0% encontró este documento útil (0 votos)
80 vistas30 páginas

Peligro Mortal para Periodistas en México

Este documento describe cómo México se ha convertido en uno de los países más peligrosos para los periodistas, con 38 periodistas asesinados o desaparecidos entre 2000 y 2007. Organizaciones como Reporteros Sin Fronteras han clasificado a México como el segundo país más mortífero para la prensa en el mundo después de Irak. La violencia contra los periodistas en México amenaza seriamente la libertad de expresión y el derecho a la información.
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
80 vistas30 páginas

Peligro Mortal para Periodistas en México

Este documento describe cómo México se ha convertido en uno de los países más peligrosos para los periodistas, con 38 periodistas asesinados o desaparecidos entre 2000 y 2007. Organizaciones como Reporteros Sin Fronteras han clasificado a México como el segundo país más mortífero para la prensa en el mundo después de Irak. La violencia contra los periodistas en México amenaza seriamente la libertad de expresión y el derecho a la información.
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

México: el más mortífero

para la prensa
Asesinato y desaparición forzada de periodistas
Marco Lara Klahr
I

P
eriodistas mexicanos están siendo silenciados con violencia
inédita, señaladamente en la región fronteriza del norte, que,
como otros estudiosos, Moisés Naím, el director de Foreign
Policy, llama la «zona cero» del comercio ilegal del mundo y, en
consecuencia, «el lugar más peligroso para un reportero de investiga-
ción» (2006; 267). En el lapso entre 2000 y agosto de 2007, 38 colegas
murieron violentamente o sufrieron desaparición forzada. De éstos, 33
sucumbieron a tiros o puñaladas, envenenados, arrollados, quemados o
desaparecidos (aunque no siempre por causas relacionadas con su ejerci-
cio profesional), durante el incompetente régimen foxista. Los restantes
cinco fueron atacados durante los primeros siete meses del Gobierno de
Felipe Calderón Hinojosa.
En las postrimerías del foxismo un correo electrónico del Comité de
Protección a Periodistas, asentado en Nueva York, difundía: «MEXICO:
Providencial reporter found murdered» [«MÉXICO: Hallan muerto a
reportero local, 22 de noviembre de 2006»], a propósito del asesinato
del colega veracruzano Roberto Marcos García, quien viajaba del Puerto
de Veracruz hacia Alvarado en su motocicleta cuando una camioneta lo
atropelló y, enseguida, dos tipos lo remataron a balazos (21 de noviembre
de 2006).
Fue el tercer periodista caído en ese mes, ante lo cual la prestigiada or-
ganización Reporteros sin Fronteras, con sede en París, clasificó a México
como el país más peligroso para el ejercicio periodístico después de Irak:

45
MARCO LARA Klahr

El mandato del presidente Vicente Fox termina con el som-


brío balance de veinte periodistas asesinados [por razones
de su trabajo periodístico], sin que en ningún momento se
haya molestado a ninguno de los autores intelectuales de
estos crímenes. Cuando el 1 de diciembre se dispone a in-
vestir a un nuevo presidente, México, convertido en 2005
en el país más letal para prensa de todo el continente ame-
ricano, ahora se clasifica en el segundo puesto mundial, de-
trás de Irak. ¿Cuándo se parará esta hecatombe? La situa-
ción exige una movilización, tanto del poder político como
de las autoridades judiciales y policiales, y de los medios de
comunicación nacionales [22 de noviembre de 2006].

Tras anotar que «ahora, en algunos países como Bangladesh, Filipinas,


Nigeria o México, la violencia forma parte de la cotidianidad de los
periodistas» y que la «plaga del narcotráfico pesa gravemente sobre la
libertad de movimientos, y de expresión de los periodistas en México”,
en su Informe Anual 2006 Reporteros sin Fronteras situaba ya a nuestro
país, por segundo año consecutivo, como el «más asesino para la prensa
[…] de todo el continente americano», de donde, por cierto, desban-
có a Colombia. Tal informe fue emitido pocas semanas antes de que,
en el comunicado reproducido antes, la propia organización hiciera la
comparación con Irak, a resultas de la muerte abrupta del veracruzano
Roberto Marcos García.
El último día de 2006 circuló asimismo un balance preliminar de
la Federación Internacional de Periodistas acerca de las condiciones
en las que, durante ese año, se ejerció el periodismo en el mundo. Ahí
se concluye que fue el más trágico para los medios de comunicación,
al morir 155 periodistas —asesinados o en circunstancias no escla-
recidas—. Que 68 de ellos perdieroon la vida en Irak, víctimas del
terrorismo o por «errores militares». Que en el caso latinoamericano,
México, Colombia y Venezuela concentraron la mayoría de las 37

46
México: el más mortífero para la prensa

víctimas contabilizadas en la región subcontinental. Y que México es


el «país más mortífero para la prensa» y «el más peligroso para los
comunicadores que cubren crimen y corrupción […]. La mayor parte
de las víctimas eran periodistas investigativos».
Con seguridad, este tipo de informaciones desalentadoras estaban
fijas en la mente de Ricardo Trotti, director de Libertad de Prensa y el
Instituto de Prensa de la Sociedad Interamericana de Prensa, asentada
en Miami, cuando en la primera línea del prólogo para una investiga-
ción a su cargo, escribió: «La profesión de periodista en las Américas
es de alto riesgo» (sip, sin año; 22).
En el mismo documento, se establecen los siguientes parámetros
relacionados con la incidencia de ataques contra periodistas: «Zonas
de muy alto riesgo: Tamaulipas, Baja California y Sinaloa. Zonas de
alto riesgo: Sonora, Chihuahua y Guerrero. Zonas de riesgo: Veracruz,
México, Nuevo León, Coahuila, Chiapas, Michoacán y Oaxaca. Zonas
inseguras o difíciles: Distrito Federal, Jalisco, Morelos, Campeche y
Yucatán» (p. 34).
Ejercer violencia contra un periodista por la indagación o publi-
cación de un contenido noticioso, su independencia profesional o
su apego a la ética periodística y la legalidad tiene efectos letales
para la convivencia democrática y el Estado de derecho. Sobrepasa
la afectación personal específica (que suele ir desde la intimidación
y el desempleo, hasta el asesinato o la desaparición forzada), grave
de suyo. Además de privarse a la víctima, por principio de cuentas,
de su derecho de libre expresión —brutalmente, en estos casos—, se
atenta de manera flagrante contra el derecho de la sociedad a saber.
Carlos Lauría, del Comité de Protección a Periodistas, lo ilustra con
exacto dramatismo: «Es una daga que afecta directamente al corazón
de la democracia».
La fuente de la que manan los derechos de la información y expre-
sión es la Declaración Universal de los Derechos Humanos, cuando
estipula en su artículo 19 que «todo individuo tiene derecho a la libertad
de opinión y de expresión; este derecho incluye el de no ser molestado

