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El Momento Punitivo Global

Este documento describe el fenómeno del "momento punitivo", un período desde los años 1970 en que los países han adoptado políticas penales más severas que han dado lugar a un aumento dramático en las tasas de encarcelamiento a nivel mundial, a pesar de que la criminalidad no ha aumentado en la misma medida. El autor argumenta que el castigo se ha convertido en un problema debido a su alto costo humano, económico y social, y que amenaza la legitimidad y seguridad de las sociedades. Usa a Francia como ejemplo para

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El Momento Punitivo Global

Este documento describe el fenómeno del "momento punitivo", un período desde los años 1970 en que los países han adoptado políticas penales más severas que han dado lugar a un aumento dramático en las tasas de encarcelamiento a nivel mundial, a pesar de que la criminalidad no ha aumentado en la misma medida. El autor argumenta que el castigo se ha convertido en un problema debido a su alto costo humano, económico y social, y que amenaza la legitimidad y seguridad de las sociedades. Usa a Francia como ejemplo para

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Prólogo

El momento punitivo

He aquí un fenómeno muy mal conocido y poco y


nada debatido: el mundo ha entrado en el curso de estas
últimas décadas en una época del castigo. Se sancionan
más y más severamente las infracciones a la ley. Esta
tendencia no es directamente correlativa, como todos
los estudios lo muestran, a la evolución de la crimina­
lidad y la delincuencia. Ciertamente, el giro represivo
corresponde a veces a un crecimiento de los crímenes
y delitos, pero en esos casos se prolonga incluso cuan­
do las actividades delictivas disminuyen. Se traduce
particularmente por penas de prisión más duras y más
largas pero igualmente en prisiones con detención pre­
ventiva a la espera de un juicio. Así, en Latinoamérica,
la población carcelaria se ha más que duplicado en los
años 2000.1 En cuarenta años, aumentó el 185% en
Argentina, el 200% en Chile, el 400% en México y el
1900% en Brasil. Referidas a la población total, que
se acrecentó en el lapso de este período, las tasas de

9
Didier Fassin

encarcelamiento han progresado en esos cuatro países


en 65, 70, 180 y 880%, respectivamente.
Esta tendencia se observa también en Europa.2
Durante los años 1990, la población carcelaria casi se
triplica en la República Checa; se duplica en Italia y los
Países Bajos; crece más de la mitad en Portugal, Gre­
cia, Inglaterra, Polonia, Eslovaquia, Serbia; progresa
alrededor de un tercio en España, Bélgica, Alemania,
Hungría, Eslovenia, Croacia; sólo se mantiene estable
en Suiza, Suecia, Noruega, Luxemburgo, Bulgaria,
Albania, e incluso disminuye en Dinamarca, Finlandia
e Islandia. Rusia ve crecer el número de sus presos en
un 50%, hasta superar el millón. Durante la siguiente
década, el ritmo de esta progresión efectivamente se
ralentiza, pero el número de personas detenidas con­
tinúa, sin embargo, aumentando casi en toda Europa.
Sólo Portugal, Alemania y los Países Bajos comienzan
a mermarlo de modo significativo a partir de 2005,
mientras que los países escandinavos mantienen tasas
bajas de encarcelamiento. Rusia, que pierde un cuarto
de sus presos en diez años, se vuelve una excepción
en este cuadro, pero es necesario advertir que partía
de cifras muy altas.
Se confirman tendencias paralelas en otros con­
tinentes. En el curso de los años 2000, los únicos

10
Castigar

para los cuales se dispone de datos comparables, el


número de presos se incrementó 108% en América,
excluyendo los Estados Unidos, 29% en Asia, 155%
en África y 59% en Oceanía. Obviamente sería
necesario precisar aportando datos nacionales en la
medida que las diferencias entre los países revelan
grados diversos de adhesión a las políticas represi­
vas y, a fin de cuentas, importantes variaciones en
la implementación de los principios democráticos.
Así, en los Estados Unidos, donde la evolución es
a la vez la más espectacular y la mejor estudiada,
había, en 1970, 200 000 personas en las prisiones
federales y estatales, pero cuarenta años más tarde
albergaban ocho veces más e, incluyendo los esta­
blecimientos penitenciarios locales \jails\, el total
se acercaba a los dos millones trescientos mil.3 Si se
suman las personas en libertad vigilada [probation]
o con atenuación de pena {parole}, se superan los 7
millones. El crecimiento de la población carcelaria,
que afecta de modo desproporcionado a los negros,
es sobre todo la consecuencia de leyes más duras,
asociando la automaticidad y la agravación de penas
y de prácticas más inflexibles de la institución penal,
particularmente de los magistrados en un contexto
de desigualdades y violencias. La “guerra a la droga”

11
Didier Fassin

ha sido un elemento crucial de este proceso de incre­


mento y de diferenciación de la demografía penal.
Por consiguiente, cuando tales regularidades
aparecen en el plano mundial, es necesario suponer
que testimonian un hecho mayor que trasciende las
singularidades históricas nacionales. Ese hecho tiene
una temporalidad: comienza en los años 1970 y 1980
y se acelera enseguida a ritmos variables según los
países. Propongo hablar de un momento punitivo.4
El término “momento” se refiere evidentemente a un
período particular, o más bien a un espacio-tiempo:
el fenómeno que designa se extiende en efecto a tra­
vés de muchas décadas y se despliega sobre todos los
continentes con pocas excepciones. Pero es necesario
entender también en el sentido dinámico de su etimo­
logía latina, que la física ha conservado para significar
el movimiento, el impulso, la influencia: es la fuerza
que determina el cambio al cual se asiste.5 El inglés
dispone, por otra parte, de dos palabras: moment y
momentum. ¿Qué es entonces lo que caracteriza al
momento punitivo?
Me parece que corresponde a esta coyuntura singu­
lar donde la solución deviene el problema. En princi­
pio, frente a los desórdenes que conoce una sociedad,
a las violaciones de sus normas, a las infracciones de

12
Castigar

sus leyes, sus miembros ponen en práctica una res­


puesta bajo la forma;de sanciones que aparecen útiles
y necesarias a la mayoría. El crimen es el problema;
el castigo, su solución. Con el momento punitivo, el
castigo devino el problema.6 Lo es debido a la cantidad
de individuos que mantiene aislados o que ubica bajo
vigilancia a causa del precio que hace pagar a sus fami­
lias y a sus comunidades, a causa del costo económico
y humano que implica para la colectividad, a causa de
la producción y reproducción de desigualdades que
favorece, a causa del incremento de la criminalidad
y de la inseguridad que genera, en fin, a causa de la
pérdida de legitimidad que resulta de su aplicación
discriminatoria o arbitraria. Considerado como pro­
tección de la sociedad del crimen, el castigo aparece
con frecuencia como lo que la amenaza. El momento
punitivo enuncia esta paradoja.

Para ilustrar de modo más circunstanciado ese


momento punitivo, tomaré el contexto nacional
que mejor conozco. Francia atraviesa el período
más represivo de su historia reciente en tiempos de
paz. Si se exceptúa, en efecto, los años que siguieron
Didier Fassin

inmediatamente a la Segunda Guerra Mundial, nunca


tantos hombres y mujeres han sido encarcelados. En
poco más de sesenta años, la demografía carcelaria se
ha multiplicado por tres y medio. Ascendían a 20 000
los detenidos en 1955, 43 000 en 1985, 66000 en
2015. Un nuevo récord fue alcanzado en 2016 con
más de 70 000 presos. La progresión es todavía más
marcada en cuanto a las personas condenadas pero
con vigilancia de régimen abierto, en relación al cual
las cifras se han casi cuadriplicado en treinta años. Se
cuentan así actualmente más de un cuarto de millón
de personas bajo control de la justicia.7 Sin embargo,
esta evolución no obedece, como se estaría tentado de
creer, a un aumento de la criminalidad. Aunque las
estadísticas en la materia sean difíciles de interpretar
en razón de las variaciones tanto en la definición de
las infracciones como en su declaración por las vícti­
mas y su registro por la administración, y aunque las
tendencias no sean de todos modos homogéneas por
las diferentes categorías de hechos concomitantes, los
elementos de los cuales se dispone confirman, en el
último medio siglo, un retroceso casi continuo de las
formas más preocupantes de criminalidad, comen­
zando por los homicidios, y más generalmente por
las expresiones más graves de la violencia.8 Se podría
Castigar

ciertamente imaginar que los acontecimientos ligados


al terrorismo entran en una medida significativa den­
tro de la evolución observada. En rigor, esta última
comienza en los años 1970, por lo tanto bien antes
de los primeros atentados, e implica además y sobre
todo, delitos menores, que representan la parte más
grande del aumento de las condenas. A lo sumo las
tragedias causadas por esos ataques han permitido
consolidar y legitimar un proceso represivo iniciado
hace mucho tiempo, lo cual vuelve más difícil cues­
tionarlo, aunque concierna esencialmente a hechos
de escasa gravedad.
¿Cómo explicar entonces esta evolución si no es
debida a una verdadera alza de la criminalidad? Dos
fenómenos que afectan en profundidad a la sociedad
francesa confluyen: una focalización del discurso y de
la acción pública sobre los desafíos de la seguridad.
El primer fenómeno es cultural, el segundo, político.
De una parte, los individuos se muestran cada vez
menos tolerantes a lo que perturba su existencia.9 Falta
de civilidad, amenazas proferidas, agresiones verbales,
riñas entre vecinos, altercados entre parejas, toda una
serie de conflictos interpersonales que podrían hallar
soluciones empíricas locales pasan a partir de ahora
por la policía, a menudo por la justicia, a veces por

15
Didier Fassin

la prisión. Esta tendencia atañe de igual modo a las


infracciones sin víctimas, como el consumo de estu­
pefacientes, el estacionamiento en los patios de los
inmuebles, el ultraje a la bandera nacional, el recurso
a la prostitución o llevar ciertos signos religiosos. El
descenso del umbral de tolerancia respecto de prác­
ticas hasta entonces ignoradas por la ley y quienes
la aplican va de la mano con una tendencia general a la
pacificación de los espacios sociales inherente a una
expansión de las expectativas morales. Esta tendencia
no afecta, sin embargo, de la misma manera a todas las
transgresiones, y por consiguiente a quienes son sus
autores. Soslaya fácilmente las categorías dominantes
y toca duramente a las clases populares. El fraude fiscal
es generalmente mejor tolerado que el arrebato de
objetos. En realidad, esta jerarquía de los desórdenes
y la correspondiente modulación de las sanciones ma­
nifiestan a la vez un endurecimiento de las relaciones
sociales y una diferenciación de los juicios morales.
Pero, por otro lado, las élites políticas refuerzan
e incluso anticipan las inquietudes de seguridad de
los ciudadanos.10 Su acercamiento a estas cuestiones
va más allá de la respuesta democrática a una de­
manda que emana de los que les han encomendado
hacerse cargo de sus problemas. Ayudados en eso

16
Castigar

por el tratamiento mediático de las noticias y de los


acontecimientos violentos, esas élites acompañan,
exacerbando, incluso suscitando las ansiedades y los
miedos. Los instrumentalizan. En efecto, piensan
encontrar beneficios electorales en la dramatización
de las situaciones y en la puesta en escena de su propia
autoridad a través de las demostraciones de severidad,
y es necesario reconocer el éxito frecuente de estas
estrategias en el curso de las últimas décadas para los
partidos y los políticos que se han aferrado a estos
temas para atizar las emociones y las pasiones que
generan. El populismo penal es, por otra parte, tanto
más provechoso a esas élites que les sería a menudo
difícil, cuando ellos están en el poder, presentar el
rendimiento en otros dominios, tal como el de la
justicia social.
La intolerancia selectiva de la sociedad y el popu­
lismo penal de los políticos se corresponden entonces.
Ni el uno ni la otra bastan para explicar la evolución
observada desde hace medio siglo: uno no se puede
contentar con invocar el sentimiento de inseguridad
de la población, como hacen algunos, o con denun­
ciar su manipulación por las élites, como intentan
otros. Es la combinación de los dos fenómenos lo que
produce la exageración advertida.11 Ella se traduce

17
Didier Fassin

concretamente en la acción pública de dos principales


maneras: una extensión del dominio de la represión
y un agravamiento del régimen de sanción. Por una
parte, se criminalizan hechos que no lo eran: nuevas
infracciones son creadas, mientras otras, que reem­
plazan a simples contravenciones, devienen pasibles
de prisión. El caso de la delincuencia en las rutas es
elocuente. La movilización de los poderes públicos,
de asociaciones de víctimas y de expertos de la sa­
lud pública condujo al voto de leyes cada vez más
drásticas, a la disminución del umbral aceptable de
alcoholemia, a la instalación de radares de velocidad
y a la institución de un permiso de conductor con
puntos. En consecuencia, las condenas por infracción
a la seguridad en las rutas han aumentado la mitad en
veinte años y, en el curso de la última década, las penas
por conducir después de la suspensión del permiso han
sido multiplicadas por tres y medio, dando lugar cada
año a tres mil penas de prisión en firme.12 Por otra
parte, se agravan las sanciones por los mismos hechos:
se condena más a menudo a la privación de libertad, se
encierra por más largo tiempo. Diversos elementos han
contribuido a esta orientación de las prácticas penales.
La instauración de penas mínimas ha multiplicado por
cinco la proporción de penas mínimas pronunciadas y

18
Castigar

ha hecho pasar el quantum de prisión media de ocho


a once meses; hecho; destacable, su influencia persistió
más allá de su supresión en los textos. El desarrollo
del juicio en comparecencia inmediata implicó un
rigor acrecentado puesto que se estima que la pro­
porción de penas privativas de libertad pronunciadas
en ese marco representa el doble de las decididas al
final de procedimientos tradicionales. En fin, las pre­
siones conjuntas del poder y de la opinión sobre los
magistrados han llevado a estos últimos a protegerse
pronunciando con más frecuencia penas de prisión
o de mantenimiento en detención provisoria. 13 Los
cambios en las sensibilidades y las políticas tienen
así efectos sobre el conjunto del sistema penal. Ellos
conducen a mayor severidad en el castigo.

