EGO Y COMPROMISO (I)
EL EGO SE APROPIA TAMBIÉN DEL COMPROMISO
23-Abril-2017 Enrique Martínez Lozano
La lectura del texto de Josean Villalabeitia –que adjunto a este envío-
(http://www.enriquemartinezlozano.com/semana-23-de-abril-yo-mi-me-conmigo/) me ha
producido una sensación de tristeza, por los motivos que luego referiré. Pero ha sido esa
misma sensación la que me ha provocado también un movimiento interior para tratar de
comprender su perspectiva.
En realidad, si entiendo bien lo que escribe, creo que no me cuesta demasiado ponerme en
su lugar. Hace unos años me hubiera sentido prácticamente identificado con lo que ahí se
dice. Es un “idioma” que conozco bien.
Tal como lo veo, me parece que el autor alerta del riesgo de una espiritualidad narcisista –lo
que denomina “corrientes pseudomísticas” o “monoteísmo yoico”-, al tiempo que recuerda
que, según la tradición bíblica, el lugar del encuentro con Dios es el hermano. Su
preocupación parece sintetizarse en la afirmación, según la cual “todo lo que nos distraiga de
este objetivo fundamental tendría que resultarnos sospechoso, por lo menos”.
Si esto me resulta evidente, ¿cuál es el motivo de esa sensación de tristeza que me ha
producido? Quizás guarde relación con mi propia historia, de la que en entregas posteriores
narraré algo que pueda resultar práctico para ilustrar el modo como veo ahora esta cuestión,
pero el motivo más importante tiene que ver con una doble actitud que, a mi modo de ver,
contamina el escrito, ofuscando el mensaje que busca transmitir.
La primera de esas actitudes puede nombrarse como descalificación de lo diferente…, desde
la absolutización de lo propio. Descalificar algo únicamente porque sea “desconocido por
estos lares”, metiendo en ese saco “energías, chacras, karmas, reencarnaciones y temas por
el estilo”, no parece que sea sino fruto de la ignorancia. El lector parece ser inducido a
pensar que todo lo que no sea la visión cristiana que el autor propone cae en una especie de
magma “pseudomístico” o “comprensión espiritualista de la religión”. Así planteado, resulta
paradójico que quien denuncia el “yo, mí, me, conmigo” caiga sin advertirlo en un juicio tan
marcadamente egoico y etnocéntrico.
Tal posicionamiento otorga al texto un aire de “superioridad moral”, en un tono cuasi-
dogmático… No es raro que los jóvenes busquen otros ámbitos que les permitan
experimentar por sí mismos las respuestas que honestamente andan buscando.
Pero considero más preocupante aún una segunda actitud que parece derivarse del escrito.
Me refiero a una suerte de dualismo de base que lee la realidad en disyuntiva: “o… o…”. En
este caso, parece contraponerse el compromiso –que se presenta como meritorio en sí
mismo, al margen de cómo se viva- con la espiritualidad, que –a no ser que sea cristiana- ya
de entrada es puesta bajo sospecha.
Desde mi perspectiva, creo que el dualismo fragmenta lo real que es solo uno. Y, al quedarse
con uno de los polos, no solo ignora el valor del otro, sino que deforma incluso la vivencia
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del que pretende defender. En el caso que nos ocupa, me resulta obvio que espiritualidad y
compromiso se requieren mutuamente: una sin otro, otro sin una, deforman lo real y se
mutilan a sí mismos. Como consecuencia, se terminará cayendo en una “pseudo-
espiritualidad” –con tonos de narcisismo ensimismado- o en un “pseudo-compromiso” –que
camuflará un activismo igualmente narcisista-.
EGO Y COMPROMISO (II)
30-Abril-2017
“Espiritualidad” y “compromiso” son, sin duda, hermosas palabras. Y somos conscientes de
la facilidad con la que los humanos nos dejamos engañar por palabras que gozan de
plausibilidad social. Pero, separadas –desconectadas entre sí-, son fuente de confusión y, en
último término, de sufrimiento, porque nos hacen movernos en una “media verdad”.