47
MARCO LARA Klahr

a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y


opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier
medio de expresión».
El artículo 6 de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexi-
canos, a su vez, los consagra como garantías individuales: «La mani-
festación de las ideas no será objeto de ninguna inquisición judicial o
administrativa, sino en el caso de que ataque a la moral, los derechos de
terceros, provoque algún delito o perturbe el orden público; el derecho
a la información será garantizado por el Estado».
Según el principio 9 de la Declaración de Principios sobre la Libertad
de Expresión de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, «El
asesinato, secuestro, intimidación, amenaza a los comunicadores socia-
les, así como la destrucción material de los medios de comunicación,
viola los derechos fundamentales de las personas y coarta severamente
la libertad de expresión. Es deber de los Estados prevenir e investigar
estos hechos, sancionar a sus autores y asegurar a las víctimas una repa-
ración adecuada».
Pero es claro, ahora más que nunca, que un marco jurídico no basta
por sí solo. Además, en una época caracterizada por lo que Moisés Naím
describe como la «criminalización del interés nacional» (2006; 46), no
vale reproducir el fundamento normativo de aquellos derechos si, en vir-
tud de la proliferación creciente de ataques mortales contra periodistas
en todo México, no se valoran también las consecuencias que tiene para
la colectividad y la democracia el que

1) El Estado mexicano esté siendo cada vez más incompetente


para garantizar, en particular, el derecho de la información;

2) Los ciudadanos no hayan interiorizado este derecho ni,


por supuesto, lo reivindiquen, como llegan a hacerlo, por
caso, con sus derechos a la vida, al libre tránsito, a elegir a
sus gobernantes, al trabajo, a un salario justo, a una vivienda
digna o a expresarse;

48
México: el más mortífero para la prensa

3) El principal agente de violencia contra los periodis-


tas mexicanos en la actualidad, el crimen organizado,
base sus acciones impunes en la certeza de que ni el
Gobierno ni la sociedad —periodistas y medios inclui-
dos— reaccionarán;

4) Las empresas periodísticas, con sus políticas laborales


expoliadoras; su tibieza para protestar contra esa violen-
cia e investigar y denunciar de forma sistemática a los
responsables; su renuencia generalizada a invertir en la
profesionalización de sus periodistas y, llegado el caso,
en su defensa legal; y su frecuente decisión de autocen-
surarse, envíen, de hecho, el mensaje de que es más fácil
sustituir a un editor o un reportero y guardar silencio con
sumisión cómplice, que afrontar el problema del silencia-
miento de periodistas con responsabilidad y soluciones
preventivas y reactivas integrales.

Los primeros tres puntos expuestos son esgrimidos con asiduidad desde
los medios periodísticos, la sociedad civil organizada y la academia
para reflexionar, explicar, atribuir, documentar y/o denunciar los ata-
ques contra periodistas. Pero el cuarto punto no es siquiera mencio-
nado, pues pone de manifiesto —y podría roer— los mecanismos de
abaratamiento de «mano de obra»; menosprecio al indispensable aporte
intelectual de los periodistas; prescindencia sistemática de profesiona-
les, y precaria noción de responsabilidad profesional y social bajo la
cuales funciona la generalidad de la industria periodística.
Además de culpar al Gobierno y a los agresores, no es fácil que
una industria como la mediática mexicana, autoritaria en su funcio-
namiento interior, históricamente translúcida hacia los ciudadanos y
reacia a la autocrítica abierta, comience a revisar a profundidad su
papel específico en la progresiva represión contra sus periodistas.
Daniel Santoro, prestigiado reportero investigativo argentino, con-

49
MARCO LARA Klahr

cede que también los medios periodísticos pueden llegar a ser víctimas
del desamparo respecto del Estado al que están expuestos sus periodistas
frente a la delincuencia organizada: «Me han contado que hay empresa-
rios que no le dan la misma protección legal y física a los periodistas en
la zona frontera [norte de México] que acá en el centro, y han decidido
autocensurarse en los temas de narcotráfico, porque obviamente están
desamparados; es un lugar donde se hallan lejos del brazo del Estado».
Pero añade que, en cambio, «no puede haber un periodismo de cali-
dad si no hay periodistas que trabajen [jornadas de] ocho horas y tengan
un buen sueldo y dos francos [días de descanso] por semana […]. Si los
empresarios quieren participar de esta discusión, es una cosa necesaria.
En Argentina, por suerte, hay una tradición en la cual los periodistas
tienen una relación de dependencia, de modo que el medio te paga [in-
cluso] tu defensa ante una acusación de difamación […]. Es una tradi-
ción importante para que uno se sienta seguro, ¡yo qué voy a investigar
si después me dejan solo, Santoro, andá vos! […]. Sin lugar a dudas, la
empresa tiene que respaldar a sus periodistas, porque si no quedan mu-
cho más vulnerables».
Quizás una de las causas de que en los medios periodísticos y otros ám-
bitos no se hable de este asunto sea el temor de que con ello pudiera estarse
justificando de algún modo a los agentes violentos y sus ataques. Pero es
ineludible emprender este debate en el seno de las empresas periodísticas
y entre los periodistas, así como en interlocución con la academia, las or-
ganizaciones civiles y otros grupos sociales interesados —y afectados.

II

A partir de la presente década, México experimenta un hito histórico,


no por la cantidad de periodistas caídos, sino a causa del agente violen-
to y —como se ha dicho— la brutalidad con la que éste ha actuado.
El Centro de Periodismo y Ética Pública, Cepet, emitió la siguiente
estadística de homicidios de periodistas mexicanos durante 36 años, por
regímenes presidenciales:

50
México: el más mortífero para la prensa

Cuadro 1
Periodistas asesinados, por sexenios
(1970-2006)

Luis Echeverría Álvarez 6


José López Portillo 12
Miguel de la Madrid 33
Carlos Salinas de Gortari 46
Ernesto Zedillo 24
Vicente Fox Quezada 161

Tradicionalmente, eran caciques, políticos y servidores públicos quie-


nes atentaban contra periodistas, sirviéndose muchas veces de pistole-
ros del crimen organizado. Hoy los sicarios —entre los que se cuentan
agentes policiales locales o federales— obedecen órdenes, de manera
predominante, de la delincuencia organizada y, en particular, de las fe-
deraciones de traficantes de drogas —como los denomina la Agencia
Antidrogas de Estados Unidos, dea.
Esta diferenciación es útil para documentar la dinámica violenta
contra los periodistas, pero asimismo relativizable, en cuanto a que sue-
le ser casi imposible identificar dónde terminan los intereses del poder
fáctico que representa la delincuencia organizada y comienzan los de
miembros del poder institucional o político que son sus asociados. Vea-
mos tres casos ocurridos con un cuarto de siglo de diferencia, pero que
exhiben esa inextricable articulación hamponil:

1. El arma que mató al maestro Manuel Buendía el 30


de mayo de 1984 habría sido accionada —según algu-
nas de las principales líneas de investigación trazadas

1
Incluía hasta el 29 de marzo de 2006, cuando fue asesinato, en Chiapas, Rosendo Pardo Ozuna. En los
cuadros 2 y 3 aparecen los nombres, medios informativos y ciudades de la totalidad de periodistas caídos
o desaparecidos durante el régimen foxista (33 en total), precisándose aquellos casos donde el móvil pudo
no estar relacionado con la actividad profesional de las víctimas.

51
MARCO LARA Klahr

oficialmente— por un policía (o madrina de policías),


ateniendo las órdenes de políticos que habrían violado la
ley y/o estaba vinculados con organizaciones criminales
—es algo que se ha negado a precisar Manuel Bartlett
Díaz, entonces secretario de Gobernación.

2. Según denuncias del teniente general de la Policía Muni-


cipal de Navojoa, Jesús Francisco Ayala Valenzuela —re-
producidas, entre otras fuentes, por Reporteros sin Fron-
teras en enero de 2007—, los autores intelectuales de la
desaparición forzada que sufrió el 2 de abril de 2005, en
Hermosillo, Alfredo Jiménez Mota, reportero investigativo
de El Imparcial, habrían sido narcotraficantes, encumbra-
dos burócratas sonorenses y Ricardo Bours, hermano del
gobernador de Sonora, Eduardo Bours. Asimismo, los eje-
cutores del crimen habrían sido agentes de policía locales.