¿Cómo pensar este momento punitivo que carac­


teriza a las sociedades contemporáneas? Habiendo
intentado durante diez años aprehender empíricamente
a través de una serie de estudios efectuados en Francia
sobre la policía, la justicia y la prisión, cada vez en un
espacio (local) y un tiempo (presente) nítidamente
circunscriptos, me pareció necesario adoptar otra
Didier Fassin

perspectiva, teórica esta vez, a los fines de interrogar


los fundamentos del acto de castigar. En efecto, existe
toda una literatura en historia y sociología, particular- |
mente en los Estados Unidos, que se dedica a describir
e interpretar la evolución de las políticas y prácticas
que han desembocado en la situación actual: es impor­
tante y haré hincapié en la misma. Sin embargo, muy
raramente se interroga allí la naturaleza específica del
castigo y aquello que lo instituye. Son principalmente
los filósofos y los juristas los que se plantean estas
cuestiones, y el corpus correspondiente es considerable |
desde hace más de dos siglos: el diálogo que se entabla
aquí deseo sostenerlo con ellos. Porque su aproxima­
ción normativa enuncia el castigo tal como debería ser
en el marco legal de la pena, y no tal como ha sido y j
tal como es. Propondré al respecto una lectura crítica .
apoyándome sobre la etnografía y la genealogía para
intentar comprender lo que es castigar, por qué se j
castiga y lo que se elige castigar.
La presente investigación no está dirigida entonces •
al momento punitivo en sí. El momento punitivo le i
sirve —literalmente- de pretexto. Pero no se trata de
un artificio, de una hábil entrada en materia para
invitar al lector a abordar un asunto más riguroso. La
evolución que sucintamente describo hace necesaria,

90
Castigar

creo, una reflexión fundamental sobre el castigo ca­


paz de liberarla de la costra de imágenes, de cifras,
de discursos que impiden algunos cuestionamientos,
algunos debates, algunas posibilidades de cambio.

21
Introducción
DOS RELATOS

En un célebre ensayo titulado “El crimen primitivo


y castigo”, el antropólogo inglés Bronislaw Malinowski
relaciona un episodio sobrevenido durante una inves­
tigación en las islas Trobriand que debía influenciar
profundamente su comprensión de la manera por la
cual la “violación de la ley” era allí tratada.14 “Un día,
una explosión de lamentos y un gran alboroto me anun­
ciaron que alguien acababa de morir en el vecindario.
Se me avisa que Kima’i, un joven de dieciséis años al
que conocía, había caído de lo alto de un cocotero y
estaba muerto.” Habiéndose trasladado a los lugares
donde se desarrollaba la ceremonia funeraria, el etnólogo
señala ciertamente insólitas manifestaciones de animo­
sidad entre los participantes pero, más interesado por
los aspectos formales del ritual, no presta demasiada
atención. Sólo más tarde comprendió el significado
de esas tensiones: el joven se había suicidado tras el
descubrimiento de los lazos incestuosos que había

23
Didier Fassin

mantenido con su prima. En efecto, en las sociedades


melanesias tradicionales, tener relaciones sexuales y,
peor aún, casarse con una persona de su propio clan
totémico, implica infringir la ley exogámica, lo que
los trobriandeses consideran como el crimen más
grave que se pueda cometer. “Nada inspira un mayor
horror que la violación de esta prohibición”, escribe
Malinowski, que agrega, sin embargo, que “tal es al
menos el ideal de la ley indígena”, porque “cuando se
trata de aplicar esos ideales morales a la vida real, las
cosas son bien diferentes”. Como su estancia prolon­
gada en esta comunidad le había permitido constatar,
si bien las prácticas endogámicas informales no eran
raras, ellas casi nunca eran objeto de sanciones. Eran
reprobadas pero toleradas: confrontada a esas violacio­
nes de la ley, comenta el etnólogo, “la opinión pública
era tan indulgente como hipócrita”.
¿Qué había ocurrido para que Kimai hubiera sido
lanzado a tan trágico extremo? En realidad, el descu­
brimiento de la relación incestuosa sólo había dado
lugar inicialmente a la habitual reprobación silenciosa
de los aldeanos hasta el día en que el hombre que que­
ría casarse con la joven se había manifestado. Primero
había amenazado a su rival con usar los maleficios en
su contra; luego, habiéndose demostrado ineficaz esta

24
Castigar

operación, un día lo acusó e insultó públicamente


mediante términos hirientes que no podían quedar sin
respuesta. Ante esta afrenta, no existía más que una
salida honorable para el desdichado joven.

A la mañana siguiente, vestido con sus atuendos y


sus ornamentos ceremoniales, trepa a un cocotero
y se dirige a la comunidad para saludarla. Explica
las razones de su gesto desesperado y lanza una
acusación velada contra el que lo llevaba a la muerte
deslizando que su clan tenía por lo tanto la obli­
gación de vengarlo. Luego lanza un grito como lo
quería la costumbre, se precipita desde una veintena
de metros y muere del golpe.

Poco después se desencadena una pelea en el curso


de la cual el pretendiente rechazado resulta herido.
Son estos desarrollos singulares los que explicaban las
discrepancias durante los funerales.
Sin embargo, para Malinowski, el elemento más
destacable de este incidente dramático no era el sui­
cidio en sí, sino la rareza de tales actos respecto de la
banalidad de los amores incestuosos entre los trobrian-
deses. La mayoría de las veces, lo que sus informantes
le describían como la más grave infracción a su código
moral no determinaba ningún castigo, dando lugar sólo

25
Didier Fassin

a comentarios desaprobadores; por consiguiente, una


cierta discreción se mantenía. Si algunos se considera­
ban personalmente ofendidos, generalmente recurrían
a actos mágicos destinados a causar cierta aflicción a los
presuntos culpables y a remediar el desorden provocado
por la violación de la ley exogámica. Para el etnólo­
go, ese tratamiento de la transgresión contradecía la
creencia compartida por numerosos colegas suyos en
virtud de la cual las sociedades tradicionales estaban
gobernadas por normas estrictas a las que sus miembros
obedecían servilmente por miedo a graves sanciones.
En lugar de eso, inventaban medios para eludir una
ley aparentemente rígida contentándose con una vaga
reprobación y con maleficios más bien cómodos que,
ahorrando conflictos al grupo, contribuían a preservar
el orden social a la vez que se recordaba el código moral.
Un análisis concordante con la teoría funcionalista
del autor. No es que cuando un escándalo estallaba,
revelando el fracaso de las estrategias conservadoras,
una reacción más radical se hacía necesaria: el suicidio.
Incluso en ese caso, la sanción dependía de una esce­
nografía moral bastante alejada de las representaciones
clásicas de normas represivas y de castigos bárbaros: era
un acto que el acusado se infligía, dependiendo más de
la expiación o de la protesta que de la pena.

26
Castigar

Cerca de un siglo más tarde, en las antípodas de


estas islas, una periodista, Jennifer Gonnerman, pu­
blica en The New Yorker un artículo titulado “Before
the law” [Ante la ley], que revela al público la realidad
del funcionamiento de las instituciones judiciales y
penitenciarias de los Estados Unidos.15 Ella cuenta
allí la historia de un joven negro del Bronx, Kalief
Browder, quien pasó mil días en Rikers Island, la te­
mible prisión de Nueva York, acusado de un acto que
negaba haber cometido y por el cual jamás fue lleva­
do a juicio. Cuatro años antes, con 16 años, entraba
con un camarada a su casa cuando fue rodeado por
muchos móviles policiales. “Un agente le dijo que un
hombre acababa de declarar que había sido víctima de
un robo. ‘No he robado a nadie’, contestó Browder.
‘Puede comprobarlo. ’ Los policías lo registraron a él y
a su amigo y no hallaron nada.” Tras haber regresado al
coche donde se encontraba el denunciante, los agentes
volvieron con una nueva versión según la cual eran dos
semanas antes que la exacción había ocurrido. Los
dos jóvenes fueron esposados y llevados a la comisaría
donde pasaron la noche en custodia. Trasladados al

27
Didier Fassin

día siguiente a la fiscalía, supieron que un migrante


mexicano los acusaba de haberle arrancado su mo­
chila. Ellos negaron nuevamente toda participación
en ese delito. Mientras que su compañero era libe­
rado hasta la instrucción del juicio, Browder fue
mantenido en prisión preventiva, pues se encontraba
entonces bajo libertad vigilada debido a un delito
menor por el cual había sido condenado ocho meses
antes, si bien no había reconocido haberlo cometido.
El monto de la caución fue fijado en 3 000 dólares,
una suma importante respecto de los escasos ingresos
de su madre, que criaba ella sola siete niños de los
cuales cinco habían sido, igual que él, adoptados.
Fue entonces encarcelado en el centro para menores
del sobrepoblado establecimiento penitenciario de
Rikers Island, entre otros 600 jóvenes detenidos que
se amontonaban en dormitorios de cincuenta plazas
controlados por pandillas.
Dos meses más tarde, Browder fue inculpado por
un gran jurado por el cargo de “robo calificado con
violencia”. Rechazó declararse culpable y fue llevado a
prisión para la espera de su proceso. Durante los tres
años que siguieron fue conducido al tribunal varias
decenas de veces, pero, a cada una de sus visitas, la
audiencia no podía sostenerse a causa de problemas

28
Castigar

técnicos, de expediente incompleto, de abogado o de


procurador ausente. Más tarde declara que tenía la
impresión de que la justicia jugaba con él. Aunque
existe, en efecto, una regla en el estado de Nueva York
según la cual cuando un crimen no hace al objeto de
un juicio, en los seis meses siguientes del enjuicia­
miento los procedimientos deben ser abandonados, las
devoluciones repetidas de su asunto hacen inoperante
dicha regla. Muchas veces, el procurador le ofreció, por
otra parte, declararse culpable de un delito de menor
gravedad y el defensor público lo invitó a aceptar la
proposición, pero el joven la rechazó. Hacia el fin de
su detención, el juez incluso le aseguró que, si se reco­
nociera culpable, sería liberado de inmediato. En caso
contrario, sería llevado a prisión. Como en cada una
de sus comparecencias, Browder se obstinó en clamar
su inocencia. Una actitud tal era, a decir verdad, to­
talmente inusual. En el curso del año precedente, en
la jurisdicción correccional del Bronx, solamente 166
casos criminales habían sido juzgados, mientras cerca
de 4 000 se habían concluido por un reconocimiento
previo de culpabilidad.
Durante este tiempo, las condiciones de vida en
el establecimiento penitenciario se volvieron cada vez
más duras para el joven, entre el hostigamiento del

29
Didier Fassin

personal y la violencia ejercida por otros presos. Una


noche, los vigilantes convocaron a un grupo de presos
a propósito de una pelea que había estallado poco
tiempo antes y los golpearon uno por uno mientras
los interrogaban. Luego les dirían que si se trasladaban
a la enfermería para hacerse curar sus heridas serían
ubicados en celda disciplinaria como represalia. Ensan­
grentados y heridos, todos los detenidos retornaron
silenciosamente a su área. El aislamiento en celda
disciplinaria era, en efecto, la medida punitiva más
usual. En promedio, un día determinado, una cuarta
parte de los menores de edad encarcelados se encon­
traban allí confinados. En varias ocasiones Browder
hizo la experiencia. En total, pasó allí dos tercios de
su estadía en prisión. Además, su hermano le había
sugerido que ese podía ser un buen medio de escapar a
las presiones de los otros detenidos en los dormitorios
saturados. Pero cambió de opinión después de haber
constatado, durante una visita, la delgadez causada
por la privación de alimento y las huellas dejadas por
las sevicias sufridas. Un día que Browder había tenido
un cruce de palabras con un agente, este último, en
el momento de acompañarlo esposado a la ducha, lo
derriba y lo castiga brutalmente. Otro día, mientras
accedía a su celda, un grupo de detenidos se arroja

30
Castigar

sobre él dándole fuertes patadas y puñetazos bajo la


mirada de los guardias que intervienen sin ninguna
convicción para separarlos. Los abrumadores videos
de estas dos escenas fueron más tarde hechos públicos.
Sometido a este régimen de arbitrariedad y violencia,
el joven se volvió cada vez más retraído y deprimido.
Muchas veces intentó matarse, a menudo al regresar
del tribunal, cuando su expediente había sido objeto
de una nueva devolución.
Finalmente, ppco después de su cumpleaños nú­
mero veinte, durante la audiencia trigésimo primera,
el juez lo notifica de los enjuiciamientos en su contra.
El hombre que lo había acusado había dejado el país
y era ahora inhallable. Browder fue liberado. Vuelve
a la casa de su madre, retoma sus estudios, hace una
pasantía en informática y busca en vano trabajo. Des­
pués de la publicación del artículo de Gonnerman, se
convirtió en un símbolo de la injusticia penal. Políticos
responsables se sirvieron de su caso para abogar en
favor de reformas del sistema judicial y penitenciario.
Celebridades del mundo del espectáculo lo visitaron
para contenerlo. Un donante anónimo pagó sus de­
rechos de inscripción en la universidad. Un abogado
querelló en su nombre contra la ciudad de Nueva York.
Sin embargo, el joven no llegaba a acostumbrarse a

31
Didier Fassin

su nueva existencia. A los integrantes de su familia y


a sus amigos no cesaba de contarles las experiencias
y los sufrimientos padecidos durante su cautiverio.
“Estoy -decía- mentalmente marcado de por vida.
Porque hay cosas que han cambiado para mí y que no
van a volver.” Poco apoco su estado físico se deterioró.
Se aislaba en su habitación, se sentía intranquilo en
presencia de los otros, comenzaba a pensar que lo
vigilaban sin cesar. Fue dos veces hospitalizado en el
servicio de psiquiatría. “Tengo la impresión de que
me robaron mi alegría de vivir”, le confió un día a la
periodista. Un mediodía, dos años después de su salida
de prisión, se colgó en la ventana de su habitación.

