LAS VIRTUDES MORALES
La virtud está en el término medio:
Cuando comemos o bebemos en exceso, o insuficientemente, dañamos la salud mientras que
si la cantidad es proporcionada la produce, aumenta y conserva. Así sucede también con la
moderación, virilidad y demás virtudes: pues el que huye de todo y tiene miedo y no resiste
nada se vuelve cobarde; el que no teme absolutamente a nada y se lanza a todos los peligros,
temerario; asimismo, el que disfruta de todos los placeres y no se abstiene de ninguno, se
hace licencioso, y el que los evita todos como los rústicos, una persona insensible. Así pues,
la moderación y la virilidad se destruyen por el exceso y por el defecto, pero se conservan por
el término medio.
Ética a Nicómaco II, 1104 a 16
Todo conocedor evita el exceso y el defecto, y busca el término medio y lo prefiere, pero no
el término medio de la cosa, sino el relativo a nosotros. [...] Tanto el exceso como el defecto
destruyen la perfección, mientras que el término medio la conserva [...] el exceso y el defecto
pertenecen al vicio, pero el término medio, a la virtud.
Ética a Nicómaco II, 1106 b 5
Sin embargo, no toda acción ni toda pasión admiten el término medio, pues hay algunas cuyo
solo nombre implica la idea de perversidad, por ejemplo, la malignidad, la desvergüenza, la
envidia; y entre las acciones, el adulterio, el robo y el homicidio. Pues todas estas cosas y
otras semejantes se llaman así por ser malas en sí mismas, no por sus excesos ni por sus
defectos. Por tanto, no es posible nunca acertar con ellas, sino que siempre se yerra.
Ética a Nicómaco II, 1107 a 6
Adquisición de la virtud:
[D]e todas las disposiciones naturales, adquirimos primero la capacidad y luego ejercemos las
actividades. Esto es evidente en el caso de los sentidos; pues no por ver muchas veces u oír
muchas veces adquirimos los sentidos, sino al revés: los usamos porque los tenemos, no los
tenemos por haberlos usado. En cambio, adquirimos las virtudes como resultado de
actividades anteriores. Y éste es el caso de las demás artes, pues lo que hay que hacer después
de haber aprendido, lo aprendemos haciéndolo. Así nos hacemos constructores construyendo
casas, y citaristas tocando la cítara. De un modo semejante, practicando la justicia nos
hacemos justos; practicando la moderación, moderados, y practicando la virilidad, viriles. [...]
En una palabra, los modos de ser surgen de las operaciones semejantes. De ahí la necesidad
de efectuar cierta clase de actividades, pues los modos de ser siguen las correspondientes
diferencias en estas actividades. Así, el adquirir un modo de ser de tal o cual manera desde la
juventud tiene no poca importancia, sino muchísima, o mejor, total.
Ética a Nicómaco II, 1103 a 27
Tanto la virtud como el vicio están en nuestro poder. En efecto, siempre que está en nuestro
poder el hacer, lo está también el no hacer, y siempre que está en nuestro poder el no, lo está
el sí, de modo que si está en nuestro poder el obrar cuando es bello, lo estará también cuando
es vergonzoso, y si está en nuestro poder el no obrar cuando es bello, lo estará asimismo, para
obrar cuando es vergonzoso. Y si está en nuestro poder hacer lo bello y lo vergonzoso e,
igualmente, el no hacerlo, y en esto radicaba el ser buenos o malos, estará en nuestro poder el
ser virtuosos o viciosos. [...] Si alguien a sabiendas comete acciones por las cuales se hará
injusto, será injusto voluntariamente. [...] En efecto, nadie censura a los que son feos por
naturaleza, pero sí a los que lo son por falta de ejercicio y negligencia. E igualmente ocurre
con la debilidad y defectos físicos: nadie reprocharía al que es ciego de nacimiento o a
consecuencia de una enfermedad o un golpe, sino que, más bien, lo compadecería; pero al
que lo es por embriaguez o por otro exceso todo el mundo lo censuraría.
