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Alegato Final en "Tiempo de Matar"

Este documento presenta el alegato final de la defensa en un juicio. El abogado narra una historia gráfica y perturbadora para provocar una reacción emocional en el jurado. Luego cambia el enfoque para argumentar que Dios es un ser cruel y el diablo es más comprensivo con la naturaleza humana. Finalmente, el abogado insta al jurado a elegir la vida y no ser juzgados.

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Alegato Final en "Tiempo de Matar"

Este documento presenta el alegato final de la defensa en un juicio. El abogado narra una historia gráfica y perturbadora para provocar una reacción emocional en el jurado. Luego cambia el enfoque para argumentar que Dios es un ser cruel y el diablo es más comprensivo con la naturaleza humana. Finalmente, el abogado insta al jurado a elegir la vida y no ser juzgados.

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TIEMPO DE MATAR

ALEGATO FINAL

Esta es una parte de la defensa en el juicio.

Quiero contarles una historia. Por favor cierren los ojos, mientras se la cuento. Quiero que
me escuchen a mí. Escú chense a sí mismos. ¡Há ganlo! Cierren los ojos, por favor.
Esta es una historia sobre una niñ a, caminando a casa de la tienda
En una tarde soleada.
Quiero que se imaginen a esta niñ a.
De repente, un camió n llega volando. Dos hombres la agarran, la arrastran a un campo
cercano, la amarran, le arrancan la ropa.
La montan. Primero uno, luego el otro, la, destruyendo todo lo inocente y puro, con una
embestida depravada, en una niebla de sudor
Y aliento alcohó licos.
Y cuando acaban, después de haber matado su pequeñ a matriz, asesinada cualquier
posibilidad de dar a luz, de tener vida má s allá de la suya. La usan de blanco de tiro. Le
arrojan latas de cerveza.
Las arrojan tan fuerte, que le abren la carne hasta los huesos.
Luego orinan sobre ella.
Ahora viene la ahorcadura, tienen una cuerda, le hacen el nudo. Imaginen la soga rodeando
el cuello, ajustadas un tiró n repentino, cegador.

La levantan en el aire y sus pies dan patadas, no encuentran el suelo.


La rama de donde la cuelgan, no es suficientemente fuerte.
Se rompe y la niñ a cae, de nuevo a la tierra.
Así que la levantan, la echan a la camioneta, atrá s, se van al Puente del Cañ ó n Brumoso y la
echan para abajo.
Y cae 10 metros, aproximadamente, hasta el fondo del cañ ó n.
¿La ven?
Su cuerpo violado
...golpeado...
...roto...
...bañ ado en orina...
...bañ ado en semen...
...bañ ado en su propia sangre...
...abandonado, para morir.
¿La ven?
Quiero que se imaginen a esa niñ ita.

Ahora, imaginen que es “blanca”.


Monó logo final. El abogado del diablo.

“- La culpa, es como un saco de ladrillos, lo ú nico que tienes que hacer es dejarlo en el piso
¿Y para quién cargas todo ese montó n de ladrillos? ¿Dios? ¿Es eso?

Déjame darte informació n de primera mano sobre Dios. A dios le gusta observar, es un
bromista, piénsalo. Le da al hombre instintos, les da ese extraordinario don ¿Y después
que es lo que hace? Lo juro, para su propia diversió n, para su propio teatro có smico
privado, É l coloca las reglas en oposició n ¡La mayor estupidez que ha existido! Mira, pero
no toques; toca, pero no pruebes; prueba, pero no tragues.

Y mientras saltas de pie en pie ¿É l que hace? ¡Está riéndose, el maldito enfermo! ¡Es un
tacañ o! ¡Es un sá dico! ¿Alabar eso? ¡NUNCA!

- Mejor reinar en el infierno que servir en el cielo ¿Eh?

- ¿Por qué no? He estado aquí abajo desde el principio. He proporcionado al hombre todas
las sensaciones que ha buscado. Le he suministrado lo que ha querido, y nunca lo he
juzgado ¿Por qué? Porque nunca lo rechacé a pesar de todas sus imperfecciones ¡Soy un
fan del hombre! Soy un humanista, quizá el ú ltimo humanista ¿Quién en sus cabales Kevin,
podría negar que el siglo XX ha sido completamente mío? Todo él, Kevin ¡MÍO!

Estoy llegando a la cima, es mi momento. Es nuestro momento.”

