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Das Unbehagen in Der Kultur: Amorrortu Editores, Tomo XXI Pp. 57-140

Este documento resume el libro de Freud "El malestar en la cultura". Freud argumenta que existe un conflicto inherente entre las exigencias pulsionales del individuo y las restricciones impuestas por la cultura. Explora cómo la cultura surge para proteger al individuo pero también genera frustración y sufrimiento. Discute varias formas en que las personas intentan alcanzar la felicidad y evitar el sufrimiento, incluida la religión. Concluye que a pesar del progreso, la felicidad sigue siendo subjetiva y la cultura
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Das Unbehagen in Der Kultur: Amorrortu Editores, Tomo XXI Pp. 57-140

Este documento resume el libro de Freud "El malestar en la cultura". Freud argumenta que existe un conflicto inherente entre las exigencias pulsionales del individuo y las restricciones impuestas por la cultura. Explora cómo la cultura surge para proteger al individuo pero también genera frustración y sufrimiento. Discute varias formas en que las personas intentan alcanzar la felicidad y evitar el sufrimiento, incluida la religión. Concluye que a pesar del progreso, la felicidad sigue siendo subjetiva y la cultura
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Das Unbehagen in

der Kultur

Amorrortu editores, tomo XXI pp. 57-140


Clase Freud- El
malestar en la
cultura-
Das Unbehagen
in der Kultur
Tema principal del libro- (James Strachey)
—el irremediable antagonismo entre las exigencias pulsionales y las restricciones
impuestas por la cultura. Tema que puede rastrearse desde los primeros escritos
psicológicos de Freud.
Desde el 31 de mayo de 1897 le escribía a Fliess que «el incesto es antisocial; la cultura
consiste en la progresiva renuncia a él», donde se recoge la impresión de que las
restricciones propias de la cultura son impuestas desde afuera hasta este texto y continúa
este desarrollo en toda su obra. p. 60.