Ética a Nicómaco II, 1113 b 8
Finalidad de la virtud: la espontaneidad ordenada
Una vida sin espontaneidad, que carece de naturalidad, es pesada, falsa, inhibe y aplasta.
Algunos recomiendan a este tipo de personalidades, desahogos espontáneos, pero en este caso
de espontaneidad primitiva. Un psicoterapeuta no muy evolucionado recomienda: ¡Tire el
plato señora! ¡Grite! ¡Enójese! Así sale la tensión. Pero el resultado es nulo después. A la
larga el desarrollo de la espontaneidad primitiva inhibe también. Lo que verdaderamente
busca el hombre no es desahogarse, sino desarrollarse, expandirse, crecer, madurar.
[...]
El hombre busca llegar a ciertos resultados estables que le permitan vivir en espontaneidad.
Aquí estamos dentro de otro concepto de espontaneidad que es la espontaneidad madura. Y
para aclarar su concepto, tocamos el tema de los hábitos. Los hábitos hacen fácil lo que de
suyo es arduo. Constituyen una segunda naturaleza y son el resultado de un entrenamiento, de
una formación. Solamente una persona formada puede tener una cierta espontaneidad
madura. El que domina un instrumento musical, por ejemplo, puede tocar con naturalidad,
pero el que no está formado, es duro, rígido, no por estar inhibido frente al instrumento sino
porque le falta crecimiento, desarrollo en esa línea.
No hay espontaneidad sin madurez. La espontaneidad primitiva siempre es inhibidora,
porque el hombre sabe que debería haber crecido y no creció. Un desahogo
momentáneo no hace crecer y por más que alivie, jamás soluciona lo que es el problema
fundamental: la conciencia dolorosa de no haber crecido.
Es significativa para este tema, la conclusión de la psiquiatría, acerca de que los
conflictos a veces se producen por problemas de formación. De ahí que si se soluciona
un conflicto, luego puede volver a repetirse por la mala formación de base de la
persona. Y una buena formación es algo que requiere mucho tiempo. De ahí que crear
hábitos buenos es la única verdadera salida a determinados conflictos.
[...]
Quien tiene un hábito obra con cierta naturalidad en ese orden de cosas. Este rasgo es el que
nos hace diferenciar una persona formada de otra sin formación: le sale espontáneamente lo
que en otras circunstancias hubiera sido llevado a cabo con dificultad, con tensión y rigidez.
De este modo la vida se hace más fácil y llevadera (aunque de por sí, el hábito no sea fácil de
adquirir). La facilidad no establece al hombre definitivamente en un nivel determinado, sino
que lo empuja a desarrollarse aun más y a vencer ulteriores dificultades. La adquisición de
hábitos es así la conditio sine qua non del progreso humano.
E. Komar, , pp. 34-35
PRUDENCIA
Madre de todas las virtudes
La primacía de la prudencia sobre las restantes virtudes cardinales indica que la realización
del bien presupone el conocimiento de la realidad. Sólo aquel que sabe cómo son y se dan las
cosas puede considerarse capacitado para obrar bien. El principio de la primacía de la
prudencia nos enseña que en modo alguno no basta la llamada <buena intención> ni lo que se
denomina <buena voluntad>. La realización del bien presupone la conformidad de nuestra
acción a la situación real – esto es, al complejo de realidades concretas que <circunstancian>
la operación humana singular – y, por consiguiente, una atenta, rigurosa, y objetiva
consideración por nuestra parte de tales realidades concretas.