John Milton - The devil's advó cate

Elige la vida. Elige un empleo. Elige una carrera. Elige una familia. Elige un televisor jodidamente
grande, elige lavadoras de autos, discos compactos y abrelatas eléctricos. Elige la salud; colesterol
bajo y seguro dental. Elige pagar hipotecas a intereses fijos. Elige una casa para empezar. Elige a
tus amigos. Elige ropa deportiva y maletas a juego. Elige pagar en cuotas un traje de marca en una
amplia gama de putas telas.

Elige el bricolaje y preguntarte quién carajo eres el domingo por la mañana. Elige sentarte en el
sofá a mirar concursos de juegos que aplastan el espíritu mientras llenas tu boca de puta comida
basura. Elige pudrirte de viejo, cagándote y meándote encima en un asilo miserable, siendo una
vergüenza para los malditos mocosos egoístas que engendraste para que te reemplacen. 
Elige tu futuro. Elige la vida.
Trainspotting
H.P.Lovecraft: El extraño
Infeliz es aquel a quien sus recuerdos infantiles sólo traen miedo y tristeza. Desgraciado aquel que
vuelve la mirada hacia horas solitarias en bastos y lúgubres recintos de cortinados marrones y
alucinantes hileras de antiguos volúmenes, o hacia pavorosas vigilias a la sombra de árboles
descomunales y grotescos, cargados de enredaderas, que agitan silenciosamente en las alturas sus
ramas retorcidas. Tal es lo que los dioses me destinaron... a mí, el aturdido, el frustrado, el estéril,
el arruinado; sin embargo, me siento extrañamente satisfecho y me aferro con desesperación a esos
recuerdos marchitos cada vez que mi mente amenaza con ir más allá, hacia el otro.
No sé dónde nací, salvo que el castillo era infinitamente horrible, lleno de pasadizos oscuros y con
altos cielos rasos donde la mirada sólo hallaba telarañas y sombras. Las piedras de los agrietados
corredores estaban siempre odiosamente húmedas y por doquier se percibía un olor maldito, como
de pilas de cadáveres de generaciones muertas. Jamás había luz, por lo que solía encender velas y
quedarme mirándolas fijamente en busca de alivio; tampoco afuera brillaba el sol, ya que esas
terribles arboledas se elevaban por encima de la torre más alta. Una sola, una torre negra,
sobrepasaba el ramaje y salía al cielo abierto y desconocido, pero estaba casi en ruinas y sólo se
podía ascender a ella por un escarpado muro poco menos que imposible de escalar.

Debo haber vivido años en ese lugar, pero no puedo medir el tiempo. Seres vivos debieron haber
atendido a mis necesidades; sin embargo, no puedo rememorar a persona alguna excepto yo mismo,
ni ninguna cosa viviente salvo ratas, murciélagos y arañas, silenciosos todos. Supongo que,
quienquiera que me haya cuidado, debió haber sido asombrosamente viejo, puesto que mi primera
representación mental de una persona viva fue la de algo semejante a mí, pero retorcido, marchito
y deteriorado como el castillo. Para mí no tenían nada de grotescos los huesos y los esqueletos
esparcidos por las criptas de piedra cavadas en las profundidades de los cimientos. En mi fantasía
asociaba estas cosas con los hechos cotidianos y los hallaba más reales que las figuras en colores de
seres vivos que veía en muchos libros mohosos. En esos libros aprendí todo lo que sé. Maestro
alguno me urgió o me guió, y no recuerdo haber escuchado en todos esos años voces humanas..., ni
siquiera la mía; ya que, si bien había leído acerca de la palabra hablada nunca se me ocurrió hablar
en voz alta. Mi aspecto era asimismo una cuestión ajena a mi mente, ya que no había espejos en el
castillo y me limitaba, por instinto, a verme como un semejante de las figuras juveniles que veía
dibujadas o pintadas en los libros. Tenía conciencia de la juventud a causa de lo poco que
recordaba.

Afuera, tendido en el pútrido foso, bajo los árboles tenebrosos y mudos, solía pasarme horas
enteras soñando lo que había leído en los libros; añoraba verme entre gentes alegres, en el mundo
soleado allende de la floresta interminable. Una vez traté de escapar del bosque, pero a medida que
me alejaba del castillo las sombras se hacían más densas y el aire más impregnado de crecientes
temores, de modo que eché a correr frenéticamente por el camino andado, no fuera a extraviarme
en un laberinto de lúgubre silencio.

