Literatura Argentina y Violencia
Literatura Argentina y Violencia
Figuras de la violencia en la
narrativa argentina contemporánea
Figures of Violence in Argentine Contemporary Narrative
María Stegmayer
Instituto de Investigaciones Gino Germani, Facultad de Ciencias Sociales,
Universidad de Buenos Aires. Buenos Aires, Argentina.
[email protected]
Resumen
El artículo se propone interrogar y analizar una serie de figuras de la violencia en un
corpus narrativo de ficciones literarias −novelas y relatos publicados en Argentina entre
1995 y 2005, en esa temporalidad de pasaje que puede nombrarse como fin o el cambio
de siglos− haciendo foco en el vínculo entre violencia y vida cotidiana bajo el neolibe-
ralismo. De esta manera se busca dimensionar y contribuir a delinear, a partir de una
lectura sintomática de las narrativas seleccionadas, las lógicas productivas del poder y
la violencia en dominios aparentemente ajenos al uso de la fuerza, en situaciones en que
éstas se insinúan como potencialidad, latencia o castigo: violencias del mercado, de la
palabra y de la técnica son algunas de las que nos interesa destacar como lugares privile-
giados de ejercicio y reproducción de los imperativos de la ideología neoliberal tanto en
su dimensión objetiva como el conjunto de sus consecuencias subjetivas.
Palabras clave: figuras, violencia, narrativa argentina, neoliberalismo.
Abstract
The article proposes to examine and analyze a series of figures to violence in a narrative
corpus of literary fiction-novels and stories published in Argentina between 1995 and
2005, in the timing of passage that can be named as an end or change centuries-making
focus on the link between violence and everyday life under neoliberalism. It seeks so
to size, from a symptomatic reading of these selected narratives, productive logics of
power and violence in ostensibly non-use of force domains, in situations in which they
insinuate themselves as potential latency or punishment: violence in market, speech and
technology are some of those privileged places of exercise and playing the imperatives of
neoliberal ideology both in its objective dimension and all its subjective consequences.
Keywords: Figures, Violence, Argentine narrative, Neoliberalism.
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Espacios de roce, contacto o fricción entre materiales de diversa procedencia, las figuras
atraviesan temporalidades múltiples, habitan distintas tradiciones de pensamiento,
configuran políticas de escritura y organizan asimismo debates y discusiones. Es por
eso que hay en ellas arrastre y reinvención, capas y pliegues en los que se escribe,
con caligrafía disímil, la historia de sus tránsitos y sus metamorfosis. La catástrofe, el
desierto, el secreto y la conspiración, como también la ruina, la deriva, la anestesia o el
duelo son algunas que insisten a lo largo de la historia literaria argentina y reaparecen,
junto a otras en trance de ser descompuestas, en itinerarios estéticos más recientes.
Fue Roland Barthes quien anotó hace ya varias décadas en un seminario dedicado
a lo neutro y sus figuras, que en tanto fragmentos de discurso éstas componen una
suerte de mosaico en estado de variación continua donde el contenido de las formas
importa menos que su traslación. En atención a este valor de movimiento reclamado
por Barthes, las figuraciones literarias que intentaré desplegar en esta oportunidad no
solo tomarían a su cargo el tópico de la violencia sino que violentarían ellas mismas,
en una suerte de vaivén coreográfico1, la quietud o fijeza de los lenguajes allí donde
se muestran capaces de reconfigurar, torcer, desplazar o romper, el borde cristalizado
que se tiende entre lo visible y lo enunciable, con una fuerza que lejos de representar
una realidad cualquiera (cultural, social, política, económica), transforma sensible-
mente su estatuto.
Se tratará, en suma, de interrogar en un corpus de novelas y relatos publicados
en Argentina entre 1995 y 2005, una serie de figuras de la violencia haciendo foco
en el vínculo entre violencia y vida cotidiana, con el fin de dimensionar las lógicas
productivas del poder y la violencia en dominios aparentemente ajenos al uso de la
fuerza, en situaciones en que éstas se insinúan como potencialidad, latencia o castigo:
violencias del mercado, de la palabra y de la técnica son algunas de las que reclaman
un tratamiento junto a las violencias mayúsculas de las que el siglo XX y el que nos
toca no dejan de ser testigos privilegiados.
