidad de usos, es conveniente
recurrir al clásico intento de sistematización que reconoce un uso
informativo, un uso expresivo y uno directivo del lenguaje.
El objetivo del primero de estos usos es comunicar información. El
discurso informativo describe los hechos del mundo y razona sobre ello
a través de la a rmación y negación de proposiciones: “Está lloviendo”,
“Viena es la capital de Austria”. Del lenguaje usado para a rmar o negar
proposiciones, o para presentar razonamientos, se dice que cumple una
función informativa. La ciencia nos ofrece el ejemplo más claro de
discurso informativo.
Por su parte, el uso expresivo del lenguaje es aquel que expresa o
comunica sentimientos y emociones. Si bien el ejemplo por excelencia
de la función expresiva del lenguaje es la poesía –“¡Ah, mi amor es como
una rosa roja recién orecida en la primavera!”– también hacemos un
uso expresivo del lenguaje al manifestar nuestra pena o entusiasmo:
“¡Magní co!”, “¡Qué tristeza!”.
Por último, el lenguaje cumple una función directiva cuando se lo usa
con el propósito de provocar o impedir una acción mani esta. Los
ejemplos más importantes del uso directivo son los pedidos y las
órdenes: “Cierre la ventana”. También las preguntas, en tanto el planteo
de una pregunta supone, por lo general, el pedido de una respuesta:
“¿Qué hora es?”.
En sentido estricto, sólo es posible aplicar los criterios de verdad y
falsedad al lenguaje en su uso informativo. Una orden, tal como “Cierre
la puerta”, no puede ser ni verdadera ni falsa.
Que la orden sea o no obedecida, o que podamos discutir acerca de su
adecuación o razonabilidad, no nos aproxima a las categorías de verdad
y falsedad. Lo mismo ocurre con el discurso expresivo. Es evidente que
“verdad” y “falsedad” no son predicados que puedan atribuirse con

32
sentido a una poesía, o a una expresión de alegría. Sin embargo, puede
ocurrir también que una poesía transmita, además de emociones, cierta
información en relación con un hecho histórico determinado, o también
al sentido general de la vida. En estos casos, el uso informativo está
presente, aunque enseñar historia o argumentar acerca del valor de la
existencia no sea el objetivo primero. Lo que ocurre es que en la
comunicación efectiva nos encontramos con una combinación de usos
del lenguaje o, lo que es lo mismo, con un lenguaje con funciones
múltiples. De todos modos siempre hay un uso que se impone sobre los
otros. Para determinarlo con precisión es imprescindible tener en
cuenta el contexto en el que aparecen las expresiones en cuestión.

3.3. Los niveles de la semiótica


Hasta aquí nos hemos referido a las dimensiones de la semiótica. Sin
embargo, es necesario establecer con cuidado los niveles en los que estas
dimensiones pueden ser consideradas.
Porque la semiótica o ciencia de los signos, que tiene como objeto a
los signos de nuestro lenguaje, se expresa, a su vez, también en un
lenguaje. No obstante, las a rmaciones de la semiótica se ubican en un
nivel diferente del de las expresiones que tematiza.
Para entender esta cuestión es necesario distinguir entre uso y
mención del lenguaje o del acontecimiento semiótico, idea que es
solidaria de la distinción entre lenguaje objeto y metalenguaje.
Para informar acerca de la realidad o de nuestros estados de ánimo
usamos un lenguaje. Este lenguaje que usamos se re ere a cosas o
hechos que no son las palabras mismas sino realidades extralingüísticas:
“La mesa es de madera”. En esta oración, “mesa” no hace referencia al
signo “mesa” sino al objeto material, a un mueble con una función
especí ca. Pero ocurre que no siempre usamos el lenguaje para
referirnos a objetos sino para mencionar signos o conjuntos de signos
de un lenguaje: “«Mesa» es una palabra con cuatro letras”. En este caso el
término “mesa” no está siendo usado sino mencionado en tanto remite a
sí mismo como signo.
Esto signi ca que el lenguaje es autorreferencial. El lenguaje puede
hablar de sí mismo. Sin embargo, para evitar contradicciones y
paradojas, es importante recordar que la referencia al lenguaje –lenguaje
objeto– se hace desde un lenguaje diferente –metalenguaje–. El lenguaje

33
objeto es aquel que es objeto de análisis y, por lo tanto, es mencionado
por el metalenguaje. Se suelen utilizar comillas para indicar que una
palabra o signo pertenece al metalenguaje y que, por lo tanto, no está
siendo usado sino mencionado. Es importante recordar que los
términos lenguaje objeto y metalenguaje son términos relativos, en
tanto se re eren uno a otro. Hablamos de un metalenguaje si hay un
lenguaje objeto mencionado por él. Por su parte, un lenguaje cualquiera
se convertirá en lenguaje objeto si es objeto de análisis de un
metalenguaje.
La semiótica, en tanto se ocupa de analizar cualquier lenguaje, se
ubica en el nivel metalingüístico. Puede considerarse también como una
metaciencia útil para analizar el lenguaje de las ciencias desde un nivel
superior de lenguaje. El lenguaje de las ciencias, como todo lenguaje, es
analizable desde el punto de vista de la sintaxis, desde el punto de vista
de la semántica y también desde el de la pragmática. Porque, según
Morris, “un lenguaje, en el pleno sentido semiótico del término, es
cualquier conjunto intersubjetivo de vehículos-señales, cuyo uso está
determinado por reglas sintácticas, semánticas y pragmáticas”.20

4. LAS ESTRUCTURAS LÓGICAS


FUNDAMENTALES
4.1. Términos y proposiciones
Sin lugar a dudas es Aristóteles (384-383/322 a. de C.) quien otorga a
la lógica su acta de nacimiento como disciplina autónoma y especí ca.
Lo logra recopilando y sistematizando las re exiones de los pensadores
que lo antecedieron acerca de los principios formales del pensamiento,
el lenguaje y la realidad. Sobre esta base –y de acuerdo con su supuesto
de la existencia de una correspondencia entre el pensar lógico y la
estructura ontológica– elabora un organon o instrumento a partir del
cual es posible acceder a los principios según los cuales se articula lo
real. De este modo, el pensamiento lógico se convierte en aquel que nos
permite un conocimiento adecuado de la forma del mundo y, por lo
tanto, resulta indispensable en la búsqueda de la verdad que emprenden
las diferentes disciplinas cientí cas.
La lógica aristotélica es, principalmente, una lógica de términos. El
término es la estructura lógica más elemental. Formado por uno o más

34
signos, se utiliza para nombrar o designar algo. Es necesario diferenciar
el término de los signos que le sirven como medio de expresión. Esta
distinción nos permite reconocer que, en primer lugar, distintas
palabras pueden expresar un mismo término. Por ejemplo: “red”,
“rouge”, “rojo”. En segundo lugar, ocurre muchas veces que un mismo
signo o palabra expresa términos diferentes. Pensemos, por ejemplo, en
la palabra “vela”, que signi ca tanto la acción de cuidar el sueño o el
reposo de alguien, el cilindro de cera que utilizamos para iluminarnos
como los lienzos que ayudan a impulsar algunas embarcaciones. Por
último, ocurre también que un término se expresa a través de varias
palabras. Éste no sólo es el caso de los nombres compuestos, por
ejemplo, “Miguel de Cervantes Saavedra”, sino también de las llamadas
descripciones, por ejemplo, “el planeta que está más cerca del Sol” o “el
autor del Quijote”.
Se considera la lógica aristotélica una lógica de términos porque son
éstos las unidades mínimas e irreductibles del análisis lógico. Desde esta
perspectiva, los términos se dividen en términos lógicos o constantes
lógicas que sólo tienen signi cación en el contexto de la estructura
lógica que integran –todos, algunos, ningún, etc.–, y los términos no
lógicos o variables lógicas que tienen signi cación independiente dentro
de un lenguaje. Además pueden ser sustituidos por otros de la misma
categoría lógica o gramatical sin que por ello varíe la estructura lógica
de la que forman parte. Integran este grupo los nombres propios, los
sustantivos comunes y los adjetivos.
Por su parte, las proposiciones son estructuras lógicas más complejas.
Integradas por términos, tienen un sentido completo y puede predicarse
de ellas verdad y falsedad. Es importante no confundir “proposición”
con “oración”. La oración es el vehículo para expresar una proposición,
de modo tal que diferentes oraciones pueden expresar una misma
proposición, por ejemplo “Todos los hombres son mortales” y “Si un
individuo cualquiera es hombre, entonces es mortal”. O también “Il
pleut” y “Llueve”. En rigor de verdad, no todas las oraciones sirven para
expresar proposiciones. Sólo lo hacen las oraciones declarativas, que
corresponden al uso informativo del lenguaje. Sólo de estas oraciones es
posible predicar verdad y falsedad. Una proposición será verdadera si la
información que transmite corresponde o concuerda con los hechos del
mundo que describe y será falsa si no existe tal concordancia o
correspondencia. Este modo de entender la verdad como correlación o

35
adecuación entre las proposiciones del lenguaje y los hechos del mundo
se denomina “concepción semántica de la verdad”. Queda claro que, en
tanto un término no a rma ni niega estado de cosas alguno, no puede
ser ni verdadero ni falso. Sólo podemos hablar de “corrección” o
“incorrección” en la aplicación de un término.
Para la lógica aristotélica todas las proposiciones se reducen a la forma
predicativa básica: “S es P”. Si aplicamos el proceso de abstracción a la
proposición “Todos los hombres son mortales”, reemplazando los
términos no lógicos por símbolos variables (en este caso, variables de
términos) obtenemos la forma lógica “Todo S es P”.21 Por su parte, la
forma lógica de “Ningún molusco es vertebrado” es “Ningún S es P”.
Durante muchos siglos se creyó que la lógica aristotélica era, sin más,
la lógica. Las contribuciones de lósofos posteriores, entre ellos los
estoicos y los pensadores medievales, no introdujeron ninguna
modi cación esencial en el sistema aristotélico, tal vez debido al gran
prestigio del que gozaba Aristóteles, considerado una “autoridad” en el
terreno de la especulación teórica.
Este hecho contribuyó a bosquejar una imagen especial de la lógica
como una ciencia acabada y completa, por ocuparse de objetos
inmutables y perfectos: los principios lógicos estructurantes del
pensamiento y del mundo. Esto es así a tal punto que, a nes del siglo
xviii, el lósofo alemán Immanuel Kant (1724-1804), a rma, en el
prólogo de su Crítica de la razón pura, que desde Aristóteles la lógica no
ha dado un paso atrás, pero tampoco ninguno hacia adelante. Esto
indica que se halla, desde su nacimiento, “conclusa y perfecta”.22
A pesar de esta visión kantiana de la inmovilidad de la lógica, poco
tiempo después, a mediados del siglo xix, se inicia una transformación
revolucionaria que la modi ca sustancialmente. Porque a pesar del
prestigio y de la innegable importancia de la lógica aristotélica, no
pueden desconocerse sus límites. Estos límites se vinculan, en primer
lugar, con su simbolización incompleta, que conserva términos del
lenguaje natural. Esto complica la articulación de la lógica como un
riguroso sistema de cálculo. Recordemos los términos lógicos o
constantes, tales como “todos”, “ningún”, “es”, etc. En segundo lugar, el
análisis lógico de Aristóteles mantiene una estrecha dependencia con el
análisis gramatical de las lenguas naturales. Además, al reducir todas las
proposiciones a la forma atributiva –única forma aceptada–
caracterizada por la asignación de un predicado a un sujeto a través del

36
verbo “ser” (“Sócrates es mortal”), impide el análisis de proposiciones
más complejas. Entre estas últimas se encuentran las relacionales, tales
como “Bernardo ama a Eloísa” o también “A es más grande que B”, de
uso frecuente en la matemática y también en el lenguaje común.
Estas y otras razones impulsan una reforma que es iniciada por el
inglés George Boole (1815-1864) y el alemán Gottlob Frege (1848-
1925), orientada a una matematización de la lógica, consistente en la
subordinación de la lógica al método de la matemática. Esto supone una
rigurosa axiomatización y también una completa formalización, lo que
permite su articulación como un sistema de cálculo.
Un momento decisivo en el desarrollo de esta nueva lógica,
denominada “lógica simbólica” o “lógica matemática”, lo constituye la
publicación de Principia Mathematica, de Bertrand Russell y Alfred
Whitehead (1861-1947). Estos autores intentan probar que la
matemática, en especial la aritmética, es una rama o extensión de la
lógica, de tal modo que todos los conceptos matemáticos deben poder
derivarse de un número limitado de axiomas lógicos. Para lograrlo,
deben desarrollar nuevas partes de la lógica (la lógica de las
proposiciones, de la cuanti cación, de las relaciones y de las clases).
Sólo nos ocuparemos en este capítulo de presentar algunos elementos
de la lógica de las proposiciones o lógica proposicional. En ella las
proposiciones son consideradas como los elementos indivisibles,
instancias últimas del análisis.
Las proposiciones más simples que podemos construir son las
proposiciones atómicas que describen un hecho simple. Se las simboliza
con las letras “p”, “q”, “s” u otras letras minúsculas. Ejemplos de
proposiciones atómicas son: “Llueve”, “Carlos estudia”, “Wittgenstein
nació en Austria”. Son simples porque sus partes no son, a su vez,
proposiciones. Las proposiciones atómicas son verdaderas o falsas si el
hecho que presentan se da en la realidad.23 Por lo tanto, la cuestión de
decidir acerca de la verdad y falsedad de un enunciado atómico no es un
problema de análisis lógico sino de información empírica. “Carlos
estudia” es verdadera si, efectivamente, la persona a quien hace
referencia el nombre “Carlos” se encuentra estudiando en el momento
de expresar esta proposición.24
Sin embargo, la mayor parte de las proposiciones de nuestro lenguaje
no son atómicas sino moleculares, es decir, combinaciones de
proposiciones a través de conectivas lógicas, tales como la conjunción, la

37
negación, la disyunción y el condicional entre otras. “Llueve y no llueve”,
“Carlos estudia o no estudia”, “Si Carlos estudia entonces aprobará el
examen”, “Wittgenstein nació en Austria y Russell nació en Gales”, “Si
llueve, iré al cine o me quedaré en casa” son proposiciones moleculares.
Estos ejemplos nos permiten advertir que las proposiciones moleculares
son aquellas cuyas partes sí son proposiciones, que se relacionan a través
de nexos o conectivas, tales como las que se detallan a continuación:
CONECTIVIDAD SIGNO USO
LINGÜISTICO
Conjunción . Y
Disyunción v O, o lo uno o
inclusiva lo otro (o
ambos).
Disyunción w O, o lo uno o
exclusiva lo otro (pero
no ambos).
Negación - No, no es el
caso que.
Condicional ⊃ Si…
entonces.
Bicondicional ≡ Si y sólo si.

Negación / Es
alternativa incompatible
con.
Negación ↓ Ni… ni, ni lo
conjunto uno ni lo otro.
Sobre esta base es posible representar la forma lógica de las
proposiciones moleculares mencionadas en el parágrafo anterior. Para
ello se reemplazan las proposiciones atómicas por variables
proposicionales, y los nexos por el símbolo correspondiente:
“Llueve y no llueve” “p . -p”
“Carlos estudia o no estudia” “p v -

38
p”
“Si Carlos estudia entonces “p ⊃
aprobará el examen” q”
“Wittgenstein nació en Austria y “p . q”
Russell nació en Gales”
“Si llueve, iré al cine o me quedaré “p ⊃
en casa” (q w r)”
Es fácil observar que, a diferencia de lo que ocurría en la lógica
aristotélica, asistimos aquí a una formalización completa, que alcanza
también a los términos lógicos, en este caso las conectivas o nexos
señalados. Esto va a permitir que la lógica proposicional se estructure
como un sistema de cálculo que permita decidir, a través de
procedimientos mecánicos, el valor de verdad de las diferentes fórmulas
del sistema.
Dijimos ya que, para la lógica clásica, el valor de verdad de la
proposición atómica se reduce a la bipolaridad verdadero-falso. El
modo de decidir entre estas posibilidades excede el ámbito
estrictamente lógico. Es necesario remitirse a la veri cación empírica.
Pero esto no es así en el caso de las proposiciones moleculares, porque
su valor de verdad depende exclusivamente del valor de verdad de las
proposiciones que la integran y que son afectadas por una determinada
conectiva. El lósofo austríaco Ludwig Wittgenstein, discípulo de
Bertrand Russell, en su libro Tractatus Logico-Philosophicus,25 a rma
que la proposición molecular es una función de verdad de sus
componentes atómicos, en tanto la proposición atómica es una función
de verdad de sí misma.26 Consideremos la siguiente proposición:
“Wittgenstein nació en Austria y Russell nació en Gales” de la forma “p .
q”. De acuerdo con lo a rmado por Wittgenstein, su valor de verdad
depende exclusivamente del valor de verdad de sus componentes. Puede
ocurrir que “p” sea verdadera y no lo sea “q”; o a la inversa; o tal vez que
ambas sean falsas. En todos estos casos la proposición molecular “p . q”
será falsa, porque lo que ella a rma es que se da tanto “p” como “q”. La
ley que rige la conjunción nos dice que sólo si ambos componentes
atómicos son verdaderos, es verdadera la proposición molecular
correspondiente. No ocurre lo mismo con la forma proposicional “p v
q”,27 que a rma la existencia del hecho representado por “p”, o la del

39
hecho representado por “q”, o la de ambos. Por lo tanto la proposición “p
v q” es verdadera en todas estas posibles combinaciones, con excepción
de aquella en que ambas proposiciones atómicas son falsas.
Es necesario, pues, conocer las leyes que rigen cada conectiva para
entender cómo es posible determinar el valor de verdad de la
proposición molecular:
Conjunción: La proposición molecular conjuntiva es verdadera sólo
cuando ambas proposiciones atómicas son verdaderas. En los demás
casos es falsa.
Disyunción inclusiva: Una proposición molecular disyuntiva
incluyente es falsa solamente cuando ambas proposiciones atómicas son
falsas. En los demás casos es verdadera.
Disyunción exclusiva: Una proposición molecular disyuntiva
excluyente es verdadera sólo en el caso de que uno de los componentes
atómicos sea verdadero y el otro falso. Cuando sus valores son iguales la
disyunción exclusiva es falsa.
Condicional: Una proposición molecular condicional es falsa sólo
cuando el antecedente es verdadero y el consecuente es falso. En los
demás casos es verdadera.
Bicondicional: Una proposición molecular bicondicional es
verdadera sólo cuando ambos componentes atómicos tienen el mismo
valor de verdad. Si sus valores son distintos entre
sí entonces es falsa.
Negación simple: La negación cambia el valor de verdad de una
proposición atómica o molecular. Si es verdadera la convierte en falsa, y
si es falsa en verdadera.
Negación alternativa: La negación alternativa entre dos
proposiciones es falsa cuando ambos componentes son verdaderos. En
todos los demás casos es verdadera.
Negación conjunta: La negación conjunta entre dos proposiciones
es verdadera sólo cuando ambos componentes son falsos. En todos los
otros casos es falsa.28
Sobre esta base, Wittgenstein concibe un método mecánico de
decisión que permite establecer las condiciones de verdad de una
proposición molecular cubriendo todos los casos posibles de
combinación de los valores de verdad de las proposiciones que la

40
componen. Este método es conocido con el nombre de “tablas de
verdad”. Retomando el ejemplo anterior “Wittgenstein nació en Austria
y Russell nació en Gales”: 1) Se abstrae la forma lógica de la proposición,
en función de los símbolos anteriormente presentados. 2) Se asignan
valores a los componentes atómicos, de tal modo que todas las posibles
combinaciones entre ellos resulten representadas.29 3) Por último se
resuelve la tabla de acuerdo con la ley de la conectiva en cuestión.
Ejemplo 1: “Wittgenstein nació en Austria y Russell nació en Gales”.
p . q
V V V
F F V
V F F
F F F
Ejemplo 2: “Si Carlos estudia entonces aprobará el examen”.
p ⊃ q
V V V
F V V
V F F
F V F
El método de las tablas de verdad nos indica en qué casos una función
veritativa es verdadera y en qué casos es falsa, de acuerdo con lo que
determina la ley de cada conectiva y agotando siempre las
combinaciones posibles de valores de verdad de sus componentes. Pero
no es posible ir más lejos. El cálculo lógico no nos permite decidir
acerca del valor de verdad de las proposiciones atómicas. Lo que se
impone es un cotejo de cada una de ellas con la realidad.
Es posible encontrar, sin embargo, dos casos extremos de funciones
veritativas que son siempre verdaderas o siempre falsas. Es esto lo que
ocurre con “p v -p”, por una parte, y “p . -p” por la otra:
“Llueve o no llueve”
p v q
V V F

41
F V V
“Llueve y no llueve”
p v q
V V F
F V V
La primera de estas proposiciones, “p v -p”, es verdadera para todas las
posibles combinaciones de verdad de sus componentes elementales, y
recibe el nombre de tautología. La segunda, que se evidencia falsa para
todos esos posibles valores, recibe el nombre de contradicción. Aun
cuando el valor de verdad de las proposiciones atómicas que integran las
funciones veritativas deba decidirse en última instancia por vía
empírica, el valor de verdad, tanto de las tautologías como de las
contradicciones, es independiente de la experiencia. Porque la verdad o
falsedad de estas proposiciones es lógicamente necesaria.
“Llueve y no llueve”, proposición de la forma “p . -p”, es falsa para
cualquier registro meteorológico posible. Lo que en realidad ocurre es
que no dice nada sobre el tiempo. Tampoco “Llueve o no llueve”,
proposición de la forma “p v -p”, proposición indudablemente
verdadera, nos proporciona información sobre el tiempo. En tanto su
verdad o falsedad puede determinarse con absoluta precisión a través
del análisis de los símbolos que las integran, son verdaderas o falsas
independientemente de la experiencia. Cuando una proposición tiene
estas características se la denomina analítica. Por el contrario, las
proposiciones que por informarnos acerca de hechos del mundo
requieren para la determinación de su valor de verdad una
confrontación empírica se denominan proposiciones sintéticas.

4.2. Razonamientos
Un razonamiento es una estructura lógica compleja, formada por
proposiciones, en la cual de una o más proposiciones llamadas premisas
se obtiene otra llamada conclusión. Un ejemplo de razonamiento es el
siguiente:
Todos los hombres son mortales
Sócrates es hombre
Sócrates es mortal

42
(La línea indica la diferencia de nivel entre las premisas y la
conclusión. Debe leerse como “luego”, “entonces”, “por lo tanto”, “en
consecuencia”.)
Las proposiciones que integran un razonamiento pueden ser
verdaderas o falsas en función de la concepción semántica de la verdad
ya planteada. Sin embargo, estos predicados no pueden aplicarse al
razonamiento. El razonamiento no describe hecho alguno sino que
establece una relación especial entre la –o las– premisas y la conclusión.
Se trata de la relación de derivación o inferencia de la conclusión a
partir de las premisas, cualquiera sea su valor de verdad. Si el pasaje de
las premisas a la conclusión está, por así decirlo, “justi cado”, entonces
diremos que el razonamiento es válido. En caso contrario, será inválido.
El razonamiento es, sin lugar a dudas, la estructura lógica fundamental
en tanto se utiliza en las argumentaciones, cientí cas o cotidianas, para
obtener conclusiones a partir de datos informados a través de
proposiciones ya dadas.
La forma de un razonamiento varía según el tipo de análisis elegido.
Desde la perspectiva de la lógica de términos aristotélica, el proceso de
abstracción aplicado al razonamiento presentado en el parágrafo
anterior nos enfrenta con la siguiente forma de razonamiento:
TodoS es P
X es S
X es P30
Por otra parte, si nos ubicamos en el marco de la lógica proposicional,
el razonamiento se enuncia así:
Si todos los hombres son mortales, entonces Sócrates es mortal
Todos los hombres son mortales
Sócrates es mortal
Aplicando las variables proposicionales que conocemos y los símbolos
correspondientes a las conectivas, obtenemos la siguiente forma de
razonamiento:
p⊃q
p
q
Los razonamientos se dividen en dos clases fundamentales. Los
razonamientos deductivos y los no deductivos. A continuación

43
caracterizaremos cada uno de ellos.
En los razonamientos deductivos la relación que se establece entre las
premisas y la conclusión es de implicación lógica. La conclusión se
deduce lógicamente de las premisas. Esto signi ca que de premisas
verdaderas no se puede inferir una conclusión falsa. Si nos planteamos
las posibles combinaciones entre el valor de verdad de las premisas y el
valor de verdad
de la conclusión obtenemos cuatro casos:
Premisas verdaderas-conclusión verdadera.
Premisas falsas-conclusión falsa.
Premisas falsas-conclusión verdadera.
Premisas verdaderas-conclusión falsa.
El razonamiento deductivo válido excluye la última posibilidad. Si las
premisas son verdaderas, la conclusión no puede ser falsa. La verdad de
las premisas es garantía necesaria de la verdad de la conclusión, entre
otras cosas porque la conclusión no agrega información, sino que
explicita algo que ya está dicho de algún modo en las premisas. Por
ejemplo:
Juan se trasladó a Londres o Juan cambió de trabajo
No es el caso que Juan cambió de trabajó
Por lo tanto Juan se trasladó a Londres
La validez de los razonamientos deductivos es una validez formal. Esto
signi ca que no depende del contenido, sino que es la forma de
organización o estructura del razonamiento aquello que determina su
validez. Por lo tanto, si establecemos la validez de una forma de
razonamiento, establecemos al mismo tiempo la validez de todos los
ejemplos de sustitución que pueden obtenerse a través de la
interpretación de esa forma de razonamiento.
A continuación presentaremos algunas de las más importantes formas
válidas de razonamientos deductivos:
Modus ponens
p⊃q
p
q
Modus Tollens

44
p⊃q
-q
-p
Silogismo hipotetico
p⊃q
q⊃r
p⊃r
Silogismo Disyuntivo
pvq
-p
q
Hay razonamientos claramente inválidos. Son aquellos en los que la
conclusión no se deriva de las premisas, ni se justi ca en modo alguno
en ellas. Otros, por el contrario, a pesar de su invalidez, resultan
altamente persuasivos. Son éstos las “falacias”, que pueden de nirse
como formas de razonamiento que parecen válidas, en general por su
semejanza con alguna de las formas elementales válidas presentadas,
pero que se muestran inválidas cuando se las analiza cuidadosamente.
Por ejemplo:
Falacia de a rmación del consecuente
p⊃q
q
p
Falacia de negación del antecedente
p⊃q
-p
-q
Los razonamientos deductivos se caracterizan, entre otras cosas,
porque la conclusión se presenta, cuando son válidos, como
absolutamente necesaria. Esta necesidad se apoya en el aspecto formal
de su validez. Pero en nuestras argumentaciones recurrimos
habitualmente a otro tipo de razonamientos, que a diferencia de los
anteriores presentan su conclusión bajo el signo de la probabilidad. Esto
ocurre porque la forma deja de ser decisiva, y el contenido o
información concreta que nos transmiten pasa a ocupar el primer plano.

45
Se trata de los razonamientos no deductivos, entre los que se distinguen:
1) razonamientos inductivos, y 2) razonamientos por analogía.
1. Los razonamientos inductivos se caracterizan porque a partir de
una cantidad variable de premisas que dan cuenta de hechos singulares
dados, a los que se accede por observación, se propone una conclusión
universal. Se trata de una generalización que alcanza a todos los casos
semejantes a los del dominio considerado por las premisas. Por ejemplo:
Razonamiento inductivo
El bronce es conductor de la electricidad
El cobre es conductor de la electricidad
El hierro es conductor de la electricidad
Todos los metales son conductores de la electricidad
Forma de razonamiento inductivo X1 tiene la propiedad P
X2 tiene la propiedad P
X3 tiene la propiedad P
...
...
Todos los X tienen la propiedad P
Es fácil advertir que en los razonamientos inductivos la conclusión
agrega información, y por lo tanto dice más de lo que estaba dicho en las
premisas. Por este motivo la verdad de las premisas no se sigue,
necesariamente, de la verdad de la conclusión. La conclusión se
presenta, pues, siempre como probable. Lo único que se puede hacer es
tratar de aumentar, a través de medios extralógicos, el grado de
probabilidad, lo cual se logra mejorando la cantidad y la calidad de
información que transmiten las premisas.
De todos modos, es importante tener en cuenta que, aunque
veri quemos cuidadosamente la verdad de las premisas de las que se
parte, siempre es posible obtener una conclusión falsa. Porque no se
trata aquí de una validez formal, como en el caso del razonamiento
deductivo. Todos los razonamientos inductivos tienen la misma forma.
Lo que cuenta en ellos es el contenido informativo de las premisas y su
adecuación con los hechos que representan.
2. Por su parte, los razonamientos por analogía se caracterizan porque
las premisas a rman la similaridad entre dos o más objetos en uno o
más aspectos o propiedades. Sobre esta base extienden esta similaridad

46
a otro objeto, no mencionado en las premisas, que comparte al menos
una de esas propiedades. Por ejemplo:
El cobre es un metal y es buen conductor de la electricidad El bronce
es un metal y es buen conductor de la electricidad
El hierro es un metal y es buen conductor de la electricidad
El oro es un metal y por lo tanto tiene que ser buen conductor de la
electricidad.
Los razonamientos analógicos parten de premisas de un cierto grado
de generalidad, y llegan a una conclusión del mismo grado de
generalidad. A diferencia de los razonamientos inductivos, la conclusión
no aumenta la información aumentando el grado de generalidad en
relación con las premisas. El aumento de información que caracteriza a
la conclusión se da porque se extienden ciertas propiedades a objetos no
mencionados en las premisas. Esta extensión se justi ca en virtud de su
similaridad con los objetos o individuos considerados en ellas.

5. TIPOS DE INFERENCIAS
Hasta ahora hemos analizado los distintos tipos de razonamiento
considerándolos como estructuras autónomas y en cierto sentido
independientes del proceso y las circunstancias en las que se construyen.
Esta perspectiva, extendida entre los lógicos, es válida y nos permite una
sistematización clara de los diferentes tipos de razonamientos. Pero
también podemos intentar relacionar los razonamientos con las
inferencias31 que les dan origen, por una parte, y con las circunstancias
concretas en las que estas inferencias se ponen en juego, por la otra. Esto
es lo que intenta Charles Sanders Peirce, quien en sus Collected Papers y
en otros lugares de sus manuscritos reconoce tres tipos de inferencias:
las deductivas, las inductivas y las abductivas.
En primer lugar encontramos las inferencias deductivas,
características del modo de razonar de quienes se ocupan de las ciencias
formales, es decir, de la lógica y la matemática. En este tipo de inferencia
procedemos a partir de una premisa general, llamada por Peirce regla, y
a veces también verdad general y ley de la naturaleza. Por ejemplo, la ya
clásica proposición “Todos los hombres son mortales”. Al aplicar esta
regla a un caso subsumido en ella –“Sócrates es hombre”–, obtenemos
un resultado “Sócrates es mortal”. De este modo la deducción muestra –
para Peirce– “que algo debe ser”.32 O también, “Todos los metales son

47
conductores de la electricidad” (regla) se aplica a “El cobre es un metal”
(caso) y se obtiene “El cobre es conductor de la electricidad” (resultado).
Por su parte, las inferencias inductivas se caracterizan por establecer
relaciones entre casos y resultados. Sobre la base de estas relaciones se
deriva la regla o verdad general. En el punto de partida no se encuentra
ya una ley general, sino uno o más hechos observacionales. Este tipo de
inferencia es utilizada por quienes se dedican a las ciencias naturales, en
tanto buscan la formulación de leyes generales que permiten explicar y
predecir los hechos de la naturaleza. Del caso “El cobre es un metal” y
del resultado “El cobre es un conductor de la electricidad” se concluye
que “Todos los metales son conductores de la electricidad”.
Por último, Peirce presenta la inferencia abductiva, también llamada
retroducción. Se trata del tipo de inferencia más audaz, en el que la
sagacidad y el ingenio juegan un papel decisivo. Es el tipo de inferencia
típica de los razonamientos detectivescos, aunque también es frecuente
en el ámbito de la medicina. Se trata en este caso de descifrar “pistas” o
“síntomas”, esto es, de analizar un resultado, para retroceder, a partir de
él, hasta sus causas. La relación entre el resultado y el caso se establece a
través de la regla o verdad general. La verdad general es un enunciado o
ley que se recuerda, se intuye o se inventa con el propósito de esclarecer
un determinado hecho que funciona como signo, síntoma o indicio de
otra cosa. Si retomamos nuestro ejemplo, a partir del resultado “El cobre
es conductor de la electricidad”, podemos obtener la conclusión
abductiva o caso, que nos explica por qué el cobre es conductor de la
electricidad al presentarnos su causa: “El cobre es un metal”. La
conclusión abductiva o caso se obtiene a través de la vinculación del
resultado con la regla “Todos los metales son conductores de la
electricidad”.
Para Peirce la construcción de la abducción describe un proceso en el
cual un sujeto se enfrenta a un hecho observado que requiere
explicación y que parece importante. Para explicarlo recurre a una ley o
regla que conoce o que inventa. La abducción es, por lo tanto, ese paso
entre un hecho y su causa. Ese paso puede ser intuitivo o perceptivo, tal
vez producto del ingenio o de la adivinación. Sin embargo, puede luego
ser veri cado para con rmar o refutar la conclusión alcanzada.
Los tipos de inferencias presentados pueden esquematizarse del
siguiente modo:

48
Deducción Inducción Abducción
Regla Caso Caso Resultado
Resultado Resultado Regla
Regla Caso25
Es importante tener en cuenta que el grado de necesidad con que se
presenta la conclusión de estos razonamientos disminuye
considerablemente de izquierda a derecha. Por su parte, la fertilidad33 o
creatividad aumenta decididamente en esa misma dirección y alcanza su
nivel máximo en la inferencia abductiva.

6. SISTEMAS AXIOMÁTICOS
Por lo general, en el ámbito de nuestra vida cotidiana, utilizamos un
tipo de deducción que se llama deducción natural. Se apoya en
diferentes reglas de inferencia, que en algún punto se asemejan a
nuestro uso habitual de las partículas lógicas. Estas reglas sirven para
derivar consecuencias a partir de premisas inicialmente aceptadas,
porque pertenecen a nuestro patrimonio cultural.
Sin embargo, en el ámbito de la ciencia es importante someter a un
control lógico riguroso las premisas o hipótesis que se utilizan como
punto de partida. Esto se logra eligiendo, en función de la aceptación de
un determinado criterio de racionalidad, algunos enunciados como
punto de partida, a los que se llama axiomas. Los axiomas son los
primeros principios indemostrables de toda secuencia deductiva. La
necesidad de los axiomas se pone de mani esto tan pronto como nos
planteamos el problema de la justi cación. Para demostrar una
expresión dada, por ejemplo “A”, hay que remitirse a otra “B”, pero ésta a
su vez debe demostrarse a partir de otra “C”. Ahora bien, ¿cómo se
justi ca “C”? Si en el proceso de justi cación de “C” se recurre a “A” o a
“B”, entonces se cae inevitablemente en un círculo vicioso. Si, por el
contrario, se recurre a una nueva expresión “D”, y para demostrar ésta a
otra “E” y así sucesivamente, se torna inevitable una regresión in nita.
Para evitar estos inconvenientes es imprescindible partir de un cierto
número de axiomas. A partir de ellos deben derivarse directamente, por
inferencia lógica, todos los otros enunciados, que reciben el nombre de
teoremas. Este tipo de deducción se llama método axiomático.
Los primeros intentos de elaborar sistemas axiomáticos se remontan a

49
Aristóteles y Euclides (365-?). Si bien al primero no le interesó
axiomatizar la lógica –en tanto la consideraba un instrumento para la
construcción cientí ca– sí se ocupa del método axiomático en relación
con las ciencias. En los Segundos analíticos, Aristóteles a rma que el
método axiomático es adecuado para la investigación cientí ca, dado
que ésta termina en teoremas o proposiciones demostrables que se
derivan a su vez de axiomas indemostrables, evidentes en sí mismos, a
los que llama principios o axiomas. El pasaje de los axiomas a los
teoremas es deductivo y se realiza de acuerdo con las reglas lógicas de
inferencia investigadas en los Primeros analíticos.
Por su parte, Euclides en sus Elementos sistematiza los principales
descubrimientos geométricos de sus predecesores, presentando la
geometría como un sistema deductivo en el cual todos los enunciados se
derivan necesariamente de una serie reducida de supuestos básicos.
Estos supuestos o principios básicos o axiomas se dividen, para
Euclides, en dos grupos: postulados y nociones comunes. Durante
muchos siglos, la presentación axiomática de la geometría de Euclides
fue considerada como la única geometría posible, en tanto se la creía
capaz de dar cuenta de las propiedades del espacio real.
Una teoría axiomatizada es una teoría ordenada deductivamente en
axiomas y teoremas de acuerdo con reglas de inferencia presupuestas en
la lógica subyacente. Pero la axiomatización alcanza un rigor mucho
mayor cuando se logra, además, la formalización del sistema. El interés
por la formalización, si bien ya presente en Gottfried Leibniz (1646-
1716) se acrecienta a nes del siglo pasado con los desarrollos en torno a
la fundamentación de la matemática de Frege, Russell y David Hilbert
(1862-1943). Se suma a esto el descubrimiento de las geometrías no
euclideanas, que aleja a los matemáticos de la con anza en las
intuiciones sensibles, orientándolos en el rigor del análisis lógico.
Estas transformaciones traen como consecuencia un cambio decisivo
en el modo de entender los axiomas. Para la concepción clásica, la
elección de los axiomas no es arbitraria. Los axiomas se imponen
porque se trata de verdades necesarias, evidentes y absolutas. Su
evidencia hace innecesaria su demostración, en tanto su carácter
absoluto los coloca al margen de toda ontingencia histórica. De aquí
surge la necesidad –que se extiende también al sistema– que se deriva de
ellos: no pueden ser de otro modo. En este sentido la geometría de
Euclides es la única posible, porque surge de axiomas verdaderos y por

50
lo tanto necesarios.
Por el contrario, para la concepción actual, la elección de los axiomas
es convencional, a tal punto que una proposición puede funcionar como
axioma en un sistema y como teorema en otro. Además, en virtud de la
formalización lograda, las fórmulas que expresan los axiomas están
compuestas por símbolos que no hacen referencia a objetos y, por lo
tanto, no pueden ser ni verdaderas ni falsas. La radicalización del
formalismo aproxima, cada vez más, la estructura de los sistemas
axiomáticos a la de los juegos, en tanto los desvincula de todo
compromiso ntológico.
Los elementos básicos de todo sistema axiomático son los siguientes:
Símbolos primitivos: Son aquellos que no requieren de nición, y se
utilizan para de nir las fórmulas del sistema.
De niciones: Sobre la base de los símbolos primitivos las
de niciones sirven para introducir nuevos símbolos en el sistema.
Axiomas: Fórmulas primitivas no demostradas que se utilizan para
todas las demostraciones.
Reglas de inferencia: Reglas provistas por la lógica subyacente al
sistema, que permiten la deducción de nuevas fórmulas.
Teoremas: Fórmulas derivadas demostradas mediante la aplicación
de las reglas de inferencia a los axiomas y a otros teoremas ya
demostrados.
Lógica: Capítulos de la lógica necesarios para el desarrollo del
sistema.
Si precisamos nuestra anterior comparación de los sistemas
axiomáticos con los juegos –el ajedrez, por ejemplo– obtenemos la
siguiente tabla de equivalencias:
Los términos primitivos son las piezas del juego.
Los axiomas son las posiciones iniciales de las piezas.
Las reglas de inferencia son los movimientos permitidos para las
piezas.
Los teoremas son las posiciones posteriores de las piezas.
La matemática constituye un ejemplo, claro y cercano, de sistema
axiomático. Ahora bien, en los sistemas axiomáticos podemos distinguir
entre los abstractos o “formales”, por una parte, y los axiomáticos

51
interpretados o “modelos”, por otra.
Un sistema axiomático es abstracto o “formal” cuando se establece
como un lenguaje puramente sintáctico. Esto signi ca que los términos
primitivos carecen de signi cado, de manera tal que los axiomas son
fórmulas vacías de contenido de las que no se puede predicar ni verdad
ni falsedad. La matemática pura se estructura como un sistema
axiomático formal.
Pero una vez elaborada la dimensión sintáctica, el sistema puede ser
interpretado, es decir, puesto en relación con un conjunto determinado
de objetos. El sistema adquiere así una dimensión semántica. Si cuando
se interpretan las fórmulas primitivas del sistema las proposiciones que
se obtienen son verdaderas, estamos ante una interpretación adecuada
que constituye un modelo del sistema axiomático formal o abstracto.
Porque si el modelo satisface todos los axiomas, satisfará también todos
los teoremas del sistema abstracto original. La matemática aplicada es la
encargada de buscar “modelos” que satisfagan las estructuras abstractas
o formales de la matemática pura.

CONCLUSIÓN: LÓGICA Y CIENCIA


El conocimiento que llamamos cientí co se constituye como tal en
función de ciertas características que lo de nen. Entre ellas se destacan
las de sistematicidad y fundamentación. Las proposiciones cientí cas no
se presentan aisladas sino articuladas en función de relaciones lógicas
diversas, que las ordenan de acuerdo con un criterio orgánico y que
posibilitan también su fundamentación. Toda fundamentación racional
se construye sobre la base de las estructuras de razonamiento que la
lógica analiza y reconoce como universalmente válidas. Las inferencias,
o mecanismos de derivación de conclusiones a partir de premisas, que
se apoyan en las relaciones lógicas de implicación, escapan así al
capricho o mero arbitrio de los hombres. Los cientí cos recurren a ellas
a la hora de dar razón de sus a rmaciones, en su esfuerzo por alcanzar el
máximo nivel posible de objetividad. La precisión y rigurosidad en el
manejo del lenguaje es una condición importante para llegar a esta
meta. Y nuevamente es la lógica la que nos orienta en la construcción de
lenguajes arti ciales, que escapan a las ambigüedades y vaguedades de
nuestras lenguas históricas.
La existencia de una relación esencial entre lógica y ciencia resulta, a

52
esta altura, evidente. El cuidadoso estudio de la lógica aporta, sin duda
alguna, elementos necesarios y hasta imprescindibles para el desarrollo
de la ciencia. Sin embargo, este aporte puede presentarse de modos
diversos. En primer lugar, la lógica, desde su nacimiento, se constituye
en un organon o instrumento necesario para el avance del conocimiento
cientí co. Para que haya ciencia es necesario que las proposiciones
formen un sistema lógico. La lógica no sólo nos provee de esquemas de
razonamiento válidos sino que nos instruye, también, en el adecuado
manejo de los símbolos.
Pero, en segundo lugar, podemos pensar que el estudio de la lógica nos
acerca a los supuestos básicos de la racionalidad cientí ca. Y es
necesario tener una clara conciencia de estos supuestos para que nuestra
mirada sobre la ciencia no sea ingenua. El conocimiento cientí co, que
asentó su especi cidad en el ejercicio crítico, muchas veces se aproxima,
paradójicamente, a su opuesto, el dogmatismo. Esto ocurre cuando un
saber absolutiza los supuestos sobre los que se sustenta. La ciencia
absolutiza los principios de la lógica que le son esenciales a su
desarrollo, al considerarlos expresión directa de la estructura misma del
mundo y de la razón. A partir de aquí las proposiciones lógicas son
concebidas como proposiciones descriptivas de estos principios y, por lo
tanto, verdaderas. Sin embargo, podemos animarnos a pensar que las
proposiciones lógicas describen y prescriben, en un mismo movimiento,
el modo en el que de hecho pensamos y el modo en el que debemos
pensar para que el acuerdo básico entre los hombres quede garantizado
y la comunicación sea así posible. Lo que las proposiciones lógicas
describen no son, pues, principios universales y necesarios del
pensamiento y del mundo, sino la estructura formal de nuestras
prácticas concretas de fundamentación de proposiciones y de derivación
de conclusiones a partir de premisas. Al mismo tiempo que las
describen y las sistematizan, les con eren necesidad y universalidad al
otorgarles un status privilegiado. Las proposiciones de la lógica se
convierten así en “reglas” o normas de todo razonamiento válido. De
este modo prescriben la trama o red que articula nuestro pensamiento,
determinando el espacio de lo pensable por el hombre. Aun los
razonamientos inválidos o incorrectos encuentran un lugar en la
sistematización de la lógica. Nada escapa a su poder omniabarcador.
Pero en tanto la lógica es el límite del pensamiento lo es también de
nuestro lenguaje y de nuestra experiencia del mundo. Conocemos ya la

53
absoluta interdependencia que existe entre las categorías lingüísticas y
las categorías mentales, y son éstas las que mediatizan nuestras
percepciones, devolviéndonos la imagen de un mundo ordenado a
partir de relaciones lógicas tales como la de sustancia-accidente o causa-
efecto.
Ludwig Wittgenstein es uno de los lósofos que problematizó, hasta
sus últimas consecuencias, esta cuestión de la lógica como límite
absoluto de nuestro pensamiento y de nuestro
mundo. También se ocupa, en su ya citado Tractatus Logico-
Philosophicus,34 de la relación entre las proposiciones lógicas, las leyes
cientí cas y las proposiciones que dan cuenta de los hechos accesibles a
la observación empírica.
A rma Wittgenstein que las leyes cientí cas funcionan como
instancias intermedias, que ponen en contacto las categorías abstractas y
generales de la lógica con instancias direc- tamente perceptivas. Se trata
de reglas que nos indican en qué términos tenemos que pensar y, por lo
tanto, expresar los hechos del mundo.
Wittgenstein aproxima los diferentes sistemas de leyes cientí cas a
algún tipo de malla o red de diseño geométrico –triangular, por
ejemplo– que se aplica a una super cie con manchas irregulares blancas
y negras. La irregular naturaleza bicolor puede ser descripta por mallas
de diseño geométrico hexagonal o cuadrangular, entre otros. La lógica
es la que establece el carácter geométrico de la malla, en tanto la ciencia
elige la forma especí ca, siempre geométrica, de las aberturas de la
malla o red. Es totalmente imposible decir algo del universo
independientemente de algún sistema cientí co de representación –o
red, en nuestro ejemplo– cuya condición de posibilidad básica es lógica
–o geométrica, de acuerdo con el ejemplo elegido por Wittgenstein–.
En relación con el problema del límite, que el optimismo racionalista
de la ciencia moderna se esforzó por exorcizar, es oportuno recordar la
siguiente observación de Wittgenstein:
En la base de toda la moderna concepción del mundo está la ilusión
de que las llamadas leyes naturales sean la explicación de los fenómenos
naturales. Así, los modernos confían en las leyes naturales como en algo
inviolable, lo mismo que los antiguos en Dios y en el destino.
Y ambos tienen razón y no la tienen; pero los antiguos eran aún más
claros, en cuanto reconocían un límite preciso, mientras que el sistema

54
moderno quiere aparentar que todo está explicado.35

LOS PARÁMETROS LÓGICO-


MATEMÁTICOS Y LA VIDA HUMANA
[El 5 o el 10% es un porcentaje relativamente
bajo cuando se re ere a una población. Pero si tal
porcentaje alude a muertes humanas, su
dimensión se torna inquietante.] Hay varios
modos de evitar el hambre. En África y en Asia
contribuiría obviamente a lograrlo la extensión de
los cultivos, no sólo porque ello rebajaría el costo
de la manutención, sino también porque
aumentaría el poder adquisitivo de poblaciones
empleadas en las faenas del campo. Para
incrementar esta producción habría que ofrecer
incentivos que hicieran rentables las inversiones
agrarias. Se necesitarían también políticas de
regadíos y fomento de la transformación
tecnológica (que en África está muy descuidada).
Pero no basta con incrementar la producción de
alimentos. Si bien se mira, dada la variabilidad del
clima, concentrar demasiado los recursos de una
nación en la agricultura y ganadería puede hacer a
la población más vulnerable respecto de las
sequías y las inundaciones. [...]
[En de nitiva, si la] gente tiene medios
económicos se puede comprar comida,
trayéndola, si es preciso, de otras partes.
Por más éxito que tengan el auge y la
diversi cación de la producción en muchos países
africanos y asiáticos, millones de personas
seguirán sufriendo devastadoras inundaciones,
sequías y otros desastres. Que en esas situaciones
no sobrevenga la hambruna se puede conseguir
incrementando el poder adquisitivo de los grupos
más afectados, los menos capaces de obtener
comida. Con planes públicos de empleo se les
puede proporcionar ingresos. Los trabajadores

55
entonces contratados competirán con los otros
por la participación en el total de subsistencias
existente. El crear trabajo asalariado hace, desde
luego, que los precios suban, pues tal práctica, al
revés que la de dejar que el indigente se muera de
hambre, intensi ca la demanda total de alimentos,
pero ello puede ser en realidad bene cioso,
porque trae consigo el que otros grupos no tan
necesitados consuman menos. Procediendo de
este modo se distribuyen más equitativamente las
escasas subsistencias, y con su reparto se aleja el
fantasma del hambre.
Tales proyectos de trabajo público para evitar el
hambre no impondrían, por lo general, una
extraordinaria carga nanciera al gobierno de una
nación pobre. Aunque en cifras absolutas la
cantidad de víctimas de una hambruna puede ser
elevada, sólo suele representar una pequeña
proporción del conjunto de la sociedad:
comúnmente el hambre a ige a menos del cinco al
diez por ciento de la población. Como los
hambrientos están también entre los más pobres,
su parte de la renta o del consumo alimentario
oscila a menudo entre el dos y el cuatro por
ciento. De manera que no será imposible la
exacción* de los recursos scales precisos para
recuperar los ingresos perdidos por ellos.
(Amartya Sen, “La vida y la muerte
como indicadores económicos”, cit.)