J. Pieper, Las virtudesfundamentales, Rialp, Madrid, 1997, p. 42
En su condición de <recta disposición> de la razón práctica, la prudencia ostenta, como dicha
razón, una doble faz. Es cognoscitiva e imperativa. Aprehende la realidad para luego, a su
vez, <ordenar> el querer y el obrar. Pero el conocer constituye el elemento anterior y
<mensurativo>; el imperio, que mide por su parte al querer y al obrar, toma su <medida> del
conocimiento, al que sigue y se subordina. [...] Sin embargo, la prudencia no es sólo
conocimiento o saber informativo. Lo esencial para ella es que este saber de la realidad sea
transformado en imperio prudente, que inmediatamente se consuma en acción.
J. Pieper, op. cit., p. 44
También se puede llegar a un fin recto por caminos falsos y torcidos. Pero el sentido propio
de la prudencia es cabalmente que no sólo el fin de las operaciones humanas, sino también el
camino que a él conduzca, han de ser conformes a la verdad de las cosas reales. Lo que a su
vez implica un nuevo supuesto: el que los <intereses> egoístas del sujeto sean llamados al
silencio, a fin de que deje sentir su voz la verdad de las cosas reales y, merced al informe
brindado por la propia realidad, se precisen con nitidez los contornos del camino adecuado.
J. Pieper, op. cit., p. 54
Prudencia y eidopóiesis:
La prudencia es, en palabras de Paul Claudel, la <inteligente proa> de nuestra esencia, que en
medio de la multiplicidad de lo finito pone rumbo a la perfección. La virtud de la prudencia
cierra las líneas rotundas del anillo de la vida activa que tiende a la propia perfección:
partiendo de la experiencia de la realidad, el hombre dirige sus operaciones sobre la propia
realidad de que parte, y de forma que, a través de sus decisiones y acciones, se va realizando
a sí mismo.
J. Pieper, op. cit., p. 57
[L]a doctrina clásica de la virtud de la prudencia encierra la única posibilidad de vencer
interiormente el fenómeno contrario: el moralismo. La esencia del moralismo [...] consiste en
que disgrega el ser y el deber; predica un <deber>, sin observar y marcar la correlación este
deber con el ser. Sin embargo, el núcleo y la finalidad propia de la doctrina de la prudencia
estriba precisamente en demostrar la necesidad de esta conexión entre el deber y el ser, pues
en el acto de prudencia, el deber viene determinado por el ser. El moralismo dice: el bien es
el deber, porque es el deber. La doctrina de la prudencia, por el contrario, dice: el bien es
aquello que está conforme con la realidad. [...] Un resultado de la psicología, o mejor dicho,
psiquiatría moderna, que a mi parecer nunca ponderaremos demasiado, hace resaltar cómo un
hombre al que las cosas no le parecen tal como son, sino que nunca se percata más que de sí
mismo porque únicamente mira hacia sí, no sólo ha perdido la posibilidad de ser justo (y
poseer todas las virtudes morales en general), sino también la salud del alma. Es más: toda
una categoría de enfermedades del alma consisten esencialmente en esta <falta de
objetividad> egocéntrica. A través de estas experiencias se arroja una luz que confirma y
hace resaltar el realismo ético de la doctrina de la superioridad de la prudencia.
J. Pieper, op. cit., p. 17
JUSTICIA
El distintivo peculiar de la virtud de la justicia es que tiene por misión ordenar al hombre en
lo que dice relación al otro.
Santo Tomás, S. Th., II-II, 57, 1
La razón de que algo le sea debido a un hombre se encuentra
unas veces en el establecimiento de pactos, contratos,
promesas, disposiciones legales, etc., mientras que otras hay
que buscarla en la naturaleza misma de la cosa.
J. Pieper, Las Virtudes Fundamentales, pp. 93
Es necesario morir en calma y sufrir cualquier otra cosa antes que cometer injusticia.
Afirmamos que obrar mal es siempre malo y vergonzoso para el que obra mal. Así pues, de
ninguna manera se debe obrar injustamente. Quien recibe injusticia no debe, pues, responder
con injusticia, como piensa la mayoría, ya que en ningún caso se debe ser injusto. [...] No se
debe devolver injusticia con injusticia ni hacer mal a ninguno de los hombres, aunque se
hubiere padecido por culpa de ellos.