Tal como lo veo, ambas expresiones únicamente pueden conjugarse y nutrirse mutuamente
cuando arrancamos de una respuesta adecuada a la pregunta primera: ¿quién soy yo? Creo
comprender lo que el autor (del artículo que comento y que envié la semana pasada)
pretende decir al afirmar que la pregunta decisiva para él es “¿dónde está tu hermano?”; sin
embargo, me parece que será imposible responder a ella ajustadamente si no sé realmente
quién soy. ¿Quién soy yo?: esta es la cuestión de la que pende absolutamente todo lo
demás.
El interés por esta pregunta –si es genuino- no solo no es narcisista, sino que nos conduce a
la comprensión de quienes somos y, de ese modo, termina pulverizando el narcisismo.
Ignorar esa cuestión –atribuyéndola a “modas psicologistas”- equivale a construir sin
cimientos sólidos.
En este punto, me parece oportuno aportar algo de mi propia experiencia, con el objetivo
pedagógico de clarificar lo que vengo diciendo: creo que la narración de lo vivido puede
favorecer la comprensión más que discursos teóricos o razonamientos eruditos sobre el
tema.
Recuerdo nítidamente la fuerza que el compromiso social adquirió en mi juventud, hasta el
punto de que en todo momento me estaba evaluando a mí mismo a partir de si estaba o no
“comprometido”. Una vez llegado a Argentina, adonde me llevó –más allá del detonante
concreto que lo provocó- el anhelo de un compromiso mayor, buscaba “entregarme” en los
barrios más necesitados de la ciudad donde había aterrizado. Todo en mí giraba en torno al
compromiso: el tiempo dedicado, el uso del dinero, el trabajo en el barrio… Me reprochaba
incluso no tener el coraje suficiente para dejar la casa donde vivía e irme a vivir a uno más de
los “ranchitos” de aquella especie de “villa miseria” que a diario recorría.
Por aquella época no me hacía demasiadas preguntas acerca de lo que hacía. Más adelante,
poco a poco, fueron surgiendo, a partir de algo que un día hizo “clic” en mí. Eso ocurrió una
mañana cuando, visitando a unos ancianos que malvivían bajo unas latas y cartones, sin otro
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bien en su interior que una enorme pantalla de televisión, descubrí que eran más felices que
yo. Dentro de mí se disparó una especie de alarma: tenía claro que mi objetivo era ayudar a
aquellas personas a que fueran felices y, de golpe, descubro que lo eran más que yo. ¿Qué
movía realmente dedicación?
Poco a poco me fui abriendo a la verdad de lo que vivía, descubriendo que existían en mí
motivaciones de todo tipo, unas confesadas, otras –para mí en aquel momento-
inconfesables. Descubrí que en mi compromiso había ciertamente amor a las personas y
fidelidad a mi vocación cristiana. Pero se hallaban presentes igualmente otros motivos, en
forma de necesidades inconscientes, más o menos ocultas o camufladas: de ser reconocido,
aceptado e incluso aplaudido; de sentir mi vida “útil” y con sentido; de creer estar en la
verdad y de ser “coherente” con ella; de tener una imagen de persona “comprometida”; de
liberarme de la frustración que me suponía el hecho de que la realidad no se ajustara a mis
deseos, por lo que estaba instalado en la resistencia a la vida; de compensar culpabilidades
reprimidas y de sentirme “digno” ante Dios; de perfeccionismo…
Todo se daba mezclado, en dosis diferentes. Descubrirlo de golpe supuso un zarandeo
notable, una sensación de quedar desnudo ante la realidad, un encuentro con mis
“demonios interiores” –la parte oscura y oculta de mí-… y el comienzo de una puesta en
verdad que no sabía dónde habría de conducirme.
De aquella crisis fui aprendiendo el camino de “vuelta a casa”, de la que, sin ser consciente,
había vivido alejado. ¿Cómo podría acompañar a alguien en ese camino si yo mismo no lo
recorría? Fui consciente de que muchas de mis “seguridades” anteriores podrían verse
amenazadas, pero aún así experimentaba una fuerza interior –hoy sé que era un gratuito
anhelo espiritual- que me proveía de determinación para afrontar todo lo que pudiera surgir.
