toda la arena del mundo
matías d’alessandro
Penetro lo vigente, huelo el porvenir y planifico mis sospechas.
Ése es mi mapa.
Ésa es mi certeza.
parte 1
El mapa me lleva a un lugar desconocido, que todavía no existe, pero ahí voy. No
tiene indicaciones, no dice nada. No tiene referencias, ni criterios, ni escala, ni
capitales, ni accidentes geográficos. No comprendo. Tomo el mapa y lo guardo
en la mochila. Capaz más adelante lo pueda necesitar.
¿Cómo me preparo para ir hacia donde no conozco?
¿Qué voy a necesitar?
Saco una hoja y anoto: “Necesito…” Pienso por varios minutos. Y esos minutos se
convierten en horas, en semanas que se lleva el viento sin que yo me percate, y
me susurra algo al oído que no llego a divisar. ¿Qué me quiere decir? Siento una
sensación en el pecho, nunca había sentido tanto vacío. Aunque esta vez es
distinto porque no me angustia. Es un vacío que me abraza, un vacío que me
esperaba, un vértigo que me cosquillea la panza y me devuelve al presente. No
tengo pendientes. Observo el terciopelo rojo alrededor y me doy cuenta que este
momento es especial, algo se me revela. Aprieto el asiento para percibir si es real.
En la ventana, los paisajes se suceden con velocidad y sólo queda el frío
impregnado; se me revuelve el nido de pensamientos enmarañados que me
conquista y ahora me invade la angustia. Me doy cuenta que mi vida cabe en
una mochila, o incluso en menos espacio. Las olas rompen al lado mío y la
madera es un poco incómoda pero ya me acostumbré.
Pienso en las figuras que se borronean a lo lejos, en la inmensidad,
en toda la arena del mundo.
Me acomodo la bufanda y me decido a anotar por fin:
“Necesito… un perfume y un cuaderno nuevo, con dibujos. Buenas anécdotas
para contar. Anteojos negros y gorra para esconderme, por si acaso. Una foto con
mi mamá cuando éramos más jóvenes”.
Está muy vacío todo todavía. Quizás una hora no alcanza. Quizás tendría que
estar veinte horas anotando. Me pregunto cuántas vidas vivimos en la misma.
Agustín, mateando, me mira desde el otro lado de la cabaña, con su jogging
agujereado, cómo escribo desenfrenado palabras que van a morir en este
cuaderno closeteado. Toma mate, ceba, sorbe, sostiene el porongo, se remoja los
labios y me mira. Hace ruido con la bombilla y me distrae. No soporta que no lo
mire, él siempre es el centro de atención. Con sus ojos oscuros, café, su belleza
innata y aborigen, su peinado por default y el mismo buzo de siempre. Toma
mate y piensa, y yo escribo, y el humito del termo se fuga con la luz que entra del
ventanal en esta mañana fría.
El frío como denominador común en mi búsqueda, y Agustín ahora se echa para
atrás y estira las piernas sobre unos troncos, como pidiéndome por favor que lo
mire, que no deje escapar su postura desinteresada, exhibiendo su sencillez de
recién levantado. Sus rasgos de simio canela arremeten de pronto cuando en un
bostezo descuidado me muestra todos sus dientes blancos, y me encuentro
inútil sin saber qué hacer ante el argentino despliegue de tanta belleza
anónima. Agustín es tan hombre que ni se lo cuestiona. Salió del interior del país,
y con interior me refiero a “de adentro”, de la tierra, de la yerba mate, del Litoral,
de Misiones y Corrientes. Es seco pero simpático, y a la noche me lleva a bailar
folclore. Cómo me gustaría bailar con él.
Ahora Agustín se va, desaparece, la cabaña se desvanece y estoy con Sofía, una
gata blanca de ojos celestes que conozco en un atardecer solitario, lejos. Sofía no
se llama pero este nombre me sugiere al acercárseme y ronronear. Sofía me
regala un instante mágico que no puedo capturar porque se esfuma antes de
poder abrazarlo. Como dos viejos amigos reencontrándose, añejos, en un
recóndito lugar. Nada que pudiera decirse sería oportuno en este momento. Así
que opto por el silencio. Y de nuevo, el tiempo frena. A cada paso, crujen las
hojas otoñales que nos acompañan y los ojos se me inundan de naranja. Es un
secreto que guardamos entre el bosque, Sofía y yo.
Sosteniendo la bici de alquiler, agradezco que tenga canastito de mimbre y ya
comienzo a imaginar lo que sigue. No hay manera de que Sofía haya llegado
hasta ahí. El frío nos penetra y luzco mi largo saco bordeaux que por tanto
tiempo quise. Ahora le pongo una correa a Sofía y la secuestro, no quiero que le
regale momentos así a nadie más.