Platón, Critón
Aquel que en lugar de dar a otro lo que a éste se debe lo retiene o lo roba, se vulnera y
desfigura así propio: él es el que pierde y el que en extrema instancia consuma su propia
destrucción; en ningún caso deja de acontecerle algo incomparablemente peor que lo
experimentado por el que sufre la injusticia. [...] La justicia pertenece al recto ser del hombre.
J. Pieper, Las Virtudes Fundamentales, pp. 92
FORTALEZA
Paciencia:
¿Puede ser impaciente el animal? Evidentemente, no; Ni impaciente ni paciente. Está
adaptado en el contexto de la naturaleza, vive como debe vivir y muere cuando ha pasado su
tiempo. La impaciencia sólo es posible para un ser que tenga la capacidad de elevarse por
encima de lo real inmediato y querer lo que todavía no es: para el hombre. Así, sólo a él le
cabe la decisión, si es capaz, de dejar su tiempo al devenir.
Y esto siempre, una y otra vez, pues en esta existencia de tiempo y finitud constantemente
vuelve a presentarse la tensión entre lo que es el hombre y lo que querría ser; lo que ya ha
realizado y lo que todavía le queda por lograr. La paciencia es lo que sobrelleva la tensión.
Sobre todo, la paciencia con lo que se nos da y nos toca en suerte, con el “destino”. La
circunstancia en que vivimos nos está impuesta: nacemos dentro de ella. Los acontecimientos
de la historia marchan sin que podamos cambiar en ellos nada esencial, y cada cual ha de
notar sus efectos. Día tras día nos sale al encuentro, en forma personal, lo que acontece
históricamente. Podemos defendernos, podemos arreglar muchas cosas conforme a nuestra
voluntad; en el fondo hemos de aceptar lo que viene y nos es dado. Comprenderlo y
conducirnos conforme a ello es paciencia. Quien no quiere está en perpetuo conflicto con sus
propia existencia.
Pensemos en aquella figura que se rebela contra toda ley, el Fausto de Goethe. Después
de haber rechazado “la esperanza y la fe”, exclama: “¡Y maldita sobre todo la paciencia!” Es
el hombre eternamente sin llegar a adulto, que nunca ve ni toma la realidad como es. Siempre
la sobrevuela en su fantasía. Siempre está en protesta contra el destino, mientras que la
madurez del hombre empieza al aceptar lo que es. Sólo de ahí le llega la fuerza para
cambiarlo y darle forma.
También debemos tener paciencia con las personas con quienes estamos vinculados. Sean
los padres o cónyuges, o hijos, o amigos, o compañeros de trabajo o lo que sea: la vida
responsable, mayor de edad, empieza aceptando al hombre como es.
Puede ser muy difícil estar vinculado con una persona a quien poco a poco se conoce de
memoria: de quien se sabe cómo habla, cómo piensa, cómo se sitúa ante todo. Se querría
eliminar a esa persona y tomar otra. Aquí la fidelidad es ante todo paciencia: con lo que esa
persona es, con cómo es y se comporta y cómo lo hace. Donde no se aplica, todo se rompe y
falla la posibilidad que había en esa relación.
Pero también hemos de tener paciencia con nosotros mismos. Sabemos –por
ejemplo, en forma de un deseo más o menos claro– cómo querríamos ser. Nos gustaría
perder tal cualidad, adquirir aquélla, y tropezamos con que, pese a todo, somos
precisamente como somos. Es duro deber seguir siendo quien se es; es humillante tener
que sentir siempre los mismos defectos, mezquindades, debilidades.
El hastío de sí mismo, ¡cuántas veces ha invadido precisamente a los mayores espíritus!