Pero, en verdad, no le fue posible a Freud evaluar claramente el papel cumplido en estas restricciones por las
influencias interiores y exteriores, así como sus efectos recíprocos, hasta que sus investigaciones sobre la
psicología del yo lo llevaron a establecer la hipótesis del superyó y su origen en las primeras relaciones
objétales del individuo.
Es por ello que un tramo tan extenso de la presente obra (en especial, en los capítulos V I I y V I I I ) está
dedicado a indagar y elucidar la naturaleza del sentimiento de culpa; y por ello también Freud declara su
«propósito de situar al sentimiento de culpa como el problema más importante del desarrollo cultural» (pág.
130). A su vez, sobre esto se edifica la segunda de las principales cuestiones colaterales tratadas en este
trabajo, la de la pulsión de destrucción. p.61
Cap. 1-
En todo ser humano existe un sentimiento de eternidad, infinitud y unión con el universo, y por ese solo hecho es
el hombre un ser religioso. Tal sentimiento está en la base de toda religión. Freud intenta dar cuenta de esta
premisa desde el psicoanálisis.
“Nada que pudiera influir concluyentcmente en la solución de este problema tengo para alegar. La idea de que el
ser humano recibiría una noción de su nexo con el mundo circundante a través de un sentimiento inmediato
dirigido ahí desde el comienzo mismo suena tan extraña, se entrama tan mal en el tejido de nuestra psicología,
que parece justificada una derivación psicoanalítica, o sea genética, de un sentimiento como ese. Entonces,
acude a nosotros la siguiente ilación de pensamiento: Normalmente no tenemos más certeza que el sentimiento de
nuestro sí-mismo, de nuestro yo propio” p. 66
Captamos nuestro yo como algo definido y demarcado, especialmente del exterior, porque su límite interno se
continúa con el ello. El lactante no tiene tal demarcación. Empieza a demarcarse del exterior como yo-placiente,
diferenciándose del objeto displacentero que quedará 'fuera' de él. Originalmente el yo lo incluía todo, pero
cuando se separa o distingue del mundo excterior, el yo termina siendo un residuo atrofiado del sentimiento
de ser uno con el universo antes indicado. Es lícito pensar que en la esfera de lo psíquico aquel sentimiento
pretérito pueda conservarse en la adultez.
Ese sentimiento oceánico está vinculado con el narcisismo ilimitado que con el sentimiento religioso.
“El sentimiento oceánico ha entrado con posterioridad en relaciones con la religión. Este ser-Uno con el Todo,
que es el contenido de pensamiento que le corresponde, se nos presenta como un primer intento de consuelo
religioso, como otro camino para desconocer el peligro que el yo discierne amenazándole desde el mundo
exterior. p. 73
Cap. 2
“En El porvenir de una ilusión (1927) no traté tanto de las fuentes más profundas del sentimiento religioso como de lo que el
hombre común entiende por su religión: el sistema de doctrinas y promesas que por un lado le esclarece con envidiable
exhaustividad los enigmas de este mundo, y por otro le asegura que una cuidadosa Providencia vela por su vida y resarcirá
todas las frustraciones padecidas en el más acá”. p. 74
El peso de la vida nos obliga a tres posibles soluciones: distraernos con alguna actividad, buscar satisfacciones
sustitutivas, o narcotizarnos.
“Los métodos más interesantes de precaver el sufrimiento son los que procuran influir sobre el propio organismo. Es que al fin
todo sufrimiento es sólo sensación, no subsiste sino mientras lo sentimos, y sólo lo sentimos a consecuencia de ciertos
dispositivos de nuestro organismo.”Ej. El método más tosco pero más eficaz es la intoxiación. p. 77
“Otra técnica para la defensa contra el sufrimiento se vale de los desplazamientos libidinales que nuestro aparato anímico
consiente, y por los cuales su función gana tanto en flexibilidad. He aquí la tarea a resolver: es preciso trasladar las metas
pulsionales de tal suerte que no puedan ser alcanzadas por la denegación del mundo exterior. Para ello, la sublimación de las
pulsiones presta su auxilio. Se lo consigue sobre todo cuando uno se las arregla para elevar suficientemente la ganancia de
placer que proviene de las fuentes de un trabajo psíquico e intelectual”. p. 79
“Particular significatividad reclama el caso en que un número mayor de seres humanos emprenden en común el intento de
crearse un seguro de dicha y de protección contra el sufrimiento por medio de una trasformación delirante de la realidad
efectiva. No podemos menos que caracterizar como unos tales delirios de masas a las religiones de la humanidad. Quien
comparte el delirio, naturalmente, nunca lo discierne como tal”. p. 81.
“No creo que sea exhaustivo este recuento de los métodos mediante los cuales los seres humanos se empeñan en obtener la
felicidad y mantener alejado el sufrimiento”. p. 81. La lista es muy extensa.
Cap. 3
“Nuestra indagación sobre la felicidad no nos ha enseñado mucho que no sea
consabido”.p.85
Freud entiende que hay tres fuentes de las que proviene nuestro penar: la hiperpotencia
de la naturaleza, la fragilidad de nuestro cuerpo y la insuficiencia de las normas que
regulan los vínculos recíprocos entre los hombres en la familia, el Estado y la sociedad.
Respecto de las dos primeras, nuestro juicio no puede vacilar mucho; nos vemos
constreñidos a reconocer estas fuentes de sufrimiento y a declararlas inevitables. p. 85
Diversa es nuestra conducta frente a la tercera fuente de sufrimiento, la social. Nos
negamos a admitirla, no podemos entender la razón por la cual las normas que nosotros
mismos hemos creado no habrían más bien de protegernos y beneficiarnos a todos. En
verdad, si reparamos en lo mal que conseguimos prevenir las penas de este origen, nace la
sospecha de que también tras esto podría esconderse un bloque de la naturaleza invencible;
esta vez, de nuestra propia complexión psíquica. p.85
“Gran parte de la culpa por nuestra miseria la tiene lo que se llama nuestra cultura;
seríamos mucho más felices si la resignáramos y volviéramos a encontrarnos en
condiciones primitivas”.
Cap. 3
Comoquiera que se defina el concepto de cultura, es indudable que todo aquello con lo cual
intentamos protegernos de la amenaza que acecha desde las fuentes del sufrimiento pertenece,
justamente, a esa misma cultura. ¿Por qué camino han llegado tantos seres humanos a este
punto de vista de asombrosa hostilidad a la cultura? p. 86
En el triunfo del cristianismo sobre las religiones paganas tiene que haber intervenido
un factor así, de hostilidad a la cultura; lo sugiere la desvalorización de la vida terrenal,
consumada por la doctrina cristiana.
Se descubrió que el ser humano se vuelve neurótico porque no puede soportar la medida
de frustración que la sociedad le impone en aras de sus ideales culturales, y de ahí se
concluyó que suprimir esas exigencias o disminuirlas en mucho significaría un regreso a
posibilidades de dicha.
“La palabra «cultura» designa toda la suma de operaciones y normas que distancian
nuestra vida de la de nuestros antepasados animales, y que sirven a dos fines: la
protección del ser humano frente a la naturaleza y la regulación de los vínculos
recíprocos entre los hombres”.
Reconocemos como «culturales» todas las actividades y valores que son útiles para el ser
humano en tanto ponen la tierra a su servicio, lo protegen contra la violencia de las
fuerzas naturales, etc. Sobre este aspecto de lo cultural hay poquísimas dudas. Remontémo-
nos lo suficiente en el tiempo: las primeras hazañas culturales fueron el uso de instrumentos,
la domesticación del fuego, la construcción de viviendas.
Cap. 3
En tiempos remotos se había formado una representación ideal de omnipotencia y
