Capítulo
DOS:
Pasos especí cos para el
arrepentimiento
“Si confesamos nuestros pecados, él es el y justo para perdonar nuestros
pecados, y limpiarnos de toda maldad” (1 Juan 1:9).
El verdadero proceso del arrepentimiento comienza, como ya se ha indicado, con
un quebrantamiento de nuestro ser ante la presencia de Dios.
A partir de allí, podemos destacar tres momentos claros que nos guían por la ruta
del arrepentimiento:
1.
Sentir un dolor profundo por haber ofendido a Dios.
2.
Confesar nuestros pecados.
3.
Renunciar al pecado y cortar la maldición.
1. Sentir un dolor profundo por haber ofendido a Dios
Una persona genuinamente arrepentida es aquella que experimenta un dolor
intenso en su alma y en su espíritu por haberle fallado a Dios. Hemos aprendido
que no se trata de remordimiento, como muchos tienden a confundir, sino de una
vivencia interior del corazón que impulsa al individuo a darse la vuelta y retomar el
camino correcto, de acuerdo con la voluntad del Padre, tal como lo hizo el hijo
pródigo.
Esta sensación llega a ser tan profunda, que casi siempre las personas que lo
viven mani estan el deseo de retroceder el tiempo para no caer en los errores que
los llevaron al pecado.
Cuando el ser humano comprende que ha perdido su salvación y se humilla ante
Dios implorándole misericordia, el Señor lo escucha desde lo alto, lo perdona y lo
restaura porque Él dijo:
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“Clama a mí, y yo te responderé, y te enseñaré cosas grandes y ocultas
que tú no conoces” (Jeremías 33:3).
Al sentir una honda pena por haber ofendido a Dios, nos arrepentimos de “las
obras muertas” a las que hace referencia el autor de la carta a los Hebreos en el
capítulo seis.
Éstas son todas aquellas vivencias alejadas de los designios de Dios y que, por
lo tanto, son indignas ante Sus ojos. Las obras muertas son todas aquellas que no
llevan ningún fruto espiritual y que no están enfocadas en la eternidad; no son
solamente aquellos pecados que muchos consideran graves como la fornicación o
el adulterio, sino también el chisme, el ocio y la pereza.
Todo lo que el hombre hace separado de Dios guiado únicamente por su deseo
interno, auto-justi cándose, recibe el nombre de “pecado” según la Biblia. También
se les conoce como error o iniquidad.
2. Confesar los pecados
El arrepentimiento debe ir acompañado de una confesión detallada y minuciosa de
todo aquello que se haya realizado indignamente. Muchos piensan que una
confesión es simplemente aceptar la condición de pecado, pero la confesión va
mucho más allá. En los tiempos de Jesús, las personas que recibían el bautismo
de Juan debían confesar en voz alta sus faltas para poder participar, es por eso
que las personas eminentes se rehusaban a ser bautizados, pues les daba
vergüenza reconocer sus faltas.
Esto nos permite entender que el arrepentimiento siempre incluye la confesión,
ya que ésta nos humilla y nos confronta con nuestra verdadera condición.
Reforzando el pasaje de 1 de Juan, el salmista dijo:
“Mi pecado te declaré, y no encubrí mi iniquidad. Dije: Confesaré mis
transgresiones a Jehová; y tú perdonaste la maldad de mi pecado”
(Salmos 32:5).
Después de su caída con Betsabé, David fue confrontado por el profeta Natán.
Con lágrimas en sus ojos y profundamente adolorido por su error, confesó su
pecado e imploró el favor de Dios. Como lo he mencionado en varias
oportunidades, esa experiencia fue la que lo llevó a componer el Salmo 51, uno de
los más hermosos relatos acerca del arrepentimiento:
“Ten piedad de mí, oh Dios, conforme a tu misericordia; Conforme a la
multitud de tus piedades borra mis rebeliones. Lávame más y más de
mi maldad, Y límpiame de mi pecado.
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Porque yo reconozco mis rebeliones, Y mi pecado está siempre delante
de mí. Contra ti, contra ti solo he pecado, Y he hecho lo malo delante
de tus ojos; Para que seas reconocido justo en tu palabra, Y tenido
por puro en tu juicio.