¿Por qué yuxtaponer estos relatos tan disímiles si


no es porque tanto uno como otro se refieren a un
joven de dieciséis años y porque ambos terminan
trágicamente en un suicidio? Más allá de su distancia
en el espacio y en el tiempo -hay bastante poco en
común, a priori, entre los habitantes de una isla del
Pacífico al comienzo del siglo XX y los residentes de
Nueva York al comienzo del XXI—, relatan historias
de crimen y castigo que cuestionan profundamente

32
Castigar

nuestra comprensión de lo que significa castigar. En


efecto, generalmente Se admite que la punición con­
siste en infligir una sanción o una pena al autor de la
violación de una norma y que, por ser legítima, es ne­
cesario que ella aparezca moral o legalmente fundada
y adecuada respecto de la falta o del delito cometido.
Esta evidencia indiscutida que liga el crimen y su
castigo, y a la que se volverá luego, se encuentra en
buena medida en los análisis que fian hecho desde hace
tiempo los filósofos y los juristas, aun cuando ellos afi­
nan los términos y discuten sus cuestiones. Ahora bien,
está claro que las historias que narran Malinowski y
Gonnerman no acuerdan bien con esta lectura. Ellas
la amplifican y la desplazan. Están parcialmente en
exceso y parcialmente fuera del cuadro que brindan
el sentido común y el discurso científico.
En el caso de Kima’i, existe un crimen pero no cas­
tigo. La infracción a la regla exogámica está confirmada
y reconocida. Ella es incluso la transgresión que, se
dice, inspira el más profundo horror a los trobrian-
deses. Sin embargo, la reacción inicial suscita una
cuasi indiferencia: a lo sumo algunos comentarios
reprobadores. Luego, si un individuo se considera
personalmente dañado, en tanto que pretendiente
específicamente, poderes sobrenaturales pueden ser

33
Didier Fassin

convocados: hechizos, encantamientos y rituales,


destinados ante todo a remediar el mal que ha sido
hecho. Observaciones análogas son referidas por otras
sociedades. Así, David Schneider indica que entre los
yap de Micronesia, en caso de incesto, la reacción más
habitual es “una forma de desaprobación y de hosque­
dad”, que no se manifiesta “por la exclusión sino por
murmullos”: ninguna “acción formal” es emprendida
en contra de los infractores, y las adivinaciones en bus­
ca de espíritus domésticos son realizadas a fin de “evi­
tarles un castigo”.16 Según Malinowski, estas prácticas
dependen de estrategias que operan como un “sistema
de evasión bien establecido” que permite conciliar la
enunciación de una regla formal y la banalidad de su
violación de hecho. Ellas son “perfectamente eficaces”,
señala, puesto que “anulan los efectos negativos del in­
cesto ciánico”, preservando así el orden social sin poner
en tela de juicio el orden moral. No es sino en caso de
fracaso, por otra parte raro, de estos procedimientos
en particular y cuando un escándalo conduce a una
situación intolerable para el grupo, que la resolución
de la crisis exige una respuesta más radical, a saber, el
suicidio del autor de la transgresión.
Además, no es necesario interpretar este gesto como
un castigo: no es impuesto sino elegido; no es concebido
Castigar

como una sanción sino como una expiación que apunta


a corregir el desorden provocado y como una protesta
contra el ultraje sufrido. Se está en el registro del honor
y no en el de la culpabilidad. Uno debe, entonces, cui­
darse del error cometido por Keith Otterbein, quien,
en su “estudio transcultural de la pena capital”, cita
extensamente el caso del infortunado Kimái como
ilustración de su controvertida tesis según la cual la
pena capital es un dato universal, aceptado, asimismo,
por la mayoría de los miembros de todas las socieda­
des. 17 Más allá de sus presupuestos ideológicos y de sus
implicaciones políticas, esta tesis, en la cual algunos
han visto una justificación etnológica de la pena de
muerte en los Estados Unidos, procede de un con­
trasentido científico puesto que el mismo Malinowski
insiste en repetidas ocasiones sobre el hecho de que
“la causa real e inmediata dei suicidio es el momento
del insulto” y que “el suicidio no es ciertamente un
medio de administrar justicia”. Es entonces necesario
comprender la muerte de Kimái no como un castigo
autoinfligido por una falta admitida sino como una
reparación y una rebelión, siendo la primera la inten­
ción de su clan, cuya paz perturbó, estando la segunda
dirigida contra su acusador, por haberlo impulsado a
semejante extremo.

35
Didier Fassin

En suma, la idea misma de un crimen, a fortiori


el más grave para una sociedad determinada, que
convoca un castigo, no se encuentra universalmente
verificada. Esta aserción es bastante más que la sim­
ple afirmación relativista que la punición toma de
formas variadas en sociedades diferentes. Es un cues-
tionamiento del lazo moral, incluso legal, supuesto
necesario que une el crimen y el castigo, a saber el
principio según el cual toda violación de la regla debe
ser castigada.
En el caso de Browder, a la inversa, hay castigo pero
no crimen. Se puede desde luego argüir que existía
de todos modos una sospecha razonable que descansa
sobre los alegatos del acusador, quien afirmaba haber
reconocido a sus agresores, y sobre la existencia de
hechos anteriores que sugerían un perfil delictivo. Sin
embargo, esta sospecha da cuenta de la acusación for­
mal en vista de un posible proceso pero no del mismo
encarcelamiento dado que, al final de la prisión pre­
ventiva y de la audiencia ante el juez, el joven es deteni­
do mientras que su camarada es liberado. La detención
provisoria, que en principio es pronunciada cuando el
acusado es considerado como peligroso o susceptible
de no presentarse a su proceso, obedece en realidad
a dos elementos. Primero, Browder ya fue objeto de

36
Castigar

una condena por la cual se hallaba en libertad vigilada


y la supuesta comisión de robo entraña la revocación
de esta medida preventiva. En consecuencia, la fianza
que le permitía evitar la prisión es fijada en un nivel
muy superior a lo que su madre está en condiciones
de pagar. Dicho de otro modo, no es el crimen o la
sospecha de crimen lo que conduce al encarcelamien­
to, sino la conjunción de mecanismos jurídicos y de
coerciones financieras, estas últimas revelándose infine
como el elemento determinante: si la suma exigida por
el tribunal hubiera sido menor, o si el joven hubiese
pertenecido a una familia menos modesta, él habría
podido esperar en su casa la convocatoria al proceso.
He ahí un hecho general que traduce una evolución
significativa de las prácticas judiciales. En veinte años,
en los Estados Unidos, la proporción de liberaciones
bajo condiciones financieras en espera del proceso y
el importe determinado por las fianzas no han parado
de aumentar.18 La selección económica ha devenido
así, independientemente de la gravedad de los hechos
imputados, un resorte esencial de discriminación
respecto de la continuidad de la detención provisoria.
Es por otra parte posible interrogarse sobre la
realidad de la misma sospecha. Habida cuenta de las
imprecisiones y de las variaciones de la acusación de

37
Didier Fassin

robo, se puede razonablemente pensar que las caracte­


rísticas socio-raciales de los jóvenes y los antecedentes
judiciales de Browder han pesado en las decisiones de
los policías, de los magistrados y del gran jurado. Pero,
en ese tipo de asuntos, la duda, que debería prevalecer
al comienzo del procedimiento y podría beneficiar al
acusado durante el proceso, tiende a desaparecer del
hecho del recurso ordinario al dispositivo de la decla­
ración de culpabilidad complementado con negocia­
ciones en el curso de las cuales el reconocimiento de
culpabilidad se opera a cambio de una reducción de los
cargos. La confesión obtenida posee entonces valor de
prueba. En tres décadas, a nivel federal, el número
de asuntos tratados públicamente en un tribunal ha
pasado así de uno sobre cinco a uno sobre treinta; el
97% de los expedientes son actualmente resueltos más
arriba bajo la presión de procuradores que dejan en­
trever cargos más pesados y penas más severas en caso
de procesos y sin que un examen profúndo permita
establecer los hechos de los cuales el acusado acepta
acusarse; se estima que, sobre dos millones doscientos
mil detenidos que hay en los Estados Unidos, más de
dos millones se encuentran en prisión sin haber tenido
derecho a un proceso, de los cuales una parte de ellos,
imposible de medir pero ciertamente importante con

38
Castigar

respecto a los datos parciales disponibles, con decla­


ración de culpabilidad a pesar de su inocencia.19 Es
precisamente lo que Browder se niega a hacer, con
insistencia incluso cuando se le propone, si confiesa,
una liberación inmediata: desesperado pero inque­
brantable persiste en clamar su inocencia y vuelve a su
terrible universo carcelario. Es por cierto probable que
en ese momento los magistrados hayan dudado, si no
de su culpabilidad, al menos de la posibilidad de deter­
minarla en razón de la desaparición del denunciante.
Para ellos, incluso impuesto, el reconocimiento del
delito habría entonces venido a cerrar honorablemente
el expediente. El joven no les da esta satisfacción: ellos
lo liberan recién después de mil días pasados en un
establecimiento penitenciario sin condena.
Que este largo encarcelamiento constituye un
castigo no es, sin embargo, evidente. En efecto, se
puede objetar que, disponiendo que el joven quede bajo
prisión preventiva, el juez se contenta con aplicar una
medida a la cual se recurrió en ese caso, sea para prote­
ger a la sociedad cuando el individuo es considerado
peligroso, sea para asegurar que estará presente en el
seguimiento del procedimiento judicial. Técnicamente,
no es asunto susceptible de una sanción sino una dis­
posición preventiva prevista por la ley. Es difícil, sin

39
Didier Fassin

embargo, imaginar que el magistrado pueda ignorar


la siniestra realidad de la prisión, particularmente de
Rikers Island, cuyos numerosos informes oficiales
e investigaciones periodísticas han denunciado las
condiciones inhumanas, sobre todo en el centro para
menores. Encerrar al joven es infligirle con conoci­
miento de causa un sufrimiento considerado como la
justa retribución por su supuesta infracción. La expe­
riencia puede, por otra parte, piensan los magistrados,
favorecer la confesión, estando el detenido listo para
reconocerse culpable a fin de achicar su pena, con lo
que se vuelve a utilizar la detención como una forma
de tortura destinada a obtener una confesión. Sin
embargo, incluso bajo la hipótesis que implica que
la estancia en prisión vale como castigo anticipado
—y se sabe que, en esos casos indecisos, el quantum de
la pena corresponde a menudo a la duración exacta
de la detención preventiva, confirmando el carácter
punitivo de esta última-, uno puede interrogarse
sobre la relación de proporcionalidad entre el acto
incriminatorio, a saber, el robo de una mochila por un
menor sin prontuario pesado, y la sanción impuesta,
en este caso tres años pasados en prisión, entre dor­
mitorio abarrotado y celda disciplinaria, sometido a
la arbitrariedad de los vigilantes y a la violencia de

40
Castigar

las pandillas. Por lo tanto, hablar de error judicial o


de cuestionar a los rnagistrados sería perder de vista
el hecho de que, paradójicamente, el procedimiento
seguido es perfectamente regular y su desarrollo tris­
temente banal. La historia de Browder no resulta de
una disfuncionalidad de la justicia norteamericana.
Ella testimonia, por el contrario, su funcionamiento
ordinario.
En resumen, no es una infracción o incluso la
sospecha de su comisión lo que condujo al encarce­
lamiento del joven. Son sus características sociales,
incluido su color de piel, que lo hacían un sospechoso
ideal, y los escasos recursos de su familia, que no per­
mitieron el pago de su fianza. Además, la detención
preventiva que le fue impuesta no puede ser vista como
una simple medida administrativa tomada a título
preventivo: ella proviene de una forma de sanción
encubierta cuyas modalidades exceden en cantidad,
por el tiempo transcurrido en prisión, y en cualidad, por
las condiciones de esa estancia, la gravedad del acto
del cual es acusado. Se encuentran así cuestionados
a la vez el lazo de causalidad y la relación de propor­
cionalidad entre el crimen y el castigo, no siendo el
primero finalmente establecido y el segundo no siendo
jamás enunciado como tal.

41
Didier Fassin

El paralelo entre las dos historias —que es necesa­


rio por supuesto leer más bien como la comparación
sistemática de dos tipos de sociedad— sugiere algunas
conclusiones preliminares. Primeramente, el crimen
no convoca inevitablemente el castigo: otras respuestas
han sido imaginadas por las sociedades, incluso por
los hechos más graves, pudiendo ir hasta una forma
de indiferencia. En segundo término, el castigo no
se deriva necesariamente de la sanción de un crimen:
las lógicas sin relación con la culpabilidad pueden
prevalecer, principalmente las sociales y económicas.
En tercer lugar, un hecho grave puede dar lugar a una
sanción moderada, mientras que un delito menor
puede recibir una condena severa, lo que refuta el
principio de adecuación entre el crimen y el castigo.
En cuarto término, la realidad de una pena puede
exceder con mucho su delimitación aparente, lo que
revela la disyunción entre la enunciación y el cum­
plimiento del castigo, independientemente incluso de
la gravedad del crimen. A estas cuatro proposiciones,
sería necesario agregarles una quinta que, en alguna
medida, las sustenta. Ahora bien, como se observa, las
nociones mismas de crimen y de castigo están, tanto en
el mundo social como en el debate intelectual, sujetas a
interpretación y por consiguiente a impugnación (¿qué

42
Castigar

es una transgresión que no es sancionada?, ¿qué es una


medida que sólo es considerada como punitiva por
los que la sufren?, ¿quién decide lo que es un crimen y lo
que es un castigo?). Más que dividir normativamente
imponiendo criterios, me parece más conveniente y
pertinente intentar captar lo que está en juego en esos
desacuerdos y en esas disputas, prefiriendo un análisis
a posteriori a una definición a priori.
Pero la confrontación de dos relatos -por los con­
trastes que subraya— llama igualmente a una reflexión
de otra naturaleza, relativa esta vez a los fundamentos
morales y políticos de las sociedades. Así, los trobrian-
deses aparecen flexibles en la aplicación de sus reglas e
indulgentes en la sanción de su transgresión, prefirien­
do los chismes, los rituales y, en última instancia, un
suicidio por el honor a las diversas formas de punición:
privilegian la conciliación como modo de regulación
del orden social. En contraste, en los Estados Unidos,
se favorece la represión sobre la prevención, se encierra
a los autores de infracciones, se empuja al inocente a
declararse culpable, se sanciona más pesadamente al
pobre, se tolera la arbitrariedad y la violencia en el
corazón del dispositivo penal: la gestión de los desór­
denes sociales se hace al precio de una iniquidad en la
aplicación de la ley y la distribución de las sanciones.