Ahora, pum, Sofía es vieja y está en mi nuevo departamento. Llego de trabajar
muy cansado y mi corazón huele el dolor que se avecina. Los ojos celestes se
apagan y mi compañera de vida efímera ya es pasado también. Agarro el trapo
para absorber tanta lágrima y salgo a un bar, porque voy a estar sin dormir. Y
como puerta giratoria, me cruzo a Jeremías, que me lleva a volar por todos lados.
Estoy feliz acariciando su torso desnudo y disfrutando la inexistencia de todo lo
demás, condensada en un momento que quiero que Abril pinte en un cuadro
para regalárselo por nuestro quinto aniversario, pero la culpa no me da sosiego
porque mamá agoniza en una cama y yo estoy muy lejos.
La vida es imparcial, ella sigue, nos da y nos quita, y yo sigo sin saber qué poner
en la valija. No quiero ser huérfano. Por más que me apure, no puedo evitar el
atardecer, voy a toda velocidad pero llego tarde.
Perdón, mamá.
Mi hermano está irreconocible, su barba es tupida y cobre, conozco a Julián y me
reconozco mal tío. Todo es diferente a como lo recordaba. No sé en qué país
estoy, acá yo no nací. Ya no existe más. Me siento juzgado y triste.
¿Qué se hace después de la muerte?
Vuelvo en avión con el dolor más grande que alguna vez sentí. Una vez más, todo
pierde el sentido y me envuelvo en la difícil tarea de encontrarlo,
antes de que la flor se marchite,
antes de que la llama se apague,
antes de que el río se seque.
≈
parte 2
“El primer paso es imaginarlo; si lo imaginamos juntos, en algún lugar eso
empieza a existir. El conocimiento lo tenemos dentro, no hace falta mucho
equipaje más que las historias que nos van a quedar para contar”.
Eso lee Lucre mientras veo brotar algunas lágrimas de sus ojos, como esas
canillas que no terminan de cerrar bien, y en su emoción encuentro la mía y le
agradezco por tantas cosas. Esas palabras le dije alguna vez, algún tiempo atrás,
y hoy se resignifican con tanto tramo recorrido en este pedazo de papel
arrugado que, con olor a tierra y letra desprolija, tiene más valor que un
cuaderno nuevo.
Niños y jóvenes terruños miran la situación con curiosidad, sin temor a ser
observados observando. A nuestro alrededor, la tierra rojiza se funde con el
naranja del sol poniente y el polvo en el aire combina con la tranquilidad del
pueblo. A un costado, el patio cubierto frío donde acabamos de dar nuestro tan
querido encuentro de teatro, y digo tan querido porque fue quien nos unió, el
teatro en primera instancia, a nosotros, amigos, hermanos, o compañeros de
sueño; y estos encuentros, porque fueron y son la excusa para conocernos, para
descubrirnos y viajar.
La sensibilidad es muy grande acá. O soy yo que estoy todo poroso y llorando
todo lo que en la ciudad no podía. La gente acá mira a los ojos y no quita la
mirada; habla poco, lo necesario, y sonríen con paz. Vinimos a dar una clase pero
son ellos en realidad quienes nos dan, a nosotros.
Y cuando se vive la magia, las palabras sobran. En el camino, pedaleamos en
silencio. Las lágrimas se mezclan con polvo, y las imágenes fluyen en mi cabeza,
con gusto a tierra en la boca. Pedaleamos con ganas, con energía y sin apuro.
Tranquilos, porque lo poco que juntamos con la gorra nos alcanza para tres
noches. Y muchas veces una charla franca nos regala un plato de comida
calentito, con recetas regionales y anécdotas que nos hacen crecer.
Nuestro país es grande, y una cosa es saberlo y otra, andarlo. Los kilómetros son
abundantes y las personas, infinitas, incontables. Y tenemos todo el tiempo para
recorrer. Hasta que nos cansemos, o hasta que la vida nos sorprenda.
Y llega un gran día donde llegamos y mágicamente hay gente esperando
nuestro arribo, y mientras saludamos y sonreímos, los nervios me suben por el
pecho como si fuera la primera vez.
¿Empatizarán?
¿Les parecerá divertido?
¿Será una linda experiencia?
Disfruto todo, pero debo decir que cuando veo la sorpresa en sus ojos, el disfrute,
vale la pena. En la ronda final, viajan los mates y los comentarios acerca de algún
ejercicio, de alguna imagen, de alguna sensación en el encuentro.
Me alegra saber que el arte puede ser el medio, y no el fin. Perseguir
obsesionado algunas cosas durante mucho tiempo me hacía perder de lo
sencillo, del ritual, del toque, de la risa.
En los ratos libres a veces escribimos. Tengo, finalmente, el cuaderno que
buscaba. Es mi bitácora. Algunas veces lo presto, a personas especiales que me
encuentro por ahí, para que lo llenen con sus palabras, sus imaginarios, y lo
atesoro porque, de alguna manera, queda impreso ese instante
cerebral-emocional de entrega, y con él, el espíritu de quien escribió, su
sensibilidad y su historia puestas en juego en el papel y la tinta.