He aquí, en maldad he sido formado, Y en pecado me concibió mi madre.
He aquí, tú amas la verdad en lo íntimo,Y en lo secreto me has hecho
comprender sabiduría.
Purifícame con hisopo, y seré limpio; Lávame, y seré más blanco que la
nieve. Hazme oír gozo y alegría,Y se recrearán los huesos que has
abatido. Esconde tu rostro de mis pecados, Y borra todas mis
maldades.
Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, Y renueva un espíritu recto
dentro de mí. No me eches de delante de ti,Y no quites de mí tu santo
Espíritu. Vuélveme el gozo de tu salvación, Y espíritu noble me
sustente.
Entonces enseñaré a los transgresores tus caminos, Y los pecadores se
convertirán a ti. Líbrame de homicidios, oh Dios, Dios de mi
salvación;Cantará mi lengua tu justicia.
Señor, abre mis labios, Y publicará mi boca tu alabanza. Porque no
quieres sacri cio, que yo lo daría; No quieres holocausto. Los
sacri cios de Dios son el espíritu quebrantado; Al corazón contrito y
humillado no despreciarás tú, oh Dios.
Haz bien con tu benevolencia a Sion; Edi ca los muros de Jerusalén.
Entonces te agradarán los sacri cios de justicia,El holocausto u
ofrenda del todo quemada; Entonces ofrecerán becerros sobre tu
alta” (Salmos 51).
La Biblia dice:
“El que encubre sus pecados no prosperará; mas el que los con esa y
se aparta alcanzará misericordia” (Proverbios 28:13).
Una costumbre muy común en casi todos los seres humanos es la tendencia a
justi car sus actos para no tener que confrontar sus errores pasados. Cuando se
tiene un encuentro genuino con el Señor, es importante abrir el corazón
confesando las cosas buenas y malas que hayan sido realizadas durante su vida.
Debemos tener en cuenta que nadie ha cometido los pecados en un solo
momento, sino que se fueron practicando poco a poco. De la misma manera ha de
realizarse la confesión; el Señor irá trayendo a nuestra mente todas aquellas cosas
en las cuales hemos fallado. En la medida en que el pecado es identi cado,
debemos confesarlo.
En el desarrollo de la confesión, un punto clave y de nitivo consiste en tomar el
lugar de nuestros padres para declarar sus pecados. La Escritura señala:
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“Y confesarán su iniquidad, y la iniquidad de sus padres, por su
prevaricación con que prevaricaron contra mí; y también porque
anduvieron conmigo en oposición” (Levítico 26:40).
Cuando un padre peca, la maldición, por lo general, recae sobre sus hijos. Uno
de los ejemplos más claros al respecto lo encontramos en Noé, cuando plantó una
viña y se embriagó. Dice la historia:
“Y bebió del vino, y se embriagó, y estaba descubierto en medio de su
tienda. Y Cam, padre de Canaán, vio la desnudez de su padre, y lo
dijo a sus dos hermanos que estaban afuera. Entonces Sem y Jafet
tomaron la ropa, y la pusieron sobre sus propios hombros, y
andando hacia atrás, cubrieron la desnudez de su padre, teniendo
vueltos sus rostros, y así no vieron la desnudez de su padre. Y
despertó Noé de su embriaguez, y supo lo que le había hecho su hijo
más joven, y dijo: Maldito sea Canaán; Siervo de siervos será a sus
hermanos. Dijo más: Bendito por Jehová mi Dios sea Sem, Y sea
Canaán su siervo. Engrandezca Dios a Jafet, Y habite en las tiendas
de Sem, Y sea Canaán su siervo” (Génesis 9:21-27).
Quien pecó en este caso fue Cam, pero toda la maldición recayó sobre su hijo
Canaán. Esta es una muestra de que muchas veces recibimos las consecuencias
del pecado de nuestros padres; la maldición que les correspondía a ellos se
extendió a sus descendientes.
Por esta razón, debemos colocarnos en sus lugares y confesar sus pecados,
para que la maldición sea apartada de nuestra vida y la bendición comience a
brillar en nuestro corazón.