43
Didier Fassin

No se trata de establecer jerarquías morales entre las


sociedades, incluso de idealizar prácticas tradicio­
nales en materia de crimen para condenar mejor las
elecciones contemporáneas en materia de castigo,
sino más bien de mostrar y de discutir la diversidad
de las respuestas políticas posibles frente a la trans­
gresión de las normas. El castigo, en tanto que es
una institución social, se revela en efecto como un
notable parámetro de análisis de las sociedades, de
los afectos que las atraviesan y de los valores de los
que son portadoras.

¿Qué es castigar? ¿Por qué se castiga? ¿Quién


castiga? Tales son las tres preguntas que estructuran
este trabajo. Se trata, en consecuencia, de revisitar la
definición, la justificación y la distribución del castigo.
Estas tres preguntas, se verá, convocan a otras tres.
“¿Qué es castigar?” invita a preguntarse de dónde viene
la idea de castigar. “¿Por qué se castiga?” se prolonga
en una interrogación sobre cómo se castiga. En fin,
“¿qué se castiga?” resulta indisociable de la exploración
de lo que se elige castigar. Es decir que el campo de la
investigación es vasto.

44
Castigar

Le aportaría por mi parte un límite restringiendo


esencialmente mi propósito a las instituciones públicas
que están encargadas, de decidir y de aplicar el castigo
en materia de crimen, en particular los responsables
políticos, el legislador, la policía, la justicia y la prisión,
y excluyendo por ende a la vez las instituciones que
operan en espacios privados, como la familia, y las
instituciones cuya primera función no es punitiva,
como los establecimientos escolares o los lugares de
trabajo (sería seguramente interesante comprender
cómo las sociedades occidentales se han puesto a
condenar con mas y más vigor los castigos físicos in­
fligidos a los niños por los padres y por los profesores
en el momento mismo en que desarrollaban con fre­
nesí los dispositivos punitivos más severos, poniendo
en práctica el apremio corporal, empezando por la
institución carcelaria, y captar así cómo el Estado no
ha cesado de extender su monopolio de la violencia
legítima; pero semejante análisis excedería el marco
que he precisado trazar al respecto).
Incluso con esta delimitación, elegí explorar un te­
rritorio más extenso de lo que es habitual cuando uno
se interesa en el castigo. Al comienzo de su imponente
estudio Castigo y sociedad moderna, David Garland se
preocupa por caracterizar así su objeto:20 “El castigo es

45
Didier Fassin

el proceso legal por el cual los infractores del derecho


penal son condenados y sancionados de conformidad
con categorías y procedimientos legales específicos”.
Si considero como perfectamente fundado este en­
foque, que consiste en definir el objeto a priori, en
una lógica que se puede calificar de durkheimiana,
intentaría por mi parte proceder de la manera inversa,
weberiana en alguna medida, o como mínimo in­
ductiva, de modo de hacer emerger a. posteriori una
teoría crítica a partir del material empírico -el mío y el
de otros— que reuní. Sin prejuzgar lo que es el castigo
e incluso sin presumir que sea la única respuesta posi­
ble al crimen, me autorizo así a abrir otras vías, otras
perspectivas.
Los tres interrogantes que presento señalan en
efecto los caminos que han sido recorridos desde
hace más de dos milenios, primero por los filósofos,
luego por los teólogos, a continuación por los juristas,
más recientemente por los políticos, los economistas,
los psicólogos, los historiadores, los sociólogos, los
antropólogos. Aventurarse allí conlleva el riesgo de
ser redundantes. Para intentar evitarlo, tomaré atajos
poco conocidos. El enfoque que propongo no es con­
vencional, escapa a las delimitaciones disciplinarias.
Híbrido, adopta diversos tipos de saberes que son

46
Castigar

raramente movilizados al mismo tiempo pero que me


pareció útil pensar en forma conjunta. Si hubiera que
calificar este enfoque!, se podría hablar de antropología
crítica. Tal como la considero aquí, la antropología
puede ser descripta como una manera de aprehender
los mundos sociales con una propensión al asombro,
es decir, una aptitud para examinar los hechos y las
situaciones no como el producto de una ineluctable
necesidad sino como el resultado de configuraciones
particulares que se han constituido a lo largo del
tiempo, habrían podido ser completamente diferentes
y están destinadas a cambiar. Esta integración de la
contingencia de las cosas que tenemos por adquiridas
—lo que es una infracción y que sea necesario castigarla,
por ejemplo— no tiene sólo un interés intelectual: tiene
igualmente implicaciones morales y políticas. No se
descarta que al asombro se agregue la indignación.
El enfoque propuesto procede así de una epis­
temología crítica que asocia dos planteamientos
complementarios: el genealógico y el etnográfico. El
método genealógico explora a la vez los orígenes y los
desarrollos de las concepciones contemporáneas en
materia de crimen y de castigo. Para ejecutarlo, me
apoyaré en particular sobre la filología, la etnología y
la historia, de modo de identificar en fuentes lexicales,

47
Didier Fassin

en sociedades distintas y en mundo pasados los trazos


que permitan reconstituir cómo se ha llegado a cas­
tigar como se lo hace actualmente. Antes bien que la
genealogía de temporalidad relativamente breve que
propone en general Foucault, privilegiaría la genea­
logía de tiempo largo tal como la imagina Nietzsche,
consciente de sus escollos pero confiando también en
sus potencialidades para efectuar una ruptura radical
con la evidencia.21 Se trata, en efecto, de cuestionar
lo que nosotros creemos saber del castigo al avanzar
hipótesis que sólo el planteamiento genealógico
autoriza. El método etnográfico descansa sobre una
presencia prolongada en un mundo social que permite
el establecimiento de relaciones de confianza mutua
con sus miembros y la adquisición de una cierta fami­
liaridad con sus modos de pensar y de actuar. En esta
ocasión, me referiré sobre todo a las investigaciones
que llevé adelante en Francia durante diez años sobre
la policía, la justicia y la prisión. Ellas se referían a un
distrito de seguridad pública de la periferia parisina
en la cual seguí durante quince meses la actividad de
patrullaje de unidades regulares de policía y de brigadas
anticriminales, y el centro de detención de un gran
conglomerado, donde mi búsqueda se desarrolló a lo
largo de cuatro años, así como un tribunal de primera

48
Castigar

instancia, en el cual observé una treintena de procesos


de comparecencia inmediata. Estos estudios locales
se inscribieron en un análisis más extenso, a la vez
sociológico y político, de la acción represiva del Estado
francés.22 De estas investigaciones de larga duración,
sólo guardé algunos momentos: escenas significativas
en las que se cuestionan algunos de los presupuestos
sobre la definición, la justificación y la distribución
del castigo, pero cuyo espesor etnográfico no es evi­
dentemente posible restituir aquí.
Los dos métodos se completan de una cierta ma­
nera y participan de un mismo planteo crítico. La
genealogía interroga los fundamentos de las institucio­
nes punitivas. La etnografía muestra los desafíos más
concretos. La primera revela las condiciones de emer­
gencia de una configuración particular de la relación
entre crimen y castigo, en la que la segunda explora
lo que ella autoriza o excluye, lo que ella aumenta o
disminuye, lo que ella torna visible o hace desaparecer.
Combinar así genealogía y etnografía permite interro­
gar los enfoques clásicos, tanto filosóficos como jurídi­
cos, que han lógicamente dominado las concepciones
moderna y contemporánea del crimen y del castigo y
contribuido exhaustivamente a delimitar las fronteras
de lo pensable y de lo posible. El cambio de escenario

49
Didier Fassin

al cual invita este doble método apunta en particular


a producir un cuestionamiento, por un lado, sobre
los fundamentos teóricos de sus aserciones y, por el
otro, sobre el desfasaje empírico entre sus enunciados
normativos y las prácticas observadas. No se trata de
sugerir que filósofos y juristas compartan una misma
doxa o dispongan de un corpus homogéneo. Por el
contrario, intentaré dar cuenta de la diversidad de sus
tesis y de la riqueza de sus debates, de algunos enfoques
críticos, como el movimiento Law and Society [Ley y
sociedad], confluyendo con los míos. Pero las ciencias
sociales, se trate de la historia, de la sociología o de
la antropología, pueden hacer escuchar otras voces y
reconocer otras realidades -que fueron, que son y que
podrían ser-. Es entonces este diálogo crítico el que yo
deseo entablar con las disciplinas que, en el transcurso
del tiempo, han constituido lo esencial de los saberes
y las prácticas en torno al acto de castigar.

50
Capítulo i
¿Qué es castigar?

Desde hace medio siglo, la mayoría de las defini­


ciones del castigo se han referido a un mismo texto
princeps del jurista y filósofo inglés H.L.A. Hart: la con­
ferencia que pronuncia en 1959 como presidente de
la prestigiosa Aristotelian Society.23 Escribiendo en el
contexto de un debate tan tumultuoso como confuso
sobre la pena de muerte en la Cámara de los Lores, se
esforzaba en aclarar los términos comenzando por defi­
nir el castigo a partir de cinco criterios: “debe implicar
un sufrimiento u otras consecuencias normalmente
consideradas como desagradables; debe responder a
una infracción contra reglas legales; debe aplicarse al
autor real o supuesto de esta infracción; debe ser admi­
nistrado intencionalmente por seres humanos distintos
del delincuente; debe ser impuesto por una autoridad
instituida por el sistema legal contra el cual la infracción
ha sido cometida”. Estos cinco criterios definen el “caso
estándar o central”: una suerte de norma de la pena en

51
Didier Fassin

materia criminal. Enuncian no solamente lo que ella


es sino también, por sustracción, lo que ella no es. Así,
pareciendo brindar una pura descripción, le aportan
una doble legitimidad: moral, puesto que abarca una
infracción y se aplica a su autor; legal, puesto que es
así que son calificadas la regla que ha sido violada y la
autoridad que debe encargarse de sancionar.
Aunque Hart insiste sobre la necesidad de distinguir
definición y justificación, la caracterización que hace
del castigo vuelve a legitimarlo y sobre todo a legitimar
lo que es su esencia: infligir por intermedio de una
institución oficial un sufrimiento o un equivalente a
la persona que cometió un acto censurable. De este
efecto de autoridad de la definición es por lo demás
consciente. Reconoce incluso que existen otras formas
de castigo que no entran en el cuadro que indicó, tales
como los castigos por poderes, que no apuntan al autor,
o los castigos por infracciones a reglas que no dependen
de la ley, y se observa que si fueran tomadas en cuenta,
esas otras formas fragilizarían la legitimidad moral de
la sanción, en el primer caso, y su legitimidad legal, en
el segundo. Por otra parte, las califica como “de nivel
inferior” y no las discute más a fondo en su artículo. Es
necesario entonces preguntarse qué es lo que se pierde
o lo que se oculta al aceptar la definición estándar de

52
Castigar

Hart como lo hacen la mayoría de los juristas y filó­


sofos.24 Me esforzaré, ¡en un primer momento, sobre
la base de una observación etnográfica, por discutir la
pertinencia de los cinco criterios adelantados para
mostrar que uno solo resiste finalmente al análisis, y
en un segundo momento, a partir de una reflexión
genealógica, por comprender cómo este elemento ha
venido a definir lo que es castigar.

Consideremos los siguientes hechos, recogidos


en el curso de mi investigación sobre las fuerzas del
orden algunos meses antes de los disturbios de 2005
en Francia. Hacia el final de la tarde, un residente de
una pequeña ciudad de la periferia parisina llama a la
policía para señalar la presencia de un cuatriciclo en
el parque vecino. Una patrulla es enviada al lugar y, a
su llegada, los agentes intentan interceptar el vehículo.
Tratando de escapar, el conductor cae, aunque sin
sufrir heridas. Cuando los policías, que lo han atra­
pado, se aprestan a reducirlo, se ven rodeados por
muchos jóvenes que protestan agresivamente contra
el arresto de su amigo. Sintiéndose en peligro, se re­
tiran y piden refuerzos. Algunos minutos más tarde,

53
Didier Fassin

una media docena de vehículos policiales ha llegado


al lugar. Unos quince guardianes de la paz de civil
o de uniforme salen de los coches y se lanzan hacia
el conjunto de edificios molestando a las parejas y a
los niños prestos a disfrutar apaciblemente la tarde
primaveral. Una mujer que se interpone para prote­
ger a sus hijos es detenida sin contemplaciones. Un
niño de nueve años que respondió a un policía se ve
amenazado con un flashball cerca de la sien. Muchos
jóvenes que se encuentran en los espacios públicos
y no han podido escapar a tiempo son arrestados.
Afirmando conocer al líder del altercado inicial,
los agentes se abalanzan sobre una de las escaleras
y derriban la puerta del departamento donde viven
sus padres. En la confusión subsiguiente, atropellan
a su hermana, que accidentalmente ha salido de su
habitación al escuchar el tumulto. Finalmente, el
sospechoso es inmovilizado, esposado y conducido a
la comisaría, donde se descubre que es ciego, lo que
hace su culpabilidad en el incidente que desencadenó
la respuesta policial poco verosímil: es entonces libera­
do. De la docena de habitantes que fueron detenidos,
cinco, incluida la madre que se había opuesto, son
mantenidos en prisión preventiva esperando ser tras­
ladados a la fiscalía por desacato y desobediencia ante

54
Castigar

agentes depositarios de la autoridad pública, mientras


que el resto es liberando tarde en la noche: por falta
de transporte público, vuelven a pie a sus casas. En
el hospital, a donde la hermana del sospechoso fue
llevada, los médicos le diagnostican una fractura del
brazo y lesiones cervicales.
La escena que acabo de referir no presenta carácter
excepcional alguno para los residentes de los barrios
populares. Durante mi investigación, asistí o escuché
contar diversos episodios similares, más o menos gra­
ves; se trata de hechos que, cuando las cosas se ponen
feas, pueden terminar con una muerte y desembocar
en desórdenes urbanos. La mayoría tienen afortuna­
damente un desenlace más anodino y permanecen
ignorados por el público, a excepción de aquellas
y aquellos que vivieron la experiencia directa. Pero
¿cómo interpretar la reacción de las fuerzas del orden
ante lo que sus tres colegas habían percibido como
un obstáculo a su intervención? ¿Cómo calificar esta
expedición brutal que deja daños materiales y heridas
físicas entre los habitantes y llega a detenciones poco
convincentes? Respecto de la definición de Hart,
uno está tentado de rechazar el castigo: por cierto,
los inconvenientes sufridos no pueden ser puestos
en duda, como tampoco la intención de infligirlos,