9 En este texto la palabra “lógica” se entenderá en el sentido de “lógica formal”, que ha sido
de nida como “la ciencia abstracta que tiene por objeto el análisis formal de los argumentos, o
también, y más concisamente, como teoría formal del razonamiento” (Manuel Garrido, Lógica
simbólica, Madrid, Tecnos, 1995, p. 23). Pero, tal como señala este autor, es importante recordar
que la lógica formal no agota el ámbito de los estudios lógicos. También forman parte de la lógica
la “teoría de la ciencia”, que estudia la metodología de las distintas ciencias particulares, y la
losofía de la lógica, que se ocupa entre otras cosas de indagar el status de las leyes lógicas, la
relación de estas leyes con la realidad, de precisar el concepto de verdad lógica, etcétera.
10 M. Cohen y E. Nagel, Introducción a la lógica y al método cientí co, Buenos Aires, Amorrortu,
1990, pp. 16 y 17.

56
11 Ídem, p. 17.
12 A estos principios o “reglas” les conferimos validez universal con el objetivo de que garanticen
el acuerdo mínimo necesario para que los hombres coincidan en la estructura formal de su
razonamiento.
13 El esquema obtenido en este caso corresponde a la forma lógica de un tipo de argumento
denominado modus ponens.
14 Inferimos válidamente una proposición de otra sólo si hay una relación objetiva de implicación
entre la primera y la segunda. A partir de aquí es posible distinguir la inferencia –que es un
proceso o actividad que tiene un desarrollo en el tiempo y que ocurre en la mente de un sujeto–
de la implicación –considerada como una relación objetiva entre proposiciones–.
15 Algunos autores utilizan la palabra “símbolo” como sinónimo de “signo”. Sin embargo, lo más
frecuente es utilizar la palabra “símbolo” para referirse a una clase especial de signo.
Concretamente “símbolo” alude a aquellos signos convencionales de carácter social; por ejemplo,
la paloma como símbolo de la paz.
16 La palabra “semiótica” proviene del griego semeion que signi ca precisamente “signo”.
17 Charles Sanders Peirce, Collected Papers, Cambridge, Harvard University Press, 1933-1958,
5.313-314.
18 Cf. Ludwig Wittgenstein, Investigaciones losó cas, Barcelona, Crítica, 1988, parágrafo 11.
19 Ídem, parágrafo 23.
20 Charles Morris, Fundamentos de la teoría de los signos, México, unam, 1958, p. 61.
21 El proceso de abstracción se efectiviza a través del reemplazo de los términos no lógicos por
variables o símbolos elegidos para indicarlos, de tal modo que se obtiene un esqueleto o
estructura de un alto grado de generalización, en el que se prescinde de todo contenido intuitivo o
descriptivo. Esta estructura es la forma lógica. La abstracción, en tanto nos acerca la forma lógica,
supone una generalización. Por el contrario, el proceso de interpretación consiste en la sustitución
de las variables por términos descriptivos de la misma categoría semántica. Toda interpretación
consiste en una particularización. Una misma forma lógica, por ejemplo, “Todo S es P”, es pasible
de ejemplos de sustitución diferentes e innumerables. Algunos ejemplos de interpretación son
“Todos los hombres son mortales”, “Todos los perros son mamíferos”, “Todos los cuerpos son
extensos”.
22 El parágrafo completo dice así: “Que la lógica ha llevado esa marcha segura [la marcha segura
de una ciencia] desde los tiempos más remotos, puede colegirse por el hecho de que, desde
Aristóteles, no ha tenido que dar un paso atrás, a no ser que se cuenten como correcciones la
supresión de algunas sutilezas inútiles o la determinación más clara de lo expuesto, cosa empero
que pertenece más a la elegancia que a la certeza de una ciencia. Notable es también en ella el que
tampoco hasta hoy ha podido dar un paso adelante. Así pues, según toda apariencia, hállase
conclusa y perfecta”. Immanuel Kant, Crítica de la razón pura, México, Porrúa, 1979, p. 11.
23 La lógica clásica se apoya en el principio aristotélico, según el cual un enunciado es o bien
verdadero o bien falso, pero no ambas cosas a la vez. Este principio recibe el nombre de principio
de bivalencia. En nuestro siglo se ha planteado sistemáticamente el problema de su no aceptación,
cuestión que ha dado lugar al surgimiento de las lógicas no clásicas.
24 Cuando un enunciado –atómico o molecular– es verdadero, se dice que tiene un valor de
verdad positivo, y cuando es falso se dice que tiene un valor de verdad negativo. A la verdad y
falsedad de enunciado se les da, entonces, el nombre general de valor de verdad.
25 L. Wittgenstein, Tractatus Logico-Philosophicus, Madrid, Alianza, 1979.
26 Ídem, proposición 5.
27 Si interpretamos esta forma obtenemos, entre otros ejemplos de sustitución, la proposición
“Llueve o hace frío”.
28 Cf. María Angélica y Julio C. Colacilli de Muro, Elementos de lógica moderna y losofía,
Buenos Aires, Estrada, 1977, pp. 122-123.
29 Willard Van Orman Quine (1908) ideó un método de asignación de valores, consistente en

57
asignar a la primera variable proposicional (p) los valores verdadero (V) y falso (F). En el caso de
la segunda variable proposicional (q), estos valores se duplican, en tanto los de la primera (p) se
repiten tal como se habían dado en un principio, hasta alcanzar a los de q. Se prosigue de este
modo en el caso de existir otras variables, es decir, de acuerdo a una proyección geométrica.
30 “X” es, en este caso, una variable de individuo.
31 Recordemos que por “inferencia” se entiende el proceso por el cual derivamos una conclusión a
partir de determinadas premisas.
32 Charles Sanders Peirce, ob. cit.
33 Peirce llama a esa fertilidad o potencia creativa “uberty”, considerando que ésta llega al máximo
en la inferencia abductiva
34 Ludwig Wittgenstein, Tractatus Logico-Philosophicus, aforismos 6.34 y ss.
35 L. Wittgenstein, Tractatus..., aforismos 6.371 y 6.372.

58
III. CIENCIAS FÁCTICAS
En la base de toda la moderna concepción del
mundo está la ilusión de que las llamadas “leyes naturales”
sean la explicación de los fenómenos naturales.
Ludwig Wittgenstein,
Tractatus Logico-Philosophicus, 6.371

59
3. LA DEL MÉTODO EN CIENCIAS
NATURALES Y SOCIALES
Rubén H. Pardo

El pensamiento objetivante y demostrativo pretende


extender el conocimiento con la pura demostración y
concibe la verdad como un objeto que se presta para una
mirada total y que nosotros podemos conocer en un
sistema acabado y definitivo. La verdad, en cambio, nos
es accesible sólo como se nos presenta en la experiencia,
la cual es de por sí abierta e inconclusa.
Luigi Pareyson, Hermenéutica y racionalidad

El concepto de ciencia fue un descubrimiento fundamental del


espíritu griego y dio origen a lo que se suele denominar cultura
occidental. Así, más allá de todo elogio o de cualquier crítica posible
hacia ella, cabe, desde un principio, reconocerla como el alfa y omega de
nuestra civilización.
Sin embargo, no son los mismos los fundamentos sobre los que reposa
la idea actual de ciencia que los que se forjaron en la antigüedad clásica;
y esto es así dado que cada época histórica posee una concepción del
saber basada en los criterios que ésta supone de lo que es conocimiento
en sentido estricto: hoy, por ejemplo, consideramos “lo cientí co” como
el modelo casi excluyente de todo saber que se precie de tal, mas, como
luego se verá, no siempre fue así. Desde los últimos siglos de la Edad
Media, momento en el que comienza a resultar insostenible toda posible
conciliación entre una verdad de fe y una verdad de razón, se inicia un
largo pero rme proceso de desacralización y constitución del
conocimiento cientí co. Es el proyecto de la modernidad, esbozado ya
por Galileo y Descartes, consumado por Newton y Kant, y representado
socialmente por ese ascenso de la burguesía que luego da lugar a la
Revolución Francesa.
Nuestra actual comprensión de lo que es la ciencia, en tanto

60
paradigma de verdadero conocimiento, tiene su nacimiento
básicamente en la modernidad. Ésta, con Galileo a la cabeza, desplazó el
antiguo concepto de ciencia hacia otras bases, iniciando una nueva
época en la cual prevalece la idea de método. Methodos es un concepto
griego que aludía a un “camino por medio del cual aproximarse a lo que
debe conocerse”, y, en su sentido moderno (sobre todo desde Descartes),
adquiere el signi cado de un concepto unitario que, más allá de las
peculiaridades del ámbito estudiado, implica la exclusión del error
mediante veri cación y comprobación. Así, la tendencia fundamental
del pensamiento moderno es la de identi car el saber, el conocimiento
propiamente dicho, con lo comprobable y, por tanto, la verdad con la
certeza. Esto es lo que posibilita, a partir del innegable avance de las
ciencias naturales desde el siglo xvii, la reducción de la verdad al
método, entendida aquélla como algo que, allí en el mundo, se presta a
una mirada total y abarcadora, y comprendiendo a éste como
objetividad y experimentación. Sin embargo, cabe preguntar: ¿podemos,
hoy, seguir concibiendo la ciencia de este modo?; y, si así lo hacemos,
¿cómo conceptualizar, entonces, el status epistemológico de las ciencias
sociales?; ¿son propiamente cientí cas?
Esta prevalencia de la idea de método, guía de la ciencia moderna y
factor decisivo de su vertiginoso desarrollo, como asimismo elemento
fundamental en el origen de lo que hoy denominamos “tecnología”,
constituirá el tema principal de análisis de este capítulo. En él habrán de
desplegarse una serie de problemas inexorables para la discusión
losó ca actual sobre la ciencia. Así, el camino a recorrer, básicamente,
será el siguiente:
En primer lugar, se reproducirá, partiendo de las características
principales de lo que hoy se entiende por conocimiento cientí co, una
clasi cación tradicional de las ciencias.
En segundo término, y como núcleo del trabajo, se abordarán las
distintas posiciones en derredor de la problemática del método
cientí co: el “camino” de la ciencia tal como lo concibe el inductivismo,
la versión hipotético-deductivista y, nalmente, la corrección que
efectúa el falsacionismo.
El tercer punto corresponderá, en principio, a la evaluación de la
importancia de una teoría de la medición en las ciencias sociales; y,
nalmente, al tema de la explicación cientí ca, que pondrá en juego la
problemática antes esbozada de la índole misma del conocimiento que

61
involucra las llamadas ciencias sociales; vale decir, la temática de la
comprensión como dimensión ineludible de la investigación social.

1. LAS CIENCIAS: CARACTERÍSTICAS Y


CLASIFICACIÓN
1.1. El conocimiento cientí ico
No todo conocimiento es cientí co. La cienti cidad es una categoría
que depende de ciertos requisitos. Algunos de ellos, como el carácter
crítico, esto es, la necesidad de justi car racionalmente y dar pruebas de
la verdad de lo enunciado, se han conservado tanto en el mundo antiguo
como en el actual; si bien, como se aclaró, en cada época se han forjado
distintos modos de comprender lo que la ciencia y la verdad sean.
Básicamente, aunque quizá en forma excesivamente simpli cadora,
podría hablarse de dos grandes paradigmas históricos acerca de la
ciencia.
En primer lugar, un paradigma premoderno que, a pesar de decisivas
diferencias en su seno, abarcaría desde la antigüedad hasta las
postrimerías de la Edad Media. Bajo este modelo, representado
fundamentalmente por el pensamiento griego en general y el de
Aristóteles en particular, la tarea de la ciencia, esencialmente concebida
como conocimiento por causas, debía ser justamente la búsqueda de
ellas. Y lo que tal vez más diferencie este modo de comprender el
conocimiento cientí co del nuestro es que aun en su expresión más
excelsa e ideal –como la matemática– la ciencia no estaba en la cúspide
del saber; por encima de ella se erigía un conocimiento capaz de
alcanzar las causas últimas de las cosas: lo que los griegos llamaban
“metafísica”. De más está decir que esta posición no sólo no mejoró con
el paso del tiempo, sino que se vio aun más disminuida en el medioevo,
a partir de la subordinación de la razón a la fe y de la losofía a la
teología.
La idea, tan familiar para nosotros, de la ciencia como conocimiento
propiamente dicho y modelo de todo saber es producto del pensamiento
moderno. Desde los siglos xvi y xvii, y en concordancia con una serie de
profundas transformaciones políticas y sociales, surge un concepto de
conocimiento cientí co que, basado ahora en el desarrollo exitoso de las
ciencias naturales, se extiende hasta el siglo xx. La conciencia del poder

62
de la razón para controlar y transformar la naturaleza dota a la ciencia
de un nuevo objetivo central: la búsqueda de las leyes que regulan la
realidad, suponiendo –hoy podríamos decir que mágicamente– que sin
lugar a dudas un tal conocimiento traería aparejado un despliegue
universal de progreso social.
Esta idea de ciencia –centrada en el método, ejempli cada en el
carácter modélico de las ciencias naturales, patrón de todo saber en
sentido estricto y dedicada a la tarea del dominio de la naturaleza– es en
parte la base de lo que entendemos por conocimiento cientí co desde la
modernidad; si bien es actualmente tema de tensos y densos combates
teóricos la cuestión acerca de si aún estamos en la modernidad. Desde
ya, no es éste el lugar adecuado para abordar tal discusión aunque, más
allá de cuál sea la posición asumida en el debate
modernidad/posmodernidad particularmente creo que lo más
adecuado sería hablar de modernidad tardía), es un dato irrefutable la
actual crisis del paradigma moderno. Y no tanto porque la ciencia haya
dejado de ser considerada el arquetipo de conocimiento superior, sino
porque se ha producido un lento proceso de toma de conciencia de los
límites y de la nitud de la razón. Este proceso ha derivado en la caída, o
al menos en la puesta en duda, de algunos pilares del proyecto de la
modernidad tales como la creencia en la posibilidad de un
conocimiento absolutamente objetivo, la con anza en la correlación
conocimiento-progreso social, la certeza sobre el carácter necesario o
inmutable de las leyes cientí cas.
Sin embargo, se ha dicho que en la modernidad se establecieron los
cimientos de nuestra actual idea de ciencia. Cabría entonces preguntar
cuáles son los requisitos o características que debe poseer un
conocimiento para ser considerado ciencia.
La ciencia es un saber que busca leyes mediante las cuales poder
explicar la realidad. Una mera recolección de datos o una descripción de
hechos, por más detallada que sea, no constituye por sí misma
conocimiento cientí co. Si es que se trata de ciencia, se debe encontrar y
formular relaciones constantes entre los fenómenos, y son justamente
las leyes las proposiciones universales que expresan esas conexiones
regulares que permiten, por un lado, explicar y, por el otro, predecir
hechos particulares.
Además de ser un conocimiento legalista, es decir, que busca mediante
leyes explicar y predecir fenómenos, la ciencia, como se apuntó desde el

63
comienzo, es sobre todo un saber crítico: a diferencia de la in exibilidad
de la actitud dogmática, el conocimiento cientí co ha de estimular y
desarrollar las dudas todo lo posible, siendo consciente de su carácter
provisorio y no eludir, por tanto, la posibilidad de ser revisado y/o
superado.
En estrecha relación con lo anterior, puede a rmarse que la ciencia
requiere de la fundamentación de sus a rmaciones; así, la justi cación
de sus enunciados se despliega en dos dimensiones: una lógica y otra
empírica. La primera está referida a la coherencia entre las
proposiciones que conforman la teoría, de acuerdo con las reglas de la
lógica. La segunda se agrega a la anterior para las ciencias que estudian
los hechos (ciencias fácticas, como luego se verá), e implica la necesidad
de justi car sus enunciados mediante contrastación empírica, esto es, a
través de una confrontación de los mismos con la realidad (aquí se abre
el problema del método para validar hipótesis).
Otra característica, no menos importante, está referida a la
sistematicidad del conocimiento cientí co, es decir, a que éste es un
cuerpo de proposiciones relacionadas entre sí lógicamente. La ciencia
como “sistema” alude a una unidad ordenada del saber, en virtud de la
cual nuevos conocimientos se integran a los ya establecidos.
Finalmente, suele a rmarse que el conocimiento cientí co es, o
pretende ser, objetivo. Por objetividad debe entenderse la capacidad del
sujeto de elevarse por sobre todo condicionamiento histórico y subjetivo
y tomar la distancia su ciente respecto del objeto a conocer, para
adoptar el punto de vista de un observador neutral. Desde ya, en torno
de este concepto se erigen las discusiones más profundas en cuanto a su
posibilidad y aun en cuanto a su sentido. Pero sobre esta cuestión cabrá
ocuparse más adelante, cuando se plantee la problemática del status
epistemológico de las ciencias sociales y el tema de la comprensión.
En síntesis, el conocimiento cientí co, según la visión más usual que
en la actualidad se tiene de él, posee las siguientes características:
fundamentación (coherencia lógica y contrastación empírica);
sistematicidad;
capacidad explicativa y predictiva (mediante leyes) de la realidad;
carácter crítico;
ambición de objetividad.

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Aclarado ya de qué hablamos cuando nos referimos a la ciencia y al
conocimiento cientí co es posible, entonces, abordar una clasi cación
de dicho saber comúnmente aceptada.

1.2. Clasi icación de las ciencias


A partir de la precedente caracterización general, queda claro que si
bien la palabra “ciencia” puede aludir, en un sentido genérico, al
conocimiento que una época determinada considera sólido y
fundamentado (y así podría hablarse de ciencia antigua o medieval, por
ejemplo), en un sentido más acotado este concepto menta una idea de
conocimiento especí ca: la surgida en la modernidad a la luz de los
requisitos metodológicos antes apuntados. Y es precisamente como
consecuencia de su vertiginoso desarrollo desde los siglos xvi y xvii que
el conocimiento cientí co comienza a atomizarse y rami carse en una
serie de disciplinas. Así, si en un primer momento fue el físico-
matemático el modelo por excelencia, ya hacia n del siglo xviii la
química y la biología lograban su propio espacio cientí co, tal como las
denominadas ciencias sociales. Por ello, actualmente, sobre la base de
sus diferencias y rasgos comunes, suelen agruparse y clasi carse las
ciencias; obviamente, siguiendo ciertos criterios convencionales.
Cuando se trata de clasi car las ciencias se acostumbra a tomar como
referencia cuatro criterios: el objeto de estudio, los métodos, la clase de
enunciados y el tipo de verdad.
Al hablar de objeto de estudio, nos referimos al sector o ámbito de la
realidad estudiada (los seres vivos para la biología, o el movimiento de
los cuerpos celestes para la astronomía, por dar sólo algunos ejemplos).
Los métodos se relacionan con los distintos procedimientos, tanto
para el logro de conocimientos como para su justi cación y puesta a
prueba.
El tipo de enunciados alude a la diferencia entre proposiciones
analíticas o formales, vale decir, aquellas vacías de contenido, y
sintéticas, a saber, las que se re eren de algún modo a sucesos o
procesos fácticos.
Finalmente, acerca del criterio referido al tipo de verdad involucrado
en estos enunciados, diremos que mientras a los primeros les
corresponde una verdad necesaria y formal, relacionada con la
coherencia lógica, en el caso de los segundos su verdad será contingente

65
y fáctica, dependiente de su veri cación empírica.
Explicados los criterios, puede decirse ahora que las ciencias se
dividen en formales y fácticas.
Las ciencias formales son la matemática y la lógica, pues su objeto de
estudio se caracteriza porque sólo tiene existencia ideal, no existe en la
realidad espacio-temporal: tanto los signos del lenguaje matemático
como los del lógico no re eren a una realidad extralingüística, sino que
son formales, vacíos de contenido. Cabe aclarar que estos objetos o
signos formales pueden ser “interpretados” estableciendo
correspondencias con los hechos y, entonces, ser aplicados a la realidad
empírica.
Obviamente, los enunciados de este tipo de ciencias serán analíticos
dado que básicamente, constituyen relaciones entre signos vacíos de
contenido empírico. El método será la demostración lógica: deducir un
enunciado de otros por inferencias lógicas (un ejemplo claro estaría
dado por la demostración de un teorema, en el cual las verdades
matemáticas se comprueban mediante un encadenamiento deductivo).
Y, nalmente, la verdad de las ciencias formales ha de ser necesaria y
formal (fruto de la coherencia del enunciado dado con el sistema de
ideas admitido previamente: no contradicción con las otras
proposiciones e inferibilidad a partir de ellas).
Por otro lado, están las ciencias fácticas, aquellas que, como la física y
la química, por ejemplo, informan acerca de la realidad extralingüística,
vale decir, tienen como objeto de estudio entes materiales (hechos,
procesos) y se re eren, por tanto, a la realidad empírica. Sus enunciados,
al apuntar a esos hechos, son proposiciones sintéticas, denotativas y, por
lo tanto, su método no podrá ser otro que el de la contrastación
empírica (mediante observación y experimentación) para constatar si
estos enunciados son verdaderos o falsos; de ellos resulta, entonces,
siempre una verdad contingente y fáctica (o dicho de otro modo:
ineludiblemente provisoria, como luego se verá).
Dentro de las ciencias fácticas suele trazarse una división entre dos
tipos de ciencias: las naturales y las sociales. Tal distinción pretende
fundarse en diferencias en cuanto al objeto de estudio (la naturaleza o el
hombre, respectivamente) y, sobre todo, acerca del tipo de conocimiento
involucrado en ellas. Respecto de esto último, hay quienes descali can la
cienti cidad de las ciencias sociales al argumentar que ellas nunca
pueden alcanzar metodológicamente la “objetividad” de las naturales,

66
dando por sentado, desde ya, que la “cienti cidad” de un conocimiento
queda acotada a la posible y rigurosa aplicación del método de las
ciencias naturales, y reduciendo, de modo hiperpositivista, verdad y
racionalidad a método.36
Sin embargo, si bien es la ocasión de dejar constancia del peligroso
error que constituye tal reduccionismo, la problemática acerca de los
aspectos epistemológicos y metodológicos de las ciencias sociales, y su
relación con las naturales quedará en suspenso para ser tratada en el
último apartado de este capítulo (“Algunos aspectos de la problemática
del método en las ciencias sociales”).37
Ciencias formales
Objeto: entes formales, signos vacíos, carentes de contenido empírico.
Método: demostración lógica.
Enunciados: analíticos o tautológicos.
Verdad: necesaria y formal, coherencia lógica.
Ejemplos: lógica y matemáticas.
Ciencias fácticas
Objeto: entes empíricos (hechos, procesos).
Método: contrastación empírica (observación y experimentación).
Enunciados: sintéticos o denotativos.
Verdad: contingente y fáctica (siempre provisoria y contrastada
empíricamente).
Ejemplos: ciencias naturales y sociales.

2. LA ESTRUCTURA DE LAS TEORÍAS


CIENTÍFICAS: EL PROBLEMA DEL MÉTODO EN
LA VALIDACION DE HIPÓTESIS
Las ciencias fácticas, tanto las naturales como las sociales, pretenden
explicar y comprender acontecimientos que tienen lugar en la
experiencia, en el mundo empírico, y sus enunciados, por tanto,
requieren algo más que coherencia lógica, si es que aspiran a ser
aceptados. Ya se ha dicho que la lógica formal no es su ciente para
sostener una verdad fáctica o material en ningún ámbito particular; si
bien interviene en todo conocimiento cientí co, no alcanza para
fundamentar una hipótesis referida a la experiencia, tal como las que

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formulan las ciencias fácticas. Éstas sólo serán aceptables si, además de
poseer coherencia lógica, están convenientemente sustentadas en una
base empírica. Ahora bien, dado que, como ya se ha explicado
extensamente, la ciencia aspira a ser un saber crítico, es necesario
precisar cómo se produce tal justi cación; dicho de otro modo, la
pregunta a responder sería
¿cómo se llega a la formulación y a la justi cación de hipótesis? Éste es
el problema de los métodos de validación. En lo que sigue se verán al
respecto tres posturas: el inductivismo, el hipotético-deductivismo y el
falsacionismo.

2.1. La relación entre datos e hipótesis ¿inductivismo o


hipotético-deductivismo?
2.1.1. El inductivismo
¿Cómo se llega a hipótesis adecuadas? ¿Cómo debe desarrollarse
metodológicamente una investigación cabalmente cientí ca? Una
primera respuesta histórica al respecto estuvo constituida por el
inductivismo. Según él, de lo que se trata, tal como queda indicado en
su nombre, es de que las hipótesis se in eran de datos recogidos
previamente, por medio de una inferencia inductiva. La inducción,
como ya se sabe, es un tipo de razonamiento que, a diferencia de la
deducción, nos lleva de premisas sobre casos particulares a una
conclusión cuyo carácter es una ley o principio general. Vale decir que,
según los inductivistas, sólo se llegará a la formulación de hipótesis
cientí cas partiendo exclusivamente de “hechos”. La observación ha de
ser el punto de partida de la ciencia y la base segura del conocimiento,
tal como reza el precepto empirista que sustenta losó camente tal
metodología. Por lo tanto, el núcleo de este método está constituido por
la a rmación de una prioridad de los datos observacionales respecto de
las hipótesis. Y a ellas debería llegarse a partir de un acopio de aquéllos,
más una aplicación, casi mecánica, de una generalización inductiva.
Así, la primera tarea del investigador ha de ser registrar todos los
hechos referentes a su objeto de estudio. Luego, mediante análisis y
comparación, podrá clasi carlos para, entonces sí –inductivamente–
poder arribar a una hipótesis general. Y esta última, claro está, deberá
ser, nalmente, sometida a contrastación. En síntesis, los pasos serían:
1. observación y registro de todos los hechos referentes al objeto de

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estudio;
2. análisis y clasi cación de los mismos;
3. formulación de hipótesis a partir de una generalización inductiva;
4. contrastación.
Nótese bien, pues esto es lo decisivo, que según este modo de explicar
la metodología cientí ca las hipótesis aparecerían recién en el tercer
paso del proceso y serían subsidiarias, a todas luces, y en forma
absoluta, de la recolección de datos particulares, dado que su
formulación signi ca el pasaje de ese conjunto formado por un número
limitado de casos (o proposiciones particulares) a una proposición
universal. Así, la forma lógica implicada en tal razonamiento sería la
siguiente:
A1 es B
A2 es B Enunciados observacionales
A3 es B
A4 es B
Todo A es B Enunciado general (hipótesis)
La hipótesis incluye, entonces, todos los casos observados y a rma que
cualquier fenómeno del tipo A posee la propiedad B, estableciendo, por
tanto, un principio general a partir de los hechos particulares
observados.
Este intento de explicación inductivista del proceso de formulación de
hipótesis cientí cas puede ser sintetizado en los siguientes puntos o
tesis:
1. el punto de partida de la ciencia es la observación;
2. las hipótesis se obtienen inductivamente a partir de los hechos o
datos observacionales recogidos;
3. las condiciones básicas para el aumento de probabilidad de la
inducción son:
se debe observar un número su cientemente amplio de casos;
las condiciones de la observación deben ser variadas;
ningún enunciado observacional debe contradecir la conclusión.
Sin embargo, estas condiciones básicas, si bien son necesarias para
aumentar el grado de probabilidad de la verdad de la conclusión, no
constituyen su ciente respaldo lógico para ésta: dado que en este tipo de
razonamiento la conclusión siempre agrega información respecto de las

69
premisas, aunque ellas sean verdaderas, siempre existe la posibilidad de
que la conclusión sea falsa. Dicho de otro modo, la inferencia inductiva
nunca será necesaria, forzosa, sino sólo más o menos probable. Y esta
observación lógica, justamente, es un buen punto de partida para
realizar una evaluación crítica de las a rmaciones del inductivismo.
2.1.2. Críticas al inductivismo
¿Cómo evaluar el inductivismo? ¿Qué grado de aceptabilidad tienen
sus tesis en cuanto al problema de la fundamentación de las hipótesis
cientí cas? ¿Explican adecuadamente el procedimiento en virtud del
cual se desarrolla una investigación en ciencia?
Las críticas al inductivismo, al menos en esta versión esquematizada y
estrecha que se acaba de presentar, suelen ser variadas. Podríamos
dividirlas en dos grupos: las referidas a la legitimidad del procedimiento
mediante el cual se in eren las conclusiones desde los datos
observacionales, por un lado, y las concernientes a la prioridad de estos
últimos respecto de las hipótesis, por otro.
El primer tipo de crítica ya la hemos rozado, al menos en parte.
Lógicamente, está claro que el pasaje de proposiciones singulares a una
proposición universal no garantiza que la verdad de las premisas se
conserve en la conclusión o, lo que es lo mismo, la inferencia inductiva
nunca es necesaria, pues en la medida en que la conclusión agrega
información respecto de las premisas, éstas nunca serán fundamento
su ciente para garantizar la transferencia de la verdad.
Además, esto tampoco queda solucionado por la observancia de las
condiciones que los inductivistas enuncian para aumentar la
probabilidad de la inferencia, dado que ellas son de por sí bastante
ambiguas. ¿Cuándo una cantidad de enunciados observacionales es
su cientemente amplio? ¿Cuáles de las condiciones en las que se efectúa
la observación deben ser variadas? Desde el punto de vista de la lógica,
la inducción nunca queda validada, aun cuando pueda argumentarse en
favor de ella arguyendo el aval de la experiencia.
Pero hay todavía una objeción más. Una que es aun más contundente e
importante que la anterior, teniendo en cuenta las implicancias
concretamente metodológicas: aquella que critica la pretendida
prioridad de los datos y de la observación como punto de partida de
toda investigación realmente cientí ca. El inductivista, sabemos,
sostiene que ellos constituyen la única base segura para el conocimiento

70
y la ciencia, y esto es objetable, entre otras razones, por dos motivos
fundamentales.
En primer término, porque una pura recolección de datos sin una
hipótesis previa sería lisa y llanamente impracticable. ¿Qué hechos, ante
una investigación cualquiera, debería, como cientí co, observar?; ¿de
qué datos tomar nota? Si, por ejemplo, un investigador tiene que
afrontar el estudio de las causas que contribuyeron al crecimiento de la
desocupación en un lugar y tiempo determinados (pensemos, por caso,
en nuestro país desde el 94 hasta la fecha) con vistas a elaborar luego
estrategias para su solución: ¿cuáles serían los datos a recoger?; ¿cómo
iniciar la investigación sin antes trazar una línea que permita distinguir
lo relevante de lo irrelevante? Porque, seguramente, cabría pensar que
un dato importante a ser tenido en cuenta podría ser el grado de
reconversión tecnológica acaecida en ese período o el impacto de una
excesiva apertura importadora. Pero, ¿por qué no, por ejemplo, el
aumento del régimen de lluvias o el listado de los últimos campeones
del torneo de fútbol local? La respuesta es obvia: no tiene sentido
ningún relevamiento de datos observacionales sin una hipótesis que
guíe la búsqueda.
Para ese investigador del ejemplo anterior será relevante tomar nota
del desarrollo tecnológico o del aumento de las importaciones y no de
los otros datos, porque ya desde el vamos en su investigación está
operando una hipótesis (en esos casos la del impacto del avance
tecnológico en la mano de obra productiva, o la del perjuicio industrial
de un modelo económico hiperliberal). Por tanto, los hechos, o datos
empíricos, sólo se pueden cali car como relevantes o no en referencia a
una hipótesis previa que guía la observación. Así, la máxima
inductivista según la cual la obtención de datos observacionales debe
realizarse sin intervención de hipótesis alguna no se aviene con la
práctica cientí ca concreta. En todo caso describiría una metodología
ideal, pero impracticable desde el punto de vista de la nitud de la
racionalidad humana. No hay reglas mediante cuya aplicación mecánica
podamos pasar desde “hechos puros” a principios generales.
El segundo motivo, en virtud del cual también puede objetarse la
prioridad de los datos respecto de las hipótesis, pregonada por el
inductivismo, se relaciona con la pretendida “pureza” y “neutralidad” de
la observación. No hay percepciones puras sin teorías; no hay hechos
puros sin interpretaciones previas.38 Vale decir, toda observación está

71
siempre condicionada por una serie de factores, sean éstos históricos,
lingüísticos, culturales. Aquí, nuevamente nos enfrentamos con el tema
de la “objetividad”, esto es, con la problemática acerca de la posibilidad
de trascender el horizonte de historicidad y nitud de nuestra
subjetividad.
Ahora bien, más allá del grado de objetivismo o subjetivismo al cual
uno adhiera en una discusión epistemológica puntillosa, en esta parte
del trabajo sólo nos interesa señalar que la observación nunca puede ser
totalmente pura, sino que siempre de algún modo está condicionada y,
por lo tanto, nunca puede ser el punto de partida de la investigación
cientí ca. Al n y al cabo, siempre hablamos, pensamos, y también
observamos, “desde” algún lugar (dejando, por ahora, sin precisar, el
sentido de este “algún lugar”).
Sin embargo, a pesar de todas estas críticas, pertinentes y muy
atinadas por cierto, no puede dejar de señalarse el valor que la
inducción tiene en el proceso de la investigación cientí ca. Si bien ella
no garantiza la necesidad lógica de llegar a una conclusión verdadera a
partir de premisas verdaderas, ni tampoco podemos con ar en la
seguridad de la verdad de las premisas observacionales (las cuales, como
quedó dicho, siempre están sujetas a condicionamientos teóricos
previos), la inducción es de gran utilidad en ciencia. En ésta, como
quizá en la vida cotidiana, no podría darse un solo paso sin hacer
suposiciones y generalizaciones inductivas. La contingencia del
resultado de toda contrastación (como luego se explicará) hace que
debamos apoyarnos en ella para admitir una teoría como verdadera,
aunque sea sólo provisionalmente (como es obvio, a partir del resultado
positivo de todos los casos de la puesta a prueba). En síntesis, siempre
debemos suponer que las cosas seguirán comportándose del mismo
modo, aun cuando no tengamos ninguna garantía lógica de que así sea;
debemos creer que existe cierta regularidad en la naturaleza, y en la
necesidad de dicha creencia –sin la cual no habría “experiencia” alguna–
estriba la e cacia y la ineludibilidad de los razonamientos inductivos.

2.2. El hipotético-deductivismo
Ha quedado bien establecida, después de nuestro paso por el
inductivismo, la imposibilidad de iniciar una investigación cientí ca sin
una solución tentativa que guíe toda recolección de datos. La idea de
buscar la verdad ateniéndose a los “hechos puros”, a partir de cuya

72
observación y registro –mecánicamente– podrían formularse
enunciados generales es errónea e impracticable. Así, los hipotético-
deductivistas erigen su interpretación del método sobre la base de estas
dos grandes fallas de los inductivistas: la prioridad de la observación
como única base del conocimiento y la fundamentación de la práctica
cientí ca en una forma de razonamiento inválida.
Para quienes de enden este método, la ciencia no parte de
observaciones, sino de problemas, ante los cuales los cientí cos
proponen hipótesis como intentos de solución. Y estas hipótesis –
además– no se obtendrán, como pretendían los inductivistas, mediante
generalización de datos, sino que serán el resultado de la formación y de
la capacidad creativa del investigador. Aunque, obviamente, luego estas
soluciones tentativas habrán de ser puestas a prueba mediante
contrastación empírica para poder ser aceptadas.
Por lo tanto, los pasos que han de desarrollarse metodológicamente en
una investigación cientí ca serán los siguientes:
Planteamiento del problema. La observación no es el punto de partida
de las teorías, sino que se parte de problemas, sean teóricos o prácticos.
Un problema surge cuando los conocimientos que poseemos no
alcanzan para explicar determinado hecho, vale decir, cuando tiene
lugar una di cultad que desafía a nuestra razón a encontrar nuevas
soluciones. Y es justamente esta di cultad o problema el que guía la
búsqueda de regularidades. En síntesis, el cientí co es –básicamente–
un problematizador, y nuestra racionalidad está estructurada –
primariamente– según la forma de un diálogo pregunta-respuesta.
Ahora bien, como es obvio, no todo problema será un problema
cientí co: para adquirir el status de tal habrá de ser planteado sobre un
trasfondo cientí co y ser estudiado con medios cientí cos. Después,
podrá diferenciarse, atendiendo a cuál sea su objetivo primario, teórico
o práctico, si se está ante un problema propiamente cientí co (es decir,
de investigación básica) o ante uno de ciencia aplicada o tecnología.
Formulación de las hipótesis. Frente a un problema el cientí co busca
una solución posible que guíe y oriente el desarrollo de la investigación.
Esa solución tentativa o conjetura es la hipótesis. Una hipótesis,
entonces, es un enunciado que se propone como base para explicar por
qué o cómo se produce un fenómeno. En torno de ella se despliegan dos
problemas para la ciencia: ¿cómo se justi ca una hipótesis? y ¿cómo se
llega –cientí camente– a formular una hipótesis? El primero se

73
abordará cuando sea el momento de tratar el tema de la contrastación.
Respecto del segundo, puede decirse que no hay reglas ni métodos de
cuya aplicación mecánica puedan derivarse hipótesis. Ya se aclaró que
las hipótesis no se derivan de los hechos observados sino que se crean
para dar cuenta de ellos. Si en el apartado anterior se hizo referencia al
valor de la inducción para la ciencia (a la hora de sostener la
aceptabilidad contingente de una teoría), es aquí –en la decisiva etapa de
la creación de hipótesis– donde se realza la función de otro tipo de
razonamiento: la analogía. En ella, se trata de inferir algo desconocido a
partir de lo conocido, por comparación. Así, no hay método jo a seguir
para la elaboración de hipótesis: en todo caso, se requiere de una gran
cantidad y calidad de conocimientos previos en la materia y de talento
creativo que permita “ver” las similitudes y las analogías entre lo sabido
y lo desconocido.
Deducción de las consecuencias observacionales. Una vez formulada
una hipótesis, habrá que contrastarla empíricamente para someter a
prueba su valor, puesto que a priori todas tienen el mismo grado de
conjeturalidad. Sin embargo, al ser las hipótesis enunciados universales
y no observacionales, el primer paso de la contrastación será el deducir
las consecuencias de la misma: ¿qué sucedería de ser verdadera la
hipótesis? Así, a ese enunciado veri cable inferido deductivamente de la
hipótesis se lo denomina “consecuencia observacional”. Y ésta, al ser
contrastada con la experiencia, con rmará o refutará la hipótesis, al
comprobarse la verdad o falsedad del enunciado observacional.
En el ejemplo de la sección anterior, si alguien sustentara la hipótesis
de que la causa de la desocupación radica en la rigidez de la legislación
laboral, para someterla a prueba deberá inferir primero una
consecuencia implicada lógicamente en ella. Podría ser la siguiente: si la
hipótesis es verdadera, entonces si exibilizamos las leyes del trabajo, la
desocupación descenderá. Luego, si (como de hecho está ocurriendo)
esto no sucede, quedará refutada la hipótesis.
Contrastación empírica. Como quedó dicho anteriormente, una vez
obtenidas las consecuencias observacionales, se procederá a constatar si
ellas se veri can o no en la realidad.
Si así sucede la hipótesis habrá sido con rmada (provisoriamente); de
ser negativo el resultado, se reformulará o directamente se abandonará
la hipótesis (un poco más adelante se volverá sobre las particularidades
de este tema).

74
Posible formulación de leyes o teorías. En el caso en que esa suerte de
respuesta tentativa que es la hipótesis pase la prueba de una su ciente
cantidad de contrastaciones, es posible –bajo ciertas condiciones–
tomarla como ley. Vale decir, una ley no sería otra cosa que una
hipótesis con rmada que capta una regularidad u orden objetivo en la
realidad. Además puede darse el caso de que dicha ley se inserte en un
conjunto de leyes relacionadas deductivamente. Estaríamos, entonces,
ante una teoría. Este concepto alude a un entramado relacional en el
cual se destacan leyes de más alto nivel teórico (que operan al modo de
premisas o axiomas) respecto de otras que son sus consecuencias (algo
así como teoremas deducidos de las primeras). Por lo tanto, una teoría
será un conjunto de leyes interrelacionadas deductivamente, en la
medida en que están basadas en los mismos supuestos fundamentales.
Es posible, ahora –del mismo modo en que antes se hizo con el
inductivismo–, sintetizar las tesis principales de este método:
1. la investigación cientí ca parte de problemas, no de hechos;
2. las hipótesis creadas (y no inferidas mecánicamente por el
investigador) guían todo el desarrollo de la práctica cientí ca, al
formular una primera solución tentativa al problema
en cuestión;
3. la deducción de las consecuencias observacionales implicadas
lógicamente en la hipótesis permitirá su contrastación, con vistas a su
con rmación o refutación.
Sin embargo, si bien el hipotético-deductivismo da cuenta, de modo
más adecuado, del problema de la relación entre datos e hipótesis y de la
manera en que éstas son creadas, no sucede lo mismo con lo
concerniente a la justi cación o validación de aquéllas. ¿Qué valor posee
la fundamentación de hipótesis cientí cas corroboradas en sus
consecuencias observacionales?
Esta temática, la relacionada con las di cultades en derredor de la
cuestión de la justi cación del conocimiento cientí co, está
íntimamente vinculada con una variante correctiva del método
hipotético-deductivo: el falsacionismo, cuyo principal representante ha
sido Karl Popper.