Y así, a través de crepúsculos sin fin, soñaba y esperaba, aún cuando no supiera qué. Hasta que en
mi negra soledad, el deseo de luz se hizo tan frenético que ya no pude permanecer inactivo y mis
manos suplicantes se elevaron hacia esa única torre en ruinas que por encima de la arboleda se
hundía en el cielo exterior e ignoto. Y por fin resolví escalar la torre, aunque me cayera; ya que
mejor era vislumbrar un instante el cielo y perecer, que vivir sin haber contemplado jamás el día.

A la húmeda luz crepuscular subí los vetustos peldaños de piedra hasta llegar al nivel donde se
interrumpían, y de allí en adelante, trepando por pequeñas entrantes donde apenas cabía un pie,
seguí mi peligrosa ascensión. Horrendo y pavoroso era aquel cilindro rocoso, inerte y sin peldaños;
negro, ruinoso y solitario, siniestro con su mudo aleteo de espantados murciélagos. Pero más
horrenda aún era la lentitud de mi avance, ya que por más que trepase, las tinieblas que me
envolvían no se disipaban y un frío nuevo, como de moho venerable y embrujado, me invadió.
Tiritando de frío me preguntaba por qué no llegaba a la claridad, y, de haberme atrevido, habría
mirado hacia abajo. Se me antojó que la noche había caído de pronto sobre mí y en vano tanteé con
la mano libre en busca del antepecho de alguna ventana por la cual espiar hacia afuera y arriba y
calcular a qué altura me encontraba.

De pronto, al cabo de una interminable y espantosa ascensión a ciegas por aquel precipicio cóncavo
y desesperado, sentí que la cabeza tocaba algo sólido; supe entonces que debía haber ganado la
terraza o, cuando menos, alguna clase de piso. Alcé la mano libre y, en la oscuridad, palpé un
obstáculo, descubriendo que era de piedra e inamovible. Luego vino un mortal rodeo a la torre,
aferrándome de cualquier soporte que su viscosa pared pudiera ofrecer; hasta que finalmente mi
mano, tanteando siempre, halló un punto donde la valla cedía y reanudé la marcha hacia arriba,
empujando la losa o puerta con la cabeza, ya que utilizaba ambas manos en mi cauteloso avance.
Arriba no apareció luz alguna y, a medida que mis manos iban más y más alto, supe que por el
momento mi ascensión había terminado, ya que la puerta daba a una abertura que conducía a una
superficie plana de piedra, de mayor circunferencia que la torre inferior, sin duda el piso de alguna
elevada y espaciosa cámara de observación. Me deslicé sigilosamente por el recinto tratando que la
pesada losa no volviera a su lugar, pero fracasé en mi intento. Mientras yacía exhausto sobre el piso
de piedra, oí el alucinante eco de su caída, pero con todo tuve la esperanza de volver a levantarla
cuando fuese necesario.

Creyéndome ya a una altura prodigiosa, muy por encima de las odiadas ramas del bosque, me
incorporé fatigosamente y tanteé la pared en busca de alguna ventana que me permitiese mirar por
vez primera el cielo y esa luna y esas estrellas sobre las que había leído. Pero ambas manos me
decepcionaron, ya que todo cuanto hallé fueron amplias estanterías de mármol cubiertas de
aborrecibles cajas oblongas de inquietante dimensión. Más reflexionaba y más me preguntaba qué
extraños secretos podía albergar aquel alto recinto construido a tan inmensa distancia del castillo
subyacente. De pronto mis manos tropezaron inesperadamente con el marco de una puerta, del cual
colgaba una plancha de piedra de superficie rugosa a causa de las extrañas incisiones que la
cubrían. La puerta estaba cerrada, pero haciendo un supremo esfuerzo superé todos los obstáculos
y la abrí hacia adentro. Hecho esto, me invadió el éxtasis más puro jamás conocido; a través de una
ornamentada verja de hierro, y en el extremo de una corta escalinata de piedra que ascendía desde
la puerta recién descubierta, brillando plácidamente en todo su esplendor estaba la luna llena, a la
que nunca había visto antes, salvo en sueños y en vagas visiones que no me atrevía a llamar
recuerdos.