3. En junio de 2006, unas dos semanas antes de su des-


aparición forzada, el 8 de julio del mismo año, en un
restaurante de Monclova que es punto de reunión de la
pequeña burguesía, mentidero de la clase política y centro
de acopio de información de policías y narcotraficantes,
el camarada reportero de Zócalo Rafael Ortiz Martínez
explicaba con vehemencia, durante la sobremesa, cómo
fue que tuvo que abandonar Ciudad Acuña, donde residía,
acosado con descaro por familias metidas en el negocio
de los medios de comunicación electrónicos que, a la vez,
detentan desde hace generaciones el poder en el ayunta-
miento, y un jefe militar, ambos coludidos con narcotrafi-
cantes locales al servicio del cártel del Golfo.
En su espléndida investigación sobre el comercio ilícito
global, Moisés Naím realmente ayuda a comprender las
razones por las que el crimen organizado, coludido con po-

52
México: el más mortífero para la prensa

líticos corruptos, esté cebándose de tal manera con los pe-


riodistas investigativos y algunos medios informativos.
Evidentemente, a los ojos de los traficantes el riesgo que
representan los medios de comunicación es proporcional
a su importancia. Los periodistas gozan de una atención
por parte del público con la que pocas ong se pueden equi-
parar, ni siquiera las más importantes e influyentes. Un
periodista intrépido puede develar una noticia que se tra-
duzca en la desarticulación de una determinada célula o
empresa de tráfico ilegal, o los políticos que la protegen.
Los reporteros de investigación suelen reunir asimismo la
perseverancia e incluso la obsesión necesarias para seguir
la pista al comercio ilícito. (Naím, 2006; 267).

Esto explica que, «entre los enemigos de los traficantes», sean «los pe-
riodistas quienes con mayor frecuencia se hallan, literalmente, en la
línea de fuego» (Naím, 2006; 266).
Por otra parte, no es que antes del foxismo la delincuencia organi-
zada no asesinara periodistas (de hecho, de acuerdo con estadísticas
del Cepet, en el salinato murieron 44 colegas), sino que desde los
ochenta, conforme adquirió poder, fue escalando su agresividad con-
tra ellos, hasta llegar al extremo que hoy comienza a parecer normal.
Con su habitual estilo provinciano, Jesús Blancornelas, él mismo
sobreviviente de un ataque brutal del cártel de Tijuana —de los her-
manos Arellano Félix, en la actualidad venidos a menos—,2 escribió
una interesante visión:

Terminando los años setenta y principiando los ochenta se


asomó el narcotráfico. Silencioso. Adinerado. Poderoso.
No sé cómo, pero se metió en la piel del Gobierno y por

2
La noticia sobrevino mientras se iniciaban estas líneas: falleció de cáncer estomacal el 23 de noviembre de 2006,
en un hospital de Tijuana. Además de su notable trayectoria profesional, fue el principal impulsor, desde el gremio
periodístico, de que, reforma legal mediante, el homicidio contra periodistas se convirtiera en un delito federal.

53
MARCO LARA Klahr

eso ejecutaron al maestro Manuel Buendía. Les conocía


todo el tejemaneje. Apenas unos días antes desayunamos
en Tijuana y me recomendó no escribir tan directo. No
olvido su recomendación: «Al paso que vamos tendremos
que usar chalecos antibalas […]». Para mí el de Buendía
fue el primer crimen narcopolítico en este país. […]. Lue-
go le siguieron los crímenes en Sinaloa. Roberto Monte-
negro del Noroeste, Jesús Michel Jacobo hasta perderse la
cuenta. (Blancornelas, 2005; pp. 22-23).

También debe precisarse, como lo ha hecho líneas arriba Daniel San-


toro, que el fenómeno es más dramático en la región de la frontera con
Estados Unidos: 16 de los 31 periodistas asesinados o desaparecidos
durante el Gobierno foxista (y enlistados en los cuadros 2 y 3) lo
fueron en estados del norte. Por ello, Carlos Lauría, coordinador del
Programa de las Américas del Comité de Protección a Periodistas,
nota que México «experimenta una bipolaridad entre lo que ocurre en
la Ciudad de México, Monterrey y otros grandes centros urbanos, y lo
sucedido en la frontera norte, la cual se ha convertido en la zona más
riesgosa para el ejercicio del periodismo en América Latina».
Esto tiene como trasfondo la debilidad estructural, relacionada
también con los traspiés de la transición democrática mexicana. Gui-
llermo Ibarra, del Programa de Agravio Contra Periodistas y Defen-
sores Civiles de Derechos Humanos (Comisión Nacional de Derechos
Humanos), piensa que «no ha habido época más difícil para el ejer-
cicio periodístico que la actual», resultado de una «ecuación fatal»:
«En esta época de cambio democrático, estamos ejerciendo la libertad
de expresión como nunca, pues el Estado dejó el control sobre los
medios. Al mismo tiempo, los agravios contra periodistas crecieron
de forma inédita (amenazas, ofensas, desapariciones forzadas, asesi-
natos), quedando asimismo impunes en el 95 por ciento de los casos,
por falta de investigación e ineficacia institucional».
Respecto de los responsables de dichos agravios, basado en los indi-

54
México: el más mortífero para la prensa

cadores del programa a su cargo, Ibarra advierte que, en primer


lugar, los periodistas están siendo agraviados por:

1. Dos ortodoxias: la conservadora cristiana, incluido El


Yunque, y cierta izquierda entre la que se cuentan grupos
como los Panchos Villas [Frente Popular Francisco Villa].
2. Gobiernos estatales y municipales.
3. Sindicatos.
4. Grupos dentro de los partidos políticos.
5. La delincuencia organizada.

Pero «no son lo mismo las izquierdas o derechas ortodoxas, que la delin-
cuencia organizada», detalla, pues mientras la mayoría de dichos agravios
se quedan en llamadas telefónicas o mensajes electrónicos intimidantes,
el crimen organizado es el que con más frecuencia las materializa en ata-
ques directos con consecuencias que van de las lesiones a la muerte.

III

En el paisaje se dibujan dos inquietudes fundamentales que produce el


hito de que la delincuencia organizada haya desplazado al poder políti-
co como principal silenciador intelectual de periodistas:

1) El eventual arribo a un escenario semejante al colombiano,


donde periodistas y medios sobresalen entre las víctimas de la
violencia.
2) La autocensura, que ya ocurre, de medios y periodistas
como respuesta a esa misma violencia.

El estado de cosas actual se relaciona de manera inevitable con Colom-


bia, que a lo largo del último tercio del siglo xx mantuvo un liderazgo in-
discutible en cuanto al calado de las organizaciones de tráfico de drogas y
los respectivos ataques sistemáticos, despiadados e impunes a la prensa.