55
Didier Fassin

pero no parece que las detenciones estén en relación


con la infracción inicial a la ley, que los sospechosos
arrestados hayan cometido algún delito, en fin, que
castigar esté entre las misiones legales de las fuerzas del
orden. Asimismo, los habitantes no dudan en decir
que se trata de represalias, y algunos comisarios, por
su parte, hacen en voz baja el mismo análisis.
¿Castigo o venganza? Los filósofos han intentado,
desde largo tiempo atrás, oponerlos, juzgando mala e
ilegítima a la segunda y bueno y legítimo al primero.
Santo Tomás ya consideraba que la distinción entre
los dos residía en la intención del que corrige la falta:
“si su intención apunta principalmente a hacerle mal a
aquel del cual se venga”, implica que obtiene placer y
por lo tanto la represalia es ilícita; “pero si la intención
apunta a un bien que debe proporcionar el castigo”,
se trate de la enmienda del culpable o de la seguridad
de los otros, entonces la represalia es lícita.25 Por su
parte, reconociendo que “castigo y venganza compar­
ten una estructura común, a saber, una pena infligida
por una razón dada (una falta o un perjuicio) con el
deseo de que la otra persona sepa por qué”, Robert
Nozick propone cinco elementos para diferenciarlos:
el castigo responde a una falta cometida, se fija límites
proporcionales a la gravedad del acto, supone lazos

56
Castigar

impersonales con el autor, no implica una dimensión


afectiva y obedece a principios de significación general;
a la inversa, la venganza responde a un daño sufrido,
no se plantea límites, establece una relación personal
con el autor, pone en juego emociones y es cada vez
singular.26 Se percibe que esta distinción puede tener
por objetivo implícito deslegitimar la segunda (la
venganza ciega) para legitimar mejor el primero (el
castigo merecido) y por efecto político separar a los
“otros” (los bárbaros que se vengan) de los “nuestros”
(los civilizados que castigan), en un contexto donde
las sociedades contemporáneas se han vuelto más re­
presivas y se encuentran confrontadas a nuevas formas
de violencia.
Pero ¿se puede tan fácilmente diferenciar las dos no­
ciones en los hechos? “¿Otelo castiga a Desdémona o se
venga de lo que él piensa que es su traición? ¿El conde
de Montecristo castiga o se venga de los enemigos que
arruinaron su vida?”, se pregunta Leo Zaibert, para
quien esta distinción es más retórica que analítica.27
Es una cuestión análoga la que plantea Danielle Alan
a propósito del suplicio infligido por Zeus a Prometeo
en la tragedia de Esquilo:28 “No estamos seguros de
saber si se trata de un castigo o de una tortura”. Si,
antes que en la literatura, se buscan en el mundo real

57
Didier Fassin

ejemplos para comprobar los criterios con que Nozick


supone poder distinguir las dos nociones, ¿se puede
pensar que la condena a muerte de un homicida
responde solamente a una falta cometida y no a un
perjuicio sufrido, como la amputación de la mano
de un ladrón es proporcional a la gravedad de la falta
cometida, que la flagelación de un esclavo acusado de
haber robado a su amo procede de decisiones imperso­
nales, que la ejecución pública de un condenado está
exenta de manifestaciones emocionales, en fin, que el
ahorcamiento de un tirano tras la caída de su régimen
obedece a un principio de valor general? Ahora bien,
cada uno de estos actos es percibido y presentado, en
su contexto específico, como un castigo y no como una
represalia. Entile Durkheim había visto acertadamente
esta dificultad de separar una del otro: “La pena sigue
siendo, al menos en parte, un acto de venganza”, escri­
bió.29 Y, por otro lado, para él, la venganza en absoluto
tiene la dimensión negativa que los moralistas y los
filósofos le confieren: ve allí la expresión benéfica de
un instinto de conservación.
Volvamos a la intervención de la policía en el barrio
popular. No es fácil ver allí una simple operación de
orden público, teniendo en cuenta la inseguridad
que genera. Pero, ¿podemos sentirnos satisfechos de

58
Castigar

la calificación de represalias que, en el fondo, redimi­


rían la institución al reducir el ciclo de violencias a
las reacciones individuales inapropiadas? Me parece
que es necesario pensar más bien esta escena en tér­
minos de acción punitiva. Para establecerla como tal,
me apoyaría a la vez sobre elementos subjetivos (la
percepción que tienen de ella los agentes) y objetivos
(el análisis que puede hacer el observador acerca de
la misma acción).
Por cierto, los policías no ven en su intervención
una represalia. No podrían evidentemente reivindicarla
como tal frente a sus jefes o a la justicia, pues se supo­
ne que no ejercen venganza contra la población. Pero
sus conversaciones privadas muestran que no piensan
tampoco en esos términos y que desarrollan incluso
argumentaciones para legitimar ese tipo de operación.
Sus justificaciones son de dos órdenes. Primeramente,
imaginan que los habitantes de los barrios populares les
son globalmente hostiles, lo que autoriza su hostilidad
recíproca. “No nos quieren, nosotros tampoco a ellos”,
se complacía en decir el jefe de la brigada anticriminal.
Asimismo, tienden a asociar a los habitantes de esos
barrios, especialmente a los jóvenes, con actividades
criminales o delictivas: “No se llega a distinguir a los ma­
leantes de las personas honestas”, reconocía el comisario

59
Didier Fassin

a cargo del distrito. Esta doble representación negativa,


que procede por generalización indiscriminada sobre
toda una población, es naturalmente sustentada por
prejuicios racistas y xenófobos en su mayoría en contra
de personas de color o de origen inmigratorio. Al esti­
mar su público compuesto de posibles enemigos y de
potenciales culpables, lo que sin embargo ni los sondeos
de opinión ni los estudios de campo confirman, los
agentes consideran legítimas sus acciones punitivas.
En segundo lugar, creen ineficaces a la justicia y a los
magistrados permisivos: “Se detienen delincuentes,
se los lleva a la fiscalía y a la mañana siguiente se los
encuentra en la calle” es una cantinela frecuentemente
escuchada durante las patrullas. Aunque las estadísticas
revelan por el contrario una tendencia de los jueces
a condenar más y más a menudo, rápidamente y
con severidad, esta convicción permite a los policías
sentirse con el derecho de castigar de inmediato a los
sospechosos que interrogan. Vejaciones, humillaciones
y a veces brutalidades sirven en alguna medida de re­
tribución oficiosa que anticipa la supuesta indulgencia
del aparato judicial.
El observador puede, por su parte, poner en pers­
pectiva la escena local inscribiéndola en su contexto
histórico y político. Pues esta operación no es un hecho

60
Castigar

aislado: participa de los modos de acción ordinarios


y predecibles de las fuerzas del orden en los barrios
populares. Sobre las brigadas anticriminales, un co­
misario decía que son “un mal necesario”, y un alto
funcionario comentaba que son “las preferidas de sus
superiores porque son las que hacen caja”. Desde las
escuelas de la policía nacional, donde la formación
consolida los prejuicios de los futuros guardianes
de la paz en relación a esos barrios y sus habitantes,
hasta las comisiones de disciplina interna, donde la
impunidad de las conductas desviadas sigue siendo
la regla, la institución contribuye al mantenimiento de
prácticas punitivas selectivas y a la legitimación de sus
justificaciones. Estas prácticas son, además, alentadas
a la vez por el discurso de la seguridad omnipresente en
el espacio público, por la insistente estigmatización de
ciertas poblaciones, por la imposición de cuotas de de­
tenciones, en fin, por políticas nacionales que propor­
cionan a los policías instrumentos, tanto tecnológicos
como legislativos, y les garantizan protección en caso
de infracción o de incidente. En estas condiciones,
ellos se sienten en alguna medida habilitados para
practicar esas formas extrajudiciales de castigo.
A la vista de los elementos subjetivos y objetivos
convocados para interpretarlo, se puede entonces argüir

61
Didier Fassin

que la intervención policial es, en este caso, una ope­


ración punitiva.30 Esta lectura tiene dos implicaciones
teóricas importantes. Primero, más que el intento por
verificar que los hechos validen la definición, uno debe
por el contrario esforzarse en adaptar esta a aquellos: el
sentido que los agentes dan a su gesto y el análisis que
se puede hacer de lo que subyace conducen incluso
en este caso a cuestionar los criterios propuestos. En
segundo término, si es teóricamente legítimo querer
separar la definición y la justificación del castigo como
lo subrayan numerosos filósofos y juristas, es empírica­
mente difícil hacerlo: los policías y, en cierta medida, su
institución, tienen necesidad de argumentos, aunque
fuesen falaces, para legitimar lo que de otro modo
aparece como acciones desviadas.
Si entonces se acepta esta lectura, ¿con qué tipo
de castigo tenemos que vérnoslas, considerando que
los culpables no han sido arrestados, ya se trate del
conductor del cuatriciclo o de los jóvenes que acudie­
ron en su ayuda? Se pueden distinguir en la lectura
dos modalidades: colectiva y aleatoria. La primera
modalidad consiste en castigar al conjunto del grupo
al cual pertenece el sospechoso, a saber, los residentes
de la ciudad, y más específicamente los adolescentes y
los jóvenes. Su tranquilidad es alterada, su entorno es

62
Castigar

conmocionado, algunos son insultados y amenazados,


otros son empujado^ o atropellados. Aprenden así
que cualquiera sea sü edad, su sexo y su estatuto, se
encuentran sin recursos, a merced de tales incursiones
violentas. La segunda modalidad implica castigar par­
ticularmente a los que liarán de factibles sospechosos,
sea en razón de sus antecedentes judiciales, sea simple­
mente porque los policías han conseguido atraparlos.
Son controlados, son registrados, a veces arrestados.
Un elemento esencial de este proceso es el recurso
potencial a la calificación de desacato y desobediencia
a un representante depositario de la autoridad pública,
que se dirige especialmente a los heridos durante su
arresto y cuya posible queja se encuentra de ese modo
neutralizada. El castigo en la calle se dobla entonces casi
siempre con una pena en el tribunal. Aunque suscite
reservas en el seno de la jerarquía policial, que consi­
dera que incita a los agentes a la agresividad contra el
público, esta práctica, respaldada por el Ministerio del
Interior, ha dado lugar a una espectacular progresión
de ese delito en el curso de los tres últimos decenios.
En resumidas cuentas, retomando el conjunto de
los elementos a la luz de la definición clásica de casti­
go, se ve que la operación de policía es conducida por
una institución legal que no tiene vocación de castigar

63
Didier Fassin

pero que se considera, sin embargo, autorizada a ha­


cerlo y que el poder reafirma en tal sentido; que las
infracciones sancionadas no corresponden a la razón
de la intervención y pueden incluso ser fabricadas
para justificar las acusaciones y neutralizar eventuales
reclamos; que en la ausencia de culpable identificado,
la sanción puede traducirse en una expedición puni­
tiva o una punición aleatoria; y que las modalidades
de su ejecución toman las formas extralegales de la
violencia física y moral.
Lo que acaba de describirse en el contexto francés
no le es, por cierto, específico. En el último período,
la policía ha aparecido en diversos lugares del mundo
cada vez más como proveedora de expresiones, aveces
extremas, de castigos extrajudiciales. En Brasil, los
organismos de derechos humanos estiman que más
de 5 000 personas fueron muertas por la policía en las
favelas de Río de Janeiro entre 2005 y 2014 en el marco
de la lucha contra la criminalidad. En las Filipinas, las
estadísticas oficiales indican que, sólo durante el mes
de julio de 2016, más de 1 800 sospechosos fueron
abatidos, de los cuales 700 fueron muertos por las
fuerzas del orden, en el marco de una campaña contra
el tráfico de drogas decidida por el presidente reciente­
mente electo. En 2015, en los Estados Unidos se han

64
Castigar

contabilizado 1134 decesos causados por policías, es


decir, cuarenta veces ibas que las ejecuciones capitales
durante el mismo período y, hecho notable, el perfil
socio-racial de las víctimas es similar en los dos casos.31
La interpretación de estos homicidios como castigos
extrajudiciales varía según los contextos. En algunos
casos, las declaraciones de los responsables políticos y
las reacciones favorables de una parte de la población
afirman claramente la existencia de un populismo
penal asumido; en otros casos, el apoyo de las autori­
dades a estas prácticas, el rol de la institución para fa­
cilitarlas, la impunidad judicial de la que se benefician
y el silencio complaciente que las acompaña revelan
expresiones latentes o veladas de ese populismo. La
función punitiva de la policía no se resume, sin embar­
go, en esas manifestaciones extremas. En el acontecer
cotidiano, se traduce en el maltrato, las provocaciones,
las amenazas, las humillaciones, los insultos racistas, los
controles indebidos, las requisas injustificadas, las deten­
ciones sin objeto, las prisiones preventivas arbitrarias,
los golpes que no dejan huellas, aveces incluso el uso
de la tortura, todas estas prácticas documentadas que
se concentran sobre los segmentos más vulnerables de
la población.32 La banalización y la normalización
de prácticas punitivas extrajudiciales por las fuerzas