2.3. El problema de la contrastación y el falsacionismo


2.3.1. La asimetría de la contrastación

75
La pretensión del hipotético-deductivismo, se ha dicho, es partir de
hipótesis para luego, utilizando formas correctas de razonamiento,
validarlas. Pero cabe repreguntar: ¿realmente se cumple esta aspiración?
La respuesta a este interrogante exige el análisis de la forma lógica en la
que se encuadra la contrastación de hipótesis.
Ya se explicó que la contrastación de una hipótesis se realiza a través
de los enunciados veri cables implicados lógicamente en ella, o sea, a
partir de sus consecuencias observacionales. Luego, si la consecuencia
observacional resulta falsa, la hipótesis quedará refutada, mientras que
si aquélla resultara verdadera, ésta, obviamente, sería con rmada.
Comencemos con el análisis de la forma lógica del caso de una
refutación. Cuando refutamos una hipótesis, dado que sus
consecuencias observacionales no se dan en la realidad, empleamos el
siguiente modo de razonamiento:
Si p entonces q
no q
no p
Donde “p” sería la hipótesis y “q” la consecuencia observacional:
Si la hipótesis es verdadera, entonces se dará tal consecuencia
observacional (primera premisa)
No se da el caso de tal consecuencia observacional (segunda premisa)
La hipótesis no es verdadera (conclusión)
En el caso de la refutación, estamos ante una forma lógica válida de
razonamiento, es decir, la inferencia de la conclusión a partir de las
premisas es necesaria. La forma lógica aquí en cuestión se conoce como
modus tollens y, al ser válida, implica que nunca podremos encontrar
un caso de ese tipo en el cual pueda darse la combinación de premisas
verdaderas y conclusión falsa. Dicho de otro modo, una forma válida de
razonamiento implica que la verdad de las premisas es garantía de que la
conclusión necesariamente también lo será. Por lo tanto, en el caso que
nos ocupa, si la hipótesis (p) permite deducir ciertas consecuencias
observacionales (q) y éstas no se constatan en la experiencia (no q), es
lícito concluir que la hipótesis es falsa (no p).
Pero ¿qué sucede cuando a través de una contrastación las
implicancias observacionales con rman la hipótesis? ¿También
estaremos ante una forma válida de razonamiento y, por tanto,
podremos estar seguros de la verdad de la hipótesis? Aquí nuevamente

76
hay que recurrir al análisis de la forma lógica. En el caso de un resultado
positivo de la puesta a prueba, tal forma es la siguiente:
Si p entonces q
q
p
Donde, como en el caso anterior, “p” sigue siendo la hipótesis y “q” la
consecuencia observacional: Si la hipótesis es verdadera, entonces se
dará tal consecuencia observacional (primera premisa)
Se da tal consecuencia observacional (segunda premisa)
La hipótesis es verdadera (conclusión)
Como puede advertirse, la con rmación de la hipótesis, cuando las
implicancias observacionales se constatan efectivamente, da lugar a una
forma lógica ligeramente diferente al caso anterior (el de la refutación).
Ahora ya no se está ante una forma válida de razonamiento, sino frente
a una falacia conocida como “falacia de la a rmación del consecuente”.
Como éste es un caso de razonamiento inválido, en él la verdad de las
premisas no garantiza la verdad de la conclusión; vale decir, puede darse
el caso (de hecho esta forma lógica lo alberga) de que, teniendo
premisas verdaderas, la conclusión sea falsa. Por lo tanto, la veri cación
de las consecuencias observacionales implicadas en las hipótesis no es
fundamento su ciente para sostener su verdad. Tal inferencia no es
lógicamente necesaria.
Esta diferencia entre la seguridad (basada en necesidad lógica) de la
refutación y la provisoriedad o contingencia de la con rmación es lo
que se denomina “asimetría de la contrastación”; y, a partir de la
observancia de las consecuencias de tal desfase, Popper formula la
corrección falsacionista del método hipotético-deductivo.
2.3.2. La corrección falsacionista
¿Qué dice el falsacionismo? En principio, no debe olvidarse que esta
posición metodológica sigue siendo deductivista aunque, y en esto
estriba su especi cidad, ante los inconvenientes recién referidos intenta
formular una variación metodológica que permita sortearlos.
El hipotético-deductivismo pretende que una hipótesis queda
con rmada cuando los enunciados deducidos de ella (las consecuencias
observacionales) son veri cados empíricamente. Así, se presume la
verdad de la hipótesis. Sin embargo, como se ha visto, el procedimiento

77
deductivo propuesto no permite concluir la verdad de la hipótesis,
puesto que la corroboración empírica positiva de las consecuencias
observacionales no es garantía su ciente para asegurar su verdad. Sin
embargo, señala el falsacionismo, si bien es cierto que no puede
veri carse una hipótesis por medio de la comprobación de los
enunciados veri cables implicados en ella, esto es, si bien nunca
podemos estar lógicamente seguros de la con rmación empírica de una
hipótesis, en cambio sí podemos estarlo cuando ésta resulta refutada.
Por lo tanto, las hipótesis y teorías cientí cas son válidas en tanto y en
cuanto no logren ser refutadas, aunque tal validez es sólo provisoria,
pues aquéllas pueden ser refutadas en algún momento. Y, entonces, esta
desproporción lógica entre los posibles resultados de la contrastación
lleva a Popper a enfocar la cuestión metodológica desde la única
perspectiva que puede garantizar necesidad lógica: la refutación. Este
nuevo hincapié, puesto ahora en la refutación, cambia de algún modo el
sentido, según el falsacionismo, de la investigación cientí ca: ya no se
tratará de buscar afanosamente la con rmación de una hipótesis sino de
intentar mostrar su falsedad.
El falsacionismo sostiene que, dado que nunca podemos estar seguros
de la verdad sino sólo del error, el único modo de acercarse a aquélla es
a través de la falsación de las hipótesis. Así, la metodología falsacionista
supone que una hipótesis ha de ser cientí ca si cumple con los
requisitos de falsabilidad; en de nitiva, una hipótesis será falsable y, por
lo tanto cientí ca, cuando pueda formularse al menos un enunciado
observacional que la contradiga. De este modo lo que se le pide al
cientí co es que formule hipótesis que contengan enunciados
contingentes (que puedan resultar verdaderos o falsos) y de gran alcance
empírico, esto es, arriesgados, audaces. De más está aclarar que
“falsable” no es lo mismo que “falso”. La falsabilidad es requisito de
cienti cidad; pero la falsedad, en caso de demostrarse, priva a la
hipótesis, inmediatamente, de tal propiedad.
Popper, al explicitar su metodología falsacionista, en realidad pretende
también establecer un criterio de demarcación claro y preciso entre el
conocimiento cientí co y el “seudocientí co”. Este último estará
constituido por aquellas teorías que no respetan el criterio de
falsabilidad y se presentan de tal modo que sistemáticamente se sustraen
a la posibilidad de ser falsadas. Sólo, por lo tanto, se considerarán
cientí cas aquellas hipótesis que, siendo falsables, obviamente aún no

78
han podido ser refutadas.
Se está en condiciones, entonces, de sintetizar las principales tesis del
falsacionismo:
1. En concordancia con el hipotético-deductivismo (en última
instancia no es más que una variante de este método), el conocimiento
parte de problemas y las hipótesis, que guían la búsqueda de una
solución, son creadas y no inferidas inductiva y mecánicamente a partir
de datos.
2. En una contrastación el único caso que garantiza necesidad lógica es
la refutación.
3. La actividad de la investigación cientí ca ha de estar orientada hacia
la refutación y no hacia la con rmación a toda costa.
4. El conocimiento cientí co se caracteriza por estar constituido por
hipótesis falsables;
5. Las hipótesis que resulten falsadas deben ser abandonadas y las
con rmadas aceptadas sólo provisionalmente.
6. La ciencia avanza a partir del error, es el único modo de acercarse a
la verdad.
2.3.3. Una evaluación crítica del falsacionismo
En principio, parece que el falsacionismo lograra sortear algunos
problemas metodológicos originados tanto en las visiones inductivistas
como en las hipotético-deductivistas. Y, en parte, así es. Siguiendo a
estas últimas, consigue explicar mejor que las primeras la temática
concerniente a la creación de hipótesis y a la función orientadora que a
ellas compete. Por otro lado, evita con éxito los inconvenientes lógicos
que a ambas posiciones se les presentan en torno de la cuestión de la
contrastación y validación de hipótesis. También resulta atinado el
rechazo de toda absolutización del saber, en favor de un realce del
carácter esencialmente provisorio del mismo. Sin embargo, esta
posición metodológica tampoco escapa a la posibilidad de recibir ciertas
críticas muy pertinentes.
El falsacionismo, y éste es su principal problema, no puede eludir la
objeción dirigida al supuesto de la pureza de la observación. Esta visión
popperiana del conocimiento cientí co sigue considerándola como la
base más segura y neutral del saber (se le otorga la función de
determinar cuáles teorías deben ser consideradas falsas). Aunque,

79
además, tampoco logra solucionar el problema de la validación de la
posible verdad de las premisas. Y, como se explicó anteriormente, la
observación nunca es independiente de factores teóricos que hacen no
sólo a la historia interna de la ciencia sino también a la historia externa,
a saber, los referidos al contexto social, cultural, político, histórico y
hasta lingüístico. En última instancia, será la comunidad cientí ca,
enmarcada siempre en estos horizontes de sentido, y nunca mediante
observaciones puras, la que decida la aceptabilidad o no de una teoría.
Sería, a todas luces, una comprensión muy ingenua de las condiciones
en las que se produce y se justi ca la ciencia creer que la aceptación de
una hipótesis, sea ésta cual fuere, sólo se funda en cuestiones referidas a
metodologías y a racionalidad pura y objetiva. La ciencia, en tanto
discurso productor de “verdades”, nunca puede eludir totalmente el
juego de fuerzas de poder que conforman a la sociedad en la que ella se
inscribe.
Esta problemática, relacionada con las implicancias epistemológicas
derivadas de la imposibilidad de una observación absolutamente pura y
objetiva, será reabordada –nuevamente– en el momento de relacionar,
en la última sección del capítulo, el tema metodológico con la
especi cidad de las ciencias sociales.

3. ALGUNOS ASPECTOS DE LA PROBLEMÁTICA


DEL MÉTODO EN LAS CIENCIAS SOCIALES: LAS
DIFICULTADES DE LA MEDICIÓN Y EL DEBATE
SOBRE EXPLICACIÓN O COMPRENSIÓN
Hasta aquí, el extenso recorrido por las sinuosas sendas de la
problemática metodológica ha derivado en el señalamiento de unas
cuantas di cultades dignas de atención. En primer lugar, se advirtió la
carencia –concerniente a todas las posiciones tratadas– de una acabada
justi cación en cuanto a la validación de las teorías cientí cas (no
consiguen explicar su cientemente por qué algunas de ellas son
aceptadas como válidas). Y, en otro orden de cosas, tanto el
inductivismo como el deductivismo se fundan sobre el objetable
supuesto teórico de la objetividad y la pureza de la observación.
Ahora es el momento, entonces, de preguntar: ¿es lícito identi car el
saber, el conocimiento en sentido estricto, con lo comprobable y, por

80
tanto, la verdad con la certeza?; ¿puede reducirse, sin más, en favor de
un cienti cismo cerrado y estrecho, la verdad al método, y éste a los
procedimientos lógico-empíricos de las ciencias naturales? Y, si así se
hiciera, ¿qué podría decirse, entonces, de las ciencias sociales?; ¿son
susceptibles de adaptarse a esos preceptos metodológicos?; ¿son
propiamente ciencias?
Desde una posición monista que predica la continuidad en el
conocimiento cientí co, hay quienes –siguiendo el modelo de las
ciencias naturales– reducen las sociales a los parámetros metodológicos
de aquéllas. Y otros, aferrados a una concepción dualista y que a rma la
discontinuidad del corpus cientí co, se atrincheran en la especi cidad
irreductible de las humanidades, reivindicando para ellas un método y
un tipo de conocimiento propios. Es la oposición entre dos formas de
entender el conocimiento: como explicación, según los unos; como
comprensión, a decir de los otros.
Si bien, dado los límites de este trabajo, no se podrá dar cuenta de
todos los vericuetos y escondrijos conceptuales implicados en la disputa
en torno de las ciencias sociales, de todos modos se intentará recorrer, al
menos, algunos de los problemas involucrados en ella. Así, el primer
punto a plantear será el de la necesaria, pero a la vez con ictiva,
aplicación a las ciencias sociales de una teoría de la medición. Y el
segundo tema, con el cual se cerrará el artículo, abordará nalmente la
cuestión del status epistemológico de las humanidades. Allí se revelarán,
entonces, los principales dichos de las posiciones antes citadas y se
procurará mostrar la necesidad de complementar las “banderas” por
ellos levantadas: la explicación y la comprensión.

3.1. El problema de la medición: su importancia


metodológica y sus di icultades
En varias ocasiones ya se hizo mención del carácter crítico y de la
necesidad de fundamentación como requisitos de todo saber que se
pretenda cientí co. Fue entonces cuando se explicó el signi cado de la
validación de cualquier hipótesis o teoría en términos de una doble
dimensión: la lógica y la empírica. En virtud de la primera, se requiere
de coherencia lógica (no contradicción) e inferibilidad; mientras que la
segunda pide demostración, puesta a prueba, contrastación. Así, la
ciencia formula, constantemente, proposiciones que deben responder a
estas demandas. Por ejemplo, enunciados que a rman o niegan

81
diferencias cualitativas, del tipo “en la década del 90 ha aumentado la
desocupación” o “la apertura de la economía produjo una baja en los
índices de precios” deberán sortear para su fundamentación pruebas
lógicas y empíricas. Sin embargo, muy a menudo –y no sólo en ciencia
sino también en la vida cotidiana– es necesario complementar estos
enunciados con otros que indiquen de modo más preciso tales
diferencias. ¿En qué medida ha aumentado la desocupación o en qué
medida la apertura económica disminuyó los precios?
En la actualidad –época de vertiginosos desarrollos tecnológicos, de
hiperinformación y de racionalización de todos los órdenes de la vida–
muy pocas investigaciones podrían realizarse sin introducir métodos
cuantitativos. La medida, la exactitud en la formulación de relaciones
entre los fenómenos estudiados, es hoy indispensable. Su necesidad
estriba tanto en razones teóricas como prácticas:
Las primeras aluden al requerimiento de precisión para evitar
errores producto de formulaciones apresuradas o infundadas. En
muchos casos, como nuestra realidad diaria lo muestra, toda
aseveración suele ir acompañada por algún tipo de medición como
“respaldo cientí co”, o, desde otra perspectiva, toda crítica suele
acompañarse de un arsenal de datos cuantitativos. Y, más allá de la
posible –o ineludible– manipulación de esos datos con nes ideológicos,
es indudable que la medición constituye, hoy por hoy, una herramienta
imprescindible para enriquecer el sustento teórico de una teoría.
Las segundas razones, las prácticas, radican en la necesidad de
exactitud para poder ejercer un acabado control de los fenómenos
estudiados. Si se retoman los ejemplos anteriores, se percibirá la
importancia de los métodos cuantitativos –y de su precisión– para
lograr un e caz control práctico de los cambios en los índices de
precios, o en las variaciones en los porcentajes de la desocupación. En
todos estos casos, como queda dicho, un adelanto o un retroceso en el
examen del desenvolvimiento práctico de los temas en cuestión estará
sujeto en gran parte a la exactitud de las mediciones efectuadas.
Por lo tanto, motivos de índole práctica y teórica sustentan la
importancia de la medición para la ciencia actual. Se trate de las ciencias
de la naturaleza o de las sociales, nuestra época –signada por el
paradigma de la racionalidad técnica y la e cacia– nos conmina a la
precisión y a la exactitud. Y, para lograrlas, se requiere de medición.

82
Sin embargo, si bien es cierto que todo análisis cientí co que pretenda
elevarse por sobre el nivel del mero sentido común necesita de medición
rigurosa, no lo es menos el hecho de que ésta, a menudo, presenta
algunas di cultades que la hacen objetable. Y aunque esos problemas no
son privativos de las ciencias sociales sino que también atañen de algún
modo a las naturales, es claro que en las primeras se potencian.
La objeción más frecuente a las tentativas de lograr mediciones
precisas en ciencias sociales se funda en el argumento de que toda
medición es, en alto grado, indirecta. Esto signi ca que requieren una
serie de supuestos no veri cados, los cuales podrían sintetizarse así:
1. Toda medición, necesariamente, ha de sustentarse en algunos
supuestos teóricos que le servirán como punto de partida; sin ellos la
misma carecería de sentido. Ahora bien, en ciencias sociales no tiene
lugar un grado de acuerdo o consenso en derredor de las teorías tal
como el que se registra en las naturales. Por esto, cualquier medición, a
priori, es susceptible de ser objetada en cuanto a la falta de
fundamentación de sus supuestos.
2. Es ineludible, también, que toda medición parta de supuestos acerca
de sus instrumentos. Por ejemplo, los que se vinculan con la constancia
de las propiedades de los mismos durante la observación. Y, en esto,
nuevamente, resulta mucho más difícil para las ciencias sociales llegar a
la certeza en cuanto al calibrado de los instrumentos de medición según
un patrón objetivo.
3. Finalmente, toda medición supone una reducción de la realidad a
dimensiones determinables, cuanti cables. Y éste, justamente, es un a
priori naturalista, dado que justi ca la adopción de escalas numéricas
sobre la base del modelo de las ciencias naturales: lo real es aquello que
puede ser calculado, medido y manipulado, según principios de
equivalencia lógica y matemática. Sin embargo, si consideramos
importante el carácter temporal y lingüístico de la realidad social, ¿qué
sucede con esos supuestos?; ¿es el mundo sociocultural susceptible de
ser comprendido sólo en virtud de mediciones y cuanti caciones
puntillosas?
Estos tres supuestos de toda medición –los teóricos, los referidos al
calibrado objetivo e invariable de sus instrumentos y los atinentes a la
cuanti cabilidad de toda realidad, incluida la social– atañen a las
di cultades de su aplicación al conocimiento cientí co en general. Pero
no caben dudas de que, tal como antes se explicó, es en las ciencias

83
sociales donde éstas se intensi can. Aun a riesgo de caer en una
reiteración, vale insistir una vez más en las razones del aumento de los
escollos para una medición precisa en el ámbito de la teoría social:
En primer lugar, porque este ámbito carece de un consenso su ciente
en cuanto a los supuestos teóricos que han de obrar como puntos de
partida de la medición.
En segundo término, por la imposibilidad –mucho más evidente
cuando se trata de medir un fenómeno social– de garantizar un
calibrado objetivo de sus instrumentos. Es claro que el cientí co social
está de algún modo involucrado en la realidad que pretende estudiar y,
por tanto, su labor no puede enfocarse tomando como parámetro el
punto de vista de un observador neutral. El observador y los sujetos a
los que van dirigidas sus mediciones comparten una serie de sentidos
culturales entretejidos en la historia y el lenguaje. Por lo tanto, el
problema será cómo reducir esos sentidos a dimensiones cuanti cables
y objetivas.
Finalmente, el factor principal en el que se funda toda crítica a un
enfoque prioritariamente cuantitativo del quehacer de las ciencias
sociales estriba en la objeción a la pretendida equivalencia –supuesta
siempre por esta concepción– entre el mundo social y el lenguaje de la
medida. Tal reducción pasa por alto la problemática de la constitución
del sentido en la vida cotidiana y su intrínseca contingencia. En el
ámbito de la realidad social no todo fenómeno es absolutamente
verdadero o falso, en él hay lugar también para el “quizá”. En síntesis, es
por demás cuestionable el a priori naturalista que, basado en el modelo
del mundo físico-matemático –objeto de las ciencias naturales–, supone
una correspondencia entre éste y el mundo social.
Como conclusión, puede a rmarse que, si bien resulta insoslayable –
aun para las ciencias sociales– el recurso de la medición, no por ello la
labor del cientí co social ha de limitarse a una pura y abstracta
matematización de la realidad. Quizá la tendencia tan actual a dejarse
tentar por ese enfoque reduccionista no sea más que otro rostro del
prejuicio positivista que identi ca la verdad con el método. En todo
caso, la creencia en que a más cuanti cación de variables, mayor
cienti cidad, se funda en una concepción muy estrecha e improductiva
de lo que es la ciencia en general, y la investigación social, en particular.
Sin embargo, este recorrido por la problemática de la medición, desde
la doble perspectiva de su importancia y de sus di cultades, ha servido

84
para volver a iluminar un tema que, de un modo u otro, estuvo presente
a lo largo de todo el trabajo y que ahora, de una vez por todas, será
abordado: el de la especi cidad y el status epistemológico de las ciencias
sociales.

3.2. ¿Explicar o comprender?


Dos versiones sobre las ciencias sociales han polemizado entre sí
acerca de cómo acceder y cómo conceptualizar el mundo social. Cada
una de ellas supone una idea paradigmática de ciencia y, por lo tanto, un
modo de entender el conocimiento cientí co. Se trata de la
interpretación naturalista o explicativista y de la hermenéutica o
comprensivista.
La primera, representada por autores como Ernest Nagel y Carl
Hempel (1905), sostiene una visión unitaria de la ciencia basada en las
ciencias naturales y de ende la continuidad del conocimiento cientí co.
Éste, básicamente, ha de ser “explicación” y las categorías y conceptos
que describen y explican el mundo físico también describirán y
explicarán el mundo social y lo que el hombre sea.
La segunda, surgida sobre todo a partir de la in uencia de pensadores
tales como Wilhelm Dilthey (1833-1911) y Max Weber (1864-1920),
a rma una suerte de especi cidad de las ciencias sociales que las hace,
de algún modo, irreductibles a las naturales. Mientras éstas pretenden
“explicar” y olvidan su vínculo con la realidad del mundo de la vida
cotidiana, en aquéllas se expresa en toda su magnitud la dimensión de
“comprensión” del conocimiento.
Como puede verse, el debate acerca del status epistemológico de las
ciencias sociales es, en gran medida, una discusión en torno del carácter
“explicativo” o “comprensivo” del conocimiento cientí co. Así, para
poder realmente entenderlo en todo su alcance, es preciso comenzar por
el análisis de la misma idea de “explicación” cientí ca; para, entonces sí,
encarar luego el contrapunto entre las dos interpretaciones. E intentar,
nalmente, mostrar que quizá lo más adecuado sea lograr una visión
más amplia y sintética, que evite los extremos puros de ambas
posiciones.

3.3. La explicación cientí ica y el modelo de las ciencias


naturales

85
Uno de los objetivos primarios de la ciencia, al menos en lo que
respecta a las naturales, es explicar los fenómenos del mundo físico.
Ahora bien, ¿en qué consiste la naturaleza de las explicaciones
cientí cas? ¿Qué querrá decir que la ciencia “explica”?
Se suele sostener que las explicaciones cientí cas deben cumplir con
dos requisitos sistemáticos: el de relevancia explicativa y el de
contrastabilidad. El primero de ellos alude a la necesidad de que la
información explicativa proporcione una buena base para creer que el
fenómeno que se trata de explicar tuvo o tiene lugar. Por ejemplo, el
intento de explicación de una crisis económica que hiciera residir la
causa de ésta en la presencia de un año bisiesto carecería de la relevancia
explicativa su ciente para hacernos creer que de ese hecho se pueda
seguir el fenómeno a explicar. En tanto que la segunda condición apunta
a que los enunciados que constituyan una explicación sean susceptibles
de contrastación empírica. Dicho de otro modo: la explicación debe
tener implicaciones contrastadoras, de lo contrario, carece de poder
explicativo (recuérdese el requisito de falsabilidad formulado por
Popper).
Es posible, ahora, referirse a las dos principales formas que toman las
explicaciones cientí cas: la nomológico-deductiva y la probabilística.

3.4. Explicación nomológico-deductiva


Un tipo de explicación corriente en ciencia es aquel que posee la
estructura formal de un razonamiento deductivo, en el cual el hecho a
explicar (explicandum) es una consecuencia lógicamente necesaria de
las premisas (explanans). Por consiguiente, en este modo de explicación
las premisas expresan una condición su ciente de la verdad del asunto
en cuestión. Aquí las premisas estarían constituidas por dos elementos:
las leyes generales que expresan conexiones empíricas uniformes; y
las condiciones iniciales o circunstancias concretas.
Por lo tanto, la explicación nomológico-deductiva (nomos en griego
signi ca “ley”) lo que hace es subsumir, encajar el fenómeno que se trata
de explicar en un patrón de uniformidades (leyes) y mostrar que era de
esperar que se produjera tal hecho, dadas esas leyes y esas condiciones
concretas.
Por ejemplo, las leyes económicas de la oferta y la demanda, más
algunas circunstancias particulares atinentes a la falta de créditos para la

86
compra de viviendas, podrían servir como explicación de una suba en el
valor de los alquileres. En síntesis, el esquema explicativo sería el
siguiente: dadas las leyes y las condiciones enunciadas (premisas),
deductivamente se sigue que debe producirse el explicandum.

3.5. Explicaciones probabilísticas


Éste es un modelo explicativo estadístico-inductivo; vale decir, no
posee una forma deductiva, dado que sus premisas explicativas no
implican formalmente el hecho a explicar. Por lo tanto, la relación entre
las primeras y el explicandum no estará dada por la necesidad sino por
la probabilidad, pues las leyes que operan como punto de partida no son
de forma universal, sino probabilística, estadística.
En una explicación probabilística, entonces, partiendo de premisas
explicativas que contienen un supuesto estadístico acerca de algunas
clases de elementos, se in ere inductivamente el explicandum como
caso particular de esa clase.
En ambos casos, tanto en la explicación deductiva como en la
inductiva, el hecho en cuestión se explica por referencia a otros con los
que está conectado por medio de leyes. Pero, mientras en el primero las
leyes se suponen de forma universal y la inferencia necesaria, en el
segundo las leyes son estadísticas y la inferencia probable.
Ahora bien, ¿el conocimiento cientí co, en su sentido más amplio, se
agota en estos preceptos metodológicos de explicación? ¿Qué idea de
ciencia conlleva este modelo? Y, además, ¿vale para el quehacer de las
ciencias sociales? Al haber ya allanado y analizado el sentido del
concepto de explicación es posible, entonces, responder estas preguntas.
Un poco antes de abordar el tema del signi cado de las explicaciones
cientí cas, se denominó “concepción naturalista” a la visión
explicativista de la ciencia. ¿Por qué naturalista? Evidentemente, porque
concibe la ciencia toda, incluidas las sociales, desde la óptica del
proceder de las naturales. No hay ninguna diferencia –sostienen– entre
los objetivos de unas y otras. El modo de acceso categorial y conceptual
al mundo físico servirá también para explicar el sentido del mundo
social. No hay brechas ni discontinuidades en la ciencia. Se tratará en
ella de apuntar al núcleo de la realidad, sea ésta social o natural, para
poder “explicarla”; vale decir, para lograr dar cuenta de los hechos
particulares a partir de leyes.

87
Así, dentro de este paradigma epistemológico, el reconocimiento de la
existencia de una debilidad inherente a las ciencias sociales en cuanto al
seguimiento de ese esquema de conocimiento no constituye una
objeción importante. En tal caso, la debilidad cientí ca de las ciencias
sociales residiría en la debilidad epistemológica de las leyes alegadas o
admitidas por ellas para la explicación. Pero de ningún modo se
concede especi cidad alguna para el quehacer de esas disciplinas; por el
contrario, se sigue a rmando que las ciencias constituyen un conjunto
continuo, homogéneo y unitario, guiado por su poder explicativo.
Evidentemente, el dé cit de la visión naturalista incluye una amplia
gama de elementos a tener en cuenta. Entre ellos, éstos serían los más
relevantes:
En primer lugar, esta posición, basada en la prioridad
epistemológica de la explicación y de las ciencias naturales, no toma en
cuenta la forma en que la realidad social se constituye y se mantiene.
Homologa el mundo social al físico, y entiende al primero como una
estructura invariante en la que es posible encontrar regularidades
empíricas, mientras que una versión más adecuada de la labor del
cientí co social debería prestar atención al carácter simbólico de la vida
humana y a los horizontes de sentido que la constituyen. O, dicho de
otro modo, las ciencias sociales no pueden dejar de lado el mundo de la
vida cotidiana, ese entramado de signi cados compartidos en el que
vivimos y que ponemos en juego al hacer ciencia.
En segundo término, también es objetable en la visión naturalista de
la ciencia el supuesto –ya criticado anteriormente– de la objetividad.
Parece que, según el modelo de conocimiento operante en la idea de
explicación, se tratara de que el cientí co adopte el punto de vista de un
observador neutral, desinteresado. Cuando, como se explicó en más de
una oportunidad, sólo podemos conocer “desde” nuestro vínculo con un
horizonte intersubjetivo previo de sentido, en el que estamos instalados.
Finalmente, es esa imposibilidad de una distanciación objetivadora
absoluta lo que se pone de mani esto, de un modo más evidente aun, en
las ciencias sociales. Y esa ligazón o vínculo –anterior a todo frente a
frente entre sujeto y objeto– es el sustrato ontológico desde el cual las
ciencias sociales reclaman para sí un elemento de especi cidad y una
dimensión epistemológica propia: la comprensión. Así, la posición
naturalista no sólo desconocería las particularidades histórico-

88
lingüísticas del mundo social y la imposibilidad de subsumir
objetivamente sus hechos bajo leyes, sino que además ocultaría la
dimensión “comprensiva” que subyace al conocimiento.
¿De qué se trata ese suelo de “comprensión”, desde el cual algunos
ponen el acento en la especi cidad irreductible de las ciencias sociales?
Para ello hay que indagar en la visión hermenéutica o comprensivista.39

3.6. La especi icidad de las ciencias sociales y la


comprensión
La posición comprensivista a rma la existencia de un hiato
epistemológico entre las ciencias naturales y las sociales, reivindicando
para estas últimas una especi cidad irreductible. Sería totalmente
descabellado y erróneo –sostienen– concebir la labor del cientí co
social desde los preceptos metodológicos atinentes al modo de acceso al
mundo físico-matemático. Así, no habría, como creían los naturalistas,
una continuidad, sino más bien una radical discontinuidad en las
ciencias. En síntesis, es una visión dualista del conocimiento cientí co
(aunque esto sólo valdría para posiciones hermenéuticas como las de
Wilhelm Dilthey, por ejemplo, y no ya para otras más actuales como las
de Martin Heidegger [1889-1976] o Hans-Georg Gadamer [1900]).40
El punto de partida tomado por los hermeneutas para defender una
dimensión epistemológica propia para las ciencias sociales es la
presencia ineludible en ellas de una experiencia lógicamente anterior a
toda posible objetivación: la pertenencia. Ésta alude al vínculo
inexorable entre el que conoce y un entramado u horizonte de
signi caciones previas, en el que vive y desde el cual da sentido a las
cosas. Mientras la objetividad señala esa distancia entre sujeto y objeto
que hace posible la adopción del punto de vista de un observador
neutral, la pertenencia apunta a una relación inescindible entre un
intérprete y el horizonte de sentido (mundo) al que “pertenece”. Y es allí,
en esa ligazón o vínculo, donde se sustentaría la especi cidad de las
ciencias sociales; pues el cientí co social está ya siempre involucrado,
autoimplicado en su objeto de estudio: el mundo social. Por lo tanto,
aquello que prioritariamente el investigador en ciencias sociales debe
atender es justamente a esa red de signi caciones que constituye el
mundo de la vida cotidiana, la realidad social. Sólo que no cabría ya
hablar de ella en términos de una estructura invariante susceptible de
ser “explicada” según leyes universales. Más bien, podría decirse que el

89
conocimiento inherente a las ciencias sociales es, entonces,
“comprensión”.
¿Y qué signi ca “comprensión”? En primer lugar, que en el acto de
conocer hay una base de vinculación o circularidad entre el que conoce
(el intérprete) y un horizonte previo de sentido (mundo). Y de esto se
sigue que conocer no será ya subsumir –desde la objetividad– hechos
particulares bajo leyes universales, sino lograr una fusión entre ese
entramado de signi cados y el horizonte situacional propio del
intérprete. En otras palabras, el conocimiento, entendido como
comprensión, alude al momento no metodológico y previo a toda
objetividad: el de la pertenencia, el del vínculo entre el hombre y un
conjunto de signi cados a partir de los cuales se conoce y se vive.

VERSION VERSION
NATURALISTA COMPRENSIVISTA
-Unidad y -Dualidad y
continuidad de la discontinuidad
ciencia -Especi cidad de las
-Reducción de las ciencias sociales
ciencias sociales a las -Punto de partida:
naturales Pertenencia
-Punto de partida: -Conocer: fusión entre
objetividad un horizonte previo de
-Conocer: subsumir sentido y un intérprete
hechos particulares
bajo leyes universales

Para sintetizar los aspectos principales de estas dos versiones


contrapuestas acerca de las ciencias sociales puede realizarse el siguiente
cuadro:
Finalmente, y a modo de cierre de este trabajo, resultará conveniente
extraer algunas conclusiones a tener en cuenta:
1. Ambas visiones, en su sentido puro o extremo, contienen posiciones
muy reduccionistas y simplistas. Si la versión naturalista de las ciencias
sociales puede ser criticada por su homologación de lo social a lo
natural, por su pretensión de objetividad y por su olvido de la

90
dimensión comprensiva del conocimiento, también es susceptible de
recibir objeciones la posición contraria. Así, los comprensivistas
plantean un hiato, una discontinuidad muy abismal entre ambos tipos
de disciplinas. Además, el hincapié puesto de modo casi exclusivo en el
momento de la pertenencia deja ausente del conocimiento su dimensión
crítica (la circularidad señalada entre el intérprete y su mundo parece
hacer imposible toda toma de distancia crítica). Por lo tanto, si bien es
atinado reclamar un grado de especi cidad para las ciencias sociales, a
partir del reconocimiento de la dimensión comprensiva del
conocimiento, sería exagerado pretender separar tan tajantemente
“explicación” y “comprensión”.
2. De lo anterior, puede concluirse que –como suele suceder en
muchas ocasiones– quizá la visión más adecuada se halle en una síntesis
que complemente ambas posturas. Una posición así evitaría caer tanto
en reduccionismos como en dualismos extremos. De este modo, se
dejarían de lado las pretensiones de exclusivismo y de postura
ontológica fundamental que los dos extremos se arrogan. Sin embargo,
el lector podrá preguntar, lícitamente, si es posible tal complementación.
Particularmente, y tomando en cuenta los desarrollos conceptuales de
unos cuantos pensadores actuales, considero que sí.41
Una visión sintética, que haga justicia tanto a la dimensión explicativa
como a la comprensiva de todo conocimiento, debería comenzar
aceptando que la comprensión envuelve a la explicación. Pues el
momento de la pertenencia del intérprete a un horizonte previo de
signi cados siempre la precede, la acompaña y la clausura. Ya ha sido
dicho, anteriormente, que la experiencia de un vínculo inexorable entre
el que conoce y un conjunto de signi cados vitales es ontológicamente
más originaria que cualquier toma de distancia objetivante. Pero en
compensación, también debería decirse que la explicación desarrolla
analíticamente a la comprensión. Y este desarrollo es necesario a la luz
de los requisitos de fundamentación y de criticidad que incumben a la
ciencia. Por lo cual, explicar y comprender –a n de cuentas– aludirían
respectivamente a los momentos metodológico y no metodológico de la
búsqueda del conocimiento.
Tal visión de las ciencias sociales, que se apoyara en la relación
dialéctica entre explicación y comprensión, lograría –sin recluirse en un
perimido romanticismo– superar ese error tan común en la actualidad
del que se hablaba al comienzo: el de reducir e identi car la verdad con

91
el método. Puesto que, tal como a rmaba el epígrafe con el que se abrió
el trabajo:
“La verdad nos es accesible sólo como se nos presenta en la
experiencia, la cual es de por sí abierta e inconclusa”.42

¿HIPÓTESIS CIENTÍFICAS EXENTAS DE


IDEOLOGÍA?
Su última hambruna terrible la padeció [la
India] en 1943, cuatro años antes de
independizarse de Inglaterra. Aunque en 1967,
1973, 1979 y 1983, a resultas de desastres
naturales, disminuyó drásticamente la cantidad de
alimento disponible, se logró, con todo, evitar las
hambres haciendo que los sectores de la población
más amenazados recuperasen el poder adquisitivo
que el desempleo les quitara.
Paliar el peligro de hambre por medio de
programas laborales que proporcionen ingresos a
los necesitados se diferencia de la común práctica
de congregar a la gente en campos de refugiados y
tratar sólo de mantenerla. Este enfoque, adoptado
en África, suele retardar más la solución y puede
imponer a los funcionarios gubernamentales una
insoportable tarea organizativa. Además, el
hacinamiento en campamentos, lejos del hogar,
interrumpe la actividad productiva normal de
laboreo del campo y atención a los rebaños, lo que
socava a su vez la producción futura. Esas
concentraciones pueden también dar al traste con
la vida familiar. Un último, pero no menor,
inconveniente es que los campos de refugiados se
convierten, a menudo, en terreno abonado para la
propagación de enfermedades contagiosas.
En cambio, el pagar con dinero contante a
quienes se emplea en obras públicas no pone en
peligro el bienestar económico y social de los así
ayudados, contribuye a aumentar la producción y
a fortalecer los mecanismos de mercado existentes

92
e impulsa la e cacia del comercio y del transporte.
Esta forma de proceder refuerza la infraestructura
económica, no la debilita.
Inevitablemente, las medidas scales
bene ciosas están en estrecha relación con la
política. Aunque el método de los trabajos
públicos depende del mercado, no es un sistema
de libre mercado. Requiere que intervenga el
gobierno ofreciendo empleo. También puede ser
conveniente la propiedad pública de unas reservas
siquiera mínimas de alimentos. Estos almacenajes
harán creíbles las amenazas del gobierno en el
caso de que los especuladores intenten manipular
el mercado: si los comerciantes retienen
arti ciosamente los víveres esforzándose por subir
sus precios, el gobierno podrá responderles
inundando el mercado para hundir precios y
ganancias.
El hambre es evitable si el gobierno tiene el
incentivo necesario para actuar a tiempo. Es
signi cativo que ningún país democrático con
una prensa relativamente libre haya padecido
jamás una hambruna. [...] Y esta generalización
vale tanto para las democracias pobres como para
las ricas. Una hambruna puede azotar a millones
de personas, pero rara vez alcanza a los dirigentes.
Si éstos han de procurar que se les reelija y la
prensa es libre para informar sobre la plaga de
hambre y para criticar las medidas políticas, existe
ahí un incentivo para que los gobernantes
emprendan acciones preventivas. En la India, por
ejemplo, la hambruna cesó con la independencia.
Un sistema democrático pluripartidista y una
prensa relativamente libre hicieron obligatoria la
actuación del gobierno.
En cambio, aunque la China posrevolucionaria
ha logrado mucho más éxito que la India en
cuanto a expansión económica y a sanidad, no ha

93
conseguido librarse de las hambrunas. Una de
ellas ocurrió entre 1958 y 1961, tras el fracaso del
plan agrícola del Gran Salto Adelante. La falta de
oposición política y de prensa libre posibilitó que
el desastroso programa continuara vigente tres
años más y, a consecuencia de ello, la muerte se
cobró un tributo de entre veintitrés y treinta
millones de seres humanos.
Muchos países del África subsahariana, entre
otros Somalía, Etiopía y Sudán, han pagado muy
caros los gobiernos militares. Los con ictos y las
guerras conducen al hambre no sólo porque son
económicamente ruinosos sino también porque
propician la dictadura y la censura. Países
subsaharianos relativamente democráticos, tales
como Botsuana y Zimbabue, han sido, en general,
capaces de precaverse contra el hambre.
Desde luego que hasta un país pobre no
democrático puede evitar la hambruna por pura
suerte: si no sobreviene ninguna crisis o si un
déspota benévolo adopta medidas e cientes para
aliviar a los hambrientos. Pero la democracia es
una garantía más e caz de que se actuará cuando
haga falta.
(Amartya Sen, “La vida y la muerte como
indicadores económicos”, cit.)

36 Ésta es la posición que luego se verá como visión naturalista o explicativista de las ciencias
sociales; en contraposición a la visión hermenéutica o comprensivista.
37 Aunque para un tratamiento más amplio de este tema puede consultarse el siguiente texto: R.
Bernstein, La reestructuración de la teoría social y política, México, fce, 1983, trad. de E.L. Suárez.
38 Esta temática del carácter interpretativo del conocimiento se relaciona con la visión
hermenéutica o comprensivista de las ciencias sociales. Cf. la última sección del capítulo.
39 Para un desarrollo más completo de las posibles críticas a la visión naturalista, Cf. R. Bernstein,
ob. cit., cap. i.
40 En general, a partir de la obra de Heidegger, se ha conseguido superar ese dualismo
hermenéutico sostenido por Dilthey. Por ejemplo, en la hermenéutica losó ca iniciada por
Gadamer en Verdad y método.
41 Un ejemplo concreto de intento de síntesis entre una visión naturalista y una comprensivista –
aunque desde una perspectiva fudamentalmente hermenéutica– puede hallarse en el pensador
francés Paul Ricoeur (1913-2005).

94
42 L. Pareyson, en G. Vattimo. (comp.), Hermenéutica y racionalidad, Bogotá, Norma, 1994, p. 19.

95
IV. TECNOLOGÍAS DE LAS CIENCIAS
NATURALES Y SOCIALES
Vemos que la tecnología y el estilo de vida se imbrincan
en un estado de interdependencia simbiótica. La primera
ofrece oportunidades, y, cuando éstas se materializan, se
advierte a la persona dependiente de la tecnología. Las
tecnologías engendran un ser multifacético y polimorfo
que medra gracias a la incoherencia, arrobado por los
medios que le permiten dar expresión a su capacidad
proteica. Ingresamos en la era de los sistemas
tecnopersonales.
Kenneth Gergen, El yo saturado

96
4. FILOSOFÍA DE LA TECNOLOGÍA
Esther Díaz

La verdadera racionalidad es la lucha


contra la racionalización
Edgard Morin, Ciencia con conciencia

¿Existe una losofía de la tecnología? Si se entiende por ello la


re exión del tema desde la losofía, sí. La losofía, desde su origen
griego, pensó la técnica. Pero si se entiende, en cambio, una disciplina
losó ca con per l propio y, por consiguiente, con cierta autonomía –
como la ética, la estética o la epistemología– no. La losofía de la técnica
es una rama de la losofía en proceso de formación. No cuenta aún con
un corpus propio de ideas, conceptos, bibliografía, instituciones, eventos
académicos y difusión como para haber adquirido autonomía en el
campo de la re exión. Todavía es subsidiaria de la epistemología, una
especie de apéndice de ésta.
En ciertos aspectos, el término griego tekhné (τε´χνη) denota los
mismos referentes que sus traducciones contemporáneas: técnica es un
medio para alcanzar un n, es un hacer del hombre, es transformar la
realidad. Estas determinaciones se copertenecen entre sí. Pues poner
nes, disponer medios para lograrlos y, en función de ello, transformar
la realidad es una actividad humana. A la técnica le compete el elaborar
y utilizar instrumentos, aparatos y máquinas. Y usarlos. Así como
transformar o preservar ciertos procesos. Se transforma la naturaleza
cuando se logra hacer fuego de manera arti cial. Se conservan procesos
cuando se logran técnicas para que ese fuego permanezca encendido.
Desde el punto de vista de la técnica como medio, como hacer y como
transformación la técnica se pensó y se sigue pensando losó camente.
Pero hay otro aspecto que merece ser pensado. Se trata de la técnica
como reveladora del modo de ser de una cultura. Los útiles, las
artesanías, los aparatos y todas las producciones de una cultura
muestran la manera en que esa cultura se relaciona con el mundo. Y, en

97
este sentido, muestran lo que es primordialmente valioso para ella. Una
cultura guerrera es rica en tecnología agresiva; una religiosa, en
ornamentos con valor espiritual; una consumista, en aparatos efímeros,
y así sucesivamente.
Edmund Husserl (1859-1938), Martin Heidegger, la Escuela de
Francfort, Jürgen Habermas (1929) y otros teóricos contemporáneos
han pensado y piensan la problemática de la técnica en relación con la
cultura que la produce. Y, en un sentido más restrictivo e instrumental,
la han pensado también los defensores de la neutralidad ética de la
ciencia, tales como Karl Popper y Mario Bunge (1919). “Restrictivo”
porque sólo piensan la técnica como ciencia aplicada. Pero también
“instrumental” porque intentan medirla y formalizarla, sin considerar
sus profundas connotaciones humanas.
Últimamente existe una voluntad de construir una losofía de la
técnica. Tal voluntad está encarnada en un grupo de pensadores, entre
los cuales se destaca el español Miguel Ángel Quintanilla (1945). Pero,
en este caso, se accede a la re exión sobre la técnica de una manera más
técnica que losó ca. Es decir, por medio de clasi caciones, mediciones
y formalizaciones. Baste con decir que Quintanilla, que es un
neorracionalista popperiano, le agradece a Mario Bunge que le haya
abierto el campo para losofar sobre la técnica.

i. INVESTIGACIÓN BÁSICA E INVESTIGACIÓN


TECNOLÓGICA
El término “técnica”, en primera instancia, re ere a un conjunto de
procedimientos que se siguen para obtener una nalidad. En este
sentido la técnica es un medio para obtener un n. La pala es un medio
para hacer un pozo. Un equipo de audio es un medio para reproducir
sonidos. Además, “técnica” re ere a la habilidad para utilizar los medios
técnicos. Se habla entonces de la técnica de los boqueteros o de los
expertos en audio. Se sigue tratando de medios para conseguir objetivos.
Pero, en este caso, se hace hincapié en la capacidad de las personas que
instrumentan esos medios.
Otra perspectiva para analizar la técnica es de nirla por el tipo de
conocimiento al que responde. Es decir, la base teórica de la que derivan
las distintas técnicas. La base teórica para hacer un pozo es el
conocimiento de sentido común. Por el contrario, la base teórica del

98
equipo de audio es el conocimiento cientí co. Se suele denominar
técnica al primer caso. En el segundo, en cambio, se habla de tecnología.
Aunque el uso lingüístico ha impuesto que para referir a los productos
de la ciencia (ciencia aplicada) se diga indistintamente técnica o
tecnología.
Cuando se quiere especi car alguna tecnología, con nes de análisis,
en primer lugar se ubica la ciencia de la que deriva. Después, la
tecnología requerida para su aplicación. A continuación, la práctica
técnica que elabora productos. Y nalmente, los productos mismos. Un
ejemplo sería la física teórica, como ciencia básica. De ella se pueden
derivar ingenierías físicas (tecnologías). En el ámbito de esta tecnología
se pueden elaborar proyectos concretos, que se instrumentan en una
práctica técnica. En esa práctica se fabrican productos, tales como
puentes, tractores o equipos de audio. A pesar de estas diferencias, es
bastante común que, con excepción de la investigación tecnológica
básica, se denomine “técnica” o “tecnología” a los demás estadios del
proceso: proyectos con nes de aplicación, procesos de fabricación y
productos terminados.
Resumiendo, entonces, se puede decir que llamamos técnica a la
transformación de elementos o procesos naturales o sociales cuando
esta transformación deriva del conocimiento común. Y tecnología (y
también técnica), a la transformación de elementos o procesos naturales
o sociales cuando tienen por base teórica el conocimiento cientí co.
Ejemplo de técnica de sentido común sobre elementos naturales:
cocinar un pollo; y sobre procesos sociales: enseñarle convenciones de
cortesía a un niño. Ejemplo de tecnología (o técnica) como ciencia
aplicada sobre elementos naturales: hacer un reactor atómico; y sobre
elementos sociales: aplicar un plan de racionalización económica.
La investigación básica es la investigación original llevada a cabo para
alcanzar nuevos conocimientos. En principio no está dirigida hacia
ningún otro n que no sea el conocimiento por el conocimiento mismo.
Se supone que la investigación básica no tiene en cuenta ninguna
aplicación posible de lo que se propone investigar.
La investigación básica puede ser “pura” u “orientada”. La investigación
básica pura se hace al arbitrio del cientí co individual. Puede ser
subsidiada o no. Pero lo importante es que el investigador elige su tema
libremente y sin intención (al menos por el momento) de convertir el
conocimiento obtenido en tecnología.

