Torrey Canyon
Torrey Canyon
EL siniestro del “Torrey Canyon”, que fue noticia sensacional en el momento de su acaecimiento —el
pasado 18 de marzo— continúa todavía atrayendo la atención del mundo, no sólo como noticia
periodística de actualidad, sino también dando pie a numerosos estudios interpretativos a la luz del
vigente derecho marítimo. Mi propósito, desde luego modesto y sin alardes dogmáticos, se ajustará a
los reducidos límites de una breve disertación y con la previa advertencia de que sólo ofreceremos
algunas reflexiones sin que, por lo tanto, podamos realizar un estudio exhaustivo del tema,
comencemos por fijar, a modo de esquema orientador, las líneas generales del expresado tema: 1.
Escueta referencia del accidente. 2. Naufragio, abandono y destrucción del “Torrey Canyon”. 3.
Características y nacionalidad del barco; propietario del mismo y de la carga. Tripulación, 4. Breve
alusión al problema de los pabellones de complacencia. 5. Seguro marítimo del barco y de la carga, 6. La
contaminación de las aguas y costas. Medios empleados para disminuir o combatir los daños. 7. Los
Convenios de Londres (1954 y 1962) y de Ginebra (1958) en relación con estas materias. 8. Los acuerdos
del Consejo de la I. M. C. O. 9. Las resoluciones de la Comisión Libertan a. 10. Conclusiones.
La nacionalidad de este gigante de los mares, vino determinada por el pabellón que arbolaba
legítimamente, que, como es bien sabido, era el de Liberia, país que posee una muy im portante flota
mercante, de "virtud fácil” y bandera de conveniencia o complacencia, aspecto del que luego
trataremos.
Los armadores propietarios del “Torrey Canyon” eran la Compañía “Barracada Tanker Corporation”, de
las Bermudas, ligada a la “Unión Oil Company” de California. La carga de 118.000 toneladas de petróleo
crudo que había embarcado en Kuweit era propiedad de la "British Petroleum” inglesa, asi mismo
vinculada al Almirantazgo británico en un 48%. Su destino, como antes señalábamos, era la Refinería de
Milford Haven, y en su largo viaje desde el Golfo Pérsico, bordeando África, por no poder utilizar el
Canal de Suez, el “Torrey Canyon”, coloso de los mares, iba tripulado por unos experimentados marinos
italianos, 36 en total, al mando del Capitán Pastrengo Rugiati, de 52 años y muchas horas de
navegación...
Dichos países, de "virtud fácil” o de legislación marítima no excesivamente rigurosa, combinan, en las
mejores condiciones, la exoneración de impuestos sobre los beneficios, con sencillísimas normas
reglamentarias referentes a las condiciones laborales a bordo, composición y salarios de tripulaciones,
policía y seguridad de la navegación, así como una inobservancia de instrumentos Convencionales
internacionales. En tales condiciones, la concesión de un fácil pabellón, sin vínculos esenciales que
liguen al barco con el Estado que le otorga dicha bandera, ha producido un importante aumento en el
tonelaje de dicha “flota” con pabellón de complacencia, y como ha recogido el Dr. Jean-Marc. Ronx, en
su reciente estudio sobre la materia í, la evolución de las flotas de Panamá y Liberia entre 1900 y 1958,
esto es, medio siglo de expresiva estadística, arroja los siguientes resultados:
Liberia : Nada hasta 1948; y desde esta fecha basta diez años después, de dos buques con un total de
772 toneladas, se ha llegado a .casi mil buques con más de diez millones de toneladas.
Panamá: Nada hasta 1924; 15 buques con 85.593 toneladas en tal año y 602, con cuatro millones largos
de toneladas en 1958, quedando alineados .Costa Rica y Honduras, en este último año, con medio
millón de toneladas cada una,
De las cifras ofrecidas por el citado autor francés, puede desprenderse que así Como en los años
anteriores a la Segunda Guerra Mundial el tonelaje de los expresados países era prácticamente nulo,
sobre todo por lo que respecta a Costa Rica y Honduras, actualmente el tonelaje matriculado bajo
pabellones de complacencia representa .un. porcentaje muy considerable en relación con el tonelaje
mundial en una proporción que puede ser superior al 10% para el conjunto de las flotas y a un 20% para
los barcos-tanques o petroleros, pudiéndose fijar a Panamá en un puesto entre el 7.° y el 9.° escalón
mundial y a Liberia entre el 3.° y el 5.° puesto; y si sólo nos referimos a los barcos-cisterna, entonces
tendríamos que colocar a Liberia en el tercer lugar y a Panamá en el quinto; asimismo si nos referimos a
los barcos en construcción, ambos Estados con el Reino Unido y el Japón, ocuparían los primeros
puestos.