65
Didier Fassin

del orden son un hecho grave todavía ampliamente


desconocido por las sociedades contemporáneas.
En un influyente artículo -que por otra parte ins­
piró la definición de Hart—, el filósofo Antony Flew
se pregunta si existe “una línea nítidamente trazada
más allá de la cual se debe dejar de usar la palabra
castigo’”.33 “¿Cuándo —se interroga- el castigo del
inocente o el castigo ilegal deja simplemente de ser un
castigo?” La pregunta es seguramente legítima. Sobre
la base de la observación que acaba de ser presentada
y que integra precisamente las dos características
de inocencia y de ilegalidad, se podría sin embargo
invertirla y preguntarse mejor si la definición de la
misma palabra no merece ser cuestionada respecto de
los hechos a los cuales se supone que corresponde. El
castigo del inocente y el castigo ilegal, ¿no son precisa­
mente formas habituales del castigo? Querer purificar
el acto de castigar desembarazándose de lo que no
sería legítimo o lícito al tiempo que todo muestra que
las sociedades jamás han cesado de castigar más allá
de los principios ordenados por la moral y la ley, ¿no
volvería a sustituir la idealidad del fenómeno con su
realidad, haciendo al mismo tiempo desaparecer a esta
última? No se trata, en efecto, de hacer demostración
de cinismo sino de describir lo que es antes que lo que

66
Castigar

debería ser. La revisión de los cinco criterios del “caso


estándar” se vuelve entonces un procedimiento tanto
heurístico como político.
El segundo y el tercer criterio de Hart parecen a sim­
ple vista los más evidentes: el castigo se aplica cuando
una regla (legal) ha sido transgredida y concierne a la
persona que cometió (o es sospechosa de haber come­
tido) ese acto. Se ha observado, sin embargo, en casos
especiales que esos dos principios no se dieron: admi­
nistración fortuita de un castigo; delito forjado con
miras a un traslado a la fiscalía. Si bien son prácticas
comunes en el seno de la policía, también existen en
otras instituciones, comenzando por la escuela, donde
la sanción colectiva no es rara cuando el alumno cul­
pable de una falta no se denuncia o no es denunciado.
Pero es en los contextos de guerra que toman un giro
más trágico, como lo han mostrado numerosos epi­
sodios de los dos conflictos mundiales. Para el período
contemporáneo, el gobierno israelí fue regularmente
el objeto de condenas internacionales por su práctica
sistemática del castigo colectivo a los palestinos: des­
trucción de viviendas de familias sospechosas de ataques;
supresión de autorizaciones de circulación de decenas de
miles de personas luego de agresiones; riego con líquidos
pestilentes en los barrios donde se producen protestas;

67
Didier Fassin

bombardeos de poblaciones civiles como durante la


operación llamada “Cerco protector” que, en 2014,
causó la muerte de más de dos mil personas, entre las
cuales hubo numerosas mujeres y niños.34 Aunque
esas acciones punitivas sean calificadas de represalias
por la Organización de Naciones Unidas y denun­
ciadas como tales por las asociaciones de derechos
humanos, son siempre presentadas por las autoridades
israelíes como castigos legítimos a la vez en términos
de justa retribución y de efectiva disuasión, dicho de
otro modo, en el lenguaje mismo de la filosofía del
derecho.35 Es decir, hasta qué punto las cuestiones de
calificación en materia de castigo son siempre apuestas
morales y políticas.
El mismo sistema penal no va a la zaga en el borra-
miento de los límites del dominio punitivo, como lo
testimonia la numerosa presencia en prisión de personas
en espera de su proceso o de un llamado de su juicio.
En los Estados Unidos, el 62% de los doce millones
de personas que son encarceladas cada año &njails son
acusados, y el factor más decisivo de su permanencia
en detención preventiva es económico. En Francia,
los acusados representan el 29% del conjunto de los
detenidos, pero el 43% de los que se encuentran en
centros de detención preventiva.36 Si se toma en serio

68
Castigar

la fórmula según la cual una persona acusada goza


de la presunción de inocencia en la medida en la
que su culpabilidad no ha sido demostrada, se debe
admitir que los acusados no deberían ser sometidos
a un tratamiento punitivo. Ahora bien, aunque no se
trate formalmente de un castigo sino de una medida
supuestamente preventiva, un director de prisión
francesa me señalaba la paradoja de que estos últimos
son detenidos en condiciones más duras que los con­
denados: confinados en celdas superpobladas, apenas
si salen dos veces por día durante una hora, mientras
que los que purgan penas superiores a dos años gozan
de una celda individual y a menudo de una libertad
relativa de circulación en el establecimiento. Por otro
lado, su exposición a las violencias es mayor; su acceso
a un empleo, más limitado; sus prerrogativas en el
seno del establecimiento, más restringidas; su tasa de
suicidio bajo reclusión es, por otra parte, tres veces
más alta. Existen asimismo, en el mundo carcelario,
disociaciones todavía más notables entre crimen y
castigo, particularmente el rechazo de volver a juzgar
a inocentes condenados erróneamente y la detención
ilimitada sin cargos. En el primer caso, en relación
al cual diversos ejemplos han sido informados en
los Estados Unidos, se oponen argumentos jurídicos

69
Didier Fassin

engañosos a la reapertura de expedientes cuando los


detenidos purgan muy largas penas, incluso cuando se
encuentran en el corredor de la muerte.37 En el segun­
do, se crearon dispositivos legislativos e institucionales
adhoc que permiten encerrar por períodos indefinidos,
sin necesidad de juzgarlos ni incluso inculparlos, a
extranjeros en situación irregular y que solicitan asilo,
en Gran Bretaña o en Australia, o bien prisioneros
políticos y supuestos combatientes, en Guantánamo
o en Israel.38 La ausencia de crimen o de prueba de
crimen no garantiza, por ende, la ausencia de castigo.
Los criterios cuarto y quinto de Hart atañen a la
administración de la pena, a saber, la persona que está a
cargo y la autoridad a la cual apela. En efecto, por una
parte, respecto de la definición, el criminal no puede
castigarse a sí mismo. Pero ¿qué se sabe del significado
de un suicidio o de automutilaciones cuando se está
ante una persona que cometió una infracción y, fre­
cuentemente, ha sido ya objeto de una detención? La
interpretación del mal que ella se hace a sí misma es,
en este caso, delicada: ¿se trata de pedir ayuda, de pro­
testar contra una situación intolerable, de escapar a la
perspectiva de sevicias o de torturas, o bien, hablando
estrictamente, de mortificarse en razón del acto que
se ha cometido? El tema es particularmente sensible

70
Castigar

en Francia, donde las tasas de suicidio en ámbito car­


celario son las más elevadas de Europa. Sin embargo,
el hecho de que los autores de homicidio voluntario
ponen fin a sus vidas tres veces más a menudo que
el conjunto de los detenidos puede hacer pensar que la
culpabilidad juega un rol en su acto.39 Por otra parte,
contrariamente a lo que supone la definición, la au­
toridad que reivindican los que castigan está lejos de
ser solamente legal. Si el Estado detenta en principio
el monopolio del ejercicio del Poder Judicial, está en
los hechos enfrentado a la presencia de otros actores
que exigen ellos también hacer justicia o más exacta­
mente hacerse justicia. El fenómeno más significativo
a este respecto es el desarrollo de lo que se llama, con
un término de origen español, vigilantismo. Recubre
reclutamientos dispares, del Ku Klux Klan hasta hace
poco al Proyecto Minuteman en la frontera mejica­
na, de la Sombra Negra de El Salvador a los People
Against Gangsterism and Drugs en Africa del Sur.
Más allá de sus diferencias tanto ideológicas como
tácticas, estos movimientos de ciudadanos tienen en
común el hecho de estimar incapaces a las autoridades
oficiales de hacer frente a los problemas de orden y de
seguridad y de comprometerse en asegurar el control
a menudo castigando ellos mismos a los sospechosos

71
Didier Fassin

que detienen. Si estos grupos de autodefensa y de au-


tojusticia se sitúan por afuera de la ley, ellos entablan,
sin embargo, y con frecuencia, relaciones ambiguas
con el Estado, especialmente con la policía.40 Es difícil,
entonces, considerar que la administración del castigo
por parte de una persona distinta del infractor e inves­
tida de una autoridad legal sea un elemento necesario
para la calificación del acto de castigar.
Sólo queda un criterio de la definición de Hart: la
imposición de un sufrimiento -o como mínimo de
una forma de molestia-. Es también lo que el sentido
común retiene del acto de castigar y que Durkheim
expresa con claridad:41 “Se nos dice que no hacemos
sufrir al culpable por hacerlo sufrir; no es menos cierto
que encontramos justo que sufra”. La equivalencia
semántica entre castigo y sufrimiento va por otra
parte a la par con la equivalencia penal entre crimen
y sufrimiento: es porque castigar significa hacer sufrir
que filósofos, juristas, legisladores y magistrados se han
dedicado a establecer una correspondencia minuciosa
entre el acto cometido y el sufrimiento impuesto, y,
a la inversa, es porque se estima que la expiación del
acto hace necesaria una cierta cantidad de sufrimiento
que castigar no puede sino significar hacer sufrir. Este
razonamiento circular parece ser tan evidente que esas

72
Castigar

equivalencias son apenas cuestionadas. Ahora bien,


en su texto, Hart advertía enérgicamente contra el
riesgo de tenerlas por adquiridas. Invitando él mismo
a su lector a no dejarse encerrar en la definición de su
“caso estándar”, le señalaba como el principal peligro
detenerse en el definitionalstop, a saber, “impedirnos
examinar la cosa que el escepticismo moderno más
pone en tela de juicio: el estatuto racional y moral de
nuestra preferencia por un sistema de penas en virtud
del cual medidas dolorosas deben ser aplicadas contra
los individuos que han cometido una infracción”.
Atenerse a una definición del castigo que acepte su
afirmación primera, que lo asocia al sufrimiento, es
por consiguiente renunciar a la posibilidad de toda
crítica fundacional.42 Para superar este obstáculo
es necesario por ello completar la pregunta “¿qué es
castigar?” con esta otra: ¿de dónde viene nuestra idea
del castigo?

En el segundo ensayo de La genealogía de la moral,


Nietzsche es quizás el primer autor en poner en entredi­
cho la evidencia del castigo como imposición de un
sufrimiento: “¿De dónde -se pregunta—43 ha sacado su

73
Didier Fassin

fuerza esta idea antiquísima, profundamente arraigada


y tal vez ya imposible de extirpar, la idea de una
equivalencia entre perjuicio y dolor?”. Y su respuesta
no deja de sorprender: “... de la relación contractual
entre acreedor y deudor, que es tan antigua como la
existencia de ‘sujetos de derechos’ y que, por su parte,
remite a las formas básicas de compra, venta, cambio,
comercio y tráfico”. El filósofo encuentra una clave
de esta lectura en la lengua alemana puesto que “el
concepto moral esencial culpa [Schuld\ extrae su
origen de la idea muy concreta de ‘deuda’ [Schulderi'd.
¿Pero cómo se constituyó ese lazo original?

El deudor, para infundir confianza en su promesa de


restitución, para dar una garantía de la seriedad y la
santidad de su promesa, para imponer a su propia
conciencia la restitución como un deber, como una
obligación, empeña al acreedor, en virtud de un
contrato, y para el caso de que no pague, otra cosa
que todavía posee’, otra cosa sobre la que todavía
tiene poder, por ejemplo su cuerpo, o su mujer, o
su libertad, o también su vida,

mientras que, por su lado, “el acreedor podía irrogar al


cuerpo del deudor todo tipo de afrentas y torturas, por
ejemplo cortar de él tanto como pareciese adecuado

74
Castigar

a la magnitud de la deuda”. Asombroso sistema de


restitución. ¡
Leyendo estas líneas, se piensa evidentemente en el
Shylock de El mercader de Venecia, ese usurero judío
que no accede a prestar una suma de dinero a su rival
en negocios, Antonio, excepto con la condición de
que este último prometa, si no puede devolverla en
determinada fecha, dejarle tomar “una libra de carne”
de su cuerpo, Como recordamos, el deudor no está
en condiciones de pagar a su acreedor, quien reclama
por lo tanto lo adeudado y, obligado a justificar esta
exigencia cruel, recuerda los insultos, las vejaciones y
humillaciones que sufrió de parte de su prestatario,
concluyendo su célebre diatriba humanista con esta
pregunta:44 “Si nos habéis perjudicado, ¿no debemos
vengarnos?”. En la obra, la devolución de la deuda
deviene entonces la venganza por un perjuicio. Allí
está precisamente lo que Nietzsche interroga. ¿Por qué
el castigo de una insolvencia implica la imposición
de un sufrimiento? ¿Por qué se establece una equiva­
lencia entre ambas? Ampliando el propósito de esta
esclarecedora intuición, propongo aportar una triple
serie de elementos empíricos convergentes en torno
a la relación genealógica entre la deuda y el castigo:
filológica, etnológica e histórica.