Seguro ahora de que había alcanzado la cima del castillo, subí rápidamente los pocos peldaños que
me separaban de la verja; pero en eso una nube tapó la luna haciéndome tropezar, y en la
oscuridad tuve que avanzar con mayor lentitud. Estaba todavía muy oscuro cuando llegué a la
verja, que hallé abierta tras un cuidadoso examen pero que no quise trasponer por temor a
precipitarme desde la increíble altura que había alcanzado. Luego volvió a salir la luna.

De todos los impactos imaginables, ninguno tan demoníaco como el de lo insondable y


grotescamente inconcebible. Nada de lo soportado antes podía compararse al terror de lo que ahora
estaba viendo; de las extraordinarias maravillas que el espectáculo implicaba. El panorama en sí
era tan simple como asombroso, ya que consistía meramente en esto: en lugar de una impresionante
perspectiva de copas de árboles vistas desde una altura imponente, se extendía a mi alrededor, al
mismo nivel de la verja, nada menos que la tierra firme, separada en compartimentos diversos por
medio de lajas de mármol y columnas, y sombreada por una antigua iglesia de piedra cuyo
devastado capitel brillaba fantasmagóricamente a la luz de la luna.

Medio inconsciente, abrí la verja y avancé bamboleándome por la senda de grava blanca que se
extendía en dos direcciones. Por aturdida y caótica que estuviera mi mente, persistía en ella ese
frenético anhelo de luz; ni siquiera el pasmoso descubrimiento de momentos antes podía detenerme.
No sabía, ni me importaba, si mi experiencia era locura, enajenación o magia, pero estaba resuelto
a ir en pos de luminosidad y alegría a toda costa. No sabía quién o qué era yo, ni cuáles podían ser
mi ámbito y mis circunstancias; sin embargo, a medida que proseguía mi tambaleante marcha, se
insinuaba en mí una especie de tímido recuerdo latente que hacía mi avance no del todo fortuito, sin
rumbo fijo por campo abierto; unas veces sin perder de vista el camino, otras abandonándolo para
internarme, lleno de curiosidad, por praderas en las que sólo alguna ruina ocasional revelaba la
presencia, en tiempos remotos, de una senda olvidada. En un momento dado tuve que cruzar a
nado un rápido río cuyos restos de mampostería agrietada y mohosa hablaban de un puente mucho
tiempo atrás desaparecido.

Habían transcurrido más de dos horas cuando llegué a lo que aparentemente era mi meta: un
venerable castillo cubierto de hiedras, enclavado en un gran parque de espesa arboleda, de
alucinante familiaridad para mí, y sin embargo lleno de intrigantes novedades. Vi que el foso había
sido rellenado y que varias de las torres que yo bien conocía estaban demolidas, al mismo tiempo
que se erguían nuevas alas que confundían al espectador. Pero lo que observé con el máximo interés
y deleite fueron las ventanas abiertas, inundadas de esplendorosa claridad y que enviaban al
exterior ecos de la más alegre de las francachelas. Adelantándome hacia una de ellas, miré al
interior y vi un grupo de personas extrañamente vestidas, que departían entre sí con gran jarana.
Como jamás había oído la voz humana, apenas sí podía adivinar vagamente lo que decían. Algunas
caras tenían expresiones que despertaban en mí remotísimos recuerdos; otras me eran
absolutamente ajenas.

Salté por la ventana y me introduje en la habitación, brillantemente iluminada, a la vez que mi


mente saltaba del único instante de esperanza al más negro de los desalientos. La pesadilla no tardó
en venir, ya que, no bien entré, se produjo una de las más aterradoras reacciones que hubiera
podido concebir. No había terminado de cruzar el umbral cuando cundió entre todos los presentes
un inesperado y súbito pavor, de horrible intensidad, que distorsionaba los rostros y arrancaba de
todas las gargantas los chillidos más espantosos. El desbande fue general, y en medio del griterío y
del pánico varios sufrieron desmayos, siendo arrastrados por los que huían enloquecidos. Muchos
se taparon los ojos con las manos y corrían a ciegas llevándose todo por delante, derribando los
muebles y dándose contra las paredes en su desesperado intento de ganar alguna de las numerosas
puertas.