55
MARCO LARA Klahr

María Teresa Ronderos, respetada periodista colombiana, profesora


de la Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano y presidenta
de la Fundación para la Libertad de Prensa, con matriz en Bogotá, recuer-
da ciertos casos de periodistas que tuvieron que abandonar su patria en
los ochenta, amenazados por políticos, gobernantes y militares, «a lo cual
se superpone, de manera poco clara, la llegada del poder intimidatorio
del narcotráfico, con el cártel de Medellín, comandado por Pablo Escobar
Gaviria, los Ochoa Vásquez y Gonzalo Rodríguez Gacha. Escobar Gavi-
ria y Rodríguez Gacha amenazaron a muchos periodistas en los ochenta,
asesinando a varios. Volaron los diarios Vanguardia Liberal (en Bucara-
manga) y El Espectador. Contra este último la persecución mafiosa fue
tal que le asesinaron a sus agentes de ventas en Medellín, volaron su sede
en Bogotá y, en diciembre de 1986, asesinaron a su director, Guillermo
Cano, un hombre pacífico y sencillo, cuya única arma de lucha contra la
mafia era su máquina de escribir y sus valientes editoriales».
«Como respuesta a este poder intimidatorio del narcotráfico, los me-
dios se unieron y empezaron a publicar en forma conjunta cuestiones
peligrosas atenientes a la mafia. La presión mafiosa contra la prensa
siguió de manera un poco menos explosiva, pero fuerte, hasta la muerte
de Escobar Gaviria, en 1993».
Después, los actores de violencia se multiplicaron, añade Ronderos,
y los ataques fueron focalizándose, de modo que «ya no eran grandes
ataques contra grandes medios, sino que el narcotraficante de cada lu-
gar, el señor del control político y mafioso de cada sitio atacó al pe-
riodista que lo denunciaba o le molestaba. Ese nuevo tipo de presión
contra la prensa se mezcló luego con las nuevas presiones del conflicto
armado, que creció rápidamente en los noventa y entre 2000 y 2003.
Narcotraficantes, políticos, paramilitares o guerrilla, según la región, se
convirtieron, así, en amenazas contra la prensa. El paramilitarismo, que
ya había hecho de las suyas a mediados de los ochenta, volvió a hacer
sentirse contra la prensa de manera violenta hacia 1996, cuando se crea-
ron las Autodefensas Unidas de Colombia y se conformó un movimien-
to nacional. Quizá fueron los grandes enemigos de la prensa libre en los

56
México: el más mortífero para la prensa

tiempos tremendos de 200 y 300 masacres por año (1998-2001)».


«La guerrilla de las farc [Fuerzas Armadas Revolucionaria de Co-
lombia], que no era particularmente agresiva con la prensa, se convirtió
en asesina de periodistas de prensa y radio en sus regiones de influencia.
Miembros del Ejército y la policía o servicios de seguridad (aislados,
no como política de Estado) también empezaron a perseguir y amenazar
periodistas por diversas razones […]».
Al otro lado del Atlántico, en noviembre de 2006 el suplemento
Domingo del diario español El País dedicó su portada a una historia
así encabezada: «La Camorra quiere matar a este hombre». Es el caso
patético del escritor napolitano Roberto Saviano, quien tras publicar
Gomorra (que por esas fechas había vendido más de 300 000 copias),
donde reconstruye el modus operandi de la Camorra (históricamente, el
grupo delictivo napolitano equivalente a la Mafia siciliana), y participar
en una manifestación pública (23 de septiembre de 2006) contra aquélla
en Casal di Principe (zona considerada «corazón» de su territorio crimi-
nal liberado), debió exiliarse.
Es significativo que la primera advertencia, según El País, llegara
a través de las páginas del diario napolitano Corriere di Caserta, «que
comentó en un editorial que el escritor no debía haberse atrevido a ha-
cer lo que hizo. Luego recibió llamadas anónimas y cartas amenazantes.
Poco a poco percibió el aislamiento en torno de él y llegaron amenazas
más privadas e inquietantes […]». Y en la actualidad «no sale a la calle
sin que le acompañen dos policías con chalecos antibalas. Pasa sus días
trabajando en el guión de la película que hará sobre Gomorra. La poli-
cía le aconseja mantenerse alejado de su ciudad al menos por un año».
También el caso de Saviano permite observar cómo a la furibunda reac-
ción del crimen organizado cuando se trata de callar la boca a quien consi-
dera hostil, puede corresponder una reacción proactiva de la víctima: el es-
critor, si bien exiliado y arrepentido —confeso— de haber escrito Gomorra,
insiste en la denuncia y prepara el guión de una película basada en su libro.
En México, por desgracia, esto es infrecuente: Lydia Cacho es un caso
aislado de activista y periodista cívica que persiste y, excepcionalmente,

57
MARCO LARA Klahr

hace prevalecer su voz sobre la de los empresarios y políticos pederastas


confabulados. Las consecuencias más habituales de la intensificación pau-
latina de la violencia son la autocensura y/o la aceptación de sobornos.
Carlos Lauría, del Comité de Protección a Periodistas, ejemplifica lo
anterior con lo sucedido hoy en Nuevo Laredo: «Ahí es fácil medir las
consecuencias de la violencia. Los medios han decidido no informar más
sobre cuestiones relacionadas con la guerra sin cuartel entre los cárteles
de la droga. Y no es que lo digan nuestro Comité u otras organizaciones a
favor de la libertad de prensa o el respeto a los derechos humanos, sino que
el propio editor del diario más importante de allá, El Mañana, ha dicho
públicamente que desde el homicidio del editor Roberto Mora, en marzo
de 2004, ellos no hacen cobertura sobre narcotráfico u otro tema de crimen
organizado […]. Hay informes de la prensa estadounidense que hablan de
una autocensura generalizada en Nuevo Laredo […] que llega al punto en
el que incluso la policía y la procuraduría de justicia [de Tamaulipas] se
abstienen de emitir comentarios sobre la delincuencia organizada».3
A esto debe agregarse —y de ahí lo significativo de que Corriere di
Caserta fuera el mensajero de la Camorra contra Saviano— la incidencia
de los cárteles, de hecho, en los contenidos periodísticos y hasta las po-
líticas editoriales. Para Lauría, «los grupos criminales influyen sobre la
cobertura que hacen algunos periodistas; digamos que no sólo los intimi-
dan, sino que también compran influencia en la prensa; esto nos ha sido
informado por los propios periodistas de la zona. Y el que puedan com-
prar coberturas favorables hace la cuestión todavía más complicada».
La desaparición forzada de Rafael Ortiz Martínez, el 8 de julio de
2006, tiene relación, por cierto, con una historia de intento de compra
de coberturas que él mismo refirió en aquella charla de sobremesa en
Monclova, dos semanas antes de que se le perdiera el rastro —y que

3
En julio (2007) el Comité de Protección a Periodistas informó que Mariano Castillo, del San Antonio
Express–News fue removido preventivamente de la corresponsalía en Laredo, Texas (la ciudad al otro lado
de la frontera que dio nombre a Nuevo Laredo). Citado por tal organización, el editor Robert Rivard dijo
que recibieron información «de que el grupo criminal conocido como Zetas había incluido a un periodista
estadounidense en una lista de personas a eliminar», y que si bien «no sabemos si el informe es creíble [...]
queremos ser cautos y mantendremos a Castillo lejos de la frontera hasta obtener más información».

58
México: el más mortífero para la prensa

confirmaron dos colegas suyos en tal ocasión.