La literatura revela una potencia inusual, entonces, cuando hace converger esta
última serie con el conjunto más difuso de modalidades subterráneas, silenciosas o
acalladas de violencia desplegadas en los mundos grises de la existencia cotidiana.
La atención a esta segunda serie de violencias, desprovista de dramatismo y a veces
incluso de dignidad teórica −pero no por ello menos implicada en los conflictos y
asimetrías de poder que atraviesan los mundos de la vida− aporta, creo, a poner de
manifiesto la trama sutil que se teje entre topografías aparentemente desvinculadas.
1 Dice al respecto Roland Barthes: “se puede llamar a estos retazos de discurso, figuras. La palabra no debe entenderse
en sentido retórico, sino más bien en sentido gimnástico o coreográfico […] Así sucede con el enamorado presa de
sus figuras: se agita en un deporte un poco loco; se prodiga, como el atleta; articula, como el orador; se ve captado,
congelado en un papel, como una estatua. La figura es el enamorado haciendo su trabajo (Barthes 13-4)”.
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En el intento de producir este vínculo se cifra hoy, a mi entender, uno de los desafíos
de la crítica de la violencia.
Hechos estos breves señalamientos, quisiera comenzar por algunos interrogantes
en relación al vínculo entre violencia y literatura: ¿En qué medida y de qué modos la
literatura se aproxima a zonas o umbrales imperceptibles, invisibilizados o escasamente
problematizados de la violencia desde el último fin de siglo? Y si lo hace: ¿Cuáles serían
dichos registros desatendidos o no suficientemente abordados? ¿Qué rasgos poéticos,
que políticas en el plano de los géneros discursivos, qué tropos y qué estrategias na-
rrativas inquietan los modos cristalizados de concebir la época y las formas de estar
el pasado en el presente? ¿Qué reenvíos al futuro suscitan u obturan dichos modos?
Estas preguntas refieren, ante todo, al método de lectura. En otras palabras: cómo
aproximarse al problema de la violencia desde la literatura, cómo leer allí −entre otros
lugares posibles− sus marcas y cicatrices. La posición que intentaré sostener entiende
que la literatura no vendría a representar con palabras la violencia de un espacio ex-
terior sino que, siendo parte de esa realidad, ofrecería una serie de pistas, hipótesis y
saberes singulares sobre los modos en que una sociedad, en determinado momento,
percibe las violencias que la atraviesan, experimenta sus intensidades, formas y rela-
ciones, imagina sus conflictos y capta sus transformaciones. En cuanto las obras a las
que quisiera referirme, algunas circularon y circulan bajo el signo de una prometida
posteridad mientras que otras solo fueron comentadas por unos pocos entusiastas,
a veces sin trasponer los marcos de un pequeño grupo o las fronteras de una ciudad.
2 En Poder y desaparición. Los campos de concentración en Argentina, Pilar Calveiro (1998) señala que la noticia sobre la
existencia de campos de exterminio durante la dictadura funcionó precisamente en la forma de un “secreto a voces”.