99
Por su parte, la investigación básica orientada está encaminada en
forma general hacia algún campo de interés particular señalado por la
institución que nancia el proyecto. En esta etapa (al menos por el
momento) no existe tampoco el imperativo de aplicar el conocimiento a
determinadas tecnologías.
La investigación aplicada representa otra instancia del desarrollo
cientí co. Es también investigación original llevada a cabo para adquirir
nuevo conocimiento técnico o cientí co. Sin embargo, está dirigida
principalmente hacia un objetivo práctico. En ella no se instrumenta
tecnología, es decir, no se fabrican aparatos ni se elaboran técnicas
sociales. Pero se los plani ca, se los diseña, se los proyecta.
Por último, el desarrollo tecnológico o experimental es el uso del
conocimiento cientí co para producir materiales, diseños, productos,
procesos, sistemas, servicios nuevos o mejoramiento de los ya
existentes. En esta etapa se produce tecnología.
Veamos un ejemplo. Un prestigioso cientí co social se ha dedicado, de
manera independiente, al estudio del fenómeno del desempleo en
distintas épocas y lugares. A partir de sus investigaciones ha elaborado
teorías originales en relación con los desencadenantes posibles de crisis
económico-sociales de ese tipo, sin intención de aplicar estas teorías a
ningún contexto (al menos por el momento). Esto correspondería a la
investigación básica pura.
El gobierno de un país decide subsidiar un equipo de investigación
orientado al análisis del desempleo. Contrata entonces al cientí co antes
citado para que dirija la investigación que (al menos por el momento)
no se hace con intenciones de ser aplicada. He aquí un caso de
investigación básica orientada.
Una vez que la investigación orientada ha llegado a ciertas
conclusiones respecto de las causas del desempleo, el gobierno decide
volver a contratar al cientí co y a un equipo de cientí co-técnicos para
que elaboren posibles soluciones al problema del desempleo. Esta
instancia se produce entonces dentro del ámbito de la investigación
aplicada porque tiene un n práctico.
Finalmente, se trata de instrumentar los medios para lograr la
nalidad u objetivo práctico especí co que, en nuestro ejemplo, sería
reducir la tasa de desocupación. En esta etapa de práctica técnica, no es
indispensable emplear al investigador que elaboró las soluciones. Los
técnicos debidamente adiestrados pueden implementar los medios

100
propuestos, tales como creación de fuentes de trabajo comunitario,
promoción de pequeñas empresas, capacitación para tareas especí cas o
cualquier otra tecnología social propuesta por la investigación.
A continuación se ofrece un esquema del desarrollo cientí co:
(Tomado de Stewart Richards, Filosofía y sociología de la ciencia,
México, Siglo xxi, 1983, pp. 133-135.)

ii. VALIDACIÓN TECNOLÓGICA


La modernidad creyó que el conocimiento cientí co debía ser
validado por fundamentos a priori. Es decir, independientes de la

101
experiencia, necesarios y universales. El más profundo intento de
validar ese conocimiento fue La crítica de la razón pura, de Immanuel
Kant. Durante el siglo xx los intentos de validación fueron de un alcance
mucho menor, pero no menos afanosos. Los epistemólogos defensores
de la ciencia positiva intentaron validar lógicamente la estructura de los
métodos. Pero fue en vano.
Karl Popper tomó distancia de empiristas y positivistas lógicos. Para
diferenciarse de ellos se proclamó racionalista crítico. Inventó incluso
una validación lógica para el fracaso cientí co (el falsacionismo). Pero
nadie logró validar el conocimiento de la ciencia. Y Popper sólo pudo
validar el desconocimiento.
Ahora se quiere validar la técnica. El telón de fondo es el mismo: la
búsqueda de la racionalidad cientí ca como aval de la práctica
cientí ca. Se alega que la razón única, universal y necesaria ilumina la
verdad de la ciencia. Esa verdad, a su vez, está garantizada por la
autonomía, la neutralidad y la independencia de los seres humanos
comprometidos con el hecho cientí co, es decir, la comunidad
cientí ca. Esta aspiración tiene casi trescientos años de antigüedad.
Desde el siglo xviii se creyó que no sólo la ciencia sino también la moral
y la política se legitimarían por medio de argumentos racionales que se
pretendían absolutos y por lo tanto ahistóricos.
Pero hacia mediados del siglo xx esos metadiscursos comienzan a
perder credibilidad. Denomino “metadiscursos” a aquellos que
pretenden colocarse más allá de las prácticas concretas de los sujetos, y
hablan de “verdad absoluta”, “razón universal”, “objetividad”. La crisis no
sólo se sintió en la ciencia sino también en la ética y en la política.
También ellas pretendían legitimarse por medio de la razón universal.
Las tres siguen en crisis.
Ahora bien, en el caso de la ciencia el con icto muestra dos aspectos.
Por un lado, el surgimiento de nuevos saberes cientí cos que no
responden a leyes deterministas y el surgimiento de incertidumbres y
anomalías como parámetros cientí cos, incluso dentro de la propia
física. Y, por otro lado, la con rmación de que los productos cientí cos
no sólo traen aparejado bienestar sino también desequilibrios. El primer
problema es interno a las disciplinas cientí cas, atañe al modo de
conocer. El segundo, externo, tiene que ver con la sociedad. Pero ambos
se tocan en un punto: la tecnología.
El con icto externo se origina en la comprobación de que la ciencia, a

102
partir de sus aplicaciones tecnológicas, produce salud, confort,
excelencias; pero también destrucción. El otro con icto, no por ser
interno a la ciencia es menos complicado (aunque sí menos dramático).
Se registra a partir de los avances en termodinámica, mecánica cuántica,
biología evolucionista y molecular, teorías de los juegos, del caos y del
azar y multiplicidad de ciencias sociales que ponen en jaque los
principios mismos de la racionalidad cientí ca moderna. A ello debe
sumarse un viejo problema lógico-gnoseológico que sigue sin solución:
la falta de validación de las teorías.
Este último problema teórico se agudiza con la irrupción de nuevas
disciplinas que, aunque sólidas en sí mismas, no pueden ser justi cadas
por un único discurso que las incluya a todas. Las ciencias posmodernas
juegan cada una su propio juego. No pueden contribuir a la legitimación
de otros discursos, ni pueden ser legimitados por ellos. En teoría cada
ciencia se legitimaría a sí misma por su e cacia gnoseológica. Pero en la
práctica el respaldo proviene de la técnica. Pues sólo confrontándose
con la experiencia las teorías demuestran su e cacia, que cada vez más
es sinónimo de verdad.
Entonces el problema, ahora, no pasa por encontrar un discurso
abarcador, sino por encontrar un equilibrio respecto de las tecnologías.
La pertinencia propia de la técnica es la e ciencia. La ciencia no sólo
necesita de esa e ciencia para sus aplicaciones, sino también para
constatar la verdad de sus enunciados. La técnica requiere fuertes
inversiones de dinero. En consecuencia, existe una relación directa entre
inversión de capitales en tecnología y posibilidad teórica de acceso a la
verdad.
Se establece de ese modo un dispositivo en el que interactúan riqueza,
e ciencia y verdad. La técnica ocupa –hoy– el lugar que antes ocupaban
los discursos racionales abarcadores, pero en otro sentido. Esos
discursos intentaban legitimar según una legalidad formal universal. En
cambio, la técnica legitima “de hecho”, mediante la e ciencia de sus
aplicaciones. Lo que no logró el discurso de la racionalización cientí ca,
lo logró la técnica. Obtuvo una validación universal, aunque no es la
pretendida universalidad formal de los racionalistas cientí cos. Se trata
de algo mucho más contundente, de la efectividad. La Cenicienta
moderna del relato cientí co, la técnica, es princesa en la
posmodernidad, logró globalizarse.
Quienes invierten en investigación cientí ca –los gobiernos y las

103
multinacionales– exigen dividendos efectivos en el menor tiempo
posible. No obstante, se debe admitir que la libertad en investigación
básica sigue vigente. Aunque, según los expertos, en el mundo existe
sólo un diez por ciento de ese tipo de investigación.43
La ciencia, en los inicios de la modernidad, comenzó a librar una dura
batalla contra el dogmatismo. Salió victoriosa. Hoy se enfrenta a su hija:
la tecnología. Cabe entonces preguntarse: la ciencia, generadora de
tecnología, ¿puede abstraerse del poder tecnológico? La ciencia, que
necesita de la técnica para poner a prueba sus hipótesis, ¿puede
desentenderse de quienes invierten en tecnologías? Y una última
pregunta: ¿sigue siendo la ciencia la administradora de la verdad? El
conocimiento cientí co ¿continúa siendo el garante de los discursos
verdaderos?
Indudablemente el discurso cientí co sigue teniendo credibilidad
merecida. Pero la relación entre conocimiento cientí co y tecnología
ofrece nuevas complicaciones. Tanto los logros de las aplicaciones
cientí cas como las críticas a éstos adquieren fuerza pública y, por lo
tanto, poder, en la medida en que logran ser difundidos a través de los
medios masivos de comunicación. La promoción de los medios facilita
asimismo subsidios para la investigación y reconocimiento social. Ésta
es una de las más recientes vinculaciones públicas entre la ciencia y la
técnica.
Aunque la tecnología, más que un producto del desarrollo cientí co,
es un elemento indispensable en el dispositivo cientí co, el cual sería
impensable sin tecnología. Por lo tanto, más que dividir, conviene
integrar. Tal vez lo más atinado sería dejar de hablar de ciencia por un
lado y tecnología por otro, y comenzar a referirse al proceso
tecnocientí co o la tecnociencia, sin más.

iii. LA TECNOLOGÍA EN CIENCIAS SOCIALES


En principio, las ciencias sociales responderían a las generales de la
consigna epistemológica que dictamina que la tecnología es ciencia
aplicada. A modo de ejemplo esquemático se podría decir, entonces, que
un economista que analiza el desarrollo de los mercados internacionales
y que enuncia leyes para explicar su funcionamiento está haciendo
investigación básica. Siempre y cuando no exista intención
predeterminada de aplicar esos análisis a la realidad. En cambio, si ese

104
mismo economista es contratado por un gobierno para instrumentar
medios de desarrollo comercial, en función de sus estudios y análisis,
está en el campo de la investigación aplicada, por lo tanto, de la
tecnología.
En ciencias económicas, además, existen disciplinas que son en sí
mismas tecnológicas: la contabilidad y la administración. Los
procedimientos contables y administrativos son técnicas al servicio de la
e cacia de las empresas, o de los aspectos económicos de las distintas
instituciones. Y, por supuesto, se fundamentan en el conocimiento
cientí co.
Pero los demás ámbitos de las ciencias económicas están cada vez más
exigidos de tecnología. No sólo de tecnologías provenientes de su propio
campo, tal como la contabilidad y la administración, sino de otros,
como las estadísticas, las probabilidades y la informática. Esto podría
hacerse extensivo a todas las disciplinas cientí cas. Y se lo puede
denominar “el avance tecnocrático”, cuyos bene cios disfruta la mayor
parte de la población mundial. Pero al que tal vez se le pueda objetar
que está perdiendo la visión de lo humano (aunque esté diseñado por
seres humanos). Esto forma parte de lo que ha dado en denominarse
“previsión tecnológica”.
Cuando en un sistema administrativo o gubernamental se desestiman
la solidaridad y la justicia en nombre de la “e cacia del sistema”, se asiste
a un proceso tecnocrático. La tecnocracia es una forma social por medio
de la cual una comunidad basada en el consumo alcanza la cumbre de
su integración organizativa mediante el control de los medios, sin
atender otros nes que no sean la e ciencia económica. La tecnocracia
es el ideal de los ejecutivos y de los funcionarios cuando piensan en
poner al día, plani car, racionalizar. Las exigencias tecnocráticas dejan
fuera de carrera tanto a quienes no alcanzaron su ciente excelencia
técnica como a los políticamente idealistas.
Los expertos se encargan de los problemas vistos en gran escala. Los
problemas individuales de los sujetos concretos son, para ellos, sólo una
ilusión. En nuestro país, los tecnócratas son preferentemente egresados
de Harvard, Cambridge o alguno de sus pocos y exclusivos equivalentes.
Alrededor de ellos se extiende el círculo de auxiliares que disfrutan del
prestigio de sus directivos. Ellos suelen asumir una in uencia autoritaria
sobre aspectos más personalizados de la vida humana, tales como
educación, sexualidad, salud o esparcimiento, aunque sin perder de vista

105
que todo debe solucionarse técnicamente. Todo está sujeto a tratamiento
profesional. La tecnocracia es el régimen de los expertos o de aquellos
que tienen su ciente dinero y poder como para contratar expertos.
En inglés existe una expresión para estos “tanques del pensar”: think-
tank. Para ellos, todo lo existente se puede englobar en una buena
plani cación social. Los ciudadanos, inermes ante tanta plani cación
racionalizante, sienten la necesidad de traspasar sus propias
responsabilidades a aquellos técnicos que, se supone, conocen más. En
una sociedad tecnocrática, los que gobiernan se justi can porque se
remiten a los técnicos. Éstos, a su vez, se justi can porque se remiten a
formas cientí co-racionales de pensar. En la reforma del Estado llevada
a cabo últimamente en la Argentina, cada vez que se producen despidos
masivos de personal se apela a la palabra mágica surgida del núcleo
mismo del conocimiento cientí co: racionalizar.
La tecnocracia es el producto maduro del progreso cientí co y su
pretendida neutralidad moral. Si algo implica racionalidad cientí ca, se
justi ca. Los problemas personales de los sujetos son contingencias que
enturbian la visión estructural. Esto permite eludir todas las categorías
políticas tradicionales. Además, la tecnocracia, por su asepsia ética,
propia de lo cientí co-tecnológico, traspasa todas las fronteras
ideológicas. Es una especie de dictado transpolítico reclamado tanto por
las izquierdas como por los nuevos liberales y sus seguidores del Tercer
Mundo. Sólo se obedece a la e ciencia nanciero-comercial. En todos
los debates del mundo, la tecnocracia opera como árbitro capacitado y
neutral.
Cuando los tecnócratas, avalados obviamente por el poder político,
producen grandes éxitos económicos no tienen en cuenta el costo social
de alguno de esos éxitos. La ciencia, la técnica y la industria (hoy
informatizadas), que parecían los motores de un progreso garantizado,
revelan su rostro frío y negativo. No por cierto porque no se haya
progresado, ni tampoco porque la racionalidad cientí ca aplicada a la
economía no haya dado los más grandes dividendos que nunca un
hombre haya podido imaginar. Sino porque esa riqueza, que cada vez es
mayor, se concentra, cada vez más, en menos manos. El desarrollo
cientí co-tecnológico perdió la dimensión de los problemas humanos.
A continuación consideraremos una re exión sobre esta problemática,
en relación con el devenir de la economía, escrita por el cientí co social
Edgar Morin.

106
Hagamos una economía más humana
¿Y si la desocupación no pudiera ser absorbida ni mediante el
crecimiento ni mediante la reducción parcial del tiempo de trabajo? ¿Si
nos planteara el problema de las relaciones entre los progresos
descontrolados de la técnica y las perversiones de la competitividad, un
problema crucial de la sociedad?
¿Si la rebelión y la desmoralización juvenil revelaran un modo
extremo de descontento o de desmoralización generales? ¿Si las drogas,
cuyo éxtasis busca el adolescente, fueran una respuesta exasperada a la
angustia que el adulto calma mediante somníferos?
¿Y si las incontables degradaciones del medio ambiente fueran no
solamente la suma de contaminaciones locales sino el indicio de un
envenenamiento global de nuestra biosfera, tal vez mortal a largo plazo,
provocado por el desarrollo incontrolado de la industria?
Enfermos sociales
¿Y si la mayor parte de nuestras enfermedades, que atribuimos a dos
orígenes, psíquico y somático, tuvieran un tercer origen, social y de
civilización? A partir de allí, todos los males que consideramos
privados, las úlceras, los dolores de cabeza, los insomnios, las náuseas, la
depresión, y contra las cuales luchamos de manera privada, serían
indicadores de un malestar de civilización que crece, dado que el
consumo de psicotrópicos y antidepresivos, que se ha vuelto frenético,
se multiplicó por seis en veinticinco años, mientras se acrecienta la
atención psiquiátrica.
¿Y si la carrera hacia el crecimiento se corriera al precio de degradar la
calidad de vida? De hecho, las tasas de crecimiento son incapaces de dar
cuenta de los procesos de alteración de nuestras vidas. Peor aún: allí
donde la brújula política apunta al crecimiento, hay ceguera sobre el
estado mental, moral, y sobre el malestar en una civilización del
crecimiento. Surge una gran contradicción: el crecimiento que se volvió
indispensable para nuestras economías es insostenible a largo plazo para
nuestras existencias individuales, y también para la existencia de la
humanidad.
La ciencia, la técnica, la industria, que parecían ser los motores de un
progreso garantizado, revelaron su rostro sombrío y negativo. El
desarrollo suscitó y favoreció la formación de enormes máquinas
tecnoburocráticas, que por una parte dominan y aplastan todos los

107
problemas individuales, singulares, concretos, y por otra generan
irresponsabilidad.
La pérdida de responsabilidad y la pérdida de solidaridades llevan a la
degradación moral, dado que no hay sentido moral sin sentido de la
responsabilidad y de la solidaridad. Ya no es el capitalismo el único que
concentra en él el mal de nuestra civilización. Ese mal es una hidra de
muchas cabezas: la atomización, el anonimato, la mercantilización, la
degradación moral, el malestar, progresan de manera interdependiente y
constituyen entre todos ese mal.
De modo que es hora de elaborar una política de civilización donde la
solidaridad, la convivencia, la moralidad, la ecología, la calidad de vida,
dejen de ser percibidas por separado y sean concebidas en conjunto.
Política de solidaridad
Una política de solidaridad. Es cierto que el poder público no puede
producir solidaridad concreta, ella depende de los individuos. Pero
puede favorecer la puesta en práctica de buenas voluntades. Un
sociólogo sugirió experimentar “casas de solidaridad”, que se podrían
generalizar en las ciudades y barrios; implicarían un centro de recepción
para necesidades morales urgentes y un cuerpo de voluntarios y
profesionales permanentemente dispuestos para todas las necesidades
que no sean las policiales o de emergencia sanitaria.
En esta lógica, se podría disponer agentes solidarios en todas las
administraciones, en todos los lugares estratégicos donde los individuos
padecen la incomprensión y el anonimato. Al mismo tiempo, se podría
favorecer una economía de la solidaridad que prolongara bajo nuevas
formas la economía mutual.
Una política de calidad de vida tendría varios rubros. Uno, ecológico.
Ya se reconoce y necesita la creación de ecoempleos de protección del
medio ambiente y mantenimiento de los espacios naturales. Otro, el de
la convivencia. Una política de la convivencia crearía un fondo de ayuda
a las instituciones de convivencia: instalaciones de café concert,
karakoes de barrio, baños turcos, ampliación de las casas de la cultura a
espacios foros para debatir problemas locales y generales, creación de
empleos de asistencia que permitan humanizar las administraciones.
La gente quiere huir del estrés, de los problemas. Las jóvenes
generaciones ecologizadas, los desocupados, empiezan a abrir pequeñas
explotaciones biológicas, a retomar comercios abandonados, a instalar

108
talleres artesanales.
Correlativamente, las exigencias de calidad de vida y convivencia
crean una búsqueda de productos dietéticos, gastronómicos y
artesanales. Se podría alentar, entonces, la colonización de pueblos y
aldeas mediante una política de apoyo y protección que apunte a la
regeneración de la propiedad pequeña y mediana, dedicada a los
productos de calidad de granja, a reinstalar panaderos, almaceneros y
artesanos en las aldeas, a instalar jubilados y teletrabajadores.
Una política de civilización sería una respuesta directa a la
desocupación, integrando una gran cantidad de desocupados. Cierto es
que daría lugar a grandes gastos, pero también a grandes economías,
como la disminución de los enormes costos de los males de la
civilización, entre ellos la atención médica, que serían consecuencia del
desarrollo de la calidad de vida.
Si además hacemos una reforma de la enseñanza destinada a aprender
a contextualizar y globalizar las informaciones y conocimientos, la
reforma consiguiente del pensamiento permitiría evitar las cegueras del
pensamiento mutilador.
La política de la civilización no es incompatible sino complementaria
del desarrollo tecnoeconómico de las empresas que compiten en el
mercado internacional. El desarrollo de su competitividad podría
consagrarse al desarrollo de la economía con rostro humano.
Se trata de una tarea a largo plazo, de amplitud histórica. Tiene que
desarrollarse durante la década y prolongarse más allá. Esta política
llama a reconquistar el presente, regenerar el pasado y reconstruir el
futuro.44

SOCIEDADES TECNOCRÁTICAS Y CORTA


VIDA A LOS MARGINADOS
Como con frecuencia se ha advertido, dos
quintas partes de los habitantes del Harlem
neoyorquino viven en familias cuyos niveles de
renta están por debajo del umbral de la pobreza.
Es un dato estremecedor; pero resulta que ese
umbral, aun siendo muy bajo en el contexto de
Estados Unidos, es muchas veces la renta media
de una familia, digamos, de Bangladesh, aun

109
después de hacer las correcciones exigidas por las
diferencias de precios y de valor adquisitivo.
Desde algunos puntos de vista, las estadísticas de
mortalidad nos instruyen mejor acerca de cómo
comparar la pobreza en Harlem con la de
Bangladesh. Ya Colin McCord y Harold Freeman,
de la Universidad de Columbia, han hecho notar
que los hombres de raza negra que viven en
Harlem tienen menos probabilidad de llegar a los
65 años que los que viven en Bangladesh. Según
los datos, en torno a los 40 años, los hombres de
Harlem quedan por debajo de los de Bangladesh
en cuanto a la tasa de supervivencia. Estos
parangones cobran mayor relieve cuando se
estudian las situaciones de China y de Kerala,
economías pobres que se han esforzado mucho
más que Bangladesh en mejorar la salud y la
educación. Aunque China y Kerala tienen tasas
más altas de mortalidad infantil, las de
supervivencia para los varones adolescentes y
para los de más edad son, en ambos países,
superiores a las de Harlem. Que la mortalidad de
los varones en Harlem sea tan elevada se debe, en
parte, a las muertes que causa la violencia, rasgo
característico del cuadro de la miseria social en
Estados Unidos. Sin embargo, no es la violencia la
única causa del elevado índice de mortalidad que
se registra en ese distrito. En cuanto a la tasa de
supervivencia, las mujeres de Harlem quedan por
debajo de las de China y de las de Kerala a partir
de las edades de los 35 y los 30 años,
respectivamente.
Por lo demás, un problema parecido afecta a los
afroamericanos en general. Las tasas de
mortalidad infantil entre la población negra de
Estados Unidos son también inferiores a las de
China y de Kerala, pero, según vamos subiendo
por la escala de edades, los hombres y las mujeres

110
negros estadounidenses quedan por debajo de los
hombres y las mujeres de China y de Kerala en
términos de porcentajes de supervivencia. La
naturaleza y el alcance de la miseria entre los
afroamericanos no se interpretan bien cuando se
miden con el patrón de la renta. Según esta vara
de medir, en comparación con los
estadounidenses blancos los afroamericanos son
pobres, pero inmensamente más ricos que los
ciudadanos chinos y que los de Kerala. Por otra
parte, en términos de vida y muerte, los
estadounidenses afroamericanos tienen menos
probabilidades de sobrevivir hasta una edad
avanzada que las que tienen los habitantes de
algunos de los países más pobres del Tercer
Mundo.
Otro rasgo de desigualdad racial revelado por
los datos de la mortalidad es el de la relativa
privación en la que se hallan las mujeres
afroamericanas. En ciertos aspectos, las cosas les
van a ellas peor que a los varones negros. Las
diferencias entre la mortalidad de los blancos y la
de los negros, para las edades comprendidas entre
los 35 y los 54 años, resultan ser mucho mayores
para las mujeres negras que para los hombres
negros. Por descontado que las diferencias de
mortalidad entre blancos y negros están
relacionadas en parte con las diferencias entre sus
rentas, pero aun después de descontar éstas,
queda parte de aquéllas. Tratándose de las
mujeres negras, la mayoría de las diferencias de
mortalidad no pueden atribuirse en absoluto a las
diferencias de rentas.
Amartya Sen, “La vida y la muerte como
indicadores económicos”, cit.

43 Cf. S. Richards, Filosofía y sociología de la ciencia, México, Siglo xxi, 1983, pp. 111-158.
44 Extraído de Clarín, junio de 1995. Traducción de Marta Vasallo.

111
V. CORRIENTES EPISTEMOLÓGICAS
CONTEMPORÁNEAS
La filosofía de la ciencia sin historia de la
ciencia es vacía. La historia de la ciencia sin
filosofía de la ciencia es ciega.
Imre Lakatos,
La metodología de los programas
de investigación

112
5. LA EPISTEMOLOGÍA Y LO
ECONÓMICO-OCIAL: POPPER,
KUHN Y LAKATOS
Esther Díaz

El gozo más sustancial que puedo


lograr lo derivo de la percepción de los
argumentos lógicos.
John Maynard Keynes,
Correspondencia (1908)

La epistemología de las ciencias sociales, en varios aspectos, continúa


ligada a las epistemologías pensadas en función de las ciencias naturales.
No porque en ciencias sociales no existan desarrollos metodológicos
especí cos, sino porque el prestigio logrado por las ciencias naturales,
por un lado, y la in uencia de las epistemologías positivistas, por el otro,
gravitaron para que los análisis metodológicos sociales se instauren,
generalmente, a partir de la confrontación con las epistemologías de las
ciencias de la naturaleza. A continuación, se re exiona siguiendo esa
línea de análisis.

1. EL FALSACIONISMO EN LOS ESTUDIOS


ECONÓMICO-SOCIALES
Analizo aquí algunas implicancias de las epistemologías de Karl
Popper, omas Kuhn (1922-1996) e Imre Lakatos (1922-1974) en
relación con las disciplinas sociales. Popper es el único de los tres que
dedicó obras de cierta importancia a las ciencias sociales (aunque
obviamente pretendiendo reducirlas al método deductivo). En el caso de
Kuhn y de Lakatos no se registra un interés especial por este tipo de
ciencias, pero sus teorías acerca del accionar de la actividad cientí ca
suelen hacerse extensivas también a las disciplinas sociales.

113
Los grandes economistas-metodólogos del siglo xix consideraban que
los supuestos de sus teorías se obtenían de la introspección o de la
observación no sistemática de las conductas de las personas. Y, en este
sentido, estas hipótesis funcionaban como “verdades” independientes de
la experiencia, pero esas supuestas verdades tenían que ser puestas a
prueba empíricamente. Para ello, se derivaban consecuencias
observacionales desde las premisas con la intención de veri car las
hipótesis. Los decimonónicos eran veri cacionistas. A partir de
mediados de siglo xx, en cambio, el imperativo epistemológico deviene
falsacionista.
La riqueza de las naciones ( n del siglo xviii) de Adam Smith (1723-
1790) se puede tomar como la fecha de ingreso de la economía política
al campo de la ciencia. No, obviamente, porque con anterioridad a esta
fecha no haya habido re exión sobre las prácticas económicas, sino
porque dichas re exiones no se habían sistematizado ni organizado en
un corpus de ideas metódicas, que le permitiera a la economía ser una
ciencia independiente. De todos modos, los textos de los primeros
economistas no se re eren de manera rigurosa a la metodología.
En 1827 aparece Conferencia introductoria a la economía política, de
Nassau Senior (1790-1864). Se trata de la primera discusión explícita
sobre metodología económica. Diez años después, se publica Sobre la
de nición de economía política y el método de investigación adecuado a
la misma, de John Stuart Mill (1806-1873), quien analiza la lógica
inductiva como “ciencia de la prueba”, y la psicología como parte
esencial de las ciencias morales (ciencias sociales), entre las que, por
supuesto, se encuentra la economía.
Adam Smith, David Ricardo (1772-1823) y omas Malthus (1766-
1834), entre otros, re exionaron sobre economía. Pero no vieron la
necesidad de explicitar de modo exhaustivo los principios
metodológicos de la misma. Un poco, porque los creían tan obvios que
no parecían requerir tratamientos especiales y otro poco porque
adherían a la metodología de las ciencias naturales, sobre las cuales,
después de Newton, no parecía posible decir nada novedoso. Otro
cientí co social del siglo xix, especialmente dedicado a la economía
política –Carlos Marx (1818-1883)–, se re ere especí camente al
método cientí co a seguir. Pero su método está en relación directa con
su losofía y su teoría social, y no tiene demasiado sentido pensar que
podría utilizarse abstrayéndose de la ideología que lo sustenta.

114
La tradición clásica económica, obviamente, no está exenta de
ideología. Pero por adhesión o rechazo interactuó con las tres
posibilidades metodológicas que han tenido mayor incidencia cientí ca:
inductivismo, deductivismo y comprensión. Las dos primeras
compartidas con las ciencias naturales, y la tercera especí ca de las
sociales.
Los trabajos de Adam Smith son un intento deliberado de aplicar el
método newtoniano primero a la ética, y luego a la economía. En el caso
de Ricardo –otro de los pioneros teóricos de la economía moderna– las
ideas epistemológicas hay que leerlas entre líneas. De esa lectura queda
claro que, en contraposición a la marcada tendencia del siglo xix, no
adhiere al inductivismo, sino al deductivismo. Niega categóricamente
que los hechos puedan hablar por sí mismos (como pretenden los
inductivistas). De ende además la construcción de hipótesis de alto
nivel teórico en economía, considerando que pueden llegar a ser tan
certeras como la ley de la gravedad en física.
Malthus, otro de los economistas cientí cos, abriga serias dudas acerca
de la metodología de Ricardo. Especialmente en lo que se re ere a la
atención privilegiada que Ricardo le otorga a las implicaciones de
equilibrio a largo plazo de las fuerzas económicas. En la práctica, sin
embargo, el estilo de razonamiento de ambos es similar.
Para nes del siglo xix, el economista británico John Neville Keynes
(1853-1950), padre del economista John Maynard Keynes (1883-1946),
trata de reconciliar las ideas económicas tradicionales con nuevas ideas
sobre las teorías sociales. Keynes se re ere a Adam Smith como al
economista ideal por la forma en que logró combinar el razonamiento
abstracto-deductivo con el histórico-inductivo. No obstante en su obra
de ende el método abstracto-deductivo como el más idóneo para
economía. En última instancia, la cuestión metodológica primordial en
Keynes es la aplicación del método hipotético-deductivo en economía.
Pero la introducción de los criterios metodológicos popperianos en los
debates económicos se produce con el libro Signi cación y postulados
básicos de la teoría económica, de Terence Hutchison, en 1938. El hecho
de que este teórico haya reconocido tan rápidamente la importancia de
tales criterios resulta destacable. Porque La lógica de la investigación
cientí ca, de Popper, se publicó en 1934 y no obtuvo rápido
reconocimiento. Prueba de ello es que Lenguaje, verdad y lógica (1936),
el libro con el que Alfred Ayer (1918-1989) divulgó las ideas

115
epistemológicas del Círculo de Viena, ignora por completo la
signi cativa crítica de Popper al principio de veri cación del signi cado
defendido por los empiristas del Círculo.
La argumentación principal de Hutchison se centra en la idea de que
todas las proposiciones económicas pueden ser clasi cadas como
tautológicas (juicios analíticos) o empíricas (juicios sintéticos). Estas
últimas deben ser falsables si aspiran a ser consideradas cientí cas. Así
lo exige el criterio de demarcación popperiano para las ciencias fácticas.
Es notable que Hutchison tiende a caracterizar a casi todas las
proposiciones económicas como tautológicas. De ese modo desdibuja la
distinción –fundamental para cualquier ciencia fáctica– entre
proposiciones que son simplemente de niciones más o menos
disfrazadas (las tautologías) y proposiciones empíricas que son las que
realmente agregan información.
Conviene tener presente que en el criterio de demarcación de Popper
es fundamental que se establezcan claramente las condiciones que
posibilitarían la refutación de una proposición por medio de la
experiencia. Si se enuncia, por ejemplo “el agua del Río de la Plata está
contaminada o no está contaminada” se está frente a una proposición
que se re ere a una realidad empírica, pero que no tiene posibilidad de
ser refutada. Porque todos los análisis que pudieran hacerse del agua del
Río de la Plata darían –for-zosamente– que esa proposición es
verdadera. Además, no es una proposición sólida porque, a pesar de ser
empírica, no agrega información.
Sin embargo, en economía existen proposiciones que no son
tautológicas y, aunque son empíricas y agregan información, no son
falsables. Consideremos dos proposiciones de la economía “el
establecimiento de un impuesto sobre el tabaco tenderá, ceteris
paribus,45 a elevar su precio” y “el establecimiento de un impuesto sobre
el tabaco tenderá, ceteris paribus, a reducir su precio”. Estas
proposiciones no son tautologías. Si se toma cada una de ellas por
separado agregan información sobre la realidad. Por lo tanto, son
sintéticas. El problema que ofrecen para una contrastación empírica
rigurosa es que no enuncian cuáles son las ceteris paribus. Es decir que
no especi can qué es lo que se mantiene igual (¿la calidad del tabaco?,
¿la cantidad por paquete?, ¿la cantidad de bocas de expendio?, ¿o qué?).
El hecho de no aclarar “lo que se mantiene igual” es lo que hace que,
cada una de ellas, no sea falsable. No pueden ser puestas a prueba

116
contrastándolas con la experiencia, pues no se han determinado las
condiciones iniciales para un experimento posible. Pero eso tampoco las
convierte en analíticas, en meras de niciones formales. En realidad, son
proposiciones empíricas, pero no contrastables. La conclusión de
Hutchison es que se trata de proposiciones sólidas, que resultan
necesarias para cualquier teoría cientí ca. Y, de hecho, las teorías
cientí cas utilizan este tipo de proposiciones, sin desantender por ello la
enunciación de otras proposiciones que sean falsables.
Estos análisis cuestionan, en principio, el planteo popperiano; porque
se detecta aquí un tipo de proposición que Popper no había tenido en
cuenta. Pero los propios popperianos recogieron el guante arrojado por
Hutchison y ampliaron la delimitación original de Popper acerca de las
proposiciones cientí cas. Las conclusiones de Hutchison en general, y
su elaboración de hipótesis acerca de las proposiciones empíricas, en
particular, motivaron un interesante debate acerca de la epistemología
de la economía. Y, en el caso de las proposiciones de una teoría
cientí ca, quedó establecido que se pueden clasi car en:
1. analítico-tautológicas;
2. empírico-sintéticas, y
3. empírico-sintéticas contrastables.
Hubo entonces popperianos que re naron los conceptos del maestro,
ampliando su concepción teórica a partir de planteos como los de
Hutchison. Pero hubo asimismo otro tipo de teóricos que reaccionaron
contra el “ultraempirismo” de este economista. Las más fuertes críticas
provinieron de los defensores de la comprensión como método de las
ciencias sociales. Éstos, para reforzar sus tesis, tenían como garantía
teórica de Neville Keynes, quien, pese a pronunciarse en favor del
método deductivo, no despreciaba la integración de otro tipo de
métodos para reforzar las investigaciones.
A Keynes le gustaba señalar que, en economía, las teorías se inician
con la observación y terminan con la observación. Esto, que parece
responder a un principio inductivista, no apunta sin embargo a un
inductivismo excluyente de otros mecanismos, pues Keynes consideraba
que al enunciar una teoría económica se proponen hipótesis generales
(como exige el deductivismo). Pero esas hipótesis se elaboran a partir de
abstracciones que tienen como base casos observados (inductivismo).
Estas abstracciones no son meras generalizaciones empíricas como las
que proponen los inductivistas. Porque el teórico construye sus

117
supuestos desde la experiencia. Pero les agrega elementos que no obtuvo
de ninguna experiencia directa, sino que él mismo imaginó.
Respecto de la construcción de premisas en economía, Keynes señala
que ellas no exigen más que la re exiva contemplación de ciertos hechos
familiares y cotidianos. Con ello, está reconociendo implícitamente el
valor de la comprensión como formando parte del método en ciencias
sociales. Keynes hace hincapié en la introspección, que es una manera
de comprensión, y que se distingue claramente de la intuición o de las
ideas innatas. Piensa que la introspección no es sólo una fuente de
premisas económicas empíricamente fundada, sino que las leyes que se
derivan de ella pueden ser contrastadas por medio de la
experimentación.
Cuando llega el momento de la contrastación empírica, se necesita
nuevamente la inducción. Hay que manejarse con casos particulares y
observables. Aunque Keynes considera que la determinación inductiva
de las premisas, al inicio de la argumentación, supone una operación
lógica diferente del testeo inductivo de las conclusiones. En la inducción
del inicio aún no hay hipótesis generales; en cambio, la inducción del
nal se deduce de ese tipo de hipótesis.
A todo esto, Hutchison siguió insistiendo en la relevancia de las
prescripciones metodológicas de Popper en el campo de la economía.
Sin embargo, ha admitido que la defensa popperiana del monismo
metodológico –en el campo de la economía– resulta casi tan poco
con able como la del dualismo metodológico favorecido por los
defensores de la teoría de la comprensión.46
Mark Blaug, un epistemólogo contemporáneo especializado en
ciencias económicas, sostiene que las teorías económico-sociales son
juzgadas, en última instancia, por sus implicaciones respecto de los
fenómenos que pretenden explicar. Considera, al mismo tiempo, que la
economía es una especie de caja de herramientas. Y la confrontación
empírica no debe privilegiar la búsqueda de la verdad o la falsedad de
los modelos propuestos, sino su aplicabilidad satisfactoria a situaciones
concretas.
Blaug cree que, nalmente, el tono metodológico prevaleciente en
economía tiende más bien a proteger a las teorías más o menos
establecidas antes que a tratar de refutarlas. Considera también que esa
metodología es bastante permisiva en el ámbito de ciertas reglas del
juego preestablecidas, donde casi cualquier modelo se considera viable

118
siempre y cuando esté formulado rigurosamente, construido con
elegancia y resulte relevante para ser aplicado al mundo real. Agrega que
los economistas predican frecuentemente acerca de las ventajas del
falsacionismo. Pero, en la práctica, la losofía de la ciencia –en
economía– se podría catalogar como un “falsacionismo inocuo”.47

2. LOS PARADIGMAS DE KUHN Y LAS FORMAS


DE VIDA DE WITTGENSTEIN
Hay un punto en el que Kuhn y Popper coinciden absolutamente: la
ciencia parte de problemas. La ciencia se origina desde con ictos no
resueltos. Cabe aclarar que, para el presente análisis, la obra de Kuhn
que se tendrá en cuenta es La estructura de las revoluciones cientí cas
(1962) y, sólo en algunos aspectos, Segundos pensamientos sobre
paradigmas (1974).
La originalidad del planteo de Kuhn, dentro del ámbito de la
epistemología anglosajona, reside en haber re exionado sobre la ciencia
desde la historia de la ciencia. Kuhn se propone explicar a qué obedecen
los cambios en la ciencia. Para ello, rechaza la explicación de los
inductivistas que consideran que el cambio se produce debido a la
acumulación de conocimiento.
Rechaza también la postura popperiana que pretende que la ciencia
cambia porque progresa hacia la verdad, pues con su método de ensayo
y error, avanza hacia ella. Hay aquí una especie de determinismo
histórico-cognitivo, que considera que cada nueva teoría cientí ca que
logra imponerse lo hace porque es “más verdadera” que la anterior.
La explicación de Kuhn, en cambio, no se apoya en un progreso
inde nido del conocimiento. No porque niegue el progreso de modo
absoluto, sino porque para Kuhn éste no presenta la incondicionalidad
pretendida por racionalistas y neopositivistas, ni tiene metas
preestablecidas, tales como “la verdad”.
Kuhn llama “preciencia” al momento en el que las teorías cientí cas no
pueden solucionar los problemas existentes. Ante esos problemas,
suelen surgir distintas teorías que apuntan a solucionarlos. Pero por un
tiempo, a veces prolongado, ninguna de ellas logra la aceptación
incuestionada de los expertos. Cuando por n se logra imponer una
solución aceptada por la comunidad cientí ca, se inicia entonces una
etapa de ciencia normal. Esto ocurre bajo el reinado del paradigma

119
vencedor.
Un paradigma se constituye por las realizaciones cientí cas
universalmente reconocidas, las que durante cierto tiempo
proporcionan modelos de conocimientos a una comunidad cientí ca
determinada. Comprende los supuestos teóricos, leyes, técnicas,
generalizaciones simbólicas, métodos, analogías y ontologías, problemas
y soluciones. Dentro de un mismo paradigma subsisten anomalías. No
existe ninguna teoría tan perfecta que no presente alguna anormalidad;
pero, mientras los inconvenientes sean manejables, se los “soporta” o se
trata de superarlos. El paradigma entra en crisis, en cambio, cuando la
cantidad de ejemplos en contra de la teoría resulta abrumadora. Si se
comienzan a producir fracasos en la aplicación del paradigma vigente, y
esos fracasos se tornan intolerables, se produce entonces una crisis en la
ciencia. Durante la crisis se intentan nuevas soluciones. En función de
ello se producen choques entre teorías rivales. Esto es lo que Kuhn
denomina “revolución cientí ca”.
Cuando una de las teorías logra imponerse a las demás, se establece un
nuevo orden. La teoría ganadora impone su propio paradigma,
instituyendo así un período de ciencia normal. Cada paradigma es
inconmensurable respecto de otros paradigmas. Entre uno y otro no se
pueden establecer comparaciones, ni valoraciones. Simplemente, son
diferentes. Distintas visiones del mundo. Nada autoriza a asegurar que el
paradigma de la mecánica moderna sea mejor que el “paradigma” de la
física aristotélica, sobre todo si se tiene en cuenta que este último se
impuso durante quince siglos.
Si no existen parámetros para comparar paradigmas, si nada autoriza a
considerar “objetivamente” que un paradigma es superior o mejor que
otro, entonces no existiría noción de progreso entre paradigmas. Al
menos la noción tradicional de progreso como “evolución
predeterminada hacia algo mejor o más verdadero”.
Lo que queda bien claro es que Kuhn acepta que en los límites de cada
paradigma existe progreso. Se puede a rmar, entonces, que durante el
período de ciencia normal la comunidad cientí ca se aboca a
perfeccionar el paradigma vigente. Por ejemplo, el descubrimiento de la
presión atmosférica, por parte de Evangelista Torriccelli (1608-1647), se
inscribe perfectamente en el paradigma de la física moderna. Torriccelli
no cuestiona ni niega los principios de la física-matemática. Por el
contrario, perfecciona el modelo.

120
Respecto de la idea de progreso entre paradigmas, se transcribe a
continuación una selección de fragmentos tomados del capítulo
“Progreso y revoluciones”, de La estructura de las revoluciones
cientí cas, de omas Kuhn.
En resumen, sólo durante los períodos de ciencia normal el progreso
parece ser evidente y estar asegurado.
Cuando una comunidad cientí ca repudia un paradigma anterior,
renuncia, al mismo tiempo, como tema propio para el escrutinio
profesional, a la mayoría de los libros y artículos en que se incluye dicho
paradigma. La educación cientí ca no utiliza ningún equivalente al
museo de arte o a la biblioteca de libros clásicos y el resultado es una
distorsión, a veces muy drástica, de la percepción que tiene el cientí co
del pasado de su disciplina. Mas que quienes practican en otros campos
creadores, llega a ver ese pasado como una línea recta que conduce a la
situación actual de la disciplina. En resumen, llega a verlo como
progreso.
En las revoluciones cientí cas hay tantas pérdidas como ganancias y
los cientí cos tienen una tendencia peculiar a no ver las primeras.
Algún tipo de progreso debe caracterizar a las actividades cientí cas,
en tanto dichas actividades sobrevivan. En las ciencias no es necesario
que haya progreso de otra índole.
Para ser más precisos, es posible que tengamos que renunciar a la
noción, explícita o implícita, de que los cambios de paradigmas llevan a
los cientí cos, y a aquellos que de tales aprenden, cada vez más cerca de
la verdad.
El proceso de desarrollo descripto en este ensayo ha sido un proceso
de evolución desde los comienzos primitivos, un proceso cuyas etapas
sucesivas se caracterizan por una comprensión cada vez más detallada y
re nada de la naturaleza. Pero nada de lo que hemos dicho o de lo que
digamos hará que sea un proceso de evolución hacia algo.
Inevitablemente esa laguna habrá molestado a muchos lectores. Todos
estamos profundamente acostumbrados a considerar la ciencia como la
empresa que se acerca cada vez más a alguna meta establecida de
antemano por la naturaleza.
Las etapas sucesivas en ese proceso de desarrollo (el de la ciencia) se
caracterizan por un aumento en la articulación y la especialización. Y
todo el proceso pudo tener lugar, como suponemos actualmente que

121
ocurrió en la evolución biológica, sin el bene cio de una meta
establecida, de una verdad cientí ca ja y permanente, de la que cada
etapa del desarrollo de los conocimientos cientí cos fuera un mejor
ejemplo.
Otro tema fundamental en el pensamiento de Kuhn es la solución que
encuentra a la pregunta de por qué unas teorías “vencen” a otras. El
lugar común en epistemología era (y es para los tradicionalistas)
responder que las mejores teorías vencen, porque son las que proponen
soluciones más certeras. Kuhn considera, por el contrario, que el triunfo
es una decisión de la comunidad cientí ca. Vence la “teoría que tiene
más fuerza”. Es decir, la que tiene más poder de convicción ante la
comunidad cientí ca. Kuhn apela así a in uencias externas a la
estructura de las teorías. No obstante, declara que él no se ocupa de
ellas. Se remite, en cambio, a la incidencia fundamental de la comunidad
cientí ca para los cambios en la ciencia.
Esquemáticamente, el desarrollo de la ciencia tal como lo considera
Kuhn es así:

Kuhn, en Segundos pensamientos sobre paradigmas, compara el


acceso a un nuevo paradigma con el proceso que sigue un niño para
solucionar ciertos juegos de ingenio. Se le presenta a un niño un dibujo
que tiene abundantes matorrales, en el que hay distintas tonalidades de
verde. A primera vista todo es follaje. Se lo desafía para que encuentre
cierto animalito disimulado entre las plantas. El niño busca formas que
se parezcan a los animales que él conoce; de pronto, descubre una. Ahí
hay un patito. Una vez encontrada, la forma permanece, el niño no
puede dejar de verla. Se podría decir que ahora maneja un nuevo
paradigma. Porque, ante la misma realidad, tiene una percepción
distinta. Algo similar ocurre con la mirada del cientí co. Cuando logra

122
interpretar el mundo a la luz de una nueva teoría cientí ca, comienza a
dimensionar todo desde esa teoría, que suele parecerle mejor que la
anterior.
Al comienzo de La estructura de las revoluciones cientí cas, Kuhn
aclara que existen muchas más pruebas históricas para ilustrar su teoría
de las que puede citar en un libro. Estas pruebas provienen de la biología
y de la física. Pero aclara también que ha decidido ocuparse
especí camente de la física y no de otra clase de ciencias. Es evidente
que no se ocupa de las ciencias sociales. Sin embargo, su particular
visión del desarrollo cientí co ha seducido a gran cantidad de teóricos
sociales. Hoy resulta común que se hable de paradigmas en ciencias
sociales, en el sentido de Kuhn. Esto, al menos, requiere una aclaración.
En ciencias sociales nunca se ha establecido un paradigma en el
sentido kuhniano. Porque la condición para que una teoría sea
considerada paradigmática –según Kuhn– es que haya sido
universalmente aceptada por la comunidad cientí ca. Así ocurrió con el
paradigma newtoniano. Pero eso jamás sucedió con las distintas teorías
en ciencias sociales. Por lo tanto, si se quiere utilizar la concepción
kuhniana en ciencias sociales, hay que modi car el concepto de
paradigma. Mejor dicho, relativizarlo. No se hablará entonces de
consensos universales, sino más bien de con ictos entre paradigmas, o
supervivencia de paradigmas en una misma época histórica.
La estructura de las revoluciones cientí cas no es una contribución a
la metodología, sino a la sociología de la ciencia. Por otra parte, si se
quiere abordar los estudios sobre la sociedad desde el marco de
referencia kuhniano, se debe pensar en teorías lo su cientemente
estructuradas como para que se las pueda catalogar como paradigmas.
Unos años después de la publicación de La estructura de las
revoluciones cientí cas, en el discurso epistemológico de la economía
comenzaron a circular ideas provenientes de la visión kuhniana de la
ciencia. Las categorías “paradigmas”, “crisis”, “revoluciones” y
“contrarrevoluciones” se usaron con abundancia. Algo similar ocurría
en casi todas las disciplinas cientí cas. Es evidente que esa obra vino a
llenar un espacio que los epistemólogos tradicionales habían dejado
vacío: el de las prácticas concretas de la ciencia.
Ahora bien, si se quieren rastrear los orígenes teóricos de la teoría
kuhniana, considero que hay que remitirse a las re exiones de Ludwig
Wittgenstein. Kuhn, en el prefacio a La estructura de las revoluciones

123
cientí cas, le agradece a Stanley Cavell por haber representado una
especie de caja de resonancia para la elaboración de su teoría.48 Y
agrega: “El que Cavell, un lósofo interesado principalmente en la ética
y la estética, haya llegado a conclusiones tan en consonancia con las
mías, ha sido una fuente continua de estímulo y aliento para mí”.49
Cavell había sido discípulo de Wittgenstein. Y a partir del pensamiento
del maestro, elaboró su propio pensamiento. Cavell representa, en cierto
modo, el “lazo viviente” entre el pensamiento de Wittgenstein, que
murió en 1951, y el de Kuhn, que publicó su libro fundamental en 1962.
Para Wittgenstein, conocer algo no es ser capaz de de nir su esencia
sino de lograr una relación íntima con todas las particularidades de lo
que se quiere conocer. Éstas surgen en el discurrir del lenguaje, que es
un complejo y uctuante entramado de palabras y acciones enmarcadas
en ámbitos institucionales. No se trata entonces de analizar el lenguaje
aislado de las prácticas que lo sostienen. Se trata, más bien, de desglosar
la interacción entre los juegos del lenguaje y las formas de vida.
El signi cado de las palabras, entonces, remite a su uso social. El uso
se establece por medio de reglas públicas en relación con grupos
humanos determinados. Por lo tanto, no existen signi cados universales
o absolutos. Para determinar el signi cado de un término, se lo ubica en
un juego de lenguaje vinculado con la forma de vida a la que pertenece.
Cada juego de lenguaje con gura un campo signi cativo propio. Al no
haber signi cados absolutos, los juegos del lenguaje son
inconmensurables entre sí. Esta concepción teórica es trasladada por
Kuhn al campo de la ciencia. Los paradigmas de Kuhn (cambiando lo
que hay que cambiar) son las formas de vida de Wittgenstein. Lo juegos
de lenguaje, que siguen reglas establecidas por el uso, son equivalentes a
las convenciones epocales de la comunidad cientí ca kuhniana. Y los
paradigmas son inconmensurables entre sí, del mismo modo que cada
forma de vida no es comparable con otra. Para Wittgenstein no existe
metalenguaje; así como, para Kuhn, no existe ningún parámetro
absoluto desde el cual se pueda determinar si un paradigma es “mejor”
que otro.
Cada período de ciencia normal impone sus propias reglas. También
esto se puede comparar con los juegos propiamente dichos, tal como
Wittgenstein lo propone.50 Cada juego real (ajedrez, dados, póquer) se
rige por determinadas reglas. Pero esas reglas no son intercambiables.
Además, no se juega realmente sino jugando. Dicho de otra manera,

124
nadie puede decir que sabe jugar al fútbol si nunca jugó, aunque
teóricamente sepa las reglas. Las situaciones concretas son las que
otorgan habilidades y sentidos. De modo similar, en la interacción entre
las prácticas sociales y el discurso (formas de vida y juegos de lenguaje)
es donde surge el sentido del lenguaje y de la acción.
Hablar un lenguaje, entonces, es una práctica social compartida que
supone ciertas habilidades en el manejo de las reglas. Y, al igual que los
juegos, si nadie los juega, desaparecen.
Pero aparecen otros. En ciencia, hay teorías que pierden vigencia,
mientras otras triunfan.
Los paradigmas, como los juegos, son irreductibles entre sí. Kuhn
establece esto con precisión para las ciencias naturales, y deja abierta la
posibilidad de aplicarlo a las otras ciencias.
En este sentido es que, desde el pensamiento de Wittgenstein y con la
mediación de Kuhn, se abren las más ricas posibilidades para pensar las
ciencias sociales.