Unos días atrás, los periodistas que cubren temas de seguridad pú-
blica y justicia penal en Monclova fueron convocados por un grupo
de Zetas. Al principio de la conversación, Rafael acotó que no eran
«los auténticos», es decir, los militares de élite cooptados por Osiel
Cárdenas, líder del cártel del Golfo, sino matones locales que se «for-
maron con ellos» y crearon su propia célula en la región fronteriza de
Coahuila. Los convocados no se atrevieron a rehusar –aquellos que lo
consultaron con sus editores recibieron «permiso» de asistir.
La cita fue de madrugada, en un sitio despoblado de la periferia de
Monclova. En la semipenumbra, les advirtieron con calculada brusque-
dad que tolerarían la publicación de todo contenido con una sola res-
tricción: «No pueden mencionarnos como los Zetas. No deben hablar
de los Zetas, porque se los carga la chingada». Rafael, quien vivió la
escena, negó que le hubieran ofrecido o forzado a recibir dinero, o ha-
ber visto que lo hicieran con el resto de sus compañeros, pero estuvo de
acuerdo en que en el mundillo reporteril se dijo que, a modo de ambigua
palmada, al cabo de aquel encuentro subrepticio los sicarios habrían
despedido a cada uno de los intimidados reporteros metiéndoles un fajo
de 400 dólares en el bolsillo.

iv

El periodismo cívico, uno de los enfoques en boga, propone


«un tratamiento de la información basado en la complicidad y
corresponsabilidad del medio con los problemas de una colectividad
concreta», según apunta Manuel López. Su papel es «dinamizar el debate
entre las fuerzas vivas y la población de una zona geográfica afectada por
un problema coyuntural que, en poco tiempo, puede convertirse en un
problema estructural». Y, en última instancia, «tiene la misión más amplia
de ayudar a que funcione mejor la vida colectiva» (2004; 112-113).
Atendiendo a esta perspectiva, la función social asumida por el
periodismo —y los medios y periodistas— es la de watch dog, la de

59
MARCO LARA Klahr

fiscalizador del desempeño público por cuenta de la ciudadanía y, en-


tonces, uno de los instrumentos para la consecución social del dere-
cho de la información.
El escenario inédito que plantea en la primera década del siglo xxi el
hampa organizada para el ejercicio periodístico tiene consecuencias de-
mocráticas profundas. Por caso, si aquellos periodistas de Monclova y sus
medios recibieron una consigna y se plegaron a ella, como es previsible,
¿qué efectos sociales tendría que la sociedad no pudiera conocer el impac-
to de la acción de los Zetas, el principal agente violento en la región?
Para profundizar en la respuesta es útil acudir al caso trágico de la
colega rusa Anna Politkovskaya. Consultada sobre esto, Anna Kushner,
coordinadora del Freedom to Write Program, del pen American Center,
explica que esta periodista asesinada el 7 de octubre de 2006 en Moscú
había contactado a su organización para que la ayudaran a defenderse,
pues «sabía de antemano que el trabajo que ella hacía difundiendo no-
ticias sobre la guerra en Chechenia era peligroso. Las veces que habló
con el pen y otras organizaciones como el Comité de Protección a Pe-
riodistas, Amnistía Internacional, Human Rights Watch… era sólo para
avisarnos de las últimas amenazas contra ella, pero siempre decía que
continuaría llevando a cabo sus investigaciones hasta que la mataran».
Pues bien, concreta Kushner, tras su asesinato «resulta que no hay
nadie en Rusia escribiendo tan francamente sobre Chechenia como lo
hacía ella. No nos han contactado escritores y periodistas que se censu-
ran ellos mismos, pero el efecto del asesinato de Anna Politkovskaya
es obvio. Por el momento no hay nadie escribiendo sobre los abusos en
Chechenia» —como sucedió con El Mañana de Nuevo Laredo.
La complejidad del tema se ahonda al observarlo en el nivel local.
Cuando los periodistas tienen que interactuar en ámbitos geográficos es-
pecíficos con los agentes violentos, su ejercicio profesional se vuelve de
alto riesgo y, eventualmente, en un desafío cara a cara, mano a mano,
con poderes fácticos amparados desde el poder político. Esto explica que
la reacción de los medios llegue a ser de un pragmatismo guiado estricta-
mente por la sobrevivencia. En todo caso, como escribe Diana Daniela,

60
México: el más mortífero para la prensa

directiva de The Washington Post Company y vicepresidente de la So-


ciedad Interamericana de Prensa, «Ningún periodista debe arriesgar su
vida para avanzar en la difusión de una noticia» (sip, sin año; 13).
Alejandro Páez Varela, directivo de Versalitas sc, periodista narra-
dor, editor y experto en procesos de reingeniería de periódicos, es claro
en esto: «Vamos partiendo de un hecho: […] a nadie le importa si te
matan, seas un directivo o un reportero. El Gobierno federal no ha he-
cho absolutamente nada por aclarar los ‘levantones’, las ejecuciones,
como no lo ha hecho con el resto de sociedad civil; mucho menos los
Gobiernos locales. Los policías no investigan, no se comprometen, no
hacen su trabajo. Entonces, pregunto: en este estado de excepción, en
donde no existen garantías para el ejercicio de nuestro oficio, ¿vale la
pena arriesgar el pellejo frente al narcotráfico, un poder que es real, que
coexiste con el Estado o desde el Estado, o es autorizado o fomentado
—la impunidad eso hace— por el Estado? Soy de la idea de que no».
«En los últimos años he trabajado como consultor en varias empre-
sas de medios. He visto y atendido, con mis compañeros consultores,
casos de corrupción en diferentes redacciones; hemos participado en la
decisión de separar a miembros sobre los que existen sospechas de co-
laboración —o se han comprobado– con fuerzas oscuras. Hemos estado
cerca de casos reales: en nuestra cara, mientras estábamos trabajando
en Zócalo de Monclova desaparecieron a Rafael Ortiz Martínez. Cono-
cí bien a Enrique Perea, reportero policiaco, en El Heraldo de Chihu-
ahua, y ahora está muerto, ejecutado después de terribles torturas. La
lección que me queda es que si no tienes garantías para trabajar como
periodista en temas de narcotráfico, no lo hagas, no es necesario dar la
vida; la sociedad te requiere vivo, no muerto; los muertos no dan la ba-
talla; se quedan gloriosamente tendidos en el campo, sí, pero inermes,
no hacen más. No se requieren héroes, no hacen falta héroes. Somos
periodistas. Y aun si vieras el oficio como un apostolado, te diría que
los apóstoles se escondían en los primeros años del cristianismo para
alcanzar a difundir, vía epístolas, su mensaje».
«Hemos platicado con directivos y organizado mesas de discusión

61
MARCO LARA Klahr

al interior de las redacciones sobre cobertura en estados en los que hay


narcotráfico y violencia relacionada. Mi consejo, y el de nuestra empre-
sa de consultoría [Versalitas sc], ha sido, en la mayoría de los casos,
‘por favor, no investiguen. Dejen que lo haga la policía, es su trabajo.
Ustedes publiquen hechos, boletines confirmados como información
oficial. Vivimos en un país en donde el Estado no responde por sus ciu-
dadanos, vivimos sin garantías. ¿Vale la pena arriesgarse? Por supuesto
que no’. ¿Esto es autocensura? Si quieres, sí. Pero el término me parece
poco elegante y fantasioso. Esto es sobrevivencia».
Es cierto, no se puede obligar a un periodista o un medio a poner en
peligro la integridad o la vida por una noticia. Nadie, tampoco, puede
condenarlos legítimamente por no arriesgarse. En el caso de los medios
informativos esto debe dirimirse al interior de las redacciones; y en el
de los periodistas, en última instancia, en la intimidad. Pero, en cual-
quier caso, quedan pendientes estas preguntas:

1. ¿Los periodistas sólo ejerceremos nuestra profesión si


se nos procuran condiciones cómodas y seguras?
2. ¿Es socialmente responsable que zonas de la sociedad
o regiones geográficas queden fuera de la mirada de la
comunidad?
3. ¿Esto se justifica con sólo aplicar, por ejemplo, la eti-
queta de «zona de riesgo» a un punto geográfico?
4. Si el Gobierno es incapaz de garantizar el derecho a
saber y la libertad de expresión, ¿para los medios y los
periodistas la colectividad debe entonces quedar a su
suerte?