EGO Y COMPROMISO (III)
7-Mayo-2017
Quise hacer el relato que compartía la semana anterior para alertar del riesgo que supone
dejarse engañar por hermosas palabras. Detrás de ellas suele haber verdades no dichas ni
reconocidas, necesidades psicológicas inconscientes que boicotearán todo camino de
crecimiento y de entrega. Con lo cual, vuelvo al punto de origen: ¿qué es –y a quién puede
beneficiar- un compromiso que no nace de la consciencia clara de quienes somos? No se
niega la “buena voluntad” ni la “entrega” de quien lo vive, pero ¿a qué conduce? Fuera de la
consciencia, no es extraño que todos los esfuerzos por mejorar el mundo no consigan sino
estropearlo más. “Hasta que no trasciendas el ego –escribe John R. Price-, no podrás sino
contribuir a la locura del mundo”.
El compromiso no es el criterio definitivo, por cuanto esa palabra –como cualquier otra-
puede encerrar contenidos muy dispares. Tampoco la espiritualidad se libra de ese mismo
carácter ambiguo. Solo una comprensión profunda e integradora capacitará y favorecerá un
modo de vivir marcado por la unidad y la compasión. No en vano, el que nos dejó la sublime
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parábola del “juicio final” no fue un moralista –que pusiera la “obligación” del “compromiso”
por encima de cualquier otra cosa-, sino un hombre sabio –genuinamente espiritual- que
sabía que “el Padre y yo somos uno” y que era igualmente uno con todos los seres, razón por
la cual, “lo que hicisteis a cada uno de estos, me lo hicisteis a mí”. En efecto, cuando sé, de
manera experiencial, que el otro es no-separado de mí, he encontrado la clave para vivir el
compromiso.
Cuando no es así, suele ocurrir que el compromiso se convierte en otro “objeto” más que el
ego se apropia, con el que se alimenta y fortalece. ¡Un ego “comprometido” es un ego que
se siente muy vivo! ¿Quién no ha conocido personas que, pregonando la necesidad de
compromiso y haciendo de él una referencia permanente –objeto incluso de su enseñanza-,
lo estaban usando, en la práctica, para autoafirmarse, descalificar a otros –y de ese modo
auparse ellos- y mantener su resistencia ante una realidad frustrante que eran incapaces de
aceptar? El narcisismo –como bien reconoce el autor del texto que estoy comentando-
consiste en vivir girando en torno al ego (“yo, mí, me, conmigo”). Pero sucede que el ego
puede apropiarse también de la “acción” más exigente. Y no es difícil percibir cuánto
narcisismo oculta una fachada –y una proclamación- de compromiso.
Por eso, solo cuando se libera de aquellas necesidades antes ocultas que lo condicionaban, el
compromiso se vive con gratuidad y desapropiación. Se deja de juzgar el modo como los
otros lo viven –el juicio, como la comparación y la descalificación del otro, son muestras de
narcisismo- y se comprende que, también aquí, se darán tantas formas como personas. Y tal
vez haya que abandonar las etiquetas mentales acerca de lo que es una “persona
comprometida” para abrirse a valorar los diferentes modos de vivirlo.
EGO Y COMPROMISO (IV)
14-Mayo-2017
Decía en la primera entrega de este comentario que me produce tristeza percibir que,
incluso hablando de espiritualidad y de compromiso, se caiga en la descalificación del otro y
en el dualismo que fragmenta lo real. Frente a lo que considero trampas engañosas que
nacen del ego, me parece importante abandonar cualquier mentalidad de “tribu”, superar el
dualismo mental y avanzar hacia una integración consciente.
La descalificación es un mecanismo característico del ego. Resulta significativo el hecho de
que cada grupo tenga la convicción de que cree en la “verdad” –con la que se ha identificado
la creencia en la que se ha crecido-, mientras que son únicamente todos los demás los que
creen en “supersticiones”. Frente a esta postura, nos hace bien reconocer que la persona
que confiesa otra religión piensa exactamente lo contrario: para ella, las creencias
fantasiosas o supersticiosas son las nuestras.