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vincular esta figura con la del chisme: ese modo de evocación que paradójicamente
inscribe ciertos hechos y su memoria en el orden de lo no dicho, de un saber a medias
o, simplemente, de una fatal ignorancia. Rumor secreto de autoría difusa que viaja de
boca en boca, esta figura le permite a Gamerro indagar en la función disciplinaria de
las voces en una dimensión que hace aparecer lo ominoso en lo más cotidiano. De ahí
el interés y la fuerza de la novela: elige contar la historia de un saber (opaco) hecho
de palabras antes que la de un simple ocultamiento. Son los lenguajes, las voces que
se dicen en presente y el saber conflictivo que en ellas se transmite, las que toman el
lugar de lo que ya no puede ser pensado como una trama homogénea de silencio. El
narrador se muestra sorprendido porque encuentra en los habitantes del pueblo −cuyas
voces va desgranando el relato− no una negativa a hablar sino una tramposa y ambi-
valente fruición evocadora, menos una conspiración de silencio que, en sus palabras,
una “conspiración de locuacidad”. Tal como señala otro personaje de la novela: “darse
cuenta de que se puede callar en voz alta, que el chisme de pueblo puede funcionar al
revés, que el silencio también viaja de boca en boca” (232). Poniendo esta cuestión en
el centro de la escena, Gamerro no solo consigue entramar un registro íntimo y bio-
gráfico a la memoria política de la violencia de estado en los años setenta, o más bien
mostrar que ambos registros difícilmente pueden separarse, sino también aproximarse
a una zona aún insuficientemente problematizada de la memoria de aquellos años, eso
a lo que tomando prestadas las palabras de Christian Ferrer es posible referir como “la
positividad de la vida, cumplida no a pesar sino en la dictadura” en tanto “un sustrato
comunitario inconfesable sostuvo todo el andamiaje político, económico y cotidiano
de aquella época” y que “tal sustrato no es reducible únicamente al núcleo estatal-
represivo” (“Una palabra del idioma castellano” 178) ni a aquellos que, agreguemos,
aprobaban y acordaban con su ideología y con sus métodos.
Cambiando radicalmente de escenario, otra de las novelas que aciertan a
interrogar ese “sustrato comunitario inconfesable” es La experiencia sensible, de
Rodolfo E. Fogwill, publicada en el año 2001 pero escrita en los años 80. Al decir
del propio autor en el prefacio de la obra, en un momento en que el realismo estaba
lejos de satisfacer las ostentaciones de moda. Para Fogwill primaba por entonces
una literatura experimental y/o alegórica que despreciaba el realismo y su consabida
pulsión referencial. La novela está, sin embargo, muy lejos de amoldarse al clásico
dispositivo realista y se dedica, por el contrario, a poner en evidencia los resortes
y artificios impulsan y/o detienen la máquina narrativa desbaratando la ilusión de
un pacto realista sin fisuras. Su narrador disgresivo le permite a Fogwill una posi-
ción adentro-afuera que por momentos se distancia de la acción y comenta el texto
resaltando su carácter de artificio. Un ejemplo de esta autorreferencialidad puede
leerse en la siguiente cita:
A poco que un narrador ponga en movimiento natural y vigile la evolución
de personajes como Critti, Romano y sus hijos, si pretende mantenerse fiel a
los paradigmas de la verdad, terminará por componer las figuras de auténticos
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En esta línea pero yendo un poco más lejos, enfatizando el corte entre lo que se ve
(puede verse) y lo que se dice (lo enunciable) el narrador de Fogwill remarca este
funcionamiento del poder (que opera el corte) pero en una escala mínima quizá más
inquietante que la gigantografía capitalista aludida por Sarlo. Dice el narrador:
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Así, los más felices entre sus contemporáneos pudieron vivir en plenitud igno-
rando hasta los nombres de las cosas y el sentido −si lo hubiera− de pregun-
tarse por qué suceden. Ese mundo solo exigía saber los ítem estipulados por
el programa de estudios y los datos indispensables para la etiqueta social: qué
vino debe servirse con el pescado, qué colores no ligan con el verde o con el
marrón, cuáles son los balnearios más recomendables y pocas cosas más (31).
Pero “lo razonable” no parece ser una categoría pertinente, de ahí que:
Romano, pendiente de los altavoces y expuesto a la visión del nacimiento de
un mundo que no le interesa, que no podrá habitar y que, según todo indica,
terminará por arrancarle a sus hijos, si trata de sobreponerse y pensar, solo
descubrirá la existencia de otra cosa más −¡otra más…!− que no puede (32).