omnisapiencia que encarnó en sus dioses. Les atribuyó todo lo que parecía inasequible a sus
deseos —o le era prohibido—. Es lícito decir, por eso, que tales dioses eran ideales de cultura.
El hombre se ha convertido en una suerte de dios- prótesis, por así decir, verdaderamente
grandioso cuando se coloca todos sus órganos auxiliares; pero estos no se han integrado con él, y en
ocasiones le dan todavía mucho trabajo. Es cierto que tiene derecho a consolarse pensando que ese
desarrollo no ha concluido en el año 1930 d. C. Épocas futuras traerán consigo nuevos progresos,
acaso de magnitud inimaginable, en este ámbito de la cultura, y no harán sino aumentar la
semejanza con un dios. Ahora bien, en interés de nuestra indagación no debemos olvidar que el
ser humano de nuestros días no se siente feliz en su semejanza con un dios.
El hombre debió pasar del poderío de una sola voluntad tirana al poder de todos, al poder de la
comunidad, es decir que todos debieron sacrificar algo de sus pulsiones: la cultura los restringió.
“La felicidad es algo enteramente subjetivo” p. 88
Freud plantea que no le es suficiente la sujeto los avances enormes de la ciencia y la técnología que
nos permite obtener objetos de placer inmediatos y avances médicos para alargar la vida. Es más no
hay forma de objetivar la felicidad.
Cap. 3
Freud advierte una analogía entre el proceso cultural y la evolución libidinal del individuo: en
ambos casos las pulsiones pueden seguir tres caminos:
-se subliman, (arte, ciencia, tareas intelectuales en general, etc.)
-se consuman para procurar placer (el orden y la limpieza derivados del erotismo anal),
-se frustran. De este último caso deriva la hostilidad hacia la cultura.
El orden es una suerte de compulsión de repetición que, una vez instituida, decide cuándo, dónde y
cómo algo debe ser hecho, ahorrando así vacilación y dudas en todos los casos idénticos. Es imposible
desconocer los beneficios del orden; posibilita al ser humano el mejor aprovechamiento del
espacio y el tiempo, al par que preserva sus fuerzas psíquicas. Se tendría derecho a esperar que se
hubiera establecido desde el comienzo y sin compulsión en el obrar humano, y es lícito asombrarse de
que en modo alguno haya sido así; en efecto, el hombre posee más bien una inclinación natural al
descuido, a la falta de regularidad y de puntualidad en su trabajo, y debe ser educado
empeñosamente para imitar los arquetipos celestes.
Es notorio que belleza, limpieza y orden ocupan un lugar particular entre los requisitos de la
cultura.
En ningún otro rasgo creemos distinguir mejor la cultura que en la estima y el cuidado
dispensados a las actividades psíquicas superiores, las tareas intelectuales, científicas y artísticas,
el papel rector atribuido a las ideas en la vida de los hombres. En la cúspide de esas ideas se sitúan
los sistemas religiosos, junto a ellos, las especulaciones filosóficas y, por último, lo que puede
llamarse formaciones de ideal de los seres humanos.
Cap. 3
Como último rasgo de una cultura, pero sin duda no el menos importante, apreciaremos
el modo en que se reglan los vínculos recíprocos entre los seres humanos: los
vínculos sociales, que ellos entablan como vecinos, como dispensadores de ayuda,
como objeto sexual de otra persona, como miembros de una familia o de un Estado. Es
particularmente difícil librarse de determinadas demandas ideales en estos asuntos, y
asir lo que es cultural en ellos. Acaso se pueda empezar consignando que el elemento
cultural está dado con el primer intento de regular estos vínculos sociales.” p. 93.
El siguiente requisito cultural es, entonces, la justicia, o sea, la seguridad de que el orden
jurídico ya establecido no se quebrantará para favorecer a un individuo. Entiéndase que ello no
decide sobre el valor ético de un derecho semejante. Desde este punto, el desarrollo cultural
parece dirigirse a procurar que ese derecho deje de ser expresión de la voluntad de una
comunidad restringida —casta, estrato de la población, etnia— que. respecto de otras masas,
acaso más vastas, volviera a comportarse como lo haría un individuo violento.
El resultado último debe ser un derecho al que todos —al menos todos los capaces de vida
comunitaria— hayan contribuido con el sacrificio de sus pulsiones y en el cual nadie —
con la excepción ya mencionada— pueda resultar víctima de la violencia bruta.
Cap. 3
La libertad individual no es un patrimonio de la cultura.
La libertad fue máxima antes de toda cultura; es verdad que en esos tiempos
las más de las veces carecía de valor, porque el individuo difícilmente estaba en
condiciones de preservarla. Por obra del desarrollo cultural experimenta
limitaciones, y la justicia exige que nadie escape a ellas. p. 94.
Tarea de la humanidad: hallar un equilibrio acorde a fines, vale decir,
dispensador de felicidad, entre esas demandas individuales y las exigencias
culturales de la masa; y uno de los problemas que atañen a su destino es
saber si mediante determinada configuración cultural ese equilibrio puede
alcanzarse o si el conflicto es insalvable.
El desarrollo cultural nos impresiona como un proceso peculiar que abarca a la
humanidad toda, y en el que muchas cosas nos parecen familiares. Podemos
caracterizarlo por las alteraciones que emprende con las notorias disposiciones
pulsionales de los seres humanos, cuya satisfacción es por cierto la tarea
económica de nuestra vida.
Cap. 3
Algunas de esas pulsiones son consumidas del siguiente modo: en su remplazo emerge algo que en el individuo describiríamos
como una propiedad de carácter. p.95
Hemos hallado que orden y limpieza son exigencias esenciales de la cultura, aunque su necesidad vital no es evidente,
como tampoco lo es su aptitud para ser fuentes de goce. En este punto debería imponérsenos, por primera vez, la
semejanza del proceso de cultura con el del desarrollo libidinal del individuo.
Otras pulsiones son movidas a desplazar las condiciones de su satisfacción, a dirigirse por otros caminos, lo cual en la mayoría
de los casos coincide con la sublimación (de las metas pulsionales) que nos es bien conocida, aunque en otros casos puede
separarse de ella. La sublimación de las pulsiones es un rasgo particularmente destacado del desarrollo cultural;
posibilita que actividades psíquicas superiores —científicas, artísticas, ideológicas— desempeñen un papel tan sustantivo en la
vida cultural. la sublimación es, en general, un destino de pulsión forzosamente impuesto por la cultura.
Por último y en tercer lugar —y esto parece lo más importante—, no puede soslayarse la medida en que la cultura se edifica
sobre la renuncia de lo pulsional, el alto grado en que se basa, precisamente, en la no satisfacción (mediante sofocación,
represión, ¿o qué otra cosa?) de poderosas pulsiones. Esta «denegación cultural» gobierna el vasto ámbito de los vínculos
sociales entre los hombres; ya sabemos que esta es la causa de la hostilidad contra la que se ven precisadas a luchar todas las
culturas.
También a nuestro trabajo científico planteará serias demandas: tenemos mucho por esclarecer ahí. No es fácil comprender
cómo se vuelve posible sustraer la satisfacción a una pulsión. Y en modo alguno deja de tener sus peligros; si uno no es
compensado económicamente, ya puede prepararse para serias perturbaciones.
Pues bien; si queremos saber qué valor puede reclamar nuestra concepción del desarrollo cultural como un proceso particular
comparable a la maduración normal del individuo, es evidente que debemos acometer otro problema, a saber, preguntarnos
por los influjos a que debe su origen el desarrollo cultura.
Cap. 4-