Por su parte, el dualismo es igualmente una construcción mental que, mientras la creemos,
nos mantiene alejados de la realidad. El ego es simplista porque su perspectiva es
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sumamente reducida. Al tomar distancia de él, empezamos a abrirnos al amplio e inclusivo
horizonte de la verdad.
Tal como lo veo, la integración –de polos opuestos, pero complementarios; de visiones del
mundo diferentes a la del propio “catecismo”- no será posible hasta que no avancemos en la
respuesta adecuada y experiencial a la pregunta ¿quién soy yo?; respuesta que, según el
oráculo de Delfos, nos permite acceder a la comprensión de toda la realidad: “Hombre,
conócete a ti mismo, y conocerás al Universo y a los dioses”. Por mi parte, no conozco
pregunta más urgente ni desinstaladora que aquella; en realidad, el narcisismo no es otra
cosa que la vivencia que resulta del hecho de habernos quedado instalados en una respuesta
equivocada a esa primera cuestión.
La respuesta adecuada me hace ver que no soy el “yo” que mi mente pensaba. Según el
autor del escrito que comento, “lo que mejor las caracteriza [a las que denomina “corrientes
pseudomísticas”] es el lugar de honor exclusivo que reservan al individuo, al yo, que se erige
en el único dios que, según sus criterios, merece entrega absoluta”. No niego que eso pueda
darse, e incluso que sea un “paso” por el que transite la persona que va en busca de la
verdad. Sin embargo, la genuina espiritualidad no anhela ningún “lugar de honor” para el yo,
porque ha descubierto su inexistencia. Y desde la comprensión de su verdadera identidad, la
persona espiritual no busca sino quitarse de en medio, “destronarse” a sí misma, para que la
Vida se exprese a través de ella.
A partir de ahí, uno ya no “elige” qué hacer, sino que se vive como cauce o canal de la Vida
que fluye. Es la Vida la que “toma las decisiones” y a uno no le queda otra cosa que alinearse
con ella, en la vivencia de la unidad con todo lo real. Con lo cual, venimos a descubrir que,
también en el terreno del compromiso, la pregunta decisiva no es ¿qué hago?, sino ¿desde
dónde lo hago?
Si es desde el ego (o estado mental), habrá resistencia, apropiación, comparación,
descalificación e incluso arrogancia. Cuando nace de la comprensión (o estado de presencia),
hay aceptación, desapropiación, gratuidad y espíritu inclusivo.
El título de este trabajo me parece que no tiene excepciones: El ego se apropia también del
compromiso. ¿Existe algún medio para evitar que sea así? Solo uno: comprender que el
compromiso genuino no puede nacer nunca del ego y vivir en desapropiación.
EGO Y COMPROMISO (y V)
21-Mayo-2017
De la apropiación no saldremos a través de la reflexión ni del voluntarismo, sino gracias a la
comprensión.
Desde nuestra perspectiva, la consciencia evoluciona. En ese sentido, hablamos de estados y
estadios o niveles, así como de “transformación” o “expansión” de la consciencia. Pero eso
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es así únicamente desde nuestra perspectiva. En realidad, la consciencia no evoluciona –es
lo único permanente y estable frente al cambio e impermanencia de todas las formas-; lo
que cambia es la percepción que nuestra mente tiene de la misma, por lo que hablamos de
una consciencia arcaica, mágica, mítica, racional o transpersonal.
En la actualidad, la gran mayoría de los humanos nos hallamos identificados en la
“consciencia racional”, que da lugar a lo que habitualmente designamos como “estado
mental” (o egoico), y que se caracteriza por la predominancia o protagonismo de la mente y
su correlato: el yo individual.
Para quien se encuentra en ese “estado mental”, la realidad no podrá ser sino como su
mente la percibe. En ese estado, se cree que lo real coincide exactamente con la percepción
que la mente tiene de las cosas, del mismo modo que, para quien duerme, la realidad es el
contenido de sus sueños. No cabe discutir: cada perspectiva ofrece una “verdad” adecuada
al estado en que nos encontramos. Eso también está bien, porque forma parte del juego de
la manifestación en el que se despliega la consciencia.