3. LAKATOS Y LOS PROGRAMAS DE


INVESTIGACIÓN
“La losofía de la ciencia sin historia de la ciencia es vacía. La historia
de la ciencia sin losofía de la ciencia es ciega.” Esta frase de Imre
Lakatos sintetiza, en cierto modo, el espíritu con el que este
epistemólogo se aproxima a la losofía de la ciencia. Pero no sólo apela
a la historia de la ciencia para motivar sus análisis; en cierto modo
recurre también a la historia de la epistemología. En función de ello, se
re ere a las corrientes dedicadas al estudio de las lógicas del
descubrimiento cientí co. Lakatos, como la mayoría de los
epistemólogos de habla alemana o inglesa ignora las re exiones
epistemológicas de los franceses. Según Lakatos, entonces, las lógicas del
descubrimiento cientí co son cuatro, entre ellas incluye su propia
posición:
1. Inductivismo: una proposición debe de estar probada por hechos, o
derivada inductivamente de otra proposición probada. El historiador
inductivista de la ciencia resalta los éxitos del inductivismo, en ese
sentido, rescata a cientí cos como Juan Kepler, Ticho Brahe (1571-1630)
y otros que, según los empiristas, trabajaron aplicando el método

125
inductivo.
2. Convencionalismo: los sistemas no son verdaderos por haber sido
probados, sino que se aceptan por convención. La comunidad cientí ca
decide y nalmente ganan las teorías que, por motivos no demasiado
explícitos, demuestran ser más fuertes. Obviamente, esta referencia
apunta a epistemólogos como Kuhn o Paul Feyerabend (1924-1994).
3. Falsacionismo metodológico: surge de una crítica lógico-
epistemológica al inductivismo. Más tarde, se opone también al
“convencionalismo”. Para el falsacionista, una teoría es cientí ca sólo si
es posible contrastarla por medio de enunciados observacionales; y se
rechaza si está en con icto con estos enunciados. El principal
representante de esta corriente es Popper.
4. Metodología de los programas de investigación cientí ca:
proporciona una reconstrucción racional de la ciencia considerando que
los más grandes descubrimientos cientí cos son programas de
investigación que pueden evaluarse en términos de problemáticas
progresivas o estancadas. Las revoluciones cientí cas consisten en que
un programa de investigación reemplaza a otro (superándolo de modo
progresivo). Esta teoría pretende tener como ejemplo la historia total de
la ciencia (es la propuesta de Lakatos).
La epistemología de Lakatos no toma en consideración teorías aisladas
sino “programas de investigación”. Los programas proponen un
proyecto de investigación que determina la elección de objetos de
estudio y problemas, en función de la posibilidad creativa que el
programa brinda para explicar algún aspecto de la realidad. Los
enunciados del programa que resultan falsados no refutan tal programa.
Mientras el programa de investigación mantenga su fuerza, su capacidad
de explicación, las anomalías pueden ser dejadas de lado. Cuando la
pulsión creadora disminuye, entonces se puede prestar mayor atención a
las irregularidades.
La mejor salida ante una falsación es registrarla y no darle tanta
importancia como para echar por tierra lo elaborado. Por un lado, el
falsacionismo pretende que se aprende del fracaso: según Popper, se
avanza en el conocimiento sólo por medio de la refutación y no de la
corroboración. Sin embargo, dice Lakatos, muchas veces cuando los
cientí cos gritaron más fuerte que sus fracasos, avanzó la ciencia. Por
otro lado, con su cientes recursos y algo de suerte, una teoría puede
triunfar durante mucho tiempo, aunque sea falsa, simplemente porque

126
no pudo ser refutada.
La racionalidad cientí ca no puede desvincularse de lo que Lakatos
llama “historia empírica externa”, es decir, los elementos sociales,
políticos, económicos, religiosos y la cultura en general, que interactúan
entre sí y a los que no son ajenos la ciencia y la tecnología. Se hace
necesario incluir la ciencia, con sus programas de investigación, dentro
del contexto del resto de la realidad, pues los seres humanos no están
constituidos únicamente por la razón. Y aun cuando actúan
racionalmente pueden tener una concepción equivocada de sus propias
acciones racionales.
El criterio de demarcación de Popper de ne la ciencia y la diferencia
de lo que no es ciencia. Un sistema perteneciente a disciplinas fácticas es
cientí co si y sólo si es susceptible de ser puesto a prueba mediante
contrastación empírica. Además de esto, Lakatos le exige a una teoría
que explicite bajo qué condiciones concretas podría ser refutada.
Pero para Lakatos las teorías no son tan simples como puede parecer
en un desarrollo falsacionista esquemático. En realidad, las teorías son
totalidades estructurales organizadas, más que relaciones de derivación
entre hipótesis universales y enunciados singulares. Lakatos propone
tres motivos o razones que avalan su a rmación.
1. El estudio histórico revela que el desarrollo de las principales
ciencias se produce por la integración de un grupo de teorías con
diferentes grados de interrelación entre ellas. La mecánica clásica es
prueba de esta a rmación; en su conformación intervinieron desde los
trabajos de Copérnico, Kepler y Ticho Brahe hasta su formulación
sistemática por parte de Newton, pasando por cantidad de aportes y
soluciones entre los cuales se encuentran nada menos que las teorías de
Galileo y Torriccelli.
2. La observación depende de la teoría. Los enunciados
observacionales se deben formular en el lenguaje de la teoría de la que
se los deriva. Los conceptos que guran en ellos serán tan precisos e
informativos como precisa e informativa sea la teoría en cuyo lenguaje
se construyen. Dichos conceptos extraen su signi cado del papel que
desempeñan en una teoría. Galileo, en su esfuerzo por inventar un
lenguaje para la nueva ciencia acudía a analogías y metáforas. Tenía
ideas vagas de ciertas categorías que adquirían mayor precisión en la
medida en que las trabajaba. Años después, Newton estableció
de niciones unívocas para varios de esos términos. De ese modo quedó

127
determinada la relación entre los enunciados singulares y la estructura
teórica de la física. Para esa estructura “masa”, por ejemplo, está de nida
en función de la teoría a la que responde y no fuera de ella, ni en el
sentido vulgar del término.
3. El conocimiento cientí co implica en sí mismo la idea de desarrollo.
La ciencia es tanto más e caz si las teorías están estructuradas de
manera que contengan en ellas prescripciones e indicaciones muy claras
con respecto a cómo se deben desarrollar y ampliar. Deben ser
estructuras sin límites que ofrezcan un programa de investigación. “Sin
límites” signi ca que el imperativo cientí co es seguir investigando
siempre y brindando nuevos aportes a las teorías. La mecánica
newtoniana proporcionó un programa de esta clase a los físicos de los
siglos xviii y xix. Tal programa explicaba todo el mundo físico en
términos de sistemas mecánicos que conllevan diversas fuerzas y están
regidos por determinadas leyes del movimiento.
Para Lakatos, entonces, un programa de investigación es una
estructura que sirve de guía a futuras investigaciones, tanto de modo
positivo como negativo. En el primer caso, se lo denomina “heurística
positiva”; en el segundo, “heurística negativa”. Esta última estipula que
no se pueden rechazar ni modi car los supuestos básicos subyacentes en
el programa.
Los supuestos básicos subyacentes de un programa de investigación
cientí ca constituyen lo que Lakatos llama el “núcleo central”. El núcleo
central de un programa adquiere la forma de hipótesis teóricas muy
generales que constituyen la base a partir de la cual se desarrolla el
programa. Esos supuestos son “intocables”, a riesgo de entrar en
con icto con el programa mismo. El núcleo central de la física de
Newton está compuesto por las leyes del movimiento y la ley de la
atracción gravitatoria. El núcleo central del materialismo histórico de
Marx está constituido por el supuesto de que el cambio social ha de ser
explicado en términos de lucha de clases, la que a su vez es determinada
por la base económica.
El núcleo central de los programas de investigación cientí ca es
protegido por lo que Lakatos llama “cinturón protector”. El núcleo, de
este modo, se torna infalsable por decisión metodológica de los
investigadores. El cinturón protector impide la falsación extrema (que
sería refutar el núcleo), porque en el caso de que eso se produjera se
“saldría” de ese programa de investigación. El cinturón protector está

128
compuesto por:
1. hipótesis auxiliares explícitas que completan el núcleo central;
2. supuestos subyacentes a la descripción de las condiciones iniciales y
de los enunciados observacionales.
Cuando se comenzó a desarrollar la mecánica newtoniana se
descubrieron anomalías en el movimiento de los planetas respecto de lo
que el núcleo central estipulaba para el movimiento de los astros. En
función de ello se construyeron hipótesis que completaban o corregían
ciertas anomalías. Fue necesario, asimismo, que se rede nieran ciertas
condiciones iniciales y enunciados observacionales teniendo en cuenta
los nuevos desarrollos (externos al núcleo) y los avances tecnológicos
para la contrastación (por ejemplo, telescopios muy potentes en
comparación con los que contaba Newton).
En ciencias sociales ocurre algo similar. Si para una investigación
económico-social se quiere aplicar el programa de investigación
propuesto por Marx, habrá que adecuar el cinturón protector del núcleo
central de la teoría a los cambios históricos, teniendo en cuenta, al
mismo tiempo, los desarrollos concretos de la teoría desde que Marx la
enunció hasta nuestros días. Pero sin afectar el núcleo del programa.
La heurística negativa de un programa es entonces la exigencia de que
durante el desarrollo de éste el núcleo siga sin modi cación e intacto. Es
decir que la heurística negativa indica lo que no se debe hacer (no se
debe modi car el núcleo). Y la heurística positiva indica lo que se debe
hacer precisamente para modi car el núcleo, pero sin refutarlo, sino
tendiendo más bien a enriquecerlo. Esta heurística se suele dar en las
etapas más tardías del desarrollo de una teoría. A nes del siglo xix se
produjeron varias modi caciones al núcleo central de la mecánica
clásica en función de nuevos descubrimientos empíricos y desarrollos
teóricos. Otro tanto ocurrió con la teoría marxista, tanto por críticas
provenientes del propio marxismo (por ejemplo, la Escuela de Francfort
o Louis Althusser [1918-1990]) como por enunciados de la teoría que
han sido refutados por hechos históricos concretos.
Se puede concluir que, por un lado, un programa de investigación
debe poseer un grado tal de coherencia como para de nir futuros
desarrollos del programa y, por otro, este programa debe conducir al
descubrimiento de nuevos fenómenos “al menos de vez en cuando”. Esta
última condición es la que permite distinguir entre programas de
investigación progresistas o degeneradores (estancados). Los

129
progresistas son aquellos que a través del tiempo se van enriqueciendo
con nuevas contrastaciones empíricas exitosas y con nuevos desarrollos
teóricos acordes con el núcleo central (también modi cado y
enriquecido). Por ejemplo, los desarrollos contemporáneos de la teoría
de la evolución iniciada por Charles Darwin (1809-1882) dan cuenta de
un verdadero programa de investigación progresista. En contraposición,
existen programas de investigación que quedan “atascados”. Es como si
llegaran a una vía muerta, o bien porque las anomalías son tantas que
no pueden dar cuenta de ellas, o bien porque a lo largo de varios años
no logran ningún descubrimiento de nuevos fenómenos que les
proporcionen validación empírica actualizada. Un ejemplo de programa
degenerativo es la teoría planetaria de Claudius Ptolomeo (siglo ii).
Para Lakatos, los programas no son sólidos si no logran
con rmaciones de sus hipótesis. En esto se opone a Popper y su teoría
de la falsación. Considera que no es falsando hipótesis como avanza la
ciencia, sino con rmándolas. Pero como buenos racionalistas (tanto
Popper como Lakatos lo son) comparten coincidencias. Coinciden,
entre otras cosas, en las nociones de racionalidad cientí ca, verdad y
progreso, también en rechazar las hipótesis ad hoc que pretenden
“salvar” teorías problematizadas.
“Ad hoc” quiere decir “hecho para la ocasión”. Una hipótesis ad hoc es
una modi cación a una teoría que no tiene nuevas consecuencias
comprobables respecto de lo que ya se podía comprobar antes de
formular esa hipótesis. Por ejemplo, en las postrimerías de la alquimia,
se decía que existe un principio ígneo –llamado “ ogisto”– que se
desprende de los cuerpos en combustión. Pero Roberto Boyle (1627-
1691), uno de los primeros químicos, demostró experimentalmente que
los metales al calentarse aumentan su peso. Esto refutaba el supuesto de
los defensores del ogisto. Porque si algo se desprende del cuerpo en
combustión, éste debe ser más liviano, no más pesado.
Los “falsados”, entonces, construyeron su hipótesis ad hoc y
estipularon que “el ogisto tiene peso negativo”, incurriendo en la falacia
de a rmar que un cuerpo, a temperatura normal, es más liviano que uno
en combustión porque contiene ogisto. Esta hipótesis demuestra su
oportunismo, entre otras cosas, porque no puede ser demostrada de
ninguna manera. En cambio, la explicación que para este fenómeno
construye la química puede corroborarse por medio de experimento. La
misma a rma que los cuerpos al ser calentados incorporan oxígeno. Ésa

130
es la causa de su aumento de peso.
Si se intenta una evaluación de la metodología de los programas de
investigación aplicada al campo de la economía se puede decir que los
programas de investigación propuestos por Lakatos constituyen una de
las metodologías más utilizadas en este campo. Estos programas tienen
la ventaja de combinar cierto respeto por la historia de la ciencia, en el
sentido indicado por Kuhn, con la noción de falsacionismo propuesta
por Popper. Aunque en Lakatos se trata más bien de un “falsacionismo
ampliado”, porque mientras en Popper lo determinante es la
contrastación entre enunciados observacionales y experiencia, en
Lakatos la confrontación se realiza comparando programas rivales.
Ahora bien, si se intenta aplicar la propuesta de Lakatos al campo de
las ciencias sociales, se advierte que es muy difícil –cuando no
imposible– comparar programas rivales cuando las diferentes
investigaciones enfocan problemáticas totalmente distintas de las
abordadas por las corrientes económicas hegemónicas. Pues los
programas alternativos, si quieren imponer su propio modelo, deben
enfrentarse con ellas. Y si abordan temáticas diferentes, no permiten la
comparación.
Si se traslada esto al ámbito de la economía, se revela que la mayoría
de los economistas no logran practicar realmente la metodología que
persiguen. Es bastante común que los investigadores en general (y no
sólo en ciencias sociales) se aferren a sus programas de investigación
aunque muestren tendencias degeneradoras. Pero esto resulta
relativamente fácil de comprender. A los seres humanos nos cuesta
demasiado construir un sistema de creencias (incluso cientí cas) como
para desembarazarnos rápidamente de él, si se “demuestra” que no es
demasiado efectivo. Aunque en economía, como en otras ciencias
sociales, este problema es más arduo porque no es sólo la contrastación
empírica lo que cuenta, sino también la evaluación en términos
políticos.
La economía bordea constantemente cuestiones de poder sujetas,
muchas veces, a políticas gubernamentales. De manera tal que las
principales políticas económicas no son únicamente programas de
investigación cientí ca, sino también programas de acción política. Esta
función dual de las teorías económicas permite situaciones en las que
una determinada teoría es simultáneamente degeneradora, en tanto
programa de investigación, pero progresiva, en tanto programa de

131
acción política. Se trata de programas que ofrecen una puesta en marcha
efectiva de medidas políticas, aunque desde el punto de vista
epistemológico no cumplan con los requisitos exigidos por la losofía
de la ciencia positiva. En este sentido, se puede pensar en la economía
marxista, que apunta más a la efectividad económico-social que a la
contrastación de sus hipótesis.
Tan sólo cuando una teoría se de na, a la vez, como un programa de
investigación progresivo y un programa de acción política progresivo se
podrá hablar de una revolución (cientí ca) en el pensamiento
económico. Según la opinión de los expertos, parecería que esta difícil
conjunción sólo se dio con la economía keynesiana en la década de
1930.51

TECNOLOGÍAS SOCIALES E
IMPLICACIONES POLÍTICAS

Los datos de la mortandad causada por las


hambrunas atraen la atención hacia las
de ciencias de ciertas estructuras económicas y
políticas. Las tasas de mortalidad crónicamente
altas revelan fallos no tan extremados, pero sí más
persistentes. Las medidas económicas
relacionadas con la baja mortalidad infantil y con
el aumento de esperanza de vida son muy
diversas. Varios países que redujeron
asombrosamente la mortalidad infantil entre 1960
y 1985 experimentaron un crecimiento
económico de una rapidez antes desconocida,
entre ellos Hong Kong, Singapur y Corea del Sur.
Esas naciones son ahora ricas, en términos del
pnb. Pero han tenido éxito en esto varias naciones
que no han salido de la pobreza: China, Jamaica y
Costa Rica, entre otras.
El hecho de que un país pobre pueda realizar
mejoras sanitarias o aumentar la esperanza media
de vida de sus habitantes hasta un punto que, en
muchos aspectos, emula los logros de naciones

132
más ricas, encierra notables implicaciones
políticas. Esta capacidad pone en cuestión la
socorrida tesis de que un país subdesarrollado no
puede permitirse ningún dispendio en sanidad ni
en educación mientras no sea más rico y
nancieramente sólido. Semejante operación
ignora el coste relativo. Educación y sanidad son
intensivas en trabajo, como lo son muchos de los
más e cientes servicios médicos. Tales servicios
cuestan mucho menos en una economía en la que
el trabajo es barato que en la de un país más rico.
Así, aunque el país pobre tiene menos para gastar
en esos servicios, también necesita gastar menos
en ellos.
Los esfuerzos a largo plazo que vienen
realizando Sri Lanka y el Estado de Kerala, en la
India (cuya población de veintinueve millones es
mayor que la del Canadá) ilustran los méritos del
gasto público en educación y en sanidad. Sri
Lanka puso en marcha programas de
alfabetización y de escolarización a comienzos ya
de este siglo. Por los años 40 desarrolló en gran
escala los servicios médicos, y en 1942 inició la
distribución gratuita o subsidiada de arroz para
reforzar la dieta de las masas desnutridas. En 1940
la tasa de mortalidad era allí del 20,6 por mil; en
los años 60 había disminuido hasta el 8,6 por mil.

(Amartya Sen, “La vida y la muerte como


indicadores económicos”, cit.)

133
6. LA HERMENÉUTICA
CONTEMPORÁNEA
Enrique Moralejo

Como es sabido, las ciencias físico-naturales lograron su constitución


de nitiva, y con ello el acuerdo general respecto de sus características,
ya en el siglo xvii. No se da la misma situación respecto del
conocimiento de la sociedad, la historia y la cultura, en donde, aún hoy,
perdura la polémica. Ni siquiera hay unanimidad respecto del nombre
genérico de este tipo de disciplinas. En nuestro país es común el de
ciencias sociales, que no es recomendable por sus connotaciones
excesivamente reduccionistas, por in uencia del positivismo.
Utilizaremos preferentemente el cali cativo de histórico-sociales, con el
convencimiento de que con la referencia a la historia se hace justicia a
una dimensión común a todos los fenómenos humanos. Pero también
se utilizarán otras denominaciones posibles, como humanidades,
ciencias de la cultura, e, incluso, “del espíritu”, como es la que pre ere el
pensador contemporáneo alemán Hans-Georg Gadamer, a quien se
seguirá en su concepción de la hermenéutica. Pero quede claro que acá
el término espíritu no alude a una entidad etérea y trascendente; por el
contrario, tiene el contenido muy concreto con que lo de nió G.W.F.
Hegel (1770-1831): la totalidad de realizaciones que le es posible
alcanzar a un pueblo, en un momento determinado de su desarrollo
histórico, y que se expresa en sus instituciones políticas, sociales,
jurídicas, económicas, culturales.
En el siglo xix la re exión sobre el carácter propio de estas ciencias
recibe un muy fuerte impulso, aunque de resultado incierto, pues el
modelo orientador lo constituía la metodología de las ciencias físico-
naturales. Se pretendió determinar analogías, regularidades y leyes,
incluso en el campo de la moral –que es el ámbito de la libertad– por
medio de la inducción. Pero el objetivo de conocimiento en las
humanidades no puede estar en la determinación de leyes, que
posibiliten la predicción –como en el campo de la naturaleza–, y para las

134
que el hecho individual opere de elemento con rmador. El objetivo está,
por el contrario, en poder comprender el fenómeno individual, en su
concreción particular, en su en sí. Respecto de acontecimientos como la
Revolución Francesa o el Renacimiento italiano, las preguntas tienen
que ser del tipo de: ¿cómo ha ocurrido así?, ¿qué es aquello que lo ha
producido?, ¿cómo puede ser que se haya dado?
La vía de identi car las ciencias histórico-sociales a partir de un
método propio fracasó, sostiene Gadamer,52 debido a que el método es
uno, y su aplicación ideal está en las ciencias naturales. Pero entonces,
¿qué es lo característico en las ciencias sociales?; ¿no lo será su
particular uso de la “memoria”, el “sentido común” y el “tacto
psicológico”? En la medida en que persistan sin respuestas estos
problemas, la re exión sobre ellos no podrá detenerse; el siglo xix no
aportó soluciones satisfactorias.
Pero lo curioso es que este dé cit no se tradujo en un sentimiento de
inferioridad; por el contrario, entre quienes investigaban y producían
intelectualmente en este campo, había conciencia de ser “los verdaderos
administradores del humanismo”. Es así como ya lósofos como Johann
Gottfried Herder (1744-1803) propusieron un nuevo concepto de
humanidad, sustentado en el ideal de formación del hombre, cuyas
proyecciones estaban muy por encima del racionalismo de la
Ilustración. Estas ideas, sin dudas las más valiosas aportadas por el
romanticismo en el siglo xviii, tuvieron una profunda in uencia en el
siglo xix –aunque no hubo clara conciencia de ello, debido al error de
enfoque mencionado–, y abrieron nuevos y amplios horizontes al
estudio de la sociedad y la historia.
En lo que sigue, la idea central es mostrar de qué manera la
hermenéutica contemporánea fundamenta legítimas pretensiones de
verdad y objetividad para las ciencias histórico-sociales,
independientemente de la metodología de las naturales. En esta tarea
tiene un papel relevante la tradición humanístico-retórica, así como las
nuevas perspectivas a que abren las concepciones de la percepción, del
arte y de la historia en este siglo. Dentro de las aplicaciones que hay que
tener presentes, está la simple lectura de un texto –que se tomará a
menudo como ejemplo–, aunque la comprensión interpretativa
compete, de igual manera, al diálogo con otra persona, a la observación
de un objeto material, a la ejecución musical y a toda otra forma de
conocimiento.
Ó Ó
135
1. INFLUENCIA DE LA TRADICIÓN RETÓRICA
Y HUMANISTA
1.1. La formación
La palabra formación se origina en la mística medieval, y obtiene su
sentido fundamental con Herder, como ascenso a la humanidad. Está
estrechamente relacionada con el “concepto de la cultura, y designa en
primer lugar el modo especí camente humano de dar forma a las
disposiciones y capacidades naturales del hombre”.53 La educación es un
proceso que comienza con el aprendizaje del idioma materno, y
continúa con el conocimiento y la interiorización de las costumbres e
instituciones de la propia comunidad. Con Hegel alcanza su más pleno
signi cado, y se convierte en una noción clave para las ciencias
humanas. Ya no signi ca meramente el desarrollo de disposiciones
naturales, que persigan un n instrumental; constituye ahora un
proceso continuo y progresivo, en los términos de una experiencia de
conocimiento amplia y totalizadora, por la que se va transformando
paulatinamente incluso la propia capacidad de percibir y sentir.
La formación requiere tomar distancia de las necesidades particulares
para acceder a un plano de generalidad, que implica un punto de vista
superior desde el cual se contemplan los intereses propios y ajenos con
mayor equidad. Como signi ca un adiestrarse en el poder de
abstracción, habilita no sólo para el conocimiento teórico sino también
para la vida práctica.
Como usualmente la hermenéutica se encuentra en situaciones en que
lo desconocido y remoto se enfrenta con lo conocido y familiar –en la
simple lectura de un texto o en el estudio de la historia–, debe recurrir a
la formación para rescatar la experiencia de conocimiento de este
extrañamiento, mediante el acceso a ese punto de vista más abarcador
que reúna ambos aspectos contrapuestos.
Si bien la hermenéutica contemporánea no puede seguir a Hegel en su
planteamiento de un “saber absoluto”, es consciente en cambio de que
toda disciplina humanística debe cumplir con el requisito de una
formación acabada. Sin ella no es posible el ejercicio adecuado de
ciertos mecanismos intelectuales –poder de abstracción, capacidad de
juicio, etc.–, cuya enseñanza no asegura ningún manual o institución en
particular.

136
Ya quienes se preocuparon por la historia y la lología en el siglo
pasado, y ante la insu ciencia de mecanismos como la deducción y la
inducción, señalaron la necesidad de contar con un ejercicio adecuado
de la memoria y un tacto psicológico especial desarrollables mediante la
formación. Así la memoria, por ejemplo (que no es solamente una
capacidad psicológica general, pues sus momentos –retener, recordar,
olvidar– forman parte de la constitución histórica del hombre) debe de
estar cultivada para poder elegir entre un momento u otro. Friedrich
Nietzsche (1844-1900) mostró con mucha agudeza cómo una profunda
renovación espiritual dependía del ejercicio sistemático y selectivo del
olvido, pues éste permite ver las cosas bajo una nueva luz. Lo mismo
puede decirse del tacto, que por contener una especial sensibilidad y
capacidad de percepción, faculta para comprender y actuar en
situaciones que no son derivables de principios generales. Así, por
ejemplo, “falta de tacto” para comunicar algo desagradable o doloroso a
alguien signi ca haber dicho algo que se podía evitar, sin menoscabo de
la verdad de lo que se tenía que transmitir, y que hiere inútilmente a la
persona. “Tener tacto” quiere decir, en cambio, tener la sensibilidad
necesaria para elegir el momento y las palabras adecuadas.
La formación requerida por el estudio de la historia o el arte implica
desarrollar la capacidad de poder abrirse y tornarse receptivo para lo
distinto y remoto, que nos transmite el pasado, y que supone, como ya
se ha señalado, el ascenso a un nivel de generalidad. Pero estos puntos
de vista generales que se adoptan no contienen normas jas, de validez
absoluta, de las cuales puedan obtenerse conclusiones necesarias;
aunque sí tienen la capacidad de abarcar lo necesario como para que los
demás los puedan asumir como propios. La conciencia formada, a rma
Gadamer, funciona al modo de los sentidos –la vista, por ejemplo– que,
si bien están abiertos a todo un campo, no obstante, pueden hacer
distinciones en su seno. Pero la diferencia está en que la conciencia no
se limita a un campo en particular, pues opera en todas direcciones, al
modo de un “sentido general”.54
El concepto de formación, con las connotaciones de un sentido
general y comunitario, remite a una tradición humanística en la que es
necesario indagar si se quiere comprender aquello que particulariza este
tipo de ciencias, pues, sostiene Gadamer, “lo que convierte en ciencias a
las del espíritu se comprende mejor desde la tradición del concepto de
formación que desde la idea de método de la ciencia moderna”.55 Habrá

137
que analizar, entonces, cómo surge con el humanismo renacentista un
nuevo ideal de saber humano, a partir de la rehabilitación de la retórica
y en oposición a la idea de ciencia escolástica.

1.2. El sentido común


En la in uencia que la tradición humanista ejerce sobre la
conformación de las ciencias del espíritu, el sentido común ocupa un
lugar especialmente importante, pues por medio de su ideal retórico se
enfrenta el predominio del metodologismo de las ciencias naturales.
Giambattista Vico (1668-1744), en su propuesta de una “nueva ciencia”
en oposición al racionalismo de Descartes, recurrió a este concepto y al
ideal humanístico de la elocuencia. Esta última provenía de la retórica, y
signi caba no sólo hablar bien sino también decir la verdad.
Ya en la antigüedad la retórica se había enfrentado a la especulación
vacía de los so stas, y reivindicaba para sí una verdadera sabiduría sobre
la vida. Dentro de esta preocupación estaba también la distinción entre
el erudito de escuela y el sabio, inspirándose en la gura de Sócrates
para establecer una oposición conceptual entre sophía (sabiduría) y
phrónesis (prudencia). Durante la época del Imperio romano, se valoró
la formación en el sentido del ideal del hombre práctico por sobre la
actividad contemplativa o teórica.
A Vico le sirve la reivindicación del sentido común, con su cultivo de
la prudencia y la elocuencia, para denunciar los límites de la ciencia
moderna y reclamar un espacio propio para la conclusión verosímil.
Pero con “común” no sólo apuntaba a cierta capacidad que pudieran
poseer los hombres en general, sino a determinados contenidos
presentes en la comunidad. En su opinión, lo que guía la voluntad no
son los conceptos racionales abstractos, sino la generalidad concreta que
representa la comunidad de un grupo, un pueblo, una nación o el
género humano en su conjunto.
De la elocuencia dependía la transmisión y recreación del sentido
común, que si bien no es un saber por medio de causas, no obstante
reconoce lo “evidente”. Las carencias que el racionalismo moderno
exhibía en relación con la educación de la fantasía y la memoria eran
satisfechas, también, a juicio de Vico, por la retórica, con su capacidad
de encontrar argumentos que pudieran contribuir a la formación de un
sentido para lo convincente.

138
Con la valoración de la phrónesis se destaca el carácter propio que
tiene el saber práctico, a diferencia del teórico –oposición que viene ya
desde Aristóteles–. Como está orientado hacia la situación concreta,
debe tomar en cuenta la variedad de circunstancias que la rodean. Pero
también contiene un aspecto ético: al poder distinguir entre lo que está
bien y lo que está mal, el hombre prudente sabe lo que es correcto y
conveniente para cada situación en particular. Esta capacidad no
depende de la especulación losó ca ni de la razón crítica, pues se logra
por medio de la asimilación de aquello que está presente y objetivado en
la vida comunitaria y que se expresa en sus organizaciones e
instituciones, al modo del derecho natural.
Desde la antigüedad se tuvo conciencia de que ni las posibilidades de
la demostración, ni el saber racional teórico eran su cientes para agotar
el campo del conocimiento. Dentro de ese contexto, la reivindicación de
Vico del sentido común y de la retórica humanística tiene especial
importancia para nuestro tema, pues arroja luz sobre la forma particular
en que se constituye la verdad en las humanidades, a diferencia de la
ciencia de la naturaleza. El problema se complica porque esa tradición,
todavía vigente en la época de Vico, se interrumpe sobre todo en el siglo
xix, debido a la creencia, prácticamente generalizada, de que la única
forma de conocimiento válida era la de la ciencia moderna.
Esa tradición retórica humanística, que se pierde durante mucho
tiempo, es retomada en Inglaterra por Anthony Ashley Cooper
Sha esbury (167l-1713), para quien el wit (talento, agudeza, ingenio) y
el humor (humor, agudeza), que incluye en el sentido común, cumplen
un especial papel en el trato social. Constituyen una virtud social,
caracterizada por una especial sensibilidad para captar el bien común,
pero su ejercicio depende más del “corazón” que de la cabeza. Habilita al
individuo para relacionarse con los demás con buena disposición, e
incluso con buen humor, pues el sentido común está suponiendo –
dentro de la vieja tradición humanístico-romana– una “profunda
solidaridad humana con el otro”, lo cual dota a la virtud social de una
base moral e incluso metafísica muy rme. Con el concepto de
sympathy (simpatía, a nidad, compasión), Sha esbury se re ere a una
“virtud intelectual y social”, sobre la que basa tanto la moral como toda
una metafísica estética.
El uso y signi cado del sentido común pervivió hasta nuestro siglo,
sobre todo en Inglaterra y los países románicos, como una capacidad

139
que, alejándose de las abstracciones entre las que se mueve la ciencia
natural, despliega un talento especial para la vida práctica. Así, por
ejemplo en el ejercicio de la justicia, el criterio para saber referir los
principios generales, aplicándolos, a los hechos particulares de que se
trate. Pero implica también una cualidad general del ciudadano, que no
sólo tiene el aspecto crítico de dejar a un lado las abstracciones que
alejan de los hechos y acciones prácticas concretas, sino que, además,
contiene y preserva un contenido social y político especí co.

1.3. La capacidad de juicio


La capacidad de juicio, que también está relacionada con el sentido
común, es una especial habilidad para la aplicación, que consiste en
saber subsumir lo particular bajo lo general; es decir, reconocer algo
como perteneciente a una regla. Como no es un procedimiento
lógicamente demostrable, no cuenta con un principio propio. Por las
mismas razones no es enseñable ni aprendible, sólo puede ejercitarse
por su reiteración en la experiencia.
Surge la facultad de juzgar ante la necesidad de comprender realidades
individuales, no incluibles bajo conceptos generales, del tipo de una
obra de arte o de un organismo vivo. Como ya lo vio Kant, lo individual
no puede ser conocido a partir de causas generales y externas, sino en
función de su propio principio interno o nalidad. Para el ejemplo del
organismo la nalidad interna es la vida, por lo que hay que juzgar cada
una de las partes –el corazón, el hígado, etc.– como articulables con ese
principio. Tal conexión se da en la forma de una relación recíproca entre
las partes y el todo, pues cada uno de los órganos funciona en la medida
en que se mantenga la vida del organismo; pero, a la vez, cada parte
contribuye al mantenimiento del todo –los pulmones oxigenan la sangre
para que el organismo pueda permanecer vivo–.
Juzgar, en este contexto, no signi ca a rmar la relación determinada
entre dos conceptos especí cos, del tipo de “El triángulo es una gura
de tres lados”, porque no hay tales nociones generales, pues el principio
interno lo es del objeto en particular; tiene más bien el sentido de
re exionar como si una ocurriera una interrelación entre las partes y el
todo, aunque no se la pueda veri car racional ni empíricamente.
La capacidad de juicio también ha sido aplicada a la moral, ámbito en
el que, al no poderse disponer de principios generales –porque
anularían la libertad–, se requiere un “sentimiento” o “tacto” muy

140
especial, para distinguir lo justo de lo injusto. Se posee juicio o sana
razón (common sense) cuando, ante una conducta o acción
determinada, y sin contar con un principio explicativo, se sabe qué es lo
que realmente importa, qué es lo que está en juego.
Para el ejercicio de esta capacidad es necesario que esté dado, y
asimilado, un sentido de lo comunitario, que contiene un entramado de
compromisos éticos y políticos que, precisamente, constituyen la base en
donde se sustentan las sociedades. Estos contenidos han sobrevivido
hasta la actualidad, de un modo u otro, desde el humanismo romano:
ser ciudadano signi ca tener ese sentido de lo comunitario, por el cual
se ajusta la conducta propia y se entiende la de los demás.

1.4. El gusto
El buen gusto no se restringe al juicio de lo bello en el arte: expresa un
ideal de formación social. Surge durante el absolutismo y en los albores
de la burguesía, a la luz del cuestionamiento a una valoración del
hombre sustentada en el origen de sangre y en la inserción estamental.
Propone en su reemplazo el modelo de una sociedad cultivada, donde la
legitimación social ya no se base en el nacimiento o en el rango, sino en
la posibilidad de juzgar a los demás y a sí mismo bajo parámetros que
sean ajenos a los caprichos e intereses particulares.
Desde luego, esa capacidad de juzgar contiene una determinada forma
de conocer, pues el buen gusto consiste en colocarse en un punto de
vista que equidiste de las preferencias y conveniencias propias, y que,
por lo tanto, se abra a las de los demás. Como tampoco depende de
conceptos generales, el gusto es algo que se tiene o no se tiene; no puede
ser demostrado ni imitado, si no se lo posee. Pero no por eso se reduce a
una cualidad privada, pues aspira a ser buen gusto, es decir, tiene una
pretensión de validez general. Quien lo posee, ejerce el buen gusto con
plena seguridad y con total independencia; acepta o rechaza sin esperar
la opinión de los demás, sin vacilar y sin dar ni pedir razones.
El gusto constituye una capacidad de discernimiento espiritual, pues
sabe mantener el equilibrio entre lo que demanda la sociedad –tómese
como ejemplo los gustos cambiantes de la moda– y lo que el propio
individuo desea –no estar “con el último grito de la moda”, pero
tampoco caer en la ridiculez del anacronismo–.
Tanto el gusto como el juicio están basados en el mecanismo general

141
de la facultad re exiva de juzgar, es decir, en la capacidad de poder
subsumir lo individual en lo general, de ver cómo se relaciona la parte
con el todo. Desde luego, para que pueda ejercitarse este tipo de
re exión, debe darse previamente el todo, aunque no esté de nido –ni
pueda estarlo– dentro de conceptos perfectamente determinados. Las
convenciones y costumbres que orientan el gusto y el juicio jamás están
dadas en conceptos unívocos, ni en forma completa; requieren siempre
de una “complementación productiva”.56 Este enriquecimiento constante
proviene de cada una de las experiencias; un buen ejemplo al respecto lo
constituye la tarea que realiza el juez: no sólo juzga a partir del derecho
concreto de que dispone, sino que con su sentencia contribuye al
desarrollo del propio derecho; es decir, “sienta jurisprudencia”.

2. SUPERACIÓN DEL SUBJETIVISMO


MODERNO
Como ya se adelantó, la tradición humanístico-retórica, que tanta
in uencia había tenido en el campo del conocimiento de la moral, la
sociedad, el derecho, la política y el arte, se interrumpe en el siglo xix
sobre todo en Alemania, lugar y época donde, como contrapartida, se da
una intensa preocupación por alcanzar una comprensión independiente
de las ciencias histórico-sociales, pero siempre bajo el in ujo del modelo
de las naturales. Mientras tanto, el juicio re exivo y el gusto, que habían
tenido una aplicación tan amplia, quedan reducidos al terreno de la
estética, como simples capacidades subjetivas, sin pretensiones de
conocimiento.
¿Por qué se produce este estrechamiento y empobrecimiento de la
función del gusto y de la capacidad re exiva de juzgar? La respuesta está
en el proceso general de subjetivización del conocimiento que inaugura
la Edad Moderna, y que en el ámbito del saber de la naturaleza había
dado resultados signi cativos. Dentro de esta posición, es en el sujeto, y
de acuerdo con las capacidades de recepción de los sentidos y de síntesis
de la razón, donde se dan las únicas posibilidades de conocimiento. Esta
concepción se inaugura con Descartes, y alcanza su descripción
de nitiva en Kant, para quien el conocimiento, en la medida en que es la
elaboración de la materia provista por los sentidos, queda reducido al
ámbito exclusivo de la ciencia natural.
De lo que no hay percepción sensible directa –la moral, la sociedad, la

142
política, la historia– tampoco hay conocimiento, y por lo tanto “ciencia”,
en sentido estricto. Respecto del arte, donde no obstante se da la
percepción sensible, se la interpreta en función subjetiva, al solo efecto
del agrado o satisfacción, sin pretensión alguna de verdad y objetividad.
Es bajo estas condiciones que tiene lugar en Alemania, durante el siglo
pasado, el surgimiento de la hermenéutica, sobre todo con Wilhelm
Dilthey, que realmente es un resurgimiento, pero con proyecciones hasta
ese momento desconocidas, que tienen su culminación en este siglo con
Gadamer. Dentro de esas proyecciones actuales está la capacidad
genuina para alcanzar, en el conocimiento de la sociedad y la historia,
una forma de objetividad y un contenido verdadero, por medio de
criterios y métodos totalmente independientes de las ciencias naturales.
Si tiene especial relevancia la estética y la tradición humanístico-retórica
en este proceso es porque fue en ese ámbito donde se revelaron las
nuevas posibilidades para el conocimiento.

2.1. Rehabilitación de la alegoría y el símbolo


Como es sabido, la hermenéutica, como teoría o arte de la
interpretación, tiene un gran desarrollo en el Renacimiento, sobre todo
debido a la pretensión de imitar el modelo de lo clásico –el arte y la
retórica antiguos– y ante las necesidades de la exégesis bíblica planteada
por la Reforma protestante. Dentro de este contexto fueron aplicadas las
nociones de alegoría y símbolo, que en el siglo xix alcanzan un relieve
muy especial. Ambos tienen un signi cado en común: en lo que se ve o
escucha no está el sentido, sino que está más allá de lo que aparece. Pero
también hay diferencias entre ambos: la alegoría forma parte del ámbito
del habla, y es una gura retórica, que consiste en decir algo distinto de
lo que se quiere decir, pero que resulta más fácilmente aprehensible o
más claro. El símbolo, en cambio, no se restringe a la esfera del lenguaje,
ni el signi cado de lo que aparece remite a otro signi cado, como en la
alegoría, sino que en lo sensible mismo está el signi cado. La función y
el sentido del símbolo residen en ser mostrados o dichos; por ejemplo,
la bandera o el himno nacional.
La alegoría fue muy usada, sobre todo en la tradición religiosa, ya
desde Homero, con la función de evitar las expresiones chocantes –en
los textos sagrados, por ejemplo– y reconocer detrás de ella verdades
válidas. El uso retórico recurre a ella, siempre que sea conveniente hacer
un rodeo o utilizar expresiones indirectas. Pero el símbolo alcanza

143
proyecciones metafísicas, que van más allá del uso retórico de la
alegoría: el propio ser sensible del símbolo no es una nada; es
manifestación de lo verdadero –lo divino en las religiones, por
ejemplo–. Contiene un “nexo metafísico de lo visible con lo invisible”,6
pero ambos aspectos se dan juntos en el objeto o documento
perceptible. Es la coincidencia de ambos lados –visible e invisible– en el
símbolo, lo que lo hizo especialmente aplicable a la obra de arte, pues en
ella también lo que aparece ante los sentidos remite en ello mismo a la
idea que lo trasciende.
Como el símbolo representa, en sí –es decir, en lo visible–, lo invisible,
constituye por esta razón un motivo de inagotable interpretación –a
diferencia de la alegoría, que remite a un signi cado determinado–. Su
contenido es in nito, lo cual no ocurre en la ciencia de la naturaleza,
donde la materia del conocimiento es circunscribible siempre bajo los
mismos conceptos. Ya Kant descubrió que el lenguaje tiene un
comportamiento simbólico, mani esto en su capacidad de
estructuración metafórica in nita, a partir de los mismos signos
lingüísticos. Esta maleabilidad característica de la palabra abrió
horizontes insospechados a la hermenéutica, debido a que el lenguaje
constituye el elemento fundamental con que trabaja.
Con la aplicación del símbolo al arte, desaparece el subjetivismo de la
crítica y de la estética, pues la obra ya no es interpretable en su
enigmaticidad a partir del modo en que afecta al sujeto, sino desde
aquello que se mani esta ante los ojos o el oído, pues en su
“materialidad” aparece objetivado su sentido.
La extensión de la aplicación del símbolo como principio universal de
interpretación del arte no dejó de despertar cuestionamientos, pues la
coincidencia de imagen y signi cado no es absoluta. Aquello que
aparece, lo sensible, está en el ámbito de la nitud, y lo que signi ca, es
in nito; se da la posibilidad, entonces, del desacuerdo y error entre
expresión y contenido. No obstante, esta inadecuación entre forma y
contenido es la característica esencial del símbolo; pero, además, ése
constituye también el aspecto de su mayor riqueza y aplicabilidad:
cuanto mayor es la distancia entre lo visible y lo invisible, son muchas
más las posibilidades de interpretación.

2.1. Una nueva concepción de la percepción y del arte


Dentro del proceso de subjetivización moderno ya aludido, los

144
conceptos del gusto y de la capacidad de juzgar re exivamente
quedaban reducidos a simples afecciones del sujeto, con lo cual perdían
toda pretensión de verdad y objetividad. Así para Kant, por ejemplo, el
juicio estético –la apreciación de lo bello– era visto como un juego libre
entre el entendimiento y la imaginación, pero sin ninguna posibilidad
de conocimiento, y al solo efecto del placer. Estas limitaciones eran
justi cadas en la comparación con lo que se suponía que ocurría en el
conocimiento de la naturaleza, con la percepción sensible. Ésta era
de nida como el re ejo o la reproducción de la realidad. En este siglo,
en cambio, se llega a la conclusión de que el fenómeno de la percepción
no consiste en la reproducción de un algo que pudiera mantenerse
inalterado; implica siempre –y así lo sostiene Martin Heidegger– una
determinada “acepción” –veo algo como mesa, por ejemplo, y no como
una tabla; veo algo como pizarrón, y no solamente una placa de
madera–.
La simple percepción sensible –por ejemplo: el ver, el oír– contiene ya
un ordenamiento signi cativo de lo que se ve u oye. No oímos ruidos
aislados, como suponía falsamente el viejo empirismo, sino la
motocicleta que pasa; no vemos matices de color y formas por separado,
sino la puerta pintada de marrón. Es el sentido el que ordena y articula
lo percibido, permitiendo su reconocimiento y comprensibilidad.
Este nuevo modo de entender la percepción abrió también nuevos
horizontes a la estética, revolucionando su comprensión, debido a que
prácticamente no hay diferencias entre ambas formas perceptivas.
También en el cuadro –como en cualquier imagen– el signi cado
articula y organiza los distintos aspectos, y constituye, a la vez, la fuente
de su comprensibilidad. “¿No ha de haber, pues, en el arte conocimiento
alguno?”, se pregunta Gadamer. “¿No se da en la experiencia del arte una
pretensión de verdad diferente de la de la ciencia pero, seguramente, no
subordinada o inferior a ella? ¿Y no estriba justamente la tarea de la
estética en ofrecer una fundamentación para el hecho de que la
experiencia del arte es una forma especial de conocimiento?”57
Si esto ocurre, será, por supuesto, una forma de conocimiento
totalmente distinta de la ciencia de la naturaleza, que se basa en los
datos de los sentidos, pero también será distinta de todo conocimiento
conceptual. No obstante será, de todas maneras, conocimiento, pues
estará mediado por la verdad. Para que pueda abrirse este nuevo campo
del arte, tendrá que describirse un nuevo concepto de conocimiento y

145
una nueva forma de realidad, distintos de los elaborados por Kant para
el conocimiento de la ciencia. Para ello habrá que contar con una noción
de experiencia de alcances mucho mayores.