No pretendemos, naturalmente, extendernos más sobre este punto, pero bueno será recordar que los
Estados Unidos, oficialmente y aún más por decisión de sus armadores privados, contribuyeron muy
notablemente al nacimiento y posterior desarrollo del tonelaje “Panlibhonco”, y que conocidísimos
navieros griegos, como Onassis y Niarchos, “la más grande potencia personal del mundo marítimo”, son
los mayores clientes de los pabellones de complacencia.
Sería asimismo justo que señalásemos que no siempre animó a los armadores un espíritu de ahorrar
gastos o “incomodidades” administrativas; junto a las ventajas aludidas, ciertas consideraciones de
índole política no les bacía aconsejable matricular en sus propios países a sus barcos y por eso acudían a
los fáciles registros de Panamá o Liberia...
El “Torrey Canyon” como dijimos arbolaba pabellón de complacencia de Liberia y entre sus tripulantes
no había un solo liberiano, quedando las condiciones laborales a bordo a la discreción de su armador o
Capitán...
El Derecho internacional marítimo, acaso el más internacional de todas las ramas jurídicas, por el medio
físico que utilizan sus “cosas” y sus “personas”, ha procurado, desde sus remotos origen es, establecer
normas uniformes para su general aceptación; así lo han hecho las naciones de tradición marítima, pero,
desgraciadamente, así no lo vienen haciendo otros países, especialmente en ese punto concreto del
otorgamiento de su pabellón, tan esencial y simbólico, porque indica ‘ claramente una nacionalidad y
una adscripción estrecha al Estado que va a quedar’ vinculado para siempre, si no hay una ulterior trans-
ferencia legitima. No existe, sin embargo, una declaración expresa que pusiese trabas a los “pabellones
de complacencia” y aunque el Convenio de Ginebra de 1958 tienda a reforzar las condiciones impuestas
a los barcos para que éstos tengan una sola nacionalidad, se ha limitado a citar que exista un vínculo
esencial o real entre el Estado y el barco, y esta ligadura, como se puede ver, es fácil de obtener o
demostrar.
Señalemos, por último, en este apartado que la Sección II del título V del Código Marítimo de Liberia de
1954 y vigente desde entonces estipula que todo barco cualquiera que sea su lugar de construcción,
perteneciente a un ciudadano o súbdito de Liberia o de cualquier otro país, puede inscribirse en el Re-
gistro Liberiano sin otra obligación que el abono de una tasa de un dólar veinte centavos por tonelada
con otra tasa anual de diez centavos de dólar por tonelada, quedando exentos de aumento alguno
durante 20 años a partir de la fecha inicial de su matriculación y el mencionado Dr. Roux cita que en
1960, sobre un presupuesto de 32 millones de dólares, las tasas percibidas por el otorgamiento del
pabellón liberiano se elevaron a más de un millón de dólares.
Asimismo, indiquemos, que Liberia —al igual que los otros países, de “virtud fácil” en la concesión de su
pabellones no ha ratificado convenio alguno de los elaborados y aprobados por la O. I. T, en materia
marítima y, que, con Panamá, ha ratificado el Convenio de seguridad de la vida humana en la mar, pero
no el aprobado en Londres en 1954 sobre contaminación de las aguas marinas por los hidrocarburos. A]
propio tiempo, digamos finalmente, que _si los armadores de los Estados Unidos disponen de buques
bajo pabellón de complacencia, es porque sus gastos de explotación son más reducidos que si
navegasen bajo la bandera de barras y estrellas y, en particular, los salarios de su tripulación y cargas
sociales son sensiblemente inferiores. Además los barcos de pabellón norteamericano están obligados a
llevar una tripulación nacional, al menos en un 75 % para los subalternos y un 100 % para los Oficiales.
El accidente sufrido por el "Torrey Canyon” no sólo produjo su naufragio, y sus destrucciones
posteriores, incluidas las producidas por los aviones “bucaneros” de la "Royal Navy”, sino que enormes
masas de petróleo que contenían sus cisternas iban a desparramarse por las aguas y, luego, .empujadas
por las olas y el viento llegarían a las costas próximas de Cornuailles y a las más alejadas de Francia.