Más allá de las respuestas, el magnate priísta Mario Vázquez Raña


sentó un mal precedente. Los días 17 de abril y el 16 de mayo (2007)
las instalaciones de Cambio de Hermosillo, uno de los 74 diarios de
su Organización Editorial Mexicana, fueron atacadas con explosivos.
Entonces decidió suspender indefinidamente la publicación. Reconoció

62
México: el más mortífero para la prensa

ante la agencia efe ignorar «si fue el narcotráfico o algún enemigo del
periódico» y adujo nulas condiciones de seguridad para proseguir, pues
aun el gobernador de Sonora, Eduardo Bours, que «es mi amigo», «se
esconde, eso no se vale. Si dijera, ‘Pongo una patrulla en cada puerta’,
no cierro de ninguna manera». Como si no hubiera sido un recurso más
eficaz y socialmente responsable, por ejemplo, reproducir y mantener en
su vasta cadena periodística (de prensa, radio y televisión) lo mismo la
denuncia de aquellos ataques, que una cobertura profesional y acuciosa
sobre crimen organizado y corrupción gubernamental en ese estado.

Los comportamientos indolentes, elusivos, retóricos de medios perio-


dísticos, organizaciones, periodistas, burócratas y ciudadanos, favorece
y estimula a quienes creen —o se comportan como si lo creyeran— que
el mejor periodista es el que está muerto.
Aun dentro del gremio periodístico hay una histórica compulsión por
minimizar hechos de violencia contra pares que es parte de ese comporta-
miento elusivo y resulta funcional a la impunidad. «Hace 12 años, cuando
me inicié como periodista, me decían que en México mataban a los repor-
teros porque seguramente estaban involucrados en algo y le habían fallado
a un narcotraficante, a un delincuente, a un político. Hoy me doy cuenta,
con sorpresa, de que por lo menos de los últimos cinco años a la fecha
están matándolos por su trabajo básicamente… Con esta investigación
que estamos haciendo [para la Sociedad Interamericana de Prensa] se va a
romper ese mito de que el reportero muere por estar involucrado en quién
sabe qué cosas, lo cual por cierto justificaba de alguna manera a la auto-
ridad», opina María Idalia Gómez, reportera especializada en cobertura
de crimen organizado y quien por cuenta de la Sociedad Interamericana
de Prensa investiga las circunstancias en las que ocurrieron homicidios y
desapariciones forzada de periodistas (Lara Klahr, 2006; 321).
En febrero de 2006, en virtud de la reacción internacional por la vio-
lencia contra los periodistas en México, la administración foxista creó la

63
MARCO LARA Klahr

Fiscalía Especial para la Atención de Delitos Cometidos contra Periodis-


tas (dentro de la Procuraduría General de la República). Un año y medio
después no había dado resultado, tanto por la ineficiencia institucional y
la carencia de recursos públicos, como por la falta de presión ciudadana.
En octubre de ese mismo año (2006), como vicepresidente para Méxi-
co de la Comisión de Libertad de Prensa e Información de la Sociedad
Interamericana de Prensa, el dueño de El Universal, Juan Francisco Ealy
Ortiz, presentó un completo reporte ante la 62ª Asamblea General de esa
organización. Con vehemencia intermitente, fue pintando ante su audien-
cia el sobrecogedor paisaje, aprovechando para clarificar responsabilida-
des: «Autoridades locales se resisten a erradicar actos autoritarios contra
periodistas independientes»; «el crimen organizado en México sigue re-
clamando vidas y conciencias entre el gremio periodístico»; en la fron-
tera norte hay «una sociedad no sólo aterrorizada, sino despojada de los
mínimos mecanismos de defensa democráticos»; «la tarea periodística
en esas zonas [fronterizas] es una especie en extinción. Los periodistas
viven amordazados y amenazados», y «sería ingenuo asegurar que [el
narcotráfico] no ha cooptado también a periodistas» (sip, 2006; 4-8).
Pero no mencionó, por ejemplo, los bajos salarios de los periodistas
de nómina y la precaria y morosa paga a los reporteros free lance; la inse-
guridad laboral en las empresas periodísticas, que suele incluir regímenes
de contratación al margen de la ley y la generalizada falta de seguros de
vida; el autoritarismo que rige la vida de las redacciones y anula la inde-
pendencia de criterio de los periodistas; y los pobres niveles de profesio-
nalización —que pueden ser letales por cierto cuando se abordan noticias
relacionadas con agentes violentos como el hampa organizada.
No es que esto justifique la violencia contra los periodistas, claro.
Pero cuando la generalidad de las empresas mexicanas que concurren
en el mercado noticioso minusvaloran de ese modo la fuerza de trabajo,
la aportación intelectual y la función social del periodista, quizás estén
enviando este mensaje: «Un periodista es tan barato e insignificante para
nosotros en el proceso de informar, que, llegado el caso, se convierte
en alguien fácilmente reemplazable o, al menos, por quien no estamos

64
México: el más mortífero para la prensa

dispuestos a invertir más dinero del mínimamente indispensable».


Aunque sería demasiado esperar que lo hiciera de forma explícita, la
misma Sociedad Interamericana de Prensa lo reconoce en sus Conclusio-
nes de Nuevo Laredo, cuando advierte que «El desarrollo profesional de
los periodistas, y la prosperidad de las empresas del ramo, están ligados
directamente a la permanente evaluación de los estándares técnicos, labo-
rales y éticos que observa el desempeño profesional. Es recomendable que
medios y periodistas deliberen con mayor amplitud sobre los aspectos ob-
jetivos ligados a este proceso (capacitación, ética, salarios, condiciones la-
borales, manuales de redacción, códigos de ética…)» (sip, sin año; 225).
Los medios noticiosos se han constituido, como piensa Germán
Rey, en «los evangelizadores del miedo» (2005; s/n) y ése es un com-
ponente más de la violencia contra periodistas. Empresarios, editores y
reporteros, así como sus organizaciones, clamamos por justicia cuando
se nos ataca, omitiendo que históricamente hemos sido funcionales —y
con ello legitimadores— de una política criminal ineficiente que fabrica
culpables y propicia impunidad. Lamentamos la indiferencia social ante
nuestros caídos, dejando de lado que hemos ido imponiendo la lógica
del infoentretenimiento al informar sobre dramas, violencia y violación
de derechos humanos, y que, en general, hemos estado tan cerca de los
poderes institucionales o fácticos como lejos de la comunidad.
El maestro Javier Darío Restrepo, titular del Consultorio Ético
disponible en el sitio virtual de la Fundación para un Nuevo Periodis-
mo Iberoamericano, refiere que hace unos años «la sip nos convocó
a periodistas de todo el continente para montar en Guatemala lo que
llamó el Tribunal de la Prensa, cuyo objetivo era examinar tres casos
de periodistas latinoamericanos asesinados. Se exponía cada caso y se
deliberaba, y siempre la conclusión era ‘impunidad’». Hasta que «un ir-
landés contó el caso de una periodista que había sido asesinada y al mes
estaban capturados los homicidas. La pregunta fue por qué en ese caso
sí y en los otros no. Me correspondió la ponencia siguiente y planteé
esto con mucho dolor y temor; ‘¿A qué se debe la impunidad? A que a
la sociedad no le está doliendo la muerte de sus periodistas’. Decimos

65
MARCO LARA Klahr

como metáfora que el periodista es los ojos, los oídos y la lengua de la


sociedad. Y si eso es así, cualquier cosa que le pase provoca la misma
reacción que en el cuerpo cuando le tocan esos órganos. Pero si no su-
cede, significa que no está cumpliendo esa función esencial».