3. ARTE, HERMENÉUTICA Y VERDAD


3.1. El signi icado del juego
El concepto de juego servirá como hilo conductor para desentrañar el
modo particular de verdad que se da en el arte, y su entronque directo
con la comprensión hermenéutica. El juego no es una actividad seria
para el jugador; la prueba está en que recurre a él para distraerse. Tanto
es así que, mientras lo practica, el jugador suspende momentáneamente
las tareas y preocupaciones que lo aquejan en la vida diaria. Pero no
obstante, el juego tiene una seriedad propia, independiente de las
preocupaciones prácticas. El jugador sabe que es un juego, pero si juega
debe tomarlo en serio; por lo tanto no puede objetivarlo y tomar
distancia de él. Ocurre lo mismo en la experiencia del arte, porque la
obra no es un objeto que se halle en oposición y enfrentada a un sujeto;
por el contrario, el ser de la obra, al ser experimentado, modi ca el ser
de quien lo experimenta. Lo que permanece en sí es la obra, y no quien
la observa. Idéntica situación se da con el juego; si se quiere conocer su
esencia, hay que preguntar al juego mismo por ella. La respuesta no la
puede dar el jugador, pues es parte del juego.
El jugador no es la causa externa que determine qué es el juego,
porque está dentro de él; a su actividad se debe solamente que el juego
acceda a su manifestación. El juego tiene, entonces, una esencia propia,
lo cual se ve muy claramente en su uso metafórico: “juego de luces”, “el
juego de las olas”, “juego de palabras”, etc. En todas estas frases la
palabra “juego” está utilizada para señalar el carácter independiente y
autónomo del fenómeno descrito. Pero además con él se está aludiendo
a un movimiento de vaivén, que no tiene un n determinado, pues su
esencia es la repetición.
El juego no puede ser de nido como una actividad que el hombre
realice a voluntad, porque el ser del jugador está involucrado en la
realidad del juego. Por lo tanto, nos encontramos aquí, como en el arte,
con un tipo de fenómeno que no responde a las características de la
realidad y de la objetividad, tal como las concibe la Edad Moderna: ser

146
producto de la actividad constructiva de una subjetividad
independiente.
Investigaciones antropológicas contemporáneas, como las de Johan
Huizinga (1872-1945),58 muestran que el juego se da en todas las
culturas, desde sus orígenes, e incluso en la vida animal. En la mayoría
de los casos es imposible distinguir entre juego y realidad, entre ser y
apariencia. Esto es muy claro en el comportamiento lúdico del niño y en
las prácticas religiosas primitivas, que también son formas de juego,
donde no hay modo de diferenciar entre realidad y creencia.
Por medio de estos ejemplos queda claro que la realidad del juego
posee una importancia que está más allá de la conciencia del jugador.
Esto se ve incluso en el hecho de que el juego no exige esfuerzo; y no
porque no requiera hacer sacri cios en muchos casos, sino porque ese
esforzarse es experimentado como descarga. El jugador se abandona al
movimiento propio del juego, liberándose de la obligación de la
iniciativa, que es lo que verdaderamente resulta penoso. Este interés del
jugador se hace notorio en el impulso a la repetición que siempre
experimenta, así como en el hecho de que el juego se renueva
continuamente.
También se puede decir que los animales juegan, y que incluso la
naturaleza lo hace –la luz con el agua, por ejemplo–. Pero éste no
constituye un uso metafórico, opuesto a un uso literal, pues si el hombre
juega, es porque también él queda involucrado en un proceder natural:
el juego es automanifestación, y, como tal, le compete al conjunto de la
realidad.
Caracteriza a ésta un movimiento continuo, que da lugar al
surgimiento o autopresentación tanto del mundo físico como del vegetal
y animal, y que tal vez incluya al hombre. Ese movimiento no tiene
causas ni nes últimos.
El jugador no se anula en el juego; en él se representa a sí mismo –
piénsese, por ejemplo, en los juegos de los niños–. Pero además, toda
presentación es representación para...; es decir, está dirigida a un
espectador, el cual no está fuera, sino dentro del juego mismo. Con este
nuevo elemento se ve más claramente que la esencia del juego –o del
arte– no depende de la conducta o la conciencia del jugador –o del
creador–, pues constituye una realidad que lo supera, en la medida en
que incluye al espectador mismo. En esta remisión obligada al otro, el
ser de la obra de arte obtiene su acabada realización.

147
3.2. Transformación del juego en construcción
A este pasaje, mediante el cual el juego alcanza su perfección y se
convierte en obra de arte, Gadamer propone que se lo denomine
“transformación en una construcción”. En ella se mani esta el ser
mismo del juego, con independencia de lo que se representen los
jugadores. Con el concepto de “construcción” se alude al carácter
permanente por la posibilidad de repetirse que tiene el juego, y que en el
arte es la obra misma.
Conviene entender adecuadamente el concepto de transformación, no
signi ca “alteración”, que corresponde a aquello que, cambiando –por
ejemplo, de aspecto–, no obstante sigue siendo lo mismo. Signi ca que
algo se convierte de golpe en otra cosa completamente distinta, y que
esta segunda cosa en la que se ha convertido por su transformación es
su verdadero ser, frente al cual su ser anterior era nada. Lo que ahora
aparece y se mani esta es lo realmente verdadero. Con este nuevo
aspecto se evidencia aun más la insu ciencia de recurrir a una
interpretación desde la subjetividad; el creador, el actor, el ejecutante en
la música, desaparecen detrás de la obra misma.
Pero además con construcción se alude al hecho de que se accede a un
mundo propio, que no es comparable a ningún otro –incluso a aquello
que llamamos realidad–, porque tiene la norma o pauta de lo que es en
sí mismo. No es más real o menos real; es otra cosa, con un espacio
propio.
El sentido profundo de la transformación en una construcción está en
que esa conversión es hacia lo verdadero. En la realidad en la que
vivimos, las posibilidades que tenemos son in nitas y se pierden en el
futuro. Nunca estamos en situación de acceder a un panorama
completo, en el que se vea la concreción de las posibilidades realizadas.
Por lo tanto, nunca podemos estar en posesión del verdadero sentido de
nuestra existencia. En cambio, en la tragedia y en la comedia, o en
cualquier otra expresión artística, las posibilidades de una forma
determinada de vida están cumplidas y encerradas en un todo, de tal
modo que podemos comprender su sentido último. Es por eso que la
contemplación del arte genuino despierta la convicción de que “las cosas
son así”, sin importar para nada si lo contemplado en el escenario
responde a hechos realmente acaecidos.
La construcción posee un carácter autónomo y superior, pues la

148
realidad es superada en la obra de arte, en la medida en que en ésta se
expresa la verdad de la realidad. Por eso el arte fue interpretado desde
antiguo como imitación; pero no se entiende correctamente este
fenómeno si no se tiene en cuenta que encierra un especial “sentido
cognitivo”. En la caricatura, por ejemplo, se acentúan los aspectos y
actitudes mani estos del personaje caricaturizado, que realmente lo
particularizan. Más que conocimiento, la imitación, como aspecto
esencial del arte, es reconocimiento. No signi ca solamente conocer lo
ya conocido; hay un agregado. En el reconocimiento emerge lo ya
conocido, pero despojado de todo lo accidental y accesorio; aparece
como es en su esencia.
Estas nuevas perspectivas de conocimiento que abre el arte tienen una
importancia inocultable para la comprensión de los fenómenos sociales
e históricos, si se tiene en cuenta que para la ciencia moderna no se
puede conocer el en sí de las cosas, sino tal como ellas se mani estan o
aparecen.

4. EL CARÁCTER HISTÓRICO DE LA
EXPERIENCIA HERMENÉUTICA
4.1. El círculo hermenéutico y el condicionamiento de los
prejuicios
La hermenéutica se desarrolló como respuesta al problema de
interpretación que presenta un texto –cualquiera fuere–, cuyo sentido
no está claro, ya porque le falten partes, o porque contenga
contradicciones, o por cualquier otra razón. Para evitar el error y
alcanzar el contenido verdadero, el procedimiento no podía ser otro que
poner en relación el sentido global –por impreciso que fuere– con el
sentido parcial de cada una de las partes. A este mecanismo –cuyo uso
proviene de la retórica–, que consiste en entender la parte por medio del
todo y al todo por medio de la parte, se lo denominó círculo
hermenéutico. En este siglo fue Heidegger, en su obra El ser y el tiempo,
quien, profundizando en el tema, llegó a la conclusión de que toda
forma de conocimiento, sin excepción, sigue este procedimiento
circular, aunque no sea consciente de ello.
La circularidad se debe a que se avanza a lo nuevo, pero siempre desde
conocimientos que ya se tienen, que, por no estar su cientemente

149
fundamentados, o por ser insu cientes para la nueva tarea, se
denominan prejuicios. Pero el círculo no necesariamente tiene que ser
“vicioso” y reiterarse en los mismos términos, pues si el conocimiento
realmente progresa, va a contener un momento positivo, que consiste en
la remoción de aquellas ideas incorrectas. Así por ejemplo, en la lectura
son preconceptos las opiniones previas. La prescripción básica que
efectúa la hermenéutica es no dejar que esas opiniones sin fundamento
determinen el sentido de lo que se está leyendo; propone, en cambio, ir
al texto mismo, con una actitud abierta y receptiva para lo que pretenda
decirnos.
Es importante no quedarse solamente con el matiz negativo de
insu ciencia y de obstáculo que tienen los prejuicios para el
conocimiento, porque ellos también tienen el aspecto positivo de
hacerlo posible, en la forma del proyecto. No se comprende desde la
nada, sino partiendo de los conocimientos que ya se poseen, y con los
cuales se traza un anticipo provisorio del sentido del todo.
Responsabilidad permanente de la lectura –y de toda investigación–
será comprobar si esa precomprensión se adecua o no a lo que se está
leyendo.
Sólo se comprende si el sentido del texto que se lee aparece como
completo, fenómeno al que Gadamer denomina “anticipación de la
perfección”. Este preconcepto garantiza que la comprensión
hermenéutica se oriente por el contenido y la verdad del texto y no sea
arbitraria, pues en el caso de que las expectativas de sentido no se
cumplieran tiene que reiniciarse la tarea interpretativa, a partir de
nuevas bases.
Cuando se progresa en la comprensión es porque se avanza tanto en el
conocimiento de los prejuicios de que se parte, como en la revisión de
aquellos que di culten la tarea. Lo cual signi ca que la experiencia
hermenéutica se da en el con icto que crea el choque entre lo nuevo y
distinto a que se abre, y lo viejo y familiar representado en los prejuicios.
Por lo tanto, la verdad en las ciencias histórico-sociales, a diferencia de
la ciencias de la naturaleza, consistirá, fundamentalmente, en la
convalidación de las opiniones previas correctas.
Como la verdad es la solución de la oposición entre lo nuevo y los
conocimientos previos, contiene una síntesis. Pero al estar esta unión en
un plano superior, es una síntesis superadora, en el sentido dialéctico de
la palabra, pues recoge de ambas posiciones lo sustancial, y desecha lo

150
innecesario o incorrecto.
Pero debe quedar en claro que es imposible la revisión completa de
todos los prejuicios –y ésta es una convicción fundamental de la losofía
contemporánea– porque la comprensión es siempre nita y situada.
Nuestra razón posee límites, que podrá revisar en el mejor de los casos,
pero para encontrarse siempre ante otros nuevos. Y entre ellos está el
haber nacido en una época determinada, de cuyos condicionamientos es
muy difícil tomar conciencia.
Entre los supuestos fundamentales de la preestructura de la
comprensión, está la in uencia que la tradición ejerce sobre el presente.
El movimiento de la Ilustración consideró a esta in uencia como
incompatible con la libertad que, entendía, era patrimonio absoluto de
la razón. Por ese motivo dedicó sus mayores empeños a combatirla. Pero
ese enfoque fue erróneo, pues la razón no es absoluta en sus
posibilidades; es real e histórica. No es dueña de sí misma porque “está
siempre referida a lo dado en lo que se ejerce”.59 Y esto no sólo ocurre en
la ciencia de la naturaleza que, como mostró Kant, depende de
determinados elementos a priori. También esa dependencia se da,
aunque con características distintas, en el conocimiento de la historia.
Pues no ocurre como si la historia nos perteneciera, es decir que
pudiéramos circunscribirla o rodearla con nuestros conceptos, como si
fuera una cosa; por el contrario, nosotros pertenecemos a ella. Antes de
podernos comprender a nosotros mismos, re exivamente, nos
comprendemos a través de la familia, la sociedad y el Estado en que
vivimos. Por este motivo es que “los prejuicios de un individuo son,
mucho más que sus juicios, la realidad histórica de su ser”.60
La amplitud de enfoque de la hermenéutica contemporánea debe
mucho a esta nueva conciencia del pasado –lo hemos visto, por ejemplo,
en el reconocimiento de la pervivencia de la tradición humanista y
retórica antigua–. Admitir que hay ideas y valores del pasado, operando
en las posibilidades de comprensión del presente, signi ca reconocer,
también, el papel que juega el transcurso del tiempo. Particulariza a la
conciencia, entonces, un especial carácter histórico, componente
ineludible en toda forma de conocimiento, aunque la ciencia moderna
no lo admita; en la hermenéutica, además, fue condición de una
comprensión más adecuada de la historia misma.

4.2. Signi icado de la distancia en el tiempo

151
Friedrich Ernst Daniel Schleiermacher (1768-1834), en la primitiva
descripción de la hermenéutica, atribuía al sujeto la imposición de la
estructura de la precomprensión. Con la aplicación del círculo
hermenéutico la cuestión sufre un giro completo, para colocarse en sus
justos términos: la anticipación de sentido inherente al conocimiento no
es producto de un acto libre del sujeto porque está determinada desde la
relación de comunidad con la tradición. Pero tampoco el sujeto es
totalmente pasivo ante un saber transmitido, ya completo y jo, pues en
cada acto de conocer el contenido de la tradición cobra nueva vigencia,
integrándose en un proceso de continua transformación.
Esta relación con la tradición, a la que se alude con el concepto de
pertenencia, no es armónica. En ella se da un particular con icto entre
lo extraño y lo familiar, pues quien interpreta no sólo recibe aquellos
conceptos y valores que amplían sus posibilidades de comprensión, sino
también los que la entorpecen. Dentro de esta particular tensión se sitúa
la hermenéutica, y con ella tiene que ver la tarea, siempre difícil, de
distinguir entre los prejuicios legítimos, que favorecen el progreso del
conocimiento, de aquellos ilegítimos, que lo di cultan y son fuente de
error y confusión.
En sus comienzos la hermenéutica creyó que había que despojarse de
las convicciones del presente, trasladándose idealmente a la época
correspondiente para poder entender mejor, desde ella, el
acontecimiento u obra descrito en el documento. Esto no es así, pues
hay un particular efecto de la distancia en el tiempo, que no se puede
eludir. Cada época interpreta el contenido transmitido por la tradición,
desde las necesidades y expectativas de su propio presente. El sentido de
un texto no depende exclusivamente de los intereses del autor y de los
ocasionales intérpretes de su propia época; depende también de los
intereses de cada época y de sus intérpretes sucesivos. Es desde el
presente y sus particulares intereses, como se interpreta lo recibido del
pasado. No hay un sentido cristalizado en el tiempo y que permanezca
inalterado; se transforma, con el transcurrir del tiempo, en la medida en
que cada época lo va abordando desde distintas perspectivas.
Siempre, y no alguna vez ocasionalmente, el sentido del texto supera la
conciencia de quien lo escribió. Quien luego lo lee, encuentra cosas que
el autor no pudo ver. Esto tiene una consecuencia muy importante: la
comprensión no es una tarea meramente reproductiva, sino productiva.
El plus que enriquece el texto no es un agregado arbitrario, pues

152
depende de la nueva perspectiva que ha abierto el paso del tiempo. Lo
correcto es decir, entonces, que cuando se comprende el contenido
transmitido desde una época muy lejana, no se lo entiende mejor ni
peor, sino en un sentido diferente.
La distancia en el tiempo no es un obstáculo que haya que salvar para
comprender mejor un determinado acontecimiento –las campañas de
Alejandro o el arte griego, por ejemplo–, como falsamente pensaba el
romanticismo con su intento vano de objetivar también el estudio de la
historia, por imitación del proceder en el conocimiento de la naturaleza.
Lo correcto es realmente lo contrario: la distancia en el tiempo abre las
posibilidades genuinas de comprender, pues el acontecer histórico
sustenta el propio presente desde el que se re exiona. Ese acontecer ha
sufrido una serie de transformaciones necesarias, que no podemos
negar ni eludir, pues nuestro propio presente, nuestra época, nosotros
mismos, estamos conformados a la luz de esa transmisión. El paso del
tiempo, en vez de di cultar, amplía, en cambio, las posibilidades de
comprender. Muy al contrario de lo que usualmente se piensa, nada
comprendemos peor que los acontecimientos contemporáneos, pues nos
falta, precisamente, la lejanía su ciente que nos facilite una visión
completa de ellos.
Si bien la distancia en el tiempo posibilita la comprensión del
signi cado verdadero, éste no tiene un acabamiento nal, pues su
interpretación tiene el carácter de un proceso in nito. No sólo porque
progresivamente se vayan eliminando errores e imprecisiones, sino
porque constantemente aparecen nuevas fuentes de comprensión.
La expansión de sentido que produce el transcurso histórico permite
ir resolviendo el problema de la distinción entre los prejuicios
verdaderos y los falsos. De ahí también la importancia que la
hermenéutica asigna al desarrollo de una conciencia histórica, en todo
lo que atañe al tratamiento de los temas de la sociedad y la cultura. Ella
brinda las herramientas necesarias al investigador y al estudioso para
poder revisar aquellos prejuicios, heredados y propios, que le impiden
una correcta apreciación de la verdad.

4.3. El principio de la historia efectual


Es tan fuerte la gravitación que ejerce la historia sobre la materia de
estudio de las ciencias de la cultura que toda decisión que se tome
respecto de aquello que resulte cuestionable o digno de investigarse

153
depende de esa in uencia. Gadamer denomina “principio de la historia
efectual” a la conciencia de este entretejido de pasado y presente; y el
primer requisito para ponerlo en práctica es proceder al esclarecimiento
de la situación de la que se parte. Pero si bien constituye una condición
imprescindible, su realización completa es imposible, pues la conciencia
está inmersa en la situación, por lo que no la puede englobar ni
objetivar.
Particulariza a la situación el estar circunscrita en un horizonte
determinado. Esta idea fue utilizada desde Nietzsche para indicar que el
pensamiento sólo puede estar dedicado a cuestiones especí cas; que,
por lo tanto, es limitado, no absoluto, aunque capaz de progresivas
ampliaciones. Está tomado del fenómeno visual y, metafóricamente, en
usos del tipo de “una persona de horizontes amplios”, para indicar que
no se queda con lo que está “ante sus ojos”, con lo inmediato; que, por el
contrario, sabe distinguir lo importante de lo que no lo es, aunque esté
lejano.
Tomar conciencia de la situación hermenéutica consiste, entonces, en
ser capaz de trazar el horizonte que englobe las cuestiones relevantes, a
la luz de lo transmitido por la tradición. Signi ca adoptar el punto de
vista justo, que tenga en cuenta, tanto la propia situación, como la
correcta conexión histórica de las cuestiones.
La adecuada aplicación del horizonte sirve para evitar la indistinción
histórica, que es otra de las consecuencias negativas del pretendido
objetivismo del romanticismo, permitiendo la apertura a aquello que la
tradición nos diga, aunque resulte extraño y entre en colisión con las
propias convicciones. Pasado y presente están en situaciones diferentes,
por lo que el traslado al pasado –al Renacimiento, por ejemplo– no sólo
es imposible, como se vio, sino que con ello se está impidiendo que ese
pasado nos diga algo que nos pueda afectar a nosotros en el presente –la
in uencia que la teoría política, la investigación cientí ca y técnica y el
arte renacentistas ejercen sobre nosotros–. Lo mismo ocurre en el
diálogo con otra persona, que también constituye una práctica
hermenéutica característica. Si escuchamos solamente su opinión,
trasladándonos a su situación particular –es decir, “poniéndonos en su
lugar”–, para justi carla desde su posición, nos estamos cerrando a la
alteridad y a la diferencia de lo que nos está transmitiendo; con lo cual
se desnaturaliza el sentido de la conversación, cuya esencia está en
poner en relación y confrontación la opinión propia con la ajena.

154
La diferencia de horizontes que implican las polaridades conocido-
desconocido, familiar-extraño, presente-pasado, opinión propia-opinión
ajena, no denota alteridades irreconciliables; muy por el contrario, la
tarea esencial del conocimiento, a la que hace especialmente honor la
hermenéutica contemporánea, consiste en la posibilidad de establecer
una fusión de horizontes. Signi ca poder acceder a un plano de
generalidad que haga justicia a las pretensiones de verdad de cada uno
de los opuestos, conformando una síntesis superadora, en el sentido
dialéctico, porque recoge y valora lo esencial, desechando lo parcial y
contingente.

LA FORMALIZACIÓN ESTADÍSTICA Y LA
COMPRENSIÓN DE LOS FENÓMENOS
ECONÓMICO-SOCIALES
A menudo, buscándole explicaciones
económicas al hambre, se hace depender de la
política de producción y distribución de los
alimentos, política que suele basarse en el dato
estadístico agregado de la cantidad de alimentos
disponible por persona en el país; a este indicador
le otorgó ya preeminencia omas Richard
Malthus a comienzos del siglo xix. Pero puede
haber hambre con un valor elevado de ese
guarismo. La con anza en esas simples cifras crea
muchas veces una engañosa sensación de
seguridad y, con ello, hace que los gobiernos
eludan tomar las medidas oportunas.
Para comprender más adecuadamente el
fenómeno del hambre hay que examinar los
canales de adquisición y distribución de los
alimentos y estudiar cómo y en razón a qué tienen
acceso a éstos los distintos sectores de la sociedad.
La hambruna sobreviene porque una fracción
importante pierde los medios para obtener
comida, por culpa del paro, la depreciación
salarial o una grave alteración del tipo de cambio
entre la venta de bienes y servicios y la compra de
alimentos. La información acerca de estos factores

155
y de los demás procesos económicos que in uyen
en la capacidad de procurarse comida debería
estar en la base de las políticas encaminadas a
evitar la escasez y aliviar el hambre.
La hambruna de Bangladesh en 1974 es prueba
de que hay que ampliar mucho la apreciación de
los factores que originan tamaños desastres. Aquel
año la cantidad de alimento per cápita en
Bangladesh era elevada, mayor que cualquier otro
año entre 1971 y 1976. Pero las inundaciones que
hubo desde nales de junio hasta agosto
impidieron el trasplante del arroz [...] y otras
prácticas agrícolas en el distrito norte. Aquello
arruinó, a su vez, la contratación de peonadas en
el campo, donde los jornaleros viven al día. Sin
salario, estos trabajadores no pudieron comprar
ya mucha comida, y llegaron a ser víctimas del
hambre.
El pánico agravó todavía más la situación.
Aunque no se esperaba recoger la principal
cosecha de arroz, que había sido dañada sólo en
parte por las inundaciones, hasta diciembre, el
temor a una posible escasez promovió
inmediatamente el aprovisionamiento precautorio
y el acaparamiento. Los precios se dispararon. Al
encarecerse el arroz y otros cereales, se les hizo
imposible a los bangladeses pobres la compra de
su comida. Cuando los precios de los alimentos
alcanzaron, en octubre, la cota más alta, también
fue máxima la mortandad.
Llegada la cosa a ese punto, el gobierno, con
evidente retraso, empezó a dirigir ayudas en gran
escala. Su respuesta se retrasó por varias razones,
una de ellas que Estados Unidos, en represalia
porque Bangladesh exportaba yute a Cuba,
suspendió los envíos de alimentos. Pero uno de
los mayores obstáculos fue la engañosa sensación
de seguridad que originaron las elevadas cifras del

156
volumen de subsistencias disponibles. Una vez
puestas en marcha las ayudas, el mercado
comenzó a readaptarse a una estimación más
realista de la cosecha de invierno: las pérdidas de
grano fueron mucho menores de lo que antes se
había supuesto. En noviembre, los precios de los
alimentos empezaron a bajar; a nales de ese
mismo mes, se cerró la mayoría de los centros de
auxilio. El hambre desapareció casi por completo
antes incluso de que se pusiese fecha a la recogida
de la cosecha parcialmente dañada.
(Amartya Sen, “La vida y la muerte como
indicadores económicos”, cit.)

45 Ceteris paribus quiere decir “si se mantienen igual todas las demás cosas”.
46 El monismo metodológico a rma que todas las ciencias se rigen por un método único. Los
dualistas, por su parte, postulan dos métodos: uno para las ciencias naturales y otro para las
sociales. Finalmente, las corrientes pluralistas consideran que existen múltiples métodos
cientí cos.
47 Cf. M. Blaug, La metodología de la economía o cómo explican los economistas, Madrid,
Alianza, 1985, p. 149.
48 Agradezco a Silvia Rivera el haberme señalado la posible in uencia de Stanley Cavell en la
elaboración kuhniana del pensamiento de Wittgenstein.
49 T. Kuhn, La estructura de las revoluciones cientí cas, México, fce, 1975, p. 18.
50 En Segundos pensamientos sobre paradigmas Kuhn adopta, para alguna explicación, el estilo
propio del Wittgenstein de Investigaciones losó cas, por ejemplo cuando compara el accionar de
los cientí cos con un juego de niños.
51 Cf. M. Blaug, La metodología de la economía o cómo explican los economistas, cit., pp. 292-
293.
52 Cf. H-G. Gadamer, Verdad y método, Salamanca, Sígume, 1988.
53 Ibídem, p. 39.
54 H.-G. Gadamer, Verdad y método, p. 343.
55 H.-G. Gadamer, Verdad y método, p. 47.
56 H.-G. Gadamer, Verdad y método, p. 70.
57 Ídem, p. 139.
58 J. Huizinga, Homo ludens, Madrir, Alianza, 1994.
59 H.-G. Gadamer, Verdad y método, p. 343.
60 Ídem, p. 344.

157
VI. PROBLEMAS ESPECÍFICOS EN
CIENCIAS ECONÓMICO-SOCIALES
En realidad, el espacio social es un espacio
pluridimensional, un conjunto abierto de
campos relativamente autónomos, es decir,
más o menos fuerte y directamente subordinados
al campo de la producción económica.
Pierre Bourdieu,
“Espacio social y génesis de clase”

158
7. LA PROBLEMÁTICA
VALORATIVO-METODOLÓGICA EN
LAS CIENCIAS SOCIALES
Susana de Luque

En este artículo se tratan los problemas metodológicos surgidos a


partir de la constitución de las ciencias sociales como dominios
independientes de saber. La particularidad del objeto de estudio de estas
disciplinas ha generado importantes polémicas acerca de cuáles son los
métodos más apropiados para producir conocimiento cientí co. Estas
polémicas permanecen vigentes. Cada postura propone una
metodología distinta para resolver de un modo diferenciado las
relaciones entre teoría y comprobación empírica. Sin embargo, el
con icto no es de orden estrictamente metodológico; porque la
adopción de una determinada metodología implica una toma de
posición, es decir, una epistemología en la que explícita o
implícitamente se fundamenta la validez del conocimiento que se
propone alcanzar.
En la presente propuesta no se realiza una presentación exhaustiva del
tema. Se exponen, más bien, algunas características de aquellas
corrientes de pensamiento que, nacidas en el siglo xix, han tenido y
tienen aún hoy in uencia sobre las disciplinas sociales. Se analiza
particularmente el positivismo, el historicismo y la metodología
propuesta por el marxismo. Pues, en cierto modo, la epistemología
social contemporánea es tributaria de esas corrientes de pensamiento.
Como ejemplo de ello se re exiona, más adelante, sobre la
epistemología de un teórico social contemporáneo: Pierre Bourdieu
(1930-2002).

1. EL NACIMIENTO DE LAS CIENCIAS


SOCIALES

159
La ciencia moderna se opuso a las construcciones teológicas
especulativas de la Edad Media elaborando un conocimiento basado en
el rigor del dato. Su nacimiento fue empírico, nomotético (enunciación
de leyes generales) y avalorativo. Esto signi có, en primer lugar, la
pretensión de fundar un conocimiento que se basara en el tratamiento
de los hechos, de los fenómenos concretos, observables y cuanti cables.
En este caso las proposiciones cientí cas obtienen su validez a partir de
la contrastación empírica. Signi có, asimismo, que la observación y la
experimentación se constituyeran en los recursos técnico-
metodológicos más utilizados, y que la lógica inductiva dominara la
producción cientí ca hasta las primeras décadas del siglo xx. En
segundo lugar, la sistematización de los fenómenos y el establecimiento
de regularidades empíricas (a través de la observación y la medición)
posibilitaron la enunciación de leyes universales (carácter nomotético)
capaces de explicar y predecir. Estas leyes tienen mayor o menor poder
explicativo de acuerdo con la cantidad de fenómenos que a partir de
ellas pueden ser explicados. Cuanto más abstractos y generales son sus
conceptos, mayor poder explicativo tienen. El establecimiento de leyes
generales universalmente válidas permite la predicción de nuevos
fenómenos. En tercer lugar, la preocupación se centró en que este
conocimiento estuviera desprovisto de valores, esto es, que fuera
“objetivo”. Se aspiraba a una ciencia neutral cuya capacidad explicativa y
predictiva crecería de acuerdo con la dinámica del progreso. La
aspiración máxima de la ciencia moderna fue construir un sistema
formalizado, a partir del cual se pudieran explicar la totalidad de los
fenómenos. De esta manera, la uni cación de las ciencias y la
construcción de un paradigma universalmente válido se constituyeron
en uno de los ideales de la modernidad.61
Los fenómenos físicos fueron los primeros en ser sometidos a este tipo
de conocimiento. Los éxitos logrados en este campo provocaron un
desarrollo espectacular de las ciencias físicas y naturales durante los
siglos xvii y xviii. Tales fenómenos podían entonces ser explicados a
partir de la razón cientí ca, y ello permitía la manipulación y la
dominación de la naturaleza por el hombre.
A mediados del siglo xix surgió el interés práctico por resolver
problemas económicos, sociales y políticos propios del orden capitalista.
La pregunta cientí ca se orientó hacia el hombre, pues la necesidad de
dominar y controlar los fenómenos sociales transformó al hombre en el

160
objeto de estudio de este nuevo dominio de saber. De este modo
surgieron las ciencias sociales: la sociología, la economía, el derecho, la
psicología, la ciencia política, la lingüística y todas aquellas disciplinas
que re exionan sobre lo humano.62 Estas disciplinas recortan, desde
distintas perspectivas, sus objetos de estudio en relación con la actividad
del hombre.
La primera etapa en la constitución de las ciencias sociales como
dominios independientes del saber se caracterizó por la in uencia de la
losofía positiva. Esto signi có la traspolación acrítica del paradigma de
las ciencias naturales a las sociales. El estudio del hombre, entonces, se
abordó con una metodología similar a la utilizada para el estudio de la
naturaleza.
La segunda etapa es la que corresponde al surgimiento del
historicismo alemán. Esta corriente losó ca constituyó una reacción al
pensamiento positivista y reivindicó una epistemología propia para las
ciencias sociales. Señaló la necesidad de construir una alternativa
metodológica especí ca para el abordaje de los fenómenos sociales: la
comprensión. Paralelamente, en esta etapa se constituyó el pensamiento
marxista caracterizado por la utilización de una metodología
materialista y dialéctica.
La tercera etapa corresponde a la re exión sobre las ciencias sociales
que se ha realizado en los últimos cincuenta años, en la que se destacan
el estructuralismo (tanto en su versión marxista como funcionalista, por
una parte, y en su versión psicoanalítica, por otra) así como los aportes
de la lingüística, de la hermenéutica y del posestructuralismo en
general.

2. EL POSITIVISMO EN LAS CIENCIAS SOCIALES


El método cientí co positivista surge a mediados del siglo pasado de
la mano de Augusto Comte. Este pensador francés es considerado uno
de los fundadores de la sociología. Su pensamiento constituye el primer
intento de delimitar para las ciencias sociales un objeto de estudio
especí co y distinto del de las ciencias naturales.
Desde una perspectiva positivista, lo prioritario del conocimiento
cientí co es su base empírica. Todo enunciado que pretenda ser
cientí co debe referirse a entidades observables, es decir, a hechos o
fenómenos que sean susceptibles de ser cuanti cados y medidos. Su

161
metodología se basa en la utilización de técnicas como la observación, la
medición, la experimentación y la comparación. Todo aquello que no
permita la utilización de estas técnicas queda relegado al campo de lo
extracientí co. El positivismo comteano constituyó un intento por
erradicar las explicaciones metafísicas de las ciencias sociales,
oponiéndoles un conocimiento racional de lo estrictamente fáctico. Lo
positivo se opuso a lo metafísico como lo real a lo especulativo.
Para el positivismo, sólo se cumple con el objetivo de la ciencia a
partir de esta metodología. Este objetivo es la enunciación de leyes
invariantes, universalmente válidas, que garanticen la explicación y la
predicción de los fenómenos. El valor de la explicación cientí ca reside
básicamente en su comprobación empírica y objetiva.
La objetividad o neutralidad valorativa constituye otro de los
requisitos fundamentales que (según el positivismo) debe tener el
conocimiento cientí co. Las proposiciones cientí cas deben estar
exentas de valores, pues ésta es la única forma de garantizar su
objetividad y alejar a la ciencia de las “engañosas explicaciones de la
metafísica”.
La in uencia del positivismo sobre las disciplinas sociales fue de
fundamental importancia hasta las primeras décadas del siglo xx. Desde
esta perspectiva, cualquier conocimiento, para ser cientí co, debe
cumplir con reglas metódicas rigurosas. Tales reglas deben ser válidas
para todas las disciplinas que se precien de ser cientí cas. De allí que la
metodología que había sido utilizada con éxito para el desarrollo de las
ciencias naturales intentó ser trasladada a las ciencias sociales. Esta
postura que plantea la unicidad del método cientí co se llama
“reduccionista”. El reduccionismo sostiene que el conocimiento
cientí co tiene un solo método válido: se trata del método experimental
de las ciencias naturales. El objetivo de las ciencias sociales sería,
entonces (al igual que el de sus antecesoras) establecer leyes generales
que sirvieran como instrumentos para la explicación sistemática y la
predicción con able. En consecuencia, la metodología queda reducida
al conjunto de reglas lógicas supervisoras del proceso cientí co y
encargadas de proteger la neutralidad y objetividad en todas las etapas
de ese proceso.
El positivismo de Comte pretendió que las ciencias sociales formaban
parte de las físico-naturales. En su Curso de losofía positiva, propone
una organización jerárquica y enciclopédica de las ciencias.63 La física

162
social es la ciencia que estudia los fenómenos más complejos y la última
en desarrollarse históricamente. A partir de ella será posible organizar la
sociedad de una manera racional y cientí ca.
Esta clasi cación de las ciencias se vincula con la enunciación
comteana de la ley de los tres estados, la cual explica el devenir humano
desde una perspectiva evolucionista consustanciada con el ideal de
progreso dominante en aquel momento histórico. De acuerdo con ella,
el individuo, tal como la especie humana, pasa sucesivamente por tres
estados diferentes caracterizados por tres momentos teóricos que se
excluyen mutuamente. El primero es el estado teológico, en el que las
explicaciones remiten a las voluntades arbitrarias de seres
sobrenaturales. En el segundo, el metafísico, todo se explica por
entidades abstractas (ideas, conceptos sin referencia empírica). El
tercero y último estado es el positivo (o cientí co) y se caracteriza por la
enunciación de leyes (relaciones invariantes entre los fenómenos). En él
se renuncia a conocer lo absoluto (el origen y el destino del universo).
Toda explicación se reduce a los hechos y a las relaciones necesarias que
se establecen entre ellos. En el estado positivo se establecen las bases del
único conocimiento que los positivistas consideran verdadero: el
racional, basado en la observación y medición (conocimiento
cientí co). Para alcanzar este estado positivo de nitivamente, es
necesaria la constitución de una física social que complete el estudio de
todos los fenómenos posibles y complete, con ello, la jerarquía
enciclopedista de las ciencias. Para Comte, a partir de la constitución de
la sociología sería posible la reorganización de la sociedad de una
manera cientí ca.64
Émile Durkheim (1858-1917) es el heredero más importante del
método y la losofía de Comte. Sin embargo, cabe aclarar que el propio
Durkheim se encargó de señalar la distancia que lo separaba de “la
metafísica positiva de Comte y de Spencer”.65 Durkheim se llama a sí
mismo y a la corriente en la que se inscribe “racionalista”. Su principal
objetivo fue aplicar el racionalismo cientí co al estudio de los hechos
sociales estableciendo relaciones de causa y efecto.
El aporte metodológico de este autor es de fundamental importancia.
Re exionó sistemáticamente acerca del conocimiento de lo social y de
las condiciones de posibilidad de su status cientí co. La objetividad, en
este tipo de estudio, fue una de sus principales preocupaciones.
En Las reglas del método sociológico Durkheim plantea los preceptos

163
metodológicos necesarios para obtener el conocimiento objetivo
buscado. En primer lugar, sostiene la necesidad de de nir claramente el
objeto de estudio de la sociología (los hechos sociales) y, gracias a ello,
delimitar su campo de investigación. La primera de las reglas dice que es
necesario “tomar los hechos sociales como cosas”. Más allá de la
signi cación negativa de esta “cosi cación”, decir que los hechos sociales
deben ser tratados como cosas implica otorgarles un status cientí co
(como lo tienen las cosas naturales). Los hechos sociales deben ser
tomados desde su exterioridad y no desde lo que el investigador cree
que son. “La cosa se opone a la idea, como lo que se conoce desde fuera
a lo que se conoce desde dentro.” El estudio de estos hechos debe ser
abordado a partir del principio de que se ignora lo que ellos son, cuáles
son sus características y cuáles sus causas y funciones. La sociología
debe concentrarse en el estudio de sus caracteres objetivos. Durkheim
reivindica para el hecho social una naturaleza propia y distintiva (la
social) que lo diferencia del objeto de estudio de otras disciplinas (como,
por ejemplo, la psicología, que estudia hechos individuales). Las
características centrales de estos hechos son que ellos existen fuera de la
conciencia de los individuos y poseen un poder de coerción en virtud
del cual se les imponen.
Este autor propone la “eliminación sistemática de las prenociones”
como requisito de objetividad. Esto signi ca que el investigador debe
prohibirse la utilización de conceptos que no han sido producidos
cientí camente (a partir de la observación) sino que provengan del
conocimiento vulgar. Porque éstos, si se los utiliza en la investigación
cientí ca, funcionan como velos entre el investigador y su objeto de
estudio.
Para Durkheim, la explicación en sociología consiste en establecer
relaciones de causalidad.66 El descubrimiento de estas relaciones se logra
a través de la utilización del método comparativo, que constituye una
forma de experimentación indirecta que permite comprobar la
existencia de tales relaciones. La explicación de un fenómeno social
debe buscarse siempre en un hecho social y nunca en un fenómeno
extrasocial. Esta regla fortalece la delimitación del campo estrictamente
sociológico, enfatizando la autonomía de la ciencia social, y señalando,
al mismo tiempo, la naturaleza propia y distintiva de su objeto de
estudio.
Durkheim respeta los postulados básicos del positivismo; sin embargo,

164
hay quienes lo han considerado un crítico de esta corriente teórica. De
igual modo, hay quienes, adhiriendo a posturas muy distantes han
rescatado parcialmente su teoría.67
El in ujo positivista fue muy fuerte en la sociología estadounidense,
determinando una ciencia social de neto corte empirista. El
neopositivismo o positivismo lógico, surgido del
Círculo de Viena en el período de entreguerras, tuvo una gran
in uencia en los sociólogos de Estados Unidos. De acuerdo con esta
posición extrema se creyó que era posible establecer un conjunto de
leyes lógicas, abstractas y formales que estructurarían el conocimiento
cientí co de la sociedad. Paulatinamente el empirismo lógico en su
versión más radicalizada fue perdiendo in uencia. El inductivismo, a
partir del cual se pretendía justi car la enunciación de leyes universales,
fue duramente criticado, principalmente por corrientes deductivistas y
falsacionistas.
Desde una perspectiva distinta, la orientación empirista de la ciencia
social estadounidense ha sido criticada por autores como Wright Mills
(1916-1962), quien ha señalado la pobreza teórica de la investigación
social y la ausencia de un marco de referencia estrictamente sociológico
que guíe al investigador en la formulación de sus hipótesis.
Al hacer referencia a la sociología de Estados Unidos se hace
imprescindible mencionar a Talcott Parsons (1902-1979). Este autor es
el principal exponente de la corriente estructural-funcionalista. Surge
como adversario del empirismo en tanto pretende desarrollar un
sistema teórico formal a partir de un enfoque deductivo. Su
preocupación central fue construir una teoría lo su cientemente
abstracta y generalizadora como para poseer validez universal y, a partir
de ella, explicar el funcionamiento de todos los sistemas sociales
independientemente de sus características históricas y culturales.
Para comprender ese funcionamiento Parsons aplica un modelo
orgánico. De acuerdo con este modelo (utilizado por la biología para la
explicación de los procesos que ocurren en los organismos vivos)
concibe la sociedad como un todo en el que sus partes se encuentran en
una relación de interdependencia. De esta relación depende el buen
funcionamiento y el equilibrio dinámico que caracteriza los sistemas
sociales.
Parsons comparte con Comte y Durkheim la relevancia dada a los
elementos normativos y la preocupación por el mantenimiento del

165
orden y la integración social. Su enfoque privilegia la noción de
equilibrio antes que la de con icto. Se le ha criticado la ahistoricidad
formal de su postura deductiva y su inclinación teorizante y
conservadora. El modelo funcionalista, con sus categorías abstractas y
generales, ha sido el instrumento que le permitió eludir el tema del
poder y resaltar las acciones tendientes a la integración y el
mantenimiento del equilibrio en los sistemas sociales.
Sean inductivistas o deductivistas, una parte importante de la ciencia
social estadounidense ha preservado el paradigma de las ciencias
naturales como referencia última de la validez cientí ca y la
metodología de la investigación. La preocupación central de esta ciencia
ha sido obtener datos exactos, cuanti cados y perfectamente
manejables. En las últimas décadas esta preocupación se ha canalizado
en el desarrollo de técnicas y procedimientos estadísticos so sticados,
particularmente el análisis multivariado y las técnicas de muestreo.
La crítica al reduccionismo, en forma más frecuente, alude a los
escasos resultados obtenidos por estas investigaciones de corte
estrictamente empirista. Éstas han relegado sistemáticamente –en
nombre de una ciencia objetiva, avalorativa y cuanti cable– el estudio
de las estructuras de poder y han intentado desconocer la vinculación
de la producción cientí ca con esas estructuras.
Para el empirismo, en ciencias sociales, la teoría no es el principio
activo que diseña los métodos y las técnicas para conocer y transformar
la realidad social. Se constituye, más bien, como producto de la
sistematización de los datos obtenidos mediante la observación
controlada de los fenómenos, es decir, como resultado de una síntesis
estructurada según reglas lógicas y universales.
El reduccionismo parece olvidar la especi cidad del objeto de estudio
de las disciplinas sociales. Tener en cuenta esta especi cidad implica
una toma de posición que excede lo estrictamente metodológico para
transformarse en un problema del orden epistemológico.

3. PROBLEMAS METODOLÓGICOS
ESPECÍFICOS DE LAS CIENCIAS SOCIALES
Quienes piensan que los sistemas explicativos y los métodos lógicos de
las ciencias naturales deben ser traspuestos a las sociales se basan en
que, en éstas, no se han podido acordar (de forma más o menos

166
unánime) criterios válidos respecto de cuáles son los hechos
establecidos, cuáles las explicaciones satisfactorias y cuáles los
procedimientos válidos.
Las posiciones más extremas cuestionan el status epistemológico de
las ciencias sociales. Les niegan rango cientí co por su imposibilidad de
suministrar leyes universales acerca de fenómenos sociales. También
porque no logran producir un conocimiento que sea objetivo.68
Otras posiciones, como la de Ernest Nagel, no le niegan su posibilidad
de ser ciencias. Sin embargo, desde su perspectiva, las ciencias sociales
no disponen de un cuerpo de leyes generales, consensuado por la
comunidad cientí ca y comparable con las ciencias naturales (en cuanto
a poder explicativo y predictivo). Por lo tanto, subsistirían en estas
ciencias profundas diferencias sobre cuestiones metodológicas y de
contenido.
Nagel propone focalizar la atención en los problemas metodológicos
que di cultan la elaboración de leyes universales y explicaciones
satisfactorias en ciencias sociales. Realiza un análisis detallado de estos
problemas y plantea argumentos que intentan sostener (aunque
débilmente) la posibilidad de que, nalmente, estas disciplinas se
desarrollen y alcancen los objetivos propuestos (por los neopositivistas)
para todas las ciencias.
En función de esta cuestión, en lo que sigue se tratarán temas
vinculados con:
la experimentación;
las leyes universales;
la predicción;
la objetividad.