Aquí otra vez hay que poner en juego la paciencia, aceptarse a sí mismo y sobrellevarse. No
dar por bueno en la propia imagen lo que no es bueno; no contentarse consigo mismo, eso
sería el modo del filisteo. Debe permanecer despierta una cierta insatisfacción ante la
defectuosidad e insuficiencia de uno mismo: si no, se perdería esa autocrítica que constituye
el supuesto previo de toda maduración moral. Pero no apartándose de uno mismo con
fantaseos, sino que toda sana crítica debe ponerse en juego desde lo dado y continuar
actuando desde ahí, y sabiendo que será cosa lenta, muy lenta. Pero esa misma lentitud
constituye la garantía de que la transformación no se realiza en la fantasía, sino en la realidad.
¿Cómo ocurre la transformación moral? Por ejemplo, uno ha reconocido: Me falta
domino propio. Debo dominarme mejor, hablar con más sosiego, actuar con más prudencia.
Eso está reconocido y afirmado, pero al principio sólo está en la imaginación, pensado,
planeado. Sin embargo, debe entrar en la realidad, y ésta es tenaz. También puede uno
adelantar en sueños en una virtud, y ¡cuántos sueños de deseo consisten en virtudes
fantaseadas! Pero los sueños vuelan, y todo vuelve a estar como antes. No; ha empeorado,
pues en el fantasear se consume energía moral, aun prescindiendo del embuste que hay en él.
¡Cuántas veces, bajo la impresión de una hora sublime o de una decisión flamante, se piensa:
ahora ya estoy! Pero en la siguiente ocasión se nota cómo nuestra propia realidad, que parecía
haber recibido la acuñación de lo nuevo, de lo reconocido como justo, vuelve rápidamente a
lo viejo, y todo está como estaba.
[...] el tener esa paciencia que siempre que siempre empieza de nuevo es el supuesto
previo para que ocurra realmente algo. [...] “¡Empieza siempre!” En principio, una paradoja,
pues en sí el comienzo está precisamente en el comienzo, y después se va más adelante. Pero
eso sólo es verdad en lo mecánico. En lo vivo, el empezar es un elemento que constantemente
ha de hacerse operante. Nada va adelante si no “empieza” a la vez. Quien quiera adelantar,
pues, debe empezar siempre de nuevo. Siempre debe sumergirse en el origen interior de lo
vivo y elevarse desde él en nueva libertad, en “iniciativa”, en “potencia iniciadora”, para
hacer real lo antes pensado: la prudencia, la mesura, la superación de sí mismo y todo lo que
haya de llegar a ser.
Paciencia consigo mismo –naturalmente, no dejadez ni blandura, sino sentido realista– es
el fundamento de todo esfuerzo.
[...] no es posible ninguna paciencia sin comprensión: sin saber el modo como va la
vida. Paciencia es sabiduría, comprensión de lo que significa: tengo esto, y nada más;
soy así, y no de otro modo; la persona con que estoy vinculado es así y no como todos los
demás. Cierto que me gustaría que fuera de otro modo, que también se podrá cambiar
mucho con tenaz esfuerzo; pero, en principio, las cosas están como están, y tengo que
aceptarlo. Sabiduría es comprensión del modo como tiene lugar la realización: de cómo
un pensamiento se hace real en la sustancia de la existencia partiendo de la
imaginación; de qué lento es el proceso y en cuántos sentidos puesto en riesgo; de qué
fácilmente se engaña uno a sí mismo y se va de la mano.
La paciencia comporta fuerza, mucha fuerza. [...] Sólo el hombre fuerte puede aplicar una
paciencia viva, recibir en sí, una y otra vez, lo que es; empezar de nuevo, una y otra vez. La
paciencia sin fuerza es mera pasividad, superficial tolerancia, habituamiento a ser cosa.
Y el amor forma parte de la auténtica paciencia, amor a la vida. Pues lo vivo crece
despacio, tiene sus horas, va por muchos caminos y rodeos. Por eso requiere confianza, y sólo
el amor confía. Quien no ama la vida no tiene paciencia con ella. Entonces vienen las
vehemencias y rebeldías, y hay heridas y roturas.