Es importante entender que la confesión tiene un lugar y es la Cruz. La
Cruz es el lugar del perdón.
3. Renunciar el pecado cortando la maldición
Este tercer momento es clave en el proceso, porque es el sello del arrepentimiento;
¿de qué serviría confesar un pecado y sentir un gran dolor si no nos vamos a
apartar de él? De absolutamente nada.
Es imposible romper una maldición de un pecado que se comete de manera
voluntaria, recuerde lo que el mismo Jesús enseñó:
“Jesús les respondió: De cierto, de cierto os digo, que todo aquel que
hace pecado, esclavo es del pecado” (Juan 8:34).
Tener cualquier pecado como una práctica se traduce en una vida de esclavitud
para cualquier creyente. Pero como lo mencione anteriormente, la Cruz es el
antídoto y lo que rompe todas las cadenas de la maldición, recuerde lo que dice la
Escritura:
“Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros
maldición, (porque está escrito: Maldito todo el que es colgado en un
madero)” (Gálatas 3:13).
De esta forma entendemos que la Cruz no es solamente el lugar de
confesión, sino de liberación de un creyente. La Cruz es
fundamental para cualquier creyente.
Cada creyente debe estar prevenido contra el pecado
Muchos comienzan la vida cristiana sin haber pasado por el proceso de un
verdadero arrepentimiento; son personas que caminan como si tuvieran grillos en
sus pies, razón por la cual desmayan antes de llegar a la meta, usualmente son
personas que vuelven a caer y se apartan de Jesús y de la iglesia, incluso después
de varios años.
Esto nos ayuda a comprender que el pecado que logró entrar en el corazón del
hombre es como ese virus que atacó la vida de Carlos; cada persona tiene que
estar alerta, vigilando los acontecimientos, llevando una vida de compromiso con
Dios, examinando de una manera diligente su corazón, para que no haya ningún
brote de resentimiento, ni de amargura, ni de culpabilidad. Entendiendo que por las
llagas del cuerpo de Jesús nosotros fuimos sanados.
Esto es algo muy valioso para recordar, tarde o temprano, el pecado
siempre sale a la luz, solamente que usted escoge cómo:
confesándolo y alcanzando misericordia, o trayendo vergüenza
sobre su vida.
Un testimonio
Carlos era un joven de dieciséis años de edad, quien sufrió un accidente
automovilístico en el cual se fracturó una de sus piernas y estuvo a punto
de perderla.
Sin embargo, la gran batalla que tuvieron que librar sus padres fue con una
infección que no podía ser eliminada, hasta que descubrieron que se debía
a un virus poderoso que se reproducía cada cuatro horas. Al saber esto, los
padres de Carlos entraron en un proceso riguroso para combatir la
infección y lavando la herida cada cuatro horas durante unos seis meses,
lograron erradicar el mal.
Esto nos ayuda a comprender que el pecado que logró entrar en el corazón
del hombre es como ese virus que atacó la vida de Carlos; cada persona
tiene que estar alerta, vigilando los acontecimientos, llevando una vida de
compromiso con Dios, siendo el a las reuniones con sus líderes, y en
proceso de limpieza continua a través de la Palabra. Pero, sobre todo,
debe entender el poder que hay en la Cruz de Jesucristo, pues en ella se
encuentra el antídoto contra ese mal llamado pecado.
Jesús dijo:
“Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en
abundancia” (Juan 10:10b).
Al comprender la importancia del verdadero arrepentimiento, el creyente podrá
familiarizarse más con el poder de la Cruz, y cada vez que el enemigo trate de
atacar independientemente de cuál sea la forma, lo único que tendrá que hacer es
tomar la autoridad que ya nos ha sido dada y cancelar cualquier argumento del
adversario. Esa debilidad que teníamos antes ahora se convierte en nuestra mayor
fortaleza.
Si quiere conocer de manera más detallada de cómo orar y recibir liberación de
todas las maldiciones quisiera recomendarle que lea el libro: Tan solo una Gota de la
Sangre de Jesús, es un sencillo y práctico manual de oración que le ayudará a orar
especí camente para ser libre de cualquier maldición que pueda estar presente en
su vida.