Viajar es como cambiar el filtro que interpreta; cambiarlo por uno que tiene
otros órdenes, otras prioridades, y ahora lo valioso es algo totalmente distinto.
Me afeito menos pero sonrío más. Hablo menos, pero escucho mucho más.
≈
parte 3
“Biografía significa la línea de la vida. Bio-grafía: el dibujo, la forma que dibuja la
línea de la vida al desplegarse en el papel/tiempo. El tiempo de una vida como
un dibujo que lentamente, día a día, se va formando sobre una hoja en blanco. Y
la responsabilidad de que esa línea arme algo: una forma armónica, ordenada,
coherente. La responsabilidad de que arme un dibujo”. Dicta Los llanos de
Federico Falco y pienso, ¿soy yo el que dibuja esa línea o la línea me dibuja a mí?
¿Cómo es el dibujo que me gustaría?
Me siento atraído por los lugares lejanos, recónditos; por la belleza de trenes que
atraviesan frondosos bosques hasta llegar a una humilde casa de té; por el olor a
pan calentito saliendo del horno cuando todavía el sol se toma un rato más para
aparecer. Me siento atraído por geografías donde la vida no se mide en billetes,
más bien en huellas marcadas en la orilla de incesantes charlas de conexión.
- Che, amigo.
- ¿Qué pasó?
- A veces me lo pregunto a esto. ¿Cómo hacés vos para enriquecer tu alma?
- Para enriquecer mi alma. No sé, qué sé yo.
- Dale, pensalo.
- ¿Es para un trabajo?
- Dale, nabo. Te pregunto en serio.
- La nutro, supongo, de momentos de conexión. Aprendo cosas, como rico, bailo,
te saco una foto y me cago de risa.
- Amigo, ¿qué voy a hacer cuando te vayas?
A mi despedida, escribo algunas cartas. En este caso le escribo a mi amigo
andino, y dice así:
[ tu paso nunca otro,
energía y movimiento
tu sonrisa grande e imperturbable
enseñándonos que siempre se puede estar bien
tu mirada esquiva
y tus frases inentendibles, características
que nos llevan de viaje andino
y nos regalan una chelita
para alocar las mejores anécdotas.
tus ideas descabelladas
concretándose
y es que atraés cuerpos con la misma energía que das
sólo basta una madrugada de insomnio
y un par de corazones a los que esperanzás.
tu intrincada manera de dar cariño,
tu arito de bartender copado
y los polerones de Palermo.
es fácil abrirse con vos
te agradezco por avivar partes de mí
que quiero mucho.
te quiero mucho,
amigo andino. ]
Marchar es entender que dejamos algo atrás que no existirá nunca más, porque
si volvemos, será diferente.
Marchar es apostar al porvenir sin pruebas ni evidencia, es caminar hacia lo
blanco, sólo vos y tu cuerpo, tus vivencias y tus aprendizajes.
Marchar es despedirte de vos mismo para volverte a conocer.
Es acceder a otras capas y arriesgarse.
Marchar es darle curso al cielo azul de la nostalgia y emprender viaje al mutable
horizonte que nos aguarda.
Marchar es camuflarse con las hojas del árbol que caen y se acumulan, se
confunden todas juntas. Es reflejarse en el espejo de agua y extrañarse. Es el
vértigo de una carrera de autos con la precisión de un arquero y su flecha.
Marchar es alejarse del niño del pasado y de todo lo que conoce, es darse cuenta
que nada nos pertenece, y a la vez, podemos tenerlo todo.
Marchar es tener las manos vacías para recibir los regalos que trae el viento, es
hacer espacio para amar a nuevas personas.
- Che, amigo.
- ¿Qué?
- ¿Hace falta que te guarde cuarenta álbumes de fotos? ¿Por qué no las
digitalizás?
- Haceme el favor. Te traigo lo que quieras.
- Me copaste el placard.
- Ésa es mamá de joven, y él es mi hermano. Ahí no sé qué pasó, pero nos
habíamos tentado. Mamá sonreía mucho en esa época. Hacía unas tortas
riquísimas para mi cumple. Y a mí me gustaba que me canten varias veces. Me
dejaban robar los rocklets porque era el cumpleañero. Me despertaban con una
canción fuerte en el parlante y me llenaban de regalos la cama. Y eso sólo por
ser su hijo. Me hacían cartitas que decían todo lo que me querían para que sepa
que siempre voy a contar con ellos. Mi papá lo filmaba con una filmadora vieja en
mi habitación, toda llena de colores y juguetes. Nunca me faltó nada.
- Amigo, te emocionaste.
Hay otro tipo de vida esperándome en otro lugar y me imaginaba que sólo
podría empezar a vivir si descubría cuál era ese lugar y cuál era esa vida.