[...] La paciencia viva es la persona entera, que está en tensión entre lo que querría tener y
lo que tiene; lo que habría de hacer y lo que es capaz de hacer; lo que desea ser y lo que
realmente es. El soportar esa tensión, el concentrarse siempre de nuevo en la posibilidad de
cada hora, eso es paciencia. Así, se puede decir que la paciencia es la persona en devenir que
se entiende adecuadamente. También sólo de la mano de la paciencia prospera la persona que
nos está confiada. Un padre, una madre que no tienen paciencia en ese sentido nunca harán
más que daño a sus hijos. El educador que no toma con paciencia a los que se le confían los
asustará y les quitará la sinceridad. Dondequiera que se nos pone vida en las manos, el trabajo
en ella sólo puede prosperar si lo hacemos con esa fuerza profunda y silenciosa.
Romano Guardini, Una ética para nuestro tiempo, Lumen, [Link]. 1994, pp. 62-70
TEMPLANZA
¿Qué pasa con la vida de la naturaleza? […] ¿Cómo transcurre la “vida”? ¿Cómo crece y se
desarrolla un animal sano? Siguiendo sus tendencias. Entonces todo va bien, pues exactos
instintos velan para que no entre por caminos falsos. Cuando el animal está harto, no come
más. Cuando está descansado, no se tumba sin necesidad. Cuando apremia el instinto de
reproducción, lo satisface, pasado su tiempo, calla el instinto. El modo, el tipo, si así se quiere
decir, conforme al cual se realiza la vida de la naturaleza es la sencilla realización hacia
fuera: lo que está dentro, sale viviendo.
[…] Todo lo que se llama tendencia trabaja en el hombre de otro modo que en el animal. El
espíritu sitúa los impulsos vitales en una peculiar libertad. [..] En el animal, la tendencia
construye el mundo circundante correspondiente a su especie, pero con ello mismo lo ajusta a
sus condiciones y límites. En el hombre lleva a un libre encuentro con la amplitud, la riqueza
del mundo, pero con eso mismo queda también en riesgo. Se hace posible todo lo que se
llama exageración, excesivo refinamiento, antinaturalidad, posible y atrayente.
[…] De ahí surge para él [para el hombre] una necesidad que no existe para el animal, a
saber, mantener sus tendencias en ordenación libremente querida y superar la propensión a la
desmesura o a la mala realización. No como si las tendencias fueran malas en sí. Forman
parte de la esencia del hombre y actúan en todos los dominios y formas de su vida Forman
parte de la esencia del hombre y actúan en todos los dominios y formas de su vida. Forman su
provisión de energía. Debilitarlas sería tanto como debilitar la vida. […] La motivación del
auténtico ascetismo no reside en tal combate contra la vida de las tendencias, sino en la
necesidad de ponerlas en el orden adecuado. Éste está determinado por los más diversos
puntos de vista: las exigencias de la salud, la atención a los demás hombres, las obligaciones
respecto a la profesión y el trabajo. Cada día se presentan nuevas exigencias de mantenerse
en orden a sí mismo, y eso es ascetismo. Esa palabra – del griego áskesis – significa ejercicio,
entrenamiento, ejercicio en la correcta orientación de la vida.
R. Guardini, Una ética para nuestro tiempo, Bs. As. Lumen, 1996, pp. 120 y ss.
La virtud entonces no reprime las pasiones, sino que las ordena. La ordenación
evidentemente no procede sin cierta disciplina y mortificación, pero significa también
expansión, liberación, realización, siendo en cambio el desorden el mayor impedimento para
la expansión también en el nivel de las pasiones. […] El virtuoso no es el reprimido, no es
aquél que sólo se contiene y abstiene, sino aquél que encauzó sus energías pasionales según
el orden de la verdad objetiva, según el sentido profundo de las cosas, realizando así una vida
llena de sentido, puesto que una vida sin sentido no es vida para el hombre.