VI

Desde la sociedad civil, la academia, los medios noticiosos y los


periodistas, se impone la necesidad de discusiones y estrategias que
propicien hasta su consolidación en un contexto democrático el ejercicio
de los derechos de la información y libertad de expresión, a través de:

1. Promoción intensiva del derecho de la información a


través de campañas mediáticas, conferencias, talleres y
diplomados.

2. Formación de ciudadanos responsables en el consumo


de noticias, que sean un factor de equilibrio dentro de la
industria periodística y aliados en casos de violencia con-
tra los medios y los periodistas.

3. Establecimiento de media accountability systems, que


van desde blogs especializados hasta observatorios ciuda-
danos de medios de comunicación (dedicados a verificar
la calidad de la información y su presentación editorial, así
como a producir, desde la sociedad civil, referentes para el
ejercicio de un periodismo responsable socialmente).

4. Profesionalización de los medios, los periodistas y las


dependencias de comunicación institucional, en el manejo
de contenidos sobre seguridad pública, justicia penal, vio-
lencia y otros donde estén implicados derechos humanos.

66
México: el más mortífero para la prensa

5. Dignificación de la profesión de periodista.

6. Creación de agendas editoriales sometidas al interés


público.

7. Firma de acuerdos y establecimiento de referentes edi-


toriales para el tratamiento mediático de temas sobre vio-
lencia entre empresas informativas y periodistas.

8. Establecimiento de sistemas de ingeniería de procesos


aplicados al acopio, producción y publicación de informa-
ción relacionada con violencia.

9. Supervisión y exigencia sistemáticas (por parte de me-


dios, academia, gremio periodístico, organizaciones civiles,
ciudadanos) de avances y resultados de las instituciones de
procuración y administración de justicia en cada uno de los
casos de periodistas violentados por razones de su trabajo.

10. Identificación de «zonas de vulnerabilidad», con la


idea de fortalecer a los periodistas en aquellos sitios don-
de su ejercicio profesional los convierta en grupo social
en situación de vulnerabilidad.

11. Creación de redes (incluidas las virtuales) y mecanis-


mos que contribuyan a prevenir la violencia contra los
periodistas e identificar y denunciar pública y penalmen-
te a los agentes violentos.

67
MARCO LARA Klahr

Cuadro 24
Periodistas Muertos de forma Violenta5
(2000-agosto 2007)

2000
Pablo Pineda (La Opinión, Matamoros)
José Ramírez Puente (Radio Net, Ciudad Juárez)
20016
Humberto Méndez Rendón (Canal 9, Gómez Palacios)*
José Luis Ortega Mata (Semanario de Ojinaga)
Saúl Antonio Martínez Gutiérrez (El Imparcial, Matamoros)
José Barbosa Bejarano (Alarma, Ciudad Juárez)
2002
Félix Alfonso Fernández García (Nueva Opción, Miguel Alemán
[Tamaulipas])
José Miranda Virgen (El Sur e Imagen, Puerto de Veracruz)
2003
Rafael Villafuerte Aguilar (La Razón, Ciudad Altamirano)
2004
Roberto Javier Mora García (El Mañana, Nuevo Laredo)
Francisco Javier Ortiz Franco (Zeta, Tijuana)
Francisco Arratia Saldierna (El Imparcial, El Mercurio
y El Cinco, Matamoros)
Leodegario Aguilera Lucas (Mundo Político, Acapulco)
Gregorio Rodríguez Hernández (El Debate, Escuinapa [Sinaloa])

4
Este cuadro y el siguiente fueron elaborados con información pública sistematizada por el autor, in-
cluidos sobre todo los comunicados que envió cada vez el Comité de Protección a Periodistas, de Nueva
York, cuyos datos están sistematizados y actualizados en [Link]/killed/killed_archives/[Link]
5
Se utiliza «muertos de forma violenta» porque aunque en la mayoría de los casos se tiene certeza de que
fueron asesinados, en otros se trató de accidentes o aparentes accidentes cuyas circunstancias y causas
ninguna autoridad ha aclarado.
6
En adelante y hasta 2006, corresponde al sexenio foxista. Los de 2007, por supuesto, al de Felipe Cal-
derón Hinojosa.

68
México: el más mortífero para la prensa

2005
Raúl Gibb Guerrero (La Opinión, Poza Rica)
Guadalupe García Escamilla (Estéreo 91, Nuevo Laredo)
José Reyes Brambila (Vallarta Milenio)*
Julio César Pérez Martínez (Siglo de México, Reynosa)
Hugo Barragán Ortiz (Radio Max y La Crónica de Tierra
Blanca [Veracruz])*
2006
José Valdez Macías (La Opinión y La Voz, Monclova)*
Jaime Arturo Olvera Bravo (freelance, La Piedad [Michoacán])
Ramiro Téllez Contreras (EXA FM, Nuevo Laredo)
Rosendo Pardo Ozuna (La Voz del Sureste, Tuxtla Gutiérrez)
Smart Gómez Hernández (Síntesis, Libres [Puebla], 2006)*
Enrique Perea Quintanilla (Dos caras, una verdad, Chihuahua)
Bradley Roland Will (Indymedia, Santa Lucía del Camino [Oaxaca])
Misael Tamayo Hernández (El Despertar de la Costa, Zihuatanejo)
José Manuel Nava Sánchez (El Sol de México, Distrito Federal)
Roberto Marcos García (Testimonio y Alarma, Puerto de Veracruz)
Adolfo Sánchez Guzmán ([Link])*
2007
Saúl Noé Martínez Ortega (Interdiario, Agua Prieta)7
Amado Ramírez (Televisa, Acapulco)

Cuadro 38
Periodistas que sufrieron desaparición forzada
(2003-agosto 2007)

2003
Jesús Mejía Lechuga (Radio MS-Noticias, Martínez de la Torre
[Veracruz])
7
Fue secuestrado en Agua Prieta (Sonora) y su cadáver hallado en Nuevo Casas Grandes (Chihuahua).
8
Ver nota 4.
* Su muerte podría no estar relacionada con su trabajo periodístico.