En este capítulo Freud estudia qué factores hacen al origen de la cultura, y cuáles
determinaron su posterior derrotero. Desde el principio, el hombre primitivo comprendió que
para sobrevivir debía organizarse con otros seres humanos.
En el libro Totem y Tabú (1913) ya había planeado cómo de la familia primitiva se pasó a la
alianza fraternal, donde las restricciones mutuas (tabú) permitieron la instauración del nuevo
orden social, que resulta sesr más poderoso que el individuo aislado. Dicha restricción condujo
a desviar el impulso sexual hacia otro fin generándose un amor hacia toda la humanidad,
pero que tampoco anuló totalmente la satisfacción sexual directa. Ambas variantes buscan unir
a la comunidad con lazos más fuertes que los derivados de la necesidad de organizarse para
sobrevivir.
De esto devine un conflicto entre el amor y la cultura: el amor se opone a los intereses de la
cultura y esta lo amenaza con restricciones.
La cultura restringe la sexualidad anulando su manifestación dado que la cultura necesita
energía para su propio consumo.
Cap. 5

El trabajo psicoanalítico nos ha enseñado que son justamente estas frustraciones {denegaciones} de la vida
sexual lo que los individuos llamados neuróticos no toleran. p. 105
Hemos concebido la dificultad del desarrollo cultural como una dificultad universal del desarrollo; la
recondujimos, en efecto, a la inercia de la libido, a su renuencia a abandonar una posición antigua por una nueva.
La cultura busca sustraer la energía del amor entre dos, para derivarla a lazos libidinales que unan a los
miembros de la sociedad entre sí para fortalecerla: “Amarás a tu prójimo como a tí mísmo” . p. 106
Pero, también, existen tendencias agresivas hacia los otros, y además no se cpmprende por qué amar a otros
cuando quizá no sean merecedores. p.107
El ser humano no es un ser manso, amable, a lo sumo capaz de defenderse si lo atacan, sino que es lícito atribuir a
su dotación pulsional una buena cuota de agresividad. En consecuencia, el prójimo no es solamente un posible
auxiliar y objeto sexual, sino una tentación para satisfacer en él la agresión, explotar su fuerza de trabajo sin
resarcirlo, usarlo sexualmente sin su consentimiento, desposeerlo de su patrimonio, humillarlo, infligirle dolores,
martirizarlo y asesinarlo. «Homo homini lupus». p. 108
Así, la cultura también restringirá la agresividad, y no sólo el amor sexual, lo cual permite entender por qué
el hombre no encuentra su felicidad en las relaciones sociales.
Cap. 6