E. Komar, Orden y Misterio, Bs. As., Emecé, 1996, pp. 42-43
Verdad es que también en esta vida la virtud no es otra cosa que amar aquello
que se debe amar. Elegirlo es prudencia; no separarse de ello a pesar de las
molestias es fortaleza; a pesar de los insentivos, es templanza; a pesar de la
soberbia, es justicia.
San Agustín, Epist. 155, 13
EL HOMBRE LIGHT
Así como en los últimos años se han puesto de moda ciertos productos ligth –el
tabaco, algunas bebidas o ciertos alimentos–, también se ha ido gestando un tipo de
hombre que podría ser calificado como el hombre light.
¿Cuál es su perfil psicológico? ¿Cómo podría quedar definido? Se trata de un
hombre relativamente bien informado, pero con escasa educación humana, muy
entregado al pragmatismo, por una parte, y a bastantes tópicos, por otra. Todo le
interesa, pero a nivel superficial; no es capaz de hacer la síntesis de aquello que percibe,
y, en consecuencia, se ha ido convirtiendo en un sujeto trivial, ligero, frívolo, que lo
acepta todo, pero que carece de unos criterios sólidos en su conducta. Todo se torna en
él etéreo, leve, volátil, banal, permisivo. Ha visto tantos cambios, tan rápidos y en un
tiempo tan corto, que empieza a no saber a qué atenerse o, lo que es lo mismo, hace
suyas las afirmaciones como “Todo vale”, “Qué mas da” o “Las cosas han cambiado”.
Y así, nos encontramos con un buen profesional en su tema, que conoce bien la tarea
que tiene entre manos, pero que fuera de ese contexto va a la deriva, sin ideas claras,
atrapado – como está – en un mundo lleno de información, que le distrae, pero que poco
a poco le convierte en un hombre superficial, indiferente, permisivo, en el que anida un
gran vacío moral.
Las conquistas técnicas y científicas – impensables hace tan sólo unos años – nos
han traído unos logros evidentes: la revolución informática, los avances de la ciencia en
sus diversos aspectos, un orden social más justo y perfecto, la preocupación operativa
sobre los derechos humanos, la democratización de tantos países y, ahora, la caída en
bloque del comunismo. Pero frente a todo ello hay que poner sobre el tapete aspectos de
la realidad que funcionan mal y que muestran la otra cara de la moneda:
a) materialismo: hace que un individuo tenga cierto reconocimiento social por el
único hecho de ganar mucho dinero.
b) hedonismo: pasarlo bien a costa de lo que sea es el nuevo código de
comportamiento, lo que apunta hacia la muerte de los ideales, el vacío de sentido y
la búsqueda de una serie de sensaciones cada vez más nuevas y excitantes.
c) permisividad: arrasa los mejores propósitos e ideales.
d) revolución sin finalidad y sin programa: la ética permisiva sustituye a la moral, lo
cual engendra un desconcierto generalizado.
e) relativismo: todo es relativo, con lo que se cae en la absolutización de lo relativo;
brotan así unas reglas presididas por la subjetividad.
f) consumismo: representa la fórmula posmoderna de la libertad.
Así, las grandes transformaciones sufridas por la sociedad en los últimos años son,
al principio, contempladas con sorpresa, luego con una progresiva indiferencia o, en
otros casos, como la necesidad de aceptar lo inevitable. La nueva epidemia de crisis y
rupturas conyugales, el drama de las drogas, la marginación de tantos jóvenes, el paro
laboral y otros hechos de la vida cotidiana se admiten sin más, como algo que está ahí y
contra lo que no se puede hacer nada.
De los entresijos de esta realidad sociocultural va surgiendo el nuevo hombre light,
producto de su tiempo. Si aplicamos la pupila observadora nos encontramos con que en
él se dan los siguientes ingredientes: pensamiento débil, convicciones sin firmeza,
asepsia en sus compromisos, indiferencia sui generis hecha de curiosidad y relativismo
a la vez...; su ideología es el pragmatismo, su norma de conducta, la vigencia social, lo
que se lleva, lo que está de moda; su ética se fundamenta en la estadística, sustituta de la
conciencia; su moral, repleta de neutralidad, falta de compromiso y subjetividad, queda
relegada a la intimidad, sin atreverse a salir en público.