Ciertamente, se ha recordado que durante la última guerra, muchas toneladas de hidrocarburos han
hecho sentir durante muchos años sus nocivos efectos y que, también, hubo otros naufragios de
petroleros que, asimismo, produjeron una gran contaminación, pero nada de tan grandes proporciones
como la “marea negra” derivada del famoso buque-tanque liberiano...
La solución ideal para haber evitado la contaminación hubiera sido, adoptándola desde el primer
momento, ya que no era posible reflotar el bardo, el transbordar la carga a otro petrolero, mediante la
correspondiente instalación de un sistema de bombeo. Y para el petróleo que al naufragar el barco se
había vertido en las aguas, asimismo hubiera sido conveniente contenerlo o encerrarlo en una especie
de empalizada y evitar, así, su expansión, Pero al fracasar tales intentos y el estado de la mar y la
peligrosidad del paraje, contribuyeron a tal fracaso, obligó al Gobierno británico al bombardeo del
pecio, lo que fue perfectamente justificado en el "Libro Blanco” que se publicó al efecto.
Tras la tremenda conflagración bélica, vino la paz, mejor dicho, una sedicente paz, pero justo es
reconocer que, con ella, volvieron a resucitarse viejos deseos de resolver cuantas asperezas amenazasen
con paralizar los engranajes del mundo, y así la cuestión del ensuciamiento de las aguas apareció, de
nuevo, y con mayor pujanza, ya que no sólo el transporte del petróleo continuaba, sino que la
propulsión por medio de sus derivados redujo al mínimo la navegación clásica quemando carbón.
Por fin, entre los días 6 de abril y 12 de mayo de 1954, los representantes de 31 Estados —entre ellos
España— y los observadores de 10 países; de la F. A, O., y de la O. N. U., se reunieron en Londres,
teniendo como base de discusión el proyecto redactado en la Conferencia de Washington de 1926 y
adoptando un Convenio internacional que entró en vigor el 26 de julio de 1956, así como ocho
Resoluciones que figuran como Anexos del Acta Final de la Conferencia y que se refieren, na turalmente,
al expresado problema de la contaminación de las aguas marinas por los hidrocarburos persistentes,
cuya palabra significa petróleo crudo, fuel-oil, aceite Diesel pesado o aceite lubrificante, o cualquier otra
mezcla líquida que contenga hidrocarburos que pudiesen contaminar las aguas del mar.
No es mi propósito insistir aquí sobre el contenido del citado Convenio internacional, y bástenos con
señalar que en su artículo 3.° salvo las excepciones recogidas en los artículos 4.° y 5.°, que autorizan la
descarga de hidrocarburos para conseguir la seguridad del buque, evitar daños al barco, a la carga, o
salvar vidas en la mar, el supuesto de averías inevitables y la descarga de las sentinas se prohíbe
taxativamente la descarga de 'hidrocarburos a todos los buques-tanques de los países los Anexos del
mismo y que oscilan entre 20, 30, 50 y 100 millas, según las áreas marítimas y siempre contadas a partir
de las costas.
El problema de la contaminación quedaba así resuelto en cierta medida, pues es evidente que los
petroleros descargan regularmente grandes cantidades de petróleos persistentes procedentes de la
limpieza de sus tanques y de su agua petroleada, de lastre, y los buques de carga seca que,
generalmente, utilizan sus tanques de combustible para agua de lastre, también descargan el agua
petroleada en la mar, y, como es natural, pueden dar origen a la mencionada contaminación.
Por eso, se hizo necesario que los petroleros adoptasen procedimientos por los cuales retuviesen sus
residuos de petróleos a bordo hasta poderlos descargar en depósitos adecuados, en los puertos de
carga o reparación. Y la contaminación de la mar resultante de la descarga del agua de lastre de los
buques de carga seca puede también reducirse o evitarse mediante la conocida instalación de
separadores idóneos, u otros medios de recepción de dichos residuos de los puertos.
'La “International Law Commission”, esto es, la Comisión de Derecho Internacional, organismo
eminentemente científico que depende de la Asamblea General de las Naciones Unidas y que, como es
sabido, desde su primera reunión viene recogiendo —la “lege ferenda” y “lege lata”— los principios, las
doctrinas y hasta los usos y costumbres de Derecho internacional a fin de ofrecer su más adecuada
codificación y desenvolvimiento, se ocupó también de este repetido problema de la contaminación de
las aguas, subrayando la insuficiencia de las reglamentaciones nacionales y la necesidad de unas
medidas apropiadas a la creciente importancia de los peligros que lógicamente seguían presentándose.