En las novelas breves Ocio (2000/2006), Plaza Irlanda (2005) e Intentaré ser breve
(2000) de Fabián Casas, Eduardo Muslip y Ezequiel Alemián respectivamente, la
experiencia del duelo y la melancolía se recorta en espacios mínimos, se vincula al
derroche del tiempo, a la fugacidad de la vida, a lo que no perdura. En mi lectura, el
énfasis no está puesto tanto la dimensión auto-ficcional presente en los tres relatos
sino en el registro singular de los objetos y las afecciones que producen, en los sujetos,
débiles estallidos, pequeñas fluctuaciones que sacuden por un momento la superficie
lisa de lo cotidiano introduciendo algo de lo siniestro en lo que se experimenta como
un derrumbe o una caída en sordina.
Así, el personaje de Casas dice estar “desde hace meses, hundido en el ocio (9)”,
palabra que le da título a su novela, y ser “una biología que no tiene rumbo (Ibíd.)”. El
ocio se anuda a la deriva revelando una crisis y una ruptura con el principio mismo
de la morada. Lejos del interior cálido que ampara de las inclemencias del afuera en
estas novelas la intemperie3 se ha vuelto regla y condición: los espacios, apenas frágiles
refugios. La guerra abstracta y fría aludida en el primero de los epígrafes remite a la
ciudad, pero también a la casa, la pieza o el propio cuerpo vuelto trinchera, fortaleza
amurallada o escondite4. Una incomodidad con y en el lugar −en todos los sentidos
que pueden caberle a esta palabra y un perturbador extrañamiento de lo cotidiano
se tensa puntualmente en cada uno de estos relatos. Los sujetos de la ficción están
de paso, en situación permanentemente provisoria. Viven una suerte de estado de
abandono. Han perdido algo y llevan en el cuerpo las marcas del despojo. Sus voces,
pero también los espacios que transitan −lisos, degradados, sin brillo− asumen, por
momentos, una tonalidad fantasmal. Como si habitaran una temporalidad póstuma, los
solitarios protagonistas de estas ficciones parecen abrirse al abismo de una catástrofe
que no reviste, sin embargo, perfiles espectaculares. La mayoría de las veces, el desastre
no es objeto de descripción sino que impregna toda la atmósfera. Y sin embargo, no
hay signos de horror expresionista en esta forma del colapso, no hay gran relato de la
catástrofe ni devenir mítico de las ruinas. La ruina está asociada a lo trivial e invita a
preguntarse qué tipo de tensión se aloja en lo trillado. Se trata de un desastre infor-
me, acontecido y permanente, de una violencia que, por así decir, no hace ruido. En
ausencia de ribetes trágicos se desgrana una tristeza muda, la melancolía gris de los
3 En torno de esta idea como metáfora de la crisis de 2001 giran, precisamente, las novelas La intemperie, de Gabriela
Massuh (2008) y El año del desierto, de Pedro Mairal (2005).
4 La guerra es, ante todo, ese proceso material de conversión de los hombres −de los cuerpos− en cosas. En un marco
de guerra, el cuerpo se convierte en instrumento útil o desechable.
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miserables, de los que no se acomodan al mundo ni a sus limitaciones pero siguen ahí,
como eclipsados. En La miseria del mundo, Pierre Bourdieu advertía que la palabra
miseria no alude exclusivamente a la ausencia de las condiciones materiales de una
vida digna sino también a la percepción y comprensión de una vida mutilada en sus
proyecciones y expectativas. La miseria, entonces, no cargaría solamente con la de-
terminación de lo despreciable sino también con la de lo escaso, lo corto, lo imperfecto,
lo devaluado. De modo que si lo miserable en conexión con lo triste y lo sufriente se
presenta como una clave de lectura posible para estas ficciones escritas en Argentina
a comienzos del milenio, es porque no agota su poder de significación en la alusión a
los espacios más visibles de pobreza y exclusión dentro del entramado urbano tardo-
capitalista sino porque se abre a ser interrogada en una dimensión más amplia, y quizá
menos evidente, que refiere a lo que Judith Butler llamara la precariedad de la vida5.