3.1. Experimentación
¿Cuáles son las condiciones que hacen posible la realización de
experimentos en las ciencias sociales, tal como éstos se desarrollan en
las ciencias naturales? ¿Es posible manipular las variables y los sujetos
sociales?
Una de las modalidades de investigación más ampliamente utilizada
en las ciencias naturales es la experimentación controlada.69 Trasladar
esta modalidad a la investigación social supone la manipulación de

167
variables y sujetos sociales. Esto tiene dos consecuencias: por un lado, el
ejercicio del poder para modi car variables sociales actúa, en sí mismo,
como una variable que puede modi car los resultados de la
investigación. Por otro lado, una vez alteradas las condiciones iniciales
por la introducción de cambios, se hace imposible repetir el
experimento (no se puede volver a las condiciones iniciales). Y esto
constituye un requisito indispensable para determinar si los efectos
observados son o no constantes. El margen de las ciencias sociales para
realizar este tipo de experiencias es, entonces, excesivamente estrecho.
Nagel alega que la experimentación controlada tampoco es posible en
ciencias como la astronomía y la embriología. No obstante, éstas se han
desarrollado de manera satisfactoria (para los empiristas).
Este autor sostiene que en las ciencias sociales existen otras
investigaciones empíricas que pueden ser muy útiles. Porque, si bien no
tienen las ventajas de la experimentación controlada, cumplen las
funciones lógicas de la experimentación en la investigación. Son
investigaciones empíricas controladas, y consisten en la búsqueda
deliberada de situaciones en las cuales se mani esta un determinado
fenómeno. Las más frecuentemente utilizadas son la experimentación
de laboratorio70 y la experimentación de campo. Pero estos tipos de
investigaciones, si bien son útiles, tienen campos de aplicación
restringidos.
Las investigaciones empíricas más utilizadas por las ciencias sociales
serían las que Nagel denomina “experimentos naturales”. En ellos se
trata de establecer relaciones de causalidad entre determinados
fenómenos sociales.71 Las di cultades de ese tipo de investigación se
concentran en la fundamentación de la imputación causal que se realiza
a partir de correlaciones entre datos. Por otra parte, pocas veces estas
investigaciones cumplen con los requisitos metodológicos establecidos
(por ejemplo, faltan acuerdos respecto de cuáles son las variables
importantes, o cómo se selecciona una muestra representativa).
Nagel también considera lo que se denomina “el problema del error
experimental”72 en las ciencias sociales. En la entrevista y la encuesta –
dos de los instrumentos más utilizados– pueden generarse distorsiones
en los datos, tanto por impericia de quien las realiza como por la
in uencia que la propia situación de investigación pueda tener sobre las
respuestas dadas por la persona entrevistada o encuestada. Sin embargo,
Nagel argumenta que el error experimental no es exclusivo de las

168
ciencias sociales. Éstas pueden resolver ese problema, como lo han
resuelto las ciencias naturales: desarrollando teorías que permitan medir
las perturbaciones que los instrumentos acarrean sobre los resultados de
las investigaciones.73

3.1 Historicidad y leyes sociales


En este punto, la pregunta es si es posible establecer leyes generales de
validez universal, en la medida en que los fenómenos sociales varían de
acuerdo con las circunstancias histórico-culturales en las que se
producen. Nagel piensa que la posibilidad de la ciencia social de
establecer leyes generales existe, aunque es muy restringida.
Desde la perspectiva de este autor, no hay argumentos valederos para
descartar de manera absoluta la posibilidad de que las ciencias sociales
encontraran una teoría general de los sistemas sociales construida como
“estructura de relaciones invariantes”. A partir de esta gran teoría
abarcadora, las especi cidades histórico-culturales podrían ser
entendidas como el resultado de valores diferentes en determinadas
variables. Cada una de ellas sería comprendida como un caso de esas
leyes.74
Si las ciencias sociales deben buscar relaciones invariantes a través de
una amplia gama de conductas sociales diferentes cultural e
históricamente, los conceptos establecidos (en tales leyes) no deben de
ser especí cos. Deben de ser, en cambio, lo más generales y abstractos
posibles. En algunos casos es factible inclusive la matematización de las
variables (se le pueden asignar valores constantes, como ocurre con los
casos ideales). Nagel les reprocha a los investigadores sociales no haber
profundizado la formulación de leyes generales a partir de casos ideales.
Estas leyes son frecuentes en las ciencias naturales. Los casos reales
constituyen aproximaciones, casos especí cos, con variaciones
mensurables respecto del ideal.75 Si bien la medición de la variación del
caso especí co respecto del ideal es más problemática en ciencias
sociales que en ciencias naturales, esta técnica metodológica no ha sido,
de acuerdo con el autor, su cientemente explotada.

3.2. Capacidad predictiva


Desde la perspectiva neopositivista de Nagel, la capacidad predictiva
de las ciencias sociales se encuentra seriamente cuestionada. La

169
característica del objeto de estudio de estas disciplinas
(impredecibilidad de la conducta humana) determina que no sea posible
elaborar datos en sistemas cerrados que permitan la predicción a largo
plazo. Sin embargo, las limitaciones impuestas por la libertad humana al
conocimiento de lo social no constituyen, según Nagel, argumentos de
peso. En las ciencias naturales también se da este problema (no ya por el
factor “libertad” sino por el azar o la indeterminación). Por lo tanto (a
pesar de no poder garantizar predicciones a largo plazo), la posibilidad
de establecer leyes en ciencias sociales no quedaría invalidada.
Uno de los elementos especí cos que, en ciencias sociales, atenta
contra la enunciación de leyes generales y de predicciones es el
conocimiento de los fenómenos sociales por parte de los sujetos sociales
–que son seres libres y, por lo tanto, impredecibles–. Ésta es considerada
también una variable social que puede incidir en los resultados de las
investigaciones.
A partir de este tema Nagel expone dos posibles situaciones en las que
se involucra la capacidad predictiva de la ciencia social por la incidencia
de la variable “conocimiento de los fenómenos sociales”.
El primer caso es el de la predicción suicida. El conocimiento público
de una predicción actúa determinando variaciones en las conductas
sociales de los agentes. A causa de ello, la predicción no se cumpliría.76
El segundo caso es la profecía autorrealizadora, la estructura es inversa
respecto del caso anterior. Las predicciones no son ciertas en el
momento en el que se realizan. Pero el conocimiento público de una
realidad futura orienta las conductas, provocando la autorrealización de
lo que se predijo.77
Nagel argumenta que otra de las características de las ciencias en
general es que sus leyes se enuncian en forma condicional, es decir que
la veri cación se da para determinadas condiciones especi cadas. No
obstante el hecho de que estas condiciones no se cumplan (y con ello
tampoco la predicción), para este autor, no invalidaría la ley.78

3.3. La objetividad en ciencias sociales


¿Es posible que las ciencias sociales produzcan un conocimiento
objetivo teniendo en cuenta que en el estudio de las conductas humanas
intervienen valores, orientaciones, disposiciones, intenciones y
creencias que no son accesibles en forma directa y “objetiva”? ¿Cómo

170
intervienen las propias valoraciones del investigador en estas
disciplinas?
El ideal deseable de acuerdo con el paradigma de las ciencias naturales
es la construcción de una ciencia social valorativamente neutra. Esto
signi ca desproveer al proceso de investigación cientí ca de valores que
atenten contra la objetividad. Estos valores se encuentran tanto en el
objeto de estudio de estas disciplinas (conductas intencionales de los
hombres) como en el mismo investigador.
El primer problema plantea la inserción de los valores en la
formulación de categorías “subjetivas” (aquellas que tienen en cuenta las
creencias y valoraciones de los individuos). Para Nagel las categorías
descriptivas y explicativas de las ciencias sociales no son exclusivamente
subjetivas y muchas veces se re eren a hechos objetivos. El investigador
debe preferir estos últimos. Pero, si enuncia una categoría subjetiva en la
que atribuye una signi cación a una acción social, debe comprobar tal
relación empíricamente.
El segundo problema plantea la in uencia de los valores del
investigador en el proceso de investigación social. A continuación se
analizan las distintas situaciones en las que estos juicios de valor
intervienen:
1. La selección de los problemas y los hechos.79 ¿Cuáles son los
criterios que un investigador utiliza para seleccionar los problemas que
son objeto de su estudio? Nagel responde que esta problemática no es
exclusiva de las ciencias sociales. En ciencias naturales también se
estudian hechos que son considerados signi cativos de acuerdo con
valores culturales. Si esta circunstancia no atenta contra la objetividad
de las ciencias naturales, tampoco atentaría contra ella en las ciencias
sociales.
2. El contenido de las conclusiones. Las ideas que el investigador tiene
acerca de lo bueno y lo malo, lo deseable y lo que no lo es, es decir, su
modelo de sociedad ideal, pueden inducirlo a falsas conclusiones. De
este modo, una teoría que debería explicar la realidad se puede
transformar en un conjunto de políticas para lograr una sociedad
deseada. Nagel responde que es posible lograr una asepsia valorativa y
superar este obstáculo distinguiendo entre valores y hechos.80 Estos
últimos serán los que otorguen la validez teórica necesaria para las
conclusiones.
3. Algunos investigadores proponen, como contramedida, exponer de

171
la forma más explícita posible sus propias valoraciones. Así
neutralizarían su incidencia en el contenido de las conclusiones. Esta
medida es descali cada por Nagel por considerarla pretenciosa y
utópica, dado que hay presuposiciones inconscientes que pueden no ser
detectadas. En este sentido, el autor valora más el rol que puede tener la
comunidad cientí ca como referente de la validez de las
investigaciones.81
4. Valoraciones que intervienen en la estimación de los elementos de
juicio. Según Nagel, en las ciencias sociales se plantean dos situaciones
en las que las valoraciones intervienen en la estimación de los elementos
de juicio. La primera es la que concierne a la decisión que debe tomar el
investigador de aceptar o rechazar una hipótesis estadística que expresa
una probabilidad. Esta situación es similar a la que ocurre en otras
ciencias, de modo que no constituiría un obstáculo especí co para las
ciencias sociales.82
La segunda cuestión es la planteada por losofías que destacan el
carácter histórico relativo del pensamiento social. Sostienen que la
producción del conocimiento está ligada a la posición social del
investigador; por lo tanto, la in uencia de los valores a los cuales éste
adhiere no es eliminable. Pues los conceptos interpretativos y los
cánones lógicos utilizados son determinados históricamente. La
posición de Nagel respecto de este punto es que no se ha probado
su cientemente la vinculación entre intereses dominantes en ese
contexto histórico (que pudieran incidir en el investigador) y
producción teórica.
En la mayoría de los casos, Nagel evalúa las posibilidades lógicas para
el desarrollo de las ciencias sociales. Su reivindicación de estas ciencias
parece entonces más formal que real.
Sus argumentos son super ciales en la medida en que no pueden
liberarse del estrecho margen que arroja una comparación sistemática
con la metodología de las ciencias naturales.
Esta posición epistemológica ha dejado de lado la particularidad
irreductible del objeto de estudio de las ciencias del hombre. No es un
olvido menor. A partir de él, más que generar un crecimiento autónomo
de estas disciplinas, las condena a quedar en desventaja, a no poder
llegar nunca a igualar a sus antecesoras, las ciencias naturales.

4. EL HISTORICISMO

172
A nes del siglo xviii y a partir del pensamiento kantiano se comienza
a producir la división conceptual entre ciencia y cultura, entre
naturaleza y humanidad. He aquí el origen de la posterior separación
entre ciencias naturales y sociales. He aquí también el comienzo de la
búsqueda de validez para un conocimiento cientí co que se re ere al
hombre. La escuela historicista intentó dar una respuesta no positivista a
este problema.
Esta escuela surgió en Alemania a nes del siglo pasado y está
asociada a los nombres de lósofos como Wilhelm Windelbland (1848-
1915), Wilhelm Dilthey y Heinrich Rickert (1863-1936). Se opuso al
positivismo en tanto éste proponía la unicidad metódica, la
aplicabilidad universal de las leyes cientí cas y la neutralidad valorativa.
Para el historicismo esto signi caba desconocer las características
particulares e irreductibles del objeto de estudio de las disciplinas del
hombre. Implicaba, asimismo, aislarlo de aquello que le era propio: su
historicidad y su cultura.
Dilthey considera que la diferencia entre ciencias del espíritu y
ciencias de la naturaleza hace imposible la utilización de la misma
metodología para ambas. Porque mientras en las últimas el objeto de
estudio es exterior al sujeto, en las primeras el sujeto es parte del objeto
estudiado. Las ciencias de la naturaleza buscarán explicar relaciones de
causalidad; las del espíritu, por el contrario, deberán basar su método en
la comprensión. Windelbland, por su parte, distingue las ciencias
nomotéticas (naturales) de las ideográ cas (sociales). Las primeras
procuran el establecimiento de leyes universales, mientras que las
segundas se orientan a captar fenómenos en su especi cidad. Por su
parte, Rickert señala que la diferencia entre las ciencias de la naturaleza
y de la cultura reside en que, en estas últimas, se estudia el conjunto de
valores que diferencian la realidad social de la natural. Las primeras, en
cambio, no atienden a los valores. El método de las ciencias del espíritu,
entonces, se centrará en la comprensión del signi cado de los elementos
de la cultura. A estos autores se asocia el primer intento por reivindicar
para las ciencias del hombre una metodología especí ca y propia,
independiente de las ciencias naturales.
Max Weber se inscribe en esta tradición teórica. Es considerado uno
de los teóricos sociales más importantes y el gestor de la sociología
comprensiva. Este autor enfatizó la necesidad de construir una ciencia
social objetiva pero teniendo en cuenta que la particularidad de la

173
actividad humana es estar provista de signi cado y teñida, al igual que el
investigador, de valores. Esos valores no son universales y ahistóricos
sino que responden a circunstancias históricas y culturales particulares.
Respecto de los valores del investigador, Weber concibe la realidad
histórico social como una totalidad compleja de elementos y relaciones.
Esta totalidad, como tal, es inabordable e inaprehensible y son estériles
los esfuerzos por tratar de enunciar leyes generales que la expliquen. Los
valores del investigador operan en la ciencia social cuando éste
selecciona una porción de la realidad por considerarla signi cativa y la
constituye, de este modo, en su objeto de estudio. El investigador
escogerá fenómenos históricos que tengan para él relevancia y
signi cado de acuerdo con sus propios valores (históricos y culturales).
Lejos de la perspectiva positivista que proponía la neutralidad
valorativa como requisito de objetividad, la metodología weberiana
asume los valores sin resignar la búsqueda de objetividad. Ésta, por el
contrario, es una de las preocupaciones centrales de Weber.
Una vez seleccionado el objeto de estudio, el investigador debe
establecer las herramientas conceptuales con las que abordará la
investigación empírica. El investigador construye conceptos racionales
que operan lógicamente transformando el material empírico que llega a
través de la sensibilidad. Para que este conocimiento sea objetivo, los
medios lógicos y conceptuales deben estar estrictamente establecidos y
ser demostrables para cualquiera.83 La objetividad, sin embargo, no
implica una verdad ahistórica. Ella se encuentra limitada por el carácter
fragmentario e histórico del recorte que realiza el investigador sobre una
realidad empírica que es inabarcable.
Respecto de los valores que intervienen en la actividad humana, para
Weber el propósito de la sociología es comprender, por medio de la
interpretación, la acción social con el n de explicarla causalmente en su
desarrollo y en sus efectos. Lo que de ne una acción como social es que
tiene un sentido que le es otorgado por el sujeto y está referido a la
conducta de los otros. La acción social se orienta en su desarrollo a
partir de esta referencia a los demás. Al hablar de sentido de la acción
social, Weber se re ere al sentido mentado y subjetivo otorgado por los
sujetos a tal acción. Los hombres damos sentido y signi cado a nuestras
acciones a partir de ciertos valores; por eso, para Weber, explicar una
acción social por medio de la comprensión signi ca poder captar la
conexión de sentido en la que se incluye la acción. Las acciones sociales

174
están provistas de un signi cado y esto es lo que las hace inteligibles y
susceptibles de ser comprendidas.
En las ciencias sociales la causalidad no es mecánica ni puede ser
explicada desde afuera como en las naturales. La causalidad requiere, en
estas disciplinas, de la comprensión desde el interior del objeto puesto
que las acciones de los hombres son intencionales, por lo tanto, se rigen
por valores.
La ciencia social es capaz de comprender la especi cidad de un
fenómeno histórico y éste es su objetivo. Para Weber, la reducción de la
realidad empírica a leyes está desprovista de signi cado. La
especi cidad de un fenómeno social no puede ser explicada por leyes
generales. La explicación debe buscar conexiones causales concretas; es
decir, conjuntos de factores que causaron tal fenómeno y no otro.
Weber propone una metodología basada en la construcción de tipos
ideales para captar lo especí co de un fenómeno histórico social. El
“tipo ideal” constituye una herramienta metodológica y su utilización es
central en la teoría weberiana. Se trata de construcciones racionales y
abstractas que realiza el investigador, en las que acentúa o resalta
determinados rasgos previamente seleccionados. La mayoría de las
veces, estas construcciones no aparecen en la realidad tal como son
de nidas por el tipo ideal. Éste no es un promedio ni tampoco es el
resultado de una generalización empírica en forma exclusiva pues, si
bien para su construcción se utilizan generalizaciones empíricas, el tipo
ideal representa un instrumento conceptual y no una realidad. Su valor
heurístico radica en que, a partir de la comparación del tipo ideal con la
situación real, ésta puede ser comprendida en su especi cidad. Ejemplos
de tipos ideales son los tipos de dominación social (tradicional,
carismática y racional) o los tipos de acción social (racional con arreglo
a nes, racional con arreglo a valores, afectiva y tradicional). Los tipos
ideales han sido utilizados para enunciar leyes económicas. En ellas se
expone cómo se desarrollaría una conducta humana si fuera totalmente
racional, sin perturbación de errores ni afectos.
Aunque esta postura teórica ha sido objeto de muchas críticas, no se le
puede dejar de reconocer, por una parte, el haber marcado rumbos en la
separación de las ciencias sociales respecto de las naturales y, por otra
parte, haber sido una de las condiciones de posibilidad de la
hermenéutica contemporánea.

É
175
5. EL MARXISMO Y EL MÉTODO DEL
MATERIALISMO HISTÓRICO
Son varios los elementos que hacen al marxismo profundamente
distinto de las corrientes de pensamiento analizadas hasta el momento.
Uno de estos elementos lo constituye su método materialista, que se
propone entender la naturaleza humana en su carácter concreto-
histórico. Por eso, no se trata de sentar leyes semejantes a las de la
naturaleza sino de comprender los mecanismos de la formación de las
sociedades y los cambios que tienen lugar en éstas. Estos cambios son de
naturaleza dialéctica, en el sentido de que en las sociedades se producen
con ictos que se resuelven por medio de transformaciones
fundamentales de la estructura económico-social.
El concepto de dialéctica puede ser comprendido –de manera muy
esquemática– en dos sentidos: como el movimiento que describe el
desarrollo de lo real o como la metodología que permite el
conocimiento de ese desarrollo.
Para los nes de esta re exión sólo se considera este último aspecto.
La dialéctica como método de conocimiento de la realidad signi ca que
el pensamiento reconstruye el movimiento de lo real para poder
conocerlo y comprenderlo.
La dialéctica marxista se inspira en la hegeliana, aunque la primera es
materialista y la segunda es idealista. Mientras en Hegel el pensamiento
parte de la idea abstracta que se realiza en la historia concreta para luego
volver enriquecida a la realidad, en Karl Marx el pensamiento, en su
recorrido dialéctico, parte de la historia concreta y evoluciona hacia lo
abstracto, es decir, la idea, que retorna a lo concreto. En sus estudios este
autor se basa en el análisis de cómo el hombre produce sus propios
medios de vida en una situación histórica determinada. Esto es lo
concreto. La evolución hacia la abstracción constituye el momento de la
teorización y la conceptualización. Luego, en un tercer momento, lo
abstracto retorna a lo concreto traducido en praxis.
Esta concepción teórica ha implicado básicamente la construcción de
un pensamiento social, que se centra en el análisis de las
contradicciones y los con ictos sociales. Esto es lo propio de la historia
y no el pretendido orden propuesto por los positivistas. El pensamiento
de Marx reaccionó contra la concepción de la economía clásica, para la

176
cual la sociedad obedecería a una especie de orden preestablecido. El
mercado proporcionaría un mecanismo orientado a mantener el
equilibrio mediante un ajuste continuo de los intereses en competencia.
La economía clásica privilegiaba el equilibrio por sobre los elementos en
con icto. No le interesaba el análisis de las diferencias sociales
generadas a partir de una distribución inequitativa de la riqueza.
Simplemente entendía que este proceso era parte de un mecanismo a
partir del cual el mercado regularía automáticamente la asignación de
recursos a los distintos factores de la producción.
Marx no cree en una ciencia social libre de valores, pues resultaría
imposible desvincular las condiciones histórico-sociales en las que se
produce el conocimiento del conocimiento mismo.

6. LA EPISTEMOLOGÍA SOCIAL DE PIERRE


BOURDIEU
El discurso epistemológico construido por Pierre Bourdieu se nutre de
diversas corrientes teóricas (Marx, Weber, Durkheim, Claude Lévi-
Strauss [1908-2009], Gastón Bachelard [1884-1962], entre otros). Uno
de sus aportes más interesantes lo constituye la idea de construir un
conjunto de principios que regulen el conocimiento de lo social y
garanticen el desarrollo de una ciencia social objetiva. Estos principios
son independientes de las teorías sociales que separan escuelas y
tradiciones teóricas. Constituyen, más bien, un sistema de normas que
regulan la producción de los actos y discursos sociológicos.
En la ciencia social, más que en cualquier otra disciplina, los límites
entre el saber vulgar y el conocimiento cientí co pueden ser difusos. La
familiaridad con el universo social es el obstáculo epistemológico84 por
excelencia para el cientí co social. En este sentido, la preocupación
central de Bourdieu es generar una ruptura con la sociología espontánea
responsable de producir sistematizaciones cticias y
conceptualizaciones engañosas. Esta última no re exiona sobre la
construcción del objeto sino que se basa en prejuicios o prenociones.
En función de esta problemática especí ca de la ciencia social es
necesario crear instrumentos que sometan la producción cientí co-
social a una re exión sistemática. Para Pierre Bourdieu es necesario
inculcar en los cientí cos sociales una actitud de vigilancia
epistemológica. La vigilancia implica el ejercicio de la re exión

177
sistemática acerca de las condiciones históricas y sociales en las que los
investigadores sociales producen conocimiento. Esta producción no se
realiza en el vacío.85
La vigilancia epistemológica constituye una herramienta para
construir una ciencia social objetiva y generar una ruptura
epistemológica con la sociología espontánea.
Pierre Bourdieu critica al positivismo por el estrecho rol asignado a la
teoría. Ésta concluye por representar lo más completa, sencilla y
exactamente posible un conjunto de leyes experimentales. Tal crítica no
implica, en Bourdieu, renunciar a lo empírico. Muy por el contrario, la
re exión epistemológica implica aplicar la razón al conocimiento de lo
empírico.
Pero no como la aplicación de reglas lógicas que aíslan los fenómenos
sociales, sino como re exión sistemática sobre las condiciones de
posibilidad del conocimiento. Los instrumentos y técnicas que dan rigor
y fuerza a la veri cación experimental deben ser cuidadosamente
tratados. La función primordial que para este autor tiene la teoría es
asegurar la ruptura epistemológica conjurando la sociología espontánea.
Bourdieu asigna a la ciencia social un rol emancipador. Pues, cuanto
mejor cumple su función cientí ca, más posibilidades tiene de
contrariar el poder y crear espacios para la libertad. El sociólogo sólo
produce verdad cientí ca en la medida en que posee conocimiento
cientí co de las determinaciones y los límites que dichas
determinaciones imponen al conocimiento. La ciencia social debe
descubrir la mentira dirigida a sí misma y evitar que el arte y la ciencia –
en la que se incluye– contribuyan a legitimar un orden social fundado
en una distribución inequitativa de los bienes económicos y culturales.
Los investigadores sociales pueden bien dirigir sus trabajos en este
sentido y adoptar una actitud de re exión epistemológica, bien
continuar con una sociología espontánea al servicio de la dominación
(ingeniería social). La in uencia del marxismo es fundamental en la
construcción de su teoría social, aunque también incorpora otras
corrientes teóricas dedicadas a estudiar los sistemas simbólicos y las
relaciones de poder. Su singularidad radica justamente en haber
colocado en el centro de su trabajo las cuestiones culturales y
simbólicas. Desde su perspectiva, lo social (prácticas y procesos
sociales) está multideterminado, es decir que sólo puede ser explicado a
partir de un análisis que vincule elementos económicos y culturales

178
simultáneamente. En este sentido, para Pierre Bourdieu el conocimiento
de lo social debe ser abordado desde un enfoque que privilegie la
interdisciplinariedad.

179
8. LOS SUPUESTOS CIENTÍFICOS:
INDIVIDUALISMO, REALISMO Y
RACIONALISMO
Esther Díaz

Todos los seres humanos llevan consigo un


conjunto de palabras que emplean para justificar
sus acciones, sus creencias, o sus vidas. Pero si se
proyecta alguna duda acerca de la importancia de
esas palabras no se dispone de recursos argumentativos
que no sean circulares.
Richard Rorty,
Contingencia, ironía y solidaridad

La controversia por los métodos no es la única cuestión que no logra


consensos universales entre las discusiones internas de los
epistemólogos. Existen muchas otras polémicas que mantienen
encendida la llama de las disputas, no sólo en la losofía de la ciencia
sino también en la ciencia misma. Algunas de ellas se dirimen alrededor
de los siguientes temas:
el individualismo y el holismo como principios metodológicos
antitéticos,
el realismo y el idealismo como concepciones opuestas acerca del
conocimiento, y
el racionalismo y el perspectivismo como fundamentos teóricos
antagónicos.

1. INDIVIDUALISMO Y HOLISMO
METODOLÓGICOS
Las posturas epistemológicas que prescriben un método único para
todas las ciencias se denominan “monismos metodológicos”. Karl

180
Popper, que es racionalista crítico, es uno de sus defensores. Adhieren a
esta posición también los empiristas. Pero mientras para los primeros el
método único es el deductivo, para los segundos es el inductivo.86
Las corrientes que postulan dos métodos, uno para las ciencias
naturales y otro para las sociales, son llamadas “dualismos
metodológicos”. De enden esta postura teórica fundamentalmente
quienes proponen la comprensión como método especí co de las
ciencias sociales. Wilhelm Dilthey y Max Weber fueron sus pioneros.
Hay un tercer grupo de epistemólogos que sostiene que existen tantos
métodos cientí cos como problemas a resolver. Por lo tanto, el método
debe adecuarse a la especi cidad de lo que se estudia. En este caso se
trata de “pluralistas metodológicos”. Uno de sus propulsores es Paul
Feyerabend, un epistemólogo muy radicalizado en sus críticas al
dogmatismo cientí co. Se pliegan a esta tendencia muchas corrientes
epistemológicas no positivistas, aunque con menos carga polémica que
Feyerabend.
Resumiendo, entonces, hay monismos, dualismos y pluralismos
metodológicos, según se a rme que las ciencias siguen un único
método, o dos, o varios. Pero resulta que incluso los lósofos de la
ciencia que insisten en que todas las ciencias deben seguir la misma
metodología establecen requerimientos especiales para la validez de las
explicaciones en las disciplinas sociales. Tal es el caso de Popper, quien,
en La miseria del historicismo, argumenta a favor del monismo
metodológico. Y a continuación prescribe un principio de
individualismo metodológico especí co para las ciencias sociales en
estos términos: “La tarea de la ciencia social consiste en construir y
analizar nuestros modelos sociológicos cuidadosamente en términos
descriptivos o nominalistas, es decir, en términos de individuos, de sus
actitudes, expectativas, relaciones, etcétera”.87
Popper tomó el concepto de individualismo metodológico de
Friedrich von Hayek, y posiblemente también del economista Joseph
Shumpeter (1911), aunque la idea ya se encontraba en John Stuart Mill.
Shumpeter diferenció entre individualismo metodológico e
individualismo político. Este último expresa un programa político –el
liberalismo– en el que la libertad individual debe ser el fundamento de
cualquier acción gubernamental. El individualismo metodológico, en
cambio, remite a una forma de análisis económico-social, que se dirime
siempre en relación con el comportamiento de los individuos. Se a rma

181
que los individuos crean todas las instituciones sociales. Por
consiguiente, los fenómenos colectivos son abstracciones derivadas de
las decisiones de esos mismos individuos.
Se podría interpretar el individualismo metodológico equiparándolo a
una proposición que dijera “Todos los conceptos acerca de lo social son
reductibles a conceptos psicológicos”. Pero esto implica un psicologismo
especialmente rechazado por Popper cuando critica a los defensores de
la comprensión, justamente por ser psicologistas. Aunque,
paradójicamente, Popper y los comprensivistas coinciden en defender
que las constantes (o leyes) sociales se estudian en función de los
individuos sociales.
Los defensores de la comprensión consideran que la problemática
social se comprende desde la relación empática entre el investigador
social y su objeto de estudio. La empatía es obviamente con otros seres
humanos. Incluso los procesos complejos tendrían a la subjetividad
como posibilidad de captación. Esto es así al menos en la versión
psicologista propia de los primeros defensores de la comprensión
(Dilthey, Weber). De esta manera adhieren al individualismo
metodológico, en la medida en que tal principio sostiene que las
ciencias sociales deben establecer los mecanismos más idóneos para
estudiar los comportamientos, creencias y disposiciones de los
individuos. Y luego, a partir de ellos, deben inferir enunciados acerca de
fenómenos sociales en gran escala. Los comprensivistas de enden esto
desde su esfuerzo por diferenciar el método de las disciplinas sociales
del método de las naturales. Por su parte Popper, a pesar de defender un
método único, establece diferencias entre ambas ciencias cuando
propone el principio del individualismo metodológico.
Podría ser que Popper dedujera su individualismo metodológico de su
defensa del individualismo político, en tanto liberal asumido. Pues
Popper considera que una postura teórica que propone métodos
totalizantes para abordar el estudio de lo social está negando, en cierto
modo, la autodeterminación individual. Por lo tanto corre el peligro de
desembocar en (o provenir de) una ideología totalitaria.
Sin embargo, el desarrollo contemporáneo de las investigaciones
sociales ha puesto de mani esto que los macrofenómenos no pueden
comprenderse por la simple adición de microfenómenos sociales. Una
comunidad es algo muy distinto de la mera suma de individualidades. Si
esto es a rmado como condición teórica para la investigación social, se

182
habla de holismo metodológico. El holismo (todo, entero, completo)
prescribe que el estudio de lo social no debe apuntar a individuos sino a
tramas de relaciones. La totalidad interactuante de tales relaciones
produce realidades que no se pueden reducir a subjetividades. Por ello
se impone el estudio de los sistemas, las estructuras, las instituciones. En
el holismo metodológico, el investigador realiza síntesis creadoras desde
el estudio de totalidades que dan cuenta de los fenómenos sociales.
Desde el punto de vista losó co, las re exiones de madurez de
Ludwig Wittgenstein ayudaron a promover el giro holístico. Este autor
considera que el signi cado de las acciones humanas surge desde las
normas sociales. Por lo tanto, si el sentido proviene desde lo social, un
análisis pertinente de las signi caciones humanas –forzosamente– debe
tender a la complejidad. Y por supuesto es irreductible a lo individual.
Sin embargo, Wittgenstein no se ha dedicado especí camente a las
ciencias sociales, aunque su pensamiento abre interesantes posibilidades
de análisis para éstas.
Desde otro punto de vista, el estudio de totalidades en el campo social
se aplicó ya en el siglo xix. El marxismo estudia “todos concretos”, no al
individuo aislado ni nada que pudiera reducirse a él. Émile Durkheim,
desde su positivismo sociológico, también adhirió al estudio de
totalidades. Y una de las corrientes más prolíferas en estudios sociales
de la primera mitad del siglo xx, el estructuralismo, se de ne justamente
por el análisis de las relaciones estructurales. Desde esta perspectiva, se
llega a hablar de procesos sin sujeto, de estructuras en las que el sujeto
sólo sería una función.
Actualmente, además de diversas teorías constructivistas y sistémicas,
existen importantes producciones teóricas que estudian lo sociocultural
desde las prácticas sociales (totalidades) en relación con los sujetos, pero
considerándolas irreductibles a ellos, puesto que estos últimos sólo
pueden entenderse en relación con las primeras. Pierre Bourdieu es uno
de sus más destacados representantes.
En este punto resultará útil señalar lo que el individualismo
metodológico implicaría en relación con una ciencia social concreta,
por ejemplo, con la economía. Tal principio metodológico excluiría
todas las proposiciones macroeconómicas que no pudieran ser
reducidas a proposiciones microeconómicas. Y dado que existen muy
pocas teorías económicas que hayan asentado sus fundamentos teóricos
en lo micro, habría que renunciar prácticamente a todas las teorías

183
económicas recibidas o en ejercicio. La medida realmente resultaría
extrema.
En opinión de los metodólogos económicos, incluso los que en general
adhieren al falsacionismo, el principio individualista debería pensarse
más como una idea regulativa que como un principio que en realidad
deba cumplirse. Pues, según las circunstancias, puede resultar
provechoso para de nir los conceptos totalizadores en términos del
comportamiento individual. Pero si eso no es posible, el cientí co
buscará otros principios para guiar su análisis. Porque el objetivo es
avanzar en la búsqueda de nuevos conocimientos y no atarse a
principios que, en lugar de facilitar, entorpecieran la investigación.88

2. REALISMO E IDEALISMO
¿Existe el mundo o es sólo una ilusión? En caso de que exista, ¿se lo
puede conocer? En caso de que se lo conozca, ¿se puede transmitir ese
conocimiento? Gorgias, un lósofo del siglo v a. de C. tenía sus
respuestas para estas preguntas: el mundo no existe; en caso de que
exista, no se lo puede conocer; y si se lo conociera, no se lo podría
comunicar.
Esta actitud respecto de la realidad y del conocimiento se llama
escepticismo. Lo contrario del escepticismo es el dogmatismo. El
dogmático cree que existen verdades indiscutibles. Pero desde ninguna
de estas posturas radicalizadas sería posible hacer ciencia. Un poco de
escepticismo estimula la búsqueda de nuevos conocimientos, y un
mínimo de dogmatismo a anza ciertos supuestos necesarios para no
enredarse en un cuestionamiento interminable. Porque si discutimos
absolutamente todo, no podemos avanzar nada. Además, para que la
investigación se torne posible, es necesario establecer ciertos acuerdos –
no siempre explícitos– respecto de la relación entre las teorías cientí cas
y el mundo que pretenden explicar.
A quienes consideran que el mundo realmente existe más allá de
nuestro conocimiento de él se los llama realistas. El realismo del sentido
común cree que el mundo es tal como lo percibimos. El realista
cientí co, por su parte, no sólo cree que el mundo existe, sino también
que el conocimiento cientí co es como un espejo que re eja el mundo.
Un biólogo realista cree que el virus es un entidad real que responde con
exactitud a la de nición cientí ca. Un economista marxista cree que las

184
relaciones de producción son tal como las de nió Marx. Y un realista
freudiano cree que todos los seres humanos pasan por una estadio
edípico, tal como lo estableció Sigmund Freud (1856-1939).
En el otro extremo se encuentra el idealismo que, en su versión
radical, asegura que el mundo no es otra cosa que la proyección de
nuestro conocimiento. Dicho de otra manera, que nuestra posibilidad
de conocer constituye al mundo, no porque sepamos realmente cómo
es, ni porque lo “hagamos” ontológicamente por medio de nuestro
conocimiento, sino porque nuestras estructuras de conocimiento hacen
que lo conozcamos tal como lo conocemos; aunque no sabemos en
esencia cómo es. Para el idealista, los presuntos objetos reales son
simplemente objetos de la conciencia. Es decir, son la manera en que
percibimos algo que, en sí mismo, no podemos abarcar.
Ahora bien, no es fácil encontrar escépticos, o dogmáticos, o realistas
o idealistas en estado puro. Pero en relación con la ciencia se puede
asegurar que sus defensores más conspicuos son realistas.
Una visión contraria al realismo es el instrumentalismo, cuyo origen
se remite al estadounidense John Dewey (1859-1952). El
instrumentalista no se plantea si las teorías son verdaderas o falsas; sino
si sirven –o no– como herramienta idónea para interactuar con la
realidad, sea ésta lo que fuere. Esta actitud hacia la irrelevancia del
problema de la verdad suele ser asumida por los pragmatistas o
utilitaristas, para quienes no tiene sentido tratar de comparar nuestros
pensamientos, creencias y a rmaciones con las cosas “tal como son en sí
mismas”. Porque ¿quién puede saber, desde una perspectiva humana (no
contamos con otra), cómo son las cosas en sí mismas? Uno de los
defensores de esta línea de pensamiento, en la actualidad, es el pensador
estadounidense Richard Rorty (1931).89
El instrumentalista considera que las proposiciones (de la vida
cotidiana o de la ciencia) son instrumentos por medio de los cuales nos
comunicamos e interactuamos con un mundo que, indudablemente,
está más allá de nuestro lenguaje; es decir, de nosotros mismos.
Resultaría ocioso negar que hay un mundo. El mundo “está ahí” y
continuamente producimos enunciados (cientí cos o no) acerca de él.
Pero siempre “desde nosotros”. Nunca, en cambio, podemos determinar
si lo que decimos acerca del mundo es verdadero, o no. Pues nunca
podemos chequear esto “desde las cosas mismas”. Lo que sí podemos
hacer es acordar sobre la mayor utilidad, o conveniencia, o e cacia de

185
ciertos discursos, en relación con otros menos e caces o
desactualizados. Y los utilizamos hasta que dejan de ser e caces y se
inventan otros que juzguemos más útiles. Todos los grandes
renovadores cientí cos son inventores de nuevas proposiciones acerca
de un mundo que, en última instancia, no podemos saber qué es.
Otro estadounidense, el realista Hilary Putnam (1926), participa
también en este debate. Putnam acuerda con los críticos del realismo en
que este último, cuando es defendido de manera extrema, entorpece
nuestra comprensión de la realidad. Pero considera que es deseable
preservar cierto grado de realismo. Se trataría de recuperar el realismo
del sentido común frente a las pretensiones del realismo cientí co, que
para Putnam es un realismo metafísico disfrazado de cientí co, pues
a rma acríticamente que el mundo es tal como la ciencia lo conoce.
Por su parte, el realista ingenuo, el del sentido común, cree que el
mundo real es el mundo de su experiencia cotidiana. Un mundo con
escritorios, platos, vasos, ropa, gente, animales y muchas cosas más.
Además cree que ese mundo de la experiencia cotidiana es una parte de
un mundo que existe por sí mismo, independientemente de que alguien
lo conozca.
No obstante, estas suposiciones son incompatibles con el realismo
cientí co. Pues la ciencia actual considera que el mundo de nuestra
cotidianidad no responde a la “verdadera realidad”. Por ejemplo, el Sol
no sale y se pone, es la Tierra la que gira en torno de él; el escritorio en
el que me apoyo en este momento no es sólido, sino una interrelación de
campos y partículas subatómicas. Por lo tanto, si creemos que las
explicaciones cientí cas tienen cierto grado de certeza, no podemos
a rmar que el mundo es tal como lo capta el saber vulgar. Putnam no
pretende sin embargo que la ciencia sea la verdad absoluta, pero sí más
con able que el conocimiento vulgar.
De tal modo que si se quiere mantener la pretensión del realista
ingenuo (que por otra parte es muy útil para la vida cotidiana) de que el
mundo existe independientemente del conocimiento que se tenga de él,
pero se considera, a la vez, que el conocimiento cientí co merece
credibilidad, se debe abandonar la ambición de que nuestra experiencia
cotidiana sea la del mundo real. Porque es la experiencia que nosotros
podemos tener, pero nada nos garantiza que las cosas sean realmente
como las experimentamos. De hecho, experimentamos que el Sol sale y
se pone, aunque actualmente no creemos que eso realmente sea así.

186
Para Putnam el relativismo pragmático de nuestra vida cotidiana va
indisolublemente ligado a un cierto relativismo conceptual. Con el
concepto de “relativismo conceptual” quiere signi car que, sea lo que
fuere el mundo, siempre lo pensamos desde nuestro esquema
conceptual. Lo real es relativo a las categorías que utilizamos para
representarlo. Y éstas están grávidas de lo que cada época considera
conocimiento verdadero. Por lo tanto, para Putnam el discurso
cientí co responde más convenientemente a la constitución del mundo
que ningún otro discurso.
En de nitiva, se trataría, por un lado, de ser realista en el sentido
ingenuo: existe un mundo plagado de todas las cosas que me ofrece la
experiencia. Pero, por otro, de ser idealista gnoseológico,90 que es lo que
Putnam denomina “relativista conceptual”. No sabemos si el mundo es
tal como lo conocemos, pero la única manera que tenemos de acceder a
él es a través de nuestra manera de conocerlo. Se trata de un mundo real
plagado de proyecciones humanas. Y la ciencia para este autor es una de
las proyecciones más con ables.
De todos modos, según Putnam, debemos renunciar a captar una
esencia del mundo (y en esto sigue siendo kantiano) porque, adonde
quiera que miremos, encontraremos proyecciones humanas. Esto es así
incluso para las cosas que nadie vio nunca. Porque si llegamos a verlas,
las captamos desde la grilla de nuestras categorías. Es desde esta
perspectiva teórica que Putnam dice que “el rastro de la serpiente
humana está por todas partes”.91

3. RACIONALISMOS Y PERSPECTIVISMOS
¿Cómo se valoran las teorías cientí cas?, ¿cuáles son los parámetros
para la elección entre teorías rivales?, ¿cómo se delimita lo cientí co
respecto de lo no cientí co? Las posibles respuestas a estas preguntas
dependen de los supuestos teóricos en las que se sustenten.
Un racionalista al estilo moderno (que ya es antiguo) dirá que existe
un único criterio para juzgar las teorías y, además, que ese criterio es
universal, necesario y ahistórico. Porque éstas son las principales
características de la razón en las que se funda el conocimiento cientí co.
Para que un conocimiento sea considerado racional debe cumplir
ciertos requisitos de base: sus proposiciones deben acordar con los
principios lógicos (identidad, no contradicción, tercero excluido), sus

187
a rmaciones deben derivarse de la experiencia o de otras proposiciones
lógicamente consistentes y los enunciados deben referirse a entes
teóricos o empíricos (no cticios).
El racionalista asegura que existe un solo criterio para juzgar teorías.
Éstas se validan por medio de la estructura lógica de su método y su
derivación empírica. Por lo tanto, el aval metodológico para el
conocimiento cientí co provendrá de los procedimientos inductivos o
deductivos, según la postura teórica a la que se adscriba. Se pretende
que este criterio es irrefutable.
El racionalista radical cree que si una teoría pasa la prueba lógica y
empírica está en el camino de la verdad. Tal vez no se atreva a asegurar
que es verdadera de modo absoluto. Pero sí que es probable, aproximada
o provisoriamente verdadera. Mientras que las epistemologías
hegemónicas fueron las racionalistas, las diferencias se dirimían dentro
de estos límites que, en última instancia, son comunes para todos los
defensores de la positividad cientí ca. Pero a partir de 1962, con el éxito
de la epistemología kuhniana, la discusión se abrió a otros frentes.
Desde el riñón mismo de la epistemología anglosajona, surgió una voz
exitosa (la de omas Kuhn) que se atrevió a decir que los criterios –en
ciencia– no siempre son puramente racionales.
Las epistemologías de base histórica, al estilo de Kuhn y Feyerabend,
comparten criterios que ya se esgrimían en el campo losó co.
Fundamentalmente en la epistemología francesa, también en la Escuela
de Francfort y en el pensamiento neonietzscheano en general. Dichos
criterios parten de la consideración de los aspectos históricos,
sociológicos y psicológicos de cualquier producción humana.
Comprenden obviamente a la empresa cientí ca.
La propuesta de una epistemología histórica se vivió como un “ataque
a la razón”. Uno de los argumentos aparentemente más sólidos
instrumentados por los racionalistas para contrarrestar tal ataque se lo
puede presentar en los siguientes términos:
Si no existiera un criterio universal para juzgar con el mismo
parámetro cualquier teoría, no existiría la verdad. Pues no habría con
qué confrontarla. Nosotros somos universalistas porque creemos que la
verdad racional lo es. Alguien que niegue esto, forzosamente tiene que
ser relativista. De ende, por lo tanto, un criterio relativo de verdad (no
absoluto). En consecuencia, todos los que no acepten nuestra verdad
única y universal son relativistas.

188
Incluso (continúa nuestro racionalista imaginario) los relativistas, que
rechazan lo universal, pretenden que lo que ellos dicen vale
universalmente. Caen entonces en una “autocontradicción
performativa”. Es decir, se contradicen a sí mismos. Pues niegan que
existan criterios universales cuando hay que juzgar teorías. Pero
pretenden que su propio criterio (creer que no existe verdad universal)
valga universalmente.
En este último punto se detecta la falacia del racionalista. No obstante,
antes de analizarla, hay que aclarar otra acusación que surge a partir de
la crítica racionalista a la obra de Feyerabend.
Feyerabend dice que la historia de la ciencia demuestra que existen
múltiples métodos para acceder a nuevos desarrollos cientí cos. Que si
siempre la comunidad cientí ca hubiera seguido los rígidos criterios
impuestos por los racionalismos y positivismos, la ciencia nunca se
hubiera desarrollado. Porque si todos obedecieran estrictamente el
paradigma vigente, nunca se accedería a un nuevo paradigma. Es
justamente gracias a los cientí cos rebeldes –del tipo de Galileo– que la
ciencia se desarrolla.
En función de ello, Feyerabend propone su famoso principio del “todo
vale”. Signi ca que, cuando un investigador tiene un problema para
resolver, debe ser lo su cientemente creativo como para apelar a
cualquier método que le permita solucionarlo satisfactoriamente, y no
debe quedarse atado a un único método si éste le está trabando la
investigación. “Todo vale”, entonces, no quiere decir “cualquier cosa vale
para cualquier cosa”, sino “cuando hay un problema, el método que
mejor lo resuelva, vale”. Pero no necesariamente hay que crear nuevos
métodos, también se puede apelar a otros ya utilizados, aun cuando
provengan de corrientes contrarias a las nuestras.
En ¿Por qué no Platón? 7 Feyerabend cuenta que, en una oportunidad,
tenía que dictar un seminario sobre un tema matemático. Y se dio
cuenta de que cierto diálogo de Platón le resultaba apropiado para
encarar la resolución de los problemas teóricos que se le presentaban en
ese momento. Entonces, a pesar de su crítica al racionalismo
universalista, eligió un defensor de la racionalidad absoluta, como
Platón (428/427-347), porque le brindaba el método adecuado para
solucionar ese problema particular. Esto no signi ca que siempre se
deba acudir al mismo método en el futuro. Signi ca, simplemente, que
si para la resolución de determinado problema me viene bien Platón,

189
¿por qué no Platón?
Se considera ahora lo que he llamado “la falacia del racionalista”. El
racionalista dice que quien niega los principios universalistas pretende,
paradójicamente, que esa negación tenga valor universal. Dicho de otra
manera, que la a rmación “toda verdad depende de las prácticas
sociales” tiene pretensiones de universalidad; por lo tanto, se contradice
a sí misma. Pero el racionalista a rma esto porque mide las a rmaciones
de los demás con sus propios parámetros, lo cual es como querer medir
un terreno con una balanza.
Cuando se niega una razón formal, universal y absoluta, no se la niega
desde otra categoría pretendidamente a priori. Se la niega desde la
historia. Por el contrario, el racionalista juzga desde conceptos
abstractos preestablecidos por la razón moderna que se pretende
ahistórica. El que piensa a partir de la historia, en cambio, juzga desde
los hechos mismos, desde las prácticas reales, desde luchas de poder
concretas. También desde los logros positivos del conocimiento
cientí co justamente porque “todo vale” (en el sentido no peyorativo del
término).
“Relativismo” es una expresión que indica autocontradicción, no es lo
que corresponde a la teoría de Kuhn, ni de ninguno de los pensadores
importantes que no adhieren al racionalismo cientí co.
“Perspectivismo” quiere decir, en cambio, “desde el punto de vista en
que se mira”. Es decir, desde el punto de vista de un ser humano (no
disponemos de otro). Pero este punto de vista dista mucho de ser
irracional. Se piensa desde la razón, pero no se acepta que racionalidad
sea sinónimo de “racionalidad cientí ca” solamente. La razón es
histórica y abarca también la racionalidad cientí ca. Pero rechaza que
esa racionalidad sea independiente de las prácticas humanas. Los
humanos hacemos la historia. También la ciencia, ¿por qué entonces
pretenderíamos que sea sobrehumana? Es decir, validada por elementos
a priori. Si todos los consensos son históricos, culturales, sociales,
epocales, también la verdad cientí ca lo es.92
Esto no quiere decir que la verdad no existe, ni que es relativa, en el
sentido de que no hay criterios de verdad. Los criterios de verdad
existen. Y son universales. Pero no lógica- mente universales, sino
universales acotados a su tiempo histórico y a los valores culturales
vigentes. En cada cultura, en cada época, todos sabemos lo que está bien
y lo que está mal (para nosotros), acordamos también acerca de los

190
valores de verdad y de justicia, al punto tal que quien miente trata de
que lo que dice parezca verdad, y el que comete injusticia trata de
ocultarla o justi carla. Pero los criterios cambian (no de manera
relativa, sino epocal). Por consiguiente, no deberíamos juzgar con
nuestros parámetros las conductas de otras culturas o de otras épocas, ni
pretender que nuestras convicciones son más “verdaderas” que las de
otro, ni que un modo de conocimiento, aun cuando alcance éxitos
notorios, como el cientí co, deba aceptarse acríticamente y con
exclusión de otras formas posibles de conocer.
Exactamente éste es el punto fuerte del perspectivismo: existen
consensos generales, pero son históricos, por lo tanto, cambian con el
paso del tiempo. Además, es importante destacar que tales criterios
también se jan racionalmente. Entendiendo por racional que se pueden
dar “razones” de ellos y que éstas pueden validarse, tal como en el
criterio de razón cientí ca. Pero, a diferencia de este último, la
validación no depende exclusivamente de una estrecha contrastación
empírica, sino del plexo de sentidos vigentes en cualquier comunidad.