Y así, en la Conferencia que bajo los auspicios de las Naciones Unidas se celebró en Gine bra en 1958 (y a
la que tuve el honor de asistir como miembro de la Delegación española), sobre el “Derecho del Mar”, se
recogió en el artículo 24 del “Convenio sobre el Alta Mar”, que “todo Estado está obligado a dictar
disposiciones para evitar la contaminación de las aguas por los hidrocarburos vertidos de los buques,
desprendidos de las tuberías submarinas o producidas por la explotación y exploración del suelo y
subsuelo submarinos, teniendo en cuenta las disposiciones convencionales existentes sobre la materia”,
es decir, que de hecho se hace una clara remisión al Convenio de 1954, y una expresiva men ción de los
problemas de ensuciamiento que pueden derivarse de los trabajos de prospección o de uso en la
llamada “plataforma submarina”, singular aspecto al que en otro tiempo y lugar le dedicamos mayor
atención y siempre a través del prisma jurídico-internacional, debiéndosenos permitir, por tanto, que
ahora nos remitamos a nuestro dicho estudio sobre tales conexos problemas.
Hagamos, asimismo, notar, que el Convenio de Ginebra de 1958 sobre el alta mar, que ya ha entrado en
vigor, se refirió además a la contaminación que pueden ocasionar los desechos o desperdicios
radiactivos y a su espacio aéreo superpuesto, y en la mente de todos están las victimas del pesquero
japonés “Fukuryo Maru” por la lluvia de cenizas ocasionada por las experiencias nucleares en el Pacífico
en 1954, y que el anteriormente citado Convenio de Londres de 1952 ha sido revisado en 1962,
entrando definitivamente en vigor el pasado día 18 de mayo de este año de 1967.
Desconocemos las consecuencias que puedan derivarse del informe aludido, pero son muy expresivas
las palabras del Embajador liberiano en Londres Dudley Lewrence, al entregar a los informadores una
copia del mismo, cuando señaló que las normas exigidas a bordo del “Torrey Canyon” al igual que en los
otros barcos del pabellón liberiano, estaban tan ajustadas a derecho y a la legalidad como en cualquier
otro país, si bien precisó a continuación, .que su Gobierno estaría dispuesto a modificar su
reglamentación marítima si así se lo pedía la I.M.'C.O... Puede advertirse, por ende, una sutil alusión de
defensa a los “pabellones de complacencia”, y a los atrayentes programas marítimos de Liberia.
10. CONCLUSIONES.
Hemos llegado al momento de ofrecer a modo de recapitulación nuestras modestas Conclusiones, al
hilo de las reflexiones algunas, no todas, por lo tanto que nos ha merecido el siniestro del “Torrey
Canyon”:
Primera. -— No insistiremos ni deduciremos conclusión alguna sobre el accidente en sí, y si fue causado
por negligencia, impericia, o inadvertencia del Capitán del “Torrey Canyon”, o si por el contrario, fue un
desgraciado caso de fuerza mayor. El siniestro se produjo, realmente, y su primera parte, es de cir las
pérdidas del buque y de la carga, con independencia de la destrucción del pecio, voluntariamente
llevada a cabo por los caza-bombarderos de la “Royal Navy”, después de que queden deslindadas las
posibles responsabilidades, serán abonadas por los aseguradores,
Como antes señalábamos, ya fue satisfecho la cifra de los dieciséis millones y medio de dólares, importe
del seguro del petrolero y de su carga.
Segunda. — Sin embargo debemos añadir unas pocas palabras más sobre la segunda y más importante
parte del siniestro: la contaminación de las aguas y de las costas. El escape del petróleo crudo que, en su
casi totalidad, se vertió y extendió por los mares, fue, en efecto, una consecuencia del naufragio, pero el
que naufragó fue el “Torrey Canyon”, no la carga que llevaba en sus tanques.