En Más allá del principio del placer(1919) Freud había quedado postulado dos pulsiones: de vida (Eros), y de
agresión o muerte. Ambas no se encuentran aisladas y pueden complementarse, como por ejemplo cuando la
agresión dirigida hacia afuera salva al sujeto de la autoagresión, o sea preserva su vida.
La libido es la energía del Eros, pero más que esta, es la tendencia agresiva el mayor obstáculo que se opone a la
cultura.
Las agresiones entre los seres humanos hacen peligrar la sociedad, y esta no se mantiene unida solamente por
necesidades de sobrevivencia, de aquí la necesidad de generar lazos libidinales entre los miembros.
Esas multitudes de seres humanos deben ser ligados libidinosamente entre sí; la necesidad sola, las ventajas, de la
comunidad de trabajo, no los mantendrían cohesionados. Ahora bien, a este programa de la cultura se opone la
pulsión agresiva natural de los seres humanos, la hostilidad de uno contra todos y de todos contra uno. Esta pulsión
de agresión es el retoño y el principal subrogado de la pulsión de muerte que hemos descubierto junto al Eros, y que
comparte con este el gobierno del universo. Y ahora, yo creo, ha dejado de resultarnos oscuro el sentido del desarrollo
cultural. Tiene que enseñarnos la lucha entre Eros y Muerte, pulsión de vida y pulsión de destrucción, tal como se
consuma en la especie humana. Esta lucha es el contenido esencial de la vida en general, y por eso el desarrollo
cultural puede caracterizarse sucintamente como la lucha por la vida de la especie humana ¡Y esta es la
gigantomaquia que nuestras niñeras pretenden apaciguar con el «arrorró del cielo»! p. 118.
Cap. 7