75
Didier Fassin

El verbo punir [castigar] viene del latín puniré


o poenire, “castigar”, “vengar”, él mismo derivado
de poena, que a su vez deriva del griego poiné. En
su estudio de las instituciones indoeuropeas, Emile
Benveniste discute en varias ocasiones esta palabra que
significa “la deuda que se debe pagar para reparar un
crimen”, “la retribución destinada a compensar una
muerte”.45 Indica que se trata de “reclamar el precio de
un crimen”, “obtener reparación de un delito”, y utiliza
los términos “resarcimiento” o también “expiación”,
señalando la posible “trasposición sentimental en odio,
venganza considerada como una retribución”. Es la sig­
nificación de intercambio que se vuelve a encontrar en
el latín clásico con poena., cuyo primer sentido es “re­
compensa destinada a redimir una muerte”, de donde
por extensión “compensación, reparación, venganza,
punición, castigo, pena”.46 Sólo ulteriormente, en el
latín tardío, el término toma una significación dolo-
rista puesto que es también utilizado en el sentido de
“tormento, sufrimiento”. Se puede por otra parte notar
que peine [pena], en francés, hereda esta ambigüedad
semántica —punición y sufrimiento- mientras que el
inglés distingue los dos sentidos con penalty y pain.
El verbo “retribuir” sigue una evolución paralela.
Proviene del latín retribuere, dar en cambio, “pagar

76
Castigar

de vuelta”, “hacer lo que es debido”, en el doble sen­


tido de recompensa^ y de castigar.47 Mientras que
la palabra tuvo inicialmente una valencia neutra,
pudiendo significar una gratificación o una sanción
en función de la acción buena o mala a la cual res­
pondía, toma en el Renacimiento una connotación
moralmente específica pero, curiosamente, opuesta
en francés y en inglés: esencialmente positiva en el
primer caso, principalmente negativa en el segundo.
En el lenguaje religioso, la retribución se refiere, en
francés, a la remuneración justa del trabajo, bajo la
influencia del calvinismo, y, en inglés, al Juicio final
y a la cólera divina, en una lectura bíblica literal. En
cualquier caso, actualmente, rétribution significa lo
que cada uno gana por su trabajo o, en el contexto
teológico, una recompensa, mientras que rétribution
reenvía, principalmente a la idea de castigo infligido
por un perjuicio sufrido y, en los textos filosóficos, a
la teoría del castigo merecido.
Este ejercicio lingüístico sumario sugiere un nota­
ble desarrollo semántico. Originalmente, los términos
de los cuales deriva el vocabulario del castigo desig­
naban una restitución en relación con una deuda: re­
paración de un acto censurable, a menudo un crimen
[poend\, pago procedente de una obligación o de una

77
Didier Fassin

gratificación [retribuere\. La red semántica en la cual


se inscriben esas palabras es por consiguiente y ante
todo la del intercambio. Podían tener una connotación
afectiva de cólera o de odio, pero no una significación
moral. La asociación al sufrimiento aparece a partir del
siglo primero para^wíwdy la idea de remuneración por
retribución y de castigo por retribución se manifiesta
en el Renacimiento en el léxico religioso. La dimensión
dolorista y la dimensión moral se combinan por lo
tanto para hacer del castigo un tormento impuesto por
un pecado. Una nueva red semántica se construye en el
lenguaje de la culpa, de la pena justa y de la desgracia
merecida. El castigo relevaba del registro de la deuda
a pagar; devino un sufrimiento a infligir.
De la existencia de esta antigua economía de la
deuda, la etnología aporta numerosos ejemplos.
Así, Kalervo Oberg escribe a propósito de los indios
tlingit de Alaska que estudió al comienzo de los años
1930, que en materia de “crimen y castigo”, es el clan
lo que importaba:48 “teóricamente, el crimen contra
un individuo no existía”. Puesto que cada clan estaba
jerárquicamente estructurado, “si un hombre de rango
inferior mataba a un hombre de rango superior de otro
clan, el asesino era a menudo dejado libre mientras que
uno de sus congéneres de estatuto más elevado moría

78
Castigar

en su lugar”, pero, a la inversa, “si se comprobaba que


la víctima era de rango inferior y de escaso prestigio,
un pago con bienes podía satisfacer al clan lesionado”.
Con otras palabras, fuese a través de la muerte de un
miembro del clan o de la indemnización de la familia
del difunto, la sanción del crimen se inscribía en una
lógica de intercambio. Un conjunto complejo de reglas
que definen el tratamiento de diversas infracciones
permitía así manifestar y reproducir el orden social.
Esta función performativa del castigo reposaba sobre
la disociación entre el autor del acto y la ejecución
de la sanción. La misma se inscribía en un proceso de
circulación de personas y de bienes entre clanes en
lugar de la responsabilización individual. La viola­
ción de la norma moral y del orden social creaba una
deuda que el grupo debía pagar y no una culpa que
el individuo debía expiar.
Se comprende fácilmente que, para ese tipo de
sociedades, la colonización haya dado lugar a una vio­
lenta confrontación entre las lógicas del intercambio y
las del sufrimiento. El antropólogo Leopold Pospisil,
que investigó durante tres décadas el sistema legal de
los kapauku de Papúa-Nueva Guinea, ha analizado
la dolorosa transición, a partir de 1950, entre la “ley
primitiva” y la “ley civilizada”, como las llama, a saber:

79
Didier Fassin

el conjunto de reglas y sanciones de los aborígenes, por


un lado, y el aparato jurídico-represivo establecido
por los Países Bajos, luego por Indonesia, por el otro.49
En el sistema que prevalecía antes de la colonización,
los kapauku “consideraban la libertad individual como
su bien más querido”: era una “condición para vivir”.
No podía entonces ser cuestión de quitársela a uno de
los suyos cuando se cometía una infracción. La mayor
parte del tiempo, “el pago de daños y de indemnizacio­
nes” bastaba para compensar la violación de las reglas,
incluso en caso de muerte. Sólo cuando esta obligación
no era cumplida podían utilizarse otras formas de
castigo, particularmente físico, como último recurso.
Cuando llega el colonizador, introduce su dispositivo
penal y carcelario. Ahora bien, para los kapauku, la
prisión era a la vez inconcebible e intolerable, total­
mente opuesta a su filosofía de la vida. Privados de
aquello que más valoraban, los prisioneros se dejaban
morir. La población, indignada ante esas prácticas
inhumanas, no tardó en rebelarse. Su rebelión fue
reprimida ferozmente por los colonos holandeses.
Diez años más tarde, un nuevo levantamiento logra un
compromiso transitorio con, en esta ocasión, las auto­
ridades indonesias. Estas perturbaciones testimonian
así las tensiones que podían abrirse camino entre una

80
Castigar

justicia que descansaba sobre la compensación de una


deuda por el intercambio de bienes y una justicia que
reposaba sobre el castigo de una culpa por imposición
de un sufrimiento.
Algunas sociedades han combinado a veces los
dos paradigmas y continúan haciéndolo. En el de­
recho musulmán, la resolución de un crimen, en
la medida que no haya sido cometido contra Dios,
puede implicar una lógica retributiva o reparadora.
Según las prescripciones coránicas, la sanción de un
homicidio puede en efecto adoptar dos formas. La
qisa corresponde a la ley del talión, el asesinato que
convoca a cambio la muerte. La diyya ofrece la op­
ción de una compensación financiera, en la medida
que la familia de la víctima acepte ese principio. Es
lo que a menudo se llama el precio de la sangre, cuyo
monto, fijado por el magistrado, depende del sexo
de la víctima y de su religión. El Corán recomienda,
incluso cuando la familia del autor del homicidio no
está en condiciones de pagar esa suma, renunciar a
ella por espíritu de caridad y, por lo tanto, perdonar.
Esta práctica permanece actualmente en los países con
mayoría musulmana que han adoptado la sharía, pero
puede hibridarse con el sistema de derecho criminal.
Por ejemplo, en el Irán posrrevolucionario, la justicia

81
Didier Fassin

considera el caso de homicidio intencional como


un asunto privado en el cual la familia puede elegir
entre venganza y compensación, y a la vez un asunto
público, en el cual el fiscal puede requerir una pena
de prisión.50 Complejas relaciones se desarrollan así
entre reparación y castigo.
En lo que atañe al mundo occidental, la historia
revela una relación ambigua entre deuda y castigo en
la antigüedad. En el comienzo de un artículo pionero
sobre la servidumbre por deudas, Moses Finley refiere
este relato mitológico:51

En Delfos, el dios dice a Heracles que el mal del cual


sufría era el castigo del asesinato desleal de Ifito, y
que sólo podía sanar haciéndose vender como es­
clavo por un cierto número de años, destinando la
suma obtenida a los parientes de la víctima. Es así
que fue vendido a Onfalia, reina de Lidia, donde
Heracles purga su pena al servicio de aquella.

Aquí, el crimen es castigado por el dios que impo­


ne un sufrimiento a su autor, pero su expiación pasa
por una reparación en el mundo de los humanos: los
salarios adquiridos por el trabajo servil deben permitir
al asesino cumplir con su deuda junto con la familia
de luto. Hay disociación entre el castigo (divino) y

82
Castigar

la compensación (humana), esta anula a aquel. Se


trata, entonces, de úna deuda en virtud de la cual el
dios es un intermediario. En las “sociedades arcaicas
y primitivas”, como las llama el autor, tales deudas
cubrían registros muy vastos de actividades humanas,
pudiendo provenir tanto de “actos de violencia, como
un asesinato”, como de “actos graciosos, tal un regalo
u otro servicio prestado”. Para atenernos al caso más
simple, los préstamos de dinero o de trigo, cuando
no eran devueltos, daban lugar a compensación bajo
la forma de prestaciones en trabajo no remunerado,
pero también dé la puesta a disposición, por parte
del deudor, de su mujer, de sus hijos o de sí mismo:
tal era, como lo había visto muy bien Nietzsche, el
sentido de la garantía que el acreedor incluía en la
negociación inicial de su préstamo. Este sistema, que
adquiere una importancia demográfica y económica
considerable, especialmente en Grecia y en Roma
en los primeros siglos de nuestra era, permitía a las
familias ricas asegurarse, a menudo indefinidamente,
una fuerza de trabajo obligatoria y gratuita.
De este caso particular de la servidumbre por deu­
da, dos elementos esenciales pueden ser conservados
en la perspectiva de una genealogía del castigo. Por un
lado, el crimen está inscripto en un conjunto de actos

83
Didier Fassin

de naturaleza legal o económica, de valencia positiva


o negativa, que incluye el asesinato tanto como el
préstamo y cuyo carácter común es traer aparejada
una obligación para los individuos con respecto a
otros individuos. Por otro lado, las prácticas sociales
utilizadas para pagar las deudas así contraídas privile­
gian la circulación y apropiación de bienes y personas,
siendo la servidumbre su forma más extrema. No
se trata de sugerir que la venganza no existía y que
un homicidio no reclamaba a veces un asesinato a
cambio, sino que, en el caso de la República romana
por ejemplo, esas acciones, en ausencia de la justicia
criminal, dependían de la esfera privada, y más que
juicios morales, implicaban resortes emocionales.52
Sin embargo, estas no eran la regla y, con frecuencia,
la muerte de una persona habilitaba otra manera, más
literal y más pacífica, de pagar el precio.
La cuestión que se plantea entonces es comprender
cómo y quizás por qué se ha pasado, en las sociedades
occidentales, de una lógica de la reparación a una
lógica del castigo, de una economía afectiva de la
deuda a una economía moral del castigo. Acerca de
esta cuestión, Simmel hizo un análisis notable en su
Filosofía del dinero.53 Interesándose en la manera por
la cual, históricamente, se encontró un equivalente

84
Castigar

monetario a la vida humana, examina las modalidades


de la compensación financiera por el asesinato de
un individuo conocida bajo el nombre de wergeld
[precio de un hombre] y definida por la ley en contex­
tos tan diferentes como la Inglaterra anglosajona y
la Florencia medieval. Sobre esta base, dos grandes
períodos pueden distinguirse: en el primero, la ex­
piación del crimen opera como una “restitución del
daño causado”, calculada sobre la base del estatuto de
la víctima; en el segundo, deviene un “castigo en el
sentido pleno de la palabra”, con la imposición de un
sufrimiento. La transformación que hace pasar de una
a otra se debe a dos hechos, uno político, el otro
sociológico. Por una parte, el conflicto creado por el
crimen no se regula ya directamente entre individuos,
la víctima puede en este caso verse satisfecha con la
reparación material, pero indirectamente, a través de
la intervención del Estado y sobre todo de la iglesia,
ya que la ofensa consiste entonces en la violación
de un principio general de la ley o de la moral cuya
expiación pasa por una pena infligida al ofensor. Por
otra parte, la diferenciación socioeconómica creciente
hace al establecimiento de una sanción justa cada vez
más problemático, puesto que no apunta a compensar
la pérdida sufrida sino el crimen perpetrado, y que

85
Didier Fassin

el sufrimiento correspondiente debe considerar el


hecho de que un individuo rico puede no ser casi
afectado por el pago de una multa, incluso si esta
es importante. La compensación, especialmente la
financiera, se vuelve entonces cada vez menos per­
tinente a medida que el acto criminal adquiere una
significación general y que la resolución del desorden
social que ha creado se desplaza de la víctima hacia
el autor del crimen.
Es una dirección un poco diferente la que toma,
tres cuartos de siglo más tarde, Michel Foucault en su
segundo curso del Collége de France.54 Focalizándose
más específicamente sobre las instituciones penales y
políticas de la Edad Media, consagra una parte impor­
tante de su análisis al pasaje del derecho germánico al
derecho romano, particularmente en el ámbito crimi­
nal, y a los problemas de poder que pone en marcha.
En el derecho germánico, el reglamento de los litigios
descansa sobre la compensación más bien que sobre
la venganza. Los arreglos económicos prevalecen so­
bre los castigos físicos. Las únicas excepciones son la
violación, el incesto y la traición, que se castiga con
la muerte o más a menudo con el destierro. Incluso
el homicidio depende de un baremo codificado que
tiene por función permitir la solución del conflicto

86
Castigar

por el pago del wergeld-, “Es la clausura de la guerra,


no es la sanción de la pulpa”. Con el derecho romano,
que se impone a medida que aumenta la autoridad de
la iglesia y se extiende el poder del rey, la práctica de la
reparación es reemplazada por el discurso de la reden­
ción. Se pasa al registro de la culpa y del pecado que el
castigo y la penitencia deben permitir hacer perdonar.
La noción de reparación no concierne más en adelante
a los bienes materiales sino a los bienes espirituales,
aunque el sistema de las indulgencias permite recurrir
a los dos: “Una descripción de las prácticas penales en
la Edad Media debería sin duda ordenarse alrededor
de la pregunta: ¿quién repara qué; por qué se repara tal
o cual acción?”. Esta transformación no implica, sin
embargo, solamente el nivel de las “superestructuras”,
es decir, de lo jurídico y de lo religioso. Es también,
y sobre todo, económica y política, a través de las
múltiples formas de multas, cánones, confiscaciones
y adquisiciones que alimentan las luchas entre juris­
dicciones, favorecen la consolidación de la realeza y
permiten el enriquecimiento de las instituciones ca­
tólicas: “Ella se inscribe muy directamente en el juego
de las relaciones de apropiación y de las relaciones de
fuerza”. Finalmente, el sistema de penalidad medieval
sirve menos para asegurar el control ideológico de la