Si la encalladura del “Torrey Canyon” fue debida a una falta náutica de su Capitán y aunque no quisimos
llegar a tal conclusión, tal parece fue el caso— y no a un defecto técnico del barco que, incluso en el
momento de su trágico encuentro ,con los arrecifes de Seven Stones navegaba con piloto automático, ni
mucho menos a una falta personal del armador, cuya demostración serla asimismo muy difícil, no
afectaría, desde luego, en caso alguno al propietario de la-carga, a la “Brithish Peroleum”, pese a que los
mayores daños causados, los de la contaminación, que es sin duda el rasgo más signifi cativo del
siniestro, están relacionados con la existencia del petróleo: y si la carga hubiera sido otra, como por
ejemplo, trigo o briquetas, al encallar el barco que la transportase, no hubiera proporcionado otras
consecuencias que la pérdida del barco y de su carga. El petróleo crudo que transportaba el “Torrey
Canyon” no causó su naufragio y, por el contrario, el naufragio del “Torrey Canyon” sí produjo el
derrame del petróleo y la ulterior contaminación. Por lo tanto, si nos situamos en el origen del
acaecimiento, habría que colocar también al responsable del mismo, y si excluimos al propietario de la
carga y al armador, aparecerá como único y total responsable el Capitán de la nave.
Tercera. — Veamos ahora el lugar donde se produjo el accidente y los elementos jurídicos a tener en
cuenta ante un posible tribunal que, de entrada, no podríamos designar Como británico, liberiano,
italiano, norteamericano o de las Bermudas...
Se ha repetido que el siniestro ocurrió en los arrecifes de Seven Stones que no emergen ni en marea
baja, y que, por la tanto, no podrían tener consideración de islas y, por ende, mar territorial propio; es
decir, que ocurrió en aguas de alta mar. Tal manifestación puede aseverarse como cierta, pues las Seven
Stones se encuentran a más de 3 millas tanto de las Islas Scilly o Sorlingas, como de la costa
sudoccidental de Cornwall, aunque dichos arrecifes están dentro de las 12 millas de las; mencionadas
islas Sorlingas que pertenecen al Reino Unido, país que como se sabe ha aceptado tal límite como
jurisdiccional a efectos pesqueros, materia que no encaja en el presente estudio pero que citamos para
una total consideración del tema; máxime si añadimos que hasta esas mismas 12 millas puede extender
la Gran Bretaña la llamada "zona contigua” a efectos aduaneros, fiscales, sanitarios y de inmigración, y
que no podría extrañar a nadie que con una muy semejante finalidad sanitaria —la de evitar una
contaminación—: de aguas y costas, amén de sus recursos biológicos, se fijase la repetida extensión de
12 millas a partir de las líneas de base en las que suelen empezar a contarse las aguas jurisdiccionales.
Pero... justo es que consignemos que nada de esto se ha hecho y que la catástrofe del “Torrey Canyon"
no podría ser enjuiciada por unos textos legales dictados con posterioridad al sábado de Pasión de
1967.. porque la retro actividad sólo se concibe para favorecer y no para perjudicar.
En cuanto a los elementos a tener en cuenta ante un tribunal, no vacilemos en desechar los que
pudieran ser tildados de banales, como, por ejemplo, los que asimismo se destacaron respecto a los
propietarios del "Torrey Canyon” —la "Barracusa” en relación con la “Unión Oil” de California— los
cargadores británicos, el pabellón liberiano “de complacencia” y la tripulación italiana. Desde el punto
de vista de sus armadores, sería preciso saber cuál es la ley aplicable, si la del pabellón o la del país que
sufrió los daños, y habiéndose producido el naufragio fuera de las aguas inglesas, parece que primaría la
ley del pabellón, aunque Liberia, como mencionamos y destacamos antes, no ha ratificado ni se adhirió
jamás a Convenio alguno en materia marítima.
Si la ley inglesa fuese de aplicación en el litigio, entrañaría para el armador una limitación de
responsabilidad idéntica a la contenida en el Convenio de Bruselas de 1957, o sea, tratándose de daños
materiales, el equivalente en libras esterlinas a mil francos por tonelada de arqueo, y la definición 'de
tales francos llamados "Poincaré”, es de 65,5 miligramos de oro fino, lo que da un resultado de 23 libras,
13 chelines, 9 peniques por tonelada, y aunque hiciéramos el cálculo total para el “Torrey Canyon”, aun
siendo una cifra importante, quedaría muy inferior y lejana a la de los daños sufridos y los gastos
realizados.