Nos acude otra pregunta más cercana. ¿De qué medios se vale la cultura para inhibir, para volver inofensiva, acaso para erradicar la
agresión contrariante? Ya hemos tomada conocimiento de algunos de esos métodos, pero al parecer no de los más importantes.
Podemos estudiarlos en la his- toria evolutiva del individuo. ¿Qué le pasa para que se vuelva inocuo su gusto por la agresión? p.119
La sociedad también canaliza la agresividad dirigiéndola contra el propio sujeto y generando en él un superyó, una conciencia
moral, que a su vez será la fuente del sentimiento de culpabilidad y la consiguiente necesidad de castigo.
La autoridad es internalizada, y el superyó tortura al yo pecaminoso generándole angustia. La conciencia moral actúa especialmente
en forma severa cuando algo salió mal (y entonces hacemos un examen de conciencia).
Llegamos así a conocer dos orígenes del sentimiento de culpabilidad: uno es el miedo a la autoridad, y otro, más reciente, el
miedo al superyo. Ambas instancias obligan a renunciar a las pulsiones, con la diferencia que al segundo no es posible eludirlo. Se
crea así la conciencia moral, la cual a su vez exige nuevas renuncias instituales.
Aquí la renuncia de lo pulsional no es suficiente, pues el deseo persiste y no puede esconderse ante el superyó. Por tanto,
pese a la renuncia consumada sobrevendrá un sentimiento de culpa, y es esta una gran desventaja económica de la
implantación del superyó o, lo que es lo mismo, de la formación de la conciencia moral. Ahora la renuncia de lo pulsional ya
no tiene un efecto satisfactorio pleno; la abstención virtuosa ya no es recompensada por la seguridad del amor; una desdicha
que amenazaba desde afuera —pérdida de amor y castigo de parte de la autoridad externa— se ha trocado en una desdicha
interior permanente, la tensión de la conciencia de culpa. p.123
Cap. 8

El precio pagado por el progreso de la cultura reside en la pérdida de felicidad por aumento del
sentimiento de culpabilidad.
Sentimiento de culpabilidad significa aquí severidad del superyó, percepción de esta severidad por parte del
yo, y vigilancia. La necesidad de castigo es una vuelta del masoquismo sobre el yo bajo la influencia del superyo
sádico.
Freud concluye que la génesis de los sentimientos de culpabilidad están en las tendencias agresivas. Al impedir la
satisfacción erótica, volvemos la agresión hacia esa persona que prohíbe, y esta agresión es canalizada hacia el
superyó, de donde emanan los sentimientos de culpabilidad. Además, hay un superyó cultural que establece
rígidos ideales.
“He aquí, a mi entender, la cuestión decisiva para el destino de la especie humana: si su desarrollo cultural
logrará, y en caso afirmativo en qué medida, dominar la perturbación de la convivencia que proviene de la
humana pulsión de agresión y de autoaniquilamiento. Nuestra época merece quizás un particular interés
justamente en relación con esto. Hoy los seres humanos han llevado tan adelante su dominio sobre las fuerzas de
la naturaleza que con su auxilio les resultará fácil exterminarse unos a otros, hasta el último hombre. Ellos lo
saben; de ahí buena parte de la inquietud contemporánea, de su infelicidad, de su talante angustiado. Y ahora cabe
esperar que el otro de los dos «poderes celestiales», el Eros eterno, haga un esfuerzo para afianzarse en la
lucha contra su enemigo igualmente inmortal. ¿Pero quién puede prever el desenlace?” p. 140

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