La respuesta a la libertad de las maldiciones está en el poder que hay en los 7
derramamientos de la Sangre de Jesús.
La fe y el arrepentimiento, un gran equipo
El arrepentimiento y la fe toman la naturaleza pecaminosa, la llevan hasta la Cruz y
la dejan clavada juntamente con Cristo. Cuando esto sucede, la in uencia del
enemigo en la vida del hombre desaparece.
El poder que hay cuando se unen el arrepentimiento y la fe es de las
cosas más sobrenaturales que puede experimentar un creyente,
pues esto permite que la totalidad de su vida sea transformada.
Como lo he explicado anteriormente, la fe siempre se expresa en las palabras, y
cuando a esto unimos el arrepentimiento, lo que obtenemos es una oración sincera
y poderosa, tal cual sucedió con David en el Salmo 51 o en el Salmo 32.
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Así que para terminar quisiera dejarle un modelo de oración que le ayudará a
expresar lo que Dios ha ido trabajando en su corazón.
No importa si usted está comenzando su caminar en la vida cristiana o si tal vez
ya ha asistido por muchos años a la iglesia, si el Espíritu Santo ha tocado su
corazón, no se quede sin hacer nada, busque un tiempo de intimidad con el Señor
y derrame su corazón delante de Él.
Consejos para orar:
• Reconozca el pecado como tal:
No es un simple “error” o un desliz, como muchos lo llaman, sino un pecado, una
ofensa en contra de Dios. Por supuesto que más que palabras esto debe ser
una convicción en el corazón.
• Sea especí co:
Como lo expliqué anteriormente, la confesión debe ser detallada y especí ca, no
general.
• Incluya siempre textos de la Biblia:
Empiece su oración conectado con la Palabra de Dios. El Salmo 51 nos da una
guía muy clara de cómo debemos orar.
Oración
“Señor Jesús, en este día quiero confesar mi pecado (mencionarlo
especí camente), reconozco que pequé contra Ti y contra Tu
Palabra, no hay justi cación para mis actos, solamente quiero
pedirte Tu perdón y Tu misericordia, por favor lava mi pecado
con Tu preciosa Sangre, hasta que sea más blanco que la nieve.
Hoy me comprometo a dejar mi vida de pecado y cierro toda
puerta que se haya abierto a la maldición, por favor dame la
fuerza que necesito para mantener una nueva vida y crea en mí,
oh Dios, un corazón recto, que sea guiado solamente por Tu
Palabra; mira Dios que te lo pido en el nombre de Jesús, amén”.
Cuando una persona llega al verdadero arrepentimiento cumpliendo con cada
uno de estos pasos, entonces está lista para gozar de los bene cios que Dios tiene
preparados para ella a través de Jesucristo, entrando en la dimensión de la fe.
Así concluimos que, el arrepentimiento es la única puerta de entrada a la
bendición. La intención divina es que Su misericordia alcance a toda la humanidad,
especialmente a los creyentes en Cristo. Él se duele del castigo que tiene que
in igir, y por ello siempre brinda la oportunidad del arrepentimiento.
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No obstante, cuando el hombre continúa con su iniquidad, la misericordia del
Señor se aparta de él di cultándose el alcance de una vida personal y ministerial
victoriosa.
Herramientas de Estudio 2
Pasos especí cos para el arrepentimiento
Memorizar y declarar
Por una semana declare el versículo en voz alta 3 veces antes de dormir y tres
veces antes de levantarse cada mañana.
“Si confesamos nuestros pecados, él es el y justo para perdonar
nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad” (1 Juan 1:9).
Profundizar
1. ¿Cuáles son los tres momentos que nos guían por la ruta del arrepentimiento?
2. ¿Por qué es importante la confesión de pecados?
3. ¿Cuál es el lugar de la fe en el arrepentimiento?
Aplicar
1. Revise cuidadosamente los tres pasos del arrepentimiento y asegúrese de que
su vida delante de Dios esté en orden.
2. Haga una lista de hábitos que tiene en su vida para mantenerse apartado del
pecado.
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