El duelo, el ocio y la melancolía que sigue a la pérdida hilvanan la frágil consistencia
del mundo prosaico de los que sobreviven a la lisura de los días iguales revelando,
en cada una de las novelas, las marcas de una afectividad peculiar. En ellas la tristeza
se compone con el tedio y a veces también con un sórdido y profundo aislamiento
existencial. La lisura y el aislamiento nos remiten tanto al desierto como a la isla. Al
respecto señalaba Derrida que:
la configuración de una isla siempre es obsesiva, obsidional: vivir en una isla
es vivir en un refugio, ciertamente, pero en un refugio sitiado, un refugio
en el que el refugiado se refugia como en una plaza fuerte sitiada, obsesiva,
hostigada desde afuera y desde adentro−, un terror obsesivo pues, que inter-
pretábamos como el doble y único movimiento de un deseo aterrorizado o
de un pánico fascinado por el deseo de ser engullido vivo o enterrado vivo
(La bestia y el soberano 132).
5 Miseria del mundo y vida precaria marcan entonces coordenadas de interpretación que sin privilegiar figuras y
posiciones identificables con sujetos “marginales” o “excluidos” en un sentido sociológico clásico, nos hablan de
aquellos que portan en sus cuerpos las consecuencias de las nuevas estructuras económicas, políticas y socio-
laborales de los últimos años y sobreviven en los intersticios, no por fuera sino en las fronteras móviles de un
nuevo orden.
6 La caracterización del posmodernismo como “un milenarismo de signo inverso, en que las premoniciones catastró-
ficas o redentoras del futuro han sido remplazadas por la sensación del fin de esto o aquello” se encuentra revisada
en Jameson (1991).
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9 Judith Butler se refiere a la precariedad en dos niveles interconectados. Por un lado, en referencia a una condición
que está en el centro de la génesis de la subjetividad en tanto venimos al mundo afectados a otros y por otros. Por
el otro, la autora alude a la compleja red de poderes y violencias históricamente determinadas que sanciona una
distribución desigual de la precariedad de las vidas en términos de aquellas que importan y aquellas que simple-
mente no cuentan como tales.
10 En Plaza Irlanda, el narrador recuerda la madrugada de tormenta en que la ciudad, vista desde el interior de un
taxi, se transforma vertiginosamente en un caos de napas desbordadas. El momento más inquietante de la escena
es la visión de un animal −el taxi que lleva al narrador y a su novia flota cerca del jardín zoológico− nadando
entre los autos, en un agua negra que arrastra lo que la ciudad expulsa desde sus túneles y alcantarillas. El exceso
que emerge de la ciudad subterránea −una potencia disolvente por su contenido informe y perturbador− podría
ser pensado como la contractara complementaria de los habitantes de la superficie: seres vacíos, disminuidos o
descompletados por la muerte o la ausencia del otro.
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Vivir, flotar, viajar pero en permanente huída hacia ninguna parte. Sin definirse
como conquista ni como búsqueda de lo nuevo, el itinerario de estos personajes se
repliega en figuras cuya connotación negativa parece, a esta altura, evidente: encierro,
insomnio, paranoia y vagabundeo mental en el lugar. El viaje es un como si, una me-
táfora ineficaz o una malformación en el lenguaje porque ¿un viaje sin movimiento
sigue siendo un viaje? ¿Cómo habría que llamarlo si se le sustrae su determinación
fundamental? Lo que aquí lo caracteriza es una relación con el tiempo cuya regla
es el derroche; extenuarlo hasta volverlo inmensurable, esa es la ley del ocio: abolir
cualquier forma de cálculo o de utilidad. Así se elude otro tipo de encierro, el del
tiempo que es ganancia o cifra de progreso. Sólo que a diferencia de la durée vitalis-
ta −que también fue crítica del progreso racional y su temporalidad vacía− ninguna
experiencia epifánica del instante libera en estas ficciones un mundo fluyente de vida.