No hay en el hombre light entusiasmos desmedidos ni heroísmos. La cultura light
es una síntesis insulsa que transita por la banda media de la sociedad: comidas sin
calorías, sin grasas, sin excitantes... todo suave, ligero, sin riesgos, con la seguridad por
delante. Un hombre así no dejará huella. En su vida ya no hay rebeliones, puesto que su
moral se ha convertido en una ética de reglas de urbanidad o en una mera actitud
estética. [...]
El hombre light es frío, no cree en casi nada, sus opiniones cambian rápidamente y
ha desertado de los valores trascendentes. Por eso se ha ido volviendo cada vez más
vulnerable; por eso ha ido cayendo en una cierta indefensión. De este modo, resulta más
fácil manipularlo, llevarlo de acá para allá, pero todo sin demasiada pasión. Se han
hecho muchas concesiones sobre cuestiones esenciales, y los retos y esfuerzos ya no
apuntan hacia la formación de un individuo más humano, culto y espiritual, sino hacia la
búsqueda del placer y el bienestar a toda costa, además del dinero.
Podemos decir que estamos en la era del plástico, el nuevo signo de los tiempos.
De él se deriva un cierto pragmatismo de usar y tirar, lo que conduce a que cada día
impere con más fuerza un nuevo modelo de héroe: el del triunfador, que aspira – como
muchos hombres lightsde este tramo final del siglo XX – al poder, la fama, un buen
nivel de vida..., por encima de todo, caiga quien caiga. Es el héroe de las series de
televisión americanas, y sus motivaciones primordiales son el éxito, el triunfo, la
relevancia social y, especialmente, ese poderoso caballero que es el dinero.
Es un hombre que antes o después se irá quedando huérfano de humanidad. [...] Se
trata de un hombre sin vínculos, descomprometido, en el que la indiferencia estética se
alía con la desvinculación de casi todo lo que le rodea. Un ser humano rebajado a la
categoría de objeto, repleto de consumo y bienestar, cuyo fin es despertar admiración o
envidia.
El hombre light no tiene referente, ha perdido su punto de mira y está cada vez
más desorientado ante los grandes interrogantes de la existencia. Esto se traduce en
cosas concretas, que van desde no poder llevar una vida conyugal estable a asumir con
dignidad cualquier tipo de compromiso serio. Cuando se ha perdido la brújula, lo
inmediato es navegar a la deriva, no saber a qué atenerse en temas clave de la vida, lo
que le conduce a la aceptación y canonización de todo. Es una nueva inmadurez, que ha
ido creciendo lentamente, pero que hoy tiene una nítida fisonomía.
[..] nunca ha sido tan abundante y prolija la información y nunca, sin embargo, ha
habido tanta ignorancia. El hombre es cada vez menos sabio, en el sentido clásico del
término.
En la cultura nihilista, el hombre no tiene vínculos, hace lo que quiere en todos los
ámbitos de la existencia y únicamente vive para sí mismo y para el placer, sin
restricciones. ¿Qué hacer ante este espectáculo? No es fácil dar una respuesta concreta
cuando tantos aspectos importantes se han convertido en un juego trivial y divertido, en
una apoteósica y entusiasta superficialidad. Por desgracia, muchos de estos hombres
necesitarán un sufrimiento de cierta trascendencia para iniciar el cambio, pero no
olvidemos que el sufrimiento es la forma suprema de aprendizaje; otros, que no estén
en tan malas condiciones, necesitarán hacer balance personal e iniciar una andadura
más digna, de más categoría humana.
E ROJAS, El hombre light, Buenos Aires, Ed. Planeta pag.13-18