87
Didier Fassin

población por la moral de la culpa y la teología del


pecado que para facilitar la circulación de las riquezas
y la concentración de los poderes.
Si entonces, más marxista en este aspecto de lo
que quería admitir, Foucault interpreta ante todo los
cambios que intervienen en la Edad Media bajo el
ángulo de una economía política de las instituciones
penales, me parece al menos también importante
comprenderlos desde el punto de vista de una econo­
mía moral del castigo, es decir, a través de la manera
por la cual los valores y los afectos se despliegan y se
cristalizan alrededor del crimen y de las respuestas
que las sociedades le aportan. Es en consecuencia
una temporalidad decididamente más larga la que se
trata de movilizar, la de la genealogía nietzscheana,
a fin de captar el pasaje de una lógica de la deuda,
tal como la que prevaleció durante mucho tiempo, a
una lógica de la culpa, tal como la que es progresiva­
mente implementada en el mundo occidental, bajo
la influencia principalmente de la religión cristiana.
En la Edad Media, “el juez se sienta bajo un crucifi­
jo”, recuerda Valérie Toureille, quien agrega que, “sin
embargo, él cree en el uso racional de la justicia”.55
En este desplazamiento de la reparación al castigo, el
sufrimiento ocupa un lugar crucial. Este compensa

88
Castigar

la falta cometida: se hace sufrir pero se debe también


aceptar sufrir.56 La exaltación del sufrimiento excede el
deseo de venganza, y esto considerando que el castigo
pasa en adelante por la instancia de mediación supues­
tamente neutra que es la justicia. Ella se refleja en las
omnipresentes representaciones de la agonía de Cristo,
que muere en la cruz para salvar a la humanidad al
redimir el pecado original, y de los suplicios de los
mártires, que con su sacrificio dan testimonio de su
fe y por ende de la existencia de Dios. La concepción
dolorista del castigo se inscribe en efecto en una sote-
riología donde sólo la imposición de una pena puede
dejar entrever la redención y la salvación.
La valorización del sufrimiento desborda por otra
parte el marco del castigo. En la Edad Media, no hay
ninguna necesidad de haber cometido un crimen para
verse sometido o someterse a sí mismo a la aflicción.
La penitencia, la mortificación e incluso la flagelación
forman parte de las prácticas cristianas, en particular
entre los religiosos y las religiosas. La clausura en
tanto que tal es concebida como una prueba dolo-
rosa que sirve a aquellas y aquellos que la soportan
para alcanzar la felicidad de los bienaventurados.
Sobre los monjes del priorato de Marcigny, Pedro el
Venerable, abate de Cluny, escribe así hacia 1135:57

89
Didier Fassin

“Recluidos en la clausura salvadora y por así decir


enterrados en esta sepultura revitalizadora, esperan
a cambio de la presente prisión, la liberación eterna
y, en lugar de la tumba, la resurrección bienaven­
turada”. Se comprende la pertinencia de la relación
establecida por los historiadores medievalistas entre
carcery claustrum, la prisión y el monasterio, siendo
la primera poco utilizada para fines punitivos hasta
el siglo XVIII mientras que el segundo conoce, a la
inversa, una rápida expansión a partir del fin del
primer milenio. Este paralelo es tanto más intere­
sante cuando después de haber cohabitado largo
tiempo, los dos tipos de establecimientos son en
alguna medida superpuestos e incluso sustituidos
uno por el otro, cuando el Estado francés, después
de 1789, transformó las abadías y los monasterios en
bienes públicos y se sirvió de ellos para encerrar allí
a los criminales de derecho común. La decadencia
de las instituciones monásticas, iniciada antes de la
Revolución, precedió por poco el advenimiento de
la institución penitenciaria, producido por el pen­
samiento revolucionario. Ironía de la historia: cerca
de caer en desuso, los lugares de encierro religioso
pudieron de este modo encontrar una segunda vida,
esta vez como ámbitos de confinamiento carcelario.

90
Castigar

En los años 1860, la mitad de las grandes residencias


centrales francesas erá una Herencia de las abadías y
monasterios del Antiguo Régimen.
Asimismo, el nacimiento de la prisión fue presentado
durante mucho tiempo como el signo y el producto de
una humanización del castigo. Los ideales de las Luces,
el reformismo penal de Cesare Beccaria, el activismo
filantrópico de John Howard y la utopía arquitectónica
de Jeremy Bentham se concretarían en la institución
carcelaria, donde se reemplazaban los castigos por la
corrección moral, las ejecuciones por la educación,
la crueldad por la disciplina. En ninguna parte esta
política ha sido llevada tan lejos como en los Estados
Unidos a partir de los años 1820 con la creación de las
grandes penitenciarías -término seguramente revelador
de la influencia cristiana- sobre la costa este del país.
Es necesario subrayar con David Rothman que los
apasionados debates que enfrentaron en este período
a los partidarios del modelo llamado congrégate de
la prisión de Auburn, en el estado de Nueva York,
donde los detenidos estaban solos de noche pero
trabajaban y comían juntos en silencio de día, y los
defensores del modelo llamado sepárate de Pensilvania,
representado por la prisión de Filadelfia, donde los
prisioneros estaban permanentemente aislados en su

91
Didier Fassin

celda sin ningún contacto con los otros, no deberían


ocultar las profundas similitudes en el espíritu de dos
proyectos.58 Para uno como para otro, se trataba de
sustituir la marca del látigo con la experiencia de la
reclusión, el dolor físico con el sufrimiento psíquico,
la perniciosa ociosidad con la labor saludable, y la
peligrosa promiscuidad con la soledad provechosa. Se
encontraban así reconciliadas la voluntad de castigar
y la esperanza de corregir. Enviados en 1831 por el
gobierno francés para estudiar el sistema norteameri­
cano, Gustave de Beaumont y Alexis de Tocqueville
volvieron de su misión seducidos y redactaron un
informe entusiasta. Al hacer a su vez el viaje diez
años más tarde, Charles Dickens consideraba que el
sufrimiento moral soportado por los prisioneros era
peor que todas las torturas físicas. En rigor, como
lo muestra Rebecca McLennan, quien habla del
desarrollo de un sistema de “servidumbre penal”, la
gran diferencia entre los dos tipos de prisión residía
en la explotación de la abundante mano de obra cau­
tiva implantada en el sistema de Auburn pero nunca
adoptada en el sistema de Pensilvania.59 El éxito del
modelo neoyorquino la hizo prosperar y dispersarse
por todo el país, mientras que su rival histórico más
al sur casi no hacía escuela. Esta singular alianza entre

92
Castigar

la moral cristiana y la filantropía esclarecida de los


inventores (p. 74), por un lado, y el realismo práctico
y el capitalismo manufacturero de los operadores, por
el otro, se prolonga hasta el fin del siglo XIX, cuando
las corrientes progresistas impondrán una visión de
la prisión más acorde con la democracia moderna.
La genealogía que acaba de ser esbozada arroja un
poco de luz sobre la parte menos discutida e incluso
menos pensada del castigo, a saber, la imposición de
un sufrimiento, del cual se ha visto que era el núcleo
duro -el único elemento de la teoría clásica que resiste
a la prueba empírica-. El vaivén, trazado a grandes
rasgos, que ha hecho pasar de una economía afectiva
de la deuda, en la cual los sentimientos de venganza se
encontraban muy a menudo canalizados en los disposi­
tivos de restitución y de compensación, a una economía
moral del castigo, en la cual la comisión de un pecado
convocaba un castigo del culpable con el objetivo de
redimirlo, es el hecho importante que permite pensar
la centralidad del sufrimiento en el acto de castigar.
Este análisis, es necesario subrayarlo, se opone diame­
tralmente a la tesis de Durkheim que veía, a la inversa,
en la evolución de las sociedades de una solidaridad
mecánica hacia una solidaridad orgánica el pasaje de
un sistema jurídico que reposaba sobre la represión,

93
Didier Fassin

cuyas sanciones “consisten esencialmente en un do­


lor, o, por lo menos, en una disminución infligida al
agente”, a un sistema jurídico que descansa sobre la
restitución, cuyo objetivo es “la restauración de las
cosas, el restablecimiento de las relaciones perturbadas
bajo su forma normal”.60 Según esta interpretación,
cuanto más se desarrolla la división del trabajo social,
tanto más prevalece el derecho restitutivo sobre el de­
recho represivo”. En realidad, los estudios etnológicos,
desde Malinowski y los acercamientos históricos, de
acuerdo con Simmel, han mostrado que la restitución
era tan esencial a los trobriandeses del comienzo del
siglo XX como a los anglosajones de la segunda mitad
del primer milenio. Y no hay ninguna necesidad de
agregar que, a la inversa, el mundo contemporáneo
está lejos de haber tetminado con la represión, alcan­
zando la población carcelaria niveles sin precedentes.
El trabajo genealógico permite así exhumar una
manera de responder a las violaciones de las normas
y de las leyes de la sociedad que se nos ha vuelto prác­
ticamente ajena, salvo bajo la forma de la eventual
indemnización de las víctimas: tanto el paradigma
dolorista como la aplicación de un sufrimiento como
pago de la infracción se imponen como evidentes.
Ciertamente, desde la Edad Media muchas cosas han

94
Castigar

cambiado. La economía moral del castigo conoció im­


portantes transformaciones, particularmente bajo la
influencia de una laicización de las instituciones que lo
dispensaban y de una secularización del derecho sobre
el cual ellas se fundan. Sin embargo, las estructuras
ideológicas subsisten. Al revés de la opinión común
según la cual “la evolución actual del derecho penal se
ha hecho contra las iglesias y contra su teología”, Paúl
Ricoeur afirma que “todas las tendencias actuales de
la penalidad, en apariencia antirreligiosas, son quizás
un medio de redescubrir un sentido distinto de la pe­
nitencia y del castigo”.61 Ofrece especialmente como
ilustración el reemplazo del pecado por la infracción
y la expiación por la enmienda, en la cual ve una feliz
evolución que demuestra una vuelta a los verdaderos
valores cristianos que defiende. Sea que se comparta
o no su posición normativa o que se alegre uno con
él o no por el redescubrimiento de la penitencia, no
deja de ser cierto que compromete una importante
reflexión sobre la herencia religiosa en el sistema penal,
que merece ser retomada en una experiencia crítica.
En efecto, del mismo modo que Claude Lefort,
contra la idea de que la modernidad occidental se carac­
teriza por la separación de lo religioso y de lo político,
propone un análisis de la “permanencia de lo teológico-

95
Didier Fassin

político”, se puede defender, contra la concepción de


instituciones jurídicas laicizadas y de un derecho penal
secularizado, la tesis de una persistencia de lo teológico
en lo jurídico.62 Y al igual que él lo hace a propósito
de las instituciones políticas, se podría interrogar
sobre los rastros dejados por el cristianismo en el
dispositivo legal reemplazando “político” por “ley” y
“orden político” por “dispositivo penal” en la siguiente
cita: “¿Se puede decir que la religión se ha borrado
simplemente ante lo político, sin preguntarse lo que
significaba antes su participación en el orden político?
O bien, ¿no es necesario suponer que esta participa­
ción fue tan profunda que se volvió irreconocible para
aquellos mismos que juzgan agotados sus efectos?”. La
exploración de esta “parte secreta de la vida social”, ge­
neralmente ignorada o denegada, permitiría entonces
pensar una teología penal, del mismo modo en que se
concibe una teología política. El proyecto consistiría
en captar las múltiples traducciones de lo religioso en
la criminología moderna.
Desde esta perspectiva y respecto de la genealogía
esbozada, tres elementos parecen particularmente
pertinentes: la individualización de la pena, que
prolonga la personalización de la culpabilidad a
través del pecado (contra la antigua lógica colectiva

96
Castigar

de la deuda), la imposición de un sufrimiento, que


proviene del fondo dplorista crístico y martirológico
(contra la compensación material del daño), y el
discurso de la reforma moral, que se reconcilia con la
teología de la redención saludable (contra la repa­
ración en el marco de una circulación de los bienes
y las personas). Esos tres elementos proporcionan
una trama. Ellos no dan evidentemente cuenta de las
variaciones en el tiempo, a merced de los cambios de
políticas y de legislaciones, y de contrastes aveces con­
siderables en el espacio, de un país al otro, incluso de
una ciudad a otra. Los movimientos contradictorios
seguramente existen con, por ejemplo, el desarrollo
de una “nueva criminología”, que pretende en cierta
medida desmoralizar y tecnificar la penalidad tratán­
dose de poblaciones y de probabilidad más bien que
de individuos y de culpabilidad, desinteresándose
del fundamento del sufrimiento para privilegiar un
enfoque gerencial sobre las instituciones y sus agentes,
en fin, al considerar que el objetivo no es reformar
al criminal sino reducir la criminalidad.63 Por ello,
esas oleadas de cambios regularmente anunciados no
deben ocultar el mar de fondo de las permanencias,
que son, demasiado a menudo, descuidadas. La ge­
nealogía del castigo y la teología penal que ella invita

97
Didier Fassin

a imaginar son a este respecto instrumentos críticos


para pensar las continuidades con mayor razón que
las rupturas, y quizás incluso las potencialidades para
el futuro.

Si, al final de este largo recorrido, se vuelve una


última vez a la definición que da Hart, se observa
entonces que el castigo puede sancionar o no una
infracción, afectar o no al que la cometió, ser admi­
nistrado o no por alguien distinto de este último, ser
obligado o no por una autoridad legalmente investi­
da. Que los criterios que deben limitar el marco nor­
mativo del castigo se demuestren tan frágiles, como
además su mismo autor lo había sugerido, muestra
cuán intelectualmente arriesgado y políticamente
problemático es brindar apriori una respuesta defini­
tiva a la pregunta “¿qué es el castigo?”. La conclusión
no debe, sin embargo, desanimar al investigador o al
ciudadano. La tensión entre perspectiva normativa y
perspectiva crítica es, por el contrario, heurística, desde
el punto de vista del análisis, y constructiva, desde el
punto de vista de la acción. Ella invita, en efecto, a
confrontar de manera rigurosa lo que debería ser y lo

98
Castigar

que es para cuestionar mejor a uno y al otro, sin con­


tentarse con afirmar el primero y describir el segundo.
De la definición ¡inicial no ha sobrevivido final­
mente más que un criterio: la imposición de un sufri­
miento, acerca de la cual la investigación genealógica
revela por otra parte que no siempre formó parte de la
respuesta a la violación de los códigos sociales, y que
procede de una moralización de la pena de inspiración
cristiana. Esta conclusión convoca en consecuencia
una nueva pregunta: ¿cómo justificar la imposición de
tal sufrimiento? En otros términos: ¿por qué castigar?

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