69
MARCO LARA Klahr

2005
Alfredo Jiménez Mota (El Imparcial, Hermosillo)

2006
Rafael Ortiz Martínez (Zócalo, Monclova)

2007
Rodolfo Rincón Taracena (Tabasco Hoy, Villahermosa)
Gamaliel López Candanosa (TV Azteca, Monterrey)
Gerardo Paredes Pérez (TV Azteca, Monterrey)

Bibliografía

Aguirre, Alberto. “Lidera México muertes contra reporteros”, en [Link]


[Link]/nacional/articulo/723417, México, enero 2, 2006
Asamblea General de las Naciones Unidas. Declaración Universal de los
Derechos Humanos, en [Link]
Blancornelas, Jesús. En estado de alerta. Los periodistas y el gobierno frente al
narcotráfico. Plaza y Janés, México, 2005
Buendía, José, y Lara Klahr Marco. «Oficio de alto riesgo», en Gatopardo no.
72, México, septiembre 2006, pp. 32-33
Centro de Colaboración Cívica et al. “Los medios de comunicación en con-
textos de polarización social”. Resumen, del acto del mismo nombre realizado en El
Colegio de México, Ciudad de México, septiembre 23, 2006
Centro de Periodismo y Ética Pública. “Asesinatos de periodistas en el sexenio
del Presidente Vicente Fox”, en [Link]
Comisión Interamericana de Derechos Humanos (oea). “Declaración de Prin-
cipios sobre Libertad de Expresión”, en [Link]
Comisión Nacional de los Derechos Humanos. “Comunicado 096”, relativo a
“Informe sobre la situación actual y los riesgos del ejercicio periodístico en México” diri-
gido a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, fechado en julio 19, 2007.

70
México: el más mortífero para la prensa

Comité de Protección a Periodistas. “MEXICO: Another reporter in Veracruz


found murdered”, comunicado emitido a causa del asesinato del reportero Adolfo Sán-
chez Guzmán, fechado en Nueva York, diciembre 1, 2006.
. “MEXICO: Provincial reporter found murdered”, mensaje emitido a causa del
asesinato del periodista Roberto Marcos García en Veracruz, fechado en Nueva York,
noviembre 22, 2006.
. “Warnings issued for U.S. reporters working along Mexican border. San Anto-
nio paper reassigns correspondent”, fechado en Nueva York, en julio 13, 2007.
Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, en [Link]
Damián Jiménez, Tania. “Piden respuesta en muerte de corresponsal de Síntesis”,
en Síntesis, Puebla, julio 17, 2006.
Ealy Ortiz, Juan Francisco. “Reporte de la Vicepresidencia para México de la Comi-
sión de Libertad de Prensa e Información”, presentado durante la 62ª Asamblea General,
realizada en la Ciudad de México, de septiembre 29 a octubre 3, 2006. Copia simple.
EFE, Agencia. “Vázquez Raña sin pruebas de que diario Cambio haya sido ataca-
do por ‘narcos’”, reproducido en versión on line de Vanguardia de Saltillo, México,
mayo 26, 2007 [Link]
Ra%C3%[Link]
Granados Chapa, Miguel Ángel. “La maldición de Excélsior”, en Proceso no.
1568, México, noviembre 19, 2006, pp. 33-34.
Ibarra, Guillermo, coordinador del Programa de Agravio a Periodistas y Defensores
Civiles de Derechos Humanos, de la Comisión Nacional de Derechos Humanos (cargo que
desempeñó hasta 31 de diciembre de 2006), entrevista del autor, Ciudad de México, octubre
26, 2006.
Kushner, Anna, coordinadora del Freedom to Write Program, del PEN American Cen-
ter, con sede en Nueva York, entrevista del autor por correo electrónico, octubre 26, 2006
Lara Klahr, Marco. Diarismo. Cultura e industria del periodismo impreso en México
y el mundo. Editorial e, México, 2005.
Lauría, Carlos, coordinador del Programa de las Américas del Comité de Protección a
Periodistas, con sede en Nueva York, entrevista telefónica del autor, octubre 31, 2006.
López, Manuel. Nuevas competencias para la prensa del siglo xxi. Paidós, Barce-
lona, 2004.
Lucchini, Laura. “La Camorra quiere matar a este hombre”, en suplemento dominical

71
MARCO LARA Klahr

Domingo del diario El País, España, noviembre 12, 2006, pp. 1-5.
Naím, Moisés. Ilícito. Cómo traficantes, contrabandistas y piratas están cambiando
el mundo, Debate, México, 2006.
Ortiz Martínez, Rafael, reportero de la frontera norte, conversación con el autor en
junio 25, 2006, Monclova, Coahuila, dos semanas antes de su desaparición forzada, la
cual tuvo lugar en aquella ciudad coahuilense, el 8 de julio del mismo año.
Páez Varela, Alejandro, editor, periodista y escritor, directivo fundador de Versa-
litas SC, entrevista del autor por correo electrónico, enero 9, 2007.
pen American Center. Carta, sin título, al presidente mexicano Vicente Fox Que-
sada, fechada en México, Distrito Federal, en noviembre 16, 2006 [a propósito de la
muerte de Misael Tamayo, director del diario guerrerense Despertar de la Costa, en
noviembre 9, 2006]. Impresión en láser simple.
Programa de Agravio a Periodistas y Defensores Civiles de Derechos
Humanos, de la Comisión Nacional de Derechos Humanos. “Casos de
periodistas. Informe mensual”, septiembre 2006. Archivo en formato Word Microsoft.
Ramírez, Galo. “Derecho a la información y medios para la resistencia, resolutivos
del cnd”, en revista Zócalo no. 80, México, octubre 2006, p. 13.
Relatoría Especial para la Libertad de Expresión, de la Comisión In-
teramericana de Derechos Humanos (Organización de Estados Ame-
ricanos). “Relatoría para la Libertad de Expresión lamenta la muerte de periodista
en México y solicita debida investigación” [a propósito del homicidio del camarógrafo
estadounidense Brad Will, en Santa Lucía del Camino, Oaxaca, en octubre 27, 2006].
Comunicado de prensa Pren/156/06, fechado en Washington, DC, en octubre 31, 2006.
Reporteros sin Fronteras. Freedom of the Press Worldwide in 2006. Informe
Anual 2006, en [Link]
. “Séptimo asesinato: para los periodistas, México se convierte en el país más pe-
ligroso del mundo después de Irak”, comunicado de noviembre 22, 2006, en [Link]
[Link]/article.php3?id_article=19866
. “Un policía implica a las autoridades del Estado de Sonora en la desaparición
de un periodista en 2005”, comunicado de enero 23, 2007, en [Link]
php3?id_article=20570.
Rey, Germán. El cuerpo del delito. Representación y narrativas mediáticas de la
[in]seguridad ciudadana. Editorial FES-C3, Bogotá, 2005.

72
México: el más mortífero para la prensa

Restrepo, Javier Darío, titular del Consultorio Ético del Proyecto Periodismo para
la Paz unesco-fnpi, entrevista del autor, Ciudad de México, marzo 23, 2007.
Ronderos, María Teresa, presidenta de la Fundación para la Libertad de Prensa de
Colombia, entrevista del autor por correo electrónico, noviembre 8, 2006.
Santoro, Daniel, periodista de investigación argentino, entrevista del autor, Ciudad
de México, septiembre 28, 2006.
Sociedad Interamericana de Prensa. Informe de la Comisión de Libertad de
Prensa e Información. País por País, presentado durante la 62ª Asamblea General, reali-
zada en la Ciudad de México, de septiembre 29 a octubre 3, 2006. Copia simple
. Mapa de Riesgos para Periodistas. Brasil, Colombia, México [Director del Pro-
yecto: Ricardo Trotti]. Editorial SIP, Miami, sin año
. Reporte de la Vicepresidencia para México de la Comisión de Libertad de Pren-
sa e Información, presentado por Juan Francisco Ealy Ortiz, titular de dicha vicepresi-
dencia, durante la 62ª Asamblea General, realizada en la Ciudad de México, de septiem-
bre 29 a octubre 3, 2006. Copia simple.

73

También podría gustarte