Nuestra percepción empieza a cambiar –y nosotros, a interrogarnos- en el momento mismo
en que se produce cualquier inicio –por pequeño que sea- de “despertar”. Al salir del sueño
nocturno percibimos la irrealidad de lo que, hace solo un instante, nos parecía la verdad
absoluta. Y al observar la mente percibimos que lo que ella nos muestra es solo lo que ella
misma construye: tampoco aquí vemos la realidad, sino una interpretación –construcción-
condicionada por la estrecha perspectiva mental.
Una de las características básicas de la mente es la separatividad. Ello explica que, en el
estado mental, todo se vea separado de todo: la naturaleza, los animales, los otros, Dios…
Todo se percibe separado y, en cierto modo, girando en torno al propio “yo” que, desde ese
estado, se considera como nuestra identidad. Esa característica –unida a otra no menos
significativa, como es la creencia en un yo hacedor– marca también el modo como entiende y
vive el llamado “compromiso” desde el “estado mental”: la acción de un “yo” a favor de otro
“yo” separado.
Sin embargo, cuando empezamos a “salir” de ese estado –de manera similar a lo que sucede
cuando abandonamos el sueño-, empezamos a comprender que las cosas no son como
parecían. No hay ninguna separación ni existe tampoco ningún “yo” –este era solo un
pensamiento, una “identidad” mental, si queremos llamarlo así-; somos, por tanto, uno con
todo lo que es, porque nuestra verdadera identidad no es ningún objeto separado, sino la
consciencia que sostiene y constituye a todos ellos –nuestros cuerpo, mente y psiquismo
incluidos-.
¿Qué es, visto desde aquí, lo que llamamos “compromiso”? Si no existe ningún hacedor
individual, ¿quién se compromete? La respuesta –aunque chirríe a la mente de quien se
encuentra en el estado mental- es simple: nadie se compromete, todo fluye y todo será como
tiene que ser: el que se compromete lo seguirá haciendo…, pero no hay “nadie” que lo haga.
Tal planteamiento resulta absurdo cuando se escucha desde el estado mental. Porque desde
la mente se percibe como un relato fantasioso y porque niega el protagonismo del ego. Es
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comprensible que se disparen todos los mecanismos de defensa, que no buscan otra cosa
que proteger la coherencia mental y la sensación de identidad egoica.
Entre tales mecanismos, hay uno que destaca porque se dirige explícitamente a nuestro
sentimiento humanitario: ¿cómo no promover que tenemos que ayudar a quien pasa
necesidad? Sin embargo, no es difícil advertir que ese planteamiento es característico del
estado mental, que da por supuesto todo lo señalado anteriormente. En cualquier caso, no
se cuestiona la ayuda, sino la creencia subyacente de que existe un “yo” protagonista de la
misma.
En tanto perdure esa creencia –que, desde la mente, es básica-, habrá apropiación por parte
del (supuesto) “yo comprometido”, con todas las consecuencias que conlleva. Solo cuando
se comprende que no existe ningún “yo”, la apropiación cesa. Todo se seguirá haciendo igual
dado que la creencia de que lo hacía un “yo” era solo un espejismo. Todo se hará de la
misma manera, pero nadie se lo apropiará. Y “nadie” proclamará que es “mejor” una cosa u
otra. Todo está bien; o con más precisión, todo, sencillamente, es.
Al final, parece claro que todo pasa por la comprensión –que emerge cuando, al acallar la
mente, accedemos al “estado de presencia”-. Por lo cual, volviendo al lenguaje que habla de
la “evolución de la consciencia”, solo la comprensión de quienes somos –no el yo separado
que nuestra mente crea, sino la consciencia una que todo lo constituye- acabará con
nuestros enfrentamientos inútiles y nuestra moral relativista –aquella que separa lo “bueno”
de lo “malo” a partir de etiquetas mentales-, permitiendo que la Vida sea y se exprese.
Dejaremos que la Vida haga todo lo que tiene que hacer a través de nosotros, pero desde la
certeza de que no existe ningún yo separado, sino que somos la misma Vida que en todo se
expresa. Llegados a ese punto podremos decir, con el Tao te King, que “nadie hace nada,
pero nada se queda sin hacer”.