COMPRENDER LA NATURALEZA DE LAS


PENURIAS
A pesar de que su pnb es bastante inferior al
promedio de la India, actualmente en Kerala hay
una esperanza de vida de más de 70 años. Tal
éxito, en condiciones de renta muy baja y de
pobreza, es el resultado de la expansión
educacional de la escuela pública, de la
prevención epidemiológica social, de los servicios
médicos personales y de la nutrición subsidiada.
Este análisis nada dice en contra de que el
incremento del pnb contribuya mucho a
aumentar la esperanza de vida. La solidez
económica ayudará a una familia a conseguir
mejor nutrición y más atenciones sanitarias. Por
otro lado, el desarrollo económico concederá al
gobierno mayores posibilidades de proveer a la
educación, la sanidad y los abastecimientos. Pero
los resultados del desarrollo económico no
siempre se canalizan hacia tales programas.

191
Muchas naciones –entre ellas Arabia Saudí,
Gabón, Brasil y Sudáfrica–tienen un palmarés en
educación, sanidad y bene cencia muy inferior al
de otros países (o regiones) que cuentan con un
pnb alejado del precedente, pero han adoptado
políticas que promueven el bien público: Sri
Lanka, China, Costa Rica y Kerala, por citar
algunas. El punto crucial está en que los países
pobres no necesitan esperar a hacerse ricos para
combatir la mortalidad y aumentar la esperanza
de vida.
El cometido de la administración pública en el
alargamiento de la esperanza de vida no es, por
supuesto, algo exclusivo del Tercer Mundo. La
intervención de los poderes públicos en la
sanidad, en la educación y en la nutrición ha
desempeñado históricamente un papel muy
importante para el aumento de la longevidad en
Occidente y en Japón. En Inglaterra y en el País de
Gales, las décadas de la primera y la segunda
guerras mundiales se caracterizaron por haberse
dado durante ellas un aumento de la esperanza de
vida mayor que durante cualquier otro decenio de
este siglo. Los esfuerzos bélicos y el racionamiento
llevaron a una más equitativa distribución de los
alimentos y a que el gobierno prestase mayor
atención a la sanidad, pues bien, aquellas dos
décadas tuvieron el menor de los crecimientos del
pnb per cápita: de hecho, entre 1911 y 1921, el
crecimiento del pnb fue negativo. El esfuerzo
público, y no la renta personal, fue la clave del
aumento de esperanza de vida que se dio durante
aquellos decenios.
El análisis de los datos de la mortalidad puede
servir de ayuda para la evaluación económica de
las estructuras sociales y de la gestión pública.
Esta perspectiva puede servir para aclarar
aspectos cruciales de la desigualdad social y de la

192
pobreza, así como para de nir políticas que las
contrarresten. Uno de los problemas que hay que
afrontar cuanto antes en Estados Unidos es el de
la necesidad de comprender mejor la naturaleza
de la penuria. La carencia de ingresos es, sin
dudas, uno de los rasgos característicos de la
pobreza, pero la discusión sobre los pobres de
Norteamérica en general y sobre los
afroamericanos en particular pasa a menudo por
alto aspectos nucleares del asunto, a causa de un
exagerado atender a los ingresos.
(Amartya Sen, “La vida y la muerte como
indicadores económicos”, cit.)

61 Pero, lejos de construir un único paradigma, la ciencia parece orientarse en sentido opuesto. En
la actualidad, en las ciencias físicas conviven distintos paradigmas: el relativista, el cuántico y aun
el newtoniano de la física clásica.
62 La historia representa una excepción, porque existe como disciplina autónoma desde la Grecia
clásica.
63 Comte propone la siguiente clasi cación: I. matemática, II. ciencias de los cuerpos brutos
(física celeste, física terrestre, química o físico-química.), III. ciencias de los cuerpos organizados
(física orgánica o siología, física social o sociología). Esta clasi cación se realiza a partir de
criterios determinados por el grado de complejidad de los fenómenos que cada una de ellas
estudia, su dependencia lógica y su desarrollo histórico.
64 La losofía comteana puede ser considerada como una reacción al pensamiento revolucionario
de la Ilustración al que consideraba responsable de la situación de anarquía social. Por esto sus
ideas resaltan la necesidad de lograr una ciencia social capaz de ordenar racional y cientí camente
la sociedad.
65 Herbert Spencer (1820-1903) fue un pensador inglés reconocido por su concepción
evolucionista del desarrollo histórico. Es considerado el creador del darwinismo social: en su
evolución, las instituciones sociales, al igual que los animales y las plantas, se adaptan progresiva y
positivamente a su entorno. En esta adaptación progresiva se veri ca un proceso de selección
natural y supervivencia del más apto, tal como ocurre en el mundo de la naturaleza.
66 En este sentido debe distinguirse entre las causas de un fenómeno y sus funciones.
67 Pierre Bourdieu constituye un ejemplo de quien desde una posición epistemológica
profundamente distinta rescata elementos de la metodología durkheimiana. Por ejemplo, la
eliminación de las prenociones. Para este autor las prenociones constituyen uno de los obstáculos
más serios en la consecución de una sociología cientí ca. Su eliminación es un precepto
fundamental de la “vigilancia epistemológica”.
68 Las investigaciones sociales sólo aportan, desde esta posición, meras descripciones de los
hechos, pero carecen de la posibilidad de explicar y predecir.
69 Ésta se caracteriza por la manipulación a voluntad de variables que se supone son condiciones
para el surgimiento de los fenómenos que se pretende estudiar. Se modi ca entonces, a partir de la
manipulación, el valor de una o más variables manteniendo el resto de las variables constantes y se
observa luego los efectos que estos cambios tienen sobre el fenómeno estudiado. De este modo se
descubren las relaciones constantes de dependencia entre el fenómeno estudiado y las variables.

193
70 La experimentación de laboratorio es en esencia similar a la llevada a cabo en las ciencias
naturales. Se caracteriza por la creación de una situación arti cial en la que se reproducen las
condiciones reales manipulando las variables para observar su relevancia respecto de un
fenómeno que se pretende estudiar. Si bien este método ha sido utilizado en forma creciente en la
investigación social, es evidente que no es posible realizarlo en una amplia cantidad de fenómenos
que no se prestan para tal tipo de experimentación. No se puede, por ejemplo, reiterar en un
laboratorio una hambruna o una situación de hiperin ación.
71 Su objetivo es tratar de establecer si un determinado fenómeno (por ejemplo, migraciones) se
encuentra relacionado causalmente con la aparición de ciertos cambios (nuevas pautas culturales)
en una sociedad determinada.
72 El error experimental re ere a las perturbaciones provocadas en los resultados de una
investigación por problemas vinculados con los instrumentos de medición.
73 No obstante, la ventaja de las ciencias naturales consiste en el desarrollo de teorías que
posibilitan estimar de un modo aproximado las variaciones provocadas en las mediciones por la
imperfección de los instrumentos. En ciencias sociales, por el contrario, estas teorías no se
encuentran convenientemente desarrolladas.
74 Un ejemplo son las leyes culturales universales enunciadas por los estructuralistas; aunque es
bastante dudoso que Nagel las hubiera considerado “cientí cas”.
75 Esta metodología se suele usar, también, en economía. Por ejemplo, el concepto de
competencia perfecta.
76 Supongamos el caso en que se predice una recesión económica. Esta información, al tomar
estado público, se transforma casi en una advertencia. Los agentes económicos, entonces, pueden
adelantarse a la recesión y rebajar los precios para mantener el nivel de actividad económica. Estas
conductas, motivadas por el conocimiento de la predicción, la aniquilan.
77 Por ejemplo, se anuncia que un banco quebrará, la disponibilidad de esta información actúa
sobre los clientes del banco que se apresuran a retirar sus depósitos; así cumplen, en de nitiva, la
predicción falsa que se había dado a conocer.
78 Si el conocimiento que los hombres tienen de determinados procesos modi ca sus conductas,
este conocimiento debe ser tomado como una nueva variable que modi ca las condiciones para
las cuales se había establecido la ley. En tal caso corresponderá a las ciencias sociales dedicarse a la
medición de esa variable (“conocimiento de procesos sociales”) y ponderar su in uencia. Este tipo
de consideraciones se tienen en cuenta en investigaciones referidas, por ejemplo, a intención de
voto y resultados electorales. Los resultados de las encuestas frecuentemente inciden sobre los
resultados electorales. Esto puede ser medido de algún modo, y se lo puede tener en cuenta a la
hora de señalar los porcentajes esperados de votantes para cada partido.
79 Respecto de la selección de hechos Nagel critica las posiciones que sostienen que no existe
distinción entre hechos y valores cuando lo que se estudia es la conducta intencional de los
hombres. La respuesta a esta objeción es que ella confunde dos sentidos diferentes del término
“juicio de valor”. Los juicios de valor caracterizadores se relacionan con una actitud de aprobación
o desaprobación de ideales o instituciones debido a nuestros valores. Los juicios de valor
apreciativos, en cambio, expresan la estimación del grado en el cual algún tipo de acción, objeto,
institución, está implicado en un caso determinado. Estos últimos pueden ser tolerados en la
investigación. Nagel considera que la distinción entre estos dos tipos de juicios favorece el
desarrollo de una ciencia social valorativamente neutra, porque permite identi car aquellos
juicios (caracterizadores) que deben excluirse de la investigación social.
80 Mediante la enunciación de juicios de valor y juicios fácticos.
81 Según Nagel, esta comunidad se orienta por el estímulo que proporciona la invención, el
intercambio y la crítica. Su acción puede ser considerada una especie de ltro a partir del cual se
disminuyan progresivamente los efectos de actitudes parciales conservando aquellas conclusiones
que sobreviven a su examen crítico.
82 Supongamos el caso en que antes de lanzar un nuevo medicamento a la venta, éste se prueba en

194
animales para controlar la incidencia de ciertas impurezas que no pudieron ser eliminadas en la
elaboración del remedio. En la mayoría de los animales no se veri can problemas pero en una
cantidad pequeña la droga provoca efectos colaterales indeseables. El investigador tendrá que
decidir si el remedio nalmente sale a la venta o no. La decisión depende de un juicio de valor.
83 Weber enuncia el llamado “principio del chino”. Éste signi ca que si una investigación ha
establecido claramente los medios lógicos y conceptuales con los que se ha desarrollado sus
conclusiones deben ser válidas para cualquiera, independientemente de valoraciones culturales o
históricas.
84 El concepto de obstáculo epistemológico fue tratado por el lósofo Gastón Bachelard. Tal
concepto alude a ciertos mecanismos propios de los hombres que obstaculizan la producción de
conocimiento cientí co. Para comprender algo tratamos de asimilarlo a lo que ya conocemos. Lo
conocido constituye nuestro campo de signi cado y es a partir de él que las cosas adquieren
sentido. Este mecanismo de asimilación, si bien nos permite reconocer objetos o situaciones
también actúa como un velo que di culta la construcción de un conocimiento objetivo. Pues éste
requiere de la eliminación de los prejuicios y preconceptos que forman parte de nuestro campo de
signi cado.
85 El investigador social es parte de la sociedad y ocupa una posición en ella –tanto en el espacio
de las clases sociales como en el campo especí co (en este caso de las ciencias sociales) del que
participa–. Estas posiciones se vinculan con la construcción de un determinado “punto de vista” a
partir del cual el investigador asigna una función a su práctica, dirige sus estrategias de
investigación y elige sus métodos y objetos de estudio. El investigador debe desentrañar todo
aquello que proviene de su punto de vista, debe re exionar sobre las condiciones sociales e
históricas en las que produce conocimiento y luego discriminarlas convenientemente.
86 K. Popper, La miseria del historicismo, Madrid, Alianza, 1973, p. 151.
87 Cf. M. Blaug, Epistemología de la economía o cómo explican los economistas, Madrid, Alianza,
1985, pp. 71-72.
88 Otro pragmatista estadounidense notorio es Larry Laudan (1929), aunque su postura es menos
radicalizada que la de Rorty. Todavía cree en la preminencia real de la ciencia como modo de
conocer.
89 Desde el idealismo de Kant, el cometido de la razón no consiste en representar el mundo real
(no podemos conocer su esencia) sino en construir los conceptos que nos permitan entenderlo.
90 Cf. H. Putnam, Las mil caras del realismo, Barcelona, Paidós, 1994, pp. 60-67.
91 P. Feyerabend, ¿Por qué no Platón?, Madrid, Tecnos, 1985.
92 “Verdad cientí ca” remite genéricamente a la solidez del pensamiento cientí co, no a las teorías
que, por ser universales, nunca pueden ser consideradas verdaderas.

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VII. LAS DIMENSIONES ÉTICAS DE LA
CIENCIA
La corriente ética va a la par con el advenimiento de
la empresa comunicante, institución total que en adelante
tiene un interés estratégico en escenificar su
sentido de la responsabilidad social y moral. El sistema
clásico basado en el derecho natural a la propiedad y la
“mano invisible” del mercado ha sido sustituido por un
sistema de legitimación abierto y producido; problemático
y comunicacional. En la actualidad, la legitimidad
de la empresa ya no está dada ni cuestionada, se
construye y se vende, estamos en la era del márketing
de los valores y de la legitimidad promocional, estadio
último de la secularización posmoralista.
Gilles Lipovetsky, El crepúsculo del deber

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9. LOS NUEVOS IMPERATIVOS
MORALES EN LA EMPRESA
ECONÓMICA POSMODERNA
Esther Díaz

Un estudio norteamericano revela que, en


treinta años, la misma suma invertida reportaría
casi nueve veces más en las empresas
dotadas de altas normas morales que en las
que no tienen perfil ético afirmado.
Gilles Lipovetsky, El crepúsculo del deber

A esta altura del desarrollo cientí co-técnico, discutir si la


investigación básica es o no responsable de los conocimientos que da a
conocer al mundo resulta un tanto ocioso. Tan ocioso como discutir si
existe realmente un montante tan importante de investigación básica en
el mundo como para considerar que la ciencia goza de total
independencia respecto de quienes nancian la investigación.
Respecto de esto último, las estadísticas muestran el caudal poco
signi cativo de investigación básica pura en el mundo. Respecto de la
relación ciencia-técnica, la práctica revela que la escisión no existe más
que en los sueños no renovados de algunos epistemólogos. Por lo tanto,
si se toman las dos a rmaciones anteriores como premisas, la
conclusión es que quienes realizan la empresa cientí ca son
responsables de la administración de ese saber (en tanto son seres
humanos responsables de sus actos y producen un saber que se
trans ere a la sociedad).
En función de ello, se puede a rmar que la devoción del epistemólogo
ya no puede seguir siendo únicamente la metodología. Una ciencia que
busca nes meramente gnoseológicos se supone que no causaría
problemas cuando opera solamente en el nivel de lo intelectual-cultural.
No obstante, cuando la empresa cientí ca ha alcanzado la escala masiva

197
y el potencial reproductor que se observa en nuestro tiempo, y cuando
opera en un mundo cada vez más huérfano de valores éticos, nadie que
esté relacionado con ella puede declararse prescindente de lo ético.

1. ÉTICA PURA, ÉTICA APLICADA Y MORAL


También en el terreno de la ética se pueden distinguir
compartimientos con nes de análisis. La ética teórica pura es la
re exión sobre la problemática moral, pero en abstracto. Algo similar a
lo que ocurre con la investigación básica: se estudia y analiza, pero sin
nes de aplicación a la realidad. En otro plano se encuentra la ética
aplicada, la cual considera actitudes éticas posibles en casos de
con ictos éticos, pero lo hace de manera hipotética. Tampoco acá hay
transferencia real a la sociedad. Todo queda (en principio) en el nivel de
la re exión.
Los dos planos mencionados son competencia de los teóricos de la
ética, fundamentalmente lósofos. Un tercer nivel es el de la normativa
concreta o moral propiamente dicha. Acá se establece lo que se
considera correcto o incorrecto dentro del marco valorativo vigente.
Este nivel correspondería al tecnológico en ciencia. Éste es terreno de
moralistas, sacerdotes, maestros, familias y todas las instituciones que
velan por la moral de sus miembros. Finalmente están los “productos”
de la moral, es decir, las acciones u omisiones concretas provenientes de
cada sujeto. Éste es el terreno social donde se consumen los productos
cientí co-técnicos y se realiza la moral. Esquemáticamente sería así:

198
2. ECONOMÍA POSITIVA Y ECONOMÍA
NORMATIVA
Se denomina “economía positiva” a la práctica económica cientí ca:
investigación, teorías y validaciones empíricas; y “economía normativa”
a las valoraciones y consejos prácticos sobre cuestiones de política
económica. Esto es así desde la época de John Stuart Mill. Pero a partir
de mediados del siglo xix esta distinción quedó unida, y prácticamente
identi cada, con la distinción utilizada por los lósofos de tendencia
positivista entre el “ser” y el “deber ser”. Es decir, entre hechos y valores.
Los hechos se expresan en proposiciones declarativas y supuestamente
objetivas acerca de los estados de cosas; y los valores, por medio de
proposiciones prescriptivas acerca de cómo deberían ser las cosas. Es del
orden del ser, por ejemplo, “la Cooperativa Agraria les prestó dinero a
los productores”, y del orden del deber ser “los productores deben

199
devolver el dinero a la Cooperativa Agraria”.
En la década de 1930, apareció la categoría de “nueva economía de
bienestar”, que trató de proporcionar una economía normativa libre de
juicios de valor. Esto signi ca que lo normativo sólo atendería a
cuestiones metodológicas, o atinentes de la historia interna de la ciencia,
tales como qué técnica utilizar o qué muestreo elegir. Pero quedaban sin
resolver, de todos modos, los aspectos valorativos propiamente dichos.
Es decir, aquellos aspectos que dependen de los supuestos ideológicos,
que están en la base de cualquier investigación cientí ca (formal,
natural o social). La historia de las ciencias comparadas demuestra que
hasta las matemáticas se conciben de distinta manera según las piense
un chino antiguo, un alejandrino o un moderno.93 Aunque es preciso
reconocer que estos aspectos pueden “disimularse” mucho mejor en las
investigaciones de las ciencias duras. Pero son muy difíciles de eludir en
una investigación económico-social.
La problemática del ser y del deber ser, en economía, se siguió
elaborando y desembocó en nuevos acuerdos teóricos, en el sentido de
que la economía positiva tradicional incluiría en ella la totalidad de la
economía pura de bienestar. Y se dejaba a la economía normativa el
tratamiento de los problemas especí cos de la política. Aunque en este
campo poco se puede decir respecto de los valores, como no sea lo que
dicen los políticos con poder de decisión.
El origen de esta discriminación teórica se remite a David Hume
quien, en Tratado sobre la naturaleza humana, establece que no se puede
deducir el “deber ser” a partir del “ser”. Esto es, que las proposiciones
puramente fácticas (descriptivas) tan sólo podrán implicar otras
proposiciones fácticas; pero nunca normas, pronunciamientos éticos o
prescripciones que ordenen una actuación determinada. Se le suele
llamar a esta propuesta “la guillotina de Hume” porque implica una
distinción rigurosa entre el campo de los hechos y el de los valores.
Ahora bien, ¿cómo se sabe si una proposición se re ere al ser o al
deber ser? La proposición que re ere al ser describe estados de cosas en
el mundo. Por lo tanto, intersubjetivamente se puede decidir, por
contrastación empírica, si es verdadera o falsa. En cambio, una
proposición que se re ere al deber ser expresa una valoración (o
evaluación) sobre determinados aspectos de la realidad. En
consecuencia, únicamente se la puede reforzar con argumentos
convincentes, pero nunca con la experiencia. Un ejemplo de juicio

200
valorativo es la a rmación de que no se debe torturar a nadie; pero no
existe experimento que pueda probar que esto es verdadero ni falso.
Se puede objetar que la proposición valorativa acerca de que no se
debe torturar puede ser contrastada por métodos interpersonales, por
ejemplo, por medio de un plebiscito. Pero lo que esa compulsa pública
podrá establecer será que estamos de acuerdo en que no se debe
torturar; pero nunca se podrá corroborar empíricamente que torturar es
malo (o bueno); porque “lo bueno” o “lo malo” no existen como
realidades empíricas, sino como valoraciones éticas.
Se puede agregar, además, que esto es así respecto de cualquier
con rmación o falsación interpersonalmente contrastable, aun en una
proposición acerca del ser (de lo que es). Porque una proposición fáctica
se considera verdadera a partir de que nos hemos puesto de acuerdo
para acatar ciertas reglas “cientí cas”. Por consiguiente, aceptamos o
rechazamos proposiciones acerca de los hechos, sobre bases que, en
última instancia, serían tan convencionales como la misma moral. De
tal modo que incluso los cientí cos más “puristas” harían, en tanto
cientí cos, juicios de valor.
Desde este punto de vista, se podría decir que las proposiciones sobre
lo que es (descriptivas) no implican un proceso cognitivo muy diferente
del vinculado con la aceptación o el rechazo de las proposiciones sobre
lo que debe ser (valorativas). Pues no existe proposición empírica
descriptiva que sea considerada verdadera que no se base en un
consenso aceptado previamente. La proposición “la Luna es un satélite
de la Tierra” es descriptiva, es decir, se re ere a lo que es. Y en una
comunidad cientí ca como la nuestra, la damos por verdadera. Pero esa
proposición no será verdadera en una comunidad que diviniza a la
Luna. Y cuando esa comunidad enuncia “la Luna es una diosa” no está
expresando un juicio de valor, sino un juicio descriptivo, pues para los
integrantes de esa cultura eso es verdad según convenciones tan sólidas
como la de los cientí cos (entre ellos).
Con esto no se quiere decir que las proposiciones sobre lo que es
(hechos) sean lógicamente equivalentes a las proposiciones sobre lo que
debe ser (valoraciones), sino más bien que el rechazo o la aceptación,
sobre lo que es, depende del consenso sociocultural. Esto se establece así
incluso en las proposiciones cientí cas. Los primeros cientí cos
newtonianos aceptaban las proposiciones sobre el éter como enunciados
descriptivos acerca del mundo. El mismo Newton había establecido que

201
el éter formaba parte de la realidad. Hoy ese tipo de enunciados
resultaría absurdo hasta para los propios newtonianos.
Es importante atender a estas cuestiones para tomar distancia de los
pretendidos purismos metodológicos que establecen que las ciencias,
incluso las sociales, no trabajan (o no deberían trabajar) con juicios de
valor. No obstante, resulta provechoso distinguir, con nes de análisis,
entre los aspectos positivos y normativos de una investigación. Pero es
imposible, en una investigación sobre la realidad, quedarse solamente
con los primeros. Esta a rmación es con rmada por cualquier teoría
económica que se quiera tomar como ejemplo, desde la marxista a la
liberal, pasando por la teoría social de la Iglesia o las teorías alternativas
a las hegemónicas.

4. EL MÁRKETING DE LA ÉTICA EN LA
SOCIEDAD POSMODERNA
Las empresas económicas –hoy– registran una fuerte demanda ética.
La operatividad utilitarista de la moral nunca ha sido tan explícita como
en las nuevas estrategias de comunicación de las instituciones
económicas. El objetivo deseado es bene ciar la imagen de la empresa
para acrecentar las ganancias. Se intenta construir una imagen
institucional, en la que el capital “simpatía” es tan importante como el
capital “marca”. Las empresas se ven obligadas a de nirse a sí mismas
ofreciendo al público sus propios criterios de legitimidad. Ya ha pasado
la época en la que las grandes empresas, como si imitaran el modelo de
la ciencia básica, se consideraban agentes económicos puros. Ya no se
trata de administrar únicamente productos: se debe cuidar también la
relación con el público, construyendo una imagen institucional idónea,
ética, con able y, de ser posible, lantrópica.
El mandato hoy es “la calidad total”; esta consigna alcanza incluso a lo
moral. La corriente ética se in ltra en la empresa, cuya autoimposición
es ser “comunicante”. La estrategia consiste en poner en escena (es decir,
en pantalla) el sentido de responsabilidad social y moral de la empresa.
El sistema económico clásico se centraba en el derecho natural a la
propiedad y en el libre juego de los mercados. El sistema posmoderno
no ofrece esas legitimaciones más o menos aceptadas. Ahora se trata de
producir imagen y venderla tratando de que se difunda
fundamentalmente a través de los medios masivos.

202
La caída de las ideologías, la crisis de los valores y la irrupción
generalizada de la corrupción han producido, como contrapartida, una
demanda de eticidad de parte de la opinión pública. En respuesta, las
instituciones organizan comités de ética, códigos de conducta,
auditorías morales y mecenazgos. Pero no es la ética la que gobierna la
comunicación en las empresas. Son ellas las que imponen una imagen
ética y la administran hacia adentro y hacia afuera de la empresa. Hacia
adentro, despotenciando un discurso que exigía el cumplimiento de
deberes por parte del empleado. Ahora no se trata de cumplir deberes,
por el contrario, se tiene derechos. Pero el que quiere disfrutar de sus
derechos debe ser responsable. Se observa en el “modelo japonés”, por
ejemplo, que en lugar de rígidos supervisores despiadados se organizan
grupos de trabajadores que se comprometen a realizar determinada
tarea y se los responsabiliza por ella. El sistema es tan exigente como el
moderno, pero se lo maquilla de “derechos humanos”. Los trabajadores
tienen “derecho” a organizar su tarea como lo deseen, dentro de ciertos
límites, por supuesto. De ahí en más, son los responsables del éxito del
trabajo y se atendrán a las consecuencias, si el resultado no responde a
las expectativas.
Por otra parte, se administra la imagen hacia afuera de la empresa, se
trata de demostrar la probidad de la institución. Si hay un sabotaje, no
se deslindan responsabilidades, se las asume. Si hay una campaña de
desprestigio proveniente de los ecologistas o de otros misioneros
sociales a la moda, se retira el producto cuestionado de la venta, o se
cambian ostentosamente los elementos con ictivos. También se negocia
con consultoras de márketing, estadísticas y tendencias para que
in uyan en los medios de comunicación adversos a los proyectos de la
empresa. Si hay una catástrofe nacional o internacional, se envían
fondos de la manera menos secreta posible. Si se trata de un hospital
privado, se pueden llegar a formar comités de ética para poder
publicitarlos en los catálogos, y nada más.94
En algunas instituciones, los comités de ética cumplen la misma
función que el circuito cerrado de televisión por el que se puede ver la
intervención quirúrgica de un ser querido. Sirven para la promoción de
nuevos asociados. Y, en cuanto a las estrategias publicitarias, se ha
descubierto que vende más plegarse a una campaña de bien público que
repetir machaconamente el nombre de un producto. Es así como las
grandes empresas son mecenas de espectáculos para niños, de

203
conservación de espacios verdes, de restauración de monumentos
públicos, o donan suculentas sumas de dinero para instituciones de bien
público, u otorgan premios a deportistas, intelectuales y artistas.
También esto forma parte de la “calidad total”.
La ética actualmente tiene buena prensa. El paradigma de esta
a rmación está representado por los consultores éticos de Wall Street.
Después de las estruendosas quiebras nancieras de nes de los 80, los
dueños del dinero aprendieron la lección. La ebre de ganancia y
ostentación de la era Reagan dejó una multifacética secuela de desastres
económicos. Los yuppies hicieron mucho más ruido al caer del que
habían hecho con su promocionada ascensión. Los operadores
económicos no quieren más fracasos provenientes de una descontrolada
falta de escrúpulos. La historia de los 80 demostró que no conviene
actuar totalmente al margen de la moral. Esto no signi ca desempolvar
principios éticos indeclinables, sino su cientemente operativos como
para evitar las quiebras. Es así como entre los laberintos de o cinas
nancieras de Manhattan es posible encontrar consultores éticos para
todos los gustos (como corresponde a la capital del consumo):
protestantes, católicos, judíos y ateos alternan con chinos, árabes y
japoneses.
¿Este rebrote ético esta marcando, acaso, que la racionalidad cientí ca
y su autoproclamada neutralidad ética, aplicada también a las nanzas,
ha dejado de operar? Al contrario, la efectividad cuyo modelo es la
racionalidad cientí ca se encuentra en el mismo núcleo del proyecto:
avanzar, maximizar, progresar. Y si las circunstancias históricas
establecen ahora que lo rentable es ser ético, la ética debe integrarse al
proceso económico. La racionalidad cientí ca (en tanto búsqueda de
excelencia) opera también en el proceso de desarrollo económico-social.
Esta racionalidad, si bien en teoría está al alcance de todos, en la
práctica sólo puede ser accionada por algunos miembros de la
comunidad, por supuesto, los que manejan mayores espacios de poder.
Esto produce, por una parte, la globalización de un modelo económico
hegemónico y, por otra, la intensi cación de zonas de pobreza y
marginalidad, como productos obvios de ese modelo.
En cuanto a la exigencia ética, resulta fácil darse cuenta de que
responde a un imperativo hipotético. La forma de este imperativo es “si
hago tal cosa, entonces obtendré tal otra”. Traducido al tema aquí
tratado sería “si soy ético, haré mejores negocios”, o “si actúo de manera

204
responsable, a la larga ganaré más”, o “si mostramos una imagen ética,
tendremos más clientes”. Esto es justamente lo que Kant dice que no hay
que hacer si uno quiere ser moral. Porque si uno quiere ser moral, hay
que cumplir con el imperativo ético de manera categórica.
Incondicionalmente. Es decir, se debe cumplir el deber por el deber
mismo, y no por los posibles bene cios que traería aparejado su
cumplimiento. El moderno deber kantiano no aceptaba ningún
condicionamiento hipotético.
Pero hoy ese deber declina, su lugar es ocupado por los derechos
individuales y también por la responsabilidad que es inherente a ellos.
En este marco, el pensamiento empresarial ha realizado una movida
crucial. Ha puesto nuevamente en cuestión los conceptos fundamentales
de la empresa taylorista vigentes a principios del siglo xx. El taylorismo
fue un sistema de organización del trabajo en el que también se aplicaba
el modelo progresista de la racionalidad cientí ca. Su premisa principal
a rmaba que si se combinaban en perfecta armonía las máquinas y el
esfuerzo humano, se mejoraba la calidad de la producción. En este
postaylorismo, la ética se convirtió en el parámetro constitutivo de los
nuevos métodos de organización del trabajo, que se puede resumir en
estos términos: si se acuerda una ética de la empresa y una
responsabilidad del personal, se mejora la calidad de la producción y,
por lo tanto, se gana más.
Pero así como en el esquema taylorista no importaba el bienestar del
obrero en sí mismo, sino en función de la producción, en este giro ético
no importa lo ético en sí mismo, sino la posibilidad de éxito. Los
anónimos accionistas les exigen a los investigadores y a los técnicos no
sólo la previsible puesta al día de sus productos, sino también de su
imagen social. Todos los signos que re ejen menosprecio por los
hombres deben de ser combatidos; la falta de con anza, también. El
dinamismo económico requiere una imagen de responsabilidad. Los
nuevos dispositivos de la racionalidad empresarial se constituyen con
sistemas de participación, programas de formación, incremento de las
responsabilidades, actividades comunitarias y asunción de un destino
colectivo (el de la empresa).
La gestión participativa desde los obreros hasta el público, pasando
por todos los estamentos personales de la empresa, busca la
dinamización del conjunto, movilización individual y compromisos
reales. La empresa se involucra en la vida privada de sus agentes y parte

205
de esa vida privada se trans ere a la empresa. Todos los miembros de la
empresa participan en la clari cación de los valores fundamentales.
Antes la empresa prescribía disciplina, hoy exibiliza. Ordenar deberes
mecánicamente se ha tornado obsoleto, la empresa de excelencia
necesita el compromiso de todos sus colaboradores.
En Estados Unidos, más de trescientos cincuenta mil millones de
dólares ya son administrados por instituciones nancieras en función de
criterios éticos. Pero independientemente de la mayor o menor
productividad lograda, con esta irrupción de algo a lo que se le llama
ética de las empresas o del dinero se pueden ver ya los efectos en el
personal. El 90 por ciento de las grandes rmas estadounidenses han
establecido programas de antiestrés. La moral de la autonomía y la
expansión contribuye a generar ansiedad, surmenage y depresión.
Parecería que la autonomía individualista posmoderna se paga con
desequilibrio emocional.95
La ética hoy ha pasado a ser un parámetro económico ineludible.
Penetra también los laboratorios, gabinetes cientí cos, comités
hospitalarios, las consultoras de relaciones humanas y asesorías de
imagen para políticos. Esto puede leerse como la más reciente astucia de
la razón cientí ca. El sabio antiguo no podía prescindir de la ética,
conocer implicaba al mismo tiempo elegir el bien. Pero, en la
modernidad, el conocimiento se divorció de la ética. El investigador
moderno estaba exento de responsabilidad ética respecto de los
conocimientos que transfería a la cultura. El cientí co posmoderno, en
cambio, tiene que pensar nuevamente en convivir con la ética. Pero no
se trata ya de la envejecida y gruñona moral kantiana del deber absoluto,
sino de una ética divertida y seductora, una ética mediática. La ética de
los derechos, de la responsabilidad y de los grandes éxitos económicos.

EL INCONVENIENTE DE SER MUJER


La información sobre la mortalidad puede
utilizarse para investigar una manifestación
elemental del prejuicio sexual. Un sorprendente
rasgo demográ co del mundo moderno es la
enorme variación geográ ca en la proporción de
mujeres y varones. Los datos médicos sugieren
que, con una asistencia sanitaria similar, la
mortalidad de las mujeres tiende a ser menor que

206
la de los hombres. Hasta en el útero los fetos
femeninos son menos propensos a malograrse.
Aunque son concebidos y nacen más varones que
hembras, sin embargo en Europa y América del
Norte el número de mujeres es alrededor de un
cinco por ciento mayor que el de hombres, porque
también las tasas de supervivencia de ellas son
más altas.
Pero en muchas partes del mundo que aún está
en vías de desarrollo las proporciones entre
mujeres y hombres son muy diferentes: mientras
que en el África subsahariana esa proporción es
de 1,02, en el norte de África es de 0,96; en China,
Bangladesh y el occidente asiático, de 0,94; en la
India de 0,93, y en Paquistán de 0,91. Para
formarse una idea de las magnitudes implicadas
conviene hacer preguntas de este tenor: si en
China y en países similares se diese la proporción
entre mujeres y hombres que se da, digamos, en el
África subsahariana, ¿cuántas mujeres más habría
allí? Tomando como punto de referencia la
proporción del África subsahariana, según
hicimos Jean Drèze, de la Escuela de Economía de
Delhi, y yo, es como si en los países en los que hay
dé cit de mujeres hubiesen “desaparecido” más de
cien millones de ellas; sólo en China faltarían
cuarenta y cuatro millones y en la India treinta y
siete millones. Otros cálculos, con otros puntos de
referencia, ponen la cifra entre los sesenta y los
noventa millones.
El fenómeno de la falta de mujeres re eja una
mayor mortalidad histórica de las mujeres y una
tenaz inclinación contra las mujeres en el uso de
los medios sanitarios y alimentarios en esos
países. Jocelyn Kynch, de la Universidad de
Oxford, y yo examinamos los registros de los
hospitales de Bombay, y vimos que, para que a las
mujeres se las ingresara en ellos, tenían que estar

207
más gravemente enfermas que los hombres. Otro
estudio que hice con la colaboración de Sunil
Sengupta, de la Universidad Visva-Bujarati, indicó
que en dos poblaciones del oeste de Bengala la
asistencia sanitaria y nutricional tendía
sistemáticamente a favorecer a los muchachos.
[Por su parte], el gobierno chino se ha esforzado
por erradicar la desigualdad socioeconómcia
entre los sexos, y China tiene una elevada tasa de
empleo femenino. Pero el nivel de alfabetización
de la mujer es muy inferior al alcanzado en
Kerala. La alta mortalidad de niñas en China
quizá tenga que ver también, en parte, con el
efecto de las medidas obligatorias de control de
nacimientos –la parcial imposición de la política
de un hijo por pareja– en una sociedad en la que
es abrumadora la preferencia por el varón.
Aunque este artículo no trata directamente ni de
la fertilidad ni de la plani cación familiar,
quisiera advertir que el control obligatorio de los
nacimientos entraña cierto peligro de inclinación
por uno de los sexos. Hay, ante todo, muy buenos
argumentos contra esa obligatoriedad, basados en
consideraciones sobre la debida independencia y
libertad de acción de las personas. Pero el posible
efecto de tal medida sobre la mortalidad femenina
viene a añadir otra dimensión al debate. El éxito
chino en rebajar la tasa de nacimientos es citado
con frecuencia en los debates sobre la necesidad
de que se imponga en el Tercer Mundo la
plani cación familiar obligatoria. Cierto que la
tasa de nacimientos en China, veintiuno por mil,
es mucho más favorable que la de la India, treinta
por mil (y que el promedio, treinta y ocho por
mil, que se da en los países de poca renta con la
exclusión de China y la India). Sin embargo, la
tasa de nacimientos de Kerala, veinte por mil, está
por debajo de la china, sin necesidad de ninguna

208
política de control obligatorio de los nacimientos
y sin el problema de la mayor mortalidad de las
niñas.
Abundan las pruebas demográ cas de que los
descensos de las tasas de nacimientos tienden a
seguir a los de las tasas de defunciones. Esta pauta
está en conexión con una exigencia decreciente de
tener muchos hijos para asegurar la
supervivencia. Y re eja también la
interdependencia entre el control de nacimientos
y el de muertes: hacer accesibles a la gente los
métodos anticonceptivos puede combinarse de
manera e caz con la asistencia médica. En Kerala,
en cuanto ha disminuido la tasa de muertes, ha
bajado también la de nacimientos: del cuarenta y
cuatro por mil, entre 1951 y 1961, al veinte por
mil, entre 1988 y 1990.
(Amartya Sen, “La vida y la muerte como
indicadores económicos”, cit.)

1. Cf. E. Lizcano, Imaginario colectivo y creación matemática,


Barcelona, Gedisa, 1993.
2. También los políticos se pliegan a esta moda. Transcribo el copete
de un artículo periodístico: “Abren una o cina de ética. El gobierno
quiere un «verdadero clima ético» en el Estado. En el gobierno prevén
que la corrupción será una de las banderas electorales de la oposición”,
Clarín, 19 de enero de 1997.
3. Cf. G. Lipovetsky, El crepúsculo del deber, Barcelona, Anagrama,
1994, pp. 269 y ss.
93 Cf. E. Lizcano, Imaginario colectivo y creación matemática, Barcelona, Gedisa, 1993.
94 También los políticos se pliegan a esta moda. Transcribo el copete de un artículo periodístico:
“Abren una o cina de ética. El gobierno quiere un «verdadero clima ético» en el Estado. En el
gobierno prevén que la corrupción será una de las banderas electorales de la oposición”, Clarín, 19
de enero de 1997.
95 Cf. G. Lipovetsky, El crepúsculo del deber, Barcelona, Anagrama, 1994, pp. 269 y ss.

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220
Índice
I. LAS CONDICIONES DE POSIBILIDAD DE LA
2
FILOSOFÍA DE LA CIENCIA
1. CONOCIMIENTO, CIENCIA Y EPISTEMOLOGÍA 3
1. CONOCIMIENTO DE SENTIDO COMÚN Y
4
CONOCIMIENTO CIENTÍFICO
2. CIENCIA 10
3. EPISTEMOLOGÍA 11
4. CONTEXTO DE DESCUBRIMIENTO Y CONTEXTO
14
DE JUSTIFICACIÓN
5. LA PROBLEMÁTICA DE LAS CIENCIAS SOCIALES 15
II. LAS ESTRUCTURAS LÓGICAS Y EL
21
LENGUAJE
2. LÓGICA Y LENGUAJE 22
INTRODUCCIÓN 22
1. EL CARÁCTER FORMAL DE LA LÓGICA 24
2. EL OBJETO DE ESTUDIO DE LA LÓGICA 26
3. NOCIONES DE SEMIÓTICA 28
3.1. El objeto de la semiótica 28
3.2. Las dimensiones de la semiótica 29
3.3. Los niveles de la semiótica 33
4. LAS ESTRUCTURAS LÓGICAS FUNDAMENTALES 34
4.1. Términos y proposiciones 34
4.2. Razonamientos 42
5. TIPOS DE INFERENCIAS 47
6. SISTEMAS AXIOMÁTICOS 49
CONCLUSIÓN: LÓGICA Y CIENCIA 52
III. CIENCIAS FÁCTICAS 59
3. LA DEL MÉTODO EN CIENCIAS NATURALES Y
60
SOCIALES
1. LAS CIENCIAS: CARACTERÍSTICAS Y
62
CLASIFICACIÓN

221
1.1. El conocimiento científico 62
1.2. Clasificación de las ciencias 65
2. LA ESTRUCTURA DE LAS TEORÍAS CIENTÍFICAS:
EL PROBLEMA DEL MÉTODO EN LA VALIDACION 67
DE HIPÓTESIS
2.1. La relación entre datos e hipótesis ¿inductivismo o
68
hipotético-deductivismo?
2.1.1. El inductivismo 68
2.1.2. Críticas al inductivismo 70
2.2. El hipotético-deductivismo 72
2.3. El problema de la contrastación y el falsacionismo 75
2.3.1. La asimetría de la contrastación 75
2.3.2. La corrección falsacionista 77
2.3.3. Una evaluación crítica del falsacionismo 79
3. ALGUNOS ASPECTOS DE LA PROBLEMÁTICA
DEL MÉTODO EN LAS CIENCIAS SOCIALES: LAS
80
DIFICULTADES DE LA MEDICIÓN Y EL DEBATE
SOBRE EXPLICACIÓN O COMPRENSIÓN
3.1. El problema de la medición: su importancia
81
metodológica y sus dificultades
3.2. ¿Explicar o comprender? 85
3.3. La explicación científica y el modelo de las ciencias
85
naturales
3.4. Explicación nomológico-deductiva 86
3.5. Explicaciones probabilísticas 87
3.6. La especificidad de las ciencias sociales y la
89
comprensión
IV. TECNOLOGÍAS DE LAS CIENCIAS
96
NATURALES Y SOCIALES
4. FILOSOFÍA DE LA TECNOLOGÍA 97
i. INVESTIGACIÓN BÁSICA E INVESTIGACIÓN
98
TECNOLÓGICA
ii. VALIDACIÓN TECNOLÓGICA 101
iii. LA TECNOLOGÍA EN CIENCIAS SOCIALES 104
V. CORRIENTES EPISTEMOLÓGICAS 112

222
CONTEMPORÁNEAS
5. LA EPISTEMOLOGÍA Y LO ECONÓMICO-OCIAL:
113
POPPER, KUHN Y LAKATOS
1. EL FALSACIONISMO EN LOS ESTUDIOS
113
ECONÓMICO-SOCIALES
2. LOS PARADIGMAS DE KUHN Y LAS FORMAS DE
119
VIDA DE WITTGENSTEIN
3. LAKATOS Y LOS PROGRAMAS DE
125
INVESTIGACIÓN
6. LA HERMENÉUTICA CONTEMPORÁNEA 134
1. INFLUENCIA DE LA TRADICIÓN RETÓRICA Y
136
HUMANISTA
1.1. La formación 136
1.2. El sentido común 138
1.3. La capacidad de juicio 140
1.4. El gusto 141
2. SUPERACIÓN DEL SUBJETIVISMO MODERNO 142
2.1. Rehabilitación de la alegoría y el símbolo 143
2.1. Una nueva concepción de la percepción y del arte 144
3. ARTE, HERMENÉUTICA Y VERDAD 146
3.1. El significado del juego 146
3.2. Transformación del juego en construcción 148
4. EL CARÁCTER HISTÓRICO DE LA EXPERIENCIA
149
HERMENÉUTICA
4.1. El círculo hermenéutico y el condicionamiento de
149
los prejuicios
4.2. Significado de la distancia en el tiempo 151
4.3. El principio de la historia efectual 153
VI. PROBLEMAS ESPECÍFICOS EN CIENCIAS
158
ECONÓMICO-SOCIALES
7. LA PROBLEMÁTICA VALORATIVO-METODOLÓGICA
159
EN LAS CIENCIAS SOCIALES
1. EL NACIMIENTO DE LAS CIENCIAS SOCIALES 159
2. EL POSITIVISMO EN LAS CIENCIAS SOCIALES 161
3. PROBLEMAS METODOLÓGICOS ESPECÍFICOS DE 166

223
LAS CIENCIAS SOCIALES
3.1. Experimentación 167
3.1 Historicidad y leyes sociales 169
3.2. Capacidad predictiva 169
3.3. La objetividad en ciencias sociales 170
4. EL HISTORICISMO 172
5. EL MARXISMO Y EL MÉTODO DEL
176
MATERIALISMO HISTÓRICO
6. LA EPISTEMOLOGÍA SOCIAL DE PIERRE
177
BOURDIEU
8. LOS SUPUESTOS CIENTÍFICOS: INDIVIDUALISMO,
180
REALISMO Y RACIONALISMO
1. INDIVIDUALISMO Y HOLISMO
180
METODOLÓGICOS
2. REALISMO E IDEALISMO 184
3. RACIONALISMOS Y PERSPECTIVISMOS 187
VII. LAS DIMENSIONES ÉTICAS DE LA CIENCIA 196
9. LOS NUEVOS IMPERATIVOS MORALES EN LA
197
EMPRESA ECONÓMICA POSMODERNA
1. ÉTICA PURA, ÉTICA APLICADA Y MORAL 198
2. ECONOMÍA POSITIVA Y ECONOMÍA NORMATIVA 199
4. EL MÁRKETING DE LA ÉTICA EN LA SOCIEDAD
202
POSMODERNA
BIBLIOGRAFÍA 210

224

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