Si cada instante es igual al anterior y no se diferencia del siguiente esta constatación
que es también la del spleen expone, para decirlo con Benjamin, la desnudez de la
vivencia −su mítica inmediatez− y la pobreza de la experiencia en la era del dominio
técnico capitalista11. Un mundo en donde la aceleración y el cambio ya no anuncian
la ruptura con la tradición sino el triunfo de una inmovilidad paradójica: la novedad
como ley rutinizada y vector principal de la reproducción de un deseo normalizado
y su farmacopea. Leemos así a modo de síntesis en un pasaje de Muslip:
las diversas cajas con pastillas de Helena parecen formar una pequeña ciudad
deshabitada. Valium, ataraxone, dormicum, xanax. […] La promesa de un mun-
11 Esta posibilidad se trama en el contexto de lo que Agamben denomina “una carencia de experiencia sin precedentes”
(Agamben 54), por lo que la producción de shock como única experiencia posible hace de lo inexperimentable su
condición normal.
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do sin angustia, sin sufrimiento, sin ansiedades, sin frustraciones, sin vejez. El
conjunto de nombres es de por sí una promesa del paraíso. No me acuerdo de
qué efecto produce el ataraxone, pero sí que Helena me había explicado que la
ataraxia, para los romanos o para los griegos, era un estado de contemplación
apacible del mundo, sin la perturbación de ninguna intensidad emocional. Qué
extrañas fantasías las de los que ponen los nombres a los remedios. Helena
quería vivir con intensidad y también quería el fin de la intensidad, y mirar
apaciblemente el mundo (Plaza Irlanda 76).
Si tenemos en cuenta lo desarrollado hasta este punto habría que señalar que la
ideología neoliberal opera, por decirlo así, entre dos opacidades estructurales y es-
tructurantes: emerge como síntoma de una configuración absolutamente singular −la
dimensión inconsciente inaugurada por la teorización freudiana del sujeto− pero
siempre ya articulada a una realidad histórico-social que inscribe en cada cuerpo
su tenaz caligrafía. Atendiendo a esta doble articulación la pregunta por los afectos
se reveló entonces como una clave de lectura imprescindible para caracterizar una
economía pulsional −una relación entre cuerpo, deseo y goce− que se trama en la
ideología. Una economía en la cual la angustia, la melancolía, el miedo o la euforia
podrían leerse como los modos sintomáticos en que despunta el malestar en la cultura
bajo el capitalismo contemporáneo, pero también como los modos en que una ciega
resistencia de los cuerpos parece cifrarse en la inmovilidad, la quietud, el mutismo
o en lo que súbitamente se vuelve improductivo, en todo lo que se revela inútil para
los fines de la acumulación. Este estado de melancólica detención convoca tal como
vimos, bajo el signo de lo unhemlich freudiano, una extrañeza inquietante, un perpetuo
estar fuera del hogar, pero también esa cualidad de lo que es perturbador, un poco
espantoso, a la vez íntimo y terrible, y que se instala como desajuste escalofriante
o como presencia extranjera en lo más próximo, deshaciendo la ilusión ideológica
del ser como adecuación imperturbable a un sí mismo. Hemos buscado, en suma,
caracterizar espacios físicos y territorios de la interioridad, modos del encierro y la
intemperie, heridas de los cuerpos y las almas, de las vidas dañadas −en distinto gra-
do− por la memoria y el olvido. Ahora bien, en las zonas de inquietud que componen
y descomponen las figuras aludidas se delinea también la resistencia: la débil fuerza
de una literatura que desafía en cada una de las novelas analizadas el tono edificante
de otros discursos −mediáticos, institucionales y aún literarios− y que se manifiesta
en trayectos abiertos que resisten la tentación de la épica y aceptan la incomodidad
de preguntas en suspenso. Lejos de coincidir con el aire desafectado de los tiempos
hay en estos relatos una preciosa pulsación visceral, un pathos que interpela la escu-
cha sensible y, por qué no, una exigencia ética que destruye con firmeza cualquier
voluntad de aleccionar.
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Referencias