Solo y aturdido en el brillante recinto, escuchando los ecos cada vez más apagados de aquellos
espeluznantes gritos, comencé a temblar pensando qué podía ser aquello que me acechaba sin que
yo lo viera. A primera vista el lugar parecía vacío, pero cuando me dirigí a una de las alcobas creí
detectar una presencia... un amago de movimiento del otro lado del arco dorado que conducía a
otra habitación, similar a la primera. A medida que me aproximaba a la arcada comencé a percibir
la presencia con más nitidez; y luego, con el primero y último sonido que jamás emití -un aullido
horrendo que me repugnó casi tanto como su morbosa causa-, contemplé en toda su horrible
intensidad el inconcebible, indescriptible, inenarrable monstruo que, por obra de su mera
aparición, había convertido una alegre reunión en una horda de delirantes fugitivos.

No puedo siquiera decir aproximadamente a qué se parecía, pues era un compuesto de todo lo que
es impuro, pavoroso, indeseado, anormal y detestable. Era una fantasmagórica sombra de
podredumbre, decrepitud y desolación; la pútrida y viscosa imagen de lo dañino; la atroz desnudez
de algo que la tierra misericordiosa debería ocultar por siempre jamás. Dios sabe que no era de este
mundo -o al menos había dejado de serlo-, y, sin embargo, con enorme horror de mi parte, pude ver
en sus rasgos carcomidos, con huesos que se entreveían, una repulsiva y lejana reminiscencia de
formas humanas; y en sus enmohecidas y destrozadas ropas, una indecible cualidad que me
estremecía más aún.

Estaba casi paralizado, pero no tanto como para no hacer un débil esfuerzo hacia la salvación: un
tropezón hacia atrás que no pudo romper el hechizo en que me tenía apresado el monstruo sin voz y
sin nombre. Mis ojos, embrujados por aquellos asqueantes ojos vítreos que los miraba fijamente, se
negaban a cerrarse, si bien el terrible objeto, tras el primer impacto, se veía ahora más confuso.
Traté de levantar la mano y disipar la visión, pero estaba tan anonadado que el brazo no respondió
por entero a mi voluntad. Sin embargo, el intento fue suficiente como para alterar mi equilibrio y,
bamboleándome, di unos pasos hacia adelante para no caer. Al hacerlo adquirí de pronto la
angustiosa noción de la proximidad de la cosa, cuya inmunda respiración tenía casi la impresión de
oír. Poco menos que enloquecido, pude no obstante adelantar una mano para detener a la fétida
imagen, que se acercaba más y más, cuando de pronto mis dedos tocaron la extremidad putrefacta
que el monstruo extendía por debajo del arco dorado.

No chillé, pero todos los satánicos vampiros que cabalgan en el viento de la noche lo hicieron por
mí, a la vez que dejaron caer en mi mente una avalancha de anonadantes recuerdos.

Supe en ese mismo instante todo lo ocurrido; recordé hasta más allá del terrorífico castillo y sus
árboles; reconocí el edificio en el cual me hallaba; reconocí, lo más terrible, la impía abominación
que se erguía ante mí, mirándome de soslayo mientras apartaba de los suyos mis dedos manchados.

Pero en el cosmos existe el bálsamo además de la amargura, y ese bálsamo es el olvido. En el


supremo horror de ese instante olvidé lo que me había espantado y el estallido del recuerdo se
desvaneció en un caos de reiteradas imágenes. Como entre sueños, salí de aquel edificio fantasmal y
execrado y eché a correr rauda y silenciosamente a la luz de la luna. Cuando retorné al mausoleo de
mármol y descendí los peldaños, encontré que no podía mover la trampa de piedra; pero no lo
lamenté, ya que había llegado a odiar el viejo castillo y sus árboles. Ahora cabalgo junto a los
fantasmas, burlones y cordiales, al viento de la noche, y durante el día juego entre las catacumbas
de Nefre-Ka, en el recóndito y desconocido valle de Hadoth, a orillas del Nilo. Sé que la luz no es
para mí, salvo la luz de la luna sobre las tumbas de roca de Neb, como tampoco es para mí la
alegría, salvo las innominadas fiestas de Nitokris bajo la Gran Pirámide; y, sin embargo, en mi
nueva y salvaje libertad agradezco casi la amargura de la alienación.

Pues aunque el olvido me ha dado la calma, no por eso ignoro que soy un extranjero; un extraño a
este siglo y a todos los que aún son hombres. Esto es lo que supe desde que extendí mis dedos hacia
esa cosa abominable surgida en aquel gran marco dorado; desde que extendí mis dedos y toqué la
fría e inexorable superficie del pulido espejo.

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