Si por el lado contrario, fuese aplicable la ley del pabellón, o sea la liberiana, la limitación de la
responsabilidad sería igual al valor del barco y del flete al fin del viaje y, aunque situásemos este final en
la fracción de tiempo anterior al accidente —y no en su verdadero término como pecio bombardeado,
sin v a l o r — e l flete quedaría casi nulo en relación con la masa acreedora.
Ya nos referimos antes a las obligaciones de los aseguradores respecto al barco y a su carga, perdidos en
el accidente, y en cuanto a la responsabilidad, es decir, a la indemnización de los daños sufridos por
terceros, el armador y el propietario de la carga podrán invocar la fuerza mayor y sus aseguradores no
podrán, tampoco, ser conceptuados como responsables por el hecho de que aparentemente ni tal
género de riesgo ni su extensión hablan sido previstos en una póliza.
Cuarta. — Se hace necesaria y se presenta como urgente, pues los naufragios desgraciadamente
continúan y continuarán, que los técnicos y los juristas se apresten a encontrar fórmulas salvadoras, y
sin que pretendamos ofrecer las más convenientes, concluyamos señalando que un camino adecuado
para su deseado hallazgo podría tener los siguientes hitos;
a) Reconsideración de los llamados “pabellones de complacencia” y vuelta a la “ley del pabellón”,
con una vinculación estrecha y real entre el barco y su propietario y sus tripulantes y el Estado
que le otorga su bandera, le sujeta a su legislación y le salvaguarda y tutela en todo orden de
cosas.
b) Extensión de “zonas contiguas” a efectos de evitación de contaminaciones más allá de las aguas
jurisdiccionales, en los prudentes límites de las 12 millas a partir de las líneas de base.
c) Cumplimiento estricto del Convenio de Londres de 1954 y su Revisión de 1962, vigente desde el
18 de mayo del presente año de 1967, sobre contaminación de las aguas por los hidrocarburos,
y puesta en marcha del artículo 24 del Convenio de Ginebra de 1958 sobre el alta mar.
d) Reconsideración del problema en creciente desarrollo de la construcción de petroleros
gigantes, y de su compartimentación de .cisternas o tanques, así como dispositivos de
recuperación de residuos de limpieza de dichos tanques “load on top” método que consiste en
lo siguiente:
El buque que efectúa un viaje comercial, limpia sus depósitos al salir de] puerto donde ha descargado.
Decanta toda el agua limpia que puede y conserva en un slop tank —una especie de separador o tanque
de agua sucia o en una o varias de sus cisternas los productos que ha podido recuperar. Al llegar a otro
puerto de carga, la embarca por encima de los residuos, de aquí la expresión de “load on top” y
descarga todo junto. Así no se “polutiona”, no ensucian las aguas de la mar y el problema queda
resuelto.
e) Establecimiento de "rutas marítimas” obligadas para el tráfico petrolero y de puertos “relais”.
f) Servicio de vigilancia en las costas y de patrullas de observación en la mar, en casos semejantes
al siniestro del "Torrey Canyon”.
g) Posible establecimiento, en alta mar y aguas muy profundas, de “cementerios” de productos
petrolíferos inservibles.
h) Establecimiento de barreras de protección en los puertos de refinerías y sistemas de bombeo
móviles, así como métodos de limpieza, recogida o destrucción de residuos.
i) Constitución de una policía internacional para el control de las condiciones del transporte
marítimo de los hidrocarburos.
j) Revisión de los Convenios, leyes y reglamentos internacionales existentes, para que los delitos
de contaminación voluntaria puedan ser sometidos a un procedimiento de enjuiciamiento por
el cual el país que haya comprobado la infracción cometida por un barco pueda demandarle
ante los tribunales del Estado de su pabellón, y fijación de la responsabilidad de los armadores
por contaminación accidental o por negligencia.
k) Revisión del seguro marítimo en lo que afecte a los daños por contaminación, aumentando las
primas en razón a la importancia de los riesgos.
l) Adopción de medidas, incluidas la destrucción del buque, si su naufragio amenaza la seguridad
de la navegación, los recursos o la economía de una región costera. Sobre este particular
aspecto, ya se presentó en el Congreso de los Estados Unidos un proyecto de ley por el que se
autoriza al Presidente de la Nación a tomar tales medidas.
Y hemos llegado al final de nuestras reflexiones, sin haber agotado, ni mucho menos, el tema. La “marea
negra" continúa... y como si fuese de tinta, seguirá cargando las plumas de los escritores y, entre ellos,
en un primer y justificado plano, los maritimistas.